Xolotl o del movimiento anímico

Logos del alma

El motivo analizado acerca del dios Xolotl aparece en el mito de la creación azteca denominado “de los cinco soles”, en una versión que relata como después de que el dios Nanauatzin se convirtiera en el sol y Tecusistecatl en la luna, ni el sol ni la luna se movían.

“Cuando el sol y la luna estaban estáticos, los dioses dijeron: “¿cómo podremos vivir? No se menea el sol.”

Lo relatado es sorpresivo si se tiene en cuenta que luego del sacrificio de dos dioses nada pasa, la luna y el sol han nacido pero no se mueven. El problema del movimiento es lo que inicia y da contexto a este episodio de la figura de Xolotl.

El movimiento ha sido un tema importante en la historia de la conciencia, preocuparse porque las cosas se mueven y no están estáticas ha sido tema fundamental para el desarrollo del pensamiento. Quizá el debate más relevante acerca de este tema es el entablado entre las ideas presentes en Heráclito y en Parménides.

Desde la perspectiva psicológica podemos decir que la inmovilidad del sol y de la luna, suponen la petrificación del flujo psíquico en una fase del arquetipo, mientras el otro matiz aún no aparece, pues su momento de existir todavía no llega, existe como potencialidad, como posibilidad de ser. Desde la dimensión de lo quieto, el momento en que el sol está inmóvil es todo lo que hay, inútil sería pedir que exista algo distinto, desde la óptica de lo dinámico, el sol es su movimiento y éste se encuentra como potencialidad en su momento presente, es decir en su estatismo. Su dinámica prevalece a pesar de su falta de movilidad o, mejor dicho, su falta de movilidad es lo otro necesario de su dinámica.

La petrificación del movimiento psíquico no es necesariamente un suceso desgraciado, como todo hecho autónomo tiene una estructura fincada en la necesidad. A veces la parálisis (que etimológicamente es una descomposición indeseable) ocurre como señal de la putrefacción de un estadio que muestra una fase de transformación de la materia psíquica. Esta señal puede ser un síntoma de cualquier tipo, un símbolo en el sueño, un accidente, una enfermedad o una forma atemorizante. No solo es un medio defensivo como el entumecimiento o el pánico que congela (aunque también lo es y resulta una regresión involutiva para el que teme, sin percibirlo, enfrentar el tránsito de la muerte), además es la señal de que algo ha entrado al mundo de la conciencia y es demasiado sorprendente para actuar ante él.

Una enfermedad también puede detener el movimiento, desde los padecimientos incapacitantes (paraplejia, hemiplejia, parálisis intestinal, paro respiratorio, paro cardiaco, nombres que nos remiten a la fijeza), hasta males menos estruendosos como un simple resfriado o un dolor de cabeza; todos ellos trastocan la dinámica cotidiana de la exigente vida moderna y obligan a la persona a detener el movimiento. En nuestro compulsivo actuar, todos estos padecimientos resultan límites indeseables para la conciencia egoica y su desenfreno, pero resultan, en cambio, favorecedores para el movimiento psíquico, pues la compulsión de nuestras actividades casi siempre nos vuelve ciegos ante la idea que se desarrolla de forma inconsciente y bajo la cual vivimos ordinariamente y es que la insensibilidad del hombre ante el plano psíquico provoca que su trajín usual constantemente vaya en contra del flujo de la vida anímica e inclusive pretenda prescindir de ella, dejando yermo y desahuciado el campo de acción del alma. La psique detiene entonces de la manera que le es posible esta repetición vacía de reflexión y así nos vuelve pacientes.

En el mismo mito azteca de los cinco soles, que es el mito de creación, cada ciclo de renovación y destrucción termina con el detenimiento del ritmo normal del sol correspondiente; el universo es destruido y de nuevo conformado, pero para ello es necesaria la demora del movimiento. El ser inmóvil es el principio y fin de la creación, la materia de construcción y el momento de culminación del tiempo, la oscilación es eterna entre lo que avanza y lo que se detiene.

Además, el movimiento del sol y de la luna es un ejemplo simbólico de la citada transición de la dinámica a la petrificación y viceversa. En el mito, el sol lucha con las bestias y los demonios del inframundo, para salir avante y el universo no decaiga en la oscuridad; a su paso el peligro de morir inmóvil es siempre latente, pero sino fuera por esto no habría una noche ante la cual contemplar el mundo de una manera distinta, más oscura, más lenta, más profunda. El sol casi siempre triunfará. Por su parte, la luna contiene en su forma la mutación constante, ella también lucha contra el sol pero pierde (juntos a sus 400 hermanos), sin embargo su derrota (su inmovilidad) es parte de su movimiento pues mientras el sol sólo cambia de posición, la luna, a causa de su desmembramiento, puede cambiar de forma en sí misma.

Detenernos, por tanto, es un acto necesario para favorecer la reflexión, pues otorga la oportunidad inapreciable de sentir el movimiento psíquico del que somos parte y del que casi nunca nos hallamos conscientes. Por eso podemos decir, nuevamente, que la inmovilidad es parte ineludible del movimiento general del sistema lógico de la psique. Y por eso la inmovilidad de, y ante, los dioses es imprescindible para reconocer cuál es la faceta que requieren de la acción vigente, que sacrificio necesitan para ser honrados.

Entonces dijeron los dioses:

“Muramos todos y hagámosle que resucite de nuestra muerte”

Para pasar de la inmovilidad al movimiento explícito, es necesario el sacrificio de los dioses, dar sus vidas para crear una vida nueva. El sacrificio es la actividad ritual primordial en la que el hombre se une en ofrecimiento a los dioses que lo rigen. En dicho acto convierte su acción ordinaria (representada por el objeto) en movimiento psicológico (perteneciente al ámbito de la divinidad), hace sagrado lo que no lo era factualmente.

El sacrificio puede tener muchas funciones visto desde diversos ángulos: como una forma de alejar de la comunidad el instinto agresivo, por ejemplo, o la manera de mantener la fuerza de un rito necesario para la estabilidad política del grupo. Psicológicamente el ritual sacrificial promueve la religación del hombre con la sintaxis del alma a la que pertenece, es decir del “espacio profundo” que la psique abarca. Se reúne, de esta manera, con el momento prístino en que el mundo fue creado (in ilus tempore), a través del sacrificio de los mismos dioses a los que sirve.

El objeto sacrificado se convierte en otra cosa, abandona su sustancia positiva para dar paso a la negación que lo transformará en algo que no pertenece más al antiguo mundo, lo convierte en un objeto sagrado. Todo ello vuelve al hombre consciente de una dimensión oculta del alma que lo rige, el tránsito del objeto a la sacralidad es la proyección del paso a la consciencia de lo hasta entonces inconsciente. 

El sujeto brinda su holocausto a los dioses y reconoce con ese acto la presencia divina, admite con su sacrificio que él es parte de una trama que lo supera y que su vida es gobernada no solo por su ego común, sino por una miríada de figuras que llamamos dioses, demonios, daimones, shides, etc. A través del acto ritual del sacrificio el hombre abre su conciencia al hecho de que no está solo en este mundo y de que su vida es un correlato cuya otra versión es mediada por lo que no ve.

En el sacrifico el objeto no se pierde, se vuelve un camino para la conciencia, un mediador (un daimon) entre el mundo sagrado y el mundo terrenal, con todo lo que ello implica, el éxtasis, el horror, la culpa. Es el paso dialéctico del devenir en el que lo ganado hasta cierto momento necesita ser superado y conservado, por la nueva estructura que se impone.

Algo tiene que ser destituido de su forma positiva para dar lugar a la dinámica profunda de la psique. Se alimenta a los dioses de nuestra conciencia de ellos, pues lo que desean es el reconocimiento de su existencia, no la sangre, ni el cuerpo, ni la muerte, como elementos literales, más si como símbolos de acuerdo y subordinación. Por ello todo tránsito requiere este cambio ritual y este despertar a lo desconocido.

La neurosis es la manifestación de la necesidad del sacrificio. Se ha dicho que éste acto es una vía de acceso a la conciencia, podemos decirlo de ésta otra forma también: el sacrificio hace evidente la verdad del momento presente, reificando, o actuando de manera consciente lo que solo se había manifestado como acting out, como compulsión neurótica.

En la vida común frecuentemente las personas deben sacrificar lo obtenido en un estadio, para dar paso a otro más complejo, lo contrario es la ilusoria fijación de la persona en un momento que no le corresponde. El hecho es que el sujeto no ha de llegar al momento presente pues ya esta en él, mas su conciencia no se encuentra a la altura del mismo; sacrificar en este ámbito implica soltar los antiguos hábitos, las ganancias secundarias, los objetos preciados y todo aquello que mantiene la mirada fija en lo que ha sido, para poder entonces atender a lo que es, posicionándose en el tiempo vigente.

En el caso del mito de Xolotl, los dioses recrean un universo, pero únicamente dos de ellos sacrifican su vida, es por tanto necesario que los demás dioses se hagan participes del mismo sufrimiento, de la verdad en la que se encuentran reunidos, pues el tránsito de un universo a otro no es como el paso de un lugar a otro justo al lado del primero, sino que presupone la superación absoluta del antiguo cosmos. Si los dioses permanecieran intocados el mundo antiguo no podría renovarse. Los dioses necesitan recrear ritualmente el acto que simbólicamente Nanauatzin y Tecusistecatl representaron, para ello ofrendan su vida como una afirmación de su comprensión total del momento presente.

Los dioses acuerdan morir para crear la nueva vida, que es otra forma de decir que su estructura actual dará paso a un nuevo estadio, en el cual persistirán superados. El sacrificio de los primeros dioses creó al sol y a la luna pero no permitió el paso de la forma a la dinámica pues ello necesita la destrucción del mundo total al que estos pertenecieron.

El sacrificio, por tanto, es la ruta necesaria para que el nuevo mundo se instaure, el caos surge del orden existente y lo destroza al tiempo que lo conserva y lo renueva. Por eso el sacrificio siempre pertenece al orden del trauma, pues la muerte es temible y estruendosa y su huella persistente. No es una cuestión en donde el individuo tenga alguna elección, pues el cambio ocurre siempre a su pesar, y aunque no lo desee su corazón periódicamente es arrancado de su pecho y ofrecido a las deidades a las que pertenece, pues su sangre no es su sangre solamente y, como los dioses, debe ofrendarla para acceder al reino de la comprensión.

“…y luego el aire se encargó de matar a todos los dioses, y les dio muerte,…”

Ehecatl es el dios del viento, debemos recordar que el viento es simbólicamente una representación del logos primordial, del espíritu que insufla la materia y la anima con vida nueva. No solo en la teogonía azteca tiene el papel de motor primigenio, por ejemplo en Juan I se puede leer: “En el principio era  el logos y el logos era con Dios, el logos era Dios”. 

Si despojamos a la palabra espíritu de los prejuicios modernos, heredados del dualismo en el pensamiento, podemos ver que ésta expresa la “fuerza viviente” que inunda con su flujo todo lo que existe. Esa fuerza la podemos entender como el contexto de relaciones que persiste entre cada fenómeno que forma el universo, dicho de otra manera el espíritu es la subyacente a todo lo existente, a todo lo positivo. 

La naturaleza del espíritu, sin embargo, no es positiva, no existe como existen los árboles y los animales, su ámbito es el mundo de las ideas, la  noesis que no se pude palpar pero que constituye la actividad profunda de todo aquello que conocemos.

El viento es, igual que el espíritu, intrínsecamente activo, es más, es el movimiento en sí. Es la dinámica que erosiona incluso las rocas más firmes. Éste no permaneces quieto aun cuando mengue, se encuentra presente de forma inmarcesible y su hálito es común a todo lo que hay sobre la faz del mundo. Él hace viajar las nubes que esparcen la vida, da vitalidad a lo inerte y promueve la transformación de lo seres.

Ehecatl, sopla para matar a los dioses, su aliento de obsidiana corta los lazos de los mismos con su existencia presente, los lleva al reino de la muerte, que también es el plano de lo psicológico, del movimiento interior. Sabemos así que la dinámica de la psique ocurre primordialmente ahí donde no es vista, en el entorno de lo sagrado.

Por tanto, el viento es la imagen de una dinámica diferente a lo que concebimos como movimiento común. Es un cambio de forma en un nivel estrictamente distinto al de las cosas visibles. Es el movimiento interior de los fenómenos, aquel que los lleva su plena realización. El  cambio que se aproxima desde dentro del fenómeno, como lo inadvertido que también es, pero que aún no es conocido. Es, en suma, un movimiento dialéctico.

Ehecatl mata a los dioses porque la antigua dinámica debe ser reemplazada por la nueva forma que ya ha sucedido; el sacrificio, como ya se dijo, no instaura en si un nuevo universo sino que abre la mirada ante el universo que ya ha cambiado. De esta manera, la muerte de los dioses, el movimiento y el viento son lo mismo: símbolos de la toma de conciencia en cuanto a la mutación constante del espíritu.

Para la visión del sentido común, por otra parte, el cambio no es siempre bien visto, la destrucción del orden anterior es percibida como un momento caótico y mortal. Es mortal porque el desprendimiento de la conciencia de su existencia previa conecta a la misma con su profundidad lógica, que se identifica, como ya se advirtió, con el mundo de los muertos, ahí donde las cosas se despliegan como proceso. La muerte es el movimiento del ser, la exaltación de su esencia profunda que no es inerte, aunque a veces lo sea.

Es caótico porque la nueva acomodación de las estructuras resulta en una forma siempre más primitiva y más salvaje que la forma anterior, que ya estaba completa en sí misma. Esta nueva configuración está llegando a ser para la conciencia, y será más compleja con el tiempo, pero al principio es torpe comparada con el dominio sobre sí que había en el universo anterior. Por esto podemos decir, que el viento también es el soplo interior de la conciencia al continuar el camino para llegar a sí misma. 

Vemos por qué para el sentido común el cambio es un suceso traumático, al que se resiste de todas las formas posibles, pues sus ojos y oídos están habituados a aquello que conoce, en cambio lo desconocido, aquello que se conocerá, es temible, pues con lo inadvertido llegan nuevas tareas para la conciencia, nuevas costumbres, llega también su otro sombrío, lo inconsciente de sí, que teme y evita. Por ello ha de sacrificar no solo sus hábitos, sino su propia noción de sí misma, ya que el encuentro con el otro es la advertencia del nuevo plano que ha emergido. Esa es la noción detrás de la muerte de los dioses y lo oculto de la experiencia neurótica.

“…Y dicen que Xolotl se rehusaba a morir y dijo a los dioses: “¡oh dioses! no muera yo”, y lloraba de tal manera, de suerte que se le hincharon los ojos de llorar, y cuando a él llegaba el que mataba, echo a huir y se escondió entre los maizales y se convirtió en pie de maíz que tiene dos cañas; y los labradores le llaman Xolotl a este tipo de maíz. Otra vez se echó a huir y se escondió entre los magueyes, y se convirtió en maguey que tiene dos cuerpos que hoy se llama mexolotl. Otra vez fue visto y echó a huir, y se metió en el agua y se hizo pez, ese que hoy se llama axolotl (ajolote), y de ahí lo tomaron y lo mataron.”

El cambio es percibido como muerte para una instancia que pretende ser inamovible; su identidad es entendida como acumulación y por tanto la pérdida significa el desgaje de su noción de sí misma, de su seguridad propia. Dicha noción puede ser representada por el ego, con su existencia limitada y temerosa.

Pero el ego no es una idea que tenga como función el ser únicamente limitante, su fundamento es en principio la protección del individuo ante los embates del medio y ante la peligrosa unión natural. Es el mediador entre dos mundos complejos. El dilema surge cuando el ego se identifica con la totalidad de la psique y olvida su papel dentro del contexto anímico, así se equipara él mismo con lo divino e instaura su visión hegemónica sobre todo acontecimiento, y el culto al alma se torna en culto al ego.

En el transcurso del mito de Xolotl, él se niega a reconocer la necesidad del cambio inherente a todo sistema, no desea morir, dejar de ser lo que es para ser otro, podríamos pensar que así la trascendencia le está vedada, pero esto seria muy sencillo. Desde la perspectiva del mito mismo sabemos que Xolotl emprende un viaje en su afán por huir del cambio, lo cual nos indica que a pesar de su reticencia está inmerso, sin saberlo, en la dinámica misma. 

Podemos entonces suponer que el ego es aquella faceta de la psique que necesita encarnar el proceso dinámico de una manera literal para llegar a ser consciente del mismo. Necesita hacer el viaje, tocar la llaga para creer en la forma presente del momento psicológico. Su huida es la manera en que se lanza al pleno conocimiento. Sin ser consciente de ello, su viaje lo ha de llevar al nivel en el que ya se encuentra, pero sin el viaje no podría estar a la altura del entendimiento.

Esto recuerda a aquellos viejos cuentos en donde un maestro (o un sueño) ordena a su discípulo llevar a cabo una búsqueda ardua y tremenda, y al final de la misma, el discípulo conoce que su meta estaba desde el principio en él mismo. 

De aquí surgen un par de puntos que es debido aclarar. Lo primero es que el camino es necesario recorrerlo, pues en su transcurso el sujeto (que no es el sujeto empírico sino “el alma”) sacrifica su visión común de las cosas y se enviste de una nueva perspectiva, así la meta no es el lugar al que se llega, sino la nueva posición lógica del que llega, la adecuación a la sintaxis imperante. Lo segundo es que para emprender el viaje es requerido ya estar en el sitio al que se pretende ir. Es decir, la colocación precede a su descubrimiento. No se puede, por tanto, insertarse en el proceso de hacer alma si no se parte del “alma” misma.

Xolotl muere como los demás dioses, pero no como ellos, trasciende su estado fijo a través de la huida, del síntoma[ que lo guía hacia lo que ya es. El síntoma es necesario porque reúne a la conciencia inconsciente de su estado actual con la comprensión completa del cosmos que ya lo rige. De ahí su importancia, sin su acontecer ningún descubrimiento sería posible, la conciencia estaría condenada a quedarse petrificada ante la caída del horizonte provecto. La enfermedad, las pesadillas, las obsesiones, los rituales compulsivos, los pensamientos mórbidos, la sangre corriendo, son necesarios, el horror nos está salvando sin proponérselo, pues el síntoma es aquella instancia que, cual Mefistófeles, hace el bien queriendo hacer el mal, que cura al tiempo que hiere.

Esta huida constante, sintomática, nos remite a otro gran escapista de la mitología: el dios Proteo. Es bien conocido que Agamenon buscando el favor del dios Poseidón, a quien había ofendido, sale en busca del sabio que pueda aconsejarle, dicho personaje es el robusto Proteo. Menelao acude primero a la hija del dios, la ninfa Idotea, para cuestionarle sobre la manera de capturar a su padre, pues se sabía muy bien que Proteo es dueño de malas artes que le ayudan transfigurarse y escapar así de quienes acuden a él.

Por fin, Menelao frente al dios lo captura mientras el viejo sabio cambia de forma, primero es un león, luego una pantera, luego un dragón, un cerdo gigante, luego es agua y luego un árbol, solo al final vuelve a su forma original. Pero en realidad no es que Proteo vuelva a ser el mismo, sino que él es su proceso de transformación, no es otra cosa sino dinámica constante, Menelao no lo atrapa, él es atrapado por el cambio en sí. 

Desde una visión junguiana clásica Proteo, que es llamado el viejo sabio, es comparable con el Si-mismo, con el núcleo psíquico transformador e integrador. Nosotros podemos decir que el viejo del mar es la tendencia oscilante que nos brinda la realidad del movimiento psicológico y al cual hay que aferrarse ante su naturaleza variante, porque esa es la esencia que nos estructura. Sus múltiples formas se asemejan a la ambigüedad del símbolo que expresa, y Menelao actúa correctamente pues ante dicha multiplicidad el héroe espera a que la imagen lo confronte con la conciencia que ya lo aguardaba, con la noción que resulta del momento simbólico de la reunión con el dios.

El símbolo era antiguamente el objeto que, partido a la mitad, representaba una obligación. El compromiso en el mito proteico es el de Menelao que busca con Proteo que se oculta. Ambos representan facetas complementarias del descubrimiento. El ego, ese matiz literalizador del alma, indagando la verdad de si mismo, encuentra sin procurar aquello que lo trasciende, tropieza con su naturaleza inconstante, que ya no es algo suyo, y plantándose ante ella, es superado por la realidad del contexto actual al que pertenece.

Podría decirse que Xolotl no es un buscador activo, como Menelao, éste último va en pos del dios y en su viaje se encuentra con la dinámica, Xolotl en cambio huye de la dinámica y es el dios, entonces, quien lo busca a él. Mientras Proteo muestra la naturaleza cambiante, Xolotl tiene que vivirla por si para entenderla. Pero al final ambos casos indican que a pesar de los múltiples caminos el alma acaba por ser siempre el terreno de toda creación, ya se corra directamente a ella o se huya de su presencia, inextricablemente la lógica del contexto, es la meta que se impone, pero también el camino y la línea de partida. 

Esto último se advierte en el hecho de que el viento, la dinámica en si, que busca a Xolotl es una personificación del dios Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, imagen que contiene la idea de la unificación del cielo y de la tierra, es uno de los dioses creadores y coincidentemente también es gemelo de Xolotl. En otro mito se cuenta como Quetzalcóatl – Xolotl viaja al inframundo para traer los huesos de los hombres anteriores y formar a una nueva humanidad, a veces es Quetzalcóatl quien se aventura, otras Xolotl, lo cual no es sino una manera de revelar su identidad.

Los gemelos míticos muestran de nuevo la dialéctica persistente en los procesos psíquicos, pero mientras la imagen se expresa en dos antagonistas enfrentados, o dos complementarios entrelazados, la idea que subyace es que el intercambio entre las características de ambos no es algo que ocurra en lo exterior sino dentro del fenómeno. No hay enfrentamiento externo entre los hermanos sino la superación interna del proceso psicológico.

Quetzalcóatl es el otro de Xolotl, su sombra, que lo persigue para darle el regalo de la muerte, que parece tan terrible en un primer instante. Quetzalcóatl es Xolotl, y ambos son el camino por el que se huye. El objeto es el sujeto y ambos son el proceso que ocurre. Xolotl huye de si mismo, no quiere ser consciente de la verdad ante la que se encuentra, no quiere saber que los dioses han muerto y que el sol y la luna están inertes, huye del nuevo universo que lo contiene, pero secretamente es perseguido por su gemelo, por el dios revelador, es acosado constantemente por el síntoma (el símbolo) que lo guía y lo compromete con su verdad presente. 

Sus formas de simbolizar el movimiento anímico en principio hablan de la dualidad inherente del proceso, primero el maíz de dos cañas, luego el maguey doble y por último el ajolote. El maíz se asocia con el dios Quetzalcóatl, y con la tierra en la que el dios Centeotl hundió su cuerpo, podríamos decir que representa al sol que provee de la energía necesaria al hombre para su labor diario. 

El maguey, por otra parte, tiene connotaciones lunares, pues es la diosa Mayahuel de quien nace, y el agave es asociado con la fertilidad y la abundancia propias de la diosa. Ella es una deidad lunar que con sus 400 senos alimenta a los hombres con el espeso pulque. Es decir, el maíz y el maguey son los representantes del sol y la luna respectivamente, del movimiento y la inmovilidad del sistema, y Xolotl al ser ambos se identifica y reconoce que la necesidad del cosmos al que sirve es el movimiento de los astros.

El último símbolo (síntoma) que Xolotl representa es el Ajolote. Este animal endémico, es conocido sobre todo porque se le confunde con la larva de la salamandra tigre. Su particularidad son los rasgos neotenicos que presenta su fisonomía, es decir, que a pesar de haber alcanzado la madurez sexual conserva aun características larvarias que no corresponden a su desarrollo. Xolotl se transforma en un ente indiferenciado, tanto como la conciencia que no acaba de comprender el momento que vive.

El ajolote indica que la indiferenciación entre el sujeto y su proceso es un paso de maduración, pero la fijación en él no es algo ante lo que la conciencia se pueda quedar impávida, pues su naturaleza es dinámica. Pero al volverse maíz, maguey y ajolote, Xolotl no solo huye en realidad de su otro, sino que al mismo tiempo es obligado a entregarse a él, y a aceptar paulatinamente la situación que lo envuelve, hasta que por fin la muerte, la superación, hacen presa de su figura regresiva.

Al final del mito vemos claramente que el viaje relatado no es otro que el del alma, que en busca de si se enfrenta a la transformación constante que constituye su proceso. Todos los elementos relatados como momentos distintos y como personajes dispares, no forman sino la unidad del movimiento anímico, que en busca de su propia comprensión haya su ineludible superación.

Xolotl huye, pero no tiene a donde, pues su contexto lo apresa y lo contiene, sin que logre hacer otra cosa que aceptarlo o dejarse poseer por él, es decir, actuarlo compulsivamente. También muestra con su ritualismo que el proceso psicológico es ineludible y que la muerte aquí no es algo indeseable, sino el corolario del alma que es capaz de reconocerse en el nuevo nivel de su marcha, lo contrario desencadena un proceso neurótico en el que se intenta vivir como si el plano psicológico fuera estático, o estuviera anclado a un momento ya superado.

Pero el pleno entendimiento del proceso no es algo que le corresponda al ego como esfera de acción, por ello Xolotl tiene que morir. El último sacrificio del universo imperante es el de su identidad, dar paso a la nueva comprensión de sí mismo requiere que las viejas estructuras sean eliminadas y conservadas. 

Xolotl es asesinado por el mismo, es un autosacrificio el que se lleva a cabo, pero lo que mata a Xolotl es su otro, la identidad que lo supera, el proceso anímico que ya se despliega y se despide de su antigua forma. La dinámica entonces ya se encuentra en otro estadio, y la conciencia ha llegado por fin a ella. La ego-personalidad ha muerto y surge así el verdadero sujeto de la psicología, que no es fijo, ni es estrecho, al contrario es cambiante e infinito, es el espíritu que subyace a todo lo existente, que envuelve a todo proceso y que sin embargo es invisible, pues su reino es puramente psico-lógico.

Mateo 1: 1-17, la autogeneración del fenómeno

Logos del alma

En la numerología usada por Jung, el numero 4 es femenino y corresponde a la totalidad, el cuatro representa un proceso completo, una totalidad. El uno, en cambio, como unidad que aun no se despliega, se encuentra contenido en sí mismo a la espera de su desarrollo. El 1 y el 4 son dos facetas de un mismo proceso lógico, y podríamos pensarlos como una metáfora del hecho de que cualquier fenómeno que se exprese debe estar ya acabado, solo puede ser porque su totalidad ya está en si, aunque no para si, y en esta anticipación la búsqueda que se emprende inicia una vez alcanzada la meta. Hay diversas imágenes que hablan sobre este fenómeno, por ejemplo la del soñador que un día sueña con un tesoro en una tierra lejana y al llegar a ella y sufrir tormentos se da cuenta de que el tesoro siempre estuvo en su propia casa; o la de la búsqueda del Simurg, en donde los pájaros se reconocen en el objeto de su búsqueda. Este tipo de historias que son interpretadas de forma clásica como un movimiento de re-conocimiento iniciático tienen la desventaja de presentar estadios o momentos separados unos de otros, cuando realmente dichos momentos suceden al mismo tiempo, es la imagen quien los separa para poder observarlos.

Así, Jesus y Adan son dos momentos gemelos, y si seguimos algunas consideraciones teológicas podemos decir que Jesus precede a Adan, pero no solo por la hipóstasis de la trinidad, sino porque realmente Jesus se concibe a sí mismo, pues él representa al espíritu que se auto-contiene, que se niega a sí mismo con tal de generarse. Las generaciones que preceden a Cristo hablan de su propio despliegue, y del hecho de que Jesus preexiste a su encarnación como absoluta negatividad.

Wolfgang Giegerich o la superación del pensamiento imaginal y analítico

Logos del alma

Resumen. 

El trabajo de Wolfgang Giegerich nace del desarrollo dialéctico que ocurre en el opus de la psicología analítica de C. G. Jung y en la reconstrucción de la misma hecha por James Hillman. Como teoría pretende alcanzar aquello no pensado en ninguna de la propuestas anteriores, pero que es inherente a las mismas: una psicología como disciplina de la interioridad del fenómeno psicológico. Es el propósito de esta ponencia compartir el panorama inicial de este proceso no culminado (a la vez que culminado) y mostrar su filiación con la psicología analítica misma.


La obra de Wolfgang Giegerich se enmarca en el contexto de la psicología junguiana, como un avance en las nociones esenciales que nutrieron el pensamiento de Jung y que constituyeron el flujo de una noción que se desplego, o intento hacerlo, a lo largo de todo su trabajo. Antes de decir más, es debido presentar al autor, hecho que no añade nada sino un vistazo al plano de lo anecdótico. Para ello citare la presentación que Robert Henderson hace de Giegerich en su libro de entrevistas “Living with Jung”.

Wolfgang nació en Wiesbaden, Alemania, estudió en la Universidad de Würzburg y en la universidad de Göttingen, y obtuvo su título de doctor en Filosofía en la Universidad de California en Berkeley. Recibió un diploma del instituto C.G. Jung de Stuttgart. Después de muchos años de práctica privada en Stuttgart y más tarde en Wörthsee, cerca de Munich, vive ahora en Berlín. Ha sido un orador regular en las conferencias Eranos, y ha enseñado repetidamente como profesor visitante en la universidad de Kyoto, en Kyoto, Japón. Estuvo en la facultad de Rutgers del 69 al 72. Ha dado clases y ha enseñado en muchos países (Alemania, Suiza, Austria, Inglaterra, Italia, Estados Unidos, Rusia, Japón y Brasil) y ante muchas sociedades profesionales. Sus publicaciones que suman más de ciento setenta en el campo de la psicología y en muchos lenguajes, incluyen catorce libros, entre los cuales se encuentra La vida lógica del alma: hacia una noción rigurosa de la psicología (Peter Lang, Frankfurt/Main 1998; 4th edition, 2007). Fue editor de la revista GORGO, una revista alemana de psicología arquetipal. Es el coautor con Greg Mogenson y David L. Miller de Psicología analítica y dialéctica: The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, 2005).

Esta breve presentación fue escrita en el 2010, desde entonces se han publicado sus artículos reunidos en seis volúmenes a la fecha y dos libros más de su autoría: What is the Soul y Neurosis, The Logic of a Metaphysical Illnes. Al menos en ingles sus obras han sido vertidas en diez libros y varios artículos aun no recopilados. Habiendo dicho esto, pasemos a la naturaleza de su obra.

En la psicología profunda varias escuelas se atribuyen la posesión del sistema que mejor entiende la dinámica de la psique. El psicoanálisis como la máxima potestad dentro de esta forma de acercarse a la psicología sufre, sin embargo, del mal de la heterogeneidad, que si bien permite un desarrollo creativo portentoso, obliga a su vez a comenzar siempre de nuevo la tarea de entender los procesos psicológicos desde ópticas muchas veces dispares. Justamente lo que constituye su más grande virtud, es a la vez su más honda debilidad. Es en este campo diverso en el que la psicología analítica, derivada del psicoanálisis, reconstruye el entendimiento de la psique basada en las investigaciones de C. G. Jung, cuya labor fue tan disímil al psicoanálisis ortodoxo, pero que de forma inherente intentó explicar lo que para Freud era el centro de su obra, así lo dice Jung:

«Mirando hacia atrás puedo decir que he sido el único en seguir ocupándome debidamente de los dos problemas que más interesaron a Freud: el de los “restos arcaicos” y el de la sexualidad. Es un error muy frecuente pretender que no he sabido ver el valor de la sexualidad. Por el contrario, desempeña un importante papel en mi psicología, concretamente como expresión esencial –aunque no única- de la integridad psíquica.»

Jung pensaba su desarrollo teórico como una continuación y afirmación de lo que para Freud era el impulso vital de su trabajo, hecho que contrasta con la visión común que se tiene de las discrepancias entre Freud y Jung. Sin embargo, en el caso de la psicología analítica la estructuración del edificio teórico fue muy distinta a la del psicoanálisis. Los junguianos se distinguieron sobre todo por un apego a la teoría del maestro, por lo que la homogeneidad fue el clima que se respiraba habitualmente en los libros y artículos en el que los herederos de Jung daban vueltas, o podríamos decir que circumbalaban, alrededor de lo que ya había sido dicho, en un intento, no siempre consciente de hacer justicia al método amplificador que tanto distingue a esta escuela de psicología. Dicha homogeneidad no permitió un desarrollo teórico variado, ni la incursión de grandes mentes en el ámbito de lo analítico; salvo excepciones, el ambiente junguiano ha sido compulsivamente repetitivo y no ha permitido una complejización conceptual que lo haga más riguroso como disciplina psicológica. 

Cabe decir que ni el psicoanálisis, ni la psicología analítica han logrado la meta implícita de la psicología profunda, no han sabido brindar una visión a la vez unitaria y lo suficientemente compleja para poder acercarse al fenómeno psicológico de forma rigurosa; no a la manera de la ciencia, como lo hacen las psicologías positivistas que en un afán tecnológico objetivan los procesos psicodinámicos, o en su defecto los obliteran; sino posicionarse en un enfoque abierto que permita al fenómeno desplegar su estructura teórica ante los ojos de la psicología en sí misma.

Empero, hay esfuerzos puntuales en la psicología junguiana que constituyen quizá una vía hacia un desarrollo teórico serio, centrado en el fenómeno desde una perspectiva auténticamente psicológica. Entre ellos están los verdaderos transformadores, por ejemplo la escuela inglesa, con innovadores como Michael Fordham,  la escuela Arquetipal liderada por James Hillman y lo que se ha llegado a denominar La Psicología como la Disciplina de la Interioridad, que Giegerich propone como su manera particular de entender y continuar el impulso viviente en la teoría junguiana.

James Hillman, cuestionó las bases esenciales de la psicología analítica. Se preguntó como nadie lo había hecho antes de él si en la cuestiones teóricas del corpus junguiano había huecos insalvables que no permitían el acceso a la realidad de lo que se denominó el “alma”. Para Hillman un acercamiento verdaderamente psicológico, requiere reivindicar como el centro del estudio psicológico justamente eso que le da nombre a la disciplina, la psyche, el “alma”, y no solo el “alma” como el remanente conceptual de una tradición actualizada por el anhelo científico, sino el “alma” como la realidad subyacente a la experiencia de todo fenómeno. Aunado a ello, se necesitaban varias premisas como soporte teórico, por ejemplo el retorno a Grecia o el politeísmo como base de una psicología que reconoce a la imágenes como la forma primigenia de relación con lo anímico, y  por lo tanto el descentramiento del factor humano como núcleo de la obra psicológica y la reconstrucción in situ del edificio conceptual junguiano. Para Hillman el hecho de que el hombre no fuera ya el objetivo de la terapia psicológica, tal como él entendía la psicoterapia, es decir como el cuidado de las imágenes del alma, y para ser más preciso, del alma de la imágenes, requería una revisión de aquello que había sido aparente entre los estudiosos de Jung: sus bases conceptuales.

Hillman retomo los conceptos junguianos y los volvió hacia las imágenes mismas. Mientras en otro momento arquetipos, símbolos, inconsciente, etc. Se concebían como sustancias o dimensiones fuera del fenómeno a estudiar, como el contexto en el que sucedía la vida misma; en la psicología imaginal, fueron aplicados  a su propia semántica de tal manera que los arquetipos se constituyeron en la experiencia arquetipal de todo fenómeno, en la metáfora raíz que le daba vida anímica a cualquier proceso visto desde los ojos del alma. A su vez, el símbolo dejaba su necesidad de confirmarse en la vida cultural de la civilización para poder asumirse como la forma explicita en que la imagen se presenta, así el sueño es su propia interpretación y la imagen es su propia dimensión simbólica. Y en está reformulación de términos lo inconsciente no dejaba de ser sino una cualidad del alma como visión, el secreto latente en todo lo que se revela y que tiene la función básica de guardar en su corazón lo que la imagen dice sobre sí misma.

Si bien la psicología arquetipal aún es psicología analítica, ha llevado o intentado llevar los conceptos junguianos a un nuevo nivel teórico. Su esfuerzo está en re-imaginar lo que había sido convertido en positividad, lo que se había literalizado y que traicionaba así la estipulación de Jung de que el alma es un elemento objetivo y autónomo.

Sin embargo, dicho trabajo no fue continuado por los mismos pensadores que adoptan la semántica hillmaniana, pues la sintáctica del impulso transformador había sido olvidada incluso, en ocasiones, por el mismo Hillman, y solo restaba un cuerpo hueco en donde los viejos conceptos místicos podían campear a sus anchas. Ahí cabían la astrología, la vida simbólica, la cábala, los dioses de cada mujer y una perorata continua sobre la importancia del alma en la vida de las personas. El “alma”, que en principio había sido el impulso viviente en la revuelta conceptual, había sido olvidada y los restos muertos se habían erigido como dioses de oro ante los cuales danzar frenéticamente, con estudios preciosísimos sobre las imágenes y los símbolos que sin duda brillaban con la luz magnífica con la que todo lo obsoleto resplandece.

Se constituyó así un discurso sobre los dioses y sobre el alma, y no obstante el ego seguía teniendo un papel inconsciente en la constitución de esta psicología basada en las imágenes. La psicología se torno en politeísmo, pero no fue un esfuerzo hecho desde su propia necesidad lógica, sino que fue la nostalgia de la búsqueda de sentido lo que demostró una vez más que el camino aun tenia que ser andado.

El problema del politeísmo en la psicología arquetipal es que aquel retorno a la imagen de Grecia y a toda la dimensión mitológica que le da dignidad a las imágenes, evade el terreno histórico en la que una época mitológica había sido fundamentalmente la vida lógica efectiva de un momento particular en el desarrollo de la consciencia. Ya en la Grecia de Platón los dioses habían dejado de ser la potencia subyacente en el espíritu de la época, los dioses eran historias que trataban de explicar diversos aspectos de la realidad, es decir, eran recursos positivos que tenían su verdad solo en el recuerdo de otra época en la cual precisamente el mito estaba vivo y regia como la sintaxis que era en sí misma esa vida que se desplegaba en las historias míticas. El mito, en su génesis, no explicaba nada, era en sí mismo el sentido inmanente del mundo.

Tal como Giegerich alude, el mito es el discurso que se despliega en el contexto en que se desarrolla. El mito es la narración mítica y la dimensión de la consciencia que le da soporte. Si se intenta abordar un mito en la época actual y se pretende que tenga un lugar en las circunstancias actuales, se estará eludiendo que dicho relato responde a un contexto histórico particular, y no en cuanto a la historia del hombre, sino al proceso de desarrollo de la consciencia como la sintaxis que constituye la negación de dicha historia. Ya no es posible comprender lo que implicaba, por ejemplo, el sacrificio humano, puesto que las categorías se han transformado radicalmente; y aunque se
lo intentara el matiz con que se observa tiene los tintes de una época radicalmente distinta a la que requería la sangre explícita como la potencia de dioses ya superados.

La flecha histórica es irreversible. Esto no es sino el resultado de que la consciencia es un proceso continuo de auto-creación, cuyas complejidades inherentes se despliegan solamente para dar paso a lo implícito en las mismas, es la transformación continua del “en sí” al “para sí” o como lo diría Goethe: “Formación, transformación, eterno pasatiempo de la mente eterna”. Por ello, no solo es imposible que podamos comprender un mito particular a causa de nuestra falta de referencias categoriales, sino porque incluso el contexto mítico ya se ha vuelto obsoleto. Los dioses han muerto y no son sino el cascarón vacío de una realidad que ya no los necesita. Y precisamente porque ya no son necesarios es que es posible ahora elegirlos, vivirlos, utilizarlos, estudiarlos y sustituir con ellos conceptos cotidianos; es posible decir que se está abrumado por el amor o decir que Eros ha entrado en la existencia personal, lo cual es indiferente y no deja de ser sino un recurso poético que sin embargo refleja solo artificialmente una experiencia que no puede ser abarcada completamente por lo sagrado, puesto que lo sagrado corresponde a una complejidad distinta y ya sobrepasada. Hermes el mensajero de los dioses tenía que correr grandes distancias para entregar un mensaje, hoy basta con teclear un botón para hacer el mismo trabajo. Esto no significa que haya una mejora, sino solamente que Hermes era suficiente y más que suficiente para poder entender un contexto vivo determinado, pero ya no es capaz de abarcar la complejidad de una nueva realidad que ha emergido de lo potencial implícito en aquella. El espacio que Hermes recorría y el espacio de la física moderna (y no se diga del espacio virtual en internet) son conceptos completamente distintos.

Se puede argumentar que el espacio imaginal que surcaban los dioses es a lo que realmente hace referencia la psicología junguiana y arquetipal. La imaginación, y su “como si”, como la representación fenomenológica prístina. Pero se olvidaría que aun esa imaginación está fundada en categorías psicológicas particulares. La imaginación no es una dimensión perenne e imperturbable, sino la expresión de su propia lógica. Semejante argumento fue enunciado, a su propio modo, por Hillman respecto a la hipóstasis del inconsciente y los arquetipos por parte de Jung. Giegerich hace lo propio en cuanto al alma imaginal.

Es en 1992, en el Festival de Psicología Arquetipal en la Universidad Notre Dame, cuando Giegerich se pronuncia abiertamente y de forma definitiva en contra del uso extensivo y arbitrario que se hacia del politeísmo en la psicología arquetipal, de lo que él denomino el platonismo de la psicología, haciendo referencia al uso de entes metafísicos que sostenían un conjunto de teorías que sin embargo no estaban asentadas en los fenómenos de estos tiempos, sino que intentaban erigirse como la panacea contra un mundo en decadencia. La espiritualidad, los mitos, las figuras divinas, los sueños, etc. se alzaban como la resistencia en contra de un mundo tecnológico, frio, en declive; lo cual equivalía a un esfuerzo neurótico por querer revivir lo que hace tiempo estaba muerto para confrontarlo con una realidad que resultaba inconveniente para el ego.

Para mostrar su punto, en la conferencia que denomino “Matanzas. El platonismo de la psicología y el eslabón perdido con la realidad” Giegerich cuestiono el apego a la verdad de nuestro tiempo, al espíritu de la época, de la terminología arquetipal basada en los dioses y la herencia mítica. Además de refutar su validez en parte con el argumento que ya se ha expuesto, también desgajo una teoría propia sobre la dinámica del “alma” o los pasos históricos de la consciencia. Para Giegerich, la matanza fue el acto primordial en la que la consciencia se libero de su contención en la vida meramente biológica. La consciencia se mató a sí misma para interiorizar la experiencia mortal y sobre ella desplegar una nueva vida, ya no más biológica, sino lógica o, mejor dicho aun, psicológica.

Esta matanza no fue una metáfora o una imagen en la consciencia, fue una carnicería factual, que estuvo dominada por el acto primigenio de la caza, en donde al matar al animal ritual el hombre mataba su dimensión teriomorfica. Mas que el hombre, era la consciencia quien se fecundaba a sí misma a través de la muerte del animal, vivía así en su propia muerte. De ese acto sangriento emergía el “alma” como opus contra naturam. El ser humano ya no era más un animal, era el supra-animal, el animal que se ha negado a sí mismo para existir. 

Así, todo el discurso imaginal adquiere una nueva dimensión en donde ya no era necesaria la terminología vacía de los dioses y lo sagrado, pues ahora el fenómeno podía verse tal como se presenta, estructurado en la unidad de su fenomenología y la vida lógica en que estaba construido, el fenómeno no era solo lo que se presentaba sino la sintaxis que lo dotaba de coherencia en su propio contexto lógico.  Si la matanza no era solo una imagen en la vida imaginal de la consciencia sino que era además un acto asentado en la realidad lógica de la misma, entonces el estudioso de la psicología debía estar atento al hecho de que aprender psicológicamente un fenómeno requiere asumir la verdad presente en él, y no las preferencias del ego y sus teorías sobre lo que tendría que ser el proceso. 

Esto no está alejado de lo que Hillman ya había propuesto tiempo atrás en su revolucionario trabajo “Re-imaginar la psicología”, aunque parecía que las intuiciones vertidas en ese texto se habían desvirtuado casi hasta el absurdo en el campo de la psicología arquetipal. El trabajo de negación de Hillman de la obra junguiana tenia que ser continuado, y no para vivir cómodamente en él, sino ser capaz de cortar la propia carne y, bajo el signo de la matanza, sacrificar las propias convicciones a favor del fenómeno psicológico.

La negación primera, que se había fundado en la reflexión profunda e inédita sobre la psique que hizo Jung y donde sin embargo para sostener sus argumentos tuvo que  recurrir a modelos externos a la propia psique e incluso hecho mano a la postitivización de la misma, necesitaba ser negada a su vez. Hillman negó la posición junguiana y a través de ella erigió una disciplina que diera soporte al hacer alma, poniendo entre paréntesis aquellos conceptos que los junguianos tenían ya sobre entendidos. En esta tradición, la obra de Giegerich se erige como la negación de la negación del pensamiento psicológico, no solo presente en Jung o en Hillman, sino de la ciencia psicológica en general, pues ya no solo pone en entredicho los conceptos analíticos sino todos aquellos enunciados sobre los que la psicología misma está posicionada. Se puede decir que el movimiento de Giegerich consiste en cortar la propia rama sobre la que yace la teoría psicológica a fin de hacer emerger a la conciencia la verdadera psicología.

Sin embargo, como movimiento dialéctico, el propio hacer de la psicología guarda en la memoria aquello que ha sido sobrepasado. No se trata de descartar lo que en Jung o en Hillman se expresaba, sino permitir que lo no pensado en ambos emerja como lo explícito de una psicología cada vez más apegada a la verdad de sí misma.

El opus que Giegerich desarrolla, es concebido por él, como la continuación de lo en que Jung era la lava ardiente de su impulso. Jung tuvo la oportunidad, como cada gran pensador, de ponerse a la altura de la noción que pugnaba por desplegarse de la forma más apegada a su verdad (la verdad de la noción, su contexto lógico). El autor es así llamado a estar a la altura de dicha noción y su trabajo es este esfuerzo continuo por darle su lugar a aquella voz interna que habla en el fenómeno. Jung no siempre estuvo a la altura, por ejemplo al concebir al sujeto como el fiel de la balanza en los asuntos anímicos o al no permitir que sus herramientas conceptuales se desbarataran a sí mismas y se superaran de tal forma que la vida en ellas siguiera su rumbo, en cambio hipostasio ideas como inconsciente, arquetipos, complejos etc. Y aunque más tarde Hillman reconstruyó creativamente el camino hacia esas intuiciones, aún hay un trecho que recorrer.

Al principio se dijo que la meta de la psicología profunda era concebir un modelo que reflejara fielmente la dinámica psíquica. En Giegerich este objetivo ha sido sobrepasado, pues ya no se trata de explicar con una teoría lo que la psique pueda ser, al contrario el objetivo está orientado a la apertura hacia la teoría que la propia psique tenga de sí misma. Pero esto es aún la mitad del camino, pues decir que la psique es la meta es no haber aplicado la diferencia psicológica aun, es decir la diferenciación entre lo psíquico como el fenómeno en su superficialidad semántica y la psicología o el orden de la estructura sintáctica. Así que habrá que reformular lo anteriormente dicho de la siguiente manera: en la obra de Wolfgang Giegerich la psicología se contempla a sí misma y así la consciencia por fin llega a casa.