Los sueños

Logos del alma

Este es un viejo ensayo de los tiempos en que estudiaba a Jung en mi formación de licenciatura. Ha pasado tiempo y ya no podría decir lo mismo, pero me parece una curiosidad que se puede conservar a modo de recuerdo, o de sueño.

El tema de los sueños es sumamente interesante, especialmente para el hombre moderno, inmerso en su fantasía de racionalidad. En los sueños, hay una dimensión que se escapa a su entendimiento, a su lógica lineal y fragmentaria. El hombre moderno no comprende los sueños, y sufre porque desea hacerlo, pero tampoco se entiende a sí mismo; ha perdido la habilidad de conversar con sus sueños, así como también ha perdido la habilidad de dialogar con otros hombres.

El lenguaje de los sueños es confuso e indeterminado, desesperación de los racionalistas. Pero es impalpable sólo porque se ha olvidado la sustancia esencial de la que proviene y la función a la que sirve.

Jung relata que al trabajar con los sueños es importante utilizar sólo el material visible, lo manifiesto del sueño, él dice: “Trabajo en torno a la descripción y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él”. Es importante, para Jung, insistir en el objeto del análisis, y cada vez que el paciente se desentiende del mismo, es preciso urgirle “Volvamos a su sueño. ¿Qué dice el sueño?”

¿Qué dice el sueño? En la cotidianidad del hombre hay cosas que su entendimiento no alcanza a vislumbrar. Fenómenos que atraviesan su halo perceptivo e impactan en una zona regida por la incertidumbre. Para estos casos, el sujeto utiliza el lenguaje simbólico, multivoco por definición. El símbolo es un elemento condensador, en el que se destilan múltiples significados, facetas extrañas y variadas. Un símbolo siempre es más de lo que parece: es una totalidad que encierra totalidades. Los sueños componen su mensaje con estos elementos alegóricos, pues lo simbólico abarca situaciones que no son alcanzadas por los signos simples, a los que tanto se ha acostumbrado el ser humano.

El lenguaje común se forma con signos preestablecidos, unívocos y consensuados para la comunicación. Sin embargo, hay dimensiones que escapan a este lenguaje, cosas que no se pueden expresar con palabras. Aunque nuestro mundo está limitado por el lenguaje, como dijo Wittgenstein, formamos parte de un cosmos que trasciende este límite. Para acceder a este mundo, los lenguajes alegóricos y los símbolos son la principal herramienta, y los sueños son el canal por el que se manifiestan.

Tal dimensión actúa irremediablemente de forma velada, pues nuestra visión nos limita, pero su función, al menos la que podemos imaginar, es de importancia primaria para el hombre. Otras culturas sabían que el universo era una ilusión solamente, y la trataban como tal, no caían en el error común de nuestra época de tratar la realidad como si existiera. Para algunos pueblos el sueño no era diferente a la vigilia, y así un hombre cazaba un león en sueños y podía estar seguro que todo había sucedido realmente. La mayoría de los sueños no eran considerados importantes, pero había sueños que contenían una profusión de símbolos tal que se creía eran de suma importancia para toda la tribu o pueblo, estos eran “sueños grandes”.

El Libro de Eclesiastés (XXIV, 1-6) nos advierte sobre la vanidad de los sueños, a menos que estos provengan de Dios. Por ejemplo, Daniel pudo descifrar los sueños de Nabuconodosor y José los del faraón. Pero Dios también presentó mensajes, algunos grandes y otros convenientes, a sus siervos. Los sueños de Salomón, de Jacob y de Mardoqueo son una muestra de ello. Los mensajes y advertencias en el transcurso de los héroes en la mitología y los cuentos se transmiten a través del proceso onírico en el que se sumergen.

Se dice que los sueños tienen la función de proporcionar estabilidad a la psique del soñante. Jung afirma que «la función principal de los sueños es intentar restablecer nuestro equilibrio psicológico». Esta es la función compensadora de los sueños, que busca la homeostasis a nivel psíquico. Esta compensación responde a la excesiva prioridad que el sujeto impone a sus conductas y patrones de comportamiento en la vida cotidiana, a los modelos rígidos de su perspectiva y al desarrollo excesivo de la función primaria de su personalidad.

También es importante resaltar que los sueños emanan del inconsciente, así como lo hace cualquier objeto del entorno. Por ello, el lenguaje de los sueños carece de temporalidad y espacialidad restringidas, ya que el inconsciente, como si de un En soph se tratara, es perfecto en su estructura, infinito y eterno, características que pertenecen a las deidades caóticas. Y, ya que los contenidos del sueño son de índole psicoide, ni siquiera se puede afirmar que es posible contactar el estado onírico; en cambio, lo que se nos presenta es la manifestación del mismo, pero en un nivel más o menos discernible.

Por el hecho de que el contenido del sueño es inextricable, lo que se presenta es la intención del sueño filtrado a través de la historia personal y de, en ocasiones, cierta simbología latente en el inconsciente colectivo. Jung recomendaba “Aprendan todo cuanto puedan acerca del simbolismo; luego, olviden todo cuando estén analizando un sueño”. Ningún simbolismo proveniente de la esfera onírica ha de ser tomado, por lo tanto, como algo separado del individuo, por eso la exégesis más ardua es la que supone la experiencia personal del sujeto analizado.

El propósito de los sueños no conoce límite. Su energía es tan grande que el consciente debe hacer un gran esfuerzo para evadir el mensaje que proporcionan, pero esta es una tarea inútil, ya que los sueños siempre acaban por revelarse.

La palabra «ángel» deriva del latín «ángelus», que a su vez tiene raíces griegas («ángelos»), y significa mensajero. Un significado similar tiene la palabra hebrea «mal’ak». Un ángel es un mensajero de Dios. Por lo tanto, podemos decir que un sueño es un mensajero de un dios omnipotente y omnisapiente que nos habita y nos trasciende.

«No podemos permitirnos ser ingenuos al tratar los sueños. Se originan en un espíritu que no es totalmente humano, sino más bien una bocanada de naturaleza», afirmaba Jung.

Estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños, decía Shakespeare, y Dunne conjeturaba que al soñar entrábamos en contacto con el trozo de eternidad que nos correspondía (aunque trozo y eternidad son conceptos excluyentes), ambas noticias son referidas por Borges. En la película del género anime Páprika del director Satoshi Kon, se relata cómo un experimento con los sueños desata las energías del inconsciente colectivo, y cómo estas terminan por tergiversar incluso el mundo real. La protagonista tiene un alter ego en el mundo onírico y su nombre es Páprika, justo en el clímax se desarrolla una conversación en la que la protagonista insta a Páprika a que acate inapelablemente sus órdenes, ella argumenta que su representación onírica es parte de ella misma y tiene que obedecerla, entonces Páprika responde interrogando “¿No has pensado alguna vez que quizá tú eres una parte mía?”.

De manera similar, Jung tuvo una curiosa experiencia. Él soñó que estaba frente a una casa de oración, en la posición del loto. En ese momento, notó que cerca había un yogui envuelto en la paz de la meditación. Se acercó, miró el rostro del hombre y, horrorizado, vio que era su propio rostro. Despertó y pensó: «Él es el que medita; ha soñado y yo soy su sueño. Cuando despierte, ya no existiré».

Nosotros despreciamos la confusión de los sueños, aunque estos son, a veces, demasiado claros. Nos jactamos de su banalidad, sin embargo son más significativos que el mundo real. Vivimos como si los sueños fueran un desecho de la vida en vigilia, ignorando así que son la sustancia de la que somos reflejo.

Sin embargo, los sueños no nos ignoran y siempre están hablando. Su mensaje es fuerte y, a veces, demasiado atronador. La razón no los abarca, pues todo intento de subyugarlos termina en fracaso. Por ello, conviene acercarse a los sueños con paso cauteloso, con oídos abiertos y con una esperanza humilde. Hacer caso de los sueños es una tarea necesaria para quienes emprenden el camino de la trascendencia.

Ciudad de México, 2003

La herida femenina

Logos del alma

Es una imagen común de nuestra cotidianidad el que cuando una mujer es víctima de un crimen, de una infidelidad o de una estafa, inmediatamente surjan voces despectivas que le recriminen por ser culpable de su situación. Las redes sociales son un espejo nítido de las pulsiones más reprimidas de la psique, por eso es habitual que la gente no guarde las apariencias, que no respondan al límite de lo social y crean que tienen libertad de poder externar opiniones que de otra manera habrían de guardar para sí. Por consecuencia, las posturas de tales opiniones son ultrajantes con las víctimas, pero es por este grado de violencia que es interesante pensar en los mecanismos psicológicos a los qué responde tal ensañamiento.

En la mitología freudiana hay un pasaje por demás curioso referido al transito femenino del complejo de Edipo, la niña al descubrir que no tiene un pene con el cual fecundar a su madre considera que ha sido castigada por una falta implícita, a su vez el niño percibe esa ausencia y cree que es la consecuencia de un acto malvado por parte de la niña y que por eso merece tal situación. Aquellos que no somos psicoanalistas podríamos ver en esta elaboración una fantasía sin sustento alguno, pero nuestra posición como junguianos nos exige atender a la lógica de este relato, él cual quizás no sea tan descabellado como parece, pues se ajusta a cierto espectro de las relaciones humanas.

Culpar al otro de su desgracia es una situación recurrente en la negación del otro como un semejante y no solo sucede en el caso de las mujeres, esto se observa que el discurso psicológico el cual prosigue esta situación cuando se le acusa al sujeto de ser el instigador de sus males, es así que se instala la lógica de la revictimización, entonces la enfermedad física, el dolor emocional, la actitud compulsiva, la angustia recurrente, el sufrimiento por el amor, se vuelven algo insoportable de observar, queremos curarlo y cargamos de esta culpa a las personas que lo padecen, confundiendo al individuo con su propia suerte. Creemos, ilusamente, que el problema de quien padece es su falta de voluntad, cuando, al contrario, ha sido la proliferación de la voluntad la que se ha enquistado en su psiquismo. Es parte del prejuicio causal de la cosmovisión moderna pensar que el hombre ha construido por sí solo la casa que habita, cuando realmente la encuentra ya hecha, siempre y en cada momento.

En el mito griego, Filoctetes, amigo entrañable de Heracles, es mordido por una serpiente en el viaje de los aqueos hacia Troya, el olor supurante es tan intenso que se vuelve intolerable, en consecuencia los tripulantes de la nave deciden abandonarlo en la isla de Lemnos, para no atender el signo de la herida abierta. De igual forma, la víctima de un infortunio abre con su punzada el velo de la realidad y muestra la rajadura del sujeto cuya existencia ha sido partida en dos, desde arriba hacia abajo, producto, en principio, de su propio nacimiento. No es casualidad que los psicoanalistas hayan identificado a la mujer con sus órganos, pues la vagina es la herida inmarcesible por la cual el hombre emerge, es el umbral visible que separa el paraíso de la vida de sudor y sufrimiento, donde el único descanso es la otra abertura hundida en la tierra, aquella madre última que reclama a sus hijos nuevamente al vientre oscuro.

Por lo tanto, el padecimiento es la puesta en escena de la herida existencial y es así como la ausencia de falo, que fue traducida por Freud como una falta, es sin embargo, la transgresión simbólica mas no morfológica, donde la apertura anatómica significa la puerta hacia las laceraciones vivas del alma. Dicho hueco le recuerda al sujeto que hay una división infranqueable entre él y la realidad, misma que ya no lo acoge como el receptáculo que significaba en otro momento sino que lo ha expulsado para que tenga que hacerse cargo de su propio destino. De este modo, la víctima se vuelve una pantalla proyectiva de aquello que no se desea asumir, de la crueldad de la vida, del momento incierto de la muerte y del hecho de que todos estamos expuestos al pathos del alma; es entonces cuando surge la fantasía de que la víctima merece su dolor, pues ella es el animal sacrificial donde se ha depositado el padecimiento comunal y representa la oportunidad de deshacerse de la señal del sufrimiento, responsabilizando al otro de la dimensión agónica de la vida.

Se puede decir que la mujer, o mejor dicho lo femenino, es todo aquello que sufre, es el lugar de la herida que no cesa, por ello Lacan podía decir que la mujer no existe pues efectivamente lo femenino es lo que subyace a la positividad como la naturaleza intrínseca del momento eterno del alma abierta ante sí misma. Quizás por eso los feminismos menos requeridos son los que tratan de atender no solo a la mujer que sufre el violento puño del machismo capitalista, sino que además consideran parte de su labor la liberación de todo sujeto que padezca. Empero, podríamos añadir algo más a esta tarea, ya que también habría que permitir la emancipación de la propia patologización como una dimensión inescapable de la vida psicológica y asumir que la víctima somos también nosotros y que no hay culpa en el individuo por su dolencia pues ésta proviene del alma y de vez en cuando se necesita del arco que solo Filoctetes, el herido, puede soportar.

El hacer compulsivo

Logos del alma

“Desgracia de las gentes de acción es que su actividad sea siempre poco razonada […] las gentes de acción ruedan como rueda la piedra siguiendo la ley ruda de la mecánica.“

Friedrich Nietzsche

En ocasiones, cuando un autor en psicología presenta un conjunto de ideas de forma compleja y se involucra profundamente en los vericuetos teóricos que tanto recelo dan a las mentes practicas, surgen las voces indignadas de quienes no saben como se puede aplicar algo “tan” teórico, es curioso como los contrariados no se dan ni siquiera a la tarea de tratar de atender lo que es expuesto sino que prefieren permanecer en su comodidad pragmática ajustando aquello que solo conocen de forma superficial a sus esquemas de comprensión, y si la propuesta subjetiva encaja entonces la aplauden compulsivamente, pero si no lo hace un guiño de incredulidad surge y no vacilan en opinar, sin darse cuenta de que opinar es un gesto que se hace para evitarse la incertidumbre y el dolor de pensar.

A veces, cuando un paciente se encuentra con un insight, es decir cuando escucha, sin evitarlo, un pensamiento que no le pertenece, suele preguntar “está bien, lo entiendo ¿pero qué hago ahora?”, lo hace como una forma de defenderse de aquel concepto que se ha vislumbrado en el acto terapéutico y entonces la posibilidad de acción se contrapone a la verdad del momento presente, o en otras palabras se desea actuar para no comprender. Tal situación se sostiene en la separación artificial entre una práctica y un saber teórico, división que es imposible pues uno siempre presupone al otro, toda práctica responde a una teoría implícita y toda teoría se expresa en una práctica, incluso la fantasia de lo impracticable se funda en un esquema teórico particular. Realmente el paciente pregunta qué hacer para no tener que asumir la comprensión que lo oblige a modificar su rutina cotidiana, está cómodo con su forma de asumir el mundo, pero quiere lo paradójico, permanecer en donde ya no se encuentra más.

El hombre práctico no se da cuenta de que su acento demasiado pronunciado en la acción tiene un costo y ese es un hacer compulsivo, una puesta en marcha que se ha separado de su esencia teórica, entonces sucede algo muy inquietante, dicha perspectiva se desliza inadvertidamente por el borde de su subjetividad y se deposita en un recipiente ajeno, encuentra en consecuencia que la realidad se acopla a sus ideales y comprueba que el mundo siempre ha sido tal como lo ha pensado, el exterior se convierte de este modo en un espejo que refleja sus opiniones, encerrandolo en una jaula narcisista sostenida en la mirada proyectiva que filtra la ilusión de su deseo. Confinado en su opinión particular, que nunca es subjetiva sino una teoría inconsciente que tiene la característica de ser una imposición cultural, el hombre práctico es fiel sirviente de un esquema teórico sobre el que ya no puede reparar.

Cuando en el proceso de saber ocurre la comprensión de lo vivido, es decir en el despliegue y la debelación consciente de un pensamiento que antes existía solo en potencia, el movimiento se detiene, la experiencia sintomática se rompe y permite que lo pensado en ella se piense a sí mismo, es entonces que por primera vez el sujeto contempla su posición y duda de sí, esa duda detiene su marcha mecánica y le brinda la oportunidad inapreciable de estar ante sí mismo como un otro. Solo en la quietud del pensamiento el amor por el fenómeno es posible, a eso se le llama comprensión y se vive como un silencio que guarda su inmensidad en el corazón de quién lo puede apreciar como el dios que mora en lo pensado. Es ahí donde la opinión no tiene cabida y donde la pregunta sobre la práctica se diluye en el verdadero entendimiento.

El problema de los padres suficientemente buenos

Logos del alma

«Nada afecta tanto a la vida del niño como la vida no vivida de sus padres.»

C. G. Jung

A menudo los padres se sienten culpables de los errores cometidos en el proceso de la crianza de sus hijos, se preguntan constantemente si lo están haciendo bien o no y llegan al grado de interpelar al terapeuta para que éste juzgue su actuar, lo que significa que la exigencia los ha sobrepasado y desean que alguien más cargue con el papel parental. La preocupación por adecuarse a un ideal crea una tensión palpable en la angustia creciente por cumplir con normas que son inalcanzables. Es un cruel imperativo social aquel que impele a los padres a que sean solamente buenos padres.

En los cuentos antiguos suele haber una madrastra malvada que se contrapone al amor puro de los padres ausentes, pero ésta es una reelaboración más bien reciente, porque en las versiones más antiguas de los cuentos la figura destructiva recae sobre la propia madre o en ambos padres. Esto sugiere que en algun momento la idealización de las figuras paternas obligó a la cultura de una época a escindir el papel atroz y la figura benevolente en distintos recipientes. Sin embargo, un análisis más atento mostraría que las figuras que componen estas historias conforman una unidad, donde lo aciago y lo afortunado se entrelazan para permitir el desarrollo de la narrativa, pues el protagonista no tendría que emprender un viaje si no sintiera el rechazo de su hogar, si él mismo no fuera alguien sin una morada propia; es en el ser obligado a marcharse lejos de su posición inicial que conoce a la princesa encantada y puede convertirse al fin en el rey, es decir ser inciado en el misterio profundo de la paternidad.

Este cisma, entre los padres buenos y los malos, fue utilizado por Melanie Klein en su teoría sobre el estadio esquizo-paranoide, donde la autora conjeturó que ante la pulsión de muerte el sistema yoico, aun en ciernes del niño recien nacido, se deshace (deflecta) tal impulso amenazante en la figura del pecho persecutorio y en cambio proyecta la pulsión de vida en un pecho ideal, es así como el infante fragmenta la experiencia de la realidad de la que se nutre, pero no sabe que ambas imágenes no son distintas, este hecho da pie a la integración del aparato psíquico que se consolidara en el interjuego entre la vida y la muerte. Antes de Klein, Freud había entendido que la vida pulsional del sujeto es posible porque hay un contrapunto entre una necesidad por mantener la vida y el deseo perderla, esa danza continua entre la reproducción y la destrucción es el sine qua non de la existencia del alma.

Por lo tanto, se debe advertir que en la vida del niño no puede existir solo una figura benévola por parte de los padres, estos contienen, y deben contener, el matiz destructivo de poder ser aquellos que no aman lo suficiente, ha de haber entre ellos y sus hijos un misterio que los separe, porque ser padres significa poder soportar la incertidumbre de una distancia infranqueable. De otra manera, si las figuras parentales se empeñan en vaciarse de lo nefasto, entonces la experiencia del error y de la maldad tendrá que ser admitida por otro sujeto continente, que en la mayoría de los casos resulta ser el propio hijo. Ello tiene como consecuencia la necesidad compulsiva del hijo de no ser adecuado e incluso de identificarse con una posición perniciosa en contraste con la luminosidad de sus progenitores, ya que la tensión inherente en su subjetividad se ha trasladado de sí mismos a la simbiosis psíquica con sus progenitores. Es por eso muchos hijos taimados tienen un sentimiento de rencor contra los padres buenos y la culpa por ese odio que parece no tener justificación los sumerge aún mas en su oscura vivencia, pues ésta resulta ser también un mecanismo protector de la limpidez parental.

En los casos afortunados, por más que los padres intenten ser solo buenos, su misma estructura psíquica los obligará a expresar su sombra permitiendo que el hijo pueda ser impulsado, hacia su singular camino hacia sí mismo, por medio de la desilusión narcisista por no tener a los padres ideales. Quizás, a su vez, estos hijos intentarán ser padres buenos y, si todo va bien, fallarán estrepitosamente y con ello permitirán que nuevas generaciones puedan descansar en la adecuación de la vida e impulsarse en el alejamiento fugaz ante la muerte, comprendiendo así que la tarea paterna es poder sostener esta tensión de forma irremediable y que, por lo tanto, para ser buenos padres se requiere poder soportar la realidad de no poder serlo.

Lo que dice Hillman sobre la fantasia de curación en el tratamiento psicoterapéutico

Logos del alma

“El tratamiento intenta alejar la patologización, separándola del alma.”

James Hillman

En Re-imaginar la Psicología* James Hillman es claro sobre su postura terapéutica, él, un terapeuta con décadas de práctica a sus espaldas y una de las figuras más brillantes en la psicología analítica, comprende que la busqueda de curación es la enfermedad misma de la psicoterapia pues condena al movimiento patologizador del alma a la oscuridad de la esperanza del tratamiento, encerrando así el proceso de hacer alma en la simple edificación del ego, lo cual es un abordaje incompleto y perjudicial, tanto para el sujeto como para la vida psíquica en su contexto, pues para que el ego se fortalezca primero debe subordinarse al alma de manera libre, es decir intentar estar a la altura del lugar que le corresponde en el aparato anímico.

Hillman dice: “La psicología no existe sin patologización” donde la palabra patologización debe entenderse como la capacidad de la psique de crear morbilidad y sufrimiento como parte de su constante construcción de sí misma, tal proceso es importante pues nos brinda singularidad y “nos proporciona materiales con que construir nuestras vidas normales”. No hay una existencia libre de pathos, pero en la huida constante de este hecho la psicología medicaliza y patologiza la vida cotidiana.

El autor sigue diciendo: “hemos confundido estos tres descubrimientos interrelacionados: lo inconsciente, la patologización y el alma. Creemos equivocadamente que todo el mundo necesita una terapia profesional, como si en ella fuésemos a reencontrar el alma. Pero no es así” y no lo es porque en principio la morbilidad animica es una parte normal de la vida, es aquello que le da movimeinto y contradicción, ademas no se debe olvidar que fueron “Los síntomas, no los terapeutas, [quienes] condujeron este siglo al alma”, fue en el análisis donde la patología se manifesto pero que ese trabajo fue un recipiente no porque lo patológico tuviera que ser tratado sino porque necesitaba manifestarse. Cuando el terapeuta se confunde con un sanador se inmiscuye en un ejercicio dogmático propio de la religión, entonces “Uno acude a la terapia para crecer, no porque esté afligido: como si crecimiento y aflicción se excluyesen mutuamente. Se ha abierto una sima entre el alma y el síntoma”.

Así, dice Hillman “Al atender a mi yo enfermo, me he metido de lleno en la fantasía médica” y entonces surge, como producto, la fantasía de tratamiento, “El tratamiento intenta alejar la patologización, separándola del alma”, no obstante no se debe olvidar que “cuando somos psicológicos con respecto a la patologización, no la estamos tratando; cuando tratamos la patologización, no estamos siendo psicológicos con respecto a ella”, ya que cuando dejamos de lado esta premisa requerimos de recipientes que carguen con la fantasia medica, es decir para sostener la necesidad de tratamiento es una exigencia tener recipientes para la patología, en consecuencia “Al interpretar la fantasía mórbida del alma como patología clínica, el enfoque clínico crea lo que luego debe tratar. Crea pacientes clínicos.”

La terapia de Hillman, en cambio parte de una premisa básica: “Servir al alma significa dejarla mandar; ella nos guía, nosotros la seguimos” e “Intentamos seguir al alma adonde quiera que vaya, intentamos aprender qué hace la imaginación en su locura”, así conservamos la dignidad del síntoma y su autonomía al asumir que:

“Antes de cualquier intento de tratar, o incluso de comprender, los fenómenos patologizados, vamos a su encuentro en un acto de fe, considerándolos auténticos, reales y valiosos tal como son. No disminuimos su valor considerándolos signos de enfermedad médica ni lo acrecentamos considerándolos signos de sufrimiento espiritual. Son caminos de la psique y caminos que nos conducen al alma.”

Por lo tanto, entendemos que la patologia psiquica no es propiedad del sujeto que llega a terapia, sino que es el terreno en el que su existencia se asienta, pero en principio es el alma quien sufre, la psique crea sufrimiento para poder hacerse a sí misma, en consecuencia cuando se desea curar realmente se está intentando deshacerse de aquello que no se entiende, o lo que se teme, de la vida psicologíca, primero despojando de su autonomía, de su otredad, a un fenómeno singular y encerrándolo en la causalidad del individuo para luego fantasear evasivamente con un tratamiento externo que elimine al complejo sintomático. El tratamiento, en realidad no busca remediar la enfermedad sino hacer desaparecer de la consciencia la vida simbólica subyacente. Con ello el sujeto pierde la perla de gran valor a cambio de la tranquilidad de permanecer intocado por su propia existencia.

*Todas las citas corresponden al libro Re-imaginar la Psicología, ed. Siruela, pp. 171-178

El aborto de la posibilidad

Logos del alma

El debate sobre el aborto parece haberse decantado en los valores modernos de la libre elección y de la propiedad del cuerpo, en la legalidad de llevar a cabo una alternativa que sitúa a la mujer como dueña de sus posibilidades y de su acción. Durante siglos ella estuvo encadenada al regimen patriarcal, pero hoy la mujer por fin puede desembarazarse de su cadenas y elegir libremente, tal como lo hacían sus antiguos verdugos.

Este relato, sin embargo, no responde ante las circunstancias inconscientes del acto de abortar. Es notorio que después del aborto, al menos en los casos que atiendo en el consultorio, hay componentes activos de un duelo y se observan en como el estado de animo se trastorna de tal manera que suele acarrear cambios de humor drásticos y sentimientos de tristeza, desesperanza y enojo persistentes; no obstante a causa de la prevalencia de cierto discurso ideológico estas pacientes se sienten, a su vez, culpables por los sentimientos posteriores a la muerte del feto, consideran que no debería ser un asunto importante, que no tendrían porque sufrirlo, pero aun así lo sufren y el dolor se multiplica por la culpa de no ser adecuadas para su paradigma ideológico. Su cuerpo y su psique las traicionan.

El problema es que la narrativa que dicta que el sujeto es dueño de su cuerpo, es más un deseo que una realidad, verdaderamente el ser humano nunca ha sido dueño de sí mismo, desde el principio estuvo sometido a un mundo cruel que lo mataba constantemente, a dioses que dictaban su destino y a un destino que le estaba prefijado y era anterior a él. La existencia siempre había sido irremediable y por ello el hombre era uno con su compromiso. Solo recientemente las imágenes metafísicas expulsaron al ser humano de su contenimiento para adentrarse en su carne y convertirse en sus limites lógicos, dando pie a compromisos ideológicos que dictan sus opiniones y sus disyuntivas, esta metamorfosis fue sentida por el alma como: “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”.

El cuerpo no es propiedad de las personas, pues su verdadera sustancia no es material sino que está constituido como un entramado imaginal que gira en torno a la idea de corporalidad, por ello uno de los esfuerzos maniacos de nuestra cultura consiste en alterarlo, tratar de malearlo para convertirlo en un objeto idéntico a nuestros deseos, pero el cuerpo se presenta como un objeto proteico, inaprensible; justo cuando se cree tenerlo bajo control, éste enferma e incluso muere. El cuerpo siempre ha sido ajeno, un otro que sentimos habitar y la muerte es el Otro absoluto que demuestra nuestra subordinación inalienable.

Por ello, elegir no es asunto de libertad, al contrario representa una obligación con la posibilidad; se toma un camino y se paga el costo por transitarlo, se salda con la moneda de la angustia por todo aquello que se ha decidido abandonar. De modo que la perdida es una constante del hecho de vivir, siendo la libertad no otra cosa sino la capacidad de advertir conscientemente el sufrimiento de la elección. En este sentido es que el aborto entra en el comercio cotidiano con el destino, lo que se mata no es solamente a un futuro, sino las multiples contingencias que se gestaban en el vientre del misterio. Muere un hijo, pero también lo hace la madre y el lazo de posibilidades entre ambos, es esta circunstancia lo que suscita el duelo.

Visto de esta manera abortar es una elección tremenda que debe ser asumida en su propia gravedad, más allá de la legalidad del asunto, no hay un aparato social que sostenga esta acción, la madre tiene que perder a un hijo, perder una parte de sí misma y no puede sufrir por tal evento, es obligada a olvidar, a matar también su propia experiencia anímica. Si bien, no podemos interferir en el derecho propio a elegir sobre el cuerpo, debemos tener cuenta que tal acto recae en procesos inconscientes que no son tomados en consideración en el debate sobre el derecho de abortar.

Para sostener tal acción, para asumir el aborto como acto, requeríamos admitir de forma consciente que se está ante un rito que tiene como consecuencia el asesinato no solo de una potencia vital sino de un universo experiencial y entonces permitir que su ferocidad sea asumida por el grupo y éste le posibilite a la mujer particular atender las consecuencias psicológicas de las que irremediablemente será presa, pues ella ha de estar ante una situación terrible que le exige tolerar la gestación de su experiencia y no desembarazarse de su propia vida realmente vivida.

El autor imperfecto y el espíritu de la obra 

Logos del alma

Cuando la vida intima de un autor se revela y se observan las sombras de su imperfección, sus crímenes y perversiones, inmediatamente surgen detractores de su obra que creen encontrar en su criminalidad cotidiana, un factor que despoja a su trabajo de toda credibilidad e importancia. Otros muchos suponen que por medio de conocer la vida del autor se pueden saber los motivos y entresijos de su teoría y reducir aquella a las pequeñas experiencias del día a día, semejantes a quienes en la presencia de las imágenes de un sueño las atribuyen a la indigestión de la tarde.

Hay muchos ejemplos de esto, entre ellos pienso en Alice Miller que explicaba la obra de autores como Nietzsche con base en un pobre análisis psicológico, algo así le sucedió a Jung en sus seminarios sobre el Zaratustra donde proyectaba más de lo que comprendía. Sin embargo, todos estos análisis fallan por el simple hecho de que pasan de largo que el autor no es realmente la fuente de su obra, sino un mero instrumento de la misma. Goethe a menudo contaba que él sentía como el Fausto lo había creado y no al revés, de esta manera se entiende que la experiencia de la creación no es un asunto personal o individual, no hay algo así como un genio solitario, el autor siempre es acompañado por un Otro que es la poiesis misma.

El autor no es dueño de su obra, sino que sirve a un impulso trascendente a su persona que se identifica con la voz de la cultura o con el alma, Homero y Hesiodo propiciaban a las musas, por ello no habrían pensado que los libros que escribían eran sus libros, sino que había una tarea que hacer, un relato que contar y trataban de hacerlo lo mejor posible. El papel del artista no es crear sino permitir la creación, al someterse a ella, y sustentarla con las herramientas de la habilidad rigurosa.

Pero el influjo de un Otro en la vida del autor no es gratuito, le requiere de un pago continuo en forma de sacrificios cotidianos, es un demonio que ha arruinado la vida intima de no pocos artistas. Solo quien nunca ha sido tocado por el misterio de la creación, por el daimón que exige un tributo, puede creer que el autor y su obra son la misma cosa, pero quien ha sufrido el llamado angustiante de tal demonio, sabe bien que el hombre es la carne de la que se alimenta el espíritu de la creación y el creador no se mantendrá indemne ante su don. Ningún autor, afortunadamente, está a la altura de su obra.

“Ve a terapia” o el dictado de la hegemonía emocional

Logos del alma

Las redes sociales son un excelente laboratorio de los discursos culturales imperantes, en ellas se puede observar, hablando de forma mitologizante, “el inconsciente” de una sociedad que emite ideas de las que, realmente, no se hace cargo. Por ejemplo, una de estas ideas es el papel de la psicología como medio de coherción de la vida emocional y sentimental de lo sujetos, y de lso ideales que éstos deben desear.

Byung-Chul Han insiste en que los imperativos foucaultianos del panoptico y de la represión han sido sustituidos, en la posmodernidad, por otros medios más sutiles pero también más lacerantes, porque ya no responden a una coerción externa que someta a través del miedo y del castigo sino que se han mudado al interior del discurso del individuo y se han convertido en una cadena inconsciente que lo ata a ideales que dictan aquello a lo que cada persona “deberia” aspirar a ser, es decir que el objeto de la individuación, el ser más intimo, ya no lo debe encontrar en sí mismo, porque éste le ha sido prefrabricado y yace a la venta en los estilos de vida que observa de forma pasiva en los nuevos mass media.

Empero, con la palabra pasividad no se debe acudir a la imagen al antiguo homo videns, aterido frente a la pantalla recibiendo mensajes de forma continua y adhiriendo su opinión a los mismos, sino que el nuevo usuario de las redes sociales reproduce un conjunto de mensajes que le dan la ilusión de ser pensados y de obtener, por lo tanto, su acuerdo de forma libre, pero que en realidad son narrativas que se le imponen inadvertidamente. Asi, el meme es el medio de re-producción por excelencia que viraliza los discursos que imponen aquello sobre lo que se debe y no se debe decir y lo que se permite ser pensado y lo que no, en nuestra sociedad.

La cultura del meme sirve como una maquina reproductiva que utiliza a sus usuarios para poder sostener los imperativos que ya no se imponen desde fuera, sino que convierten a los entes en partes de la misma maquina, por medio de su participación en la miríada de opiniones que surgen de forma constante en los muros virtuales. En así que el hombre se enfrenta con un continuo de mensajes que le dicen como vivir, que pensar y que sentir y, en consecuencia, al recibir estas misivas, publica un meme. La publicación de un meme tiene al menos dos componentes basicos, el enunciado y la imagen que se observa y los mensajes que lo alimentan y le dan vida, pues es un organismo ideológico que se sostiene en su asunción por parte de los individuos bajo la misma lógica del complejo psicologico, es decir, como una imagen con una carga emocional exacerbada.

Las personas, entonces, reciben y reproducen dictados que les implelen a sentir de determinadas maneras y si no se adhieren a ellas, en tal caso, deben acudir a terapia, siendo la psicoterapia el nuevo brazo represor que alinea a aquellos que por sí mismos no pueden subsumirse a los dictados de la cultura. Los disidentes ya no son enviados a Siberia, o olvidados en un psiquiatrico, sino que son conducidos a un consultorio donde se les alecciona sobre los conceptos clave para ser buenos ciudadanos, ellos son enecrrados en palabras cotidianas como “crecimiento personal”, “resiliencia”, “busqueda del sentido”, “pensamiento positivo” y “felicidad”, que no son otra cosa sino campos políticos que concentran lo deseable de la existencia y que dejan fuera aquello que más se teme.

Lo que más se teme es lo que contradice los discursos imperantes, y en el caso de la emocionalidad es la experiencia de lo terrible, de tal modo que los sentimientos comunes como la tristeza, el odio, los celos, el rencor o la envidia son relegados a sistemas psicopatologizantes que los equiparan con enfermedades que deben ser curadas. Un sujeto no puede permitirse sentir algo distinto a los modelos preferidos por la cultura, pues de otra manera se vuelve peligroso y es entonces que el discurso de la redes sociales se evidencia como hegemonico, pues se sanciona, con el ridículo, con la reprobación o la cancelación, cualquier emocionalidad que se contraponga a la positividad y a la busqueda de la felicidad, esos estados ideales que encadenan a las personas.

Hoy ya no es posible sentirse triste, o proponer, por ejemplo, el odio como el lugar de la creación, versos como los de Eduardo Lizalde que dicen: “El odio es la sola prueba indudable/ de la existencia” o como los de Jaime Sabines que apremian: “No lo salves de la tristeza, soledad,/ no lo cures de la ternura que lo enferma” ya no pueden ser escuchados sin un gesto de desaprobación porque se debe ser feliz y se deben preferir, y permanecer, en las emociones constructivas. No obstante, la destrucción es parte vital del ser-en-el-mundo y en una realidad donde se sanciona lo negativo con el trabajo psicológico, esta dimensión necesaria ha de hallar formas de encarnarse fuera de la narrativa medicalizadora y mercantilizadora de la vida cotidiana.

“Convierte los errores en oportunidades” o la evasión de la falta

Logos del alma

Uno de los esloganes más comunes de la psicología pop, como parte del dispositivo reproductor de las narrativas posmodernas, es aquel que dicta: “convierte tus errores en oportunidades”, de esa manera se pretende que el sujeto pueda pararse sobre sus equivocaciones y transformarlas en productos que le permitan continuar el objetivo implícito en la lógica del mercado, es decir, seguir produciendo y siendo productivos. Así, en ese discurso esperanzador se pueden leer ciertas intenciones subyacentes que no pertenecen a la persona sino al espíritu presente en la vorágine de la época.

Se exige, con tal consigna, que el hombre no asuma una parte imprescindible de su propia existencia, marcando una ruta hacia el progreso, propio de las ideologías modernas que consideran lo viejo, lo caduco, los obsoleto, pero también la pasividad y el detenimiento como algo indeseable en la vía perpendicular del crecimiento, cuya traducción personalista se haya en el concepto egoico del desarrollo personal. Desde ahí, se puede entender porque la psicoterapia se aferra al modelo medicalista que supone que las patologías son algo que hay que curar, palabra que es un eufemismo de la neutralización y devoración del otro, como un otro por sí mismo, para integrarlo, de forma falsa, en la concepción narcisista de la normalidad.

Se relega, entonces, a la oscuridad de lo reprimido todo aquello que no cumple con la tarea de acoger el discurso de evasión de lo terrible. Porque de lo que se huye es precisamente de la falta implicita en la existencia, de la angustia que causa la consciencia de la desnudez metafísica y la herida persistente que da testimonio del nacimiento del hombre. Es el surguimiento del nihilismo como bien lo observaba Nietzsche el signo de la liberación del sujeto, pero ello conlleva el precio de un vacío que nunca se puede llenar y el dolor continuo por existir como liberado, es decir por permanecer fatídicamente atado a la necesidad de producirse.

En el filme “The Devil’s Advocate”, un joven abogado es incapaz de sufrir una derrota en los juzgados, esa habilidad lo lleva por un camino de éxito, pero también de perdición, en el que pierde todo aquello que le era importante, hasta que por fin es capaz de perder la propia vida, de sacrificar su mismidad, de esta manera tiene la posibilidad de ser consciente de su error y de actuar en consecuencia aceptando su condición de derrotado; pero es entonces que el Diablo lo tienta, a través de la esperanza, para que de su fracaso pueda construir un nuevo éxito y así se anule su permanencia en la falta existencial.

Al obligar al individuo a favorecer solo el lado prometedor de su estancia en el mundo, no se le permite asumir el error como parte inherente de la vida, el joven de la pelicula tiene que vivir un periplo para poder hacerse consciente de que su humanidad implica el pecado, pero al final la integración de la equivocación en su estructura psiquica se ve interrumpida por la busqueda de la oportunidad y por la esperanza de no sucumbir a la caida. Sucede de esta forma porque la presencia del nihilismo pide del sujeto que éste pague conscientemente su precio, que se permita ser “sin esperanza”, un caso perdido, pero al no hacerlo se tiene que permanecer solo como “el ultimo de los hombres”, es decir en un estado infantilizado de inconsciencia en donde el proceso de individuación (tal como lo entiende Jung) queda detenido, o al menos lo hace la asunción sensata de dicho proceso, que después de todo no se trata de un desarrollo sino de una interiorización.

Atender la falta, morar en su presencia es la tarea del hombre actual, no minimizarla ni proyectarla hacia el futuro, ni remediarla, más bien dejar que ella misma haga su obra necesaria, éste es el sino al cual nadie está dispuesto, pues significa abrirse ante el Otro y en un acto amoroso dejarse desgajar por su luz oscura; esto es lo que significa amar en una época en donde solo se ama la infinitud de lo mismo, la autocomplacencia y la esperanza neurótica de que hay un paraiso despues de la caída. Por último, me pregunto si la imposibilidad de permanecer en la falta no tiene como consecuencia su producción masificada, ¿será que el terror del mundo, es el toquido en la puerta de aquel huésped mal recibido pero necesario que tiene que regresar, por vías pervertidas, para tomar su lugar correspondiente como el dolor permanente que es la existencia?

El lazo matrimonial y el compromiso amoroso

Logos del alma

En la actualidad, donde las aspiraciones apuntan a la libertad de elección y al culto al individualismo, parece cada vez menos probable que las personas opten por el compromiso matrimonial, los indices de casamientos son cada vez más bajos y la búsqueda de sustitutos filiales es una costumbre común; el sentimiento de que la pareja o los hijos son una carga o un obstáculo para el desarrollo de la persona aumenta progresivamente. Pareciera que el costo de la relación se percibe como algo demasiado oneroso. Aunado a ello, al consultorio acuden continuamente parejas que sufren por el peso que implica el que su compañero sea de una manera determinada, en la mayoría de los casos la relación se ha vuelto un campo de batalla donde las banderas que se erigen son aquello que cada uno fantasea sobre cómo realmente debería ser el otro, lo cual al no cumplirse se experimenta como una traición.

Las situaciones descritas muestran un problema especifico con el significado del otro en la vida cotidiana, donde no solo el emparejamiento es un problema sino también la contraposición de las necesidades individuales y las sociales. Esto no siempre ha sido así, en otras épocas la exigencia social era omnipresente y el sujeto no era diferente de su rol social, los oficios por ejemplo, no eran tareas que la gente pudiera elegir, sino que se vivían como una herencia que vinculaba de forma tacita a los miembros de una familia o de una comunidad y no había oportunidad de cuestionar tales reglas, porque la ley no era un conjunto de normas a las que uno debiera apegarse de forma voluntaria sino que constituían el cosmos sobre el que la realidad se asentaba. En esos momentos el individuo no existía realmente, al menos no como lo conocemos, sino que su “alma” estaba encerrada en la inevitabilidad de su destino, que no era simplemente de él, sino un fin comunal.

El matrimonio remite a aquellas épocas donde el circulo del compromiso se ceñía sobre la misma consciencia. En las ceremonias actuales aún se guardan algunos de los símbolos que recuerdan esa naturaleza prístina, los anillos y el lazo no son muy distintos al collar del remero fenicio que expresaba su existencia con un lamento tal como: “Duermo, luego vuelvo a remar”, no obstante su afirmación no incluía una queja contra su destino, al contrario sabía de su inevitabilidad, para él el mundo eran el barco, los remos y el tambor que marcaba el ritmo de su trabajo. En ese contexto el casamiento implicaba la asunción del destino como el encuentro prefijado de dos personas que antes de poder emerger a la individualidad se sometían al acuerdo comunal. Los esponsales eran una atadura indisoluble, no con el marido o hacia la esposa sino que significan la reafirmación de su lugar en el mundo, la pauta de su existencia y la obligación con ésta.

Hoy, por supuesto, una vez que la consciencia individual se ha hecho patente, los lazos matrimoniales son un símbolo abstracto que remite a una época arcaica donde estos no eran una metáfora sino figuras tangibles como las cadenas del esclavo o la coronar del rey. El hombre ha nacido divorciado de sus antiguas costumbres y rituales y por ello el casamiento ya presupone la separación, los esposos no están atados como almas gemelas, sino que pueden elegirse de entre una variedad limitada solo por su contexto socioeconómico. No es extraño, por tanto, que mientras la cultura exalta la necesidad de individualizarse, el lecho conyugal se convierte en un obstáculo contra esos ideales y, por supuesto, también todo lo relacionado con el hogar y la familia se vuelve algo indeseable pues suponen la retracción del individuo a las antiguas ataduras metafísicas que lo sujetaban.

Sin embargo, en los dos ejemplos iniciales parece que la búsqueda del otro es aun un común denominador de las relaciones, porque a pesar de las restricciones el nudo del destino brindaba un sentido firme a las personas, éstas no tenían que cuestionarse ni elegir, eran guiadas por los ancestros, que no eran otra cosa sino la representación de las reglas de la comunidad misma. Mientras en los tiempos de los sueños la obligatoriedad era un asunto que venia de fuera del hombre, a partir de la emergencia del ego el individuo tiene el deber de forjar sus propias normas y ceñirse a ellas de forma libre, o como lo dice Pessoa: “Sólo esta libertad nos conceden/ los dioses: someternos/ a su dominio por nuestra voluntad.” Es decir que la libertad entraña la paradoja de contener un compromiso implícito. Ser libre no quiere decir poder hacer lo que se desee sino ser capaz de asumir la interiorización del lazo de la necesidad en la vida individual.

El nacimiento del hombre no implica la desaparición de Ananke (la inevitabilidad), sino su integración en la lógica del ser-en-el-mundo del sujeto moderno y ello exige del acto interminable de elegir, estas elecciones se traducen, por supuesto, en sufrimiento. Los lazos matrimoniales muestran así la vivencia contemporánea de la libertad como el rompimiento de los límites del mundo y su integración a la vida individual, que no es otra cosa sino una comunidad interior que se rige por pactos y reglas que ahora no solo han de ser experimentados sino también elegidos.

El matrimonio solo es capaz de identificar el compromiso profundo del individuo si la pareja está dispuesta a sacrificar parte de sus ideales por un proyecto común compartido, es dicho pacto quien vive a través de los esposos y es renovado continuamente en la asunción de la realidad cambiante del otro. Pero el pacto conyugal, entonces, no solo es una fuente de placer sino sobre todo de sufrimiento, tiene que serlo porque representa la permanencia de un residuo ancestral para el que la mente moderna guarda un monto de resistencia. Sin embargo, todo ejercicio que intente asumir al otro produce dolor, fruto éste de una herida narcisista que implica la asunción de la otredad en la forma de un sujeto ajeno y de la elección misma, porque vivir ante el otro requiere la disminución de la importancia personal, siendo el amor la apertura al prójimo de manera incondicional y, por eso, significa una vivencia contraria al narcisismo contemporáneo que solo ama lo sencillo, lo conocido y lo homogéneo.

La libertad conlleva el dolor de elegir y la tarea de ser conscientes de los múltiples compromisos que acarrea la existencia, ésta condición no se resuelve tampoco en las variadas vías de elección de la pareja, pues en cada relación se tiene la labor básico de liberarse de los límites que impone el narcisismo, las personas pueden emparejarse en formas monógamas, polígamas o no hacerlo y cada manera particular puede responder al deseo de escapar de la elección misma. Así, el matrimonio es ineludible, pues el hombre se encuentra separado y no tiene otra opción que unirse libremente a un compromiso que lo sujeta a su propia existencia. El desafío de las parejas modernas estriba, según lo dicho, en el trabajo continuo e interminable de acoger al huésped indeseado y de estar frente al otro tal como es, y no solo como nos gustaría que fuera, y asumir el acto constante de optar por nuestro compañero, ese Proteo, siempre y cada día como la misteriosa fatalidad que también somos.