El suicidio y el alma. Prólogo y notas preeliminares de 1964 y 1976

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 6 – 12

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Prólogo 

por Thomas Szasz

Para los animales no humanos, procrear y morir son consecuencias casuales de procesos biológicos. Para los seres humanos, a menudo son el resultado de una elección deliberada. Desde los primeros tiempos de la historia, el hombre ha ejercido el control sobre la reproducción, mediante el infanticidio, y sobre la muerte, mediante el suicidio. Practicar la anticoncepción es un pecado para los judíos ortodoxos y los católicos devotos, mientras que no practicarla es un acto de irresponsabilidad para casi todos los demás. El aborto sigue siendo un dilema moral para la mayoría. El infanticidio, definido como asesinato, está prohibido por el derecho penal. Sólo el problema del suicidio se ha resuelto a satisfacción del hombre moderno: sabe que es un síntoma de enfermedad mental, a menos que el «paciente» sea «asistido» por un médico, en cuyo caso se califica de «tratamiento» del dolor.

Puede sorprender al lector que la transformación del suicidio de un acto criminal llamado «autoasesinato» a un síntoma de enfermedad cerebral llamado «locura» (que anula la ilicitud del acto) se completara en realidad antes de que existiera la especialidad médica llamada «psiquiatría». Brevemente, así es como sucedió. En el siglo XV, las leyes penales de Inglaterra combinaron las penas eclesiásticas y seculares por suicidarse, un desarrollo que William Blackstone, el gran jurista inglés del siglo XVIII, resumió con aprobación de la siguiente manera:

La ley de Inglaterra considera sabia y religiosamente que ningún hombre tiene el poder de destruir la vida, sino por encargo de Dios, el autor de la misma; y como el suicida es culpable de un doble delito, uno espiritual, al eludir la prerrogativa del Todopoderoso, y precipitarse a su presencia inmediata sin ser llamado, el otro temporal, contra el soberano, que tiene un interés en la preservación de todos sus súbditos, la ley, por lo tanto, ha clasificado esto entre los crímenes más graves, convirtiéndolo en una especie peculiar de delito grave cometido contra uno mismo.1

Como el suicidio se consideraba una doble ofensa, tanto contra Dios como contra el Rey, el suicida era castigado doblemente, negando a su cadáver sepultura en tierra consagrada2 y confiscando sus bienes terrenales y entregándolos al Almirante del soberano. Esta salvaje retribución llevó gradualmente a los jurados ingleses -que cargaban con el deber de tener que determinar las causas de las llamadas muertes no naturales- a encontrar la manera de mostrar piedad con las víctimas, tanto vivas como muertas.

La Inglaterra del siglo XVIII era la nación más avanzada tecnológicamente, más próspera y más poderosa del mundo. No por casualidad, los ingleses disfrutaban de más libertad personal y se suicidaban en mayor número que ningún otro pueblo del mundo. En la entrada correspondiente a «self-murder», el Oxford English Dictionary ofrece este ejemplo del uso de la palabra: «1741 … ‘In such a gloomy, saturnine nation as ours, where Self-murders are more frequent than in all the other Christian World besides'». Sin embargo, lo nuevo en Inglaterra en el siglo XVIII no era la melancolía, sino la libertad. Por primera vez en la historia, el pueblo inglés empezó a tomarse en serio las ideas gemelas de libertad personal y derecho a la propiedad. En este clima cultural cada vez más humano, a los ingleses que formaban parte de los jurados de los forenses les resultaba intolerablemente molesto el deber de imponer las penas prescritas por la ley para el suicidio. Sin embargo, la abolición de la ley contra el suicidio era impensable. Gobernantes y gobernados creían que legalizar el suicidio equivaldría a sancionar el abuso de drogas. Volver locos a los culpables3, es decir, «insanizar» el suicidio, tratar a los culpables de este delito como si fueran lunáticos, era la solución perfecta. Permitía a los ingleses y inglesas mantener las sanciones religiosas y legales contra el acto y, al mismo tiempo, proporcionaba un mecanismo compasivo y aparentemente científico e ilustrado para evitar a la familia del suicida la indignidad y las pérdidas económicas que conllevaba castigar el acto. S. E. Sprott, historiador del suicidio inglés, resumió esta evolución de la siguiente manera:

En el siglo XVIII, los jurados declaraban cada vez más la demencia para salvar a la familia de las consecuencias de un veredicto de delito grave; el número de muertes registradas como «dementes» creció sorprendentemente en relación con el número de muertes registradas como auto-asesinato … En la década de 1760 la confiscación de bienes parece haberse convertido en algo raro.4

Cualquiera que reflexionara sobre el asunto debía tener claro que hallar la «mente» non compos del suicida -póstumamente, exactamente en el momento en que ejecutaba su acto criminal- era una táctica legal para eludir la pena que la ley prescribía para este delito. Blackstone reconoció el subterfugio y advirtió contra él:

Pero esta excusa [la de declarar al delincuente non compos mentis] no debe ser llevada al extremo al que los jurados forenses tienden a llevarla, es decir, que todo acto de suicidio es una prueba de demencia; como si todo hombre que actúa en contra de la razón no tuviera razón en absoluto; porque el mismo argumento probaría cualquier otro criminal non compos, así como el auto-asesinato.5

La advertencia fue inútil. La ley definió la sentencia póstuma del jurado como una auténtica constatación de hechos sobre la mente humana. La gente no necesita que la animen a eludir su responsabilidad. Sin embargo, aquí la Ley, el Gran Maestro, alentó precisamente tal evasión. Al declarar que los suicidas eran non compos, la Ley había creado un mecanismo para rechazar la responsabilidad y, con la ayuda de la profesión médica, envolvió esta evasión en el manto de la curación y la ciencia. Como resultado, a principios del siglo XIX, la ley y el público estadounidense estaba dispuesto a creer las mentiras más escandalosas presentadas como hechos médicos sobre las enfermedades que se manifiestan como suicidio. El primer texto sistemático sobre la relación entre el derecho y la locura fue publicado en 1838 por Isaac Ray, un médico general de 31 años de Eastport, Maine (entonces un pueblo pesquero de 2.840 habitantes). Ray era un joven culto, pero prácticamente no tenía experiencia con dementes, vivos o muertos. Sin embargo, afirmó confidencialmente:

Las analogías así presentadas entre la propensión suicida y la locura… se ven también reforzadas por los cambios patológicos observados después de la muerte. En la mayor parte de los casos en que se efectúa un examen, se encuentra que el cerebro o las vísceras abdominales han sufrido lesiones orgánicas, más o menos extensas… Incluso en aquellos casos en que el acto fatal no fue precedido por ningún indicio o enfermedad… la disección ha revelado a menudo la enfermedad más grave, que debe haber existido durante algún tiempo antes de la muerte.6

Ray concluyó: «En la actualidad, el hecho del suicidio no tiene más importancia que la que se deriva de su conexión con las enajenaciones mentales que se puede suponer que lo han originado».7 Los primeros psiquiatras veían en el suicidio una de las mejores fuentes para demostrar su pericia. Las opiniones de Esquirol son ilustrativas. Escribió:

He visto muy a menudo suicidios provocados por la práctica de la masturbación. Lo mismo ocurre con el abuso de bebidas alcohólicas … Los individuos así debilitados se hunden en la lipemanía [melancolía], y sin otro propósito que el de librarse de la vida … Todo lo que he dicho hasta ahora, junto con los hechos que he relatado, demuestran que el suicidio ofrece todas las características de la alienación mental, de la que es, en realidad, un síntoma … Siendo el suicidio un acto consecutivo a … la locura … [su] tratamiento pertenece a la terapéutica de las enfermedades mentales … He demostrado que el hombre sólo atenta contra su vida, cuando se encuentra en estado de delirio, y que los suicidas son dementes.8

Durante los últimos 150 años, estas falsedades se han repetido con tanta frecuencia y se han elaborado tan ampliamente que ahora se requiere una considerable independencia mental para poder contemplar el suicidio sin verlo a través de unas gafas del color de la psiquiatría. Un pensamiento correcto requiere que consideremos al psiquiatra como un experto en suicidio. La opinión popular y las normas profesionales de la práctica psiquiátrica ordenan que es deber del psiquiatra evitar que sus pacientes se suiciden; sus colegas que testifican como expertos, así como los jueces y los jurados, en consecuencia, le consideran responsable de tales «muertes por negligencia». Esto no es así en absoluto. La opinión popular, las normas profesionales de la práctica psiquiátrica y la ley exigen que aceptemos al psiquiatra como experto en el estado mental de los pacientes «terminales» y que se le confíe el deber de distinguir entre los que sufren «depresión clínica» y, por tanto, carecen del «derecho» al suicidio asistido por un médico, y los que están libres de esa enfermedad mental y, por tanto, poseen el mencionado «derecho». Se trata de acontecimientos ominosos cuyos peligros quedan efectivamente ocultos por la retórica de moda de la salud mental y los derechos humanos. No hay ningún misterio que explicar sobre el suicidio. Es simplemente un medio por el cual podemos cambiar la muerte de una cuestión de azar a una cuestión de elección. Como cualquier acción que tomamos en la vida, la acción de ponerle fin no tiene nada que ver con la medicina, y tiene todo que ver con el «alma». Aunque escrito hace muchos años, el reflexivo libro de James Hillman no podría ser más oportuno. En lugar de explicar (alejar) el suicidio, ayuda al lector a comprenderlo mejor.


1 William Blackstone, Commentaries on the Laws of England: of Public Wrongs [1752-65] (Boston: Beacon Press, 1962), 211-12. 

2 Normalmente, el cadáver debía ser enterrado en la encrucijada, a menudo con una estaca clavada en el corazón. 

3 Este método ya había sido identificado por Shakespeare en Hamlet: «Enloquece al culpable, y horroriza al libre, / Confunde al ignorante, y asombra en verdad, / Las mismas facultades de los ojos y los oídos».

4 S.E. Sprott, The English Debate on Suicide: From Donne to Hume (LaSalle, Ill.: Open Court Press, 1961), 112, (énfasis añadido). 

5 Blackstone, Comentarios sobre las leyes de Inglaterra, 212.

6 Isaac Ray, A Treatise on the Medical Jurisprudence of Insanity [1838], ed. Winfred Overholser. Winfred Overholser (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1962), 273-74. 

7 Ibídem, 274. 

8 Jean Etienne Dominique Esquirol, Mental Maladies: A Treatise on Insanity [1838], facsímil de la edición de 1845 (Nueva York: Hafner, 1965), 281-312.

Nota preliminar 

(1964)

Abordar las cuestiones de la muerte y el suicidio significa romper tabúes. Abrir temas enquistados durante mucho tiempo requiere fuerza, y cuanto más duras son las defensas, más hay que insistir. Así que este pequeño libro muestra argumentos. Cuestiona la prevención del suicidio; examina la experiencia de la muerte; aborda el problema del suicidio no desde los puntos de vista de la vida, la sociedad y la «salud mental», sino en relación con la muerte y el alma. Considera el suicidio no sólo como una salida de la vida, sino también como una entrada a la muerte. Cambiar las cosas de este modo altera las actitudes oficiales, especialmente las de la medicina. Así pues, se provocará a la medicina y se apoyará el «análisis laico» desde una nueva perspectiva de la psicología. Este punto de vista totalmente distinto surge de la indagación sobre el suicidio tal y como se experimenta a través de la visión de la muerte en el alma.

Lo que se diga sobre el alma humana -si es que se acierta- será a la vez correcto y erróneo. El material psicológico es tan complejo que cualquier afirmación es inadecuada. No podemos alejarnos de la psique y mirarla objetivamente, como tampoco podemos alejarnos de nosotros mismos. Si somos algo, somos psique. Y, como el inconsciente relativiza cada formulación de la conciencia complementándola con una posición opuesta e igualmente válida, ninguna afirmación psicológica puede tener certeza. La verdad permanece incierta, puesto que la muerte, única certeza, no revela su verdad. La fragilidad humana no pone en ninguna parte más límites a una obra que en psicología. La elección se convierte entonces en: dejar de hablar con sabiduría o hablar de todos modos con conciencia de insensatez. Este libro es producto de la segunda opción.

Nota preliminar 

(1976)

OTRA impresión ofrece la oportunidad de decir más. Por ejemplo, hay que hablar más de los aspectos sombríos del suicidio: agresión, venganza, chantaje, sadomasoquismo, odio al cuerpo. Los movimientos suicidas nos dan una pista sobre nuestro «asesino interior», quién es esa sombra y qué quiere. Dado que los movimientos suicidas muestran a esta sombra utilizando el cuerpo como instrumento para objetivos concretos (venganza, odio, etc.), se plantean cuestiones profundas sobre las relaciones entre los intentos de suicidio y los intentos de liberalizar la realidad por medio del cuerpo.

Se podría decir más sobre la literalidad del suicidio, ya que el peligro no reside en la fantasía de la muerte, sino en su literalidad. Así pues, la literalidad suicida podría invertirse para significar: la literalidad es suicida. Aunque el sentimiento de la muerte como metáfora, y la visión del suicidio como un intento hacia esta metáfora, impregna todo el libro, es necesario decir algo más sobre el trasfondo arquetípico de esta perspectiva hacia la muerte. Desde 1964 he estado trabajando precisamente en eso, e invito al lector que quiera indagar aún más en las cuestiones abordadas en este libro a que consulte mis diversos escritos sobre el arquetipo senex, sobre la patologización, el literalismo y la metáfora en Re-Visioning Psychology, y también las conferencias de Eranos de 1973 y 1974 «The Dream and the Underworld» y «On the Necessity of Abnormal Psychology». Este libro presagiaba esos ensayos posteriores sobre la oscuridad humana.

Como antes, deseo dar las gracias a las personas que han contribuido a este libro de un modo u otro: los anónimos con los que he trabajado en la práctica y los mencionados en la primera edición: Eleanor Mattern, Adolf Guggenbühl, Carlos Drake, Robin Denniston, A. K. Donoghue, Elisabeth Peppler, David Cox, Marvin Spiegelman, John Mattern y Catharina Hillman.

De la función apotropaica de la psicología

Logos del alma

“Reconocer la sombra es lo que yo llamo la obra del aprendiz.”

C. G. Jung

Cuando el hombre nació ante sí mismo, desnudo de los viejos dioses y de las antiguas creencias religiosas, sintió miedo y vergüenza y buscó, añorante, volver en su andar al antiguo refugio de las terribles deidades. Quizo correr nuevamente el velo que antaño cubrió sus ojos, pero era demasiado tarde, la realidad ya había teñido sus ropas de angustia.

Así que volviendo sobre sus pasos, en el camino imposible del retorno, y ante el cuerpo muerto del mundo natural, vio emerger las utopías, esas imágenes llenas de anhelo y melancolía que versaban sobre la grandeza de tiempos pasados, de cuando los héroes eran acunados por el regazo de la divinidad y lo numinoso era ese otro lenguaje de la adentridad en el cosmos.

Pero una vez vertido el germen de la historia, éste no puede ser recogido nuevamente, porque el alma es un ave que devora sus alas para domarse o una serpiente que se engulle a sí misma y nace de su propia muerte. No hay marcha atrás en el lento caminar de la consciencia y las promesas de restauración son solo el báculo metafísico de predicadores desde cuya boca se expande el desierto.

Como en los individuos, las heridas del alma no sanan jamás, permanecen cual huecos dolorosos donde la experiencia construye la belleza y el horror de la civilización. Son ellas, las desgarraduras, quienes se abren para recibir en su interior a la realidad. El alma no debe permanecer virgen, requiere que su otro llegue a hasta ella a través del ultraje y la devastación, para ello es indiferente que sea en un poema potente o en una masacre, lo importante es la significación del acto.

Pero si al acto no es asumido, se configura como una neurosis, es decir, como el hecho salvaje de que una faceta anímica trate de hacer pasar su momento presente por alguno otro ya superado y querer existir en una etapa que se ha disuelto como un terrón de arena en el mar desde hace mucho tiempo. Quizás pueda fingir que vive y piensa como lo hacían remotas culturas, pero luego, al abrir los ojos, reina en su mirada el desolado paisaje de la actualidad. ¡Oh alma vacilante, tienes un compromiso contigo misma, perteneces a tu presente!

El hombre, sin embargo vaga detrás de las migajas del tiempo, su momento siempre es el pretérito perfecto, lo ya realizado. Por ello la oclusión de la verdad exige la huida a un pasado imaginado o a un futuro muy temido, en ambas vías, como sucede en los relatos de ciencia ficción, el presente es perpetuamente proyectado de forma irreflexiva. No se puede imaginar sino lo que ya es pensado aún cuando no se atiende la incesante labor del pensar.

Por lo anterior la psicoterapia reposa su obra, a la vez, en el esfuerzo diagnóstico de la anamnesis y en la esperanza nomológica del pronóstico. Sueña con encontrar el núcleo del trauma en el rompimiento de la inocencia, antes de que la hoz cortara el lazo con el desarrollo ideal del infante mítico, e indaga con minuciosidad en lo recovecos de una memoria ficticia que, en secreto, es actividad poiética del alma. No se sabe nunca lo que sucedió, se lo inventa cada vez que se finge la rememoración.

En esta empresa inquisidora es el ideal de salud lo que guía a los participantes en la vana persecución de una presa que, sin embargo, corre invariablemente detrás del cazador. La meta yace en lo que ha sucedido y sigue sucediendo, no en el pasado, ni en el futuro, más bien acaece en el pretérito perfecto que irremediablemente ya es. La salud no es nunca lo que se puede alcanzar, una promesa de tranquilidad, sino el estado ideal, e imposible, que yace al lado del hombre como una sombra que nunca podrá asir.

No obstante, y a pesar del fracaso permanente, aun se intenta re-imaginar el mundo, reencantar un cosmos imaginal moribundo, que ha sido abrasado por el fuego de un universo lógico. Entre las tentativas necias se ha propuesto incluso preservar lo perdido en un espacio secreto, incomprensible e intemporal que algunos llaman “el inconsciente” y no importa si es individual o colectivo, su propósito es evitar el crepúsculo de los ídolos que ya no existen.

Es ahí, en el interior de cada sujeto, donde el proyecto neurótico de la separación de la realidad tiene su lugar. Jung decía que las viejas divinidades se han instalado en la vida de cada persona, pero entonces ya no son sino residuos de imágenes vivas que alguna vez estuvieron cubiertas de sentido. Ahora, que su aura numinosa se ha desvanecido, surge el furor narcisista por contactar lo imposible, al precio de sacrificar el compromiso con el presente.

En la cultura popular es evidente la necesidad de sustitutos parentales, se les puede observar en los términos abstractos de la búsqueda de entidades metafísicas que sostienen de manera artificial un sentido de interioridad en la vida que se ha perdido en el momento del nacimiento. No son muy distintos los practicantes de reiki, quienes desean contactar con los dioses o los ángeles, los teósofos, los creyentes de grandes conspiraciones o los psicopompos del inconsciente que en su consulta aplican el Brigg-Meyers y descubren el mito personal del paciente. En todas esas actividades se requiere de un grado importante de inflación psíquica.

Sin embargo, también en el esfuerzo por crear una mitología de la vida íntima que sirva para proteger al sujeto de su experiencia, ahí está latente la neurosis. La psicología, por ejemplo, conduce su investigación, sin saberlo, en el presupuesto de la separación del individuo de su contexto y evoca una fantasmagoría de términos que funcionan como sustitutos de lo que es pensado en los fenómenos. Nacen de esta manera escuelas y posturas, cada una con palabras singulares, talismánicas, y objetivos específicos, todas ellas con una tá legomena y un tá drómena particulares que se adaptan a la fantasía implícita en sus formulaciones teóricas. Dentro de ellas se forman adeptos cuya causa común es aprender las admoniciones y los rituales y liberarse de la ardua tarea de pensar por sí mismos, no hay necesidad de ese sacrificio si ya un autor o un conjunto de autores legaron todo lo qué hay que saber.

Profunda o científica, la psicología, puesto que se centra en el sujeto, es el solaz del hombre que una vez nacido no quiere darse cuenta de la muerte de los dioses, manteniendo así la importancia personal como el eje de su labor y sosteniendo la convicción de que el sujeto es aún relevante. Tal asunción, sin embargo, es un poco de veneno con el cual tener sueños tranquilos y alejar el mal de la propia senda.

Jung una vez dijo que la iglesia era un lugar para ocultarse del dios vivo, de la misma manera, se puede decir que la psicología moderna es un espacio para refugiarse de la muerte, de la finitud y de la verdad del tiempo presente. Por eso es tan cercano el predicador al couch o al psicólogo o al psicoterapeuta, todos fundan su doctrina en el deseo infantil por un dios que desde hace tiempo ha desaparecido y que ya no habla con sus hijos. Ese vacío de la voz divina es insoportable pero acaso es la señal indudable de que el hombre ha nacido.

Es tal vez la hora de que la psicología se constituya como un camino hacia el mundo y deje atrás su labor apotropaica, pues el mal es también una sombra y en el viaje del alma hacia sí misma reconocerla como un otro es, siempre, el primer paso en la sinuosa ruta de lo que ya es.

Inanidad y crisis

Logos del alma

Jung definió el concepto de “inflación psíquica” como la apropiación indebida, por parte del ego, de contenidos psíquicos que no le correspondían; es decir, que por una causa particular el yo se adjudica el origen y la finalidad de los fenómenos psíquicos, que en principio son autónomos, e intenta asumirlos como propios y derivarlos de su potestad. Esto podemos entenderlo como un proceso compensatorio, una vía de evasión de su asentamiento en la realidad.

La advertencia de Jung tenía por contexto el transcurso de la psicoterapia donde el paciente, consciente por primera vez de la signficación de los contenidos psíquicos, sentía la necesidad de identificarse con tales imágenes, de tal manera que sus formas trascendentes quedaban subsumidas a la fragilidad de un ego común. En la antigüedad ese tránsito era llamado hybris, el querer ser más que apunta a lo demasiado.

El ego se aparta así de la vulnerabilidad que lo caracteriza, porque su estructura es inédita en relación con la historia de la consciencia y requiere métodos que garanticen el afianzamiento de su lógica particular. Pero también es posible que la vía inflacionista no sea otra cosa más que un proyecto de magnificación del sujeto para someterlo de manera más eficiente a un procedimiento de cosificación y atomización, deshaciendo sus lazos comunales y volviéndolo un reproductor eficiente del espíritu de la época.

De cualquier forma, los discursos culturales evaden la inanidad del individuo en favor de propuestas que engrandecen inapropiadamente el talante que lo conforma. Tal situación se observa en las expresiones pseudo espirituales que abogan por entrar en contacto con sustancias metafísicas como la ley de la atracción, los ángeles, las energías místicas, los arquetipos o el inconsciente. En ellas se hace patente el afán de dotar a la vida cotidiana de una falsa profundidad que abstrae a las personas de su contexto y las fragmenta.

La psicología es proclive a ésta senda grandilocuente, pues ante las crisis o el desastre la narrativa psicológica acude a un discurso confortador y pedagógico que se alimenta de frases hechas como: “hay que aprender de la situación”, “vienen cosas mejores”, “escuchemos lo que nos dice la crisis”, “aprovechemos el momento”, entre tantos otros enunciados paliativos que se ofrecen como promesas salvíficas ante el sufrimiento cotidiano. Así, se condena a la experiencia a servir a un ideal fuera de sí misma, haciendo parecer que la verdad de lo vívido ha sido arrancada de la actualidad del fenómeno.

En consecuencia, se abandona el fenómeno como éste se presenta en pos de un ideal inscrito en el esfuerzo inútil de que el mundo se ajuste a las figuras infantilizantes del deseo. Se adopta la fantasía de que lo que sucede tiene una enseñanza para el ego, porque se teme a la gran verdad que despiertan los fenómenos en su forma destructiva y, en realidad, no se quiere ser enseñado por ellos, sino que muestren únicamente lo que es favorable para los esquemas ideales.

Por ejemplo, una de las lecciones rechazadas es que a pesar de los grandes avances tecnológicos y la soberbia antropocéntrica que caracteriza a la especie, la existencia es tan frágil como la vida de la más mínima hoja de un árbol y esa ligereza implica que todo ser es transitorio y se encuentra en constante metamorfosis, aunque el ego luche por la inercia de la identidad fija. El escape hacia el futuro, paradójicamente, tiene la función de detener el movimiento psíquico al adherirlo a un devenir delusorio.

En esta empresa inflacionista, donde el individuo juega a ser el centro de la existencia, éste puede preservar la falsa presunción de su relevancia. El opio de los tiempos presentes es la importancia personal y a este propósito se elevan las innumerables plegarias que ruegan por un sentido de la vida, en la época donde éste ya no es operante, porque el sentido nunca fue algo que pudiera perderse o recuperarse sino el sentimiento de interioridad en la sintaxis singular de la vida.

En los momentos históricos donde el sujeto estaba atado a un significado éste nunca residió en el individuo ya que siempre fue trascendente. Eran los dioses quienes dotaban de orientación al hombre. ¿Y qué sentido podría haber en la época donde Dios ha muerto? Así, se deduce, que otra lección rechazada es que vivir no tiene, ni requiere, de ningún significado, el fuego que consume al mundo ni siquiera nos dedica una mirada y es ahí donde radica su dulzura.

Haciendo eco de la pensadora del aura tampoco se debería sentir pesar ni culpa por no tener importancia, al fin y al cabo cada quien tiene la responsabilidad consigo mismo de ser solamente lo que ya se es y la vida no es más que un discurrir autónomo del que el hombre deriva pero del cual no es el objetivo primordial. El sujeto no es más que un puente como Nietzsche insistió y, con su indiferencia, el alma ya nos ha absuelto de nuestra futilidad ¿No es eso suficiente y más que suficiente?

Los viñadores homicidas o el junguianismo institucional

Logos del alma

La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido.

Mt. 21:42

Una preocupación general en la consolidación teórica de algunas posturas de pensamiento, es la promulgación de marcos de comprensión que permitan entender mejor lo que se desarrolla en dicha posición y delimitar conceptos, objetivos y alcances de la teoría en cuestión. Para ello es común construir rutas institucionales que permitan el acercamiento de la perspectiva al gran publico para captar nuevos elementos que reproduzcan el paradigma especifico.

Sin embargo, muy pronto, se olvida que la teoría que se ha construido, a veces alrededor de un único pensador genial, no es un bien privado que pertenezca a un grupo de iniciados, en cambio es un conjunto de ideas flotantes que encuentran su expresión más idónea en la búsqueda emprendida por una persona o por un grupo de personas y que éste es un movimiento lógico en constante metamorfosis.

Heidegger decía que un pensador es aquel sujeto que ha sido tomado por una idea y que, por una suerte del destino, deberá trabajar con ella el resto de su vida. Se puede decir que realmente el trabajo del autor es tratar de ponerse a la altura del pensamiento que se le ha propuesto como una visión particular del mundo. Pero el haber sido elegido no es un regalo que se le haya otorgado, porque constituye una tarea a la que deberá sacrificar el resto de su existencia, como la adoración subjetiva a un dios objetivo que se sirve a sí mismo.

Las ideas, en consecuencia, no pertenecen a los individuos, ellas son sujetos objetivos que, en pos de su propio despliegue en la labor de convertir lo positivo en negatividad, y viceversa, se aprestan de cualquier herramienta para seguir su trayectoria tautológica. El hombre es el camino más accesible, no obstante solo es una senda y no una meta ni un origen. El ser humano es un siervo de las ideas, pues él mismo es una forma de ver de la propia alma.

En la vía de consolidación de las teorías, esta relación entre las personas y las ideas se revierte en la ingenua pretensión de que las ideas deben ser detenidas, aplicadas y defendidas, en una empresa técnica por controlar la actividad noética del pensamiento que se piensa a sí mismo. Así, se limita el movimiento lógico de un proceso eidético y se le detiene en un momento de su andar, literalizándolo y convirtiéndolo en un símbolo muerto que guarda la nostalgia de una vida sostenida por una efusividad ahora enclaustrada.

Empero, las ideas, como cauces indomables, tienden a persistir en su necesidad dialéctica, por lo cual, tarde o temprano toman figuras que habrán de amenazar el status quo sostenido por la estrechez de miras de los saberes institucionalizados. Ante las miradas petrificadas de quienes pretenden que una teoría se mantenga virginal e impoluta, solo anima, surgen disidentes que tienen como destino la herencia del viento, es decir, la ardua tarea de turbar la casa y permitir que el espíritu embotellado pueda liberarse. Son ellos las encarnaciones de algún Barba Azul violento o de un animus que busca devolver al pensamiento el contacto con su dialéctica interna.

Pero el saber institucionalizado no ha de permitir de buena manera devolver aquello que quisiera conservar para sí. La perspectiva del dogmatismo es semejante a la de los viñadores homicidas de la parábola bíblica, quienes trabajando la tierra de alguien más se la apropian injustamente y asesinan a cada mensajero que viene a ellos por parte del dueño legítimo, hasta que por fin éste manda a su propio hijo, aquel heredero genuino y también lo matan.

Jung observaba la actitud dogmática de Freud cuando éste le suplicaba no bajar la guardia contra la marea negra del ocultismo, no podia concebir que aquel hombre creativo y fuente de intuiciones sagaces se comportara de manera estrecha frente a las manifestaciones genuinas del alma. Sin embargo, el mismo Jung no pudo librarse de la tentación de sucumbir al temor y constreñir su propia teoría a limites mezquinos. Imágenes como el inconsciente colectivo o los arquetipos estan propuestos como figuras ininteligibles que, curiosamente, no pueden ser refutados. Están hechos para no ser pensados.

El junguianismo institucional se consolidó en la lucha tenaz por mantener inmutables los conceptos intuidos por Jung, sin atender a los prejuicios inherentes a su época y contexto, y olvidó que el núcleo de la teoría analítica era la asunción de la psique objetiva, es decir, de un proceso autónomo de la consciencia que tiene su telos en sí mismo y cuyo propósito no es otro que alcanzar su propia verdad. Sobre todo desatendió el hecho de que las ideas desplegadas no pertenecen a nadie en particular sino que son un proceso de formación y transformación consustancial de la mente.

Es así que el junguianismo se adueñó de un flujo noético asumiéndolo como un saber estático e ideológico, por ello es sencillo que confluya con otros dogmas de la cultura como la New Age y su espiritualidad impostada o con las soluciones pseudo psicológicas que reproducen inconscientemente los valores del espíritu de la época. Además, no cesa en intentar matar todo proyecto de renovación de la dinámica interna del pensamiento literalizado en sus estructuras teoréticas.

A pesar de la pobreza de la institucionalidad, de vez en cuando aparecen personajes creativos, que siendo hijos legítimos del dueño de la hacienda se dan cuenta de que está usurpada por oportunistas y fariseos, por personajes que buscan sostener sus necesidades egoicas en la partícula seminal de un impulso de la propia alma. Ellos, los alborotadores, son los renovadores que intentan hacer justicia al espíritu rector de la teoría y derrumbar las inexpugnables fronteras que han erigido los asesinos del movimiento del alma.

Si la teoría es un flujo de ideas que debe ser acompañado en sus diversas transmutaciones, el pensador no es otra cosa sino el manso alquimista que atiende los estadios cambiantes de la materia a su disposición. En su laboratorio espera quizás encontrar algo, pero sabe que un misterio se cierne a cada momento y su labor no es embotellarlo, más bien elaborar vasijas que puedan ser quebradas cada vez que el proceso lo requiera.

Quizás sea la institucionalidad un mal necesario, pues en sus formaciones rígidas, en sus congresos repetitivos, en sus publicaciones insustanciales se trasluce un alma torturada por una nigredo que aguarda atenta la liberación del espíritu mercurius; en los anales adustos de sus memorias se cierne el concepto latente que desea ser vivificado. Tal vez esta sea la enseñanza de la parábola de los viñadores homicidas, que en la dialéctica del conocimiento el pensamiento cíclicamente es devorado por la necesidad dogmática, únicamente para dar tiempo a que el legítimo dueño reclame lo que siempre le ha pertenecido.

Sombra y síntoma de la psicología

Logos del alma

Marie-Louise Von Franz comienza su libro Shadow and Evil in Fairy Tales contando una anécdota donde Jung, con el fin de que sus alumnos no quisieran sistematizar su pensamiento, les decía, cuándo se hablaba de la sombra,: “… es simplemente lo inconsciente completo”. La sombra, como concepto, es lo inconsciente y no una dimensión o un arquetipo o un complejo, es la totalidad de lo inconsciente, incluso se podría decir que es su sinónimo.

En ese enunciado Jung presenta una dimensión poco recurrida de su propia obra, donde dejando de lado los esquemas y las figuras didácticas, entiende que no hay un mapa determinado de la psique, pues ésta, como proceso móvil, siempre se encuentra en constante cambio, porque en sí misma no es otra cosa más que movimiento lógico, solo un proceso dialéctico que se superpone y se construye de manera incesante en cada nuevo fenómeno.

Se deduce, en consecuencia, que la mentalidad no tiene un asiento donde recargar su existencia, no hay descanso para su persistente transformación, porque su ámbito es la negatividad, entendida como el proceso de interiorización de las cosas en los conceptos que les dan estructura. Su transformación requiere de los entes, pero no se suscribe a ser uno de ellos, más bien subyace al carácter óntico y lo reflexiona de tal forma, en el vaso alquímico del pensamiento, que lo que emerge es la dimensión ontológica de los fenómenos.

La consciencia, por consiguiente, no es un objeto que pueda ser hallado, ya que como concepto mora, en un habitar lógico, en el reino de la preexistencia. La mentalidad no está en el cerebro, ni en un dios o en el mundo de los arquetipos, ni tampoco en el inconsciente entendido como un topos. Jung acostumbraba decir que la mayor parte del alma se encuentra fuera de la persona, pero entonces la circunstancia interior o exterior no suponen una delimitación válida. Parece ser que no hay nada fuera del alma.

El cerebro, los arquetipos y el inconsciente son formas positivizadas de entender la dialéctica intrínseca del movimiento psicológico, pero todas ellas son imágenes detenidas en el transcurso de su encarnación. Sin embargo, esos objetos no contienen a la consciencia como receptáculos cerrados, al contrario ellos mismos son textos donde el alma se lee así misma para luego abandonarse en el placer de sus frágiles renglones. Es el pensamiento el que constriñe el mundo a las nociones que le darán estructura. No sucede que se tengan ideas, más bien, las ideas nos tienen a nosotros.

Giegerich interpreta la frase del principio de esta manera: “[el alma] A veces se imagina a sí misma como «ego», a veces como «el inconsciente», o como «sombra», como «ánima», etc. Es noética. Es tan sólo ideas, fantasías, interpretaciones, visiones. Es vida lógica.” Aunado a ello se puede pensar que Jung se refiere a que lo inconsciente, así como la sombra, es, en general, la imagen e idea de lo rechazado, aquello que se teme, pues es lo desconocido que no quiere conocerse; siempre y cuando lo inconsciente sea visto como un concepto histórico que expresó la verdad de su época y no como una entelequia o como un trasmundo.

Se puede decir que lo más rechazado es la verdad de los tiempos presentes, aquello que solo por medio de la evasión se oculta a plena vista, porque es omnipresente. Pero lo rechazado se expresa en síntomas y un síntoma representa, de forma transaccional, aquello que constituye la verdad del fenómeno actual.

Es, por ende, lo patológico, el logos del pathos, donde la consciencia está más viva, en las simas más hondas del espíritu, donde el dolor del desasosiego teje lentamente una trama que va envolviendo al mundo. La realidad es hija de oscuros padres que no proveen esperanza, ni consuelo, solo incertidumbre, desesperación y abandono. Ante esta circunstancia no es extraño que se propongan soluciones fantásticas a la verdad de los tiempos presentes, estas vías de escape pretenden negar lo doloroso y prometen el éxtasis como un subterfugio.

La psicología y la psicología junguiana, se han vuelto un emisario predilecto de esta evasión, y lo hacen por medio de un discurso simplista y categórico que propone la felicidad, el crecimiento, la experiencia de lo numinoso, la sanación de heridas infantiles, el encuentro con los dioses, la expansión de la consciencia y otros esquemas que son una mezcla de inflación egoica, nostalgia infantilizada y un proyecto capitalista inconsciente que vuelve al sujeto un producto comercial al que proporcionarle mantenimiento para conservar su valor de mercado.

Paradójicamente está psicología cuyo proyecto es la huida ante la realidad del alma y que la niega por medio del escapismo a la mitología, los rituales y las formas religiosas ya irrelevantes, por otra parte actúa, hace acting out, de los aspectos más lacerantes del espíritu de la época. Su intención es la sustitución de la verdad de los tiempos presentes por un consuelo fatuo que, sin embargo, encarcela al individuo de manera miserable, pues no permite que el sufrimiento haga su trabajo en él como la contradicción que espera ser elevada al pensamiento de sí misma.

Después de todo el alma es ineludible y el intento de fuga recae en el circulo ritual de la neurosis. Este ingenuo desvío se debe resarcir por medio de un procedimiento similar a aquel antiguo ritual que convocaba a los espíritus de su prisión en la casa de Hades: con la sangre de la vida realmente vivida se alimenta a los espectros que conectan al viajero con el reino de la muerte. Pero no es el sujeto quien se religa (religare) sino la consciencia misma que positiviza a sus imágenes para diluirlas en la lógica de su concepto.

El psicólogo y el psicoterapeuta son aquellos que son capaces de atender el pensamiento de los fenómenos sin la necesidad de apropiárselos ni de eludirlos. Su labor consiste en pensarlos ahí donde los fenómenos se despliegan en la realidad presente, aun si son desgarradores y lacerantes se les asume como verdaderas manifestaciones del alma. En los tiempos que corren se les puede encontrar en aquello que nos somete: la tecnología, la economía y la ideología, ahí la consciencia trabaja constantemente para hacerse a sí misma, muchas veces a costa de la relevancia del hombre.

Porque es debido saber que nosotros también somos imágenes que deberán en algún momento ser devueltas a su carácter noético. Somos un momento en la senda de una consciencia que no existe, de un dios que se encarna para no-ser, en un movimiento no espacial que no podrá ser imaginado, pero que se puede entender solo cuando se asuma que quien entiende siempre será el otro, la sombra.

Los buenos padres destruyen

Logos del alma

El consenso dicta que los padres deberían ser solo “buenos padres” y enseñar a sus hijos los valores y normas necesarios para poder relacionarse en la sociedad y ser ciudadanos adecuados. A menudo se habla del abandono del padre o de la ausencia de la madre como la causa directa de una juventud descarriada y de la crisis actual de los valores sociales. Por lo tanto, parece ser de lo más urgente una psicopedagogía de la paternidad, que dote de las herramientas necesarias a las personas para poder ejercer una crianza adecuada.

Las redes sociales y la psicología popular están plagadas de consejos sobre la crianza saludable y de postulaciones acerca del buen comportamiento de los padres. El retrato común de lo que deberían ser las figuras parentales se decanta por una paciencia infinita, alta capacidad de resiliencia, actividades familiares hiperproductivas y, sobre todo, actitudes positivas y constructivas. Todo ello forma parte de una imagen abstracta de las relaciones familiares que se ofrece como un producto uniforme y homologado que es, en principio, inalcanzable.

En el objetivo ideal de la paternidad hay un prejuicio latente, el de la causalidad de los hechos psíquicos. Un ejemplo claro es como en el siglo XX se popularizó la idea de que la salud mental del hijo era directamente causada por la influencia de la madre en su crianza. Esto decantó en un sin fin de acusaciones hacia las mujeres, y los hombres, por el desarrollo psicosocial del niño. Se habló entonces de las “madres neveras” en los casos de autismo o de las madres esquizofrenizantes y también se forjó la efigie del padre abusador presente en tantos relatos de violaciones infantiles.

Hoy aun se habla de los tipos de apego como una circunstancia esencialmente causada por la relación materna y que define las dificultades existenciales de un sinnúmero de personas que se asumen como víctimas de una mala crianza. Aunado a ello, se enumeran múltiples factores que arruinan el futuro de los hijos como el maltrato físico y emocional y el descuido a causa de las largas jornadas laborales que la mayoría de los progenitores tienen que cubrir, en los tantos hogares donde ambos cónyuges deben salir a trabajar en condiciones precarias.

Teorías psicológicas como la escuela freudiana dieron un auge inusitado a esta perspectiva causalista, con conceptos como el Complejo de Edipo o la noción de trauma. Otras como el conductismo directamente negaron la mediación de la mente y redujeron el sistema causal a su expresión más rígida. Algunas perspectivas como la psicología junguiana cuestionaron la literalidad de las mitologizaciones psicoanalíticas y les proporcionaron un entorno simbólico donde poder entenderlas no como hechos literales antes bien como metáforas de la dinámica psicológica. Sin embargo, la división tajante entre el mundo metafórico y los hechos literales provocó el descuido de la esfera de la realidad, en la cual se siguió culpando a los padres de las desavenencias del desarrollo psíquico de los hijos.

Una consecuencia de esta distinción entre lo interno y lo externo es que a pesar de que el discurso semántico alega una conjunción de ambas dimensiones, la sintaxis subyacente niega esta relación. Realmente la idea de un mundo interno funciona solo mientras se sostenga la separación con lo externo, y sobre todo mientras la subjetividad se convierta en el amparo de la dinámica psíquica, lo cual hace imposible la conjunción entre ambas conceptualizaciones.

Es así que la dimensión subjetiva se transforma en el depositario de los problemas del mundo y ante esta carga se proponen soluciones que eximen al ego de su culpa, no soluciones efectivas sino simplemente arreglos temporales que pacifiquen a las buenas consciencias. El objetivo de las reparaciones ideologizantes es proporcionar un alivio a la angustia exacerbada tanto por la desmedida búsqueda de importancia personal, así como la oclusión de los factores sociales, económicos y políticos que desatan las condiciones de la ansiedad posmoderna, siempre y cuando se pueda conservar el monto de inflación psíquica que pesa sobre el individuo.

La individualización de lo parental se observa en la exigencia social de la separación de lo comunal en la crianza de los hijos. La imagen de la familia ha cambiado con el paso del tiempo y se ha adaptado a los requerimientos de un sistema socio-económico que necesita de la atomización de los individuos. De esta manera el cuidado de los hijos recae en una célula familiar abstraída de su raíces sociales. Se pretende que la familia sea nuclear y se desestima la familia ampliada que había sido el contexto más frecuente durante muchos siglos en diversas culturas.

Por todo lo dicho, se comprende que la tarea de ser padres no solo está inscrita en las labores cotidianas y en los juicios individuales, además responde a las exigencias sociales y a los prejuicios culturales que, en numerosas ocasiones, se contraponen de maneras neurotizantes al verdadero contexto en que se instala el fenómeno. Sin duda la actividad paternante se ha debido adaptar a los altos estándares de una sociedad postindustrial y las personas parecen cada vez estar más angustiadas por el papel que juegan o jugaran como progenitores.

La imagen ideal de la parentalidad tiene un papel determinante en como los sujetos adoptan dicho esquema para compararse y juzgarse, algunas veces de forma injusta, porque demanda el cultivo de una dimensión de la experiencia psíquica que se ajuste solo a los patrones planteados por aquella ideología y que deseche todo aquello que no es deseado por esta estructura teórica, que inadvertidamente se constriñe al espíritu de la época. Lo que se pide a los padres, por consiguiente, en una sociedad capitalista, no es la buena crianza de los hijo sino eficiencia, productividad y la eliminación de la parte sombría de la paternidad.

El fin de una ideología no es otro que mantenerse indemne ante la contradicción, en términos junguianos no permitir que el animus haga mella en la vivencia solo anima del fenómeno. No obstante, una petición de principio de la psicología, como el estudio del logos del alma, es la inevitable búsqueda de la asunción de la otredad, no sólo como la experiencia de la aceptación del prójimo sino como la apertura ante lo que, desde el sentido común, se experimenta como deleznable o sombrío; porque no es posible el entendimiento del otro hasta que no se acepte también la sombra que le precede, y ésta se experimenta, en última instancia, como el paso doloroso de verse a uno mismo como un otro.

La presencia del otro es lo que desgarra. En principio, el encuentro supone la consciencia de que algo existe fuera de uno mismo y esto significa el rompimiento de la esfera narcisista, este acto transgresor deviene como la consciencia del semejante. De la misma manera, la asunción del otro como distinto a uno mismo se vive como un desmembramiento, similar al hecho salvaje de ser devorado por los propios perros de caza con los cuales se perseguía un objectumespecifico.

Así el encuentro es la fragmentación, pero por ello, y solo gracias a que hay un despedazamiento, es posible la consciencia del otro, que a partir de la disolución puede verse ahora como la unidad de la unidad y la diferencia. A causa de este dolor, el deseo explicito de los individuos es no reconocerse en la figura externa y poder subsumir al otro a la visión particular que lo esclavice al ámbito de lo que ya se conoce, de aquello que parece no suponer una amenaza y que no desata el conflicto. Pero la contradicción es lo que otorga dinámica a los fenómenos, por lo tanto, eludirla significa mantener artificialmente detenidas a las ideas de las cuales se forma parte.

Desde esta perspectiva la imagen de ser buenos padres requiere de su conjunción con el aspecto negativo de la función paternante. Es decir que ser buenos padres solo es posible en la medida en que se puede también ser malos padres y soportar la tensión entre ambos aspectos del concepto. Los hijos, no aprenderán solamente de los discursos y de las ideologías sino de como los adultos a su alrededor se sostienen frente a las mismas y en que medida son capaces de diferenciarse de los relatos culturales y sociales y de adaptarse a las situaciones tal y como éstas se presentan.

En caso de sucumbir a la tentación de ser solo padres buenos, la sombra habrá de ser absorbida por los otros, por los sujetos inmediatos de su relación. En muchos casos se volverá la hacienda de los hijos, no porque se trasmita como un germen sino porque prevalece como una actitud hacia el mundo y hacia uno mismo, como una disposición rechazante ante el despliegue de la idea de parentalidad. Pero, en la medida en que los padres pueden hacerse cargo de la idea de paternidad entonces ésta logrará desenvolverse como la noción internalizada que contendrá tanto sus aspectos codiciados como aquellos que resultan temibles.

En este sentido, ante las preguntas constantes sobre la buena crianza, se puede decir que el niño no necesita de buenos padres, precisa, en cambio, de padres completos para experimentar la gama de actitudes que representan el espectro de la experiencia humana, incluyendo el sufrimiento, la tristeza o el abandono. La psique se forja en el pedernal de la experiencia anímica y no responde de forma causal a las vivencias cotidianas, más bien éstas son la yesca que arde en el fuego de la autonomía psíquica, que tiene su telos interiorizado en sí misma y que no es otra cosa más que puro movimiento anímico.

Nuestra cultura, tendiente hacia los roles idealizados y a la búsqueda de productividad alimenta con su desprecio por lo “incorrecto” aquello que no está dispuesta a asumir. Pero ni el niño es inocente e inerme, ni los padres pueden ser sólo buenos o amorosos. Se debe tener en cuenta que la búsqueda de la pureza alimenta posiciones unilaterales tiránicas que requerirán, para poder mantenerse impolutas, de víctimas sacrificiales o chivos expiatorios que soporten el peso del mal que es rechazado. Es en este ámbito que los buenos padres suelen ejercer poder hacia el objeto de su obra y por lo que en pos de servir al ideal colectivo tienen que constelar la destructividad que, por supuesto, no podrán nunca asumir más que como objetos proyectivos.

La psicoterapia no es medicina

Logos del alma

“… deseamos ver el mundo tal como es y dejar las cosas en paz. No queremos cambiar nada. El mundo está bien tal como es.”
C. G. Jung

La medicina, al menos el paradigma hegemónico de la misma, gira en torno de la idea de la práctica tecnológica, es decir, la construcción de herramientas y métodos que se superpongan al fenómeno y lo guíen por el camino que se ajuste a la idea de corrección que se tiene del mismo o lo que se denomina comúnmente como: Salud.

Por su parte, el logos de la técnica tiene como principio la cosificación de las ideas y la búsqueda constante de un orden racional que permita la acomodación de la realidad a las teorías y leyes que se han de solapar como un mapa del mismo tamaño que el territorio. Sin embargo, este mapa no existe en el mismo plano de la materia sino que está hecho de ecuaciones, datos e información. Es un proceso paulatino de sutilización del mundo el que orienta el espíritu tecnológico de la modernidad.

El orden científico en el que la medicina se inscribe le conmina a anticipar la respuesta de su búsqueda como el conjunto de supuestos que sostienen su metodología. Ante estas hipótesis primarias los fenómenos se subsumen inevitablemente a la necesidad de un intelecto que no soporta el misterio de aquellos, sino que desea, más que nada, desentrañarlos y volverlos completamente visibles, corregirlos y cuantificarlos.

El éxito de la medicina no radica realmente en sus descubrimientos, ni éstos son serendipias en el camino ciego de la investigación, al contrario, ya están anticipados por los mismos objetivos latentes en el paradigma del proyecto tecnocientífico. A diferencia de como se plantea de manera cotidiana, la medicina no descubre el origen y el remedio de las enfermedades sino que construye la realidad en torno a las ideas que constituyen su estructura teórica.

Por otra parte, la psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica e intente aplicar las lecciones aprendidas a su propio objeto de investigación, pero el fenómeno psicológico es distinto y, en principio, no puede desplegarse bajo la estricta necesidad de la óptica tecnológica.

La perspectiva psicológica no pretende subsanar, porque acepta al fenómeno tal cual es y, por ello, su interés se centra en atender lo que en él es pensado. No comienza desde una perspectiva de dominio sino de servidumbre a la realidad. Quiere aprender de su objeto, no transformarlo. Esto implica, sin embargo, una posición de desencanto, donde el psicólogo re-signa su método a aquel que el síntoma o la enfermedad proponen como propio. El terapeuta abandona su teoría en pos de la propia teoría del síntoma.

Por lo tanto, el psicólogo, si se asume desde una posición psicológica, requiere desligarse de la concepción médicalista porque su objetivo real es el poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan, de ahí que la palabra terapia aluda esencialmente al verbo cuidar y haya sido conceptualizada por James Hillman bajo el lema platónico sozein ta phainomena, donde salvar al fenómeno significa conocerlo tal cual es, como su propia salvación o curación.

Así, la curación no es un referente externo de la psicopatología ni una meta que se consiga añadiendo complementos al síntoma, no es necesario integrarlo o compensarlo, el fenómeno tiene todo lo que necesita en sí mismo, o se podría decir que la enfermedad es ya su propia curación. Ésta es la dialéctica de lo patológico, la asunción de que el concepto contiene su propia contradicción y, por consiguiente, es pura dinámica psicológica. De ahí que una visión puramente medica no pueda abarcar la lógica del alma.

Ocurre que cuando un psicoterapeuta busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico. Desea llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para las ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.

El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que éste siga su dialéctica inherente, para así poder aprender de tal acontecimiento; no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.

La psicoterapia, así entendida, es medicina superada, dónde la curación, si es que ocurre, lo hace de forma autónoma. Es el alma la que se cura a sí misma, si esto forma parte de su necesidad lógica, porque la enfermedad psicológica no es una carencia de algo sino una idea en el tortuoso camino hacia la consciencia de sí misma.

La dialéctica de la soledad

Logos del alma

«Tengo una mancha en la pierna izquierda. Es un continente borroneado por la lluvia. Se llama «lejanía».»
Jimena Marcos

Se piensa de forma común que la soledad es un estado primordial del ser humano, que el hombre avanza del hecho de estar solo al punto del encuentro con los congéneres y, por ende, que el proceso de construcción de la identidad supone alejarse de la comunidad para estar consigo mismo, ante la advertencia de que siempre se ha estado solo.

Pero la soledad no es connatural, al contrario, es una posición cultural compleja que requiere un arduo trabajo de aprendizaje y de interiorización. Melanie Klein pensaba que el sujeto aprende a estar solo siempre y cuando sea capaz de interiorizar la imagen de una madre protectora que le brinde seguridad y respaldo ante los embates de la existencia, un objeto interno bueno que esté a salvo de la pulsión de muerte.

Así que la experiencia de la soledad requiere primero haber tenido una calidad de lazos sociales que aporten un ambiente de confianza y que más tarde se convertirán en el sentimiento de acompañamiento continuo.

El niño pequeño, al alejarse de su madre voltea la mirada para poder observarla y ese acto lo hace sentir protegido, con el tiempo la imagen de la madre ya no será necesaria como una figura externa porque el ritual se habrá vuelto un concepto que el niño ha de encarnar y que le permitirá experimentar el hecho de, paradójicamente, nunca poder estar verdaderamente solo.

La dialéctica de la soledad implica que estar solo es la conjunción del poder estar aislado precisamente porque ya no se puede estar apartado del todo, pues la apertura del otro ha hecho mella en el cuerpo sutil del individuo y lo ha tocado de tal forma que su aparato psíquico está ya dirigido hacia el otro para poder ser él mismo. Es un sujeto solo porque ha podido construir un puente hacia el prójimo. Su identidad es la relación con el concepto de la alteridad.

La experiencia de ser uno mismo tampoco surge antes de la vivencia del otro, más bien suceden al mismo tiempo. Freud llamaba “narcisismo primario” al estado posnatal donde el niño aún no anuda al mundo con sus lazos libidinales. En este sentido hablar de un medio ambiente o de una díada sería impreciso porque la posición narcisista conlleva que la experiencia de un medio que rodea al individuo todavía no existe, por lo tanto tampoco su identidad ni la alteridad están formadas por completo, solo suceden como potencialidades.

Es en el trato cotidiano con la frustración, en el dolor propio de no poder satisfacerse, que el niño asume que existe algo fuera de él mismo. No es el placer el que lo convence de la aparición de la madre sino su ausencia, ese claro que se abre entre él y lo materno es de donde surge la realidad. Desde entonces el trato con el mundo estará mediado por el dolor.

En cambio, el narcisismo secundario es la búsqueda continua de la experiencia del placer, de un pecho que satisfaga todo el tiempo y sin mediación. Sucede así en el estado de la atomización posmoderna donde el individuo, saturado de relaciones y de actividades gratificantes, sin embargo, vive continuamente insatisfecho. Nada lo puede complacer porque la experiencia presente se le escapa ante la esperanza del siguiente estímulo. No hay un espacio creado por el sufrimiento que le enseñe que su vida depende de los demás y que estar con los otros es un proceso de aprendizaje intrincado.

En una cultura que expurga la dependencia, las relaciones tóxicas, la intolerancia ante la frustración, donde los linchamientos mediáticos son cotidianos, la sabiduría del sufrimiento parece mermar y las personas se sumergen entonces en el deseo incesante por volver a un estado pre-relacional. Pero está posición que rechaza la diferencia, curiosamente exacerbando la variedad, no es la experiencia auténtica de la soledad, sino la purga de lo distinto que da como resultado el vaciamiento de la identidad.

Estar solo exige aprender a estar con los demás. Pero no solo fisicamente ni como una farsa en las redes sociales. En cambio, poder convivir con el prójimo supone una apertura a la contradicción que el otro es. Esto conlleva una iniciación al conflicto terrible que acarrea la cercanía. Pero no es sino en la presencia conflictiva del semejante que la identidad puede ser forjada en el alto fuego que disuelve las ideas fijas y las devuelve a su movimiento intrínseco.

Convivir es interiorizar al otro, volverlo un órgano psicológico que nunca será propiedad de la persona sino del psiquismo que envuelve, lógicamente, al individuo y que se construye a sí mismo como una fantasmagoría de imágenes. Tales representaciones se entrecruzan y se enredan para funcionar como un conjunto caótico y a la vez coherente, con su propósito implícito en las nociones que le conforman.

Esa red de imágenes y conceptos son, en su trama, el núcleo del movimiento psicológico que el individuo percibe como su realidad y, por lo tanto, son su identidad genuina. A pesar de la auto-percepción del ego como un ente aislado, aún en su “mundo interior” tampoco está realmente solo porque ser es ser una multitud de ideas en continua formación, transformación e interrelación.

La soledad, por consiguiente, requiere del sinuoso reconocimiento de la multitud de lazos que unen a las personas con la sociedad y con esa otra comunidad secreta que son las experiencias psicológicas como imágenes e ideas, ya que el ser humano no puede ser concebido a la manera de un ente solitario, porque su identidad es la intencionalidad de sus actos dirigidos siempre hacia sus semejantes, en el laborioso proceso de reflexionar sobre el mundo y sobre sí mismo.

Estar solo es posible únicamente una vez que se ha asumido la complejidad inherente al fenómeno que ya se es, cuando se han hecho las paces con el otro y se le ha erigido un altar en la propia configuración de la experiencia subjetiva, y cuando se ha reconocido a ese otro como una parte imprescindible de uno mismo, pues es debido reconciliarse con la sombra antes de ofrecer la desgarradora ofrenda de nuestra soledad.

Alcanzar la adultez

Logos del alma

Cuando un niño hace una rabieta es común desear que en algún momento madure, con ello nos referimos al hecho de que pueda afrontar las dificultades de la frustración y que sea capaz de plantarse frente a la realidad de una manera firme y sostenerse en ella aún ante los embates de los sucesos adversos.

Pedimos demasiado cuando exigimos que el niño despliegue una serie de recursos que de forma natural habría de integrar a lo largo de su niñez. Cuando un niño se vuelve tranquilo, imperturbable y maduro, durante el periodo lúdico, por lo regular no significa que haya alcanzado las herramientas del adulto, sino que se ha vuelto neuróticamente complaciente y se ha adaptado a las necesidades infantiles de los adultos en turno.

Por lo tanto, ser adulto no es solo un estado al que se llegue de manera inusitada, más bien es un proceso que se construye en la relación continua del sujeto con la realidad. Mientras la niñez es el periodo de construcción y consolidación de los sistemas psíquicos que permitirán al individuo atender el medio que lo rodea y adecuarse a sus condiciones, la adultez supone la puesta en escena de los esquemas adaptativos aprendidos.

No basta con alcanzar el estado del adulto, hay que llegar a él, porque la responsabilidad prístina del ser humano implica dar testimonio del estadio que se ha alcanzado. La existencia marca el camino de tránsito de la consciencia del individuo y éste debe demostrar que se encuentra a la altura de sus circunstancias, es el deber consigo mismo llegar a ser lo que ya se es y responder al llamado que insta: hic Rodus hic salta.

El hombre, a diferencia de otras especies animales, no está determinado de forma primaria por su relación con la naturaleza. Mientras que el animal es un ciudadano bien adaptado, como decía Jung, pues es idéntico a sus instintos y se encuentra integrado con el impulso vital, el ser humano ha debido nacer a un nuevo útero, ya no biológico, sino meramente lógico. Es incubado, aún después de nacer, en una matriz de conceptos, imágenes y esquemas mentales que lo contendrán hasta su muerte.

Durante milenios, la institución del ritual constituyó el terreno consensuado donde el hombre podía llegar a las cotas que la consciencia predeterminaba en su contexto anímico. En la agónica teatralidad de los rituales se encontraban las herramientas necesarias para separar, al miembro del clan, de su niñez y colocarlo en los asuntos de la vida adulta. El hecho de estar contenido requería que la cultura pudiera proveer de los ítems necesarios para promover un nuevo nacimiento.

Es por esto que el hombre no solo debe nacer sino que requiere alcanzar su propio nacimiento. En términos generales, en cuanto al homo totus, la modernidad supuso el momento donde el sujeto fue liberado de sus ataduras metafísicas y emergió a sí mismo de forma irremediable, con el precio de la angustia de yacer desnudo en el frío y la penumbra de la existencia. Por tal razón, la vida ritual ha sido descartada de su forma prístina, debido a que se ha interiorizado en la existencia actual, como la continua necesidad de hacer consciente lo inconsciente, que es otra forma de decir que un hecho debe ser elevado a sí mismo en la reflexión para tornarse en experiencia.

El proceso anímico de la modernidad no resulta, sin embargo, de importancia práctica para el individuo empírico, éste a menudo vive de forma premoderna, y como Jung aludía hay hombres de la Edad Media conviviendo con habitantes del paleolítico en la cotidianidad de las urbes. Esto se puede entender cuando pensamos en la poca importancia que tienen para la vida consciente de las personas la revolución paradigmática de la física cuántica y de la teoría de la relatividad, pues para la gran mayoría un mundo newtoniano, e incluso ptolemaico, es más que suficiente.

Pero, el hecho de que la adultez psicológica sea una constante, supone que siempre estamos en relación con esa sintaxis que envuelve la vida lógica del alma. Éste es el terreno donde la adultez moderna se despliega y por eso tiene que ser alcanzada una y otra vez en el escarceo de la vida cotidiana.

Un punto importante de los comportamientos neuróticos es que surgen como oclusiones del proceso de llegar a ser conscientes de las propias circunstancias. Es así que la persona puede gastar grandes montos de energía en un esfuerzo, inconsciente, por no estar a la altura del momento presente. Es un trabajo exhaustivo eludir la realidad de forma constante, pero la cultura tiene como objetivo subvertirse al proceso de individuación.

Una muestra de ello es que en la televisión asistimos a espectáculos de lo más estúpidos, los héroes culturales ya no son quienes ofrecen ejemplos de talentos singulares ni son representantes de las más nobles cualidades, en cambio, los influencers se distinguen por ser quienes exaltan las características más deleznables y míseras de la condición humana. El techo del apetito del hombre yace por debajo de su condición anímica.

En el mismo tenor, los libros más vendidos son los que contienen temáticas simples y que reducen a la realidad a su complejidad mínima. Un ejemplo son los textos de autoayuda y de espiritualidad popular, donde se pretende calmar la angustia de la existencia proponiendo nuevas figuras metafísicas que reemplacen a las que se han perdido e inflar la posición egoica para que ésta sea capaz de vivir la ilusión de que su voluntad particular es importante para el mundo.

Quizás por eso se puede atestiguar el deseo tenaz por opinar de forma constante en los distintos foros, por dejar una huella, aunque sea somera y ridícula, de la importancia personal, lo que solo es relevante para la subjetividad. De manera caricaturesca se podría caracterizar a las redes sociales como un conjunto de adultos haciendo rabietas porque los demás no opinan igual que ellos.

Esta inflación psíquica es una característica intrínseca de la niñez, siendo un estado de narcisismo necesario para la asimilación de las imágenes psíquicas que se cimentarán en el trato rutinario con las circunstancias de la vida, es un símil de la contención psicológica que ha ocurrido en la filogenia de la especie. Pero llevado más allá del momento infantil, el narcisismo se torna patológico, Freud lo llamaba «narcisismo secundario».

A partir de lo dicho se pude comprender que la neurosis cultural tiene como uno de sus fines la infantilización de los individuos, promoviendo los estados afectivos más primitivos y un dopaje constante que simula un estado continuo de gratificación. Es por esto que la opinión del sujeto se ha vuelto el eje de determinación de la realidad y que su voluntad se ha erigido al grado de sobreponerse a sus propias circunstancias.

La adultez, en este contexto, no puede ser alcanzada, porque se ha instituido la disposición infantil como la meta inconsciente de la cultura y esto requiere la vivencia de una contención artificial que mantenga la ingenuidad de los sucesos lejos de las contradicciones que los podrían convertir en experiencias. La cerradura de está condición es la atomización de las relaciones y el continuo rechazo de la otredad.

En la naturaleza, los rasgos neotenicos tiene cómo función sostener en el tiempo la flexibilidad y adaptabilidad que los organismos pierden con el paso de la edad. La maduración corresponde a un grado de especialización de las especies. Pero la infantilización cultural significa un incesante sacrificio intelectual que delega la responsabilidad de las contingencias en el ambiente y en los semejantes. Al contrario de la neotenia, el volverse infantil supone una rigidización de la capacidad de adaptarse a las circunstancias.

Volviendo a la imagen de la pataleta infantil, se puede entender que su despropósito emocional, en ese momento, no le pertenece al niño, se debe de mirar por consiguiente en dirección del adulto que soporta el psiquismo de la relación. Es aquel que ostenta la posición de la adultez quien apuntala la capacidad de hacer frente a la frustración cotidiana del infante, éste último aún tiene su concepto de adulto fuera de sí mismo, ya que crecer conlleva la capacidad de interiorizar dicho concepto y volverlo real en la singularidad de la propia vida.

La emocionalidad desmedida, al contrario de lo que el sentido común pretende, es un signo claro de la falta de adaptación con uno mismo y en una edad madura es una muestra de regresión infantil. Jung era muy firme cuando decía: “Una emoción es una explosión instintiva que indica que no hemos estado a la altura de nuestra tarea […] ser emocional ya está en camino de una condición patológica.”

Por lo anterior se infiere que ser adulto significa la disposición constante por estar a la altura del opus particular, dicha aptitud debe ponerse en juego ante cada nueva dificultad que la vida depara y, por ende, es un proceso que se renueva reiteradamente. Siempre se está a prueba. A diferencia del niño, el adulto lleva la emoción hasta el plano lógico que le corresponde, se hace cargo de su condición y evita, en lo posible, la fascinante ocasión de querer que sea el otro quien asuma la obligación de hacerse cargo del concepto de uno mismo.

Animus-Psychologie, Parte 1, horizonte

Traducciones

Horizonte

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 23 a 36, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ha resultado ser nuestra tarea sumergirnos en la intuición del animus contenida en la obra de Jung y en la psicología junguiana en general para desarrollar un concepto del mismo. No tiene sentido hacerlo sin más. Porque entonces no quedaría claro dentro de qué horizonte tiene lugar nuestro esfuerzo por conceptualizar el animus. Dependiendo de lo amplio o estrecho y de cuál sea exactamente el horizonte de pensamiento en el que se plantee la cuestión del animus, lo que surja como resultado puede ser más superficial o más profundo. La tarea consiste en encontrar el horizonte mental adecuado al pensamiento de Jung. Sería incoherente escoger un término de la psicología de Jung y luego querer definirlo más estrechamente dentro de un horizonte mental completamente distinto. Los conceptos individuales de una psicología son siempre la unidad de su definición en sentido estricto y de todo el espíritu que sopla en la psicología respectiva. Este espíritu es quizás aún más importante que la definición más estrecha del contenido de los términos individuales.

Discutiré el horizonte fijado para todo lo que sigue según cuatro direcciones. En primer lugar, me pregunto por la preocupación motriz de la psicología junguiana o la «cuestión principal» de Jung. Más allá de todas las investigaciones y descubrimientos individuales, ¿qué era lo que Jung realmente quería saber y quizás lograr? Esta es la cuestión del motivo, la fuerza motriz, de la investigación psicológica. 2. Estoy preguntando por el punto de referencia relacionado con el contenido, »modelo« o »paradigma«, que explícita o implícitamente dirige el pensamiento al considerar fenómenos individuales.  3. Pregunto sobre la «actitud» personal que debe adoptarse para obtener una perspectiva adecuada sobre cuestiones psicológicas.  La cuarta pregunta ya se refiere específicamente al ánimus.  Es la cuestión del «elemento» dentro del cual sólo el ánimus puede ser discutido significativamente.

La cuestión principal. Aquí quisiera ir un poco más lejos. Hace dos mil años se planteó la siguiente pregunta: «¿De qué le serviría al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mt 16,26; cf. Mc 8,36s.) En esta frase se contraponen dos posibilidades. En una de las balanzas se pone el mundo entero, en la otra la psique, la vida o el alma del hombre. La pregunta es: ¿Puede un beneficio, por grande que sea, la ganancia del mundo, compensar un cierto daño, la pérdida del alma? La consecuencia de esta contraposición es que el mundo y el yo como tal se enfrentan en una dura alternativa. O se puede ganar el mundo y se debe pagar inevitablemente por ello dañando el alma, o viceversa: así es como suena la frase para un oyente imparcial. Sólo se puede tener una cosa, el mundo o la salvación del alma humana.

Parece que hoy vivimos en esta alternativa. Con mucho, la mayor parte de la sociedad en nuestras latitudes parece estar consagrada al objetivo de la «ganancia mundana» y en gran medida ajena a cualquier preocupación real por la salvación del alma. En el gran mundo, el de los negocios y la industria, pero también en el resto del público, lo que cuenta es el crecimiento, el beneficio, la promoción profesional, el nivel de vida y, por supuesto, para compensar, lo que ahora se llama «cultura». La psique y la psicología son aquí más o menos desconocidas y carentes de interés. No hay que olvidar que la psicología profunda es marginal, comparativamente insignificante de la vida social contemporánea. 

Por otra parte, en los últimos años se ha producido un verdadero auge de la psicología en una pequeña parte de la sociedad. En diversos grados, el dicho bíblico antes citado parece seguirse aquí, aunque en un nuevo sentido, ya no necesariamente relacionado con Cristo, sino secular. Cada vez más personas buscan el autodescubrimiento, la espontaneidad y la creatividad, el acceso a sus propias profundidades, a través de una amplia variedad de métodos analíticos, meditativos y otros métodos grupales o individuales, así como a través de la lectura en el mercado de libros de psicología, en enorme expansión. Uno se da cuenta de que ha sufrido daños en su propia alma, ya sea en el sentido de auténticas tormentas psíquicas o sólo en el sentido de un vacío palpable de la vida. La atención se vuelve hacia el interior, a menudo en un decidido alejamiento de los valores externos, materiales. No es necesario dar más detalles al respecto.

La pregunta «¿De qué le serviría a un hombre ganar el mundo entero y, sin embargo, sufrir un daño en su alma?» suena diferente hoy que hace dos mil años, porque se refiere a una situación completamente distinta. En aquella época, el mundo tenía una imperturbabilidad evidente. El alejamiento del mundo y de los tesoros externos, que el óxido y la polilla se comen, no dañaba al mundo. Descansaba, debía parecer, eternamente en sí mismo. Tanto si el hombre se volvía hacia él e incluso se enamoraba de él como si se apartaba de él, el mundo no se veía afectado. Sólo le afectaba a él personalmente. En aquel tiempo, la palabra bíblica era evidentemente una respuesta válida a la situación real de la época, la situación del hombre de la antigüedad tardía.

Sin embargo, nuestrol problema actual no se aborda con la consideración que se hace en el pasaje bíblico. Ya no podemos confiar en la imperecederidad del mundo. Debemos temer por su existencia, la de los bosques, la atmósfera, las aguas, las especies vegetales y animales, incluso, a la vista de las modernas armas de destrucción, por la existencia de todo el planeta Tierra. Si realmente se quisiera hablar de nuestra situación actual, la pregunta no debería ser más bien al revés: «¿De qué le serviría al hombre salvar su alma, si el mundo exterior se fuera al garete?” Y además, si se considera que en el Tercer Mundo -y es también nuestro mundo- millones de refugiados o los más pobres entre los pobres luchan por su mera existencia en una lucha demasiado a menudo inútil, ¿no parece la búsqueda de la propia salvación el lujo impúdico de una sociedad acomodada? ¿Salvo realmente mi alma si sólo puedo salvarla sumergiéndome en mi propio interior y apartando así automáticamente la mirada de la miseria que impera fuera, en el mundo? Un alma que sólo tuviera su salvación en su propio interior se habría expuesto como carente de emociones y de alma. Tendría que estallar de vergüenza. La miseria del mundo exterior se revela así al mismo tiempo que la propia miseria del alma.

Así pues, Jung, como psicólogo que señaló el camino hacia el interior como ningún otro, tuvo siempre presente, no obstante, la relación del ser humano con el mundo. Cuando dice: «Desgraciadamente, el alma no está hecho de hormonas, sino que es un mundo de dimensiones por así decirlo cósmicas «1 , este mundo podría tomarse aún como un mundo puramente interior. Pero la palabra «cósmico» ya lo indica. Y el apuro de la psicología, es decir, el apuro al que la psicología tiene la tarea de enfrentarse, es efectivamente la neurosis, que en primer lugar se hace sentir como corrientes personales en el ser humano individual. Pero Jung también ve esta neurosis individual en un contexto mundial. No sólo está dentro, sino también fuera, por ejemplo en la gran situación política mundial. En su libro de 1957 «Gegenwart und Zukunft» (Presente y futuro), se pregunta y nos pregunta: «¿Cuál es la intención de la grieta que atraviesa el telón de acero?2 El problema político de la Guerra Fría aparece como la angustia del alma occidental. Y Jung sabe que la neurosis del paciente individual no es exclusivamente, sino en gran medida, relativa a nuestra época, al estado moderno del mundo. Escribe algo así3:

Entre los llamados pacientes neuróticos de nuestros días hay no pocos que en épocas anteriores no se habrían vuelto neuróticos, es decir, divididos consigo mismos. Si hubieran vivido en una época y en un entorno en el que el hombre todavía estaba conectado por el mito con el mundo ancestral y, por tanto, con la naturaleza experimentada y no meramente vista externamente, se habrían ahorrado el desacuerdo consigo mismos. Se trata de personas que no pueden soportar la pérdida del mito y que no pueden encontrar su camino hacia un mundo que sólo es externo, es decir, hacia la cosmovisión de la ciencia de la naturaleza, ni pueden satisfacerse en el juego de fantasía intelectual con palabras que no tiene nada que ver con la sabiduría.

Y como es bien sabido, la principal preocupación de Jung era la neurosis que surge de la pérdida del mito. De esto es de lo que estamos hablando aquí, no de los trastornos puramente personales.

Según esta cita, la neurosis en este sentido amplio es un estado de división, la división de uno mismo. Pero no sólo de uno mismo, sino, como también aclara la cita, al mismo tiempo también estar aislado del mundo ancestral y, por tanto, de la tradición y la historia del pueblo, y en tercer lugar, la alienación del mundo que nos rodea, de la naturaleza o el cosmos. En cuarto lugar, está también la alienación de la comunidad humana. Estas cuatro formas en que la neurosis nos aliena: del yo, de la tradición histórica, de la comunidad y de la naturaleza, son, por supuesto, en conjunto una sola alienación, la alienación del mundo. Jung, en nuestra cita, atribuye a la pérdida del mito. La palabra clave mito no significa aquí narraciones mitológicas individuales o todas ellas. Se refiere a todo un estado del mundo que se caracterizaba por una ser en-el-mundo completamente diferente, precisamente mítico. Para retomar una vieja expresión que Jung también utiliza unas páginas antes del pasaje citado4 : se trata del estado de la «simpatía de todas las cosas», del estado simpático del mundo en el que el hombre estaba unido consigo mismo, con su mundo, sus antepasados y su sociedad. Vivía (si no necesariamente empíricamente, sí lógicamente) verdaderamente seguro en el mundo.

Si la tarea de la psicología es la curación de la neurosis, entonces en última instancia debe ser también el intento de restaurar algo parecido a un estado simpático del mundo en nuestra nueva situación. Se puede decir que éste es el gran motivo central que impulsó toda la psicología junguiana. Jung nunca se ocupó sólo de las necesidades exclusivamente privadas del individuo; Jung no quería «perderse» con los enfermos «en pequeños y minúsculos callejones de dudosa reputación»5 , aunque tampoco se ocupara exclusivamente de los grandes problemas de nuestra existencia histórica en el mundo. Más bien ocurría que Jung, incluso en la consulta, no quería perder de vista la «visión de conjunto», la «conexión con la totalidad del alma»6 , en definitiva, el problema del estado simpático del mundo. Para Jung, la psicoterapia no es el tratamiento de la neurosis, que a priori ya se consideraría una enfermedad exclusivamente personal del individuo. La psicoterapia es más bien el «tratamiento» de la neurosis como intento de responder a la cuestión psicológica de nuestro tiempo, la cuestión básica planteada por el problema de la modernidad: «¿cómo se ha de comprender, responder y posiblemente resolver la profunda división del hombre y del mundo?»7 «¿Dónde están las respuestas a las necesidades y presiones psicológicas de una nueva era? ¿Dónde está, de hecho, el conocimiento de los problemas psicológicos planteados por el desarrollo de la conciencia moderna? Nunca antes tal arrogancia de voluntad y capacidad ha sido más desafiante para la verdad eterna».8 «Las últimas y más elevadas cuestiones de la psicoterapia no son un asunto privado, sino una responsabilidad ante la más alta autoridad», la psicoterapia tiene lugar en un campo al que «se ha desplazado el centro de gravedad de los problemas de la humanidad».9

La idea de psicoterapia que surge de la «pregunta básica» es una idea que, aunque tenga lugar en la consulta, no tiene allí su lugar psicológico ni lógico. Pues la consulta forzaría la experiencia a un «formato dual» (Jung), porque prescribe este formato y, como un filtro, deja pasar todo lo experimentado sólo en la medida en que corresponde a él. Sin embargo, la idea de psicoterapia aquí contemplada contrasta fuertemente con la realidad de la psicoterapia tal y como se practica hoy en día en casi todas partes, incluso en la dirección junguiana. La libertad mental y la expansión de no estar en la sala de consulta, de no estar fijado en el paciente individual en el trabajo con él o ella, sino de mantener el «panorama general» a la vista, por lo general no se da, y probablemente no hay ni siquiera un indicio de que este podría y debería ser el caso. De niño se aprende a no señalar con el dedo a las personas. Pero la psicoterapia realmente existente, sin embargo, intenta llegar directamente al paciente, dispararle directamente, por así decirlo. Carece de tacto psicológico y de lo que Jung llamó una vez la «inteligencia más fina «10 o la «intelligence du coeur»11 . No comprende que lo que se alcanza y se puede alcanzar directamente es siempre sólo el individuo abstracto, el ser humano ya positivizado y reducido a un hecho: el «caso» casuístico, como se dice con razón; el que está subordinado a una generalidad abstracta, por ejemplo en el marco de un diagnóstico médico-psicodinámico12, mientras que al individuo concreto y real como «individuum ineffabile» sólo se llega si, en lugar de dirigirse directamente a él, sólo se le aborda circunvalándolo, hablando a su alrededor, sugiriéndolo, y permitiendo así al «ineffabile» ser puesto en el centro evocando el espacio para hacerse presente.

Es sin duda por esta razón que Jung prácticamente no ha dado historias de casos (o sólo aquellas en las que, al hablar de este hombre, al mismo tiempo no está hablando directamente de él, sino de su «historia», es decir, de su mito). Jung habla de las visiones de Zosimos, del Libro de Job, de la psicología de la alquimia, del Mysterium coniunctionis, de los símbolos de la transubstanciación, del símbolo de la transubstanciación en la misa, etc. etc. Pero no habla fuera de la caja. No desvela los secretos del psicoterapeuta. Una vez dice: «Él [el psicólogo] no quiere conseguir desterrar el alma a los confines del laboratorio o de la consulta del médico…»,13 y otra vez dice (refiriéndose concretamente a la discusión del material pictórico de la experiencia interior de una mujer): «Evito deliberadamente los detalles personales porque significan muy poco para mí. Todos estamos hechizados por estas circunstancias externas, y distraen nuestra atención de lo real, a saber, que nosotros mismos estamos divididos interiormente».14 Esta falta de concentración en los detalles fácticos de la biografía no tiene nada que ver con una evitación de la tarea terapéutica, sino más bien con el conocimiento de que con la mirada hechizada en las circunstancias externas de la vida, se pasa de largo lo que es terapéuticamente importante forzándolo a los confines de lo banal.

El desinterés de Jung por la técnica terapéutica corresponde a la “visión» del paciente real. En toda técnica, incluida la técnica del tratamiento psicológico, el ser humano se asume como un objeto positivizado de manipulación. Dado que la manipulación psicológica puede ser extremadamente sutil, es fácil pasar esto por alto o incluso ocultárselo a uno mismo, sobre todo porque los analistas normalmente pueden rechazar la manipulación en su mente consciente con honesta convicción. Pero en cuanto surge el interés por la técnica de tratamiento y la cuestión del «plan terapéutico», el «objetivo terapéutico» y las «técnicas a utilizar», los hechos contradicen la actitud. Von Fr.Th. Vischer (También Einer) enuncia la frase: la moral siempre se entiende a sí misma. También en el análisis, el comportamiento terapéutico-práctico siempre se comprende a sí mismo. La «técnica de tratamiento» no es un tema. Es un testimonio psicológico de valor. Es la señal de que uno no ha podido aferrarse a la vastedad de la vida lógica del alma, sino que ha caído en la positividad del manejo pragmático y se ha encerrado en la estrechez de la consulta.

La técnica de tratamiento no debe convertirse directamente en el tema, porque entonces el trabajo degenera en «tratamiento» (del ser humano ya positivizado y de su psique igualmente positivizada). ¿Cuándo y por qué la conducta terapéutica es evidente? Si y porque sólo es comportamiento psicoterapéutico, si surge por sí mismo, con deliberada involuntariedad, de la actitud viva del terapeuta como este ser humano real frente a este ser humano real que sufre en su situación concreta, y de la absorción de todo corazón en el trasfondo anímico arquetípico constelado por él – con simultánea conciencia despierta. El mejor entrenamiento en la técnica psicológica consiste, por tanto, en el arte de la indirecta, por un lado, y en la capacidad de captar los trasfondos anímicos con cierta profundidad y sensibilidad, por otro.

Sería un error decir: «No es necesario explicar la referencia, por ejemplo, del sueño a la realidad práctica de la vida del paciente, porque es evidente». Debería ser: «No hay que explicar esta referencia porque y para que pueda entenderse a sí misma». Querer deletrearlo, es decir, responder directamente a la pregunta de la vida real, es una defensa, porque significa querer comprenderlo, cuando se trataría de dejar que el sueño se comprendiera a sí mismo. Esto, por supuesto, también significaría dejar que se apodere de ti y de tu propia realidad de vida, captarlo y dejar que tenga un efecto sobre ti. Querer comprenderse a sí mismo es el modo en que la conciencia, contrariamente a la vida del alma, se instala firmemente en la conciencia natural y en la metafísica del sentido común y se aferra a la realidad positiva para escapar a ser comprendida y, por tanto, a la transformación.

Además, el deseo de que el sueño te conmueva o te diga algo es un signo de lo que podríamos llamar filisteismo en el arte. Se corresponde con la creencia de los teatreros de hoy en día de que pueden (y deben) dar «actualidad» a una tragedia clásica y hacerla «relevante» mediante un decorado contemporáneo, alusiones a las guerras de Vietnam o del Golfo y trajes de los actores en vaqueros azules. La pregunta (a menudo oída a los pacientes): «¿Qué significa este sueño para mí?» identifica al interrogador como miembro de la era de los medios de comunicación. El ego quiere sentirse interpelado, el sueño como mercancía debe ser «llevado al hombre», empaquetado y preparado de forma atractiva a través del marketing (ahora terapéutico) y la publicidad (terapéutica) (palabra clave «presentación»). Sólo si el sueño adquiere la «actualidad» personal de una emisión en directo y el paciente se siente muy cercano e implicado («En ARD y ZDF te sientas en primera fila»), estará dispuesto a «sintonizar». En caso contrario, su índice de visionado es nulo: «El sueño no me conmueve», «No me dice nada».

El deseo de relacionar el sueño con la propia actualidad es la admisión de que el sueño hace tiempo que se considera una mercancía y un consumo sin sentido, que sólo puede adquirir un significado secundario a partir del beneficio o la euforia subjetivos. Es la voluntad de explotar el sueño para los propios fines y de silenciar sistemáticamente su propio significado, que tal vez no nos sea accesible. Esto sólo tiene una oportunidad si al sueño se le permite entenderse a sí mismo y hablar de sí mismo o del alma, porque sólo entonces se le permite hablar en absoluto con lo que tiene que decir. Para ello, sin embargo, necesita el «silencio desapasionado de la sola cognición», lejos de todo pathos y deseo «existencialistas» (obsesionados con la propia existencia y actualidad). Necesita la devoción amorosa a la necesidad fríamente progresiva de la materia.

Lo que aquí se ha expuesto significa en la práctica para las siguientes discusiones de la psicología del animus que no toman como punto de partida la experiencia de la sala de consulta (aunque tampoco se sitúan a su lado ni la pasan de largo sin relación). No hablaré desde el armario del analista: no traeré casos, ni sueños, y no consideraré lo que se va a discutir desde el punto de vista del individuo.

El paradigma. Con las observaciones precedentes hemos llegado ya al ámbito del marco más sustantivo al que se refiere la investigación psicológica en la psicología de Jung. Jung no obtiene su paradigma -quizás podríamos decir también su visión de la tarea psicoterapéutica- de la experiencia de la consulta. Su paradigma no es la novela familiar, ni el cuadro de relaciones, ni los deseos pulsionales, ni la oposición patriarcado y matriarcado, ni el autodesarrollo (el ser humano asegurando y aumentando su existencia, su progreso, su satisfacción). Jung extrae su paradigma de la inmensidad de la mitología, de la historia religiosa, de la historia cultural del mundo entero. Podemos ilustrar la diferente comprensión resultante de la psicología con algo aparentemente muy lejano, la ejecución que Jung hace de las obras literarias. Jung explica, asombrosamente, que la novela psicológica, que adopta un enfoque no del todo distinto a la perspectiva de la consulta, no es especialmente productiva para el psicólogo. Esto contradice lo que la mente cotidiana entiende por «psicología». Para ellos, por supuesto, la novela psicológica tendría que considerarse psicológicamente relevante antes que cualquier otra literatura novelesca. Según Jung, la novela psicológica sólo se mueve dentro de los límites de lo que se puede comprender y captar psicológicamente (es decir, aquí: subjetivamente, personalmente); se ocupa de lo «originalmente conocido». Se permanece así «en el reino de la psicología transparente». «Nada ha permanecido oscuro, pues todo se explica convincentemente por sí mismo». Por lo tanto, no tiene más que un significado superficial para la psicología; lo que uno encuentra aquí es psicología, pero sólo psicología inauténtica. Hasta aquí la «novela psicológica» sin interés psicológico.

De la combinación contradictoria (atribución) de «psicológicamente poco interesante» con «novela psicológica» en dicha frase se desprende que para Jung la psicología no es simplemente psicología. Jung se aleja a sí mismo y a la psicología de un concepto ordinario de la psicología a otro. Tiene una comprensión más elevada y estricta de la psicología, y no sólo en términos metodológicos (cientificidad), sino en términos de cuál es el verdadero objeto de la psicología y cómo está constituido. Pero la diferencia así establecida (yo la llamo «diferencia psicológica») permanece dentro del concepto ampliado y estirado de psicología. Lo psicológico en el sentido ordinario no queda completamente eliminado del nuevo concepto de psicología. Lo psicológico en sentido ordinario no queda completamente eliminado del nuevo concepto de psicología, sino que sigue siendo un elemento dentro de él, y además necesario, porque el concepto más profundo (o más elevado) sigue dependiendo de él, en la medida en que sólo se encuentra a sí mismo alejándose de él.

Llegamos ahora al otro concepto real de psicología, tal como se desprende de las observaciones de Jung sobre la poesía. Jung dice: «Por el contrario, la novela no psicológica ofrece generalmente mejores posibilidades de penetración psicológica…». He aquí de nuevo la brusca recopilación de términos contradictorios en la que se produce la apertura de la diferencia psicológica. Aún más productiva que la novela no psicológica (a diferencia del tipo de creación artística psicológica) es la creación artística visionaria, en la que Jung piensa en obras como el Fausto II de Goethe. «Aquí todo se invierte: El material o la experiencia que se convierte en el contenido de la creación no es nada familiar, es de una esencia extraña, de naturaleza enigmática, como si procediera de los abismos de tiempos prehumanos o como si procediera de mundos de luz y oscuridad de naturaleza sobrehumana, una experiencia primordial…. El valor y la fuerza residen en la enormidad de la experiencia, que emerge extraña y fría o significativa y sublime de profundidades intemporales…». Se trata de la «visión primigenia».15 La psicología es psicología profunda, y su profundidad no se refiere a «capas» más profundas de la «maquina» psicológica o personalidad, sino a experiencias que se proyectan en la vida humana desde un «mundo no humano». El verdadero interés de la psicología está, pues, en el fondo arquetípico del alma como verdadero nivel de la vida humana, no en el primer plano de la experiencia, el esfuerzo, el deseo y la opinión, que, aunque se trate de impulsos o contenidos inconscientes, es siempre lo «primordial», lo «humano y demasiado humano» y como tal no lo verdadero, sino algo que se debe a una reducción metódica al nivel práctico-técnico. Hablar de «trasfondo anímico» significa también que la psicología de Jung se sitúa en un nivel de reflexión completamente distinto. Para distinguir este nivel del nivel de la comprensión común de la psicología, podemos decir en lenguaje figurado-objetivo:

La posición de Jung está determinada por el hecho de que existe una diferencia entre lo que siempre se ha conocido y lo que se conoce en todo el mundo, la fe del día, lo que permanece dentro de los límites del mundo bien ordenado y manejable de la conciencia, en el que «las leyes de la naturaleza se aplican como las leyes humanas en un estado ordenado», también podríamos decir: lo humano-todo-humano por un lado, y por otro un mundo nocturno ajeno. «¿Debemos creernos simplemente en posesión y control de nuestra alma, mientras que lo que la ciencia llama psique y entiende como un signo de interrogación encerrado en la cápsula del cráneo es en el fondo una puerta abierta por la que lo desconocido y lo misteriosamente activo entran a veces desde el mundo no humano y en alas nocturnas alejan al hombre de la humanidad y lo conducen a un trabajo y un destino suprapersonales?”16

Lo que he referido y citado aquí se refiere a la observación psicológica de la poesía. Pero también muestra de forma excelente el horizonte en el que Jung aborda las cuestiones psicológicas en general. Lo que Jung sólo insinúa brevemente aquí se refiere claramente a «experiencias primigenias» que podemos asociar con las experiencias en la iniciación chamánica, el viaje del alma al cielo, o también con las experiencias iniciáticas en las culturas rituales. Por consiguiente, incluso en el caso del cristianismo, mucho más tardío, y del desarrollo ulterior de su mito, Jung se ocupa de retomarlo allí donde «el Espíritu Santo se dirigió a los apóstoles». No sólo a ellos, sino a todos los demás que, a través de ellos y después de ellos, recibieron la filiatio, la filiación de Dios, y así también se hicieron partícipes de la certeza de que no sólo eran animalia autóctonos, descendientes de la tierra, sino que, como nacidos dos veces, estaban enraizados en la divinidad misma»17. «En el ritual, (las personas) están cerca de la divinidad; incluso son divinas. Basta pensar en el sacerdote de la Iglesia católica, que está en la divinidad. Se lleva a sí mismo al altar para el sacrificio; se ofrece a sí mismo como sacrificio.»18

Creo que, en última instancia, las categorías en las que se describen estas experiencias primordiales y las correspondientes referencias mítico-rituales nombran el paradigma de contenido a partir del cual -en su distancia o proximidad a él- todo lo psíquico ha de ser comprendido, juzgado y medido en su rango: la psicología tiene lugar allí donde se franquea la diferencia entre el ser humano como Hijo de la Tierra y el ser humano como Hijo de Dios (y eso significa: como divino él mismo19). Esta diferencia es su marco. Es una diferencia que, como algo que se puede formular objetivamente, es al mismo tiempo también una diferencia de niveles de reflexión.

Lo que me parece especialmente importante aquí es que Jung no devalúa psicológicamente estas experiencias visionarias. No las encierra en la cápsula craneal ni en ninguna otra parte interna del sujeto: para él no son meras imaginaciones subjetivas. En la cita anterior habla, aunque con cautela y en forma de pregunta, de una puerta abierta por la que entra algo ajeno procedente del mundo no humano. En la experiencia visionaria, algo se encuentra con el hombre; algo que no es él mismo, que está más bien «fuera de él», viene hacia él. Jung no despoja a las experiencias iniciáticas y otras experiencias visionarias del estatus lógico de conocimiento de la realidad, del estatus de verdad. En el mismo escrito, habla de la realidad psíquica [yo diría: realidad psíquica], «que tiene al menos la misma dignidad que la realidad física».20 «Igual dignidad» significa nada menos que: con respecto a la verdad y la realidad, tiene el mismo rango lógico, con una expresión anticuada también se podría decir: el mismo rango metafísico. El mundo no humano no es una «mera metáfora», se le atribuye una cierta dignidad «ontológica».21 Es un mundo y no una mera concepción en la conciencia o inconsciencia humanas, cuya referencia a una realidad y su objetividad serían de entrada cuestionables o incluso excluidas. Sólo porque a este mundo no humano se le otorga dignidad «ontológica» en el marco del modo objetivo de representación puede Jung tomarse en serio la adopción de un nivel de reflexión completamente diferente en términos metodológicos. (Por otra parte, queda abierta la cuestión de cómo deben entenderse lógicamente las formulaciones mitológicas utilizadas aquí, como «mundo no humano» o «algo que está aparte de él». Ni que decir tiene que no deben tomarse al pie de la letra y, sin embargo, tampoco deben desactivarse como «mera metáfora». El significado de esta contradicción aún no se ha aclarado aquí).

La apertura transgresora del alma al «exterior», el posible encuentro con otra dimensión «extramundana», «metafísica», «trascendente», pertenece así al paradigma del contenido. El alma no permanece encerrada en sí misma. Experimenta que hay algo más aparte de ella misma, pero tener esta experiencia es precisamente lo que pertenece al concepto de alma. El alma es en sí misma la referencia a esta dimensión «metafísica». Esta forma de hablar resulta chocante y embarazosa, sobre todo porque el término «metafísica» no se identifica aquí todavía de forma lógica, sino que permanece unido a una forma de hablar mitológica y despierta así la sospecha de lo meramente ideológico. A pesar del peligro de esta sospecha (mal entendida, aunque comprensible en ausencia de identificación lógica), debo volverme aún más ofensivo, expresar lo que aquí se quiere pensar de forma aún más rigurosa y contundente, libremente incluso sin identificarlo aquí lógicamente:

Sin Dios, no hay verdadera psicología; sin referencia a Dios, no podemos hablar del ser humano real, del mundo como realidad (en contraste con él como mundo externo positivo), de la conciencia y del alma. (Deliberadamente no entrecomillo a Dios y no hablo de arquetipos ni de «los dioses». Hablar de arquetipos ya es inofensiva palabrería científica; y hablar de dioses «politeístas» sale fácilmente de nuestros labios. Siempre es mero material educativo. Dado que, en primer lugar, no es realmente serio, tampoco dice realmente nada).

La actitud. ¿Dónde tengo que situarme para poder adoptar un punto de vista que merezca llamarse psicológico? ¿Qué debe ocurrirme como psicólogo – metódicamente – para que pueda tener realmente un punto de vista psicológico? Debo haber caído o dejarme caer sin reservas en la metáfora básica de la psicología, «alma»; «alma» en su indefinición y desconocimiento.

Curiosamente, la psicología, que pretende ser una ciencia, ha intentado en la mayoría de los casos evitar esta naturaleza abismal del «alma», bien eludiendo otro término como «comportamiento del organismo», bien anteponiendo a la teoría psicológica una definición del «alma». Es obvio que la psicología en cualquier sentido científico no puede surgir de esta manera. Pues no se debe anticipar la definición de la metáfora básica de una «ciencia», porque esta definición no es otra cosa que todo el curso de la investigación científica de esta metáfora básica misma. Si se piensa que hay que evitar de un modo u otro el desconocimiento de la metáfora básica, entonces se está revelando que la psicología no debe serlo en absoluto.

Aquí sólo lo estoy insinuando. En los capítulos siguientes se examinará más detenidamente qué es el «alma» y qué significaría caer en la incógnita de esta metáfora básica de la psicología.

El elemento. ¿Cuál se considera el elemento más intrínseco del animus? ¿Cómo debe interpretarse? Hemos hecho hincapié en que el animus depende de nuestro propio pensamiento, de la culminación de la comprensión de su significado, y en que no debemos recurrir precipitadamente a imágenes mitológicas. Emma Jung ha hecho aproximaciones a una diferenciación de los papeles del ánima y del ánimus, ambos de los cuales, según la teoría imperante, deberían tener la misma función de mediación hacia el inconsciente. Emma Jung explica que ambas no tienen esta función en el mismo sentido y de la misma manera. El ánima hace conscientes, visibles, los contenidos inconscientes, nos los presenta como una imagen. El animus, en cambio, tiene la tarea de reconocer, comprender, captar el significado. «Sólo después de que estos contenidos hayan llegado a la conciencia, tal vez ya hayan sido modelados [ésa sería la actividad del ánima], debe el animus desplegar su efecto».22

Aquí se ha captado algo decisivo que sólo hay que singularizar y radicalizar. El elemento dentro del cual debe tener lugar la discusión sobre el animus no puede ser la imaginación. Ni el reino del alma, ni el mito, ni el mundo de las bellas figuras (y desde luego tampoco la experiencia y el comportamiento de los personajes). Sino que su elemento es el concepto frío, el «ser» abstracto, el pensamiento, la filosofía – la lógica. En sentido figurado, sin embargo, su elemento es la distancia, el vacío y la frialdad del espacio, en contraste con la sangrienta realidad humana y la exuberancia y colorido de la naturaleza terrenal. El animus, como oiremos con más detalle, nos aleja de la realidad, de la vida. Remite al mundo de la muerte, a las «tierras de fantasmas». El estilo y la atmósfera de nuestra preocupación por el animus deben corresponder a esto desde el principio. Por ello, rebato la opinión de Th. Moore de que «a menos que se le dé voz y rostro, el animus sigue siendo abstracto… «23 Se trata de una idea abstracta de la concreción. El animus sólo se vuelve concreto si se le permite mostrarse en la abstracción que es su esencia.

James Hillman, cuando presentó su trabajo sobre el ánima, tuvo que disculparse por querer presentar la fenomenología del concepto de ánima. Tal era el clima anti-intelectual de la psicología analítica de la época. Desde entonces, su libro se ha ganado un lugar en la psicología junguiana. Sin embargo, es probable que la hostilidad conceptual no haya cambiado mucho. Pero en el caso del ánimus, las cosas son diferentes desde el principio que en el intento de describir la fenomenología del concepto del ánima. En este caso no es necesario disculparse, ya que el pensamiento está legitimado, es más, exigido, por el propio tema del animus. Puesto que el animus es logos, espíritu, pneuma, huelga decir que el acceso primario a él debe pasar también por el concepto.


  1. C.G. Jung, CW 10 § 366.

2. C.G. Jung, CW 10 § 488.

3. C.G. Jung, Erinnerungen, S. 149.

4. C.G. Jung, Erinnerungen, S. 143.

5. C.G. Jung, CW 10 § 367.

6. Ebd

7 C.G. Jung, GW 16 § 534. Meine Hervorhebung.
8 C.G. Jung, GW 16 § 396.
9 C.G. Jung, GW 16 § 449.
10 Vgl. C. G. Jung, Briefe Bd. III, S. 148 (an L. Kling, 14.1.58).
11 C.G. Jung, GW 8 § 543.
12 Siehe James Hillman, Healing Fiction, Barrytown (Station Hill) 1983. finden, Zürich (Schweizer Spiegel Verlag, Raben-Reihe) 1986

13 C.G. Jung, »Psychologie und Dichtung«, Vorrede, GW 15, S. 98.
14 C.G. Jung, The Visions Seminars, 2 Bde., Zürich, (Spring) 1976, Bd. 1, S. 2 (meine Übersetzung).

15 Referiert und zitiert nach C.G. Jung, GW 15 § 136-143.

16 C.G. Jung, GW 15 § 148.
17 C.G. Jung, Erinnerungen, S. 335, meine Hervorhebungen.
18 C.G. Jung, GW 18/1 § 627, meine Hervorhebungen.
19 Elijo «Hijo de Dios» en lugar de «Niño de Dios» no para discriminar a las mujeres, sino únicamente por la proximidad explosiva de «Hijo de Dios» al predicado «Hijo de Dios», que de otro modo está reservado solo para Jesús como Cristo.  Quizás también podríamos usar la expresión «Dios hombre».  «Niño de Dios», por otro lado, despierta ideas completamente diferentes e inofensivas.

20 C.G. Jung, GW 15 § 148.

21. Utilizo el término «ontológico» con plena conciencia, aunque sólo le doy una justificación muy preliminar.  Es necesaria en tanto se permanece en la comprensión cotidiana de la psicología como doctrina de ideas y sentimientos subjetivos y se piensa en la extrañeza de una «realidad psíquica» que tiene la misma dignidad que la física.  La expresión «lógico» sería más correcta, pero no es suficiente en este punto y para la conciencia mencionada, porque lo lógico se entiende por esto como «meramente» lógico.  Sólo cuando se ha aceptado la imposición inherente a la «dignidad ontológica» se puede transferir la categoría de lo ontológico a la de lo lógico, por supuesto de tal manera que la imposición no se deshaga.

22 Emma Jung, Animus und Anima, Zürich und Stuttgart (Rascher) 1967, S. 36.
23 Th. Moore, »Animus mundi: or the Bull at the Center of the World«, Spring 1987, hier S. 126.