De la psicología vulgar

Logos del alma

Cuando un físico, un biólogo o un químico hacen divulgación científica, sería incorrecto pensar que su propósito es el de rebajar el saber complejo de sus disciplinas para que cualquiera pueda acceder a él, pues dicho conocimiento no solo implica la información y la capacidad de descifrarlo, sino el esfuerzo, el sacrificio y la constancia para interiorizar la lógica de tal parcela de pensamiento, para construir las bases epistemológicas que den acceso a su complejidad inherente.

Cualquier disciplina, al ocuparse de un campo específico de conocimiento, exige del interesado que éste profundice lo mejor posible en los vericuetos teóricos de sus conceptos. Lo cual supone la disposición para estudiar de manera prolongada un solo tema y someterse al arduo trabajo de lectura, investigación y consecución de las capacidades que se precisan para estar a la altura de dicha disciplina. Es una faena que consumirá la vida del investigador.

Lo que se busca en la divulgación tiene dos objetivos: uno es atraer la atención de los legos hacia una rama de investigación, y esperar a que el interés surja en un individuo, lo cual sucede en muy pocos casos. Lo segundo es acrecentar el monto de validez cultural que supone el imaginario social sobre el paradigma científico, es decir, persuadir y seguir persuadiendo de que lo que la disciplina en cuestión hace es importante para la sociedad. Es un truco, pero es un truco importante, que permite la supervivencia de este modo del saber, al mismo tiempo que procura su debida complejidad.

En el área de la psicología, no obstante, ocurre una variante del proceso descrito como la separación inconsciente de los dos propósitos, donde en el camino de la validación una faceta olvida a la otra. Es decir, los psicólogos tienen en su haber dos psicologías, una para el estudio personal y otra para la divulgación. En la primera dedican, si hay suerte, su esfuerzo al entendimiento de los fenómenos intrincados de la psique, a los fundamentos de sus escuelas de pensamiento: psicoanálisis, psicología analítica, sistémica, conductual, socio histórico cultural y demás.

En la segunda variante, sin embargo, los profesionales banalizan el saber psicológico para que éste pueda ser entendido de forma inmediata y sencilla por la gente de a pie, lo hacen a la manera de fórmulas y consejos para vivir mejor, propios de la antropotécnica. También lo llevan a cabo a través de chistes baratos y memes vergonzosos (”síganos para más payasadas”, suelen decir) y en este proceso los psicólogos son devorados por la misma vulgarización, edificando lo que se podría denominar como “ego-psicología”, una forma de complacencia en los intereses del mercado y de la cultura de masas.

Los ejemplos más claros son aquellas técnicas sostenidas en un experiencialismo ateórico como la autoayuda, el coaching, la psicología positiva, las constelaciones familiares, entre tantas otras donde se promueve una separación ficticia entre lo teórico y lo práctico y se fomenta la exacerbación de la emocionalidad histrionica y el subjetivismo como pruebas de la eficacia de sus dogmas. En estas pseudo-terapias es donde culmina, hasta el momento, el sacrificio intelectual propio del pensamiento anti-psicológico contemporáneo.

Pero la degradación psicológica también se observa en las continuas frases que los psicólogos comparten y dedican a sus pacientes o clientes, en la búsqueda del bienestar personal y de la salud mental, en la comercialización continua de una narrativa psi, que sostiene, inadvertidamente, los medios de explotación modernos y que se reproduce en los planes de estudios de las universidades y en el discurso mediático de la psicología popular.

Cuando un psicólogo comparte una frase motivacional, cuando hace una separación entre un espacio para la teoría y uno para la práctica, cuando se esfuerza por disuadir por medio de la simplicidad; rinde culto, sin saberlo, al estatus quo y es fiel a su papel de sostenedor del mismo. Se vuelve el vaso de un proceso de masificación de un aparato cultural que interpreta a la realidad y al sujeto humano como objetos de intercambio en la gran lógica del capital.

Finalmente, la psicología, o al menos la vertiente psicodinámica, aquella que parte de la realidad psíquica, no cuenta con las herramientas científicas que aseguren su complejidad, al contrario, por el hecho de su incapacidad para ser una ciencia, su trivialidad es inevitable, ya que su objetivo último no es la rigurosidad de su saber sino la construcción de pilares que sostengan el discurso social imperante. Esta psicología es una ideología y como tal debe simplificarse para reproducirse.

Este es el estado del arte de la psicología vulgui, aquella psicología que no está asentada en el opus magnum psicológico y cuya meta real es la cosificación e inflación del individuo. Por eso puede prometer recetas simples para problemas complejos y adherirse a las modas culturales más estrepitosas. Su compromiso inconsciente es con el espíritu de los tiempos y no sabe diferenciarse de la sombra de la mayoría silenciosa, al contrario, ha vuelto su nicho el pensamiento de masas y la atomización de los individuos.

Para formar parte de este movimiento, que Jung también denominaba una psicología sin alma, hace falta un rechazo firme de la realidad psíquica y de la psique objetiva como campo de estudio del psicólogo. Pues al fin y al cabo ¿quién querría dedicar toda su vida a un tema y ofrendar su ego al desarrollo de una noción que no ofrece recompensa alguna? ¿Quién querría ser poseído por una máscara que haga evidente su verdadero ser y entregarse así al proceso de la individuación del concepto?

Hook, un análisis junguiano

Logos del alma

Ensayo realizado para la especialidad de psicoterapia transpersonal en el año 2007

La película Hook, estrenada en 1991, fue dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Robin Williams, el guión esta basado en el clásico cuento infantil Peter Pan de J. M. Barrie llamado originalmente El pequeño pájaro blanco y posteriormente Peter y Wendy, con el tiempo el nombre ahora usado se popularizo y se olvido el titulo original.

En esta historia Peter Pan regresa, como tantas otras veces, a ver a Wendy a su casa en Londres, sin embargo, ambos se dan cuenta de que los años han transcurrido y las aventuras con piratas e indios son cosa del pasado. Peter, entonces, observa la cama que la ahora abuela Wendy cuida con paciencia y ve en ella a la nieta de la anciana, Moira, Peter queda prendado de la joven Maggie y decide quedarse con ella, aunque eso suponga la aventura inmensa de crecer.

Bajo este giro en la historia original, Hook se desprende de sus raíces para contar como ha sido la vida de Peter Pan luego de decidir vivir en el mundo de los adultos. El niño que nunca crecía fue adoptado, creció, estudio una carrera, contrajo matrimonio con Moira y tuvo hijos, se convirtió en un adulto del mundo moderno, sin embargo, como toda aventura, la senda del crecimiento le deparo los males del olvido y de la infelicidad.

Peter Banning, antiguamente Peter Pan, olvido todo lo referente a su niñez, su estadía en el país de nunca jamás, a los niños perdidos, sus grandes aventuras; como adulto el móvil de su existencia lo constituían el trabajo y su familia, o más bien la posición económica de su familia. Banning en la lengua inglesa es el gerundio de Ban, que significa bando o edicto y también prohibición y exclusión, en la jerga computacional el término es común para indicar la limitación en la entrada a algún sistema. Imbuido por la mascara, que como arquetipo es formado por el contexto social, su identidad fue formada en base a la apariencia social y el deber ser, su visión se emplazo en un paradigma racional-patriarcal y, claro está, eminentemente masculino.

Lo masculino se caracteriza por interactuar con el mundo a través de la disección, de la prohibición (Banning), sólo excluyendo es como lo masculino sobrevive en un mundo con una potencia femenina menguada y una nula recordación del pasado, así es la sociedad en la que la película se desarrolla, sobra decir que también así es nuestro contexto particular. El pilar de la sociedad occidental contemporánea se basa en el desarrollo individual pero enfocado a la producción eficaz, lo que convierte al autodesarrollo en un acto egoísta y ruin, únicamente hay que notar la proliferación de doctrinas espirituales basadas en el consumismo para darse cuenta de la pobreza espiritual de los tiempos actuales. La sociedad actual igual que Banning vanagloria la función racional del pensamiento.

Así la vida de Peter Banning transcurre monótona y fría emocionalmente, para nuestro protagonista lo que importa es el trabajo pues él es un hombre activo, decidido y entregado, pero solamente en uno de los aspectos de su vida, descuidando por defecto las demás facetas de su existencia. Por lo tanto, Peter encuentra difícil entablar relación con sus propios hijos, consecuencia obvia de no poder contactar con su infancia perdida, y es que un hombre no puede dar lo que no tiene, y en el protagonista el afecto se ha congelado para dejar paso libre a la eficacia.

La crisis en la trama sucede cuando Peter visita, junto a su familia, a la abuela Wendy, a la que Peter no ha visto en los últimos diez años. Regresar a la casa antigua es como regresar al pasado, los nervios sensibles se tocan y hasta para el protagonista, insensible e irritable, hay cambios en si mismo que ni siquiera advierte. Luego, durante una función de teatro, sucede lo inesperado: los niños son secuestrados y hay una nota que exige la presencia de Peter Pan en el país de nunca jamás, la carta es firmada por James Garfio (Hook).

Hook significa garfio en su traducción del idioma ingles, pero es interesante que la expresión hook up, es utilizada para designar el acto de conexión. En efecto la llegada de Garfio a la vida de Peter simboliza la oportunidad de éste para reconectarse con su pasado, con su niñez olvidada. James Garfio es la sombra, despiadada, mezquina y destructiva, pero en ella se encuentra implícito el principio para descubrir el camino hacia el self enterrado. Hook up es el acto religioso en esencia, es debido señalar aquí lo ya tan mencionado en la cultura popular, religión proviene de la raíz latina religiere que significa meditar o recordar, pero también pertenece a la raíz anglosajona religare que se usa para indicar la revinculación, por lo tanto, todo acto religioso es un episodio de retorno a los orígenes del ser, acto mismo que es necesario para convertirse en el ser original (sí mismo).

En la mitología el acto religioso se relata en los episodios en los que el héroe es tragado por una ballena o alguna bestia inmensa. La ballena, animal del inframundo, Bahamut o Leviatan, lleva al héroe a los confines del mundo conciente, lo sumerge en las aguas infinitas del inconciente y ahí lo obliga a morir para renacer. El símil de la ballena lo encontramos en el bautismo y en los templos cristianos, cuyas entradas están pobladas por gárgolas, espíritus marinos que semejan los dientes horribles de los cetáceos.

Inesperadamente Peter es ayudado por el hada Campanita, quien lo envuelve y lo ayuda a llegar al país de nunca jamás. Campanita acompaño a Peter desde la más tierna infancia, en la película, es ella quien lo rescata cuando el decide huir de su destino. Campanita es la guía femenina que le indica los pasos y le brinda poderes para el viaje. Todo héroe tiene un benefactor parecido, él (o ella) es quien le enseña el curso de su aventura y quien lo rescata de los constantes apuros que la inexperiencia conlleva. En este caso es importante recalcar el papel femenino que juega Campanita, pues ella representa parte del ánima que Peter ha olvidado. Su parecido con la mariposa (psyche) es digna de notarse, ya que ésta es una figura asociada con el halito divino, el alma.

Las otras figuras femeninas relacionadas con el ánima de Peter son Wendy y Moira. Por un lado, Wendy es la figura materna por excelencia, ella cuida a los niños perdidos en su primera aventura y al regresar a la tierra se hace cargo de una casa hogar. Abnegada y discreta, Wendy es la madre de Peter, razón por la cual ella crece, y si alguna vez hubo un papel romántico entre Peter y Wendy esta última cede a Moira tal recurso. Cuando J. M. Barrie crea el personaje de Wendy, tal nombre era poco usado en el Londres de aquel entonces, dicho nombre remite a otro personaje de origen celta, Gwendydd hermana de Myrddin. Entramos así en el terreno de la leyenda artúrica pues Myrddin es un profeta de la antigua religión druídica al que se identifica con Merlín el mago, Gwendydd es sin embargo un nombre ambiguo, también se le llama Gandieda, Nimue y Viviana, su papel en el mito artúrico es muy disperso pues es a la vez la hermana y la amada de Merlín, como Gwendydd se le recuerda en muchos poemas conversando con el viejo Myrddin y como Nimue se le asocia a la figura de la dama del lago, quien enamoro a Merlín y después lo traiciono, ella creo la espada Excalibur y condujo al rey Arturo a la isla de Avalon. Otro nombre para Nimue es Viviana cuyo génesis se puede rastrear hasta el nombre Coventina, diosa del agua, esto aclara porque se le asociaba con el personaje de la dama del lago.

Esta tediosa divagación acerca del nombre de Wendy da cuenta de la naturaleza compleja de este personaje, como madre es la representación simbólica del origen, pero en ella está implicada la maldad, la destrucción y la traición, características del arquetipo femenino en su forma obscura. Podemos conjeturar que Peter se sintió traicionado cuando descubrió que Wendy crecía, la negativa de ella para satisfacer las necesidades infantiles de Peter fueron una de las razones por la que éste recurrió al drama del crecimiento. Pero también Wendy es la dama del lago que brinda herramientas al héroe y que lo conduce a su última morada, es la contraparte del viejo sabio Merlín, su complemento y, por lo tanto, una guía de gran importancia. Hay que recordar que es Wendy quien zurce la sombra de Peter, arreglo provisional, pero de gran utilidad en la vida de nuestro protagonista.

Campanita es un ánima infantil que encarna cierta competencia con el arquetipo materno representado por Wendy, hasta que aparece en escena Moira. La figura femenina representada por Moira es una forma más equilibrada y completa del anima masculina, ella es la esposa, madre y amante, cuando Peter decide quedarse en la tierra es por ella que lo hace, de alguna manera de ella retoma la fuerza escondida en su ser para poder madurar y convertirse en un hombre adulto. Moira engloba características propias de Wendy y de Campanita, las sintetiza y se convierte en un ánima completa que guía al héroe sin oprimirlo o descuidarlo, es su complemento, pero no comete el error de sofocarlo. En otras palabras, Moira es la mujer cotidiana, que no es el anima ni es la madre, sino la simple mujer del mundo común. Moira está implicada con el destino de Peter, ella es la parte terrena que lo atrae hacia la vida física, que lo obliga a aterrizar y a volverse adulto.

La llegada al país de nunca jamás es comenzada con una breve visita al territorio de los piratas en la que se nota otro factor de gran importancia en la historia contada, entre ellos la presencia femenina es escasa y sólo aparecen mujeres en forma de concubinas, además los piratas son sucios, violentos, sin ningún rastro de delicadeza o bondad. En la historia de Peter Pan hay esbozos de varias figuras femeninas, pero ninguno de una figura masculina que pudiera tener el papel de padre. Lo masculino en cambio esta invadido por la sombra, es ruin y despiadado, sólo la violencia y la competencia tienen un papel preponderante, al llegar Peter parece no tener nada que ver con esa clase de personas, pero nada esta más lejos de la realidad, en su propia vida Peter representa la lucha constante de los piratas y los niños perdidos, el drama externo es también el interno. La mascara de Peter le ha hecho perder todo contacto con el inconciente y un grave complejo del ego lo mantiene en guerra con sus instintos primarios, con los recursos de su si mismo. Huelga decir que el éxito profesional y la competencia encarnizada corresponden al complejo paterno.

Tal situación nos remonta de nuevo al contexto de la sociedad contemporánea, en la que el padre, recluido en su actividad laboral, ha abandonado emocionalmente a la familia, dicho padre se convertirá en una demonio (o un pirata malvado) a los ojos de sus hijos, pues la ausencia se cubre con la sombra. Este fenómeno lo sufrió la familia de Peter en carne propia.

Cuando niño Peter necesitaba escasamente de la figura masculina, le importaba más suplantar a su madre perdida, pero cuando creció no obtuvo la fuerza necesaria, el impulso brioso que le ayudara a rescatar a aquella figura femenina olvidada. Así el protagonista no pudo enfrentar a los piratas porque ellos son una fuerza masculina obscura, la misma que lo domina, necesita, por consiguiente, rescatar a su alma con una fuerza masculina luminosa, por eso Garfio lo desconoce ya que en la adultez Peter ha perdido toda impetuosidad y valentía.

Para recuperar dicho valor, Peter habrá de contactar con las fuerzas básicas de su psiquismo, impulsos escondidos hasta entonces, pulsiones que han estado durmiendo largo rato sin aportar su valor debido, dichas fuerzas son representadas por los niños perdidos. Irreverentes, impúdicos, descuidados, los niños perdidos le enseñan a Peter el valor del niño interior que éste ya había olvidado; le muestran como imaginar, como divertirse, como rescatarse a sí mismo por medio de su propia energía lúdica, pero sobre todo le enseñan a contactar con sus instintos, con aquel poder que emerge desde el principio de los tiempos. Aquí es de gran importancia la figura de Rufio, este personaje ha ocupado el antiguo papel de líder de los niños perdidos, pero es muy diferente al Peter Pan de antaño, Rufio es cruel e iracundo y está bastante enojado por ver a Peter, esa leyenda, convertido en un cobarde. Rufio representa a la energía hostil y también el alma masculina, el ánimus de Peter, aquella energía que necesita para poder rescatar a sus hijos y su niñez. No es hasta que no asimila a los instintos y a su energía hostil cuando vuelve a ser Peter Pan.

Divaguemos un poco sobre el nombre de Peter Pan. Pan es al antiguo dios griego mitad hombre mitad cabra que los romanos confundieron con el dios Fauno, guardián de los pastores y de los bosques, Pan se caracteriza por la gran fuerza sexual que emana al perseguir y poseer a las ninfas con quienes habita. Cuando no está con las ninfas se contenta tocando su dulce flauta o dormitando en medio del bosque. Claramente Pan es la personificación de los instintos, la furia dionisiaca, incontrolable y desgarradora, todo en él es violencia. Pan descubre en el hombre los impulsos básicos que la sociedad tanto ha intentado mermar, no es casualidad que el Diablo de la religión cristiana se haya desarrollado a partir de la figura de este lascivo y mundano dios.

En los jardines de Kensington en Londres, hay una estatua que representa a Peter Pan, en ella el eterno niño mira hacia el frente y toca, sosteniéndola con una mano, una flauta dulce, mientras con la otra mano hace un gesto que podría interpretarse como una especie de invitación. Esta figura relatada es sorprendentemente parecida a las representaciones graficas del dios Pan quien recorre el bosque con su flauta e invita a las ninfas a acompañarlo. Algo también curioso es que Peter Pan es un héroe trickster y se asemeja a Loki, el dios tramposo de la mitología escandinava.

Otro aspecto de Pan, por cierto, muy revelador, es el significado de su nombre. Existen varias versiones acerca del nacimiento del dios, una de ellas le atribuye la paternidad a Hermes, cuando el pequeño Pan nació no tardo en irse a refugiar a la montaña, Hermes fue por él, lo envolvió en una piel de liebre y lo llevo al Olimpo donde causo el regocijo de todos los presentes, por lo cual recibió el nombre de Pan que en griego significa “todo”. Quizás la historia tiene poca relevancia, pero es cierto que hay un gran enigma en el nombre de Pan.

En un cuento moderno, El Gran Dios Pan, Arthur Machen relata un experimento, una operación ocular que tendría como resultado la debelación de los misterios de la realidad, en pocas palabras el paciente podría ver la eternidad, es decir, la totalidad. Ver a Pan es ver al universo en su monstruoso conjunto, es debido decir que quien es participe de tal don tiene por destino la perdida de su propia identidad, o sea, la muerte o la locura. De todo esto podemos concluir que, aunque la integración de los instintos es necesaria en el proceso de individuación, es un transito delicado el que se tiene que llevar a cabo, pues hacer contacto con la parte primitiva de la psique es un peso enorme para el hombre no iniciado.

Pero Peter Pan ha recibido la ayuda del hada Campanita, ha pasado varias pruebas y ha sido capaz de soportar el duro entrenamiento de los niños perdidos, estas tareas lo han preparado para integrarse al flujo vital que antes no había reconocido y que le proporcionará, desde ese momento, la bravura para enfrentar a los piratas.

Pero antes, Campanita lo guía a la vieja casa del árbol, ahí Peter recuerda toda su historia, como desafió a su destino, como fue rescatado por Campanita y las aventuras con los niños perdidos, finalmente como conoció a Moira y decidió ser adulto y posteriormente padre. Acercarse a su pasado le devolvió sus poderes perdidos y esta vez ya estaba listo para la batalla.

La batalla es muy singular, un grupo de niños luchando contra los malvados piratas, en el contexto simbólico dicha lucha representa la disputa entre las pulsiones instintivas y las mascara social representada por los adultos, pero estos adultos están invadidos por la sombra, su fuerza es la energía del inconciente desatada. Los recursos infantiles redimen a esta fuerza masculina tergiversada y la obligan a que se marche del país de nunca jamás. Garfio, por otro lado, es el alter ego de Peter; cuando este último era niño, Garfio representaba la adultez de la que el protagonista tanto renegaba, ahora en la adultez Peter a llegado a ser muy parecido al capitán Garfio, por eso es su sombra, ya que es la parte no reconocida de su psique y sin embargo es la más evidente en la vida diaria del héroe. En cierto momento Garfio lucha contra Rufio y lo derrota pues evidentemente la agresividad contenida no puede ser asimilada hasta que ésta no se interiorice y se deje de proyectar, cuando Rufio muere Peter es capaz de desplegar por completo sus habilidades, adquiere el coraje de su compañero y derrota a Garfio.

Al final Garfio es devorado por el cocodrilo inmenso que otrora le había arrancado una mano y con ella un gastado reloj de manecillas. El capitán pirata temía desde entonces el sonido pausado y constante de las manecillas de cualquier reloj. El tiempo y la muerte son las cosas que el capitán Garfio aborrecía, por un lado el reloj le recordaba la finitud de la vida y por el otro el cocodrilo, de nuevo una bestia marina, lo instaba a morir en las aguas del inconciente, pero Garfio, como el hombre moderno, no acepto de ninguna manera estos dos destinos y esa fue parte de su perdición, y es que la razón inerte no es capaz de vislumbrar que toda muerte conlleva un renacimiento y la ansiada transformación, la razón necesita concebir la mundo estático para entenderlo, pero el mundo es dinámico y se dirige hacia la destrucción, concepción bastante grave para el ego ensimismado.

Terminada la batalla llega la hora de partir a casa, Peter ha rescatado a su hijos, su niñez, a sus sentimientos, ha escuchado las enseñanzas de su alma Campanita y ha transitado el viaje del héroe, pero antes de despedirse lleva acabo un gesto de suma importancia, lega su espada a los niños perdidos, la espada es el símbolo masculino de su poder y lo entrega a los niños como señal de humildad y resarcimiento, pues si la conservara la hybris producida por tal fuerza lo consumiría por completo, así que se aparta sencillamente de este peligro, sabe con esto, que los recursos obtenidos son ahora parte de su personalidad y que podrá acudir a ellos cuando los necesite.

Así, al fin Peter Banning regresa a Londres completando el periplo que había comenzado hace tanto tiempo, su esposa lo espera, sus hijos los esperan y su camino en el mundo ahora cuenta con una nueva perspectiva. Pero su vida no ha terminado y sin embargo la aventura de vivir ahora podrá ser más rica y llena de emociones.

CDMX, 2007

El desvanecimiento del hombre en la imagen virtual

Logos del alma

«El mito es siempre la cosa en la que estas y no sabes que es un mito».

James Hillman

La religión está asociada con la creencia de la comunidad en una dimensión trascendente que encuentra su sentido en la búsqueda del carácter numinoso del lazo recíproco entre el dios y el hombre. El adepto observa cuidadosamente (religiere) un conjunto de rituales que lo religan con la vivencia transpersonal de una divinidad que representa la verdad de un momento histórico determinado por el discurrir de la lógica del alma, y su labor público es observar cuidadosamente los rituales predefinidos.

Los ritos religiosos no son algo que las personas inventen, ni una serie de creencias elegidas por los individuos. La religiosidad es la actualización del alma, sus expresiones son autónomas y tienen como único fin la representación de los valores de un momento concreto de la consciencia, investida por las necesidades del espíritu de la época. El hombre no tiene elección sobre las formas religiosas, al contrario, es el impulso religioso quien toma posesión de la vida de la gente de manera inadvertida.

En consecuencia, la cuestión sobre la perdida de los valores religiosos no implica la creación de nuevos axiomas morales, en cambio, requiere reconocer cuidadosamente donde se han mudado los antiguos preceptos en la mutación dialéctica que corresponde a su dinámica simbólica. En el camino de la transvaloración el hombre tiene como tarea observar las nuevas formas rituales que se abren paso en el transcurso de la consciencia para pensarlas de mejor forma e intentar estar a la altura de ellas.

En la época posmoderna, donde lo secular ha perdido relevancia, una rápida lectura a las redes sociales permite observar lo crucial que son las ideas subyacentes con las cuales los sujetos miden su propia existencia y lo fascinante (fascinosum) de la mirada tecnológica sobre la vida cotidiana. En ellas, en las redes, un sentimiento numinoso se abre paso a través de las notificaciones constantes y del poder de la opinión pública que, liberada de su sensatez y pudor, expresa la sombra de los deseos ocultos y reprimidos de la psique.

Ante el basilisco virtual ya no es importante amar, sino decir que se ama, no es apremiante disfrutar sino mostrar que se disfruta y no es relevante pensar sino opinar como si se pensara. Es el contexto del “como si” una tiranía velada ante un conjunto de ideales que dictan como vivir y que objetivos perseguir. En la inconsciencia de esa liturgia secreta, que se superpone a la realidad, la vida realmente vivida ocurre como la identidad del sujeto con su contexto fáctico.

Tal es la razón por la que una mujer o un hombre que se exhiben, como un producto de mercado, en videos cortos, llevando a cabo los bailes de moda, son retribuidos monetariamente de forma tan generosa, porque son los fieles sacerdotes de una misa espectacular donde el sujeto bebe de la sangre de Cristo y su alma es recibida en el flujo providencial del capital. Por ello deben jactarse de su fortuna, pues la grey requiere ver el resultado de su diezmo.

Esta dimensión fascinante es el mundo que es más real que lo real, es la hiperrealidad que Baudrillard advertía hace décadas. En esa cárcel de popularidad se ha (sub)contratado al hombre como su propio custodio y la redes sociales funcionan como un gigantesco panóptico donde cada uno se ha vuelto su propio vigilante que stalkea las opiniones de los demás para reafirmar las propias. En eso consiste la vida moderna, en temer las dictaduras ajenas y en abrazar sin remedio la propia libertad tiránica.

El culto religioso es aquel al que se le dedica la mayor parte de la vida, como el seguimiento de un conjunto de dogmas que dictan el sentido de la existencia. Por ello, la vida espiritual no se encuentra en las doctrinas a las que se acude voluntariamente, su verdadero hogar es el de los valores que dictan la vida lógica a la que secretamente responde. El dios de está época mora en la producción, la tecnología y en las redes sociales, y es ahí donde se cumplen sus sagrados preceptos.

Lo realmente notable de este contexto consiste en que se puede apreciar que las ideas son más importantes que las personas, que ellas son las que realmente viven a través del individuo. Mientras tanto el hombre se desvanece en su propia imagen y la imagen, comprometida con una sintaxis donde el sujeto es un producto prefabricado, lo transforma en un objeto de intercambio para el gran mercado del mundo.

La falsedad y la banalidad de las redes sociales expone la realidad más fehaciente de los tiempos presentes, que el hombre es irrelevante sino como mercancía y que su vida ha sido producida para deleite de una dimensión negativa que se piensa a sí misma en los actos irracionales de las personas. La gente cree que observa las pantallas para su entretenimiento, pero realmente son los fenómenos quienes dedican su mirada al efímero espectáculo de la raza humana. En esa vorágine el alma se piensa a sí misma, en detrimento de aquella fantasía que alguna vez fue el hombre.

La inocencia enantiodrómica

Logos del alma

“Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.”

J. L. Borges, Deutsches Requiem

La presunción de inocencia descansa en la idea de que el mal del mundo yace al abrigo de los otros, de aquellos que son intrínsecamente distintos y extranjeros de la parcela subjetiva donde se ha construido la identidad personal. Lo terrible surca los cielos ajenos y está al acecho de los bienaventurados. Por lo que las buenas almas pueden hablar libremente de los perversos, de los malvados, de aquellos que cargan el estigma que los distingue y les obliga servir como la morada de la sombra del bien. La buena gente debe guardarse de quien porta la oscuridad y propiciar su juicio para seguir siendo salvos.

Sin embargo, en la carrera de los opuestos por llegar a su otro, la realidad pide ser concebida como la unidad de la unidad y la diferencia para hacer justicia al movimiento lógico de los símbolos que la componen, después de todo un símbolo es aquello que se reúne con su complemento una vez que ha sido separado. Los portadores del símbolo juntan los trozos incompletos que previamente han dividido para encontrarse y reconocerse. Por ello, el reconocimiento surge, primero, de la ausencia, de la expulsión exogámica del lugar que se considera como propio y que primordialmente es la experiencia del apartamiento del ser.

Giegerich caracteriza a la consciencia como el alejamiento del hombre del ser, por ende el camino por rencontrar el núcleo conceptual de la vida consiste en la tarea del sujeto consciente por recoger y negar en el pensamiento lo que ya se ha perdido: la union naturalis, condición que es representada como el paraíso cuyas puertas permanecen resguardadas por espadas flamígeras. En esto consiste la vida simbólica: en un proceso ouróborico de unión y separación, solve et coagula. Es así que la escisión cobra un papel relevante en la dialéctica simbólica donde es el diablo quien se inmiscuye para propiciar la consciencia de la ruptura.

La palabra diablo proviene del griego Διάβολος (diábolos), que significa aquello que atraviesa y separa. El diá-bolos es lo que propicia el sím-bolo, quien siembra la cizaña entre los hombres y causa la discordia aun entre los hermanos. Las función diabólica es la del espíritu de la contradicción que coincide con el papel de Mefistófeles en Fausto, el demonio de la negación que prefigura la dialéctica hegeliana, donde la realidad es la confrontación constante del fenómeno consigo mismo para llegar a ser lo que ya es.

En consecuencia, quien se apega demasiado a un polo de su moralidad indefectiblemente traiciona la naturaleza dialéctica del Sí-mismo que lo estructura. Tanto quien se identifica con la sombra como el que se reduce a la bondad han cerrado los ojos a la dinámica simbólica que permea la realidad como su concepto nuclear determinante y han abandonado su naturaleza diabólica. Por eso las buenas almas, aquellas que condenan el mal del mundo, destrozan la realidad y guardan los pedazos en el cuerpo doliente de sus víctimas: los perversos, sin saber que ellos mismos son la fuente de lo despreciable al no atreverse a integrar la maldad en la mirada de sí.

En el mito de Perséfone, Hades fue, previo al drama, raptado por su amor a Core, incluso antes del mismo rapto físico que separó a la niña de su madre. También es cierto que esta seducción guarda en su relato una matriz creativa que se expresa en la irrupción y la necesidad del victimario, ya que para que exista la inocencia virginal, ésta debe despojarse de todo elemento oscuro que le pertenezca, no se puede ser inmaculado sin antes dejar a un lado la mancha negra que es la propia sombra. Core requería la irrupción de Hades para develarse como Perséfone.

Cuando el justo habla, lleno de seguridad, sobre la condena del criminal, no asume que tanto él como el delincuente (el asesino, el pedófilo, el genocida) comparten un destino común y constituyen las dos caras del mismo talismán que ha sido roto, en principio, para encontrarse en la otredad de sus semejantes. ¿Y quién acaso es un espejo más fiel que aquel que ha sido rechazado por su carácter monstruoso? ¿no se dijo hace tiempo: “amen a sus enemigos”?

El pecado no es el crimen cometido, sino la huida de la consciencia del desmembramiento. La proyección y el olvido de la propia oscuridad en las espaldas de un chivo expiatorio que es devorado por los demonios del desierto, es el desvío de una verdad anímica no afrontada: que el alma se regocijó en la masacre por millones de años y del derramamiento de sangre nació a la consciencia de sí misma, por eso no rehuye la brutalidad, pero avanza hacía su concepto en el exterminio lógico de sus antiguas formas y quiere recordarlas elevándolas a la consciencia, integrando lo que al hombre le gustaría olvidar.

Hades es, por lo tanto, la creación de Core, el producto de aquello que ha sido alejado de su conciencia, ella lo ha moldeado con la arcilla imprevista en sus manos y es la invención futura de su oportuno olvido. El inframundo cobra la forma justa del complemento del campo de narcisos en que la pureza juega el juego de la inocencia y, por ello, desde su punto de vista, el advenimiento de lo rechazado tiene que presentarse como una transgresión, como un hecho puramente violento. El animus deviene siempre despiadado.

Empero, el inicio de la violencia no es el rapto, ni el ultraje, sino la posición de la víctima como inocente. La pureza es en sí misma enantiodrómica. Mientras interpreta el papel de alma buena, de la posición anima, el espíritu de la contradicción sujeta a su complemento dialéctico en el lugar sombrío que le ha sido deparado, solo para irrumpir posteriormente con sus ansias asesinas en la virginidad de la virtud. Pero Core debe ser ultrajada, Lucifer tiene que ser desterrado, Cristo precisa ser humillado y las esposas de Barbazul necesitan ser asesinadas, porque el alma requiere de la matanza, del diábolos, para llegar a su propia casa.

Bienaventurados los de negro corazón, porque gracias a ellos existe el reino de los cielos y son la argamasa con la que los puros construyen el hogar de su santidad. Su voz clama desde el abismo por un lugar en la mesa del honesto, quieren compartir la sangre que sustraen de sus víctimas y devolverla al flujo perenne de la vida lógica que sumerge tanto al piadoso como al impío en su salvaje torrente, para finalmente no distinguir quien era uno u otro, pues volverán a ser lo que siempre fueron, la encarnación de una única noción viva.

La (in)evitable búsqueda espiritual

Logos del alma

Una característica de la posmodernidad es, según Lyotard, el desvanecimiento de los grandes relatos, aquellos que dotaban de dignidad a la cultura y que indicaban al hombre la dirección de su esfuerzo en la dimensión universal de su existencia. Sin ellos, el sujeto queda a la deriva de su propia soberanía, desnudo, como Giegerich indica, de los asideros metafísicos que le daban sentido a su quehacer humano. Es entonces que la angustia y el vacío se hacen presentes como características propias del hombre nacido, aquel que se ha desprendido de los antiguos padres celestiales.

Por ende, la búsqueda espiritual se inscribe en la carencia de un objetivo prefijado en la memoria del alma, ante esa falta el individuo que ha nacido no encuentra los lindes de su acción y en su desesperación acude a las doctrinas que le prometen un oriente común. Ya sea en la religión o en un grupo de apoyo, las personas desesperadas acuden en pos de una dirección existencial que les haga sentir el sostén de un ancla firme para no naufragar en su miedo a la desnudez metafísica.

Pero el hombre nacido, ya no tiene escapatoria, está condenado a ser solamente él mismo. Su dimensión es aquella de la muerte de dios. Para él el mito ha dejado de ser dominante, éste se ha contraído en los múltiples relatos que pueden ser elegidos, como variadas rutas por donde el sentido artificiosamente trabajado puede transitar. El acaecer mítico se convierte así en una herramienta ideológica que promete el re-encantamiento de una realidad que no ha escogido el destino de sus símbolos.

Por ello, la idea de la espiritualidad es irrelevante, o más bien son irrelevantes los lugares en los que se le busca. El discurso cultural dominante defiende la veracidad de la vida espiritual en la reinvención de las viejas religiones, de las antiguas creencias, de los mitos y otras cosmovisiones provectas. Supone que el presente no es suficiente, que algo en él es erróneo y que debe ser re-animado, es decir, reparado por aquello que se ha perdido y que resulta ser el pharmakon para el vacío contemporáneo. La antigua conexión con el anima mundi debe resarcirse y las esferas celestiales necesitan ser restauradas a su cauce.

Es imprescindible un monto de inflación psíquica en el ser humano para creer que sobre sus hombros pesan las decisiones de un movimiento anímico objetivo, que las intenciones individuales se traducirán en dinámicas sociales y que el fiel de la balanza es la persona y su responsabilidad. Lo cierto es que el hombre vive en un mundo que ya ha sucedido, su propio cuerpo ha sido elegido sin preguntarle, su lenguaje y su idiosincrasia pertenecen al espíritu de los tiempos donde nace de forma contingente. Todo en su experiencia tiene el carácter de la fatalidad y excepto por algunas pequeñas decisiones sin importancia su destino lo ha elegido como un pretérito perfecto.

Curiosamente, la espiritualidad es, antes que cualquier otra cosa, el sentimiento de pertenencia a un esquema cosmológico predeterminado. En tal sentido la religiosidad sigue siendo vigente, pero ya no en las formas simbólicas desusadas, más bien persiste en todo aquello que domina el paisaje cultural imperante y que no puede ser elegido, pues se impone como aquel contexto en el que el alma juega con sus propias imágenes e ideas. Esta danza inconsciente del espíritu de las profundidades no pregunta a las personas qué es lo mejor para ellas, tiene su propio telos que se configura como una decisión ya tomada desde el inicio.

En el cuento “La lotería de Babilonia” Borges decía: “También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro que desde el techo de una torre se suelte un pájaro, otro que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena […]. Las consecuencias son, a veces, terribles”. Aquí Borges prefigura a la Teoría del Caos y la visión de los sistemas complejos, donde el contraste de lo tremendamente pequeño y sus consecuencias azarosas hasta el desastre pueden no ser entendidas de manera clara, pero precisamente esa es la idea central en la ficción borgiana, el universo tiene una dimensión indeterminada que el hombre no puede abarcar.

Bajo el ala de una realidad compleja e incomprensible ¿Se puede acaso elegir lo que está bien y lo que está mal? ¿Se puede juzgar el paso de la historia y tratar de remediarlo como si se le conociera en su totalidad? ¿están los caminos de la posibilidad abiertos a la voluntad humana? ¿No es esta pretensión de omnisciencia un producto de la hybris moderna? Verdaderamente el ser humano camina a ciegas en el campo de la existencia y las consecuencias de sus pasos están siempre desdibujados por la diosa fortuna, que subyuga bajo el azar las pretensiones más grandilocuentes.

Solo los bienaventurados rehuyen del hado, los que saben diferenciar entre el bien y el mal, y siempre están seguros de sus límites; quienes no claudican ante el motivo presente y para los cuales el mundo es blanco y negro. Ahí encuentran, impeturbables, lo correcto y allá lo que no lo es, y pueden juzgar todo fenómeno de acuerdo a su criterio personal. Para ellos hace falta más psicoterapia o más retiros espirituales, contactar con el niño interno, integrar el arquetipo femenino, sumergirse en el mundo de los sueños, pactar con el animal totémico; ellos tienen la clave, la última llave, porque han inventado la felicidad y saben como contagiar al mundo de la seguridad que los posee.

Son los últimos de los hombres, sin embargo, quienes no intuyen que su fantasía y su necesidad están fundadas en aquello que no aceptan, en la ruptura y la vacuidad, pues solo con el rompimiento del sujeto con el mundo de los dioses puede surgir la imagen de la unión y la enmienda y únicamente quien ha dejado atrás la casa de los padres puede soñar con volver a ella. Realmente se puede elegir solo lo que ya no es importante. Por lo tanto, la búsqueda espiritual en las antiguas creencias se entiende como el anhelo de lo que ha sido dejado atrás por la propia alma del mundo.

La creencia del sentido común es que el hombre concibe las ideas religiosas y que puede elegir entre ellas para sentirse mejor, que es capaz de desprenderse de la fatalidad si así lo desea, pero los dioses son el núcleo eidético de un momento determinado en la consciencia, no se les puede escoger, al contrario, todo sujeto está tomado por la divinidad desde su concepción, pues también él ha sido prefigurado como una idea, aun sin saberlo. La gente no inventa a los dioses, es incubada por ellos. Así, el ritual no se puede inventar, ni la religión se puede adoptar, éstos son el contexto inalienable de la vida lógica que preexiste a sus manifestaciones.

La búsqueda espiritual es obsoleta, en principio porque no habría que buscarla, se la vive diariamente y la propia existencia es una ofrenda constante a esa nueva religión que convoca, el individuo es un adepto sin advertirlo, y para no saberlo mejor la humanidad se embarca en vías soteriológicas que prometen lo imposible: la recuperación de lo irrecuperable, el regreso al paraíso perdido. Pero el mundo es como es y estar frente a él es el verdadero desafío del hombre daimónico, aquel que se apresta, con su propia existencia, a la misa del Deus absconditus quien domina en los paisajes psíquicos devastados.

En realidad no nos importa

Logos del alma

Años atrás, la esposa de un conocido político dio de que hablar al portar una prenda con el lema: «Realmente no me importa», a la vista de todos en medio de un evento caritativo. Independientemente de la explicación, significó un lapsus que puso en evidencia la débil delimitación entre el orden de los valores vigentes y los ejes de la cultura del espectáculo y del máximo beneficio, donde lo importante no es el acto semántico (la caridad) sino la sintaxis que muestra de forma expresa el verdadero sentido del quehacer político: sostener la farsa neurótica de un conjunto de valores ya obsoletos para la colectividad.

El dilema implícito tiene como condición el rol de la responsabilidad del individuo en un discurso social que constantemente lo culpabiliza y lo impulsa a resolver los dramas sociales: la contaminación, los conflictos armados, la delincuencia, la pobreza, entre tantos otros que se supone se resolverían si la voluntad de los sujetos se lo propusiera verdaderamente. Como Campbell Jones lo argumentó en su ensayo “El supuesto sujeto del reciclaje”, dicho traslado de la culpa del sujeto agente a la persona, predispone las condiciones que perpetúan el sistema social vigente y las mantiene en su lógica determinada.

Por eso es complejo entender cuando una buena acción objeta en el nivel de la semántica a un problema moral específico, mientras en el plano de la sintaxis su intención es la de conservar las reglas del juego al que se opone. Como indicaba Krishnamurti se buscan cambios llamativos para evitar el desmoronamiento de una sociedad doliente y es posible que incluso el impulso humanitario que permea en las almas buenas no sea otra cosa que un mecanismo de homeostasis que tiende al horror como su opuesto dialéctico, de tal forma que en el cultivo de las buenas intenciones se requiere que alguien se haga cargo y encarne el lado terrible de la realidad.

En el cuento “Los que se marchan de Omelas” de Ursula K. Le Guin, se narra la historia de un pequeño reino llamado Omelas cuyos habitantes viven de forma paradisiaca, sexo libre, comida abundante, drogas sin adicción, completa libertad, felicidad constante; el placer llena la existencia de los habitantes de Omelas, excepto por uno de ellos, quien sostiene toda la felicidad del lugar. Aquel es un niño que ha sido encerrado en una torre solitaria, en un cuarto estrecho y miserable; maltratado con el desprecio, arrastrado al retraso mental por la falta de contacto y olvidado por la mayoría de las personas. No obstante, el sufrimiento interminable de este niño permite la felicidad inmarcesible del pueblo. Casi nadie piensa en él, pero todos saben la verdad y solo algunos cuantos, al reflexionar detenidamente en el asunto, son los que se marchan de Omelas.

El cuento de Le Guin es una alegoría moral que se inscribe en la crítica de la sociedad capitalista, caracterizada por el consumo desmedido y la explotación constante de todo tipo de vida y de los recursos necesarios para que ésta subsista. Supone que el máximo beneficio, que es el valor supremo de la cultura, hace pagar un precio muchas veces invisible para la ingenua mirada cotidiana del ciudadano común y corriente; ese intercambio está representado por el chivo expiatorio en la forma del niño maltratado y por la conversión de los recursos materiales en divisas abstractas. En esta sociedad las personas conviven bajo una dinámica económica en la cual no reparan más que en lo presentado por los medios de comunicación. Su aprobación e indignación están mediadas por los intereses y la influencia de los mass media.

Pero la pobreza, resultado del desequilibrio económico, no atañe únicamente al oficinista, ni al obrero o al maestro como contraste de la fortuna de los grandes dueños del capital; la miseria se extiende hasta los ámbitos más recónditos de la explotación, por ejemplo: en las minas de coltán en África, en la esclavitud infantil en la India, en la trata de blancas en Europa, en la pornografía infantil en México y otros tantos hechos devastadores como las guerras ininterrumpidas, la migración forzada y el hambre. Tales situaciones parecen poder remediarse si tan solo el individuo las atendiera y alguien, de preferencia un político o un gran potentado, ofreciera los recursos necesarios para solventar su disminución. ¿Pero acaso es posible la reparación de estos males?

En términos psicológicos el resarcimiento promete volver al punto inicial del trauma y remediar el agravio, como si éste jamás hubiera ocurrido. Es la idea latente en las relaciones neuróticas donde los miembros se ven a atrapados por la fantasía de la restauración de los daños y luchan incansablemente por esa esperanza vana. No obstante la flecha del tiempo tiene una sola dirección y el sujeto ha de asumir que lo ocurrido no puede recomponerse en absoluto. La herida no es un accesorio tortuoso, es realmente el núcleo de la personalidad y como la historia de Filoctetes lo muestra es incluso imprescindible para definir al individuo.

En el contrato social es el propio estilo de vida al que las personas se abocan religiosamente lo que sostiene el horror interminable de los desdichados y su ceguera sobre su participación en el gran holocausto es el motor que impulsa lo más repudiado en el mundo. La gente aborrece el sufrimiento del prójimo más cercano, pero pocas veces siente curiosidad por la miseria de quienes se esconden en la recóndita torre de la explotación extrema, cuyas vidas han dejado de tener valor; y cuando por persuasión de la publicidad se les dedica un momento de atención a los invisibles, quizá un nudo se forme en la garganta de las almas buenas y el pedazo de pan no lo tragaran de inmediato, pero la vida moderna termina por llamarlos a su encuentro y a olvidar el exterminio de los otros.

Los buenos hombres besan en la frente a sus hijos por la noche y hacen el amor con sus esposas y al otro día se preparan para el trabajo cotidiano y olvidan el lacerante dolor ajeno. En eso consiste la vida moderna, en la recursividad amnésica de la desdicha de los otros. Para la psique el traslado del contenido consciente al inconsciente es una condición de la economía mental que permite que lo demasiado abrumador no perturbe la normalidad de la experiencia. De tal manera que lo rechazado se convierte en territorio de la sombra, que por principio no puede reconocerse a menos que se haga un esfuerzo demasiado grande o que ocurra un trauma inconcebible que desmorone las estructuras ya conocidas de la personalidad. Mientras tanto el otro permanece lejano y amenazante.

Hay personas que no pueden vivir con estos hechos y crean fundaciones, centros de ayuda, organizaciones sociales, algunos donan inclusive grandes fortunas para intentar remediar estos males y quizá liberan a muchos desdichados del trato inhumano al que estaban condenados, pero la atrocidad no termina, se multiplica como un cáncer en otras regiones y el trozo de maleza cortado es sustituido de inmediato por uno nuevo. Pero aún ellos, los caritativos, pueden vivir de forma decente, tener acceso a la cultura y disfrutar de los bienes materiales que las víctimas no. Realmente los compasivos no se han marchado de Omelas, solo procuran un poco de bienestar para el niño que sufre, pero Omelas permanece para ellos como la lógica intrínseca del alma.

La pregunta que surge entonces es la siguiente: ¿es posible, para el ciudadano moderno, marcharse de Omelas?, para responder es debido puntualizar que no importa el discurso semántico bajo el cual se viva, éste se sostiene en la dialéctica que comprende la construcción y la destrucción, el cosmos y el caos, Eros y Tanatos. El hombre necesita, para que su estilo de vida permanezca, intentar remediar la injusticia y fracasar, es debido este camino del desaliento para que la ruina ocurra fuera del sistema, o por lo menos que suceda lejos de la parcela de los hombres piadosos, que identificados con la bondad precisan experimentar su opuesto dialéctico en la miseria de los menesterosos y en el terror de los masacrados.

Las buenas intenciones no buscan la solución, en cambio procuran la proyección de la matanza lógica encarnándola en víctimas reales, por ello la vida de cada persona al identificarse con el elemento constructivo de la realidad incrementa las atrocidades. Debe propagarlas como medida apotropaica. La sociedad occidental contemporánea expresa un discurso que a nivel superficial promueve el fin de la barbarie, pero que para sustentarse ha de alimentar el holocausto, de manera inconsciente, con el sacrificio de millones de personas. Por eso los propósitos benévolos no son suficientes, porque en ellos la lógica que sostiene las relaciones económicas y sociales no es tocada verdaderamente, permanece intacta e inadvertidamente los individuos la permiten, son sus humildes y fervorosos adeptos.

Aunque cause indignación la destrucción sistemática de las selvas, la polución, el sufrimiento constante de los niños, las mujeres y los hombres que son combustible del sistema, no hay nadie que no esté involucrado en la empresa neoliberal que se multiplica incesantemente. El dueño del capital que dona la mitad de su fortuna para remediar el mal en el mundo no se da cuenta de que la lógica del capital es lo que ha llevado al mundo a la destrucción, su desprendimiento ingenuo también multiplica el salvajismo. Este asunto ha dejado la elección detrás de sí hace mucho tiempo y hay un destino religioso que subyace a ese gran laberinto de voluntades inútiles.

Omelas es la separación del sumo placer y el sufrimiento y lo que sus habitantes omiten es la asunción del intercambio necesario entre uno y el otro, la unidad de la unidad y la diferencia. En contraste con el cuento de Le Guin las personas no se marchan ni pueden hacerlo, su vida está dedicada a la expansión del horror, donde los pequeños placeres descansan en la ignominia, en la muerte y la miseria de muchas otras personas; y aunque se desprendieran de sus ropas y desnudos abdicaran de las comodidades, no pueden desprenderse del manto lógico que los envuelve. Omelas no es un lugar donde se pueda ir y venir, es simplemente el mundo en el que se vive y mientras así continúe, por más preocupados que estén los buenos hombres por la desgracia de los otros, por más indignación y lagrimas, en realidad no nos importa.

El hijo pródigo o el viaje del fenómeno hacía sí mismo

Logos del alma

Te la regalo, como te regalo mi corazón y mis días. Te la regalo para que la tires.
Jaime Sabines

En el fatigoso tránsito hacia sí mismo, el fenómeno psicológico enfrenta sus propias contradicciones dialécticas, todas necesarias para revelar (Alétheia) lo que en él subyace en potencia y hacerlo plenamente real. Mientras tanto, su aliento moribundo permanece en el recuerdo titubeante del síntoma que lo representa y de las imágenes que reflejan su movimiento lógico. Quiere ser pensado por su propio pensamiento.

El fenómeno parte hacia el encuentro consigo y recorre una senda particular que puede ser imaginada de muchas formas, tantas como mitos y cuentos han existido. Por ejemplo, la parábola del hijo pródigo muestra varios aspectos del proceso de la revelación del alma ante sí misma que en la representación pictórica son comprendidas sucesivamente, pero donde realmente todas acaecen de una sola vez, en su carácter de absoluto.

La historia comienza con un padre y sus dos hijos, André Gide sin embargo imagina que son tres. Ellos saben que su padre les heredará su hacienda, pero que en ese legado se ha de imprimir un compromiso. El hogar del padre ha sido forjado con los sueños y las esperanzas de éste, prefigura un proyecto hecho a medida del destino de un hombre que responde ante su propio linaje y a su dios. Hay entre él y sus hijos un caudal de responsabilidades que no siempre coinciden con las inquietudes de su progenie.

El hijo mayor, aquel cuyo pacto es socialmente más apremiante, encuentra su realización en la continuidad del contrato, se asume como un hombre fiel al padre, lo cual implica adecuar sus propios deseos al gran deseo de lo paterno, su adaptación ocurre en el medio de la tradición y la continuidad, él es un vaso receptor de la herencia ancestral de una casta cuyo orgullo reside en las tradiciones, en el terruño y en la gloria de la religión.

No obstante el otro hijo, aquel que ha llegado después en el orden del nacimiento, tarde para recibir la primogenitura, sospecha del amor paterno, sabe que tiene un precio y no está seguro de si la hacienda pude contener el deseo que lo impulsa. No puede subsumir su necesidad al impulso paterno, es presa de un daimon singular que lo expulsa constantemente de la bienaventuranza y que le propone un camino de ostracismo que no puede rehusar.

Es así que el hijo pródigo parte, sin rumbo fijo, de la casa de su padre, quizás como ese otro muchacho que acostumbraba a dejarse guiar por la dirección de una lanza incierta o semejante a aquel que llevado por sus perros de caza encontró la verdad desnuda en su destino. En sus haberes queda todo lo que la memoria le puede unir a esa vida que, sin embargo, no es su vida y a ese amor que tampoco le corresponde, es por eso que ha de despilfarrar los sueños y las esperanzas de lo paterno, pues para ser quien ya es tiene que vaciarse de lo que se le ha pedido que sea, su verdadero concepto debe encarnarse.

Al salir del hogar, transita (transire), va hacia otro lado, hacia una posición que niega el lugar de origen, a la vez que traiciona (tradire), es decir que se entrega al Otro, a lo que constituye el núcleo de su posición inicial. El hijo pródigo es la parábola de la identidad y de la diferencia entre la fidelidad y la traición, donde no puede concebirse una sin la otra porque siempre están entrelazadas y son el núcleo del viaje hacia sí mismo.

Hillman suponía que la traición es un motivo arquetipal y, por ende, necesario para el alma. En ese mitema está inscrita la expulsión del paraíso, donde Adán y Eva fallaron en su juramento y comieron del fruto prohibido, desde entonces la traición significa el rompimiento de la confianza primigenia y de la inocencia de un mundo que aún no se ha confrontado consigo mismo en lo abierto. Deben ser las treinta monedas, la delación, lo que provoque el exilio de lo ya conocido hacia los paramos yermos de la incertidumbre de la que no es posible regresar.

Las puertas del paraíso han sido selladas por espadas de fuego. Una vez que la traición ha ocurrido el mundo ha sido superado por su nueva posición lógica, es por eso que el hijo pródigo parte de manera irremediable llevado por un espíritu de contradicción que cuestiona todos los valores ya lejanos en su consciencia y se apresta a experimentar nuevas formas de existencia. Pero toda novedad se caracteriza por su brutalidad y por la errancia de su proceder, la dimensión en ciernes aún no ha llegado a casa a sí misma.

El hijo pródigo, por consiguiente, se deja llevar por el pecado, aquello que lo aleja del Padre, lo que significa que sólo en este alejamiento es posible encontrar lo perdido (felix culpa). No es aquel que sigue las palabras del Padre quien lo hallará, sino quien las comprende y, por lo tanto, le olvida y le deja atrás, no porque no sea importante sino porque la experiencia de la muerte del mismo es necesaria para interiorizarlo, pues así el Padre puede ser la nueva posición del hijo. El hijo es el padre y el abandono del padre, tiene que ser ambas realidades al mismo tiempo.

El despilfarro es un proceso de vaciamiento, de kenosis, donde el joven se despoja de toda vestidura mítica que ha caído sobre él, se desnuda de la narrativa familiar que lo impele a seguir los linderos generacionales y se prepara para sufrir la sórdida existencia en su oscura realidad. Tal como el príncipe Siddartha, se enfrenta al placer, al dolor y al hambre, el exiliado se baña en las aguas de la penuria para lavarse el cuerpo de los lazos que lo atan a su antiguo ser.

¿Qué queda después de limpiar su cuerpo y alma de los vestigios del hogar paterno? Solo la indigencia y la podredumbre de su ser corrompido por la contradicción, pero ya se dijo que “bienaventurados los pobres de espíritu…”, es decir que únicamente de la oquedad nacida en el núcleo de ese espíritu es posible que emerja la noción viva del joven que ha debido desperdiciar su herencia para ser él mismo.

Entre la miseria y dando alimento a los animales, el hijo pródigo ha sido preñado por su propia vaciedad y ahora por fin puede ser padre de sí mismo. Ser padre es haber pecado, ser hijo es estar listo para traicionar. Freud llamaba a este proceso: “el complejo de Edipo”, pues sólo en el fracaso del deseo de lo materno (de lo deseado) y en el asesinato venidero de lo paterno, de lo (que impide el deseo), el hombre puede salir hacia sí mismo y dejar que sea el deseo quien desee.

El hijo regresa a casa pero ya no ocupa la posición del hijo. El padre lo recibe con grandes recompensas, porque es acaso este periplo lo que le permite llevar a cabo su objetivo paterno. La casa, es decir la posición lógica, ahora puede ser habitada por su verdadero dueño, sigue siendo el hogar del que partió pero a la vez todo es novedoso porque el paso dialéctico se ha cumplido, la negación de la negación ha sucedido y el concepto paterno ha llegado a la consciencia, donde de hecho ya moraba.

El fenómeno, por consiguiente, ha de ser confrontado continuamente para que su verdad se haga patente. Escondida en la superficialidad de su apariencia el síntoma guarda la noción que lo estructura y lo dota de sentido interno. En la parábola tratada esta senda debe de tocar los temas de la traición, el vaciamiento, el fracaso y el regreso, todo ello para mostrar la perla de gran valor que siempre estuvo inmersa en la herencia del padre. El hijo es el padre desde el inicio, pero en potencia, y una vez que lo ha reconocido sabe que su reino ya no es de este mundo.

Los hijos del espíritu

Logos del alma

Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.
S. Mateo‬ ‭1:18‬ ‭

Levántate hasta el punto en que todo quede detrás de ti…, empezando por ti mismo.
E. M. Cioran

La convención religiosa dicta que Jesús fue un hijo del espíritu, pero ¿acaso no todas las personas son hijos del espíritu? Los hijos, dice Khalil Gibran, son realmente hijos de la vida, ¿qué significa esto? ¿acaso los hijos no pertenecen a los padres? ¿no son su obra? ¿Se debería dudar de la paternidad? Es el agobio de los padres poder brindar una herencia a sus hijos, dinero, preparación académica, valores o recuerdos gratificantes, se esfuerzan por estar totalmente preparados para criarlos, sin embargo su objetivo verdadero es perpetuar su ego a través de su simiente y negar así la verdadera paternidad.

Ser padres exige saberse insuficientes para la tarea. En la consulta los padres, llenos de culpa, arrojan sus dudas y preocupaciones; es evidente que en su cotidianidad reprimen su rabia, su dolor, el cansancio y el descontento por sus hijos. Estos últimos toman todo de ellos y no retribuyen más que con reproches e insatisfechos refuerzan la inseguridad de sus progenitores y el sentimiento de insuficiencia que éstos aprendieron de sus propios padres. No obstante, estos padres han aprendido a ocultar a los demás la oscuridad de su tarea para ajustarse al modelo social que ofrece una satisfacción inalcanzable.

La culpa es un signo de inflación psíquica, Hillman decía que el ego se siente culpable cuando ha tomado una tarea soberbia sobre sus hombros y, por lo tanto, necesita descargar el cansancio del peso enorme a través del perdón. El ego quiere ser perdonado porque su culpa responde a un acto de hybris. Prometeo desea ser liberado por Heracles del asedio del águila en el Cáucaso, lo mismo quiere Atlas ante su propia condena que consiste en sostener el cielo. De igual forma el rol de los padres es tan excesivo en la cultura actual porque persiste en la apropiación de una realidad arquetipal, que ningún hombre empírico puede soportar.

Creer que los hijos se derivan de las personas que los engendraron y que los actos de éstos son causalmente determinantes requiere sobreestimar tales figuras y negar la autonomía del hijo y el hecho de que éste es el camino de un desarrollo noético que busca desplegarse desde un concepto seminal. Realmente los hijos son hijos de la vida, del concepto vivo y no de sus padres como formas anquilosadas por la costumbre y las convenciones. Son hijos de las imágenes, del psiquismo, del alma en la cual son contenidos al nacer.

José concibe un hijo con María, pero es el espíritu quien realmente lo produjo. El hijo es primero una imagen y en el fondo de ella yace dormida una idea que pre-existe en la consciencia inconsciente de la pareja que va a concebir. El hijo es creado como un concepto, es puro pensamiento que se encarna en un sujeto cuya piel es azarosa y finita, pero lo que realmente informa este cuerpo es lo infinito que trasluce detrás del velo de la memoria. El hijo, antes de nacer es espíritu, es idea, es pura productividad en busca de un vaso que la contenga.

El ángel les dice a los padres que no teman conocerse, que su hijo es un dios, es decir, que sólo se pertenece a sí mismo, pero este Sí-mismo no es el sujeto nacido, sino el espíritu que permanece detrás de lo fenoménico, como la noción que guía la estructura del hombre que nace y que ha nacido incluso antes de ser dado a luz; él se precede, es su propio padre, su propia senda en el bosque oscuro. A su vez, María es virgen y José no conoce a María, ambos son inmaculados hasta que un hijo los preña con su existencia, porque no son los padres quienes conciben al hijo, es el hijo quien da nacimiento a los padres y los arropa en la calidez de la posibilidad de ser conscientes de su consciencia. Por eso los hijos no son de nadie, más que de ellos mismos, han nacido de su existencia, se fecundan cada día y su caricia unge y procrea a los padres en cada momento.

Ser hijo del espíritu significa saberse en continua recreación y responder a una necesidad que subsiste fuera de las expectativas humanas, asumir que un otro en la persona genera su destino y dicta las peripecias por las cuales éste habrá de transitar a lo largo de su vida. Es acaso un ángel o un daimon, es decir un mensajero, quien lleva a cabo la anunciación cotidiana por medio de la imagen, del síntoma y de la palabra, del logos que se actualiza en cada nuevo momento y para el cual todo hijo es un puente hacía sí mismo, solo movimiento lógico.

La palabra habla únicamente de sí, es un ouroboros que se devora y se rehace recursivamente, que come sus propias alas para domeñarse y que al calor del atanor engendra sendas intrincadas y semánticas oblicuas que retardan su paso hacía el desenvolvimiento de lo que potencialmente ya es. En el desierto, debe huir de sí misma para darse muerte y volver al peligro de ser fiel a la vida en la resurrección de sus anhelos primordiales. Pero solo un deseo puede realizarse en la vida de los sujetos: aquel de la vida lógica que niega fugazmente su positividad.

El hijo matará a los padres y los padres intentarán no morir y perdurar en un impulso que no les corresponde. Este drama existencial es el arco firme del que la flecha despega. Ser padre es convertirse en un adversario lo suficientemente resistente para sostener una batalla y tan débil para no prolongarla demasiado tiempo. Tras su muerte, los padres han de soportar la mirada del hijo y se sabrán ellos mismos, entonces, hijos e hijas de la vida. La matanza del padre, aquel mito psicoanalítico, por lo tanto, no termina con la muerte de los padres y la maduración del hijo, continúa en la comprensión general de que todos son, verdaderamente, hijos del espíritu.

Más tarde el Cristo dirá a sus discípulos, justo después de su muerte, que ahí donde haya dos él será el tercero. Eso significa la salvación, eso implica el conocimiento del otro, ser capaces de recibir al tercero de los dos, dejar morar en la carne viva a aquel espíritu que envuelve a los padres, a los discípulos, al hijo mismo y que se encarna para concebirse, para preñarse de la consciencia de sí, pues el espíritu es únicamente el puro acto de producirse, y los cuerpos son los restos tendidos al sol que son consumidos a su paso. Ningún individuo olvida, en sus adentros, que es hijo del espíritu, solo un hijo y nada más.

Quizás los padres podrían descansar de su labor titánica al saberse hijos de un espíritu que se transforma en cada nueva encarnación, y entonces podrían quizás disfrutar el tortuoso juego de la paternidad, como el destino de una pulsión que los hará pervivir como otros en la decadencia de sus deseos y que les pedirá, en cierto momento, su disolución y el abandono de su estatus, para que otros puedan ser después de ellos. Como diría Gibran, la casa del futuro está cerrada para los padres y gracias a ello la lógica de la vida puede seguir su largo viaje hacía sí misma.

Orfeo o el impulso de realizar lo femenino

Logos del alma

Las imágenes psíquicas son completas en sí mismas, representan su propia finalidad y la encuentran en la narrativa que construyen. El relato de las mismas es la trayectoria de una noción que se despliega en un plano pictórico y que constituye, a la vez, su propia vasija, la materia dentro de la misma y el calor que le da movimiento lógico. Esto es así para los mitos, los sueños y aquella trama onírica que se denomina como la realidad. Por ello, la labor psicoterapéutica consiste en asistir al desarrollo del guión implícito en la experiencia, sin desear que sea distinto.

Por ejemplo, se puede pensar en el mito de Orfeo quien bajó al inframundo en busca de su amada y la perdió al ser engañado. Platón decía que en aquel episodio mítico la imagen de Eurídice no era la verdadera sino un simulacro que sustituyó a la que permanecía en los dominios de Hades. Orfeo emprende así un viaje únicamente por una imagen, porque acaso lo más amado es la imaginación, aquella poíesis divina que otorga profundidad a la realidad, por ello este hombre fue capaz de enfrentarse al Cancerbero y yacer frente al trono de Plutón y Perséfone, únicamente para ofrecer su propio deseo vacío en prenda.

Orfeo no debía mirar hacia atrás, sus ojos tenían que permanecer al frente, pero languidecieron, el miedo a perder a su mujer y el regocijo por sentirse cerca de la meta, lo obligaron a voltear la mirada y entonces Eurídice, la gran justicia, se desvaneció. ¿Acaso no estaba previsto que los muertos no tienen más lugar en el hogar de los vivos? Los muertos lo son porque su imagen ha abandonado la literalidad de la carne, se han marchado de su forma positiva para ser, por fin, la metáfora raíz que yace irremediablemente en el reino de la psique.

Morir es permitir que la imagen viva se alimente del cadáver que ha sido y se muestre en su naturaleza prístina. Es la constitución de un fantasma que se interpone entre el sujeto y el objeto de su deseo. Éste último nunca debe cumplirse ya que no pertenece al mundo de los vivos, es un objeto oscuro que guarda en sí mismo, en la masa infinitamente condensada de sí, la totalidad del inframundo. Por ello, Orfeo no puede recuperar la union naturalis de la mujer y su imagen; ellas se han separado para permanecer finalmente juntas. Orfeo no recobra, jamás, la imagen perdida, ésta se ha disuelto en la consciencia de la consciencia.

Es justo decir, que una imagen no pude permanecer demasiado tiempo en el mundo diurno, su reino no es de este mundo, las contradicciones inherentes instan a que la negatividad dialéctica pronto haga su tarea y que de la imagen surja la noción estructural que guía a la forma pictórica a su hogar lógico, mismo que ha de descomponerse en la representación para liberar el concepto implícito. Este tránsito es el destino de los ídolos, tal como se observa en las teorizaciones de la psicología profunda, es el paso del objeto imaginado a su interiorización como una imago o como un complejo construido alrededor de un modelo arquetipal.

Hijo de Apolo y Calíope, Orfeo tenía el don de calmar a las bestias con su musica, pero también traía tranquilidad al alma de los hombres, lo cual indica el parentesco entre el anima y lo animal, ambas expresiones de la vida que aun yace sumida en el adormecimiento de lo material y que requiere ser cultivada, es decir negada, para ser liberada de su aprisionamiento en la fisicalidad. Pero el éxtasis de la musica es una vía que no necesariamente se vuelve reflexiva, es común que la musica avive o adormezca la vida emocional de la psique, pero no provoca una diferenciación de la misma, la emoción permanece en el mudo estertor de la expresión concreta.

No basta con exaltar la emoción, pues como decía Jung “ser emocional ya va camino de una condición patológica”. La emoción guarda, también, en su corazón, un concepto que le brinda sentido y que, por lo tanto, espera agazapado a que su explosiva actuación despeje la vía de la comprensión por la cual su forma lógica transitará hacía sí misma como lo pensado en el propio pensamiento del fenómeno. Pero permanecer y adorar la expresión emocional es una forma de literalizarla, propia de las teorías psicológicas que desprecian la postura teórica y exaltan la búsqueda del insight y del shock emocional.

En una cultura que tiene por objetivo asimilar la otredad al ideal del individuo atómico, la promoción de la emocionalidad sirve para sus fines comerciales. La publicidad procura impresionar a los consumidores, despertar en ellos la ansiedad y la angustia propias de la modernidad y ofrecerles un sustituto que los conmueva profundamente pero que anule su capacidad crítica. Y la psicología junguiana comulga con este propósito al confundir la experiencia numinosa del tremendum con la presencia de un dios vivo que confirma su tratamiento. La emocionalidad como sinónimo de curación y bienestar.

En otro momento Orfeo rechazó el amor de las sirenas, mitad mujeres, mitad aves de rapiña, una imagen iterativa, un pleonasmo, pues qué es la mujer sino lo misterioso que desgarra, aquello que ata con el hilo del destino; no es extraño que su esposa Eurídice haya preferido morar en el submundo, el hogar del alma, y que el pobre Orfeo haya terminado sus días despedazado por las bacantes. Hay en esta historia un impulso por reificar a la mujer perdida, aún cuando ésta has sido metaforizada y llevada a su forma más sutil.

Quizás Orfeo fue quien instigó a Jung a vanagloriar la asunción de Maria, un asunto demasiado humano, como un suceso del alma. No se dio cuenta de que la mujer hace mucho tiempo que se había liberado de lo femenino, que ya los patrones arquetipales la habían condenado a vagar desnuda por el mundo, con la marca imborrable de tener que ser ella misma. Mientras tanto lo femenino, que un día fue una diosa de la naturaleza, luego un cráter y por fin un sustrato lógico, ha emergido como la noción puramente negativa que siempre fue, la Pistis Sophia.

El mito de Orfeo es el mito del alma que no debe salir del inframundo, que ha de encerrarse en sí misma, interiorizarse; y del asesinato necesario del ego, en la manía, ante el fracaso de intentar guiarla, sin saber acaso que amar al alma es sumergirse en sus aguas, pues ella es el camino hacia la verdad y la verdad en sí misma, y también que entregarse al otro es, esencialmente, ser despedazado. Un caso distinto al de Orfeo es Butes, quien al escuchar el canto seductor de la sirenas se lanzó al mar listo para el amor y para la muerte, por supuesto fue bendecido por Afrodita y su estirpe se multiplicó como la espuma del mar.

No obstante, más allá de la comparación entre un mito y otro, el psicólogo requiere asumir que el relato que escucha tiene su propia finalidad en sí mismo, que está herméticamente cerrado sobre sí. Orfeo debe perder a su amada y desear, ilusamente, rescatarla, necesita querer realizar lo femenino en la mujer para encontrar el fracaso ineludible, debe vagar solo por el bosque, tiene que despreciar el horror de la sirenas y precisa ser despedazado por las bacantes, su destino es ser consumido por el afán de su deseo, y está bien que así sea, eh ahí la esencia de la psicoterapia.

No-curar, permanecer en el síntoma

Logos del alma

“Quién habitará tu veraz incendio”
Gilberto Owen

Uno de los malos entendidos acerca de la propuesta terapéutica centrada en el síntoma ocurre ante el tema del rechazo de la curación como objetivo primordial de la terapia, frente a ello se arremolinan fantasías que responden al apego exacerbado hacia el modelo médico y a la falta de reflexión sobre las implicaciones ideológicas del mismo. Mientras el modelo alópata afronta las patologías biológicas desde la premisa de reparar lo que está dañado conteniéndolas en un ideal de buen funcionamiento, esto supone un idealismo no reconocido y una concepción del mundo comprometida con premisas políticas inadvertidas.

Trasladar el esquema medicalista a la estructura de las psicopatologías supone la transposición de sus presupuestos, es decir, que hay un estado de salud ideal al cual el sujeto debe aspirar y que la dinámica psicológica funciona bajo las reglas de los sistemas biológicos, en el contexto de su materialidad. Esta idea, para los modelos materialistas, es evidente, no obstante, basta con atender las contradicciones de su lógica para entender la dificultad de intentar concebir lo mental desde una base puramente material.

La emergencia de un estado de consciencia como un sustrato material implica un azar que recae más del lado de la fe que de la razón, por ello para muchos psicólogos la consciencia es una entelequia innecesaria, puesto que no es comprobable y resulta contraintuitiva en el plano experimental. Sin embargo, esto supone negar la experiencia cotidiana y la percepción del mundo como tal. Pero el materialismo es una hipótesis tan arraigada que aún las propuestas alternativas se sostienen de la creencia en una idea particular, aquella idea que niega su naturaleza ideal.

Aún los planteamientos más críticos, como la medicina homeopática o las asociadas al revivalismo espiritualista, requieren, para imaginarse a sí mismas, una base cuasi-material con la cual explicar sus intervenciones. Ya sean sustancias intangibles, energías místicas o entidades abstractas, todas las posibilidades son concebidas en la lógica del materialismo. Y no solo eso, además convergen en la función determinante del espíritu de los tiempos que obliga a estas variantes a someterse a las leyes del mercado y de los valores predominantes.

Por eso es complejo pensar lejos del sistema ideológico preponderante, a menos que se reflexione desde sus propias contradicciones. Justamente esa es la exigencia inherente en el ámbito psicológico, ya que los fenómenos propios del campo no pueden ser reducidos a la imaginación material. En la psicología la mente se observa a sí misma en su fenomenología tautológica, lo síntomas y patologías no son epifenómenos de un órgano, son expresiones de una consciencia que sueña con una fantasía material.

A partir de lo dicho, una psicoterapia centrada en el síntoma considera que éste es un núcleo fenomenológico al cual solo se puede acceder por vía del abordaje dialéctico de la narrativa presente en su expresión, ello no descarta el correlato biológico sino que lo traduce al medio de la lógica subyacente. Por eso se puede decir que el síntoma es un pensamiento atrapado en la positividad de su presencia; él mismo es un símbolo donde convergen una idea y su propia contradicción, sin embargo dicho diálogo ha sido silenciado con el fin de evitar que llegue a la consciencia de sí misma la verdad de su estructura lógica. Así, la sombra reprimida es la correspondiente negatividad del proceso.

El tratamiento, por lo tanto, consiste en pensar lo pensado en el síntoma y fomentar que la propia contradicción pueda liberarse a sí misma de la fisicalidad de la materia, tal como era la propuesta de los antiguos alquimistas y del gnosticismo. La liberación de la Sophia, no obstante, ya ha ocurrido de manera real, pero queda aún la tarea de hacerla efectiva en el medio de la consciencia. El alma necesita llegar a casa a sí misma, donde de hecho ya se encuentra. El obstáculo de la individualidad es que va por detrás de la verdad que los significados compartidos ya han logrado en su confrontación consigo mismos.

Por ello, el proceso psicoterapéutico no tiene que ver con alcanzar una meta ideal, su labor es desplegar lo que ya está individuado en sí mismo, como diría Kierkegaard: “Las naturalezas más profundas no cambian, se vuelven más y más ellas mismas”. De igual manera el fenómeno permanece comprometido con su naturaleza particular y el síntoma no busca curarlo, ni la curación para sí mismo, es una formación transaccional con un presente que debe ser asumido. Cuando se encuentran subterfugios es entonces que el sufrimiento se exacerba.

Ante esta perspectiva, se considera que el concepto de curación impone sobre el presente un objetivo fuera de sí mismo, es decir, que el terapeuta al prometer la curación enuncia descuidadamente que el fenómeno en su actualidad no es absoluto y que debe aspirar a ser algo distinto, esto se opone a la máxima junguiana de “ser lo que ya sé es”, que engloba el proceso de individuación, lo que no significa otra cosa más que la clarificación e integración de lo que ya preexiste desde un principio en la forma de un hysteron-proteron.

En esta modalidad del opus el Oro del alquimista es la misma masa confusa que se pone a arder en el vaso. El trabajo del adepto no es cambiar la sustancia sino atenderla hasta que su pensamiento pueda, a través de los pasos de la obra, observar el Lapis en lo que antes solo era visto como plomo, es decir, que de la materia emerja la noción inadvertida, el deus absconditus. Parte de la paciencia exigida en el proceso es la aceptación incondicional del otro, de la sombra que se cierne imperturbable sobre las esperanzas ingenuas de que ese otro se acople a los deseos egoícos.

Tal situación yace muy lejos del modelo de crecimiento personal o de las visiones desarrollistas que responden, de forma maniaca, a la ideología cultural en turno que dicta que el progreso es la única vía de posibilidad para el movimiento, en este caso, de la psique, pues así como el capitalismo y su vorágine destrozan el ambiente, también la depredación de las ideologías del progreso psicológico, y la curación, devastan el tránsito anímico que se funda en la recurrencia y en lo ciclos autorregulantes.

Empero, mientras los organismos integran en su marcha temporal la dimensión espacial que los provee de estructura, el avance destructivo de la hipermodernidad consume toda noción en la singularidad ideológica del individuo, despojándolo, además, de su matiz comunal. Es debido recordar que la individuación es un camino de diferenciación a la vez que de integración en lo colectivo, no una masificación ni una atomización, sino la unidad de la unidad y la diferencia de ambas direcciones.

Por otra parte, permanecer en el síntoma no implica ceder por completo a la pulsión de muerte, como las buenas consciencias podrían temer, ni ser arrebatados por las fauces abiertas de un complejo. En realidad su propósito se funda en la intuición junguiana de que la neurosis es un falso sufrimiento, que surge para esconder otro legítimo, por lo cual es requerido que el psicoterapeuta y el paciente se hundan en la dinámica del síntoma para que éste despliegue su propia lógica, una dinámica inmanente en la estructura del fenómeno que es, a la vez, el verdadero paciente y el psicoterapeuta legitimo.

No son los pacientes y sus deseos el fin de la terapia (¿pero cuándo lo ha sido?), es el Otro que se presenta como la enfermedad, como el síntoma, quien expresa la verdad de la experiencia vivida y el momento presente al cual se debe honrar permitiéndole que su voz hable en un discurso liberado de la positividad materialista de la literalización. Inclusive se puede agregar que en realidad no hay un sufrimiento real y uno ilegítimo como dos entidades separadas, sino que la neurosis se conforma de la contradicción de ambas experiencias en la existencia humana y la obligación autoimpuesta por no asumirlas, cercenando al dolor de la verdad que podría liberarlo.

Por lo tanto, esto no significa simplemente que no se busque la curación, en su lugar el objetivo es la no-curación, es decir el esfuerzo por escuchar la dialéctica del síntoma y permanecer ante él de forma amorosa como la apertura que da paso que el fenómeno llegue a su destino, dicha meta es siempre desconocida, pues el psicoterapeuta es conducido, en la selva oscura, por el psicopompo que es el padecimiento y la teoría que de ello deviene. En otras palabras, se propone una terapia que no conciba a la salud y a la enfermedad como opuestos y que los aprecie, en su quehacer práctico, como una unidad indisoluble, a la vez que se es capaz de apreciar el momento presente del fenómeno patologizante y permanecer con él hasta su cumplimiento.

La psicología analítica propuso la sacralidad de lo sintomático en su esquema homeostático de la psique, pero aún así continuó aprestándose a los valores de la época y a la necesidad de la edificación de la parcela egoíca del alma, ahí donde todo debe girar en torno a la idea que el sujeto tiene de sí mismo. Por eso una psicoterapia que se centre en lo sintomático, que enuncie la no-curación, nunca será digna de confianza, porque su objetivo no es alimentar la importancia personal, quiere, en cambio, disminuir su relevancia para atender debidamente a la otredad que es el espíritu de la contradicción.

Una psicoterapia de la no-curación no tiene otra meta más que pensar lo que en el síntoma es pensado, y que se despliega como una mitologización que utiliza los sucesos personales como base para imaginarse a sí misma. Es una psicología capaz de aprestarse al encuentro con su auténtico objeto de estudio, el alma en sí misma. Por ende, significa una psicoterapia que se adentra en el desmembramiento del ego y de su vivencia, para liberarlas de su materialidad, del carácter positivo de su representación y, por consiguiente, promueve que sea la negatividad lo que en verdad haga terapia. Una terapia del alma para el alma, donde el hombre solo es un puente.