Depresión o melancolía sin dioses

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘On Melancholy and Depression’, volumen 11 de sus Uniform Edition, capítulo 1

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Francesco Goya
Saturn Devouring His Son, c. 1820–1823
Mural transferred to canvas
Museo del Prado, Madrid

Es importante darse cuenta de que este acto de comerse al niño ocurre en nuestra propia psique todo el tiempo cuando algo nuevo llega a nuestra mente: una fantasía, una idea, una conexión. Cualquier pensamiento, cualquier imagen, sueño o idea nueva que surja en nuestra mente, es devorado por lo viejo. Esto es particularmente cierto en el caso de los sueños. Un sueño es un acontecimiento espontáneo, completamente nuevo y sorprendente, y lo devoramos ya sea con un sistema junguiano o freudiano o con cualquier sistema que tengamos, es decir, Saturno como el sistema viejo que devora lo nuevo.

I

Para comenzar las reflexiones sobre la Melancolía, o la Dama Melancolía como se la conocía en tiempos pasados, para pensar, para decir una palabra sobre este tema, primero debemos reflexionar sobre dónde estamos, el mundo cotidiano real que afecta nuestras palabras, el mundo que habla a través de nosotros y obliga a nuestras palabras obsesivamente en un estilo unidireccional del cual puede haber solo un escape: el escape hacia la melancolía misma.

Nuestro estilo de vida, y nuestros pensamientos, son maníacos. Todos estamos sujetos a la tiranía de una vida apresurada, una vida de aceleración despiadada. Los instrumentos que nos rodean se han convertido en los Penates de nuestros hogares: el microondas, el ordenador, el mando a distancia del televisor, los electrodomésticos de la cocina y las armas de comunicación: el teléfono móvil, el fax y el correo electrónico. Incluso el botiquín está dedicado a un ataque concertado contra la lentitud. El lema de cada mensaje es ASAP–tan pronto como sea posible. Comida rápida, vía rápida, avance rápido; lenguaje abreviado: pitidos y señales, el rapido y el expresso. Nuestro traje de baño para disfrutar de un chapuzón en el mar es ahora un Speedo, y los zapatos con los que tocamos la tierra son zapatillas de conducir o de correr. La visión redentora del progreso secular se ha convertido en una adicción demoníaca a la velocidad técnica.

Como dice Milan Kundera en su encantadora pequeña novela La lentitud: “La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha otorgado al hombre”.1 Y, como escribió Aldous Huxley a principios de este siglo: nosotros, los modernos, no hemos inventado ningún pecado nuevo más allá de los siete pecados capitales de los tiempos clásicos, excepto uno: la prisa.

Y yo, transportado aquí por la luz, por alas de metal y por combustible de avión ardiendo a supervelocidad para pronunciar un discurso a desconocidos (por muy amables que sean), un discurso sin vacilaciones, sin interrupciones, para apresurarme a fin de respetar un límite de tiempo fijo… ¡y sobre la melancolía! ¡Qué mejor manera de demostrar nuestra época y su estilo maníaco! La psiquiatría ha puesto la esencia de la manía en una sola frase definitoria: “ausencia de interioridad”, que también define nuestra época.

Así pues, lo que decimos sobre la melancolía se hace desde una posición diametralmente opuesta a ella, que la teme, la odia y que sólo puede juzgarla como una depresión constrictiva. Nuestros juicios, incluso nuestras teorías, están fundamentalmente sesgados contra el tema mismo de nuestra investigación por la manía contemporánea que gobierna nuestra psique colectiva.

Un ejemplo pequeño pero revelador de este odio maníaco: en Estados Unidos hoy, la música matutina transmitida por algunas estaciones de radio ha sido programada por computadora para seleccionar y censurar la tonalidad menor, que, como define el diccionario, “tiende a producir un efecto melancólico”.

No es de extrañar que las manifestaciones de la depresión supongan un insulto tan grande para la vida apresurada y sin reflexión. Las características de la depresión obligan a la introspección: piernas lentas, cabeza pesada y ojos bajos; habla aburrida; poca energía; concentración desatendida e incapacidad para tomar decisiones o emprender acciones; culpa y obsesionarse con el pasado; vergüenza y un sentimiento de pecado; dolencias físicas menores y persistentes; estreñimiento y dolores de cabeza; pensamientos de muerte, abandono y penuria; pesimismo y temor al futuro; un desagrado general por el mundo y, sobre todo, un matiz de tristeza; es decir, el estado de ánimo melancólico.

Por supuesto, este enemigo obstinado no desaparece. La melancolía no ha sido vencida ni desterrada. Ha pasado a la clandestinidad, se disfraza y adopta un nombre moderno: “depresión”. Por eso, la medicina y la sociología, e incluso los gobiernos nacionales y las organizaciones sanitarias internacionales, han descubierto que la depresión es el síndrome más importante de nuestros tiempos y endémico en las poblaciones del mundo occidental. Puede estar enmascarada, latente, negada, pero la depresión sigue siendo una constante, el matiz subyacente de nuestra soledad, el vacío que tememos, la desoladora soledad que imaginamos que nos espera al final de nuestros días de vejez.

Como el contexto maníaco de nuestras deliberaciones se opone fundamentalmente a nuestro tema, no podemos hacerle justicia. Así como no podemos escapar del Zeitgeist maníaco, tampoco podemos aislar nuestro pensamiento de los diagnósticos patológicos que han encarcelado a la melancolía en el temible estado clínico llamado depresión.

Volveremos sobre esta palabra “depresión”, pero primero debemos detenernos un poco en la aceleración y no pasarla demasiado rápido.

El concepto de “aceleración” no pertenece sólo a la física y la tecnología, sino que también ha entrado en la biología. Se refiere a procesos biológicos, como la menarquia temprana y el crecimiento somático precoz. Hoy en día, en las sociedades occidentales, las niñas llegan a la pubertad dos o tres, incluso cinco o más años antes que hace cien años, y el crecimiento de los seres humanos se ha acelerado durante el siglo XX, de modo que los asientos de los transportes públicos y los estadios deportivos, así como las camas, han tenido que ser más grandes. Por lo tanto, no es sorprendente que el crecimiento acelerado en la infancia contribuya a los trastornos de déficit de atención, la precocidad sexual y la violencia agresiva.

Incluso el culto a la celebridad pertenece al síndrome maníaco: estrellato rápido; fama como notoriedad, en lugar de la lenta acumulación de fama, o reputación, tan apreciada en el Renacimiento. La fama, que antaño era un ámbito de ética y verdad, ahora depende de la celeridad. Pero ¿por qué no? “Celebridad” y “celeridad” son términos afines.

Aunque la alta velocidad puede estar de moda hoy en día, tiene un trasfondo clásico, que se remonta a Hermógenes de Tauro en el siglo II de nuestra era, cuyo Arte de la retórica, en particular esa sección llamada Peri Ideōn (Sobre las ideas), establece el lenguaje, el ritmo y el uso de la celeridad. Hermógenes distingue entre siete tipos de estilo: gravedad, ethos, claridad, belleza, veracidad, grandeza y gorgotes o celeritas (más tarde llamados velocitas y prestezza). Escritores renacentistas como Antonio Minturno (1564), Johannes Sturm (1570) y Giulio Camillo (fl. 1530) contribuyeron a una mayor diferenciación de estos estilos.

Cuando los siete estilos de retórica se integraron en el modelo cósmico básico de los siete planetas o siete grandes dioses, la velocidad se asignó a Marte. La celeridad se adaptaba especialmente a la poética de la batalla y de los encuentros amorosos entre amantes imaginados como una guerra deportiva. Una característica del estilo era lo que llamaríamos discurso “corto”: palabras y frases cortas, muy parecidas a nuestros rápidos eslóganes publicitarios y abreviaturas que dominan la comunicación contemporánea. En resumen, así como la velocidad rige nuestros hábitos maníacos, Marte, con su prisa, su rabia y su violencia explosiva y sin las restricciones rituales que le imponían los antiguos romanos, es el dios de la principal enfermedad de nuestro tiempo. Sí, la velocidad: no la depresión.

De hecho, las reacciones a la depresión en situaciones clínicas muestran una larga historia de medidas marciales, desde la silla giratoria y sumergir el taburete en agua helada hasta el electroshock. Este enfoque agudo (léase “rápido”–o marcial) para la queja crónica de melancolía incluye la conocida impaciencia, incluso la ira, del clínico cuando se enfrenta a la implacable desesperación del paciente depresivo.

II

Veamos algunas imágenes pintadas que voy a repasar sin entrar en muchos comentarios psicológicos o de historia del arte. Mi objetivo es introducir un estado de ánimo en la habitación que disipe la oscuridad y silencie la locura maníaca que tan fácilmente nos invade.

Las diapositivas que he recopilado muestran muchas pinturas de artistas famosos, como Henri Matisse, Paul Cézanne, Vincent van Gogh, Pablo Picasso, Amedeo Modigliani, y también de pintores españoles, británicos y estadounidenses de finales del siglo XIX y principios del XX. Estas imágenes presentan mujeres encerradas en habitaciones, sentadas, reclinadas, leyendo, esperando, ensoñando junto a las ventanas o dormitando, a menudo con la cabeza ladeada, apoyadas en un brazo, una mano, hundidas en reposo, abatidas, inmóviles.

Edward Hopper
Study for Morning Sun, 1952
Chalk on paper
The Whitney Museum of American Art, New York
Josephine N. Hopper Bequest
© 2024 Heirs of Josephine N. Hopper /
  Licensed by Artists Rights Society (ARS), N.Y

Eventualmente llegamos a Hopper, uno de los grandes pintores norteamericanos de la depresión. Y las habitaciones son tremendamente importantes, el espacio interior, que se mantiene dentro de un espacio… Todas son mujeres, y son parte del fenómeno de las mujeres que llevan la depresión de la cultura, que las personas que presentaron depresión durante el último siglo y medio fueron en su mayoría mujeres, los casos que aparecieron en los primeros años de análisis profundo eran mujeres, que el alma sufriente era llevada por mujeres de modo que no son solo mujeres sino también almas sufrientes como las pintan los pintores masculinos. Desde el punto de vista feminista, está claro que todo esto es parte de la opresión de las mujeres en una sociedad patriarcal. También representa la opresión del alma y también una representación de los estados de ánimo del ánima, los estados de ánimo del alma… la experiencia de pérdida y tristeza que los hombres no se suponía que tuvieran o no se suponía que expresaran. Todo se le atribuía al otro género como algo que les pertenecía.

Estas pinturas muestran la naturaleza colectiva de la depresión–que es una hebra tejida en el alma y expuesta especialmente en el Zeitgeist moderno–, la lasitud, la inmovilidad, la opresión de las mujeres antes de la liberación feminista, el estatus de objeto de la modelo desnuda ante la mirada creativa del artista idolatrado y la opresión del alma en la familia.

Un estudio de los retratos de mujeres del siglo XIX y principios del XX revelaría miles de ejemplos que confirman nuestra tesis: la imagen genérica expresa una condición endémica. La depresión está en la cultura y no se puede ocultar ante los ojos del pintor.

Al atribuir las razones de estas pinturas a una sociedad burguesa y a una cultura patriarcal, admitimos que la depresión está fuera del cerebro y del cuerpo, fuera de la psique individual, aunque se exprese por personas individuales en sus cuerpos.

Si miráramos imágenes de depresión endémica, lo más probable es que las encontráramos en el cuerpo del objeto, como en la naturaleza muerta de Janet Fish, After Leslie Left. Los restos dispersos de la persona ausente presentan el estado de ánimo, de la misma manera que la habitación vacía de Edward Hopper, a pesar de la luz brillante, muestra la desesperación en el alma de un lugar. Así podríamos mirar las vasijas pintadas por Giorgio Morandi o Nicolas de Stael, los paisajes de Anselm Kiefer o las últimas pinturas de Mark Rothko en la capilla de Houston. El modelo ha desaparecido, el sujeto ha desaparecido, el pintor ha desaparecido: el mundo invisible de Hades que no tenía templo ni santuario en el mundo visible; su reino simplemente sugería, pero estaba profundamente abrumadoramente presente, el reino al que el propio Rothko se sintió tentado y al que finalmente entró voluntariamente.

Janet Fish
After Leslie Left, 1983–84
Oil on canvas
The Whitney Museum of American Art, New York
Buffalo AKG Art Museum, Buffalo, N.Y.
© 2024 Janet Fish / Licensed by VAGA at Artists Rights Society (ARS), N.Y

De paso, me gustaría hacer una observación sobre las numerosas figuras cuyas cabezas están apoyadas sobre sus manos, que sostienen sus pesadas cabezas. Este gesto tiene una larga historia icónica y no pertenece sólo a las mujeres del siglo XIX. Es una pose de reflexión, ya sea en los retratos fotográficos de Yousuf Karsh o en El pensador de Rodin. Esta pose también proporciona una profunda visión de la naturaleza de la melancolía. La mano que se adentra en el mundo, haciendo y obrando, es aquí atraída como por un imán hacia la cabeza, apartada del mundo, haciendo y obrando en la mente. La mano melancólica está ahora clasificando y luchando con un mundo interior de pensamientos, preocupaciones, ansiedades, recuerdos; es una mano comprometida con imágenes mentales.

III

Como la depresión es endémica, reside en la psique colectiva del mundo, que trasciende tu psique personal y la mía. Una psique colectiva es más que la suma aditiva de las almas personales. “Psique colectiva” es el término contemporáneo para el alma del mundo, el anima mundi. Por lo tanto, la depresión endémica que invade el mundo se refiere a la melancolía que es uno de los cuatro grandes humores, muy parecido a uno de los cuatro grandes ríos del Edén en la fuente mítica de todas las cosas, que entra en diversos grados en todas las cosas. La depresión es endémica porque la melancolía es dada con el mundo como un componente raíz, una fuerza cósmica.

Y, como endémica–es decir, universal, transpersonal, arquetípica–, la melancolía no tiene su sede en nuestro cerebro ni se la puede reducir a la fisiología humana, aunque nuestra susceptibilidad a ella esté sujeta a ajustes clínicos y químicos. Por supuesto, los antidepresivos, los fármacos y los electroshocks funcionan para mejorar las depresiones, pero no eliminan la melancolía que está fuera de su alcance.

Podemos presenciar la melancolía endémica del mundo cualquier día o noche: a la orilla del mar, en un bosque oscuro, en una calle vacía de la ciudad antes del amanecer. Los primeros psicólogos de la Gestalt, en las primeras décadas de este siglo, dieron el paso radical de devolver las emociones al entorno. El mundo exterior tiene un rostro, muchos rostros. La Gestalt llamó a esos rostros caracteres fisonómicos. Así como los famosos narcisos de Wordsworth bailan con la brisa de alegría, otros paisajes muestran tristeza y melancolía. Estas emociones no son proyectadas por la mente humana en un mundo “muerto”, sino que se las proporcionan las formas que el alma adopta en el mundo.

Así, cuando nos sentimos deprimidos, nuestros estados de ánimo–a menos que sean negados maniáticamente– nos llevan a lugares de consuelo y silencio, a entornos destartalados y poco exigentes, a sillas viejas y bares oscuros, a ropas gastadas y animales mudos: lugares y cosas que participan de la melancolía y pueden albergarla. En gran parte de la poesía japonesa, el carácter de un lugar natural expresa el abatimiento del estado de ánimo, de modo que ni siquiera es necesario mencionar los sentimientos personales de tristeza y pesimismo. Los lugares y las cosas donde la melancolía endémica del mundo brota y muestra su alma ayudan a la persona individual a soportar el peso, en parte mediante la comunión del estado de ánimo, en parte mediante el reconocimiento de que el mundo comparte la tristeza, en parte mediante el alivio del egocentrismo obsesivo.

Auguste Rodin
The Thinker, 1881–82 (cast 1884)
Bronze
National Gallery of Victoria, Melbourne
Felton Bequest, 1921

Veremos una y otra vez esta posición de la cabeza entre las manos… Verán esta imagen desde la Melancolía de Durero, y probablemente la habrán tenido ustedes mismos durante horas y horas–su cabeza está demasiado pesada para sostenerla.

¿Qué es el dolor del mundo? En las tradiciones místicas, este dolor lo llevaba la figura de Sophia; en las ceremonias mistéricas de Eleusis, lo llevaba Deméter; en algunas especulaciones judías, el mundo está en exilio, caído, con las vasijas rotas, y siempre yacerá en el valle de la melancolía hasta que descienda la Shekhinah y llegue el Mesías. La tristeza no es resultado del error, el pecado o el mal; ni es la tristeza un signo de algo “malo”. Más bien, el dolor hace posible la compasión. Abre el camino para aceptar el sufrimiento inherente del mundo y su compasión por nosotros, sus criaturas. Si el mundo no nos quisiera aquí, ¿podríamos durar siquiera un día?

La sensación de que la melancolía está en el mundo mientras que la depresión está en nosotros mismos aclara la enigmática afirmación alquímica de Michael Meier de que el viaje a través de las seis casas planetarias comienza en Saturno (o plomo) y termina en Saturno (o plomo).2 La introspección psicológica comienza cuando sucumbimos a la depresión, ya sea por una pérdida, un fracaso o un desamor, o peor aún, por un abatimiento interior incomprensible con fantasías mórbidas. Comenzamos en nuestro liderazgo personal. Y la depresión alcanza su punto terminal solo con el reconocimiento de la melancolía arquetípica en el alma del mundo.

El error básico que todos cometemos reside en el enfoque subjetivo de las depresiones que sentimos: mi vida, mi matrimonio, mi fracaso, mi enfermedad, mi envejecimiento. El error es la subjetividad personal. El hecho de que sintamos algo no lo convierte en “mío”. La depresión, separada de la melancolía del mundo, se convierte en una preocupación completamente egoísta.

No sentirse deprimido es no ser parte del planeta. No sentirse melancólico significa un completo alejamiento de la realidad de nuestros tiempos y, por lo tanto, como he insistido durante muchos años, la depresión es una declaración política, una protesta del alma contra la miseria ambiental, una respuesta adecuada a la destrucción patológica que ocurre en el mundo cotidiano.

A medida que innumerables especies de plantas y animales se extinguen cada día y abandonan este jardín planetario para siempre, y después de eones de evolución las han llevado a su perfección, este biocidio masivo sugiere que la depresión endémica puede ser correactiva a la pérdida de especies y al empobrecimiento de la Tierra. Mientras usted y yo compartamos el mismo terreno, el mismo aire y la biomasa con estas criaturas que se desvanecen y desaparecen, así como la desaparición de los idiomas, las costumbres, las habilidades, las historias, los recuerdos y las artes de los pueblos indígenas, por supuesto, en algún nivel del alma, tú y yo estamos de luto. Así como el alma del mundo lamenta sus pérdidas, también los niveles colectivos de nuestras almas están de luto.

Más allá de estas pérdidas visibles, hay una pérdida más profunda, la pérdida implícita en palabras como “secular”, “racional”, “humano”, “moderno”, “científico”: la pérdida de los dioses, no sólo de la Dama Melancolía y Saturno, sino, en particular, de Hades, el dios de la pérdida, el dios que vive en el vacío. Hades, que anula todas las construcciones, reside en lo invisible, el dios no mencionado pero invisiblemente presente en la teoría de Freud de la depresión como fenómeno de pérdida y duelo.

Así como el mundo exterior se refleja en nuestras depresiones, la terapia de estos estados también puede recurrir al mundo. Dos ejemplos pueden ser suficientes:

Antes, a mediados del Renacimiento, por ejemplo, la depresión podía tratarse de una manera suave, delicada y dulce, un tratamiento bajo la guía de Venus. Una dieta ligera de huevos frescos, ensaladas, carnes tiernas, uvas, alimentos con humedad. A los baños corporales se añadían líquidos verdes, blancos y amarillos. Y como la melancolía se adhiere al aire espeso, oscuro y maloliente, una persona podía protegerse de la nube envolvente del estado de ánimo colocando flores en las habitaciones y llevando una poción de olor dulce, a veces con forma de manzana, en un colgante alrededor del cuello.

Otro modo de vida exigía viajar. A menudo se enviaba a los melancólicos ingleses del siglo XVIII al extranjero, especialmente a Italia, en compañía de un terapeuta-tutor-erudito para que visitaran lugares de la antigüedad, frecuentaran galerías de pintura clásica y caminaran entre las ruinas. La depresión personal se expandía hacia atrás, hacia la grandeza del pasado, y hacia afuera, hacia los paisajes melancólicos de templos abandonados y descuidados y columnas rotas. Se trataba de una terapia que estaba más bajo la tutela de Júpiter. Incluso en 1870, el psiquiatra francés Louis-Florentin Calmeil aconsejaba visitas a museos.

El valor de estas primeras ideas de tratamiento puede residir menos en su aplicación literal que en su capacidad para alimentar la imaginación hambrienta. Las imágenes de Saturno de calaveras, tumbas, mazmorras y catacumbas; las imágenes de Venus de fluidos y flores de colores; imágenes de textos clásicos de mitos y tragedias, epopeyas valientes; monumentos en ruinas.

Sin las imágenes, sólo tenemos depresión describiéndose a sí misma en el lenguaje de la psicología clínica con taxonomías de “reactiva”, “neurótica”, “endógena”, “paranoide”, “delirante”, “bipolar”, etc., grados y tipos de depresión. “La depresión es la ausencia del reflejo de alegría”, dice una definición; “retardo general de todas las funciones corporales y psíquicas”, dice otra; “duelo por un objeto perdido”, dice una tercera.

En la Edad Media, las ideas de melancolía ofrecían, en cambio, imágenes. Por ejemplo, la acedia. Esta aflicción afectaba especialmente a los monjes que, al acostarse, no podían hornear pan ni trabajar en los viñedos, no se levantaban para rezar y eran presa de la aridez del espíritu. La acedia se representaba con un perro, un cerdo y una cabra. El perro delgado y enroscado de la Melencolia I de Durero hace referencia a ese perro de la acedia.

De modo que cualquiera de nosotros, acurrucado en la cama en una introspección desesperada, persiguiendo nuestra propia cola, o con la colas encogidas de vergüenza, chupados por las pulgas y los piojos de unos escrúpulos que nos muerden constantemente, podría sentir la presencia de la imagen y podría simpatizar con el estado de ánimo por medio de una imagen al margen de los efectos del estado de ánimo. Las imágenes dan foco, distancia, incluso un atisbo de objetividad impersonal. Cualquiera que haya vivido en una casa con un miembro deprimido puede sentir la presencia del cerdo que exige tanto espacio, que absorbe tanto, ese peso opresivo que parece llenar todas las habitaciones, así como el desorden, incluso decaer hasta convertirse en suciedad.

Otras imágenes, asociadas especialmente con Saturno, a menudo llamado el “Dios de la Melancolía”, eran animales de piel gruesa, color opaco, movimiento lento o que vivían muchos años, como el elefante, la tortuga, el alce solitario de pantanos y bosques oscuros, y el camello que llevaba obedientemente su carga a través del desierto árido y monótono. También los búhos nocturnos y los mirlos cuyas voces pronostican desastres. Estas imágenes pueden abordarse mediante la imaginación y pueden dar voz a significados.

Albrecht Dürer
Melencolia I, 1514
Engraving
The Metropolitan Museum of Art, New York
Harris Brisbane Dick Fund, 1943

Miren la mano que sostiene la cabeza hacia arriba… Esa es la imagen clásica de la melancolía de Durero. Ahora recuerden la mirada que vimos en los ojos saltones de Goya: es una mirada tremendamente obsesiva. Puede ver cuán intensamente está trabajando la mente. Esto no es pasivo agresivo. Es un furor melancólico. Es muy importante darse cuenta de cuán activa era la idea clásica de la melancolía, de que la mente estaba intensamente activa como la rabia.

IV

Llegamos ahora a la raíz misma de la depresión endémica de nuestros tiempos; incluso me arriesgaré a decir a su causa misma.

Si detrás de nuestras depresiones personales se esconde la figura arquetípica, el humor o la fuerza cósmica–Melancolía–entonces, al llegar al final de este milenio y también de estas reflexiones de esta mañana, señalemos directamente la razón por la que la melancolía adopta su forma depresiva específica en nuestros tiempos modernos. La clave la da el título de este simposio: “Archipiélago Melancolía».

¿Qué son estas islas dispersas? ¿Qué las mantiene unidas en la imagen de un archipiélago?

¿La imagen hace referencia a diferentes puntos de vista, idiomas, culturas y profesiones aisladas (clínicas, fisiológicas, sociales, literarias)? ¿O esta frase imaginativa revela la naturaleza de la depresión como un fenómeno aislado, el espíritu humano común cautivado por la insularidad?

He llegado a la conclusión de que la concentración en las islas, en lugar de la participación en el mar común, es lo que origina gran parte de nuestra miseria moderna, un aislamiento que la propia palabra “isla” connota. Ni la creación de redes a través de la Web e Internet, ni las relaciones humanas intensificadas ni los grupos de apoyo, ni siquiera los puentes construidos por el amor personal y los vínculos familiares pueden remediar la lógica y la ontología básicas de la estructura monádica cerrada de las islas.

Estamos cerca del final, pero necesitamos introducir una distinción lógica con respecto a la filosofía (aunque es un defecto de la forma dramática traer a escena un nuevo personaje en el tercer acto, y estamos en el tercer acto). No obstante, es relevante distinguir lógicamente entre los tipos de relaciones internas y externas. ¿Depresión o melancolía? ¿Cuál de las dos? Esto depende de cómo concibamos la lógica del archipiélago.

Las relaciones entre elementos particulares, como las islas, pueden entenderse como externas a ellas. Un tercer factor —una red, un hilo, un puente— puede vincular unas con otras. Esas relaciones, por ser también externas, requieren no sólo ser construidas y mantenidas como propone y enseña la psicoterapia, sino que además requieren lógicamente un factor independiente vinculante que proporcione la relación entre el puente y las islas unidas por el puente, ad infinitum. Así, Heidegger puede decir que un puente no sólo une las dos orillas de un río, sino que, por ser externo al río, el puente también las separa, crea el aislamiento de las dos orillas.3 La lógica de las relaciones externas deja a cada isla ontológicamente separada, distinta y sola… y deprimida.

Las relaciones internas, dicen los filósofos, son aquellas en las que las islas pertenecen inherentemente unas a otras. Las islas se implican entre sí, son codependientes, correlativas, de modo que no se puede concebir una sin la otra.

Por ejemplo, en los asuntos humanos, el matrimonio es más que una relación externa entre dos individuos. En el momento del matrimonio, los dos se relacionan internamente: la idea de “esposa” implica “marido” y viceversa. Están unidos por la inmersión en lo que los rodea: el sacramento arquetípico del matrimonio y no meramente el puente de su relación. El matrimonio convierte la relación externa de una pareja de individuos antes de la boda en una unión de codependientes. La boda formaliza la relación interna de la pareja, revelando su afinidad interna y anunciando la imposibilidad de la separación interna.

Así, sólo podemos relacionarnos cuando la relación es interna, ya dada, un tercero preexistente, una internalidad que comparten. Por esta razón lógica, las relaciones no se pueden crear por mucho que lo intentemos. Sólo se pueden descubrir.

V

“Ascoltate ancora”, dice Eugenio Montale en su “Lettera levantina”, “voglio svelarvi qual filo/unisce le nostre distanti esistenze”.4 ¿No es el hilo interno de la araña? ¿No está allí antes de su salto al espacio, la conexión interna generada, exteriorizada por la distancia?

Así, en lo que respecta a nuestro archipiélago, lo que ya es preexistente a la distancia entre las islas es el mar común que las abraza a todas, ese mismo mar que baña las costas y erosiona las playas. Nuestras individualidades aisladas se relacionan internamente a través de ese mar. Cuando nos imaginamos inmersos en ese mar, en lugar de surgir de él, entonces el archipiélago se convierte en una hermandad geográfica en lugar de una mera dispersión de promontorios rocosos, cada uno con su propio faro, y entonces la melancolía se convierte en la base fluida de agua negra, una base continua que todas las islas comparten, ya que nuestros propios cuerpos animales están compuestos preponderantemente de ese mar.

Este mar originalmente se llamó oceanus, de horizontes infinitos, profundidades succionadoras y corrientes indomables; Oceanus, θεῶν γένεσιν,5 en palabras de Homero, génesis de los propios dioses, fundamento de todo ser, que rodea la tierra y rodea toda existencia como una gran serpiente como Oceanus se ha representado a menudo. Y esta serpiente, este fundamento oceánico, uno de cuyos arroyos es la espesa, oscura, lenta, fría y muy profunda, melancólica, dada con la psique misma, pues Océano era, como dice el extraordinario filólogo R.B. Onians, “la ψχή [psique] cósmica primordial”.6

El alma, en su isla de subjetividad, sólo conoce la melancolía como desesperación solitaria y perspectiva sombría. Se ha apartado del abrazo solidario del mar, de modo que el mar sólo refleja el aislamiento del alma en la subjetividad introspectiva, es decir, la depresión.

Coleridge, en su gran oda “Dejection”, recorre con su mirada todo el horizonte que se extiende ante él, pero encerrado en su aislamiento escribe: “Veo, no siento”.7 La suya es la voz del anhelo romántico de restaurar el hilo unificador de la existencia, cortado por el aislamiento egocéntrico moderno.

La forma de regresar de la depresión personal a la melancolía universal es bajar de las alturas, descender a la orilla —la dirección que la depresión de todos modos insta a seguir— y escuchar voces distintas a nuestras propias cavilaciones obsesivamente personales: mi miseria, mi abatimiento, yo.

T.S. Eliot escribe al final de su poema “Prufrock”:

Caminaré por la playa.
He oído a las sirenas cantando, una a la otra.
No creo que canten para mi.
Las he visto cabalgando hacia el mar sobre las olas.
Peinando el cabello blanco de las olas que se arrastran hacia atrás
Cuando el viento sopla el agua blanca y negra.8

No, no le cantan al “yo”, porque el “yo” es la conciencia de una isla. Sin embargo, todavía, y quizás para siempre, las sirenas hijas de Océano nos hacen señas.

Virginia Woolf, deprimida o atormentada por la melancolía –¿cuál de las dos?–, se adentró en ese mar, tal vez para encontrar la fuente de esa melancolía, para entrar en su profundo hogar.

Con su permiso, me gustaría citar a otro poeta, Matthew Arnold. Su poema “Dover Beach” es uno de los más poderosos y conocidos en lengua inglesa, y con él daré por concluidas mis reflexiones.

Él también está en la orilla:

¡Escucha! Se oye el rugido chirriante
De guijarros que las olas absorben y arrojan,
A su regreso, por la playa alta,
Comienza, y cesa, y luego comienza de nuevo,
Con trémula cadencia lenta, y trae
La nota eterna de la tristeza.

Sófocles hace mucho tiempo
Lo esdcuchó en el Egeo y trajo
A su mente el turbio flujo y reflujo
De la miseria humana…

Arnold explica entonces por qué la miseria humana: no por la “nota eterna de la tristeza” que acompaña al mar, ni por el mar en sí, ni por Oceanus, la psique primordial, el colectivo endémico, generador de los dioses, sino por la pérdida de los dioses, que deja a las islas abandonadas y a nosotros mismos sujetos a una melancolía sin los dioses:

El Mar de la Fe
También estuvo una vez en la orilla plena y redonda de la tierra
Yacía como los pliegues de un cinturón brillante enrollado.
Pero ahora solo escucho
Su rugido melancólico, largo y distante,
Retirándose, hacia la respiración
Del viento nocturno, por los vastos bordes lúgubres
Y las tejas desnudas del mundo.

“Dover Beach” podría haber concluido con esas “tejas desnudas y lúgubres”, ese “rugido melancólico, prolongado y retraído” mientras los dioses se retiran.

Pero la última estrofa de Arnold abre paso a una profecía. Aunque escrita en 1866, predice las tres consecuencias devastadoras en el mundo humano tan evidentes hoy en día cuando no se reconoce a los dioses y no se honra a la Dame Melancholy:

Ah, amor, seamos sinceros.
¡El uno al otro! Por el mundo, que parece
Yacer ante nosotros como una tierra de sueños,
Tan variada, tan bella, tan nueva,
No tiene realmente ni alegría, ni amor, ni luz,
Ni certeza, ni paz, ni ayuda para el dolor;
Y estamos aquí como en una llanura oscura.
Arrastrado por confusas alarmas de lucha y huida,
Donde ejércitos ignorantes se enfrentan por la noche.9

La melancolía sin los dioses nos deja, primero, en un desastre ambiental en la “llanura oscura” de un mundo desolado, cuya belleza es sólo una ilusión. Así, segundo, recurrimos a relaciones humanas idealizadas (“¡Ah, amor, seamos fieles/unos a otros!”), esperando que el amor humano reemplace al amor del mundo, y así siempre estamos decepcionados y siempre en búsqueda. La profecía final de “Dover Beach” afirma, tercero, que sin la interioridad atemperada de la melancolía, se desata la violencia sin sentido, los “ejércitos ignorantes” de Marte.

Sí, la depresión puede ser la enfermedad endémica de nuestros tiempos, pero de ella pueden destilarse las gotas negras de la melancolía, gotas que son la medicina fundamental para curar los propios tiempos, pues, a menudo, los dioses eligen la melancolía como su medio de retorno.


Notas

Charla pronunciada en “Arcipelago Malinconia”, una convocatoria celebrada en el Teatro Argentina de Roma, del 10 al 12 de noviembre de 1999, y publicada por primera vez como “Malinconia senza Dei” en Arcipelago Malinconia: Scenari e parole dell’interiorità, editado por Biancamaria Frabotta (Roma: Donzelli, 2001).

1.Milan Kundera, Slowness, translated by Linda Asher (New York: HarperCollins, 1996), 2. HarperCollins, 1996), 2.

2. Michael Meier, Atalanta Fugiens, hoc est, Emblemata Nova de Secretis Naturae Chymica [The Fleeing Atalanta, i.e., New Chymical Emblems of the Secrets of Nature] (Oppenheim, 1618), Discourse XII.

3. “Building Dwelling Thinking,” in Martin Heidegger, Poetry, Language, Thought, translated by Albert Hofstadter (New York: Harper Colophon Books, 1975), 152 ff.

4. “Listen again. I want to uncover the thread / that unites our distant beings,” in Otherwise: Last and First Poems of Eugenio Montale, translated by Jonathan Galassi (New York: Random House, 1984), 104–5.

5. Iliad 14.201 and 304: “from whom the gods are sprung” (trans. A. T. Murray).

6. Richard Broxton Onians, The Origins of European Thought: About the Body, the Mind, the Soul, the World, Time, and Fate (Cambridge: Cambridge University Press, 1951), 249.

 7. “Dejection: An Ode,” in Samuel Taylor Coleridge, Selected Poems (New York and Avenel, N. J.: Gramercy Books, 1996), 72.

 8. “The Love Song of J. Alfred Prufrock,” in The Poems of T. S. Eliot, vol. 1: Collected and Uncollected Poems, edited by Christopher Ricks and Jim McCue (Baltimore: Johns Hopkins University, 2015), 9.

9. Matthew Arnold, “Dover Beach”, https://www.poetryfoundation.org/poems/43588/dover-beach .

La transmutación del espíritu junguiano

Logos del alma

Prólogo al Volumen 3 de la Colección de ensayos

En el presente volumen, el tercero de esta serie, se entregan dos ensayos importantes en la obra de Wolfgang Giegerich y que resultan imprescindibles para entender la dirección de su pensamiento dentro de la dimensión de una psicología sustentada en la herencia daimónica de C.G. Jung, es decir, en la búsqueda de una psicología con alma.

El primero es un largo ensayo denominado: “El final del significado y el nacimiento del hombre”, que tiene como subtítulo: “Un ensayo acerca del estadio alcanzado en la historia de la consciencia y un análisis del proyecto psicológico de C.G. Jung”. Este texto fue presentado por primera vez en octubre del 2003 en forma de conferencia en el Gremio de Psicología Pastoral de Londres y posteriormente se imprimió en el Journal of Junguian Theory and Practice, Vol. 6, del año 2004, donde se le dedicó el volumen completo a la discusión y crítica de dicho material, que causó revuelo entre sus lectores.

El segundo ensayo: “‘Irrelevantificación’ o sobre la muerte de la naturaleza, la construcción del ‘arquetipo’, y el nacimiento del hombre” es una respuesta al texto de Marco Heleno Barreto, “The Death of Nature: A Psychological Reflection” publicado en la revista Spring en el 2006. En dicho ensayo el autor retoma la estructura argumentativa de su interlocutor para, en su crítica a la misma, mostrar el desarrollo de un abordaje psicológico asentado en el movimiento dialéctico del fenómeno y reitera algunas ideas que ya se habían tratado en su anterior ensayo sobre el final del significado.

Como toda la obra de Giegerich, ambos ensayos suscitan polémica dentro del campo del pensamiento en el que se inscriben pues el colectivo formado alrededor de la obra de C.G. Jung se ha caracterizado por la poca labor crítica hacia los conceptos pensados por este autor, a diferencia de la elaboración constante que sucede en otras escuelas psicológicas. Por ello no es extraño que cualquier intento de reflexionar seriamente sobre la pertinencia de los mismos en su contexto psicológico resulte en un recibimiento defensivo ante ideas que promueven el refinamiento de un pensamiento tan importante como el de la psicología analítica.

Sin embargo, Giegerich no se distingue por la inhibición para exponer sus ideas ni por una tendencia a acomodarse en lo que Jung llamó: “la psicología de prestigio”, al contrario uno de los lemas que acompaña su pensamiento es aquella máxima aristotélica que dicta: “amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”. Tal amistad hacia la verdad necesita ser aclarada en cuanto al compromiso del autor con el cuerpo de pensamientos que se denomina junguiano, para poder enmarcar las ideas tan importantes en estos ensayos no como un intento de olvidar a Jung sino como el esfuerzo por llevar a Jung más allá de él mismo.

El propósito de ser leal a un cuerpo de ideas integra en su proceder la vía de la polémica, porque tal obligación presupone la contradicción inherente que da movimiento a todo proceso de verdadera reflexión. Un concepto es un animal que se devora a sí mismo para procrearse, por lo que su intención dialéctica inunda cada paso que da en el camino hacía sí. Aunque la confrontación pudiera parecer externa, realmente ocurre en la interioridad del fenómeno, donde el espíritu de la contradicción lo conduce a su hogar en la negatividad lógica que le corresponde.

Cuando un pensador toma posición desde una escuela de pensamiento es porque ha encontrado entre sus conceptos seminales una afinidad con las ideas que le son más íntimas y extrañas al mismo tiempo, es decir, con aquello que supone el rizoma de una visión particular del mundo. James Hillman hacía la anotación de que el alma, fuera de su significación teológica, y vista como un proceso psicológico, debería ser asumida como una forma de ver, como el acto de transparentar a los fenómenos y llevarlos a la metáfora raíz a la que pertenecen, porque el alma es la reflexión sobre la imagen y la emergencia de su estructura mítica.

Si bien en el lenguaje de Giegerich, se requiere un paso más, que supone la interiorización de dicho fenómeno en la noción, se puede observar que en la idea de Hillman hay un alma viva que exige ser entendida como un proceso en movimiento continuo. Así que la inclinación hacia una postura teórica es, al mismo tiempo, el percatarse de una noción que fluye de forma conjunta entre el autor y su obra.

Hillman se concebía como un hijo de Marte, como un provocador que disfrutaba ver arder los dogmas, pero más que un gusto personal se podría pensar que tal tendencia respondía a la necesidad de la propia idea por representar su naturaleza bélica. Dicha inclinación confrontativa también existía en Jung, que entró en batallas, a veces terribles, con interlocutores que en ocasiones eran amigos muy queridos. De esta herencia marcial Giegerich no puede desembarazarse y al parecer ésta se ha instalado en la esencia de su trabajo, aunque él mismo afirma no tener esa intención.

Así que ser amigo de la verdad, requiere a la vez encarnar en los propios escritos al espíritu de la contradicción que es el campo abierto del pensador, la dimensión agreste donde este se sumerge para no salir indemne, porque su vida ya no le pertenece del todo, ya que por un momento, en el momento del pensar psicológico, sus ojos se devuelven a la otredad para verse con mayor precisión. El ojo que se observa a sí mismo es el que le atañe a la dimensión del alma.

Por lo tanto, esta mirada tautológica pertenece al orden de una psicología como disciplina de la interioridad, donde la noción puede aplicarse a sí misma de tal manera que es vista por el observador externo como un ataque frontal a las posiciones ya asumidas de un conjunto de conceptos institucionalizados, convertidos en formas anquilosadas a través de las cuales el flujo de la lava ardiente se ha solidificado para crear un suelo firme que dé la sensación de seguridad. Pero la noción no es aquello que se mantiene quieto, es en sí misma pura productividad, un avance continuo, pero no como la imagen de progreso sugiere, su trayecto es hacia abajo y hacia adentro, al corazón mismo de la obra.

En esta lógica de trabajo es donde Giegerich toma partido por lo escrito por Jung y desde ahí distingue dos facetas en la teoría junguiana: una es aquella comprometida con el espíritu de los tiempos, donde las palabras y las categorías se han solidificado como en un dogma firme y han detenido su transcurso. La otra es donde habla el espíritu de las profundidades, la de la lava ardiente que avanza lentamente hacía sí misma, llena de ideas rampantes en el curso dialéctico que les da vida propia. Estas son, al menos, dos formas de concebir a la psicología junguiana, siendo la más común aquella primera que puede comprometerse con el cuerpo teórico prefijado, y la segunda, la que Giegerich retoma, la que se atreve a seguir la senda animada de las reflexiones.

Sin embargo, una visión superficial de esta dicotomía podría asumir que ambas posiciones son igualmente válidas y que suceden una al lado de la otra, como dos aproximaciones paralelas que pueden ser comparadas de manera simétrica. No obstante, realmente, los dos abordajes suceden en lógicas completamente dispares. La visión que permanece con el concepto sin aplicarlo a sí mismo es un esfuerzo conservador por mantener el estatus quo prevaleciente dentro del campo intelectual; necesita afirmar y proporcionar un entendimiento fijo y estable. Es la fase de la solidificación de las ideas que envuelve su dinámica simbólica para salvarlas de la contradicción destructiva que es representada por los adversarios y las críticas externas.

Cuando en los albores de la psicología analítica se planteó la posibilidad de la oficialización, el objetivo primordial era la defensa y la preservación de las ideas de Jung, pero él mismo tuvo serias dudas sobre la pertinencia de tal empresa. Se puede conjeturar que la reserva del autor expresa el discernimiento entre la vida abierta que significan las intuiciones teóricas y el peligro del anquilosamiento de las mismas en la brea de las necesidades académicas y sus sistemas burocráticos. ¿Cómo sobreviviría el espíritu de la contradicción a la hegemonía de una sola vía de reflexión?

Pero en el desarrollo de la escuela junguiana se mostraron los atisbos de un daimón autónomo y creativo. El desarrollismo de Fordham o el politeísmo de Hillman, dieron un nuevo aliento a las repeticiones incesantes de los esquemas clásicos en el junguianismo. Estos avances no convivieron junto a las divagaciones de la teoría ortodoxa, surgieron de ella y expresaron un movimiento nuevo que pone atención en las propias necesidades de las ideas básicas. Constituyeron un camino de confrontación consigo mismas que las impulsó hacia una nueva perspectiva de sí.

El avance de un cuerpo teórico no ocurre hacia fuera del mismo, su dirección tiende hacia su interioridad, como en la figura del árbol cuyas raíces crecen con dirección al cielo, el desarrollo de la noción sucede de manera ouroborica y se integra de tal guisa que no es posible retornar al momento anterior más que de forma artificial y neurótica, semejante al adulto que reacciona de forma infantil ante un problema, dando cuenta de la grave disociación de su condición.

A este tránsito de lo manifiesto a lo eidético responde el vocablo aufheben, que significa a la vez superar, conservar y dejar atrás. Giegerich instala su obra, precisamente en la imposibilidad de dar un paso atrás en el proceso dialéctico. Su trabajo mora en la negación de lo que en la psicología junguiana ha sido un instante al que no se puede retornar de forma real, porque la noción ha desenvuelto facetas de sí misma que pertenecen al momento presente y que deberán de ser superadas por nuevas negaciones.

El caminar del alma es aquel que no mira las huellas que deja, empero las conserva como parte de su cadencia, ellas están presentes en el ritmo de su andar lógico. Por esto mismo, mientras que desde la posición junguiana ortodoxa o desde la psicología arquetipal es posible ver lo que se ha denominado la psicología como la disciplina de la interioridad (PDI) como una alternativa entre otras, conviviendo en un nivel epistemológico horizontal; desde la PDI la alternativa es irrealizable, porque en ella el núcleo lógico latente en la psicología analítica se ha abierto hasta convertir lo que antes era un objeto externo en la noción sobre la que se sostiene. Su posición es vertical frente a las antiguas aprensiones de la idea del alma.

En la PDI el concepto del alma es aquello que se ha vuelto al interior de sí mismo. Todavía en Jung el alma es tratada como un agente, como un hacedor de fantasías con órganos psicoides llamados arquetipos, no obstante a lo largo de sus escritos hay un esfuerzo patente por brindar un asiento al término seele en las categorías de análisis modernas, despojándolo de sus matices metafísicos propios de la tradición antigua, donde el alma era una suerte de cuerpo vaporoso que reflejaba en su naturaleza especular las cualidades del ámbito positivo. El surgimiento del paradigma científico catalizó la transformación del concepto de alma hacia formas más sutiles del mismo y permitió que se le pudiera concebir fuera de los círculos teológicos o de la creencia popular en los espíritus.

En Jung, la noción de alma dio el salto hacia el pensamiento psicológico, no esse in re, ni esse in intellectu solo sino esse in anima; sin embargo, consciente de la destrucción de los asideros mitológicos de la modernidad, Jung pretendió salvar al alma conservando algunos factores caducos como la asunción de un mundo simbólico que ya no se correspondía con su época y que además encerró al fenómeno anímico en el nuevo proyecto del espíritu de los tiempos: el individuo egoico.

Es hasta la obra de Giegerich donde se puede observar la admisión de un concepto de alma que ya no está fuera del fenómeno, en un mundo de eidola arquetípicas que como demiurgos provectos configuran los factores de la vida psíquica. El concepto de alma en Giegerich, al contrario, ha mudado su reposo en la materia y en las sustancias metafísicas, por un movimiento absoluto sin un ente que procure una causalidad a su dinámica. Es entonces que el alma puede ser comprendida como pensamiento que se piensa a sí mismo, en una referencia tautológica que se ha denominado: “La vida lógica”, que no es otra cosa más que el flujo negativo de las ideas por medio de significados compartidos que no tiene otros asideros en la positividad que los despojos de su actuar, mismos que sirven, a su vez, como cadáveres sobre los cuales la vida da un salto a su absoluta negatividad.

El mundo actual y sus fenómenos no pueden ser aprendidos desde esquemas epistémicos que ya no pertenecen a su contexto lógico. Cada época histórica construye las representaciones más plausibles para poder asir su dinámica simbólica correspondiente y el psiquismo crea constantemente las condiciones para las expresiones de la realidad tal y como son requeridas por el espíritu de la época. Bajo ese entendido, el sujeto encuentra que el universo está dado de antemano y él mismo participa en la construcción creativa de este proceso, pero no es el hacedor sino un elemento más de una complejidad que lo abarca.

La especulación de una dimensión arquetipal del psiquismo, cuya característica definitoria era la atemporalidad, permitió a Jung hipostasiar una fuente perenne de material creativo al que llamó el Inconsciente Colectivo, pero por su naturaleza éste se ubicó fuera de los fenómenos y así pudo contener la herencia simbólica perdida que Jung había diagnosticado como la enfermedad de los tiempos presentes y que provocaba el hambre de significado del hombre.

Pero Giegerich insiste en que la falta de significado no es el verdadero padecimiento, al contrario, es el afán de lo que se ha perdido el esfuerzo neurótico desde el cual el individuo anhela una parte de la experiencia anímica que ya no es posible, porque esta se ha integrado en las nuevas formas simbólicas, mismas que, no obstante, permanecen despojadas de atención, por parte del sujeto, a causa de la negligencia de un paradigma revivalista cuyo miedo a la incertidumbre dirige su mirada hacia lo que una vez estuvo vivo, pero cuya vida verdaderamente ha sido sublimada en el movimiento lógico de la actualidad.

Por lo tanto, el esfuerzo de una psicología con alma está puesto en atender al fenómeno tal como se manifiesta, pues es quizás una de las claves que distinguen a la psicología analítica de otras escuelas, su aceptación incondicional por los síntomas y los padecimientos, por lo patológico, como parte integral de la vida realmente vivida. Es la sombra lo que debe ser acogido como un huésped que, aunque incomodo, se sabe imprescindible para la constitución de una comprensión psicológica que se asuma como una disciplina cuyo objeto de estudio sea el logos del alma en el fenómeno.

De esta manera, una óptica realmente psicológica descartará de su horizonte la tiranía del deseo personal acerca de como las cosas deberían de ser y se atendrá a la investigación puntillosa sobre como las cosas son para la psique. Se debe poner énfasis en el hecho de que el mundo es lo que la mente piensa sobre sí misma y es su noción la que al despojarse de su positividad provee de una dinámica interna que determina el rumbo de los sucesos. Nadie decide el paso de la historia del alma, ésta es su propia performatividad, actualizándose y superándose incesantemente.

Es bajo tal visión del mundo que surge la pregunta sobre la fidelidad a la herencia daimónica de C.G. Jung, ya que atender sus conceptos y conservarlos realmente traiciona los principios radicales donde se fundó el corpus junguiano, como el compromiso inextricable con los fenómenos. Y ya que el mismo Jung no pudo llevar hasta su término tal vínculo de lealtad, ser junguiano exige no serlo, para atender la transformación constante de los conceptos y de los símbolos que quedaron como una tarea pendiente para el pensador. Detenerlos en ideas fijas significa haber injuriado la naturaleza dialéctica del movimiento anímico que se experimenta como la interiorización de los fenómenos en su noción.

En cambio, seguir el legado de Jung lleva al pensador por la senda sinuosa de la obligación hacia el mundo, Giegerich suele decir que él quiere ser enseñado por la realidad, no transformarla. Así que traicionar lo junguiano es un requisito para guardar fidelidad al espíritu de la psicología analítica que observa la muerte de los símbolos como un tránsito cotidiano del alma dejando atrás sus viejos ropajes para vestirse con nuevas prendas lógicas que le permitan desenvolverse mejor en sus tareas presentes.

Sobre la transmutación de los símbolos Jung especificaba, en su libro acerca de los tipos psicológicos, que éstos solo están vivos mientras pueden sostener la tensión del significado, pero una vez que lo implícito en ellos se hace evidente el propio símbolo muere para dar paso a una nueva representación que pueda contener la complejidad de la vida psicológica. Tales imágenes simbólicas no son creadas por los seres humanos, en su lugar son parte del impulso creativo de la psique que necesita estos soportes semánticos para dirigir su particular curso psicológico. Pero una vez que han cumplido con su labor, deben ser abandonados, a la vez que interiorizados, para dejar que nuevas formas de significado tomen su lugar.

El alma se transforma, se trasmuta como la massa confusa para los alquimistas, pero no está contenida en ningún vaso ajeno, ya que ella misma es su absoluta contención. La contradicción inmanente la somete a la tortura de la calcinación, al desprendimiento de la disolución y a la putrefacción de sus elementos y así continúa la senda hacia el enrojecimiento de la materia. Giegerich ha indicado que las denominaciones oximoronicas de la alquimia (v.g. aqua permanens) responden a la naturaleza dialéctica del opus magnum hacia el cual apuntan. En ellas la consciencia expresa la tensión de los opuestos y muestra el paso de su mutabilidad. El alma es el lapis, pero a su vez es la massa confusa, el fuego y el atanor, el vaso y la soror mystica, es, incluso, el mismo alquimista sometiéndose al calor de la contradicción lógica.

Una psicología asentada en el espíritu de la alquimia, como lo pretendía Jung, seguirá el dictado temprano de la psicología arquetipal por “apegarse a la imagen”, es decir, evitar la pretensión de saber más que lo que la imagen sabe de sí misma y permitir que ella sea el psicopompos que guíe a su catábasis, sabiendo de antemano, que viajar al inframundo requiere la propia desaparición del sujeto para que sea el Sí-mismo quien se someta a su individuación.

Todo ello está contenido en la psicología de Jung pero no siempre es claro, el mismo Jung no siguió en todos los casos los dictados de sus propias intuiciones y estipuló que si el mundo yacía sin mitos habría que dotarlo de nuevas figuras míticas, de una comprensión mítica de la realidad y que ante la pérdida del significado era necesario encontrar nuevas fuentes del mismo. Pero entonces Jung pasó por alto la propia alquimia de los símbolos, no confió lo suficiente en la autonomía de la psique objetiva y se vio tentado a la inflación psíquica que implica el querer ofrecer un remedio para el mundo, sin considerar el hecho de que todo pharmakon es a la vez una cura y un veneno.

Esta es la critica de Giegerich al proyecto de C.G. Jung, no al pensador como un ser humano que se ve compelido a seguir un tema, sino al concepto mismo que se actualiza en el cuerpo de ideas que el psicólogo trata de seguir escrupulosamente. Es esta noción la que permanece al calor del atanor en la reflexión de los fenómenos psicológicos por medio de un aparato de pensamiento que también es sometido al fuego de la transformación. Ser junguiano demanda la paciencia fría del pensar el pensamiento del fenómeno y esto es evidente al revisar cada uno de los textos donde Giegerich procura hacer justicia al espíritu de una psicología con alma, en ellos los lectores, a su vez, tienen el quehacer de, una vez más y siempre de nuevo, disponerse al desmembramiento de la comprensión cotidiana, para que de su negación surja, entonces, el propio pensamiento del alma.

Los temas que el autor propone estudiar, en los siguientes ensayos y bajo la égida de la interiorización tal como se ha descrito son: la muerte de dios, la desaparición del contexto mítico de la consciencia, el nacimiento del hombre, la obsolescencia del significado, la sublación de la naturaleza en su concepto y la dialéctica histórica del alma. Todos ellos fenómenos de la psicología que en la estela del pensamiento junguiano constituyen un itinerario complejo, rico y desafiante que bajo la precisa pluma de quien, quizás, es la mente más avanzada en el ámbito analítico se vuelven ejemplos de un trabajo digno de ser llamado psicológico.

Queda en el lector de estos textos procurar un oido atento a un conjunto de intuiciones que no son egosintónicas y que despiertan la polémica y la incertidumbre al confrontarlo con un mundo indiferente a las necesidades del hombre, empero esta es la única manera de ser uno mismo: desprenderse de la ilusión de volver a ser sostenido por padres metafísicos que contengan la angustia de la existencia. Este es el desafío de los siguientes textos, y de toda la obra del autor, que demandan que el psicólogo que los lea se conciba a sí mismo como un hombre nacido, capaz de poner en entredicho lo complaciente de la teoría analítica y adentrarse, por fin, en el reino salvaje del pensamiento.

CDMX, 2023

La psicoterapia como espejo del alma

Logos del alma

Ser solamente un espejo del otro es una frase que se repite de manera común en psicoterapia, se refiere al trabajo del profesional por crear un ambiente empático y comprensivo para el paciente que acude a consulta. Para esta labor hay diversas técnicas que ofrecen la sensación de que el psicoterapeuta entiende perfectamente las condiciones, los sentimientos y las necesidades del paciente, pero al final el reflejo que observa el consultante no es otro que el de él mismo.

Sin embargo, una terapia centrada en el alma requiere un objetivo distinto. James Hillman en 1988 pronunciaba en Roma una conferencia donde hablaba sobre el narcisismo de la psicología profunda, el cual se reiteraba en los temas abordados por la psicoterapia y en la adecuación de sus conceptos al individualismo imperante, que descarta aquella máxima junguiana que dicta que la mayor parte del alma está fuera del hombre.

Hillman recomendaba dar un paso hacia la ventana, es decir, sacar al análisis de su contención en sí mismo y llevarlo a las calles, al estudio de la arquitectura, a los movimientos sociales, a la historia; habría que analizar al mundo para devolver el alma a su relación con la realidad, despertar su matiz de anima mundi y no enclaustrarla en el estrecho espacio de la psique individual.

Pero el reflejo de una psicología vista en el espejo del mundo aún no es suficiente para contemplar su verdadera profundidad. La imagen de lo exterior sigue siendo una reproducción de la subjetividad que proyecta las reglas de su identidad en aquello que observa. Al mudar el punto de inflexión del trabajo individual al colectivo, no obstante, no se ha trasgredido aún hacia el verdadero objeto de la psicología.

Jung dejó en claro que el objeto de la psicología es el alma. Pero por alma no se debe entender un ente o una imagen, el alma no es una cosa, ni tiene existencia positiva. Realmente es pura y absoluta negatividad, lo que significa que preexiste como la noción inmanente en cada fenómeno dado. El “alma” es la mitologización de la apertura hacia la otredad de la propia existencia, un agujero que se abre y que permite observar de manera inédita para la posición del ego (que de por sí es ciego a ella) la realidad a través de lo negativo.

Por ejemplo, de forma imaginal, el antiguo viaje chamanico suponía la mutación del chaman en un nuevo ser cuya naturaleza revelaba el matiz daimonico de la experiencia del sujeto. Su identidad se conservaba, pero ahora era el vaso receptor de una dimensión comúnmente oculta, el de las imágenes psíquicas que toman posesión de él y son capaces de reificarse en la relación con la comunidad.

La transformación a veces era relatada como un cambio físico donde los ojos del chaman eran retirados de sus cuencas para ser reemplazados con nuevos ojos. Estos nuevos órganos ya no le pertenecían, eran potestad del mundo de los espíritus. Pero tal cambio aún se inscribe en el ámbito de lo mitológico, de la lógica de lo pictórico y de la imagen, significó la expansión de las propias representaciones míticas en las cuales el hombre espiritual estaba contenido.

Hoy, el alma, como el objeto de la psicología ya no puede ser retenido por las imágenes que produce, todas ellas moran en el orden de lo semántico, como relatos y narraciones que dan estructura a la experiencia humana, más no se inscriben en el orden de la sintaxis, de las reglas lógicas desde las cuales dichas ficciones están estructuradas. Así, el alma no es aquello que se mira, más bien corresponde a los ojos, negativos, que observan.

Pero ¿qué otra cosa podría observar esa mirada desprovista de asiento imaginal más que su propia representación? Esta es, precisamente la actividad explicita del alma: salir al mundo adentrandose en sí misma. Este proceso no puede imaginarse, debe de ser pensado para abarcarlo en su verdadera magnitud. Por lo cual, se entiende que la huida hacia la ventana, si se hace desde el sentido común del ego, no es más que un subterfugio de la mirada lógica del alma hacía sí misma.

Para llegar a sí misma en lo real, el alma debe contenerse y su pensamiento ha de llevarla hacía su meta, siguiendo aquella máxima junguiana, retomada de la alquimia, que dicta que no se permita que nada del exterior se entrometa, pues la imagen de la psique contiene todo lo que necesita en sí misma. Por ende, el fenómeno psicológico, para salir de sí, ha de introducirse y engendrarse en su propia noción.

Por lo tanto, la función especular de la psicoterapia no se dirige hacia el paciente como individuo empírico, y tampoco es la tarea del psicoterapeuta convertirse en un espejo fiel de las vicisitudes emocionales de su cliente. Es el consultorio quien ha de revelarse como un vaso hermético donde el fenómeno psicológico solo puede observarse a sí mismo, como un espejo laberíntico que lo lleva siempre al reflejo de sí. Sin embargo, ello exige de una matanza egoica.

Borges contaba la antigua leyenda china sobre un país dentro del espejo, condenado a imitar los movimientos de sus captores, un día, no obstante, un extraño pez aparecerá en la superficie argéntea y entonces el rumor de las armas anunciará su regreso y esta vez no serán vencidos. ¿Será esta la verdadera naturaleza del acto reflexivo? ¿una lucha encarnizada, una matanza venidera?

El paciente busca en la terapia su reflejo y no sabe que quizás él mismo es la imagen imperfecta de otro mundo que espera silencioso el retorno de una luz por venir, de un síntoma rompiente que abre una puerta hacia la muerte de aquel que sueña con la preservación y la salud eterna. El paciente quiere observarse pero sus ojos están destinados a la imagen fulminante del alma que se trasluce en su reflejo.

Un espejo es una superficie que reflecta, sin propósito ni objetivo, la luz incide en él de tal manera que no puede retenerla, no toma nada para sí, simplemente deja que ocurra, en él, el hecho mismo de la reflexión. Lo reflejado no es igual a lo que aparece al frente, sino que se presenta como lo inverso, por lo que no es una copia fiel, sino la visión de aquello que el objeto no puede retener de sí mismo, es decir, su ausencia.

El objeto evoca su ausencia en el espejo, la luz que no guarda para sí, y la proyecta en una superficie que no es capaz de retenerla, que en sí misma está también ausente. Un vacío frente a otro vacío, pero un vacío ya presupone una posibilidad, en cambio esta oquedad no presupone nada, solo aquello que no es o, mejor dicho, su naturaleza negativa.

El síntoma es también un espejo frente a otro espejo, un laberinto, y puesto que todo laberinto está cerrado sobre sí mismo, se puede decir que el acto de reflejarse en el espejo es la negación absoluta del fenómeno y, solo entonces, se puede afirmar que la psicoterapia es semejante a estar frente a un espejo, pues en ella los sujetos dan paso al mundo invertido que nunca podrán contener.

Reflejar es un acto salvaje, pues vacía a los participantes de toda esperanza de encontrarse con lo que deliran que son ellos mismos. Porque lo que son en verdad es la luz, indiferente, en el camino hacia sí misma. De tal forma que la obra psicoterapéutica puede ser entendida como el encuentro del alma consigo misma en el puro acto de la reflexión, convertida en un espejo que solo piensa en aquello que acaece a su mirada.

Tal hecho resulta violento para quien espera que aquello que se presenta sea una figura familiar que afirme lo que su ideal de normalidad dicta, y es que no es precisamente el paciente quien se encuentra, ni el terapeuta quien lo refleja, sino el alma misma que al desmembrar y vaciar a los sujetos, por fin puede estar frente a sí como su propia imagen especular en el puro movimiento lógico de ser una reflexión tautológica.

Del espejo a la ventana: curar el psicoanálisis de su narcisismo

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘City and Soul’, volumen 2 de sus Uniform Edition, capítulo 5, pp. 66-79

Traducción de Alejandro Chavarria

Conferencia pronunciada en Roma, octubre de 1988, y en consecuencia publicada como “Dal narcisismo alla finestra…” en Itinerari del pensiero junghiano, ed. Paolo Aite y Aldo Carotenuto, trad. Maria Carbone (Milán: Raffaello Cortina, 1989). Primera publicación en inglés en Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought 49 (1989).

El conflicto aparentemente individual del paciente se revela como un conflicto universal de su entorno y época. La neurosis es, pues, nada menos que un intento individual, por infructuoso que sea, de resolver un problema universal. 
– C.G. Jung (1912)

El narcisismo es ahora el furor, el diagnóstico universal. En el mundo de Freud, la nueva atención se centró en la histeria de conversión; en la de Bleuler, en la demencia precoz. Anteriormente encontramos todos los males atribuidos a la enfermedad inglesa, al bazo, a la hipocondriasis, a la melancolía, a la clorosis; en París, una miríada de fobias y delirios. Diferentes tiempos y lugares, diferentes síndromes.

El narcisismo tiene sus teóricos -Kohut, Kernberg, Lacan- y los junguianos modernos están siguiendo el furor. La conciencia colectiva de la psicología nos vuelve inconscientes colectivamente, como dijo Jung al escribir sobre las ideas colectivas en su época. Estar “con eso” también significa estar en eso. El diagnóstico epidémico del Narcisismo establece que la condición ya es endémica a la psicología que hace el diagnóstico. Ve el narcisismo porque ve narcisísticamente. Así que no tomemos este diagnóstico tan literalmente, sino que lo coloquemos dentro del desfile histórico de los diagnósticos occidentales.

Eminentes críticos de la cultura –Karl Krauss, Thomas Szasz, Philip Rieff, Christopher Lasch, Paul Zweig y el notorio Dr. Jeffrey Masson– han visto cada uno que el psicoanálisis engendra un subjetivismo narcisista que inflige a la cultura un desorden iatrogénico, es decir, una enfermedad provocada por los métodos de los médicos que la curarían.

Continuaré con su línea de pensamiento, pero usaré un método que Wolfgang Giegerich ha expuesto tan brillantemente en muchos de sus artículos. Si la psicología profunda en sí misma sufre de un trastorno narcisista, entonces lo que primero debemos sondear los analistas es el narcisismo inconsciente en el análisis mismo. Nuestro primer paciente no es ni el paciente ni nosotros mismos, sino el fenómeno llamado “análisis” que nos ha llevado a ambos al consultorio.

El término «narcisismo» es probablemente británico. A Havelock Ellis se le atribuye su invención, aunque Freud nos dio su significado psicoanalítico. ¿Qué dijo Freud? Mientras analizo algunas de sus descripciones, escuchémoslas narcisísticamente, como autorreferencias, descriptivas de la psicología y de nosotros mismos en psicología.

1917: “Empleamos el término narcisismo en relación con los niños pequeños y es al narcisismo excesivo del hombre primitivo que atribuimos su creencia en la omnipotencia de sus pensamientos y los consiguientes intentos de influir en el curso de los acontecimientos en el mundo exterior mediante prácticas mágicas.”1 ¿No tiene el análisis esta fantasía primitiva de omnipotencia de influir en los acontecimientos del mundo exterior mediante sus prácticas mágicas? La omnipotencia de la reflexión subjetiva está atestiguada por muchos junguianos clásicos como Harding, Bernhard, Meier, von Franz, Baumann, etc. Como dice el propio Jung, cada uno de nosotros es “el fiel que inclina la balanza que determina el resultado de la historia mundial”.2 Los rituales de autocompromiso eliminan las proyecciones del mundo para que, supuestamente, el mundo mismo sea transformado por el psicoanálisis.

1922: “… los trastornos narcisistas se caracterizan por una retirada de la libido de los objetos”.3 La retirada de la libido de los objetos— Les pido que recuerden esta declaración. Volveremos a ella.

1925: Freud describe tres golpes históricos al narcisismo de la humanidad. Estos, dice, son el golpe cosmológico de Copérnico, el golpe de la teoría de la evolución darwiniana y el golpe psicoanalítico (de Freud) que hirió la fantasía de omnipotencia, o narcisismo, del ego como único gobernante obstinado. Aquí, el psicoanálisis se convierte en sí mismo en una fantasía gigante de omnipotencia, un mito de creación de nuestra cultura equivalente a la astronomía y la biología, promulgándose con grandeza narcisista.

Este pronunciamiento aparece en la discusión de Freud sobre la resistencia al psicoanálisis.4 Por medio de esta idea, la resistencia, el análisis mantiene brillantemente su invulnerabilidad a la crítica. Cuestionar la validez del análisis se impugna como resistencia al mismo. Más aún: los mismos ataques demuestran resistencia y por lo tanto ayudan a validar la teoría analítica. Como dice Freud, “El triunfo del narcisismo, la victoriosa afirmación del yo de su propia invulnerabilidad. Se niega a ser herido por las flechas de la realidad… Insiste en que es impermeable a las heridas infligidas por el mundo exterior”.5

Más tarde, Freud consideró que el narcisismo no estaba arraigado en absoluto en el amor, es decir, como el amor propio, sino más bien como una defensa contra los impulsos agresivos. Consideremos por un momento el valor de los “impulsos agresivos”; al menos y en el mejor de los casos toman en cuenta el objeto, el mundo exterior: me enfurecen las injusticias sociales, el peligro nuclear, la basura de los medios, la insensibilidad industrial, la mente corporativa, los ideólogos políticos, la arquitectura espantosa, etc. Pero, debido a mis defensas narcisistas contra el llamado envolvente de la agresión, voy al spa, hago ejercicio, medito, troto, hago dieta, reduzco el estrés, relajo mi armadura, mejoro mis orgasmos, me cambio el peinado y me tomo unas vacaciones. Y veo a mi terapeuta: muy caro, muy bueno para mí, porque él o ella dedica una atención completa a mis problemas, especialmente a nuestro marco transferencial. En lugar del mundo y de mi ultraje, trabajo sobre mi análisis, sobre mí mismo, sobre el Sí-mismo. Este Sí-mismo también se ajusta a una definición narcisista: “la incorporación de imágenes de objetos grandiosos como defensa contra la ansiedad y la culpa”6 o, como dice Fenichel, uno se siente en “reunión con una fuerza omnipotente,7 sea esa fuerza un arquetipo, un dios o una diosa, el unus mundus, o la numinosidad del análisis mismo.

El artículo de Freud “Sobre el narcisismo” afirma que tanto la introspección como la conciencia o “ser observado” se derivan del narcisismo y le sirven. Sin embargo, la psicoterapia practica el autoescrutinio como método principal en su tratamiento y el “ser observado” o supervisión como componente principal de su entrenamiento. Un candidato pasa hora tras hora en el narcisismo institucionalizado de mirar y ser mirado.

La institucionalización del narcisismo en nuestra profesión: la idea de resistencia, la idealización del Sí-mismo, las prácticas de introspección y supervisión, las fantasías de omnipotencia sobre su propia importancia en la historia mundial, su técnica de referir todos los eventos a sí mismo como el recipiente, el espejo, el temenos, el marco— se relacionan inmediatamente con esa obsesión central del análisis actual, la transferencia.

Por transferencia entiendo aquí ese hábito analítico autogratificante que remite las emociones de la vida al análisis. La transferencia habitualmente desvía la libido objetal, es decir, el amor por cualquier cosa fuera del análisis, hacia una reflexión narcisista sobre el análisis. Alimentamos el análisis con vida. El espejo que camina por el camino de la vida (Flaubert) reemplaza al camino real, y el espejo ya no refleja el mundo, sino los compañeros de camino. También podrían haberse quedado en casa, menos distraídos por los árboles y el tráfico.

El contenido principal de la reflexión analítica como transferencia es el niño que alguna vez fuimos, un hecho que concuerda con la observación de Freud de que la elección de objeto del narcisista es “alguien que alguna vez fue”. Esto ayuda a explicar la popularidad de moda de los escritos de Alice Miller. Sus hijos idealizados exhiben lo que dijo Freud: el narcisista “no está dispuesto a renunciar a su perfección narcisista en su infancia” y “busca recuperar la perfección temprana.8 El enfoque en la infancia atrapa a la libido justamente en la subjetividad y, por lo tanto, debemos reconocer que las compulsiones eróticas en el análisis son producidas principalmente por el análisis, más que por las personas. El análisis se manifiesta a través de ellos de manera bastante impersonal, de modo que a menudo se sienten traicionados y avergonzados por la impersonalidad de las emociones que experimentan y son incapaces de reconocer que lo que están sufriendo es la libido del objeto que intenta encontrar una salida al análisis. En cambio, la maldad narcisista de nuestra teoría dice que las emociones de transferencia obligan a las personas a profundizar en el análisis.

Reconozcamos que la otra persona, paciente o analista, encarna la única posibilidad dentro de un análisis a la que puede fluir la libido objetal. La persona en la otra silla representa la cura del narcisismo analítico simplemente por estar allí como Otro. Además, el paciente para el analista y el analista para el paciente se convierten en objetos tan numinosos porque también han sido tabúes como posibilidades libidinales. El analista y el paciente pueden no actuar según su deseo el uno por el otro. El narcisismo de la situación los hace absolutamente necesarios el uno para el otro, mientras que el tabú los sitúa absolutamente fuera del otro. Este objeto exterior, sin embargo, también está dentro del análisis. Así, el paciente para el médico y el médico para el paciente se convierten en el modo simbólico de terminar el análisis por medio del amor.

Por supuesto, las personas a menudo se ven desgarradas por lo que Freud llama el dilema amoroso del paciente narcisista: “la cura por amor, a la que generalmente se refiere como cura por análisis.9 Debemos preguntarnos si esta elección neurótica, como la llama Freud, surge del narcisismo del paciente o del narcisismo del sistema analítico en el que se sitúa el paciente. Después de todo, la fantasía de una oposición entre el amor y el análisis ocurre dentro de la fantasía anterior de curación que ha unido a las personas en primer lugar.

Al elaborar códigos éticos, seguros de mala praxis, investigaciones y expulsiones que culpan a los participantes, el análisis se protege de intuiciones hirientes sobre su propio narcisismo. La vulnerabilidad del análisis: que su efectividad siempre está en duda, que no es ni ciencia ni medicina, que está envejeciendo hacia la mediocridad profesional y puede haber perdido su alma ante el poder hace años a pesar de su lenguaje idealizado de crecimiento y creatividad (un lenguaje que de ese modo nunca utilizado por sus fundadores) — esta vulnerabilidad se supera idealizando la transferencia.

Además del amor de transferencia, también existe el odio. Tal vez el odio del cliente hacia el analista y el odio del analista hacia el cliente tampoco sean personales. Quizás, estos intensos sentimientos opresivos uno contra el otro surgen en ambos para presentar a ambos el hecho de que están en una situación odiosa: la libido objetal odia el apego de la transferencia. El análisis se odia a sí mismo para romper la vasija narcisista que aprisiona la libido que iría al alma en el mundo.

Los dilemas astados de la transferencia, incluida la mirada del analista en el espejo de su propia contratransferencia, los sentimientos de amor y odio, esta agonía y éxtasis y la tortura romántica convencen a los participantes de que lo que está pasando es de gran importancia: primero, porque estos fenómenos son esperados por la teoría y proporcionan prueba de ella, y segundo, porque estos fenómenos recrean lo que el análisis fue una vez en su propia infancia en Viena y Zurich, análisis en fusión primaria con sus orígenes en Breuer y Freud y Jung, en Dora y Anna y Sabina. Los sentimientos tienen un disfraz terapéutico porque esta es la ficción curativa de la situación analítica. En otras palabras, la transferencia es menos necesaria al médico y al paciente que al análisis mediante el cual intensifica su idealización narcisista, quedándose enamorada de sí misma. Nosotros terapeutas no nos sentamos en nuestros aposentos tantas horas al día sólo por el dinero, o el poder, sino porque somos adictos al narcisismo analítico. Nuestro narcisismo individual se ve oscurecido y reforzado por el narcisismo aprobado de la profesión analítica.

Cuando uno de los cónyuges imagina una cita o el otro resiste una seducción, o cuando cualquiera imagina que el amor es una solución a la miseria, entonces se enmarcan en los conflictos románticos de Madame Bovary, Cumbres Borrascosas y Anna Karenina, reconstituyéndose el romanticismo del siglo XIX y los orígenes del psicoanálisis, no en su infancia personal o en la mía, sino en su propia infancia cultural. Esto significa que tenemos que ubicar el narcisismo del análisis contemporáneo dentro de un narcisismo mucho más amplio: el movimiento romántico.

La tradición literaria se diferencia en menos cuatro rasgos principales de este género. Ya hemos hablado de uno, “idealización del objeto de amor”. Y, de hecho, el análisis idealiza al paciente como un «caso interesante», «paciente difícil», «buen paciente», «personalidad límite». O considere todas las fabulaciones literarias que han convertido a los pacientes en eternas figuras literarias — Dora, Ellen West, Babette, Miss Miller, Wolfman, Ratman, Little Hans, hasta Freud y Jung en las novelas The White Hotel y The House of Glass. Pensemos en el Romanticismo en nuestros constructos teóricos: Amor y Muerte, Empatía, Transformación, Crecimiento, El Niño, La Gran Madre, El Espejo, Deseo y Goce, y el Objeto Transicional. En el paciente tienen lugar eventos tan idealizados como un hieros gamos, una búsqueda de autodescubrimiento y un viaje hacia la totalidad. Sincronicidades fuera de las leyes causales, funciones trascendentes, integración de la sombra y la realización del Sí-mismo de quien depende el futuro de la civilización. Registramos nuestra idealización del objeto de amor, es decir, el análisis, en sesiones analíticas grabadas y filmadas, prestando atención meticulosa y costosa a conversaciones y gestos triviales. El análisis está enamorado de su imagen idealizada.

Un segundo rasgo esencial del romanticismo es la oposición entre la sociedad burguesa y el Sí-mismo interior que, con sus sueños, deseos e inspiraciones, tiende a oponer, incluso a contradecir, el mundo exterior de las cosas habituales. El psicoanálisis desde sus inicios se imagina fundamentalmente opuesto a la civilización y sus instituciones de religión, familia, medicina y la comunidad política desdeñada como “el colectivo”. El énfasis de Freud en sí mismo como judío y, por lo tanto, marginal, así como la posición favorita de Jung como un viejo ermitaño herético (a pesar de las vidas burguesas que llevaban y los valores que tenían) todavía dan forma a la imaginación de la profesión y distorsionan su relación con el mundo ordinario.

En tercer lugar, el aprisionamiento es otro tema básico en el romanticismo, especialmente francés y ruso. En Los Endemoniados de Dostoievski, la canción de María dice: “Esta diminuta celda me basta, allí habitaré mi alma para salvarla”. El consultorio proporciona el lugar físico de confinamiento para el encarcelamiento psíquico del análisis como tal, su devoción por los rincones y grietas secretos del mundo privado, decorando con rococó reconstructivo (es decir, complejidades psicodinámicas) la célula narcisista de la personalidad.

En cuarto lugar, el género romántico ha sido definido como aquel que simultáneamente busca y pospone un fin particular. Esto encaja con la terapia. Todo su procedimiento busca la restitución de la persona al mundo, pero pospone este retorno indefinidamente. (Mientras tanto, no hagas grandes cambios en tu vida real. No actúes. La cura del análisis se vuelve más análisis -otro analista, otra escuela- y la mejora de la formación se vuelve cada vez más horas.) La simultaneidad de buscar y posponer se produce un fin en el enigma básico de todo análisis, sus dos mandamientos contradictorios: alentar los deseos del inconsciente (No reprimirás) y prohibir la gratificación (No actuarás). Nuestro trabajo es con los libidinosos y nuestro método es a través de la abstención. El final es imprevisible; no hay finalización. Análisis interminable, como decía Freud. Este es el Romanticismo de eterna añoranza.

No hay salida del consultorio del romanticismo y del subjetivismo de su eros, a menos que nos volvamos hacia lo que está más allá de su alcance, hacia lo que el narcisismo y el romanticismo dejan fuera: los objetos, el mundo real no idealizado, inmediatamente dado, de lo aburrido y los objetos urbanos. Al desviar la atención psicológica del espejo de la autorreflexión al mundo a través de la ventana, liberamos la «libido objetal» para buscar su objetivo más allá del confinamiento narcisista en el análisis. Porque “libido de objeto” no es más que un nombre psicoanalítico para la pulsión que ama el mundo, el deseo erótico de anima mundi, de alma en el mundo.

Quizás quede más claro por qué he estado enfatizando la notable frase de John Keats; “Llama al mundo… El valle de la creación del alma. Entonces descubrirás el uso del mundo…” Además, comprenderán por qué me he retenido de ese lado de Jung que expone sobre el significado, el Sí-mismo, la individuación, el unus mundus, la totalidad, los mandalas, etc. Estas ideas amplias e introvertidas me envuelven a mí y generalmente a mis pacientes con un aura grandiosa e invulnerable. Además, me mantengo alejado de la locura actual de Kohut y la mística lacaniana. Aunque reconociendo el narcisismo como el síndrome de la época (aunque las bases para ello se prepararon hace mucho tiempo en la catástrofe metafísica de los agustinianos y cartesianos subjetivismo), pero Kohut intenta su cura por los mismos medios de la obsesión narcisista: una observación cada vez más detallada de la subjetividad. Y una subjetividad dentro de los confines opresivos de una infancia reconstruida negativamente. El arquetipo del niño domina la terapia contemporánea, manteniendo a los pacientes (y analistas) a salvo del mundo. Porque este arquetipo se siente siempre amenazado por el mundo actual, no vive en el presente sino en el futuro y es adicto a su propio infantilismo impotente. Al centrarse así en el niño, el análisis se priva de sus derechos del ámbito más amplio de la formación del alma en la comunidad adulta de la polis.

Sin embargo, debo confesar un grave error de larga data de mi parte con respecto a la frase de Keats. Siempre consideré que el mundo exterior era útil para hacer la propia alma. Narcisismo otra vez. Mi alma, tu alma, no su alma. Para los románticos, sin embargo, animar al mundo era una parte crucial de su programa. Reconocieron las trampas de la subjetividad narcisista en su visión. De ahí que buscaran el espíritu en la naturaleza física, la hermandad de toda la humanidad o Gemeinschaftsgefühl, la revolución política y el retorno a los dioses y diosas clásicos, intentando revivir el alma del mundo con el panteísmo.

Por lo tanto, debemos leer a Keats diciendo que vamos por el mundo en aras de su creación de alma, por lo tanto, la nuestra. Esta lectura sugiere una verdadera libido de objeto, más allá del narcisismo, de acuerdo con la definición de amor de Otto Fenichel. El amor sólo puede llamarse así cuando “la propia satisfacción es imposible sin satisfacer también al objeto.10 Si el mundo no se satisface con nuestro paso por él, por mucha belleza y placer que de él reciban nuestras almas, entonces vivimos en su valle sin amor.

Hay una salida, o no estaría parado aquí. Por mi estilo específico de narcisismo, mi pose ante el espejo, hoy es heroica. Mi estilo insiste en la resolución de las cuestiones planteadas. El método que utilizaré aquí sigue el método que suelo emplear para resolver problemas. Primero, buscamos un modelo en la historia del psicoanálisis; en segundo lugar, recurrimos a algún tipo de patologización peculiar en busca de una pista; y tercero, resolvemos problemas disolviéndolos en imágenes y metáforas.

Entonces, volvamos al primer caso psicoanalítico, Anna O., y su médico, Josef Breuer, quien, con Freud, escribió Estudios sobre la histeria. Como recordarán, después de un año de sesiones casi diarias, a menudo de varias horas, terminó repentinamente. Recuerden también la intensidad de su transferencia, que desarrolló un embarazo y un parto histéricos, después de que Breuer intentara terminar el tratamiento. Él, según Jones, después de una visita final a ella “huyó de la casa sudando frío. Al día siguiente, él y su esposa partieron hacia Venecia para pasar una segunda luna de miel que resultó en la concepción de una hija.11 Ya sea un hecho o no, y Ellenberger dice que no, la fantasía muestra a un patrón fundador de nuestro trabajo que escapa tanto de la curación por análisis como de la curación por amor por la belleza de Venecia y la concepción de una hija. Su libido de objeto regresa del narcisismo opresor del psicoanálisis al romanticismo del mundo más amplio.

Este amplio mundo sigue siendo meramente eso, meramente un lugar de escape o actuación, en tanto que el mundo “al otro lado de la ventana” se imagina solo en el modelo cartesiano como pura res extensa, sólo materia muerta. Para mostrar más vívidamente cómo ese mundo es, como dijo Keats, un lugar del alma, vayamos directamente a través de la ventana hacia el mundo. Demos un paseo por un jardín japonés, en particular el jardín de paseo, el que tiene agua, colinas, árboles y piedras. Mientras caminamos, imaginemos el jardín como emblema del maestro itinerante o del guía terapéutico (psychopompos), el mundo mismo como psicoanalista mostrándonos el alma, mostrándonos cómo estar en él anímicamente.

Me dirijo al jardín y a Japón debido a las ideas que tuve en los jardines de Kioto hace varios años, y también porque el jardín como metáfora expresa algunos de los anhelos más profundos, desde las Hespérides hasta el paraíso del Edén y el hortus inclusus de María, del mundo como morada del alma. Así que al entrar ahora en el jardín japonés estaremos pasando por la ventana hacia el anima mundi.

Primero notamos que el jardín no tiene un lugar central para pararse y verlo todo. Sólo podemos escudriñar una parte a la vez. En lugar de visión general y totalidad, hay perspectiva y cadidad. El mundo cambia a medida que nos movemos. Aquí un grupo de iris, allí una roca cubierta de musgo. En lugar de un centro (con sus raíces etimológicas en el griego kentron, «aguijón» o «pinchazo», y siendo compelido hacia una meta por medio de un distanciamiento geométrico abstracto), hay cambios de enfoque relativos a la ubicación y actitud del cuerpo.

Segundo: mientras uno pasea, cada vista se vuelve a ver desde una perspectiva diferente. El arce se ramifica hasta el borde del estanque, las hojas flotantes parecen menos melancólicas después de que el camino se curva. Estos cambios de ver de nuevo son precisamente lo que significa la palabra «respeto». Mirar de nuevo es “respetar”. Cada vez que volvemos a mirar lo mismo, ganamos respeto por él y le añadimos respeto, descubriendo curiosamente la relación innata de “looks” — de mirar y ser mirado, palabras en inglés que hacen referencia a la dignidad.

Tercero: cuando el jardín, más que el sueño o el síntoma o el inconsciente, se convierte en la vía regia de la psique, entonces nos vemos obligados a pensar de nuevo sobre la palabra “en”. “En” es la preposición dominante de todo psicoanálisis, no con, no desde, no para, sino “en”. Nos miramos en nuestras almas, nos miramos en un espejo. “En” se ha tomado completamente literal, como una materia psíquica invisible y sin espacio dentro de nuestra piel, o los significados dentro de nuestros sueños y síntomas, o los recuerdos encerrados en el pasado. La interioridad del jardín, sin embargo, está totalmente presente y totalmente expuesta. “En” tiene los significados de incluido, comprometido, involucrado, abrazado. O, como dijo Jung, la psique no está en nosotros; estamos en la psique. Este sentimiento de estar en la psique se vuelve más palpable dentro de las ruinas de un templo griego, en la tumba de un rey egipcio, en una danza o un ritual, y en un jardín japonés. La frase de Jung “esse in anima” adquiere entonces concreción, como lo hace en un bosque talado, una ciudad bombardeada, una sala de cáncer, un cementerio. La ecología, la arquitectura, el interiorismo son otras formas de sentir el anima mundi. De hecho, la relación entre cuerpo y psique se invierte. En lugar de la noción habitual de psique en el cuerpo, el cuerpo que pasea por el jardín está en la psique. El mundo mismo es un cuerpo psíquico; y nuestros cuerpos cuando nos movemos, nos paramos, miramos, nos detenemos, giramos y nos sentamos están realizando una actividad de reflexión psíquica, una actividad que antes considerábamos sólo mentalmente posible en el espejo de la introspección. Entonces, conocerse en el jardín del mundo requiere estar físicamente en el mundo. Dónde estás revela cómo eres.

Cuarto: la idea de individualidad también cambia, ya que en el jardín japonés los árboles se podan en la parte superior y se les anima a crecer de lado. En lugar de una individualidad del árbol solitario, altísimo (y Jung dijo que el árbol único es un símbolo principal del Sí-mismo que se individua),12 estos árboles extienden sus ramas hacia otros. La individualidad está dentro de la comunidad y toma su definición de la comunidad. Además, cada manojo de las suaves ramas de los pinos es arrancado por los jardineros. Sacan agujas, permitiendo que el vacío individualice la forma de cada ramita. Es como si nada pudiera individualizarse a menos que esté rodeado de vacío y, sin embargo, muy, muy cerca de lo que más se parece. Por lo tanto, la individualidad es más visible dentro de la separación enajenada y la estrecha similitud, por ejemplo, de la familia que en el intento de ser «diferente» de la familia.

Quinto: no solo se sostienen los árboles viejos con muletas y se les anima a florecer — por lo tanto, la floración no pertenece solo a la juventud — sino que también el jardín incluye árboles muertos. ¿Qué hiere más nuestro narcisismo que estas imágenes de la vejez, estos árboles muletas, dependientes, retorcidos y muertos?

Sexto: los jardines Karesansui, o jardines de inspiración zen, presentan principalmente arena blanca y piedras encontradas, raramente árboles. En este lugar desnudo la mente se mira a sí misma haciendo interpretaciones. Las nueve rocas en la arena rastrillada son una familia de tigres nadando en el mar; las nueve rocas son cimas de montañas que se elevan a través de la niebla blanca y las nubes; las nueve rocas son simplemente rocas, colocadas estéticamente con genialidad. Una leyenda tras otra, una filosofía, una teoría de la crítica literaria o una interpretación psicológica ascienden a la mente y vuelven a caer en la arena blanca. El jardín se convierte enteramente en metáfora, tanto de lo que es como de lo que no es, presencia y ausencia a la vez. El koan concreto del jardín de rocas transforma la mente misma en metáfora, su pensamiento es transitorio mientras perdura la imagen, de modo que la mente no puede identificarse con su propio subjetivismo: el narcisismo vencido.

Finalmente, insistiré en que el jardín no es natural; ni la psique es natural. El jardín se diseñó y se cuida manteniendo una artificialidad que imita a la naturaleza. En Fort Worth, Texas, hace años se construyó un gran y maravilloso jardín japonés. Pero como no se reservaron los fondos adecuados para los jardineros de Japón, la naturaleza destruye lentamente ese jardín. Sin el giro pervertido de los podadores a cada centímetro de la naturaleza, el jardín se reduce a ser simplemente otra parte del bosque. La elaborada exhibición del alma en el mundo de un jardín es un opus contra naturam, como la alquimia. Como la alquimia, el jardín es una obra de intensa cultura. A diferencia de la alquimia, su materia, su cuerpo, está ahí afuera, en lugar de dentro del recipiente de vidrio.

Debido a que el jardín es artificial, como se llamaba al alquimista artifex, todas las concepciones del alma deben ser despojadas de falacias naturalistas. El alma como opus contra naturam no se beneficiará adecuadamente de comparaciones falaces con el crecimiento orgánico, el proceso cíclico y los mitos de las diosas de la naturaleza. Tampoco el jardín cobija al niño del que crece la persona creadora, como a la psicoterapia le gusta creer. Al insistir en la artificialidad de nuestro trabajo con el alma, trato de alejarnos del error romántico de confundir lo ideal (Edén y los campos Elíseos; Horaiko, en japonés) con lo natural. El jardín como metáfora ofrece una visión romántica que nos salva del romanticismo naturalista al torcer y sofisticar la naturaleza a través del arte.

Este giro a la naturaleza que hiere las idealizaciones del jardín se presenta en nuestra cultura, como en la cultura romana, por nuestro antiguo dios de los jardines y los jardineros, Príapo. Príapo no es ni joven ni hermoso. A diferencia del encantador Narciso, a diferencia de las figuras semidivinas de Adán y Eva, Príapo es maduro, calvo y panzudo, y tan distorsionado que su madre, Venus, lo abandonó al nacer. Su sola presencia repele las idealizaciones románticas y la mirada en el espejo de la vanidad venusina, así como el reflejo absorto de Narciso. La reflexión priápica comienza al revés; su absurda condición hinchada refleja la vitalidad del mundo. En él se despliega la misma fuerza que en los capullos y las vainas que germinan. Por medio de una distorsión que engañosamente parece “solo natural”, Príapo invita a las grotescas y patologizadas desproporciones de la imaginación, y la imaginación, dice Bachelard, funciona por deformación.

Entonces, cuando invoco a Príapo, no estoy hablando de priapismo; no estoy hablando de machismo ; y no soy antifemenino. Déjame ser bastante claro. Hablo de la artificialidad generativa que es la esencia del jardín y de la psique. Cada sueño, cada fantasía y cada complicación sintomática de la salud natural y la humanidad normativa atestigua el placer libidinal de la psique en la exageración, su genio fértil para la distorsión imaginativa. Si este dios de los jardines es también un dios del psicoanálisis —y desde Charcot hasta Lacan se ha invocado lo priápico— aporta a su obra un reflejo arcaico más allá de lo romántico o lo barroco, una urgencia conmovedora hacia adelante y hacia afuera. (A Príapo no se le permitió entrar en las habitaciones cerradas de Hestia, donde su presencia se vuelve solo violenta y obscena).

Además, este dios no necesita espejo para conocerse a sí mismo, porque su yo se muestra por completo. Su naturaleza no se puede ocultar en su interior, por lo que está bastante libre de significados ocultos y sutiles insinuaciones que mantienen al psicoanálisis esperanzadamente adicto a una revelación más, una transformación más, interminable. Príapo no conoce metamorfosis, ni transfiguraciones. Príapo no tiene ambigüedad; la metáfora le está prohibida; lo muestra todo, no revela nada. Como el jardín, todo lo que hay. Las rocas son las rocas.

Interiorizar una frase subrayada en sí misma. Algunas reflexiones sobre ser «sólo eso»

Traducciones

Greg Mogenson, EE.UU.

Capitulo 4 de Psychology as the Discipline of Interiority, compilación editada por Jennifer. M. Sandoval y John Knapp.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

Introducción

Un amigo mío, un chico del campo, al igual que yo, se ahorró el costo de un viaje a la India, o de uno de los muchos cursos de meditación que tenía a su disposición en su localidad, inventando un mantra propio para cantarlo. Al oírlo, me pregunté cuál sería el mío. No importa que no sea meditador ni tenga planes de serlo, al menos no en el sentido habitual. El hecho de que mi amigo se hubiera inventado su propio mantra me hizo preguntarme cuál sería el mío. O quizá sea más exacto decir que me sirvió para darme cuenta de que ya sabía cuál sería mi mantra, es más, ¡que ya tenía uno en mente!

«¡Sólo soy eso!»
«¡Sólo soy eso!»
«En última instancia limitado».
«¡Sólo soy eso!»

Adaptación de una declaración de Jung que aparece hacia el final del capítulo «Sobre la vida después de la muerte» de su autobiografía,1 estas son las palabras que me vinieron a la mente cuando me pregunté cuál sería mi mantra. Por casualidad, hace más de treinta años, recuerdo cómo mi espíritu se aceleró tanto al intuir su importancia que inmediatamente tomé mi pluma de lector y las hice mías. Aunque Jung era su autor, al mismo tiempo eran mías, ya que habían tocado una fibra sensible en mí. Y así fue como puse mi línea bajo las palabras de Jung. Pero aquí, ahora, al recordar aquel momento, me viene otro recuerdo. Con la misma urgencia me viene a la memoria que, cuando le preguntaron a Joseph Campbell qué yoga practicaba, la respuesta que dio fue: «¡Subrayar frases!».2

Esta, sin duda, fue una respuesta espléndida. Campbell era un estudioso de los mitos. Con la pluma en la mano, pasó gran parte de su vida leyendo. Su práctica espiritual -su yoga- no era algo separado y al margen de esto, el eje principal de su vida. No era, a la manera de lo que Hegel diagnosticó como el mal infinito, algo externo, separado y limítrofe con sus actividades académicas finitas y cotidianas. Era más bien la interioridad meditativa de éstas.

Subrayado especulativo

De acuerdo con la caracterización que hace Campbell del subrayado de frases como una especie de yoga, en lo que sigue me detendré en esa línea de Jung que mi pluma de lector ha reclamado como mi mantra: me detendré en ella, profundizaré en ella, la leeré y releeré. También puede decirse que meditaré sobre ella. Sin embargo, a diferencia de mi amigo, cuya práctica meditativa consiste en interiorizar el sonido y el sentimiento de su mantra cantándolo en silencio, mi práctica meditativa consistirá en interiorizar reflexivamente la frase que con un trazo de bolígrafo he reclamado como mi mantra, no en mi interior, no en mí, sino contemplativamente en sí misma.

Ahora bien, lo primero que hay que comprender al emprender esta empresa es la «unidad de la unidad y la diferencia» del subrayado de un lector y el texto subrayado. Hace muchos años, en una mesa redonda con James Hillman, declaré que mi subrayado de sus textos era tan inspirado como los propios textos, lo que me valió un «choca esos cinco» por mi comentario.3 Lo que quería decir con este comentario era la interdependencia mutuamente determinante y mutuamente constitutiva de la lectura y la escritura. Leer y escribir se implican mutuamente. De hecho, podría decirse que cada una es como el despliegue de la otra, incluso cuando se convierten fácilmente la una en la otra. Aunque empíricamente, por supuesto, el texto del autor es anterior al lector que más tarde se encuentra con él, a veces puede ocurrir que el subrayado de un lector, si se trata de un subrayado anímico, sea lógicamente anterior y conceptualmente más profundo que el texto original del autor.

Limitándome a un solo ejemplo, recuerdo al analista junguiano Wolfgang Giegerich subrayando aquellos pasajes de los textos de Jung en los que éste habla de la falta de un punto de vista arquimédico de la psicología fuera de la psique.4 Giegerich, como se ha visto, ha sido un lector más profundo, serio y minucioso de estas líneas que Jung, su autor.5 Incluso podría decirse que su extensa autoría no es otra cosa que un largo y extenso subrayado en el que la idea seminal de Jung se aplica a sí misma y se libera en lo que implica universalmente como concepto. Y en este sentido, me viene a la memoria una respuesta que Giegerich dio una vez en una entrevista cuando le hicieron una pregunta sobre el hecho de haber escrito textos tan difíciles y desafiantes. Realizando lo que yo llamaría una inversión dialéctica, respondió hablando de sí mismo no como escritor, sino como lector. Cuando se trata de su propia lectura voluntaria, afirma Giegerich, sólo lee libros que aún no comprende. Por difíciles que sean esos textos, si al mismo tiempo resultan cautivadores por el interés que se ha puesto en ellos, esto demuestra, como afirma Giegerich más adelante, que «por debajo de mi no comprensión, el alma que hay en mí ya se ha incendiado por lo que leo, pero no comprendo».6 Esta, seguramente, es una experiencia familiar. Como lectores de Jung, Hillman y ahora también de Giegerich (por nombrar sólo a los escritores clave de nuestra tradición), probablemente todos leemos de esta manera, cogiendo el bolígrafo para subrayar aquellos pasajes que, aunque no entendamos, nos han encendido el alma.

Ahora bien, a lo que Giegerich se refiere como «el alma en mí [ya] se ha incendiado por lo que leo», y a lo que yo, con un guiño a Campbell, me he referido como la práctica meditativa de subrayar frases, corresponde a lo que en la Psicología como Disciplina de la Interioridad se denomina autorrelación especulativa,7 por un lado, y a la dialéctica implícito/explícito,8 por otra. Nacida de la intuición antes mencionada de que para la psicología no existe ningún punto de vista externo, ninguna posición arquimédica exterior, la Psicología como Disciplina de la Interioridad se ocupa total y exclusivamente de desplegar las profundidades anímicas de cualquiera que sea el fenómeno que ha llamado su atención y que ha reclamado como propio. Digo «reivindica como propio» porque en la relación que aquí se establece, sujeto y objeto, yo y lo otro (esto, aquello y lo otro) no se encuentran separados, externos el uno al otro. Se trata, más bien, de su identidad especulativa, es decir, de una autorrelación de superación de la diferencia o de sublimación de la diferencia, en la que lo semejante conoce a lo semejante y la diferencia se considera como el despliegue de los matices de lo mismo. Como disciplina carente de un punto arquimedico, la psicología se encuentra a sí misma en sus tópicos y temas, del mismo modo que, según otro pasaje de Jung que estoy seguro de no ser el único en haber subrayado, «nos encontramos a nosotros mismos una y otra vez con mil disfraces en el camino de la vida».9

Lectura meditativa

Mis observaciones hasta ahora son suficientes para mostrar el carácter especulativo de las frases subrayadas. Teniendo esto en cuenta, podemos pasar ahora al tema del despliegue meditativo del significado especulativo de tales frases, o como también podría llamarse, la dialéctica de la lectura anímica.

Al tomar una frase de un texto que nos mueve a subrayarla, o una situación de la vida que podría expresarse en forma de frase, la metodología psicológica se esfuerza por comprender su significado inmanente y su sentido intrínseco como una declaración del alma sobre sí misma. Como ya he dicho, se trata de que nos tomemos en serio la idea de Jung de que la psicología carece de un punto de Arquímedes, al igual que, por ejemplo, Giegerich ha hecho con su idea complementaria de que «para la psicología no hay Otro». O [más bien] el otro que hay es el propio otro ‘del alma’, su otro interno, es decir, él mismo como otro».10

Tomado con este espíritu, el enunciado que se lee no se interpreta como un objeto o cosa separado de un sujeto observador a la manera de la observación empírica. La diferencia de conciencia que suele establecerse entre un sujeto, por una parte, y su objeto, por otra, tampoco se distribuye entre el lector y el texto, ni siquiera (y esto es lo más importante) entre el sujeto de la oración y su predicado. Se trata más bien de su identidad especulativa. Pero, más concretamente, ¿qué significa esto? Cuenta la leyenda que Lutero arrojó su tintero al diablo y a partir de entonces escribió con el diablo en su tinta. Al arrojar la tinta de nuestro subrayado a un texto concreto, podemos descubrir, de forma similar, que tanto nosotros, como sujetos lectores, como el tema que habíamos pensado que era el tema de una frase o un párrafo, se modifican especulativamente, se redefinen especulativamente.

Digo «especulativamente» porque un pasaje de Hegel que subrayé una vez se transmitió de esta misma manera a mi propio pensamiento como psicólogo. En su Fenomenología del espíritu, Hegel habla de lo que se ha dado en llamar la proposición filosófica, la proposición especulativa o, más sencillamente, la frase especulativa. Curiosamente, dado lo que ya hemos dicho sobre la lectura de textos desafiantes, el contexto en el que se trata este tema tiene que ver con la orientación que Hegel ofrece con respecto a la queja que a menudo se levanta contra los libros de filosofía de que son tan densos y abstractos que cuando el lector llega al final de una frase o párrafo no está seguro de lo que parecían tratar hace un momento y tiene que volver sobre ellos de nuevo, incluso muchas veces quizás.11 Como dice Hegel: «Aprendemos por experiencia que [como lectores serios] queríamos decir algo distinto de lo que queríamos decir; esta corrección de nuestro significado obliga a nuestro saber a volver sobre la proposición y entenderla de alguna otra manera».12 Lo que Hegel quiere decir con esta descripción de lo que estoy seguro que es una experiencia de lectura familiar es que las sentencias filosóficas se autodefinen, o mejor dicho, se autoredefinen. No es porque estén mal escritas por lo que tenemos que volver sobre ellas. Al contrario, es porque nuestra primera comprensión del tema se ve a menudo completamente cuestionada al final de la frase o del párrafo, y nuestro sentido de su significado puede haber cambiado por completo.

Por lo general, cuando leemos un texto o experimentamos acontecimientos de la vida, prevalece una firme distinción entre sujeto aquí y objeto o atributo allá. En sentido estricto, el sujeto se considera una sustancia que posee diversas propiedades y atributos, por un lado, y que limita e interactúa con cosas que le son externas, por otro. Expresando esto en términos gramaticales podríamos decir que el sujeto se caracteriza o se discute en términos de predicados que especifican cualidades. De un tema o asunto concreto se puede afirmar o describir esto, aquello o lo otro. La proposición especulativa, por el contrario, sublima esta manera ordinaria de cognición leyendo el predicado como un predicado esencial. Lejos de indicar una mera cualidad del sujeto, se considera que el predicado es el sujeto de nuevo, él mismo por segunda vez.

Nuestra frase y su contexto

«¡Sólo soy eso! ¡Sólo soy eso! Limitado en última instancia. Sólo soy eso!» Antes de examinar lo que Jung había querido decir con estas palabras, obsérvese que su frase principal – «¡Sólo soy eso!»– tiene la forma de una frase especulativa. Como los ejemplos de Hegel de tales oraciones, «Dios es el Ser» y «lo real es lo universal,»14 el sujeto de la frase de esta línea digna de mantra se encuentra una vez más en su predicado. Su «yo», aprendemos, no es «yo» en el sentido directo y presuntamente autoidéntico de «yo = yo» de la lógica formal y la gramática sujeto-atributo. Tampoco es, como podríamos haber supuesto a primera vista, una entidad positivamente existente que tiene esta, aquella u otra cualidad positiva. Más bien, leyendo y releyendo, su significado se revela a sí mismo a través del movimiento lógico del pensamiento que es dentro de su autorrelación como sujeto y predicado esencial. Se trata de una mediación. Reflejado en un predicado que, a pesar de las diferencias aparentes, se identifica expresamente como el mismo que él mismo, el yo sujeto se redefine más rigurosa y concretamente en su concepto. No es un yo que primero existe y luego, humillándose, confiesa que es «sólo eso». Al contrario, sólo existe en primer lugar como resultado de su propio despojamiento, es decir, en virtud de su sólo-eso.

Pero, ¿qué había querido decir Jung con estas palabras? En su propio contexto, en su propia época, antes de que lectores como usted y yo las hayamos hecho nuestras con nuestro subrayado, ¿qué había querido decir cuando habló de que uno es «sólo eso»? En consonancia con el tenor de la obra de su vida en su conjunto, la afirmación de Jung está tomada de una época y hablada en una época en la que la formación religiosa del alma había pasado en gran medida a su forma sucesora, la psicología. Mientras que en una época anterior su tema habría sido la preocupación cristiana por la salvación del alma inmortal de uno, en su propia época, ahora psicológica, tenía que ver con ayudar al individuo de los tiempos modernos que está desprovisto de tal concepción a discernir lo que es esencial en su vida y a vivir en devoción a ello. Como Jung dijo en el párrafo inmediatamente anterior al que contiene su afirmación sobre ser «sólo eso»:

La pregunta decisiva para el hombre es: ¿está relacionado con algo infinito o no? Esa es la pregunta reveladora de su vida. Sólo si sabemos que lo que verdaderamente importa es lo infinito podremos evitar fijar nuestro interés en futilidades, y en todo tipo de metas que no tienen verdadera importancia. … En última instancia, sólo contamos por lo esencial que encarnamos, y si no encarnamos eso, la vida es un desperdicio.14

Jung, por supuesto, se refiere exclusivamente al hombre moderno, no a nuestros antepasados. Sólo en los tiempos modernos los hombres y las mujeres se encuentran ante lo que Jung llama «la cuestión decisiva». En épocas anteriores era totalmente distinto. Como ha dicho Giegerich, al no haber nacido todavía del alma, el hombre religioso había vivido simplemente con las respuestas para empezar.15 Plenamente provisto en lo metafísico, no se enfrentaba por sí mismo a preguntas esenciales, y mucho menos a la llamada «pregunta decisiva» que posteriormente llegó a plantearse al hombre moderno sobre si «¿está relacionado con algo infinito o no?». No tuvo que confesarse, y de hecho no podría haberlo hecho, como «sólo eso». La vocación, el género, los roles familiares, los cargos cívicos y las etapas de la vida simplemente tenían el carácter de infinitud incorporado, incluso cuando le fueron conferidos por una tradición todavía vital y antigua.16 Como alguien que tendría que decidir por sí mismo sobre estas cuestiones, el individuo aún no existía. Y aquí se podría argumentar, en el verdadero espíritu de Jung, que la psicología y su piedra de toque, el hombre como individuo, se constituyeron por la misma despojamiento que las palabras, «¡Sólo soy eso!», confiesan, admiten, reconocen como verdad. Porque, en efecto, es en contra y en contraste con la situación anterior del hombre religioso sabiéndose a sí mismo como ser en el alma, hijo de Dios y poseedor de una esencia inmortal, que uno se encuentra ahora siendo «sólo eso«.

El capítulo de las memorias de Jung del que se ha extraído nuestro pasaje subrayado, «Sobre la vida después de la muerte», es un buen ejemplo. La declaración de Jung, digna de un mantra: «¡Yo sólo soy eso!», sigue a una larga discusión de una colección de sueños y experiencias a partir de los cuales había construido sus propias opiniones personales sobre la vida después de la muerte. Sin embargo, lo que hay que entender es que el tributo que Jung parece rendir a esta preocupación tradicional por el alma es en realidad una desviación de la misma. Nunca antes, en el pasado cristiano, la vida después de la muerte o el más allá había necesitado que se acumularan pruebas en apoyo de la inferencia de que podría ser así. Era simplemente un concepto existente, una fantasía comunitaria vital, una verdad del alma creída por todos en todas partes. Impartidas a través del sacramento del bautismo, la vida eterna y la salvación del alma inmortal tenían significado como verdades de este mundo durante toda la vida y antes de la muerte. La prueba no tenía nada que ver con ello. Sólo después del nacimiento del hombre -es decir, después de que naciéramos de la religión y la metafísica a la modernidad ilustrada- las dudas sobre la veracidad de la vida después de la muerte impulsaron esfuerzos empíricos como los de Jung para apuntalarla contra su evidente desaparición.

La verdad de la época de Jung, por tanto, no era en absoluto la que él, como antiguo ejemplo del hombre moderno en busca de un alma, extraía anacrónicamente de su interior y plasmaba decorosamente en su Libro Rojo y sus memorias. Se trataba más bien, como había anunciado Nietzsche, de que Dios, y junto con él las esperanzas de los fieles de salvación en la eternidad de una vida después de la muerte, había muerto. Y esto, la idea de la muerte de Dios, no necesitaba más pruebas de las que había necesitado el Dios vivo en todas aquellas épocas anteriores en las que los símbolos de la deidad eran una expresión vital del alma comunitaria y de la lógica de la vida realmente vivida. Bastaba con que la idea pudiera formularse, bastaba con que pudiera anunciarse tan abierta y públicamente, sin que la tormenta de herejías cayera sobre la cabeza de su autor.17

La diferencia empirismo/especulación

Dije que el tributo que Jung parece rendir a la vida después de la muerte en su capítulo «Sobre la vida después de la muerte» es en realidad un alejamiento de esa verdad tradicional del alma. En efecto, basta con comparar las experiencias espurias y el material onírico a partir de los cuales improvisó sus opiniones personales sobre la vida después de la muerte con la realidad de peso que este concepto tenía como verdad comunitaria dentro de las doctrinas y sacramentos de la Iglesia para encontrar poco asombro en el hecho de que, rompiendo con su discusión sobre la vida después de la muerte, Jung pase a declarar en las últimas páginas de su capítulo: «¡Yo sólo soy eso!». En este caso, el déficit se debe a que Jung adopta un enfoque empírico de lo que tradicionalmente había sido una verdad especulativa. Aunque reconoce de buen grado que el tema de la vida después de la muerte está fuera del alcance de las ciencias empíricas, hace una apasionada defensa del beneficio que supone para la vida que cada individuo establezca para sí mismo una concepción empíricamente fundamentada de la vida en el más allá basada en «indicios que nos envía el inconsciente».18 Los individuos que son capaces de formular tales puntos de vista, afirma Jung, tienden a encontrar consuelo con ello. «Viven más sensatamente, se sienten mejor y están más en paz».19 Pero aquí debemos objetar: ¿de qué le sirve a un hombre ganar toda clase de seguridades psíquicas y perder el alma de lo real? Jung, sin duda, tiene razón en su opinión de que muchos individuos están más en paz cuando prevén que sus vidas continuarán de algún modo después de la muerte. Sin embargo, desde el punto de vista psicológico, no importa si la vida después de la muerte, o Dios en realidad, existe o no. Lo que importa, más bien, es lo que tales figuras muestran con respecto a la conciencia y dicen con respecto al alma durante las diversas épocas históricas.

Sobre ser «sólo eso»

Una vez establecido el contexto de la línea de Jung que he subrayado en su autobiografía, podemos entregarnos ahora a la tarea más meditativa de leerla especulativamente. A primera vista, de hecho durante casi toda la primera lectura, el capítulo de Jung «Sobre la vida después de la muerte» parece completamente sencillo. En consonancia con su intención de presentar experiencias que apuntan a la posibilidad de una vida en el más allá, sus frases tienen la forma de simples afirmaciones. Nunca nos queda ninguna duda sobre su tema. Sólo hacia el final del capítulo, sólo con los párrafos que culminan en nuestra afirmación «¡Sólo soy eso!», nos damos cuenta de que tal vez necesitemos «volver a la proposición» de todo el capítulo «y entenderla de otra manera».20

Los párrafos que tengo en mente aparecen en las últimas páginas del capítulo. Después de haber compartido sus puntos de vista sobre la vida después de la muerte en las veinticinco páginas anteriores, Jung termina reflexionando anímicamente sobre esta vida. En comparación con la comodidad que se supone que fomentan las ideas que uno va desarrollando sobre la vida después de la muerte, estas reflexiones finales son más serias y psicológicamente rigurosas. Ya no tienen que ver con el ego y su compra del otro mundo, sino con lo que Jung, limitándose a este mundo y a esta vida, llama diminutivamente el único-eso-que-es-el-ser-uno-mismo. Todo un descenso desde el tema «paranormalmente» misterioso en que se ha convertido la vida después de la muerte en nuestros tiempos. Es como si, después de contar lo que él llama sus historias de fantasmas junto al fuego,21 Jung hubiera tenido que darse cuenta de que la kenôsis que caracteriza la autoexperiencia de la modernidad ya no puede evitarse.

Más arriba he citado la línea con la que comienza este giro especulativo, aquella en la que Jung afirma: «La pregunta decisiva para el hombre es: ¿Está relacionado con algo infinito o no?». Más adelante, prosigue: «En última instancia, sólo contamos por lo esencial que encarnamos, y si no encarnamos eso, la vida es un desperdicio.» Y luego, en el párrafo siguiente, llegamos al clímax especulativo de todo el capítulo: El sentimiento de lo infinito, sin embargo, sólo puede alcanzarse si estamos limitados al máximo. La mayor limitación para el hombre es el «yo»; se manifiesta en la experiencia: «¡Sólo soy eso!».22

Fíjate en lo que ha ocurrido aquí. En estas penúltimas frases del capítulo de Jung, lo infinito y lo finito se encuentran como la esencia misma de la autoexperiencia de este mundo. Ya no están distribuidos entre la conciencia y el inconsciente, esta vida y la siguiente, en una relación secuencial, externa, uno al lado del otro, o uno después del otro. Por el contrario, después de que Jung abandonara su antiguo intento de apuntalar las concepciones religiosas tradicionales de la vida después de la muerte con indicios empíricos extraídos de sus experiencias psíquicas, la relación entre lo infinito y lo finito puede reconocerse ahora como una relación dialéctica de este mundo. También podemos decir que se reconocen como una parte y una parcela la una de la otra, incluso cuando el yo como órgano de la verdad y alma de lo real se aviva y se produce al estar «limitado al máximo». Yo no soy más que eso.

La psicología como el más allá de sus temas y materias

Jung sabe, por supuesto, como dijo en otro contexto, que «el cielo y el infierno son destinos impuestos al alma y no al hombre civil [es decir, al ego], que en su desnudez y torpeza no tendría ni idea de qué hacer consigo mismo en una Jerusalén celestial».23 Sabe, como dijo el poeta Wallace Stevens, que «el cielo y el infierno/son uno, y aquí, oh terra infidel«.24 Tal vez por eso, en las últimas páginas de su capítulo, rompe con su discusión ego-consoladora sobre la vida después de la muerte, porque incluso aquí, en sus memorias personales, el verdadero psicólogo estaba trabajando en él después de todo. O tal vez, pensándolo bien, no sea Jung como autor de este texto a quien haya que reconocer el mérito en esta ocasión, sino a nosotros como autores de nuestro propio subrayado. Porque habiendo subrayado, como muchos de nosotros, la frase de Jung «¡Yo sólo soy eso!», somos nosotros quienes debemos demostrar que merecemos esa designación, aunque sólo sea volviendo sobre el capítulo del que hemos estado citando y entendiéndolo de alguna otra manera.

He dicho que el carácter especulativo o anímico de una exposición sólo se hace evidente en lecturas posteriores. En consonancia con esto, puede observarse ahora que al comienzo mismo de su capítulo «Sobre la vida después de la muerte», en una afirmación que probablemente no hayamos tenido plenamente en cuenta hasta una segunda o tercera lectura, Jung declara que la totalidad de sus obras de psicología «no son fundamentalmente más que intentos, siempre renovados, de dar una respuesta a la cuestión de la interacción entre el ‘aquí’ y el ‘más allá'».25 ¿Pero cómo puede ser esto? Tipología, esquizofrenia, cristianismo, alquimia, cuentos de hadas, mitos, sincronicidad, ovnis: la lista de temas y asuntos de Jung es variada y diversa. ¿Qué pensar entonces de su afirmación de que las imágenes y pensamientos que le han sacudido con respecto a la vida después de la muerte subyacen en todas estas obras?

Volviendo especulativamente a los últimos párrafos del capítulo para considerar de nuevo de qué se trataba en primer lugar, baste decir que la afirmación inicial de Jung de que sus trabajos en psicología no son más que «intentos… de dar una respuesta a la cuestión de la interacción entre el ‘aquí’ y el ‘más allá'» sólo tiene posibilidades de ser cierta si lo que luego dice sobre la vida después de la muerte no es más sobre el más allá en sentido literal de lo que lo que había dicho sobre la alquimia había sido sobre la alquimia en sentido literal.26

Interiorizar la diferencia «aquí» y «más allá» en sí misma

Antes hemos oído decir a Hegel que una y otra vez, en el curso de nuestra lectura, nos vemos obligados a volver sobre una proposición o un texto hasta que se nos revela una comprensión muy diferente de lo que se trataba en primer lugar. Explicando esto con más detalle en un pasaje relacionado, escribe que «El pensamiento… pierde la firme base objetiva que tenía en el sujeto cuando, en el predicado, es arrojado de nuevo al sujeto, y cuando, en el predicado, no vuelve a sí mismo, sino al sujeto del contenido».27 Lo mismo ocurre con la psicología. También la psicología pierde la firme base objetiva que parecía tener como ciencia empíricamente determinada de la psique cuando, en el espíritu de ser «sólo eso», se ve especulativamente arrojada de nuevo sobre sí misma por el carácter ya psicológico de los temas y materias que al principio se había planteado inconscientemente como tales. ¿De qué otra forma podría ser? Como dice Jung, reiterando su idea de que la psicología carece de un punto de vista arquimédico, «mientras que en todos los demás departamentos de la ciencia natural un proceso físico es observado por un proceso psíquico, en la psicología la psique se observa a sí misma, directamente en el sujeto, indirectamente en el prójimo».28 es decir, en otros campos.

Ahora, con estas reflexiones, queda al descubierto la contradicción del texto de Jung. Recayendo en un estilo de pensamiento sustancialista, Jung designa la vida después de la muerte y la relación entre el «aquí» y el «más allá» como los opuestos de los que se ocupa. Adoptando un enfoque casi empírico de estos temas, la mayor parte de su capítulo tiene que ver con la edificación del individuo con creencias anímicas construidas sobre la base de sueños y otras experiencias psíquicas que pueden sugerir la continuación de la existencia personal en un más allá real. Pero aunque su exposición trata de esto, tampoco trata de esto en absoluto. Desde el principio, como ya se ha dicho, «la interacción entre el ‘aquí’ y el ‘más allá'» se describe como el tema esencial de sus numerosos escritos, independientemente del tema. Tomada al pie de la letra, la implicación de esta afirmación es que la psicología es el más allá de sus temas y materias, incluso cuando, «sublimada desde el principio,»29 sólo a través de la percepción de que han salido del «aquí» de su positividad como temas de su propia ciencia o de alguna otra, que es lo que quita el alma y constituye la psicología, pueden ser comprendidos en términos del «más allá» o de la infinitud interior de lo que su ser-para-la-conciencia dice sobre el alma.30

Volver a mi mantra

«¡Sólo soy eso! ¡Sólo soy eso! Limitado en última instancia. Sólo soy eso». Mi regreso a estas palabras dignas de mantra sigue a una serie de digresiones. Pero se puede argumentar que ésta es una característica familiar de la meditación en general. En el transcurso de cualquier sesión, la atención del practicante tiende a desviarse. Los sonidos distraen, las fantasías se apoderan, los pensamientos surgen. Durante segundos, e incluso durante mucho más tiempo, el canto puede cesar. Esto, sin embargo, no indica un fracaso en la meditación. Al contrario, es un momento inherente a su dialéctica. Porque así como la meditación implica la elaboración de los contenidos de la mente (a través de la cesión a los pensamientos y fantasías), también y en la misma medida está comprendida por su retorno negativo a sí misma como la forma o resultado de la sublimación del contenido de todo lo que ha elaborado. Y así es como, al darse cuenta de que está pensando en otras cosas, el meditador simplemente vuelve a la disciplina de su mantra una vez más como interioridad de lo que, desde una perspectiva más externa, simplemente es o ha sido.

Ahora, por supuesto, nuestro compromiso meditativo en estas páginas está concebido de forma muy diferente a la práctica real de cantar un mantra. Como dije al principio, nuestra preocupación no es interiorizar el sonido y el sentido de un mantra en nuestro interior, sino interiorizarlo especulativamente en sí mismo. Pero dicho esto, la analogía que acabo de establecer con las digresiones e iteraciones que componen la dialéctica de la meditación real sigue siendo pertinente en nuestro contexto. El hecho de que en estas reflexiones hayamos tenido que hacer repetidas digresiones para hablar de la frase de Jung (incluso cuando el giro especulativo que contiene nos ha impulsado a volver a ella una vez más), es indicativo del hecho de que en la psicología de Jung hay mucho que trabajar.

Lo que quiero decir aquí es que la psicología de Jung es una psicología en gran medida de contenidos. Jung, por ejemplo, escribe sobre el contenido de la neurosis, el contenido de la psicosis, y sobre las relaciones entre el yo y el inconsciente como opuestos concebidos positivamente, como entidades. Asimismo, en sus escritos, el yo no tiene carácter propio, sino que se habla de él como si tuviera el carácter de un objeto venerado (y a veces vilipendiado). Lo mismo ocurre con las verdades especulativas sobre las que escribió (el arquetipo de la madre, el renacimiento, etc.). Pretendiendo abordarlas empíricamente (cuando un enfoque especulativo se habría adaptado mejor tanto a ellas como a su visión de la falta de perspectiva arquimédica de la psicología), las estudió a la manera de un naturalista, es decir, como arquetipos frente a la conciencia, lo que equivale también a decir, como contenidos del inconsciente colectivo. Y eso por no hablar de la importancia que atribuía a que nos entregáramos a ese bochorno de riquezas que es la vida simbólica. Los junguianos posteriores, irritados por la búsqueda del mito y el símbolo, se han entregado a todo tipo de disparates en pos de su mito personal. Búsqueda de héroes, iniciaciones chamánicas, dioses y diosas en cada hombre y mujer: no es de extrañar que ya en 1966 Philip Rieff describiera la psicología junguiana como una «especie de religión para diletantes espirituales, que coleccionan símbolos y significados como otros coleccionan cuadros».31

Surge la pregunta. ¿Cómo puede el sujeto junguiano pronunciar las palabras «¡Sólo soy eso! Aunque Jung, sin duda, también habló en ocasiones de la necesidad de «confesar con firmeza nuestra pobreza espiritual».32 su psicología del inconsciente colectivo parece habernos hecho multimillonarios a todos. Y sin embargo, estas palabras se pronuncian. Abandonando su antiguo esfuerzo por crear una vida después de la muerte para el hombre moderno (¡y me estremezco al pensar en la tumba de faraón que sería, dado el concepto de Jung del inconsciente colectivo!), se sumerge humildemente en su finitud en esta vida, enfrentándose a sí mismo y a su lector con la mencionada «cuestión decisiva» de si, en y a través de su finitud, está relacionado con el infinito, no después de la muerte, sino en esta vida.

Reflexiones finales

Se ha dicho que todos los escritos de un verdadero pensador no son sino el desarrollo en profundidad de un pensamiento. ¿Podría decirse lo mismo del lector, bolígrafo en mano, que se siente impulsado a subrayar tal o cual frase en el curso de una vida de lectura? Nuestros trazos como lectores, ¿son igualmente el desentrañamiento del pensamiento único que encontramos en aquellos autores que nos han reclamado como por nuestro propio otro que acelera el alma? Baste decir que, en tal caso, el subrayado se puede caracterizar, como lo he hecho aquí, como una práctica de yoga o meditación.

Pero ahora llego al final de mis reflexiones. Haciendo un poco de digresión (para volver por última vez a esa línea especulativa que reivindiqué como mi mantra), quiero terminar con tres pasajes más de la obra de mis subrayados, uno de Yeats y dos últimos de Jung.

Al final de su carrera como poeta, Yeats experimentó una sequía de inspiración. Durante seis semanas, busca en vano un tema poético digno. Finalmente, sin embargo, describiéndose a sí mismo como «un hombre roto», el poeta se da cuenta de que no hay nada para ello, sino que debe contentarse con su propio corazón. Y así, con éste como tema, «enumera viejos temas», los triunfos poéticos de su pasado. A éstos los caracteriza como sus «animales de circo», incluso es a partir de esta imagen que da título a su poema, «El abandono de los animales de circo». Menciono ahora todo esto para citar los versos de la última estrofa, pues éstos, según creo, pueden marcarse con un trazo de bolígrafo que es continuo con el trazo de bolígrafo que hace tiempo dibujé bajo la frase de Jung: «¡Yo sólo soy eso!».

Esas imágenes magistrales porque completa
Crecieron en la mente pura, pero ¿de lo qué empezó?
Montón de desechos o barreduras de una calle,
Viejas teteras, viejas botellas y una lata rota,
Hierro viejo, huesos viejos, trapos viejos, esa zorra delirante
Que guarda la caja. Ahora que mi escalera se ha ido,
Debo acostarme donde empiezan todas las escaleras
En la asquerosa tienda de trapos y huesos del corazón.33

Son especialmente esas últimas líneas las que quiero subrayar aquí, las que afirman:

Ahora que mi escalera se ha ido,
Debo acostarme donde empiezan todas las escaleras
En la asquerosa tienda de trapos y huesos del corazón.

Pasando del yo-soy-sólo-eso de las líneas finales de este poema a mis viñetas sobre Jung, la primera de ellas está extraída del relato de Jane Pratt sobre un seminario que Jung impartió en Nueva York en octubre de 1937. Según la señora Pratt, la última de las presentaciones de Jung, una conferencia titulada «El concepto del inconsciente colectivo», fue en gran medida un fiasco debido a numerosas dificultades técnicas que interfirieron en el propósito didáctico de Jung. Aunque asistieron «los más destacados partidarios y detractores neoyorquinos de Jung… la ocasión», como explica la señora Pratt, «no fue propicia»:

La conferencia… requería diapositivas, muchas, y un entusiasta seguidor se había ofrecido voluntario para proyectarlas, pero o bien las habilidades de este hombre eran insuficientes, o bien las diapositivas estaban poseídas. Se proyectaban al revés o invertidas, y se caían al suelo cuando él intentaba enderezarlas. Si Jung quería volver a ver una, avanzaban; si le decía que siguiera, retrocedían. Así que Jung permanecía de pie, puntero en mano, en una plataforma elevada ante su enorme audiencia, esperando a que aparecieran las imágenes correctas o apresurándose a comentarlas inteligentemente antes de que pasaran. Mientras tanto, sus seguidores sufrían. Reaccionando al principio con gran consideración ante la torpeza de su asistente, sus comentarios se hicieron más agudos por los matices -ya que los sentimientos negativos se apagan- y el sufrimiento de sus adeptos aumentó. Sin embargo, la desafortunada conferencia terminó sin que se destruyera nada básicamente humano, ni siquiera la relación de Jung con el asistente, quien admitió la justicia de cierta irritación. Sólo el embrollo y todas las interrupciones habían destruido por completo la continuidad del importante argumento de Jung. Más tarde se contó que le había dicho a alguien: «He sido analizado esta noche, como nunca antes«.34

A propósito de la estrofa que he citado de Yeats, esta afirmación de Jung también tiene carácter de «¡Yo sólo soy eso! Creo que esto resulta aún más convincente cuando examinamos la transcripción de la charla improvisada que Jung dio en la cena de gala que se celebró esa misma noche y que marcó el final de su visita. Publicada bajo el título «¿Es la psicología analítica una religión?», Jung analizó en esta charla cómo la psicología, aunque no es en sí misma una religión, ha surgido en la estela de la religión que la precedió. En nuestro contexto, son especialmente dignos de mención sus comentarios sobre Jesús al final de su charla:

Y recuerdan ese extraño incidente, la entrada triunfal en Jerusalén. El fracaso total llegó en la Crucifixión con las trágicas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Si se quiere comprender toda la tragedia de esas palabras hay que darse cuenta de lo que significaban: Cristo vio que toda su vida, consagrada a la verdad según su mejor convicción, había sido una terrible ilusión. La había vivido a fondo con absoluta sinceridad, había hecho su experimento honesto, pero no dejaba de ser una compensación. En la Cruz, su misión le abandonó. Pero como había vivido tan plena y devotamente, ganó el cuerpo de la Resurrección.35

Al leer estas palabras, una mente retentiva recordará la ocurrencia que Jung había hecho a raíz de su entrada triunfal en Nueva York tras haberse ido de rositas esa misma noche: «Me han analizado esta noche, como nunca antes«. Pero permítanme citar algo más de esta charla, para que también pueda apreciarse el carácter de «¡Yo sólo soy eso!» de las siguientes frases de Jung:

Debemos hacer exactamente lo que hizo Cristo. Debemos hacer nuestro experimento. Debemos cometer errores. Debemos vivir nuestra visión de la vida. Y habrá errores. Si evitas el error no vives; en cierto sentido puede decirse que toda vida es un error, porque nadie ha encontrado la verdad. Dios se hace hombre. Esto suena como una terrible blasfemia, pero no es así. Porque sólo entonces podemos comprender a Cristo como él querría ser comprendido, como un semejante; sólo entonces Dios se hace hombre en nosotros.36

Ahora, mi subrayado final. Se trata de un comentario que Jung hizo después de que le recordaran una carta que había escrito a Freud unos cincuenta años antes. En esa carta anterior, Jung había escrito con mucho entusiasmo sobre la perspectiva, tal como él la veía entonces, de que el psicoanálisis pudiera reavivar entre los intelectuales el sentimiento por el símbolo y el mito, transformando suavemente a Cristo de nuevo en el dios adivino de la vid, que era, y de esta manera absorber esas fuerzas instintivas extáticas del cristianismo con el único propósito de hacer del culto y el mito sagrado lo que una vez fueron: una fiesta ebria de alegría donde el hombre recuperó el ethos y la santidad de un animal.37

Una afirmación notable. Jung continuó:

Esa era la belleza y el propósito de la religión clásica, que por Dios sabe qué necesidades biológicas temporales se ha convertido en un Instituto de la Miseria. Sin embargo, ¡qué infinito arrebato y desenfreno yacen latentes en nuestra religión, esperando ser conducidos de nuevo a su verdadero destino! Un auténtico y propio desarrollo ético no puede abandonar el cristianismo, sino que debe crecer dentro de él, debe hacer fructificar el himno de amor, la agonía y el éxtasis por el dios moribundo y resurgente… -sólo este desarrollo ético puede servir a las fuerzas vitales de la religión.38

Pero lo que nos interesa no es tanto esta afirmación en sí como la diferencia que puede suponer medio siglo. Aunque hay mucho en los escritos posteriores de Jung que sugiere que realmente siguió este programa extático (estoy pensando especialmente en su autodenominación como terapeuta del cristianismo), cuando se le mostró esta carta unos cincuenta años más tarde respondió con considerable disgusto.

Muchas gracias por la cita de esa correspondencia maldita. Para mí es un recuerdo desgraciadamente inexpungable de la increíble locura que llenó los días de mi juventud. El viaje desde el país de las nubes a la realidad duró mucho tiempo. En mi caso, el Progreso del Peregrino consistió en tener que bajar mil escaleras hasta poder tender la mano al pequeño terrón de tierra que soy.39

«¡Sólo soy eso! ¡Sólo soy eso! Limitado en última instancia. Sólo soy eso». Tras reflexionar sobre la afirmación de Jung de ser «analizado esta noche, si nunca antes», su imagen de tender la mano al «pequeño terrón de tierra que soy» y los versos de Yeats sobre «la asquerosa tienda de trapos y huesos del corazón», volvamos de nuevo a este mantra en cuanto a la redefinición del propio sujeto junguiano.


Notas

  1. Jung, MDR, 325.

2. En una entrevista realizada por Jeffrey Mishlove, “Understanding Mythology with Joseph Campbell,” Campbell Recuerda haber dado esta respuesta a Allan Watts. http://archive.is/tPTd, downloaded September 14, 2016.

3. Mesa redonda sobre el tema de “The Immortals” en el Festival de Archetypal Psychology, University of Notre Dame, South Bend, Indiana, July 12, 1992.

4. Jung, CW 8, § 421, 429; Jung, CW 9i, § 384; Jung, CW 16, § 254; Jung, CW 17, § 161, 162, 163.

5. Con respecto a esta afirmación, ver Wolfgang Giegerich, “Introduction,” en The Neurosis of Psychology (Collected English Papers, Vol. I) (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2005), 1–17.

6. Wolfgang Giegerich, “Love the Questions Themselves,” in R. & J. Henderson, editors, “Enterviews” with Jungian Analysts, Vol. 3 (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2010), 279.

7. Mi trabajo, “Entering the Speculative Mind,” presentado en el Summer workshop of The International Society for Psychology as the Discipline of Interiority, Chestnut Conference Centre, Toronto, Canada, July 20, 2013.

8. Cf. Wolfgang Giegerich*, The Soul’s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology* (Frankfurt am Main; New York: Peter Lang, 1998), 45–50.

9. Jung, CW 16, § 534.

10. Wolfgang Giegerich, David L. Miller and Greg Mogenson, Dialectics and Analytical Psychology: The El Capitan Canyon Seminar (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2005), 26.

11. G.W.F. Hegel, Phenomenology of Spirit, A.V. Miller, trans. (Oxford: Oxford University Press, 1977), § 63.

12. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 63, p. 39.

13. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 62.

14. Jung, MDR, 325.

15. Wolfgang Giegerich, “The End of Meaning and the Birth of Man: An essay about the state reached in the history of consciousness and an analysis of C. G. Jung’s psychology project,” in The Soul Always Thinks (Collected English Papers, Vol. IV) (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2010), 216–217.

16. Wolfgang Giegerich, What Is Soul? (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2012), 299; also his Neurosis: The Logic of a Metaphysical Illness (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2013), 83–101.

17. De acuerdo con este punto de vista, Jung escribe: «Cuando Nietzsche dijo ‘Dios está muerto’, pronunció una verdad que es válida para la mayor parte de Europa. La gente está influenciada por ello no porque él lo haya dicho, sino porque es un hecho psicológico generalizado… [Su declaración] tiene, para algunos oídos, el mismo sonido espeluznante que el antiguo grito que resonó sobre el mar para marcar el final de los dioses de la naturaleza: «El Gran Pan está muerto».” C. G. Jung, Psychology and Religion: West and East (The Collected Works, Vol. 11), ed. Sir Herbert Read and Gerhard Adler, trans. R.F.C. Hull, 2nd edn (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1975), § 145.

18. Jung, MDR, 301.

19. Jung, MDR, 301.

20. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 63.

21. Jung, MDR, 300.

22. Jung, MDR, 325.

23. Jung, CW 9ii, § 56, in Giegerich’s modified translation.

24. Wallace Stevens, The Palm at the End of the Mind, ed. Holly Stevens (New York, NY: Vintage Books, 1972), 253–254.

25. Jung, MDR, 299.

26. Además de mi tesis sobre «la psicología como vida después de la muerte de sus temas y temas», vea la sección 1.10 of Giegerich’s What Is Soul? Aquí (ver especialmente las páginas 76-77) se señala que, si bien todos los diversos campos de estudio (por ejemplo, las humanidades, la historia intelectual, la lingüística, los estudios religiosos, etc.) reflejan el alma y, en esta medida, juntos proporcionan, aunque solo sea implícitamente, una psicología conmovedora, todavía se necesita una disciplina real de la psicología para estudiar lo que estos diversos campos, como expresiones fenomenales del alma, tienen que mostrar o decir sobre el alma.

27. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 62.

28. Jung, CW 17, 161.

29. Para una discusión de la sublatación fundamental de la psicología, consulte Giegerich, Soul’s Logical Life, 124; 191–201.

30. Pertinente a estas reflexiones es una declaración que Jung hizo sobre la perspectiva de la muerte que está mediada por el Tibetan Book of the Dead:

Es muy sensato que el Bardo Thödol deje claro al hombre muerto la primacía de la psique, porque eso es lo único que la vida no nos deja claro. Estamos tan atascados por las cosas que empujan y oprimen que nunca tenemos la oportunidad, en medio de todas estas cosas «dadas», de preguntarnos por quién son «dadas». … Se necesita una gran inversión del punto de vista, que requere mucho sacrificio, antes de que podamos ver el mundo como «dado» por la propia naturaleza de la psique. Es mucho más directo, más dramático, impresionante y, por lo tanto, más convincente, ver todas las cosas que me pasan que observar cómo las hago realidad.

(CW 11, § 841)

Para obtener más información sobre la psicología y su perspectiva de la muerte, consulte James Hillman, The Dream and the Underworld (New York, NY: Harper & Row, 1979). Also, Giegerich*, Soul’s Logical Life*, 22–24, 192.

31. Philip Rieff, The Triumph of the Therapeutic: Uses of Faith after Freud (New York, NY: Harper & Row, 1966), 139.

32. Jung, CW 9ii, § 28.

33. W.B. Yeats, Selected Poetry (London, UK: Pan Books, Ltd, 1976), 202.

34. William McGuire, ed., C. G. Jung Speaking: Interviews and Encounters (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1977), 94–95 (Cursiva mía). Quiero dar las gracias a Tom Kapacinskas por hacerme consciente de este texto en el Seminario East Aurora de 1998 y por su discusión de él como un reflejo de la propia desilusión de Jung con respecto a su hipótesis sobre el inconsciente colectivo.

35. McGuire, ed., C. G. Jung Speaking: Interviews and Encounters, 97–98.

36. McGuire, ed., C. G. Jung Speaking: Interviews and Encounters, 98.

37. William McGuire, ed., The Freud/Jung Letters: The Correspondence between Sigmund Freud and C. G. Jung, trans. R. Manheim and R.F.C. Hull (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1974), 294.

38. McGuire, ed., Freud/Jung Letters, 294.

39. C.G. Jung, Letters 1: 1906–1950 (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1973), 19 (Nota 8 cerca de la parte superior de la página). Para una discusión perspicaz en la que la imagen de Jung de agacharse a sí mismo como un terro de tierra se interioriza en sí misma a la luz de su contradicción inherente, véase Giegerich, «El fin del significado y el nacimiento del hombre», 235-236. También hay un enlace hecho aquí por Giegerich con el «¡Solo soy eso!» de Jung

La infantilización en psicoterapia

Logos del alma

James Hillman observó que el arquetipo del niño nutre de sobremanera las salas de consulta de los psicoterapeutas y una gran parte de la teoría que da sustento a sus intervenciones. Se puede corroborar todavía esa fijación literalista en los objetivos terapéuticos actuales, que se derivan a su vez de una visión causalista de la realidad, como lo son: el crecimiento personal, el libre flujo de las emociones y de los sentimientos, la búsqueda del perdón y, más evidentemente, en la salvación del niño interior.

También se puede vislumbrar ese proyecto puerilizante en la necesidad pedagógica por educar a las personas en el discurso psico-emocional hegemónico, que plantea escenarios antropotécnicos como la educación socioemocional y la proliferación de narrativas psi en los medios masivos de comunicación, que reproducen la idea de un ser humano en constante crecimiento, necesitado de actividades productivas y de ser la causa última de su propia salud mental.

La imagen del niño subyace en el discurso psicoterapéutico como determinante en la relación asimétrica entre pacientes y terapeutas. En consulta es común que el profesional tome el lugar del adulto y el consultante el del niño ya que, para uno, la tentación de guiar al prójimo otorga privilegios y un sentimiento de inflación egoica que es difícil de atender si no se es consciente de la escisión del arquetipo; y, para el otro, fungir el rol infantil permite dejarse llevar por la voluntad de alguien más y entregar el peso de la propia existencia.

Es habitual que el paciente, fuera del consultorio, comente: “mi terapeuta dice que…”, ésta es una formula para despojarse de la grave tarea de ser uno mismo y afrontar la incertidumbre de la vida realmente vivida. La imagen del psicoterapeuta funge como un ego auxiliar que sostiene al sujeto en terapia, una madre o un padre, que proporcionan seguridad y dirección existenciales. Pero esa enorme carga quizás tenga su correlato en el esfuerzo cultural por atomizar al sujeto y convertirlo en un edificador de sí mismo.

Por lo tanto, una narrativa infantilizadora consume los esfuerzos terapéuticos, y, sin embargo, la visión fija del niño es una idea que no se corresponde con la realidad. El niño es concebido únicamente como víctima inocente y como aspirante a la adultez. Pero el niño no es ni inocente ni tiene como meta el crecimiento. Más bien, como lo mostró la figura mitologizante en la teoría freudiana, el infante es un perverso polimorfo, una figura cuyos deseos lo llevan por caminos no siempre claros y de los cuales comúnmente es, a la vez, víctima y victimario.

Cuando a una persona vulnerada únicamente se le permite el papel de víctima, la imagen del niño puro y santo ha encontrado un recipiente conveniente, mientras que su otro, el Herodes destructor, debe asumir uno distinto y antagónico; es así que una vez que la idea de lo infantil ha sido despojada de su negatividad, de su sombra y la víctima ha sido empobrecida de su complejidad, ésta pierde el contacto con la dinámica del lado oscuro de la experiencia.

Una imagen distinta del niño la ofrece el evangelio apócrifo de Santo Tomás donde el niño Jesus hace alarde de sus poderes, castiga y maltrata a las personas, esta es una versión oscura de la niñez, un residuo de la imagen primitiva del dios de los ejércitos, quien no puede subsumirse a la imaginación humana. Se aprecia, por tanto, una visión distinta de la infancia, despojada de la moralina idealizante que fragmenta la imagen del niño y que lo condena a la emergencia de la sombra en la forma de los distintos tipos de violencia infantil.

Por ende, el niño no es un adulto pequeño en espera de crecimiento, lo que implicaría una desvalorización del mismo. La infancia es un estadio que tiene todo lo que necesita en sí mismo y que es completo tal como es. Asociarlo a un telos que no le pertenece, a la meta de la adultez, conlleva olvidar los procesos dialécticos inherentes en su carácter de absoluto y condenar al niño a ser un mero homúnculo de una figura porvenir.

Por otra parte, es debido atender el hecho de que el ideal de crecimiento personal es una estrategia política que despoja de su poder a los ciudadanos, infantilizándolos y haciéndolos dependientes del sistema a través del discurso psicológico. El crecimiento personal híper-responsabiliza al individuo, inflándolo en importancia y cargando sobre sus hombros la tarea imposible de estar atento a sí mismo en todo momento y ante cualquier circunstancia, convirtiéndolo en culpable de todo suceso en su vida, sometiendo al sujeto a una paradoja donde, por un lado, se le pide tomar responsabilidad y, por el otro, se le exige ser como un niño pequeño.

Cabe señalar que el sujeto de rendimiento, que señala Byung Chul-Han, es aquel que se somete a la producción capitalista hasta convertirse el mismo en una mercancía, a la que debe adornar y mejorar para tener un mayor rendimiento en el mercado y aumentar su rentabilidad. La ansiedad constante por no ganar suficiente dinero o por no tener el cuerpo adecuado son otras maneras de decir que el adulto no es aún lo que debiera ser, que está en crecimiento como un niño que se dirige a su destino predestinado en la adultez.

Una tarea de la terapia, por lo tanto, ha de ser pensar en la idea del niño desde sus distintas facetas y permitir que lo que no es aceptado de la niñez converja en dicha noción, ya que con el niño vienen imágenes de su propia vida lógica que nos siempre son agradables: el odio, la violencia, el abuso y demás temas adyacentes, pero que son absolutamente necesarias, porque la castración del concepto, para exaltar solo su lado luminoso, impide su movimiento psicológico y la apreciación de su completitud.

Pensar la idea del niño es necesario para impedir la continua infantilización del adulto en consulta y para entender la condición de una sociedad condenada a convertir a las personas en una encarnación, sin contrapesos, del puer aeternus. En este caso es debido recordar que para Jung la imago del niño era la representación psíquica de la vida misma y de su recursivo proceso de renacimiento, por lo que una reflexión psicológica sobre tal figura requiere asumir que el niño es siempre lo que se escapa al control de la producción, que es el daimon absoluto que guarda en su misterio el rizoma de aquello venidero que, sin embargo, siempre ya es.

Mario Trevi y el junguismo crítico

Traducciones

Marco Innamorati, Italia

Introducción al libro Leggere Jung de Mario Trevi, recopilación de ensayos del año 2020 publicado por editorial Carocci

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Dado que la psique es contemporánea del hombre, es presumible que el discurso de la psique sea tan antiguo no sólo como la historia del hombre sino como el gesto, el lenguaje, el asombro, la alegría y la angustia del hombre.

M. Trevi, Interpretatio dúplex

Para sellar una carta dramática a Freud, destinada a revelar su intención de trazar un camino similar pero independiente, Carl Gustav Jung colocó cierta cita inequívoca de Nietzsche:

Pagas mal a un maestro si siempre eres un estudiante. ¿Y por qué no quieres podar mi corona? Tú me veneras, pero ¿qué pasará si un día tu veneración colapsa? ¡Cuidado que una estatua no te aplaste! Aún no os habíais buscado a vosotros mismos: y he aquí, me encontrasteis. Así lo hacen todos los creyentes… Y ahora os mando que me perdáis y os encontréis a vosotros mismos; y sólo cuando me hayas negado volveré a ti 1.

Si quisiéramos leer la historia de la psicología profunda a la luz de la advertencia de Zaratustra, ciertamente podríamos decir que los discípulos de Freud pagaron a su maestro mejor que los discípulos de Jung. La corona freudiana ha sido despojada progresivamente y esto se debe seguramente a la mayor vitalidad del psicoanálisis respecto a la psicología analítica, a pesar de todas las crisis y declaraciones precipitadas de muerte presunta. Superada una cierta tendencia hacia el dogmatismo inmovilista por parte de la corriente principal de la Asociación Psicoanalítica Internacional, amplios desarrollos rizomáticos se han ido desligando progresivamente del tronco original del pensamiento freudiano, que han sabido actualizar la disciplina al menos en parte. Al cambio en las formas del síntoma, en la imagen de la psicoterapia, en los estándares científicos de referencia, una parte del mundo psicoanalítico ha sabido responder modificando la teoría, aumentando sus posibilidades de aplicación clínica e implementando progresivamente métodos más refinados. protocolos de investigación. Los focos de resistencia de quienes siguen considerando la palabra del fundador como una una especie de texto sagrado y definitivo constituyen hoy una minoría insignificante en casi todas partes. Quizás sólo las escuelas lacanianas francesa y argentina, consideradas en su conjunto, representen la excepción a esta regla en sus respectivos países de origen. Cabe señalar, sin embargo, que la obstinación de los seguidores de Lacan en definirse como los últimos verdaderos freudianos corresponde a una fragmentación paradójica de los grupos a los que pertenecen y, por tanto, a una pulverización del posible significado de la presunta ortodoxia.

En los círculos junguianos no se produjeron avances similares a los registrados en el freudismo. El culto al fundador, lo que se ha llamado -casi con humor involuntario- el mito de Jung, ha impedido que la psicología analítica evolucione con igual incisividad. Mientras que los freudianos, por ejemplo, no dudaron mucho en abandonar un concepto teórico sugerente pero desprovisto de fundamento clínico-empírico como el de la pulsión de muerte, los junguianos todavía dudaban en cortar una rama muerta como la hipótesis de la sincronicidad, o existencia de “conexiones acausales significativas” entre fenómenos aparentemente independientes. Sin embargo, la acusación que resulta de esta hipótesis –el hecho de que Jung termine presentándose como un mago gnóstico– está lejos de ser una parábola fácil.

Además, la cautela de los seguidores de Jung también estuvo acompañada de circunstancias históricas desfavorables, entre las que se encontraba la ausencia total de un corpus junguiano fiable, que dificultaba incluso el estudio puro y simple de las obras de Jung. De hecho, si el pensamiento junguiano está en sí mismo lleno de reflexiones, contradicciones y paradojas, la imposibilidad de contar con una edición crítica ha dificultado aún más la lectura de Jung: se sabe que las Opere (en italiano, como en inglés o en alemán ) no están organizados cronológicamente sino temáticamente; sin embargo, sobre todo, sólo informan de la última versión de los textos junguianos. Dado que Jung preparó más de una edición de varios escritos, integrando y a veces incluso cambiando radicalmente el contenido en comparación con el anterior, es fácil comprender cuán parcial podría ser su lectura, privada de la perspectiva histórica. El caso más emblemático es Transformaciones y símbolos de la libido, libro publicado en 1912 y destinado a ser multiplicado en volumen y modificado radicalmente en su intención en 1952: incluso el título fue finalmente cambiado por Jung a Símbolos de transformación. La obra fue escrita originalmente en un momento de profunda agitación interna, carente de certezas definitivas, llena de concesiones y referencias a Freud, llena del miedo (justificado) a una anatema del fundador del psicoanálisis. Cuarenta años más tarde se había convertido en la documentación silenciosa de décadas de investigación transcultural en apoyo de la hipótesis del inconsciente colectivo. Sólo el uso de la primera edición, excluida de las Obras y a menudo difícil de encontrar, permite al estudioso captar su significado original.

Estas consideraciones podrían parecer meramente filológicas, pero quienes conocen la historia del movimiento psicoanalítico y recuerdan cuántas discusiones han sido posibles incluso sobre la interpretación de pasajes individuales de las obras de Freud, a pesar de que han sido recopiladas desde tiempos inmemoriales en una Edición Estándar filológicamente advertida, pueden adoptar una opinión diferente. Dicho esto, sin embargo, hay que señalar que la casi total unanimidad de los exégetas y/o discípulos de Jung pretendían pasar por alto las dificultades y contradicciones de su pensamiento. Algunos simplemente las han negado, ofreciendo, en lugar de aportaciones interpretativas, resúmenes de su pensamiento absolutamente desprovistos de la profundidad teórica del original, pero a veces increíblemente respaldados por el propio Jung. Pensemos en La psicologia di C.G. Jung de Jolande Jacobi, que hoy nos parece una especie de folleto descuidado de la psicología analítica: Jung increíblemente le escribió un prefacio absolutamente digno de elogio. Otros negaron que la presencia de contradicciones y paradojas constituyeran un problema, y en cambio ensalzaron el gran número de ellas como una riqueza del pensamiento junguiano. Otros más se han inspirado en la existencia misma de contradicciones para introducir otras más, partiendo del supuesto de que, como escribió Hillman, «debe haber locura en el método para que el método capture la locura». Muchos incluso han asumido la actitud del chamán o del maestro zen ante cualquier intento de discusión, como si desde las alturas de su sabiduría clínico-iniciática cualquier lectura atenta al detalle y no a la Stimmung, el tono general de los escritos de Jung, constituyera un ejercicio inútil. Para añadir problemas a los problemas, un componente importante de todos los grupos antes mencionados pretendía «enriquecer» el junguismo dedicándose a un sincretismo acrítico, es decir, tratando hipótesis teórico-clínicas provenientes de tradiciones de investigación muy diferentes como si fueran completamente compatibles con la psicología analítica. Típica en este sentido fue la tranquila suposición, característica de finales de los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, de que el concepto de Self teorizado por Kohut era sustancialmente comparable al Selbst junguiano. Igualmente extendida en tiempos más recientes está la tendencia a citar a Mitchell y Jung en el mismo ensayo con igual frecuencia y como si fueran autores pertenecientes a la misma escuela. No es la comparación en sí lo que es inadecuado, sino la total falta de claridad sobre el significado de la operación propuesta.

En este contexto desconcertante, Mario Trevi constituyó una especie de unicum, tanto en el panorama italiano como en el internacional, posicionándose como una suerte de conciencia socrática del mundo junguiano. De hecho, Trevi escribió hace veinte años (y la situación tampoco parece haber cambiado realmente hoy):

No sería inexacto decir que la escuela junguiana se encuentra todavía en la fase «apologética» […]. Siguiendo una metáfora aunque dudosa, podemos añadir que el junguismo aún no ha entrado en una fase «escolástica» saludable, fase en la que al menos surgen corrientes opuestas, discusiones, disputas hermenéutico-ideológicas, incluso duras, pero siempre vivas y vivificante. Al no haber afrontado la fase «escolástica» clásica, el jungismo está evidentemente lejos de esa generosa fase «escolástica tardía» en la que el verbo patres finalmente se pone en serio debate y, más aún, de ese «renacimiento» que significa sobre todo re-fertilización del «verbo» a la luz del redescubrimiento de corrientes de pensamiento provechosas que el anuncio de ese «verbo» había inicialmente dejado de lado o ignorado por completo2.

Ciertamente sería reduccionista identificar a Trevi como un mero exégeta de Jung y un azote del junguismo: sus incursiones en el mundo de la fenomenología y el existencialismo, sus reinterpretaciones claras y penetrantes de obras muy diferentes, desde el Libro de Job en la Biblia hasta el Compañero Secreto de Conrad, despiertan asombro y admiración. Un ensayo como Interpretatio duplex podría considerarse una especie de manifiesto para la evolución y actualización de la hermenéutica – en el campo psicológico, filosófico y quizás incluso teológico – en la dirección de abandonar esa deriva falsamente posibilista y relativista (y en última instancia del análisis autoritario3) que ha asumido, en particular a través de la hegemonía cultural de Heidegger. En el campo filosófico, Trevi fue de hecho tan antiheideggeriano como el que más y encontró mucha mayor armonía en el pensamiento de Simmel y Jaspers. El trabajo psicoterapéutico se caracteriza esencialmente por una reflexión metateórica sobre la psicología profunda: investiga cuestiones clave como las relaciones entre psicoterapia y análisis, entre libertad y determinismo, entre proyecto y destino. La visión del mundo simbólico ilustrada por Trevi en Las metáforas del símbolo sugiere a la vez una concepción particular de la clínica (según la cual el «camino real» para el inconsciente sería el símbolo más que el sueño) y de la cultura. La forma simbólica se describe allí como una expresión privilegiada de la creatividad y al mismo tiempo como la verdadera represión de nuestro tiempo.

No hay duda, sin embargo, de que la primera asociación que suscita el nombre de Trevi en el lector de textos psicológicos está constituida por la propuesta de «jungismo crítico» expuesta por el libro homónimo 4 y por los escritos recopilados sobre todo en L’altra lettura di Jung y en los ya mencionados Saggi di critica neo-junghiana; finalmente relanzado en Riprendire Jung , un volumen cofirmado por el autor de estas notas. El junguismo crítico no es otro que la escuela junguiana que faltaba (y todavía falta en gran medida), la que apuntaba a revisar y -cuando sea necesario- actualizar el legado de Jung, sobre la base de la experiencia clínica y de la mutación histórica-cultural de nuestro tiempo.

Partiendo de la necesidad de distinguir, al estilo de Croce, «lo que está vivo y lo que está muerto» en el pensamiento junguiano, Trevi identificó la parte más transitoria del pensamiento de Jung en la concepción de los arquetipos y del inconsciente colectivo. Esta es, paradójicamente, la parte más conocida de la psicología junguiana, incluso para el público no especializado. De hecho, a menudo los llamados junguianos se han identificado fuertemente con este elemento del pensamiento de Jung, marcando su diferencia, su distancia de la doctrina psicoanalítica clásica, al adherirse a ella. Una corriente que ciertamente no es una minoría del mundo junguiano ha adoptado específicamente el nombre de «psicología arquetípica»: su fundador James Hillman es quizás el autor posjunguiano más conocido por el público lector generalmente culto y goza de especial popularidad en Italia, donde es publicado por Adelphi. Sin embargo, se preguntó Trevi, ¿no existe un contraste fundamental entre la idea de que existe un trasfondo común universal en la experiencia de la humanidad y la idea de que el individuo es irreductible a cualquier otra persona? No obstante, Jung aparece ante el lector como alguien que creía poder encontrar un significado universal en los contenidos del inconsciente de la humanidad, y como alguien que, con mucha cautela, sugirió que cada psicólogo sólo puede comprender su propia psicología personal o, en la más optimista de las hipótesis, la psicología de su propio tipo.

Surge entonces una contradicción irreconciliable en el contexto de la concepción del símbolo propuesta por Jung (por lo tanto en un campo de particular interés para Mario Trevi). Fue Jung quien subrayó cómo la visión freudiana del símbolo era extremadamente reduccionista. Tanto en el sueño como en sus expresiones «artísticas» (desde el mito hasta las artes visuales), el símbolo es directamente interpretable para Freud. Aliquid stat pro aliquo, el símbolo reemplaza y representa algo precisamente descifrable, ya que, por ejemplo, un objeto alargado es un símbolo fálico, mientras que un objeto hueco remite al órgano sexual femenino. Para Jung, sin embargo, la interpretación nunca puede agotar por completo el significado del símbolo, que, además, constituye típicamente la conjugación de significados irreconciliables. El símbolo es un intento de la mente de mediar entre lo racional y lo irracional, entre la luz y la sombra; como el Eros de Platón, vive en un término medio entre el cielo y la tierra, entre la sabiduría y la ignorancia, entre lo divino y lo humano. Cuando un símbolo puede ser interpretado plenamente en palabras, esencialmente ha agotado su función, se convierte en un «símbolo muerto», se reduce a un simple signo. Sin embargo, si, como a menudo parece sugerir Jung, el símbolo se refiere a un arquetipo, o a un significado objetivo, su función todavía parece reducirse al papel de signo y, a lo sumo, transponerse de una imagen en última instancia sexual (en el caso de Freud), a un mundo quizás más espiritual, pero igualmente limitado en su alcance.

Paradójicamente, estas dos polaridades muy divergentes del pensamiento de Jung surgen en la práctica en paralelo, constituyendo las raíces teóricas más profundas de los dos textos que marcan, podría decirse, la separación definitiva de Freud. El citado Transformaciones y símbolos de la libido, de 1912, es el libro que introduce la idea de que existen elementos de la experiencia psíquica comunes a todos los hombres en todos los tiempos, y que ya es percibida por Freud y el movimiento psicoanalítico como altamente herética. El discurso en el congreso de Munich de 1913, titulado Sobre la cuestión de los tipos psicológicos, es el primer texto de Jung en el que expone la idea de la legitimidad de las teorías divergentes en psicología profunda a partir de la diferente actitud psíquica de los autores (en este caso, el introvertido Adler y el extrovertido Freud).

De hecho, la diversidad de instancias que determinan el desapego de Freud también influye en la diversidad de actitudes que Jung adopta hacia el psicoanálisis freudiano. En algunos casos Jung contrasta su propia posición con la freudiana, entendiéndolas como dos visiones radicalmente opuestas e irreconciliables. En particular, el determinismo freudiano (al que llama causalismo ) le parece completamente irreductible a Jung , lo que empuja al psicoanálisis en su práctica a buscar sobre todo el origen de los problemas del paciente; y el finalismo de la psicología analítica, que ve al hombre sobre todo en su dimensión planificadora. A veces, sin embargo, Jung parece considerar ambos puntos de vista potencialmente legítimos y, de hecho, idealmente reconciliables dentro de una futura psicología compleja, que será capaz de dar cuenta de las diferentes psicologías posibles. Además, a veces Jung parece considerar incluso la psicología compleja como un proyecto de realización lejana; a veces adquiere las características de lo que Kant podría haber definido como ideal regulativo de la psicología, es decir, un objetivo al que aspirar sin engañarse a sí mismo pensando que es capaz de alcanzarlo; finalmente, a veces, en los escritos de Jung, la psicología compleja se convierte en sinónimo de psicología analítica. Para completar el cuadro, la relación entre Freud y Jung también puede adquirir una caracterización ulterior, atribuible a una relación dialéctica que Trevi llamó, utilizando una metáfora de los orígenes de Dante, de «inclusión mutua». Por lo tanto, si incluso una posición teórica general, una etiqueta, por así decirlo, se vuelve tan difícil de aplicar, entenderemos qué problemas puede presentar el contenido de la teoría a etiquetar.

En lugar de adoptar la posición del avestruz, Trevi invitó a la gente a leer objetivamente las obras de Jung para llegar al momento inevitable: ¡hic, Rhodus, hic salta! Nada nos impide preferir al Jung arquetípico, pero entonces deberíamos prescindir sistemáticamente de aquellas partes de su pensamiento que lo contradicen. Sin embargo, desde el punto de vista de Trevi, abandonar la hipótesis del inconsciente colectivo junto con todas las superestructuras esotéricas no constituye un daño grave. Esto es especialmente cierto si consideramos hasta qué punto esta hipótesis constituye una carga insoportable para quienes quieren leer los textos junguianos con vistas a una colocación científica de su contenido, en la medida de lo posible. De hecho, el estudio antropológico tiende cada vez más a dividir lo que en el pasado había unido: a mostrar cautela ante supuestas afinidades culturales entre contextos divergentes, a menudo identificadas sólo sobre la base de una perspectiva etnocéntrica.

Ciertamente existe una larga tradición (no sólo junguiana sino transversal entre escuelas psicodinámicas) que tiende a definir el estatus epistemológico de la psicología profunda como no científico por definición . A menudo escuchamos, pronunciada de manera convencida y asertiva, la afirmación de que la psicología analítica (o el psicoanálisis) no es ni puede ser una ciencia. Evitando entrar aquí en el fondo de la cuestión5, es necesario darse cuenta de que tal enfoque simplemente traslada una cuestión inevitable a otro nivel: si existe o no una forma objetiva (si no objetiva) de controlar la veracidad de una teoría psicodinámica. .El control intersubjetivo puede centrarse en la eficacia de una teoría (su aplicabilidad y su éxito clínico) o en su coherencia (su capacidad para explicar el mayor número de fenómenos con el menor número de dificultades), pero no puede eludirse. Y no se podrá eludir sólo cuando se encuentren criterios compartidos para realizar una evaluación; si esto debería ser parte de la «ciencia» o no, podría incluso ser una cuestión secundaria, dada la centralidad de la comparación. En un mundo que ve la proliferación de psicoterapias de todo tipo, más o menos basadas en enfoques empíricos verificables, el aislamiento de la psicología analítica corre el riesgo de transformar el legado de Jung en filosofía o literatura, de interés histórico más que clínico.

Los dos escritos reunidos en esta publicación fueron publicados originalmente por la editorial Melusina de Roma, respectivamente como: Adesione e distanza. Una lettura critica de “L’Io e l’inconscio” di Jung (1991) y Adesione e distanza II. Una lettura critica dei “Tipi psicologici” di Jung (1993). El título con el que se recogen fue propuesto por el editor motu proprio, pero éste sólo puede adherirse a la elección con absoluta convicción, dado que fue el propio Trevi quien propuso Leggere Jung o Rileggere Jung como títulos provisionales de lo que luego se convirtió en Riprendire Jung, el texto antes mencionado coescrito con el autor de esta Introducción. Leggere Jung es un título, como veremos, mucho más adecuado para los textos que Carocci pone a disposición después de casi veinte años de ausencia en las librerías: la desafortunada distribución y la temprana quiebra de la editorial original pueden hacer que se consideren en la práctica inéditos – y una preciosa novedad. Cualquiera que sea la posición del lector con respecto al «jungismo crítico», de hecho, los dos textos constituyen una preciosa y única introducción al pensamiento junguiano. Tipos psicológicos y El yo y el inconsciente constituyen de hecho dos de los textos fundamentales para comprender el pensamiento de Jung.

Tipos psicológicos ocupan verdaderamente una posición única entre las obras junguianas, porque constituyen el intento de desarrollar una teoría tipológica completa, completando el camino teórico iniciado con Sobre la cuestión de los tipos psicológicos y ofreciendo importantes indicaciones a nivel de las clínicas diferenciales. La tipología se construye sobre dos ejes (para usar una terminología hoy en boga). La primera hace referencia a la actitud fundamental del ser humano ante la experiencia, que puede ser la introversión (privilegio del mundo interno) o la extroversión (mayor interés por el mundo externo). El segundo eje, complementario del primero, se basa en la función más utilizada para organizar la experiencia. Hay quienes emplean principalmente la racionalidad (pensamiento), quienes se basan en la percepción sensorial (sensación), quienes asocian inmediatamente el elemento de positividad o negatividad contextual (sentimiento) con cada situación y quienes, en cambio, prefieren la intuición. El tipo psicológico individual se compone de la combinación de actitud fundamental y función(es) más utilizada(s). Según Jung, la mente consciente no utiliza normalmente más de dos funciones, y nunca las dos funciones llamadas racionales (pensamiento y sentimiento) o las dos funciones irracionales (sentimiento e intuición) juntas. Así, una persona puede ser clasificada como introvertida pensamiento-intuición, como extrovertida sentimiento-sensación y así sucesivamente, con un elevado, aunque no ilimitado, número de combinaciones posibles.

El terapeuta deberá comprender, según Jung, que cada tipo presentará problemas específicos, requerirá intervenciones técnicas diferentes y se beneficiará de diferentes aspectos de la psicoterapia. Vale la pena señalar que Jung, a través de la teoría de la correspondencia entre tipos y las teorías psicológicas, también predijo el nacimiento de nuevas psicologías y psicoterapias. De hecho, su predicción se ha hecho realidad y constituye una de las pocas negaciones de la crítica epistemológica de la psicología profunda de Imre Lakatos. Lakatos, de hecho, sostenía que una teoría científica, para definirse verdaderamente como tal, debe abrir la posibilidad de observar fenómenos previamente desconocidos y debe ser capaz de predecir el nacimiento futuro de otras teorías en el mismo campo. El psicoanálisis clásico ya ha negado el primer punto (pensemos en los mecanismos de transferencia y de defensa, fenómenos desconocidos antes del freudismo y hoy ampliamente aceptados por la comunidad científica en sentido general); del segundo es difícil encontrar ejemplos más allá de la mencionada teoría de tipos.

Pero, sobre todo, a los ojos de Trevi, Tipos psicológicos representa la obra en la que, entre el relativismo teórico puro y la tentación objetivista de la teoría arquetípica, Jung parece encontrar, al menos provisionalmente, una tercera vía, identificable como una forma de perspectivismo. El perspectivismo no es una corriente de pensamiento real, sino una actitud hacia la propia teoría en relación con las diferentes visiones posibles. Esta actitud se encuentra, por ejemplo, en Ortega y Gasset y, al menos en parte, en Nietzsche. La visión perspectivista admite la posibilidad de teorías distintas a la propia para explicar el mismo grupo de fenómenos pero no asume, por tanto, tendencias derrotistas. El autor que la adhiere sabe que está limitado por una perspectiva, de hecho, pero desde esta perspectiva puede construir sus propias explicaciones tratando de ser coherentes y exhaustivas, fijándose como objetivo construir la mejor teoría posible. Los hechos pueden demostrar que está equivocado, y entonces intentará cambiar su perspectiva, suponiendo siempre que su trabajo se desarrollará en paralelo con otros, pero nunca hundiéndose en la depresión relativista, en la creencia de que cualquier otra teoría es tan buena como la suya propia. Un perspectivismo junguiano es, en definitiva, precisamente el emblema más evidente de la propuesta teórica que emerge en Riprendere Jung.

El Yo y el inconsciente constituyen, sin embargo, con la Psicología del Inconsciente, uno de los dos intentos realizados de Jung – varias veces esbozados y revisados varias veces – para ofrecer una formulación completa y sistemática de su propio pensamiento dentro de ciertos límites. Los dos textos siempre han sido entendidos por los intérpretes como complementarios, y su destino ha sido complementario, dado que, de hecho, juntos constituyen casi la totalidad del volumen VII de las Opere (en la edición italiana, como en la suizo-alemana y angloamericanos), donde el resto se compone de ensayos preparatorios de los dos escritos más conocidos. De hecho, el volumen se identifica con el título «Due testi di psicologia analitica» y quienes buscan una iniciación directa en el pensamiento junguiano suelen recurrir a él: la experiencia, sin embargo, demuestra una vez más cómo una lectura descontextualizada y sin guías puede ofrecer varios motivos de incomprensión. Un caso interesante, desde este punto de vista, lo constituye el análisis de la psicología analítica ofrecido por dos ilustres posfreudianos como Atwood y Stolorow en un libro muy conocido como Volti nelle nuvole6, donde los dos psicoanalistas estadounidenses ofrecen, entre otros, un análisis de la psicología analítica basado explícitamente únicamente en el citado volumen VII de las Opere (en este caso, evidentemente, las Collected Works). Entre las diversas inexactitudes y simplificaciones encontradas allí respecto del pensamiento junguiano, al menos una es relevante aquí, porque en sí misma ilustra las posibilidades de malentendidos de una lectura descuidada de Jung. La tesis fundamental de Atwood y Stolorow es que cada psicólogo sólo puede construir una teoría a partir de su propia experiencia personal. Los dos teóricos intersubjetivistas se dan cuenta de que Jung había teorizado lo mismo, pero limitado al dualismo entre extroversión e introversión. Por supuesto, si hubiera tenido la capacidad de ir más lejos podría haberse anticipado plenamente a sus ideas: “¡Oh gran bondad de los antiguos caballeros!”, habría comentado Ariosto.

Entre Psicología del Inconsciente y El Yo y el Inconsciente, el primero se considera un texto relativamente «más fácil», aunque el segundo premia al lector con una mayor densidad conceptual; sin embargo, por ambas razones, la segunda se beneficia más de una guía explicativa. Recorriendo con la mayor atención y respeto el desarrollo de los Tipos Psicológicos y del Yo y el Inconsciente, por tanto, el análisis de Trevi destaca su profundidad y falacias, preciosismo y problemas, problemas aparentes y paradojas reales. El resultado es casi impactante: Jung realmente emerge como «mejor y peor» según el ideal nietzscheano. Por un lado, en efecto, Trevi realiza una operación similar a la propuesta por Roy Schafer y Donald Spence para Freud, a saber, desvelar la «voz retórica» de Jung. Los escritos de Jung, en efecto, poseen a menudo tal capacidad de resonar profundamente en el alma del lector como para infundirle un sentimiento de desorientación, para suscitar en él la sensación de comprender el sentido del Universo más allá del tiempo y del espacio. Ante semejante potencial evocador, es fácil perder de vista el hilo argumental para dejarse subyugar por una impresión general de luz, finalmente arrojada sobre las profundidades de la psique. Igualmente posible, sin embargo, es una actitud totalmente opuesta: la dimensión literaria, la prosa con sabor profético del discurso junguiano, ha alejado al menos a tantos lectores como ha atraído, ofreciendo un terreno fácil para acusaciones de escaso fundamento empírico, que, por otra parte, no siempre son peregrinas. Por otra parte, pues, sacar a la luz las tramas ocultas del discurso junguiano y revelar sus dos almas opuestas, la cautelosamente perspectivista y la confiada en que todo se puede comprender, ayuda al lector a elegir con conocimiento de causa. Uno puede optar por uno u otro de los dos Jung, o incluso seguir convencido de retenerlo todo. Trevi ha subrayado acertadamente que considera su actitud interpretativa como «posible y, por tanto, lejos de ser necesaria o engañosamente única»7. Sin embargo, ya no será posible ignorar que si no se sacrifica una parte de Jung, se sacrifica la coherencia. Y aquellos que se han mantenido alejados del trabajo junguiano y han mirado con recelo el inconsciente colectivo podrán, en cambio, descubrir un autor cuya lectura aún puede ampliar las posibilidades de la psicoterapia clínica actual.

Parece apropiado concluir este ensayo introductorio con algunas consideraciones sobre el éxito de la obra de Trevi. La figura de Mario Trevi fue única en la historia reciente de la psicología dinámica italiana, como también en el mundo de la cultura en general. Hombre carismático y tímido, se vio considerado una figura de referencia casi a su pesar y exclusivamente por el interés espontáneo que suscitaban sus pensamientos. Trevi nunca quiso entregarse a un esfuerzo de autopromoción: se podría decir, sin temor a contradecirse, que más bien pretendía utilizar una estrategia opuesta. Entre los fundadores de la Asociación Italiana para el estudio de la psicología analítica en 1961, la abandonó unos años más tarde; entre los fundadores del Centro Italiano de Psicología Analítica en 1966, también lo abandonó, aunque tras una estancia más larga; tras convertirse en miembro de la IAAP , la asociación internacional de psicólogos analistas, dimitió; atraído repetidamente a la órbita de la universidad, mantuvo una distancia respetuosa pero debida. La única huella de una escuela dirigida por Mario Trevi consistió en la experiencia de la revista «Metaxù» ideada y dirigida por él hasta hasta el último número, publicado en 1995, cuya fuente subterránea volvió sin embargo a fluir en el número monográfico de «Atque», titulado Simbolo, metafora, esistenza, publicado como «Festschrift», un homenaje por su 75º aniversario. Además, no existen estudios sobre Mario Trevi (con la posible excepción de algunas tesis de grado): probablemente la primera iniciativa editorial dedicada temáticamente al junquismo crítico estará constituida por un número monográfico de la «Rivista Internazionale of Philosophy and Psychology”, cuyo lanzamiento está previsto para 2013.

El total desinterés mostrado por Trevi por la autopromoción explica la falta de popularidad mediática de sus escritos, que siempre estuvieron rodeados de la atención específica de los profesionales pero que nunca alcanzaron verdaderamente el nivel del éxito editorial. De la misma manera se puede explicar la relativa ausencia de traducciones a lenguas extranjeras de un corpus relativamente amplio de obras, ciertamente originales y de gran profundidad teórica. Algunos artículos aparecieron en inglés en el “Journal of Analytical Psychology” debido al interés de sus alumnos; entre los libros, sólo se han publicado una traducción al español de Metafore del simbolo y una versión alemana de Riprendere Jung. Sólo cabe esperar que la renovada conciencia de la importancia histórica de la contribución de Trevi, al menos por parte del mundo clínico italiano, constituya la premisa para su mayor afirmación, aunque sea póstuma, también en el extranjero. Pero esa conciencia renovada sólo puede derivar de la plena disponibilidad para el lector de sus obras, algunas de las cuales llevan mucho tiempo agotadas y sin reimprimir. Esta publicación de Carocci constituye un ladrillo precioso hacia esta necesaria disponibilidad.

Berlín, julio de 2012


1. F. Nietzsche, Also sprach Zarathustra (1883-85), trad. it. Così parlò Zarathustra, in Opere, VI, 1, Adelphi, Milano 1968, p. 93; citato in Lettere tra Freud e Jung, trad. it. Boringhieri, Torino 1974, p. 529.

2. M. Trevi, Saggi di critica neo-junghiana, Feltrinelli, Milano 1993, pp. 13-4.

3. Cfr. in tal senso G. Jervis, Contro il relativismo, Laterza, Roma-Bari 2005

4. M. Trevi, Per uno junghismo critico, Bompiani, Milano 1987; oggi ristampato dall’editore Fioriti di Roma.

5. Nos permitimos referirnos a M. Innamorati, Psicoanalisi e filosofia della scienza, FrancoAngeli, Milano 2000.

6. A este respecto me remito a M. Innamorati, La rimozione del simbolo, in AA.VV., Simbolo, metafora, esistenza. Saggi in onore di Mario Trevi (numero speciale di “Atque”), Moretti e Vitali, Firenze 2006, pp. 87-100.

7. Trevi, Saggi di critica neo-junghiana, cit., p. 9.

El desvanecimiento del hombre en la imagen virtual

Logos del alma

«El mito es siempre la cosa en la que estas y no sabes que es un mito».

James Hillman

La religión está asociada con la creencia de la comunidad en una dimensión trascendente que encuentra su sentido en la búsqueda del carácter numinoso del lazo recíproco entre el dios y el hombre. El adepto observa cuidadosamente (religiere) un conjunto de rituales que lo religan con la vivencia transpersonal de una divinidad que representa la verdad de un momento histórico determinado por el discurrir de la lógica del alma, y su labor público es observar cuidadosamente los rituales predefinidos.

Los ritos religiosos no son algo que las personas inventen, ni una serie de creencias elegidas por los individuos. La religiosidad es la actualización del alma, sus expresiones son autónomas y tienen como único fin la representación de los valores de un momento concreto de la consciencia, investida por las necesidades del espíritu de la época. El hombre no tiene elección sobre las formas religiosas, al contrario, es el impulso religioso quien toma posesión de la vida de la gente de manera inadvertida.

En consecuencia, la cuestión sobre la perdida de los valores religiosos no implica la creación de nuevos axiomas morales, en cambio, requiere reconocer cuidadosamente donde se han mudado los antiguos preceptos en la mutación dialéctica que corresponde a su dinámica simbólica. En el camino de la transvaloración el hombre tiene como tarea observar las nuevas formas rituales que se abren paso en el transcurso de la consciencia para pensarlas de mejor forma e intentar estar a la altura de ellas.

En la época posmoderna, donde lo secular ha perdido relevancia, una rápida lectura a las redes sociales permite observar lo crucial que son las ideas subyacentes con las cuales los sujetos miden su propia existencia y lo fascinante (fascinosum) de la mirada tecnológica sobre la vida cotidiana. En ellas, en las redes, un sentimiento numinoso se abre paso a través de las notificaciones constantes y del poder de la opinión pública que, liberada de su sensatez y pudor, expresa la sombra de los deseos ocultos y reprimidos de la psique.

Ante el basilisco virtual ya no es importante amar, sino decir que se ama, no es apremiante disfrutar sino mostrar que se disfruta y no es relevante pensar sino opinar como si se pensara. Es el contexto del “como si” una tiranía velada ante un conjunto de ideales que dictan como vivir y que objetivos perseguir. En la inconsciencia de esa liturgia secreta, que se superpone a la realidad, la vida realmente vivida ocurre como la identidad del sujeto con su contexto fáctico.

Tal es la razón por la que una mujer o un hombre que se exhiben, como un producto de mercado, en videos cortos, llevando a cabo los bailes de moda, son retribuidos monetariamente de forma tan generosa, porque son los fieles sacerdotes de una misa espectacular donde el sujeto bebe de la sangre de Cristo y su alma es recibida en el flujo providencial del capital. Por ello deben jactarse de su fortuna, pues la grey requiere ver el resultado de su diezmo.

Esta dimensión fascinante es el mundo que es más real que lo real, es la hiperrealidad que Baudrillard advertía hace décadas. En esa cárcel de popularidad se ha (sub)contratado al hombre como su propio custodio y la redes sociales funcionan como un gigantesco panóptico donde cada uno se ha vuelto su propio vigilante que stalkea las opiniones de los demás para reafirmar las propias. En eso consiste la vida moderna, en temer las dictaduras ajenas y en abrazar sin remedio la propia libertad tiránica.

El culto religioso es aquel al que se le dedica la mayor parte de la vida, como el seguimiento de un conjunto de dogmas que dictan el sentido de la existencia. Por ello, la vida espiritual no se encuentra en las doctrinas a las que se acude voluntariamente, su verdadero hogar es el de los valores que dictan la vida lógica a la que secretamente responde. El dios de está época mora en la producción, la tecnología y en las redes sociales, y es ahí donde se cumplen sus sagrados preceptos.

Lo realmente notable de este contexto consiste en que se puede apreciar que las ideas son más importantes que las personas, que ellas son las que realmente viven a través del individuo. Mientras tanto el hombre se desvanece en su propia imagen y la imagen, comprometida con una sintaxis donde el sujeto es un producto prefabricado, lo transforma en un objeto de intercambio para el gran mercado del mundo.

La falsedad y la banalidad de las redes sociales expone la realidad más fehaciente de los tiempos presentes, que el hombre es irrelevante sino como mercancía y que su vida ha sido producida para deleite de una dimensión negativa que se piensa a sí misma en los actos irracionales de las personas. La gente cree que observa las pantallas para su entretenimiento, pero realmente son los fenómenos quienes dedican su mirada al efímero espectáculo de la raza humana. En esa vorágine el alma se piensa a sí misma, en detrimento de aquella fantasía que alguna vez fue el hombre.

El hijo pródigo o el viaje del fenómeno hacía sí mismo

Logos del alma

Te la regalo, como te regalo mi corazón y mis días. Te la regalo para que la tires.
Jaime Sabines

En el fatigoso tránsito hacia sí mismo, el fenómeno psicológico enfrenta sus propias contradicciones dialécticas, todas necesarias para revelar (Alétheia) lo que en él subyace en potencia y hacerlo plenamente real. Mientras tanto, su aliento moribundo permanece en el recuerdo titubeante del síntoma que lo representa y de las imágenes que reflejan su movimiento lógico. Quiere ser pensado por su propio pensamiento.

El fenómeno parte hacia el encuentro consigo y recorre una senda particular que puede ser imaginada de muchas formas, tantas como mitos y cuentos han existido. Por ejemplo, la parábola del hijo pródigo muestra varios aspectos del proceso de la revelación del alma ante sí misma que en la representación pictórica son comprendidas sucesivamente, pero donde realmente todas acaecen de una sola vez, en su carácter de absoluto.

La historia comienza con un padre y sus dos hijos, André Gide sin embargo imagina que son tres. Ellos saben que su padre les heredará su hacienda, pero que en ese legado se ha de imprimir un compromiso. El hogar del padre ha sido forjado con los sueños y las esperanzas de éste, prefigura un proyecto hecho a medida del destino de un hombre que responde ante su propio linaje y a su dios. Hay entre él y sus hijos un caudal de responsabilidades que no siempre coinciden con las inquietudes de su progenie.

El hijo mayor, aquel cuyo pacto es socialmente más apremiante, encuentra su realización en la continuidad del contrato, se asume como un hombre fiel al padre, lo cual implica adecuar sus propios deseos al gran deseo de lo paterno, su adaptación ocurre en el medio de la tradición y la continuidad, él es un vaso receptor de la herencia ancestral de una casta cuyo orgullo reside en las tradiciones, en el terruño y en la gloria de la religión.

No obstante el otro hijo, aquel que ha llegado después en el orden del nacimiento, tarde para recibir la primogenitura, sospecha del amor paterno, sabe que tiene un precio y no está seguro de si la hacienda pude contener el deseo que lo impulsa. No puede subsumir su necesidad al impulso paterno, es presa de un daimon singular que lo expulsa constantemente de la bienaventuranza y que le propone un camino de ostracismo que no puede rehusar.

Es así que el hijo pródigo parte, sin rumbo fijo, de la casa de su padre, quizás como ese otro muchacho que acostumbraba a dejarse guiar por la dirección de una lanza incierta o semejante a aquel que llevado por sus perros de caza encontró la verdad desnuda en su destino. En sus haberes queda todo lo que la memoria le puede unir a esa vida que, sin embargo, no es su vida y a ese amor que tampoco le corresponde, es por eso que ha de despilfarrar los sueños y las esperanzas de lo paterno, pues para ser quien ya es tiene que vaciarse de lo que se le ha pedido que sea, su verdadero concepto debe encarnarse.

Al salir del hogar, transita (transire), va hacia otro lado, hacia una posición que niega el lugar de origen, a la vez que traiciona (tradire), es decir que se entrega al Otro, a lo que constituye el núcleo de su posición inicial. El hijo pródigo es la parábola de la identidad y de la diferencia entre la fidelidad y la traición, donde no puede concebirse una sin la otra porque siempre están entrelazadas y son el núcleo del viaje hacia sí mismo.

Hillman suponía que la traición es un motivo arquetipal y, por ende, necesario para el alma. En ese mitema está inscrita la expulsión del paraíso, donde Adán y Eva fallaron en su juramento y comieron del fruto prohibido, desde entonces la traición significa el rompimiento de la confianza primigenia y de la inocencia de un mundo que aún no se ha confrontado consigo mismo en lo abierto. Deben ser las treinta monedas, la delación, lo que provoque el exilio de lo ya conocido hacia los paramos yermos de la incertidumbre de la que no es posible regresar.

Las puertas del paraíso han sido selladas por espadas de fuego. Una vez que la traición ha ocurrido el mundo ha sido superado por su nueva posición lógica, es por eso que el hijo pródigo parte de manera irremediable llevado por un espíritu de contradicción que cuestiona todos los valores ya lejanos en su consciencia y se apresta a experimentar nuevas formas de existencia. Pero toda novedad se caracteriza por su brutalidad y por la errancia de su proceder, la dimensión en ciernes aún no ha llegado a casa a sí misma.

El hijo pródigo, por consiguiente, se deja llevar por el pecado, aquello que lo aleja del Padre, lo que significa que sólo en este alejamiento es posible encontrar lo perdido (felix culpa). No es aquel que sigue las palabras del Padre quien lo hallará, sino quien las comprende y, por lo tanto, le olvida y le deja atrás, no porque no sea importante sino porque la experiencia de la muerte del mismo es necesaria para interiorizarlo, pues así el Padre puede ser la nueva posición del hijo. El hijo es el padre y el abandono del padre, tiene que ser ambas realidades al mismo tiempo.

El despilfarro es un proceso de vaciamiento, de kenosis, donde el joven se despoja de toda vestidura mítica que ha caído sobre él, se desnuda de la narrativa familiar que lo impele a seguir los linderos generacionales y se prepara para sufrir la sórdida existencia en su oscura realidad. Tal como el príncipe Siddartha, se enfrenta al placer, al dolor y al hambre, el exiliado se baña en las aguas de la penuria para lavarse el cuerpo de los lazos que lo atan a su antiguo ser.

¿Qué queda después de limpiar su cuerpo y alma de los vestigios del hogar paterno? Solo la indigencia y la podredumbre de su ser corrompido por la contradicción, pero ya se dijo que “bienaventurados los pobres de espíritu…”, es decir que únicamente de la oquedad nacida en el núcleo de ese espíritu es posible que emerja la noción viva del joven que ha debido desperdiciar su herencia para ser él mismo.

Entre la miseria y dando alimento a los animales, el hijo pródigo ha sido preñado por su propia vaciedad y ahora por fin puede ser padre de sí mismo. Ser padre es haber pecado, ser hijo es estar listo para traicionar. Freud llamaba a este proceso: “el complejo de Edipo”, pues sólo en el fracaso del deseo de lo materno (de lo deseado) y en el asesinato venidero de lo paterno, de lo (que impide el deseo), el hombre puede salir hacia sí mismo y dejar que sea el deseo quien desee.

El hijo regresa a casa pero ya no ocupa la posición del hijo. El padre lo recibe con grandes recompensas, porque es acaso este periplo lo que le permite llevar a cabo su objetivo paterno. La casa, es decir la posición lógica, ahora puede ser habitada por su verdadero dueño, sigue siendo el hogar del que partió pero a la vez todo es novedoso porque el paso dialéctico se ha cumplido, la negación de la negación ha sucedido y el concepto paterno ha llegado a la consciencia, donde de hecho ya moraba.

El fenómeno, por consiguiente, ha de ser confrontado continuamente para que su verdad se haga patente. Escondida en la superficialidad de su apariencia el síntoma guarda la noción que lo estructura y lo dota de sentido interno. En la parábola tratada esta senda debe de tocar los temas de la traición, el vaciamiento, el fracaso y el regreso, todo ello para mostrar la perla de gran valor que siempre estuvo inmersa en la herencia del padre. El hijo es el padre desde el inicio, pero en potencia, y una vez que lo ha reconocido sabe que su reino ya no es de este mundo.

La amoralidad de los fenómenos psicológicos

Logos del alma

Hay una confusión evidente entre la naturaleza anímica de las manifestaciones psíquicas y el punto de vista de la persona empirica que las experimenta, éste último suele asumir estos fenómenos desde un punto de vista meramente subjetivo, plagado de prejuicios morales e indiferenciado del espíritu de la época que los alimenta, con sus categorías culturales, preferencias y animadversiones, que pronto son traducidas como verdades ineludibles.

Los psicólogos suelen aplicar categorías morales a los fenómenos psíquicos y los juzgan en relación a su conveniencia, arraigados en una posición egoíca que supone que las imágenes y los síntomas emergentes son epifenómenos derivados del individuo en cuestión y que estos complejos le pertenecen como fragmentos escindidos de su ser particular; por lo que se cree que la vida simbólica del fenómeno debería integrarse en la persona como su fin último. Esta óptica es una convención que nace de la estructura moderna de un ego que es capaz de vivirse separado de su contexto psicológico y que cuando lo observa lo asume como su creación.

En el mito hindú, el mundo cíclico es testigo de la muerte y el renacimiento de los dioses, el primero en nacer es Brahmá, luego llegan los otros dioses conjurados por su nombre y creen que Brahmá los ha creado, él mismo así lo concibe, pero realmente la muerte y el nacimiento de todos están prefijados y son anteriores a su realización, suceden de forma arbitraria. El sujeto moderno experimenta el mundo psíquico de tal manera porque ha nacido logicamente y es consciente de su nacimiento, ha olvidado su identidad orgánica y necesita haberla olvidado para poder ser convertirse en la manera en que la consciencia se observa diferenciada de sí misma.

El haber nacido del hombre moderno lo compromete con la necesidad tortuosa de asumirse como sin referentes que puedan cargar la responsabilidad de las propias decisiones, él sujeto está frente al vacío y no hay dioses que lo sostengan, este es el sentimiento del absurdo conjeturado por los existencialistas. Es entonces que la moralidad, como sustituto de lo ya perdido, se impone como un bastón en el cual recargar las angustias humanas, pues ante la falta de padres celestiales que dicten la dirección de las acciones, se requiere recurrir a las viejas categorías y a la construcción de nuevos panteones que permitan soportar la desnudez moral del sujeto.

Por ello es importante, para el discurso psicológico hegemónico, construir un relato que exalte los valores antropotécnicos del individuo, y ofrece, con tal fin, una serie de ideales que fungen como cimientos de una cultura fincada en el individualismo y el progreso, con objetivos ego-edificantes como la felicidad o la salud. Se entiende, por ende, que todo aquello que se aleje de esas grandes metas recaerá en un juicio de valor negativo, en forma de taxonomías morales que servirán como barreras que impidan que la persona piense en la pertinencia del sufrimiento, del dolor y de la destrucción o en la integración de la sombra.

Sin embargo, el fenómeno carece de moralidad intrínseca, porque lo guía un objetivo que está fincado en su propia estructura, él es en sí mismo su singular fuente de referentes. El fenómeno es la unidad de su apariencia y su esencia, de su expresión y de su contexto, constituyendo una totalidad absuelta de asideros externos. Como un vasus hermeticum, la naturaleza lógica de lo que se presenta está cerrada sobre sí misma y se incuba proteicamente para desplegar su estructura primaria en el transcurso de su aparición. No es otra cosa más que su carácter de absoluto.

Es así que la distinción entre “el bien” y “el mal”, en la lógica del fenómeno, es un un asunto de pura necesidad ideológica, que cuando se observa cuidadosamente no tiene mayor profundidad que la diferencia entre “arriba” y “abajo” o entre “izquierda” y “derecha”, es una cuestión de opinión y de posición, empero, elevada a la categoría de fenómeno psicológico de forma injustificada, o solo justificada por el miedo a la propia postura existencial del individuo.

James Hillman mencionaba que el trabajo psicológico requiere la aceptación indiscriminada de la imagen como siendo ya una representación completa del alma, no importa la figura sórdida en que se manifiesta, ni el sufrimiento, ni lo patológico de su contexto, ya que es en lo sintomático donde prima el opus de la verdadera psicología, es en su depravación donde el alma puede desplegarse mejor.

En cambio, los ideales moralistas, encierran el desenvolvimiento del síntoma en una prisión de nosologías fijas que brindan certidumbre y calma al profesional de la salud mental, librándose con ello de la urgencia de involucrarse en aquel pensamiento que se piensa a sí mismo. Puede, en consecuencia, observarlo mecanicamente y subsumirlo a la técnica adecuada. También el paciente es capaz así de abandonar su vida anímica y entregarse inocentemente a la tarea cotidiana del espíritu de los tiempos. Ambos, paciente y terapeuta, fingen, por tanto, que su humanidad no ha nacido aun, que siguen siendo hijos de un dios que, sin embargo, hace tiempo ha muerto.

El psicólogo ha de saber que su mirada debe esforzarse por permitir que sea el síntoma quien se mire a sí mismo, despojado de la obligación hacia el ego, es su labor construir las herramientas de pensamiento que le posibiliten disminuir su punto de vista moral y subsumirlo ante el pensamiento inconsciente de aquello que se le presenta. Así, él mismo resulta tan arbitrario como cualquier otro evento, no obstante, en esa contingencia es capaz de atender a lo que de verdad es importante, que nunca es él mismo sino el mundo en el que ha nacido, es decir que puede por fin estar frente al movimiento noético que supone la lógica de lo pensado en el fenómeno, tal es el objeto propio y absoluto de la psicología.