La dificultad es el camino del alma

Logos del alma

Es una consigna de algunos centros de enseñanza de psicología que las cátedras sean lo más sencillas y simples posibles y que a los alumnos se les hable en un lenguaje limpio de complejidades, de tal forma que tengan la ilusión de que saben lo suficiente sobre su área de conocimiento, sin haberse enfrentado a la dificultad de atender la oscuridad teórica del opus psicológico.

En algunas formaciones profesionales el enfoque de los profesores es, en su mayor parte, práctico y cuando se cuestionan los fundamentos de su esquema teórico ellos desechan tales imprecaciones como minucias o resistencias por parte de los alumnos al entendimiento de un saber, él cual, una vez que no se puede cuestionar, se ha convertido ya en una doctrina dogmática.

La naturaleza del dogma es la de un pensamiento que ha sido desviado de la consciencia de sí mismo y de sus contradicciones. Mientras una idea debiera someterse a la tortura de la dimensión negativa que le es inmanente, el dogma ha escapado ilusoriamente de la confrontación consigo mismo y ha escindido su estructura lógica para entonces oponerse a su propia oposición. Tal situación marca la desaparición del Otro del horizonte de la reflexión.

Desde la perspectiva técnica, el alumno o el colega crítico peca de racionalismo, de no entender que lo que se siente y el efecto emocional de una dinámica son suficientes y más que suficientes para el trabajo psicológico. Indagar en el conocimiento es un signo incómodo, y si el resultado de tales meditaciones es la evidencia de contradicciones, entonces el psicólogo se volverá indeseable ya que habrá incurrido en el pecado de pensar por sí mismo.

Es común encontrar admoniciones que ridiculizan el trabajo de la revisión teórica crítica, ya que, por un lado, se concibe como si ésta fuera antitética a la dimensión pragmática y, además, porque la duda hace tambalear al edificio teórico que está sostenido solamente en sus certezas no reflexionadas. Por lo tanto, es el misterio lo que está vetado de la exploración teórica y con ello la consciencia de las contradicciones inherentes que mantienen todo saber en movimiento. Lo que se teme, en consecuencia, es la incertidumbre resultante del cambio inmarcesible al que los mismos conceptos se someten de forma continua.

Los psicólogos, ciegos ante el movimiento lógico de los conceptos, no se acostumbran a pensar, realmente se alejan de la tarea, se vuelven técnicos en psicología. Hay en ellos poco agrado por esforzarse lo suficiente para indagar en lo que su objeto de estudio les insta. Buscan una comprensión fácil, que no les requiera esfuerzo ni dolor y mucho menos sacrificio. Les asusta la complejidad. Acuden, por consiguiente, a manuales, resúmenes y, en el caso de los psicoterapeutas, a los autores de autoayuda, aquellos que usan una prosa sencilla y hacen parecer que la labor psicológica es un juego de niños.

En el ambiente junguiano, por ejemplo, son populares los autores que resuelven de un plumazo los más diversos problemas en psicología, sin advertir los vericuetos teóricos que están implicados. Construyen etiquetas y recetas para afrontar toda dificultad y les basta sólo con saber el tipo de apego, la tipología psicológica, el dios que se encarna, el signo astral que rige o cualquiera de las múltiples etiquetas gnoseológicas que se puedan inventar para reducir las complejidades de la existencia y así intentar calmar la angustia natural de vivir.

Se abren talleres de sueños, de mujeres que corren con lobos, donde se busca rescatar al niño interior herido, a los dioses de cada hombre y de cada mujer, la sabiduría interna de los antepasados y el orden arquetípico de la experiencia cotidiana. En todo ello hay consignas morales que no son cuestionadas y huecos teóricos que deben ser ocluidos para sostener la práctica vacía y el comercio inherente a los propósitos de tales ejercicios.

En cambio, la psicología no debería ser fácil o transparente, ni mucho menos indolora. Porque el método que propone consiste, finalmente, en destruir a su sujeto al enfrentarlo a la gran desilusión de sus anhelos y a la tensión constante de no poder satisfacer sus deseos y tener que sostenerse de pie a la angustia de estar desnudos frente a la realidad. Porque es solo al someter al individuo a la experiencia del desmembramiento en la negación de su meta práctica, que la disciplina del alma puede interiorizarse en sí misma y aspirar, por tanto, a ser psicológica.

Sin embargo, la psicología, hoy, se hace desde la comodidad de la ignorancia, a partir de los consejos simples y las taxonomías fáciles. Se somete al alma, que es pura negatividad lógica, a la transparentización de sus dinámicas y se pretende dominar la realidad, al inconsciente o simplemente descartar su concepto como una fantasía, una imprecisión o un arcaísmo. El oscuro terreno de la psyche es, en busca del reduccionismo, contenido en los órganos que ella ha imaginado y en las funciones que ha construido para sí misma. Atada a las cadenas de lo positivo el alma se apresta a ocultarse en las fantasías literalizadas.

Pero entonces, en su promiscuidad, el secreto del alma queda a salvo, en espera de quien pueda soportar el dolor de asumirla como el verdadero Otro o como el objeto real de la psicología. Ahí en la oscuridad de sus complejidades, el concepto de alma aguarda a quien tenga el valor de pensarla, y de permitir que el fenómeno se piense a sí mismo, para que por fin, después del arduo trabajo de aprender todo y de olvidarlo todo, pueda llegar al hogar de la consciencia y morar frente al reflejo de sí.

El psicólogo debe afrontar la dificultad inherente a su materia y permitirse ser forjado en la fragua y el calor del trabajo duro. Más allá de la necesidad de prestigio se encuentra la materia prima que lo impele a dedicar su esfuerzo a una tarea interminable, de la cual nunca podrá gozar realmente y en esa limitación yace el terreno donde el dogma no fructifica, porque la consecución de tal obra pide que el sujeto sea despojado de su dignidad para que el alma objetiva perviva en la destrucción del individuo. El psicólogo es quien se empeña en ser un sirviente del logos de la psique y nada más.

La inconsciencia teórica de la psicología

Logos del alma

La psicología académica sufre de superficialidad en su abordaje teórico, pues está abocada a un objetivo puramente tecnológico y se ha determinado como una serie de estrategias y técnicas ortodoxas al cuidado de la salud mental y del desarrollo humano, confluyendo de forma acrítica con el espíritu de la época que se encuentra delimitado por el valor del máximo beneficio y la construcción del yo en detrimento del sentimiento de comunidad.

Esta perspectiva interesada por la eficacia y la aplicación pragmática como maneras de manipular a los fenómenos y dirigirlos hacia lo que el hombre espera de ellos, anula el carácter de ser otro de aquello que se debería de atender en su propia naturaleza lógica. La visión práctica es un esfuerzo de la posición egoica por sobreponer su parecer subjetivo sobre el pensamiento implícito en el fenómeno, por omitir el carácter autónomo y objetivo de la realidad, reduciéndola y mecanizándola para controlarla mejor.

Tal es el destino del alma en una psicología que se ha desprendido de su raíz en el fenómeno para constituirse como una doctrina antropotécnica que se sostiene en una narrativa de crecimiento y de curación del individuo, pero que secretamente se adhiere a las formas más salvajes de devastación de la consciencia de la alteridad. Después de todo el alter ego es aquella dimensión de la experiencia que se muestra desnuda y que permite que el Otro despiadado la destroce con su negatividad y la preñe de su verdad más íntima.

Pero la psicología, nacida de los ideales de la modernidad, se ha vuelto compulsiva en su actuar y ha separado la profundidad teórica de su carácter practico, proponiéndolos como espacios distintos y decantándose por una formación técnica donde el arquetipo se escinde y se encarna en ciertos individuos que alojarán en sus cuerpos y mentes los conceptos patologizantes que justifican la intervención psicoterapéutica. El paradigma psicológico construye a sus pacientes para legitimarse.

La imaginación de una psicología materialista ha cesado su movimiento y se ha detenido en sus clasificaciones, y sus fantasías se han petrificado en una gnoseología hegemónica, que no deja lugar a las especulaciones fenomenológicas o hermenéuticas sobre los fenómenos en su carácter lógico. Estos últimos no son objetos, ni cosas cuantificables, son conceptos en espera de ser asumidos como pensamientos que se piensan a sí mismos. Es labor de la educación psicológica atenderlos en su naturaleza esencial.

En los planes de estudio, de la carrera de psicología, donde debiera estar siempre presente el pensamiento filosófico, este ha desaparecido paulatinamente en pos de materias de aplicación sistemática, con manuales que ofrecen una óptica homogénea de las diversas manifestaciones del ser. En ellas el alma ha sido reducida a una sola posibilidad y literalizada en su forma materialista bajo el yugo de la religión científica. La perla de gran valor ha sido olvidada, por lo cual es sencillo ocluir las intenciones del espíritu de los tiempos.

Lo cierto es que no se puede hacer psicología, es decir, abrir oídos al logos de la psique, sin tener un pensamiento nutrido por la meditación crítica de sus estructuras teóricas. En consecuencia, despojada de sus consideraciones teoréticas, la psicología, en tanto ciencia, no puede pensar y los psicólogos son educados para evitar cualquier dificultad especulativa que los impela a la dura labor de meditar racionalmente, de comprometerse con el fenómeno psicológico en su carácter de concepto.

El psicólogo emerge de las facultades teniendo un objetivo técnico, loable pero contrario al objeto de su verdadero quehacer epistemológico: pensar el alma. Así, queda lejos del profesional el hábito de razonar, de criticar y de reflexionar. Como el viejo chiste de quien busca debajo del farol porque en otro lado no hay luz, el psicólogo se acostumbra a regodearse en la miseria que llama teoría y que no es otra cosa sino la repetición constante de una serie de ideas básicas que reafirman, en la misma medida que se reiteran, el discurso de una disciplina inconsciente de sí misma.

Rudimentos

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Alchemical Psychology’, volumen 5 de sus Uniform Edition, capítulo 2, pp. 20-53

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

I. FUEGO

El fuego de todas las cosas es el juez y el arrebatador.
– Heráclito

¿Quieres conocer al Maestro perfecto? Es aquel que comprende la regulación del fuego, y sus grados. Nada os resultará un impedimento tan formidable como la ignorancia del régimen – del calor y del fuego.
– Thomas Norton

El deseo no basta; de hecho, el deseo ignorante se frustra o se quema. Para que el deseo se consuma, para que la obra fructifique -en el arte, en el amor, en la práctica de cualquier tipo-, aprende todo lo que puedas sobre su fuego: su resplandor, su inestabilidad parpadeante, su calor y su rabia. El fuego como elemento por debajo y por encima del alcance de la razón humana requiere un «psicoanálisis del fuego», el mismo título del estudio ejemplar de Bachelard.1 El arte del fuego y la clave de la alquimia significan aprender a calentar, excitar, entusiasmar, encender, inspirar el material que se tiene a mano, que es también el estado de la propia naturaleza, para activarlo aún más y llevarlo a un estado diferente.

Por supuesto, el laboratorio, los fogones, los curcurbits y los alambiques, los colaboradores, son ficciones imaginarias, además de fenómenos materializados. Tú eres el laboratorio; tú eres el recipiente y lo que se cuece.2 Así también, el fuego es un calor invisible, un calor psíquico que clama por combustible, espacio para respirar y una consideración amorosa regular. ¿Cómo construir el calor que puede secar el rocío empapado, derretir las opresiones plomizas y destilar unas gotas preciosas de claridad embriagadora?

En Grecia, en los templos asklepianos a los que acudían los «pacientes» en busca de curación mediante el sueño, se incubaban durante un tiempo dedicándose a cavilaciones concentradas y procedimientos correctos para ser bendecidos por un sueño benéfico. En la Biblia, Jonás, abandonado por sus compañeros de barco, tuvo que permanecer un tiempo en el vientre de una gran ballena hundida en las profundidades del mar. En esa oscuridad generó calor, perdió el pelo. Confinamiento solitario; interioridad absoluta. Esta es la Nekyia,3 el viaje nocturno por mar a través del inframundo realizado también por Odiseo, Eneas y Hércules, y por Eurídice, Inanna, Perséfone, Psique, por Orfeo, por Cristo. Tanto si este mundo subterráneo es gélido y espantoso como si arde con el calor del infierno, es un reino caracterizado por temperaturas sólo aptas para demonios, fantasmas, héroes y heroínas, diosas y sombras que ya no son del todo del mundo superior. Forasteros. Marginales. La alquimia es una profesión de marginales, de marginados. Aquellos que viven de sus propios fuegos, sudando la gota gorda, autoabasteciéndose de sus propias temperaturas, que pueden estar en desacuerdo con el clima colectivo. Tapas: el ardor del calor interior. En la India, el sabio se sienta en la nieve del Himalaya y con su propio calor corporal derrite un lugar para estar, contenido por su propia contención.

El fuego de la naturaleza es a la vez celeste, desciende del sol, de las estrellas y de los relámpagos, y surge de la tierra, de las fuentes termales, de los gases, de los géiseres y de los volcanes. El alquimista trabaja con ambos tipos, los que vienen del más allá a la esfera humana, los destellos y las fiebres, las manías explosivas y las cegueras estelares, así como los fuegos culinarios interiores, los calores metabólicos del cuerpo que guisan y digieren y derriten los lomos en lujuria. «Cuanto mayor es la estatura espiritual de una persona, mayor es su pasión sexual», dice el Talmud (Tract. Sukkah). Como el fuego lame y se aferra a los troncos que quema, así la pasión se aferra a los cuerpos de la vida. «El aferramiento» describe el trigrama de la segunda hija del I Ching. Como las garras de un gato, las patas de un león, el fuego sulfúrico se aferra al objeto de su deseo o se aferra él mismo a su deseo. Intenso calor interno como el momento de la fertilidad. La perra está en celo: «Solo aestu libidinis«, el solo calor de la libido libera a Mitra de la piedra.

Si la alquimia es el arte del fuego, y los alquimistas, «artistas del fuego», como repiten muchos textos, entonces el alquimista debe ser capaz de «conocer» todos los tipos de fuego, grados de fuego, fuentes de fuego, combustibles de fuego. Y, el alquimista debe ser capaz de combatir el fuego con fuego, utilizando su propio fuego para operar sobre los fuegos con los que está operando. Trabajar el fuego por medio del fuego. La naturaleza trabaja sobre la naturaleza. La alquimia, un arte de la naturaleza, un arte natural que eleva las temperaturas de la naturaleza. «El tiempo de la Naturaleza es extremadamente largo, y la forma de su brebaje uniforme, y su fuego muy lento. El del Arte, en cambio, es corto; el calentamiento es controlado por el ingenio del artista, como el fuego también se hace más intenso o más suave.»4

Mientras que la ciencia mide el calor con grados de temperatura, la alquimia observa los diferentes tipos de calor, las cualidades del fuego. El calor aumenta a medida que avanza el trabajo, pasando por cuatro etapas clásicas. «Cada una de ellas es dos veces mayor que la anterior», dice Mylius.5 Diferentes textos describen los cuatro con diferentes imágenes, pero las siguientes aparecen con frecuencia: una gallina incubadora,6 lenta y suave como la carne; el sol en junio; fuego de calcinación grande y fuerte; ardiente y vehemente; capaz de fundir el plomo o fundir el hierro. Otro enumera los cuatro como baño de agua, baño de ceniza, baño de arena y llama desnuda. El Diccionario de Ruland completa los cuatro grados con ricas descripciones.7 «El primer grado es muy lento, y es como una tibieza inactiva; se le llama el calor de un baño tibio, de los excrementos, de la digestión, de la circulación… comparado con el calor generado por un ave al empollar sus crías». Evidentemente, este fuego se genera al empollar, digerir y retener dentro del cuerpo inferior, sus entrañas en fermentación y su vientre silencioso. Las actitudes son tibias, tímidas. La lentitud y la contención de la actividad son capaces por sí solas de desarrollar el calor.

«El segundo grado es más ardiente, pero se puede tocar sin peligro y no daña la mano. Lo llaman el calor de las cenizas… Las cenizas, debido a su finura, no producen mucho aire». El capítulo 9, más adelante, trata del papel del aire; aquí podemos observar que esta segunda etapa se alimenta con muy poco combustible. Tiene poca inspiración, ninguna respiración pesada. En su lugar, una opacidad sofocante, polvorienta, cenicienta, reseca. «No conservé de mí más que las cenizas».8 «Ceniza en la manga de un viejo / Es toda la ceniza que dejan las rosas quemadas».9 Este calor se puede tocar, manipular, procedente tal vez de tamizar residuos, un calor que surge del calor de las reminiscencias, «mezclando memoria y deseo.»10 Lean a Eliot, a Proust; lean a Ajmátova: el calor feroz de la ceniza fina, no agitada por las brisas de la fantasía.

¿Por qué feroz? Porque la ceniza es la reducción última, el alma desnuda, la última verdad, todo lo demás disuelto. «La ceniza lo es todo», dijo Zosimos de Panópolis,11 el «primer alquimista», la autoridad patrocinadora de la disciplina. El Rosarium Philosophorum (CW 16) dice que la ceniza «perdura», y Muhammad Ibn Umail, el alquimista árabe del siglo X conocido en el Occidente latino como Zadith Senior, escribe en su Tabula Chemica: «La ceniza quemada y el alma son el oro de los sabios.» ¿Ceniza? Porque nos asamos en nuestra propia naturaleza vil.

«El tercer grado quemará la mano, y se compara con arena hirviendo o limaduras de hierro». Desecación, una condición del alma conocida en la Edad Media como siccitas, acedia, la depresión seca del alma forzada por la resolución voluntaria de cumplir con su deber. El hierro de Marte, furioso. El tiempo en el desierto sin fin bajo un sol implacable. Este fuego «quemará la mano», por lo que no se puede manejar. Está fuera de tus manos. Si la primera etapa se mantuvo en el cuerpo y la segunda en la memoria, ésta es el calor de la determinación desesperada, una cólera aislante que impulsa la obra cada vez más ardiente.

«El cuarto es el grado más alto, y es generalmente el más destructivo … se produce una llama viva de madera o carbones». Bernardus de Treviso dice que el cuarto está «en el hierro, o en la llama».12 Además de la obvia asociación del hierro y la llama con el herrero y la forja, hay una implicación guerrera del espíritu en los grados tercero y cuarto. El santo del desierto, los ascetas; «es la muerte del alma volverse húmeda», decía Heráclito, para quien el Fuego era el principio primigenio. Toda la pegajosidad del alma está en llamas, desvanecida en el aire, y la mundanidad humeante, aceitosa y maloliente de los deseos sulfúricos ha sido purificada. Es un cambio del azufre «ordinario» al «azufre que arde claro (ignis clare ardens) o «fuego extinguido» (ignis exstinctus), «Azufre privado de su virtud.»13

Los dos fuegos más calientes están destinados a la operación llamada calcinación: «La reducción de los cuerpos en Calx por combustión».14 Calx = «cualquier polvo reducido por la separación de la humedad superflua.»15 Reducción de la confusión a una esencia, de la humedad o de un sólido a «un polvo fino»,16 de los recuerdos brumosos a una imagen conmovedora, de un bloqueo obstinado a una fantasía ligera. Epítome = Epifanía. La realización esencial. Momentos en la memoria o un tejido de sensaciones (olores, sabores) despojados de asociaciones personales, no dejando más que un calco, un correlato objetivo de la cuestión sobredeterminada. Ningún relato prolijo de las circunstancias, sólo el núcleo caliente. Sin causalidad. Sin contexto ni condiciones. La verdad de lo que es sólo por lo que es, sin mezcla. Reducción total mediante el calor. «Tu material sólo puede cocinarse en su propia sangre», dicen los textos.

Estos polvos actúan sobre otros cuerpos como catalizadores y activadores, entrando en los compuestos, absorbiéndose y desapareciendo. O, como un pigmento en polvo que, al ser tocado por una gota viva de humedad (una punzada de pena, un arrebato de lujuria, un rubor de esperanza), puede colorear toda una escena. El alquimista trabaja con estas esencias, esta naturaleza tratada, cocida, conquistada, no con la naturaleza en bruto. El cuerpo calcinado es el cuerpo que ha pasado por el fuego, un cuerpo nacido dos veces, un cuerpo sutil, que ya no está ligado a lo que fue y que, por tanto, puede ser absorbido totalmente por la obra.

El calor medido en cifras en un termómetro no tiene cualidades palpables, sólo más alto y más bajo, más o menos. Es bidimensional. El calor cualificado por una gallina empollando, fundiendo plomo, por estaciones, cenizas pone la imaginación del operador directamente en relación con el fuego. Además, estos calores particularizan el fuego. El calor de un baño es diferente del calor que irradian las brasas, igual que el calor del viento del desierto es diferente de la humedad de la selva. La fuente del calor lo cualifica, traslada al calor sus virtudes de ceniza, agua, estiércol, llama. Cuando la alquimia utiliza términos para el fuego como «fuego persa» (ignis persicus) («una úlcera que tortura con un calor ardiente»17), «vientre del caballo» (venter equi) o «fuego del león» (ignis leonis), estimula la atención cuidadosa a las imágenes, una práctica similar a la observación científica cuidadosa del termómetro. Los términos poéticos toman la medida de la imaginación.

Figulus juzga los grados de calor por la mano.18 «El primer grado es el que permite acercar la mano al fuego… El segundo grado es el que permite acercar la mano al fuego por poco tiempo». Nótese que es el fuego el que «permite». El fuego es el agente, el maestro de la obra. El conocimiento de este maestro debe venir de primera mano; no se aprende de libros ni de conferencias sobre el deseo. La buena cocinera ha quemado un plato o dos, y también su mano. Aprendemos calor de cocineros, herreros, alfareros, embalsamadores, curando tabaco, ahumando jamones y pescado, horneando pizza, secando té, fermentando cerveza, destilando bourbon. Sólo hervir azúcar requiere un lenguaje sutil de muchos matices, consistencias, grados.

El conocimiento manual de las intensidades se aplica a otras disciplinas. Como escribir: dejar el capítulo sobre la mesa sin tocar durante tres días. Lo vuelves a coger y te das cuenta de que se ha congelado como carne de cordero fría. El boxeador abandona el trabajo de carretera durante un tiempo y sus piernas pierden su baile en el ring. El paciente sólo acude a análisis cada dos semanas, se toma un mes de descanso, de modo que el calor nunca se acumula y las sesiones se vuelven perezosas, triviales, tímidas.

Al pasar las páginas de los antiguos tratados de alquimia con grabados en madera o las numerosas y detalladas representaciones del pintor flamenco David Teniers el Joven (1610-90) del alquimista trabajando, podemos caer en el error de pensar que el fuego es externo a él. No; el alquimista aporta su propia participación calórica; está con el fuego, en el fuego. Ese anciano en el laboratorio preparando soluciones con sus aparatos, arrodillado junto al fuego, es el anciano en la mente, sus manos en el horno de su propio cuerpo, sudando sobre la transformación de su propia naturaleza – nuestros propios ácidos y sulfuros, nuestras propias putrefacciones, nuestras propias sales amargas.

El fuego de los dioses

Fuego como un bebé siempre hambriento, fuego como un niño que crece rápidamente, joven y ardiente, fuego como una virgen siempre renovable. Hogar como vientre, cuna, abrazando el centro alrededor del cual circunvala el opus. Volvemos a Hestia,19 que se sentaba en medio de la casa antigua, del palacio del rey, del ayuntamiento, no como estatua o figura personificada, sino simplemente como el fuego en el hogar. Simplemente eso. El fuego de Hestia pide cuidados. Es un fuego domesticador de la cultura; una restricción severa de la pasión; un calor tranquilo pero feroz de la atención. Este fuego es el misterio de la propia conciencia centrada. Hestia era lo primero en la declinación de la jerarquía divina en las oraciones, y a veces en las procesiones, porque antes de todo lo demás está la capacidad de atender, de ser consciente. Vemos la oscuridad y en la oscuridad por gracia de su luz. Amante de las tareas, disciplinadora, intención pura, dignidad: tales son las exigencias que impone al trabajador del fuego, y la alquimia está hilvanada con este tipo de severos consejos.

Otros dioses, otros fuegos. O, más bien, como dijo del politeísmo el maestro mitógrafo Karl Kerényi, no muchos mundos diferentes, sino un mismo mundo al que se da el nombre de una variedad de divinidades. Así, los alquimistas son también hijos de Hefesto porque su ascendencia se remonta a los herreros y sus fraguas; e hijos de su esposa, Afrodita, por su ascendencia en las artes de la joyería, la perfumería, la cosmética y la coloración de las telas; y de Ares/Marte, su amante, por el rojo calor ardiente cuyos emblemas en la taquigrafía alquímica eran la espada, la flecha, el cuchillo, la lanza, instrumentos que perforan y matan y provocan separaciones; y de Hermes por las transformaciones sutiles y las formulaciones secretas, las manipulaciones de prestidigitación, el ímpetu mercantil y las pretensiones de mountebank; del viejo Saturno porque el arduo trabajo comienza en el plomo y termina en el plomo, decía Michael Meier, una via longissima, una labor de alimentar el fuego, de transportar la ceniza, de vigilar sin dormir; o de Hades, por su lenguaje de crueldades y un calor que putrefacta tanto como el fuego infernal de la muerte seca20 y por los orígenes de la alquimia en el embalsamamiento y la supuesta fuente egipcia de la palabra raíz khem = negro, este «arte negro», como se le llamaba, que al igual que Hades opera en la clandestinidad, lejos de la vista humana cotidiana.

Sin embargo, entre todos ellos es el fuego de Hestia, y de Venus/Afrodita, el que nos atrae al trabajo con tanto deber como amor, y un placer sensual en los colores, olores y texturas de las mezclas. La alquimia como pasión, como devoción, como bhakti yoga. «El fuego es el fuego del amor, la vida que brota de la Divina Venus… el fuego de Marte es demasiado colérico, demasiado agudo y demasiado feroz…».21

Muchos dioses y diosas, incluidas referencias a Diana/Artemisa y la luna; los rayos de Zeus; Eros; el vino y el desmembramiento de Dioniso. Pero falta una figura que los modernos relacionamos primero con el fuego: Prometeo. Prometeo no pertenece a la devotio alquímica, y la obra debe estar siempre en guardia contra el «pecado prometeico», robar el fuego para uso humano. Según Platón, Prometeo robó el fuego a Hefesto, (Esquilo dice que a Zeus; Hesíodo, al sol). La versión de Platón sugiere una aclaración básica,22 trabaja con el fuego por el bien de la obra; el amor, dice Platón, le impulsa. Prometeo quiere el fuego por el «bien de la humanidad». El primero es estético, incluso religioso; el segundo, ideológico. Pero entonces Prometeo era un Titán y un dominador del capitalismo titánico de la Era Industrial, del nacionalismo y del humanismo ideológico, y de la mutación final de la alquimia en química (véase el Capítulo 9 más adelante).

Naturaleza precipitada

Puesto que la naturaleza tiene su propio calor y trabaja lentamente en su propia mejora, el fuego del alquimista pretende principalmente ayudar a los propios esfuerzos de la naturaleza. «Los propios esfuerzos de la naturaleza» es la clave de la apropiación indebida del fuego por Prometeo y por los alquimistas que buscaban el oro y la curación reales. Jung reconoce el pecado prometeico tal como aparece en el cristianismo, aunque no lo relaciona con el mito griego. Hay una «separación de caminos», escribe Jung, entre el opus cristiano y el alquímico. El alquimista «puede desempeñar un papel en la perfectio, que le aporta salud, riqueza, iluminación y salvación; pero… puesto que no es él quien ha de ser redimido, se preocupa más por perfeccionar la sustancia que a sí mismo».23

La visión alquímica más alejada va más allá de lo humano; redimiría la naturaleza, alcanzaría su perfección, y el fuego es el medio para este fin. Como uno de los cuatro elementos que fundamentan el ser del cosmos, el fuego no pertenece ni siquiera a los dioses. El fuego no puede ser robado para uso humano, como tampoco la tierra, el aire y el agua pueden ser apropiados en beneficio de una sola especie. El impulso prometeico, y como se convirtió en el cristianismo centrado en el ser humano, apenas es medioambiental. Cualquier estudiante de alquimia, cualquier prestatario de sus tropos para el propio arte o práctica, haciendo el trabajo para la propia naturaleza, sigue siendo prometeico, un humanista secular, un buscador de oro.

Si la alquimia está detrás de los procesos naturales que tienen lugar en la psicoterapia profunda, como ha demostrado Jung, y también en las artes, entonces estas actividades también deben tener un objetivo más allá de Prometeo. La creación del alma del individuo o incluso de la colectividad sigue siendo humana. La psicoterapia profunda está obligada, como la alquimia, a centrarse en «perfeccionar la sustancia», no el sujeto, de lo contrario sigue siendo moralmente culpable, como Prometeo por robar a los dioses, y los practicantes de la terapia se encontrarán encadenados a una roca de humanismo dogmático centrado en la persona.

¿Cómo concebimos este servicio a la naturaleza? ¿Cómo vivifica el paradigma alquímico una práctica, un arte, para que la práctica, el arte, sirva a la naturaleza? Muy sencillo: reconociendo que los materiales y las herramientas, los lugares y las construcciones tienen cada uno sus espíritus vivificantes; reconociendo que todas las cosas tienen alma, con sus propias intenciones, sus propios hábitos y placeres. Tratar las cosas teniendo en cuenta sus propiedades. La alquimia es animismo. Los materiales se confían a nosotros para su mejora. Nada puede utilizarse sin su cooperación voluntaria.

Al tratar los materiales como si tuvieran alma, al invocar los espíritus de los metales y hablar de sus cualidades emocionales, la alquimia encontraba dioses en la naturaleza y alma, o animación, en el mundo físico. La devoción a la alquimia no era del todo una rama del humanismo contemporáneo de entonces; menos el estudio de las obras humanas de la cultura y el lenguaje que un enfoque sobre el misterio no humano de las cosas, sus potenciales innatos, su vivacidad. Todos los consejos piadosos y las advertencias morales que llenan los textos parecen destinados a contrarrestar la experimentación deshumanizadora, tal vez demoníaca, con lo que está fuera de la medida humana. La ciencia actual, que investiga poderes inhumanos similares, omite contrapesos morales parecidos.

El fuego produce y permite efectos diferentes sobre distintas sustancias en distintas ocasiones. San Agustín señala que el fuego ennegrece la madera pero blanquea la piedra, produciendo efectos contrarios en materiales más afines que contrarios.24 Cada cosa calienta a su manera. Conoce tu fuego, pero conoce también tu material. Por ejemplo: Un marido y su mujer son afines, una pareja. Se plantean entrar en el recipiente de la terapia y subir el fuego de sus dificultades. El fuego puede blanquearla a ella, pero ennegrecerlo a él o viceversa, y salen como contrarios.

Cuando aceleramos la naturaleza aplicando calor, adaptamos el calor a las cualidades de la sustancia. Es más, el calor que aplicamos externamente mediante el fuego debe tener como objetivo encender y reforzar el calor inclusus dentro de la sustancia. La cantidad y el tipo de calor vienen determinados por la sustancia con la que trabajamos. Ni demasiado, ni demasiado poco. Dosificación. Por lo tanto, la aceleración de la naturaleza no tiene fórmula, no hay previsión clara de horas, días, años. «¿Cuánto tiempo tardará?», pregunta el paciente al médico, el cantante a su entrenador, el novelista a su agenda para dar forma sumisa a este esbozo.

Bono de Ferrara responde: «El tiempo requerido para todo el trabajo, según Rasis, es de un año. Rosinus lo fija en nueve meses; otros en siete, otros en cuarenta, otros en ochenta días. Sin embargo, sabemos que, al igual que la incubación de un pollo se realiza siempre en el mismo período, para este trabajo se requiere un cierto número de días o meses, y no más. La dificultad relacionada con el tiempo implica también el secreto del fuego, que es el mayor misterio del Arte.»25

Un pasaje más sutil compara el opus con un embrión que necesita nueve meses para madurar, cada trimestre regido por un elemento.26 Primero el opus se nutre de agua, luego de aire y finalmente de fuego. La transición del agua al aire, de la inundación y la disolución al secado y la distancia es bastante familiar para los artesanos en cualquier trabajo de concentración. Después, la obra es «vivificada por el fuego». Vive por sí misma. El deseo o ímpetu que ha impulsado la obra se agota, todas las intenciones, expectativas, ambiciones se queman en la pura pasión del hacer.

II. COMBUSTIBLE: CARBÓN Y AIRE

En los bosques y selvas de la vieja Europa y todavía hoy en partes de Asia Central y África, y en Brasil, Japón, India y China, los carboneros recogen sus palos y ramas para fabricar el combustible esencial para la alquimia.27 El naturalista romano Plinio el Viejo (23-79 d.C.) expuso cuidadosamente los tipos de madera que hacen el mejor carbón vegetal y para qué fines concretos. El abeto, escribió, se adapta mejor a los fuelles; arde menos, por lo que conviene a los herreros en sus fraguas. Para el hierro, carbón de castaño; para la plata, de pino.

Para una mente alquímica, el fuego más puro se alimentará con la sustancia más pura. Del fuego sólo se obtiene lo que se alimenta al fuego. El carbón vegetal es el combustible más deseable porque su materia ya ha sido purificada. O ha muerto. Por eso es negro y tan ligero. Todas las superfluidades se han quemado. Ha pasado por el fuego, un combustible nacido dos veces, primero como madera natural y luego como esencia de esa madera. Carbón vegetal: un opus contra naturam. Además, el carbón vegetal señala en su vida los colores del opus alquímico: terrones negros, ceniza blanca, llama amarilla, carbones rojos. Muy misterioso: se desconoce incluso el origen de la palabra inglesa.

Nacido en el fuego y muerto en el fuego, el carbón es el devoto del fuego. El siervo desinteresado, seco de humedad, sin deseos propios de transformaciones. Por eso sirve tan bien como limpiador, absorbente, purificador, dejando que otras cosas pasen a través de su cuerpo poroso sin participar. Ni reactivo ni catalizador, el carbón es el combustible que no interfiere, un dador de energía que no pide nada a cambio. Esta es la cualidad de la energía que alimenta el opus.

Aún más ligero que el carbón vegetal es el aire del que depende el fuego. Es el combustible primario, proporcionado por los dioses, como demuestra el fuego de los relámpagos. Las imágenes de alquimistas en sus hornos y estufas y de herreros en sus fogones muestran a menudo a un sirviente llamado «soplador» que trabaja con un fuelle, manteniendo el fuego mediante una corriente constante de aire. Hay imágenes egipcias de estos sopladores trabajando el fuelle ya en 1450 a.C.28 Desde la cerbatana indígena y los fuelles primitivos de piel de animal hasta los altos hornos de las ferrerías, el fuego utiliza el aire para intensificar el calor. Para matar un fuego, hay que cortarle el aire.

¿Qué es ese «aire» y cómo manejarlo? Justo al principio del pensamiento occidental sobre la naturaleza y el cosmos, Anaxímenes de Mileto (siglo VI a.C.) propuso un aire elemental como materia fundadora del cosmos. La idea de un elemento invisible y transparente que se enrarece y se condensa, del que dependen el fuego y la luz y, de hecho, toda la vida, siguió desconcertando al pensamiento humano con teorías sobre el éter, el flogisto, los ángeles aéreos y los demonios alados, los poderes celestiales y las máquinas voladoras, los vapores y los fantasmas, el alma como aliento… hasta el análisis químico del aire realizado durante la Ilustración por Priestley y Lavoisier y el descubrimiento del oxígeno (véase el capítulo 9). La fascinación por el aire y la inspiración imaginativa que se extrae de él continúan en los maravillosos tratados de Bachelard sobre la poética del aire y de David Abram sobre el lenguaje, el aire y el ruach o aliento divino.

El carácter del aire elemental también procede de la astrología médica y psicológica, donde el aire es uno de los cuatro elementos fundacionales que componen el cosmos. Los primeros textos de psicología presentados en la simbología de la astrología enseñan que el aire proporciona al fuego frescor, incluso cuando el aire aumenta su calor; desapego para que el fuego no se consuma; chorros de ingenio, pensamientos elevados y movilidad de dirección, incluso cuando se enfurece ciegamente. Además, el aire alimenta al fuego con invisibilidades mentales, con espíritu y una visión más lejana y amplia. Un flujo constante de atención estrecha aviva el carbón inerte, aportando calor y luz.

En realidad, el fuego quema aire, el parpadeo de la llama es el mismo oxígeno que quemamos. Mientras vivimos, estamos ardiendo, consumiendo el viento, generando así el calor inclusus que sustenta nuestros días. Nuestra muerte es la expiración, la bolsa de viento vaciada, el fuego apagado. El acto de respirar es nuestra primera participación en el cosmos, circulando en nuestra íntima interioridad. El fuego vive de la mente, y el calor que sostiene nuestra sangre caliente depende de la inspiración, de la invención fantástica, del ingenio y la retórica ventosos, de las teorías enrarecidas y las ideas frías. La mente, un horno de explosión. Hay que alimentar continuamente la obra con un aliento de palabras infladas. El alquimista, con su soplador y su fuelle, aspira en su proyecto la inspiración del nous del mundo, la mente arquetípica que se mueve como el viento por toda la tierra. Desde sus cuatro cuartas partes, el aliento vital del pensamiento tradicional bombea la obra. Y así encontramos a los alquimistas remitiéndose una y otra vez a otros textos, aspirando los pensamientos de otros doctores del Arte y anunciando esta dependencia como una máxima, «un libro abre otro», del mismo modo que los pintores leen a los filósofos, los compositores miran la arquitectura, los filósofos visitan los museos, los poetas traducen de lenguas lejanas y muertas – sus fuegos desesperados por corrientes frescas. Porque el fuego debe tener palabras; y los escritores cuya vida es aire -Keats, Stevenson, Lawrence- mueren jóvenes de tisis; no quemados, calcinados.

III. METALES

Aunque la alquimia pasó de la forja al laboratorio, el trabajo con metales no se quedó atrás. Los metales elementales – hierro, plomo, cobre, mercurio, estaño o antimonio – entraban en los compuestos, añadiendo su naturaleza al producto elaborado. Cada uno de los metales principales se corresponde con uno de los siete cuerpos planetarios que influyen en el alma por medio de sus exhalaciones, el pneuma, aliento o inspiración, que confieren cualidades específicas a la obra.

La Doctrina de la Correspondencia – «como es arriba, es abajo» – significa algo más que la simbolización en la tierra de los planetas en el cielo. Correspondencia: «congruencia; trato amistoso; adaptación mutua; conexión; escribir cartas». Significa mantenerse en contacto, recibir mensajes de. Las cosas de la tierra, especialmente los metales de la tierra, están en contacto con los dioses; son portadores de mensajes míticos. Hay un espíritu en el hierro, en el plomo, un spiritus rector, un principio rector que enseña al artesano. El plomo instruye sobre la lentitud; el cobre, sobre el calor rápido; el mercurio, sobre la inasibilidad y la fusibilidad.

Este espíritu en el metal, su cuerpo sutil y su sombra, más que el mineral como tal, se convierte en el centro de la alquimia. Así, el trabajo alquímico con los metales se llama «sofisticación de los metales». El alquimista intenta liberar cualidades específicas del metal. Como un refinador intenta liberar el metal de su mineral, así el alquimista intenta realizar una cualidad en el metal – el vigor apasionado en el hierro, digamos, para que la Piedra (ese objetivo del trabajo) sea fuerte, penetrante, con propósito. Al mismo tiempo, la alquimia advierte contra la posesión por el propio espíritu que busca, una posesión que puede tener al artesano atrapado en la sombra del hierro: rígido, marcial, agobiado y oxidado.

El proceso es tanto de refinación, liberando la esencia de la escoria, como de transmutación, mejorando el grado del metal de menor a mayor, del plomo y el hierro a la plata y el oro, porque los metales mismos están llenos del deseo de volver a la condición superior de la que han caído. En cada metal existe el deseo adormecido de transmutarse a un estado más noble.29 El refinamiento y la sofisticación buscan la pureza, una plata que sea «esterlina», un oro de 24 quilates. Pureza: las menores mezclas extrañas posibles. Pureza: totalmente idéntica. El metal refinado no está adulterado; el metal sofisticado se ha reducido a sus cualidades esenciales. Refinamiento y sofisticación a través de la disciplina.

El hierro impone su disciplina. Entrar en la fragua de la cólera, fundirse y coagularse, someterse al martillo y endurecerse, sumergirse una y otra vez en el fuego y en el baño de enfriamiento. Estos rigores resuenan con las iras de Marte y su temperamento colérico, la impaciencia, la dureza, la impermeabilidad a la maleabilidad y la necesidad de mantenerse seco ante la oxidación.

La disciplina venusina del cobre trabaja hacia una esencia más sofisticada separando -secando, quemando- las idealizaciones colectivas, las limitaciones tradicionales y las connotaciones sentimentales, para alcanzar la belleza esencial del cobre que muestra la sutil pátina de la superficie del metal. (Venus como diosa de la piel de las cosas: su tacto, su brillo).

En griego, metalleia se refiere a un canal subterráneo o mina; metalleuontes es el que busca metales, un minero; y metallao significa buscar, indagar. Un juego de palabras añade otro significado: metallasso significa cambiar, alterar; quizá los metales se deleitan en sus alteraciones y disfrutan de la disciplina que les impone la extracción de sus yacimientos y la fundición. Como un libro lleva a otro en la investigación alquímica, así, dice Plinio el Viejo, una veta lleva a otra.

El adepto provocado por el metal se convierte en prospector, explorando en lo más profundo del núcleo elemental de la psique en busca de las sustancias fundacionales que subyacen al comportamiento superficial de las cosas. Es como si los dioses planetarios en sus escondites metálicos empujaran las profundidades para buscar más, obteniendo cada vez más conocimiento esencial y habilidad técnica de lo que los metales proporcionan. Se convierten en maestros, en mentores.

La perfectibilidad inherente a las sustancias insta a todas las cosas a alejarse de lo literal, indiferenciado y únicamente natural, tal y como viene dado o se encuentra. Lo «sólo natural» puede ser necesario, pero es insuficiente, ya que los propios metales piden ser perfeccionados. El alma dada pide ser trabajada. En su estado natural encontrado, el alma es inocente, ignorante y, por tanto, peligrosa. Que la propia materia pida ser refinada, que lo crudo quiera ser cocinado, sugiere una base arquetípica para las ideas de perfectibilidad, progreso y, también, evolución.

La condición material primaria de una sustancia oculta su naturaleza esencial. Ni siquiera se conoce a sí misma, pareciendo meramente un síntoma sin valor. El adepto trabaja para descubrir el valor de lo que aparece como mineral opaco o escoria desechable. Su trabajo hace que el material pase de su presentación primera o primaria a un momento de revelación en el que se vuelve psicológicamente inteligible. El practicante busca no sólo liberar el metal de su escoria, sino liberar los significados del metal, sus vínculos con la inteligibilidad del cosmos. Para el alquimista, el mundo está firmado por los dioses y nosotros aprendemos a leer sus firmas y a obtener el significado que cada cosa nos ofrece.

Se supone aquí la inteligibilidad inherente del mundo. Este conocimiento innato no reside en la mente omnisciente de Dios, sino que es inmanente al mundo de las cosas, dando a cada una su valor específico y permitiendo su comprensión. Leyendo el mundo como lo hacen los animales, nos adaptamos a él y podemos ayudarle mejor en su camino hacia sus objetivos. La alquimia no se limitaba a fabricar oro en beneficio del alquimista y su mecenas, sino que tenía la visión de llevar al mundo a una edad de oro, de satisfacer su deseo de perfección, de crear el alma del propio mundo.

La naturaleza se esfuerza constantemente por alcanzar este fin. Su propio calor inclusus o calor innato transmuta lentamente la materia primaria que se resiste obstinadamente. El alquimista, sin embargo, intensificando ingeniosamente el calor, podía acelerar los propios objetivos de la naturaleza. En su laboratorio y en su estufa, el adepto creía que podía llevar a buen término en una vida, o antes, lo que la naturaleza por sí misma tarda siglos en lograr.

Aunque el trabajo siempre se declara como un opus contra naturam (un trabajo contra la naturaleza), era por supuesto un seguimiento de la naturaleza, guiado por la naturaleza, instruido por el libro de la naturaleza que el alquimista estudiaba diligentemente. Así, la mejor afirmación para resumir la actitud alquímica es la de Ostanes, a quien Jung cita con frecuencia: «La naturaleza se regocija en la naturaleza: la naturaleza somete a la naturaleza: la naturaleza gobierna sobre la naturaleza».30

Resistencia

La naturaleza somete a la naturaleza por medio del fuego. El calor disuelve la cohesión de una sustancia, ese deseo natural de mantenerse tal como es. El calor separa el metal del yacimiento y puede calcinar el metal para que sea más fácil de trabajar. En su estado natural, las sustancias se resisten al cambio. Pretenden quedarse como están y han estado durante millones de eones, enterradas y ocultas. Sin embargo, el impulso innato hacia la perfectibilidad da la bienvenida al fuego. De ahí que también se regocijen en su sumisión, dejándose fundir, martillear y extraer de su tierra natal.

La resistencia de cualquier cosa viene dada con su naturaleza esencial. «El poder o el esfuerzo con que cada cosa se esfuerza por persistir en su propio ser no es otra cosa que la esencia dada o actual de la cosa en cuestión», escribió Spinoza.31 La resistencia en la obra y a la obra no es personal sino ontológica. El ser no se mueve, dijo Parménides, a lo que Heráclito replicó que todas las cosas se mueven. Dos ontologías diferentes. Ambivalencia ontológica. La máxima de Ostanes explica la ambivalencia inherente a los metales y a todo el arte alquímico. La máxima de Ostanes sofistica la idea misma de ambivalencia. La naturaleza disfruta de su estado natural y se resiste al cambio, pero también lucha contra su predilección por la inmovilidad, sometiéndose a sí misma y haciendo posible el cambio. La naturaleza se sofistica a sí misma, dividiendo su ambivalencia en dos aspectos: lo inmutable y lo cambiante. Por tanto, es una locura intentar cambiar lo inmutable. O como dicen los alquimistas: «No se puede hacer una vaca lechera de un ratón».

¿Qué cambia y qué no cambia? ¿Qué permanece igual y qué se vuelve diferente? En términos filosóficos, la existencia cambia, pero la esencia permanece inalterable. El cuerpo natural del metal puede convertirse en líquido, en polvo, en vapor; puede combinarse, cambiar de color, someterse a los efectos de otras sustancias. El cuerpo sutil, sin embargo, persiste en su propia inalterabilidad.

Se necesita calor para doblegar la resistencia innata de una sustancia, un calor lo suficientemente suave como para derretir lo obstinado y lo suficientemente feroz como para impedir la regresión al estado original. Sólo cuando la regresión a la condición original «encontrada» -la sustancia en su presentación sintomática- ya no es posible, sólo cuando se ha cocinado a fondo y se ha separado verdaderamente de su modo de ser histórico y habitual puede decirse que se ha logrado una alteración. Entonces la sustancia, que la psicología podría llamar complejo, se vuelve menos autónoma y más maleable y fusible, habiendo perdido su independencia como objeto intratable que objeta y resiste. Sólo entonces el cuerpo sutil del metal -la dureza del hierro, el rápido calor del cobre, el peso del plomo- puede unirse a la obra. «Sólo las cosas separadas pueden unirse», dicen los alquimistas.

IV. VASOS

La paradoja ineludible del fuego -de la alquimia, de la psique, de la vida inteligente- consiste en este doble mandamiento: No reprimirás / No exteriorizarás.

Por un lado, el fuego actuará. El fuego se extiende; su apetito consume todo lo que es combustible. No se puede ocultar. «Tres cosas no pueden ocultarse», dice un proverbio árabe, «un camello en el desierto, alguien enamorado y un fuego».32 El fuego insiste en ser visible. No quiere que lo repriman, que apaguen sus chispas. Arderá mucho después de que se extingan las llamas.

Por otra parte, el deseo no puede liberarse directamente al mundo. El trabajo se estropea, dicen los alquimistas, con el calor directo. No dejes que las llamas toquen el material. El fuego directo chamusca, ennegrece las semillas. El fuego es rápido, y «toda prisa viene del diablo». Festine lente, «apresúrate lentamente», aconsejaba una máxima favorita del Renacimiento.

No actúes; no te reprimas. Una paradoja. Y una doble negación que sugiere una vía negativa, una anulación desliteralizadora de ambos mandamientos. Una huida mercurial de la agotadora oscilación entre ambos. En lugar de aguantar o actuar, actúa. Cocer en el rotundum como se llamaba a un recipiente, refiriéndose tanto a un recipiente como a la redondez del cráneo.33 Mantener el calor dentro de la cabeza calentando los ensueños de la mente. Imaginar, proyectar, fantasear, pensar.

Los recipientes contienen y separan. La separatio es una de las principales operaciones del trabajo. Cada sustancia, cada cualidad, debe distinguirse de la massa confusa de la materia primaria, la confusión original que la sustenta. Aunque las dos operaciones de separación y conjunción se mencionan una y otra vez como básicas para la obra en todo momento (también denominadas «disolver y coagular»), la separatio es la más fundamental. Esto se debe, una vez más, a que «sólo las cosas separadas pueden ser conjuntadas».

Cualquier sustancia contenida en una cesta o en una jarra ha sido separada de la masa indiferenciada simplemente en virtud de un recipiente. La materia no es diferente y, sin embargo, está totalmente diferenciada por su forma. Tu cerveza en una botella, mi cerveza en una lata, son lo mismo y no son lo mismo. El agua en una jarra es agua embotellada, como el agua embotellada, el agua de una fuente, el agua de un río. En el momento en que el agua que sale del grifo llena este jarrón o aquel cubo, el agua ha tomado forma.

No podemos manejar todo el sufrimiento, todo el mal, toda la ignorancia, toda la emoción, sólo esa parte concreta que ha sido separada y a la que se le ha dado una forma reconocible.

El agua en sí se presenta en una gran variedad de condiciones, desde la gota de lluvia hasta el océano, desde el pantano estancado hasta la cascada blanca. Los recipientes que la contienen tienen bordes y fondos. No se trata sólo de si está demasiado húmeda o demasiado seca, demasiado líquida y descuidada o demasiado reseca y quebradiza, sino de cómo se moldea su humedad. La humanidad da forma, como los pájaros dan forma a sus nidos y los animales excavadores a sus túneles. Y damos forma a nuestras tumbas y a nuestros recipientes de enterramiento – aborrecibles los cuerpos de los muertos arrojados a una fosa, sin forma.

Todo lo que tratamos tiene que sostenerse de alguna manera. Incluso los océanos tienen sus orillas.

Si Dios no nos hubiera dado un vaso,
sus otros dones no habrían servido de nada.
34

Hay vasijas de todas las formas y tamaños, hechas de todo tipo de materiales, desde cañas de río y ramitas de sauce hasta arcilla gruesa para las ollas, madera para las duelas de barril, metal y vidrio para los vasos. Algunas vasijas se calientan rápidamente, pero se agrietan con facilidad. Algunos son opacos, otros transparentes; algunos planos y abiertos para permitir la evaporación, otros herméticamente cerrados para intensificar la presión. Recipientes: métodos de contención. ¿Soportan el calor? ¿Son opacos y densos, tardan en calentarse para que nadie pueda saber lo que pasa dentro? A veces no es tanto una cuestión de lo que hay en el recipiente, de la naturaleza de lo que contiene, sino más bien de la forma: agujereado, frágil, quebradizo, sólido, lleno a rebosar, vacío, agrietado… «Estoy bien, en plena forma».

Los recipientes son la forma en que acogemos los acontecimientos, los almacenamos, les damos estilo. Antes que el arma y la herramienta, el recipiente. Cazar el mastodonte; cocinar la carne; pero hay que guardar lo que sobra, y traer el agua del río. «Sus otros dones no habrían servido de nada». Junto con los afilados pedernales y las puntas de hacha de piedra para cortar, las puntas de lanza y los anzuelos para pescar – instrumentos para matar, hay cestas y hondas y calabazas y ollas – instrumentos para guardar. Dado que los primeros perduran en el tiempo, mientras que los segundos se fragmentan y descomponen con más facilidad, nuestra imagen de la vida humana primitiva sitúa al hombre cazador en primer plano y a la mujer recolectora, guardiana y clasificadora en segundo plano.

Los vasos presentan el estilo de una cultura. Una imagen cuenta una historia: un vaso de cepillo de dientes astillado y sucio para whisky en una cama barata de Graham Green; latas de cerveza pop-up, vasos de espuma de poliestireno, tazas de café desgarbadas y graciosas, papeleras de motel con forros de plástico. El alboroto en torno a las formas de las copas de vino, los tallos, la delgadez… Por sus vasos los conoceréis.

«Que el vaso de destilación sea redondo u ovalado… Que la altura del cuello del vaso sea de aproximadamente la palma de la mano, y que el vidrio sea transparente y grueso (cuanto más grueso, mejor, siempre que sea transparente y limpio, y permita distinguir lo que ocurre en su interior… El vidrio debe ser resistente para evitar que los vapores que surgen de nuestro embrión revienten el vaso. Que la boca del recipiente se asegure con mucho cuidado y eficacia por medio de una gruesa capa de lacre.»35

Tres observaciones que extraer de este pasaje: (1) «Distinguir lo que ocurre en el interior»: las percepciones deben ser claras, no vagas y turbias; (2) «Los vapores que surgen de nuestro embrión [pueden reventar] el recipiente»: la semilla viva de la obra no es viable para la vida, no debe salir del recipiente; y, mientras germina, da lugar a fantasías que pretenden escapar al mundo (en programas y proyectos); (3) «Que la boca del recipiente esté muy cuidadosamente… asegurada»: Trata el trabajo en curso como un secreto. Guarda tu boca abierta. Vigila con cuidado qué, cómo y a quién hablas de lo que ocurre en tu interior.

¿Dentro? ¿Dónde está? Dentro del recipiente, sea lo que sea el recipiente: dondequiera que haya un foco contenido y separado, una zona de contención, algo que se está cocinando. Tú no eres el recipiente, ni es necesario creer que «dentro» está dentro de ti: tus relaciones personales, tus procesos psíquicos, tus sueños. La interioridad está dentro de todas las cosas – la cama del jardín que está en preparación, el poema que es el foco de emociones atentas. Vigila de cerca estas interioridades; al observar, estamos observando, ya que es el recipiente de cristal el que permite la observación, y la observación proporciona la separación y la contención expresadas concretamente por el recipiente de cristal.

El alquimista observador es también el observado. Dentro del recipiente se forman criaturas, extrañas imágenes de materiales excitados, reyes y reinas, pequeños homúnculos, figuras en miniatura con caras y ojos. El alquimista se convierte en sujeto de observaciones interiores. Las intenciones de la voluntad humana se someten a la guía imaginaria, una especie de influencia poética de los «otros» a medida que el recipiente les da vida.

Vidrio

Vidrio: como el aire, como el agua, hecho de tierra, hecho en el fuego. El vidrio soplado se funde, se licua, brilla, se expande, adquiere todo tipo de formas, tamaños, grosores, brillos y colores. Soporta el calor. El vidrio nos permite ver lo que ocurre en su interior, detrás de él. El vidrio, recipiente de la revelación interior, capta y transmuta el atisbo o la mirada en observación estudiada. Dentro de los rizos de cristal, representados en el Splendor solis y el Trésor des trésors, figuras gloriosas sufren sus transmutaciones alquímicas. El vidrio contiene sangre preciosa en un vial, rosas en un cuenco, vino en una jarra.

Al retirar el opus de la fragua a la estufa, el vidrio hace posible la alquimia, y la hace psicológica. El vidrio también hace posible la ciencia de la química en el laboratorio de la observación y la experimentación controladas in vitro.

El vidrio también separa al observador de lo observado. Es el material del distanciamiento, que separa los acontecimientos de la vida mediante una frágil transparencia, encerrándolos cada uno en su propia «casa», como a veces se llamaba a los vasos de vidrio. Dado que el vidrio transparente preferido por la alquimia apenas es visible, su invisibilidad permite la visibilidad de la obra, pero sólo cuando se le da forma de recipiente, es decir, cuando ofrece contención. El portaobjetos de cristal, la encimera de cristal o el espejo no son suficientes para la obra alquímica.

Los paralelismos con la psique son evidentes. La psique también es invisible; sólo la captamos en la reflexión o la identificamos con su contenido: este sueño, ese sentimiento o recuerdo. La psique sólo parece ser lo que contiene. El cristal, como la psique, es el medio a través del cual vemos. El cristal: la encarnación física de la percepción. La ilusión del vidrio hace que el contenido y el recipiente parezcan lo mismo, y como vemos el contenido antes de reconocer que lo contiene el vidrio, al principio no vemos su forma, su densidad, sus defectos, ya que nuestra atención está fija en el contenido. El vidrio como cuerpo sutil requiere una sutileza de percepción. La sofisticación del material requiere sofisticación de la percepción.

La mente alquímica se ocupaba de advertir las propiedades. ¿Qué cualidades, qué atributos, son las «virtudes», en términos de Paracelso, de una sustancia? Las cosas naturales podían agruparse, incluso clasificarse, por sus adjetivos: duro, frío, amargo, invernal, podían reunir fenómenos de los tres reinos -animal, vegetal, mineral. Puesto que el mundo es intrínsecamente inteligible, podemos descubrir a qué lugar pertenece cada fenómeno mediante el estudio de las propiedades, cuidado con los adjetivos.

El baño María

El recipiente de cristal es en sí mismo un recipiente. Puede estar en una olla de ceniza o arena, pero lo más frecuente es que esté dentro de un recipiente más grande con agua: el baño maría.

El calor penetra en la sustancia del recipiente de cristal por medio del agua. Tanto el fuego como el agua cooperan para regular el calor, aunque ninguno de los dos elementos toca directamente la sustancia. Un ingenioso método de indirección, que reúne a dos enemigos notorios, el fuego y el agua, al servicio del opus.36 Normalmente, cuando se encuentran, silban y escupen y desprenden nubes de vapor hirviente, pero el baño maría evita que se maten entre sí y protege la sustancia de la guerra elemental.

El baño maría aparece en la tradición alquímica como una invención antigua, procedente quizá de Egipto, de una practicante llamada María la Judía37, idéntica o confundida con María Profetisa. El baño maría se desarrolló supuestamente en la cocina de una dama judía, mística, experimentadora, cocinera. Los cocineros actuales siguen utilizando el recipiente como «caldera doble».

Mientras el agua llene la bañera, la sustancia no podrá quemarse, ni siquiera hervir. El calor del baño aumenta gradualmente para aflojar y relajar la resistencia obstinada de la sustancia mediante un calor suave. Como el cuerpo en una bañera caliente, cuya temperatura aumenta gradualmente a medida que se introduce más agua caliente. El calor que impregna el recipiente de cristal de la bañera es otra forma de representar la atención comprensiva, el estímulo suave, la tolerancia total. Los nudos, los límites y las restricciones ceden.

«No realices ninguna operación hasta que todo se convierta en agua». Antes de poder hacer nada en absoluto psicológico, hay que disolver la mentalidad inicial con la que se aborda un problema. Los problemas en sí son posiciones fijas. La palabra «problema» se refiere en sus acepciones primarias al ajedrez, las matemáticas, la estrategia de batalla, todas ellas condiciones muy ajustadas. Cedemos y nos dejamos llevar, y la mente, fijada en las resoluciones, se deja llevar por su propia mentalidad que busca las resoluciones. La fuerza de voluntad se convierte en lasitud en el baño.

No realizar ninguna operación hasta que todo se haya convertido en agua: el análisis racional debe esperar a que la emoción fluya, los ensueños floten, se acumulen en charcos, se agiten, se hundan, encuentren salidas. Las discriminaciones se difuminan. Esto y aquello se funden entre sí; el bien y el mal y sus culpas se ablandan y se vuelven blandos; apenas importan, no hay hechos concretos, no hay seguridades sólidas a las que aferrarse. Todo se rinde al agua caliente. Nos volvemos más amables con nosotros mismos. Perdemos la intención de llegar, sin prisas. Un baño no es una ducha. Somos la sustancia, nuestro cuerpo y nuestra mente entran en el recipiente del alma, el baño de María. Somos el cocinero y lo cocinado, incapaces de sentir la diferencia.

El Pelícano

El recipiente con tapón sirve bien para la sublimación (elevar una sustancia a un nivel superior) y para la precipitación (una sustancia en el fondo puede producir gotas o líquido en la parte superior o un fino precipitado blanco). Pero para operaciones más sutiles se necesita un recipiente cerrado especial: el Pelícano.

Este recipiente de vidrio tiene un cuerpo gordo y redondo que se estira hacia arriba y sale del cuerpo en un largo cuello que se curva hacia abajo y se vuelve a unir insertándose en el cuerpo, permitiendo así una circulación de la misma materia a través de varias etapas desde abajo hacia arriba y luego de nuevo hacia abajo.

El Pelícano sofistica la conocida imagen alquímica del Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola. El Pelícano también se come la cola: el extremo inferior es consumido por el extremo superior, la cabeza, pero el proceso no se detiene ahí con la reflexión mental. La cabeza vuelve a enviar su producto al cuerpo, una y otra vez. Se produce una circulación continua. Lo que surge en la cabeza no escapa. A medida que la sustancia se funde, se vaporiza, enviando vapores hacia arriba, se forman ideas turbias, aumentan las presiones, se arremolinan sentimientos más ligeros y edificantes. Pero estas inspiraciones e ideas calientes se vuelven a procesar como demasiado inmaduras, demasiado blandas, demasiado irreales. Por el contrario, se devuelven al recipiente como nuevo alimento. Es la obra la que hay que alimentar, continuar a toda costa.

Repetición. Iteratio, lo llamaban. «Pero si ya he estado aquí; «esto ya lo he hecho». Lo mismo una y otra vez.

El pelícano encarna el sacrificio; es un recipiente de sacrificio. Es el instrumento del ritual. Una esencia del ritual es la queja: «Una vez más». Iteratio, circulatio, morderse la cola, comerse el propio cuerpo que alimenta al propio cuerpo. El proceso se encierra en sí mismo, vive de sí mismo, se alimenta de sus propias imágenes, incluidas las imágenes del producto emergente, de las metas, de los futuros. El sacrificio de no llegar. Llegar a ninguna parte, la utopía como meta.

De ahí el término «pelícano», ya que esa ave, según la tradición, clavaba su pico en su propio pecho para extraer la sangre que alimentaba a sus crías. Cristo era ese pelícano, que alimentaba a sus fieles con su propia sangre vital. El pelícano es, pues, una herida, un ritual repetitivo, un sacrificio y una humillación a la vez. Y, un instrumento necesario para alimentar el opus desde dentro de sí mismo.

Lo que surge durante el trabajo pertenece a la obra, no al mundo. Antes de abrir la vasija, su contenido debe estar completamente psicologizado, refinado, sofisticado; sus concretizaciones vaporizadas. Mantener el calor; tapar el recipiente; encontrar placer en la repetición. El alma se nutre de su herida.

Aún más sutil: el pelícano doble. Las representaciones muestran dos pelícanos entrelazados, uno al lado del otro o frente a frente. Lo que emerge del cuerpo de la vasija de la izquierda fluye a través de su cuello hacia el cuerpo de la vasija de la derecha, y viceversa, es decir, el contenido de la cocción en la vasija de la derecha fluye a través de su largo cuello curvado hacia abajo, hacia el cuerpo de la vasija de la izquierda. Intercambio de ensueños, como amantes entrelazados, unidos por imaginaciones mutuas. Un modelo de cogeneración, asociación, parentesco íntimo. Yab / Yum. En algunos lugares, los nativos americanos fumaban tabaco en combinaciones rituales similares. Por medio de un tubo en mi nariz, inhalo tus exhalaciones, y a la inversa: mientras exhalo mi humo, tú lo respiras. Fecundación cruzada de espíritus.

El alma requiere material psíquico. Los residuos del mundo cotidiano, Tagesreste como los llamaba Freud, pueden llenar el recipiente pero no lo alimentan. La información y las influencias sólo alimentan después de haber sido maceradas y fermentadas un tiempo. Piense en el alma como en una vaca con varios estómagos; en la reflexión como en la regurgitación. Pepsis era uno de los términos utilizados para designar lo que ocurría en el recipiente: pepsis, digestión en griego; transubstanciación de lo crudo en lo cocido. Transformar los acontecimientos del día en experiencias, que es una definición de la fabricación del alma. Los alquimistas advierten contra el material no digerido: comparaciones extrañas, interpretaciones prestadas, teorías y explicaciones. Dicen «leer» y, sin embargo, «nada de lo que se encuentra en los libros sirve para nada». Todo lo que se necesita ya está dado, siempre que se cocine adecuadamente.

El Pelícano ofrece una imagen de la herida que causa la obra. Sentimos el coste en sangre. «Las cosas deben cocinarse en su propia sangre», es una admonición muy repetida. Sentimos el drenaje en el cuerpo de lo que podría venir más tarde, pero que ahora es totalmente desconocido, la descendencia del Pelícano, los hijos de la imaginación, pues «La imaginación hace nacer / La forma de las cosas desconocidas».38 El Pelícano: recipiente de fe psicológica, una frase utilizada por un agudo estudioso de la alquimia, Robert Grinnell,39 para una actitud o una devoción que exige nada menos que entregarse, ceder al opus todas las exigencias personales que uno tiene sobre él, por su bien, pase lo que pase.

El vacío en el recipiente

Cada recipiente tiene su forma particular. En su interior está el vacío. Cada recipiente tiene su forma alrededor de este vacío. Como nuestra cultura occidental declaró que «la naturaleza aborrece el vacío», aborrecemos el vacío. («Vacío» del inglés antiguo significa «en el ocio, desocupado», es decir, que no funciona, no es funcional). Para nosotros, el vacío del recipiente es precisamente eso: vacío. Miramos los recipientes desde fuera, admirando el vidriado de la vasija, el corte del cristal, el tejido de una cesta y el asa de una jarra. Cuando valoramos el interior, lo hacemos sólo por la medida: ¿cuánto cabe? ¿Una pinta, un cuarto, una fanega?

En el budismo, el vacío no es tanto un vacío como una fuerza positiva.40 El interior moldea en torno a sí la forma visible exterior. La «quietud» de la jarra china (T. S. Eliot) 41 comienza en el interior; la exquisita forma que vemos es la quietud que emana del vacío. Siempre este vacío específico habita esta forma específica.

La cultura afecta a la forma de las vasijas y, por tanto, éstas revelan misteriosas cualidades de una cultura que sus otras artes y textos escritos quizá no expresen tan bien. Formas extrañas, formas perfeccionadas de distintas dinastías chinas, vasijas griegas, etruscas, fenicias, rococó francés, cerámicas de Picasso, racimos de botellas silenciosas de Morandi. Barriles y toneles, jarras y cántaros. La botella de cerveza de cuello largo, la vieja botella de Coca-Cola, la botella de leche con la protuberancia para la crema amarilla. La vasija romana que sólo podía volcarse, la piel de cabra del vino, la cantimplora de metal con forma diferente para el ejército de cada nación. Los recipientes exponen el Zeitgeist invisible, lo visible formado por lo invisible.

La frenología occidental y la medicina romántica expresaban una idea similar, atribuyendo los contornos y hendiduras del cráneo humano a la fuerza del cerebro y, dentro de ese órgano, al poder de la mente o el alma. Los frenólogos penetraban en la «naturaleza interior» de una persona estudiando y midiendo las protuberancias palpables del cráneo. Afirmaban poder leer los dones y deficiencias de una persona, su carácter más íntimo, a partir de las colinas y valles de la topografía craneal.

Estas formas -orientales y románticas- de considerar el vacío interior sugieren que cada vacío tiene su forma individual y está contenido de una manera bastante particular. Tu vacío no es mi vacío, y el suyo vuelve a ser diferente. La forma en que una persona contiene sus vacíos es ya una revelación de lo que contiene. Los términos generales, los diagnósticos simplistas -abandono, necesidad, crisis de identidad, baja autoestima, estado de ánimo depresivo, dependencia, impotencia masoquista- no pueden describir adecuadamente, y mucho menos comprender, la fuerza del vacío.

Como nuestra naturaleza occidental colectiva aborrece el vacío, tratamos de llenarlo con cualquier cosa, desde la comida basura hasta la autoayuda basura, desde la bebida y las compras y la novedad de los juegos y los artilugios hasta la conmiseración de las almas gemelas, o simplemente con lágrimas interminables. La alquimia, sin embargo, sugiere que estos sentimientos de vacío son indicios de la formación de un recipiente. El vacío está construyendo una forma, una forma particular. Quizás varios recipientes. Modos de contener. Modos de medir. Modos de diferenciar. La realidad de la psique está forzando su camino en la vida y remodelando la propia vida por medio de los sentimientos de vacío.

A veces el vacío puede localizarse físicamente. Aquí mismo, en mi vientre; justo detrás del corazón me siento mareado, aturdido. A veces aparece en sueños como una caída a través del espacio, un bache, una cueva oscura, un enorme vestíbulo vacío, un objeto con forma de huevo.

Mientras no atribuyamos poder formativo a lo oculto en el interior del recipiente, seguiremos leyendo su función en una sola dirección. El cántaro contiene agua, el jarrón flores, la cesta frutas. El vacío interior es un mero receptáculo; el agua, las flores, la fruta son lo que cuenta.

Una lectura inversa dice que la jarra se humedece, el jarrón florece, la cesta fructifica. Los maestros de la pintura holandesa y francesa del siglo XIX mostraban las amapolas, los lirios y las rosas, las peras, las manzanas y las uvas emergiendo de los huecos de sus recipientes, el vacío como fuente de belleza. Si se examinan los jarrones que sostienen las flores, las cestas y los platos sobre los que reposa la fruta, cada uno de estos recipientes es una manifestación de formas, colores y texturas particularizados, y son inherentes a lo que muestran. «Si Dios no nos hubiera dado un vaso / Sus otros dones no habrían servido de nada».

V. HORNOS Y COCINAS

Los recipientes contienen la sustancia, pero el propio fuego debe ser contenido. El calor que carga la obra y hace posible la alquimia requiere un recipiente a la altura de su fuerza ardiente. El deseo necesita dirección. La arcilla se agrieta, el cristal se rompe, la madera arde, el metal se funde. ¿Qué recipiente puede contener el opus maior? Los métodos implícitos en los recipientes -la terrosidad de la arcilla, el reflejo y la lucidez del vidrio, el naturalismo materialista de la madera y la dureza disciplinada del metal- caen víctimas del gran calor. El alma arde locamente por el «oro», ¿cómo explicar si no la locura de la alquimia, la locura, las miserables privaciones y persecuciones y la exaltada ambición de quienes la persiguieron hasta la muerte?

El elixir que curaría todos los males, concedería la longevidad y la inmortalidad del alma, así como la fama, la fortuna y la compañía de los reyes: éstas eran las visiones del deseo alquímico. Tan excesivas, tan extremas que sólo podían proceder de los dioses. Tal era la imaginación de Zosimos, que vuelve a contar un cuento judío (Génesis 6: 1-4) como si fueran los orígenes de la alquimia:

Los ángeles se apasionaron por las mujeres. Descendieron a la tierra y les enseñaron todas las operaciones de la naturaleza… Fueron ellos quienes compusieron las obras químicas… Su libro se llama Khema y de ellos recibió su nombre la química [kumia].42

La alquimia comienza en el deseo; el deseo necesita dirección. La supresión ética no puede dominar el deseo. La esencia del fuego está fuera de nuestro control. Procede de la región celeste, de los ángeles, de los dioses y de las entrañas ardientes de la tierra. De ahí el aspecto chamánico del herrero como maestro del fuego, y el crimen del humanismo de Prometeo.

Furnus, el horno como respuesta al fuego. El Furnus asume la responsabilidad del fuego. A la altura de las fuerzas del fuego debe estar el rigor y la fantasía de la estufa. Debe ser capaz de gobernar la combustibilidad salvaje del fuego, y un texto chino hace referencia al «sacrificio a la estufa (tsao) y podrás invocar ‘cosas’ (es decir, espíritus)».43 Furnus: una lógica de sistema fuerte, bien construido, cuidadosamente unido y duradero. Reglas básicas, ladrillos y argamasa del oficio, disciplina férrea de la iglesia o la escuela o la sociedad que mantiene el espíritu vivo centrado, concentrado y capaz de resistir la llamarada de la inspiración, los destellos y chispas de la pasión que encenderían fuegos de hierba y dispersarían la intensidad.

Dirección, objetivo, propósito, concentración, enfoque. Foco, hogar en latín. La estufa ignífuga se rige por su propio principio rector: resistir al fuego. Las reglas están hechas para mantener el fuego dentro de los límites. Una estufa está construida; es un constructo, un sistema conceptual. Su diseño tiene designios sobre el fuego, designando su dirección y su calidad.

Hornos de ensaye, hornos de cubilote, hornos para refinar plata, hornos para fundir hierro, hornos para fundir vidrio, hornos para fundir plomo o estaño y para separar la plata del cobre, y hornos para la producción de mercurio y resina.44 Quemadores traseros y delanteros, respiraderos múltiples, calentadores múltiples, hornos escondidos, calentadores, parrillas calientes de carbón anaranjado. Algunas cocinas alquímicas tenían más de cuarenta lugares de cocción diferentes. Calentamientos múltiples para materiales múltiples y operaciones múltiples concomitantes. El fogón: la disciplina de la multiplicidad. Saber cuál es el mejor lugar para cada cosa; un lugar para cada operación y cada cosa en su lugar. La colocación como arte de cocinar.

Por otra parte, al menos Zosimos considera que María la Judía es la fuente de la descripción primitiva de la construcción de hornos, que lógicamente se derivaría necesariamente de su invención del baño maría.45

Tipos de cocción, operaciones múltiples: la evaporación en una cacerola plana deja que el vapor se disipe; la destilación consigue de una masa desordenada unas gotas de claridad; la sublimación hace que una materia suba desde la sedimentación en el fondo del recipiente; la congelación permite que las materias se enfríen y se solidifiquen en una forma definida; la fermentación anima a la materia a enriquecerse desde su propia oscuridad.

Múltiples operaciones, múltiples hornos.46 Horno ascendente que impulsa el calor hacia arriba; horno descendente que impulsa el calor hacia abajo; horno de arena que rodea el recipiente de cenizas, el calor procedente de los fuegos de ayer: horno de reverbero en el que el calor rebota en las paredes interiores, cocción por eco, repeticiones que aumentan la intensidad; horno de chorro que aumenta la llama mediante una corriente de aire para licuar y fundir minerales; horno de vejiga que suspende el material en una vejiga cuya boca sobresale fuera del horno. Éstos son sólo algunos descritos en obras técnicas sobre hornos y condensados en el Diccionario Ruland, entrada sobre «Furnus«.

«Los Hombres Antiguos imaginaron para este Arte / Un Horno especial para cada parte».47 Norton inventó su propio horno «desconocido para los Antiguos». «Lo instalé … con un gasto muy considerable … Está construido de tal manera que sesenta operaciones químicas diferentes, para las que se requieren diversos tipos de calor, pueden llevarse a cabo en él al mismo tiempo, y un fuego muy pequeño … suministra un grado suficiente de calor para todos estos procesos.»[Continúa describiendo otras estufas que está perfeccionando, su ingenio, su economía de fuego (combustible), su servicio múltiple, su capacidad para regular los grados de intensidad de la combustión – y qué tipos de hornos son los mejores para cada operación en particular, por ejemplo, la purga y el secado para la exaltación.

Si la estufa disciplina el fuego y dirige el calor, encarna reglas y precauciones que a los alquimistas les encanta pronunciar. Difícilmente se encuentra un texto que no encuentre defectos en otros textos y en los errores de sus procedimientos, o que no sucumba a dar advertencias, consejos y amonestaciones morales.

El tratado de Norton insiste en cinco «reglas o concordancias»:

La primera regla que debe observarse es que la mente del estudiante debe estar en perfecta armonía con el trabajo. El deseo de conocer este Arte debe ocupar un lugar dominante en su mente; de lo contrario, todos sus esfuerzos serán en vano. La segunda concordia es que debe conocer la diferencia entre este Arte y los que lo profesan. La tercera concordia es la que debe existir entre la obra y los instrumentos. La cuarta concordia asigna a la obra el lugar más adecuado para su ejecución. La quinta concordia es la simpatía que debe existir entre la obra y la esfera celeste.49

Si imagináramos que las reglas para la obra alquímica son igualmente válidas para el trabajo psicoanalítico, entonces estas cinco reglas podrían replantearse en términos contemporáneos: (1) El conocimiento de la psique en todas sus vicisitudes, más que de uno mismo o del paciente, debe ocupar un lugar dominante en la mente del practicante; (2) El valor del trabajo psicológico no se mide eo ipso por los ejemplos de los que ejercen la profesión de psicólogo; (3) Puesto que los conceptos son instrumentos de la práctica psicológica, deben promover armoniosamente las intenciones del trabajo; (4) Tu lugar de práctica debe adecuarse a tu estilo de práctica y a su objetivo; (5) La práctica expresa una cosmología. Debe haber una armonía entre cosmos y clínica, entre tu visión más amplia del orden último del mundo y el trabajo íntimo con el sufrimiento de las almas.

VI. EL ESPÍRITU DEL FUEGO

Más rudimentario que las herramientas, los materiales y los procedimientos utilizados por la alquimia es el fuego del que todo depende, el elemento con el que comenzó este capítulo y que ahora termina. El fuego es el primer principio, la metáfora raíz. Como el trabajo está regido por el fuego, depende del fuego, así es el pensamiento alquímico sobre el trabajo. En consecuencia, las características del fuego impulsan arquetípicamente la reflexión alquímica en una dirección específica.50

Pensar requiere lenguaje. La idea de que el fuego transforma la materia no es sólo una idea empírica que se comprueba cuando una llama quema una astilla de madera hasta convertirla en ceniza negra. Esa transformación ya estaba implícita en el término griego para la materia, hyle (leña, madera), que más tarde adquirió significados más abstractos de potencialidad aristotélica (capaz de transformarse) y caída cristiana (capaz de redimirse). Como la madera se somete al fuego, así la naturaleza material se somete al espíritu, que la purga, la transforma y la eleva.

Cualquier trabajador en incendios puede percibir fácilmente las características principales del fuego. Se eleva. Su calor domina y cambia los materiales. Desprende luz. No se puede tocar directamente. No se puede saciar. Ascensión, transmutación, iluminación, intangibilidad, insaciabilidad: estas cinco ideas atestiguadas empíricamente en el laboratorio afectan a las formulaciones de los textos alquímicos y a los comentaristas posteriores de estos textos. En resumen, el fuego confiere a la alquimia su lectura espiritual.

Ascensión: En el fuego del trabajo, o ardiendo con su trabajo, los alquimistas están sujetos al desafío del fuego a la gravedad, y se imaginan su trabajo apuntando hacia arriba de acuerdo con las llamas y el calor que intentan controlar. De lo inferior a lo superior; de lo inerte a lo activo; de lo pesado a lo ligero; de lo pequeño, sin rumbo y humeante a lo intenso y saltarín. Una escala de valores y etapas de progreso: de la imperfección a la perfección; de la enfermedad a la salud; de lo particular a lo universal; de lo mortal a lo inmortal – medicina católica, panacea, resurrección, cuerpo de diamante, oro, salvado del fuego del infierno por el fuego divino, la salamandra que sobrevive al fuego, el ave fénix que resurge de las cenizas.

Transmutación: Un fuego interior actúa en toda la naturaleza elevándola por etapas de impura a pura. Observemos las transmutaciones realizadas en determinadas zonas de la roca: cristales, joyas preciosas, pepitas de oro. La evolución está integrada en el cuerpo mineral de la tierra. Aunque el fuego puede calcinar una sustancia hasta convertirla en ceniza pulverulenta, ennegrecerla hasta la «muerte», no obstante, los efectos descendentes y desintegradores se apropian del modelo general de mejora. La luz al final del túnel; lo más oscuro antes del amanecer; Getsemaní y Gólgota antes de la Resurrección. Todo lo que toca el fuego lo altera: Todas las cosas están sujetas a su omnipotencia transformadora. Incluso el agua se evapora, la roca se funde en lava y el hierro más resistente se doblega a su voluntad. La llama del espíritu vence toda resistencia material.

Iluminación: El fuego ilumina la oscuridad. Gracias a él podemos ver en la oscuridad, avanzar en la oscuridad, contener la noche. Sin embargo, este mismo fuego agudiza y profundiza la oscuridad. Estando cerca de su luz, cerca del fuego (luz de lámpara, llama de vela, hoguera), los rincones y las sombras del perímetro más lejano se vuelven difusos, impenetrables. Cuanta más luz, más oscuridad, que requiere una iluminación cada vez más brillante. Luz y oscuridad, contrarios que se definen; finalmente, opuestos que se combaten. La iluminación, una via longissima porque la inconsciencia aumenta en proporción a la iluminación. ¿Resolución de la paradoja? Una iluminación epifánica, sólo un fuego apocalíptico de despertar espiritual evacua las tinieblas mismas: «La Muerte y el Hades arrojados a un lago de fuego» (Apocalipsis 20: 14]; «Oh Muerte ¿dónde está tu victoria?» (1 Corintios 15: 55).

Intangibilidad: Como el fuego no se puede tocar directamente, hay que captarlo indirectamente, mediante insinuaciones, paradojas, analogías, alegorías, cifras crípticas y símbolos arcanos. Gnósticos, rosacruces, cabalistas. El «arte negro» del conocimiento oculto. Todo lo que suele ser perceptible para el ojo común no es el oro alquímico; todas las cosas, la mente misma, deben ser iniciadas, sofisticadas. Sólo una élite, iniciados de lo oculto, una casta sacerdotal, recluida y disciplinada, habiendo sufrido largo tiempo en el misterio, hecho sus mortificaciones y sus rezos, puede trabajar el fuego.

Insaciabilidad: Cuando Thomas Norton describe las cualidades requeridas por los sirvientes de un alquimista, la descripción de su trabajo bien podría abarcar a una niñera. En muchas culturas indígenas, cuidar del fuego forma parte de las tareas de las mujeres y los ancianos. Como un bebé, el fuego sólo quiere crecer y su apetito es insaciable. Debe alimentarse con regularidad, aire suficiente y nada indigesto: paja húmeda, madera podrida, raíces cubiertas de tierra, estiércol apelmazado. A medida que crece, quiere salir de la cuna, ir por su cuenta y esparcir sus chispas. La insaciabilidad de la alquimia es a veces disimulada, a veces flagrante. Insaciable, la expansión de los términos, la diferenciación de las materias, los tipos de recipientes. Insaciable, el apetito por aprender: «Un libro abre otro». Insaciable, el deseo de la meta dorada. Incluso las últimas etapas del opus major son ilimitadas: exaltatio, multiplicatio, rotatio. Y la alquimia no se deja reducir a simples fórmulas y reglas normativas, como si, a causa del fuego, la alquimia no pudiera llegar a un sistema cohesivo requerido por sus propias operaciones de coagulación y conjunción. Como el espíritu, va donde quiere, sigue su impulso. Como el espíritu, el fuego tiene una misión, encender hogueras cada vez más lejos, convertir el día en combustibles para engordar sus propias llamas.

Estas cinco ideas principales, tan evidentes para cualquier «trabajador del fuego», sustentan conjuntamente una metafísica alquímica. El impulso arquetípico ascendente del fuego confiere a la alquimia su visión espiritual, traduciendo sus imágenes y percepciones en mensajes para el camino ascendente. El cristianismo de los principales autores de la alquimia se deriva no sólo de su contexto histórico: que escribían en una época fuertemente cristiana. Su metafísica redentora está determinada aún más por su contexto arquetípico: el ascensionismo espiritual del fuego elemental.

Un pasaje de Aristóteles puede salvar a la psicología alquímica de este determinismo arquetípico y de la lectura espiritual de la alquimia. Aristóteles escribe:

Porque el crecimiento del fuego es ilimitado mientras hay algo que quemar, pero en todas las cosas que están naturalmente constituidas hay un límite y una proporción tanto para el tamaño como para el crecimiento; y éstos pertenecen al alma, pero no al fuego, y al principio más que a la materia.51

Puesto que el alma se reconoce en sus imágenes y puesto que la fabricación de imágenes (poeisis) es la actividad natural primaria del alma,52 «el principio definitivo» que gobierna el «aumento del fuego» son las imágenes. Son los rudimentos esenciales de toda la obra. Son lo que el alquimista ve, huele y toca con las manos, y lo que imagina. Centrarse en ellas limita la infinita especulación metafísica («el aumento del fuego») a lo que es justo ahora. Las descripciones alquímicas en lenguaje e imágenes son coagulaciones que sirven para condensar la volatilidad de la psique comprometida en presentaciones reales. Alquimia: un estudio de las presentaciones tal y como estas apariencias retratan, definen y afectan al alma. En consecuencia, el insaciable impulso espiritual de la alquimia, su «fuego», requiere limitaciones psicológicas, una alquimia del alma como la que pretenden este capítulo rudimentario y el libro en su conjunto.


Anteriormente inédito.

1 G. Bachelard, The Psychoanalysis of Fire, trans. C. M. Ross (Boston: Beacon Press, 1964).

2 «Tanto el cuerpo metálico como el alquimista sufren y sienten alegría en el proceso. No sólo las sustancias se aparean en el alambique, el alquimista también se aparea al mismo tiempo con la naturaleza». J. Lindsay, Origins of Alchemy in Graeco-Roman Egypt (Londres: Frederick Muller, 1970), 294.

3 CW 12: 61n; CW 5: 309–19.

4 Michael Maier (1617), citado por J. Read, From Alchemy to Chemistry (Mineola, N.Y.: Dover Publications, 1995), 37.

5 J.D. Mylius, Philosophia Reformata (1622), citado por J. Read, Prelude to Chemistry: An Outline of Alchemy (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1966), 264.

6 «El fuego debe ser ligero, suave y húmedo, como el de una gallina que cría sus huevos». Lexicon, s.v. “Great Secret of Aristeus.”

7 Lexicon, s.v. «Ignis Leonis». Norton describe catorce cualidades cada vez más calientes del calor («The Chemical Treatise of Thomas Norton», en HM 2).

8 J. Cocteau, La dificultad de ser (Nueva York: Coward-McCann, Inc, 1967), 32.

9 T.S. Eliot, «Four Quartets: Little Gidding», en The Complete Poems and Plays, 1909-1950 (Nueva York: Harcourt Brace & Company, 1952), 139.

10 T.S. Eliot, «The Waste Land», en ibíd., 37.

11 Collection des ancien alchimistes grecs, ed. M. Berthelot, vol. 2: Les Œuvres des Zosime (París: Georg Steinheil, 1888), III.lvi.

12 Léxico, s.v. «Ignis».

13 Ibídem, s.v. «Ignis Extinctus. «

14 Lexicon, s.v. «Combustio».

15 Lexicon, s.v. «Calx».

16 E.J. Holmyard, Alchemy (Harmondsworth: Penguin Books, 1957), 45.

17 Léxico, s.v. «Ignis Persicus».

18 Figulus, 267-68.

19 Cf. J. Hillman, “In: Hestia’s Preposition,” in Mythic Figures, UE 6.

20 R.B. Onians, The Origins of European Thought: About the Body, the Mind, the Soul, the World, Time, and Fate (Cambridge Univ. Press, 1951), 288 y 258 n5.

21 John Pordage (1607-81), en CW 16: 507.

22 Plato, Symposium, 197a, Protagoras, 321e.

23 CW 12: 451.

24 Augustine, The City of God, XXI.4.

25 Bonus, 115-16.

26 Aurora Consurgens: A Document Attributed to Thomas Aquinas on the Problem of Opposites in Alchemy, ed. M.-L. von Franz (Toronto: Inner City Book, 2000, 290). M.-L. von Franz (Toronto: Inner City Book, 2000), 290.

27 Se calcula que se siguen produciendo anualmente hasta cien millones de toneladas de carbón vegetal. S. Perkins, «Charcoal warms the whole world», Science Review 160 (2001), 383.

28 Read, From Alchemy to Chemistry, 79.

29 La alquimia ignora la distinción moderna entre química orgánica e inorgánica. Véase, por ejemplo, el importante y original trabajo de Angelo Sala (1576-1637) sobre el azúcar (orgánico) y la sal (inorgánica). Ambas sustancias encarnaban principios paracelsianos similares: lo combustible (azufre), lo fluido (mercurio) y lo resistente al calor (sal). Para los paracelsianos, y para los alquimistas en general, los metales y sus minerales «crecían» en la Madre Tierra como las plantas. Z. E. Gelman, «Angelo Sala: An Iatrochemist of the Late Renaissance», Ambix 41, no. 3 (1994), 146-60.

30 CW 9.2: 244n.

31 Ethica, parte III, prop. VII. B. de Spinoza, Opera, ed. J. Van Vloten y J. P.N. Land (La Haya: Martinus Nijhoff, 1914), vol. 2.

32 The Secret Heart (1946), película dirigida por Robert Z. Leonhard y protagonizada por Claudette Colbert, Walter Pidgeon y Lionel Barrymore, comienza con el siguiente prólogo escrito: «Hay tres cosas que no se pueden ocultar: El amor – el humo – y un hombre montado en un camello – un viejo proverbio árabe».

33 CW 14: 731-32; 13: 113-18.

34 La máxima se atribuye a Albertus Magnus y se cita en «The Chemical Treatise of Thomas Norton», HM 2: 62. Norton añade a Albertus «y ese recipiente es de vidrio». «Además, el tamaño y la forma de tu recipiente deben ser proporcionales a la cantidad de tu sustancia, y a todas las demás condiciones del experimento».

35 Philalethes, “An Open Entrance,” in HM 2: 182.

36 CW 12, fig. 72.

37 R. Patai, The Jewish Alchemists (Princeton Univ. Press, 1994), cap. 5: «María, la judía». 5: «María, la judía».

38 W. Shakespeare, A Midsummer-Nights’ Dream, 5.1.

39 R. Grinnell, “Reflections on the Archetype of Consciousness: Personality and Psychological Faith,” Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1970), 15–39.

40 E.C. Eoyang, «‘Vacuity,’ ‘Vapor,’ and ‘Vanity’: Some Perspectives on the Void», Tamkang Review 16, nº 1 (1985), 51-65.

41 T.S. Eliot, «Four Quartets: Burnt Norton», en The Complete Poems and Plays, 121: » La quietud, como una tinaja china quieta / se mueve perpetuamente en su quietud».

42 Patai, The Jewish Alchemists, 56.

43 A. Waley, «Notes on Chinese Alchemy», Bulletin of the School of Oriental Studies, London Institution, VI: 1 [1930], 2.

44 B. Meitzner, Die Gerätschaft der chymischen Kunst: Der Traktat «De Sceuastica Artis» des Andreas Libavius von 1606 (Stuttgart: Franz Steiner Verlag, 1995).

45 Patai, The Jewish Alchemists, 90.

46 Cf. C. R. Hill, «The Inconography of the Laboratory», Ambix 22 (1975), 101-10, con numerosas ilustraciones.

47 Holmyard, Alchemy, 193.

48 “The Chemical Treatise of Thomas Norton,” HM 2: 62.

49 Ibídem, 59-60.

50 La figura paradigmática de esta dirección es el químico y médico belga Jan Baptista van Helmont, que se consideraba a sí mismo un philosophus per ignem, un filósofo por el fuego. Este pensador místico, aunque empírico, sostenía que Dios se comunica «por medio del fuego, el penúltimo medio químico de investigación». El fuego es una concentración de luz, y en su poder destructivo… es una creación divina». B. Heinecke, «The Mysticism and Science of Johannes Baptista van Helmont (1579-1644)», Ambix 42, nº 2 (1995), 72.

51 Aristotle, De Anima: Books II and III (with passages from Book I), trans. D. W. Hamlyn (Oxford Univ. Press, 2002), 19 (416a).

52 CW 13: 75; 11: 889, 769; 8: 618. Cf. J. Hillman, Re-Visioning Psychology (Nueva York: Harper & Row, 1975), xvii: «[Jung] consideraba que las imágenes fantásticas que recorren nuestros sueños diurnos y nocturnos, y que están presentes inconscientemente en toda nuestra conciencia, son los datos primarios de la psique. Todo lo que sabemos y sentimos y cada afirmación que hacemos… derivan de imágenes psíquicas».

La larga vía de la psicología

Logos del alma

Un tema literario recurrente es el relato de un hombre que sueña qué hay un tesoro en una casa de un país extranjero. Siguiendo su intuición logra encontrar tal lugar, no obstante, al querer entrar es detenido por un guardián, quien al interrogarlo y enterarse de la historia le reprocha su ingenuidad y le dice que él también ha soñado innumerables veces con cierta casa, en cierto país; tal lugar descrito resulta ser el hogar del hombre que siguió su sueño.

Surgen entonces cuestionamientos como: ¿por qué simplemente el soñador no buscó en su propio hogar desde el principio? ¿Acaso el sueño fue una broma de un daimon cruel? El sentido común lleva hacia la línea recta, al camino más directo. Sin embargo, la senda recorrida es necesaria para descubrir el tesoro que ya existe, este subyace a la larga jornada del buscador, pero es en la vía dialéctica de su aventura en tierras indómitas, y únicamente ahí en lo salvaje, donde el viajero puede ser dotado de la visión necesaria para el descubrimiento.

En la transformación del chamán, su entrada al mundo de los espíritus supone la sublación de la dimensión egoica en una posición que ya no corresponde al mundo diurno, su tránsito no es una elección, más bien constituye un destino por el que debe pagar el precio de su positividad. Su piel es arrancada y le es dada nueva piel, sus huesos son trocados por unos distintos y sus ojos, extraídos de sus órbitas, son reemplazados por otros que ya no le pertenecen. El individuo que una vez fue, ha sido devorado por la negatividad.

Pero el pensamiento psicológico, aún sostenido en el sentido común, supone que el hombre debe permanecer en su misma dimensión. En esa óptica psicológica domina la vía pragmática que tiene como objetivos: soluciones fáciles, prácticas y comprensibles para todos, cualquiera tendría que entender el movimiento psicológico como teoría. Un ejemplo de ello es el hecho de que en los programas de espectáculos siempre hay un psicólogo que habla de los temas más triviales sosteniendo su explicación con base a su título profesional y nada más. Su consejo, en el imaginario popular, queda al lado del que otorga un influencer, un comentarista de noticias o el astrólogo en turno.

El paradigma hegemónico de la psicología propone únicamente la línea recta como paso de transformación. El individuo debe cambiar su vida, pero esto significa adherirse a los preceptos de una cultura que pide la individualización de sus ciudadanos de forma explícita y la masificación de los mismos de manera implícita, porque el interés real de la psicología hegemónica no está puesto en la salud del sujeto sino en la construcción, incesante, del capital como forma autónoma de la consciencia.

Parece ser que el relato posmoderno no es el del hombre que busca un tesoro escondido, sino el del tesoro abierto que parte en pos de sí mismo en el contexto del reino del ser humano, ello a costa del hombre que sueña que es libre y bajo la condición de un sujeto engañado con la ilusión de la voluntad soberana. Son sus deseos y valores los vehículos de ese impulso objetivo que tiene su propio telos y que impone sus necesidades de forma inadvertida por medio de un discurso psico-pedagógico del ego como una paideia contemporánea del bien y la salud humana.

Bajo esta premisa es el sueño de una gran cantidad de psicólogos ser populares y que su mensaje llegue a las masas de seres afligidos. Son realmente predicadores de un evangelio disfrazado de ciencia crítica, pero no psicólogos. Su trabajo es el del prestigio y la difusión de un paradigma que, como una gnosis oculta, enseña a la cultura como adecuarse y difundirse mejor.

Entonces, son el prestigio, la fama y la conformidad consigo mismo, el guardián que induce al psicólogo a considerar impracticable otra senda que no sea la curación de las personas o el centramiento de sus metas profesionales en las prácticas del yo adaptadas el espíritu de los tiempos. Tal guardián induce a que el pensamiento psicológico permanezca ocluido, al servicio de un deus absconditus.

La psicología en cambio es el largo camino que emprende el alma cuando sueña consigo misma y el psicólogo sigue esa senda sinuosa y es forjado por tal destino. Ahí se enfrenta a los límites y va donde hay dragones, empero no lo hace a la manera del héroe, como Heracles destrozando todo a su paso, más bien camina en un silencioso vagar, como un desconocido que nunca obtendrá gloria y que desaparecerá al final de su travesía, pues es realmente el Simurg quien emerge de tal viaje, es decir que es el alma quien recorre la distancia de su trayecto hacia la consciencia de sí misma.

Por eso la psicología no puede ser sencilla, ni desplegarse bajo el manto del sentido común, porque esta disciplina es el lento proceso del alma por develarse en el trabajo psico-alquímico ineludible de la consciencia de sí, que le requerirá torturase, destilarse y mutilar sus formas anteriores para poder ser. Solo el psicólogo estará dispuesto a dedicar su vida a vigilar este vaso alquímica, la transformación de esa materia, sabiendo que quizá nunca verá el resultado, porque él mismo es parte de la massa confusa que deberá ser transformada, superada y dejada atrás.

El papel social del discurso psicológico

Logos del alma

«Nosotros hemos inventado la felicidad» -dicen los últimos hombres, y parpadean.”
F. Nietzsche

Es característico de la época actual el deseo constante de actuar, de producir y de mostrar eficiencia, el imperativo práctico es un valor moral central sobre el cual se reflexiona poco, no obstante, la ideología del trabajo es inherente a una sociedad capitalista que, en su espíritu cristiano, concibe a lo productivo como lo bueno y a lo ocioso, la parte maldita, como un pecado. En la sociedad posmoderna esto significa el paso de una cultura que subyuga al sujeto de forma disciplinaria a la rueda de la economía, a otra que logra el mismo efecto desde el propio discurso del valor individual.

El sujeto neoliberal se ha transformado en explotador de sí mismo y el deseo por generar riqueza exacerbada se ha interiorizado en la búsqueda angustiante por la salud mental. El hombre ya no solo trabaja para producir capital sino que él mismo se fabrica como un objeto mercantil. El homo productivo ya no necesita capataces para funcionar, trabajará hasta la muerte en nombre de una idea, de un deseo, de la necesidad de prestigio y valoración, aunque la mayor parte de su labor no tenga la menor utilidad.

El ser humano, como constructor de sí mismo, acude a un discurso particular que da estructura y dirección a su ego-consciencia, esto por medio de indicaciones morales que determinan el desarrollo de su personalidad a través de herramientas antropotécnicas, es decir, de narrativas culturales que lo conminan a asumir ciertos dogmas que son hegemónicos de una sociedad particular y que permiten al individuo concebirse como parte de un proyecto global, humanizador.

Una buena parte de el discurso antropotécnico está mediado por la doctrina psicológica, ello desde su faceta más científica hasta sus derivados pseudopsicológicos, como lo son la autoayuda y la pseudoespiritualidad; todos giran en torno a ciertos preceptos que se difunden, inusitados, a través de sus prácticas. Dichas premisas se pueden identificar como: la primacía del yo frente a la comunidad, el individuo como objeto y el trabajo continuo en la edificación de la personalidad.

El psicólogo, por lo tanto, está adherido a esta dinámica y busca constantemente una actividad que lo justifique, por eso se inmiscuye en todas las posibilidades técnicas: en la empresa, en la escuela, en la familia, en el deporte, etcétera. Quiere ser útil y utilizable. Abre talleres para contactar con las emociones, para aprender a ser resiliente, para sanar al niño interior y descubrir los dioses de cada hombre y de cada mujer; se ofrece en las situaciones de desastre para dar contención y hacer pasar por su filtro sesgado, por su empobrecida teoría, todo fenómeno social, económico o natural. Tiene en la frente una gran señal que dice: “Yo también soy necesario”.

Pero si el psicólogo es necesario no lo es para lo que le gustaría, su trabajo es mantener el discurso auto-subyugante del sujeto posmoderno, convencerlo con palabras vacías como “autodesarrollo”, “introspección”, “cuidado de sí mismo”, “integración”, de que su deber es producirse a sí mismo y ejercer la libertad ilusoria de sobreponer su voluntad sobre los factores psíquicos que realmente determinan su existencia. Sin embargo, estos son incontrolables, pues como dioses poseen su propio telos.

Estas palabras psicológicas son aire caliente para inflar el ego y dotarlo de importancia personal, mientras evitan que llegue a la consciencia la verdad de los tiempos presentes, el huésped indeseado que llama a la puerta, el nihilismo. Así, el hombre carga el peso de la salud mental en sus frágiles hombros, y es responsable de su carácter y de los defectos de sí mismo, incluso debe elegir su propio género, es decir que ha sido encadenado a otro campo más en el que ser productivo, creativo, resiliente o los términos que surjan del discurso psicológico, son un mandato imperante. La libertad contemporánea no es sino una cadena elaborada desde el interior de la propia persona.

El psicólogo que no ha reflexionado sobre su papel en la sociedad reproducirá los cánones de la cultura de forma inadvertida y no importan sus buenas intenciones, éstas siempre estarán sometidas por los objetivos del espíritu de los tiempos presentes. Inconsciente de la historia, el homo psicologicus personifica al «último de los hombres» y dice que ha inventado la felicidad y parpadea, por ello no tendrá hacia quién dirigir su mano después de la gran caída.

Se puede observar esta gran narrativa psicologizante en el lenguaje de los mass media, en los programas de variedades, en la redes sociales que con gran ahínco emiten cápsulas pedagógicas en forma de consejos, frases motivacionales, recetas de vida, que junto a la opinión informada de profesionales de la salud mental constituyen un lenguaje dominante que educa a las mayorías silenciosas en el arduo camino del evangelio de la construcción del individuo.

El supuesto sujeto del reciclaje

Traducciones

Campbell Jones, Nueva Zelanda

Traducción de Alejandro Chavarria Rojo

Si La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber articularon las coordenadas morales y teológicas del sujeto del trabajo, ¿cómo se rearticulan hoy en la experiencia del sujeto que consume? La voluntad de consumir o no, y qué consumir y cómo, ha sido un problema moral y religioso desde la más remota antigüedad. Y hoy esas huellas siguen persiguiéndonos, no sólo porque ahora estemos rodeados de mercancías, sino por la forma en que hoy se nos invita a responder a esa situación. 

Hoy se supone que debemos reciclar. Se nos habla una y otra vez de esta necesidad y de que es bueno hacerlo. Que se supone que debemos preocuparnos por reciclar ha alcanzado casi el nivel de un deber o ley moral, y esta ley moral circula en la forma en que simbolizamos los actos de consumo. Se supone que debemos hacerlo en el sentido fuerte de que deberíamos, es más, debemos hacerlo, y no hacerlo nos haría culpables de una infracción. Decidir no reciclar es un acto de mala fe, un incumplimiento descuidado del deber, la responsabilidad y el cuidado. 

Pero, ¿quién es el «nosotros» de este imperativo moral? ¿Quién es este sujeto que se supone que debe reciclar? ¿Dónde situamos, y es posible situar, al agente de esta responsabilidad moral? Estas preguntas son fundamentales si queremos entender este mandato moral contemporáneo, y por ello son cruciales si queremos -aunque queda por especificar quién es este «nosotros»- responder a él. 

Entre Weber y hoy lo que es diferente no es el carácter religioso de la acción económica. Más bien se ha producido una transformación de lo que Weber presenta como la idea de la salvación a través de las «buenas obras» y, sobre todo, de la promesa de un trabajo sin fin, a la amenaza permanente del apocalipsis que nos sobrevendrá si seguimos consumiendo del modo en que lo hacemos.1 Riesgo generalizado de apocalipsis, pues, un riesgo que se presenta como el final casi inevitable del sobreconsumo capitalista. Pero esta vez el apocalipsis no es una amenaza exterior, sino algo con lo que podemos contar, y de lo que todos somos responsables en última instancia. 

Somos responsables, dicen muchos, porque son nuestras propias elecciones de consumo, y la forma en que éstas coinciden con métodos de producción y circuitos de distribución claramente insostenibles, la causa fundamental del inminente fin de la vida en la Tierra. Pero está en nuestras manos evitar este apocalipsis y, en este sentido, hoy se nos invita a un cuidado del planeta que va acompañado de un «cuidado de uno mismo» casi paranoico.2 Son estos correlatos subjetivos de este nuevo imperativo moral los que me propongo poner de relieve en este ensayo. 

Esta dinámica, que se plantea inmediatamente con la noción del sujeto que se supone que recicla, puede verse hoy de forma más amplia en el valor que se da al consumo sostenible o ético de forma más general. Se trata de elegir verduras ecológicas, café de comercio justo, atún respetuoso con los delfines, detergente ecológico, productos procedentes de fuentes sostenibles o cualquier otro producto neutro en carbono o respetuoso con el medio ambiente. En la actualidad, es evidente que estos productos abarcan un sector importante de la actividad económica, aunque sus consecuencias sigan siendo en la actualidad en gran medida simbólicas o «ideológicas», lo que no quiere decir que su importancia sea menor. Así pues, aunque me centraré aquí en el reciclaje, espero que estas consideraciones puedan contribuir en cierta medida a aclarar los fundamentos morales, religiosos y metafísicos del consumo en el capitalismo contemporáneo en un sentido más amplio. 

Antes de pasar al sujeto que se supone que recicla y a los dos aspectos de esa subjetividad que propongo que analicemos -la culpa y la libertad-, puede ser útil considerar ciertos aspectos del estatuto ontológico del sujeto y del objeto del reciclaje, y al hacerlo mostrar las implicaciones de lo que será una de nuestras preocupaciones rectoras, es decir, el lugar en el sujeto y en el objeto del reciclaje de la huella del Otro. Como se verá más adelante, cuando hable de la culpa y la libertad, estas dinámicas de desplazamiento, transferencia o sustitución de uno a otro serán fundamentales para diagnosticar los fallos del sujeto que se supone que recicla, y también para pensar más allá de este sujeto. 

Sujeto y objeto 

El reciclaje es necesariamente una cuestión de libertad. Reciclar presupone tanto la libertad del objeto como la del sujeto. Libertad del objeto en la medida en que no todas las cosas pueden reciclarse, y libertad del sujeto en la medida en que la acción de reciclar requiere cierta capacidad de agencia por parte del sujeto consumidor. Por tanto, no es casualidad que la libertad sea una de las cuestiones siempre presentes cuando se considera el reciclaje. 

Las condiciones de libertad del objeto a reciclar suelen plantearse en términos de lo que se conoce como «reciclabilidad». Para que algo sea reciclable debe producirse de tal manera que tenga al menos el potencial de ser reciclado. Así, decimos que los residuos nucleares son menos reciclables que el papel no blanqueado. Hay algo en el residuo, lo que queda después del consumo, que se puede destinar a otro uso, y ésta es una condición determinante de la reciclabilidad. Pero la reciclabilidad por sí sola no garantiza el reciclaje. Es una condición necesaria pero no suficiente. La otra condición de posibilidad reside en los sujetos supuestos a reciclar, que pueden hacerlo o no. La reciclabilidad no existe sólo en los objetos o en los sujetos, sino en un espacio complejo entre objeto y sujeto. 

Al mismo tiempo que la reciclabilidad es una condición de posibilidad del reciclaje, es una de las principales coartadas para no reciclar. Los productos anuncian con orgullo su naturaleza de reciclables de formas que a menudo destruyen simultáneamente cualquier idea de que alguna vez puedan ser reciclados. Hoy en día es posible comprar todo tipo de productos que prometen ser reciclables, pero que disimulan las condiciones de su reciclabilidad. Por ejemplo, es posible elegir, en lugar de clavos normales, comprar clavos de exterior cien por cien reciclables. Se trata de clavos galvanizados, lo que significa que han sido sometidos a inmersión en caliente en zinc, un proceso que evita la corrosión cuando están expuestos a la intemperie. Se trata de clavos para uso exterior, y los clavos galvanizados se utilizan mucho en construcciones al exterior. Sin embargo, los clavos que tengo ante mí son clavos de fibrocemento, es decir, están diseñados específicamente para clavarse en materiales fibrosos, normalmente ladrillo u hormigón. Cabe preguntarse entonces qué significa que esos clavos sean reciclables. ¿En qué condiciones prevemos que los clavos clavados en hormigón se retiren con cuidado, se recojan y se lleven a reciclar? 

En este ejemplo no sólo vemos la naturaleza fantástica de las afirmaciones sobre objetos que podrían reciclarse. Lo crucial es la intersección de estos objetos con sujetos activos y, al menos, mínimamente libres. Las condiciones de posibilidad del reciclaje están en parte imbricadas en el objeto que supuestamente se recicla, pero igualmente en la agencia de un sujeto que supuestamente recicla. Frente a este paquete de clavos, la responsabilidad recae en el usuario, que se constituye aquí como el sujeto supuesto a reciclar. Se trata una vez más de una cuestión de agencia subjetiva particular para elegir utilizar estos clavos o no, y con esto hacer frente a las ramificaciones psicológicas y sobre todo morales de esa elección. 

El reciclaje es una cuestión de libertad de sujeto y de objeto, y está profundamente cargado de valoraciones morales. Estos motivos morales se multiplican cuando recordamos que nos encontramos necesariamente en el ámbito de lo que Kant denomina «razón práctica», de la libertad de la voluntad frente a los deberes morales. Además, estamos en el espacio de la moral en la medida en que, frente a un producto, nos encontramos al mismo tiempo cara a cara con la huella del Otro. 

El rastro del otro 

Se supone que el sujeto recicla no sólo en interés de su propio placer o autoconservación. Recicla en interés del Otro. Y en este sentido el sujeto y el Otro están mucho más interconectados de lo que se ha intimado hasta ahora. El reciclaje es precisamente una cuestión de relación entre un sujeto y un objeto, y sobre todo de lo que queda de ese objeto después de su uso. El reciclaje es una cuestión de lo que queda del objeto para otros sujetos después de su uso por un sujeto. El reciclaje es, en este sentido, una cuestión de relación mediada con los demás, en la medida en que un sujeto está, con los objetos, ante los demás. No sólo con Kant, que nos ayuda a ver el lugar de la libertad en el acto de reciclaje, sino también con Levinas, el reciclaje es un encuentro con el Otro, en el que no me encuentro inmediatamente con el Otro, sino que dejo para el Otro claras huellas materiales.

Si para Levinas la ética es una cuestión de apertura al rostro del Otro, aquí se trata de una situación de relación no inmediata, es decir, mediada, con el Otro. Aquí se trata de nuestra relación con la eliminación de los restos de los objetos de consumo. No obstante, debemos subrayar que la mediación de estas relaciones con el Otro a través de las relaciones mercantiles no las convierte en cuestiones menos éticas. Como subrayó Derrida en su segunda crítica a Levinas, el hecho de que el Otro no esté inmediatamente «presente» no disminuye en absoluto la realidad de la relación con el Otro. Al contrario, la relación con el Otro siempre está mediada, y es una insensatez preservar la ética al ámbito de la inmediatez del encuentro cara a cara con el Otro.

Cuando hablamos de reciclaje, hablamos de productos y no de servicios. Estamos considerando relaciones con objetos en lugar de relaciones mediadas con sujetos. Esto no significa que estas relaciones con los objetos no impliquen siempre relaciones con los sujetos, sino que están mediadas en forma de mercancías. Por lo tanto, es importante señalar aquí la insistencia de Derrida en que uno puede encontrarse con un Otro no sólo «en carne y hueso», sino de formas que están mediadas simbólica, social y tecnológicamente. El eslogan de esta presencia-en-mediación sería entonces, parafraseando a Derrida: en este preciso momento en este producto aquí estoy

Esto se reconoce claramente en la crítica del fetichismo de la mercancía.5 Esta crítica demuestra las huellas persistentes de la actividad humana en los objetos de consumo, y recuerda la realidad de las relaciones de producción en el objeto, incluso cuando el producto se presenta a sí mismo como nada más que un objeto de utilidad. Sin embargo, al otro lado de la crítica del fetichismo de la mercancía, mis esfuerzos aquí consisten en articular algo de las mistificaciones del otro lado del producto, con respecto a la fantasmal vida después de la muerte de los productos en las relaciones sociales de su eliminación. Si la crítica del fetichismo de la mercancía suele llamar la atención sobre la desvalorización de las relaciones sociales de producción, aquí me propongo hacer hincapié en las relaciones sociales implicadas en la eliminación de los bienes. 

Transferencia 

El pensamiento del sujeto supuesto saber que aquí se propone se inspira en lo que Lacan llamó «le sujet supposé savoir», que puede traducirse como «el sujeto supuesto saber» o «el sujeto del supuesto saber».6 El tratamiento que Lacan hace del sujeto supuesto saber se desarrolla a partir de su lectura del concepto de transferencia de Freud. La transferencia fue el tema del octavo seminario de Lacan y es el cuarto de los «conceptos fundamentales del psicoanálisis» que se tratan en su undécimo seminario.

Para Freud, la transferencia es «un fenómeno universal de la mente humana» y «un factor de una importancia inimaginable».8 Freud describe la transferencia en su artículo de 1912 sobre «La dinámica de la transferencia» en el análisis como «algo perfectamente normal e inteligible que la catexis libidinal de alguien que está parcialmente insatisfecho, una catexis que ya se mantiene a la expectativa, se dirija también a la figura del médico».9 ¿Y quién en esta vida, podríamos preguntarnos, no está al menos parcialmente insatisfecho? Freud continúa: 

Las peculiaridades de la transferencia al doctor, gracias a las cuales excede, tanto en cantidad como en naturaleza, todo lo que podría justificarse por motivos sensibles o racionales, se hacen inteligibles si tenemos en cuenta que esta transferencia ha sido precisamente puesta en marcha no por ideas anticipatorias conscientes, sino por aquellas que han sido retenidas o son inconscientes.10 

Esta transferencia al analista que excede todo lo sensible o racional se plasma en lo que Lacan llama el sujeto supuesto saber. Lacan muestra el modo en que, en la situación análitica, el analizante atribuye al analista una asombrosa capacidad de saberlo todo, incluso al mismo tiempo que existe la sospecha de que el analista pueda no saber nada. Lacan escribe que «incluso al psicoanalista puesto en cuestión se le atribuye una cierta infalibilidad».11 

Lacan subraya que este sujeto supuesto saber, que es «el pivote sobre el que se articula la transferencia» fue descubierto mucho antes que Freud.12 Encontramos la atribución de poderes asombrosos de saber, la suposición de un sujeto supuesto saber en, por ejemplo, las fantasías de Alcibíades sobre Sócrates.13 Lacan también da ejemplos como la manera en que Descartes, presumiendo de fundar un saber seguro en sus poderes de razón recurre en última instancia a lo que para él es el sujeto último supuesto saber, Dios.14 

Sin embargo, mi preocupación aquí no es sólo lo que puede ser conocido por los sentidos o la razón, sino lo que se supone que debe ser conocido y, en particular, los supuestos sujetos de tal conocimiento, y por lo tanto me preocupa lo que Slavoj Zizek ha llamado «los supuestos sujetos de la ideología».15 Me preocupan las categorías subjetivas supuestas o presupuestas por la ideología, en este caso la ideología del reciclaje. Lo importante es que la cuestión no es tanto la ideología presupuesta por sujetos particulares, sino más bien los sujetos presupuestos por una ideología particular. Cuando hablo del reciclaje como ideología, debo señalar que no quiero ofender demasiado pronto a mis bienintencionados compañeros habitantes de esta tierra, que podrían sentirse afrentados por la idea de que el reciclaje sea una ideología. Más bien me propongo subrayar que el reciclaje es, entre otras cosas, una idea, y no todas las ideas, ni siquiera las que prometen el bien, son tan simplemente buenas como parecen. 

Catástrofe 

Una ideología nunca presupone un único personaje. Aquí, en lugar de partir de una supuesta ideología para llegar a un sujeto en particular, podríamos, por así decirlo, trabajar hacia atrás para centrar un poco la ideología que tengo en mente, esbozando dos arquetipos potenciales que podrían permitirnos concebir una variedad de sujetos particulares y, al hacerlo, aclarar algunos de los correlatos subjetivos de la ideología del reciclaje. 

Al primero de estos sujetos propongo llamarlo el sujeto catastrófico supuesto a reciclar. Conviene recordar que esta posición de sujeto no está ocupada universalmente, y de hecho tiene un gemelo malvado, que puede llamarse el sujeto complaciente. Por supuesto, la complacencia no es pura maldad, y la complacencia se refiere más bien al sentido de registrar la situación medioambiental actual y no percibir una exigencia de respuesta especialmente abrumadora. Se trata de aceptar o resignarse a que «las cosas son como son», a que hay poco que se pueda hacer al respecto o a que hacer algo al respecto sería una exigencia injusta o poco razonable. La complacencia 

Como decía una reciente campaña publicitaria de la marca de té PG Tips de Unilever, todo lo que hay que hacer es lo siguiente: «Pon tu granito de arena: pon la tetera al fuego». Para el súbdito complaciente, al parecer, se puede tener el planeta y comérselo también.17 

Para el sujeto catastrófico, esto simplemente no es suficiente. El sujeto catastrofista percibe un peligro real y presente en la situación medioambiental actual, y con ello la voluntad de que las cosas cambien. Las cosas deben ser diferentes. Se trata de una subjetividad que está alerta ante las condiciones del mundo y asume la responsabilidad de esa situación. El sujeto catastrófico percibe la catástrofe de la situación actual y, además, está dispuesto a actuar responsablemente como respuesta. 

Este catastrófico tema fue el presupuesto de una reciente campaña publicitaria del diario danés de izquierdas Politiken. Esta campaña, que se difundió por toda Dinamarca en medios impresos, vallas publicitarias y estaciones de metro y autobuses, presentaba la escena de un vasto paisaje deforestado en el que los árboles han sido brutalmente talados. Con este telón de fondo, un pie de foto promociona el «nuevo dominical catastróficamente grande». Esta campaña es en cierto modo una «broma», y sigue a otras campañas igualmente excesivas de Politiken. También está relacionada con una campaña medioambiental según la cual por cada árbol talado para producir el periódico se plantarán dos. Pero lo interesante de esta campaña no es tanto su presentación inmediata, sino la forma en que cristaliza una subjetividad particular. De hecho, esta campaña presupone necesariamente un tema concreto. Esta imagen de un bosque devastado no preocupará a todos, y desde luego no al sujeto complaciente.18 La campaña de Politiken presupone una cierta indignación moral por parte del sujeto catastrófico, en el que uno se siente afrentado por la honestidad casi brechtiana de la imagen. 

El sujeto catastrófico adopta claramente varias formas, desde el neurótico moderado hasta el compostador obsesivo-compulsivo. El sujeto catastrófico se preocupa por las consecuencias de sus actos y, aunque otros se complazcan en la masacre de los bosques, este sujeto ve, presencia y conoce el alcance de la catástrofe. Al sujeto catastrófico le duele esto y sabe que sólo él debe asumir la responsabilidad, debe actuar. 

Mientras que el sujeto complaciente tiene libertad para actuar pero experimenta poca o ninguna culpa, el sujeto catastrófico está marcado tanto por la libertad como por la culpa. La cuestión que tendremos que afrontar es si es o no en el terreno de tales subjetividades donde debe librarse la contienda ideológica sobre el futuro de la vida en la Tierra. Mi preocupación será, en primer lugar, si la subjetividad catastrófica es la respuesta apropiada, y más profundamente, si alguna respuesta subjetiva en particular es el terreno de la responsabilidad. Sigo este hilo abordando a su vez las cuestiones de la culpa y libertad. 

Culpa 

En La civilización y sus malestares, Freud escribió que «el precio que pagamos por la civilización es una pérdida de felicidad a través de la intensificación del sentimiento de culpa».19 Aquí, como en otras partes de Freud, casi con toda seguridad podríamos sustituir «capitalismo» por «civilización». Esto es, de hecho, lo que hace Walter Benjamin cuando escribe que «el capitalismo es presumiblemente el primer caso de una religión que no expía sino que produce culpa».20 Pero más allá de hacer esta conexión, necesitamos mucho más de una explicación de los procesos sociales de la inducción a la culpa. Necesitamos, en particular, dar cuenta del lugar que ocupa, en los procesos económicos, el desplazamiento, o la transferencia, de la culpa de un sujeto a otro. 

En sus aforismos «Sobre la historia de las sensaciones morales» en Humano, demasiado humano, encontramos pistas hacia este fin, ya que Nietzsche articula de nuevo cómo cosas como los sentimientos morales pueden surgir de sus opuestos.21 En su crítica a «la fábula de la libertad inteligible», argumenta que «la historia de las sensaciones morales es la historia de un error, el error de la responsabilidad, que descansa sobre el error de la libertad de la voluntad».22 Además: 

Este sentimiento es, además, algo a lo que uno puede desacostumbrarse, y muchas personas no lo sienten en absoluto con respecto a acciones que lo evocan en otros. Es algo muy cambiante, ligado a la evolución de la moral y la cultura, y quizá presente sólo en un lapso relativamente breve de la historia del mundo.23 

Estas ideas se desarrollan posteriormente con más detalle, en particular en el libro segundo de La genealogía de la moral, que trata de «‘Culpa’, ‘Mala conciencia’ y asuntos afines».24 Aquí Nietzsche explica lo que él llama «la interiorización del hombre» y el proceso de «crecimiento de lo que más tarde se llamará el alma del hombre«.25 Estos procesos de formación de la mala conciencia y la culpa son errores, para Nietzsche, y encuentran su raíz en la religión, y en particular en el cristianismo. En un encuadre recogido más tarde por Freud y Benjamin, escribe: «El advenimiento del dios cristiano, el dios de ‘más alta potencia’ concebido hasta ahora por el hombre, ha ido acompañado de la más amplia difusión del sentimiento de deuda, de culpa».26 

Para Nietzsche, este sentimiento de culpa está relacionado de forma importante con la libertad y con las ideas de la voluntad. Para Nietzsche, la culpa es el resultado de una «crueldad psicológica», una crueldad interiorizada que refleja una crueldad que ya no puede dirigirse contra el mundo exterior. «En esa crueldad psicológica se puede ver una locura de la voluntad sin parangón: la voluntad del hombre de considerarse culpable, y de forma irremediable; su voluntad de creer que debe ser castigado por toda la eternidad sin que nunca pueda expurgar su culpa «28. 

Cuando reconocemos los aspectos subjetivos de la forma en que se suele tratar el reciclaje, podemos ver claramente una interiorización de la culpa. Pero no sólo eso. Esta interiorización por parte de los consumidores va acompañada, o tal vez sea el resultado, de un desplazamiento o transferencia masiva de la culpa. 

Ante la opción de reciclar, podríamos preguntarnos por qué tenemos que hacer esa elección. ¿Por qué yo, que controlo tan poco los procesos de producción y distribución, tengo que elegir? Aquí nos enfrentamos de nuevo a la agobiante ansiedad opresiva que Renata Salecl ha identificado como central en el consumismo contemporáneo. En palabras de Salecl, el lema del nuevo moralismo del marketing ya no es «¡Hazlo y ya está! «Hagas lo que hagas, lo harás mal, pero es mejor que sigas nuestros consejos y lo vuelvas a intentar».29 

Tal vez, entonces, el sujeto propiamente moral sea aquel que se niega a permitir que su subjetividad entre en el proceso, que se niega a asumir la responsabilidad de la catástrofe. El sujeto que se niega a aceptar la invitación a la culpa permanente y a la preocupación paranoica de no haber hecho lo suficiente. ¿Es entonces el sujeto ético el que dice: «No soy responsable y no quiero ser culpado»? En cuyo caso, tal vez la figura de Camus de Meursault, que dice al enterarse de la muerte de su madre: «No es culpa mía», no sea un personaje tan grotesco después de todo.30 

Sí y no. No, en primer lugar, si eso significa utilizar esa estrategia como coartada para la inacción, o si uno trata la situación actual como si no tuviera nada que ver con ella. Pero, en cierto modo, también hay que considerar qué se puede encontrar al apartar la mirada del sujeto consumidor que se supone que recicla, y dirigirla en cambio a las condiciones de ese sujeto. 

Hay diferentes maneras de rechazar la responsabilidad, y una de ellas es rechazar la localización en la propia subjetividad y en las propias elecciones. Una vuelta de tuerca de este tipo sería entonces abrir las cosas por el otro extremo, desplazar la agencia fuera de donde tan a menudo se localiza hoy en día, es decir, en la elección del consumidor. Este desplazamiento es un primer paso, y si parece menor, hay que considerar la radicalidad de un gesto que vuelve a desplazar al vasto cuerpo de los consumidores del centro de la escena de la culpabilidad. 

Libertad 

Además de la culpabilidad, nos enfrentamos aquí a cuestiones difíciles con respecto a la libertad. Podría pensarse que lo que aquí se propone es una amenaza a la libertad y a la nobleza y pureza de la voluntad. Ciertamente es así, pero probablemente sea mejor decir que, junto a una reevaluación crítica del desplazamiento de la culpabilidad, lo que se necesita urgentemente es comprender el modo en que situaciones como el reciclaje actual exigen un relato adecuado de la libertad. 

Como es bien sabido, la categoría central de la teoría moral de Kant y de su concepción de la razón en general es el concepto de libertad. En el prefacio a la Crítica de la razón práctica, Kant escribe que «el concepto de libertad, en la medida en que su realidad es demostrada por una ley apodíctica de la razón práctica, constituye la clave de bóveda de toda la estructura de un sistema de libertad». 

Pero lo que es más complejo y lo que a menudo se pasa por alto son las complejas interrelaciones entre la libertad y el carácter vinculante de la ley moral. La libertad y la moral requieren autonomía de la voluntad, pero esa autonomía no se opone, para Kant, pura o simplemente a la ley. Al contrario, la libertad y la ley son. Para Kant, «la libertad es real, pues esta idea se revela a través de la ley moral».32 

Así, Kant insiste en que «la libertad y la ley práctica incondicional se implican recíprocamente».33 El objetivo aquí son las concepciones ingenuas de la libertad que la conciben meramente como «libertad de», que no reconocen lo que Kant llama «el concepto positivo de libertad».34 Contra la idea de que la legislación moral es una restricción o una limitación de la libertad, Kant da la vuelta a las cosas. No es la libertad o el libre albedrío lo que crea la ley moral, argumenta. El libre albedrío es algo de lo que no podemos ser conscientes ni deducirlo de las apariencias del mundo. 

Es… la ley moral, de la que tomamos conciencia mediata (en cuanto elaboramos máximas de la voluntad para nosotros mismos), la que primero se nos ofrece y, en la medida en que la razón la presenta como un fundamento determinante que no debe ser superado por ninguna condición sensible y que, por el contrario, es bastante independiente de ellas, conduce directamente al concepto de libertad.35 

Es en este contexto en el que Kant introduce su famoso ejemplo del hombre con «inclinaciones lujuriosas» que choca con la ley moral.36 Al equilibrar su deseo de placer con la amenaza de muerte, este hombre es capaz de controlar sus inclinaciones lujuriosas. Pero cuando se le pide que dé falso testimonio contra un hombre inocente y honorable so pena de muerte, es posible imaginar que se negaría a mentir y, como resultado, sacrificaría su vida. La conclusión que saca Kant de este ejemplo es tan trascendental como radical. El hombre de inclinaciones lujuriosas no se compromete necesariamente a lo que hará cuando se enfrente a este dilema, pero lo que es seguro es que le sería posible sacrificarlo todo por un deber moral, mientras que esto es inimaginable, argumenta Kant, cuando se limita a equilibrar placeres y dolores. Kant concluye que «juzga, por tanto, que puede hacer alguna cosa porque es consciente de que debe hacerla y conoce en sí mismo la libertad, que, sin la ley moral, le habría permanecido desconocida».37 

Lo que aquí se cuestiona críticamente es el lugar del sujeto con respecto a la ley moral. La apuesta de Kant de que la libertad surge de la ley moral y no está en conflicto con ella ha dado lugar a todo tipo de confusiones, y en parte estas confusiones provienen de suponer que la libertad es la posesión de un sujeto autónomo. Algunas otras partes de la obra de Kant invitan claramente a tal comprensión, pero hay mucho que milita en otras direcciones, aspectos que implican poner en cuestión el sujeto de la acción moral. 

Lo más importante aquí es el desplazamiento, la transferencia o la sustitución de la moral. Con esto me refiero al modo en que las características que se supone que pertenecen a un sujeto se reubican en otro sujeto, se encarnan en las cosas o, en el caso de Kant, al modo en que la ley moral puede ocupar el lugar del sujeto. Recordemos que la sustitución de uno por el Otro es una categoría central en la ética posterior de Levinas.38 Pero aquí no estamos considerando tanto el valor moral de los ejemplos que recoge Levinas, como el de quitarse la comida de la boca y dársela al Otro. Más bien, a lo que nos enfrentamos aquí es a la amarga píldora que se nos pide que traguemos cuando se nos hace responsables de la acción del Otro. Y en este sentido, el desplazamiento y la sustitución son más ambivalentes de lo que Levinas suele reconocer, en el sentido de que la moralidad y la culpa pueden, y de hecho a veces deben, ir en sentido contrario. Es decir, hay una cierta libertad en entregar nuestra culpa. Entregarla, es decir, al Otro. 

Para pensar tal desplazamiento de la agencia moral, debemos comprender el descentramiento del sujeto, razón por la cual la categoría de transferencia es tan crucial para comprender al sujeto que se supone que recicla. El tipo de transferencia que tengo en mente aquí se articula enérgicamente en el relato de Zizek de lo que él llama «sustitución primordial», es decir, una sustitución de una a otra de las creencias, pero además de «cada uno de los sentimientos y actitudes más íntimos del sujeto.»39 Zizek ofrece una serie de ejemplos de esta sustitución, como los «llorones» contratados para llorar en los funerales, las «risas enlatadas» de las comedias televisivas que «ríen por ti» y las ruedas de oración tibetanas que «rezan por ti».40 Con todos estos ejemplos, Zizek pretende demostrar el modo en que las características habitualmente reservadas al sujeto pueden ser exteriorizadas y luego reconocidas como posesiones del sujeto aunque permanezcan en una posición de exterioridad: «Esto es lo que pretende la noción lacaniana de descentramiento, del sujeto descentrado: mis sentimientos más íntimos pueden exteriorizarse radicalmente; puedo literalmente ‘reír y llorar a través de otro'».41 

En el caso del sujeto catastrófico supuesto a reciclar, las lágrimas son reales, pero la pregunta que podemos hacernos ahora es de quién son. En cierto modo, el sujeto contemporáneo supuesto a reciclar es un sujeto que sabe, que se sabe implicado, pero, por una sustitución masiva de afectos, este sujeto asume un contexto más amplio y un conjunto de acciones de otros como su realidad más íntima. 

Como se ha sugerido anteriormente, la cuestión es si el sujeto es el problema en absoluto. Lo que encontramos claramente articulado en Zizek, que en este punto es casi perfectamente continuista con Kant, es que en la sustitución podemos encontrar la libertad. 

Al entregar al Otro mi contenido más íntimo, incluidos mis sueños y ansiedades, se abre un espacio en el que soy libre para respirar: cuando el Otro ríe por mí, soy libre para descansar; cuando el Otro se sacrifica por mí, soy libre para seguir viviendo con la conciencia de que expié mi culpa, y así sucesivamente.42 

Ser libre para respirar es, por supuesto, uno de los valores fundamentales del reciclaje. Para salir de la culpa perpetua y hacer realidad algunas libertades nuevas, y quizá para abordar de forma práctica los problemas clave de la actual crisis ecológica, podemos empezar a intuir que el sujeto que se supone que recicla necesita ceder sus sentimientos internos al Otro. Dado que, en cierta medida, ya hemos cedido al Otro el control sobre los procesos de producción y distribución, quizá no sea tanto pedir. Pero lo más importante es que podemos encontrar la libertad no en el re-tratamiento hacia nosotros mismos, sino en una renovada entrega al Otro de la responsabilidad. 

Responsabilidad 

Esta desarticulación del sujeto que se supone que recicla no debe tomarse como una llamada a la pasividad, sino más bien como un rechazo a asumir la responsabilidad de las acciones de quienes actualmente eluden su responsabilidad individualizando y localizando la culpa en los hombros de los consumidores. Desplazar el sentido de la libertad y la culpa del sujeto que se supone que recicla del centro del escenario no es negar la agencia, sino más bien desplazar el locus de esta agencia de los sujetos individuales, que a menudo tienen de hecho muy poca agencia, hacia los que desplazan la responsabilidad, y con ello, desplazan la libertad y la culpa hacia aquellos que están de hecho en el centro del poder económico y político hoy en día. Esto es crucial porque el «sujeto que se supone que recicla» suele significar el sistema económico que se supone que no recicla, o más contundentemente, el sistema económico que se supone que no recicla

Pasando de un lado a otro, podemos poner de relieve el resto negado de la tendencia actual de las empresas a externalizar la responsabilidad social corporativa en el sujeto consumidor. Esta externalización implica una cesión de responsabilidad que también conlleva un sentimiento de culpa y de libertad. También se presenta en forma de exigencia, y además una exigencia de que se acepte el don, como si se tratara simple y únicamente de un don amable. Pero esta exigencia también va acompañada de la amenaza de que, si no se acepta el regalo de la responsabilidad, se recuperará dicha responsabilidad, y ésta es quizá la conclusión de este análisis: que los consumidores pueden rechazar la oferta de libertad y la invitación a una culpa psicológica perpetuamente repetida. Por supuesto, tal rechazo no puede ser una mera cuestión de consumidores individuales, sino de la forma en que concebimos las responsabilidades relativas de consumidores y productores hoy y en el futuro. 

Para cerrar el círculo de la cuestión de la transferencia, cabe preguntarse también de dónde procede la imagen del sujeto que se supone que recicla. ¿Cuál es el origen de los sujetos complacientes y catastrofistas de hoy? Para abordar esta cuestión, debemos recordar el modo en que Freud subraya que las imágenes de la transferencia se originan en «ideas anticipatorias», conscientes o inconscientes. Es evidente que estas ideas no surgen de la nada, y Freud señala que las ideas transferidas al analista son a menudo figuras reales o exageradas de experiencias anteriores. Con esto debemos subrayar que las ideas que tienen los consumidores sobre sus responsabilidades están históricamente arraigadas y, como espero que se haya demostrado, están profundamente implicadas en ideas religiosas y morales, como la culpa y la libertad. A lo que nos lleva esto es a que estos sentidos de culpa y libertad pueden descentrarse, aunque el trabajo de deshacerlos por completo será realmente muy largo y requerirá esfuerzos repetidos y sostenidos. 

Del mismo modo, podríamos empezar a ver que la complacencia y la catástrofe no están donde parecían. Quizá resulte irónico, si no perverso, que se asuman como estados psicológicos individuales, cuando vemos a nuestro alrededor la vacilación de las empresas a la hora de asumir algo más que una responsabilidad menor y a los gobiernos nacionales evitando intervenir seriamente por miedo a los riesgos que ello podría suponer para la expansión económica. En este contexto, tal vez podamos ver ahora que la complacencia y la catástrofe del sujeto que se supone que recicla son ideas anticipatorias transferidas de nuestro clima político-económico actual, que luego son asumidas por los consumidores en un proceso por el cual el sujeto consumidor asume estados afectivos que son poco más que la imagen especular de la complacencia y la catástrofe del Otro.

NOTAS FINALES

1. ¿Hasta qué punto nos hemos alejado de la situación descrita por Weber? Consideremos dónde escribe: “El Dios calvinista no exigía ‘buenas obras’ aisladas de sus fieles; más bien, si la salvación ocurriera, Él requería una intensificación de las buenas obras en un sistema. No se mencionó ese ciclo genuinamente humano, seguido por el católico, de pecado, arrepentimiento, penitencia, alivio y luego más pecado. Tampoco hubo ninguna discusión en el calvinismo sobre dispositivos o mecanismos (como un período definido de castigo) que equilibrarían la cuenta de la vida entera y luego proporcionarían, a través de los medios de gracia proporcionados por la iglesia, expiación de los pecados. En el calvinismo, la acción ética práctica del creyente promedio perdió su carácter carente de planificación y no sistemática y fue moldeada en una organización consistente y metódica de su vida en su conjunto”. Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, trad. Stephen Kalberg (Oxford: Oxford University Press, 2001), 70–71.

2. Plantear las cosas de esta manera podría aclarar esa parte del cuidado de sí que aún debía ser analizada por Foucault, es decir, los riesgos y patologías del giro hacia adentro que tan a menudo acompaña a una preocupación o un cuidado de sí. Es este elemento el que Levinas nos ayuda a revelar al considerar cómo, por ejemplo, Foucault se preocupa por el cultivo del yo a través de cuestiones como la dietética. Para Levinas, por supuesto, la cuestión no es tanto el cuidado de uno mismo cuando me someto a una dieta. La cuestión, siempre, es la del hambre del Otro. Véase Michel Foucault, History of Sexuality, Volume 2: The Use of Pleasure, trans. Robert Hurley (London: Penguin, 1984), 95–139, and History of Sexuality, Volume Three: The Care of the Self, trans. Robert Hurley (London: Penguin, 1986), 97–144.

3. Emmanuel Levinas, Totality and Infinity: As Essay on Exteriority, trans. Alphonso Lingis (Pittsburg: Duquesne University Press, 1961).

4. Jacques Derrida, “At this very moment in this work here I am,” in Robert Bernasconi and Simon Critchley, eds., Re-Reading Levinas (London: Con- tinuum, 1991), 11–48.

5. Karl Marx, Capital: A Critique of Political Economy, Volume 1, trans. Ben Fowkes (London: Penguin, 1976), 163–77. Tampoco es coincidencia que la crítica de Marx al fetichismo de las materias primas haga hincapié en las sutilezas teológicas y metafísicas» de la forma de las materias primas (163), que claramente persisten en las temáticas teológicas, metafísicas y morales subyacentes del tema que se supone que debe reciclar.

6. Lacan presentó su concepción del tema del sujeto del supuesto saber en su undécimo seminario, de 1964. See Jacques Lacan, Seminar Eleven: The Four Funda- mental Concepts of Psychoanalysis, trans. Alan Sheridan (New York: Norton, 1979).

7. Jacques Lacan, Le séminaire, livre VIII: Le transfert (Paris: Seuil, 2001).

8. Sigmund Freud, “An Autobiographical Study,” in Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, vol. 20 (London: Hogarth Press, 2001), 42; Freud, “An Outline of Psychoanalysis,” Standard Edition, vol. 23, 175.

9. Sigmund Freud, “The Dynamics of Transference,” Standard Edition, vol. 12, 100.

10. Ibid.

11. Lacan, Seminar Eleven, 234.

12. Jacques Lacan, Autres écrits (Paris: Seuil, 2001), 248; Lacan, Seminar Eleven, 231.

13. See Lacan, Séminaire VIII.

14. Lacan, Seminar Eleven, 224.

15. Slavoj Zizek, “The Supposed Subjects of Ideology,” Critical Inquiry, 39 (1997): 39–59.

16. En términos levinianos, la complacencia es, por definición, la negación de la ética. En complacencia es difícil ver cómo uno podría experimentar el «cuestionamiento de mi espontaneidad por la presencia del Otro» (Totalidad e Infinito, 43). En este sentido, el tema catastrófico bien podría, se podría notar, ser el perfecto

17. Agradezco a Mark Dery por este encuadre. Ver “‘Always Crashing the Same Car’: A Head-On Collision with the Machinic Phylum,” in Steffen Böhm, Campbell Jones, Chris Land, and Matthew Paterson, eds., Against Automobility (Oxford: Blackwell, 2006), 223–39.

18. Podríamos notar dos posibles estrategias de compecuencia cuando nos enfrentamos a tales imágenes: a la primera simplemente no le importa, mientras que la segunda sabe que, sean cuales sean los horrores que uno vea a través de la ventanilla del coche, es de alguna manera de ser atendido por la mano invisible de los agentes de la responsabilidad social corporativa.

19. Sigmund Freud, “Civilization and its discontents,” Standard Edition, vol. 21, 134.

20. Walter Benjamin, “Capitalism as religion,” in Se- lected Writings: Volume 1, 1913–1926, ed. Marcus Bullock and Michael W. Jennings (Harvard, MA: Harvard University Press, 2004), 288.

21. Friedrich Nietzsche, Human, All Too Human, trans. R. J. Hollingdale (Cambridge: Cambridge Univer- sity Press, 1986), 31–59, also 12.

22. Ibid., 34


23. Ibid., 35.


24. Friedrich Nietzsche, The Genealogy of Morals, in The Birth of Tragedy and the Genealogy of Morals, trans. Francis Golffing (New York: Anchor, 1956).

25. Ibid., 217.

26. Ibid., 224.


27. Sigmund Freud, “Beyond the Pleasure Principle,” Standard Edition, vol. 18, 7–64.


28. Nietzsche, The Genealogy of Morals, 226.


29. Renata Salecl, On Anxiety (London: Routledge, 2004), 50.


30. Albert Camus, The Outsider, trans. Joseph Laredo (London: Penguin, 2006), 9.

31. Immanuel Kant, Critique of Practical Reason, trans. Mary Gregor (Cambridge: Cambridge University Press, 1996), 3. 32. Ibid., 3.

33. Ibid., 26.


34. Ibid., 27.


35. Ibid.

36. Ibid., 27–28. Lacan discute este ejemplo, en lo que solo se puede llamar una manera «inventiva», en Seminar Seven: The Ethics of Psychoanalysis,1959-1960, trans. Dennis Porter (London: Routledge, 1992), 108–09.

37. Kant, Critique of Practical Reason, 27–28.

38. Emmanuel Levinas, “Substitution,” in Otherwise than Being, or, Beyond Essence, trans. Alphonso Lingis (Pittsburg: Duquesne University Press, 1985),99–130.

39. Slavoj Zizek, Plague of Fantasies (London: Verso, 1997), 109.

40. Ibid., 109–11.

41. Ibid, 109.

42. Ibid


Factores lógicos del dinero

Logos del alma

“El dinero es otro tipo de sangre, y cuando circula por nuestras manos viene quizás con más de lo que queremos saber.”
Russell Lockhart

El dinero ciertamente es un problema psicológico, no solo por las dificultades psíquicas que se asocian con su manejo, ni por la incertidumbre que ocasiona el tener poco o por la ansiedad que supone quererlo demasiado. Como símbolo su valor es más profundo del que pudiera parecer a primera vista, sin embargo, por su cotidianidad no siempre se advierte, pero la lógica del dinero está impresa en cada rincón de la vida moderna, ésta depende tanto de su acción que los fenómenos económicos son el flujo que convulsiona la historia.

La lógica del máximo rendimiento expande su influencia en los sectores como la psicoterapia, la educación o la autoayuda, cuyo fin común es el de sustentar una estructura ideológica con la ayuda de técnicas pedagógicas de conversión de los sujetos en empresarios de sí mismos; quienes deben trabajar incansablemente por convertirse en objetos de cambios para una cultura que requiere de su convencimiento en la leyes de mercado, que se encarnarán en sus objetivos profesionales y personales y donde, incluso, su tiempo libre y de sueño será parte de sus horas de trabajo.

También la sombra del mundo está ligada al dinero: la trata de blancas, el tráfico de órganos, el robo de infantes, la proliferación del narcotráfico, la esclavitud y la guerra, tienen como propósito poner en circulación la economía. En los momentos de tránsito político, cuando la gente ingenuamente defiende a un partido o a otro, es siempre el dinero quien decide quien administra al sistema político en turno, para sostener y proliferar sus fenómenos sombríos. Como el antiguo dios Okeanos lo monetario marca los límites de la existencia y sus epifanías son propias del inframundo.

El capitalismo es el sistema económico donde se exalta el concepto mismo del capital, su proliferación a través del libre mercado es un ritual continuo al dios pecuniario que se multiplica sin cesar, a pesar del desgaste del mundo y por medio del sufrimiento del hombre. En su altar se exhibe descaradamente que la vida nunca es propiedad de los sujetos, sino que es el propio movimiento del capital aquello que funciona de manera autónoma y objetiva, como el Inconsciente Colectivo o como un gran Otro que impone su voluntad sobre los hombres. Es el capital a quien se suplica: “que se haga tu voluntad, no la mía”.

La fantasía del comunismo, desde otro ángulo, gira en torno al mismo ídolo, pero pretende, ilusamente, someterlo. No obstante, los regímenes socialistas terminan siempre como capitalismos de estado, con una clase sacerdotal que rinde plegarias y genera dogmas para los creyentes del paraíso, que también es nombrado como: la sociedad comunista; una utopía, donde el dinero está al servicio de la gente y donde el sujeto ha logrado someter al gran Otro a sus necesidades. Es así que la imagen del socialismo es necesaria para servir mejor al dios tremendum del capital, a través del engrandecimiento de la voluntad del hombre como grupo.

Se puede decir, por lo tanto, que el dinero es ineludible, pues, como la vida, crece incesantemente y a pesar de los obstáculos (inflación, recesión, caídas, devaluación), es la parte maldita que se alimenta de la materia para volverla lógica. Quizás el hombre no sea sino un altar vivo de ese gran proceso devorador que es la lógica monetaria. Habría que recordar que la diosa Juno, la avisadora (Moneta), era una representación de la fuerza vital y la fertilidad, y por lo tanto, como Russell Lockhart intuye, es también una faceta del Sí-Mismo, aquello Otro que constituye la verdadera voluntad del ser más intimo que niega las certidumbres individualistas y los esquemas humanistas.

Tal vez por ello el dinero es una carga, una forma ritual inconsciente que obliga al individuo a producirlo sin descanso y a nunca estar satisfecho con lo que se tiene, porque el alma sigue un trayecto en el que el hombre queda siempre detrás, como un cadáver del cual se han vendido ya sus órganos principales y que ha comerciado por unos breves instantes con su propio pedazo de existencia, y que al final lo ha perdido todo en el mercado de cambio, porque su vida no era sino un préstamo efímero que debía pagar con intereses variables y obligatorios.

El dinero y el hombre quedan así inextricablemente atados. Si bien Okeanos ha dejado de circundar el cosmos y se ha vuelto hacia el interior de las personas, como la noción que palpita en sus corazones lógicos, la economía ha tomado el lugar de los antiguos dioses muertos y sobre sus recuerdos ha recreado el cosmos a su imagen y semejanza. Es la psique el verdadero hogar del capital, desde ahí gobierna al mundo y el hombre dedica su tiempo completo a la adoración de este deus absconditus, que sin embargo se esconde en la ubicuidad del libre mercado.

El desprecio de la dificultad teórica en psicología

Logos del alma

«El mundo de los espíritus no está cerrado;/ es tu mente la que está cerrada, tu corazón muerto./ ¡Arriba, discípulo, sumerge sin fatiga/ el pecho terrenal en la luz de la mañana!»

Fausto, J. W. Goethe

Es un lugar común pensar que todo conocimiento tiene que ser sencillo y transmitirse de forma simple para exaltar su validez, ante tal opinión la oscuridad y la dificultad son factores de menosprecio, porque cualquiera debería ser capaz de adentrarse sin temor en una materia especializada e incluso los mismos profesionales no habrían de tener obstáculo alguno en la consecución de las dimensiones más complejas del saber en cuestión.

En la psicología y en la psicoterapia ha permeado este punto de vista que infravalora el rigor intelectual propio de la disciplina, tachándolo de “abstracto”, “racionalista” o “unilateral”, en favor de prácticas antropotécnicas edificantes de la ego personalidad. Esto es evidente en la corriente de psicología analítica donde se acude, para despreciar el esfuerzo teórico, a concepciones pragmáticas como vías para disminuir la complejidad de la labor de sumergirse en la obra de un autor o en lo intrincado del objeto de estudio particular.

Los analistas construyen prácticas histericamente reconfortantes que les hacen creer, a ellos y a sus pacientes, que han entrado en contacto con factores numinosos que dan muestra de su compromiso con lo trascendente. Además, crean nichos teóricos cimentados en unas pocas ideas que ofrecen la sensación de ser sólidos dogmas para poder sostener cualquier práctica psicoterapéutica que resultará, en consecuencia, más cercana a la autoayuda que a una psicoterapia rigurosa.

Este sacrificium intellectus es un malentendido que propone que la teoría puede separarse de la práctica y que ambas dimensiones no se corresponden. Pero, realmente, la pobreza teórica conlleva una práctica limitada, ya que las teorías son vías narrativas que enseñan al ojo a ver a través de sí mismas, son los caminos que le permiten al pensamiento atender su propia herramienta de observación. Este derrotero pide el trabajo arduo del profesional, quién enfrentado al material complejo termina por volver compleja su propia mente, lo que lo capacita para hospedar la profundidad real del fenómeno que se presenta.

Por supuesto, el rigor intelectual no debería tener la forma de la evasión del propio ser a través del diálogo vacío de la intelectualidad superficial, que pasa de un autor a otro sin ser tocado por sus obras; ni tampoco convertir al ejercicio intelectual en un escape del momento presente, o en una herramienta de la importancia personal. La verdadera profundización teórica apunta hacia el camino del sujeto por dilucidar el propio pensamiento subyacente en el fenómeno, que resulta en el desgarramiento del pensador mismo.

Esta dificultad constela el dolor de enfrentarse, con rigor, a la propia ignorancia e incapacidad, como desafíos constantes e ineludibles en el tratamiento de cada caso y de cada fenómeno en cuestión, pero el fruto de esa lucha es la paulatina interiorización de lo ya sabido y su ahondamiento en las ideas complejas que desentrañan la naturaleza del objeto abordado, esto es el ejercicio racional de asumir al otro como un pensamiento que se piensa a sí mismo.

El conocimiento no debería ser sencillo, al contrario es un proceso que inicia a la mente del pensador en temas exigentes y términos complicados, que exigen de él someterse a la negación de su concepción cotidiana y al sacrificio de los objetivos de reconocimiento, prestigio y seguridad.

El psicólogo no debe temer, ni alejarse de lo intelectualmente difícil, sino permanecer en ello y permitir que lo leído haga su trabajo destructivo ante la actitud defensiva que promete seguridad, pero que comúnmente es tierra fértil para el dogma, que es una idea detenida en su camino hacia sí misma en pos de la certidumbre del individuo, en cambio el campo de la psicología es la tierra temible y salvaje de la incertidumbre.

Hades raptado o la interpretación psicológica del mito

Logos del alma

El problema esencial del análisis psicológico de los mitos es que el lector siempre se confabula con el personaje principal desde una preferencia moral inadvertida. Hay una posición preponderante que como un atractor obnubila al sujeto de la integridad del relato. Giegerich muestra que la narración es el despliegue de una noción única que se observa a sí misma de manera pictórica porque aún no ha llegado a casa, a la consciencia de sí misma. Entonces el abordaje de un mitologema requiere entender que todos los elementos ocurren a la vez e incluso preguntarse por la experiencia de aquello que no concuerda con el punto de vista establecido por la lectura cultural de un motivo.

Por ejemplo, en el mito del rapto de Perséfone se observa a la virginal Core con la nariz hundida entre los narcisos, luego viene el apartamiento del mundo de la madre, la integración del animus sombrío, etc. Pero nadie habla del dolor de Hades quien primero fue raptado, ultrajado aún antes por la inmaculada figura de Core. Él también fue apartado de sus dominios hacia un campo florido que poco recordaba la oscuridad del inframundo (¿serán los Campos Elíseos una rememoración del trauma del dios del submundo?). Perséfone fue también la oquedad por la que el desdichado dios resbaló hacia la manía erótica. En las imágenes míticas y psicológicas es arduo pronunciar donde comienza el agravio, por lo que se desdibuja la certeza de la víctima.

Por otra parte, ¿qué hay de la madre que sufre? Demeter ha gestado y cuidado de este tierno retoño durante años, ha construido un campo perenne a su alrededor del cual la pequeña Core es, sin saberlo, una prisionera. No obstante, la otra prisionera de esta florida cárcel es la madre misma, quien tomada por el rapto materno ha sido fascinada por el encanto de la apropiación del otro. En su hija, la madre, puede moldearse a sí misma y a sus deseos de tal manera que estos cobren forma y se sometan a las imágenes que le develan a esa otra madre antiquísima que rodea el destino de los dioses y de los mortales. Pero aquel que conquista un tesoro irremediablemente se vuelve presa del atributo alcanzado, por ello debe ser la ruptura del mundo quien libere las almas que han sucumbido al infierno de lo realizado.

El otro personaje implicado es el propio Zeus, padre de la niña, quien otorga su permiso para que su hermano sombrío despose y ultraje a su hija. ¿Pero es Zeus un dios diferente a Hades? El rey de los dioses es una representación del protogono, de aquel rayo de luz que emergió del gran huevo cósmico. Él es el rompimiento en sí mismo, el desmembramiento de la madre oscura, o del dragon primigenio, con cuyos huesos se construye el cosmos. Porque la centella que ilumina el cielo realmente lo divide para el observador lejano y, por ende, le otorga la estructura dialéctica y es el inicio de la división de los opuestos. Pero mientras en los linajes de las deidades antiguas la confrontación equivale a la destrucción abierta de una faceta, Zeus, en cambio, convive con su propio otro quien gobierna el reino oscuro del Hades.

Se puede imaginar al dios soberano del inframundo irrumpiendo en el mundo diurno como un incesante rayo oscuro, un deus negativo que irrumpe en el campo florido así como en el cuerpo inerme de la joven doncella que ahí permanece. Mientras que Zeus niega la dimensión titánica de la consciencia, Hades es la negación de la negación que lleva a la espléndida Core al plano de la negatividad absoluta. Perséfone, por lo tanto, es aquella que trae la muerte dentro de sí misma y en ella la vida diurna ha interiorizado el destello sombrio de la muerte y lo ha transformado en la noción central de su dinámica. La señora del submundo subvierte las estructuras cósmicas en sus nociones íntimas y se lleva consigo la realidad entera, con ella se marcha la vida vegetal, animal y aun las relaciones afectivas, al final solo el toque frío del alma (psycho) queda como rastro de la que era su antigua casa.

El rapto de Perséfone es un relato donde ciertos elementos se repiten de forma circular: el contenimiento y la liberación, la virginidad y el ultraje, el deseo de la madre de persistir inmutable y la inevitable destrucción del cosmos, este mito pertenece a una época donde el alma se sacrificaba a sí misma, se daba muerte como a un otro para liberarse de sus ataduras en el pleroma de la vida biológica. Su interpretación exige desligarla del deseo egóico de atribuirla a la experiencia de los sujetos y dejarla domorarse en su propio campo, pues es ahí, en su singular contención semántica, donde la noción que la rodea ha de liberarse desde su umbría interioridad.

La noción que penetra la comprensión impoluta del motivo del mito es el camino del pensamiento que se abre paso a través de las eras para emanciparse de su estadio previo e impulsar el discernimiento de sí mismo como un fenómeno presente. Deja atrás de sí, incluso, a la dimensión mítica que desea subsistir en sus encarnaciones lógicas que, sin embargo, ya la han superado y obligado a morar como el centro de una nueva realidad cuya sutileza y complejidad son totalmente nuevas y adecuadas a dicha objetividad. De este artificio surgirán otras contradicciones y otros raptos que obligarán a la joven Core a sufrir el mancillamiento de la lógica que criba en su adentridad, donde un Barba Azul o un Hades asaltarán las buenas consciencias de un alma bella que requiere de la muerte para ser la portadora de la vida lógica del alma.

La neurosis de la psicología

Logos del alma

Para Freud la neurosis estriba en un desacuerdo entre los deseos del id y las necesidades del ego, es decir, surge como un sistema sintomático que responde a una relación paradojal entre la dimensión consciente y la inconsciente del proceso psíquico. En Jung, en cambio, la neurosis supone un desajuste en la homeostasis del sistema mental que conlleva un esfuerzo, autónomo, por compensar aquello que se ha tornado desequilibrado. En ambas posturas se observa que el compromiso dialéctico entre las dimensiones de la consciencia ha sido obliterado por alguna circunstancia específica. En la neurosis una faceta de la experiencia se apresta, de manera secreta, contra otra.

A partir de lo dicho considérese una hipótesis: la psicología, como ciencia de la salud mental, es inherentemente neurótica, pues sostiene una unilateralidad en lo individual que exacerba al sujeto y deja sin tocar el tema que debería ser su centro: la lógica de la conciencia o el alma. La psicoterapia, que es su práctica [de la psicología], no cura realmente en ninguna modalidad, ni desde ninguna perspectiva, su función real es iniciar al sujeto en el medio de la neurosis. Desde esta especulación surge, por ende, la duda sobre el lugar de la ganancia secundaria.

Por una parte, el proyecto psicológico se apresta al estudio del comportamiento humano, a pesar de que su raíz etimológica apunte hacia el logos de la psique, desde esa contradicción, por otro lado, se escabulle un propósito oculto que alimenta al espíritu de la época; porque el discurso normal de la psicología nutre al complejo egóico de tal forma que lo eleva a la condición de un nuevo dios hacia el cual todas las manifestaciones anímicas son dirigidas para ser devoradas por esa noción hegemónica cuya característica esencial es ocultarse a sí misma del hecho de ser una idea.

El mercado de la autoayuda y la psicología académica no son muy distintas en cuanto a la empresa de inflación psíquica del individuo, en ellas el esfuerzo del alma por sostener una nueva forma de sí misma se lleva a cabo a través de la exaltación de la importancia individual y de las narrativas que divinizan la ecuación personal. Para este objetivo, el alma utiliza factores obsoletos que dejó atrás, hace tiempo, como restos muertos de su propia historia, y con ellos entroniza un solo elemento de su fenomenología. El ego es una forma anímica que obtiene su sustento de los cadáveres de la consciencia.

Por lo tanto, se cometería un error si se pensara que la neurosis pertenece al individuo, pues al parecer es un movimiento lógico donde la psique se deshace de la importancia del sujeto al encumbrarlo en cimas demasiado elevadas, como si el telos inherente en tal despliegue fuera hacer sucumbir a este Icaro o Belerofonte en el mar de los objetos anímicos superados; es el proceso de aufheben del ser humano, que en su último momento brilla con tal esplendor como el de una estrella que colapsa.

La neurosis de la psicología es la formación de compromiso de un alma que advierte la muerte de un símbolo fugaz como lo es el hombre y la búsqueda de la liberación en la absoluta negatividad de ser lo que siempre ha sido, un pensamiento que se piensa a sí mismo. La narrativa de la salud mental, por lo tanto, cumple la función sintomática de convertir en un objeto de culto aquello que deberá ser sacrificado, como en los antiguos rituales precolombinos donde se otorgaban tributos y placeres divinos al sujeto dispuesto a ser consumido por los dioses.

Lo que se hace en el consultorio es brindar un relato con el cual la persona pueda poner su neurosis en manos de la cultura y normalizarla; a su vez la psicología se neurótiza aun más y construye un discurso cultural que legitima esta escisión. Es decir, la psicología crea sus propias patologías al apropiarse del movimiento patologizador de los fenómenos, labra así su propio campo y convierte a sus pacientes en el dogma encarnado de una teoría psicológica, la cual, independientemente de su estructura, tiene como trasfondo el esfuerzo de la consciencia de volver irrelevante al individuo por medio de su exaltación.

Así, de la sala de consulta emerge un paciente satisfecho de forma momentánea, bajo el manto de la persuasión, pero hay muchos más como él esperando una cita. Dado este sistema complejo de relatos implicados, el terapeuta es tan inconsciente de este tránsito agónico como lo es el paciente, y juntos abdican, sin saberlo, sus objetivos mundanos a la gran maquinaria del espectáculo de la salud mental; su vida individual es, por lo tanto, una vía pathos-lógica al servicio de la gran vida lógica que los reclama.