La psicología y el complejo de inferioridad del hombre

Logos del alma

“Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso…”

F. Nietzsche

La psicología, de forma inadvertida, es la narrativa moderna cuya función es ser un refugio del hombre ante al nihilismo, así que crea ídolos ahí donde el martillo de la historia los había derrumbado, una de las imágenes que prueban este hecho es el esquema crisis-renacimiento que presupone que de un momento caótico o angustiante devendrá, si el sujeto así lo desea, el aprendizaje, la riqueza y el crecimiento, tal afirmación se deriva de la antigua creencia cristiana sobre el paraíso prometido, al que el buen creyente podrá ir después de sufrir lo suficiente en este mundo.

Tal modelo de relación con la propia experiencia indica varias situaciones en cuanto al papel de la psicología en el discurso moderno. Una de ellas es que los objetivos psicoterapéuticos tienen su raíz en el anterior contexto religioso y reproducen la moral cristiana de la que Nietzsche sospechaba con tanta vehemencia. También, dicha imagen, confiere al hombre un papel determinante en los procesos psíquicos que le acaecen, con toda la inflación y el peso producidos por asumir un destino que no le es propio, circunstancia a la cual los primeros psicólogos llamaron neurosis. Por último, propone que el sujeto, frente a la realidad, solo debe atender a su experiencia si ésta le es favorable, aunque sea como promesa, delirando con un falso sentido de control sobre la misma.

El nihilismo es la pérdida necesaria de los antiguos valores, la muerte de Dios como representante de un mundo que ya ha transitado a una forma inédita de sí mismo ¿no es acaso, esperar un futuro propicio un mecanismo de defensa contra el vacío de la existencia, contra la falta de significado propia del crepúsculo de una cosmovisión moribunda? La idea de un buen porvenir alivia la angustia ante la incertidumbre, pero a la vez prueba la verdad de los tiempos presentes, que ya no hay significado y que solo podemos acceder a éste a través de crearlo artificialmente con propósitos meramente personales.

Pensar que los sucesos están hechos para la superación personal del sujeto o que el individuo debe aprovecharlos ¿no expresa un exceso de importancia personal? ¿No es una muestra de soberbia? ¿Y no implica esta soberbia un complejo de inferioridad de la especie humana?

¿Qué pasaría si el hombre asumiera que el mundo es caótico, que la crisis es una constante de la existencia y que no necesariamente habrá un buen final para los sucesos? ¿Qué pasaría si entendiera que la realidad no está hecha a su imagen y semejanza sino que son los fenómenos los que transitan hacia sí mismos y solo como agregado podrá acaso sacar algún partido, que por supuesto siempre será efímero? Y además ¿Cómo sería una psicología liberada de su necesidad de mejorar al individuo, de generar significado, de curar, es decir, emancipada del proyecto de alejar al sujeto de sí mismo y de la lógica del alma?

De la función apotropaica de la psicología

Logos del alma

“Reconocer la sombra es lo que yo llamo la obra del aprendiz…”

C. G. Jung

Cuando el hombre nació ante sí mismo, desnudo de los viejos dioses y de las antiguas creencias religiosas, sintió miedo y vergüenza y busco regresar al antiguo refugio de las terribles deidades, pero era demasiado tarde, así que volviendo sobre sus pasos, sobre el camino imposible del retorno, y ante el cuerpo muerto del mundo natural, vio emerger un concepto salvífico cuya función principal fue que el ser humano no se hiciera consciente de su desnudez, que su vergüenza se enmascara en nuevos dioses y en nuevos padres celestiales, a este refugio inédito se le dio el nombre de “El Inconsciente” y fue el hogar de las deidades crepusculares.

Profunda o científica, la psicología, puesto que se centra en el sujeto, es el solaz del hombre que una vez nacido no quiere darse cuenta de la muerte de los dioses, manteniendo así la importancia personal como el eje de su labor y sosteniendo la convicción de que el sujeto es aún relevante. Tal asunción, sin embargo, es un poco de veneno con el cual tener sueños tranquilos y alejar el mal de nuestra senda.

Jung una vez dijo que la iglesia era un lugar para ocultarse del dios vivo, de la misma manera, se puede decir que la psicología moderna es un espacio para refugiarse de la muerte, de la finitud y de la verdad del tiempo presente. Por eso es tan cercano el predicador al couch o al psicólogo o al psicoterapeuta, todos fundan su doctrina en el deseo infantil por un dios que desde hace tiempo ha desaparecido y que ya no habla con sus hijos. Ese vacío de la voz divina es insoportable pero acaso es la señal indudable de que el hombre ha nacido. Es tal vez la hora de que la psicología se constituya como un camino hacia el mundo y deje atrás su labor apotropaica, pues el mal es también una sombra y en el viaje del alma hacia sí misma reconocerla como un otro es, siempre, el primer paso.

La psicología no es medicina

Logos del alma

La psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica, pero el psicólogo debe desligarse de tal concepción para poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan en el contexto de la terapia. Ocurre que cuando un psicólogo busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico, buscando llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para la ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.

El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que este siga la dialéctica inherente al mismo, para así poder aprender de tal acontecimiento, no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.

Itinerario de un psicólogo

Cotidianidad

En el camino de la exploración de teorías psicológicas que puedan brindar asientos a mis propias preocupaciones, he encontrado un fenómeno común al acercarme a autores determinados, una ingenua defensividad teórica. Por ejemplo, cuando abordé, de manera temprana, la obra de Jung ésta me pareció muy esclarecedora y subversiva, lo suficiente para obligarme a estudiar de forma ardua la mayor parte de sus libros y atender a las referencias con que el autor sostenía sus argumentos. Pero en la universidad nadie conocía a Jung y lo pocos que habían escuchado su nombre lo tenían por un místico enloquecido que nada aportaba al avance de la psicología, en su mayor parte ésta era la opinión de los que sostenían una posición psicoanalista, para ellos Jung era una especie de traidor que no había comprendido la obra de Freud, pero no lo habían leído.

Posteriormente y acogido por un ambiente donde se leía a Jung, muchas de mis inquietudes sobre la teoría junguiana se volvían evidentes y mis cuestionamientos iban en alza, entonces descubrí la obra de James Hillman, la cual trataba directamente tales preguntas, y me volqué a su lectura. Pero el ambiente junguiano tenía dos respuestas ante la obra de Hillman, una era el completo rechazo por encontrarlo muy “filosófico” y mal entender la teoría de Jung y otra, muy particular, donde se leía a Hillman como si éste asumiera los conceptos junguianos, sin ningún cambio. Me pregunte ¿qué tenía de malo estar interesado en la filosofía? Ello proviene de un viejo prejuicio que confunde el uso del razonamiento preciso con la función pensamiento y que nace de la creencia falsa de que los tipos psicológicos se pueden trasladar tal cual para servir de molde a la subjetividad de las personas. Es decir, se confunde el mapa con el territorio, algo que Jung dejo en claro que no podía hacerse con sus tipos psicológicos. Pero sobre todo me sorprendió el hecho de que quienes criticaban la obra de Hillman, jamás lo habían leído, sabían de él solo de oídas, por rumores, pero no se habían adentrado en sus textos. Otros, en cambio lo habían hecho con el afán de no abandonar el edificio junguiano y conciliar, artificialmente, a Hillman con Jung.

Tiempo después, las dudas no amainaban y me llevaron a conocer el trabajo de Wolfgang Giegerich. Mientras trabajaba bajo el esquema junguiano, Hillman trastocó todo el abordaje que tenía en la consulta terapéutica y en la docencia, tuve que abandonar muchos hábitos que tenía por sabidos, por ejemplo el análisis de los sueños, realmente ello constituyó una crisis que poco a poco fue despertando nuevos métodos (caminos) de abordaje. Giegerich influyó de una manera similar, sus planteamientos sobrios y al punto arrasaron con la estructura narrativa que aún conservaba en la terapia y en la docencia, pues su obra expresa la necesidad de una teoría humilde, amorosa y centrada en el fenómeno y eso implicaba dejar atrás los objetivos esperanzadores de mi propia acción.

Sin embargo, nuevamente encontré el rechazo, ahora no solo entre los junguianos ortodoxos sino también entre los arquetipales, quienes curiosamente acusaban a Giegerich de soberbia intelectual, de ser filósofo y no psicólogo, de ser Hegeliano, de ser “frío” con el sujeto, de no ser aplicable, entre otros tantos malos entendidos de su teoría. Y de nuevos, tales críticas venían de personas que jamás habían leído su obra y que tenían una opinión formada con base en lo que otros les habían comentado, mismos que tampoco lo habían leído con atención. Surgen así preguntas similares: ¿Qué hay de malo en leer a Hegel? ¿Por qué tanto rechazo de la filosofía en el campo psicológico? Y sobre todo ¿por qué los psicólogos se afanan a rechazar lo desconocido e incomodo si esa es precisamente una de la premisas psicoterapéuticas, darle hospitalidad a lo extraño?

Creo que es una reacción común formar esquemas de pensamiento y defenderlos ante cualquier idea que parezca contradecir el sitio confortable donde se ha encontrado seguridad, pues constituye una amenaza contra la cual, la primera reacción, es defenderse. Pero, en el caso de la teoría psicológica esto resulta contraproducente porque la labor del psicólogo le obliga a atender a cada fenómeno desde la teoría del mismo fenómeno y no a imponer sobre él mismo sus propios esquemas de pensamiento. El psicólogo debe de cortar la rama en la que está sentado, una y otra vez, como ejercicio necesario para llevar a cabo su trabajo. Bajo esta premisa no puedo evitar preguntarme ¿qué vendrá después de Giegerich? ¿Y cómo se le rechazará a ese nuevo huésped? Pero, entonces, reparo en el fenómeno y me esfuerzo por atender al presente.

Asterión ante la redención: Tres lecturas del cuento “La casa de Asterión” de J. L. Borges

Logos del alma

“La casa de Asterión” de Jorge Luís Borges es uno de los relatos más representativos del autor, en ese cuento se encuentran implícitos los temas que a Borges le urgieron toda su vida, y en él la hermosa y límpida escritura se entrelaza en cuestiones que son extrañamente maravillosas. En este caso habré de ocuparme de uno sólo de esos temas (tal vez en algún punto se entretejan otros tantos): la redención.

La RAE define “redimir” como: “Rescatar o sacar de la esclavitud al cautivo mediante un precio […]. Librar de una obligación o extinguirla […]. Poner término a algún vejamen, dolor, penuria u otra adversidad o molestia”. A esto habré de volver a la brevedad, pero antes conviene contextualizar el cuento en el mito que lo inspira.

El cuento de Borges relata la estadía de Asterión en el laberinto de Creta. Asterión es el hijo de Pasifae, esposa del rey Minos. Cuenta el mito que cuando Minos se disputaba el trono de Creta con sus hermanos, invocó la aprobación de los dioses para ser coronado, los dioses le respondieron y Poseidón mandó un magnífico toro blanco símbolo de la aprobación y el pacto. La condición era que el ahora rey Minos sacrificara aquel toro impresionante y devolviera así lo que se le había otorgado. El rey no obedeció y sacrificó, en el altar a Poseidón, un toro blanco, pero no el mismo que había sido un don. Tiempo después Minos entró en batalla y pasó un largo período fuera de su hogar; como castigo por la desobediencia el dios del mar instigo el que la reina Pasifae se enamorara del toro sagrado. Ésta, no encontrando otro modo de saciar su deseo, pidió a Dédalo que le construyera un artificio en forma de vaca con el cual podría realizar la ansiada cópula. De esa unión nació Asterión, y luego, él, fue encerrado en el laberinto.

El mito original cuenta que Minos no castigó a la reina, pues sabía que lo sucedió era obra de su desobediencia. La hybris es el pecado de la soberbia que tanto importaba a los griegos, el acto de conservar el don proporcionado introdujo al rey en el mundo de la insolencia, por lo cual debía ser castigado. De alguna manera lo que está a nuestro alcance siempre es una dádiva que necesita seguir el camino de su propia mutación, retener lo obtenido es paralizar el movimiento continuo de la existencia, no dejar fluir el objeto y convertirlo en una cosa muerta. Es el pecado de la literalización.

El castigo no es sólo la presencia del ser monstruoso, fruto del flujo inmovilizado, la condena representa la transformación del rey Minos también en un monstruo. La desfiguración del buen rey en la actual faceta del tirano obedece a la misma ley que la perversión de la forma; es la consecuencia por la trasgresión de un límite impuesto al reino humano, el avance hacia la consciencia de un hecho inconsciente. Una vez cruzada la demarcación, el hombre se convierte en otro, en su sombra, con todos los atributos negativos que explicitan el pecado cometido. Otrora un buen soberano, Minos se transfigura en un déspota que es odiado por su pueblo y por los hombres de otros pueblos que le rinden forzada pleitesía.

El minotauro no es el castigo, es la representación simbólica del movimiento lógico seguido por el tirano, la proyección de la falta en el objeto nacido de su propia mujer que encarna, a su vez, la dimensión anímica olvidada por Minos y la cual, al no ser atendida reclama un balance que expresa la hybris y la correspondiente admonición. El minotauro es un síntoma.

El mito continúa con la intervención de un joven héroe griego: Teseo, quien ayudado por la hija de Minos, Ariadna, llega al centro del laberinto para asesinar al monstruo. Teseo es el héroe que representa la nueva consciencia que hace frente a la decimonónica figura del tirano; es el cambio, el espíritu de la negación. El héroe se apresura a iniciarse en el camino del laberinto con la ayuda de Ariadna, que le recuerda la senda de regreso, y así derrota y da muerte al monstruo. Posteriormente sale avante de aquel dédalo no menos monstruoso y se lleva con él a la muchacha, prometiendo lo que no cumplirá, pues no debe ser cumplido para provocar la entrada del dios (en este caso Dionisos). Un hilo invisible se teje entre Minos y Pasifae y luego entre Teseo, Ariadna y Dionisos.

Teseo es el redentor que encarna en su figura al pueblo griego, joven aún, que se enfrenta contra una potencia decadente. Mata al minotauro y personificación, con su hazaña, el cambio, la innovación necesaria en la estructura psíquica. Es redentor porque libera de la adversidad a un pueblo y le proporciona la esperanza para luchar contra sus opresores. Pero también es redentor porque, con la muerte, libera al minotauro (el síntoma) de la cruel carga de ser un pecado corporeizado y provoca con esto el principio de la destrucción del imperio de Minos, quien más tarde se transformará en un ser más justo, o mejor dicho en un juez, el principal juez de los muertos. Teseo es el otro dialéctico del rey Minos y ambos son parte del mismo movimiento psíquico.

El héroe toma el camino que Minos no eligió, acepta la dimensión anímica, personificada por Ariadna, como su guía en el laberinto horrífico (todo laberinto es terrible según Borges), ella es la corona de luz que también le permite abrirse paso en el terreno de lo inasible. Teseo-Ariadna es la enantiodromia de Minos-Pasifae, su superación lógica. La derrota de lo pervertido es la tierra fértil de una nueva potencia, del nuevo estadio o del nuevo rostro de una idea latente que había sido detenida por el rey anterior, de esta manera también hay una identidad entre el héroe griego y el minotauro, ambos son un solo proceso en la vía de la noción latente hacia su reconocimiento.

Esta es una lectura psico-mítica al cuento de Borges, la redención tiene un papel purificador, trascendental, para el movimiento simbólico del mito; siendo Minos el nombre un proceso que se despliega en varias figuras y que ni no empieza con él mismo, hay que recordar que la reina Europa, madre de Minos, fue preñada por Zeus en forma de toro, lo que implica ya una identidad compartida también entre los personajes: Zeus, Minos y el minotauro.

Otra lectura es la del motivo del autor como un sujeto tomado por el trabajo de la creación, de ello derivan los temas que inquietaron a Borges y que lo convirtieron en un erudito, algunos de ellos se encuentran inscritos en el cuento. La liberación aquí es una necesidad velada en la experiencia del propio autor ante su obra.

Hay un hecho curioso: el minotauro es un ser híbrido, humano y animal al mismo tiempo, estas dos naturalezas yacen confundidas en un mismo cuerpo, como dos ideas que no acaban de sobreponerse, es un núcleo sintomático que permanece sin ser resuelto. Lo humano en Borges es la intrincada red de pensamientos que lo caracteriza, la erudición y la parsimonia que le dan forma a su discurso; en cambio lo animal, aquello enviado por el dios, es el impulso que le da vida a su obra, los temas que eligen al autor y que lo obligan a acudir de forma recurrente a ciertas formas de expresión, a lugares comunes o a motivos que aparecen una y otra vez en sueños. Ambas dimensiones colisionan y de ese encuentro surge la obra, por ello el arte tiene algo de sintomático, de simbólico.

En su conferencia sobre “La pesadilla” el autor menciona que sus principales pesadillas tienen que ver con dos temas: los laberintos y los espejos. Más adelante observa: “No son distintas [las pesadillas] ya que bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto”. El temor al laberinto data de haber observado un grabado del dédalo de Creta y de la imaginación delirante de concebir dentro al minotauro. En su obra Borges construirá un gran número de intrincados meandros, en sus cuentos, poesías y ensayos. Hablará del laberinto del tiempo, del espacio, de las ideas, todo en Borges es un laberinto. Un laberinto es lo inextricable, lo que invita a entrar pero que promete el extravío. La pesadilla es la presentación de un mundo debajo del mundo, el inframundo, cuya forma laberíntica es acaso lo más perturbador de su presencia, decía Borges que el verdadero castigo del infierno era la eternidad, ese otro dédalo.

En el cuento en cuestión Asterión afirma: “La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo” y al hacerlo habla no sólo del mundo exterior sino del contexto lógico del personaje que es un laberinto infinito pues en él “todas las partes de la casa están muchas veces, todas están catorce veces”, número que en el relato es una alegoría de lo interminable. Asterión es un personaje intrincado, tierno y terrible a la vez, él mismo dice: “Se que me acusan de soberbia, de misantropía, y tal vez de locura”, y en otro párrafo al hablar sobre su trato con las personas dicta: “No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo.” Luego el protagonista menciona: “El hecho es que soy único. […] pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande”. Este aspecto de la personalidad de Asterión, su falta de identificación con el mundo humano, es interesante porque incita a la sospecha de que el personaje no es otro que un álter ego del mismo Borges. En las anteriores citas se entrevé a un ser que no está capacitado para el trato diario con los otros, es muy diferente a ellos tanto en su apariencia como en su esencia y no comparte intereses comunes con los demás. La misantropía viene de la discordancia con la vulgaridad, de la visión oscura y solipsista de una mente inquisitiva y espantosa.

Dice Asterión: “Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo”, este es el presentimiento de un hombre que se sabe solo y la afirmación implica los postulados idealistas más radicales, nos recuerda a Berkeley o a los mitos de la India que ven en el mundo la más grande de las ilusiones. El que nada sea transmisible por la escritura es una maldición para el escritor, quien no tiene otra forma de pronunciarse. Esta subjetividad radical habla sobre dicha imposibilidad, porque el trecho entre lo escrito y lo leído es inmenso, el lector nunca comprende al escritor, ya que el lector también está inevitablemente solo.

La soledad es un indicio que confirma la identidad de Borges con Asterión, pues la incomunicación no es otra cosa sino la expresión de la presencia de un ángel, es decir de un otro que trae consigo algo incomunicable, la otredad inasible, otro laberinto inexpugnable. Todo espacio es infinito, todo tiempo no lo es menos y el mundo borgiano se encuentra urdido con la inmensidad de este tema. El universo del autor es un mundo complejo, pero hay cierta aversión cuando a la mente entran estos temas imposibles, el mundo nunca es el mismo cuando se profundiza en lo eterno, parte de la identidad del hombre se pierde al intentar concebir el infinito. En ese esfuerzo por comunicar es donde surge el delirio porque, como se ha mencionado antes, nunca se alcanza a lo que se quiere decir, hay un foso insalvable primero entre lo que el autor traduce de la intuición y después en lo que el lector toma de la intención del escritor, como si la obra surgiera en aquella babel cuyo destino es la incomprensión.

La incertidumbre de lo eterno es semejante a la incertidumbre del otro. Laberinto y espejos son temas que se conjugan en un único sustantivo: la alteridad, la capacidad de interactuar con el otro, de pensarlo, de estar frente al otro sin envolverlo. De esta manera, Asterión yace en la penosa circunstancia de no ser otro y ahí radica la nostalgia que se transmite en cada página, de la mendicidad de estar aislado. Pero quien escribe no es menos infeliz, puesto que su incapacidad de ser otro viene de la sensibilidad singular que lo capacita para temas que no tienen que ver con el mundo vulgar y, por lo tanto, su propia naturaleza es el límite de la alteridad, puede pensar en los otros, pero no ser los otros. El matiz con el que el escritor, en este caso Borges, observa al mundo lo hace ser un perenne extranjero. El minotauro y al autor están atrapados en sí mismos, ellos son, también, el laberinto.

“…uno de ellos [de los jóvenes sacrificados a Asterión] profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor”. El redentor del protagonista es el otro, Teseo como el alter-ego de Asterión, llegará a donde el personaje y lo librará de la injusticia de la vida, del dolor de ser existente y lo llevará a un lugar con menos galerías, porque ser un individuo es existir como un ser doliente, por la incertidumbre y por la soledad, nada es más penoso que vivir. Sin embargo, la imagen de la muerte de Asterion es la resolución de un conflicto, al desenlace de un momento en donde el minotauro recibe al otro en el breve momento de su desvanecimiento, de esta manera Teseo se prefigura como el momento de la creación, ese instante fugaz en donde la comunión es posible, donde el ego da paso al sí-mismo.

Borges es Asterión y su sufrimiento viene de la imposibilidad de lo otro, del espejo que se superpone hasta el infinito, el laberinto de las letras semeja al dédalo de la existencia. Hablar de sí mismos es lo que hacen las personas cuando crean, con cada obra exponen su naturaleza, y hasta en la forma de escapar se advierte el rastro de subjetividad que solo se diluye en la búsqueda de la voz del otro que habla a través de lo creado. No es solo el yo quien habla en la obra, sino el impulso creativo (la musa, el daimon) es quien se revela en lo creado, la identidad de la obra es el juego constante entre el yo y el otro, el diálogo, imposible, del hombre con los dioses. Borges proyecta su experiencia creadora en el cuento de su invención, nadie puede no representar. Esta segunda lectura es de tipo personal, no porque implique solamente al autor sino que refleja las múltiples personas que escriben en el proceso creativo. ¿Quién es el otro en la obra de Borges? ¿El lector que revive lo escrito con cada lectura, pero que también está solo? ¿O lo será acaso el otro Borges, el daimon que crea a través del autor y que es recreado no cuando alguien lo lee, sino cuando el mismo se lee a través de la mirada de una persona en la búsqueda de una redención, casi, inasible?

El último matiz del que me ocuparé es de la semejanza entre el dilema de Asterión y el del conocimiento humano del mundo. Afirmare, para que no haya duda, que el mundo en sí es incognoscible o que lo es al menos la realidad objetiva, nadie puede saber como es el mundo porque lo que se percibe es tergiversado en el acto de aprehensión. Lo que la persona ve es el reflejo ilusorio, el velo de Maya. La realidad es una construcción imaginaria.

“Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo” dice Asterión. El entorno del hombre está mediado por su lenguaje, lo que existe es lo nombrado, el sujeto crea aquello que lo rodea al nombrarlo, al encerrarlo en una categoría. Con el tiempo esta categorización se hace más refinada y el cosmos se vuelve profundo. Sin embargo, se sabe de antemano que el laberinto donde yace el minotauro no fue construido por éste, sino que le precede, él es un invitado en esa construcción intrincada, pero, como los dioses, supone, por defecto, que ha creado la realidad. Realmente el hombre no crea el mundo, sino que nace en el lenguaje que es la actividad constante de creación, el órgano de la consciencia por medio del cual se construye a sí misma de forma inmarcesible, solo en la apropiación inadecuada de este movimiento el sujeto puede concebirse como un hacedor.

El laberinto es el conocimiento de la realidad. Asterión es el hombre moderno en su búsqueda del mundo, en el esfuerzo por asirlo con métodos cada vez más sofisticados, técnicos, científicos, como quien intenta aprehender lo intangible con signos abstractos, ignotum per ignotius. Pero esta búsqueda insensata implica el descubrimiento del hombre, en tanto ego, del contexto infinito que lo contiene y del cual no puede escapar, el individuo nacido de la modernidad ha surgido a nueva matriz contenedora. El laberinto es aquello que, en el hombre, conoce, es su capacidad de cognición, el acto intrínseco que lo vuelve capaz de desenvolverse en un mundo que solamente es suyo por sujeción, por reconocimiento, el cual se inventa a sí mismo y el individuo se ajusta a tal ficción. El sujeto atrapado en su contexto lógico no puede, aunque quiera, librarse de las ideas a través de las cuales observa el universo, pues ellas constituyen el cosmos. La filosofía, la ciencia, las ideologías nacen de sí mismas, pero el sujeto cree que las ha creado, que han brotado de su voluntad, sin embargo, son complejidades que atraviesan los hilos del universo, que es acaso infinito.

Es notable que el toro de Minos vive en un lugar cuyo número de cuartos no tiene final, así como todas las cosas que en él existen, podría ser que él mismo fuera también infinito. Esto remite a la hipótesis que tanto gustaba a Borges, ya sea al afirmarla o al refutarla, el eterno retorno. Todas las cosas, se plantea de manera general, están formadas de los mismos elementos constituyentes, estos son incalculables pero no son infinitos, las combinaciones de los mismos forman el universo y algún día las posibles combinaciones se saldarán, entonces todo volverá a ser como alguna vez fue.

La vida de Asterión deviene una repetición de lo finito en un tiempo infinito. Cada día es el mismo día, el laberinto del tiempo parece no tener salida, pero San Agustín planteó que la cruz salvaba al hombre de la eterna repetición de sus actos; en este caso Teseo salva al protagonista del eterno retorno de lo mismo. Teseo, simbolizando la consciencia de lo otro, se presenta como la alteridad que asalta al sujeto como único aliciente para que las cosas no se repitan y que sean liberadas de la iteración de sí mismas y puedan ser otras. Como sucede en la compulsión a la repetición el ciclo único es la subjetividad radical y el rompimiento de esa repetición sólo lo lleva a cabo el otro, el síntoma, la consciencia en búsqueda de liberarse de su aprisionamiento en lo literal, para abrirse a lo desconocido que está fuera de las categorías homogéneas del mundo, aquello que el hombre se niega a mirar pues significa la sombra que atraviesa, como una flecha, todo esfuerzo por conocer. El síntoma, en este contexto, es una rebelión contra lo eterno en un esfuerzo por someterlo a lo temporal, atraparlo en una vasija que permita su concepción, pero de este arrobamiento emerge raudo el encuentro con el otro que rompe el encierro de lo anímico en los viejos odres que no podrán contenerlo. El síntoma es la negación de lo abierto y a su vez la afirmación del infinito.

El laberinto del conocimiento y el laberinto del tiempo son ineludibles, su tela es inquebrantable, son la esencia del otro redentor que se presenta y en cuya forma el individuo es se pierde y a su vez se conoce como algo más que él mismo, es decir, se sabe un otro por sí mismo. Esta es tal vez la forma explícita de la alteridad radical, sintomática, que es la toma de distancia necesaria para la reflexión del alma.

El mundo es caótico, impredecible. El afán técnico que busca orden es una empresa reaccionaria, pues el caos es el primer estado del universo según el mito y es una potencia latente en cualquier especie de estructura ordenada. La incertidumbre es el sentimiento de estar frente a su presencia inevitable. La redención del hombre, su salvación de la repetición, transita por el trabajo interno de asumir que la verdad de cada fenómeno no subyace en su exterioridad sino en lo intrínseco al mismo, en su carácter inmanente como idéntico a sí mismo. Intentar comprender al mundo tal cual es, en su propia estructura lógica inextricable, permitir que lo que es sea. Aquí surge el eco de las doctrinas orientales donde el hacer sin hacer (wu-wei) es la manera más alta de comunión espiritual y donde el caminante inicia un periplo que lo lleva hacia él mismo y en ese andar descubre que su identidad rompe los límites de la comprensión cotidiana. El conocimiento es un laberinto de alteridad, de caos; al igual que la realidad, ambos son espejos de sí mismos; por ello, la inmensa red de imbricaciones fabularías sujetan al hombre al tiempo sucesivo, lo obligan a ser periódico, cíclico, su propia subjetividad lo hace incapaz de concebir lo eterno, de entablar un diálogo con lo divino, pero al saberse otro se abre una puerta para la llegada de la redención. Solo al desaparecer en el otro puede el hombre ser él mismo.

Para vislumbrar al viajero inesperado el sujeto tendría que sumergirse en la máscara del ego, romper sus complicidades con las explicaciones prejuiciosas, con el sentido común y prepararse para ser consumido en el fuego de la vacuidad, de aquello que niega todo lo positivo, ser asesinado por Teseo como el espíritu de la contradicción. Lo cierto, es que nadie puede ver el rostro de Dios, porque aquel que lo vea dejará de ser alguien. El sacerdote de la pirámide de Qaholom, Tzinacán, en el cuento de Borges: La Escritura del Dios, ha visto de frente a la eternidad y tiene el poder de crear universos enteros, pero dice: “Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre […]. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Que le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora es nada”.

La redención ante la realidad, la libertad ante lo sucesivo, viene con la presencia del desgarramiento, con el vértigo de la oquedad que se inserta en los cuerpos para volverlos sutiles. Dos panoramas se abren ante este destino, uno es el que dicta: «No entres dócilmente en esa noche quieta. Rabia, rabia contra la agonía de la luz» y otro es el de Asterión recibiendo con resignación a Teseo: «¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió». Ésta última es una manera poco explorada, al menos en los tiempos que corren, de atender la llegada del alter-ego caótico, con la humildad y la resignificación de saber que el hombre es irrelevante y que ese es su principal atributo, entrando así en la oscura noche del mundo como quien llega a casa a sí mismo. Esta es la preparación constante para la muerte, que es la máxima resignacion, el gran Otro que se cierne.

El conocimiento del mundo es oscuro, como oscuras son las vaguedades del espíritu, Asterión es el mundo y el esfuerzo del mundo por conocerse de conocerse a sí mismo, la redención es la comprensión humana de que ese camino no es el suyo, sino que él, el sujeto, es un puente y que su propia muerte aguarda en lo profundo, esta resignación, esta aceptación de sí mismo, es el advenimiento del alma, del aquel gran Otro. El protagonista se pregunta ¿cómo será su redentor? y la respuesta se la da el mismo: «¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?»

Septiembre del 2006, actualizado en agosto del 2024.

«Re-imaginar la psicología» de James Hillman

Logos del alma

El universo es un lugar terriblemente caótico, los remansos de orden y lógica, son acaso breves milagros que no tendrían porque existir; así como la materia conocida no es más que un descuido de la oscura materia que envuelve todo lo existente, también la conciencia no es otras cosa que un destello incierto del profundo inconsciente. Somos el olvido de Dios.

Leo, o sueño leer, un libro difícil de describir, llevo tres semanas indagando en sus páginas y no deja de sorprenderme. Dice cosas que yo creía olvidadas, defiende lo que yo pensaba era indefendible, me obliga a rememorar viejas ideas que ya había calificado como abyectas. Esto demuestra que en ocasiones es necesario regresar a los antiguos vicios, para comprenderlos y utilizarlos de forma distinta. En cuanto a la psique cualquier juicio es apresurado.

El libro es «Re-imaginar la psicología», de James Hillman, que inaugura, con dicho texto, el estudio complejo de una rama de la psicología analítica: la psicología arquetípica. Politeísta, psicologizador, deshumanizante, es un esfuerzo por devolver la potestad de la psique a las antiguas formas que implícitamente la sostienen y la guían. Un retorno al caos, a la multiplicidad y la magia prehumanas que persisten en las sombras de nuestros sistemas de pensamiento. Reivindica el logos, la idea, la teoría, la fantasía, la depresión, la patología y el pecado, vuelve a ellas con nuevos ojos (los de la aflicción) y recrea así todo un mundo.

Las psicologías no entenderían este punto de vista, demasiado imaginativo y enrevesado dirían los sistemas mecánicos (cognitivos, sistémicos), demasiado enfocado en el pathos temerán las terapias humanistas (gestalt, transpersonal y demás derivados de la tercera fuerza), demasiado caótico y aventurado se quejaría la psicología profunda. Pero en la plétora es en dónde radica la fuerza, en la desproporción de las ideas, pues como sabía Blake el exceso conduce a la sabiduría.

Esta visión de los fenómenos psicológicos devuelve su papel mediador a la antigua psyche, aportando un tercer elemento a la formación physis-pneuma. Se acerca, así, a un modelo inexplorado de la psicología donde reinan la ambigüedad mítica, el sacrificio ritual y la sombra destructora y benévola. Una psicología que desiste de categorías, de certezas y de lógica.

No sucede tal como los filósofos medievales pensaban, no el descuido de Dios borra las cosas con un fuego invisible, al contrario su negligencia crea mundos, cualidades, significados. El alma sueña con volver al paraíso, pero el paraíso es infernal.»

El término “feminicidio” como ejemplo de un concepto paranoico

Logos del alma

I

Un problema específico con el término «feminicidio» es que engloba muchas variantes del asesinato sin atenderles debidamente y se convierte en un concepto hegemónico, consumido por la polivalencia de las variedades del comportamiento violento. Con tal término se pretende entender un fenómeno mucho más complejo, es decir, se intenta reducir al hecho de la violencia a una sola expresión y se diluyen en él otros tantos elementos aunados, pero no iguales entre sí. Al final no se logra entender ni el feminicidio ni la violencia, pues se intenta comprender, prevenir y resolver el problema de la hegemonía de la violencia con base en una noción también absolutista.

II

¿Por qué matamos? Por codicia, por miedo, por maldad, por pasión, por odio, por amor, por negocios, al ejercer poder, por accidente. El fenómeno del asesinato es distinto en cada caso y el asesino, como narrativa, tiene siempre un trasfondo particular. Todo individuo es un asesino en potencia si las circunstancias son favorables para desatar tal violencia. La imagen literalizada de la muerte subyace en cada persona. Entonces, al conjuntar una serie de situaciones en un término hegemónico ¿qué pasa con todas esas variantes? Ellas se pierden y es así que el concepto de la violencia es evadido ya que se le ha despojado de su complejidad para así poder libremente proyectarlo en cualquier objeto reflectante (un individuo, un grupo social, racial o de género). Por lo tanto, no se resuelve la violencia simplemente se otorga su responsabilidad a alguien más, primero al asesino, luego a un grupo social (los hombres, los pobres, los negros, etc.), pero los fenómenos sociales no pertenecen a individuos sino a la colectividad.

III

Cuando se sabe de un crimen, en la mayoría de los casos, se juzga de manera inmediata y de forma desfavorable, al victimario o a la víctima, se sacan conclusiones apresuradas; el propósito de este actuar es desembarazarse lo más pronto posible de aquello que se asemeja a nosotros en el otro al borrar todo rastro de semejanza. El otro se convierte en un objeto para poder descargar lo más oscuro de cada persona. El asesino o el culpable siempre es el otro y “nada de lo que hace tiene que ver conmigo o con mi grupo” dice la persona cotidiana. Tal razonamiento surge de una visión polarizada de la realidad, en ella la sombra no se integra en la propia concepción del mundo, el mal permanece, debe permanecer, afuera. Este tipo de pensamiento, polarizado, es germen de las ideologías pues es sencillo y falto de compromiso, es el lecho de los hombres buenos.

No es fácil asumir que el asesino y la víctima son responsabilidad de todos, que se bebe constantemente de la misma fuente y que somos abrazados por la misma oscuridad que aqueja al prójimo, porque aquello que incitó la acción más terrible en el otro vive dormido en cada persona.

IV

El pensamiento paranoico esencialmente divide al mundo en culpables y víctimas, siendo por supuesto, el grupo que lo ejerce el dueño de la razón y la justicia. De esa forma uno puede dejar de hacerse responsable de su participación en la dinámica social que permite e incluso necesita que ciertos crímenes atroces sucedan. No tenemos que preguntarnos si nuestro estilo de vida se sostiene en la necesidad de esclavos, trata de mujeres, tráfico de órganos, guerras sistemáticas, pornografía infantil, asesinos seriales, etc. Todo ello está clasificado en el concepto social del mal y es mejor no pensar mucho en ello, no sería bueno para la digestión y el buen dormir. Pero en cuanto es inevitable voltear hacia el horror es mejor que sea lejano y que sea culpa de otro, sobre todo de un monstruo, un ser sin cara o de cara terrible, sin emociones, loco, muy diferente a cualquiera de las “buenas personas”.

Freud llamaba a este mecanismo de defensa “proyección” y para él era el resultado de enfrentar aquello propio demasiado difícil de tratar como si viniera de afuera. Pero no viene de afuera, le pertenece a cada persona. El gran problema de este mecanismo de defensa es que la identidad del sujeto queda escindida, pues es necesario asumir lo terrible como propio para poder ser uno mismo.

Sin embargo, el pensamiento paranoico tiene otra función importante, una función política que se fomenta cuando se quiere convencer a la población de ciertas ideas, en entonces que surgen los enemigos de los buenos, de los justos, de la democracia, de la libertad, de la mujer, del hombre o de lo que mejor convenga a los intereses en turno.

V

La función política de la palabra feminicidio es evidente cuando es utilizada por el movimiento, partido o ideología en turno como una bandera de alarma. Las víctimas se vuelven entonces productos a los que se puede explotar de manera libre, sin restricciones y son usadas como proyectiles para atacar al grupo enemigo. La palabra feminicidio es así una categoría mercenaria, hecha a la medida para asesinar a las ideologías rivales.

Esto se ha visto una y otra vez a lo largo de la historia, los líderes políticos usan este tipo de palabras para afianzar su credibilidad, nada convence tanto como un enemigo común y un grupo propio lleno de virtudes, es muy tentador ser salvos de pecados y pertenecer a los “buenos”, aún a costa de responsabilizar a los demás de tales vicios.

Las personas ven a través de las ideas y si una idea se promulga como superlativa entonces la gente comenzará a vislumbrar el mundo a través de la nueva categoría emergente. Lo que antes no sobresalía, lo hace repentinamente gracias al incremento de la atención sobre el fenómeno social, lo que aumenta es la atención no el fenómeno, en psicología se conoce a este proceso como “atención selectiva”.

Esta atención selectiva es aprovechada y magnificada, moldeada y vendida, se le envuelve con eslóganes (“ni una más”, “las queremos vivas”, etc.) y se le lanza al mercado. Este nuevo producto, este espectáculo nuevo, no es importante por sí mismo, lo es en la medida que funciona como caballo de Troya para la ideología a la que se adhiere.

Por lo tanto, la pregunta (una pregunta terapéutica) que hay que hacer, antes incluso de querer resolver el problema al que apunta la palabra feminicidio es ¿a quién le conviene que exista tal término? ¿quién se beneficia por los fenómenos que desencadena?

VI

Se puede concluir que la palabra “feminicidio” tiene una función política, surge de la necesidad ideológica al servicio de un grupo, promueve el miedo y la intolerancia y se adhiere a la necesidad humana de excluir lo extraño y asegurarse en lo conocido.

Como categoría social, estigmatiza y reduce un fenómeno complejo a una expresión mínima que no lo representa, exalta una de sus variantes, pero deja en la oscuridad a la miríada de formas que tiene la violencia humana. El tema, entonces, qué es la violencia, queda indemne y fuera del pensamiento y en su lecho inconsciente crece al acecho. Con la palabra en cuestión no se resuelve el clima de peligro, sino que se agrava, ya que el problema nunca ha sido la agresión contra un grupo sino el papel de la agresión en el ámbito humano. Lo que queda en la sombra prolifera.

Como forma de identificación individual segmenta la profundidad de la psique y se deslinda de sus formas negativas, no deseadas, creando fragmentación en el mismo sujeto. Este vacío que queda en él, esta necesidad de sí mismo que surge de una escisión autoinflingida, prepara el terreno para crear individuos frágiles y manipulables, es decir buenos ciudadanos, que saben a quien odiar y a quien mostrar lealtad, conociendo de antemano qué es el mal pues han proyectado en sus formas el miedo a sí mismos. La muerte, la violación, la tortura es la condición de esta psique separada de su lado oscuro, con el peligro constante de que la fantasía inconsciente se manifieste y reclame su preciada seguridad.

VII

Entonces ¿cuál es el fenómeno que hay que pensar?, es una pregunta abierta y que queda para el futuro. Hay algunas pistas que pueden servir de utilidad:

  1. La violencia no es un problema en sí mismo, pues constituye una faceta de la existencia y como herramienta sirve a una necesidad cualquiera. Centrarse en la violencia es perder de vista que el ser humano es esencialmente un homo necans, un asesino por definición. En la violencia el hombre tiene su hogar.
  2. Es curioso como muchas modalidades del asesinato y la tortura tienen como eje el comercio sexual con mujeres y niños, la sexualidad entonces es un elemento a tomar en cuenta y desde ahí la emoción, la sensación y en conjunto la relación del hombre con la carne. ¿Qué es el niño y qué es la mujer en la lógica de nuestro tiempo?
  3. El cristianismo tiene como premisa la separación del alma y el cuerpo, quedando la dimensión corporal cargada de una sombra insoportable. Freud intuyó de la necesidad de abrir la prisión del cuerpo y exponer las fantasías ocultas en su represión. Pero no ha sido suficiente, el hombre está aún descarnado, ¿será que el asesino o el violador esencialmente cometen el crimen de intentar sentir, tal como otros lo hacen a través de los tantos pasatiempos?, no debemos olvidar que todos somos, sepamos o no, cristianos y vivimos bajo la moral del resentimiento.
  4. El hombre que mata o que ultraja lo hace cosificando al otro, el otro se convierte en moneda de cambio para obtener lo que anhela. Hay una lógica económica en su haber criminal. Todos vivimos bajo tales premisas, pero él criminal toma rumbos que nadie se atreve a admitir más que en el sueño y en la fantasía. El criminal expone el lado oculto de la forma de vida normal, expresa la fantasía inexpresable.
  5. Detrás del sexo está la emoción, detrás la emoción la carne, detrás de la carne la fantasía y detrás de la fantasía yace la noción. ¿Qué no hemos atendido que nos devora con su manía destructiva?, ¿no es acaso el crimen que témenos la experiencia de un crimen primordial que hemos olvidado, no es su grito lo que nos aterra en la noche oscura que se cierne?.
  6. ¿Y si no hubiera nada que resolver? ¿Y si todo es como tiene que ser? ¿Qué pensamiento nos pide estar a su altura para poder pensarlo?

Escuela Animus

Cursos

https://www.escuela-animus.com/home

El esfuerzo por profundizar en la psicología analítica nos ha conducido por muchos caminos y autores de lo mas interesantes. En está labor particular Alejandro Bica ha llevado a cabo una empresa ingente al iniciar el proyecto de edición y publicación de los artículos reunidos de Wolfgang Giegerich en español, autor desconocido en habla hispana pero que constituye la obra más rica y compleja dentro del campo de la psicología junguiana actual.

En el espíritu de este caminar, Ale Bica y Alberto Arenales nos invitan a este nuevo proyecto «una escuela virtual dedicada a la enseñanza de una psicología con alma», es decir de un espacio para la reflexión profunda del tema mismo de la psicología, como no se ha visto antes.

Me siento honrado de pertenecer a este proyecto como docente, proximamente estaremos hablando del curso que impartire: «Re-imaginar la Psicología». Sean bienvenidos a este espacio de interiorización.

https://www.escuela-animus.com/home

El psicólogo escucha

Logos del alma

El psicólogo se decanta por temas y metodologías poco ortodoxas, desconfía de las corrientes dominantes y trata de revelarse ante la hegemonía del pensamiento único, no se ajusta a la norma pues su propósito es atender y aprender del fenómeno, no imponer un programa externo. Como terapeuta no siempre sigue las reglas y protocolos establecidos, da prioridad a lo que habla a través del paciente, es decir a la voz del síntoma, no quiere otra cosa más que prestar oídos al pathos que se trasluce. En su formación se interesa por los temas mismos y su despliegue, intuye que ellos son también síntomas a los cuales seguir y por eso se mantiene como un continuo aprendiz del fenómeno, quiere enterarse de lo que el tema tiene que decir. Oír y reflejar, son su labor cotidiana y quizás promover que el otro (el Otro) se sienta percibido.

Ser psicólogo, por lo tanto, es aprender y escuchar y liberarse de la tentación de querer ser algo más.

La individuación como punto de partida

Logos del alma

Es habitual que de manera equivoca se interprete el concepto de “individuación” como una meta a la cual el sujeto debe llegar, como el desarrollo futuro de un proceso que comienza desde la incompletitud y que deviene en la forma acabada del individuo, él cual se concibe como un ente que debe integrar en sí las partes antes desperdigadas de su propio ser.

Entonces el trabajo terapéutico se torna en una empresa que concibe a su sujeto de modo fragmentario, que busca compensar las faltas del alma de la persona para poder ofrecerle la fantasía de la integración. Es por ello que este enfoque retorna a una visión medicalista del fenómeno, que se asume como la vía por medio de la cual esté alcanzará el estado de la Gran Salud, que no es otra cosa sino un eufemismo de la plena salvación de su alma.

Sin embargo, la individuación no se encuentra en el porvenir, sino que está hecha ya en cada momento presente y es realizada sin contar con la supervisión del ego, cuya consciencia ha sido sobredotada de importancia en un mundo que considera que la meta siempre se encuentra después de la partida, y que es el individuo el responsable del flujo de los acontecimientos.

Es por eso que aparece la preocupación neurótica por el crecimiento personal, éste es el proyecto de edificación del ser humano que propone que en la persona descansa una voluntad que se sobrepone a las contingencias anímicas y que el hombre es el fiel de la balanza del desarrollo del alma moderna. Solo desde esta inflación psíquica del ego es posible equiparar al sujeto con conceptos como la felicidad, la totalidad, la iluminación o el desapego.

Pero los fenómenos del alma son autónomos y, por lo tanto, ocurren de manera contingente, son procesos naturales que han sido sublados, interiorizados en sí mismos y que por ello guardan su voluntad dentro de sí. Ninguna voluntad ajena perturba su paso lento pero atronador, pues la marcha de los acontecimientos es imparable. Ellos mismos son su propio fin y en consecuencia están individuados.

Así, una visión que suponga que el objetivo del alma se encuentra enclaustrada en el individuo y que parta de la carencia del mismo, solo obtendrá lo que ya tiene, es decir la posición de la falta. Lo cierto es que si se comienza con nada se termina con nada y que un abordaje que concibe a la persona como incompleta no podrá ofrecer más que su punto de partida.

Como concepto, la individuación continuamente es literalizada y convertida en una fórmula, e inclusive en un dogma que dicta la condición deseable del ser humano, comparando el presente con un futuro que tiene como esencia lógica el siempre estar más allá del mundo experimentable, como un santo grial inalcanzable, que así lo es porque es la mistificación de un concepto.

Si se entiende la neurosis como la separación de los discursos que conforman la existencia de una persona, tornándose estos mismos, y la separación en sí, inconscientes, se puede decir que la individuación como meta contribuye al sufrimiento vacío de quienes la buscan, ya que es una idea que se ha neurotizado al haber arrojado hacia un devenir improbable lo que de hecho ya sucede, pues cada fenómeno es completo en sí mismo y sólo desde esta posición se puede estar frente a él, no necesita completarse pues ya está individuado.

Quizás para el sentido común pueda ser inconcebible que lo último sea lo primero, pero para el pensamiento psicológico es de lo más natural asumir que aquello a lo que se quiere llegar debe ser ya el punto de partida para poder alcanzarlo, porque la senda terapéutica no ocurre como el desarrollo de un fenómeno o la maduración de un individuo, sino como el arribo de la consciencia a lo que de hecho ya ha sucedido.

Como el ave de Minerva que vuela al atardecer el trabajo en el espíritu de la individuación es el llegar tarde a los acontecimientos y solo por ello ser capaz de contemplar la emergencia de los conceptos ya realizados, acogidos en sí mismos y por eso liberados de su contención en los sucesos. Es este trabajo alquímico la transmutación de la experiencia anímica que ocurre porque la materia de la que se parte es ya el oro de los filósofos.

Por último, cabe recalcar que la inflación de la importancia personal del hombre le ha llevado a pensar que este camino tautológico es algo que él debería promover, pero realmente la persona únicamente asiste a este proceso, pues la individuación, en principio, no es del sujeto sino de los fenómenos, por consiguiente no es una tarea humana, sino más bien una característica del opus del alma.