Byung-Chul Han para psicólogos

Logos del alma

Con más de una veintena de libros traducidos al español, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han se ha pronunciado como una de las voces más visibles del análisis de la sociedad posmoderna, con libros breves pero complejos donde subyace de forma constante la idea de la pérdida de la negatividad y de la otredad; su trabajo pone en evidencia las caras ocultas de la sociedad occidental, su vicios y objetivos no asumidos.

En la estela de los trabajos de Baudrillard, Lipovetsky, Lasch, Sennett, Touraine, Vattimo, Jameson, Gibern o Baumann, entre tantos otros, emprende un análisis de la cultura con una brevedad y parsimonia que, sin embargo, no evade la complejidad del fenómeno que trata, haciendo énfasis en poner en tela de juicio la dinámica social que de forma maníaca obliga al sujeto a servir a un mundo positivo, superficial y acelerado, donde no se permite la pervivencia de lo humano, de las relaciones, de la vivencia de la interioridad, un ejercicio de construcción de identidades artificiales en detrimento del auténtico rostro del sujeto, que no es el del hombre atomizado sino el de la comunidad.

Su obra es de lectura obligatoria para los psicólogos y psicoterapeutas que quieran tener un panorama global del contexto donde lo humano se desarrolla, pues el trabajo en consulta requiere que las sendas personales puedan ser observadas en la escala global donde proliferan, ya que los conflictos humanos se alimentan, indudablemente, de las ideologías latentes en la cultura y una problemática personal siempre estará nutrida por categorías sociales inadvertidas, ¿cómo tratar a un paciente si no se atiende a la voz social que habla a través de él?

Por otra parte, es debido reflexionar sobre el papel de la propia tarea profesional en la narrativa posmoderna para entender la función real de la psicología en un mundo que desecha al otro en el esfuerzo continuo por exaltar la individualidad en contra de la organización grupal y que propone objetivos personales idealizados, desprovistos de contradicción, que multiplican la angustia y la ansiedad al ser imposibles de replicar. Una psicología que actúe, sin pensar, este paradigma se ocupará de aislar al paciente de su papel político, de su existencia como zoon politikon, y lo despojará entonces de aquello que lo hace humano, sumiéndolo en la maquinaria de explotación emocional de la psicología pop. Este esfuerzo terrible es lo que se denomina una psicología sin alma.

Construir una psicología con alma, en cambio, supone que el psicólogo y el psicoterapeuta puedan asumir un opus que sea consciente de esa tendencia contra la negatividad, una que pueda ser hospitalaria con el huésped inquietante que es el nihilismo y que no se asuste ante el avance implacable del ánimus sombrío. Ante ello, el trabajo de Han brinda un panorama de ideas que entrenan al psicólogo en la asunción del espíritu de la época y le brindan las herramientas para poder reflexionar de forma compleja sobre su campo de acción.

Diferentes momentos en el movimiento dialéctico

Traducciones

Greg Mogenson, Estados Unidos

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Cinco, 77-106, 2005. 

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

En mi presentación anterior, como parte de un intento de seguir el movimiento de Kant a Hegel, que obra en el trasfondo de la crítica a Jung que hace Giegerich, también he abordado un fenómeno simple de la vida—mi propia preocupación acerca de “enlodar las aguas”—en el espíritu de la aproximación de Giegerich a la interpretación tal como ha llegado a mí a través de sus lecturas para este seminario y de mi familiaridad con sus escritos. En torno a esto, propongo ahora mirar, no al movimiento dialéctico de algún enunciado particular, cuestión, imagen o asunto, sino a algunos de los momentos importantes dentro del modo dialéctico de interpretación en sí mismo. Los discutiré bajo cuatro títulos: Materia Prima, Contradicción y Negación, Negación de la Negación, e Interiorización Absoluto Negativa. Posterior a estas discusiones, a manera de conclusión, reflexionaré sobre la noción de Giegerich de la “verdadera psicología”.

Materia Prima

El principal mérito del enfoque dialéctico es que puede comenzar en cualquier momento y con cualquier cosa. El punto de partida puede ser un enunciado, una idea, una afirmación, un sueño, un acontecimiento de la vida, un texto o documento. La única salvedad para esto es que debe ser un asunto real y apremiante sobre el cual la consciencia trabaja con dedicación incondicional, sublándolo desde el comienzo, por decirlo así. Tomando prestado un término de la alquimia, Giegerich habla de este punto de partida sublado como la “prima materia” o “materia prima”. Para los alquimistas (como para Aristóteles y los pre-socráticos antes que ellos) la materia prima era la sustancia básica subyacente en todas las cosas. Por esta razón, era considerada como la base del proceso de transformación. Como un autor alquimista lo expresa, “… los metales no pueden ser transformados en oro o en plata si antes no han sido reducidos a su materia prima”. (1) 

Ahora, para los propósitos de nuestra discusión, es importante apreciar que la idea de reducir la variedad de sustancias del mundo a una sustancia no es dada por los sentidos. Debe ser pensada. Inocente de la parsimonia concentrada de la mente (aunque totalmente asistida por los conceptos sintéticos a priori e intuiciones discutidas por Kant), los sentidos nos transmiten la impresión de un mundo que es diverso y múltiple. Y después de esto, la psique que busca semejanzas enciende una luz en medio de esta diversidad. Dibujando comparaciones entre una cosa y otra, esto nos permite discernir qué cosas son semejantes. Pero estas formas emergentes de conocimiento aún no son el darse cuenta supremo que puede pensar la cadidad de cada cosa finita a la luz de su ser al mismo tiempo un momento de lo infinito, una manifestación del todo. En este sentido la consciencia debe ser adquirida a través del trabajo de su noción constitutiva. Y para que tal opus tenga éxito debe comenzar con una substancia, o más bien, con una concepción de substancia, a la cual podemos referirnos de diferentes maneras como el sujeto, consciencia, espíritu, mente y alma que ya está presente, o al menos incipiente. 

Surge una cuestión. ¿La materia prima es construida o encontrada? La similitud de esta pregunta a aquella que ha sido enarbolada por D.W. Winnicott trae a nuestra discusión resonancias del psicoanálisis contemporáneo. A través del trabajo de Winnicott, el psicoanálisis ha llegado a conocer la materia prima del hacer alma por los nombres de “objeto transicional” y “fenómenos transcionales” (2). Al observar niños jugando con un objeto favorito (o en otro nivel enteramente distinto, un hombre participando en su religión y cultura (3)), nos vemos tentados a preguntar—¿dónde fueron creados o descubiertos esos objetos? Vagamente conscientes de que hacer tal pregunta sería llevar sobre el proceso el tipo equivocado de iluminación, instintivamente sabemos que no debemos decirlo. Ocurrió lo mismo con los alquimistas. Hablando de ambas posibilidades (mientras dejamos la pregunta sin responder), algunos autores hablan de crear la materia prima, mientras que otros hablan de encontrarla. El siguiente pasaje es representativo de la última posibilidad: 

“Esta Materia yace ante los ojos de todos; todo el mundo la ve, la toca, la ama, pero no la conocen. Es gloriosa y vil, preciosa y de poco valor, y se encuentra por todas partes… Para ser breves, nuestra Materia tiene tantos nombres como cosas hay en el mundo; esta es la razón por la cual los necios no lo conocen.” (4) 

Dijimos arriba que la dialéctica puede comenzar con cualquier cosa. En relación a este punto mencionamos los objetos vitales del espacio transicional. Si aquellos son los juguetes de los niños, las formas de la vida cultural de la humanidad, o una preocupación acerca de enlodar las aguas, entonces sabemos que pueden ser inmensamente variados. De acuerdo con esto, la materia prima es descrita en el pasaje del texto alquímico que hemos citado como siendo absolutamente ubicua. Teniendo “tantos nombres como cosas hay en el mundo”, también se “encuentra por todas partes”. Una implicación de esto es que el objeto o la cuestión que nos ocupa—cualquiera que pueda ser—debido a su absoluta finitud o particularidad es elevada al poder de lo infinito. Subrayando esto, la naturaleza dialéctica de la materia prima, el alquimista asevera que “es gloriosa y vil, preciosa y de poco valor…”. 

Antes de pasar al siguiente momento en lo que hemos llamado la dialéctica de la interpretación, permítanos examinar brevemente otra descripción alquímica de la materia prima. Como se advertirá inmediatamente, este pasaje, representativo de aquellos que hacen referencia al hacer la materia prima (5), ha sido escogido de acuerdo a su semejanza al principio interpretativo de Jung, “Por encima de todo, no dejes que nada de afuera, que no le pertenezca, entre en ella, porque la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita’” (6). En este pasaje también está bien expresada la latencia del objetivo del opus—el lapis o piedra filosofal—en el material inicial. 

“En lo que respecta a la Materia [Prima], es una; y contiene dentro de sí misma todo lo que es necesario. … De la misma manera Arnold de Villa Nova escribe en su ‘Flower of Flowers’: ‘Nuestra piedra está hecha de una cosa, y con una cosa’. En el mismo sentido le dice al Rey de Nápoles: ‘Todo lo que está en nuestra piedra es esencial a ella, no necesita ningún ingrediente foráneo. Su naturaleza es una, y es una cosa.’” (7) 

Este texto necesita poco en vías de su elucidación. Solo procurare reflexionar sobre el principio interpretativo de Jung a la luz de éste. La advertencia de Jung—“por encima de todo, no permitas que nada de afuera, que no le pertenezca, entre en ella”—puede sugerir alguna clase defensiva de cierre. En su revisión de la autobiografía de Jung, Winnicott objetó ante el cierre que sintió que estaba implicado por el interés de Jung en los mándalas (8). Algo del mismo orden se puede sospechar aquí—quizá un miedo de contaminación o penetración. Pero esto sería leer a Jung débilmente. Comprendida más profundamente, la advertencia retórica de Jung es una presentación negativa de la idea de inclusión. Siguiendo el movimiento dialéctico inherente en su frase, podemos decir que nada de afuera puede entrar, no porque algo se mantenga fuera, sino porque la distinción entre adentro y afuera ha sido superada. La materia prima “es una; y contiene dentro de sí misma todo lo que le es necesario”. De manera semejante, para Jung “la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita’”. Esta concepción, esta actitud, es en sí misma la retorta o el vas alquímico. A diferencia de un recipiente de cristal real, el cual tiene un interior delimitado, positivo, que contiene solo aquellos contenidos que ponemos literalmente dentro suyo, la vasija nocional que es indicativa de la psicología está constituida por nuestro pensar en cada caso la unicidad de la materia prima o del asunto a mano que nos concierne a la luz de sus diferentes momentos. Pasando a una formulación de Hegel que Giegerich ha trasladado a la psicología, podríamos decir de la materia prima, el vas, y la piedra lo que el filósofo dice de lo absoluto cuando lo define como “la identidad de la identidad y la no-identidad” (9). La identidad de la identidad y la no-identidad es a la vez una definición de la materia prima y de la piedra filosofal, del principio y el final a la vez. La ultima formulación de cómo está constituida la verdad de acuerdo a la filosofía de Hegel, es también el juguete de niños. 

Auto-Contradicción y Negación

Hay muchos enfoques que podemos tomar al discutir este momento de la dialéctica, tantos como puntos de inicio hay para la dialéctica en sí misma. Habiendo dicho esto, y con el interés de mantener presente en nuestras mentes el ya mencionado movimiento más allá de Kant a Hegel, propongo que examinemos brevemente un pequeño ejemplo del trabajo auto-contradictorio de lo negativo que está en juego en esta importante transición. 

La filosofía crítica de Kant, como he señalado en la lectura previa, ha sido caracterizada como una “revolución copernicana”. Sin embargo cuando esta afirmación es tomada como nuestra prima materia encontramos que no se sostiene. El quid del asunto es simplemente éste: tan radical como indudablemente fue la revolución kantiana en su psicologización de la metafísica que lo precedió, permaneció conservadora al continuar manteniendo los principios de identidad y de no-contradicción (10) que han sido los pilares del razonamiento filosófico desde Aristóteles (11). A la luz de esto, surge la cuestión: ¿cómo puede una revolución, especialmente una revolución tan radical como sugiere el epíteto “Copernicana”, permanecer conservadora? ¿No hay aquí una contradicción, incluso una negación, de la afirmación superlativa del epíteto? Esto es ciertamente lo que Hegel podría argüir y de lo que trata el movimiento más allá de Kant (como el exponente más reciente de la lógica tradicional) hacia la dialéctica de Hegel. 

Ahora, el punto aquí, es importante enfatizarlo, no es derribar a Kant señalando de una manera no dialéctica o pre-hegeliana que la contradicción y la no-identidad figuran en su trabajo; más bien, es tenerlos—contradicción y no-identidad—en consideración. La rigurosidad de Hegel y su re-introducción de largo alcance de la tradición dialéctica de la filosofía dentro de la filosofía de su tiempo constituyen una expansión radical del alcance de la mente más allá de los límites puestos por la lógica formal y por la razón iluminista. Y esta expansión fue llevada a cabo por un rescate y conservación que la lógica tradicional quería rechazar de forma no dialéctica. Así como la piedra que los constructores rechazaron se convirtió en la piedra angular del nuevo templo, de acuerdo a lo dicho por Cristo, de la misma manera el edificio hegeliano del pensamiento dialéctico se constituye de lo que los constructores del viejo templo de la lógica tradicional habían considerado como señales de error descartando la contradicción y la no-identidad. (12) 

Esto, desde luego, es condensar enormemente un movimiento con muchos matices. Pintando con brocha gruesa, he descuidado el reconocimiento que brindó Kant en su sistema a la contradicción y a la dialéctica. Permítanos tocar esto al menos de pasada. 

Apreciando el logro de su predecesor, Hegel pago tributo a Kant por ser aquel “que más que cualquier otro, … resucitó el nombre de Dialéctica, y le restauró su puesto de honor” (13). Esto, de acuerdo con Hegel, Kant lo hizo “… desarrollando las Antinomias de la razón” (14). Pero para Kant, las antinomias en las cuales la razón se encuentra en contradicción consigo misma (antinomias tales como “el mundo es limitado en tiempo y espacio a la vez que infinito” y “la materia está hecha de partículas discretas y además tiene una composición continua”) no se pueden reconciliar. Y más aún, es por cuenta de estas irreconciliables dialécticas que llegó a la conclusión de que no podemos conocer como es la realidad en sí misma, sino sólo como se nos aparece. 

Ahora, para Hegel era intolerable la idea de que tenemos limitaciones respecto al conocimiento de la realidad por medio de una imagen del mundo fenoménico constituida por las propias “ilusiones dialécticas” de la mente—y “la revolución copernicana” de Kant más como un eclipse que como una revolución (15). Tomando esta problemática como su prima materia, Hegel pensó reflexivamente las antinomias que Kant había reconocido en ellas misma, insistiendo en que podían ser reconciliadas. El problema de Kant, en su perspectiva, fue que cada una de las antinomias o “momentos de oposición” fueron tomados por él “en aislamiento del otro”, cuando, para una más genuina concepción, “… ninguna de esas determinaciones tomadas de forma solitaria, son verdad; pertenecen solo a su unidad” (16). La revolución real no estaba en el mero reconocimiento de la antinomia o la contradicción, por importante que fueran. Como lo acabamos de discutir, no conduce a una revolución, sino a un eclipse. No, el más radical, o como lo llamó un estudioso de Hegel, el más radical movimiento “alucinante” (17) es pensar en términos de las mismas auto-contradicciones y no-identidades que tradicionalmente habían invalidado una proposición, descalificando un pensamiento. 

Ahora podemos regresar a la línea principal de nuestra discusión. Cuadrando a la psicología con la piedra angular hegeliana de la auto-contradicción y no-identidad (o más precisamente con la piedra angular que se encuentra en la definición de Hegel de lo absoluto como “la identidad de la identidad y la no-identidad”), Giegerich enfatiza que la dialéctica de la interpretación se esfuerza por desentrañar contrarios internos, y no el choque de dos o más posiciones independientes. Comenzando con una cosa o una posición, la dialéctica no piensa en términos de una relación externa de uno a algún otro ajeno o de alguna manera independiente (el pensamiento, por supuesto, puede pensar en sí mismos fenómenos externamente relacionandos cuando está en juego la lógica de tales fenómenos). Más bien, como lo acabo de mostrar con respecto a la caracterización inventada de la filosofía de Kant como habiendo efectuado una “revolución copernicana”, socava la auto-identidad ingenua de la posición inicial discerniendo dimensiones auto-contradictorias al mismo tiempo que piensa en términos de estas antinomias de su razón. 

Ilustrando sucintamente este momento auto-contradictorio o negativizador de la dialéctica, Giegerich discutió en su lectura de ayer el fenómeno de querer algo. Su materia prima en este ejemplo fue simplemente la definición de querer tal como sería dada por la lógica tradicional. Definido en términos del principio de identidad—para el cual “todo es lo que es y no es otra cosa” (18)—el querer no es otra cosa que nuestra libertad humana, pura y simple. Así como todos los solteros no son hombres casados, de la misma manera el querer es sinónimo de la idea de libertad. Pero como Giegerich mostró con su ejemplo de tener lo voluntad de completar un grado avanzado, la libertad que manifiesta tal querer, en tanto que nos importa nuestro estudio, puede requerir tal trabajo y sacrificio duro que nos encontramos siendo esclavos. Expresándolo de una manera que está enteramente acorde con la fórmula de Hegel de lo absoluto como la identidad de la identidad y la diferencia, Giegerich afirma que 

“…volver a la escuela implica la contradicción entre mi libre elección Y mi obediencia al ‘tener’ que implica mi elección. Al querer soy a la vez libre y esclavo. La voluntad es la capacidad humana de ser, dentro de uno mismo, la unidad de la unidad y la diferencia, del gobierno que legisla y el sujeto sometido por las leyes prescritas por ese gobierno. Para la mente cotidiana, la voluntad es una cosa unitaria. Eso es todo. Es simplemente uno de los constitutivos últimos de la psique humana. Pero si uno la abre y mira en su interior, ve, como en un reloj, sus ‘partes en movimiento’, su ‘motor’ interno: la complejidad interior de la vida lógica auto-contradictoria que ello es y como la cual ello es.” 

La discusión de Giegerich del esclavo como la auto-contradicción y, por consiguiente, el otro interno de la idea de querer, nos puede hacer pensar en los muchos otros internos que encontramos en nuestros sueños. En ninguna otra parte es más aparente la conmovedora unidad de identidad y diferencia que en nuestras producciones oníricas (19). Solo por “consultarlo con la almohada”, como solemos decir, las posiciones auto-idénticas y concretamente abstracta de nuestro día, despliegan dialécticamente su vida lógica auto-contradictoria en una diversidad de extraños compañeros de cama. Un estudiante (podemos imaginar, más allá de la discusión de Giegerich) puede de hecho soñar con un esclavo. Abrazando este otro como a él mismo (Jung habló de la interpretación del nivel subjetivo), hallará que es capaz de abocarse al trabajo. En sueños subsecuentes, también pueden aparecer otras figuras indicativas de dimensiones más remotas de la tarea a mano. Inmerso en el bosque de su búsqueda, el estudiante es como un naturalista observando la flora y la fauna de algún rincón agreste del mundo y sueña con su compromiso en esos términos (20). O nuevamente, habiendo completado su lectura preparatoria, el estudiante sueña con un enorme barco que navega con un vasto sistema de aparejos. Reconociendo en este barco el otro de su queja identificada con el ego acerca del sentirse “saturado”, también encuentra que la inspiración se acelera dentro de él como el despliegue de una vela en un poderoso viento (21). Y esto por no decir nada de las cuestiones sustanciales de su propia tesis con la que al mismo tiempo puede estar lidiando dialécticamente en sus sueños. 

Impresionado por su multitud de figuras, Jung consideró al sueño como la representación del hombre tal como le aparece ante si bajo el aspecto de la eternidad—sub specie aeternitatis (22). Hegel, con mucho más que solo sueños en mente, habló de una manera similar de mediación e infinito interno. Mimético a los sueños, el despliegue auto-contradictorio de cualquier materia prima dentro de las figuras que son sus otros, media la totalidad de dicha materia incluso si ésta se incrusta en lo que de otro modo sería una mera abstracción (v.g., una identidad sin la diferencia que es su otro) en el plenum de su contexto real y existente. Tal como Hegel lo expresa, “La verdad es en consecuencia el torbellino báquico en el que no hay miembro que no esté ebrio; y porque cada uno, tan pronto como se desprende de sí mismo, se disuelve inmediatamente―el torbellino es apenas trasparente y calmoso” (23). 

Antes de virar al siguiente momento en la dialéctica, quiero compartir brevemente con ustedes un número de citas de autores de importancia para la tradición de la psicología profunda que son pertinentes a las ideas que hemos tocado arriba en esta sección. 

La primera es un pasaje de Samuel Taylor Coleridge, el poeta-filósofo al que se le ha acreditado haber acuñado el término “psicoanálisis” casi cien años antes que Freud. Razonando con referencia a lo que él variadamente llama lo Total, yo soy, espíritu, si mismo, y auto-consciencia, Coleridge escribe, 

“… es un sujeto que llega a ser sujeto por el acto de construirse objetivamente a sí mismo; pero el cual nunca es un objeto excepto para sí mismo; y solo en tanto que por el mismo acto se vuelve un sujeto. Esto puede ser descrito por consiguiente como una perpetua auto-duplicación de uno y el mismo poder en objeto y sujeto, los cuales se presuponen mutuamente, y sólo pueden existir como antítesis.” (24) 

Una segunda amplificación viene de Jung. Escribiendo de un modo similar a Coleridge, el psicólogo enuncia que “… en la experiencia religiosa el hombre llega a estar cara a cara con un Otro psíquicamente abrumador”. Unas pocas líneas después continua, “Solo algo abrumador, no importa que forma de expresión use, puede desafiar al hombre entero y forzarlo a reaccionar como un todo” (25). Claramente, el otro referido aquí, en la medida en que compele al hombre a actuar como una totalidad, es el propio otro del hombre, su otro interno. Y esto es así, es importante agregar, incluso cuando su forma de expresión es la de un otro externo empíricamente existente. Como la unidad de identidad y diferencia, un modo de pensamiento inclusivo, un modo de pensamiento-todo-a-la-vez, la dialéctica supera la distinción entre externo e interno. Invirtiendo esta relación, la interioridad, en tanto que constituida por la dialéctica, ya no está en el interior o rodeada por la exterioridad de las cosas. De hecho, se puede incluso decir que ya no hay más exterioridad. Porque al reflejar todo lo externo dentro de sí mismo (lo cual es decir también, por bosquejar las auto-contradicciones que contrastan la auto-idéntica identidad de cada posición o cosa), la dialéctica inaugura una forma absoluta de interioridad o de intensidad profunda. 

Algunos pasajes adicionales de Jung vienen a la mente. Escribiendo con respecto a la psicología de la transferencia, Jung dice: 

“El ser humano que no está en relación carece de totalidad, porque sólo puede conseguir la totalidad a través del alma, y el alma no puede existir sin su otro lado, el cual siempre se encuentra en un ‘tu’. La totalidad es una combinación de yo y tú, y esto muestra que ellos son parte de una unidad trascendente cuya naturaleza sólo puede ser comprendida simbólicamente ….” (26) 

Aquí no se está hablando de una relación externa, sino de una relación interna que se ha desplegado a si misma a través de un otro externo o, que es puesto en relieve en el siguiente enunciado de Jung, como un otro externo: 

“El alquimista incluso va tan lejos como para decir que el corpus, anima, y spiritusde la substancia arcana son uno, ‘porque todos provienen de lo Uno, y son de lo Uno, y están con lo Uno, lo cual es la raíz de sí mismo’.” (27) 

Relacionando esto con los “aspectos sexualmente seductores” de la transferencia, que “siempre están tratando de entregarnos al poder de una pareja en quien parece que se combinan todas las cualidades que han fallado en realizarse en nosotros”, Jung escribe en otra sección del mismo trabajo: 

“Por lo tanto, a menos que prefiramos ser tomados por bufones de nuestras ilusiones, debemos, analizar cuidadosamente cada fascinación, extraer de ésta una porción de nuestra propia personalidad, como una quintaesencia, y lentamente llegar a reconocer que nos encontramos a nosotros mismos una y otra vez en miles de disfraces en los caminos de la vida.” (28) 

La intuición de Jung aquí—de que repetidamente nos encontramos a nosotros mismos en otros—se aplica también a figuras remotas, interculturales. En las descripciones de esas figuras de lo otro que él llamo el ánima, Jung describe esta figura arquetipal como apareciendo a menudo en la forma de una mujer de otra cultura o de una época histórica anterior (29). De manera similar, en una frase que puede ser leída como una alusión a su noción de inconsciente colectivo, Jung afirma que nuestra “creciente familiaridad con el espíritu de Oriente debería ser tomado meramente como un signo de que estamos comenzando a relacionarnos con elementos ajenos dentro de nosotros mismos” (30). Seguramente esto resuena con la idea de Hegel de la identidad de identidad y diferencia. 

Permítanos permanecer con Jung un poco más. El despliegue dialéctico del uno en los otros que presentan los diferentes momentos de su verdad es efectuado, como lo discutimos arriba, a través de la auto-contradicción o negación del punto de inicio ingenuamente idéntico a sí mismo. Capturando algo del movimiento dialéctico en una alegre frase, Jung escribe, “el individuo puede esforzase por la perfección … pero debe sufrir por parte de lo opuesto a sus intenciones por el bien de su completitud” (31). En la terminología de Jung, la dinámica aquí es la de la compensación. El inconsciente, para Jung, permanece en una relación compensatoria con la consciencia. Cuando la actitud de la consciencia es demasiado estrecha en su auto-identidad, o como Jung podría decir, muy unilateral, es compensatoriamente frustrada, contradicha y negada por los otros que crea alrededor de sí misma aunque sólo sea para excluirlos. “Y aunque yo niegue esto mil veces”, escribe Jung de “los Hermanos oscuros inesperados”, los cuales el occidente cristiano encuentra en otras creencias, “también están en mi” (32). Y es por lo que la historia bíblica sitúa a los Reyes Magos del Oriente en el pesebre del nacimiento de Cristo. Lo verdaderamente absoluto es la unidad de identidad y diferencia, de individual y universal, de establo y estrella. 

Las nociones que hemos estado discutiendo en esta sección—auto-contradicción, negación, la unidad de identidad y diferencia, infinitud interior, y el torbellino báquico—ahondan nuestro entendimiento, no solo de los sueños y las transferencias, sino también de los síntomas. Nuestros síntomas son a la vez auto-contradictorios, agentes negativizadores a través de los cuales el alma se transforma a sí misma y la presentación del alma misma ante sí misma como su propio otro. 

Hablando sobre el síntoma como el punto inicial del psicoanálisis, Freud lo caracteriza como “una cosa que es más ajena al ego que cualquier otra en la mente” (33). Jung, por su parte, tiene una visión parecida. Es Hillman, sin embargo, con su noción de “patologizar” el que hace más por el despliegue dialéctico, o “desmoronamiento” [falling apart] como él lo llama, de la unidad en muchos a través de la formación de síntomas. Permaneciendo con lo que hemos llamado la acción negativizadora de auto-contradicción, Hillman define el patologizar como “la habilidad de la psique autónoma para crear enfermedad, morbilidad, desorden, anormalidad y sufrimiento en cualquier aspecto de su comportamiento y para experimentar e imaginar la vida a través de esta perspectiva deformada y afligida” (34). Como el estadio del opus alquímico conocido como la putrefactio o mortificatio, el patologizar es una corrupción transformadora o la disolución del punto de partida ingenuo A = A auto-idéntico. 

Nuestros sueños, transferencias, y síntomas son para el punto de vista hegeliano: La exégesis de lo uno revela dialécticamente el propio otro(s) interno. En y a través de las varias auto-contradicciones que emergen en este y otros fenómenos, la materia prima se presenta a sí misma para sí misma como un otro o como una serie de otros. (35) 

Negación de la negación

En Así habló Zaratustra, el otro de Nietzsche, el Zarathustra dialéctico y sabio, declara: “Siempre una vez uno—a la larga se vuelve dos” (36). Citado en el contexto presente, este adagio captura sucintamente la esencia de lo que hemos venido discutiendo hasta ahora, v.g. el despliegue dialéctico de una proposición o punto de partida inicial en términos de su(s) otro(s) no-idéntico o auto-contradictorio. 

También llamada negación simple o primera, este despliegue dialéctico de lo uno en dos es una experiencia muy familiar. En el idioma de ésta época se lo conoce con buen humor como “La ley de Murphy”. Reconociendo el trabajo de lo negativo a través de nuestras vidas, este simple coloquialismo dice que “si algo puede salir mal, seguramente saldrá mal”. 

Ahora nuestra tarea en esta sección es elucidar el movimiento más allá de la negación simple, tan acertadamente resumido en la ley de Murphy, lo que en la dialéctica de Hegel es llamado la negación de la negación. Pero primero permítannos permanecer un poco más con lo que se conoce como la negación simple. Aunque este momento de la dialéctica fue el tópico de la sección anterior, es crucial para tener una comprensión segura de ella emprender antes la discusión de su negación subsecuente—o cuando el pensamiento está totalmente desplegado, simultáneamente. 

Resumiendo brevemente, podemos decir que la consciencia inicial, en su naiveté, clama por conocer el mundo, o el rasgo del mundo que está en juego, inmediatamente, o como Giegerich lo propone a menudo, “tal cual como se presenta”. Sin embargo, reflejando como mucho una verdad parcial, esta posición pronto tiene problemas con su propia trayectoria en la medida en que lo que ha afirmado como su alcance se puede contradecir por su comprensión realmente más limitada. Las anomalías emergen, aparecen callejones sin salida, los síntomas afligen. Recordando nuestra discusión anterior de Kant, podemos agregar que en casos donde la posición inicial ha tenido la forma de un juicio sintético, este juicio es cancelado por otro que tiene el significado opuesto. Puesto que, cuando se confrontan entre sí, ambas consideraciones no pueden al mismo tiempo ser verdad (la consciencia aún es incapaz de pensar la unidad de identidad y diferencia), ciertamente es negado. 

Ahora permítanos agregar algún color a nuestra exposición de este primer nivel simple de negación. Acorralada por la contradicción, la consciencia puede reaccionar poniendo la caravana en círculo, ¡lo mejor para mantener a los indios fuera! O sobresaltado en su certidumbre tipo A = A, puede revisar obsesivamente sus pertenencias, a la manera del miserable Scrooge, para asegurarse de que nada se haya extraviado, perdido. Jung hablaba en esta conexión de una “adherencia conservadora a la actitud anterior” (37). Alternativamente, o en consecuencia de lo mencionado arriba, habiendo fallado las resistencias, la consciencia puede aceptar la negación, aunque sólo sea de una manera que todavía es indicativa de la mentalidad-inmediata de su modo anterior de conocimiento. Parafraseando un término usado por Aristóteles, Jung se refiere a ésta dinámica como una enantiodromia. Yendo hacia atrás (podemos pensar aquí en la perdición del héroe trágico), la consciencia simplemente se da la vuelta hacia el punto de vista opuesto del que previamente había mantenido. Donde antes había estado caracterizada por una certidumbre auto-idéntica, de la misma manera ahora se ha vuelto incertidumbre auto-idéntica. La imagen aquí es la del viejo escéptico, el cínico resentido, o aún más claramente, la del ex-creyente inflexible, el que ahora es fundamentalista en su ateísmo como anteriormente lo había sido en su teísmo. 

¿Horror tras la contradicción, acumulación de cabezas? Podríamos preguntarnos, más bien, ¡si la guillotina de la negatividad ha siquiera cortado alguna! Incapaz de sostener su afirmación inicial de que A es idéntico a A y de que todo está bien en el mundo, y con la esperanza de permanecer bien atrás del borde cortante que ha descubierto en su propio cerebro, la consciencia se identifica rápidamente a si misma con la contra-posición amenazante de que A no es igual a A y de que no todo está bien en el mundo. Esta pérdida aparente de la visión previa basada en la identidad, sin embargo, difícilmente puede ser llamada con diferencia una comprensión real. Una defensa contra la diferencia (Anna Freud habló de “la identificación con el agresor”), es más bien como una minimización de la afirmación inicial. Estoicamente parece admitir separarse a sí mismo de la diferencia, y algunas veces incluso dedicarse a ejercicios espirituales para mantener su ecuanimidad frente a su otro doppelgangeriano, la consciencia se aferra subrepticiamente al principio de identidad, aunque solamente en la forma de lo que podría ser descripto como una auto-similitud agorafóbica. 

Permitamos examinar esto aún un poco más de cerca. Habiéndose retirado por medio de la primera negación del modo “tal-cual-como-se-presenta”, al que había estado identificada anteriormente con sus contenidos, la consciencia ha comenzado, aunque solo mínimamente, a volver a casa a sí misma como negatividad, auto-consciencia, reflexividad, y duda. Esta negatividad y auto-consciencia llena de duda reflexiva, sin embargo, aún es solo el reverso de la posición positiva previa. Como tal, la posición que ahora representa depende de la mediación que la posición que se ha llegado a rechazar continúa proporcionando, aunque sólo sea a través de su haber sido negada. Esta es una contradicción. No más de lo que Scrooge podía disipar con invectivas embaucadoras los fantasmas que lo visitaban en Nochebuena, la primera negación puede disipar las posiciones―pasado, presente y futuro―como las cuales continúa el trabajo de lo negativo. Tampoco puede la pequeña muerte donde la primera negación le había dado a la consciencia el derecho de clamar, con inmediata licencia shakespeareana, que “La muerte una vez muerta, no puede morir más” (38). Al igual que un poema no hace a un poeta, así se necesita no una negación sino muchas para que la consciencia llegue a casa en su otro tal como es en sí. 

Ahora podemos regresar más directamente al tema de esta sección, la negación de la negación. En The Soul’s Logical Life, como en su lectura de ayer, Giegerich marca el punto sutil, pero importante, de que la negación de la negación es un proceso más discreto que el choque dramático que provoca una primera negación (39). Tomando en consideración este punto, podemos recordar, a modo de contraste, las descripciones mucho más ruidosas que da Jung de lo que llamaba la relación compensatoria entre el consciente y el inconsciente. Como es descrita por Jung, las compensaciones que reparte el inconsciente son a menudo estruendosamente ruidosas. Hablando de esto en términos religiosos, presenta la idea de que Dios puede ser conocido en lo que sea que nos moleste o agobie—en un afecto, quizá, o en algún evento que nos sobrevenga, ya sea que venga de dentro o de fuera: “El quiebre de la mente [Dios] ha sido lo más fuerte psíquicamente, capaz de sacar de su railes tus propósitos conscientes, frustrándolos fatalmente y ocasionalmente haciéndolos picadillo” (40). Ahora ya no hay duda que la compensación de la clase que Jung describe aquí ocurre, o que en el “camino de la individuación” el ego tendrá que asumir su parte de palizas. La “experiencia del sí mismo”, escribe Jung, “es siempre una humillación para el ego” (41). El punto que debe ser comprendido en este seminario, sin embargo (y comprendiendo esto podemos comenzar a ver el movimiento que Giegerich ha llevado más allá de Jung), es que incluso un millón de compensaciones no pueden producir la negación de la negación, pues mientras parece abrazar su negación en la compensación que recibe del Sí Mismo, el ego continúa preservando sus preocupaciones esenciales de la negación proyectándolas más allá de sí como un otro idealizado, su Sí Mismo. En su supuesta derrota lo más que puede decir es mea culpa, soy culpable. Yo, como un ser humano falible, he fallado en ser un buen cristiano o analista o lo que sea. Al decir esto, sin embargo, la consciencia se preserva en buenos términos de la crítica. (42) 

Una distinción puede ser de ayuda aquí. En sus artículos, Giegerich frecuentemente distingue entre lo “semántico” o el nivel del contenido de la consciencia y el nivel “sintáctico” de su estructura o forma general. El cambio en el nivel semántico meramente implica un cambio entre los contenidos de la consciencia a la luz de haberlos contradicho de alguna forma. Este cambio, sin embargo, tan extenso como pueda ser en muchos casos, no plantea ningún desafío para la forma de la consciencia. Es decir, aún ninguno de sus contenidos se ha convertido en la paja que rompe la espalda del camello. En la negación de la negación, por contraste, la espalda del camello está rota, la estructura de la consciencia se ha desgarrado. 

Ahora permítanos deslizar aquí la palabra “teología” como un sinónimo a consciencia en el nivel sintáctico. Representado teológicamente, el enunciado, “Yo … [he] visto tribulación bajo la vara de Su ira” (43), caracteriza acertadamente el momento de la dialéctica que hemos estado llamando la negación simple. En este escenario el ego es trastocado desde su punto de vista parcial y sus ilusiones de tal manera que sufre lo que Jung llama la violencia de lo que le es causado por el Sí Mismo. La negación de la negación, sin embargo, ocurre en un plano completamente distinto. En lugar de ser algo que nos ocurra dentro de nuestro proceso de individuación y teología, haciéndonos gritar o rechinar nuestros dientes, éste es sobrio, y aún más radicalmente, es un proceso que es padecido por nuestra teología, v.g., es una negación lógica. “Estamos viviendo realmente en el tiempo de la división del mundo y la invalidación de Cristo”, escribe Jung, tocando esta negación más radical en una carta a Fr. Víctor White. (44) 

Más como un Dios agonizante que como un ego que ha conocido la ira de la compensación inconsciente, la consciencia comienza a separarse de su trono de certeza A = A (¡“yo soy lo que soy”!) y se hunde. Representando este momento de colapso sintáctico en la figura de Apolo convocando a Mnemosine mientras muere, Keats escribe: 

Pronto salvajes conmociones lo sacudieron, e hicieron arder Toda la hermosura inmortal de sus miembros; Mas como la lucha ante las puertas de la muerte; O como quien todavía debe despedirse De la inmortal pálida muerte, y con angustia Tan ardiente como el frío de la muerte, con feroz convulsión Muere en vida …. (45) 

Fiel al momento de la dialéctica que intentamos elucidar aquí, la primera negación, lo que Keats dice es “como la lucha ante las puertas de la muerte”, es seguida por una segunda que es “como quien todavía debe despedirse de la inmortal pálida muerte”. Que este ‘despedirse’ o ‘apartarse de’ de la primera negación es en efecto la obra de una negación de segundo orden es evidente en la sublación que se produce en la frase final: “Morir en vida …”. 

Ahora, desde luego, la mera mención de la agonía del Dios trae a la mente la declaración de Nietzsche sobre la muerte de Dios. Esta, podría pensarse, es representativa de la negación de la negación. El comentario de Giegerich con respecto a la discreción de la sublación, negación de segundo orden, sin embargo, nos ayuda a discernir que este no es el caso. La negación de la negación tiene un tono emotivo completamente diferente que aquel que viene tras el espectacular anuncio del filósofo. Aludiendo a las categorías kleinianas, podemos decir que en contraste al triunfante tono paranoide de Nietzsche, la negación de la negación es más depresiva y triste. Lejos de convertirse en algún superhombre nietzscheano, la consciencia es humillada al saberse a sí misma la unidad de la identidad y diferencia de lo humano y lo divino. (46) 

Basándose en metáforas alquímicas, Giegerich compara la negación de la negación con esas fases del opus en el cual la transformación toma lugar vía putrefacción fermentadora y corrupción interna. Reconociéndose a sí misma en su otro contradictorio, la consciencia llega a la dolorosa comprensión de que se ha quejado demasiado alto en su posición inicial. Con esta comprensión, como propone Hegel, se vuelve una “consciencia infeliz”. Rebajándose ante la idea de su antigua honradez e ingenuidad, empieza a colapsarse desde dentro y a hundiese. Esta vergüenza, no obstante, es una vergüenza superior, el comienzo de su sublación. (47) 

En este punto vienen a mi mente dos representaciones pictóricas ilustrativas de este momento de colapso sublado. Una es de un sueño que escuché hace muchos años atrás; la otra de un mito griego. 

En el sueño, la figura del soñador le habla a su hermana de una manera verdaderamente autoritaria acerca de las fases de la luna. La hermana, sin embargo, no está convencida de esta descripción. Irritada por esto, la figura del soñador reitera lo dicho en una manera más pedante, incluso intimidante. Esto ocurre varias veces, hasta que finalmente la hermana accede a esta descripción, ¡momento en el cual aparece otra luna! Junto con esta segunda luna contradictoria viene la sensación de que incluso pueden aparecer lunas posteriores, quizá incluso un número infinito. El impacto que esto tiene sobre el ego del sueño es considerable. Basta decir que ya no tenía más lecciones para dar. Mientras que la primera negación―v.g. la duda de su hermana acerca de lo que él le estaba diciendo―solo lo inspiró a dar una descripción más detallada, la aparición de la segunda luna fue verdaderamente humillante como para forzar a la figura del soñante a admitir que la sintaxis cósmica del cielo nocturno ya no era más lo que él sabiondamente pretendía que era. (48) 

El mito griego que también viene a mi mente en relación a la negación de la negación es el cuento del desmembramiento de Penteo. Tan carente de lo que Keats llamó “capacidad negativa” (49) como lo fue la figura del soñador en el sueño que acabamos de discutir, la consciencia en la figura de Penteo, un rey de Tebas, se resiste a la introducción de la alabanza de Baco en su reino. Esta resistencia, sin embargo, pronto se vuelve el opuesto de sí mismo. Dialécticamente agraviado por contradicciones, Penteo descubre que las mujeres de su reino, su madre Agave y sus hermanas entre ellas, habían abandonado sus obligaciones domesticas para unirse a la hedónica turba del dios. Con el objetivo de seguir a las mujeres y espiarlas, el rey, incitado por Baco, se disfrazó de mujer. Tan pronto como vistió el atuendo de las ménades, sin embargo, la locura del dios lo poseyó y comenzó a ver doble. Mirando al sol (aun cuando el ego del sueño en nuestro sueño había mirado hacia la luna) él no ve un ardiente orbe, sino dos. La misma duplicación ocurre con respecto a su ciudad, Tebas, y hacia las partes de su propio cuerpo. Idénticos entre ellos, al mismo tiempo están separados, es decir, son lógicamente diferentes aunque perceptivamente aunto-idénticos. Cuando Penteo subsecuentemente encuentra a las mujeres, este movimiento duplicado, encubiertamente idéntico se vuelve absoluto. Mientras observa a las mujeres retozando desde la copa de un árbol, el rey es descubierto por su madre. Observando a su hijo como su otro (esto es, como Baco en forma animal), la enloquecida Agave lo arrastra hacia abajo desde su posición elevada y le arranca miembro a miembro con la ayuda de las otras ménades. 

Pienso que esto es muy parecido a lo que Hegel dijo en el pasaje anteriormente citado cuando aludió a este ritual iniciático de desmembramiento, representado famosamente por Eurípides en The Bacchantes, de que la verdad es “el torbellino báquico en el que no hay miembro que no esté ebrio”. En efecto, la segunda parte de este pasaje—“y porque cada uno, tan pronto como se desprende de sí mismo, se disuelve inmediatamente …”—parece señalar directamente al Penteo disociado observando desde su copa del árbol. Tropezando con este motivo el consenso junguiano le ha dado a menudo una lectura débil y moralista, como por ejemplo cuando se considera el desmembramiento de Penteo como el destino que el ego patriarcal ha preparado para sí mismo a través de su descuido de lo femenino (50). La frase conclusiva de Hegel, sin embargo, sugiere una lectura más dialéctica. Pensando la unidad de la identidad (Penteo) y la diferencia (Baco y las ménades), Hegel considera que “el torbellino es tanto como un reposo simple y transparente” de por sí es orgía báquica o torbellino. Transponiendo esta fórmula en los términos figurativos del mito, podríamos decir con Giegerich que Penteo, Baco, Agave, y el resto son momentos sublados de una idea que el mito despliega. Así como la psicología es la unidad de psyche y logos, así una lectura psicológica del mito piensa la sicigia de alma y espíritu incluso cuando sigue “el despliegue ‘analítico’, en forma pictórica, de las complejidades internas, la dialéctica viviente, del punto de vista de la psicología”. (51) 

Otra línea de Hegel nos ayuda a comprender más dialécticamente la historia de Penteo. Citado por Giegerich en el texto de su primera lectura, la línea es la siguiente: «Pero la vida del Espíritu no es la vida que se achica ante la muerte y que se preserva a sí misma intocada por la devastación, sino que es la vida que lo soporta y se mantiene en medio de ello» (52). Aunque parece achicarse ante la muerte que le viene en la forma de Baco y las ménades, Penteo no se mantiene intocado por la devastación. Así como el otro de Baco en tanto que Baco es suyo, él resiste la contradicción y se mantiene a sí mismo en ella. No sería suficiente para una de estas figuras opuestas simplemente prevalecer, para Penteo, por ejemplo, simplemente volviéndose un sátiro y entrar en la comitiva del rey. En cuanto a lo que ya hemos escuchado de Hegel, “…ninguna de esas determinaciones tomadas de forma solitaria, son verdad; pertenecen solo a su unidad” (53). Un momento sublado en esta unidad de identidad y diferencia por el cual se constituye la verdad, la resistencia de Penteo ante el torbellino báquico es, al mismo tiempo que también es eso, su susceptibilidad a su devastación y su mantenerse a sí mismo a través de ella. El desmembramiento iniciático—la negación de la negación—no puede ser llevada a cabo sin esta resolución del sujeto de preservarse a través de la muerte. Para pensar dialécticamente, tenemos que ser tan estrictamente rigurosos y estrechos de mente como imaginativos y abiertos de mente—tanto penteos y ménadeicos al mismo tiempo. 

Unas líneas más de Hegel vienen al caso en relación al mito que hemos estado discutiendo. Siguiendo inmediatamente a la línea que hemos citado arriba sobre la vida del espíritu que se mantiene a sí mismo a través de la muerte, el filósofo continua: 

“[La vida del espíritu] gana su verdad solo cuando, en el más absoluto desmembramiento, se encuentra a sí mismo. Este poder, que no es como algo positivo, que cierra sus ojos a lo negativo como cuando decimos de algo que es nada o que es falso, y habiéndolo dicho, damos la vuelta y pasamos a algo más; por el contrario, el espíritu es este poder sólo por mirar a lo negativo frente a frente, y permanecer con ello. Este permanecer con lo negativo es el poder mágico que lo convierte en ser.” (54) 

Interiorización Absoluto Negativa

Hemos llegado al momento final de la dialéctica, el de la interiorización absoluto negativa. La interiorización absoluto negativa es el pensamiento-todo-a-la-vez de los momentos previos que hemos discutido. Este pensamiento-todo-a-la-vez, sin embargo, no debe ser considerado como el momento culminante producido por la secuencia o series provenientes de los otros tres. Mientras que pictóricamente los representamos de esta manera, ahora, desde el comienzo, se puede entender el pensamiento dialéctico de la simultaneidad de sus varios momentos como momentos ya sublados de sí mismo. Pero, por supuesto, este pensar-todo-a-la-vez-desde-el-comienzo sólo está implícito y debe ser desarrollado, como hemos tratado de hacerlo arriba en el bosquejo de sus varios momentos. 

Un pasaje de los escritos de Jung puede ayudarnos a aclarar esto. En su “Prefacio a la Introducción al Budismo Zen de Suzuki”, Jung define el inconsciente como “una totalidad irrepresentable de todos los factores psíquicos sublimados, una ‘visión total’ in potencia”. Esta “‘visión total’ in potencia”, añade entonces, “constituye la disposición total desde la cual la consciencia singulariza pequeños fragmentos de vez en cuando” (55). Ahora se debe señalar inmediatamente que aquí hay una contradicción: la visión total es, al mismo tiempo en tanto que es, una visión irrepresentable. Al ver todo (v.g., una situación o una imagen en toda su complejidad, en todos sus momentos) no se ve nada. Esta contradicción, sin embargo, es dialéctica, o, más bien, podría serlo excepto por el hecho de que Jung se resguarda de que lo sea plenamente a causa de su distinción aun positivizada entre consciencia y el inconsciente. Pero apartándonos con Giegerich de esta distinción, podemos conocer fácilmente lo que Jung suponía. La visión total no es representable; no es visión es absoluto, sino visión sublada, pensada. Poniéndolo de otra forma, podemos decir que para que la visión sea total tiene que ser visión absoluta, es decir, una visión que ha sido absuelta de las diferencias que hace distintas y diferentes unas de otras las impresiones sensoriales o las representaciones imaginales. Tal “visión”, sin embargo, ya no es más “representable”; tampoco es una certeza sensorial inmediata ni la primera negación de ella, el modo imaginal de la intuición sensorial. Y sin embargo, desandando esto un poco (tal como los hermanos en el cuento de hadas de ayer que resbalaban en la pendiente de la montaña), se puede decir que en su camino a casa a sí misma “el alma” o la absoluta negatividad puede de hecho aparecer ante sí misma con el aspecto de una figura contingente, es decir, como algo particular, singular y finito, incluso como, en palabras de Jung, “pequeños fragmentos”, expresivos de la “disposición total”, que son “singularizados … de vez en cuando”. Como Giegerich ha escrito, “… en la idea de [la psique como] auto-relación … la otredad … no está totalmente perdida …, es inherente en ella como un momento sublado, en tanto y en cuanto que el sí mismo que hace el reflejo y el sí mismo que es reflejado son ambos idénticos y diferentes” (56). Pero sin embargo, también debemos entender que la verdadera llegada al hogar del alma reside en la destilación ulterior, vaporización o interiorización de esta figuración de sí misma en tanto que otro hacia la forma lógica de la consciencia misma. De nuevo, cito a Giegerich, “Lo que al principio aparece como un contenido de consciencia es en realidad la semilla de lo que quiere volverse una nueva forma de consciencia en toda su extensión”. (57) 

Ahora, revisando lo que acabo de escribir, me encuentro a mí mismo pensando en la descripción de Jung de sí mismo como teniendo, como él lo dijo una vez, “que bajar mil escaleras hasta poder poner mi mano en el pequeño terrón de tierra que soy” (58). Evidentemente, mi descripción de la noción de Jung de “visión total” todavía tiene que bajar unos cuantos escalones si es que ha de alcanzar el suelo sobre el que Giegerich se ha posicionado a sí mismo. Al tomar esta escalera, debemos entender que cuando la “semilla de lo que quiere volverse una nueva forma de consciencia” lo ha logrado, el “pequeño fragmento” de Jung (lo que pueda ser en cualquier caso particular) ya no es más el símbolo o la imagen numinosa en la cual lo implícito del pensamiento (= “‘la visión total’ in potencia” de Jung) había previamente representado su potencial para volverse explícito como tal. Más bien, habiéndose realizado a sí misma como comprensión conceptual a través del fenómeno particular a la mano (el cual, como su otro, ha entrado hermenéuticamente y se ha completado uroboricamente (59)), ahora conoce ese fenómeno (materia prima, pequeño fragmento, situación, asunto, imagen, etc.) en su totalidad o como una totalidad. ¡El pequeño terrón de tierra que realmente soy! 

Arriba me he referido al apunte de Giegerich acerca de lo discreto de la negación de la negación. Cuando la llevamos adelante, esta analogía puede además ser usada para trasmitir lo que se quiere decir por interiorización absoluto-negativa. Considerar, por ejemplo, la especulatividad sin base de la ‘música’ que suena, absoluto-negativamente, a través del silencio de la línea de Keats, “las melodías oídas son dulces, pero aquellas no oídas son más dulces” (60). Y seguido a ello, tenemos la famosa definición de Wordsworth de la poesía como “emoción recogida en la tranquilidad” (61). 

Se podría asumir que aquí estamos hablando de lo numinoso. Como analista junguiano he aprendido a usar las palabras “numinoso” y “numinosidad” con respecto a lo que Jung llamó “un valor emocional a priori” (62). Imágenes, que además, puesto que son tal como las describe Jung—pequeños fragmentos singularizados a partir de la visión total de la psique—las tengo consideradas como numinosas. Sin embargo, la negatividad absoluta, como la melodía que es más dulce por no ser escuchada y como la emoción que se vuelve poesía por ser recogida en la tranquilidad, de la misma forma la numinosidad que tienen estos dos, no está en la positividad de su tenerla como tal, sino como recogida en la quietud de Mnemosine, es decir, como conocimiento de la consciencia, como la vida de la mente, movimiento lógico, pensamiento. En ser la presencia de estas poderosas realidades, y sin embargo intangibles, que la negatividad absoluta establece y afirma. 

La verdadera psicología

En su “Prefacio” a la Lógica de Hegel, J. N. Findlay resume la esencia del enfoque dialéctico: 

“La acción del pensamiento es negar las bases a partir de las cuales comienza, para mostrarlo como no siendo auto-subsistente, y así tener en él un trampolín desde el cual pueda ascender a aquello que es verdaderamente auto-subsistente y auto-explicativo.” (63) 

Reflexionando sobre este pasaje, podemos pensar en el trampolín de la negación a través de la cual el psicoanálisis tomó impulso a partir de la antigua forma de sí mismo para llegar a ser una disciplina auto-subsistente por su propio derecho. Me refiero, por supuesto, al rechazo de Freud—podríamos decir también, negación—de la teoría de la seducción. Creyendo, antes de 1897, que las pacientes histéricas que estaba tratando podían ser entendidas a la luz de haber sido traumatizadas sexualmente por un adulto pervertido durante la niñez, Freud llega, después de esa fecha, a darse cuenta que tal visión teorética era contradictoria. Simplemente habían demasiados pacientes sufriendo de histeria como para sostener la conclusión de que todos ellos habían sido abusados sexualmente. Mientras, indudablemente, algunos pacientes habían sido abusados (Freud no “abandonó” la teoría de la seducción, sino más bien, la retuvo como una posibilidad sublada bajo el grueso de la teoría que iba a seguir), la perspectiva de que todos lo habían sido solo podía ser mantenida si la paternidad era completamente demonizada. Saltando libre a partir de esta base positiva negada en la teoría de la seducción, Freud escribió en una carta a Fliess en 1898, “… inicialmente definí la etiología [de la histeria] muy estrechamente; la cuota de fantasía en esto es más grande de lo que había pensado en un inicio”. (64) Esta frase contiene un pensamiento importante. O más que eso, como un salto decisivo desde la positividad y lo externo hacia la interioridad de la fantasía y la reflexión, esto expresa que ha ocurrido un cambio esencial en la forma en que ha de ser concebida una idea en general. Por de pronto, a Freud, al conseguir esto, “ya no le basta cree en [su] neurosis”, (65) había tenido que aceptar la sintaxis de aquella teoría al ser ‘arrojado al agujero trasero’, por decirlo así, del mismo material clínico que había reunido como evidencia para esto. Dicho de otra forma, el material de la fantasía, en la forma de la teoría de la seducción, había sido tomado demasiado literalmente por su consciencia como para volverse de corazón la “semilla”, tal como señaló Giegerich en el pasaje citado anteriormente, de lo que será “una nueva forma la consciencia en toda su extensión”, una nueva teoría. La fantasía, no el hecho, le es de ayuda ahora como el factor etiológico decisivo en la neurosis. Por supuesto, este cambio en la constitución de la psicología fue reflejado en el espejo de su otro como algo que sucede dentro de los pacientes. Exactamente paralelo al derrumbe de la teoría de la seducción por medio de una corrupción interna hacia la nueva visión de Freud, los pacientes en esta nueva visión fueron considerados como sufrientes, no desde una corrupción externa debida a la seducción del padre, sino desde una corrupción interna, es decir, desde sus propias fantasías y deseos pertenecientes al seducir y al ser seducidos. 

Sin embargo, tan pronto como Freud ascendió a esta visión más lógicamente negativa luego la externalizó y positivizó de nuevo en su teoría de la sexualidad infantil, y posteriormente, en el complejo de Edipo. Con este desarrollo, los sueños y las fantasías de los pacientes fueron tomados como representativos de algo más biológico-factual—el sexo y la familia—y se construyó un vasto edificio de conocimiento sobre ellos. Ahora, el punto crucial aquí no es que estos campos de no fueran importantes. Más bien, es que Freud, al encontrar en ellos una base positiva para su proyecto psicológico, fracasó en comprender lo que Giegerich llama “la diferencia psicológica”. (67) 

Haciendo referencia de nuevo a la cita de Findlay al principio de esta sección, permítanos reiterar que “la acción del pensamiento es negar las bases a partir de las cuales comienza”. De igual manera, la “diferencia psicológica” a partir de la cual surge una verdadera psicología psicológica reside en el reconocimiento de que la psicología, en el sentido estricto de este término, no trata acerca de nada positivo—ni niñez, sexualidad, la familia, problemas de género, ni de la gente y sus problemas, etc. Más bien, trata acerca de la forma lógica a través de la cual tales fenómenos son reflejados dentro de sí mismos en el curso de nuestro reconocimiento, no sólo la vez de 1897, sino una y otra vez, ya que la acción del pensamiento es negar su propia base. 

La psicología, para Giegerich, es reflexión en si misma; trata acerca del carácter sin fondo de su propia base siempre negada, absoluta negativa, “el alma”. En cuanto a los sospechosos de siempre—los temas mencionados más arriba que en su positividad no constituyen la psicología (niñez, sexualidad, los problemas de la gente, sueños, etc.)—la psicología, podría decirse, es como el reflejo de éstos en sí mismos. En el análisis individual, por ejemplo, los relatos contados en la historia, los problemas domésticos presentados, los recuerdos recordados de niñez, los sueños, y todo y cada uno también son escuchados muy en la línea en la cual el Dr. Giegerich trabajó con el cuento de hadas y los mitos en su lectura de ayer, es decir, como unidades ya interiorizadas de identidad y diferencia, enunciados del “alma” refiriéndose a si misma. Interrogando cualquier punto de partida a la luz de las contradicciones inherentes en él (lo cual también significa, pensar a través de los cambios de tema y asociaciones la unidad de su identidad y diferencia), “la psicología comienza donde cualquier fenómeno (ya sea físico o mental, ‘real’ o imagen de la fantasía) es interiorizado absoluto-negativamente dentro de sí mismo, y me encuentro a mí mismo en su infinito interno. Esto es lo que se necesita; la psicología no puede ser tenida por menos”. (68) 

La referencia de Giegerich en la sentencia previa acerca de aquello que se necesita para una psicología (podríamos también decir, el precio que hemos de pagar para alcanzar una verdadera psicología) trae a la mente el contraste muy conocido de Freud entre lo que llamó “el cobre de … la sugestión” y el “oro puro del análisis”. Podríamos asumir a partir de esta distinción de Freud que él podría coincidir con la insistencia de Giegerich de que “la psicología no puede ser tenida por menos”. Sin embargo, cuando miramos el pasaje real en el que Freud usa estas expresiones encontramos, por el contrario, ¡que está ofreciendo en venta las mercancías de su psicoanálisis a precio de descuento! 

“Es muy probable, además, que la aplicación de nuestra terapia a un número [a un gran número de personas] pueda obligarnos a mezclar el oro puro del análisis abundantemente con el cobre de la sugestión directa; y la influencia hipnótica podría encontrar de nuevo un lugar, además. … Pero cualquiera que sea la forma que pueda tomar esta terapia para la gente, cualquiera que sean los elementos de los cuales se debería componer, sus más efectivos y más importantes ingredientes serán tomados ciertamente del psico-análisis estricto el cual no sirve a un propósito ulterior.” (69) 

Este es un pasaje extraño y contradictorio. En la última línea, Freud se refiere piadosamente al “psico-análisis estricto el cual no sirve a un propósito ulterior”. Sin embargo, todo el contexto en el cual aparece esta línea, está en tensión con el propósito ulterior. Con el objetivo de divulgar sus descubrimientos positivizados y de promoverse a sí mismo en el mundo, el psicoanálisis representará todo lo que estrictamente se prohibió a sí mismo dentro de sus propios confines austeros en la forma de una terapia para la gente. Ahora bien, el problema con esto no está en que el gran número de personas necesitadas de terapia no deberían beneficiarse de esto. En lo que concierne a la psicoterapia, digo, cuanto más con los pies en la tierra, mejor. No es, como algunos desearían, que el análisis debería permanecer idéntico a si mismo y puro. El problema, más bien, reside en tomar prisionero a cada pensamiento que tiene la gente para la promoción de los asuntos que el psicoanálisis―freudiano, junguiano o del tipo que sea―aprecia. Esto, por supuesto, ya ha ocurrido. El psicoanálisis en la forma de esa diseminación de sí mismo de lo que Freud llamó la terapia para la gente existe por todas partes. La mirada del niño sobre el consejero escolar, el paciente con el psicólogo clínico haciendo “trabajo de auto-estima”, incluso el analizado en psicoanálisis―todos reciben esa aleación de cobre y oro positivizada que Giegerich ha llamado “la psicología como el estudio de las personas que’tienen’ tal y cual psicología” (70) en la forma de una cornucopia de clichés sociológicos, antropológicos y humanista. Son despachados psico-educacionalmente en jornadas profesionales, revista sobre el estilo de vida, y programas de debates en la televisión (por no decir nada acerca de lo que sale de nuestra propia boca cuando hablamos con alguien más), información con respecto a este asunto o aquel síndrome. 

Contra esta tendencia, la verdadera psicología, dondequiera que se practique, comienza, tal como lo dijo Giegerich ayer en el momento de la exposición de sus lecturas, cada vez y de nuevo “desde cero”. Adhiriéndonos al principio de Jung acerca del no permitir que entre nada de afuera, con el fin de obtener en cada caso la materia prima particular a mano y de existir como su despliegue, se evita que la psicología se piense como algo ya sabido. Porque sólo se puede encontrar el Mercurios dentro de ella entregándonos a la cadidad y al infinito interior de esta materia a mano (o como lo dijo Findlay, ascendiendo a partir del trampolín de su negación). 

En cuanto al cobre y el oro, la sugestión y el análisis, se puede decir lo mismo que dije en mi lectura anterior sobre el lodo y el agua. El importante no es mantenerlos apartados en su pureza abstracta o en su diferencia aislada. Menos aún en fundirlos juntos en una formación de compromiso, como recomendaba Freud. Porque eso, también, es una contradicción; en efecto, una más intolerable dado que el psicoanálisis comenzó tanto con el salto a partir de la sugestión (el trabajo temprano de Freud en hipnosis) así como a partir de un salto desde la teoría de la seducción. No, el desafío como siempre es pensar tautológicamente la unidad contradictoria de su identidad y diferencia y, precisamente de esta manera dialéctica, ascender a esa forma más negativa de su coniunctio, pensamiento especulativo, verdadera psicología. Superando la positividad de su base en los métodos de las ciencias empíricas, la psicología, tal como Giegerich ha dicho, debe pensar su propia autoridad, la profundidad de su propia noción de si misma, especulativamente y rigurosamente al mismo tiempo. 

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Una reflexión final. La referencia de Freud al cobre y al oro trae a la mente otro ancestro analítico y otro metal. Me refiero aquí a Hillman y sus escritos sobre la plata. Valorizándola en un tono bachelardiano la plata de los alquimistas como el metal de la imaginación, Hillman, en “La plata y la tierra blanca”, escribe: 

“¿Qué es reflejado entonces cuando no hay sujeto reflejado, ni emoción ni objeto externo? ¿Ningún hecho en absoluto? La misma idea de reflexión se transmuta desde la presencia de un fenómeno, un reflejo de algo más, a la resonancia del fenómeno mismo, una metáfora sin un referente, o mejor dicho, una imagen.” (71)

Regresando a este tema un año después en la segunda parte de su ensayo, Hillman continúa su intuición sobre la plata: 

“Los acontecimientos mentales tales como las imágenes no requieren y no pueden adquirir validación posterior gracias a la exterioridad. La vida del alma no se sostiene como correcta gracias a la exterioridad. Pero tampoco los acontecimientos mentales se validan gracias a que yo ‘tenga’ un sueño, ‘piense’ una idea o ‘sienta’ una experiencia.” (72) 

En estos pasajes, Hillman transmite así la negatividad de la imagen, su interiorización plateada en sí misma. ¿Pero qué pasa con el oro que se persigue? (73) En la visión de Giegerich, el “oro” de la verdadera psicología es la negación ulterior de la negatividad plateada de la imagen hacia la absoluta negatividad de una consciencia que pueda pensar al mismo tiempo los distintos momentos de cada imagen. Como “la piedra que no es una piedra” alquímica, el oro dialéctico emergiendo negativamente de la plata y de la imaginación ya no es más oro (por esta razón sólo es la forma en que la plata fue representada imaginativamente con anticipación de su llegada incluso más sutil); más bien, es forma lógica, interioridad absoluto-negativa, espíritu, pensamiento. 

Notas

1. Fugulus, A Golden and Blesses Casket of Nature’s Marvels, p. 298, citado en Edward Edinger, The Anatomy of the Psyche: Alchemical Symbolism in Psychotherapy (La Salle, I1.: Open Court, 1985), p. 10.  

2. Donald W. Winnicott, “Transitional Objects and Transitional Phenomena”, Playing an Reality (London: Tavistock Publications, 1971), pp. 1-25. 

3. Cf. Donald W. Winnicott, “The Location of Cultural Experience”, Playing an Reality, pp. 95-103. 

4. A.E. Waite, traducción, The Hermetic Museum 1:13 citado en Edinger, The Anatomy of the Psyche, p. 11. 

5. Es la referencia a la piedra siendo hecha “… con una cosa” que implica la idea de producción o creación. La parte anterior de la sentencia, que se refiere a la piedra como siendo “producida de una cosa”, sólo indica aquello de lo que consiste la piedra. 

6. C.G. Jung, Collected Works, tr. R. F. C. Hull, (Princeton: Princeton University Press, 1953), vol. 14, párr. 749 (todas las referencias subsiguientes a los Collected Works de Jung estarán por volumen y número de párrafo. 

7. Citado en Edinger, p. 11. 

8. Donald W. Winnicott, “Review of Memories, Dreams, Reflections”, C. Winnicott, R. Sheperd, and M. Davis, eds., Psycho-Analytic Explorations (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1989) pp. 482-492. 

9. Cf. G. W. F. Hegel: “Pero lo Absoluto mismo es por lo tanto la identidad de la identidad y la no-identidad, oposición y unidad están ambos en ello”. Citado en Charles Taylor, Hegel (Cambridge: Cambridge University Press, 1975), p. 67. 

10. La Ley de Identidad sostiene que todo debe ser idéntico consigo mismo (X = X). La Ley de Contradicción (algunas veces referida como la Ley de No-contradicción) mantiene que nada puede ser sí mismo y al mismo tiempo no ser sí mismo (X y no-X). Ambas leyes son consideradas las leyes primarias del pensamiento. 

11. Cf. G.W. Hegel: “Kant … considera la lógica, es decir, el agregado de definiciones y proposiciones que comunmente pasa por lógica, al tener suerte en haber logrado completarse tan temprano antes que las otras ciencias; desde Aristóteles, no ha perdido terreno, pero tampoco ha ganado ninguno, esto último porque ante todas la apariencias parece estar completa o terminada. Ahora, si la lógica no ha sufrido ningún cambio desde Aristóteles―y de hecho, juzgando por los compendios modernos de lógica los cambios frecuentemente consisten principalmente en omisiones―entonces seguramente la conclusión que podemos bosquejar es la completa necesidad de una reconstrucción; para el espíritu, después de sus trabajos durante dos mil años, debe haber adquirido una consciencia superior sobre su pensamiento y acerca de su propia naturaleza esencial, pura”. Hegel’s Science of Logic, A.V. Miller (London: George Allan & Unwin, 1969), p. 51. 

12. Hegel no negó los principios de la lógica tradicional. Cuando son solo un asunto de lógica formal se aplican estos principios. Cuando las cuestiones conciernen a la lógica de la realidad, sin embargo, mantiene que la lógica formal no es adecuada y que se requiere una aproximación dialéctica. En conexión con mi afirmación de que “el edificio hegeliano del pensamiento dialéctico se constituye de lo que los constructores del viejo templo de la lógica tradicional habían considerado como señales de error”, compárese con el llamado de Hegel por una “reconstrucción total” de la lógica tradicional en las notas previas. 

13. G. W.F. Hegel, Hegel’s Logic. Parte uno de The Encyclopaedia of the Philosophical Sciences (1830). tr. William Wallace (Oxford: Claredon Press/OUP, 1975), p. 117. 

14. Hegel, Hegel’s Logic, p. 117. 

15. Cf. Hegel: “La filosofía critica [de Kant], es cierto, ya había convertido la metafísica en lógica, pero … fue intimidada por el objeto, y así a las determinaciones lógicas se les dio un significado esencialmente subjetivo con el resultado de que estas filosofías permanecieron cargadas con el objeto que evitaron y quedaron con el residuo de una cosa-en-sí, un obstáculo infinito, como un más allá. Pero la liberación de la oposición de la consciencia que la ciencia de la lógica debe ser capaz de presuponer supera las determinaciones del pensamiento sobre esta timidez, puntos de vista incompletos y demandas que deben ser consideradas no con cualquier limitación y referencia sino como son en su propio carácter, como lógicas, como razón pura”. Hegel’s Science of Logic, párr. 57. 

16. Hegel, Hegel’s Science of Logic, p. 197. 

17. Taylor, Hegel, p. 49. 

18. Bishop Joseph Butler, citado en D.D. Raphael, British Moralist 1650-1800, vol. 1 (Indianapolis: Hackett Publishing Co., 1991), prefacio, párr. 384. 

19. Tan útil como es recurrir a los sueños en nuestro intento de comprender el despliegue auto-contradictorio de aquello que se presenta como un conjunto de otros internos, tan importante es advertir que la interioridad que constituye la dialéctica no es la interioridad positiva del mundo del sueño o incluso del “inconsciente”. Mientras que los sueños, sin duda, vuelven imagen algo del movimiento dialéctico a lo cual damos el nombre de alma, la interioridad del alma es la interioridad mediata o espiritual de cualquier cosa, no solo de los complejos y figuras del sueño que suponemos que están dentro nuestro. Como Giegerich ha señalado, las imágenes del sueño, en la medida en que simplemente las percibimos en su inmediatez sensual tal como aparecen en frente de nuestra consciencia observadora, son tan externas como las cosas. El corolario de esto también es verdad. Cuando se percibe en términos de la comunidad interna que despliega la dialéctica, el así llamado mundo externo es interiorizado en sí mismo, lo cual en otras palabras también significa que subjetiva o psicológicamente fue alcanzado o vuelto consciente. 

20. Las palabras “es como” en esta frase piensa la unidad de la identidad y la indiferencia. 

21. Con la imagen de una vela desplegándose en el viento, tenemos una vez más una imagen figurativa de la esencia de la voluntad, de la libertad. Pienso que este momento pertenecería propiamente a nuestra siguiente sección, la cual se ocupa de la negación de la negación, tal es el poder de la dialéctica que no podemos evitar que se nos adelante. 

22. Jung, CW 8 § 316. 

23. Citado por Taylor en Hegel, pp. 107-108. 

24. Samuel Taylor Coleridge, Biographia Literaria, 2 vols. (1817) (Princeton: Princenton University Press, 1983), 1: 268. 

25. Jung, CW 10 § 655. 

26. Jung, CW 16 § 454. 

27. Jung, CW 16 § 454. 

28. Jung, CW 16 § 534. 

29. Jung, CW 9, i § 518; CW 10 § 714; CW 12 § 112. 

30. Jung, CW 13 § 72. 

31. Jung, CW 9, ii § 123. 

32. Jung, CW 18 § 1472. 

33. Sigmund Freud, New Introductory Lectures on Psycho-Analysis, tr. W. J. H. Sprott (London: Hogarth Press, 1933), p. 78. 

34. James Hillman, “On the Necessity of Abnormal Psychology: Ananke and Athene”, Facing the Gods, ed. J. Hillman (Irving, Texas: Spring Publications, 1980), p.1. 

35. Una analogía se puede extraer de los esquimales tradicionales que viven en la tierra del ártico. Conociendo la nieve desde dentro, los esquimales tienen muchos nombres para la sustancia, tantos como habían momentos de su verdad a ser conocidos. Igualmente, el pensamiento dialéctico entra en la “tundra” hermenéutica de cualquiera que pueda ser el asunto a la mano, lo mejor para generar las distinciones racionalmente necesarias (y al mismo tiempo, existencialmente cruciales) por las cuales es conocida desde dentro en los varios momentos de su verdad. 

36. Friedrich Nietzsche, Thus Spoke Zarathustra, tr. R. J. Hollingdale (Harmondsworth: Penguin Books, 1961), p. 82. 

37. Jung, CW 4 § 350. 

38. Sonnet 146, l. 14. 

39. Wolfgang Giegerich, The Soul´s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology (Frankfurt am Main, Peter Lang GmbH, 1998), p. 200. 

40. C.G. Jung. Letters, vol. 2: 1951-1961, ed. G. Adler y A. Jaffe, trad. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1975), pp. 4-5. 

41. Jung, CW 14: 778. En itálicas en el original. 

42. Para una discusión en profundidad de la posición mea culpa ver Wolfgang Giegerich “The Advent of the Guest: Shadow Integration and the Rise of Psychology,” [versión en castellano: “Primero la sombra, luego el ánima, o el advenimiento del huésped. La integración de la sombra y el surgimiento de la psicología”] Spring 51: A Journal of Archetype and Culture (Dallas: Spring Publications, 1991), pp. 100-102. 

43. Lamentaciones 3:1. 

44. Jung, Letters, vol. 2, p. 138. 

45. John Keats, “Hyperion: A Fragment”, Bk. III, líneas 124-130. 

46. Aquí, con esta referencia al reconocimiento humillante de la identidad y diferencia de lo humano y lo divino, tengo en mente la noción de James Hillman de “Deshumanizar o Hacer-Alma”. Ver el capítulo con este título en su Re-Visioning Psychology (New York: Harper & Row, 1975). 

47. Por una discusión de la “vergüenza superior” ver mi “Slinking Towards Bethlehem: A Prospective View of Shame”, Spring 67: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 2000), pp. 19-37. 

48. Para una discusión diferente de este sueño ver mi The Dove in the Consulting Room: Hysteria and the Anima in Bollas and Jung (Hove: Brunner-Routledge, 2003), p. 102. 

49. John Keats, Selected Poems and Letters, ed. D. Bush (Boston: Houghton Mifflin, 1959), p. 261. 

50. Cf. Wolfgang Giegerich, “The ‘Patriarchal Neglect of the Feminine Principle’: A Psychological Fallacy in Jungian Theory” [versión en castellano: “El ‘descuido patriarcal del principio femenino’: una falacia psicológica de Jung”], en Harvest: Journal for Jungian Studies, 45.1 (1999): 7-30. 

51. Wolfgang Giegerich, “‘Different Moment of Truth’―A Few Examples” [Traducción al castellano: “‘Diferentes momentos de la verdad’—algunos ejemplos”], en este volumen, p. 26. 

52. G.W.F. Hegel, Phenomenology of Spirit, tr. A. V. Miller (Oxford: Oxford University Press, 1977), p. 19. 

53. Hegel, Hegel’s Science of Logic, p. 197. 

54. Hegel, Phenomenology of the Spirit, p. 19. 

55. Jung, CW 11 § 897. 

56. Wolfgang Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’? Entering an Following the Logical Movement of Heraclitus’ ‘Fragment 45’” [Traducción al castellano: “¿Es ‘profunda’ el alma? Introduciéndose y siguiendo el movimiento lógico del ‘Fragmento 45’ de Heráclito”] Spring 64: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 1998), p. 11. 

57. Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’?” [“¿Es ‘profunda’ el alma?”] p. 19. 

58. Jung, Letters, vol. 2, p. 19, no. 8. 

59. Taylor escribe en Hegel, p. 129: “El propósito [de Hegel] es simplemente seguir el movimiento en su objeto de estudio. La tarea del filósofo ‘es sumergir su libertad en [el contenido], y dejarse ser movido por su propia naturaleza’. Si el argumento sigue un movimiento dialéctico, entonces este debe estar en las cosas misma, no solo en la manera en que razonamos acerca de ellas”. 

60. John Keats, “Ode on a Grecian Urn”, lines 11-12. El verso continúa: “ … por lo tanto, vuestras suaves flautas, tocan;/No el oído sensual, sino, más apreciablemente,/soplan a las cancioncillas del espíritu del no tono …”. 

61. Devuelto a su contexto real en el párrafo 26 del “Preface of the Lyrical Ballads” de Wordsworth, esta línea tiene más bien el significado opuesto a lo implicado en mi cita. En la visión de Wordsworth, “… la emoción es contemplada hasta que, por una especie de reacción, la tranquilidad desaparece gradualmente, y una emoción, afín a la que tuvo antes el sujeto de contemplación, es producida gradualmente, y hace ella misma que exista realmente en la mente”. Ahora teniendo en cuenta el significado real y distinto de Wordsworth, podemos llegar a un entendimiento más dialéctico de lo que he referido de forma variada como lo “discreto”, “recogimiento”, y “tranquilidad”. Estos términos, tal como me refiero a ellos, también pueden alcanzar un crescendo, no de emoción o imagen estética (aunque estos, seguramente, permanecen presentes como momentos sublados), sino en la intensidad de la reflexión de la emoción y la imagen en sí mismas, esto es, en el pensamiento que implícitamente son. Moviéndonos entonces desde la narración más bien literal de Wordsworth de la emoción recogida en tranquilidad a la visión negativamente interiorizada de Giegerich, el siguiente pasaje es más pertinente. Criticando la imagen espacial positivizada del alma como profunda, Giegerich argumenta que esta idea repele el poder fermentador, corruptor, de la dinámica interna del alma “privándola de su aspiración y desafío lógico, nocional, intelectual y en su lugar trasladarla a la inofensividad y borrosidad de un mero sentimiento romántico”. Recogiendo la emoción tranquilamente en un nivel completamente diferente del que era posible para Wordsworth, Giegerich continúa: “Las emociones, los sentimientos, son un excelente embalaje para almacenar seguramente y amortiguar la dinamita lógica o ‘metafísica’ de los contenidos. Si se construye un conflicto como una emoción o un sentimiento, se le ha sacado exitosamente del campo de batalla de la verdad y se lo ha reducido al nivel banal de los problemas personales, subjetivos o interpersonales” [“Is the Soul ‘Deep’?”, p. 19. / “¿Es ‘profunda’ el alma?”]. Hay un crescendo en este pasaje, no el de lo ruidoso de los “problemas personales, subjetivos o interpersonales”, sino el de la “dinamita metafísica” o “corrupción fermentadora” que provoca el movimiento lógico. 

62. Jung, CW 6 § 791. 

63. John N. Findlay, “Foreword”, G.W.F Hegel, Hegel’s Logic: Being Part One of the Encyclopedia of Philosophical Sciences (1830), tr, William Wallace (Oxford: Claredon Press/OUP, 1975), p. xii. 

64. Sigmund Freud, The Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess: 1887-1904, ed, & tr. Jeffery M. Masson (London: The Belknap Press of Harvard University Press, 1985), p. 311. 

65. Freud, Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess, p. 265. 

66. Freud, Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess, p. 19. 

67. Giegerich, The Soul’s Logical Life, p. 123-124. 

68. Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’?” [“¿Es ‘profunda’ el alma?”] p. 31. 

69. Sigmund Freud, “Lines of Advance in Psycho-Analytic Therapy”, The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, ed. & tr. J. Strachey (London: Hogarth Press, 1953-73), Vol. 17, pp. 167-168. 

70. Giegerich, The Soul’s Logical Life, pp. 22, 123, 172, 194, 195, 204, 212, 214, 251. El pasaje que he citado aquí es mi amalgamación de varias expresiones en las páginas enlistadas. 

71. James Hillman, “Silver and the White Earth (primera parte), Spring 1980: An Annual of Archetypal Psychology an Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1980), pp. 45-46. 

72. James Hillman, “Silver and the White Earth (segunda parte), Spring 1980: An Annual of Archetypal Psychology an Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1980), pp. 49-50. 

73. Sobre el tratamiento de Hillman de estadio culminante del opus alquímico, ver su “Concerning the Stone: Alchemical Images of the Goal”. Sphinx 5 (London: London Convivium for Archetypal Studies, 1993), pp. 234-65.

«Diferentes momentos de la verdad»—algunos ejemplos

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Dos, 25-40, 2005.

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

Desde Kant conocemos la distinción entre «juicios sintéticos» y «juicios analíticos». En cuanto a los últimos, el predicado habla de lo que de hecho esta implícitamente contenido en el sujeto v.g., «todos los cuerpos son extensos», mientras que en los juicios sintéticos el predicado da alguna nueva información más allá de lo implicado por el concepto del sujeto, tal como en: «algunos cuerpos son pesados». No se puede pensar en un cuerpo que no fuera extenso (tridimensional), pero si se pueden pensar cuerpos que son en cambio livianos o sin ningún peso (como aquellos de la geometría). Así que la noción de «cuerpo» necesariamente implica la de extensión, pero no involucra la noción de peso. El atributo de pesadez sería una adición.

En mi artículo anterior sobre la dialéctica discutí brevemente el fenómeno o el concepto de la voluntad. Lo que dije sobre ello tendría que ser entendido como enunciados analíticos en el sentido expuesto. Mostré lo que implica «querer»; desplegué, o desarmé, las complejidades internas de lo que está contraído en una noción cuando simplemente decimos, «quiero». De manera similar me aproximo a los mitos y a las historias relacionadas. Veo en ellos un análisis o una explicación de un concepto único en cada caso, el concepto o la noción de una situación vital o de un fenómeno, de una verdad, de una realidad arquetipal, solo que este análisis o explicación se presenta en forma narrativa y en imágenes. Uno puede rememorar aquí la frase de Bachofen de que el mito es la exegesis del símbolo. En la medida en que mi lectura del mito es psicológica y en tanto que defino la psicología como la disciplina de la interioridad, mi pensamiento acerca del mito obviamente tiene que ser analítico en este sentido. No puede ser sintético, porque si lo fuera, pensaría en algo que literalmente tiene algo fuera de sí mismo, como un Otro literal, y entonces ipso facto sería un pensamiento en términos de relaciones externas entre dos o más cosas o personas. Pero para la psicología no hay ningún Otro. O el otro que hay es el propio otro del «alma», su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro. «El alma» es auto-relación. No tiene nada afuera de sí misma. Y a la inversa, si pensamos en términos de un otro que está verdaderamente afuera y cara a cara, de una relación literal entre dos, v.g. de «relaciones de objetos», «relaciones interpersonales», de un «conflicto entre opuestos», etc., hemos abandonado la psicología. Entonces estamos en el mundo físico, en la realidad externa, en el mundo social de las personas reales, pero ya no más en el mundo del alma.

En la última parte de La Vida Lógica del Alma demostré este tipo de lectura del mito. He dicho que el mito de Acteón y Artemisa trata de lo que hoy tenemos que llamar la noción rigurosa de la psicología y he intentado mostrar lo que esto implica. He leído este mito como el despliegue «analítico», en forma pictórica, de las complejidades internas, la dialéctica viviente, del punto de vista de la psicología. Psico-logía (el logos de y acerca del alma) es ese momento de los momentos de la verdad del alma en la cual el alma quiere conocerse a sí misma (la verdad desnuda acerca de sí misma). Y este conocimiento en el mito de Acteón no se muestra como un hecho estático, sino como un movimiento lógico complejo con varios estadios y contradicciones internas. Usando una analogía técnica inapropiada, podríamos decir que si la psicología fuera un automóvil, entonces el mito nos muestra lo que está por debajo del capó y cómo trabaja su motor. Acteón y Artemisa no son dos seres, como tampoco son, de la manera en que lo son sujeto y objeto, otros literales el uno para el otro. Más bien, es el alma como Acteón la que se encuentra a sí misma como Artemisa y lentamente se ve forzada a darse cuenta que la lógica de este encuentro, la lógica del verdadero conocimiento, la lógica de aquel momento particular de la verdad que trata acerca del acontecimiento (o de la experiencia factual explícita) de la verdad misma (de la contemplación del «alma» sin velos, en su nuda veritas), deshace la aparente diferencia inicial que había entre los dos.

Por lo tanto uso el término «verdad» en dos sentidos diferentes; en un sentido («momentos de la verdad») es sintáctico, mientras que en el otro («acontecimiento de la verdad») es semántico (el contenido específico de este acontecimiento resulta ser el verdadero conocimiento, mientras que otros sucesos tienen otros contenidos, es decir, toman conciencia de otros «momentos de la verdad», Jung podría decir de otros arquetipos). En cuanto al primer sentido, es necesario puntualizar que las verdades del alma no reciben su carácter de verdadero de ningún otro lugar—en contraste a nuestro concepto usual de verdad, el cual consiste en la correspondencia entre nuestras proposiciones u opiniones y los hechos reales y como tal es fundamentalmente comparativo, cuestionable, necesitado de justificación. Puesto que son verdades del alma, tales verdades son primordiales, irreductibles, «arquetipales». Tienen su medida dentro de sí mismas, en efecto, son la medida para, o el fundamento (en el sentido metafísico) de, aquello que puede ser empíricamente experimentado como verdadero. Son por lo tanto «no lo que el ojo puede ver, sino aquello que abre el ojo» (Kena Upanishad). Artemisa en el mito de Acteón, por contraste, es la imagen semántica de la verdad desnuda, representa la verdad, precisamente como «lo que el ojo puede (y necesita para) ver».

En el cuento de la montaña resbaladiza que discutí anteriormente con miras a elucidar lo que es la interiorización en la negatividad absoluta, teníamos una situación similar a la del mito de Acteón, el alma (en la forma de los tres hermanos) tratando de alcanzarse a sí misma como la princesa del otro mundo en lo alto de la montaña de cristal. Pero esforzarse por subir no es lo mismo que cazar o matar, y deslizarse hacia abajo no es lo mismo que ser convertido en ciervo. Este cuento no es sobre el deseo del alma de conocerse a sí misma, no es acerca del momento o de la verdad de sí misma en el cual el alma quiere conocer su propia verdad desnuda y así asimilar al sujeto en el objeto; más bien se trata de otra verdad, el momento muy diferente de la necesidad anímica por acceder a la tierra del alma y traer la comprensión anímica desde allí atravesando una frontera fundamental hasta aquí, el mundo empírico. Esa es la razón por la que aquí tenemos la clara separación entre la misteriosa aparición del caballero dorado y el reconocimiento empírico-factual del joven hermano como el poseedor de las manzanas de oro. Aquí el alma quiere darse alcance a sí misma en medio de este mundo, esto es, darle alma al mundo empírico-factual, enriquecerlo con su propia profundidad, con su resplandor dorado. Mientras que para ese momento de la verdad del alma en el cual la misma meta es el acontecimiento de la verdad, es necesario que Acteón no se mantenga a sí mismo en su forma original ni regrese a ella, para el otro momento de la verdad en el cual el alma tiene el propósito de conducir su propio don, el don del alma, hacia esta vida real, es esencial que los tres hermanos se mantengan como ellos mismos.

Hay un sinnúmero de otros momentos de la verdad en la vida del alma, entre ellos la necesidad del alma de ocultarse, de velarse a sí misma—en obvio contraste a la otra necesidad discutida en La Vida Lógica del Alma de encontrarse a sí misma como verdad desnuda, absolutamente develada. Menciono este hecho porque algunas personas, v.g., Michael Vannoy Adams, imputan a mi libro la tesis de que todos los mitos versan acerca de la búsqueda de la Verdad absoluta, así que sienten la extraña necesidad de recordarme que también hay mitos acerca del ocultamiento.

Ahora quiero dar al menos tres mitos más como ejemplos de otros momentos de la verdad, únicamente tres de la multitud de ejemplos posibles, y discutirlos solo someramente, de manera superficial. El punto para mí no es hacerle total justicia a ninguno de ellos, sino brindar alguna indicación general de lo que significan para la idea de los «diferentes momentos de la verdad» del alma. Como ejemplos he escogido mitos en los cuales el alma siente la necesidad de tomar la forma de una figura humana femenina, concretamente Sémele, Dánae, Alcmena, que se relaciona con un dios masculino, así podemos tener un contraste real con los dos cuentos de Acteón y de la montaña resbaladiza que comienzan con figuras masculinas humanas y que tienen una figura femenina divina o de otro mundo como su contraparte.

El mito de Acteón no versa sobre la psicología de los hombres, ni el mito de Sémele es acerca de la psicología de las mujeres. «Hombres» y «mujeres» no son conceptos psicológicos. Pertenecen a la biología, a la antropología, a la sociología, etc., mientras que la psicología trata sobre «el alma». En psicología, las imágenes de hombres y mujeres, de lo masculino y lo femenino, son metáforas o alegorías, pero de lo que son metáforas o alegorías es siempre del alma en una de sus apariencias. Dependiendo enteramente de qué naturaleza particular de la verdad de sí misma quiera representar el alma, puede necesitar imaginarse a sí misma como una figura masculina o femenina (o algunas veces quizá como neutral o hermafrodita), una figura en relación consigo misma (el alma) en la forma de una figura del sexo opuesto (o a veces también del mismo sexo o sin sexo en absoluto). La forma sexual de las figuras, más que ser un atributo primario ya dado, es una función de la noción particular que está siendo representada, una función de la naturaleza específica de los momentos respectivos de la verdad, tal como lo son otros rasgos específicos de las mismas figuras y como lo son las acciones y los eventos en el mismo mito.

Antes de comenzar, quiero hacer hincapié que al estudiar los mitos únicamente estoy interesado por la verdad que se despliega en ellos, es decir, por las nociones, por los conceptos. No tengo ningún propósito ulterior más allá de comprender el concepto y su lógica interna en cada caso. Bajo tal consideración esto es similar a estudiar la naturaleza de un triángulo en geometría. No quiero nada de ello para mí, no busco un uso práctico o un deseo de obtener respuestas y ayuda para vivir mi vida, para dominar mejor los dilemas, para superar los conflictos neuróticos, para mejorar mi auto-desarrollo o simplemente para entenderme mejor, ni para otorgarle alguna profundidad mítica a mi realidad. Todos esos intereses egoicos y ajenos los he dejado detrás. Así como los conceptos de un triángulo o de un octágono no tienen nada que ver inmediatamente con nosotros y con nuestras vidas reales; pero así como una clara comprensión de ellos diferencia y cultiva la mente, así, también, el estudio de los mitos no es acerca de nosotros y nuestro único propósito al seguirlos debería ser el de aprender a comprender algo y de este modo refinar la mente. El estudio de un mito debe ser libre, motivado solamente por el amor del interés mismo, sine ira et studio; nuestro estudio debe de tener todo lo que necesita dentro de sí mismo, incluso su recompensa. Su propósito es la verdad, la comprensión, y nada más. «La verdad os hará libres», tal como dice la Biblia (Juan 8:32), y «Magna est vis veritatis et praevalebit» (Grande es el poder de la verdad y prevalecerá), como Jung, probablemente citando a Tertuliano, (1) dijo tempranamente en 1912 (GW 7 p. 291, GW 7 § 441).

Sémele y el momento de la entrega absoluta del alma a sí misma en pasión

Si el alma quiere representar su propia necesidad de absoluta devoción y auto-entrega a sí misma como su otro, elige para ello una figura femenina. Esta absoluta entrega de sí misma es equivalente a la absoluta receptividad y concepción. Es absoluta al grado de no exigir ser preservada en su acto de recibir/concebir. En esta necesidad se constela el otro del alma bajo la forma de un engendrador, Zeus. Si el Zeus paterno se próxima a Sémele en su forma pura, absoluta, como un rayo, como el fuego totalmente consumidor, entonces esto no debe ser visto como violencia y aniquilación—en todo caso no debe ser visto simplemente como destructividad por parte del engendrador, sino como la expresión de la inexorable dedicación de Sémele. La forma de su destino al ser consumida por el fuego y por la naturaleza luminosa de Zeus revela su propia naturaleza. Esto es así porque el propio pedido de Sémele es ver y experimentar a Zeus en su verdadera forma, en su verdad ultima. Por lo tanto este es el momento de la verdad del alma en que ella desea experimentar su propia verdad o más bien a sí misma como verdad. De alguna manera, esto hace que sea muy similar al mito de Acteón, pero en lugar de la caza activa de la verdad (entonces «desnuda»), pura, virginal, lo cual expresaría un interés en conocerse a sí misma como verdad, el mito de Sémele muestra como el alma anhela pasivamente o, más bien, apasionadamente recibirse a sí misma completamente como verdad absoluta o como fuego ardiente hasta el punto de ser consumida por ello, y de este modo además concebir algo nuevo. En vez de cognición y visión (Acteón), iluminación total y consumición apasionada (Sémele). El relámpago no es algo que le venga a ella de afuera, un accidente, una terrible fatalidad. Más bien, el ser consumida es realmente, o al menos en igual medida, su propio consumirse a sí misma en pasión, su languidecer, su extenuarse, deseos que anhelan para sí el destello consumidor del rayo. La hermana de Sémele tiene el nombre de Tione, «la ardiente», y más tarde este nombre también le fue dado a Sémele. Esto expresa claramente la naturaleza de auto-entrega de Sémele. Absoluta entrega apasionada de sí misma y rayo absolutamente consumidor son lo mismo, aunque no iguales. El rayo revela en un lado la inexorabilidad y lo absoluto de la devoción apasionada en el otro lado. Naturalmente es así, ya que el mito representa la auto-relación del alma, y por lo tanto tenemos en ambos lados lo mismo, el alma en formas complementarias exactamente correspondientes. En la vida real, dos personas con su propio carácter individual, historia y necesidades se juntan; su unión es un «juicio sintético» en el sentido ya expuesto; ésta podría ser la razón por la cual podrían no encajar el uno con el otro. Pero la unión en el mito es la auto-manifestación de una noción, el despliegue «analítico» del alma (una y la misma alma) en dos, en una de la multitud de formas de sus emparejamientos dialécticos internos.

He usado las palabras «languidecer», «consumirse». Éstas no son totalmente correctas. El anhelado engendrador viene a Sémele de una forma verdaderamente violenta, de manera penetrante, no como parte de su cuerpo, sino como su existencia completa. Espenetración, de hecho, impregnación, absoluta. Y solo como tal ello es la disolución fundamental de Sémele: el cumplimiento de su pasión absoluta.

En el ser consumida o consumirse a sí misma, Sémele desaparece. En el encuentro no puede mantener su lugar frente al otro. Por lo tanto, no puede llevar dentro a su hijo hasta el final. Puede concebir, pero no puede ser madre, no pude ser un útero protector, contenedor, para su hijo. Es enteramente amor apasionado por su otro, en quien desea disolverse, con quien quiere unirse, fusionarse. Así que su concepción es incompleta, incluso se podría decir que su concepción es en sí misma abortiva, porque no puede contener al niño. No obstante, su unión no ha sido solo para sí, para su propia gratificación; fue en efecto productiva, trascendiéndola a ella misma. Y por esta razón tengo que corregir mi afirmación de que Sémele buscaba entregarse para así fusionarse con Zeus. Esto podría no hacerle plena justicia. Sémele realmente se fusiona, no dentro de él, sino en la unión con él: dentro del fruto del útero, en un Tercero.

Ella aún no puede ser madre para su niño. La función de madre, de útero protector, se traslada al engendrador, Zeus, y no solo a Zeus en general, sino probablemente de forma específica a él como el engendrador, es por ello precisamente que el muslo masculino toma la función substituta del útero. Esto, también, es inherente a la lógica de la completa y apasionada auto-entrega de Sémele. Ella no persiste. En su pasión, de alguna manera muere en la unión con su otro, y así su propia función de madre embarazada es también entregada y trasladada completamente al otro, a Zeus.

Zeus es ahora engendrador, padre, progenitor—y madre, llevando al niño a su término y dándolo a luz, simultáneamente. La transición del aspecto materno al padre y su unión de opuestos contra-natural es narrativamente representada como siendo realizada por Hermes. La transición de una esfera ontológica o lógica a otra es su dominio.

Zeus se vuelve madre en un sentido sublado, reflexivo, lógicamente negativo. No es por supuesto una madre natural. Hay una inherente ruptura, una alteración, en esta maternidad de Zeus.

¿Quién y qué es el fruto de esta unión? (a) Dionisos es en tanto que dios masculino no obstante de una naturaleza femenina. En él, su madre como la ardiente, la entusiasta, continúa viviendo, confirmando una vez más que Sémele en efecto se fusionó en la unión con Zeus, no solamente en Zeus. (b) Dionisos también es el dios de la auto-entrega, tanto en el sentido de éxtasis divino, delirio, desenfreno y de furia orgiástica, tal como el desmembramiento de niños vivos—una violenta radicalidad y destructividad en el cual se refleja el alto voltaje de su padre como el relámpago. (c) Dionisos es además vino, disolución, corrupción fermentadora, desmembramiento, en todo lo cual se expresan la ruptura lógica y el carácter de sublación del útero que lo llevó y que le dio a luz. Sin embargo, la sublación de lo natural (v.g. del útero natural) no catapulta a Dionisos completamente fuera de lo natural hacia la esfera de la mente, la racionalidad, lo puramente noético, como encarnado, v.g., en Apolo o Atenea. Más bien, en Dionisos, encontramos una sublación de lo natural que sin embargo permanece completamente dentro de la naturaleza, una sublación estrictamente natural, física, material, la cual se ve muy claramente en el símbolo del vino. Dionisos es una espiritualidad corpórea, natural: rapto, entusiasmo. Si seguimos a Kerényi, Dionisos expresa la celebración de la indestructibilidad de la vida, del poder de la vida para mantenerse precisamente a sí misma a través, y a pesar, de la crueldad de devorar sus propias manifestaciones. Atenea, definitivamente mental, también nació directamente de Zeus, pero ella surgió de su cabeza, mientras que Dionisos provino de su muslo.

Dionisos es, desde luego, un dios por su propio derecho y necesita ser visto como tal. Pero este no es nuestro tema aquí. Aquí tenemos que verlo como el resultado de la relación entre Sémele y Zeus, del agonizante apasionamiento del alma hacia sí misma en su forma última como relámpago completamente consumidor. ¿Cómo puede ser entendida esta especie de resultado venido de la consumición y de la desaparición del alma en la unión consigo misma como relámpago? ¿Por qué hay, cómo puede haber, un resultado, un producto? Para poder entender esto haré uso de un pasaje de una carta de Jung, no enteramente feliz, porque Jung está hablando de la vida humana empírica y de aspectos de la fenomenología de la conducta de las personas, mientras que yo quiero discutir la noción representada en nuestro mito. Sin embargo, las categorías usadas por Jung en el siguiente pasaje pueden darnos una pista acerca de qué es el producto de la unión «del alma como pura entrega apasionada» a «sí misma como puro relámpago». Jung dice: «Desafortunadamente es verdad que cuando eres esposa y madre difícilmente también puedes ser la hetaira, tal como es el sufrimiento secreto de la hetaira que no es una madre. Hay mujeres que no están destinadas a tener hijos físicos, pero existen aquellas que hacen renacer a un hombre en el sentido espiritual, lo cual es una función altamente importante». (2)

El alma como Sémele no quiere ser madre de un hijo suyo. Aquí el alma busca entregarse a sí misma en pasión a la unión consigo misma para dar renacimiento en un sentido espiritual al otro de sí misma, quien en este caso toma la forma de Zeus. Dionisos es, en el contexto de esta discusión, la objetivación separada de este renacimiento de Zeus a través de la unión con Sémele. En la vida real, algunas veces encontramos que un gran artista tiene a una mujer que más o menos se dedica completamente a él con el fin de servirle como musa. El producto de esta unión también es un nacimiento contranatural en el que el artista como engendrador es a la vez también aquel que en sí mismo lleva el fruto del útero a su término y lo da a luz. Pero en este caso, el producto no es el renacimiento espiritual del artista como persona, sino de su obra de arte.

Dánae y el momento del anhelo del alma por fecundarse a sí misma

Dánae es encerrada en un calabozo, en total oscuridad, en una especie de inframundo. El destino que le sobreviene, el ser aprisionada, y el lugar en donde se encuentra, nos dicen quién y qué es ella. Su prisión es el reflejo de su propia naturaleza. El lugar de encierro subterráneo es una vasija completamente contenedora, un receptáculo. Dánae es en consecuencia nada más que útero y madre. No sólo puede concebir sino también contener al bebe, llevándolo a término; lo contiene dentro del oscuro calabozo, dentro de la imagen del útero, incluso dos o cinco años después de su nacimiento literal.

Para concebir, el alma debe percibirse a sí misma como, y llegar a ser completamente, una prisión inframundana. Debe retirarse completamente del mundo visible y de todos los lazos que le atan con ello y ser un útero, un receptáculo, completamente invisible. Las ideas de un amante, una relación, una asociación, de deseo, lujuria y del éxtasis de hacer el amor no tienen cabida aquí. La concepción toma lugar en el inframundo.

El correlato del alma como Dánae quien es un útero completamente concebidor es la lluvia de oro en la cual Zeus llega hasta ella. El engendrador no se le aproxima de forma violenta, ni como un intruso-penetrador dentro de su prisión o dentro de ella misma; no hace estallar los muros de su prisión, sino que se filtra o fluye dentro de la vasija. Mientras que Dánae como la que concibe y contiene subsiste, Zeus en su forma de lluvia que se filtra es aquí, por decirlo así, absolutamente no existente como él mismo, como persona y sujeto; se ve reducido a, disuelto en, ser nada más que el semen fecundador, sin rostro, anónimo. Sin embargo, en tanto que oro, es la misteriosa sustancia interior de la mente o del espíritu, semen en su naturaleza de luz divina, el misterioso origen de la vida.

En comparación con el Zeus del mito de Sémele, podemos decir que la lluvia de oro es el relámpago contenido, pacificado, primero coagulado en forma sólida (oro), pero luego esta forma sólida desaparece de nuevo o incluso se vuelve líquida en la lluvia.

La noción narrativamente representada en la historia de Dánae es aquella del alma que quiere concebir y estar preñada. Es únicamente la imagen de la impregnación, concepción y embarazo. No es la imagen del dar a luz, ni del proteger, nutrir, cuidar maternalmente, criar al niño recién nacido. Dánae, como todas las figuras míticas, no es una persona, un ser humano, sino la alegoría de un concepto. El concepto de la concepción nos dice que el correlato del útero es el semen, no la persona a quien pertenece el semen. Podemos recordar aquí que en muchas culturas antiguas el acto sexual entre un hombre y una mujer no era pensado como algo importante para la procreación. Se pensaba que el padre real era un espíritu. Nosotros aún tenemos un rastro de esto en nuestra cultura en la idea de la Virgen María siendo fecundada por el Espíritu Santo.

El fruto de esta unión entre Dánae y Zeus es Perseo. Así como su madre es inframundana, así también él tiene una relación con la profundidad del inframundo. El hecho de que pueda preservarse cara a cara a la Medusa Gorgona nos recuerda la solidez de los muros de la prisión de su madre, mientras que en Dionisos tenemos desmembramiento, corrupción fermentadora y delirio, en perfecta concordancia con la absoluta auto-entrega de su madre. La lucha con la Gorgona, el demonio del inframundo, a diferencia de aquellas de Hércules, no tiene el propósito de simplemente matarla y extinguirla, sino de liberar algo precioso de las profundidades hacia la vida, concretamente Pegaso, la poesía. Este podría ser un efecto de la lluvia dorada.

Dánae es, como Core, una figura del inframundo. No obstante, mientras que Core está en su estado virginal y necesita ser ultrajada en el inframundo, Dánae es, por decirlo así, una Perséfone desde el principio, no hay necesidad de iniciación, ni de una transición de doncella a mujer y posible madre (útero).

Alcmena y el momento del establecimiento del alma en la realidad pragmática

Sémele desapareció en Zeus o en la unión con él, Zeus en su unión con Dánae fue reducido al abstracto misterio-divino origen de la vida y desapareció en la unión con ella. En ambos casos—mujer y relámpago consumidor/mujer como vasija sólida y lluvia de oro filtrándose—el encuentro fue fundamentalmente asimétrico, un lado u otro tienen una decidida preponderancia. Por contraste, si Zeus aparece ante Alcmena en la forma de su esposo, Anfitrión, entonces ella experimenta una unión con una pareja de igual posición y peso, una unión balanceada, en la cual ambas personas mantienen su lugar firmemente en la realidad. Por lo tanto, aquí tenemos una verdadera pareja. Su unión no se produce a través de una frontera de «especies» fundamental entre ellos, ambos son seres humanos.

Alcmena no es una doncella (Core) ni tampoco tiene conexiones con el inframundo, sino que desde el inicio es una esposa consumada en la esfera social humana, una Teleía. En este sentido, su unión sexual con su esposo es un hieròs gámos en el antiguo sentido griego del mundo. En la actualidad en los estudios religiosos este término es usado en el nuevo sentido introducido por los neoplatónicos (Proclo), como una unión particular entre dioses y como perteneciente a «cuentos místicos». Pero, como explica Kerényi, originalmente la expresión hieròs gámos fue usada para la consumación de un matrimonio entre mortales, en especial para el primer encuentro sexual si este era llevado a cabo de acuerdo a los ritos y costumbres prescritos por Hera. Hera como Teleía preside en particular sobre la transición del estado virginal de una mujer al de la esposa legítima, la esposa consumada (Teleía). Y el contraste a hieròs gámos era methemerinoì gámoi, «matrimonios cotidianos», que eran encuentros sexuales con prostitutas.

En este mito el alma se imagina a sí misma como mujer humana empírica real en una unión consigo misma como un marido humano empírico real. Pero puesto que esto es un hieròs gámos, un matrimonio de acuerdo a las reglas de Hera, que en sí misma es Teleía, Alcmena, también, se vuelve una Teleía. En el acto realizado en el espíritu y de acuerdo a las reglas de Hera, la mujer precisamente como esposa humana es—implícitamente—en sí misma Hera. Y su marido, Anfitrión, en tanto que marido humano participando en el hieròs gámos, de igual manera es—implícitamente—ipso facto Zeus Teleios, aquel que brinda cumplimiento o perfección a su mujer (cumplimiento en cuanto al estatus social de «esposa»).

Por lo tanto tenemos una cuaternidad. (3) En el nivel explícito empírico humano tenemos la pareja Alcmena y Anfitrión, mientras que en el nivel implícito e invisible divino tenemos a Hera y Zeus. Pero lo que aquí es esencial es que el nivel divino permanece invisible, meramente implícito; más que eso: está fundamentalmente sublado, no se ha convertido en una realidad en su propio derecho. Más bien, aquí es meramente el reflejo de la profundidad interior o del significado simbólico de la relación interhumana en el sentido de un hieròs gámos. Así que aquí no hay una verdadera cuaternidad. En verdad, solo hay dos realidades, Alcmena y Anfitrión, y Hera y Zeus no son nada nuevo y adicional a ellos: tan sólo son el aspecto profundo interiormente divino de los dos humanos en sí mismos si, y durante el tiempo en que, realizan el rito de un hieròs gámos. Por llevar a cabo este rito, por así decirlo, se ponen vestiduras divinas. Por lo tanto, aquí los dioses no tienen realmente una existencia propia. Están de forma lógica completamente reflejados en los dos humanos y por lo tanto son «internos» a ellos.

En éste momento particular de la verdad del alma que es retratado en este mito, el alma se instala completamente en el plano mundano, en el lado empírico humano, en la realidad social. El hecho de que «Zeus» aparezca ante Alcmena en la forma humana de su propio esposo también refleja que el propio otro del alma ha sido humanizado y perdido su otredad fundamental. No hay realmente un cruce de este lado al más allá, o viceversa. De hecho, una frontera entre dos reinos fundamentalmente diferentes, entre este mundo y el de más allá, no entra en juego aquí. La diferencia entre dos reinos separados por un linde fundamental precisamente ha sido reducida a la otredad social ordinaria del esposo y la esposa en este lado de la frontera. No hay un interés por que la verdad desnuda sea encontrada en lo agreste, o por la princesa con las manzanas doradas en la montaña de cristal, ni un languidecer por ser visitada por el relámpago absolutamente consumidor o por que la lluvia divina de oro sea aceptada/concebida por una oscura vasija inframundana. El alma, en este momento de su verdad, se satisface con ser plenamente humana y con establecerse en la realidad positiva. Una iniciación o un encuentro real del alma consigo misma como su propio otro o un avance aventurado por parte del alma a su propio país difícil de alcanzar no tiene lugar aquí.

En términos de historia cultural, podríamos decir que aquí el estadio de existencia mítico-ritualista ha sido abandonado y que la esfera de la religión ha sido introducida, una religión en la cual los dioses ya no son más epifanías, realidades experimentadas en la naturaleza (por así decirlo universalia in re), viviendo cara a cara, sino que se han vuelto mentales, habiéndose retraído a la mente humana y por ello ahora solo tienen una existencia simbólica sublada en la fe de uno o en la propia actitud piadosa, como concepciones en la imaginación humana (por así decirlo universalia in mente) y como contenidos de la interpretación privada de la vida real. Como los objetos destinados a la adoración de uno mirando hacia arriba, confirman el establecimiento unilateral del hombre en este mundo y su mero «sueño» de lo otro. En el presente caso, Hera y Zeus son simplemente la formulación del hecho de que el fenómeno social real de un matrimonio en tanto que real por y en sí mismo y como autosuficiente es experimentado como teniendo (o asignándosele) su propia profundidad interna y su significado (religioso) más elevado. La situación desde luego aun no es una situación moderna, psicológicamente profunda, donde los dioses podrían ser imaginados como imágenes en sí mismas, en nuestro propio inconsciente. Más bien, aquí los dioses y el significado religioso son factores sociales, expresiones personificadas de los valores y normas de una comunidad social (en nuestro caso valores y normas concernientes al matrimonio) y al mismo tiempo la personificación de la autoridad absoluta que autoriza tales valores. Pero ya hay abstracto-formalmente (estructuralmente) una cierta similitud con la situación moderna en la que un más allá real tal como el que se expresa en lo alto de la montaña de cristal ha sido eliminado, y en el cual los dioses son solo ideas o imágenes en la mente humana.

Sin embargo, con el hieròs gámos el significado de la narración de Alcmena no está agotado. Hay otro aspecto entero que complica el asunto. En su unión con Hera, Zeus es el hermano-esposo. Como tal o como Anfitrión convertiría a Alcmena-Hera en la Teleía, pero no podría ser padre de un niño. Zeus es padre solo cuando no es hermano-esposo, sino cuando es, en el sentido más amplio, el origen de la vida (que apareció ante Dánae como la lluvia de oro y ante Sémele como el relámpago). El acto sexual normal entre humanos como hieros gamos no es en sí mismo reproductivo. Solo se vuelve reproductivo si además el origen de la vida misterioso y espiritual también entra en juego. Este último no tiene nada que ver «arquetipalmente» con el acto sexual humano ordinario, sino que es algo independiente que deriva de un reino «ontológico» o «arquetipal» completamente diferente, el cual puede acompañarlo o no. Es una característica especial de la mitología griega que éste Dios, Zeus, encarne esas dos funciones casi opuestas.

Por lo tanto no tenemos un simple matrimonio cuaternario. Esto se complica porque Zeus aparece aquí en dos funciones diferentes, presentándose como parte de la cuaternidad y metiéndose en ella. En el primer sentido, es simplemente el hermano-esposo de Hera y como tal el aspecto profundo interior de Anfitrión como el esposo normal que Anfitrión es. Hasta este punto, todo es comme il faut. En toda unión sexual legitima, existen estos dos niveles, el nivel empírico humano y el nivel de significado interior de los acontecimientos empíricos de la pareja divina. Pero aquí Zeus también y en adición está presente como el resplandeciente destello del misterio del misterioso origen de la vida, algo comparable al Espíritu Santo. Sin embargo, el punto en este momento de la verdad del alma es nuevamente que la fuerza de la paternidad espiritual se oculta completamente a sí misma en la forma de lo normal, lo común, de lo empíricamente real y familiar. No se vuelve visible y explícito; de hecho, permanece completamente inadvertido. El misterioso origen divino o espiritual de la vida se encuentra oculto y ocluido en la consumación factual del matrimonio. Aquí el alma no busca confrontarse consigo misma en una epifanía o revelación directa de Zeus como el engendrador, como ocurría con Sémele o Dánae, o, para este caso, con la Virgen María (la Anunciación).

Solo después del hecho, cuando existe una discrepancia entre las experiencias de Alcmena y Anfitrión, se deduce la participación de Zeus como un Otro. En este sentido, el lado del alma en su otredad fundamental se hace presente en esta historia, después de todo; sin embargo, solo como una conjetura, no como una revelación. Como una inferencia, como una conjetura, la presencia de Zeus es solo una idea en la mente humana. Realísticamente hablando esta conjetura se reduce a la observación de que Alcmena ha quedado embarazada. En el presente mito, este hecho se explica religiosamente como el misterioso origen de la vida (y no solo como el esposo humano) yaciendo junto a Alcmena, mientras que hoy para nosotros el diagnóstico de un estado de embarazo, como-tal-impredecible, no necesita ni recibe una interpretación religiosa. Lo dejamos sin explicación y sin profundidad religiosa como un hecho fortuito meramente biológico, un suceso accidental en la esfera de la positividad sin ningún tipo de significado. Por lo tanto incluso con respecto a Zeus como el misterioso origen de la vida tenemos que darnos cuenta de que en esta constelación particular prevalece la postura religiosa (en contraste a la colocación ritualista o iniciática) y que además aquí el alma se ha establecido en el lado humano y permite la realidad de la presencia de lo divino solo vía especulación después del hecho, no como experiencia iniciática inmediata.

Cualquier niño procedente de un hieròs gámos es ipso facto un Hera-cles, una gloria de Hera. Pero Hera también esta celosa de este niño, porque sabe que el padre no puede ser su hermano-esposo o que Zeus no se limita a sí mismo a ser su hermano-esposo y en este sentido se escapa de ella, le es infiel.

Heracles en tanto que el fruto de esta unión pertenece completamente al mundo empírico. Su tarea es la de establecer firmemente y estabilizar la colocación humana en éste lado, en la realidad social, en el mundo empírico, y protegerla de la embestida del otro lado del alma, el cual ahora aparece como monstruoso. Es por esta razón que debe luchar y eliminar a los monstruos del inframundo, uno después de otro—no para ganar un favor de ellos, sino para cerrar completamente la puerta al otro lado de forma más segura. En tanto que enraizado completamente en la esfera social humana, tiene que realizar trabajos. Y de forma similar, tiene que ser el gran sufriente, tal como Jesucristo (Dios vuelto hombre en esta tierra), sin que su sufrimiento tenga de alguna manera la naturaleza de una iniciación (como por ejemplo con Dionisos). Es solo sufrimiento llano, simple dolor. Pero el otro lado de ésta mundanidad suya es que en el final, en su vida después de la muerte, es recibido en el Olimpo (4) y se casa con Hebe, la versión joven de Hera. Esta dualidad de las esferas se corresponde desde luego a la dualidad en los niveles del matrimonio cuaternario y al hecho de que el alma en este particular momento suyo de su verdad ha entrado en el estadio «religioso» y se imagina a sí misma de acuerdo a éste.

Heracles podría no haber sido el producto de la unión entre Sémele y el relámpago, ni de Dánae y la lluvia de oro. A la inversa, un Perseo o un Dionisos posiblemente podrían no haber sido la descendencia de la unión de Alcmena con Zeus como Anfitrión. En el mito, los padres y la forma de la unión por un lado, y el hijo y sus características por el otro, se explican mutuamente. Son tautológicos. Ahora, Heracles es, dentro de la mitología, aquella figura que activamente clausura el modo mitológico-ritualista de ser-en-el-mundo y de este modo prepara el terreno para aquella nueva postura caracterizada por la religión y la filosofía, la metafísica.

Notas

1. Tertuliano, Adversus Praxean 26.

2. C.G. Jung, Letters 2, p. 455, a Carol Jeffry, 18 de junio de 1958.

3. Pero nótese la diferencia con las cuaternidades con las que trabaja Jung, donde el otro trascendente (interno, inconsciente, arquetipal) de una persona es contra-sexual (v.g. el Adepto y su Anima, la Soror y su Animus).

4. Los muchos paralelos entre Heracles y Cristo (Cristo como dios vuelto enteramente hombre, Cristo como vencedor del inframundo, Cristo resurrecto) fueron advertidos y apreciados por la Iglesia temprana.

«Re-imaginar la psicología» de James Hillman

Logos del alma

El universo es un lugar terriblemente caótico, los remansos de orden y lógica, son acaso breves milagros que no tendrían porque existir; así como la materia conocida no es más que un descuido de la oscura materia que envuelve todo lo existente, también la conciencia no es otras cosa que un destello incierto del profundo inconsciente. Somos el olvido de Dios.

Leo, o sueño leer, un libro difícil de describir, llevo tres semanas indagando en sus páginas y no deja de sorprenderme. Dice cosas que yo creía olvidadas, defiende lo que yo pensaba era indefendible, me obliga a rememorar viejas ideas que ya había calificado como abyectas. Esto demuestra que en ocasiones es necesario regresar a los antiguos vicios, para comprenderlos y utilizarlos de forma distinta. En cuanto a la psique cualquier juicio es apresurado.

El libro es «Re-imaginar la psicología», de James Hillman, que inaugura, con dicho texto, el estudio complejo de una rama de la psicología analítica: la psicología arquetípica. Politeísta, psicologizador, deshumanizante, es un esfuerzo por devolver la potestad de la psique a las antiguas formas que implícitamente la sostienen y la guían. Un retorno al caos, a la multiplicidad y la magia prehumanas que persisten en las sombras de nuestros sistemas de pensamiento. Reivindica el logos, la idea, la teoría, la fantasía, la depresión, la patología y el pecado, vuelve a ellas con nuevos ojos (los de la aflicción) y recrea así todo un mundo.

Las psicologías no entenderían este punto de vista, demasiado imaginativo y enrevesado dirían los sistemas mecánicos (cognitivos, sistémicos), demasiado enfocado en el pathos temerán las terapias humanistas (gestalt, transpersonal y demás derivados de la tercera fuerza), demasiado caótico y aventurado se quejaría la psicología profunda. Pero en la plétora es en dónde radica la fuerza, en la desproporción de las ideas, pues como sabía Blake el exceso conduce a la sabiduría.

Esta visión de los fenómenos psicológicos devuelve su papel mediador a la antigua psyche, aportando un tercer elemento a la formación physis-pneuma. Se acerca, así, a un modelo inexplorado de la psicología donde reinan la ambigüedad mítica, el sacrificio ritual y la sombra destructora y benévola. Una psicología que desiste de categorías, de certezas y de lógica.

No sucede tal como los filósofos medievales pensaban, no el descuido de Dios borra las cosas con un fuego invisible, al contrario su negligencia crea mundos, cualidades, significados. El alma sueña con volver al paraíso, pero el paraíso es infernal.»

La naturaleza ha muerto, dios ha muerto, el hombre ha muerto, quedamos los que nos alimentamos de sus restos

Logos del alma

Salvar a la naturaleza se ha vuelto cada vez más un eslogan, es una empresa que genera grandes dividendos y que se adhiere a la misma lógica, que paradójicamente, destruye al planeta. No se asume que la naturaleza y la imagen de la naturaleza son dos dimensiones distintas de un mismo concepto, ésta última ya ha sido abandonada hace mucho tiempo, porque la naturaleza destruye a la naturaleza, y lo hace de forma lógica.

Hay un trasfondo ideológico en el enunciado que reza que se debe proteger al medio ambiente, que se debe salvar a la madre naturaleza de la destrucción. Se coloca, inadvertidamente, al orden de lo biológico en la dimensión perteneciente a la consciencia, afirmando con ello, de forma contraria a lo que se pretende, que lo natural ha sido dejado atrás al convertir el universo de la union naturalis en el residuo simbólico del cual el sujeto se alimenta para construir su identidad. Pero el individuo emergió del cuerpo lógicamente muerto de la madre naturaleza.

La vida biológica es el recuerdo que la consciencia tiene de su estar contenida en lo natural, pues aquello que se experimenta como «el mundo» no es sin una idea que ha surgido y ha abandonado su propia realidad como objeto, para constituirse, por fin, como parte de un proceso lógico, como una construcción de la mentalidad y nada más. Este recuerdo es la vida como un proceso vuelto dentro de sí para poder ser usado como una yesca de la cual lo psicológico enciende su propia llama. Es así como el alma ha nacido de sí misma al darse muerte dentro de, y como, su propia constitución biológica.

Hay, por lo tanto, una espera infantil en la ilusión del regreso a la armonía con el medio ambiente como si éste estuviera aun animado. Es una imagen proveniente de cuándo se entendía que sobre el cosmos yacían los padres celestiales en el hierosgamos y la existencia era un rezo continuo hacia su poder abrumador. Sin embargo, los dioses han roto su copula y el hombre ha nacido irremediablemente solo. Esto significa la muerte de Dios: el resquebrajamiento de las estructuras metafísicas que daban sostén a la experiencia del individuo para morar, ahora, en el plexo solar, a cambio del sacrificio del sujeto a la noción que lo contiene.

Ya no hay objetivos trascendentes, ni grandes sistemas de pensamiento, el hombre está maldito, condenado a ser solo quien ya es, con la mirada fija en el abismo. Tampoco queda el consuelo numinoso, pues si en otros tiempos las religiones imaginaban un alma ligada a un mundo espiritual y metafísico como un doble, esencial, del hombre, hoy ya no es posible hacer eso sino para ahogar la angustia por la inanidad de la existencia. Pensar en un anima mundi es esperar ser nuevamente niños complacientes, contenidos en las formas imaginarias, mirando hacia arriba, a un cielo, sin embargo, ya despojado de imágenes.

La naturaleza murió hace tiempo, de ahí nuestra angustia. El hombre también se volvió obsoleto desde hace algunos siglos, quedamos entonces sus restos viviendo de los residuos simbólicos de otras eras. Dejemos, entonces, que los muertos entierren a los muertos.

Es el daimón quien aprende

Educación posmoderna

Hay un énfasis desmedido en la figura del profesor durante el proceso de enseñanza-aprendizaje, como si la carga total de la senda educativa recayera sobre este único elemento, pero los actores educativos son varios, ademas del docente. Esta proyección social sobre la figura del maestro omite que la educación es una empresa sistémica que implica varios ordenes institucionales: las políticas publicas, las configuraciones familiares y las representaciones del sujeto individual y en donde se entretejen un conjunto de condiciones socioeconómicas y personales. En pocas palabras, la educación del sujeto depende más del contexto social y del espíritu de la época que de la relación entre el alumno y el maestro, pues siempre hay un tercero, entre los dos, que rige el rumbo del trabajo áulico.

Wolfgang Giegerich ha llamado «alma» a la producción continua de significados compartidos que constituyen la mentalidad, ésta no tiene una existencia positiva porque en sí misma es la negatividad de todo lo existente, es su dimensión lógica. Desde esta posición, se puede entender que toda actividad humana tiene como contexto la sintaxis anímica en que se desarrolla la continua producción de significados, éstos no pertenecen a nadie, son mera expresión de sí mismos, por lo tanto, el proceso educativo ocurre primero en ese lugar negativo.

Así, la cultura es conjunto de discursos que se producen de forma continua, que no son creados por nadie, sino que se construyen de manera autónoma y se reifican en lo positivo a medida que se van destruyendo, los sujetos vivimos de los restos dejados atrás por el alma e incluso nuestra noción de «sujeto» es un cadáver de tal dinámica. La educación puede ser vista como la afirmación continua de narrativas que proveen de identidad a las personas, de tal manera que les permita socializar con su pares reproduciendo significantes ya establecidos. Significados y significantes son la vía a través de la cual el gran Otro llega a casa a sí mismo, por medio de la repetición de su discurso en el lenguaje que los individuos aprenden.

Todo esto supone que en principio es el Otro, el alma, el daimón, quien en su función creativa dialoga consigo mismo para poder alcanzar su propia posibilidad, tratando de llegar al devenir del que proviene. Eh ahí el modelo prístino de la educación, pues idealmente la enseñanza implica llevar al alumno a aquello que en él es elucidado, es decir, conducirlo a su dimensión noética, en el sentido de volver al sujeto sensible de los conceptos que constituyen el mundo en el que vive y no convertir dichos conceptos en ídolos.


Educar es permitir que el proceso educativo original suceda ante la propia reflexión, cuando se permite que los conceptos hagan su trabajo en el corazón de cada individuo. Por esto es que la figura del maestro ha sido tan exaltada y denostada a la vez, ya que no se contempla que su labor no es otro sino el de permitir que emerja (que se constele) el verdadero educador y por eso se le confunde continuamente con una figura arquetípica que no le corresponde. Se espera demasiado del profesor porque no se atiende al concepto que le da vida a su trabajo. Lo mismo podría decirse del alumno, pues debe de comprenderse que quien aprende, realmente, es el daimón. El dilema educativo ha de girar en torno a tratar de dar cabida de manera manera consciente a ese opus que ocurre como un misterio en el que el hombre moderno ha ser iniciado, en el que debe ser educado y donde aprender significa brindar hospitalidad al alma.

Nota sobre el prejuicio causal en psicología

Logos del alma

«Sin darnos cuenta nos ponemos una camisa de fuerza lógica al dejar que la causalidad eficiente determine todos nuestros esquemas explicativos.»

Lynn Segal

La mala crianza no genera, irremediablemente, malos individuos y la buena crianza no necesariamente construye buenas personas. El mundo de la psique es mucho más complejo que esa simple correspondencia, nuestra confianza en la causalidad es infundada e ingenua, se sostiene en una etapa metafísica, donde el sujeto estaba atado a los objetos y estos le daban sentido a su existencia. Pero hoy, una vez que ha nacido el individuo, podemos saber ciertamente que el bien no genera bien, ni el mal resulta en mal de forma determinada.

No obstante, en psicoterapia sigue vigente el prejuicio causal que enlaza sucesos arbitrarios que simplifican la complejidad de la existencia. Esta situación abstrae a la persona de sus circunstancias y le evita el esfuerzo de tener que reflexionar sobre las múltiples aristas de un hecho, que como contingente tiene una vida interior que dialoga de manera constante con la sintaxis en la que está inscrito. Reducir un conjunto de eventos a otros, ya sean constelaciones astrológicas, patrones familiares o tipos psicológicos resulta sencillo y reconfortante pero somete al fenómeno psíquico al engañoso sesgo de confirmación que elimina su carácter de ser un Otro por sí mismo.

Pero un buen ser humano es algo relativo y es resultado de múltiples y complejos factores que posiblemente no se puedan conocer del todo, ha nacido de una cultura, de un contexto que lo construye, pero a su vez su propia vida interna es una miríada de factores que en su entrelazamiento lo empujan hacia una multitud de posibilidades. Dicho hombre bueno, de acuerdo a los hados que lo limitan, puede decantar en las peores acciones si las circunstancias son favorables y esas circunstancias son también indeterminadas. Las acciones terribles, a su vez, pueden degenerar en un bien mayor, o no, el hombre está ligado (religio) al destino de los dioses, que a su vez están atados por compromisos irrefrenables.

Los consejos psicológicos que recomiendan formas de crianza, de educación, de trato mutuo, las formulas que garantizan la perdición o el éxito en alguna esfera de la vida del individuo, son solo opiniones basadas en el sentido común y en una mitología propia de un mundo que no ha superado la visión causal y moralista de la realidad; tal perspectiva será acogida por personas desesperadas y sumidas en la necesidad de hacer responsables a otros, sujetos o circunstancias, de sus propias condiciones. Pero el individuo está liberado, ha nacido a su desnudez y no puede sino hacerse responsable de su propia corriente de acontecimientos.

Así que los buenos hombres a menudo se fortalecen en la podredumbre y otros tantos lo hacen en la virtud. Los padres pueden ayudar, quizás, si se ocupan de sí y de sus obligaciones y, a la vez, permiten que la vida enseñe a su hijos lo que cada uno puede ser. Ahora bien, esto no deriva sino en el azar. Una Babel de oportunidades y fracasos es la existencia y por ello vivir es un acto de fe en la vida misma.

He visto psicólogos

Logos del alma

He visto psicólogos trabajando con sustancias metafísicas, haciendo ego-psicología (elevando la autoestima, sanando el niño interior, curando enfermedades físicas y/o mentales, categorizando síntomas, escuchando los mensajes de los sueños, encontrando el sentido en el sufrimiento, contactando con las emociones, leyendo historias para sanar, integrando lo femenino o lo masculino, reestructurando constructos cognitivos, cerrando gestalts, haciendo talleres para padres, orientando, encontrando el emergente sistémico, contactando a los dioses en cada persona, mitologizando, analizando, leyendo al inconsciente como lenguaje, aplicando programas de reforzamiento, buscando la consciencia en las estructuras cerebrales, reduciendo los fenómenos a sus formas arquetípicas, amplificando, desensibilizando y resensibilizando, acercandose al espíritu, programando el comportamiento, hipnotizando al estilo clásico y moderno, trabajando con el cuerpo, perfilando, encontrando el arbol genealógico, el relato verdadero, jugando a la quiromancia, a la cartomancia, a la astrología…) y yo mismo, mea culpa, he sucumbido a todo ello. Pero la psicología no fue el tema que alimentaba todos esos enfoques, todas esas prácticas, pues nos centrábamos en el hombre y no en la psicología, nuestro quehacer era el del sanador, el del médico, el del antropólogo, el del sociólogo, el del maestro o el del cura; pero el tema de la psicología es la psicología misma, el alma de los fenómenos, el fenómeno del alma. Hay tantos psicólogos y tan poca psicología.