El psicólogo como pensador

Logos del alma

El fenómeno piensa siempre, lo hace a través de sus múltiples formas de hacerse presente. En su faceta como imagen y como emoción, aquello que se manifiesta es pensado desde su propia estructura lógica, lo hace aún en la opacidad de su materialidad. Por lo que atender al huésped que toca a la puerta significa poder estar a la altura de su complejidad y liberar al síntoma de su arrobamiento en la fisicalidad de la materia.

Así, el psicólogo sabe que la única certeza ante el fenómeno consiste en escucharlo de forma atenta, en tanto esto supone el arduo trabajo de poder contener el pensamiento mismo de aquello se manifiesta, en el recipiente de su atención liberada de prejuicios. Luego de esto, y una vez terminada su labor, todo la teoría se vuelve a rehacerse en él y es hora, entonces, de volver nuevamente a la briega. Tal es el ejercicio constante del pensamiento reflexivo y riguroso que le permite volver a iniciar, una y otra vez, el esfuerzo por comprender aquello que se le presenta.

La mente del psicólogo ha de estar aguzada por el constante ejercicio de la reflexión, sostenida por una cultura profunda, fruto del aprendizaje incesante y de la inmersión en los temas complejos de su contexto. Pero eso no es suficiente, el bagaje intelectual también puede ser un refugio del ego si el conocimiento no se auto-aplica y no se destruye su confianza en él mismo. El racionalismo es un subterfugio para escapar del esfuerzo de pensar el pensamiento del Otro.

Por lo tanto, la intelectualidad del psicólogo no es la del erudito, ni la del hombre de ciencia, aunque las conserva como estadios superados, sino que nace como el fruto de la propia destrucción de las bases intelectuales a través del pensamiento radical. De la cisura negativa sobre la inteligencia del pensador, surge el pensamiento vivo del fenómeno, es decir que emerge el proceso psicoterapéutico que sirve como hogar para el advenimiento de la consciencia del fenómeno. Porque, después de todo, no es el ente el que piensa, sino que lo hace el logos que subyace al fenómeno, en la vida lógica que lo permea.

El pensamiento del psicólogo, por lo tanto, es aquel pensamiento que ha superado el pensar subjetivo, individualista, y ha permitido que sea el Otro quien piense. Ese es el verdadero amor al conocimiento, dejar que las ideas, en su andanza negativa, se conozcan a sí mismas al desplegarse, aún a pesar del hombre.

La psicología no debe ser una ciencia si aspira a ser psicológica

Logos del alma

El objetivo de la ciencia es una meta tecnológica sobre el mundo, que consiste en clasificar y sobreponer al objeto la mirada materialista a través de un método que despoja al fenómeno de su extrañeza y de su alteridad, para poder convertirlo en algo racional, fijo y manipulable. Este camino es muy eficiente pues la realidad se ajusta de forma servil a las diversas hipótesis científicas y gracias a este esfuerzo se ha logrado un avance tecnológico inusitado. Pero este valiente nuevo mundo, que parece dominado por el hombre, realmente es un producto del logos de la técnica que transforma a la realidad, paulatinamente, a su imagen y semejanza.

La psicología, en cambio, como la escucha atenta del logos de la psique, no puede darse el lujo de ser una ciencia si es que desea seguir su camino hacia sí misma, como su propio objeto, pues esto presupone que su posición ante el fenómeno es la de conservar su halo de misterio y, por lo tanto, de permanecer ante él mismo como un Otro. Su acercamiento al mundo, en consecuencia, no surge del deseo de desentrañar la verdad sino la de someterse a la labor de contenerla en su propia sintaxis y acompañarla hacia su realización; un objetivo que, por cierto, no yace en el futuro sino que ya ha ocurrido in illus tempore y precisamente por ya haber sucedido es que se puede alcanzar.

Tal es la diferencia entre un logos técnico y un logos de la psique, mientras la óptica científica experimenta con su objeto fuera de sí, la psicología es su propio objeto interiorizado en los fenómenos, los cuales permanecen en la vasija hermética del pensamiento, siendo cada uno de ellos absoluto y auto-produciendose de forma constante.

Cuando Heidegger decía que la ciencia no piensa, aludía a que lo interno de sí misma se le escapa en su esfuerzo pragmático por ocuparse del mundo, por expandir el logos de la técnica, por ello debe moverse con base a modelos prefijados y a un método invariable. La ciencia es calculadora y tiene es un método fijo de pensamiento. Aludir a la ausencia de pensamiento en cuanto a la ciencia no quiere decir considerar que ésta no sea útil o que los científicos no son inteligentes, pues al contrario son muy capaces y el saber científico es complejo y eficiente; simplemente se señala que el pensar de la ciencia es un pensar estable, técnico, determinado, que ya sabe o tiene hipótesis (las conclusiones que dormitan bajo el fenómeno) sobre lo que busca, es un pensamiento que no piensa sobre sí mismo y que imagina a su objeto como carente de un pensar propio para poder actuar sobre él.

En cambio, el ejercicio de la psicología exige un pensamiento reflexivo, sinuoso, que refleje el pensamiento del objeto de la psicología en su propia interioridad. A través del fenómeno la psicología se piensa a sí misma y el psicólogo va detrás del rastro dejado por esta meditación. No sabe lo que va a encontrar, pero se deja enseñar por todo lo que descubre, sin una ética determinada ni un método que lo ciña todo a una estructura predefinida. La psicología, en consecuencia, pertenece al ámbito de lo salvaje, de lo agreste, no sabe nada sobre su objeto más que el rastro que éste deja detrás de sí y en el camino el psicólogo habrá de ser devorado por sus propios perros de caza a fin de ser hallado por la verdad, pues es ella, la vida lógica, quien realmente produce la dimensión psicologica.

La dificultad intrínseca de la psicología

Logos del alma

Cuando un tema psicológico aparece en la conversación cotidiana, el lenguaje se vuelve liviano, como si la cercanía con lo psíquico autorizara una familiaridad que borra sus dificultades intrínsecas. La experiencia de sentir, de recordar, de sufrir, se confunde con una supuesta comprensión de aquello que acontece. Se habla desde la ilusión de inmediatez, como si bastara con tener una psique para conocerla. Así, la palabra psicológica pierde su peso, se vuelve intercambiable, dócil al impulso de aconsejar, de explicar, de ordenar lo que, en el fondo, permanece como misterio. Surge entonces un discurso continuo de certezas rápidas, de interpretaciones que no reconocen la resistencia de lo intrincado, donde la palabra ya no porta la huella de una experiencia trabajada, sino que repite fórmulas que ofrecen orientación allí donde el alma, en su verdad, no se deja reducir.

El alma, sin embargo, no se entrega a ese movimiento. Permanece retirada, opaca, porque su verdad exige otra forma de atención, una que no violente el misterio que le pertenece. Hay en ella una reserva que no puede ser alcanzada por la mirada directa ni por la palabra que se precipita. Algo en su naturaleza reclama un rigor que no se conforme con la claridad inmediata, que soporte la ambigüedad y la incertidumbre, que permanezca en lo no resuelto sin la urgencia de clausurarlo. Esta ligereza no habita solo fuera del campo psicológico, sino también en su interior, donde lo que en su origen fue arduo y resistente comienza a traducirse en un lenguaje accesible que ha olvidado el sinuoso camino por el cual llegó a ser.

El saber que surgió del encuentro prolongado con lo enigmático, de la escucha paciente de lo que no se deja decir, se transforma en un conjunto de técnicas, de intervenciones, en una gramática que pretende operar sin conservar la huella de su dificultad. La incógnita que dio paso a una disciplina se vuelve herramienta. En ese desplazamiento, el pensamiento pierde espesor, el concepto deja de ser una herida abierta, y se olvida que cada noción nació de una confrontación con lo desconocido, de una experiencia que desbordaba al sujeto y lo hacía encogerse de miedo. El lenguaje técnico se instala como una superficie que oculta la extrañeza de aquello que intenta decir, y el saber, despojado de su gravedad, deja de interrogar, deja de herir.

En otros dominios del conocimiento, esta operación resultaría impensable. Nadie hablaría sobre la estructura de la materia apoyándose únicamente en su vivencia inmediata, ni se concedería autoridad sobre aquello que exige una disciplina rigurosa sin haber atravesado sus exigencias. Allí se reconoce una distancia que reclama preparación, renuncia, formación prolongada, una entrega que transforma la mente que piensa. La física no admite la opinión porque su objeto no coincide con la experiencia directa, y en esa distancia se preserva la dignidad de su saber. Cuando se trata del alma, esa distancia parece disolverse, como si lo más cercano no fuera también lo más inaccesible, como si la proximidad no encubriera, en su misma evidencia, una profundidad que se resiste a ser conocida.

Wolfgang Giegerich, al inicio de su reflexión sobre la vida lógica del alma, recuerda la negativa de Albert Einstein a simplificar su pensamiento, como una forma de fidelidad a aquello que había sido pensado. El pensamiento, en su rigor, exige una mente trabajada, afinada por el tiempo, capaz de sostener la abstracción sin precipitar su resolución, de afrontar lo complejo sin reducirlo. No hay en ello privilegio alguno, sino responsabilidad ante el tema mismo, una ética del pensamiento que no cede ante la tentación de lo accesible cuando lo que está en juego no puede sobrevivir a la reducción.

La pregunta psicológica no busca claridad, sino profundidad. Qué ocurre con el alma cuando se la traduce a un lenguaje que no exige transformación, qué queda de ella cuando es capturada por un discurso que la vuelve comprensible sin permitir que desgarre al sujeto. La psicología, en su raíz, no es un saber que se adquiere, es un proceso que somete, que descompone, que disuelve la identidad de quien la piensa. No añade conocimientos, reorganiza la mirada, obliga a abandonar las seguridades que sostienen la ilusión de comprender. La mente no permanece intacta ante aquello que piensa, se ve llevada a sostener la tensión de lo no resuelto, a habitar una inquietud que no encuentra descanso ni certeza.

Hay en este movimiento una dimensión de sacrificio que se presenta como destino. El tema llama, insiste, reclama una dedicación que desborda la medida de la vida ordinaria, reorganiza el tiempo en torno a una tarea que no concluye. No hay promesa de recompensa, ni acumulación de méritos, ni garantía de sentido en términos apropiables. El trabajo se realiza en una zona donde la gratificación no tiene lugar, donde el esfuerzo no será reconocido, y donde lo que se pone en juego es la propia vida en su relación con aquello que la excede.

En este horizonte, la figura del psicólogo se define por lo que está dispuesto a perder. El saber que no ha devorado al sujeto permanece externo, sin vida. Las nociones que no han transformado la estructura del pensamiento se convierten en un discurso vacío, en una repetición que no enraíza en la vida. El trabajo consiste en dejarse trabajar por los conceptos, permitir que operen una descomposición que haga posible otra forma de ver, una mirada que ya no pertenece a la persona, sino al fenómeno mismo.

En la escena contemporánea proliferan prácticas sostenidas en la apariencia de saber, donde el lenguaje aprendido y las técnicas adquiridas producen una sensación de dominio que oculta la ausencia de sacrificio. El alma se convierte en objeto de aplicación, en campo de procedimientos que prometen eficacia, en territorio de intervención. El saber se transforma en recurso, en medio para alcanzar efectos visibles, y pierde contacto con la opacidad que resiste, con la dimensión del fenómeno que no responde a la lógica del método.

Quien se sitúa en ese lugar utiliza la disciplina en lugar de ser transformado por ella, organiza su pensamiento en torno a la eficacia. La labor psicológica exige otra figura, no la del experto que domina, sino la del alquimista que observa, que permanece ante la materia sin imponerle forma, que acompaña un proceso cuya lógica no le pertenece. En su vasija, la materia se presenta como mezcla, como nigredo, como aquello que no puede ser transformado desde fuera. No hay método que asegure el resultado, solo una atención sostenida, la fidelidad al proceso, la permanencia como testigo del magnum opus. El alquimista no produce, aprende a mirar, y en ese mirar es absorbido por la materia.

Caminar en esa dirección implica una cercanía constante con la disolución, como condición de todo proceso vivo, solve et coagula. Las formas conocidas se deshacen, las identidades pierden consistencia, y la fidelidad al alma exige una disposición a perder aquello que ofrece seguridad. El trabajo se despliega como entrega a lo que no puede ser retenido, como permanencia en el cambio que no busca fijarse. El alma permanece como misterio, alcanzada solo por un lenguaje que no intenta apresarla.

Nombrar el fenómeno sin tocar su sombra abre la posibilidad de escucha. En ese espacio, la palabra deja de imponerse. El alma no se revela ante la insistencia de comprender, lo hace ante la paciencia de una mirada que sabe esperar sin exigir claridad. La tarea del pensamiento es acompañar aquello que se presenta en su indecibilidad, permanecer en la cercanía de lo que no puede ser poseído. El saber deja de ser una forma de tener y se vuelve una forma de atravesar, un movimiento que no concluye, que se escapa cada vez que parece ser aprendido. Por eso la psicología debe hacerse siempre nuevamente, y por eso no puede dejar de ser rigurosa.

Mateo 1: 1-17, la autogeneración del fenómeno

Logos del alma

En la numerología usada por Jung, el numero 4 es femenino y corresponde a la totalidad, el cuatro representa un proceso completo, una totalidad. El uno, en cambio, como unidad que aun no se despliega, se encuentra contenido en sí mismo a la espera de su desarrollo. El 1 y el 4 son dos facetas de un mismo proceso lógico, y podríamos pensarlos como una metáfora del hecho de que cualquier fenómeno que se exprese debe estar ya acabado, solo puede ser porque su totalidad ya está en si, aunque no para si, y en esta anticipación la búsqueda que se emprende inicia una vez alcanzada la meta. Hay diversas imágenes que hablan sobre este fenómeno, por ejemplo la del soñador que un día sueña con un tesoro en una tierra lejana y al llegar a ella y sufrir tormentos se da cuenta de que el tesoro siempre estuvo en su propia casa; o la de la búsqueda del Simurg, en donde los pájaros se reconocen en el objeto de su búsqueda. Este tipo de historias que son interpretadas de forma clásica como un movimiento de re-conocimiento iniciático tienen la desventaja de presentar estadios o momentos separados unos de otros, cuando realmente dichos momentos suceden al mismo tiempo, es la imagen quien los separa para poder observarlos.

Así, Jesus y Adan son dos momentos gemelos, y si seguimos algunas consideraciones teológicas podemos decir que Jesus precede a Adan, pero no solo por la hipóstasis de la trinidad, sino porque realmente Jesus se concibe a sí mismo, pues él representa al espíritu que se auto-contiene, que se niega a sí mismo con tal de generarse. Las generaciones que preceden a Cristo hablan de su propio despliegue, y del hecho de que Jesus preexiste a su encarnación como absoluta negatividad.

El negocio de la psicoterapia hegemónica

Logos del alma

La escena contemporánea se ha consagrado a un nuevo rito de purificación, en él, la psicoterapia aparece como un ministerio disciplinado, perfectamente ajustado al espíritu de su época. Sus oficiantes repiten fórmulas que han aprendido a nombrar como vías de salvación, y bajo ese nombre ofrecen al alma moderna un resguardo hecho de etiquetas y diagnósticos. En el centro de ese gesto piadoso late la obediencia ciega a una lógica que convierte toda interioridad en mercancía. Sin advertirlo, la palabra terapéutica se deja capturar por la maquinaria que la sostiene, hasta volverse un engranaje más de ese orden que pule a los hombres para volverlos intercambiables, listos para circular como productos cuya identidad se mide por su capacidad de producción.

En todos los rincones del lenguaje cultural se escucha este murmullo uniforme. Habla de crecimiento, de autoconocimiento, de resiliencia, de una educación emocional que promete suavizar las aristas de la vida. Es un vocabulario que infla al sujeto y lo vuelve adaptable, continuamente perfectible. Bajo la apariencia de una individualidad exaltada, la figura humana se vuelve un objeto dócil, siempre disponible para ser reconfigurado. Incluso el cuidado personal (último reducto de lo íntimo) se ofrece como una inversión especulativa donde se administra el alma como se administra un portafolio. Así, el rostro singular se evapora bajo el brillo de una superficie diseñada para el intercambio.

En nombre de la curación, la psicoterapia se ha vuelto un dispositivo de adiestramiento. No acompaña la forma que yace en el fondo de cada existencia, sino que modela al individuo según la silueta prescrita por los anuncios que gobiernan la vida. Se espera de él que sea una versión afinada de sí mismo, maleable, dócil, eficiente. Curarse significa extirpar el resto oscuro de la experiencia, esa zona que no produce y que no se ajusta a la balanza del rendimiento. Lo que no es útil, la parte maldita, se excluye de la consciencia y hasta lo que se desborda se reprime como si el alma no fuera, precisamente, ese desbordamiento que ninguna utilidad puede domesticar.

En esa liturgia moderna, el fracaso carece de lugar. La herida, el error, lo patológico (que siempre han sido el modo en que la vida habla desde su hondura) se vuelven residuos que hay que expulsar del horizonte. Se construye entonces una épica luminosa de seres felices, libres, sanos, perfectamente calibrados para sostener sin queja el mandato del gozo perpetuo. Pero bajo esta luz artificial, el alma queda desterrada. Su sombra, su contradicción, su espesor trágico son tratados como anomalías que deben ser corregidas o eliminadas. La existencia queda reducida a una línea ascendente, al trabajo incesante de fabricar una emoción acorde al ideal impuesto, como si la vida no fuera, en su esencia, un territorio indomable.

Y sin embargo, debajo del ideal de salud, la sombra se mueve y atraviesa la superficie domesticada y recuerda que la vida no obedece a ningún diseño moral. Allí, donde el sistema estipula la continuidad, una grieta emerge; donde se exige progreso, surge la dimensión del síntoma. Es la irrupción de lo que el discurso terapéutico intenta expulsar, una presencia antigua, innombrable, que insiste en aparecer bajo la forma de síntomas, quiebres, pérdidas o cansancios que no responden a ninguna técnica de reparación. Esa zona, que la época interpreta como falla, es en realidad el modo en que el alma preserva su derecho a hablar cuando todo a su alrededor exige silencio.

Mientras tanto, la psicoterapia, atrapada en esta red de significados ya no emancipa a nadie. No abre la vía de una necesidad interior, sino que acomoda a cada sujeto en la maquinaria que lo produce. Lo convence de una meta prefabricada y lo instruye para perseguirla con eficacia. Lo certifica, finalmente, como un trabajador de sí mismo, entrenado para habitar su rol con disciplina y sin cuestionar la estructura que lo sostiene. Bajo el nombre de crítica, ofrece un margen mínimo de disidencia que no altera nada; una suave variación dentro del mismo programa que promete libertad mientras la niega. Así, la psicoterapia se convierte en parte de la enfermedad que dice curar, un circuito cerrado en el que la herida es devuelta al sistema como si fuera un valor agregable.

En esta escena, lo anímico permanece ausente, porque su naturaleza no puede ser capturada por la economía del bienestar y de la Gran Salud. El alma es lo incierto, lo que no se ajusta, lo que irrumpe sin aviso. Es la sombra que ningún discurso mercantil puede administrar. Y, sin embargo, es allí donde todavía respira lo verdaderamente humano. Allí donde la falla no es un defecto sino una forma de aparición y la tragedia el modo en que el mundo se presenta en su verdad. Frente a esta intemperie, la psicoterapia moderna (con su sonrisa higiénica, su promesa de equilibrio, su culto al rendimiento emocional) es solo un refugio precario, un negocio perfecto en el que la cura no toca jamás el fondo de la vida, y donde la herida, lejos de ser escuchada, es empujada al silencio que conviene al mercado.

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Logos del alma

Las ideologías y los dogmas son lugares sencillos a los que recurrir, proveen de un marco de ideas fijo, tranquilizador; permiten adaptar todo lo que existe a un modelo que parece flexible y benevolente, pero que determina tiránicamente al objeto. Por ello, hablar de tolerancia desde una ideología es un contrasentido, así como de amor y compasión. La desesperación y un impulso infantil de inmutabilidad nos llevan a estos lugares apotropaicos.

La ideología no es otra cosa más que una idea que, atrapada en su vuelo, ha sido sostenida con pequeñas agujas sobre una mesa de taxidermia. Vive, pero su propósito es trastocado por la intención de quien la posee. Literalizada, se ha vuelto una alegoría, es decir, un recurso técnico para proveer de la fantasía de una verdad externa que, de forma común, tiene la intención de defender al sujeto del encuentro con aquello Otro que, sin embargo, también es él mismo.

La institución religiosa actual es el prototipo de los sistemas dogmáticos, pues exige de sus adeptos un creencia ciega que se traduce en el sacrificio intelectual conveniente para sostener la incertidumbre propia de la existencia y, a su vez, crea la ilusión de un eje externo donde poder recargar la experiencia de la angustia. Ante este Gran Otro no hay que generar ninguna idea nueva ni permitir la mutación de las actuales, pues todo ya está escrito y ha sido dicho con antelación. No hay un cabello o una hoja que no se mueva en conformidad con un plan divino.

Pero no solo en la institución religiosa se cultiva tal actitud inquisidora, sucede también en la defensa a ultranza de cualquier cuerpo teórico, incluyendo a la ciencia. En psicología, por ejemplo, es común que las escuelas de pensamiento se vuelvan círculos herméticos, protegidos por lenguajes particulares y cuya resistencia ante la mutación de sus paradigmas pone en evidencia la defensa reactiva ante el miedo de que la teoría se mueva hacia el interior de sí misma. Se le mantiene, por lo tanto, detenida y no se permite que ocurra ninguna transformación en ella.

Por eso los dogmáticos tienen tanta seguridad en sus impresiones y ante ellos todo texto y todo fenómeno se somete a lo que ya se conoce con anticipación, pronto cualquier punto de vista distinto tiene que ser aborrecido porque no encaja con lo que siempre se ha dicho. Los podemos encontrar predicando la salvación, la diferencia entre el bien y el mal y corrigiendo continuamente a quienes no piensan de la misma forma, pues tienen la tarea autoimpuesta de ofrecer la Gran Salud a los pobres de espíritu.

Por lo tanto, en la actualidad, lo más difícil es dejar que el fenómeno se exprese tal cual es, que su alteridad trastorne la identidad y asumir que las ideas mutan y se vuelven distintas, que pensar implica estar a la altura del pensamiento del Otro, y que esto a veces requiere de nuestra propia destrucción. Es harto complejo amar al prójimo, ya que requiere dejar de verse a uno mismo para poder abrirse ante lo diferente, que es la única manera de amar y amarse de verdad, pues, lo cierto, es que yo siempre soy Otro.

La educación socioemocional como herramienta neoliberal

Educación posmoderna, Logos del alma

La cuestión de sí hay una correcta y una incorrecta educación socio-emocional es una ilusión conceptual. El acento de ambas posturas está puesto en el priorizar las habilidades del ego para ser más eficiente, lo cual ya es un discurso neoliberal y solo puede existir en una sociedad capitalista como la nuestra. No hay un desarrollo socio-emocional liberado de la tarea de hacer del individuo una mejor maquina de producción; por más abierta o critica que sea la teoría del docente, terapeuta o psicólogo, su discurso cultural siempre será autorreferente, pues quien habla nunca es la persona sino la cultura. 

La cultura terapéutica es la narrativa del capitalismo posmoderno y puede tener muchas vertientes, algunas en apariencia más nobles que otras, pero al final todas desembocan en el mismo cauce. Cuando se recomienda a un alumno que maneje sus emociones de manera eficiente ya se esta culturizando al sujeto en la lógica maquinal de la industria, cuando se le insta al paciente a trabajar consigo mismo, como un ente autónomo, ya se está cargando sobre sus hombros un peso que solo puede llevar un individuo sumido en la búsqueda moderna de sentido, justo en el tiempo donde el sentido ya no reside en la esencia de lo humano. No importa si es coaching, transpersonal, psicoanálisis, junguiano, cognitivo conductual, psiquiatría, neurología, pedagogía etc., el hilo conductor es el acento en el valor del máximo rendimiento.

No se mal entienda la critica, pues es bastante preferible estar bien con uno mismo, tener una visión consciente de las emociones, reflexionar continuamente sobre las necesidades psíquicas, ello permite un margen de acción más amplio y más complejo. Pero no somos más libres, ni dejamos de ser maquinas, simplemente somos obreros más eficientes en la gran industria del desarrollo personal.