He visto psicólogos

Logos del alma

He visto psicólogos trabajando con sustancias metafísicas, haciendo ego-psicología (elevando la autoestima, sanando el niño interior, curando enfermedades físicas y/o mentales, categorizando síntomas, escuchando los mensajes de los sueños, encontrando el sentido en el sufrimiento, contactando con las emociones, leyendo historias para sanar, integrando lo femenino o lo masculino, reestructurando constructos cognitivos, cerrando gestalts, haciendo talleres para padres, orientando, encontrando el emergente sistémico, contactando a los dioses en cada persona, mitologizando, analizando, leyendo al inconsciente como lenguaje, aplicando programas de reforzamiento, buscando la consciencia en las estructuras cerebrales, reduciendo los fenómenos a sus formas arquetípicas, amplificando, desensibilizando y resensibilizando, acercandose al espíritu, programando el comportamiento, hipnotizando al estilo clásico y moderno, trabajando con el cuerpo, perfilando, encontrando el arbol genealógico, el relato verdadero, jugando a la quiromancia, a la cartomancia, a la astrología…) y yo mismo, mea culpa, he sucumbido a todo ello. Pero la psicología no fue el tema que alimentaba todos esos enfoques, todas esas prácticas, pues nos centrábamos en el hombre y no en la psicología, nuestro quehacer era el del sanador, el del médico, el del antropólogo, el del sociólogo, el del maestro o el del cura; pero el tema de la psicología es la psicología misma, el alma de los fenómenos, el fenómeno del alma. Hay tantos psicólogos y tan poca psicología.

El psicólogo como pensador

Logos del alma

El fenómeno piensa siempre, lo hace a través de sus múltiples formas de hacerse presente. En su faceta como imagen y como emoción, aquello que se manifiesta es pensado desde su propia estructura lógica, lo hace aún en la opacidad de su materialidad. Por lo que atender al huésped que toca a la puerta significa poder estar a la altura de su complejidad y liberar al síntoma de su arrobamiento en la fisicalidad de la materia.

Así, el psicólogo sabe que la única certeza ante el fenómeno consiste en escucharlo de forma atenta, en tanto esto supone el arduo trabajo de poder contener el pensamiento mismo de aquello se manifiesta, en el recipiente de su atención liberada de prejuicios. Luego de esto, y una vez terminada su labor, todo la teoría se vuelve a rehacerse en él y es hora, entonces, de volver nuevamente a la briega. Tal es el ejercicio constante del pensamiento reflexivo y riguroso que le permite volver a iniciar, una y otra vez, el esfuerzo por comprender aquello que se le presenta.

La mente del psicólogo ha de estar aguzada por el constante ejercicio de la reflexión, sostenida por una cultura profunda, fruto del aprendizaje incesante y de la inmersión en los temas complejos de su contexto. Pero eso no es suficiente, el bagaje intelectual también puede ser un refugio del ego si el conocimiento no se auto-aplica y no se destruye su confianza en él mismo. El racionalismo es un subterfugio para escapar del esfuerzo de pensar el pensamiento del Otro.

Por lo tanto, la intelectualidad del psicólogo no es la del erudito, ni la del hombre de ciencia, aunque las conserva como estadios superados, sino que nace como el fruto de la propia destrucción de las bases intelectuales a través del pensamiento radical. De la cisura negativa sobre la inteligencia del pensador, surge el pensamiento vivo del fenómeno, es decir que emerge el proceso psicoterapéutico que sirve como hogar para el advenimiento de la consciencia del fenómeno. Porque, después de todo, no es el ente el que piensa, sino que lo hace el logos que subyace al fenómeno, en la vida lógica que lo permea.

El pensamiento del psicólogo, por lo tanto, es aquel pensamiento que ha superado el pensar subjetivo, individualista, y ha permitido que sea el Otro quien piense. Ese es el verdadero amor al conocimiento, dejar que las ideas, en su andanza negativa, se conozcan a sí mismas al desplegarse, aún a pesar del hombre.

La psicología no debe ser una ciencia si aspira a ser psicológica

Logos del alma

El objetivo de la ciencia es una meta tecnológica sobre el mundo, que consiste en clasificar y sobreponer al objeto la mirada materialista a través de un método que despoja al fenómeno de su extrañeza y de su alteridad, para poder convertirlo en algo racional, fijo y manipulable. Este camino es muy eficiente pues la realidad se ajusta de forma servil a las diversas hipótesis científicas y gracias a este esfuerzo se ha logrado un avance tecnológico inusitado. Pero este valiente nuevo mundo, que parece dominado por el hombre, realmente es un producto del logos de la técnica que transforma a la realidad, paulatinamente, a su imagen y semejanza.

La psicología, en cambio, como la escucha atenta del logos de la psique, no puede darse el lujo de ser una ciencia si es que desea seguir su camino hacia sí misma, como su propio objeto, pues esto presupone que su posición ante el fenómeno es la de conservar su halo de misterio y, por lo tanto, de permanecer ante él mismo como un Otro. Su acercamiento al mundo, en consecuencia, no surge del deseo de desentrañar la verdad sino la de someterse a la labor de contenerla en su propia sintaxis y acompañarla hacia su realización; un objetivo que, por cierto, no yace en el futuro sino que ya ha ocurrido in illus tempore y precisamente por ya haber sucedido es que se puede alcanzar.

Tal es la diferencia entre un logos técnico y un logos de la psique, mientras la óptica científica experimenta con su objeto fuera de sí, la psicología es su propio objeto interiorizado en los fenómenos, los cuales permanecen en la vasija hermética del pensamiento, siendo cada uno de ellos absoluto y auto-produciendose de forma constante.

Cuando Heidegger decía que la ciencia no piensa, aludía a que lo interno de sí misma se le escapa en su esfuerzo pragmático por ocuparse del mundo, por expandir el logos de la técnica, por ello debe moverse con base a modelos prefijados y a un método invariable. La ciencia es calculadora y tiene es un método fijo de pensamiento. Aludir a la ausencia de pensamiento en cuanto a la ciencia no quiere decir considerar que ésta no sea útil o que los científicos no son inteligentes, pues al contrario son muy capaces y el saber científico es complejo y eficiente; simplemente se señala que el pensar de la ciencia es un pensar estable, técnico, determinado, que ya sabe o tiene hipótesis (las conclusiones que dormitan bajo el fenómeno) sobre lo que busca, es un pensamiento que no piensa sobre sí mismo y que imagina a su objeto como carente de un pensar propio para poder actuar sobre él.

En cambio, el ejercicio de la psicología exige un pensamiento reflexivo, sinuoso, que refleje el pensamiento del objeto de la psicología en su propia interioridad. A través del fenómeno la psicología se piensa a sí misma y el psicólogo va detrás del rastro dejado por esta meditación. No sabe lo que va a encontrar, pero se deja enseñar por todo lo que descubre, sin una ética determinada ni un método que lo ciña todo a una estructura predefinida. La psicología, en consecuencia, pertenece al ámbito de lo salvaje, de lo agreste, no sabe nada sobre su objeto más que el rastro que éste deja detrás de sí y en el camino el psicólogo habrá de ser devorado por sus propios perros de caza a fin de ser hallado por la verdad, pues es ella, la vida lógica, quien realmente produce la dimensión psicologica.

La dificultad intrínseca de la psicología

Logos del alma

Cuando hablamos de los temas de psicología y de la psicoterapia es común que cualquier persona crea que tiene la autoridad para poder emitir una opinión válida sobre el psiquismo, simplemente por que la experiencia con su propia psique se lo provee. Asistimos a una sarta de consejos bien intencionados y dictados desde el sentido común que pretenden hacerse pasar por eximias reflexiones psicológicas.

Pero este hecho no solo ocurre en boca de los legos de la materia, pues aún muchos profesionales de la psicoterapia conniven con el impulso por despojar de su fondo complejo a los saberes que han surgido de la investigación en el consultorio, a través de innumerables autores que han contribuido con su propia experiencia en el campo. Sin embargo, nadie haría lo mismo con un enunciado sobre la física de partículas, aun cuando todos estamos formados de éstas, nadie, que no sea un profesional educado en el arduo conocimiento de tal ciencia, pretendería decir algo valido desde su vivencia subjetiva.

Al comienzo de su libro: La vida lógica del alma, Wolfgang Giegerich da noticia sobre la negativa de Einstein para popularizar su ciencia, pues él consideraba que se requería un entrenamiento y procesos de abstracción complejos que solo podían adquirir aquellos que se dedicaran con entrega total a la disciplina. A continuación, Giegerich, se pregunta: ¿por qué no tendría que ser igual en el caso de la psicología?

El asunto implica que la psicología, y la psicoterapia, es un saber complejo, profundo, y que para entrar en él, el psicólogo debe hacer un esfuerzo prolongado y constante; dedicar su tiempo y su propia vida a tratar de atender cuestiones intelectualmente exigentes. El propósito no es solo la acumulación de saber sino la construcción de una mente refinada que pueda contener y hacer justicia a aquello sobre lo que se piensa. De nada sirve tener conocimientos si estos permanecen fuera del sujeto y no se adentran en él para llevar a cabo el desmembramiento teórico del mismo.

El saber no es un asunto sencillo ni indoloro, al contrario, supone un sacrificio voluntario ante cuestiones que consumirán la vida de quienes son llamados a esa amarga tarea, y no hay premios ni gratificaciones sino solo trabajo duro, a costa, muchas veces, de la vida personal de los escogidos por un tema.

¿Cuántos psicoterapeutas y aspirantes a psicólogos se conforman con aprender unas cuantas técnicas, unas cuantas palabras especializadas y algunos manuales que les dan cierta falsa certeza sobre lo que hablan, y forman así jugosos negocios aprovechándose de la credulidad de los legos? Son ellos los que se sirven de su disciplina.

Pero el verdadero psicólogo no está interesado en servirse de nada, al contrario sabe que debe perder su vida en pos de la perla más valiosa y es que solamente en el camino hacia la muerte se puede ser fiel a la lógica del alma, que no es otra cosa sino la massa confusa que el alquimista pone en su vasija hermética y a la cual le dedicará el resto de su vida para poder aprender de sus transformaciones.

Mateo 1: 1-17, la autogeneración del fenómeno

Logos del alma

En la numerología usada por Jung, el numero 4 es femenino y corresponde a la totalidad, el cuatro representa un proceso completo, una totalidad. El uno, en cambio, como unidad que aun no se despliega, se encuentra contenido en sí mismo a la espera de su desarrollo. El 1 y el 4 son dos facetas de un mismo proceso lógico, y podríamos pensarlos como una metáfora del hecho de que cualquier fenómeno que se exprese debe estar ya acabado, solo puede ser porque su totalidad ya está en si, aunque no para si, y en esta anticipación la búsqueda que se emprende inicia una vez alcanzada la meta. Hay diversas imágenes que hablan sobre este fenómeno, por ejemplo la del soñador que un día sueña con un tesoro en una tierra lejana y al llegar a ella y sufrir tormentos se da cuenta de que el tesoro siempre estuvo en su propia casa; o la de la búsqueda del Simurg, en donde los pájaros se reconocen en el objeto de su búsqueda. Este tipo de historias que son interpretadas de forma clásica como un movimiento de re-conocimiento iniciático tienen la desventaja de presentar estadios o momentos separados unos de otros, cuando realmente dichos momentos suceden al mismo tiempo, es la imagen quien los separa para poder observarlos.

Así, Jesus y Adan son dos momentos gemelos, y si seguimos algunas consideraciones teológicas podemos decir que Jesus precede a Adan, pero no solo por la hipóstasis de la trinidad, sino porque realmente Jesus se concibe a sí mismo, pues él representa al espíritu que se auto-contiene, que se niega a sí mismo con tal de generarse. Las generaciones que preceden a Cristo hablan de su propio despliegue, y del hecho de que Jesus preexiste a su encarnación como absoluta negatividad.

La educación socioemocional como herramienta neoliberal

Educación posmoderna, Logos del alma

La cuestión de sí hay una correcta y una incorrecta educación socio-emocional es una ilusión conceptual. El acento de ambas posturas está puesto en el priorizar las habilidades del ego para ser más eficiente, lo cual ya es un discurso neoliberal y solo puede existir en una sociedad capitalista como la nuestra. No hay un desarrollo socio-emocional liberado de la tarea de hacer del individuo una mejor maquina de producción; por más abierta o critica que sea la teoría del docente, terapeuta o psicólogo, su discurso cultural siempre será autorreferente, pues quien habla nunca es la persona sino la cultura. 

La cultura terapéutica es la narrativa del capitalismo posmoderno y puede tener muchas vertientes, algunas en apariencia más nobles que otras, pero al final todas desembocan en el mismo cauce. Cuando se recomienda a un alumno que maneje sus emociones de manera eficiente ya se esta culturizando al sujeto en la lógica maquinal de la industria, cuando se le insta al paciente a trabajar consigo mismo, como un ente autónomo, ya se está cargando sobre sus hombros un peso que solo puede llevar un individuo sumido en la búsqueda moderna de sentido, justo en el tiempo donde el sentido ya no reside en la esencia de lo humano. No importa si es coaching, transpersonal, psicoanálisis, junguiano, cognitivo conductual, psiquiatría, neurología, pedagogía etc., el hilo conductor es el acento en el valor del máximo rendimiento.

No se mal entienda la critica, pues es bastante preferible estar bien con uno mismo, tener una visión consciente de las emociones, reflexionar continuamente sobre las necesidades psíquicas, ello permite un margen de acción más amplio y más complejo. Pero no somos más libres, ni dejamos de ser maquinas, simplemente somos obreros más eficientes en la gran industria del desarrollo personal.