El suicidio y el alma. I. Suicidio y análisis. 2. Prevención del suicidio.

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 24 – 37

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

2. Prevención del suicidio:
Los puntos de vista de la sociología, el derecho, la teología y la medicina 

Una investigación debería comenzar en los campos que más tienen que ver con el suicidio. Allí se puede esperar ayuda para formarse una opinión. Sin embargo, hay que evitar los viejos argumentos a favor y en contra del suicidio y su justificación. Por interesantes que puedan ser, no conducen a un terreno nuevo. Una investigación analítica se diferencia de las demás en que no pretende condenar el suicidio ni aprobarlo, ni siquiera juzgarlo en modo alguno, sino simplemente comprenderlo como un hecho de la realidad psicológica. ¿Cómo ven los demás esta realidad? Es más, una investigación psicológica también debe preguntarse: ¿por qué los demás ven esta realidad de esta u otra manera? Para obtener ayuda a la hora de conformar la propia actitud, hay que investigar qué ha conformado las actitudes de los demás. Y así, la investigación debe comenzar con las raíces de los argumentos suicidas como actitudes psicológicas derivadas de modelos fundamentales de pensamiento que operan en los campos en los que más se discute el suicidio.

Todos nosotros, sea cual sea nuestra vocación, trabajamos a partir de ciertas metáforas raíz. Estos modelos de pensamiento subyacen y rigen nuestra forma de ver los problemas que nos plantean nuestras profesiones. Estas metáforas no son tanto filosofías conscientes cuidadosamente elaboradas como actitudes semiconscientes arraigadas en la estructura de la propia psique. El estudio de las metáforas raíz forma parte de la historia de las ideas. Gracias a las investigaciones de Jung sobre la naturaleza arquetípica de estos modelos fundamentales de ver el mundo, la historia de las ideas se está volviendo más empírica y psicológica, más relevante para la vida real, porque estos mismos modelos de pensamiento operan a través del inconsciente en las actitudes de todo el mundo.

Las metáforas raíz no son algo que podamos coger y desechar a voluntad. Son tradicionales, se transmiten a través de la propia profesión, de modo que cuando asumimos una tarea profesional entramos en un papel arquetípico. Cuando la tradición está viva, su trasfondo arquetípico arrastra a quienes están relacionados con ella. Es más poderosa en muchos aspectos que el individuo, contribuyendo a la eficacia de los esfuerzos profesionales de éste.

Pensemos, por ejemplo, en el sociólogo. La metáfora raíz, que rige sus actitudes y a la que otorga su lealtad, es la Sociedad. Para él, la sociedad es una realidad viva. Le proporciona una forma de comprenderse a sí mismo; le ofrece un modelo de pensamiento del que puede deducir hipótesis, y un campo de hechos donde las hipótesis pueden ser probadas y aplicadas. Los nuevos hechos se relacionarán primero con este modelo, y cuanto mejor puedan ser asumidos por él, más eficaz será el sociólogo.

Émile Durkheim, que puede considerarse el fundador de la sociología moderna, escribió una importante obra sobre el suicidio. Fue el primer estudio exhaustivo desde el punto de vista sociológico, y en ninguna parte se puede encontrar expuesta con mayor claridad la visión del sociólogo sobre el suicidio. A partir de las estadísticas del suicidio, incluso las más crudas del siglo pasado, se puede esperar un número determinado de suicidios en un año dado, y se pueden predecir además los tipos, la edad y el sexo de los suicidas. El sociólogo sabe que el próximo año en Estados Unidos se producirán al menos dieciocho mil suicidios, de los cuales una cierta proporción tendrá lugar en las ciudades, una cierta proporción será de madres jóvenes, una cierta proporción será por ahogamiento, etc. 

Estas cifras son tan fiables en general que el suicidio es un fenómeno sociológico establecido, un hecho independientemente válido, año tras año, grupo por grupo, región por región. Es uno de los hechos sociales básicos y (por lo tanto, para la sociología) no puede explicarse estudiando a los individuos de este año o del siguiente que casualmente forman el cociente esperado. El suicidio es una tendencia colectiva del cuerpo social con existencia propia, que se manifiesta cobrándose anualmente un cierto número de víctimas.

Cumpliendo ciertas condiciones, un individuo se convierte en suicida y luego realiza el intento. Estas condiciones han sido cuidadosamente analizadas por Durkheim y los sociólogos desde su época. Cualquier persona puede convertirse en suicida siempre que entre en estas condiciones sociales particulares que forman una variable estable dentro de cada sociedad. Durkheim: «Las causas de la muerte están fuera y no dentro de nosotros, y sólo son efectivas si nos aventuramos en su esfera de actividad.»

Dado que el individuo está inmerso en la tendencia suicida de un grupo debido a la cual se produce el suicidio, el acto como tal no puede ser moral ni inmoral. No se trata de una elección personal. El suicidio es más bien un problema sociológico, que nos dice algo sobre la condición de una sociedad. Para la sociología, esta condición es siempre negativa. El suicidio representa una relajación de la estructura social, un debilitamiento de los lazos del grupo, una desintegración. Por tanto, ataca la metáfora fundamental de la propia sociología. Como enemigo abierto de la sociedad, hay que oponerse a él y prevenirlo. La sociología se ocupa ardientemente del problema de la prevención, y Durkheim hizo aquí muchas recomendaciones influyentes. El objetivo principal es devolver al individuo a un grupo del que se ha alejado por divorcio o viudez, éxito o fracaso, etc., ya que es el movimiento hacia el aislamiento individual lo que conduce a la tendencia suicida. La prevención del suicidio para la sociología significa el refuerzo del grupo, lo que por supuesto refuerza la metáfora raíz de la propia sociología. Cada vez está más claro por qué a los sociólogos les preocupa tanto el suicidio. También se hace evidente que no es el suicidio la tendencia fundamental que hay que prevenir, sino la influencia desintegradora de la individualidad.

Si la prevención del suicidio se funde con la prevención de la individualidad, un analista difícilmente puede recurrir a la sociología para encontrar su punto de vista. El analista lee los movimientos hacia el aislamiento, la individualidad y el aflojamiento de los lazos con la colectividad desde otra perspectiva. 

Volviendo al punto de vista legal sobre el suicidio, lo encontramos declarado criminal por tres de las grandes tradiciones sobre las que se asienta la justicia occidental: El derecho romano, el derecho eclesiástico y el derecho inglés. En 1809, Blackstone afirmó en la decimoquinta edición de sus Comentarios que, dado que el suicidio es contrario a Dios y al Rey, «la ley lo ha clasificado, por tanto, entre los crímenes más graves».

La prevención del suicidio vuelve a ser el principal objetivo. Blackstone sugiere una forma de contrarrestar el suicidio femenino que al mismo tiempo beneficiaría el estudio de la anatomía. Considera una «ley sabia» que el juez de instrucción entregue el cadáver para que «sea destrozado por el cuchillo del cirujano y expuesto a la vista del público». John Wesley, el primer reformador metodista, tenía una inclinación imaginativa similar. En 1790 también propuso que los cuerpos desnudos de las suicidas fueran arrastrados por las calles. La profanación del cadáver era una forma antigua de mostrar lo atroz del crimen. Hasta 1870 la disuasión contra el suicidio en la legislación inglesa se dirigía principalmente contra la propiedad física del fallecido más que contra el cuerpo físico. Los bienes de quienes se suicidaban estando en su sano juicio se declaraban confiscados a favor de la corona. Hasta 1961 la ley inglesa seguía manteniendo que la herencia del fallecido podía ser penalizada; el seguro de vida no se pagaba al beneficiario a menos que se estipulara previamente. Hoy en día, un encubridor del hecho, como el superviviente de un pacto de suicidio, puede ser considerado en muchos países cómplice de un delito. En algunos estados de Estados Unidos, el intento de suicidio sigue siendo un acto delictivo.

Como la sociología defiende la sociedad, el derecho defiende la justicia. Los principios de la justicia pueden derivarse de tres relaciones: el hombre con Dios, el hombre con sus semejantes y el hombre consigo mismo. La separación de la Iglesia y el Estado y la secularización del Derecho han eliminado en gran medida el primer tipo de justicia del Derecho contemporáneo. La justicia del segundo tipo se refiere a la preservación del contrato social. La familia, las instituciones del Estado, los contratos entre las personas, los deberes y derechos de los ciudadanos, la propiedad de los bienes, todo ello requiere una estabilidad garantizada por la ley. La ley garantiza esta estabilidad tejiendo la continuidad en su tejido, previendo transiciones suaves y eventualidades futuras. La muerte súbita desgarra el tejido, que el jurista cose entonces con hilos procedentes de muchos lugares: derechos de sucesión y titularidad, cláusulas de defunción, testamentos, estructura del impuesto de sucesiones y similares. Las disposiciones relativas a un «caso fortuito» se incluyen en los documentos jurídicos, mientras que la muerte es una eventualidad prevista como «fuerza mayor». Pero esa muerte, aunque repentina, es exógena. Como dice Durkheim: «Las causas de la muerte están más fuera que dentro de nosotros…». La ley sólo parece tener conocimiento de un deus ex machina que actúa desde el exterior. La muerte por suicidio, al originarse en la propia persona, no es ni «fuerza mayor» ni «acto de Dios», sino una derogación unilateral del contrato. Al desgarrar voluntariamente el tejido, rompe la ley.

El tercer tipo de justicia -la relación del hombre consigo mismo- nunca ha sido competencia de la ley propiamente dicha, salvo para proteger al individuo de la pérdida de sus derechos a esta relación consigo mismo por invasiones de otros.

Las garantías de la libertad personal permiten que el hombre tenga justicia interna, pero no describen su naturaleza. Las descripciones de cómo un hombre debe o no debe rendir culto, pensar, hablar, se han considerado incluso infracciones de su justicia interna. Para gran parte del derecho continental, el suicidio parecería pertenecer a los derechos no expresados del hombre. Pero para los tres grandes pilares del derecho occidental, el suicidio no se juzgaba en términos de la relación del hombre consigo mismo. Se juzgaba desde fuera, como si el hombre perteneciera en primer lugar a Dios y al Rey y en último lugar a sí mismo. Una vez más, se nos dice que el hombre no puede servir tanto a su propia individualidad como a su Dios y a la sociedad.

Cuando la ley no reconoce el suicidio como un derecho que hay que proteger, como protege las libertades y las posesiones, ¿no permite que otros atenten contra la relación de uno consigo mismo? ¿No se nos impide entonces desde fuera seguir lo que podemos concebir como nuestro destino? ¿No se nos ordena vivir por ley?

La interferencia con la justicia interna en nombre de la justicia interpersonal o social ha sido realmente grave. La tradición jurídica en Inglaterra ha sostenido que, de todos los tipos de homicidio, sólo el suicidio carecía de justificación o excusa. El suicidio (hasta 1961) siempre se ha considerado un delito grave, un acto de asesinato; mientras que la legítima defensa, la ejecución de la justicia pública y la prevención de un acto delictivo son formas de homicidio justificable. La desgracia, el azar, la resistencia a una detención ilegal y la protección (contra una violación, por ejemplo) son formas de homicidio excusable. En otras palabras, la tradición jurídica ha sido: podemos matar a otros de muchas maneras y por muchos motivos sin infringir la ley. Pero en ninguna circunstancia podríamos justificar o excusar que nos matáramos a nosotros mismos. El argumento dice que no puedo ser «mi propio verdugo». En algunas circunstancias puedo matar a otros con la sanción de la justicia pública, pero sólo la justicia pública puede permitir que un ciudadano salga de su dominio.

La ley no ha establecido un tribunal que decida sobre las peticiones de suicidio, por lo que no hay forma de salirse del contrato social yendo a la muerte intencionadamente, salvo infringiendo la ley. El hombre que se suicidó era culpable y nunca pudo demostrar su inocencia. Un analista que acepte el punto de vista jurídico tradicional nunca podrá justificar un suicidio.

La ley dejó una laguna: la demencia. Al eliminar la aplicabilidad del segundo tipo de justicia, la ley deja espacio para el tercero. Al considerar que un hombre ya no es competente para regirse por las normas del contrato social basado en la razón, su muerte ya no desgarra el tejido. Ya no está entretejido en la estructura legal; su palabra y sus actos están fuera del marco. Para la sociedad racional, en cierto sentido ya ha muerto.

Esto significa, en el peor de los casos, que la justicia se lleva a cabo mediante la difamación del carácter. Para salvarse de ser declarado asesino, uno se definía como lunático. La frase era: «Mientras el equilibrio de su mente estaba perturbado». En consecuencia, el suicidio «cuerdo» se silenciaba o se disfrazaba de accidente.

¿Es ésta también la salida del analista? Difícilmente, ya que su tarea es encontrar la cordura y comprender la razón en los actos de cada individuo. Coincidir con esta opinión legal sería enredar todas las diferencias y declarar como locura cada suicidio, no importa cómo aparezca cada uno desde dentro.

En la búsqueda de la metáfora raíz que sustenta los mandamientos sobre el suicidio y la prevención del suicidio por parte de la ley y la sociedad, debemos recurrir a la Biblia. La ley religiosa precede a la ley secular, y el mandamiento «No matarás» sirve de base tanto para los puntos de vista jurídicos como teológicos.

San Agustín, en su Ciudad de Dios, examina este mandamiento en relación con los suicidios de Judas y Lucrecia (la mujer romana que se suicidó en aras de su casto honor). Agustín interpreta el mandamiento con rigor. Significa simplemente lo que dice; no puede modificarse suponiendo que Dios dijo a Moisés: «No matarás a otros». El suicidio es una forma de homicidio, tal como sostenía la ley. Y al igual que puede decirse que la ley nos ordena vivir, la teología nos ordena vivir.

Para ser coherentes con la interpretación de Agustín, el pacifismo y el vegetarianismo también deberían ser dogmas del cristianismo. Pero la teología, como la ley, sanciona algunos tipos de matanza, favoreciéndolos frente al suicidio. Por ejemplo, el mandamiento «No matarás» no se aplica a las ejecuciones, al sacrificio de animales ni a la guerra. Sin embargo, quitarse la vida es categóricamente un pecado, y un suicidio sui compotes (en posesión de uno mismo) está privado de sepultura eclesiástica en la Iglesia romana. Pero no sólo la Iglesia romana; el protestantismo fundamental, representado por el Consejo Americano de Iglesias Cristianas, aprobó una resolución condenando la posición anglicana favorable a la derogación de las leyes británicas sobre el suicidio (1961):

La muerte por suicidio acaba con toda oportunidad de arrepentimiento. Dios Todopoderoso creó la vida. Es Suya. El asesinato, incluido el suicidio, es una transgresión de Su ley.

¿Por qué la teología teme el suicidio por encima de otras formas de matar? ¿Por qué se ejercita tanto la teología?

El punto de vista teológico surge de la idea de la Creación. «Dios Todopoderoso creó la vida. Es suya». No somos nuestros propios creadores. El sexto mandamiento se deriva del primero y del segundo, que sitúan a Dios en primer lugar. No podemos quitarnos la vida porque no es nuestra. Forman parte de la creación de Dios, y nosotros somos sus criaturas. Al elegir la muerte, uno rechaza el mundo de Dios y niega su condición de criatura. Al decidir uno mismo cuándo ha llegado el momento de dejar atrás la vida, exhibe la monstruosidad del orgullo. Uno se ha colocado en el tribunal donde sólo Dios puede reinar sobre la vida y la muerte. El suicidio es, por tanto, el acto de rebelión y apostasía de los teólogos, porque niega el fundamento mismo de la teología. Veámoslo.

La teología es el estudio de Dios, y el experto en este estudio es el teólogo. La palabra de la teología sobre Dios y la religión tiene autoridad. Cuando tú o yo nos planteamos tomar nuestras vidas, escuchando a Dios a nuestra manera, ya no seguimos a la autoridad. Nos erigimos en teólogos. Estudiamos a Dios de forma independiente. Esto bien puede conducir a engaños religiosos y a la anarquía teológica, con cada hombre teniendo su propio Dios, su propia secta, su propia teología. Sin embargo, ¿de qué otra forma puede cada uno encontrar al Dios inmanente, o experimentar la noción teológica de que el alma humana es el templo de Dios en su interior? El libro del Eclesiastés afirma que hay un tiempo para morir. Si Dios conoce este tiempo, ¿cómo se le dice al hombre? La teología nos haría creer que Dios sólo puede hablar a través de los acontecimientos de la fortuna, porque la muerte sólo puede venir de fuera. Una vez más, al igual que con la sociología y el derecho, la muerte debe ser exógena, visitada sobre nosotros a través del mundo: enemigo, accidente o enfermedad. No la llevamos dentro; no reside en el alma.

Pero, ¿no puede Dios hablar a través del alma o instar a una acción a través de nuestra propia mano? ¿No es una arrogancia por parte de la teología poner límites a la omnipotencia de Dios que la muerte deba llegar siempre de formas que no amenacen la metáfora de la raíz teológica? Porque no es Dios ni la religión lo que el suicidio niega, sino las pretensiones de la teología sobre la muerte y la forma en que debe entrar. El suicidio sirve de aviso a la teología mostrando que uno no teme sus antiguas armas: el más allá y el juicio final. Pero de ello no se sigue que el suicidio, por ser antiteológico, deba ser impío o irreligioso. ¿No puede ser también el suicidio provocado desde dentro una forma de que Dios anuncie la hora de morir? Como escribe David Hume en su breve ensayo «Sobre el suicidio»:

Cuando caigo sobre mi propia espada, por lo tanto, recibo mi muerte igualmente de manos de la Deidad como si hubiera procedido de un león, un precipicio o una fiebre.

El pensamiento rabínico, y también el precedente de Santa Apolonia en la Iglesia romana, muestran el camino hacia una justificación religiosa del suicidio. Entre los primeros mártires había una, Apolonia (m. 249), que se arrojó a las llamas y fue santificada porque su muerte fue por Dios. Esto contradecía a la multitud de mártires cristianos que, aunque iban intencionadamente al matadero, nunca levantaron sus propias manos contra sí mismos. El suicidio como martirio fue siempre la posición judía. En lugar de realizar bajo coacción las abominaciones de los tres pecados más grandes – idolatría, incesto y asesinato – se justifica el suicidio. Se convierte en una forma de martirio como sacrificio para la santificación de Dios. En otras palabras, incluso la teología puede justificar el suicidio cuando el acto está relacionado con Dios y tiene carácter religioso. Sin embargo, sólo el dogma teológico puede decidir lo que es o no es para la santificación de Dios. Así, el dogma determina la descripción de un acto religioso.

Decidir si un acto es meramente un pecado teológico o verdaderamente irreligioso no depende del dogma, sino de la evidencia del alma. El dogma ya ha emitido su juicio. Puesto que Dios no se limita sólo a los dogmas de las teologías, sino que puede revelarse, y de hecho se revela, también a través del alma, es al alma a la que hay que buscar la justificación de un suicidio. En otras palabras, el analista no puede esperar ayuda del teólogo, sino que se ve obligado a afrontar el problema en su propio terreno.

Por último, hablemos de la medicina y del médico. La principal precaución del médico es primum nihil nocere por encima de todo, no dañar nada. Sus tareas son prevenir la enfermedad; tratar, curar y sanar cuando sea posible; consolar siempre; reparar y animar; aliviar el dolor; descubrir y combatir la enfermedad; todo ello con el fin de promover el bienestar físico, es decir, la vida. Hay que oponerse a todo lo que vaya en contra de estos objetivos, porque pone en peligro la metáfora fundamental: promover la vida. Cuando estos objetivos entran en conflicto entre sí, como por ejemplo cuando reparar puede inducir dolor, o dañar curar, o el consuelo de la morfina inducir enfermedad, se establece una jerarquía de objetivos. Pero siempre en primer lugar en esta jerarquía está la promoción de la vida.

La medida del éxito de un tratamiento médico, es decir, si se está produciendo o no el fomento de la vida, se juzga por el comportamiento físico. El médico se basa principalmente en estándares cuantitativos de actividad, como el pulso, la temperatura, el metabolismo basal, el recuento sanguíneo y la presión, así como en refinados análisis de secreción y rendimiento. Para la medicina el fomento de la vida es la vida orgánica, la vida del cuerpo. Interpreta su regla, primum nihil nocere, en términos del cuerpo, preguntándose si sus acciones ayudan o perjudican la vida física. El efecto de un tratamiento sobre la psique no es su principal preocupación en la jerarquía de objetivos.

Por lo tanto, en nombre de este fin – promover la vida – el médico puede estar justificado para utilizar cualquier medio para evitar que un paciente se quite la vida. En realidad, al médico no le concierne si las medidas empleadas para capturar, calmar, aislar y hacer accesible para entrevista a una persona empeñada en autodestruirse destruyen aspectos de ese yo que el médico intenta ayudar. El propio modelo médico respalda la norma estándar: cualquier indicio de suicidio, cualquier amenaza de muerte, exige la acción inmediata de cerrojos y fármacos y un tratamiento de vigilancia constante habitualmente reservado a los delincuentes.

No se espera que el médico moderno se preocupe por el alma de su paciente, excepto cuando la psique del paciente interfiere con la salud física. Los remedios psicológicos no se recomiendan como fines en sí mismos, sino como medios al servicio de la idea que tiene el médico del buen funcionamiento fisiológico. Él reduciría al mínimo la interferencia de la psique en el buen funcionamiento de un sistema fisiológico sano. El médico estaría de acuerdo en que este bienestar fisiológico tiene como objetivo final la base sólida para el bienestar general – cultural, social, psicológico. Pero su atención sigue centrada en la promoción inmediata de la vida y, como buen jardinero, presta atención a las condiciones materiales a partir de las cuales puede florecer el crecimiento psíquico.

Su tarea no consiste en este crecimiento psíquico, ni en evaluar sus acciones en términos de la psique. Su medida del éxito depende totalmente de la medición de las funciones corporales. Nada puede medirse si no se cuantifica. La representación de la medida médica, la que resume los mayores logros de la medicina en la promoción de la vida, es la curva de esperanza de vida. Promover la vida ha llegado a significar prolongar la vida. Cuando un paciente «mejora», significa que «vive más». La mejora es cuantitativa, y la medicina se deja llevar por la ecuación: buena vida = más vida.

Pero la vida sólo puede prolongarse a costa de la muerte. Por lo tanto, promover la vida también significa posponer la muerte. La muerte, como única condición para la que la medicina no tiene cura, es el archienemigo de toda la estructura. El suicidio, que pone fin a la vida médica del paciente, se convierte entonces en la principal condición a combatir. Al servir a la vida del paciente, el médico tiende ahora a servir sólo a un aspecto de ella: su duración. Incluso su comodidad sirve en última instancia a este fin, porque el médico está obligado a aplazar la muerte con todas las armas que pueda. Sin embargo, la vida más sana del mejor cuerpo avanza cada día hacia su muerte.

Con esta interpretación de su tarea de promover la vida, con este relativo desinterés por los efectos psicológicos de su acción, ¿cómo puede el médico abordar objetivamente el problema del suicidio? Su obligación para con su profesión le tiene tan apegado a un dogma como a cualquier teólogo que defiende los artículos de su fe. Su metáfora raíz, tal como se interpreta hoy en día, no le permite otra alternativa que defender la continuación de la vida física a toda costa. El suicidio acorta la vida; por tanto, no puede promover la vida. El médico no puede acompañar al paciente en la exploración de la muerte. En cualquier momento, el riesgo de su realidad puede obligarle a retroceder. La metáfora de la raíz médica compromete al médico con un punto de vista significativo y noble, pero sus límites se alcanzan cuando se enfrenta a la investigación del suicidio. El suicidio significa la muerte, el archienemigo. El suicidio está prejuzgado por el modelo médico de pensamiento. Sólo puede entenderse médicamente como un síntoma, una aberración, una alienación, que debe abordarse desde el punto de vista de la prevención. Los modelos desde los que los cuatro campos más relacionados con el suicidio consideran el problema no son de ninguna ayuda para el analista. Todos ellos prejuzgan el suicidio, en parte porque el suicidio amenaza las metáforas fundamentales sobre las que se asientan. Por lo tanto, todos tienen ciertos rasgos en común. Su principal preocupación es la prevención del suicidio porque sus modelos están teñidos de pavor a la muerte. Este temor se debe a que no encuentran un lugar adecuado para la muerte en sus modelos de pensamiento actuales. Conciben la muerte como algo exógeno a la vida, no como algo alojado en el alma, no como una posibilidad y una elección continuas. Al admitir esto, estarían admitiendo el suicidio, amenazando así sus propios fundamentos. Ni la Sociedad, ni el Derecho, ni la Iglesia, ni la Vida estarían entonces a salvo.

Desde los puntos de vista de la sociología, el derecho, la teología y la medicina, la prevención del suicidio es un objetivo legítimo. Puede que sea correcto y necesario en todos los aspectos excepto en uno: hacer frente al riesgo de suicidio en esos comparativamente pocos individuos en la práctica analítica. La línea tradicional es defendible y ciertamente muy antigua; sin embargo, merece ser examinada desde un punto de vista totalmente ajeno a los propios campos. Algunos pensadores lo han hecho, en particular Donne, Hume, Voltaire, Schopenhauer, pero no son suficientemente modernos. Les ha faltado el punto de vista psicológico que tomaría por objetivo las metáforas raíz de estos campos mismos en lugar de discutir sobre sus ideas del suicidio derivadas de estas metáforas. En otras palabras, ¿es el suicidio incompatible con el propio modelo? Si es así, entonces la prevención del suicidio no es más que una forma encubierta del prejuicio suicida, que a su vez se basa en un pavor fundamental a la muerte. Si la prevención del suicidio es un prejuicio y un analista se opone a ella basándose en que no conduce a comprender el suicidio como un hecho psicológico, esto no implica en absoluto que uno esté por tanto «a favor del suicidio». Una vez más, no se trata de estar a favor o en contra del suicidio, sino de lo que significa en el psiquismo.

Por lo tanto, nuestra tarea es otra: elaborar el punto de vista analítico. Basta concluir aquí que el analista no puede tomar prestado su enfoque de sus colegas, quienes, si bien pueden apoyarse mutuamente, no ofrecen ningún apoyo a un analista inquieto que se enfrenta a la posibilidad del suicidio en su trabajo cotidiano.

El punto de vista analítico tendrá que surgir independientemente de estos cuatro campos, porque el suicidio muestra esta independencia de la psique con respecto a la sociedad; el derecho, la teología; e incluso con respecto a la vida del cuerpo. El suicidio es una amenaza para ellos no sólo porque no presta atención a las advertencias de sus tradiciones y se opone a sus metáforas fundamentales, sino en gran medida porque afirma radicalmente la realidad independiente del alma.

El suicidio y el alma. I. Suicidio y análisis. 1. El problema

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 13 – 23

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

1. El problema

Las cosas naturales para la especie no siempre lo son para el individuo.

– John Donne, Biathanatos, A declaration of that Paradoxe or thesis, that Self-homicide is not so Naturally Sine, that it may never be otherwise

Sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Todo lo demás… viene después. Son juegos; primero hay que responder.

– Albert Camus, El mito de Sísifo

A pesar de las apariencias, el establecimiento del orden y la disolución de lo establecido escapan en el fondo al control humano. El secreto es que sólo lo que puede destruirse a sí mismo está verdaderamente vivo.

– C. G. Jung, Psicología y Alquimia

¿No nos corresponde confesar que en nuestra actitud civilizada hacia la muerte estamos una vez más viviendo psicológicamente por encima de nuestras posibilidades, y que debemos reformarnos y dar a la verdad lo que le corresponde? ¿No sería mejor dar a la muerte el lugar que le corresponde en la actualidad y en nuestros pensamientos, y dar un poco más de prominencia a esa actitud inconsciente hacia la muerte, que hasta ahora hemos suprimido con tanto cuidado… Si vis vitam, para mortem. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.

– Sigmund Freud, Pensamientos sobre la guerra y la muerte

Oh construye tu barco de la muerte, oh constrúyelo a tiempo y constrúyelo con amor, y ponlo entre las manos de tu alma.

– D. H. Lawrence, «Barco de la Muerte»

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El problema 

CUALQUIER consideración cuidadosa de la vida conlleva reflexiones sobre la muerte y la confrontación con la realidad significa enfrentarse a la mortalidad. Nunca llegaremos a comprender plenamente la vida hasta que estemos dispuestos a luchar con la muerte. No necesitamos postular una pulsión de muerte ni especular sobre la muerte y su lugar en el esquema de las cosas para hacer una simple observación: toda preocupación profunda y compleja, ya sea en uno mismo o con otro, lleva en sí el problema de la muerte. Y el problema de la muerte se plantea más vívidamente en el suicidio. En ningún otro lugar la muerte está tan cerca. Si queremos avanzar hacia el autoconocimiento y la experiencia de la realidad, la indagación sobre el suicidio se convierte en el primer paso.

Porque el análisis es precisamente una consideración tan cuidadosa de la vida, se ocupa de las cuestiones de la muerte. Proporciona la situación humana intensa para centrar las cuestiones esenciales, convirtiéndose así en un paradigma de la vida. Todo se desnuda dentro de una pequeña habitación, entre dos personas, en secreto y en el vacío. Los temas siniestros tienen cabida porque el análisis es una actividad más de la mano izquierda que de la derecha. Se ocupa de tabúes y se inscribe en un tabú propio. El objetivo de la adaptación al orden social es de la mano derecha, del asesoramiento consciente. Pero el análisis incluye también la izquierda. Revela al hombre inferior allí donde es torpe y siniestro, y donde el suicidio es un asunto real. El análisis da a la mano izquierda la oportunidad de vivir conscientemente su propia vida sin que la mano derecha, sentada para juzgar, sepa lo que está haciendo. La mano derecha nunca puede conocer a la izquierda, sólo interpretar y transponer.

Por lo tanto, al abordar la cuestión del suicidio a través del análisis, tenemos una posibilidad que no nos dan las estadísticas, los estudios de casos ni la literatura de investigación, todos ellos métodos inventados por la mano derecha. Dado que el análisis es la vida en microcosmos, especialmente el lado oscuro, lo que se descubre en él es ampliamente aplicable en otras relaciones personales cercanas en las que la razón no basta. Los descubrimientos pueden trasladarse al problema del suicidio tal y como puede plantearse en cualquier otro momento de la vida. 

Y es en la vida donde surge el suicidio. En contra de la imaginación popular, es más probable que el suicidio se produzca en el hogar que en el manicomio. Le ocurre al famoso del que leemos, o al vecino de al lado, o en la familia… o en uno mismo. Como cualquier giro de la fortuna -amor, tragedia, gloria-, el suicidio sólo es materia para el psiquiatra cuando está distorsionado, sólo cuando forma parte de un síndrome psicótico. En sí mismo, el suicidio no es ni síndrome ni síntoma. Por lo tanto, esta indagación puede no ser especializada, sino que abordará el suicidio en el escenario humano del análisis, es decir, tal como podría aparecer y aparece en el curso normal de cualquier vida.

El suicidio es el problema más alarmante de la vida. ¿Cómo se puede estar preparado para ello? ¿Cómo entenderlo? ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué no se hace? Parece irrevocablemente destructivo, dejando tras de sí culpa y vergüenza y un asombro sin esperanza. Lo mismo ocurre en el análisis. Para el analista, es aún más complejo que la psicosis, la tentación sexual o la violencia física, porque el suicidio representa el epítome de la responsabilidad que carga un analista. Además, es fundamentalmente insoluble porque no es un problema de la vida, sino de la vida y la muerte, lo que conlleva todos los imponderables de la muerte. La consideración del suicidio conlleva también la consideración de las ultimidades. Al descubrir su postura frente a este problema, el analista también estará formando su actitud frente a las cosas primeras o últimas, girando y dando forma al recipiente de su vocación.

Las opiniones de un analista sobre la religión, la educación, la política, el adulterio y el divorcio, incluso sobre las vacaciones, la bebida, el tabaco y la dieta, no deben interferir en su trabajo analítico. Durante su formación tiene en cuenta sus propias creencias, hábitos y ética para que no supongan un obstáculo para la otra persona. Dado que el punto de vista personal no es suficiente para resolver los problemas de la hora analítica, la formación tiene como objetivo aumentar la objetividad. Cuando el suicidio es el problema del momento, cabe esperar que el analista haya alcanzado un punto de vista consciente más allá de sus preocupaciones subjetivas. Pero, ¿cómo desarrolla un analista la objetividad sobre el suicidio?

La objetividad implica franqueza, y la franqueza sobre el suicidio no es fácil de conseguir. La ley lo considera criminal, la religión lo califica de pecado y la sociedad le da la espalda. Durante mucho tiempo se ha tenido la costumbre de silenciarlo o excusarlo con la locura, como si fuera la principal aberración antisocial. La objetividad nos sitúa inmediatamente fuera del colectivo. La apertura al suicidio significa algo más que adoptar una postura individual contra la opinión moral colectiva. Una investigación objetiva en este campo traiciona de algún modo el impulso de la vida misma. La cuestión planteada en esta indagación conduce necesariamente más allá del contacto con la vida. Pero sólo la muerte está más allá del contacto con la vida, de modo que la apertura al suicidio significa ante todo un movimiento hacia la muerte, abiertamente y sin temor.

Es una cuestión práctica. Llega una persona nueva y se le notan marcas en la muñeca. Durante las primeras entrevistas sale a relucir que hubo dos intentos de suicidio hace algunos años, en secreto y casi con éxito. La persona quiere trabajar sólo con usted porque una amiga se la recomendó y no se atreve a confiar en nadie más. Al aceptar a esta persona, aceptas la amenaza de que en la próxima crisis vuelva a intentar suicidarse, pero es tu trabajo mantener una tensión analítica que no rehúya las crisis.

Otro tiene cáncer y sufre dolores cada vez más intensos. Por razones familiares y económicas, considera que debe morir ahora en lugar de sufrir -y hacer sufrir también a su familia- las últimas etapas de su tiempo médicamente previsto. Tampoco quiere morir drogado, aturdido por el dolor y privado de experimentar la muerte. Por su estado de ánimo, sus sueños y sus convicciones religiosas, está seguro de que ha llegado el momento de morir. Ha alcanzado un punto de vista filosófico y no quiere agotar sus fuerzas en argumentos. Busca tu simpatía y guía durante este paso final.

Un joven se salva por los pelos de morir en un accidente de coche. Sueña que vive el problema del suicidio, pero que aún no debe mirarlo porque todavía no es lo bastante fuerte para afrontarlo. Se preocupa porque no puede sentir el impacto del sueño, pero sabe en alguna parte que está en peligro. Quiere resolverlo contigo. Si sigues el sueño y no analizas el problema con él, puede volver a tener un accidente, un sucedáneo de suicidio. Si sigues su preocupación y analizas el problema del suicidio con él puede que no sea capaz de gestionarlo, y el sueño podría hacerse «realidad».

Una cuarta persona recibe extraños mensajes de un idolatrado padre muerto que se suicidó siguiendo una peculiar tradición familiar. Siente que hay una razón de peso para responder a la llamada ancestral; la muerte crece en fascinación. Además, los sueños muestran figuras cojas o moribundas que indican un contenido psicológico que, al entrar en la conciencia, puede paralizar el impulso de vivir, cumpliendo la némesis.

El analista lego -como generalmente se denomina a los analistas no médicos- está solo frente a estas decisiones: no tiene una posición preparada ni una organización social que lo ayude a enfrentar los peligros. Tiene una relación única con la otra persona, una relación que implica una responsabilidad más estrecha por el destino del otro en este momento que la que tiene un marido por su mujer, un hijo por sus padres o unos hermanos entre sí, principalmente porque está al tanto de un modo especial de la mente y el corazón del otro. No sólo sabe lo que otros no saben, sino que la propia situación analítica le coloca en el papel de árbitro del destino. Esta relación única con todas sus complicadas expectativas sobre su destino conjunto se ha denominado transferencia. A través de ella el analista se ve implicado en la vida del otro como nadie más lo está. La transferencia es una liga de los dos en las buenas y en las malas y, a veces, contra todos los demás. Esta liga privada es fundamental para el análisis. Es similar a la relación del abogado con el cliente, del médico con el paciente, del confesor con el penitente. En otras vocaciones, sin embargo, este vínculo de confianza es un accesorio del trabajo, importante, pero -como veremos más adelante- al que hay que renunciar en aquellas exigencias en las que entra en conflicto con los principios fundamentales de esas vocaciones. Pero la transferencia es la raíz del análisis; nunca puede dejarse de lado por otros principios sin romper el vaso terapéutico. Es el símbolo vivo del proceso curativo y expresa las épocas continuamente cambiantes y apasionantes del análisis.

Dado que la transferencia es tan complicada, tan emocional y tan misteriosa, se ha resistido a las explicaciones. El propio término es utilizado de forma diferente por los distintos analistas. Tal vez pueda entenderse mejor comparándolo con el modelo de secreto, silencio y «contra todos los demás» que opera en otras obras profundas del alma: la creación artística, los misterios religiosos, el amor apasionado. Los participantes en la relación única del análisis comparten un misterio común al igual que los amantes, los exploradores, los iniciados, que juntos han sido tocados por la misma experiencia. Los participantes en esta via sinistra son cómplices; el suicidio de uno significa nada menos que la complicidad del otro.

Para el psiquiatra, la situación es diferente. Ha recibido una formación médica, y nos tomaremos el tiempo necesario para analizar los efectos de esta formación a medida que avancemos. A este respecto, podemos decir lo siguiente: el psiquiatra tiene una posición preparada para hacer frente a la amenaza de suicidio. No está solo como el analista, porque no está abierto de la misma manera. Su visión de la transferencia tiene otros fundamentos, que lo llevan a participar en el proceso de curación de manera diferente. Ante todo, sabe de antemano cuál es su tarea en relación con el suicidio: salvar la vida. Dispone de medios para hacerlo inmediatamente, por ejemplo, a través de métodos físicos de tratamiento (shock, inyecciones, pastillas). Tiene autoridad, que varía de un país a otro, para internar al paciente en un manicomio, al menos temporalmente para prevenir el suicidio. Como en el caso del soldado, el policía o el juez, la muerte se produce en el cumplimiento del deber del médico. No se le exigen responsabilidades, salvo perfunctoriamente y en casos inusuales. En caso de error, cuenta con la opinión de un profesional. Para el mundo no es «laico». El respaldo de la profesión y el hecho de que se le considere el mayor especialista en este tipo de cuestiones dan seguridad a sus decisiones y tranquilizan su conciencia.

Además, los errores médicos forman parte del trabajo médico. Hay errores en cirugía, obstetricia, anestesia, errores de diagnóstico y medicación. Nadie exige que la medicina sea perfecta. En la batalla contra la muerte, se espera que el médico luche sin cesar, pero no que gane siempre. En cierta medida, el médico debe acostumbrarse a la muerte de sus pacientes, ya que la muerte física ha sido su compañera diaria desde el comienzo de sus estudios de disección anatómica.

El psiquiatra tiene menos posibilidades de cometer errores dramáticos que el internista o el cirujano. Tiene menos posibilidades de perder a un paciente por muerte, excepto por suicidio. Dado que la muerte es el «error» más claro para el hombre con formación médica, un psiquiatra podría tender a considerar el suicidio como un cirujano considera una operación fallida.

Para un analista, los errores se juzgan desde otro ángulo. Su primera preocupación es siempre la salud del alma y, por lo tanto, sus criterios de juicio se refieren a la vida psicológica, no a la física. Veremos a medida que avancemos que la salud psicológica no tiene por qué revelarse en el desempeño físico externo; por lo tanto, los errores de un analista son más difíciles de descubrir y evaluar. Las cicatrices y los tullidos no se manifiestan de la misma manera. Las expectativas del trabajo analítico también son más complejas que las de la medicina, y las líneas de éxito y fracaso en el análisis son menos claras. Además, como el trabajo analítico es una relación, una relación que requiere el compromiso de la personalidad del analista, éste siempre está implicado en cada acontecimiento. Esta implicación va más allá de la responsabilidad médica por un cargo; es más bien una participación en el otro como si fuera uno mismo. Así, la muerte de su carga es siempre para el analista su propia muerte, su propio suicidio, su propio fracaso. Un analista que se enfrenta una y otra vez con personas suicidas se ve obligado a considerar su propia muerte y dónde está su carencia, porque las personas que acuden a terapia traen al analista sus propios problemas. Esta actitud difiere de la del médico, que no considera que las enfermedades y dolencias que llegan a su consulta le pertenezcan también de alguna manera. La relación única que une al analista con el otro al mismo tiempo impide que cualquier otra persona participe del mismo modo en el caso, de modo que el analista lleva cada muerte en solitario.

Su formación no le ha preparado lo suficiente para ello. Se enfrenta a la muerte sin haber tenido un acceso privilegiado a los muertos y moribundos como el que ha tenido el médico en su formación. El camino del analista hacia ella ha sido psicológico, es decir, a través de la experiencia de la muerte en su propia psique. Su análisis de formación fue una iniciación a la muerte psicológica. Una iniciación, sin embargo, es sólo un comienzo. Un analista sigue siendo lego si, en esta área tan crucial de su trabajo, no se enfrenta a la muerte psicológica con la constancia con la que el médico se enfrenta a la muerte física. Al elaborar su posición ante el suicidio, el analista avanza hacia esta confrontación. Le ayuda a acercarse a la experiencia de la muerte, desarrollando su objetividad y dándole una competencia para afrontarla psicológicamente comparable a la competencia del médico con la muerte física.

Si el psiquiatra fuera también analista, parecería que tenemos la solución ideal: el análisis médico. Por un lado, podría trabajar psicológicamente, entablando una relación única con el paciente; por otro, dispondría del arsenal de la medicina del que echar mano cuando se avecinara el suicidio. Esta es, de hecho, la pauta general hoy en día. (Tanto los analistas médicos como los legos tienden a tener un enfoque psicológico hasta el momento del suicidio, cuando ambos tienden a convertirse en médicos). Apenas habría motivos para seguir con este debate si no fuera por esta cuestión básica: ¿no es el análisis médico, en lugar de una solución ideal, de hecho más problemático que la medicina o el análisis por sí solos?

Los puntos de vista que exigen la medicina y el análisis son difíciles de combinar. ¿Se puede practicar el análisis y mantener el punto de vista de la medicina científica moderna? ¿O se puede aceptar consecuentemente el punto de vista de una psicología profunda que afirma el alma y practicar la medicina ortodoxa? Veremos en capítulos posteriores que el alma y el cuerpo pueden presentar exigencias contrapuestas. Hay momentos en los que las exigencias de la vida requieren que se abandonen los valores del alma. Si uno defiende la vida, como debe hacer el médico, las consideraciones psicológicas deben ocupar un lugar secundario. Ejemplos de esto se encuentran en cualquier asilo donde, para la protección de la vida y la prevención del suicidio, se utiliza todo tipo de insulto psicológico violento para «normalizar» el alma que sufre. De hecho, toda precaución, toda prescripción, todo tratamiento de la medicina moderna tiene un componente antipsicológico, ya sea en forma de tranquilizantes, que evidentemente lo son, o simplemente en forma de vendajes y entablillados, que parecen sólo cuestiones técnicas. El tratamiento del cuerpo no afecta sólo al cuerpo. También se está haciendo algo a la psique, que bien puede ser positivo, pero que seguramente será negativo si se rechazan o ignoran los posibles efectos sobre el alma. Siempre que el tratamiento descuida directamente la experiencia como tal y se apresura a reducirla o superarla, se está haciendo algo contra el alma. Pues la experiencia es el único alimento del alma.

Si uno defiende la vida psicológica, como debe hacer el analista, puede que la vida física tenga que frustrarse y dejarse sin cumplir para satisfacer las demandas del alma, sus apremiantes preocupaciones de redención. Esto parece ir en contra de todo sentido común, de toda práctica médica y de toda filosofía racional de mens sana in corpore sano. Sin embargo, el experimento de la vida arroja continuamente ejemplos en los que el cuerpo sólo es secundario, y todas las neurosis muestran esta prioridad de la psique sobre el soma.

Esta tensión entre cuerpo y alma cristaliza con mayor claridad en el problema del suicidio. Aquí, el cuerpo puede ser destruido por una «mera fantasía». Ninguna otra cuestión nos obliga tan agudamente a enfrentarnos a la realidad de la psique como una realidad igual a la del cuerpo. Y como todo análisis gira sobre el eje de la realidad psíquica, el suicidio se convierte en la experiencia paradigmática de todo análisis, quizá de toda la vida.

Atenea, Ananke y la necesidad de la psicología anormal

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Mythic Figures’, volumen 6.1 de sus Uniform Edition, capítulo 2, pp. 31-74

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ni siquiera un dios puede hacer frente a la Necesidad.
(Platón, Leyes, 818b)

Las «infirmitas» del arquetipo

Fundamental para la psicología profunda y para el alma es la herida, la aflicción, el desorden, la peculiaridad – «psicología anormal» o «psicopatología». La psicología profunda fue llamada a la existencia como un tratamiento para la psicología anormal. La psicología profunda era, y sigue siendo, un logos para el pathos de la psique. Por «psicopatología» entiendo la categoría de acontecimientos psíquicos declarados pública y/o privadamente anormales y que no pueden reprimirse, transformarse o aceptarse del todo. Estos aspectos intolerables se manifiestan paradigmáticamente en el síntoma que, según Freud, es el punto de partida de la psicología profunda.1Pero me gustaría ampliar nuestro concepto de psicopatología introduciendo el término patologizar, con el que me refiero a la capacidad autónoma de la psique para crear enfermedad, morbilidad, desorden, anormalidad y sufrimiento en cualquier aspecto de su comportamiento, y para experimentar e imaginar la vida a través de esta perspectiva deformada y afligida.

En dos largos ensayos2 sobre psicopatología he intentado refutar las negaciones contemporáneas de la misma en diversas ramas de la terapia. El nominalismo de la psiquiatría considera sus términos contingentes, sin relación necesaria con las causas o con las almas de aquellos que exhiben aquello a lo que apuntan los términos. Los reformistas políticos y los existencialistas consideran que el campo en sí es fundamentalmente innecesario, un accidente de las instituciones históricas, sociales o políticas. Las terapias humanistas, trascendentales y orientales asumen la primacía del espíritu, del yo, de la salud, de modo que la psicopatología sólo tiene una realidad ilusoria secundaria. La psicopatología es así contingente, accidental, accesoria: todas niegan la necesidad de la anormalidad.

Los enfoques médicos y religiosos interpretan la psicopatología como algo malo (enfermo o pecador). O bien fisicalizan o bien metafísicamente (moralizan). Buscan la necesidad de la psicología anormal fuera de la psique, ya sea en una teoría del trastorno físico en general (enfermedad) o en una doctrina religiosa relativa al sufrimiento. Ni unos ni otros parten de la psique. Patologizar sigue sin ser una necesidad del alma.

Por el contrario, hemos intentado fundamentar la patologización totalmente dentro de la psique y mostrar su necesidad para la psique. Para ello, hemos fundamentado la patologización en el arquetipo. Luego mostramos que cuando comenzamos con la psique, como en la alquimia, el arte de la memoria y la mitología, encontramos eventos patologizados inherentes a estos sistemas psicológicos. Tanto Freud como Jung se adhieren a esta tercera línea psicológica en sus pensamientos sobre la psicopatología. Desde el principio la relacionaron con imágenes fantásticas y la consideraron mitológicamente.

Partir de la psique significa considerar la patologización como una forma válida de expresión psicológica, como un lenguaje metafórico subyacente, una de las formas en que la psique se presenta legítima y espontáneamente. Para entender este lenguaje, lo situamos en contextos metafóricos similares. Un acontecimiento o imagen obsceno, extraño o afligido en nuestra vida psíquica necesita ser examinado, no en términos de normas derivadas de la «naturaleza» física o de «ideales» metafísicos, sino en términos de la imaginación, donde los brazos marchitos, las cosechas arruinadas, los enanos monstruosos y todo tipo de «distorsión» pertenecen y tienen significado en sí mismos, tal como son. Para entender lo que dice la psicología anormal de un individuo, no podemos recurrir a lo que es «normal». Nuestras normas deben ser como lo que deseamos comprender, normas que en sí mismas están patologizadas.

Aquí tomamos el ejemplo de Jung: «Los dioses se han convertido en enfermedades».3 Jung está indicando que la causa formal de nuestras dolencias y anormalidades son personas míticas; nuestras enfermedades psíquicas no son imaginarias sino imaginales (Corbin). Son, en efecto, enfermedades de la fantasía, el sufrimiento de las fantasías, de realidades míticas, la encarnación de acontecimientos arquetípicos.

Seguir a Jung por este camino es el trabajo principal de la terapia arquetípica. Hemos examinado los mitos y sus implicaciones para la psicología anormal: de Eros y Psique, de Dioniso, de figuras como el puer aeternus, Saturno y senex, el niño, Hades y el Inframundo. En estos diferentes ejemplos vimos que lo patológico es inherente a lo mítico. Nuestra intención más profunda ha sido trasladar la psicopatología, la base de nuestro campo, de un sistema positivista decimonónico de la mente y sus trastornos a una psicopatología no agnóstica y mitológica del arquetipo.

Esencial para el movimiento es el reconocimiento de los dioses como ellos mismos patologizados, las «enfermedades del arquetipo». Sin elaborar lo que le es familiar, creo que el punto principal se hace si reconocemos que los mitos griegos (y los de los celtas o los hindúes,4 los egipcios o los indios americanos) requieren lo extraño, peculiar, extremo – la psicología anormal de los dioses.5

Desde este punto de vista mítico, cada arquetipo tiene sus temas patologizados, y cada acontecimiento patologizado tiene una perspectiva arquetipal. Las normas del mito dan cabida a lo que no encuentra lugar en la psicología académica, la medicina y la religión. Además, la patologización en un mito es necesaria para el mito y no puede ser extirpada sin deformar el mito. Por esta misma razón heurística y terapéutica, la psicología arquetipal vuelve a la mitología.

Las figuras del mito -reñidoras, tramposas, obsesionadas sexualmente, vengadoras, vulnerables, asesinas, desgarradas- demuestran que los dioses no son sólo perfecciones para que todas las normalidades recaigan únicamente sobre los humanos. Los mitos en los que aparecen los dioses están repletos de comportamientos que, desde el punto de vista secular, deben clasificarse como patología criminal, monstruosidad moral o trastornos de la personalidad.

Cuando pensamos mitológicamente sobre la patologización, podríamos decir, como han hecho algunos, que el «mundo de los dioses» es antropomórfico, una proyección imitativa del nuestro, incluidas nuestras patologías. Pero también se podría partir del otro extremo, el mundus imaginalis de los arquetipos (o dioses), y decir que nuestro «mundo secular» es al mismo tiempo mítico, una proyección imitativa del suyo, incluidas sus patologías. Lo que los dioses hacen en el reino imaginal del mito se refleja en nuestra imaginación como fantasía. Nuestras fantasías reflejan las suyas, nuestro comportamiento sólo es mimético al suyo. No podemos imaginar nada ni realizar nada que no esté ya formalmente dado por la imaginación arquetípica de los dioses. Si asumimos que lo necesario es lo que ocurre entre los dioses, es decir, que los mitos describen patrones necesarios, entonces sus patologizaciones son necesarias, y las nuestras son necesarias para la mímesis de las suyas. Puesto que su infirmitas es esencial para su configuración completa, se deduce que nuestra complexión individual requiere nuestras patologizaciones.

Si es así, estamos tan en armonía con el reino arquetípico cuando estamos afligidos como cuando nos encontramos en beatíficos estados de trascendencia. El hombre es tan a imagen de los dioses y las diosas cuando es ridículo, enfurecido o torturado, así como cuando sonríe. Puesto que los propios dioses muestran infirmitas, una vía de la imitatio dei es a través de la enfermedad. Además, es esta infirmitas del arquetipo la que puede ser enfermera de nuestras heridas y extremidades, proporcionando un estilo, una justificación y un sentido a las nuestras.

Lo que les pido que consideren es la idea de la enfermedad en el arquetipo6, que no es lo mismo que el arquetipo de la enfermedad. Este último enfoque de la anormalidad es el de un único arquetipo chivo expiatorio, un principio mórbido como thanatos, un demonio de la enfermedad, un diablo o sombra, que carga con el mal7 para que los demás puedan seguir siendo supremamente ideales. Ese enfoque enuclea el núcleo de patologización intrínseco a cada figura arquetípica y necesario para la forma de ser de esa figura. Mientras que nuestro enfoque intenta comprender la patologización como un componente inherente a cada complejidad arquetípica, que tiene su propia posibilidad ciega, destructiva y mórbida. La muerte es fundamental en cada patrón de ser, aunque los dioses no mueran. Son athnetos, lo que implica que la infirmitas que presentan también es eterna. Cada arquetipo tiene una forma de desembocar en la muerte y, por tanto, tiene su propia profundidad sin fondo, lo que hace que nuestras enfermedades sean fundamentalmente insondables.

Para expresar teológicamente esta infirmitas del arquetipo diríamos que el Pecado Original se explica por el pecado en los Originales. Los humanos estamos hechos a imagen de los dioses, y nuestras anomalías son imagen de las anomalías originales de los dioses que son anteriores a las nuestras, haciendo posible las nuestras. Sólo podemos hacer en el tiempo lo que los dioses hacen en la eternidad. Por tanto, nuestras dolencias tendrán que tener su fundamento en la dolencia primordial, y sus dolencias se promulgan en nuestras psicopatologías. Si los que se preocupan por la situación de la religión quisieran devolverle la salud y resucitar a su dios, una primera medida de esta reanimación consistiría en quitarle al Diablo todas las patologías amontonadas sobre su cabeza. Si Dios ha muerto, ha sido a causa de su propia salud; había perdido el contacto con la infirmitas intrínseca del arquetipo.

Necesidad

He afirmado que los acontecimientos patologizados participan del propio arquetipo. Son una vía hacia la experiencia arquetípica que no puede experimentarse plenamente de otro modo. Esto implica que los sucesos patologizados pertenecen necesariamente al arquetipo. En consecuencia, son necesarios para nuestra vida.

Pero, ¿qué es la Necesidad? En busca de respuestas a esta pregunta vamos a desarrollar este punto principal: La necesidad en el pensamiento mítico griego se habla y se experimenta de modos patologizados. Las experiencias patologizadas a menudo están conectadas directamente con Ananke (Necesidad).8 Veamos con más detalle esta conexión.

En una exhaustiva monografía, Heinz Schreckenberg9 revisa todas las etimologías y contextos propuestos para ananke y llega a la conclusión de que la palabra en Homero procede de una probable raíz semítica «chananke» basada en tres consonantes, «hnk«. Podemos esquematizar las conclusiones de Schreckenberg de la siguiente manera:

Antiguo Egipto. hnk estrechar
Antiguo Egipto. hnk garganta
Antiguo Egipto. enek rodear, abrazar, estrangular
Copto. chalak anillo
Acadio. hanaqu constreñir, estrangular; enrollar fuertemente alrededor del cuello como el collar de un esclavo
Siríaco. hnk cadena, sofocación
Hebreo. anāk collar formado por cadena (Cantar de los Cantares 4: 9; Proverbios 1: 9)
Caldeo. hanakin grilletes puestos en los cuellos de los prisioneros
Árabe. hanaqa estrangular
Árabe. hannāka collar
Árabe. iznāk la cuerda que ataba a los bueyes yuncos

Sus pruebas10 van mucho más allá de este compendio y concuerdan con etimologías más habituales de ananke, relacionándolo con el alemán eng (estrecho), con angina, Angst y ansiedad, con agchein (griego), estrangular, y con agham (sánscrito), mal.11 Incluso la etimología de Platón (Cratylus 420c-d) imagina ananke mediante una metáfora de estrechamiento. «La idea», dice Platón, «se toma de caminar a través de un barranco que es intransitable, y escarpado, y cubierto de maleza, e impide el movimiento – y esta es la derivación de la palabra necesario.»

Schreckenberg hace especial hincapié en los significados de yugo/collar/lazo de su etimología, sin dejar ninguna duda de que, en el fondo, la necesidad significa un vínculo físicamente opresivo de servidumbre a un poder ineludible.12

El latín de ananke es necessitas. También aquí encontramos la noción de «vínculo estrecho» o «lazo estrecho», como el vínculo de parentesco, de consanguinidad. Necessitudines son «personas con las que uno está estrechamente vinculado, parientes, conexiones, amigos».13 Una necessaria es una pariente o amiga. Además, esta palabra hace referencia a los vínculos naturales y morales entre las personas. Esto sugiere que las relaciones familiares y los vínculos que tenemos en nuestros mundos personales son formas en las que experimentamos la fuerza de la necesidad. Nuestros intentos de liberarnos de las ataduras personales son intentos de escapar del estrecho círculo de ananke. Que los pacientes en terapia se quejen de que se asfixian en el círculo familiar, o que sean estrangulados por su pareja matrimonial, o que sean víctimas de patologizaciones en garganta y cuello, todo ello habla de Necesidad. Desde esta perspectiva, el complejo familiar es una manifestación de la Necesidad, y la servidumbre a los lazos de parentesco es una forma de observar sus exigencias. Pasemos ahora al ananke en contextos poéticos, mitológicos y filosóficos.

En primer lugar debemos reconocer el lugar central que ocupaba esta diosa Ananke en la imaginación de los creadores de cosmología. Para Parménides (frag. 8 y 10) Ananke gobierna el Ser; para los Atomistas, también, aunque de forma diferente.14 En el llamado pensamiento pitagórico y órfico, Ananke se apareaba con una gran serpiente, Cronos, formando una especie de espiral vinculante alrededor del universo (Onians, 332). El Tiempo y la Necesidad ponen límites a todas las posibilidades de nuestra extensión exterior, de nuestros alcances mundanos. Juntos forman una sinergia, un par arquetípico, intrínsecamente relacionado, de modo que donde está uno también está el otro. Cuando estamos bajo la compulsión de la Necesidad, la experimentamos en términos de tiempo, por ejemplo, las quejas crónicas, el regreso repetido de los mismos complejos que encierran y encadenan, la ansiedad ocasionada por la brevedad de nuestros días, nuestras obligaciones diarias, nuestros «plazos». Tener tiempo libre es estar libre de la necesidad. Tener tiempo libre es una fantasía de no necesidad. Así como el yugo físico de la esclavitud es la imagen concreta dentro de la idea de necesidad, la liberación de este yugo se expresa en fantasías de tiempo libre y ocio como una felicidad paradisíaca sin patología.

La dependencia de todas las cosas de los límites encadenantes de la Necesidad se expresa en otra imagen más suave de la cosmología órfica. La idea de que Zeus gobierna el mundo mediante una estrecha colaboración con Ananke (Eurípides, Alcestis 978s.) es transformada por el orfismo en la imagen de Zeus y su nodriza Adrasteia, otro nombre de Ananke.15Ella es su nodriza y, amamantándose del pecho de la Necesidad, extrae de esa leche su poder y sabiduría. En algunos contextos, su nodriza Adrasteia es su hija, de modo que el vínculo se expresa en el estrecho lazo del parentesco, de la obligación familiar, incluso del amor incestuoso. Esta imagen órfica revela la posibilidad de una conexión amorosa y nutritiva con la Necesidad. Aquí la relación con su poder se imagina menos como una servidumbre opresiva que como una dependencia de la leche del alma de la hija-madre.16

La imagen de Zeus y Adrasteia-Ananke presenta la idea de amor fati, una conjunción paradójica de lo que muchos filósofos concebían como opuestos (Empédocles, frag. 115: Charis y Ananke;17Agatón en Symposium 195c). Macrobio (Saturnalia I, 19, 17) dice que dos de las cuatro potencias presentes en el nacimiento son Eros y Ananke, y que están emparejadas. Eros es el beso; y Ananke, el nudo o lazo. Más adelante, y con cierto detalle, volveremos a ver la pareja contrapuesta como Peitho y Bia (persuasión y fuerza).18

Los trágicos, sin embargo, recurrieron a la ananké cuando peor estaban las cosas. Prometeo de Esquilo dice:

¡Ay de mí!
Gimo por la pena presente, gimo
por la pena venidera, gimo
preguntándome cuándo llegará el momento
en que Él ordene un límite a mis sufrimientos.
¿Qué estoy diciendo? He conocido todo antes,
todo lo que será, y claramente conocido; para mí,
nada de lo que duele vendrá con una cara nueva.
Así que debo soportar, tan ligeramente como pueda,
el destino que el destino me ha dado;
porque sé bien que contra la necesidad,
contra su fuerza, nadie puede luchar y vencer.19

Nótese lo repetitivo de este sufrimiento: «nada que duela vendrá con una cara nueva». Esta es una cualidad de una aflicción causada por anake. No es la conmoción y la sorpresa ante lo inesperado, sino la queja crónica y repetitiva.

Prometeo Encadenado comienza con Prometeo atado y clavado en los límites del mundo bajo la coacción de la Necesidad. Es como si en los límites mismos de la existencia, yendo lo más lejos posible hacia el exterior, se encontrara con el mayor poder y violencia (Bia) de la Necesidad y allí fuera clavado. Sólo la Necesidad puede limitar la fantasía prometeica, y la necesidad es experimentada por esa fantasía como una angustia.

De nuevo en Esquilo (Los persas), cuando la reina ha sido «golpeada por desastres que exceden el habla y la pregunta» (290), la palabra «necesidad» acude a sus labios. La idea de que es inútil hablar contra la necesidad aparece también en Eurípides (Doncellas fenicias). Al final Edipo dice (1762s.): «Pero, ¿de qué sirve lamentarse así? ¿De qué sirve lamentarse en vano? Quien no es más que mortal debe soportar la necesidad del cielo». De nuevo esta oposición entre el discurso persuasivo y la fuerza implacable.

Eurípides (Bacchae 89) utiliza el término anagkaisi para referirse a la angustia física. Sufrir, atormentarse, padecer es estar angustiado, en apuros (Einengung), en necesidad. El enfermo arquetípico, el Filoctetes de Sófocles, cuya herida no puede cicatrizar, grita de dolor, y la palabra que utiliza el Coro para designar este dolor es anangas, anangan (206, 215). Ser atrapado o forzado por la necesidad se expresa concretamente como estar en manos de otro poder (Schreckenberg, 45); por ejemplo, cuando Apolo agarra al bebé Hermes, o Hércules agarra a las serpientes en su cuna, la presión física, el apretón, es ananke.

Pero quizá la descripción más elocuente de ananke la da Eurípides en su Alcestis (962 ss.) cuando el Coro dice:

Yo mismo, en los transportes
de los versos místicos, como en el estudio
de la historia y la ciencia,
no he encontrado
nada tan fuerte como la Compulsión [Anagkas],
ni ningún medio para combatirla,
ni en los libros tracios puestos
en verso por la escuela de Orfeo,
ni en todos los remedios que Febo ha dado a los herederos
de Asclepio para combatir las muchas aflicciones del hombre.
Ella sola es una diosa
sin altar ni imagen ante la que orar
No acepta sacrificio.20

Aquí Ananke es la Gran Dama (potnia) del Inframundo, el principio psíquico invisible que atrae irreversiblemente hacia sí todas las cosas, patologizando así la vida. Sólo de Hades se habla de forma similar como «sin altar ni imagen ante la que orar».21 El pensamiento órfico hizo esta identidad directa de Ananke con la reina del inframundo, Perséfone (Schreckenberg, 70n).22 Su nombre se ha traducido como «portadora de destrucción», de modo que el proceso de patologización puede entenderse como un modo de mover la psique (en este drama en particular, el alma-imagen se presenta en la figura de Alcestis) hacia el inframundo. El hecho de que este movimiento de la vida a la muerte sea detenido heroicamente por Hércules también pertenece al tema explorado en detalle en El sueño y el inframundo.

Permítanme llamar su atención sobre el hecho de que en el pasaje de la Alcestis el lenguaje para tratar a la ananké es el de la terapia: remedios de Asclepio, y no los hay. Ni el misticismo, ni el orfismo, ni la historia, ni la ciencia pueden con su fuerza. ¿Será porque no tiene imagen, ni altar ante el que rezar? Aquí se sugiere que la Necesidad no sólo está fuera del alcance de la palabra, sino que, además, la necesidad se experimenta cuando uno se ve obligado y no hay imagen de lo que está ocurriendo. Es como si hubiera una relación -incluso una proporción inversa- entre las imágenes y la compulsión: cuanta más imagen y altar, menos necesidad ciega. Cuanta más compulsión, menos capacidad de sacrificio, de conectar nuestra compulsión personal con algo divino.

Esta proporción inversa es una idea señal en la noción de arquetipo de Jung. Hay un extremo compulsivo rojo y uno imaginativo azul. Así como el rojo es el cuerpo del azul, el azul es la imagen del rojo. Sin imágenes, estamos más ciegos, pues no hemos sido capaces de imaginar la fuerza que nos impulsa. Con imágenes, la necesidad aparece inherente a la propia imagen. Esto desplaza la compulsión del rojo al azul. Reconocemos que la compulsión es esencial a la propia naturaleza de la imagen y que lo que nos impulsa son las imágenes.

La relación entre la necesidad y las imágenes también puede plantearse así: La necesidad se apodera de nosotros a través de las imágenes. Una imagen tiene su propia necesidad inherente, de modo que la forma que adopta una imagen «no puede ser de otro modo», ya sea cuando pintamos, cuando movemos un verso o cuando soñamos. Una imagen existe en su epifanía específica y en su curso de conducta (la compulsión de la necesidad que Jung denomina «instinto»).

Dado que la fuerza de la imagen es inseparable de la imagen, se habla de ella sin imagen. La necesidad no tiene imagen porque actúa en todas y cada una de las imágenes. No debemos tomar esta fuerza inimaginable de forma literal y metafísica, como si los arquetipos fueran en sí mismos inimaginables, incognoscibles y trascendentes a sus apariencias. El poder inimaginable de la imagen está en la imagen misma: el arquetipo es totalmente inmanente a su imagen. Este poder inimaginable confiere a la imagen su efecto irresistible y la ley implacable de su formación precisa. Esta inexorabilidad de la imagen no es otra que la Necesidad que, como dice el pasaje de Alcestis, es ella misma «sin imagen».

Así pues, la fantasía no es una despreocupada ensoñación, sino la implacable portadora de las necesidades que nos impulsan. La realidad psíquica está esclavizada a la imaginación. La imaginación no nos libera, sino que nos captura y nos ata a sus mitos; somos trabajadores de sus reyes y reinas. Estamos atados de sangre con lo que Jung llama nuestras «imágenes instintivas». Insistir, como hace Jung, en que la realidad humana es primordialmente psíquica y que la imagen es la presentación primordial e inmediata de esta realidad requiere un reconocimiento más. La realidad sólo es tal si es necesaria. Utilizar la palabra «realidad» implica una condición ontológica que no puede ser de otro modo. Por lo tanto, debe haber algo inalterablemente necesario en las imágenes para que la realidad psíquica, que ante todo consiste en imágenes, no pueda ser meras secuelas de las impresiones sensoriales. Las imágenes son primordiales, arquetípicas, en sí mismas reales últimas, la única realidad directa que experimenta la psique. Como tales, son las presencias plasmadas de la necesidad.

Personalmente, desde el punto de vista de la experiencia, esto implica que cuando buscamos lo que determina implacablemente nuestras vidas y las mantiene en servidumbre, debemos recurrir a las imágenes de nuestras fantasías, dentro de las cuales se oculta la necesidad. Además, esto implica que debemos cuidarnos de ser demasiado «activos» con nuestras imágenes, moviéndolas para redimir nuestros problemas. Entonces, la práctica de la imaginación activa se convertiría en un intento de esquivar la necesidad de la imagen y su pretensión sobre el alma.

Aunque se diga que la Necesidad no tiene imagen, a esta gran diosa, que es al mismo tiempo un principio metafísico, le pertenece un conjunto de metáforas particulares que nos dicen cómo actúa. Puesto que se refiere a los límites que atan y rodean23, encontramos que los lazos y las ataduras, el anillo24, el cordón, la soga, el collar, el nudo, el huso, la corona, el arnés y el yugo25 son formas de hablar de la regla de ananke. También lo es el clavo. El clavo clavado en una figura (como Prometeo, como Cristo) o en la cabeza de una figura – etrusca, nórdica, latina – indica la afirmación ineluctable de la necesidad.26 No hay salida.27 Tiene que ser.

Podemos detenernos aquí a reflexionar sobre la corona: por ejemplo, la corona de laurel del poeta laureado, o la guirnalda que se entrega al vencedor en una competición. Este reconocimiento implica también una obligación vinculante, una necesidad de ser aquello por lo que uno ha sido coronado.28 La corona es el yugo y el collar de la frente. El cantante debe seguir cantando, una vez que el laurel ha sido colocado alrededor de su cabeza. El reconocimiento, además, pone límites al alcance y la posibilidad de las propias facultades. El reconocimiento ata el alma a un destino concreto.

Nos hemos ocupado principalmente de la persona y las imágenes de la Necesidad. La idea de necesidad recibe una mayor elaboración por parte de los filósofos. En general, la filosofía ha considerado la necesidad de dos maneras diferentes. A veces los filósofos hablan de ella como un azar sin ley (como la tyche griega), como un principio de aleatoriedad, ciego, mecánico, estadístico, sin sentido. Otras veces adoptan la postura contraria, relacionando la necesidad con lo regular, previsible y gesetzmässig. Los argumentos sobre la necesidad a menudo desembocan en batallas filosóficas entre determinismo y libre albedrío, o entre physis y espíritu.

Los filósofos definen la necesidad de forma sucinta: «nicht-anders-sein-können» o, en palabras de Tomás de Aquino, «quod non potest non esse» (lo que no puede no ser). En Aristóteles, la necesidad se pone en relación con la «compulsión», del mismo modo que en la apertura de Prometeo Encadenado la necesidad aparece junto con Bia (fuerza o compulsión). Este mismo emparejamiento se observaba en Corinto según Pausanias (II, 4, 6), pues en esa ciudad Ananke y Bia eran honrados juntos en un templo, cuyo acceso estaba prohibido. De nuevo: prohibido el acceso a la necesidad.

La rigidez cerrada, la inaccesibilidad, es precisamente el sentimiento de la idea que Parménides tiene de Ananké.29 Ella sujeta su universo en la permanencia, la inmovilidad y lo absoluto, no permitiendo ningún cambio. Su inamovible necesidad repite en una descripción filosófica la implacable ananke de Alcestis.

Cuando leemos psicológicamente a Parménides, entonces los verdaderos acontecimientos de nuestra alma, los que tienen verdadera realidad, son los que no se mueven. Es justo en la inmovilidad, en las fijaciones inmutables de nuestro cosmos psíquico, donde estamos atados y estancados, donde opera la necesidad.

Aristóteles da algunas afirmaciones claras sobre la necesidad en su Metafísica (1015a),30 que han determinado nuestro pensamiento sobre ella desde entonces. Aristóteles dice: «Y la necesidad es considerada como algo que no puede ser persuadido – y con razón, pues es contraria al movimiento que concuerda con el propósito y con el razonamiento». Más adelante: «Lo que impide y tiende a impedir, contrario al propósito». Nótese aquí: «Contrario al propósito», que colorea por definición nuestra experiencia de los acontecimientos necesarios como inútiles y contrarios a nuestros propósitos. Solemos experimentar nuestras patologizaciones como carentes de propósito. Los sentimos como estorbos, impedimentos sin razón. Aquí podemos ver lo bien que sirve la noción de necesidad de Aristóteles a la postura médica que considera que patologizar no tiene ningún propósito, un estorbo molesto que hay que eliminar. La necesidad es dolorosa, dice Aristóteles, «porque toda cosa necesaria es siempre fastidiosa».31

También podemos leer a Aristóteles desde un punto de vista arquetípico. Nos está diciendo que los propios dioses, por ser necesarios, nos acosan eternamente. Su molestia es inherente a su propia necesidad. Deben ser una molestia. Debemos estar a su servicio y sentir su yugo. Hay una respuesta griega a Job: no es un truco del diablo o una fuerza satánica lo que hace que lo divino plague nuestra vida mortal: la patologización se da con la naturaleza misma de lo divino.

Otra de las formulaciones de Aristóteles es también de especial valor. Se trata de la idea de que la necesidad funciona como una causa interna inexorable, como una virtud o propiedad inherente al propio acontecimiento. «La necesidad es aquello por lo que una cosa no puede ser de otro modo»: es aquello «sin lo cual» una cosa no puede existir. Señala que la necesidad puede operar en función de la naturaleza de una cosa, en lugar de ser sólo una causa mecánica externa. La necesidad pertenece al propio estado o condición, a la propia naturaleza de una imagen, como dijimos anteriormente. Un acontecimiento no sólo es forzado desde fuera, sino forzado desde dentro por su propia imagen. Como Guthrie plantea esta diferencia:

Para nosotros, los problemas de causalidad en la ciencia se refieren a la explicación de secuencias, cadenas de causa y efecto que enlazan x e y y z. El griego, en cambio, investigaba lo que llamaba «la naturaleza de las cosas», y se preguntaba «¿qué hay en x que hace que se comporte como se comporta?».32

Aquí la teoría y terapia arquetípica de Jung es tradicional y griega. Se pregunta: «¿Qué hay en la naturaleza misma de mi perturbación y mi aflicción que es necesario, autocausado (causado por uno mismo)»? Otras terapias miran hacia fuera, hacia la necesidad externa (la sociedad, la familia u otros tipos de condicionantes) y buscan desentrañar la necesidad en los vínculos entre x, y, z. Se plantean la pregunta más técnica «cómo»; la terapia arquetípica se plantea la pregunta más filosófica «qué» y, finalmente, la pregunta religiosa «quién», qué dios o diosa, qué daimon, está actuando internamente en lo que ocurre. La terapia junguiana es, por tanto, teofánica, en el sentido de Corbin. Pide al dios de la enfermedad que salga a la luz.

Sin embargo, es en Platón donde podemos encontrar las ideas más esclarecedoras y explícitas sobre las relaciones entre la necesidad y los problemas del alma. En el Timeo, la cosmología o sistema del universo de Platón, hay dos principios fundamentales. El primero es el nous, el logos, o principio intelectual, la razón, el orden, la inteligibilidad, la mente, o como queramos traducir nous. El segundo principio es ananke, la Necesidad. El famoso pasaje del Timeo (47e-48a ) pone su relación de la siguiente manera:

Ahora bien, nuestro discurso anterior ha expuesto las obras realizadas por la artesanía de la Razón [nous]; pero ahora debemos poner a su lado las cosas que surgen de la Necesidad [ananke]. Pues la generación de este universo fue un resultado mixto de la combinación de la Necesidad y la Razón. La Razón anuló a la Necesidad persuadiéndola [la cursiva es nuestra] de guiar la mayor parte de las cosas que devienen hacia lo que es mejor; de ese modo y sobre ese principio se formó este universo en el principio por la victoria de la persuasión razonable sobre la Necesidad. Si, pues, hemos de decir realmente cómo llegó a existir sobre este principio, debemos traer también la Causa Errante …33

En esta discusión, el término archai, primeros principios o puntos de partida, aparece en varios sentidos. Platón dice que los verdaderos archai no son el fuego, ni el agua, ni los cuatro elementos. Son dos: Nous y Ananke, Razón y Necesidad.

Aquí la Necesidad es caracterizada como la Causa Errante. Jowett traduce planoumenai aitia como «causa variable»; Thomas Taylor, como «causa errática»; y los comentaristas de Platón utilizan, para las operaciones de este principio, palabras como: divagar, errar, extraviarse, irracional, irresponsable, desviarse, engañar, engañar, irregular, aleatorio. Planos puede referirse a las divagaciones de la mente en la locura y a los ataques de una enfermedad. Así habla Platón de ananke.

La necesidad opera a través de las desviaciones. La reconocemos en lo irracional, lo irresponsable, lo indirecto. O para darle otra vuelta: la necesidad aparece en aquellos aspectos del universo (y recordemos que el universo platónico es enteramente animado, siempre un universo psíquico) que son errantes. Además, la necesidad está particularmente asociada a ese ámbito de la experiencia que no puede ser persuadido ni sometido al imperio de la mente.

Grote llamó a esta Causa Errante «lo indeterminado, lo inconstante, lo anómalo, lo que no se puede comprender ni predecir. Es Fuerza, Movimiento o Cambio, con el atributo negativo de no ser regular, o inteligible…»34 Y Cornford explica: «El cuerpo del universo … contiene movimientos y poderes activos que no han sido instituidos por la Razón divina y están produciendo perpetuamente resultados indeseables … estos movimientos y poderes corporales sólo pueden atribuirse a un elemento irracional en el Alma-Mundo.»35 La necesidad reside como causa interna en el alma y produce perpetuamente resultados molestos. A estas irracionalidades resultantes las llamamos las desviaciones de la psicología anormal, y a esta actividad creadora la he llamado patologización. Como el «punto de partida» de Freud, el síntoma es concebido como diferente y ajeno al yo racional, así este «punto de partida» (arche) de Platón, la operación errante de ananke, es igualmente ajena al reino de la razón. Te habrás dado cuenta de que sigo llamando patologizar a una actividad creadora. Platón presenta ananke de manera similar. Lo asume como un arche, un primer principio no derivado de nada más. También es un principio creador que entra en la formación del universo. Y necesariamente siempre está ahí, no se supera gradualmente mediante la extensión de la regla de la razón. Así como el demiurgo nunca reduce totalmente el caos al orden, la razón nunca persuade totalmente a la necesidad. Ambas están siempre presentes como principios creadores. «En el todo y en cada parte, Nous y Ananke cooperan; el mundo es una mezcla resultante de esta combinación.36 O en nuestros términos, lo anormal se mezcla en cada acto de la existencia, pues la vida psíquica se basa en lo complejo, y la patologización nunca llega a su fin.

Permítanme exponer mi tesis una vez más, ahora a través de la voz del gran clasicista E. R. Dodds:

El alma inferior [en las Leyes de Platón] parece estar con la buena en la misma relación que la Necesidad con la Mente en el mito del Timeo: es una especie de compañera menor en la que no se puede confiar, propensa a ataques de comportamiento irrazonable, en los que produce «movimientos locos y desordenados» (Leyes 897d) – una frase que recuerda tanto el «movimiento asustado y loco» atribuido a las almas de los infantes humanos en otra parte de las Leyes (791a) como el «movimiento discordante y desordenado» del caos mítico en el Timeo (30a). Todos estos movimientos los considero símbolos, no del mal deliberado, sino de la irracionalidad, el elemento, tanto en el hombre como en el cosmos, que la voluntad racional no domina por completo.37

Este movimiento anormal, asustado y loco del alma no sólo es necesario; es la Necesidad misma.

Cuando mis eminentes colegas aquí presentes en esta Conferencia de Eranos, los profesores Sambursky, Hadot, Kirk y Rowe, cada uno de cuyos campos es el pensamiento griego, trabajen sobre estos mismos textos, los leerán a la luz de sus intereses y persuasiones. En efecto, Platón habla de sus campos: cosmología, cosmogonía, metafísica, física, filosofía en el sentido más amplio. Pero Platón también está hablando del Alma38 y, por tanto, de psicología; así que pido indulgencia para leer estos mismos pasajes con una mirada psicológica, intentando extraer ideas para la psicología profunda y la terapia del alma de lo que Platón dice sobre la errancia, el caos y la necesidad que nunca se pone completamente en orden. El punto de vista psicológico ve la Necesidad y el Caos no sólo como principios explicativos en el ámbito de la metafísica; son también acontecimientos míticos que tienen lugar también y siempre en el alma, y por tanto son archai fundamentales de la condición humana. A estos principios raíz pueden vincularse los pathe (o movimientos) del alma.39

La psicología ya ha reconocido el Caos sin rostro y sin nombre, este «movimiento asustado y loco» del alma, como ansiedad, y al nombrarlo así, la psicología ha evocado directamente a la diosa Ananke, de quien deriva la palabra ansiedad. Si la ansiedad pertenece realmente a Ananke, por supuesto, no puede ser «dominada por la voluntad racional». Cuando la ansiedad nos inunda o nos ataca, no podemos sino recibirla como una brecha (caos) en la continuidad racional. De ahí que la ansiedad no se someta al análisis; se abre camino ineludiblemente hasta que se admite su necesidad. ¿Por qué no considerar, entonces, las experiencias de ansiedad como reflejos en lo más profundo del ser humano de las operaciones de Ananke? La psicología ha intentado reducir sus movimientos necesarios a necesidades concretas: las pulsiones de la sexualidad (Freud), el pavor a la muerte y al no-ser (Heidegger), el pecado original (Kierkegaard), o a mecanismos fisiológicos. Pero no hay teoría racional posible. No hay más razón para ella que la necesidad que hay en ella. Los motivos de la angustia residen en la necesidad misma, tal como está constelada en este momento, la necesidad de esta imagen constelada, el camino actual del alma donde el alma está ahora asustada por la necesidad que la ata a su destino.

La relación entre la Necesidad y la condición humana puede hacerse aún más explícita si nos remontamos al final de la República; Platón describe las Moiras (Parcas).40Cada alma recibe su suerte específica de Lachesis. A continuación, Clotho la ratifica y, mediante el hilado de Átropos, «la red del destino se hace irreversible». No hay salida. No puede ser de otro modo. «Y entonces», sigue diciendo Platón, «sin mirar atrás [el alma] pasó bajo el trono de la Necesidad». Así entran las almas en el mundo. Cada alma nace pasando bajo la silla de Ananke.41 pesar de que Platón insiste a lo largo de toda su obra en la afinidad del alma con el nous, en el mito de Er presenta a Ananke como la que determina la vida psíquica desde el principio.

Así como Ananke se sitúa míticamente en el centro del universo y formalmente en la sección central del diálogo del Timeo, siguiendo la sugerencia de Friedländer, podemos concebir su locus en el ser humano no en la cabeza, lugar de la psique noética, sino más abajo en el centro, una región de lo «absolutamente indefinido». Llamado con diversos nombres, lo indefinido representa el poder de la sinrazón, el caos y lo antidivino».42 Estas profundidades centrales de la fisiología platónica se refieren particularmente al hígado.

Una forma de leer los caprichos de la causa errante sería estudiando los hígados (Timeo 71a-72b) y las entrañas. El adivino, como señala Cornford, es el que lee, no el alma racional, sino la irracional y apetitiva en busca de una visión del destino.43 La práctica de la adivinación literaliza una psicología «profunda» de la necesidad «interna» en el hígado y las entrañas reales mediante el arte de la hepatoscopia y la arúspice. Hoy en día, videntes similares a los del Timeo -analistas de la psique- caen a menudo en un literalismo mágico similar cuando intentan leer los movimientos del alma irracional y apetitiva de forma adivinatoria, llamando señales de los sueños con respecto a los movimientos futuros del destino.

Los métodos mágicos helenísticos que intentaban aprovechar el poder de la Necesidad se dirigían a esta profundidad interior, especialmente a los ), región del aire o alma del aire.44 La fórmula mágica (derivada de ananke) hepanagkos significaba hechizar, fijar o atar, obligar a la esencia interior mediante el poder mágico.45 Se intentaba gobernar el destino de una persona y convertirla en su esclava forzando una necesidad sobre los frénos. Se creía que una de las formas en que la necesidad ataba el alma era a través de la atadura del alma al cuerpo, y el lugar de esta atadura eran los phrenes. Por lo tanto, al obtener el control sobre los phrenes o el alma-aire de una persona, uno podía gobernar los movimientos de sus acciones físicas (comportamiento). Aquí vemos de nuevo la noción de necesidad como causa interna aristotélica, es decir, que actúa internamente dentro de una cosa y es necesaria para esa cosa, pero ahora literalizada al interior físico de una persona. La necesidad se reduce a la carne literal (cf. Schreckenberg, 61-64).

Esta literalidad sobre el cuerpo apoya las filosofías de la trascendencia (gnóstica, neoplatonista y otras religiones redentoras de la antigüedad tardía: Schreckenberg, 157-64). Un literalismo similar afecta a la religión redentora actual: la psicoterapia. Las diferencias entre nous y ananke se convierten en una oposición entre mente y cuerpo. La libertad de la necesidad se convierte entonces en libertad del cuerpo físico (o libertad del cuerpo físico) donde el alma está «atada» (cf. Fedón 82e46– o Wilhelm Reich). El locus de este lugar profundo pueden ser los pulmones (phrenes), el hígado, la «médula más profunda» (Timeo 73b-d) – o la musculatura profunda de la terapia Rolfiana. La fantasía en juego aquí es que la Necesidad gobierna desde «lo más profundo», y cuanto más se profundiza más se descubre lo rígidamente determinado, lo esclavizado que se está dentro de la armadura del cuerpo.

Al igual que las antiguas religiones redentoras ofrecían la liberación de la necesidad a través de la muerte física, las modernas terapias redentoras utilizan métodos físicos que persiguen la misma libertad. Tanto en las antiguas como en las modernas, el pensamiento en términos de posiciones físicas se contrarresta con el pensamiento de oposiciones metafísicas. Este es el estilo de pensamiento que opera dentro de la negación trascendental de la patologización (Re-Visioning Psychology, 64-67). Liberarse de los «cuelgues», y especialmente de los síntomas de los que es heredera la carne, es otra forma de esperar la liberación de Ananké, que nos alcanza precisamente a través de las servidumbres esclavizantes del alma irracional y apetitiva y de sus caminos errantes. Pero no sólo …

No sólo la carne literal, que no es irracional ni errante, sino un animal antiguo lleno de gracia, nos ata; sino más bien el alma en la que esa carne tiene su vida. La imagen por la que vive la carne es la última necesidad imperante. Estamos al servicio del cuerpo de la imaginación, del cuerpo de nuestras imágenes. Y lo que llena nuestras almas y da cuerpo a nuestras imágenes y experiencias es el sentido de necesidad que siempre, en todos los sistemas de disciplina psíquica y religiosa, se asocia con «cuerpo». Siempre que la necesidad se impone, se culpa al cuerpo. Así que, si escuchamos psicológicamente estos sistemas, también están diciendo: cuando huyes de la Necesidad sufres en carne propia, y lo que es peor, pierdes el cuerpo de tu imaginación, literalizando el cuerpo de sus imágenes en enfermedades clínicas y tratamientos médicos.

Cuando pensamos psicológicamente en la fantasía del lugar de la Necesidad en el cuerpo profundo, no se trata ni de la muerte corporal ni de la terapia corporal, pues ambas han tomado «cuerpo» literalmente como carne. Más bien, cuanto más profundizamos, más nos encontramos con lo que «no puede ser de otro modo». Cuanto más interiorizamos, más se corporizan nuestras necesidades psíquicas a medida que nos vemos arrastrados a un cuidado atento (terapia) y a una comprensión imaginativa de las necesidades que gobiernan el alma a través de su cuerpo psíquico, sus imágenes profundas, las profundidades míticas dentro de sus fantasías.

La diferencia entre Nous y Ananke se presenta como un conflicto desgarrador en el alma de Orestes al final de la trilogía Oresteia en la tragedia llamada las Euménides, Orestes ha pecado, pero ha pecado por orden de un dios, Apolo, que a su vez representa a Zeus. Orestes ha cometido un acto de psicopatología criminal: el matricidio. En el lenguaje del fragmento de Empédocles (115), ha «contaminado sus manos con sangre», y por ello es acosado por las Euménides, otra forma de hablar de Ananké. Exigen venganza, cumplimiento de leyes necesarias. Y son las causas desconocidas de nuestras heridas (plegai),47pues

Dispensan todo lo que concierne a la humanidad.
Sin embargo, cuando un hombre cae en su ira,
Él no sabe de dónde vienen sus aflicciones … 48

Traen el lazo de collar, que, como hemos visto, es uno de los atributos específicos de Ananke. Orestes dice (749): «Este es mi fin. El lazo [agchone] o bien la luz». Euménides o Apolo, Ananké o Nous (Zeus).

La votación sobre el destino de Orestes es igualitaria. Entonces interviene Atenea. Hay una discusión culminante entre ella y las Euménides. Pero finalmente Atenea los convence y consigue la vida de Orestes. La palabra clave de su victoria es persuasión, peitho, palabra que en nuestro idioma se traduce como retórica. La retórica persuade de la necesidad. La mayor trilogía de todos los dramas míticos termina con la reconciliación de Zeus y el Destino, que como dice Cornford49 es otra forma de expresar los principios de Platón de Nous y Ananke, Razón y Compulsión, o lo que Heródoto llama Peitho (argumento persuasivo) y Bia (fuerza violenta).50 (Ya hemos visto a Bia [hija de Estigia] como compañera de Ananke en el templo de Corinto y como instrumento en el clavamiento de Prometeo).

¿Qué ha hecho posible esta reconciliación? ¿Cómo se ha producido? ¿Qué hace Atenea para sanar la división entre la luz y la mente y la razón, por un lado, y las causas desconocidas de las aflicciones, por otro? En primer lugar, sabemos que Atenea tiene afinidad con la Necesidad, porque Atenea también ha inventado instrumentos de limitación y contención, aportando las artes de la alfarería, del tejido, de la medición, de la brida, del yugo y del arnés. En ella se combinan las mismas contradicciones que debe conciliar: el Nous de su padre y la fuerza vinculante de Ananke, con cuya colaboración (Alcestis, 978) gobierna su padre.

Pero la clave más profunda de toda la resolución, y de esta parte de nuestra investigación, es el término peitho: la persuasión de Atenea, el discurso ganador, el encanto de las palabras. Debemos recordar aquí que los trágicos y filósofos han insistido todo el tiempo en que Ananke es implacable, incapaz de ser persuadida, más allá del poder de las palabras. Pero Atenea encuentra un camino: «La persuasión guió el discurso de mi boca», dice (971).

El contenido de las palabras de Atenea es que ofrece a las Erinias -las torturadoras fuerzas furiosas de la necesidad que oprimen a Orestes- un lugar dentro del orden divino. Ella ofrece un santuario, una cueva, un altar («nuevas cámaras», 1005) donde estos poderes pueden residir y ser honrados y, sin embargo, permanecer ajenos: o «extranjeros residentes», como se les llama (1012, 1019).51 Los sin nombre y sin imagen serán imaginados y nombrados. El sacrificio es posible. Se produce la reconciliación.

La reconciliación se produce entre las propias divinidades cuando Orestes y su patrón Apolo están fuera de escena, habiendo salido ya 250 líneas antes de la procesión triunfal final.52 No es Orestes, el héroe sufriente del centro, quien provoca la curación.

Aunque el problema por el que sufre Orestes implica a su padre y a su madre, sus pecados y sus asesinatos, no es Orestes la persona, ni el protagonista arquetipal del ego humano lo que constituye finalmente el problema. Es una agonía cósmica, universal, en la que se ve atrapado. Volviendo a los mitos griegos podemos ver nuestras agonías personales bajo esta luz impersonal.

Esta conclusión de la Oresteia se ha discutido a menudo como política y trascendental, como representación del cambio en la sociedad ateniense, o en términos de conflictos entre patriarcado y matriarcado, entre dioses del Alto Mundo y del Bajo Mundo, entre tipos de legalidades, pero yo deseo que entendamos estas cuestiones psicológicamente. Esta tragedia trata del sufrimiento del alma desgarrada de Orestes. Habla del conflicto fundamental entre la razón dentro de nosotros y los poderes del destino que no pueden escuchar a esa razón, que no pueden ser alcanzados por la comprensión o movidos de su curso compulsivo. Este curso es como nuestra psicopatología, que he definido antes como esa parte de nosotros que no puede aceptarse, reprimirse ni transformarse. Orestes es una figura del alma desgarrada entre archai. Es a la vez psicología normal y anormal. Como Edipo, Orestes es el hombre psicológico, un caso mítico.53Pero, a diferencia de Edipo, Orestes es relevante para el problema de la psicopatología general más que para una forma específica de la misma. La Oresteia aborda «las heridas de la vida sin saber de dónde ni por qué» (933), y las vincula a la necesidad misma. Donde la aflicción de Edipo se refiere finalmente a un ego heroico, su ceguera, errores y arrepentimiento, Orestes sufre el conflicto cósmico del alma desgarrada entre dioses, la psicopatología necesaria del universo.

Hay mucho que decir sobre las relaciones entre las palabras y la fuerza. Esta relación está en la raíz misma de la psicoterapia que es, en definitiva, la disciplina de esta relación, ya que gran parte de su trabajo trata de trasladar las acciones compulsivas a las palabras. Freud llamó por primera vez a la psicoterapia la cura hablada, reconociéndola como un trabajo de peitho, un arte de persuasión o retórica. Un análisis repite las luchas en el alma de Orestes entre la razón y la compulsión, y repite el discurso de Atenea, que persuade a la reconciliación encontrando lugar y dando imagen a las necesidades motrices. En boca de Atenea el discurso se convierte en un himno curativo,54 palabra que etimológicamente significa palabras «hiladas» o «tejidas» (véase más adelante sobre Atenea y el tejido).

La relación entre palabra y fuerza se refleja también en la sociedad, sugiriendo que el imperio de la violencia coercitiva aumenta cuando decae nuestro arte de convencer con la palabra. Peitho adquiere una importancia abrumadora tanto en la curación del alma como en la curación de la sociedad. Nuestro compromiso en Eranos -una reunión hablada, un ritual de la palabra- pertenece también a la devoción y el culto del peitho. Porque aquí también intentamos encontrar palabras persuasivas y convincentes que puedan tocar y conmover las fuerzas incomprendidas e inimaginables del espíritu. La tarea de la formulación no puede sobrestimarse.

¿Por qué son tan importantes las palabras en una cultura y por qué el arte de la persuasión, el peitho de Atenea, ha caído tan en desuso en la nuestra? La conclusión de la Oresteia responde a la primera pregunta: las palabras son capaces de persuadir a los elementos más oscuros para que participen y tengan cabida. Debemos hablar y dejar que hablen. La respuesta a la segunda pregunta se refiere a la profunda importancia determinante de la realidad psicológica y espiritual.

Si los reales últimos son objetos, cosas, sucesos materiales -cosas muertas ahí fuera, como quiere Descartes e insiste el materialismo-, entonces el discurso no tiene ningún efecto. Flatus voci – palabras vacías, un desperdicio de aliento. Las acciones hablan más alto; Bia no Peitho. Entonces el lenguaje debe simplificarse, convertirse en una herramienta operativa, parte del kit del positivista y del materialista para obtener instrucciones claras en manuales, palabras que se ajusten a los instrumentos informáticos para mover y dar forma a los objetos ahí fuera.

Si, por el contrario, la realidad es psicológica y espiritual, es decir, ideacional, religiosa, imaginal, fantástica -como lo es especialmente en psicoterapia y como lo era en la cosmovisión griega-, entonces afectar a la realidad requiere instrumentos para mover ideas, creencias, sentimientos, imágenes y fantasías. Entonces la retórica, la persuasión, tiene una importancia capital. A través de las palabras podemos alterar la realidad; podemos hacer que nazca y hacer que desaparezca; podemos dar forma y cambiar la estructura y la esencia mismas de lo real. El arte de la palabra se convierte en el principal modo de mover la realidad.

La relación de la palabra y la curación ha sido bellamente desarrollada por Pedro Laín Entralgo, historiador de la medicina española: «Las palabras, palabras vigorosas y persuasivas: son la clave de las relaciones interhumanas…»55 Parafrasea lo que dice Ulises en el Filoctetes (línea 99) de Sófocles, frase que es un epigrama para la psicoterapia: «En la vida de los hombres es la lengua y no el acto lo que lo gobierna todo.»56

Mis palabras de ahora son un intento de recordarnos algo que el profesor Izutsu escribió hace casi veinte años: que el lenguaje es ante todo un poder mágico que reside «en su misma constitución semántica» y determina la organización de la gramática, la sintaxis y el significado; que es la voz la que actualiza el «aliento sagrado» en palabras; y que el lenguaje puede curar porque es eo ipso y a priori sagrado.57 El habla expone la naturaleza más íntima del hombre, decía Sófocles (Edipo en Colono 1188). La diosa Peitho -que puede alterar y altera la necesidad- «no tiene otro templo que la palabra», decía Eurípides.58 Si es así, entonces la palabra correcta es también una forma de restaurar «el Templo». La retórica, tal como yo la concibo, es una devotio, un intento de devolver la palabra a los dioses y de dar forma adecuada a la magia divina, al aliento sagrado en el lenguaje. No es de extrañar que hablar en Eranos produzca tan a menudo ese fenómeno patologizante que los franceses llaman le trac (miedo escénico).

La libertad de expresión es, por tanto, un fundamento psicológico, una exigencia del alma que encuentra la libertad dentro de la necesidad a través del lenguaje. El habla surge de las mismas profundidades donde la necesidad esclaviza al alma, creando nuestras patologizaciones. El habla expresa el alma-aire de los phrenos. El habla humana, especialmente en psicoterapia, nunca es totalmente el logos de Nous. Siempre es también díscolo, espontáneo, divaga como la Causa Errante.59

La terapia a través de la palabra no puede acabar con el dominio arcaico y furioso de Ananke, ni lo pretende, pues entonces perderíamos la conexión de los arquetipos con nuestra experiencia física y nuestra mortalidad. Tampoco es nuestro objetivo excluir sus reivindicaciones como extranjera residente en el alma. Pero podemos darle modos de expresión, maneras de imaginarse a sí misma en palabras, persuadiéndola de su implacable silencio60 – una terapia arquetipal, una terapia del propio arquetipo.

La fantasía de la normalidad

El movimiento de nuestra línea de pensamiento conduce ahora a esta formulación: si patologizar es necesario y es la expresión y experiencia de la Necesidad misma, entonces esta actividad errante y desordenada debe ser una «norma» del alma, tal como Platón la imaginó. Si los propios arquetipos están internamente limitados a y por sus imágenes, de modo que ellos también muestran patologías (las infirmitas del arquetipo), entonces la patologización está entretejida en toda la existencia psicológica, y cualquier cosa que llamemos «normal» debe incluirla. Todas las estructuras de la conciencia, todas las condiciones de la existencia como perspectivas arquetipales, incluidas las denominadas sanas, íntegras, realizadas o normales, también están patologizadas.

Permítanme insistir en esto: en lugar de tratar de comprender la necesidad de la psicopatología y qué lugar ocupa la patologización en el alma, ahora pasaríamos a comprender la normalidad y qué lugar ocupa la normalización en el alma. Nos dirigiríamos a la normalidad no como se presenta literalmente en sus propios términos como «normal», sino como una perspectiva arquetípica específica con su propio estilo de patologización.

Con esto no quiero decir que todo el mundo esté enfermo -la falacia terapéutica- o que la normalidad sea enfermedad -la variante laingiana de esa falacia-. Más bien intento eludir el modelo dualista de normal-anormal sugiriendo que cada estructura arquetípica imagina un cosmos que incluye su patrón de acontecimientos patologizados. Además, en lo que sigue intentaré exponer la propia fantasía de normalidad como una necesidad inherente dentro de una perspectiva arquetípica específica.

«Norma» y «normal» derivan de la palabra latina norma, que significa escuadra de carpintero. Norma es un término técnico e instrumental para designar un ángulo recto; pertenece a la geometría aplicada. Normalis significa «hecho según la escuadra»; normaliter significa «en línea recta, directamente». El significado de «normal» en los siglos XVI y XVII era: rectangular, perpendicular, que forma un ángulo recto. Pero la palabra en nuestro sentido actual revela usos claramente decimonónicos: normal como regular (1828); normal school for teacher training (1834); normal como promedio en física (1859); normalizar (1865); normativa (1880); y normal como usual (1890).

Esta última definición contiene dos significados distintos que se funden entre sí:

1) Normal en el sentido estadístico, es decir, lo que es habitual, común, frecuente, regular, por lo tanto predecible o esperado. Este sentido puede demostrarse gráficamente como lo que cae en la región media de una curva de Gauss, de ahí media, medio, promedio, centrado. Anormal, en este mismo enfoque cuantitativo, se refiere a lo que es inusual, extremo, excepcional, desviado, fuera de línea, excepcional, raro, extraño, anómalo. El sentido estadístico no pretende implicar valores distintos de los cuantitativos. Inusual significa simplemente infrecuente.

2) Normal en sentido ideal, es decir, lo que más o mejor se aproxima a una norma ideal, una imagen o Vorbild preestablecida. Este estándar puede venir dado por la teología (imitatio Christi); por la filosofía (hombre estoico, hombre nietzscheano); por la ley (el ciudadano); por la medicina (adaptación resistente); por la cultura y la sociedad (conformidad con los cánones). En aras de la exposición, podemos llamar cualitativo a este segundo tipo de normalidad. Implica juicios de valor, ya que la proximidad al ideal es normal en un sentido laudatorio, y la lejanía de él es anormal en un sentido peyorativo.

Los dos usos de normal -estadístico e ideal- pueden ser muy distintos. Por ejemplo, podemos sufrir una úlcera duodenal psicosomática. Esto es frecuente en hombres de cierto tipo que hacen ciertas cosas. Como frecuente, es estadísticamente normal, aunque idealmente sea anormal. O podemos tener el cociente intelectual más elevado de una comunidad de gustos (edad, sexo, nivel económico, grupo étnico, etc.) y aproximarnos así lo más posible a la norma ideal, aunque esta inteligencia elevada sea estadísticamente anormal.

Por lo general, sin embargo, los dos tipos de normas se funden en nuestras mentes. Esto puede deberse a varias razones. En primer lugar, incluso el huesudo lenguaje de la estadística conlleva connotaciones metafóricas. Cuando decimos media, medio, promedio o extremo, excepcional, desviado, estamos denotando frecuencias estadísticas pero también connotando valoraciones cualitativas profundamente arraigadas en el lenguaje. En segundo lugar, la visión populista, igualitaria y sociológica del mundo que domina nuestros sistemas de valores quiere la fusión de las dos normas, la cuantitativa y la ideal. Bajo el Reinado de la Cantidad, como René Guénon ha llamado a nuestra época, lo ordinario, lo regular, lo equilibrado, lo centrado, lo predecible se han convertido en normas ideales y han establecido los estándares del alma. «Anormal» es a la vez una definición estadística y una condena moral. Lo raro se convierte en malo; lo inusual e irregular, en censurable. En tercer lugar, la psique sui generis imagina normas ideales o tipos ideales, los «universali fantastici» o metáforas poéticas de Vico. Parecemos incapaces de existir sin personas míticas que presenten normas ideales. Pero hoy nuestros santuarios y altares están vacíos para que en los nichos vacantes aparezcan los comunes seculares, las frecuencias y los promedios ennoblecidos en normas ideales por la mitificación de la psique. Asistimos al Reinado de la Cantidad en el reinado del hombre común del sentido común, a la infiltración de la normalidad estadística en normas ideales.

El enfoque cuantitativo representa el punto de vista de la physis hacia la psique, de la materia hacia el alma, y por tanto entra en la psicología desde la ciencia de la naturaleza material. De hecho, uno de los significados de diccionario de normal es «natural». El método en psicología que utiliza las regularidades de la naturaleza (physis) como normas ideales podemos llamarlo «aristotélico». Este método nos implica en la falacia naturalista de la psicología,61 es decir, juzgar los sucesos psíquicos comparándolos con sucesos similares en la naturaleza. Cuando la naturaleza física y literal se convierte en la norma, la psique está siendo vista normalmente desde la perspectiva del arquetipo de la madre y su héroe.62

El enfoque aristotélico deriva de definir la psique en términos de la vida natural del cuerpo63; mientras que nosotros hemos estado elaborando una psicología que es más platónica. Su examen del alma se relaciona principalmente con la muerte, con lo que está por debajo y es más profundo que la vida natural y su punto de vista. La diferencia entre lo aristotélico y lo platónico también puede ponerse como una entre lo médico y lo mítico en lo que respecta a las patologizaciones. Las normas para el alma que hablan de adaptación, mejora de la vida, equilibrio o media áurea son «aristotélicas» o médicas64; permanecen dentro de la perspectiva natural y no aprecian la necesidad de patologizar para el mito y la necesidad de limitar la muerte para el alma.

Aunque Platón elogiaba el camino medio, también alentaba a alejarse de él, como en el Simposio y el Fedro, donde la intensidad erótica y diversos estilos de manía extrema se presentan como caminos favoritos del alma. Además, en el Fedón (81-82) Platón habla de andras metrios, ciudadanos decentes ordinarios, que en su reencarnación son comparados con abejas y hormigas, almas totalmente colectivas felizmente ligadas a las líneas de la naturaleza, predecibles, comunitarias, sin desviaciones. La propia palabra metrios (la clase media elogiada en la Política de Aristóteles) remite a metron, la regla, el estándar, la norma, la medida.

El planteamiento platónico es llevado más lejos por Marsilio Ficino en su traducción y comentario del Simposio.65Esta obra fue uno de los tratados más influyentes del Renacimiento. Se trata de un libro de psicología esotérica y extática cuya intención es conducir el alma al amor. Para Ficino (Comentario al Simposio de Platón VI, 8), el camino medio que ni asciende ni desciende es la posición de los hombres prácticos de acción, cuya preocupación es la moral y cuya posición es la de observador. Tales hombres «permanecen en los placeres sólo de ver y de las relaciones sociales». El camino del medio evita tanto el descenso al toqueteo voluptuoso como el ascenso a la abstracción contemplativa.

Algunos platónicos66 tenían esta vía media en menos estima que las otras dos, ya que el movimiento voluptuoso hacia la generación animal era un modelo para las experiencias de la exaltación ascendente – les extrèmes se touchent. La caracterización que hace Ficino de la vía media implica una profunda crítica del ámbito de la percepción, la acción y las relaciones sociales. Sólo observar, plantear la cuestión moral de los acontecimientos, convertir los movimientos del alma en acciones prácticas, todo ello pertenece a la vía media horizontal que es una defensa contra el poder daemónico del amor que atrae verticalmente hacia abajo o hacia arriba. La vía media del hombre social-moral-práctico es la defensa de la normalidad frente a la implicación apremiante de las otras dos vías.

Las grandes pasiones, verdades e imágenes no son medianías normales, no son promedios. Moisés deslenguado que mata, tiene cuernos y una esposa negra del desierto; Cristo haciendo milagros, lacerado en la Cruz; Mahoma extático; Hércules y los héroes, incluso Ulises; y las extraordinarias diosas asombrosas: todos ellos son extremos imprevisibles que anuncian el alma in extremis. Y estas figuras míticas muestran posesiones infirmitas, errores, heridas, patologizaciones. En términos de Vico, la verdad metafórica es más que la vida, otra que la vida, incluso mientras presenta las normas ideales para la vida. La propia idealidad se expresa en parte a través de enormidades patologizadas.

No estoy abogando por un Romanticismo barroco o un horror gótico, un nuevo culto a lo freakish para escandalizar a los burgueses. Eso no es más que la otra cara de la normalidad. Más bien deseo que recordemos el Timeo de Platón: la razón por sí sola no gobierna el mundo ni establece las normas. Volviendo al término medio de las normas, normas sin enormidad, rechaza la causa errante de Ananke.67 Tales normas son delirios, falsas creencias, que no tienen en cuenta la plena naturaleza de las cosas. Las normas sin patologizaciones en sus imágenes realizan una normalización sobre nuestra visión psicológica, actuando como idealizaciones represivas que nos hacen perder el contacto con nuestras anormalidades individuales. La fantasía de normalidad se convierte a su vez en una distorsión de cómo son las cosas en realidad.

Para decirlo en el lenguaje de la psicología académica: lo nomotético debe incluir lo idiopático dentro de sus formulaciones como parte inherente de sus enunciados y leyes generales, de lo contrario nuestra visión del alma también se normaliza, se vuelve indistinguible de las abejas y las hormigas: social, práctica, natural; 1984. Entonces nos defendemos de los arquetipos de nuestra vida y de las poderosas imágenes de nuestra cultura que ya no pueden llegar a nosotros, o sólo lo hacen a través del camino intermedio de las observaciones perceptivas, los arquetipos como alegorías de la acción práctica moral o como ilustraciones estéticas sin persuasión. Entonces nos hemos modelado sobre normas sin dimensiones arquetípicas, el hombre el medidor de todas las cosas, el observador fuera, incluso fuera de su propio sufrimiento, tratándolo también desde fuera, observacionalmente, objetivamente, viviendo una vida sin ningún sentido inherente de necesidad.

Atenea

Ahora bien, también esta posición intermedia debe tener una influencia arquetipal. No basta con llamarla ilusión defensiva; también debe reflejar a un dios, puesto que hay dioses en nuestras enfermedades.

Aquí volvemos a Atenea, que llevó a cabo la gran reconciliación entre Zeus y las Furias, Nous y Ananke. Ya he señalado que Atenea comparte con Ananke atributos limitadores y de aprovechamiento. Además, tiene un aspecto de Perséfone68; un aspecto de caballo69 como las Erinys; lleva en su pecho el Gorgo, esa aterradora imagen de la irracionalidad; su animal, el búho70, es su «sabiduría», pero también es un ave de perdición, una criatura nocturna chirriante que puede situarse entre las Arpías, las Sirenas, las Keres, imágenes aladas de Moirae de fatídicas necesidades.

Sin embargo, y en contraste, Atenea es la hija con cabeza de Zeus, la epifanía misma de su Nous, su Metis introyectada (la madre de Atenea). Metis («sabio consejo») procede de la misma raíz indogermánica MĒ que metron, medida, regla, norma.71Es sobre todo en el ámbito de la ciudad donde Atenea Polias72 defiende las normas de los cánones culturales. Uno de sus epítetos posteriores fue Pronoia, providencia, previsión, pues su estructura de conciencia puede espiar lo previsible, prepararse para ello y normalizar así lo inesperado. Atenea, como Hygieia,73 muestra la misma previsión en el ámbito de la salud. ¿Acaso no apelamos a ella todavía hoy bajo el disfraz conceptual de la «higiene mental» y los centros comunitarios de salud mental organizados por el Estado? El propio nombre de Atenea, según Kerényi, hace referencia a un recipiente contenedor «una especie de vasija, un plato, un vaso o una cacerola»;74 era la divinidad protectora del alfarero; y el cuenco de barro era una ofrenda votiva primordial en el culto a Atenea.75 La normalización también se produce al tener una apertura receptiva y un espacio interior contenido para lo que venga.

La Atenea romana, Minerva76 (cuyo nombre deriva de memini, mens, mente) tenía bajo su protección a todos los gremios artesanales, a los maestros de escuela («¡escuela normal!») y a los grupos de la profesión médica cuya tarea es ejercer el gobierno sobre la Causa Errante mediante el sabio consejo del intelecto práctico.77

Como dadora de la brida y el yugo y de «la ciencia de los números»78, Atenea presenta la necesidad persuasiva de la razón, las necesidades matemáticas y lógicas en las que, como dice Aristóteles (Metafísica 1015a-b), «una conclusión no puede ser de otro modo», pues se sigue necesariamente de las primeras premisas en los procesos deductivos. El pensamiento está unido y frenado por la lógica de la razón. Atenea une a Zeus y Ananke porque en su persona se combinan la razón y la necesidad. Atenea-Minerva traslada a Ananke de la violencia de Bia a la fuerza de la mente de la que su discurso convincente (peitho) es ejemplo. Atenea es la necesidad trasladada del otro mundo a este mundo, de la ceguera a los ojos brillantes (glaukopis), del hilado al tejido, de la impenetrable compulsión errática a las previsoras medidas protectoras del intelecto práctico con respecto a la necesidad, medidas que a su vez se convierten en otro tipo de necesidad.

Yo definiría este proceso psicológico como normalización y consideraría a Atenea como la persona arquetípica dentro de la fantasía de la normalidad. Cuando la psicología habla en términos de normas, cuando intenta normalizar, cuando representa el punto de vista del canon cultural y da sabios consejos desde la comprensión práctica -protectora, higiénica, política, sensata-, entonces la psicología está representando a Atenea.

Además, podemos aportar apoyo a que hayamos llamado «maternal» a la perspectiva normativa. A diferencia de Hera y Artemisa, a las que no se dirigía el culto griego con el término Madre, a Atenea se la llamaba Meter. Esta virgen sin descendencia era, sin embargo, madre, aunque nunca se la representó con un niño en brazos.79 Aquí tenemos ocasión de discriminar con más precisión el término «madre» utilizado con amplitud en la psicología profunda.80La maternidad de la conciencia ateniense es institucional, una maternidad de hermandades no religiosas y seculares (phratriai). Para encontrar a la Madre Atenea debemos recurrir a las convenciones de los hombres de ideas afines, las normas nomotéticas de la ciencia, los negocios, los oficios, las profesiones y el gobierno y sus inevitables normas de inclusión y exclusión.81 Cuando se examina el alma desde un punto de vista institucional o se aborda con el pensamiento y el sentimiento convencionales, la perspectiva que opera es la de Atenea.

En otro lugar sugerí que los diálogos de Platón pueden examinarse arquetípicamente en términos de los dioses82 y las variaciones dentro de su filosofía pueden entenderse como apropiadas al politeísmo de su conciencia. El diálogo que parece ser especialmente el «hijo de Atenea» es el Estadista.

Allí encontramos que el oficio particular con el que se compara el estadismo es el arte de combinar, y las imágenes para este arte son las de Atenea: medir y tejer (Estadista 283-87).83El trabajo manual de Atenea es el paradigma utilizado por Platón para el oficio de la política. Ya hemos visto la habilidad de Atenea para combinar o tejer las fuerzas vengativas e implacables en la estructura de la Acrópolis mediante ese notable término combinatorio «extranjeros residentes» que es, al fin y al cabo, una resolución del «problema de Orestes» mediante una metáfora política. Platón dice que Atenea (junto con Hefesto) gobierna la artesanía para las «necesidades cotidianas de la vida» (Leyes XI, 920e), como si dijera que el mantenimiento de la vida cotidiana y práctica de la comunidad es su principal preocupación. La inclusión de lo excesivo y anormal entretejiéndolo es el arte de la conciencia política. Este tejer, como Platón se esfuerza metafóricamente en establecer, no es remendar edredones, clavar tablas, coser cuero, zurcir agujeros. No es reparar. No es collage. No es bricolaje, al azar, sin necesidad interna. Más bien, el arte de Atenea es el trenzado sistemático de hebras; y como su propia persona es una combinación de Razón y Necesidad, su arte de combinación produce un tejido completo (Estadista 283b). Todos los hilos tienen cabida en la gestalt y contribuyen a ella, al igual que las Erinas. Las viejas Furias se incorporan, nada queda fuera, ningún extremo cuelga de los bordes: la integración como norma ideal.

Es en este sentido integrador como podemos comprender la importancia de Minerva en el arte de la memoria de Bruno.84Minerva hace posible el arte mismo; su escalera conecta todas las cosas mediante gradaciones de imágenes. O, como hemos visto en las Euménides, es Atenea (Minerva) quien crea el espacio interior. Ella es la función espacial interna de la mente, la diosa que otorga el topos, juzgando dónde pertenece cada acontecimiento en relación con todos los demás. Es la mente como receptáculo contenedor que normaliza a través de la organización interior.

Sin embargo, esta estructura de la conciencia puede convertir las normas en armas. Lo vemos en la Ilíada (21: 399 y ss.). Atenea coge un mojón (lo que pone límites) y se lo lanza a Ares, golpeándole en el cuello (lugar de la necesidad). Es aplastado por su fuerza, «subyugado» a sus límites.

Se hace más evidente por qué son «irracionales» los dioses que se contraponen fuertemente a Atenea: Ares y Afrodita (en la Ilíada); Poseidón (en la Odisea); Dioniso (cuya embriaguez puede curarse con un huevo de búho,85 y que llama a las hijas de Minyas para que abandonen sus tejidos); Pan (no se permitía ninguna cabra en la Acrópolis y su saliva era veneno para su olivo).86Las emociones dinámicas, las rabias, las posesiones, las histerias húmedas, las depresiones y la naturaleza salvaje fuera de la polis no pertenecen al cosmos de la normalización de Atenea. No pueden ser contenidas en su amplio, pero no agrietado cuenco.

Estas sinergias siguen operando en nuestras perspectivas. Es difícil imaginar la naturaleza de la conciencia ateniense sin que nosotros mismos caigamos en una u otra de estas posturas cargadas de afecto con las que ella se opone.

Una segunda metáfora del Hombre de Estado se refiere también al entretejido de Ananke dentro del cuerpo político – y, por supuesto, el cuerpo político es también una imagen, una forma de hablar de la constitución del alma. Esta vez, la metáfora se refiere a la jerarquía social, desde los esclavos hasta los reyes (Statesman 287-91), que se combinan mediante el arte del arte de gobernar. Por lo que ya hemos visto, sabemos que «esclavos» se refiere a ananke, y que dentro del alma los esclavos son lo obligado y lo compulsivo.

Siguiendo una propuesta que he hecho en otro lugar («Un ensayo sobre Pan») de que las ideas y los comportamientos (incluidos los comportamientos patologizados) son siempre la puesta en escena de fantasías míticas, ahora sería apropiado desarrollar más las relaciones entre las imágenes míticas de Atenea y las ideas de las normas, y luego vincular estas imágenes e ideas con las patologías del comportamiento. En otras palabras, estamos obligados a reconocer la patologización de Atenea. Del mismo modo que la ascensión pertenece al arquetipo puer, la constricción a Saturno, la fuerza de voluntad al Héroe, el crecimiento a la Magna Mater y a su Hijo, así la normalización pertenece a la conciencia ateniense. (Tanto es así que aún hoy llamamos «atenienses» a los ideales normativos de «nada en exceso» y a la doctrina del justo medio). Y del mismo modo que estas otras actitudes ideológicas -ascensión, constricción, fuerza de voluntad, crecimiento- proporcionan un apoyo de fondo para una forma de patologizar, así también normalizar es una forma de patologizar que contiene su propia justificación arquetípica.

La justificación ateniense tiene lugar mediante la apelación a normas objetivas. Sentir que las normas son objetivas y pensar que las normas objetivas lo son, independientemente de las estructuras de la conciencia y de las personas arquetípicas que las rigen, revelan que estamos en el templo de Atenea. El entrelazamiento del pensamiento normativo y objetivo es precisamente el punto ciego de la conciencia ateniense. Aquí no puede ver a través de sí misma y dentro de la fantasía arquetípica que está representando. Esta conciencia experimenta las normas como objetivas y lo objetivo como normal, y de lo objetivo debemos derivar nuestras normas. La conciencia ateniense se vuelve hacia los «otros» objetivos (polis) para validar la necesidad de su perspectiva.

Esta conciencia permanece eternamente ligada a su «padre», Zeus, lo que le da una certeza de juicio y una convicción de objetividad; mantiene una preocupación impersonal y desinteresada por «el bien del todo». Este todo, sin embargo, al objetivarse (en lugar de individualizarse) se abstrae en una norma idealizada. La sutil infusión de lo abstracto en lo práctico tiene la ventaja -y la desventaja- de eliminar las preocupaciones prácticas reales en normas y objetivos basados en principios. Se hace difícil distinguir entre la virtud y la tiranía del juicio en la conciencia ateniense.

Que hay anormalidad en la normalización, que la consigna de la normalidad integrada es el lugar mismo del estilo de psicopatología de Atenea, se representa más vívidamente en su función de protectora de la «ciudad», donde la preparación de su pronoia es también la defensiva militar de la paranoia. Es patrona de las armas y ella misma es «una diosa armada con el cuerpo casi totalmente cubierto por un escudo».87La estructura de la conciencia que nos mantiene racionales, prácticos y en guardia para las necesidades cotidianas de la vida es la misma que nos mantiene enfundados en nuestra armadura corporal, las posturas defensivas que son arquetípicamente necesarias para la normalidad civilizada.

Esta estructura protectora y práctica está tan cerca de nuestras defensas habituales del yo que resulta especialmente difícil reconocerla. Otto nos recuerda la cercanía de Atenea a la acción, su prontitud e inmediatez. Habla de ella como la inteligencia que nos guía en medio de las operaciones de la vida, al igual que Piaget, que define la inteligencia como una actividad del yo que resuelve problemas mediante combinaciones operativas. Se trata de un arquetipo que no se revela en los afectos. No tiene ni el salvajismo de la batalla ni la distancia de la contemplación (dice Otto); por tanto, no es discernible a través de convulsiones afectivas o subidones espirituales. Está «siempre cerca»88, y como está tan cerca no la vemos.

Para localizar psicológicamente a Atenea debemos acercarnos a lo que llamamos el ego (y Atenea era consejera de muchos héroes).89 Atenea actúa como voz autocontroladora o perspicacia dentro de nuestras reflexiones. Es el mentor interno, y es como pájaro mentor que aparece tan a menudo en la Odisea.90 Cuando uno se aconseja a sí mismo, el acto es ateniense, y el consejo que surge refleja sus normas. Ella es la reflexión despierta en la noche, como el búho y la llamada repentina, como su trompeta que hace que uno oiga a pesar de su sordera interior. Cuando hablamos de reflexión en psicología o invocamos figuras interiores de la imaginación para que reflejen nuestras preocupaciones, debemos recordar que la reflexión tiene muchos estilos. El consejo de Atenea presenta las normas de este mundo, y sus necesidades, en estrecha cooperación con los intereses del ego. No se trata de una reflexión nínfica y fantasiosa, pueril e inspiradora, saturniana y abstraída, apolínea y clarificada, ni de una reflexión musitada, erótica, especulativa o hermética.

El resultado de lo que hemos estado elaborando aquí puede resumirse de la siguiente manera: 1) lo normativo es sólo una perspectiva arquetipal hacia los acontecimientos psicológicos, como Atenea es sólo uno de los doce olímpicos – y hay otras perspectivas, en particular del Inframundo, que no son olímpicas. 2) Las normas con validez objetiva son «absolutas», «normales» y «objetivas» sólo para la conciencia ateniense, para la que tales fantasías son arquetipalmente necesarias. 3) El enfoque normativo de la psique es inherente a una Weltanschauung que siente su obediencia primaria a las imágenes «exteriores», o lo que hoy denominamos psicología «consciente» (estadística, social, práctica, preventiva, higiénica, comunitaria); o «exterior» como arriba, las altas verdades objetivas de Zeus. 4) El enfoque normativo experimenta la Necesidad tal como la traduce Atenea, es decir, la necesidad nos presiona como exigencias a cumplir con imágenes que son représentations collectives, procedentes de la res publica, de estándares normativos que son racionalmente demostrables, más que de imágenes de lo imaginal. La patologización se vuelve eo ipso anormal. Nos concebimos como seres sociales, económicos, naturales o políticos más que como seres imaginativos. Formulamos nuestras necesidades en términos de necesidades «exteriores»; nuestras acciones se guían por lo racional, lo político, lo higiénico, lo previsor, lo precautorio. 5) La propia imaginación recibe una interpretación inspirada y profética de la conciencia ateniense. Sus formas caídas serán denunciadas como inescrupulosas y poco prácticas o ennoblecidas con presagios e implicaciones; pero no se les permitirá la independencia de su deformidad, pues todos y cada uno de los acontecimientos deben encajar, encajar y encajar. 6) Ser normal en cualquier sociedad es representar un estilo particular de la fantasía de esa sociedad. La apelación a la normalidad esconde una defensa contra otras representaciones arquetipales, que entonces deben ser juzgadas forzosamente «anormales». 7) Desde este punto de vista tiene que haber una anormalidad contra la que este estilo de conciencia se defienda y se integre normalizándose. Así hemos llegado a «la necesidad de la psicología anormal». También hemos expuesto nuestra principal preocupación en este trabajo: antes de que la psicoterapia esté en condiciones de hacer nada en absoluto con respecto a la anormalidad psicológica, está obligada primero a reconocer el arquetipo dominante en el estilo que arroja un mundo en normas, normalizando, y normalidad, es decir, la persona arquetípica de Atenea.

La imagen de Atenea, con casco y armadura, nos devuelve a nuestra referencia inicial a Freud. El pequeño síntoma tan ajeno a la visión normativa del ego es la grieta en la estructura que resquebraja todas las imágenes normativas de cómo deberíamos ser, todas las negaciones de la patologización imposibilitadas por los persistentes dolores de espalda, la indigestión, el mal humor y las ideas acosadoras. El defecto fatal es, en efecto, el Destino, la Necesidad, que llega a nuestra alma a través de sus hijas, a pesar de todos los escudos de prudencia que se alzarían contra ella. A través del poder de la imagen, expresándose como síntoma y presentando las erráticas pretensiones de la Necesidad, descubrimos una visión psicológica del ser humano para la que no rigen ni el naturalismo ni el espiritualismo ni el normalismo. El hombre natural que es uno con el desarrollo armonioso, el hombre espiritual que es uno con la perfección trascendente y el hombre normal que es uno con la adaptación práctica y social se transforman al ser deformados en el hombre o la mujer psicológicos que son uno con el alma.

Presentado en la Conferencia de Eranos, agosto de 1974, y publicado por primera vez como «Sobre la necesidad de la psicología anormal» en Eranos Yearbook 43 (1974). Reimpreso, con las correcciones incluidas aquí, en Facing the Gods, ed. J. Hillman (Dallas: Spring Publications, 1980).


1. NIL, 78, párr. 31

2. “On Psychological Language”, en J. Hillman, The Myth of Analysis: Three Essays in Archetypal Psychology (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1972), y “Pathologizing”, en J. Hillman, Re-Visioning Psychology (New York: Harper & Row, 1975).

3. CW 13: 54.

4. Cf. D. Kingsley, « ’Through the Looking Glass’: Divine Madness in the Hindu Religious Tradition», History of Religion 13/4 (1974), 270–305.

5. Al enfatizar el aspecto patologizado de lo imaginal, soy consciente de divergir aquí de la visión de Henry Corbin, quien es el fundador del término “imaginal” y con quien mi trabajo está, y estará para siempre, profundamente endeudado. Corbin considera que el imaginario de “lo fantástico, lo horrible, lo monstruoso, lo macabro, lo miserable y lo absurdo” refleja la secularización de lo imaginal: “En contraste, el arte y la imaginación de la cultura islámica en su forma tradicional se caracterizan por el hierático, por seriedad, gravedad, estilización y significado” (H. Corbin, “Mundus Imaginalis, or the Imaginary and the Imaginal”, Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought [1972], 16). Claramente, las patologizaciones de la imagen no pertenecen al mundus imaginalis tal como él nos ha dado esta palabra. Pero en la formación del alma de la psicoterapia real, las patologizaciones son a menudo la vía regia hacia lo imaginal. Aquí seguimos a Jung para quien no había imagen que no pudiera convertirse en vehículo de la imaginación activa y del movimiento de la conciencia hacia las profundidades míticas. De hecho, cuanto más fastidiosa era la imagen, más probable era que fuera un símbolo que movilizaba precisamente esas profundidades míticas. Solo estos pensamientos perversos, palabras obscenas, miedos y recuerdos obsesivos son la materia prima. Cada comienzo es con “lo macabro, lo miserable y lo absurdo”. Y volvemos a la materia prima con cada nuevo movimiento de la psique. La diferencia entre Jung y Corbin puede resolverse aquí si practicamos la técnica de Jung con la visión de Corbin, es decir, la imaginación activa no es por el bien del hacedor y nuestras acciones en el mundo sensible de las realidades literales, sino por el bien de las imágenes. y hacia dónde nos pueden llevar: su realización.

6. Por “arquetipo” solo puedo referirme al arquetipo fenoménico, el que se manifiesta en imágenes. El arquetipo noumenal per se no puede, por definición, presentarse de modo que no se pueda postular nada en absoluto de él. De hecho, cualquier cosa que se diga sobre el arquetipo per se es una conjetura ya regida por una imagen arquetipal. Esto significa que la imagen arquetipal precede y determina la hipótesis metafísica de un arquetipo nouménico. Entonces, apliquemos la navaja de Occam al noúmeno de Kant. Al quitar este estorbo teórico innecesario a la noción de arquetipo de Jung, restauramos todo el valor de la imagen arquetipal . Cf. mi «An Inquiry into Image», Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1977), 70.

7. Nuestra psicología politeísta no tiene un Diablo al que pertenezcan todos los procesos destructivos: “Los griegos no tienen una categoría de divinidades generalmente reconocidas como esencialmente malignas, ningún Diablo o diablos reales”. (A. D. Nock, “The Cult of Heroes,” Harvard Theological Review 37 (1944), 172). Desde este punto de vista, la sombra no es un arquetipo separado, sino que es arquetipal, es decir, una distinción ontológica dentro de los mismos dioses, siempre con ellos, nunca arrojada al mundo humano solamente. Cada dios contiene sombra y la proyecta de acuerdo con la forma en que él o ella da forma a un cosmos. Cada dios es una forma en la que somos ensombrecidos.

8. Por ejemplo, Empédocles, frag. 115, donde el exilio, el deambular y el ser azotados incesantemente por las fuerzas elementales resultan de la Necesidad.

9. H. Schreckenberg, Ananke: Estudios sobre la historia del uso de las palabras. Zetemata. Monografías sobre estudios clásicos, número 36 (Munich: Beck, 1961).

10. Ibíd., 69–74.

11. Liddell y Scott, A Greek-English Lexicon (Oxford: Clarendon, 1964); R. B. Onians, Los orígenes del pensamiento europeo (Cambridge: Cambridge University Press, 1954), 332.

12. Schreckenberg, 176, con anexo fotográfico de prisioneros y esclavos con cuerdas al cuello. El énfasis especial que Schreckenberg pone sobre el yugo y el collar de esclavo en su etimología, abre una perspectiva hacia la desconcertante cuestión de la esclavitud en las mismas culturas antiguas de las que extrae su etimología. Siguiendo su línea de pensamiento que une la servidumbre con la necesidad, la esclavitud se justifica eo ipso, incluso implícita, por la palabra misma necesidad. (La cárcel de Atenas y Tebas se llamaba anankaion.) Entonces, la esclavitud podría incluso haber sido experimentada como una operación de Ananké, parte del camino de todas las cosas, un principio fundador del orden universal. Mi punto aquí no es justificar la esclavitud, sino sugerir que las ideas, personas y mitos arquetípicos, como Ananké, son determinantes en las actitudes y estructuras sociales.

13. Onians, 333n; Lewis and Short, A Latin Dictionary (Oxford: At the Clarendon Press, 1894).

14. Schreckenberg, 114 y ss. para una discusión de ananké en Leucipo y Demócrito.

15. Schreckenberg, 133; W. H. Roscher, Enciclopedia detallada de la mitología griega y romana (Hildesheim: Olms, 1965), “Necessitas”.

16. Cf. “Of Milk” en J. Hillman, Senex & Puer, UE 3 (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2005).

17. Sobre la relación del Amor (Filotes) y la Lucha (Neikos) en Empédocles, véase D. O’Brien, Empedocles’s Cosmic Cycle (Cambridge: Cambridge University Press, 1969), 104–27. P. Friedländer, Platón, trad. H. Meyerhoff, Bollingen Series (Princeton: Princeton University Press, 1969), 3: 362 y nota, aclara la identidad de Amor con Afrodita-Charis y Strife con Ananke. (Que la Necesidad funciona a través de la discordia y el conflicto, y que la discordia y el conflicto son necesarios, también es una lección psicológica que aprendemos de estas relaciones mitológicas). En última instancia, Afrodita y Ananké se vuelven intercambiables: ambas pueden crear a Eros y ambas pueden aparecer a través de Némesis (la venganza)). Experimentamos esta identidad particularmente en las fijaciones inamovibles del amor. Parménides expresó esta experiencia psicológica en lenguaje metafísico, W. K. C. Guthrie, A History of Greek Philosophy (Cambridge: Cambridge University Press, 1965), 2: 62; F. M. Cornford, From Religion to Philosophy (Nueva York: Harper Torchbook, 1957), 222–23.

18. Bia y Ananke son términos y figuras intercambiables (G. Wissowa, Paulys Real-Encyclopaedie der arqueología clásica [Stuttgart: J. B. Metzler], 3: 379-80). Peitho era otro nombre de Afrodita, a quien se adoraba de esa forma (Roscher, “Peitho”, 1796–1804).

19. Líneas 96–104; Esquilo II, trad. David Grene (Chicago: University of Chicago Press, 1956), cursiva mía.

20. Líneas 962–75; Eurípides, trad. Richmond Lattimore (Chicago: Prensa de la Universidad de Chicago, 1955). Para comentarios textuales sobre este pasaje ver Eurípides, Alcestis, ed. A. M. Dale (Oxford: At the Clarendon Press, 1954), 119–21.

21. Cf. J. Hillman, The Dream and the Underworld (Nueva York: Harper & Row, 1979), 27ff.

22. Roscher, «Necessitas», 71, informa que Ananke está asociado con Perséfone en dos tumbas.

23. El tema de los límites que rodean en Homero y después ha sido tratado exhaustivamente en Onians, «peirata», 310-42. Es principalmente en ese capítulo donde encontramos la discusión de Onians sobre ananké.

24. Cf. Schreckenberg, 144.

25. Cf. Esquilo, Agamenón 218.

26. Particularmente un clavo de acero (Horace, Odes I, 35, 17ff; III, 24, 5ff., donde es Tyche (casualidad) quien clava los clavos en el cuero cabelludo de sus víctimas). Eurípides, Alcestis 979, por una imagen de acero en relación con la Necesidad.

27. Cf. Schreckenberg, 41, sobre la relación entre la Necesidad y la “Situación ausweglose”.

28. “Al ser coronado como cantante… está ligado a un destino particular, tanto a la obligación como al poder”. onianos, 407 n1; 376: “Se prestó atención a la cabeza porque contenía la psique”. Además, 444–51.

29. Guthrie, 2: 35–37, 72–73.

30. He utilizado ambas traducciones: H. Tredennick, Loeb Classical Library (Londres: Heinemann, 1961) y W. D. Ross, The Works of Aristotle, 2ª ed. (Oxford: En Clarendon Press, 1940).

31. Lyperon = “molesto” (Ross); “desagradable” (Tredennick); compárese ambos con Empédocles (frag. 116) quien llama a Ananké “intolerable”.

32. Guthrie, 2: 417.

33. F. M. Cornford, Plato’s Cosmology: The Timaeus of Plato (London: Routledge, 1948), 160.

34. Citado de Cornford, Platón’s Cosmology, 172.

35. Ibíd., 176.

36. Friedländer, Plato, 1:  205. Cornford, Plato’s Cosmology, 203, hace el mismo punto.

37. E. R. Dodds, «Plato and the Irrational», en su The Ancient Concept of Progress (Oxford: At the Clarendon Press, 1973), 116.

38. Cf. ibíd., “[Platón] ha proyectado en su concepción de la naturaleza esa obstinada irracionalidad que se vio cada vez más obligado a admitir en el hombre (Timeo 90c-d)”.

39. En el Timeo (48b, 52d) se habla de los cuatro elementos como pathe. Pathé básicamente significa un “estado pasivo”, y luego, en segundo lugar, sufrimiento, aflicción. Los elementos no son en sí mismos archai. Más bien son modos de suceder, modos de ser movidos, modificados, afectados. La Cosmología de Cornford Platón (198n, 199) y Friedländer, Platón (3: 370–71) las llaman “cualidades” del Caos. Son los modos a través de los cuales trabaja la Necesidad. Son, por así decirlo, los modos elementales de ser afectado; dan cuatro estilos al funcionamiento de la causa errante en nuestras condiciones caóticas. O, en lenguaje alquímico, los cuatro elementos son modos de la materia prima y se experimentan como cuatro modos de nuestro sufrimiento primario. El sufrimiento de Empédocles que está ordenado por la Necesidad se describe (frag. 115) como su ser abofeteado de un elemento a otro; Platón ve los elementos primarios en sus condiciones caóticas como sacudidos y oscilantes perpetuamente (52e) («perpetuamente en movimiento, llegando a estar en un lugar determinado y desapareciendo de nuevo fuera de él», 52a). Los cuatro elementos como paté sugieren una “psicopatología elemental” o un logos del sufrimiento del alma en términos de los elementos. (Cf. Los cuatro modos de “muerte” de T. S. Eliot en “Little Gidding” (Four Quartets). La obra de Bachelard presenta los cuatro elementos como los fundamentos de la conciencia; así como también pueden ser considerados las cualidades básicas de la patologización, permitiéndonos examinar la fenomenología de las imágenes y el comportamiento en términos de fuego, aire, agua y tierra. Este movimiento no pretende alejarse de la imagen concreta hacia otro sistema cuádruple de abstracción, sino más bien explorar las implicaciones terapéuticas de la imagen, si sus posibilidades pertenecen más apropiadamente al fuego, digamos, que a la tierra, al aire o al agua, porque el peor sufrimiento es el de Empédocles, que es arrojado de un elemento a otro, sin pertenecer a ninguno.

40. Para una discusión completa y reciente de las Moiras (y también de las otras “diosas del destino”), véase B. C. Dietrich, Death, Fate and the Gods (Londres: Athlone Press, 1967). Por un lado, Ananké gobierna las Erinias según el Himno órfico 69 (trad. T. Taylor); por otro, es una conceptualización posterior de los mismos (Dietrich, 98).

41. Para una rica discusión sobre “Las rodillas de los dioses” y el huso de Ananké, véase Onians, 303–309. El mito de Er ha proporcionado una imagen fundamental para la fascinación platónica por la astrología como un modo de psicología. La misma Necesidad gobierna los movimientos del alma tanto como los movimientos de las estrellas. Así como las almas pasan debajo de su asiento, en su regazo gira el huso que gobierna los movimientos planetarios. Lo que le pasa al alma ya las Estrellas está en la misma red. Así que uno trata de descifrar las necesidades apremiantes del alma consultando los movimientos de los planetas. Como explicó Paracelso, un médico de patologías no puede considerarse como tal a menos que tenga conocimiento de la otra mitad del alma en los cuerpos planetarios. Pero los astrólogos han tomado esta correspondencia literalmente, más que imaginariamente. Porque no son las estrellas reales ni los planetas astrológicos los que gobiernan la personalidad. La astrología es una forma metafórica de reconocer que los gobernantes de la personalidad son poderes arquetípicos que están más allá de nuestro alcance personal y, sin embargo, están necesariamente involucrados en todas nuestras vicisitudes. Estos poderes son personas míticas, dioses, y sus movimientos no se describen en las matemáticas sino en los mitos.

42. Friedlander, Platón, 3: 382.

43. Cornford, Platón’s Cosmology, 289. La relación de la psique y los órganos internos (tripas e hígado) es un tema en sí mismo: cf. E. Bargheer, Einweide. Fuerzas vitales y anímicas del interior del cuerpo (Berlín: de Gruyter, 1931); N. Mani, Los fundamentos históricos de la investigación del hígado (Basilea/Stuttgart: Schwabe, 1959); Onians, 84-89; E. Fischer-Homberger, «Sobre la historia de la conexión entre el alma y la digestión», Semanario médico suizo 103, 1433-41 (1973).

44. Schreckenberg, 133. Las Euménides (Erinys o Furias, divinidades de la Necesidad, ver más abajo sobre Esquilo y notas), afectan al hombre y lo vuelven loco a través de los phrenes (Eumenides, II. 301, 331, 344) que Lattimore consistentemente traduce como “corazón ;” Thomson, como “seno”. Sobre “frenes” véase Onians, 13–15, 23–43. Su trabajo muestra que el término se refiere a un órgano de la conciencia y no solo a un lugar físico (pulmones o diafragma), de ahí que haya usado el término “alma de aire”.

45. Schreckenberg, 133-64, examina todo el complejo de preguntas, cf. M. P. Nilsson, Opuscula Selecta (Lund: Gleerup, 1960), 163-64.

46. Cuando Porfirio en su vida de Plotino (cap. 2) da respuesta, en un oráculo de Apolo, a la pregunta de adónde había ido el alma de Plotino después de la muerte, podemos leer: “Los lazos de la necesidad humana ahora se han soltado de ti”. Nótese bene el papel de Apolo en su estilo de pensamiento (Fedón) y lo que llamo la “conciencia apolónica” de enfoques trascendentes a los problemas de la psique.

47. Plegai también puede significar golpes, caricias, heridas, aflicciones. Es la fuente de nuestra palabra “plaga”.

48. G. Thomson (con W. G. Headlam), The Oresteia of Aeschylus (Cambridge: Cambridge University Press, 1938), 1: 345 (líneas 931–35).

49. Cf. el brillante “Epílogo” de Concord a la Cosmología de Platón sobre la comparación entre el Timeo y la Oresteia; véase también Thomson, 2: 231.

50. “Peitho and Ananke sind terminologisch Gegensatzkomplemente”. Schreckenberg, 102n 77. Su oposición ya está en Empédocles, una entre Ananke y Charites (Roscher, “Peitho: [with Charis], 1796). Un atributo que las dos figuras de diosas tienen en común es el collar. El collar de Ananke que vimos arriba en el análisis etimológico de Schreckenberg; Peitho decora Pandora con collares de oro (Hesiod, Works and Days, 75). Evidentemente, lo que uno lleva alrededor de la garganta tiene las implicaciones del destino. El vestido de cuello, desde placas de identificación numeradas hasta collares y corbatas o cadenas doradas y gemas incrustadas, particulariza el destino. La garganta desnuda es la carne desarticulada e inarticulada sin un sentido específico de su propia necesidad. Ver más sobre joyería y articulaciones, A.J. Ziegler, «Rheumatics and Stoics», Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1979), 19–28. Para una discusión completa de la pareja Peitho-Ananke (como Bia), ver P. Laín Entralgo, The Therapy of the Word in Classical Antiquity, trad. L. J. Rather y J. M. Sharp (New Haven: Yale University Press, 1970), 64–90.

51. Cf. Thomson, 1: 68, para “extranjeros residentes”. Lattimore traduce «invitados de la tierra». El punto psicológicamente importante es que estas figuras no están totalmente integradas. Mantienen su identidad específica. Siguen siendo “forasteros”, invitados, extranjeros, aunque hayan recibido un lugar. Colocar, ni reprimir ni transformar (convertir), equivale a la curación arquetípica en este contexto.

52. Cf. P. Wheelwright, The Burning Fountain, chap. 10, “Thematic Imagery in the Oresteia” (Bloomington: Indiana University Press, 1968), 238.

53. El lugar de Orestes en la conciencia moderna ya ha sido magníficamente expuesto por D. L. Miller en su «Orestes: Myth and Dream as Catharsis», en Myths, Dreams, and Religions, ed. J. Campbell (Nueva York: Dutton, 1970), 26–47.

54. The Homeric Hymns, trans. C. Boer (Putnam, Conn.: Spring Publications, 1979), 137–38. Cf. concluding passage of “Hymn to Pythian Apollo,” 180.

55. Laín Entralgo, The Therapy of the Word, 68.

56. Ibídem. Sin embargo, aquí hay una ironía, ya que en esa obra se muestra a Ulises como un hombre de acción cuyas palabras son muy engañosas. Además, es incapaz de convencer a Filoctetes, más aún un hombre de acción; sólo Hércules puede.

57. T. Izutsu, Language and Meaning: Studies in the Magical Function of Speech (Tokio: The Keio Institute of Philological Studies, 1956), 103, 26.

58. Estas dos citas son discutidas por Laín Entralgo, The Therapy of the Word, 66–67.

59. Izutsu, 13: “Así como no puede haber un uso mágico del lenguaje sin al menos un mínimo de lógica, así en el uso descriptivo ordinario del lenguaje – o incluso en el discurso científico – las palabras reales empleadas no pueden, por la naturaleza del caso, ser completamente libres. de la ilogicidad. En el lenguaje natural siempre hay algo que se resiste obstinadamente a un análisis lógico profundo.”

60. No es solo que Ananke y Bia no puedan oír (sordas) y lleven el epíteto habitual de “ciegas”); pero, como la Muerte, la Necesidad obra en silencio, no habla. Empédocles, según Plutarco, contrastó la Persuasión musical con la Necesidad no musical y silenciosa; cf. Laín Entralgo, 90.

61. Hillman, Re-visioning Psychology, 85–87.

62. Cf. “The Great Mother, Her Son, and the Puer,” in my Senex & Puer.

63. Aristóteles, De anima 412-13; 415b10.

64. Véase W. A. Scott, “Conceptions of Normalcy”, en Handbook of Personality Theory and Research, ed. E. F. Borgatta y W. W. Lambert (Nueva York: Rand McNally, 1968), por una colección de tales normas donde la normalidad equivale a salud mental, ajuste, felicidad, productividad, integración social, mínimo conflicto y destrucción, etc.

65. M. Ficino, Commentary on Plato’s Symposium on Love, trans. S. R. Jaynes (Woodstock, Conn.: Spring Publications, 2000).

66. Cf. E. Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance (Harmondsworth: Penguin, 1967), 50ff., 68ff., 273f., para una discusión sobre el neoplatonismo y Voluptas con referencias a Plotino, Ficino y Lorenzo Valla.

67. Vale la pena recordar aquí que Nous usa la geometría para ordenar lo informe en cuatro formas fundamentales. Como dice Cornford (Plato’s Cosmology, 210): «Así, la operación de la Razón se lleva, en la medida de lo posible, al oscuro dominio de los poderes irracionales». Norma, recordemos, es originalmente un término de geometría. Donde las matemáticas ordenan lo desordenado, también es un movimiento “fuera” del desorden, un movimiento que se aleja del dominio oscuro de los poderes irracionales y las necesidades de patologizar. Los libros psicológicos que enfatizan las descripciones geométricas de la psique (Aion de Jung, por ejemplo; o Time and Number de M.-L. von Franz, también pertenecen a las negaciones trascendentales de la patologización y, como tales, son menos psicológicos que espirituales, menos representativos del alma imaginaria). realidades, siempre patologizadas, que de una realidad metafísica abstracta que se presenta en formas “puras”.

68. Sobre Perséfone-Atenea, véase K. Kerényi, Athene: Virgin and Mother in Greek Religion, trad. M. Stein (Woodstock, Conn.: Spring Publications, 1978), 49–50, y la excelente posdata del traductor.

69. Sobre el caballo (Atenea), véase ibíd., 15, 38, 69-72 (Gorgo, Mare); M. Detienne, “Athene and the Mastery of the Horse”, History of Religions 11/12 (1971), 161–86; sobre el caballo (Erinys), véase Dietrich, Death, Fate and the Gods, 137ff.

70. Sobre la lechuza (Atenea), véase Kerényi, Athene, 37, 48, 50, 104n 312; E. Armstrong, The Folklore of Birds (Londres: Collins, 1958), 113–24; sobre Moirae como demonios grises voladores de la noche, Dietrich, 71 (también sobre Keres, 240–48); J. Pollard, Seers, Shrines and Sirens (Londres: Allen & Unwin, 1965), 140.

71. W. W. Skeat, An Etymological Dictionary of the English Language (Oxford: At the Clarendon Press, 1882).

72. Sobre la ciudad (Athene), véase Kerényi, Athene, 33, 38, 45, 50, 78; R. F. Willetts, Cretan Cults and Festivals (Londres: Routledge, 1962), 278, analiza el movimiento de Atenea desde la más antigua protectora de la casa y el palacio minoico-micénico hasta la diosa de la polis.

73. “Hygieia”, Roscher, I/2, 2772.

74. Kerényi, Atenas, 45.

75. Ibíd., 46.

76. Roscher, II/2, “Minerva”, 2986–991. Al igual que Atenea Ergane (Trabajadora), Minerva era la patrona de los artesanos, entre los cuales se contaban los médicos y también los maestros de escuela a quienes se les pagaban sus honorarios anuales el día de la fiesta de Minerva.

77. “La palabra metis siempre significa entendimiento práctico…” W. F. Otto, The Homeric Gods, trad. M. Hadas (Nueva York: Pantheon, 1954), 54; cf. Kerényi, Athene on Metis-Athene, 21–23, 32, 36f., 44, 67f., 109, 111.

78. R. Graves, The Greek Myths (Harmondsworth: Penguin, 1960), 1: 96.

79. W.   H.   D. Rouse, Greek Votive Offerings (Cambridge: Cambridge University Press, 1902), 257n 2; Kerényi, Athene, 24, 32f.

80. Es insuficiente llamar Gran Madre, o el arquetipo de la Madre, a toda imagen femenina –Luna, Deméter, Hera, Isis, Artemisa, Cibeles, Afrodita, etc.– como hace E. Neumann en su trabajo sobre este tema. Sólo amalgama lo que es bellamente preciso y sutilmente diferenciado en las personas e imágenes particulares. Para un intento de diferenciar la maternidad de la lactancia, véase mi «Abandoning the Child», en otra parte del volumen.

81. Sobre Athene and the Phratria, véase Kerényi, Athene, 27, 79, 106. M. P. Nilsson, “Appendix II: The Phratries”, en su Cults, Myths, Oracles and Politics in Ancient Greece (Nueva York: Cooper Square, 1972), 170: “Las fratrias obtuvieron tales dioses comunes a todas ellas, como mantuvieron el orden social y cívico, Zeus y Atenea. Las fratrias dan ejemplo de la dilución y secularización de la religión cuando el Estado pone su mano muerta sobre ella.” El ingreso fue por votación: normas de inclusión y exclusión.

82. Este método está indicado en el mismo Platón (Fedro 252-53) quien describe estilos de amar en términos de “seguidores” de los diferentes dioses. En los propios diálogos vemos imágenes e ideas -y patologizantes- propias de Apolo en el Fedón; vemos a Pan en el Fedro; Dionisio en el Simposio; Hermes en el Crátilo; Zeus y Atenea en las Leyes. Según Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance, 103, “Athena y Eros fueron adorados conjuntamente en los terrenos de la Academia”. Es desde estos dos lados, «ateniense» y «erótico», que los comentaristas platónicos han intentado captar al Sócrates de Platón, o han sido captados por esos dioses a través de él.

83. cf. Friedländer, Platón, 3: 289; Roscher, I/1, “Athene”, 681f.

84. Cf. Yates, Art of Memory, 290, y su Giordano Bruno and the Hermetic Tradition (Londres: Routledge, 1964), 312, donde Bruno se confiesa hijo de Minerva (“La he amado y buscado desde mi juventud, y deseado para mi esposo, y me he hecho amante de su forma…”). La relación entre Minerva y las imágenes de la mente puede ayudarnos a comprender (más allá del evidente significado artesanal o artesanal) el hecho de que fue a Atenea a quien los bruñidores ofrecieron sacrificio en Olimpia antes de pulir la imagen (Rouse, Greek VotiveOfrendas, 59n 20).

85. En otro cuento, el búho sobrio ahuyenta a las abejas de la entrada de una bodega (Hyginus, Fabulae 136).

86. Kerényi, Athene, 97. Kerényi trata extensamente la relación entre Athene y la cabra en 96ff.

87. Otto, Homeric Gods, 43, refiriéndose a su primera epifanía en el arte micénico.

88. Ibíd., 60.

89. El más importante de todos, Ulises; cf. W. B. Stamford, “The Favourite of Athene” en su The Ulysses Theme (Dallas: Spring Publications, 1992), 24–42, donde se exponen analíticamente las operaciones de la inteligencia ateniense. Otros héroes ayudados por Atenea son Aquiles, Diomedes, Jasón, Cadmo, Belerofonte, Perseo.

90. Willetts, Cretan Cults, 314.

El suicidio y el alma. Prólogo y notas preeliminares de 1964 y 1976

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 6 – 12

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Prólogo 

por Thomas Szasz

Para los animales no humanos, procrear y morir son consecuencias casuales de procesos biológicos. Para los seres humanos, a menudo son el resultado de una elección deliberada. Desde los primeros tiempos de la historia, el hombre ha ejercido el control sobre la reproducción, mediante el infanticidio, y sobre la muerte, mediante el suicidio. Practicar la anticoncepción es un pecado para los judíos ortodoxos y los católicos devotos, mientras que no practicarla es un acto de irresponsabilidad para casi todos los demás. El aborto sigue siendo un dilema moral para la mayoría. El infanticidio, definido como asesinato, está prohibido por el derecho penal. Sólo el problema del suicidio se ha resuelto a satisfacción del hombre moderno: sabe que es un síntoma de enfermedad mental, a menos que el «paciente» sea «asistido» por un médico, en cuyo caso se califica de «tratamiento» del dolor.

Puede sorprender al lector que la transformación del suicidio de un acto criminal llamado «autoasesinato» a un síntoma de enfermedad cerebral llamado «locura» (que anula la ilicitud del acto) se completara en realidad antes de que existiera la especialidad médica llamada «psiquiatría». Brevemente, así es como sucedió. En el siglo XV, las leyes penales de Inglaterra combinaron las penas eclesiásticas y seculares por suicidarse, un desarrollo que William Blackstone, el gran jurista inglés del siglo XVIII, resumió con aprobación de la siguiente manera:

La ley de Inglaterra considera sabia y religiosamente que ningún hombre tiene el poder de destruir la vida, sino por encargo de Dios, el autor de la misma; y como el suicida es culpable de un doble delito, uno espiritual, al eludir la prerrogativa del Todopoderoso, y precipitarse a su presencia inmediata sin ser llamado, el otro temporal, contra el soberano, que tiene un interés en la preservación de todos sus súbditos, la ley, por lo tanto, ha clasificado esto entre los crímenes más graves, convirtiéndolo en una especie peculiar de delito grave cometido contra uno mismo.1

Como el suicidio se consideraba una doble ofensa, tanto contra Dios como contra el Rey, el suicida era castigado doblemente, negando a su cadáver sepultura en tierra consagrada2 y confiscando sus bienes terrenales y entregándolos al Almirante del soberano. Esta salvaje retribución llevó gradualmente a los jurados ingleses -que cargaban con el deber de tener que determinar las causas de las llamadas muertes no naturales- a encontrar la manera de mostrar piedad con las víctimas, tanto vivas como muertas.

La Inglaterra del siglo XVIII era la nación más avanzada tecnológicamente, más próspera y más poderosa del mundo. No por casualidad, los ingleses disfrutaban de más libertad personal y se suicidaban en mayor número que ningún otro pueblo del mundo. En la entrada correspondiente a «self-murder», el Oxford English Dictionary ofrece este ejemplo del uso de la palabra: «1741 … ‘In such a gloomy, saturnine nation as ours, where Self-murders are more frequent than in all the other Christian World besides'». Sin embargo, lo nuevo en Inglaterra en el siglo XVIII no era la melancolía, sino la libertad. Por primera vez en la historia, el pueblo inglés empezó a tomarse en serio las ideas gemelas de libertad personal y derecho a la propiedad. En este clima cultural cada vez más humano, a los ingleses que formaban parte de los jurados de los forenses les resultaba intolerablemente molesto el deber de imponer las penas prescritas por la ley para el suicidio. Sin embargo, la abolición de la ley contra el suicidio era impensable. Gobernantes y gobernados creían que legalizar el suicidio equivaldría a sancionar el abuso de drogas. Volver locos a los culpables3, es decir, «insanizar» el suicidio, tratar a los culpables de este delito como si fueran lunáticos, era la solución perfecta. Permitía a los ingleses y inglesas mantener las sanciones religiosas y legales contra el acto y, al mismo tiempo, proporcionaba un mecanismo compasivo y aparentemente científico e ilustrado para evitar a la familia del suicida la indignidad y las pérdidas económicas que conllevaba castigar el acto. S. E. Sprott, historiador del suicidio inglés, resumió esta evolución de la siguiente manera:

En el siglo XVIII, los jurados declaraban cada vez más la demencia para salvar a la familia de las consecuencias de un veredicto de delito grave; el número de muertes registradas como «dementes» creció sorprendentemente en relación con el número de muertes registradas como auto-asesinato … En la década de 1760 la confiscación de bienes parece haberse convertido en algo raro.4

Cualquiera que reflexionara sobre el asunto debía tener claro que hallar la «mente» non compos del suicida -póstumamente, exactamente en el momento en que ejecutaba su acto criminal- era una táctica legal para eludir la pena que la ley prescribía para este delito. Blackstone reconoció el subterfugio y advirtió contra él:

Pero esta excusa [la de declarar al delincuente non compos mentis] no debe ser llevada al extremo al que los jurados forenses tienden a llevarla, es decir, que todo acto de suicidio es una prueba de demencia; como si todo hombre que actúa en contra de la razón no tuviera razón en absoluto; porque el mismo argumento probaría cualquier otro criminal non compos, así como el auto-asesinato.5

La advertencia fue inútil. La ley definió la sentencia póstuma del jurado como una auténtica constatación de hechos sobre la mente humana. La gente no necesita que la animen a eludir su responsabilidad. Sin embargo, aquí la Ley, el Gran Maestro, alentó precisamente tal evasión. Al declarar que los suicidas eran non compos, la Ley había creado un mecanismo para rechazar la responsabilidad y, con la ayuda de la profesión médica, envolvió esta evasión en el manto de la curación y la ciencia. Como resultado, a principios del siglo XIX, la ley y el público estadounidense estaba dispuesto a creer las mentiras más escandalosas presentadas como hechos médicos sobre las enfermedades que se manifiestan como suicidio. El primer texto sistemático sobre la relación entre el derecho y la locura fue publicado en 1838 por Isaac Ray, un médico general de 31 años de Eastport, Maine (entonces un pueblo pesquero de 2.840 habitantes). Ray era un joven culto, pero prácticamente no tenía experiencia con dementes, vivos o muertos. Sin embargo, afirmó confidencialmente:

Las analogías así presentadas entre la propensión suicida y la locura… se ven también reforzadas por los cambios patológicos observados después de la muerte. En la mayor parte de los casos en que se efectúa un examen, se encuentra que el cerebro o las vísceras abdominales han sufrido lesiones orgánicas, más o menos extensas… Incluso en aquellos casos en que el acto fatal no fue precedido por ningún indicio o enfermedad… la disección ha revelado a menudo la enfermedad más grave, que debe haber existido durante algún tiempo antes de la muerte.6

Ray concluyó: «En la actualidad, el hecho del suicidio no tiene más importancia que la que se deriva de su conexión con las enajenaciones mentales que se puede suponer que lo han originado».7 Los primeros psiquiatras veían en el suicidio una de las mejores fuentes para demostrar su pericia. Las opiniones de Esquirol son ilustrativas. Escribió:

He visto muy a menudo suicidios provocados por la práctica de la masturbación. Lo mismo ocurre con el abuso de bebidas alcohólicas … Los individuos así debilitados se hunden en la lipemanía [melancolía], y sin otro propósito que el de librarse de la vida … Todo lo que he dicho hasta ahora, junto con los hechos que he relatado, demuestran que el suicidio ofrece todas las características de la alienación mental, de la que es, en realidad, un síntoma … Siendo el suicidio un acto consecutivo a … la locura … [su] tratamiento pertenece a la terapéutica de las enfermedades mentales … He demostrado que el hombre sólo atenta contra su vida, cuando se encuentra en estado de delirio, y que los suicidas son dementes.8

Durante los últimos 150 años, estas falsedades se han repetido con tanta frecuencia y se han elaborado tan ampliamente que ahora se requiere una considerable independencia mental para poder contemplar el suicidio sin verlo a través de unas gafas del color de la psiquiatría. Un pensamiento correcto requiere que consideremos al psiquiatra como un experto en suicidio. La opinión popular y las normas profesionales de la práctica psiquiátrica ordenan que es deber del psiquiatra evitar que sus pacientes se suiciden; sus colegas que testifican como expertos, así como los jueces y los jurados, en consecuencia, le consideran responsable de tales «muertes por negligencia». Esto no es así en absoluto. La opinión popular, las normas profesionales de la práctica psiquiátrica y la ley exigen que aceptemos al psiquiatra como experto en el estado mental de los pacientes «terminales» y que se le confíe el deber de distinguir entre los que sufren «depresión clínica» y, por tanto, carecen del «derecho» al suicidio asistido por un médico, y los que están libres de esa enfermedad mental y, por tanto, poseen el mencionado «derecho». Se trata de acontecimientos ominosos cuyos peligros quedan efectivamente ocultos por la retórica de moda de la salud mental y los derechos humanos. No hay ningún misterio que explicar sobre el suicidio. Es simplemente un medio por el cual podemos cambiar la muerte de una cuestión de azar a una cuestión de elección. Como cualquier acción que tomamos en la vida, la acción de ponerle fin no tiene nada que ver con la medicina, y tiene todo que ver con el «alma». Aunque escrito hace muchos años, el reflexivo libro de James Hillman no podría ser más oportuno. En lugar de explicar (alejar) el suicidio, ayuda al lector a comprenderlo mejor.


1 William Blackstone, Commentaries on the Laws of England: of Public Wrongs [1752-65] (Boston: Beacon Press, 1962), 211-12. 

2 Normalmente, el cadáver debía ser enterrado en la encrucijada, a menudo con una estaca clavada en el corazón. 

3 Este método ya había sido identificado por Shakespeare en Hamlet: «Enloquece al culpable, y horroriza al libre, / Confunde al ignorante, y asombra en verdad, / Las mismas facultades de los ojos y los oídos».

4 S.E. Sprott, The English Debate on Suicide: From Donne to Hume (LaSalle, Ill.: Open Court Press, 1961), 112, (énfasis añadido). 

5 Blackstone, Comentarios sobre las leyes de Inglaterra, 212.

6 Isaac Ray, A Treatise on the Medical Jurisprudence of Insanity [1838], ed. Winfred Overholser. Winfred Overholser (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1962), 273-74. 

7 Ibídem, 274. 

8 Jean Etienne Dominique Esquirol, Mental Maladies: A Treatise on Insanity [1838], facsímil de la edición de 1845 (Nueva York: Hafner, 1965), 281-312.

Nota preliminar 

(1964)

Abordar las cuestiones de la muerte y el suicidio significa romper tabúes. Abrir temas enquistados durante mucho tiempo requiere fuerza, y cuanto más duras son las defensas, más hay que insistir. Así que este pequeño libro muestra argumentos. Cuestiona la prevención del suicidio; examina la experiencia de la muerte; aborda el problema del suicidio no desde los puntos de vista de la vida, la sociedad y la «salud mental», sino en relación con la muerte y el alma. Considera el suicidio no sólo como una salida de la vida, sino también como una entrada a la muerte. Cambiar las cosas de este modo altera las actitudes oficiales, especialmente las de la medicina. Así pues, se provocará a la medicina y se apoyará el «análisis laico» desde una nueva perspectiva de la psicología. Este punto de vista totalmente distinto surge de la indagación sobre el suicidio tal y como se experimenta a través de la visión de la muerte en el alma.

Lo que se diga sobre el alma humana -si es que se acierta- será a la vez correcto y erróneo. El material psicológico es tan complejo que cualquier afirmación es inadecuada. No podemos alejarnos de la psique y mirarla objetivamente, como tampoco podemos alejarnos de nosotros mismos. Si somos algo, somos psique. Y, como el inconsciente relativiza cada formulación de la conciencia complementándola con una posición opuesta e igualmente válida, ninguna afirmación psicológica puede tener certeza. La verdad permanece incierta, puesto que la muerte, única certeza, no revela su verdad. La fragilidad humana no pone en ninguna parte más límites a una obra que en psicología. La elección se convierte entonces en: dejar de hablar con sabiduría o hablar de todos modos con conciencia de insensatez. Este libro es producto de la segunda opción.

Nota preliminar 

(1976)

OTRA impresión ofrece la oportunidad de decir más. Por ejemplo, hay que hablar más de los aspectos sombríos del suicidio: agresión, venganza, chantaje, sadomasoquismo, odio al cuerpo. Los movimientos suicidas nos dan una pista sobre nuestro «asesino interior», quién es esa sombra y qué quiere. Dado que los movimientos suicidas muestran a esta sombra utilizando el cuerpo como instrumento para objetivos concretos (venganza, odio, etc.), se plantean cuestiones profundas sobre las relaciones entre los intentos de suicidio y los intentos de liberalizar la realidad por medio del cuerpo.

Se podría decir más sobre la literalidad del suicidio, ya que el peligro no reside en la fantasía de la muerte, sino en su literalidad. Así pues, la literalidad suicida podría invertirse para significar: la literalidad es suicida. Aunque el sentimiento de la muerte como metáfora, y la visión del suicidio como un intento hacia esta metáfora, impregna todo el libro, es necesario decir algo más sobre el trasfondo arquetípico de esta perspectiva hacia la muerte. Desde 1964 he estado trabajando precisamente en eso, e invito al lector que quiera indagar aún más en las cuestiones abordadas en este libro a que consulte mis diversos escritos sobre el arquetipo senex, sobre la patologización, el literalismo y la metáfora en Re-Visioning Psychology, y también las conferencias de Eranos de 1973 y 1974 «The Dream and the Underworld» y «On the Necessity of Abnormal Psychology». Este libro presagiaba esos ensayos posteriores sobre la oscuridad humana.

Como antes, deseo dar las gracias a las personas que han contribuido a este libro de un modo u otro: los anónimos con los que he trabajado en la práctica y los mencionados en la primera edición: Eleanor Mattern, Adolf Guggenbühl, Carlos Drake, Robin Denniston, A. K. Donoghue, Elisabeth Peppler, David Cox, Marvin Spiegelman, John Mattern y Catharina Hillman.

Animus-Psychologie, Parte 1, La psicología y el Animus, el Animus y la psicología

Traducciones

La legitimidad de la animadversión

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 13 a 22, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Cuando hablo del animus, hablo desde una tradición determinada, la de la enseñanza de Jung. Ninguna otra escuela de psicología profunda o de psicología académica conoce el término animus. Y cuando planteo las cuestiones y los problemas relativos al animus, hablo desde esta tradición. Mis preguntas y reflexiones a este respecto no se producen en un espacio libre. Sin darnos cuenta, nuestro pensamiento se mueve siempre por caminos que él mismo no ha abierto. La tradición, ciertas convicciones básicas metódicas y de contenido derivadas de esta tradición, tal vez incluso algo así como una «concepción del hombre», siempre están ya implicadas, son coautoras silenciosas, por así decirlo, cuando me dirijo al tema del animus. Por eso es bueno ser consciente de ello específicamente. Cuanto más permanezca en la conciencia, más pronto será posible reflexionar sobre algo de las trayectorias por las que se ha movido el pensamiento sobre el animus, y entonces también avanzar en el tema del animus por su parte. Comienzo con algunas observaciones más bien externas sobre los sentimientos, los afectos, la atmósfera y las actitudes que se asocian al tema del animus, ya sea de forma subliminal o más explícita, o que ha traído consigo dentro de la tradición de la psicología analítica.

Lo primero que hay que observar es que el animus es el hijastro de la psicología de Jung. Jung descuidó bastante este tema. Es evidente que no le interesaba por sí mismo. Por supuesto, no descuidó abordarlo y tratarlo -si así fuera, no tendríamos en absoluto el término animus-, pero uno tiene la impresión de que lo hizo más por obligación que por otra cosa: cuando, por ejemplo, en un escrito sobre las relaciones entre el yo y el inconsciente, hablaba de la importancia del anima para el hombre, inevitablemente había que decir algo sobre la mujer y su animus. El ánima recibió una simpatía completamente diferente por parte de Jung. En lo que dice sobre ella, se percibe que tiene vida propia, que también procede de la experiencia personal de Jung, pero sobre todo que el interés de Jung por el tema del ánima y el mundo anímico, los mitos y los símbolos, fluye con toda naturalidad. Los pasajes sobre el animus son más secos y escasos. Parecen más un apéndice a las explicaciones sobre el ánima que un tratado sobre un tema de igual peso y valor.

Incluso desde las plumas de los alumnos de Jung, no se ha aportado mucho sobre el animus más allá de lo poco que dijo el propio Jung. El ensayo de Emma Jung es interesante por sí mismo, y Esther Harding y otros de los primeros estudiantes de Jung también proporcionan resúmenes sólidos, así como algunas adiciones individuales a la fenomenología del animus. Pero, en general, lo que se ha dicho se mantiene totalmente en la línea establecida por Jung. En lo que autores posteriores tenían que decir sobre el animus, el cuadro dibujado por C.G. Jung, Emma Jung, Esther Harding y otros fue en su mayor parte sólo repetido y quizás también algo difundido, revestido de diferentes palabras. Todavía no se ha presentado una monografía exhaustiva sobre el animus, como la que James Hillman ha proporcionado sobre el ánima1. No obstante, en sus escritos hay algunos indicios decisivos para la psicología del ánimus, a saber, cuando examina críticamente la correlación del ánima con el hombre y del ánimus con la mujer (es decir, la naturaleza de sexo opuesto de los dos arquetipos), cuando toca el tema de la sicigia y también se ocupa de la demarcación de las palabras ánimus y ánima, que son idénticas en cuanto a su raíz pero fundamentalmente diferenciadas en su significado psicológico, y, por ejemplo, muestra la conexión entre el ánimus y «el ego».

La crítica a la distribución del ánima y el ánimus entre los sexos, que Hillman había presentado y justificado por primera vez en el marco de una valoración diferenciada del problema general, fue retomada después sobre todo por autoras feministas, con lo que el concepto de ánimus de Jung fue discutido de forma bastante controvertida. Muchas feministas llegaron incluso a rechazar completamente el concepto, negaron la existencia de algo parecido al animus y condenaron la teoría por provenir de un típico prejuicio masculino. Este cuestionamiento del género opuesto de anima y animus y la negación de la validez del concepto de animus en general son las verdaderas innovaciones con respecto a la teoría convencional del animus, probablemente las únicas.

En este punto, la cuestión del sexo opuesto no debería preocuparnos todavía. No quiero entrar aquí en una discusión sobre el contenido del concepto de animus. Por el momento, sólo me ocupo de destacar algunos rasgos formales y afectivos de la teoría del animus, de su posición y estatus en el conjunto de la psicología junguiana y de la cuestión de su base (fundamento) teórica y fenomenológica.

La primera característica llamativa de la teoría del animus fue el escaso interés que suscitó. La segunda es su connotación negativa. El animus, a pesar de todas las afirmaciones posteriores en sentido contrario, tiene mala reputación. La experiencia básica que dio lugar al concepto de animus es el animus negativo. Es la experiencia de la mujer «obsesionada por el animus», es decir, la mujer que tiene opiniones rígidas y dogmáticas que no han «crecido en su propio estiércol», sino que han sido adoptadas «ciegamente» por alguna autoridad, por el padre, por los maestros, por grandes y admiradas mentes adoptadas “ciegamente”, pero sólo como principios muertos, no a la par con la espiritualidad viva que se ha desarrollado en esas personas y a través de la cual únicamente reciben su justificación. En la psicología personal del hombre, el ánima también se hace sentir de forma negativa al principio, a través del capricho. Sin embargo, predomina la valoración positiva del ánima. Aunque se acentúe la peligrosidad del ánima, esto no puede afectar significativamente a la valoración benévola de ella y a la fascinación por ella. Por supuesto, también debe existir un animus positivo. Cuando el ánimus inicialmente negativo se diferencia y desarrolla, cuando el complejo que «poseía» la conciencia de la mujer se ha convertido en una función psíquica a través de la integración en la conciencia, entonces se supone que surge de él una verdadera espiritualidad, pneuma, sentido. Pero uno tiene la impresión de que esto sigue siendo más bien un rumor o una promesa cuyo cumplimiento aún no se ha vislumbrado del todo y, desde luego, no se ha demostrado (documentado) de forma creíble.

Todo arquetipo tiene, como suele decirse, un «lado» positivo y otro negativo. Puede tener un efecto saludable y otro desfavorable. En el caso del animus, sin embargo, el predicado «negativo» parece indicar no tanto uno de los dos estados básicos en los que puede aparecer el animus como que ilumina su reputación general. Por mucho que se sepa teóricamente que también existe un «animus positivo», la palabra animus, pronunciada sola, se asocia involuntaria y tácitamente a la idea del «animus negativo». Para exagerar, es casi como si la formulación «animus negativo» fuera un pleonasmo, un «cuervo negro».

Además de la negligencia y de la valoración negativa del concepto de animus, una tercera característica es la forma mecánica de pensar con la que se opone el animus al ánima. Con cierta automaticidad, al parecer, el animus se deriva del ánima únicamente a través de su inversión en lo contrario. «Puesto que el ánima es un arquetipo que surge en el hombre, cabe suponer que debe haber un equivalente en la mujer, pues así como el hombre es compensado por lo femenino, la mujer es compensada por lo masculino «2. Puesto que el ánima = Eros, el animus = logos. La imagen anímica en el hombre debe (¡!) corresponder a una imagen anímica invertida en la mujer. Del mismo modo que biológicamente el pene y la vagina son contrapartes distribuidas exclusivamente al hombre y a la mujer, así también el ánima y el animus parecen estar distribuidos complementariamente a los sexos. En cierto sentido, sólo hay que cambiar el signo del ánima para hacer de ella un animus. Sólo tiene su esencia a través del contraste con su contraparte, como lugar en un sistema dado. Evidentemente, no se trata de una realidad independiente que se encontraría y sólo tendría que experimentarse gradualmente por sí misma en su totalidad, sino que es más bien como si pudiera deducirse del ánima, ya que, como en el caso del hombre esférico platónico, un todo dado en la idea parece haber sido dividido en sus mitades opuestas y distribuido entre los hombres y las mujeres.

En cuarto lugar, se nota que el ánimus no sólo es tratado más bien de forma negligente como tema de la psicología, sino también que la propia psicología junguiana no está particularmente inspirada y guiada por el ánimus en su estilo de proceder, en lo que subraya y en sus pensamientos. El animus sigue siendo parte integrante de la enseñanza, se localiza en los pacientes y debe ser tratado allí, en ellos, diferenciado y llevado a la conciencia por ellos, mientras que la psicología no asume el desarrollo de su «propio» animus en sus propias acciones y comportamiento. La cuestión es si está en mejores manos en las gmujeres de lo que estaría en la propia psicología, y si las mujeres pueden lograr en absoluto «desarrollar» el animus si la psicología, en cuyo marco se supone que tiene lugar el desarrollo, no ha realizado ella misma esta tarea y sigue rechazándola.

Y rechaza esta tarea. El animus, por mucho que podamos decir antes de entrar en la investigación propiamente dicha, tiene algo que ver con el logos, es decir, con la lógica y el pensamiento. La psicología junguiana, sin embargo, lo tiene difícil. Cultiva sobre todo la imaginación (además del sentimiento). Se ocupa de imágenes, mitos y cuentos de hadas, fantasías, en definitiva, de lo imaginario. Las imágenes tienen significado para ella, pero el significado no debe pensarse, adquirirse de un modo estrictamente pensante que no rehúya el trabajo conceptual disciplinado, sino que debe «mirarse» en las propias imágenes y «experimentarse» o «vivenciarse» mirándolas, y en parte debe «realizarse prácticamente» en la vida real. Pensar en psicología es impopular, incluso está mal visto. El pensamiento es condenado como «meramente teórico», como puramente «intelectual». No es de extrañar que el animus, por su parte, salga tan mal parado en psicología. Porque, entre otras cosas, también nos exigiría el trabajo extenuante y renunciatorio de pensar. Pero, ¿quién quiere asumir este trabajo? Es mucho más agradable mirar imágenes (simplemente mirarlas y experimentarlas con sentimiento), desarrollar ideas y, en la teoría psicológica, recorrer ideas y sentimientos sin tener que entrar nunca en el proceso de pensar. A menudo, incluso la actividad de desarrollar ideas y tener ideas y justificar ideas a través de otras ideas se considera pensamiento. Pero si el concepto de pensar en psicología ya es confuso, ¿cómo puede apreciarse adecuadamente el animus, como figura arquetípica a cuya competencia pertenece el pensar?

Si el animus es tan controvertido que su existencia puede ser negada rotundamente, aunque sólo sea por algunas feministas radicales, por no mencionar el hecho de que ninguna otra escuela de psicología ha tomado nota o incluso adoptado el concepto de animus, la cuestión de la legitimidad del concepto de animus se hace urgente. No tiene sentido querer investigar algo si tal vez sólo sea un fantasma, un producto de la imaginación junguiana, al que nada corresponde en la realidad. Antes de abordar seriamente la cuestión del animus, debemos tener en cuenta el hecho de que la palabra animus se refiere a algo y no a nada. De lo contrario, toda la empresa podría ser un juego autocomplaciente y encerrado en sí mismo, sin ninguna referencia a la realidad. Lo primero que tenemos que hacer es proporcionar una especie de prueba del animus, una prueba de la existencia del animus.

Esto nos plantea las siguientes preguntas. ¿De dónde sacamos el término animus? ¿En qué se basa? ¿De dónde sacó Jung su concepto del animus? ¿O basta con remitirse simplemente a Jung como autoridad e, independientemente de lo que le haya podido dar derecho a hablar del animus, partir sin más de la doctrina existente sobre el animus? ¿Cuál es el criterio para abordar ciertas experiencias e imágenes en el sueño y el mito como manifestaciones del animus?

En la teoría de la enfermedad se ha planteado la cuestión de la realidad de la enfermedad, la cuestión de la «unidad nosológica». ¿Es el animus en este sentido una «unidad psicológica», una entidad existente real, un complejo o una función? Esa sería la variante realista desde el punto de vista de la disputa universal medieval. ¿O es «animus» sólo nominalmente una designación como moneda de uso corriente para aspectos meramente recortados de la multiplicidad de la realidad según los puntos de vista pragmáticos humanos, es decir, más o menos arbitrariamente, un medio práctico de comprensión (una etiqueta), sin poseer una realidad propia, del mismo modo que el dinero es un medio práctico con el que es mucho más fácil pagar que con huevos, pollos, cerdos, vacas o sacos de maíz, del mismo modo que el dinero, al menos el papel moneda y el dinero de plástico, ya no posee un valor sustancial propio. En otras palabras, ¿tiene el animus un «esse in re» o sólo un «esse in intellectu»? ¿Existe el animus en la psique del mismo modo que el corazón, los pulmones o el estómago en el organismo? ¿De dónde sacamos el derecho de escoger algunos de los fenómenos y decir: eso es animus, y de dónde sacamos el derecho de hablar de «el» animus en absoluto?

Está claro que apelar a la autoridad de Jung no puede bastarnos. Entonces seguiríamos en la Edad Media. Debe sernos comprensible cuál es la base del animus en la realidad. Es habitual apelar a la experiencia empírica o fenomenológica. Esta experiencia, a su vez, puede basarse en dos cosas: el comportamiento del organismo o personalidad, o los productos pictóricos elaborados por la psique. De ambos ámbitos, que no se tratan aquí por separado, se desprenden algunos fenómenos que se asignan al animus. 1. En el comportamiento de los seres humanos, se encuentra la obstinación en sostener y representar opiniones, que suele considerarse la primera manifestación (negativa) del animus. 2. En los sueños, en la mitología, en las leyendas, etc., existen figuras típicas que se supone que tienen carácter de animus, como la figura del «amante en la sombra». 3. También en la mitología y en la filosofía natural metafísica hay parejas, una de las cuales, la masculina, se supone que representa el animus, la femenina el anima (parejas de dioses, conceptos como netkos y philia en Empédocles, yin y yang en la filosofía china). Pero la apelación a la fenomenología no nos ayuda realmente. Parece dar al concepto de animus una base real, pero no más que una base. Porque estas imágenes y figuras, así como el comportamiento anímico, no aparecen con un cartel en el cuello que diga: soy un fenómeno anímico. Al contrario, seguimos siendo nosotros los que elegimos estos fenómenos particulares de entre toda la plétora de fenómenos y les atribuimos que pertenecen al animus. La cuestión de qué derecho tenemos a hacer esto sigue abierta.

Es cuestionable partir directamente de la «experiencia empírica» y tomarla como base. El gran problema del empirismo es que entonces uno tiene sus presuposiciones detrás. La implicación de la propia psique en ver lo que luego se encuentra fuera permanece oculta. Aunque Jung se presentaba repetidamente como empirista, no era tan ingenuo como para no ver estos problemas. Comprendió «… que las ciencias naturales en particular se esfuerzan por presentar los resultados de sus investigaciones como si hubieran surgido sin la intervención humana, es decir, la indispensable participación de la psique permanece invisible.» 3 Jung también fue capaz de aplicar esta perspicacia a sus propias hipótesis, que consideraba demostradas empíricamente, y así hablar de una hipótesis, por ejemplo, «que ciertamente procede de mí mismo -aunque imagine que la he encontrado a partir de la experiencia «4. El concepto de animus no procede de la experiencia. Si el animus se encuentra fuera, en el material empírico, procede ya del ver que lo encuentra. Así que nada está «probado» en absoluto. La apelación al empirismo es circular, una petitio principii. Siempre es necesario un concepto preliminar del animus para identificar determinadas imágenes y modos de comportamiento como manifestaciones del animus.

Existe una segunda vía para legitimar las herramientas psicológicas que utilizamos. Esta vía, por lo que veo, sólo ha sido tomada por Jung y es una vía verdaderamente psicológica. El hecho de que Jung reconociera y siguiera este camino le distingue como psicólogo. La idea básica aquí es que en la teoría psicológica sólo se pueden utilizar términos que procedan de lo que Jung llamó el «consensus omnium» o «consen sus gentium». Los términos deben ser validados por la tradición. Así, Jung fundamentó el concepto de libido en las nociones arcaicas de «energía» que se dan «por doquier» en el mundo (mana, wakanda, churin- ga, manitu, etc.), el concepto de «arquetipo» a partir del uso de este término en la filosofía antigua (Academia platónica, Agustín, etc.), y para sus conceptos tipológicos de extraversión e introversión, pensamiento y sentimiento, se inspiró en una tradición ampliamente expuesta en su libro sobre los tipos, desde los Padres de la Iglesia, pasando por la Escolástica y la polémica de la Última Cena de Lutero y Zwinglio, hasta Schiller, Nietzsche e incluso autores más modernos.

Es importante darse cuenta de que Jung no hizo esto sólo ni principalmente con intenciones históricas. Más bien, estas explicaciones históricas tienen un sentido sistemático: sirven para fundamentar (legitimar) sus conceptos. Esto resulta ciertamente desconcertante para quienes se orientan hacia la ciencia moderna. ¿Qué información sobre la legitimidad de los términos que se van a utilizar en una ciencia puede obtenerse del hecho de que términos análogos ya hayan sido utilizados por otros y en otros lugares? En el pasado se utilizaron todo tipo de términos abstractos que nuestra ciencia ya no puede utilizar porque acaba de refutar su legitimidad (por ejemplo, éter, música de las esferas). Y, sin embargo, Jung ha dado al menos en la diana con este intento de justificación. Sólo hay que recordar que se trata de conceptos psicológicos. La justificación de los conceptos psicológicos sólo puede tener lugar con referencia a la fenomenología del alma misma. Esta es precisamente la base del intento junguiano de fundamentar los conceptos en una tradición. El alma misma siempre se ha articulado en la tradición. Si los conceptos de la psicología se obtienen de las automanifestaciones del alma, es evidente que no se le aportan desde fuera y desde una posición arbitraria. La psicología se atiene a lo último. Refleja su objeto de forma inmanente. Se deja dar sus categorías, con las que quiere observar la vida del alma, a partir de la vida ya visible y comprobada del alma misma. Sin embargo, dado que todos los conceptos proceden de la psique, sigue siendo importante ver si los conceptos tienen una cierta universalidad según la edad y la distribución mundial, porque de lo contrario alguna manifestación extravagante e inusual del alma podría elevarse a categoría para la vida del alma en general. De ahí el criterio del «consensus gentium».

Ahora, por supuesto, el «animus» no está probado por la tradición. «El» animus no existe. Se trata de una creación junguiana con hábil recurso a las palabras latinas anima y animus, palabras latinas de la lengua normal, ojo, y por lo general en absoluto términos de significación terminológica, como es el caso de Jung. El hecho afortunado de que en latín la palabra alma se presente en dos formas fonética y gramaticalmente sólo ligeramente diferenciadas, a saber, una masculina y otra femenina, obviamente le vino a Jung perfectamente para poder expresar su teoría de un ánima del hombre y un ánimus de la mujer con sus opuestos complementarios. Pero esta teoría no está amparada por la tradición y el consensus gentium. Hace unos años, Thomas Moore presentó un estudio detallado de la palabra animus en latín.5 Aparentemente creía que del uso lingüístico de la palabra animus en latín podía derivar el concepto de animus tal y como se denomina en la psicología junguiana. Incluso dio con un «animus mundi», que era la contrapartida del «anima mundi» que se conocía desde hacía tiempo, sobre todo por los estudios alquímicos de Jung, y que indicaba que el animus tenía una dimensión cosmológica más allá de su papel en la psique personal.

Pero esta investigación no es convincente. Sigue sin resolverse el gran problema de hasta qué punto el uso de la palabra animus en la lengua latina corriente puede utilizarse para «el» animus en sentido terminológico. Cuando el psicólogo habla de anima y animus, ¿existe una identidad real o al menos una continuidad con los términos latinos que iría esencialmente más allá de la equivalencia de palabras? Del mismo modo, queda sin responder la pregunta de hasta qué punto la elección de la palabra animus en lugar de anima en ciertas frases latinas podría ser accidental (quizás anima podría haber estado ahí perfectamente) y hasta qué punto es significativa. En alemán, uno puede reflexionar sobre algo en su «corazón», en su «mente», en su «pecho», en su «seno», en su «sentido», en su «espíritu» o en su «conciencia». Ciertamente, cada una de estas palabras tiene asociaciones diferentes y se asocia a distintos tonos de sentimiento. Pero en determinadas frases podría utilizarse una u otra palabra con más o menos igual justificación y significado. Sobre todo, no tendría que referirse necesariamente a una cosa distinta en cada caso, a un órgano diferente del alma, por así decirlo. Sospecho que del mismo modo el latín anima y animus podrían utilizarse indistintamente en muchas frases sin demasiada pérdida de sentido, a pesar de todos los matices de significado, y sobre todo de que no siempre se trata de dos «órganos» o «funciones» psicológicas diferentes. Esto me parece muy claro en el caso del animus mundi tomado de Ficino, que evidentemente no se refiere a un segundo factor del mundo paralelo al anima mundi, como supone Moore, sino que es sólo otro nombre intercambiable de anima mundi. Pues Ficino utiliza a menudo ambas formas lingüísticas en un mismo párrafo para una misma circunstancia sin ninguna diferenciación aparente de significado, al igual que, por cierto, las formas simples anima y animus. Anima y animus pueden ser, pues, sinónimos en sentido estricto, sólo que con una pequeña diferencia formal, del mismo modo que en el siglo XVIII todavía era posible decir «el conocimiento» y «la cognición» en el mismo sentido.

No parece haber ninguna justificación externa (filológica, biológica, empírica) para el término animus. En realidad, no podemos vincularlo a nada y liberarnos así de nuestra propia responsabilidad por este término. El concepto no puede estar asegurado por ninguna justificación extrapsicológica (autoridades, empirismo, fenomenología, tradición). Tampoco nos es posible referirnos a la oposición de género y a los genes, ni mucho menos a ningún tipo de inspiración o iluminación. Más bien, nos vemos abocados a nosotros mismos, a nuestro propio pensamiento. Tenemos que mostrar nuestros colores nosotros mismos, mantener la cabeza en alto, por así decirlo. El animus de Jung es una intuición, una visión, un pensamiento. Su justificación depende de nuestra capacidad para pensar el animus. La pregunta debe ser: ¿se puede desarrollar un concepto a partir de lo que había en la intuición de Jung, a partir del cual se pueda desarrollar lo que debe pertenecer a la fenomenología y al carácter del animus como internamente coherente y con el que al mismo tiempo también se comprenda algo, algo de la vida del alma?

Tenemos que asumir la idea junguiana del animus, tal como se presenta inmediatamente, en su incertidumbre y falta de fundamento, y desplegar coherentemente (rigurosamente) lo así asumido. Debemos soportar ya la falta de prueba empírica, la falta de toda justificación externa. Precisamente en esta incertidumbre acerca de la justificación del concepto de animus debemos perseverar, detenernos en su falta de fundamento, en lugar de ponernos en marcha debido a la incomodidad causada por tal incertidumbre y terminar abruptamente, por ejemplo, decidiendo en contra de todo el concepto. No nos ayuda preguntarnos: ¿existe el animus, es correcto o incorrecto lo que Jung enseñó? No podemos obtener ninguna ayuda del exterior. Tampoco podemos refugiarnos en ningún argumento traído de fuera, ni a favor ni en contra. El animus no nos lo pone tan fácil. Más bien, tenemos que seguir el pensamiento de Jung en nuestro propio pensamiento, ampliarlo, profundizarlo, radicalizarlo, porque sólo en nuestra culminación del pensamiento puede quedar claro si la «verdad» y la «autoridad» son inherentes a él o no, y si nuestro pensamiento tiene poder o no. Necesitamos el valor de utilizar conceptos, de pensar por nosotros mismos. ¿De qué otra forma se supone que el Animus, que se supone que es el Logos, va a demostrar su existencia si no es mediante el pleno esfuerzo del concepto por nosotros mismos? Sólo lo semejante puede reconocer lo semejante.

El animus sólo puede justificarse como experiencia propia de sentido. Yo mismo debo haber captado el significado de «animus» y el significado o coherencia de la diferencia entre anima y animus y desde el centro de este concepto desarrollar o juzgar todo lo demás – y luego defenderlo. El animus es sólo una aproximación (mental) (que proviene de «setting»). No se me permite evitar las imágenes desde el principio. Pues el espíritu nunca es algo parecido a una cosa existente y visible. No es un fenómeno del fin del ser. Los fenómenos e imágenes existentes sólo pueden ser siempre una base para enunciar el animus, nada más. Y sólo a partir del significado ya experimentado y comprendido de «animus» pueden seleccionarse las imágenes mitológicas que son realmente relevantes para él y éstas pueden convertirse en la base para la discusión del animus.

Por lo tanto, el recurso de Jung a la solución de Abälard del problema de los universales a través de la idea de esse in anima6 también me parece problemático. Depende mucho de cómo se entienda. Si uno toma como base la comprensión obvia de esta fórmula, que los universales tienen un ser en el alma en el mismo sentido de ser que está presente en «esse in intellectu» o «esse in re», entonces uno podría y tendría que persistir en la búsqueda, uno podría, por así decirlo, esperar tranquilamente a ver si y cómo el animus «se muestra a sí mismo», por ejemplo, como una imagen en un sueño. Sería un objeto (imaginal), exterior, frente a nosotros. Con el anima esto puede ser apropiado: anima habet «esse» in anima, el alma tiene un ser en sí misma, en el alma, y siempre es también el arquetipo de la ontologización. ¿Pero el espíritu? ¿»Es»?


1. James Hillman, Anima. An Anatomy ofa Personified Notion, Dallas (Spring Publications) 1985.

2. C.G.  Jung, GW 9/II § 27. Jung, por supuesto, agrega: “Con esta consideración, sin embargo, no quiero dar la impresión de que estas relaciones de compensación fueron deducidas”.

3 C.G. Jung, GW 10 § 498.

4 C.G. Jung, GW 4 § 778.

5. Thomas Moore, »Animus mundi: or the Bull at the Center of the World«, Spring 1987, S. 116- 131.

6. Anima aquí = alma en sentido general, no específicamente: el ánima.

La banalidad de los muchos acontecimientos

Logos del alma

James Hillman distinguía entre la ocurrencia de los acontecimientos y el acto profundo de psicologizar o transparentar. En la obra de este autor transparentar significa permitir que el carácter único de las imágenes de la psique se exprese de forma abierta al interiorizar a través de la reflexión a la imagen en su propia naturaleza arquetipal.

A diferencia de otros junguianos, para Hillman el arquetipo no existe como un deux ex machina fuera del fenómeno, que funciona como un subterfugio para evadir su naturaleza ontológica. En cambio, el arquetipo no es un sujeto adyacente a la psique sino una propiedad de la imagen, la metáfora raíz hacia donde se dirige por medio de la epistrophe.

Por la razón esbozada, el destino de la imagen es profundizar dentro de sí misma con el único propósito de seguir haciendo alma, porque la psique es el camino que se construye en la poiésis de la imagen, en su continua destrucción y transformación sobre la base de su representación empírica.

La labor psicológica no trata, por consiguiente, de escapar de la lógica del fenómeno que acaece, sino en quedarse en su presencia y permitir que ésta haga su obra en el corazón de sí misma. Por eso, el psicólogo no puede darse el lujo de querer mejorar o curar al síntoma pues comprende que éste tiene todo lo que necesita en sí mismo y es ya su propio destino. El trabajo psicológico, así entendido, consiste en atender al dios que se presenta y brindarle la hospitalidad requerida.

Por ello, es la hospitalidad del hombre un elemento crucial para poder convertir el acontecimiento en una experiencia del alma. Está no pide vivir emociones de manera estridente o continua, ni recrearse en la sentimentalidad de los momentos, en contraste necesita permanecer en un único acontecimiento y guardarlo dentro de sí para elaborarse a sí misma través de su contingencia.

De esta forma, no es importante el numero de vivencias que se tengan, ni la cantidad de acontecimientos a los que se asistan, pues lo que el alma requiere es la transmutación de éstos en experiencias profundas, esto es, la interiorización de fenómeno en su naturaleza arquetipal como idea.

Borges solía recomendar leer pocos libros y sobre todo acudir a los autores originales, quizás no se les entendería en un inicio pero se escucharía la voz genuina del texto. Por supuesto, Borges era un gran lector por su amplio bagaje cultural, pero sobre todo porque era capaz de sumergirse en la idea presente y desentrañar su envoltura para desplegarla de forma erudita, donde esta erudición correspondía, más que al autor, a la propia idea revelada.

Así como en Borges es la idea la que se expone, también el psicoterapeuta tiene el compromiso hacia el texto sintomático de permitir que éste sea quien se construya a sí mismo en el diálogo con el paciente. Es entonces que la narración de hechos en el consultorio se convierte, si es el alma quien guía el trabajo, en un camino alquímico que transmuta en experiencias a los acontecimientos.

En cuanto a la formación del psicólogo, es importante que sea variada y profunda, y que él mismo haya experimentado la vía del hacer alma, pero en esa senda es debido tener cuidado con los muchos acontecimientos, porque si el psicólogo acumula sucesos como sucedáneos del verdadero opus anímico creerá, en consecuencia, que la plétora de horas de práctica terapéutica o las innumerables formaciones a las que ha asistido justifican su labor.

Pero como Hillman afirma, ni la intensidad de un suceso ni su variedad, tienen que ver con el acto de la reflexión psicológica, al contrario estos elementos a menudo apuntan a la evasión ante la presencia del dios vivo en el fenómeno y una larga práctica configurada como una huida ante la ocurrencia del alma, estará, seguramente, cargada de casos “exitosos”, pero nunca habrá formado experiencias anímicas de ellos, porque será el individuo (paciente o terapeuta) quien viva esos acontecimientos, cuando la premisa de una psicología con alma es que las experiencias solo pertenecen al verdadero sujeto psicológico.

No es significativo asistir a muchos acontecimientos, ni viajar a muchos lugares, ni leer muchos libros, ni hacer mucha terapia, ni estar en muchas formaciones, ni conocer a muchas personas. Lo demasiado oculta que el verdadero deseo del alma es hacerse a sí misma, en un solo fenómeno, en un solo libro, en una sola sesión, siempre un paso a la vez, en una senda que no va hacia ningun lado, pero donde en todo momento ya se ha llegado a la meta.

Creatividad, espontaneidad e independencia, los valores del capitalismo emocional

Logos del alma

En la cultura posmoderna se evalúa al sujeto de rendimiento de acuerdo a ciertos estándares que determinan su adaptación al modelo socioeconómico imperante, estos atributos esperados no tienen que ver con la conveniencia de la persona sino con las necesidades de un mercado autónomo que requiere actividades incesantes como la producción y el consumo. El individuo es absorbido en una vorágine de productividad que le exige incluso que él mismo se fabrique una faceta como objeto de intercambio comercial. El propósito del capitalismo es la transformación de los individuos en productos.

Entre las actividades que fomentan la mutación mercantil de la persona, una de ellas es la demanda constante por el crecimiento personal o la búsqueda de la salud mental. Por supuesto, hay una oferta creciente de productos para poder lograr dicho objetivo, de ellas se alimentan las miríadas de terapias que ofrecen lo que también se ha llamado las emotional commodities, una especie de activos intangibles con los que se pueden hacer transacciones en el mercado del potencial humano o de lo que Sloterdijk ha llamado la antropotécnica, que no es otra cosa sino la fase técnica de la construcción del Yo, concebido, ilusamente, como libre de las ataduras sociales pero inmerso más que nunca en los esquemas ideológicos inadvertidos.

Entre dichos activos emocionales, se encuentran tres de los que Adolf Guggenbül-Craig nos habla en su ensayo “Creativity, Spontaneity, Independence: Three Childrens of the Devil”, ahí argumenta, con la brillantez que lo caracteriza, en contra de tres pilares de la psicoterapia moderna y que en la cultura popular se subrayan como facetas ideales del ser humano: la creatividad, la espontaneidad y la independencia. Este artículo puede ser encontrado en su libro “From the Wrong Side” editado por Spring Publications.

En cuanto a la idea de la independencia, propia del hombre self-made y de los alegatos posmodernos del desapego y de la atomización del sujeto, Guggenbül-Craig señala que resulta contra intuitivo promulgar la independencia del individuo pues éste no es otra cosa sino los lazos relacionales que lo constituyen, el hombre siempre está en una posición dependiente del medio, de sus congéneres y sobre todo de las múltiples imágenes que se expresan en su vida psíquica; nadie es realmente independiente. El ser humano es un proceso intencional dirigido siempre hacia los otros, inclusive factores como su identidad no pueden emerger sino es en la compañía de sus congéneres. La fragmentación del ego moderno evade la verdad sobre el hecho de que la unidad solo lo es en relación con su propia naturaleza multiple.

Por otra parte, la espontaneidad es un atributo poco deseable del sujeto, si todos actuáramos de forma espontánea, dejándonos llevar por nuestros impulsos inconscientes, ciertamente cometeríamos las más horribles atrocidades, nuestra imaginación está llena de buenos deseos, pero también, y quizá más predominantemente, de impulsos destructivos que tienen que ser refrenados continuamente para poder vivir en comunidad. Mucho se ha conjeturado en que la cultura no es sino el desvío de una violencia primaria hacia actos que la subliman. Ademas, ser espontáneo es bastante engañoso cuando responde a una prerrogativa de la moda imperante.

En cuanto a la creatividad, el autor indica que confundimos la habilidad personal o la sensibilidad subjetiva con la verdadera creatividad, la cual es una propiedad no del individuo sino del contexto psicológico en que éste se desarrolla, es el “alma” quien es creativa y usa al hombre de genio para expresar la verdad de su tiempo; esta situación no es un privilegio sino una carga que muchas veces arruina la vida de dicho hombre genial.

Al exigir al hombre moderno que sea espontáneo, creativo e independiente, la psicología actual le orilla al complejo de dios, es decir, a la apropiación de una voluntad autónoma que se manifiesta de forma inusitada en cada sujeto, esto es una clara señal de la inflación egoica que caracteriza los tiempos que transcurren y es, tal vez, la enfermedad de nuestra era.

Ante la urgencia del capitalismo emocional, una terapia verdaderamente psicológica tendría que estar centrada sobre todo en la desestimación de las ambiciones egoicas y en la aceptación de nuestra falta de grandiosidad, una terapia de la mediocridad, en una época en que tal palabra es casi un tabú, pero que nos sitúa justamente en el punto medio de una cadena que va desde lo más primitivo hasta lo más sofisticado, desde lo animal hasta lo divino y el ser humano justamente, ordinariamente, en un lugar equidistante de ambos puntos. Ni animal, ni dios, simplemente siendo lo que ya es.

Introducción a «The Neurosis of Psychology»

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Introducción al libro ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de los artículos reunidos en inglés, pp. 1-17

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ha habido muchas denominaciones para la psicología establecida por C. G. Jung y continuada, de una forma u otra, por los llamados junguianos: «psicología junguiana», «psicología analítica», «psicología compleja», «psicología arquetípica». Jung también se refería a veces a su psicología, sin dar a esta frase el estatus de nombre oficial y sin indicar explícitamente que se refería a su propia psicología, como «la psicología moderna del inconsciente.» Pero también podía hablar de «mi psicología crítica».1 De nuevo, se trata más de una descripción que de un nombre. Pero por razones que expondré brevemente aquí, «psicología crítica» podría ser un buen candidato.

La última frase que he citado es del año 1957. Pero «psicología crítica» aparece en los escritos de Jung ya mucho antes, al menos a principios de los años treinta, por ejemplo, en su «Prólogo a la edición argentina» (1934) de Tipos psicológicos2 y en una carta a Wolfgang Kranefeldt de 1933.3 En el uso más temprano de la frase se refiere a una idea bastante directa, como muestra la explicación de Jung: «una psicología crítica que se ocupa de la organización y delimitación de los procesos psíquicos que pueden mostrarse como típicos»,4 «un aparato crítico para la criba del material empírico».5 La franqueza del pensamiento que prevalece en estas citas radica en el hecho de que aquí hay una clara distinción entre la tipología como herramienta («aparato»), por un lado, y el material u objeto al que se puede aplicar esta herramienta, por otro. El hecho de que Jung rechace aquí, o reduzca a una importancia secundaria, el «diagnóstico caracterológico del paciente» en favor de la tipificación «de sucesos psicológicos» no cambia realmente la clara separación entre instrumento aquí, y material críticamente «tamizado», «organizado» y «delimitado» por medio de ella allí.

Las primeras reflexiones de Jung que desembocaron en su posterior tipología habían servido, sin embargo, al propósito de hacer consciente el problema de la «ecuación personal». El origen de su tipología hacia 1913 y antes había sido el deseo de explicar psicológicamente las diferencias teóricas básicas entre la perspectiva freudiana del «eros» y la perspectiva adleriana del «poder» sobre los procesos psicológicos, que para Jung no podían resolverse declarando que una era verdadera y la otra falsa. La idea de tipos actitudinales básicos, tipos de movimiento psíquico (extraversión frente a introversión), parecía ofrecer una explicación. Lo interesante en este contexto es que esta idea rompió con la oposición lineal del psicólogo (estudioso de los procesos psíquicos) frente a los procesos psíquicos y comenzó a acercarse a una concepción circular de la relación entre el psicólogo y la realidad psicológica: el movimiento psíquico de la libido no sólo actuaba ahí fuera en el paciente, sino también en el analista, y no por separado (o el uno después del otro), sino de tal modo que precisamente mientras el psicólogo observaba los procesos psíquicos en el paciente, él mismo estaba sujeto a procesos psíquicos, de modo que sus explicaciones eran tanto un fenómeno psíquico como aquello que debían explicar. Es una misma vida psicológica la que aparece en ambos lados.

En sus comienzos, Jung aún no se había percatado plenamente de las trascendentales consecuencias de esta idea seminal suya para la constitución básica de la psicología. Pero con el paso de los años se fue imponiendo la diferencia decisiva entre la psicología y las ciencias naturales. Cayó en la cuenta de que en psicología era el alma misma la que tenía que reconocer al alma. Esta idea encontró su expresión más clara y sistemática en el último ensayo de Jung, «Sobre la naturaleza de la psique» (1954, versión anterior 1946). Allí leemos,

[La psicología] carece de la inmensa ventaja de un punto de Arquímedes como el que disfruta la física. … La psique … se observa a sí misma y sólo puede traducir lo psíquico de nuevo en lo psíquico…. La psicología no tiene ningún medio en el que reflejarse: sólo puede representarse a sí misma en sí misma y describirse a sí misma …. [Al describir los sucesos psíquicos, no nos hemos trasladado, desde el punto de vista científico, a ningún plano que esté por encima o al margen del proceso psíquico, y mucho menos lo hemos traducido a otro medio. (CW 8 § 421, trad. modif.)

… [L]a psicología se funde inevitablemente con el propio proceso psíquico. Ya no puede distinguirse de éste, y se convierte así en ella…. [No es, en el sentido más profundo, una explicación de este proceso, porque ninguna explicación de lo psíquico puede ser otra cosa que el proceso vivo de la psique misma. La psicología tiene que sublimarse como ciencia y ahí precisamente alcanza su meta científica. Toda otra ciencia tiene un punto fuera de sí misma; no así la psicología, cuyo objeto es el sujeto mismo que produce toda ciencia. (§ 429, trad. modif.)

El alma es autorreflexión, autorrelación, y la psicología (explicaciones o descripciones psicológicas) es una de las formas en que el alma se refleja a sí misma. La oposición básica de las ciencias de sujeto y objeto, teoría y naturaleza, no existe en y para la psicología. La psicología no puede ser una ciencia. Es en sí misma y desde el principio ciencia sublimada, en sí misma psicología «científica» sublimada. La clara distinción entre la psicología y su objeto, el alma, no puede mantenerse: la psicología es en sí misma alma y el alma es interpretación de sí misma (psicología). Tanto el alma como la psicología siguen una lógica «urobórica».

Si bien es uno de los mayores méritos de la psicología de Jung haber avanzado hasta esta perspicacia, es deplorable que Jung considerara negativamente la situación de la psicología, que analizó correctamente, como una «cosa trágica» (§ 421) y considerara que la psicología se encuentra por ello «en una situación desafortunada» (§ 429, trad. modif.). Esta valoración negativa es, en mi opinión, «lo trágico» del propio Jung.6 Por lo que puedo ver, su ideal tácito y expreso seguía siendo la idea de una psicología como ciencia objetiva y del psicólogo como observador neutral de la psique como un hecho de la naturaleza (pues incluso en el mismo pasaje que contiene su asombrosa perspicacia se dice explícitamente «en comparación con las demás ciencias naturales» que la psicología se encuentra en dicha desafortunada situación).

Así que sólo tenía la resignada conciencia de que -lamentablemente- este ideal no podía, por principio, hacerse realidad. No estuvo a la altura de su propia perspicacia. Lo vio correctamente, nos presentó aquellas afirmaciones que realmente superan lo que podríamos llamar el positivismo imperante de la mente científica convencional, pero las percibió y evaluó desde abajo, desde el viejo punto de vista positivista como su norma y medida. No se desprendió de las mismas expectativas y de ese sistema de valores que sus propios conocimientos superaron y destrozaron. Su perspectiva, o mejor dicho, la forma lógica de su conciencia, no se acomodaba al contenido semántico que su conciencia albergaba. El insight revolucionario se limitaba a la «semántica» de la conciencia, mientras que la «sintaxis» de la conciencia permanecía inalterada. Jung vislumbró una gran concepción desde lejos, pero no dio el paso adicional de entrar en ella, de aplicarla a su propia mentalidad o a la constitución lógica de la psicología. La suya fue y siguió siendo una reflexión externa (äußere o äußerliche Reflektion) sobre la psicología, mientras que el mensaje de esta reflexión externa era que la psicología es una reflexión interna o inmanente.

Más que eso, Jung tampoco fue capaz de aclamar esta situación de la psicología (tal como él la describió) como la distinción y el privilegio de la psicología, y como su oportunidad singular. Lejos de ser la trágica desventaja de la psicología, el inevitable carácter autorreflexivo de la psicología es en realidad algo así como su tierra prometida. Sólo si su carácter hubiera sido abrazado conscientemente por la psicología, habría vuelto a casa consigo misma, se habría unido lógicamente con el alma y de este modo, y sólo de este modo, se habría convertido en verdaderamente psicológica. Su alienación o exilio de su hogar, la tierra del alma, y de su objeto, la vida del alma, habría terminado. Pero Jung no se elevó al nivel requerido por su propia perspicacia, en el que podría haber apreciado que esta compleja e implicada estructura de autorreflexión traiciona y requiere a la vez un estatus superior de conciencia; que es indicativa de la conquista de un grado superior de refinamiento lógico de la mente y de un significativo avance cultural más allá de la ingenua inocencia de la postura de la inmediatez para la que existe una inequívoca separación de teoría aquí y hecho allá.

Por increíble que parezca, ya en 1954 declaró abiertamente que lo no psíquico es la norma y la medida de lo psíquico. «Si hemos de emprender reflexiones fundamentales sobre la naturaleza de lo psíquico, necesitamos [!] un punto arquimédico que sea el único que haga posible un juicio. Esto sólo puede ser lo no psíquico…» (CW 8 § 437). Una clara confesión por su parte a la reflexión externa como base de la psicología en todas las cuestiones fundamentales y a una postura en última instancia «positivista». Cuando se trata de la naturaleza de lo psíquico en sí, entonces de repente lo psíquico ya no tiene «todo lo que necesita dentro de sí».7 Más bien, Jung sugiere que hay que haber abandonado la psicología y posicionarse fuera de la psique -volverse no psicológico- para llegar a ser capaz de comprender la naturaleza de la psique. Da una razón para su punto de vista en la continuación de la frase citada: «… pues, como fenómeno vivo, lo psíquico yace incrustado en algo que parece ser de naturaleza no psíquica. Aunque percibimos esto último sólo como un dato psíquico, hay razones suficientes para creer en su realidad objetiva.» Se supone que la experiencia ordinaria y cotidiana del mundo del yo es decisiva. Esta experiencia es lo que aquí fundamenta Jung. Mientras que empírica y semánticamente el mundo entero está, como Jung subraya una y otra vez, incrustado en la psique y estamos ineludiblemente rodeados por la psique por todos lados (lo que incluso se confirma una vez más también en esta misma cita: «sólo un dato psíquico»), lógica, epistémica y sintácticamente para él es al revés. Jung (al menos aquí) no quiere que la psicología tome su propia medicina, esa medicina que se expresa, por ejemplo, en su advertencia (relativa al fenómeno psicológico individual): «Sobre todo, no dejes que nada de fuera, que no pertenezca, se introduzca en ella…»8 No quiere que la psicología se sumerja en su propia interioridad para encontrar la «verdad» más profunda sobre sí misma exclusivamente dentro de sí misma y a través de su propia autorreflexión.

Sin embargo, sólo es capaz de rescatarlo de su propia interioridad mediante una disociación. La «inmersión en el baño» (alquímico) está, por así decirlo, reservada al individuo que experimenta en la práctica de la psicología (análisis), pero rechazada cuando se trata de «reflexiones fundamentales» por parte de la teoría psicológica, es decir, cuando se trata de la forma lógica de la psicología misma.

Esta incapacidad de Jung para ver la situación básica de la psicología descrita y lamentada por él, a saber, que no tiene un punto de Arquímedes, como un paso adelante fundamental por parte del alma es, por cierto, una de las razones por las que necesitaba vehementemente y, por así decirlo, «instintivamente»9 para rechazar a Hegel.10

Pero sea como fuere, a pesar de estas deficiencias, Jung nos legó la preciosa visión del entrelazamiento mutuo de la observación psicológica y la fenomenología psíquica observada y la inextricable inmersión de la psicología como disciplina teórica en aquello de lo que trata esta disciplina, a saber, la vida del alma. La psicología no tiene la vida del alma claramente delante de sí como una positividad, un hecho natural. Desde el principio es ella misma una expresión de esta vida, de modo que tiene la vida del alma a la vez delante de sí y a sus espaldas, como su a posteriori y su a priori. Esto es lo que significa decir que el alma es autorreflexión. El carácter autorreflexivo del alma tiene como consecuencia que la vida del alma, por principio, no puede ser para la psicología un objeto idéntico (semejante a una cosa), un «hecho». En este sentido, el alma no debe ser comprendida como una parte de la naturaleza, ni en términos ontológicos (en términos de ser: como una entidad, una sustancia). Es esencialmente mental, noética, lógica.11 No es una realidad inmediata, sino en sí misma ya reflejada. No hay primero un alma como entidad existente que luego resulta que también se refleja a sí misma como una de sus actividades. «El alma» es autorreflexión y nada más: es interpretación y aquello de lo que es interpretación es ella misma interpretación. Podríamos expresarlo así: el acontecimiento real de tal autorreflexión, el acontecimiento de que una lógica «urobórica» se ha hecho explícita, es lo que llamamos, con un nombre todavía mitificador y sustantivador, «el alma.» Y puesto que «alma» y «psicología» son sólo dos momentos distintos de lo mismo en el sentido de la unidad de la unidad y diferencia de psicología y alma, la psicología tampoco es una teoría sobre o interpretación de ciertos hechos o acontecimientos naturales directos (inmediatos). Al tener una estructura autorreflexiva, es la interpretación de interpretaciones (puntos de vista, teorías) de la realidad. Cuando dije que la psicología no puede ser una ciencia, quise decir que no puede operar con la ficción de que tiene su objeto directamente frente a sí misma y que este objeto es lo que es, independientemente de sus interpretaciones (de la psicología).

A través de estas consideraciones basadas en las posteriores ideas de Jung, nuestra noción de «psicología crítica» se ha vuelto mucho más compleja y profunda. Una psicología crítica en este sentido implica una psicología que intenta llegar y mantenerse en el nivel de la lógica urobórica brevemente descrita. Por supuesto, nos queda a nosotros extraer de la intuición de Jung las consecuencias necesarias que él no pudo extraer por sí mismo. Lo que para él era y seguía siendo un contenido previsto de su pensamiento frente a la conciencia tiene que convertirse para nosotros en la base misma así como en la forma lógica intrínseca de nuestro pensamiento psicológico mismo. Y los trabajos reunidos en este volumen tienen en su mayor parte el propósito de preparar el terreno para tal concepción de la psicología o incluso mostrarla en acción.

Pero si estos papeles están en el camino de una «psicología crítica,“ ‘crítico’ también puede implicar el significado más ordinario, en nuestro caso una crítica cáustica en el sentido de «probar los espíritus», si están de acuerdo con la constitución desarrollada de la psicología o no. Hay una tremenda simplificación en el trabajo de la psicología junguiana tal como la practican los junguianos. Lejos de haber sacado las consecuencias del significativo discernimiento obtenido por Jung sobre el carácter autorreflexivo del alma y la psicología, por lo general incluso se han quedado atrás de este discernimiento y operan ingenuamente con la idea de una realidad psicológica como un dado inmediato, con su creencia en el alma como un hecho natural, con símbolos y arquetipos como entidades objetivas, etc. (Una marcada excepción es la Psicología Arquetípica, establecida por James Hillman, con, por ejemplo, sus ideas de la psicología como creación del alma, de la ficción de las historias de casos, de la base poética de la mente, y de las perspectivas arquetípicas que gobiernan nuestra visión y pensamiento sobre el material psicológico. Aquí se ve una estructura autorreflexiva en funcionamiento). Lo que generalmente rige es una postura caracterizada por la inmediatez y la positividad, por un pensamiento objetivista, naturalista y personalista, que es absolutamente incompatible con una psicología que ha tomado conciencia de sí misma. Incluso cuando se citan las ideas de Jung, por lo general sólo se hace caso omiso de ellas y no tienen ningún efecto de retroalimentación sobre la constitución de la psicología y la mentalidad real del psicólogo, que permanecen inmunes.

Una «psicología crítica» debe alejarse de este tipo de psicología simple. Por esta razón necesitamos un equivalente en psicología a lo que Nietzsche, en el subtítulo y prefacio de su Götzendämmerung, llamó «filosofar con un martillo». Lo que Nietzsche tenía en mente con el martillo no era una herramienta para destrozar. Incluso comparó el martillo con un diapasón (¡!), porque lo que trataba de discernir con la ayuda del suave tacto de un martillo era si aquello a lo que se aplicaba daba o no «ese famoso sonido hueco». No hace falta machacar, porque para la psicología, como para la filosofía, el sonido hueco, si se hace audible, es la autodestrucción de lo hueco. Sin embargo, este tipo de crítica no deja de ser una reflexión externa, porque el martillo o el diapasón se aplican desde fuera al texto o doctrina investigados. Debemos tener esto claro y distinguirlo de la «psicología crítica» propiamente dicha, que es autorreflexiva. En esta «Introducción» ya he probado el martillo sobre la postura cientificista de Jung. La revolucionaria visión de Jung sobre la naturaleza autorreflexiva de la psicología resultó ser hueca porque no se aplicó a sí misma a la psicología.

Todos los artículos de este volumen se escribieron por separado, y a menudo para ocasiones concretas, como conferencias. Sin embargo, aunque no era la intención en el momento de escribirlos, no sólo «circunvalan alrededor del mismo centro», sino que, al menos en parte, puede demostrarse que siguen una línea de pensamiento coherente, aunque no intencionada. Cada artículo aporta una exploración de un aspecto o componente esencial de una psicología que merecería su nombre. En los comentarios que siguen intentaré, en retrospectiva, aclarar la coherencia interna de los distintos temas y las diferentes orientaciones de cada uno de los trabajos.

El primer artículo de esta colección, sobre Erich Neumann, está dedicado, como indica el subtítulo, a una «Crítica fundamental» de su psicología, una crítica evidentemente sólo en el sentido de reflexión externa, como ya se ha explicado. La obra de Neumann y la pretensión esencial que conlleva se toman como «dados» objetivos y se someten a continuación a un examen crítico. A pesar de este carácter externo de la crítica, la cuestión es decisiva para la psicología junguiana. Lo que está en juego en la concepción de Neumann es la relación entre lo empírico-histórico y lo arquetípico o mítico (trascendencia), lo personal o individual y el género humano. La crítica principal de mi trabajo es que, en cada caso, la forma en que se establecen los dos polos en su esquema equivale a una mistificación. Esta mistificación es el resultado del hecho de que no se presta atención a una complicación psicológica esencial a la que se alude en el subtítulo del Mysterium Coniunctionis de Jung, a saber, la «separación y síntesis de los opuestos psíquicos». Neumann, se demuestra, «sintetiza» (amalgama, incluso iguala) los opuestos sin más, sin su previa separación implacable. La unidad que en realidad debería ser el resultado de una mediación en el sentido de unidad de la separación y unidad de los contrarios se convierte así en una unidad plana, inmediata (aunque inflada). («¿Ontogenia = Filogenia? Una crítica fundamental de la psicología analítica de E. Neumann»).

Pero los trabajos que siguen operan ya en el espíritu de una «psicología crítica» en el sentido más elevado de una psicología autorreflexiva (aunque la psicologización «a martillazos» sigue desempeñando aquí también un papel). Así, lo que emerge en «Sobre la neurosis de la psicología o El tercero de los dos» es que aquello de lo que la psicología terapéutica práctica trata de ocuparse «ahí fuera» en los pacientes, la neurosis, es ya, aunque sin saberlo, inherente a la propia teoría de la psicología. La inocente tendencia a centrarse en los casos y en el material psicológico antes que en la conciencia mantiene a la psicología inconsciente sobre el hecho de que la teoría (o teorías, en plural) que guían su conciencia están siempre en ella, desde el principio. Pero lo fuerte que es la tendencia a evitar la estructura autorreflexiva de la psicología se revela especialmente en dos hechos. En primer lugar, la idea misma de autorreflexión sólo existe en su forma literalizada y actuada como actividad separada y como comportamiento personal, a saber, en forma de análisis de entrenamiento que precede a la propia práctica del análisis. En segundo lugar, incluso el propio carácter inseparablemente urobórico de lo psicológico aparece a la conciencia psicológica convencional sólo como embutido en la esfera social literal, donde se positiviza como esos fenómenos que se llaman transferencia y contratransferencia. Lo que en realidad debería ser la forma intrínseca de la constitución de la psicología se reduce a sucesos empíricos que ocurren en el curso de la práctica de la psicología. Las personas empíricas tienen que llevar la carga que la psicología como teoría o la constitución lógica de la psicología no quiere llevar. Se mantiene sistemáticamente libre de la lógica urobórica que la convertiría en verdadera psicología, mientras que al mismo tiempo la psicología puede vivir con la sensación de dar constantemente a esta lógica lo que le corresponde ya que, después de todo, atiende con gran esfuerzo a la transferencia personalista.

El verdadero lugar del alma no es el individuo empírico en su positividad. Su verdadero locus es la psicología, la psicología no tal como se concibe abstractamente como ciencia, sino como ese pensamiento vivo concreto al que el individuo puede elevarse.

Después de que la psicología haya vuelto a sí misma desde su fijación exterior en las personas y acontecimientos empíricos que estudia, es necesario reflexionar sobre la oposición entre interioridad y exterioridad como tales. Esta es la tarea del artículo sobre la proyección («El salto después del lanzamiento: Sobre ‘ponerse al día con’ las proyecciones y sobre el origen de la psicología»). Resulta que, en el sentido del entrelazamiento urobórico de los opuestos, la verdadera interioridad no se alcanza retrayendo el movimiento hacia fuera inherente al fenómeno de la proyección, para volvernos hacia dentro (hacia lo que hay en nosotros mismos). Al contrario, este movimiento hacia el exterior debe ser seguido, incluso superado, y sólo así se alcanza la interioridad como «tierra del alma». O mejor dicho, no se alcanza, en la medida en que «lo interior» no es un lugar literalmente existente al que se pueda ir, sino que se produce originariamente como resultado del movimiento interiorizador hacia la «pro-yección» (hacia las ideas o ficciones producidas por el alma) o del autoabandono por parte del sujeto a las producciones del alma. «El alma» no es, hay que hacerlo, sin embargo de un modo tan autocontradictorio (dialéctico) que lo que sólo es el resultado producido es sin embargo a la vez el origen de todo el movimiento. Ni que decir tiene que con esta actitud psicológica se disuelve también la noción convencional positivista y abstracta de la verdad como algo estrictamente «objetivo». Para la psicología, la apariencia, la ficción, las opiniones subjetivas ya no son el opuesto abstracto de la verdad.

Una vez que hemos llegado a la interioridad del alma a través de nuestra entrega implacable al movimiento exterior del alma, es necesario dar otro paso: un cierre radical del espacio interior creado. La entrega al movimiento del alma continúa ahora en forma de una entrega sin reservas al fenómeno psicológico (el contenido «proyectado») para excluir todo lo de fuera que no corresponda. Así se establece el equivalente psicológico al recipiente alquímico herméticamente cerrado y se concibe el fenómeno psicológico, el fenómeno en su totalidad, psicológicamente como una verdadera materia prima. Para la psicología en general esto significa que tiene que partir sistemáticamente del presupuesto de la autonomía de la psique. No debe tener «coartada»: ningún otro afuera, ninguna causa externa. Precisamente no un deseo, como todavía lo tenía Jung, de una traslación del proceso psíquico a otro medio. («¡Sin coartada! Comentarios sobre «La psique autónoma. Una comunicación a Goodheart desde el campo bipersonal de Paul Kugler y James Hillman»).

Un cierre similar es constitutivo de la psicología en un sentido temporal. En «The Present as Dimension of the Soul: ‘Actual Conflict’ and Archetypal Psychology» exploro este aspecto: la dedicación sin reservas al fenómeno psíquico en cuestión en su realidad presente (incluso si se trata de una patología), sin jugar con la idea de ninguna causa que se encuentre en el pasado ni con la idea de un objetivo de desarrollo futuro para la persona. (El ataque en este trabajo al desarrollismo en psicología es característico de los primeros tiempos de la «psicología arquetípica»). El objetivo psicológico no debe ser liberar de la patología a la persona que la padece, sino escuchar lo que esta patología tiene que decir y aprender a ver el mundo a través de sus ojos. En este trabajo, presentado por primera vez en 1977, introduje por primera vez el concepto de «diferencia psicológica», la diferencia entre el hombre y el alma. Con este énfasis en el presente vemos que la «each-ness» mencionada en el párrafo anterior necesita ser complementada por la «nowness» y, podría añadir aquí, por la «my-ness», como los tres caracteres de la verdad psicológica.

Si el «cierre» en el sentido indicado es constitutivo de la psicología, esto tiene consecuencias para la naturaleza particular y el estatus de los conceptos y las ideas básicas de la propia psicología. En «The Provenance of C. G. Jung’s Psychological Findings» se intenta explorar, a modo de ejemplo, la cuestión de cómo Jung llegó, y por qué tuvo que llegar, al concepto de arquetipos tan central para él. El objetivo no es, sin embargo, rastrear el desarrollo histórico del pensamiento de Jung que le llevó a su teoría de los arquetipos. Más bien, este artículo se ocupa de la «fuente» psicológica y lógica y de la necesidad interna de ese concepto. Queda muy claro cómo y por qué la psicología de Jung es incompatible con las ciencias naturales empíricas. El concepto de arquetipo, por el contrario, puede mostrarse como el resultado necesario de esa postura metodológica particular que puede llamarse verdaderamente «fenomenológica» debido a su compromiso con la individualidad de cada fenómeno. Esta postura metodológica nos abre el «alma» (la profundidad interior y la verdad) del fenómeno en cuestión, y esta profundidad interior y verdad es lo que Jung llama «arquetipo». El enfoque fenomenológico sólo es capaz de abrirnos la profundidad arquetípica de un fenómeno porque se mantiene fiel a cómo éste, el fenómeno, aparece. La verdad psicológica es la verdad de la apariencia, una verdad independiente de la diferencia entre «hecho» e «ilusión» (o «engaño») -y en este sentido verdad absoluta: verdad absuelta de la diferencia entre hecho e ilusión. La apariencia (Schein) tiene su verdad en sí misma, es la verdad arquetípica del fenómeno. Del mismo modo que en el trabajo sobre el presente como dimensión del alma se rechazaba la traición al fenómeno en cuestión remontándose tras él a sus causas en el pasado, aquí se rechaza el intento de desertar de la apariencia («¡fainómeno!») buscando una verdad fáctica tras la apariencia y precisamente en contraste con la apariencia (porque esta verdad pondría al descubierto que la apariencia ha sido mera apariencia).

Al entregarse sin reservas al movimiento del alma y a la profundidad infinita del fenómeno que nos ocupa, la psicología deja de tener una base sólida en la que apoyarse. Como había afirmado Jung, la psicología se funde con el propio proceso psíquico. No es ningún tipo de teoría o doctrina científica («positiva»), una suma total de descubrimientos empíricos y supuestos axiomáticos en los que, como base segura, pueda apoyarse todo trabajo posterior; no, incluso como teorización es, sin embargo, sólo movimiento, proceso, fluidez. Esto tiene consecuencias para la cuestión de qué constituye la identidad de un junguiano. No puede haber una identidad en el sentido positivista de la palabra. La psicología resulta ser una «empresa sin fundamento». En este sentido, el movimiento que antes se describía como un movimiento hacia fuera puede verse ahora simultáneamente como una caída, una caída en lo sin fondo y en lo infinito del alma. Pero precisamente y exclusivamente en su falta de fondo la psicología encuentra su base sólida. («Psicología junguiana: Una empresa sin fundamento. Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos»).

Una vez que se ha comprendido que la psicología se funde con el proceso psíquico mismo, la noción misma de un «sujeto» que hace psicología también se ve afectada. No puede sostenerse como el yo concebido como observador autoidéntico y neutral del curso de los acontecimientos. No es sólo que no tenga una base sólida en la que apoyarse, como se ha señalado en el párrafo anterior. Incluso su identidad interna como positividad o sustancia estable se disuelve. Lo que surge en la discusión de «El pensamiento del yo de Jung a la luz de sus experiencias subyacentes» es que el sujeto, que es el «segundo creador» de lo que ve, es en sí mismo una unión de opuestos; es su propio opuesto y, por tanto, autocontradictorio. Pero si es a la vez sí mismo (su propia identidad) y a la vez en sí mismo su propio otro, entonces ya no puede ser imaginado en términos ontológicos como un ser, una especie de entidad, sino que tiene que ser comprendido como negatividad, como vida lógica, como el juego de los contrarios.

El pensamiento del Yo tal como lo concibe Jung no habría sido posible en la antigüedad, aunque la idea de una unión de opuestos, de la unidad de la unidad y la diferencia del hombre y su Otro (Dios), era ciertamente un patrón de pensamiento familiar en la antigüedad. El «Yo» es algo nuevo. Lo que surge aquí es un sentido de la historia, de la historia como diferencia radical. La diferencia en términos psicológicos puede explicarse como la que existe entre un pensamiento en términos de mito u ontología frente a otro en términos de logos, entre la esfera de la «semántica» y la de la «forma lógica» o la «sintaxis». La historia es, por así decirlo, el laboratorio alquímico del alma en el que, entre otras cosas, puede formarse «el Ser».

Era inevitable que la historicidad del alma saliera a la superficie una vez que se ha comprendido que la psicología se funde con el proceso psíquico mismo. Pues, ¿qué significa que con la psicología no nos hayamos retirado a «un plano en modo alguno por encima o al margen del proceso psíquico», que la psicología «ya no pueda distinguirse de este último»? Si el alma es en sí misma movimiento o proceso debe ser fundamentalmente histórica, es decir, precisamente no inmersa en la historia y sujeta al tiempo como todo en la tierra, porque entonces la psique se imaginaría como una sustancia lógicamente distante que sólo está expuesta secundariamente, empíricamente, al cambio histórico; alma e historia se imaginarían como dos realidades distintas. Pero no: el alma es ella misma historia, y la historia es el autodesdoblamiento del alma. No hay un alma detrás, por encima o al lado del curso histórico de los acontecimientos. No debemos imaginarla como una sustancia atemporal, como un conjunto de constantes antropológicas «por encima del proceso psíquico». Jung escribió una vez: «Tengo que estar en todas partes por debajo y no por encima«.12 Lo que Jung expresó aquí como su actitud subjetiva debe aplicarse a la psicología misma, a la postura «objetiva», teórica, del psicólogo. La psicología necesita lógicamente sumergirse en el propio proceso psíquico, y sólo lo hace en toda su extensión si ya no se resiste a fundirse con el proceso histórico de tal manera que nada quede atrás. Por eso, un volumen sobre una «psicología crítica» debe incluir necesariamente una perspectiva histórica.

Un breve artículo sobre los resultados de una investigación estrictamente histórica realizada por un historiador, aunque no se ocupa principalmente de la cuestión de la constitución de la psicología, se incluye aquí porque intenta discriminar entre un enfoque histórico literal de la historia y uno psicológico («The Question of Jung’s Anti-Semitism’: Postscript to Cocks»).

En «Hospitalidad hacia los dioses en una época impía. Filemón-Fausto-Jung», se explora la diferencia histórica mencionada, la diferencia entre las épocas del mito y la modernidad. Se revela como una inversión completa. Las posturas ante el mundo en las dos épocas son diametralmente opuestas. La era del mito se caracteriza por una apertura fundamental, una receptividad u «hospitalidad» hacia la dimensión no positivista (lógicamente negativa) del mundo: hacia los dioses, lo imaginal, el resplandor interior infinito del fenómeno o situación concretos en cada uno de sus aspectos. Es el mismo resplandor interior del phainomenon («apariencia») que, según el artículo sobre «La procedencia de los descubrimientos psicológicos de C. G. Jung», llevó a Jung a desarrollar el concepto de arquetipos. La era de la modernidad, por el contrario, se cierra sistemáticamente a esta dimensión profunda del mundo fenoménico e insiste, en cambio, en los hechos y resultados positivos. Pero este cierre moderno a la infinitud del mundo es, por supuesto, la condición previa de la psicología. Mientras existiera un modo «mítico» de ser-en-el-mundo, la psicología en nuestro sentido no era necesaria ni posible. En C. G. Jung podemos ver eso y cómo sobre la base y en el estilo de la postura moderna, que se expresa también en la existencia de la psicología, resurgió el equivalente a la antigua «hospitalidad» hacia la profundidad divina interior de la vida fenoménica.

Dado que la diferencia histórica equivale a un giro completo, también puede experimentarse como una ruptura fundamental y, si se observan los contenidos característicos de cada lado, como una línea divisoria que separa la «religión» de la «psicología». Dado que esta ruptura sitúa a la religión a un lado de este abismo y a la psicología al otro, ambas son incompatibles. Sin embargo, no porque sean simples opuestos no dialécticos, como el fuego y el agua o el sí y el no, sino porque la psicología tiene que ser comprendida en un sentido amplio como la configuración sucesora de la religión. El sucesor deja obsoleto a lo que sucede. Ocupa el lugar, el cargo, que antes ocupaba su predecesor. Así que es precisamente su identidad en su diferencia lo que hace que la psicología y la religión sean incompatibles. La psicología no es un campo de especialidad en el concierto de las ciencias (como imaginaba Ulrich Mann). Es religión sublimada (tanto como ciencia sublimada y psicología inmediata y personalista sublimada). Una vez que la conciencia ha superado ese estadio en el que su esencia más profunda y sus valores más elevados se articulaban en forma de religión y ha entrado en el estadio en el que tiene una postura psicológica ante el mundo y la vida, se queda, religiosa y metafísicamente, con las manos vacías. Pero es precisamente este vacío el que tiene el potencial de convertirse en una nueva apertura y receptividad. («Ruptura. O: Psicología y Religión».)

La dialéctica de la apertura y el cierre en el contexto de la inversión histórica radical es el tema de «La liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre». El cierre fundamental que se expresaba en la era del mito en la imagen de Okeanos rodeando el mundo como frontera absoluta resulta ser la condición de posibilidad de la apertura infinita de la mente a lo infinito, a los dioses en el mundo. Okeanos como el río cuyas aguas fluyen constantemente hacia sí mismo es la forma imaginal en la que la lógica urobórica se articuló en el nivel de conciencia de la mitología. El cierre definitivo del mundo humano que convierte el mundo o la vida en un recipiente herméticamente cerrado, por un lado, y la lógica urobórica, por otro, son dos caras de la misma moneda. El mundo moderno temprano, por el contrario, abrió de par en par este cierre «ontológico» y vivió en un mundo fundamentalmente infinito que se extendía hasta el infinito. Pero junto con esta apertura de la definición del mundo, el cierre no desapareció del todo. Reaparece en la constitución del ser humano (cuyo «síntoma» para una comprensión psicológica es el descubrimiento (o más bien, psicológicamente hablando, la «invención») de Harvey de la circulación de la sangre). El ser humano puede ser ahora ipso facto el sujeto moderno («ego») y como tal el sujeto de una psicología personalista moderna con su introspección y la concentración narcisista del individuo sobre sí mismo. Llegamos aquí a un punto en el que vemos el trasfondo imaginal y el devenir histórico de esa psicología que fue criticada en el artículo «Sobre la neurosis de la psicología o El tercero de los dos», de modo que en cierto modo se cierra un círculo.

La última pieza, «La lección de la máscara», en un nivel primario es una exploración de lo que ocurre psico-lógicamente en los bailes de máscaras de las sociedades arcaicas. Pero implícitamente esta discusión sirve como un retrato imaginal -¿o debería decir alegoría?- de la vida del alma, como ejemplificación de una concepción no fundamentada del alma como movimiento, de un autoabandono deliberado y de permitirse a uno mismo hundirse en este movimiento. Como tal entrega deliberada de todo corazón (en el ámbito del comportamiento empírico) a un proceso autónomo, puede ser un modelo sensual abreviado para el movimiento (lógico) que se requiere para que nazca la psicología, para una psicología que ha vuelto a casa consigo misma. Sería una psicología que sabe que no existe en absoluto o que sólo existe urobóricamente, dialécticamente, autocontradictoriamente, como la siempre nueva zambullida de cabeza en el movimiento hacia su finis o telos o teleté para llegar allí a su primer comienzo u origen. Al mismo tiempo, este último trabajo puede considerarse también una respuesta indirecta al primer trabajo de este volumen: una resolución del grave problema que se descubrió en la psicología de Erich Neumann. Pues aquí, en «La lección de la máscara», vemos cómo los opuestos psíquicos, lo empírico y la trascendencia, lo (lógicamente) positivo y la negatividad, lo finito y lo infinito, pueden de hecho mediarse en el sentido de la unión de la separación y la unión de los opuestos.

* * *

Todos los artículos de este volumen fueron escritos durante las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado, salvo dos que lo fueron más tarde. Naturalmente, mi pensamiento ha evolucionado desde entonces, y si ahora tuviera que escribir sobre los mismos temas, probablemente lo haría de forma algo diferente. Pero aún hoy puedo mantener las ideas y posturas básicas presentadas en estos trabajos; los cambios no sólo, sino principalmente, se referirían a ciertos cambios de acento y al estilo de articulación (una diferencia muy notable sería la transición del lenguaje a veces «ontológico» inspirado en Heidegger a una formulación «lógica» deudora del pensamiento hegeliano, mucho más apropiado para la psicología; otra, el paso de la creencia de que con la noción de «lo imaginal» el pensamiento psicológico había llegado a la esencia más profunda del alma a la idea de que tenemos que ir más allá de «lo imaginal» para comprender el alma como «vida lógica»; el lector atento podría, sin embargo, percibir que este último punto de vista ya está implícitamente presente en muchos puntos de los artículos anteriores a este cambio explícito). No he hecho ningún intento de ajustar los textos para reflejar cómo vería y formularía las cosas en la actualidad. Sin embargo, no aparecen aquí exactamente en la misma forma en que se imprimieron originalmente. Aparte de cambios menores, como correcciones de errores de imprenta, en unos pocos casos he reinsertado de los manuscritos algunos pasajes que, por razones de espacio o de otro tipo, se omitieron en las versiones impresas de las revistas (especialmente en los artículos «Sobre la neurosis de la psicología» y «La hospitalidad hacia los dioses»). Además, en los dos casos de comentarios sobre artículos ajenos, he ampliado los títulos para dar alguna indicación sobre el tema.

Wolfgang Giegerich
Mayo de 2005

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1 C. G. Jung, Cartas 2, p. 378, a Bernhard Lang, junio de 1957.

2 CW 6, página xv.

3 Carta a Kranefeldt del 24 de octubre de 1933 (Jung Papers, Wissenschaftshistorische Sammlungen, ETH Zürich), citada en Sonu Shamdasani, Jungand the Making of Modern Psychology: The Dream of a Science (Cambridge: Cambridge University Press, 2003), p. 86.

4 CW 6, página xv.

5 Véase la nota 3.

6 Cf. sin embargo Cartas 2, p. 567 (a Bennet, 23 de junio de 1960), donde Jung dice respecto al hecho de que «en contradicción con todas las demás» [sc. otras ciencias] la psicología «intenta comprenderse a sí misma por sí misma»: «¡una gran desventaja en un sentido y una prerrogativa igualmente grande en el otro!».

7 CW 14, § 740.

8 Ibid.

9 Por un fuerte afecto y sin un conocimiento suficiente de Hegel, como él mismo confesó explícitamente.

10 Sobre Jung y Hegel, véase mi artículo «Jung’s Betrayal of his Truth: The Adoption of a Kant-based Empiricism and the Rejection of Hegel’s Speculative Thought», en Harvest journal farjungian Studies, vol. 44, nº 1, 1998, pp. 46-64.

11 Lógico» en este discurso significa «de naturaleza logos». Por supuesto, no quiere sugerir en modo alguno que el alma se ajuste siempre a las leyes formales del razonamiento correcto (lógica en sentido instrumental, técnico). No es una referencia a la disciplina filosófica especial llamada lógica formal. Está mucho más cerca del concepto alquímico (aunque imaginario) «mercurial».12 Cartas 2, p. 34, a Erich Neumann, 5 de enero de 1952.

Ruptura, o: Psicología y Religión

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 11, pp. 219-231

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El subtítulo que he elegido para esta ponencia dentro de los límites del tema general «Religión y ciencias humanas en el mundo contemporáneo» puede dar lugar a la expectativa de que siga un informe sobre los hallazgos empíricos de la psicología en relación con el problema de la religión en la psique humana del hombre moderno y sobre la posición que adopta la psicología al respecto. Pero no puedo pasar sin más al tema que nos ocupa. Porque la palabra «psicología», cuando se coloca en la frase «psicología y religión» y cuando se ve en el contexto del tema general de este simposio, contiene algunas dificultades que no debemos ignorar. Así que, en lugar de proceder a lo que la psicología tiene que decir sobre la religión, volvamos la psicología sobre sí misma. Pero puede resultar que una reflexión de este tipo nos lleve también a una respuesta a la pregunta planteada por el tema de nuestro simposio, una respuesta más adecuada que si procediéramos directamente con los hallazgos de la psicología sobre la religión y sus puntos de vista al respecto.

El primer problema es el vergonzoso hecho de que, estrictamente hablando, no existe la psicología en singular, sino sólo una multitud de psicologías de convicciones a menudo muy diferentes, cuando no mutuamente excluyentes. No tenemos dificultades con el hecho de que haya muchas religiones o, dentro de una religión, muchas denominaciones. Pero el plural «psicologías» es difícil de aceptar. La división de la psicología en muchas escuelas diferentes, o denominaciones, le resta valor como ciencia. Parece convertir a la psicología en una especie de religión en sí misma, una serie de sectas con sus prácticas correspondientes. Esto significaría que no podríamos hablar legítimamente de psicología y religión en absoluto, como si fueran dos categorías completamente diferentes. Ambas pertenecerían, por así decirlo, al mismo lado del «y». Se trataría de una diferencia intrarreligiosa, no de una diferencia entre religión y otra cosa. No puedo entrar aquí en este problema,1 sino simplemente enumerarlo como una primera indicación tanto de la extraña relación entre psicología y religión como del hecho de que la psicología obviamente no encaja en la idea convencional de una ciencia humana. Me limitaré a matizar que, cuando hablo de psicología, me refiero a la psicología tal como se entiende en la tradición junguiana: la psicología analítica y, más concretamente, la psicología arquetípica en el sentido de James Hillman.

En segundo lugar, se observará que la frase «en nuestro mundo contemporáneo» contenida en el tema general se ha suprimido de mi encabezamiento. Mi título suena como si planteara la cuestión de la relación atemporal entre psicología y religión. Pero esto es sólo aparente. La psicología no sólo es históricamente hablando una ciencia muy nueva (como la psicología profunda es hija de este siglo), sino que también está intrínsecamente ligada a nuestro mundo contemporáneo. Desde el principio, la psicología analítica (así como el psicoanálisis freudiano) ha sido en el fondo nada menos que un intento de dar una respuesta al predicamento del hombre moderno, a la «neurosis», como se la denominó. Sin duda, la neurosis se descubrió como una especie de mal funcionamiento o trastorno dentro del individuo, y esta perspectiva personalista ha seguido siendo el marco de muchos psicólogos. Pero sin ser siempre consciente y explícita de ello, la psicología profunda ha considerado desde el principio la neurosis dentro de un contexto cultural más amplio y a la luz de la tradición mitológica y religiosa occidental, cuyo ejemplo más famoso es el «complejo de Edipo». Lo que guió el pensamiento psicoanalítico de forma factual pero más o menos inconsciente todo el tiempo, se elevó a la conciencia y recibió una expresión sistemática en la teoría de Jung de un inconsciente colectivo y una psique objetiva y transpersonal. Ahora, después de más de 80 años de psicoanálisis, podemos decir: la psicología ha sido un intento de dar cuenta y elevar a la conciencia lo que se había caído, perdido o reprimido en el camino hacia el modernismo. Jung lo dijo explícitamente: «Mi problema [como psicólogo y en contradicción con otras escuelas psicológicas] es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo».2 Jung entendía que «sin historia no puede haber psicología, y ciertamente no puede haber psicología del inconsciente.»3

Al dar a la psicología esta tarea de luchar con el gran monstruo de nuestro pasado, Jung hizo dos cosas a la psicología (como se entiende aquí). (1) Definió la psicología como una psicología siempre terapéutica, incluso cuando es teórica y se ocupa de las grandes cuestiones de nuestra tradición y nuestra época. Cuando se concibe como un gran monstruo o como la serpiente de los siglos, la historia deja de ser el objeto científico neutro que es para el historiador. Es un vis-à-vis, casi un animal con el que luchar, algo que nos implica a nivel personal, existencial, el nivel de un compromiso terapéutico. (2) La terapia ya no se limita a los confines de los problemas personales y la biografía personal, sino que, incluso cuando es la terapia del individuo y sus problemas personales, siempre es también una terapia de nuestra historia colectiva. Siempre se dirige y responde a nuestra situación histórica concreta. La psicología ya no se ve como una ciencia antropológica en busca de verdades atemporales, sino que siempre es relativa a una situación histórica concreta.

Es cierto que ha habido intentos (un ejemplo notable: Malinowski) de demostrar la validez atemporal y transcultural de, por ejemplo, el complejo de Edipo, el complejo de Edipo, es decir, intentos de convertir la psicología en el estudio de la estructura y el funcionamiento intemporales de la psique, en última instancia, en el estudio de la «condición humana» abstracta, como si la psicología fuera una especie de antropología y pudiera concebirse a sí misma como algo parecido a la física, que se entiende a sí misma como el estudio de la organización intemporal del universo, o como la biología, que se considera la ciencia de la estructura y el funcionamiento intemporales del organismo vivo. Pero este interés por las esencias atemporales en la tradición del platonismo occidental no se corresponde realmente con la visión central y la vocación de la psicología. La psicología está llamada a abandonar las alturas y la pureza de los estudios neutrales e intersubjetivos y a descender a nuestro desorden real, a lo que Jung llamó en su día el lodo y el fango del fondo del alma humana1,4 sin olvidar, no obstante, que el «desorden real» no es personal, individualista, privado, sino que comprende en sí mismo la situación colectiva específica, que a su vez conserva en sí toda la historia anterior.

Así que habría sido más que superfluo mantener la frase «en nuestro mundo contemporáneo» en mi título. Habría sido engañoso, sugiriendo que la psicología podría aplicarse, como una teoría abstracta y neutral, a nuestro mundo contemporáneo, mientras que la implicación (terapéutica) con el aquí y ahora es inherente a la propia noción de psicología. La psicología siempre está hablando de nuestra situación real (contemporánea), incluso cuando abiertamente puede estar hablando de mitología antigua o alquimia medieval, etc. Tiene «nuestro mundo contemporáneo» dentro de sí como su momento (en el sentido de Hegel), no ahí fuera como un objeto de estudio al que puede dirigirse o no. De hecho, este sentido de «dentro de sí», esta interioridad intrínseca de su objeto de estudio, sea cual sea, es lo que constituye el modo psicológico de pensar o lo que hace que la psicología sea psicológica.

No es casualidad que la psicología haya sido una de las últimas «ciencias» en surgir. Sólo pudo surgir una vez que todas las grandes ciencias estuvieron firmemente asentadas y la modernidad fructificó a través de ellas o junto con ellas. En efecto, la psicología no debe entenderse como una ciencia más, que sólo se diferencia de las demás por tener un tema diferente. Su aparición no significa únicamente el descubrimiento de un nuevo campo o tema de investigación, de una nueva Fach (disciplina especializada) al lado de todas las demás especializaciones. La psicología debe entenderse más bien como la conquista de un nivel de reflexión totalmente nuevo, más allá del de las ciencias, como algo así como la «conciencia» (en un sentido no moral) de las ciencias, como la disciplina cuya tarea consiste en reflejar los cambios introducidos por las ciencias en la psique, es decir, en nuestro ser-en-el-mundo, y en elevar a la conciencia, dentro del mundo moderno, las ganancias y las pérdidas que ha traído consigo este mundo moderno en su conjunto. Dado que la psicología tiene la tarea de comprender, debe situarse por debajo, en un nivel más bajo y profundo que las ciencias. Se dirige al terreno del que surgieron las ciencias, la psique.

En la cita de Jung en la que habla de la gran serpiente de los siglos, también nombra el «problema del cristianismo» como una posible forma de formular lo que le preocupa como psicólogo. De nuevo observamos que la psicología no tiene por qué aplicarse a la religión, aquí al cristianismo, sino que, al menos para Jung, el cristianismo y los problemas que implica para nuestro ser-en-el-mundo son, para empezar, de lo que trata la psicología. También la religión está dentro de la psicología, no fuera de ella. Y así, estrictamente hablando, no hay, no puede haber, ningún «y» entre psicología y religión, porque el problema religioso es el problema propio de la psicología y no sólo el problema de tal o cual religión (o de la religión en general) ahí fuera. El psicólogo que sigue a Jung no puede estudiar la religión desde fuera como un objeto neutral, ni, como un creyente en una de las religiones, acercarse a la religión desde la base de la implicación confesional. Se acerca a la religión como algo suyo, como la carga y el predicamento propios del alma -para citar a Jung: «como las cargas históricas que el cristianismo ha amontonado sobre nosotros».5

La religión como carga: ¿qué significa esto? Se podría pensar que expresa una postura negativa y crítica hacia la religión: la religión se experimenta como la parte culpable y, por tanto, algo de lo que hay que deshacerse o contra lo que hay que luchar. Pero lo que se quiere decir aquí es casi lo contrario. Aquí se acepta la religión como nuestra propia carga, como nuestro propio problema con el que luchar. La religión como carga está en mí, soy yo mismo, no mi oponente ahí fuera. Más arriba he intentado sugerir que la psicología no está al mismo nivel que las ciencias, sino que se sitúa por debajo del plano en el que se encuentran las ciencias. Lo mismo parece ocurrir con la relación de la psicología con la religión. Tanto los creyentes o teólogos como los críticos de la religión (como Voltaire, Marx, Nietzsche) experimentan la religión, lógicamente hablando, en el mismo plano. La única diferencia es que unos dicen Sí a la religión y están a favor de ella, mientras que los otros dicen No y están en contra. El nivel de conciencia es el mismo. Sin embargo, el hecho de que Jung viera en la religión una gran carga de la que sufría es señal de que la experimentaba en un nivel de conciencia completamente nuevo.

Lo que intento sugerir aquí es que la psicología no encaja, sin más, en el tema general de este simposio tal y como ha sido formulado porque ocupa una posición muy peculiar tanto con respecto a las ciencias humanas como con respecto a la religión. La psicología hace estallar los conceptos contenidos en la formulación de este tema, y ser lo que hace estallar estos conceptos (y el estado de ánimo que implican también) es de lo que trata la psicología. Permítanme expresarlo en términos hegelianos. Antes de hacerlo, sin embargo, tenemos que darnos cuenta de que Jung, como los demás pioneros de la psicología, partió de la práctica cotidiana de la psicoterapia y no de una teoría bien elaborada. Las ideas teóricas surgieron (no sólo históricamente, sino también) lógicamente después de la experiencia práctica. Así pues, la teoría formulada no siempre está lógicamente a la altura de la lógica inherente a los descubrimientos e inquietudes de los propios psicólogos, sobre todo teniendo en cuenta que Jung, curiosamente, se enorgullecía de ser empirista, al parecer sin darse cuenta del flaco favor que estaba haciendo a su propio trabajo. Muy a menudo, las ideas revolucionarias se expresaban en términos de categorías de pensamiento que pertenecen a modos de pensar bastante convencionales y anticuados, realmente se ponía vino nuevo en recipientes viejos, porque el sesgo empirista impedía la clarificación lógica de las nuevas ideas. Así pues, cuando quiero expresar el estatus lógico de la psicología en términos hegelianos, me refiero al estatus realmente inherente al empuje principal de las propias realidades psicológicas que se mostraron a Jung, pero no me preocupa inmediatamente el estatus que se sugiere a sí mismo a partir de los términos y categorías que Jung utilizó para formular teóricamente sus descubrimientos psicológicos.

La psicología es la disciplina cuyo trabajo consiste en transgredir el estatus lógico de «esencia» (Wesen) al estatus de Begriff (Concepto o Noción) en el sentido hegeliano.6 Tanto la ciencia como la religión (al menos en Occidente) residen en el estatus de «esencia», en lo que Nietzsche analizó como el platonismo de nuestra tradición y lo que Heidegger mostró como las cadenas metafísicas del pensamiento occidental. Cuando se reflexiona sobre lo que el análisis junguiano individual, especialmente el llamado proceso de individuación, es y significa en última instancia para el individuo (lo que ha de producir), y cuando se reflexiona sobre lo que la aparición del fenómeno del psicoanálisis (tanto en el sentido del proceso de individuación como de una realidad intelectual) es y significa en última instancia para nuestra época, se puede decir en ambos casos que significa nada menos que la caída de un nivel de conciencia a otro, la caída de un estatus lógico a otro inferior (o superior). Esto es lo que quiero decir con la peculiar posición de la psicología con respecto tanto a las ciencias como a la religión.

Debemos darnos cuenta de que la religión, tal como la conocemos, no es sólo el conjunto de enseñanzas, emociones y prácticas que constituyen su sustancia, sino también el estatus lógico o nivel de conciencia que representa. Del mismo modo, las ciencias, y esto se aplica tanto a las ciencias humanas como a las naturales, no son sólo el sistema de conocimientos y métodos que las componen, sino también el estatus lógico que encarnan las ciencias modernas.

En el fondo, Jung tenía un claro conocimiento de que la psicología había descendido a un nivel diferente y, por tanto, ya no se encontraba en el mismo estatus lógico que las ciencias. Reflexionando sobre la posición de la psicología como ciencia, Jung dijo: «Ella [la psicología] debe sublimarse como ciencia [sich aufheben], y precisamente al hacerlo alcanza su meta científica» (OC 8 § 429, trad. modif.). Esta frase, junto con su contexto, no dice otra cosa sino que la psicología como «ciencia» es, en verdad hegeliana, la sublimación dialéctica (Aufhebung) de la ciencia. La psicología no es ni ciencia ni su opuesto no dialéctico, una fe no científica, una Weltanschauung, o lo que sea. Es la negación concreta, la nada determinada (bestimmte Nichts) de la ciencia. En la misma línea, también debemos afirmar que la psicología no es ni religión (o su equivalente secular: una Weltanschauung, ideología) ni el opuesto no dialéctico de la religión, una ciencia neutral irreligiosa. Es «religión sublimada», aufgehobene Religion, del mismo modo que es «ciencia sublimada», ya no sujeta a la contradicción ciencia versus religión, sino que, al haberla superado, contiene esta contradicción en sí misma.

Aunque en el espacio de que dispongo aquí no podría explicar adecuadamente por qué y cómo la psicología es la sublación dialéctica de la ciencia y la religión, es decir, de todo el estatus lógico al que ambas pertenecen, dos cosas están claras: (1) una psicología que tiene que ser vista de esta manera debe ser una vergüenza para la mente dominante; no encaja en ninguna de las categorías a las que estamos acostumbrados; (2) con respecto a la cuestión de la religión en nuestro mundo contemporáneo, una psicología que tiene que ser entendida como religión y ciencia sublimadas nos transporta a una situación radicalmente nueva que hace que todo parezca muy diferente.

Tomemos por ejemplo el nihilismo y la secularización, esas dos fuerzas que suelen considerarse el aprieto en el que se encuentra la religión en nuestra época. Creo que la idea del nihilismo es una trampa en la que han caído Nietzsche y quienes le siguieron. El problema al que nos enfrentamos no es el nihilismo; nuestro problema es la interpretación de nuestra situación como nihilismo. Esta interpretación es una defensa contra la ruptura decisiva de un nivel de conciencia a otro, más profundo o más elevado, que ha tenido lugar desde hace mucho tiempo. Es el intento de dar cuenta de un cambio innegable y radical, que sacude la tierra, sin sufrirlo como nuestra transformación lógica y psicológica, como nuestra muerte y resurrección, es decir, la muerte y resurrección de nuestra conciencia. Al diagnosticar el «nihilismo» o la «secularización», podemos mantener el cambio ahí fuera, como una muerte de la religión en las condiciones objetivas de la sociedad, mientras rescatamos la continuidad de nuestra mente, nuestros ideales, expectativas, nuestra noción de religión. Mantenemos intacto el statu quo de nuestra mente y nos mantenemos inocentes («ilesos») culpando a la historia de haber conducido a un vaciamiento gradual de todo significado. Al admitir que el nihilismo prevalece en nuestro tiempo, conseguimos aferrarnos a las mismas categorías y valores dominantes que informan nuestro pensamiento y que abiertamente admitimos que han perdido su validez en nuestra situación objetiva. Es sólo una admisión simbólica. Una admisión real supondría el sacrificio de nuestras ideas e ideales, valores y categorías más preciados. Equivaldría a «perder la cabeza».

Jung escribió algo así como que nuestra conciencia sólo imagina perder a sus Dioses, mientras que en realidad simplemente hemos sido apartados del lugar donde podemos experimentarlos.7

En efecto, nos hemos alejado del locus de las religiones tradicionales. La «Verdad» ha emigrado a un nuevo continente, por así decirlo, mientras que nuestra conciencia conserva las categorías adquiridas en el viejo continente y adaptadas a él. ¿Cuál es este nuevo continente? El profesor Nishitani ha subrayado uno de sus aspectos más importantes: la universalidad o el alcance planetario del mundo moderno. Otro aspecto importante es el hecho de que hoy vivimos sabiendo que podríamos aniquilar literalmente la tierra habitada. Esto significa psicológicamente que, en cierto sentido, ya no estamos irrevocablemente incrustados en la naturaleza, sino de algún modo por encima de ella, nos guste y lo sepamos o no. Es la expresión externa del hecho de que el mundo natural ha sido lógicamente superado, sublimado, reducido a un momento de nuestra conciencia. El mundo natural en su conjunto ya no es la esfera en la que (lógica y psicológicamente) habitamos y que nos rodea fundamentalmente. Se ha reducido a una «cosa» o contenido en la (aún desconocida, pero ya real) nueva esfera de nuestra existencia.

Un tercer aspecto del «nuevo continente» en el que se desarrolla ahora nuestra existencia es el hecho, quizá aún más grave, de que lógica y ontológicamente (aunque no ónticamente), el mundo natural y sensual ya ha sido aniquilado. La «verdad» ya no reside en el nivel de las cosas con forma concreta y visible, sino en el de las partículas subatómicas y subcelulares. Sabemos que no podemos creer a nuestros ojos, confiar en nuestros sentidos; sabemos que lo que vemos como cosas sólidas es en realidad espacio vacío interdisperso de partículas a, por así decirlo, distancia cósmica unas de otras. Las cosas se han vuelto falsas, fantasmales, aunque no lo admitamos. Ya no necesitamos la enseñanza cristiana de «he vencido al mundo», ni la idea zen de «ninguna imagen», ni métodos religiosos que nos liberen del mundo sensual y nos permitan alcanzar el «vacío», porque lo que las religiones presentaban antes como una promesa o un objetivo por el que luchar, o como una verdad interior, hace tiempo que se ha convertido en un hecho consumado, una realidad cuasi «empírica» ahí fuera, en las cosas mismas. La religión (cuya lucha por la liberación espiritual del mundo literal sólo se producía en la interioridad subjetiva del hombre) ha sido superada por la realidad objetiva, de hecho física, de modo que los esfuerzos y aspiraciones centrales de la religión van a la zaga del estado real de las cosas. No hace falta que nos prediquen que no guardemos las cosas que la polilla y el óxido destruyen (Mt. 6:19), pues en una sociedad de usar y tirar ésta es ya la lógica objetiva inherente a las cosas que usamos. Ya nada de lo que coleccionamos para «acumular riquezas» puede hacernos ricos, porque incluso las cosas más caras, como un cuadro de 30 millones de dólares, se han vuelto ontológicamente baratas, como se desprende precisamente de su precio inflado.

Se ha producido un cambio fundamental. El «mismo» sol que el hombre vio hace 3.000 años ya no es el mismo. Ya no podemos hablar legítimamente de un amanecer, como en los tiempos míticos, y mucho menos ver en él al Dios o a la Diosa. El «amanecer» es, en el mejor de los casos, una Erlebnis subjetiva en nuestro «Lebenswelt» (Husserl), que sin embargo es un mundo privatizado sin validez objetiva.

La ruptura que se ha producido parece consistir en el hecho de que el mundo al que respondían las religiones conocidas se ha desplazado, por así decirlo, de debajo de ellas. Ahora nos enfrentamos a un mundo lógicamente totalmente nuevo, al que la religión ya no corresponde. La «pregunta» que el mundo, en tanto que constituido como «mundo natural», planteaba en su totalidad, es decir, como ámbito en el que el hombre vivía psicológicamente, ha sido respondida exhaustivamente a lo largo de los últimos 2.500 años. Ahora, un mundo cambiado, que existe en el nivel subatómico post-natural, representa una «pregunta» totalmente nueva. La «conversación» entre el mundo y el hombre, de la que las artes, la religión, la filosofía, la organización política y la cultura en general son el registro, ha pasado a la siguiente pregunta, por así decirlo. ¿Acaso las religiones tradicionales no se encuentran objetivamente en una situación similar a la de los coches de caballos de antaño? También ellos siguen siendo populares en los lugares de turismo, pero sólo como algo definitivamente obsoleto. Y sólo porque son obsoletos pueden colmar nuestro anhelo nostálgico. No creo que las religiones (como fe personal, como prácticas literales) estén amenazadas hoy en día; al contrario, gozan de una popularidad creciente. Lo que está amenazado, sin embargo, es ese estatus lógico o nivel de conciencia del que la religión es una encarnación. Sin embargo, parece erróneo hablar de amenaza, puesto que la destrucción o superación de la lógica, como lo que es la religión, ya es un hecho consumado. Esta lógica se ha convertido en algo del pasado por el curso objetivo de la historia, mientras que los productos de esta lógica, las religiones literales, se extienden hasta nuestra época e incluso se conservan, del mismo modo que se conservan las pinturas medievales y otras reliquias del pasado, incluso después de que el mundo al que pertenecen haya desaparecido irrevocablemente.

Ahora, a finales del siglo 20, a medida que aprendemos más sobre la historia primitiva y ganamos más distancia objetiva respecto a nuestra propia tradición, poco a poco llegamos a una posición que nos permite ver que la religión como tal puede haber sido sólo un interludio en la historia del hombre, en contraste con uno de los eternos de la existencia humana. Al decir esto, no quiero defender ningún tipo de posición atea, agnóstica o nihilista. Más bien, pienso en términos de la visión histórica de Heino Gehrts. Gehrts distingue cuatro etapas fundamentalmente diferentes de desarrollo cultural, las de las culturas chamánica, ritualista, religiosa y científica (o tecnológica).8 El chamanismo y las prácticas y creencias de las culturas ritualistas y las llamadas altas religiones no se agrupan bajo el epígrafe general de «religión». Más bien, según este punto de vista, un hiato fundamental, de hecho una línea divisoria, separa las dos primeras culturas de la religiosa, un hiato mucho más radical que el que se encuentra entre las culturas chamánicas y ritualistas o entre las culturas religiosas y científicas. La religión sólo es relativa a una etapa del desarrollo cultural. No existía hace 3.000 años. Puede que no exista en el futuro.

Esta visión es muy útil. Nos facilita desprendernos (no sólo de los contenidos específicos, sino de la noción misma) de la religión sin tener que temer que entonces tengamos que sucumbir al nihilismo. De hecho, podemos ver que el problema del nihilismo surge sólo para aquel que puede estar dispuesto a resignarse a la «muerte de Dios [o de otros contenidos de la religión]», pero sólo para aferrarse aún más, en sus secretas expectativas o como su demanda oculta, a la idea de religión. Podemos comprender que se nos exige más que el sacrificio de los contenidos de la religión y menos que nuestra reconciliación con el nihilismo absoluto. Hoy se trata simplemente de la ruptura de un estadio a otro. Del mismo modo que el chamanismo y el modo ritualista de ser-en-el-mundo fueron sustituidos por la religión, ahora la religión parece estar en proceso de ser sustituida por algo nuevo, de lo que todavía no tenemos ni idea.

La ‘religión’ es sólo la respuesta o el correlato de ese mundo que fue constelado como el mundo natural, el mundo tal como lo experimenta la «conciencia común y natural» en el sentido moderno de ‘natural’. Esto no es el mundo. Tampoco existió siempre y, como ya hemos señalado, ontológicamente hablando, ha empezado a dejar de existir para nosotros. El mundo de la época chamánica era muy diferente, y por eso la respuesta del hombre al mundo de entonces no fue la religión, sino el chamanismo.

Por tanto, no me preguntaría qué podemos esperar de la religión y qué medidas concretas hay que tomar para hacer realidad nuestras expectativas. No pensaría en cómo rescatar nuestras diversas tradiciones religiosas y trasladarlas al cambiante mundo actual. Porque, en mi opinión, cualquier intento de este tipo sólo equivaldría a un intento de rescatar el estatus lógico o el nivel de conciencia en el que vivimos subjetivamente y al que estamos cómodamente acostumbrados, y de congelarnos psicológicamente en el pasado, mientras que objetivamente llevamos mucho tiempo viviendo en una realidad caracterizada por un nuevo estatus lógico. La ruptura en el mundo objetivo de ahí fuera necesita una ruptura correspondiente en nosotros, y en nosotros no como personas, sino como la lógica o psicología como la que vivimos. No basta con intentar adaptar nuestras religiones a nuestra nueva situación, no son ellas las que tienen que ajustarse. Somos nosotros. Y por eso creo que la respuesta al problema de la religión en nuestro mundo contemporáneo es la «psicología», no la psicología como ciencia particular, como tal o cual escuela de pensamiento, sino la psicología como un movimiento que hay que hacer, el movimiento de volver la cuestión de la religión hacia nosotros mismos, hacia lo que tenemos más cerca: nuestro estado de conciencia; en otras palabras, la psicología como la realización de la necesidad inevitable de la muerte que ha de morir por nuestro estado de ánimo.

Mientras nos aferremos a nuestras religiones, nos cegaremos ante lo divino que se mostraría de forma totalmente nueva e inimaginada desde el interior de nuestro mundo real. Repetimos monótonamente la misma respuesta, incluso cuando se nos plantea una nueva pregunta. Estamos alejados del lugar en el que seríamos capaces de ver, como dijo Jung, pero, por supuesto, no porque nos hayamos alejado, sino más bien porque nos mantuvimos obstinadamente en el antiguo lugar de la verdad y no acompañamos, en nuestra conciencia subjetiva, el movimiento realizado por nuestra conciencia objetiva, la psicología o lógica «implícita» (ansichseiende) inherente a nuestro propio mundo moderno.

Quizá haya llegado el momento de aplicar el «Bienaventurados los pobres de espíritu» cristiano al propio cristianismo, a la religión como tal; y de aplicar el vacío que hasta ahora se buscaba en el Zen al propio Zen en su conjunto. Tenemos que aprender (no a luchar por el vacío, sino) a vivir con y en el vacío que ya existe. No necesitamos (activamente) sacrificar nuestras religiones, ni la noción y el estatus de la religión como tal. El sacrificio en cuestión ya nos ha sido infligido objetivamente. Sólo necesitamos asumirlo, permitirlo. Religiosa y metafísicamente, estamos con las manos vacías. Así lo vio también Jung. Nos comparó con mendigos que, tomando prestadas ideas religiosas exóticas de otras culturas que no son las nuestras, intentan hacerse pasar por reyes del teatro. Y dijo: «… [L]a pobreza espiritual busca renunciar a las falsas riquezas del espíritu para retirarse no sólo de los lamentables restos… de un gran pasado, sino también de todos los atractivos del oloroso Oriente; para, finalmente, volverse hacia el interior de uno mismo, donde, a la fría luz de la conciencia, la vacía esterilidad del mundo llega hasta las mismas estrellas.»9

Tenemos que aprender a sufrir que nuestras manos estén vacías, en el sentido más pleno de la palabra sufrir. Sin imágenes. Sin símbolos. Sin significado. Sin dioses: sin religión.

Porque ¿no es la mano vacía, y sólo la mano vacía, la que puede llenarse? Mientras nos aferremos a nuestras tradiciones religiosas, pretenderemos estar en posesión de algo. Impedimos así el advenimiento de lo que sólo puede llegar, si es que llega, como el don gratuito del mundo real a quien está dispuesto a recibirlo porque no tiene nada por sí mismo, como el don a quien ya no denuncia, con una modestia que es arrogancia disfrazada, nuestra pobreza como nihilismo, sino que la comprende como la presencia del futuro desconocido.


Nota del editor: Unos doce estudiosos de diversas disciplinas, aproximadamente la mitad de ellos de Japón y la otra mitad de otros países, habían sido invitados a debatir juntos el tema «Religión y ciencia humana en el mundo contemporáneo» en el Sexto Simposio Zen de Kioto, que tuvo lugar del 8 al 13 de marzo de 1988 en el Hotel Rantei de Kioto, Japón. La ponencia sobre «Ruptura» fue la contribución de Giegerich a este Simposio.

1 Wolfgang Giegerich, «Psicología junguiana: Una empresa sin fundamento: Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos», véase el capítulo siete de este volumen.

2 CW 18 § 279.

3 MDR, pp. 205 y ss.

4 Letters 2, p. 557, a Anónimo, 7 de mayo de 1960.

5 CW 18 § 279.

6 Estoy en gran deuda con Bruno Liebrucks, Sprache und Bewußtsein, 7 vols., Akademische Verlagsgesellschaft, Frankfurt (más tarde Verlag Peter Lang, Bern et. al.) 1964-1979 para mi comprensión de la lógica de Hegel.

7 Combino aquí dos pasajes de Jung, Letters 2, pp. 594 (a Serrano, 14 de septiembre de 1960) y 612 (a von Koenig-Flachsfeld, 30 de noviembre de 1960).

8 Véase, por ejemplo, Heino Gehrts, «Vom Weltenbaum zum brennenden Baum. Die kulturellen Entwickungsstufen im Geborgenheitserlebnis», GORGO 13, 1987, pp. 41-66 o ídem, Von der Wirklichkeit der Märchen (Regensburg: Erich Röth Verlag, 1992), especialmente la introducción y el capítulo 1.

9 C. G. Jung, CW9/1 § 29, trad. modif.

El cohete y la base de lanzamiento, o el salto de lo imaginal al espacio exterior llamado «realidad»

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 6, pp. 117-135

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Independientemente de lo que se pueda decir sobre la insignificancia del vuelo a la Luna y otras misiones espaciales desde un punto de vista práctico y humanista, psicológica y «metafísicamente» la aventura en el espacio es un acontecimiento de la mayor importancia psicohistórica. Es el símbolo que señala que una verdad milenaria y «eterna» ha quedado obsoleta: la distinción entre el mundo sublunar y los cielos. También en otro sentido, los cohetes pueden considerarse fácilmente como un símbolo de este siglo; basta con pensar en el desarrollo vertiginoso de las ciencias y la industria. Pero justo aquí nos encontramos con una dificultad. Me refiero a la casualidad de que lo que yo llamo «conciencia natural», la conciencia que imagina «cosas» o más bien en un estilo de cosa en analogía con la percepción visual, se interpone y, por tanto, impide una comprensión verdaderamente simbólica y psicológica del cohete, así como de nuestra época.

Para la «conciencia natural» los cohetes son objetos particulares en la realidad entre millones de otros objetos. Sin embargo, es posible ir más allá de la conciencia natural. En el Kena Upanishad, por ejemplo, se pasa de «lo que los ojos pueden ver» a «lo que abre los ojos». Del mismo modo, la Psicología Arquetipal pasó de lo literal a lo imaginal, y Hegel ha mostrado cómo la transición de la mente natural al Entendimiento nos transporta a un «segundo mundo supersensible», que en contraste con el primer mundo supersensible (el reino platónico de las Formas atemporales), no es un reino por encima y más allá de la realidad ordinaria, sino un mundo invertido, es decir, el mismo mundo, pero como se ve cuando uno se pone de cabeza. Tenemos que hacer este movimiento para poder entender el cohete no como una cosa en la realidad, sino como la forma de nuestra (tipo de) realidad, la forma de la conciencia del hombre occidental, «conteniendo» en sí mismo todo lo que constituye el mundo en su conjunto, incluyendo los cohetes literales.

Otra diferencia con la conciencia natural es que, mientras que ésta tiende a temer un ataque con misiles nucleares como un posible acontecimiento futuro que hay que evitar a toda costa, yo propondría que este acontecimiento ha ocurrido hace mucho tiempo y es la base misma de la existencia del hombre occidental, de hecho de la «realidad» como tal.1 A diferencia de lo que se suele suponer, la «realidad», tal y como la experimentamos en Occidente, no es la palabra que designa lo que está naturalmente dado y que existe tanto antes como independientemente de nuestro pensamiento sobre él. Es más bien el resultado de un acontecimiento violento y «artificial» en la historia del alma: el lanzamiento de un cohete. El propósito de este artículo es meternos en el cohete, en su imaginación. De hecho, hemos vivido en este (tipo de) realidad durante más de dos mil años. Pero no de forma consciente e imaginaria. Es una necesidad psicológica para que finalmente traslademos sin reservas también nuestra conciencia e imaginación a lo que ha sido nuestra morada fáctica todo el tiempo.

Los cohetes necesitan bases, cimientos sólidos e inflexibles desde los que puedan despegar. Una tercera diferencia con respecto al punto de vista natural, que sostendría que la base de lanzamiento y el cohete son dos cosas distintas y que el cohete, una vez lanzado, deja atrás la base, es que, en lo que respecta al misil imaginario, es al lanzar el cohete cuando se establece la base de lanzamiento por primera vez. La base no es sólo el origen (el pasado) del cohete y el objetivo no sólo su destino (futuro). El cohete arquetípico crea su propia base de lanzamiento mientras vuela y se dirige a su objetivo. Cohete, objetivo y base son una misma cosa.

No podía haber tal base desde la que se pudiera disparar un cohete literal mientras, durante la etapa ritualista y mitológica de la civilización,2 el hombre vivía incrustado en lo imaginal. La imaginación mítica no permite el tipo de fijación necesario para constituir una base. Una base necesita la fiabilidad de la positividad (hecho positivo) como el equivalente metafísico de una gruesa capa de «hormigón». Debe ser una roca inflexible. Y debe estar en una posición exacta determinada geométricamente, o de lo contrario el cohete no podría ser llevado de forma fiable a su curso balístico calculado. Este tipo de exactitud matemática y fiabilidad positivista de un punto focal sólido es contrario al mundo del mito y el ritual.

Se podría objetar aquí que la imaginación mitológica poseía también la noción de un punto focal eminente, en la idea del centro de la Tierra, situado en ciertos lugares geográficos, como en Delfos. Sin embargo, este punto central carecía de las propiedades literales y positivistas exigidas a una base; no era un hecho geográfico, físico, no era un centro en el sentido rígidamente fijo de la geometría, porque había muchos centros de la Tierra. Cada templo, cada santuario, incluso cada lugar temporal de una ceremonia ritual era, mientras duraba el ritual, el centro de la Tierra. Por lo tanto, a pesar de ser el centro, no era una realidad literal y no poseía la autoidentidad inequívoca e inmutable que se requiere de una ubicación positiva. El centro podía estar potencialmente en cualquier parte, porque aquí el «centro» no se definía en términos de igual distancia a la circunferencia (en cuyo caso sólo habría un único punto que pudiera llamarse centro), sino en virtud de su cualidad «metafísica»: era el punto en el que una dimensión vertical rompía la superficie horizontal de nuestro mundo cotidiano, abriéndonos la profundidad del inframundo y la altura del cielo. Así pues, del mismo modo que horizontalmente el centro no podía identificarse de forma inequívoca, tampoco podía servir, en sentido vertical, como fundamento inamovible que ofreciera la resistencia necesaria para el despegue de los cohetes, en la medida en que su significado expreso era abrir el suelo sólido bajo nosotros a la dimensión de la profundidad (que por definición no tiene fondo).

Fue el logro del cristianismo dar a la humanidad la idea de un suelo absolutamente firme. «Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno [el antiguo inframundo] no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18), una iglesia que a su vez se describe como «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim. 4: 15). «Por tanto, cualquiera que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre una roca: Y descendió la lluvia, y vinieron las inundaciones, y soplaron los vientos, y golpearon aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre una roca» (Mt. 7: 24 ss.). «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» (1 Cor. 3:11). En estas citas se expresa un anhelo de algo absolutamente sólido, de un punto fijo literal, positivo, que pueda perdurar en el cambio de los tiempos. Es la voluntad de una inversión del significado mismo de «suelo»: base, lecho de roca, fundamento sobre el que apoyarse, en lugar de profundidad sin fondo (como en: el suelo del mar, del infierno, etc.); y suelo como lo que está puesto, en lugar de suelo primordial de donde surge todo lo que es (como de un manantial).

El cristianismo aportó la solución a la fantasía de Arquímedes de encontrar un «punto sobre el que pararse» que le permitiera desencajar el universo. Cristo no es otra cosa que este mismo punto arquimediano, y al mismo tiempo Cristo es quien efectivamente ha desquiciado el universo: «Anímense, yo he vencido [neníkêka, conquistado] el mundo» (Juan 16:33). En el ámbito del mito, ese deseo de desarticular el universo habría sido impensable. El héroe que más se aproxima a una postura tan violenta hacia el mundo, Hércules, no aprovechó la oportunidad que se le brindó de hacer algo parecido a desintegrar el universo. Es cierto que le arrebató a Atlas la bóveda celeste, pero se la llevó obedientemente y luego se la devolvió sin haber alterado el orden del cosmos.

Se podría pensar que el mensaje de la roca que se nos ha proporcionado en Cristo no es más que una audaz alegación que, como mera alegación, carece en sí misma de fundamento. Así es como solemos pensar en las afirmaciones religiosas: son una cuestión de fe, es decir, depende de nosotros creer o no en ellas. Pero yo sugiero que es de otra manera. El cristianismo es lo que promete y enseña. No es una cuestión de creencia. Al relegar ingenuamente el mensaje cristiano a la esfera de las meras creencias subjetivas, nos protegemos para no darnos cuenta de a qué nos enfrentamos. De hecho, el cristianismo sentó las bases mismas que predica. Es más, estableció la naturaleza ontológica del «suelo» como roca, después de que antes la esencia del suelo fuera la profundidad insondable.

Un famoso cartel de James Montgomery Flagg, utilizado para reclutar voluntarios para el ejército estadounidense durante la Primera Guerra Mundial, muestra a un hombre vestido como el Tío Sam que señala con su dedo índice directamente al espectador diciendo: «Te quiero a ti» (Fig. 1). Aquí ocurre algo extraordinario. La persona dibujada o pintada en el cartel irrumpe, por así decirlo, con su dedo índice señalado y su mirada penetrante a través del plano del cuadro; rompe su contención dentro del mundo ficticio o imaginario del cuadro y se adentra en la realidad literal «externa» donde viven los espectadores de carne y hueso.

Este cartel proporciona una manera sencilla y precisa de entender la naturaleza del logro singular del cristianismo. También el cristianismo hace estallar el «lienzo» del «cuadro», la «pantalla» de la «película» que presenta o el «texto» del «mythos» que tiene que contar. Al hacer estallar el plano del «cuadro», salta de la esfera de la realidad imaginal al espacio exterior de la realidad literal, una realidad que, sin embargo, sólo se crea originalmente mediante este mismo acto de salto arquetípico y primordial. También el cristianismo se centra en el individuo con una mirada penetrante y le señala directamente con el dedo índice. Se dirige a él a bocajarro, exigiéndole, por así decirlo, a punta de pistola: «Jesucristo te quiere a ti”. 

Con la idea del ataque cristiano al individuo (a todos los individuos) «a punta de pistola» no me refiero a la forma agresiva de predicar y misionar que se da entre ciertos fundamentalistas radicales. Su comportamiento podría considerarse, desde el punto de vista de la propia teología cristiana, como una aberración deplorable, como un error empírico (óntico) de los que se producen en la historia de cualquier movimiento debido a la incomprensión por parte de determinados individuos que lo practican. Pienso más bien en el ataque (ontológico) al individuo inherente a la propia lógica del mensaje cristiano. Desde el principio, el cristianismo se presenta con una pretensión absoluta sobre todos. Por mucho que, de hecho, el cristianismo deba dejarnos libres para decidir, lógicamente (en su visión ontológica del hombre) no nos da ninguna opción, ya que, según él, estamos metafísicamente amenazados, en caso de nuestra negativa, por la condenación eterna y absoluta. Simplemente debemos ser voluntarios como reclutas. No hay escapatoria, no hay alternativa, ya que la única alternativa se define como la idea misma de una no-alternativa: el infierno. Y mientras no nos hayamos incorporado, ya hemos sido arrojados metafísicamente al ser etiquetados como pecadores (en el sentido teológico de pecado). No existimos realmente. No tenemos Vida. Somos un cadáver.

En el negocio de la publicidad encontramos la idea del «público objetivo». Se basa en la constatación de que las necesidades, los gustos y el «lenguaje» de las personas son diferentes, de modo que lo que se vende y cómo se les vende tiene que diferir en consecuencia. En el contexto cristiano y en vista del implacable control cristiano sobre el individuo tenemos que dar a esta noción un significado mucho más radical, concretamente «metafísico». Aquí no significa el grupo óntico selectivo al que se dirige el mensaje cristiano; significa que a la humanidad como tal se le da por primera vez el estatus (onto-) lógico de «público» como «objetivo», como «objetivo» de una dirección a bocajarro, de hecho, de una especie de ataque. El público es ahora lo que hay que alcanzar, y alcanzarlo con una pretensión absoluta. El cristianismo no utiliza una forma cortés de dirigirse, mediante la cual se mostraría un respeto por la dignidad intocable del Otro y se evitaría una posible intromisión en su esfera privada. El cristianismo se dirige al Otro con una brusquedad casi indecorosa: «Jesucristo te quiere a ti»; de hecho, el cristianismo es la voluntad expresa de una intrusión y penetración en el santuario interior de una personalidad.

El objetivo es ya inherente al núcleo del propio drama cristiano y no sólo surge con la venta del mismo. Mientras que en otros mitos y dramas los protagonistas sólo interactúan con los demás «actores en escena» (con los dioses o los héroes míticos in illo tempore), la vida de Cristo tiene desde el principio un objetivo fuera de su propia esfera. Su interacción esencial no es con Dios, su Padre, ni con sus discípulos, ni con otros personajes de su drama. El objetivo de la obra cristiana es destruir la «ilusión» de la obra como un drama autónomo, relacionándose directamente con el público y haciéndolo participar directamente: la verdadera dirección está fuera del escenario, el único objetivo de la vida de Cristo es morir por sus espectadores desconocidos y anónimos, la humanidad en general: por su redención. Una inversión completa. El público ya no tiene que dejarse seducir por la imaginación de la obra y ser arrastrado así a una participación mimética en el mito en una especie de nivel visionario en la profundidad del alma. El héroe mítico, convertido en su siervo (Mt. 20:38, Lc. 22:27), sale a escena para dirigirse a ellos directamente, no sólo mediante un sermón literal, sino también y sobre todo representando el drama de su vida, por así decirlo, delante del telón ya cerrado, en el proscenio o incluso en la sobria y común realidad del «auditorio»: en el mundo empírico-histórico ordinario.3 Cristo quiere llegar al hombre precisamente en su realidad cotidiana.

Esta orientación hacia el exterior es lo que da al mensaje cristiano el carácter de misil. Como el cristianismo tiene carácter de misil, debe verse a sí mismo esencialmente frente a un público definido como un objetivo que debe ser alcanzado absolutamente. Y a la inversa, porque tiene un objetivo, adquiere el carácter de un misil que no se queda in illo tempore, o en el escenario o detrás del cristal que cubre un cuadro, sino que puede y debe atravesar la «pantalla de cine» y salir disparado hacia la realidad literal de los hechos duros, del público «real» de ahí fuera. Debido a esta dirección hacia un objetivo externo, se hace posible la diferenciación de dos tipos de realidad. También se podría decir que se produce su separación original, comparable a una división celular: la realidad positiva de ahí fuera (que para nosotros es la realidad propiamente dicha) y la realidad dentro de la imagen o la historia (que, debido a la ruptura del protagonista con la obra, o más bien a la reorientación del impulso de la obra directamente hacia el público, se degradó a una realidad secundaria y para nosotros no es más que «mera ficción», «imaginaria», una «ilusión»).

Así pues, el disparo del cohete cristiano es lo que originalmente abrió para sí mismo un espacio exterior (que antes simplemente no había existido) al que podía pasar. Este espacio debe su existencia a la idea revolucionaria de un mensaje como misil y un público como objetivo, cuya idea es la irrupción de lo imaginal. Hemos vivido en la (noción de) realidad conquistada por el cristianismo durante tanto tiempo que nos cuesta darnos cuenta de que se trata de una invención revolucionaria y de que podría haber existido, durante la era del mito, un modo de ser-en-el-mundo caracterizado por una constitución de la realidad fundamentalmente diferente, en la que todo estaba envuelto en el aura de lo imaginal y que simplemente no tenía nada «fuera» de sí mismo. Podemos hacernos una idea de esta antigua constitución de la realidad observando un cambio que se aprecia en las obras del arte griego primitivo.

Como han señalado B. Schweitzer y Bruno Snell4 , en el caso de las primeras estatuas griegas la estatua se identificaba, sin dudarlo, con la persona representada. Así, la inscripción de una estatua decía, por ejemplo «Soy Chares, gobernante de Teichiussa». Sólo en Atenas se encontraban inscripciones como «Soy la imagen de tal o cual…», que es una forma de decirlo que corresponde a la visión moderna. Para los atenienses, la realidad de la persona «real» se había separado obviamente de la de su imagen. La estatua sólo se refería o señalaba al gobernante, lo «significaba» o «representaba» o «recordaba», pero no era idéntica a él. En la situación anterior, la estatua misma hablaba como un «yo» y era él a quien, como debemos decir desde nuestro punto de vista moderno, «representaba»: «Yo soy Chares». La imagen, obviamente, irradiaba la autoridad del gobernante. La convicción de su poder real debe haber descendido sobre el espectador desde la mera visión de la estatua. El aura de Chares estaba presente de forma inmediata y completa en la imagen, de modo que el espectador se sentía sobrecogido y envuelto en el hechizo que emanaba de la estatua. La imagen tenía el poder de seducir a los espectadores en su propia realidad. Así, los espectadores se encontraban en el mundo imaginario de la imagen, rodeados por su aura. En la capacidad de la imagen para envolver al espectador en el hechizo de su profundidad arquetípica residía su autoridad silenciosa y no violenta sobre él y la verdad de su afirmación: «Yo soy Chares, el gobernante ….». Era una autoridad basada no en el poder empírico de la realidad «exterior» (armas, ejército, policía), sino en el resplandor de lo imaginal (sánscrito bharga, tejas, śrî: brillo, Fortuna, Königsheil, realeza, es decir, la sustancia «metafísica» de luz de la que debe estar lleno un rey para ser un verdadero rey). Todavía hoy, en medio de un ambiente completamente cristianizado y democrático, podemos tener una remota intuición de la fuerza hechizante de lo imaginal, cuando una novela o una película nos fascinan de tal manera que vivimos durante un tiempo en su mundo, absorbidos y conmovidos por su atmósfera, o cuando multitudes de personas se alinean en las calles con motivo de la visita de Estado de algún miembro de la realeza, para al menos por un momento bañarse en la śrî real que emana de ellos.

En las civilizaciones arcaicas, el hombre vivía en este tipo de realidad imaginaria. No había otra. El mensaje cristiano con su expreso y punzante TÚ («Jesucristo te quiere») expulsa radicalmente al espectador o al oyente de su incrustación en lo imaginal. Ya no nos atrae en su hechizo, ni siquiera en el de su propia verdad imaginal, sino que nos enfrenta, nos golpea con ella, apartándonos irremediablemente de ella y contra ella. El telón de lo imaginal se cierra definitivamente. El TÚ nos devuelve a nuestro lugar en el lado del auditorio del telón y detiene el deseo de la pasión y la imaginación del alma de transgredir (imaginariamente)5 al otro lado del telón en el drama divino en el escenario. De este modo, nos expulsa a un mundo «exterior», nos convierte en individuos aislados, en egos, que están desnudos frente a Cristo. Sólo el individuo existencialmente aislado e implacablemente arrojado sobre sí mismo puede decidirse por Cristo; y para pertenecer a Él, debemos decidirnos, y todo por nosotros mismos y desde el núcleo de nuestra existencia individual. Un sí o un no inequívoco y deliberado. No servirá simplemente dejarse atraer, encantar por las imágenes de la religión cristiana. Decidirse por Él será la afirmación definitiva para ser un paria de la realidad mítica y para ser arrojado de nuevo sobre la propia individualidad aislada, arrojado de nuevo sobre el principio del Uno, el principio del aislamiento. Pues si Cristo se dirige a nosotros a bocajarro con su exigencia de pertenecer a Él, esto es sólo la consecuencia de que este Cristo es Él mismo un TÚ expreso, incluso más que eso: Él es el principio de la posibilidad de señalar y «significar» las cosas o las personas con ese señalamiento confrontativo.

Se pueden distinguir tres características de la penetración a través de la superficie de la imagen en el espacio exterior de la realidad literalista. Primero: el señalamiento directo y abstracto (el «Esto»), segundo: el Uno, y tercero: el Todo.

Las siguientes citas bíblicas apuntan a la primera: «Este es aquel de quien dije: Después de mí viene un hombre que es preferido antes que yo» (Juan 1:30). «Y he aquí una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). «Este es el que vino por agua y sangre, Jesucristo» (1 Juan 5:6). «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a ese mismo Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36). «…es él quien habla contigo» (Juan 9:37). El señalamiento y el planteamiento que penetra en el «lienzo» de la imagen y entra en la realidad literal se expresa lingüísticamente también de otras maneras que no son el uso del pronombre demostrativo. «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mateo 16:16). «Hoy se cumple esta Escritura en vuestros oídos» (Lucas 4:21). «Yo soy el que te habla» (Juan 4:26).

Esto, eso mismo, yo, tú, hoy (aquí y ahora): nos encontramos evidentemente en el mundo del capítulo «Sentido-certeza» de la Fenomenología del Espíritu de Hegel. Este capítulo no es, por así decirlo, más que la explicación filosófica de lo que en el Nuevo Testamento se había conquistado con la actitud que habla de las citas anteriores. Para comprender mejor la naturaleza de esta conquista, quiero volver a la inscripción «Yo soy Chares, gobernante…» y compararla con la última de las citas bíblicas citadas, «Yo… soy él» o con aquella otra famosa, «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14:6). A primera vista, las frases griegas primitivas y las cristianas parecen tener una estructura gramatical idéntica. Pero son afirmaciones fundamentalmente diferentes. Lo que dice la estatua tiene el carácter de una autopresentación; proporciona información, comunicando al espectador el nombre propio y la «profesión» de la persona retratada. Alguien se muestra y se da a conocer. El «Yo soy el camino, la verdad y la vida» de Cristo, por el contrario, no contiene ninguna información fáctica sobre el sujeto de la frase; es una identificación formal, y por eso puede abreviarse igualmente «Yo soy». La afirmación de Jesús no nos dice nada sobre él, sobre su «profesión» o su naturaleza particular. No dice, por ejemplo, Yo soy el camino, en contraposición a un lugar de reposo. Sólo quiere asegurarnos que Él «es».

Todas estas proposiciones con un «esto es», «hoy», «tú eres», «yo soy» sirven para detener a alguien o algo e identificarlo en un sentido casi criminológico. La pregunta en torno a la cual gira todo a partir de ahora es: «¿Es él o no es él?». Es la pregunta de las novelas policíacas, de los whodunits, de los detectives y de los jueces, y es la pregunta de la fe y la duda. Por eso también se puede negar la identificación: ¡No es él! Así leemos, por ejemplo, «¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿cómo es, pues, que dice: He bajado del cielo?» (Juan 6:42). Se trata de acorralar, señalar, mantener a raya, aprehender: ¡Éste es él! ¡Él lo ha hecho! Mientras que Chares se nos revela y se nos impone, la afirmación de Jesús se vuelve contra sí mismo y lo clava en o sobre sí mismo. El «yo soy él» es en realidad una (auto)incriminación y, como tal, sinónimo del «éste es él» o «tú eres el único» por el que el Cristo está firmemente aprisionado en el Jesús de Nazaret, o por el que Dios está encerrado en el Jesús histórico. Cristo no sólo fue clavado en el momento de su Crucifixión, sino que es Aquel que está clavado en sí mismo, que está absolutamente identificado consigo mismo, es más, ser el principio de la fijación y del señalamiento es su propia naturaleza.

La situación casi judicial explica también el papel decisivo de los testigos en el cristianismo. Cada cristiano tiene que ser un testigo más para «incriminar» de nuevo a Jesús. La finalidad más íntima de la existencia cristiana parece ser el acto de encerrar al Cristo imaginal en el Jesús empírico, histórico, y reafirmar su encierro solitario allí una y otra vez.

También en otras religiones hubo o hay personas empíricas que encarnan realmente a los dioses, por ejemplo, el faraón egipcio o el Dalai Lama. Pero aquí nunca se podría decir: «Este es él», porque la «existencia del faraón» o la «existencia del Dalai Lama» no estaba aprisionada exclusivamente en un solo individuo histórico; estaba diseminada en toda la serie de faraones o Dalai Lamas, que abarcaba miles de años y también futuras encarnaciones. Ciertamente, estaba presente en el ser humano particular que resultaba ser la encarnación actual, pero ningún faraón, ningún Dalai Lama tiene su divinidad como propiedad personal. Por el contrario, precisamente por ser la encarnación de una persona divina, se le quita importancia como individuo empírico que es y se le reintegra en la realidad divina más amplia que tiene que encarnar, y se le relativiza por sus múltiples encarnaciones en personas anteriores y futuras. En virtud de la diseminación de la encarnación en cada una de sus múltiples manifestaciones, su presencia es esencialmente suave, mientras que toda la divinidad de Cristo se concentra en la única persona histórica Jesús de Nazaret como foco exclusivo de la Historia como tal, lo que dota a la encarnación cristiana de una violenta agudeza. Todos los posibles «aquí» de una teofanía o epifanía han sido metidos de una vez por todas en el exclusivo Jesús histórico, de modo que ningún aquí y ahora real, antes o después de Él, puede ser ya el lugar de una epifanía en toda regla. El «allá» de ese Jesús de Nazaret se ha tragado todo posible «aquí y ahora». Ha privado al Tiempo de su vida y de su alma y se ha apoderado de él, de modo que el Tiempo ya no puede tener su vida en el flujo de momentos siempre nuevos que reciben su plenitud a través de la presencia epifánica de diversos personajes divinos. Ahora sólo hay un único momento cumplido (kairós) en toda la historia, dejando todo el resto del tiempo esencialmente (psico-lógicamente) vacío.

Con estas observaciones hemos entrado ya en la discusión de la segunda característica del salto que irrumpe en la naturaleza imaginal del Ser: el Uno. Es el tema de la exclusividad absoluta del Cristo. Jesucristo es el Único. «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» (1 Cor. 3:11). «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12). Jesucristo está rodeado y protegido por todos lados por negaciones: ningún hombre, ni en ningún otro, ningún otro bajo el cielo. El señalamiento (el planteamiento del «Éste es») no apunta obviamente a un contenido positivo, sustantivo, sensual, sino que sirve esencialmente para excluir y alejar todo nombre concreto, la concreción como tal. El «Esto es él» significa la reducción a un espacio en blanco, a un punto desnudo en el sentido geométrico: el Alfa y el Omega; el axis mundi; el punto de inflexión del Tiempo; el punto cero de la historia. Porque el punto es esencialmente el punto cero, porque no tiene ninguna extensión, ninguna difusión en la amplitud del mundo. La introducción de la vara sagrada en el Gólgota es la implantación (posicionamiento) del punto cero en el Ser, que antes tenía un carácter mítico, imaginario. La vara (= la cruz en la que sufrió Cristo) es la imagen arquetípica de la idea que se enuncia expresamente en la proposición: «Éste es». Y el crucifijo, como dos ejes de coordenadas que se cruzan, es el símbolo del punto cero del Ser y de la subordinación del Ser bajo un sistema de coordenadas. Mucho antes de que el número cero fuera aceptado en las matemáticas, el cristianismo había inventado el cero como principio metafísico. Y, característicamente, el reconocimiento matemático del cero como número se produjo durante la época en la que comenzó la realización real del cristianismo,6 a saber, en el año 1629 (un año después de que Harvey descubriera la circulación de la sangre7 ) y de nuevo, sólo unos años más tarde, por una de las grandes mentes que impulsaron decisivamente la realización del cristianismo: Descartes (1637). Pues Descartes proporcionó al hombre moderno el fundamentum inconcussum, el ego, esa roca sobre la que la época moderna podía construir su casa y de la que podía desprender el mundo natural (el mundo vivido mítica o imaginariamente).

Al igual que en las matemáticas el concepto de cero permitió salir del ámbito de los números naturales (positivos) y conquistar los mundos de los números negativos, irracionales, imaginarios y trascendentes (por lo que el cero ha sido calificado como la invención más trascendental de las matemáticas), el cero metafísico es el punto en el que, hablando en sentido figurado, el Tío Sam rompe la contención en la realidad natural (imaginal) y se adentra en la realidad positiva «de ahí fuera».

Nos perdemos el sentido mismo del mensaje cristiano si no concebimos la exclusividad de Jesucristo estrictamente como el «Uno» que es el cero o un punto. Por supuesto, se podría partir de la idea de una persona real y natural que se llamaba Jesús de Nazaret y que tenía todo tipo de rasgos particulares, y luego decir que en esta persona, elegida por Dios entre todos los hombres, se reveló el Mesías. Pero este punto de vista se quedaría corto respecto a la idea cristiana. Seguiría siendo una recepción pagana del cristianismo, la traducción de lo específicamente cristiano a una versión mitológica del mismo. No puede ser que el Hijo de Dios, por así decirlo, por mera casualidad, se encarnara sólo en la única persona humana llamada Jesús y que, por lo tanto, al menos teóricamente fuera factible que el Cristo pudiera haber nacido igualmente «en varios otros nombres bajo el cielo» y en varios otros momentos. Jesús debe ser desde el principio y por necesidad e incuestionablemente el Único, si ha de ser el Jesucristo. Pero si Él es el Único absoluto, entonces Él es desde el principio el punto vacío, sin extensión. Incluso Su nombre no puede ser un nombre concreto bajo el cielo; debe ser el nombre del «no-nombre», del «esto» abstracto.

Se lleva a cabo una identificación o equiparación con las formulaciones «Éste es», «Jesús, el Cristo» y otras versiones de esta idea. Sin embargo, de acuerdo con lo que se acaba de decir, no es que se tome una persona empírica conocida aquí y una noción trascendental conocida allí para luego, por medio de la cópula, equipararla. «Jesús, el Cristo» no es una frase como «Einstein, el físico» o «Napoleón, el emperador de los franceses». No es una proposición en absoluto. Más bien, «Jesús (es) el Cristo» es el acto audaz de la equiparación, el acontecimiento de la proposición de «esto»: el salto de lo mítico o imaginal a lo positivo-factual («positivista»).

Si la frase «Jesús, el Cristo» conectara e identificara dos entidades conocidas (dos contenidos concretos) como en el caso de «Einstein, el físico» (sabemos quién era Einstein, y sabemos qué es un físico), permanecería dentro de la misma vieja esfera de la realidad sin irrumpir en ella en un salto radical. Esta ruptura fundamental sólo podría lograrse si en la frase «Jesús, el Cristo» no se identifica nada, nada que exista con anterioridad e independientemente del acto de identificación. Sólo podría lograrse si la frase como acto es nada más y nada menos que el esquema arquetípico de la identificación, el planteamiento original y por primera vez del signo igual, y si los contenidos particulares del sujeto y del predicado, de «Jesús de Nazaret» y «Cristo», se disuelven (como un «esto» vacío por un lado y un «él» vacío por otro) en el signo igual vacío como el Uno exclusivo abstracto, es decir, el cero. Si se supone que Jesucristo realmente ha vencido al mundo y nos ha redimido de él, no puede ser primero una persona concreta con muchos atributos y luego encima también el Encarnado. Debe tener su propia naturaleza en ser el evento desnudo del «Este es él», y todo lo demás que se nos enseña sobre Él debe seguir de, y estar contenido en, esta ecuación. La imagen gráfica y vívida de Jesucristo que se encuentra en la piedad cristiana es la imagen gráficamente embellecida del cero establecido en el «Este es él». De lo contrario, la salvación no podría funcionar.

Antes dije que las enseñanzas cristianas no tenían el estatus de meras alegaciones, sino que el cristianismo es lo que dice ser. Ahora ha quedado claro por qué tiene que ser así. El «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» de Pablo no es, en efecto, una mera afirmación en la que haya que creer o no, como tampoco son meras cuestiones de fe la invención de la rueda o la receta para mezclar la pólvora o construir la bomba atómica. No, la afirmación de Pablo es la verdad que formula, porque, en primer lugar, al identificar o equiparar a Jesús como el Cristo, realiza, en virtud de este acto de fijación, el planteamiento del «esto», que equivale al salto fuera de la esfera mítica, y, en segundo lugar, porque el fundamento sólido no es otra cosa que este acto de planteamiento originario. El planteamiento del «Esto (es él)» es la condición de la posibilidad a priori de una realidad positiva (positivista), una realidad que ya no debe su existencia y constitución a la manifestación epifánica de los dioses, sino que se ha establecido en virtud de un salto y debe su existencia al acto de un planteamiento.

Y no hay otro camino que el acto de plantear el cero establecido en «Jesús, el Cristo» para llegar a un punto fijo arquimediano fuera del mundo «abismal» de la imaginación mítica. Pero allí donde se ha producido realmente el acto de identificación y de establecimiento del punto cero, allí también se han puesto realmente los cimientos: se ha establecido el origen (punto cero) para un sistema de coordenadas que lo abarca todo (la cruz del mundo). En efecto, no puede haber ningún otro fundamento que pueda establecerse, ya que el punto cero sólo existe una vez. Incluso si su invención se produjera repetidamente, sería la invención de la misma cosa.

Así también es cierto que, como dice la sagrada escritura, nuestra fe «es la victoria que vence al mundo». «¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?». «El que tiene al Hijo tiene la vida; y el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1 Juan 5:4s. y 12). Estas afirmaciones no son en sí mismas meras cuestiones de fe, como inocentemente nos gusta creer para evitar la percepción de que se trata de hechos duros que rigen nuestras vidas, independientemente de que nos definamos como creyentes o no. Esta inocencia es un lujo que ya no podemos permitirnos. El que cree que Jesús es el Hijo de Dios ha realizado el acto de identificación, que es la única forma de superar el mundo, porque en ese acto rompe de una vez por todas con el mundo natural (es decir, mítico, imaginal) y ha abierto arquetípicamente para sí la literalidad del Ser, la positividad de la realidad (cuyo nombre teológico es «Vida Eterna»). Los principales enunciados del cristianismo no hacen ninguna afirmación «misteriosa». En la terminología kantiana, se les podría llamar, en efecto, proposiciones analíticas (y no sintéticas): proposiciones cuyo predicado no añade nada nuevo a la noción expresada en el sujeto, sino que se limita a desplegar expresamente lo que contenía esa noción para empezar, como «el que salta al agua se moja». Es evidente que el salto al agua implica mojarse, y todos sabemos que un salto al agua es una posibilidad real (práctica). Igualmente es evidente que quien realiza el salto al «Esto es» tiene «vida eterna». Y no cabe duda de que este salto es una posibilidad práctica: porque todos vivimos en el Espacio Exterior, en la realidad establecida por este salto hace dos mil años.

En el mundo natural todo está contenido en el brillo mítico. Cristo sería aquí una imagen mítica, pero también el hombre Jesús de Nazaret, como todo acontecimiento empírico, estaría potencialmente envuelto en la esfera mítica. Más fundamentalmente, los pueblos de antaño derivaban incluso su ascendencia (y por tanto, en última instancia, su naturaleza real) de los dioses. A pesar de ser mortales, pertenecían a una misma esfera ininterrumpida con los dioses. Las realidades divinas y humanas, arquetípicas y empíricas, se reflejaban mutuamente, y la existencia estaba completamente envuelta en este proceso interminable de reflexión mutua, sin que hubiera un exterior, el punto fijo de un mundo positivo-factual.

El Tío Sam que aparece en nuestro póster lo tuvo fácil para salir de lo imaginal porque para el artista que lo pintó había habido siempre, después de 2.000 años de cristianismo, dos tipos de realidad, la imaginaria sobre el papel o el lienzo, y aquella en la que vivía el propio artista. Por supuesto, esto era muy diferente para el salto primordial fuera de la constitución mítica del Ser, porque «antes» de este salto no había existido otra realidad que la mítica. Aquí el salto tuvo que crearse originalmente de la nada, por así decirlo, el reino al que iba a saltar. El «Este es él» o «Jesús, el Cristo» pudo llevar a cabo con éxito la ruptura a través de lo mítico y el establecimiento inicial de la realidad positiva de la siguiente manera. Señalando absolutamente de entre toda la extensión de la múltiple realidad imaginal un punto (que sólo se reduce a un punto o a un cero por este acto de señalamiento) como el Uno y Único y estableciéndolo como un «esto» inequívoco al que hay que enfocar con toda la fuerza; y además, al equiparar absolutamente este «esto» con «Cristo» (la idea igualmente absolutizada de todo valor mítico o metafísico), todo lo demás en el mundo, todas las cosas y acontecimientos, de hecho la naturaleza como tal fue privada de su dignidad mítico-metafísica autónoma: de la posibilidad de ser «Cristo», es decire., de ser divina o epifánica. Con la identificación entró en el mundo una dualidad de «mundos»: Jesucristo aquí, realidad secular allí; o dentro de «Jesucristo»: el individuo empírico aquí, la persona divina allí. Al colocar un signo de igualdad entre el «esto» y el Cristo, se ha establecido por primera vez una división irreconciliable entre lo uno y lo otro (este mundo y el más allá).8

Es la separación absoluta y la simultánea identificación absoluta de los polos escindidos de esta diferencia lo que puso por primera vez el «fundamento firme»: la literalidad y positividad del Ser como tal. Este es el fundamento sobre el que puede construirse el mundo de los hechos positivos, extirpado radicalmente de la imaginalidad mítica, del mismo modo que podría basarse en él la fe literal en las «verdades» metafísicas: porque ambos están enraizados en la identidad dividida propia del cristianismo propiamente dicho. Sin embargo, la facticidad positiva (literalidad) se basa en la negación inherente al «Éste es» o «ningún otro». Más precisamente: la positividad de lo positivo-factual se basa en la negatividad del cero. Sin la negación absoluta, sin el repliegue radical desde la plenitud y la amplitud del mundo mítico hasta el punto cero vacío, no habría realidad positiva, ni roca arquimédica desde la que lanzar los cohetes llamados revolución científica, tecnológica e industrial, cohetes con los que, efectivamente, ya se ha desquiciado el universo.

Pero el cartel del Tío Sam es y sigue siendo un cartel, una imagen. El Tío Sam representado en él no sale de la imagen para nosotros, el público. Sólo parece hacerlo mientras nosotros, por nuestra parte, miramos el póster con naturalidad, imaginariamente: somos seducidos por su aura. La irrupción de la imagen se produce en la imagen y como imagen. Teniendo esto en cuenta, se hace evidente que el «esto es él» y la realidad positiva que se origina en el salto fuera del mundo mítico no nos saca de hecho de la imaginación mítica al Espacio Exterior del mundo «real», sino que se queda dentro de lo imaginal. El Espacio Exterior es en sí mismo una fantasía mítica que, sin embargo, para estar «fuera» de lo imaginal, estando de hecho dentro de él, tiene que ocultar su naturaleza imaginal y estar en oposición radical a cualquier otra imagen mítica. El estallido de lo imaginal equivale simplemente a una restricción y constricción radicales de la misma esfera mítica a una sola idea arquetípica dentro de ella, la idea del «esto» vacío, que al estar exclusivamente focalizada adquiere ahora la apariencia imaginal de ser la única y verdadera realidad. La riqueza de nuestro conocimiento científico sobre los hechos positivos de la realidad no es otra cosa que la ampliación o explicación de esta única «imagen» arquetípica, el cero.

Pensamos que los agujeros negros descubiertos por los astrónomos están a muchos años luz de nosotros, allá en el espacio exterior. No nos damos cuenta de que desde ese salto de lo imaginario hemos estado viviendo todo el tiempo en un Espacio Exterior que es en sí mismo el agujero negro. Pero el hecho de que la idea de los agujeros negros haya sido descubierta en este siglo en el universo astronómico no hace más que subrayar una vez más la intuición psicológica de que el primer indicio (la primera inmediatez) de las grandes realizaciones sobre nosotros mismos (sobre nuestra psicología) nos viene siempre de fuera. Que los agujeros negros hayan podido ser descubiertos en este siglo podría indicar que ha llegado el momento de que nos demos cuenta de que estamos, aquí mismo, sentados en el agujero negro y que toda nuestra realidad tiene, de hecho, la naturaleza de dicho agujero negro: es el resultado de que el hombre occidental se haya atrincherado devotamente en los detalles cada vez más minuciosos de una sola imagen arquetípica («El Tío Sam te quiere» o «Este es él») en la que se ha centrado monomaníacamente (monoteísticamente), inflando este punto cero hasta convertirlo en un universo total y negando la existencia de todas las demás imágenes arquetípicas que lo rodean, así como cegándose a su propia naturaleza como imagen.

No es necesario añadir mucho sobre la tercera característica del establecimiento de la base de lanzamiento. El tercer aspecto es lo aparentemente opuesto al único punto cero: el Todo, el conjunto, la totalidad. El problema del punto cero es que no existe mientras haya algo, algo que además del Uno pueda pretender ser algo por derecho propio. Pues junto a él, el cero sería simplemente nada. Y el problema del Uno absoluto es que no es el Uno mientras haya otros (otros nombres bajo el cielo). Porque si no es el Uno, entonces también es sólo una de las muchas miles de cosas del mundo mítico y no se convierte en el fundamento establecido. Por eso el cero tiene que convertirse en el principio del todo, y en su único principio. Debe tener el estatus de una Aufhebung (sublación, superación) hegeliana del conjunto de las cosas naturales y habitar así un nivel fundamentalmente superior. Todo debe estar sometido a él, reunido bajo su dominio (que es lo que hace del punto cero el agujero negro). Esto es lo que encontramos expresado en Efesios 1:10, «Para que… reúna en uno todas las cosas en Cristo, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra; incluso en él». Jesús el Cristo (o el punto vacío de «Este es él») como el Señor sobre el Todo.

¿Cómo puede someterse todo a la regla del cero? ¿Cómo se puede hacer desaparecer el Todo en la irresistible succión de un agujero negro? La respuesta a esta pregunta es la cruz, que es la idea arquetípica del sistema de coordenadas como cuadrícula de todo lo que es. Este sistema arquetípico de coordenadas es, en efecto, capaz de engullir todo el cosmos natural (mítico) y de convertirlo así en el punto único del «universo» positivista. Y sólo habiendo transmutado el cosmos en su conjunto en la literalidad positivista del «universo», existe una base imaginal firme para el lanzamiento de misiles, de modo que también podrían construirse bases y cohetes literales. Si no fuera el mundo entero el que se hace inequívocamente fiable al estar subsumido en un sistema único, cualquier base particular dentro de él, sea en sí misma tan sólida como pueda serlo, sería en su conjunto inestable.

En el «universo» el Uno y el Todo son lo mismo, porque aquí todo lo que existe sólo existe en virtud y en términos de su relación con el punto cero. Son lo mismo como la trayectoria del misil que se dirige a su objetivo es idéntica a la potencia absorbente del agujero negro o como el desarrollo vertiginoso de las ciencias, de la tecnología y de la industria es idéntico a la cementación cada vez más sólida del universo como base de lanzamiento arquetípica.9 Pero todos ellos están igualmente alejados de la multiplicidad propia de la actualidad natural.

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1 Hay que tener en cuenta que la palabra «natural» se utiliza aquí en dos sentidos diferentes, casi opuestos: en relación con palabras como «mente» es en cierto modo sinónimo de «falacia naturalista» y en contradicción con una comprensión más profunda, imaginal; en referencia al Ser o al mundo denota un estado anterior a, y no perturbado por, una intervención humana artificial que establece un punto de vista firme frente a la imaginación.

2 En el sentido de Heino Gehrts. Gehrts distingue cuatro estadios culturales sucesivos distintos, la cultura chamánica, la ritualista, la religiosa y la científico-tecnológica, una línea divisoria que separa las dos primeras de las demás. En otras palabras, para Gehrts la religión no es una palabra omnicomprensiva que se aplica también al chamanismo y al modo ritualista de estar en el mundo. Más bien, la etapa religiosa de la cultura se caracteriza por una postura muy diferente, casi opuesta, del hombre en el cosmos, un sentido diferente del tiempo, etc., mucho más cercano a la postura científica que a las dos anteriores.

3 La tendencia de algunos teatros modernos a implicar directa y literalmente al público o a hacer que la obra sea inmediatamente «relevante» para sus preocupaciones sociales o políticas puede verse quizás como una mímesis ritual de la necesidad cristiana de socavar, dentro de la obra, la ilusión de la misma y evitar así una «regresión» a un nivel más profundo (mítico, imaginal: pagano) de implicación.

4 Véase Bruno Snell, Die Entdeckung des Geistes: Studien zur Entstehung des europäischen Denkens bei den Griechen (Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht,4 1975), p. 101.

5 Cf. James Hillman, «A Psychology of Transgression Drawn from an Incest Dream», Spring de 1987, pp. 66-76.

6 Considero la Edad Media como una etapa preliminar del cristianismo. Fue la época de la Escolástica, como bien se denominó a sí misma, la época de una primera escolarización del hombre occidental en la estructura interna del pensamiento cristiano, es decir, una especie de propedéutica cristiana. Con el comienzo de la época moderna (Neuzeit), el hombre se había «graduado» de esta escolarización, de modo que, al haberse convertido el modelo de pensamiento cristiano en una segunda naturaleza para él, ya no necesitaba expresar sus pensamientos en términos literalmente (dogmáticamente) cristianos. Todo lo que pensara o estudiara lo haría necesariamente con un espíritu completamente cristianizado.

7 Véase mi «Liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre», en Sulfur 21 (invierno de 1988): 118-140, ahora en mi The Neurosis of Psychology (Nueva Orleans: Spring Journal Books, 2005), capítulo 12, pp. 233-255.

8 «Por primera vez» en este documento no debe tomarse demasiado literalmente. Me preocupan menos los primeros comienzos literales en el tiempo histórico que las raíces arquetípicas, (psico)lógicas y dónde encontraron su formulación más elevada y adecuada en el tiempo histórico.

9 Podríamos dejarnos engañar por las tendencias modernas hacia un pluralismo de teorías y modelos de mundo y tomarlas como una señal de superación del universo monolítico. Pero creo que este pluralismo (empírico, literal) de métodos y modelos está al servicio del monismo (psicológico u ontológico) del universo.