La ética y la educación

Educación posmoderna


“… la educación debe lograr que [las emociones] sean las más adecuadas para la convivencia social, por ejemplo, que surja la compasión cuando se ve a otros sufrir, que se sienta vergüenza tras actuar de forma incorrecta. Si la educación le ayuda al niño a dar forma a estas emociones, estas van a favorecer el buen comportamiento o un comportamiento “ético””.

Este es un programa ético que presupone una moral a la cual no se ha cuestionado. Es un panfleto que vende una ideología. ¿porqué avergonzarse del error? ¿la compasión es la mejor manera de tratar el sufrimiento ajeno? ¿la escuela debe favorecer el buen comportamiento? Es un manual del buen ciudadano, pero la escuela no debería educar buenos ciudadanos, sino ciudadanos críticos que sean capaces de romper con las normas prescritas, destrozar la moral cuando ésta atenta contra su destino. La ley fue hecha para el hombre, no el hombre para la ley y la ética debe ser la vía de la voluntad de poder. No se debe educar para la servidumbre.

Sobre la violencia del amor

Logos del alma

«Cada encuentro de dos seres en el mundo es un desgarrarse»

Italo Calvino, El Vizconde Demediado

Hay un encuentro que postergamos hasta el hastío, que detenemos por miedo a ser devastados en lo más hondo de nuestra integridad. Cerramos la puerta de nuestra morada y tiritando detrás de ella, tapamos nuestros ojos ante el huésped que se cierne, oscuro, inevitable y violento.

Jung decía que el opus del aprendiz era la sombra, porque la sombra es aquello que confronta al fenómeno consigo mismo, su propio otro que llega hasta él y lo obliga, vehemente, a tomar consciencia de sí. Pero acaso, el miedo de lo venidero no es otra cosa sino un velo delgado que se yergue contra lo que ya está presente y que opera de manera secreta e inexorable en la vida interna del momento actual.

No hay remedio contra lo que ya es, pues el otro, una vez que es concebido como un otro, se desenvuelve de manera autónoma y obra sin otorgar la posibilidad de escogerlo. Se impone porque su carácter es el de un destino cuya única consideración es la de poder elegirlo de manera consciente o siendo inconscientes de él, de cualquier forma su impronta traspasa hasta lo más recóndito de la piel de aquellos condenados a la existencia.

No obstante, ese huésped que toca a la puerta es ya la puerta misma, así como es también la casa y la fina defensa con la que el hombre busca salvarse de su presencia atroz. Todo lo presagia y la vida habla solo de su brutal advenimiento. Esta violencia que nos depara el desafío del prójimo es el núcleo de aquello que llamamos, descuidadamente, el amor.

De manera común, se concibe al amor como una promesa de salvación, como un regreso a la participación mística donde la consciencia aún estaba envuelta por el manto seguro de lo natural. Se le imagina, infantilmente, como el paraíso perdido. Amamos, entonces, con la esperanza puesta en el pasado, en la espera de que lo que una vez fue in ilus tempore sea de nuevo y traiga consigo la felicidad de la inconsciencia.

Durante un tiempo así parece suceder y los amantes se deleitan en el placer del roce de los cuerpos, de los labios siempre abiertos y de la complacencia cotidiana. Ello dura un breve momento, porque el paraíso no puede recuperarse, se ha perdido junto con la inocencia y ya no estamos más arropados por un cosmos que se cierne sobre nuestro espíritu, al contrario, hemos sido expulsados a la desnudez del mundo. Pero solo es ahí, en el valle de lagrimas, donde es posible producir el amor.

Mientras el sujeto esta encerrado en sí mismo el amor no ocurre, se necesita el encuentro con el otro, aquello que lo obligue a salir de su contención narcisista, y es la necesidad de amar la que obliga al individuo a emerger de un sistema endogámico hacia la apertura de lo diferente. Tal claro abierto es ya el amor mismo.

Pero no basta con nacer a la experiencia del otro, hay que hacer que suceda siempre de nuevo, producirlo, y es entonces que el hombre puede decir, como Borges lo hacia: “Es el amor, tendré que ocultarme o que huir/ crecen los muros de su cárcel como en un sueño atroz.”

Es necesario amar, aprender el cruel oficio de ser amantes, de recibir al otro y permitir que su presencia nos fulmine, porque solo podemos amar al precio del desgarro, del desmembramiento. Que el amar sea complaciente y nos gratifique es la fantasía de individuo narcisista, que busca edificarse, crecer él a costa de eliminar al otro, de absorberlo en su deseo.

El amor es un dios terrible, debe ser terrible para ser amor. Si no rompe los huesos, si no desgarra la carne, si los ojos no son cegados y el amante no vaga descarnado ¿para qué amar? Sería mejor quedarse en lo seguros prados de la madre, en la reconfortante casa del padre. Quien ama se lanza a un abismo del que no saldrá vivo… y que bueno que así sea.

Es probable que una de las pautas desencadenantes de la violencia de pareja sea precisamente que los amantes no están dispuestos a vivir la violencia propia del amor; entonces se destrozan entre ellos, de forma literal, para mantenerse indemnes, a salvo de la grave tarea de amar.

Los valores del ave que surca el cielo

Educación posmoderna

Se propone la enseñanza de valores como una panacea para hacer mejor al hombre, pero todavía no nos preguntamos: ¿De dónde vienen nuestros valores? ¿A quién sirven? ¿Qué es un hombre bueno? Y antes aún: ¿Qué es el hombre? La enseñanza de los valores es vacía si no se ha observado detenidamente el suelo en que se sostienen, los valores tradicionales enseñados en las escuelas son enfermedades que laceran el corazón del hombre moderno y debilitan su espíritu pues le enseñan a ver desde abajo, cuando su vista naturalmente busca la perspectiva del ave que surca el cielo.

Tántalo y Sísifo

Cotidianidad

La ironía de la vida es magnífica, Borges bien lo sabía, él a quien el destino le deparó los libros y la sombra, la ceguera y una gran biblioteca, a él que imaginó el paraíso como aquella forma que sus ojos ya no podían leer. Mi ironía es menos gloriosa, a mi el tiempo no me sobra, pero la curiosidad no amaina y me moriré con el deseo de abarcar aquello que nunca acaba

Sobre el respeto del docente a los alumnos

Educación posmoderna

Que difícil es hablar de este punto con los docentes, no se entiende (y me parece que no se entenderá en mucho tiempo) que el respeto por el alumno es una practica necesaria para la enseñanza y que ese respeto implica respetar la alteridad del educando y no simplemente coaccionarlo a seguir normas que para él no tienen sentido. Respetar a un alumno es observar su propia autonomía y ayudarlo a desarrollarla, incluso imitando su semántica, no decirle: “Te respeto siempre y cuando actúes como yo quiero, con el lenguaje que a mi me parece adecuado y con la conducta que yo se que es buena para ti”, esta última es la postura neurótica de la docencia. Paulo Freire lo entendía mejor:

”El profesor que menosprecia la curiosidad del educando, su gusto estético, su inquietud, su lenguaje, más precisamente su sintaxis y su prosodia; el profesor que trata con ironía al alumno, que lo minimiza, que lo manda «ponerse en su lugar» al más leve indicio de su rebeldía legítima, así como el profesor que elude el cumplimiento de su deber de poner límites a la libertad del alumno, que esquiva el deber de enseñar, de estar respetuosamente presente en la experiencia formadora del educando, transgrede los principios fundamentalmente éticos de nuestra existencia.”

Paulo Freire, “Pedagogía de la autonomía”

Los hombres buenos nunca dicen la verdad

Logos del alma

“¡Oh esos buenos! – Los hombres buenos no dicen nunca la verdad; para el espíritu el ser bueno de ese modo es una enfermedad. Ceden, estos buenos, se resignan, su corazón repite lo dicho por otros, el fondo de ellos obedece: ¡mas quien obedece no se oye a sí mismo”.

F. Nietzsche

La moral y las buenas costumbres son elementos necesarios para la socialización y la armonía en los grupos humanos y es evidente que es importante cultivar el respeto por el prójimo para procurar un entorno agradable donde los conflictos humanos puedan resolverse de forma pacifica. Pero si bien este ideal de las relaciones humanas es importante como meta de convivencia, es debido no confundir esta herramienta social con el acercamiento reflexivo ante los fenómenos psicológicos y menos aún con un modelo de aprensión del alma en donde se le pueda atrapar con el fin de resguardarse de ella.

La realidad psíquica, sigue principios éticos que no necesariamente coinciden con la moral del hombre. En el libro de Job, por ejemplo, es evidente esa disparidad al contrastar la situación horrifica que vive Job con su petición al dios que, sin embargo, ha permitido su desgracia. Job apela por el favor de la Sabiduría del dios en contra del mismo dios que lo destroza. Esto sugiere que una dimensión de lo divino se ha vuelto inconsciente, es decir, se ha ocultado a la consciencia volviéndose al interior del fenómeno, interiorizandose a fin de expresar una nueva forma de sí misma, la cual no será patente sino en el porvenir, pues la consciencia siempre ha de arribar después del hecho.

Solo en épocas recientes la presencia de un dios puede abstraerse de su matiz sombrío y considerarse puro amor y redentor de los pecados. En otros momentos de la historia de la consciencia el dios era la expresión completa del máximo bien, pero también del mayor mal posible. Tanto la crueldad como el beneficio son características de las antiguas deidades, por ello la madre divina podía ser dadora de vida pero también la que consumía a sus hijos. Esencialmente el dios era lo terrible, lo monstruoso.

Ante Job, Jehová responde con contundencia y hace evidente la pequeñez del anhelo del hombre ante la realidad que éste habita. El libro de Job es quizá uno de los primeros documentos que expresan el sentimiento patético del absurdo, que será tan importante en el desarrollo cultural del siglo XX y que no es otra cosa sino la constatación de que la esfera de los dioses ha sido abandonada y convertida en el centro de la vida lógica del alma. Por eso el hombre actual existe en la desnudez de un mundo infinito y sin un sentido experiencial dado. Como consecuencia debe sostenerse a sí mismo y elegir todo lo que le es otorgado y ser acompañado por el interminable sentimiento de angustia.

Esta condición descrita implica la incompatibilidad entre una moral dada y una norma ética universal, el sujeto nacido sufre la condición de tener que preguntarse, de forma constante, sobre la verdad presente en cada uno de los fenómenos con los cuales dialoga. Por ello es que el psicoterapeuta no puede presuponer una regla moral fija para toda vivencia psíquica, ni un modelo de comprensión estipulado a priori. Al contrario, su deber es atender a la ética particular de fenómeno presente y ajustarse a sus necesidades propias. El psicólogo quiere, debe querer, ser enseñado por la realidad y alejarse de la tentación de querer dictar lo que es “bueno” para el Otro.

Así, el gran límite de muchas personas inteligentes es su apego por la buena moral y las causas justas, ellos mantienen el hábito de ponerse del lado de “lo bueno” y “lo correcto” de forma unilateral. Necesitan saber que son parte de un bando y que su pertenencia le da soporte a su existencia; que no están solos sino que se suscriben al “lado adecuado”. Pero el ejercicio de pensar requiere haber dejado atrás la posición infantil que encuentra las reglas para aprender la realidad ya hechas. En cambio, el pensador, prefiere que sea el Otro quien piense y así poder reconocerse a través una inteligencia que no es la suya sino la del Proceso.

El pensar el pensamiento del otro es imposible si hay un modelo fijo como el de la moral que se superpone a la ética del propio fenómeno. El apego por los grandes valores es el vicio más difícil de expurgar, pues supone un deseo anhelante por ser sostenido por los padres celestiales que otorgaban preceptos éticos ya establecidos.

Para ser un “hombre bueno” se tienen que llegar a confundir las propias reglas y las buenas costumbres con la verdad presente en el fenómeno, por ello la propia verdad de éste nunca podrá hacerse consciente de sí misma, pues se le ha sustituido con un sucedáneo construido en lo ya conocido, es decir en aquello que ha sido dejado atrás por la historia del alma. Estas ideas positivizadas desconocen su sombra y por ello son enemigas de quién quiere pensar el pensamiento de los fenómenos, es decir, del que busca atender la ética del propio fenómeno.

Del sacrificio

Logos del alma

En la cultura azteca se alimentaba al dios sol con los corazones de hombres que les eran extraídos mientras aun estaban con vida, los Olmecas mucho antes que ellos sacrificaban niños al dios de la lluvia. Toltecas, Mayas, Totonacas, mataban, degollaban e incluso comían la carne de sus prisioneros, fueran niños o adultos. La masacre era, por así decirlo, el pan de cada día. Cuando sucedió la conquista, las culturas precolombinas fueron sacrificadas, diezmadas, su última sangre fue derramada a un dios que sacrifica a su hijo, que se sacrifica a sí mismo para existir.

La lógica de la destrucción y la violencia recorre la historia. Somos herederos de la sed de sangre, de la vida que se destruye a sí misma para perdurar.

El padre no es necesario

Cotidianidad

“El padre común, ordinario, no es solo ordinario, sino en su mayor parte es innecesario. […] el padre ordinario juega un papel menor en la familia y en la vida de los niños. Su función natural es la de un articulo de lujo.” 

Adolf Guggenhbuhl-Craig

Existe el consenso de que la figura del padre es primordial para el desarrollo psicosocial del infante y que es un pilar de las estructuras familiares equilibradas, por ello el enunciado de Guggenbuhl-Craig puede parecer estremecedor, ¿dónde queda entonces la estela del padre que introduce al niño en lo social, del padre castrante al que hay que destruir, del padre protector o del padre ogro?

Pero nuestra sociedad, sin embargo, desprecia lo paterno, en la forma de las figuras de autoridad que cada vez son más cuestionadas, de las instituciones que resultan menos verosímiles y de los ejes culturales que han demostrado no haber podido sostener la angustia de un mundo que ya no se siente más confortado por formas metafísicas que le ofrezcan sentido a su existencia.

En el malestar del feminismo, por ejemplo, se erige la forma ideológica de un padre terrible, violador, tiránico, de una figura proyectiva del animus no asumido que se reifica en un desprecio por el hombre como representante simbólico del constructo social llamado patriarcado. Y sin embargo, en el núcleo emocional de tal malestar no hay otra cosa más que el enojo por la ausencia del padre, es decir, por la falta de ejes sociales que ofrezcan cierta seguridad a esas hijas que han de imaginar un animus sombrío con tal de poder tener al menos un rastro de lo paterno. Como si fuera preferible lo destructivo del padre a su ausencia.

La crisis de lo paterno es evidente cuando se observan la incongruencia entre los valores culturales reales y los estipulados por un conjunto de instituciones que ya no gozan de credibilidad: el estado, la escuela, la familia y el matrimonio. Todas estructuras paternantes que dotaban de sentido a la cohesion del sujeto con su comunidad y con los estatutos sociales.

Efectivamente el padre es ya innecesario y si esto es cierto, quiere decir que el esfuerzo de nuestra cultura por encontrar el lugar del padre está fincado en un error, pues el padre ya no tiene una función primordial como quizás sí lo tenía en la época de los mitos y de los padres celestiales. «Dios ha muerto», quizás porque el padre se ha diluido en el sujeto.

Aunque, como dice Guggenbuhl-Craig, algunas veces es mejor tener un objeto de lujo a no tenerlo. Así queda la pregunta abierta sobre el papel del padre en el alma moderna qué tal vez pueda ser entendida con el precepto bíblico “el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán un solo ser”, entonces podría ser que el padre sea innecesario porque ha sufrido un proceso de irrelevantificación en la consciencia, imprescindible para esta conuntio con aquello Otro que también es ella misma.