Byung-Chul Han para psicólogos

Logos del alma

Con más de una veintena de libros traducidos al español, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han se ha pronunciado como una de las voces más visibles del análisis de la sociedad posmoderna, con libros breves pero complejos donde subyace de forma constante la idea de la pérdida de la negatividad y de la otredad; su trabajo pone en evidencia las caras ocultas de la sociedad occidental, su vicios y objetivos no asumidos.

En la estela de los trabajos de Baudrillard, Lipovetsky, Lasch, Sennett, Touraine, Vattimo, Jameson, Gibern o Baumann, entre tantos otros, emprende un análisis de la cultura con una brevedad y parsimonia que, sin embargo, no evade la complejidad del fenómeno que trata, haciendo énfasis en poner en tela de juicio la dinámica social que de forma maníaca obliga al sujeto a servir a un mundo positivo, superficial y acelerado, donde no se permite la pervivencia de lo humano, de las relaciones, de la vivencia de la interioridad, un ejercicio de construcción de identidades artificiales en detrimento del auténtico rostro del sujeto, que no es el del hombre atomizado sino el de la comunidad.

Su obra es de lectura obligatoria para los psicólogos y psicoterapeutas que quieran tener un panorama global del contexto donde lo humano se desarrolla, pues el trabajo en consulta requiere que las sendas personales puedan ser observadas en la escala global donde proliferan, ya que los conflictos humanos se alimentan, indudablemente, de las ideologías latentes en la cultura y una problemática personal siempre estará nutrida por categorías sociales inadvertidas, ¿cómo tratar a un paciente si no se atiende a la voz social que habla a través de él?

Por otra parte, es debido reflexionar sobre el papel de la propia tarea profesional en la narrativa posmoderna para entender la función real de la psicología en un mundo que desecha al otro en el esfuerzo continuo por exaltar la individualidad en contra de la organización grupal y que propone objetivos personales idealizados, desprovistos de contradicción, que multiplican la angustia y la ansiedad al ser imposibles de replicar. Una psicología que actúe, sin pensar, este paradigma se ocupará de aislar al paciente de su papel político, de su existencia como zoon politikon, y lo despojará entonces de aquello que lo hace humano, sumiéndolo en la maquinaria de explotación emocional de la psicología pop. Este esfuerzo terrible es lo que se denomina una psicología sin alma.

Construir una psicología con alma, en cambio, supone que el psicólogo y el psicoterapeuta puedan asumir un opus que sea consciente de esa tendencia contra la negatividad, una que pueda ser hospitalaria con el huésped inquietante que es el nihilismo y que no se asuste ante el avance implacable del ánimus sombrío. Ante ello, el trabajo de Han brinda un panorama de ideas que entrenan al psicólogo en la asunción del espíritu de la época y le brindan las herramientas para poder reflexionar de forma compleja sobre su campo de acción.

Las herramientas encadenantes del psicoterapeuta

Logos del alma

“No es para quedarnos en casa que hacemos una casa….”
Juan Gelman

En la temprana formación psicoterapéutica de corte analítico un ejercicio común consiste en interpretar películas, mitos y cuentos a través de las categorías aprendidas a lo largo de la revisión teórica y práctica. Despues se hace lo mismo con los casos y con el análisis de sueños. En el entrenamiento inicial ello constituye un ejercicio didáctico constante y mientras más se practican las interpretaciones éstas se vuelven más ricas y complejas, afianzando el conocimiento obtenido de forma previa.

La finalidad didáctica de ese ejercicio es la aprensión, cada vez más amplia y profunda, del bagaje teórico que se presenta en el proceso del aprendizaje. Con ello, las categorías de pensamiento se complejizan y abarcan mejor a la realidad en cuestión, imbuyendo con la teoría al objeto propio del entrenamiento psicoterapéutico, es decir, la interpretación y el acercamiento a los fenómenos psíquicos. Por lo cual, se asume que el fenómeno se construye en la misma medida que se aprende, ese acto de creación del mundo es el inicio de la formación psicológica.

Tales ejercicios son una estrategia útil, no obstante conllevan un peligro. En el camino del aprendiz y habiendo interpretado decenas de fenómenos, la teoría termina por interiorizarse e informar la perspectiva con la cual se comprende a la realidad psíquica, estos esquemas teóricos niegan las antiguas categorías epistémicas y sustituyen la visión del hombre común por la del aprendiz de psicoterapeuta. Pero esa condición ofrece la falsa seguridad de que se ha llegado a la meta, de que ahora se tiene la capacidad infalible de entender realmente el mundo tal y como es, todo gracias a la constante aplicación de la teoría literalizada.

En el proceso dogmatizador del saber la practica psicoterapéutica se refuerza en el imperativo de probar constantemente los conceptos medianamente interiorizados. Se sustituye entonces al fenómeno con las formas externas de observarlo, ideas que no derivan del objeto de estudio sino de las necesidades del investigador. Así, se olvida el hecho de que realmente el sujeto es constitucionalmente ciego a la realidad, por lo cual, se experimenta la ilusión de que se pueden aplicar indistintamente, sobre el fenómeno, las recientemente adquiridas categorías fijas de comprensión.

El aprendizaje de la psicoterapia exige la negación de la consciencia del sentido común, con su acercamiento lego a los factores psicológicos que están presentes en la construcción de síntomas psicopatológicos. Estos sistemas de pensamiento dan pauta a una óptica especializada que las personas no entrenadas no se ocuparán de desarrollar. Esta situación supone una profesionalización del psicoterapeuta semejante a la de cualquier experto en un área del saber. Sin embargo, el proceder psicológico no descansa en esa negación, requiere, para ser psico-logía, una negación posterior.

La negación de la negación es lo que distingue el acercamiento real del psicoterapeuta a su objeto de estudio. Ésta consiste en la autoaplicación del conocimiento a sí mismo en el singular ejercicio del aprendiz por ser adiestrado ya no por los conceptos teóricos, en cambio se vuelve ahora discípulo del fenómeno en cuestión. Es la noción subyacente en el síntoma lo que enmarca la teoría del fenómeno a estudiar y, paradójicamente, la sumisión a esa tarea es lo que convierte al aprendiz en un verdadero psicoterapeuta.

Por eso es necesario seguir caminando en la vía psicológica, en lugar de permanecer en la morada cómoda de lo ya conocido. Es debido cortar la rama sobre la que se está sentado e invocar el riesgo de la incertidumbre. Seguir andando requerirá desechar esa práctica tan duramente conseguida y volver a reflexionar sobre los conceptos ya aprendidos. El aprendiz tiene que atender la negación de las categorías de análisis siempre una vez más, de tal manera que lo que quede no sea el habito de interpretar sino la disposición de someterse a a la otredad.

La habilidad para estar presente mientras el fenómeno se piensa a sí mismo, es la dimensión que supera el ámbito del aprendiz, lo que significa abandonar toda esperanza de ser un agente activo en la transformación dialéctica del proceso psicológico alcanzado. El psicólogo sabe que hay que hacer el derrotero siempre de nuevo ante el fenómeno y renunciar conscientemente a sus queridos instrumentos de aprendizaje, solamente sin esa carga se puede pasar por el ojo negativo de la aguja.

Observando las formaciones junguianas es patente lo difícil que resulta llevar a cabo la negación de la negación, es más sencillo permanecer como aprendices e ir, en el mejor de los casos, muy cargados de conocimiento, pero con poca disposición a dar el siguiente paso, hacia el verdadero opus del vacío. ¿Quién se atrevería a enseñar que lo aprendido debe ser desechado, y que el tiempo de formación no instruye realmente, que más bien debe preparar al sujeto para desapegarse del fruto de su trabajo? En cambio, todas la formaciones ponen un peso sobre los hombros del estudiante, lo inflan de importancia personal y lo atan al delirio de la suficiencia y del ejercicio psicológico superficial.

Tales formaciones son responsables de que haya tantos psicólogos y tan poca psicología, pues su trabajo es vender un producto determinado por la promoción del mercado, adecuarse a las leyes de la oferta y de la demanda y procurar que se respete la gran narrativa cultural de la búsqueda de la salud y del bienestar como los productos preferidos del capital. Sus herramientas son cárceles hechas de conocimientos que mantendrán lejos del practicante el verdadero trabajo psicológico, esto es, el reconocimiento de la realidad del alma.

La tentación del profeta

Logos del alma

Carl G. Jung hacía notar que uno de los riesgos al explorar los procesos psíquicos era la posibilidad de que el psicólogo se identificara con ellos, es decir, que en su viaje en la exploración de los contenidos colectivos se dejará invadir por los mismos, de tal manera que se erigiera como el portador de la verdad de la época y el conocedor de los misterios del inconsciente. Dicha situación encuentra su asiento en la necesidad egóica por ser una presencia vital en el medio de los sucesos y poder ser dotado de un monto exagerado de importancia personal.

El psicoterapeuta debe guardarse del peligro que representa la mentalidad del profeta, pues en el consultorio es muy sencillo caer bajo la impresión de que lo que se dice es dicho por el individuo, de que es el terapeuta quien conoce las vías por las cuales poder comunicarse con los símbolos y enseñarle al paciente como debería vivir su vida psíquica para poder alcanzar los objetivos de su propia alma. El psicólogo, desde esta óptica, se apropia indebidamente del papel del psicopompo que guía al paciente por su tránsito en el inframundo y éste último, a su vez, corre el riesgo de encarnar otra forma de posesión de los contenidos colectivos, el del discípulo.

Pero el psicoterapeuta transita por la senda de un misterio que se abre siempre y nuevamente ante cada sesión. Él no es un experto, ni un sanador, ni mucho menos un profeta, sino un escucha atento del diálogo profundo que ocurre en los diversos planos narrativos de la consulta; su tiempo es el presente y su trabajo es permanecer ahí donde los pacientes tratan, bajo muchos medios, de escapar, por ello tampoco puede huir al futuro, a la prognosis dado que pasado y futuro están contenidos en el vaso hermético del momento presente del tiempo terapéutico.

La psicología y el complejo de inferioridad del hombre

Logos del alma

“Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso…”

F. Nietzsche

La psicología, de forma inadvertida, es la narrativa moderna cuya función es ser un refugio del hombre ante al nihilismo, así que crea ídolos ahí donde el martillo de la historia los había derrumbado, una de las imágenes que prueban este hecho es el esquema crisis-renacimiento que presupone que de un momento caótico o angustiante devendrá, si el sujeto así lo desea, el aprendizaje, la riqueza y el crecimiento, tal afirmación se deriva de la antigua creencia cristiana sobre el paraíso prometido, al que el buen creyente podrá ir después de sufrir lo suficiente en este mundo.

Tal modelo de relación con la propia experiencia indica varias situaciones en cuanto al papel de la psicología en el discurso moderno. Una de ellas es que los objetivos psicoterapéuticos tienen su raíz en el anterior contexto religioso y reproducen la moral cristiana de la que Nietzsche sospechaba con tanta vehemencia. También, dicha imagen, confiere al hombre un papel determinante en los procesos psíquicos que le acaecen, con toda la inflación y el peso producidos por asumir un destino que no le es propio, circunstancia a la cual los primeros psicólogos llamaron neurosis. Por último, propone que el sujeto, frente a la realidad, solo debe atender a su experiencia si ésta le es favorable, aunque sea como promesa, delirando con un falso sentido de control sobre la misma.

El nihilismo es la pérdida necesaria de los antiguos valores, la muerte de Dios como representante de un mundo que ya ha transitado a una forma inédita de sí mismo ¿no es acaso, esperar un futuro propicio un mecanismo de defensa contra el vacío de la existencia, contra la falta de significado propia del crepúsculo de una cosmovisión moribunda? La idea de un buen porvenir alivia la angustia ante la incertidumbre, pero a la vez prueba la verdad de los tiempos presentes, que ya no hay significado y que solo podemos acceder a éste a través de crearlo artificialmente con propósitos meramente personales.

Pensar que los sucesos están hechos para la superación personal del sujeto o que el individuo debe aprovecharlos ¿no expresa un exceso de importancia personal? ¿No es una muestra de soberbia? ¿Y no implica esta soberbia un complejo de inferioridad de la especie humana?

¿Qué pasaría si el hombre asumiera que el mundo es caótico, que la crisis es una constante de la existencia y que no necesariamente habrá un buen final para los sucesos? ¿Qué pasaría si entendiera que la realidad no está hecha a su imagen y semejanza sino que son los fenómenos los que transitan hacia sí mismos y solo como agregado podrá acaso sacar algún partido, que por supuesto siempre será efímero? Y además ¿Cómo sería una psicología liberada de su necesidad de mejorar al individuo, de generar significado, de curar, es decir, emancipada del proyecto de alejar al sujeto de sí mismo y de la lógica del alma?

De la función apotropaica de la psicología

Logos del alma

“Reconocer la sombra es lo que yo llamo la obra del aprendiz…”

C. G. Jung

Cuando el hombre nació ante sí mismo, desnudo de los viejos dioses y de las antiguas creencias religiosas, sintió miedo y vergüenza y busco regresar al antiguo refugio de las terribles deidades, pero era demasiado tarde, así que volviendo sobre sus pasos, sobre el camino imposible del retorno, y ante el cuerpo muerto del mundo natural, vio emerger un concepto salvífico cuya función principal fue que el ser humano no se hiciera consciente de su desnudez, que su vergüenza se enmascara en nuevos dioses y en nuevos padres celestiales, a este refugio inédito se le dio el nombre de “El Inconsciente” y fue el hogar de las deidades crepusculares.

Profunda o científica, la psicología, puesto que se centra en el sujeto, es el solaz del hombre que una vez nacido no quiere darse cuenta de la muerte de los dioses, manteniendo así la importancia personal como el eje de su labor y sosteniendo la convicción de que el sujeto es aún relevante. Tal asunción, sin embargo, es un poco de veneno con el cual tener sueños tranquilos y alejar el mal de nuestra senda.

Jung una vez dijo que la iglesia era un lugar para ocultarse del dios vivo, de la misma manera, se puede decir que la psicología moderna es un espacio para refugiarse de la muerte, de la finitud y de la verdad del tiempo presente. Por eso es tan cercano el predicador al couch o al psicólogo o al psicoterapeuta, todos fundan su doctrina en el deseo infantil por un dios que desde hace tiempo ha desaparecido y que ya no habla con sus hijos. Ese vacío de la voz divina es insoportable pero acaso es la señal indudable de que el hombre ha nacido. Es tal vez la hora de que la psicología se constituya como un camino hacia el mundo y deje atrás su labor apotropaica, pues el mal es también una sombra y en el viaje del alma hacia sí misma reconocerla como un otro es, siempre, el primer paso.

La psicología no es medicina

Logos del alma

La psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica, pero el psicólogo debe desligarse de tal concepción para poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan en el contexto de la terapia. Ocurre que cuando un psicólogo busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico, buscando llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para la ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.

El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que este siga la dialéctica inherente al mismo, para así poder aprender de tal acontecimiento, no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.

Apokatástasis

Logos del alma

En un cuento, “El eterno Adán”, Julio Verne narra la experiencia de un científico perteneciente a una cultura distante en el tiempo y que ya ha olvidado a la civilización de la que nos desprendemos. La raza humana ha crecido y nada sabe del pasado anterior a su historia. El protagonista encuentra, entonces, una caja con algunos papeles en su interior, escritos en una lengua desaparecida. Pasa años tratando de descifrarlos y cuando al fin lo hace descubre una verdad asombrosa, su propia civilización proviene de una civilización anterior, más avanzada, y aquel pueblo anterior a su época a su vez parece provenir de otra tierra llamada Atlántida.

En la historia de Verne el protagonista intuye que la raza humana ha vivido de manera cíclica durante eones, que su pueblo no es el primero en existir y posiblemente no será el último. Esa hipótesis recuerda, por supuesto, a la teoría del tiempo cíclico que tantas facetas ha tenido a través de la historia.

En la filosofía platónica se observa que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad y que en algún lugar ambos confluyen, el tiempo siempre está regresando a su imagen arquetípica. En el Timeo, Platón dice que los siete planetas fueron creados para limitar al tiempo y que, como él, cíclicamente degeneran y renacen. El Eclesiastés, Heráclito y más recientemente Nietzsche dan noticias de hipótesis parecidas.

La idea de progreso había obliterado toda referencia al tema de la doctrina de los ciclos, ahora que ciertos valores modernos han sucumbido de su calidad de absolutos, la imaginación puede divagar en estos temas antiguos y que sin embargo se insinúan perennes, como el desgajarse del tiempo.

La civilización occidental contemporánea ha cruzado un periplo y acaso no lo ha terminado aun, aun así el movimiento parece cerrarse en ciclos alrededor de las etapas promulgadas por la historiografía humana, es decir, que cada etapa de la historia es semejante a la historia en general y, así mismo, la vida individual es reflejo de la vida social, pues contrario a lo que se cree la totalidad no es mayor que la suma de sus partes, porque cada parte contiene a su vez a la totalidad, analogía que corresponde al universo de la matemática fractal y de la teoría holográfica.

Por lo tanto, lo historiado narra una visión de un lapso entre tantos otros. La crítica histórica se encarga de momentos que se repiten incesantemente, no obstante, al llegar al análisis regularmente la conclusión decae en el terreno de la admonición pues las personas, de alguna manera, afirman que los elementos sociales que imperan contribuyen incesantemente al clima de infelicidad del hombre contemporáneo. Es posible que así sea y que el vació responda a la plétora de conductas que la posmodernidad ha heredado de otras épocas y a otras tantas en las que ha parecido innovar. Es más, es debido afirmar que la realidad del mundo corresponde a la proyección que el hombre imprime en los objetos al actuar de una u otra manera.

Sin embargo, mientras la critica social se plantea la consigna de que la estructura cultural falla en llevar al hombre a una meta que ni siquiera se ha planteado seriamente lo que aquí se quiere recalcar es que las acciones del hombre están sujetas a ordenaciones que existen fuera de su entendimiento racional.

Omar al Khayyam dice: “Todo lo que existe estaba ya marcado en la tabla de la Creación. Infaliblemente y sin cuidado la pluma escribe sobre el bien y el mal; desde el primer día, la pluma escribió lo que sucedería. Ni un dolor ni nuestras angustias podrán aumentar una letra ni borrar una palabra.”

Es una ofuscación humana el creer que se puede transgredir la predestinación, que se puede pecar o hacer el bien, lo cierto es que el sí mismo, tratando el concepto junguiano, se dirige siempre hacia un destino y el hombre es mera herramienta de ese proceso de individuación. Las ideas que se conciben sobre lo bueno y lo malo son simples categorizaciones, sin resquicio de inmanencia en el ser.

Lo que queda por cuestionar, ante esta cosmovisión, es cuál es el camino que ha recorrido el ser y cuál será la senda que seguirá transitando. Dice Omar al Khayyam que como piezas de ajedrez lo hombres son conducidos al estuche de la nada y probablemente ese sea el sino de la cultura posmoderna.

Vattimo dice: “El nihilista consumado o cabal es aquel que comprende que el nihilismo es su (única) chance. Lo que ocurre hoy respecto del nihilismo es lo siguiente: que hoy comenzamos a ser, a poder ser, nihilistas cabales.” Vattimo alude a que el nihilismo es una oportunidad que la historia aprovecha para su transformación y se apoya en Nietzsche para definir el nihilismo como: “…la situación en la cual el hombre abandona el centro para dirigirse a la X.”

Así, la nada no es más que la fuente de la que todo surge, y como lo sugieren las diversas mitologías e incluso las nuevas concepciones científicas, el universo y su orden emergen de un mar caótico de partículas indiferenciadas.

Como hombres no nos queda más finalidad que la Apokatástasis, el retorno de todo lo existente al seno de Dios. El próximo paso en el estudio del fenómeno humano habría de estar fundando en los conceptos dolientes como lo son el mal, el destino, la injusticia, el caos, el absurdo… Sólo ahí en donde la lógica no impera una especie de entendimiento podrá surgir, una comprensión devoradora que abatirá toda partícula y destruirá toda memoria. Y cuando todo termine y el fin nos arrebate será el momento de volver a comenzar, pues el tiempo no existe, el espacio no existe, estas letras se diluyen en su propia ilusión y el que escribe poco a poco se ha de ir borrando; todo retorna al vacío, todo proviene del vacío y la realidad es un mito que se renueva en su propia inexistencia.

La soberbia

Logos del alma

La ϋβρις es, en efecto, la desmesura por exceso que nosotros designamos con el nombre que le dieron los romanos de superbia. Es el ser-más que se dispara hacia el ser demasiado. Aplicable primaria y eminentemente al hombre, el adjetivo latino superbus está calcado del griego ύπέρβιος, que cualifica a quien posee fuerza o poder en grado excepcional. La soberbia no es la posesión, sino la exhibición y el abuso del poder.

La soberbia representa el alarde del poder, su exposición de manera exagerada o de forma ruin. El hombre soberbio ha transgredido límites que los dioses consideran importantes, ha sobrepasado barreras en cuya irrupción se incurre en el pecado. Pero el soberbio no es un hombre hiperbólico, aunque finge serlo, es más bien un ser que se ha consumido en la carencia, en la mendicidad, su miseria consiste en ser menos que los demás, en tener menor poder sobre sí mismo.

Hay varios ejemplos en la mitología que muestran las consecuencias de la ubris (hybris). En la tradición hebrea encontramos el mito de la Caída, éste relata como cierto dios prohíbe a sus hijos primigenios, llamados Adán y Eva, comer del fruto de un árbol ubicado en el centro del paraíso construido para ellos. Sin embargo, una serpiente, cuya identidad es ambigua, insta a Eva a probar la fruta aciaga. Ella lo hace, luego convida a Adán. 

Aquel dios es omnipresente, y al saber que sus hijos le han desobedecido los destierra del paraíso y los arroja a la mortalidad. Dos seres con llameantes espadas guardan, mientras tanto, la entrada a la tierra del origen. Tal desfallecimiento del espíritu es una emulación de una anterior revuelta instada por el ángel Lucifer, con ello notamos que los mitos judíos son cíclicos en sus temas.

Otro mitologema semejante es el de Prometeo, en la cultura griega. Prometeo era hijo de Yapeto y de Climena, hija de Océano. Entre sus hermanos se encontraban el gran Atlas, Meniteo y Epimeteo. Hesiodo caracterizó a Prometeo como “sagaz y astuto”, luego cuenta: “…cuando los dioses y los hombres mortales disputaban en Melona, Prometeo mostró un gran buey que adrede había repartido, queriendo engañar al espíritu de Zeus”.

Prometeo había recubierto los huesos con la grasa del animal para que así fueran, los restos, más apetecibles para Zeus y por consiguiente la carne pudieran apropiársela los hombres, no obstante Zeus era muy sabio y descubrió la treta, aun así siguió el juego de Prometeo sólo para poder dar un justo castigo a la humanidad.

“Y desde aquel tiempo, acordándose siempre de ese fraude, rehusó la fuerza del fuego inextinguible que brota del roce de los maderos de encina a los míseros hombres mortales que habitan sobre la tierra.”

“Pero todavía le engañó el hijo excelente de Yapeto, robándole una porción espléndida del fuego inextinguible, que oculto en una caña hueca”

La nueva ofensa no hizo sino enfurecer más al gran Zeus que le deparó un cruel castigo al insubordinado hijo de Yapeto:

“Y sujetó Zeus con cadenas sólidas al sagaz Prometeo, y le ató con duras ligaduras alrededor de una columna. Y le envió un águila de majestuosas alas que le comía su hígado inmortal. Y durante la noche renacía la parte que le había comido durante todo el día el ave de alas desplegadas.” Tal es la descripción que nos brinda Hesiodo.

Este castigo ejemplar fue acompañado con la liberación de las calamidades que Pandora, accidentalmente, desato sobre los hombres. Por ahora no importa si Prometo fue liberado por Heracles y recibió gloria posteriormente, lo que interesa es que Prometeo desafió a los dioses y fue castigado. Icaro, Sísifo, Aracne y Medusa son otras figuras que acompañan a los griegos en la imaginería concerniente a la soberbia.

La soberbia acaece ante la indigencia del ser, el sujeto se eleva hasta cimas inalcanzables en un acto de equilibrio, como una forma de compensación ante su falta de poder sobre su propio campo de acción. Tal condición resume muchas vidas desgraciadas.

La fotografía y la realidad

Logos del alma

Cuando los dioses crearon al hombre, según una leyenda del Quiche, y le dieron forma a su carne, y labraron su corazón fuerte y sabio, el hombre se levantó y rindió tributo a sus creadores, les agradeció por tan magnifico estado, por la lucidez y la clarividencia, les prometió, al fin, lealtad eterna. Sin embargo, los dioses no vieron con buenos ojos las capacidades de los mortales, pues su creación estaba dotada del saber de lo grande y lo pequeño, y de sus causas, nada había que fuera desconocido para estas nuevas criaturas; pronto, con el paso de las generaciones, serían iguales a los dioses. Las viejas deidades nublaron, entonces, los ojos de sus hijos terrenos, protegiéndoles así de la maldición de la soberbia.

Desde entonces el ser humano ha vivido observando todo pero sin conocerlo, a través de su vista transcurre el mundo, rápido y doloroso, pero él nada sabe de lo que está a su alrededor. Un manto oscuro es el universo y los ojos de quien lo observa no son menos sombríos.

Ver el mundo es inventarlo, tratar con fantasmagorías que se imponen al paisaje inmóvil y perenne en un marco prescrito pero irreal. Cuando asir lo real se convierte en el pretexto de una vida, se puede saber que esa vida es ya ficticia, pues no existe lo real sino como una hipótesis, poco lucida por cierto, que esconde tras su estructura una esencia poblada por el miedo profundo y arquetípico hacia el vació. 

Si el universo existe, no lo sabemos, lo único posible es observarle con ojos que no son totalmente nuestros y actuar en el contexto aparente que forma la vida de cada persona.

La fotografía, esa herramienta, constituye una forma más de observar e interpretar la realidad inasible, y hay quien confunde sus resultados con el mundo detrás de las apariencias. No nos equivoquemos, la fotografía no registra, comenta, no observa, fábula, es un arte y como todo arte retoma la forma del paisaje y lo transforma de acuerdo a su estructura como máquina, y a los deseos de quien toma en su manos la cámara fotográfica.

El acto de fotografiar confabula al sujeto con la máquina para dar vida a sueños que sólo existen en la mente del artista, los límites aparentes, el programa y los contextos, se convierten en caminos provechosos para que el fotógrafo plasme su mirada en el marco de la cámara y a su vez este aparato extraiga un trozo del mundo, para regocijo de quien lo utiliza.

En cada fotografía es visible una parte de aquel oscuro secreto, de eso indecible que supone el interior del pensamiento, que parece entregársenos a ratos y cuando nos damos cuenta tenemos las manos vacías.

Por otro lado, en estos tiempos, tomar la fotografía como una imagen nítida del mundo es el cliché que se ha extendido a través del desarrollo de tal arte, y las cámaras comerciales instan al individuo a fotografiar todo lo que vea, pues el hombre tiene miedo, también, de perder su memoria, su identidad, de sucumbir al caos, que es otro nombre del vació. Pocos se atreven a ir más allá del círculo redundante de la fotografía normal, a esos viajeros les interesan no las formas cotidianas y monótonas, sino las cosas que nunca existieron hasta que la lente se poso sobre ellas, se dan cuenta de que el paisaje cotidiano esconde en sí mismo una originalidad no vislumbrada que espera únicamente el que algo se las arranque, y si esto no es suficiente siempre hay elementos que combinados muestran las insondables maravillas.

Se puede decir, aunque tal vez sea un error, que la historia de la cultura tiene como base el eterno deseo de conocer el mundo, como si una ínfima parte del hombre aun recordara y añorara el lejano tiempo cuando esté tenía en su poder el saber ahora proscrito. La nostalgia de lo ya perdido propulsa el paso de cada ser humano que ha poblado y poblará esta triste tierra.

En un mundo que quisiéramos estuviera poblado por signos, permanentes y seguros, nos encontramos con que lo único existente son símbolos cambiantes y divergentes, que se nos escapan a la menor provocación, al más ínfimo signo de intención interpretativa. Como si el afuera tuviera conciencia y jugara con el hombre frente a él. 

Al ver a Dios la criatura queda ciego. Los dioses son egoístas y tienen miedo. Crearon una visión incompleta y fugaz, y dotaron al hombre de la capacidad de convivir con ella. Desde entonces eso es el mundo. La fotografía nos recuerda, que hay algo de irreal en el tejido cósmico, sus imágenes nos impelen a creer que son ciertas, pero cada vez que nos acercamos a ellas presenciamos la triste verdad, cada nueva foto nos aleja, cada vez más, de la certeza.

Asterión ante la redención: Tres lecturas del cuento “La casa de Asterión” de J. L. Borges

Logos del alma

“La casa de Asterión” de Jorge Luís Borges es uno de los relatos más representativos del autor, en ese cuento se encuentran implícitos los temas que a Borges le urgieron toda su vida, y en él la hermosa y límpida escritura se entrelaza en cuestiones que son extrañamente maravillosas. En este caso habré de ocuparme de uno sólo de esos temas (tal vez en algún punto se entretejan otros tantos): la redención.

La RAE define “redimir” como: “Rescatar o sacar de la esclavitud al cautivo mediante un precio […]. Librar de una obligación o extinguirla […]. Poner término a algún vejamen, dolor, penuria u otra adversidad o molestia”. A esto habré de volver a la brevedad, pero antes conviene contextualizar el cuento en el mito que lo inspira.

El cuento de Borges relata la estadía de Asterión en el laberinto de Creta. Asterión es el hijo de Pasifae, esposa del rey Minos. Cuenta el mito que cuando Minos se disputaba el trono de Creta con sus hermanos, invocó la aprobación de los dioses para ser coronado, los dioses le respondieron y Poseidón mandó un magnífico toro blanco símbolo de la aprobación y el pacto. La condición era que el ahora rey Minos sacrificara aquel toro impresionante y devolviera así lo que se le había otorgado. El rey no obedeció y sacrificó, en el altar a Poseidón, un toro blanco, pero no el mismo que había sido un don. Tiempo después Minos entró en batalla y pasó un largo período fuera de su hogar; como castigo por la desobediencia el dios del mar instigo el que la reina Pasifae se enamorara del toro sagrado. Ésta, no encontrando otro modo de saciar su deseo, pidió a Dédalo que le construyera un artificio en forma de vaca con el cual podría realizar la ansiada cópula. De esa unión nació Asterión, y luego, él, fue encerrado en el laberinto.

El mito original cuenta que Minos no castigó a la reina, pues sabía que lo sucedió era obra de su desobediencia. La hybris es el pecado de la soberbia que tanto importaba a los griegos, el acto de conservar el don proporcionado introdujo al rey en el mundo de la insolencia, por lo cual debía ser castigado. De alguna manera lo que está a nuestro alcance siempre es una dádiva que necesita seguir el camino de su propia mutación, retener lo obtenido es paralizar el movimiento continuo de la existencia, no dejar fluir el objeto y convertirlo en una cosa muerta. Es el pecado de la literalización.

El castigo no es sólo la presencia del ser monstruoso, fruto del flujo inmovilizado, la condena representa la transformación del rey Minos también en un monstruo. La desfiguración del buen rey en la actual faceta del tirano obedece a la misma ley que la perversión de la forma; es la consecuencia por la trasgresión de un límite impuesto al reino humano, el avance hacia la consciencia de un hecho inconsciente. Una vez cruzada la demarcación, el hombre se convierte en otro, en su sombra, con todos los atributos negativos que explicitan el pecado cometido. Otrora un buen soberano, Minos se transfigura en un déspota que es odiado por su pueblo y por los hombres de otros pueblos que le rinden forzada pleitesía.

El minotauro no es el castigo, es la representación simbólica del movimiento lógico seguido por el tirano, la proyección de la falta en el objeto nacido de su propia mujer que encarna, a su vez, la dimensión anímica olvidada por Minos y la cual, al no ser atendida reclama un balance que expresa la hybris y la correspondiente admonición. El minotauro es un síntoma.

El mito continúa con la intervención de un joven héroe griego: Teseo, quien ayudado por la hija de Minos, Ariadna, llega al centro del laberinto para asesinar al monstruo. Teseo es el héroe que representa la nueva consciencia que hace frente a la decimonónica figura del tirano; es el cambio, el espíritu de la negación. El héroe se apresura a iniciarse en el camino del laberinto con la ayuda de Ariadna, que le recuerda la senda de regreso, y así derrota y da muerte al monstruo. Posteriormente sale avante de aquel dédalo no menos monstruoso y se lleva con él a la muchacha, prometiendo lo que no cumplirá, pues no debe ser cumplido para provocar la entrada del dios (en este caso Dionisos). Un hilo invisible se teje entre Minos y Pasifae y luego entre Teseo, Ariadna y Dionisos.

Teseo es el redentor que encarna en su figura al pueblo griego, joven aún, que se enfrenta contra una potencia decadente. Mata al minotauro y personificación, con su hazaña, el cambio, la innovación necesaria en la estructura psíquica. Es redentor porque libera de la adversidad a un pueblo y le proporciona la esperanza para luchar contra sus opresores. Pero también es redentor porque, con la muerte, libera al minotauro (el síntoma) de la cruel carga de ser un pecado corporeizado y provoca con esto el principio de la destrucción del imperio de Minos, quien más tarde se transformará en un ser más justo, o mejor dicho en un juez, el principal juez de los muertos. Teseo es el otro dialéctico del rey Minos y ambos son parte del mismo movimiento psíquico.

El héroe toma el camino que Minos no eligió, acepta la dimensión anímica, personificada por Ariadna, como su guía en el laberinto horrífico (todo laberinto es terrible según Borges), ella es la corona de luz que también le permite abrirse paso en el terreno de lo inasible. Teseo-Ariadna es la enantiodromia de Minos-Pasifae, su superación lógica. La derrota de lo pervertido es la tierra fértil de una nueva potencia, del nuevo estadio o del nuevo rostro de una idea latente que había sido detenida por el rey anterior, de esta manera también hay una identidad entre el héroe griego y el minotauro, ambos son un solo proceso en la vía de la noción latente hacia su reconocimiento.

Esta es una lectura psico-mítica al cuento de Borges, la redención tiene un papel purificador, trascendental, para el movimiento simbólico del mito; siendo Minos el nombre un proceso que se despliega en varias figuras y que ni no empieza con él mismo, hay que recordar que la reina Europa, madre de Minos, fue preñada por Zeus en forma de toro, lo que implica ya una identidad compartida también entre los personajes: Zeus, Minos y el minotauro.

Otra lectura es la del motivo del autor como un sujeto tomado por el trabajo de la creación, de ello derivan los temas que inquietaron a Borges y que lo convirtieron en un erudito, algunos de ellos se encuentran inscritos en el cuento. La liberación aquí es una necesidad velada en la experiencia del propio autor ante su obra.

Hay un hecho curioso: el minotauro es un ser híbrido, humano y animal al mismo tiempo, estas dos naturalezas yacen confundidas en un mismo cuerpo, como dos ideas que no acaban de sobreponerse, es un núcleo sintomático que permanece sin ser resuelto. Lo humano en Borges es la intrincada red de pensamientos que lo caracteriza, la erudición y la parsimonia que le dan forma a su discurso; en cambio lo animal, aquello enviado por el dios, es el impulso que le da vida a su obra, los temas que eligen al autor y que lo obligan a acudir de forma recurrente a ciertas formas de expresión, a lugares comunes o a motivos que aparecen una y otra vez en sueños. Ambas dimensiones colisionan y de ese encuentro surge la obra, por ello el arte tiene algo de sintomático, de simbólico.

En su conferencia sobre “La pesadilla” el autor menciona que sus principales pesadillas tienen que ver con dos temas: los laberintos y los espejos. Más adelante observa: “No son distintas [las pesadillas] ya que bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto”. El temor al laberinto data de haber observado un grabado del dédalo de Creta y de la imaginación delirante de concebir dentro al minotauro. En su obra Borges construirá un gran número de intrincados meandros, en sus cuentos, poesías y ensayos. Hablará del laberinto del tiempo, del espacio, de las ideas, todo en Borges es un laberinto. Un laberinto es lo inextricable, lo que invita a entrar pero que promete el extravío. La pesadilla es la presentación de un mundo debajo del mundo, el inframundo, cuya forma laberíntica es acaso lo más perturbador de su presencia, decía Borges que el verdadero castigo del infierno era la eternidad, ese otro dédalo.

En el cuento en cuestión Asterión afirma: “La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo” y al hacerlo habla no sólo del mundo exterior sino del contexto lógico del personaje que es un laberinto infinito pues en él “todas las partes de la casa están muchas veces, todas están catorce veces”, número que en el relato es una alegoría de lo interminable. Asterión es un personaje intrincado, tierno y terrible a la vez, él mismo dice: “Se que me acusan de soberbia, de misantropía, y tal vez de locura”, y en otro párrafo al hablar sobre su trato con las personas dicta: “No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo.” Luego el protagonista menciona: “El hecho es que soy único. […] pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande”. Este aspecto de la personalidad de Asterión, su falta de identificación con el mundo humano, es interesante porque incita a la sospecha de que el personaje no es otro que un álter ego del mismo Borges. En las anteriores citas se entrevé a un ser que no está capacitado para el trato diario con los otros, es muy diferente a ellos tanto en su apariencia como en su esencia y no comparte intereses comunes con los demás. La misantropía viene de la discordancia con la vulgaridad, de la visión oscura y solipsista de una mente inquisitiva y espantosa.

Dice Asterión: “Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo”, este es el presentimiento de un hombre que se sabe solo y la afirmación implica los postulados idealistas más radicales, nos recuerda a Berkeley o a los mitos de la India que ven en el mundo la más grande de las ilusiones. El que nada sea transmisible por la escritura es una maldición para el escritor, quien no tiene otra forma de pronunciarse. Esta subjetividad radical habla sobre dicha imposibilidad, porque el trecho entre lo escrito y lo leído es inmenso, el lector nunca comprende al escritor, ya que el lector también está inevitablemente solo.

La soledad es un indicio que confirma la identidad de Borges con Asterión, pues la incomunicación no es otra cosa sino la expresión de la presencia de un ángel, es decir de un otro que trae consigo algo incomunicable, la otredad inasible, otro laberinto inexpugnable. Todo espacio es infinito, todo tiempo no lo es menos y el mundo borgiano se encuentra urdido con la inmensidad de este tema. El universo del autor es un mundo complejo, pero hay cierta aversión cuando a la mente entran estos temas imposibles, el mundo nunca es el mismo cuando se profundiza en lo eterno, parte de la identidad del hombre se pierde al intentar concebir el infinito. En ese esfuerzo por comunicar es donde surge el delirio porque, como se ha mencionado antes, nunca se alcanza a lo que se quiere decir, hay un foso insalvable primero entre lo que el autor traduce de la intuición y después en lo que el lector toma de la intención del escritor, como si la obra surgiera en aquella babel cuyo destino es la incomprensión.

La incertidumbre de lo eterno es semejante a la incertidumbre del otro. Laberinto y espejos son temas que se conjugan en un único sustantivo: la alteridad, la capacidad de interactuar con el otro, de pensarlo, de estar frente al otro sin envolverlo. De esta manera, Asterión yace en la penosa circunstancia de no ser otro y ahí radica la nostalgia que se transmite en cada página, de la mendicidad de estar aislado. Pero quien escribe no es menos infeliz, puesto que su incapacidad de ser otro viene de la sensibilidad singular que lo capacita para temas que no tienen que ver con el mundo vulgar y, por lo tanto, su propia naturaleza es el límite de la alteridad, puede pensar en los otros, pero no ser los otros. El matiz con el que el escritor, en este caso Borges, observa al mundo lo hace ser un perenne extranjero. El minotauro y al autor están atrapados en sí mismos, ellos son, también, el laberinto.

“…uno de ellos [de los jóvenes sacrificados a Asterión] profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor”. El redentor del protagonista es el otro, Teseo como el alter-ego de Asterión, llegará a donde el personaje y lo librará de la injusticia de la vida, del dolor de ser existente y lo llevará a un lugar con menos galerías, porque ser un individuo es existir como un ser doliente, por la incertidumbre y por la soledad, nada es más penoso que vivir. Sin embargo, la imagen de la muerte de Asterion es la resolución de un conflicto, al desenlace de un momento en donde el minotauro recibe al otro en el breve momento de su desvanecimiento, de esta manera Teseo se prefigura como el momento de la creación, ese instante fugaz en donde la comunión es posible, donde el ego da paso al sí-mismo.

Borges es Asterión y su sufrimiento viene de la imposibilidad de lo otro, del espejo que se superpone hasta el infinito, el laberinto de las letras semeja al dédalo de la existencia. Hablar de sí mismos es lo que hacen las personas cuando crean, con cada obra exponen su naturaleza, y hasta en la forma de escapar se advierte el rastro de subjetividad que solo se diluye en la búsqueda de la voz del otro que habla a través de lo creado. No es solo el yo quien habla en la obra, sino el impulso creativo (la musa, el daimon) es quien se revela en lo creado, la identidad de la obra es el juego constante entre el yo y el otro, el diálogo, imposible, del hombre con los dioses. Borges proyecta su experiencia creadora en el cuento de su invención, nadie puede no representar. Esta segunda lectura es de tipo personal, no porque implique solamente al autor sino que refleja las múltiples personas que escriben en el proceso creativo. ¿Quién es el otro en la obra de Borges? ¿El lector que revive lo escrito con cada lectura, pero que también está solo? ¿O lo será acaso el otro Borges, el daimon que crea a través del autor y que es recreado no cuando alguien lo lee, sino cuando el mismo se lee a través de la mirada de una persona en la búsqueda de una redención, casi, inasible?

El último matiz del que me ocuparé es de la semejanza entre el dilema de Asterión y el del conocimiento humano del mundo. Afirmare, para que no haya duda, que el mundo en sí es incognoscible o que lo es al menos la realidad objetiva, nadie puede saber como es el mundo porque lo que se percibe es tergiversado en el acto de aprehensión. Lo que la persona ve es el reflejo ilusorio, el velo de Maya. La realidad es una construcción imaginaria.

“Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo” dice Asterión. El entorno del hombre está mediado por su lenguaje, lo que existe es lo nombrado, el sujeto crea aquello que lo rodea al nombrarlo, al encerrarlo en una categoría. Con el tiempo esta categorización se hace más refinada y el cosmos se vuelve profundo. Sin embargo, se sabe de antemano que el laberinto donde yace el minotauro no fue construido por éste, sino que le precede, él es un invitado en esa construcción intrincada, pero, como los dioses, supone, por defecto, que ha creado la realidad. Realmente el hombre no crea el mundo, sino que nace en el lenguaje que es la actividad constante de creación, el órgano de la consciencia por medio del cual se construye a sí misma de forma inmarcesible, solo en la apropiación inadecuada de este movimiento el sujeto puede concebirse como un hacedor.

El laberinto es el conocimiento de la realidad. Asterión es el hombre moderno en su búsqueda del mundo, en el esfuerzo por asirlo con métodos cada vez más sofisticados, técnicos, científicos, como quien intenta aprehender lo intangible con signos abstractos, ignotum per ignotius. Pero esta búsqueda insensata implica el descubrimiento del hombre, en tanto ego, del contexto infinito que lo contiene y del cual no puede escapar, el individuo nacido de la modernidad ha surgido a nueva matriz contenedora. El laberinto es aquello que, en el hombre, conoce, es su capacidad de cognición, el acto intrínseco que lo vuelve capaz de desenvolverse en un mundo que solamente es suyo por sujeción, por reconocimiento, el cual se inventa a sí mismo y el individuo se ajusta a tal ficción. El sujeto atrapado en su contexto lógico no puede, aunque quiera, librarse de las ideas a través de las cuales observa el universo, pues ellas constituyen el cosmos. La filosofía, la ciencia, las ideologías nacen de sí mismas, pero el sujeto cree que las ha creado, que han brotado de su voluntad, sin embargo, son complejidades que atraviesan los hilos del universo, que es acaso infinito.

Es notable que el toro de Minos vive en un lugar cuyo número de cuartos no tiene final, así como todas las cosas que en él existen, podría ser que él mismo fuera también infinito. Esto remite a la hipótesis que tanto gustaba a Borges, ya sea al afirmarla o al refutarla, el eterno retorno. Todas las cosas, se plantea de manera general, están formadas de los mismos elementos constituyentes, estos son incalculables pero no son infinitos, las combinaciones de los mismos forman el universo y algún día las posibles combinaciones se saldarán, entonces todo volverá a ser como alguna vez fue.

La vida de Asterión deviene una repetición de lo finito en un tiempo infinito. Cada día es el mismo día, el laberinto del tiempo parece no tener salida, pero San Agustín planteó que la cruz salvaba al hombre de la eterna repetición de sus actos; en este caso Teseo salva al protagonista del eterno retorno de lo mismo. Teseo, simbolizando la consciencia de lo otro, se presenta como la alteridad que asalta al sujeto como único aliciente para que las cosas no se repitan y que sean liberadas de la iteración de sí mismas y puedan ser otras. Como sucede en la compulsión a la repetición el ciclo único es la subjetividad radical y el rompimiento de esa repetición sólo lo lleva a cabo el otro, el síntoma, la consciencia en búsqueda de liberarse de su aprisionamiento en lo literal, para abrirse a lo desconocido que está fuera de las categorías homogéneas del mundo, aquello que el hombre se niega a mirar pues significa la sombra que atraviesa, como una flecha, todo esfuerzo por conocer. El síntoma, en este contexto, es una rebelión contra lo eterno en un esfuerzo por someterlo a lo temporal, atraparlo en una vasija que permita su concepción, pero de este arrobamiento emerge raudo el encuentro con el otro que rompe el encierro de lo anímico en los viejos odres que no podrán contenerlo. El síntoma es la negación de lo abierto y a su vez la afirmación del infinito.

El laberinto del conocimiento y el laberinto del tiempo son ineludibles, su tela es inquebrantable, son la esencia del otro redentor que se presenta y en cuya forma el individuo es se pierde y a su vez se conoce como algo más que él mismo, es decir, se sabe un otro por sí mismo. Esta es tal vez la forma explícita de la alteridad radical, sintomática, que es la toma de distancia necesaria para la reflexión del alma.

El mundo es caótico, impredecible. El afán técnico que busca orden es una empresa reaccionaria, pues el caos es el primer estado del universo según el mito y es una potencia latente en cualquier especie de estructura ordenada. La incertidumbre es el sentimiento de estar frente a su presencia inevitable. La redención del hombre, su salvación de la repetición, transita por el trabajo interno de asumir que la verdad de cada fenómeno no subyace en su exterioridad sino en lo intrínseco al mismo, en su carácter inmanente como idéntico a sí mismo. Intentar comprender al mundo tal cual es, en su propia estructura lógica inextricable, permitir que lo que es sea. Aquí surge el eco de las doctrinas orientales donde el hacer sin hacer (wu-wei) es la manera más alta de comunión espiritual y donde el caminante inicia un periplo que lo lleva hacia él mismo y en ese andar descubre que su identidad rompe los límites de la comprensión cotidiana. El conocimiento es un laberinto de alteridad, de caos; al igual que la realidad, ambos son espejos de sí mismos; por ello, la inmensa red de imbricaciones fabularías sujetan al hombre al tiempo sucesivo, lo obligan a ser periódico, cíclico, su propia subjetividad lo hace incapaz de concebir lo eterno, de entablar un diálogo con lo divino, pero al saberse otro se abre una puerta para la llegada de la redención. Solo al desaparecer en el otro puede el hombre ser él mismo.

Para vislumbrar al viajero inesperado el sujeto tendría que sumergirse en la máscara del ego, romper sus complicidades con las explicaciones prejuiciosas, con el sentido común y prepararse para ser consumido en el fuego de la vacuidad, de aquello que niega todo lo positivo, ser asesinado por Teseo como el espíritu de la contradicción. Lo cierto, es que nadie puede ver el rostro de Dios, porque aquel que lo vea dejará de ser alguien. El sacerdote de la pirámide de Qaholom, Tzinacán, en el cuento de Borges: La Escritura del Dios, ha visto de frente a la eternidad y tiene el poder de crear universos enteros, pero dice: “Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre […]. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Que le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora es nada”.

La redención ante la realidad, la libertad ante lo sucesivo, viene con la presencia del desgarramiento, con el vértigo de la oquedad que se inserta en los cuerpos para volverlos sutiles. Dos panoramas se abren ante este destino, uno es el que dicta: «No entres dócilmente en esa noche quieta. Rabia, rabia contra la agonía de la luz» y otro es el de Asterión recibiendo con resignación a Teseo: «¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió». Ésta última es una manera poco explorada, al menos en los tiempos que corren, de atender la llegada del alter-ego caótico, con la humildad y la resignificación de saber que el hombre es irrelevante y que ese es su principal atributo, entrando así en la oscura noche del mundo como quien llega a casa a sí mismo. Esta es la preparación constante para la muerte, que es la máxima resignacion, el gran Otro que se cierne.

El conocimiento del mundo es oscuro, como oscuras son las vaguedades del espíritu, Asterión es el mundo y el esfuerzo del mundo por conocerse de conocerse a sí mismo, la redención es la comprensión humana de que ese camino no es el suyo, sino que él, el sujeto, es un puente y que su propia muerte aguarda en lo profundo, esta resignación, esta aceptación de sí mismo, es el advenimiento del alma, del aquel gran Otro. El protagonista se pregunta ¿cómo será su redentor? y la respuesta se la da el mismo: «¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?»

Septiembre del 2006, actualizado en agosto del 2024.