La enseñanza inconsciente (4)

Educación posmoderna

“Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela.

George Bernard Shaw

¿Cómo se le convence a un joven de que la educación le depara un buen trabajo si se empeña, cuando el mundo profesional está lleno de ejemplos donde los puestos mejor remunerados son para los que cumplen algún mérito personal o por nepotismo, sin importar su grado de preparación y donde las influencias son lo más relevante, pues es suficiente con fingir o con dejar que otro haga la labor. Cuando alguien que solo terminó la educación básica gana muchísimas veces más que quien ha obtenido un posgrado. Cuando el crimen organizado paga altas regalías. Cuando las tasas de desempleo entre profesionistas desafían tal prerrogativa? ¿Y cómo se le insta a un joven a creer que la escuela es el mejor lugar para aprender, cuando las habilidades que requiere el mundo moderno se aprenden, en su mayor parte, fuera de la escuela, cuando toda la información y las formas de aplicación se pueden encontrar de mejor manera en Internet, en tutoriales, en cursos en línea, en el material inmenso que hay en la red y cuando todo esto puede obtenerlo por sí mismo en contra de la curricula redundante de los centros educativos?

La escuela ya ha fracasado hace mucho tiempo, al menos en sus objetivos explícitos, se enseña sobre los restos de un cadáver, actuando como si las lecciones del docente fueran aún relevantes. El maestro apasionado, que ama su tema, ofrece una agradable ilusión que dura lo que dura el entusiasmo, pero el mundo pronto advierte que el profesor ya no es necesario, que la escuela pertenece a un universo ya devastado y que el esfuerzo por mantener este cadáver de pie implica el uso de un monto de energía semejante al de los grandes sacrificios rituales de otras civilizaciones. Rendimos tributo con esta tarea sin sentido, que es la educación, al dios que rige la vida de la cultura actual y rezamos con nuestra rutina a ese nuevo dios inadvertido que se llama también «el libre mercado». Educamos sacrificios.

Sobre educación y tecnología

Logos del alma

Cuando comúnmente se habla de tecnología, en el ámbito de la educación, surge la imagen de las computadoras personales, de los recursos técnicos elaborados como: pantallas inteligentes, teléfonos de última gama o del software más preciso para las tareas de la educación del siglo XXI. La imagen común de la tecnología transita por la misma senda de ese otro gran mito de la modernidad que es el progreso, se piensa que a mayor alcance de los medios técnicos más avanzados habrá también una evolución comparable en los ámbitos educativos. Durante los últimos años se ha asistido, incluso, al anuncio constante del internet gratuito y a la publicidad de empresas y gobiernos al dotar de equipos de computo a los más vulnerables. Sin embargo, una frase popular en los ámbitos digitales dicta que “cuando el servicio es gratis, el producto eres tu”, lo cual debería poner en cuestión la bondad de los recursos tecnológicos que se han desplegado durante esta etapa singular.

Por su definición habitual la palabra técnica se entiende como una serie de protocolos destinados a la consecución de un objetivo práctico, su tarea es teleológica, son los fines los que importan. Así, se puede decir que gran parte del trabajo de los centros educativos está dirigido por un objetivo técnico, la implantación de la reforma educativa en turno y la toma de evidencias de tal acción, lo demás es el trabajo de los actores educativos por mostrar que ésta se aplica y que funciona, ello a través de la recolección y presentación de datos e información muchas veces vacíos.

Byung-Chul Han nota, que una característica importante de esta época es la mutación de los sistemas de cosas en formas libres de información, las no-cosas, aquellas formas sublimes de los objetos técnicos, tangibles y visibles, en meros datos abstractos que, sin embargo, son cada vez más dominantes. La evolución de los objetos muestra una situación desfavorable para el ser humano, mientras en épocas previas a la revolución industrial el objeto es común con la identidad de la persona y forma parte de ella, en la revolución industrial los objetos se multiplican y la identidades, antes fijas, se dividen en identidades móviles; hoy surge una nueva época donde los objetos se vuelven sutiles, al igual que la identidad, ésta se esfuma y se vive a guisa de información, lo que es posible observar claramente en la vida de los jóvenes que transcurre en la redes sociales y que con el paso del tiempo parece destinada a convertirse en mera virtualidad.

Se ha dicho, de manera descuidada, que los objetos técnicos no determinan el uso que se les destina, que son inermes al destino que el sujeto les presenta, se les puede utilizar para acciones terribles o constructivas. Este parecer surge de la atribución sin base que tiene el sujeto moderno sobre su propia naturaleza, pero aquí es donde la palabra tecnología adquiere relevancia. Cuando Aristóteles caracteriza al ser humano como un animal racional lo decía como: “zoon lógon échos”, es decir, el ser vivo capaz de discurso. El diálogo es el atributo humano que lo diferencia de los demás animales, pero el diálogo debe entenderse como la capacidad de construir narrativas que permitan estructurar realidades comunes, se puede decir de esta forma: el hombre es el ser vivo que contribuye a construir la realidad mediante el diálogo, esto de forma consensuada, de ahí la otra definición aristotélica del hombre como “zoon politikón”. Mientras el animal encuentra su realidad como algo dado y él es determinado por está, el ser humano construye su relación con el mundo en el diálogo común. Por ejemplo, en la cosmovisión ptolemaica el universo es un conjunto de esferas cerradas donde la tierra es el centro de la creación y está vuelta sobre sí misma, la técnica, por lo tanto, está supeditada a este logos, no así cuando las esferas celestiales se rompen en la nueva visión copernicana, es entonces que la técnica por fin puede abrirse paso y descubrir nuevos mundos, un universo abierto, con ello comienza una nueva etapa de la historia humana: la caída de la monarquía, el inicio de la globalización, la revolución industrial y el capitalismo. Todo ello no surge de la nada, sino que es parte del nuevo logos que se va construyendo en el diálogo constante que la consciencia tiene con su realidad.

La tecnología es, entonces, el diálogo en el que está inscrita la técnica y ese discurso no es un monólogo humano, es decir, no es una invención pura del sujeto sino una relación en donde las personas se inscriben y que se expresa también en la técnica. El logos de la técnica, la tecnología, por lo tanto, determina el mundo.

Por todo ello la labor de los docentes no solo debe estar dirigida a la implementación y el dominio de las nuevas tecnologías al ámbito educativo, como si ellas fueran la panacea para el rezago educativo y bastará con agregarlas a las aulas para ofrecer una mejor educación. Esta situación implica un abordaje compulsivo, es decir, inconsciente de la labor docente, pues no surge de la pregunta esencial del acto de educar, que implica sacar a la luz lo que se es, es decir, estar a la altura de la condición humana; esta pregunta es la pregunta por el ser, pues la técnica para Heidegger guarda en su esencia el des-ocultamiento de la realidad, la aletheia, la verdad. 

No se debe olvidar que educar no significa llenar al estudiante de contenidos, ni calificarlo con una escala arbitraria que lo compara con otros individuos y sus condiciones diferentes, ni mucho menos ofrecer índices de aprovechamiento que no toman en cuenta el proceso contextualizado del aprendizaje. Educar, en cambio, y con base a lo ya dicho, significa des-ocultar el diálogo que el sujeto tiene con su mundo de tal forma que aquello que lo hace humano emerja de forma consciente y pueda estar frente a él, esto implica constituirse como un ente crítico y consciente. Pero el ambiente tecnológico actual, siguiendo el planteamiento teórico de Han, tiene como objetivo el ocultamiento de esta realidad, la desaparición de la mente crítica y la prevalencia del sujeto de rendimiento, aquel que se evapora a través del esfuerzo medido en datos.

Así, educar en el siglo XXI, en el medio de una crisis sanitaria y de un logos técnico particular, es un acto transgresor, pues requiere ir en contracorriente de lo que el contexto tecnológico apremia, para ello los docentes requieren tener claro que las tecnologías educativas no son necesariamente los nuevos aparatos tecnológicos ni los sistemas virtuales de información, sino simplemente las maneras que el estudiante y el docente tienen de construir un diálogo, reflexionar sobre un logos, entre ellos y la realidad. Ambos son enseñados por el mundo y sus experiencias en él, en el trabajo constante por llegar a ser lo que son, para ello no se necesita internet, ni plataformas, ni teléfonos inteligentes, basta con la palabra, con el proceso didáctico que permita abrirse tanto a uno como al otro a su condición humana.

Tampoco hay que olvidar que los contenidos educativos son pretexto para despertar la reflexión en el estudiante y que el conocimiento se crea en la interacción de los sujetos, pero la tecnología actual navega firmemente al aislamiento de los individuos y a su atomización, entonces una educación dependiente de los medios tecnológicos actuales sin duda reproducirá ese logos intangible pero hegemónico. Por ello, no es relevante, en el medio educativo actual, si se cuenta con los recursos tecnológicos de punta o con el software más actual en cuestiones pedagógicas, sino que la labor básica de la escuelas, en cualquier nivel, sea brindar educación, formar seres humanos que puedan construir un mejor mundo para ellos y para la generaciones venideras, para eso basta con planteles educativos que tengan el apoyo económico de las instituciones públicas a cargo, maestros que cuenten con las condiciones adecuadas para dedicarse a su trabajo de forma comprometida y estudiantes dispuestos a aprender, y una didáctica que permita la labor educativa en la esencia de lo meramente humano, es decir, en el diálogo con el nuevo logos de la técnica actual. 

Lo que enseña el momento actual, a los actores educativos, sobre la tecnología, es que la crisis es el momento de reflexión sobre las dimensiones que son necesarias para la correcta consecución de la labor docente. No se aprende, solamente, frente a una computadora, la educación surge en el contacto del alumno con el profesor, con sus compañeros, con su familia, la educación es un acto dialógico entre sujetos y los objetos siempre son medios nunca fines en sí mismos, pero también se puede atender al diálogo latente en ellos. Al final, la escuela no necesita integrarse en la lógica de las redes sociales, sino al contrario, debe dotar a los jóvenes de la capacidad crítica para poder interactuar con esa marea informacional que paulatinamente destroza las formas más humanas de reciprocidad. 

La enseñanza inconsciente (3)

Educación posmoderna

El problema real no recae en los métodos de aprendizaje, sino en que aquello que se aprende tiene como contexto una forma de control y normalización que contradice de la visión cultural de la educación. La neurosis se puede conceptualizar de manera sencilla como la existencia de dos momentos contradictorios de una idea pero, además, un esfuerzo porque la contradicción no sea consciente. Así, en la educación hay una escisión neurótica entre lo que se predica y lo que realmente se hace.

El profesor, sin darse cuenta, y con la mejor intención, impone en el estudiante una forma fija de pensar y al mismo tiempo ejerce su propia necesidad de poder sobre el alumno. A veces, esta imposición tiene matices salvíficos y se hace presente un docente que actúa como si redimiera de la ignorancia a sus alumnos, o a veces se es testigo testigo del docente liberal que convence y coacciona a través de la confianza y la crítica, e incluso quizá el menos dañino sea el profesor que abiertamente ejerce su poder sobre los alumnos sobajándolos, ya que ante él, el alumno tiene aún la oportunidad de sentirse conscientemente vulnerado y luchar contra tal situación.

Hay una sombra en la labor docente que actúa en contra de lo que dicha labor pretende y no importa el esfuerzo de los individuos, ni de las instituciones, siempre hay una mano oculta que hace claudicar los objetivos más generosos y las didácticas más certeras. Se puede decir que la educación es una empresa técnica y como tal su labor es realmente la comercialización de los sujetos, su conversión en objetos de cambio. Por eso está destinada a fracasar en sus objetivos abiertos, así los mejores estudiantes serán buenos engranes del sistema y los peores terminarán como combustible y desecho. Debido a ello, la labor del profesor está más cerca de la del clérigo que de la del filósofo, pues su trabajo esencialmente, aunque no lo sepa y aunque se esfuerce por lo contrario, es convertir a los hombres a la fe del sistema.

(¿Hay una alternativa a este sombrío panorama? A modo de Koan se puede decir que educar solo es posible fuera de la escuela, pero como la escuela es omnipresente, a ésta se le debe permitir llegar hasta su culmen, hasta su sofocación en la negatividad de la anti-escuela, en la enseñanza del no-saber)

La enseñanza inconsciente (2)

Educación posmoderna

No es un secreto que la escuela, y la educación como su praxis, es un dispositivo, un instrumento de reproducción de las relaciones de poder en la sociedad. No importa el currículo abierto, incluso las ideas de izquierda son transmitidas a partir de un aparato que reproduce sistemas de pensamiento que desde sí mismas podrían llamarse colonialistas. Esto es evidente cuando se nota la premisa de que en la forma actual de la escuela siempre hay un sujeto del saber que dicta aquello que se debe de aprender y cómo se debe hacerlo. Aún en sistemas educativos que ofrecen libertad y creatividad al estudiante, éste se encuentra a las expensas de la teoría pedagógica en turno, que decide por él lo que es mejor para su aprendizaje.

Esta lógica se repite en el aula, donde el profesor trata de convencer al estudiante que hay ciertos saberes que debe aprender a manera de verdades absolutas. Todo ello en contra de uno de los significados etimológicos de la palabra “educación” que implica elucidar lo que en el sujeto yace en potencia, no implantarlo desde fuera.

La educación no permite el desarrollo de la individualidad sino que la cubre por completo con un conjunto de prejuicios a los que llama conocimientos. Vista así, la educación es una labor neurótica.

La enseñanza inconsciente (1)

Educación posmoderna

La profesión docente es ciega ante algunos elementos de las relaciones humanas que subyacen al proceso de enseñanza-aprendizaje, es el caso de las relaciones transferenciales que se suscitan en el contacto cotidiano con los alumnos y que tendrían que ser tomadas en cuenta de forma seria por los profesores. El docente no solo enseña contenidos, sino que, y más importante aún, muestra la forma en que un ser humano se relaciona con el mundo, la cultura y el saber.

Día con día, el salón de clases se conforma como un espacio de instrucción inconsciente donde el maestro da testimonio de la construcción de su propia autonomía ante los prejuicios del entorno social y los alumnos aprenden de él como erigirse como entes independientes ante ideas fijas y dogmas, así forman juntos su relación con el conocimiento.

Lo que se enseña entonces es una posición ante la realidad. Dicha posición depende de muchos factores y uno de los más importantes es: cómo el profesor ha podido sobreponerse a los obstáculos que cualquier existencia provee y que lo han formado como individuo. Si el docente no ha podido estar a la altura de su propia existencia entonces usará el proceso de enseñanza como un medio más para evadirse de su responsabilidad para consigo mismo y su cátedra estará, sin darse cuenta, hablando de su propia falta, de sus necesidades anímicas insatisfechas.

El psicólogo como pensador

Logos del alma

El fenómeno piensa siempre, lo hace a través de sus múltiples formas de hacerse presente. En su faceta como imagen y como emoción, aquello que se manifiesta es pensado desde su propia estructura lógica, lo hace aún en la opacidad de su materialidad. Por lo que atender al huésped que toca a la puerta significa poder estar a la altura de su complejidad y liberar al síntoma de su arrobamiento en la fisicalidad de la materia.

Así, el psicólogo sabe que la única certeza ante el fenómeno consiste en escucharlo de forma atenta, en tanto esto supone el arduo trabajo de poder contener el pensamiento mismo de aquello se manifiesta, en el recipiente de su atención liberada de prejuicios. Luego de esto, y una vez terminada su labor, todo la teoría se vuelve a rehacerse en él y es hora, entonces, de volver nuevamente a la briega. Tal es el ejercicio constante del pensamiento reflexivo y riguroso que le permite volver a iniciar, una y otra vez, el esfuerzo por comprender aquello que se le presenta.

La mente del psicólogo ha de estar aguzada por el constante ejercicio de la reflexión, sostenida por una cultura profunda, fruto del aprendizaje incesante y de la inmersión en los temas complejos de su contexto. Pero eso no es suficiente, el bagaje intelectual también puede ser un refugio del ego si el conocimiento no se auto-aplica y no se destruye su confianza en él mismo. El racionalismo es un subterfugio para escapar del esfuerzo de pensar el pensamiento del Otro.

Por lo tanto, la intelectualidad del psicólogo no es la del erudito, ni la del hombre de ciencia, aunque las conserva como estadios superados, sino que nace como el fruto de la propia destrucción de las bases intelectuales a través del pensamiento radical. De la cisura negativa sobre la inteligencia del pensador, surge el pensamiento vivo del fenómeno, es decir que emerge el proceso psicoterapéutico que sirve como hogar para el advenimiento de la consciencia del fenómeno. Porque, después de todo, no es el ente el que piensa, sino que lo hace el logos que subyace al fenómeno, en la vida lógica que lo permea.

El pensamiento del psicólogo, por lo tanto, es aquel pensamiento que ha superado el pensar subjetivo, individualista, y ha permitido que sea el Otro quien piense. Ese es el verdadero amor al conocimiento, dejar que las ideas, en su andanza negativa, se conozcan a sí mismas al desplegarse, aún a pesar del hombre.

La psicología no debe ser una ciencia si aspira a ser psicológica

Logos del alma

El objetivo de la ciencia es una meta tecnológica sobre el mundo, que consiste en clasificar y sobreponer al objeto la mirada materialista a través de un método que despoja al fenómeno de su extrañeza y de su alteridad, para poder convertirlo en algo racional, fijo y manipulable. Este camino es muy eficiente pues la realidad se ajusta de forma servil a las diversas hipótesis científicas y gracias a este esfuerzo se ha logrado un avance tecnológico inusitado. Pero este valiente nuevo mundo, que parece dominado por el hombre, realmente es un producto del logos de la técnica que transforma a la realidad, paulatinamente, a su imagen y semejanza.

La psicología, en cambio, como la escucha atenta del logos de la psique, no puede darse el lujo de ser una ciencia si es que desea seguir su camino hacia sí misma, como su propio objeto, pues esto presupone que su posición ante el fenómeno es la de conservar su halo de misterio y, por lo tanto, de permanecer ante él mismo como un Otro. Su acercamiento al mundo, en consecuencia, no surge del deseo de desentrañar la verdad sino la de someterse a la labor de contenerla en su propia sintaxis y acompañarla hacia su realización; un objetivo que, por cierto, no yace en el futuro sino que ya ha ocurrido in illus tempore y precisamente por ya haber sucedido es que se puede alcanzar.

Tal es la diferencia entre un logos técnico y un logos de la psique, mientras la óptica científica experimenta con su objeto fuera de sí, la psicología es su propio objeto interiorizado en los fenómenos, los cuales permanecen en la vasija hermética del pensamiento, siendo cada uno de ellos absoluto y auto-produciendose de forma constante.

Cuando Heidegger decía que la ciencia no piensa, aludía a que lo interno de sí misma se le escapa en su esfuerzo pragmático por ocuparse del mundo, por expandir el logos de la técnica, por ello debe moverse con base a modelos prefijados y a un método invariable. La ciencia es calculadora y tiene es un método fijo de pensamiento. Aludir a la ausencia de pensamiento en cuanto a la ciencia no quiere decir considerar que ésta no sea útil o que los científicos no son inteligentes, pues al contrario son muy capaces y el saber científico es complejo y eficiente; simplemente se señala que el pensar de la ciencia es un pensar estable, técnico, determinado, que ya sabe o tiene hipótesis (las conclusiones que dormitan bajo el fenómeno) sobre lo que busca, es un pensamiento que no piensa sobre sí mismo y que imagina a su objeto como carente de un pensar propio para poder actuar sobre él.

En cambio, el ejercicio de la psicología exige un pensamiento reflexivo, sinuoso, que refleje el pensamiento del objeto de la psicología en su propia interioridad. A través del fenómeno la psicología se piensa a sí misma y el psicólogo va detrás del rastro dejado por esta meditación. No sabe lo que va a encontrar, pero se deja enseñar por todo lo que descubre, sin una ética determinada ni un método que lo ciña todo a una estructura predefinida. La psicología, en consecuencia, pertenece al ámbito de lo salvaje, de lo agreste, no sabe nada sobre su objeto más que el rastro que éste deja detrás de sí y en el camino el psicólogo habrá de ser devorado por sus propios perros de caza a fin de ser hallado por la verdad, pues es ella, la vida lógica, quien realmente produce la dimensión psicologica.

La dificultad intrínseca de la psicología

Logos del alma

Cuando un tema psicológico aparece en la conversación cotidiana, el lenguaje se vuelve liviano, como si la cercanía con lo psíquico autorizara una familiaridad que borra sus dificultades intrínsecas. La experiencia de sentir, de recordar, de sufrir, se confunde con una supuesta comprensión de aquello que acontece. Se habla desde la ilusión de inmediatez, como si bastara con tener una psique para conocerla. Así, la palabra psicológica pierde su peso, se vuelve intercambiable, dócil al impulso de aconsejar, de explicar, de ordenar lo que, en el fondo, permanece como misterio. Surge entonces un discurso continuo de certezas rápidas, de interpretaciones que no reconocen la resistencia de lo intrincado, donde la palabra ya no porta la huella de una experiencia trabajada, sino que repite fórmulas que ofrecen orientación allí donde el alma, en su verdad, no se deja reducir.

El alma, sin embargo, no se entrega a ese movimiento. Permanece retirada, opaca, porque su verdad exige otra forma de atención, una que no violente el misterio que le pertenece. Hay en ella una reserva que no puede ser alcanzada por la mirada directa ni por la palabra que se precipita. Algo en su naturaleza reclama un rigor que no se conforme con la claridad inmediata, que soporte la ambigüedad y la incertidumbre, que permanezca en lo no resuelto sin la urgencia de clausurarlo. Esta ligereza no habita solo fuera del campo psicológico, sino también en su interior, donde lo que en su origen fue arduo y resistente comienza a traducirse en un lenguaje accesible que ha olvidado el sinuoso camino por el cual llegó a ser.

El saber que surgió del encuentro prolongado con lo enigmático, de la escucha paciente de lo que no se deja decir, se transforma en un conjunto de técnicas, de intervenciones, en una gramática que pretende operar sin conservar la huella de su dificultad. La incógnita que dio paso a una disciplina se vuelve herramienta. En ese desplazamiento, el pensamiento pierde espesor, el concepto deja de ser una herida abierta, y se olvida que cada noción nació de una confrontación con lo desconocido, de una experiencia que desbordaba al sujeto y lo hacía encogerse de miedo. El lenguaje técnico se instala como una superficie que oculta la extrañeza de aquello que intenta decir, y el saber, despojado de su gravedad, deja de interrogar, deja de herir.

En otros dominios del conocimiento, esta operación resultaría impensable. Nadie hablaría sobre la estructura de la materia apoyándose únicamente en su vivencia inmediata, ni se concedería autoridad sobre aquello que exige una disciplina rigurosa sin haber atravesado sus exigencias. Allí se reconoce una distancia que reclama preparación, renuncia, formación prolongada, una entrega que transforma la mente que piensa. La física no admite la opinión porque su objeto no coincide con la experiencia directa, y en esa distancia se preserva la dignidad de su saber. Cuando se trata del alma, esa distancia parece disolverse, como si lo más cercano no fuera también lo más inaccesible, como si la proximidad no encubriera, en su misma evidencia, una profundidad que se resiste a ser conocida.

Wolfgang Giegerich, al inicio de su reflexión sobre la vida lógica del alma, recuerda la negativa de Albert Einstein a simplificar su pensamiento, como una forma de fidelidad a aquello que había sido pensado. El pensamiento, en su rigor, exige una mente trabajada, afinada por el tiempo, capaz de sostener la abstracción sin precipitar su resolución, de afrontar lo complejo sin reducirlo. No hay en ello privilegio alguno, sino responsabilidad ante el tema mismo, una ética del pensamiento que no cede ante la tentación de lo accesible cuando lo que está en juego no puede sobrevivir a la reducción.

La pregunta psicológica no busca claridad, sino profundidad. Qué ocurre con el alma cuando se la traduce a un lenguaje que no exige transformación, qué queda de ella cuando es capturada por un discurso que la vuelve comprensible sin permitir que desgarre al sujeto. La psicología, en su raíz, no es un saber que se adquiere, es un proceso que somete, que descompone, que disuelve la identidad de quien la piensa. No añade conocimientos, reorganiza la mirada, obliga a abandonar las seguridades que sostienen la ilusión de comprender. La mente no permanece intacta ante aquello que piensa, se ve llevada a sostener la tensión de lo no resuelto, a habitar una inquietud que no encuentra descanso ni certeza.

Hay en este movimiento una dimensión de sacrificio que se presenta como destino. El tema llama, insiste, reclama una dedicación que desborda la medida de la vida ordinaria, reorganiza el tiempo en torno a una tarea que no concluye. No hay promesa de recompensa, ni acumulación de méritos, ni garantía de sentido en términos apropiables. El trabajo se realiza en una zona donde la gratificación no tiene lugar, donde el esfuerzo no será reconocido, y donde lo que se pone en juego es la propia vida en su relación con aquello que la excede.

En este horizonte, la figura del psicólogo se define por lo que está dispuesto a perder. El saber que no ha devorado al sujeto permanece externo, sin vida. Las nociones que no han transformado la estructura del pensamiento se convierten en un discurso vacío, en una repetición que no enraíza en la vida. El trabajo consiste en dejarse trabajar por los conceptos, permitir que operen una descomposición que haga posible otra forma de ver, una mirada que ya no pertenece a la persona, sino al fenómeno mismo.

En la escena contemporánea proliferan prácticas sostenidas en la apariencia de saber, donde el lenguaje aprendido y las técnicas adquiridas producen una sensación de dominio que oculta la ausencia de sacrificio. El alma se convierte en objeto de aplicación, en campo de procedimientos que prometen eficacia, en territorio de intervención. El saber se transforma en recurso, en medio para alcanzar efectos visibles, y pierde contacto con la opacidad que resiste, con la dimensión del fenómeno que no responde a la lógica del método.

Quien se sitúa en ese lugar utiliza la disciplina en lugar de ser transformado por ella, organiza su pensamiento en torno a la eficacia. La labor psicológica exige otra figura, no la del experto que domina, sino la del alquimista que observa, que permanece ante la materia sin imponerle forma, que acompaña un proceso cuya lógica no le pertenece. En su vasija, la materia se presenta como mezcla, como nigredo, como aquello que no puede ser transformado desde fuera. No hay método que asegure el resultado, solo una atención sostenida, la fidelidad al proceso, la permanencia como testigo del magnum opus. El alquimista no produce, aprende a mirar, y en ese mirar es absorbido por la materia.

Caminar en esa dirección implica una cercanía constante con la disolución, como condición de todo proceso vivo, solve et coagula. Las formas conocidas se deshacen, las identidades pierden consistencia, y la fidelidad al alma exige una disposición a perder aquello que ofrece seguridad. El trabajo se despliega como entrega a lo que no puede ser retenido, como permanencia en el cambio que no busca fijarse. El alma permanece como misterio, alcanzada solo por un lenguaje que no intenta apresarla.

Nombrar el fenómeno sin tocar su sombra abre la posibilidad de escucha. En ese espacio, la palabra deja de imponerse. El alma no se revela ante la insistencia de comprender, lo hace ante la paciencia de una mirada que sabe esperar sin exigir claridad. La tarea del pensamiento es acompañar aquello que se presenta en su indecibilidad, permanecer en la cercanía de lo que no puede ser poseído. El saber deja de ser una forma de tener y se vuelve una forma de atravesar, un movimiento que no concluye, que se escapa cada vez que parece ser aprendido. Por eso la psicología debe hacerse siempre nuevamente, y por eso no puede dejar de ser rigurosa.

Mateo 1: 1-17, la autogeneración del fenómeno

Logos del alma

En la numerología usada por Jung, el numero 4 es femenino y corresponde a la totalidad, el cuatro representa un proceso completo, una totalidad. El uno, en cambio, como unidad que aun no se despliega, se encuentra contenido en sí mismo a la espera de su desarrollo. El 1 y el 4 son dos facetas de un mismo proceso lógico, y podríamos pensarlos como una metáfora del hecho de que cualquier fenómeno que se exprese debe estar ya acabado, solo puede ser porque su totalidad ya está en si, aunque no para si, y en esta anticipación la búsqueda que se emprende inicia una vez alcanzada la meta. Hay diversas imágenes que hablan sobre este fenómeno, por ejemplo la del soñador que un día sueña con un tesoro en una tierra lejana y al llegar a ella y sufrir tormentos se da cuenta de que el tesoro siempre estuvo en su propia casa; o la de la búsqueda del Simurg, en donde los pájaros se reconocen en el objeto de su búsqueda. Este tipo de historias que son interpretadas de forma clásica como un movimiento de re-conocimiento iniciático tienen la desventaja de presentar estadios o momentos separados unos de otros, cuando realmente dichos momentos suceden al mismo tiempo, es la imagen quien los separa para poder observarlos.

Así, Jesus y Adan son dos momentos gemelos, y si seguimos algunas consideraciones teológicas podemos decir que Jesus precede a Adan, pero no solo por la hipóstasis de la trinidad, sino porque realmente Jesus se concibe a sí mismo, pues él representa al espíritu que se auto-contiene, que se niega a sí mismo con tal de generarse. Las generaciones que preceden a Cristo hablan de su propio despliegue, y del hecho de que Jesus preexiste a su encarnación como absoluta negatividad.

El negocio de la psicoterapia hegemónica

Logos del alma

La escena contemporánea se ha consagrado a un nuevo rito de purificación, en él, la psicoterapia aparece como un ministerio disciplinado, perfectamente ajustado al espíritu de su época. Sus oficiantes repiten fórmulas que han aprendido a nombrar como vías de salvación, y bajo ese nombre ofrecen al alma moderna un resguardo hecho de etiquetas y diagnósticos. En el centro de ese gesto piadoso late la obediencia ciega a una lógica que convierte toda interioridad en mercancía. Sin advertirlo, la palabra terapéutica se deja capturar por la maquinaria que la sostiene, hasta volverse un engranaje más de ese orden que pule a los hombres para volverlos intercambiables, listos para circular como productos cuya identidad se mide por su capacidad de producción.

En todos los rincones del lenguaje cultural se escucha este murmullo uniforme. Habla de crecimiento, de autoconocimiento, de resiliencia, de una educación emocional que promete suavizar las aristas de la vida. Es un vocabulario que infla al sujeto y lo vuelve adaptable, continuamente perfectible. Bajo la apariencia de una individualidad exaltada, la figura humana se vuelve un objeto dócil, siempre disponible para ser reconfigurado. Incluso el cuidado personal (último reducto de lo íntimo) se ofrece como una inversión especulativa donde se administra el alma como se administra un portafolio. Así, el rostro singular se evapora bajo el brillo de una superficie diseñada para el intercambio.

En nombre de la curación, la psicoterapia se ha vuelto un dispositivo de adiestramiento. No acompaña la forma que yace en el fondo de cada existencia, sino que modela al individuo según la silueta prescrita por los anuncios que gobiernan la vida. Se espera de él que sea una versión afinada de sí mismo, maleable, dócil, eficiente. Curarse significa extirpar el resto oscuro de la experiencia, esa zona que no produce y que no se ajusta a la balanza del rendimiento. Lo que no es útil, la parte maldita, se excluye de la consciencia y hasta lo que se desborda se reprime como si el alma no fuera, precisamente, ese desbordamiento que ninguna utilidad puede domesticar.

En esa liturgia moderna, el fracaso carece de lugar. La herida, el error, lo patológico (que siempre han sido el modo en que la vida habla desde su hondura) se vuelven residuos que hay que expulsar del horizonte. Se construye entonces una épica luminosa de seres felices, libres, sanos, perfectamente calibrados para sostener sin queja el mandato del gozo perpetuo. Pero bajo esta luz artificial, el alma queda desterrada. Su sombra, su contradicción, su espesor trágico son tratados como anomalías que deben ser corregidas o eliminadas. La existencia queda reducida a una línea ascendente, al trabajo incesante de fabricar una emoción acorde al ideal impuesto, como si la vida no fuera, en su esencia, un territorio indomable.

Y sin embargo, debajo del ideal de salud, la sombra se mueve y atraviesa la superficie domesticada y recuerda que la vida no obedece a ningún diseño moral. Allí, donde el sistema estipula la continuidad, una grieta emerge; donde se exige progreso, surge la dimensión del síntoma. Es la irrupción de lo que el discurso terapéutico intenta expulsar, una presencia antigua, innombrable, que insiste en aparecer bajo la forma de síntomas, quiebres, pérdidas o cansancios que no responden a ninguna técnica de reparación. Esa zona, que la época interpreta como falla, es en realidad el modo en que el alma preserva su derecho a hablar cuando todo a su alrededor exige silencio.

Mientras tanto, la psicoterapia, atrapada en esta red de significados ya no emancipa a nadie. No abre la vía de una necesidad interior, sino que acomoda a cada sujeto en la maquinaria que lo produce. Lo convence de una meta prefabricada y lo instruye para perseguirla con eficacia. Lo certifica, finalmente, como un trabajador de sí mismo, entrenado para habitar su rol con disciplina y sin cuestionar la estructura que lo sostiene. Bajo el nombre de crítica, ofrece un margen mínimo de disidencia que no altera nada; una suave variación dentro del mismo programa que promete libertad mientras la niega. Así, la psicoterapia se convierte en parte de la enfermedad que dice curar, un circuito cerrado en el que la herida es devuelta al sistema como si fuera un valor agregable.

En esta escena, lo anímico permanece ausente, porque su naturaleza no puede ser capturada por la economía del bienestar y de la Gran Salud. El alma es lo incierto, lo que no se ajusta, lo que irrumpe sin aviso. Es la sombra que ningún discurso mercantil puede administrar. Y, sin embargo, es allí donde todavía respira lo verdaderamente humano. Allí donde la falla no es un defecto sino una forma de aparición y la tragedia el modo en que el mundo se presenta en su verdad. Frente a esta intemperie, la psicoterapia moderna (con su sonrisa higiénica, su promesa de equilibrio, su culto al rendimiento emocional) es solo un refugio precario, un negocio perfecto en el que la cura no toca jamás el fondo de la vida, y donde la herida, lejos de ser escuchada, es empujada al silencio que conviene al mercado.