El movimiento interiorizador de la vida lógica: reflexiones sobre Wolfgang Giegerich

Traducciones

Ann Casement, Londres

Traducción de Alejandro Chavarria

Resumen: El siguiente artículo es un relato de mi descubrimiento y posterior inmersión en la obra de Wolfgang Giegerich. Se expone una muestra de sus voluminosos escritos sobre el alma para ilustrar cómo intenta penetrar de forma pensante en los fenómenos psicológicos y su afirmación de que esto hace aflorar inevitablemente su dialéctica interna. El artículo resume sus críticas a Jung, Hillman y El libro rojo: Liber Novus.

Palabras clave: alquimia, dialéctica, Jung, Hillman, Liber Novus, lógica, alma

No descubrirás los límites del alma, ni siquiera recorriendo todos los caminos: tan profunda es su medida.

(Heráclito en The PreSocratic Philosophers de G.S. Kirk y J.E. Raven, 1984)

Preámbulo

Si el trabajo de James Hillman sobre la «psicología arquetípica» representa, después del propio Jung, el junguismo de la segunda ola, el trabajo de Wolfgang Giegerich bien puede indicar el pensamiento junguiano de la tercera ola» (Giegerich, Miller, Mogenson 2005, p. x). Así lo afirma David Miller, estudioso de la religión, el mito, la psicología profunda y la teoría literaria, y miembro honorario de la Asociación Internacional de Psicología Analítica (IAAP). Esta observación sugiere el paso de un orden a otro, en este caso de Jung a Hillman y a Giegerich, que tiene un toque frazeriano (antropólogo, autor de La rama de oro). Es significativo, en la declaración de Miller, que no se incluya ninguna mención a los junguianos del desarrollo. Parece que existen dos grandes corrientes de pensamiento junguiano sin mucho contacto entre sí. Una de ellas está representada por la psicología arquetípica, de la que Giegerich era partidario; la otra por el enfoque del desarrollo, que tuvo sus orígenes en el trabajo pionero del analista londinense Michael Fordham. El trabajo de Hillman -o al menos su nombre- es, por supuesto, conocido por los junguianos de todo el mundo.

Mi interés en elaborar un artículo sobre la obra del analista junguiano Wolfgang Giegerich no tiene nada que ver con intentar un acercamiento entre las diferentes tradiciones de la psicología analítica a través de complacerse en una fantasía de la negociación de la paz» (Giegerich 2005, p. 4). Más bien tiene que ver con el hecho de que, a raíz de mi propio interés creciente por su obra, he mencionado a Giegerich a varios colegas del Reino Unido, muchos de los cuales dicen haber oído hablar de él pero no haberlo leído nunca. Es, en parte, con el fin de responder a esta carencia que el siguiente artículo intentará comunicar algunas de las ideas de Giegerich a los lectores interesados de esta Revista.

Giegerich

La obra escrita de Giegerich llena numerosas publicaciones. ¡En el momento de escribir estas líneas, la última de ellas en inglés es el libro The Soul Always Thinks (El alma siempre piensa), cuya reseña aparecerá en otro número de esta Revista, y un artículo «God Must Not Die!

C.G. Jung’s Thesis of the One-sidedness of Christianity’. Este último aparece en el volumen 84 de la revista Spring, y todo el número está dedicado a Giegerich, junto con las respuestas de otros escritores en este campo.

Hace diez años, el analista vienés Andreas von Heydwolff me llamó la atención sobre la obra de Giegerich en el Congreso de la IAAP en Cambridge. En ese momento, me sugirió que podría encontrar el trabajo de Giegerich de interés y me envió un par de capítulos del libro de 1998 La vida lógica del alma. Intenté leerlos sin mucho éxito. Más tarde, cuando escuché a Giegerich hablar en un lugar de Londres en 2003, me sorprendió su claridad de expresión y su humor. Algún tiempo después, contribuyó con un capítulo a un libro que produje. Sin embargo, no empecé a leer a Giegerich de forma constante hasta 2010, cuando James Hillman me invitó a participar como ponente en un panel que estaba organizando para el Congreso de la IAAP en Montreal. Opté por hablar sobre Hillman y Giegerich en ese panel y leí varios de los libros y artículos de este último para preparar el evento. Esta inmersión me está llevando a replantearme el uso de términos como psicoide, sincronicidad e inconsciente, que abundan en el mundo junguiano, sobre todo de la pluma de este escritor.

A estas alturas debería quedar claro que no me considero en absoluto una autoridad en la obra de Giegerich. Como se ha sugerido más arriba, los dos objetivos de este artículo son familiarizarme con sus ideas dando pequeños y lentos pasos al escribir sobre ellas. El segundo es compartir una cierta comprensión de su obra con los lectores de la Revista que puedan no estar familiarizados con ella.

La vida lógica del alma

El término «alma» aparece con frecuencia en los escritos de Giegerich y en los títulos de sus libros, como demuestran los siguientes: La vida lógica del alma, La violencia del alma, El alma siempre piensa. Desde el principio, he tenido que intentar superar mi propia resistencia al uso de la palabra «alma» en psicología -el término no se limita, por supuesto, al enfoque de Giegerich-. Esta resistencia se debe a un uso de toda la vida en un contexto religioso. Como esto llevó a una a la dificultad para aceptar la noción de creación de almas de James Hillman, es interesante descubrir que Giegerich critica la forma en que Hillman la describe. Según Giegerich, esto tiene que ver con su reducción a lo poético y a lo metafórico. Continúa afirmando que se trata de una versión inofensiva de la noción de creación del alma que excluye la posibilidad de que ‘un hecho real como el asesinato en sacrificio pueda ser una auténtica manifestación del alma‘ (Giegerich 2008a, p. 32).

En los escritos de Giegerich, «el alma» es el pensamiento objetivo en curso o la vida lógica como la que existen los fenómenos psíquicos, haciendo hincapié aquí en la falta de un alma sustanciada como agente productor separado detrás de los fenómenos psíquicos. Cita el cerebro como un hecho demostrable, una positividad; mientras que la mente o el alma es la productividad misma; es decir, no se puede encontrar alma en un ser humano disecado. Sólo existe la vida lógica que ocurre realmente o el pensamiento en sí mismo, sin que haya un alma literal sustancializada detrás de ella. Cuando se le pregunta por la aparente sustanciación del término en su obra escrita, Giegerich responde que no se trata de una hipóstasis, sino que se utiliza sólo como lenguaje mitológico o facon de parler (una expresión favorita). Para mí no existe el alma. El alma no existe. Es la profundidad de la vida lógica que actúa en lo que sucede, nada más» (comunicación personal).

De este modo, el alma o psique objetiva se considera como mentalidad, es decir, su necesidad de dar expresión a la verdad interior, o a la lógica, del ser actual y esencialmente social y comunitario del hombre en el mundo. Se presenta en cada situación histórica de forma diferente; en efecto, toma su forma del contexto cultural en el que se encuentra y en el que se sitúa su lucha de desarrollo. Los pasos adelante en este desarrollo no se encuentran «allá arriba» en el nivel de los sueños y su análisis, sino «aquí abajo» en el nivel de los procesos y acontecimientos históricos reales» (Giegerich 2008a, p. 18). Entre estos últimos se encuentran las guerras, las revoluciones, los cambios económicos y sociales, las innovaciones técnicas y los desafíos de las grandes obras de arte y filosofía.

La mente occidental ha evolucionado al estar sometida a innumerables cambios a lo largo de los siglos. En 1800, los últimos fueron la Ilustración y la Revolución Industrial. En otras palabras, el proceso de desarrollo del alma ha tenido lugar a través del cambio histórico de los dioses politeístas al Dios único y elevado, así como el cambio de los dioses a las Ideas Platónicas y luego a los conceptos abstractos. De este modo, el alma se desarrolló como resultado de una serie de «matanzas», o descomposiciones y destilaciones de conceptos previamente mantenidos. Como producto final de este procesamiento, estos últimos son sublados o convertidos en obsoletos. Un ejemplo de la forma en que Giegerich pone en práctica estas ideas puede verse en el artículo «Dios no debe morir», citado anteriormente. En este artículo, Giegerich afirma que la muerte de Dios es muy anterior al pronunciamiento de Nietzsche en el siglo 19 . Sus orígenes se remontan a los inicios del cristianismo, cuando Cristo, como Dios encarnado, se vacía (kenosis) de la divinidad durante su agonía en la Cruz. Hicieron falta siglos de destilación alquímica para que lo que era implícito desde el principio para hacerse consciente en el siglo 19 .

Las enseñanzas de Cristo no están relacionadas con el mundo material, sino con el espíritu y la verdad, como lo ejemplifica su afirmación de que su Reino no es de este mundo. El no es significativo aquí como lo es, por ejemplo, en el dicho alquímico aurum nostrum non est aurum vulgi (nuestro oro no es el oro común). La conclusión de Giegerich en su artículo es que Jung trató de reencarnar a Dios como símbolo del yo (imagen de Dios) en lo que él llama «el inconsciente». De este modo, dividió el yo entre «el inconsciente» y el ego o la conciencia. Jung trató de evitar ser visto como un pensador religioso que hacía afirmaciones metafísicas y se presentó, en cambio, como un científico que sólo se ocupaba de los hechos empíricos. Sin embargo, la dolorosa constatación en el siglo 19 de que Dios ha muerto era un hecho consumado que había superado la conciencia. Esto fue provocado por la historia y por el alma misma, porque se había producido un aumento irreversible de la conciencia del hombre y la había independizado de la anterior creencia metafísica en la existencia de Dios.

La dialéctica de la alquimia

Dado que las ideas hegelianas están presentes en la obra de Giegerich, se requiere un cierto esfuerzo para comprenderlas y para dar sentido a las que más frecuentemente se encuentran en ella. Para empezar, es importante tener en cuenta que Giegerich no se considera un hegeliano, lo que sería un imposible en el siglo XXI. Tampoco pretende comprender plenamente la obra de Hegel. Se ha sugerido que el llamado «neohegelianismo» de Giegerich ha sido despachado por William James en Un universo pluralista. La respuesta de Giegerich es preguntar por qué lo que dice un filósofo debe despachar el pensamiento de otro filósofo. Continúa diciendo que, aunque no es lo mismo, es un poco como decir que los impresionistas despacharon al Renacimiento. Llamar a su obra «neohegelianismo» muestra una falta de comprensión de lo que rodea su obra (comunicación personal).

En opinión de Giegerich, Hegel alcanzó el pensamiento más completo y diferenciado que, aunque ha sido superado históricamente tras su muerte por pensadores como Feuerbach, Marx, Nietzsche, Husserl, Heidegger, Derrida, no ha sido superado en sofisticación. Giegerich trata de penetrar pensativamente en los fenómenos psicológicos, lo que inevitablemente pone de manifiesto su dialéctica interna. Esto puede pensarse como el proceso de desarrollo dinámico en el que nada se descarta o se destruye. Por el contrario, se subla o se supera y, al mismo tiempo, se conserva, no se pierde. La negación en la dialéctica es la negación de una realidad positiva, tangible y demostrable, un despegue hacia la interioridad del propio fenómeno. El Conocimiento Absoluto es aquel liberado (ab-suelto) de la diferencia entre lo absoluto y lo empírico, lo infinito y lo finito, culminando en una postura especulativa que supera la alienación del sujeto y el objeto.

Un punto importante a tener en cuenta aquí es el modo en que Giegerich escribe sobre «el alma» como un término mercurial, no como un «término técnico» científico. No hay que fijarse en un único significado. Hay ciertos contextos en los que el alma puede asemejarse a Geist en los escritos de Hegel, siempre que este último se entienda como «mentalidad», mientras que en otros contextos no sería útil compararlo con Geist. Lo que significa alma debe derivarse siempre de cómo se utiliza en cada contexto dado, en lugar de insertar una definición fija de «alma» en cualquier caso en el que aparezca «alma». No obstante, se puede considerar que su obra forma parte de un todo orgánico, arraigado en una concepción del alma que procede de un compromiso con el alma, más que de un compromiso con Hegel. Un aspecto central del enfoque psicológico de Giegerich es la forma en que el pensamiento dialéctico está vinculado a la destilación alquímica. La alquimia es contra naturam al desplazar la existencia humana de la esfera biológica al lento camino de lo que Giegerich llama mindedness. Esta es la relación o la apertura a la verdad, es decir, la lógica de la vida realmente vivida en un lugar histórico determinado. Este camino lento «sigue el proceso que constituye históricamente la materia hasta las últimas consecuencias que se encuentran en la materiaasí es como se interioriza lentamente de forma absoluta-negativa en sí misma: se libera en su verdad... la liberación del Mercurius encarcelado en la fisicalidad de la materia» (Giegerich 2010b, p. 15; cursiva original).

Lo que está en juego aquí no es sólo la destilación alquímica de los contenidos semánticos del ego, por ejemplo, las imágenes en la forma lógica o sintaxis del alma. Es la negación absoluta de la forma lógica del contenido desde dentro de sí mismo que llega de nuevo al punto de partida, aunque sea un punto de partida transformado.

La forma en que lo anterior puede verse en la escritura de Giegerich es en su descripción del proceso de simbolización.

El alma invisible o la lógica se expresan, en primer lugar, con un ropaje simbólico, por ejemplo, en un fenómeno sexual. En segundo lugar, el aspecto fenoménico del símbolo se niega a sí mismo de la siguiente manera: Yo (el aspecto fenomenal) no soy lo que soy, no soy realmente la sexualidad en absoluto». En tercer lugar, el aspecto fenoménico del símbolo apunta a algún otro invisible oculto en cuanto a lo que realmente se trata. En cuarto lugar, el símbolo dice: «Pero sólo a través de mí (de esta mi vestimenta) puedes acceder a ese otro». En quinto lugar, «Porque mi significado es absolutamente negativo, no quiero decir nada, pero no nada en el sentido de un vacío total». El símbolo es este drama interno que ocurre simultáneamente y que es un drama lógico, la lógica del símbolo como una lógica circular, urobórica. (comunicación personal)

“Matanzas”

“Todos los pasos adelante en la mejora de la psique humana se han pagado con sangre» (Jung 1960/1975, párrafo 549). Esto es un eco del filósofo griego favorito de Jung, Heráclito, cuyo dicho, citado a menudo, es que la guerra es el padre de todas las cosas. El propio Heráclito puede considerarse el «padre» de la psicología. Desde el punto de vista de Giegerich, esto se ejemplifica en que la mente occidental ha dado varios pasos de desarrollo mediante los cuales se ha diferenciado y sublimado continuamente (es decir, se ha superado) en niveles cada vez más nuevos. Dicho de otro modo, es a través de una larga procesión de «matanzas» que un aumento de la conciencia ha surgido, de modo que la matanza de toros para ofrecerlos a Zeus en la antigüedad ilustra «cierto sentido de la matanza sacrificial como la fabricación primordial del alma» (Giegerich 2008a, p. 190). La matanza de toros para el sacrificio a Zeus presupone la creencia en la existencia real de éste y de los demás dioses olímpicos.

El aumento de la conciencia trajo consigo la capacidad de entender los sacrificios de sangre de una manera más simbólica. Esto se produjo con el cambio de la era judeocristiana a un sistema monoteísta de creencias que eliminó la necesidad del sacrificio de sangre real. Esto representó no sólo una brecha temporal, sino también una brecha lógica. Desde la época de la Edad Media hasta la Modernidad se produjo un nuevo aumento de la conciencia, de modo que alrededor de 1800 se hizo imposible que el alma siguiera mirando hacia arriba por su valor más alto como nivel semántico o de contenido de la conciencia. La razón de ello fue que ahora se había integrado en el nivel estructural o sintáctico general de la conciencia.

En la historia de la mente, la conciencia ha pasado objetivamente de una interpretación del alma como un todo a otra nueva. Es nuestro lugar histórico el que determina en qué «autointerpretación» del «alma» nos encontramos» (Giegerich 2008a, p. 86). Desde esta perspectiva, el alma no debe verse como un órgano psíquico innato similar a los órganos corporales, sino como acontecimiento e historia. Para Giegerich, el principal laboratorio alquímico del alma es la historia, la historia de la cultura y de la conciencia, que es la historia del alma. Heráclito intuyó que el logos estructura e impregna tanto lo real como el yo. Lo que él consideraba la luz celestial es el elemento puro de todo conocimiento; es también la pequeña luz en los humanos, la luz de la mente humana. La conciencia de esta autodivisión indivisa es un logro histórico. En el momento de la realización del ritual, la luz celestial estaba aprisionada en la facticidad concreta y no había necesidad de un yo pensante, de un alma subjetiva que reflexionara.

De este modo, se ha producido un aumento irreversible de la conciencia del hombre que lo ha hecho independiente. Esto forma parte de la autorrelación del alma al superarse a sí misma en el desarrollo de la vida lógica del alma. Esta es la obra alquímica de la historia, que es la historia del desarrollo de la conciencia. Desarrollo significa aquí que la conciencia parte de su estadio inicial, negando y sublimando éste y alcanzando un nuevo estadio, a partir del cual puede comenzar de nuevo el mismo proceso. El dictamen de Heráclito, citado al principio de este artículo, es lo que hace que la humanidad siga avanzando hasta el final. El punto de vista de Giegerich sobre Heráclito es que, en lugar de presentar una negación reificada, «su negación interioriza el movimiento hacia adelante en sí mismo y sólo de esta manera autocontradictoria hace que este movimiento decidido sea un movimiento recursivo hacia el alma y su profundidad» (Giegerich 2008b, p. 214; cursiva original).

Sizigia

Una psicología informada por la alquimia tendría la tarea de liberar «el espíritu Mercurius», que es el pensamiento que está preso en la «materia», por ejemplo, como imagen, emoción, síntoma corporal. El verdadero laboratorio del alma en la obra alquímica es el verdadero proceso histórico por el que la vida contradictoria de sí misma y su propio otro habrán desaparecido como algo propio y se habrán reducido a momentos sublimados de unidad. Esto se explorará a través de la «matanza» del anima por el animus, tal y como puede verse en la historia de Barba Azul. La versión que se utilizará es la siguiente.

Una joven se casa con un hombre rico, pero que, sobre todo por su barba azul, da una impresión extraña. Ella le sigue a su castillo. Allí vive en la riqueza y la felicidad, sin preocupaciones. Un día, Barba Azul le dice que debe emprender un viaje. Le entrega todas las llaves a su esposa, dándole permiso para abrir todas las puertas excepto una que no debe abrir bajo ninguna circunstancia. Pero la mujer sucumbe a su curiosidad. Abre esa puerta y encuentra los cadáveres de las antiguas esposas de Barba Azul. La llave, que en su susto había caído en un charco de sangre, no puede ser limpiada de ninguna manera, por lo que Barba Azul, que ha regresado inesperadamente, reconoce que ella ha violado su prohibición. Le anuncia que tendrá que morir al instante. Ella pide un aplazamiento para poder rezar una oración y es rescatada por sus hermanos en el momento justo.

El final feliz hollywoodence añadió presumiblemente para complacer las expectativas de los lectores. La interpretación de Giegerich de la historia es que, por el mero hecho de ver los otros cadáveres, la inocencia psicológica del ánima femenina descubre el aspecto asesino del ánimus masculino. Giegerich subraya que no hay que tomar partido en esta historia identificándose con la esposa, ya que el ánima y el ánimus son igualmente alma y el verdadero punto de la historia es su interrelación. La inocencia virginal de la una constela el aspecto asesino de la otra y las dos están unidas en la sicigia. En el cuento, Barba Azul no es un asesino sexual que muestra, en cambio, cómo «el alma se viola a sí misma de forma absolutamente no violenta» (Giegerich 2002a, p. 142; cursiva original).

Cuando se aborda la historia desde la postura de la reflexión interna, se puede ver que Barba Azul representa la negación absoluta que es el animus, mientras que la inocente esposa es la personificación del anima. Cada uno es inherente a su propio opuesto. La negación absoluta significa aquí absuelta o liberada de los opuestos a través del proceso alquímico de la corrupción fermentada, la sublimación y la destilación de la imagen que, como consecuencia, se transforma en la sintaxis lógica de la conciencia que es el pensamiento. La dialéctica y la alquimiase quedan con la única materia (herméticamente encerrada) que tienen a mano y en ambas es siempre así que la forma de la conciencia dialéctica o alquímicamente pensante se somete al mismo proceso de la materia que se descompone dialécticamente» (ibíd., p. 217; cursiva original). A partir de esto, se tiene una idea más clara de por qué la alquimia puede ser pensada como un proceso recursivo.

Ego

Giegerich es crítico con la noción de ego. En consecuencia, ha criticado el eje ego/yo de Neumann, un axioma que es de uso común en algunos círculos junguianos. Giegerich cita una serie de formas en las que el ego puede intentar derrocar lo que se ha destilado alquímicamente en forma lógica o en la sintaxis de la conciencia. Esto puede manifestarse como fundamentalismo, el resurgimiento teórico de «los dioses» o la reducción del antiguo Dios a no más que un sentimiento subjetivo. En lugar de que la mente sea destilada de la materia, puede ocurrir lo contrario, que la mente sea enterrada en la materia a través de «la redefinición del hombre como un aparato» (Henderson & Henderson 2010c, p. 286), lo que en términos actuales se hace «tratando de interpretar los hallazgos de las nuevas neurociencias como «apoyo», o incluso prueba, de la corrección de lo que el psicoanálisis ha dicho todo el tiempo» (ibíd., p. 286).

La mente puede estar adormecida por la música alta, las drogas y los eventos deportivos masivos. Junto a esto, está la búsqueda de «sentido», que Giegerich ve como una lucha por la satisfacción de los deseos más que por la verdad. Esto se debe a que hace del «sentido» una mercancía que se supone que está disponible en algún lugar pero que aún no se ha encontrado. Sugiere que todo lo anterior aumentará a medida que la vida se vuelva más compleja y técnica, ya que representan un amor por la falta de mente o por la conciencia que quiere volverse inconsciente.

Terapia práctica

Cuando se le pregunta cómo se fundamenta analíticamente su enfoque, Giegerich responde que se trata de un descenso, un lento aprendizaje para ser lo que uno es realmente al emanciparse de lo que Jung llamó el poder sugestivo de las imágenes inconscientes. A primera vista, parece sorprendente que en sus escritos, Giegerich sea crítico con el Übermensch de Nietzsche. Giegerich lo resume de la siguiente manera: «El Übermensch no tiene nada que ver con lo que yo pretendo. Es utópico y excesivo. A lo que quiero llegar es, por ejemplo, a «¡Sólo soy eso!». Nietzsche tenía un programa, quería llegar a alguna parte. Yo sólo quiero saber dónde y qué somos realmente. Ninguna meta. Sólo un poco de honestidad y perspicacia» (comunicación personal). El siguiente relato de su enfoque analítico ha sido aportado por Giegerich para este artículo:

No estoy muy seguro de que sea una buena idea incluir descripciones de mi trabajo en la consulta en un relato de mi obra publicada sobre psicología. Hago una estricta diferencia entre la teoría psicológica y el trabajo en la consulta. La primera tiene, en mi opinión, el único propósito de entrenar la mente, de educar la mente: enseñarle a pensar psicológicamente y a ser capaz de adoptar realmente un punto de vista psicológico. No tiene el propósito de establecer una teoría que se aplique al trabajo con los pacientes. En la consulta intento estar presente con esa conciencia psicológicamente entrenada, pero por lo demás me olvido de las teorías y me acerco al paciente sin prejuicios (en la medida en que sea humanamente posible) en el espíritu del Conocimiento y de la Cosa. La concentración está en este fenómeno de ahora (este sueño, síntoma, recuerdo, fantasía de hoy). Y la pregunta es: ¿qué necesita? Aquí, creo que mi intuición tiene que entrar en juego. Gran apertura. Ninguna «técnica». Nada de jerga psicológica (rara vez utilizo palabras como ánima o sombra o yo, etc. Evito el lavado de cerebro psicológico de mis pacientes: ¡me quedo con lo que se muestra!) Sin dogmatismo. Improvisación, tocar de oído. Esto también requiere honestidad: mi respuesta honesta en este momento a lo que se muestra. El trabajo puede ser muy diferente con distintos pacientes, pero también diferente de una sesión a otra con un mismo paciente. Apertura al Ahora (que incluye incluso el Ahora de mi estado de ánimo y mi perspectiva). Por cierto: normalmente silla. Pero si es necesario también sofá. O incluso salir a pasear… Especialmente importante es para mí el respeto a la diferencia psicológica. Intento estar presente en las sesiones como la persona ordinaria concreta que soy (humana, demasiado humana) y ver también al ser humano ordinario en mi paciente. Debido a este respeto por el nivel humano ordinario, no invito sistemáticamente a las reacciones de transferencia. No me ofrezco como una especie de gurú o algo así. Pero a pesar de este reconocimiento del nivel humano, éste -salvo en el caso de las personas cuyos problemas son psíquicos (en el nivel humano, demasiado humano, el nivel del animal humano) y no psicológico- no es mi foco de atención. El enfoque es el alma, la psicología de la situación, el nivel del alma. ¿Qué quiere el alma, la psique objetiva? ¿Cuál es el contenido anímico de esta imagen o fenómeno onírico? ¿Cuál es el pensamiento o el sentimiento inherente al fenómeno? No lo que quiere, piensa o siente el paciente. Así pues, cuando un paciente empieza a hablar de lo que siente, o asocia, sobre una imagen determinada, por supuesto que lo escucho, pero trato de alejarle suavemente de este círculo que le rodea y de poner en el centro la sustancia del fenómeno. Esto, por supuesto, requiere tacto psicológico y una inventiva (¿cómo se puede llegar a este paciente y ganarlo para un enfoque psicológico sin herir terriblemente sus sentimientos?) Pero no es tan difícil si uno mismo tiene un compromiso fuerte y convincente y una visión del alma, aunque es cierto que no todos los pacientes están preparados para la verdadera psicología… Pero en cualquier caso, la intención básica es que el paciente aprenda a distanciarse de sí mismo, a verse objetivamente y a apreciar la dinámica objetiva de la vida del alma al margen de sus intenciones y sentimientos personales. Un espíritu lúdico, el humor, la ironía amable son útiles en este sentido. La diferencia psicológica («dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios») ayuda a evitar los dos peligros que conlleva un enfoque terapéutico que desconoce la diferencia, en primer lugar, el peligro de volverse personalista y positivista, como suele ocurrir en la psicología del desarrollo, y en segundo lugar, el peligro de la mistificación (inflar innecesariamente la vida y las experiencias del paciente con una importancia mítica; ver el proceso del paciente como su «individuación» en el cargado sentido junguiano; operar con la búsqueda de la totalidad y los significados, etc. La mistificación, por supuesto, también se basa en el positivismo: es la inflación de lo positivo-factual con un significado ‘superior’). Así que estos son algunos comentarios sobre mis énfasis en la terapia práctica. (comunicación personal)

Giegerich reconoce que el alma está a merced de lo imaginario y de las pasiones emocionales, pero incluso en esos momentos sólo piensa «de forma oscura, borrosa» (Giegerich 2007, p. 255). Afirma que los síntomas corporales y los afectos psicógenos son esencialmente pensamientos que se sumergen en el medio natural y físico del cuerpo o la emoción: «el síntoma corporal es emoción sumergida, la emoción es imagen sumergida, la imagen es pensamiento sumergido, y a la inversa, el pensamiento es imagen sublimada, la imagen es emoción sublimada, la emoción es reacción corporal sublimada» (ibíd.). Giegerich subraya que el pensamiento abstracto es lo que el alma de hoy necesita en forma de más intelecto, no más sentimientos, emociones, trabajo corporal. Desestima estos últimos como «cosas del ego».

Crítica a Jung

Jung y el antropólogo francés Levi-Strauss, fundador de la antropología estructural, “tienen en común el hecho de ser criticados tanto desde su propia disciplina como desde fuera de ella. Entre los detractores de Levi-Strauss se encuentran Sartre, Ricoeur, Derrida y Geertz, algunas de cuyas críticas al estructuralismo resuenan como similares a las formuladas a la teoría de los arquetipos de Jung, a saber, que son «intemporales», que niegan la historia y que se ocupan de los universales de la mente humana más que de los rasgos particulares de las diferentes culturas» (Casement 2007, p. 87). En el artículo del que se extrae lo anterior, examinaba la aplicación de Jung de algunos conceptos de las ciencias sociales. Sospecho que Giegerich también se esforzó por dar sentido a las incoherencias de los escritos de Jung hasta 1984, que fue el momento en que él (Giegerich) empezó a salir de una identificación inconsciente con Jung. El hecho de volverse crítico con las ideas de Jung no significa que Giegerich haya despachado a Jung a la oscuridad exterior. Al contrario, sigue considerándose un psicoanalista junguiano.

Si bien Giegerich sigue siendo fiel a la contribución de Jung a la psicología del concepto del alma, de la realidad psicológica, y de su posterior trabajo sobre la alquimia, tres de sus principales críticas son las siguientes.

  1. Jung hipostasía «el inconsciente» y de esta manera trata el inconsciente como un hecho positivo como si fuera una especie de autor de sueños, visiones, mitos, ideas. Del mismo modo, Jung reifica «los arquetipos».
  2. Jung tendía a ver la neurosis en última instancia como una enfermedad sagrada o una búsqueda religiosa, de modo que las enfermedades psíquicas se consideran básicamente valiosas, nobles, incluso «sagradas».
  3. Jung insistió en que la salvación del mundo consiste en la salvación del alma individual. Una psicología que merezca su nombre no puede tomar como fundamental ninguna realidad positiva, ni la individual ni la social (la colectiva). Lo que el filósofo presocrático Heráclito llamaba el logos existente, la lógica o sintaxis del ser-en-el-mundo, no es ni algo en el individuo (el «interior» literalizado, su «inconsciente») ni algo «colectivo» (comunicación personal).

Jung se negó a ver que las imágenes arquetípicas no indican y garantizan per se la grandeza que él les asignó, así como al trabajo en la consulta. Se las exagera y se les da un significado casi religioso que va mucho más allá de la importancia limitada y personal que efectivamente tienen. Para Jung, aquí es donde se encuentra el numen pero, según Giegerich, aunque puedan ser importantes psíquicamente, psicológicamente son irrelevantes. Con lo primero se refiere a las características empíricas concretas de la personalidad del ego de un individuo, que serían objeto de estudio de la biología humana y no de la psicología (logos del alma). Aunque reconoce que en la consulta el terapeuta se enfrenta a un ser humano real y, por tanto, tiene que estar atento a ambos lados de la diferencia psicológica.

Giegerich responsabiliza a Jung de la condición del junguismo actual, es decir, de lo que él (Giegerich) señala como el carácter predominantemente subjetivo, fundamentalmente amateur y popular de la típica publicación junguiana, por un lado, y del espíritu inflado y falso en el que se hace uso de símbolos y mitos, así como de palabras como «lo sagrado» y «lo numinoso», por otro. Jung consideraba que el movimiento nazi «banal» era «expresivo de un arquetipo, incluso de un dios (Wotan)» (Giegerich 2004, p. 274). En consecuencia, se dotó de una profundidad psicológica sobre la que Giegerich se muestra escéptico. Esto se puede comparar con lo que la filósofa y politóloga Hannah Arendt llamó «la banalidad del mal» (Arendt 1963/1994: subtítulo).

La llegada de Internet, que representa un nuevo nivel de realidad, ha sublimado el nivel anterior en el que la naturaleza y el mundo físico servían de base lógica y psicológica de la existencia humana. El mito y la metafísica habían funcionado como reflejos mentales del mundo natural, pero esa era ha terminado hace doscientos años. El sustrato subyacente ya no es lo natural y sustancial, sino que se ha desplazado a lo intelectual; ahora es la forma lógica «ante todo lingüística, semiótica, informativa... el hombre mismo es lenguaje» (Giegerich 2004, p. 19).

Función trascendente

La función trascendente tiene una importancia central en el planteamiento de Jung, ya que se hace referencia a ella con frecuencia en la obra de escritores posteriores. La crítica de Giegerich es que Jung parte de la idea de la tensión de los opuestos que se resuelve mediante una síntesis creativa. Ésta se produce de forma aparentemente milagrosa sin que Jung intente analizar el proceso desde el punto de vista de sus incoherencias internas.

La formulación que hace Giegerich del proceso dialéctico es que su punto de partida no es desde una posición de doble, sino desde la de uno. Como resultado de permanecer tenazmente con esa posición, la mente descubre que es insostenible, lo cual es una negación de la posición inicial ‘A’. Esta negación resulta en «no-A», una contradicción con la posición inicial. Esta negación, cuando se pone a prueba, también resulta ser insostenible, lo que da lugar a la negación de la negación y puede expresarse como «no-no-A». La negación de la negación como tal es la Negación Absoluta que vuelve a la posición inicial ‘A’. Pero no es exactamente el mismo punto que al principio del proceso, ya que ha sido mediado y refinado por la historia de todas las negaciones por las que ha pasado. Las posiciones en el camino han sido subladas, en el curso de las cuales, nada se ha perdido o descartado, sino que se ha enriquecido con las diversas negaciones. El proceso dialéctico vuelve a empezar desde esta nueva posición diferenciada.

Como dice Giegerich, la dialéctica procede desde el punto de vista de la interioridad y es noética y lingüística (contradicción), no como cosa que existe en el modelo de Jung. Es, por el contrario, un proceso alquímico de corrupción y descomposición en fermentación, un proceso recursivo de negación y hundimiento, no una resolución utópica en una supuesta «síntesis creativa».

Empujando hacia fuera

La propia obra de Giegerich se centra en el Jung psicológico e ignora o rechaza el otro Jung, naturalista y cientifista. Ser fiel al alma de la obra de su vida significa, paradójicamente, alejarse de Jung. Sólo en el título de una obra suya tardía, Jung muestra que ya no se concentra en las entidades y la sustancia. En Mysterium Coniunctionis: An Inquiry into the Separation and Synthesis of Psychic Opposites in Alchemy, Jung expresa la noción abstracta de la estructura o forma opositiva de lo psíquico. Lo que los opuestos son aquí no se dice, y no puede, no debe, decirse en el contexto de esta obra tardía porque esto sería una recaída en el estilo de pensamiento sustantivo que este título ha dejado atrás hace tiempo» (Giegerich 2007, p. 249).

Crítica a Hillman

En una carta fechada el 23 de septiembre de 2008, enviada a un seminario brasileño sobre James Hillman y su obra, Giegerich escribió lo siguiente:

. . . cuando comencé mi trabajo psicológico me impresionó profundamente la nueva vida que James Hillman había insuflado a la psicología junguiana y colaboré estrechamente con él durante muchos años. En cierto momento, su pensamiento y el mío empezaron a distanciarse en direcciones ligeramente diferentes, aunque seguimos conectados por una apasionada preocupación psicológica que compartimos. Hacia finales de la década de 1980 me pareció que era Hillman, y no yo, quien se había alejado de algunas de sus posiciones anteriores en una dirección que yo no podía seguir. (Giegerich 2008c)

Según Giegerich, las principales diferencias entre él y Hillman se reducen más o menos a una misma diferencia, que sin embargo puede desglosarse en los siguientes puntos que Giegerich me envió en 2010 cuando preparaba el panel del Congreso de Montreal.

  1. Hillman comenzó a «Re-Visionar» la psicología y a ir más allá de Jung. Mi acusación es que no fue lo suficientemente lejos, no hasta el final.
  2. En cuanto al estilo de la psicología, la suya es, básicamente, una psicología «sólo de ánima», como yo la llamo. El «animus» y sus negaciones no tienen lugar en su propia forma, al menos en general.
  3. Él piensa que la imagen, lo imaginal, es lo último. Yo pienso que la imagen no es más que una forma de manifestación del pensamiento del alma. El alma siempre piensa’.
  4. Eliminó el tiempo y la historia de su esquema. En última instancia, opera dentro de un esquema de la psique como intemporal (su falacia «platonista»).
  5. Tiene un programa nostálgico. Un programa. No se limita a describir y analizar. Hillman atacó, con razón, la idea de que la psicoterapia podría mejorar el mundo, y sugirió que debería haber un cambio de «espejo a ventana». Pero al decir «Hemos tenido cien años de psicoterapia y el mundo está empeorando» muestra su decepción, y en la medida en que una decepción es la decepción de una esperanza o un deseo, muestra que quiere dedicarse a mejorar el mundo. Para mí, ésta es la esperanza de un profeta, no el trabajo de un psicoterapeuta.
  6. En su estilo de escritura y pensamiento, tiende a ser «impresionista», meramente sugestivo (de ahí también su preferencia por la retórica), sin elaborar y argumentar a fondo sus argumentos. Por lo tanto, algunas de sus interpretaciones y tesis se sopesan en la balanza, y se encuentran deficientes cuando se examinan más de cerca.

Divergencias

James Hillman me llamó la atención sobre su respuesta a las críticas de Giegerich en un breve artículo titulado «Divergencias» (Hillman 2008) escrito en primera persona. Lo que sigue es un extracto de ese documento.

Para mí, el logos del alma no es una lógica, ni el alma misma es un logos. El logos del alma se muestra en su capacidad de decirse a sí misma, de darse cuenta de sí misma, de describirse a sí misma, de decir su verdad, y este logos es ilimitado (como ya dijo Wolfgang), y no necesariamente sólo lógico, o sintáctico. Su logos, el logos de la psique, la psicología puede aparecer tanto en las imágenes como en el pensamiento. Me gusta la idea de Giegerich de que la psique es [también] pensamiento y la creación del alma es [también] pensamiento… (él) escribe que pensamos en palabras del lenguaje y no en imágenes. Yo diría justo lo contrario. Las palabras son en sí mismas imágenes… El lenguaje nunca podrá liberarnos de su madre primordial, lo sensorial, lo natural, lo físico…
¿Debemos priorizar la palabra sobre la imagen o la imagen sobre la palabra? Si, por el contrario, nos decantamos por una u otra, ¿cuáles pueden ser las consecuencias? La imagen primero significa una psicología estética e inmersa en el cosmos. La palabra primero ofrece una psicología «recortada», como dice Wolfgang, de todo lo físico, salvo la mente humana.
Una gran divergencia es la forma de ver la historia…Sin embargo, si se mira la obra escrita con la lente de la imagen, como las pinturas o las piezas musicales, entonces pueden diferir ampliamente unas de otras y no se les exige que cumplan la idea de coherencia cronológica. Este enfoque imagista, si se quiere, también puede aplicarse al estilo de ataque de Giegerich. Imaginemos que utiliza una espátula, papel de lija, pinceles duros y trazos negros gruesos para marcar las diferencias, para romper las convenciones. Piense en los primeros Stravinsky o en Shostakovich. La agresividad puede ser una necesidad retórica, por lo que sus devastaciones de Freud y Jung, o de mí, no deben tomarse como algo literalmente desagradable.

Sin embargo, Giegerich opina que no hay que «caer» en las imágenes que son creaciones secundarias del lenguaje. No hay que tomarlas literalmente, sino que hay que ver ‘a través de «lo sensorial, lo natural, lo físico» a través de lo «imaginal» -y no ver a través de «los dioses» que son ellos mismos imágenes producidas para ser vistas a través’ (Giegerich 2010, p. 346; cursiva original).

Continúa diciendo que, en la medida en que los sonidos del lenguaje son signos acústicos, éstos pueden denominarse el sustrato sensorial y físico que subyace al lenguaje. Al utilizar esos sonidos para crear imágenes, la mente los despoja precisamente de su contexto natural y se los apropia para su propia esfera mental.

Lo anterior da una idea de algunas de las diferencias entre estas dos destacadas figuras, pero también hay similitudes. Ambos se interesan por las ideas y han contribuido, y siguen contribuyendo, de forma significativa al mundo de las ideas junguianas. Una importante que tienen en común es el lugar central del alma en la psicología. Ambos son también críticos con el énfasis en el análisis de los problemas subjetivos e internos y con lo que consideran nociones simplistas.

Crítica al Liber Novus

En las décadas que llevo en el mundo junguiano, nunca antes había sido testigo de la enorme expectación generada por la publicación de la edición inglesa de El libro rojo de Jung: Liber Novus. Estuvo en la lista de los más vendidos de Amazon, y la primera edición se agotó antes de su lanzamiento en Nueva York en octubre de 2009. En las páginas de este Diario, dije que se podía comparar con la Divina Comedia de Dante y el Zaratustra de Nietzsche. Esto se basaba en las alusiones del libro a esas dos obras, como el Descenso al infierno en el futuro, título de una sección del Liber Primus. Del Liber Tertius: Scrutinies hay lo siguiente: ‘¿Pides ayuda a Dios? El viejo y querido Dios ha muerto» (Liber Novus 2009, p. 333).

En el volumen 83 de la Revista, de primavera, la extensa reseña de Giegerich sobre el Liber Novus también establece comparaciones entre éste y la Divina Comedia y Zaratustra. Su análisis del carácter del libro es desfavorable y consiste en un planteamiento en tres partes: es la «Respuesta a Nietzsche» de Jung; no es una gran obra de arte comparable a la Divina Comedia de Dante o al Zaratustra de Nietzsche; es la «nueva biblia».

Giegerich reconoce que el libro imita a Nietzsche en su estilo y en parte en su intención. Considera que el propósito del libro es el intento de Jung de superar el nihilismo y la impiedad del presente mediante la búsqueda del «sentido» y de «Dios» en el «Dios supremo». Jung sigue a Nietzsche y se aparta de él al mismo tiempo al no ver la salvación en el superhombre sino en una nueva religiosidad» (Giegerich 2010a, p. 386). Nietzsche fue el último de los pensadores utópicos del siglo 19 en la forma en que imaginó la creatividad como la llegada de Dionisio al alma desierta pero potencialmente creativa, Ariadna. Con el colapso fundamental de la esperanza de Nietzsche, el potencial del pensamiento utópico -como pensamiento verdadero- se agotó» (ibíd., p. 381).

Lo que separa a Zaratustra y al Liber Novus, según Giegerich, es que, en el primero, Nietzsche luchaba con problemas verdaderamente filosóficos sobre la naturaleza del hombre y del mundo, mientras que el Liber Novus retrata al individuo concreto como hombre literal.

En la segunda parte de su crítica, Giegerich descarta el Liber Novus como obra de arte comparable a la Divina Comedia, ya que la primera se limita a un relato de experiencias individuales. La obra de Dante puede haber tenido su origen en ellas, pero luego se desprende de estas experiencias privadas en su forma de imaginación poética. Esto se produce a través de la elaboración de la dualidad de sujeto y objeto y encuentra todo lo que necesita en sí mismo. De este modo, la obra de arte obtiene la verdadera objetividad «para que la generalidad pueda experimentarla como propia» (ibíd., p. 366).

Como el Liber Novus, a diferencia de la obra de Dante, trata de experiencias interiores del «inconsciente» y del «proceso de individuación» de su autor, mantiene la dualidad de la positividad en la materia prima. Giegerich afirma que la verdad es el producto final de un largo proceso alquímico de la materia. También critica la afirmación de Jung de que no había nada de estructura consciente en las fantasías diciendo que, por el contrario, todo el arte es de estructura consciente, de lo contrario los perros serían capaces de apreciar las obras de arte. Las realidades sociopolíticas de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, se interiorizan como si surgieran de problemas internos.

La afirmación de Giegerich de que el Liber Novus es la nueva biblia se basa en lo siguiente: ‘Liber es la traducción del griego biblion de cuyo plural biblia, el libro de los libros tenemos nuestra palabra «Biblia»‘ (ibid., p. 382). Cita a Jung diciéndole a Christiana Morgan que si hiciera su propio Libro Rojo sería su iglesia, su catedral. Para Giegerich, Jung podría haber dicho igualmente que sería su propia Biblia.

El «yo» de Liber Novus se identifica con Cristo en varios lugares, incluida la afirmación de Jung de que nadie sabe lo que ocurrió durante los tres días que Cristo estuvo en el infierno, pero que el propio Jung lo ha experimentado. Esto lleva a la afirmación de Giegerich de que, dado que el libro enseña a las personas a ser «Cristos» en lugar de «cristianos», su título es muy apropiado: Liber Novus. Lo ideal sería que, si hay cuatro mil millones de personas en el mundo, cada una de ellas tuviera su propio equivalente al Libro Rojo de Jung» (ibíd., p. 363).

En cuanto a la afirmación de Jung de que el misterio de Cristo estaba incompleto, aplicó la dinámica de Nietzsche a un resultado diferente, es decir, para Nietzsche era el hombre el que necesita ser superado; en el Liber Novus es Dios mismo el que necesita ser superado.

Giegerich elogia la introducción y las anotaciones de Sonu Shamdasani, pero critica algunas de las traducciones al inglés. Es tarea de los traductores asumirlo si así lo desean.

Al escribir sobre el Libro Rojo en Recuerdos, Sueños y Pensamientos, Jung afirma:

Me di cuenta de que todavía tenía que traducirlo en otra cosa. Por lo tanto, abandoné a tiempo esta tendencia estetizante, en favor de un proceso riguroso de comprensión. Vi que tanta fantasía necesitaba un terreno firme bajo los pies, y que primero debía volver por completo a la realidad. Para mí, la realidad significaba la comprensión científica. (Jung 1963, p. 180; la cursiva es original)

Toshio Kawai, que dirigió la traducción al japonés de Liber Novus, expresó sentimientos encontrados sobre el libro en una entrevista que concedió para el primer número del Newsheet de la IAAP. En el transcurso de la entrevista, afirma que el libro le fascinó y abrumó, pero que no le gustó el estilo exagerado, especialmente en el primer libro. ‘Toda la lucha relativa a la ansiedad por volverse loco y la muerte de Dios me resultó bastante extraña” (IAAP Newsheet 2011, páginas no numerados). Por otro lado, le gustaron las «Escrutinios», en particular la predicación de Filemón a los muertos no salvados. Su opinión es que Liber Novus intenta transmitir algo sobre los cultos premodernos que están más allá del cristianismo y sus conflictos. Los comentarios favorables y críticos sobre Liber Novus continuarán, sin duda, durante algún tiempo. La propia conclusión de Giegerich es que es importante para los estudios históricos de Jung, pero sugiere que los psicólogos harían bien en desvincularse de él y basar su trabajo en cambio en las obras publicadas de Jung sobre psicología «y de forma crítica«. (Giegerich 2010a, p. 380; la cursiva es original).

Conclusión

Un resumen del pensamiento de Giegerich podría ser el siguiente: el alma vive en la mentalidad todo el tiempo, aunque de diferentes maneras y formas. En mi opinión, la mentalidad es la relación o la apertura a la verdad, es decir, la lógica de la vida realmente vivida en un lugar histórico determinado» (comunicación personal).

La inmersión en los procesos de pensamiento de Giegerich requiere una aplicación intensa. Es de esperar que los bosquejos resultantes en este artículo den alguna indicación de la claridad de su escritura, de la forma en que fundamenta a fondo cada punto que plantea, y de su humanidad. Un enfoque clave a la hora de pensar en su escritura es el que requiere un esfuerzo para entrar en ella, para lograr la interioridad en lugar de ver las cosas o imaginarlas desde fuera.

En una comunicación reciente, Giegerich dio una «pista» sobre cómo se pueden entender sus puntos de vista: «La fuerza motriz que hay detrás es la cuestión de cómo debe ser la psicología si quiere merecer su nombre (logos del alma)».

En el transcurso de la elaboración de este artículo, fue tentador apartarse de Giegerich al contrastar críticamente sus ideas con las de otros escritores como Bion (función alfa), Lacan, Zizek (pensamiento dialéctico), Cambray, Colman, Hogenson, Knox, Wilkinson (críticos del innatismo de Jung en esta Revista). Este se ha resistido, ya que se sentía como un privilegio de la libre asociación, una salida por la tangente hacia otras cosas en lugar de permanecer lo más cerca posible de la integridad del propio enfoque de Giegerich para el pensamiento.

ADDENDUM

En el transcurso de la elaboración de este artículo, fue tentador apartarse de Giegerich al contrastar críticamente sus ideas con las de otros escritores como Bion (función alfa), Lacan, Zizek (pensamiento dialéctico), Cambray, Colman, Hogenson, Knox, Wilkinson (críticos del innatismo de Jung en esta Revista). Este se ha resistido, ya que se sentía como un privilegio de la libre asociación, una salida por la tangente hacia otras cosas en lugar de permanecer lo más cerca posible de la integridad del propio enfoque de Giegerich para el pensamiento.

Referencias

Arendt, H. (1963/1994). Eichmann en Jerusalén: La banalidad del mal. Estados Unidos: Penguin Classics.

Casement, A . (2007). La brujería: ¿una categoría psíquica de la imaginación? Cuadrante

Giegerich, W. (1998). La vida lógica del alma. Frankfurt am Main: Peter Lang.

— (2004). El fin del significado y el nacimiento del hombre’. Journal of Jungian Theory and Practice, 6, 1.

— (2007). ‘Psicología – el estudio de la vida lógica del alma’. En ¿Quién es el dueño de Jung? Ed. A. Casement. London: Karnac Books.

— (2008a). Soul-Violence. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books.

— (2008b). El remanente inasimilable’ – ¿Qué está en juego? En Archetypal Psychologies, ed.

S. Marlan. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books.

— (2008c). Seminario sobre James Hillman y Wolfgang Giegerich. Organizado por Marcus Quintaes. Inédito.

— (2010a). Liber Novus, es decir, La Nueva Biblia: Un primer análisis de la obra de C.G. Jung «Libro Rojo«. Primavera, 83.

— (2010b). El alma siempre piensa. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books. Giegerich, W., Miller, D.L., Mogenson, G. (2005). Dialéctica y Psicología Analítica:

Seminario sobre el Cañón de El Capitán. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books. Henderson, R., Henderson, J. (2010c). ‘Amar las propias preguntas’. En Living with

Jung. Enterviews’ with Jungian Analysts, Vol. 3. New Orleans, LA: Spring Journal Books, 263-302.

Hillman, J. (2008). ‘Divergencias’. Seminario sobre James Hillman y Wolfgang Giegerich. Organizado por Marcus Quintaes. Inédito.

Hoja informativa de la IAAP (2011).

Jung, C.G. (1963). Recuerdos, Sueños y Pensamientos. Ed. Aniela Jaffe’. London: Collins y Routledge & Kegan Paul.

Jung, C.G. (1976). Cartas de C.G. Jung. Vol. 2: 1951-1961. Ed. G. Adler en colaboración con 

A. Jaffe’. London: Routledge & Kegan Paul.

Jung, C.G. (2009). El Libro Rojo: Liber Novus. Ed. S. Shamdasani. New York: W.W. Norton / Philemon Series of the Philemon Foundation.

Kirk, G.S. y Raven, J.E. (1984). The PreSocratic Philosophers. Cambridge: Cambridge University Press, 205.

Agradecimientos

Estoy en deuda con Wolfgang Giegerich por las numerosas interacciones mantenidas durante el pasado año.

Me gustaría agradecer a Paul Bishop sus comentarios sobre una parte de este artículo.

Las herramientas encadenantes del psicoterapeuta

Logos del alma

“No es para quedarnos en casa que hacemos una casa….”
Juan Gelman

En la temprana formación psicoterapéutica de corte analítico un ejercicio común consiste en interpretar películas, mitos y cuentos a través de las categorías aprendidas a lo largo de la revisión teórica y práctica. Despues se hace lo mismo con los casos y con el análisis de sueños. En el entrenamiento inicial ello constituye un ejercicio didáctico constante y mientras más se practican las interpretaciones éstas se vuelven más ricas y complejas, afianzando el conocimiento obtenido de forma previa.

La finalidad didáctica de ese ejercicio es la aprensión, cada vez más amplia y profunda, del bagaje teórico que se presenta en el proceso del aprendizaje. Con ello, las categorías de pensamiento se complejizan y abarcan mejor a la realidad en cuestión, imbuyendo con la teoría al objeto propio del entrenamiento psicoterapéutico, es decir, la interpretación y el acercamiento a los fenómenos psíquicos. Por lo cual, se asume que el fenómeno se construye en la misma medida que se aprende, ese acto de creación del mundo es el inicio de la formación psicológica.

Tales ejercicios son una estrategia útil, no obstante conllevan un peligro. En el camino del aprendiz y habiendo interpretado decenas de fenómenos, la teoría termina por interiorizarse e informar la perspectiva con la cual se comprende a la realidad psíquica, estos esquemas teóricos niegan las antiguas categorías epistémicas y sustituyen la visión del hombre común por la del aprendiz de psicoterapeuta. Pero esa condición ofrece la falsa seguridad de que se ha llegado a la meta, de que ahora se tiene la capacidad infalible de entender realmente el mundo tal y como es, todo gracias a la constante aplicación de la teoría literalizada.

En el proceso dogmatizador del saber la practica psicoterapéutica se refuerza en el imperativo de probar constantemente los conceptos medianamente interiorizados. Se sustituye entonces al fenómeno con las formas externas de observarlo, ideas que no derivan del objeto de estudio sino de las necesidades del investigador. Así, se olvida el hecho de que realmente el sujeto es constitucionalmente ciego a la realidad, por lo cual, se experimenta la ilusión de que se pueden aplicar indistintamente, sobre el fenómeno, las recientemente adquiridas categorías fijas de comprensión.

El aprendizaje de la psicoterapia exige la negación de la consciencia del sentido común, con su acercamiento lego a los factores psicológicos que están presentes en la construcción de síntomas psicopatológicos. Estos sistemas de pensamiento dan pauta a una óptica especializada que las personas no entrenadas no se ocuparán de desarrollar. Esta situación supone una profesionalización del psicoterapeuta semejante a la de cualquier experto en un área del saber. Sin embargo, el proceder psicológico no descansa en esa negación, requiere, para ser psico-logía, una negación posterior.

La negación de la negación es lo que distingue el acercamiento real del psicoterapeuta a su objeto de estudio. Ésta consiste en la autoaplicación del conocimiento a sí mismo en el singular ejercicio del aprendiz por ser adiestrado ya no por los conceptos teóricos, en cambio se vuelve ahora discípulo del fenómeno en cuestión. Es la noción subyacente en el síntoma lo que enmarca la teoría del fenómeno a estudiar y, paradójicamente, la sumisión a esa tarea es lo que convierte al aprendiz en un verdadero psicoterapeuta.

Por eso es necesario seguir caminando en la vía psicológica, en lugar de permanecer en la morada cómoda de lo ya conocido. Es debido cortar la rama sobre la que se está sentado e invocar el riesgo de la incertidumbre. Seguir andando requerirá desechar esa práctica tan duramente conseguida y volver a reflexionar sobre los conceptos ya aprendidos. El aprendiz tiene que atender la negación de las categorías de análisis siempre una vez más, de tal manera que lo que quede no sea el habito de interpretar sino la disposición de someterse a a la otredad.

La habilidad para estar presente mientras el fenómeno se piensa a sí mismo, es la dimensión que supera el ámbito del aprendiz, lo que significa abandonar toda esperanza de ser un agente activo en la transformación dialéctica del proceso psicológico alcanzado. El psicólogo sabe que hay que hacer el derrotero siempre de nuevo ante el fenómeno y renunciar conscientemente a sus queridos instrumentos de aprendizaje, solamente sin esa carga se puede pasar por el ojo negativo de la aguja.

Observando las formaciones junguianas es patente lo difícil que resulta llevar a cabo la negación de la negación, es más sencillo permanecer como aprendices e ir, en el mejor de los casos, muy cargados de conocimiento, pero con poca disposición a dar el siguiente paso, hacia el verdadero opus del vacío. ¿Quién se atrevería a enseñar que lo aprendido debe ser desechado, y que el tiempo de formación no instruye realmente, que más bien debe preparar al sujeto para desapegarse del fruto de su trabajo? En cambio, todas la formaciones ponen un peso sobre los hombros del estudiante, lo inflan de importancia personal y lo atan al delirio de la suficiencia y del ejercicio psicológico superficial.

Tales formaciones son responsables de que haya tantos psicólogos y tan poca psicología, pues su trabajo es vender un producto determinado por la promoción del mercado, adecuarse a las leyes de la oferta y de la demanda y procurar que se respete la gran narrativa cultural de la búsqueda de la salud y del bienestar como los productos preferidos del capital. Sus herramientas son cárceles hechas de conocimientos que mantendrán lejos del practicante el verdadero trabajo psicológico, esto es, el reconocimiento de la realidad del alma.

La tentación del profeta

Logos del alma

Carl G. Jung hacía notar que uno de los riesgos al explorar los procesos psíquicos era la posibilidad de que el psicólogo se identificara con ellos, es decir, que en su viaje en la exploración de los contenidos colectivos se dejará invadir por los mismos, de tal manera que se erigiera como el portador de la verdad de la época y el conocedor de los misterios del inconsciente. Dicha situación encuentra su asiento en la necesidad egóica por ser una presencia vital en el medio de los sucesos y poder ser dotado de un monto exagerado de importancia personal.

El psicoterapeuta debe guardarse del peligro que representa la mentalidad del profeta, pues en el consultorio es muy sencillo caer bajo la impresión de que lo que se dice es dicho por el individuo, de que es el terapeuta quien conoce las vías por las cuales poder comunicarse con los símbolos y enseñarle al paciente como debería vivir su vida psíquica para poder alcanzar los objetivos de su propia alma. El psicólogo, desde esta óptica, se apropia indebidamente del papel del psicopompo que guía al paciente por su tránsito en el inframundo y éste último, a su vez, corre el riesgo de encarnar otra forma de posesión de los contenidos colectivos, el del discípulo.

Pero el psicoterapeuta transita por la senda de un misterio que se abre siempre y nuevamente ante cada sesión. Él no es un experto, ni un sanador, ni mucho menos un profeta, sino un escucha atento del diálogo profundo que ocurre en los diversos planos narrativos de la consulta; su tiempo es el presente y su trabajo es permanecer ahí donde los pacientes tratan, bajo muchos medios, de escapar, por ello tampoco puede huir al futuro, a la prognosis dado que pasado y futuro están contenidos en el vaso hermético del momento presente del tiempo terapéutico.

Itinerario de un psicólogo

Cotidianidad

En el camino de la exploración de teorías psicológicas que puedan brindar asientos a mis propias preocupaciones, he encontrado un fenómeno común al acercarme a autores determinados, una ingenua defensividad teórica. Por ejemplo, cuando abordé, de manera temprana, la obra de Jung ésta me pareció muy esclarecedora y subversiva, lo suficiente para obligarme a estudiar de forma ardua la mayor parte de sus libros y atender a las referencias con que el autor sostenía sus argumentos. Pero en la universidad nadie conocía a Jung y lo pocos que habían escuchado su nombre lo tenían por un místico enloquecido que nada aportaba al avance de la psicología, en su mayor parte ésta era la opinión de los que sostenían una posición psicoanalista, para ellos Jung era una especie de traidor que no había comprendido la obra de Freud, pero no lo habían leído.

Posteriormente y acogido por un ambiente donde se leía a Jung, muchas de mis inquietudes sobre la teoría junguiana se volvían evidentes y mis cuestionamientos iban en alza, entonces descubrí la obra de James Hillman, la cual trataba directamente tales preguntas, y me volqué a su lectura. Pero el ambiente junguiano tenía dos respuestas ante la obra de Hillman, una era el completo rechazo por encontrarlo muy “filosófico” y mal entender la teoría de Jung y otra, muy particular, donde se leía a Hillman como si éste asumiera los conceptos junguianos, sin ningún cambio. Me pregunte ¿qué tenía de malo estar interesado en la filosofía? Ello proviene de un viejo prejuicio que confunde el uso del razonamiento preciso con la función pensamiento y que nace de la creencia falsa de que los tipos psicológicos se pueden trasladar tal cual para servir de molde a la subjetividad de las personas. Es decir, se confunde el mapa con el territorio, algo que Jung dejo en claro que no podía hacerse con sus tipos psicológicos. Pero sobre todo me sorprendió el hecho de que quienes criticaban la obra de Hillman, jamás lo habían leído, sabían de él solo de oídas, por rumores, pero no se habían adentrado en sus textos. Otros, en cambio lo habían hecho con el afán de no abandonar el edificio junguiano y conciliar, artificialmente, a Hillman con Jung.

Tiempo después, las dudas no amainaban y me llevaron a conocer el trabajo de Wolfgang Giegerich. Mientras trabajaba bajo el esquema junguiano, Hillman trastocó todo el abordaje que tenía en la consulta terapéutica y en la docencia, tuve que abandonar muchos hábitos que tenía por sabidos, por ejemplo el análisis de los sueños, realmente ello constituyó una crisis que poco a poco fue despertando nuevos métodos (caminos) de abordaje. Giegerich influyó de una manera similar, sus planteamientos sobrios y al punto arrasaron con la estructura narrativa que aún conservaba en la terapia y en la docencia, pues su obra expresa la necesidad de una teoría humilde, amorosa y centrada en el fenómeno y eso implicaba dejar atrás los objetivos esperanzadores de mi propia acción.

Sin embargo, nuevamente encontré el rechazo, ahora no solo entre los junguianos ortodoxos sino también entre los arquetipales, quienes curiosamente acusaban a Giegerich de soberbia intelectual, de ser filósofo y no psicólogo, de ser Hegeliano, de ser “frío” con el sujeto, de no ser aplicable, entre otros tantos malos entendidos de su teoría. Y de nuevos, tales críticas venían de personas que jamás habían leído su obra y que tenían una opinión formada con base en lo que otros les habían comentado, mismos que tampoco lo habían leído con atención. Surgen así preguntas similares: ¿Qué hay de malo en leer a Hegel? ¿Por qué tanto rechazo de la filosofía en el campo psicológico? Y sobre todo ¿por qué los psicólogos se afanan a rechazar lo desconocido e incomodo si esa es precisamente una de la premisas psicoterapéuticas, darle hospitalidad a lo extraño?

Creo que es una reacción común formar esquemas de pensamiento y defenderlos ante cualquier idea que parezca contradecir el sitio confortable donde se ha encontrado seguridad, pues constituye una amenaza contra la cual, la primera reacción, es defenderse. Pero, en el caso de la teoría psicológica esto resulta contraproducente porque la labor del psicólogo le obliga a atender a cada fenómeno desde la teoría del mismo fenómeno y no a imponer sobre él mismo sus propios esquemas de pensamiento. El psicólogo debe de cortar la rama en la que está sentado, una y otra vez, como ejercicio necesario para llevar a cabo su trabajo. Bajo esta premisa no puedo evitar preguntarme ¿qué vendrá después de Giegerich? ¿Y cómo se le rechazará a ese nuevo huésped? Pero, entonces, reparo en el fenómeno y me esfuerzo por atender al presente.

«Re-imaginar la psicología» de James Hillman

Logos del alma

El universo es un lugar terriblemente caótico, los remansos de orden y lógica, son acaso breves milagros que no tendrían porque existir; así como la materia conocida no es más que un descuido de la oscura materia que envuelve todo lo existente, también la conciencia no es otras cosa que un destello incierto del profundo inconsciente. Somos el olvido de Dios.

Leo, o sueño leer, un libro difícil de describir, llevo tres semanas indagando en sus páginas y no deja de sorprenderme. Dice cosas que yo creía olvidadas, defiende lo que yo pensaba era indefendible, me obliga a rememorar viejas ideas que ya había calificado como abyectas. Esto demuestra que en ocasiones es necesario regresar a los antiguos vicios, para comprenderlos y utilizarlos de forma distinta. En cuanto a la psique cualquier juicio es apresurado.

El libro es «Re-imaginar la psicología», de James Hillman, que inaugura, con dicho texto, el estudio complejo de una rama de la psicología analítica: la psicología arquetípica. Politeísta, psicologizador, deshumanizante, es un esfuerzo por devolver la potestad de la psique a las antiguas formas que implícitamente la sostienen y la guían. Un retorno al caos, a la multiplicidad y la magia prehumanas que persisten en las sombras de nuestros sistemas de pensamiento. Reivindica el logos, la idea, la teoría, la fantasía, la depresión, la patología y el pecado, vuelve a ellas con nuevos ojos (los de la aflicción) y recrea así todo un mundo.

Las psicologías no entenderían este punto de vista, demasiado imaginativo y enrevesado dirían los sistemas mecánicos (cognitivos, sistémicos), demasiado enfocado en el pathos temerán las terapias humanistas (gestalt, transpersonal y demás derivados de la tercera fuerza), demasiado caótico y aventurado se quejaría la psicología profunda. Pero en la plétora es en dónde radica la fuerza, en la desproporción de las ideas, pues como sabía Blake el exceso conduce a la sabiduría.

Esta visión de los fenómenos psicológicos devuelve su papel mediador a la antigua psyche, aportando un tercer elemento a la formación physis-pneuma. Se acerca, así, a un modelo inexplorado de la psicología donde reinan la ambigüedad mítica, el sacrificio ritual y la sombra destructora y benévola. Una psicología que desiste de categorías, de certezas y de lógica.

No sucede tal como los filósofos medievales pensaban, no el descuido de Dios borra las cosas con un fuego invisible, al contrario su negligencia crea mundos, cualidades, significados. El alma sueña con volver al paraíso, pero el paraíso es infernal.»

Escuela Animus

Cursos

https://www.escuela-animus.com/home

El esfuerzo por profundizar en la psicología analítica nos ha conducido por muchos caminos y autores de lo mas interesantes. En está labor particular Alejandro Bica ha llevado a cabo una empresa ingente al iniciar el proyecto de edición y publicación de los artículos reunidos de Wolfgang Giegerich en español, autor desconocido en habla hispana pero que constituye la obra más rica y compleja dentro del campo de la psicología junguiana actual.

En el espíritu de este caminar, Ale Bica y Alberto Arenales nos invitan a este nuevo proyecto «una escuela virtual dedicada a la enseñanza de una psicología con alma», es decir de un espacio para la reflexión profunda del tema mismo de la psicología, como no se ha visto antes.

Me siento honrado de pertenecer a este proyecto como docente, proximamente estaremos hablando del curso que impartire: «Re-imaginar la Psicología». Sean bienvenidos a este espacio de interiorización.

https://www.escuela-animus.com/home

La individuación como punto de partida

Logos del alma

Es habitual que de manera equivoca se interprete el concepto de “individuación” como una meta a la cual el sujeto debe llegar, como el desarrollo futuro de un proceso que comienza desde la incompletitud y que deviene en la forma acabada del individuo, él cual se concibe como un ente que debe integrar en sí las partes antes desperdigadas de su propio ser.

Entonces el trabajo terapéutico se torna en una empresa que concibe a su sujeto de modo fragmentario, que busca compensar las faltas del alma de la persona para poder ofrecerle la fantasía de la integración. Es por ello que este enfoque retorna a una visión medicalista del fenómeno, que se asume como la vía por medio de la cual esté alcanzará el estado de la Gran Salud, que no es otra cosa sino un eufemismo de la plena salvación de su alma.

Sin embargo, la individuación no se encuentra en el porvenir, sino que está hecha ya en cada momento presente y es realizada sin contar con la supervisión del ego, cuya consciencia ha sido sobredotada de importancia en un mundo que considera que la meta siempre se encuentra después de la partida, y que es el individuo el responsable del flujo de los acontecimientos.

Es por eso que aparece la preocupación neurótica por el crecimiento personal, éste es el proyecto de edificación del ser humano que propone que en la persona descansa una voluntad que se sobrepone a las contingencias anímicas y que el hombre es el fiel de la balanza del desarrollo del alma moderna. Solo desde esta inflación psíquica del ego es posible equiparar al sujeto con conceptos como la felicidad, la totalidad, la iluminación o el desapego.

Pero los fenómenos del alma son autónomos y, por lo tanto, ocurren de manera contingente, son procesos naturales que han sido sublados, interiorizados en sí mismos y que por ello guardan su voluntad dentro de sí. Ninguna voluntad ajena perturba su paso lento pero atronador, pues la marcha de los acontecimientos es imparable. Ellos mismos son su propio fin y en consecuencia están individuados.

Así, una visión que suponga que el objetivo del alma se encuentra enclaustrada en el individuo y que parta de la carencia del mismo, solo obtendrá lo que ya tiene, es decir la posición de la falta. Lo cierto es que si se comienza con nada se termina con nada y que un abordaje que concibe a la persona como incompleta no podrá ofrecer más que su punto de partida.

Como concepto, la individuación continuamente es literalizada y convertida en una fórmula, e inclusive en un dogma que dicta la condición deseable del ser humano, comparando el presente con un futuro que tiene como esencia lógica el siempre estar más allá del mundo experimentable, como un santo grial inalcanzable, que así lo es porque es la mistificación de un concepto.

Si se entiende la neurosis como la separación de los discursos que conforman la existencia de una persona, tornándose estos mismos, y la separación en sí, inconscientes, se puede decir que la individuación como meta contribuye al sufrimiento vacío de quienes la buscan, ya que es una idea que se ha neurotizado al haber arrojado hacia un devenir improbable lo que de hecho ya sucede, pues cada fenómeno es completo en sí mismo y sólo desde esta posición se puede estar frente a él, no necesita completarse pues ya está individuado.

Quizás para el sentido común pueda ser inconcebible que lo último sea lo primero, pero para el pensamiento psicológico es de lo más natural asumir que aquello a lo que se quiere llegar debe ser ya el punto de partida para poder alcanzarlo, porque la senda terapéutica no ocurre como el desarrollo de un fenómeno o la maduración de un individuo, sino como el arribo de la consciencia a lo que de hecho ya ha sucedido.

Como el ave de Minerva que vuela al atardecer el trabajo en el espíritu de la individuación es el llegar tarde a los acontecimientos y solo por ello ser capaz de contemplar la emergencia de los conceptos ya realizados, acogidos en sí mismos y por eso liberados de su contención en los sucesos. Es este trabajo alquímico la transmutación de la experiencia anímica que ocurre porque la materia de la que se parte es ya el oro de los filósofos.

Por último, cabe recalcar que la inflación de la importancia personal del hombre le ha llevado a pensar que este camino tautológico es algo que él debería promover, pero realmente la persona únicamente asiste a este proceso, pues la individuación, en principio, no es del sujeto sino de los fenómenos, por consiguiente no es una tarea humana, sino más bien una característica del opus del alma.

¿La lucha con o contra la sombra? una reflexión psicológica de un texto de C. G. Jung

Logos del alma

En su conferencia de 1946 La Lucha con la Sombra, Jung (2001) reflexiona sobre el problema de la sombra ante el hecho de la Alemania derrotada por los países aliados, lo hace desde una posición que se podría denominar médica, pues diagnostica un problema grave en la Europa Occidental, que es el de “la psicopatología de las masas” (Jung, 2001, p. 209). Con este término Jung engloba un fenómeno psicológico que sugiere la incidencia, de forma directa, de la psique individual en la psique colectiva, de tal manera que concluye, con premura, que “la psicopatología de las masas tiene sus raíces en la psicología del individuo” (Jung, 2001, p. 209). 

En el transcurso de su texto Jung muestra como la dinámica psíquica expresa cotidianamente una función compensatoria donde los factores conscientes son contravenidos por aquello no reconocido en este plano, tornándose así en una deficiencia que ha de compensarse, como una suerte de mecanismo hemostático que mantiene regulada la estructura psíquica. Al factor compensadora Jung lo llama “La Sombra”.

Así, se da pie a un programa que intenta explicar el nacimiento del Tercer Reich y la sumisión y el entusiasmo del pueblo alemán ante la figura de Adolf Hitler, lo cual se puede resumir en la conjunción de una economía deplorable, una educación servil al estado, la derrota sufrida en la primera guerra mundial y la emergencia de símbolos de orden como búsqueda de un equilibrio colectivo. Dichos factores, según Jung, degeneraron en el culto a la figura del Führer, quien encarnaba la sombra de esa búsqueda de orden y renacimiento que prometía su liderazgo.

A su vez, Jung compara esta situación con la que el pueblo suizo, de su época, vive, donde los conflictos son experimentados de manera interna y donde la violencia se dirige hacia ellos mismos, como una forma de ejemplificar una vía de asunción, aunque incompleta, de lo rechazado.

Una vez dicho esto, es necesario preguntarse si el esquema junguiano se corresponde con las intuiciones que le dan forma, es decir, si en este texto Jung es fiel al núcleo eidético que le proporciona sentido a lo que se despliega en él. Sería muy sencillo describir los argumentos que Jung ofrece y luego trasladarlos a nuestra época y advertir así de los problemas con la sombra que actualmente son evidentes, pero ser junguiano no significa convertir en letra muerta lo que se ha intuido, sino permanecer fiel a la vida misma que se abre ante el lector y que exige de él una lectura critica que someta a lo escrito a los rigores del opus alquímico que solo puede ser alcanzado por el trabajo mismo del pensamiento. Se requiere hacer una distinción entre lo que Jung dice y lo que se dice en Jung; en este ejercicio no se puede separar al uno del otro, hay que intentar liberar al espíritu de su contención a través de la reflexión comprometida con los argumentos ofrecidos por el autor, por lo tanto, el esfuerzo tiene dos vertientes, que sin embargo son idénticas, una es la indagación concienzuda de lo dicho por Jung y otro es el trabajo para concentrar las fuerzas de la razón sobre este texto (y solamente este texto) sin intentar amplificarlo o echar mano del exterior para su explicación, a menos que constituyan materiales que ayuden a profundizar más en el tema que subyace. En la medida de lo posible esta empresa supone una visión realmente psicológica de este fenómeno que aquí compete, es decir, el texto, las ideas, el pensador.

¿Medicina o Psicología?

La primera cuestión que surge es el hecho del diagnostico en el trabajo de Jung, lo que se entiende de esta indagación es que el autor, heredero de una tradición médica, utiliza de forma inadvertida un acercamiento alopático para abordar la cuestión que le requiere, ya que su modelo teórico determina primero que hay una enfermedad y después que este padecimiento debe ser resuelto con una contra-sustancia que remedie el desequilibrio. Se puede rastrear el origen de este modelo hasta la antigua concepción de pecado donde quien comete una falta contra el Dios no lo daña a él, sino a sí mismo, ya que toda falta es un alejamiento del camino de la divinidad, pecar es errar de vía (hamartía), caminar por una senda equivocada, y, por lo tanto, el pecador debe volver a la presencia de Dios con sus actos y con su arrepentimiento. El paradigma médico dominante no es muy distinto, cualquier enfermedad es el resultado de una falta de equilibrio y un alejamiento de la salud, por lo tanto, el enfermo debe resarcirse, someterse al diagnostico del medico y tomar su medicina, es decir la nueva forma del cuerpo de Cristo, la hostia de la edad moderna.

Esta observación no pretende desacreditar la visión médica, sino resaltar que es una óptica y no un dogma, ni una fatalidad, sino una de las diversas formas en las que el alma invierte su reflexión sobre sí misma. El psicólogo, tendría que pensar si esta idea dominante es adecuada para atender a los fenómenos psicológicos y someterla a la prueba del quehacer teórico, que es la profundización de las estructuras lógicas que la sustentan. De forma lamentable, la psicología académica ha sucumbido al deseo de ser reconocida como una ciencia médica, traicionando su propia naturaleza anímica y sustentando sus presupuestos en disciplinas externas tales como la biología, las neurociencias, la política y, por supuesto, las ciencias de la salud; así ha dejado de ser psicológica, para poder adecuarse a los objetivos del mercado profesional.

La visión médica a diferencia de la psicológica es causalista, ante una serie de eventos cuya sintomatología se definen como enfermedad, el profesional ha de indagar el origen del trastorno, su conocimiento consiste en entender como una cadena de eventos deriva en la formación patológica. La gripe, por ejemplo, es causada por un virus, que en su ciclo vital, traspasa la membrana celular del huésped e inicia su reproducción a través de la replicación de su ARN en el núcleo de la célula receptora, entonces se forman nuevas capsides que vuelven a iniciar el ciclo una vez que se ha llegado a la etapa de la lisis. El medico, entiende que hay un elemento desencadenante y que éste mismo proporciona la clave para intervenir en el proceso y curar o al menos paliar los síntomas.

En la psicología se ha intentado durante décadas trasladar la visión medica al entendimiento de los trastornos psicológicos, por ejemplo, con el concepto de trauma, que implica la aparición de un suceso detonante al que sobreviene una serie de reacciones que se configuran como una psicopatología. Si bien, es cierto que el trauma como explicación está en desuso, la lógica que constituye el suelo de la que nace tal termino es más vigente que nunca. Hoy, ya no se buscan los factores traumáticos, sino los defectos orgánicos, los desequilibrios hormonales, las causas histopatológicas en la estructura cerebral y su desarrollo. El paradigma médico en psicología es tan vigente cuando se busca el origen de una psicopatología en el mapa neurológico, como cuando se rastrea hacia los sucesos de la infancia o de algún punto determinado de la vida del sujeto.

Sin embargo, es difícil, sino imposible, decir cómo se sucede un evento de otro en el campo de lo psicológico porque a diferencia del terreno médico, la psique vuelve complejo todo hecho. Por ello, es problemático hablar de causalidad en el ámbito de la psicología, pues un suceso puede desembocar en muchas vertientes y un mismo remedio se vuelve un veneno en otras circunstancias. La vida del alma es incierta y no puede ser reducida a una concatenación lineal de eventos. Esta complejidad tendría que obligar al psicólogo a pensar en la validez de términos como “salud” y “enfermedad” en el área de estudio que le compete.

En el texto de Jung, él está muy seguro de que hay un desarrollo psicopatológico y que pudo haber sido prevenido e incluso sienta las bases de un posible remedio en el caso de que se repitiera el escenario que dio origen a la Segunda Guerra Mundial. Esta actitud es anti-psicológica puesto que supone, desde un punto de vista causalista, que los fenómenos psicológicos pueden ser reducidos de tal manera que el simple estudio de los elementos básicos sirva para determinar su estructura psicológica. Pero, un verdadero análisis psicológico no sabe de antemano cuál es la intención del fenómeno, ni siquiera puede adelantarse a su teleología, la aspiración más profunda del profesional tendría que ser aprender de aquello que se presenta en el momento en que sucede. Estar frente al fenómeno implica guardar fidelidad a su desenvolvimiento. Empero, si ya hay una idea clara sobre el origen, el desarrollo y la vía de mejora, se ha impuesto una visión, es decir, una idea sobre la propia idea del fenómeno, se ha dejado de amarlo tal cual es para intentar, aunque sea en la imaginación, moldearlo como se cree que debería de ser.

Si los alemanes pudieran haber confrontado a su sombra, si ésta hubiera sido dirigida hacia el interior y no hacia lo exterior, si se hubieran vuelto conscientes de los símbolos de orden emergentes, todas estas posibilidades existen como visiones aledañas, pero el fenómeno no fue una posibilidad sino un hecho y como tal la pregunta psicológica no debería ser ¿cómo haberlo prevenido? Sino ¿cuál es la estructura psicológica del mismo? Aquello que se presenta no necesita corrección ni guía, es una inflación del ego pensar que se puede saber la dirección de los fenómenos.

La Confusión de lo Individual y lo Colectivo

Esta inflación egóica es la que lleva a Jung a pensar la relación entre lo individual y lo colectivo de la manera en que lo hace. En su texto expresa de forma categórica la relación entre el alma individual y los sucesos colectivos, aludiendo a que la única forma de influir en éstos es a través del rescate de la psique de los sujetos; ante esta asociación se podría creer que hay cierta unión sutil entre ambas esferas de la existencia, después de todo lo colectivo no es sino la suma de individualidades, por lo cual resulta de sentido común pensar que si los individuos cambian este mismo cambio desembocará en el nivel de lo colectivo. Tal hipótesis es propia de la época moderna ante el desmedido énfasis en la libertad y el poder de las personas; como nunca antes esta era se ha volcado en la búsqueda de la afirmación del individuo, en la impostación del significado personal y en la construcción de ideologías que doten de fantasías de poderío al sujeto. La cultura de la autoayuda es muestra fiel del esfuerzo predominante por ensalzar la visión del ego, un esfuerzo continuo para agrandar la importancia personal con afirmaciones banales e intrascendentes que usan grandes palabras con el objetivo de afirmar justamente lo contrario a lo que expresan. El edicto junguiano de que la salvación del mundo depende de la salvación del alma individual es una formación temprana de esa lógica que determina a la época actual.

Cuando un elemento es demasiado enfático en su aparición se puede conjeturar que un complejo se trasluce en la figura pletórica y se alza la pregunta de si la expresión grandilocuente del sujeto ¿no es sino el reverso de una impotencia primordial que se ha hecho patente en lo que se podría llamar el narcisismo de la sociedad occidental contemporánea? Es notorio como una rama del análisis sociológico ha dado pasos importantes en la indagación de la entronización de la visión egóica, donde el individuo busca con afán pretextos que le permitan sentirse importante. Desde los viajes místicos y chamánicos de los consumidores de enteógenos hasta los cursos de coaching empresarial o la astrología psicológica, una misma lógica atraviesa tales situaciones, la idea inflexible de que el individuo es y debe ser relevante.

Pero ¿porqué el individuo debería ser relevante? ¿no es la psicología profunda, como lo declaraba Freud, un esfuerzo más en el derribo del narcisismo del hombre? Ciertamente la psicología, y sobre todo la psicología profunda, se ha erigido sobre ese supuesto, no obstante, su asiento metodológico ha sido y es el individuo, el sujeto empírico del que todo análisis parte. Por ello, Jung puede decir que el sujeto es importante para el fenómeno colectivo, pues está sosteniendo, sin percatarse, la lógica de la época moderna y el propósito implícito de la psicología actual: la inflación del hombre ante la caída de los ídolos que lo sostenían.

Cuando Nietzsche dijo que “Dios ha muerto», hablaba tras de él el espíritu de la época que afirmaba con tal sentencia que el hombre había nacido de su contención metafísica para poder sostenerse con pies propios. Dios, la lógica que representaba, no era ya una hipótesis necesaria. Pero la cultura, cual mecanismo de defensa, se volcó en la construcción de ídolos sustitutos que permitieran que el hombre pudiera, neuróticamente, sentir que su vida aún es significativa, es decir, se instituyo la posibilidad de vivir en el encierro en un conjunto de ideas que pudieran servir como confinamiento y protección contra la verdad de la muerte de Dios. Si bien las grandes palabras y los ideales fueron dejados atrás por el alma, el dolor de la separación y el miedo a esta desnudez lógica fueron subterfugios para que el hombre trocara las viejas ideas por novedosos sistemas de creencias, entre ellos el más extendido es la psicología.  

Pero, la vaciedad de significado no es aquello que se debe remediar, sino el contexto de la búsqueda del mismo, el remedio en realidad es la afirmación de lo inevitable, de aquello que la psicología neurótica busca afanosamente obliterar, el hecho de que el hombre está solo frente al mundo y ante sí mismo, sin padres primordiales que lo sostengan. Muestra de ello es la crueldad y el horror tal como los experimentados en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, conflictos que mostraron de manera fehaciente que los valores morales ya no eran un eje valido, que no se puede entender la realidad bajo el auspicio de los mismos; el bien no produce bien, ni el mal degenera en mal necesariamente, lo que estos conflictos trajeron a la consciencia es el enorme peso y complejidad de la existencia, además de la negación de la causalidad como paradigma epistemológico.

Lo anteriormente dicho tiene una naturaleza distinta al diagnóstico médico de Jung sobre el conflicto armado, no hay una moral ni principios éticos que defender, ni una idea implícita de lo que es bueno o lo que es malo, sino el simple apego al fenómeno presente. Si acaso se hablara de una norma o un proceder ético, estos vendrían no del análisis sino de aquello que se analiza, es el Otro quien marca la pauta, no aquel que estudia el hecho. El psicólogo no se afana a la curación, sino al entendimiento del fenómeno en sus propios términos, en cómo el fenómeno se puede entender desde su propia vida lógica.

La Segunda Guerra Mundial, la masacre, el horror también tienen un telos pero no se encuentra en lo que las personas quieren o lo que de ello les incumbe, como fenómenos autónomos su objetivo está fincado en ellos mismos, por lo cual no es posible proclamar una regla externa para medirlos, ni desear que sean distintos de lo que ya son. Sin embargo, Jung desea que haya un remedio, que haya una forma distinta de abordar la situación presente; la sombra debe ser tratada de forma diferente, dirigirla hacia uno mismo, integrarla, pero no la sombra como un fenómeno lógico, sino la sombra personalizada, vuelta en una propiedad del sujeto, reducida a una faceta de lo personal. De esta manera se logra el propósito de dotar al individuo de un aura numinosa que le provee de importancia personal y permite la confusión de lo individual con lo colectivo.

Lo colectivo es de hecho la suma de las individualidades, pero su dinámica no proviene de los que hagan o dejen de hacer los sujetos, la dualidad inherente no pertenece al orden de la positividad sino al ámbito de lo negativo. Es el espíritu, el alma, la vida lógica la que determina el contexto de los sucesos históricos, las personas son empujadas hacia catástrofes, conflictos bélicos, descubrimientos y creaciones grandiosas, pero ello no es determinado por quienes lo hacen. Por ejemplo, en la vida de los grandes hombres, regularmente hay un momento de iluminación, en donde el sujeto sabe (pero éste saber es intuido) que su propósito está ya estipulado, su tarea, por tanto, no es la de dotarse de un significado sino la de ser fiel a ese mandato primero. No hay una búsqueda de la individuación, pues ésta ya se ha cumplido, sino un trabajo constante por estar a la altura de los que ya se es. Tal contexto, tampoco es estipulado por una entidad o una entelequia, es simplemente la lógica de la historia, la conjunción de las ideas pensándose a sí mismas en los sucesos meramente humanos, cuyo reflejo es lo que Jung denominada la personalidad total. Por lo tanto, lo individual y lo colectivo pertenecen al mismo orden, no hay diferencia fehaciente en su estructura, lo realmente relevante sucede en la lógica que sostiene a ambas configuraciones, esta lógica es la unidad de la unidad y la diferencia de lo colectivo y lo individual, pero no es ninguno de los dos sino una sombra que se cierne sobre ambos.

Una Psicología de (y desde) la Sombra 

Si el contexto lógico de la existencia es aquello que determina la vida del sujeto empírico y a las categorías a través de las cuales es capaz de pensar en la realidad, esto da pie a la cuestión de ¿qué es la sombra en este contexto?, pues se entiende que la visión común de la misma en la psicología junguiana alude al campo de la positividad; la sombra individual y la sombra colectiva no son sino la imagen del sentido común de un fenómeno que tiene sus raíces en el pensamiento. 

En el sistema junguiano la sombra representa aquellas características que no son aceptadas por la consciencia, en particular por el yo publico (la persona) que determina su imagen por medio de la relación con el ámbito social. La sombra es lo moralmente no aceptado y no solo lo contrapuesto a la moral imperante, también las facetas virtuosas pueden ser relegadas a la sombra si se contraponen a la imagen del sujeto de acuerdo a su colocación publica, a su ideal del yo. Por ello, la asimilación de la sombra resulta necesaria, pues contiene elementos que se han separado de la consciencia y su integración trae como resultado un aumento de la unidad psíquica, un afianzamiento de su estructura. 

Todo ello resulta muy apropiado para la vida cotidiana, se está ante el edicto de hacer las paces con el enemigo. En los tiempos actuales, en donde la otredad es un factor cada vez más escaso, el encuentro con la sombra resulta muy necesario, incluso prioritario, pues permite asimilar facetas de la vida psíquica que comúnmente son proyectadas en el medio externo. La sombra es lo propio, lo que pertenece al fuero interno, pero que es proyectado. Empero, como elemento psicológico, habría que hacer un paréntesis e intentar pensar este concepto sin el sesgo moral, pues como se ha dicho la psicología requiere permanecer con el fenómeno sin imponer una norma externa y la moral no es sino la norma por excelencia de la organización social, una medida consensuada y adaptada al momento histórico-social. Es decir, en la psicología el elemento de análisis deber ser previo al juicio moral imperante. 

Se impone entonces la necesidad de pensar sobre lo que ya se cree sabido, por ejemplo: ¿La sombra debería integrarse inexorablemente?, y si fuera así ¿porqué tendría que hacerlo en el campo del individuo, siendo éste tan limitado? En el esquema junguiano el psiquismo es una característica humana y aunque toma en cuenta factores transpersonales, todo parte y desemboca en el individuo. Pero el objeto de la psicología es el alma y ésta se encuentra mayormente fuera del hombre es el contexto al cual responde, pero él no es la respuesta, ni quien enuncia la pregunta, es simplemente quien atiende o no al llamado, un a exclamación que ni siquiera está dirigida al individuo, sino al alma misma. 

Para la psicología la sombra es importante no como una propiedad del inconsciente del individuo o de su psiquismo, es decir para su desarrollo y recreación; la sombra es relevante como la lógica inherente en el momento en que el alma se identifica a sí misma como sombra y lo que ello significa para sí misma en un momento particular. Para entender este punto se puede se puede acudir a una narración donde la sombra tenga un papel relevante, pero no evidente, por ejemplo, el libro del Génesis.

En la Torá (2007), Cuando Elokim crea a Adam, lo hace a partir de su propia sombra, es decir de su imagen y semejanza (la palabra “imagen” en hebreo se dice “tzelem” y sombra “tzel”). A su vez, para que esta criatura fuera completa, capaz de crear, hizo caer sobre él un sueño profundo y de su sombra (tzel) creo a una compañera llamada Ishá (“costado” se dice “tzelem” en hebreo, nuevamente ahí está contenida la palabra para sombra). Elokim les conmina a comer de todo fruto excepto de los arboles interiores, el de la vida y el del bien y del mal. Más tarde, Ishá es tentada por la serpiente y convida a Adam del fruto del árbol del conocimiento, entonces ambos se descubren desnudos.

¿Qué padre no sabe que la prohibición acarrea la falta?, pareciera ser que Elokim desea, secretamente, que ambos coman, pero no puede darles el fruto por sí mismo, sería muy sencillo, tiene que haber una negativa terrible de por medio; entonces la serpiente, que más tarde será la personificación del primer hijo de Dios, es decir, su primera sombra, los tienta y guía a la sombra del hombre a ser consciente de sí misma. Es entonces cuando el hombre nace a la desnudez. Liberados de la protección del padre celestial se cubren con la última herencia de su creador y parten al mundo y a la muerte, el alma entonces baja a la tierra, sé encarna, para seguirse conociendo.

El alma se libera de su contención en la naturaleza, pero sólo a través su acción sobre ella logra conocerse de mejor manera, esto tendrá que ser repetido una y otra vez en el transcurso de la historia. En este devenir, la sombra juega un papel primario pues ella representa la separación, es decir la contradicción inherente al fenómeno, que permite su distanciamiento de sí mismo o el movimiento dialéctico. Eh ahí la función de la sombra, despojada de la moralina en Jung, la sombra no es el mal, ni aquello que compensa; la sombra es el momento de la contradicción del alma consigo misma.

La sombra es el espíritu de contradicción, pero éste no es externo al fenómeno es aquello que se presenta en el mismo fenómeno y que constituye la nueva dimensión de su lógica interna, es el momento de ruptura consigo mismo. En este sentido, la integración de la sombra no es la llegada de un otro fuera de uno, sino el momento del surgimiento de la consciencia de la separación y de la unidad de la unidad y la separación.

Si la sombra es el proceso autónomo de separación, del rompimiento del alma consigo misma, la consciencia de esa fractura se llama en la época moderna El Nihilismo, el cambio profundo de los valores que daban sostén a la cultura moderna. Ciertamente la incertidumbre de la transvaloración de los valores causa temor y angustia, pero el psicólogo no puede acobardarse ante la emergencia del vacío, al contrario, sabe que esto implica una transformación ante la cual el pensador debe procurar estar a la altura sin acobardarse.

Los hechos terribles de la historia, son solo tremendos para los que los experimentan, pero al igual que una inundación o un deslave son tragedias para sus víctimas, no es posible olvidar que en sí mismos no tienen un significado más allá de su aparición, es la tierra en su dinámica continua que se transforma de manera constante, sin otro propósito que el cambio en sí mismo. El alma, como vida lógica, conserva ese ímpetu autónomo pero su transformación no es positiva sino negativa, pura negación; precisamente algunos momentos de la historia pueden estar imbuidos de esta fuerza negativa, lógica, que los vuelve una forma del pensamiento y una nueva manera de existencia, tal como la vida biológica pero ya sublada el acaecer de la consciencia. En ese mundo relativamente nuevo, el de la consciencia, es donde mora la sombra.

Cuando Jung esboza un diagnostico esto declara una preconcepción del fenómeno, un enunciado moral que se antepone al hecho histórico, lo cual vuelve su abordaje anti-psicológico, pues no respeta la vida propia del fenómeno, sino que pretende que éste podría y debería ser distinto. Tal deseo es muy normal ante la barbarie y el horror y cualquiera podría tener la esperanza de actuar médicamente ante lo terrible, cualquiera excepto el psicólogo.

El psicólogo estudia el alma y en principio esto conlleva que lo que aprende viene de aquello que se estudia en el mismo acto de investigar, no hay un tema resuelto, ni sabe lo que es el fenómeno, en caso contrario no habría porque darse a la tarea de la reflexión, seria mejor quedarse en el terreno seguro de lo conocido y desde ahí moldear lo que ya se conoce de antemano, ese tipo de saber, vallado, se denomina ideología. Pero el fenómeno psicológico es fugaz e indeterminado, como el Mercurius alquímico, cuando el adepto cree tenerlo éste ya se ha escapado. Realmente la única manera de poder atraparlo es en la liberación misma.

Jung no libera al espíritu embotellado, lo mantiene encerrado en conceptos que lo contienen y no permiten su fluidez; el inconsciente, la sombra, la compensación, son cierres que pretenden mantener hermético al fenómeno, pero el fenómeno se cierra desde adentro, pues constituye su propia interioridad. Desde un punto de vista psicológico la Segunda Guerra Mundial debió suceder, la ascensión y la caída del Tercer Reich fueron necesarios y la incontrolable emergencia de la sombra en la Alemania nazi fue un proceso inevitable. En tanto el psicólogo mantiene al frente el carácter de inexorabilidad del fenómeno es como su quehacer puede permanecer en el terreno agreste de la psicología.

La sombra no es aquello que Jung pretende que sea notado y asimilado en el hecho histórico analizado, sino que verdaderamente es la pérdida de la inocencia del alma ante la masacre y el terror de una guerra que terminó con la ilusión de la diferencia entre el bien y el mal; desde entonces es imposible tomarse en serio estos términos sin caer en un romanticismo decimonónico, ya que el horizonte ha sido borrado con una esponja y la tierra fue desatada de su sol y ya se ha disuelto la diferencia entre arriba y abajo. 

El texto de Jung, que aquí se ha reflexionado, es un ejemplo de la lucha en contra de la sombra, es decir, de la necesidad del pensador por no asumir el propósito intrínseco del quebrantamiento del alma moderna, inflando la figura del individuo de tal manera que pareciera que pudiera sostener la curación de la escisión propia del alma moderna, como si el sujeto pudiera cargar en su hombros al espíritu de la época; tal ensanchamiento fantasioso de las capacidades del hombre es la estrategia principal en esta lucha contra la sombra, pero al final la confrontación no es sino un escape neurótico de la realidad presente, un choque en el ámbito de lo positivo para evadir al huésped poco deseado, la verdad del fenómeno presente. 

La relación del psicólogo con la sombra no debería ser una lucha para evitarla, sino un trabajo continuo de integración en el campo que verdaderamente le corresponde, esta continuidad indica un proceso interminable, que se repite una y otra vez en el afrontamiento del fenómeno presente, pues la psicología es la disciplina que se construye a sí misma siempre y nuevamente. La sombra le recuerda al psicólogo la dinámica dialéctica inherente a todo fenómeno psicológico, y el hecho de que el alma es la unidad de la unidad y la diferencia consigo misma, en su naturaleza de negatividad lógica. Por ello, la integración de la sombra no es una meta que alcanzar sino el presupuesto de todo quehacer psicológico. La psicología solo puede ser hecha por, y desde, la sombra que se cierne sobre la consciencia.

La naturaleza ha muerto, dios ha muerto, el hombre ha muerto, quedamos los que nos alimentamos de sus restos

Logos del alma

Salvar a la naturaleza se ha vuelto cada vez más un eslogan, es una empresa que genera grandes dividendos y que se adhiere a la misma lógica, que paradójicamente, destruye al planeta. No se asume que la naturaleza y la imagen de la naturaleza son dos dimensiones distintas de un mismo concepto, ésta última ya ha sido abandonada hace mucho tiempo, porque la naturaleza destruye a la naturaleza, y lo hace de forma lógica.

Hay un trasfondo ideológico en el enunciado que reza que se debe proteger al medio ambiente, que se debe salvar a la madre naturaleza de la destrucción. Se coloca, inadvertidamente, al orden de lo biológico en la dimensión perteneciente a la consciencia, afirmando con ello, de forma contraria a lo que se pretende, que lo natural ha sido dejado atrás al convertir el universo de la union naturalis en el residuo simbólico del cual el sujeto se alimenta para construir su identidad. Pero el individuo emergió del cuerpo lógicamente muerto de la madre naturaleza.

La vida biológica es el recuerdo que la consciencia tiene de su estar contenida en lo natural, pues aquello que se experimenta como «el mundo» no es sin una idea que ha surgido y ha abandonado su propia realidad como objeto, para constituirse, por fin, como parte de un proceso lógico, como una construcción de la mentalidad y nada más. Este recuerdo es la vida como un proceso vuelto dentro de sí para poder ser usado como una yesca de la cual lo psicológico enciende su propia llama. Es así como el alma ha nacido de sí misma al darse muerte dentro de, y como, su propia constitución biológica.

Hay, por lo tanto, una espera infantil en la ilusión del regreso a la armonía con el medio ambiente como si éste estuviera aun animado. Es una imagen proveniente de cuándo se entendía que sobre el cosmos yacían los padres celestiales en el hierosgamos y la existencia era un rezo continuo hacia su poder abrumador. Sin embargo, los dioses han roto su copula y el hombre ha nacido irremediablemente solo. Esto significa la muerte de Dios: el resquebrajamiento de las estructuras metafísicas que daban sostén a la experiencia del individuo para morar, ahora, en el plexo solar, a cambio del sacrificio del sujeto a la noción que lo contiene.

Ya no hay objetivos trascendentes, ni grandes sistemas de pensamiento, el hombre está maldito, condenado a ser solo quien ya es, con la mirada fija en el abismo. Tampoco queda el consuelo numinoso, pues si en otros tiempos las religiones imaginaban un alma ligada a un mundo espiritual y metafísico como un doble, esencial, del hombre, hoy ya no es posible hacer eso sino para ahogar la angustia por la inanidad de la existencia. Pensar en un anima mundi es esperar ser nuevamente niños complacientes, contenidos en las formas imaginarias, mirando hacia arriba, a un cielo, sin embargo, ya despojado de imágenes.

La naturaleza murió hace tiempo, de ahí nuestra angustia. El hombre también se volvió obsoleto desde hace algunos siglos, quedamos entonces sus restos viviendo de los residuos simbólicos de otras eras. Dejemos, entonces, que los muertos entierren a los muertos.

Mateo 1: 1-17, la autogeneración del fenómeno

Logos del alma

En la numerología usada por Jung, el numero 4 es femenino y corresponde a la totalidad, el cuatro representa un proceso completo, una totalidad. El uno, en cambio, como unidad que aun no se despliega, se encuentra contenido en sí mismo a la espera de su desarrollo. El 1 y el 4 son dos facetas de un mismo proceso lógico, y podríamos pensarlos como una metáfora del hecho de que cualquier fenómeno que se exprese debe estar ya acabado, solo puede ser porque su totalidad ya está en si, aunque no para si, y en esta anticipación la búsqueda que se emprende inicia una vez alcanzada la meta. Hay diversas imágenes que hablan sobre este fenómeno, por ejemplo la del soñador que un día sueña con un tesoro en una tierra lejana y al llegar a ella y sufrir tormentos se da cuenta de que el tesoro siempre estuvo en su propia casa; o la de la búsqueda del Simurg, en donde los pájaros se reconocen en el objeto de su búsqueda. Este tipo de historias que son interpretadas de forma clásica como un movimiento de re-conocimiento iniciático tienen la desventaja de presentar estadios o momentos separados unos de otros, cuando realmente dichos momentos suceden al mismo tiempo, es la imagen quien los separa para poder observarlos.

Así, Jesus y Adan son dos momentos gemelos, y si seguimos algunas consideraciones teológicas podemos decir que Jesus precede a Adan, pero no solo por la hipóstasis de la trinidad, sino porque realmente Jesus se concibe a sí mismo, pues él representa al espíritu que se auto-contiene, que se niega a sí mismo con tal de generarse. Las generaciones que preceden a Cristo hablan de su propio despliegue, y del hecho de que Jesus preexiste a su encarnación como absoluta negatividad.