La dificultad intrínseca de la psicología

Logos del alma

Cuando un tema psicológico aparece en la conversación cotidiana, el lenguaje se vuelve liviano, como si la cercanía con lo psíquico autorizara una familiaridad que borra sus dificultades intrínsecas. La experiencia de sentir, de recordar, de sufrir, se confunde con una supuesta comprensión de aquello que acontece. Se habla desde la ilusión de inmediatez, como si bastara con tener una psique para conocerla. Así, la palabra psicológica pierde su peso, se vuelve intercambiable, dócil al impulso de aconsejar, de explicar, de ordenar lo que, en el fondo, permanece como misterio. Surge entonces un discurso continuo de certezas rápidas, de interpretaciones que no reconocen la resistencia de lo intrincado, donde la palabra ya no porta la huella de una experiencia trabajada, sino que repite fórmulas que ofrecen orientación allí donde el alma, en su verdad, no se deja reducir.

El alma, sin embargo, no se entrega a ese movimiento. Permanece retirada, opaca, porque su verdad exige otra forma de atención, una que no violente el misterio que le pertenece. Hay en ella una reserva que no puede ser alcanzada por la mirada directa ni por la palabra que se precipita. Algo en su naturaleza reclama un rigor que no se conforme con la claridad inmediata, que soporte la ambigüedad y la incertidumbre, que permanezca en lo no resuelto sin la urgencia de clausurarlo. Esta ligereza no habita solo fuera del campo psicológico, sino también en su interior, donde lo que en su origen fue arduo y resistente comienza a traducirse en un lenguaje accesible que ha olvidado el sinuoso camino por el cual llegó a ser.

El saber que surgió del encuentro prolongado con lo enigmático, de la escucha paciente de lo que no se deja decir, se transforma en un conjunto de técnicas, de intervenciones, en una gramática que pretende operar sin conservar la huella de su dificultad. La incógnita que dio paso a una disciplina se vuelve herramienta. En ese desplazamiento, el pensamiento pierde espesor, el concepto deja de ser una herida abierta, y se olvida que cada noción nació de una confrontación con lo desconocido, de una experiencia que desbordaba al sujeto y lo hacía encogerse de miedo. El lenguaje técnico se instala como una superficie que oculta la extrañeza de aquello que intenta decir, y el saber, despojado de su gravedad, deja de interrogar, deja de herir.

En otros dominios del conocimiento, esta operación resultaría impensable. Nadie hablaría sobre la estructura de la materia apoyándose únicamente en su vivencia inmediata, ni se concedería autoridad sobre aquello que exige una disciplina rigurosa sin haber atravesado sus exigencias. Allí se reconoce una distancia que reclama preparación, renuncia, formación prolongada, una entrega que transforma la mente que piensa. La física no admite la opinión porque su objeto no coincide con la experiencia directa, y en esa distancia se preserva la dignidad de su saber. Cuando se trata del alma, esa distancia parece disolverse, como si lo más cercano no fuera también lo más inaccesible, como si la proximidad no encubriera, en su misma evidencia, una profundidad que se resiste a ser conocida.

Wolfgang Giegerich, al inicio de su reflexión sobre la vida lógica del alma, recuerda la negativa de Albert Einstein a simplificar su pensamiento, como una forma de fidelidad a aquello que había sido pensado. El pensamiento, en su rigor, exige una mente trabajada, afinada por el tiempo, capaz de sostener la abstracción sin precipitar su resolución, de afrontar lo complejo sin reducirlo. No hay en ello privilegio alguno, sino responsabilidad ante el tema mismo, una ética del pensamiento que no cede ante la tentación de lo accesible cuando lo que está en juego no puede sobrevivir a la reducción.

La pregunta psicológica no busca claridad, sino profundidad. Qué ocurre con el alma cuando se la traduce a un lenguaje que no exige transformación, qué queda de ella cuando es capturada por un discurso que la vuelve comprensible sin permitir que desgarre al sujeto. La psicología, en su raíz, no es un saber que se adquiere, es un proceso que somete, que descompone, que disuelve la identidad de quien la piensa. No añade conocimientos, reorganiza la mirada, obliga a abandonar las seguridades que sostienen la ilusión de comprender. La mente no permanece intacta ante aquello que piensa, se ve llevada a sostener la tensión de lo no resuelto, a habitar una inquietud que no encuentra descanso ni certeza.

Hay en este movimiento una dimensión de sacrificio que se presenta como destino. El tema llama, insiste, reclama una dedicación que desborda la medida de la vida ordinaria, reorganiza el tiempo en torno a una tarea que no concluye. No hay promesa de recompensa, ni acumulación de méritos, ni garantía de sentido en términos apropiables. El trabajo se realiza en una zona donde la gratificación no tiene lugar, donde el esfuerzo no será reconocido, y donde lo que se pone en juego es la propia vida en su relación con aquello que la excede.

En este horizonte, la figura del psicólogo se define por lo que está dispuesto a perder. El saber que no ha devorado al sujeto permanece externo, sin vida. Las nociones que no han transformado la estructura del pensamiento se convierten en un discurso vacío, en una repetición que no enraíza en la vida. El trabajo consiste en dejarse trabajar por los conceptos, permitir que operen una descomposición que haga posible otra forma de ver, una mirada que ya no pertenece a la persona, sino al fenómeno mismo.

En la escena contemporánea proliferan prácticas sostenidas en la apariencia de saber, donde el lenguaje aprendido y las técnicas adquiridas producen una sensación de dominio que oculta la ausencia de sacrificio. El alma se convierte en objeto de aplicación, en campo de procedimientos que prometen eficacia, en territorio de intervención. El saber se transforma en recurso, en medio para alcanzar efectos visibles, y pierde contacto con la opacidad que resiste, con la dimensión del fenómeno que no responde a la lógica del método.

Quien se sitúa en ese lugar utiliza la disciplina en lugar de ser transformado por ella, organiza su pensamiento en torno a la eficacia. La labor psicológica exige otra figura, no la del experto que domina, sino la del alquimista que observa, que permanece ante la materia sin imponerle forma, que acompaña un proceso cuya lógica no le pertenece. En su vasija, la materia se presenta como mezcla, como nigredo, como aquello que no puede ser transformado desde fuera. No hay método que asegure el resultado, solo una atención sostenida, la fidelidad al proceso, la permanencia como testigo del magnum opus. El alquimista no produce, aprende a mirar, y en ese mirar es absorbido por la materia.

Caminar en esa dirección implica una cercanía constante con la disolución, como condición de todo proceso vivo, solve et coagula. Las formas conocidas se deshacen, las identidades pierden consistencia, y la fidelidad al alma exige una disposición a perder aquello que ofrece seguridad. El trabajo se despliega como entrega a lo que no puede ser retenido, como permanencia en el cambio que no busca fijarse. El alma permanece como misterio, alcanzada solo por un lenguaje que no intenta apresarla.

Nombrar el fenómeno sin tocar su sombra abre la posibilidad de escucha. En ese espacio, la palabra deja de imponerse. El alma no se revela ante la insistencia de comprender, lo hace ante la paciencia de una mirada que sabe esperar sin exigir claridad. La tarea del pensamiento es acompañar aquello que se presenta en su indecibilidad, permanecer en la cercanía de lo que no puede ser poseído. El saber deja de ser una forma de tener y se vuelve una forma de atravesar, un movimiento que no concluye, que se escapa cada vez que parece ser aprendido. Por eso la psicología debe hacerse siempre nuevamente, y por eso no puede dejar de ser rigurosa.

Mateo 1: 1-17, la autogeneración del fenómeno

Logos del alma

En la numerología usada por Jung, el numero 4 es femenino y corresponde a la totalidad, el cuatro representa un proceso completo, una totalidad. El uno, en cambio, como unidad que aun no se despliega, se encuentra contenido en sí mismo a la espera de su desarrollo. El 1 y el 4 son dos facetas de un mismo proceso lógico, y podríamos pensarlos como una metáfora del hecho de que cualquier fenómeno que se exprese debe estar ya acabado, solo puede ser porque su totalidad ya está en si, aunque no para si, y en esta anticipación la búsqueda que se emprende inicia una vez alcanzada la meta. Hay diversas imágenes que hablan sobre este fenómeno, por ejemplo la del soñador que un día sueña con un tesoro en una tierra lejana y al llegar a ella y sufrir tormentos se da cuenta de que el tesoro siempre estuvo en su propia casa; o la de la búsqueda del Simurg, en donde los pájaros se reconocen en el objeto de su búsqueda. Este tipo de historias que son interpretadas de forma clásica como un movimiento de re-conocimiento iniciático tienen la desventaja de presentar estadios o momentos separados unos de otros, cuando realmente dichos momentos suceden al mismo tiempo, es la imagen quien los separa para poder observarlos.

Así, Jesus y Adan son dos momentos gemelos, y si seguimos algunas consideraciones teológicas podemos decir que Jesus precede a Adan, pero no solo por la hipóstasis de la trinidad, sino porque realmente Jesus se concibe a sí mismo, pues él representa al espíritu que se auto-contiene, que se niega a sí mismo con tal de generarse. Las generaciones que preceden a Cristo hablan de su propio despliegue, y del hecho de que Jesus preexiste a su encarnación como absoluta negatividad.

El negocio de la psicoterapia hegemónica

Logos del alma

La escena contemporánea se ha consagrado a un nuevo rito de purificación, en él, la psicoterapia aparece como un ministerio disciplinado, perfectamente ajustado al espíritu de su época. Sus oficiantes repiten fórmulas que han aprendido a nombrar como vías de salvación, y bajo ese nombre ofrecen al alma moderna un resguardo hecho de etiquetas y diagnósticos. En el centro de ese gesto piadoso late la obediencia ciega a una lógica que convierte toda interioridad en mercancía. Sin advertirlo, la palabra terapéutica se deja capturar por la maquinaria que la sostiene, hasta volverse un engranaje más de ese orden que pule a los hombres para volverlos intercambiables, listos para circular como productos cuya identidad se mide por su capacidad de producción.

En todos los rincones del lenguaje cultural se escucha este murmullo uniforme. Habla de crecimiento, de autoconocimiento, de resiliencia, de una educación emocional que promete suavizar las aristas de la vida. Es un vocabulario que infla al sujeto y lo vuelve adaptable, continuamente perfectible. Bajo la apariencia de una individualidad exaltada, la figura humana se vuelve un objeto dócil, siempre disponible para ser reconfigurado. Incluso el cuidado personal (último reducto de lo íntimo) se ofrece como una inversión especulativa donde se administra el alma como se administra un portafolio. Así, el rostro singular se evapora bajo el brillo de una superficie diseñada para el intercambio.

En nombre de la curación, la psicoterapia se ha vuelto un dispositivo de adiestramiento. No acompaña la forma que yace en el fondo de cada existencia, sino que modela al individuo según la silueta prescrita por los anuncios que gobiernan la vida. Se espera de él que sea una versión afinada de sí mismo, maleable, dócil, eficiente. Curarse significa extirpar el resto oscuro de la experiencia, esa zona que no produce y que no se ajusta a la balanza del rendimiento. Lo que no es útil, la parte maldita, se excluye de la consciencia y hasta lo que se desborda se reprime como si el alma no fuera, precisamente, ese desbordamiento que ninguna utilidad puede domesticar.

En esa liturgia moderna, el fracaso carece de lugar. La herida, el error, lo patológico (que siempre han sido el modo en que la vida habla desde su hondura) se vuelven residuos que hay que expulsar del horizonte. Se construye entonces una épica luminosa de seres felices, libres, sanos, perfectamente calibrados para sostener sin queja el mandato del gozo perpetuo. Pero bajo esta luz artificial, el alma queda desterrada. Su sombra, su contradicción, su espesor trágico son tratados como anomalías que deben ser corregidas o eliminadas. La existencia queda reducida a una línea ascendente, al trabajo incesante de fabricar una emoción acorde al ideal impuesto, como si la vida no fuera, en su esencia, un territorio indomable.

Y sin embargo, debajo del ideal de salud, la sombra se mueve y atraviesa la superficie domesticada y recuerda que la vida no obedece a ningún diseño moral. Allí, donde el sistema estipula la continuidad, una grieta emerge; donde se exige progreso, surge la dimensión del síntoma. Es la irrupción de lo que el discurso terapéutico intenta expulsar, una presencia antigua, innombrable, que insiste en aparecer bajo la forma de síntomas, quiebres, pérdidas o cansancios que no responden a ninguna técnica de reparación. Esa zona, que la época interpreta como falla, es en realidad el modo en que el alma preserva su derecho a hablar cuando todo a su alrededor exige silencio.

Mientras tanto, la psicoterapia, atrapada en esta red de significados ya no emancipa a nadie. No abre la vía de una necesidad interior, sino que acomoda a cada sujeto en la maquinaria que lo produce. Lo convence de una meta prefabricada y lo instruye para perseguirla con eficacia. Lo certifica, finalmente, como un trabajador de sí mismo, entrenado para habitar su rol con disciplina y sin cuestionar la estructura que lo sostiene. Bajo el nombre de crítica, ofrece un margen mínimo de disidencia que no altera nada; una suave variación dentro del mismo programa que promete libertad mientras la niega. Así, la psicoterapia se convierte en parte de la enfermedad que dice curar, un circuito cerrado en el que la herida es devuelta al sistema como si fuera un valor agregable.

En esta escena, lo anímico permanece ausente, porque su naturaleza no puede ser capturada por la economía del bienestar y de la Gran Salud. El alma es lo incierto, lo que no se ajusta, lo que irrumpe sin aviso. Es la sombra que ningún discurso mercantil puede administrar. Y, sin embargo, es allí donde todavía respira lo verdaderamente humano. Allí donde la falla no es un defecto sino una forma de aparición y la tragedia el modo en que el mundo se presenta en su verdad. Frente a esta intemperie, la psicoterapia moderna (con su sonrisa higiénica, su promesa de equilibrio, su culto al rendimiento emocional) es solo un refugio precario, un negocio perfecto en el que la cura no toca jamás el fondo de la vida, y donde la herida, lejos de ser escuchada, es empujada al silencio que conviene al mercado.

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Logos del alma

Las ideologías y los dogmas son lugares sencillos a los que recurrir, proveen de un marco de ideas fijo, tranquilizador; permiten adaptar todo lo que existe a un modelo que parece flexible y benevolente, pero que determina tiránicamente al objeto. Por ello, hablar de tolerancia desde una ideología es un contrasentido, así como de amor y compasión. La desesperación y un impulso infantil de inmutabilidad nos llevan a estos lugares apotropaicos.

La ideología no es otra cosa más que una idea que, atrapada en su vuelo, ha sido sostenida con pequeñas agujas sobre una mesa de taxidermia. Vive, pero su propósito es trastocado por la intención de quien la posee. Literalizada, se ha vuelto una alegoría, es decir, un recurso técnico para proveer de la fantasía de una verdad externa que, de forma común, tiene la intención de defender al sujeto del encuentro con aquello Otro que, sin embargo, también es él mismo.

La institución religiosa actual es el prototipo de los sistemas dogmáticos, pues exige de sus adeptos un creencia ciega que se traduce en el sacrificio intelectual conveniente para sostener la incertidumbre propia de la existencia y, a su vez, crea la ilusión de un eje externo donde poder recargar la experiencia de la angustia. Ante este Gran Otro no hay que generar ninguna idea nueva ni permitir la mutación de las actuales, pues todo ya está escrito y ha sido dicho con antelación. No hay un cabello o una hoja que no se mueva en conformidad con un plan divino.

Pero no solo en la institución religiosa se cultiva tal actitud inquisidora, sucede también en la defensa a ultranza de cualquier cuerpo teórico, incluyendo a la ciencia. En psicología, por ejemplo, es común que las escuelas de pensamiento se vuelvan círculos herméticos, protegidos por lenguajes particulares y cuya resistencia ante la mutación de sus paradigmas pone en evidencia la defensa reactiva ante el miedo de que la teoría se mueva hacia el interior de sí misma. Se le mantiene, por lo tanto, detenida y no se permite que ocurra ninguna transformación en ella.

Por eso los dogmáticos tienen tanta seguridad en sus impresiones y ante ellos todo texto y todo fenómeno se somete a lo que ya se conoce con anticipación, pronto cualquier punto de vista distinto tiene que ser aborrecido porque no encaja con lo que siempre se ha dicho. Los podemos encontrar predicando la salvación, la diferencia entre el bien y el mal y corrigiendo continuamente a quienes no piensan de la misma forma, pues tienen la tarea autoimpuesta de ofrecer la Gran Salud a los pobres de espíritu.

Por lo tanto, en la actualidad, lo más difícil es dejar que el fenómeno se exprese tal cual es, que su alteridad trastorne la identidad y asumir que las ideas mutan y se vuelven distintas, que pensar implica estar a la altura del pensamiento del Otro, y que esto a veces requiere de nuestra propia destrucción. Es harto complejo amar al prójimo, ya que requiere dejar de verse a uno mismo para poder abrirse ante lo diferente, que es la única manera de amar y amarse de verdad, pues, lo cierto, es que yo siempre soy Otro.

La educación socioemocional como herramienta neoliberal

Educación posmoderna, Logos del alma

La cuestión de sí hay una correcta y una incorrecta educación socio-emocional es una ilusión conceptual. El acento de ambas posturas está puesto en el priorizar las habilidades del ego para ser más eficiente, lo cual ya es un discurso neoliberal y solo puede existir en una sociedad capitalista como la nuestra. No hay un desarrollo socio-emocional liberado de la tarea de hacer del individuo una mejor maquina de producción; por más abierta o critica que sea la teoría del docente, terapeuta o psicólogo, su discurso cultural siempre será autorreferente, pues quien habla nunca es la persona sino la cultura. 

La cultura terapéutica es la narrativa del capitalismo posmoderno y puede tener muchas vertientes, algunas en apariencia más nobles que otras, pero al final todas desembocan en el mismo cauce. Cuando se recomienda a un alumno que maneje sus emociones de manera eficiente ya se esta culturizando al sujeto en la lógica maquinal de la industria, cuando se le insta al paciente a trabajar consigo mismo, como un ente autónomo, ya se está cargando sobre sus hombros un peso que solo puede llevar un individuo sumido en la búsqueda moderna de sentido, justo en el tiempo donde el sentido ya no reside en la esencia de lo humano. No importa si es coaching, transpersonal, psicoanálisis, junguiano, cognitivo conductual, psiquiatría, neurología, pedagogía etc., el hilo conductor es el acento en el valor del máximo rendimiento.

No se mal entienda la critica, pues es bastante preferible estar bien con uno mismo, tener una visión consciente de las emociones, reflexionar continuamente sobre las necesidades psíquicas, ello permite un margen de acción más amplio y más complejo. Pero no somos más libres, ni dejamos de ser maquinas, simplemente somos obreros más eficientes en la gran industria del desarrollo personal.

Wolfgang Giegerich o la superación del pensamiento imaginal y analítico

Logos del alma

Resumen. 

El trabajo de Wolfgang Giegerich nace del desarrollo dialéctico que ocurre en el opus de la psicología analítica de C. G. Jung y en la reconstrucción de la misma hecha por James Hillman. Como teoría pretende alcanzar aquello no pensado en ninguna de la propuestas anteriores, pero que es inherente a las mismas: una psicología como disciplina de la interioridad del fenómeno psicológico. Es el propósito de esta ponencia compartir el panorama inicial de este proceso no culminado (a la vez que culminado) y mostrar su filiación con la psicología analítica misma.


La obra de Wolfgang Giegerich se enmarca en el contexto de la psicología junguiana, como un avance en las nociones esenciales que nutrieron el pensamiento de Jung y que constituyeron el flujo de una noción que se desplego, o intento hacerlo, a lo largo de todo su trabajo. Antes de decir más, es debido presentar al autor, hecho que no añade nada sino un vistazo al plano de lo anecdótico. Para ello citare la presentación que Robert Henderson hace de Giegerich en su libro de entrevistas “Living with Jung”.

Wolfgang nació en Wiesbaden, Alemania, estudió en la Universidad de Würzburg y en la universidad de Göttingen, y obtuvo su título de doctor en Filosofía en la Universidad de California en Berkeley. Recibió un diploma del instituto C.G. Jung de Stuttgart. Después de muchos años de práctica privada en Stuttgart y más tarde en Wörthsee, cerca de Munich, vive ahora en Berlín. Ha sido un orador regular en las conferencias Eranos, y ha enseñado repetidamente como profesor visitante en la universidad de Kyoto, en Kyoto, Japón. Estuvo en la facultad de Rutgers del 69 al 72. Ha dado clases y ha enseñado en muchos países (Alemania, Suiza, Austria, Inglaterra, Italia, Estados Unidos, Rusia, Japón y Brasil) y ante muchas sociedades profesionales. Sus publicaciones que suman más de ciento setenta en el campo de la psicología y en muchos lenguajes, incluyen catorce libros, entre los cuales se encuentra La vida lógica del alma: hacia una noción rigurosa de la psicología (Peter Lang, Frankfurt/Main 1998; 4th edition, 2007). Fue editor de la revista GORGO, una revista alemana de psicología arquetipal. Es el coautor con Greg Mogenson y David L. Miller de Psicología analítica y dialéctica: The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, 2005).

Esta breve presentación fue escrita en el 2010, desde entonces se han publicado sus artículos reunidos en seis volúmenes a la fecha y dos libros más de su autoría: What is the Soul y Neurosis, The Logic of a Metaphysical Illnes. Al menos en ingles sus obras han sido vertidas en diez libros y varios artículos aun no recopilados. Habiendo dicho esto, pasemos a la naturaleza de su obra.

En la psicología profunda varias escuelas se atribuyen la posesión del sistema que mejor entiende la dinámica de la psique. El psicoanálisis como la máxima potestad dentro de esta forma de acercarse a la psicología sufre, sin embargo, del mal de la heterogeneidad, que si bien permite un desarrollo creativo portentoso, obliga a su vez a comenzar siempre de nuevo la tarea de entender los procesos psicológicos desde ópticas muchas veces dispares. Justamente lo que constituye su más grande virtud, es a la vez su más honda debilidad. Es en este campo diverso en el que la psicología analítica, derivada del psicoanálisis, reconstruye el entendimiento de la psique basada en las investigaciones de C. G. Jung, cuya labor fue tan disímil al psicoanálisis ortodoxo, pero que de forma inherente intentó explicar lo que para Freud era el centro de su obra, así lo dice Jung:

«Mirando hacia atrás puedo decir que he sido el único en seguir ocupándome debidamente de los dos problemas que más interesaron a Freud: el de los “restos arcaicos” y el de la sexualidad. Es un error muy frecuente pretender que no he sabido ver el valor de la sexualidad. Por el contrario, desempeña un importante papel en mi psicología, concretamente como expresión esencial –aunque no única- de la integridad psíquica.»

Jung pensaba su desarrollo teórico como una continuación y afirmación de lo que para Freud era el impulso vital de su trabajo, hecho que contrasta con la visión común que se tiene de las discrepancias entre Freud y Jung. Sin embargo, en el caso de la psicología analítica la estructuración del edificio teórico fue muy distinta a la del psicoanálisis. Los junguianos se distinguieron sobre todo por un apego a la teoría del maestro, por lo que la homogeneidad fue el clima que se respiraba habitualmente en los libros y artículos en el que los herederos de Jung daban vueltas, o podríamos decir que circumbalaban, alrededor de lo que ya había sido dicho, en un intento, no siempre consciente de hacer justicia al método amplificador que tanto distingue a esta escuela de psicología. Dicha homogeneidad no permitió un desarrollo teórico variado, ni la incursión de grandes mentes en el ámbito de lo analítico; salvo excepciones, el ambiente junguiano ha sido compulsivamente repetitivo y no ha permitido una complejización conceptual que lo haga más riguroso como disciplina psicológica. 

Cabe decir que ni el psicoanálisis, ni la psicología analítica han logrado la meta implícita de la psicología profunda, no han sabido brindar una visión a la vez unitaria y lo suficientemente compleja para poder acercarse al fenómeno psicológico de forma rigurosa; no a la manera de la ciencia, como lo hacen las psicologías positivistas que en un afán tecnológico objetivan los procesos psicodinámicos, o en su defecto los obliteran; sino posicionarse en un enfoque abierto que permita al fenómeno desplegar su estructura teórica ante los ojos de la psicología en sí misma.

Empero, hay esfuerzos puntuales en la psicología junguiana que constituyen quizá una vía hacia un desarrollo teórico serio, centrado en el fenómeno desde una perspectiva auténticamente psicológica. Entre ellos están los verdaderos transformadores, por ejemplo la escuela inglesa, con innovadores como Michael Fordham,  la escuela Arquetipal liderada por James Hillman y lo que se ha llegado a denominar La Psicología como la Disciplina de la Interioridad, que Giegerich propone como su manera particular de entender y continuar el impulso viviente en la teoría junguiana.

James Hillman, cuestionó las bases esenciales de la psicología analítica. Se preguntó como nadie lo había hecho antes de él si en la cuestiones teóricas del corpus junguiano había huecos insalvables que no permitían el acceso a la realidad de lo que se denominó el “alma”. Para Hillman un acercamiento verdaderamente psicológico, requiere reivindicar como el centro del estudio psicológico justamente eso que le da nombre a la disciplina, la psyche, el “alma”, y no solo el “alma” como el remanente conceptual de una tradición actualizada por el anhelo científico, sino el “alma” como la realidad subyacente a la experiencia de todo fenómeno. Aunado a ello, se necesitaban varias premisas como soporte teórico, por ejemplo el retorno a Grecia o el politeísmo como base de una psicología que reconoce a la imágenes como la forma primigenia de relación con lo anímico, y  por lo tanto el descentramiento del factor humano como núcleo de la obra psicológica y la reconstrucción in situ del edificio conceptual junguiano. Para Hillman el hecho de que el hombre no fuera ya el objetivo de la terapia psicológica, tal como él entendía la psicoterapia, es decir como el cuidado de las imágenes del alma, y para ser más preciso, del alma de la imágenes, requería una revisión de aquello que había sido aparente entre los estudiosos de Jung: sus bases conceptuales.

Hillman retomo los conceptos junguianos y los volvió hacia las imágenes mismas. Mientras en otro momento arquetipos, símbolos, inconsciente, etc. Se concebían como sustancias o dimensiones fuera del fenómeno a estudiar, como el contexto en el que sucedía la vida misma; en la psicología imaginal, fueron aplicados  a su propia semántica de tal manera que los arquetipos se constituyeron en la experiencia arquetipal de todo fenómeno, en la metáfora raíz que le daba vida anímica a cualquier proceso visto desde los ojos del alma. A su vez, el símbolo dejaba su necesidad de confirmarse en la vida cultural de la civilización para poder asumirse como la forma explicita en que la imagen se presenta, así el sueño es su propia interpretación y la imagen es su propia dimensión simbólica. Y en está reformulación de términos lo inconsciente no dejaba de ser sino una cualidad del alma como visión, el secreto latente en todo lo que se revela y que tiene la función básica de guardar en su corazón lo que la imagen dice sobre sí misma.

Si bien la psicología arquetipal aún es psicología analítica, ha llevado o intentado llevar los conceptos junguianos a un nuevo nivel teórico. Su esfuerzo está en re-imaginar lo que había sido convertido en positividad, lo que se había literalizado y que traicionaba así la estipulación de Jung de que el alma es un elemento objetivo y autónomo.

Sin embargo, dicho trabajo no fue continuado por los mismos pensadores que adoptan la semántica hillmaniana, pues la sintáctica del impulso transformador había sido olvidada incluso, en ocasiones, por el mismo Hillman, y solo restaba un cuerpo hueco en donde los viejos conceptos místicos podían campear a sus anchas. Ahí cabían la astrología, la vida simbólica, la cábala, los dioses de cada mujer y una perorata continua sobre la importancia del alma en la vida de las personas. El “alma”, que en principio había sido el impulso viviente en la revuelta conceptual, había sido olvidada y los restos muertos se habían erigido como dioses de oro ante los cuales danzar frenéticamente, con estudios preciosísimos sobre las imágenes y los símbolos que sin duda brillaban con la luz magnífica con la que todo lo obsoleto resplandece.

Se constituyó así un discurso sobre los dioses y sobre el alma, y no obstante el ego seguía teniendo un papel inconsciente en la constitución de esta psicología basada en las imágenes. La psicología se torno en politeísmo, pero no fue un esfuerzo hecho desde su propia necesidad lógica, sino que fue la nostalgia de la búsqueda de sentido lo que demostró una vez más que el camino aun tenia que ser andado.

El problema del politeísmo en la psicología arquetipal es que aquel retorno a la imagen de Grecia y a toda la dimensión mitológica que le da dignidad a las imágenes, evade el terreno histórico en la que una época mitológica había sido fundamentalmente la vida lógica efectiva de un momento particular en el desarrollo de la consciencia. Ya en la Grecia de Platón los dioses habían dejado de ser la potencia subyacente en el espíritu de la época, los dioses eran historias que trataban de explicar diversos aspectos de la realidad, es decir, eran recursos positivos que tenían su verdad solo en el recuerdo de otra época en la cual precisamente el mito estaba vivo y regia como la sintaxis que era en sí misma esa vida que se desplegaba en las historias míticas. El mito, en su génesis, no explicaba nada, era en sí mismo el sentido inmanente del mundo.

Tal como Giegerich alude, el mito es el discurso que se despliega en el contexto en que se desarrolla. El mito es la narración mítica y la dimensión de la consciencia que le da soporte. Si se intenta abordar un mito en la época actual y se pretende que tenga un lugar en las circunstancias actuales, se estará eludiendo que dicho relato responde a un contexto histórico particular, y no en cuanto a la historia del hombre, sino al proceso de desarrollo de la consciencia como la sintaxis que constituye la negación de dicha historia. Ya no es posible comprender lo que implicaba, por ejemplo, el sacrificio humano, puesto que las categorías se han transformado radicalmente; y aunque se
lo intentara el matiz con que se observa tiene los tintes de una época radicalmente distinta a la que requería la sangre explícita como la potencia de dioses ya superados.

La flecha histórica es irreversible. Esto no es sino el resultado de que la consciencia es un proceso continuo de auto-creación, cuyas complejidades inherentes se despliegan solamente para dar paso a lo implícito en las mismas, es la transformación continua del “en sí” al “para sí” o como lo diría Goethe: “Formación, transformación, eterno pasatiempo de la mente eterna”. Por ello, no solo es imposible que podamos comprender un mito particular a causa de nuestra falta de referencias categoriales, sino porque incluso el contexto mítico ya se ha vuelto obsoleto. Los dioses han muerto y no son sino el cascarón vacío de una realidad que ya no los necesita. Y precisamente porque ya no son necesarios es que es posible ahora elegirlos, vivirlos, utilizarlos, estudiarlos y sustituir con ellos conceptos cotidianos; es posible decir que se está abrumado por el amor o decir que Eros ha entrado en la existencia personal, lo cual es indiferente y no deja de ser sino un recurso poético que sin embargo refleja solo artificialmente una experiencia que no puede ser abarcada completamente por lo sagrado, puesto que lo sagrado corresponde a una complejidad distinta y ya sobrepasada. Hermes el mensajero de los dioses tenía que correr grandes distancias para entregar un mensaje, hoy basta con teclear un botón para hacer el mismo trabajo. Esto no significa que haya una mejora, sino solamente que Hermes era suficiente y más que suficiente para poder entender un contexto vivo determinado, pero ya no es capaz de abarcar la complejidad de una nueva realidad que ha emergido de lo potencial implícito en aquella. El espacio que Hermes recorría y el espacio de la física moderna (y no se diga del espacio virtual en internet) son conceptos completamente distintos.

Se puede argumentar que el espacio imaginal que surcaban los dioses es a lo que realmente hace referencia la psicología junguiana y arquetipal. La imaginación, y su “como si”, como la representación fenomenológica prístina. Pero se olvidaría que aun esa imaginación está fundada en categorías psicológicas particulares. La imaginación no es una dimensión perenne e imperturbable, sino la expresión de su propia lógica. Semejante argumento fue enunciado, a su propio modo, por Hillman respecto a la hipóstasis del inconsciente y los arquetipos por parte de Jung. Giegerich hace lo propio en cuanto al alma imaginal.

Es en 1992, en el Festival de Psicología Arquetipal en la Universidad Notre Dame, cuando Giegerich se pronuncia abiertamente y de forma definitiva en contra del uso extensivo y arbitrario que se hacia del politeísmo en la psicología arquetipal, de lo que él denomino el platonismo de la psicología, haciendo referencia al uso de entes metafísicos que sostenían un conjunto de teorías que sin embargo no estaban asentadas en los fenómenos de estos tiempos, sino que intentaban erigirse como la panacea contra un mundo en decadencia. La espiritualidad, los mitos, las figuras divinas, los sueños, etc. se alzaban como la resistencia en contra de un mundo tecnológico, frio, en declive; lo cual equivalía a un esfuerzo neurótico por querer revivir lo que hace tiempo estaba muerto para confrontarlo con una realidad que resultaba inconveniente para el ego.

Para mostrar su punto, en la conferencia que denomino “Matanzas. El platonismo de la psicología y el eslabón perdido con la realidad” Giegerich cuestiono el apego a la verdad de nuestro tiempo, al espíritu de la época, de la terminología arquetipal basada en los dioses y la herencia mítica. Además de refutar su validez en parte con el argumento que ya se ha expuesto, también desgajo una teoría propia sobre la dinámica del “alma” o los pasos históricos de la consciencia. Para Giegerich, la matanza fue el acto primordial en la que la consciencia se libero de su contención en la vida meramente biológica. La consciencia se mató a sí misma para interiorizar la experiencia mortal y sobre ella desplegar una nueva vida, ya no más biológica, sino lógica o, mejor dicho aun, psicológica.

Esta matanza no fue una metáfora o una imagen en la consciencia, fue una carnicería factual, que estuvo dominada por el acto primigenio de la caza, en donde al matar al animal ritual el hombre mataba su dimensión teriomorfica. Mas que el hombre, era la consciencia quien se fecundaba a sí misma a través de la muerte del animal, vivía así en su propia muerte. De ese acto sangriento emergía el “alma” como opus contra naturam. El ser humano ya no era más un animal, era el supra-animal, el animal que se ha negado a sí mismo para existir. 

Así, todo el discurso imaginal adquiere una nueva dimensión en donde ya no era necesaria la terminología vacía de los dioses y lo sagrado, pues ahora el fenómeno podía verse tal como se presenta, estructurado en la unidad de su fenomenología y la vida lógica en que estaba construido, el fenómeno no era solo lo que se presentaba sino la sintaxis que lo dotaba de coherencia en su propio contexto lógico.  Si la matanza no era solo una imagen en la vida imaginal de la consciencia sino que era además un acto asentado en la realidad lógica de la misma, entonces el estudioso de la psicología debía estar atento al hecho de que aprender psicológicamente un fenómeno requiere asumir la verdad presente en él, y no las preferencias del ego y sus teorías sobre lo que tendría que ser el proceso. 

Esto no está alejado de lo que Hillman ya había propuesto tiempo atrás en su revolucionario trabajo “Re-imaginar la psicología”, aunque parecía que las intuiciones vertidas en ese texto se habían desvirtuado casi hasta el absurdo en el campo de la psicología arquetipal. El trabajo de negación de Hillman de la obra junguiana tenia que ser continuado, y no para vivir cómodamente en él, sino ser capaz de cortar la propia carne y, bajo el signo de la matanza, sacrificar las propias convicciones a favor del fenómeno psicológico.

La negación primera, que se había fundado en la reflexión profunda e inédita sobre la psique que hizo Jung y donde sin embargo para sostener sus argumentos tuvo que  recurrir a modelos externos a la propia psique e incluso hecho mano a la postitivización de la misma, necesitaba ser negada a su vez. Hillman negó la posición junguiana y a través de ella erigió una disciplina que diera soporte al hacer alma, poniendo entre paréntesis aquellos conceptos que los junguianos tenían ya sobre entendidos. En esta tradición, la obra de Giegerich se erige como la negación de la negación del pensamiento psicológico, no solo presente en Jung o en Hillman, sino de la ciencia psicológica en general, pues ya no solo pone en entredicho los conceptos analíticos sino todos aquellos enunciados sobre los que la psicología misma está posicionada. Se puede decir que el movimiento de Giegerich consiste en cortar la propia rama sobre la que yace la teoría psicológica a fin de hacer emerger a la conciencia la verdadera psicología.

Sin embargo, como movimiento dialéctico, el propio hacer de la psicología guarda en la memoria aquello que ha sido sobrepasado. No se trata de descartar lo que en Jung o en Hillman se expresaba, sino permitir que lo no pensado en ambos emerja como lo explícito de una psicología cada vez más apegada a la verdad de sí misma.

El opus que Giegerich desarrolla, es concebido por él, como la continuación de lo en que Jung era la lava ardiente de su impulso. Jung tuvo la oportunidad, como cada gran pensador, de ponerse a la altura de la noción que pugnaba por desplegarse de la forma más apegada a su verdad (la verdad de la noción, su contexto lógico). El autor es así llamado a estar a la altura de dicha noción y su trabajo es este esfuerzo continuo por darle su lugar a aquella voz interna que habla en el fenómeno. Jung no siempre estuvo a la altura, por ejemplo al concebir al sujeto como el fiel de la balanza en los asuntos anímicos o al no permitir que sus herramientas conceptuales se desbarataran a sí mismas y se superaran de tal forma que la vida en ellas siguiera su rumbo, en cambio hipostasio ideas como inconsciente, arquetipos, complejos etc. Y aunque más tarde Hillman reconstruyó creativamente el camino hacia esas intuiciones, aún hay un trecho que recorrer.

Al principio se dijo que la meta de la psicología profunda era concebir un modelo que reflejara fielmente la dinámica psíquica. En Giegerich este objetivo ha sido sobrepasado, pues ya no se trata de explicar con una teoría lo que la psique pueda ser, al contrario el objetivo está orientado a la apertura hacia la teoría que la propia psique tenga de sí misma. Pero esto es aún la mitad del camino, pues decir que la psique es la meta es no haber aplicado la diferencia psicológica aun, es decir la diferenciación entre lo psíquico como el fenómeno en su superficialidad semántica y la psicología o el orden de la estructura sintáctica. Así que habrá que reformular lo anteriormente dicho de la siguiente manera: en la obra de Wolfgang Giegerich la psicología se contempla a sí misma y así la consciencia por fin llega a casa.