De la función apotropaica de la psicología

Logos del alma

“Reconocer la sombra es lo que yo llamo la obra del aprendiz.”

C. G. Jung

Cuando el hombre nació ante sí mismo, desnudo de los viejos dioses y de las antiguas creencias religiosas, sintió miedo y vergüenza y buscó, añorante, volver en su andar al antiguo refugio de las terribles deidades. Quizo correr nuevamente el velo que antaño cubrió sus ojos, pero era demasiado tarde, la realidad ya había teñido sus ropas de angustia.

Así que volviendo sobre sus pasos, en el camino imposible del retorno, y ante el cuerpo muerto del mundo natural, vio emerger las utopías, esas imágenes llenas de anhelo y melancolía que versaban sobre la grandeza de tiempos pasados, de cuando los héroes eran acunados por el regazo de la divinidad y lo numinoso era ese otro lenguaje de la adentridad en el cosmos.

Pero una vez vertido el germen de la historia, éste no puede ser recogido nuevamente, porque el alma es un ave que devora sus alas para domarse o una serpiente que se engulle a sí misma y nace de su propia muerte. No hay marcha atrás en el lento caminar de la consciencia y las promesas de restauración son solo el báculo metafísico de predicadores desde cuya boca se expande el desierto.

Como en los individuos, las heridas del alma no sanan jamás, permanecen cual huecos dolorosos donde la experiencia construye la belleza y el horror de la civilización. Son ellas, las desgarraduras, quienes se abren para recibir en su interior a la realidad. El alma no debe permanecer virgen, requiere que su otro llegue a hasta ella a través del ultraje y la devastación, para ello es indiferente que sea en un poema potente o en una masacre, lo importante es la significación del acto.

Pero si al acto no es asumido, se configura como una neurosis, es decir, como el hecho salvaje de que una faceta anímica trate de hacer pasar su momento presente por alguno otro ya superado y querer existir en una etapa que se ha disuelto como un terrón de arena en el mar desde hace mucho tiempo. Quizás pueda fingir que vive y piensa como lo hacían remotas culturas, pero luego, al abrir los ojos, reina en su mirada el desolado paisaje de la actualidad. ¡Oh alma vacilante, tienes un compromiso contigo misma, perteneces a tu presente!

El hombre, sin embargo vaga detrás de las migajas del tiempo, su momento siempre es el pretérito perfecto, lo ya realizado. Por ello la oclusión de la verdad exige la huida a un pasado imaginado o a un futuro muy temido, en ambas vías, como sucede en los relatos de ciencia ficción, el presente es perpetuamente proyectado de forma irreflexiva. No se puede imaginar sino lo que ya es pensado aún cuando no se atiende la incesante labor del pensar.

Por lo anterior la psicoterapia reposa su obra, a la vez, en el esfuerzo diagnóstico de la anamnesis y en la esperanza nomológica del pronóstico. Sueña con encontrar el núcleo del trauma en el rompimiento de la inocencia, antes de que la hoz cortara el lazo con el desarrollo ideal del infante mítico, e indaga con minuciosidad en lo recovecos de una memoria ficticia que, en secreto, es actividad poiética del alma. No se sabe nunca lo que sucedió, se lo inventa cada vez que se finge la rememoración.

En esta empresa inquisidora es el ideal de salud lo que guía a los participantes en la vana persecución de una presa que, sin embargo, corre invariablemente detrás del cazador. La meta yace en lo que ha sucedido y sigue sucediendo, no en el pasado, ni en el futuro, más bien acaece en el pretérito perfecto que irremediablemente ya es. La salud no es nunca lo que se puede alcanzar, una promesa de tranquilidad, sino el estado ideal, e imposible, que yace al lado del hombre como una sombra que nunca podrá asir.

No obstante, y a pesar del fracaso permanente, aun se intenta re-imaginar el mundo, reencantar un cosmos imaginal moribundo, que ha sido abrasado por el fuego de un universo lógico. Entre las tentativas necias se ha propuesto incluso preservar lo perdido en un espacio secreto, incomprensible e intemporal que algunos llaman “el inconsciente” y no importa si es individual o colectivo, su propósito es evitar el crepúsculo de los ídolos que ya no existen.

Es ahí, en el interior de cada sujeto, donde el proyecto neurótico de la separación de la realidad tiene su lugar. Jung decía que las viejas divinidades se han instalado en la vida de cada persona, pero entonces ya no son sino residuos de imágenes vivas que alguna vez estuvieron cubiertas de sentido. Ahora, que su aura numinosa se ha desvanecido, surge el furor narcisista por contactar lo imposible, al precio de sacrificar el compromiso con el presente.

En la cultura popular es evidente la necesidad de sustitutos parentales, se les puede observar en los términos abstractos de la búsqueda de entidades metafísicas que sostienen de manera artificial un sentido de interioridad en la vida que se ha perdido en el momento del nacimiento. No son muy distintos los practicantes de reiki, quienes desean contactar con los dioses o los ángeles, los teósofos, los creyentes de grandes conspiraciones o los psicopompos del inconsciente que en su consulta aplican el Brigg-Meyers y descubren el mito personal del paciente. En todas esas actividades se requiere de un grado importante de inflación psíquica.

Sin embargo, también en el esfuerzo por crear una mitología de la vida íntima que sirva para proteger al sujeto de su experiencia, ahí está latente la neurosis. La psicología, por ejemplo, conduce su investigación, sin saberlo, en el presupuesto de la separación del individuo de su contexto y evoca una fantasmagoría de términos que funcionan como sustitutos de lo que es pensado en los fenómenos. Nacen de esta manera escuelas y posturas, cada una con palabras singulares, talismánicas, y objetivos específicos, todas ellas con una tá legomena y un tá drómena particulares que se adaptan a la fantasía implícita en sus formulaciones teóricas. Dentro de ellas se forman adeptos cuya causa común es aprender las admoniciones y los rituales y liberarse de la ardua tarea de pensar por sí mismos, no hay necesidad de ese sacrificio si ya un autor o un conjunto de autores legaron todo lo qué hay que saber.

Profunda o científica, la psicología, puesto que se centra en el sujeto, es el solaz del hombre que una vez nacido no quiere darse cuenta de la muerte de los dioses, manteniendo así la importancia personal como el eje de su labor y sosteniendo la convicción de que el sujeto es aún relevante. Tal asunción, sin embargo, es un poco de veneno con el cual tener sueños tranquilos y alejar el mal de la propia senda.

Jung una vez dijo que la iglesia era un lugar para ocultarse del dios vivo, de la misma manera, se puede decir que la psicología moderna es un espacio para refugiarse de la muerte, de la finitud y de la verdad del tiempo presente. Por eso es tan cercano el predicador al couch o al psicólogo o al psicoterapeuta, todos fundan su doctrina en el deseo infantil por un dios que desde hace tiempo ha desaparecido y que ya no habla con sus hijos. Ese vacío de la voz divina es insoportable pero acaso es la señal indudable de que el hombre ha nacido.

Es tal vez la hora de que la psicología se constituya como un camino hacia el mundo y deje atrás su labor apotropaica, pues el mal es también una sombra y en el viaje del alma hacia sí misma reconocerla como un otro es, siempre, el primer paso en la sinuosa ruta de lo que ya es.

Somos información

Logos del alma

La emergencia del home office y de las clases virtuales hicieron evidente que la vida moderna gira en torno a la producción digital y a la lógica de las redes sociales. Ello sucedía desde hace décadas, en una lenta imposición de aparatos y de medios de comunicación cada vez más apremiantes e ineludibles. El internet y los teléfonos inteligentes se han convertido desde entonces en una segunda psique, que comparte varios rasgos con aquello que los psicoanalistas llamaron “el inconsciente”.

Una gran parte de las personas están constantemente siendo azuzadas por el tábano de las notificaciones de sus teléfonos, como siguiendo el destino de la desdichada Io. Correos electrónicos, mensajes de las redes sociales, publicidad, spam, todo ello es un recordatorio constante de la hiperconectividad que caracteriza a los tiempos presentes. Cada apremio debe ser atendido, no se puede dejar ningún mensaje por leer y, no obstante, es imposible dar cabida a la gran miríada de estímulos siempre constantes.

Los teléfonos inteligentes no están hechos para dormir, permanecen despiertos hasta altas horas de la noche, al igual que sus usuarios, en la búsqueda continua de nuevos estímulos en forma de videos cortos, de noticias impactantes y de imágenes excitantes. Se pierde entonces el espacio entre el sujeto y el deseo, porque todo debe ser inmediato, acelerado y atractivo, por ello el lujo de cerrar los ojos es ya un imposible.

En la novela Océano Mar, de Alessandro Baricco, uno de los niños de la posada donde transcurre parte de la historia le explica al hombre de ciencia Bartleboom que los barcos son los ojos del mar y que cuando zozobran es signo de que se han cerrado esos ojos en particular. Pero los cientos de barcos son insignificantes ante los millones de aparatos electrónicos que tienen la mirada fija hacia los sujetos de rendimiento. Nuevamente, como Io, el ser humano es vigilado por un Argos digital que nunca cesa de observar.

¿Pero que mira ese Gran Hermano informático? Hace casi veinte años Giegerich advertía sobre la omnipresencia de la televisión y de la lógica que representaba, justo antes de que la televisión como forma de ser-en el-mundo cediera su potestad a la World Wide Web. Durante el tiempo de la televisión ésta, aunque parecía que era mirada, realmente era un ojo vigilante de los deseos de las personas, hasta el punto de que pronto los individuos ya no sabían desear sino era a través del aparato técnico. He ahí la función de publicidad, despojar a la realidad de su sustancia, volverla datos donde no haya una presencia sensual que separe a la imagen de su cumplimiento. No obstante, ese ojo ubicuo solo se ve a sí mismo llevando a cabo su tarea lógica.

Se cree, de forma ilusoria, que el instrumento técnico es susceptible a las necesidades del sujeto y que es éste quien decide el uso de la tecnología, entonces si quisiera utilizarlo adecuadamente el problema del impacto de tal aparato en el mundo podría ser resuelto. Sin embargo, la tecnología es un discurso autónomo que crea su propio contexto, en él la persona experimenta la libertad ingenua de suponer que ha creado la realidad; en cambio, y sin darse cuenta, el hombre vive atado, irremediablemente, a la lógica de la maquina.

En tiempos pretéritos, el telever, como también lo indico Sartori, no era la acción del ser humano frente a la máquina, sino la indicación de que la máquina era la sintaxis de l forma de ser-en-el-mundo. La televisión era el medio del hombre, su caverna platónica, solo que en esa caverna la verdad no estaba afuera, sino que el mismo encierro era la verdad del momento presente.

Con el internet y la redes sociales se ha prolongado tal encierro y no hay forma de escapar de ello. Aun quienes no tienen computadora o servicio de internet son afectados por su discurso perpetuo. Como es evidente, somos impelidos por la lógica de una realidad moldeada por el mundo digital. Nos hemos vuelto adictos a las redes y aunque no las usemos ellas son un dios al que se le adora indefectiblemente. Inclusive, se podría decir, parafraseando a Giegerich, que realmente son las redes el sujeto y el hombre es el verdadero aparato técnico.

Contra lo que pudiera decir el sentido común la internet aprende de nosotros y al mismo tiempo nos moldea. En consecuencia, es muy posible que solo seamos datos, entretenimiento, mera información al servicio de un proceso logizizador que tiene como fin la realización de una encarnación sutil del alma. Es esta destitución de la realidad la que determina el curso de la invención y de la cultura, es su mirada la que nunca se apaga y su pensamiento, que es imperturbable, siempre piensa en sí mismo.

No deberíamos guardar mucha esperanza, pues la información no es otra cosa más que los residuos que atestiguan el movimiento de las ideas, el devenir lógico de la consciencia. Como solo datos, el hombre, entonces, es el recuerdo de un momento que acaso ya ha sucumbido a la dialéctica inherente en la artificialidad, de una inteligencia que desde el inicio ha sido una senda productiva en el que sus invenciones de carne y hueso ya han cumplido su propósito y pueden ser guardadas, al fin, en la memoria de los tiempos.

Inanidad y crisis

Logos del alma

Jung definió el concepto de “inflación psíquica” como la apropiación indebida, por parte del ego, de contenidos psíquicos que no le correspondían; es decir, que por una causa particular el yo se adjudica el origen y la finalidad de los fenómenos psíquicos, que en principio son autónomos, e intenta asumirlos como propios y derivarlos de su potestad. Esto podemos entenderlo como un proceso compensatorio, una vía de evasión de su asentamiento en la realidad.

La advertencia de Jung tenía por contexto el transcurso de la psicoterapia donde el paciente, consciente por primera vez de la signficación de los contenidos psíquicos, sentía la necesidad de identificarse con tales imágenes, de tal manera que sus formas trascendentes quedaban subsumidas a la fragilidad de un ego común. En la antigüedad ese tránsito era llamado hybris, el querer ser más que apunta a lo demasiado.

El ego se aparta así de la vulnerabilidad que lo caracteriza, porque su estructura es inédita en relación con la historia de la consciencia y requiere métodos que garanticen el afianzamiento de su lógica particular. Pero también es posible que la vía inflacionista no sea otra cosa más que un proyecto de magnificación del sujeto para someterlo de manera más eficiente a un procedimiento de cosificación y atomización, deshaciendo sus lazos comunales y volviéndolo un reproductor eficiente del espíritu de la época.

De cualquier forma, los discursos culturales evaden la inanidad del individuo en favor de propuestas que engrandecen inapropiadamente el talante que lo conforma. Tal situación se observa en las expresiones pseudo espirituales que abogan por entrar en contacto con sustancias metafísicas como la ley de la atracción, los ángeles, las energías místicas, los arquetipos o el inconsciente. En ellas se hace patente el afán de dotar a la vida cotidiana de una falsa profundidad que abstrae a las personas de su contexto y las fragmenta.

La psicología es proclive a ésta senda grandilocuente, pues ante las crisis o el desastre la narrativa psicológica acude a un discurso confortador y pedagógico que se alimenta de frases hechas como: “hay que aprender de la situación”, “vienen cosas mejores”, “escuchemos lo que nos dice la crisis”, “aprovechemos el momento”, entre tantos otros enunciados paliativos que se ofrecen como promesas salvíficas ante el sufrimiento cotidiano. Así, se condena a la experiencia a servir a un ideal fuera de sí misma, haciendo parecer que la verdad de lo vívido ha sido arrancada de la actualidad del fenómeno.

En consecuencia, se abandona el fenómeno como éste se presenta en pos de un ideal inscrito en el esfuerzo inútil de que el mundo se ajuste a las figuras infantilizantes del deseo. Se adopta la fantasía de que lo que sucede tiene una enseñanza para el ego, porque se teme a la gran verdad que despiertan los fenómenos en su forma destructiva y, en realidad, no se quiere ser enseñado por ellos, sino que muestren únicamente lo que es favorable para los esquemas ideales.

Por ejemplo, una de las lecciones rechazadas es que a pesar de los grandes avances tecnológicos y la soberbia antropocéntrica que caracteriza a la especie, la existencia es tan frágil como la vida de la más mínima hoja de un árbol y esa ligereza implica que todo ser es transitorio y se encuentra en constante metamorfosis, aunque el ego luche por la inercia de la identidad fija. El escape hacia el futuro, paradójicamente, tiene la función de detener el movimiento psíquico al adherirlo a un devenir delusorio.

En esta empresa inflacionista, donde el individuo juega a ser el centro de la existencia, éste puede preservar la falsa presunción de su relevancia. El opio de los tiempos presentes es la importancia personal y a este propósito se elevan las innumerables plegarias que ruegan por un sentido de la vida, en la época donde éste ya no es operante, porque el sentido nunca fue algo que pudiera perderse o recuperarse sino el sentimiento de interioridad en la sintaxis singular de la vida.

En los momentos históricos donde el sujeto estaba atado a un significado éste nunca residió en el individuo ya que siempre fue trascendente. Eran los dioses quienes dotaban de orientación al hombre. ¿Y qué sentido podría haber en la época donde Dios ha muerto? Así, se deduce, que otra lección rechazada es que vivir no tiene, ni requiere, de ningún significado, el fuego que consume al mundo ni siquiera nos dedica una mirada y es ahí donde radica su dulzura.

Haciendo eco de la pensadora del aura tampoco se debería sentir pesar ni culpa por no tener importancia, al fin y al cabo cada quien tiene la responsabilidad consigo mismo de ser solamente lo que ya se es y la vida no es más que un discurrir autónomo del que el hombre deriva pero del cual no es el objetivo primordial. El sujeto no es más que un puente como Nietzsche insistió y, con su indiferencia, el alma ya nos ha absuelto de nuestra futilidad ¿No es eso suficiente y más que suficiente?

El amor es hijo de la carencia, del hambre que nunca cesa

Logos del alma

“¿no es la vida una cadena de mandíbulas abiertas y devoradoras?”

León Felipe, Este orgulloso capitán de la historia

La cultura moderna provee constantemente de ideales y de falsas expectativas acerca de lo que las personas deberían ser o desear ser, de ésta manera se ofrecen recetas que prometen entelequias como la felicidad, el amor sin sufrimiento, el placer sin dolor o la tranquilidad sin contradicciones. Hay una promesa incesante de despojar a la realidad de su matiz oscuro y de relegar al individuo a la condición de un fenómeno liberado de su complejidad, sin sombra, de devolverlo a un estado de inocencia, que sin embargo, solo es posible por medio de un sacrificio intelectual.

El hombre se evade de sí mismo y de su realidad por medio de los grandes discursos ideológicos, sostenidos en gran parte por las necesidades de los sistemas económicos y políticos que requieren la construcción de un homo productivo. Como en la película de Chaplin Tiempos Modernos, los individuos son engullidos por la gran maquinaria del sistema que propone siempre lo venidero, el progreso que tiene su meta fuera de sí mismo, en el futuro. Así, abstrae a las personas de su compromiso con el presente y los obliga a producirse como objetos, en un proceso pseudoreligioso al cual le han de brindar su fe y su adoración inconscientes.

Entre los productos ideológicos contemporáneos, tal vez el más popular es el amor romántico. Se propone al fenómeno amoroso como la respuesta a la incertidumbre y a una sed constante de satisfacción y de seguridad, como una fuente de indescriptibles placeres. La pareja amorosa se retrata de manera ideal como dos desconocidos que en su encuentro se complementan de tal forma que sobrepasan el límite de la separación humana y son capaces de alcanzar la buena fortuna.

Por supuesto, tal fantasía es la recreación de la imagen de un deseo infantil, tal como es fabulada por la mente adulta que cree preservar en ella un monto de pureza y de felicidad que en realidad jamás existieron. Es el residuo individualizado del mito del paraíso perdido, donde no había conocimiento de la diferencia entre los sujetos, o del relato platónico sobre los andróginos quienes eran completos en sí mismos. En la búsqueda de esa completitud y de un emplazamiento inconsciente, se acostumbra a vanagloriar afanosamente el estado de participación mística que caracteriza al enamoramiento.

Pero amar requiere haber roto las murallas narcisistas que contienen al individuo en su propia subjetividad. Se necesita un monto de esfuerzo y de sufrimiento para permitir la existencia del otro y concebirlo, ya no como una prolongación del propio deseo, sino como un otro por sí mismo. La experiencia de la alteridad asume al semejante únicamente como es, no como nos gustaría que fuera, esto significa admitir a la pareja como el individuo absuelto de la propia necesidad subjetiva, arrojado a su diferencia y a su carácter de absoluto, sometido a la fatalidad de ser solamente lo que ya es, es decir, un caso perdido.

Por consiguiente, el ideal narcisista de amor, abstraído de la sombra que le da contenido, se contrapone a la experiencia amorosa de la apertura incondicional hacia el otro. Pero en la cultura del capital la exigencia ideológica está dirigida al consumo de experiencias y a la gratificación instantánea, el espacio de la angustia que implica la presencia del otro y el intrincado trabajo por hacer propio el deseo que en principio está depositado en el ser amado no son un producto que favorezca la mercadotecnia de la utopía romántica.

Sin embargo, no hay forma de amar más que a través del hueco insalvable de la angustia y del dolor, pues quien irrumpe en el encierro de la atomización individualista siempre deja una herida abierta que supura miedo, frustración y anhelo. El amor es también la iniciación en el misterio de la aflicción y la traición, porque ser amado es ponerse en riesgo, permanecer en aquel desgarramiento, como una boca abierta que nos obliga a desaparecer en su oquedad, pues no se ama para permanecer en el amor, más bien es el amor quien se ama a sí mismo por medio de nuestros cuerpos deseantes.

Dos de los escenarios donde el amor sucede son, por ejemplo, la familia y el matrimonio. Se tiene la imagen común de una familia estructurada por miembros felices y relaciones armónicas, donde la comunicación directa es el éter donde todos se mueven, pero tal fantasía es imposible, tomando en cuenta que toda psique se compone de factores traumáticos, destructivos y sombríos y que estos elementos acontecen y no son sujetos a la voluntad de los individuos.

La familia feliz no existe, tampoco el matrimonio armónico, en cambio la búsqueda del mismo es causante de los más variados sufrimientos. En un matrimonio normal hay violencia, celos, destructividad, envidia y sufrimiento. La pareja se une en una promesa ingenua de eternidad, pero su plano corresponde al del tiempo común. Los esposos exigen el cumplimiento de sus necesidades pleromáticas desde el plano de la insatisfacción que les precede, desde un hambre que ninguno ha podido saciar, ni podrán hacerlo. Arrancan, entonces, pedazos del otro como una promesa del cumplimiento de sus deseos, los cuales nunca se realizarán y poco a poco van formando, desde la carencia y la frustración, un hogar.

De acuerdo al mito platónico el amor es hijo de Penia, la pobreza, quien al contemplar al magnifico Poros, el recurso, deseó tener un hijo con él, por lo tanto, la pareja se funda en la búsqueda por llenar una escasez insaciable. Es aquella unión de dos soledades un altar de sacrificio, pena e incertidumbre, pero jamás de salvación ni de satisfacción completa, porque honrar a la vida exige el reconocimiento de su inanidad y de su carácter de ser un hueco interminable. Realmente las personas no se unen para ser felices, lo hacen para ser ellos mismos al reconocer que se es el hogar de una falta primordial e inmarcesible, que no es más que el propio movimiento de la vida continuándose en sí misma.

Por lo tanto, el amor es el hambre voraz de un sujeto objetivo, una pulsión ciega que se demora en nuestra carne, y que en su metamorfosis nos construye como un apetito inagotable. Por ello, es nuestro deber seguir amando porque sin importar nuestra esperanza o las encrucijadas del contexto, ese impulso severo habrá de realizarse y, a su vez, no realizarse nunca.

Los viñadores homicidas o el junguianismo institucional

Logos del alma

La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido.

Mt. 21:42

Una preocupación general en la consolidación teórica de algunas posturas de pensamiento, es la promulgación de marcos de comprensión que permitan entender mejor lo que se desarrolla en dicha posición y delimitar conceptos, objetivos y alcances de la teoría en cuestión. Para ello es común construir rutas institucionales que permitan el acercamiento de la perspectiva al gran publico para captar nuevos elementos que reproduzcan el paradigma especifico.

Sin embargo, muy pronto, se olvida que la teoría que se ha construido, a veces alrededor de un único pensador genial, no es un bien privado que pertenezca a un grupo de iniciados, en cambio es un conjunto de ideas flotantes que encuentran su expresión más idónea en la búsqueda emprendida por una persona o por un grupo de personas y que éste es un movimiento lógico en constante metamorfosis.

Heidegger decía que un pensador es aquel sujeto que ha sido tomado por una idea y que, por una suerte del destino, deberá trabajar con ella el resto de su vida. Se puede decir que realmente el trabajo del autor es tratar de ponerse a la altura del pensamiento que se le ha propuesto como una visión particular del mundo. Pero el haber sido elegido no es un regalo que se le haya otorgado, porque constituye una tarea a la que deberá sacrificar el resto de su existencia, como la adoración subjetiva a un dios objetivo que se sirve a sí mismo.

Las ideas, en consecuencia, no pertenecen a los individuos, ellas son sujetos objetivos que, en pos de su propio despliegue en la labor de convertir lo positivo en negatividad, y viceversa, se aprestan de cualquier herramienta para seguir su trayectoria tautológica. El hombre es el camino más accesible, no obstante solo es una senda y no una meta ni un origen. El ser humano es un siervo de las ideas, pues él mismo es una forma de ver de la propia alma.

En la vía de consolidación de las teorías, esta relación entre las personas y las ideas se revierte en la ingenua pretensión de que las ideas deben ser detenidas, aplicadas y defendidas, en una empresa técnica por controlar la actividad noética del pensamiento que se piensa a sí mismo. Así, se limita el movimiento lógico de un proceso eidético y se le detiene en un momento de su andar, literalizándolo y convirtiéndolo en un símbolo muerto que guarda la nostalgia de una vida sostenida por una efusividad ahora enclaustrada.

Empero, las ideas, como cauces indomables, tienden a persistir en su necesidad dialéctica, por lo cual, tarde o temprano toman figuras que habrán de amenazar el status quo sostenido por la estrechez de miras de los saberes institucionalizados. Ante las miradas petrificadas de quienes pretenden que una teoría se mantenga virginal e impoluta, solo anima, surgen disidentes que tienen como destino la herencia del viento, es decir, la ardua tarea de turbar la casa y permitir que el espíritu embotellado pueda liberarse. Son ellos las encarnaciones de algún Barba Azul violento o de un animus que busca devolver al pensamiento el contacto con su dialéctica interna.

Pero el saber institucionalizado no ha de permitir de buena manera devolver aquello que quisiera conservar para sí. La perspectiva del dogmatismo es semejante a la de los viñadores homicidas de la parábola bíblica, quienes trabajando la tierra de alguien más se la apropian injustamente y asesinan a cada mensajero que viene a ellos por parte del dueño legítimo, hasta que por fin éste manda a su propio hijo, aquel heredero genuino y también lo matan.

Jung observaba la actitud dogmática de Freud cuando éste le suplicaba no bajar la guardia contra la marea negra del ocultismo, no podia concebir que aquel hombre creativo y fuente de intuiciones sagaces se comportara de manera estrecha frente a las manifestaciones genuinas del alma. Sin embargo, el mismo Jung no pudo librarse de la tentación de sucumbir al temor y constreñir su propia teoría a limites mezquinos. Imágenes como el inconsciente colectivo o los arquetipos estan propuestos como figuras ininteligibles que, curiosamente, no pueden ser refutados. Están hechos para no ser pensados.

El junguianismo institucional se consolidó en la lucha tenaz por mantener inmutables los conceptos intuidos por Jung, sin atender a los prejuicios inherentes a su época y contexto, y olvidó que el núcleo de la teoría analítica era la asunción de la psique objetiva, es decir, de un proceso autónomo de la consciencia que tiene su telos en sí mismo y cuyo propósito no es otro que alcanzar su propia verdad. Sobre todo desatendió el hecho de que las ideas desplegadas no pertenecen a nadie en particular sino que son un proceso de formación y transformación consustancial de la mente.

Es así que el junguianismo se adueñó de un flujo noético asumiéndolo como un saber estático e ideológico, por ello es sencillo que confluya con otros dogmas de la cultura como la New Age y su espiritualidad impostada o con las soluciones pseudo psicológicas que reproducen inconscientemente los valores del espíritu de la época. Además, no cesa en intentar matar todo proyecto de renovación de la dinámica interna del pensamiento literalizado en sus estructuras teoréticas.

A pesar de la pobreza de la institucionalidad, de vez en cuando aparecen personajes creativos, que siendo hijos legítimos del dueño de la hacienda se dan cuenta de que está usurpada por oportunistas y fariseos, por personajes que buscan sostener sus necesidades egoicas en la partícula seminal de un impulso de la propia alma. Ellos, los alborotadores, son los renovadores que intentan hacer justicia al espíritu rector de la teoría y derrumbar las inexpugnables fronteras que han erigido los asesinos del movimiento del alma.

Si la teoría es un flujo de ideas que debe ser acompañado en sus diversas transmutaciones, el pensador no es otra cosa sino el manso alquimista que atiende los estadios cambiantes de la materia a su disposición. En su laboratorio espera quizás encontrar algo, pero sabe que un misterio se cierne a cada momento y su labor no es embotellarlo, más bien elaborar vasijas que puedan ser quebradas cada vez que el proceso lo requiera.

Quizás sea la institucionalidad un mal necesario, pues en sus formaciones rígidas, en sus congresos repetitivos, en sus publicaciones insustanciales se trasluce un alma torturada por una nigredo que aguarda atenta la liberación del espíritu mercurius; en los anales adustos de sus memorias se cierne el concepto latente que desea ser vivificado. Tal vez esta sea la enseñanza de la parábola de los viñadores homicidas, que en la dialéctica del conocimiento el pensamiento cíclicamente es devorado por la necesidad dogmática, únicamente para dar tiempo a que el legítimo dueño reclame lo que siempre le ha pertenecido.

Sombra y síntoma de la psicología

Logos del alma

Marie-Louise Von Franz comienza su libro Shadow and Evil in Fairy Tales contando una anécdota donde Jung, con el fin de que sus alumnos no quisieran sistematizar su pensamiento, les decía, cuándo se hablaba de la sombra,: “… es simplemente lo inconsciente completo”. La sombra, como concepto, es lo inconsciente y no una dimensión o un arquetipo o un complejo, es la totalidad de lo inconsciente, incluso se podría decir que es su sinónimo.

En ese enunciado Jung presenta una dimensión poco recurrida de su propia obra, donde dejando de lado los esquemas y las figuras didácticas, entiende que no hay un mapa determinado de la psique, pues ésta, como proceso móvil, siempre se encuentra en constante cambio, porque en sí misma no es otra cosa más que movimiento lógico, solo un proceso dialéctico que se superpone y se construye de manera incesante en cada nuevo fenómeno.

Se deduce, en consecuencia, que la mentalidad no tiene un asiento donde recargar su existencia, no hay descanso para su persistente transformación, porque su ámbito es la negatividad, entendida como el proceso de interiorización de las cosas en los conceptos que les dan estructura. Su transformación requiere de los entes, pero no se suscribe a ser uno de ellos, más bien subyace al carácter óntico y lo reflexiona de tal forma, en el vaso alquímico del pensamiento, que lo que emerge es la dimensión ontológica de los fenómenos.

La consciencia, por consiguiente, no es un objeto que pueda ser hallado, ya que como concepto mora, en un habitar lógico, en el reino de la preexistencia. La mentalidad no está en el cerebro, ni en un dios o en el mundo de los arquetipos, ni tampoco en el inconsciente entendido como un topos. Jung acostumbraba decir que la mayor parte del alma se encuentra fuera de la persona, pero entonces la circunstancia interior o exterior no suponen una delimitación válida. Parece ser que no hay nada fuera del alma.

El cerebro, los arquetipos y el inconsciente son formas positivizadas de entender la dialéctica intrínseca del movimiento psicológico, pero todas ellas son imágenes detenidas en el transcurso de su encarnación. Sin embargo, esos objetos no contienen a la consciencia como receptáculos cerrados, al contrario ellos mismos son textos donde el alma se lee así misma para luego abandonarse en el placer de sus frágiles renglones. Es el pensamiento el que constriñe el mundo a las nociones que le darán estructura. No sucede que se tengan ideas, más bien, las ideas nos tienen a nosotros.

Giegerich interpreta la frase del principio de esta manera: “[el alma] A veces se imagina a sí misma como «ego», a veces como «el inconsciente», o como «sombra», como «ánima», etc. Es noética. Es tan sólo ideas, fantasías, interpretaciones, visiones. Es vida lógica.” Aunado a ello se puede pensar que Jung se refiere a que lo inconsciente, así como la sombra, es, en general, la imagen e idea de lo rechazado, aquello que se teme, pues es lo desconocido que no quiere conocerse; siempre y cuando lo inconsciente sea visto como un concepto histórico que expresó la verdad de su época y no como una entelequia o como un trasmundo.

Se puede decir que lo más rechazado es la verdad de los tiempos presentes, aquello que solo por medio de la evasión se oculta a plena vista, porque es omnipresente. Pero lo rechazado se expresa en síntomas y un síntoma representa, de forma transaccional, aquello que constituye la verdad del fenómeno actual.

Es, por ende, lo patológico, el logos del pathos, donde la consciencia está más viva, en las simas más hondas del espíritu, donde el dolor del desasosiego teje lentamente una trama que va envolviendo al mundo. La realidad es hija de oscuros padres que no proveen esperanza, ni consuelo, solo incertidumbre, desesperación y abandono. Ante esta circunstancia no es extraño que se propongan soluciones fantásticas a la verdad de los tiempos presentes, estas vías de escape pretenden negar lo doloroso y prometen el éxtasis como un subterfugio.

La psicología y la psicología junguiana, se han vuelto un emisario predilecto de esta evasión, y lo hacen por medio de un discurso simplista y categórico que propone la felicidad, el crecimiento, la experiencia de lo numinoso, la sanación de heridas infantiles, el encuentro con los dioses, la expansión de la consciencia y otros esquemas que son una mezcla de inflación egoica, nostalgia infantilizada y un proyecto capitalista inconsciente que vuelve al sujeto un producto comercial al que proporcionarle mantenimiento para conservar su valor de mercado.

Paradójicamente está psicología cuyo proyecto es la huida ante la realidad del alma y que la niega por medio del escapismo a la mitología, los rituales y las formas religiosas ya irrelevantes, por otra parte actúa, hace acting out, de los aspectos más lacerantes del espíritu de la época. Su intención es la sustitución de la verdad de los tiempos presentes por un consuelo fatuo que, sin embargo, encarcela al individuo de manera miserable, pues no permite que el sufrimiento haga su trabajo en él como la contradicción que espera ser elevada al pensamiento de sí misma.

Después de todo el alma es ineludible y el intento de fuga recae en el circulo ritual de la neurosis. Este ingenuo desvío se debe resarcir por medio de un procedimiento similar a aquel antiguo ritual que convocaba a los espíritus de su prisión en la casa de Hades: con la sangre de la vida realmente vivida se alimenta a los espectros que conectan al viajero con el reino de la muerte. Pero no es el sujeto quien se religa (religare) sino la consciencia misma que positiviza a sus imágenes para diluirlas en la lógica de su concepto.

El psicólogo y el psicoterapeuta son aquellos que son capaces de atender el pensamiento de los fenómenos sin la necesidad de apropiárselos ni de eludirlos. Su labor consiste en pensarlos ahí donde los fenómenos se despliegan en la realidad presente, aun si son desgarradores y lacerantes se les asume como verdaderas manifestaciones del alma. En los tiempos que corren se les puede encontrar en aquello que nos somete: la tecnología, la economía y la ideología, ahí la consciencia trabaja constantemente para hacerse a sí misma, muchas veces a costa de la relevancia del hombre.

Porque es debido saber que nosotros también somos imágenes que deberán en algún momento ser devueltas a su carácter noético. Somos un momento en la senda de una consciencia que no existe, de un dios que se encarna para no-ser, en un movimiento no espacial que no podrá ser imaginado, pero que se puede entender solo cuando se asuma que quien entiende siempre será el otro, la sombra.

Los buenos padres destruyen

Logos del alma

El consenso dicta que los padres deberían ser solo “buenos padres” y enseñar a sus hijos los valores y normas necesarios para poder relacionarse en la sociedad y ser ciudadanos adecuados. A menudo se habla del abandono del padre o de la ausencia de la madre como la causa directa de una juventud descarriada y de la crisis actual de los valores sociales. Por lo tanto, parece ser de lo más urgente una psicopedagogía de la paternidad, que dote de las herramientas necesarias a las personas para poder ejercer una crianza adecuada.

Las redes sociales y la psicología popular están plagadas de consejos sobre la crianza saludable y de postulaciones acerca del buen comportamiento de los padres. El retrato común de lo que deberían ser las figuras parentales se decanta por una paciencia infinita, alta capacidad de resiliencia, actividades familiares hiperproductivas y, sobre todo, actitudes positivas y constructivas. Todo ello forma parte de una imagen abstracta de las relaciones familiares que se ofrece como un producto uniforme y homologado que es, en principio, inalcanzable.

En el objetivo ideal de la paternidad hay un prejuicio latente, el de la causalidad de los hechos psíquicos. Un ejemplo claro es como en el siglo XX se popularizó la idea de que la salud mental del hijo era directamente causada por la influencia de la madre en su crianza. Esto decantó en un sin fin de acusaciones hacia las mujeres, y los hombres, por el desarrollo psicosocial del niño. Se habló entonces de las “madres neveras” en los casos de autismo o de las madres esquizofrenizantes y también se forjó la efigie del padre abusador presente en tantos relatos de violaciones infantiles.

Hoy aun se habla de los tipos de apego como una circunstancia esencialmente causada por la relación materna y que define las dificultades existenciales de un sinnúmero de personas que se asumen como víctimas de una mala crianza. Aunado a ello, se enumeran múltiples factores que arruinan el futuro de los hijos como el maltrato físico y emocional y el descuido a causa de las largas jornadas laborales que la mayoría de los progenitores tienen que cubrir, en los tantos hogares donde ambos cónyuges deben salir a trabajar en condiciones precarias.

Teorías psicológicas como la escuela freudiana dieron un auge inusitado a esta perspectiva causalista, con conceptos como el Complejo de Edipo o la noción de trauma. Otras como el conductismo directamente negaron la mediación de la mente y redujeron el sistema causal a su expresión más rígida. Algunas perspectivas como la psicología junguiana cuestionaron la literalidad de las mitologizaciones psicoanalíticas y les proporcionaron un entorno simbólico donde poder entenderlas no como hechos literales antes bien como metáforas de la dinámica psicológica. Sin embargo, la división tajante entre el mundo metafórico y los hechos literales provocó el descuido de la esfera de la realidad, en la cual se siguió culpando a los padres de las desavenencias del desarrollo psíquico de los hijos.

Una consecuencia de esta distinción entre lo interno y lo externo es que a pesar de que el discurso semántico alega una conjunción de ambas dimensiones, la sintaxis subyacente niega esta relación. Realmente la idea de un mundo interno funciona solo mientras se sostenga la separación con lo externo, y sobre todo mientras la subjetividad se convierta en el amparo de la dinámica psíquica, lo cual hace imposible la conjunción entre ambas conceptualizaciones.

Es así que la dimensión subjetiva se transforma en el depositario de los problemas del mundo y ante esta carga se proponen soluciones que eximen al ego de su culpa, no soluciones efectivas sino simplemente arreglos temporales que pacifiquen a las buenas consciencias. El objetivo de las reparaciones ideologizantes es proporcionar un alivio a la angustia exacerbada tanto por la desmedida búsqueda de importancia personal, así como la oclusión de los factores sociales, económicos y políticos que desatan las condiciones de la ansiedad posmoderna, siempre y cuando se pueda conservar el monto de inflación psíquica que pesa sobre el individuo.

La individualización de lo parental se observa en la exigencia social de la separación de lo comunal en la crianza de los hijos. La imagen de la familia ha cambiado con el paso del tiempo y se ha adaptado a los requerimientos de un sistema socio-económico que necesita de la atomización de los individuos. De esta manera el cuidado de los hijos recae en una célula familiar abstraída de su raíces sociales. Se pretende que la familia sea nuclear y se desestima la familia ampliada que había sido el contexto más frecuente durante muchos siglos en diversas culturas.

Por todo lo dicho, se comprende que la tarea de ser padres no solo está inscrita en las labores cotidianas y en los juicios individuales, además responde a las exigencias sociales y a los prejuicios culturales que, en numerosas ocasiones, se contraponen de maneras neurotizantes al verdadero contexto en que se instala el fenómeno. Sin duda la actividad paternante se ha debido adaptar a los altos estándares de una sociedad postindustrial y las personas parecen cada vez estar más angustiadas por el papel que juegan o jugaran como progenitores.

La imagen ideal de la parentalidad tiene un papel determinante en como los sujetos adoptan dicho esquema para compararse y juzgarse, algunas veces de forma injusta, porque demanda el cultivo de una dimensión de la experiencia psíquica que se ajuste solo a los patrones planteados por aquella ideología y que deseche todo aquello que no es deseado por esta estructura teórica, que inadvertidamente se constriñe al espíritu de la época. Lo que se pide a los padres, por consiguiente, en una sociedad capitalista, no es la buena crianza de los hijo sino eficiencia, productividad y la eliminación de la parte sombría de la paternidad.

El fin de una ideología no es otro que mantenerse indemne ante la contradicción, en términos junguianos no permitir que el animus haga mella en la vivencia solo anima del fenómeno. No obstante, una petición de principio de la psicología, como el estudio del logos del alma, es la inevitable búsqueda de la asunción de la otredad, no sólo como la experiencia de la aceptación del prójimo sino como la apertura ante lo que, desde el sentido común, se experimenta como deleznable o sombrío; porque no es posible el entendimiento del otro hasta que no se acepte también la sombra que le precede, y ésta se experimenta, en última instancia, como el paso doloroso de verse a uno mismo como un otro.

La presencia del otro es lo que desgarra. En principio, el encuentro supone la consciencia de que algo existe fuera de uno mismo y esto significa el rompimiento de la esfera narcisista, este acto transgresor deviene como la consciencia del semejante. De la misma manera, la asunción del otro como distinto a uno mismo se vive como un desmembramiento, similar al hecho salvaje de ser devorado por los propios perros de caza con los cuales se perseguía un objectumespecifico.

Así el encuentro es la fragmentación, pero por ello, y solo gracias a que hay un despedazamiento, es posible la consciencia del otro, que a partir de la disolución puede verse ahora como la unidad de la unidad y la diferencia. A causa de este dolor, el deseo explicito de los individuos es no reconocerse en la figura externa y poder subsumir al otro a la visión particular que lo esclavice al ámbito de lo que ya se conoce, de aquello que parece no suponer una amenaza y que no desata el conflicto. Pero la contradicción es lo que otorga dinámica a los fenómenos, por lo tanto, eludirla significa mantener artificialmente detenidas a las ideas de las cuales se forma parte.

Desde esta perspectiva la imagen de ser buenos padres requiere de su conjunción con el aspecto negativo de la función paternante. Es decir que ser buenos padres solo es posible en la medida en que se puede también ser malos padres y soportar la tensión entre ambos aspectos del concepto. Los hijos, no aprenderán solamente de los discursos y de las ideologías sino de como los adultos a su alrededor se sostienen frente a las mismas y en que medida son capaces de diferenciarse de los relatos culturales y sociales y de adaptarse a las situaciones tal y como éstas se presentan.

En caso de sucumbir a la tentación de ser solo padres buenos, la sombra habrá de ser absorbida por los otros, por los sujetos inmediatos de su relación. En muchos casos se volverá la hacienda de los hijos, no porque se trasmita como un germen sino porque prevalece como una actitud hacia el mundo y hacia uno mismo, como una disposición rechazante ante el despliegue de la idea de parentalidad. Pero, en la medida en que los padres pueden hacerse cargo de la idea de paternidad entonces ésta logrará desenvolverse como la noción internalizada que contendrá tanto sus aspectos codiciados como aquellos que resultan temibles.

En este sentido, ante las preguntas constantes sobre la buena crianza, se puede decir que el niño no necesita de buenos padres, precisa, en cambio, de padres completos para experimentar la gama de actitudes que representan el espectro de la experiencia humana, incluyendo el sufrimiento, la tristeza o el abandono. La psique se forja en el pedernal de la experiencia anímica y no responde de forma causal a las vivencias cotidianas, más bien éstas son la yesca que arde en el fuego de la autonomía psíquica, que tiene su telos interiorizado en sí misma y que no es otra cosa más que puro movimiento anímico.

Nuestra cultura, tendiente hacia los roles idealizados y a la búsqueda de productividad alimenta con su desprecio por lo “incorrecto” aquello que no está dispuesta a asumir. Pero ni el niño es inocente e inerme, ni los padres pueden ser sólo buenos o amorosos. Se debe tener en cuenta que la búsqueda de la pureza alimenta posiciones unilaterales tiránicas que requerirán, para poder mantenerse impolutas, de víctimas sacrificiales o chivos expiatorios que soporten el peso del mal que es rechazado. Es en este ámbito que los buenos padres suelen ejercer poder hacia el objeto de su obra y por lo que en pos de servir al ideal colectivo tienen que constelar la destructividad que, por supuesto, no podrán nunca asumir más que como objetos proyectivos.

La psicoterapia no es medicina

Logos del alma

“… deseamos ver el mundo tal como es y dejar las cosas en paz. No queremos cambiar nada. El mundo está bien tal como es.”
C. G. Jung

La medicina, al menos el paradigma hegemónico de la misma, gira en torno de la idea de la práctica tecnológica, es decir, la construcción de herramientas y métodos que se superpongan al fenómeno y lo guíen por el camino que se ajuste a la idea de corrección que se tiene del mismo o lo que se denomina comúnmente como: Salud.

Por su parte, el logos de la técnica tiene como principio la cosificación de las ideas y la búsqueda constante de un orden racional que permita la acomodación de la realidad a las teorías y leyes que se han de solapar como un mapa del mismo tamaño que el territorio. Sin embargo, este mapa no existe en el mismo plano de la materia sino que está hecho de ecuaciones, datos e información. Es un proceso paulatino de sutilización del mundo el que orienta el espíritu tecnológico de la modernidad.

El orden científico en el que la medicina se inscribe le conmina a anticipar la respuesta de su búsqueda como el conjunto de supuestos que sostienen su metodología. Ante estas hipótesis primarias los fenómenos se subsumen inevitablemente a la necesidad de un intelecto que no soporta el misterio de aquellos, sino que desea, más que nada, desentrañarlos y volverlos completamente visibles, corregirlos y cuantificarlos.

El éxito de la medicina no radica realmente en sus descubrimientos, ni éstos son serendipias en el camino ciego de la investigación, al contrario, ya están anticipados por los mismos objetivos latentes en el paradigma del proyecto tecnocientífico. A diferencia de como se plantea de manera cotidiana, la medicina no descubre el origen y el remedio de las enfermedades sino que construye la realidad en torno a las ideas que constituyen su estructura teórica.

Por otra parte, la psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica e intente aplicar las lecciones aprendidas a su propio objeto de investigación, pero el fenómeno psicológico es distinto y, en principio, no puede desplegarse bajo la estricta necesidad de la óptica tecnológica.

La perspectiva psicológica no pretende subsanar, porque acepta al fenómeno tal cual es y, por ello, su interés se centra en atender lo que en él es pensado. No comienza desde una perspectiva de dominio sino de servidumbre a la realidad. Quiere aprender de su objeto, no transformarlo. Esto implica, sin embargo, una posición de desencanto, donde el psicólogo re-signa su método a aquel que el síntoma o la enfermedad proponen como propio. El terapeuta abandona su teoría en pos de la propia teoría del síntoma.

Por lo tanto, el psicólogo, si se asume desde una posición psicológica, requiere desligarse de la concepción médicalista porque su objetivo real es el poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan, de ahí que la palabra terapia aluda esencialmente al verbo cuidar y haya sido conceptualizada por James Hillman bajo el lema platónico sozein ta phainomena, donde salvar al fenómeno significa conocerlo tal cual es, como su propia salvación o curación.

Así, la curación no es un referente externo de la psicopatología ni una meta que se consiga añadiendo complementos al síntoma, no es necesario integrarlo o compensarlo, el fenómeno tiene todo lo que necesita en sí mismo, o se podría decir que la enfermedad es ya su propia curación. Ésta es la dialéctica de lo patológico, la asunción de que el concepto contiene su propia contradicción y, por consiguiente, es pura dinámica psicológica. De ahí que una visión puramente medica no pueda abarcar la lógica del alma.

Ocurre que cuando un psicoterapeuta busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico. Desea llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para las ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.

El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que éste siga su dialéctica inherente, para así poder aprender de tal acontecimiento; no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.

La psicoterapia, así entendida, es medicina superada, dónde la curación, si es que ocurre, lo hace de forma autónoma. Es el alma la que se cura a sí misma, si esto forma parte de su necesidad lógica, porque la enfermedad psicológica no es una carencia de algo sino una idea en el tortuoso camino hacia la consciencia de sí misma.

La dialéctica de la soledad

Logos del alma

«Tengo una mancha en la pierna izquierda. Es un continente borroneado por la lluvia. Se llama «lejanía».»
Jimena Marcos

Se piensa de forma común que la soledad es un estado primordial del ser humano, que el hombre avanza del hecho de estar solo al punto del encuentro con los congéneres y, por ende, que el proceso de construcción de la identidad supone alejarse de la comunidad para estar consigo mismo, ante la advertencia de que siempre se ha estado solo.

Pero la soledad no es connatural, al contrario, es una posición cultural compleja que requiere un arduo trabajo de aprendizaje y de interiorización. Melanie Klein pensaba que el sujeto aprende a estar solo siempre y cuando sea capaz de interiorizar la imagen de una madre protectora que le brinde seguridad y respaldo ante los embates de la existencia, un objeto interno bueno que esté a salvo de la pulsión de muerte.

Así que la experiencia de la soledad requiere primero haber tenido una calidad de lazos sociales que aporten un ambiente de confianza y que más tarde se convertirán en el sentimiento de acompañamiento continuo.

El niño pequeño, al alejarse de su madre voltea la mirada para poder observarla y ese acto lo hace sentir protegido, con el tiempo la imagen de la madre ya no será necesaria como una figura externa porque el ritual se habrá vuelto un concepto que el niño ha de encarnar y que le permitirá experimentar el hecho de, paradójicamente, nunca poder estar verdaderamente solo.

La dialéctica de la soledad implica que estar solo es la conjunción del poder estar aislado precisamente porque ya no se puede estar apartado del todo, pues la apertura del otro ha hecho mella en el cuerpo sutil del individuo y lo ha tocado de tal forma que su aparato psíquico está ya dirigido hacia el otro para poder ser él mismo. Es un sujeto solo porque ha podido construir un puente hacia el prójimo. Su identidad es la relación con el concepto de la alteridad.

La experiencia de ser uno mismo tampoco surge antes de la vivencia del otro, más bien suceden al mismo tiempo. Freud llamaba “narcisismo primario” al estado posnatal donde el niño aún no anuda al mundo con sus lazos libidinales. En este sentido hablar de un medio ambiente o de una díada sería impreciso porque la posición narcisista conlleva que la experiencia de un medio que rodea al individuo todavía no existe, por lo tanto tampoco su identidad ni la alteridad están formadas por completo, solo suceden como potencialidades.

Es en el trato cotidiano con la frustración, en el dolor propio de no poder satisfacerse, que el niño asume que existe algo fuera de él mismo. No es el placer el que lo convence de la aparición de la madre sino su ausencia, ese claro que se abre entre él y lo materno es de donde surge la realidad. Desde entonces el trato con el mundo estará mediado por el dolor.

En cambio, el narcisismo secundario es la búsqueda continua de la experiencia del placer, de un pecho que satisfaga todo el tiempo y sin mediación. Sucede así en el estado de la atomización posmoderna donde el individuo, saturado de relaciones y de actividades gratificantes, sin embargo, vive continuamente insatisfecho. Nada lo puede complacer porque la experiencia presente se le escapa ante la esperanza del siguiente estímulo. No hay un espacio creado por el sufrimiento que le enseñe que su vida depende de los demás y que estar con los otros es un proceso de aprendizaje intrincado.

En una cultura que expurga la dependencia, las relaciones tóxicas, la intolerancia ante la frustración, donde los linchamientos mediáticos son cotidianos, la sabiduría del sufrimiento parece mermar y las personas se sumergen entonces en el deseo incesante por volver a un estado pre-relacional. Pero está posición que rechaza la diferencia, curiosamente exacerbando la variedad, no es la experiencia auténtica de la soledad, sino la purga de lo distinto que da como resultado el vaciamiento de la identidad.

Estar solo exige aprender a estar con los demás. Pero no solo fisicamente ni como una farsa en las redes sociales. En cambio, poder convivir con el prójimo supone una apertura a la contradicción que el otro es. Esto conlleva una iniciación al conflicto terrible que acarrea la cercanía. Pero no es sino en la presencia conflictiva del semejante que la identidad puede ser forjada en el alto fuego que disuelve las ideas fijas y las devuelve a su movimiento intrínseco.

Convivir es interiorizar al otro, volverlo un órgano psicológico que nunca será propiedad de la persona sino del psiquismo que envuelve, lógicamente, al individuo y que se construye a sí mismo como una fantasmagoría de imágenes. Tales representaciones se entrecruzan y se enredan para funcionar como un conjunto caótico y a la vez coherente, con su propósito implícito en las nociones que le conforman.

Esa red de imágenes y conceptos son, en su trama, el núcleo del movimiento psicológico que el individuo percibe como su realidad y, por lo tanto, son su identidad genuina. A pesar de la auto-percepción del ego como un ente aislado, aún en su “mundo interior” tampoco está realmente solo porque ser es ser una multitud de ideas en continua formación, transformación e interrelación.

La soledad, por consiguiente, requiere del sinuoso reconocimiento de la multitud de lazos que unen a las personas con la sociedad y con esa otra comunidad secreta que son las experiencias psicológicas como imágenes e ideas, ya que el ser humano no puede ser concebido a la manera de un ente solitario, porque su identidad es la intencionalidad de sus actos dirigidos siempre hacia sus semejantes, en el laborioso proceso de reflexionar sobre el mundo y sobre sí mismo.

Estar solo es posible únicamente una vez que se ha asumido la complejidad inherente al fenómeno que ya se es, cuando se han hecho las paces con el otro y se le ha erigido un altar en la propia configuración de la experiencia subjetiva, y cuando se ha reconocido a ese otro como una parte imprescindible de uno mismo, pues es debido reconciliarse con la sombra antes de ofrecer la desgarradora ofrenda de nuestra soledad.

Alcanzar la adultez

Logos del alma

Cuando un niño hace una rabieta es común desear que en algún momento madure, con ello nos referimos al hecho de que pueda afrontar las dificultades de la frustración y que sea capaz de plantarse frente a la realidad de una manera firme y sostenerse en ella aún ante los embates de los sucesos adversos.

Pedimos demasiado cuando exigimos que el niño despliegue una serie de recursos que de forma natural habría de integrar a lo largo de su niñez. Cuando un niño se vuelve tranquilo, imperturbable y maduro, durante el periodo lúdico, por lo regular no significa que haya alcanzado las herramientas del adulto, sino que se ha vuelto neuróticamente complaciente y se ha adaptado a las necesidades infantiles de los adultos en turno.

Por lo tanto, ser adulto no es solo un estado al que se llegue de manera inusitada, más bien es un proceso que se construye en la relación continua del sujeto con la realidad. Mientras la niñez es el periodo de construcción y consolidación de los sistemas psíquicos que permitirán al individuo atender el medio que lo rodea y adecuarse a sus condiciones, la adultez supone la puesta en escena de los esquemas adaptativos aprendidos.

No basta con alcanzar el estado del adulto, hay que llegar a él, porque la responsabilidad prístina del ser humano implica dar testimonio del estadio que se ha alcanzado. La existencia marca el camino de tránsito de la consciencia del individuo y éste debe demostrar que se encuentra a la altura de sus circunstancias, es el deber consigo mismo llegar a ser lo que ya se es y responder al llamado que insta: hic Rodus hic salta.

El hombre, a diferencia de otras especies animales, no está determinado de forma primaria por su relación con la naturaleza. Mientras que el animal es un ciudadano bien adaptado, como decía Jung, pues es idéntico a sus instintos y se encuentra integrado con el impulso vital, el ser humano ha debido nacer a un nuevo útero, ya no biológico, sino meramente lógico. Es incubado, aún después de nacer, en una matriz de conceptos, imágenes y esquemas mentales que lo contendrán hasta su muerte.

Durante milenios, la institución del ritual constituyó el terreno consensuado donde el hombre podía llegar a las cotas que la consciencia predeterminaba en su contexto anímico. En la agónica teatralidad de los rituales se encontraban las herramientas necesarias para separar, al miembro del clan, de su niñez y colocarlo en los asuntos de la vida adulta. El hecho de estar contenido requería que la cultura pudiera proveer de los ítems necesarios para promover un nuevo nacimiento.

Es por esto que el hombre no solo debe nacer sino que requiere alcanzar su propio nacimiento. En términos generales, en cuanto al homo totus, la modernidad supuso el momento donde el sujeto fue liberado de sus ataduras metafísicas y emergió a sí mismo de forma irremediable, con el precio de la angustia de yacer desnudo en el frío y la penumbra de la existencia. Por tal razón, la vida ritual ha sido descartada de su forma prístina, debido a que se ha interiorizado en la existencia actual, como la continua necesidad de hacer consciente lo inconsciente, que es otra forma de decir que un hecho debe ser elevado a sí mismo en la reflexión para tornarse en experiencia.

El proceso anímico de la modernidad no resulta, sin embargo, de importancia práctica para el individuo empírico, éste a menudo vive de forma premoderna, y como Jung aludía hay hombres de la Edad Media conviviendo con habitantes del paleolítico en la cotidianidad de las urbes. Esto se puede entender cuando pensamos en la poca importancia que tienen para la vida consciente de las personas la revolución paradigmática de la física cuántica y de la teoría de la relatividad, pues para la gran mayoría un mundo newtoniano, e incluso ptolemaico, es más que suficiente.

Pero, el hecho de que la adultez psicológica sea una constante, supone que siempre estamos en relación con esa sintaxis que envuelve la vida lógica del alma. Éste es el terreno donde la adultez moderna se despliega y por eso tiene que ser alcanzada una y otra vez en el escarceo de la vida cotidiana.

Un punto importante de los comportamientos neuróticos es que surgen como oclusiones del proceso de llegar a ser conscientes de las propias circunstancias. Es así que la persona puede gastar grandes montos de energía en un esfuerzo, inconsciente, por no estar a la altura del momento presente. Es un trabajo exhaustivo eludir la realidad de forma constante, pero la cultura tiene como objetivo subvertirse al proceso de individuación.

Una muestra de ello es que en la televisión asistimos a espectáculos de lo más estúpidos, los héroes culturales ya no son quienes ofrecen ejemplos de talentos singulares ni son representantes de las más nobles cualidades, en cambio, los influencers se distinguen por ser quienes exaltan las características más deleznables y míseras de la condición humana. El techo del apetito del hombre yace por debajo de su condición anímica.

En el mismo tenor, los libros más vendidos son los que contienen temáticas simples y que reducen a la realidad a su complejidad mínima. Un ejemplo son los textos de autoayuda y de espiritualidad popular, donde se pretende calmar la angustia de la existencia proponiendo nuevas figuras metafísicas que reemplacen a las que se han perdido e inflar la posición egoica para que ésta sea capaz de vivir la ilusión de que su voluntad particular es importante para el mundo.

Quizás por eso se puede atestiguar el deseo tenaz por opinar de forma constante en los distintos foros, por dejar una huella, aunque sea somera y ridícula, de la importancia personal, lo que solo es relevante para la subjetividad. De manera caricaturesca se podría caracterizar a las redes sociales como un conjunto de adultos haciendo rabietas porque los demás no opinan igual que ellos.

Esta inflación psíquica es una característica intrínseca de la niñez, siendo un estado de narcisismo necesario para la asimilación de las imágenes psíquicas que se cimentarán en el trato rutinario con las circunstancias de la vida, es un símil de la contención psicológica que ha ocurrido en la filogenia de la especie. Pero llevado más allá del momento infantil, el narcisismo se torna patológico, Freud lo llamaba «narcisismo secundario».

A partir de lo dicho se pude comprender que la neurosis cultural tiene como uno de sus fines la infantilización de los individuos, promoviendo los estados afectivos más primitivos y un dopaje constante que simula un estado continuo de gratificación. Es por esto que la opinión del sujeto se ha vuelto el eje de determinación de la realidad y que su voluntad se ha erigido al grado de sobreponerse a sus propias circunstancias.

La adultez, en este contexto, no puede ser alcanzada, porque se ha instituido la disposición infantil como la meta inconsciente de la cultura y esto requiere la vivencia de una contención artificial que mantenga la ingenuidad de los sucesos lejos de las contradicciones que los podrían convertir en experiencias. La cerradura de está condición es la atomización de las relaciones y el continuo rechazo de la otredad.

En la naturaleza, los rasgos neotenicos tiene cómo función sostener en el tiempo la flexibilidad y adaptabilidad que los organismos pierden con el paso de la edad. La maduración corresponde a un grado de especialización de las especies. Pero la infantilización cultural significa un incesante sacrificio intelectual que delega la responsabilidad de las contingencias en el ambiente y en los semejantes. Al contrario de la neotenia, el volverse infantil supone una rigidización de la capacidad de adaptarse a las circunstancias.

Volviendo a la imagen de la pataleta infantil, se puede entender que su despropósito emocional, en ese momento, no le pertenece al niño, se debe de mirar por consiguiente en dirección del adulto que soporta el psiquismo de la relación. Es aquel que ostenta la posición de la adultez quien apuntala la capacidad de hacer frente a la frustración cotidiana del infante, éste último aún tiene su concepto de adulto fuera de sí mismo, ya que crecer conlleva la capacidad de interiorizar dicho concepto y volverlo real en la singularidad de la propia vida.

La emocionalidad desmedida, al contrario de lo que el sentido común pretende, es un signo claro de la falta de adaptación con uno mismo y en una edad madura es una muestra de regresión infantil. Jung era muy firme cuando decía: “Una emoción es una explosión instintiva que indica que no hemos estado a la altura de nuestra tarea […] ser emocional ya está en camino de una condición patológica.”

Por lo anterior se infiere que ser adulto significa la disposición constante por estar a la altura del opus particular, dicha aptitud debe ponerse en juego ante cada nueva dificultad que la vida depara y, por ende, es un proceso que se renueva reiteradamente. Siempre se está a prueba. A diferencia del niño, el adulto lleva la emoción hasta el plano lógico que le corresponde, se hace cargo de su condición y evita, en lo posible, la fascinante ocasión de querer que sea el otro quien asuma la obligación de hacerse cargo del concepto de uno mismo.