La individuación como punto de partida

Logos del alma

Es habitual que de manera equivoca se interprete el concepto de “individuación” como una meta a la cual el sujeto debe llegar, como el desarrollo futuro de un proceso que comienza desde la incompletitud y que deviene en la forma acabada del individuo, él cual se concibe como un ente que debe integrar en sí las partes antes desperdigadas de su propio ser.

Entonces el trabajo terapéutico se torna en una empresa que concibe a su sujeto de modo fragmentario, que busca compensar las faltas del alma de la persona para poder ofrecerle la fantasía de la integración. Es por ello que este enfoque retorna a una visión medicalista del fenómeno, que se asume como la vía por medio de la cual esté alcanzará el estado de la Gran Salud, que no es otra cosa sino un eufemismo de la plena salvación de su alma.

Sin embargo, la individuación no se encuentra en el porvenir, sino que está hecha ya en cada momento presente y es realizada sin contar con la supervisión del ego, cuya consciencia ha sido sobredotada de importancia en un mundo que considera que la meta siempre se encuentra después de la partida, y que es el individuo el responsable del flujo de los acontecimientos.

Es por eso que aparece la preocupación neurótica por el crecimiento personal, éste es el proyecto de edificación del ser humano que propone que en la persona descansa una voluntad que se sobrepone a las contingencias anímicas y que el hombre es el fiel de la balanza del desarrollo del alma moderna. Solo desde esta inflación psíquica del ego es posible equiparar al sujeto con conceptos como la felicidad, la totalidad, la iluminación o el desapego.

Pero los fenómenos del alma son autónomos y, por lo tanto, ocurren de manera contingente, son procesos naturales que han sido sublados, interiorizados en sí mismos y que por ello guardan su voluntad dentro de sí. Ninguna voluntad ajena perturba su paso lento pero atronador, pues la marcha de los acontecimientos es imparable. Ellos mismos son su propio fin y en consecuencia están individuados.

Así, una visión que suponga que el objetivo del alma se encuentra enclaustrada en el individuo y que parta de la carencia del mismo, solo obtendrá lo que ya tiene, es decir la posición de la falta. Lo cierto es que si se comienza con nada se termina con nada y que un abordaje que concibe a la persona como incompleta no podrá ofrecer más que su punto de partida.

Como concepto, la individuación continuamente es literalizada y convertida en una fórmula, e inclusive en un dogma que dicta la condición deseable del ser humano, comparando el presente con un futuro que tiene como esencia lógica el siempre estar más allá del mundo experimentable, como un santo grial inalcanzable, que así lo es porque es la mistificación de un concepto.

Si se entiende la neurosis como la separación de los discursos que conforman la existencia de una persona, tornándose estos mismos, y la separación en sí, inconscientes, se puede decir que la individuación como meta contribuye al sufrimiento vacío de quienes la buscan, ya que es una idea que se ha neurotizado al haber arrojado hacia un devenir improbable lo que de hecho ya sucede, pues cada fenómeno es completo en sí mismo y sólo desde esta posición se puede estar frente a él, no necesita completarse pues ya está individuado.

Quizás para el sentido común pueda ser inconcebible que lo último sea lo primero, pero para el pensamiento psicológico es de lo más natural asumir que aquello a lo que se quiere llegar debe ser ya el punto de partida para poder alcanzarlo, porque la senda terapéutica no ocurre como el desarrollo de un fenómeno o la maduración de un individuo, sino como el arribo de la consciencia a lo que de hecho ya ha sucedido.

Como el ave de Minerva que vuela al atardecer el trabajo en el espíritu de la individuación es el llegar tarde a los acontecimientos y solo por ello ser capaz de contemplar la emergencia de los conceptos ya realizados, acogidos en sí mismos y por eso liberados de su contención en los sucesos. Es este trabajo alquímico la transmutación de la experiencia anímica que ocurre porque la materia de la que se parte es ya el oro de los filósofos.

Por último, cabe recalcar que la inflación de la importancia personal del hombre le ha llevado a pensar que este camino tautológico es algo que él debería promover, pero realmente la persona únicamente asiste a este proceso, pues la individuación, en principio, no es del sujeto sino de los fenómenos, por consiguiente no es una tarea humana, sino más bien una característica del opus del alma.

El equilibrista

Logos del alma

«Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiendose en su ocaso».

F. Nietzsche

El equilibrista se apresta a su peligrosa tarea, va de una torre a otra torre sobre una delgada cuerda, él es el hombre: una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, camina entonces sobre sí mismo, en su propio concepto. No ha de sobrevivir a esa travesía, ni debe hacerlo.

El bufón se abre camino, le insta a volver a su torre, pero el equilibrista absorto en su tarea de existir es abatido y se precipita al suelo donde el impacto habrá de destrozarlo, ¿pero no sé dijo antes: «permanecer fieles a la tierra»? El hombre debe ser su propio ocaso.

Aún después del impactó, aún después de los brazos y piernas dolientes (y es que el hombre es el animal moribundo, perpetuamente moribundo), el equilibrista clama por un sentido, por una fuerza divina, ese veneno de los hombres buenos. Es entonces que el hombre a su lado le dice que solo hay este mundo y que pronto ya no lo habrá para él. Así que el equilibrista tiende su mano al infinito en señal de agradecimiento y muere. Debe morir para dar paso a aquel del que nacen las estrellas, estrellas danzantes.

Sobre la violencia del amor

Logos del alma

«Cada encuentro de dos seres en el mundo es un desgarrarse»

Italo Calvino, El Vizconde Demediado

Hay un encuentro que postergamos hasta el hastío, que detenemos por miedo a ser devastados en lo más hondo de nuestra integridad. Cerramos la puerta de nuestra morada y tiritando detrás de ella, tapamos nuestros ojos ante el huésped que se cierne, oscuro, inevitable y violento.

Jung decía que el opus del aprendiz era la sombra, porque la sombra es aquello que confronta al fenómeno consigo mismo, su propio otro que llega hasta él y lo obliga, vehemente, a tomar consciencia de sí. Pero acaso, el miedo de lo venidero no es otra cosa sino un velo delgado que se yergue contra lo que ya está presente y que opera de manera secreta e inexorable en la vida interna del momento actual.

No hay remedio contra lo que ya es, pues el otro, una vez que es concebido como un otro, se desenvuelve de manera autónoma y obra sin otorgar la posibilidad de escogerlo. Se impone porque su carácter es el de un destino cuya única consideración es la de poder elegirlo de manera consciente o siendo inconscientes de él, de cualquier forma su impronta traspasa hasta lo más recóndito de la piel de aquellos condenados a la existencia.

No obstante, ese huésped que toca a la puerta es ya la puerta misma, así como es también la casa y la fina defensa con la que el hombre busca salvarse de su presencia atroz. Todo lo presagia y la vida habla solo de su brutal advenimiento. Esta violencia que nos depara el desafío del prójimo es el núcleo de aquello que llamamos, descuidadamente, el amor.

De manera común, se concibe al amor como una promesa de salvación, como un regreso a la participación mística donde la consciencia aún estaba envuelta por el manto seguro de lo natural. Se le imagina, infantilmente, como el paraíso perdido. Amamos, entonces, con la esperanza puesta en el pasado, en la espera de que lo que una vez fue in ilus tempore sea de nuevo y traiga consigo la felicidad de la inconsciencia.

Durante un tiempo así parece suceder y los amantes se deleitan en el placer del roce de los cuerpos, de los labios siempre abiertos y de la complacencia cotidiana. Ello dura un breve momento, porque el paraíso no puede recuperarse, se ha perdido junto con la inocencia y ya no estamos más arropados por un cosmos que se cierne sobre nuestro espíritu, al contrario, hemos sido expulsados a la desnudez del mundo. Pero solo es ahí, en el valle de lagrimas, donde es posible producir el amor.

Mientras el sujeto esta encerrado en sí mismo el amor no ocurre, se necesita el encuentro con el otro, aquello que lo obligue a salir de su contención narcisista, y es la necesidad de amar la que obliga al individuo a emerger de un sistema endogámico hacia la apertura de lo diferente. Tal claro abierto es ya el amor mismo.

Pero no basta con nacer a la experiencia del otro, hay que hacer que suceda siempre de nuevo, producirlo, y es entonces que el hombre puede decir, como Borges lo hacia: “Es el amor, tendré que ocultarme o que huir/ crecen los muros de su cárcel como en un sueño atroz.”

Es necesario amar, aprender el cruel oficio de ser amantes, de recibir al otro y permitir que su presencia nos fulmine, porque solo podemos amar al precio del desgarro, del desmembramiento. Que el amar sea complaciente y nos gratifique es la fantasía de individuo narcisista, que busca edificarse, crecer él a costa de eliminar al otro, de absorberlo en su deseo.

El amor es un dios terrible, debe ser terrible para ser amor. Si no rompe los huesos, si no desgarra la carne, si los ojos no son cegados y el amante no vaga descarnado ¿para qué amar? Sería mejor quedarse en lo seguros prados de la madre, en la reconfortante casa del padre. Quien ama se lanza a un abismo del que no saldrá vivo… y que bueno que así sea.

Es probable que una de las pautas desencadenantes de la violencia de pareja sea precisamente que los amantes no están dispuestos a vivir la violencia propia del amor; entonces se destrozan entre ellos, de forma literal, para mantenerse indemnes, a salvo de la grave tarea de amar.

Los hombres buenos nunca dicen la verdad

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“¡Oh esos buenos! – Los hombres buenos no dicen nunca la verdad; para el espíritu el ser bueno de ese modo es una enfermedad. Ceden, estos buenos, se resignan, su corazón repite lo dicho por otros, el fondo de ellos obedece: ¡mas quien obedece no se oye a sí mismo”.

F. Nietzsche

La moral y las buenas costumbres son elementos necesarios para la socialización y la armonía en los grupos humanos y es evidente que es importante cultivar el respeto por el prójimo para procurar un entorno agradable donde los conflictos humanos puedan resolverse de forma pacifica. Pero si bien este ideal de las relaciones humanas es importante como meta de convivencia, es debido no confundir esta herramienta social con el acercamiento reflexivo ante los fenómenos psicológicos y menos aún con un modelo de aprensión del alma en donde se le pueda atrapar con el fin de resguardarse de ella.

La realidad psíquica, sigue principios éticos que no necesariamente coinciden con la moral del hombre. En el libro de Job, por ejemplo, es evidente esa disparidad al contrastar la situación horrifica que vive Job con su petición al dios que, sin embargo, ha permitido su desgracia. Job apela por el favor de la Sabiduría del dios en contra del mismo dios que lo destroza. Esto sugiere que una dimensión de lo divino se ha vuelto inconsciente, es decir, se ha ocultado a la consciencia volviéndose al interior del fenómeno, interiorizandose a fin de expresar una nueva forma de sí misma, la cual no será patente sino en el porvenir, pues la consciencia siempre ha de arribar después del hecho.

Solo en épocas recientes la presencia de un dios puede abstraerse de su matiz sombrío y considerarse puro amor y redentor de los pecados. En otros momentos de la historia de la consciencia el dios era la expresión completa del máximo bien, pero también del mayor mal posible. Tanto la crueldad como el beneficio son características de las antiguas deidades, por ello la madre divina podía ser dadora de vida pero también la que consumía a sus hijos. Esencialmente el dios era lo terrible, lo monstruoso.

Ante Job, Jehová responde con contundencia y hace evidente la pequeñez del anhelo del hombre ante la realidad que éste habita. El libro de Job es quizá uno de los primeros documentos que expresan el sentimiento patético del absurdo, que será tan importante en el desarrollo cultural del siglo XX y que no es otra cosa sino la constatación de que la esfera de los dioses ha sido abandonada y convertida en el centro de la vida lógica del alma. Por eso el hombre actual existe en la desnudez de un mundo infinito y sin un sentido experiencial dado. Como consecuencia debe sostenerse a sí mismo y elegir todo lo que le es otorgado y ser acompañado por el interminable sentimiento de angustia.

Esta condición descrita implica la incompatibilidad entre una moral dada y una norma ética universal, el sujeto nacido sufre la condición de tener que preguntarse, de forma constante, sobre la verdad presente en cada uno de los fenómenos con los cuales dialoga. Por ello es que el psicoterapeuta no puede presuponer una regla moral fija para toda vivencia psíquica, ni un modelo de comprensión estipulado a priori. Al contrario, su deber es atender a la ética particular de fenómeno presente y ajustarse a sus necesidades propias. El psicólogo quiere, debe querer, ser enseñado por la realidad y alejarse de la tentación de querer dictar lo que es “bueno” para el Otro.

Así, el gran límite de muchas personas inteligentes es su apego por la buena moral y las causas justas, ellos mantienen el hábito de ponerse del lado de “lo bueno” y “lo correcto” de forma unilateral. Necesitan saber que son parte de un bando y que su pertenencia le da soporte a su existencia; que no están solos sino que se suscriben al “lado adecuado”. Pero el ejercicio de pensar requiere haber dejado atrás la posición infantil que encuentra las reglas para aprender la realidad ya hechas. En cambio, el pensador, prefiere que sea el Otro quien piense y así poder reconocerse a través una inteligencia que no es la suya sino la del Proceso.

El pensar el pensamiento del otro es imposible si hay un modelo fijo como el de la moral que se superpone a la ética del propio fenómeno. El apego por los grandes valores es el vicio más difícil de expurgar, pues supone un deseo anhelante por ser sostenido por los padres celestiales que otorgaban preceptos éticos ya establecidos.

Para ser un “hombre bueno” se tienen que llegar a confundir las propias reglas y las buenas costumbres con la verdad presente en el fenómeno, por ello la propia verdad de éste nunca podrá hacerse consciente de sí misma, pues se le ha sustituido con un sucedáneo construido en lo ya conocido, es decir en aquello que ha sido dejado atrás por la historia del alma. Estas ideas positivizadas desconocen su sombra y por ello son enemigas de quién quiere pensar el pensamiento de los fenómenos, es decir, del que busca atender la ética del propio fenómeno.

Del sacrificio

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En la cultura azteca se alimentaba al dios sol con los corazones de hombres que les eran extraídos mientras aun estaban con vida, los Olmecas mucho antes que ellos sacrificaban niños al dios de la lluvia. Toltecas, Mayas, Totonacas, mataban, degollaban e incluso comían la carne de sus prisioneros, fueran niños o adultos. La masacre era, por así decirlo, el pan de cada día. Cuando sucedió la conquista, las culturas precolombinas fueron sacrificadas, diezmadas, su última sangre fue derramada a un dios que sacrifica a su hijo, que se sacrifica a sí mismo para existir.

La lógica de la destrucción y la violencia recorre la historia. Somos herederos de la sed de sangre, de la vida que se destruye a sí misma para perdurar.

La naturaleza ha muerto, dios ha muerto, el hombre ha muerto, quedamos los que nos alimentamos de sus restos

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Salvar a la naturaleza se ha vuelto cada vez más un eslogan, es una empresa que genera grandes dividendos y que se adhiere a la misma lógica, que paradójicamente, destruye al planeta. No se asume que la naturaleza y la imagen de la naturaleza son dos dimensiones distintas de un mismo concepto, ésta última ya ha sido abandonada hace mucho tiempo, porque la naturaleza destruye a la naturaleza, y lo hace de forma lógica.

Hay un trasfondo ideológico en el enunciado que reza que se debe proteger al medio ambiente, que se debe salvar a la madre naturaleza de la destrucción. Se coloca, inadvertidamente, al orden de lo biológico en la dimensión perteneciente a la consciencia, afirmando con ello, de forma contraria a lo que se pretende, que lo natural ha sido dejado atrás al convertir el universo de la union naturalis en el residuo simbólico del cual el sujeto se alimenta para construir su identidad. Pero el individuo emergió del cuerpo lógicamente muerto de la madre naturaleza.

La vida biológica es el recuerdo que la consciencia tiene de su estar contenida en lo natural, pues aquello que se experimenta como «el mundo» no es sin una idea que ha surgido y ha abandonado su propia realidad como objeto, para constituirse, por fin, como parte de un proceso lógico, como una construcción de la mentalidad y nada más. Este recuerdo es la vida como un proceso vuelto dentro de sí para poder ser usado como una yesca de la cual lo psicológico enciende su propia llama. Es así como el alma ha nacido de sí misma al darse muerte dentro de, y como, su propia constitución biológica.

Hay, por lo tanto, una espera infantil en la ilusión del regreso a la armonía con el medio ambiente como si éste estuviera aun animado. Es una imagen proveniente de cuándo se entendía que sobre el cosmos yacían los padres celestiales en el hierosgamos y la existencia era un rezo continuo hacia su poder abrumador. Sin embargo, los dioses han roto su copula y el hombre ha nacido irremediablemente solo. Esto significa la muerte de Dios: el resquebrajamiento de las estructuras metafísicas que daban sostén a la experiencia del individuo para morar, ahora, en el plexo solar, a cambio del sacrificio del sujeto a la noción que lo contiene.

Ya no hay objetivos trascendentes, ni grandes sistemas de pensamiento, el hombre está maldito, condenado a ser solo quien ya es, con la mirada fija en el abismo. Tampoco queda el consuelo numinoso, pues si en otros tiempos las religiones imaginaban un alma ligada a un mundo espiritual y metafísico como un doble, esencial, del hombre, hoy ya no es posible hacer eso sino para ahogar la angustia por la inanidad de la existencia. Pensar en un anima mundi es esperar ser nuevamente niños complacientes, contenidos en las formas imaginarias, mirando hacia arriba, a un cielo, sin embargo, ya despojado de imágenes.

La naturaleza murió hace tiempo, de ahí nuestra angustia. El hombre también se volvió obsoleto desde hace algunos siglos, quedamos entonces sus restos viviendo de los residuos simbólicos de otras eras. Dejemos, entonces, que los muertos entierren a los muertos.

Nota sobre el prejuicio causal en psicología

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«Sin darnos cuenta nos ponemos una camisa de fuerza lógica al dejar que la causalidad eficiente determine todos nuestros esquemas explicativos.»

Lynn Segal

La mala crianza no genera, irremediablemente, malos individuos y la buena crianza no necesariamente construye buenas personas. El mundo de la psique es mucho más complejo que esa simple correspondencia, nuestra confianza en la causalidad es infundada e ingenua, se sostiene en una etapa metafísica, donde el sujeto estaba atado a los objetos y estos le daban sentido a su existencia. Pero hoy, una vez que ha nacido el individuo, podemos saber ciertamente que el bien no genera bien, ni el mal resulta en mal de forma determinada.

No obstante, en psicoterapia sigue vigente el prejuicio causal que enlaza sucesos arbitrarios que simplifican la complejidad de la existencia. Esta situación abstrae a la persona de sus circunstancias y le evita el esfuerzo de tener que reflexionar sobre las múltiples aristas de un hecho, que como contingente tiene una vida interior que dialoga de manera constante con la sintaxis en la que está inscrito. Reducir un conjunto de eventos a otros, ya sean constelaciones astrológicas, patrones familiares o tipos psicológicos resulta sencillo y reconfortante pero somete al fenómeno psíquico al engañoso sesgo de confirmación que elimina su carácter de ser un Otro por sí mismo.

Pero un buen ser humano es algo relativo y es resultado de múltiples y complejos factores que posiblemente no se puedan conocer del todo, ha nacido de una cultura, de un contexto que lo construye, pero a su vez su propia vida interna es una miríada de factores que en su entrelazamiento lo empujan hacia una multitud de posibilidades. Dicho hombre bueno, de acuerdo a los hados que lo limitan, puede decantar en las peores acciones si las circunstancias son favorables y esas circunstancias son también indeterminadas. Las acciones terribles, a su vez, pueden degenerar en un bien mayor, o no, el hombre está ligado (religio) al destino de los dioses, que a su vez están atados por compromisos irrefrenables.

Los consejos psicológicos que recomiendan formas de crianza, de educación, de trato mutuo, las formulas que garantizan la perdición o el éxito en alguna esfera de la vida del individuo, son solo opiniones basadas en el sentido común y en una mitología propia de un mundo que no ha superado la visión causal y moralista de la realidad; tal perspectiva será acogida por personas desesperadas y sumidas en la necesidad de hacer responsables a otros, sujetos o circunstancias, de sus propias condiciones. Pero el individuo está liberado, ha nacido a su desnudez y no puede sino hacerse responsable de su propia corriente de acontecimientos.

Así que los buenos hombres a menudo se fortalecen en la podredumbre y otros tantos lo hacen en la virtud. Los padres pueden ayudar, quizás, si se ocupan de sí y de sus obligaciones y, a la vez, permiten que la vida enseñe a su hijos lo que cada uno puede ser. Ahora bien, esto no deriva sino en el azar. Una Babel de oportunidades y fracasos es la existencia y por ello vivir es un acto de fe en la vida misma.

He visto psicólogos

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He visto psicólogos trabajando con sustancias metafísicas, haciendo ego-psicología (elevando la autoestima, sanando el niño interior, curando enfermedades físicas y/o mentales, categorizando síntomas, escuchando los mensajes de los sueños, encontrando el sentido en el sufrimiento, contactando con las emociones, leyendo historias para sanar, integrando lo femenino o lo masculino, reestructurando constructos cognitivos, cerrando gestalts, haciendo talleres para padres, orientando, encontrando el emergente sistémico, contactando a los dioses en cada persona, mitologizando, analizando, leyendo al inconsciente como lenguaje, aplicando programas de reforzamiento, buscando la consciencia en las estructuras cerebrales, reduciendo los fenómenos a sus formas arquetípicas, amplificando, desensibilizando y resensibilizando, acercandose al espíritu, programando el comportamiento, hipnotizando al estilo clásico y moderno, trabajando con el cuerpo, perfilando, encontrando el arbol genealógico, el relato verdadero, jugando a la quiromancia, a la cartomancia, a la astrología…) y yo mismo, mea culpa, he sucumbido a todo ello. Pero la psicología no fue el tema que alimentaba todos esos enfoques, todas esas prácticas, pues nos centrábamos en el hombre y no en la psicología, nuestro quehacer era el del sanador, el del médico, el del antropólogo, el del sociólogo, el del maestro o el del cura; pero el tema de la psicología es la psicología misma, el alma de los fenómenos, el fenómeno del alma. Hay tantos psicólogos y tan poca psicología.

El psicólogo como pensador

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El fenómeno piensa siempre, lo hace a través de sus múltiples formas de hacerse presente. En su faceta como imagen y como emoción, aquello que se manifiesta es pensado desde su propia estructura lógica, lo hace aún en la opacidad de su materialidad. Por lo que atender al huésped que toca a la puerta significa poder estar a la altura de su complejidad y liberar al síntoma de su arrobamiento en la fisicalidad de la materia.

Así, el psicólogo sabe que la única certeza ante el fenómeno consiste en escucharlo de forma atenta, en tanto esto supone el arduo trabajo de poder contener el pensamiento mismo de aquello se manifiesta, en el recipiente de su atención liberada de prejuicios. Luego de esto, y una vez terminada su labor, todo la teoría se vuelve a rehacerse en él y es hora, entonces, de volver nuevamente a la briega. Tal es el ejercicio constante del pensamiento reflexivo y riguroso que le permite volver a iniciar, una y otra vez, el esfuerzo por comprender aquello que se le presenta.

La mente del psicólogo ha de estar aguzada por el constante ejercicio de la reflexión, sostenida por una cultura profunda, fruto del aprendizaje incesante y de la inmersión en los temas complejos de su contexto. Pero eso no es suficiente, el bagaje intelectual también puede ser un refugio del ego si el conocimiento no se auto-aplica y no se destruye su confianza en él mismo. El racionalismo es un subterfugio para escapar del esfuerzo de pensar el pensamiento del Otro.

Por lo tanto, la intelectualidad del psicólogo no es la del erudito, ni la del hombre de ciencia, aunque las conserva como estadios superados, sino que nace como el fruto de la propia destrucción de las bases intelectuales a través del pensamiento radical. De la cisura negativa sobre la inteligencia del pensador, surge el pensamiento vivo del fenómeno, es decir que emerge el proceso psicoterapéutico que sirve como hogar para el advenimiento de la consciencia del fenómeno. Porque, después de todo, no es el ente el que piensa, sino que lo hace el logos que subyace al fenómeno, en la vida lógica que lo permea.

El pensamiento del psicólogo, por lo tanto, es aquel pensamiento que ha superado el pensar subjetivo, individualista, y ha permitido que sea el Otro quien piense. Ese es el verdadero amor al conocimiento, dejar que las ideas, en su andanza negativa, se conozcan a sí mismas al desplegarse, aún a pesar del hombre.