En los últimos años ha sido notorio, bajo diversas formas discursivas, una constelación de narrativas que buscan dar cuenta del malestar masculino contemporáneo. Espacios como la llamada “manosfera” o la cultura incel ya no parecen ser comunidades marginales ni fenómenos aislados, sino expresiones puntuales de una experiencia más amplia que atraviesa la relación de los hombres con su propia masculinidad. En ellas, el vinculo entre el hombre y la mujer aparece profundamente tensionado, organizado en torno a una lógica de exclusión, resentimiento y sospecha que no logra resolverse en el nivel de las relaciones concretas. La mujer, en esos discursos, es colocada en un lugar ambiguo y problemático, donde al mismo tiempo es una promesa de sentido y causa de su imposibilidad, deseada y rechazada, idealizada y degradada, al parecer, sujeta a una representación arquetípica.
Sin embargo, reducir este fenómeno a una cuestión ideológica o moral implicaría permanecer en la superficie de aquello que se intenta pensar. Lo que en estas narrativas se expresa es una postura frente al otro, pero de forma más profunda se trata de la manifestación de una transformación en la estructura de la experiencia misma, donde el sujeto, enfrentado a exigencias culturales que no puede realizar, se ve empujado a reorganizar su relación con el mundo bajo formas cada vez más abstractas y rígidas. Este ensayo no busca explicar ni juzgar estas posiciones, el propósito es interrogar a las condiciones psicológicas que las hace posibles, mostrando cómo en ellas se revela una dificultad anímica, la imposibilidad contemporánea de sostener las imágenes que organizaban el vínculo, y el modo en que, en ese vacío, la figura de la mujer es llamada a ocupar un lugar que ningún ser humano puede soportar.
I. El odio como liberación fallida del vínculo
El odio es un fenómeno propio de la relación; allí donde hay vínculo, este no tarda en hacerse presente y destrozar las almas y los cuerpos de quienes, en otro momento, fueron cercanos. Pero el odio no debe pensarse únicamente como una reacción directa frente a un otro concreto, como si se tratara de un simple conflicto entre personas. Allí donde ocurre, lo hace como la imposibilidad de hacer consciente un determinado orden de nociones que, sin haber sido elegidas, han llegado a constituir el horizonte mismo de la experiencia. Estas ideas se imponen como exigencias omnipresentes que organizan la vida desde una instancia abrumadora, produciendo tensión entre lo que se vive y aquello que, sin poder realizarse, continúa exigiendo realización.
En la experiencia clínica, el enojo aparece con frecuencia como la primera forma en que esta tensión se vuelve perceptible. Se dirige inicialmente hacia un otro y parece responder a una ofensa claramente delimitada, pero pronto se vuelve evidente que, en realidad, emerge como una necesidad de separación que aún no ha encontrado su objeto verdadero. Lo que se intenta alejar con el enojo no es a dos sujetos, sino a un sujeto de un conjunto de configuraciones psíquicas que han llegado a sentirse asfixiantes. Se trata de imágenes y nociones cuyo núcleo de significado ha sido vaciado, pero que persisten como estructuras que continúan organizando las expectativas, el deseo y la valoración de la propia existencia.
Esta imposibilidad de sostener las imágenes no conduce a su disolución. La psique no abandona con facilidad aquello que la ha constituido. Incluso cuando el contenido ha perdido su credibilidad, la forma permanece operante y el vacío que ha dejado el sentido es ocupado inmediatamente por una exigencia aún más intensa. En este punto, el sujeto queda suspendido en una relación contradictoria con sus propias ideas: no puede creer en ellas, pero tampoco puede desprenderse de su influencia. La tensión se acumula sin poder resolverse y se apodera del espacio que otrora le pertenecía al vínculo. Es ahí, donde el padre furioso golpea, donde el reproche de los esposos se expresa airoso o donde el puñal se clava en el cuerpo del prójimo; en esas escenas el enojo se ha vuelto una presencia ineludible, pero aún no se convierte en odio.
Es en el exceso y la repetición donde el enojo comienza a desplazarse. Aquello que no puede ser reconocido como conflicto interior busca una forma de representarse en el mundo. No porque el mundo lo origine, sino porque ofrece la posibilidad de que lo informe adquiera figura. El odio hacia un objeto alivia momentáneamente la tensión inherente a los vínculos, que se puede sentir como angustia, un conflicto sin representación. El objeto odiado funciona, entonces, como un chivo expiatorio que aglomera la hostilidad y le proporciona una justificación fuera de sí misma. Se odia para desplazar la destructividad fuera de uno mismo, hacia lo externo, hacia el dominio de la sombra.
Pero la sombra es siempre el otro de uno mismo, la herida que aparece en el punto en que esta operación proyectiva se vuelve posible, como superficie de inscripción. En ella se depositan las exigencias que no pueden ser sostenidas, las promesas incumplidas de una forma de vida que no ha podido realizarse, las expectativas que han devenido opresión. No se trata todavía de una sombra concreta, es una figura que condensa el peso de una totalidad invisible. Este momento pertenece a la lógica del anima que permanece adherida a sí misma, en espera de la llegada del Hades depredador, que tiene que ser terrible porque en él yace la negatividad que pertenece al anima misma, como su propio otro.
La relación que se establece a partir de este desplazamiento es un compromiso ideológico con una idea cargada de significado. El odio no surge, por tanto, de un encuentro fallido, lo hace de la necesidad de sostener, en la exterioridad, aquello que no ha podido ser transformado en el interior. Al fijarse en una figura, el conflicto adquiere una forma que permite su confrontación, pero al mismo tiempo asegura su persistencia, pues aquello que se combate no es reconocido como propio, sino vivido como una imposición ajena que debe ser rechazada y depositada en un otro literal, quien aprisiona en su concreción, la semilla dialéctica que debe ser ocultada.
De este modo, el odio reorganiza el vínculo bajo una forma negativa. Donde no ha sido posible diferenciarse de las propias imágenes y nociones, se produce una identificación invertida con ellas, en la que el sujeto permanece ligado a aquello que rechaza. La figura odiada conserva, bajo la forma de la negación, la finalidad que antes ejercían las imágenes en el interior; sigue siendo el lugar donde se lleva a cabo la relación con aquello que sobrepasa, determina y oprime. La separación buscada nunca se realiza; se transforma en una distancia aparente que encubre una dependencia aún más profunda.
En este sentido, quien odia no se encuentra ante lo odiado, sino ante la forma en que su propio mundo psíquico ha sido configurado y posteriormente proyectado. Lo que se rechaza es una estructura de sentido que no ha podido ser elaborada y que se ha objetivado en un grupo, una idea o una persona concreta. Siempre una literalidad. El odio aparece entonces como una tentativa fallida de diferenciación que, al no poder consumarse en el interior, se despliega en el mundo buscando un espacio de satisfacción, fijando al sujeto en aquello mismo de lo que intenta separarse. Por eso, quien odia se somete a la figura que desprecia, pues al intentar huir de ella, la ha entronizado como una idealidad de la cual ya no podrá desprenderse.
II. La exigencia de una forma imposible de lo masculino
Si el odio no se dirige primariamente a un otro y constituye, más bien, el intento fallido de separarse de un orden de imágenes que oprime al sujeto, entonces se vuelve necesario interrogar la procedencia de dichas imágenes, su lógica interna y la forma en que han llegado a adquirir tal poder de determinación sobre la experiencia. No se trata de contenidos arbitrarios ni de simples construcciones individuales; son configuraciones históricas que organizan la vida psíquica desde una dimensión que excede al individuo, inscribiéndolo en una economía simbólica que define de antemano aquello que debe ser deseado, alcanzado y encarnado.
En el caso de lo masculino, estas imágenes se articulan en torno a una forma ideal que, aun cuando ha perdido su anclaje en las condiciones materiales que le dieron origen, continúa operando como medida de valor. La figura del hombre autosuficiente, capaz de imponerse sobre su entorno, de acceder al reconocimiento social y de garantizar su posición a través del éxito económico y sexual, persiste como exigencia incluso allí donde su realización se ha vuelto estructuralmente improbable. La cultura no ha abandonado este ideal; lo ha intensificado en el mismo movimiento en que ha erosionado las condiciones que lo hacían posible.
La consecuencia de esta escisión es el continuo sentimiento de impotencia, a causa del profundo desajuste entre la vida y su representación. El sujeto se enfrenta a la dificultad de alcanzar un objetivo imposible que, sin embargo, continúa definiendo su valor. La distancia entre lo que se es y lo que se debería ser adquiere la forma de una falta constitutiva que atraviesa la totalidad de la experiencia masculina. Es entonces que el hombre fracasa, inevitablemente, en constituirse como un hombre, en el sentido en que las exigencias de la cultura estipulan su rol social y su identidad de genero.
Esta condición no permanece en el nivel de la conciencia como un juicio explícito; se infiltra en la estructura misma del vínculo. La relación con el otro deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en un campo donde se construye la validación o la exclusión respecto de ese ideal. La mirada ajena tiene aquí un carácter decisivo como un espejo tiránico que reproduce las expectativas culturales. Ser visto, ser elegido, ser reconocido: estas experiencias adquieren la forma de momentos en los que el sujeto cree poder suturar la fractura que lo constituye.
Es en este punto donde la figura femenina comienza a adquirir centralidad, como una idea en la que el hombre parece encontrar su resolución o su confirmación definitiva. La mujer aparece imbuida con la capacidad de validar o negar el acceso a la forma ideal de lo masculino, no porque posea en sí misma ese poder, sino porque la estructura simbólica ha depositado en ella la encomienda de encarnar el reconocimiento que el sujeto no puede otorgarse por sí mismo. Su elección, entonces, es experimentada como juicio.
Bajo estas condiciones, los múltiples obstáculos para acceder al ideal masculino no se viven como acontecimientos limitados por las condiciones socio-económicas; en cambio se imaginan como la evidencia de una imposibilidad dolorosa inherente al objeto deseado. No solo no se es elegido por una persona, una mujer concreta; se trata de no ser elegido en absoluto, de quedar excluido de la forma misma en que el valor es distribuido. La experiencia se desplaza, entonces, desde el plano de lo general (una realidad percibida como injusta, que no permite que el sujeto alcance su ideal), hacia aquello que simboliza su deseo (la mujer como encarnación de lo femenino).
La emergencia de comunidades que organizan su discurso en torno a esta experiencia hace explícita una estructura inconsciente. En ellas, la imposibilidad individual es reinterpretada como una ley general, y la frustración adquiere un lenguaje que le permite sostenerse sin transformarse. La mujer, en este contexto, se convierte en el punto de condensación de todas las tensiones y frustraciones; encarna la promesa inaccesible de la vida misma, la falta inherente al ser. La oscilación entre idealización y desprecio es la expresión de la misma forma de identidad masculina que no logra resolverse.
De este modo, el odio encuentra una nueva justificación. Aparece como una respuesta aparentemente coherente a un orden percibido como injusto. Sin embargo, esta coherencia es ilusoria, pues aquello que se denuncia como imposición externa reproduce, sin ser reconocido, el mismo sistema de imágenes e ideas del que el sujeto no ha podido separarse. La crítica no alcanza el nivel en que dichas imágenes se organizan; permanece atrapada en su lógica, invirtiendo sus signos sin alterar un ápice de su dinámica.
Así, la figura femenina queda fijada en una posición imposible. Debe, al mismo tiempo, representar el ideal que el sujeto no puede realizar y cargar con la culpa de su inaccesibilidad. Se convierte en el lugar donde ocurre una contradicción que no le pertenece, en el soporte de un imperativo que no ha sido elaborada. No se la concibe como un otro que sufre de manera humana; se la experimenta como un rol determinado dentro de un sistema que la precede y que la usa como figura arquetípica, como una diosa terrible que juega con el deseo de los hombres.
En esta fijación, el movimiento iniciado en el odio como tentativa de separación se detiene y se invierte. Lo que debía permitir una diferenciación respecto de las imágenes que oprimen, termina por reforzarlas, otorgándoles una presencia aún más concreta y una eficacia mayor. El sujeto no se libera de ellas; las encarna en el mundo, asegurando así su persistencia. La imposibilidad de habitar la forma ideal de lo masculino conduce a su literalización, y en ese endurecimiento el vínculo queda definitivamente capturado en una estructura que no permite ni el encuentro ni la separación. El hombre no puede acceder a “la mujer” ya no solamente por las cuestiones fundamentales de la sociedad y de la economía o por limitaciones personales, sino porque su propia ideología, que se supone debería resolver la encrucijada, la ha convertido en un objeto ideal e inalcanzable.
Excurso: El ideal masculino en la pornografía
Hay un discurso cultural que ejemplifica el ideal masculino, es la pornografía. Aparece como uno de los espacios donde esta operación alcanza su expresión más nítida. Superficialmente es un conjunto de imágenes destinadas al consumo, pero en esencia es un dispositivo simbólico que organiza una representación específica del vínculo, del deseo y del valor, demostrando en su forma aquello que la cultura exige de manera difusa a los hombres y a las mujeres y que se impone por diversos medios discursivos como el amor romántico o el ideal de productividad capitalista.
En este escenario, el hombre como sujeto, en sentido pleno, es reducido a la función que debe encarnar. Su cuerpo ya no es un cuerpo, es un instrumento de producción, es la materialización de una exigencia ideal que lo compara constantemente con aquello que debería ser. La erección permanente, sostenida más allá de toda temporalidad orgánica, se convierte en el signo visible de una productividad ilimitada, es la prueba de una potencia que no admite interrupción ni fracaso. No hay allí espacio para la fatiga o la ambivalencia; todo se organiza en torno a la exigencia de rendimiento. El hombre-falo, cuyo cuerpo debe expresar siempre potencia, es absorbido por una dinámica desgastante e insostenible.
Esta forma de erección priápica expresa con precisión la lógica que atraviesa la construcción contemporánea de lo masculino. El hombre es aquello que puede sostener su cometido sin negatividad, que puede responder sin dilación al deseo del Otro. La sexualidad queda subsumida bajo la lógica de la productividad, donde el cuerpo es la superficie donde se inscribe el mandato de cumplir. En lenguaje cotidiano se denomina “cumplir” al hecho de que el hombre lleve a cabo su tarea simbólica, de satisfacer y producir. Pero, tal parece, que aquello a lo que se satisface no es una persona, sino un ideal, y de manera más precisa un esquema cultural que sostiene la propia valoración masculina. Capitalismo y patriarcado, son denominaciones que este gran Otro ha recibido a lo largo del tiempo.
La mujer, en este contexto, es, también, una figura capturada por una función, aunque de naturaleza receptiva. Ella encarna el lugar del reconocimiento, el punto donde la acción masculina adquiere sentido. Su cuerpo y su expresión se convierten en el índice de validación de la potencia del hombre. Es la figura del Otro ante el cual el sujeto debe responder, el lugar donde yace la confirmación o la negación de su hombría.
La estructura visual de la pornografía hace evidente esta disposición. La mirada no se organiza en torno al hombre, ni se detiene en su experiencia, en su interioridad o en su goce. El centro de la escena es el placer femenino, la expresión de su cuerpo, el gesto de su rostro, la progresión de una satisfacción que debe ser verificable y culminante. El orgasmo femenino adquiere el carácter de evidencia de que la labor ha sido cumplida. La secuencia se orienta hacia ese punto como si en él se resolviera la totalidad del vínculo.
El placer del hombre queda subordinado a esta lógica y pierde su centralidad, se convierte en un momento secundario producto de la operación realizada. De este modo, la sexualidad masculina es absorbida por el afán de validación externa en la que el sujeto mide su masculinidad en torno a la satisfacción femenina (de ahí la pregunta cliché: “¿te gustó?”). El sujeto define su hombría en la complacencia de una expectativa externa.
Lo que en apariencia podría interpretarse como una centralidad de lo femenino, no obstante, revela que la mujer tampoco ocupa el lugar de sujeto del deseo; en cambio, es el soporte donde el deseo masculino se evalúa a sí mismo. Su placer no le pertenece completamente, funciona como signo dentro de una economía que lo excede. El hombre, por su parte, no accede a ella como un otro que goza, se enfrenta a un aparato moral que lo juzga a través de su respuesta. Ni uno de los dos es realmente dueño de su goce.
La pornografía no constituye un exceso marginal de la cultura, más bien condensa la estructura que organiza el vínculo contemporáneo. La imposibilidad de alcanzar la forma ideal de lo masculino persiste en esa representación sin resto y sin límite. El resultado es la repetición insatisfactoria y frustrante de una sexualidad productiva. Como una pesadilla donde el soñante nunca puede alcanzar el ideal añorado (en este caso, la masculinidad deseada) y queda atrapado en la compulsión repetitiva.
Así, la pornografía aparece como un espacio donde el conflicto descrito refuerza su propia narrativa. El ideal masculino, despojado de toda mediación, se presenta en su forma más literal y frustrante. No hay en ello encuentro, ni relación en sentido verdadero; solo hay una idea inconsciente que exige ser alimentada y que, al hacerlo, captura tanto al hombre como a la mujer en un circuito donde el vínculo queda subordinado a la necesidad de demostrar la potencia que nunca será suficiente.
III. La mujer como figura del mundo y su escisión arquetípica
La imposibilidad del ideal masculino se experimenta como una falta primordial del individuo, ante la cual la figura femenina deja de aparecer como una presencia concreta y condensa una función arquetípica. La mujer se vuelve el lugar donde el mundo adquiere forma visible. En ella se reúnen las determinaciones económicas, el orden simbólico y la ley que distribuye el valor. La mujer se confunde, entonces, con aquello que organiza la totalidad de la experiencia; ahí lo femenino ideal y la mujer concreta dejan de ser dos dimensiones distintas y se perciben como una única forma abstracta.
Así, la mujer es investida con una imagen que no le pertenece, pero que organiza la experiencia del sujeto como si fuera real. Su presencia adquiere el peso de una instancia que parece decidir el destino mismo de la existencia. En esta situación, ella es elevada como figura de salvación, como aquello que, al ser alcanzado, restablecería la unidad perdida. Pero esa misma figura, incapaz de sostener el peso que se le impone, se invierte y se degrada. La mujer se transfigura entonces en principio de corrupción que distribuye arbitraria e injustamente el valor. Ambas imágenes son polaridades de la misma noción y en ambas la mujer queda reducida a la actividad de representar aquello que sobrepasa su posición como humana-demasiado-humana.
Esta forma de proyección es un remanente de la historia de las imágenes del alma, donde lo femenino aparece una y otra vez como el cuenco vacío en el que la consciencia deposita la forma de su relación con la realidad. Con la debida distancia histórica, este fenómeno puede observarse en figuras como la Pistis Sophia, donde lo femenino se identifica con la sabiduría degradada, como principio desgajado de su origen cuya restauración promete la redención del mundo. Es la imagen de una totalidad perdida que debe ser recuperada. O en los relatos míticos más antiguos, como el de Tiamat, la gran madre que es desmembrada para que el mundo pueda existir; lo femenino es asumido como materia primordial sacrificada, como el caos fundamental sobre el cual se erige el orden civilizatorio.
En otros momentos, la relación adopta la forma del rescate. La princesa de los cuento, por ejemplo, es aquello que debe ser alcanzado para que el trayecto del héroe adquiera sentido. Del mismo modo, Helena de Troya se convierte en botín de guerra, en un objeto cuyo valor desencadena conflictos y ordena el destino aciago de los héroes. Lo femenino queda subordinado a la función de encarnar aquello que justifica la lucha y la destrucción.
Por otra parte, la pureza inaccesible encuentra su expresión en la doncella medieval, cuya significación depende de su intangibilidad, y en la figura contemporánea de la virgen, convertida en un fetiche moral, la “mujer si pasado”. Aquí lo femenino es elevado a una forma que no puede ser tocada sin perder su valor, un ideal que se sostiene precisamente en su distancia respecto de lo real. Pero esta misma distancia prepara su inversión. Allí donde lo femenino no puede ser alcanzado, se torna en amenaza. Figuras como Medea o Yocasta encarnan una maternidad que devora y con-funde, que destruye el orden que debía sostener. Las brujas, perseguidas y aniquiladas, concentran en su figura el temor hacia un poder femenino que no puede ser controlado, hacia una alteridad que desborda las categorías establecidas.
En la contemporaneidad, esta genealogía se aglutina en figuras aparentemente nuevas que repiten el resabio de la antigua función femenina bajo otras formas. La mujer hipergámica aparece como la encarnación de un deseo que selecciona y distribuye el valor de la masculinidad, ella decide quien se considera un verdadero hombre. El ideal materno, por su parte, persiste como una añoranza silenciosa de cuidado absoluto, que debe sostener sin fisura la vida de otros. Estas imágenes no describen a las mujeres; organizan la forma en que el sujeto se relaciona con el mundo a través de ellas.
Lo femenino, en todas estas configuraciones, funciona como una superficie de proyección, un recipiente vacío que recibe las formas que el alma no puede sostener por sí misma. En ese recipiente se depositan la redención y la caída, la pureza y la corrupción, la vida y la destrucción. Cada figura imaginal no versa sobre la mujer real, revela la forma en que el sujeto experimenta el mundo. Por eso una figura como Maria podía «guardar todas estas cosas, meditándolas en su corazón» y dar a luz la verdad de su tiempo.
Pero la mujer no es el mundo, es solo una persona cuya necesidad individual, en la modernidad, exige la diferenciación respecto de los modelos culturales con los que se identifica. En otros momentos históricos, la coincidencia entre la representación y el sujeto podía sostenerse como ideal; en la actualidad, esta identificación se vuelve opresiva. La caída del horizonte metafísico ha disuelto la posibilidad de habitar esas imágenes sin resto. El sujeto ha sido expulsado de la unidad simbólica que antes lo sostenía, y en ese desplazamiento la identificación con el ideal es una forma de fijación en imágenes simbólicas obsoletas.
La polarización contemporánea entre la mujer ideal y la mujer devoradora es la reactivación degradada de esta larga tradición imaginal. Lo que antes podía sostenerse como tensión simbólica aparece ahora como oposición rígida. La mujer es, al mismo tiempo, aquello que promete redención y lo que confirma su imposibilidad. En esta escisión, lo femenino es retraído hacia su raíz arquetípica en la gran madre, fuente primaria de vida y también de destrucción y muerte.
De este modo, la mujer queda inscrita como abstracción y como soporte de una escisión que no le pertenece y que no puede sostener, especialmente en una época donde el sujeto ha sido expulsado del manto metafísico del cosmos. En ella, se concentra la relación del sujeto con aquello que aún añora, y ese anhelo imposible se convierte en fuente de enojo y frustración, al no poder mantener el vínculo, perdido, con la unidad añorada bajo la forma de la validación. En ese proceso idealizante el conflicto se repite bajo formas cada vez más rígidas y desgastantes.
IV. El ideal del sujeto autosuficiente y la negación de la sombra
El ideal contemporáneo de lo masculino es la expresión psicológica de una forma histórica más amplia, que organiza al sujeto bajo la lógica del rendimiento, el control y la autosuficiencia. El hombre ese concibe como una unidad cerrada, capaz de dominar su entorno, de regular sus afectos y de responder sin fisura a las exigencias que se le imponen. En esta figura, la interioridad deja de ser un espacio de conflicto y profundidad para convertirse en un mecanismo que debe funcionar sin interferencias. El sujeto ideal es aquel que no se detiene, que no duda y que no es atravesado por fuerzas que escapen a su dominio.
Esta expectativa corresponde a la imagen del sujeto capitalista, un individuo que debe funcionar como agente productivo constante, como entidad autónoma que no depende de nada que no pueda gestionar. La emocionalidad, la vulnerabilidad, la ambivalencia y todo aquello que introduce opacidad en la experiencia es percibido como un obstáculo para su idealidad. Aquí la sombra en lugar de ser integrada, es excluida junto con todo rastro de negatividad. El inconsciente tampoco es reconocido como dimensión constitutiva; sus manifestaciones son negadas en favor de una identidad que se pretende transparente para sí misma.
Esta exclusión, sin embargo, no elimina aquello que se intenta suprimir, porque lo que no es reconocido en su interioridad retorna bajo otra forma. La figura de la mujer se convierte, entonces, en el lugar donde reaparece aquello que el ideal masculino ha debido rechazar para sostenerse. En ella ocurre el retorno de lo reprimido en el proyecto del hombre individualista: la dependencia, la necesidad de reconocimiento, la vulnerabilidad frente al deseo y la imposibilidad de control absoluto.
Lo femenino, aquí, es objeto de deseo, campo de conflicto y, sobre todo, encarnación de la negatividad que el sujeto no puede asumir como propia. Ella, como idea, representa una instancia que desestabiliza la posición de un hombre que ha intentado constituirse sin inconsciente. Deviene el lugar donde se concentra aquello que desmiente la fantasía de autosuficiencia. Su existencia introduce una alteridad que no puede ser absorbida sin que el ideal se rompa. Justo donde el sujeto pretende ser completo, lo femenino introduce la evidencia de su incompletud, y por ello se vuelve amenazante.
Esta dinámica produce el efecto de que aquello que en el interior se vive como amenaza (la dependencia, la necesidad, la falta) es experimentado como imposición externa. Pero, paradójicamente, el deseo femenino es lo que valida la masculinidad del hombre y, al mismo tiempo, aquello que él más teme. Este doble vínculo intensifica la frustración y el enojo, pues se intenta realizar algo que contradice la posición desde la cual se realiza. El hombre busca penetrar en lo femenino, pero teme ser inseminado por aquello mismo que ha depositado en esa figura.
La identidad masculina, organizada bajo este ideal, queda despojada de profundidad, incapaz de sostener la ambivalencia. Todo aquello que no encaja en la imagen de control debe ser eliminado o proyectado. El resultado, por supuesto, es la fragilidad estructural de su identidad. Al no poder reconocer su propia sombra, el sujeto queda expuesto a ella en cada encuentro, obligado a confrontarla bajo formas que no puede integrar.
El odio hacia la mujer es una forma de protección; un intento de preservar la coherencia de una identidad que no puede mantener en su propia contradicción. Al fijar la negatividad en la figura femenina, el sujeto mantiene la ilusión de control, de unidad, de autosuficiencia. Pero esta actuación tiene el costo de atar al individuo a aquello que rechaza, y lo obliga a repetir la misma confrontación sin poder resolverla.
Así, el hombre organizado bajo la lógica capitalista pretende excluir aquello que retorna constantemente, desbordando los límites de la identidad que intenta vanamente construir. La mujer, por su parte, es convertida en portadora de esa negatividad y queda atrapada en una atribución que le es ajena, mientras el sujeto masculino permanece encerrado en un discurso que le impide reconocer que aquello que combate fuera de sí constituye, en realidad, la condición misma de su existencia. Tal vez ahí radica el núcleo de lo que, tanto el hombre como la mujer experimentan como opresión de genero.
V. La caída de las imágenes y la imposibilidad del vínculo
El conflicto entre el hombre y la idea de la mujer debe comprenderse en la transformación radical de la consciencia que dio paso a la modernidad y dejó atrás la contención en las imágenes metafísicas que daban cobijo y orientación al ser humano. El hombre moderno ya no habita el mundo simbólico que dio forma a las figuras del alma durante siglo; ha sido expulsado de ese horizonte en el que las imágenes no eran representaciones, sino la realidad realmente vivida. Lo femenino, en tanto figura del mundo, podía ser encarnado naturalmente y sostenido como ideal. Pero, en la actualidad, esa coincidencia ha desaparecido. Las imágenes persisten, aunque han perdido su fundamento; continúan funcionando como exigencias, y ya no pueden ser asumidas como la verdad del alma.
Esta ruptura no ha eliminado, sin embargo, la necesidad de la imagen. El sujeto no puede orientarse sin formas que organicen su experiencia, ni prescindir de esquemas imaginales que den sentido a su existencia. Pero en la medida en que éstas han quedado vaciadas de su contenido metafísico, su aplicación se vuelve compleja. El sujeto, desnudo metafísicamente, queda expuesto a la realidad sin las certidumbres de la antigua fe y debe, por lo tanto, coser sus propias ropas y encontrar su lugar en un mundo que ya no se lo proporciona. En esa exigencia sin fundamento, el ser humano se encuentra atrapado entre la incapacidad de creer y la imposibilidad de renunciar.
Aquello que ya no puede sostenerse en el plano simbólico busca anclarse en lo concreto. Las imágenes e ideas, desprovistas de su importancia, se adhieren a personas, a figuras empíricas que son forzadas a cargar con un significado que les es ajeno. La mujer aparece entonces como el lugar privilegiado de esta literalización; como una abstracción que aglutina la totalidad de la experiencia. “La mujer” deja de ser una categoría entre otras y se convierte en el concepto en el que el sujeto deposita aquello que no puede pensar de otro modo.
En esta confusión, la distinción entre la mujer empírica y la figura simbólica se desvanece. La primera queda atrapada en la segunda, obligada a representar un conjunto de imperativos que la alienan de su propia naturaleza. Se construye sobre ella una narrativa compensatoria que transforma a la mujer en la nueva anima mundi e intenta recuperar la coniunctio clausurada por la propia historia de la consciencia.
La decepción masculina marca la imposibilidad de alcanzar una unidad que ya no existe. El sujeto moderno permanece ligado a la nostalgia de un orden en el que la imagen y la realidad coincidían sin fractura. La figura de la mujer hipergámica expresa el destino de esta estructura colapsada. Es una construcción ideológica y una distorsión perceptiva donde la imposibilidad se vuelve visible y actuada. En ella se reúnen la experiencia de exclusión y la inaccesibilidad a la antigua inmanencia del mundo; la mujer se convierte en la diosa perdida que parece distribuir el valor y decidir quién accede y quién queda fuera de la masculinidad. Es el afán por el reflejo de un tiempo que ya ha pasado.
El hombre desea ser deseado por la mujer, como la condición que resolvería la fractura, y, no obstante, la rechaza como aquello que evidencia el rompimiento. El vínculo oscila entonces entre la idealización y el odio, sin poder estabilizarse en ninguna de las dos posiciones, pues ambas responden a la misma posición lógica de la escisión. El resultado es el fracaso inevitable del encuentro, porque donde la mujer ha sido convertida en abstracción ya no puede aparecer como un otro en el plano de la horizontalidad. Una vez que la idealidad ha ocupado el lugar de la realidad, el vínculo queda sustituido por una relación vertical. El hombre lidia con una forma arquetípica de la cual no puede desprenderse.
Así, el odio no solo es una reacción frente a un otro; es la forma en que el sujeto permanece ligado a las imágenes que ya no puede habitar. Al odiar las conserva bajo una forma negativa, asegurando su permanencia. La mujer, convertida en soporte de esa búsqueda, queda atrapada en un papel que le es ajeno, mientras el sujeto permanece encerrado en una estructura que le impide reconocer que aquello que combate fuera de sí constituye, en realidad, una simulación que le permite darle coherencia a una realidad obsoleta, pero segura.
Y sin embargo, la imposibilidad no es definitiva. Existe únicamente en relación con el intento de restaurar una unidad que ya no puede ser recuperada. En el mundo moderno el hombre y la mujer están condenados a estar expuestos a sí mismos, sin la mediación de las grandes imágenes que antes organizaban su vínculo. La mujer no puede sostener el peso del mundo, porque ya no es llamada a encarnar ningún absoluto; se abre ante ella la gran grieta del alma, como la pérdida de la numinosidad. Y el hombre, expulsado de la unidad del cosmos, ya no puede apoyarse en modelos de masculinidad que otorguen sentido a su existencia.
Es en la resignación por la propia pequeñez, y no en la persecución inútil por la realización del ideal, ni la restauración del vínculo en su forma imaginada, donde el encuentro es posible; ahí yace la posibilidad (todavía incierta) de un encuentro que no esté mediado por la exigencia de lo absoluto. Es el trabajo del ser humano moderno despojar a su prójimo, y así mismo, de toda demanda de idealidad y asumir su insignificante humanidad como lo más valioso que jamás tendrá; y permitirse amar, en sí mismo y en los demás, al pequeño terrón de tierra que cada uno es.
Epílogo: Taxi Driver, La violencia como actuación
Aunque la película Taxi Driver no pertenece directamente al discurso de la manosfera, condensa con nitidez la estructura anímica que este ensayo ha intentado pensar. En ella se retrata la imagen de un hombre solo que recorre la ciudad durante la noche, incapaz de dormir, sin encontrar un lugar para sí en el mundo, sostenido en una vigilia que no le permite descansar de sí mismo. El rostro de Travis Bickle desborda al personaje y permite pensar una forma vigente de la masculinidad moderna.
Travis es un exmarine que sueña con una vida ideal, la cual describe falsamente en una carta dirigida a sus padres, poco antes de encaminarse hacia el atentado. Su odio no se corresponde a un agravio particular; nace como la única vía para dar orden a un mundo extraviado. El mundo aparece sucio y degradado, pero esa percepción no describe una realidad exterior, se refiere, más bien, a una tensión que no ha sido pensada aún. Lo que no encuentra representación en el interior se vuelve visible como corrupción del mundo.
El odio organiza lo informe, desplaza la angustia hacia la exterioridad y fija en el mundo aquello que no puede reconocerse como propio. La ciudad entera deviene superficie de inscripción de una estructura que no logra volverse consciente. Esta tensión atraviesa también la relación de Travis consigo mismo. Su vida está marcada por signos de insuficiencia (insomnio, aislamiento, precariedad, ausencia de reconocimiento, torpeza vincular) que no son vividos como condiciones concretas, sino como una falla en el ser. Travis no fracasa en algo; fracasa en ser aquello que debería ser.
Es así como, en pos del ideal de hombre, disciplina su cuerpo, se arma, se organiza bajo la lógica del control e intenta encarnar una figura de acción coherente con el ideal masculino de autosuficiencia. Pero cada uno de estos movimientos profundiza la distancia que intenta cerrar. Mientras construye una vía hacia un yo ideal, su ira se afianza en esa misma operación, en la búsqueda de una cruzada que otorgue sentido a su existencia vacía.
El protagonista no puede ser hombre en los términos que lo determinan, pero tampoco puede desprenderse de ellos. Permanece suspendido en una exigencia que no puede cumplir y de la cual no puede escapar. Desde ahí, lo femenino queda capturado por un propósito secreto. Betsy no aparece como una mujer concreta, sino como una imagen de pureza, redención y posibilidad de orden. No hay encuentro, porque no hay otro; hay una figura que debe encarnar aquello que el sujeto no puede sostener por sí mismo. Y cuando esa imagen fracasa (como necesariamente debe hacerlo) la idealización se invierte, de la pureza a la corrupción, de la salvación a la traición.
Lo mismo ocurre con Iris, cuya “salvación” no implica una relación real, sino su reinscripción en la forma de la inocencia que debe ser restaurada. En ambos casos, la mujer no es vivida como individuo, sino como la representación de una dimensión existencial perdida en la que el protagonista deposita su propio sentido de vida.
Aquello que Travis no puede reconocer en su interior (la dependencia, la fragilidad, la imposibilidad de sostener una identidad cerrada) retorna bajo la forma del mundo que desprecia y de los otros que decide eliminar. La violencia, en su imaginación, aparece como la consecuencia lógica de una realidad simbólica que se percibe como corrompida: por los delincuentes y proxenetas del barrio, pero también por las figuras políticas que no han logrado mantener el orden del mundo. Ambas dimensiones quedan subsumidas bajo la misma lógica de destrucción.
Pero la matanza no lo libera de la estructura que lo oprime. Por el contrario, lo integra en ella. La escena del crimen convierte la angustia en actuación (acting out), dando forma a lo que no había podido ser pensado. El reconocimiento que sigue a su acto estabiliza momentáneamente su mundo, le concede un descanso, pero no resuelve el conflicto. La estructura permanece intacta. La mirada final, suspendida en el retrovisor, indica que la tensión no ha sido elaborada, sino apenas contenida.
La película no trata de un hombre que odia a las mujeres, retrata una psique que, incapaz de diferenciarse de sus propias imágenes e ideas, las ha desplazado hacia lo femenino, quedando atrapada en aquello mismo de lo que intenta liberarse. La violencia aparece así como sustituto del pensamiento. En su acto, el mundo deja de ser mundo para convertirse en escenario de una necesidad que no puede reconocerse como propia.
El hombre que recorre la noche no descansa. No puede hacerlo. Su cruzada es un conflicto que no puede resolverse, una piedra que debe ser empujada eternamente por una montaña infinita. Permanece despierto, atrapado en la vigilia de una imagen que no puede ser pensada y de la cual, por lo tanto, no puede escapar.
