Atenea, Ananke y la necesidad de la psicología anormal

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Mythic Figures’, volumen 6.1 de sus Uniform Edition, capítulo 2, pp. 31-74

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ni siquiera un dios puede hacer frente a la Necesidad.
(Platón, Leyes, 818b)

Las «infirmitas» del arquetipo

Fundamental para la psicología profunda y para el alma es la herida, la aflicción, el desorden, la peculiaridad – «psicología anormal» o «psicopatología». La psicología profunda fue llamada a la existencia como un tratamiento para la psicología anormal. La psicología profunda era, y sigue siendo, un logos para el pathos de la psique. Por «psicopatología» entiendo la categoría de acontecimientos psíquicos declarados pública y/o privadamente anormales y que no pueden reprimirse, transformarse o aceptarse del todo. Estos aspectos intolerables se manifiestan paradigmáticamente en el síntoma que, según Freud, es el punto de partida de la psicología profunda.1Pero me gustaría ampliar nuestro concepto de psicopatología introduciendo el término patologizar, con el que me refiero a la capacidad autónoma de la psique para crear enfermedad, morbilidad, desorden, anormalidad y sufrimiento en cualquier aspecto de su comportamiento, y para experimentar e imaginar la vida a través de esta perspectiva deformada y afligida.

En dos largos ensayos2 sobre psicopatología he intentado refutar las negaciones contemporáneas de la misma en diversas ramas de la terapia. El nominalismo de la psiquiatría considera sus términos contingentes, sin relación necesaria con las causas o con las almas de aquellos que exhiben aquello a lo que apuntan los términos. Los reformistas políticos y los existencialistas consideran que el campo en sí es fundamentalmente innecesario, un accidente de las instituciones históricas, sociales o políticas. Las terapias humanistas, trascendentales y orientales asumen la primacía del espíritu, del yo, de la salud, de modo que la psicopatología sólo tiene una realidad ilusoria secundaria. La psicopatología es así contingente, accidental, accesoria: todas niegan la necesidad de la anormalidad.

Los enfoques médicos y religiosos interpretan la psicopatología como algo malo (enfermo o pecador). O bien fisicalizan o bien metafísicamente (moralizan). Buscan la necesidad de la psicología anormal fuera de la psique, ya sea en una teoría del trastorno físico en general (enfermedad) o en una doctrina religiosa relativa al sufrimiento. Ni unos ni otros parten de la psique. Patologizar sigue sin ser una necesidad del alma.

Por el contrario, hemos intentado fundamentar la patologización totalmente dentro de la psique y mostrar su necesidad para la psique. Para ello, hemos fundamentado la patologización en el arquetipo. Luego mostramos que cuando comenzamos con la psique, como en la alquimia, el arte de la memoria y la mitología, encontramos eventos patologizados inherentes a estos sistemas psicológicos. Tanto Freud como Jung se adhieren a esta tercera línea psicológica en sus pensamientos sobre la psicopatología. Desde el principio la relacionaron con imágenes fantásticas y la consideraron mitológicamente.

Partir de la psique significa considerar la patologización como una forma válida de expresión psicológica, como un lenguaje metafórico subyacente, una de las formas en que la psique se presenta legítima y espontáneamente. Para entender este lenguaje, lo situamos en contextos metafóricos similares. Un acontecimiento o imagen obsceno, extraño o afligido en nuestra vida psíquica necesita ser examinado, no en términos de normas derivadas de la «naturaleza» física o de «ideales» metafísicos, sino en términos de la imaginación, donde los brazos marchitos, las cosechas arruinadas, los enanos monstruosos y todo tipo de «distorsión» pertenecen y tienen significado en sí mismos, tal como son. Para entender lo que dice la psicología anormal de un individuo, no podemos recurrir a lo que es «normal». Nuestras normas deben ser como lo que deseamos comprender, normas que en sí mismas están patologizadas.

Aquí tomamos el ejemplo de Jung: «Los dioses se han convertido en enfermedades».3 Jung está indicando que la causa formal de nuestras dolencias y anormalidades son personas míticas; nuestras enfermedades psíquicas no son imaginarias sino imaginales (Corbin). Son, en efecto, enfermedades de la fantasía, el sufrimiento de las fantasías, de realidades míticas, la encarnación de acontecimientos arquetípicos.

Seguir a Jung por este camino es el trabajo principal de la terapia arquetípica. Hemos examinado los mitos y sus implicaciones para la psicología anormal: de Eros y Psique, de Dioniso, de figuras como el puer aeternus, Saturno y senex, el niño, Hades y el Inframundo. En estos diferentes ejemplos vimos que lo patológico es inherente a lo mítico. Nuestra intención más profunda ha sido trasladar la psicopatología, la base de nuestro campo, de un sistema positivista decimonónico de la mente y sus trastornos a una psicopatología no agnóstica y mitológica del arquetipo.

Esencial para el movimiento es el reconocimiento de los dioses como ellos mismos patologizados, las «enfermedades del arquetipo». Sin elaborar lo que le es familiar, creo que el punto principal se hace si reconocemos que los mitos griegos (y los de los celtas o los hindúes,4 los egipcios o los indios americanos) requieren lo extraño, peculiar, extremo – la psicología anormal de los dioses.5

Desde este punto de vista mítico, cada arquetipo tiene sus temas patologizados, y cada acontecimiento patologizado tiene una perspectiva arquetipal. Las normas del mito dan cabida a lo que no encuentra lugar en la psicología académica, la medicina y la religión. Además, la patologización en un mito es necesaria para el mito y no puede ser extirpada sin deformar el mito. Por esta misma razón heurística y terapéutica, la psicología arquetipal vuelve a la mitología.

Las figuras del mito -reñidoras, tramposas, obsesionadas sexualmente, vengadoras, vulnerables, asesinas, desgarradas- demuestran que los dioses no son sólo perfecciones para que todas las normalidades recaigan únicamente sobre los humanos. Los mitos en los que aparecen los dioses están repletos de comportamientos que, desde el punto de vista secular, deben clasificarse como patología criminal, monstruosidad moral o trastornos de la personalidad.

Cuando pensamos mitológicamente sobre la patologización, podríamos decir, como han hecho algunos, que el «mundo de los dioses» es antropomórfico, una proyección imitativa del nuestro, incluidas nuestras patologías. Pero también se podría partir del otro extremo, el mundus imaginalis de los arquetipos (o dioses), y decir que nuestro «mundo secular» es al mismo tiempo mítico, una proyección imitativa del suyo, incluidas sus patologías. Lo que los dioses hacen en el reino imaginal del mito se refleja en nuestra imaginación como fantasía. Nuestras fantasías reflejan las suyas, nuestro comportamiento sólo es mimético al suyo. No podemos imaginar nada ni realizar nada que no esté ya formalmente dado por la imaginación arquetípica de los dioses. Si asumimos que lo necesario es lo que ocurre entre los dioses, es decir, que los mitos describen patrones necesarios, entonces sus patologizaciones son necesarias, y las nuestras son necesarias para la mímesis de las suyas. Puesto que su infirmitas es esencial para su configuración completa, se deduce que nuestra complexión individual requiere nuestras patologizaciones.

Si es así, estamos tan en armonía con el reino arquetípico cuando estamos afligidos como cuando nos encontramos en beatíficos estados de trascendencia. El hombre es tan a imagen de los dioses y las diosas cuando es ridículo, enfurecido o torturado, así como cuando sonríe. Puesto que los propios dioses muestran infirmitas, una vía de la imitatio dei es a través de la enfermedad. Además, es esta infirmitas del arquetipo la que puede ser enfermera de nuestras heridas y extremidades, proporcionando un estilo, una justificación y un sentido a las nuestras.

Lo que les pido que consideren es la idea de la enfermedad en el arquetipo6, que no es lo mismo que el arquetipo de la enfermedad. Este último enfoque de la anormalidad es el de un único arquetipo chivo expiatorio, un principio mórbido como thanatos, un demonio de la enfermedad, un diablo o sombra, que carga con el mal7 para que los demás puedan seguir siendo supremamente ideales. Ese enfoque enuclea el núcleo de patologización intrínseco a cada figura arquetípica y necesario para la forma de ser de esa figura. Mientras que nuestro enfoque intenta comprender la patologización como un componente inherente a cada complejidad arquetípica, que tiene su propia posibilidad ciega, destructiva y mórbida. La muerte es fundamental en cada patrón de ser, aunque los dioses no mueran. Son athnetos, lo que implica que la infirmitas que presentan también es eterna. Cada arquetipo tiene una forma de desembocar en la muerte y, por tanto, tiene su propia profundidad sin fondo, lo que hace que nuestras enfermedades sean fundamentalmente insondables.

Para expresar teológicamente esta infirmitas del arquetipo diríamos que el Pecado Original se explica por el pecado en los Originales. Los humanos estamos hechos a imagen de los dioses, y nuestras anomalías son imagen de las anomalías originales de los dioses que son anteriores a las nuestras, haciendo posible las nuestras. Sólo podemos hacer en el tiempo lo que los dioses hacen en la eternidad. Por tanto, nuestras dolencias tendrán que tener su fundamento en la dolencia primordial, y sus dolencias se promulgan en nuestras psicopatologías. Si los que se preocupan por la situación de la religión quisieran devolverle la salud y resucitar a su dios, una primera medida de esta reanimación consistiría en quitarle al Diablo todas las patologías amontonadas sobre su cabeza. Si Dios ha muerto, ha sido a causa de su propia salud; había perdido el contacto con la infirmitas intrínseca del arquetipo.

Necesidad

He afirmado que los acontecimientos patologizados participan del propio arquetipo. Son una vía hacia la experiencia arquetípica que no puede experimentarse plenamente de otro modo. Esto implica que los sucesos patologizados pertenecen necesariamente al arquetipo. En consecuencia, son necesarios para nuestra vida.

Pero, ¿qué es la Necesidad? En busca de respuestas a esta pregunta vamos a desarrollar este punto principal: La necesidad en el pensamiento mítico griego se habla y se experimenta de modos patologizados. Las experiencias patologizadas a menudo están conectadas directamente con Ananke (Necesidad).8 Veamos con más detalle esta conexión.

En una exhaustiva monografía, Heinz Schreckenberg9 revisa todas las etimologías y contextos propuestos para ananke y llega a la conclusión de que la palabra en Homero procede de una probable raíz semítica «chananke» basada en tres consonantes, «hnk«. Podemos esquematizar las conclusiones de Schreckenberg de la siguiente manera:

Antiguo Egipto. hnk estrechar
Antiguo Egipto. hnk garganta
Antiguo Egipto. enek rodear, abrazar, estrangular
Copto. chalak anillo
Acadio. hanaqu constreñir, estrangular; enrollar fuertemente alrededor del cuello como el collar de un esclavo
Siríaco. hnk cadena, sofocación
Hebreo. anāk collar formado por cadena (Cantar de los Cantares 4: 9; Proverbios 1: 9)
Caldeo. hanakin grilletes puestos en los cuellos de los prisioneros
Árabe. hanaqa estrangular
Árabe. hannāka collar
Árabe. iznāk la cuerda que ataba a los bueyes yuncos

Sus pruebas10 van mucho más allá de este compendio y concuerdan con etimologías más habituales de ananke, relacionándolo con el alemán eng (estrecho), con angina, Angst y ansiedad, con agchein (griego), estrangular, y con agham (sánscrito), mal.11 Incluso la etimología de Platón (Cratylus 420c-d) imagina ananke mediante una metáfora de estrechamiento. «La idea», dice Platón, «se toma de caminar a través de un barranco que es intransitable, y escarpado, y cubierto de maleza, e impide el movimiento – y esta es la derivación de la palabra necesario.»

Schreckenberg hace especial hincapié en los significados de yugo/collar/lazo de su etimología, sin dejar ninguna duda de que, en el fondo, la necesidad significa un vínculo físicamente opresivo de servidumbre a un poder ineludible.12

El latín de ananke es necessitas. También aquí encontramos la noción de «vínculo estrecho» o «lazo estrecho», como el vínculo de parentesco, de consanguinidad. Necessitudines son «personas con las que uno está estrechamente vinculado, parientes, conexiones, amigos».13 Una necessaria es una pariente o amiga. Además, esta palabra hace referencia a los vínculos naturales y morales entre las personas. Esto sugiere que las relaciones familiares y los vínculos que tenemos en nuestros mundos personales son formas en las que experimentamos la fuerza de la necesidad. Nuestros intentos de liberarnos de las ataduras personales son intentos de escapar del estrecho círculo de ananke. Que los pacientes en terapia se quejen de que se asfixian en el círculo familiar, o que sean estrangulados por su pareja matrimonial, o que sean víctimas de patologizaciones en garganta y cuello, todo ello habla de Necesidad. Desde esta perspectiva, el complejo familiar es una manifestación de la Necesidad, y la servidumbre a los lazos de parentesco es una forma de observar sus exigencias. Pasemos ahora al ananke en contextos poéticos, mitológicos y filosóficos.

En primer lugar debemos reconocer el lugar central que ocupaba esta diosa Ananke en la imaginación de los creadores de cosmología. Para Parménides (frag. 8 y 10) Ananke gobierna el Ser; para los Atomistas, también, aunque de forma diferente.14 En el llamado pensamiento pitagórico y órfico, Ananke se apareaba con una gran serpiente, Cronos, formando una especie de espiral vinculante alrededor del universo (Onians, 332). El Tiempo y la Necesidad ponen límites a todas las posibilidades de nuestra extensión exterior, de nuestros alcances mundanos. Juntos forman una sinergia, un par arquetípico, intrínsecamente relacionado, de modo que donde está uno también está el otro. Cuando estamos bajo la compulsión de la Necesidad, la experimentamos en términos de tiempo, por ejemplo, las quejas crónicas, el regreso repetido de los mismos complejos que encierran y encadenan, la ansiedad ocasionada por la brevedad de nuestros días, nuestras obligaciones diarias, nuestros «plazos». Tener tiempo libre es estar libre de la necesidad. Tener tiempo libre es una fantasía de no necesidad. Así como el yugo físico de la esclavitud es la imagen concreta dentro de la idea de necesidad, la liberación de este yugo se expresa en fantasías de tiempo libre y ocio como una felicidad paradisíaca sin patología.

La dependencia de todas las cosas de los límites encadenantes de la Necesidad se expresa en otra imagen más suave de la cosmología órfica. La idea de que Zeus gobierna el mundo mediante una estrecha colaboración con Ananke (Eurípides, Alcestis 978s.) es transformada por el orfismo en la imagen de Zeus y su nodriza Adrasteia, otro nombre de Ananke.15Ella es su nodriza y, amamantándose del pecho de la Necesidad, extrae de esa leche su poder y sabiduría. En algunos contextos, su nodriza Adrasteia es su hija, de modo que el vínculo se expresa en el estrecho lazo del parentesco, de la obligación familiar, incluso del amor incestuoso. Esta imagen órfica revela la posibilidad de una conexión amorosa y nutritiva con la Necesidad. Aquí la relación con su poder se imagina menos como una servidumbre opresiva que como una dependencia de la leche del alma de la hija-madre.16

La imagen de Zeus y Adrasteia-Ananke presenta la idea de amor fati, una conjunción paradójica de lo que muchos filósofos concebían como opuestos (Empédocles, frag. 115: Charis y Ananke;17Agatón en Symposium 195c). Macrobio (Saturnalia I, 19, 17) dice que dos de las cuatro potencias presentes en el nacimiento son Eros y Ananke, y que están emparejadas. Eros es el beso; y Ananke, el nudo o lazo. Más adelante, y con cierto detalle, volveremos a ver la pareja contrapuesta como Peitho y Bia (persuasión y fuerza).18

Los trágicos, sin embargo, recurrieron a la ananké cuando peor estaban las cosas. Prometeo de Esquilo dice:

¡Ay de mí!
Gimo por la pena presente, gimo
por la pena venidera, gimo
preguntándome cuándo llegará el momento
en que Él ordene un límite a mis sufrimientos.
¿Qué estoy diciendo? He conocido todo antes,
todo lo que será, y claramente conocido; para mí,
nada de lo que duele vendrá con una cara nueva.
Así que debo soportar, tan ligeramente como pueda,
el destino que el destino me ha dado;
porque sé bien que contra la necesidad,
contra su fuerza, nadie puede luchar y vencer.19

Nótese lo repetitivo de este sufrimiento: «nada que duela vendrá con una cara nueva». Esta es una cualidad de una aflicción causada por anake. No es la conmoción y la sorpresa ante lo inesperado, sino la queja crónica y repetitiva.

Prometeo Encadenado comienza con Prometeo atado y clavado en los límites del mundo bajo la coacción de la Necesidad. Es como si en los límites mismos de la existencia, yendo lo más lejos posible hacia el exterior, se encontrara con el mayor poder y violencia (Bia) de la Necesidad y allí fuera clavado. Sólo la Necesidad puede limitar la fantasía prometeica, y la necesidad es experimentada por esa fantasía como una angustia.

De nuevo en Esquilo (Los persas), cuando la reina ha sido «golpeada por desastres que exceden el habla y la pregunta» (290), la palabra «necesidad» acude a sus labios. La idea de que es inútil hablar contra la necesidad aparece también en Eurípides (Doncellas fenicias). Al final Edipo dice (1762s.): «Pero, ¿de qué sirve lamentarse así? ¿De qué sirve lamentarse en vano? Quien no es más que mortal debe soportar la necesidad del cielo». De nuevo esta oposición entre el discurso persuasivo y la fuerza implacable.

Eurípides (Bacchae 89) utiliza el término anagkaisi para referirse a la angustia física. Sufrir, atormentarse, padecer es estar angustiado, en apuros (Einengung), en necesidad. El enfermo arquetípico, el Filoctetes de Sófocles, cuya herida no puede cicatrizar, grita de dolor, y la palabra que utiliza el Coro para designar este dolor es anangas, anangan (206, 215). Ser atrapado o forzado por la necesidad se expresa concretamente como estar en manos de otro poder (Schreckenberg, 45); por ejemplo, cuando Apolo agarra al bebé Hermes, o Hércules agarra a las serpientes en su cuna, la presión física, el apretón, es ananke.

Pero quizá la descripción más elocuente de ananke la da Eurípides en su Alcestis (962 ss.) cuando el Coro dice:

Yo mismo, en los transportes
de los versos místicos, como en el estudio
de la historia y la ciencia,
no he encontrado
nada tan fuerte como la Compulsión [Anagkas],
ni ningún medio para combatirla,
ni en los libros tracios puestos
en verso por la escuela de Orfeo,
ni en todos los remedios que Febo ha dado a los herederos
de Asclepio para combatir las muchas aflicciones del hombre.
Ella sola es una diosa
sin altar ni imagen ante la que orar
No acepta sacrificio.20

Aquí Ananke es la Gran Dama (potnia) del Inframundo, el principio psíquico invisible que atrae irreversiblemente hacia sí todas las cosas, patologizando así la vida. Sólo de Hades se habla de forma similar como «sin altar ni imagen ante la que orar».21 El pensamiento órfico hizo esta identidad directa de Ananke con la reina del inframundo, Perséfone (Schreckenberg, 70n).22 Su nombre se ha traducido como «portadora de destrucción», de modo que el proceso de patologización puede entenderse como un modo de mover la psique (en este drama en particular, el alma-imagen se presenta en la figura de Alcestis) hacia el inframundo. El hecho de que este movimiento de la vida a la muerte sea detenido heroicamente por Hércules también pertenece al tema explorado en detalle en El sueño y el inframundo.

Permítanme llamar su atención sobre el hecho de que en el pasaje de la Alcestis el lenguaje para tratar a la ananké es el de la terapia: remedios de Asclepio, y no los hay. Ni el misticismo, ni el orfismo, ni la historia, ni la ciencia pueden con su fuerza. ¿Será porque no tiene imagen, ni altar ante el que rezar? Aquí se sugiere que la Necesidad no sólo está fuera del alcance de la palabra, sino que, además, la necesidad se experimenta cuando uno se ve obligado y no hay imagen de lo que está ocurriendo. Es como si hubiera una relación -incluso una proporción inversa- entre las imágenes y la compulsión: cuanta más imagen y altar, menos necesidad ciega. Cuanta más compulsión, menos capacidad de sacrificio, de conectar nuestra compulsión personal con algo divino.

Esta proporción inversa es una idea señal en la noción de arquetipo de Jung. Hay un extremo compulsivo rojo y uno imaginativo azul. Así como el rojo es el cuerpo del azul, el azul es la imagen del rojo. Sin imágenes, estamos más ciegos, pues no hemos sido capaces de imaginar la fuerza que nos impulsa. Con imágenes, la necesidad aparece inherente a la propia imagen. Esto desplaza la compulsión del rojo al azul. Reconocemos que la compulsión es esencial a la propia naturaleza de la imagen y que lo que nos impulsa son las imágenes.

La relación entre la necesidad y las imágenes también puede plantearse así: La necesidad se apodera de nosotros a través de las imágenes. Una imagen tiene su propia necesidad inherente, de modo que la forma que adopta una imagen «no puede ser de otro modo», ya sea cuando pintamos, cuando movemos un verso o cuando soñamos. Una imagen existe en su epifanía específica y en su curso de conducta (la compulsión de la necesidad que Jung denomina «instinto»).

Dado que la fuerza de la imagen es inseparable de la imagen, se habla de ella sin imagen. La necesidad no tiene imagen porque actúa en todas y cada una de las imágenes. No debemos tomar esta fuerza inimaginable de forma literal y metafísica, como si los arquetipos fueran en sí mismos inimaginables, incognoscibles y trascendentes a sus apariencias. El poder inimaginable de la imagen está en la imagen misma: el arquetipo es totalmente inmanente a su imagen. Este poder inimaginable confiere a la imagen su efecto irresistible y la ley implacable de su formación precisa. Esta inexorabilidad de la imagen no es otra que la Necesidad que, como dice el pasaje de Alcestis, es ella misma «sin imagen».

Así pues, la fantasía no es una despreocupada ensoñación, sino la implacable portadora de las necesidades que nos impulsan. La realidad psíquica está esclavizada a la imaginación. La imaginación no nos libera, sino que nos captura y nos ata a sus mitos; somos trabajadores de sus reyes y reinas. Estamos atados de sangre con lo que Jung llama nuestras «imágenes instintivas». Insistir, como hace Jung, en que la realidad humana es primordialmente psíquica y que la imagen es la presentación primordial e inmediata de esta realidad requiere un reconocimiento más. La realidad sólo es tal si es necesaria. Utilizar la palabra «realidad» implica una condición ontológica que no puede ser de otro modo. Por lo tanto, debe haber algo inalterablemente necesario en las imágenes para que la realidad psíquica, que ante todo consiste en imágenes, no pueda ser meras secuelas de las impresiones sensoriales. Las imágenes son primordiales, arquetípicas, en sí mismas reales últimas, la única realidad directa que experimenta la psique. Como tales, son las presencias plasmadas de la necesidad.

Personalmente, desde el punto de vista de la experiencia, esto implica que cuando buscamos lo que determina implacablemente nuestras vidas y las mantiene en servidumbre, debemos recurrir a las imágenes de nuestras fantasías, dentro de las cuales se oculta la necesidad. Además, esto implica que debemos cuidarnos de ser demasiado «activos» con nuestras imágenes, moviéndolas para redimir nuestros problemas. Entonces, la práctica de la imaginación activa se convertiría en un intento de esquivar la necesidad de la imagen y su pretensión sobre el alma.

Aunque se diga que la Necesidad no tiene imagen, a esta gran diosa, que es al mismo tiempo un principio metafísico, le pertenece un conjunto de metáforas particulares que nos dicen cómo actúa. Puesto que se refiere a los límites que atan y rodean23, encontramos que los lazos y las ataduras, el anillo24, el cordón, la soga, el collar, el nudo, el huso, la corona, el arnés y el yugo25 son formas de hablar de la regla de ananke. También lo es el clavo. El clavo clavado en una figura (como Prometeo, como Cristo) o en la cabeza de una figura – etrusca, nórdica, latina – indica la afirmación ineluctable de la necesidad.26 No hay salida.27 Tiene que ser.

Podemos detenernos aquí a reflexionar sobre la corona: por ejemplo, la corona de laurel del poeta laureado, o la guirnalda que se entrega al vencedor en una competición. Este reconocimiento implica también una obligación vinculante, una necesidad de ser aquello por lo que uno ha sido coronado.28 La corona es el yugo y el collar de la frente. El cantante debe seguir cantando, una vez que el laurel ha sido colocado alrededor de su cabeza. El reconocimiento, además, pone límites al alcance y la posibilidad de las propias facultades. El reconocimiento ata el alma a un destino concreto.

Nos hemos ocupado principalmente de la persona y las imágenes de la Necesidad. La idea de necesidad recibe una mayor elaboración por parte de los filósofos. En general, la filosofía ha considerado la necesidad de dos maneras diferentes. A veces los filósofos hablan de ella como un azar sin ley (como la tyche griega), como un principio de aleatoriedad, ciego, mecánico, estadístico, sin sentido. Otras veces adoptan la postura contraria, relacionando la necesidad con lo regular, previsible y gesetzmässig. Los argumentos sobre la necesidad a menudo desembocan en batallas filosóficas entre determinismo y libre albedrío, o entre physis y espíritu.

Los filósofos definen la necesidad de forma sucinta: «nicht-anders-sein-können» o, en palabras de Tomás de Aquino, «quod non potest non esse» (lo que no puede no ser). En Aristóteles, la necesidad se pone en relación con la «compulsión», del mismo modo que en la apertura de Prometeo Encadenado la necesidad aparece junto con Bia (fuerza o compulsión). Este mismo emparejamiento se observaba en Corinto según Pausanias (II, 4, 6), pues en esa ciudad Ananke y Bia eran honrados juntos en un templo, cuyo acceso estaba prohibido. De nuevo: prohibido el acceso a la necesidad.

La rigidez cerrada, la inaccesibilidad, es precisamente el sentimiento de la idea que Parménides tiene de Ananké.29 Ella sujeta su universo en la permanencia, la inmovilidad y lo absoluto, no permitiendo ningún cambio. Su inamovible necesidad repite en una descripción filosófica la implacable ananke de Alcestis.

Cuando leemos psicológicamente a Parménides, entonces los verdaderos acontecimientos de nuestra alma, los que tienen verdadera realidad, son los que no se mueven. Es justo en la inmovilidad, en las fijaciones inmutables de nuestro cosmos psíquico, donde estamos atados y estancados, donde opera la necesidad.

Aristóteles da algunas afirmaciones claras sobre la necesidad en su Metafísica (1015a),30 que han determinado nuestro pensamiento sobre ella desde entonces. Aristóteles dice: «Y la necesidad es considerada como algo que no puede ser persuadido – y con razón, pues es contraria al movimiento que concuerda con el propósito y con el razonamiento». Más adelante: «Lo que impide y tiende a impedir, contrario al propósito». Nótese aquí: «Contrario al propósito», que colorea por definición nuestra experiencia de los acontecimientos necesarios como inútiles y contrarios a nuestros propósitos. Solemos experimentar nuestras patologizaciones como carentes de propósito. Los sentimos como estorbos, impedimentos sin razón. Aquí podemos ver lo bien que sirve la noción de necesidad de Aristóteles a la postura médica que considera que patologizar no tiene ningún propósito, un estorbo molesto que hay que eliminar. La necesidad es dolorosa, dice Aristóteles, «porque toda cosa necesaria es siempre fastidiosa».31

También podemos leer a Aristóteles desde un punto de vista arquetípico. Nos está diciendo que los propios dioses, por ser necesarios, nos acosan eternamente. Su molestia es inherente a su propia necesidad. Deben ser una molestia. Debemos estar a su servicio y sentir su yugo. Hay una respuesta griega a Job: no es un truco del diablo o una fuerza satánica lo que hace que lo divino plague nuestra vida mortal: la patologización se da con la naturaleza misma de lo divino.

Otra de las formulaciones de Aristóteles es también de especial valor. Se trata de la idea de que la necesidad funciona como una causa interna inexorable, como una virtud o propiedad inherente al propio acontecimiento. «La necesidad es aquello por lo que una cosa no puede ser de otro modo»: es aquello «sin lo cual» una cosa no puede existir. Señala que la necesidad puede operar en función de la naturaleza de una cosa, en lugar de ser sólo una causa mecánica externa. La necesidad pertenece al propio estado o condición, a la propia naturaleza de una imagen, como dijimos anteriormente. Un acontecimiento no sólo es forzado desde fuera, sino forzado desde dentro por su propia imagen. Como Guthrie plantea esta diferencia:

Para nosotros, los problemas de causalidad en la ciencia se refieren a la explicación de secuencias, cadenas de causa y efecto que enlazan x e y y z. El griego, en cambio, investigaba lo que llamaba «la naturaleza de las cosas», y se preguntaba «¿qué hay en x que hace que se comporte como se comporta?».32

Aquí la teoría y terapia arquetípica de Jung es tradicional y griega. Se pregunta: «¿Qué hay en la naturaleza misma de mi perturbación y mi aflicción que es necesario, autocausado (causado por uno mismo)»? Otras terapias miran hacia fuera, hacia la necesidad externa (la sociedad, la familia u otros tipos de condicionantes) y buscan desentrañar la necesidad en los vínculos entre x, y, z. Se plantean la pregunta más técnica «cómo»; la terapia arquetípica se plantea la pregunta más filosófica «qué» y, finalmente, la pregunta religiosa «quién», qué dios o diosa, qué daimon, está actuando internamente en lo que ocurre. La terapia junguiana es, por tanto, teofánica, en el sentido de Corbin. Pide al dios de la enfermedad que salga a la luz.

Sin embargo, es en Platón donde podemos encontrar las ideas más esclarecedoras y explícitas sobre las relaciones entre la necesidad y los problemas del alma. En el Timeo, la cosmología o sistema del universo de Platón, hay dos principios fundamentales. El primero es el nous, el logos, o principio intelectual, la razón, el orden, la inteligibilidad, la mente, o como queramos traducir nous. El segundo principio es ananke, la Necesidad. El famoso pasaje del Timeo (47e-48a ) pone su relación de la siguiente manera:

Ahora bien, nuestro discurso anterior ha expuesto las obras realizadas por la artesanía de la Razón [nous]; pero ahora debemos poner a su lado las cosas que surgen de la Necesidad [ananke]. Pues la generación de este universo fue un resultado mixto de la combinación de la Necesidad y la Razón. La Razón anuló a la Necesidad persuadiéndola [la cursiva es nuestra] de guiar la mayor parte de las cosas que devienen hacia lo que es mejor; de ese modo y sobre ese principio se formó este universo en el principio por la victoria de la persuasión razonable sobre la Necesidad. Si, pues, hemos de decir realmente cómo llegó a existir sobre este principio, debemos traer también la Causa Errante …33

En esta discusión, el término archai, primeros principios o puntos de partida, aparece en varios sentidos. Platón dice que los verdaderos archai no son el fuego, ni el agua, ni los cuatro elementos. Son dos: Nous y Ananke, Razón y Necesidad.

Aquí la Necesidad es caracterizada como la Causa Errante. Jowett traduce planoumenai aitia como «causa variable»; Thomas Taylor, como «causa errática»; y los comentaristas de Platón utilizan, para las operaciones de este principio, palabras como: divagar, errar, extraviarse, irracional, irresponsable, desviarse, engañar, engañar, irregular, aleatorio. Planos puede referirse a las divagaciones de la mente en la locura y a los ataques de una enfermedad. Así habla Platón de ananke.

La necesidad opera a través de las desviaciones. La reconocemos en lo irracional, lo irresponsable, lo indirecto. O para darle otra vuelta: la necesidad aparece en aquellos aspectos del universo (y recordemos que el universo platónico es enteramente animado, siempre un universo psíquico) que son errantes. Además, la necesidad está particularmente asociada a ese ámbito de la experiencia que no puede ser persuadido ni sometido al imperio de la mente.

Grote llamó a esta Causa Errante «lo indeterminado, lo inconstante, lo anómalo, lo que no se puede comprender ni predecir. Es Fuerza, Movimiento o Cambio, con el atributo negativo de no ser regular, o inteligible…»34 Y Cornford explica: «El cuerpo del universo … contiene movimientos y poderes activos que no han sido instituidos por la Razón divina y están produciendo perpetuamente resultados indeseables … estos movimientos y poderes corporales sólo pueden atribuirse a un elemento irracional en el Alma-Mundo.»35 La necesidad reside como causa interna en el alma y produce perpetuamente resultados molestos. A estas irracionalidades resultantes las llamamos las desviaciones de la psicología anormal, y a esta actividad creadora la he llamado patologización. Como el «punto de partida» de Freud, el síntoma es concebido como diferente y ajeno al yo racional, así este «punto de partida» (arche) de Platón, la operación errante de ananke, es igualmente ajena al reino de la razón. Te habrás dado cuenta de que sigo llamando patologizar a una actividad creadora. Platón presenta ananke de manera similar. Lo asume como un arche, un primer principio no derivado de nada más. También es un principio creador que entra en la formación del universo. Y necesariamente siempre está ahí, no se supera gradualmente mediante la extensión de la regla de la razón. Así como el demiurgo nunca reduce totalmente el caos al orden, la razón nunca persuade totalmente a la necesidad. Ambas están siempre presentes como principios creadores. «En el todo y en cada parte, Nous y Ananke cooperan; el mundo es una mezcla resultante de esta combinación.36 O en nuestros términos, lo anormal se mezcla en cada acto de la existencia, pues la vida psíquica se basa en lo complejo, y la patologización nunca llega a su fin.

Permítanme exponer mi tesis una vez más, ahora a través de la voz del gran clasicista E. R. Dodds:

El alma inferior [en las Leyes de Platón] parece estar con la buena en la misma relación que la Necesidad con la Mente en el mito del Timeo: es una especie de compañera menor en la que no se puede confiar, propensa a ataques de comportamiento irrazonable, en los que produce «movimientos locos y desordenados» (Leyes 897d) – una frase que recuerda tanto el «movimiento asustado y loco» atribuido a las almas de los infantes humanos en otra parte de las Leyes (791a) como el «movimiento discordante y desordenado» del caos mítico en el Timeo (30a). Todos estos movimientos los considero símbolos, no del mal deliberado, sino de la irracionalidad, el elemento, tanto en el hombre como en el cosmos, que la voluntad racional no domina por completo.37

Este movimiento anormal, asustado y loco del alma no sólo es necesario; es la Necesidad misma.

Cuando mis eminentes colegas aquí presentes en esta Conferencia de Eranos, los profesores Sambursky, Hadot, Kirk y Rowe, cada uno de cuyos campos es el pensamiento griego, trabajen sobre estos mismos textos, los leerán a la luz de sus intereses y persuasiones. En efecto, Platón habla de sus campos: cosmología, cosmogonía, metafísica, física, filosofía en el sentido más amplio. Pero Platón también está hablando del Alma38 y, por tanto, de psicología; así que pido indulgencia para leer estos mismos pasajes con una mirada psicológica, intentando extraer ideas para la psicología profunda y la terapia del alma de lo que Platón dice sobre la errancia, el caos y la necesidad que nunca se pone completamente en orden. El punto de vista psicológico ve la Necesidad y el Caos no sólo como principios explicativos en el ámbito de la metafísica; son también acontecimientos míticos que tienen lugar también y siempre en el alma, y por tanto son archai fundamentales de la condición humana. A estos principios raíz pueden vincularse los pathe (o movimientos) del alma.39

La psicología ya ha reconocido el Caos sin rostro y sin nombre, este «movimiento asustado y loco» del alma, como ansiedad, y al nombrarlo así, la psicología ha evocado directamente a la diosa Ananke, de quien deriva la palabra ansiedad. Si la ansiedad pertenece realmente a Ananke, por supuesto, no puede ser «dominada por la voluntad racional». Cuando la ansiedad nos inunda o nos ataca, no podemos sino recibirla como una brecha (caos) en la continuidad racional. De ahí que la ansiedad no se someta al análisis; se abre camino ineludiblemente hasta que se admite su necesidad. ¿Por qué no considerar, entonces, las experiencias de ansiedad como reflejos en lo más profundo del ser humano de las operaciones de Ananke? La psicología ha intentado reducir sus movimientos necesarios a necesidades concretas: las pulsiones de la sexualidad (Freud), el pavor a la muerte y al no-ser (Heidegger), el pecado original (Kierkegaard), o a mecanismos fisiológicos. Pero no hay teoría racional posible. No hay más razón para ella que la necesidad que hay en ella. Los motivos de la angustia residen en la necesidad misma, tal como está constelada en este momento, la necesidad de esta imagen constelada, el camino actual del alma donde el alma está ahora asustada por la necesidad que la ata a su destino.

La relación entre la Necesidad y la condición humana puede hacerse aún más explícita si nos remontamos al final de la República; Platón describe las Moiras (Parcas).40Cada alma recibe su suerte específica de Lachesis. A continuación, Clotho la ratifica y, mediante el hilado de Átropos, «la red del destino se hace irreversible». No hay salida. No puede ser de otro modo. «Y entonces», sigue diciendo Platón, «sin mirar atrás [el alma] pasó bajo el trono de la Necesidad». Así entran las almas en el mundo. Cada alma nace pasando bajo la silla de Ananke.41 pesar de que Platón insiste a lo largo de toda su obra en la afinidad del alma con el nous, en el mito de Er presenta a Ananke como la que determina la vida psíquica desde el principio.

Así como Ananke se sitúa míticamente en el centro del universo y formalmente en la sección central del diálogo del Timeo, siguiendo la sugerencia de Friedländer, podemos concebir su locus en el ser humano no en la cabeza, lugar de la psique noética, sino más abajo en el centro, una región de lo «absolutamente indefinido». Llamado con diversos nombres, lo indefinido representa el poder de la sinrazón, el caos y lo antidivino».42 Estas profundidades centrales de la fisiología platónica se refieren particularmente al hígado.

Una forma de leer los caprichos de la causa errante sería estudiando los hígados (Timeo 71a-72b) y las entrañas. El adivino, como señala Cornford, es el que lee, no el alma racional, sino la irracional y apetitiva en busca de una visión del destino.43 La práctica de la adivinación literaliza una psicología «profunda» de la necesidad «interna» en el hígado y las entrañas reales mediante el arte de la hepatoscopia y la arúspice. Hoy en día, videntes similares a los del Timeo -analistas de la psique- caen a menudo en un literalismo mágico similar cuando intentan leer los movimientos del alma irracional y apetitiva de forma adivinatoria, llamando señales de los sueños con respecto a los movimientos futuros del destino.

Los métodos mágicos helenísticos que intentaban aprovechar el poder de la Necesidad se dirigían a esta profundidad interior, especialmente a los ), región del aire o alma del aire.44 La fórmula mágica (derivada de ananke) hepanagkos significaba hechizar, fijar o atar, obligar a la esencia interior mediante el poder mágico.45 Se intentaba gobernar el destino de una persona y convertirla en su esclava forzando una necesidad sobre los frénos. Se creía que una de las formas en que la necesidad ataba el alma era a través de la atadura del alma al cuerpo, y el lugar de esta atadura eran los phrenes. Por lo tanto, al obtener el control sobre los phrenes o el alma-aire de una persona, uno podía gobernar los movimientos de sus acciones físicas (comportamiento). Aquí vemos de nuevo la noción de necesidad como causa interna aristotélica, es decir, que actúa internamente dentro de una cosa y es necesaria para esa cosa, pero ahora literalizada al interior físico de una persona. La necesidad se reduce a la carne literal (cf. Schreckenberg, 61-64).

Esta literalidad sobre el cuerpo apoya las filosofías de la trascendencia (gnóstica, neoplatonista y otras religiones redentoras de la antigüedad tardía: Schreckenberg, 157-64). Un literalismo similar afecta a la religión redentora actual: la psicoterapia. Las diferencias entre nous y ananke se convierten en una oposición entre mente y cuerpo. La libertad de la necesidad se convierte entonces en libertad del cuerpo físico (o libertad del cuerpo físico) donde el alma está «atada» (cf. Fedón 82e46– o Wilhelm Reich). El locus de este lugar profundo pueden ser los pulmones (phrenes), el hígado, la «médula más profunda» (Timeo 73b-d) – o la musculatura profunda de la terapia Rolfiana. La fantasía en juego aquí es que la Necesidad gobierna desde «lo más profundo», y cuanto más se profundiza más se descubre lo rígidamente determinado, lo esclavizado que se está dentro de la armadura del cuerpo.

Al igual que las antiguas religiones redentoras ofrecían la liberación de la necesidad a través de la muerte física, las modernas terapias redentoras utilizan métodos físicos que persiguen la misma libertad. Tanto en las antiguas como en las modernas, el pensamiento en términos de posiciones físicas se contrarresta con el pensamiento de oposiciones metafísicas. Este es el estilo de pensamiento que opera dentro de la negación trascendental de la patologización (Re-Visioning Psychology, 64-67). Liberarse de los «cuelgues», y especialmente de los síntomas de los que es heredera la carne, es otra forma de esperar la liberación de Ananké, que nos alcanza precisamente a través de las servidumbres esclavizantes del alma irracional y apetitiva y de sus caminos errantes. Pero no sólo …

No sólo la carne literal, que no es irracional ni errante, sino un animal antiguo lleno de gracia, nos ata; sino más bien el alma en la que esa carne tiene su vida. La imagen por la que vive la carne es la última necesidad imperante. Estamos al servicio del cuerpo de la imaginación, del cuerpo de nuestras imágenes. Y lo que llena nuestras almas y da cuerpo a nuestras imágenes y experiencias es el sentido de necesidad que siempre, en todos los sistemas de disciplina psíquica y religiosa, se asocia con «cuerpo». Siempre que la necesidad se impone, se culpa al cuerpo. Así que, si escuchamos psicológicamente estos sistemas, también están diciendo: cuando huyes de la Necesidad sufres en carne propia, y lo que es peor, pierdes el cuerpo de tu imaginación, literalizando el cuerpo de sus imágenes en enfermedades clínicas y tratamientos médicos.

Cuando pensamos psicológicamente en la fantasía del lugar de la Necesidad en el cuerpo profundo, no se trata ni de la muerte corporal ni de la terapia corporal, pues ambas han tomado «cuerpo» literalmente como carne. Más bien, cuanto más profundizamos, más nos encontramos con lo que «no puede ser de otro modo». Cuanto más interiorizamos, más se corporizan nuestras necesidades psíquicas a medida que nos vemos arrastrados a un cuidado atento (terapia) y a una comprensión imaginativa de las necesidades que gobiernan el alma a través de su cuerpo psíquico, sus imágenes profundas, las profundidades míticas dentro de sus fantasías.

La diferencia entre Nous y Ananke se presenta como un conflicto desgarrador en el alma de Orestes al final de la trilogía Oresteia en la tragedia llamada las Euménides, Orestes ha pecado, pero ha pecado por orden de un dios, Apolo, que a su vez representa a Zeus. Orestes ha cometido un acto de psicopatología criminal: el matricidio. En el lenguaje del fragmento de Empédocles (115), ha «contaminado sus manos con sangre», y por ello es acosado por las Euménides, otra forma de hablar de Ananké. Exigen venganza, cumplimiento de leyes necesarias. Y son las causas desconocidas de nuestras heridas (plegai),47pues

Dispensan todo lo que concierne a la humanidad.
Sin embargo, cuando un hombre cae en su ira,
Él no sabe de dónde vienen sus aflicciones … 48

Traen el lazo de collar, que, como hemos visto, es uno de los atributos específicos de Ananke. Orestes dice (749): «Este es mi fin. El lazo [agchone] o bien la luz». Euménides o Apolo, Ananké o Nous (Zeus).

La votación sobre el destino de Orestes es igualitaria. Entonces interviene Atenea. Hay una discusión culminante entre ella y las Euménides. Pero finalmente Atenea los convence y consigue la vida de Orestes. La palabra clave de su victoria es persuasión, peitho, palabra que en nuestro idioma se traduce como retórica. La retórica persuade de la necesidad. La mayor trilogía de todos los dramas míticos termina con la reconciliación de Zeus y el Destino, que como dice Cornford49 es otra forma de expresar los principios de Platón de Nous y Ananke, Razón y Compulsión, o lo que Heródoto llama Peitho (argumento persuasivo) y Bia (fuerza violenta).50 (Ya hemos visto a Bia [hija de Estigia] como compañera de Ananke en el templo de Corinto y como instrumento en el clavamiento de Prometeo).

¿Qué ha hecho posible esta reconciliación? ¿Cómo se ha producido? ¿Qué hace Atenea para sanar la división entre la luz y la mente y la razón, por un lado, y las causas desconocidas de las aflicciones, por otro? En primer lugar, sabemos que Atenea tiene afinidad con la Necesidad, porque Atenea también ha inventado instrumentos de limitación y contención, aportando las artes de la alfarería, del tejido, de la medición, de la brida, del yugo y del arnés. En ella se combinan las mismas contradicciones que debe conciliar: el Nous de su padre y la fuerza vinculante de Ananke, con cuya colaboración (Alcestis, 978) gobierna su padre.

Pero la clave más profunda de toda la resolución, y de esta parte de nuestra investigación, es el término peitho: la persuasión de Atenea, el discurso ganador, el encanto de las palabras. Debemos recordar aquí que los trágicos y filósofos han insistido todo el tiempo en que Ananke es implacable, incapaz de ser persuadida, más allá del poder de las palabras. Pero Atenea encuentra un camino: «La persuasión guió el discurso de mi boca», dice (971).

El contenido de las palabras de Atenea es que ofrece a las Erinias -las torturadoras fuerzas furiosas de la necesidad que oprimen a Orestes- un lugar dentro del orden divino. Ella ofrece un santuario, una cueva, un altar («nuevas cámaras», 1005) donde estos poderes pueden residir y ser honrados y, sin embargo, permanecer ajenos: o «extranjeros residentes», como se les llama (1012, 1019).51 Los sin nombre y sin imagen serán imaginados y nombrados. El sacrificio es posible. Se produce la reconciliación.

La reconciliación se produce entre las propias divinidades cuando Orestes y su patrón Apolo están fuera de escena, habiendo salido ya 250 líneas antes de la procesión triunfal final.52 No es Orestes, el héroe sufriente del centro, quien provoca la curación.

Aunque el problema por el que sufre Orestes implica a su padre y a su madre, sus pecados y sus asesinatos, no es Orestes la persona, ni el protagonista arquetipal del ego humano lo que constituye finalmente el problema. Es una agonía cósmica, universal, en la que se ve atrapado. Volviendo a los mitos griegos podemos ver nuestras agonías personales bajo esta luz impersonal.

Esta conclusión de la Oresteia se ha discutido a menudo como política y trascendental, como representación del cambio en la sociedad ateniense, o en términos de conflictos entre patriarcado y matriarcado, entre dioses del Alto Mundo y del Bajo Mundo, entre tipos de legalidades, pero yo deseo que entendamos estas cuestiones psicológicamente. Esta tragedia trata del sufrimiento del alma desgarrada de Orestes. Habla del conflicto fundamental entre la razón dentro de nosotros y los poderes del destino que no pueden escuchar a esa razón, que no pueden ser alcanzados por la comprensión o movidos de su curso compulsivo. Este curso es como nuestra psicopatología, que he definido antes como esa parte de nosotros que no puede aceptarse, reprimirse ni transformarse. Orestes es una figura del alma desgarrada entre archai. Es a la vez psicología normal y anormal. Como Edipo, Orestes es el hombre psicológico, un caso mítico.53Pero, a diferencia de Edipo, Orestes es relevante para el problema de la psicopatología general más que para una forma específica de la misma. La Oresteia aborda «las heridas de la vida sin saber de dónde ni por qué» (933), y las vincula a la necesidad misma. Donde la aflicción de Edipo se refiere finalmente a un ego heroico, su ceguera, errores y arrepentimiento, Orestes sufre el conflicto cósmico del alma desgarrada entre dioses, la psicopatología necesaria del universo.

Hay mucho que decir sobre las relaciones entre las palabras y la fuerza. Esta relación está en la raíz misma de la psicoterapia que es, en definitiva, la disciplina de esta relación, ya que gran parte de su trabajo trata de trasladar las acciones compulsivas a las palabras. Freud llamó por primera vez a la psicoterapia la cura hablada, reconociéndola como un trabajo de peitho, un arte de persuasión o retórica. Un análisis repite las luchas en el alma de Orestes entre la razón y la compulsión, y repite el discurso de Atenea, que persuade a la reconciliación encontrando lugar y dando imagen a las necesidades motrices. En boca de Atenea el discurso se convierte en un himno curativo,54 palabra que etimológicamente significa palabras «hiladas» o «tejidas» (véase más adelante sobre Atenea y el tejido).

La relación entre palabra y fuerza se refleja también en la sociedad, sugiriendo que el imperio de la violencia coercitiva aumenta cuando decae nuestro arte de convencer con la palabra. Peitho adquiere una importancia abrumadora tanto en la curación del alma como en la curación de la sociedad. Nuestro compromiso en Eranos -una reunión hablada, un ritual de la palabra- pertenece también a la devoción y el culto del peitho. Porque aquí también intentamos encontrar palabras persuasivas y convincentes que puedan tocar y conmover las fuerzas incomprendidas e inimaginables del espíritu. La tarea de la formulación no puede sobrestimarse.

¿Por qué son tan importantes las palabras en una cultura y por qué el arte de la persuasión, el peitho de Atenea, ha caído tan en desuso en la nuestra? La conclusión de la Oresteia responde a la primera pregunta: las palabras son capaces de persuadir a los elementos más oscuros para que participen y tengan cabida. Debemos hablar y dejar que hablen. La respuesta a la segunda pregunta se refiere a la profunda importancia determinante de la realidad psicológica y espiritual.

Si los reales últimos son objetos, cosas, sucesos materiales -cosas muertas ahí fuera, como quiere Descartes e insiste el materialismo-, entonces el discurso no tiene ningún efecto. Flatus voci – palabras vacías, un desperdicio de aliento. Las acciones hablan más alto; Bia no Peitho. Entonces el lenguaje debe simplificarse, convertirse en una herramienta operativa, parte del kit del positivista y del materialista para obtener instrucciones claras en manuales, palabras que se ajusten a los instrumentos informáticos para mover y dar forma a los objetos ahí fuera.

Si, por el contrario, la realidad es psicológica y espiritual, es decir, ideacional, religiosa, imaginal, fantástica -como lo es especialmente en psicoterapia y como lo era en la cosmovisión griega-, entonces afectar a la realidad requiere instrumentos para mover ideas, creencias, sentimientos, imágenes y fantasías. Entonces la retórica, la persuasión, tiene una importancia capital. A través de las palabras podemos alterar la realidad; podemos hacer que nazca y hacer que desaparezca; podemos dar forma y cambiar la estructura y la esencia mismas de lo real. El arte de la palabra se convierte en el principal modo de mover la realidad.

La relación de la palabra y la curación ha sido bellamente desarrollada por Pedro Laín Entralgo, historiador de la medicina española: «Las palabras, palabras vigorosas y persuasivas: son la clave de las relaciones interhumanas…»55 Parafrasea lo que dice Ulises en el Filoctetes (línea 99) de Sófocles, frase que es un epigrama para la psicoterapia: «En la vida de los hombres es la lengua y no el acto lo que lo gobierna todo.»56

Mis palabras de ahora son un intento de recordarnos algo que el profesor Izutsu escribió hace casi veinte años: que el lenguaje es ante todo un poder mágico que reside «en su misma constitución semántica» y determina la organización de la gramática, la sintaxis y el significado; que es la voz la que actualiza el «aliento sagrado» en palabras; y que el lenguaje puede curar porque es eo ipso y a priori sagrado.57 El habla expone la naturaleza más íntima del hombre, decía Sófocles (Edipo en Colono 1188). La diosa Peitho -que puede alterar y altera la necesidad- «no tiene otro templo que la palabra», decía Eurípides.58 Si es así, entonces la palabra correcta es también una forma de restaurar «el Templo». La retórica, tal como yo la concibo, es una devotio, un intento de devolver la palabra a los dioses y de dar forma adecuada a la magia divina, al aliento sagrado en el lenguaje. No es de extrañar que hablar en Eranos produzca tan a menudo ese fenómeno patologizante que los franceses llaman le trac (miedo escénico).

La libertad de expresión es, por tanto, un fundamento psicológico, una exigencia del alma que encuentra la libertad dentro de la necesidad a través del lenguaje. El habla surge de las mismas profundidades donde la necesidad esclaviza al alma, creando nuestras patologizaciones. El habla expresa el alma-aire de los phrenos. El habla humana, especialmente en psicoterapia, nunca es totalmente el logos de Nous. Siempre es también díscolo, espontáneo, divaga como la Causa Errante.59

La terapia a través de la palabra no puede acabar con el dominio arcaico y furioso de Ananke, ni lo pretende, pues entonces perderíamos la conexión de los arquetipos con nuestra experiencia física y nuestra mortalidad. Tampoco es nuestro objetivo excluir sus reivindicaciones como extranjera residente en el alma. Pero podemos darle modos de expresión, maneras de imaginarse a sí misma en palabras, persuadiéndola de su implacable silencio60 – una terapia arquetipal, una terapia del propio arquetipo.

La fantasía de la normalidad

El movimiento de nuestra línea de pensamiento conduce ahora a esta formulación: si patologizar es necesario y es la expresión y experiencia de la Necesidad misma, entonces esta actividad errante y desordenada debe ser una «norma» del alma, tal como Platón la imaginó. Si los propios arquetipos están internamente limitados a y por sus imágenes, de modo que ellos también muestran patologías (las infirmitas del arquetipo), entonces la patologización está entretejida en toda la existencia psicológica, y cualquier cosa que llamemos «normal» debe incluirla. Todas las estructuras de la conciencia, todas las condiciones de la existencia como perspectivas arquetipales, incluidas las denominadas sanas, íntegras, realizadas o normales, también están patologizadas.

Permítanme insistir en esto: en lugar de tratar de comprender la necesidad de la psicopatología y qué lugar ocupa la patologización en el alma, ahora pasaríamos a comprender la normalidad y qué lugar ocupa la normalización en el alma. Nos dirigiríamos a la normalidad no como se presenta literalmente en sus propios términos como «normal», sino como una perspectiva arquetípica específica con su propio estilo de patologización.

Con esto no quiero decir que todo el mundo esté enfermo -la falacia terapéutica- o que la normalidad sea enfermedad -la variante laingiana de esa falacia-. Más bien intento eludir el modelo dualista de normal-anormal sugiriendo que cada estructura arquetípica imagina un cosmos que incluye su patrón de acontecimientos patologizados. Además, en lo que sigue intentaré exponer la propia fantasía de normalidad como una necesidad inherente dentro de una perspectiva arquetípica específica.

«Norma» y «normal» derivan de la palabra latina norma, que significa escuadra de carpintero. Norma es un término técnico e instrumental para designar un ángulo recto; pertenece a la geometría aplicada. Normalis significa «hecho según la escuadra»; normaliter significa «en línea recta, directamente». El significado de «normal» en los siglos XVI y XVII era: rectangular, perpendicular, que forma un ángulo recto. Pero la palabra en nuestro sentido actual revela usos claramente decimonónicos: normal como regular (1828); normal school for teacher training (1834); normal como promedio en física (1859); normalizar (1865); normativa (1880); y normal como usual (1890).

Esta última definición contiene dos significados distintos que se funden entre sí:

1) Normal en el sentido estadístico, es decir, lo que es habitual, común, frecuente, regular, por lo tanto predecible o esperado. Este sentido puede demostrarse gráficamente como lo que cae en la región media de una curva de Gauss, de ahí media, medio, promedio, centrado. Anormal, en este mismo enfoque cuantitativo, se refiere a lo que es inusual, extremo, excepcional, desviado, fuera de línea, excepcional, raro, extraño, anómalo. El sentido estadístico no pretende implicar valores distintos de los cuantitativos. Inusual significa simplemente infrecuente.

2) Normal en sentido ideal, es decir, lo que más o mejor se aproxima a una norma ideal, una imagen o Vorbild preestablecida. Este estándar puede venir dado por la teología (imitatio Christi); por la filosofía (hombre estoico, hombre nietzscheano); por la ley (el ciudadano); por la medicina (adaptación resistente); por la cultura y la sociedad (conformidad con los cánones). En aras de la exposición, podemos llamar cualitativo a este segundo tipo de normalidad. Implica juicios de valor, ya que la proximidad al ideal es normal en un sentido laudatorio, y la lejanía de él es anormal en un sentido peyorativo.

Los dos usos de normal -estadístico e ideal- pueden ser muy distintos. Por ejemplo, podemos sufrir una úlcera duodenal psicosomática. Esto es frecuente en hombres de cierto tipo que hacen ciertas cosas. Como frecuente, es estadísticamente normal, aunque idealmente sea anormal. O podemos tener el cociente intelectual más elevado de una comunidad de gustos (edad, sexo, nivel económico, grupo étnico, etc.) y aproximarnos así lo más posible a la norma ideal, aunque esta inteligencia elevada sea estadísticamente anormal.

Por lo general, sin embargo, los dos tipos de normas se funden en nuestras mentes. Esto puede deberse a varias razones. En primer lugar, incluso el huesudo lenguaje de la estadística conlleva connotaciones metafóricas. Cuando decimos media, medio, promedio o extremo, excepcional, desviado, estamos denotando frecuencias estadísticas pero también connotando valoraciones cualitativas profundamente arraigadas en el lenguaje. En segundo lugar, la visión populista, igualitaria y sociológica del mundo que domina nuestros sistemas de valores quiere la fusión de las dos normas, la cuantitativa y la ideal. Bajo el Reinado de la Cantidad, como René Guénon ha llamado a nuestra época, lo ordinario, lo regular, lo equilibrado, lo centrado, lo predecible se han convertido en normas ideales y han establecido los estándares del alma. «Anormal» es a la vez una definición estadística y una condena moral. Lo raro se convierte en malo; lo inusual e irregular, en censurable. En tercer lugar, la psique sui generis imagina normas ideales o tipos ideales, los «universali fantastici» o metáforas poéticas de Vico. Parecemos incapaces de existir sin personas míticas que presenten normas ideales. Pero hoy nuestros santuarios y altares están vacíos para que en los nichos vacantes aparezcan los comunes seculares, las frecuencias y los promedios ennoblecidos en normas ideales por la mitificación de la psique. Asistimos al Reinado de la Cantidad en el reinado del hombre común del sentido común, a la infiltración de la normalidad estadística en normas ideales.

El enfoque cuantitativo representa el punto de vista de la physis hacia la psique, de la materia hacia el alma, y por tanto entra en la psicología desde la ciencia de la naturaleza material. De hecho, uno de los significados de diccionario de normal es «natural». El método en psicología que utiliza las regularidades de la naturaleza (physis) como normas ideales podemos llamarlo «aristotélico». Este método nos implica en la falacia naturalista de la psicología,61 es decir, juzgar los sucesos psíquicos comparándolos con sucesos similares en la naturaleza. Cuando la naturaleza física y literal se convierte en la norma, la psique está siendo vista normalmente desde la perspectiva del arquetipo de la madre y su héroe.62

El enfoque aristotélico deriva de definir la psique en términos de la vida natural del cuerpo63; mientras que nosotros hemos estado elaborando una psicología que es más platónica. Su examen del alma se relaciona principalmente con la muerte, con lo que está por debajo y es más profundo que la vida natural y su punto de vista. La diferencia entre lo aristotélico y lo platónico también puede ponerse como una entre lo médico y lo mítico en lo que respecta a las patologizaciones. Las normas para el alma que hablan de adaptación, mejora de la vida, equilibrio o media áurea son «aristotélicas» o médicas64; permanecen dentro de la perspectiva natural y no aprecian la necesidad de patologizar para el mito y la necesidad de limitar la muerte para el alma.

Aunque Platón elogiaba el camino medio, también alentaba a alejarse de él, como en el Simposio y el Fedro, donde la intensidad erótica y diversos estilos de manía extrema se presentan como caminos favoritos del alma. Además, en el Fedón (81-82) Platón habla de andras metrios, ciudadanos decentes ordinarios, que en su reencarnación son comparados con abejas y hormigas, almas totalmente colectivas felizmente ligadas a las líneas de la naturaleza, predecibles, comunitarias, sin desviaciones. La propia palabra metrios (la clase media elogiada en la Política de Aristóteles) remite a metron, la regla, el estándar, la norma, la medida.

El planteamiento platónico es llevado más lejos por Marsilio Ficino en su traducción y comentario del Simposio.65Esta obra fue uno de los tratados más influyentes del Renacimiento. Se trata de un libro de psicología esotérica y extática cuya intención es conducir el alma al amor. Para Ficino (Comentario al Simposio de Platón VI, 8), el camino medio que ni asciende ni desciende es la posición de los hombres prácticos de acción, cuya preocupación es la moral y cuya posición es la de observador. Tales hombres «permanecen en los placeres sólo de ver y de las relaciones sociales». El camino del medio evita tanto el descenso al toqueteo voluptuoso como el ascenso a la abstracción contemplativa.

Algunos platónicos66 tenían esta vía media en menos estima que las otras dos, ya que el movimiento voluptuoso hacia la generación animal era un modelo para las experiencias de la exaltación ascendente – les extrèmes se touchent. La caracterización que hace Ficino de la vía media implica una profunda crítica del ámbito de la percepción, la acción y las relaciones sociales. Sólo observar, plantear la cuestión moral de los acontecimientos, convertir los movimientos del alma en acciones prácticas, todo ello pertenece a la vía media horizontal que es una defensa contra el poder daemónico del amor que atrae verticalmente hacia abajo o hacia arriba. La vía media del hombre social-moral-práctico es la defensa de la normalidad frente a la implicación apremiante de las otras dos vías.

Las grandes pasiones, verdades e imágenes no son medianías normales, no son promedios. Moisés deslenguado que mata, tiene cuernos y una esposa negra del desierto; Cristo haciendo milagros, lacerado en la Cruz; Mahoma extático; Hércules y los héroes, incluso Ulises; y las extraordinarias diosas asombrosas: todos ellos son extremos imprevisibles que anuncian el alma in extremis. Y estas figuras míticas muestran posesiones infirmitas, errores, heridas, patologizaciones. En términos de Vico, la verdad metafórica es más que la vida, otra que la vida, incluso mientras presenta las normas ideales para la vida. La propia idealidad se expresa en parte a través de enormidades patologizadas.

No estoy abogando por un Romanticismo barroco o un horror gótico, un nuevo culto a lo freakish para escandalizar a los burgueses. Eso no es más que la otra cara de la normalidad. Más bien deseo que recordemos el Timeo de Platón: la razón por sí sola no gobierna el mundo ni establece las normas. Volviendo al término medio de las normas, normas sin enormidad, rechaza la causa errante de Ananke.67 Tales normas son delirios, falsas creencias, que no tienen en cuenta la plena naturaleza de las cosas. Las normas sin patologizaciones en sus imágenes realizan una normalización sobre nuestra visión psicológica, actuando como idealizaciones represivas que nos hacen perder el contacto con nuestras anormalidades individuales. La fantasía de normalidad se convierte a su vez en una distorsión de cómo son las cosas en realidad.

Para decirlo en el lenguaje de la psicología académica: lo nomotético debe incluir lo idiopático dentro de sus formulaciones como parte inherente de sus enunciados y leyes generales, de lo contrario nuestra visión del alma también se normaliza, se vuelve indistinguible de las abejas y las hormigas: social, práctica, natural; 1984. Entonces nos defendemos de los arquetipos de nuestra vida y de las poderosas imágenes de nuestra cultura que ya no pueden llegar a nosotros, o sólo lo hacen a través del camino intermedio de las observaciones perceptivas, los arquetipos como alegorías de la acción práctica moral o como ilustraciones estéticas sin persuasión. Entonces nos hemos modelado sobre normas sin dimensiones arquetípicas, el hombre el medidor de todas las cosas, el observador fuera, incluso fuera de su propio sufrimiento, tratándolo también desde fuera, observacionalmente, objetivamente, viviendo una vida sin ningún sentido inherente de necesidad.

Atenea

Ahora bien, también esta posición intermedia debe tener una influencia arquetipal. No basta con llamarla ilusión defensiva; también debe reflejar a un dios, puesto que hay dioses en nuestras enfermedades.

Aquí volvemos a Atenea, que llevó a cabo la gran reconciliación entre Zeus y las Furias, Nous y Ananke. Ya he señalado que Atenea comparte con Ananke atributos limitadores y de aprovechamiento. Además, tiene un aspecto de Perséfone68; un aspecto de caballo69 como las Erinys; lleva en su pecho el Gorgo, esa aterradora imagen de la irracionalidad; su animal, el búho70, es su «sabiduría», pero también es un ave de perdición, una criatura nocturna chirriante que puede situarse entre las Arpías, las Sirenas, las Keres, imágenes aladas de Moirae de fatídicas necesidades.

Sin embargo, y en contraste, Atenea es la hija con cabeza de Zeus, la epifanía misma de su Nous, su Metis introyectada (la madre de Atenea). Metis («sabio consejo») procede de la misma raíz indogermánica que metron, medida, regla, norma.71Es sobre todo en el ámbito de la ciudad donde Atenea Polias72 defiende las normas de los cánones culturales. Uno de sus epítetos posteriores fue Pronoia, providencia, previsión, pues su estructura de conciencia puede espiar lo previsible, prepararse para ello y normalizar así lo inesperado. Atenea, como Hygieia,73 muestra la misma previsión en el ámbito de la salud. ¿Acaso no apelamos a ella todavía hoy bajo el disfraz conceptual de la «higiene mental» y los centros comunitarios de salud mental organizados por el Estado? El propio nombre de Atenea, según Kerényi, hace referencia a un recipiente contenedor «una especie de vasija, un plato, un vaso o una cacerola»;74 era la divinidad protectora del alfarero; y el cuenco de barro era una ofrenda votiva primordial en el culto a Atenea.75 La normalización también se produce al tener una apertura receptiva y un espacio interior contenido para lo que venga.

La Atenea romana, Minerva76 (cuyo nombre deriva de memini, mens, mente) tenía bajo su protección a todos los gremios artesanales, a los maestros de escuela («¡escuela normal!») y a los grupos de la profesión médica cuya tarea es ejercer el gobierno sobre la Causa Errante mediante el sabio consejo del intelecto práctico.77

Como dadora de la brida y el yugo y de «la ciencia de los números»78, Atenea presenta la necesidad persuasiva de la razón, las necesidades matemáticas y lógicas en las que, como dice Aristóteles (Metafísica 1015a-b), «una conclusión no puede ser de otro modo», pues se sigue necesariamente de las primeras premisas en los procesos deductivos. El pensamiento está unido y frenado por la lógica de la razón. Atenea une a Zeus y Ananke porque en su persona se combinan la razón y la necesidad. Atenea-Minerva traslada a Ananke de la violencia de Bia a la fuerza de la mente de la que su discurso convincente (peitho) es ejemplo. Atenea es la necesidad trasladada del otro mundo a este mundo, de la ceguera a los ojos brillantes (glaukopis), del hilado al tejido, de la impenetrable compulsión errática a las previsoras medidas protectoras del intelecto práctico con respecto a la necesidad, medidas que a su vez se convierten en otro tipo de necesidad.

Yo definiría este proceso psicológico como normalización y consideraría a Atenea como la persona arquetípica dentro de la fantasía de la normalidad. Cuando la psicología habla en términos de normas, cuando intenta normalizar, cuando representa el punto de vista del canon cultural y da sabios consejos desde la comprensión práctica -protectora, higiénica, política, sensata-, entonces la psicología está representando a Atenea.

Además, podemos aportar apoyo a que hayamos llamado «maternal» a la perspectiva normativa. A diferencia de Hera y Artemisa, a las que no se dirigía el culto griego con el término Madre, a Atenea se la llamaba Meter. Esta virgen sin descendencia era, sin embargo, madre, aunque nunca se la representó con un niño en brazos.79 Aquí tenemos ocasión de discriminar con más precisión el término «madre» utilizado con amplitud en la psicología profunda.80La maternidad de la conciencia ateniense es institucional, una maternidad de hermandades no religiosas y seculares (phratriai). Para encontrar a la Madre Atenea debemos recurrir a las convenciones de los hombres de ideas afines, las normas nomotéticas de la ciencia, los negocios, los oficios, las profesiones y el gobierno y sus inevitables normas de inclusión y exclusión.81 Cuando se examina el alma desde un punto de vista institucional o se aborda con el pensamiento y el sentimiento convencionales, la perspectiva que opera es la de Atenea.

En otro lugar sugerí que los diálogos de Platón pueden examinarse arquetípicamente en términos de los dioses82 y las variaciones dentro de su filosofía pueden entenderse como apropiadas al politeísmo de su conciencia. El diálogo que parece ser especialmente el «hijo de Atenea» es el Estadista.

Allí encontramos que el oficio particular con el que se compara el estadismo es el arte de combinar, y las imágenes para este arte son las de Atenea: medir y tejer (Estadista 283-87).83El trabajo manual de Atenea es el paradigma utilizado por Platón para el oficio de la política. Ya hemos visto la habilidad de Atenea para combinar o tejer las fuerzas vengativas e implacables en la estructura de la Acrópolis mediante ese notable término combinatorio «extranjeros residentes» que es, al fin y al cabo, una resolución del «problema de Orestes» mediante una metáfora política. Platón dice que Atenea (junto con Hefesto) gobierna la artesanía para las «necesidades cotidianas de la vida» (Leyes XI, 920e), como si dijera que el mantenimiento de la vida cotidiana y práctica de la comunidad es su principal preocupación. La inclusión de lo excesivo y anormal entretejiéndolo es el arte de la conciencia política. Este tejer, como Platón se esfuerza metafóricamente en establecer, no es remendar edredones, clavar tablas, coser cuero, zurcir agujeros. No es reparar. No es collage. No es bricolaje, al azar, sin necesidad interna. Más bien, el arte de Atenea es el trenzado sistemático de hebras; y como su propia persona es una combinación de Razón y Necesidad, su arte de combinación produce un tejido completo (Estadista 283b). Todos los hilos tienen cabida en la gestalt y contribuyen a ella, al igual que las Erinas. Las viejas Furias se incorporan, nada queda fuera, ningún extremo cuelga de los bordes: la integración como norma ideal.

Es en este sentido integrador como podemos comprender la importancia de Minerva en el arte de la memoria de Bruno.84Minerva hace posible el arte mismo; su escalera conecta todas las cosas mediante gradaciones de imágenes. O, como hemos visto en las Euménides, es Atenea (Minerva) quien crea el espacio interior. Ella es la función espacial interna de la mente, la diosa que otorga el topos, juzgando dónde pertenece cada acontecimiento en relación con todos los demás. Es la mente como receptáculo contenedor que normaliza a través de la organización interior.

Sin embargo, esta estructura de la conciencia puede convertir las normas en armas. Lo vemos en la Ilíada (21: 399 y ss.). Atenea coge un mojón (lo que pone límites) y se lo lanza a Ares, golpeándole en el cuello (lugar de la necesidad). Es aplastado por su fuerza, «subyugado» a sus límites.

Se hace más evidente por qué son «irracionales» los dioses que se contraponen fuertemente a Atenea: Ares y Afrodita (en la Ilíada); Poseidón (en la Odisea); Dioniso (cuya embriaguez puede curarse con un huevo de búho,85 y que llama a las hijas de Minyas para que abandonen sus tejidos); Pan (no se permitía ninguna cabra en la Acrópolis y su saliva era veneno para su olivo).86Las emociones dinámicas, las rabias, las posesiones, las histerias húmedas, las depresiones y la naturaleza salvaje fuera de la polis no pertenecen al cosmos de la normalización de Atenea. No pueden ser contenidas en su amplio, pero no agrietado cuenco.

Estas sinergias siguen operando en nuestras perspectivas. Es difícil imaginar la naturaleza de la conciencia ateniense sin que nosotros mismos caigamos en una u otra de estas posturas cargadas de afecto con las que ella se opone.

Una segunda metáfora del Hombre de Estado se refiere también al entretejido de Ananke dentro del cuerpo político – y, por supuesto, el cuerpo político es también una imagen, una forma de hablar de la constitución del alma. Esta vez, la metáfora se refiere a la jerarquía social, desde los esclavos hasta los reyes (Statesman 287-91), que se combinan mediante el arte del arte de gobernar. Por lo que ya hemos visto, sabemos que «esclavos» se refiere a ananke, y que dentro del alma los esclavos son lo obligado y lo compulsivo.

Siguiendo una propuesta que he hecho en otro lugar («Un ensayo sobre Pan») de que las ideas y los comportamientos (incluidos los comportamientos patologizados) son siempre la puesta en escena de fantasías míticas, ahora sería apropiado desarrollar más las relaciones entre las imágenes míticas de Atenea y las ideas de las normas, y luego vincular estas imágenes e ideas con las patologías del comportamiento. En otras palabras, estamos obligados a reconocer la patologización de Atenea. Del mismo modo que la ascensión pertenece al arquetipo puer, la constricción a Saturno, la fuerza de voluntad al Héroe, el crecimiento a la Magna Mater y a su Hijo, así la normalización pertenece a la conciencia ateniense. (Tanto es así que aún hoy llamamos «atenienses» a los ideales normativos de «nada en exceso» y a la doctrina del justo medio). Y del mismo modo que estas otras actitudes ideológicas -ascensión, constricción, fuerza de voluntad, crecimiento- proporcionan un apoyo de fondo para una forma de patologizar, así también normalizar es una forma de patologizar que contiene su propia justificación arquetípica.

La justificación ateniense tiene lugar mediante la apelación a normas objetivas. Sentir que las normas son objetivas y pensar que las normas objetivas lo son, independientemente de las estructuras de la conciencia y de las personas arquetípicas que las rigen, revelan que estamos en el templo de Atenea. El entrelazamiento del pensamiento normativo y objetivo es precisamente el punto ciego de la conciencia ateniense. Aquí no puede ver a través de sí misma y dentro de la fantasía arquetípica que está representando. Esta conciencia experimenta las normas como objetivas y lo objetivo como normal, y de lo objetivo debemos derivar nuestras normas. La conciencia ateniense se vuelve hacia los «otros» objetivos (polis) para validar la necesidad de su perspectiva.

Esta conciencia permanece eternamente ligada a su «padre», Zeus, lo que le da una certeza de juicio y una convicción de objetividad; mantiene una preocupación impersonal y desinteresada por «el bien del todo». Este todo, sin embargo, al objetivarse (en lugar de individualizarse) se abstrae en una norma idealizada. La sutil infusión de lo abstracto en lo práctico tiene la ventaja -y la desventaja- de eliminar las preocupaciones prácticas reales en normas y objetivos basados en principios. Se hace difícil distinguir entre la virtud y la tiranía del juicio en la conciencia ateniense.

Que hay anormalidad en la normalización, que la consigna de la normalidad integrada es el lugar mismo del estilo de psicopatología de Atenea, se representa más vívidamente en su función de protectora de la «ciudad», donde la preparación de su pronoia es también la defensiva militar de la paranoia. Es patrona de las armas y ella misma es «una diosa armada con el cuerpo casi totalmente cubierto por un escudo».87La estructura de la conciencia que nos mantiene racionales, prácticos y en guardia para las necesidades cotidianas de la vida es la misma que nos mantiene enfundados en nuestra armadura corporal, las posturas defensivas que son arquetípicamente necesarias para la normalidad civilizada.

Esta estructura protectora y práctica está tan cerca de nuestras defensas habituales del yo que resulta especialmente difícil reconocerla. Otto nos recuerda la cercanía de Atenea a la acción, su prontitud e inmediatez. Habla de ella como la inteligencia que nos guía en medio de las operaciones de la vida, al igual que Piaget, que define la inteligencia como una actividad del yo que resuelve problemas mediante combinaciones operativas. Se trata de un arquetipo que no se revela en los afectos. No tiene ni el salvajismo de la batalla ni la distancia de la contemplación (dice Otto); por tanto, no es discernible a través de convulsiones afectivas o subidones espirituales. Está «siempre cerca»88, y como está tan cerca no la vemos.

Para localizar psicológicamente a Atenea debemos acercarnos a lo que llamamos el ego (y Atenea era consejera de muchos héroes).89 Atenea actúa como voz autocontroladora o perspicacia dentro de nuestras reflexiones. Es el mentor interno, y es como pájaro mentor que aparece tan a menudo en la Odisea.90 Cuando uno se aconseja a sí mismo, el acto es ateniense, y el consejo que surge refleja sus normas. Ella es la reflexión despierta en la noche, como el búho y la llamada repentina, como su trompeta que hace que uno oiga a pesar de su sordera interior. Cuando hablamos de reflexión en psicología o invocamos figuras interiores de la imaginación para que reflejen nuestras preocupaciones, debemos recordar que la reflexión tiene muchos estilos. El consejo de Atenea presenta las normas de este mundo, y sus necesidades, en estrecha cooperación con los intereses del ego. No se trata de una reflexión nínfica y fantasiosa, pueril e inspiradora, saturniana y abstraída, apolínea y clarificada, ni de una reflexión musitada, erótica, especulativa o hermética.

El resultado de lo que hemos estado elaborando aquí puede resumirse de la siguiente manera: 1) lo normativo es sólo una perspectiva arquetipal hacia los acontecimientos psicológicos, como Atenea es sólo uno de los doce olímpicos – y hay otras perspectivas, en particular del Inframundo, que no son olímpicas. 2) Las normas con validez objetiva son «absolutas», «normales» y «objetivas» sólo para la conciencia ateniense, para la que tales fantasías son arquetipalmente necesarias. 3) El enfoque normativo de la psique es inherente a una Weltanschauung que siente su obediencia primaria a las imágenes «exteriores», o lo que hoy denominamos psicología «consciente» (estadística, social, práctica, preventiva, higiénica, comunitaria); o «exterior» como arriba, las altas verdades objetivas de Zeus. 4) El enfoque normativo experimenta la Necesidad tal como la traduce Atenea, es decir, la necesidad nos presiona como exigencias a cumplir con imágenes que son représentations collectives, procedentes de la res publica, de estándares normativos que son racionalmente demostrables, más que de imágenes de lo imaginal. La patologización se vuelve eo ipso anormal. Nos concebimos como seres sociales, económicos, naturales o políticos más que como seres imaginativos. Formulamos nuestras necesidades en términos de necesidades «exteriores»; nuestras acciones se guían por lo racional, lo político, lo higiénico, lo previsor, lo precautorio. 5) La propia imaginación recibe una interpretación inspirada y profética de la conciencia ateniense. Sus formas caídas serán denunciadas como inescrupulosas y poco prácticas o ennoblecidas con presagios e implicaciones; pero no se les permitirá la independencia de su deformidad, pues todos y cada uno de los acontecimientos deben encajar, encajar y encajar. 6) Ser normal en cualquier sociedad es representar un estilo particular de la fantasía de esa sociedad. La apelación a la normalidad esconde una defensa contra otras representaciones arquetipales, que entonces deben ser juzgadas forzosamente «anormales». 7) Desde este punto de vista tiene que haber una anormalidad contra la que este estilo de conciencia se defienda y se integre normalizándose. Así hemos llegado a «la necesidad de la psicología anormal». También hemos expuesto nuestra principal preocupación en este trabajo: antes de que la psicoterapia esté en condiciones de hacer nada en absoluto con respecto a la anormalidad psicológica, está obligada primero a reconocer el arquetipo dominante en el estilo que arroja un mundo en normas, normalizando, y normalidad, es decir, la persona arquetípica de Atenea.

La imagen de Atenea, con casco y armadura, nos devuelve a nuestra referencia inicial a Freud. El pequeño síntoma tan ajeno a la visión normativa del ego es la grieta en la estructura que resquebraja todas las imágenes normativas de cómo deberíamos ser, todas las negaciones de la patologización imposibilitadas por los persistentes dolores de espalda, la indigestión, el mal humor y las ideas acosadoras. El defecto fatal es, en efecto, el Destino, la Necesidad, que llega a nuestra alma a través de sus hijas, a pesar de todos los escudos de prudencia que se alzarían contra ella. A través del poder de la imagen, expresándose como síntoma y presentando las erráticas pretensiones de la Necesidad, descubrimos una visión psicológica del ser humano para la que no rigen ni el naturalismo ni el espiritualismo ni el normalismo. El hombre natural que es uno con el desarrollo armonioso, el hombre espiritual que es uno con la perfección trascendente y el hombre normal que es uno con la adaptación práctica y social se transforman al ser deformados en el hombre o la mujer psicológicos que son uno con el alma.

Presentado en la Conferencia de Eranos, agosto de 1974, y publicado por primera vez como «Sobre la necesidad de la psicología anormal» en Eranos Yearbook 43 (1974). Reimpreso, con las correcciones incluidas aquí, en Facing the Gods, ed. J. Hillman (Dallas: Spring Publications, 1980).


1. NIL, 78, párr. 31

2. “On Psychological Language”, en J. Hillman, The Myth of Analysis: Three Essays in Archetypal Psychology (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1972), y “Pathologizing”, en J. Hillman, Re-Visioning Psychology (New York: Harper & Row, 1975).

3. CW 13: 54.

4. Cf. D. Kingsley, « ’Through the Looking Glass’: Divine Madness in the Hindu Religious Tradition», History of Religion 13/4 (1974), 270–305.

5. Al enfatizar el aspecto patologizado de lo imaginal, soy consciente de divergir aquí de la visión de Henry Corbin, quien es el fundador del término “imaginal” y con quien mi trabajo está, y estará para siempre, profundamente endeudado. Corbin considera que el imaginario de “lo fantástico, lo horrible, lo monstruoso, lo macabro, lo miserable y lo absurdo” refleja la secularización de lo imaginal: “En contraste, el arte y la imaginación de la cultura islámica en su forma tradicional se caracterizan por el hierático, por seriedad, gravedad, estilización y significado” (H. Corbin, “Mundus Imaginalis, or the Imaginary and the Imaginal”, Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought [1972], 16). Claramente, las patologizaciones de la imagen no pertenecen al mundus imaginalis tal como él nos ha dado esta palabra. Pero en la formación del alma de la psicoterapia real, las patologizaciones son a menudo la vía regia hacia lo imaginal. Aquí seguimos a Jung para quien no había imagen que no pudiera convertirse en vehículo de la imaginación activa y del movimiento de la conciencia hacia las profundidades míticas. De hecho, cuanto más fastidiosa era la imagen, más probable era que fuera un símbolo que movilizaba precisamente esas profundidades míticas. Solo estos pensamientos perversos, palabras obscenas, miedos y recuerdos obsesivos son la materia prima. Cada comienzo es con “lo macabro, lo miserable y lo absurdo”. Y volvemos a la materia prima con cada nuevo movimiento de la psique. La diferencia entre Jung y Corbin puede resolverse aquí si practicamos la técnica de Jung con la visión de Corbin, es decir, la imaginación activa no es por el bien del hacedor y nuestras acciones en el mundo sensible de las realidades literales, sino por el bien de las imágenes. y hacia dónde nos pueden llevar: su realización.

6. Por “arquetipo” solo puedo referirme al arquetipo fenoménico, el que se manifiesta en imágenes. El arquetipo noumenal per se no puede, por definición, presentarse de modo que no se pueda postular nada en absoluto de él. De hecho, cualquier cosa que se diga sobre el arquetipo per se es una conjetura ya regida por una imagen arquetipal. Esto significa que la imagen arquetipal precede y determina la hipótesis metafísica de un arquetipo nouménico. Entonces, apliquemos la navaja de Occam al noúmeno de Kant. Al quitar este estorbo teórico innecesario a la noción de arquetipo de Jung, restauramos todo el valor de la imagen arquetipal . Cf. mi «An Inquiry into Image», Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1977), 70.

7. Nuestra psicología politeísta no tiene un Diablo al que pertenezcan todos los procesos destructivos: “Los griegos no tienen una categoría de divinidades generalmente reconocidas como esencialmente malignas, ningún Diablo o diablos reales”. (A. D. Nock, “The Cult of Heroes,” Harvard Theological Review 37 (1944), 172). Desde este punto de vista, la sombra no es un arquetipo separado, sino que es arquetipal, es decir, una distinción ontológica dentro de los mismos dioses, siempre con ellos, nunca arrojada al mundo humano solamente. Cada dios contiene sombra y la proyecta de acuerdo con la forma en que él o ella da forma a un cosmos. Cada dios es una forma en la que somos ensombrecidos.

8. Por ejemplo, Empédocles, frag. 115, donde el exilio, el deambular y el ser azotados incesantemente por las fuerzas elementales resultan de la Necesidad.

9. H. Schreckenberg, Ananke: Estudios sobre la historia del uso de las palabras. Zetemata. Monografías sobre estudios clásicos, número 36 (Munich: Beck, 1961).

10. Ibíd., 69–74.

11. Liddell y Scott, A Greek-English Lexicon (Oxford: Clarendon, 1964); R. B. Onians, Los orígenes del pensamiento europeo (Cambridge: Cambridge University Press, 1954), 332.

12. Schreckenberg, 176, con anexo fotográfico de prisioneros y esclavos con cuerdas al cuello. El énfasis especial que Schreckenberg pone sobre el yugo y el collar de esclavo en su etimología, abre una perspectiva hacia la desconcertante cuestión de la esclavitud en las mismas culturas antiguas de las que extrae su etimología. Siguiendo su línea de pensamiento que une la servidumbre con la necesidad, la esclavitud se justifica eo ipso, incluso implícita, por la palabra misma necesidad. (La cárcel de Atenas y Tebas se llamaba anankaion.) Entonces, la esclavitud podría incluso haber sido experimentada como una operación de Ananké, parte del camino de todas las cosas, un principio fundador del orden universal. Mi punto aquí no es justificar la esclavitud, sino sugerir que las ideas, personas y mitos arquetípicos, como Ananké, son determinantes en las actitudes y estructuras sociales.

13. Onians, 333n; Lewis and Short, A Latin Dictionary (Oxford: At the Clarendon Press, 1894).

14. Schreckenberg, 114 y ss. para una discusión de ananké en Leucipo y Demócrito.

15. Schreckenberg, 133; W. H. Roscher, Enciclopedia detallada de la mitología griega y romana (Hildesheim: Olms, 1965), “Necessitas”.

16. Cf. “Of Milk” en J. Hillman, Senex & Puer, UE 3 (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2005).

17. Sobre la relación del Amor (Filotes) y la Lucha (Neikos) en Empédocles, véase D. O’Brien, Empedocles’s Cosmic Cycle (Cambridge: Cambridge University Press, 1969), 104–27. P. Friedländer, Platón, trad. H. Meyerhoff, Bollingen Series (Princeton: Princeton University Press, 1969), 3: 362 y nota, aclara la identidad de Amor con Afrodita-Charis y Strife con Ananke. (Que la Necesidad funciona a través de la discordia y el conflicto, y que la discordia y el conflicto son necesarios, también es una lección psicológica que aprendemos de estas relaciones mitológicas). En última instancia, Afrodita y Ananké se vuelven intercambiables: ambas pueden crear a Eros y ambas pueden aparecer a través de Némesis (la venganza)). Experimentamos esta identidad particularmente en las fijaciones inamovibles del amor. Parménides expresó esta experiencia psicológica en lenguaje metafísico, W. K. C. Guthrie, A History of Greek Philosophy (Cambridge: Cambridge University Press, 1965), 2: 62; F. M. Cornford, From Religion to Philosophy (Nueva York: Harper Torchbook, 1957), 222–23.

18. Bia y Ananke son términos y figuras intercambiables (G. Wissowa, Paulys Real-Encyclopaedie der arqueología clásica [Stuttgart: J. B. Metzler], 3: 379-80). Peitho era otro nombre de Afrodita, a quien se adoraba de esa forma (Roscher, “Peitho”, 1796–1804).

19. Líneas 96–104; Esquilo II, trad. David Grene (Chicago: University of Chicago Press, 1956), cursiva mía.

20. Líneas 962–75; Eurípides, trad. Richmond Lattimore (Chicago: Prensa de la Universidad de Chicago, 1955). Para comentarios textuales sobre este pasaje ver Eurípides, Alcestis, ed. A. M. Dale (Oxford: At the Clarendon Press, 1954), 119–21.

21. Cf. J. Hillman, The Dream and the Underworld (Nueva York: Harper & Row, 1979), 27ff.

22. Roscher, «Necessitas», 71, informa que Ananke está asociado con Perséfone en dos tumbas.

23. El tema de los límites que rodean en Homero y después ha sido tratado exhaustivamente en Onians, «peirata», 310-42. Es principalmente en ese capítulo donde encontramos la discusión de Onians sobre ananké.

24. Cf. Schreckenberg, 144.

25. Cf. Esquilo, Agamenón 218.

26. Particularmente un clavo de acero (Horace, Odes I, 35, 17ff; III, 24, 5ff., donde es Tyche (casualidad) quien clava los clavos en el cuero cabelludo de sus víctimas). Eurípides, Alcestis 979, por una imagen de acero en relación con la Necesidad.

27. Cf. Schreckenberg, 41, sobre la relación entre la Necesidad y la “Situación ausweglose”.

28. “Al ser coronado como cantante… está ligado a un destino particular, tanto a la obligación como al poder”. onianos, 407 n1; 376: “Se prestó atención a la cabeza porque contenía la psique”. Además, 444–51.

29. Guthrie, 2: 35–37, 72–73.

30. He utilizado ambas traducciones: H. Tredennick, Loeb Classical Library (Londres: Heinemann, 1961) y W. D. Ross, The Works of Aristotle, 2ª ed. (Oxford: En Clarendon Press, 1940).

31. Lyperon = “molesto” (Ross); “desagradable” (Tredennick); compárese ambos con Empédocles (frag. 116) quien llama a Ananké “intolerable”.

32. Guthrie, 2: 417.

33. F. M. Cornford, Plato’s Cosmology: The Timaeus of Plato (London: Routledge, 1948), 160.

34. Citado de Cornford, Platón’s Cosmology, 172.

35. Ibíd., 176.

36. Friedländer, Plato, 1:  205. Cornford, Plato’s Cosmology, 203, hace el mismo punto.

37. E. R. Dodds, «Plato and the Irrational», en su The Ancient Concept of Progress (Oxford: At the Clarendon Press, 1973), 116.

38. Cf. ibíd., “[Platón] ha proyectado en su concepción de la naturaleza esa obstinada irracionalidad que se vio cada vez más obligado a admitir en el hombre (Timeo 90c-d)”.

39. En el Timeo (48b, 52d) se habla de los cuatro elementos como pathe. Pathé básicamente significa un “estado pasivo”, y luego, en segundo lugar, sufrimiento, aflicción. Los elementos no son en sí mismos archai. Más bien son modos de suceder, modos de ser movidos, modificados, afectados. La Cosmología de Cornford Platón (198n, 199) y Friedländer, Platón (3: 370–71) las llaman “cualidades” del Caos. Son los modos a través de los cuales trabaja la Necesidad. Son, por así decirlo, los modos elementales de ser afectado; dan cuatro estilos al funcionamiento de la causa errante en nuestras condiciones caóticas. O, en lenguaje alquímico, los cuatro elementos son modos de la materia prima y se experimentan como cuatro modos de nuestro sufrimiento primario. El sufrimiento de Empédocles que está ordenado por la Necesidad se describe (frag. 115) como su ser abofeteado de un elemento a otro; Platón ve los elementos primarios en sus condiciones caóticas como sacudidos y oscilantes perpetuamente (52e) («perpetuamente en movimiento, llegando a estar en un lugar determinado y desapareciendo de nuevo fuera de él», 52a). Los cuatro elementos como paté sugieren una “psicopatología elemental” o un logos del sufrimiento del alma en términos de los elementos. (Cf. Los cuatro modos de “muerte” de T. S. Eliot en “Little Gidding” (Four Quartets). La obra de Bachelard presenta los cuatro elementos como los fundamentos de la conciencia; así como también pueden ser considerados las cualidades básicas de la patologización, permitiéndonos examinar la fenomenología de las imágenes y el comportamiento en términos de fuego, aire, agua y tierra. Este movimiento no pretende alejarse de la imagen concreta hacia otro sistema cuádruple de abstracción, sino más bien explorar las implicaciones terapéuticas de la imagen, si sus posibilidades pertenecen más apropiadamente al fuego, digamos, que a la tierra, al aire o al agua, porque el peor sufrimiento es el de Empédocles, que es arrojado de un elemento a otro, sin pertenecer a ninguno.

40. Para una discusión completa y reciente de las Moiras (y también de las otras “diosas del destino”), véase B. C. Dietrich, Death, Fate and the Gods (Londres: Athlone Press, 1967). Por un lado, Ananké gobierna las Erinias según el Himno órfico 69 (trad. T. Taylor); por otro, es una conceptualización posterior de los mismos (Dietrich, 98).

41. Para una rica discusión sobre “Las rodillas de los dioses” y el huso de Ananké, véase Onians, 303–309. El mito de Er ha proporcionado una imagen fundamental para la fascinación platónica por la astrología como un modo de psicología. La misma Necesidad gobierna los movimientos del alma tanto como los movimientos de las estrellas. Así como las almas pasan debajo de su asiento, en su regazo gira el huso que gobierna los movimientos planetarios. Lo que le pasa al alma ya las Estrellas está en la misma red. Así que uno trata de descifrar las necesidades apremiantes del alma consultando los movimientos de los planetas. Como explicó Paracelso, un médico de patologías no puede considerarse como tal a menos que tenga conocimiento de la otra mitad del alma en los cuerpos planetarios. Pero los astrólogos han tomado esta correspondencia literalmente, más que imaginariamente. Porque no son las estrellas reales ni los planetas astrológicos los que gobiernan la personalidad. La astrología es una forma metafórica de reconocer que los gobernantes de la personalidad son poderes arquetípicos que están más allá de nuestro alcance personal y, sin embargo, están necesariamente involucrados en todas nuestras vicisitudes. Estos poderes son personas míticas, dioses, y sus movimientos no se describen en las matemáticas sino en los mitos.

42. Friedlander, Platón, 3: 382.

43. Cornford, Platón’s Cosmology, 289. La relación de la psique y los órganos internos (tripas e hígado) es un tema en sí mismo: cf. E. Bargheer, Einweide. Fuerzas vitales y anímicas del interior del cuerpo (Berlín: de Gruyter, 1931); N. Mani, Los fundamentos históricos de la investigación del hígado (Basilea/Stuttgart: Schwabe, 1959); Onians, 84-89; E. Fischer-Homberger, «Sobre la historia de la conexión entre el alma y la digestión», Semanario médico suizo 103, 1433-41 (1973).

44. Schreckenberg, 133. Las Euménides (Erinys o Furias, divinidades de la Necesidad, ver más abajo sobre Esquilo y notas), afectan al hombre y lo vuelven loco a través de los phrenes (Eumenides, II. 301, 331, 344) que Lattimore consistentemente traduce como “corazón ;” Thomson, como “seno”. Sobre “frenes” véase Onians, 13–15, 23–43. Su trabajo muestra que el término se refiere a un órgano de la conciencia y no solo a un lugar físico (pulmones o diafragma), de ahí que haya usado el término “alma de aire”.

45. Schreckenberg, 133-64, examina todo el complejo de preguntas, cf. M. P. Nilsson, Opuscula Selecta (Lund: Gleerup, 1960), 163-64.

46. Cuando Porfirio en su vida de Plotino (cap. 2) da respuesta, en un oráculo de Apolo, a la pregunta de adónde había ido el alma de Plotino después de la muerte, podemos leer: “Los lazos de la necesidad humana ahora se han soltado de ti”. Nótese bene el papel de Apolo en su estilo de pensamiento (Fedón) y lo que llamo la “conciencia apolónica” de enfoques trascendentes a los problemas de la psique.

47. Plegai también puede significar golpes, caricias, heridas, aflicciones. Es la fuente de nuestra palabra “plaga”.

48. G. Thomson (con W. G. Headlam), The Oresteia of Aeschylus (Cambridge: Cambridge University Press, 1938), 1: 345 (líneas 931–35).

49. Cf. el brillante “Epílogo” de Concord a la Cosmología de Platón sobre la comparación entre el Timeo y la Oresteia; véase también Thomson, 2: 231.

50. “Peitho and Ananke sind terminologisch Gegensatzkomplemente”. Schreckenberg, 102n 77. Su oposición ya está en Empédocles, una entre Ananke y Charites (Roscher, “Peitho: [with Charis], 1796). Un atributo que las dos figuras de diosas tienen en común es el collar. El collar de Ananke que vimos arriba en el análisis etimológico de Schreckenberg; Peitho decora Pandora con collares de oro (Hesiod, Works and Days, 75). Evidentemente, lo que uno lleva alrededor de la garganta tiene las implicaciones del destino. El vestido de cuello, desde placas de identificación numeradas hasta collares y corbatas o cadenas doradas y gemas incrustadas, particulariza el destino. La garganta desnuda es la carne desarticulada e inarticulada sin un sentido específico de su propia necesidad. Ver más sobre joyería y articulaciones, A.J. Ziegler, «Rheumatics and Stoics», Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1979), 19–28. Para una discusión completa de la pareja Peitho-Ananke (como Bia), ver P. Laín Entralgo, The Therapy of the Word in Classical Antiquity, trad. L. J. Rather y J. M. Sharp (New Haven: Yale University Press, 1970), 64–90.

51. Cf. Thomson, 1: 68, para “extranjeros residentes”. Lattimore traduce «invitados de la tierra». El punto psicológicamente importante es que estas figuras no están totalmente integradas. Mantienen su identidad específica. Siguen siendo “forasteros”, invitados, extranjeros, aunque hayan recibido un lugar. Colocar, ni reprimir ni transformar (convertir), equivale a la curación arquetípica en este contexto.

52. Cf. P. Wheelwright, The Burning Fountain, chap. 10, “Thematic Imagery in the Oresteia” (Bloomington: Indiana University Press, 1968), 238.

53. El lugar de Orestes en la conciencia moderna ya ha sido magníficamente expuesto por D. L. Miller en su «Orestes: Myth and Dream as Catharsis», en Myths, Dreams, and Religions, ed. J. Campbell (Nueva York: Dutton, 1970), 26–47.

54. The Homeric Hymns, trans. C. Boer (Putnam, Conn.: Spring Publications, 1979), 137–38. Cf. concluding passage of “Hymn to Pythian Apollo,” 180.

55. Laín Entralgo, The Therapy of the Word, 68.

56. Ibídem. Sin embargo, aquí hay una ironía, ya que en esa obra se muestra a Ulises como un hombre de acción cuyas palabras son muy engañosas. Además, es incapaz de convencer a Filoctetes, más aún un hombre de acción; sólo Hércules puede.

57. T. Izutsu, Language and Meaning: Studies in the Magical Function of Speech (Tokio: The Keio Institute of Philological Studies, 1956), 103, 26.

58. Estas dos citas son discutidas por Laín Entralgo, The Therapy of the Word, 66–67.

59. Izutsu, 13: “Así como no puede haber un uso mágico del lenguaje sin al menos un mínimo de lógica, así en el uso descriptivo ordinario del lenguaje – o incluso en el discurso científico – las palabras reales empleadas no pueden, por la naturaleza del caso, ser completamente libres. de la ilogicidad. En el lenguaje natural siempre hay algo que se resiste obstinadamente a un análisis lógico profundo.”

60. No es solo que Ananke y Bia no puedan oír (sordas) y lleven el epíteto habitual de “ciegas”); pero, como la Muerte, la Necesidad obra en silencio, no habla. Empédocles, según Plutarco, contrastó la Persuasión musical con la Necesidad no musical y silenciosa; cf. Laín Entralgo, 90.

61. Hillman, Re-visioning Psychology, 85–87.

62. Cf. “The Great Mother, Her Son, and the Puer,” in my Senex & Puer.

63. Aristóteles, De anima 412-13; 415b10.

64. Véase W. A. Scott, “Conceptions of Normalcy”, en Handbook of Personality Theory and Research, ed. E. F. Borgatta y W. W. Lambert (Nueva York: Rand McNally, 1968), por una colección de tales normas donde la normalidad equivale a salud mental, ajuste, felicidad, productividad, integración social, mínimo conflicto y destrucción, etc.

65. M. Ficino, Commentary on Plato’s Symposium on Love, trans. S. R. Jaynes (Woodstock, Conn.: Spring Publications, 2000).

66. Cf. E. Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance (Harmondsworth: Penguin, 1967), 50ff., 68ff., 273f., para una discusión sobre el neoplatonismo y Voluptas con referencias a Plotino, Ficino y Lorenzo Valla.

67. Vale la pena recordar aquí que Nous usa la geometría para ordenar lo informe en cuatro formas fundamentales. Como dice Cornford (Plato’s Cosmology, 210): «Así, la operación de la Razón se lleva, en la medida de lo posible, al oscuro dominio de los poderes irracionales». Norma, recordemos, es originalmente un término de geometría. Donde las matemáticas ordenan lo desordenado, también es un movimiento “fuera” del desorden, un movimiento que se aleja del dominio oscuro de los poderes irracionales y las necesidades de patologizar. Los libros psicológicos que enfatizan las descripciones geométricas de la psique (Aion de Jung, por ejemplo; o Time and Number de M.-L. von Franz, también pertenecen a las negaciones trascendentales de la patologización y, como tales, son menos psicológicos que espirituales, menos representativos del alma imaginaria). realidades, siempre patologizadas, que de una realidad metafísica abstracta que se presenta en formas “puras”.

68. Sobre Perséfone-Atenea, véase K. Kerényi, Athene: Virgin and Mother in Greek Religion, trad. M. Stein (Woodstock, Conn.: Spring Publications, 1978), 49–50, y la excelente posdata del traductor.

69. Sobre el caballo (Atenea), véase ibíd., 15, 38, 69-72 (Gorgo, Mare); M. Detienne, “Athene and the Mastery of the Horse”, History of Religions 11/12 (1971), 161–86; sobre el caballo (Erinys), véase Dietrich, Death, Fate and the Gods, 137ff.

70. Sobre la lechuza (Atenea), véase Kerényi, Athene, 37, 48, 50, 104n 312; E. Armstrong, The Folklore of Birds (Londres: Collins, 1958), 113–24; sobre Moirae como demonios grises voladores de la noche, Dietrich, 71 (también sobre Keres, 240–48); J. Pollard, Seers, Shrines and Sirens (Londres: Allen & Unwin, 1965), 140.

71. W. W. Skeat, An Etymological Dictionary of the English Language (Oxford: At the Clarendon Press, 1882).

72. Sobre la ciudad (Athene), véase Kerényi, Athene, 33, 38, 45, 50, 78; R. F. Willetts, Cretan Cults and Festivals (Londres: Routledge, 1962), 278, analiza el movimiento de Atenea desde la más antigua protectora de la casa y el palacio minoico-micénico hasta la diosa de la polis.

73. “Hygieia”, Roscher, I/2, 2772.

74. Kerényi, Atenas, 45.

75. Ibíd., 46.

76. Roscher, II/2, “Minerva”, 2986–991. Al igual que Atenea Ergane (Trabajadora), Minerva era la patrona de los artesanos, entre los cuales se contaban los médicos y también los maestros de escuela a quienes se les pagaban sus honorarios anuales el día de la fiesta de Minerva.

77. “La palabra metis siempre significa entendimiento práctico…” W. F. Otto, The Homeric Gods, trad. M. Hadas (Nueva York: Pantheon, 1954), 54; cf. Kerényi, Athene on Metis-Athene, 21–23, 32, 36f., 44, 67f., 109, 111.

78. R. Graves, The Greek Myths (Harmondsworth: Penguin, 1960), 1: 96.

79. W.   H.   D. Rouse, Greek Votive Offerings (Cambridge: Cambridge University Press, 1902), 257n 2; Kerényi, Athene, 24, 32f.

80. Es insuficiente llamar Gran Madre, o el arquetipo de la Madre, a toda imagen femenina –Luna, Deméter, Hera, Isis, Artemisa, Cibeles, Afrodita, etc.– como hace E. Neumann en su trabajo sobre este tema. Sólo amalgama lo que es bellamente preciso y sutilmente diferenciado en las personas e imágenes particulares. Para un intento de diferenciar la maternidad de la lactancia, véase mi «Abandoning the Child», en otra parte del volumen.

81. Sobre Athene and the Phratria, véase Kerényi, Athene, 27, 79, 106. M. P. Nilsson, “Appendix II: The Phratries”, en su Cults, Myths, Oracles and Politics in Ancient Greece (Nueva York: Cooper Square, 1972), 170: “Las fratrias obtuvieron tales dioses comunes a todas ellas, como mantuvieron el orden social y cívico, Zeus y Atenea. Las fratrias dan ejemplo de la dilución y secularización de la religión cuando el Estado pone su mano muerta sobre ella.” El ingreso fue por votación: normas de inclusión y exclusión.

82. Este método está indicado en el mismo Platón (Fedro 252-53) quien describe estilos de amar en términos de “seguidores” de los diferentes dioses. En los propios diálogos vemos imágenes e ideas -y patologizantes- propias de Apolo en el Fedón; vemos a Pan en el Fedro; Dionisio en el Simposio; Hermes en el Crátilo; Zeus y Atenea en las Leyes. Según Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance, 103, “Athena y Eros fueron adorados conjuntamente en los terrenos de la Academia”. Es desde estos dos lados, «ateniense» y «erótico», que los comentaristas platónicos han intentado captar al Sócrates de Platón, o han sido captados por esos dioses a través de él.

83. cf. Friedländer, Platón, 3: 289; Roscher, I/1, “Athene”, 681f.

84. Cf. Yates, Art of Memory, 290, y su Giordano Bruno and the Hermetic Tradition (Londres: Routledge, 1964), 312, donde Bruno se confiesa hijo de Minerva (“La he amado y buscado desde mi juventud, y deseado para mi esposo, y me he hecho amante de su forma…”). La relación entre Minerva y las imágenes de la mente puede ayudarnos a comprender (más allá del evidente significado artesanal o artesanal) el hecho de que fue a Atenea a quien los bruñidores ofrecieron sacrificio en Olimpia antes de pulir la imagen (Rouse, Greek VotiveOfrendas, 59n 20).

85. En otro cuento, el búho sobrio ahuyenta a las abejas de la entrada de una bodega (Hyginus, Fabulae 136).

86. Kerényi, Athene, 97. Kerényi trata extensamente la relación entre Athene y la cabra en 96ff.

87. Otto, Homeric Gods, 43, refiriéndose a su primera epifanía en el arte micénico.

88. Ibíd., 60.

89. El más importante de todos, Ulises; cf. W. B. Stamford, “The Favourite of Athene” en su The Ulysses Theme (Dallas: Spring Publications, 1992), 24–42, donde se exponen analíticamente las operaciones de la inteligencia ateniense. Otros héroes ayudados por Atenea son Aquiles, Diomedes, Jasón, Cadmo, Belerofonte, Perseo.

90. Willetts, Cretan Cults, 314.

El suicidio y el alma. Prólogo y notas preeliminares de 1964 y 1976

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 6 – 12

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Prólogo 

por Thomas Szasz

Para los animales no humanos, procrear y morir son consecuencias casuales de procesos biológicos. Para los seres humanos, a menudo son el resultado de una elección deliberada. Desde los primeros tiempos de la historia, el hombre ha ejercido el control sobre la reproducción, mediante el infanticidio, y sobre la muerte, mediante el suicidio. Practicar la anticoncepción es un pecado para los judíos ortodoxos y los católicos devotos, mientras que no practicarla es un acto de irresponsabilidad para casi todos los demás. El aborto sigue siendo un dilema moral para la mayoría. El infanticidio, definido como asesinato, está prohibido por el derecho penal. Sólo el problema del suicidio se ha resuelto a satisfacción del hombre moderno: sabe que es un síntoma de enfermedad mental, a menos que el «paciente» sea «asistido» por un médico, en cuyo caso se califica de «tratamiento» del dolor.

Puede sorprender al lector que la transformación del suicidio de un acto criminal llamado «autoasesinato» a un síntoma de enfermedad cerebral llamado «locura» (que anula la ilicitud del acto) se completara en realidad antes de que existiera la especialidad médica llamada «psiquiatría». Brevemente, así es como sucedió. En el siglo XV, las leyes penales de Inglaterra combinaron las penas eclesiásticas y seculares por suicidarse, un desarrollo que William Blackstone, el gran jurista inglés del siglo XVIII, resumió con aprobación de la siguiente manera:

La ley de Inglaterra considera sabia y religiosamente que ningún hombre tiene el poder de destruir la vida, sino por encargo de Dios, el autor de la misma; y como el suicida es culpable de un doble delito, uno espiritual, al eludir la prerrogativa del Todopoderoso, y precipitarse a su presencia inmediata sin ser llamado, el otro temporal, contra el soberano, que tiene un interés en la preservación de todos sus súbditos, la ley, por lo tanto, ha clasificado esto entre los crímenes más graves, convirtiéndolo en una especie peculiar de delito grave cometido contra uno mismo.1

Como el suicidio se consideraba una doble ofensa, tanto contra Dios como contra el Rey, el suicida era castigado doblemente, negando a su cadáver sepultura en tierra consagrada2 y confiscando sus bienes terrenales y entregándolos al Almirante del soberano. Esta salvaje retribución llevó gradualmente a los jurados ingleses -que cargaban con el deber de tener que determinar las causas de las llamadas muertes no naturales- a encontrar la manera de mostrar piedad con las víctimas, tanto vivas como muertas.

La Inglaterra del siglo XVIII era la nación más avanzada tecnológicamente, más próspera y más poderosa del mundo. No por casualidad, los ingleses disfrutaban de más libertad personal y se suicidaban en mayor número que ningún otro pueblo del mundo. En la entrada correspondiente a «self-murder», el Oxford English Dictionary ofrece este ejemplo del uso de la palabra: «1741 … ‘In such a gloomy, saturnine nation as ours, where Self-murders are more frequent than in all the other Christian World besides'». Sin embargo, lo nuevo en Inglaterra en el siglo XVIII no era la melancolía, sino la libertad. Por primera vez en la historia, el pueblo inglés empezó a tomarse en serio las ideas gemelas de libertad personal y derecho a la propiedad. En este clima cultural cada vez más humano, a los ingleses que formaban parte de los jurados de los forenses les resultaba intolerablemente molesto el deber de imponer las penas prescritas por la ley para el suicidio. Sin embargo, la abolición de la ley contra el suicidio era impensable. Gobernantes y gobernados creían que legalizar el suicidio equivaldría a sancionar el abuso de drogas. Volver locos a los culpables3, es decir, «insanizar» el suicidio, tratar a los culpables de este delito como si fueran lunáticos, era la solución perfecta. Permitía a los ingleses y inglesas mantener las sanciones religiosas y legales contra el acto y, al mismo tiempo, proporcionaba un mecanismo compasivo y aparentemente científico e ilustrado para evitar a la familia del suicida la indignidad y las pérdidas económicas que conllevaba castigar el acto. S. E. Sprott, historiador del suicidio inglés, resumió esta evolución de la siguiente manera:

En el siglo XVIII, los jurados declaraban cada vez más la demencia para salvar a la familia de las consecuencias de un veredicto de delito grave; el número de muertes registradas como «dementes» creció sorprendentemente en relación con el número de muertes registradas como auto-asesinato … En la década de 1760 la confiscación de bienes parece haberse convertido en algo raro.4

Cualquiera que reflexionara sobre el asunto debía tener claro que hallar la «mente» non compos del suicida -póstumamente, exactamente en el momento en que ejecutaba su acto criminal- era una táctica legal para eludir la pena que la ley prescribía para este delito. Blackstone reconoció el subterfugio y advirtió contra él:

Pero esta excusa [la de declarar al delincuente non compos mentis] no debe ser llevada al extremo al que los jurados forenses tienden a llevarla, es decir, que todo acto de suicidio es una prueba de demencia; como si todo hombre que actúa en contra de la razón no tuviera razón en absoluto; porque el mismo argumento probaría cualquier otro criminal non compos, así como el auto-asesinato.5

La advertencia fue inútil. La ley definió la sentencia póstuma del jurado como una auténtica constatación de hechos sobre la mente humana. La gente no necesita que la animen a eludir su responsabilidad. Sin embargo, aquí la Ley, el Gran Maestro, alentó precisamente tal evasión. Al declarar que los suicidas eran non compos, la Ley había creado un mecanismo para rechazar la responsabilidad y, con la ayuda de la profesión médica, envolvió esta evasión en el manto de la curación y la ciencia. Como resultado, a principios del siglo XIX, la ley y el público estadounidense estaba dispuesto a creer las mentiras más escandalosas presentadas como hechos médicos sobre las enfermedades que se manifiestan como suicidio. El primer texto sistemático sobre la relación entre el derecho y la locura fue publicado en 1838 por Isaac Ray, un médico general de 31 años de Eastport, Maine (entonces un pueblo pesquero de 2.840 habitantes). Ray era un joven culto, pero prácticamente no tenía experiencia con dementes, vivos o muertos. Sin embargo, afirmó confidencialmente:

Las analogías así presentadas entre la propensión suicida y la locura… se ven también reforzadas por los cambios patológicos observados después de la muerte. En la mayor parte de los casos en que se efectúa un examen, se encuentra que el cerebro o las vísceras abdominales han sufrido lesiones orgánicas, más o menos extensas… Incluso en aquellos casos en que el acto fatal no fue precedido por ningún indicio o enfermedad… la disección ha revelado a menudo la enfermedad más grave, que debe haber existido durante algún tiempo antes de la muerte.6

Ray concluyó: «En la actualidad, el hecho del suicidio no tiene más importancia que la que se deriva de su conexión con las enajenaciones mentales que se puede suponer que lo han originado».7 Los primeros psiquiatras veían en el suicidio una de las mejores fuentes para demostrar su pericia. Las opiniones de Esquirol son ilustrativas. Escribió:

He visto muy a menudo suicidios provocados por la práctica de la masturbación. Lo mismo ocurre con el abuso de bebidas alcohólicas … Los individuos así debilitados se hunden en la lipemanía [melancolía], y sin otro propósito que el de librarse de la vida … Todo lo que he dicho hasta ahora, junto con los hechos que he relatado, demuestran que el suicidio ofrece todas las características de la alienación mental, de la que es, en realidad, un síntoma … Siendo el suicidio un acto consecutivo a … la locura … [su] tratamiento pertenece a la terapéutica de las enfermedades mentales … He demostrado que el hombre sólo atenta contra su vida, cuando se encuentra en estado de delirio, y que los suicidas son dementes.8

Durante los últimos 150 años, estas falsedades se han repetido con tanta frecuencia y se han elaborado tan ampliamente que ahora se requiere una considerable independencia mental para poder contemplar el suicidio sin verlo a través de unas gafas del color de la psiquiatría. Un pensamiento correcto requiere que consideremos al psiquiatra como un experto en suicidio. La opinión popular y las normas profesionales de la práctica psiquiátrica ordenan que es deber del psiquiatra evitar que sus pacientes se suiciden; sus colegas que testifican como expertos, así como los jueces y los jurados, en consecuencia, le consideran responsable de tales «muertes por negligencia». Esto no es así en absoluto. La opinión popular, las normas profesionales de la práctica psiquiátrica y la ley exigen que aceptemos al psiquiatra como experto en el estado mental de los pacientes «terminales» y que se le confíe el deber de distinguir entre los que sufren «depresión clínica» y, por tanto, carecen del «derecho» al suicidio asistido por un médico, y los que están libres de esa enfermedad mental y, por tanto, poseen el mencionado «derecho». Se trata de acontecimientos ominosos cuyos peligros quedan efectivamente ocultos por la retórica de moda de la salud mental y los derechos humanos. No hay ningún misterio que explicar sobre el suicidio. Es simplemente un medio por el cual podemos cambiar la muerte de una cuestión de azar a una cuestión de elección. Como cualquier acción que tomamos en la vida, la acción de ponerle fin no tiene nada que ver con la medicina, y tiene todo que ver con el «alma». Aunque escrito hace muchos años, el reflexivo libro de James Hillman no podría ser más oportuno. En lugar de explicar (alejar) el suicidio, ayuda al lector a comprenderlo mejor.


1 William Blackstone, Commentaries on the Laws of England: of Public Wrongs [1752-65] (Boston: Beacon Press, 1962), 211-12. 

2 Normalmente, el cadáver debía ser enterrado en la encrucijada, a menudo con una estaca clavada en el corazón. 

3 Este método ya había sido identificado por Shakespeare en Hamlet: «Enloquece al culpable, y horroriza al libre, / Confunde al ignorante, y asombra en verdad, / Las mismas facultades de los ojos y los oídos».

4 S.E. Sprott, The English Debate on Suicide: From Donne to Hume (LaSalle, Ill.: Open Court Press, 1961), 112, (énfasis añadido). 

5 Blackstone, Comentarios sobre las leyes de Inglaterra, 212.

6 Isaac Ray, A Treatise on the Medical Jurisprudence of Insanity [1838], ed. Winfred Overholser. Winfred Overholser (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1962), 273-74. 

7 Ibídem, 274. 

8 Jean Etienne Dominique Esquirol, Mental Maladies: A Treatise on Insanity [1838], facsímil de la edición de 1845 (Nueva York: Hafner, 1965), 281-312.

Nota preliminar 

(1964)

Abordar las cuestiones de la muerte y el suicidio significa romper tabúes. Abrir temas enquistados durante mucho tiempo requiere fuerza, y cuanto más duras son las defensas, más hay que insistir. Así que este pequeño libro muestra argumentos. Cuestiona la prevención del suicidio; examina la experiencia de la muerte; aborda el problema del suicidio no desde los puntos de vista de la vida, la sociedad y la «salud mental», sino en relación con la muerte y el alma. Considera el suicidio no sólo como una salida de la vida, sino también como una entrada a la muerte. Cambiar las cosas de este modo altera las actitudes oficiales, especialmente las de la medicina. Así pues, se provocará a la medicina y se apoyará el «análisis laico» desde una nueva perspectiva de la psicología. Este punto de vista totalmente distinto surge de la indagación sobre el suicidio tal y como se experimenta a través de la visión de la muerte en el alma.

Lo que se diga sobre el alma humana -si es que se acierta- será a la vez correcto y erróneo. El material psicológico es tan complejo que cualquier afirmación es inadecuada. No podemos alejarnos de la psique y mirarla objetivamente, como tampoco podemos alejarnos de nosotros mismos. Si somos algo, somos psique. Y, como el inconsciente relativiza cada formulación de la conciencia complementándola con una posición opuesta e igualmente válida, ninguna afirmación psicológica puede tener certeza. La verdad permanece incierta, puesto que la muerte, única certeza, no revela su verdad. La fragilidad humana no pone en ninguna parte más límites a una obra que en psicología. La elección se convierte entonces en: dejar de hablar con sabiduría o hablar de todos modos con conciencia de insensatez. Este libro es producto de la segunda opción.

Nota preliminar 

(1976)

OTRA impresión ofrece la oportunidad de decir más. Por ejemplo, hay que hablar más de los aspectos sombríos del suicidio: agresión, venganza, chantaje, sadomasoquismo, odio al cuerpo. Los movimientos suicidas nos dan una pista sobre nuestro «asesino interior», quién es esa sombra y qué quiere. Dado que los movimientos suicidas muestran a esta sombra utilizando el cuerpo como instrumento para objetivos concretos (venganza, odio, etc.), se plantean cuestiones profundas sobre las relaciones entre los intentos de suicidio y los intentos de liberalizar la realidad por medio del cuerpo.

Se podría decir más sobre la literalidad del suicidio, ya que el peligro no reside en la fantasía de la muerte, sino en su literalidad. Así pues, la literalidad suicida podría invertirse para significar: la literalidad es suicida. Aunque el sentimiento de la muerte como metáfora, y la visión del suicidio como un intento hacia esta metáfora, impregna todo el libro, es necesario decir algo más sobre el trasfondo arquetípico de esta perspectiva hacia la muerte. Desde 1964 he estado trabajando precisamente en eso, e invito al lector que quiera indagar aún más en las cuestiones abordadas en este libro a que consulte mis diversos escritos sobre el arquetipo senex, sobre la patologización, el literalismo y la metáfora en Re-Visioning Psychology, y también las conferencias de Eranos de 1973 y 1974 «The Dream and the Underworld» y «On the Necessity of Abnormal Psychology». Este libro presagiaba esos ensayos posteriores sobre la oscuridad humana.

Como antes, deseo dar las gracias a las personas que han contribuido a este libro de un modo u otro: los anónimos con los que he trabajado en la práctica y los mencionados en la primera edición: Eleanor Mattern, Adolf Guggenbühl, Carlos Drake, Robin Denniston, A. K. Donoghue, Elisabeth Peppler, David Cox, Marvin Spiegelman, John Mattern y Catharina Hillman.

La psicoterapia no es medicina

Logos del alma

“… deseamos ver el mundo tal como es y dejar las cosas en paz. No queremos cambiar nada. El mundo está bien tal como es.”
C. G. Jung

La medicina, al menos el paradigma hegemónico de la misma, gira en torno de la idea de la práctica tecnológica, es decir, la construcción de herramientas y métodos que se superpongan al fenómeno y lo guíen por el camino que se ajuste a la idea de corrección que se tiene del mismo o lo que se denomina comúnmente como: Salud.

Por su parte, el logos de la técnica tiene como principio la cosificación de las ideas y la búsqueda constante de un orden racional que permita la acomodación de la realidad a las teorías y leyes que se han de solapar como un mapa del mismo tamaño que el territorio. Sin embargo, este mapa no existe en el mismo plano de la materia sino que está hecho de ecuaciones, datos e información. Es un proceso paulatino de sutilización del mundo el que orienta el espíritu tecnológico de la modernidad.

El orden científico en el que la medicina se inscribe le conmina a anticipar la respuesta de su búsqueda como el conjunto de supuestos que sostienen su metodología. Ante estas hipótesis primarias los fenómenos se subsumen inevitablemente a la necesidad de un intelecto que no soporta el misterio de aquellos, sino que desea, más que nada, desentrañarlos y volverlos completamente visibles, corregirlos y cuantificarlos.

El éxito de la medicina no radica realmente en sus descubrimientos, ni éstos son serendipias en el camino ciego de la investigación, al contrario, ya están anticipados por los mismos objetivos latentes en el paradigma del proyecto tecnocientífico. A diferencia de como se plantea de manera cotidiana, la medicina no descubre el origen y el remedio de las enfermedades sino que construye la realidad en torno a las ideas que constituyen su estructura teórica.

Por otra parte, la psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica e intente aplicar las lecciones aprendidas a su propio objeto de investigación, pero el fenómeno psicológico es distinto y, en principio, no puede desplegarse bajo la estricta necesidad de la óptica tecnológica.

La perspectiva psicológica no pretende subsanar, porque acepta al fenómeno tal cual es y, por ello, su interés se centra en atender lo que en él es pensado. No comienza desde una perspectiva de dominio sino de servidumbre a la realidad. Quiere aprender de su objeto, no transformarlo. Esto implica, sin embargo, una posición de desencanto, donde el psicólogo re-signa su método a aquel que el síntoma o la enfermedad proponen como propio. El terapeuta abandona su teoría en pos de la propia teoría del síntoma.

Por lo tanto, el psicólogo, si se asume desde una posición psicológica, requiere desligarse de la concepción médicalista porque su objetivo real es el poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan, de ahí que la palabra terapia aluda esencialmente al verbo cuidar y haya sido conceptualizada por James Hillman bajo el lema platónico sozein ta phainomena, donde salvar al fenómeno significa conocerlo tal cual es, como su propia salvación o curación.

Así, la curación no es un referente externo de la psicopatología ni una meta que se consiga añadiendo complementos al síntoma, no es necesario integrarlo o compensarlo, el fenómeno tiene todo lo que necesita en sí mismo, o se podría decir que la enfermedad es ya su propia curación. Ésta es la dialéctica de lo patológico, la asunción de que el concepto contiene su propia contradicción y, por consiguiente, es pura dinámica psicológica. De ahí que una visión puramente medica no pueda abarcar la lógica del alma.

Ocurre que cuando un psicoterapeuta busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico. Desea llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para las ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.

El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que éste siga su dialéctica inherente, para así poder aprender de tal acontecimiento; no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.

La psicoterapia, así entendida, es medicina superada, dónde la curación, si es que ocurre, lo hace de forma autónoma. Es el alma la que se cura a sí misma, si esto forma parte de su necesidad lógica, porque la enfermedad psicológica no es una carencia de algo sino una idea en el tortuoso camino hacia la consciencia de sí misma.

Animus-Psychologie, Parte 1, horizonte

Traducciones

Horizonte

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 23 a 36, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ha resultado ser nuestra tarea sumergirnos en la intuición del animus contenida en la obra de Jung y en la psicología junguiana en general para desarrollar un concepto del mismo. No tiene sentido hacerlo sin más. Porque entonces no quedaría claro dentro de qué horizonte tiene lugar nuestro esfuerzo por conceptualizar el animus. Dependiendo de lo amplio o estrecho y de cuál sea exactamente el horizonte de pensamiento en el que se plantee la cuestión del animus, lo que surja como resultado puede ser más superficial o más profundo. La tarea consiste en encontrar el horizonte mental adecuado al pensamiento de Jung. Sería incoherente escoger un término de la psicología de Jung y luego querer definirlo más estrechamente dentro de un horizonte mental completamente distinto. Los conceptos individuales de una psicología son siempre la unidad de su definición en sentido estricto y de todo el espíritu que sopla en la psicología respectiva. Este espíritu es quizás aún más importante que la definición más estrecha del contenido de los términos individuales.

Discutiré el horizonte fijado para todo lo que sigue según cuatro direcciones. En primer lugar, me pregunto por la preocupación motriz de la psicología junguiana o la «cuestión principal» de Jung. Más allá de todas las investigaciones y descubrimientos individuales, ¿qué era lo que Jung realmente quería saber y quizás lograr? Esta es la cuestión del motivo, la fuerza motriz, de la investigación psicológica. 2. Estoy preguntando por el punto de referencia relacionado con el contenido, »modelo« o »paradigma«, que explícita o implícitamente dirige el pensamiento al considerar fenómenos individuales.  3. Pregunto sobre la «actitud» personal que debe adoptarse para obtener una perspectiva adecuada sobre cuestiones psicológicas.  La cuarta pregunta ya se refiere específicamente al ánimus.  Es la cuestión del «elemento» dentro del cual sólo el ánimus puede ser discutido significativamente.

La cuestión principal. Aquí quisiera ir un poco más lejos. Hace dos mil años se planteó la siguiente pregunta: «¿De qué le serviría al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mt 16,26; cf. Mc 8,36s.) En esta frase se contraponen dos posibilidades. En una de las balanzas se pone el mundo entero, en la otra la psique, la vida o el alma del hombre. La pregunta es: ¿Puede un beneficio, por grande que sea, la ganancia del mundo, compensar un cierto daño, la pérdida del alma? La consecuencia de esta contraposición es que el mundo y el yo como tal se enfrentan en una dura alternativa. O se puede ganar el mundo y se debe pagar inevitablemente por ello dañando el alma, o viceversa: así es como suena la frase para un oyente imparcial. Sólo se puede tener una cosa, el mundo o la salvación del alma humana.

Parece que hoy vivimos en esta alternativa. Con mucho, la mayor parte de la sociedad en nuestras latitudes parece estar consagrada al objetivo de la «ganancia mundana» y en gran medida ajena a cualquier preocupación real por la salvación del alma. En el gran mundo, el de los negocios y la industria, pero también en el resto del público, lo que cuenta es el crecimiento, el beneficio, la promoción profesional, el nivel de vida y, por supuesto, para compensar, lo que ahora se llama «cultura». La psique y la psicología son aquí más o menos desconocidas y carentes de interés. No hay que olvidar que la psicología profunda es marginal, comparativamente insignificante de la vida social contemporánea. 

Por otra parte, en los últimos años se ha producido un verdadero auge de la psicología en una pequeña parte de la sociedad. En diversos grados, el dicho bíblico antes citado parece seguirse aquí, aunque en un nuevo sentido, ya no necesariamente relacionado con Cristo, sino secular. Cada vez más personas buscan el autodescubrimiento, la espontaneidad y la creatividad, el acceso a sus propias profundidades, a través de una amplia variedad de métodos analíticos, meditativos y otros métodos grupales o individuales, así como a través de la lectura en el mercado de libros de psicología, en enorme expansión. Uno se da cuenta de que ha sufrido daños en su propia alma, ya sea en el sentido de auténticas tormentas psíquicas o sólo en el sentido de un vacío palpable de la vida. La atención se vuelve hacia el interior, a menudo en un decidido alejamiento de los valores externos, materiales. No es necesario dar más detalles al respecto.

La pregunta «¿De qué le serviría a un hombre ganar el mundo entero y, sin embargo, sufrir un daño en su alma?» suena diferente hoy que hace dos mil años, porque se refiere a una situación completamente distinta. En aquella época, el mundo tenía una imperturbabilidad evidente. El alejamiento del mundo y de los tesoros externos, que el óxido y la polilla se comen, no dañaba al mundo. Descansaba, debía parecer, eternamente en sí mismo. Tanto si el hombre se volvía hacia él e incluso se enamoraba de él como si se apartaba de él, el mundo no se veía afectado. Sólo le afectaba a él personalmente. En aquel tiempo, la palabra bíblica era evidentemente una respuesta válida a la situación real de la época, la situación del hombre de la antigüedad tardía.

Sin embargo, nuestrol problema actual no se aborda con la consideración que se hace en el pasaje bíblico. Ya no podemos confiar en la imperecederidad del mundo. Debemos temer por su existencia, la de los bosques, la atmósfera, las aguas, las especies vegetales y animales, incluso, a la vista de las modernas armas de destrucción, por la existencia de todo el planeta Tierra. Si realmente se quisiera hablar de nuestra situación actual, la pregunta no debería ser más bien al revés: «¿De qué le serviría al hombre salvar su alma, si el mundo exterior se fuera al garete?” Y además, si se considera que en el Tercer Mundo -y es también nuestro mundo- millones de refugiados o los más pobres entre los pobres luchan por su mera existencia en una lucha demasiado a menudo inútil, ¿no parece la búsqueda de la propia salvación el lujo impúdico de una sociedad acomodada? ¿Salvo realmente mi alma si sólo puedo salvarla sumergiéndome en mi propio interior y apartando así automáticamente la mirada de la miseria que impera fuera, en el mundo? Un alma que sólo tuviera su salvación en su propio interior se habría expuesto como carente de emociones y de alma. Tendría que estallar de vergüenza. La miseria del mundo exterior se revela así al mismo tiempo que la propia miseria del alma.

Así pues, Jung, como psicólogo que señaló el camino hacia el interior como ningún otro, tuvo siempre presente, no obstante, la relación del ser humano con el mundo. Cuando dice: «Desgraciadamente, el alma no está hecho de hormonas, sino que es un mundo de dimensiones por así decirlo cósmicas «1 , este mundo podría tomarse aún como un mundo puramente interior. Pero la palabra «cósmico» ya lo indica. Y el apuro de la psicología, es decir, el apuro al que la psicología tiene la tarea de enfrentarse, es efectivamente la neurosis, que en primer lugar se hace sentir como corrientes personales en el ser humano individual. Pero Jung también ve esta neurosis individual en un contexto mundial. No sólo está dentro, sino también fuera, por ejemplo en la gran situación política mundial. En su libro de 1957 «Gegenwart und Zukunft» (Presente y futuro), se pregunta y nos pregunta: «¿Cuál es la intención de la grieta que atraviesa el telón de acero?2 El problema político de la Guerra Fría aparece como la angustia del alma occidental. Y Jung sabe que la neurosis del paciente individual no es exclusivamente, sino en gran medida, relativa a nuestra época, al estado moderno del mundo. Escribe algo así3:

Entre los llamados pacientes neuróticos de nuestros días hay no pocos que en épocas anteriores no se habrían vuelto neuróticos, es decir, divididos consigo mismos. Si hubieran vivido en una época y en un entorno en el que el hombre todavía estaba conectado por el mito con el mundo ancestral y, por tanto, con la naturaleza experimentada y no meramente vista externamente, se habrían ahorrado el desacuerdo consigo mismos. Se trata de personas que no pueden soportar la pérdida del mito y que no pueden encontrar su camino hacia un mundo que sólo es externo, es decir, hacia la cosmovisión de la ciencia de la naturaleza, ni pueden satisfacerse en el juego de fantasía intelectual con palabras que no tiene nada que ver con la sabiduría.

Y como es bien sabido, la principal preocupación de Jung era la neurosis que surge de la pérdida del mito. De esto es de lo que estamos hablando aquí, no de los trastornos puramente personales.

Según esta cita, la neurosis en este sentido amplio es un estado de división, la división de uno mismo. Pero no sólo de uno mismo, sino, como también aclara la cita, al mismo tiempo también estar aislado del mundo ancestral y, por tanto, de la tradición y la historia del pueblo, y en tercer lugar, la alienación del mundo que nos rodea, de la naturaleza o el cosmos. En cuarto lugar, está también la alienación de la comunidad humana. Estas cuatro formas en que la neurosis nos aliena: del yo, de la tradición histórica, de la comunidad y de la naturaleza, son, por supuesto, en conjunto una sola alienación, la alienación del mundo. Jung, en nuestra cita, atribuye a la pérdida del mito. La palabra clave mito no significa aquí narraciones mitológicas individuales o todas ellas. Se refiere a todo un estado del mundo que se caracterizaba por una ser en-el-mundo completamente diferente, precisamente mítico. Para retomar una vieja expresión que Jung también utiliza unas páginas antes del pasaje citado4 : se trata del estado de la «simpatía de todas las cosas», del estado simpático del mundo en el que el hombre estaba unido consigo mismo, con su mundo, sus antepasados y su sociedad. Vivía (si no necesariamente empíricamente, sí lógicamente) verdaderamente seguro en el mundo.

Si la tarea de la psicología es la curación de la neurosis, entonces en última instancia debe ser también el intento de restaurar algo parecido a un estado simpático del mundo en nuestra nueva situación. Se puede decir que éste es el gran motivo central que impulsó toda la psicología junguiana. Jung nunca se ocupó sólo de las necesidades exclusivamente privadas del individuo; Jung no quería «perderse» con los enfermos «en pequeños y minúsculos callejones de dudosa reputación»5 , aunque tampoco se ocupara exclusivamente de los grandes problemas de nuestra existencia histórica en el mundo. Más bien ocurría que Jung, incluso en la consulta, no quería perder de vista la «visión de conjunto», la «conexión con la totalidad del alma»6 , en definitiva, el problema del estado simpático del mundo. Para Jung, la psicoterapia no es el tratamiento de la neurosis, que a priori ya se consideraría una enfermedad exclusivamente personal del individuo. La psicoterapia es más bien el «tratamiento» de la neurosis como intento de responder a la cuestión psicológica de nuestro tiempo, la cuestión básica planteada por el problema de la modernidad: «¿cómo se ha de comprender, responder y posiblemente resolver la profunda división del hombre y del mundo?»7 «¿Dónde están las respuestas a las necesidades y presiones psicológicas de una nueva era? ¿Dónde está, de hecho, el conocimiento de los problemas psicológicos planteados por el desarrollo de la conciencia moderna? Nunca antes tal arrogancia de voluntad y capacidad ha sido más desafiante para la verdad eterna».8 «Las últimas y más elevadas cuestiones de la psicoterapia no son un asunto privado, sino una responsabilidad ante la más alta autoridad», la psicoterapia tiene lugar en un campo al que «se ha desplazado el centro de gravedad de los problemas de la humanidad».9

La idea de psicoterapia que surge de la «pregunta básica» es una idea que, aunque tenga lugar en la consulta, no tiene allí su lugar psicológico ni lógico. Pues la consulta forzaría la experiencia a un «formato dual» (Jung), porque prescribe este formato y, como un filtro, deja pasar todo lo experimentado sólo en la medida en que corresponde a él. Sin embargo, la idea de psicoterapia aquí contemplada contrasta fuertemente con la realidad de la psicoterapia tal y como se practica hoy en día en casi todas partes, incluso en la dirección junguiana. La libertad mental y la expansión de no estar en la sala de consulta, de no estar fijado en el paciente individual en el trabajo con él o ella, sino de mantener el «panorama general» a la vista, por lo general no se da, y probablemente no hay ni siquiera un indicio de que este podría y debería ser el caso. De niño se aprende a no señalar con el dedo a las personas. Pero la psicoterapia realmente existente, sin embargo, intenta llegar directamente al paciente, dispararle directamente, por así decirlo. Carece de tacto psicológico y de lo que Jung llamó una vez la «inteligencia más fina «10 o la «intelligence du coeur»11 . No comprende que lo que se alcanza y se puede alcanzar directamente es siempre sólo el individuo abstracto, el ser humano ya positivizado y reducido a un hecho: el «caso» casuístico, como se dice con razón; el que está subordinado a una generalidad abstracta, por ejemplo en el marco de un diagnóstico médico-psicodinámico12, mientras que al individuo concreto y real como «individuum ineffabile» sólo se llega si, en lugar de dirigirse directamente a él, sólo se le aborda circunvalándolo, hablando a su alrededor, sugiriéndolo, y permitiendo así al «ineffabile» ser puesto en el centro evocando el espacio para hacerse presente.

Es sin duda por esta razón que Jung prácticamente no ha dado historias de casos (o sólo aquellas en las que, al hablar de este hombre, al mismo tiempo no está hablando directamente de él, sino de su «historia», es decir, de su mito). Jung habla de las visiones de Zosimos, del Libro de Job, de la psicología de la alquimia, del Mysterium coniunctionis, de los símbolos de la transubstanciación, del símbolo de la transubstanciación en la misa, etc. etc. Pero no habla fuera de la caja. No desvela los secretos del psicoterapeuta. Una vez dice: «Él [el psicólogo] no quiere conseguir desterrar el alma a los confines del laboratorio o de la consulta del médico…»,13 y otra vez dice (refiriéndose concretamente a la discusión del material pictórico de la experiencia interior de una mujer): «Evito deliberadamente los detalles personales porque significan muy poco para mí. Todos estamos hechizados por estas circunstancias externas, y distraen nuestra atención de lo real, a saber, que nosotros mismos estamos divididos interiormente».14 Esta falta de concentración en los detalles fácticos de la biografía no tiene nada que ver con una evitación de la tarea terapéutica, sino más bien con el conocimiento de que con la mirada hechizada en las circunstancias externas de la vida, se pasa de largo lo que es terapéuticamente importante forzándolo a los confines de lo banal.

El desinterés de Jung por la técnica terapéutica corresponde a la “visión» del paciente real. En toda técnica, incluida la técnica del tratamiento psicológico, el ser humano se asume como un objeto positivizado de manipulación. Dado que la manipulación psicológica puede ser extremadamente sutil, es fácil pasar esto por alto o incluso ocultárselo a uno mismo, sobre todo porque los analistas normalmente pueden rechazar la manipulación en su mente consciente con honesta convicción. Pero en cuanto surge el interés por la técnica de tratamiento y la cuestión del «plan terapéutico», el «objetivo terapéutico» y las «técnicas a utilizar», los hechos contradicen la actitud. Von Fr.Th. Vischer (También Einer) enuncia la frase: la moral siempre se entiende a sí misma. También en el análisis, el comportamiento terapéutico-práctico siempre se comprende a sí mismo. La «técnica de tratamiento» no es un tema. Es un testimonio psicológico de valor. Es la señal de que uno no ha podido aferrarse a la vastedad de la vida lógica del alma, sino que ha caído en la positividad del manejo pragmático y se ha encerrado en la estrechez de la consulta.

La técnica de tratamiento no debe convertirse directamente en el tema, porque entonces el trabajo degenera en «tratamiento» (del ser humano ya positivizado y de su psique igualmente positivizada). ¿Cuándo y por qué la conducta terapéutica es evidente? Si y porque sólo es comportamiento psicoterapéutico, si surge por sí mismo, con deliberada involuntariedad, de la actitud viva del terapeuta como este ser humano real frente a este ser humano real que sufre en su situación concreta, y de la absorción de todo corazón en el trasfondo anímico arquetípico constelado por él – con simultánea conciencia despierta. El mejor entrenamiento en la técnica psicológica consiste, por tanto, en el arte de la indirecta, por un lado, y en la capacidad de captar los trasfondos anímicos con cierta profundidad y sensibilidad, por otro.

Sería un error decir: «No es necesario explicar la referencia, por ejemplo, del sueño a la realidad práctica de la vida del paciente, porque es evidente». Debería ser: «No hay que explicar esta referencia porque y para que pueda entenderse a sí misma». Querer deletrearlo, es decir, responder directamente a la pregunta de la vida real, es una defensa, porque significa querer comprenderlo, cuando se trataría de dejar que el sueño se comprendiera a sí mismo. Esto, por supuesto, también significaría dejar que se apodere de ti y de tu propia realidad de vida, captarlo y dejar que tenga un efecto sobre ti. Querer comprenderse a sí mismo es el modo en que la conciencia, contrariamente a la vida del alma, se instala firmemente en la conciencia natural y en la metafísica del sentido común y se aferra a la realidad positiva para escapar a ser comprendida y, por tanto, a la transformación.

Además, el deseo de que el sueño te conmueva o te diga algo es un signo de lo que podríamos llamar filisteismo en el arte. Se corresponde con la creencia de los teatreros de hoy en día de que pueden (y deben) dar «actualidad» a una tragedia clásica y hacerla «relevante» mediante un decorado contemporáneo, alusiones a las guerras de Vietnam o del Golfo y trajes de los actores en vaqueros azules. La pregunta (a menudo oída a los pacientes): «¿Qué significa este sueño para mí?» identifica al interrogador como miembro de la era de los medios de comunicación. El ego quiere sentirse interpelado, el sueño como mercancía debe ser «llevado al hombre», empaquetado y preparado de forma atractiva a través del marketing (ahora terapéutico) y la publicidad (terapéutica) (palabra clave «presentación»). Sólo si el sueño adquiere la «actualidad» personal de una emisión en directo y el paciente se siente muy cercano e implicado («En ARD y ZDF te sientas en primera fila»), estará dispuesto a «sintonizar». En caso contrario, su índice de visionado es nulo: «El sueño no me conmueve», «No me dice nada».

El deseo de relacionar el sueño con la propia actualidad es la admisión de que el sueño hace tiempo que se considera una mercancía y un consumo sin sentido, que sólo puede adquirir un significado secundario a partir del beneficio o la euforia subjetivos. Es la voluntad de explotar el sueño para los propios fines y de silenciar sistemáticamente su propio significado, que tal vez no nos sea accesible. Esto sólo tiene una oportunidad si al sueño se le permite entenderse a sí mismo y hablar de sí mismo o del alma, porque sólo entonces se le permite hablar en absoluto con lo que tiene que decir. Para ello, sin embargo, necesita el «silencio desapasionado de la sola cognición», lejos de todo pathos y deseo «existencialistas» (obsesionados con la propia existencia y actualidad). Necesita la devoción amorosa a la necesidad fríamente progresiva de la materia.

Lo que aquí se ha expuesto significa en la práctica para las siguientes discusiones de la psicología del animus que no toman como punto de partida la experiencia de la sala de consulta (aunque tampoco se sitúan a su lado ni la pasan de largo sin relación). No hablaré desde el armario del analista: no traeré casos, ni sueños, y no consideraré lo que se va a discutir desde el punto de vista del individuo.

El paradigma. Con las observaciones precedentes hemos llegado ya al ámbito del marco más sustantivo al que se refiere la investigación psicológica en la psicología de Jung. Jung no obtiene su paradigma -quizás podríamos decir también su visión de la tarea psicoterapéutica- de la experiencia de la consulta. Su paradigma no es la novela familiar, ni el cuadro de relaciones, ni los deseos pulsionales, ni la oposición patriarcado y matriarcado, ni el autodesarrollo (el ser humano asegurando y aumentando su existencia, su progreso, su satisfacción). Jung extrae su paradigma de la inmensidad de la mitología, de la historia religiosa, de la historia cultural del mundo entero. Podemos ilustrar la diferente comprensión resultante de la psicología con algo aparentemente muy lejano, la ejecución que Jung hace de las obras literarias. Jung explica, asombrosamente, que la novela psicológica, que adopta un enfoque no del todo distinto a la perspectiva de la consulta, no es especialmente productiva para el psicólogo. Esto contradice lo que la mente cotidiana entiende por «psicología». Para ellos, por supuesto, la novela psicológica tendría que considerarse psicológicamente relevante antes que cualquier otra literatura novelesca. Según Jung, la novela psicológica sólo se mueve dentro de los límites de lo que se puede comprender y captar psicológicamente (es decir, aquí: subjetivamente, personalmente); se ocupa de lo «originalmente conocido». Se permanece así «en el reino de la psicología transparente». «Nada ha permanecido oscuro, pues todo se explica convincentemente por sí mismo». Por lo tanto, no tiene más que un significado superficial para la psicología; lo que uno encuentra aquí es psicología, pero sólo psicología inauténtica. Hasta aquí la «novela psicológica» sin interés psicológico.

De la combinación contradictoria (atribución) de «psicológicamente poco interesante» con «novela psicológica» en dicha frase se desprende que para Jung la psicología no es simplemente psicología. Jung se aleja a sí mismo y a la psicología de un concepto ordinario de la psicología a otro. Tiene una comprensión más elevada y estricta de la psicología, y no sólo en términos metodológicos (cientificidad), sino en términos de cuál es el verdadero objeto de la psicología y cómo está constituido. Pero la diferencia así establecida (yo la llamo «diferencia psicológica») permanece dentro del concepto ampliado y estirado de psicología. Lo psicológico en el sentido ordinario no queda completamente eliminado del nuevo concepto de psicología. Lo psicológico en sentido ordinario no queda completamente eliminado del nuevo concepto de psicología, sino que sigue siendo un elemento dentro de él, y además necesario, porque el concepto más profundo (o más elevado) sigue dependiendo de él, en la medida en que sólo se encuentra a sí mismo alejándose de él.

Llegamos ahora al otro concepto real de psicología, tal como se desprende de las observaciones de Jung sobre la poesía. Jung dice: «Por el contrario, la novela no psicológica ofrece generalmente mejores posibilidades de penetración psicológica…». He aquí de nuevo la brusca recopilación de términos contradictorios en la que se produce la apertura de la diferencia psicológica. Aún más productiva que la novela no psicológica (a diferencia del tipo de creación artística psicológica) es la creación artística visionaria, en la que Jung piensa en obras como el Fausto II de Goethe. «Aquí todo se invierte: El material o la experiencia que se convierte en el contenido de la creación no es nada familiar, es de una esencia extraña, de naturaleza enigmática, como si procediera de los abismos de tiempos prehumanos o como si procediera de mundos de luz y oscuridad de naturaleza sobrehumana, una experiencia primordial…. El valor y la fuerza residen en la enormidad de la experiencia, que emerge extraña y fría o significativa y sublime de profundidades intemporales…». Se trata de la «visión primigenia».15 La psicología es psicología profunda, y su profundidad no se refiere a «capas» más profundas de la «maquina» psicológica o personalidad, sino a experiencias que se proyectan en la vida humana desde un «mundo no humano». El verdadero interés de la psicología está, pues, en el fondo arquetípico del alma como verdadero nivel de la vida humana, no en el primer plano de la experiencia, el esfuerzo, el deseo y la opinión, que, aunque se trate de impulsos o contenidos inconscientes, es siempre lo «primordial», lo «humano y demasiado humano» y como tal no lo verdadero, sino algo que se debe a una reducción metódica al nivel práctico-técnico. Hablar de «trasfondo anímico» significa también que la psicología de Jung se sitúa en un nivel de reflexión completamente distinto. Para distinguir este nivel del nivel de la comprensión común de la psicología, podemos decir en lenguaje figurado-objetivo:

La posición de Jung está determinada por el hecho de que existe una diferencia entre lo que siempre se ha conocido y lo que se conoce en todo el mundo, la fe del día, lo que permanece dentro de los límites del mundo bien ordenado y manejable de la conciencia, en el que «las leyes de la naturaleza se aplican como las leyes humanas en un estado ordenado», también podríamos decir: lo humano-todo-humano por un lado, y por otro un mundo nocturno ajeno. «¿Debemos creernos simplemente en posesión y control de nuestra alma, mientras que lo que la ciencia llama psique y entiende como un signo de interrogación encerrado en la cápsula del cráneo es en el fondo una puerta abierta por la que lo desconocido y lo misteriosamente activo entran a veces desde el mundo no humano y en alas nocturnas alejan al hombre de la humanidad y lo conducen a un trabajo y un destino suprapersonales?”16

Lo que he referido y citado aquí se refiere a la observación psicológica de la poesía. Pero también muestra de forma excelente el horizonte en el que Jung aborda las cuestiones psicológicas en general. Lo que Jung sólo insinúa brevemente aquí se refiere claramente a «experiencias primigenias» que podemos asociar con las experiencias en la iniciación chamánica, el viaje del alma al cielo, o también con las experiencias iniciáticas en las culturas rituales. Por consiguiente, incluso en el caso del cristianismo, mucho más tardío, y del desarrollo ulterior de su mito, Jung se ocupa de retomarlo allí donde «el Espíritu Santo se dirigió a los apóstoles». No sólo a ellos, sino a todos los demás que, a través de ellos y después de ellos, recibieron la filiatio, la filiación de Dios, y así también se hicieron partícipes de la certeza de que no sólo eran animalia autóctonos, descendientes de la tierra, sino que, como nacidos dos veces, estaban enraizados en la divinidad misma»17. «En el ritual, (las personas) están cerca de la divinidad; incluso son divinas. Basta pensar en el sacerdote de la Iglesia católica, que está en la divinidad. Se lleva a sí mismo al altar para el sacrificio; se ofrece a sí mismo como sacrificio.»18

Creo que, en última instancia, las categorías en las que se describen estas experiencias primordiales y las correspondientes referencias mítico-rituales nombran el paradigma de contenido a partir del cual -en su distancia o proximidad a él- todo lo psíquico ha de ser comprendido, juzgado y medido en su rango: la psicología tiene lugar allí donde se franquea la diferencia entre el ser humano como Hijo de la Tierra y el ser humano como Hijo de Dios (y eso significa: como divino él mismo19). Esta diferencia es su marco. Es una diferencia que, como algo que se puede formular objetivamente, es al mismo tiempo también una diferencia de niveles de reflexión.

Lo que me parece especialmente importante aquí es que Jung no devalúa psicológicamente estas experiencias visionarias. No las encierra en la cápsula craneal ni en ninguna otra parte interna del sujeto: para él no son meras imaginaciones subjetivas. En la cita anterior habla, aunque con cautela y en forma de pregunta, de una puerta abierta por la que entra algo ajeno procedente del mundo no humano. En la experiencia visionaria, algo se encuentra con el hombre; algo que no es él mismo, que está más bien «fuera de él», viene hacia él. Jung no despoja a las experiencias iniciáticas y otras experiencias visionarias del estatus lógico de conocimiento de la realidad, del estatus de verdad. En el mismo escrito, habla de la realidad psíquica [yo diría: realidad psíquica], «que tiene al menos la misma dignidad que la realidad física».20 «Igual dignidad» significa nada menos que: con respecto a la verdad y la realidad, tiene el mismo rango lógico, con una expresión anticuada también se podría decir: el mismo rango metafísico. El mundo no humano no es una «mera metáfora», se le atribuye una cierta dignidad «ontológica».21 Es un mundo y no una mera concepción en la conciencia o inconsciencia humanas, cuya referencia a una realidad y su objetividad serían de entrada cuestionables o incluso excluidas. Sólo porque a este mundo no humano se le otorga dignidad «ontológica» en el marco del modo objetivo de representación puede Jung tomarse en serio la adopción de un nivel de reflexión completamente diferente en términos metodológicos. (Por otra parte, queda abierta la cuestión de cómo deben entenderse lógicamente las formulaciones mitológicas utilizadas aquí, como «mundo no humano» o «algo que está aparte de él». Ni que decir tiene que no deben tomarse al pie de la letra y, sin embargo, tampoco deben desactivarse como «mera metáfora». El significado de esta contradicción aún no se ha aclarado aquí).

La apertura transgresora del alma al «exterior», el posible encuentro con otra dimensión «extramundana», «metafísica», «trascendente», pertenece así al paradigma del contenido. El alma no permanece encerrada en sí misma. Experimenta que hay algo más aparte de ella misma, pero tener esta experiencia es precisamente lo que pertenece al concepto de alma. El alma es en sí misma la referencia a esta dimensión «metafísica». Esta forma de hablar resulta chocante y embarazosa, sobre todo porque el término «metafísica» no se identifica aquí todavía de forma lógica, sino que permanece unido a una forma de hablar mitológica y despierta así la sospecha de lo meramente ideológico. A pesar del peligro de esta sospecha (mal entendida, aunque comprensible en ausencia de identificación lógica), debo volverme aún más ofensivo, expresar lo que aquí se quiere pensar de forma aún más rigurosa y contundente, libremente incluso sin identificarlo aquí lógicamente:

Sin Dios, no hay verdadera psicología; sin referencia a Dios, no podemos hablar del ser humano real, del mundo como realidad (en contraste con él como mundo externo positivo), de la conciencia y del alma. (Deliberadamente no entrecomillo a Dios y no hablo de arquetipos ni de «los dioses». Hablar de arquetipos ya es inofensiva palabrería científica; y hablar de dioses «politeístas» sale fácilmente de nuestros labios. Siempre es mero material educativo. Dado que, en primer lugar, no es realmente serio, tampoco dice realmente nada).

La actitud. ¿Dónde tengo que situarme para poder adoptar un punto de vista que merezca llamarse psicológico? ¿Qué debe ocurrirme como psicólogo – metódicamente – para que pueda tener realmente un punto de vista psicológico? Debo haber caído o dejarme caer sin reservas en la metáfora básica de la psicología, «alma»; «alma» en su indefinición y desconocimiento.

Curiosamente, la psicología, que pretende ser una ciencia, ha intentado en la mayoría de los casos evitar esta naturaleza abismal del «alma», bien eludiendo otro término como «comportamiento del organismo», bien anteponiendo a la teoría psicológica una definición del «alma». Es obvio que la psicología en cualquier sentido científico no puede surgir de esta manera. Pues no se debe anticipar la definición de la metáfora básica de una «ciencia», porque esta definición no es otra cosa que todo el curso de la investigación científica de esta metáfora básica misma. Si se piensa que hay que evitar de un modo u otro el desconocimiento de la metáfora básica, entonces se está revelando que la psicología no debe serlo en absoluto.

Aquí sólo lo estoy insinuando. En los capítulos siguientes se examinará más detenidamente qué es el «alma» y qué significaría caer en la incógnita de esta metáfora básica de la psicología.

El elemento. ¿Cuál se considera el elemento más intrínseco del animus? ¿Cómo debe interpretarse? Hemos hecho hincapié en que el animus depende de nuestro propio pensamiento, de la culminación de la comprensión de su significado, y en que no debemos recurrir precipitadamente a imágenes mitológicas. Emma Jung ha hecho aproximaciones a una diferenciación de los papeles del ánima y del ánimus, ambos de los cuales, según la teoría imperante, deberían tener la misma función de mediación hacia el inconsciente. Emma Jung explica que ambas no tienen esta función en el mismo sentido y de la misma manera. El ánima hace conscientes, visibles, los contenidos inconscientes, nos los presenta como una imagen. El animus, en cambio, tiene la tarea de reconocer, comprender, captar el significado. «Sólo después de que estos contenidos hayan llegado a la conciencia, tal vez ya hayan sido modelados [ésa sería la actividad del ánima], debe el animus desplegar su efecto».22

Aquí se ha captado algo decisivo que sólo hay que singularizar y radicalizar. El elemento dentro del cual debe tener lugar la discusión sobre el animus no puede ser la imaginación. Ni el reino del alma, ni el mito, ni el mundo de las bellas figuras (y desde luego tampoco la experiencia y el comportamiento de los personajes). Sino que su elemento es el concepto frío, el «ser» abstracto, el pensamiento, la filosofía – la lógica. En sentido figurado, sin embargo, su elemento es la distancia, el vacío y la frialdad del espacio, en contraste con la sangrienta realidad humana y la exuberancia y colorido de la naturaleza terrenal. El animus, como oiremos con más detalle, nos aleja de la realidad, de la vida. Remite al mundo de la muerte, a las «tierras de fantasmas». El estilo y la atmósfera de nuestra preocupación por el animus deben corresponder a esto desde el principio. Por ello, rebato la opinión de Th. Moore de que «a menos que se le dé voz y rostro, el animus sigue siendo abstracto… «23 Se trata de una idea abstracta de la concreción. El animus sólo se vuelve concreto si se le permite mostrarse en la abstracción que es su esencia.

James Hillman, cuando presentó su trabajo sobre el ánima, tuvo que disculparse por querer presentar la fenomenología del concepto de ánima. Tal era el clima anti-intelectual de la psicología analítica de la época. Desde entonces, su libro se ha ganado un lugar en la psicología junguiana. Sin embargo, es probable que la hostilidad conceptual no haya cambiado mucho. Pero en el caso del ánimus, las cosas son diferentes desde el principio que en el intento de describir la fenomenología del concepto del ánima. En este caso no es necesario disculparse, ya que el pensamiento está legitimado, es más, exigido, por el propio tema del animus. Puesto que el animus es logos, espíritu, pneuma, huelga decir que el acceso primario a él debe pasar también por el concepto.


  1. C.G. Jung, CW 10 § 366.

2. C.G. Jung, CW 10 § 488.

3. C.G. Jung, Erinnerungen, S. 149.

4. C.G. Jung, Erinnerungen, S. 143.

5. C.G. Jung, CW 10 § 367.

6. Ebd

7 C.G. Jung, GW 16 § 534. Meine Hervorhebung.
8 C.G. Jung, GW 16 § 396.
9 C.G. Jung, GW 16 § 449.
10 Vgl. C. G. Jung, Briefe Bd. III, S. 148 (an L. Kling, 14.1.58).
11 C.G. Jung, GW 8 § 543.
12 Siehe James Hillman, Healing Fiction, Barrytown (Station Hill) 1983. finden, Zürich (Schweizer Spiegel Verlag, Raben-Reihe) 1986

13 C.G. Jung, »Psychologie und Dichtung«, Vorrede, GW 15, S. 98.
14 C.G. Jung, The Visions Seminars, 2 Bde., Zürich, (Spring) 1976, Bd. 1, S. 2 (meine Übersetzung).

15 Referiert und zitiert nach C.G. Jung, GW 15 § 136-143.

16 C.G. Jung, GW 15 § 148.
17 C.G. Jung, Erinnerungen, S. 335, meine Hervorhebungen.
18 C.G. Jung, GW 18/1 § 627, meine Hervorhebungen.
19 Elijo «Hijo de Dios» en lugar de «Niño de Dios» no para discriminar a las mujeres, sino únicamente por la proximidad explosiva de «Hijo de Dios» al predicado «Hijo de Dios», que de otro modo está reservado solo para Jesús como Cristo.  Quizás también podríamos usar la expresión «Dios hombre».  «Niño de Dios», por otro lado, despierta ideas completamente diferentes e inofensivas.

20 C.G. Jung, GW 15 § 148.

21. Utilizo el término «ontológico» con plena conciencia, aunque sólo le doy una justificación muy preliminar.  Es necesaria en tanto se permanece en la comprensión cotidiana de la psicología como doctrina de ideas y sentimientos subjetivos y se piensa en la extrañeza de una «realidad psíquica» que tiene la misma dignidad que la física.  La expresión «lógico» sería más correcta, pero no es suficiente en este punto y para la conciencia mencionada, porque lo lógico se entiende por esto como «meramente» lógico.  Sólo cuando se ha aceptado la imposición inherente a la «dignidad ontológica» se puede transferir la categoría de lo ontológico a la de lo lógico, por supuesto de tal manera que la imposición no se deshaga.

22 Emma Jung, Animus und Anima, Zürich und Stuttgart (Rascher) 1967, S. 36.
23 Th. Moore, »Animus mundi: or the Bull at the Center of the World«, Spring 1987, hier S. 126.

Del joven rico o el espíritu demasiado cargado

Logos del alma

Quién tiene un dios, una idea o una visión fija del mundo, tiene un tesoro que defender y, sin saberlo, se encuentra atado a aquello que aprecia en demasía. El problema no es la condición de la atadura, pues todos, irremediablemente, tienen un lazo de compromiso con la realidad y se debe cumplir con los votos pertinentes. Más bien, la dificultad estriba en que el objeto idolatrado simula conceder la liberación de este vínculo con la existencia, de cualquier forma inexorable, y sustituirlo así al precio de la neurosis.

En la mitología escandinava es recurrente la imagen del dragón que custodia celosamente el cumulo de su riqueza, misma que se convierte a la vez en su nido y en su tumba, y que está construido sobre la base de su orgullo y de su ambición. El dueño de tal lecho no es libre de abandonarlo y morirá ahí donde yace, esclavizado por aquello que tanto atesora. Es su sentido de posesión lo que lo que encadena.

Tal situación se puede observar en psicoterapia cuando el paciente, a pesar de la aparición en su vida de la dimensión patológica, se sostiene fuertemente de aquello que conoce mejor que nada, es decir, del esquema de conductas, imágenes e ideas, que sin embargo ya son inadecuadas para el momento presente de su existencia y que lo sumergen en un dolor artificial que lo escinde, como sugiere Jung, de aquel dolor original que, gracias a esta estrategia, permanece intacto para la consciencia.

Pero tampoco el terapeuta está a salvo de éste peligro, pues él mismo se atiene a límites dictados por sus apegos teóricos y teme ir más allá de lo que ya sabe. Le resulta temerario explorar otras posibilidades, ir allí donde los mapas marcan el límite del mundo con un “hic sunt dracones”.

Y si lo anterior es complicado, lo es aún más, dar el salto a la negatividad del no-saber para permitir que sea el pensamiento del otro quien se piense, situación que marca el inicio de un entendimiento del logos de la psique. Esto último requiere haberse desatado de toda posibilidad de ser libre y rendir protesta del compromiso inextricable con el mundo, es decir, de empobrecerse para poder dar cabida al huésped que requiere un espacio amplio.

James Hillman hacía hincapié con el concepto literalizar en que las ideologías se configuran a partir del ocultamiento del hecho de que el mundo es una poiesis de las ideas. A diferencia del sentido común que marca una distinción falaz entre el pensamiento y los objetos materiales, realmente la consciencia participa en la construcción de sus objetos, de tal manera que al crearlos se actualiza en ellos y se imagina a sí misma como figuras positivizadas, ésta es la necesidad empírica del alma.

Pero el olvido de este proceso, en donde la imagen antecede a su objeto, deviene en la intrigante contención de dicha imagen en el mismo objeto. Tal inversión es fuente de confusiones que tienen la estructura de fórmulas causalistas anquilosadas. Así, el que sufre una adicción debe ser un adicto, el que comete un crimen ha de identificarse como un criminal y al que le acaece un padecimientos deber ser nombrado de acuerdo al mismo, la idea es, de tal modo, encerrada en aquel objeto positivo sobre el que actúa y así el alma se vuelve positivismo.

Como se observa, la riqueza, es decir la idea literalizada, no es necesariamente escogida, puede ser impuesta por las necesidades sociales, y de cierta manera es un signo de la civilización. Pero es deber de todo individuo diferenciarse de aquello que lo contiene y, por lo tanto, permitir ponerse a la altura del movimiento dialéctico de estas ideas e imágenes que constituyen el núcleo productor de la consciencia.

En Mt. 19:20-24 se cuenta la la historia de un joven rico que quiere ser seguidor de Jesus, pero no se le permite y pregunta contrariado:

«¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.  Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.»

El joven rico interpela por aquello qué le hace falta y se decepciona porque, al contrario tiene demasiado, prefiere cargar con sus posesiones, quiere lo permanente, pero la vida es impermanencia y la dinámica psíquica exige la flexibilidad necesaria para poder atender a las circunstancias desde su propia lógica, y no caer en la tentación de someter al fenómeno al lecho del dragón que también son los esquemas preferidos que se han vuelto rígidos solo por ser los más apreciados.

¿Y qué son las posesiones sino todo aquello que da seguridad y comodidad, aquello por lo que se desea permanecer en un instante? No hay ningún pecado en el goce, pero detenerlo, buscar su conservación, implica la muerte del placer.

¿Y quién es rico sino el que está atado a sus posesiones, a sus saberes, a sus placeres, a sus opiniones, a sus objetos, a sus experiencias y a sus virtudes? Es el hombre bueno, que no puede despreciarse a sí mismo. Ese permanecerá cargado como un animal de carga, dormido en su animalidad y no podrá pasar por la puerta estrecha del espíritu y la verdad.

Animus-Psychologie, Parte 1, La psicología y el Animus, el Animus y la psicología

Traducciones

La legitimidad de la animadversión

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 13 a 22, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Cuando hablo del animus, hablo desde una tradición determinada, la de la enseñanza de Jung. Ninguna otra escuela de psicología profunda o de psicología académica conoce el término animus. Y cuando planteo las cuestiones y los problemas relativos al animus, hablo desde esta tradición. Mis preguntas y reflexiones a este respecto no se producen en un espacio libre. Sin darnos cuenta, nuestro pensamiento se mueve siempre por caminos que él mismo no ha abierto. La tradición, ciertas convicciones básicas metódicas y de contenido derivadas de esta tradición, tal vez incluso algo así como una «concepción del hombre», siempre están ya implicadas, son coautoras silenciosas, por así decirlo, cuando me dirijo al tema del animus. Por eso es bueno ser consciente de ello específicamente. Cuanto más permanezca en la conciencia, más pronto será posible reflexionar sobre algo de las trayectorias por las que se ha movido el pensamiento sobre el animus, y entonces también avanzar en el tema del animus por su parte. Comienzo con algunas observaciones más bien externas sobre los sentimientos, los afectos, la atmósfera y las actitudes que se asocian al tema del animus, ya sea de forma subliminal o más explícita, o que ha traído consigo dentro de la tradición de la psicología analítica.

Lo primero que hay que observar es que el animus es el hijastro de la psicología de Jung. Jung descuidó bastante este tema. Es evidente que no le interesaba por sí mismo. Por supuesto, no descuidó abordarlo y tratarlo -si así fuera, no tendríamos en absoluto el término animus-, pero uno tiene la impresión de que lo hizo más por obligación que por otra cosa: cuando, por ejemplo, en un escrito sobre las relaciones entre el yo y el inconsciente, hablaba de la importancia del anima para el hombre, inevitablemente había que decir algo sobre la mujer y su animus. El ánima recibió una simpatía completamente diferente por parte de Jung. En lo que dice sobre ella, se percibe que tiene vida propia, que también procede de la experiencia personal de Jung, pero sobre todo que el interés de Jung por el tema del ánima y el mundo anímico, los mitos y los símbolos, fluye con toda naturalidad. Los pasajes sobre el animus son más secos y escasos. Parecen más un apéndice a las explicaciones sobre el ánima que un tratado sobre un tema de igual peso y valor.

Incluso desde las plumas de los alumnos de Jung, no se ha aportado mucho sobre el animus más allá de lo poco que dijo el propio Jung. El ensayo de Emma Jung es interesante por sí mismo, y Esther Harding y otros de los primeros estudiantes de Jung también proporcionan resúmenes sólidos, así como algunas adiciones individuales a la fenomenología del animus. Pero, en general, lo que se ha dicho se mantiene totalmente en la línea establecida por Jung. En lo que autores posteriores tenían que decir sobre el animus, el cuadro dibujado por C.G. Jung, Emma Jung, Esther Harding y otros fue en su mayor parte sólo repetido y quizás también algo difundido, revestido de diferentes palabras. Todavía no se ha presentado una monografía exhaustiva sobre el animus, como la que James Hillman ha proporcionado sobre el ánima1. No obstante, en sus escritos hay algunos indicios decisivos para la psicología del ánimus, a saber, cuando examina críticamente la correlación del ánima con el hombre y del ánimus con la mujer (es decir, la naturaleza de sexo opuesto de los dos arquetipos), cuando toca el tema de la sicigia y también se ocupa de la demarcación de las palabras ánimus y ánima, que son idénticas en cuanto a su raíz pero fundamentalmente diferenciadas en su significado psicológico, y, por ejemplo, muestra la conexión entre el ánimus y «el ego».

La crítica a la distribución del ánima y el ánimus entre los sexos, que Hillman había presentado y justificado por primera vez en el marco de una valoración diferenciada del problema general, fue retomada después sobre todo por autoras feministas, con lo que el concepto de ánimus de Jung fue discutido de forma bastante controvertida. Muchas feministas llegaron incluso a rechazar completamente el concepto, negaron la existencia de algo parecido al animus y condenaron la teoría por provenir de un típico prejuicio masculino. Este cuestionamiento del género opuesto de anima y animus y la negación de la validez del concepto de animus en general son las verdaderas innovaciones con respecto a la teoría convencional del animus, probablemente las únicas.

En este punto, la cuestión del sexo opuesto no debería preocuparnos todavía. No quiero entrar aquí en una discusión sobre el contenido del concepto de animus. Por el momento, sólo me ocupo de destacar algunos rasgos formales y afectivos de la teoría del animus, de su posición y estatus en el conjunto de la psicología junguiana y de la cuestión de su base (fundamento) teórica y fenomenológica.

La primera característica llamativa de la teoría del animus fue el escaso interés que suscitó. La segunda es su connotación negativa. El animus, a pesar de todas las afirmaciones posteriores en sentido contrario, tiene mala reputación. La experiencia básica que dio lugar al concepto de animus es el animus negativo. Es la experiencia de la mujer «obsesionada por el animus», es decir, la mujer que tiene opiniones rígidas y dogmáticas que no han «crecido en su propio estiércol», sino que han sido adoptadas «ciegamente» por alguna autoridad, por el padre, por los maestros, por grandes y admiradas mentes adoptadas “ciegamente”, pero sólo como principios muertos, no a la par con la espiritualidad viva que se ha desarrollado en esas personas y a través de la cual únicamente reciben su justificación. En la psicología personal del hombre, el ánima también se hace sentir de forma negativa al principio, a través del capricho. Sin embargo, predomina la valoración positiva del ánima. Aunque se acentúe la peligrosidad del ánima, esto no puede afectar significativamente a la valoración benévola de ella y a la fascinación por ella. Por supuesto, también debe existir un animus positivo. Cuando el ánimus inicialmente negativo se diferencia y desarrolla, cuando el complejo que «poseía» la conciencia de la mujer se ha convertido en una función psíquica a través de la integración en la conciencia, entonces se supone que surge de él una verdadera espiritualidad, pneuma, sentido. Pero uno tiene la impresión de que esto sigue siendo más bien un rumor o una promesa cuyo cumplimiento aún no se ha vislumbrado del todo y, desde luego, no se ha demostrado (documentado) de forma creíble.

Todo arquetipo tiene, como suele decirse, un «lado» positivo y otro negativo. Puede tener un efecto saludable y otro desfavorable. En el caso del animus, sin embargo, el predicado «negativo» parece indicar no tanto uno de los dos estados básicos en los que puede aparecer el animus como que ilumina su reputación general. Por mucho que se sepa teóricamente que también existe un «animus positivo», la palabra animus, pronunciada sola, se asocia involuntaria y tácitamente a la idea del «animus negativo». Para exagerar, es casi como si la formulación «animus negativo» fuera un pleonasmo, un «cuervo negro».

Además de la negligencia y de la valoración negativa del concepto de animus, una tercera característica es la forma mecánica de pensar con la que se opone el animus al ánima. Con cierta automaticidad, al parecer, el animus se deriva del ánima únicamente a través de su inversión en lo contrario. «Puesto que el ánima es un arquetipo que surge en el hombre, cabe suponer que debe haber un equivalente en la mujer, pues así como el hombre es compensado por lo femenino, la mujer es compensada por lo masculino «2. Puesto que el ánima = Eros, el animus = logos. La imagen anímica en el hombre debe (¡!) corresponder a una imagen anímica invertida en la mujer. Del mismo modo que biológicamente el pene y la vagina son contrapartes distribuidas exclusivamente al hombre y a la mujer, así también el ánima y el animus parecen estar distribuidos complementariamente a los sexos. En cierto sentido, sólo hay que cambiar el signo del ánima para hacer de ella un animus. Sólo tiene su esencia a través del contraste con su contraparte, como lugar en un sistema dado. Evidentemente, no se trata de una realidad independiente que se encontraría y sólo tendría que experimentarse gradualmente por sí misma en su totalidad, sino que es más bien como si pudiera deducirse del ánima, ya que, como en el caso del hombre esférico platónico, un todo dado en la idea parece haber sido dividido en sus mitades opuestas y distribuido entre los hombres y las mujeres.

En cuarto lugar, se nota que el ánimus no sólo es tratado más bien de forma negligente como tema de la psicología, sino también que la propia psicología junguiana no está particularmente inspirada y guiada por el ánimus en su estilo de proceder, en lo que subraya y en sus pensamientos. El animus sigue siendo parte integrante de la enseñanza, se localiza en los pacientes y debe ser tratado allí, en ellos, diferenciado y llevado a la conciencia por ellos, mientras que la psicología no asume el desarrollo de su «propio» animus en sus propias acciones y comportamiento. La cuestión es si está en mejores manos en las gmujeres de lo que estaría en la propia psicología, y si las mujeres pueden lograr en absoluto «desarrollar» el animus si la psicología, en cuyo marco se supone que tiene lugar el desarrollo, no ha realizado ella misma esta tarea y sigue rechazándola.

Y rechaza esta tarea. El animus, por mucho que podamos decir antes de entrar en la investigación propiamente dicha, tiene algo que ver con el logos, es decir, con la lógica y el pensamiento. La psicología junguiana, sin embargo, lo tiene difícil. Cultiva sobre todo la imaginación (además del sentimiento). Se ocupa de imágenes, mitos y cuentos de hadas, fantasías, en definitiva, de lo imaginario. Las imágenes tienen significado para ella, pero el significado no debe pensarse, adquirirse de un modo estrictamente pensante que no rehúya el trabajo conceptual disciplinado, sino que debe «mirarse» en las propias imágenes y «experimentarse» o «vivenciarse» mirándolas, y en parte debe «realizarse prácticamente» en la vida real. Pensar en psicología es impopular, incluso está mal visto. El pensamiento es condenado como «meramente teórico», como puramente «intelectual». No es de extrañar que el animus, por su parte, salga tan mal parado en psicología. Porque, entre otras cosas, también nos exigiría el trabajo extenuante y renunciatorio de pensar. Pero, ¿quién quiere asumir este trabajo? Es mucho más agradable mirar imágenes (simplemente mirarlas y experimentarlas con sentimiento), desarrollar ideas y, en la teoría psicológica, recorrer ideas y sentimientos sin tener que entrar nunca en el proceso de pensar. A menudo, incluso la actividad de desarrollar ideas y tener ideas y justificar ideas a través de otras ideas se considera pensamiento. Pero si el concepto de pensar en psicología ya es confuso, ¿cómo puede apreciarse adecuadamente el animus, como figura arquetípica a cuya competencia pertenece el pensar?

Si el animus es tan controvertido que su existencia puede ser negada rotundamente, aunque sólo sea por algunas feministas radicales, por no mencionar el hecho de que ninguna otra escuela de psicología ha tomado nota o incluso adoptado el concepto de animus, la cuestión de la legitimidad del concepto de animus se hace urgente. No tiene sentido querer investigar algo si tal vez sólo sea un fantasma, un producto de la imaginación junguiana, al que nada corresponde en la realidad. Antes de abordar seriamente la cuestión del animus, debemos tener en cuenta el hecho de que la palabra animus se refiere a algo y no a nada. De lo contrario, toda la empresa podría ser un juego autocomplaciente y encerrado en sí mismo, sin ninguna referencia a la realidad. Lo primero que tenemos que hacer es proporcionar una especie de prueba del animus, una prueba de la existencia del animus.

Esto nos plantea las siguientes preguntas. ¿De dónde sacamos el término animus? ¿En qué se basa? ¿De dónde sacó Jung su concepto del animus? ¿O basta con remitirse simplemente a Jung como autoridad e, independientemente de lo que le haya podido dar derecho a hablar del animus, partir sin más de la doctrina existente sobre el animus? ¿Cuál es el criterio para abordar ciertas experiencias e imágenes en el sueño y el mito como manifestaciones del animus?

En la teoría de la enfermedad se ha planteado la cuestión de la realidad de la enfermedad, la cuestión de la «unidad nosológica». ¿Es el animus en este sentido una «unidad psicológica», una entidad existente real, un complejo o una función? Esa sería la variante realista desde el punto de vista de la disputa universal medieval. ¿O es «animus» sólo nominalmente una designación como moneda de uso corriente para aspectos meramente recortados de la multiplicidad de la realidad según los puntos de vista pragmáticos humanos, es decir, más o menos arbitrariamente, un medio práctico de comprensión (una etiqueta), sin poseer una realidad propia, del mismo modo que el dinero es un medio práctico con el que es mucho más fácil pagar que con huevos, pollos, cerdos, vacas o sacos de maíz, del mismo modo que el dinero, al menos el papel moneda y el dinero de plástico, ya no posee un valor sustancial propio. En otras palabras, ¿tiene el animus un «esse in re» o sólo un «esse in intellectu»? ¿Existe el animus en la psique del mismo modo que el corazón, los pulmones o el estómago en el organismo? ¿De dónde sacamos el derecho de escoger algunos de los fenómenos y decir: eso es animus, y de dónde sacamos el derecho de hablar de «el» animus en absoluto?

Está claro que apelar a la autoridad de Jung no puede bastarnos. Entonces seguiríamos en la Edad Media. Debe sernos comprensible cuál es la base del animus en la realidad. Es habitual apelar a la experiencia empírica o fenomenológica. Esta experiencia, a su vez, puede basarse en dos cosas: el comportamiento del organismo o personalidad, o los productos pictóricos elaborados por la psique. De ambos ámbitos, que no se tratan aquí por separado, se desprenden algunos fenómenos que se asignan al animus. 1. En el comportamiento de los seres humanos, se encuentra la obstinación en sostener y representar opiniones, que suele considerarse la primera manifestación (negativa) del animus. 2. En los sueños, en la mitología, en las leyendas, etc., existen figuras típicas que se supone que tienen carácter de animus, como la figura del «amante en la sombra». 3. También en la mitología y en la filosofía natural metafísica hay parejas, una de las cuales, la masculina, se supone que representa el animus, la femenina el anima (parejas de dioses, conceptos como netkos y philia en Empédocles, yin y yang en la filosofía china). Pero la apelación a la fenomenología no nos ayuda realmente. Parece dar al concepto de animus una base real, pero no más que una base. Porque estas imágenes y figuras, así como el comportamiento anímico, no aparecen con un cartel en el cuello que diga: soy un fenómeno anímico. Al contrario, seguimos siendo nosotros los que elegimos estos fenómenos particulares de entre toda la plétora de fenómenos y les atribuimos que pertenecen al animus. La cuestión de qué derecho tenemos a hacer esto sigue abierta.

Es cuestionable partir directamente de la «experiencia empírica» y tomarla como base. El gran problema del empirismo es que entonces uno tiene sus presuposiciones detrás. La implicación de la propia psique en ver lo que luego se encuentra fuera permanece oculta. Aunque Jung se presentaba repetidamente como empirista, no era tan ingenuo como para no ver estos problemas. Comprendió «… que las ciencias naturales en particular se esfuerzan por presentar los resultados de sus investigaciones como si hubieran surgido sin la intervención humana, es decir, la indispensable participación de la psique permanece invisible.» 3 Jung también fue capaz de aplicar esta perspicacia a sus propias hipótesis, que consideraba demostradas empíricamente, y así hablar de una hipótesis, por ejemplo, «que ciertamente procede de mí mismo -aunque imagine que la he encontrado a partir de la experiencia «4. El concepto de animus no procede de la experiencia. Si el animus se encuentra fuera, en el material empírico, procede ya del ver que lo encuentra. Así que nada está «probado» en absoluto. La apelación al empirismo es circular, una petitio principii. Siempre es necesario un concepto preliminar del animus para identificar determinadas imágenes y modos de comportamiento como manifestaciones del animus.

Existe una segunda vía para legitimar las herramientas psicológicas que utilizamos. Esta vía, por lo que veo, sólo ha sido tomada por Jung y es una vía verdaderamente psicológica. El hecho de que Jung reconociera y siguiera este camino le distingue como psicólogo. La idea básica aquí es que en la teoría psicológica sólo se pueden utilizar términos que procedan de lo que Jung llamó el «consensus omnium» o «consen sus gentium». Los términos deben ser validados por la tradición. Así, Jung fundamentó el concepto de libido en las nociones arcaicas de «energía» que se dan «por doquier» en el mundo (mana, wakanda, churin- ga, manitu, etc.), el concepto de «arquetipo» a partir del uso de este término en la filosofía antigua (Academia platónica, Agustín, etc.), y para sus conceptos tipológicos de extraversión e introversión, pensamiento y sentimiento, se inspiró en una tradición ampliamente expuesta en su libro sobre los tipos, desde los Padres de la Iglesia, pasando por la Escolástica y la polémica de la Última Cena de Lutero y Zwinglio, hasta Schiller, Nietzsche e incluso autores más modernos.

Es importante darse cuenta de que Jung no hizo esto sólo ni principalmente con intenciones históricas. Más bien, estas explicaciones históricas tienen un sentido sistemático: sirven para fundamentar (legitimar) sus conceptos. Esto resulta ciertamente desconcertante para quienes se orientan hacia la ciencia moderna. ¿Qué información sobre la legitimidad de los términos que se van a utilizar en una ciencia puede obtenerse del hecho de que términos análogos ya hayan sido utilizados por otros y en otros lugares? En el pasado se utilizaron todo tipo de términos abstractos que nuestra ciencia ya no puede utilizar porque acaba de refutar su legitimidad (por ejemplo, éter, música de las esferas). Y, sin embargo, Jung ha dado al menos en la diana con este intento de justificación. Sólo hay que recordar que se trata de conceptos psicológicos. La justificación de los conceptos psicológicos sólo puede tener lugar con referencia a la fenomenología del alma misma. Esta es precisamente la base del intento junguiano de fundamentar los conceptos en una tradición. El alma misma siempre se ha articulado en la tradición. Si los conceptos de la psicología se obtienen de las automanifestaciones del alma, es evidente que no se le aportan desde fuera y desde una posición arbitraria. La psicología se atiene a lo último. Refleja su objeto de forma inmanente. Se deja dar sus categorías, con las que quiere observar la vida del alma, a partir de la vida ya visible y comprobada del alma misma. Sin embargo, dado que todos los conceptos proceden de la psique, sigue siendo importante ver si los conceptos tienen una cierta universalidad según la edad y la distribución mundial, porque de lo contrario alguna manifestación extravagante e inusual del alma podría elevarse a categoría para la vida del alma en general. De ahí el criterio del «consensus gentium».

Ahora, por supuesto, el «animus» no está probado por la tradición. «El» animus no existe. Se trata de una creación junguiana con hábil recurso a las palabras latinas anima y animus, palabras latinas de la lengua normal, ojo, y por lo general en absoluto términos de significación terminológica, como es el caso de Jung. El hecho afortunado de que en latín la palabra alma se presente en dos formas fonética y gramaticalmente sólo ligeramente diferenciadas, a saber, una masculina y otra femenina, obviamente le vino a Jung perfectamente para poder expresar su teoría de un ánima del hombre y un ánimus de la mujer con sus opuestos complementarios. Pero esta teoría no está amparada por la tradición y el consensus gentium. Hace unos años, Thomas Moore presentó un estudio detallado de la palabra animus en latín.5 Aparentemente creía que del uso lingüístico de la palabra animus en latín podía derivar el concepto de animus tal y como se denomina en la psicología junguiana. Incluso dio con un «animus mundi», que era la contrapartida del «anima mundi» que se conocía desde hacía tiempo, sobre todo por los estudios alquímicos de Jung, y que indicaba que el animus tenía una dimensión cosmológica más allá de su papel en la psique personal.

Pero esta investigación no es convincente. Sigue sin resolverse el gran problema de hasta qué punto el uso de la palabra animus en la lengua latina corriente puede utilizarse para «el» animus en sentido terminológico. Cuando el psicólogo habla de anima y animus, ¿existe una identidad real o al menos una continuidad con los términos latinos que iría esencialmente más allá de la equivalencia de palabras? Del mismo modo, queda sin responder la pregunta de hasta qué punto la elección de la palabra animus en lugar de anima en ciertas frases latinas podría ser accidental (quizás anima podría haber estado ahí perfectamente) y hasta qué punto es significativa. En alemán, uno puede reflexionar sobre algo en su «corazón», en su «mente», en su «pecho», en su «seno», en su «sentido», en su «espíritu» o en su «conciencia». Ciertamente, cada una de estas palabras tiene asociaciones diferentes y se asocia a distintos tonos de sentimiento. Pero en determinadas frases podría utilizarse una u otra palabra con más o menos igual justificación y significado. Sobre todo, no tendría que referirse necesariamente a una cosa distinta en cada caso, a un órgano diferente del alma, por así decirlo. Sospecho que del mismo modo el latín anima y animus podrían utilizarse indistintamente en muchas frases sin demasiada pérdida de sentido, a pesar de todos los matices de significado, y sobre todo de que no siempre se trata de dos «órganos» o «funciones» psicológicas diferentes. Esto me parece muy claro en el caso del animus mundi tomado de Ficino, que evidentemente no se refiere a un segundo factor del mundo paralelo al anima mundi, como supone Moore, sino que es sólo otro nombre intercambiable de anima mundi. Pues Ficino utiliza a menudo ambas formas lingüísticas en un mismo párrafo para una misma circunstancia sin ninguna diferenciación aparente de significado, al igual que, por cierto, las formas simples anima y animus. Anima y animus pueden ser, pues, sinónimos en sentido estricto, sólo que con una pequeña diferencia formal, del mismo modo que en el siglo XVIII todavía era posible decir «el conocimiento» y «la cognición» en el mismo sentido.

No parece haber ninguna justificación externa (filológica, biológica, empírica) para el término animus. En realidad, no podemos vincularlo a nada y liberarnos así de nuestra propia responsabilidad por este término. El concepto no puede estar asegurado por ninguna justificación extrapsicológica (autoridades, empirismo, fenomenología, tradición). Tampoco nos es posible referirnos a la oposición de género y a los genes, ni mucho menos a ningún tipo de inspiración o iluminación. Más bien, nos vemos abocados a nosotros mismos, a nuestro propio pensamiento. Tenemos que mostrar nuestros colores nosotros mismos, mantener la cabeza en alto, por así decirlo. El animus de Jung es una intuición, una visión, un pensamiento. Su justificación depende de nuestra capacidad para pensar el animus. La pregunta debe ser: ¿se puede desarrollar un concepto a partir de lo que había en la intuición de Jung, a partir del cual se pueda desarrollar lo que debe pertenecer a la fenomenología y al carácter del animus como internamente coherente y con el que al mismo tiempo también se comprenda algo, algo de la vida del alma?

Tenemos que asumir la idea junguiana del animus, tal como se presenta inmediatamente, en su incertidumbre y falta de fundamento, y desplegar coherentemente (rigurosamente) lo así asumido. Debemos soportar ya la falta de prueba empírica, la falta de toda justificación externa. Precisamente en esta incertidumbre acerca de la justificación del concepto de animus debemos perseverar, detenernos en su falta de fundamento, en lugar de ponernos en marcha debido a la incomodidad causada por tal incertidumbre y terminar abruptamente, por ejemplo, decidiendo en contra de todo el concepto. No nos ayuda preguntarnos: ¿existe el animus, es correcto o incorrecto lo que Jung enseñó? No podemos obtener ninguna ayuda del exterior. Tampoco podemos refugiarnos en ningún argumento traído de fuera, ni a favor ni en contra. El animus no nos lo pone tan fácil. Más bien, tenemos que seguir el pensamiento de Jung en nuestro propio pensamiento, ampliarlo, profundizarlo, radicalizarlo, porque sólo en nuestra culminación del pensamiento puede quedar claro si la «verdad» y la «autoridad» son inherentes a él o no, y si nuestro pensamiento tiene poder o no. Necesitamos el valor de utilizar conceptos, de pensar por nosotros mismos. ¿De qué otra forma se supone que el Animus, que se supone que es el Logos, va a demostrar su existencia si no es mediante el pleno esfuerzo del concepto por nosotros mismos? Sólo lo semejante puede reconocer lo semejante.

El animus sólo puede justificarse como experiencia propia de sentido. Yo mismo debo haber captado el significado de «animus» y el significado o coherencia de la diferencia entre anima y animus y desde el centro de este concepto desarrollar o juzgar todo lo demás – y luego defenderlo. El animus es sólo una aproximación (mental) (que proviene de «setting»). No se me permite evitar las imágenes desde el principio. Pues el espíritu nunca es algo parecido a una cosa existente y visible. No es un fenómeno del fin del ser. Los fenómenos e imágenes existentes sólo pueden ser siempre una base para enunciar el animus, nada más. Y sólo a partir del significado ya experimentado y comprendido de «animus» pueden seleccionarse las imágenes mitológicas que son realmente relevantes para él y éstas pueden convertirse en la base para la discusión del animus.

Por lo tanto, el recurso de Jung a la solución de Abälard del problema de los universales a través de la idea de esse in anima6 también me parece problemático. Depende mucho de cómo se entienda. Si uno toma como base la comprensión obvia de esta fórmula, que los universales tienen un ser en el alma en el mismo sentido de ser que está presente en «esse in intellectu» o «esse in re», entonces uno podría y tendría que persistir en la búsqueda, uno podría, por así decirlo, esperar tranquilamente a ver si y cómo el animus «se muestra a sí mismo», por ejemplo, como una imagen en un sueño. Sería un objeto (imaginal), exterior, frente a nosotros. Con el anima esto puede ser apropiado: anima habet «esse» in anima, el alma tiene un ser en sí misma, en el alma, y siempre es también el arquetipo de la ontologización. ¿Pero el espíritu? ¿»Es»?


1. James Hillman, Anima. An Anatomy ofa Personified Notion, Dallas (Spring Publications) 1985.

2. C.G.  Jung, GW 9/II § 27. Jung, por supuesto, agrega: “Con esta consideración, sin embargo, no quiero dar la impresión de que estas relaciones de compensación fueron deducidas”.

3 C.G. Jung, GW 10 § 498.

4 C.G. Jung, GW 4 § 778.

5. Thomas Moore, »Animus mundi: or the Bull at the Center of the World«, Spring 1987, S. 116- 131.

6. Anima aquí = alma en sentido general, no específicamente: el ánima.

La banalidad de los muchos acontecimientos

Logos del alma

James Hillman distinguía entre la ocurrencia de los acontecimientos y el acto profundo de psicologizar o transparentar. En la obra de este autor transparentar significa permitir que el carácter único de las imágenes de la psique se exprese de forma abierta al interiorizar a través de la reflexión a la imagen en su propia naturaleza arquetipal.

A diferencia de otros junguianos, para Hillman el arquetipo no existe como un deux ex machina fuera del fenómeno, que funciona como un subterfugio para evadir su naturaleza ontológica. En cambio, el arquetipo no es un sujeto adyacente a la psique sino una propiedad de la imagen, la metáfora raíz hacia donde se dirige por medio de la epistrophe.

Por la razón esbozada, el destino de la imagen es profundizar dentro de sí misma con el único propósito de seguir haciendo alma, porque la psique es el camino que se construye en la poiésis de la imagen, en su continua destrucción y transformación sobre la base de su representación empírica.

La labor psicológica no trata, por consiguiente, de escapar de la lógica del fenómeno que acaece, sino en quedarse en su presencia y permitir que ésta haga su obra en el corazón de sí misma. Por eso, el psicólogo no puede darse el lujo de querer mejorar o curar al síntoma pues comprende que éste tiene todo lo que necesita en sí mismo y es ya su propio destino. El trabajo psicológico, así entendido, consiste en atender al dios que se presenta y brindarle la hospitalidad requerida.

Por ello, es la hospitalidad del hombre un elemento crucial para poder convertir el acontecimiento en una experiencia del alma. Está no pide vivir emociones de manera estridente o continua, ni recrearse en la sentimentalidad de los momentos, en contraste necesita permanecer en un único acontecimiento y guardarlo dentro de sí para elaborarse a sí misma través de su contingencia.

De esta forma, no es importante el numero de vivencias que se tengan, ni la cantidad de acontecimientos a los que se asistan, pues lo que el alma requiere es la transmutación de éstos en experiencias profundas, esto es, la interiorización de fenómeno en su naturaleza arquetipal como idea.

Borges solía recomendar leer pocos libros y sobre todo acudir a los autores originales, quizás no se les entendería en un inicio pero se escucharía la voz genuina del texto. Por supuesto, Borges era un gran lector por su amplio bagaje cultural, pero sobre todo porque era capaz de sumergirse en la idea presente y desentrañar su envoltura para desplegarla de forma erudita, donde esta erudición correspondía, más que al autor, a la propia idea revelada.

Así como en Borges es la idea la que se expone, también el psicoterapeuta tiene el compromiso hacia el texto sintomático de permitir que éste sea quien se construya a sí mismo en el diálogo con el paciente. Es entonces que la narración de hechos en el consultorio se convierte, si es el alma quien guía el trabajo, en un camino alquímico que transmuta en experiencias a los acontecimientos.

En cuanto a la formación del psicólogo, es importante que sea variada y profunda, y que él mismo haya experimentado la vía del hacer alma, pero en esa senda es debido tener cuidado con los muchos acontecimientos, porque si el psicólogo acumula sucesos como sucedáneos del verdadero opus anímico creerá, en consecuencia, que la plétora de horas de práctica terapéutica o las innumerables formaciones a las que ha asistido justifican su labor.

Pero como Hillman afirma, ni la intensidad de un suceso ni su variedad, tienen que ver con el acto de la reflexión psicológica, al contrario estos elementos a menudo apuntan a la evasión ante la presencia del dios vivo en el fenómeno y una larga práctica configurada como una huida ante la ocurrencia del alma, estará, seguramente, cargada de casos “exitosos”, pero nunca habrá formado experiencias anímicas de ellos, porque será el individuo (paciente o terapeuta) quien viva esos acontecimientos, cuando la premisa de una psicología con alma es que las experiencias solo pertenecen al verdadero sujeto psicológico.

No es significativo asistir a muchos acontecimientos, ni viajar a muchos lugares, ni leer muchos libros, ni hacer mucha terapia, ni estar en muchas formaciones, ni conocer a muchas personas. Lo demasiado oculta que el verdadero deseo del alma es hacerse a sí misma, en un solo fenómeno, en un solo libro, en una sola sesión, siempre un paso a la vez, en una senda que no va hacia ningun lado, pero donde en todo momento ya se ha llegado a la meta.

Acontecimientos y experiencias

Logos del alma

Es una característica de nuestra época la creencia de que el sujeto debe sumergirse en una gran variedad de acontecimientos para nutrir su identidad. Se ha vuelto común desear presumir la plétora de vivencias que nos acontecen día con día y terminar agotando la experiencia en la manía delirante por dar testimonio de lo que se ha vivido, olvidando con ello el acto mismo de vivir, que en principio es misterioso e irrepresentable.

El impulso por exhibir aquello que ha acontecido resulta en la exhibición de la propia vivencia, en su transformación en una imagen inerte sobrecargada de sentido, donde su dinámica se ha consumido en la consecución del objetivo técnico de despojar a la realidad de su naturaleza negativa y sustituirla por una forma positivizada, por ejemplo la de la imagen digital. Así, es de lo más normal el acto de grabar con la cámara del teléfono móvil cualquier acontecimiento advertido para poder darle el estatus de algo realmente ocurrido, pareciera que la realidad tuviera que pasar por el filtro de la pantalla para ser real.

Si un individuo de otra época observara el ritual cotidiano de fotografiar al mundo, quizás pensaría que las personas esgrimen la pantalla como una defensa contra el objeto que temen, que no se atreven a mirarlo de manera directa. Las culturas ritualistas sobrevivientes sospechaban de la fotografía porque pensaban que en ella su alma sería aprisionada, y si se entiende al alma no como una sustancia metafísica sino como un modo de ver y como el acto de construir imágenes en constante movimiento dialéctico, entonces una imagen fija es lo prolongación perversa de un instante al que se le ha despojado de su carácter contradictorio. El anima móvil ha sido abstraída y congelada en el instante efímero.

Pero el mundo nunca ha sido verdaderamente visto de manera directa, la mirada no es un canal de reproducción fiel de lo que se observa, al contrario el ojo imagina lo que ve, porque en sí mismo el acto de ver es un proceso productivo del alma como vida lógica, ella crea la realidad que también es. El mundo no existió hasta que pudo ser visto, antes de ello, contenido en sí mismo, no era operativa la distinción entre lo cerrado y lo abierto. Una vez que la consciencia se observa a sí misma, puede entonces existir la noción de contención, al mismo tiempo que emerge el concepto de apertura.

En este periplo es el objetum, aquello que es arrojado enfrente, de quien, en el mismo acto de proyectar, el sujeto obtiene su identidad, por lo que se puede comprender que tanto el sujeto como el objeto se realizan a la vez. No es que exista un sujeto que observa un objeto, más bien, ambos ocurren a la par y el mismo hecho de lanzar adelante al otro crea el espacio negativo de relación, un claro de significado que permite la reflexión en lo semejante y, en consecuencia, la experiencia de la mismidad. El individuo solo puede serlo porque sabe que hay un mundo que se le contrapone y que le niega.

Por ende, el acto de abstraer la realidad en una imagen técnica y condenarla a la positividad implica realmente la desrealización de la realidad, al sustraer de ella el matiz negativo de su presencia ontológica se le convierte en algo solamente evidente, sin un secreto que lo contenga, fijo en su transparencia y servil a un objetivo puramente tecnológico. Los antiguos mitos temían el retorno del caos, es decir, de la indiferenciación de lo creado, de la degradación del cosmos y del regreso de lo titánico. Parece ser que la imagen técnica representa la sumersión en el pléroma de una dimensión particular de la consciencia con un propósito que solo será claro en su devenir, pero que por el momento amenaza la lógica de un estadio del alma que posiblemente ya ha sido irrelevantificado.

Por supuesto que la invención de la fotografía no es actual, pero nunca como hoy, hubo un fervor tan manifiesto por transmutar las imágenes acaecidas en objetos positivos de forma masiva. Incluso las fotografías físicas se han mudado de modo inevitable a un cuerpo digital, han mutado en pura información. En esa transformación de lo real en datos se asiste a un proceso que comenzó hace milenios en el corazón de la consciencia y de la cual inadvertidamente se participa por medio del continuo error de tomar los acontecimientos por experiencias.

La confusión entre acontecimientos y experiencias ha contribuido a este proceso cada vez mas urgente de sustitución del mapa por el territorio. James Hillman advierte que lo que acontece es algo vacío, inservible para el hacer alma si esto no pasa por el filtro de la psicologización de la vivencia, es decir si el alma no guarda dentro de sí misma la verdad realmente vivida y permite que ésta se realice en la reflexión sobre el mundo, entonces lo acontecido permanece como un elemento externo a la experiencia. En cambio, la experiencia requiere de la interiorización del acontecimiento dentro de sí mismo, su enfrentamiento reflexivo con el espíritu de la contradicción también llamado: «la sombra».

Esa es la razón por la que vivir demasiadas experiencias no determina la calidad anímica de las mismas, pues no se trata de la cantidad de acontecimientos a los que se acudan sino cuánto de ello ha sido reflejado en sí mismo para permitir que el acto meditativo de la propia alma suceda y que el pensamiento pensado en el fenómeno se exprese de manera autentica. Pero las personas tienen la ilusión infantil de que experimentar algo es igual a sentirlo, y se buscan entonces las emociones profundas y estridentes para que sean testimonio de que algo ha sucedido.

Las adicciones, por ejemplo, tienen en su núcleo el deseo contemporáneo de sentir más, de aturdirse con las sustancias psicoactivas que posibilitan al ego moderno el deshacerse de las amarras que lo constriñen a la angustiante realidad que le configura como liberado de su ancla metafísica. El adicto utiliza herramientas rituales y mistéricas, que en otros tiempos permitían el sostenimiento del cosmos, para abstraerse de su propia existencia moderna y morar así en la idealidad del pléroma. Pero el sentir es un placer que requiere de dosis cada vez más pronunciadas y esta ansía interminable se estructura como el esquema adictivo del hombre en busca del sentido.

No obstante, la necesidad de abstracción del contexto anímico no es particular de las adicciones, ocurre en toda acción que se alimente de la repetición de estímulos placenteros que tengan la función de liberar momentáneamente al individúo de la ansiedad. Por lo tanto, la lógica de la adicción coincide con el proceso de desrealización del mundo por medio de la proliferación de los acontecimientos en demérito de la profundización de las experiencias.

Por todo ello, es usual que las personas hablen constantemente de sus muchas vivencias, que muestren los cientos de lugares que han visitado, lo miles de libros que han leído, la variedad de musica que han escuchado, los muchos rituales a los que han acudido, los cursos y posgrados que los respaldan y las horas de terapia que han llevado a cabo. Son como el rico que no pasará por el ojo de la aguja pues están demasiado cargados de acontecimientos, de emociones que no han sido interiorizadas para abrirse a sus conceptos. Han escapado de la experiencia por medio de la repetición inocua de lo emocionante.

La actividad ingente se evidencia como una estrategia más de la neurosis de los tiempos presentes que sirve para evitar el proceso de psicologización de los acontecimientos. Jung decía sobre la religión institucional que ésta es muchas veces un lugar para poder escapar del dios vivo, así la preocupación desmedida por la actividad psicoedificante, que colecciona procesos terapéuticos, horas de clase o sesiones de rituales místicos, sirve para poder huir cada vez mejor de la realidad del alma, cuyo hacerse a sí misma no ocurre en la opulencia emotiva sino en aquellos corazones que libres de la inflación psíquica están dispuestos a despojarse de toda carga y a desvanecerse en la presencia del otro que también son.

No hay mucha diferencia entre el impulso adictivo por fotografiar lo que se come o a donde se viaja, el deseo de dosis más intensas de diversas drogas y la compulsión por sustituir la vida con actividades egoedificantes de crecimiento personal, la noción que se despliega en esas labores es el esfuerzo de hacer permanecer los acontecimientos como solo acontecimientos, despojándolos de su matiz dialéctico y sustituyendo así el proceso generador de experiencias. La visión del sujeto permanece únicamente como anima sin permitirse ser penetrada por la lógica de su animus, no se consiente la conuntio del fenómeno.

En estas diversas maneras se intenta evadir la poiésis de la existencia, la cual nunca es complaciente con sus sujetos y se manifiesta de forma regular como dolor, angustia y desesperanza, pues el hombre es solo un puente y el alma quema los caminos que ya ha recorrido para poder conservarlos como sus recuerdos, es la labor humana permanecer en el ardor de esa experiencia.

Vida y muerte en análisis

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 179-190

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

En nuestra charla de esta tarde, no seré cuidadoso en el uso de los términos relativos al análisis. Si tuviera cuidado, tendría que definir el análisis; pero ustedes saben mejor que yo que no tenemos una definición única que sea aceptable para todos los que trabajamos en este campo. Tiene que ser así, porque cuando estamos trabajando, hacemos muchas cosas y somos muchas personas. Puedo estar dando terapia o consejo, enseñando, aconsejando, analizando, interpretando, dirigiendo la conciencia, cuidando el alma, reaccionando, no reaccionando, interactuando, no interactuando, etcétera. 

Sólo podríamos definir el análisis si supiéramos lo que estamos haciendo; pero no sabemos lo que hacemos, y nunca podremos saberlo, ya que se trata de una actividad como pintar o escribir poemas en la que el inconsciente interviene continuamente y nos impide un conocimiento consciente que pueda formularse en definiciones.

Sin embargo, considero que mi principal tarea como analista, y en particular como junguiano, es involucrarme con este lado inconsciente que impide mi claridad y mi conocimiento. ¿Qué quiero decir con esto? ¿Qué es el lado inconsciente de la psique de la persona? ¿Nos referimos a un estado de inconsciencia como el sopor o el coma? ¿O nos referimos a un tipo de comportamiento altamente cargado de afecto, o justo a su opuesto, habitual y, por tanto, irreflexivo e inconsciente? ¿O nos referimos -y creo que es así como tenderé a ver el término- a una región hipotética, una descripción topológica, una sección del ser humano que está fuera de mi conciencia pero que actúa a través de mis acciones, piensa dentro de mis pensamientos, motiva mi voluntad, afecta a mis sentimientos y, sobre todo, a través de complejos y fantasías influye en mi imaginación y en mi forma de percibirme a mí mismo y al mundo?

Así que es en estos complejos de fantasía, en estas partes míticas de la persona, en las que se centra principalmente mi atención cuando hago el análisis. Me interesa menos el informe diario del caso: las peleas con su mujer y los problemas con su hijo, y los síntomas que aparecen, desaparecen y reaparecen: las interacciones personales. Oh, sí, están ahí, en primer plano, por supuesto, y nos presionan todo el tiempo. Pero yo busco el fondo; no la historia del caso y su progreso, sino la historia del alma en su proceso. 

O podría, de otro modo, decir que el análisis es una preocupación por la transformación de la personalidad; y «personalidad» significa aquí un recipiente o una gran máscara como la que llevaban los personajes o actores griegos en el drama, y a través de la cual habla el dios. La máscara no es algo que me pongo para encontrarme con los rostros que me encuentro, sino que sería el papel necesario que uno desempeña, el troquel en el que uno es arrojado o el papel que uno interpreta, para que la voz del dios dentro del alma, dentro de la psique, pueda realmente hablar; y a través de esta fuerza de lo divino dentro del alma, la personalidad es forzada a existir como portadora de algo más allá de sí misma.

Ahora bien, la historia anímica de la personalidad se revela principalmente a través de los sueños, que suelen girar en torno a ciertas experiencias o themata; y dejan fuera áreas enteras de la vida recordada de una persona, de su biografía. Por ejemplo, supongamos que de niño pasé seis veranos en un campamento, y durante veinte años de registrar mis sueños nunca soñé nada de esto. O que tengo catorce primos, y sólo he soñado con uno de ellos en todos esos años; o que he viajado por muchos países, y sólo tres o cuatro de ellos vuelven una y otra vez como temas de mi mitología interior, mientras que otros son descartados sin más. Que mis sueños siguen centrándose en ciertas personas, lugares, escenas y colores, retejidos y entretejidos en una mitología de mi propia alma. Esta es la diferencia entre la historia de mi caso exterior y la historia de mi alma interior. 

Parece que la vida, o la historia exterior del caso, está cada vez más dirigida desde dentro por la historia del alma. Cuando las cosas importan, es por el aspecto interior. Este aspecto interior de la experiencia, el sentimiento de que es mía e importante, y de que tiene algo que ver con mi destino; de que incluso puedo tener un objetivo moral e inmortal que concierne religiosamente, y no sólo un suceso o un accidente (aunque los accidentes pueden ser muy importantes) -esto es a lo que me refiero como sentido del alma.

Naturalmente, las cuestiones de la vida y la muerte serán de gran importancia para este sentido del alma. Y parece que cuando uno llega a este punto en el análisis o en una charla profunda con otra persona -y ciertamente no tiene que ser en horas de oficina y las charlas analíticas profundas no sólo tienen que ocurrir con analistas- esas cuestiones surgirán en una charla profunda. Estas cuestiones del alma y su destino y el problema de la muerte surgen. Surgen de otras maneras mucho antes de que estemos abiertos a este tipo de debate. 

Pero antes permítanme una observación: Estas conversaciones profundas no tienen un sentido académico o filosófico. No hace falta haber leído a Platón sobre la inmortalidad del alma para llegar al alma y su preocupación religiosa, su preocupación por la moralidad. No hace falta dedicarse a la filosofía y tener ideas profundas que se han sacado de otra parte. Todos moriremos y todos hemos estado con la muerte de una forma u otra. Y en estos niveles profundos del alma, todos estamos en comunicación, aunque nuestra historia individual de clase, color, religión, educación, etc. nos mantenga alejados. En el nivel del alma, todos somos iguales y todos podemos hablar. En los niveles conceptuales, podemos diferir, pero no en los niveles simbólicos, ni en los niveles de la fantasía y el mito. No nos diferenciamos en este nivel de otras épocas de la historia y de otros pueblos que también estaban implicados como nosotros en este nivel del alma, en cómo vivir y cómo morir; y por qué vivimos y por qué morimos; y qué ocurre en la muerte y después de la muerte; y cuál es la relación entre vivir y morir. Es sólo nuestra jerga clínica y nuestras conceptualizaciones académicas y nuestros términos sociológicos y nuestro ridículo orgullo antihistórico lo que nos separa de la otra persona. No es el cliente el que no es apto para la terapia porque no tenga el nivel educativo, sino que es el terapeuta el que no es apto porque no tiene el nivel simbólico. 

Las cuestiones de la vida o la muerte, o lo que podríamos llamar las cuestiones filosóficas, las cuestiones de sentido, son centrales y vitales para el alma. Éstas han sido siempre las principales cuestiones de la psique en todas las culturas y en todas las épocas. Por lo tanto, puede decirse que las cuestiones de la vida y la muerte son la principal preocupación del alma. Su otra cara, su otra preocupación principal, es, por supuesto, el amor; el contexto de la vida humana y la conducta de la vida humana entre los humanos. Pero esta otra preocupación principal del alma -el amor, por darle un nombre- no es separable de las cuestiones de la vida y la muerte.

El alma tiene, pues, al menos dos caras: la espiritual y la erótica; una cara de sentido y otra de amor. Ambas están entrelazadas, de modo que si una resulta dañada, la otra sufre. Si hemos perdido el sentido, si la vida y la muerte no se mantienen unidas en una filosofía o una Weltanschauung, entonces el amor no funciona; y si hemos perdido la conexión con el amor, el sentido se desmorona.

Estas cuestiones de la vida y la muerte surgen de forma natural en el análisis, no sólo porque sean cuestiones verbales y/o ideas interesantes, sino más bien, me parece a mí, como si el propio fenómeno del análisis pareciera constelar tales cuestiones. Es como si el análisis -esta discusión profunda; no siempre tan profunda, pero esta discusión tal y como la estoy presentando- esta discusión de dos personas en dos sillas desnudando sus almas, dos personas intensamente preocupadas por lo fundamental y pidiendo a la voz inconsciente que entre también y diga lo que piensa; preguntando por los sueños y preguntando por las emociones y preguntando por las fantasías y reaccionando a y desde este nivel -este peculiar ritual, que ha sido creado en los últimos sesenta años y que no existía antes y que llamamos análisis, atrae no sólo al alma para que se muestre ante el amor (o lo que desgraciada y horriblemente se llama «la transferencia y sus aspectos eróticos») sino también para que muestre su apasionada preocupación por las cuestiones de significado. 

Así que los sueños recogen símbolos y utilizan el lenguaje de significados muy profundos en el sentido de significados eternos, temas arquetípicos eternos que, si se siguen y no se reducen a otra cosa, se cree en ellos, se someten a ellos, conducen a cuestiones fundamentales de la vida y la muerte. Ahora bien, lo que conduce en este proceso es a menudo algo bastante absurdo y oscuro. Al principio, puede parecer que es el analista quien lidera este proceso psicológico; o, como se le llamaba en la antigüedad, el «psicopompos», el líder de la psique o guía de almas. El líder de la psique, o el líder del alma, aparece en imágenes oníricas: o la tierra a la que está conduciendo es como el Purgatorio o un país desconocido, o Australia, que está «abajo», o el Continente Perdido, o algún otro lugar al otro lado de los mares; y la función del líder aparece como un cazador blanco en África, o un conductor en un tren, un hombre en una mina con una lámpara en su sombrero.

A menudo se piensa primero que el líder, guía o gurú es el analista, del mismo modo que el otro aspecto del alma utiliza también al analista como amante para que la experiencia del amor se libere y cobre vida.

Pero al cabo de un tiempo, uno se da cuenta de que no es el analista en absoluto, sino que la psique tiene en sí misma una función, que se imagina en una especie de figura, la que la conduce a problemas fundamentales de sentido, a terrenos desconocidos, a preguntas sobre por qué se vive y qué significa la muerte; y estas preguntas se formulan de tal manera que resultan sumamente oscuras, absurdas, paradójicas. Por el testimonio empírico de observar cómo ocurre esto en el análisis, parecería que los individuos implicados se ven inducidos u obligados a elaborar una filosofía de la vida. Esta cuestión puede llegar a ser tan urgente y apremiante que la cuestión de la vida y la muerte se convierte de hecho en una cuestión de vida o muerte, y aquí comienza a menudo el problema del suicidio. 

De repente, la persona, en cierto sentido, no sólo ha empezado a cuestionarse la vida, sino que ha entrado en la muerte, y ha sido llevada por esta función dentro de sí misma (proyectada, tal vez, en el análisis, llevada por el analista) a plantearse preguntas cada vez más profundas. Esta función no lo deja ir, no se contenta con simplificaciones y respuestas baratas y reducciones, y la conciencia comienza a cuestionar sus propias raíces. Esto tiene por el momento, quizás durante algún tiempo, un efecto de laceración de la personalidad. Todo se cuestiona; nada se sostiene en ninguna parte. Esto le lleva a uno contra la corriente y uno, en cierto sentido, ha dicho «no» a la vida. 

Ahora bien, este cuestionamiento de la vida, que es una oposición a la vida, es destructivo para la vida tal como es y, por lo tanto, es el aspecto de muerte del crecimiento. Este empuje dentro de la psique que es esencial para el desarrollo de la personalidad se muestra también en las formas tradicionales de desarrollo de la personalidad, todas las cuales tienen un aspecto de muerte.[1] En otras palabras, el desarrollo de la personalidad pasa por la muerte. No es una expansión continua de más y más luz, más y más vida, sino más bien una serie de muertes, y el análisis como aventura metódica de transformación de la personalidad es siempre una serie de muertes y agonías, un colapso prolongado, un suicidio prolongado.

Las culturas tradicionales hablan de las etapas de la vida o de la vida organizada por fases. Los puntos de inflexión de estas etapas o crisis suelen seguir un camino de desarrollo biológico; es decir, se supone que hay una primera mitad y una segunda mitad de la vida; o que la vida se divide en juventud, mediana edad y vejez; o que se divide en cuatro etapas del hombre, o en siete, o en diez, o en doce. Hay ejemplos de todo tipo de pensamiento en este campo, pero lo importante no son tanto las separaciones como las transiciones entre etapas. Éstas se denominan a veces en antropología «ritos de paso» o «ritos de iniciación» o «sacramentos». En cada una de estas transiciones, lo esencial para la personalidad es su movimiento. La personalidad con la que uno se identifica ahora, aquí; el yo que es como soy, y aquí es donde estoy ahora -aquí-; esto, que está construido sobre la continuidad, construido sobre el hábito, construido sobre la memoria -todas las cosas que me han traído hasta aquí-, esto muere. La identidad externa, aquello con lo que me identifico, muere. 

Ahora bien, desde este punto de vista, el suicidio puede verse como un intento precipitado de pasar de aquí a allá, de atravesar; o puede verse como un rito de paso. Puede verse como una expresión de la necesidad urgente de transformar la personalidad, como una expresión del desarrollo que llevaría a la conciencia lo que hasta entonces es desconocido, inconsciente y nuevo. 

No se ve así, por supuesto. Muestra violencia y muestra desorden y muestra confusión, o muestra regresión a la nada. 

Pero también puede mostrar, en estas formas de disfraz que lo hacen parecer cualquier cosa menos desarrollo, algo tan apremiante y tan urgente y tan terriblemente real para el alma de la persona que no sirve de nada intentar bloquearlo sin darse cuenta de que la destrucción del yo es ante todo una declaración de transformación radical. Es la forma más radical en que el yo de aquí y ahora puede convertirse en el no-yo. La personalidad consciente puede convertirse en la personalidad totalmente otra e inconsciente.

El suicidio es el último viaje de aquí para allá. Nos llevaría demasiado lejos adentrarnos en el trasfondo arquetípico del análisis como transformación del alma. Sería demasiado adentrarnos en las cuestiones de los rituales de la muerte y las ideas de desmembramiento en tantos de estos rituales en los ritos de iniciación, o el papel de la muerte en diversas disciplinas que tienen que ver con el desarrollo de la personalidad, como las disciplinas yoguis o las disciplinas espirituales en la Iglesia, o en la alquimia, o la muerte iniciática y las torturas en los ritos de la pubertad, o la muerte en las religiones mistéricas, que se ocupaban mucho de morir en una etapa de la vida para entrar en la siguiente, o la huida chamánica completamente fuera de este mundo, que es una especie de trasfondo arquetípico del viaje, o las experiencias iniciáticas, o el descenso a los infiernos, al que se enfrenta el héroe en muchos ejemplos de su desarrollo en los cuentos de hadas, en los cuentos populares y en los mitos. 

Todo esto parece quizás irrelevante, pero la mayor parte del mundo que llamamos subdesarrollado toma su orientación de este tipo de pensamiento; y la mayor parte de la personalidad en nosotros que está subdesarrollada toma su orientación de este tipo de pensamiento. 

Nuestros sueños y nuestras fantasías inconscientes lo demuestran. Un examen de todos estos patrones de cambio de la personalidad, o de desarrollo del alma, de modo que ésta también tenga una historia de desarrollo, no sólo una historia clínica externa, mostraría una sorprendente insistencia en las experiencias de muerte. También nos obligaría a llegar a la conclusión de que la interferencia con esta experiencia de muerte impidiéndola, considerándola un razonamiento defectuoso, malinterpretándola como una condición social patológica que necesita ser curada, privaría al alma de su propia oportunidad de transformación. 

Al igual que los momentos críticos del proceso de transformación en la tradición implican la muerte, estos momentos críticos en el análisis también implican la muerte. Porque en el análisis nos ocupamos principalmente de estas fases de transición. Nos ocupamos del despliegue de una vida a través de estas muertes. Así, una persona está atascada en la infancia o atascada en sus fantasías matrimoniales tempranas o atascada en el aspecto de expansión de su carrera. En cada caso, algo empieza a morir, a dejar de funcionar; y la identidad de esa personalidad, el ser de sí mismo muere para que la siguiente fase de su vida sea posible. Del mismo modo que el crustáceo sale una vez al año de la estructura que ha construido, se arrastra fuera de su caparazón y se despoja de esa masa de armadura, y yace como una masa vulnerable de gelatina en el fondo del mar, así nosotros morimos y nos disolvemos antes de que podamos crear a partir de nosotros mismos nuevas construcciones y una nueva casa para la psique dentro de la cual podamos volver a vivir. 

Lo que muere en estas situaciones son nuestros cuelgues del ego, nuestras identificaciones del ego, la dureza del ego, el orden que nos hemos impuesto, la continuidad y la identidad y el hábito -todas estas virtudes del ego. Es como si la psique no fuera todo ego, como si hubiera algo fuera del ego que desea esta muerte, algo fuera del ego, distinto del ego, parece permanecer durante esta muerte y, por así decirlo, renace durante esta muerte. 

El hecho de que el ego muera en el análisis, pero que otros procesos psíquicos dirijan esta muerte y estén ahí durante la muerte y después de ella, apunta al hecho de que el ego no es el centro de la personalidad, sino que hay algo que trasciende al ego y es superior a él. Cómo llamemos a este otro es menos importante que el hecho de que lo experimentemos, y que la experiencia de ello llegue más vívidamente, al parecer, en el análisis, a través de las experiencias de muerte.

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Ahora pasamos a la cuestión de que hay otro aspecto de la muerte dentro del análisis que no debemos evitar, y es la agresión. Todos ustedes están muy familiarizados con el componente agresivo del suicidio, un componente que se ha formulado como matarse a uno mismo, matar a un ser querido o ser matado por otro. Como quiera que lo planteemos, tenemos que entrar en el problema de la agresión de matar y ser matado, de algún tipo de componente salvaje, asesino, destructivo; y tenemos que examinar nuestros puntos de vista sobre esta parte de la psique.

Si miramos a nuestro alrededor, encontraremos que este componente, que podemos llamar por el momento agresión o destructividad o maldad, no es -y repito, no es- totalmente afrontado y aceptado como un hecho psíquico por los principales puntos de vista en nuestro campo. Los rechazos son numerosos. Creo que los neofreudianos en general rechazan el instinto de muerte y sus ramificaciones en el ámbito de la destructividad. Konrad Lorenz y los conductistas animales no aceptan la maldad en el hombre. La sociología y otras psicologías ven estos trastornos del comportamiento como derivados del miedo y la frustración, de experiencias negativas con la madre o con la sociedad, etcétera. 

No puedo discutir -no puedo, no tengo la capacidad de discutir- en detalle estas teorías de la agresión. Sólo quiero señalar el pensamiento que tienen en común, que es que no nos ayudan a entender el hecho del componente agresivo en la muerte suicida; y necesitamos una manera de llegar a un acuerdo con este componente agresivo si queremos llegar a un acuerdo con el suicidio. Si el suicidio tiene un componente agresivo y uno está matando y destruyendo, y este matar y destruir se ve en estos modelos que se niegan a permitir una posición ontológica al matar y destruir, que sólo pueden ver el matar y destruir como alguna forma de formación de reacción derivada deformada, entonces nunca podremos llegar a la aceptación más profunda del suicidio como un problema. Juzgaremos el suicidio a causa de nuestro juicio contra, o nuestra visión deformada de, el aspecto agresivo. Veremos el suicidio como ilegítimo y deformado. 

El suicida se venga de alguien. O juega a vengarse, asesina o se ensaña. A menudo actúa contra su analista. (Hablo, por supuesto, siempre dentro de este límite: «Vida y muerte en el análisis»; donde se filtra hacia otros ámbitos, me alegro, pero ahora lo retiro). Su analista representa al líder de su propia psique en sus profundidades y en su exploración de la muerte, como ya discutimos.

Independientemente de cómo lo interpretemos como un acto contra el analista o una forma de destruir la función psíquica o la imagen que el analista porta, todavía tenemos que afrontar per se que la psique, el alma humana, tiene en sí la capacidad de matar y destruir; e incluso si decimos que la agresión puede retorcerse en formas pervertidas debido a fijaciones o frustraciones tempranas o cualquier otra cosa a la que queramos atribuir esto, todavía tenemos que reconocer que el alma humana no sólo se retuerce pasivamente sino que se retuerce activamente, y que la psique tiene la capacidad de matar y de deleitarse matando. La historia de la humanidad desde Caín y Abel (que fue lo primero que hicieron al salir del Jardín del Edén) es una historia de asesinatos y guerras. Esto es una realidad ontológica y matar dentro del alma, como una realidad dentro del alma, es reconocido por los Diez Mandamientos como una posibilidad humana fundamental perpetuamente eterna: dada con la existencia del hombre, siempre ahí, y no un derivado de algo más.

Ahora bien, esto es duro; y el único lugar, me parece, donde esta realidad del mal dentro del alma humana y dentro del universo recibe todo el crédito en psicología (está en la filosofía y en la religión) es en la psicología de Jung. En los últimos años, parece que los Jungianos se han obsesionado con el concepto del mal.[2] Parece que no hay semestre o trimestre en el Instituto Jung de Zurich que no trate sobre el mal o Satán o algo sobre el problema del mal, el problema de la sombra, el problema de esta parte de la vida.

El punto de vista junguiano, me parece a mí -y supongo que otros junguianos pueden tener otros puntos de vista- es que el potencial, no sólo de reaccionar agresivamente sino cruel y sádicamente, la capacidad de disfrutar de la enemistad y de tener enemigos, de vivir y ser hostil, de guerrear y destruir, es fundamental e innato, no sólo en el hombre como disposición, sino como parte de la realidad de la existencia.

En otras palabras, creo que los junguianos se toman en serio al diablo y consideran la agresión destructiva que se manifiesta a menudo a través del suicidio como una expresión de este mal, un mal que no puede descartarse a través de explicaciones sociológicas, o biológicas à la Lorenz, o como reducciones psicológicas a lo que sucedió al principio, o a desgracias sociológicas, etcétera. Es fundamental, como el demonio es fundamental y no derivado; el demonio no es sólo una ausencia de bien o una privación o una sombra que, en última instancia, trabaja realmente para el bien (aunque no lo veamos).

No creo que podamos aceptar la hostilidad agresiva que se expresa en el análisis sin una aceptación muy profunda de que el mal existe en el mundo. En mi libro sobre el suicidio [3], me temo, no presenté lo suficiente en mi opinión contra la prevención del suicidio. No presenté lo suficiente sobre el mal que puede expresarse a través del suicidio como asesinato y matanza. Si en ese libro traté de mostrar cómo se puede, en el análisis, entrar en el alma y comprenderla desde dentro, y que esta comprensión puede hacer que el suicidio real sea superfluo e innecesario, porque la muerte de la psique se ha logrado y realizado dentro del alma, de modo que no tiene que ser vivida concretamente en el mundo, también debería haber discutido la importancia de entrar en la agresión, la matanza y el asesinato que están implicados en el suicidio.

Nunca podré aceptar este aspecto si lo considero una aberración, un derivado de la frustración o de otras cosas. Aceptar el suicidio como una posibilidad legítima, como hice allí, o incluso aceptar el significado simbólico de entrar en la muerte en aras de la transformación y que el suicidio es una expresión del impulso de transformación, sigue dejando algo fuera; y ese algo es la violencia o el mal de la agresión o el asesinato que, también, deben tomarse como fundamentales para los seres humanos y también como una posibilidad legítima de la naturaleza humana. 

Si no adopto esta postura, sigo estando fuera y juzgando a la persona, y no he llegado a un acuerdo con la cara destructiva de la creación y del creador que hizo esta creación. 

Al decir que acepto el mal, entiéndase bien, no quiero decir que lo apruebe, igual que al decir que no estoy a favor de la prevención del suicidio no quiero decir que esté a favor del suicidio. No estoy a favor ni en contra del suicidio. Sólo lo que significa en el alma. Así que con el mal que puede haber detrás de algunos suicidios, no estoy a favor aceptando su realidad; no lo estoy abrazando. No estoy a favor del diablo diciendo: «Sí, creo que el diablo es real». No estoy a favor de la bomba atómica o de los campos de concentración o de otros aspectos de destrucción y asesinato sólo por decir: «Acepto estas cosas como reales y verdaderas y ahí y hechos fundamentales».

Así que no podemos aceptar la violencia destructiva y la crueldad destructiva negando su realidad básica. Sólo podemos aceptar esta parte del problema del suicidio. Sólo podemos enfrentarnos al demonio si empezamos por admitir su existencia; que hay algo demoníaco, salvaje, terriblemente difícil y autodestructivo. Por eso tenemos ese problema. Admitir su existencia no es darle al diablo una entrada en el mundo. No se trata de eso, no lo justifico. Estoy diciendo que mi odio y mi deseo de matar y vengarme son realidades fundamentales. Ahora, ¿qué hay que hacer con esto? Aquí es donde empieza todo. El verdadero problema es: ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo hay que manejarlo? ¿Adónde hay que ir ahora en la lucha contra el mal? Se trata, pues, de un problema totalmente nuevo. Este planteamiento no trata de deshacerse de las causas del mal a través de la perspicacia psicológica o la reforma social, porque las causas del mal hay que atribuirlas a algo eterno, siempre ahí, ontológico; como atribuirlas, por ejemplo, a Dios mismo. Esto abre un nuevo panorama en la naturaleza del ser y ve la destructividad de matarse a uno mismo e incluso de toda agresión bajo una luz muy preocupante, para la que no tengo solución. Pero me complace presentarlo como un problema fundamental.

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Queda una cosita, que está relacionada con el título de esta charla. Hemos estado hablando principalmente de análisis en relación con el tema del encuentro. Ahora quiero referirme concretamente a la idea de la vida y la muerte. Es una cosa curiosa, y se ha observado desde muy fácilmente cosmologías o mitologías primitivas de cómo el mundo llegó a existir. Está en la filosofía india y en la filosofía griega y en el principio del pensamiento de los hombres sobre el mundo y cómo es que las cosas se ponen (también sobre cuestiones fundamentales) como una polaridad. 

Por ejemplo, lo bueno y lo malo, lo alto y lo bajo, lo masculino y lo femenino, la oscuridad y la luz, y así sucesivamente. Ahora bien, la oposición de estos principios se ha planteado como una ley básica del universo en muchísimos sistemas de pensamiento: Taoísmo chino, o en el pensamiento aristotélico o el pensamiento hegeliano. Hay una polaridad entre los que operan. 

Incluso nuestra cultura religiosa, la judeocristiana en la que estamos inmersos, comienza cuando Dios crea un mundo dividiendo lo superior y lo inferior, y separando las tinieblas de la luz, y llamando buena a una mitad del sistema (el lado luminoso).

La inmensa variedad y complejidad de la vida biológica también se divide en las polaridades masculina y femenina. Hay muy, muy pocas excepciones en las que esta polaridad no se mantiene en la clasificación biológica. Esta polaridad de masculino y femenino o de cualquiera de las oposiciones polares básicas, como oscuro y claro, rojo y verde, viejo y joven- esta cosa no puede reducirse a las simplificaciones de sólo polos eléctricos (de donde obtenemos el término «polaridad») de positivo y negativo. Hay algo cualitativamente diferente entre los dos polos. 

La vida y la muerte constituyen una de estas polaridades. Pero la hemos separado por nuestro pensamiento antitético, por nuestra forma de pensar. Nuestro pensamiento occidental, cartesiano, lo ha separado, de modo que donde está la vida, como se ha dicho, no está la muerte; y donde está la muerte, no hay vida. Se pueden encontrar posiciones que describen: No podemos hablar de la muerte porque mientras estemos vivos, no sabemos nada de ella. Absolutamente separados; opuestos. 

Ahora bien, de este modo las polaridades se han convertido en contradicciones lógicas. «Eso» se convierte en «vida y muerte», se convierte en «ellos»; y se separan, y son mutuamente antagónicos y están en guerra. Este desgarramiento de cosas que originalmente estaban unidas es un fenómeno especial de nuestro tiempo. Blanco y negro: ¿quién dice que blanco y negro son opuestos? ¿O queer y straight, o hip y square, o young y old, o advanced y backward? Y todos los muros y fronteras y soluciones de problemas haciendo las divisiones aún más nítidas, manteniendo las cosas claras.

El origen de este problema en el ego y la forma en que el ego se desarrolla en nuestra sociedad es otro tema, y no podemos hacerlo ahora. Pero quiero señalar que hay otras formas de pensar sobre polaridades como la vida y la muerte, además de «donde hay vida, no hay muerte» y viceversa.


1 «Así vivimos, y nos vamos para siempre» (de la octava Elegía de Duino de Rainer Maria Rilke, trad. A. Poulin, Jr.).

2 Véanse los escritos de Adolf Guggenbühl-Craig sobre matar y ser matado y sobre los aspectos sombríos de la psicoterapia en From The Wrong Side: A Paradoxical Approach to Psychology, trans. G. V. Hartman (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2014); cf. también Maligno, ed., C. G.. Consorcio del Instituto C. G. Jung de Zúrich, trans. R. Manheim y H. Nagel (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1967).

3 James Hillman, El suicidio y el alma (Thompson, Conn.: Spring Publications, 2020).

Tres vías de fracaso y análisis

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 15, pp. 228-234

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

1. Fallos en el análisis

Todos estamos familiarizados con el fracaso de ciertos tipos de casos en el análisis. Particularmente difíciles y que no responden a una terapia exitosa son las personas con estilos de vida en los que la homosexualidad, el alcoholismo o la depresión crónica son los principales «problemas» de presentación. A ellos se añaden los que tienen obsesiones paranoides, las llamadas neurosis de carácter graves y las personas diagnosticadas como sociópatas y psicópatas. El hecho de que tantos y tan variados tipos de casos para los que el análisis puede haber sido considerado el método preferido de tratamiento resulten ser fracasos, da pie a considerar el análisis de nuevo y a la luz de estos fracasos. 

También estamos familiarizados con otro tipo de casos fallidos, aquellos en los que se desarrolla un cáncer mórbido durante el análisis, o que terminan en suicidio, o en los que las reacciones de contratransferencia constelan tal fantasía exorbitante y afecto masivo, o lagunas psicopatológicas, en el analista que el caso debe ser transferido o el análisis abandonado. Los fracasos menores tal vez pasen desapercibidos: análisis que tienen como subproductos distanciamientos familiares, pérdida de adaptación extravertida, amistades divididas. 

A través de la reflexión clínica sobre estos diversos tipos de fracasos podemos examinar los tipos de casos que fracasan, o para los que fracasa el análisis, y podemos presentar nuestros propios fracasos como analistas a otros analistas para su escrutinio: toda esta reflexión intenta corregir los fracasos presentes y minimizar los futuros. Esta manera de reflexionar clínicamente está en función del tema empírico y moral dominante de nuestra cultura: aprender a través de los errores, ensayo y error, mejorar trabajando en ello, si al principio no tienes éxito inténtalo, inténtalo de nuevo, en el que el modelo es de mejora lejos de los errores, el error y el fracaso, hacia la competencia. 

En esta metáfora, el fracaso está vinculado al éxito en una polaridad, y tendemos a medir los fracasos normativamente, es decir, como una privación del éxito. El fracaso es el anverso del éxito; el éxito equivale al mínimo de fracaso. Por lo tanto, un análisis exitoso significaría éxito en las áreas de fracaso del caso -las quejas dominantes de homosexualidad, alcoholismo, delirios- y un fracaso significaría su continuación a pesar del desarrollo de la personalidad y la comprensión obtenida a través del análisis. 

Este modelo de fracaso, por simple que parezca, ha propiciado, no obstante, algunos debates sofisticados sobre el análisis. El análisis existencial eliminaría por completo los criterios normativos de éxito y fracaso. Por otro lado, la terapia conductual consideraría el fracaso totalmente en términos de criterios normativos de funcionamiento positivo, haciendo sospechosa la creencia en el análisis como método de crecimiento de la personalidad y aumento de la conciencia a menos que haya pruebas positivas de eliminación de síntomas y alivio de la angustia. 

Por lo que definamos el análisis definiremos también su éxito y su fracaso: un análisis que tiene como objetivo el aumento de la conciencia o la individuación no puede juzgarse un fracaso si no cura los síntomas, y viceversa, un análisis que tiene como objetivo eliminar una fobia paralizante no puede calificarse de fracaso si nunca se adentra en los sueños del paciente, o integra la fobia en el sentido. 

Por supuesto, este modelo simple y normativo del éxito (como salud óptima, orden psíquico o plenitud) olvida que el éxito y el fracaso pueden concebirse no como opuestos o polos de un continuo, sino como una identidad, de modo que todo análisis es a la vez un fracaso y un éxito, y cada parte de todo análisis es a la vez correcta y errónea, guía y engañosa, crece constructivamente y mata destructivamente, lo que implica que para que el análisis tenga éxito siempre debe fracasar. 

2. Fracaso del análisis 

La inevitabilidad del primer tipo de fallo abre una perspectiva más amplia, y podemos trasladar la cuestión de los fallos específicos del análisis al fallo general del análisis. Puesto que el análisis siempre muestra ciertos tipos de fallos, ¿no hay algo general en el análisis que provoque fallos, de modo que el propio análisis pueda considerarse un fallo? 

La literatura muestra que así como hay discusiones sobre el fracaso del análisis en ciertos tipos de casos, también las hay sobre el fracaso del análisis en su conjunto. Las reflexiones tardías de Freud sobre «el análisis terminable o interminable» son el locus classicus de este tipo de consideraciones pesimistas. 

¿Llega alguna vez el análisis a su fin, en el tiempo o en la realización? ¿Se resuelve alguna vez la transferencia, se logra alguna vez la individuación? Incluso si el análisis no satisface el objetivo de la curación, ¿produce realmente ampliación de la conciencia, profundidad de la personalidad, amor más fino, mejor adaptación, vida significativa? Si consideramos a los analistas, a nosotros mismos, como paradigmas del proceso en el que nos sentamos durante muchos años, ¿qué efecto ha tenido el análisis en nuestra adaptación, nuestra conciencia, nuestro amor? 

Desde otro punto de vista, ¿dónde están las estadísticas que validen los tipos de casos y los tipos de mejora dentro de esas clases, y cómo podemos llegar a formular esas estadísticas, ya que las clasificaciones nosológicas en las que podríamos clasificar nuestros casos están hoy en día en entredicho? ¿Es «paranoico» un término válido con un referente real? ¿Dónde están los «maníacos» e «histéricos» de antaño? ¿Cómo podemos evaluar el éxito y el fracaso de un tratamiento sin criterios consensuados sobre lo que estamos tratando, es decir, qué es la enfermedad psíquica y la salud psíquica que da sentido en general a una idea de «tratamiento»? 

La opinión de que el análisis en general ha fracasado procede de críticos de muchos bandos. Los experimentadores piden pruebas públicas de los logros; los clínicos piden pruebas de la mejora a través del tratamiento analítico; los críticos sociales ven el análisis como la herramienta del establishment para mantener nuestras nociones de enfermedad, de individualidad exclusiva y de profesionalidad, perpetuando un sistema de capitalismo burgués. Los teólogos y filósofos consideran su fracaso más profundo, al considerar que el análisis tiene una crítica ideológica inadecuada y un método sospechoso que se parece más a un lavado de cerebro o a la iniciación en una secta religiosa que a un tratamiento terapéutico o a una ciencia empírica de exploración de la personalidad como pretende ser. Fracasa porque sus premisas subliminales difieren de sus intenciones manifiestas. Por último, los historiadores (de las ideas, de los movimientos sociales y de la medicina) ven el análisis dentro de su marco del siglo XX, como una respuesta a un fracaso específico dentro de esa civilización, y que lo que era correcto para los hombres de principios del siglo XX es insuficiente para nosotros hoy. 

A través de esta reflexión histórica sobre el fracaso del análisis podemos recordar que el análisis surgió del fracaso, en el sentido de que era un método específico para tratar aquellos tipos peculiares de casos que no habían sido comprendidos, o que ni siquiera habían sido escuchados por el sistema imperante, por ejemplo, los histéricos de Freud y Breuer y los esquizofrénicos de Jung y Bleuler. Estos eran los fracasados médica y socialmente, y la psicoterapia se inventó como una respuesta específica a estos fracasos específicos. Si el análisis surge de los inadaptados, de los peculiares descontentos neuróticos de nuestra civilización que hasta entonces no podían encontrar un lugar significativo, los fracasados por así decirlo, entonces se abre una tercera perspectiva respecto a la relación entre análisis y fracaso. 

3. Análisis de fallos

A pesar de las críticas del primer tipo -que el análisis fracasa en muchos casos concretos- y de las críticas del segundo tipo -que el análisis como tal es un fracaso-, para mí, y supongo que para nosotros de forma preponderante, los méritos del análisis clásico son tan evidentes que no es necesario detenerse en ellos. Un panegírico aquí, o incluso una apología, no tiene cabida, así que pasemos a los defectos de los méritos. Llevemos la reflexión clínica e histórica sobre el fracaso del análisis clásico un paso más allá, hacia una reflexión arquetípica. 

Por análisis clásico entiendo un curso de tratamiento en una atmósfera de simpatía y confianza de una persona por otra a cambio de una retribución, tratamiento que puede concebirse como educativo (en varios sentidos) o terapéutico (en varios sentidos) y que procede principalmente a través de la exploración interpretativa conjunta del comportamiento habitual y de clases de sucesos mentales que tradicionalmente se han denominado fantasías, sentimientos, recuerdos, sueños e ideas, y en la que la exploración sigue un conjunto coherente de métodos, conceptos y creencias procedentes principalmente de Freud y de Jung, en la que la atención se centra preferentemente en lo imprevisto y en la carga afectiva, y cuyo objetivo es la mejora (subjetiva y/u objetivamente determinada) del analizado y la finalización del tratamiento. Esta descripción deja espacio para muchas versiones de la mejora, desde el alivio de los síntomas hasta la individuación y la revelación mística. Esta descripción también deja espacio para varios aspectos de los métodos, conceptos y creencias de Freud y Jung, ya que reciben un énfasis diferente según el lugar, la época y el profesional. 

Una reflexión arquetípica sobre el fracaso en y del análisis dejaría intacta su definición, es decir, no intentaríamos mejorar el análisis en instancias específicas, ni redefinirlo (actualizarlo) en general, para que se convierta en una respuesta más adecuada a los males psíquicos contemporáneos. Más bien, sugeriría -y este será mi último punto- que el análisis puede continuar como antes, incluso cuando se concibe a sí mismo no sólo como habiendo fracasado histórica y clínicamente, sino como siendo el fracaso arquetípicamente; como preocupado por el fracaso en los sentidos del diccionario del fracaso: debilidad, defectuosidad, ausencia de victoria, bancarrota, decepción, falta e incompletud. 

El fracaso se consideraría un factor psíquico fundamental en función del cual todo hombre vive su vida. El existencialismo llama a esta categoría «schei-tern», o la conciencia que surge del naufragio. La alquimia la ha considerado bajo las rúbricas de dissolutio, mortificatio, putrefactio. El budismo habla de la decadencia inherente; D. H. Lawrence del «barco de la muerte». 

Si el análisis se imaginara en términos de su fracaso inherente (que no es más que un paralelismo con el fracaso inherente de toda vida), ya no se pondría el énfasis de forma demasiado unilateral en la metáfora integradora, creciente, que se amplía y se esfuerza hacia arriba, el aspecto eros de cada vez más uniones, una metáfora que puede condensarse en la palabra clave «crecimiento» (que ya ha adquirido connotaciones de escalada, proliferación y cáncer). En su lugar, volveríamos a esa tradición del análisis del alma que reconoce «dos propensiones opuestas en el marco humano; una constante y uniformemente tendente a la corrupción y la decadencia, la otra a la vida y la salud», una frase de Ernst Stahl, el médico y filósofo alemán del siglo XVIII que situó el alma en el centro de sus preocupaciones. Pero la frase bien podría proceder del contraste de Freud entre Eros y Tánatos. Tánatos aporta el reflejo arquetípico a nuestro tema del fracaso. 

Cuando el análisis sigue los modelos de pensamiento de la filosofía médica del siglo XIX, su conciencia heroica y determinada por la Gran Madre Naturaleza, entonces tenderá, como Xavier Bichat, a definir la vida como «la suma de fuerzas que se oponen a la muerte», y entonces considerará el inconsciente -como hicieron Arthur Schopenhauer, Eduard von Hartmann, Carl Gustav Carus e incluso Henri Bergson- como una fuerza vital orgánica que se desarrolla y que no tiene, como dijo Freud, negación. Creo que todavía tendemos a considerar el inconsciente según este modelo decimonónico, como la voluntad creadora de la vida que dormita en el alma, que se despliega en el tiempo y que, si se lee correctamente, puede evitar que fracasemos. 

Si el análisis tomara sus orígenes históricos (como respuesta al fracaso) también como su base arquetípica, entonces su perspectiva podría derivar más de Tánatos y la afirmación de Bichat podría invertirse. El análisis explora el fracaso en términos de muerte, y está llamado a existir como el instrumento preferido de la psique para explorar el fracaso en términos de todas las fuerzas que se oponen a la vida, es decir, para buscar a Tánatos y sus dominantes arquetípicos relacionados allí donde la vida está bloqueada, derrotada, en bancarrota y fracasada.

Este enfoque investiga (analiza) el fracaso menos para eliminarlo para un nuevo crecimiento, que para conducir cada error, equivocación y debilidad hacia el fracaso (ser «psicopompos» con él) conduciéndolo a sus últimas consecuencias, a su meta psíquica en la muerte. Entonces cada error de la vida, cada debilidad y error en y del análisis, en lugar de ser enderezado en el arrepentimiento o exprimido por su caída de conciencia o transformado e integrado, se convierte más bien en la entrada al fracaso, una apertura a la inversión de todos los valores. Más que como un bloqueo en Eros y en el flujo de la vida, podríamos considerar los fracasos como constelados, intencionados, incluso finalmente causados por el inframundo que quiere que la vida fracase para que se reconozcan otras actitudes regidas por otros principios arquetípicos. 

Así pues, los dioses que consideraríamos dominantes del análisis serían en particular los que gobiernan lo que los románticos llamaban el «lado nocturno del alma» (Fechner). El análisis derivaría sus actitudes de aquellos dominantes arquetípicos personificados en los dioses que tienen una relación especial con el mundo nocturno invisible y subterráneo de la muerte, el terror y la tragedia, como Hermes, Hades, Saturno, Perséfone, Dionisos (Señor de las Almas y fuente de la tragedia), y especialmente los Hijos de la Noche descritos por Hesíodo (Teogonía): la perdición, la vejez, la muerte, el asesinato, el destino, la suerte, el engaño, el sueño, los sueños, las peleas, los agravios, la miseria, la némesis. Estas personificaciones de Hesíodo son el contenido principal del análisis y son, en parte, lo que hoy llamamos fracasos, ya que hemos colocado el análisis entre las profesiones curativas y auxiliares del positivismo, con su énfasis en los dioses y héroes de lo alto, visibles a la luz apolínea, dioses y diosas de la ciudad, el campo, la vida y la obra. Incluso el amor tendemos a concebirlo a la manera concreta de Afrodita, olvidando la intimidad sutil de Eros y Tánatos, incluso su identidad en el neoplatonismo renacentista. 

Podemos hacer más justicia con los fracasos en el análisis y el fracaso del análisis cuando consideramos el análisis como un proceso en fracaso, e incluso la individuación como un movimiento en el reino del Hades, invisible, donde las literalidades de la vida se reflejan en las metáforas de la muerte. Entonces se reconocerá la individuación, la unicidad de la personalidad individual, tal como la caracterizó Miguel de Unamuno en el sentido trágico de la vida, que tiene su propia alegría, su propia comedia.

Cuando estoy desesperado, no quiero que me hablen de renacimiento; cuando envejezco y decaigo y la civilización que me rodea se derrumba por su crecimiento desmesurado, no tolero la palabra «crecimiento», y cuando me caigo a pedazos en mis complejidades, no soporto el simplismo defensivo de los mandalas, ni los sentimentalismos de la individuación como unidad y totalidad. Son fórmulas presentadas a través de una fantasía de opuestos: la desintegración se compensará con la integración. Pero, ¿qué hay de la curación a través de la semejanza, donde lo semejante se ocupa de lo semejante? Quiero el trasfondo correcto del fracaso de la vida; quiero oír con precisión de aquellos dioses a los que sirve y de los que se nutre y que, por tanto, pueden proporcionar un trasfondo arquetípico e incluso una conexión de época con la derrota, la decadencia y el desmembramiento, porque estos dominantes reflejarían la psique experimentada (no en su conceptualización aristotélica como perteneciente a la vida), sino en la actualidad de su única meta conocida que es también tanto su camino como su sustancia, la muerte.