
Autor: Alejandro Chavarria
La tentación del profeta
Logos del almaCarl G. Jung hacía notar que uno de los riesgos al explorar los procesos psíquicos era la posibilidad de que el psicólogo se identificara con ellos, es decir, que en su viaje en la exploración de los contenidos colectivos se dejará invadir por los mismos, de tal manera que se erigiera como el portador de la verdad de la época y el conocedor de los misterios del inconsciente. Dicha situación encuentra su asiento en la necesidad egóica por ser una presencia vital en el medio de los sucesos y poder ser dotado de un monto exagerado de importancia personal.
El psicoterapeuta debe guardarse del peligro que representa la mentalidad del profeta, pues en el consultorio es muy sencillo caer bajo la impresión de que lo que se dice es dicho por el individuo, de que es el terapeuta quien conoce las vías por las cuales poder comunicarse con los símbolos y enseñarle al paciente como debería vivir su vida psíquica para poder alcanzar los objetivos de su propia alma. El psicólogo, desde esta óptica, se apropia indebidamente del papel del psicopompo que guía al paciente por su tránsito en el inframundo y éste último, a su vez, corre el riesgo de encarnar otra forma de posesión de los contenidos colectivos, el del discípulo.
Pero el psicoterapeuta transita por la senda de un misterio que se abre siempre y nuevamente ante cada sesión. Él no es un experto, ni un sanador, ni mucho menos un profeta, sino un escucha atento del diálogo profundo que ocurre en los diversos planos narrativos de la consulta; su tiempo es el presente y su trabajo es permanecer ahí donde los pacientes tratan, bajo muchos medios, de escapar, por ello tampoco puede huir al futuro, a la prognosis dado que pasado y futuro están contenidos en el vaso hermético del momento presente del tiempo terapéutico.

La predestinación
CotidianidadÉl no lo sabía, nadie hubiera podido saberlo, como una noche sin estrellas es la estructura de la predeterminación que nos condena. Ayer estaban ahí las señales, una blanca nube en el cielo, un ave surcando el firmamento, los árboles de la calle bajo el yugo feroz de un inmarcesible viento. También pudo haber sido algo menos discreto, un auto rojo que lo rebaso aquella tarde en la autopista, la ultima palabra en un noticiero, quizás el beso de una mujer que nunca mas volvería a verlo.
Él había recordado un viejo poema y lo mascullaba como presintiendo: «La suavidad de los relojes/ Y el frió pasó del tiempo/ Rozan las tristes horas/ Y acechan cada último momento». Y de tantos momentos que habían pasado él no sabía que se había quedado sin tiempo.
Dicen que hay huracanes que empezaron con un aletear de diminutas alas, lo que no se dice es que lo contrario también es cierto, y hay una estrella palpitante que no apareció ayer en el firmamento.
Esa mañana él se puso su abrigo, abrió la puerta y salió de aquel departamento, él no lo sabia, ¿Cómo podía saberlo?, su victoria y su ebriedad eran esa nostalgia de lo incierto, y como quien lo ignora todo, salió, quiero imaginar que fue valiente, a enfrentar su destino, a encontrar, ese día, el hilo de un hado oscuro y secreto.
La psicología y el complejo de inferioridad del hombre
Logos del alma“Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso…”
F. Nietzsche
La psicología, de forma inadvertida, es la narrativa moderna cuya función es ser un refugio del hombre ante al nihilismo, así que crea ídolos ahí donde el martillo de la historia los había derrumbado, una de las imágenes que prueban este hecho es el esquema crisis-renacimiento que presupone que de un momento caótico o angustiante devendrá, si el sujeto así lo desea, el aprendizaje, la riqueza y el crecimiento, tal afirmación se deriva de la antigua creencia cristiana sobre el paraíso prometido, al que el buen creyente podrá ir después de sufrir lo suficiente en este mundo.
Tal modelo de relación con la propia experiencia indica varias situaciones en cuanto al papel de la psicología en el discurso moderno. Una de ellas es que los objetivos psicoterapéuticos tienen su raíz en el anterior contexto religioso y reproducen la moral cristiana de la que Nietzsche sospechaba con tanta vehemencia. También, dicha imagen, confiere al hombre un papel determinante en los procesos psíquicos que le acaecen, con toda la inflación y el peso producidos por asumir un destino que no le es propio, circunstancia a la cual los primeros psicólogos llamaron neurosis. Por último, propone que el sujeto, frente a la realidad, solo debe atender a su experiencia si ésta le es favorable, aunque sea como promesa, delirando con un falso sentido de control sobre la misma.
El nihilismo es la pérdida necesaria de los antiguos valores, la muerte de Dios como representante de un mundo que ya ha transitado a una forma inédita de sí mismo ¿no es acaso, esperar un futuro propicio un mecanismo de defensa contra el vacío de la existencia, contra la falta de significado propia del crepúsculo de una cosmovisión moribunda? La idea de un buen porvenir alivia la angustia ante la incertidumbre, pero a la vez prueba la verdad de los tiempos presentes, que ya no hay significado y que solo podemos acceder a éste a través de crearlo artificialmente con propósitos meramente personales.
Pensar que los sucesos están hechos para la superación personal del sujeto o que el individuo debe aprovecharlos ¿no expresa un exceso de importancia personal? ¿No es una muestra de soberbia? ¿Y no implica esta soberbia un complejo de inferioridad de la especie humana?
¿Qué pasaría si el hombre asumiera que el mundo es caótico, que la crisis es una constante de la existencia y que no necesariamente habrá un buen final para los sucesos? ¿Qué pasaría si entendiera que la realidad no está hecha a su imagen y semejanza sino que son los fenómenos los que transitan hacia sí mismos y solo como agregado podrá acaso sacar algún partido, que por supuesto siempre será efímero? Y además ¿Cómo sería una psicología liberada de su necesidad de mejorar al individuo, de generar significado, de curar, es decir, emancipada del proyecto de alejar al sujeto de sí mismo y de la lógica del alma?
De la función apotropaica de la psicología
Logos del alma“Reconocer la sombra es lo que yo llamo la obra del aprendiz…”
C. G. Jung
Cuando el hombre nació ante sí mismo, desnudo de los viejos dioses y de las antiguas creencias religiosas, sintió miedo y vergüenza y busco regresar al antiguo refugio de las terribles deidades, pero era demasiado tarde, así que volviendo sobre sus pasos, sobre el camino imposible del retorno, y ante el cuerpo muerto del mundo natural, vio emerger un concepto salvífico cuya función principal fue que el ser humano no se hiciera consciente de su desnudez, que su vergüenza se enmascara en nuevos dioses y en nuevos padres celestiales, a este refugio inédito se le dio el nombre de “El Inconsciente” y fue el hogar de las deidades crepusculares.
Profunda o científica, la psicología, puesto que se centra en el sujeto, es el solaz del hombre que una vez nacido no quiere darse cuenta de la muerte de los dioses, manteniendo así la importancia personal como el eje de su labor y sosteniendo la convicción de que el sujeto es aún relevante. Tal asunción, sin embargo, es un poco de veneno con el cual tener sueños tranquilos y alejar el mal de nuestra senda.
Jung una vez dijo que la iglesia era un lugar para ocultarse del dios vivo, de la misma manera, se puede decir que la psicología moderna es un espacio para refugiarse de la muerte, de la finitud y de la verdad del tiempo presente. Por eso es tan cercano el predicador al couch o al psicólogo o al psicoterapeuta, todos fundan su doctrina en el deseo infantil por un dios que desde hace tiempo ha desaparecido y que ya no habla con sus hijos. Ese vacío de la voz divina es insoportable pero acaso es la señal indudable de que el hombre ha nacido. Es tal vez la hora de que la psicología se constituya como un camino hacia el mundo y deje atrás su labor apotropaica, pues el mal es también una sombra y en el viaje del alma hacia sí misma reconocerla como un otro es, siempre, el primer paso.
La educación fuera de la escuela
Educación posmodernaHay muchas quejas porque la educación en línea no es verdadera educación, y quizá sea cierto, pero la educación presencial tampoco generaba verdadero conocimiento; no lo hace con planes educativos coercitivos y superfluos, no lo hacía hace diez años con criterios pedagógicos desdeñables, ni lo hará dentro de unas décadas con una escuela tendiente a la formación técnica y cientificista.
Lo que expone la situación actual es que la educación ya no se encuentra en la escuela y ya no se puede formar ahí mas que a través de su propia superación (destrucción).
Un alumno me comentaba a propósito de la educación en línea: “los profesores no nos enseñan nada, qué vamos a hacer”, yo le respondía: “lo que necesitaron hacer siempre, aprender por ustedes mismos lo que es verdaderamente importante”. ¿Y qué es aquello verdaderamente importante?, nadie lo sabe realmente hasta que se está sumergido en ello. Bernard Shaw lo sabía cuando dijo que a los seis años había tenido que abandonar su educación para ir a la escuela. Se siente como un llamado, ajeno a la propia voluntad, a desarrollar un tema durante toda la vida, a pensarlo de forma íntegra y exhaustiva, es un dios al que se le rinde culto y sacrificio.
La educación, por tanto, no existe en la escuela, lo hace en donde el culto y el sacrificio reales ocurren y no nos gustará saber donde es eso.
El lamento de Fafnir
CotidianidadYa no puedo saber cuanto tiempo he estado en esta caverna, los años se diluyen lentamente en el olvido. A pesar de ello no he descuidado mi tarea. Los rumores de la gente me conceden muchas formas y algunos atributos, unos dicen que mi calidez es tan grande como la de una criatura angélica y otros comparan mi humildad con la ascesis más implacable. Por supuesto esas bocas ignorantes mienten, no conocen ninguna de las atrocidades que guarda mi pasado, no saben que terribles imágenes inundan los confines de mi sueño. Ningún ser está libre de pecado, todos somos culpables, aunque a veces no lo sepamos, la limpidez es una tentación continua y horrorosa. Yo mismo he tenido que brindar a mi padre una muerte salvaje y deshonrosa para poder ser yo mismo, para ser dueño de este lecho que guarda una alianza en su centro.
Las muchas lunas me han concedido visiones infaustas, he visto a los hombres luchar patéticamente desde el principio de las eras y antes que ellos a las razas de los dioses destruirse en guerras monótonas para luego volver a crearse, acaso ese sea el único ciclo de este universo. Pero he visto, entre tantas ilusiones, aquella de un hombre que se bañara en mi sangre y por fin podré dormir tranquilo, pues él cortara, junto con mi vida, los hilos de la necesidad que tanto me pesan, entonces mis alas podrán servir a su propósito. Mientras tanto espero y el fuego de esa esperanza me consume por dentro.
El uso del lenguaje “vulgar” en la interacción del docente con el alumno
Educación posmodernaDe acuerdo a las normas institucionales que rigen el trabajo del servidor publico y especialmente del trabajo docente, una de las pautas de interacción que deben de seguirse es el decoro en el lenguaje y la actuación en la relación del trabajador con su medio laboral. Lo cual implica mostrar un léxico adecuado al trabajo que se desempeña y una apariencia que destaque los valores que la institución en cuestión pretende formar en los educandos. Sin embargo, en el trabajo cotidiano con los alumnos surgen algunas premisas que es debido analizar ante las categorías de respeto y de decoro.
El trabajo del docente requiere, en la practica, lograr un ambiente confortable y de desarrollo socioemocional en el salón de clases, en la interacción con los alumnos, en la relación con los directivos y en el trato hacia los padres de familia. El énfasis en el decoro recae en el trabajo con los jóvenes pues se tiene la creencia de que su léxico, así como sus valores y conducta, están en desarrollo y requieren ser moldeados, llevándolos del estado de precariedad lexicológica al uso adecuado, es decir, adulto del lenguaje. Se concibe entonces a los jóvenes como adultos en potencia cuya incompletitud está implicita en su condición adolescente.
Sin embargo, se omite la situación de que el lenguaje indecoroso, como lo son las groserías, las observaciones vulgares, las formas escatologícas verbales, asi como los mensajes sexualizantes, tienen funciones sociales importantes y juegan un papel relevante en la asunción de la identidad personal, entre estas funciones están:
- La formación de la autonomía del sujeto ante el lenguaje “adulto” de casa, situación que promueve la construcción de la identidad al ser capaz de romper los tabúes que son impuestos de forma arbitraria, lo que es necesario para el proceso de convertirse en uno mismo, de acuerdo las teorías psicodinámicas.
- El uso de las emociones consideradas negativas como forma de integración de lo reprimido en la consciencia del sujeto, pues contrario de lo que se piensa el lenguaje soez es usado de forma cotidiana entre pares como una manera inerme de expresar emociones agresivas y de poder canalizarlas sin la necesidad de un daño real. Por lo cual, el uso de las expresiones vulgares tiene como efecto la disminución de los conflictos intergrupales, pues permite el “desahogo” de procesos emocionales que cuando son reprimidos, por la moral y las buenas costumbre, resultan en explosiones temperamentales y exabruptos que en el salón de clases se traslucen en peleas físicas y continuos conflictos interpersonales.
- La integración del alumno entre pares a través de formas de expresión llamadas indebidas, por que contravienen las reglas morales, lo que permite la configuración de lazos de lealtad que fomentan su autonomía y la socialización de manera más adecuada, es decir, que los jóvenes utilizan el lenguaje vulgar como un conjunto de códigos que los distinguen y les dan pertenencia en su circulo social.
- Las groserías también son factores de resiliencia pues fomentan la capacidad del sujeto de afrontar el dolor físico y emocional de manera activa y compartida.
- En los círculos sociales juveniles, las vulgaridades tienen un efecto de solidaridad y camaradería, lo que permite, como se ha dicho, la integración de los alumnos a los grupos de convivencia que les son benéficos para la estructuración de su ser social.
- Entre otros beneficios y necesidades, el uso de formas vulgares del lenguaje también desarrolla las capacidades intelectuales, pues los juegos que surgen del uso de ese tipo de léxico son verderamente complejos, como en el caso de los albures que potencian habilidades cognitivas y verbales. Al contrario de lo que se piensa el uso ingenioso de las groserías es llevado a cabo en círculos donde las habilidades intelectuales son altas.
- También, el uso de las groserías, ofrece una imagen de honestidad y claridad de quién las emite, por lo cual un mensaje donde estan dichas con propósitos instruccionales tendrá mayor efecto que aquel en el que solo se utilizan palabras decorosas, pues el uso exagerado de estas últimas denota, al contrario, deshonestidad y opacidad en las intenciones.
- Por último, las bromas de carácter sexual permiten el acercamiento a tales temas cuya conotación social es represiva, hablar de forma velada de temas que tiene que ver con su vida erotica da la apretura de construir, entre pares, una imageneria sobre lo realcionado con la sexualidad, que es parte primordial del sujeto en esta etapa de su existencia.
Entre otras características se puede observar que las palabras y comportamientos soeces son parte de la identidad juvenil y de la camaradería en todas los estadios de la vida. Por ello el docente necesita revisar la importancia de este tipo de lenguaje en la interacción con los educandos, pues el uso de las groserías permite entre otras cosas: disminuir los conflictos intergrupales, construir un liderazgo integrativo por parte del docente al permitir que el estudiante se sienta aceptado como un sujeto por derecho propio, fomentar la construcción de la autonomía del joven y que el docente pueda comunicarse de forma más honesta con sus alumnos y no desde el pedestal de la pedantería formal. Esto siempre y cuando sea utilizado como una herramienta psicopedagógica, que tome en cuenta que el alumno y el docente utilizaran estos códigos en forma de mutuo acuerdo y de manera limitada, pues es debido respetar las formas institucionales, lo cual requiere que la linea de demarcación recaiga en aquellos que no comparten este tipo de acuerdo de lenguaje y en las reglas propias de la institución, esto implica el aprendizaje de que hay un equilibrio entre un lenguaje que permite la expresión honesta de la personalidad y la asunción de reglas de comportamiento.
Ademas de estos elementos, el lenguaje vulgar con los alumnos utilizado como forma de interacción psicopedagógica, advirtiendo con antelación que será un acuerdo que terminará cuando alguien se sienta incomodo con las expresiones, uno de los efectos colaterales es coadyuvante en el mejoramiento del rendimiento académico, situación que atribuida a la comodidad del ambiente que se construye en la permisividad de las expresiones emocionales que comúnmente son vistas como negativas, pero que son necesarias para la integración del sujeto consigo mismo y con su medio.
Por lo tanto, en la relación con el adolescente se debe revisar la contigüidad del respeto y el decoro, pues específicamente en ese momento del propio desarrollo, el respeto implica la aceptación de la persona con sus formas particulares de interacción y el lenguaje que le es particular para poder expresar sus emociones reprimidas de forma adecuada, aunque esto conlleve formas de interacción que no se adecuan al modelo social de decoro.
La psicología no es medicina
Logos del almaLa psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica, pero el psicólogo debe desligarse de tal concepción para poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan en el contexto de la terapia. Ocurre que cuando un psicólogo busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico, buscando llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para la ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.
El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que este siga la dialéctica inherente al mismo, para así poder aprender de tal acontecimiento, no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.
Itinerario de un psicólogo
CotidianidadEn el camino de la exploración de teorías psicológicas que puedan brindar asientos a mis propias preocupaciones, he encontrado un fenómeno común al acercarme a autores determinados, una ingenua defensividad teórica. Por ejemplo, cuando abordé, de manera temprana, la obra de Jung ésta me pareció muy esclarecedora y subversiva, lo suficiente para obligarme a estudiar de forma ardua la mayor parte de sus libros y atender a las referencias con que el autor sostenía sus argumentos. Pero en la universidad nadie conocía a Jung y lo pocos que habían escuchado su nombre lo tenían por un místico enloquecido que nada aportaba al avance de la psicología, en su mayor parte ésta era la opinión de los que sostenían una posición psicoanalista, para ellos Jung era una especie de traidor que no había comprendido la obra de Freud, pero no lo habían leído.
Posteriormente y acogido por un ambiente donde se leía a Jung, muchas de mis inquietudes sobre la teoría junguiana se volvían evidentes y mis cuestionamientos iban en alza, entonces descubrí la obra de James Hillman, la cual trataba directamente tales preguntas, y me volqué a su lectura. Pero el ambiente junguiano tenía dos respuestas ante la obra de Hillman, una era el completo rechazo por encontrarlo muy “filosófico” y mal entender la teoría de Jung y otra, muy particular, donde se leía a Hillman como si éste asumiera los conceptos junguianos, sin ningún cambio. Me pregunte ¿qué tenía de malo estar interesado en la filosofía? Ello proviene de un viejo prejuicio que confunde el uso del razonamiento preciso con la función pensamiento y que nace de la creencia falsa de que los tipos psicológicos se pueden trasladar tal cual para servir de molde a la subjetividad de las personas. Es decir, se confunde el mapa con el territorio, algo que Jung dejo en claro que no podía hacerse con sus tipos psicológicos. Pero sobre todo me sorprendió el hecho de que quienes criticaban la obra de Hillman, jamás lo habían leído, sabían de él solo de oídas, por rumores, pero no se habían adentrado en sus textos. Otros, en cambio lo habían hecho con el afán de no abandonar el edificio junguiano y conciliar, artificialmente, a Hillman con Jung.
Tiempo después, las dudas no amainaban y me llevaron a conocer el trabajo de Wolfgang Giegerich. Mientras trabajaba bajo el esquema junguiano, Hillman trastocó todo el abordaje que tenía en la consulta terapéutica y en la docencia, tuve que abandonar muchos hábitos que tenía por sabidos, por ejemplo el análisis de los sueños, realmente ello constituyó una crisis que poco a poco fue despertando nuevos métodos (caminos) de abordaje. Giegerich influyó de una manera similar, sus planteamientos sobrios y al punto arrasaron con la estructura narrativa que aún conservaba en la terapia y en la docencia, pues su obra expresa la necesidad de una teoría humilde, amorosa y centrada en el fenómeno y eso implicaba dejar atrás los objetivos esperanzadores de mi propia acción.
Sin embargo, nuevamente encontré el rechazo, ahora no solo entre los junguianos ortodoxos sino también entre los arquetipales, quienes curiosamente acusaban a Giegerich de soberbia intelectual, de ser filósofo y no psicólogo, de ser Hegeliano, de ser “frío” con el sujeto, de no ser aplicable, entre otros tantos malos entendidos de su teoría. Y de nuevos, tales críticas venían de personas que jamás habían leído su obra y que tenían una opinión formada con base en lo que otros les habían comentado, mismos que tampoco lo habían leído con atención. Surgen así preguntas similares: ¿Qué hay de malo en leer a Hegel? ¿Por qué tanto rechazo de la filosofía en el campo psicológico? Y sobre todo ¿por qué los psicólogos se afanan a rechazar lo desconocido e incomodo si esa es precisamente una de la premisas psicoterapéuticas, darle hospitalidad a lo extraño?
Creo que es una reacción común formar esquemas de pensamiento y defenderlos ante cualquier idea que parezca contradecir el sitio confortable donde se ha encontrado seguridad, pues constituye una amenaza contra la cual, la primera reacción, es defenderse. Pero, en el caso de la teoría psicológica esto resulta contraproducente porque la labor del psicólogo le obliga a atender a cada fenómeno desde la teoría del mismo fenómeno y no a imponer sobre él mismo sus propios esquemas de pensamiento. El psicólogo debe de cortar la rama en la que está sentado, una y otra vez, como ejercicio necesario para llevar a cabo su trabajo. Bajo esta premisa no puedo evitar preguntarme ¿qué vendrá después de Giegerich? ¿Y cómo se le rechazará a ese nuevo huésped? Pero, entonces, reparo en el fenómeno y me esfuerzo por atender al presente.
