Sombra y síntoma de la psicología

Logos del alma

Marie-Louise Von Franz comienza su libro Shadow and Evil in Fairy Tales contando una anécdota donde Jung, con el fin de que sus alumnos no quisieran sistematizar su pensamiento, les decía, cuándo se hablaba de la sombra,: “… es simplemente lo inconsciente completo”. La sombra, como concepto, es lo inconsciente y no una dimensión o un arquetipo o un complejo, es la totalidad de lo inconsciente, incluso se podría decir que es su sinónimo.

En ese enunciado Jung presenta una dimensión poco recurrida de su propia obra, donde dejando de lado los esquemas y las figuras didácticas, entiende que no hay un mapa determinado de la psique, pues ésta, como proceso móvil, siempre se encuentra en constante cambio, porque en sí misma no es otra cosa más que movimiento lógico, solo un proceso dialéctico que se superpone y se construye de manera incesante en cada nuevo fenómeno.

Se deduce, en consecuencia, que la mentalidad no tiene un asiento donde recargar su existencia, no hay descanso para su persistente transformación, porque su ámbito es la negatividad, entendida como el proceso de interiorización de las cosas en los conceptos que les dan estructura. Su transformación requiere de los entes, pero no se suscribe a ser uno de ellos, más bien subyace al carácter óntico y lo reflexiona de tal forma, en el vaso alquímico del pensamiento, que lo que emerge es la dimensión ontológica de los fenómenos.

La consciencia, por consiguiente, no es un objeto que pueda ser hallado, ya que como concepto mora, en un habitar lógico, en el reino de la preexistencia. La mentalidad no está en el cerebro, ni en un dios o en el mundo de los arquetipos, ni tampoco en el inconsciente entendido como un topos. Jung acostumbraba decir que la mayor parte del alma se encuentra fuera de la persona, pero entonces la circunstancia interior o exterior no suponen una delimitación válida. Parece ser que no hay nada fuera del alma.

El cerebro, los arquetipos y el inconsciente son formas positivizadas de entender la dialéctica intrínseca del movimiento psicológico, pero todas ellas son imágenes detenidas en el transcurso de su encarnación. Sin embargo, esos objetos no contienen a la consciencia como receptáculos cerrados, al contrario ellos mismos son textos donde el alma se lee así misma para luego abandonarse en el placer de sus frágiles renglones. Es el pensamiento el que constriñe el mundo a las nociones que le darán estructura. No sucede que se tengan ideas, más bien, las ideas nos tienen a nosotros.

Giegerich interpreta la frase del principio de esta manera: “[el alma] A veces se imagina a sí misma como «ego», a veces como «el inconsciente», o como «sombra», como «ánima», etc. Es noética. Es tan sólo ideas, fantasías, interpretaciones, visiones. Es vida lógica.” Aunado a ello se puede pensar que Jung se refiere a que lo inconsciente, así como la sombra, es, en general, la imagen e idea de lo rechazado, aquello que se teme, pues es lo desconocido que no quiere conocerse; siempre y cuando lo inconsciente sea visto como un concepto histórico que expresó la verdad de su época y no como una entelequia o como un trasmundo.

Se puede decir que lo más rechazado es la verdad de los tiempos presentes, aquello que solo por medio de la evasión se oculta a plena vista, porque es omnipresente. Pero lo rechazado se expresa en síntomas y un síntoma representa, de forma transaccional, aquello que constituye la verdad del fenómeno actual.

Es, por ende, lo patológico, el logos del pathos, donde la consciencia está más viva, en las simas más hondas del espíritu, donde el dolor del desasosiego teje lentamente una trama que va envolviendo al mundo. La realidad es hija de oscuros padres que no proveen esperanza, ni consuelo, solo incertidumbre, desesperación y abandono. Ante esta circunstancia no es extraño que se propongan soluciones fantásticas a la verdad de los tiempos presentes, estas vías de escape pretenden negar lo doloroso y prometen el éxtasis como un subterfugio.

La psicología y la psicología junguiana, se han vuelto un emisario predilecto de esta evasión, y lo hacen por medio de un discurso simplista y categórico que propone la felicidad, el crecimiento, la experiencia de lo numinoso, la sanación de heridas infantiles, el encuentro con los dioses, la expansión de la consciencia y otros esquemas que son una mezcla de inflación egoica, nostalgia infantilizada y un proyecto capitalista inconsciente que vuelve al sujeto un producto comercial al que proporcionarle mantenimiento para conservar su valor de mercado.

Paradójicamente está psicología cuyo proyecto es la huida ante la realidad del alma y que la niega por medio del escapismo a la mitología, los rituales y las formas religiosas ya irrelevantes, por otra parte actúa, hace acting out, de los aspectos más lacerantes del espíritu de la época. Su intención es la sustitución de la verdad de los tiempos presentes por un consuelo fatuo que, sin embargo, encarcela al individuo de manera miserable, pues no permite que el sufrimiento haga su trabajo en él como la contradicción que espera ser elevada al pensamiento de sí misma.

Después de todo el alma es ineludible y el intento de fuga recae en el circulo ritual de la neurosis. Este ingenuo desvío se debe resarcir por medio de un procedimiento similar a aquel antiguo ritual que convocaba a los espíritus de su prisión en la casa de Hades: con la sangre de la vida realmente vivida se alimenta a los espectros que conectan al viajero con el reino de la muerte. Pero no es el sujeto quien se religa (religare) sino la consciencia misma que positiviza a sus imágenes para diluirlas en la lógica de su concepto.

El psicólogo y el psicoterapeuta son aquellos que son capaces de atender el pensamiento de los fenómenos sin la necesidad de apropiárselos ni de eludirlos. Su labor consiste en pensarlos ahí donde los fenómenos se despliegan en la realidad presente, aun si son desgarradores y lacerantes se les asume como verdaderas manifestaciones del alma. En los tiempos que corren se les puede encontrar en aquello que nos somete: la tecnología, la economía y la ideología, ahí la consciencia trabaja constantemente para hacerse a sí misma, muchas veces a costa de la relevancia del hombre.

Porque es debido saber que nosotros también somos imágenes que deberán en algún momento ser devueltas a su carácter noético. Somos un momento en la senda de una consciencia que no existe, de un dios que se encarna para no-ser, en un movimiento no espacial que no podrá ser imaginado, pero que se puede entender solo cuando se asuma que quien entiende siempre será el otro, la sombra.

Los buenos padres destruyen

Logos del alma

El consenso dicta que los padres deberían ser solo “buenos padres” y enseñar a sus hijos los valores y normas necesarios para poder relacionarse en la sociedad y ser ciudadanos adecuados. A menudo se habla del abandono del padre o de la ausencia de la madre como la causa directa de una juventud descarriada y de la crisis actual de los valores sociales. Por lo tanto, parece ser de lo más urgente una psicopedagogía de la paternidad, que dote de las herramientas necesarias a las personas para poder ejercer una crianza adecuada.

Las redes sociales y la psicología popular están plagadas de consejos sobre la crianza saludable y de postulaciones acerca del buen comportamiento de los padres. El retrato común de lo que deberían ser las figuras parentales se decanta por una paciencia infinita, alta capacidad de resiliencia, actividades familiares hiperproductivas y, sobre todo, actitudes positivas y constructivas. Todo ello forma parte de una imagen abstracta de las relaciones familiares que se ofrece como un producto uniforme y homologado que es, en principio, inalcanzable.

En el objetivo ideal de la paternidad hay un prejuicio latente, el de la causalidad de los hechos psíquicos. Un ejemplo claro es como en el siglo XX se popularizó la idea de que la salud mental del hijo era directamente causada por la influencia de la madre en su crianza. Esto decantó en un sin fin de acusaciones hacia las mujeres, y los hombres, por el desarrollo psicosocial del niño. Se habló entonces de las “madres neveras” en los casos de autismo o de las madres esquizofrenizantes y también se forjó la efigie del padre abusador presente en tantos relatos de violaciones infantiles.

Hoy aun se habla de los tipos de apego como una circunstancia esencialmente causada por la relación materna y que define las dificultades existenciales de un sinnúmero de personas que se asumen como víctimas de una mala crianza. Aunado a ello, se enumeran múltiples factores que arruinan el futuro de los hijos como el maltrato físico y emocional y el descuido a causa de las largas jornadas laborales que la mayoría de los progenitores tienen que cubrir, en los tantos hogares donde ambos cónyuges deben salir a trabajar en condiciones precarias.

Teorías psicológicas como la escuela freudiana dieron un auge inusitado a esta perspectiva causalista, con conceptos como el Complejo de Edipo o la noción de trauma. Otras como el conductismo directamente negaron la mediación de la mente y redujeron el sistema causal a su expresión más rígida. Algunas perspectivas como la psicología junguiana cuestionaron la literalidad de las mitologizaciones psicoanalíticas y les proporcionaron un entorno simbólico donde poder entenderlas no como hechos literales antes bien como metáforas de la dinámica psicológica. Sin embargo, la división tajante entre el mundo metafórico y los hechos literales provocó el descuido de la esfera de la realidad, en la cual se siguió culpando a los padres de las desavenencias del desarrollo psíquico de los hijos.

Una consecuencia de esta distinción entre lo interno y lo externo es que a pesar de que el discurso semántico alega una conjunción de ambas dimensiones, la sintaxis subyacente niega esta relación. Realmente la idea de un mundo interno funciona solo mientras se sostenga la separación con lo externo, y sobre todo mientras la subjetividad se convierta en el amparo de la dinámica psíquica, lo cual hace imposible la conjunción entre ambas conceptualizaciones.

Es así que la dimensión subjetiva se transforma en el depositario de los problemas del mundo y ante esta carga se proponen soluciones que eximen al ego de su culpa, no soluciones efectivas sino simplemente arreglos temporales que pacifiquen a las buenas consciencias. El objetivo de las reparaciones ideologizantes es proporcionar un alivio a la angustia exacerbada tanto por la desmedida búsqueda de importancia personal, así como la oclusión de los factores sociales, económicos y políticos que desatan las condiciones de la ansiedad posmoderna, siempre y cuando se pueda conservar el monto de inflación psíquica que pesa sobre el individuo.

La individualización de lo parental se observa en la exigencia social de la separación de lo comunal en la crianza de los hijos. La imagen de la familia ha cambiado con el paso del tiempo y se ha adaptado a los requerimientos de un sistema socio-económico que necesita de la atomización de los individuos. De esta manera el cuidado de los hijos recae en una célula familiar abstraída de su raíces sociales. Se pretende que la familia sea nuclear y se desestima la familia ampliada que había sido el contexto más frecuente durante muchos siglos en diversas culturas.

Por todo lo dicho, se comprende que la tarea de ser padres no solo está inscrita en las labores cotidianas y en los juicios individuales, además responde a las exigencias sociales y a los prejuicios culturales que, en numerosas ocasiones, se contraponen de maneras neurotizantes al verdadero contexto en que se instala el fenómeno. Sin duda la actividad paternante se ha debido adaptar a los altos estándares de una sociedad postindustrial y las personas parecen cada vez estar más angustiadas por el papel que juegan o jugaran como progenitores.

La imagen ideal de la parentalidad tiene un papel determinante en como los sujetos adoptan dicho esquema para compararse y juzgarse, algunas veces de forma injusta, porque demanda el cultivo de una dimensión de la experiencia psíquica que se ajuste solo a los patrones planteados por aquella ideología y que deseche todo aquello que no es deseado por esta estructura teórica, que inadvertidamente se constriñe al espíritu de la época. Lo que se pide a los padres, por consiguiente, en una sociedad capitalista, no es la buena crianza de los hijo sino eficiencia, productividad y la eliminación de la parte sombría de la paternidad.

El fin de una ideología no es otro que mantenerse indemne ante la contradicción, en términos junguianos no permitir que el animus haga mella en la vivencia solo anima del fenómeno. No obstante, una petición de principio de la psicología, como el estudio del logos del alma, es la inevitable búsqueda de la asunción de la otredad, no sólo como la experiencia de la aceptación del prójimo sino como la apertura ante lo que, desde el sentido común, se experimenta como deleznable o sombrío; porque no es posible el entendimiento del otro hasta que no se acepte también la sombra que le precede, y ésta se experimenta, en última instancia, como el paso doloroso de verse a uno mismo como un otro.

La presencia del otro es lo que desgarra. En principio, el encuentro supone la consciencia de que algo existe fuera de uno mismo y esto significa el rompimiento de la esfera narcisista, este acto transgresor deviene como la consciencia del semejante. De la misma manera, la asunción del otro como distinto a uno mismo se vive como un desmembramiento, similar al hecho salvaje de ser devorado por los propios perros de caza con los cuales se perseguía un objectumespecifico.

Así el encuentro es la fragmentación, pero por ello, y solo gracias a que hay un despedazamiento, es posible la consciencia del otro, que a partir de la disolución puede verse ahora como la unidad de la unidad y la diferencia. A causa de este dolor, el deseo explicito de los individuos es no reconocerse en la figura externa y poder subsumir al otro a la visión particular que lo esclavice al ámbito de lo que ya se conoce, de aquello que parece no suponer una amenaza y que no desata el conflicto. Pero la contradicción es lo que otorga dinámica a los fenómenos, por lo tanto, eludirla significa mantener artificialmente detenidas a las ideas de las cuales se forma parte.

Desde esta perspectiva la imagen de ser buenos padres requiere de su conjunción con el aspecto negativo de la función paternante. Es decir que ser buenos padres solo es posible en la medida en que se puede también ser malos padres y soportar la tensión entre ambos aspectos del concepto. Los hijos, no aprenderán solamente de los discursos y de las ideologías sino de como los adultos a su alrededor se sostienen frente a las mismas y en que medida son capaces de diferenciarse de los relatos culturales y sociales y de adaptarse a las situaciones tal y como éstas se presentan.

En caso de sucumbir a la tentación de ser solo padres buenos, la sombra habrá de ser absorbida por los otros, por los sujetos inmediatos de su relación. En muchos casos se volverá la hacienda de los hijos, no porque se trasmita como un germen sino porque prevalece como una actitud hacia el mundo y hacia uno mismo, como una disposición rechazante ante el despliegue de la idea de parentalidad. Pero, en la medida en que los padres pueden hacerse cargo de la idea de paternidad entonces ésta logrará desenvolverse como la noción internalizada que contendrá tanto sus aspectos codiciados como aquellos que resultan temibles.

En este sentido, ante las preguntas constantes sobre la buena crianza, se puede decir que el niño no necesita de buenos padres, precisa, en cambio, de padres completos para experimentar la gama de actitudes que representan el espectro de la experiencia humana, incluyendo el sufrimiento, la tristeza o el abandono. La psique se forja en el pedernal de la experiencia anímica y no responde de forma causal a las vivencias cotidianas, más bien éstas son la yesca que arde en el fuego de la autonomía psíquica, que tiene su telos interiorizado en sí misma y que no es otra cosa más que puro movimiento anímico.

Nuestra cultura, tendiente hacia los roles idealizados y a la búsqueda de productividad alimenta con su desprecio por lo “incorrecto” aquello que no está dispuesta a asumir. Pero ni el niño es inocente e inerme, ni los padres pueden ser sólo buenos o amorosos. Se debe tener en cuenta que la búsqueda de la pureza alimenta posiciones unilaterales tiránicas que requerirán, para poder mantenerse impolutas, de víctimas sacrificiales o chivos expiatorios que soporten el peso del mal que es rechazado. Es en este ámbito que los buenos padres suelen ejercer poder hacia el objeto de su obra y por lo que en pos de servir al ideal colectivo tienen que constelar la destructividad que, por supuesto, no podrán nunca asumir más que como objetos proyectivos.

La psicoterapia no es medicina

Logos del alma

“… deseamos ver el mundo tal como es y dejar las cosas en paz. No queremos cambiar nada. El mundo está bien tal como es.”
C. G. Jung

La medicina, al menos el paradigma hegemónico de la misma, gira en torno de la idea de la práctica tecnológica, es decir, la construcción de herramientas y métodos que se superpongan al fenómeno y lo guíen por el camino que se ajuste a la idea de corrección que se tiene del mismo o lo que se denomina comúnmente como: Salud.

Por su parte, el logos de la técnica tiene como principio la cosificación de las ideas y la búsqueda constante de un orden racional que permita la acomodación de la realidad a las teorías y leyes que se han de solapar como un mapa del mismo tamaño que el territorio. Sin embargo, este mapa no existe en el mismo plano de la materia sino que está hecho de ecuaciones, datos e información. Es un proceso paulatino de sutilización del mundo el que orienta el espíritu tecnológico de la modernidad.

El orden científico en el que la medicina se inscribe le conmina a anticipar la respuesta de su búsqueda como el conjunto de supuestos que sostienen su metodología. Ante estas hipótesis primarias los fenómenos se subsumen inevitablemente a la necesidad de un intelecto que no soporta el misterio de aquellos, sino que desea, más que nada, desentrañarlos y volverlos completamente visibles, corregirlos y cuantificarlos.

El éxito de la medicina no radica realmente en sus descubrimientos, ni éstos son serendipias en el camino ciego de la investigación, al contrario, ya están anticipados por los mismos objetivos latentes en el paradigma del proyecto tecnocientífico. A diferencia de como se plantea de manera cotidiana, la medicina no descubre el origen y el remedio de las enfermedades sino que construye la realidad en torno a las ideas que constituyen su estructura teórica.

Por otra parte, la psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica e intente aplicar las lecciones aprendidas a su propio objeto de investigación, pero el fenómeno psicológico es distinto y, en principio, no puede desplegarse bajo la estricta necesidad de la óptica tecnológica.

La perspectiva psicológica no pretende subsanar, porque acepta al fenómeno tal cual es y, por ello, su interés se centra en atender lo que en él es pensado. No comienza desde una perspectiva de dominio sino de servidumbre a la realidad. Quiere aprender de su objeto, no transformarlo. Esto implica, sin embargo, una posición de desencanto, donde el psicólogo re-signa su método a aquel que el síntoma o la enfermedad proponen como propio. El terapeuta abandona su teoría en pos de la propia teoría del síntoma.

Por lo tanto, el psicólogo, si se asume desde una posición psicológica, requiere desligarse de la concepción médicalista porque su objetivo real es el poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan, de ahí que la palabra terapia aluda esencialmente al verbo cuidar y haya sido conceptualizada por James Hillman bajo el lema platónico sozein ta phainomena, donde salvar al fenómeno significa conocerlo tal cual es, como su propia salvación o curación.

Así, la curación no es un referente externo de la psicopatología ni una meta que se consiga añadiendo complementos al síntoma, no es necesario integrarlo o compensarlo, el fenómeno tiene todo lo que necesita en sí mismo, o se podría decir que la enfermedad es ya su propia curación. Ésta es la dialéctica de lo patológico, la asunción de que el concepto contiene su propia contradicción y, por consiguiente, es pura dinámica psicológica. De ahí que una visión puramente medica no pueda abarcar la lógica del alma.

Ocurre que cuando un psicoterapeuta busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico. Desea llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para las ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.

El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que éste siga su dialéctica inherente, para así poder aprender de tal acontecimiento; no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.

La psicoterapia, así entendida, es medicina superada, dónde la curación, si es que ocurre, lo hace de forma autónoma. Es el alma la que se cura a sí misma, si esto forma parte de su necesidad lógica, porque la enfermedad psicológica no es una carencia de algo sino una idea en el tortuoso camino hacia la consciencia de sí misma.

La dialéctica de la soledad

Logos del alma

«Tengo una mancha en la pierna izquierda. Es un continente borroneado por la lluvia. Se llama «lejanía».»
Jimena Marcos

Se piensa de forma común que la soledad es un estado primordial del ser humano, que el hombre avanza del hecho de estar solo al punto del encuentro con los congéneres y, por ende, que el proceso de construcción de la identidad supone alejarse de la comunidad para estar consigo mismo, ante la advertencia de que siempre se ha estado solo.

Pero la soledad no es connatural, al contrario, es una posición cultural compleja que requiere un arduo trabajo de aprendizaje y de interiorización. Melanie Klein pensaba que el sujeto aprende a estar solo siempre y cuando sea capaz de interiorizar la imagen de una madre protectora que le brinde seguridad y respaldo ante los embates de la existencia, un objeto interno bueno que esté a salvo de la pulsión de muerte.

Así que la experiencia de la soledad requiere primero haber tenido una calidad de lazos sociales que aporten un ambiente de confianza y que más tarde se convertirán en el sentimiento de acompañamiento continuo.

El niño pequeño, al alejarse de su madre voltea la mirada para poder observarla y ese acto lo hace sentir protegido, con el tiempo la imagen de la madre ya no será necesaria como una figura externa porque el ritual se habrá vuelto un concepto que el niño ha de encarnar y que le permitirá experimentar el hecho de, paradójicamente, nunca poder estar verdaderamente solo.

La dialéctica de la soledad implica que estar solo es la conjunción del poder estar aislado precisamente porque ya no se puede estar apartado del todo, pues la apertura del otro ha hecho mella en el cuerpo sutil del individuo y lo ha tocado de tal forma que su aparato psíquico está ya dirigido hacia el otro para poder ser él mismo. Es un sujeto solo porque ha podido construir un puente hacia el prójimo. Su identidad es la relación con el concepto de la alteridad.

La experiencia de ser uno mismo tampoco surge antes de la vivencia del otro, más bien suceden al mismo tiempo. Freud llamaba “narcisismo primario” al estado posnatal donde el niño aún no anuda al mundo con sus lazos libidinales. En este sentido hablar de un medio ambiente o de una díada sería impreciso porque la posición narcisista conlleva que la experiencia de un medio que rodea al individuo todavía no existe, por lo tanto tampoco su identidad ni la alteridad están formadas por completo, solo suceden como potencialidades.

Es en el trato cotidiano con la frustración, en el dolor propio de no poder satisfacerse, que el niño asume que existe algo fuera de él mismo. No es el placer el que lo convence de la aparición de la madre sino su ausencia, ese claro que se abre entre él y lo materno es de donde surge la realidad. Desde entonces el trato con el mundo estará mediado por el dolor.

En cambio, el narcisismo secundario es la búsqueda continua de la experiencia del placer, de un pecho que satisfaga todo el tiempo y sin mediación. Sucede así en el estado de la atomización posmoderna donde el individuo, saturado de relaciones y de actividades gratificantes, sin embargo, vive continuamente insatisfecho. Nada lo puede complacer porque la experiencia presente se le escapa ante la esperanza del siguiente estímulo. No hay un espacio creado por el sufrimiento que le enseñe que su vida depende de los demás y que estar con los otros es un proceso de aprendizaje intrincado.

En una cultura que expurga la dependencia, las relaciones tóxicas, la intolerancia ante la frustración, donde los linchamientos mediáticos son cotidianos, la sabiduría del sufrimiento parece mermar y las personas se sumergen entonces en el deseo incesante por volver a un estado pre-relacional. Pero está posición que rechaza la diferencia, curiosamente exacerbando la variedad, no es la experiencia auténtica de la soledad, sino la purga de lo distinto que da como resultado el vaciamiento de la identidad.

Estar solo exige aprender a estar con los demás. Pero no solo fisicamente ni como una farsa en las redes sociales. En cambio, poder convivir con el prójimo supone una apertura a la contradicción que el otro es. Esto conlleva una iniciación al conflicto terrible que acarrea la cercanía. Pero no es sino en la presencia conflictiva del semejante que la identidad puede ser forjada en el alto fuego que disuelve las ideas fijas y las devuelve a su movimiento intrínseco.

Convivir es interiorizar al otro, volverlo un órgano psicológico que nunca será propiedad de la persona sino del psiquismo que envuelve, lógicamente, al individuo y que se construye a sí mismo como una fantasmagoría de imágenes. Tales representaciones se entrecruzan y se enredan para funcionar como un conjunto caótico y a la vez coherente, con su propósito implícito en las nociones que le conforman.

Esa red de imágenes y conceptos son, en su trama, el núcleo del movimiento psicológico que el individuo percibe como su realidad y, por lo tanto, son su identidad genuina. A pesar de la auto-percepción del ego como un ente aislado, aún en su “mundo interior” tampoco está realmente solo porque ser es ser una multitud de ideas en continua formación, transformación e interrelación.

La soledad, por consiguiente, requiere del sinuoso reconocimiento de la multitud de lazos que unen a las personas con la sociedad y con esa otra comunidad secreta que son las experiencias psicológicas como imágenes e ideas, ya que el ser humano no puede ser concebido a la manera de un ente solitario, porque su identidad es la intencionalidad de sus actos dirigidos siempre hacia sus semejantes, en el laborioso proceso de reflexionar sobre el mundo y sobre sí mismo.

Estar solo es posible únicamente una vez que se ha asumido la complejidad inherente al fenómeno que ya se es, cuando se han hecho las paces con el otro y se le ha erigido un altar en la propia configuración de la experiencia subjetiva, y cuando se ha reconocido a ese otro como una parte imprescindible de uno mismo, pues es debido reconciliarse con la sombra antes de ofrecer la desgarradora ofrenda de nuestra soledad.

Alcanzar la adultez

Logos del alma

Cuando un niño hace una rabieta es común desear que en algún momento madure, con ello nos referimos al hecho de que pueda afrontar las dificultades de la frustración y que sea capaz de plantarse frente a la realidad de una manera firme y sostenerse en ella aún ante los embates de los sucesos adversos.

Pedimos demasiado cuando exigimos que el niño despliegue una serie de recursos que de forma natural habría de integrar a lo largo de su niñez. Cuando un niño se vuelve tranquilo, imperturbable y maduro, durante el periodo lúdico, por lo regular no significa que haya alcanzado las herramientas del adulto, sino que se ha vuelto neuróticamente complaciente y se ha adaptado a las necesidades infantiles de los adultos en turno.

Por lo tanto, ser adulto no es solo un estado al que se llegue de manera inusitada, más bien es un proceso que se construye en la relación continua del sujeto con la realidad. Mientras la niñez es el periodo de construcción y consolidación de los sistemas psíquicos que permitirán al individuo atender el medio que lo rodea y adecuarse a sus condiciones, la adultez supone la puesta en escena de los esquemas adaptativos aprendidos.

No basta con alcanzar el estado del adulto, hay que llegar a él, porque la responsabilidad prístina del ser humano implica dar testimonio del estadio que se ha alcanzado. La existencia marca el camino de tránsito de la consciencia del individuo y éste debe demostrar que se encuentra a la altura de sus circunstancias, es el deber consigo mismo llegar a ser lo que ya se es y responder al llamado que insta: hic Rodus hic salta.

El hombre, a diferencia de otras especies animales, no está determinado de forma primaria por su relación con la naturaleza. Mientras que el animal es un ciudadano bien adaptado, como decía Jung, pues es idéntico a sus instintos y se encuentra integrado con el impulso vital, el ser humano ha debido nacer a un nuevo útero, ya no biológico, sino meramente lógico. Es incubado, aún después de nacer, en una matriz de conceptos, imágenes y esquemas mentales que lo contendrán hasta su muerte.

Durante milenios, la institución del ritual constituyó el terreno consensuado donde el hombre podía llegar a las cotas que la consciencia predeterminaba en su contexto anímico. En la agónica teatralidad de los rituales se encontraban las herramientas necesarias para separar, al miembro del clan, de su niñez y colocarlo en los asuntos de la vida adulta. El hecho de estar contenido requería que la cultura pudiera proveer de los ítems necesarios para promover un nuevo nacimiento.

Es por esto que el hombre no solo debe nacer sino que requiere alcanzar su propio nacimiento. En términos generales, en cuanto al homo totus, la modernidad supuso el momento donde el sujeto fue liberado de sus ataduras metafísicas y emergió a sí mismo de forma irremediable, con el precio de la angustia de yacer desnudo en el frío y la penumbra de la existencia. Por tal razón, la vida ritual ha sido descartada de su forma prístina, debido a que se ha interiorizado en la existencia actual, como la continua necesidad de hacer consciente lo inconsciente, que es otra forma de decir que un hecho debe ser elevado a sí mismo en la reflexión para tornarse en experiencia.

El proceso anímico de la modernidad no resulta, sin embargo, de importancia práctica para el individuo empírico, éste a menudo vive de forma premoderna, y como Jung aludía hay hombres de la Edad Media conviviendo con habitantes del paleolítico en la cotidianidad de las urbes. Esto se puede entender cuando pensamos en la poca importancia que tienen para la vida consciente de las personas la revolución paradigmática de la física cuántica y de la teoría de la relatividad, pues para la gran mayoría un mundo newtoniano, e incluso ptolemaico, es más que suficiente.

Pero, el hecho de que la adultez psicológica sea una constante, supone que siempre estamos en relación con esa sintaxis que envuelve la vida lógica del alma. Éste es el terreno donde la adultez moderna se despliega y por eso tiene que ser alcanzada una y otra vez en el escarceo de la vida cotidiana.

Un punto importante de los comportamientos neuróticos es que surgen como oclusiones del proceso de llegar a ser conscientes de las propias circunstancias. Es así que la persona puede gastar grandes montos de energía en un esfuerzo, inconsciente, por no estar a la altura del momento presente. Es un trabajo exhaustivo eludir la realidad de forma constante, pero la cultura tiene como objetivo subvertirse al proceso de individuación.

Una muestra de ello es que en la televisión asistimos a espectáculos de lo más estúpidos, los héroes culturales ya no son quienes ofrecen ejemplos de talentos singulares ni son representantes de las más nobles cualidades, en cambio, los influencers se distinguen por ser quienes exaltan las características más deleznables y míseras de la condición humana. El techo del apetito del hombre yace por debajo de su condición anímica.

En el mismo tenor, los libros más vendidos son los que contienen temáticas simples y que reducen a la realidad a su complejidad mínima. Un ejemplo son los textos de autoayuda y de espiritualidad popular, donde se pretende calmar la angustia de la existencia proponiendo nuevas figuras metafísicas que reemplacen a las que se han perdido e inflar la posición egoica para que ésta sea capaz de vivir la ilusión de que su voluntad particular es importante para el mundo.

Quizás por eso se puede atestiguar el deseo tenaz por opinar de forma constante en los distintos foros, por dejar una huella, aunque sea somera y ridícula, de la importancia personal, lo que solo es relevante para la subjetividad. De manera caricaturesca se podría caracterizar a las redes sociales como un conjunto de adultos haciendo rabietas porque los demás no opinan igual que ellos.

Esta inflación psíquica es una característica intrínseca de la niñez, siendo un estado de narcisismo necesario para la asimilación de las imágenes psíquicas que se cimentarán en el trato rutinario con las circunstancias de la vida, es un símil de la contención psicológica que ha ocurrido en la filogenia de la especie. Pero llevado más allá del momento infantil, el narcisismo se torna patológico, Freud lo llamaba «narcisismo secundario».

A partir de lo dicho se pude comprender que la neurosis cultural tiene como uno de sus fines la infantilización de los individuos, promoviendo los estados afectivos más primitivos y un dopaje constante que simula un estado continuo de gratificación. Es por esto que la opinión del sujeto se ha vuelto el eje de determinación de la realidad y que su voluntad se ha erigido al grado de sobreponerse a sus propias circunstancias.

La adultez, en este contexto, no puede ser alcanzada, porque se ha instituido la disposición infantil como la meta inconsciente de la cultura y esto requiere la vivencia de una contención artificial que mantenga la ingenuidad de los sucesos lejos de las contradicciones que los podrían convertir en experiencias. La cerradura de está condición es la atomización de las relaciones y el continuo rechazo de la otredad.

En la naturaleza, los rasgos neotenicos tiene cómo función sostener en el tiempo la flexibilidad y adaptabilidad que los organismos pierden con el paso de la edad. La maduración corresponde a un grado de especialización de las especies. Pero la infantilización cultural significa un incesante sacrificio intelectual que delega la responsabilidad de las contingencias en el ambiente y en los semejantes. Al contrario de la neotenia, el volverse infantil supone una rigidización de la capacidad de adaptarse a las circunstancias.

Volviendo a la imagen de la pataleta infantil, se puede entender que su despropósito emocional, en ese momento, no le pertenece al niño, se debe de mirar por consiguiente en dirección del adulto que soporta el psiquismo de la relación. Es aquel que ostenta la posición de la adultez quien apuntala la capacidad de hacer frente a la frustración cotidiana del infante, éste último aún tiene su concepto de adulto fuera de sí mismo, ya que crecer conlleva la capacidad de interiorizar dicho concepto y volverlo real en la singularidad de la propia vida.

La emocionalidad desmedida, al contrario de lo que el sentido común pretende, es un signo claro de la falta de adaptación con uno mismo y en una edad madura es una muestra de regresión infantil. Jung era muy firme cuando decía: “Una emoción es una explosión instintiva que indica que no hemos estado a la altura de nuestra tarea […] ser emocional ya está en camino de una condición patológica.”

Por lo anterior se infiere que ser adulto significa la disposición constante por estar a la altura del opus particular, dicha aptitud debe ponerse en juego ante cada nueva dificultad que la vida depara y, por ende, es un proceso que se renueva reiteradamente. Siempre se está a prueba. A diferencia del niño, el adulto lleva la emoción hasta el plano lógico que le corresponde, se hace cargo de su condición y evita, en lo posible, la fascinante ocasión de querer que sea el otro quien asuma la obligación de hacerse cargo del concepto de uno mismo.

De la psicología de la bomba atómica

Logos del alma

A partir de los eventos de Hiroshima y Nagasaki no ha cesado el interés por el fenómeno de la bomba atómica y lo que ésta significa para la humanidad. Su potencia destructiva se presenta de forma traumática en los sueños terribles del espíritu de la época y ha marcado de manera indudable la vida psíquica de las generaciones venideras. El potencial apocalíptico de la fuerza atómica es tal que por primera vez en la historia humana se está frente a la posibilidad clara de destrucción del medio ambiente y, por consiguiente, de la autodestrucción.

Wolfgang Giegerich estuvo muy interesado en dicho problema, de tal manera que dedicó varios ensayos a su análisis e incluso publico un par de volúmenes sobre El psicoanálisis de la bomba atómica. Pero entendemos que su postura no es la que el sentido común podría esperar sino la de quién observa el fenómeno de la bomba desde una perspectiva psicológica en sí misma, es decir atendiendo al logos que se presenta en el estallido del tema y como su resplandor llega hasta los confines de nuestra comprensión anímica.

La cuestión psicológica, entonces, gira en torno al esfuerzo por concebir la bomba atómica como un fenómeno, lo cual supone entender el papel que juega la psicología ante aquellos acontecimientos que determinan la vida del hombre en la actualidad, no desde una perspectiva catastrofista, pero tampoco desde el anhelo por revivir estadios perdidos en la memoria del alma, sino desde el interés genuino por comprender el espíritu que se desenvuelve en el desarrollo de la bomba.

El alma, la vida lógica, no es algo que se deba crear, pues ya está dada como el clima psicológico que todos respiramos, por lo tanto el papel del pensador lo conmina a atender a los fenómenos ahí donde se muestran de manera más nítida. En nuestra época eso significa que el alma ya no está presente ni en los mitos, ni en los sueños, ni en los antiguos misterios de otros tiempos, sino que existe en lo que no puede ser elegido, es decir: el capitalismo, la guerra, la tecnología, las redes sociales, la IA y, por supuesto, la bomba atómica. Ahí, en la fatalidad está el nuevo templo de lo divino.

Por lo tanto, el papel del psicólogo ante tales predicamentos no consiste en querer remediarlos, ni mejorarlos, sino en tratar de entender como el alma se expresa través de ellos. La meta del psicólogo no es la de transformar o la de curar sino la de entender y ser enseñado por la realidad, por la verdad del síntoma que acaece.

Para entender a la bomba atómica como realidad psicológica debe quedar claro que el objeto técnico que ésta supone habita en un contexto lógico que lo sostiene y que le da potencia, es decir, que la bomba no es un producto de la inteligencia humana, sino que es el resultado de una inteligencia propia. Es, antes que una cosa, una vía de expresión anímica en la propia alquimia de la historia.

La fisión de los núcleos pertenece al proceso de la historia de la consciencia tornandose en un objeto positivo que contiene el impulso explosivo de una serie de sucesos que determinaron su construcción, pero su existencia como idea es anterior a su presencia material, e incluso se puede decir que no hubo nadie que la ideara, más bien su misma lógica es la artífice de la realidad de la que surge. Es ella la que se crea y nos crea de manera sucedanea.

Por ende, pensar psicológicamente en el objeto técnico nos remite inevitablemente a entender como la técnica se consolida como la forma de ser-en-el-mundo de los fenómenos enmarcados en un proceso que transita de una condición donde los sujetos estaban rodeados por un infinito caótico a poder asumirnos como individuos con un sentido de interioridad inédito en comparación con otros momentos históricos.

Se puede conjeturar que el momento liminal en la historia del alma para este hecho fue la irrupción del cristianismo en la antigua cosmovisión pagana, que posibilito la expansión de la consciencia al recrear su magnitud infinita en la logicización de la realidad, es decir en la construcción de un infinito interiorizado que ha sido el verdadero telos de la ciencia en la búsqueda de los mecanismos que develan el mundo.

Así, la artificiosa polarización entre el bien y el mal (que sin embargo hoy damos por sentada) fue el antecedente de la vivencia de un mundo exterior consciente y un mundo interior inconsciente, y dicha polaridad generó la energía suficiente para la expansión técnica y la posterior emancipación del pensamiento de su base humana. He ahí la división primordial desde la cual pudo concebirse, posteriormente, la división del átomo.

La bomba atómica, la exploración espacial, la televisión, el internet, las redes sociales, la IA y el capitalismo podrían parecer fenómenos dispares y sin ninguna conexión más que pertenecer a la actualidad como el tiempo histórico donde se insertan cual realidades ineludibles, sin embargo la emergencia de la lógica que hizo posible su cimentación es una narrativa común a todos estos hechos. Tales sucesos son la consecuencia de la irrelevantificación de una forma de ser-en-el mundo y su interiorización en sí misma, que da como resultado la expresión más pura de su concepto.

Tal mutación de la consciencia tiene muchos nombres y representaciones, pero todas se conjugan en el punto de quiebre de nuestra civilización: la emergencia del cristianismo. Se podría pensar que la historia de un hombre que es a la vez el Cristo es solo una ficción conveniente para la constitución de una religión entre otras, pero se pasaría de largo la tremenda importancia de la realidad subyacente en la idea expuesta por tal símbolo.

El cristianismo significó la destrucción de las posiciones mitológicas y ritualistas y la transición de una posición imaginal a una constitución lógica del alma. Cristo no solo es un alegoría religiosa sino una realidad psicológica que comenzó hace miles de años con un dios solitario que un día se impulso sobre sí mismo para encarnar y, para tal propósito, el alma debió crear el mundo de una forma completamente distinta, liberándose a sí misma de sus figuras metafísicas y separándose de sí. De esta escisión nace el pensamiento tecnológico y la ciencia como su teoría.

Tal separación es inherente en la figura de Cristo en la cruz y como ésta supone la base de lanzamiento de la consciencia hacia la exterioridad de un mundo antes encerrado sobre sí mismo, tal ruptura es el prefacio de nuestra civilización tecnológica y, por lo tanto, la verdadera forma de la imitatio christi.

El cristianismo no es una religión común, a pesar de tener todos los elementos culturales de una religión (mito, rito y adoración) su objetivo está orientado no hacia el culto monótono de un dios que muere y renace cíclicamente como en las antiguas culturas ritualistas. Al contrario, las transformaciones de su dios no ocurren en el plano imaginal de la realidad, sino que lo hacen en la dimensión interior de la lógica. Su núcleo narrativo corresponde a una transición en la historia de la consciencia desde posiciones meramente metafísicas hacia configuraciones lógicas que, sin embargo, ya estaban presentes en las imágenes míticas de sus antecedentes semíticos.

Un episodio precedente a esta separación es la adoración del becerro de oro a los pies del monte Sinaí. Ahí se observa claramente la división del Dios de sus elementos telúricos y la emergencia de su forma sutil e inaprensible. El becerro de oro corresponde a la contención, en la vasija anímica, de la parte animal de la divinidad, la cual, no obstante, debe regresar a él en todo su salvajismo, como el huésped indeseable de la modernidad o como la bomba atómica que si se desata amenaza con destruir el mundo.

De estas reflexiones se puede deducir que Dios ya no esta en los cielos pero tampoco es una fantasía, al contrario es la sintaxis de la cultura y sobre todo es su forma violenta y terrorífica, por lo tanto Dios es la bomba atómica. Y lo es porque al separarse de sus elementos positivos creo un espacio donde la fisión nuclear comenzó a gestarse, ahí en el abandono de una dimensión de su figura previa la contundencia de lo numinoso se trasladó, en una ruta de miles de años, a una nueva visión tremenda, la del hongo nuclear que yace en el aparato destructor.

Por lo dicho, se comprende que el fenómeno de la bomba atómica no comienza en el campo de pruebas, ni en las teorías físicas modernas, lo hace en esa apertura primera que libero al dios de su fuerza animal, y que fue seguida de una serie de reacciones que derivaron en la crucifixión. Estas divisiones no ocurrieron en el espacio, lo hicieron en el núcleo del alma donde la unicidad atómica la mantenía fija de la dimensión metafísica que le daba sostén. El rompimiento del núcleo dio apertura a un nuevo claro que se fue abriendo paso a través del tiempo y en la ideas más señeras de la cultura.

De manera común se cree que la ciencia y la religión son dos fenómenos antitéticos, pero como se ha visto solo son dos momentos distintos de un mismo proceso de división lógica, el proyecto cristiano encuentra su cumplimiento en el espíritu de la ciencia, es ahí donde la esencia del dios se ha vuelto sutil.

Es debido recordar que fueron los grandes escolásticos los que encontraron la puerta abierta a la experimentación en el mundo, y que la antigua idea de la naturaleza como el otro libro de Dios fue una encrucijada necesaria para que la mente humana pudiera aventurarse por los paramos de una nueva forma de acercarse a Dios, esta vez por medio de su acción en el mundo.

El terreno para la transformación de la potencia divina en la fuerza atómica que nos aterroriza es parte de la mutación histórica del alma en su avance hacia la emergencia de los conceptos que va desgranando como hojas de un árbol que debe de agotarse para dar nuevos frutos. La pregunta que surge es si nosotros seremos parte de esos símbolos muertos, cuya irrelevantificación es necesaria para permitir que el alma sea. ¿No es acaso el sueño del cristiano ser uno con Cristo?

La bomba atómica nos llama a un sueño del que somos imágenes, superadas y sometidas al calor de un Huevo Filosofal que es capaz de deshacer el mundo como lo conocemos, y hoy, como siempre, somos parte de un drama divino que inició antes de nosotros y que quizá termine con nuestra existencia. Pero el propósito del psicólogo no es alarmarse, ni hacer escándalo por ello, sino mantener su razón firme de tal manera que sea capaz a de atender a lo pensado en este tránsito quizá terrible. La pregunta no debe ser, en consecuencia, dirigida a la salvación del hombre sino a la del fenómeno, pues esa postura es la única que la psicología puede tomar para tratar de estar a la altura de los tiempos presentes y hacer justicia al potencial destructivo de una era marcada por la fragmentación y la explosividad de sus formas culturales.

Del joven rico o el espíritu demasiado cargado

Logos del alma

Quién tiene un dios, una idea o una visión fija del mundo, tiene un tesoro que defender y, sin saberlo, se encuentra atado a aquello que aprecia en demasía. El problema no es la condición de la atadura, pues todos, irremediablemente, tienen un lazo de compromiso con la realidad y se debe cumplir con los votos pertinentes. Más bien, la dificultad estriba en que el objeto idolatrado simula conceder la liberación de este vínculo con la existencia, de cualquier forma inexorable, y sustituirlo así al precio de la neurosis.

En la mitología escandinava es recurrente la imagen del dragón que custodia celosamente el cumulo de su riqueza, misma que se convierte a la vez en su nido y en su tumba, y que está construido sobre la base de su orgullo y de su ambición. El dueño de tal lecho no es libre de abandonarlo y morirá ahí donde yace, esclavizado por aquello que tanto atesora. Es su sentido de posesión lo que lo que encadena.

Tal situación se puede observar en psicoterapia cuando el paciente, a pesar de la aparición en su vida de la dimensión patológica, se sostiene fuertemente de aquello que conoce mejor que nada, es decir, del esquema de conductas, imágenes e ideas, que sin embargo ya son inadecuadas para el momento presente de su existencia y que lo sumergen en un dolor artificial que lo escinde, como sugiere Jung, de aquel dolor original que, gracias a esta estrategia, permanece intacto para la consciencia.

Pero tampoco el terapeuta está a salvo de éste peligro, pues él mismo se atiene a límites dictados por sus apegos teóricos y teme ir más allá de lo que ya sabe. Le resulta temerario explorar otras posibilidades, ir allí donde los mapas marcan el límite del mundo con un “hic sunt dracones”.

Y si lo anterior es complicado, lo es aún más, dar el salto a la negatividad del no-saber para permitir que sea el pensamiento del otro quien se piense, situación que marca el inicio de un entendimiento del logos de la psique. Esto último requiere haberse desatado de toda posibilidad de ser libre y rendir protesta del compromiso inextricable con el mundo, es decir, de empobrecerse para poder dar cabida al huésped que requiere un espacio amplio.

James Hillman hacía hincapié con el concepto literalizar en que las ideologías se configuran a partir del ocultamiento del hecho de que el mundo es una poiesis de las ideas. A diferencia del sentido común que marca una distinción falaz entre el pensamiento y los objetos materiales, realmente la consciencia participa en la construcción de sus objetos, de tal manera que al crearlos se actualiza en ellos y se imagina a sí misma como figuras positivizadas, ésta es la necesidad empírica del alma.

Pero el olvido de este proceso, en donde la imagen antecede a su objeto, deviene en la intrigante contención de dicha imagen en el mismo objeto. Tal inversión es fuente de confusiones que tienen la estructura de fórmulas causalistas anquilosadas. Así, el que sufre una adicción debe ser un adicto, el que comete un crimen ha de identificarse como un criminal y al que le acaece un padecimientos deber ser nombrado de acuerdo al mismo, la idea es, de tal modo, encerrada en aquel objeto positivo sobre el que actúa y así el alma se vuelve positivismo.

Como se observa, la riqueza, es decir la idea literalizada, no es necesariamente escogida, puede ser impuesta por las necesidades sociales, y de cierta manera es un signo de la civilización. Pero es deber de todo individuo diferenciarse de aquello que lo contiene y, por lo tanto, permitir ponerse a la altura del movimiento dialéctico de estas ideas e imágenes que constituyen el núcleo productor de la consciencia.

En Mt. 19:20-24 se cuenta la la historia de un joven rico que quiere ser seguidor de Jesus, pero no se le permite y pregunta contrariado:

«¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.  Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.»

El joven rico interpela por aquello qué le hace falta y se decepciona porque, al contrario tiene demasiado, prefiere cargar con sus posesiones, quiere lo permanente, pero la vida es impermanencia y la dinámica psíquica exige la flexibilidad necesaria para poder atender a las circunstancias desde su propia lógica, y no caer en la tentación de someter al fenómeno al lecho del dragón que también son los esquemas preferidos que se han vuelto rígidos solo por ser los más apreciados.

¿Y qué son las posesiones sino todo aquello que da seguridad y comodidad, aquello por lo que se desea permanecer en un instante? No hay ningún pecado en el goce, pero detenerlo, buscar su conservación, implica la muerte del placer.

¿Y quién es rico sino el que está atado a sus posesiones, a sus saberes, a sus placeres, a sus opiniones, a sus objetos, a sus experiencias y a sus virtudes? Es el hombre bueno, que no puede despreciarse a sí mismo. Ese permanecerá cargado como un animal de carga, dormido en su animalidad y no podrá pasar por la puerta estrecha del espíritu y la verdad.

El problema anímico de la violencia

Logos del alma

Duerme el tigre. La sangre de este sueño,/gotea. 
Eduardo Lizalde

Quizás no haya una narración mitológica que no comience con un episodio de violencia, las cosmogonías antiguas inician siempre con el asesinato de los viejos dioses, con la separación violenta de los amantes en el hieros gamos o con el sacrificio de un animal primordial. Más tarde, la guerra se volverá el pretexto que pondrá en movimiento a la historia de los héroes. En todos estos ejemplos tampoco el amor es libre del impulso violento y en numerosas ocasiones el deseo amoroso ha de ser la antesala de la destructividad.

Walter Burkert caracterizó al hombre como un homo necans, proponiendo que la característica definitoria del ser humano es su impulso asesino. Contrario a sus pobres recursos como depredador, el hombre primitivo se entregó a la caza y al ritual del sacrificio y en la medida en que mataba al animal como su propio otro, de la sangre emanada se construían las formas culturales que darían pie a la civilización.

Wolfgang Giegerich notaría que el alma se mata a sí misma para ser, es decir que la matanza fue el acto primigenio en el andar de la consciencia hacia sí misma, y que en la búsqueda de su otro dialéctico el andar del proceso anímico siempre ha sido impulsado por la sed de sangre, por el reconocimiento de lo semejante por conducto del acto interiorizador de la matanza. El alma solo emerge de su contención en la naturaleza por medio de un golpe estremecedor que resuena a través de las eras y que crea, en la apertura del claro, la vivencia del presente, a la vez que el recuerdo del pasado.

La expansión de la cultura griega se sostuvo en las continuas guerras y matanzas de los romanos, Europa se abrió al proceso globalizador que dio fin a la Edad Media después de la mortandad de la peste y de la barbarie de las cruzadas. Fue la matanza de millones de indígenas americanos lo que impulsó la edad moderna, y el salto tecnológico de la actualidad tuvo como su fuente el holocausto sin precedentes de la Primera y la Segunda Guerra Mundiales. Por último, el mapa geoeconómico actual está sostenido por la masacre continua de guerras civiles, intervenciones extranjeras, dictaduras y políticas impulsadas por las grandes transnacionales, que destrozan el ambiente y a los pueblos oriundos, con guerrillas, narcotráfico y trata de blancas. La historia humana es un rio de sangre.

Sin embargo, la violencia no ha sido comprendida en cuanto a su naturaleza como fenómeno del alma, ella misma ha estado presente en las imágenes que configuran el panorama de la relación del hombre con la consciencia, y es característico del movimiento anímico ser asumido como violento en los cambios que dejan atrás símbolos muertos y dioses olvidados.

Los fenómenos violentos no son comúnmente atendidos sino para ser condenados como formas abyectas de la cultura, de la historia, del carácter individual y como posiciones patológicas que debieran ser curadas por medio de su control y exterminio. Pero, es curioso como el lenguaje medicalizador está plagado de metáforas bélicas y las fantasías de salvación, curación o progreso no pueden deshacerse de su matiz destructivo.

En la tortuosa senda que transitan los fenómenos hacia la consciencia de sí mismos, indudablemente el puente de la violencia deberá ser cruzado, y no dejarán cabeza sobre ningún hombro para poder llegar al lugar del otro, a la plena realización de sí mismos como noción absoluta. Quizás sea aquí, en su apoteosis, donde el impuso hostil pueda ser resuelto y no en las arengas santurronas de quienes asustados por el miedo a la muerte confunden la moralidad humana con la lógica de los fenómenos.

Tal vez el problema de la violencia no radique en cómo deshacerse de ella, sino más bien en aprender a atenderla de manera adecuada para ser capaces de brindarle un lugar en la mesa del pensamiento y así evitar que se vuelva inconsciente de sí misma y que arrastre a las conductas hacia la destrucción superflua. Pero aun este precepto está asentado en una esperanza ingenua y posiblemente al alma le importen poco nuestros deseos y necesidades y siga ejerciendo su violencia contra nosotros como las víctimas sacrificiales que siempre hemos sido.

En la turba cansada de la agresión de los agresivos, aquella que mata violentamente a sus agresores, en el hombre que golpea a su mujer, en la mujer que descarga su rencor contra sus hijos, en la pareja que se desea con furia, en las imágenes asesinas que nadie confiesa pero que todos imaginan de vez en cuando, ahí tiene su asiento el psiquismo del hombre, como un reflejo del proceso anímico que es a la vez un veneno así como un remedio, un phármakon que pende de un equilibrio muy frágil que hace de cualquier hombre honesto el más cruel de los asesinos y que expresa una verdad de nuestros tiempos: que las manos de cualquiera están llenas de sangre de sus semejantes, porque el no reconocer la violencia, como diría Rene Girard, es ya haber asesinado a nuestros hermanos.

El esquema crisis-oportunidad como evasión de la lección del sufrimiento

Logos del alma

La vida tiene un matiz doloroso que es inexorable. Sin embargo, James Hillman nos enseñó que la dimensión patológica de la existencia es la que mejor expresa la perspectiva del alma, pues se contrapone a la normalidad y a la seguridad de la búsqueda egoica, cuya función específica es la oclusión de lo anímico.

En lo terrible, es donde el alma se hace a sí misma y donde el verdadero trabajo psicológico comienza. Por ello, las imágenes alquímicas son, en su mayor parte, desgarradoras y llenas de etapas tortuosas, porque la contradicción interna de los fenómenos y, por lo tanto, su movimiento lógico se experimenta como un viaje hacia la muerte, del cual el ego quiere preservarse.

Una defensa contra ese movimiento natural de la consciencia encarnada en los individuos es aquel dictado del saber popular de que toda situación crítica significa la apertura a nuevas oportunidades, un posible renacimiento o un mejoramiento de la persona. Si bien tal premisa resulta ser un alivio para el dolor individual, es importante entender a que propósito responde realmente.

El consuelo ante la inminencia de la crisis surge de un esquema que tiene como objetivo el crecimiento de la persona y exige concebir toda tragedia solo como la antesala de la buena fortuna y, por lo tanto, teniendo su valor en su recompensa futura. Se trasluce así la creencia cristiana de la salvación de las almas y de la redención del pecado. Por ende, la crisis, el fenómeno doloroso, ya no es una totalidad en sí misma, sino únicamente la puerta de entrada a la situación gratificadora.

En el libro del génesis Jacob pone un requisito para la asunción de su dios: «Si Dios me acompaña y me protege en este viaje que ahora hago, y me da pan para comer y ropa para vestirme, y me hace volver en paz a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios. Esta piedra, que he levantado como pilar, será casa de Dios; y de todo lo que me des, apartaré el diezmo para ti.»

Jacob está dispuesto a asumir al dios de sus padres, al hecho que se le presenta, pero solo al precio de que su deseo sea cumplido. De la misma manera la imagen de la salvación se convierte en una petición que trivializa cualquier vivencia de dolor, donde el pathos queda subordinado a la espera de la curación venidera, a la recompensa que llegará luego del suplicio. La existencia, de este modo, es asumida pero solo bajo la condición de que su devenir éste de acuerdo los deseos de la persona.

Se entiende que si el dolor, y la imagen del dolor, quedan esclavizadas por la espera del paraíso prometido entonces ya no se tiene permitido al sujeto el derecho de sufrir a causa del continuo caminar por las oscuras sendas del alma. Se prefieren, en la terminología de Hillman, los altos picos donde el espíritu se regocija en su éxtasis, dejando en el olvido a la lóbrega ciénaga, que es el lugar de la vivencia anímica primordial. E incluso el padecer se vuelve un signo excecrable que debe ser remediado de inmediato pues cualquier señal de enfermedad es ya una imagen de aquello temido por la razón moderna, es decir, la realidad del alma.

Para la ego-personalidad es preferible la idea de progreso, de la curación, del perfeccionamiento. Se concibe así la existencia como una escalera de evolución por la que se transita hacia la construcción del sujeto. También la terapia se adecua a ese propósito y se alienta al paciente al objetivo narcisista de liberarse de su dolor al superarlo o al integrarlo y abandonarlo lo más pronto posible sin pensar demasiado en ello, sin llevar a cabo el trabajo de la reflexión de lo sintomático.

Sin embargo, la concepción del individuo como un sujeto en continuo desarrollo parte de la misma premisa del abandono de lo patológico en espera de su realización futura, pues la persona se ve comparada con un ideal que siempre está en el más allá, en la tierra prometida, que por su localización lógica no puede ser alcanzada, por lo que se condena al hombre a un estado de insatisfacción continuo, pues lo mejor siempre está por venir.

Pero el dolor es una experiencia que exige actualidad, que detiene toda via de escape y ata la atención a la corporalidad del presente. El psicoterapeuta, si su enfoque es psicológico, no pretende escapar de la aflicción sino brindarle un asiento en la vida humana y permitir que haga la tarea que requiere, que permanezca en el misterio y que el paciente sea capaz de abrir pacientemente su corazón ante el otro que se cierne, sin esperar recompensa, sin huir a la ilusión de la mejora, sino persistir en el amor al fenómeno.

Lo psicopatológico construye a su sujeto en la disolución de su ser existente, pues la palabra crisis alude a la separación, es decir, a la diferenciación de pensamiento pensado en el fenómeno, pues solo a través de la toma de distancia esta noción puede reflexionar sobre sí misma. En este sentido, la promesa de la oportunidad entraña el oscurecimiento de ese proceso reflexivo, pues al escapar del presente, la idea no puede emerger de su contención y queda atrapada en la imagen del porvenir.

El alma sigue sus propias reglas y sus necesidades particulares. La lucha continua contra su presencia ha configurado este mundo que huye de toda posición sufriente, incluyendo el sacrificio que es la asunción del dolor como purificación y compromiso con la vida. Pero la lección del dolor pide ser escuchada, atendida y sobre todo honrada en su propia singularidad, sin la esperanza de un mejor mañana.

Por ello Dante leía ante la puerta del infierno “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”. La crisis demanda ser afrontada sin esperanzas, sin programas de renacimiento, dejando que su labor destructora haga mella en ese proceso del que el hombre es una expresión y nada más, porque el respeto al alma exhorta a atender a sus manifestaciones tal y como son y poder recibir el huésped que clama: “pathei mathos”.

La impostura religiosa y la flecha del tiempo del alma

Logos del alma

La consciencia sigue un intrincado camino que la lleva al despliegue constante de sí misma, es la historia de sus transformaciones la que precede y le da forma a la nuestra, y por lo tanto la idea histórica es anterior, lógicamente, a los sucesos que se viven como determinantes históricos. Quizás, se podría confundir este enunciado con una sucesión de hechos, como a los que el sentido común está acostumbrado, pero lejos de poder reducir lo dicho a una mera causalidad eficiente, necesitamos entenderlo como un proceso dialéctico donde lo más postrero es, a su vez, aquello que ya precede la senda, actual y efectiva, del alma. Ademas, debemos asumir que es el alma quien camina por esa vereda, pero también es el camino, así como la meta y el punto de partida. Todo a la vez. Hysteron Proteron.

Sin embargo, es evidente que los claros abiertos que se dejan ver en esta travesía, son abandonados tan pronto como el pensamiento sigue su curso hacia sí mismo, por lo que así como el terrón de azúcar disuelto en la taza de café no puede volver a su forma previa, las mutaciones de la consciencia son irreductibles a los momentos que ya han sido absorbidos en el tiempo actual que se despliega de manera precisa. Es inútil querer recuperar lo superado, porque tal superación no ocurre en el terreno de lo espacial sino en la fantasía del tiempo donde las estructuras se sumergen en nuevas complejidades y son abandonadas, a la vez que conservadas, para permanecer como recuerdos del propio fenómeno y su dinámica.

La física del siglo XX significó el rompimiento definitivo de la consciencia con la idea un tiempo circular y reversible, a partir de la teoría de la relatividad el universo pudo ser asumido como un sistema en expansión constante y bajo la reglas desconocidas de una transformación invariable de sus elementos. Para pensadores como Illya Prigogine, la irreversibilidad del tiempo es un factor determinante de la cosmología que explica, por lo tanto, que la entropía no es el destino definitivo del universo sino que, al contrario, es el factor precedente que supone el paso constante de una especie de no equilibrio hacia un equilibrio distinto. Las dimensiones presentes en el inicio de este tiempo ya no son accesibles porque están contenidas en las actuales. De cierta forma la ciencia cumple así el objetivo del cristianismo.

Sobra decir que dichas concepciones cosmológicas surgen como visiones desde un contexto sintáctico que ya ha roto con las ideas precedentes de las esferas celestiales y del eterno retorno y que ha sido capaz de colocarse ante sí mismo para poder observarse como formación, transformación y eterna recreación de sí. Por ello, se entiende que ciertas posturas nostálgicas, si bien loables, descansan en la imposibilidad de la lógica que se ha desplegado de forma impositiva, porque nadie ha elegido ese proceso, todo fenómeno es parte de su inalienable movimiento lógico.

Así, es que las posturas revivificadoras de los antiguos estadios de la consciencia están condenadas al fracaso, pues el hecho de querer volver a una comprensión mítica o religiosa del mundo requiere haberse emancipado de las mismas. Solo ante lo que ha sido dejado atrás por la consciencia puede el hombre imponer su voluntad y ser capaz de elegirlo, porque ello ya no es relevante para las estructuras noéticas que sostienen la realidad; e inclusive el concepto de realidad solo pudo emerger de la muerte de la union naturalis y de un mundo que estaba lleno de dioses.

Ya no podemos escuchar a los ríos, ni el lenguaje de las aves, ni saber las intenciones de la madre naturaleza, los dioses han dejado de ser los patronos de la consciencia e incluso el único dios hace mucho que dejo de hablar con el hombre categorial. Todo ello es ahora la voz de un mundo que se ha vuelto lenguaje, que se ha desgajado en signos y cuyos símbolos se han convertido en conceptos. Lo divino ha encontrado su hogar en eso que nos religa sin advertirlo: la tecnología, la polución, el internet, la I.A., el capitalismo, la bomba atómica y todo aquello a lo que le rendimos nuestra adoración. Eh ahí nuestra religión, la religio del espíritu de la época.

Por ello, el reencantamiento del mundo es imposible, sería necesario hacer retornar la flecha del tiempo del alma y ella ya no puede tolerar la dimensión pictórica de sí misma ni la experiencia religiosa pues ésta pertenece a una fase histórica que ha sido dejada atrás, e interiorizada, hace mucho tiempo. Así como el pensamiento mágico del niño, su egolatría, ha de ser abandonada por el adulto o caer presa de una neurosis, el Adam Kadmon ha dejado atrás sus lazos con el padre y la madre celestiales, para plantarse firmemente en el tiempo histórico que le toca vivir y ser digno de su herencia y de su condición, y permitirse, entonces, pensar lo pensado en él.

No obstante, el individuo no es igual a su categoría, y por lo tanto la creencia religiosa es lo más común y la búsqueda de satisfacciones emocionales enmarcan su presencia. Las personas van siempre por detrás del alma. No solo el creyente es presa del influjo regresivo, también el que busca un significado de la vida, el que encuentra mensajes en sus sueños, el que emprende el viaje hacia una consciencia cósmica, el que añora riquezas, lujos, imágenes, reconocimiento, etc., todo ello exige un sacrificio intelectual, no pensar sino solamente sentir, y es en esta posición donde no es posible estar a la altura del presente y el individuo es devorado por la enfermedad de nuestro tiempo. La regresión es el opio de los que han decidió ahogarse frente a la marea y llaman a esto salvación. El espíritu que se encoge de miedo ante el vacío.