El conocimiento no debe ser sencillo

Logos del alma

El conocimiento es un misterio, y lo es en el sentido antiguo de la palabra, pues no se puede acceder a él sin una iniciación de por medio, es decir sin haber sacrificado un monto de la propia personalidad para permitir que el dios detrás del acto libe de la sangre del sacrificio y sea él quien viva a través de lo conocido. En cambio, hoy se difunde la opinión de que cualquiera debería poder entrar a los paramos desconocidos y ser recibido sin necesidad de otorgar nada a cambio, con la posibilidad de seguir siendo él mismo, solo que con un atributo más sobre sí, está es la fantasía egoica que dicta que el conocimiento debe ser sencillo y configurarse como un accesorio personal, no obstante se evita así la experiencia del saber que nunca es del sujeto sino del conocimiento mismo.

Borges decía a sus estudiantes que no leyeran críticas sobre libros sino al autor en sí, quizás entenderían poco pero estaría oyendo la voz de alguien, ello supone que lo importante al leer es el diálogo que se emprende con el autor, la vivificación de esa voz que permanece muerta hasta que alguien está dispuesta a escucharla. Borges, también, recuerda la sentencia de Bernard Shaw sobre la atribución de la escritura de la biblia al Espíritu, ante lo cual dice: “Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu”. Podemos conjeturar, entonces, que la pobre intención humana no es importante y que solo cobra relevancia en la medida en que es el Espíritu quien habla a través de ella, así se puede entender que el autor del libro con el que se dialoga no es la persona individual que anota su nombre en la portada sino algo más que se escribe por medio de la pluma que éste sostiene, es la lógica que articula el lenguaje quien discurre en sus propios términos o la negatividad que subyace en las palabras como hechos consumados y que los vuelve al cauce de su corriente interna como “solo ideas en sí mismas”.

Al final, es el conocimiento quien lee y es la consciencia quien se conoce, y en su impulso nos utiliza para poder avanzar en la tarea de conocerse cada vez mejor, o al menos de distinta forma en cada ocasión. Por ello, debemos ser iniciados, ya que el doloroso encuentro con lo desconocido es así porque el sufrimiento es el signo de que la dimensión del ego ha sido dejada atrás, como un capullo abandonado, para que una nueva dimensión del ser emerja. Es entonces el Otro quien piensa, o más bien dicho es el pensamiento quien se piensa a sí mismo, y así podemos comprender en la gran obra del conocimiento que es el dios, quien debe volverse e, receptáculo del saber, no nosotros, como bien sabían los antiguos magos del renacimiento.

Si buscamos un libro simple, o una experiencia indolora, para adentrarnos en la obra de un autor o en un tema, nuestra comprensión será tan simple como nuestro anhelo, pues estaremos negando el rompimiento que supone la entrada del Espíritu en la vía del conocimiento. No temamos entrar en los parajes desconocidos, el camino es ahí donde se advierte: “Hic Sunt Dracones” o donde los otros dicen que es peligroso solo porque no quieren saber del peligro. “¡Arriba, discípulo, sumerge sin fatiga el pecho terrenal en la luz de la mañana!”

¿Genes o daimones?

Logos del alma

La visión mecanicista del paradigma científico observa que los genes, como un código de información, dictan la estructura morfológica del organismo, de tal manera que son ellos quienes le dan su identidad particular y lo diferencian de otros sujetos de la misma especie en la larga caminata hacia la supervivencia del más apto. Por supuesto, se espera que mientras más se estudien tales combinaciones proteínicas algún día se tendrá la posibilidad de manipularlas para derivar el destino del hombre de su propia voluntad.

Pudiera parecer que solo es cuestión de esperar y seguir investigando, pero como sucedió décadas atrás con las partículas elementales, abrir un campo es descubrir el misterio que lo complejiza. Los genes no son estructuras fijas sino móviles, fluyen y se comportan de formas extrañas, un código genético puede tener una serie de instrucciones completamente inactivas y una misma secuencia puede degenerar en cientos de posibilidades. La situación se parece más a un sistema caótico que al desvelamiento paulatino de una regla prefijada, surgen atractores por doquier.

Se cuenta que los duendes de la ciudad de Colonia hacen el trabajo de forma diligente para la gente del pueblo, durante la noche ayudan al carnicero, al herrero o al zapatero, pero si alguien los observa entonces desaparecen para siempre. Como tales duendes, mucho de lo que parece estático en los genes realmente es un proceso metamórfico que se adapta a la visión que lo envuelve como un liquido a su contenedor, no en vano las proteínas derivan su nombre del viejo dios del mar Proteo (el primordial) cuya habilidad más vistosa era la de poder cambia de forma a voluntad, así lo hizo cuando Menelao lo busco para saber a que dios había que rendir un tributo, cambio de manera constante hasta que por fin se rindió al abrazo del rey griego.

También, como los duendes de Colonia o como Proteo, los genes escapan cuando se les observa, como en el colapso de la función de onda, toman una forma inaudita y luego vuelven a su trabajo cuando la mirada deja de retenerlos. Las personas creen que tratan con formas mecánicas que pueden ser desentrañadas con medios técnicos únicamente, pero realmente son daimones que juegan y se recrean en el tímido abrazo del ojo que los acoge, son ellos los que anhelan y es su voluntad la que determina el avance de esa ilusión momentánea que es el ego y que es, también, la ciencia.

Otra vez a la briega con Hillman

Logos del alma

Desde hace tiempo vengo hablando de la importancia del trabajo de James Hillman y su relevancia para la psicología analítica en particular y para la psicología en general, pero entre las lecturas que se han hecho de él me he encontrado cierto esfuerzo por intentar hacer coincidir el pensamiento de Hillman con algunos objetivos particulares, por ejemplo:

-Hacerlo parecer un continuador de la obra clásica junguiana en las nuevas categorías que la psicología arquetipal propone y

-Entenderlo sin el componente clínico subyacente en su obra, como si Hillman fuera un teórico filosófico.

Ambas lecturas son injustas con el autor. Hace poco escuchaba una conferencia donde Hillman era continuamente citado, me encontraba con ese discurso normalizador su obra, incluso una ponente pudo decir, con una elocuencia singular, que Hillman habla del “alma de cada uno” o que este psicólogo “solo difiere en un par de cosas mínimas con Jung”, es decir un despropósito que refiere a una lectura poco cuidadosa de su trabajo.

Hillman revolucionó el ámbito analítico, volvió la atención sobre el concepto de alma y lo erigió como el centro de la reflexión psicológica, desmanteló la importancia del sujeto, propuso deshumanizar la psicología, critico presupuestos tales como: “individuación”, “polaridad”, “integración”, “arquetipos”, “inconsciente” y “ego”, instó a los analistas a permanecer en los valles oscuros del alma y a no escapar a las trascendentes cimas del espíritu y de la sanación, lucho por derribar las falacias que cubren aún el proceder teórico junguiano y fue un acérrimo enemigo de la visión desarrollista clásica, volteó de cabeza los conceptos analíticos y mostró que el verdadero trabajo del psicólogo junguiano consiste en reflexionar nuevamente lo ya aprendido para permitir que surjan nuevas imágenes, pues el camino del alma es la construcción continua de sus estructura eidética, es decir, el proceso de transparentar interminablemente, siempre volviendo al núcleo imaginal.

Hillman no merece lecturas que lo sujeten nuevamente a aquello que él ya había deconstruido, pues al igual que Jung requiere que sigamos su ejemplo, que sigamos re-visionando la psicología y que estudiemos su obra no para ser arquetipales sino para ser nosotros mismos.

La guerra es un dios

Logos del alma

“Primero creamos al enemigo. La imagen existe antes que el arma, la propaganda precede a la tecnología. Comenzamos pensando en otros a quienes matar y posteriormente inventamos el hacha de guerra o el misil intercontinental para acabar con ellos.”

Sam Keen

“… el Holocausto es la iniciación del alma en el Amor.”

W. Giegerich

Decía Clausewitz que la guerra es la política por otros medios, y si entendemos la esencia del hombre como la relación con su semejantes, es decir, como el contexto político donde se desarrolla el sujeto, podemos suponer que la guerra es una forma de correspondencia con los otros ¿pero qué variedad es de las múltiples formas de interconexión?

Carl Jung enseñaba que toda persona experimenta un lado sombrío de su experiencia psíquica, que lo confronta con los aspectos no reconocidos de su propia vida realmente vivida. En una dinámica paranoide la psique toma al prójimo como receptáculo de los propios elementos rechazados, los proyecta. La palabra proyectar implica lanzar delante un objeto, por lo tanto, en la dinámica psíquica de la sombra los objetos sombríos son puestos en el otro para poder observarlos nítidamente.

La proyección no es un padecimiento en sí mismo, es la forma normal de ver de la propia psique, ésta lanza imágenes para poder observarse a sí misma, piensa a través de la confrontación con el otro que ella misma es. No debe entenderse que la psique existe de forma positiva, como un órgano en el cuerpo o una función en el cerebro, y no se le podría encontrar por muy lejos que se le busque; la psique es el mero acto de arrojarse y de reflexionarse a sí misma, es, como el alma, mera productividad conceptual.

En un ensayo sobre la sombra (1) disgregaba la hipótesis de que la sombra no sólo es el acto de arrojar lo rechazado sino que implica el proceso dialéctico de confrontación, cuyo ritmo constante supone la esencia de todo fenómeno en su camino por llegar a casa a sí mismo. Por lo tanto, se puede decir que la guerra se sustenta en la capacidad de poder proyectar aquello que se confronta con lo considerado normal, pero eso que confronta también inspira temor y por ello se emprende una lucha constante contra lo temido. Jung, pensaba qué tal dinámica era el fruto de la desintegración psíquica, pues cuanto menos era asumida la dimensión de la sombra el psiquismo se volvía más disperso, la energética psíquica, que depende de la cohesión de sus elementos, era cada vez más lábil al fragmentarse, incluso para sostener un ego.

En estos términos la guerra presupone la falta de asunción de aquello que realmente es parte de sí mismo, así se abre la posibilidad de formar bandós, de tomar partido y de armarse para la batalla constante contra lo que ya se es. El enemigo es fruto del propio reflejo. La palabra “Satan” se traduce del arameo que significa “adversario” pero también “acusador” y “perseguidor” puesto que se le puede ver en diversas ocasiones exponiendo la naturaleza humana ante Yahve. Satan es un hijo de Dios (Bene Ha-Heloim) pero también un enviado (Mal’ak Jahwe), es verbo aún no hecho carne. En la mitología cristiana podría denominarse a Satan como el hijo primero de Dios, siendo Adan y Cristo la sublación de tal figura, pero como en el fenómeno de la trinidad estos no son sino momentos distintos de un mismo acto, del proceso del logos por hacerse presente ante sí. Jung dirá que “primero la sombra”.

Por todo esto, puede decirse que la guerra es la puerta que se abre en el proceso de proyectar aquello que se teme, es el adversario quien muestra de forma honesta aquello que se es y que no se quiere admitir; en la naturaleza política del ser humano la guerra es el dios que se cierne sobre el sujeto y lo obliga a afrontar la verdad de su tiempo presente: que el otro es el mismo, que no hay un lado correcto o incorrecto, que el mundo es presa de movimientos complejos que no se pueden encerrar en polaridades y sobre todo que el individuo no es dueño de su destino, pues nada hace tambalear tanto el endeble edificio de la importancia personal como la posibilidad de una bomba que arrase con la civilización. La guerra, hoy, es un negocio, pero aún conserva parte de su antigua forma, aún es la mano sombría de un dios que no nos necesita y al que se ama y se teme a la vez.

  1. ¿La lucha con o contra la sombra? una reflexión psicológica de un texto de C. G. Jung

La otra respuesta a Job

Logos del alma

Job es un hombre justo, pero todo le es arrebatado, a su vez sobre Dios se cierne la duda acerca de su propia naturaleza y esa duda es el hombre, cuya calidad moral habita ya en sí mismo y no, como antes, en Dios. La misma divinidad se lo confiesa así a través del diálogo con su propia sombra, pues ¿habría para razón de aparecer de forma tan terrible, para usar tal despliegue de fuerza sino estuviera frente a un semejante, un deus absconditus?

La divinidad sabe de su carencia, de que su forma prístina ha dejado de ser evidente, pues ha llegado el tiempo del hombre. En el drama de Job el alma se confronta con la superioridad moral de su nueva forma y a manera de protesta arremete, lastimosamente, contra ella misma, pero es inútil, al final Job sabe quien es Dios, lo ha conocido y por ello ha preparado el terreno de su decadencia, una muerte que durará un suspiro para la consciencia, pero que para el hombre serán dos milenios de su breve historia.

Job concluye: “La noticia de ti había llegado a mis oídos, pero ahora que mis ojos te han visto, me estremezco de pena por la arcilla mortal” o como dirá Nietzsche, siglos más tarde: “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”.

El fantasma del comunismo

Logos del alma

Desde hace décadas se sobrepone una estrategia de control esgrimida por las políticas neoliberales, la cual consiste en prometer un futuro totalitario a quienes cuestionen el sistema capitalista, lo nombran comunismo pero poco tiene que ver con el comunismo teorizado por Marx como la fase negativa del capitalismo, el cual sólo puede surgir en sociedades altamente industrializadas. Este comunismo de derecha (o capitalismo de estado), se impone en sociedades precarias que no pueden desarrollar los elementos necesarios para el reparto de bienes y servicios, y aunado a ello se construyen muros económicos alrededor de tales experimentos sociales con el fin de hacerlos morir de inanición y demostrar así el destino de los disidentes.

En las sociedades democráticas se atribuyen al comunismo la falta de derechos, el despojo de bienes, la limitación de la libertad y el terror como forma de control político. Por un lado, se amenaza al hombre moderno con la supresión de sus comodidades, las cuales están fincadas en la depredación voraz de los recursos naturales y en la mercantilización de los mismos sujetos humanos. Por otro lado, se le augura que si opta este camino equivocado perderá la ilusoria vivencia de los ideales sobre los que fundamenta su «cómoda» forma de vida.

La idea del comunismo tiene la función de pedirle al hombre no pensar en aquello que vive, conformarse con esta única realidad siendo inconsciente de sus contradicciones. Así, el terror al comunismo es una forma de control de los regímenes capitalistas, el sujeto se encuentra aterrado por la posibilidad de la pérdida de su normalidad y por las amenazas venideras (terrorismos, pandemia, dictaduras, pobreza), pero a su vez evade la verdad de sus propias formas de control y la búsqueda, neoliberal, de maneras cada vez más flexibles de sometimiento.

El sujeto capitalista limita sus derechos ante el desastre, real o ficticio, es un sujeto hipervigilante e hipervigilado a través de todas sus numerosas comodidades, la domótica y las redes sociales lo cercan en guetos virtuales que son imperceptibles, entrega su vida a ideales fútiles que lo esclavizan de manera cada vez más ingeniosa; él mismo se vuelve su propio explotador cuando se encadena a la búsqueda de la salud, del bienestar, del auto cuidado, todo ello mediado por un mercado totalitario en el que el hombre es un objeto de cambio y cuyos únicos derechos están limitados al movimiento del capital. De forma paulatina el sujeto es presa de su mera subjetividad, el otro se desvanece, se convierte en virtual, en mercancía, en inteligencia artificial y, entonces, la misma identidad claudica en el espantoso encierro de la soledad posmoderna. No hace falta la dictadura comunista para vivir un régimen totalitario, el hombre actual lo experimenta de forma blanda, pero lacerante, en una sociedad que vende la ilusión de la libertad como una forma de aprisionamiento. Incluso el aplanamiento intelectual de los regímenes totalitarios no es nada comparado con la imposibilidad de pensar del hombre moderno.

Así, el miedo al comunismo no es otra cosa sino la realidad del capitalismo proyectada hacia una visión fantasmal. El fantasma del comunismo recorre el mundo democrático y no es otra cosa sino el espíritu del mismo capitalismo en su forma sombría.

El día de muertos

Logos del alma

Cuando alguien cercano muere se inicia el proceso de asimilación de la perdida. Morir es faltar a un compromiso, traicionar un lazo, una urdimbre que une un afecto con una imagen; el que muere se oculta en el inframundo, en el Mictlán, en la tierra de los muertos. Ítalo Calvino imaginaba el otro mundo justo igual que el nuestro pero donde todo sucedía como si ocurriera en un espejo, esto significa que el mundo de los muertos ocurre de manera negativa, o mejor dicho que su lugar es el de la negatividad. El que muere se despoja de su ropaje positivo, abandona el sitio común y se refugia en el lugar de Mnemosyne, se vuelve, o más bien se revela como un recuerdo, como una idea.

La relación con los otros, y sobre todo con quien se ama, es un lazo afectivo que alimenta la subjetividad de la persona con la imagen y la idea del otro, la individualidad es acaso una experiencia nueva y mínima, lo que constituye al sujeto es realmente la conexión con el tejido social, el cual lo sostiene y le brinda identidad. Al morir, el otro, corta repentinamente esa unión y nos condena a vivir sin el sostén afectivo que es la presencia del ser amado, quien durante mucho tiempo fue un receptáculo y ahora ha decidido vaciarse y no volver a ser continente de la propia idea del yo. Por ello, la pérdida de los otros acarrea pena, pero sobre todo enojó, pues se ha sufrido una deslealtad.

Así, comienza una etapa de asimilación, de recogimiento de la carga afectiva depositada en el otro. En México, los rituales funerarios duran varios días, en donde de manera mecánica se llora y se lamenta la soledad sentida por la partida del otro y cada año se construye un altar con el alimento favorito de quienes se han marchado, el alma de los muertos come de esta ofrenda y se nutre del aroma del copal, del humo del anafre y del olor de la fruta, del pan y de la flor de cempasúchil. Estos rituales, en realidad, no están hechos para quien se ha ido, sino para los que requieren integrar el vínculo perdido en la propia experiencia del vivir, tal sufrimiento nunca desaparece pues es una parte insalvable de la existencia, es la negación constante que da movimiento al acto de existir, pues la persona camina de forma tenaz en la línea que divide la vida de la muerte, y morir es dar el paso definitivo.

Además, los rituales funerarios sitúan a la experiencia de la perdida en la dimensión social a la que pertenece, en ellos se lamenta la muerte más inmediata pero ésta acarrea el recuerdo de quienes han muerto antes. La muerte del padre, del esposo, del hijo, son la imagen simbólica de las muertes antes ocurridas, que en muchas ocasiones marcan la dinámica completa de grupos sociales, de familias, durante generaciones, nada nos une más que el recuerdo de nuestros muertos, y al mismo tiempo la presencia continua de nuestra propia caducidad.

El duelo por los muertos es interminable, pero con el tiempo se atenúa, el lazo afectivo se recoge y el otro mora entonces, definitivamente, en el inframundo, que decía James Hillman es el hogar del alma; así la persona fallecida se ha vuelto completamente negativa, un espíritu, la pura idea de lo que alguna vez fue positividad. De vez en cuando el nombre de aquel acudirá a la memoria y un suspiro o una breve lagrima lo hará patente, y entonces se volverá a la labor cotidiana mientras la imagen se diluye, y si hay suerte el recuerdo de los muertos se afirmará de vez en cuando en un altar que no será un anhelo por la muerte sino una afirmación de la vida y su fugacidad, y del sentido perdón hacia quienes nos han abandonado, pues justo por que se han ido es que permanecen presentes.

La función de la sombra

Logos del alma

En el abrazo primordial de Cronos y Ananke, la necesidad y lo ilimitado, el huevo cósmico es quebrado y de su interior emerge Phanes el protogono, así surge la consciencia de su contenimiento en el mundo de la materia.

Cuando Elokim creó a Adam, lo hizo de su propia sombra, es decir desde su imagen y semejanza. A su vez, para que esta criatura fuera completa, capaz de dominar, hizo caer sobre él un sueño profundo y de su sombra amaso a una compañera llamada Ishá. Elokim les conminó a comer de todo fruto excepto de los árboles interiores, el de la vida y el del bien y del mal. Más tarde, Ishá será tentada por la serpiente y convidará a Adam del fruto del árbol del conocimiento y ambos se descubrirán desnudos y sabios.

¿Qué padre no sabe que la prohibición acarrea la falta?, pareciera ser que Elokim desea, secretamente, que ambos coman, pero no puede darles el fruto por sí mismo, sería muy sencillo, tiene que haber una negativa terrible de por medio; entonces la serpiente, que más tarde será la personificación del primer hijo de Dios, es decir, su primera sombra, los tienta y guía a la sombra del hombre a ser consciente de sí misma. Es entonces cuando el hombre nace a la desnudez. Liberados de la protección del padre celestial se cubren con la última herencia de su creador y parten al mundo y a la muerte, ese es el momento en que el alma baja a la tierra y se encarna para seguir conociéndose.

El alma se libera de su contenimiento en la naturaleza al romper el huevo cósmico, pero sólo a través su acción sobre ella misma logra conocerse de mejor manera, esto tendrá que ser repetido una y otra vez en las diversas cosmogonías. En este devenir, la sombra juega un papel primario pues ella representa la separación, es decir la contradicción inherente al fenómeno que permite su distanciamiento de sí mismo y, por lo tanto, el movimiento dialéctico. ¡He ahí la función de la sombra!, despojada de la moralina psicológica, la sombra no es el mal, ni aquello que compensa; la sombra es el momento de la contradicción del alma consigo misma.

La dinámica de las ideas

Logos del alma

En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad.

Antonio Machado

La palabra “idea” proviene del griego eidos que significa “forma”, para Platón tales imágenes permanecían eternas en el mundo de los arquetipos, aquellas figuras primordiales de las cuales los objetos del mundo son mero reflejos. La raíz etimológica remite la palabra al verbo griego designado para indicar el acto de ver. Así, la idea es aquello que se ve, pero también a través de lo cual se ve. A partir de esa paradoja, Platón pudo configurar una particular teoría en la cual, existen formas esenciales que son invisibles para los ojos, la salvedad se encuentra en el establecimiento de distintos niveles de percepción, pues el hombre normal, según Platón, es incapaz de alcanzar sensorialmente el mundo de las ideas arquetípicas, sólo le es permitido tener acceso a las sombras que éstas representan ante la realidad. Las ideas son inalcanzables por la vía cotidiana, pero sus remanentes constituyen lo perceptible.

En la filosofía platónica las ideas son inmutables, su forma terrena en cambio es siempre inconstante. Esto supone la dualidad entre la esencia y la apariencia. En cada ser, si se piensa en esa ontología fragmentaria que es la óptica individualista, existe una forma que se conserva y otra que no, la primera corresponde a una estructura perenne que proporciona una identidad definida, es decir, una igualdad con una estructura de orden arquetípico. La segunda es un cascarón siempre renovable. Por lo tanto, las ideas son cambiantes y estáticas a la vez.

En la mitología china se aduce que aun después de la creación de las diez mil cosas, del universo, éstas siguen siendo una unidad, dicha intuición resarce la naturaleza mutable y la inmutable del ser. Pero el acceso humano a lo real es sumamente limitado, el contacto del hombre con el mundo, y esto incluye a otros hombres, se inicia primariamente en el plano sensorial. El individuo, expuesto a los estímulos exteriores, recibe ciertos impulsos a través de sus sentidos, dispuestos por su morfología orgánica, luego, los mismos, convertidos en señales eléctricas y químicas, son reconfigurados por las estructuras nerviosas superiores basándose en las experiencias anteriores del sujeto en cuestión. Esto implica que el hombre jamás tiene acceso al mundo objetal, su único contacto con esa esfera de la existencia es a través de la experiencia estrictamente subjetiva. La acepción común del concepto de idea, es precisamente el acomodamiento perceptual que el sujeto lleva a cabo, de forma inconsciente, para entrar en una relación irreal con el mundo que lo rodea. Ese contacto, aunque ficticio, es lo que le permite desarrollarse y sobrevivir.

En principio el mundo es real, pero no hay forma de saberlo, la interacción únicamente ocurre en un nivel imaginario, el universo es una invención del ser que lo concibe. Aun así, es necesario seguir inventando dicho universo, los conceptos o ideas cobran entonces un papel predominante pues acercan y sirven como medio para interactuar con lo real, a modo de filtro y de puente. Una vez inventada la idea, ésta sirve de vía única para la relación sujeto-objeto. Pero entonces surge la cuestión de ¿quién es el verdadero observador? ¿el sujeto o la idea misma? pues si fuera el sujeto éste tendría que ocupar un lugar sobre el plano noético y ser autónomo de tal dimensión, sin embargo, el proceso de la auto-consciencia que caracteriza al ser humano conlleva que él mismo está imbuido por ideas y, realmente, no es sino la dinámica de éstas en el proceso de ser conscientes de sí mismas. De esta forma la idea ha transcurrido de ser “a través de lo que se observa y lo observado” a ser “quien se observa a sí misma” o simplemente el puro acto de observación. Su naturaleza delusoria es parte inherente de su estructura, pues requiere ser fantasía para conservarse como un proceso móvil que ha de ser concebido solo como movimiento lógico.

Las ideologías son el conjunto de ideas que conforman la percepción sistemática de la existencia, surgen como rutas de supervivencia y dotan de esquemas formales que con el tiempo se concretan. El hombre las asume y las despliega a lo largo de su vida, ya que le proporcionan seguridad acerca de su medio, no obstante dicha constancia es limitada, pero es mejor que cualquier incertidumbre. Una buena ideología proporciona un equilibrio entre la dinámica ordenada y la caótica, explica algunas cosas que suceden y deja abierta la respuesta a otras, permitiendo la mutación de los esquemas que le son propios, su confrontación con sus contradicciones inherentes. Sin embargo, esto sucede pocas veces de manera sencilla, lo más común es que el conjunto de individuos, cómodo con el cúmulo de ideas que ostentan, prefiera no cambiar y ni siquiera cuestionar su visión del mundo. Se resisten al movimiento lógico de las ideas, por que temen la faz oscura de la incertidumbre, así se establecen de manera rígida en las ideas hegemónicas y las implantan a guisa de sistemas inamovibles. Por ello, las ideologías son comúnmente nociones detenidas y por eso es difícil cambiar los esquemas cognitivos de cualquier persona, a menos que estos entren en conflicto con su vivencia actual y estén en pleno desequilibrio.

Lo común es que las personas defiendan ciegamente las ideas que sustentan su experiencia cotidiana. La historia de las civilizaciones tiene como marco la constante batalla entre la evolución y el estatismo de los sistemas conceptuales, la religión y sus guerras santas son un perfecto ejemplo de cómo los conceptos inamovibles decaen en la destrucción de quienes se oponen a ellos, y no sólo la religión también la razón y la ciencia sufren de este mismo destino pues sus defensores no se dan cuenta de que la presencia de un método es en principio una invención útil que por supuesto habrá de ser superada. La literalización de las ideas es parte de su camino hacia sí mismas siempre que la constitución de los edificios teóricos sea sucedida por la demolición de aquellos.

En la dimensión de las imágenes no hay diferencia entre el mundo de los dioses y el de las partículas elementales, ninguno representa fielmente la realidad, empero, la emergencia de la noción en ambas figuras permite diferenciarlas de acuerdo a sus contextos y a la vida lógica a la que se adecuan. Pero en cuanto se olvida que la vida es sueño nacen de este descuido los ismos y la ceguera, que tienen como matriz el miedo innato al cambio y a la tempestad. Dicha situación, ciertamente, dura poco, y realmente es un tanto inútil; y es que la dinámica de la realidad, aunque desconocida, termina siempre por derribar los muros limitantes. Mientras tanto, el horror de la incertidumbre permanece. Las ideas son vehículos para alcanzar un mundo inalcanzable, ilusorio y necesario, pero el olvido de su naturaleza proteica sume al hombre en el sufrimiento y la desesperación, el servidor se convierte en el tirano o en el esclavo, dos facetas de la misma vivencia, y se llega así al izamiento de creencias dogmáticas, aquella que enuncian una realidad estable y que desprecian todo lo que no se ajuste a su método de indagación. En esta sociedad dominada por las ideas rígidas cualquier desequilibrio resulta desastroso, pues no existe la claridad de que las cosas son ideas y, por ello, puro movimiento lógico. Por eso lo real es tan peligroso, pues quien cree haber entendido el mundo es dueño de un universo muerto y degradado, pero la verdad, felizmente, será siempre transitoria y fija a la vez.

Sobre el exceso

Logos del alma

Cuando todo es relevante nada es relevante y el problema de la variedad es que acota el infinito, pasa, por ejemplo, con las múltiples formas de expresar la sexualidad y su reducción al tema del género, terminan por limitar la complejidad de lo sexual; la expresión del deseo agoniza cuando se le reconoce, cuando se expurga su secreto, y es que lo que hace del goce un verdadero goce es su imposibilidad. También ocurre con el servicio a la carta de la nueva televisión, el espectador pierde toda elección, mira por inercia ante la miríada de opciones. En el campo de la psicoterapia, tenemos centenas de escuelas y aún más perspectivas, todas se muestran y se exponen al gran publico, son mediatizadas, es decir, cargadas con demasiada realidad, se vuelven hiperreales. La libertad sin límites y la exposición sin misterio condenan a los sujeto a la tiranía de la positividad.

Sexualidad a la carta, entretenimiento a la carta, autoconocimiento y curación a la carta. Cuando todo es visible, nada es importante.