Asterión ante la redención: Tres lecturas del cuento “La casa de Asterión” de J. L. Borges

Logos del alma

“La casa de Asterión” de Jorge Luís Borges es uno de los relatos más representativos del autor, en ese cuento se encuentran implícitos los temas que a Borges le urgieron toda su vida, y en él la hermosa y límpida escritura se entrelaza en cuestiones que son extrañamente maravillosas. En este caso habré de ocuparme de uno sólo de esos temas (tal vez en algún punto se entretejan otros tantos): la redención.

La RAE define “redimir” como: “Rescatar o sacar de la esclavitud al cautivo mediante un precio […]. Librar de una obligación o extinguirla […]. Poner término a algún vejamen, dolor, penuria u otra adversidad o molestia”. A esto habré de volver a la brevedad, pero antes conviene contextualizar el cuento en el mito que lo inspira.

El cuento de Borges relata la estadía de Asterión en el laberinto de Creta. Asterión es el hijo de Pasifae, esposa del rey Minos. Cuenta el mito que cuando Minos se disputaba el trono de Creta con sus hermanos, invocó la aprobación de los dioses para ser coronado, los dioses le respondieron y Poseidón mandó un magnífico toro blanco símbolo de la aprobación y el pacto. La condición era que el ahora rey Minos sacrificara aquel toro impresionante y devolviera así lo que se le había otorgado. El rey no obedeció y sacrificó, en el altar a Poseidón, un toro blanco, pero no el mismo que había sido un don. Tiempo después Minos entró en batalla y pasó un largo período fuera de su hogar; como castigo por la desobediencia el dios del mar instigo el que la reina Pasifae se enamorara del toro sagrado. Ésta, no encontrando otro modo de saciar su deseo, pidió a Dédalo que le construyera un artificio en forma de vaca con el cual podría realizar la ansiada cópula. De esa unión nació Asterión, y luego, él, fue encerrado en el laberinto.

El mito original cuenta que Minos no castigó a la reina, pues sabía que lo sucedió era obra de su desobediencia. La hybris es el pecado de la soberbia que tanto importaba a los griegos, el acto de conservar el don proporcionado introdujo al rey en el mundo de la insolencia, por lo cual debía ser castigado. De alguna manera lo que está a nuestro alcance siempre es una dádiva que necesita seguir el camino de su propia mutación, retener lo obtenido es paralizar el movimiento continuo de la existencia, no dejar fluir el objeto y convertirlo en una cosa muerta. Es el pecado de la literalización.

El castigo no es sólo la presencia del ser monstruoso, fruto del flujo inmovilizado, la condena representa la transformación del rey Minos también en un monstruo. La desfiguración del buen rey en la actual faceta del tirano obedece a la misma ley que la perversión de la forma; es la consecuencia por la trasgresión de un límite impuesto al reino humano, el avance hacia la consciencia de un hecho inconsciente. Una vez cruzada la demarcación, el hombre se convierte en otro, en su sombra, con todos los atributos negativos que explicitan el pecado cometido. Otrora un buen soberano, Minos se transfigura en un déspota que es odiado por su pueblo y por los hombres de otros pueblos que le rinden forzada pleitesía.

El minotauro no es el castigo, es la representación simbólica del movimiento lógico seguido por el tirano, la proyección de la falta en el objeto nacido de su propia mujer que encarna, a su vez, la dimensión anímica olvidada por Minos y la cual, al no ser atendida reclama un balance que expresa la hybris y la correspondiente admonición. El minotauro es un síntoma.

El mito continúa con la intervención de un joven héroe griego: Teseo, quien ayudado por la hija de Minos, Ariadna, llega al centro del laberinto para asesinar al monstruo. Teseo es el héroe que representa la nueva consciencia que hace frente a la decimonónica figura del tirano; es el cambio, el espíritu de la negación. El héroe se apresura a iniciarse en el camino del laberinto con la ayuda de Ariadna, que le recuerda la senda de regreso, y así derrota y da muerte al monstruo. Posteriormente sale avante de aquel dédalo no menos monstruoso y se lleva con él a la muchacha, prometiendo lo que no cumplirá, pues no debe ser cumplido para provocar la entrada del dios (en este caso Dionisos). Un hilo invisible se teje entre Minos y Pasifae y luego entre Teseo, Ariadna y Dionisos.

Teseo es el redentor que encarna en su figura al pueblo griego, joven aún, que se enfrenta contra una potencia decadente. Mata al minotauro y personificación, con su hazaña, el cambio, la innovación necesaria en la estructura psíquica. Es redentor porque libera de la adversidad a un pueblo y le proporciona la esperanza para luchar contra sus opresores. Pero también es redentor porque, con la muerte, libera al minotauro (el síntoma) de la cruel carga de ser un pecado corporeizado y provoca con esto el principio de la destrucción del imperio de Minos, quien más tarde se transformará en un ser más justo, o mejor dicho en un juez, el principal juez de los muertos. Teseo es el otro dialéctico del rey Minos y ambos son parte del mismo movimiento psíquico.

El héroe toma el camino que Minos no eligió, acepta la dimensión anímica, personificada por Ariadna, como su guía en el laberinto horrífico (todo laberinto es terrible según Borges), ella es la corona de luz que también le permite abrirse paso en el terreno de lo inasible. Teseo-Ariadna es la enantiodromia de Minos-Pasifae, su superación lógica. La derrota de lo pervertido es la tierra fértil de una nueva potencia, del nuevo estadio o del nuevo rostro de una idea latente que había sido detenida por el rey anterior, de esta manera también hay una identidad entre el héroe griego y el minotauro, ambos son un solo proceso en la vía de la noción latente hacia su reconocimiento.

Esta es una lectura psico-mítica al cuento de Borges, la redención tiene un papel purificador, trascendental, para el movimiento simbólico del mito; siendo Minos el nombre un proceso que se despliega en varias figuras y que ni no empieza con él mismo, hay que recordar que la reina Europa, madre de Minos, fue preñada por Zeus en forma de toro, lo que implica ya una identidad compartida también entre los personajes: Zeus, Minos y el minotauro.

Otra lectura es la del motivo del autor como un sujeto tomado por el trabajo de la creación, de ello derivan los temas que inquietaron a Borges y que lo convirtieron en un erudito, algunos de ellos se encuentran inscritos en el cuento. La liberación aquí es una necesidad velada en la experiencia del propio autor ante su obra.

Hay un hecho curioso: el minotauro es un ser híbrido, humano y animal al mismo tiempo, estas dos naturalezas yacen confundidas en un mismo cuerpo, como dos ideas que no acaban de sobreponerse, es un núcleo sintomático que permanece sin ser resuelto. Lo humano en Borges es la intrincada red de pensamientos que lo caracteriza, la erudición y la parsimonia que le dan forma a su discurso; en cambio lo animal, aquello enviado por el dios, es el impulso que le da vida a su obra, los temas que eligen al autor y que lo obligan a acudir de forma recurrente a ciertas formas de expresión, a lugares comunes o a motivos que aparecen una y otra vez en sueños. Ambas dimensiones colisionan y de ese encuentro surge la obra, por ello el arte tiene algo de sintomático, de simbólico.

En su conferencia sobre “La pesadilla” el autor menciona que sus principales pesadillas tienen que ver con dos temas: los laberintos y los espejos. Más adelante observa: “No son distintas [las pesadillas] ya que bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto”. El temor al laberinto data de haber observado un grabado del dédalo de Creta y de la imaginación delirante de concebir dentro al minotauro. En su obra Borges construirá un gran número de intrincados meandros, en sus cuentos, poesías y ensayos. Hablará del laberinto del tiempo, del espacio, de las ideas, todo en Borges es un laberinto. Un laberinto es lo inextricable, lo que invita a entrar pero que promete el extravío. La pesadilla es la presentación de un mundo debajo del mundo, el inframundo, cuya forma laberíntica es acaso lo más perturbador de su presencia, decía Borges que el verdadero castigo del infierno era la eternidad, ese otro dédalo.

En el cuento en cuestión Asterión afirma: “La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo” y al hacerlo habla no sólo del mundo exterior sino del contexto lógico del personaje que es un laberinto infinito pues en él “todas las partes de la casa están muchas veces, todas están catorce veces”, número que en el relato es una alegoría de lo interminable. Asterión es un personaje intrincado, tierno y terrible a la vez, él mismo dice: “Se que me acusan de soberbia, de misantropía, y tal vez de locura”, y en otro párrafo al hablar sobre su trato con las personas dicta: “No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo.” Luego el protagonista menciona: “El hecho es que soy único. […] pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande”. Este aspecto de la personalidad de Asterión, su falta de identificación con el mundo humano, es interesante porque incita a la sospecha de que el personaje no es otro que un álter ego del mismo Borges. En las anteriores citas se entrevé a un ser que no está capacitado para el trato diario con los otros, es muy diferente a ellos tanto en su apariencia como en su esencia y no comparte intereses comunes con los demás. La misantropía viene de la discordancia con la vulgaridad, de la visión oscura y solipsista de una mente inquisitiva y espantosa.

Dice Asterión: “Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo”, este es el presentimiento de un hombre que se sabe solo y la afirmación implica los postulados idealistas más radicales, nos recuerda a Berkeley o a los mitos de la India que ven en el mundo la más grande de las ilusiones. El que nada sea transmisible por la escritura es una maldición para el escritor, quien no tiene otra forma de pronunciarse. Esta subjetividad radical habla sobre dicha imposibilidad, porque el trecho entre lo escrito y lo leído es inmenso, el lector nunca comprende al escritor, ya que el lector también está inevitablemente solo.

La soledad es un indicio que confirma la identidad de Borges con Asterión, pues la incomunicación no es otra cosa sino la expresión de la presencia de un ángel, es decir de un otro que trae consigo algo incomunicable, la otredad inasible, otro laberinto inexpugnable. Todo espacio es infinito, todo tiempo no lo es menos y el mundo borgiano se encuentra urdido con la inmensidad de este tema. El universo del autor es un mundo complejo, pero hay cierta aversión cuando a la mente entran estos temas imposibles, el mundo nunca es el mismo cuando se profundiza en lo eterno, parte de la identidad del hombre se pierde al intentar concebir el infinito. En ese esfuerzo por comunicar es donde surge el delirio porque, como se ha mencionado antes, nunca se alcanza a lo que se quiere decir, hay un foso insalvable primero entre lo que el autor traduce de la intuición y después en lo que el lector toma de la intención del escritor, como si la obra surgiera en aquella babel cuyo destino es la incomprensión.

La incertidumbre de lo eterno es semejante a la incertidumbre del otro. Laberinto y espejos son temas que se conjugan en un único sustantivo: la alteridad, la capacidad de interactuar con el otro, de pensarlo, de estar frente al otro sin envolverlo. De esta manera, Asterión yace en la penosa circunstancia de no ser otro y ahí radica la nostalgia que se transmite en cada página, de la mendicidad de estar aislado. Pero quien escribe no es menos infeliz, puesto que su incapacidad de ser otro viene de la sensibilidad singular que lo capacita para temas que no tienen que ver con el mundo vulgar y, por lo tanto, su propia naturaleza es el límite de la alteridad, puede pensar en los otros, pero no ser los otros. El matiz con el que el escritor, en este caso Borges, observa al mundo lo hace ser un perenne extranjero. El minotauro y al autor están atrapados en sí mismos, ellos son, también, el laberinto.

“…uno de ellos [de los jóvenes sacrificados a Asterión] profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor”. El redentor del protagonista es el otro, Teseo como el alter-ego de Asterión, llegará a donde el personaje y lo librará de la injusticia de la vida, del dolor de ser existente y lo llevará a un lugar con menos galerías, porque ser un individuo es existir como un ser doliente, por la incertidumbre y por la soledad, nada es más penoso que vivir. Sin embargo, la imagen de la muerte de Asterion es la resolución de un conflicto, al desenlace de un momento en donde el minotauro recibe al otro en el breve momento de su desvanecimiento, de esta manera Teseo se prefigura como el momento de la creación, ese instante fugaz en donde la comunión es posible, donde el ego da paso al sí-mismo.

Borges es Asterión y su sufrimiento viene de la imposibilidad de lo otro, del espejo que se superpone hasta el infinito, el laberinto de las letras semeja al dédalo de la existencia. Hablar de sí mismos es lo que hacen las personas cuando crean, con cada obra exponen su naturaleza, y hasta en la forma de escapar se advierte el rastro de subjetividad que solo se diluye en la búsqueda de la voz del otro que habla a través de lo creado. No es solo el yo quien habla en la obra, sino el impulso creativo (la musa, el daimon) es quien se revela en lo creado, la identidad de la obra es el juego constante entre el yo y el otro, el diálogo, imposible, del hombre con los dioses. Borges proyecta su experiencia creadora en el cuento de su invención, nadie puede no representar. Esta segunda lectura es de tipo personal, no porque implique solamente al autor sino que refleja las múltiples personas que escriben en el proceso creativo. ¿Quién es el otro en la obra de Borges? ¿El lector que revive lo escrito con cada lectura, pero que también está solo? ¿O lo será acaso el otro Borges, el daimon que crea a través del autor y que es recreado no cuando alguien lo lee, sino cuando el mismo se lee a través de la mirada de una persona en la búsqueda de una redención, casi, inasible?

El último matiz del que me ocuparé es de la semejanza entre el dilema de Asterión y el del conocimiento humano del mundo. Afirmare, para que no haya duda, que el mundo en sí es incognoscible o que lo es al menos la realidad objetiva, nadie puede saber como es el mundo porque lo que se percibe es tergiversado en el acto de aprehensión. Lo que la persona ve es el reflejo ilusorio, el velo de Maya. La realidad es una construcción imaginaria.

“Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo” dice Asterión. El entorno del hombre está mediado por su lenguaje, lo que existe es lo nombrado, el sujeto crea aquello que lo rodea al nombrarlo, al encerrarlo en una categoría. Con el tiempo esta categorización se hace más refinada y el cosmos se vuelve profundo. Sin embargo, se sabe de antemano que el laberinto donde yace el minotauro no fue construido por éste, sino que le precede, él es un invitado en esa construcción intrincada, pero, como los dioses, supone, por defecto, que ha creado la realidad. Realmente el hombre no crea el mundo, sino que nace en el lenguaje que es la actividad constante de creación, el órgano de la consciencia por medio del cual se construye a sí misma de forma inmarcesible, solo en la apropiación inadecuada de este movimiento el sujeto puede concebirse como un hacedor.

El laberinto es el conocimiento de la realidad. Asterión es el hombre moderno en su búsqueda del mundo, en el esfuerzo por asirlo con métodos cada vez más sofisticados, técnicos, científicos, como quien intenta aprehender lo intangible con signos abstractos, ignotum per ignotius. Pero esta búsqueda insensata implica el descubrimiento del hombre, en tanto ego, del contexto infinito que lo contiene y del cual no puede escapar, el individuo nacido de la modernidad ha surgido a nueva matriz contenedora. El laberinto es aquello que, en el hombre, conoce, es su capacidad de cognición, el acto intrínseco que lo vuelve capaz de desenvolverse en un mundo que solamente es suyo por sujeción, por reconocimiento, el cual se inventa a sí mismo y el individuo se ajusta a tal ficción. El sujeto atrapado en su contexto lógico no puede, aunque quiera, librarse de las ideas a través de las cuales observa el universo, pues ellas constituyen el cosmos. La filosofía, la ciencia, las ideologías nacen de sí mismas, pero el sujeto cree que las ha creado, que han brotado de su voluntad, sin embargo, son complejidades que atraviesan los hilos del universo, que es acaso infinito.

Es notable que el toro de Minos vive en un lugar cuyo número de cuartos no tiene final, así como todas las cosas que en él existen, podría ser que él mismo fuera también infinito. Esto remite a la hipótesis que tanto gustaba a Borges, ya sea al afirmarla o al refutarla, el eterno retorno. Todas las cosas, se plantea de manera general, están formadas de los mismos elementos constituyentes, estos son incalculables pero no son infinitos, las combinaciones de los mismos forman el universo y algún día las posibles combinaciones se saldarán, entonces todo volverá a ser como alguna vez fue.

La vida de Asterión deviene una repetición de lo finito en un tiempo infinito. Cada día es el mismo día, el laberinto del tiempo parece no tener salida, pero San Agustín planteó que la cruz salvaba al hombre de la eterna repetición de sus actos; en este caso Teseo salva al protagonista del eterno retorno de lo mismo. Teseo, simbolizando la consciencia de lo otro, se presenta como la alteridad que asalta al sujeto como único aliciente para que las cosas no se repitan y que sean liberadas de la iteración de sí mismas y puedan ser otras. Como sucede en la compulsión a la repetición el ciclo único es la subjetividad radical y el rompimiento de esa repetición sólo lo lleva a cabo el otro, el síntoma, la consciencia en búsqueda de liberarse de su aprisionamiento en lo literal, para abrirse a lo desconocido que está fuera de las categorías homogéneas del mundo, aquello que el hombre se niega a mirar pues significa la sombra que atraviesa, como una flecha, todo esfuerzo por conocer. El síntoma, en este contexto, es una rebelión contra lo eterno en un esfuerzo por someterlo a lo temporal, atraparlo en una vasija que permita su concepción, pero de este arrobamiento emerge raudo el encuentro con el otro que rompe el encierro de lo anímico en los viejos odres que no podrán contenerlo. El síntoma es la negación de lo abierto y a su vez la afirmación del infinito.

El laberinto del conocimiento y el laberinto del tiempo son ineludibles, su tela es inquebrantable, son la esencia del otro redentor que se presenta y en cuya forma el individuo es se pierde y a su vez se conoce como algo más que él mismo, es decir, se sabe un otro por sí mismo. Esta es tal vez la forma explícita de la alteridad radical, sintomática, que es la toma de distancia necesaria para la reflexión del alma.

El mundo es caótico, impredecible. El afán técnico que busca orden es una empresa reaccionaria, pues el caos es el primer estado del universo según el mito y es una potencia latente en cualquier especie de estructura ordenada. La incertidumbre es el sentimiento de estar frente a su presencia inevitable. La redención del hombre, su salvación de la repetición, transita por el trabajo interno de asumir que la verdad de cada fenómeno no subyace en su exterioridad sino en lo intrínseco al mismo, en su carácter inmanente como idéntico a sí mismo. Intentar comprender al mundo tal cual es, en su propia estructura lógica inextricable, permitir que lo que es sea. Aquí surge el eco de las doctrinas orientales donde el hacer sin hacer (wu-wei) es la manera más alta de comunión espiritual y donde el caminante inicia un periplo que lo lleva hacia él mismo y en ese andar descubre que su identidad rompe los límites de la comprensión cotidiana. El conocimiento es un laberinto de alteridad, de caos; al igual que la realidad, ambos son espejos de sí mismos; por ello, la inmensa red de imbricaciones fabularías sujetan al hombre al tiempo sucesivo, lo obligan a ser periódico, cíclico, su propia subjetividad lo hace incapaz de concebir lo eterno, de entablar un diálogo con lo divino, pero al saberse otro se abre una puerta para la llegada de la redención. Solo al desaparecer en el otro puede el hombre ser él mismo.

Para vislumbrar al viajero inesperado el sujeto tendría que sumergirse en la máscara del ego, romper sus complicidades con las explicaciones prejuiciosas, con el sentido común y prepararse para ser consumido en el fuego de la vacuidad, de aquello que niega todo lo positivo, ser asesinado por Teseo como el espíritu de la contradicción. Lo cierto, es que nadie puede ver el rostro de Dios, porque aquel que lo vea dejará de ser alguien. El sacerdote de la pirámide de Qaholom, Tzinacán, en el cuento de Borges: La Escritura del Dios, ha visto de frente a la eternidad y tiene el poder de crear universos enteros, pero dice: “Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre […]. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Que le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora es nada”.

La redención ante la realidad, la libertad ante lo sucesivo, viene con la presencia del desgarramiento, con el vértigo de la oquedad que se inserta en los cuerpos para volverlos sutiles. Dos panoramas se abren ante este destino, uno es el que dicta: «No entres dócilmente en esa noche quieta. Rabia, rabia contra la agonía de la luz» y otro es el de Asterión recibiendo con resignación a Teseo: «¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió». Ésta última es una manera poco explorada, al menos en los tiempos que corren, de atender la llegada del alter-ego caótico, con la humildad y la resignificación de saber que el hombre es irrelevante y que ese es su principal atributo, entrando así en la oscura noche del mundo como quien llega a casa a sí mismo. Esta es la preparación constante para la muerte, que es la máxima resignacion, el gran Otro que se cierne.

El conocimiento del mundo es oscuro, como oscuras son las vaguedades del espíritu, Asterión es el mundo y el esfuerzo del mundo por conocerse de conocerse a sí mismo, la redención es la comprensión humana de que ese camino no es el suyo, sino que él, el sujeto, es un puente y que su propia muerte aguarda en lo profundo, esta resignación, esta aceptación de sí mismo, es el advenimiento del alma, del aquel gran Otro. El protagonista se pregunta ¿cómo será su redentor? y la respuesta se la da el mismo: «¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?»

Septiembre del 2006, actualizado en agosto del 2024.