Ficcion Curativa – Cap. 1, La ficción de la historia clínica: una ronda con Freud

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Capitulo 1, The Fiction of Case History: A Round with Freud en ‘Healing Fiction’, pp. – .

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El Freud ficticio

En 1934, el filósofo y escritor pragmático italiano Giovanni Papini [1] publicó una curiosa entrevista con Freud. Se presenta como un diálogo directo, como si Freud confesara en privado de qué trataba su obra. Esto es lo que dice “Freud”:

Todos creen que defiendo el carácter científico de mi trabajo y que mi principal objetivo reside en curar enfermedades mentales. Este es un terrible error que ha prevalecido durante años y que no he podido corregir. Soy científico por necesidad, no por vocación. En realidad, soy artista por naturaleza… Y de esto yace una prueba irrefutable: en todos los países donde el psicoanálisis ha penetrado, ha sido mejor comprendido y aplicado por escritores y artistas que por médicos. De hecho, mis libros se asemejan más a obras de imaginación que a tratados de patología… He podido conquistar mi destino de forma indirecta y he alcanzado mi sueño: seguir siendo un hombre de letras, aunque todavía en apariencia médico. En todos los grandes hombres de ciencia hay un germen de fantasía, pero nadie se propone como yo traducir las inspiraciones que ofrecen las corrientes de la literatura moderna en teorías científicas. En el psicoanálisis podéis encontrar fusionadas, aunque convertidas en jerga científica, las tres grandes escuelas literarias del siglo XIX: Heine, Zola y Mallarmé, unidas en mí bajo el patrocinio de mi antiguo maestro, Goethe. [2]

El Freud de esta entrevista revela más de ese maestro, y en consecuencia de lo que la psicoterapia realmente hace, que las elaboraciones de la teoría freudiana. El psicoanálisis es un trabajo de narraciones imaginativas en el ámbito de la poiesis, que significa simplemente «hacer», y que entiendo como convertir mediante la imaginación en palabras. Nuestro trabajo se enmarca más particularmente en la retórica de la poiesis, con la que me refiero al poder persuasivo de imaginar en palabras, a la destreza al hablar y escuchar, escribir y leer.

Al situar la psicología profunda dentro de un cosmos poético y retórico, estoy asumiendo las consecuencias de una decisión que tomé en mis Conferencias Terry de 1972. [3] Allí ensayé una psicología del alma que es también una psicología de la imaginación, que no se basa en la fisiología cerebral, la lingüística estructural ni el análisis del comportamiento, sino en los procesos de la imaginación. Es decir: una psicología que asume una base poética de la mente. Cualquier historia clínica de esa mente tendrá que ser una expresión imaginativa de esta base poética, una creación imaginativa, una ficción poética, disfrazada, como dice Papini, en el lenguaje de la ciencia médica, tanto por el narrador en su relato como por el oyente en su registro.

En las observaciones preliminares a su famosa publicación de 1905, “Fragmento de un análisis de un caso de histeria” [4] – la historia de Dora – Freud escribe: “Soy consciente de que – al menos en esta ciudad – hay muchos médicos que eligen leer una historia clínica de este tipo no como una contribución a la psicopatología de las neurosis, sino como una novela de clave diseñada para su deleite privado”. También imagina a lectores “no autorizados”, “no médicos”, recurriendo a esta historia.

El «lector» ya figuraba en la fantasía de Freud, el escritor. Y con cuánta frecuencia, en su obra posterior, nos encontramos con estas apelaciones victorianas, al estilo detectivesco, al lector, recordándole lo dicho páginas atrás, o advirtiéndole que vale la pena recordar un punto, pues volverá a aparecer más adelante, o mostrando preocupación por su asombro, confusión, perplejidad, e incluso conmoción, ante la audaz franqueza con la que se expone un asunto.

La asociación de Freud con el elaborado secretismo disfrazado que emplea al publicar el caso de Dora no es con la psicopatología sexual (Krafft-Ebing no había sentido este tipo de preocupación por el lector o los casos), ni con los asesores médicos domésticos (Tissot publicó sus terribles advertencias sobre la masturbación con muchos casos), ni con la psiquiatría forense, o con las Krankengeschichte médicas con sus ilustraciones de damas y caballeros desnudos de frente y blancos, enmascarados solo con rectángulos negros sobre los ojos (como si el que no pudieran vernos, significará entonces que nosotros no podemos verlos).

No. Las asociaciones de Freud son con la literatura, para la cual utiliza —siempre como signo de importancia afectiva— un término extranjero, roman à clef, que significa “una obra que presenta personas y acontecimientos reales, pero disfrazados por el autor”. Ahora bien, ¿no es esto precisamente lo que Freud hizo? Y por eso, por supuesto, le viene a la mente el lector no médico, porque en su mente Freud ya se asociaba con el escritor de novelas. La fantasía de los dos tipos de lectores —autorizados y médicos, no autorizados y literarios— se refiere a dos figuras de la propia fantasía de Freud.

¿Por qué Freud se vio envuelto en esta maraña entre lo médico y lo literario al intentar escribir informes de casos psicológicos? ¿Acaso no se enfrentaba a una forma de escritura para la que no existían modelos? Su mente oscilaba entre las dos grandes tradiciones, la ciencia y las humanidades, una oscilación que debía ocurrir, no solo porque lo médico fuera un disfraz cabalístico para su vocación literaria, finalmente reconocida irónicamente por Papini, fraternalmente por Thomas Mann y oficialmente al recibir el premio Goethe de literatura, sino más probablemente porque Freud estaba en proceso de inventar un género, el vehículo mismo que llevaría su nueva visión al mundo. Su psicoanálisis no podría avanzar más en el mundo de la medicina a menos que encontrara una forma adecuada de «narración» que aportara la convicción, si no la sustancia, del empirismo médico. Freud confundió ambas porque estaba involucrado en ambas a la vez: ficción e historia clínica; y desde entonces, en la historia de nuestro campo, son inseparables. Nuestras historias de casos son una forma de escribir ficción.

Un análisis de “Dora”, la primera gran historia clínica psicológica —la Ilíada de nuestro campo—, nos llama la atención sobre su técnica literaria, aun cuando se presenta como una técnica médica. Por técnica me refiero al “estilo como procedimiento deliberado, artesanía”. [4] Y sigo la noción de técnica de T. S. Eliot, que presenta al escritor como un científico sereno en lugar de un loco desaliñado. ¿Y no es precisamente esta cuestión literaria de la técnica, serena o desaliñada, lo que distanció a Freud de Stekel, Reich y Gross, acercándolo en cambio a Abraham y Jones?

La técnica también se refiere a los valores formales. Observa la forma de Freud en el caso clínico de Dora. Primero, la historia como tal. E. M. Forster dice: “La base de una novela es una historia, y una historia es una narración de eventos organizados en una secuencia temporal”. [5] Seguimos leyendo una historia para descubrir qué sucede después.

“Simple curiosidad primitiva”, dice Forster. Y Freud nos encuentra en este nivel: suspenso, pistas, ocultaciones y un entorno que evoca curiosidad: la consulta clínica (la primera parte de su caso se titula “El cuadro clínico”). Ahí nos atrae otra técnica narrativa, la que encontramos en Joseph Conrad, por ejemplo: la incoherencia de la historia, que requiere que el autor (y el lector) la reconstruyan, y los dos niveles simultáneos en los que la narra la protagonista (Dora).

Freud utiliza otros recursos: la modestia del humilde narrador en segundo plano comparada con la trascendencia de lo que se revela en su presencia y ante su reflexión; la profundización de los descubrimientos en respuesta a lo que sucede después; los límites de tiempo pronunciados desde el principio, “solo tres meses”; la tentación en el prefacio de futuras revelaciones de detalles sexuales (“Simplemente reclamaré para mí el derecho del ginecólogo” con su eco pornográfico de la joven y el médico); y luego las sensibles disculpas frente la profesión médica: ninguna posibilidad de que otros especialistas verifiquen los resultados; no un informe textual sino escrito al final de memoria; “el acortamiento producido por la omisión de la técnica” (es decir, lo que realmente hizo al tratar el caso).

¡Estas disculpas no son poca cosa! Pues justo aquí, a pesar de mostrar su conocimiento de los requisitos del empirismo, nuestro autor renuncia a ese método de escritura en el que era plenamente competente gracias a sus trabajos anteriores en patología cerebral y experimentos con cocaína. Una historia clínica como evidencia empírica en la ciencia debería ofrecer algún medio de verificación pública. No podría ser un simple registro de memoria, a menos que se tomara solo como una reminiscencia anecdótica: y toda la técnica terapéutica empleada —la principal omisión de Freud— debería pertenecer al registro. Esperamos saber exactamente qué hizo el médico. Freud nos lo cuenta solo de forma oscura y parcial.

Al intentar mostrar “la estructura íntima de un trastorno neurótico” (pues esa era su intención con este caso), Freud podía seguir el camino de Vesalio o el de Balzac, [6] El anatomista o el moralista, uno revelando las estructuras íntimas de la morbilidad física, el otro las de la morbilidad mental, moral o psicológica. Podía abordar el asunto desde fuera o desde dentro, o como lo expresa el escritor francés Alain:

El ser humano tiene dos facetas, propias de la historia y la ficción. Todo lo observable en un hombre cae dentro del ámbito de la historia. Pero su faceta romántica (la novela como ficción) incluye “las pasiones puras, es decir, los sueños, alegrías, tristezas y consciencias que la cortesía o la vergüenza le impiden mencionar”; y expresar esta faceta de la naturaleza humana es una de las principales funciones de la novela. [7]

Donde Alain habla de cortesía y de vergüenza, Freud escribe: “Los pacientes… se guardan una parte… porque no han superado sus sentimientos de timidez y de vergüenza”. [8] Las historias de Freud son materia de ficción; expresan el lado ficticio de la naturaleza humana, su romance.

En el doble dilema entre historia y ficción, entre lo exterior y lo interior, Freud prestidigita el compromiso que se convierte en su estilo de caso y en nuestro nuevo género de escritura psicoterapéutica. Nos ofrece las “pasiones puras… los sueños… las autocomuniones”, pero lo hace desde fuera, como el médico patólogo de estructuras mórbidas, su primera vocación. No nos adentramos en el caso como en una novela, simpatizando con Dora, sino que permanecemos fuera, dejando al descubierto los tejidos, analizando con Freud. Como lectores, nos identificamos con el personaje principal, pero no con su subjetividad, sus sentimientos y tormentos. Nos identificamos más bien con la “estructura íntima de un trastorno neurótico”, la idea que el personaje encarna, la represión sexual y sus dinamismos. Pues el foco de nuestro interés se desplaza imperceptiblemente de un sujeto que se revela a un objeto que se exhibe, del estudio del personaje al análisis del mismo, y a una demostración, mediante el personaje, de los fines tendenciosos del autor. (Así, nos habla menos de su persona que de sus sueños, de su material). Nuestro interés puede verse atraído por lo que sucede a continuación y mantenido por las sutilezas técnicas del autor, pero no es la historia lo que preocupa tanto a Freud como la trama, y volveremos a ello.

Además, la acción de la historia —el descubrimiento del factor mórbido y su proceso de curación— tiene poco que ver con el carácter de la paciente. El intenso dramatismo de la acción se desarrolla independientemente de su personalidad particular: ¿Tiene coraje? ¿Es mezquina? ¿Cuál es la naturaleza de su consciencia? ¿Dónde reside su defecto fatal? ¿Qué tipo de movimientos es probable que realice en una crisis que moldeará el curso de la historia? A pesar de su aparente intensidad, la acción del análisis queda fuera de la influencia del personaje sobre ella. La historia podría continuar con cualquiera. Tanto el paciente como el médico podrían ser reemplazados por otro paciente y otro médico en otra ciudad dentro de una década, y así sucede, pues así es el psicoanálisis como método científico. El caso es meramente ilustrativo, por lo que el personaje puede o no puede afectar su acción. No son el personaje, la historia o la acción lo que revela lo que sucede: es la trama de la psicodinámica. Los personajes son incidentes de una trama universal y, como tales, relativamente incidentales.

El compromiso fue la fórmula de Freud para la naturaleza del sueño, del yo, del síntoma, y fue también la forma en que construyó su propia teoría de los sueños como una integración comprometedora de las teorías conflictivas en el campo en ese momento. [9] Y dado que su redacción de casos fue un compromiso, no podemos aceptar ni a quienes dicen que Freud era “realmente un médico” con un talento literario excepcional, ni a quienes dicen que “realmente un escritor” que por casualidad se dedicó al campo de la medicina. El éxito de su estilo reside en la máscara, esa máscara tan necesaria para el escritor, como insistió laboriosamente Thomas Mann, tras la cual el autor debe ocultarse para poder revelarse.

Su doble movimiento se expresa mejor en sus propios términos. Es un compromiso entre una presentación literaria inconsciente (el estilo de la novela romántica) y la analogía consciente con la medicina física (el símil del ginecólogo). El material manifiesto era médico, pero la intención latente, que exigía la supresión transfigurativa de la metodología médica y empírica, era la del arte poético. Sus historias clínicas son formaciones sintomáticas brillantemente logradas, sublimadas, transfiguradas en un nuevo género narrativo; son como sueños: y las tres —arte, formaciones sintomáticas y sueños— son, en la teoría de Freud, compromisos entre dos exigencias irreconciliables, que ofrecen defensas contra la consciencia de aquello a lo que estaba más profundamente dedicado: la escritura de ficción.

Existen otras dos extensas historias clínicas esenciales para los fundamentos empíricos del psicoanálisis freudiano: “La fobia en un niño de cinco años” (1909) y “Comentarios sobre un caso de paranoia” (1911). Al igual que la primera, “Dora”, estas dos han adquirido títulos más ficticios: “El pequeño Hans” y “El caso Schreber”. [10] Aquí Freud abandona los requisitos de la historia clínica como anamnesis empírica y se adentra con libertad en su nuevo género. Se ha convertido en un comentarista interpretativo, fuera del ámbito de las operaciones terapéuticas reales. Freud no analizó al pequeño Hans ni a Daniel Schreber. Analizó la historia que le contó el padre de Hans y la historia escrita en las memorias de Schreber.

Aún no hemos llegado a ese punto en el movimiento de Freud en el que ya no necesita basar sus escritos en personas de su práctica, ni en ninguna práctica en absoluto. Ensayó este estilo en tres obras: sobre Gradiva de Jensen (1907), sobre Leonardo (1910) y sobre Moisés de Miguel Ángel (1914), la última publicada anónimamente, con un engañoso disfraz editorial. (Las fechas indican que estos ensayos fueron escritos en paralelo con sus principales historias clínicas). El estudio de Gradiva es el análisis de sueños completamente ficticios, sueños novelescos. Pero las principales incursiones de Freud en el ámbito de la narrativa completamente inventada son Tótem y Tabú y Moisés y el Monoteísmo. Estas son ficciones religiosas que presentan la ciencia de Freud (a diferencia de las ficciones científicas que presentan la religión de Jung en sus obras sobre platillos volantes, sincronicidad y alquimia). Para Tótem y Tabú y Moisés y el Monoteísmo, ninguna evidencia puede jamás ser producida empíricamente. Freud abandona el disfraz empírico y lo vemos como un escritor de puras ficciones. Desde entonces, en este campo de la psicoterapia, no somos médicos empiristas, sino trabajadores de la historia.

Teoría y trama

Alain (Émile Chartier) [11] da otra pista importante sobre la naturaleza de la ficción: “… en la novela… todo se funda en la naturaleza humana… todo es intencional, incluso las pasiones y el crimen, incluso la miseria”.

La trama revela estas intenciones humanas. Muestra cómo todo se conecta y cobra sentido. Solo cuando una narrativa adquiere coherencia interna en relación con las profundidades de la naturaleza humana, tenemos ficción, y para esta ficción necesitamos trama. Forster [12] explica la trama de esta manera:

Una trama es… una narración de acontecimientos, donde el énfasis recae en la causalidad. “El rey murió y luego murió la reina” es una historia. “El rey murió y luego murió la reina de pena” es una trama. Una historia explica qué sucedió después; una trama nos explica por qué.

Trazar es pasar de preguntarnos qué pasó a preguntarnos por qué sucedió. En nuestra ficción, las tramas son nuestras teorías. Son la manera en que combinamos las intenciones de la naturaleza humana para comprender el porqué de los eventos en una historia.

Decirnos el porqué es el principal objetivo de Freud con sus historias clínicas. Todas sus habilidades narrativas se concentran únicamente en la trama. Freud ideó una trama que encaja en todas sus historias. Si bien la trama en sí es bastante simple, requiere complejidad, mistificación y fantasía. La astucia de Freud es necesaria para su teoría. Necesitamos ocultar y retroceder a reminiscencias tempranas y recuerdos encubiertos. La trama debe complicarse con las intensas complicaciones de la transferencia y la resistencia, las regresiones en el desarrollo del personaje y los momentos críticos en el avance de la historia. Toda esta riqueza que resulta de la estructura de la trama exige nuestra memoria e inteligencia, facultades que, según Forster, son esenciales para las tramas. Y la trama de Freud era absolutamente económica: sin cabos sueltos. Esta economía en la trama se llama, en teoría, elegancia. Toda narrativa freudiana tiene el mismo resultado y puede descomponerse para ofrecer una respuesta a la pregunta del porqué. El misterio es la represión (en una de muchas variedades), seguida de las pasiones, los crímenes y las miserias (formación de síntomas), la implicación del autor (transferencia de lo reprimido), el levantamiento de la represión a través de reconocimientos prolongados (psicoterapia) y el desenlace del fin de la terapia.

Cuando Jung acusa a Freud de un esquema causal demasiado simplista, lo critica por su trama. Las tramas en la vida humana no se desarrollan paralelamente a la historia de uno. El desarrollo de mi vida y el desarrollo de su trama son dos desarrollos distintos. El porqué solo puede ser respondido por Freud en términos de secuencias temporales, qué sucedió primero y qué sucedió después.

El porqué tiene otras respuestas además de la causalidad material y eficiente: también pregunta para qué (causa final) y por quién, en el sentido de qué idea arquetípica, mito o persona (causa formal) opera en la historia. Jung afirma que debemos observar la intencionalidad de los personajes y su rumbo, pues son la principal influencia en la configuración de las historias. Cada uno lleva consigo su propia trama, escribiendo su historia, tanto hacia adelante como hacia atrás, a medida que se individualiza. Jung otorga mucha más importancia al personaje individual que a la narrativa o la trama.

Si “la trama surge de la lógica selectiva del acto del escritor”, [13] Jung considera entonces a Freud demasiado selectivo y lógico, que lo moldea todo con una sola horma. Todo puede fundamentarse en la naturaleza humana, pero la naturaleza humana misma se fundamenta en cosas que la trascienden. La trama de Jung (su teoría de los arquetipos) es inherentemente multiplicista y variada. La individuación se manifiesta de múltiples formas, carece de un impulso preestablecido y puede no tener fin.

Los casos de Jung retoman muchos hilos coloridos pero ajenos. No resultan una lectura tan apasionante como la de Freud simplemente porque su trama tiene una lógica menos selectiva y, por lo tanto, menos inevitabilidad. Solo cuando se presenta, o cuando la leemos, en el modelo de una búsqueda heroica o el progreso del peregrino, la trama de la individuación atrapa al lector. Pero ese es solo un modo arquetípico de individuación, un modo de lógica selectiva.

Una razón por la que los escritos de Alfred Adler no ejercen la misma fascinación que los de Freud es que la trama adleriana elimina las complejidades. La trama de Adler —monista como la de Freud, una trama para todos— no permite tanta elaboración secundaria: simbolización, defensas, disfraces, desplazamientos, formaciones reactivas, mensajes codificados y censura. Se eliminan los principales antagonistas de la psicomaquia (yo, ello, superyó), lo que reduce considerablemente la exigencia de la inteligencia y la memoria del lector.

Freud presentó su argumento de la naturaleza humana en forma de teoría, y esta teoría tiene su lenguaje médico, biológico y empírico de la libido. Su doble estilo de escritura requería que lo que era argumento y mito por un lado, fuera teoría y ciencia por otro. Pero para quienes lo leemos, es importante tener presente que nuestra incomodidad fundamental con la teoría de Freud no radica en su inverificabilidad, sino en su insatisfacción. No caemos en ella no porque fracase empíricamente como hipótesis sobre la naturaleza humana, sino porque fracasa poéticamente, como argumento lo suficientemente profundo, abarcador y estético como para aportar coherencia y significado dinámicos a las narrativas dispersas de nuestras vidas.

La única trama de Freud lleva el nombre de un mito, Edipo. Con esta obra, Freud también dotó a la mente de una base poética. Comprendió que toda la narrativa de la vida humana, los personajes que somos y los sueños en los que nos adentramos, se estructuran por la lógica selectiva de un mito profundo en la psique.

El descubrimiento de Freud de la tragedia de Edipo situó la psicología en los inicios de la poética, con el uso del mito por parte de Aristóteles en su Poética. Al abrir ese libro para leer en inglés sobre la trama, descubrimos que siempre que aparece «trama», la palabra griega original es mitos. Las tramas son mitos. Las respuestas básicas al porqué de una historia se encuentran en los mitos.

Pero un mito es más que una teoría y más que una trama. Es el relato de la interacción entre los humanos y lo divino. Estar en un mito es estar ineludiblemente vinculado con los poderes divinos y, además, estar en mimesis con ellos. Una vez que Freud y Jung dieron el paso hacia la comprensión de la naturaleza humana en términos del mito, pasaron de la naturaleza humana a la naturaleza de los poderes religiosos. La base poética de la mente sugiere que la lógica selectiva que opera en las tramas de nuestras vidas es la lógica del mito, la mitología.

La ficción empírica

Estoy utilizando la ficción y sugiriendo que las historias de casos son ficciones en tres sentidos de la palabra:

1. Historia de caso como historia factual, un relato verdadero o conocimiento sobre la “sucesión de eventos por los que pasa cualquier cosa” [14] es una ficción en el sentido de invención, una mentira. Pero solo es mentira cuando afirma ser una verdad literal. Al principio de la recopilación de historias clínicas, Freud descubrió que no estaba registrando un relato veraz de acontecimientos históricos, sino fantasías de acontecimientos como si realmente hubieran sucedido. El material de una historia clínica no son hechos históricos, sino fantasías psicológicas, la subjetividad propia de la ficción, en el sentido de Alain y Forster mencionados anteriormente.

Historias de casos incluso hoy cuando utilizamos grabadoras e información pública de familias enteras todavía no pueden afirmar que lo que se cuenta en los relatos es un relato verdadero de la sucesión de eventos a través de los cuales ha pasado algo. Esto supuestamente es así para la historia de cualquier tipo, y especialmente para la historia de caso por estas razones: (a) el material del caso debe ser solipsista – sobre sueños, pasiones, fantasías, deseos, dolores, ninguno de los cuales puede ser presenciado por el escritor de primera mano; (b) el material es particularmente ficticio (increíble, inverosímil) porque pertenece a esas categorías surrealistas y extrañas de eventos que clínicamente llamamos histéricos, paranoicos, alucinatorios, etc., (c) la corroboración externa de una historia de caso (por otro clínico o un miembro de la familia) es posible solo con respecto a circunstancialidades limitadas; (d) cualquier cosa referida como «historia» debe estar ligada a la cronicidad, pero las realidades psíquicas, como insistieron Freud y Jung, no siguen las leyes del tiempo.

2. El caso clínico es una ficción en el sentido de un relato inventado de los procesos internos imaginados de un personaje central en una historia narrativa. Su autor no es el personaje principal; es decir, no es autobiografía; ni tampoco biografía, ya que los acontecimientos narrativos son rigurosamente seleccionados por las exigencias de la trama. Esencial para esta forma ficticia es el disfraz empírico.

Se podría decir mucho sobre el empirismo en psicoterapia. Solo quiero abordarlo, y solo en un aspecto. Una de las razones del empirismo en filosofía, según A. J. Ayer, [15] es “el dilema egocéntrico”. El empirismo previene el solipsismo; nos saca del círculo de nuestras mentes al señalar eventos públicos y demostrables para corroborarlo. El empirismo no es solo una defensa contra el platonismo (ideas innatas, universales, idealismo deductivo), es, psicológicamente, esa fantasía que nos hace sentir a salvo del solipsismo, su aislamiento, sus potencialidades paranoicas. Por lo tanto, dado que el material psicológico es esencialmente subjetivo y la situación terapéutica un refuerzo al reflejar o duplicar (el recipiente cerrado) de esta subjetividad aislada, la apelación al empirismo de la terapia es una consecuencia directa del solipsismo de la terapia. El disfraz empírico en las historias clínicas es una defensa inevitable contra el poder solipsista de las ficciones con las que se involucra la terapia.

3. La historia de casos, en tanto presentación de enunciados literales transpuestos a un punto en que no pueden ser controvertidos o verificados, es una ficción en el sentido filosófico, es decir, una fórmula que necesariamente debe postularse como más allá de los criterios de verdadero o falso, las ficciones como si de Vaihinger. [16] Aquí las ficciones son construcciones mentales, fantasías mediante las cuales modelamos o “ficcionamos” (fingere) una vida o una persona en un caso clínico.

Volveremos a abordar estos tres tipos de ficción y su relevancia para la psicoterapia. Pero primero debemos impresionarnos por la plena actualidad de este nuevo tipo de ficción, inventada y desarrollada durante el siglo XX, escrita por miles de personas en clínicas, consultorios privados y centros de bienestar, a veces publicada, pero a menudo no, almacenada principalmente en los archivos de manicomios y en los desvanes de los analistas. Por la noche, en el Schreibstube, como Freud, el terapeuta solitario se sienta, grabando, dictando, mecanografiando estos relatos, absorto en las historias de sus pacientes y en su fantasía terapéutica común. Todas estas historias, dondequiera que estén escritas y por quienquiera que sean, ya tengan una trama freudiana o una derivada de diversos mitos, tienen un mismo leitmotiv: el personaje principal entra en terapia. La terapia puede aparecer como el desenlace (la clásica anamnesis que conduce a: “y por eso vine a verle, doctor”). O la terapia puede ser el comienzo de la historia, como los casos de Freud que se abren con la llegada del personaje al consultorio, por ejemplo, el caso del Hombre de las Ratas de 1909. De ahí que yo llame a nuestro género ficciones terapéuticas.

Así como una novela policíaca requiere el descubrimiento del asesino, una tragedia heroica la muerte del protagonista, y la comedia una resolución amena de conflictos, la ficción terapéutica es la historia de una persona que acude a terapia y, con mayor frecuencia, la historia de la terapia que de la persona. La terapia es el contenido completo o la historia que conduce a la terapia. El lamento de Portnoy de Roth es ficción terapéutica en su género, aunque se diferencia de ella principalmente en que Roth no utiliza el disfraz empírico.

Por lo general, la terapia es el tema sobre el que se articulan los incidentes narrativos, como en el caso de la historia de Dora. Además, la terapia suele proporcionar los medios para enfocar y seleccionar incidentes, como una novela política que elige eventos políticamente relevantes. Y, por lo general, el final de la historia conduce fuera de la terapia hacia la cura y el mundo (o, para un desenlace antiterapéutico, a un “caso fallido”). Freud concluye su historia de Dora con estas palabras: “Habían pasado años desde su visita. Mientras tanto, la joven se ha casado… y ha sido rescatada una vez más por las realidades de la vida”. Dado que los cuentos de este género se escriben con una mirada terapéutica, son leídos con esa misma mirada por un nuevo tipo de lector, que puede, de hecho, leer incluso a Shakespeare, Faulkner o su propia biografía como piezas de ficción terapéutica. Hemos visto cómo esto ha surgido en Freud. Ahora bien, ¿qué implica?

Historias en terapia

La sofisticada «clase terapéutica» que acude a terapia privada ya tiene sus historias conformadas en el género terapéutico, es decir, la historia es autorreflexiva y se centra en los «problemas» del protagonista. Con la «población hospitalaria», la estructura de la historia a menudo requiere la guía del oyente: hay demasiados personajes principales (proyecciones); los incidentes no se seleccionan según los requisitos económicos de una trama terapéutica; la secuencia temporal, fundamental para la definición de narrativa, puede estar completamente ausente. Si bien el oyente moldea el relato en el género terapéutico, la condición del narrador —la que lo convierte en un paciente hospitalizado— juega un papel importante en la forma del relato, especialmente en su estilo.

Los pacientes utilizan sus historias de diferentes maneras. Algunos las cuentan como entretenimiento para pasar el rato, otros son periodistas, otros son fiscales que preparan una denuncia. En ocasiones, un relato se vuelve completamente metafórico, donde cada aspecto de lo que vi ayer —la gran obra, el capataz con casco en una cabina de control, la niña en un charco de lluvia plateado brillante en peligro por una excavadora, el transeúnte que interviene— también se refiere a figuras de la psique del paciente y su interacción.

Se supone que un clínico debe observar la forma en que se cuentan las historias. Antiguos libros de texto de psiquiatría, como los de Eugen Bleuler, hacían referencia al estilo como ayuda para el diagnóstico. Se animaba al psiquiatra a observar la expansividad florida, las divagaciones, las aliteraciones, los juegos de palabras, las asociaciones de palabras extrañas, la hipérbole, los arcaicismos y los manierismos; términos que podemos encontrar en los libros de texto literarios sobre estilo. El diagnóstico se basa, en parte, en el estilo de una persona al contar su historia.

Un diagnóstico psicológico también es una «narración sobre el paciente». Es una caricatura, una descripción abreviada del personaje —Szasz y Goffman dirían «difamación»— en el lenguaje de un especialista clínico para que la lean otros especialistas. (Definitivamente no es para el paciente). Un diagnóstico psicológico no dice qué tiene una persona ni qué es. Describe su Zustandsbild, su cuadro clínico. Describe cómo se presenta al escritor clínico.

El escritor clínico introduce un diagnóstico, una «historia anormal». Me refiero a anormal en dos sentidos: primero, es una historia escrita con un ojo puesto en lo mórbido, lo desviado y lo extraño, como una novela gótica o un cuento de Poe, presentado con el naturalismo de Zola. Pero, a diferencia de una novela gótica, un cuento de Poe o Zola —y este es el segundo significado de anormal—, esta historia se toma a sí misma literalmente, se cree una historia factual y, por lo tanto, se desvía de las normas narrativas. Los diagnósticos son completamente literalistas en su historicismo, y, por supuesto, es absolutamente necesario que se cuenten de esta manera para organizar al personaje sobre el que están escritos en el estilo preciso de ficción que el escritor está facultado para crear. Los diagnósticos son actos de escritura altamente creativos. La fuerza de sus historias literalistas es abrumadora (como lo son todos los escritos literalistas donde la imaginación se disfraza de reflejo veraz de los «hechos reales»). El literalismo es, en cualquier caso, el principal instrumento de la mente clínica.

La fuerza de las historias diagnósticas es innegable. Una vez inmerso en una fantasía clínica particular, con sus expectativas, tipicidades, rasgos de carácter y el rico vocabulario que ofrece para reconocerse a sí mismo, uno comienza a recapitular su vida en la forma de la historia. El pasado también se relata y encuentra una nueva coherencia interna, incluso la inevitabilidad, a través de esta historia anormal. Un diagnóstico es, en efecto, una gnosis: una forma de autoconocimiento que crea un cosmos a su imagen.

En cada caso, la historia conduce a la terapia, como dijimos. Y esto también significa que yo, como terapeuta-escritor, he entrado en la historia; de hecho, me he convertido en una figura clave en una historia cuyos inicios, desarrollo, trama y estilo, hasta este encuentro, no me han afectado en absoluto. Nunca he conocido, y probablemente nunca conoceré, a ninguno de los demás personajes, ni participaré en ninguna de sus otras escenas, ni estaré al tanto de lo que sucede después, ni de lo que las clínicas llaman el «seguimiento».

Sin embargo, no existía una historia en el género terapéutico hasta que «yo» me adentré en ella, de modo que, desde el momento en que la persona cruza el umbral de la terapia, comienza una historia completamente nueva; o, mejor dicho, la historia anterior adquiere un cariz completamente nuevo al reinterpretarse el relato original en el género terapéutico. Aquí comienza esa dificultad llamada resistencia, ese intento del paciente de olvidar, distorsionar y ocultar para retener la primera versión. Aquí también comienza esa otra dificultad llamada contratransferencia, la autocomplacencia del terapeuta-escritor en la historia.

Dos autores colaboran ahora en una ficción terapéutica mutua, aunque convencionalmente solo uno de ellos la escribirá. Ambos están tan atrapados por la historia, se convierten en objetos internos de ella, que su colaboración puede convertirse en una folie a deux que muestra el poder de la trama sobre la voluntad de los personajes.

Una colega me contó una vez que un paciente nuevo la abandonó cuando ella cuestionó el estilo temático de su historia. El paciente se presentó como un caso bastante enfermo, tras haber estado en terapia de forma más o menos constante durante quince de sus treinta y seis años; las cosas no habían cambiado mucho (alcohol, homosexualidad, depresiones, problemas económicos) y había probado muchos tipos de terapia. Mi colega dijo: “Para mí, eres un caso nuevo y no acepto que estés tan enfermo como crees. Empecemos hoy”. Al rechazar su red de construcciones, también lo separó de su ficción de apoyo. No regresó. Su historia aún tenía sentido para él: un paciente incurable, pero aún un miembro activo del tráfico terapéutico. Quería que el análisis y el analista encajaran en su historia.

Un segundo caso, este de mi consulta: episodios psicóticos, hospitalizaciones con abusos médicos, seducciones y violaciones de derechos, tratamientos de choque y «fármacos útiles». Interpreté esta historia como el pasado que podría contar otra mujer: enamorarse en el instituto y casarse con el vecino, tener un marido cariñoso, hijos y un spaniel, una historia de éxito. En otras palabras, ambos son relatos consistentes que exponen un motivo temático que organiza los acontecimientos en experiencia. Ambas mujeres, una desde sus sábanas de percal y la otra desde su camisa de fuerza de lona —para expresar la fantasía en sentido figurado—, podrían llegar a terapia, desesperadas, diciendo exactamente lo mismo: «No tiene sentido; he desperdiciado los mejores años de mi vida, no sé dónde estoy ni quién soy». La falta de sentido se deriva de una ruptura del motivo temático: ya no cohesiona los acontecimientos ni les da sentido, ya no proporciona la forma de experimentar. La paciente busca una nueva historia o reconectar con la antigua.

Creía que su historia era su ficción sustentadora, pero que no la había leído por sus posibilidades herméticas, sus significados encubiertos. Había interpretado su historia literalmente en el lenguaje clínico en que se la habían contado, una historia de enfermedad, abuso, desperdicio de los mejores años. La historia necesitaba ser tratada, no ella: necesitaba ser reimaginada. Así que puse sus años de desperdicio en otra ficción: ella conocía la psique porque había estado inmersa en sus profundidades. El hospital había sido su escuela de perfeccionamiento, sus ritos de iniciación, su confirmación religiosa, su violación y su aprendizaje con las realidades psicológicas. Su pedigrí para la supervivencia y el diploma fue la resistencia de su alma a través de estos horrores psicológicos y el disfrute masoquista de ellos. Era, de hecho, una víctima, no de su historia, sino de la narración en la que había plasmado su historia.

Habrán notado que mi colega refutó una historia de enfermedad y yo confirmé otra, pero ambos chocamos con la ficción presentada, iniciando así la batalla de las historias, un aspecto esencial de la terapia presencial y de las conferencias de casos clínicos. Ya vimos esto en Freud con Dora. Él tomó su historia y le dio una nueva trama, una trama freudiana: y parte de esta trama es que es buena para ti; es la mejor trama porque cura, que es el mejor desenlace del género terapéutico.

La conversación que se desarrolla en un análisis profundo no es simplemente el análisis de la historia de una persona por parte de otra, y cualquier otra actividad que se lleve a cabo en una sesión de terapia —ritual, sugestión, eros, poder, proyección— es también una competencia entre cantantes, recreando uno de los placeres culturales más antiguos que conocemos. En parte, por eso la terapia pretende ser creativa, y uso esa palabra deliberadamente para referirme al origen de patrones imaginativos significativos, poiesis. Una terapia exitosa es, por lo tanto, una colaboración entre ficciones, una revisión de la historia hacia una trama más inteligente e imaginativa, lo que también implica el sentido del mito en todas las partes de la historia.

Desafortunadamente, los terapeutas no somos lo suficientemente conscientes de que somos cantantes. Nos perdemos mucho de lo que podríamos estar haciendo; nuestras formas de narrar se limitan a cuatro tipos: épica, cómica, detectivesca y realismo social. Tomamos lo que viene, sin importar cuán apasionado y erótico, cuán trágico y noble, cuán extraño y arbitrario sea, y lo convertimos en uno de nuestros cuatro modos. Primero, están los casos que muestran el desarrollo del ego, especialmente desde la infancia, a través de obstáculos y derrotas: la épica heroica. Segundo, los relatos de enredos, las identidades confusas y los géneros inciertos, las imposibles e ineficaces incompetencias de la víctima ingenua, pero que terminan con un final feliz de ajuste: cómica. Tercero, desenmascarar tramas ocultas a través de pistas y crisis, rastreando infatigablemente lo que salió mal por un detective taciturno pero de ojos brillantes y fumador de pipa, no muy diferente de Holmes o Poirot. En cuarto lugar, las descripciones detalladas de pequeñas circunstancias, fieles a la vida, la familia como una desgracia, las condiciones ambientales como otra, todo presentado con una terminología sociológica lúgubre y tomas panorámicas torpes de importancia tendenciosa: realismo social.

La psicología haría mejor en recurrir directamente a la literatura en lugar de usarla a la ligera. La literatura nos ha sido favorable, incorporando abiertamente mucho del psicoanálisis. Quienes se dedican a la literatura ven la psicología en la ficción. Nos toca a nosotros ver la ficción en la psicología. [17]

Por ejemplo, podríamos observar el estilo picaresco. Su figura central no se desarrolla (ni se deteriora), sino que pasa por movimientos episódicos y discontinuos. Su narrativa termina abruptamente sin lograr nada, pues no hay un objetivo, por lo que el desenlace no puede ser la resolución de la comedia ni el defecto fatal de la tragedia. En lugar de utilizar escalas tan grandes y programadas, el éxito y el fracaso se miden por el sabor de las experiencias cotidianas. (Se presta una atención precisa a la comida, la vestimenta, el dinero, el sexo). Hay cuentos dentro de los cuentos que no avanzan en una trama, lo que muestra que la historia psíquica se desarrolla en muchos lugares a la vez: mientras tanto, de vuelta en la granja, en otra parte del bosque, y en muchos personajes a la vez. Otros personajes de la historia son tan interesantes como el protagonista, así como las otras figuras dentro de nuestros sueños y fantasías a menudo influyen más en nuestro destino que el ego. No hay relaciones duraderas, y se da mucha importancia a las personalidades, los atuendos y máscaras de la vida a todos los niveles, especialmente el mundo de sombras de proxenetas, ladrones, bastardos, charlatanes y dignatarios pomposos. Estas figuras, en cada uno de nosotros, son el reino de la reflexión picaresca, de ver más allá de toda postura establecida, aunque sin implicaciones morales. Y aunque el personaje picaresco sufre derrotas, depresión y traición, no progresa a través del sufrimiento hacia la luz.

Desde la perspectiva trágica, esta forma de enmarcar una historia clínica es un desperdicio; el alma exige algo metafísicamente más importante. Desde el punto de vista cómico, tendría que haber una resolución, algún tipo de aceptación, consciencia y adaptación a la sociedad que, para la persona picaresca, siempre es hostil. Desde la perspectiva heroica, el estilo picaresco es una parodia psicopática de la épica de la individuación; pero entonces, la individuación podría ser una organización paranoica de la picaresca. El mismo relato narrado como realismo social se convertiría en un panfleto político, ya que, de hecho, el anarquismo y la picaresca prosperan mejor en suelo español.

Pero ya he hecho mi exposición: las historias clínicas tienen diferentes estilos ficticios y pueden escribirse en diversos géneros. Y la terapia puede ser más útil cuando una persona puede situar su vida dentro de esta variedad, como el panteón politeísta, sin tener que elegir entre una u otra. Porque aunque una parte de mí sabe que el alma muere en tragedia, otra vive una fantasía picaresca, y una tercera se entrega a la comedia heroica de la superación.

Género y arquetipo

Un amigo junguiano, Wolfgang Giegerich, al exponer el patrón arquetípico dentro de los escritos de Erich Neumann, hace la siguiente observación:

Algo (algún «factor») obviamente nos aleja de la orientación verdaderamente psicológica y apsicológica, al hacernos desear, o incluso necesitar, la verificación empírica, la verdad científica y las sistematizaciones. Este «factor» es nuestra contención en el mito de la Gran Madre/Héroe, cuya naturaleza es crear la fantasía (¡mítica!) de la posibilidad de romper heroicamente el mito para entrar en el «hecho», la «verdad» y la «ciencia». 18

A continuación, desarrolla el tema, mostrando que un relato narrativo en términos evolutivos es un género que pertenece a la perspectiva del Héroe/Gran Madre. Esto implica que cuando concebimos nuestra historia de vida como una batalla por la liberación de la Gran Madre —como la llamó Jung—, participamos en actos heroicos; estos actos heroicos se reflejan en conceptos como el desarrollo del ego, la fuerza del ego y la identidad personal. La teoría que surge de esta perspectiva arquetípica es la de «Orígenes e Historia de la Consciencia» de Neumann. Este libro no es una declaración de fe en el progreso ni una obra científica sobre la evolución. Tampoco es, como muestra Giegerich, una historia en ningún otro sentido de la palabra que no sea relato. Es más bien una fantasía arquetípica unida por una trama cautivadora: el desarrollo del Ego, un ser humano común, con quien cada uno puede identificarse. Su capacidad de persuasión se basa en ese mismo fundamento arquetípico –la retórica del arquetipo– que en este ejemplo nos arroja a cada uno de nosotros, los lectores, a una recapitulación ontogenética de la heroica batalla de liberación de la claustrofobia urobórica materna.

Giegerich vincula un género de escritura psicoanalítica con un arquetipo. En un breve artículo mío, también intenté demostrar que cierto estilo de presentación de la psicología, en particular el de Jung, mediante diagramas, números y cristales, referencias a la introversión y la paciencia lenta, e imágenes del Viejo Sabio, usos de la sabiduría y la magia antiguas, pertenece a la consciencia senex de Saturno. [19] De nuevo, la retórica de un arquetipo. De nuevo, un género que determina nuestras tramas y estilos al escribir la historia clínica.

La relación entre arquetipo y género ha sido elaborada de forma célebre por Northrop Frye en su Anatomy of Criticism, donde a cada uno de los cuatro géneros literarios clásicos se le asigna una estación del año, de modo que la literatura sigue un ciclo del dios del maíz. En realidad, el sistema de Frye, aunque cuádruple, se mantiene dentro del mito único de la Gran Madre, el Dios-Héroe, su hijo, y el ciclo de la naturaleza.

Más fundamental que cualquiera de estos intentos de abordar el problema del género y el arquetipo, es un enfoque que puede extrapolarse de un artículo de Patricia Berry. Ella considera que la narrativa como tal no puede sino reflejar las preocupaciones del ego, porque la narrativa es esencialmente el género del arquetipo del héroe. Escribe:

La narración también se refuerza con la terapia. Así como contamos nuestros sueños, narramos nuestras historias de vida. No solo el contenido de nuestros sueños se ve influenciado por el análisis, sino también el estilo mismo de nuestro recuerdo… Dado que el estilo narrativo de descripción está inextricablemente ligado a un sentido de continuidad —lo que en psicoterapia llamamos el ego—, el mal uso de la continuidad debido al ego también está muy presente… La dificultad más importante con la narrativa: tiende a convertirse en el viaje del ego. El héroe tiene una forma de encontrarse a sí mismo en medio de cualquier historia. Puede convertir cualquier cosa en una parábola de una forma de triunfar y mantenerse en la cima. La continuidad de una historia se convierte en su continuo movimiento heroico. Por lo tanto, cuando leemos un sueño como narrativa, no hay nada más ego-natural que tomar la secuencia de movimiento como una progresión que culmina en la justa recompensa o derrota del soñador. La forma en que la historia lo encapsula a uno en ella como protagonista corrompe el sueño en un espejo en el que el ego solo ve sus preocupaciones. [20]

Un pensamiento similar ha sido expresado sucintamente en el diccionario de Roger Fowler: “La narrativa sin héroe sigue siendo una ficción crítica”. [21] Incluso el antihéroe es lo que en psicología llamaríamos una inflación negativa del ego. Invoquemos o no, el ego siempre está presente. Si vamos a contar historias en forma narrativa, recurriremos a la teoría del ego. Berry insinúa que el género narrativo en sí mismo determina la trama mediante la cual construimos nuestra historia clínica y la entendemos.

Surge ahora la pregunta: ¿es nuestro estilo de escritura de historias clínicas, incluso al interpretar sueños y situaciones individuales, resultado de la psicología del yo, o es posible que la psicología del yo —tal como la presentó primero Freud, luego una división de su escuela y ahora la del establishment terapéutico— sea resultado de nuestro estilo de escritura de historias clínicas? ¿Hemos desarrollado la psicología del yo a través de nuestra forma de escribir casos? ¿Y son nuestras historias clínicas no tanto demostraciones empíricas del funcionamiento de la psique, sino demostraciones empíricas de cómo la poiesis organiza nuestra visión?

Esto significa que comenzaríamos a leer las historias clínicas con una mirada arquetípica hacia su forma. Nos interesaría el género en el que se fantasea el caso, incluso el ritmo, el lenguaje, la estructura de las oraciones, las metáforas, pues encontramos arquetipos no solo en el contenido de una historia clínica: la forma también es arquetípica. Existe una psicología arquetípica de la forma. Así, nos abriríamos a la idea de que si la historia estuviera escrita de otra manera, por otra mano, desde otra perspectiva, sonaría diferente y, por lo tanto, sería una historia diferente. Sugiero la base poética de la terapia, de la biografía, de nuestras propias vidas.

Quizás los ejemplos del ego heroico y la picaresca no basten para ilustrar lo que quiero decir. Volvamos a las abstracciones de la consciencia senex, donde nos alejamos por completo de la narrativa, tanto épica como episódica.

En este estilo senex de escritura de casos, tanto freudiano como junguiano, encontramos un énfasis en las reducciones, ya sea descendentes a la ansiedad de castración, la fantasía de omnipotencia, la escena primaria, etc., o ascendentes a la totalidad, el Sí-mismo, la cuádruple dimensión. El trabajo de análisis se presenta menos en términos de lo que sucedió después que en términos de estados descriptivos del ser, abstracciones básicas de los poderes que operan en el alma. Las abstracciones y reducciones pueden ser teóricas en términos de la libido y sus cuantificaciones, o históricas, numéricas (quaternio) o configurativas (mandala). Las imágenes de un sueño, en lugar de ser primarias e irreductibles, como afirma la propia teoría de Jung, se convierten en representaciones de algo más abstracto. La señora del escaparate reparando alfombras no es esa imagen precisa y sus implicaciones metafóricas, sino una representación de una imagen materna abstracta y no representativa a la que puede reducirse. Las escenas de la infancia no se toman como imágenes ni se vinculan a la narrativa del desarrollo, sino que se convierten en ejemplos de universales teóricos, anales o edípicos. Los eventos no cuentan una historia, sino que revelan una estructura. Esta estructura se aplica a otros eventos a lo largo del tiempo y a imágenes independientemente del contexto: el intento de destacar en la escuela, la obsesión por cambiarse de ropa interior, el miedo a la oscuridad del bosque en el campamento, uniéndolos como manifestaciones de un principio fundamental.

Ya no se trata de qué sucedió después ni de cómo se pasó de esta situación a la siguiente. Se trata, más bien, de ejemplos que ejemplifican principios, imágenes como alegorías, escenas como representaciones en el tiempo de verdades eternas. En este género de examinar un caso —y digo examinar deliberadamente—, la función de la consciencia, representada por el escritor-analista, es la de ver abstracciones, una perspicacia aguda para comprender estructuras y leyes.

Aquí la función conectora de la consciencia se define, no herméticamente en términos de significados, ni marcialmente en términos de activación, ni erótica ni dionisíacamente, sino sistemáticamente, mediante una capacidad paranoica para ver las defensas y resistencias como mecanismos (no como obstáculos en el curso heroico de la progresión). Finalmente, el desenlace en este género se centra menos en un objetivo en el paciente (por ejemplo, la mejoría), que pertenece al estilo narrativo y al desarrollo del yo, que en una instrucción en la ciencia del análisis, una contribución a la teoría, añadiendo otra piedra a su monumento. Saturno, el senex. [22]

Habrán notado que incluí algunas alternativas que aún no hemos discutido: la escritura hermética, donde las conexiones no se cierran, sino que se abren y revelan; la afroditica, donde la atención se centra en el valor sensorial, las relaciones personales, quizás, o el sexo; la dionisíaca, donde el flujo es lo más importante. También he dejado solo como indicio el punto de vista del ánima que, en mi opinión, se quedaría con las imágenes y fantasías mismas, sin traducirlas ni organizarlas en narrativas ni a través de la trama, sino respondiendo a ellas con un estilo metafórico donde la consciencia se basa en la insinuación, la reflexión, el eco, el tono y los movimientos elusivos.

La idea de que hay un Dios en nuestros relatos y que este Dios moldea las palabras en la sintaxis misma de un género no es nueva en los estudios literarios, aunque pueda resultar chocante para mis colegas que realmente creen que solo escriben relatos clínicos de hechos. Annabel Patterson, [23] Por ejemplo, ha retomado “Las Siete Estrellas Capitales”, una descripción de las siete ideas de estilo empleadas en las composiciones renacentistas. Allí vemos cómo diferentes dioses pueden vincularse con géneros, es decir, la gravedad con Saturno, la velocidad con Mercurio, la belleza con Venus, la vehemencia con Marte, etc. Por supuesto, estos paralelismos directos no deben forzarse: la psicología politeísta no puede hablar con franqueza, uno a uno. Más bien, deben concebirse como perspectivas sugerentes para la escritura y la lectura de relatos clínicos y para escuchar el lenguaje del paciente.

Mi punto en esta sección ya se planteó en el mismo artículo de Berry: “La forma en que contamos nuestra historia es la forma en que construimos nuestra terapia”. La forma en que imaginamos nuestras vidas es la forma en que las seguiremos viviendo. Porque la forma en que nos contamos lo que sucede es el género a través del cual los eventos se convierten en experiencias. No hay eventos escuetos, hechos sencillos, datos simples; o, mejor dicho, esto también es una fantasía arquetípica: la simplicidad de la naturaleza bruta (o muerta).

Retórica significa el arte de la persuasión. Y la retórica del arquetipo es la forma en que cada dios nos persuade a creer en el mito que trama nuestra historia clínica. Pero el mito y el dios no son algo aislado, que se revele en momentos de revelación numinosa, por oráculo o mediante epifanías de imágenes. Están en la retórica misma, en cómo usamos las palabras para persuadirnos de nosotros mismos, cómo describimos lo que sucedió después y respondemos a la pregunta de por qué. Para encontrar a los dioses en psicología, primero debemos examinar los géneros de nuestra historia clínica.

Nuestra reflexión debe centrarse en la literatura psicoanalítica como literatura. Sugiero que la reflexión literaria es un modo primario de comprensión cuando uno es ignorante, inconsciente, ciego respecto al caso, porque no ha diferenciado el factor subjetivo, los dioses en su obra.

Historia del alma vs. Historia del caso

Antes de continuar, debemos retomar la distinción que Alain hizo anteriormente entre la historia como relatos de sucesos externos y la ficción como relatos de sucesos internos. Esta misma distinción fue crucial para mi argumento en “El suicidio y el alma”, donde sostuve que el suicidio solo puede entenderse, si acaso, desde la perspectiva del alma y su historia interna. Los sucesos externos del registro del caso no son suficientes. Permítanme repetir lo que se dijo allí:

El exterior y el interior, la vida y el alma, aparecen como paralelos en la historia clínica y la historia del alma. Una historia clínica es una biografía de los acontecimientos históricos en los que se participó: familia, escuela, trabajo, enfermedad, guerra, amor. La historia del alma a menudo ignora por completo algunos o muchos de estos acontecimientos, e inventa espontáneamente ficciones y paisajes interiores sin correlaciones externas significativas. La biografía del alma se centra en la experiencia. Parece no seguir la dirección unidireccional del flujo del tiempo, y se expresa mejor a través de emociones, sueños y fantasías. Las experiencias que surgen de los grandes sueños, crisis y percepciones definen la personalidad. También tienen nombres y fechas, como los acontecimientos externos de la historia clínica; son como linderos que delimitan el propio territorio individual. Estas marcas pueden ser menos negadas que los hechos externos de la vida, ya que la nacionalidad, el matrimonio, la religión, la ocupación e incluso el propio nombre pueden ser alterados. La historia clínica informa sobre los logros y fracasos de la vida con el mundo de los hechos. Pero el alma no ha logrado ni fracasado de la misma manera… El alma imagina y juega, y el juego no se registra en un informe. ¿Qué queda de los años de juego de nuestra infancia que pueda registrarse en una historia clínica?… Mientras que una historia clínica presenta una secuencia de hechos que conducen al diagnóstico, la historia del alma muestra más bien un caos concéntrico que siempre apunta más allá de sí misma… No podemos obtener una historia del alma a través de una historia clínica. [24]

La posterior atenuación de esta radicalidad ocupa más páginas de las que se pueden reproducir aquí, pero aun así la distinción sigue siendo nítida. La historia clínica se deja de lado como “los logros y fracasos de la vida con un mundo de hechos”. Es simplemente una reliquia del modelo médico, incidental a las preocupaciones del alma.

Pero esto no servirá. ¿Qué hay de la historia clínica, no solo como documento escrito, sino como una realidad de cada existencia? Cada uno tiene sus propias historias: padres y escuelas, enfermedades y diplomas, trabajos mantenidos y amores perdidos. ¿Son estas tan triviales y accesorias al alma? La lucha con la historia clínica en este artículo se deriva de ese trabajo sobre el suicidio: ¿qué nos dice la historia clínica? ¿Para qué tenerla?

Mientras el problema se encierre en las antiguas dualidades mecánicas de alma y mundo, interior y exterior, psicológico y médico, seguiremos recorriendo los mismos caminos. En cambio, debemos ver la necesidad interna de los acontecimientos históricos, allá afuera, en los acontecimientos mismos, donde “interior” ya no significa privado y propiedad de un yo, un alma o un ego; donde interior no es un lugar literal dentro de un sujeto, sino la subjetividad en los acontecimientos y esa actitud que los interioriza, que los explora en busca de profundidades psicológicas.

El error fundamental del mecanicismo en psicología reside en que literaliza las funciones y acciones como partes móviles discretas, separadas entre sí. El error fundamental de mis dos tipos de “historias” fue esta separación mecanicista del alma y el caso, con este último consolidándose aún más en hechos literales. El pasaje anterior lo expresa con suficiente claridad. Al ser tan firme con respecto a la historia del caso como hechos concretos, pude liberar la historia del alma para que fuera completamente interna, importante y simbólica.

Ese modelo de dos historias adopta el error del que supuestamente son conscientes los historiadores, el error del literalismo histórico: que lo escrito en una historia es lo que realmente ocurrió, un relato de los hechos, un relato verificable de los acontecimientos reales tal como fueron. Alain también comete este error, colocando la historia por un lado y la ficción por el otro. Esta separación ennoblece la historia de caso con una realidad literal, que luego debe ser igualada exagerando, como hice antes, que la historia del alma tiene el mismo tipo de realidad: “ellos también tienen ‘nombres’ y ‘fechas’… como linderos…”. Habiendo literalizado lo externo, tuve que literalizar y fortalecer lo interno.

Lo que pasé por alto y quiero corregir aquí es que una historia clínica, por muy «exterior» que sea su estilo, también es una forma de imaginar. Retomaría la historia clínica como una de las formas en que el alma se expresa a sí misma, como caso y con una historia. Entonces podemos respetar la historia clínica por la forma de ficción que es: una ficción forjada en literalismos que no necesariamente se reconoce como tal, porque, como veremos en esta ronda, este tipo de literalismo es necesario para el alma. Necesita su historia clínica literal, añadiéndola a medida que se involucra en la vida.

Sobre todo, no podemos afirmar certezas internas del alma frente al flujo de hechos externos. Lo que nos decimos sobre nuestras entidades «verdaderas» y los puntos de referencia del alma está tan sujeto a la disolución, la interpretación errónea y los límites cambiantes como cualquier evento «externo». Podemos engañarnos tanto a nosotros mismos como a los hechos del mundo. La distinción entre una historia clínica de eventos externos y una historia del alma de experiencias internas no puede hacerse en términos de permanencia indeleble y verdad literal. Ninguna es más «real» por ser más sólida. Tenemos que afirmar la realidad psíquica de otra manera: no copiando las metáforas literalistas, las fantasías de fijeza y dureza que usamos para la realidad externa.

Distinguir entre lo interno y lo externo desde otros puntos de vista significa considerar el movimiento entre el alma y la historia como un proceso que se internaliza y externaliza continuamente, que adquiere y pierde conocimiento, que se desliteraliza y reliteraliza. Alma e historia son los nombres que damos a esta operación más fundamental que se da entre lo que el pensamiento hindú denomina suksma (sutil) y sthula (denso), entre la perspectiva metafórica ficticia y la perspectiva histórica literalista, entre lo interno y lo externo. No se trata de que existan dos tipos de acontecimientos, ni dos lugares donde ocurren, sino dos perspectivas sobre los acontecimientos: una psicológica interna y una histórica externa.

Llegamos ahora a un punto fundamental en la relación entre el alma y la historia. Un acontecimiento se convierte en experiencia, se mueve de lo externo a lo interno y se transforma en alma cuando atraviesa un proceso psicológico, cuando el alma lo manipula de diversas maneras. Platón nos dio las principales: la dialéctica, ciertos tipos de manía, como el amor y el ritual, y la poesía, a la que podemos añadir la enfermedad o la patologización como actividad tanatológica de la psique. Podemos asimilar el mundo sometiéndolo a la enfermedad; mediante la creación de síntomas, podemos convertir un acontecimiento en experiencia. Pero una simple narrativa, una simple historia, no basta para crear alma.

Una historia de amor no es más que una histoire, una de mille e tre, solo la historia externa de eventos emocionales, como una multitud de narcisos amarillos, a menos que se recuerde con tranquilidad, se someta a una operación psicológica, tal como el alma misma lo exige: cartas de amor, ansiedades, poemas, confidencias, citas arriesgadas, fantasías tumescentes. Sueños, visiones y sentimientos —tan completamente internos y míos— no tienen nada que ver con el alma a menos que se recuerden, se registren, se incorporen a la historia. Las imágenes y sentimientos internos (la llamada materia del alma) están a disposición, cada noche en la feria onírica, simplemente regalos del túnel del amor y la cámara de los horrores a menos que se sometan a la inteligencia cualificadora, a la construcción histórica de la psique, a tamizarse y sopesarse en la reflexión disciplinada del amor, del ritual, de la dialéctica, de un arte —o de un análisis psicológico con su trama terapéutica—.

Verás, aquí estoy hablando de la historia como equivalente a la creación del alma, como una operación digestiva.

Estas dos formas de historia reaparecen en la oposición entre alma y caso. La historia de caso es la historia de lo externo, de la materia bruta, sin fermentar, sin digerir, sin elaborar. Y este material de caso (como bien se le llama) puede ser igualmente las intensas fantasías privadas de un viaje de LSD o una epifanía religiosa, o aburridos documentos públicos de mis archivos, siempre y cuando no haya sido elaborado e ingerido para convertirse en experiencia. Externo significa simplemente que estamos afuera observándolo; está cerrado en su literalidad factual. Esto y esto sucedió, y luego esto. Interno significa que lo asimilamos; está abierto a la comprensión. La ingestión ralentiza los acontecimientos para facilitar la masticación.

Podemos contemplar la historia desde la perspectiva del alma. Al recopilar cuidadosamente lo sucedido, la historia digiere los acontecimientos, transformándolos de material de caso a materia sutil. Oculto en esta fantasía se encuentra un principio de mi fe: el alma ralentiza el desfile de la historia; la digestión doma el apetito; la experiencia coagula los acontecimientos. Creo que, si tuviéramos más experiencia, habría menos necesidad de acontecimientos y el rápido paso del tiempo se detendría. Y entonces creo que lo que no digerimos se deposita en otro lugar, en otros, en el mundo político, en los sueños, en los síntomas del cuerpo, volviéndose literal y externo (y llamado histórico) porque nos resulta demasiado difícil, demasiado opaco, descifrarlo y comprenderlo.

Lo que no experimentamos se convierte solo en material de caso o historia universal, acelerando el ritmo de los acontecimientos tanto en mi alma como en el mundo. Toda prisa viene del diablo, como dice un viejo refrán, lo que psicológicamente significa que el diablo reside en la indigestión, en tener más acontecimientos de los que se experimentan. Lo que experimentamos al someter los acontecimientos a un proceso imaginativo se extrae de las calles del tiempo y del mar ignorante de mi turbulencia mental. Vencemos al diablo simplemente quedándonos quietos.

O retroceder: la regresión pertenece al modo digestivo de la formación del alma, de modo que gran parte del recuerdo, su dolor, su vergüenza, es recapitulación, una revisión del capítulo antes de que pueda cerrarse. Los analistas probablemente deberían reescribir sus casos con la misma frecuencia que los novelistas sus ficciones. Redactar el caso, reescribirlo y editarlo, forma parte de su terapia, sanando la ficción de sus momentos desconsiderados, sus restos no digeridos. Nosotros también necesitamos depurar nuestra escritura de la jerga de moda de ideas prestadas, convencionalismo y autoreflexión. Necesitamos prestar atención a los adjetivos, las frases preposicionales, incluso las comas, que contribuyen a la precisión y afinan las imágenes hasta lo esencial. A medida que los analistas nos volvemos más cultos, podemos volvernos menos literales, atascados en el caso sin una visión de su alma. Después de todo, la psicoterapia significa una terapia de la psique y su práctica puede no limitarse solo a la persona que ha pasado por la clínica para desaparecer anónimamente en la vida. El seguimiento de la escritura es nuestra digestión. La práctica continúa en el practicante, y seguimos «practicando» con los casos de Freud. La psicoterapia avanza solo por regresión, repasando el material una vez más, reescribiendo su propia historia.

Por eso rindo culto psicológico al altar del dios del tiempo histórico y de la lentitud, Saturno, el devorador arquetípico, que nos enseña el arte de la digestión interna a través del síndrome de sus depresiones magistrales.

Resulta curioso descubrir que el análisis no considera la historia de esta manera beneficiosa. Las psicoterapias profundas se adentran en el pasado de una persona con el deseo de alterarlo, incluso despojarse de él. Una persona es un caso con una historia debido a la historia. La terapia es una especie de opus contra historiam. Trabaja contra las influencias históricas de la infancia y la sociedad para descubrir un verdadero yo ahistórico y liberarlo. Así, encontramos terapias profundas que invocan principios ahistóricos, como los instintos, la atemporalidad del inconsciente, el renacimiento, los arquetipos y otras universalidades eternas como el complejo de Edipo o el yo. Profundo tiende a significar más allá o fuera de la historia. Estas terapias también intentan dar al alma una historia que sea independiente de su material de caso, un alma cuya historia recapitula la filogenia o la individuación religiosa.

Pero abordo esta cuestión histórica desde otra perspectiva. Veo la oposición entre los dos tipos de historia como una necesidad de la trama terapéutica. La terapia requiere la ficción de realidades literales como materia prima para trabajar. Debe tener lo crudo para poder cocinarse. Así que comenzamos con una anamnesis clásica. Pero este movimiento no se realiza para fundamentarse en hechos, sino porque estas historias factuales son la materia prima en la que se encuentra atrapada la psique del paciente. Está inmerso en estos apegos e identificaciones literales, las circunstancialidades aferradas de la physis. Aquí está el abismo aparentemente desalmado, el material informe y apsicológico lleno de datos fraternos, cifras económicas, paso por centros de bienestar, dolores, molestias y necesidades, aún no «elaborado» en una trama: todo es previo a la fermentación.

Este nivel de ficción debe presentarse de forma literal. La trama terapéutica necesita eventos opacos para generar percepciones. Es más, la trama terapéutica, como proceso continuo, sigue necesitando nuevos materiales para seguir construyendo el alma. Así, la historia clínica y su material se desarrollan en contigüidad con la historia del alma y la hacen posible. La terapia se beneficia de mantener las fronteras entre lo externo y lo interno para poder intercambiarlas mediante su arte de interpretación.

Las interpretaciones requieren límites bien definidos, quizás incluso crearlos. Quizás, todos esos límites cuidadosamente definidos que engloban la terapia —entre paciente y médico, entre objetivo y subjetivo, símbolos y conceptos, consciente e inconsciente— deriven de la primera y fundamental acción de la terapia: la traducción interpretativa. Defensas, resistencias, opuestos, límites del yo: este es el lenguaje de la frontera. Quizás, la transferencia misma sea una función de la interpretación; y si elimináramos los límites que exigen la traducción entre dos lenguajes, no tendríamos la tensa transferencia entre las dos personas.

Supongamos que, en lugar de imaginar las fronteras como zanjas y trincheras entre bandos opuestos, que requieren censores, intérpretes y normas profesionales, las imaginamos como espejos. El análisis como mimesis. Entonces, la terapia evoca imágenes correspondientes, una y otra vez. La imagen que el paciente aporta recibe un reflejo imaginativo de mi parte, en lugar de una traducción a mi lenguaje. Respondemos a la pintura y a la música sin traducción, ¿por qué no también al sueño? El arte imaginativo renuncia a la interpretación y exige, en cambio, un acto de imaginación comparable. Tu sueño evoca un sueño en mí, el mío en ti; no literalmente como tal, no como un compartir y una confesión mutuos (que pierden la imagen en el subjetivismo personal), sino como sueño como ensoñaciones, fantasía, respuesta imaginativa, una obra de construcción del alma cuyo objetivo no es hermenéutico, ni un gesto de comprensión. A lo largo de la frontera reflejada, uno no escucha el lenguaje del significado; comprenderse mutuamente no es el objetivo, y así la traducción se desvanece. En lugar de eso, hay una danza mímica de ida y vuelta de los guardias fronterizos, saludos de imágenes, intercambio de regalos, ceremonias.

¿Has vislumbrado a quién estoy señalando? A Hermes. Él es el dios de las fronteras y la hermenéutica, de las conexiones entre mundos. Como procedimiento de interpretación, la psicoterapia ha invitado al astuto y voluble Hermes, con su comercio, su falo, sus engaños, quien luego debe ser controlado con restricciones que, como fronteras, solo alientan a Hermes cada vez con más fuerza. Un círculo vicioso, el círculo hermenéutico. Análisis interminable porque cada vez hay más material inconsciente para la interpretación consciente.

Mi punto aquí no es que Hermes sea el dios equivocado para el análisis. Mi punto es que una vez que se le ha invitado, entonces es mejor saber qué podemos esperar. Él mismo es una ficción curativa, un dios. Y Hermes sana convenciéndonos de esa ficción de interpretación, haciéndola funcionar, de modo que el intérprete da justo en el clavo. Pero para que Hermes funcione adecuadamente como guía de almas, debemos tener algún material que él pueda convertir en un mensaje. Nada de sueños, nada de introspecciones terapéuticas. Debe haber algo que traspase el umbral e intercambie, que se traduzca en una introspección. Él aparece en el acto interpretativo; su don es la introspección. Uno reconoce dónde ha estado por el montículo de piedras erigido para marcar su intervención. Y estas piedras límite continúan erigiéndose en la psique como parte de su historia del alma (como se mencionó anteriormente) después de que se haya realizado un breve y hábil trabajo hermenéutico sobre un sueño o una historia.

Cuando Hermes está trabajando en un análisis, uno siente que le han robado la historia y la han transformado en algo más. (Mi colega, que «engañó» a su nuevo paciente al no darle lo que quería para su historia: eso fue una jugada de Hermes, aunque no funcionó). El paciente cuenta su historia, y de repente la trama se transforma. Se resiste, como quien intenta detener a un ladrón… esto no es lo que quería decir en absoluto, en absoluto. Pero demasiado tarde: Hermes ha captado la historia, le ha dado la vuelta, ha convertido lo negro en blanco, le ha dado alas. Y la historia ha desaparecido del nexo histórico del mundo superior en el que había comenzado y se ha subvertido en un significado subterráneo.

Freud y Jung comenzaron con estos trucos herméticos. “Ayer me pasó algo loco” se convirtió para ellos en mensajes hermenéuticos. Sacaron los lapsus, los chistes y las rarezas de las asociaciones de palabras de su inocente contexto prima facie y los llevaron a las vastas cavernas del significado psíquico. Ambos fueron maestros de la conversión hermética, transformando el material del caso en alma.

Jung: ¿Hijo de Hermes?

Además de los géneros que hemos señalado —hermético, heroico, picaresco o episódico, erótico, saturnino y el del ánima—, podemos encontrar las semillas de otro en Jung. Pero debemos buscar en el lugar correcto. Pues, si bien Jung hizo varias contribuciones a las relaciones entre la psicología y la literatura. 25 Estos pertenecen a los enfoques psicológicos de profundidad más convencionales sobre el tema. Son generales y plantean todo el asunto en términos de opuestos: inconsciente personal/colectivo, estético/psicológico, creatividad/normalidad, forma/contenido, etc. Las escasas observaciones de Jung sobre la ficción, con la excepción de su artículo sobre el Ulises de Joyce y su afinidad con el Fausto de Goethe, se refieren en general a escritores de segunda categoría como Rider Haggard. Su verdadera contribución, como la de Freud, está en las ficciones que él mismo construyó, su propia manera de escribir psicología. La respuesta a Job es la más evidente de estas, pero analogías aún más interesantes con las producciones literarias son sus fenomenologías de diferentes arquetipos —el embaucador, Mercurio, el niño, el ánima, la madre— que son la invención creativa de personalidades ficticias, biografías o descripciones de personajes de personas arquetípicas.

Al igual que Freud, gran parte del material clínico publicado por Jung (excluyendo sus primeros trabajos psiquiátricos y freudianos, es decir, el trabajo realizado antes de los treinta y siete años, cuando Jung se convirtió en lo que ahora llamamos junguiano) se aleja enormemente del empirismo clínico. Cuando se refiere a casos, como lo hace a lo largo de toda su obra escrita, no lo hace en el sentido empírico clínico, sino como anécdotas de relleno o ejemplos concretos. Sus casos son ilustraciones secundarias, a menudo precedidas por la observación: “Me gustaría ilustrar esto con un ejemplo”. [26]

Aunque se trata de “un análisis del preludio de un caso de esquizofrenia”, como subtituló Símbolos de Transformación (CW 5), el caso extenso más famoso de Jung, “La señorita Miller”, es, al igual que el caso Schreber de Freud, el análisis de un documento impreso, originalmente escrito por un estadounidense, cuya traducción francesa Jung elaboró en alemán. Su segundo caso publicado más importante (Psicología y Alquimia, CW 12), al igual que el caso Hans de Freud, se basó en material de un paciente que no trabajó analíticamente con Jung. Jung eligió expresamente un caso ajeno a él para que la demostración de su teoría mediante él fuera aún más objetivamente empírica, es decir, menos sujeta a su influencia (cf. CW 11: 38). Incluso aquel famoso paciente de Burghölzli, cuya fantasía espontánea del falo solar creando viento se convirtió en la base “empírica” de las hipótesis de Jung sobre el inconsciente colectivo y los arquetipos, resultó no haber sido su propio caso, sino el de su alumno Honegger, quien se lo contó a Jung. [27]

Cuando Jung presenta el único volumen de sus obras reunidas que abarca sus artículos sobre análisis empírico y empíricamente titulado La práctica de la psicoterapia (CW 16), dice: “Este libro puede servir para dar al lector una buena idea de los fundamentos empíricos de la psicoterapia”. El lector profano espera “material de casos”, pero los once casos mencionados en el libro –excepto el breve caso póstumo añadido por los editores en la segunda edición tras la muerte de Jung– son referencias anecdóticas en passant, o son sueños de pacientes que sirven de material para el método de interpretación de Jung.

El uso que Jung hace de “empírico” en sus últimos tiempos merece un estudio en sí mismo, pues renueva un término que se ha convertido en un cliché arraigado en el cientificismo. Creo que su uso de la palabra se refiere a un proceso subjetivo en sí mismo y es más coherente con el uso que el poeta hace de “empírico”. El acontecimiento empírico —la imagen del falo solar en un paciente— desencadena un movimiento en la mente que da origen a una hipótesis (o una imagen, un verso). Se señala entonces el acontecimiento empírico como la causa eficiente, pues, de hecho, la hipótesis surgió de un hecho empírico con un tiempo y un lugar, como un poema puede surgir de una percepción concreta. Y, al igual que el poeta, Jung regresa una y otra vez al mundo concreto de las percepciones (casos, sueños, fantasías religiosas, textos antiguos). En este primer sentido, es empírico. En segundo lugar, es empírico al acumular ejemplos que sustentan sus hipótesis, y, en tercer lugar, en el sentido pragmático de evaluar hipótesis en términos de heurística terapéutica práctica. Pero no es empírico, ni siquiera en el sentido clínico del caso único como paradigma, porque el caso no es la fuente indispensable de sus intuiciones ni el lugar de su comprobación.

Excepto el caso de su autobiografía. Esta se publicó al final de su cosmología de veinte volúmenes y no pretendía formar parte de la evidencia de sus teorías mucho más tempranas, aunque posteriormente resultó ser el principal soporte empírico de toda su obra. [28] La obra de Jung, al igual que la teoría de los sueños, la represión y el inconsciente de Freud, es el resultado de una historia clínica principal y se demuestra a través de ella, la del propio autor.

En resumen, la presentación de casos de Jung no es decididamente empírica médica —informes sobre las interacciones entre médico, paciente, patología y tratamiento—, sino que su material de casos presenta ficciones psíquicas espontáneas y sus interpretaciones. (La relación de estos sueños y fantasías con el “caso” y con el médico [Jung] es apenas esbozada y suele ser incidental). Sus casos tampoco son anamnesis, presentaciones biográficas de la vida, una modalidad de la que abjura expresamente:

En ciertos círculos se ha acusado a la psicoterapia más reciente de preocuparse demasiado por los problemas filosóficos y no lo suficiente por las minucias de las historias clínicas. Esta acusación debe refutarse rotundamente, ya que los problemas filosóficos son prioritarios en cualquier estudio empírico de la psique, como temas aptos tanto para la investigación como para la crítica filosófica. El intelecto empírico, al ocuparse de las minucias de las historias clínicas, introduce involuntariamente sus propias premisas filosóficas no solo en la organización, sino también en el análisis del material, e incluso en la presentación aparentemente objetiva de los datos. Si los psicoterapeutas actuales empiezan a hablar de una cosmovisión, una filosofía de la vida, esto simplemente demuestra que han descubierto la existencia de ciertas suposiciones generales que antes se pasaban por alto de la manera más ingenua. ¿De qué sirve, incluso el trabajo más preciso y meticuloso, si está sesgado por una suposición no confesada? [29]

¿Qué nos queda entonces? La interpretación y el comentario sobre las imaginaciones psíquicas espontáneas. Aunque se le llame “material inconsciente”, es ficción. Mientras que Freud era un escritor de ficciones, en el sentido mencionado, Jung es un escritor sobre ficciones. Y, para Jung, cuanto más ficticio y extravagante, mejor (de ahí la alquimia, el Tíbet, Zaratustra, los eones astrológicos, la esquizofrenia, la parapsicología), pues tales “materiales” lo obligaban a abordarlos a un nivel igualmente imaginativo. Pero tanto Freud como Jung asumieron una postura empírica, se sometieron a críticas empíricas e intentaron responder con defensas empíricas. Habrían sido más útiles si hubieran recurrido al campo en el que ellos mismos trabajaban, el campo de la imaginación literaria.

El estilo de Jung al escribir psicología adopta diversas formas, a veces exhortativo y apocalíptico como un predicador herético, a veces con los gráficos y figuras de un experimentalista wundtiano, a veces con los sistemas extravagantes, el lenguaje impenetrable y las referencias arcanas de un gnóstico temprano del Cercano Oriente. Como Hermes, cuyos pies alados aterrizan tanto en el Hades como en el Olimpo, y que porta mensajes de todos los dioses, la hermenéutica de Jung no conocía barreras de tiempo ni espacio —yoga chino, ritos mexicanos, acontecimientos históricos contemporáneos, pacientes de hospital, física moderna—; lo interpretaba todo; todo era materia prima para sus operaciones psicológicas. Su psicología se presenta como un ensayo continuo, Versuch. Al igual que cualquier otro gran ensayista, Montaigne o Emerson, por ejemplo, Jung, como siempre insistió, no escribió un sistema. Que su segunda generación de seguidores mostrara rápidamente la cosmología oculta en los ensayos asistemáticos —con mapas y figuras incluidas— no lo hace menos hermético. La única obra (CW 7) que sí «ensayó» un enfoque sistemático fue escrita originalmente antes de que sus principales obras sobre ciencia, religión, mitos, alquimia y realidad psíquica siquiera fueran concebidas. (El hecho de que este libro todavía se utilice como introducción a la obra de Jung demuestra nuestra desesperación por encontrar sistemas explicativos de la psicología y no ensayos profundos sobre ella).

Así, la forma en que Jung escribía psicología parece haber estado bajo la tutela de Hermes en varios sentidos: la preocupación por las condiciones límite de la psique; el compromiso con los secretos herméticos de la psique; y, en tercer lugar, su investigación hermenéutica en los límites de la psicología, donde campos extraños se tocan. Además, la obra de Jung es en sí misma una hermenéutica al estilo de Hermes. No crea una nueva cosmología, sino que la resignifica al guiarla hacia la psique y esta hacia la muerte. Todas las cosas llevan mensajes de los dioses para el alma. Hermes aparece en la preocupación de Jung por el mito de los significados, su atracción constante por Mercurio ya sea en la esquizofrenia, la sincronicidad, la transformación, la muerte o en el arte hermético, la alquimia. Hermes también es el embaucador que puede distorsionar una palabra, como “empírico”, para transmitir el mensaje necesario en el momento, y así colar otro significado. En el centro de su talla en piedra de Bollingen, rodeado por los glifos de los planetas, se encuentra el signo de Mercurio. [30] Mercurio entre otras cosas, es el dios de la escritura.

Pero, a mi manera voluble, el dios al que quiero señalar en Jung no es Hermes sino Dioniso, y para ello debemos recurrir a la discusión de Jung sobre el sueño.

Sueño, drama, Dioniso

Jung no aceptó la ficción freudiana del sueño; era demasiado artificial y simplista. Para Jung, el sueño no era alegórico: “una descripción narrativa de un sujeto disfrazado de otro”. [31] en el que “los personajes, las acciones y los escenarios son sistemáticamente simbólicos”. [32] El sueño era metafórico, hablaba dos lenguas a la vez, o, como él mismo expresó esta duplicidad hermética, el sueño es un símbolo, la fusión de dos disonancias en una sola voz. La diferencia entre Freud y Jung es la diferencia entre alegoría y metáfora. Y la diferencia entre alegoría y metáfora es más profundamente determinante de las verdaderas escuelas de psicología y de la comprensión del alma y su lenguaje que las diferencias derivadas de las tramas o teorías de Freud y Jung.

Tanto la alegoría como la metáfora comienzan diciendo una cosa como si fuera otra. Pero mientras que el método alegórico divide este doble discurso en dos componentes —latente y manifiesto— y exige la traducción de lo manifiesto a lo latente, el método metafórico mantiene unidas las dos voces, escuchando el sueño tal como se narra, ambiguamente evocador y concretamente preciso en cada instante. Las metáforas no están sujetas a una traducción interpretativa sin romper su peculiar unidad. El hombre con una pierna de palo deja de ser una metáfora si se dice: mira, bajo sus pantalones, una de sus piernas es artificial; o si se toma la otra vía, diciendo: Quiero decir solo figurativamente que su estilo es similar al de alguien con una pierna de palo. Es falso, hueco; cojea, se arrastra. Dado que los símbolos y las metáforas no pueden traducirse, se necesita otro método para comprender los sueños, un método en el que las máscaras, los disfraces y la duplicidad pertenezcan inherentemente, un método que sea en sí mismo metafórico.

Este modo metafórico de hablar es para Jung la voz de la naturaleza misma; su metáfora favorita para el sueño era que era la naturaleza misma hablando. Con esto se refería, al menos para mí, tanto a natura naturans (la fuerza primordial de la naturaleza) como a natura naturata (las formas primordiales de la naturaleza, las imágenes arquetípicas ambiguas pero precisas). Al recurrir a los sueños para la naturaleza creativa del alma, Jung también recurría al dios de esta naturaleza, Dioniso. Él es a la vez la fuerza vital, zoe, y el flujo ambiguo de la fantasía primordial; siempre es un niño, bisexual, y el Señor de las Almas, la vida psíquica de la transformación a través de eventos semiocultos. Jung también señaló a Dioniso al afirmar que el sueño tenía una estructura dramática. Dioniso es el dios del teatro: la palabra tragedia significa su «canto de la cabra».

Cuando Jung afirmó que el sueño tenía una estructura dramática y que su naturaleza podía interpretarse como teatro, realizó la misma maniobra que Freud. Ambos proyectaron sobre el sueño la idea con la que lo veían. Freud afirmó que el sueño contenía sexualidad reprimida, mientras que él lo veía y descifraba mediante esa idea (que, por cierto, no es solo una teoría instintiva ni un modelo biológico, sino una trama arquetípica que expresa a Afrodita, Eros, Príapo y Dioniso-Líber). Jung afirmó que el sueño tenía una estructura dramática, mientras que él utilizaba la perspectiva del drama para interpretarlo. Esta confusión entre lo que vemos y cómo lo vemos es otro ejemplo del efecto de las ideas. Un eidos significa originalmente aquello que se ve y aquello por lo que se ve. En realidad, solo podemos ver la estructura dramática si vemos a través de ella. Vemos lo que nuestras ideas, regidas por arquetipos, nos permiten ver.

La incursión de Jung en el teatro fue otra de sus apuestas literarias. De nuevo, dio un paso crucial al aproximar la psicología a la poética. Además (planteando esta idea como hipótesis, y en cursiva para asombrar): si el sueño es de naturaleza psíquica per se, incondicionado, espontáneo, primario, y esta naturaleza psíquica puede mostrar una estructura dramática; entonces, la naturaleza de la mente es poética. Para llegar a la raíz de la ontología humana, su verdad, esencia y naturaleza, uno debe moverse en el modo ficticio y usar herramientas poéticas. Para comprender la estructura del sueño, recurrimos al drama; la poiesis es la vía regia de la vía regia. El inconsciente produce dramas, ficciones poéticas; es un teatro.

En una obra (CW 8) no publicada hasta 1945, Jung establece las cuatro etapas de la estructura dramática: Declaración del Lugar, Dramatis Personae, Exposición, Desarrollo de la Argumentación, Culminación o Crisis, Solución o Lisis. No la repetiré aquí; disfrutará leyéndola usted mismo. Es instructiva, útil y engañosa. Porque la estructura dramática no es verdadera en el nivel que Jung la postula: los sueños que uno ve en la práctica rara vez pueden analizarse en cuatro etapas claramente definidas, porque los sueños son principalmente abruptos y fragmentarios o histéricamente hinchados y serpenteantes. Además, la noción de estructura dramática es engañosa en un sentido más profundo: el sueño es principalmente una imagen: oneiros (sueño en griego) significa «imagen» y no «historia» (cf. Berry sobre la relación entre narrativa e imagen en los sueños). Podemos ver el sueño narrativamente, alegóricamente o dramáticamente, pero es en sí mismo una imagen o un conjunto de imágenes. Cuando vemos drama en él, siempre estamos, en parte, viendo nuestra propia hipótesis.

La hipótesis dionisíaca ha sido valiosa para ver el sueño de otra manera; será aún más valiosa para ver a Dioniso de otra manera.

Dioniso ha sido menospreciado o adulado por su histeria. Ha llegado a significar simplemente lo opuesto a Apolo. [33] y, por lo tanto, se ha convertido, en la mente popular y académica, en una criatura de ménades delirantes, éxtasis comunitario, fronteras perdidas, revolución y teatralidad. El logos debe traerse de otra parte, por ejemplo, de Apolo. Pero cuando Jung afirma que el sueño tiene una estructura dramática, afirma que tiene una lógica dramática, que existe un logos dionisíaco, y esta es la lógica del teatro. El sueño no solo es de naturaleza psíquica; también presenta lógica psíquica. (Freud, por supuesto, presentó la primera gramática de esta lógica en la séptima parte de su Traumdeutung. Pero esa obra también puede verse como una perversa transformación de la retórica poética en mecanismos patológicos. Los términos que Freud utiliza para el trabajo del sueño —condensación, desplazamiento, simbolización, etc.— son las formas mismas de la dicción poética).

Creo que lo que Jung sugiere es esto: si la psicoterapia ha de comprender el alma soñadora desde dentro, lo mejor es que recurra a la “lógica teatral”. La naturaleza de la mente, tal como se presenta de forma más inmediata, tiene una forma específica: la forma dionisíaca. Dioniso puede ser la fuerza que, a través de la mecha verde, impulsa la flor, pero esta fuerza no es muda. Tiene una organización interna. En psicología, este lenguaje no habla genéticamente, ni bioquímicamente en la información de los códigos de ADN, sino directamente en la propia forma de arte de Dioniso, la poética teatral. Esto significa que el sueño no es un mensaje codificado en absoluto, sino una exhibición, un Schau, en el que el soñador mismo desempeña un papel o está entre el público y, por lo tanto, siempre participa. No es de extrañar que Aristóteles situara la psicoterapia (catarsis) en el contexto del teatro. Nuestras vidas son la representación de nuestros sueños; nuestras historias clínicas son, desde el principio, arquetípicamente, dramas; somos máscaras (personae) a través de las cuales suenan los dioses (personare). Al igual que los sueños, la fantasía interior (que abordaremos con más detalle en el capítulo 2) también posee la lógica convincente del teatro. Jung escribe (CW 14: 706):

Una cadena de ideas fantásticas se desarrolla y gradualmente adquiere un carácter dramático: el proceso pasivo se convierte en acción. Al principio consiste en figuras proyectadas, y estas imágenes se observan como escenas de teatro. En otras palabras, se sueña con los ojos abiertos. Por lo general, existe una marcada tendencia a simplemente disfrutar de este entretenimiento interior… Lo que se representa en el escenario sigue siendo un proceso de fondo; no conmueve al observador en absoluto, y cuanto menos lo conmueva, menor será el efecto catártico de este teatro privado. La obra que se representa no solo busca ser observada imparcialmente, sino que busca obligar a participar. Si el observador comprende que su propio drama se está representando en este escenario interior, no puede permanecer indiferente a la trama y su desenlace. Notará, a medida que los actores aparecen uno a uno y la trama se complica, que… el inconsciente se dirige a él y que esto provoca que estas imágenes fantásticas aparezcan ante él. Por lo tanto, se siente obligado, o animado por su analista, a participar en la obra.

Esta sorprendente analogía literaria con el proceso de sanación nos remonta a Grecia y al lugar que ocupa el teatro dionisíaco en la sanación. El paciente asume el papel de actor, de figura. La sanación comienza cuando dejamos de ser espectadores y nos adentramos en el escenario de la psique, nos convertimos en personajes de una ficción (incluso en la voz divina de la Verdad, una ficción), y a medida que el drama se intensifica, se produce la catarsis; nos liberamos de los apegos a destinos literales, encontramos la libertad al interpretar papeles parciales, desmembrados, dionisíacos, sin estar nunca completos, sino participando en la totalidad que es una obra, recordados por ella como actores. Y la tarea que nos impone la obra y su dios es interpretar un papel con maestría, con sensibilidad.

Poner los sueños al lado del drama y de Dioniso significa no ponerlos al lado de la profecía y de Apolo. La decisión de Jung invalida por completo el enfoque oracular del sueño, un enfoque en el que el propio Jung cayó a menudo, interpretando el sueño como un mensaje profético sobre qué y cómo comportarse: la interpretación de los sueños como consejo para la vida diaria. De nuevo: no son mensajes, sino máscaras.

Si la estructura de la lógica dionisíaca es el drama, su encarnación particular es el actor; el logos dionisíaco es la representación de la ficción, uno mismo, un ser-como-si cuya realidad proviene enteramente de la imaginación y la creencia que esta impone. El actor es y no es, una persona y un personaje, dividido e indiviso, como se llamaba a Dioniso. El yo dividido es precisamente donde el yo se ubica auténticamente, contrariamente a Laing. La autenticidad es el desmembramiento perpetuo del ser y el no ser un yo, un ser que siempre está en múltiples partes, como un sueño con un elenco completo. Todos tenemos crisis de identidad porque una identidad única es un engaño de la mente monoteísta que «derrotaría a Dioniso a toda costa». Todos tenemos la consciencia dispersa por todas las partes de nuestro cuerpo, úteros errantes; todos somos histéricos. La autenticidad está en la ilusión, representándola, viéndola desde dentro mientras la representamos, como un actor que ve a través de su máscara y solo puede ver de esta manera.

No comprender esta lógica dionisíaca, que nuestros dramas están llenos de forma y coherencia dinámica porque están tramados por mitos en los que participan los dioses, nos lleva a la introspección. Intentamos ver a través de lo que sucede desde la perspectiva del observador desinteresado. Entonces tenemos a Penteo encaramado en su árbol, el movimiento apolíneo esquizoide surgido de la histeria, privando a la lógica de su vida y a la vida de su lógica. Ambos están locos.

La esencia del teatro reside en saber que es teatro, que uno está actuando, representando, imitando una realidad que es completamente ficticia. Así, cuando a Dioniso se le llama Señor de las Almas, no solo se refiere al sentido metafísico de la muerte y los misterios del inframundo. También significa Señor de la introspección, el punto de vista psicológico que ve todas las cosas como máscaras para ver a través de ellas. Porque donde el enmascaramiento es esencial para una lógica, entonces se implica la introspección. La lógica dionisíaca es necesariamente mística y transformadora porque toma los acontecimientos como máscaras, lo que requiere el proceso del esoterismo, de ver a través de la siguiente introspección. Es su lógica la que requiere sus atributos de movimiento, danza y fluidez. Su punto de vista es el que no puede aceptar nada como es estáticamente, nada de forma literal, porque todo se ha plasmado literariamente en ficciones dramáticas. “Todo el mundo es un escenario, somos de la misma materia de la que están hechos los sueños”, dijo el psicólogo de la corte de Isabel.

Durante mucho tiempo se nos ha inducido a creer que el logos solo puede definirse por las estructuras olímpicas, por los hijos de Zeus y Atenea, o por Apolo, Hermes o Saturno: logos como forma, como ley, como sistema o como matemáticas. Pero Heráclito dijo que era un flujo como el fuego; y Jesús, que era como el amor. Cada dios tiene su logos, que no tiene una definición única, sino que es básicamente la capacidad perspicaz de la mente para crear un cosmos y darle sentido. Es una palabra antigua para nuestra peor palabra: consciencia.

La consciencia dionisíaca comprende los conflictos de nuestras historias a través de tensiones dramáticas y no de opuestos conceptuales; estamos compuestos de agonías, no de polaridades. La consciencia dionisíaca es la manera de dar sentido a nuestras vidas y mundos mediante la consciencia de la mímesis, reconociendo que toda nuestra historia clínica es una representación, ya sea para la tragedia, la comedia, la historia, lo pastoral, lo pastoral-cómico, lo histórico-pastoral, lo trágico-histórico, lo trágico-cómico-pastoral. [34] y que ser “psicológico” significa verme a mí mismo en las máscaras de esta ficción particular que es mi destino representar.

Finalmente, vernos desde dentro de un drama remite a los orígenes religiosos, no sólo del drama, sino de las representaciones míticas que realizamos y nombramos con la máscara del “comportamiento”.

La necesidad de historicizar

El descubrimiento crucial de Freud de que las historias que le contaban eran sucesos psicológicos disfrazados de historia y vividos como eventos recordados fue el primer reconocimiento en la psicología moderna de la realidad psíquica independiente de otras realidades. Fue, además, un reconocimiento de la independencia de la memoria respecto de la historia y de la historia respecto de la memoria. Existe la historia que no se recuerda: olvido, distorsión, negación, represión; también existe la memoria que no es histórica: recuerdos encubiertos, confabulaciones, y esos relatos le hablaban de traumas sexuales tempranos y escenas primarias que no habían ocurrido en el pasado histórico literal.

La separabilidad de la historia y la memoria —que la memoria no es una guía fiable de la historia y puede falsearla— es un tema recurrente para los historiadores. De ahí su insistencia en la evidencia documental objetiva. Ningún documento, ningún acontecimiento. Pero que la historia no es la esencia misma de la memoria, que la memoria, al presentar sus producciones como reproducciones, abre amplias ventanas a la visión de la mente, a la reminiscencia y al sentido del tiempo.

Los platónicos no encuentran nada sorprendente en el redescubrimiento de Freud de lo que siempre habían dicho. Desde el Menón, pasando por las Confesiones de San Agustín, el Arte de la Memoria en Giulio Camillo, hasta Swedenborg, la filosofía romántica y Rudolf Steiner, la reminiscencia nunca se limita a hechos ocurridos en tu vida o en la mía, grabados en la tabla de cera de la mente, almacenados y recuperados mediante vínculos de asociación. Para el platonismo, la memoria es un vasto potencial de todo conocimiento escrito no solo por la mano de los acontecimientos, sino por la firma de los dioses; todas las imágenes y la actividad mental que las evoca guardan una relación directa, aunque oscura, con la mente de Dios. Rememorar, en el sentido platónico, era avanzar a través de la historia hacia la gnosis.

Para ser precisos, este recuerdo de lo que nunca ocurrió debe llamarse con razón imaginación, y este tipo de memoria es imaginación. “Memoria” era el antiguo término para ambos. Se refería a una actividad y un lugar que hoy llamamos de diversas maneras: memoria, imaginación e inconsciente. [35] La memoria se describía como un gran salón, un almacén, un teatro repleto de imágenes. Y la única diferencia entre recordar e imaginar residía en que las imágenes del recuerdo eran aquellas a las que se había añadido una sensación de tiempo, esa curiosa convicción de que habían sucedido alguna vez.

Liberados del deber haber sucedido, de la necesidad de ser, los recuerdos históricos se convierten en imágenes prehistóricas, es decir, arquetípicas. Los acontecimientos evocados desde el almacén de la memoria son míticos en el sentido platónico de nunca haber sucedido, que siempre lo son. [36] Están eternamente presentes, no olvidados ni pasados; están presentes ahora, tal como Freud los redescubrió en acción en la psicopatología actual de la vida cotidiana.

El camino a estas salas conmemorativas es personal; cada uno tiene su propia puerta que nos hace creer que la memoria en sí es personal, nuestra. El diván psicoanalítico es una de esas puertas; el cuaderno del poeta, la mesa del escritor son otras. Sin embargo, la memorabilidad de imágenes específicas —la pequeña vecina con un traje amarillo cavando hacia China en la playa de julio; el diente ensangrentado perdido en el pastel de fiesta— que precisamente estas imágenes, y estas imágenes con tanta precisión, hayan sido seleccionadas, recuperadas, relatadas, indica que su material vital es arquetípicamente memorable. La memoria infunde imágenes con memorabilidad, haciéndolas más «reales» para nosotros al agregarles la sensación del tiempo pasado, dándoles realidad histórica. Pero la realidad histórica es solo una tapadera para la trascendencia del alma, solo una forma de adaptar la sensación arquetípica de misterio e importancia a una consciencia absorta en hechos históricos. Si la imagen no viene como historia, puede que no la tomemos como real.

Recordar es, pues, una conmemoración, un recuerdo ritual de nuestras vidas a las imágenes del fondo del alma. Al recordar, damos una especie de leyenda conmemorativa, una imagen fundacional a nuestra vida presente, así como en los casos de Freud, sus recuerdos proporcionaron el trasfondo legendario para su terapia actual y para la fundación del psicoanálisis. Los traumas sexuales sí «ocurrieron», pero en la imaginación, y siempre ocurren como conmemoraciones rituales, como leyendas fundacionales sobre las que se han establecido la institución freudiana, su dogma, su culto y su sacerdocio.

Necesito recordar mis historias no porque necesite descubrirme a mí mismo, sino porque necesito encontrarme en una historia que pueda considerar “mía”. También temo estas historias porque a través de ellas puedo ser descubierto, mis cimientos imaginarios expuestos. La represión está arraigada en cada historia como el miedo a la historia misma, el miedo a la cercanía de los dioses en los mitos que me encontraron. Por lo tanto, el arte de la terapia requiere un manejo hábil de la memoria, de la historia clínica, para que pueda realmente encontrar al paciente. De ahí la importancia de introducir los grandes mitos en la terapia. Son formas de leer la historia personal desde la perspectiva fundacional de la ficción.

Desde Freud, la psicoterapia se ha basado en los recuerdos. Si, sin embargo, estos recuerdos son en realidad leyendas conmemorativas, entonces la psicoterapia se ha dedicado a la mitopoyesis, como las demás artes. El padre de la terapia puede ser Freud, pero su madre es Mnemosyne, Memoria, madre de las musas, cuya décima hija invisible debe ser Psique.

La psicoterapia se propuso inicialmente sanar la memoria. El primer paso de ese tratamiento se produjo cuando Freud sanó la memoria de su noción de sí misma como historia: la identificación de Mnemosyne con una hija en particular, Clio. El segundo paso sana la memoria de su fijación en sus recuerdos al reconocerlos como imágenes. La memoria sana en imaginación. El paso final se da al reconocer que la memoria, el recordar, continúa a través de sus hijas, en modos de meditación, en la imaginación, de modo que la psicoterapia fomenta la meditación, esa actividad que libera los recuerdos en imágenes. Al meditar sobre un recuerdo, este se convierte en imagen, despojándose de su facticidad histórica literal, desprendiéndose de sus cadenas causales y abriéndose a la materia de la que está hecho el arte. El arte de sanar es sanar en arte. Por supuesto, no literalmente…

Hemos llegado a este punto partiendo del descubrimiento crucial de Freud: que las producciones de la memoria se presentaban en sus casos como reproducciones de la historia. ¿Por qué la psique necesita presentar la experiencia con los ropajes del pasado, como si fuera historia? ¿Por qué la psique historiciza? [37] ¿Qué hace la historicidad por el alma?

Esta me parece la pregunta psicológica más importante que surge de la intuición de Freud sobre la «falsificación» histórica de los recuerdos. Pues esta «falsificación» no es otra cosa que la actividad historicista de la propia psique. La psique misma crea una «historia» que es completamente ficticia. No solo creamos historia, sino que la inventamos sobre la marcha. Henry Corbin siempre insistió en que la historia está en el alma (no en que estamos en la historia). Hacer historia es un proceso reflexivo y poético de Clio, que procede como una actividad autónoma y arquetípica, presentándonos relatos como si fueran hechos. Y no podemos trascender la historia, no porque no podamos escapar del tiempo ni del pasado, sino porque siempre estamos en el alma y sujetos a sus cavilaciones. La necesidad histórica no es determinismo histórico: atrapados en las huellas objetivas de la historia, arrastrados. La necesidad histórica significa, más bien, que estamos atrapados en nuestras historias, las historias del alma, sus tragedias, sus comedias, su necesidad de formar su subjetividad como historia.

Se ha argumentado, y confieso haber adoptado esta postura en alguna ocasión, que situar los acontecimientos en el pasado es una maniobra defensiva. Muestra sentimientos encontrados: uno no puede soportar una vergüenza, así que la pone en pasado. Cuando digo: “Solía mentirle a mi exanalista; solía masturbarme; solía oír voces, pero ya no, ya no”, esto me distancia de la acción. Al situar el escándalo en el pasado, ya no me aprieta tanto. Lo repudio. Historizar es un encubrimiento.

Pero ahora considero que estos movimientos en la historia son medios de distanciamiento.

Llamarlas defensas nos devuelve al ego, acusado de no tomar posición, de dividirse, de no reconocer sus errores. Pero no es el ego quien realiza estas acciones, sino la psique. Históricamente, incluso en sueños, lo hace, creo, para establecer una distancia específica que separa un acto de la realidad. Mentir, masturbarse y alucinar se convierten en eventos psíquicos, no en eventos del ego, en algo para la reflexión más que para el control. Ahora son menos afectivos y personales, más colectivos y generales, parte de una historia más que de un informe. Al haber sido repudiados, han pasado de ser una confesión verdadera a la ficción histórica, donde pueden verse desde otra perspectiva.

En este sentido, el encubrimiento de la historia se realiza por discreción, manteniendo un evento intacto pero apartado, en un recipiente de cristal para que pueda ser analizado sin identificarse con él. Sigue siendo mi crimen, pero el crimen ya no soy yo. Puedo moverme con él, mientras que si ocurriera aquí y ahora estaría a su merced, sin comprensión, solo recriminaciones y defensas. El paso al pasado en el análisis indica que la psique necesita análisis. Este paso es un intento de autocuración, envolviendo las heridas en un aura de hechos objetivos para que puedan ser tratadas con menos dolor. La psique sitúa un evento en otro tiempo para que pueda ser tratado con otro estilo, como solemos tratar cualquier evento histórico, con cierto respeto, curiosidad desconcertada e indagación desapasionada, y sobre todo recopilando su contexto cultural. La historicización es menos un signo de defensa psicológica que de la psique liberándose del dominio del ego.

La historicización, además, sitúa los acontecimientos en otro género. Ni aquí y ahora, ni érase una vez, sino a medio camino. Sin embargo, este entre tiene un lugar preciso en la historia, y un acontecimiento situado allí puede requerir un tratamiento al estilo de ese momento histórico.

No todos los complejos psicológicos que aparecen como figuras oníricas y síntomas son actuales y requieren una terapia actual. Hay partes de mí que viven en historias anticuadas, historias contadas incluso antes de mi nacimiento. Se encogen ante Rolfing y Esalen, incluso podrían desmayarse, sufrir un ataque de vapor o secarse en acedia si se les obliga a «pasar el fin de semana». Algunas de estas partes aún viven en la frontera, en una empalizada fundamentalista, o en Versalles antes de la revolución, o delatan actitudes del colonialismo decimonónico o el erotismo sigiloso y encubierto de la Viena de Freud. Las ficciones históricas que la psique usa para decirnos dónde estamos también revelan el tipo de terapia que necesitamos. La histeria en toda regla, en el sentido clásico de Charcot, Janet y Freud, existe mejor en ese contexto histórico, y si aparece en un paciente contemporáneo, ese contexto histórico también reaparece, con su sofocante escenario. Los síntomas son una forma de entrar en la historia: otros tiempos, otras quejas. La historia es una forma de ingresar los síntomas.

La historicización implica aún más. ¿Por qué la historia se centra principalmente en reyes, batallas y declaraciones decisivas, grandes inventos, épocas e imperios? El pasado se presenta como un monumento, cosas que han pasado a la historia, de modo que asumimos que solo lo que importa se historiciza, se le otorga la dignidad de la historia.

La historia realza y dignifica. Cuando los escritores renacentistas volvieron la vista al pasado, [38] “Era parte de su preocupación por la dignidad; el pasado era un medio para dignificar el presente. Historizamos para dar a los acontecimientos de nuestras vidas una dignidad que no pueden recibir de la contemporaneidad. Aquí, la historización retrotrae los acontecimientos a medio camino hacia el érase una vez, hacia lo sagrado y eterno. Cualquier acontecimiento insignificante de la vida meramente personal, los desayunos de Napoleón, los gases de Lutero, al ser historizados, adquieren inmediatamente otro significado, resuena con la metáfora, pasa de la descripción al símbolo. La historia dignifica porque traslada los acontecimientos al escenario de la historia, volviéndose así trágica, épica e imaginativa. Sin embargo, los historiadores a menudo pierden la función imaginativa de su trabajo. Para ellos, la historia es una gigantesca complejidad supersónica construida en un hangar oscuro por cientos de obreros que organizan millones de piezas. Pero una vez transportada a la pista, es una imagen, y fue una imagen desde el principio. Las tuercas y los tornillos desaparecen en una visión plateada.

Es este enfoque del historial clínico lo que lo revitaliza. Mi historia es una gris complejidad de detalles, con toda la monotonía metálica de lo que salió mal y quién tenía razón, y sin embargo, en ese caso, la historia es mi imagen, mi dignidad, mi monumento. Y en ella está la historia misma: mi madre tuvo una madre y, tras ella, una corriente ancestral étnica; el hijo con el que lucho es hoy, y también mañana. No hay parte de mi historial personal que no sea al mismo tiempo el historial de una comunidad, una sociedad, una nación, una época.

La implicación es: si la historia dignifica, la historia clínica, como forma de escritura histórica, también lo hace. En nuestra historia clínica, nuestra dignidad humana, incluso si la escriben Zola, Genet, Spillane o Dickens. Aunque sea un relato de degradación escrito con sentimentalismo, incluso si se presenta como una sarta de hechos totalmente literal para aferrarse a un diagnóstico clínico, una historia clínica, por ser historia y, por lo tanto, ficción, es un paso hacia la imaginación.

Pues es la imaginación la que otorga distancia y dignidad, permitiéndonos ver los acontecimientos como imágenes. Es la imaginación la que se sitúa a medio camino entre el mundo del ahora y las imperceptibles eternidades del espíritu. Detrás de la historia se encuentra Mnemosyne (Memoria), lo imaginal, madre de la historicidad, el proceso arquetípico y sui generis del alma de reflexionar en términos de la historia.

La historia es una forma de reflexionar sobre uno mismo, y la historia clínica, que también es una expresión de Clio, es una de las maneras en que la profesión terapéutica y los pacientes pueden reflexionar terapéuticamente. Que no tenga éxito, que genere degradación y diagnóstico en lugar de distanciamiento y dignidad, solo señala una vez más el poder de la historia para determinar quiénes somos. Pero la posibilidad de revisar y enriquecer quiénes somos reside en los eventos de cada historia clínica, si aprendemos a leerla como ficción y sus eventos como imágenes de la Memoria, y ella necesita recordar para crear.

El regalo de la historia clínica

He descubierto que quien tiene un sentido de la historia inculcado desde la infancia está en mejor forma que quien no ha tenido historias, que no las ha escuchado, leído, actuado ni inventado. Y me refiero a las historias orales, aquellas que dependen principalmente del habla —y la lectura también tiene un aspecto oral, incluso cuando uno lee solo en silencio—, en lugar de las historias vistas en una pantalla o en un libro ilustrado. (Explicaré enseguida la preferencia por la palabra sobre la vista). La aparición temprana de una historia familiariza a la persona con su validez. Uno sabe lo que las historias pueden hacer, cómo pueden crear mundos y transponer la existencia a estos mundos. Uno mantiene una sensación del mundo imaginario, su existencia convincentemente real, de que está poblado, de que se puede entrar y salir de él, de que siempre está ahí con sus campos y palacios, sus mazmorras y sus largos barcos esperando. Uno aprende que los mundos se construyen con palabras y no solo con martillos y alambres.

Las historias proyectadas y vistas son diferentes porque entran en la imaginación a través de la percepción, lo que refuerza la confusión entre “imágenes perceptivas” e “imágenes imaginativas”. Imágenes que percibimos con nuestras percepciones sensoriales; imágenes que imaginamos. O, como Edward Casey [39] lo expresa así: una imagen no es un contenido que vemos, sino una forma en que vemos. Podemos ver imágenes como imágenes, y una imagen filmada puede ser imaginada y convertirse en una imagen; pero estas imágenes suelen permanecer vinculadas a las visualidades en las que aparecieron inicialmente. Las imágenes verbales, sin embargo, son propiedad inmediata de la imaginación, que a su vez puede visualizarlas de una manera perceptual simulada (como visualizar escenas con música, rostros de personajes de ficción o lugares en novelas); pero la esencia de las imágenes verbales reside en que son independientes del mundo perceptible y nos liberan de él. Llevan la mente a su base poética, a lo imaginal.

De nuevo, fue Freud quien redescubrió la diferencia entre imágenes perceptivas e imaginativas. Las imágenes reales —de mamá y papá en la cama un sábado por la tarde— carecían del poder de evocación, la fuerza sintomática, de la historia y las imágenes de La Escena Primaria. Parafraseando a Casey: un trauma no es lo que sucedió, sino la forma en que lo vemos. Un trauma no es un evento patológico, sino una imagen patologizada, una imagen que se ha vuelto “intolerable”, como lo expresa López-Pedraza.

Si nos enfermamos por estas imágenes intolerables, nos curamos gracias a la imaginación. La poesía como terapia.

La persona que ha escuchado historias desde temprana edad ha ejercitado su imaginación como actividad. Puede imaginar la vida, y no solo pensarla, sentirla, percibirla o aprenderla. Y reconoce que la imaginación es un lugar donde uno puede estar, una especie de ser. Además, se ha encontrado con imágenes patologizadas, figuras fantásticas mutiladas, insensatas, sexualmente obscenas, violentas y crueles, omnipotentemente bellas y seductoras. La terapia es una forma de reavivar la imaginación y ejercitarla. Toda la terapia consiste en este tipo de ejercicio imaginativo. Retoma la tradición oral de contar historias; la terapia re-narra la vida. Por supuesto, tenemos que remontarnos a la infancia para hacerlo, pues es ahí donde nuestra sociedad y cada uno de nosotros hemos situado la imaginación. [40] La terapia tiene que preocuparse tanto por la parte infantil de nosotros para poder recrear y ejercitar la imaginación.

Quienes aún se aferran a la teoría racionalista y asociacionista de la mente y a la teoría positivista del hombre argumentarán que puede haber demasiada fantasía, que es una huida de la realidad, y que la tarea de la terapia es precisamente la contraria a lo que he esbozado. La terapia, sostienen, consiste en recortar gradualmente la imaginación y ponerla al servicio de objetivos realistas. Lo que vuelve loco a un hombre o una mujer, dicen, es precisamente estar abrumado por la fantasía. Demasiada historia, historia confundida con la historia, realidades perdidas.

Pero las escuelas imaginativas de terapia, analizadas con sensibilidad por Mary Watkins en su libro pionero Waking Dreams, se adentran directamente en la fantasía. Implican de forma bastante literal que los terapeutas son trabajadores de la historia. Desafortunadamente, esto puede llevarlos a prescindir de la historia clínica como algo meramente externo, olvidando que esta historia también es producto de la imaginación; y todas las figuras que la componen, incluyendo esas figuras traumáticas omnipresentes, como mamá y papá, no son imágenes de la memoria, sino imágenes de la memoria, con eco arquetípico, progenitores de mi mito genealógico, que siguen engendrando mi alma mediante las fantasías y emociones que siguen provocando. La historia clínica no es el lugar donde dejar atrás los complejos; también es un sueño despierto que ofrece tantas maravillas como cualquier descenso a la caverna del dragón o un paseo por los jardines del paraíso. Basta con leer metafóricamente cada frase literal de la propia vida, ver cada imagen del pasado como una imagen.

Finalmente, reconocemos que la historia clínica en psicología es un evento psíquico genuino, una expresión auténtica del alma, una ficción creada no por el médico, sino por la actividad historicista de la psique, y que este género narrativo se corresponde con el resurgimiento del alma en nuestra época a través del análisis profundo. Así como la psicología profunda inventó un nuevo tipo de profesional y paciente, un nuevo lenguaje, un nuevo estilo de ritual y de amor, también dio forma a un nuevo género narrativo, uno que no es biográfico ni médico, ni testimonio confesional, sino una narración del funcionamiento interno del alma a través del tiempo, una historia de recuerdos, sueños y reflexiones, a veces camuflados, aunque no necesariamente, en realidades empíricas. Independientemente de quién los escriba, siguen siendo documentos del alma.

El analista solitario en su Schreibstube a la luz de la lámpara, el trabajador social fumando un cigarrillo tras otro, escribiendo bajo presión: el impulso mismo de escribir estos relatos, aunque no se publiquen ni se lean, es un gesto psicológico, en sí mismo una narración. Porque esta nueva forma de ficción entra en nuestra era impulsada por una feroz compulsión. Queremos plasmarla; hay tanto que contar. Esta trivialidad cobarde es crucial porque la historia ahora se desarrolla en el alma y el alma ha vuelto a entrar en la historia. Los terapeutas son los nuevos historiadores. [41]

Es en este sentido que las historias clínicas son fundamentales para la psicología profunda. No nos llaman la atención como fundamentos empíricos ni residuos del modelo médico, ni como ejemplos paradigmáticos que demuestran la trama de algún teórico. Son fenómenos subjetivos, historias del alma. Su principal importancia reside en el personaje sobre el que se escriben: tú y yo. Nos ofrecen una narrativa, una ficción literaria que desliteraliza nuestra vida de su obsesión proyectiva por la exterioridad, al convertirla en una historia. Nos trasladan de la ficción de la realidad a la realidad de la ficción.

Nos presentan la oportunidad de reconocernos en el caos del mundo como habiendo estado y estando siempre comprometidos con el hacer alma, [42] donde “hacer” recupera su significado original de poiesis. El hacer alma como poiesis psicológica, la creación del alma mediante la imaginación de las palabras. [43] Quizás nuestra época haya recurrido al análisis no para ser amado ni para curarse, ni siquiera para conocerse a sí mismo. Quizás vayamos a que nos den una historia clínica, a que nos cuenten una historia del alma y nos den un plan para vivir. Este es el don de la historia clínica, el don de encontrarse en el mito. En los mitos, dioses y humanos se encuentran.

1 G. Papini, “A Visit to Freud”, reimpreso en Review of Existential Psychology and Psychiatry 9, no. 2 (1969), págs. 130-34.

2 J. Hillman, Re-Visioning Psychology (Nueva York: Harper & Row, 1975).

3 CP 3, «Case Histories». Para análisis recientes de los casos de Freud como literatura, véase S. Marcus, “Freud und Dora. Roman, Geschichte, Krankengeschichte”, Psyche 1974 (28), págs. 32-79; L. Freeman, “Bibliografía” en su obra The Story of Anna O. (Nueva York: Walker, 1972). Desde El Hotel Blanco de D. H. Thomas , existen muchos más.

4 R. Fowler, ed., A Dictionary of Modern Critical Terms (Londres y Boston: Routledge & Kegan Paul, 1973), “técnica”.

5 E.M. Forster, Aspects of the Novel (Harmondsworth: Penguin, 1962), págs. 37-38.

6 He oído que la última obra que Freud leyó antes de morir fue Piel de chagrin de Balzac .

7 Citado por Forster, Aspects, pág. 54.

8 Freud, CP 3: 24. La defensa que Freud hace de las defensas del paciente (timidez y vergüenza) también le brinda la oportunidad de intervenir como narrador entre la historia y el lector. Este recurso es fundamental para la narración: “En la literatura imaginativa, la naturaleza del vínculo entre el lector y el texto es crucial, y aquí el narrador cobra importancia. La narrativa tiene dos aspectos que se superponen. Uno es una cuestión de contenido, la recopilación de material; el otro es retórico, cómo se presenta la narrativa al público”. Fowler, Critical Terms, “narrativa”.

9 Cf. “Methodological Problems in Dream Research”, en mi libro Loose Ends:Loose Ends: Primary Papers in Archetypal Psychology (Nueva York/Zúrich: Spring Publications, 1975), pp. 196-98.

10 También en CP 3. La mejor discusión y bibliografía del caso Schreber es la de Roberto Calasso adjunta a la traducción italiana de las Memorias de Schreber (Milano: Adelphi, 1974).

11 Citado por Forster, Aspects, p. 54, de Alain (Émile Chartier), Système des beaux-arts (París: Éditions Gallimard, 1920), págs. 314-15.

12 Forster, Aspects, págs. 93–95.

13 Fowler, Critical Terms. Véase “trama”.

14 J. M. Baldwin, Dictionary of Philosophy and Psychology (Nueva York: Macmillan, 1925), “historia”.

15 A. J. Ayer, The Foundations of Empirical Knowledge (Londres: Macmillan, 1969), pág. 79.

16 H. Vaihinger, The Philosophy of ‘As if’: A System of the Theoretical, Practical and Religious Fictions of Mankind, trad. de C. K. Ogden (Londres: Routledge & Kegan Paul, 1935); cf. la relevancia de las ficciones del “como si” para la psicología arquetípica en mi libro Re-Visioning Psychology, págs. 153 y siguientes.

17 R. Schafer ha explorado modos ficticios para la visión que un analista tiene de un caso, “The Psychoanalytic Vision of Reality”, International Journal of Psycho-Analysis 51 (1970): 279–97. Schafer encuentra cuatro visiones básicas en la escritura psicoanalítica: cómica, romántica, trágica e irónica (reconociendo su deuda con Northrop Frye, quien a su vez reconoce la suya con Jung).

18 W. Giegerich, “Ontogeny = Phylogeny?” Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1975), pág. 118.

19 Mi “On Senex Consciousness”, Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1970), pp. 146-165; reimpreso en Senex & Puer, UE 3. Sobre Saturno desde el punto de vista psicológico, véase A. Vitale, “Saturno: La transformación del padre”, en Fathers and Mothers: Essays by Five Hands, ed. P. Berry (Nueva York/Zúrich: Spring Publications, 1990), pp. 5-39.

20 P. Berry, “An Approach to the Dream,” in her Echo’s Subtle Body: Contributions to an Archetypal Psychology (Putnam, Connecticut: Spring Publications, 2008).

21 Fowler, Critical Terms, “hero”.

22 Sobre Saturno y la reducción, véase P. Berry, “On Reduction”, op. cit. y mi “The “Negative” Senex and a Renaissance Solution”, Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1975), pp. 88ff.

23 A. M. Patterson, Hermogenes and the Renaissance: Seven Ideas of Style (Princeton: Princeton University Press, 1970).

24 J. Hillman, Suicide and the Soul (Putnam, Connecticut: Spring Publications, 1997), págs. 77-79.

25 CW 15

26 CW 8: 477, 809, 451, 843, 457, 303; OC 7: 44, 75, 206; OC 16: 91, 307, 335, 464; OC 10: 29, 627.

27 H. H. Walser. “An Early Psychoanalytical Tragedy”, Primavera: Anuario de psicología arquetípica y pensamiento junguiano (1974), pág. 248n.

28 Sobre la relación entre las ideas de Jung y su historia clínica, véase A. Jaffé, “The Creative Phases in Jung’s Life”, Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1972), pp. 162-90.

29 CW 10: 1042. Cf. CW 9: 319f. para obtener más razones por las cuales Jung no analiza la historia del caso en el sentido habitual.

30 Sobre Jung y Hermes, véase D.C. Noel, “Veiled Kabir: C.G. Jung’s Phallic Self-Image”, Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1974), esp. pp. 235-40.

31 G. Clifford, Transformations of Allegory (Londres: Routledge, 1974).

32 Fowler, Critical Terms, “allegory”.

33 Sobre la historia del contraste Dioniso/Apolo, véase J. Ritter, ed. Historisches Wörterbuch der Philosophie (Basilea/Stuttgart: Schwabe, 1971), vol. 1, “Apollonische / Dionysische”. Sobre las ideas de Jung sobre Dioniso, véase mi “Dionysus in Jung’s Writings,” An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1972), reimpreso en Mythic Figures, UE 9.1; sobre Apolo-Dioniso, véase mi libro The Myth of Analysis (Evanston: Northwestern University Press, 1972) y G. Holton, “Sobre la captura entre dionisíacos y apolíneos”, Dédalo (verano de 1974), pp. 65-81; sobre el dios griego mismo, las obras indispensables son W.F. Otto, Dionysus, trad. R.B. Palmer (Nueva York/Zúrich. Spring Publications, 1981) y K. Kerényi, Dionisio, trad. R. Manheim (Princeton: Princeton University Press, 1976). Las obras modernas sobre el tema suelen ser engañosas porque no ofrecen una imagen suficientemente completa ni de Dionisio ni de Apolo, y esto porque ellas mismas se ven atrapadas por estos dioses en su polaridad y, por lo tanto, expresan visiones arquetípicas y estereotipadas. Por ejemplo, P. E. Slater, The Glory of Hera: Greek Mythology and the Greek Family (Boston: Beacon Press, 1968); M. K. Spears, Dionysus and the City: Modernism in Twentieth-Century Poetry (Nueva York: Oxford University Press, 1970). Como señalé en mi artículo sobre el Dionisio de Jung, nuestra imagen general de este dios es nietzscheana, wotánica y germánica. Para una colección de material sobre este Dioniso germánico, ver: J.H.W. Rosteutscher, Die Wiederkunft des Dionysos (Berna: Franke Verlag, 1947).

34 W. Shakespeare, Hamlet, Acto 2, Escena 2.

35 La diferencia clásica entre memoria e imaginación radica únicamente en que las imágenes “recordadas” tienen la cualidad del tiempo añadido. Esta distinción proviene de Aristóteles, cf. F. Yates, The Art of Memory (Londres: Routledge & Kegan Paul, 1966), págs. 32 y siguientes.

36 Cuando Salustio explica la naturaleza de los mitos, escribe: “Todo esto no ocurrió en ningún momento, sino que siempre es así”. Salustio, Concerning the Gods and the Universe, ed. A. Darby Nock (Cambridge: Cambridge University Press, 1926).

37 Cf. K. R. Popper, The Poverty of Historicism (Londres: Routledge & Kegan Paul, 1969). Popper da el primer paso en una discusión de la historia como una necesidad psicológica. Pero se refiere a una visión y un uso particular de la historia: el historicismo. Ahondamos en la pregunta: ¿por qué el modo histórico?

38 P. Burke, The Renaissance Sense of the Past (Londres: Edward Arnold, 1969), pág. 105.

39 E. S. Casey, “Toward a Phenomenology of Imagination”, Journal of the British Society for Phenomenology (enero de 1974), pág. 10.

40 He analizado extensamente la relación entre imaginación e infancia en mi libro Abandoning the Child” Eranos Yearbook 40 (1971).

41 Las diferencias en la escritura de casos clínicos siguen las convenciones tradicionales. El interés del realismo social por los detalles cobardes y triviales exige un estilo humilde o la escritura de asuntos cotidianos. El estilo junguiano es «elevado», con sus resonancias arquetípicas en eventos heroicos, tribales y míticos; sigue la idea clásica y renacentista de la historia que «excluía a personas, cosas o palabras ‘inferiores'» (Burke, op. cit.).

42 El término “creación del alma” y la idea de que tiene lugar en el “valle del mundo” proviene de John Keats; véanse mis análisis en The Myth of Analysis y Re-visión de la psicología.

43 Para una excelente presentación de la formación del alma y la psicoterapia a través de las palabras, véase P.L. Entralgo, The Therapy of the Word in Classical Antiquity, trad. LJ Rather y JM Sharp (New Haven: Yale University Press, 1970).

POR QUÉ CREO EN DIOS

Traducciones

C.G. Jung, Suiza

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

Entrevista a Carl Jung, revista Good Housekeeping, Por qué creo en Dios, 2 de junio de 1961

El 2 de junio de 1961, el periodista Frederick Sands visitó a Carl Gustav Jung en Suiza. Jung, superviviente de los «Tres Grandes» de la psicología (los otros dos, Sigmund Freud y Alfred Adler), hablaba abiertamente de la vida y la muerte.

El 6 de junio, Jung, de 86 años, falleció. GOOD HOUSEKEEPING considera que esta entrevista con uno de los fundadores de la psiquiatría moderna, en la recta final de su vida, tiene importancia histórica.

Criado por su padre para ser un buen cristiano en el sentido tradicional, a Carl Gustav Jung, hijo único de un pastor de la Iglesia Reformada de Basilea, Suiza, le dijeron de niño que «creyera en Dios».

Pero cuanto más lo intentaba, más difícil le resultaba «creer». Empezó a tantear en busca de algo más. En lugar de simplemente creer, quería saber.

Su búsqueda de ese conocimiento certero lo llevó, desde temprana edad, a la convicción de la existencia de Dios. Su convicción, a la que llegó por medios distintos a los de la ortodoxia (el pensamiento religioso), siguió siendo su principal preocupación hasta su muerte el pasado mes de junio.

Hablando con el acento gutural del suizo-alemán, pero en un inglés casi perfecto desde el punto de vista idiomático, el profesor Jung me dijo en su última entrevista:

“Hasta el día de hoy, Dios es el nombre con el que designo todas las cosas que se cruzan violentamente e imprudentemente en mi camino, todas las cosas que perturban mis puntos de vista, planes e intenciones subjetivas y que luego cambian el curso de mi vida para bien o para mal.

“Sin saberlo”, añadió, “el ser humano siempre está preocupado por Dios. Lo que algunos llaman instinto o intuición no es otra cosa que Dios. Dios es la voz interior que nos dice qué hacer y qué no hacer; en otras palabras, nuestra conciencia”.

En la piedra, sobre la puerta de la casa del profesor Jung, hay una inscripción en latín que dice: “Vocatus atque non vocatus, Deus aderit” (Llamado o no llamado, Dios estará presente).

El doctor Jung y su esposa, Emma, construyeron su villa en 1908. Ambos —pues hasta su muerte en 1955, la Sra. Jung también ejerció una considerable práctica psicológica— aplicaron el espíritu de esa inscripción al tratar a miles de pacientes a lo largo de tres generaciones.

La creencia del Dr. Jung en Dios y su insistencia en que la religión es una necesidad humana primordial son lo que lo ha distinguido de los otros hombres que, junto con él, hicieron más por establecer la ciencia de la psicología: Sigmund Freud y Alfred Adler. Freud sostenía que el impulso sexual y Adler, el afán de poder, eran las fuerzas dominantes que regían todo el comportamiento humano.

Pero el Dr. Jung dijo:

“En esta oscura era atómica en la que vivimos, con el temor latente, el hombre busca guía. Inconscientemente o conscientemente, vuelve a tantear a Dios.”

El Dr. Jung respetaba algunas de las teorías de Freud y Adler, pero rechazaba categóricamente la idea de que Dios fuera simplemente otro complejo, y fue esta teoría fundamental la que le granjeó un respeto generalizado, no solo entre los psicólogos de todo el mundo, sino también entre el clero, los intelectuales y la gente común.

Me dijo: “Todo lo que he aprendido me ha llevado, paso a paso, a una convicción inquebrantable en la existencia de Dios. Creo en lo que sé. Y eso elimina la necesidad de creer. Por lo tanto, no doy por sentada su existencia por fe; sé que existe”.

Y añadió: “No puedo decirles cuáles son sus cualidades ni cómo es físicamente. Solo tengo una concepción humana de cómo se me aparece.”

Durante los más de sesenta años que practicó y desarrolló su vasto conocimiento de la mente humana, Jung se abstuvo cuidadosamente de expresar una opinión sobre las cualidades del Ser Eterno que no fuera la que se le presentaba a partir de sus experiencias personales.

“Mi conciencia científica”, me dijo el Dr. Jung, “me prohíbe decir más de lo que puedo demostrar”. Y, como científico, extraigo mis conclusiones a partir de los hechos. Por lo tanto, consideraría incluso intelectualmente inmoral creer que mi visión de un dios se corresponde con el ser sobrenatural universal de las confesiones o filosofías religiosas.

Tampoco me permitiría hacer una afirmación tan categórica como la de que Dios puede ser bueno.

“Solo mi experiencia puede ser buena o mala, pero sé que la voluntad superior se basa en un fundamento que trasciende la imaginación humana.”

Sostuvo con firmeza que todo lo que el hombre pueda decir sobre Dios no es más que lo que la propia mente humana puede concebir.

“Siempre seguirá siendo una visión humana, ya que no podemos probar que sea Dios mismo quien habla. Es el ser humano quien cuenta, o intenta contar, sus experiencias sobre lo que él supone que es Dios», dijo el Dr. Jung.

Toda revelación o iluminación de la que se nos habla en los Libros Sagrados es una mera formulación humana. No son más que traducciones de imágenes y de experiencias internas narradas dentro de las limitaciones del lenguaje humano. Cualquiera que haya sido la experiencia, fue la de un ser humano y, como tal, permanece dentro de los límites de la percepción humana.

Para los teólogos, la Biblia es la palabra de Dios y, por lo tanto, está más allá de la discusión humana.

Pero Jung dice:

“No podemos hacer más que hablar de nuestras propias imágenes, ideas, conceptos, pensamientos y experiencias, que son todos productos del alma.”

Así pues, a pesar de sus propias convicciones, Jung nunca intentó demostrar a nadie la existencia de Dios. No admitiría que pudiera saber más sobre Dios que cualquier otra persona religiosa. Más bien, se veía a sí mismo como el “descubridor de un nuevo enfoque para la eterna pregunta”. Su descubrimiento: Una de las cualidades más importantes del alma humana es su función religiosa, que permite al hombre alcanzar la paz interior mediante la comprensión de la fuerza superior que reside en su interior.

En una ocasión, durante una charla radiofónica en la BBC, Jung dijo: «No necesito creer en Dios, yo lo sé». Esto provocó que cientos de cartas llegaran a su casa, todas preguntando: «¿Cómo lo sabes?».

Algunas personas incluso conjeturaron que Jung había visto a Dios, que se había encontrado con Él de alguna manera o en algún lugar y que podía decir si Dios está «realmente rodeado de millones de ángeles brillantes» o si es una «nube llameante». Otros suponían que Jung tenía comunicación directa con Dios y conocía Sus palabras.

Cientos de personas acudieron a Jung preguntándole: «¿Existe realmente Dios?».

Jung les hizo comprender que todo aquello que les sucede en contra de su voluntad es obra de una fuerza superior. Y me dijo:

“Pueden llamarlo Dios o Diablo; eso me da igual, siempre y cuando se den cuenta de que es una fuerza superior. Dios no es más que esa fuerza superior en nuestra vida. Puedes experimentarla cada día”.

Hoy en día, el número de personas que ya no son capaces de creer en Dios es muy grande y va en aumento, dijo Jung, porque han empezado a plantear preguntas que la religión a la que pertenecen no puede responder. Y entonces empiezan a dudar.

“Por ejemplo”, me dijo Jung, “el origen del mundo. La ciencia ha demostrado que el relato de la creación, tal como se narra en la Biblia, es un mito. Pero incluso estas contradicciones entre ciencia y religión influyen poco en los verdaderos sentimientos hacia la religión”.

“Conozco a algunos científicos eminentes, así como a gente sencilla, incluso a niños, que entienden lo que es Dios; no tienen ningún problema en saberlo.

“El problema comienza con las personas con mentes intelectuales y filosóficas. Han perdido ese conocimiento y vienen a pedir pruebas racionales, filosóficas, teológicas o psicológicas.”

“Han olvidado ser lo suficientemente sencillos, de mente abierta y humildes como para conocer a Dios y sentir su presencia. Están demasiado preocupados por los acontecimientos cotidianos y por sus asuntos personales.”

“Cuando el hombre primitivo ve el sol o la luna, cuando enferma y se recupera, cuando se enfrenta a un nacimiento o a una muerte, piensa inmediatamente en Dios.” Pero la mente racional de las personas intelectuales. Estas personas han perdido su actitud religiosa hacia la vida y buscan explicaciones como si fueran demostraciones matemáticas. No logran comprender que conocer a Dios no es cuestión de explicaciones, sino de una profunda experiencia emocional que no necesita ni puede expresarse con palabras.

Aunque era cristiano y un hombre piadoso, dotado de un sentimiento religioso inusualmente apasionado, Jung me dijo:

“…Me esfuerzo por escapar de las contradicciones internas de los conceptos cristianos teniendo en cuenta la inmensa oscuridad de la mente humana. La idea cristiana demuestra su vitalidad mediante una evolución continua, pero nuestro tiempo exige nuevas reflexiones al respecto.”

Con aire reflexivo, añadió: «No podemos seguir pensando de manera anticuada o medieval al entrar en el ámbito de la experiencia religiosa».

En su incesante indagación sobre la relación del hombre con Dios, Jung abarcó casi todos los campos de la investigación.

Exploró el yoga, la alquimia, los cuentos de hadas, los ritos tribales de los indios Pueblo, los filósofos románticos alemanes, el budismo y la percepción extrasensorial.

Él “interpretó” más de 100.000 sueños. Descubrió patrones de experiencias y sentimientos que han reaparecido en símbolos e imágenes oníricas desde los inicios de la humanidad, y los denominó arquetipos.

De sus estudios sobre las imágenes arquetípicas de Dios extrajo sus conclusiones más importantes: que, si bien estas imágenes no son Dios, sí apuntan a un poder invisible e incognoscible que subyace a la creación y al universo, el mismo poder que la religión denomina Dios.

Los sueños en los que aparecían estas imágenes arquetípicas tenían un significado especial para Jung, como si fueran “mensajes de Dios”.

Un pastor estadounidense dedicó recientemente un sermón al estudio de los sueños realizado por Jung, al que llamó «El lenguaje olvidado de Dios».

Jung atribuía la misma importancia a los hechos físicos significativos, siempre que se le presentaban, que a los hechos psicológicos como los sueños, las visiones, las fantasías y la imaginación.

Jung veía la mano de la fuerza superior en cada uno de ellos, aunque admitía sin reparos que hay muchas cosas que no pueden explicarse por factores lógicos y terrenales.

¿Acaso el conocimiento y la experiencia con el bacalao le brindaron mayor felicidad que la que disfrutaban los hombres que poseían menos conocimiento?

Le planteé esta pregunta a Jung, y él respondió:

“Si por felicidad te refieres a una vida más plena y significativa, entonces mi respuesta sería ‘sí’. Pero recuerda: una vida significativa nunca excluye el sufrimiento, del mismo modo que el conocimiento en cualquier campo conlleva sus correspondientes responsabilidades.”

En el caso de la religión, esta se apodera del ser humano y lo controla, convirtiéndolo siempre en su víctima y no en su creador.

Jung, un hombre feliz de gustos sencillos que encontraba placer en lo más modesto, disfrutaba de una copa de vino o de un cigarro. Para él, los acontecimientos pequeños, aparentemente sin importancia, eran tan importantes —como material para conclusiones psicológicas— como cualquier suceso importante en el panorama internacional. Buscaba y, generalmente, encontraba un significado en todo lo que se le cruzaba en su camino.

Era inmensamente feliz cuando la primavera se extendía por los Alpes y podía abandonar su villa cerca de Zúrich para ir, completamente solo, a lo que él llamaba su «retiro campestre primitivo».

Era una casita apartada, que recordaba a la torre de un castillo medieval, y que Jung ayudó a construir con sus propias manos.

Pero era más que una casa. Para Jung, se trataba de un experimento psicológico. No había teléfono ni electricidad. Allí cocinaba sus propios alimentos a fuego abierto y recogía agua de un manantial. Las paredes eran excepcionalmente gruesas y no dejaban pasar ningún sonido del exterior.

La casa no era solo un experimento psicológico. Fue una protesta contra lo que Jung consideraba las múltiples distracciones de la vida moderna: la velocidad extrema, el ruido constante, las preocupaciones y los miedos apremiantes que monopolizan gran parte de nuestra vida diaria y, en su opinión, reducen nuestra «capacidad de pensamiento» a su nivel más bajo.

“En mi casa de campo, hago lo que me da la gana”, me dijo. “Escribo, pinto, pero la mayor parte del tiempo me dejo llevar por mis pensamientos”.

¿Cuáles eran esos pensamientos?

Jung expresó sin rodeos la opinión de que la mente del hombre moderno se está obsesionando, consciente o inconscientemente, con un temor cada vez mayor a la destrucción física, moral o mental total. Por un lado, la amenaza de la bomba de hidrógeno; por otro, la del comunismo y todo lo que ello implica.

“Me parece que hemos llegado al límite de nuestra evolución, al punto desde el que no podemos avanzar más”, declaró el venerable psicólogo. “El ser humano partió de un estado inconsciente y siempre se ha esforzado por alcanzar una mayor consciencia. El desarrollo de la conciencia es la carga, el sufrimiento y la bendición de la humanidad. Cada nuevo descubrimiento conduce a una mayor conciencia, y el camino que estamos recorriendo es simplemente una extensión de ello. Esto, inevitablemente, exige una mayor responsabilidad y nos obliga a dar un gran salto en la vida. Debemos sacar conclusiones de lo que sabemos y descubrimos, y no dar nada por sentado.

Jung insistió en que la mente humana no ha seguido el ritmo de los avances técnicos modernos ni de los cambios psicológicos imprevistos, como los provocados por las mentiras y los engaños sistemáticos de la propaganda moderna. De este modo, se ha abierto una gran brecha entre nuestra mente consciente y nuestra mente inconsciente.

“El hombre se ha convertido en su peor enemigo.” Es un choque entre el hombre y Dios, en el que el genio humano, similar al de Lucifer, ha conferido a la bomba H el poder de destruir con mayor eficacia que cualquier dios antiguo.

En opinión de Jung, la cuestión crucial es si podemos llegar a ser lo suficientemente humildes como para producir una mente con la que el hombre pueda vivir en paz y sin miedo a su vida.

Cuando la muerte le llegó a Jung en paz, poco antes de cumplir ochenta y seis años, estaba preparado para considerarla un nuevo terreno de exploración para su mente siempre inquisitiva.

O, como él mismo lo expresó:

“Por el momento, sigo vivo y digo: ‘Hagamos todo lo que podamos aquí’.” “Si al morir encuentro una nueva vida, diré: “¡Ahora, vivamos una vez más!’”

En búsqueda. Prólogo, Nota preeliminar y Posdata: Una reseña crítica de su libro por su autor

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Preface to the 1994 Edition, Prefatory Note and Postscript: A critical review of his book by its author en ‘Insearch, Psychology and Religion’, pp. 3 – 4, 127 – 141.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE 1994 

Para esta nueva edición de un libro escrito por primera vez hace unos treinta años, he añadido un epílogo en forma de reseña crítica. Este gesto deconstructivo, propio de los años noventa, completa el círculo hermenéutico: el autor como crítico de su propia obra. La crítica se propone tres objetivos principales. 

Quiero contextualizar el libro en su época, mediados de los sesenta; quiero exponer la estrecha relación entre el pensamiento junguiano clásico y la pastoral cristiana. Y quiero comentar la fascinación por el alma propia de los noventa, de la que este libro forma parte. 

Porque este es, ante todo, un libro del alma: el alma tal como se concibe y expresa dentro del lenguaje tradicional de nuestra historia occidental, que es ineludiblemente cristiano. Así, encontramos que las siguientes páginas hablan de Dios, no de dioses; de Dios como Él, no como Ella; de Dios como Amor, y numerosas referencias a Cristo y la Biblia. 

Quizás esta confluencia de su retórica con el sentir general y el hecho de que este libro no entre en conflicto con las actitudes semiconscientes compartidas por la cultura expliquen su continuo éxito. Pues sigue vendiéndose y encontrando nuevos usos como texto didáctico en grupos de estudio junguianos, cursos introductorios y seminarios. 

Los lectores familiarizados con mi obra posterior se preguntan cómo encaja este libro, e incluso cómo pudo haber sido escrito por un autor tan entregado al politeísmo del paganismo mediterráneo y a su “interacción constante con el cristianismo”, frase que utilicé como título de un capítulo en Inter Views (1983) y que expliqué con cierto detalle en un capítulo de El sueño y el inframundo (1979). En estos dos lugares expuse mi crítica, presente a lo largo de mis escritos posteriores a Insearch, sobre los dogmas y fantasías cristianas inconscientes que obstaculizan gravemente una comprensión psicológica más profunda; un punto que Nietzsche, Freud y Jung ya señalaron hace años. 

El epílogo intenta tanto criticar el libro como justificar su cristianismo. Pues la influencia cristiana deja su huella en todo lo que sus páginas dicen sobre el alma, el amor, el mal, la terapia, la religión y la naturaleza de la personalidad humana. El estilo mismo resuena con homilética inspiradora, sermones prácticos y la profunda seriedad del propósito redentor, todo ello bajo la apariencia de la función afectiva junguiana. 

Deseo que los valores que Insearch ha encontrado en sus lectores —también en neerlandés, alemán, italiano, japonés y portugués— sigan siendo útiles. Los profesionales del ámbito común de la consejería y la terapia, debido a su sensibilidad y comprensión del fascinante laberinto del alma, se ven inevitablemente impulsados a profundizar cada vez más en la búsqueda de ideas e imágenes que enriquezcan su trabajo. 

JH 

Thompson, Connecticut 

Verano de 1994 

NOTA PRELIMINAR 

Los orígenes de este pequeño libro son diversos. En los últimos años, a través del trabajo analítico y de la amistad con clérigos de diferentes denominaciones, me he involucrado cada vez más en problemas de religión y psicología. El núcleo de estos capítulos lo constituyen las conferencias impartidas por invitación a ministros interesados en la psicología analítica y la consejería pastoral. Dado que la nueva teología y la nueva moral desarrolladas a través del debate “Honest to God” tienen repercusiones en la psicología, es necesario plantear interrogantes. Asimismo, es preciso afrontar las implicaciones de una teología que se ha convertido en una teotanatología, o el estudio de un Dios “muerto”, y que desmitifica la religión, puesto que la psicología analítica tiende a tener el efecto contrario. Se mueve hacia la “remitificación” de experiencias con implicaciones religiosas, como se intenta demostrar en las páginas siguientes. Las ideas emocionales importantes, como la idea y la imagen de Dios, pueden “desaparecer” de la vida psíquica, pero no por mucho tiempo. La energía ligada a estas ideas y sentimientos complejos no se desvanece sin más, por mucho que el ser humano desee liberarse de la pesada noción de Dios escribiendo obituarios teológicos. Para la psicología, la cuestión no es que “Dios haya muerto”, sino en qué formas reaparece ahora esta energía indestructible en la psique. ¿Qué puede revelarnos la psique sobre el rumbo que podría tomar la religión ahora? ¿En qué imágenes renacerá esa importante idea emocional de Dios? 

Mi principal preocupación, sin embargo, era transmitir la relevancia de la experiencia analítica para la consejería. La consejería depende tanto de la psicología del profesional como de su teología, y el análisis psicológico puede aportar su contribución. Mis intentos de contribuir pueden apartarse de las pautas habituales del asesoramiento psicológico profesional, pues he llegado a creer que el trabajo pastoral, en lugar de buscar la sofisticación clínica, podría ir más allá, profundizar y llegar a más personas si se desarrollara dentro de su propia tradición vital. Esto nos lleva directamente al problema psicológico de reconectar con esta tradición. Si bien es un problema psicológico, para cada uno de nosotros —especialmente para el ministro— es al mismo tiempo un importante problema religioso: la búsqueda del alma y la creencia en su realidad, lo que implica encontrar una conexión viva con la propia realidad psíquica. Aquí, la psicología analítica puede contribuir. 

Los consejeros pastorales se han extraviado en parte en su enfoque de la psicología. El término “clínico” se ha vuelto casi místico; la visita de un pastor se ha convertido en una “visita a domicilio”; los feligreses son “pacientes”; la cura psicodinámica tiende a reemplazar la atención psicológica. Sin embargo, la profunda necesidad del individuo persiste. Aunque su necesidad radica menos en la salud mental que en la guía espiritual, sigue acudiendo a su analista en busca de lo que podría recibir de su pastor, de modo que analista y pastor parecen desempeñar la función del otro. El pastor se ha resistido a cumplir con su rol de pastor de almas porque se ha sentido un aficionado que “no tenía suficiente psicología”. Pero posee su propia psique, de la cual emana su vocación y su comprensión de los demás. ¿Acaso el aficionado a la psicología, definido verdaderamente como aquel que cultiva con amor el alma, no es el verdadero especialista en psicología? Para él, la psicopatología clínica y los programas de investigación le aportarán menos que su propia búsqueda individual. 

En su estado actual, estos capítulos ya no se dirigen únicamente al ministro, puesto que la experiencia viva de la realidad psíquica no es sino una forma de describir el alma, y la vida interior de la psique no es solo un asunto profesional. El consejero, responsable de las almas por su vocación pastoral, debe afrontar sus desafíos a diario, por lo que el análisis en estas páginas se centra principalmente en él. Pero el libro no puede limitarse solo a él, del mismo modo que la religión y la psicología no pueden ser solo competencia de teólogos y psicólogos profesionales. 

La sustitución gradual del término “alma” por “psique” en este siglo, y el consiguiente profesionalismo en el tratamiento de sus problemas, están empezando a causar tanto daño como la ignorancia y los moralismos sobre la psique en el siglo pasado. Así como la psique no puede reemplazar al alma, el profesionalismo no puede sustituir a la vocación. Por ello, me complacería que estas páginas contribuyeran a liberarnos del profesionalismo en lo que respecta al alma y a devolver su cuidado al consejero pastoral, así como a cualquier persona laica, en el sentido de abierta, que se encuentre explorando las fronteras de la investigación contemporánea. 

JH 

Septiembre de 1967 

POSDATA: UNA RESEÑA CRÍTICA DE SU LIBRO POR SU AUTOR 

El último párrafo del prefacio de 1967 advierte contra “la sustitución gradual de ‘alma’ por ‘psique’”. Esta advertencia, ahora que avanzamos rápidamente por los noventa, bien podría interpretarse en sentido contrario. Desde los sesenta, “alma” se ha convertido en una palabra de gran éxito, lo que atestigua tanto su fácil popularización como la urgente necesidad de la población de algo que no puede encontrar. De hecho, el término clásico “psique”, que representa ese tercer reino entre el cuerpo y el espíritu, parece estar disolviéndose rápidamente en estas viejas pretensiones grandilocuentes. Por un lado, la psique ha sido usurpada por el trabajo corporal, desde los defensores de la psiquiatría del Prozac y la biogenética hasta los que se preocupan por su peso, los que dan abrazos, los que hiperventilan y los que manipulan el cráneo. Por otro lado, una Nueva Era espiritualizada ha evaporado la psique con recetas para la serenidad, la vacuidad y la consciencia global. Este sentido espiritualizado de la psique en nombre del alma ha tomado un camino bien transitado hacia una gentrificación inofensiva desde que intenté por primera vez recuperar la palabra para psicología en 1964 (en Suicide and the Soul), enraizando «alma» menos en la historia pastoral y teológica que en el uso actual en soul food, soul music y soul brother. 

Dado que el alma es el tema central de este libro, es necesario contextualizar el término en la época en que fue escrito: los años sesenta. En aquel entonces, el concepto de “alma” se introdujo para revitalizar la psicología, no para adormecerla con ideas de trascendencia y transformación, ya que la psicología era entonces en gran medida un ámbito autocrático del establishment cientificista objetivista. De ahí el título del libro, “En búsqueda”, como un antídoto desafiante a la investigación. 

Además de la oposición a la investigación, el título deja clara la idea que el libro plantea sobre el alma: que es una interioridad y que se ha perdido. Estas son dos grandes premisas que determinan el rumbo del libro y, por lo tanto, el enfoque de esta crítica. La primera premisa —que el alma se ha perdido— comparte la nostalgia del título de Jung de 1933 (en inglés), El hombre moderno en busca de un alma, por lo que “en búsqueda” es un juego de palabras con ese libro de treinta años antes. Además, el subtítulo de Hillman repite las Conferencias Terry de Jung de 1937 en Yale, Psicología y religión. Desde el principio, en búsqueda se presenta como una recapitulación de la tradición junguiana de la formación del alma, con Hillman siguiendo los pasos de Jung. Aunque no pueda igualarla, tanto la obra de Jung como la suya se basa en estructuras similares y apuntan en la misma dirección: el alma se ha perdido y puede encontrarse a través de la psicoterapia; la psicoterapia es similar a una actividad religiosa o requiere el despertar de una actitud, función o disciplina religiosa. 

Una vez que asumimos que el alma está perdida, se suceden varias consecuencias. Primero, nuestros días y noches se verán afectados por el vacío, el duelo y la añoranza, como una «enfermedad» crónica. Nos sentiremos perdidos en el mundo, aferrándonos, exigiendo, buscando y anhelando una Miriam que nos apoye o un buen pastor que nos levante y nos socorra en nuestro abandono. 

A juzgar por la evidencia de la década de los noventa, la premisa de Hillman en los sesenta y de Jung en los treinta, según la cual el alma está perdida, es correcta. Las prácticas tanto de la psicoterapia como del acompañamiento pastoral confirman que la depresión, la victimización, los sentimientos de aislamiento y abandono, y los consiguientes intentos de recuperación mediante relaciones personales profundas, constituyen el contenido de las quejas de pacientes y feligreses. El mismo mito del alma perdida, abandonada o condenada, ha hecho retroceder la terapia a la recuperación del alma desde la infancia y la religión al fundamentalismo evangélico y a la salvación del alma de la perdición mediante la conversión y el renacimiento. 

Pero ¿qué fue primero, la gallina o el huevo? ¿La pérdida real del alma o el mito de la pérdida del alma? ¿Se deriva el mito de la realidad y, por lo tanto, no es un mito sino una conclusión lógica, una hipótesis? ¿O, por el contrario, la evidencia que respalda la hipótesis se deriva del mito? Si asumimos que el alma se pierde, ¿no explicaremos nuestros dilemas en función de esa suposición básica? Por ejemplo, si asumimos que la Tierra es plana, ¿no explicaremos la puesta de sol en términos de que el sol se oculta bajo la Tierra para volver a salir al día siguiente? 

Quizás, ni el huevo ni la gallina. Una metáfora completamente diferente: entumecimiento y estupidez. O, para usar un término de los noventa que se remonta a los noventa del siglo pasado y a Freud: negación. Tal vez el alma esté aquí mismo, a nuestro alcance, no abandonada, no perdida en absoluto. Simplemente no nos hemos dado cuenta. Hemos estado buscando en el lugar equivocado. Qué curiosa esta tendencia paranoica de la mente: cuando no vemos algo que buscamos, inmediatamente imaginamos que ha sido robado, escondido o perdido. ¿Por qué no imaginar, en cambio, que la falla reside en nuestra vista, que las gruesas gafas que llevamos son demasiado miopes para ver lo que está cerca? 

Este libro, En búsqueda, es un ensayo magistral sobre buscar en el lugar equivocado. En búsqueda: buscar en el interior. En tu interior, en tus estados de ánimo y sentimientos, en tus sueños y relaciones. Este viaje hacia el interior se presenta de forma coherente, cuidadosa y emotiva a través de cada una de las cuatro áreas de la interioridad que abarcan los capítulos. Pero todo se queda dentro; no se abre ninguna puerta al mundo. El autor ni siquiera llega a la ventana. 

Lo que falta es el interior que está ahí fuera: en los árboles, en los pinzones y ardillas que habitan en ellos, en la tierra y las piedras, e incluso en los cristales que permiten ver los árboles, las ardillas y las piedras. Tal vez el alma no se haya perdido; simplemente está en otro lugar, ocupada en otra cosa. Tal vez esté más involucrada con el funcionamiento del mundo que con tu propio camino de individuación. Tal vez no le preocupen demasiado las relaciones humanas, los estados de ánimo humanos, el desarrollo de la personalidad humana. Según la evidencia de los pueblos arcaicos y las filosofías antiguas, el alma nunca estuvo completamente en el ámbito humano. Pero su ausencia de ese ámbito no significa que se haya perdido. 

¿Por qué nos volvemos insensibles al alma en cosas que no son nosotros mismos? ¿Por qué somos incapaces de hablar con esa alma que está ahí fuera? ¿Está realmente perdida, o se defiende ferozmente? ¿Qué interés tiene nuestra cultura en centrarse únicamente en nuestro interior, y es “búsqueda”, con todos sus términos relacionados como “viaje”, “pruebas” y “guías”, el término adecuado para restablecer la conexión? ¿No sería mucho más sencillo salir, o simplemente caminar por la habitación, y hacer lo que dijo el salmista: “Gustad y ved”? El alma está, o es, lo primero que debemos considerar. 

Debido a esta negación del mundo, el libro está impulsado por una implacable seriedad moral. Realmente busca desentrañar el alma de cada persona y prescribe maneras de hacerlo. ¿Podría haber aquí una reflexión psicológica? ¿Nos volvemos desesperadamente serios cuando estamos desconectados de la realidad, ya que lo contrario parece evidente: cuando estamos presentes y concentrados, todo se aligera, las cosas fluyen con facilidad y la vida se vuelve placentera? 

La seriedad moral del libro tiene otra fuente: su relación indirecta con el cristianismo. (Originalmente, se compuso a partir de conferencias impartidas en una escuela teológica de Nueva Inglaterra y a pastores del Medio Oeste en una conferencia de consejería pastoral posterior a la Pascua). Sin el sólido fundamento del pensamiento cristiano, este libro no podría sostenerse por sí solo. La premisa de que el alma está perdida y debe ser encontrada (salvada), junto con la negación de que el mundo esté dotado de alma, son particularmente fundamentales en la escatología cristiana. También es cristiana la convicción del libro de que el trabajo moral personal beneficia al alma y es un camino principal hacia su salvación. 

La verticalidad del primer capítulo y la profunda inmersión en lo femenino del último desvían la atención de lo que nos rodea, de la vida real compartida con el entorno, hacia lo que está arriba y abajo: los focos característicos de la escatología cristiana, el Cielo y el Infierno. Este énfasis en los dos polos, arriba y abajo, convierte al vasto mundo en una peligrosa escalera entre ellos, una escalera de la que se puede caer a cada paso. El mundo se transforma así de un lugar de belleza y conocimiento en un campo de batalla horizontal de lucha moral. Para ascender la escalera y recuperar el alma, es necesario realizar esfuerzos físicos. Aquella enigmática frase de Heráclito, “El camino hacia arriba y el camino hacia abajo son uno solo”, repetida a menudo por Jung, determina la senda del alma y su búsqueda; y esta frase también indica que, a pesar de lo que el autor insiste sobre la oscuridad y los demonios que se encuentran en el camino hacia abajo y cuán diferente es esa dirección del camino hacia arriba, el objetivo es, sin embargo, intercambiable con el Cielo. 

Si el camino de arriba y el de abajo son uno solo, entonces los demonios no son más que ángeles de otra índole. ¿Por qué el autor no reinterpretó esa famosa frase heraclítea que describe el camino del alma (ya que retorcer ideas antiguas es su especialidad) para decir, en cambio: el camino de salida y el de entrada son uno solo? Entonces, profundizar en uno mismo y prestar atención al mundo serían lo mismo. Esta interpretación daría como resultado una búsqueda interior que, a la vez, es una evangelización. 

Que el camino hacia el Cielo sea descendente e interior también explica el capítulo tan claro y contundente de Hillman sobre la Sombra, donde esta se concibe de acuerdo con la tradición cristiana; es decir, como una cuestión moral y un “problema”. Hillman analiza la Sombra utilizando la retórica del mal, la consciencia, el amor, la internalización, el conflicto y otros conceptos habituales de la concepción cristiana de la Sombra. 

Este marco cristiano para la discusión del autor sobre la sombra sitúa su análisis en el ámbito de la filosofía moral, más que en el de la psicología profunda. Si se tratara de una sombra psicológica, examinaríamos nuestras teorías de la percepción y la cognición (más al estilo de Wittgenstein), planteando dudas sobre nuestros sentidos, sobre lo que seleccionan, ignoran y distorsionan. ¿Cómo determinan los patrones de nuestro pensamiento el mundo en el que nos comportamos y al que nos adaptamos? ¿Hasta qué punto son narcisistas, incluso solipsistas, nuestras teorías? ¿Cuáles son las raíces de nuestra subjetividad? Si nuestro interés se centrara en una sombra psicológica, nuestra atención también se dirigiría al lenguaje y a las sombras de nuestro discurso (más al estilo de Derrida). Tendríamos que indagar en la manera en que nuestro discurso sobre la sombra determina la naturaleza de la misma. Cómo la sombra, como concepto, actúa como verbo, proyectando sombras sobre nuestro lenguaje. Y nos haríamos preguntas como: ¿cómo la idea de sombra y el lenguaje de la sombra como problema moral inventan el tipo de sombra con la que lidiamos? 

De nuevo, si nuestro interés radicara en la psicología, nos veríamos obligados a recurrir a la psicopatología. Querríamos conocer los defectos de carácter, las lagunas psicopáticas, las carencias en el inventario de la personalidad y los picos exacerbados de propensiones repetitivas que parecen colectivas, congénitas y eternas, y que se conciben mejor como datos kármicos estructurales (datos inherentes) que como problemas morales que deben ser arrepentidos, dominados y transformados. 

Concluyo, treinta años después de la concepción del libro, que la cuestión de la sombra, tan fundamental para la psicología y la terapia junguianas, es un subproducto de su teología moral cristiana y no aborda realmente el problema psicológico que ensombrece toda la vida psíquica occidental, es decir, que mantiene a la psique occidental cristianizada en la ignorancia sobre el mundo y su alma, su aislamiento, su tristeza y su abuso. Así, también nosotros, ingenuamente, ignoramos las sombras ocultas en el mundo: su obstinado secretismo, su depredación y crueldad, su ambivalencia amoral hacia los seres humanos, su maníaco libertinaje y sus extremos bipolares, su violencia explosiva. Sin esta consciencia de la sombra que se extiende al mundo, este se convierte de nuevo en la buena y gris Gaia, la buena y vieja Madre Naturaleza. 

Desde los inicios de la psicología profunda, la toma de consciencia de la sombra ha significado liberar la represión, es decir, destapar la libido y liberar las imágenes de la censura colectiva internalizada. La psicología profunda se enfrenta constantemente a la arraigada moralidad de la represión cristiana, y aún no hemos logrado separar la psicología de la moral. Liberar la represión invita a fantasías de “comportamiento permisivo”, de modo que las descripciones de la sombra en psicología se entrelazan inseparablemente con los problemas de moralidad en la religión. 

No tiene por qué ser así. Liberar la represión del inconsciente puede no tener ningún contenido, ni sexual, ni moral, ni ningún conjunto preestablecido de sentimientos o imágenes específicas. Liberar la represión psicológicamente (a diferencia de moralmente) significa reconocer el inconsciente fatal y siempre presente en toda consciencia, que todo aquello sobre lo que la consciencia proyecta luz crea inmediatamente una sombra. En el momento en que vemos con mayor claridad, nos volvemos más ciegos y no podemos ver más allá de lo que vemos, el otro lado de lo que vemos. Ver y no ver van de la mano, simultáneamente, correlativamente. O, como dijo Jung hace años, cuanto más alto el árbol, más larga la sombra. Aunque esa sombra parezca proyectada por el árbol y con su forma, se origina en la luz. 

La misma luz que busca el alma desde su interior oculta no puede evitar ver a través de un cristal empañado. Utilizo aquí la conocida metáfora cristiana porque las cataratas que nublan nuestra capacidad de ver el alma tal como el mundo la muestra de forma continua son de origen cristiano. (Nuestras sombras inconscientes no son simplemente sexuales, pecaminosas y morales; conocemos demasiado bien estas como para considerarlas sombras psicológicas. Se han vuelto conscientes para nosotros como miembros del amplio público mediático. ¿Quién no es consciente de los asesinos a sueldo, los asesinatos por celos, la violencia sexual, la corrupción despiadada, el fanatismo étnico y el incesto violento que se presentan en la prensa sensacionalista como parte de la actualidad cada sesenta minutos de cada cuarenta y ocho horas, y no solo en los ricos y famosos, sino también en nosotros mismos como meras estadísticas de la población colectiva?) La noción moral de la sombra centra nuestra búsqueda en nosotros mismos, mantiene la psicología atrapada en la subjetividad y nos impide ver el alma del mundo. 

La sombra no es, por tanto, solo una cuestión moral, ni solo una cuestión de purificar el mal del corazón para que el amor pueda brotar de sus fuentes. La sombra es la vida penumbral que convive con la vida como el oscurecimiento incesante de la luz en cada búsqueda, un oscurecimiento de la luz de la certeza, la propia percepción de la luz de que, independientemente de cómo un «yo» busque el alma, ese mismo «yo» está inherentemente sesgado contra el objeto de su búsqueda y, por lo tanto, sesga los métodos que emplea para ella. La sombra nos mantiene buscando y, a la vez, nos impide encontrar. Es la obstrucción que no quiere encontrar lo que busca. Incrustada en la misma consciencia que es el instrumento de nuestra búsqueda, la sombra es la inconsciencia de la consciencia misma. Replantear la cuestión de la sombra, desde la moralidad hasta la psicología, produce sentimientos diferentes respecto a la sombra, una sensación de incomodidad distinta a la culpa de una mala acción moral. La pregunta psicológica fundamental que subyace a todas las cuestiones de la sombra es la que ha marcado el rumbo de la aventura psicoanalítica desde sus inicios: ¿Dónde está el inconsciente ahora? ¿Cómo afecta a la consciencia? ¿Cómo puedo percibir estos efectos y modificarlos (es decir, tomar consciencia de la inconsciencia)? 

Esta sombra psicológica no puede definirse por cualidades de maldad o pecado; no consiste en atributos de la personalidad suprimidos o reprimidos. La sombra es una necesidad inevitable de la condición humana, un hecho psicológico indeleble de toda percepción y todo comportamiento. Ningún espejo la revela, ninguna intuición la disipa. Como el destino en la antigua Grecia, que nos mantiene mortales, imperfectos y humanamente limitados, la sombra nos protege de la arrogancia de confiar ciegamente en nuestra propia consciencia, y como tal, la sombra es una bendición. Quizás sea un regalo del Hades. 

Al adoptar un enfoque psicológico de la sombra, la liberamos de su «problema del ego». Liberamos la idea de la obligación moral, expresada por el término junguiano «integración». La integración de la sombra, como sugiere el Capítulo III, no es tarea fácil. Al afirmar que no es fácil, el capítulo aún utiliza el lenguaje del cristianismo heroico, la retórica de un ego heroico, un buen soldado o servidor que cumple con su deber en una lucha moral. El enfoque junguiano clásico, al igual que el de la moral cristiana, consiste en confrontar al demonio de la soberbia, reconocer nuestros pecados y arrepentirnos. Se supone que los ejercicios de integración derriban la arrogancia del ego, no solo confrontando al demonio, sino reconociendo —y aquí reside el giro junguiano— que uno mismo es el demonio. Que acecha en nuestro propio pecho y puede ser descubierto mediante una búsqueda diligente. ¿El resultado de integrar la sombra? Una persona oscurecida, pero más disciplinada, completa y equilibrada; si no salvada escatológicamente, al menos mejorada psicológicamente. 

Sin embargo, persiste un “problema del ego”, ya que los esfuerzos de integración son realizados precisamente por el ego. El ego siente culpa; el ego libera la represión y reconoce las faltas y los pecados; el ego se redime y se redime. En medio de toda esta lucha, subsiste la convicción heroica de que el esfuerzo moral puede transformar la naturaleza psicológica. 

Pero una vez que el debate sobre las sombras se desvincula de su base moral, el ego deja de ser personalmente responsable del entumecimiento cultural colectivo propio del cristianismo. Un problema colectivo no es culpa del ego. 

Solo lo semejante cura lo semejante: los problemas morales pueden abordarse mediante medios morales; pero mover la sombra psicológica requiere medios psicológicos, es decir, introspección en la sombra de las ideas, el lenguaje y la psicopatología, los tres componentes fundamentales de una sombra psicológica. O, dicho de otro modo y con un giro de las críticas de Wolfgang Giegerich: la sombra psicopatológica en su nivel fundamental no es ni maldad, ni diablo, ni falta de amor, sino la sombra de la psicología misma, la laguna psicopatológica en su teoría que descuida el alma que existe fuera. Incluso después de que el programa junguiano clásico de integración de la sombra se haya cumplido y se haya formado una persona más completa, el pinzón sigue piando en el árbol de afuera, completamente ignorado por la integración de la sombra. El pinzón y el árbol están eternamente excluidos (¿condenados? ¿perdidos?) por la lógica de la psicología. No pertenecen a la sociedad interior. No pueden integrarse mediante el trabajo del alma como búsqueda. Deben ser ignorados por la psicología tal como se define a sí misma. Como todo el resto del mundo, deben permanecer en la sombra. 

Hillman escribe: 

… la oscuridad significa abandono. Y son los elementos abandonados los que aparecen en la sombra…  
La cura de la sombra es, por un lado, un problema moral, es decir, el reconocimiento de lo que hemos reprimido, cómo llevamos a cabo nuestras represiones, cómo nos racionalizamos y nos engañamos, qué tipo de objetivos tenemos y qué hemos dañado, incluso mutilado, en nombre de esos objetivos. Por otro lado, la cura de la sombra es un problema de amor. ¿Hasta dónde puede extenderse nuestro amor a las partes rotas y arruinadas de nosotros mismos? ¿Hasta dónde podemos construir una sociedad interior basada en el principio del amor, que permita un lugar para todos? 

¿Qué lastimamos y mutilamos, y qué dejamos de amar una vez que extendemos los límites de nuestra búsqueda más allá de la “sociedad interior”? La respuesta cristiana y la respuesta kantiana basada en ella es: nuestro prójimo. Trata a los demás como quieres que te traten. Pero aquí también, “los demás” se limita a lo humano. ¿Acaso el pinzón y el árbol no son también nuestros vecinos? En cuanto a los animales, el gran educador y teólogo cristiano John Henry Newman escribió: 

No tenemos deberes para con la creación animal; no existe ninguna relación de justicia entre ellos y nosotros… No pueden reclamar nada de nosotros; en nuestras manos están absolutamente entregados. Podemos usarlos, podemos destruirlos a nuestro antojo, no por capricho, sino para nuestros propios fines, para nuestro propio beneficio y satisfacción, siempre que podamos justificar racionalmente lo que hacemos (Sermons Preached on Various Occasions, VI, Londres, 1858). 

Si vamos más allá de los animales, ¿qué hay de la tierra y las piedras, los ríos y los mares, o los alimentos que ponemos en nuestras mesas y las cosas que compramos para nuestros armarios? ¿Son estos «otros»? ¿Tenemos una obligación moral hacia ellos? Antes de que puedan ser considerados parte de nuestro amor o ser reconocidos como personas que sufren posibles daños y mutilaciones, habría que reconocer y eliminar la sombra de la teoría psicológica. Porque, claramente, han sido ignorados por definición en nuestra búsqueda antropocéntrica. Solo volviéndose hacia ellos y escuchándolos como sujetos podremos descubrir la magnitud de su sufrimiento. 

Esta crítica de la verticalidad, junto con su nostalgia por un alma perdida y el descuido de la presencia del alma en el mundo horizontal, pertenece a la actualidad, a los años noventa, cuando el mayor peligro parece ser la pérdida del mundo en su conjunto. Una crítica retrospectiva distorsiona las realidades históricas, criticando un libro por lo que no logró hacer en lugar de apreciarlo por lo que sí hizo y aún es capaz de hacer. 

Y no hay nada «malo» en el libro, siempre que reconozcamos sus fundamentos cristianos. Como tal, representa un ejemplo clásico del enfoque junguiano introvertido y basado en la Reforma, incluso pietista, que sigue el camino de un proceso de individuación a través de cuatro capítulos como cuatro etapas: (1) iniciar la terapia y la relación terapéutica como comienzo de toda búsqueda; (2) reconocer el inconsciente y que la terapia junguiana inevitablemente plantea cuestiones religiosas; (3) luchar contra las sombras de lo objetable y reprimido; y (4) finalmente, ampliar la receptividad interior, la imaginación y el sentimiento que la teoría junguiana clásica denomina «lo femenino» o ánima. Incluso en su estructura de cuatro capítulos, estos se ajustan a la línea principal de la psicología junguiana, con sus raíces en el progreso espiritual cristiano del alma hacia la salvación y en la Bildung reformacional, o cultivo de la persona interior. 

El programa o El progreso del peregrino consiste en la identificación con el sufrimiento, la virtud del trabajo, la honestidad de la confrontación y la eventual redención a través del amor, o ánima. (“Anima”, como se describe en el Capítulo IV, combina alma, amor, lo femenino y religión en una solución satisfactoria. Esto fue escrito antes de la posterior deconstrucción del término por parte del autor en sus artículos de Spring de 1973 y 1974 y ampliado en un libro, Anima: An Anatomy of a Personified Notion de 1985.)  

A mediados de los sesenta aún no era una época completamente violenta. Esa suave esperanza pertenecía al movimiento hippie y a la idea de que todo lo que necesitas es amor. Blancos y negros marchando juntos por el sueño, migraciones de regreso a la tierra y a Haight-Ashbury: indicios de una era de Acuario apenas esbozados frente a los oscuros acontecimientos del sudeste asiático y el sureste de Estados Unidos. Así pues, las dos críticas marcadamente irónicas también pertenecen a este período y reflejan la desconfianza de Hillman hacia el optimismo irreflexivo y los sentimientos desmedidos del movimiento contracultural de los sesenta. 

En primer lugar, su énfasis en aprender sobre el amor: 

El amor puede tomarse en muchos niveles, y la sala de consulta del analista o del consejero pastoral será el lugar final para muchos amores en los que las personas se han entregado al máximo, han alcanzado lo supremo, con nobles intenciones y profundos sentimientos, afirmando que su amor era el fundamento de su existencia, su sentido de regreso a casa, incluso su experiencia de Dios y la trascendencia, y sin embargo todo salió mal, terriblemente mal, horriblemente mal, a veces suicidamente mal…  
El amor romantizado es una respuesta dulce y engañosa al mundo árido y técnico… como saben los analistas y consejeros, en el noble propósito del amor personal profundo, cuando queremos dar nuestro amor más absoluto, le damos nuestra bestia más baja a alguien más para que la guarde por nosotros.  
Presumir que toda experiencia de amor es Amor al Fundamento Divino del Ser, imaginar que un profundo significado personal supera la complejidad y los obstáculos del amor y puede ser el criterio para justificar un amor no santificado, dejarse engañar por una filosofía que ignora su carácter temible (porque si Dios es amor, entonces el principio de la sabiduría es el temor al amor)… 

En segundo lugar, el debate sobre la sexualidad y la “revolución sexual” de los años sesenta como fantasía: 

Puedo, en efecto, contemplar un objeto con deseo y cultivar ese deseo, observándolo, sintiéndolo, dejando que sus posibilidades imaginarias se desborden en mi mente, disfrutando de su deleite, sin llevarlo a la práctica. Se puede establecer una separación entre lo interno y lo externo, entre el deseo contenido en el sujeto y el deseo ejercido sobre el objeto, entre la mano izquierda de las imágenes y necesidades cargadas de sentimiento y la mano derecha de las demandas deseantes. Así, son el ojo derecho y la mano derecha los que ofenden y deben ser sacrificados (Mateo 5:29), pues el lado derecho es el de la acción. La fantasía conduce directamente a la acción solo cuando no hay suficiente espacio entre la idea y el impulso, cuando el reino interior está tan congestionado que nada puede ser contenido por mucho tiempo… La fantasía puede tomar sus instigaciones de eventos externos y luego manipular esos eventos en la mente, pero su reino es puramente imaginario. Así también, la lujuria y la codicia son imaginarias; es decir, son dinamismos psíquicos, impulsos del alma, que se verían ridículamente anulados si entraran directamente en el mundo. Estos impulsos aparecen no tanto para ser saciados como apetitos mediante la acción, sino para crear el reino interior, para iluminar las percepciones del alma, para darle juego y dimensión, para liberarla de las limitaciones concretas de lo posible y, de este modo, para profundizar y enriquecer su ámbito de experiencia. Como se dijo anteriormente en el Capítulo III, la verdadera revolución en el alma no es en sí misma sexual. El instinto sexual humano es sumamente plástico y proporciona energía para los cambios de consciencia a lo largo de toda la historia psicológica. Si se puede leer la tendencia de los acontecimientos colectivos a través de las experiencias particulares de los individuos, el profundo cambio que se está produciendo ahora es simplemente impulsado por fantasías sexuales como dinamismos psíquicos, cuya intención es, en última instancia, una revitalización y expansión de la realidad psíquica. 

En resumen, debido a su inequívoca llamada a la dirección vertical, hacia abajo y hacia adentro, la indagación sigue captando la atención y conservando su valor. Desde su obra El sueño y el inframundo, Hillman ha demostrado que es posible descender y adentrarse sin adoptar el cristianismo. En otras palabras, la indagación es aún más necesaria hoy en día, siempre que seamos conscientes de su sobredeterminación por las referencias cristianas que siguen apuntando hacia arriba incluso durante nuestro descenso. Y esa consciencia es precisamente el objetivo de esta posdata: separar la indagación de su determinación cristiana. 

Hoy, al igual que cuando se escribió por primera vez, En búsqueda sigue apelando al enfoque objetivista externo de la mayor parte de la psicología y su investigación. En búsqueda se centra en los sentimientos y la fantasía, no en los hechos que se encuentran en estudios, informes, experimentos, estadísticas y casos. Afirma que hay tanto por descubrir en la reflexión, la intuición, la imaginación y los sueños como en una revisión exhaustiva de la literatura pertinente o en estudios longitudinales y doble ciego financiados por subvenciones del NIMH (es decir, los contribuyentes) basados en un diseño experimental aprobado. En búsqueda es aún más relevante hoy, ya que las instituciones psiquiátricas y psicológicas sucumben a la concepción farmacéutica del alma, al materialismo burdo que la reduce a un cuerpo «disfuncional», un mero epifenoménico que emana del estado de la tetera y depende de él. La respuesta final del libro a la investigación es la fantasía. Y el trabajo arduo equivalente al esfuerzo tedioso, repetitivo y frustrante de la investigación es la lucha de la imaginación. 

La fase posterior a la fantasía es la imaginación, que consiste en transformar ensoñaciones y fantasías en paisajes escénicos a los que uno puede acceder y que están poblados de figuras vívidas con las que uno puede conversar, sentir y percibir su presencia. Esto, entonces, sería la indagación psicológica. Tal imaginación requiere un gran esfuerzo. El trabajo de convertir la fantasía en imaginación es la base de las artes. Es también la base de los nuevos pasos que damos en la vida, ya que las visiones de nuestro futuro personal surgen primero como fantasías. 

En búsqueda. 4. Feminidad interior: Realidad del anima y religión

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Capitulo 4, Inner Femininity: Anima Reality and Religión en ‘Insearch, Psychology and Religión’, pp. 95 – 126.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Nos hemos visto impulsados a hablar de la mujer interior por muchos caminos: la amistad con el sueño y la conexión con el mundo interior, las actitudes pasivas de silencio, quietud, aceptación y escucha, el cultivo del eros y la perfección del amor; e incluso las palabras para alma —psique y ánima— son de origen y connotación femeninos. Así pues, el tema de este capítulo es lo femenino, pero las mujeres que ahora nos ocuparán son nuestras propias mujeres interiores, esas imágenes e impulsos femeninos que transitan por los recovecos de la psique, a menudo descuidadas, a veces trivializadas y, sin duda, malinterpretadas. No podemos avanzar en la descripción de la experiencia del inconsciente o su conexión con la religión sin familiarizarnos con esta feminidad interior.

En los sueños de los hombres, desfila una riqueza de mujeres. Intentar reducir este amplio espectro a meras figuras femeninas o representaciones de hijas es una forma de evadir lo femenino. La visión habitual de que las mujeres en los sueños de los hombres reflejan figuras familiares debe ampliarse para incluir toda la diversidad de lo femenino que un hombre encuentra a lo largo de su vida.

Analicemos algunas de las imágenes más familiares, comenzando con esa mujer mayor, con aires de maestra, perfeccionista y crítica. Para ella, nunca se puede hacer bien ni lo suficiente, y en la vida real uno se siente constantemente presionado a mejorar, a criticar lo que se ha hecho o a quejarse. Quiere que seamos mejores, pero en su insistencia por la excelencia, socava lo bueno que ya existe. En nombre de altos ideales, termina convenciéndonos de nuestra inutilidad. Perdemos la iniciativa y nos volvemos más perezosos. Qué desafortunado es cuando esta mujer interior se proyecta en alguien cercano, por ejemplo, una esposa, quien entonces comienza a actuar como ella e incluso a parecerse a la imagen que atormenta a un hombre desde su propio inconsciente. Esta mujer, a menudo representada como mayor que el soñador, también puede tener cualidades benéficas. Hay figuras —tías, mujeres profesionales, amigas maduras— que son alentadoras, escuchan, ofrecen sabiduría basada en la experiencia, con quienes es posible una relación sin implicación sexual. Poseen una posición elevada, de autoridad e incluso de poder, pero parecen gobernar con moderación y cautela más que con acción directa. Calificar esta imagen como la “madre positiva” no es suficiente. Sigue apareciendo de vez en cuando en los sueños de un hombre, indicándole su potencial para desarrollar su propia sabiduría, su propio criterio, su propio conocimiento de la vida y cómo afrontarla. Hay en ella bondad y caridad, y sin embargo no acepta ni compromisos ni dilaciones.

Una tercera figura, similar a la descrita anteriormente, es excesivamente positiva. Le susurra palabras sencillas de aliento día y noche, hasta que el hombre llega a creerse una figura extraordinaria, pues ella está enamorada de él, lo que no significa otra cosa que él está enamorado de sí mismo. La encontramos en sueños como alguien bastante mundana, a menudo ambiciosa, a menudo costosa y fugaz, pero a veces todo lo contrario: sencilla, ingenua y buena, pero muy enamorada del soñador. Tiene la capacidad de convertirlo en un león, un rugidor dominante, magnífico y perezoso. Hay orgullo y vanidad, una sed de poder y una vanidad vacía. Este tipo de figura femenina positiva y alentadora solo ensalza un lado del hombre: su apariencia externa, su personalidad, su mundanidad. Aunque representa el ánima, es decir, la imagen del alma, en realidad aleja al hombre de sus valores y profundidades. Es la falsa esposa que lo casa con valores equivocados.

Los valores y las profundidades del alma a veces se representan en sueños mediante una figura femenina sin mucha personalidad, de rostro anodino, una persona del pasado a la que apenas se prestaba atención y a la que se le daba poca importancia, y que, sin embargo, reaparece bajo diversas formas en sueños, esperando atención, o peor aún, enferma, en peligro, moribunda. Porque me corresponde a mí hacer algo por esos valores y profundidades olvidados, forjar mi carácter mediante un interés atento, discernir lo que aún permanece oculto en mí, confiar en valores que hasta ahora parecían carecer de valor. Sobre todo, la figura enferma y solitaria, pobre y no deseada que está en peligro es una imagen del alma que presagia depresión, pobreza psicológica, tal vez incluso la pérdida del alma. Su necesidad constela los esfuerzos heroicos de mi ego.

Esta figura suele ser presentada por el inconsciente como más joven, lo que apunta a una parte de nosotros menos madura. Desde una perspectiva positiva, esto significa un potencial que puede crecer y cambiar, que conlleva algo nuevo, fresco y esperanzador; desde una perspectiva negativa, es demasiado joven, inmadura, un retroceso a la adolescencia. Vivir con una discrepancia tan grande entre la edad interior y la exterior supone una tensión para la psique tan grande como para un hombre de cuarenta años salir en público con una adolescente del brazo.

Existe otra figura predilecta: la de la rubia pálida y serena. Proviene de regiones remotas como Noruega o Alaska, o posee una cualidad invernal que la hace fría, distante y silenciosa. Es reservada y ofrece desapego, algo espiritual y sublime. Puede resultar muy atractiva, ya que su frialdad y distancia activan en el hombre esfuerzos sobrehumanos de calidez y conexión. Este tipo de ánima puede ser percibida por otros como una frialdad en la vida emocional, como si el hombre estuviera en algún lugar distante, difícil de alcanzar, incluso indiferente, a pesar de las apariencias y de lo que diga. Tiende a desvanecerse, a desaparecer en regiones remotas, lo cual puede ser fascinante por su frustración. Es difícil conectar con él y comprometerse, como si no estuviera presente en carne y hueso, como si su alma fuera algo muy raro y etéreo, como el aire del norte o ese fino cabello rubio. Su vida emocional es retraída y secreta, y al mismo tiempo intensamente apasionada, pues la pasión no es calidez; es más bien la llama azul constelada de hielo.

A veces, una prostituta aparece en sueños y le muestra a un hombre que se entrega con demasiada facilidad a cualquier persona. Sus emociones no son genuinas, sino que se perciben durante una o dos horas y luego se olvidan. Sus sentimientos están a la venta o a merced de otros. Además, no valora su propia vida interior más allá de la satisfacción que le produce. Su promiscuidad emocional lo mantiene soltero y sin compromiso consigo mismo. En sueños, esta imagen a veces aparece deprimida, sola y maltratada. Debido a este maltrato, es maltratado por otros y a su vez los maltrata. Sus relaciones se basan principalmente en el principio de la utilidad. La vieja prostituta, por otro lado, puede tener un significado más positivo: refleja cierta impersonalidad en los asuntos humanos, pues ha vivido mucho y ha visto tanto que nada perverso la sorprende. Su imagen le revela al hombre su propia mezcla de permisividad cínica, alegría y compasión.

Las verdaderas vulgaridades materialistas del eros y los valores del alma de un hombre están representadas menos por la prostituta que por las imágenes populares colectivas del entretenimiento y la publicidad. Como las diosas antes, también tienen sus epifanías simultáneas en todo el mundo, pero ahora proyectadas en los templos oscuros de cien mil salas de cine o parpadeando desde los altares domésticos de cien millones de pantallas de televisión. Con consortes con cabeza de animal y devotos castrados, vagan por los continentes. Todo lo que no está permitido a los mortales está permitido a ellos. Sus sacerdotes de culto mantienen sus imágenes con pintura, reliquias y leyendas fabricadas. Su vasto éxito comercial reemplaza el fracaso personal interior de un hombre. Cuanto más la mujer interior está representada por imágenes de la industria del cine o la moda, más colectivamente comunes, más parecidas a las de todos los demás serán las cualidades del alma de ese hombre. Cuanto más bonita el ánima, menos bella puede ser el alma; cuanto más popular la imagen, menos individual la forma de relacionarse de un hombre; cuanto más atractiva sexualmente sea la diosa colectiva, menos posibilidades tendrá un hombre de liberarse de la compulsión animal de Ishtar, de separar el alma de la carne.

La chica que es un pájaro es otra figura familiar en la mitología de la feminidad interior. Tal vez sea rosa y elegante con un vestido de gala o ropa interior de bebé suave, pero sea cual sea el manto esponjoso, es una criatura etérea que revolotea por el aire. Lleva al hombre a vuelos mágicos de fantasía, lo envuelve en el resplandor rosado del optimismo y le llena la cabeza con pensamientos etéreos de pseudofilosofía y planes poco prácticos que carecen de sustancia y son arrastrados por cualquier corriente de opinión. Al hombre le cuesta asentarse y meditar; siempre oye el canto de las sirenas en algún lugar. Esta imagen sentimentalmente romántica puede proyectarse sobre una mujer exterior, de modo que comienza a vivir como una muñeca, ingenua y fantástica.

Su opuesto tiene pies de barro, es lodo mismo. La reducción del ánima a mera materia, a una mujer de la zona rural, es también una imagen de nuestros sueños. Esa campesina de muslos gruesos y pechos grandes, muda, lenta y medio cretina, refleja la baja posición relegada a lo femenino por el intelectual de la ciudad. Ella solo pertenece a la cocina, o a la parte trasera del granero donde él puede contar sus chistes obscenos y hacer comentarios insensibles e insultantes con su total aprobación grosera. Mujer o animal, delante o detrás, madre o esposa: no tiene importancia. Esta imagen de un alma terrenal arcaica es la contraparte fea, materialista y carente de creatividad de ese hombre moderno encerrado en sus elevadas y áridas estructuras de sofisticación cínica, crítica y técnica.

Una contraparte más positiva de la consciencia del ego moderna es la joven de una cultura antigua. Puede ser judía, egipcia, mediterránea o china, y apunta a una dimensión temporal anterior a la separación entre sensualidad y espíritu. Ella también conecta con la tierra, con una sólida tradición de la que pueden surgir cosas nuevas. Su imagen va acompañada de una profunda experiencia histórica. Es un depósito de calidez humana y transmite la sensación de significados ancestrales, la sensación de poseer un largo pasado interior, un alma enredada en la antigüedad, que, si se le permite traspasar el umbral, encierra una sabiduría refinada capaz de intuir patrones subyacentes con mucha más imaginación que el ego actual.

Otra de las figuras más comunes es la joven seductora, a veces de piel morena, a veces desnuda, frecuentemente bailando o nadando; es decir, asociada con el color, el cuerpo, la música y el agua. Su cabello es un rasgo distintivo y puede ser lo único que recordamos claramente al despertar. Puede que nos persiga con agresividad o que sea silenciosamente fascinante, pero moviliza la libido y su apariencia es una invitación. Conoce el secreto del juego y tiene connotaciones paganas o de otra religión y sistema moral. A veces está en una isla, encerrada o simplemente «incapaz de salir»; a veces es inaccesible por teléfono, la línea está cortada; a veces se la asocia con animales o es mitad animal. A menudo tiene un padre interesante, como en las leyendas donde solo hay una princesa y un rey poderoso, repetido en nuestros sueños hoy por la estudiante universitaria que reaparece, quizás ella misma no tan interesante, pero que, cuando uno recuerda, sí tuvo un padre significativo.

Esta imagen por sí sola nos dice mucho; es lo que Jung denomina una figura típica del ánima. Se asocia con la vida animal y acuática, es decir, con los instintos, con el flujo de las emociones, la fluidez y el ritmo, con la naturaleza y el placer físico. Su fascinación y su irresistible atractivo señalan la importancia de este elemento para la plenitud psíquica. (Podemos recordar que, así como en un sueño me persiguen, significa que estoy huyendo; del mismo modo, cuando algo resulta atractivo, significa que este aspecto de la psique busca atención. Cuando no presto atención al inconsciente, el mundo interior utiliza la seducción para captar la atención del ego. Los gestos seductores de la hechicera despiertan mi energía sexual).

La figura paterna que subyace a la figura del ánima revela, en parte, por qué su influencia es tan poderosa. Detrás de ella o, mejor dicho, a través de ella, uno es conducido hacia su propia paternidad plena, hacia su propia masculinidad. En otras palabras, el camino hacia una masculinidad más grande, más fuerte y más firme se realiza mediante la conexión íntima con la propia feminidad interior. No se puede eludir esta confrontación, no se puede evitar al ánima, ya que esta solo se volverá más rebelde, más seductora y más exigente.

Dado que los hombres viven psicológicamente en un harén, es útil conocer nuestro mundo interior. Nos conviene saber qué fascinación nos hechiza: nos convierte en animales fálicos, nos petrifica hasta la inmovilidad, o nos atrae bajo el agua, alejándonos de la vida real. Nos conviene saber a quién seguimos inconscientemente en consejo, dónde nuestra Cenicienta yace entre la tierra y las cenizas o Blancanieves yace en un sueño envenenado, qué histéricas artimañas femeninas nos jugamos a nosotros mismos con afectos y estados de ánimo, qué Musa inspira o qué Beatriz enciende, y cuál es la verdadera favorita que mueve las posibilidades más profundas de nuestra naturaleza y sostiene nuestro destino.

Todas estas mujeres son imágenes del ánima, del alma. A través de ellas se revela la vida interior del hombre, su relación personal consigo mismo y con lo que trasciende su ser. En la medida en que expresan mi receptividad e introspección, también presentan formas en las que se desarrolla mi vida religiosa. Si la imagen de mi alma es demasiado joven, fría, materialista o crítica, entonces habrá distorsiones correspondientes en mi vida religiosa. El alma en la tradición era cristiana (anima naturaliter Christiana); el ánima en el hombre moderno puede ser cualquier cosa menos eso. Sin esta confrontación con lo femenino interior, la afiliación confesional incluso del clérigo puede afirmar únicamente su compromiso a nivel del ego. Dentro y en lo más profundo, pueden estar ocurriendo muchas otras cosas.

Existe otra forma de acercarse a la feminidad interior, y es a través de la emoción o el estado de ánimo. Como ya hemos señalado, nos topamos con el inconsciente no solo a través de los sueños y las fantasías, sino también a través de los afectos.

Algunos afectos son particularmente femeninos por naturaleza; por ejemplo, la autocompasión, la sensibilidad, el sentimentalismo, la sensación de debilidad y desaliento, la depresión. No es que estos afectos pertenezcan exclusivamente a las mujeres. (Al contrario, los afectos de las mujeres suelen ser más masculinos: causas, opiniones, principios, argumentos de todo tipo expresados a través de su animus de abogado/vendedor/policía/predicador/estadista. A veces simplemente rompen cosas, dan portazos y hacen otras exhibiciones de torero/lanzador de disco/ciclista de seis días/trapecista). La autocompasión, la depresión, el sentimentalismo y la sensación de desaliento son femeninos en el sentido de que para un hombre se sienten femeninos. No tienen «adelante» en sí mismos. Disminuyen la capacidad de un hombre para lograr sus objetivos, del mismo modo que discutir y pelear a menudo disminuye la capacidad de una mujer para conectar. Por lo tanto, el conocimiento de la propia feminidad puede requerir un viaje a través de algunos de los lugares visitados por el Peregrino en El progreso del peregrino de John Bunyan.

Solo en situaciones íntimas los hombres revelarán esta feminidad interior, este punto sensible, delicado y vulnerable. La autocompasión es particularmente difícil de superar. Cuando las personas acuden a nosotros, suelen estar abatidas y quizás demasiado sentimentales y propensas a la autocompasión: el acusado injustamente en una disputa matrimonial, el padre trabajador que tiene que lidiar con el tipo de hijo equivocado, etc. Pero existe una autocompasión que quizás sea más difícil de reconocer porque es más difícil de admitir. Esta difiere de la autocompasión que es más bien una autojustificación y defensa. Es más difícil de reconocer, creo, debido a la larga tradición respaldada por las iglesias.

El clero me ha insistido durante mucho tiempo en que debo amar a mi prójimo, pero este amor a menudo ha sido a costa de amarme a mí mismo, especialmente porque mi ser está manchado desde el principio por el pecado. El amor se me ha impuesto como una exigencia, una exhortación a amar a los vecinos e incluso a los enemigos, a amar donde no puedo ni siento amor. Incluso cuando mi amor no fluye, se me insta a convertirlo en acción. Pero el desarrollo del lado emocional de la personalidad a menudo no comienza donde debería, no con el sentimiento hacia otra persona. Más bien, suele comenzar en la sombra, con la autocompasión, con el sentimiento hacia uno mismo. De la necesidad de caricias y ternura, de ser acogido, escuchado y cuidado, surge el verdadero cuidado de uno mismo. La autocompasión es el comienzo del profundo cuidado de uno mismo. Y a través de la autocompasión puedo redescubrir una multitud de valores descuidados en mí mismo que han esperado esta inmersión en anhelos de redención, en aspiraciones perdidas y arrepentimientos por decisiones equivocadas. La autocompasión es una forma de autodescubrimiento, de autorrevelación; me revela mis anhelos. Se revela lo que realmente importa a mi parte más profunda, vulnerable y sensible. Es el comienzo de extender hacia abajo la conexión vertical.

El sentimentalismo y la cursilería que nos asaltan nos transportan de nuevo a tiempos pasados, a las canciones universitarias y sus letras, a la chica que nunca llegamos a ser, a los rechazos, las heridas y las traiciones. A menos que se reabran y se revivan, estos recuerdos reprimidos se convierten en las barreras que separan a los adultos de sus hijos adolescentes. El impulso incestuoso se intensifica por los anhelos adolescentes no redimidos de volver a un mundo fragmentado y arraigado en el inconsciente por las imágenes de aquella niña demasiado joven. Acercarse a los hijos adolescentes resulta menos problemático cuando uno ya no se siente amenazado por el adolescente que llevamos dentro.

Tal vez tristeza sea una palabra mejor que abatimiento. Es más familiar y simple. El abatimiento tiene su antídoto: más corazón, más espíritu, más fe, más esfuerzo. Pero la tristeza es un tono subyacente creciente, la sombra que se alarga en el reloj de sol a medida que el día avanza hacia el atardecer. Esta tristeza parece ser una queja de los hombres, una declaración de su lado femenino a medida que envejecen. Es como si las mujeres llevaran la tristeza consigo conscientemente como parte de su sentido femenino de la realidad, ya que suelen ser más conscientes de la realidad del envejecimiento de todos modos. Pero luego un hombre llega a los treinta y cinco o cuarenta, o a veces no hasta cerca de los cincuenta, y se siente triste; hay un peso en el corazón y no importa lo que haga, no desaparece. Esto es típico de un estado de ánimo, un estado de ánimo, el acompañamiento constante del alma que se ha convertido en una carga porque no se le ha dado lo que necesita. Este es el momento en que es más vulnerable para la aventura amorosa que puede o no resolver algo; Y si bien podría resolver el persistente trasfondo de tristeza, solo proporcionará un alivio a corto plazo a menos que la relación haga algo por su lado femenino, cultivándolo, permitiéndole expresarse, e incluso más, reorientando su habitual punto de vista masculino en función de los valores femeninos de la vida. Porque precisamente esta —la reorientación del punto de vista masculino— parece ser el propósito de estas emociones femeninas que nos deprimen y debilitan. Nos despojan de nuestra coraza, ablandan nuestro corazón, debilitan nuestro brazo derecho en favor del izquierdo, donde somos torpes e incapaces de manejar. Si todos los eventos psicológicos tienen intencionalidad, se dirigen hacia algún significado. La perturbación de la consciencia masculina de lo femenino tendría entonces como significado el debilitamiento y la feminización del punto de vista habitual. Esto implica que, después de la mediana edad, siempre que la vida hasta ese punto haya experimentado cierto desarrollo masculino, el camino no es la continuación por la misma línea, “más de lo mismo”, sino más bien la extensión de la personalidad a través de su opuesto. Un aspecto del opuesto del ego lo vimos en el capítulo anterior: el lado oscuro de la sombra; ahora nos enfrentamos al otro aspecto: la feminidad interior.

Conectemos estas observaciones psicológicas sobre el desarrollo de la personalidad con los símbolos y patrones femeninos en la experiencia religiosa. Ampliemos otros aspectos de la dimensión femenina, tal como se ejemplifica en la religión comparada.

El chamán, sobre quien Eliade ha escrito un libro extraordinario, [1] En algunas culturas, durante su iniciación en los misterios del sacerdocio, realiza un cambio de sexo ritual y simbólico, que incluye el travestismo y la homosexualidad, viviendo como la esposa de otro hombre. Se le denomina “hombre blando” o “hombre similar a las mujeres”. La integración del lado femenino a través de la práctica ritual se encuentra en Siberia, la Patagonia e Indonesia, así como entre los esquimales asiáticos y las tribus indígenas americanas.

Hércules, la más grande de las figuras ejemplares griegas, el hombre de los hombres, el héroe de los héroes, tras completar sus doce trabajos, sirvió a la reina Ónfale. Una vez finalizado el proceso de alcanzar la consciencia mediante el arduo esfuerzo de superar una tarea tras otra, Hércules no alcanzó mayores alturas ni glorias. Enloqueció; y, lo que es más importante para nuestro tema, fue sirviente de una mujer. Existen imágenes en vasijas que lo representan vestido con ropas femeninas. Variaciones posteriores del mito muestran a Hércules realizando labores propias de mujeres, como hilar a petición de la reina. [2]

Ulises, en su viaje de diez años de regreso de las guerras, convertido de nuevo en un héroe de estatura sobrehumana, esposo fiel y astuto líder de hombres, pasó un año entero en la isla de Circe, abandonando su urgente viaje, el objetivo de su capitanía, para entregarse a los placeres de su mesa y su lecho; entonces, adornado, ceñido y ataviado por esa mano femenina, retrasó y reorientó su rumbo, obteniendo así conocimiento previo, ayuda, fuerza y sabiduría para afrontar las siguientes etapas de su viaje de regreso a casa.

Un ejemplo inverso sería el de Orfeo. Orfeo es quizás la primera manifestación en la cultura occidental de una religión no mundana, donde las recompensas se encuentran en otra vida, en otro mundo. Tras la muerte de su esposa, rechazó a todas las mujeres, negándose a iniciarlas en los misterios o a permitir que sus seguidores participaran en las celebraciones dionisíacas, que tenían un marcado componente femenino. La recompensa de Orfeo por su misógino fue la muerte a manos de mujeres. Lo golpearon brutalmente hasta la muerte y lo descuartizaron. El lado femenino —la naturaleza y la danza de la vida representadas en las Ménades— que él había negado, regresó, como siempre regresa lo reprimido, y lo mató con pasiones descontroladas. Ni su música ni su religión ascética y trascendental pudieron defenderlo de estas fuerzas femeninas. [3]

En la iconografía hindú, el aspecto femenino, como vitalidad o Shakti, se representa como una imagen singular con atributos propios. Quien venera a Shiva (o Krishna y Vishnu) venera también a las diversas diosas asociadas a las encarnaciones del dios. La contemplación y la veneración de lo femenino traen consigo júbilo y amor por la vida, pues su belleza rítmica y cambiante es una parte esencial, aunque paradójica, del shaivismo ascético.

Las características femeninas del Buda son evidentes: la receptividad pesada, silenciosa, de vientre lleno y pecho suave; las enormes orejas, abiertas y receptivas; el árbol bajo el cual se sienta y la postura del loto; la compasión.

Las amplificaciones de la feminidad integrada en la religión judeocristiana son bien conocidas. No obstante, repasemos —solo a modo de indicios— algunos temas. El Sabbat en la tradición judía es femenino. Se recibe el viernes por la noche como una invitada, como una reina que trae alegría. Es un tiempo de consuelo y descanso al final del trabajo, tiempo para los sentidos, para la relación —el lado femenino— y, por lo tanto, se ha convertido en el tiempo para la familia. En la Cábala, un lado del árbol de las diez Sefirot, el lado de la misericordia o el amor de Dios es femenino, al igual que la Shejiná, el cuerpo místico de Israel, el Pueblo como unidad, el Pueblo como la esposa elegida de Dios, o ramera errante, la tierra de Sión, y todas las imágenes anheladas, aún no alcanzadas, de plenitud. Porque es como mujer, la psique en su forma femenina, que el alma recibe y conoce a Dios.

La importancia de la mujer en el Nuevo Testamento es demasiado conocida como para extenderse en ella, al igual que la creciente importancia de la mujer y el simbolismo femenino en la pasión de Jesús. De todas las fortalezas de Jesús, sobre todo la fortaleza de su debilidad, destaca su compasión y comprensión hacia la fragilidad humana. “Jesús lloró”. Tampoco es necesario adentrarse en la mariología ni en el simbolismo de las rosas, los jardines, los pozos, las palmeras y los lirios asociados a la imagen arquetípica de María. Pero vale la pena recordar que el Espíritu Santo, ahora generalmente concebido como otro aspecto masculino de la Trinidad, tiene como imagen —incluso del Espíritu Santo— la paloma, que perteneció a Afrodita y que, en todo el mundo antiguo, significaba el amor y la diosa que lo inspira.

Durante el Renacimiento, muchos aspectos de la historia de Jesús fueron plasmados en la pintura. Una imagen en particular pareció captar el interés de pintores tras pintores, siglo tras siglo: la Anunciación. Allí, María es representada como una joven inocente, vestida con esmero y sentada en un interior amurallado; nada más que una colegiala en su habitación, a menudo dedicada a las manualidades o a sus estudios, que de repente se encuentra ante el Ángel. En su cuerpo se vislumbra la redención. Se muestra conmocionada, asombrada. En su rostro, el horror y el rechazo se mezclan con la aceptación. Este motivo se repite en hombres y mujeres hoy en día. En esa imagen de colegiala de nuestros sueños, en esas emociones demasiado jóvenes —demasiado ingenuas, demasiado inocentes, demasiado egocéntricas— puede germinar algo redentor, que al final podría conducir a nuestra propia redención y a la maduración de la feminidad hacia esa figura de sabiduría y compasión en la que se convierte María al final de la historia. Pero al principio, la sorpresa y la conmoción son incipientes, pues en el fondo todos somos vírgenes, sensibles, tímidos, psicológicamente ingenuos, inexplorados en nuestra vida emocional, reacios a involucrarnos, inconscientes de la terrible verdad, resistentes al gran desafío, prefiriendo lo seguro, lo familiar y protegido, con libros o pequeñas labores manuales, amables, caritativos, obedientes, bienintencionados. Sin embargo, de toda esta bondad poco puede surgir a menos que el útero de la psique reciba la semilla ardiente de la propia esencia única que satisface su anhelo creativo y de la cual emana la fertilización interna de la experiencia de renovación.

Esta descripción concisa ha tenido como objetivo explicar por qué el cultivo del propio mundo de imágenes y estados de ánimo, de sentimientos y fantasías, del propio jardín, es esencial para lo que podría llamarse el momento religioso. Dado que el momento religioso requiere una actitud pasiva ante las intenciones de Dios, un estado receptivo a la Voluntad Divina, una experiencia dolorosa que nos abre, es de naturaleza femenina. Si bien he mencionado el qué y el por qué, la pregunta que subsiste es el cómo.

¿Cómo se acepta este lado femenino? ¿Cómo se cultiva? ¿Cómo se desarrolla la esterilidad interior que no puede concebir un nuevo comienzo, la virginidad de colegiala que juega a la vida, la solterona fría o la ramera impaciente? La respuesta más simple, la más general y frecuente es: con y a través de las mujeres, la intimidad y las relaciones sexuales con ellas. Desafortunadamente, esta afirmación se toma ingenuamente, literalmente. Si la conexión humana entre las personas depende en cierta medida de la conexión interna entre ellas, entonces lo mismo sucederá con el desarrollo del lado femenino. La honestidad puede significar franqueza, pero sin duda “honesto con Dios” no significa directo con Dios. Eso es ingenuo, y tan ingenuo como es creer en el enfoque directo de la solución promiscua para diferenciar la feminidad de la psique.

La intimidad y el coito sexual se vuelven a menudo irresistibles cuando todas las demás formas de intimidad y coito han fracasado; de igual modo, cuando se descuida el interés por el lado femenino de uno mismo, cuando no se muestra preocupación por aprender o cambiar los estados de ánimo y temperamento, los gustos y las maneras del alma, entonces la mujer exterior se convierte en la única vía de aprendizaje. El amor no puede definirse con precisión, por lo que las razones por las que dos personas se conocen y se enamoran —a pesar de toda la literatura mundial dedicada a este tema y los estudios de casos psicológicos que documentan sus detalles— aún no se han catalogado. Pero una cosa es segura: cuando dos personas se sienten atraídas la una hacia la otra, hay una atracción o llamado hacia la unión con lo desconocido, ya sea celestial o infernal, que a través de esta unión se vuelve familiar e íntima. Pero existen otras maneras, además de la sexual, de encontrar familiaridad e intimidad con lo desconocido. Mi intención no es argumentar a favor o en contra de las relaciones sexuales determinadas individualmente. Para un psicólogo, este debate tiene poca sustancia, ya que las personas viven sus vidas de acuerdo con sus propios patrones de razonamiento, por oscuros e individuales que sean.

(Además, el sistema para regular las relaciones entre los sexos, por ser la expresión fundamental para regular las relaciones entre los opuestos, está sujeto a una variedad infinita, desde la abstinencia y el aislamiento estrictos y de por vida hasta el incesto legalizado, la poligamia y el matrimonio infantil, cualquiera de cuyos modelos proporciona justificación para casi cualquier tipo de comportamiento).

A menudo, también, los verdes prados de una aventura amorosa son una forma de evitar la asfixiante esterilidad del matrimonio. Si intentáramos encontrar dónde se desgarra y atormenta más el amor hoy en día, parecería ser en los matrimonios occidentales modernos, como si la crucifixión del amor, de Cristo, se encontrara en nuestros propios hogares, en la intolerable situación del matrimonio a la que muchos están clavados. El matrimonio moderno soporta una inmensa carga sin el recipiente del sacramento vivo ni el apoyo de la tradición. Si esto es un Getsemaní, entonces irse a dormir fingiendo que es un jardín tranquilo o abandonar la agonía imposible del matrimonio, que muchos que buscan terapia experimentan como la muerte misma del amor, sería abandonar, separarse o divorciarse del lugar donde Cristo como amor realmente está. Mantenerse durante la noche, en efecto, solo puede conducir a más dolor. Por otro lado, ¿acaso el amor no puede resucitar?

En el matrimonio, tenemos la oportunidad de vivir la unión de los opuestos y cultivar el eros cada día. Un buen matrimonio implicaría una buena unión. Sin embargo, esta unión suele estar reservada para aquellas parejas en las que cada uno encaja a la perfección en las carencias del otro. El matrimonio «ideal» se da, por lo tanto, a expensas de la plenitud individual. Este tipo de unión impide el desarrollo, pues mi pareja me impide llenar mis propias carencias con mi propio crecimiento. Ella ya está ahí, por delante de mí, de forma habitual y competente. En el matrimonio, dos mitades no forman un todo; por lo tanto, difícilmente puede haber matrimonios «ideales» hasta que existan primero matrimonios «malos», es decir, aquellos en los que el proceso individual hacia la plenitud genera necesidades a menudo contrarias a la imagen habitual de un matrimonio «ideal».

El matrimonio, como santificación del misterio de la pareja, no tiene manual de instrucciones. Algunos de sus problemas, aunque nunca su misterio, pueden, sin embargo, remitirse al modelo de la cruz del amor descrito en el Capítulo I. A menudo, uno u otro eje se ve sobrecargado, y las crisis matrimoniales se refieren al reajuste de las proporciones entre el amor como comunicación activa y el amor como profundidad interior. A veces sucede que el amor como estado del ser florece en los terrenos áridos que quedan donde el amor como deseo se extinguió. A veces esto es imposible. Solo se puede afirmar que el matrimonio puede ser un milagro en medio de la rutina diaria si se presta atención, quizás menos al otro y a «nuestro problema matrimonial», y más a las cualidades femeninas que residen en nosotros mismos, hombre o mujer. Se dice que el matrimonio es responsabilidad en tres cuartas partes de la mujer, lo que significa que lo femenino conlleva la mayor parte del matrimonio. Pero lo femenino está presente en ambos, hombre y mujer. Es la pérdida del ánima del hombre y su excesiva dependencia materna, y el envejecimiento de la mujer alejándose de su feminidad, la rápida liofilización de las parejas en maridos y mujeres instantáneos, tan arquetípicamente similares en todas partes, ásperos, amargos, sin un gusto específico, anhelando el agua de la vida que cada uno espera encontrar a través de una nueva experiencia.

Pero existen otras maneras de comprender lo femenino y descubrir la propia otra cara. Dado que esta verdad psicológica a menudo se olvida hoy en día, merece ser destacada. La parte femenina no solo está fuera; también está dentro, pues solo una ligera preponderancia de cromosomas nos hace hombres. Aquel hombre casto y tímido, D.H. Lawrence, descubrió a las mujeres por sí mismas de forma íntima y válida, sin necesidad de explorar el campo para su propia investigación. El desarrollo de la sensibilidad y los sentimientos es sexual solo en un aspecto, y a veces en el último, en lugar de en el primero. Principalmente parece ser una cuestión de oportunidad.

Curiosamente, cuando la sexualidad se vive durante un tiempo como fantasía en lugar de ser representada, la vida erótica tiene la oportunidad de experimentar una remitología o resacralización. Tiende a adquirir una nueva consagración al ser contenida por la psique. Cuando se mantiene la pasión, la psique puede encenderse en la imaginación. Y, al mismo tiempo, la psique, como ánima o alma, otorga el toque humano. Proporciona la diferenciación de la forma y el sentimiento femeninos, expandiendo los impulsos hacia el amor. A veces, esta aceleración, esta resacralización de la sexualidad, se introduce con el Weltschmerz cósmico, con sensaciones corporales en el pecho, con mujeres de ensueño vestidas de azul y sus ojos, con la fascinación por la Mujer como tal; todo lo cual ha dado origen y se ha diferenciado a través del culto a la diosa del amor, así como por las teorías del eros cosmogónico, la armonía de las esferas y la espiritualización o divinización del amor. El origen arquetípico de todo parece ser la autoinhibición del eros, que no es ni una prohibición ni una restricción moralista. La sexualidad no se condena ni se ejerce, ni se sublima en otra cosa. Los sentimientos y fantasías sexuales se viven intensamente en el interior de la persona; luego, a través de una imagen femenina, se extienden, como la luz o el aroma (de ahí los símbolos religiosos clásicos de la “flor celestial del amor divino”), por el universo. El amante ama al mundo entero como el mundo lo ama a él.

Pero una vez reconsagrado por estos reinos superiores, el amor regresa a la región intermedia, que es simplemente la psique humana, anhelando algo humano para su plenitud. Dejar de amar es caer en la humanidad. Las alturas del eros, al igual que las bajas, son completamente indiferentes al amor humano y a la persona humana. En sí misma, la sexualidad es impersonal. El eros sexual es un demonio brutal o un dios alado que nos expulsa de lo humano a menos que se una y se contenga en la psique. Traer de nuevo la euforia cósmica a la tierra, permitir que se humanice y se encarne, y así reconsagrar lo mundano, puede o no requerir otra persona real, pero este proceso de psiquiatría siempre lleva tiempo.

Otra forma de cultivar el eros interior requiere estar abierto al inconsciente, como ya se ha comentado. ¿Estoy dispuesto a ir donde lo encuentre, especialmente donde me sienta atraído, no solo por esa persona, sino sobre todo por su imagen? Esta es la internalización radical del eros: uno trata lo externo como si fuera interno, «solo un sueño». Uno se deja llevar por el sueño, pero conservando la consciencia durante esos movimientos. Además, uno sigue sus sueños, esos puentes naturales y espontáneos que se levantan cada noche entre la consciencia y el otro lado. Cuanto más distantes estemos y más oscuro el abismo entre el día y la noche, más tentadoras y seductoras serán las imágenes que nos atraigan. La psique recurre a la seductora cuando el ego se resiste a moverse. El guerrero orgulloso, de corazón duro y sordo, es llamado por fantasías sexuales. Estas suelen ser la única manera en que el inconsciente puede hacerse sentir y oír.

La apertura al sueño implica apertura a cada sueño y fragmento de sueño, a cada imagen. Es conveniente para el ego decidir por la mañana qué sueños son útiles y cuáles no, cuáles pueden olvidarse sin remordimientos y cuáles son importantes. Con demasiada frecuencia, la decisión del ego sobre lo que es importante solo beneficia al ego y a su propia importancia, mientras que una función principal del sueño es relativizar el ego dentro de la psique en su conjunto. Esto suele percibirse como una humillación negativa para el ego, aunque también puede ser una experiencia positiva. Si se le permite al ego elegir entre los sueños, comienza una sutil forma de autotraición, que conduce a la unilateralidad y, finalmente, a la inflación o la depresión. La energía no está equilibrada. Tomar en serio el inconsciente significa escucharlo lo máximo posible, y no solo las partes que resultan agradables.

A pesar de toda la seriedad, la asimilación de los sueños depende —como ya hemos comentado respecto a la sombra— de la aceptación lúdica de su incomprensibilidad. De nuevo, nos encontramos ante una paradoja: un análisis arduo de los sueños unido a una sumisión ingenua a ellos. Aunque debo esforzarme por recuperar mis sueños, sin la indirecta lúdica y la paciente indecisión femeninas, poco se asimilará. La integración del sueño y la consciencia requiere algo más que esfuerzo.

El método técnico mediante el cual se cultiva el mundo interior del sueño y la imagen —la internalización del eros, por llamarlo de otra manera— se describe brevemente en tres fases. En primer lugar, se trata de una actitud de consciencia que acepta lo que surge, pero sin actuar en consecuencia. Desde el punto de vista energético, es fácil ver cómo esto incrementará el ámbito de la realidad psíquica, pues mucho fluye hacia adentro y nada sale. Por supuesto, las fantasías que fluyen hacia adentro —como deseos, proyectos e impulsos— son todas pulsiones a la acción. De hecho, es una tarea difícil separar la fantasía de su raíz dinámica, de su pulsión a la acción. Tendemos a reprimirlo todo porque no se puede materializar, o si permitimos que la fantasía entre, entonces queremos vivirla de inmediato.

Este método inhibe al ego como «hacedor». Sin embargo, la consciencia puede expandirse, aunque el ego se vea frustrado. Incluso puede crecer a expensas del ego, si mantenemos una distinción entre la consciencia como reflexión y la consciencia como acción.

Aquí podemos recordar cómo crece el ego. El ego desarrolla su enfoque desde la infancia, reuniendo la luz más difusa de la consciencia general. Su crecimiento se produce a expensas del ser en su totalidad, del Sí-mismo. Por un lado, este desarrollo le otorga al ego la fuerza para la atención y la acción especializadas y dirigidas. Pero, por otro lado, este desarrollo le arrebata la consciencia a la psique en su conjunto, dejando gran parte de ella en la oscuridad. (Las figuras arquetípicas del ego que muestran cómo el complejo del ego suele adquirir consciencia son frecuentemente ladrones: Eva, Jacob, Hermes, Prometeo). La continua intensificación de la consciencia hacia el ego y por el ego provoca cada vez más oscuridad, cada vez más inconsciencia en otros ámbitos. La consciencia difusa del espacio intermedio se reduce a las especificaciones del ego o cae en el abismo. Perdemos nuestra capacidad de ver en el mundo penumbral, y también se pierde el asombro infantil. Por lo tanto, la función simbólica se desvanece a medida que el ego se desarrolla y el mundo se desmitifica. La religión desmitificada simplemente refleja nuestra consciencia moderna, que se ha reducido únicamente al ego. Convertirse en niño y dejarse guiar por un niño significa revertir el proceso de desarrollo del ego, abandonar el enfoque egocéntrico de la consciencia.

La diferencia entre la consciencia como reflexión y la consciencia como acción no se limita a la diferencia entre introversión y extraversión. La acción del ego puede ser tanto introvertida como extravertida, pues podemos, en efecto, ser egoactivos de manera introvertida, inquietos, preocupados, explorando nuestra vida interior con curiosidad. Del mismo modo, la vida extravertida puede ser reflexiva, como el necio que vaga por el mundo. La extensión de la consciencia a la que me refiero aquí es más bien la profundización de la dirección vertical, la conexión interna con uno mismo. La luz es juguetona y fluctuante. Su punto de partida puede ser el mundo o uno mismo, pero se dirige hacia la ausencia de decisiones, hacia la ausencia de estrechez del enfoque del ego. A medida que este mundo interior de fantasía crece mediante el sacrificio de la compulsión animal del ego a actuar, se desarrolla una especie de espacio interior contenido, ese reino mencionado al final del Capítulo II. En resumen, la primera fase es la inhibición de la actividad del ego en aras de la consciencia fantástica. Uno se siente regresivo, débil, dependiente, indeciso e infantil.

Tras haber aceptado las fantasías con sus impulsos y sus regresiones, y haberse abstenido al mismo tiempo de llevarlas a la práctica en el mundo real, la segunda fase consiste en devolverles la energía, activarlas, dotarlas de suficiente libido, interés, atención y amor, para que adquieran una vida propia, vívida y espontánea.

El cultivo de la fantasía, incluso si está impulsado por la codicia y la lujuria en lugar de una contradicción de Éxodo 20:17 y Mateo 5:28, es quizás su amplificación exegética. Puedo, en efecto, contemplar un objeto con deseo y cultivar ese deseo, observándolo, sintiéndolo, dejando que sus posibilidades imaginarias se desborden en mi mente, disfrutando de su deleite, sin llevarlo a la práctica. Se puede establecer una separación entre lo interno y lo externo, entre el deseo contenido en el sujeto y el deseo ejercido sobre el objeto, entre la mano izquierda de las imágenes y necesidades cargadas de sentimientos y la mano derecha de las demandas deseosas. Así, son el ojo derecho y la mano derecha los que ofenden y deben ser sacrificados (Mateo 5:29), pues el lado derecho es el de la acción. La fantasía conduce directamente a la acción solo cuando no hay suficiente espacio entre la idea y el impulso, cuando el reino interior está tan congestionado que nada puede ser contenido por mucho tiempo. Lo que veo, lo quiero; lo que quiero, debo obtenerlo. Toda necesidad se convierte en una demanda. Si la fantasía se ve limitada por su relación con el mundo exterior, por criterios de “prueba de realidad” sobre lo que puede realizarse mediante la acción directa, entonces pierde por completo su nombre y naturaleza. La fantasía no tiene nada que ver directamente con el mundo concreto. No se reduce a él ni se dirige hacia él en su propósito. La fantasía puede inspirarse en acontecimientos externos y luego manipularlos mentalmente, pero su ámbito es puramente imaginario. Así también, la lujuria y la codicia son imaginarias; es decir, son dinamismos psíquicos, impulsos del alma, que se verían ridículamente frustrados si entraran directamente en el mundo. Estos impulsos aparecen no tanto para ser saciados como apetitos mediante la acción, sino para crear el reino interior, para iluminar las percepciones del alma, para darle juego y dimensión, para liberarla de las limitaciones concretas de lo posible y, de este modo, para profundizar y enriquecer su ámbito de experiencia.

Como se mencionó anteriormente en el Capítulo III, la verdadera revolución del alma no es sexual en sí misma. El instinto sexual humano es sumamente maleable y proporciona energía para los cambios de consciencia a lo largo de la historia psicológica. Si se interpreta la tendencia de los acontecimientos colectivos a través de las experiencias individuales, el profundo cambio actual se ve impulsado por fantasías sexuales como dinamismos psíquicos, cuya intención última es la revitalización y expansión de la realidad psíquica. Al vivir la experiencia interior, en lugar de simplemente actuarla, se infunde una inmensa energía instintiva a la vida interior. La lujuria y la codicia impulsan el descubrimiento del espacio interior, del mismo modo que deben existir dinamismos psíquicos tan fuertes como la curiosidad, la competitividad y las fantasías de ciencia ficción para llevarnos a la Luna, Marte y Venus en el espacio exterior.

Que una persona reaccione con miedo y vergüenza ante sus propias fantasías demuestra que aún no se distingue suficientemente entre la experiencia subjetiva de uno mismo y la acción objetiva. El miedo y la vergüenza son protectores; estas emociones impiden actuar impulsivamente, desahogar estas pasiones desbordantes en el mundo. El miedo y la vergüenza también otorgan convicción y realidad al mundo interior. No se trata simplemente de una fantasía o un ensueño.

El interés por la fantasía es característico de la mayoría de las disciplinas espirituales, ya sea como método psicológico en la “imaginación activa” de Jung, o en las técnicas descritas en el misticismo alquímico o en textos cristianos, hindúes, persas y de otras religiones. Pero la fantasía pasiva nunca es suficiente; pues la fantasía es infinita, tejiendo un velo, confundiendo imagen y acción. La fase posterior a la fantasía es la imaginación, que consiste en transformar ensoñaciones y fantasías en paisajes interiores escénicos en los que uno puede adentrarse y que están poblados de figuras vívidas con las que uno puede conversar, sentir y percibir su presencia. Esto, entonces, sería la búsqueda psicológica. Tal imaginación requiere un gran esfuerzo. El trabajo de convertir la fantasía en imaginación es la base de las artes. También es la base de los nuevos pasos que damos en la vida, ya que las visiones de nuestro futuro personal surgen primero como fantasías. De nuevo, hay razones para contenerlas al principio, imaginándolas con gran detalle y en proyectos a gran escala, antes de decidir si se intentarán llevar a cabo en el mundo o si se seguirán explorando internamente, viviéndolas o viviéndolas en profundidad.

La imaginación y su desarrollo constituyen quizás un problema religioso, pues la imaginación solo se materializa a través de la creencia. Como nos enseña la teología, la creencia es un acto de fe, o bien la fe misma como inversión primaria de energía en algo que lo convierte en “real”. La vida interior es pálida y efímera (al igual que el mundo exterior se encuentra en estados depresivos) cuando el ego no se dirige a ella, no cree en ella y no la dota de realidad. Esta inversión, este compromiso con la vida interior, aumenta su importancia y le otorga sustancia. El interés que se invierte pronto da frutos. Las fuerzas que infunden temor se suavizan y se vuelven más manejables, la mujer interior se vuelve más humana y confiable. Ya no solo seduce y exige; comienza a revelar el mundo al que atrae e incluso da cuenta de sí misma, de su función y propósito. A medida que esta “ella” se humaniza, los estados de ánimo a los que uno está sujeto se vuelven menos difíciles y personales, y son reemplazados por un trasfondo emocional más estable, un tono de sentimiento, un acorde. Al no estar ya en conflicto con ella, ahora dispone de más energía para la consciencia, lo que demuestra que la energía invertida en esta disciplina regresa de una nueva forma. Sin embargo, como en un sistema físico, no puede salir más de lo que se introduce. Solo una atención fiel y devota puede transformar la fantasía en imaginación.

Esta atención fiel al mundo imaginario, este amor que transforma meras imágenes en presencias, que les otorga vida, o más bien revela la vida que contienen naturalmente, no es otra cosa que la “remitificación” de la que hablamos al final del Capítulo II. Los contenidos psíquicos se convierten en “poderes”, “espíritus”, “dioses”. Uno percibe su presencia como lo hacían todos los pueblos antiguos que aún poseían alma. Estas presencias y poderes son nuestros equivalentes modernos de antiguos panteones de seres vivos, de partes animadas del alma, de dioses protectores del hogar y de demonios ominosos. Estos seres eran “míticos” en el sentido de que formaban parte de un “relato” o drama psíquico. Los mismos dramas arquetípicos se representan en nosotros, por nosotros y a través de nosotros en nuestro favor, una vez que se presta atención al aspecto imaginario de nuestras vidas y de la vida misma. La atención es la virtud psicológica cardinal. De ella dependen quizás las demás virtudes cardinales, pues difícilmente puede haber fe, esperanza o amor por algo si antes no recibe atención.

Existe otra consecuencia del reconocimiento que se le otorga a las imágenes del alma. Un nuevo sentimiento de perdón a sí-mismo y aceptación de Sí-mismo comienza a extenderse y circular. Es como si el corazón y el lado izquierdo extendieran su dominio. Los aspectos sombríos de la personalidad continúan desempeñando sus roles onerosos, pero ahora dentro de un «relato» más amplio, el mito de uno mismo, aquello que uno es y que comienza a sentirse como si así fuera como uno estuviera destinado a ser. Mi mito se convierte en mi verdad; mi vida, simbólica y alegórica. Perdón a sí-mismo, aceptación de sí-mismo, amor a sí-mismo; más aún, uno se encuentra pecador pero no culpable, agradecido por los pecados propios y no por los ajenos, amando su destino incluso hasta el punto de desear tener y estar siempre en esta vívida conexión interior con su propia individualidad. Tales experiencias intensas de emoción religiosa parecen ser, una vez más, un don del ánima. Esta vez posee una cualidad especial que bien podría llamarse cristiana y que solo comienza a revelarse –esta anima naturaliter Christiana– después de que se haya prestado un cuidado atento y prolongado a gran parte de la psique que podría no ser cristiana.

El tercer paso es gratuito. Se refiere a la aparición libre y creativa de la imaginación, como si el mundo interior, ahora viviente, comenzara a actuar espontáneamente, por sí mismo, sin dirección ni atención de la consciencia del ego. El mundo interior no solo empieza a cuidarse cada vez más, generando crisis y resolviéndolas dentro de sus propias transformaciones, sino que también cuida de ti, de tus preocupaciones y exigencias del ego. Esta es la Shakti femenina de la India en un estado superior; son también las nueve Musas responsables de la cultura y la creatividad. Uno se siente vivido por la imaginación.

Otra pista sobre cómo cultivar la feminidad interior la ofrecen los mitos. Hércules sirve al principio femenino. Esto implica dejarse guiar a veces por la luna, la noche, la reflexión, la reacción, el búho y la gatita, en lugar de por el sol y su consciencia recta, directa y honesta, y su acción ingenua. La consciencia lunar fluctúa, a veces brillante y blanca, a veces oscura. Es periódica, reactiva y, en los hombres, se manifiesta en variaciones de humor y emoción.

Orfeo rechazó este mundo al rechazar el cuerpo. Este no era más que una trampa o jaula para el alma. Sin embargo, fue a través del cuerpo que su feminidad emocional lo desgarró. Esto significa, en parte, que la vida del cuerpo también pertenece al principio femenino. La figura del ánima vegetativa, semejante a la naturaleza, parece —en la experiencia analítica— estar íntimamente conectada con el sistema nervioso vegetativo involuntario, sus estados de ánimo, fluctuaciones y reacciones, su inaccesibilidad al control directo de la voluntad, del sistema nervioso voluntario.

El desarrollo del cuerpo no significa necesariamente desarrollar músculo. No significa broncearlo y tratarlo como un objeto, ni perfeccionarlo como un animal adiestrado en técnicas de judo, karate o destreza sexual. Recordemos una distinción a menudo olvidada entre carne y cuerpo. La carne es el opuesto y el compañero secreto del ego. Las actitudes mentales hacia la carne producen sexo mental, sexo del ego y pornografía, así como la imagen de nosotros mismos como carne bien entrenada y rica en vitaminas. El ego y la mente desprecian la carne figurativamente, del mismo modo que nosotros nos despreciamos a nosotros mismos externamente con la mirada.

El cuerpo, por otro lado, puede considerarse el paralelo físico de la psique, así como la carne lo es de la mente. Los misterios de la inmaculada concepción, la encarnación, los actos milagrosos, la crucifixión y la resurrección giran en torno a la enigmática relación entre carne y cuerpo. Lo mismo ocurre con los problemas de la medicina psicosomática. Nuestros síntomas contemporáneos nos obligan a entrar en la carne de una manera nueva, a través de la psique, interiormente, simbólicamente. De este modo, transformamos lo que es meramente orgánico en un sistema significativo de cuerpo que vive dentro de la carne. El cuerpo como lugar de fantasía puede exceder con creces la capacidad de la carne y puede llevarla al colapso, pues el rango de posibilidades apetitivas del cuerpo es inmenso. En las fantasías corporales podemos ser gigantescos. Por otro lado, la discrepancia entre cuerpo y carne también se muestra, por ejemplo, en jóvenes inhibidos con quejas neurasténicas. La carne está en orden, sana y fuerte, pero la fantasía del cuerpo está restringida. Son incapaces de salir y resolver sus problemas en las calles; Los intentos de lograr esto directamente en el cuerpo suelen resultar en un fracaso doloroso. Pero el cuerpo puede ser estimulado y educado para la vida a través de su despertar a los estados de ánimo internos, las fantasías y las imágenes femeninas.

En los trastornos psicosomáticos, la carne parece regirse no por sus propias leyes fisiológicas, sino por algo aún más sutil, accesible a la consciencia mediante la comprensión psicológica interna, más que mediante la observación externa. La medicina psicosomática supone una feliz reaparición de la antigua doctrina religiosa del “cuerpo sutil” y los “espíritus animales”. Esta doctrina fue la base de la psicología y la medicina orientales, árabes y occidentales hasta el siglo XIX. Sostenía que los órganos y las funciones de la carne están al servicio de los espíritus del alma (espíritus animales), un principio que representaba la unión de elementos inconmensurables: un “cuerpo sutil”. Como espíritu inmaterial y realidad física a la vez, es una concepción similar a las paradojas que encontramos hoy en las explicaciones, mitad psíquicas y mitad físicas, de la medicina psicosomática, que aluden a “dinamismos inconscientes”, “estrés emocional” o, en el lenguaje que he utilizado aquí, “la imaginación del cuerpo”.

A medida que la consciencia se aleja de la identificación con la mente y el ego, volviéndose más amplia y femenina en su receptividad e intimidad consigo misma, la carne también se transforma en consciencia corporal. (Nos resulta más difícil tratarnos solo con medicamentos, somos más sensibles a los agentes farmacológicos). La consciencia corporal comienza con la experiencia interna de la carne, la encarnación real de nuestra humanidad en calidez, alegría, facilidad, ritmo y presencia aquí y ahora, físicamente cerca de nosotros mismos, de nuestros síntomas y sensaciones, y de la realidad física de los demás. Del establo de nuestra propia carne cazada y exhausta, de nuestro propio ser físico rechazado, asno y mudo como un buey, nace el nuevo cuerpo y entonces llegan los reyes trayendo regalos.

Este descenso a la carne y su transformación en cuerpo, este movimiento hacia adentro, hacia un misterio sagrado y conectado con lo femenino, lo encontramos descrito poéticamente en D.H. Lawrence o pictóricamente en Rubens, donde la fascinación por la carne se justifica por el cuerpo mismo. Otra imagen es la de Pablo: “Vuestro cuerpo es templo… Glorificad, pues, a Dios con vuestro cuerpo”.

Este camino hacia el cuerpo pasa por el inconsciente más que por la mente consciente, que con demasiada frecuencia tiende a distanciarse de él, considerándolo un objeto, aunque preciado —sí, incluso “mío”—, pero lamentablemente no el verdadero “mí”, sino, de alguna manera, un “ello”. Entonces la carne y su vida se vuelven más atractivas, de modo que cuanto más nos desconectamos de ella, más nos fascina, atrayendo autoeróticamente nuestra atención de nuevo hacia ella. El ánima natural, esa nadadora de piel morena, juguetona y felina, y los estados de ánimo y fantasías que construye, nos conducen hacia abajo, a la calidez animal, a los estados de ánimo físicos y a las sensaciones. Los síntomas opresivos, la preocupación por la carne como objeto y por lo que puede salir mal con “ella”, por fin tienen la oportunidad de desvanecerse.

El anhelo de volver a ser completo, de sanar la carne y resucitar el cuerpo, no tiene por qué alcanzarse mediante una unión sexual externa prohibida, aunque frecuentemente así es como un hombre siente que puede redimirse, recuperar su cuerpo. De hecho, la intimidad más profunda con sus propias sensaciones físicas se expresa en la psique del hombre mediante la imagen de la “hermana” con quien está prohibida una unión sexual externa. Sin embargo, como acompañamiento de estas emociones cruciales, la psique insiste en la imagen de la hermana. Detrás de la atracción por la mujer prohibida se encuentra la fascinación por la “hermana”. Reducirla únicamente a deseos incestuosos infantiles distorsiona su significado más profundo. Una vez más, lo que está prohibido en el mundo exterior puede ser una necesidad imperiosa para el interior. Jung afirma: “Siempre que aparece este instinto de plenitud, comienza por disfrazarse bajo el simbolismo del incesto…” [4] Mi hermana tiene a mi padre y a mi madre, y mi crianza. Compartimos los mismos secretos. Es de mi sangre y de mis huesos. Mi hermana soy yo, pero femenina. Unirme a ella es entrar en mí misma, fertilizarme, porque “el incesto es la unión de lo semejante con lo semejante…” [5] Ella evoca en mí familiaridad y unión con mi propia sangre. Así como la distancia aumenta la polaridad sexual, configurando mi masculinidad como virilidad sexual, así la fusión con ella me da mi identidad femenina. Ella despierta la imagen original de plenitud antes de que las primeras heridas de la infancia separaran el bien del mal, el ego del Ser, el cuerpo de la carne, lo masculino de lo femenino. A través de ella puedo reconciliarme en el amor con mi propia naturaleza física. La hermana es amor primordial, ya no regresivo hacia la madre, sino dentro de mi propia generación. Mi hermana es mi igual, que siente lo mismo por mí, su hermano. “¡Qué dulce es tu amor, hermana mía, mi novia!” “¡Oh, si fueras como un hermano para mí…!” “Ábrete a mí, hermana mía, mi amor, mi paloma, mi perfecta…”

El acercamiento al cuerpo es similar al acercamiento al sueño. Ambos proporcionan maneras de desarrollar la conexión interna y expandir la realidad psíquica. Puedo entablar amistad tanto con el cuerpo como con el sueño, otorgando valor, confianza y compasión a sus impulsos y necesidades. Así como solo un experto puede interpretar un sueño, solo un médico puede diagnosticar la carne; pero se puede entablar amistad tanto con el sueño como con el cuerpo. Entablar amistad con el sueño afirma la realidad psíquica al dotarlo de sentimiento. Entablar amistad con el cuerpo es el sí fundamental a la vida física como templo o recipiente de algo transfísico. Y esta intimidad y familiaridad con el cuerpo, al adentrarse en él y escucharlo desde dentro, es el contrapeso necesario para la activación del inconsciente en la fantasía y el sueño. Sin ambos juntos, y siempre juntos, caemos fácilmente en el viejo error kantiano de sobrevalorar los contenidos mentales, tomándolos como la única expresión de la psique que, en la filosofía idealista, es intocable. Siempre que se devalúa lo físico, se está actuando en contra del lado femenino. La encarnación, desde una perspectiva psicológica, es la sensación de vida en la carne. La resurrección de esta carne, desde un punto de vista psicológico, se refiere a la transformación de la carne en cuerpo, paralela a la transformación de la voluntad egoísta y la racionalidad en consciencia psíquica. Esta transformación también alude a la maduración del cuerpo dentro de la carne que envejece. Aun sometiéndose al proceso irreversible del envejecimiento, uno avanza con los cambios propios de la madurez. A pesar de la fealdad del envejecimiento, uno se siente más agradecido y se vuelve más grácil, es decir, “lleno de gracia”, lo que también significa que el cuerpo es el lugar de la gracia. Nuevamente, la gracia es una virtud femenina y, nuevamente, el descenso de esta gracia depende del descenso previo a la feminidad de la carne y su redención como cuerpo.

Al servir a lo femenino, al permitir que lo femenino gobierne, existe una precaución esencial. Hércules sirve a Ónfale solo después de doce trabajos, y Ulises permanece con Circe solo después de diez años de batalla. Evidentemente, ya debe haberse alcanzado una posición masculina determinada. ¿Podría esto significar que primero debe existir un ego que haya logrado algo? De ser así, implica que es mejor haber superado la mediana edad, de lo contrario se tiene poca consciencia, poca fuerza, y el ego abandona su posición con demasiada facilidad. Entonces no hay sacrificio, ni verdadera reorientación. Entonces es simplemente un servicio regresivo a la Madre, de cuya separación era el objetivo de todos los trabajos y las batallas.

No creo que el momento religioso sea algo completamente distinto de lo que hemos estado desarrollando en este capítulo, ni de lo que hemos estado tratando en todas estas páginas. Dondequiera que cambiemos la posición de Dios, ya sea el Dios interior, el Dios absolutamente exterior y superior, el Dios inferior como fundamento del ser, el Dios entre dondequiera que dos o tres se reúnan, o si todos estamos en Dios y, a pesar de nuestros frenéticos esfuerzos, jamás podremos perdernos para Él —dondequiera que le asignemos su lugar—, el momento religioso es una experiencia, y esa experiencia tiene lugar en la psique. Nuestra tarea es quizás menos buscar y encontrar a Dios, y más preparar el terreno para que Él pueda descender de las alturas como la paloma que cae en picado, o surgir de las profundidades, o revelarse a través del amor personal.

El terreno se prepara mediante la indagación, recuperando con valentía las áreas perdidas del alma, donde ha caído en desuso y enfermedad. Se prepara aún más separando los hilos de la sombra y conteniendo en la consciencia las tensiones de las perplejidades morales, de modo que nuestras acciones sean menos como representaciones y más como actos. La personalidad que no puede contenerse, que se desmorona si se abandona el ego, que no tiene otra luz que la sostenida por la voluntad, difícilmente es el terreno para un momento religioso. Incluso si Dios es amor, ese amor puede destrozarnos si nuestras heridas de amores humanos primitivos están frágilmente suturadas. ¿Puede la personalidad que no ha tenido en cuenta de una u otra forma el inconsciente, la sombra y el ánima, ser un recipiente para contener una fuerza divina? ¿No sucumbe con demasiada facilidad a la inhumanidad demoníaca del mundo exterior colectivo o del inconsciente colectivo?

El momento religioso, tal como se describe en los relatos tradicionales, es una realización vívida e intensa que trasciende el ego y revela la verdad. Precisamente a esto apunta el análisis. La verdad que se experimenta allí va más allá de la verdad causal del yo: las banalidades de cómo llegué a ser así, quién tiene la culpa y qué debo hacer ahora. El análisis avanza hacia la verdad más amplia de la coherencia, hacia atisbos de inmortalidad, hacia cómo mi persona encaja en el gran esquema del destino. Estas revelaciones, al abrir una puerta a mi centro emocional, iluminan un rincón de la oscuridad. Esta verdad es también amor, ya que otorga un sentido de pertenencia y apego a la propia tierra.

Si la sombra principal de la consejería es el amor, y si la consejería se encuentra bajo su sombra, entonces nuestro trabajo dependerá de la “perfección” del amor. Amor, como ágape, significa “recibir”, “acoger”, “abrazar”. Quizás la perfección del amor comienza a través de la fe y el trabajo en lo femenino que reside en nosotros, hombres y mujeres, ya que el fundamento femenino es el contenedor que acoge, recibe, sostiene y lleva. Da a luz, nutre y nos anima a creer. Este fundamento nos da la bienvenida a nuestro ser interior, tal como somos. No conozco mejor manera de prepararnos para el momento religioso que cultivando y nutriendo nuestra propia feminidad inconsciente. Para que el momento religioso nos toque, al menos se puede trabajar y abrir ese fundamento, dentro de los límites de nuestra condición humana.

Zúrich y Moscia
1965/66

1 M. Eliade, Chamanismo: Técnicas arcaicas del éxtasis, trad. W. Trask (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1964).

 2 K. Kerényi, Los héroes de los griegos (Londres: Thames and Hudson, 1959).

 3 Ibíd., 106.

 4 C.G. Jung, La psicología de la transferencia (Nueva York: Pantheon, 1954), 262.

 5 Ibíd., 218.

En búsqueda. 3. Oscuridad interior: El inconsciente como problema moral

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Capitulo 3, Inner Darkness: The Unconcious as a Moral Problem en ‘Insearch, Psychology and Religión’, pp. 68 – 94.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Una gran dificultad en la labor pastoral, según la percepción popular, reside en la discrepancia que surge naturalmente entre la moralidad predicada y la moralidad practicada. Se supone que el ministro representa el paradigma de esta división entre la práctica y la predicación. La “nueva moralidad” de la “nueva reforma” ha puesto de relieve este conflicto y busca una nueva solución.

Sin embargo, las mismas sombras surgen en el trabajo analítico. Así como se puede debatir sobre ética en las profesiones jurídica, médica o de servicio público, ahora que el nuevo análisis se separa de su trasfondo psiquiátrico, convirtiéndose en un campo propio, comienza a abordar la cuestión de la ética analítica. Los problemas morales que se conjugan en los campos dedicados al servicio de fines superiores son particularmente espinosos, y la división entre el bien y el mal, particularmente peculiar. Parece que, mientras intentamos traer luz, servir a la verdad y hacer el bien, el lado opuesto crece con la misma intensidad. Este fenómeno es tan independiente de nuestra intención consciente, tan difícil de afrontar con firmeza y de gestionar, que gradualmente se produce una disociación que nos separa. En el mejor de los casos, soportamos la tensión y sufrimos dolor moral; en el peor, reprimimos la división y el mundo la sufre como hipocresía y traición. La división entre predicación y práctica, consciencia y sombra, mano de la sabiduría y mano de la insensatez difícilmente se resolverá eligiendo una a costa de la otra. Forzar la práctica a encajar en el molde de la predicación, como lo hacía la moral antigua, o permitir que la predicación se guíe y limite por los hechos de la práctica, como lo haría la moral nueva, solo apacigua el conflicto sin resolverlo. Tanto la predicación como la práctica tienen sus raíces en la misma psique humana y poseen autenticidad. Ambas son esferas de acción, y quizás ambas estén obligadas a guardar secretos la una de la otra. En lugar de elegir una a expensas de la otra, podría existir otra solución. Esta consistiría en el desarrollo de lo que yace en medio, el oscuro espacio interior donde reside el corazón, cuyo cultivo es uno de los propósitos de este capítulo.

En la opinión popular, se supone que quienes predican se identifican con la moralidad, mientras que quienes se dedican al análisis psicológico se sitúan del lado del ello, del deseo desenfrenado, y en contra de la moralidad. Por lo tanto, cabe esperar que los conflictos entre religión y psicología surjan no solo en la cuestión de quién tiene derecho al alma, sino también entre quienes defienden la moralidad y quienes pretenden analizarla hasta destruirla. Si examinamos esto con más detenimiento, encontramos que, a veces, las posturas se invierten curiosamente. La moralidad actual, tal como se expone desde algunos púlpitos, tiene un tono notablemente liberal, con una apertura a la vida y al amor propia del siglo XVIII. Para escapar de la influencia del victorianismo, cierta moralidad teológica, en un intento por avanzar, parece haber retrocedido a la época anterior a Victoria.

Cuando se sostiene que Dios está tanto en el comedor como en la iglesia, tanto en las relaciones humanas como en la relación Dios-hombre, y cuando la justificación de los actos se basa en la profundidad del amor entre las personas, hemos dado a Agustín el «Ama y haz lo que quieras» y su » Solo una cosa se le ordena realmente al cristiano», a saber, el amor. [1] Un giro sorprendentemente contemporáneo. Solo en el amor se decidirán todas las cuestiones de moralidad: “Porque nada más hace que algo esté bien o mal”. [2] Cabe preguntarse quién lidera ahora el ataque contra la antigua moralidad, ¿quizás la propia nueva teología?

En el mundo actual, tan estresante y pretencioso, los jóvenes Fausto, con cabezas rapadas y rostros sin arrugas, se encuentran en los pasillos del poder. Son nombrados para altos cargos gubernamentales; desembolsan los fondos de las fundaciones; dirigen las corporaciones. Así como el modelo de pensamiento de las ciencias naturales afecta a la psicología y la teología, también este modelo de hombre técnico-físico afecta a psicólogos y clérigos. No queremos ser anticuados, ya no estamos a la moda. Y creo que la nueva moralidad de la que ha escrito el obispo Robinson es un intento de mantenerse al día, lo que puede racionalizarse como estar «a la altura de los tiempos». Las iglesias quieren seguir el ritmo de la vida, fieles a la vida de mediados del siglo XX, y sus ministros no quieren adoptar posturas morales que estén separadas de esta vida. Por lo tanto, esta nueva moralidad del siglo XX es un manto teológico para la tendencia moderna. Honest to God afirma que

No hace falta demostrar que se requiere una revolución moral. Hace tiempo que estalló, y no se trata de una “revolución a regañadientes”. El viento de cambio sopla con fuerza. [3]

Esta es una justificación a posteriori, un reconocimiento de una revolución y de un nuevo régimen no de jure sino de facto. Uno navega con la tempestad en lugar de ser derribado como el rígido campanario cuyas viejas piedras se desmoronan. Se supone que esta nueva moralidad surgió de la obra de Freud. Los descubrimientos de la psicología profunda constituyen el trasfondo “científico” de la nueva liberación. Pero quisiera demostrar que el análisis es un procedimiento moral, que requiere una moralidad, y que esta moralidad del análisis puede incluso señalar una salida al dilema de la moralidad antigua frente a la nueva.

El encuentro con el mundo interior, tal como lo hemos descrito, puede ser al principio una experiencia estimulante e inspiradora. Se abre una puerta y se revela otro mundo. De repente, cosas olvidadas hace tiempo, o recordadas como insignificantes, adquieren una intensidad conmovedora. Se revive la infancia y uno puede volver a casa. Las verdades arraigadas florecen; e incluso aquello que se ha predicado a los demás cobra un nuevo sentido para uno mismo. Esto suele repetirse en terapia: al principio, uno anhela el siguiente sueño, la siguiente revelación del inconsciente o la siguiente sesión analítica. Finalmente, todo empieza a encajar y surge la energía para emprender. El contacto inicial con el inconsciente es una experiencia revitalizante, como si una fuente obstruida por el abandono volviera a fluir. Y uno encuentra precisamente imágenes llenas de energía: el lecho de un arroyo ahora tiene agua, un estanque estancado comienza a fluir, una manada de animales, un caballo fuerte en un campo verde, un glaciar que se derrite, o motores, dinamos, turbinas mecánicas, o muelles de salida para transatlánticos, estaciones de ferrocarril, aeropuertos, fronteras.

Un viaje está a punto de comenzar; pero la emoción y la euforia propias del inicio, sin las cuales difícilmente podría emprenderse, a menudo se transforman —justo al otro lado de la aduana, después de que el barco zarpa del puerto o el tren de la estación— en una travesía peligrosa, una aventura nocturna por el mar o por un desierto donde uno se ve asediado por la inquietante fuerza de lo desconocido. O entonces aparece el borracho que no puede controlar su espíritu, o el nuevo rico, el derrochador, el millonario maleducado, el maquinista, o todos los líderes inflados de la política y la comunidad. La nueva energía se ha malinterpretado, asimilada por el ego como poder, ambición y ostentación.

Freud fue el primero en describir lo que se encuentra al abrir la puerta al inconsciente y descender, al confrontar, por inmersión, la oscuridad interior. ¡Y es oscura! El inconsciente, como vimos en el capítulo anterior, no puede ser consciente; la luna tiene su lado oscuro, el sol se pone y no puede iluminar todo a la vez, e incluso Dios tiene dos manos. La atención y la concentración requieren que algunas cosas queden fuera del campo de visión, que permanezcan en la oscuridad. No se puede mirar en ambas direcciones a la vez. Sin embargo, es oscuro por dos razones: la primera, porque está necesariamente reprimido: el mundo que Freud investigó con tanto detalle; y la segunda, porque aún no ha tenido tiempo ni espacio para emerger a la luz. Esta también es la oscuridad interior, la tierra o el fundamento del nuevo ser, la parte que está en potencia y que la psicología junguiana cultivaría. Es la oscuridad del pasado y la oscuridad del futuro. Detrás de la oscuridad reprimida y la sombra personal —aquello que ha sido y se está pudriendo y aquello que aún no es y está germinando— se encuentra la oscuridad arquetípica, el principio del no-ser, que ha sido nombrado y descrito como el Diablo, como el Mal, como el Pecado Original, como la Muerte, como la Nada existencial, como la materia prima. Volveremos a esto pronto. La experiencia de la oscuridad interior, como la describió Freud, es la vívida confrontación con la propia naturaleza reprimida. La bestia emerge de su guarida donde ha dormido durante mucho tiempo, y un hombre sufre terrores nocturnos, despierta empapado en sudor. Un cadáver o una momia ancestral resucita. Un vasto pantano aparece detrás de la iglesia o detrás de la casa de uno de los padres, del cual se arrastra un monstruo prehistórico con un cuello fálico rojo y alargado, y la persona que niega a su bestia se pregunta cómo pudo haber soñado tal cosa. Un criminal, un niño idiota, un trozo de excremento dentro del grifo que mancha el agua fresca que fluye, un homosexual endurecido de edad avanzada, un nazi: uno tras otro, como en una rueda de reconocimiento policial, esperan ser identificados y reconocidos: Sí, esto también es mío. “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños…” (Mateo 25:40).

En esos momentos, cuando uno se enfrenta cara a cara con las criaturas perversas y amorales que han habitado otras partes del edificio, las homilías que solemos entender como lecciones sobre cómo relacionarnos con los demás se convierten en lecciones sobre cómo relacionarnos con nosotros mismos. Y de repente, la dificultad de esas lecciones se hace patente, pues uno se retuerce al tener que reconocer la oscura verdad sobre sí mismo. Con esto no me refiero a la idea general de que “sí, todos somos pecadores” y nacemos en pecado, sino a que somos responsables de acciones y rasgos de carácter específicos que contradicen nuestra parte más bondadosa.

Se trata, por supuesto, de una lucha moral. El recuerdo del pecado, el remordimiento y el arrepentimiento se convierten en el lenguaje vivo del análisis. La mujer empieza a darse cuenta de lo que ha estado haciendo por egoísmo con su marido durante todos estos años, de cómo nunca se ha interesado realmente en él. Solo le ha interesado el interés que él siente por ella. O la madre, ahora abuela, vislumbra en sueños sus artimañas y trucos de poder con sus hijos. Y un hombre se topa en sueños con un estafador, un charlatán, un vendedor astuto, un oportunista sociópata, y ve cómo se ha escabullido y ha huido de sus traiciones y años de manipulación de los demás.

Pero uno puede sentir un fracaso moral con respecto a sí mismo. Esto es más difícil y conlleva nuevos problemas morales. Pues uno puede sentir la necesidad de afrontar el daño causado a otros con mayor facilidad que la de afrontar el daño causado a uno mismo. La moral colectiva aprueba el autosacrificio. Nos hacemos daño y nos odiamos a nosotros mismos con la plena sanción moral de la comunidad. Se dice que el altruismo es lo opuesto al egoísmo. Sin embargo, a través del inconsciente, uno descubre que gran parte del altruismo es una farsa y una compensación cuando se ha fallado en el tipo correcto de egoísmo. En lugar de vivir ese egoísmo que es simplemente fe, esperanza y amor propio, mantenemos vivo al niño egoísta que llevamos dentro, mimándolo con inmadurez, y así merman nuestra propia potencia. Alcanzar la plena madurez podría significar dejar atrás todas las cosas infantiles, y este sacrificio ni siquiera la comunidad lo exige. Tolera todas las debilidades e incluso las perversidades antes que tener en su seno la grandeza de la individualidad. La moral colectiva a menudo deja poco espacio para el hombre que posee amor propio, confianza y fortaleza, para entrar en su reino y tomar posesión de él. Se topa con la envidia. Como señaló Nietzsche, en la comunidad cristiana hay lugar de sobra para los mansos y los débiles; el último mandamiento sobre la codicia es fácil de cumplir en una colectividad donde solo abundan los pobres de espíritu.

Cuando uno tiene una obligación moral consigo mismo, aparecen en la sombra figuras que representan posibilidades positivas de la propia naturaleza, potencialidades que no han tenido oportunidad. Soy culpable no solo del pasado, sino también de mis propias potencialidades. La sombra suele dividirse entre una figura burguesa obediente y aburrida, aprobada colectivamente pero sin creatividad, y un bohemio barbudo, un rebelde o vagabundo, un tipo con estilo pero sin un lugar propio al que llamar hogar. Y de nuevo surge un problema moral: ¿a quién se le atribuye el mérito en este punto: al sheriff o al forajido, al profesor o al estudiante de primer año, al cardenal o al sacerdote expulsado? ¿Quién es positivo y quién negativo? La luz unilateral de la consciencia del ego implica que la oscuridad significa negligencia. Y son los elementos descuidados los que aparecen en la sombra. Cuando el ego ha descuidado sus propias virtudes y talentos, estos se incorporan a figuras oníricas convertidas en marginados sociales, es decir, excluidos por las leyes inmutables de nuestra sociedad interior. Entonces, estos potenciales se manifiestan como forajidos, inadaptados, incluso lisiados o dementes. Sanar a estos, a los ciegos y a los leprosos, resucitar a los muertos, se convierte en una necesidad interna para sanar la personalidad.

Los símbolos de la oscuridad interior que experimenta una persona pueden verse no solo en relación con los pecados y crímenes personales de su vida, sino también en la perspectiva más amplia del desarrollo humano en general. Hércules tuvo que limpiar la inmundicia de los establos de Augías; tuvo que desviar ríos enteros de energía para lograr esta tarea imposible. También tuvo que vencer al león de su propia ambición, a su propia voluntad de poder, antes de poder ensuciarse en esos establos. Ulises tuvo que enfrentarse al gigante del ojo hambriento, al demonio obstinado de la compulsión, antes de poder continuar su camino. En algún lugar hay un monstruo al que enfrentarse, una bestia a la que vencer, un impulso que superar. En algún lugar hay un ángel con el que luchar antes de poder vadear el río. Y cuando uno está solo en un desierto, ya sea el moderno del suburbio o el edificio de oficinas, o el antiguo de los primeros padres de la Iglesia, toda clase de demonios se abalanzan sobre uno: tentaciones, seducciones, perversiones, proyecciones, ilusiones. Toda queja tiene un trasfondo, y cuanto más abrumadora y fascinante sea, más seguros podemos estar de que existe un trasfondo arquetípico que utiliza un síntoma como símbolo, y que, si se comprende mejor, no es simplemente un sufrimiento patológico, sino que puede convertirse en una experiencia religiosa.

La curación de la sombra es, por un lado, un problema moral: el reconocimiento de lo que hemos reprimido, cómo llevamos a cabo nuestras represiones, cómo nos racionalizamos y nos engañamos, qué tipo de objetivos tenemos y qué hemos dañado, incluso mutilado, en nombre de estos objetivos. Por otro lado, la curación de la sombra es un problema de amor. ¿Hasta dónde puede extenderse nuestro amor hacia las partes rotas y arruinadas de nosotros mismos, lo repugnante y perverso? ¿Cuánta caridad y compasión tenemos hacia nuestra propia debilidad y enfermedad? ¿Hasta qué punto podemos construir una sociedad interior basada en el principio del amor, que permita un lugar para todos? Y utilizo el término “curación de la sombra” para enfatizar la importancia del amor. Si nos acercamos a nosotros mismos para curarnos, poniendo al “yo” en el centro, con demasiada frecuencia degenera en el objetivo de curar al ego: volvernos más fuertes, mejores, crecer de acuerdo con los objetivos del ego, que a menudo son copias mecánicas de los objetivos de la sociedad. Pero si nos proponemos curar esas debilidades congénitas, fijas e intratables, de terquedad y ceguera, de mezquindad y crueldad, de falsedad y pompa, nos topamos con la necesidad de una nueva forma de ser, en la que el ego debe servir, escuchar y cooperar con una multitud de figuras sombrías y desagradables, y descubrir la capacidad de amar incluso el más mínimo de estos rasgos.

Amarse a uno mismo no es tarea fácil, pues implica amarse por completo, incluyendo la sombra donde uno se siente inferior y socialmente inaceptable. El cuidado que se le brinda a esta parte humillante es también la cura. Más aún: así como la cura depende del cuidado, cuidar a veces no significa más que cargar. Lo esencial para la redención de la sombra es la capacidad de llevarla consigo, como lo hacían los antiguos puritanos o los judíos en el exilio eterno, conscientes a diario de sus pecados, vigilando al diablo, en guardia para no resbalar, en una larga travesía existencial con una mochila de piedras a cuestas, sin nadie en quien descargarla y sin una meta segura al final. Sin embargo, esta carga y cuidado no pueden ser programáticos, para desarrollar, para que la inferioridad se ajuste a los objetivos del ego, pues esto difícilmente es amor.

Amar la sombra puede comenzar por cargarla, pero ni siquiera eso basta. En algún momento debe surgir algo más: esa visión irónica ante la paradoja de la propia necedad, que también es común a todos. Entonces puede llegar la aceptación gozosa de lo rechazado e inferior, un fluir con ello e incluso una vivencia parcial de ello. Este amor puede incluso llevar a la identificación con la sombra y a representarla, cayendo en su fascinación. Por lo tanto, la dimensión moral nunca puede abandonarse. Así pues, la cura es una paradoja que requiere dos inconmensurables: el reconocimiento moral de que estas partes de mí son una carga e intolerables y deben cambiar, y la aceptación amorosa y risueña que las acepta tal como son, con alegría, para siempre. Uno se esfuerza y a la vez se suelta, juzga con dureza y se une con gozo. El moralismo occidental y el abandono oriental: cada uno sostiene solo un lado de la verdad.

Creo que esta actitud paradójica de la consciencia hacia la sombra encuentra un ejemplo arquetípico en el misticismo religioso judío, donde Dios tiene dos facetas: una de rectitud moral y justicia, y otra de misericordia, perdón y amor. Los jasidim asumieron esta paradoja, y sus relatos revelan su profunda piedad moral unida a un asombroso gozo por la vida.

La descripción que Freud dio del mundo oscuro que encontró no le hizo justicia a la psique. La descripción era demasiado racional. No comprendió suficientemente el lenguaje simbólico y paradójico en el que se expresa la psique. No vio del todo que cada imagen y cada experiencia tiene un aspecto prospectivo y otro reductivo, un lado positivo y otro negativo. No vio con suficiente claridad la paradoja de que la basura podrida es también fertilizante, que la inmadurez es también inocencia infantil, que la perversidad polimorfa es también alegría y libertad física, que el hombre más feo es al mismo tiempo el redentor disfrazado.

En otras palabras, la descripción de Freud y la de Jung sobre la sombra no son dos posturas distintas y contradictorias. Más bien, la postura de Jung se superpone a la de Freud, ampliándola y añadiéndole una dimensión; y esta dimensión parte de los mismos hechos, de los mismos descubrimientos, pero los muestra como símbolos paradójicos.

La misma complementariedad se aplica a las reglas freudianas y junguianas del análisis. Freud tenía reglas estrictas, y los freudianos actuales siguen aplicándolas respecto a los procedimientos del análisis, la relación entre analista y paciente, y cómo debe comportarse el paciente durante el proceso. Estas reglas constituyen un nuevo código moral, una nueva guía del superyó, modelada en gran medida según el patrón de comportamiento y las actitudes del analista. Su objetivo principal es garantizar que se minimice la actuación disruptiva.

Debido a que las fuerzas de la sombra pueden ser tan dinámicas por un lado y tan antisociales por otro, se requiere contención moral mientras el material que se está procesando tenga esa cualidad primitiva e infantil de la sombra. Sin embargo, desde el punto de vista junguiano, existe otra razón para una moral analítica, así como existe otro aspecto de la sombra. La moral refuerza el marco dentro del cual la personalidad puede transformarse. Analicemos esto con más detalle.

La sexualidad, en particular, se ve marcada por la sombra y adquiere una nueva dimensión. Empieza a conllevar significados de libertad y placer, de adultez, potencia y creatividad. El mundo se sexualiza y la sexualidad parece confirmar la existencia, ser la verdad última en sí misma. Experimentar este aspecto del inconsciente da la sensación de que Freud tenía razón en todo momento. Por supuesto, los peligros de actuar indiscriminadamente son inmensos. Y surge un conflicto muy complejo entre la nueva libido y la antigua moral. Parece como si esta etapa de superación de la sombra hubiera estado presente en nuestra sociedad en su conjunto, especialmente en los últimos veinte años.

Otros problemas morales, como la agresión, la ira, el orgullo, el poder, la pereza, la deshonestidad y el engaño, también pertenecen a las sombras de los sentimientos y merecen ser considerados por una nueva moral. En el análisis, estos temas son tan urgentes como la sexualidad. Sin embargo, dado que la nueva moral parece fundamentar su postura en el amor y la sexualidad, y dado que el amor y la sexualidad son las banderas contemporáneas bajo las cuales se libran incluso batallas educativas, legales y políticas, nos vemos obligados a abordar también esta cuestión. No obstante, la verdadera revolución que se produce en el alma individual no es tanto sexual como psíquica y simbólica, una lucha por una experiencia de la realidad totalmente nueva (aunque ancestral y religiosa) que, en sus inicios, se manifiesta en nosotros mediante una fantasía sexual de esta realidad psíquica.

Analicemos primero la respuesta a los problemas del amor y la sexualidad que ofrece la “nueva moral”. La nueva moral parece sostener que la fornicación y el adulterio, siempre que se den entre adultos que consienten, siempre que no sean en público, siempre que sean significativos y profundos y no dañinos, siempre que se fundamenten en el amor, es decir, en el reconocimiento de la persona del otro, no son moralmente incorrectos. De hecho, el obispo Robinson afirma que

…las afirmaciones sobre Dios son, en última instancia, afirmaciones sobre el Amor, sobre el fundamento y el significado último de la relación personal.

Creer en Dios es la confianza, la confianza casi increíble, de que entregarnos por completo en el amor no es motivo de confusión, sino de aceptación; que el Amor es el fundamento de nuestro ser, al cual, en definitiva, volvemos. [4]

¿Son la “significatividad”, la “trascendencia”, la “profundidad” y la “inocuidad” criterios suficientes para justificar el amor, puesto que sobre este amor se justifican la fornicación y el adulterio? ¿O más aún, puesto que sobre estos criterios se reconoce al mismo Dios? ¿No existen acaso grados de trascendencia, de modo que todo lo que se encuentra al otro lado de los límites de mi ego, todo lo que lo trasciende, no tiene por qué ser llamado supremo y divino? ¿Existe el amor sin compromiso y el compromiso sin daño? ¿Qué nos dicen los mitos de Cupido, de las guerras de Troya, de las grandes parejas enamoradas de la historia, de nuestras propias vidas? Aunque el amor dé sentido y sanación, abre nuevas heridas al tiempo que cierra las antiguas, y no ofrece ninguna garantía contra su estela a veces destructiva.

El amor puede experimentarse en muchos niveles, y la consulta del analista o del consejero pastoral será el lugar final para muchos amores en los que las personas se han entregado por completo, han alcanzado lo supremo, con nobles intenciones y profundos sentimientos, afirmando que su amor era el fundamento de su existencia, su sentido de pertenencia, incluso su experiencia de Dios y la trascendencia; y, sin embargo, todo salió mal, terriblemente mal, a veces incluso de forma suicida.

La pregunta que debemos plantearnos respecto a la “nueva moral” no es si es moral o teológicamente sólida, sino más bien si es psicológicamente válida. ¿Es “Honesta a Dios” fiel a la vida? Al apartar a Dios de lo externo o de lo profundo, la imagen más poderosa y numinosa se ha colocado repentinamente en el territorio que antes era dominio del diablo; ¿y cómo discernir de dónde provienen los impulsos de amor que llaman desde esas profundidades? ¿Cómo discernir los espíritus que se elevan desde lo profundo?

No nos engañemos, el énfasis abrumador que la nueva moral pone en las relaciones personales —en su profundidad, plenitud y compromiso— conduce inevitablemente al tema de las relaciones sexuales. Es raro que exista una sin la otra, a menos que se haya alcanzado un alto grado de desarrollo psicológico. Al defender las implicaciones sexuales del compromiso total, la nueva moral demuestra valentía. Pero, de nuevo, ¿tiene validez psicológica?

La sexualidad no es solo un don creativo que otorgamos a otro, sino también una fuerza demoníaca. Mitos que muestran el cultivo de la consciencia, como los de Hércules y Ulises, y la epopeya de Gilgamesh, así como los rituales de iniciación primitivos, indican que el aspecto demoníaco debe ser domado o evitado, sacrificado o soportado. Debemos conocer algo sobre la oscuridad interior que contamina nuestro amor. El aspecto sombrío de la sexualidad —especialmente en nuestra cultura largamente reprimida— debe primero liberarse de sus componentes incestuosos, primero debe conectarse con el amor y la relación, es decir, primero debe ser cultivado y desarrollado. La nueva moralidad no hace distinciones suficientes; tiene un criterio principal: la profundidad. Pero el psicólogo de las profundidades sabe algo sobre lo que yace ahí abajo. Las imágenes oníricas, los cuentos de hadas y los mitos nos hablan lo suficiente del inframundo de las imagos maternas, de las bestias y los fuegos, de las falsas novias y los monstruos, a los que el héroe debe enfrentarse antes de poder entrar en su reino y en la condición humana, antes de ser humano y comprender lo que el obispo de Woolwich entiende por amor. El amor romantizado es una respuesta dulce y engañosa al mundo árido y técnico; el amor romantizado es solo lo contrario, la enantiodromía de la eficiencia fáustica infantil a los anhelos de un colegial abandonado. Con demasiada frecuencia, como bien saben analistas y consejeros, en el noble propósito del amor personal profundo, cuando queremos entregar nuestro amor más absoluto, entregamos nuestra bestia más oscura a otro para que la guarde por nosotros.

Presumir que toda experiencia de amor es Amor al Fundamento Divino del Ser, imaginar que un profundo significado personal supera las dificultades y los obstáculos de las complejidades del amor y puede ser el criterio para justificar un amor no santificado, dejarse engañar por una filosofía que ignora su temor (pues si Dios es amor, entonces el principio de la sabiduría es el temor al amor), y llamar a esta ingenua ignorancia del lado oscuro del amor “Honesto a Dios” es testimonio de cuánto amor yace en la sombra. Mejor llamar a la nueva moralidad del amor “Ingenua a Dios”. Un psicólogo, sin embargo, experto en estas cuestiones teológicas, espera más de una “nueva reforma” que la mera sustitución de una imagen ingenua de Dios “allá arriba” por un concepto ingenuo de amor “aquí dentro”. Aunque está escrito que Dios es todo amor, ¿significa esto que todo amor es Dios? Cuando se venera el amor como a un dios —sin importar la forma que adopte, el amante que lo da, sus alturas o profundidades—, ¿no hemos creado un ídolo, transgrediendo así el segundo y el tercer mandamiento? ¿Y no son estos los mandamientos que tienen mayor peso en la moral teológica que el séptimo y el décimo, con los que los ministros de hoy parecen tan fascinados? Un psicólogo debe preguntar a sus colegas clérigos: ¿por qué caen presa de estas sofisterías, de estas soluciones simplistas? ¿Por qué confunden las jerarquías de la trascendencia y la supremacía, descuidando los mundos de la diferencia, representados tradicionalmente por planos del ser y clases de ángeles, entre los niveles y tipos de amor? ¿Por qué trafican con alucinógenos, encontrando en ellos visiones beatíficas? ¿Por qué confunden las voces de complejos autónomos con el don de lenguas pentecostal? ¿Cómo pueden equiparar enamorarse con regresar a la divinidad?

El amor es más complejo que sus emociones, así como Dios es misterio, no entusiasmos. La diferenciación de sus complejidades es una larga iniciación, cuyo comienzo es simplemente caer en él, ser encendido por su humo y fuego. El amor sería dilucidado: conducido a la luz. (De la misma manera, la teología como estudio de Dios es un largo proceso de elucidación, un camino laberíntico). En última instancia, somos impotentes ante la experiencia arquetípica del amor y comprendemos poco; incluso sus epifanías son solo aperturas a aún más posibilidades de amar. Nadie se atrevería a considerarse teólogo de la noche a la mañana, sin embargo, algunos se lo atribuyen tras una noche de amor. ¿Y qué hay de aquellos que no tienen el poder ni conocen la gloria de entregarse por completo en el amor? ¿Están entonces excluidos del Reino? Parece como si en la nueva moral de la nueva reforma hubiera una vieja doctrina de la predestinación, de “dentro” y “fuera”: en el amor o fuera de él.

En otras palabras, la nueva moralidad, a pesar de su audacia al dar al mensaje de amor de Jesús una interpretación moderna y vital, carece de validez psicológica porque ofrece una respuesta general. Sin embargo, no existen respuestas generales eficaces para los conflictos morales; psicológicamente, estos conflictos se viven individualmente a través de crisis que los códigos y la predicación no abordan. En un verdadero conflicto moral, que es la forja de la personalidad y la intensificación del carácter, el individuo es el único que debe forjar su propia respuesta en su interior. El código moral es el yunque, la crisis individual el martillo. Para la cultura psicológica, lo que importa es que existan estos conflictos. Una moralidad que elimine la fuente del conflicto alivie el papel de la culpa y disminuya la importancia de estar desgarrado en la cruz de las oposiciones ya no es una moralidad, sino un nuevo tranquilizante teológico llamado Amor.

La perspectiva analítica respalda los códigos morales porque estos cumplen dos funciones: primero, intensifican el conflicto, sin el cual la consciencia es imposible; y segundo, favorecen la internalización. El análisis no solo apoya el código moral en aras de la moralidad externa, la forma social y la ética, sino que se ocupa del desarrollo del amor, el eros, la sexualidad en el individuo. Este desarrollo no se ve favorecido por la actuación. Así como la represión no desarrolla el lado oscuro, tampoco lo favorece su opuesto: la actuación. Represión y actuación son dos caras de la misma moneda. Una tercera vía puede denominarse internalización, simbolización o vivencia. El eros se cultiva mediante una intensa internalización, quizás la más difícil de todas las actividades, ya que, por definición e impulso, nos conduce al mundo y a la interacción con los demás. Vivir el eros es, por lo tanto, una obra contra naturam. El impulso amoroso mismo contiene las semillas culturales de la internalización y la simbolización; estas no son sublimaciones impuestas desde arriba por la voluntad, la razón o la ética social. Estas semillas culturales constituyen la regulación autónoma y autocontrolada del instinto mismo a través de la consciencia, el ritual y la fantasía. La poesía amorosa, las cartas de amor, los regalos de amor, son gestos que no se reducen a la sexualidad funcional, sino que, incluso entre los animales en forma de rituales de cortejo y apareamiento, representan la danza y el color del amor mismo. El juego imaginativo y liberador que acompaña al enamoramiento forma parte del eros y apunta a la manera en que el opus contra naturam es, paradójicamente, también natural e instintivo.

Todas las disciplinas místicas reconocieron la importancia de la internalización para el cultivo del eros e impusieron rigurosas restricciones a la vida erótica. No pretendo prescribir las prácticas del ascetismo ni prohibir el amor vivido tal como se manifiesta en el mundo. La internalización no es el único camino ni siempre es el mejor, pero es necesario defenderla, ya que prácticamente ha caído en el olvido en la llamada revolución sexual actual y, además, constituye principalmente el camino analítico. Por lo tanto, señalar el significado psicológico de las prácticas ascéticas puede resultar útil, aunque las prácticas en sí mismas no sean de nuestra incumbencia. Al estudiarlas, nos enfrentamos a una consciencia universal y a una enseñanza arquetípica según la cual el ser humano —como rasgo distintivo de su propia humanidad— necesita iniciarse en los misterios del amor. Sin embargo, si Dios es amor, ¿acaso esto es sorprendente?

Las disciplinas tradicionales, entre las que se encontraba la alquimia, se centraban principalmente en la transformación de la consciencia, o lo que podríamos denominar desarrollo de la personalidad en su sentido más profundo. La redención de la personalidad inferior, en particular del eros inferior —la falta de amor, el egoísmo, el apego sin compromiso, la vanidad y la superficialidad, la primitividad de la sexualidad y la sexualización de los sentimientos, la prisa y la compulsión, el desperdicio de energía en fantasías eróticas repetitivas—, es también una preocupación fundamental del análisis. Por lo tanto, es posible aprender sobre el desarrollo de la personalidad a partir de disciplinas místicas como la alquimia.

En la alquimia china y occidental, antes de emprender la gran obra, el experimento con la propia naturaleza era necesario examinar el corazón y las actitudes morales. Se recomendaban las virtudes cardinales: salud, humildad, santidad, castidad, fe, esperanza, amor, bondad, oración, paciencia, moderación, etc. De una u otra forma, estas virtudes se repetían una y otra vez en la alquimia. Era una práctica profundamente moral. Una moralidad igualmente intensa se encuentra en el yoga, en las disciplinas católicas, en el sufismo, en el chamanismo, en el zen, etc.

Existía un claro idealismo espiritual, un fuerte moralismo, y debemos preguntarnos por qué esta moralidad es necesaria. El alquimista reconocía la oscuridad interior, el lado oscuro de la personalidad, que se liberaba cuando el aspecto erótico se transformaba. La moralidad ofrecía una barrera protectora contra los aspectos corrosivos, explosivos y sulfurosos de la naturaleza, es decir, los afectos y deseos reprimidos. Los principios morales eran guías prácticas para lidiar con el Dios interior violento. Él, como Sol niger o Deus absconditus, podía destruir la creación desde abajo, del mismo modo que el Altísimo envía sus plagas de langostas, relámpagos e inundaciones.

La moralidad, entendida como algo impuesto desde arriba, deriva del modelo teológico de un Dios celestial. Pero este modelo teológico se basa, a su vez, en una idea arquetípica, una afirmación de la psique que sostiene que existe algo superior y trascendente. El alma no lo es todo; hay algo más allá de ella. Si todas las afirmaciones son, fundamentalmente, reflejos de la psique, entonces las pretensiones de la antigua teología de que la perfección reside en lo alto y que el espíritu es superior a la psique y al cuerpo son exhortaciones del alma a sí misma, que le dicen: “¡Mira hacia arriba!”. Situar a Dios en las profundidades implicará, quizás, una nueva moralidad. Esta moralidad apuntará hacia lo trascendente e inmanente, es decir, lo profundamente interior que, al mismo tiempo, está más allá. Este interior que está más allá se representa en la alquimia como los ojos luminosos de los peces en las profundidades marinas, que son a la vez las estrellas distantes en lo alto. El interior que está más allá del lenguaje oriental es el aspecto sūkṣma, que trasciende el nivel material exotérico de las cosas. En nuestro lenguaje, se trata de la realidad psíquica más allá del nivel del ego. El más allá interior es el objetivo último de la conexión interna; una conexión con sí-mismo común a todos, más allá del ego. Este reino de la realidad psíquica siempre apunta más allá de sí mismo, se trasciende a sí mismo y, por lo tanto, impone una moralidad que exige un proceso de trascendencia, de ir siempre más profundo, más lejos. Podríamos llamarlo el impulso moral del proceso de individuación. Pero dondequiera que se coloque el valor último, ya sea que Dios esté arriba o dentro, es el aspecto del «más allá» el que guía el impulso moral. Así, las virtudes morales permanecen como imperativos psicológicos, como llamados de algo más allá del ego, independientemente de la ubicación del Dios teológico.

Además de la necesidad de conflicto moral, ahora tenemos la segunda razón psicológica para la moralidad. El desarrollo de la personalidad impone reglas al yo. La personalidad en su conjunto exige que el yo, como parte de ella, haga sacrificios. El yo está limitado por estos valores y principios, que son “superyó” en el sentido de que están por encima del yo, en el sentido de que lo trascienden. El proceso de transformación impone estas limitaciones al yo para que pueda servir al proceso de la manera adecuada. Desde esta perspectiva, estas actitudes, estos conceptos de moralidad tradicional, son valores trascendentales, como siempre ha sostenido la filosofía kantiana e idealista al afirmar que las virtudes cardinales son trascendentales. Sin embargo, desde el punto de vista analítico, son psicológicamente trascendentales. No son virtudes hipostásicas flotando en el Cielo, ni en un mundo platónico, ni en un empíreo metafísico germánico. Son, más bien, las limitaciones e imperativos que la totalidad del Sí-mismo impone al yo para forzarlo a la internalización. Como tales, trascienden al yo. El yo las experimenta como trascendentales, de modo que su transgresión despierta culpa. Esta culpa se dirige hacia la propia posibilidad de realización del sí-mismo o redención del sí-mismo. Por lo tanto, el impulso moral de la consciencia desempeña un papel significativo en el proceso de desarrollo del sí-mismo.

El ensayo de Jung sobre la consciencia fue escrito hacia el final de su vida. Se publicó por primera vez en inglés en el Volumen Diez de sus Obras Completas. Describe dos formas de consciencia. Existe la consciencia que adquirimos mediante el aprendizaje, a través de la inculcación de valores de nuestros padres y compañeros, del dogma tradicional de las religiones sobre el bien y el mal, y que podríamos llamar superyó. Sin embargo, existe otro tipo de consciencia, porque, como él mismo afirma, “el fenómeno de la consciencia en sí mismo no coincide con el código moral, sino que es anterior a él, trasciende su contenido…”. El superyó, el primer tipo de consciencia, es, de hecho, secundario. Con esto quiero decir que solo podemos asimilar ciertos principios, seguir un código moral y obedecer las enseñanzas de nuestros padres y nuestras religiones gracias a la facultad psicológica de la consciencia, la capacidad innata de sentir culpa. La consciencia es una función psicológica sui generis. La consciencia es la voz de la autoguía. La actividad autorreguladora y autodirigida de la psique le confiere a la consciencia su autoridad. Podemos alterar los códigos morales o incluso prescindir de la moralidad, pero no podemos eliminar el fenómeno psicológico de la consciencia.

La consciencia, como aspecto de la autorregulación, es la voz del Sí-mismo, que puede entrar en conflicto con el contenido de la consciencia del superyó. Entonces, el individuo se enfrenta al dilema de la consciencia individual frente al código moral colectivo, entre la consciencia en sí misma y su contenido. Este es el tema central de la gran literatura y de la consejería diaria. La religión organizada ha reconocido desde hace tiempo este conflicto de voces internas y, con razón, lo ha denominado una lucha entre la oscuridad y la luz, el mal y el bien. Desafortunadamente, la religión organizada ha estado demasiado segura de cuál era la oscuridad y cuál la luz, demasiado apresurada a identificar su ética con la ética del bien. Digo “desafortunadamente” porque, en los conflictos morales, el bien suele estar dividido contra sí mismo; la voz del Viejo Rey del superyó y la voz del Ser aún por nacer que habla a través del Niño Divino tienen razón. De estos conflictos puede surgir una nueva perspectiva psicológica, que también podríamos llamar una nueva moralidad. Esta perspectiva psicológica implica un cambio de posición de la personalidad, alejándose de la unilateralidad y acercándose a una verdad más central. Esta verdad admite, y con el tiempo trae a la vida consciente, aspectos de la sombra que hasta entonces habían permanecido ocultos. Los impulsos de poder se transforman en ambición laboral, los engaños en mentiras sociales, el miedo al fracaso en debilidad manifiesta, las fantasías sexuales en relaciones vividas. La integración de la sombra la transforma. Estas cualidades ya no son tan oscuras cuando salen a la luz y se tiene el valor de darles rienda suelta y, a la vez, controlarlas. Desde el punto de vista psicológico, la represión no solo es un mal y la integración un bien, sino también un origen del mal y la integración su redención.

La necesidad interior que obliga al Viejo Rey a cambiar de opinión habla al principio con la voz suave y silenciosa de la consciencia individual. En sueños, a veces, es un niño en peligro, enfermo, herido, ahogándose, perdido… o puede ser un criminal encarcelado, un marginado social, un enemigo extranjero, un hombre con otra piel, credo, raza, o un animal que no puede ser destruido, persiguiendo implacablemente como el Sabueso del Cielo… y uno siente culpa, un sentido de responsabilidad, una necesidad de hacer algo. En algún lugar, hay una necesidad apremiante, y no estamos haciendo lo que deberíamos. Este “debería”, con todas sus formas barbudas, enfermas, infantiles, grotescas, es el lado creciente de nosotros mismos: indefenso sin nuestro cuidado, joven para desafiar nuestro corazón nutritivo, enfermo para constelar la enfermera en nosotros, persiguiendo porque huimos de él, en la cárcel porque lo hemos juzgado, oscuro porque no lo hemos dejado entrar en la luz. Este “debería” es el mandato de la función autorreguladora de la personalidad; Cada vez se nos insta a comprender un núcleo central de la personalidad. Jung denominó a estos centros dinámicos arquetipos. El arquetipo particularmente relevante durante la oscuridad es la sombra arquetípica, nada menos que el Diablo.

El enfrentamiento con la propia oscuridad conduce a intensos dilemas morales, experiencias arquetípicas y eternas de crecimiento y destrucción. La tarea humana al lidiar con la sombra consiste en separar sus hilos mediante una cuidadosa diferenciación, a través del pensamiento y la sensación, de las experiencias e imágenes que surgen, para liberar al redentor disfrazado y vigilar al destructor disfrazado. Dado que los hilos suelen estar tan entrelazados, no podemos alentar al redentor sin mantener siempre un ojo puesto en el destructor.

Esto nos lleva a una tercera y última razón psicológica de la moralidad: la lucha contra el mal. Desde el punto de vista de la práctica analítica, este tercer fundamento de la moralidad es quizás aún más importante que los dos ya mencionados: la necesidad de conflictos morales y la necesidad de internalizaciones.

El nivel más profundo de la oscuridad interior, de la sombra, va más allá de nuestros pecados, crímenes, negligencias y omisiones personales. Debajo de estos se encuentran experiencias del mal que no pueden humanizarse y que han sido representadas por poderes demoníacos en las diversas religiones del mundo. Vivimos épocas en Europa en los años treinta y cuarenta —y que han continuado en Argelia, en el Tíbet, en el sudeste asiático y en el sureste de Estados Unidos— que revelan la fuerza de estas fuerzas. El mal bien puede ser una privación del bien desde un punto de vista teológico, pero hasta que el bien aparezca, hasta que se restablezca la privación, la experiencia de ese mal es psicológicamente muy real. Y quien lo padece no sufre tanto por una privación como por un mal muy presente y sumamente efectivo. Es una verdad absoluta y cruel. El mal arquetípico no puede curarse, ni integrarse, ni humanizarse. Solo puede mantenerse a raya. Adolf Guggenbühl-Craig ha insistido incansablemente en este punto en sus contundentes conferencias impartidas en la Escuela Teológica Andover Newton. La experiencia del mal, manifestada en formas de persecución deliberada, victimización vengativa, sufrimiento destructivo, explotación, dolor físico y tormento, siempre contiene algo distinto de lo demoníaco. Ese «algo distinto» de lo demoníaco solo puede ser lo humano; es el elemento humano en el Diablo lo que confiere al mal su plena realidad.

Lo demoníaco o diabólico en sí mismo es arbitrario, perverso, a menudo cuestión de suerte o azar. Viene y va, y parece tan absurdo. Cuanto más arquetípico es el mal, más lo experimentamos como impersonal. Es incomprensible y no lo merecemos. (El mismo lenguaje lo han usado quienes han recibido la bondad de Dios: “No lo merezco”; “supera mi entendimiento”). El mal, hasta cierto punto, se vuelve más comprensible y aceptable cuando se vincula a algo humano, como los pecados de generaciones ancestrales o la motivación personal de un enemigo. Cuando el mal adopta forma divina (Loki, Lucifer, Hermes-Mercurio, el Embaucador), tiene una doble naturaleza y, como el espíritu, puede obrar para bien o para mal. Alcanza su enormidad solo cuando es mitad humano. Cuando se une al ego humano, a la voluntad, la razón y el deseo con los que un hombre puede elegir un curso de acción y perseguir un fin, entonces lo meramente diabólico se convierte en verdadero mal. Esto implica que la sombra arquetípica nunca alcanza su plena realización hasta que se vincula mediante un pacto con el ser humano. Y nos vemos obligados a concluir que el Diablo también se encarnaría en y a través del hombre.

Solo la moral me defiende de este pacto, de encarnar en mi vida, con mi voluntad, razón y deseo, la intención del Diablo. Esto nos lleva a apreciar nuevamente el valor de la moral, pues ¿con qué otra cosa sino con la moral puede la psique protegerse de esta fuerza? En este sentido, toda moral proviene del Diablo; la moral es la respuesta de la psique a sus propias capacidades malignas. O, quizás, a nivel del poder inhumano, difícilmente podemos diferenciar con certeza entre las fuentes del mal y la moral. Desde el punto de vista humano, como se constató en la sesión analítica, la fuente de ambos parece ser la misma: trascendente.

Los sucesos arbitrarios y fatídicos, al igual que el impulso moral, provienen de otro plano. Los acontecimientos del destino pueden humanizarse positiva o negativamente, como tragedias que nos ennoblecen o como crueldades que siembran semillas destructivas en las generaciones futuras. La moral humana quizás no pueda alterar los hechos del destino, pero al menos puede impedir que la sombra arquetípica se encarne directamente. La moral humana puede proteger, y de hecho protege, de cometer actos malvados, del mismo modo que la bondad humana suaviza los golpes del destino.

El poder del Diablo parece crecer no en nuestra sombra, sino en nuestra luz. Gana terreno cuando perdemos el contacto con nuestra propia oscuridad, cuando perdemos de vista nuestra propia destructividad y autoengaños. La teología afirma que el orgullo conduce directamente al diablo; la psicología lo confirma, ya que, desde un punto de vista analítico, el orgullo es una negación de la sombra personal y una fascinación ciega por el brillo de la propia luz. Por lo tanto, la mejor protección no reside en el refuerzo del bien y la luz, sino en la familiaridad con la propia sombra, con la propia naturaleza demoníaca. La dosificación homeopática de males menores, como amargas píldoras de dolor moral, puede ser profiláctica contra el mal mayor. Errar es humano; tener sombra y estar en la sombra es humano. No proyectar sombra solo es posible para lo divino y lo demoníaco. El ser humano no proyecta sombra únicamente al mediodía, únicamente en el cenit de su orgullo. Pero el mediodía es también la hora de Pan, de modo que en nuestra mayor altura corremos el peligro de la mayor caída. Pan expulsa la moral civilizada con pánico rebelde, embriaguez y comportamientos propios de una cabra. No está muerto, sino que aparece ahora como heredero de Lucifer, desde abajo y desde dentro, como el ambivalente “príncipe de este mundo”, trayendo consigo una confusión de vitalidad y oscuridad, una mezcla monstruosa en nombre de la renovación dionisíaca. Nuestras obsesiones con el éxtasis, con el renacimiento a través del inconsciente —ya sea mediante la música, el LSD, el orgasmo o los disturbios— revelan las huellas de Pan-Dionisio. Cualquier psicología o teología que intente alcanzar las verdaderas profundidades tendrá que reconocer a Pan y su influencia desde estas profundidades sobre nuestro amor y nuestro miedo.

Finalmente, la realidad de la sombra en la consejería implica que la honestidad es una gracia que no podemos esperar, ni de quienes acuden a nosotros, ni de nosotros hacia ellos, ni de nadie hacia Dios. El Diablo y nuestra semejanza con él significan traición, incluso cuando tenemos las mejores intenciones. Esta es la realidad del mal. La oscuridad nunca se disipa mientras seamos humanos y caminemos bajo la sombra del pecado original, siendo Lucifer el hijo original. La mentira y el engaño están siempre presentes; e incluso la honestidad de Dios puede ser puesta en duda, puesto que en el caso de Job prestó atención a Satanás. Sin embargo, afrontar la realidad del mal no significa cinismo. Significa simplemente que el optimismo de la honestidad ante Dios se vea atenuado por el pesimismo de la realidad psicológica. Para ser honestos ante Dios, primero tendríamos que conocer mucho más sobre la verdad, ¿y qué es la verdad? Una pista para conocer la verdad completa podría encontrarse a través de una reevaluación psicológica de los enigmáticos ladrones que rodearon a Jesús durante sus últimas horas terrenales.

La realidad de la sombra implica el reconocimiento, dentro del consejero individual, de su propio inconsciente colectivo y vasto, de las sombras de su propia alma, pues precisamente esta ignorancia de estas sombras, por encima de todo, ha sido la responsable del largo declive de su profesión y de nuestra fe. La sombra más alta en estas profundidades es la misma hoy que siempre: el pecado del orgullo, la identificación con la figura de Cristo, que puede resurgir especialmente ahora en apoyo del rol de consejero pastoral. Hoy, los efectos de esta identificación serán peores, puesto que es un “Dios muerto”, uno que se ha desviado, corrompido, en el fermento de la desintegración y la resurrección, el que atrapa al ministro por la espalda, de modo que ya no puede discernir los espíritus ni saber quién está detrás de quién: Cristo, el Diablo o sus propios complejos. En los bordes sombríos y difusos del panorama contemporáneo, el cristianismo y la criminalidad pueden infiltrarse mutuamente. Para llegar a la confusión del mártir del Gólgota, basta con desviarse un grado o dos, a la izquierda o a la derecha, para encontrarse arrodillado ante un ladrón.

El instrumento que la consciencia tiene en sus manos para juzgar valores, para aferrarse a la dignidad moral, para reconocer lo humano y lo personal en su mejor sentido, para mantener las conexiones fluyendo, para la dignidad, la decencia y la bondad, es la función del sentimiento. Si el sentimiento otorga el toque humano redentor, entonces el mayor peligro es la captura y posesión del sentimiento por el diablo (en la mercuridad caprichosa, en la frialdad satánica, en los afectos salvajes de Pan). El sentido moral se ha considerado durante mucho tiempo un atributo de la función del sentimiento. Los códigos morales protegen contra las deficiencias del sentimiento mediante el énfasis en las maneras y las costumbres. Los códigos morales juzgan los errores a la luz de las intenciones del agente y el contexto emocional de las situaciones, en lugar de basarse en errores lógicos y empíricos. Así también, la psicopatía o el comportamiento sociopático, generalmente considerado vicioso o malvado y antaño llamado locura moral, se manifiesta en las deficiencias de los sentimientos de culpa y de participación amorosa en la humanidad común.

Los dilemas de la sombra [5] que he abordado en la última parte de este capítulo —separar la consciencia autorreguladora individual de la consciencia del superyó revelado o colectivo; y separar los aspectos de la sombra que pueden vivirse e integrarse de aquellos que pertenecen irremediablemente al infierno—, estas dos tareas nos llevan al ámbito más amplio de los sentimientos. La educación o el cultivo del lado de los sentimientos, a su vez, nos conduce a nuestra feminidad interior, a la que dedicaremos ahora el último capítulo.

 1 Anders Nygren, Ágape y Eros , trad. Philip S. Watson (Filadelfia: Westminster Press, 1953), 454.

 2 John AT Robinson, Honest to God (Londres: SCM Press, 1963), 119.

3 Ibíd., 105.

 4 Ibíd., 105, 49.

 5 Para más información sobre los “dilemas de la sombra” en la mitología, la teología y la psicología, véase Evil, ed. James Hillman (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1967).

En búsqueda. 2. Vida interior: El inconsciente como experiencia

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Capitulo 2, Inner Life: The Unconcious as Experience en ‘Insearch, Psychology and Religión’, pp. 40 – 67.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El punto en común entre el análisis y la teología es el alma. Pero el alma es un “no-lugar”, pues ni la teología ni la psicoterapia dinámica la consideran su principal preocupación. Una estudia a Dios y sus intenciones, la otra estudia al hombre y sus motivaciones, mientras que el espacio intermedio suele quedar desocupado. Este vacío donde tradicionalmente se supone que Dios y el hombre se encuentran se ha convertido en tierra de nadie donde analistas y clérigos se enfrentan.

Ya aparecen las confusiones semánticas: los psicólogos utilizan las palabras “hombre”, “alma” y “Dios” con cierta ingenuidad, sin el inmenso aparato crítico que suelen emplear los teólogos formados. Cuando hablo del encuentro de Dios con el hombre en el alma, me refiero a la imagen de Dios que posee la psique, la imagen de Dios tal como la conoce, la experimenta, la siente, la intuye, la percibe, la representa o la formula. Este “Dios” es, ante todo, una experiencia; en segundo lugar, un concepto. Esta imagen o experiencia no es única ni idéntica. Sufre cambios a lo largo de la vida de cada individuo y varía considerablemente entre ellos. La diversidad de la experiencia divina puede dar lugar a comparaciones psicológicas, que a su vez pueden derivar en afirmaciones teológicas de que algunas imágenes son genuinas y otras, distorsiones. A veces la experiencia está ausente, a veces es una abstracción conceptual, a veces lo divino se desplaza hacia imágenes y experiencias que normalmente no se considerarían sagradas. Con frecuencia —y esto reviste un gran interés teórico— la imagen y la experiencia de Dios se distorsionan o se desplazan más cuando la persona está más perturbada psicológicamente. Por lo tanto, para el psicólogo, la experiencia de Dios, así como su imagen, se manifiesta continuamente en y a través del alma sin límites, más allá de los confines de cualquier dogma. Una de esas imágenes y experiencias es la representación colectiva que compartimos todos en nuestra sociedad. Este es el Dios que no agrada al obispo de Woolwich (John A. T. Robinson), el que está allá arriba, el Papá Noel de los niños, el viejo Dharma Dad en una nube, amenazado por explosiones supersónicas y astronautas con armaduras brillantes. Pero dejemos para más adelante algunos de los problemas planteados por John Robinson en su libro Honest to God.

Curiosamente, el concepto de “alma” es más difícil de definir. Como término, prácticamente ha desaparecido de la psicología contemporánea; tiene un aire anticuado, que evoca a campesinos de las fronteras celtas o a teósofos reencarnados. Quizás aún se mantenga vivo como un órgano vestigial en los vicarios de los pueblos y en las discusiones de filosofía patrística en los seminarios. Pero apenas aparece en las canciones populares: ¿quién anhela con todo su corazón y alma? ¿Quién se entrega por completo a algo? ¿Qué chica tiene ojos “conmovedores”, qué hombre una “gran alma”, qué mujer es una “buena alma vieja”? “Alma” es la última palabra de cuatro letras que queda que es innombrable entre los “de moda”.

En El suicidio y el alma se amplía mi interpretación del término “alma”. Puede resultar útil repetir parte de él a modo de orientación:

Lo primero que el paciente busca en un analista es que este tome consciencia de su sufrimiento y lo introduzca en su mundo de experiencias. Experiencia y sufrimiento son términos asociados desde hace mucho tiempo con el alma. Sin embargo, “alma” no es un término científico y aparece muy raramente en la psicología actual… Los términos “psique” y “alma” pueden usarse indistintamente, aunque existe una tendencia a evitar la ambigüedad de la palabra “alma” recurriendo al término más biológico y moderno de “psique”. “Psique” se usa más como un concomitante natural de la vida física, quizás reducible a ella. “Alma”, en cambio, tiene connotaciones metafísicas y románticas. Comparte fronteras con la religión…
La exploración de la palabra muestra que no se trata de algo que pueda definirse; por lo tanto, “alma” no es realmente un concepto, sino un símbolo. Como sabemos, los símbolos no están completamente bajo nuestro control, por lo que no podemos usar la palabra de forma inequívoca, aunque la entendamos como referencia a ese factor humano desconocido que posibilita el significado, que transforma los acontecimientos en experiencias y que se comunica a través del amor. El alma es un concepto deliberadamente ambiguo que se resiste a toda definición, del mismo modo que lo hacen todos los símbolos supremos. [1]

Ahora añadiría un atributo más al alma: “hace posible el significado, convierte los acontecimientos en experiencias, se comunica con amor y tiene una dimensión religiosa”.

Espero demostrar, a medida que avancemos, cómo el análisis profundo conduce al alma y que esto, a su vez, implica inevitablemente un análisis en la religión e incluso en la teología, mientras que, al mismo tiempo, la religión vivida, la religión experimentada, tiene su origen en la psique humana y es, como tal, un fenómeno psicológico.

Los antropólogos describen entre los pueblos “primitivos” una condición llamada “pérdida del alma”. En esta condición, el hombre está fuera de sí mismo, incapaz de encontrar la conexión externa con los demás seres humanos o la conexión interna consigo mismo. Es incapaz de participar en su sociedad, sus rituales y tradiciones. Para él, están muertos; para él, él está muerto. Su conexión con la familia, el tótem y la naturaleza se ha perdido. Hasta que no recupere su alma, no es un verdadero ser humano. No está presente. Es como si nunca hubiera sido iniciado, como si nunca se le hubiera dado un nombre, como si nunca hubiera llegado a ser realmente. Su alma no solo puede estar perdida; también puede estar poseída, embrujada, enferma, transpuesta a un objeto, un animal, un lugar o a otra persona. Sin esta alma, ha perdido el sentido de pertenencia y la sensación de comunión con los poderes y los dioses. Ya no le alcanzan; no puede rezar, ni sacrificar, ni bailar. Su mito personal y su conexión con el mito más amplio de su pueblo, como razón de ser, se han perdido. Sin embargo, no está enfermo ni ha perdido la razón. Simplemente ha perdido el alma. Incluso podría morir. Nos sentimos solos. No hace falta detallar otros paralelismos relevantes con nosotros mismos hoy en día.

Un día en Burghölzli, el famoso instituto de Zúrich donde nacieron los términos “esquizofrenia” y “trastorno complejo”, presencié una entrevista con una mujer. Estaba sentada en una silla de ruedas, anciana y débil. Decía que estaba muerta, pues había perdido el corazón. El psiquiatra le pidió que se pusiera la mano sobre el pecho para sentir los latidos: si podía sentirlos, debía de seguir ahí. “Ese”, dijo, “no es mi verdadero corazón”. Ella y el psiquiatra se miraron. No había nada más que decir. Como el ser primitivo que ha perdido su alma, había perdido la conexión amorosa y valiente con la vida, y ese es el verdadero corazón, no el tictac, que también puede palpitar aislado en un frasco de cristal.

Esta es una visión de la realidad distinta a la habitual. Es tan radicalmente diferente que forma parte del síndrome de la locura. Pero se puede comprender tanto a la mujer en su despersonalización psicótica como la visión de la realidad del hombre que intenta convencerla de que su corazón aún estaba allí. A pesar de los elaborados y costosos sistemas de investigación médica y la publicidad de las industrias de la salud y el ocio que pretenden demostrar que lo real es físico y que la pérdida del corazón y del alma solo existen en la mente, creo en el “primitivo” y en la mujer del hospital: podemos perder nuestras almas, y de hecho las perdemos. Creo, como Jung, que cada uno de nosotros es un “hombre moderno en busca de un alma”.

Debido a que el alma está perdida —o al menos temporalmente extraviada o confundida—, los pastores se han visto obligados, al enfrentarse a un problema pastoral, a recurrir a su vecina, lo más cercano al alma: la mente. Así, las iglesias recurren a la psicología académica y clínica, a la psicodinámica, la psicopatología y la psiquiatría, en un intento por comprender la mente y su funcionamiento. Esto ha llevado a los pastores a considerar los problemas del alma como crisis mentales y la curación del alma como psicoterapia. Pero el reino de la mente —la percepción, la memoria, las enfermedades mentales— es un reino aparte, un mundo aparte que pertenece a otro dueño que puede decirnos muy poco sobre la persona que el pastor realmente quiere conocer: el alma.

Quizás haya justificación para los dogmáticos anticuados que se oponen rotundamente a estas incursiones en la formación clínica y la consejería pastoral. Tal vez simplemente digan: “El ministro no necesita la clínica para encontrar el alma ni para estudiar su sufrimiento, el logos de su psique-pathos. La parroquia, el mundo mismo, es su clínica. Nuestra preocupación no radica en la mente, sus mecanismos y dinamismos, sus motivaciones y represiones y recuerdos tempranos, sino en el alma humana y su relación con Dios”.

Sin embargo, la formación pastoral se fusiona cada vez más con la formación clínica, ya que los jóvenes clérigos que cursan estudios superiores cumplen parte de sus requisitos leyendo psicoanálisis y trabajando en clínicas psiquiátricas. Esto concuerda con las ideas de la nueva teología, que escuché definir al reverendo Harry Williams como “aquello que sucede en nuestro interior”. De sus palabras comprendí que lo que ocurre entre las personas en el comedor o en el dormitorio es tan religioso como lo que sucede en la iglesia. El obispo John Robinson reafirma esta postura, afirmando que las declaraciones sobre Dios son, en última instancia, declaraciones sobre relaciones personales. Esto representa una amenaza para los psicólogos, puesto que lo que sucede en nuestro interior se había denominado psicología o fisiología, y los problemas de las relaciones personales, tanto en la mesa como en el dormitorio, han sido el pan de cada día del analista. Durante décadas, desde que Nietzsche declaró la muerte de Dios y Freud descubrió que la religión era una ilusión, la psicología ha ido extendiendo su dominio a expensas de la teología, apropiándose cada vez más del alma. Ahora, de repente, en la lucha por el alma, la ofensiva está del lado de los teólogos. Sin embargo, la amenaza no es simplemente una cuestión de quién tiene la ventaja.

Cuando lo último se convierte en la persona interior y lo trascendente en lo totalmente inmanente, el ministro debe adentrarse en las profundidades de la psique. Por lo tanto, se ve obligado a recurrir a la psicología. La confusión de su parroquia y de la nueva teología apuntan en esta dirección. Pero mucho depende de cómo los consejeros pastorales se acerquen a la psicología profunda, que —como demuestra la propia formación del analista— es necesariamente un encuentro personal con el inconsciente y solo secundariamente trabajo clínico con otros o estudio académico.

En cualquier caso, la proliferación de centros de salud mental con su personal altamente capacitado y programas activos, sus salas silenciosas para terapia, sus materiales didácticos, reuniones grupales y folletos bien diseñados, que difunden la psicología con el entusiasmo casi religioso de una nueva religión (financiada por el Estado), no nos ayudará a encontrar el alma. Si el alma no está implícita desde el principio, no aparecerá al final. Por muy sanos que estemos mentalmente, seguimos necesitando el alma. De hecho, bien podríamos preguntarnos: ¿Puede alguien tener salud mental si no se fundamenta en un sentido del alma?

La pérdida contemporánea del alma nos afecta a todos. El clero no es una excepción. De hecho, el problema de muchos clérigos hoy en día es cómo encontrar la conexión interior con la vocación y cómo mantenerla viva. La conexión vertical, hacia abajo y hacia adentro, con la raíz arquetípica de la vocación parece truncada o distorsionada. Naturalmente, el ministro busca en otra parte, tomando prestados e imitando métodos que parecen funcionar tan bien para otros. Pero la tarea del consejero es esencialmente diferente de la del analista, el psicólogo clínico y el psicólogo académico. Y su tradición se remonta a Jesús, quien cuidó y sanó almas de muchas maneras: predicando, vagando, visitando, contando historias, conversando, discutiendo, tocando, orando, compartiendo, llorando, sufriendo, muriendo; en resumen, viviendo plenamente su propio destino, fiel a su vida. Que el clero siga la imitatio Christi en lugar de imitar la psicoterapia. Si se descuida la imitatio Christi, cae en el inconsciente y actúa desde atrás como una “identificatio Christi”. Luego encontramos al consejero que, conscientemente, busca imitar la psicología médica, pero que inconscientemente está motivado por una o varias de las imágenes de Cristo que mencionamos en el Capítulo I. El feligrés, sintiéndose enfermo y pecador a la vez, diagnosticado racionalmente y exigido irracionalmente, no sabe entonces en qué situación se encuentra ante su consejero, quien es a la vez tan abierto científicamente y tan dogmático.

El feligrés acude al pastor con expectativas distintas a las que tiene con el analista. La labor del pastor no es médica; no está allí para curar en el sentido médico moderno. Su labor no es paternal; no está allí para brindar amor paternal. Ni siquiera es una labor espiritual en el sentido de que deba conocer y ser siempre un ejemplo de perfección y sabiduría. Pero como pastor que guía a las almas hacia Dios, sin duda su tarea central es la devoción al alma, que comienza con el cuidado de la suya propia. Solo quien está convencido de su realidad puede convencer a los demás. Solo quien está inmerso en la realidad psíquica puede comprender las tribulaciones del alma que se le presentan. Solo esta profunda convicción en el alma da sentido al alma, de modo que el problema del acompañamiento pastoral hoy comienza con el propio pastor y su relación con su propia alma.

Muchos ministros son conscientes de esto. El número de ministros y sus familias que han estado en psicoanálisis aumenta, y la presión sobre otros en la vocación para que se analicen o “busquen ayuda psicológica” se intensifica. Existe en el ministro de hoy, como imagino que siempre debió existir en todo hombre de religión que lucha con su fe, esa genuina perplejidad del buscador por mantenerse en contacto con su vocación. Nunca el ministro fue más verdaderamente uno de su rebaño que cuando la desorientación de las ovejas se equipara a la del pastor. La teología, destrozada y desperdiciada por una crisis de fe centenaria, está redescubriendo el alma, y la psicología ha desempeñado un papel importante en este proceso de conexión. Todos los problemas contemporáneos también están presentes en las iglesias: alcoholismo, adulterio, homosexualidad, psicopatía, evasión fiscal, suicidio. Ya nada protege al ministro de sus dudas internas. Le resulta difícil ocultarlas. Pero precisamente este sacudimiento de los cimientos ha obligado al ministro individual a tener el valor de ser y a encontrarse consigo mismo. La verdadera unión entre psicología y religión no reside ni en el dogma, ni en los concilios ecuménicos, ni en la acción; se produce en el interior del alma del ministro que lucha con su vocación. Resulta conmovedor el profundo compromiso con esta lucha, cuyo testimonio sugiere que hay algo más allá de un problema personal. Algo parece estar ocurriendo en el alma del clero que atisba de importancia histórica.

Aquí la psicología profunda se conecta con la nueva teología. Como analistas, nuestra preocupación radica en el alma, el hombre en su mito, su proceso de individuación en su contexto histórico. Es precisamente aquí donde se encuentra el propio ministro. Hoy, debido a las convulsiones en la teología y en su propia vida vocacional, es en muchos sentidos más abierto que el especialista en psicología, aferrado a los dogmas de su semántica y encerrado en las herméticas oficinas de las grandes ciudades. La nueva teología, la nueva moral y la nueva reforma —a pesar de su cuestionable psicología, que analizaremos más adelante— son, al menos, nuevas. Desafortunadamente, la psicología del inconsciente muestra algunos indicios de rigidez al entrar en su octava década desde su nacimiento en un consultorio vienés. (La figura cómica del anciano barbudo en las caricaturas de hoy es el analista, no el clérigo. Dado que este último ha desaparecido de la vista pública —salvo por portar estandartes en cruzadas populares— y se ha convertido en el “hombre invisible”, como lo fue el negro hasta hace poco tiempo, podemos esperar que las leyes de compensación prevalezcan y que se esté gestando una apariencia transfigurada del clérigo). La imagen del “hombre de Dios” está siendo transformada por las imágenes en el crisol de su tormento personal. Al mantenerse fiel al tormento de su alma, en las buenas y en las malas, no solo se transforma la teología, sino que emerge una nueva forma de cuidar el alma. Este es el nuevo cuidado pastoral basado en la experiencia del consejero interior. Someterse a los cambios psicológicos que se producen en su interior es una tarea tan heroica como cualquiera de las cruzadas contemporáneas de las iglesias en acción. La tarea individual siempre está temblando de incertidumbre; su camino transcurre entre sombras y sus recompensas llegan tarde.

Así pues, el problema de reencontrar el alma arde como tal vez como ningún otro. La ubicación de Dios, el significado del amor, el papel del consejero pastoral en la comunidad y todo lo demás son cuestiones derivadas. Quien ha perdido su alma buscará a Dios en cualquier parte, arriba y abajo, aquí y allá; se aferrará a cada atisbo de amor que pase volando por su puerta mientras espera una señal. Sin algún sentido del alma, habrá, por supuesto, grandes confusiones morales, incertidumbres en las acciones, decisiones lógicamente sólidas, pero psicológicamente inválidas. Por lo tanto, antes de que la psicología y la religión se peleen sobre a quién pertenece el alma, salgamos primero a buscarla juntos.

Según algunas teologías, el alma no reside en los sacramentos, ni en la liturgia, ni en el ritual. Ni siquiera se encuentra en las iglesias y sinagogas. Estas se han convertido en centros comunitarios que satisfacen casi todas las necesidades, excepto la del alma. Los lugares tradicionales —así lo afirma gran parte de la teología contemporánea— están desprovistos de alma; e incluso Dios, declarado por Schweitzer, Bultmann y Barth como no presente entre los seres, ha sido expulsado de los templos a los confines, a su propio Lambaréné.

Sin embargo, mientras las iglesias se vaciaban, las clínicas se llenaban y los psicólogos de las profundidades —especialmente Jung— parecían encontrar alma y una imagen de Dios viviente en medio de su trabajo. Así pues, la teología ahora mira en otra dirección, para la cual existe una larga tradición religiosa. Se vuelve hacia adentro, hacia el “fundamento del ser”. Si esta es la nueva dirección, entonces el primer lugar donde mirar es el inconsciente, puesto que el lugar fenomenológico del inconsciente es abajo y dentro. Este puede ser el camino correcto, y otros ya lo están explorando. La psicología de las profundidades, el existencialismo y la nueva teología apuntan hacia abajo. El nuevo misticismo es un descenso, como dijo el reverendo Otis Maxfield. No es una ascensión a la montaña de siete pisos, a las cimas del Carmelo o de Sión. O quizás, como lo expresó Jung, el camino hacia arriba es el camino hacia abajo y el camino hacia abajo es el camino hacia arriba.

Pero no nos equivoquemos pensando que da igual si el viaje es hacia arriba o hacia abajo. Si descubrimos que el lugar del alma —y la experiencia de Dios— se encuentra en lo más profundo y oscuro, debemos afrontar un viaje peligroso. Las posiciones inferiores (la oscuridad, lo profundo y lo abismal) son el reino del diablo y su horda de demonios. El camino del descenso significa el camino a través del laberinto, e incluso la tradición teológica nos dice que el camino descendente implica una confrontación con todo aquello que ha sido reprimido a lo largo de los siglos: la materia, la physis, lo femenino, el mal, el pecado, el cuerpo inferior, la pasión. Esta es, por supuesto, la ruta clásica del análisis: el retorno a lo reprimido. El camino del descenso puede conducir a un encuentro con el “fundamento del ser”, pero Dante, quien también realizó este viaje, encontró otras cosas. Por lo tanto, no podremos llegar al alma y a su experiencia de Dios a menos que pasemos por el inconsciente, lo cual implica nada menos que un encuentro con los pecados y los males, con toda la vorágine de posibilidades que han permanecido ocultas a la civilización consciente. Estas son las sombras en la terapia. Abordaremos los detalles de este descenso en los dos últimos capítulos.

El inconsciente es, pues, la puerta que nos abre las puertas al alma. A través de él, los acontecimientos ordinarios se transforman repentinamente en experiencias, adquiriendo así alma; a través de él, el significado vuelve a cobrar vida al despertar las emociones. Y es a través del inconsciente que muchas personas han encontrado el camino al amor y a la religión, y han alcanzado una pequeña comprensión de su alma. Esto se confirma una y otra vez en la práctica analítica. Sin embargo, para buscar el alma en el inconsciente, primero debemos encontrar el inconsciente. Y puesto que encontrar implica reconocer, nos vemos obligados a repasar los fundamentos empíricos, los aspectos básicos, de cómo reconocemos la existencia del inconsciente. No estableceremos su existencia, ni la del alma, mediante argumentos, lecturas ni pruebas directas. Lo descubrimos por casualidad; descubrimos por casualidad nuestra propia psique inconsciente.

Las demostraciones clásicas del inconsciente son todas del tipo «tropiezos». El inconsciente no se prueba lógicamente. La idea de una mente inconsciente se ha considerado una contradicción lógica; pues, ¿qué es la mente sino la consciencia? Así pues, la prueba del inconsciente es experiencial; es una hipótesis, una inferencia, derivada de la experiencia vivida. Repasemos algunas de las demostraciones clásicas de la existencia del inconsciente. Vale la pena repasar este tema, ya que se usa tanto la palabra en los escritos contemporáneos que a veces el lector siente que se está pidiendo un favor y que, en lugar de fantasmas y dioses, los psicólogos han inventado una ficción hipostásica. Ahora veremos que no se trata de una ficción.

Olvidar y recordar nos muestra que la mente puede perder algo y, sin embargo, no perderlo; simplemente lo almacena en algún lugar y luego lo recupera. Más allá de lo que está a la vista en la sala de estar, hay un ático y un sótano de eventos acumulados, más o menos accesibles, pero al menos potencialmente conscientes, aunque no lo seamos ahora. El hábito es otra prueba irrefutable. Conducimos el coche, fumamos un cigarrillo, usamos un cuchillo para cortar pan, realizando estas acciones en parte conscientes, en parte inconscientes. Nos damos cuenta de cuánto de inconsciente es el hábito solo cuando tropezamos, cuando se nos cae la ceniza del cigarrillo o el cuchillo se resbala, cuando nos percatamos de lo que estamos haciendo. Los lapsus linguae, o lo que Freud llamó la psicopatología de la vida cotidiana, demuestran además que no estamos solos, que la personalidad del yo no puede controlarlo todo, que podemos, para nuestra vergüenza, decir justo lo incorrecto o tergiversar una palabra dándole un significado completamente diferente. Este es el temor de todo aquel que debe dar una conferencia o un sermón. De repente, tropezamos con el inconsciente.

El experimento de asociación de palabras es otra prueba clásica de la existencia del inconsciente. A principios de este siglo, cuando Jung era un joven psiquiatra en Burghölzli, experimentó con asociaciones de palabras, un método de investigación que Wundt había empleado con cierto detalle antes que él en Alemania. Sin embargo, Jung aplicó los experimentos a sus pacientes, tropezando así con algunas cosas notables sobre la psique. Descubrió que cuando se les pedía que dijeran en el menor tiempo posible la primera palabra que les viniera a la cabeza mientras se les leía en voz alta una lista de cien palabras, las personas tropezaban y vacilaban. Ciertas palabras tomaban una cantidad excesiva de segundos, otras palabras eran perseveradas, repetidas, y nadie podía simplemente leer las cien palabras sin perturbaciones en la asociación. El foco de atención, el control del ego del sujeto, se posponía; algo intervenía. Al examinar las palabras que conducían a esta perturbación, Jung descubrió que parecían estar curiosamente asociadas entre sí; formaban una complejidad de significados, como novia, blanco, miedo, Madre, muerte; Y acuñó el término “complejo” para describir esos conjuntos de ideas cargadas de sentimiento que formaban parte de nuestra constitución psicológica y que no estaban completamente bajo el control de la consciencia. Mediante su propia investigación independiente, había descubierto experimentalmente el inconsciente y, por lo tanto, fue uno de los primeros en adoptar la hipótesis freudiana de la mente inconsciente.

Los complejos pueden disociarse tanto de la personalidad del ego, e incluso entre sí, y adquirir tal fuerza y forma que se convierten en personalidades independientes. Tenemos entonces otra demostración clásica del inconsciente: la personalidad múltiple. Son conocidos los casos de Morton Prince, de las tres caras de Eva y la peculiar escisión de la personalidad en los estados de trance de los médiums. ¿Acaso no encontramos aquí el alma disfrazada en el inconsciente? Si existen personalidades múltiples, ¿no hablamos, en lenguaje tradicional, de una multiplicidad de almas, o de un alma poseída por demonios, o dividida en partes y en conflicto interno? La disociación de los complejos y su extrema inconsciencia conducen a la creencia en espíritus, a la experiencia de partes de uno mismo proyectadas hacia afuera como fantasmas o personalidades parcialmente reales. De este modo, podemos hablar de un alma atormentada debido a su inconsciencia.

Pero los complejos, como conjuntos de ideas cargadas de sentimiento, pueden abordarse sin necesidad del experimento de asociación, sin las pruebas del detector de mentiras, cuya base fue el experimento de asociación de palabras. Tropezamos con nuestros complejos a diario. El inconsciente siempre está presente. Al entrar en una habitación, vemos a un hombre al que tememos, a alguien a quien le debemos dinero, a una mujer a la que amamos, y todo nuestro habitus, postura y expresión facial cambian. Podemos bloquearnos al recordar un nombre, sonrojarnos o temblar. La voz se reduce a un susurro o se vuelve nasal. Decimos algo que nunca quisimos decir. Estos sucesos nos ocurren sin ninguna intención consciente. En sociedad, estamos constantemente a merced del inconsciente y sus complejos, mientras nos esforzamos por impresionar, intentamos retraernos y hacemos exigencias insensatas. Los complejos rigen en gran medida nuestras reacciones, especialmente las compensatorias e inadecuadas.

Además, ni siquiera necesitamos estar en compañía para tomar consciencia del inconsciente. Nos topamos con él cada vez que nos invade un estado de ánimo. Y los estados de ánimo surgen espontáneamente, cambiando y tejiendo complejidades. Un signo de la activación del inconsciente es el cambio y la fluctuación del estado de ánimo. No solo los arrebatos momentáneos, los ataques de ira, la irritabilidad, las rabietas que nos permitimos delante de nuestros hijos y esposas (y que no les permitimos a ellos), sino que los estados de ánimo del inconsciente rigen las profundas oleadas de cambios de ritmo, los períodos de inflación creativa, de tristeza y apatía prolongadas, de aburrimiento, de monotonía y melancolía. Y cuando intentamos diferenciar el concepto de estado de ánimo y emoción del concepto de inconsciente y, a su vez, del concepto de alma, nos topamos con enormes dificultades, pues desde la antigüedad la noción de emoción y la noción de alma han estado y siguen estando íntimamente conectadas. La búsqueda de la ubicación del alma en el cuerpo siempre se ha confundido con la búsqueda de la sede de las emociones. ¿Por qué están tan íntimamente ligadas la emoción y el alma? Principalmente porque la experiencia del alma y la experiencia de la emoción son similares. Es a través de la emoción que obtenemos una percepción exagerada del alma, del honor, del dolor, de la ansiedad, de nuestra propia persona. En la emoción tomamos consciencia de que no estamos solos en nosotros mismos, de que no controlamos todo nuestro ser, de que hay otra persona, aunque sea un complejo inconsciente, que también tiene algo —a menudo mucho— que decir sobre nuestro comportamiento. Así pues, el descubrimiento del alma a través del inconsciente es una especie de hallazgo a tientas. Nos sumergimos en emociones, estados de ánimo, afectos, y descubrimos una nueva dimensión que, por mucho que deseemos librarnos de ella, nos conduce a las profundidades de nuestro ser.

A medida que uno profundiza en lo esencial de sí mismo, siente que los problemas personales adquieren una dimensión humana general y que las verdades fundamentales sobre uno mismo se vuelven universales, como las afirmaciones teológicas. Parecería que el análisis profundo conduce a un extraño centro oscuro donde resulta difícil diferenciar el inconsciente del alma y de la imagen de Dios.

Es por esta razón, y no por intereses teológicos desviados, que los analistas se involucran tanto en los problemas religiosos. No somos sacerdotes mimados que han perdido su vocación. El alma está tan entrelazada con el inconsciente, y los problemas de la religión son tan vitales para ella, que inevitablemente llegamos a afirmaciones sobre Dios simplemente por ser testigos de los confusos descubrimientos que surgen de Él durante un análisis. Cuando Jung afirma que la psique tiene una función religiosa natural, no está haciendo proselitismo a favor de la religión natural, ni de ningún interés religioso particular, aunque muchos ahora recurran a Jung para apuntalar convicciones vacilantes.

La función religiosa natural es inherente al proceso de análisis mismo. La manera en que el análisis produce un cambio en la persona y la evidencia de este cambio (como “cura”) es asombrosamente similar a los patrones de la religión. Para caracterizar este proceso brevemente: el análisis comienza con la introspección y la purificación personal. Este trabajo prolongado y laberíntico suele conducir a una revelación de la verdad y a una nueva visión de uno mismo, con cambios de actitud expresados a través de un lenguaje de renovación, conversión o renacimiento. Finalmente, esto se afirma en el testimonio y se demuestra en la vida vivida. Por lo tanto, el analista recurre a la religión para comprender adecuadamente los fenómenos en su propio trabajo.

El inconsciente también se manifiesta en síntomas; no solo en síntomas afectivos, de personalidad múltiple o de olvidos y lapsus linguae, no solo en síntomas psicológicos, sino también en síntomas físicos sin fundamento en el sistema orgánico, sin rastro, huella ni causa lógica. Más aún, existen síntomas orgánicamente demostrables, pero denominados psicógenos. Estos, por supuesto, no son causados por la personalidad consciente, no por lo que queramos, sino por la personalidad inconsciente.

Que estos síntomas puedan conducir al descubrimiento del alma ya no es una afirmación sorprendente. Y no me refiero a milagros como los de “Cómo mis dolores de cabeza me llevaron a Dios”. Pero una ocupación prolongada con el sufrimiento, con la encarnación de uno mismo en carne atormentada sin razón aparente, afligida como Job a pesar de ser piadosa en la medida de sus posibilidades, es una experiencia humillante que despierta el alma. Los síntomas humillan; relativizan el ego. Lo hacen caer. La curación de los síntomas puede simplemente restaurar el ego a su antigua posición dominante. La humillación de los síntomas es una de las maneras en que crecemos en humildad, la marca tradicional del alma. Hablamos mucho de humildad, pero decimos poco sobre cómo se alcanza. La humildad no se puede activar, ya que no es un acto del ego. Sin embargo, existe algo así como la humillación positiva, que no es un rechazo, no es masoquista, no es una ruptura, sino que puede ser lo más cercano a la humildad religiosa que jamás conoceremos.

Dado que los síntomas conducen al alma, la curación de los síntomas también puede curar el alma, deshacerse de lo que empieza a manifestarse, al principio torturado y clamando por ayuda, consuelo y amor, pero que no es más que el alma en la neurosis tratando de hacerse oír, tratando de impresionar a la mente estúpida y obstinada: esa mula impotente que insiste en seguir su camino inmutable y obstinado. La reacción adecuada ante un síntoma bien podría ser la bienvenida en lugar de los lamentos y las exigencias de remedios, pues el síntoma es el primer heraldo de una psique que despierta y que no tolerará más abusos. A través del síntoma, la psique exige atención. Atención significa prestar atención, cuidar, brindar un cuidado tierno, así como esperar, hacer una pausa, escuchar. Requiere tiempo y paciencia. Precisamente lo que cada síntoma necesita es tiempo, cuidado tierno y atención. Esta misma actitud es lo que el alma necesita para ser sentida y escuchada. Por eso, no es de extrañar que haga falta una crisis, una enfermedad real, para que alguien relata las experiencias más extraordinarias, como por ejemplo, una nueva percepción del tiempo, de la paciencia y la espera, y, en el lenguaje de la experiencia religiosa, de llegar al centro, de reencontrarse con uno mismo, de soltar y de volver a casa.

Los alquimistas tenían una excelente imagen de la transformación del sufrimiento y el síntoma en un valor del alma. Una meta del proceso alquímico era la perla de gran valor. La perla comienza como una pequeña imperfección, un síntoma o molestia neurótica, un irritante molesto en la carne interior, del que ninguna coraza defensiva puede proteger. Esto se va cubriendo, se trabaja día tras día, hasta que la imperfección se convierte en una perla; sin embargo, aún debe ser extraída de las profundidades y desprendida. Entonces, cuando la imperfección se redime, se luce. Debe lucirse sobre la piel cálida para conservar su brillo: el complejo redimido que una vez causó sufrimiento se expone a la vista pública como una virtud. El tesoro esotérico obtenido mediante el trabajo oculto se convierte en un esplendor exotérico. Deshacerse del síntoma significa deshacerse de la oportunidad de obtener lo que un día puede ser de gran valor, incluso si al principio es un irritante insoportable, humilde y disfrazado.

Pero la principal forma en que nos topamos con el inconsciente, esa vía regia como la llamó Freud, es el sueño. El sueño en sí es un símbolo; es decir, une en sí mismo lo consciente y lo inconsciente, reuniendo lo inconmensurable y lo opuesto. Por un lado, la naturaleza: contenidos y procesos psíquicos naturales, espontáneos, involuntarios y objetivos. Por otro lado, la mente: palabras, imágenes, sentimientos, patrones y estructuras. Es un orden sin sentido, o un desorden estructurado. Cada noche, el inconsciente levanta el puente. Cada mañana, durante un instante mientras aún estamos en el sueño, vivimos el símbolo, lo vivimos, unidos en una realidad existencial, fieles a la vida tal como somos en ese momento. Este estado es difícil de mantener. La presión del día aleja al ego. El polo consciente de la psique suelta su extremo del puente. Nos topamos con nuestros sueños, con demasiada frecuencia solo para apartarlos de un empujón.

La actitud clásica junguiana hacia el sueño se expresa muy bien con un término que tomaría prestado del análisis existencial. (Los existencialistas tienen una habilidad especial con las palabras y a menudo pueden dar un giro y un desarrollo a algo que todos los analistas han estado haciendo durante décadas, generando la emoción de un nuevo descubrimiento). Este término es: «hacerse amigo» del sueño. Participar en él, adentrarse en sus imágenes y atmósferas, querer saber más sobre él, comprenderlo, jugar con él, vivir con él, llevarlo consigo y familiarizarse con él, como se haría con un amigo. A medida que me familiarizo con mis sueños, me familiarizo con mi mundo interior. ¿Quién vive en mí? ¿Qué paisajes internos son míos? ¿Qué es recurrente y, por lo tanto, qué sigue volviendo a residir en mí? Estos son los animales y las personas, los lugares y las preocupaciones, que quieren que les preste atención, que me haga amigo de ellos y me familiarice con ellos. Quieren ser conocidos como lo haría un amigo. Quieren ser cuidados y atendidos. Esta familiaridad, con el tiempo, genera una sensación de pertenencia y unidad con una familia interior que no es otra cosa que parentesco y comunión con uno mismo, un nivel profundo de lo que también puede llamarse “el alma de sangre”. En otras palabras, la conexión interna con el inconsciente conduce nuevamente a un sentido del alma, a una experiencia de vida interior, un lugar donde los significados encuentran su hogar. A medida que aquellas piezas y partes que antes vivían desconectadas se entrelazan, se profundizan y se extienden, ese lugar habitable para la vida religiosa del que hablamos al principio comienza a tomar forma.

El hábito de reflexionar sobre los sueños, que hace habitable el mundo interior, puede comenzar en el seno de la familia. En la mesa del desayuno —además de hablar de lo que ocurre en el colegio o leer las cajas de cereales— se puede mencionar una imagen o un fragmento de un sueño, para que el inconsciente tenga cabida en la familia, de forma abierta y sencilla. No hace falta interpretar el sueño de un niño, ni explicar a todo el mundo por qué soñó esto o aquello. Basta con que el sueño entre en contacto con la vida cotidiana, que la realidad subjetiva del sueño sea admitida, aceptada y valorada en el mundo objetivo de la familia. Las interpretaciones y explicaciones suelen ser racionalizaciones; ¿y por qué hacer que un niño se avergüence de sus sueños, que los considere locos, raros o traviesos?

Los significados que surgen del sueño no pueden ser los que le da la mente del ego. Si solo existiera eso, no habría crecimiento, solo engrandecimiento del ego, una nueva Pax Romana a la que todos los elementos extraños y ajenos deberían someterse. En ningún otro lugar es más apropiado el viejo dicho de que «un poco de conocimiento es peligroso» que en lo que respecta a la interpretación de los sueños. Los consejeros pastorales parecen reconocer esto instintivamente y repiten una y otra vez que «dejan los sueños en paz», como si fueran demasiado profundos, demasiado difíciles, requiriendo conocimientos y formación especiales para su interpretación. Esto es realmente cierto; sin embargo, si el ministro ha de ser pastor de almas, ¿cómo puede ignorar esta voz esencial del alma, considerándola un mensaje apto solo para freudianos, psiquiatras o expertos junguianos? Por lo tanto, debemos abordar el sueño de otra manera, una manera que no sea solo para expertos, un enfoque práctico y sencillo, válido en la mesa del desayuno o en el trabajo parroquial.

Primero, comprendamos que no seguiremos el precepto de Freud: donde estaba el ello, debe estar el yo. Darle a un sueño el significado de la mente racional es simplemente reemplazar el ello por el yo. La interpretación de los sueños se convierte entonces en una especie de excavación y extracción de todo el material de un lado del puente al otro. Es una actitud de querer del inconsciente, usarlo para obtener información, poder y energía, explotándolo en beneficio del yo: hazlo mío, hazlo mío. Esta actitud desintegra el símbolo, que es la unión de las dos partes de la psique. Traduciría el sueño en algo conocido, un signo o una etiqueta. (Esto es un sustituto de la madre; ese animal es tu impulso sexual; esas colinas y valles son una pantalla para tu hogar de la infancia y tus deseos infantiles). Estas interpretaciones racionalizadoras, al intentar reemplazar el ello por el yo, en realidad agotan el inconsciente, reducen su tamaño, lo vacían, actos todos ellos hostiles. Esto no es entablar amistad con el sueño. El sueño, dividido entre contenido irracional y significado racionalizado, se convierte en la psique escindida. El sueño que cada mañana ofrece la oportunidad de sanar nuestra casa dividida se ve vulnerado y nuestras heridas permanecen abiertas, un desorden húmedo y siempre nuevo abajo, un orden seco y siempre nuevo arriba. Entonces el inconsciente se convierte en mi enemigo, al que hay que tratar o propiciar con técnicas analíticas, o bien observar y vigilar desde puntos de vista estratégicos. Pero, sobre todo, hay que despotenciarlo. En efecto, hay situaciones que los sueños reflejarán como un pantano invadido, un pánico animal, un mar en tormenta, una cocina desordenada, donde se requieren aclaraciones racionales y lucidez. Pero lo que más importa es la relación con el sueño, que surge en parte de la actitud hacia él.

La amistad busca mantener la conexión abierta y fluida. Por lo tanto, en este enfoque no interpretativo del sueño, lo primero es dedicarle tiempo y paciencia, sin sacar conclusiones precipitadas ni buscar soluciones. Entablar amistad con el sueño comienza con un simple intento de escucharlo, de plasmar en papel o en un diario de sueños, con sus propias palabras, lo que dice. Se presta especial atención al tono emocional del sueño, al estado de ánimo al despertar, a las reacciones emocionales del soñador, al deleite, al miedo o a la sorpresa. Entablar amistad con el sueño es un enfoque emocional, por lo que se cuida de percibir sus sentimientos, como si se tratara de una persona real con la que se inicia una relación. Luego, se observa qué dice el sueño, de quién habla y dónde se desarrolla la acción. Las escenas oníricas suelen limitarse a unas pocas figuras, frecuentemente cuatrony, por lo tanto, solo se transmite este mensaje específico. Si durante algunas noches aparecen principalmente hombres en mis sueños, sé que algo sucede con mi lado masculino, que estas figuras representan diferentes maneras de ser hombre, que cada una encarna un conjunto especial de características, una complejidad que representa un rasgo destacado de mi propia personalidad. Uno es particularmente ambicioso, otro es un héroe del fútbol con un cuerpo poderoso, un tercero es indistinto y de mirada esquiva. Todas estas son posibilidades abiertas para mí, partes de mí mismo, complejos que pertenecen a mi naturaleza e influyen en mi comportamiento. Mis sueños pueden elevarme a la compañía de la realeza, tenerme en aeropuertos listos para volar y alejarme en cualquier momento, encontrarme en habitaciones de hotel impersonales, ni aquí ni allá, o llevarme deslizándome por pistas de esquí, brillante y congelado sobre mis raíles metálicos. El sueño siempre dice: “Mira dónde estás, con quién estás”. Y cuanto más repetitivos son los motivos, los lugares, las personas, más insiste el sueño en que se le preste atención. ¿Acaso se ignora a un amigo?

Y la historia que cuenta un amigo empieza en algún punto, tiene un desarrollo y llega a su fin, como todas las historias y dramas. Así que escucho atentamente dónde empieza el sueño, pues esto establece la idea principal del mismo, del mismo modo que el tiempo y el lugar se imprimen en el programa del teatro: en la mañana de un día de la infancia, por la noche en la oficina después de que todos se hayan ido y solo quedemos yo y la oficina, en mi dormitorio conyugal. También observo cómo el sueño va construyendo su trama hasta alcanzar un clímax, a veces indicado por la palabra “de repente”; y luego termina en algún punto, bruscamente o desvaneciéndose, o me despierto.

Aunque se necesitan años de práctica para interpretar bien los sueños, ya que es un trabajo de especialistas, un oficio y un arte, no se requiere gran inteligencia ni conocimientos especiales para entablar amistad con un sueño. Siempre podemos dejar que este amigo divague en ensoñación, haciendo girar el sueño, y entonces el observador también puede divagar, asociando y amplificando, recordando incidentes, juegos de palabras, paralelismos con la Biblia, la mitología y el cine. Lo dejo hablar y le hablo, en lugar de analizarlo o interpretarlo. Al hablar con el sueño, uno se dirige a su atmósfera e imágenes y lo anima a seguir contando su historia. Aquí es necesario tener cuidado en todo momento de que se respete la atmósfera del sueño y se les dé validez y dignidad a las imágenes, lo cual se logra mejor con reacciones valientes ante los sueños, como se debe reaccionar con valentía en una amistad. Al animar al sueño a que cuente su historia, le doy la oportunidad de presentar su verdadero mensaje, su tema mítico, y así acercarme a los mitos que operan en mí, a mi historia real, a la historia de mi vida desde dentro, en lugar de mi historial clínico observado desde fuera. Me convierto en mi propio mitólogo, que originalmente significa “narrador de cuentos”.

De esta manera, el consejero pastoral puede comenzar a escuchar los sueños, así como otras historias, en su labor. El relato onírico es simplemente el aspecto interno de la historia externa. A medida que el consejero escucha los sueños, su oído, al igual que el del narrador o el bromista, se agudiza. Así escucharon José y Daniel; sin embargo, el consejero pastoral puede escuchar mejor si renuncia a identificarse con aquellos analistas bíblicos de sueños, lo que significa no ceder a la tentación de dar interpretaciones autorizadas.

Este enfoque no es psicología amateur, porque los sueños no pertenecen exclusivamente al ámbito de la psicología. Antiguamente, se recurría a hombres santos para su interpretación. Pertenecen tanto al hombre de religión como al hombre de psicología, puesto que son “el lenguaje olvidado de Dios”, como lo ha denominado el reverendo John Sanford en un libro del mismo nombre. Sería amateur abordar los sueños con herramientas psicológicas que no se dominan. Sería amateur intentar interpretaciones analíticas sin esa devoción al sueño, esa responsabilidad hacia el inconsciente y ese conocimiento del material simbólico objetivo, que es el contexto de la formación onírica y la ciencia del arte. Dado que el sueño se ha considerado universalmente un mensaje importante, a veces incluso divino, el intérprete debía ser un hombre apartado para manejar los poderes liberados a través de la revelación. Esto no ha cambiado fundamentalmente a pesar de todos los estudios científicos serios sobre los sueños; ni el simple hecho de entablar amistad con el sueño resolverá su oscuro lenguaje y sus perplejidades. El destino continúa anunciándose a través de los sueños y, a veces, se presagia la fatalidad, y muy poco se puede desentrañar. A pesar de todos los enigmas, resulta menos amateur, menos diletante, entablar amistad con el sueño, jugar con él y dejarse llevar por la fantasía, ya que este tipo de exploración lo encuentra en su propio terreno imaginativo y le permite revelarse aún más. Los sueños son parte de la humanidad común y es mejor abordarlos con humanidad común antes de recurrir a técnicas especiales. Cuando el pastor moderno comienza a escucharlos, retoma una parte más de su tarea pastoral: el cuidado de las almas. Cuidar las almas hoy significa cuidar el inconsciente. El pastor puede hacerlo según su propia experiencia arquetípica y a su manera, sin tener que recurrir a los métodos clínicos ni al lenguaje psicopatológico de la psicología.

Si el consejero se ve obligado a elegir entre ser él mismo un aficionado con sueños o derivar a la persona a un psiquiatra para que reciba «ayuda profesional», entonces que se atreva a jugar. El juego puede mantener viva la esencia del alma. El aficionado que sabe que está jugando, es consciente de su ignorancia y confía en que el sueño lo guíe, bien podría causar menos daño que el profesional que tiende a ignorar el sueño —y el alma— en favor de la psicodinámica y los fármacos. Mientras el consejero escuche los sueños, al menos está prestando atención al alma de la persona, aunque no pueda explicar en lenguaje profesional lo que sucede. El consejero pastoral que se siente un aficionado puede consolarse pensando que el sueño es, por naturaleza, un enigma, oscuro, oracular, ridículo, lo que exige de quien intente descifrar su significado una ingenuidad sumamente poco profesional. El aficionado a la psicología, o “amante de la psique”, precisamente por su actitud abiertamente ignorante y humilde hacia el sueño, tiene la oportunidad de afirmar su valor, de reconocer su importancia independientemente del contenido del sueño. Solo con su actitud puede afirmar y reconocer este producto del alma, otorgando así valor e importancia al alma misma, a su función creativa, simbólica e inspiradora. ¿Acaso no es esto una bendición para el alma, pues qué bendición supone para la psique y su sueño —y para el soñador— ser afirmada y reconocida de esta manera?
En los alarmantes sueños de terror, de imágenes horribles y lazos crueles, a menudo olvidamos que el inconsciente refleja la imagen que le mostramos. Es como un espejo. Si huyo, me persigue. Si estoy en lo alto, es un abismo debajo. Si soy demasiado noble, me envía sueños desagradables. Y si le doy la espalda, me atrae y me tienta a girarme y mirar con imágenes seductoras. La brecha entre la consciencia y el inconsciente se estrecha a medida que aprendemos a sentir por él y a entregarnos a él, a medida que aprendemos a convivir con él como con un amigo. La continua inmersión en nuestro mundo interior nos lleva a vivir experiencias dentro de ese mundo, en y para ese mundo. Estas experiencias pueden tener poca o ninguna conexión con la vida exterior o con la vida ideacional. Es decir, puede que no conduzcan inmediatamente a un nuevo proyecto o idea, ni a la solución de un problema matrimonial o laboral. Son experiencias sobre acontecimientos de nuestra propia vida. De hecho, son una renovación de la capacidad de tener experiencias, de ser un ser que experimenta. Las emociones fuertes y la búsqueda de ellas se desvanecen. A medida que crece la capacidad de experimentar y de amar la vida tal como es, necesitamos menos acontecimientos porque tenemos más experiencias. Este crecimiento es el crecimiento del alma, tal como la he descrito: es decir, hace posible el significado, transforma los acontecimientos en experiencias, se comunica a través del amor y tiene una dimensión religiosa.

La preocupación religiosa difiere de la teológica o dogmática, pues esta última implicaría incorporar las experiencias a las posiciones ya establecidas de la vida mental o externa, utilizarlas y ponerlas al servicio de la fe, sometiendo el alma al yugo de la profesión. En cambio, la preocupación religiosa de la psique se manifiesta a través de símbolos espontáneos con representaciones similares en la religión, como la cruz de los opuestos, el niño, el lugar del agua, el viento, el desierto, la arboleda de árboles sagrados; imágenes que aparecen frecuentemente en sueños. O surge de motivos religiosos como la importancia del amor, la lucha contra el mal, la muerte del dragón, el milagro o la curación. La preocupación religiosa también se presenta en forma de intuiciones de inmortalidad, eternidad, metempsicosis y cuestiones sobre la muerte, la vida después de la muerte y el juicio de esta alma: qué le corresponde, dónde está, adónde irá. En otras palabras, la preocupación religiosa es una manifestación espontánea de cada uno de nosotros cuando el alma se reencuentra.

Entonces, el dogma y la teología adquieren también un nuevo significado. Por un lado, las preguntas e imágenes del alma se nutren del trasfondo de la religión tradicional. Por otro lado, una experiencia renovada aporta frescura a la tradición y le confiere nuevos significados como continuación de una religión que se revela constantemente. En otras palabras, la revelación se detiene cuando el alma se pierde y deja de dar experiencia y sentido a los mitos, símbolos, formas y pruebas fundamentales. Para la psicología, el alma es lo primero, y luego la religión. Sin embargo, para la psicología, el alma no alcanza su plenitud sin reconocer su dimensión religiosa.

Quizás no podamos priorizar ni la psicología ni la religión. La perspectiva simbólica de la psicología, surgida de la experiencia del alma, conduce a la percepción de la presencia numinosa y oculta de lo divino, mientras que la creencia en Dios lleva a una visión simbólica de la vida donde el mundo se llena de significado y «signos». Es como si el alma no eligiera entre psicología y religión, pues ambas se entrelazan de forma natural.

En este capítulo he repasado estas demostraciones clásicas del inconsciente para fundamentar, de forma experiencial, empírica o fenomenológica, nuestro derecho a usar la palabra “inconsciente”. Pero, por supuesto, he querido ir más allá. He querido sugerir que, a través del inconsciente, uno también descubre el alma. Surgen patrones, se descubren significados; uno siente una conexión vital con el pasado, el propio pasado y el de su familia y su gente. El propio mito —el del padre, el héroe, el seguidor o el maestro, o el sanador, el pastor, el sirviente, el embaucador— se fusiona con las imágenes simbólicas y míticas de toda la humanidad, y a través de la emoción uno se da cuenta de que las cosas importan, ¡importan muchísimo! Y la elección cuenta. Y lo que hacemos con nosotros mismos, con nuestros cuerpos, nuestros corazones y mentes, cuenta tanto que la valía personal, la dignidad y la importancia de mi propia individualidad, de mi propia persona, crecen con cada nuevo encuentro con el inconsciente. En otras palabras, al experimentar el inconsciente, gano alma. En particular, a través de los sueños, de las fantasías y de la recepción del mundo interior, este ocupa más espacio en mi vida y tiene más peso en mis decisiones; es decir, adquiere una realidad más sustancial.

Además de la realidad familiar de mi actividad mental (mi introspección, preocupaciones, planes, observaciones, reflexiones, proyectos) y la realidad mundana de los objetos, puede surgir un tercer reino, una especie de inconsciente consciente. Es más bien no dirigido, desordenado, no objeto, no sujeto, no una realidad concreta. Sin embargo, no soy yo; es algo que me sucede. No lo considero un proyecto ni una introspección, ni lo conecto inmediatamente con el mundo exterior de los objetos. Es un reino en sí mismo, ni objeto ni sujeto, y a la vez ambos. Esta tercera realidad es una realidad psíquica, un mundo de experiencias, emociones, fantasías, estados de ánimo, visiones, sueños, diálogos, sensaciones físicas, un espacio amplio y abierto, libre y espontáneo, un reino principalmente de “significado”. En estos estados del alma podemos sentir conexión con la naturaleza y con nosotros mismos. Podemos llorar o enfurecernos, dejar que la lujuria nos acompañe, contender con Dios, plantearnos lo inconmensurable y encontrar, sin meditación compulsiva activa, sin rigores severos, sin LSD ni experiencias con drogas, una vida interior que cobra vida. No sé cómo describir mejor la entrada a este tercer reino de la realidad psíquica que se sitúa entre la mente y la materia y que quizás les gobierna de maneras que aún no comprendemos más que recurriendo a Jung. En la práctica, dice, el camino a menudo no consiste en analizar, sino en entrar en el sueño con el paciente y soñar el mito junto a él.

La conclusión a la que llegamos es que el redescubrimiento del alma a través del inconsciente genera inquietudes tanto teológicas como religiosas. La primera surge al intentar formular esta vida religiosa interior, con todas sus complejidades contradictorias, y relacionarla con los dogmas oficiales sobre la naturaleza de Dios; la segunda aparece en la presencia revitalizada del mito interior y el sentido del destino, la sensación de que uno tiene un propósito. Tener un propósito implica un poder trascendente que llama, elige o significa algo para uno, un poder que da sentido. La conexión interior con la propia vida como ritual y con uno mismo como símbolo de la humanidad común remitifica el curso de los acontecimientos, devolviendo la numinosidad a lo mundano.

La conexión interna también nos conecta con el interior de cada persona que encontramos en terapia; el mundo interior de los sueños, las emociones y el sufrimiento es profundamente humano, trágicamente el mismo para todos, independientemente de su nivel educativo, raza o procedencia. La muerte de un hijo, los celos en el amor, las pesadillas, el envejecimiento, el pecado, el remordimiento: todas las imágenes y experiencias de mi alma son imágenes y experiencias de la tuya. Este campo de realidad psíquica, inherente a cada uno, trasciende las diferencias individuales, brindándonos un lenguaje común basado en nuestros patrones de experiencia compartidos. A través de nuestro inconsciente, todos nos conectamos, experimentando nuestra parte de las imágenes y emociones colectivas.

Estas observaciones, extraídas de la práctica, nos llevan a la siguiente conclusión para la teología: el movimiento para desmitificar la religión, para adaptarla a nuestra fría perspectiva racional, es manifiestamente erróneo. Desde este punto de vista, Dios está muerto. El dios muerto es el dios desmitificado, un dios desprovisto de emoción, una invención mental sin realidad psíquica. Tal religión puede resultar más convincente racionalmente para la mente, aunque esto también es dudoso. Pero tal religión no conmoverá el alma, principalmente porque deja de lado el inconsciente, donde reside el alma. ¿Debemos desmitificar la religión para conectar con el hombre moderno? ¿No podríamos optar por la alternativa de involucrarnos con el inconsciente, reconectándolo así con sus mitos? Quizás de esta manera vuelva a encontrarse con su alma y su inquietud religiosa natural.

1 James Hillman, Suicide and the Soul (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2011), 43–47.

En búsqueda. 1. Encuentros humanos y la conexión interior

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Capitulo 1, Human Encounters and the Inner Connection en ‘Insearch, Psychology and Religión’, pp. 15 – 39.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Estar en un mundo humano es vivir en un mundo de humanos, y en cierto sentido, ¿qué ocupa más nuestras vidas que las personas? Desde el principio, emergemos a la consciencia dentro de una red de conexiones humanas que nos involucran incesantemente hasta la muerte. No se trata solo de que el hombre sea un ser social, sino que su naturaleza humana implica una vida de sentimientos y encuentros con los demás. El trabajo, el arte, la naturaleza y las ideas pueden llevarnos consigo por un tiempo, pero pronto volvemos a estar inmersos en la «vida real», y la vida real significa simplemente el ser humano, nosotros mismos y los demás. Aquí nos sentimos responsables. Las cosas podrían haber sido diferentes si hubiéramos sabido más, si hubiéramos sido más conscientes, si hubiéramos comprendido mejor la psicología.

Se recurre al analista o terapeuta cuando los encuentros humanos se vuelven destructivos e insostenibles. Nuestro trabajo parece comenzar con las sombras que se proyectan entre las personas. Se supone que somos especialistas en problemas humanos. Sin embargo, los problemas humanos no son algo que las personas tienen, sino algo que son. El problema en psicología es el individuo mismo, así como yo soy mi propio problema. En nuestro trabajo, el paciente es la enfermedad misma, por lo que la cura nunca será su eliminación, sino el cuidado de la persona que encontramos.

El trabajo psicológico comienza con el encuentro humano. Lo que sabemos y hemos leído, nuestras capacidades intelectuales y de carácter, todo lo que hemos adquirido a través de la formación y la experiencia, nos lleva a este momento. Si el encuentro fracasa, todo se desmorona: dos personas sentadas en dos sillas hablando, intentándolo. Si todo nuestro trabajo comienza aquí, entonces empecemos por intentar esclarecer algunas de las zonas oscuras entre dos personas, especialmente aquellas sombras que impiden la terapia.

La comunicación, el diálogo y las relaciones interpersonales son temas de moda. Abundan las teorías; la proliferación y la escalada académica son males actuales. En cambio, analicemos las facetas de la consejería en el encuentro real. Estas facetas no son tanto algo que ocurre entre personas, sino algo que sucede en el interior de cada individuo. Por lo tanto, si queremos mejorar nuestro trabajo, debemos mirar en nuestro interior. La psicología no puede eludir su origen en el propio psicólogo.

Analistas, consejeros y trabajadores sociales son todos solucionadores de problemas. Buscamos problemas incluso antes de que alguien se siente en la silla de espera: «¿Qué ocurre?», «¿Qué pasa?». La reunión comienza no solo con las proyecciones de quien busca ayuda, sino también con la intención capacitada y organizada del profesional. En análisis, diríamos que la contratransferencia está presente antes de que comience la transferencia. Mis expectativas me acompañan mientras espero que llamen a la puerta.

De hecho, la contratransferencia está presente desde el principio, ya que un llamado inconsciente en mí me impulsa a realizar este trabajo. Puede que lleve conmigo la necesidad de redimir al niño herido, de modo que cada persona que acude a mí en busca de ayuda sea mi propia infancia herida, necesitando que sus heridas sean sanadas con buenos cuidados parentales. O viceversa: puedo seguir siendo el hijo maravilloso que guiaría a su padre o madre fuera de los caminos equivocados de su oscuridad nocturna, brindándoles luz y renovación. Este arquetipo imperfecto de padre-hijo también puede afectarnos, por ejemplo, en la necesidad de corregir, incluso castigar, a los padres, extendiéndose hasta la necesidad de corregir y castigar a toda una generación anterior, sus ideales y valores.

Mis necesidades nunca faltan. No podría hacer este trabajo si no lo necesitara. Pero mis necesidades no son solo mías; en un nivel más profundo, pertenecen a una situación, la reflejan y se manifiestan desde ella, y se corresponden también con las necesidades del otro. Así como la persona que acude a mí me necesita, yo la necesito para expresar mi capacidad de ayudar. El que ayuda y el necesitado, el trabajador social y el caso social, el perdido y el encontrado, siempre van de la mano.

Sin embargo, nos han educado para negar nuestras necesidades. El hombre ideal del protestantismo occidental muestra su “ego fuerte” en la independencia. Necesitar es ser dependiente, débil; necesitar implica sumisión a otro. El análisis de cómo esta actitud afecta al lado más débil y femenino de la persona lo reservaremos para el último capítulo. Pero aquí es necesario señalar que las necesidades y las vocaciones apenas difieren. La vocación tiende a experimentarse como proveniente del exterior de la personalidad, mientras que las necesidades parecen “mías”, surgidas del interior. Negar una vocación es, en efecto, peligroso, pues es una negación de la propia esencia, que es transpersonal. Pero ¿acaso no es igualmente peligrosa la negación de una necesidad? Las necesidades no son solo personales. Tienen un nivel objetivo, de modo que, por ejemplo, la necesidad que siento de estar contigo no es solo mi necesidad personal, sino el requisito objetivo de la relación que tenemos, la voz que pide que se mantenga viva. La necesidad nos hace humanos; si no nos necesitáramos unos a otros, si pudiéramos satisfacer nuestras propias necesidades, no existiría la sociedad humana. Aunque no puedo satisfacer mis propias necesidades, tal vez pueda satisfacer las tuyas. Aunque no me comprendo a mí mismo, puedo ayudarte a comprenderte, así como tú puedes ayudarme a mí. Esta reciprocidad forma parte del uso y la entrega mutuos del amor.

Las necesidades en sí mismas no son dañinas, pero cuando se niegan, se infiltran en la terapia y actúan como exigencias. Un terapeuta puede necesitar instruir y educar, enseñar lo que sabe, porque esto satisface una parte esencial de sí mismo. Evoca su vocación específica. Sin embargo, difícilmente puede exigir que cada persona que acude a él en cada visita lo haga únicamente para recibir instrucción. Su necesidad de enseñar puede tener que encontrar otra satisfacción, de lo contrario, podría convertirse en una exigencia inconsciente para cada persona que acude a él. Si admito mi necesidad de trabajo analítico, puedo exigir menos de quienes acuden a mí. Dado que las exigencias se acumulan cuando no se admiten las necesidades, el reconocimiento subjetivo de mis necesidades, como un hecho de mi humanidad, de mi condición de criatura dependiente, ayudará a evitar que estas mismas necesidades degeneren en exigencias de satisfacción real en el mundo objetivo. Las exigencias piden satisfacción, las necesidades solo requieren expresión.

Además de la necesidad de abordar temas delicados, otro factor clave en este tipo de trabajo es la necesidad de intimidad. No todos tienen predilección por las conversaciones personales y reveladoras. Si desconozco esta necesidad de intimidad y no la cultivo en otros ámbitos de mi vida, puede convertirse en una exigencia para la otra persona, e incluso para mí mismo, lo que me lleva a ser demasiado abierto y personal, transformando la sesión terapéutica en una confesión mutua.

Las figuras dominantes de nuestra cultura pueden influir en nuestro trabajo, de modo que cualquiera de nosotros, dedicado a la enseñanza y la sanación, ya sea dentro o fuera de la iglesia, cristiano o no, puede identificarse con aspectos de la imagen arquetípica de Cristo. Esta identificación puede manifestarse, por ejemplo, en quienes prefieren trabajar especialmente con los marginados, con los delincuentes más problemáticos de los barrios marginales, con los leprosos oprimidos de la sociedad. Pero también se manifiesta en quienes tienen una misión, en quienes se oponen al materialismo y la corrupción, en los antifariseos, los reformadores, los siervos sufrientes, los mártires traicionados, los maestros del amor; en resumen, en casi cualquier persona en nuestro trabajo que se identifique con su espíritu juvenil, porque la imagen de Cristo ofrece el ejemplo perfecto del joven divino.

Pero otras imágenes y aspectos de mi psique pueden afectar mi trabajo: la necesidad de fama y poder, de modo que tiendo a fijarme principalmente en las personas importantes de la comunidad y me convierto en lo que antes se llamaba un «médico de la sociedad»; o la necesidad de la búsqueda científica, de modo que me fascina el caso, los sueños y los síntomas, olvidándome de la persona que es el caso, esos sueños y esos síntomas.

En un encuentro terapéutico, la otra persona puede satisfacer cualquiera de estas necesidades. Por lo tanto, su terapia comienza con la mía, con mi toma de consciencia de las diversas imágenes arquetípicas que me atraviesan y que obligan al otro a desempeñar un papel que quizás no le corresponde. Porque si yo soy padre, él debe ser niño; si soy sanador, él debe estar enfermo; y si yo estoy iluminado, él debe estar ignorante y extraviado. Estas imágenes forman parte del escenario, del telón de fondo en el que, como en un escenario, la otra persona hace su entrada. Claramente, no se trata de una situación abierta; ni puede ser abierta en el sentido de un vacío, una ausencia de influencias arquetípicas. Mis necesidades y mi estilo de trabajo no pueden purificarse mediante una pseudoapertura y un desapego impersonal. Cuanto menos consciente sea de mis necesidades personales y de cómo estas filtran las fuerzas que me atraviesan, más se manifiestan los aspectos arquetípicos de forma directa e impersonal. La terapia se sumerge entonces repentinamente en profundidades infrahumanas y las exigencias se vuelven inhumanas para ambas partes. Nadie puede controlar la psique ni mantener a raya estas fuerzas, pero sí se puede conocerlas de antemano y mantener la humanidad reconociendo desde el principio las necesidades propias. Esto puede implicar, en ocasiones, admitir estas necesidades ante la otra persona, lo cual ayuda a preservar la humanidad.

Además de las influencias que provienen principalmente del trasfondo, de la escena o el escenario inconsciente, hay otra influencia que llega directamente a través de la consciencia. Quiero hacer algo de este encuentro. Quiero ayudar, hacer lo que pueda, conocer, intentar comprender. Quiero que el otro se abra lo mejor que pueda. Quiero darle algo. Sin embargo, querer, obtener, hacer, intentar y dar son acciones intensamente activas. La consciencia, centrada en el ego, como instrumento de la voluntad, es un poder sumamente activo. La consciencia del ego extendería su dominio. Pretende someter a su dominio toda libido libre que no esté sujeta a las reglas de la razón. Debido a su expansividad y a su hambre de someter y dominar lo irracional, se la ha representado clásicamente como un león, como el sol o como un rey. El acto mismo de la consciencia es, como dicen los fenomenólogos, un acto intencional. Organizamos el campo que tenemos delante, le damos estructura, le damos significado. Tenemos una intención. Incluso en nuestros mejores y más nobles momentos, deseamos lograr algo, no perder el tiempo ni desperdiciar el día. Hay una meta: mejorar, alcanzar la claridad, la salud o llegar a Dios, sin importar el camino. Sin embargo, este mismo anhelo constituye el primer obstáculo paradójico. Al intentarlo, nos estancamos. La parábola del tiro con arco zen dice: cuanto más se apunta, más lejos se está del blanco. Es como si el primer paso en este encuentro fuera superar mi ego, un eclipse solar, incluso si se trata de ese mismo sol al que se me ha consultado.

Una solución que conserva la intencionalidad de la consciencia, pero renuncia a su impulso activo se ha denominado el arte de escuchar. Este arte, al igual que la conversación, ha caído en decadencia. Probablemente, la conversación como arte depende, en primer lugar, del arte de escuchar. ¿Cómo escuchar? ¿A qué escuchar? ¿Cuándo no escuchar? Escucharse a uno mismo mientras se escucha al otro. Oír sin escuchar. Hablar solo cuando el otro escucha.

Escuchar quizás no represente un gran problema para teólogos y ministros, ya que se asemeja a la meditación y la oración. La oración se ha descrito como un silencio activo en el que uno escucha atentamente la voz interior, como si no se tratara de pedirle a Dios que se comunique con él, sino de alcanzar tal serenidad que Él pueda hablarnos.

Mucho antes de que existiera la psicología o la consejería en el sentido moderno, antes de que se nos enseñara a “escuchar con el tercer oído”, existía la escucha contemplativa, una consciencia pasiva de lo que está ante nosotros. El científico natural o el pintor se entrega al objeto que tiene delante. Se entrega a él, permitiendo que penetre en su interior. Escucha, perdiendo su intensa subjetividad en el objeto, convirtiéndose él mismo en un objeto entre objetos sin la intención voluntaria de la consciencia del ego, registrando objetivamente lo que sucede. Para sentir la naturaleza de la escucha, debemos distinguir entre el ego y la consciencia. Mientras el ego se identifique con la consciencia, mientras toda la luz de la psique se concentre y se dirija hacia ella, será experimentada por quien la reciba como una fuerza activa, incluso quizás agresiva. Entonces, esa persona encenderá su propia luz. Las dos luces se buscarán mutuamente, brillo contra brillo, un deslumbrante poder. Este tipo de encuentro es bastante familiar. Pero el ego puede separarse de la consciencia, así como el ojo y la mano son órganos distintos del oído, cada uno con su propia función y aportando su propia contribución a la consciencia. El oído discrimina entre lo dado. Una consciencia receptiva puede crecer a través del órgano del oído, del mismo modo que una consciencia activa se desarrolla a través de la mano. El oído no puede llegar a ninguna parte, no puede crear nada, no puede hacer daño a nadie. Recibimos al otro como si fuera música, escuchando el ritmo y la cadencia de su relato, sus repeticiones temáticas y sus disonancias. Aquí nos convertimos en mitólogos de la psique, es decir, estudiantes de los relatos del alma, ya que mitología significa originalmente “narración”. Si el alma es un acorde, solo el oído puede revelarlo. El oído es la parte femenina de la cabeza; es la consciencia que ofrece la máxima atención con la mínima intención. Recibimos al otro a través del oído, a través de la parte femenina de nosotros mismos, concibiendo y gestando una nueva solución a su problema solo después de haber sido completamente penetrados por él, de haber sentido su impacto y de haberlo dejado reposar en silencio.

Esta escucha, este permitir que el otro se manifieste a su manera, este dejar en lugar de intentar, puede conducir a lo que en el análisis junguiano se denomina “infección psíquica”. Este es otro de los riesgos de un encuentro. Donde hay una conexión real y las puertas están abiertas, dos psiques fluyen juntas. Se habla de un “encuentro de almas”. En este momento, al asumir al otro como propio, se pierde la noción de quién es quién, qué es tuyo y qué es mío. Puede convertirse en una locura compartida. Con razón nos aferramos al ego; su intensidad dirigida es la primera defensa contra tal infección, pues el ego nos mantiene intactos, incontaminados, con las lentes limpias. Sin embargo, el ego, a pesar de su valor como guardián, no es el terapeuta. La sanación proviene de nuestro lado desprotegido, de donde somos necios y vulnerables. Esto se expresa en la idea del sanador herido, que sana a través de sus propias heridas, o necesidades o vocación. Una herida es una abertura en las paredes, un pasaje a través del cual podemos infectarnos y también a través del cual afectamos a los demás. Las flechas del amor hieren y sanan, y son un llamado. La compasión no emana del ego. Sin embargo, si no se atienden diariamente las heridas abiertas, pueden infectarse y afectar a toda una personalidad. Una vez más, me veré obligado a prestar atención a mis propios sufrimientos y necesidades si quiero servir a los demás.

De entre todos los obstáculos que se interponen en cualquier encuentro, la curiosidad merece una mención especial. No me refiero a la curiosidad morbosa o pervertida, de la que todos tenemos nuestra parte como parte del mal o pecado original, sin el cual es inconcebible nuestra existencia. La curiosidad no es solo escoptofilia sublimada o voyeurismo, la lujuria de vivir indirectamente a través de la suciedad y las emociones ajenas. Cualquiera que trabaje en un entorno que implique privacidad debe aceptar esta faceta de su naturaleza. La curiosidad puede ser, en efecto, simplemente un olfato para el chisme, surgido de la vida no vivida y de la vida vivida a través de otros.

Pero la curiosidad también es una falla más profunda. Para San Bernardo de Claraval, cuyo “nosce te ipsum” (conócete a ti mismo) describe la disciplina espiritual del autoconocimiento, el primer paso para desviarse del camino no fue el orgullo, ni la pereza, ni la lujuria, sino la curiosidad. San Bernardo habla principalmente de su poder destructivo para uno mismo, del daño que la mente curiosa puede causar a la paz del alma y a la iluminación espiritual. El ego, con su luz, intenta desenterrar causas en recovecos ocultos de la personalidad, busca recuerdos detallados de la infancia y fomenta dulces sesiones de introspección silenciosa. Sentimos curiosidad por saber quiénes somos y cómo llegamos a ser así, mientras que la actitud religiosa reconocería desde el principio que somos criaturas de Dios y que somos lo que somos gracias a su propósito obrando en el alma, y no a accidentes de la crianza y las circunstancias. Interpretada en términos de psicología profunda, la cautela de San Bernardo significa permitir que el inconsciente se manifieste a su manera y a su propio ritmo, sin intentar reconstruir de forma curiosa un historial clínico como explicación a la pregunta «¿Por qué?».

De igual modo, con respecto a la persona sentada en la otra silla, la curiosidad despierta curiosidad en el otro. Entonces, comienza a verse a sí mismo como un objeto, a juzgarse bueno o malo, a encontrar fallas y culpar a otros por ellas, a desarrollar más superyó y yo a expensas de la simple consciencia, a verse como un caso con una etiqueta de libro de texto, a considerarse un problema en lugar de sentirse como un alma.

En la práctica, la curiosidad se manifiesta en preguntas. Me preguntan: «¿Otras personas tienen sueños así?». O alguien lee a Klein, Horney o Fromm para averiguar cómo otras escuelas abordarían el mismo problema. A esto se le suele llamar «intelectualización», pero en realidad es un problema de sentimientos. La curiosidad surge de la duda y la incertidumbre; uno necesita encontrar a otros que confirmen su experiencia en lugar de confiar en sí mismo. La curiosidad destruye la confianza en el analista o terapeuta mediante comparaciones constantes, intentando distanciarse de la situación y juzgarla, decidir sobre ella, desde un supuesto punto de vista objetivo. El punto de vista objetivo es un lugar en la ladera de la montaña donde uno se encuentra fuera del torbellino de sentimientos. Pero hay tanta objetividad sumergida en el centro de la rueda giratoria como la que existe desde lo alto, mirando hacia abajo.

La curiosidad no solo persigue y acosa; importuna y se aferra como un bulldog. Una vez que algunos secretos han salido a la luz y se han confesado, no es necesario volver a mencionarlos una y otra vez, convirtiéndolos en pilares de una psicopatología. El objetivo de la confesión es la purificación; lo que se lava, desaparece, arrastrado por el río hacia un mar lejano. El inconsciente puede absorber nuestros pecados. Les permite descansar, brindándonos la sensación de autoperdón. La curiosidad quiere descubrir qué hacen ahora los pecados: ¿han desaparecido realmente? ¿No hay algo más? De esta manera, la curiosidad no permite que un complejo se marchite. En cambio, lo alimenta, aportándole nuevas posibilidades, aumentando la culpa. Nada puede desviar más un encuentro —y bajo la ilusión de descubrimientos terapéuticos progresivos— que cuando una persona dominada por el impulso de confesar escrupulosamente cae en manos de un terapeuta de curiosidad insaciable. La curiosidad es introversión negativa, estrecha en su introspección en lugar de abiertamente contemplativa. Así, La Nube del No Saber, obra anónima del misticismo cristiano del siglo XIV, considera la curiosidad como parte de la actividad y no propia de la vida contemplativa, es decir, de la actitud del oyente. Asimismo, el gran director espiritual, el arzobispo Fenélon (1651-1715), en sus Cartas Espirituales, declara que la curiosidad es una hiperactividad. Describe cómo se desarrolla la conversación entre dos personas sentadas en dos sillas. En resumen, considera necesario recurrir a alguien de vez en cuando (un confesor, un consejero, un analista). Esa persona, el consejero, según Fenélon, no necesita tener una conducta especialmente buena, no necesita ser un dechado moral ni un hombre ejemplar, pero sí habría aquietado su mente curiosa e inquisitiva.

Las formas modernas de curiosidad se manifiestan claramente en el análisis, especialmente cuando se presta mucha atención a la psicodinámica. Este tipo de análisis ya sea que se centre en la primera infancia o en las reacciones de transferencia, se basa en la indagación y la curiosidad, como si las profundidades del alma solo pudieran penetrarse mediante la curiosidad. Entonces encontramos el rastreo interminable de asociaciones, la deducción de mecanismos y los diagnósticos que conducen al uso amateur del lenguaje clínico como pasatiempo popular (los epítetos «neurótico», «paranoico», «maníaco»). ¿Quién puede comprender a otra persona? ¿Quién puede comprenderse a sí mismo? ¿Quién puede aumentar su estatura con una introspección inquietante? Solo Dios puede conocernos, pero este conocimiento seguramente no es el resultado de que Él nos haya comprendido, de que nos haya resuelto como un rompecabezas. Especialmente engañosa es la noción de que si reunimos asiduamente los detalles de un caso podemos reconstruir el misterio de una persona. Los detalles de los accidentes de la vida, a menos que sean representativamente simbólicos, nunca son esenciales para el alma. Solo forman parte de su desorden colectivo y trivialidades periféricas, no de su sustancia individual. La persona que acude a terapia busca liberarse de la opresión de los accidentes, encontrar la verdad al salir de las banalidades que él mismo reconoce como tales, pero en las que está obsesivamente atrapado. La tarea en este punto consiste en dar un salto cualitativo hacia lo desconocido, en lugar de indagar en los fragmentos para encontrar un patrón. ¡Cuánto tiempo dedican las personas mayores a sus reflexiones y memorias, y qué poco patrón pueden descubrir después de toda una vida! Cuanto más tiempo y mejor se conoce a otra persona, como en un análisis profundo que se extiende a lo largo de los años, menos se puede afirmar con certeza sobre la verdadera raíz del problema, puesto que la verdadera raíz es siempre la persona misma, y la persona no es ni una enfermedad ni un problema, sino un misterio fundamentalmente insoluble.

La curiosidad en la psicología actual se manifiesta también en las pruebas psicológicas. Existen miles de pruebas psicológicas estandarizadas y con derechos de autor, y hay profesionales que se ganan la vida con su uso. Para ellos, la curiosidad se ha convertido en una técnica refinada y una buena fuente de ingresos. La realización de pruebas es un trabajo profesional respetado; incluso hay doctorados en curiosidad. Las pruebas intentan tratar la psique o el alma como un rompecabezas que se puede resolver, desarmar, armar, contar, etiquetar y conocer. Las pruebas nos hacen sentir curiosidad por nosotros mismos, por nuestros rasgos y tendencias. Además de hacernos competitivos, nos sacan de nosotros mismos como sujetos que experimentan, dividiéndonos en observador y objeto. Una pregunta exige una respuesta; el sujeto exige un objeto. La curiosidad no une. Genera dudas y corroe la autoconfianza, mi fe en mí mismo. Cuando me evalúa otra persona, la mesa, el bloc de notas y las preguntas quedan entre nosotros. No hay conexión, no hay encuentro.

La consejería pastoral no está necesariamente exenta de los efectos de la psicología de los tests, pues cuando un ministro entrevista a alguien con una actitud propia de este tipo de psicología, cuando pide datos sobre su escuela, trabajo y vida sexual, cuando intenta tabular resultados o calificar los logros de otra persona, su escaso conocimiento psicológico se convierte en algo peligroso.

El análisis psicodinámico y la psicología de los tests son solo dos ejemplos de cómo la curiosidad ha influido en nuestro trabajo hoy en día. Existe otro: el análisis del comportamiento o el microanálisis de la comunicación. Este método graba, e incluso filma o visualiza a través de espejos unidireccionales, una reunión entre dos personas para analizarla, para descubrir qué sucede y qué falla. Cada gesto, postura, inflexión, pausa e interrupción se estudia en busca de las pistas que revela. De esta manera, se puede hacer consciente gran parte del inconsciente. Alguien que me observe en busca de mis debilidades y escuche mi forma de hablar en lugar de lo que digo, detectará mucha evidencia de hábitos inconscientes para mí y podrá decirme mucho sobre la forma en que expreso la ansiedad y comunico la incertidumbre a otra persona. No siempre somos conscientes de que tendemos a apretar los pulgares dentro de los puños, a fruncir el ceño con preocupación o a sentarnos encorvados con desinterés.

Todos estos métodos actuales para conocer al otro, que utilizan la curiosidad a través de análisis psicodinámicos, pruebas proyectivas o grabaciones, se nos han impuesto recientemente a quienes nos dedicamos a los problemas humanos como herramientas para nuestro trabajo. Pero ¿acaso el conocimiento obtenido a costa de separar aún más al observador y al observado, y de separar al individuo de sí mismo, ayuda al cuidado o la sanación de las almas? ¿Y qué parte de este conocimiento puede ser comprendida e integrada por la personalidad en desarrollo, cuyo sufrimiento forma parte de su crecimiento? Podríamos preguntarnos por qué han surgido estos métodos y si no son más bien sustitutos de la conexión humana inmediata y vulnerable. Es como si nos hubiéramos aislado tanto y atrapado en nuestras defensas del ego que se hubiera tenido que inventar todo un aparato de espionaje psicológico para comunicarnos entre las torres de nuestros castillos interiores. La ciudad y la nación divididas contra sí mismas son un símbolo de nuestros tiempos, y donde no hay conexión humana a través del muro entre Oriente y Occidente o Norte y Sur, proliferan los sistemas de espionaje basados en la curiosidad. “¡Cuidado!”, “¡Mira a tu alrededor!” se convierten en las palabras en lugar de “¡Escucha y presta atención!”.

Todos los métodos de exploración mental bloquean el encuentro de mentes. Donde logran traspasar las defensas, solo consiguen provocar alarmas que refuerzan la seguridad. La espontaneidad y el relato libre y desenfrenado se ven frenados. La propia descripción de uno mismo se vuelve fría e inerte, pues toda emoción se reprime para no delatarse.

En otras palabras, el primer obstáculo para conocer a otra persona es el deseo de conocerla. Aquí es donde mis necesidades me ayudan. Si mi necesidad de ser analista o terapeuta está genuinamente arraigada en mi ser, como una vocación a ser quien soy, parte de mi propia realización personal, puedo expresar esa necesidad de plenitud sin invadir profesionalmente el ámbito del otro. Mis preguntas, entonces, no surgirán de la curiosidad, ni mi conocimiento derivará de la observación distante. Más bien, mis preguntas forman parte de mi propia búsqueda para explorar la naturaleza humana, incluyéndome a mí mismo. Este tipo de preguntas no tienen respuestas; pero sí provocan reacciones. Y estas reacciones son un movimiento espontáneo de ambos hacia la esencia del asunto en cuestión. La curiosidad por los hechos y los detalles cede ante la contemplación abierta de lo que es, tal como se presenta. Al abandonar las técnicas de interrogatorio, quien pregunta libera a quien responde de la identificación con sus respuestas, atrapado en su historial clínico, en su vida accidental, culpable por lo que ha dicho. La entrevista, liberada del modelo inquisitivo, se transforma en un encuentro.

Prudens quaestio dimidium scientiae. La pregunta imprudente que surge de la curiosidad no solo infringe el secreto y la dignidad y el mundo interior de una persona, sino que también rompe la distancia. Todos los animales tienen un sentido natural de la distancia. Cuando los pájaros se posan en un cable telegráfico o las gaviotas en la barandilla de un muelle, se sientan a cierta distancia unas de otras. Cuando un gato callejero se agazapa en una pared al pasar yo, se queda fijo observando hasta que llego a una cierta línea invisible, entonces sale disparado. Los animales de circo se entrenan mediante la manipulación de la distancia psíquica. Los leones entran en la arena uno por uno y se sientan cada uno en su taburete, no demasiado cerca unos de otros. Si el entrenador se acerca demasiado con su látigo o silla, que son extensiones de sí mismo, desencadena la reacción de lucha o huida en el animal. Este debe huir de su posición o golpear con la pata y gruñir. Una señal de que un animal está siendo domesticado es la disminución gradual de su distancia natural. El animal demuestra confianza cuando permite que otro animal o entrenador supere su «distancia crítica» y se acerque cada vez más sin la reacción instintiva de huida o lucha.

En el encuentro entre humanos, operan los mismos patrones animales. A lo largo de la civilización, hemos logrado separar la distancia física de la psicológica. Podemos estar en un ascensor lleno de gente o ser examinados desnudos por un médico sin sentir que nuestra distancia psicológica se ve invadida. Contamos con defensas psicológicas que nos protegen. Sin embargo, en un encuentro entre dos personas, las profundas reacciones de distancia natural siguen afectando la conexión. El problema de la distancia, de hasta qué punto acercarse, surge en cada encuentro. Algunas personas a las que se les aplica el término histeria parecen acercarse demasiado pronto. Otras, llamadas esquizoides, parecen distantes incluso al describir sus sentimientos. En una situación donde uno se precipita con pruebas, entrevistas o solicitudes de confesión, la distancia natural puede fracturarse fácilmente, desencadenando la reacción de lucha o huida. Tras una entrevista, la persona no regresa. Incapaz de luchar, ha huido.

Cada persona tiene su propio espacio; además, no se puede esperar que un problema fundamental se manifieste por completo hasta que haya espacio para él. Un problema fundamental es una confusión dolorosa. Parece llenar toda la vida de una persona, siendo de enorme peso, dejando ramificaciones y vínculos a lo largo de su desarrollo. No tiene principio ni fin, y no se puede abordar a menos que se le haya concedido un amplio espacio psíquico. Asimismo, se mantiene en un espacio psicológico propio, caracterizado por una tensión atmosférica, un estado de ánimo depresivo o nervioso, de amargura o anhelo. Nadie puede abordar un problema fundamental si no se adentra y vive dentro de esta atmósfera en la que se encuentra.

Si alguien se distancia de sus problemas y lo demuestra describiéndolos con claridad, utilizando categorías diagnósticas y relatando libremente incidentes traumáticos, por regla general se ha omitido una parte esencial, la clave misma de todo. Dado que los problemas psicológicos no son algo que las personas tienen, sino algo que son, no es raro trabajar con ellas durante muchas semanas —incluso hasta un año— antes de acercarse a la verdadera raíz del problema, a la razón por la que acudieron a terapia.

Cuando los grandes felinos del circo entran en la jaula, se siguen unos a otros según sentimientos de simpatía y antipatía. Algunos leones no seguirán a otros, algunos se aliarán con otros en una lucha, algunos se identificarán con el más fuerte o con el domador. La relevancia de esto en el trabajo grupal es evidente. En todos los casos, el domador ocupa primero la jaula; es su espacio y los leones lo reconocen. Así también, el analista o terapeuta llega primero a su oficina, es su habitación, su espacio. El tigre ocupa su nueva jaula en el zoológico orinando en todos sus rincones. Deja su huella en los límites de su espacio existencial. El analista o terapeuta coloca sus pequeños objetos, cuelga sus fichas en las paredes, pinta la carpintería de su color favorito.

Al recibir a una persona en mi consulta, el patrón animal de la jaula se encuentra justo debajo de la superficie. El arbusto es un mundo de territorios con patrones según los olores, entrecruzados por huellas, organizados en jerarquías. Solo puede haber espacio en mi consulta para otro si yo le hago sitio, si dejo de ocupar el espacio suficiente para que el otro pueda entrar, no disuelto ante mi poder y autoridad, sino encerrado en su propia atmósfera. Para que la otra persona se abra y hable, se requiere un retiro del terapeuta. Debo retirarme para hacerle sitio. Llamar a esto terapia centrada en el cliente no es suficiente, pues mientras él sea el cliente y sea mi consulta, nunca es el centro, y sus proyecciones de transferencia sobre el terapeuta lo mantienen seguro de su inferioridad. Este retiro, en lugar de salir al encuentro del otro, es un acto intenso de concentración, cuyo modelo se encuentra en la doctrina mística judía del Tzimtzum. Dios, omnipresente y omnipotente, estaba en todas partes. Llenó el universo con su Ser. ¿Cómo, entonces, pudo surgir la creación? No mediante la emanación, es decir, Dios surgiendo de Sí mismo, pues no habría espacio, y si lo hubiera, implicaría una imperfección de Dios, un lugar vacío donde Él no estaba. Por lo tanto, Dios tuvo que crear mediante la retracción; creó lo que no era Él, lo otro, mediante la autocontracción, la autoconcentración. De esta doctrina surgieron numerosas especulaciones místicas sobre el esplendor oculto de Dios y sus paralelismos para el hombre místico, quien, mediante la intensificación, la retracción y el exilio del mundo exterior, contribuye a la creación. En el plano humano, la retracción de uno mismo ayuda al otro a llegar a existir.

San Juan de la Cruz plantea la paradoja de la distancia simplemente como sin arrimo y con arrimo (acercarse sin acercarse).

Mientras que el analista solo se reúne excepcionalmente con su paciente fuera de su consultorio, y el médico realiza visitas a domicilio cada vez con menos frecuencia, el pastor tiene la oportunidad única de entrar en el hogar y desempeñar su función pastoral en el entorno natural de su feligrés. Las conversaciones que tienen lugar durante una «visita» del pastor —si puede llamar por teléfono a un miembro de la congregación si está preocupado por él, si debe visitar a una mujer cuando su esposo está trabajando y ella está sola, si se debe permitir la entrada de los niños o no—, en resumen, toda la cuestión de gestionar el problema espacial de la conexión humana puede considerarse mejor como una cuestión de actitud que de técnica. Bajo la influencia de la psicoterapia y el modelo médico del analista, los pastores tienden cada vez más a ver a sus feligreses con problemas en sus estudios («guaridas», «refugios», «retiros»). Esto solo los aísla aún más de sus feligreses, convirtiéndolos prácticamente en pacientes, debido a la ansiedad del pastor por manejar la conexión humana en el lugar donde se desarrolla la acción. El pastor tiene la oportunidad única de entrar en el hogar, en la familia misma, donde el alma atraviesa sus tormentos. La tradición de la pastoral demuestra que el pastor no solo puede, sino que debe hacer visitas. El pastor cuida de su rebaño; su perro sigue a los extraviados, está atento a cualquier problema y olfatea todo. Esto es posible si el pastor comprende la distancia y no se siente reducido ni subyugado al entrar en el espacio del otro.

Mantener la distancia alude a la naturaleza del secreto y al respeto que este exige. [1] El alma no solo guarda secretos, sino que es en sí misma un secreto; o, dicho de otro modo, la reacción de lucha o huida en el ser humano protege su verdad psicológica más vital. Su alma está en juego, al igual que el animal siente su vida amenazada. Por supuesto, los secretos mal guardados actúan como venenos, y la psique anhela ser purificada de ellos mediante la confesión. Pero no toda vida secreta es patológica, ni toda vergüenza y timidez debidas a pecados. Los secretos compartidos generan confianza, y la confianza atenúa el problema de la distancia que provoca la reacción de lucha o huida. No es de extrañar que no exista la psicoterapia breve en la que el alma esté plenamente involucrada.

La distancia se confunde a menudo con la frialdad, al igual que la cercanía con la calidez. ¡Todos deseamos ser personas cálidas, cariñosas y abiertas! La acusación de frialdad es una de las más difíciles de aceptar, y es muy común; sin embargo, muchas veces no se trata de que el consejero o terapeuta sea frío, sino de que mantiene la distancia, se repliega sobre sí mismo. Esto tiene varios efectos en la otra persona. Principalmente, la presenta como «otra», como diferente, separada, con el dolor de ser ella misma, sola. Si la otra persona es del sexo opuesto, mi distancia enfatiza la diferencia entre nosotros, que se simboliza en su forma más básica como polaridad sexual. La distancia nos crea como hombre y mujer; la fusión nos hace ambos o ninguno. Así pues, naturalmente, la polaridad se experimenta como atracción o repulsión y nos vemos atrapados por el fenómeno de la transferencia. Surge la emoción y comienza una terapia profunda. En segundo lugar, mi distancia le da a la otra persona la oportunidad de salir, de tender un puente, de manifestar sus propios sentimientos y emociones extrovertidas, aunque solo sea a través del llanto silencioso. En tercer lugar, fomenta la dignidad y el respeto por los problemas. Nada le da más espacio al alma que el silencio; no puede oírse por encima del ruido. Esto puede sonar solemne y piadoso, y cualquier actitud, ya sea con bata médica, cuello clerical o barba analítica, puede ser malinterpretada. Pero, sobre todo, no queremos despertar miedo, y siempre existe un miedo tremendo —una reacción de lucha o huida— cuando se trata del alma. El peligro de su pérdida, de su daño, de ser engañada, mal aconsejada, juzgada, condenada: todo esto está presente durante el encuentro terapéutico. Y es principalmente en el miedo y a partir del miedo que se nos busca. El miedo puede proyectarse sobre nosotros, de modo que representamos al inconsciente como una amenaza y un enemigo. Dado que solo el “amor perfecto expulsa el miedo”, este debe, al menos, estar ausente del entorno terapéutico hasta que el amor pueda igualar su poder. Mientras el miedo esté presente, el espacio de la consejería puede considerarse mejor como un templo reservado o témenos, un santuario permisivo que ofrece refugio del miedo. El amor activo no puede redimir del miedo, mientras que la quietud, la frescura, la oscuridad y la paciencia pueden proporcionar la cueva en la que esconderse hasta que termine la noche. Primero refugio, solo después el fuego que calienta y da luz. El amor activo no puede redimir del miedo ya que el núcleo más profundo del miedo —como coinciden observadores religiosos y psicológicos— es el miedo al amor mismo. Las imperfecciones del amor, sufridas durante tanto tiempo desde la infancia, han llevado a este miedo en el que el amor yace oculto, un complejo de sensibilidad desgarradora. Tocar este complejo incluso con una consejería amorosa puede ser terapéutico solo cuando el miedo disminuye y solo cuando proviene de alguien cuyo amor es «perfecto» —sea cual sea el significado de eso—. Solo ese amor expulsa el miedo, pero ese amor no es obra nuestra, no es nuestra creación. Está más allá del contacto directo de la consejería que yace en su sombra; como si cada encuentro humano estuviera bajo el ala de la paloma, como si la sombra de todo consejo fuera la oscuridad del amor.

Los teólogos aprovechan cada oportunidad para afirmar que Dios es Amor. Los analistas dedican gran parte de su tiempo a escribir sobre aspectos del amor en la familia, la sexualidad y la transferencia. ¿Por qué debemos predicar y escribir tanto sobre el amor si siempre estamos inmersos en él de una u otra forma? ¿Por qué es tan necesario afirmar que la mayor de las virtudes es el amor y por qué es tan necesario demostrar que las neurosis son imperfecciones y vicisitudes del amor? Si el amor es tan ontológicamente fundamental para la teología y la psicología, ¿por qué no podemos simplemente dejarlo ser? ¿Por qué no surge espontáneamente y por qué no somos conscientes de su absoluta y sencilla simplicidad, como lo somos de otros fundamentos ontológicos que simplemente suceden? Si el amor es la esencia del hombre y de Dios, ¿de dónde provienen los impedimentos? ¿Por qué su oscuridad? ¿Por qué los terribles problemas del amor?

Este tipo de preguntas no tienen respuesta; sin embargo, la experiencia analítica nos revela algo sobre por qué amar es tan difícil y por qué la distancia, el secreto y la frialdad pueden ser necesarios. Ofrecen protección contra el amor, y contra las heridas que este causa. Los mitos dicen que el amor se experimenta a través de la flecha de Eros. En Platón, es un frenesí divino, una manía. El amor de Jesús lo llevó a la cruz.

El encuentro humano es difícil porque conduce a esa experiencia hiriente, a esa manía, a ese agotamiento de lo meramente humano. A distancia, separados por técnicas de entrevista, es más difícil alcanzarnos y tocarnos; las flechas pueden fallar. La curiosidad excluye al corazón. En un grupo, no somos tan fácilmente señalados, elegidos, encontrados. A solas, no hay ojos que se encuentren con los míos. Pero en el encuentro humano de dos personas sentadas en dos sillas, nos encontramos ante una situación primaria de amor. A solas en una habitación, cara a cara, en secreto, con el alma al descubierto, el futuro en juego: ¿acaso esto no configura la experiencia arquetípica del amor humano? Profundizamos en nuestra comprensión al denominar peyorativamente la experiencia como “proyección” o al denigrarla como “transferencia”. Dos personas comprometidas entre sí y con el curso de su participación en los sufrimientos de la psique son a la vez experimentadas por la fuerza arquetípica del amor. Esta fuerza es aún mayor cuando, a través de sus encuentros, esperan crear una nueva vida como resultado de su unión. Es bueno tener presente esta realidad desde el principio, como un hecho inherente a la situación; de lo contrario, podría sorprendernos y caer en ella. Podemos enamorarnos sin importar el sexo, la edad ni las circunstancias. Entonces, conviene recordar el Cantar de los Cantares: “Os ruego que no provoquéis ni despertéis el amor hasta que él quiera”.

El amor no nos agrada hasta que logramos sobrellevarlo, y no podemos hacerlo mientras sea un afecto en lugar de un estado del ser. El amor como estado del ser, tal como lo describe Tillich, pertenece quizás al ámbito de la teología. En psicoanálisis, solemos encontrar el amor como un afecto, un tohubohu emocional. Y en terapia, el amor se asemeja más al afecto del psicoanálisis que al estado del ser que enseñaban Paul, Nygren y Tillich en la escuela teológica.

Los opuestos del deseo y la introspección, de la acción y el ser, se reflejan en dos tradiciones amorosas contrapuestas, que, para simplificar, podemos denominar oriental y occidental. Aferrarse únicamente a la profundidad y la introspección del amor es quietista. De alguna manera, es inhumano; niega la realidad viva del objeto de anhelo al convertirlo, como una imagen, en un amor entendido como un estado del ser que se entierra en su interior. Por otro lado, la caridad occidental, con su acercamiento, sus programas de Cristo en acción y la Iglesia al servicio de la comunidad, su movimiento y misión, pronto agota el pozo, un gesto vano que golpea el aire. Si la profundidad sin acción es inhumana y la acción sin profundidad, insensatez, entonces la solución a la escisión entre estas dos antiguas nociones del amor —como deseo o como estado del ser— puede depender del analista o consejero individual: de su capacidad para conectar en su interior su impulso a la acción extravertida con sus profundidades introvertidas. Estos dos movimientos opuestos conforman la cruz individual del amor, vista desde una perspectiva psicológica. Para encontrar el equilibrio, puede que tenga que sacrificar una u otra dirección por un tiempo. Quizás logre alcanzar la plenitud del amor simplemente siguiendo el impulso a la acción, viviendo el amor al máximo como una emoción, renunciando a todo lo que he aprendido sobre que tal amor no es auténtico, sino solo una manía y un trastorno. O tal vez tenga que renunciar a una implicación profunda para recuperar el amor, aun sabiendo que este distanciamiento traiciona mi compromiso personal.

En general, nuestro peligro en la terapia y el análisis radica en tener un eje interno demasiado limitado para abarcar la amplitud de nuestras profundas experiencias. Ciertamente, puedo amar con intensidad hacia afuera, pero si la conexión vertical con el fundamento de mi ser interior, con mi amor propio, hacia mí mismo, por mí mismo, aún no se ha formado, habré despertado un amor que no puede satisfacer. Todos los temas que hemos tratado hasta ahora giran en torno a este punto: el encuentro humano depende de una conexión interna. Para conectar contigo, necesito conectar conmigo mismo.

Si no estoy conectado conmigo mismo y llegas y tiendes un puente sobre la distancia que nos separa, puede que me lance a cruzar por el poder de la atracción (magnificado por la falta de arraigo interior) para caer en tus brazos y perder mi identidad; o puede que entre en pánico ante tu invasión. La conexión humana es, sin duda, un encuentro extrovertido, y la comunicación entre las personas une a través del intercambio, en el sentido de las relaciones interpersonales. Pero también existe la relación intrapersonal, la conexión vertical hacia abajo dentro de cada individuo. Si he establecido este eje, estoy presente con mis sentimientos, escuchando, abierto a mí mismo dentro de mí a lo que venga, anclado, enraizado, un pivote fijo y giratorio que ninguna luz de hadas lejana puede arrebatar. Desde fuera, esto puede parecer retraído, distante, poco curioso, cerrado y frío; sin embargo, esto puede ser solo la reacción a la acción horizontal del encuentro. Además, al retirarme hacia abajo, te permito más espacio para expresarte.

Además, dos personas conectadas internamente también se comunican entre sí. Dos personas pueden estar en el mismo estado psicológico, consteladas por el mismo estado del alma, en comunión sin compartirlo demostrativamente. La comunión no es solo comunicación. La conexión interna es el contacto que dos personas pueden tener entre sí desde dentro, desde abajo; porque si estoy conectado a este momento tal como es, también estoy abierto y conectado contigo. El fundamento de estar en las profundidades no es solo mi fundamento personal; es el apoyo universal de cada uno, al que cada uno accede a través de una conexión interna. Nos encontramos tanto al reflejar el inconsciente colectivo como al expresarnos en comunicaciones personales. La sanación se produce de la misma manera, dependiendo no tanto de mi efecto en ti o tu efecto en mí, sino del efecto de momentos críticos, eventos arquetípicos, que brotan desde dentro y se reflejan en nuestro encuentro. En cada uno de esos momentos se expresa alguna necesidad del alma humana común, y mis necesidades y las tuyas se reflejan y se satisfacen sin un intercambio intenso a nivel personal. Así, las crisis sanan precisamente porque nos llevan más allá de las comunicaciones personales y las condolencias, hacia el acontecimiento arquetípicamente significativo. Sorprendentemente, uno se encuentra inmerso en un paralelismo bíblico: conspirando por la primogenitura, arrojado a un pozo por hermanos envidiosos, enfrentando a una hija con su madre; o una ballena esperando para engullir a alguien sumido en la depresión nocturna, y las esposas de Rahab y Potifar acudiendo a su llamada. Sumergidas repentinamente en este nivel del momento impersonal, irrepetible y único, el punto de inflexión en la encrucijada, dos personas se encuentran juntas experimentando el acontecimiento, tratando juntas de darle sentido.

Así como la comunión de este tipo difiere de la comunicación, la intimidad difiere de la comunidad. El intento de restablecer la comunidad cristiana a través de grupos —con todos sus logros, que no me corresponde cuestionar— quizás fracase en lo que respecta a la intimidad. Aquí, el análisis sigue señalando el camino. En la intimidad, soy íntimo ante todo conmigo mismo, permitiéndome sentir lo que siento, fantasear con lo que fantaseo, escuchar mi voz interior fiel a la realidad. A través de esta conexión interior puedo experimentar vergüenza, miseria y también nuevos placeres. Puedo llegar a conocerme revelándome a mí mismo. En un análisis, la intimidad crece entre dos personas menos a través de la conexión horizontal que a través de las conexiones verticales paralelas de cada uno consigo mismo. Cada uno escucha tanto el efecto del otro en su interior y estas reacciones internas como al otro mismo. Cada uno acoge al otro. Cada uno se encuentra con el otro también en sus propios sueños y fantasías. A partir de esta intimidad, de este conocimiento interior, puede crecer la comunidad, a medida que algunos analistas amplían sus relaciones analíticas a grupos y amistades. Pero el núcleo sigue siendo la intimidad desarrollada dentro del análisis. Que el ministro programe la intimidad, esperándola como resultado del compartir y la participación en la comunidad, es presuponer que el movimiento vertical es una consecuencia de la relación entre las personas. La intimidad forzada, en grupos, por ejemplo, suele llevar a ocultar aún más aquellas partes del alma que solo pueden compartirse cuando dos o tres personas se reúnen, no una multitud.

Si el encuentro humano despierta el amor como fuerza arquetípica, entonces el consejero se alegrará de las barreras que surgen naturalmente entre las personas, pues son defensas espontáneas. No las crea el ego; son más bien las formas en que el desarrollo de la psique se protege con timidez y secretismo, con distancia y frialdad, con reserva y dignidad, hasta que establece el eje vertical interno, esa conexión humana que debe equilibrar la conexión externa en desarrollo entre los seres humanos. Solo cuando esto existe, cuando este acceso a mi amor propio tal como soy me llena de fe en mí mismo tal como soy y de esperanza en mí mismo tal como soy, puede haber un encuentro en el sentido numinoso de la palabra. Solo entonces hay alguien allí, alguien con acceso a su propia vitalidad, a través de quien las reacciones resuenan y la sensibilidad responde, todo está presente, sin huida ni lucha, ni curiosidad.

El descenso hacia el interior nos ocupará especialmente en el próximo capítulo, donde la realidad del inconsciente será el tema central. El encuentro humano, como primer nivel del trabajo terapéutico, conduce a la conexión interna entre el terapeuta y la persona que recibe la terapia. Esta conexión interna también nos lleva al problema general de lo que hay «dentro», es decir, la naturaleza del inconsciente. Las páginas restantes explorarán este espacio interior.

 1 El lector podría remitirse a los esclarecedores párrafos de C.G. Jung sobre el secreto en su autobiografía Memorias, sueños, reflexión, ed. A. Jaffé; trad. R. y C. Winston (Nueva York: Random House, 1961), pág. 315 y siguientes, y también a “El secreto médico y el misterio analítico”, el último capítulo de mi Suicidio y el alma (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2011).

LOS HOMBRES QUE ODIAN A LAS MUJERES

Logos del alma

En los últimos años ha sido notorio, bajo diversas formas discursivas, una constelación de narrativas que buscan dar cuenta del malestar masculino contemporáneo. Espacios como la llamada “manosfera” o la cultura incel ya no parecen ser comunidades marginales ni fenómenos aislados, sino expresiones puntuales de una experiencia más amplia que atraviesa la relación de los hombres con su propia masculinidad. En ellas, el vinculo entre el hombre y la mujer aparece profundamente tensionado, organizado en torno a una lógica de exclusión, resentimiento y sospecha que no logra resolverse en el nivel de las relaciones concretas. La mujer, en esos discursos, es colocada en un lugar ambiguo y problemático, donde al mismo tiempo es una promesa de sentido y causa de su imposibilidad, deseada y rechazada, idealizada y degradada, al parecer, sujeta a una representación arquetípica.

Sin embargo, reducir este fenómeno a una cuestión ideológica o moral implicaría permanecer en la superficie de aquello que se intenta pensar. Lo que en estas narrativas se expresa es una postura frente al otro, pero de forma más profunda se trata de la manifestación de una transformación en la estructura de la experiencia misma, donde el sujeto, enfrentado a exigencias culturales que no puede realizar, se ve empujado a reorganizar su relación con el mundo bajo formas cada vez más abstractas y rígidas. Este ensayo no busca explicar ni juzgar estas posiciones, el propósito es interrogar a las condiciones psicológicas que las hace posibles, mostrando cómo en ellas se revela una dificultad anímica, la imposibilidad contemporánea de sostener las imágenes que organizaban el vínculo, y el modo en que, en ese vacío, la figura de la mujer es llamada a ocupar un lugar que ningún ser humano puede soportar.

I. El odio como liberación fallida del vínculo

El odio es un fenómeno propio de la relación; allí donde hay vínculo, este no tarda en hacerse presente y destrozar las almas y los cuerpos de quienes, en otro momento, fueron cercanos. Pero el odio no debe pensarse únicamente como una reacción directa frente a un otro concreto, como si se tratara de un simple conflicto entre personas. Allí donde ocurre, lo hace como la imposibilidad de hacer consciente un determinado orden de nociones que, sin haber sido elegidas, han llegado a constituir el horizonte mismo de la experiencia. Estas ideas se imponen como exigencias omnipresentes que organizan la vida desde una instancia abrumadora, produciendo tensión entre lo que se vive y aquello que, sin poder realizarse, continúa exigiendo realización.

En la experiencia clínica, el enojo aparece con frecuencia como la primera forma en que esta tensión se vuelve perceptible. Se dirige inicialmente hacia un otro y parece responder a una ofensa claramente delimitada, pero pronto se vuelve evidente que, en realidad, emerge como una necesidad de separación que aún no ha encontrado su objeto verdadero. Lo que se intenta alejar con el enojo no es a dos sujetos, sino a un sujeto de un conjunto de configuraciones psíquicas que han llegado a sentirse asfixiantes. Se trata de imágenes y nociones cuyo núcleo de significado ha sido vaciado, pero que persisten como estructuras que continúan organizando las expectativas, el deseo y la valoración de la propia existencia.

Esta imposibilidad de sostener las imágenes no conduce a su disolución. La psique no abandona con facilidad aquello que la ha constituido. Incluso cuando el contenido ha perdido su credibilidad, la forma permanece operante y el vacío que ha dejado el sentido es ocupado inmediatamente por una exigencia aún más intensa. En este punto, el sujeto queda suspendido en una relación contradictoria con sus propias ideas: no puede creer en ellas, pero tampoco puede desprenderse de su influencia. La tensión se acumula sin poder resolverse y se apodera del espacio que otrora le pertenecía al vínculo. Es ahí, donde el padre furioso golpea, donde el reproche de los esposos se expresa airoso o donde el puñal se clava en el cuerpo del prójimo; en esas escenas el enojo se ha vuelto una presencia ineludible, pero aún no se convierte en odio.

Es en el exceso y la repetición donde el enojo comienza a desplazarse. Aquello que no puede ser reconocido como conflicto interior busca una forma de representarse en el mundo. No porque el mundo lo origine, sino porque ofrece la posibilidad de que lo informe adquiera figura. El odio hacia un objeto alivia momentáneamente la tensión inherente a los vínculos, que se puede sentir como angustia, un conflicto sin representación. El objeto odiado funciona, entonces, como un chivo expiatorio que aglomera la hostilidad y le proporciona una justificación fuera de sí misma. Se odia para desplazar la destructividad fuera de uno mismo, hacia lo externo, hacia el dominio de la sombra.

Pero la sombra es siempre el otro de uno mismo, la herida que aparece en el punto en que esta operación proyectiva se vuelve posible, como superficie de inscripción. En ella se depositan las exigencias que no pueden ser sostenidas, las promesas incumplidas de una forma de vida que no ha podido realizarse, las expectativas que han devenido opresión. No se trata todavía de una sombra concreta, es una figura que condensa el peso de una totalidad invisible. Este momento pertenece a la lógica del anima que permanece adherida a sí misma, en espera de la llegada del Hades depredador, que tiene que ser terrible porque en él yace la negatividad que pertenece al anima misma, como su propio otro.

La relación que se establece a partir de este desplazamiento es un compromiso ideológico con una idea cargada de significado. El odio no surge, por tanto, de un encuentro fallido, lo hace de la necesidad de sostener, en la exterioridad, aquello que no ha podido ser transformado en el interior. Al fijarse en una figura, el conflicto adquiere una forma que permite su confrontación, pero al mismo tiempo asegura su persistencia, pues aquello que se combate no es reconocido como propio, sino vivido como una imposición ajena que debe ser rechazada y depositada en un otro literal, quien aprisiona en su concreción, la semilla dialéctica que debe ser ocultada.

De este modo, el odio reorganiza el vínculo bajo una forma negativa. Donde no ha sido posible diferenciarse de las propias imágenes y nociones, se produce una identificación invertida con ellas, en la que el sujeto permanece ligado a aquello que rechaza. La figura odiada conserva, bajo la forma de la negación, la finalidad que antes ejercían las imágenes en el interior; sigue siendo el lugar donde se lleva a cabo la relación con aquello que sobrepasa, determina y oprime. La separación buscada nunca se realiza; se transforma en una distancia aparente que encubre una dependencia aún más profunda.

En este sentido, quien odia no se encuentra ante lo odiado, sino ante la forma en que su propio mundo psíquico ha sido configurado y posteriormente proyectado. Lo que se rechaza es una estructura de sentido que no ha podido ser elaborada y que se ha objetivado en un grupo, una idea o una persona concreta. Siempre una literalidad. El odio aparece entonces como una tentativa fallida de diferenciación que, al no poder consumarse en el interior, se despliega en el mundo buscando un espacio de satisfacción, fijando al sujeto en aquello mismo de lo que intenta separarse. Por eso, quien odia se somete a la figura que desprecia, pues al intentar huir de ella, la ha entronizado como una idealidad de la cual ya no podrá desprenderse.

II. La exigencia de una forma imposible de lo masculino

Si el odio no se dirige primariamente a un otro y constituye, más bien, el intento fallido de separarse de un orden de imágenes que oprime al sujeto, entonces se vuelve necesario interrogar la procedencia de dichas imágenes, su lógica interna y la forma en que han llegado a adquirir tal poder de determinación sobre la experiencia. No se trata de contenidos arbitrarios ni de simples construcciones individuales; son configuraciones históricas que organizan la vida psíquica desde una dimensión que excede al individuo, inscribiéndolo en una economía simbólica que define de antemano aquello que debe ser deseado, alcanzado y encarnado.

En el caso de lo masculino, estas imágenes se articulan en torno a una forma ideal que, aun cuando ha perdido su anclaje en las condiciones materiales que le dieron origen, continúa operando como medida de valor. La figura del hombre autosuficiente, capaz de imponerse sobre su entorno, de acceder al reconocimiento social y de garantizar su posición a través del éxito económico y sexual, persiste como exigencia incluso allí donde su realización se ha vuelto estructuralmente improbable. La cultura no ha abandonado este ideal; lo ha intensificado en el mismo movimiento en que ha erosionado las condiciones que lo hacían posible.

La consecuencia de esta escisión es el continuo sentimiento de impotencia, a causa del profundo desajuste entre la vida y su representación. El sujeto se enfrenta a la dificultad de alcanzar un objetivo imposible que, sin embargo, continúa definiendo su valor. La distancia entre lo que se es y lo que se debería ser adquiere la forma de una falta constitutiva que atraviesa la totalidad de la experiencia masculina. Es entonces que el hombre fracasa, inevitablemente, en constituirse como un hombre, en el sentido en que las exigencias de la cultura estipulan su rol social y su identidad de genero.

Esta condición no permanece en el nivel de la conciencia como un juicio explícito; se infiltra en la estructura misma del vínculo. La relación con el otro deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en un campo donde se construye la validación o la exclusión respecto de ese ideal. La mirada ajena tiene aquí un carácter decisivo como un espejo tiránico que reproduce las expectativas culturales. Ser visto, ser elegido, ser reconocido: estas experiencias adquieren la forma de momentos en los que el sujeto cree poder suturar la fractura que lo constituye.

Es en este punto donde la figura femenina comienza a adquirir centralidad, como una idea en la que el hombre parece encontrar su resolución o su confirmación definitiva. La mujer aparece imbuida con la capacidad de validar o negar el acceso a la forma ideal de lo masculino, no porque posea en sí misma ese poder, sino porque la estructura simbólica ha depositado en ella la encomienda de encarnar el reconocimiento que el sujeto no puede otorgarse por sí mismo. Su elección, entonces, es experimentada como juicio.

Bajo estas condiciones, los múltiples obstáculos para acceder al ideal masculino no se viven como acontecimientos limitados por las condiciones socio-económicas; en cambio se imaginan como la evidencia de una imposibilidad dolorosa inherente al objeto deseado. No solo no se es elegido por una persona, una mujer concreta; se trata de no ser elegido en absoluto, de quedar excluido de la forma misma en que el valor es distribuido. La experiencia se desplaza, entonces, desde el plano de lo general (una realidad percibida como injusta, que no permite que el sujeto alcance su ideal), hacia aquello que simboliza su deseo (la mujer como encarnación de lo femenino).

La emergencia de comunidades que organizan su discurso en torno a esta experiencia hace explícita una estructura inconsciente. En ellas, la imposibilidad individual es reinterpretada como una ley general, y la frustración adquiere un lenguaje que le permite sostenerse sin transformarse. La mujer, en este contexto, se convierte en el punto de condensación de todas las tensiones y frustraciones; encarna la promesa inaccesible de la vida misma, la falta inherente al ser. La oscilación entre idealización y desprecio es la expresión de la misma forma de identidad masculina que no logra resolverse.

De este modo, el odio encuentra una nueva justificación. Aparece como una respuesta aparentemente coherente a un orden percibido como injusto. Sin embargo, esta coherencia es ilusoria, pues aquello que se denuncia como imposición externa reproduce, sin ser reconocido, el mismo sistema de imágenes e ideas del que el sujeto no ha podido separarse. La crítica no alcanza el nivel en que dichas imágenes se organizan; permanece atrapada en su lógica, invirtiendo sus signos sin alterar un ápice de su dinámica.

Así, la figura femenina queda fijada en una posición imposible. Debe, al mismo tiempo, representar el ideal que el sujeto no puede realizar y cargar con la culpa de su inaccesibilidad. Se convierte en el lugar donde ocurre una contradicción que no le pertenece, en el soporte de un imperativo que no ha sido elaborada. No se la concibe como un otro que sufre de manera humana; se la experimenta como un rol determinado dentro de un sistema que la precede y que la usa como figura arquetípica, como una diosa terrible que juega con el deseo de los hombres.

En esta fijación, el movimiento iniciado en el odio como tentativa de separación se detiene y se invierte. Lo que debía permitir una diferenciación respecto de las imágenes que oprimen, termina por reforzarlas, otorgándoles una presencia aún más concreta y una eficacia mayor. El sujeto no se libera de ellas; las encarna en el mundo, asegurando así su persistencia. La imposibilidad de habitar la forma ideal de lo masculino conduce a su literalización, y en ese endurecimiento el vínculo queda definitivamente capturado en una estructura que no permite ni el encuentro ni la separación. El hombre no puede acceder a “la mujer” ya no solamente por las cuestiones fundamentales de la sociedad y de la economía o por limitaciones personales, sino porque su propia ideología, que se supone debería resolver la encrucijada, la ha convertido en un objeto ideal e inalcanzable.

Excurso: El ideal masculino en la pornografía

Hay un discurso cultural que ejemplifica el ideal masculino, es la pornografía. Aparece como uno de los espacios donde esta operación alcanza su expresión más nítida. Superficialmente es un conjunto de imágenes destinadas al consumo, pero en esencia es un dispositivo simbólico que organiza una representación específica del vínculo, del deseo y del valor, demostrando en su forma aquello que la cultura exige de manera difusa a los hombres y a las mujeres y que se impone por diversos medios discursivos como el amor romántico o el ideal de productividad capitalista.

En este escenario, el hombre como sujeto, en sentido pleno, es reducido a la función que debe encarnar. Su cuerpo ya no es un cuerpo, es un instrumento de producción, es la materialización de una exigencia ideal que lo compara constantemente con aquello que debería ser. La erección permanente, sostenida más allá de toda temporalidad orgánica, se convierte en el signo visible de una productividad ilimitada, es la prueba de una potencia que no admite interrupción ni fracaso. No hay allí espacio para la fatiga o la ambivalencia; todo se organiza en torno a la exigencia de rendimiento. El hombre-falo, cuyo cuerpo debe expresar siempre potencia, es absorbido por una dinámica desgastante e insostenible.

Esta forma de erección priápica expresa con precisión la lógica que atraviesa la construcción contemporánea de lo masculino. El hombre es aquello que puede sostener su cometido sin negatividad, que puede responder sin dilación al deseo del Otro. La sexualidad queda subsumida bajo la lógica de la productividad, donde el cuerpo es la superficie donde se inscribe el mandato de cumplir. En lenguaje cotidiano se denomina “cumplir” al hecho de que el hombre lleve a cabo su tarea simbólica, de satisfacer y producir. Pero, tal parece, que aquello a lo que se satisface no es una persona, sino un ideal, y de manera más precisa un esquema cultural que sostiene la propia valoración masculina. Capitalismo y patriarcado, son denominaciones que este gran Otro ha recibido a lo largo del tiempo.

La mujer, en este contexto, es, también, una figura capturada por una función, aunque de naturaleza receptiva. Ella encarna el lugar del reconocimiento, el punto donde la acción masculina adquiere sentido. Su cuerpo y su expresión se convierten en el índice de validación de la potencia del hombre. Es la figura del Otro ante el cual el sujeto debe responder, el lugar donde yace la confirmación o la negación de su hombría.

La estructura visual de la pornografía hace evidente esta disposición. La mirada no se organiza en torno al hombre, ni se detiene en su experiencia, en su interioridad o en su goce. El centro de la escena es el placer femenino, la expresión de su cuerpo, el gesto de su rostro, la progresión de una satisfacción que debe ser verificable y culminante. El orgasmo femenino adquiere el carácter de evidencia de que la labor ha sido cumplida. La secuencia se orienta hacia ese punto como si en él se resolviera la totalidad del vínculo.

El placer del hombre queda subordinado a esta lógica y pierde su centralidad, se convierte en un momento secundario producto de la operación realizada. De este modo, la sexualidad masculina es absorbida por el afán de validación externa en la que el sujeto mide su masculinidad en torno a la satisfacción femenina (de ahí la pregunta cliché: “¿te gustó?”). El sujeto define su hombría en la complacencia de una expectativa externa.

Lo que en apariencia podría interpretarse como una centralidad de lo femenino, no obstante, revela que la mujer tampoco ocupa el lugar de sujeto del deseo; en cambio, es el soporte donde el deseo masculino se evalúa a sí mismo. Su placer no le pertenece completamente, funciona como signo dentro de una economía que lo excede. El hombre, por su parte, no accede a ella como un otro que goza, se enfrenta a un aparato moral que lo juzga a través de su respuesta. Ni uno de los dos es realmente dueño de su goce.

La pornografía no constituye un exceso marginal de la cultura, más bien condensa la estructura que organiza el vínculo contemporáneo. La imposibilidad de alcanzar la forma ideal de lo masculino persiste en esa representación sin resto y sin límite. El resultado es la repetición insatisfactoria y frustrante de una sexualidad productiva. Como una pesadilla donde el soñante nunca puede alcanzar el ideal añorado (en este caso, la masculinidad deseada) y queda atrapado en la compulsión repetitiva.

Así, la pornografía aparece como un espacio donde el conflicto descrito refuerza su propia narrativa. El ideal masculino, despojado de toda mediación, se presenta en su forma más literal y frustrante. No hay en ello encuentro, ni relación en sentido verdadero; solo hay una idea inconsciente que exige ser alimentada y que, al hacerlo, captura tanto al hombre como a la mujer en un circuito donde el vínculo queda subordinado a la necesidad de demostrar la potencia que nunca será suficiente.

III. La mujer como figura del mundo y su escisión arquetípica

La imposibilidad del ideal masculino se experimenta como una falta primordial del individuo, ante la cual la figura femenina deja de aparecer como una presencia concreta y condensa una función arquetípica. La mujer se vuelve el lugar donde el mundo adquiere forma visible. En ella se reúnen las determinaciones económicas, el orden simbólico y la ley que distribuye el valor. La mujer se confunde, entonces, con aquello que organiza la totalidad de la experiencia; ahí lo femenino ideal y la mujer concreta dejan de ser dos dimensiones distintas y se perciben como una única forma abstracta.

Así, la mujer es investida con una imagen que no le pertenece, pero que organiza la experiencia del sujeto como si fuera real. Su presencia adquiere el peso de una instancia que parece decidir el destino mismo de la existencia. En esta situación, ella es elevada como figura de salvación, como aquello que, al ser alcanzado, restablecería la unidad perdida. Pero esa misma figura, incapaz de sostener el peso que se le impone, se invierte y se degrada. La mujer se transfigura entonces en principio de corrupción que distribuye arbitraria e injustamente el valor. Ambas imágenes son polaridades de la misma noción y en ambas la mujer queda reducida a la actividad de representar aquello que sobrepasa su posición como humana-demasiado-humana.

Esta forma de proyección es un remanente de la historia de las imágenes del alma, donde lo femenino aparece una y otra vez como el cuenco vacío en el que la consciencia deposita la forma de su relación con la realidad. Con la debida distancia histórica, este fenómeno puede observarse en figuras como la Pistis Sophia, donde lo femenino se identifica con la sabiduría degradada, como principio desgajado de su origen cuya restauración promete la redención del mundo. Es la imagen de una totalidad perdida que debe ser recuperada. O en los relatos míticos más antiguos, como el de Tiamat, la gran madre que es desmembrada para que el mundo pueda existir; lo femenino es asumido como materia primordial sacrificada, como el caos fundamental sobre el cual se erige el orden civilizatorio.

En otros momentos, la relación adopta la forma del rescate. La princesa de los cuento, por ejemplo, es aquello que debe ser alcanzado para que el trayecto del héroe adquiera sentido. Del mismo modo, Helena de Troya se convierte en botín de guerra, en un objeto cuyo valor desencadena conflictos y ordena el destino aciago de los héroes. Lo femenino queda subordinado a la función de encarnar aquello que justifica la lucha y la destrucción.

Por otra parte, la pureza inaccesible encuentra su expresión en la doncella medieval, cuya significación depende de su intangibilidad, y en la figura contemporánea de la virgen, convertida en un fetiche moral, la “mujer si pasado”. Aquí lo femenino es elevado a una forma que no puede ser tocada sin perder su valor, un ideal que se sostiene precisamente en su distancia respecto de lo real. Pero esta misma distancia prepara su inversión. Allí donde lo femenino no puede ser alcanzado, se torna en amenaza. Figuras como Medea o Yocasta encarnan una maternidad que devora y con-funde, que destruye el orden que debía sostener. Las brujas, perseguidas y aniquiladas, concentran en su figura el temor hacia un poder femenino que no puede ser controlado, hacia una alteridad que desborda las categorías establecidas.

En la contemporaneidad, esta genealogía se aglutina en figuras aparentemente nuevas que repiten el resabio de la antigua función femenina bajo otras formas. La mujer hipergámica aparece como la encarnación de un deseo que selecciona y distribuye el valor de la masculinidad, ella decide quien se considera un verdadero hombre. El ideal materno, por su parte, persiste como una añoranza silenciosa de cuidado absoluto, que debe sostener sin fisura la vida de otros. Estas imágenes no describen a las mujeres; organizan la forma en que el sujeto se relaciona con el mundo a través de ellas.

Lo femenino, en todas estas configuraciones, funciona como una superficie de proyección, un recipiente vacío que recibe las formas que el alma no puede sostener por sí misma. En ese recipiente se depositan la redención y la caída, la pureza y la corrupción, la vida y la destrucción. Cada figura imaginal no versa sobre la mujer real, revela la forma en que el sujeto experimenta el mundo. Por eso una figura como Maria podía «guardar todas estas cosas, meditándolas en su corazón» y dar a luz la verdad de su tiempo.

Pero la mujer no es el mundo, es solo una persona cuya necesidad individual, en la modernidad, exige la diferenciación respecto de los modelos culturales con los que se identifica. En otros momentos históricos, la coincidencia entre la representación y el sujeto podía sostenerse como ideal; en la actualidad, esta identificación se vuelve opresiva. La caída del horizonte metafísico ha disuelto la posibilidad de habitar esas imágenes sin resto. El sujeto ha sido expulsado de la unidad simbólica que antes lo sostenía, y en ese desplazamiento la identificación con el ideal es una forma de fijación en imágenes simbólicas obsoletas.

La polarización contemporánea entre la mujer ideal y la mujer devoradora es la reactivación degradada de esta larga tradición imaginal. Lo que antes podía sostenerse como tensión simbólica aparece ahora como oposición rígida. La mujer es, al mismo tiempo, aquello que promete redención y lo que confirma su imposibilidad. En esta escisión, lo femenino es retraído hacia su raíz arquetípica en la gran madre, fuente primaria de vida y también de destrucción y muerte.

De este modo, la mujer queda inscrita como abstracción y como soporte de una escisión que no le pertenece y que no puede sostener, especialmente en una época donde el sujeto ha sido expulsado del manto metafísico del cosmos. En ella, se concentra la relación del sujeto con aquello que aún añora, y ese anhelo imposible se convierte en fuente de enojo y frustración, al no poder mantener el vínculo, perdido, con la unidad añorada bajo la forma de la validación. En ese proceso idealizante el conflicto se repite bajo formas cada vez más rígidas y desgastantes.

IV. El ideal del sujeto autosuficiente y la negación de la sombra

El ideal contemporáneo de lo masculino es la expresión psicológica de una forma histórica más amplia, que organiza al sujeto bajo la lógica del rendimiento, el control y la autosuficiencia. El hombre ese concibe como una unidad cerrada, capaz de dominar su entorno, de regular sus afectos y de responder sin fisura a las exigencias que se le imponen. En esta figura, la interioridad deja de ser un espacio de conflicto y profundidad para convertirse en un mecanismo que debe funcionar sin interferencias. El sujeto ideal es aquel que no se detiene, que no duda y que no es atravesado por fuerzas que escapen a su dominio.

Esta expectativa corresponde a la imagen del sujeto capitalista, un individuo que debe funcionar como agente productivo constante, como entidad autónoma que no depende de nada que no pueda gestionar. La emocionalidad, la vulnerabilidad, la ambivalencia y todo aquello que introduce opacidad en la experiencia es percibido como un obstáculo para su idealidad. Aquí la sombra en lugar de ser integrada, es excluida junto con todo rastro de negatividad. El inconsciente tampoco es reconocido como dimensión constitutiva; sus manifestaciones son negadas en favor de una identidad que se pretende transparente para sí misma.

Esta exclusión, sin embargo, no elimina aquello que se intenta suprimir, porque lo que no es reconocido en su interioridad retorna bajo otra forma. La figura de la mujer se convierte, entonces, en el lugar donde reaparece aquello que el ideal masculino ha debido rechazar para sostenerse. En ella ocurre el retorno de lo reprimido en el proyecto del hombre individualista: la dependencia, la necesidad de reconocimiento, la vulnerabilidad frente al deseo y la imposibilidad de control absoluto.

Lo femenino, aquí, es objeto de deseo, campo de conflicto y, sobre todo, encarnación de la negatividad que el sujeto no puede asumir como propia. Ella, como idea, representa una instancia que desestabiliza la posición de un hombre que ha intentado constituirse sin inconsciente. Deviene el lugar donde se concentra aquello que desmiente la fantasía de autosuficiencia. Su existencia introduce una alteridad que no puede ser absorbida sin que el ideal se rompa. Justo donde el sujeto pretende ser completo, lo femenino introduce la evidencia de su incompletud, y por ello se vuelve amenazante.

Esta dinámica produce el efecto de que aquello que en el interior se vive como amenaza (la dependencia, la necesidad, la falta) es experimentado como imposición externa. Pero, paradójicamente, el deseo femenino es lo que valida la masculinidad del hombre y, al mismo tiempo, aquello que él más teme. Este doble vínculo intensifica la frustración y el enojo, pues se intenta realizar algo que contradice la posición desde la cual se realiza. El hombre busca penetrar en lo femenino, pero teme ser inseminado por aquello mismo que ha depositado en esa figura.

La identidad masculina, organizada bajo este ideal, queda despojada de profundidad, incapaz de sostener la ambivalencia. Todo aquello que no encaja en la imagen de control debe ser eliminado o proyectado. El resultado, por supuesto, es la fragilidad estructural de su identidad. Al no poder reconocer su propia sombra, el sujeto queda expuesto a ella en cada encuentro, obligado a confrontarla bajo formas que no puede integrar.

El odio hacia la mujer es una forma de protección; un intento de preservar la coherencia de una identidad que no puede mantener en su propia contradicción. Al fijar la negatividad en la figura femenina, el sujeto mantiene la ilusión de control, de unidad, de autosuficiencia. Pero esta actuación tiene el costo de atar al individuo a aquello que rechaza, y lo obliga a repetir la misma confrontación sin poder resolverla.

Así, el hombre organizado bajo la lógica capitalista pretende excluir aquello que retorna constantemente, desbordando los límites de la identidad que intenta vanamente construir. La mujer, por su parte, es convertida en portadora de esa negatividad y queda atrapada en una atribución que le es ajena, mientras el sujeto masculino permanece encerrado en un discurso que le impide reconocer que aquello que combate fuera de sí constituye, en realidad, la condición misma de su existencia. Tal vez ahí radica el núcleo de lo que, tanto el hombre como la mujer experimentan como opresión de genero.

V. La caída de las imágenes y la imposibilidad del vínculo

El conflicto entre el hombre y la idea de la mujer debe comprenderse en la transformación radical de la consciencia que dio paso a la modernidad y dejó atrás la contención en las imágenes metafísicas que daban cobijo y orientación al ser humano. El hombre moderno ya no habita el mundo simbólico que dio forma a las figuras del alma durante siglo; ha sido expulsado de ese horizonte en el que las imágenes no eran representaciones, sino la realidad realmente vivida. Lo femenino, en tanto figura del mundo, podía ser encarnado naturalmente y sostenido como ideal. Pero, en la actualidad, esa coincidencia ha desaparecido. Las imágenes persisten, aunque han perdido su fundamento; continúan funcionando como exigencias, y ya no pueden ser asumidas como la verdad del alma.

Esta ruptura no ha eliminado, sin embargo, la necesidad de la imagen. El sujeto no puede orientarse sin formas que organicen su experiencia, ni prescindir de esquemas imaginales que den sentido a su existencia. Pero en la medida en que éstas han quedado vaciadas de su contenido metafísico, su aplicación se vuelve compleja. El sujeto, desnudo metafísicamente, queda expuesto a la realidad sin las certidumbres de la antigua fe y debe, por lo tanto, coser sus propias ropas y encontrar su lugar en un mundo que ya no se lo proporciona. En esa exigencia sin fundamento, el ser humano se encuentra atrapado entre la incapacidad de creer y la imposibilidad de renunciar.

Aquello que ya no puede sostenerse en el plano simbólico busca anclarse en lo concreto. Las imágenes e ideas, desprovistas de su importancia, se adhieren a personas, a figuras empíricas que son forzadas a cargar con un significado que les es ajeno. La mujer aparece entonces como el lugar privilegiado de esta literalización; como una abstracción que aglutina la totalidad de la experiencia. “La mujer” deja de ser una categoría entre otras y se convierte en el concepto en el que el sujeto deposita aquello que no puede pensar de otro modo.

En esta confusión, la distinción entre la mujer empírica y la figura simbólica se desvanece. La primera queda atrapada en la segunda, obligada a representar un conjunto de imperativos que la alienan de su propia naturaleza. Se construye sobre ella una narrativa compensatoria que transforma a la mujer en la nueva anima mundi e intenta recuperar la coniunctio clausurada por la propia historia de la consciencia.

La decepción masculina marca la imposibilidad de alcanzar una unidad que ya no existe. El sujeto moderno permanece ligado a la nostalgia de un orden en el que la imagen y la realidad coincidían sin fractura. La figura de la mujer hipergámica expresa el destino de esta estructura colapsada. Es una construcción ideológica y una distorsión perceptiva donde la imposibilidad se vuelve visible y actuada. En ella se reúnen la experiencia de exclusión y la inaccesibilidad a la antigua inmanencia del mundo; la mujer se convierte en la diosa perdida que parece distribuir el valor y decidir quién accede y quién queda fuera de la masculinidad. Es el afán por el reflejo de un tiempo que ya ha pasado.

El hombre desea ser deseado por la mujer, como la condición que resolvería la fractura, y, no obstante, la rechaza como aquello que evidencia el rompimiento. El vínculo oscila entonces entre la idealización y el odio, sin poder estabilizarse en ninguna de las dos posiciones, pues ambas responden a la misma posición lógica de la escisión. El resultado es el fracaso inevitable del encuentro, porque donde la mujer ha sido convertida en abstracción ya no puede aparecer como un otro en el plano de la horizontalidad. Una vez que la idealidad ha ocupado el lugar de la realidad, el vínculo queda sustituido por una relación vertical. El hombre lidia con una forma arquetípica de la cual no puede desprenderse.

Así, el odio no solo es una reacción frente a un otro; es la forma en que el sujeto permanece ligado a las imágenes que ya no puede habitar. Al odiar las conserva bajo una forma negativa, asegurando su permanencia. La mujer, convertida en soporte de esa búsqueda, queda atrapada en un papel que le es ajeno, mientras el sujeto permanece encerrado en una estructura que le impide reconocer que aquello que combate fuera de sí constituye, en realidad, una simulación que le permite darle coherencia a una realidad obsoleta, pero segura.

Y sin embargo, la imposibilidad no es definitiva. Existe únicamente en relación con el intento de restaurar una unidad que ya no puede ser recuperada. En el mundo moderno el hombre y la mujer están condenados a estar expuestos a sí mismos, sin la mediación de las grandes imágenes que antes organizaban su vínculo. La mujer no puede sostener el peso del mundo, porque ya no es llamada a encarnar ningún absoluto; se abre ante ella la gran grieta del alma, como la pérdida de la numinosidad. Y el hombre, expulsado de la unidad del cosmos, ya no puede apoyarse en modelos de masculinidad que otorguen sentido a su existencia.

Es en la resignación por la propia pequeñez, y no en la persecución inútil por la realización del ideal, ni la restauración del vínculo en su forma imaginada, donde el encuentro es posible; ahí yace la posibilidad (todavía incierta) de un encuentro que no esté mediado por la exigencia de lo absoluto. Es el trabajo del ser humano moderno despojar a su prójimo, y así mismo, de toda demanda de idealidad y asumir su insignificante humanidad como lo más valioso que jamás tendrá; y permitirse amar, en sí mismo y en los demás, al pequeño terrón de tierra que cada uno es.

Epílogo: Taxi Driver, La violencia como actuación

Aunque la película Taxi Driver no pertenece directamente al discurso de la manosfera, condensa con nitidez la estructura anímica que este ensayo ha intentado pensar. En ella se retrata la imagen de un hombre solo que recorre la ciudad durante la noche, incapaz de dormir, sin encontrar un lugar para sí en el mundo, sostenido en una vigilia que no le permite descansar de sí mismo. El rostro de Travis Bickle desborda al personaje y permite pensar una forma vigente de la masculinidad moderna.

Travis es un exmarine que sueña con una vida ideal, la cual describe falsamente en una carta dirigida a sus padres, poco antes de encaminarse hacia el atentado. Su odio no se corresponde a un agravio particular; nace como la única vía para dar orden a un mundo extraviado. El mundo aparece sucio y degradado, pero esa percepción no describe una realidad exterior, se refiere, más bien, a una tensión que no ha sido pensada aún. Lo que no encuentra representación en el interior se vuelve visible como corrupción del mundo.

El odio organiza lo informe, desplaza la angustia hacia la exterioridad y fija en el mundo aquello que no puede reconocerse como propio. La ciudad entera deviene superficie de inscripción de una estructura que no logra volverse consciente. Esta tensión atraviesa también la relación de Travis consigo mismo. Su vida está marcada por signos de insuficiencia (insomnio, aislamiento, precariedad, ausencia de reconocimiento, torpeza vincular) que no son vividos como condiciones concretas, sino como una falla en el ser. Travis no fracasa en algo; fracasa en ser aquello que debería ser.

Es así como, en pos del ideal de hombre, disciplina su cuerpo, se arma, se organiza bajo la lógica del control e intenta encarnar una figura de acción coherente con el ideal masculino de autosuficiencia. Pero cada uno de estos movimientos profundiza la distancia que intenta cerrar. Mientras construye una vía hacia un yo ideal, su ira se afianza en esa misma operación, en la búsqueda de una cruzada que otorgue sentido a su existencia vacía.

El protagonista no puede ser hombre en los términos que lo determinan, pero tampoco puede desprenderse de ellos. Permanece suspendido en una exigencia que no puede cumplir y de la cual no puede escapar. Desde ahí, lo femenino queda capturado por un propósito secreto. Betsy no aparece como una mujer concreta, sino como una imagen de pureza, redención y posibilidad de orden. No hay encuentro, porque no hay otro; hay una figura que debe encarnar aquello que el sujeto no puede sostener por sí mismo. Y cuando esa imagen fracasa (como necesariamente debe hacerlo) la idealización se invierte, de la pureza a la corrupción, de la salvación a la traición.

Lo mismo ocurre con Iris, cuya “salvación” no implica una relación real, sino su reinscripción en la forma de la inocencia que debe ser restaurada. En ambos casos, la mujer no es vivida como individuo, sino como la representación de una dimensión existencial perdida en la que el protagonista deposita su propio sentido de vida.

Aquello que Travis no puede reconocer en su interior (la dependencia, la fragilidad, la imposibilidad de sostener una identidad cerrada) retorna bajo la forma del mundo que desprecia y de los otros que decide eliminar. La violencia, en su imaginación, aparece como la consecuencia lógica de una realidad simbólica que se percibe como corrompida: por los delincuentes y proxenetas del barrio, pero también por las figuras políticas que no han logrado mantener el orden del mundo. Ambas dimensiones quedan subsumidas bajo la misma lógica de destrucción.

Pero la matanza no lo libera de la estructura que lo oprime. Por el contrario, lo integra en ella. La escena del crimen convierte la angustia en actuación (acting out), dando forma a lo que no había podido ser pensado. El reconocimiento que sigue a su acto estabiliza momentáneamente su mundo, le concede un descanso, pero no resuelve el conflicto. La estructura permanece intacta. La mirada final, suspendida en el retrovisor, indica que la tensión no ha sido elaborada, sino apenas contenida.

La película no trata de un hombre que odia a las mujeres, retrata una psique que, incapaz de diferenciarse de sus propias imágenes e ideas, las ha desplazado hacia lo femenino, quedando atrapada en aquello mismo de lo que intenta liberarse. La violencia aparece así como sustituto del pensamiento. En su acto, el mundo deja de ser mundo para convertirse en escenario de una necesidad que no puede reconocerse como propia.

El hombre que recorre la noche no descansa. No puede hacerlo. Su cruzada es un conflicto que no puede resolverse, una piedra que debe ser empujada eternamente por una montaña infinita. Permanece despierto, atrapado en la vigilia de una imagen que no puede ser pensada y de la cual, por lo tanto, no puede escapar.

¿ES LA PSICOLOGÍA ANALÍTICA UNA RELIGIÓN?

Traducciones

C.G. Jung, Suiza

En C.G. Jung Speaking. Ed. Princenton

Proceso de traducción de Alejandro Chavarria

Después de hablar en la Conferencia del Tricentenario de Harvard, Jung pasó una semana en Bailey Island, Maine, dando la primera mitad de un seminario sobre “Símbolos oníricos del proceso de individuación”, basado en su conferencia Eranos de 1935. Posteriormente, Jung viajó a Nueva York para otra semana de consultas y conferencias, y zarpó hacia Inglaterra el 3 de octubre. La noche anterior, durante una cena de despedida, Jung habló improvisadamente. Varios miembros del público tomaron notas, que fueron recopiladas por Eleanor Bertine, Esther Harding y Jane A. Pratt para su distribución restringida entre los miembros del grupo. Finalmente, en la primavera de 1972, las notas se publicaron, editadas por la Sra. Pratt, quien incluyó el siguiente comentario introductorio:

Pocos de los presentes olvidarán jamás las circunstancias en las que Jung habló esa noche. Justo antes de la cena con sus amigos, Jung había impartido una gran conferencia pública en el salón de baile del Hotel Plaza. Esta conferencia, titulada «El concepto del inconsciente colectivo», La conferencia fue difícil y abordó ideas controvertidas cruciales para la comprensión de su obra. Todos los partidarios y detractores neoyorquinos más destacados de Jung habían acudido a escucharla. Pero la ocasión no era propicia. La conferencia (en aquel entonces) requería diapositivas, muchas, y un seguidor entusiasta se había ofrecido a proyectarlas, pero o bien las habilidades de este hombre eran insuficientes, o bien las diapositivas estaban poseídas. Se presentaban al revés o invertidas, y caían al suelo cuando intentaba enderezarlas. Si Jung quería ver una de nuevo, avanzaban; si les pedía que continuaran, retrocedían. Así que Jung permaneció de pie, puntero en mano, en una plataforma elevada ante su enorme público, ya sea Esperando a que aparecieran las imágenes adecuadas o apresurándose a comentarlas de forma inteligible antes de que se transmitieran. Mientras tanto, sus seguidores sufrían. Reaccionando al principio con gran consideración ante la torpeza de su asistente, sus comentarios se fueron matizando —ya que los sentimientos negativos suelen aflorar— y el sufrimiento de los seguidores aumentó. Sin embargo, esa desafortunada conferencia terminó sin destruir nada fundamentalmente humano, ni siquiera la relación de Jung con el asistente, quien admitió la justificación de cierta irritación. Solo la confusión y todas las interrupciones habían destruido por completo la continuidad del importante argumento de Jung. Más tarde, se informó que le dijo a alguien: «Me analizaron esta noche, como nunca antes». En lugar de la impresionante exposición que planeaba, Jung había hecho una pequeña demostración. Es posible que esto haya influido en el contenido de lo que dijo después, como sigue:

No sé qué decirte esta noche. He hablado tanto, ya dos veces esta noche. No sé qué más. Solo espero que se me ocurra algo que pueda darte.

Mucha gente me ha preguntado, y sin duda a ustedes también, si la psicología analítica no es realmente una religión. Además, en relación con el tema de mis conferencias en Yale, así como con el del Seminario, últimamente he tenido que dedicar mucha atención a la relación entre la psicología y la religión. Así que, al final del Seminario, me gustaría hablarles sobre esta cuestión.

La activación del inconsciente es un fenómeno peculiar de nuestros días. Durante toda la Edad Media, la psicología humana era completamente diferente a la actual; no percibían nada fuera de la consciencia. Incluso la psicología del siglo XVIII identificaba plenamente la psique con la consciencia.

Si se tuviera una especie de radiografía que permitiera observar el estado del inconsciente en un hombre de hace doscientos o trescientos años y compararlo con el de un hombre moderno, se vería una enorme diferencia. En el primer hombre, este se mantenía latente; en el hombre moderno, tremendamente despierto y activo. Antiguamente, los hombres ni siquiera sentían poseer una psicología como la nuestra. El inconsciente estaba contenido y latente en la teología cristiana. La cosmovisión resultante era universal, absolutamente uniforme, sin lugar a dudas. El hombre había comenzado en un punto definido, con la Creación; todos lo sabían. Pero hoy, los contenidos arquetípicos, antes tratados satisfactoriamente por las explicaciones de la Iglesia, se han desprendido de sus proyecciones y preocupan a la gente moderna. Por doquier se plantean preguntas sobre hacia dónde vamos y por qué. La energía psíquica asociada a estos contenidos se agita como nunca antes; no podemos permanecer inconscientes de ella. Capas enteras de la psique están saliendo a la luz por primera vez. Por eso tenemos tantos «ismos» florecientes. Gran parte de esta energía se destina a la ciencia, sin duda; pero la ciencia es nueva, su tradición es reciente y no satisface necesidades arquetípicas. La situación psicológica actual no tiene precedentes; desde el punto de vista de toda la experiencia previa, es anormal.

Como resultado, los hombres han comenzado a ser conscientes de que poseen una psicología. Un hombre del pasado no comprendería lo que queremos decir cuando decimos que algo está sucediendo en nuestras cabezas. Nada de eso le ocurrió. Si hubiera sentido algo así, se habría creído loco. Los hombres solían decir: «Siento que algo se mueve en mi corazón»; o, antes de eso, lo sentían más abajo, en el estómago. Solo eran conscientes de los pensamientos que movían el diafragma o las entrañas. La palabra griega phren, que significa «espíritu», es la raíz de la palabra «diafragma». Cuando las personas empezaban a sentir que algo se movía en sus cabezas, tenían miedo y acudían al médico, pues sabían que algo estaba pasando. Incorrecto. Fue de los médicos de donde surgió este nuevo tipo de psicología. Por lo tanto, es una psicología un tanto patológica.

La latencia es probablemente la mejor condición para el inconsciente. Pero la vida ha salido de las iglesias y nunca volverá. Los dioses no volverán a ocupar las moradas que una vez abandonaron. Lo mismo ocurrió antes, en la época de los césares romanos, cuando el paganismo agonizaba. Según la leyenda, El capitán de un barco que navegaba entre dos islas griegas oyó un gran lamento y una voz potente que gritaba: «Pan ho megas tethneken», el Gran Pan ha muerto. Al llegar a Roma, este hombre solicitó una audiencia con el emperador, tan importante era la noticia. Originalmente, Pan era un espíritu de la naturaleza sin importancia, dedicado principalmente a molestar a los pastores; pero más tarde, a medida que los romanos se involucraron más con la cultura griega, Pan fue confundido con to pan, que significa «el Todo». Se convirtió en el demiurgo, el anima mundi. Así, los muchos dioses del paganismo se concentraron en un solo Dios. Entonces llegó este mensaje: «Pan ha muerto». El Gran Pan, que es Dios, ha muerto. Solo el hombre permanece vivo. Después de eso, el único Dios se convirtió en un solo hombre, y este fue Cristo; un solo hombre para todos. Pero ahora que eso también ha desaparecido, ahora cada hombre tiene que llevar a Dios. El descenso del espíritu a la materia es completo.

Jesús, como saben, nació de madre soltera. A un niño así se le llama ilegítimo, y existe un prejuicio que lo pone en gran desventaja. Sufre un terrible sentimiento de inferioridad que seguramente tendrá que compensar. De ahí la tentación de Jesús en el desierto, donde se le ofreció el reino. Allí se encontró con su peor enemigo, el diablo poderoso; pero fue capaz de verlo y rechazarlo. Dijo: «Mi reino no es de este mundo». Pero, aun así, era un «reino». Y recuerdan ese extraño incidente, la entrada triunfal en Jerusalén. El fracaso absoluto llegó en la Crucifixión en el Palabras trágicas: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Si quieres comprender la tragedia de esas palabras, debes comprender su significado: Cristo vio que toda su vida, dedicada a la verdad según su más profunda convicción, había sido una terrible ilusión. La había vivido plenamente con absoluta sinceridad, había hecho su honesto experimento, pero no por ello dejaba de ser una compensación. En la cruz, su misión lo abandonó. Pero por haber vivido tan plena y devotamente, alcanzó el cuerpo de la resurrección.

Todos debemos hacer lo que Cristo hizo. Debemos experimentar. Debemos cometer errores. Debemos vivir según nuestra propia visión de la vida. Y habrá errores. Si evitas el error, no vives; en cierto sentido, incluso podría decirse que toda vida es un error, pues nadie ha encontrado la verdad. Cuando vivimos así, conocemos a Cristo como hermano, y Dios se hace hombre. Esto parece una terrible blasfemia, pero no lo es. Porque solo entonces podemos comprender a Cristo como él querría ser comprendido, como un prójimo; solo entonces Dios se hace hombre en nosotros.

Esto suena a religión, pero no lo es. Hablo simplemente como filósofo. A veces me llaman líder religioso. No lo soy. No tengo mensaje ni misión; solo intento comprender. Somos filósofos en el sentido tradicional de la palabra, amantes de la sabiduría. Eso evita la compañía, a veces cuestionable, de quienes proponen una religión.

Así que lo último que les diría a cada uno de ustedes, amigos míos, es: vivan su vida lo mejor que puedan, incluso si se basa en el error, porque la vida tiene que deshacerse, y a menudo se llega a la verdad a través del error. Entonces, como Cristo, habrán completado su experimento. Así que sean humanos, busquen la comprensión, busquen la perspicacia, y hagan de su hipótesis su filosofía de vida. Entonces podremos reconocer al Espíritu vivo en el inconsciente de cada individuo. Entonces nos convertiremos en hermanos de Cristo.

El desafío de enseñar a Jung en la universidad

Traducciones

David Tacey, Australia

En «Who Owns Jung?», Capitulo 4, compilado por Ann Casement, ed. Routledge,

Traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Jung en la academia

Cultura intelectual y experiencia

Cuando intenté por primera vez explorar la exclusión de Jung de las universidades en la década de 1970, numerosos analistas junguianos me dijeron que Jung no pertenecía a la universidad y que era mejor no enseñar allí. Una de las más firmes defensoras de este punto de vista fue Marie-Louise von Franz, quien me escribió que Jung en la universidad podría degenerar en un “viaje mental” (1976). Es decir, podría convertirse en un objeto de estudio puramente intelectual, y faltaría el proceso emocional y psicológico que hace que la obra de Jung tenga significado –es decir, el propio encuentro personal con contenidos inconscientes. Efectivamente, esta visión sostenía que la psicología analítica en su práctica clínica era dueña de Jung, y que las universidades no podían participar en esta propiedad, ya que sólo podían ver a Jung externa y superficialmente, y no desde adentro.

Buscar en la literatura junguiana declaraciones explícitas sobre la propiedad clínica de Jung es un proceso difícil y produce pocos resultados. Básicamente, este problema se expresa en comentarios y cartas personales, y no en el dominio público. Sin embargo, siempre se puede confiar en que Andrew Samuels será franco sobre lo que otros no divulgan. En su Prefacio a la crítica posjunguiana , Samuels escribe:

«Ciertos analistas dicen que los académicos no pueden sentir ni sufrir realmente emociones complejas debido a su desarrollo intelectual precoz, que vicia la empatía y la sensibilidad. A medida que continúa esta difamación del académico típico, él o ella no puede entender realmente la mayoría de los conceptos derivados de la psicología junguiana, porque su procedencia, y ciertamente su utilidad, son cuestiones sobre las que sólo los médicos practicantes pueden decidir.» (Samuels, 2004, pág. xi-xii)

Samuels es un analista y profesor clínico que defiende a los académicos, mientras que yo soy un académico que desea apoyar a los analistas. Estoy de acuerdo con Samuels en que no podemos excluir los estudios junguianos del plan de estudios universitario, basándose en que los médicos tienen la propiedad exclusiva de este conocimiento. Sin embargo, estoy totalmente de acuerdo con los analistas que se oponen al despliegue puramente intelectual y, por tanto, incompleto y no auténtico de la psicología junguiana en un entorno universitario.

Me parece que si se va a utilizar a Jung en la universidad, se le debe utilizar correctamente, y esto significa enseñar a Jung de tal manera que todo el ser esté involucrado en este proceso, y no simplemente el intelecto incorpóreo con su comprensión reductiva. de conceptos. Estoy de acuerdo con la típica objeción del analista (Samuels, 2004, p. xii) de que las ideas de Jung no son realmente conceptos que deben enseñarse sino imágenes psíquicas que deben experimentarse. La psicología de Jung es una psicología profunda y compleja en la que los arquetipos deben entenderse fenomenológicamente como elementos de la experiencia humana, o no entenderse en absoluto. Estoy de acuerdo con Jung en que las universidades han estado tan preocupadas por un “racionalismo e intelectualismo” estériles que casi han perdido su derecho a aparecer como “diseminadores de luz” (1930, p. 86).

Poniendo a prueba los límites y desafiando las hegemonías

Como estudiante, la crítica junguiana a las universidades me pareció esclarecedora. No sólo explicaba por qué Jung había sido rechazado por el conocimiento universitario, sino que también explicaba por qué tantos estudiantes encontraban sus estudios universitarios sosos y aburridos, especialmente el estudio académico de la psicología. Un racionalismo paralizante ha condicionado y limitado la disciplina de la psicología, y en este entorno es comprensible que una psicología profunda basada en la experiencia se haya visto confinada a institutos exclusivos y elitistas de la psicología analítica. Me complace que estos institutos privados hayan mantenido encendida la vela de la psicología junguiana y el conocimiento de los arquetipos, pero seguramente ha llegado el momento de desafiar tanto la hegemonía del racionalismo en las universidades como la hegemonía de los institutos en su “propiedad” de Jung.

Aunque el análisis clínico formal y costoso debe seguir siendo un elemento central de la psicología junguiana, me preocupan varias cuestiones: 1) Que el encuentro con el inconsciente aparentemente se haya convertido en sinónimo de práctica clínica; 2) que la profesionalización de la práctica junguiana ha servido para fortalecer y consolidar esta fusión; 3) que los junguianos no han tenido imaginación a la hora de encontrar otros métodos para impartir su trabajo más allá del modelo clínico; y 4) que esta situación frecuentemente se reduce a la premisa de que sólo aquellos que pueden pagar la terapia pueden embarcarse en el complejo viaje de la individuación. Mi conciencia social se rebela contra estos supuestos y, sin embargo, está claro que el análisis personal es beneficioso y yo mismo me he beneficiado de ello.

Cada año, enseño a decenas de estudiantes que desean descubrir la vida del inconsciente, pero que no pueden permitirse el lujo de realizar costosos análisis personales. Debe haber otras formas de encontrar el inconsciente además del modelo clínico, especialmente si, como frecuentemente afirmaba Jung, la individuación es un proceso natural (1917/1926/1943, p. 187). En el pasado, existían numerosos métodos tradicionales para trascender el reino consciente e involucrar al inconsciente, y estos incluían creencias religiosas y prácticas espirituales, rituales y danzas, obras de arte y poesía, romance y relaciones, música y sueños. En otras palabras, cualquier forma de actividad humana que sea creativa, intuitiva o abierta al lado no racional de la experiencia es un lugar potencial para el encuentro con el inconsciente. Por supuesto, que ese encuentro sea supervisado por alguien con conocimientos especiales es algo que el modelo clínico ha refinado en un grado extraordinario, con su sensibilidad a la transferencia y a los contenidos inconscientes.

La naturaleza cada vez más racional de la vida moderna ha tenido un impacto destructivo en nuestras formas tradicionales de trascendencia. Normalmente, la persona moderna tiene poco o ningún acceso a la religión o la espiritualidad, al ritual o la poesía, e incluso el romance y las relaciones se han atenuado, comercializado y convertido en clichés. Muchas de nuestras salidas y vías no racionales han sido bloqueadas, devaluadas o destruidas. A finales de los años 1980 me surgió la pregunta: ¿cómo puedo yo, como profesor universitario, ¿ayudar a mis alumnos a acercarse al inconsciente de forma creativa?

Un experimento en la enseñanza.

La idea de enseñar psicología junguiana a estudiantes de mi universidad no era mía. La idea me vino de mi colega del Departamento de Filosofía, Robert Farrell, quien pensó que valdría la pena unir fuerzas y producir un curso de este tipo. Yo trabajaba en el Departamento de Inglés, pero llevamos a cabo nuestro experimento de enseñanza en un programa llamado Estudios Interdisciplinarios. Éste parecía un lugar ideal para enseñar a Jung, cuyo trabajo y visión abarcan al menos ocho disciplinas, incluidas la psicología, los estudios clásicos, los estudios mitológicos, la religión comparada, la antropología, la sociología, la filosofía y la historia de las ideas.

De hecho, una de las razones por las que no se enseña a Jung en la universidad moderna es porque su trabajo no se ajusta a ninguna disciplina académica específica. Es probable que el personal de psicología se refiera a ello como estudios religiosos, y los profesores de estudios religiosos probablemente digan que es ciencia y no religión. Los filósofos consideran que el trabajo de Jung no está directamente dentro de la tradición filosófica y, por supuesto, el propio Jung solía decir que su trabajo no era filosofía sino ciencia empírica. Sin embargo, es probable que los científicos empíricos del campus señalen la naturaleza altamente especulativa, intuitiva y filosófica de la investigación de Jung. Como candidato a doctorado en estudios junguianos, fui movido de un lado a otro del inglés a la antropología, a la psicología y, finalmente, de regreso a la literatura inglesa. El profesor de psicología se refirió a Jung como un “crítico literario”, y así incorporé el trabajo a los estudios literarios.

El confinamiento solitario de Jung en las artes y las humanidades es, esperemos, temporal. Es un lugar interesante para él, pero no puede limitarse a estas disciplinas. Él es más que mito y literatura; él es, o representa, una amalgama de mitos y logos, historia y ciencia. En verdad, no pertenece a la facultad de Artes ni a la de Ciencias, pertenece a ambas. Pertenece a un sistema universitario que aún no existe, en el que se estudia y se toma en serio toda la vida. Jung es el científico y artista de la integración de la vida. Su pensamiento es orgánico, holístico, literario y científico. Como tal, no hay ningún cuadro o categoría disponible para él. Es un erudito de gran estilo y su extraordinaria amplitud hace que la mayoría de los académicos se sientan humillado. A menudo se dice que los académicos saben cada vez más sobre cada vez menos, pero Jung trabaja a la inversa: su impulso es centrífugo y abarca más campos en un deseo de comprender la realidad humana.

Sin embargo, siempre existe el grave peligro de que se diga que un intelecto tan colosal, que aparentemente cabe en todas partes, no pertenece a ninguna parte. Como Dios en la creación, casi se puede decir que Jung en la academia se siente en todas partes y no se ve en ninguna. Creo que cuando las ciencias integradoras finalmente surjan en nuestras universidades, lo que ocurrirá con el surgimiento del pensamiento ecológico y orgánico, encontraremos que Jung eventualmente encontrará su lugar en un nuevo paradigma de conocimiento que apreciará su estilo sintético y su visión global del mundo.

Robert Farrell y yo llamamos a nuestra materia «psicología junguiana», pero hubo una protesta del departamento de Psicología porque estábamos invadiendo su territorio. Respondí a esta protesta con una breve conferencia sobre la etimología de la palabra psicología, señalando su verdadero significado como logos de la psique o alma , y sugiriendo al departamento de Psicología que habían dejado a la psique fuera del estudio del comportamiento humano. Esta protesta fue retirada y fuimos libres de desarrollar nuestra propia materia, aunque se observó que nuestros estudiantes frecuentemente desertaban de Psicología a Estudios Interdisciplinarios. A su debido tiempo, Psicología abandonó su antagonismo y decidió incluirnos en su gama de materias elegidas, para que los estudiantes de Psicología pudieran estudiar a Jung como parte de su carrera de ciencias. No pudimos ser derrotados y finalmente fuimos incorporados.

Mientras Robert y yo diseñábamos nuestro tema, hablamos de muchas cosas, incluida la objeción de Marie-Louise von Franz: ¿cómo podríamos hacer esto para que no se convirtiera en un mero viaje mental, que perdiera el valor y la intensidad de la visión de Jung? Obviamente, no podíamos desempeñar el papel de terapeutas de facto en el entorno académico y, sin embargo, ambos estuvimos de acuerdo en que este tema tendría que ser diferente . Ninguno de nosotros tenía el tiempo, la energía o la experiencia para involucrarse en el proceso interior del estudiante y, sin embargo, estuvimos de acuerdo en que podríamos enseñar el tema de tal manera que la dimensión no racional de la vida pudiera incorporarse y asumirse en el tema.

Robert Farrell y yo hemos enseñado la materia Jung durante casi veinte años y creemos que lo hemos hecho con resultados razonablemente buenos. No me refiero a resultados en el sentido estricto de altas calificaciones, sino en el sentido más profundo e importante de haber alentado a nuestros estudiantes a involucrar el inconsciente y tomar en serio el lado irracional de su experiencia. Hemos concluido que el éxito o no de esta enseñanza depende de la forma en que se enseña a Jung y de la actitud del maestro. A una asignatura de Jung se le debe enseñar con inteligencia psicológica, y esto puede no ser lo mismo que inteligencia intelectual. Si el profesor puede estar abierto a las profundidades de la psique y receptivo a su realidad autónoma y viva, entonces podrá encontrar una cierta “reverencia” hacia la psique, que impida que la experiencia académica caiga en un viaje mental.

Creo que hay mucho terreno intermedio que explorar entre Jung como objeto de investigación intelectual y Jung como aproximación a la psique en terapia. Más adelante exploraré cuatro enfoques para enseñar a Jung que demuestran la variedad de enfoques posibles para este desafío académico.

El factor religioso

El profesor académico de Jung no puede abordar el proceso subjetivo o emocional de cada estudiante. Esto no es posible ni deseable. Pero mi colega y yo hemos descubierto que, en efecto, existe una forma de terapia en el aula cuando se enseña a Jung con pasión y preocupación. Tan pronto como el profesor transmite una sensación convincente de que está abierto a las profundidades de la psique, a su existencia y sus efectos sobre nosotros, ocurre algo terapéutico en el aula que es bastante extraño y conmovedor. He experimentado esto muchas veces y esos momentos son transformadores para los profesores y estudiantes que están abiertos a esas experiencias. Otros estudiantes descubren que tales experiencias los inundan y no parecen afectados. En otras palabras, estos estudiantes no están preparados para una experiencia de autonomía de la psique y, en este caso, no se produce ningún daño y se pierde o se aplaza una oportunidad para más adelante.

Por supuesto, existe una dimensión religiosa en cualquier experiencia de autonomía de la psique. Cuando reconocemos que estamos en presencia de algo más grande que nosotros mismos, algo grande e invisible, pero que “nos ve” (Jung, 1934/54, p. 49), estamos en el dominio de la experiencia religiosa o espiritual. Pasamos de ser sujetos que buscan conocimiento para nuestros propios fines a ser objetos de una realidad invisible y autónoma. Obviamente, esto debe ser manejado con cuidado por profesores y estudiantes. Llamar a la existencia, o a la consideración académica, a un otro numinoso y poderoso, una vida. lo que nos vive, lo que nos domina y a lo que debemos escuchar o adherirnos, es cultivar lo que Jung llama una actitud religiosa .

El principal problema para el docente es no identificarse con la sabiduría que se genera en este proceso educativo. El profesor tiene que vigilar sus reacciones y asegurarse de que no se produzca una inflación psicológica, de que no se convierta en el gurú del aula, en la fuente arrogante de toda sabiduría. Obviamente, existe un sentimiento ineludible de recompensa y elevación personal al introducir un sentido del espíritu en la vida de los estudiantes, pero el maestro debe contener este sentimiento y no permitir que se imponga. Tan pronto como este sentimiento gana, perdemos la trama educativa y nuestra integridad está en peligro. Está bien ser un instrumento de conocimiento, pero no identificarse con ese conocimiento y volverse grandioso.

Por su parte, los estudiantes no utilizan el término “actitud religiosa” de Jung, que no parece resonar en ellos. Más bien hablan de “espiritualidad”, y una invitación a una visión espiritual del mundo puede desencadenar reacciones de diversos tipos (Tacey, 2004). Aquellos estudiantes que son racionalistas pueden rechazar esta invitación de plano y encontrarla repelente, manipuladora o incluso antihumana. Quienes tienen una fe religiosa comprometida posiblemente rechacen este nuevo enfoque por razones opuestas y digan “No gracias, ya tengo mi religión y no necesito otra”. Pero la gran mayoría de mis estudiantes son adultos seculares que no han estado expuestos a la religión formal, o que sólo tuvieron una educación religiosa rudimentaria que ignoraron en alguna etapa temprana de su desarrollo.

Problemas pedagógicos en la enseñanza de Jung.

Muchos de estos estudiantes están ansiosos por una nueva experiencia de lo numinoso y anhelan sentirse conectados con la sensación de un otro mayor. Esto crea sus propios problemas, porque la psicología junguiana no es una fe religiosa, sino más bien un enfoque de la psique que aboga por una actitud reverencial (Gundry, 2006). Algunos estudiantes quieren convertir al propio Jung en la religión que no tienen o que nunca han tenido. Este enfoque puede limitar gravemente la capacidad del estudiante para pensar críticamente. En cambio, algunos adoptan a Jung como sistema religioso y utilizan los términos técnicos como artículos de fe, hablando de los arquetipos como si fueran objetos reales en el tiempo y el espacio, en lugar de metáforas de procesos de la psique.

El contacto con lo numinoso, con lo infinito y lo otro , está plagado de reacciones emocionales, resistencias, defensas y entusiasmos. La estabilidad del ego se relativiza e incluso se ve amenazada por la comprensión de que no es el dueño de su casa. Algunos estudiantes renuncian con demasiada facilidad a la autoridad de su ego, mientras que otros se defienden del otro como si se tratara de un ataque hostil. Otros más insisten en que el otro sólo se encuentra en el cielo o en las escrituras santificadas por la autoridad religiosa ortodoxa. Algunos responden a la sugerencia de que el otro puede encontrarse dentro como una expresión escandalosa de gnosticismo o herejía.

No veo a Jung como un “brote” de gnosticismo diseñado para menospreciar las tradiciones religiosas. Su psicología proporciona una base existencial sobre la cual se pueden probar las declaraciones de fe. En todo caso, la psicología de Jung añade peso y valor a las religiones, pero estas tienden a responder con resistencia porque se teme esta dimensión interna. Se considera poco ortodoxo o un gusto adquirido. La excepción es cuando las autoridades religiosas han abrazado las subcorrientes místicas de sus respectivas tradiciones. La psicología de Jung es una ciencia de las relaciones entre la persona humana (el ego) y el Dios Interior (el Sí-mismo).

Lo numinoso exige una respuesta, y principalmente el ego educado en Occidente responde mediante la resistencia y la negación. Las mentes racionales lo descartan como una ilusión , o los religiosos lo consideran una verdad mayor que la verdad literal. De cualquier manera, presentar una apologética equilibrada a los estudiantes de universidades seculares puede resultar difícil. ¿Cómo responderán los estudiantes? ¿Qué emociones despertará lo numinoso? ¿Cómo afectará esto a sus creencias y actitudes actuales? Cuando la mayoría de los académicos han reflexionado sobre estas cuestiones, se han dado cuenta de que la tarea es demasiado desalentadora y que es mejor no molestarse. Como me dijo un académico: «Enseñar a Jung es buscar problemas».

Jung escribe sobre la capacidad del inconsciente para paralizar nuestra facultad crítica y mantenernos bajo su poder (1928, p. 262). Lo mismo se aplica a lo numinoso y a quienes hablan en su nombre. No es raro que algunos estudiantes caigan impotentes bajo el hechizo de Jung, antes de alcanzar una relación más madura con sus ideas (Tacey, 1997). Pero alcanzar este nivel de madurez puede resultar difícil y llevar mucho tiempo. Es difícil ser objetivo con respecto a Jung si uno responde principalmente a través de un complejo y no a través de la mente. Puede que la mente tarde algún tiempo en ponerse al día, porque el complejo funciona de forma automática e independiente. Por lo tanto, no es sorprendente descubrir que algunos estudiantes descartan el trabajo de Jung como palabrería o misticismo, mientras que otros caen bajo su dominio y son incapaces de entablar un diálogo crítico con él.

En tales casos, el miedo y la fascinación por lo numinoso se convierten en cuestiones pedagógicas difíciles. ¿Tenemos la capacidad de afrontar estas respuestas en la universidad? Generalmente no, pero si somos capaces de identificar una respuesta emocional lo antes posible, el profesor puede tener la oportunidad de dialogar con ella. En mi experiencia, la adulación acrítica es más común que el rechazo hostil. Esto puede ser contenido por un maestro sensible, pero es probable que otros miembros del profesorado señalen este problema y anuncien que el tema de Jung produce discípulos y seguidores en lugar de lectores críticos. Esto puede aumentar el prejuicio académico de que los junguianos son parte de lo que Richard Noll llama una “secta mundial” (1994, p. 3). Jung parece actuar como un desencadenante de lo que he llamado el complejo de espiritualidad del Occidente secular (Tacey, 2004).

Una vez que se activa el complejo de espiritualidad, solicita objetos de creencia, y Jung es un objetivo probable para tales proyecciones. Pero una vez que el estudiante se ha adaptado a la realidad del espíritu, encuentra su camino hacia actitudes y símbolos religiosos, mitológicos o cosmológicos, y Jung queda libre de responsabilidad. Entonces Jung podrá regresar a la realidad y ser visto como un investigador científico de nuestras profundidades humanas, en lugar de un dios o un ídolo. En términos técnicos, Jung actúa como un objeto transferencial mientras solucionamos nuestra relación con el espíritu. Jung activa y despierta nuestra necesidad de creer, que antes apenas sabíamos que teníamos, porque esta libido fue retenida por el ego secular y convertida en inconsciente.

Estilos de enseñanza

Hacia una taxonomía de los estudios junguianos

En los últimos años, he estado viajando interestatal y en el extranjero para ver cómo otros académicos están afrontando el desafío de enseñar a Jung en la universidad. En todos los casos, el éxito o el fracaso de nuestros esfuerzos parece estar determinado por nuestro acercamiento a lo numinoso. Si ignoramos lo numinoso, como a veces se encuentra en los estudios académicos, y si enseñamos sólo los “tuerces y tornillos” de la psicología de Jung, no le están enseñando adecuadamente. Más bien, estamos excluyendo la esencia de su enfoque, que se relaciona con la experiencia de lo numinoso (Tacey, 2006b).

Pero, ¿cómo podemos nosotros, en el Occidente poscristiano, en un sistema universitario regido por valores seculares, hacer que lo numinoso sea convincente, real y presente? ¿Cómo manejamos nuestro cinismo personal hacia la dimensión invisible? Y lo que es igualmente importante, ¿cómo podemos educarnos para ser críticos con lo numinoso, en lugar de caer en ello con una devoción irreflexiva? ¿Cómo podemos evitar dualismos y complejos cuando entremos en este ámbito? ¿Cómo podemos enseñar la obra de Jung si todavía no tenemos las formas culturales y religiosas para comprenderla? Mi conjetura es que ahora están surgiendo nuevas formas culturales y, sin embargo, no son ampliamente conocidas. Cuando surjan estas nuevas formas, y cuando lo numinoso pueda incorporarse adecuadamente a nuestro conocimiento, Jung encontrará su contexto natural y su pertenencia, pero hasta entonces corre el peligro de ser visto como una rareza.

He discernido cuatro enfoques principales de las enseñanzas de Jung. Se podría considerar que cada uno está gobernado por un “dios” particular o un estilo arquetípico. Estoy seguro de que hay más de cuatro y de que he dejado fuera a otros, pero esto al menos pondrá en marcha una taxonomía de los estudios junguianos.

1. Encajar o ConformarseGobernado por el Padre, Senex o Viejo.
2. Actualización o ReconstrucciónHermes, el Tramposo.
3. Hacer o revertir el almaDioniso.
4. Mantenerse puro o quedarse quietoDiscípulo y acólito.

Como ocurre con todas las categorías taxonómicas, estos estilos casi nunca se encuentran en forma pura. Cuando uno esboza estos estilos arquetípicos, invariablemente se vuelven algo cliché y estereotipados, pero debemos tener eso en cuenta.

Encajar o conformar

Aquí el deseo es encajar a Jung en el sistema universitario, en lugar de desafiar el sistema defendiendo nuevos conocimientos. La psicología analítica bajo esta influencia se propone la tarea de ajustarse a estándares, expectativas y suposiciones prevalecientes. La palabra clave para este enfoque es “respetabilidad”.

El objetivo es mostrar cuán respetable es la psicología junguiana, si tan solo los académicos se tomaran el tiempo para comprender la naturaleza del pensamiento junguiano. Si los estudiosos se sentaran y reflexionaran, verían que la exclusión de Jung de la academia se basó en un malentendido. Este enfoque es racional, tranquilo y sereno; es no combativo y diplomático. Busca demostrar la validez de la psicología junguiana, comparándola con otras teorías y conocimientos.

Su objetivo es demostrar que la exclusión de Jung se ha basado en conceptos erróneos. Jung no es un místico, sino un científico sólido y digno de los ámbitos más difíciles de la mente. Estas profundidades no son “místicas”, pero son accesibles al análisis científico que esté debidamente en sintonía con las estructuras profundas. Este enfoque enfatiza sus credenciales científicas, su carrera como psiquiatra de vanguardia, su educación filosófica y su enfoque empírico de las enfermedades mentales y los problemas sociales.

Arquetípicamente, este enfoque está regido por el senex o anciano, tanto en su aspecto creativo (acomodador e inclusivo) como en su aspecto negativo (manipulador y controlador). Este enfoque enseña los “principios prácticos” de Jung, sin enseñar que el trabajo trata, en última instancia, de autotransformación. A los estudiantes se les da información, pero no el objetivo de la autotransformación, y con razón se quejan de la sequedad y la aridez de este enfoque cuando descubren más sobre el campo. Este efecto de desecación es parte de la oposición de larga data que muchos analistas tienen a traer a Jung a la academia. Divorciado de la dimensión misteriosa del inconsciente, ¿es útil el “conocimiento sobre” Jung? ¿Se puede entender a Jung sin el tipo de experiencia que obtenemos del encuentro con lo numinoso?

Irónicamente, en nuestro deseo de incluir a Jung en la academia, debemos tener cuidado de no “excluirlo” nuevamente. Si nuestro estilo pedagógico es demasiado estrecho, no estamos incluyendo suficiente obra de este pensador. Si puedo utilizar una metáfora de la física, es como si intentáramos introducir una sola partícula en la universidad, sólo que Jung no es una partícula, sino una onda de vasta extensión. Yo también estuve atrapado en esta rutina hace algunos años, así que lo sé todo al respecto.

Éste es en gran medida un problema emocional y pedagógico del arquetipo senex. El senex (en hombres y mujeres) se considera importante y tiene el control. No correrá el riesgo de la auto-revelación que exige transformación, ya que ésta involucra al anima o alma, la reveladora de la vida interior. Cuanto más identificado esté el maestro con la persona, más inconsciente y distante será el ánima. Enseñar el arte de la transformación exige que el maestro demuestre que es vulnerable a lo numinoso y receptivo al alma. Estamos ante lo sagrado no como alguien que tiene el control, sino como alguien que recibe. Si el maestro no está dispuesto a arriesgar su postura controladora, a dejar escapar la guardia, a mostrar vulnerabilidad, no puede haber enseñanza con alma. Como dijo una vez Jung de Freud, no estaba dispuesto a “arriesgar su autoridad” y, como resultado, “la perdió por completo” (1961, p. 182).

El otro problema de la pedagogía senex es que en su interés conservador por los estándares científicos, la evidencia empírica y la prueba racional, no logra ver que la propia academia ha sido transformada radicalmente por el conocimiento posmoderno. Muchos de los viejos ideales académicos, como la objetividad, la precisión y la exactitud en el método científico, han sido derrocados por el pensamiento posmoderno y la teoría feminista, al menos en las ciencias sociales y humanas, si no en las ciencias exactas. Hasta cierto punto, la imagen de academia que sostiene el senex ya no existe. Esto se debe a que Hermes, el arquetipo central de la era posmoderna, entró en la academia y cambió las cosas (Neville, 1992).

Actualizando o reconstruyendo

Hermes rige el segundo estilo de enseñanza que he detectado, aunque Hermes también puede burlarse de sí mismo. El énfasis de este enfoque está en “reconstruir” a Jung a la luz de los discursos progresistas que han tenido lugar en las ciencias sociales, las artes y las humanidades. Si respetabilidad es la palabra clave para el senex, aquí la preocupación primordial es la actualización .

Hermes es el mensajero que se mueve entre mundos, y trae al mundo junguiano mensajes de otros conocimientos, e incluso introduce preocupaciones junguianas en mundos que nunca han estado interesados en Jung. Su preocupación son las conexiones potenciales y los diálogos creativos.

Hermes, el embaucador, adopta la opinión de que un Jung no reconstruido no puede ser admitido en la academia. Cualquiera que sea el significado de “Jung” para los junguianos, debe ser deconstruido antes de poder ser auténticamente presentado ante la universidad. Este estilo puede ser paradójico: puede incluso ponerse del lado de las opiniones establecidas de la academia y argumentar en contra de “Jung” en su forma no reconstruida. Este enfoque puede resultar incómodo para el Jung no reconstruido y tratar de diferenciar una posición “post-junguiana” de una posición “junguiana” anterior.

Este enfoque buscará releer a Jung teniendo en cuenta los puntos de vista actuales, a menudo muy críticos con las formas en que la obra clásica de Jung no alcanza los valores contemporáneos. Critica el trabajo junguiano, especialmente en términos de las “tres grandes” preocupaciones de la academia, a saber: clase, género y raza. Puede intentar revisar su metapsicología y sus fundamentos filosóficos, en un esfuerzo por alinearlos con el pensamiento filosófico contemporáneo, la teoría posmoderna y la fenomenología. Este segundo enfoque podría emplear como credo: “La reparación funciona mejor al aire libre”, e instará a los estudiosos y críticos de Jung a entablar un diálogo con los “post-jungianos” en un trabajo de reconstrucción cultural mutuamente enriquecedor.

Un gran inconveniente es que con todo este elegante juego de pies y “adaptación” a las preocupaciones contemporáneas no se abordan elementos esenciales. ¿Qué pasa con lo numinoso? ¿Dónde está lo divino? A menudo se les ignora en el intento de encontrar conexiones significativas entre los intereses posjunguianos y las preocupaciones de raza, clase y género. Este enfoque suele decir: redimiremos la psicología de Jung, pero no nos preocuparemos por su teología. Pero esto no servirá. Hermes se burla de sí mismo en este punto. La actitud religiosa de Jung no es un extra añadido, un elemento opcional del que podamos prescindir. No podemos simplemente decir que su religión es un residuo de su naturaleza conservadora y que como postjungianos radicales no debemos preocuparnos por ello.

Este problema está vinculado a otras cuestiones más importantes. En la academia, la religión es frecuentemente relegada al lado correcto de la vida política, ya que a menudo se la ve como el pegamento que une a la sociedad y que la mantiene estable y ordenada. La preocupación junguiana socialmente progresista por actualizar, cambiar y renovar se ve obligada a comprometerse con una agenda básicamente izquierdista que es enormemente alérgica a los problemas religiosos (Schmidt, 2005). Pero no creo que la dimensión religiosa sea ajena a Jung; es parte integral de su psicología.

El trabajo de Jung parece reclamar una “izquierda religiosa” que aún no existe en el campus. Los religiosos suelen ser conservadores; los políticamente conscientes son a menudo muy seculares. La principal excepción a esta regla es Budismo occidental, que parece ser políticamente progresista. Sé que a los progresistas les gusta encasillar a Jung como irremediablemente conservador y estirado, pero las implicaciones de su psicología son radicales (Tacey, 2006a).

Hacer alma o revertir

El tercer enfoque se centra en la dimensión numinosa, pero a menudo tiene poco que decir sobre los aspectos sociales y políticos. Su interés está en la vida interior y el cultivo del alma. Una excepción a esta regla es cuando los visionarios junguianos deciden repentinamente que el mundo exterior tiene “alma”, y luego se comportan casi como conversos religiosos a las realidades políticas (Hillman y Ventura, 1993).

Hacer alma o anular es iconoclasta y rebelde. Acepta que el trabajo de traer a Jung a la universidad es un acto subversivo, es decir, una empresa contracultural. No está interesado en adaptar a Jung a los paradigmas existentes, sino en desafiar los modelos de conocimiento que, en primer lugar, han mantenido a Jung fuera de la academia. Su preocupación no es la respetabilidad ni la actualización, sino revolucionar el sistema.

Al tercer enfoque le gusta emplear un lenguaje que va en contra de la academia, utilizando términos como “alma” y “espíritu” que la academia considera obsoletos. Conozco a un maestro junguiano que dio un seminario para el personal sobre los dioses y diosas de la psique, y algunos de sus colegas abandonaron la sala. El enfoque revolucionario decide a menudo que la academia “carece de alma”, que privilegia el conocimiento pero “no la sabiduría”, que es represiva hacia “lo que cuenta”, que evita el encuentro con las “cuestiones fundamentales”. Este enfoque es lo que Jung llamaría “inflado”, o lo que el mundo llama arrogante. Pero ya sea arrogante, inflado o inspirado, no ve que la academia ha sido secular durante muchos años, y si quiere introducir lo numinoso en el sistema, tiene que tener tacto y presentar una apología apropiada de los dioses.

Los estudiosos del tercer enfoque frecuentemente desprecian lo que es actual y contemporáneo, y a menudo devalúan estas preocupaciones considerándolas simplemente de moda. No les gusta lo contemporáneo y están enamorados de la antigüedad. Sus modelos de vida suelen ser premodernos, antiguos o primordiales. Las fuentes de inspiración preferidas son El Renacimiento florentino, la Filosofía Perenne o la Alquimia Medieval, todos ellos parecen hocus pocus para la universidad. El tercer enfoque cree que se puede encontrar una verdad primordial, y esto es una inspiración para defender tradiciones como la alquimia, el chamanismo, el neoplatonismo, la metafísica y la literatura sapiencial.

Los académicos que siguen este camino tienen carreras difíciles y a menudo solitarias. Por lo general, no agradan a sus colegas (a excepción de algunos asociados cercanos) y desarrollan malos sentimientos y rivalidad en el lugar de trabajo. Pueden exacerbar el problema con sus repetidas críticas a los conocimientos dominantes. Debido a que celebran el alma y el espíritu, a menudo los medios de comunicación les otorgan un alto perfil, y esto echa sal en las heridas de sus colegas, que pueden sentirse acosados por la envidia. Sin embargo, estos profesores suelen tener mucho éxito con los estudiantes, quienes los ven como profetas inspirados en el campus. Forman la “Sociedad de Poetas Muertos” del mundo académico junguiano, pero a menudo se enredan demasiado en las corrientes emocionales y las complicaciones de la vida de los estudiantes. La personalidad senex se elimina en nombre del “alma”, pero a veces también se eliminan los límites profesionales y de decoro.

Mantenerse puro o quedarse quieto

También existe un enfoque purista y este grupo intenta tener lo menos posible que ver con la vida intelectual de la academia. No revuelven la olla como los dinámicos creadores de almas. Esperan que si se limitan a una burbuja junguiana, el resto del mundo intelectual desaparecerá. Sospechan de la posmodernidad, no les gustan Derrida o Foucault, ignoran a los posfreudianos y tratan lo más posible de mantenerse puros para Jung. Su trabajo es informar a la gente sobre Jung, una especie de oficina de información en el campus.

No puedo pensar en un arquetipo que gobierne este enfoque, pero sí un estereotipo: el discípulo o acólito. Este estilo, como observa Jung (1928), se identifica secretamente con el maestro y lo oculta bajo una máscara de sumisión a las enseñanzas. Estos maestros no hablan de las investigaciones científicas de Jung, sino de sus “hallazgos”, como si fueran mandamientos escritos en piedra o descendidos desde lo alto. El problema con este enfoque es que no le hace ningún beneficio a Jung. favores. Lo mantiene herméticamente aislado del mundo, alejado de los debates críticos, haciéndolo casi gloriosamente irrelevante para la vida intelectual.

Los profesores de este modo a menudo se comportan como conversos y a veces se espera que sus estudiantes se conviertan en junguianos, en lugar de lectores críticos de Jung. Los estudiantes se quejan con razón de que este enfoque es claustrofóbico, aunque puede ser adecuado para el tipo de estudiante que busca algo en qué creer. Los profesores que siguen este método no siempre agradan a sus colegas, que los ven como sacerdotes o monjas de una secta religiosa. A menudo este estilo dura poco, porque a veces es una fase que atraviesa la gente, un momento en el que se enamoran de lo numinoso revelado por Jung. Esta tendencia de la obra es atacada salvajemente, y creo que injustamente, por Richard Noll (1994).

Una vez más, se trata en gran medida de un problema religioso: ¿cómo incorporar lo numinoso a la academia secular? Jung evoca y despierta un complejo de espiritualidad; algunos lo rechazan de plano como un místico, otros lo veneran como un profeta. Los conversos no saben cómo tomar la distancia crítica necesaria, ya que la crítica es vista como una transgresión o una herejía, señales de que nuestro complejo de espiritualidad se ha activado. Si los puristas junguianos son incapaces de realizar una crítica genuina, sus colegas argumentarán que están adoctrinando a los estudiantes, haciéndolos incapaces de vivir una vida políticamente consciente y astuta. Esto crea las condiciones para el fundamentalismo y la intolerancia, y podría decirse que la educación debería funcionar en la dirección opuesta.

Diversidad y experimentación

Estos cuatro enfoques no pueden atribuirse a personalidades particulares del mundo, sino que representan inclinaciones o prejuicios en las enseñanzas de Jung. El primer enfoque busca conformar , el segundo reformar , el tercero busca transformar y el cuarto busca informar. A veces se da el caso de que un académico experimente elementos de los cuatro estilos y enfoques. Básicamente, se pueden reducir a dos categorías más grandes: uno y cuatro son estilos estáticos, mientras que dos y tres son dinámicos. La número uno es la forma estática y la número dos es la dinámica de adaptación al mundo académico; mientras que el número tres es la forma dinámica y el número cuatro la forma estática de adaptarse a lo numinoso.

La hostilidad entre nuestros bandos podría atribuirse en gran medida a estos diferentes estilos. El embaucador que se mueve rápidamente encuentra que el discípulo o acólito es estático y poco interesante. El senex encuentra al embaucador resbaladizo y engañoso. Los creadores de almas consideran que todos los demás tipos son superficiales y defensivos, y los puristas argumentan que todos los demás están en peligro de perder la trama. A veces los creadores de almas presionan demasiado el sistema y corren el peligro de perder sus empleos. La universidad podría decidir que los creadores de almas son en realidad creadores de problemas y que podría arreglárselas mejor sin ellos. Los creadores de almas pueden reinventarse como actualizadores o reformadores, donde al menos puedan conservar sus puestos de trabajo y donde las pasiones se enfríen por la necesidad de entablar un diálogo con las preocupaciones contemporáneas. Los acólitos también se ven empujados a adoptar nuevos estilos, en parte debido a las críticas de otros, ya que la universidad no tolerará por mucho tiempo un mundo burbuja exclusivo. Podría decirse que es mejor que los clubes Jung se ocupen de un puesto de información junguiano y no las universidades.

Pero el campo es nuevo y aún está naciendo. Habrá otros estilos por descubrir y más problemas por elaborar. Debemos esperar esta diversidad en los estudios junguianos y, si es posible, mantener la tensión entre posiciones conflictivas. El reciente establecimiento de una Asociación Internacional de Estudios Jungianos, que se centra específicamente en la enseñanza de Jung en contextos universitarios, contribuirá en gran medida a proporcionar un foro para una discusión valiosa y una reflexión crítica sobre los estilos de enseñanza, las cuestiones pedagógicas y el significado y propósito. de Jung en la universidad. Se invita a los lectores a consultar el sitio web, que se puede encontrar en la lista de referencias.

En conclusión, la mejor manera de servir a Jung no es convertir su trabajo en una ideología fija, sino deconstruirlo juguetonamente para la nueva era. Tenemos que deconstruir sus ideas sobre lo numinoso, pero no podemos erradicar lo numinoso para satisfacer las necesidades de una academia secular. Usando una de las frases clave de Jung, tenemos que “soñar el mito hacia adelante” (1940, p. 76). A medida que trasladamos el trabajo a la academia, tenemos que evitar diversos obstáculos, incluido quedar atrapados en el senex y dejar de lado el alma; embriagarse actualizando y dejando de lado lo numinoso; identificarse con el alma y condenar al mundo; o quedarse atrapado en un gueto e ignorar al mundo. Estos problemas no son exclusivos de los junguianos. Se encuentran allí donde lo numinoso levanta su cabeza en un contexto secular.

Este ensayo está dedicado a Robert Farrell, en reconocimiento a veinte años de exploración de la enseñanza de Jung en la Universidad La Trobe de Melbourne.

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