«Jung y Hegel» revisados1

Traducciones

O: El problema del alma del hombre moderno y la «duda que lo ha matado»

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Dreaming the Myth Onwards’, volumen VI de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 7, pp. 323-406

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Doce años después de la publicación de un artículo sobre la adopción de Jung de un empirismo basado en Kant y el rechazo del pensamiento especulativo de Hegel2 es posible sacar nuevas chispas del tema de Jung y Hegel.

Comenzaré con las mismas citas. En 1935 Jung escribió:

Kant, en particular, erigió una barrera a través del mundo mental que condenó a la inutilidad incluso el salto más audaz de la especulación en el objeto. El romanticismo fue la contrapartida lógica expresada con más fuerza, y más astutamente disfrazada, en Hegel, ese gran psicólogo vestido de filósofo. (CW 18 § 1734, trad. modif.)

En una carta también del mismo año 1935 (31 de julio, a Friedrich Seifert, que había contribuido con un artículo sobre Hegel y Jung al Festschrift de Jung), Jung escribió,

Siempre he pensado que Hegel era un psicólogo manqué, de la misma manera que yo soy un filósofo manqué. En cuanto a lo que es «auténtico», parece que lo decide el espíritu de la época…. Hegel me parece un pensador romántico en contraste con Kant y, por lo tanto, un típico hijo de su tiempo; y como romántico ya está en el camino de la psicología. La forma de pensar ya no es auténtica, sino que es un vehículo. (Letters I, p. 194, a Friedrich Seifert, 31 de julio de 1935)

(Un psicólogo manqué» es la traducción de ein uneigentlicher Psychologe, que significa: un psicólogo, sin duda, pero no un psicólogo en el verdadero sentido de la palabra, no formalmente ni propiamente; y en la frase «en cuanto a lo que es ‘auténtico'», «auténtico» es la traducción de eigentlich, lo contrario de uneigentlicher [Psychologe]).

La siguiente cita, muy cargada de emoción, procede de la obra probablemente más importante y definitiva de carácter estrictamente teórico que ha escrito JUNG, y no de comentarios más casuales en cartas originalmente no destinadas al acceso público. Al pertenecer a un ensayo publicado y aparecer en un contexto teórico absolutamente serio, la afirmación debe considerarse como bien concebida.

Creo que es obvio que todas las afirmaciones filosóficas que transgreden los límites de la razón son antropomórficas y no tienen ninguna validez más allá de la que corresponde a las afirmaciones psíquicamente condicionadas. Una filosofía como la de Hegel es una auto-revelación del fondo psíquico y, filosóficamente, una presunción. Psicológicamente, equivale a una invasión del inconsciente. El peculiar lenguaje altisonante que utiliza Hegel confirma este punto de vista: recuerda al lenguaje imperioso de los esquizofrénicos, que utilizan palabras terroríficas para reducir lo trascendente a la forma subjetiva, para dar a las banalidades el encanto de la novedad, o para hacer pasar los lugares comunes por sabiduría inquisitiva. Una terminología tan ampulosa es síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia. Pero eso no impide que la última filosofía alemana [esto se dirige con toda probabilidad a Heidegger, véase el pasaje citado a continuación, en el que se agrupa el lenguaje de Hegel y de Heidegger] utilice las mismas palabras de poder chifladas y finja que no se trata de psicología involuntaria. (CW 8 § 360, trad. modif.)

El último pasaje relativo a Hegel que quiero citar en este momento dice:

El punto de vista de Aristóteles nunca me había atraído especialmente; tampoco Hegel, que en mi muy incompetente opinión ni siquiera es un filósofo propiamente dicho, sino un psicólogo fracasado. Su lenguaje imposible, que comparte con su hermano de sangre Heidegger, denota que su filosofía es una confesión altamente racionalizada y profusamente decorada de su inconsciente. (Carta a Joseph F. Rychlak del 27 de abril de 1959, Letters 2, p. 501.)

A Hegel, uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos, se le imputa la peor acusación imaginable para un filósofo, a saber, que no era realmente un filósofo en absoluto, que simplemente pretendía serlo e incluso disimulaba astutamente su debilidad (filosófica), su ineptitud y su falta de sustancia ocultándolas tras una fachada de palabras de poder descabelladas. Filosóficamente, su obra es una «presunción», un «ropaje» profusamente decorado. En otras palabras, Hegel es un charlatán, un fraude. Jung desecha a Hegel de forma prepotente.

Por muy improbable que sea esta desestimación generalizada de Hegel, podría, por supuesto, existir la posibilidad teórica de que Jung viera realmente algo, viera a través de algo, algo que otros no fueron capaces de ver. Quizá los miles de estudiosos que tienen a Hegel en alta estima precisamente como filósofo, como verdadero pensador, simplemente cayeron en el «astuto disfraz» de Hegel. Así que, para empezar, tendremos que examinar dos cuestiones. (1) ¿Apoyan «los hechos», la apariencia fenomenológica del cuerpo de la filosofía de Hegel, de alguna manera, los cargos de Jung en lo que respecta a sus acusaciones específicas? ¿Hay alguna evidencia en la obra de Hegel en su conjunto para la visión que Jung tiene de ella? (2) ¿Hasta qué punto era Jung competente y estaba cualificado para juzgar a Hegel? ¿Cuál era su base de conocimientos sobre él, su familiaridad con su obra? Y además, ¿hasta qué punto Jung tenía un auténtico acceso al pensamiento filosófico, a «la forma pensante», en general?

1. PROYECCIÓN

El primer punto de Jung es que la filosofía de Hegel es la mera «racionalización» de «afirmaciones psíquicamente condicionadas», una «confesión de su inconsciente». En ella obtenemos una «autorrevelación del fondo psíquico» (CW 8 § 359). Su obra expresa los contenidos del inconsciente «con la mayor fuerza» (ibíd.). «La forma pensante [denkerische Form, la forma específicamente filosófica, la forma del pensamiento] ya no es auténtica, sino que es un vehículo».

Un contemporáneo de Hegel, que en realidad lo criticaba porque consideraba que en el pensamiento de Hegel «el fuego seco de la inteligencia» «succiona toda la vida húmeda de la naturaleza», y que personalmente prefería «la brisa fresca y primaveral que respira por todas partes en la Naturphilosophie de Schelling», reconocía sin embargo: «No he encontrado en ninguna parte …. una fuerza mayor para sujetar un pensamiento puro y obligarlo a explicar todos los momentos inmanentes del concepto».3 Por supuesto, esto es sólo una opinión, la opinión de una persona, y como tal no demuestra nada. Pero al menos muestra que puede existir la opinión de que Hegel merece las más altas calificaciones precisamente en lo que respecta a «la forma pensante» y al «fuego seco de la inteligencia». El «fuego seco de la inteligencia», si fuera una apreciación correcta, excluiría toda posibilidad de que la obra de Hegel no fuera más que la «confesión de su inconsciente» subjetivo y su forma filosófica un mero ropaje o vehículo, porque «confesión de su inconsciente» y «autorrevelación del fondo psíquico» significan que la verdadera fuente y sustancia material de su filosofía fue lo que surgió espontáneamente (¡Jung habla incluso de «una invasión»!) a la manera de sus imaginaciones e ideas autistas4 desde el interior de su propia personalidad. No hay «relación de objeto». Lo que la interpretación de Jung excluye totalmente es la posibilidad de que la filosofía de Hegel sea precisamente el reflejo de la relación cognoscitiva del sujeto (Hegel) con un objeto, de una interacción entre sujeto y objeto, es decir, que su pensamiento derivara de la experiencia del mundo despierto de Hegel como mente pensante, de su percepción y absorción pensante de lo que ocurría en el mundo (así como de la existencia humana en el mundo en general) y del procesamiento de todo ello en las profundidades de su mente, dando una respuesta humana e inteligente a las preguntas y conflictos inherentes a su tiempo y a nuestro ser humanos. «La confesión de su inconsciente» implica un individuo solitario, aislado y encerrado en sí mismo y sus experiencias fundamentalmente privadas que surgen exclusivamente desde dentro, desde su interior, desde «el inconsciente», como algo totalmente ajeno al mundo que le rodea, a la experiencia pública de la vida, a la realidad social e histórica en la que vivió y a lo que sólo puede conocerse a través del estudio y el aprendizaje serios, por un lado, y a través de la experiencia empírica de la realidad, por otro.

El paradigma que subyace a la interpretación de Jung de Hegel en términos de una «invasión del inconsciente» lo encontramos en la propia autointerpretación de Jung, su fantasía sobre el origen de su propia obra. Al final del capítulo sobre su «Confrontación con el inconsciente» durante los años de desorientación después de su separación de Freud (1912-1917), resumiendo el significado de este período para su vida y su obra, Jung afirma:

De joven mi objetivo había sido lograr algo en mi ciencia. Pero entonces, di con esta corriente de lava, y la pasión contenida en el calor de su fuego reconfiguró mi vida y la puso bajo un nuevo orden. Esa fue la materia primordial [Urstoff] que lo impulsó, y mis obras son el esfuerzo más o menos exitoso de incorporar esta materia incandescente a la visión del mundo de mi tiempo…. / … Toda mi actividad posterior consistió en elaborar lo que durante esos años había irrumpido del inconsciente y que al principio me inundó. (MDR p. 199, trad. modif.)

Tenemos en esta fantasía una distinción entre las esferas mutuamente excluyentes de la ciencia (así como de «la visión del mundo de su tiempo»), por un lado, y la corriente de lava, por otro. La ciencia es fundamentalmente un proyecto público. Es (a) en principio intersubjetiva, así como (b) basada en lo que por Brentano y en la fenomenología de Husserl se llama la intencionalidad de la conciencia, la conciencia está necesariamente dirigida a algún objeto. La intencionalidad implica una diferencia fundamental o vis-à-vis entre sujeto y objeto y, por tanto, una interrelación entre «dos». En el ámbito de la intencionalidad de este tipo, la verdad es la adaequatio rei et intellectus, la correspondencia entre lo que la mente humana piensa (sus juicios) sobre la realidad y la realidad misma. La experiencia de una corriente interior de lava, por el contrario, es lo contrario en ambos aspectos. Es (a) completamente «autista» o «solipsista», si se me permite decirlo, y (b) la conciencia está invadida o empantanada, es decir, toda la entrada proviene de la materia primordial dentro del propio sujeto y precisamente no por haber dirigido la conciencia su atención, en el sentido de la intencionalidad, hacia algún objeto, algún Otro fuera de sí misma. La corriente de lava no corresponde (ni tiene que hacerlo) a nada fuera de sí misma. Se basta a sí misma, es fundamentalmente monocéntrica, e incluso derrama su «verdad» sobre el sujeto, inundándolo con su «verdad», subsumiéndolo bajo sí misma, forzando violentamente una identidad sin fisuras y una sintonía yoica del sujeto con lo que lo inundó. Su «verdad» no tiene el carácter de «afirmación sobre…» que tendría que ser justificada en el sentido de un rationem reddere o logon didonai. Ésta ES no otra cosa sino su poder, su ser. Su poderosa existencia es su «justificación», la única justificación que se le exige. Sólo se revela a sí misma y, por lo tanto, qua autorrevelación, autorrepresentación, se presenta a priori como verdadera. Por eso Jung dice de la psicología «Su verdad es un hecho y no un juicio. Cuando la psicología habla, por ejemplo, del motivo del nacimiento virginal, sólo se ocupa del hecho de que existe tal idea, pero no se ocupa de la cuestión de si tal idea es verdadera o falsa en cualquier otro sentido. La idea es psicológicamente verdadera en tanto que existe» (CW 11 § 4). «Hecho» implica una mismidad o identidad originaria, hablando alquímicamente la unio naturalis ininterrumpida. «Juicio» (Urteil5 ), por el contrario, presupone una diferencia o dualidad, la disociación de la unidad primordial en sujeto y predicado y su conjunción mediante la cópula.

La intencionalidad implica una distancia, como dicen los fenomenólogos, entre la noesis y el noema, y un acto (a saber, la noesis) por parte del sujeto, la mente. Si la conciencia está empantanada, hay en cambio un ser-informado absolutamente inmediato, un saber inmediato. No hay distancia y diferencia que deba ser salvada por un acto de cognición. La conciencia no tiene que realizar ningún acto intencional. Por el contrario, todos los intentos por parte del sujeto de volverse activo y relacionarse con cualquier objeto son sencillamente arrasados por la irrupción de la corriente de lava, que es el único sujeto activo y reduce la conciencia a un receptor pasivo.6 Por eso también Jung, en el momento en que experimentó la irrupción de estas fantasías abrumadoras, temió seriamente volverse loco y por eso tampoco tiene reparos en hablar del lenguaje de Hegel como una reminiscencia del «esquizofrénico (Machtsprache’)» («el [lenguaje imperioso de] los esquizofrénicos»), al igual que en una improvisada charla oral del año 1959 se atrevió a decir sobre Heidegger, a quien, después de todo, consideraba hermano de sangre de Hegel: «Ellos [los locos] inventan por ejemplo un lenguaje especial. Tienen estos neologismos, se expresan hiperbólicamente, como por ejemplo Heidegger, … y no se dan cuenta de que se repliegan en «palabras de poder», en las palabras mágicas de los primitivos.»7

En opinión de Jung, Hegel era, por así decirlo, completamente autista, en el sentido de que estaba abrumado por el inconsciente y no tenía ninguna relación real con el mundo que le rodeaba. En contraste con Kant, que «puso ciertos límites al conocimiento humano en general», y en contraste con «la ciencia natural y el sentido común», que «sin dificultad se ajustaron» a esos límites, Hegel, según Jung, «proyectó grandes verdades fuera de la esfera del sujeto en un cosmos que él mismo había creado» (CW 8 § 358, trad. modif.). En otras palabras, ni siquiera las proyectó en el mundo real; la filosofía de Hegel no se compromete en absoluto con el mundo, con la realidad. Se quedó encerrado en su idios kosmos (que es la concepción de la que hemos sacado la palabra «idiota») o, como dijo el propio Jung, «me pareció un hombre que estaba enjaulado en el edificio de sus propias palabras y encima de él con aire orgulloso se pavoneaba en su prisión» (MDR p. 69, transi. modif.),8 su propio manicomio privado.9

Ahora bien, comparando este punto de vista de Jung con la filosofía de Hegel, cualquiera que tenga algún conocimiento al respecto sólo puede decir que se trata de una interpretación absurda, que por sí misma no entra en contacto de ninguna manera con la realidad, aquí: con el verdadero Hegel. Con este punto de vista Jung se queda encerrado en una fantasía propia que proyecta sobre Hegel.

Sobre Schelling, su amigo y compañero de habitación desde la época de estudiante, Hegel dijo más tarde: «Absolvió su formación filosófica ante el público». Esta afirmación se refería al hecho de que Schelling, como prodigio intelectual que era, a partir de los 18 años escribió y publicó en rápida sucesión una obra filosófica tras otra, revisando una y otra vez sus concepciones y llegando así poco a poco a su propia meta. Hegel, por el contrario, permaneció en silencio públicamente durante mucho tiempo, emprendiendo los más amplios estudios en diversos campos, adquiriendo para sí mismo una sólida base de conocimientos, extrayendo pacientemente todo tipo de obras de diferentes campos, con el resultado de que de este modo adquirió una familiaridad enciclopédica actualizada con el conocimiento de su tiempo. Y durante toda su vida se mantuvo al corriente de las nuevas investigaciones que se realizaban. Sólo este hecho demuestra que Hegel era todo menos «autista» o «solipsista», su obra todo menos una «confesión» subjetiva. En el Prefacio a la Fenomenología del Espíritu, Hegel escribió: «Porque la naturaleza de la humanidad es presionar hacia el acuerdo con los demás; la naturaleza humana sólo existe realmente en una comunidad de mentes lograda. Lo antihumano, lo meramente animal, consiste en permanecer dentro de la esfera del sentimiento, y ser capaz de comunicarse sólo a ese nivel». Y ridiculizó el hecho de que «el hombre de sentido común hace su apelación al sentimiento, a un oráculo dentro de su pecho». ¡El oráculo dentro de su pecho! Es decir, exactamente aquello de lo que Jung le acusaba, mientras él mismo se apoyaba en ello. Porque ¿qué es «lo que durante esos años había irrumpido desde el inconsciente y al principio me anegó» sino este oráculo del interior de su pecho?

La aportación material con la que Hegel trabajaba venía de fuera, no de dentro. Así, para decirlo en términos fenomenológicos modernos, estaba definitivamente dominado por la «intencionalidad» de la conciencia, o, para decirlo aún en otros términos, la libido que se expresa en su filosofía es, por así decirlo, «extravertida», dirigida hacia «el objeto», en lugar de «introvertida». Su interés no son las «revelaciones» del interior, sino el conocimiento y la perspicacia reales, y el conocimiento y la perspicacia sobre lo que se había descubierto por medios empíricos, así como por la teorización intelectual de sus contemporáneos y de los que le precedieron. Todo esto debía ser pensado y comprendido. Por ello, su obra filosófica se nutre y se basa sólidamente en los conocimientos de su tiempo y muestra su verdadero contacto con el mundo. Ciertamente, no hay ni rastro de que esté «enjaulado en el edificio de sus propias palabras». En toda su obra se dedica a la comprensión de lo Real, ya sea el mundo natural o los mundos social, económico y político, o la conciencia y la psicología humanas, el Derecho y la vida ética, las artes, las religiones de la humanidad, la historia del pensamiento, etc.

También fue un astuto observador de las dramáticas revoluciones y cambios políticos y sociales de su época. Un detalle biográfico como el de que todos los años abría una botella de vino o de champán el 14 de julio y la bebía en conmemoración del asalto a la Bastilla delata su conexión interior con el mundo real que le rodeaba.10

Que llamara a su obra sobre la lógica Ciencia de la Lógica no es un «disfraz astuto» de algo que en verdad es de naturaleza proyectiva, una especie filosófica de «imaginación activa». Al margen de la cuestión de si se está de acuerdo o no con sus resultados, no se puede negar que en su forma esta obra es realmente un estudio «científico»11. Aunque la Lógica examina las formas o determinaciones más abstractas del pensamiento mismo, este tema es como cualquier otro, más concreto, que le viene dado objetivamente al investigador, a saber, por toda la historia del pensamiento anterior a él, así como por la historia del pensamiento específico sobre el pensamiento (la lógica), y por tanto no es, por supuesto, una confesión.

De nuevo en el Prefacio a su Fenomenología del Espíritu, Hegel describió lo que en su opinión era la tarea de la filosofía y que debía ser su forma. «La verdadera forma en la que existe la verdad sólo puede ser el sistema científico de dicha verdad. Ayudar a que la filosofía se acerque a la forma de la Ciencia, a la meta en la que pueda dejar de lado el título de ‘amor al saber’ y ser un saber real, eso es lo que me he propuesto hacer.» ¡La forma de la ciencia frente a la corriente de lava! Dos ideas opuestas y mutuamente excluyentes. Jung tacha el carácter racional de las obras de Hegel como nada más que una «racionalización» secundaria de lo que en verdad son «afirmaciones psíquicamente condicionadas» (CW 8 § 360, trad. modif.). Pero para Hegel el carácter racional, la forma de la ciencia, era el objetivo primordial. Para él, todo el asunto de la filosofía consiste en eso.

Y también podemos afirmar que la declaración subjetiva de Hegel sobre lo que pretendía hacer está plenamente corroborada por el carácter real y el espíritu de su obra en su conjunto. Su atención se centra siempre en die Sache, la cuestión o materia, su objetivo «el conocimiento de lo que es». «Y a la inversa, su desprecio se dirige una y otra vez a todas las exposiciones de la filosofía que ven el propósito de la filosofía en «suprimir las diferenciaciones de la Noción y restaurar el sentimiento del ser esencial», en resumen en «proporcionar edificación en lugar de conocimiento» y «el fermento del entusiasmo». «Pero la filosofía debe cuidarse del deseo de ser edificante».12 El impulso que impulsa su obra es claramente contrario a cualquier tipo de autoexpresión o a ofrecerse como portavoz pasivo de una «autorrevelación del fondo psíquico». Si Hegel despreciaba algo, entonces habría sido lo que Jung le imputa, a saber, proyectar «grandes verdades fuera de la esfera del sujeto en un cosmos que él mismo había creado». Tales «grandes verdades», o como el mismo Hegel lo expresó, «el conocimiento inmediato del Absoluto», eran precisamente absolutamente inútiles en su opinión. «Pero sería mejor, con mucho, ahorrarse el esfuerzo de sacar a la luz verdades últimas de ese tipo; pues hace tiempo que están disponibles en los catecismos o en los dichos populares, etc.»13 No el «Absoluto», sino el Concepto o la Noción elaborada, es decir, el conocimiento conceptual de lo que hay que conocer, era para él la tarea de la filosofía, el relato racional cuidadoso de lo real.

Lo más revelador es, por supuesto, el papel del escepticismo en el pensamiento de Hegel. Él tenía en un alto concepto al escepticismo griego, pero además concebía expresamente el movimiento del pensamiento, y por tanto también específicamente el movimiento de su propio proyecto filosófico, como «este escepticismo exhaustivo»14 (dieser sich selbst vollbringende Skeptizismus, es decir, un escepticismo que se realiza a sí mismo llegando hasta el final), como una profundización de la duda metodológica cartesiana (Zweifel) en la Verzweiflung (también metodológica), la desesperación, en el sentido de un abandono sin remedio de la posición dudada. A la vista de tal postura, ¿se puede considerar con respecto a Hegel la idea de una «confesión profusamente decorada de su inconsciente»? El principio metodológico de su obra es precisamente, podríamos decir, la negación sistemática determinada de cualquier «decoración fastuosa» con la que vienen originalmente las ideas.

El compromiso «extravertido» de Hegel (si se me permite utilizar esta jerga junguiana para resaltar la diferencia con la imagen que Jung pinta de Hegel) «con los hechos» se muestra también de forma bastante evidente en otro rasgo característico bastante diferente de su proceder. Las obras que produjo fueron concebidas fundamentalmente como «obras en curso». Nunca pensó en ellas como algo parecido a la última palabra sobre cualquiera que fuera el tema o como «sabiduría última». Refiriéndose a la historia de que Platón supuestamente había revisado siete veces sus libros sobre la República, expresó con resignación, en el prefacio a la segunda edición del primer libro de la Ciencia de la Lógica, el deseo de «que para una obra que, por pertenecer al mundo moderno, se enfrenta a un principio más profundo, a una materia más difícil y a un material más rico en compendio, se hubiera tenido tiempo de revisarla siete y setenta veces». No dudó en cambiar sus anteriores exposiciones y puntos de vista. Por ejemplo, la alta estimación de la imaginación productiva (produktive Einbildungskraft) que todavía expresaba en su primera obra Fe y conocimiento (1802) dio paso a la concepción fundamentalmente diferente en su Enciclopedia (1830) de que no la Einbildungskraft, sino la Gedächtnis (memoria), como memoria «retentiva», «reproductiva» y «mecánica», proporciona la transición al pensamiento: «Pensamos en nombres», es decir, en signos fundamentalmente externos (§§ 461 y siguientes). Y en sus conferencias universitarias sobre un mismo tema, que a lo largo de los años pronunció varias veces, especialmente en las de religión, se puede ver muy bien cómo cada vez no sólo tenía en cuenta la nueva literatura que había aparecido entretanto (como las primeras traducciones a lenguas europeas de textos clásicos de la India, Persia, China) y las incorporaba a su filosofía de la religión, sino que también seguía revisando ciertos aspectos de la concepción básica para acercarse a una descripción adecuada. Siguió luchando con las cuestiones, en el caso de las religiones con las religiones que habían aparecido de hecho en la historia de la humanidad y su fenomenología objetiva y desarrollo histórico, no con sus opiniones personales sobre lo que debería ser la religión y lo que uno «debería» creer.

Y también está el estilo de sus obras, el estilo considerado frase a frase. Está comprometido con la «labor del concepto», la «disciplina del pensamiento» y, despreciando toda impaciencia, sigue paso a paso «la fría marcha de la necesidad en la cosa misma [der kalt fortschreitenden Notwendigkeit der Sache]». Se ofrece una explicación detallada del contenido de cada fenómeno o pensamiento. Ya he citado a v Lasaulx diciendo: «No he encontrado en ninguna parte …. una fuerza mayor para sujetar el pensamiento puro y obligarlo a explicar todos los momentos inmanentes del concepto». Está claro que no es la autoexpresión. Un trabajo paciente y duro. Y, sin embargo, no es trabajo en el sentido de manipulación.

En lo que respecta a la naturaleza en particular, fue el singular logro de la filosofía de la naturaleza de Hegel (Philosophie der Natur, en claro contraste, por ejemplo, con la Naturphilosophie de Schelling) el desahogar, de manera crítica, el estudio empírico de la naturaleza de todas las categorías metafísicas que la mente, consciente o inconscientemente, aún arrastraba, liberándola así para dedicarse a toda la riqueza de la experiencia concreta no anticipable. Esto fue el resultado del hecho de que para Hegel la Idea es, ciertamente, en sí misma divina, pero como Naturaleza aparece en, liberada en, la forma de su alteridad y exterioridad.

Jung nos enseñó a iniciar una imaginación activa manteniendo la mirada tranquila y desapasionada, por ejemplo, sobre una figura del sueño hasta que ésta comience a moverse. Podemos utilizar esta imagen como analogía estructural, en el ámbito de la intuición y la imaginación, de lo que ocurre en Hegel en el ámbito del pensamiento. Hegel pone, por así decirlo, una tesis inicial, un pensamiento o un fenómeno como su materia prima en una réplica, manteniéndola fija en ella, y «mirándola» atentamente, o escuchando de cerca lo que precisamente afirma, se da cuenta de su automovimiento, un automovimiento a través del cual tanto explica una por una sus determinaciones de pensamiento inmanentes, como cada vez se demuestra que en verdad está en contradicción con lo que su afirmación era, de modo que se sublima, pasando a su contrario. La sublación no es infligida al pensamiento inicial por el filósofo. Él es sólo el «observador» de su auto-sublación, auto-sublación que es representada por él y se convierte en plausible para la mente reflexiva. Pero en ambos casos, en la imaginación activa y en el pensamiento de Hegel, el automovimiento de la imagen o del pensamiento, respectivamente, sólo puede producirse si existe la «mirada» devota de una mente consciente. Esta mirada intencionada por parte del adepto es, por así decirlo, la indispensable bebida de sangre proporcionada por un visitante humano, como Odiseo, a las almas muertas en el inframundo, que es la única que permite que su memoria (de otro modo dormida) vuelva a las sombras.

La diferencia fundamental con el automovimiento en la imaginación activa es que lo que sucederá en la imaginación está determinado por numerosos factores extraños desconocidos (la personalidad de quien la practica, sus recuerdos, las contingencias de la historia de la persona y las condiciones de vida actuales, etc.), mientras que el automovimiento del concepto simplemente despliega una especie de análisis (en el sentido kantiano) de los momentos inmanentes del propio concepto, su «memoria», su vida interna. Por eso Hegel hablaba de «la marcha fría de la necesidad….» Y es posible porque el concepto está, por así decirlo, herméticamente encerrado en la retorta. La imaginación también puede seguir leyes, sus propias leyes, pero especialmente en el caso de la fantasía activa deliberada de una persona común y corriente moderna -en contraste con las grandes obras de la literatura o el arte- está muy contaminada por factores subjetivos fortuitos y además suele tener un carácter «sintético», pasando narrativa y aditivamente de una imagen a otra, una especie de deslizamiento de los significantes. La imaginación activa, como la imaginación en general, no suele tener un recipiente de contención ni un cierre hermético. Puede seguir y seguir, y el auto-movimiento de la imagen puede salir y alejarse en todo tipo de direcciones diferentes y hacia nuevas imágenes. Pero el concepto no. No puede salir. Al estar firmemente encerrado en la retorta, su automovimiento se ve obligado a entrar en sí mismo.

Jung, ha quedado claro, no tiene ninguna base para sostener su audaz afirmación de que Hegel no es verdaderamente un filósofo y que la «forma de pensar» es inauténtica en su caso. Su «Hegel» es un producto de su imaginación.

Además, hay otra acusación que Jung formuló contra Hegel, la de su lenguaje altisonante, ampuloso e imperioso y sus palabras de poder chifladas. Pero sólo podemos hablar de ello después de haber discutido la cuestión de la competencia y la cualificación de Jung como crítico de la filosofía y el estilo de Hegel.

2. IGNORANCIA

En una carta del año 1959, de la que he citado una parte antes, Jung escribió en respuesta a una pregunta sobre la influencia de la filosofía de Hegel en la obra de Jung:

En el mundo intelectual en el que crecí, el pensamiento hegeliano no jugaba ningún papel; … La dialéctica de Hegel, puedo decir sin temor a equivocarme, no tuvo ninguna influencia, que yo sepa… / Nunca he estudiado bien a Hegel, es decir, sus obras originales. No hay posibilidad de inferir una dependencia directa … Hay, por supuesto, una notable coincidencia entre ciertos principios de la filosofía hegeliana y mis descubrimientos sobre el inconsciente colectivo (Letters 2, pp. 501 y s., a Rychlak, 27 de abril de 1959).

Según su propia declaración explícita, Jung nunca había estudiado las obras de Hegel y puede excluir la posibilidad de una influencia directa. Todo lo que sabía o creía sobre Hegel debía proceder, pues, de fuentes secundarias.

Ahora bien, es posible que Jung, en su vejez, no recuerde correctamente, o que tenga razones para restarle importancia a cualquier familiaridad con la obra de Hegel. Pero hay algunas pruebas en la obra de Jung que hablan a favor de la corrección de la información que Jung dio sobre su conocimiento de Hegel y de la posibilidad de una influencia directa de Hegel sobre él.

El carácter de la obra de Jung en su conjunto habla en contra de tal influencia. No hay ninguna afinidad estructural entre sus planteamientos y los de Hegel. Incluso la supuesta «notable coincidencia entre ciertos principios de la filosofía hegeliana y mis descubrimientos sobre el inconsciente colectivo» aparecen como tales probablemente sólo para los observadores superficiales que no entienden realmente a uno de los dos autores o a ambos. En lugar de pensar realmente pensamientos, Jung simplemente tiene pensamientos, es decir, contempla las ideas como contenidos de la conciencia, como objetos frente a la conciencia. Disfruta de los misterios, de las paradojas, de las ideas especulativas enigmáticas (como el «cuerpo sutil»), de las imágenes míticas, de las afirmaciones de sabiduría, pero él como sujeto se queda frente a ellas, como espectador o consumidor. Basta ver cómo trabajó con los conceptos de la privatio boni, la Trinidad, la Encarnación y la kenôsis, la prueba ontológica de Dios, para darse cuenta de que no los aborda pensantemente y como pensamientos, sino como ideas de cosa, ideas sobre las que razona (en la reflexión externa), como un niño juega con ladrillos de construcción. Del mismo modo, por la forma en que percibe el pensamiento de Kant, se ve que se hace una simple visión del mundo (algo que hay que imaginar pictóricamente) y una epistemología a partir de ella y no entra en la esfera del pensamiento de Kant.

Es cierto que el término «dialéctico» aparece en Jung como en Hegel, lo que podría hacer creer que hay cierta afinidad, pero tiene un significado fundamentalmente diferente, que se refiere en Jung a la interacción en la terapia entre dos «sistemas psíquicos». En general, Jung piensa en términos de opuestos de entidad y no de dialéctica. No entra en absoluto en la esfera del pensamiento. La «función trascendente», que a veces se considera un paralelismo con la dialéctica de Hegel, es incompatible con la dialéctica hegeliana, ya que opera, como lo hace, con opuestos fijos que se excluyen mutuamente (véase la idea favorita de Jung de una «colisión de funciones») y con la idea de un surgimiento impredecible de un tercero reconciliador. Para Hegel, por el contrario, el momento dialéctico «es la autosublación de tales determinaciones finitas y su paso a sus contrarios» (Encyclop. , 3rd ed., § 81) ….

En Tipos psicológicos, en el capítulo «Definiciones», sub voce «IDEA», Jung habla brevemente (en tres frases) de la «idea» de Hegel y cita así dos afirmaciones o frases de Hegel (CW 6 § 735 = GW 6 § 814). En dos notas a pie de página proporciona los números de página de dos obras de Hegel como referencias. Aquí tenemos que recurrir al original alemán, porque la edición inglesa de las obras de Jung borra el rasgo que quiero señalar. La nota a pie de página de la primera cita dice escuetamente: «Ästhetik. I, 138.» La otra nota a pie de página, en consecuencia: «Logik. III, p. 242 s.» Hasta aquí todo bien. Estas notas a pie de página nos dan la impresión de que Jung citó esas dos obras de Hegel. Pero cuando se acude ahora a la bibliografía al final del libro para obtener el título completo y los datos bibliográficos de las obras, se descubre una nota añadida a la entrada de la bibliografía que dice: «Citado en Eisler, R.: Wörterbuch der philosophischen Begriffe (Diccionario de conceptos filosóficos). 3rd edition, Berlin 1910″ (traducción mía). Y al mirar el Wörterbuch der philosophischen Begriffe de Eisler, uno encuentra que incluso lo que Jung dijo en este breve párrafo suyo sobre la «idea» en Hegel también está tomado más o menos directamente de la breve y bastante descabellada discusión de Eisler. Incluso el mismo hecho externo de que en las notas a pie de página inmediatamente consecutivas de Jung el número de página se da inconsistentemente una vez sin y otra con una «p.» precedente parece indicar que las referencias de página han sido copiadas directamente de Eisler, donde encontramos la misma inconsistencia.15

Creo que este pequeño ejemplo es un apoyo bastante concluyente para la propia afirmación de Jung de que «nunca he estudiado a Hegel propiamente, es decir, sus obras originales». Al querer decir algo sobre el concepto central de la lógica de Hegel y de su filosofía en general, la idea, tuvo que recurrir a un diccionario filosófico general y copiar afirmaciones de su texto directamente en el suyo. E incluso lo que dijo en este caso me parece que indica que no tuvo ningún acceso directo a la obra de Hegel, porque la afirmación de que «Hegel hipostasia la idea completamente» es, reportada como fuera de contexto y sin calificaciones, simplemente ingenua. El hecho de que el contenido específico del término «idea» en el pensamiento de Hegel se desvíe así de este término en todo el discurso filosófico anterior y pertenezca sólo a Hegel debería haber prohibido la afirmación de Jung, una afirmación que trata de sugerir que Hegel simplemente hizo algo (algo ilegítimo, por cierto) a la «misma» «idea» tradicionalmente conocida, a saber, que la «hipostasiaba». Sabemos lo que esto significaba a los ojos de Jung. Significaba el «pecado mortal de hacer una afirmación metafísica, es decir, hipostasiar un mero noúmeno, una cosa en sí…» (MDR p. 70, trad. modif. Jung se refiere aquí a Schopenhauer). Pero todo esto es un sinsentido. En Hegel no ocurre nada de eso. Si Jung hubiera estudiado a Hegel, difícilmente podría haber hecho tal afirmación. Pero si obtuvo su información sobre Hegel sólo de diccionarios filosóficos generales y otra literatura secundaria de este tipo, uno no puede sorprenderse.

Tampoco puede sorprender que Jung repita como un loro en otros casos los prejuicios populares basados en la ignorancia de los hechos, lo que apoya de nuevo la idea de que sólo se basó en fuentes secundarias y en rumores. En una conferencia temprana, también sobre «Tipos psicológicos» (CW 6 § 865), Jung, hablando de los individuos «de mente labil» de James, hace los siguientes comentarios: «Les importan poco los hechos, y la multiplicidad de los fenómenos empíricos apenas les molesta o desconcierta; encajan a la fuerza los datos en sus construcciones ideales, y reducen todo a sus premisas a priori. Este fue el método de Hegel al establecer de antemano el número de los planetas». No puede ser nuestra tarea aquí entrar en la cuestión aludida. Lo único que hay que señalar en nuestro contexto es que se trata de otro ejemplo en el que Jung recoge alguna afirmación copiada de un autor desinformado a otro sin que nadie haya acudido al propio texto de Hegel, en este caso a su temprana Dissertatio Philosophica de Orbitis Planetarum, donde podría haber encontrado que lo que se afirma es lo contrario. Walter Jaeschke, comentando esta idea errónea ampliamente difundida, dice: «Esta crítica común hasta el momento presenta aquí, con una mezcla confusa de antipatía e ignorancia, el ejemplo de un «mundo invertido»: Hegel, el supuesto pensador especulador y enemigo del conocimiento empírico, [de hecho] argumenta precisamente en contra de sacar conclusiones sobre la realidad empírica a partir de modelos abstractos…»16 Quien esté interesado en los hechos debería consultar la obra citada de Hegel y el cuidadoso comentario que se ofrece en una nueva edición de la misma.17 En cualquier caso, vemos que al menos en este caso fue Jung quien «se preocupó poco por los hechos y encajó a la fuerza a Hegel en su construcción ideal», precisamente acusando a este último de esta misma falta.

Asimismo, en otro momento Jung afirma: «Hegel era el filósofo del Estado prusiano, considerado como un famoso sabio ….. Hegel era un filósofo en un sistema político definido; siempre se encuentra un tipo así en cada sistema político, es decir, el asno enjaezado por los poderes de la tierra al carro político».18 Una vez más, se trata de un prejuicio popular que se transmite sin sentido de un autor a otro, sin que adquieran un conocimiento propio sobre lo que están haciendo afirmaciones audaces. Von Franz, por cierto, repite la misma opinión sobre Hegel.19 A juzgar por su referencia, ella también obtuvo su «conocimiento» sobre Hegel sólo de la literatura secundaria (aparte, por supuesto, del hecho de que probablemente había escuchado las conferencias de Jung). No se puede exponer aquí lo errónea que es esta idea de Hegel como «el filósofo del estado prusiano» y como «el asno enjaezado por los poderes de la tierra al carro político». Ya se ha escrito bastante sobre el tema. Sólo citaré aquí a un autor reciente que escribe en inglés. Terry Pinkard en su Hegel. A Biography, señala «las mordaces referencias de Hegel a K.L. von Haller, que era más o menos el filósofo ‘oficial’ de los elementos más reaccionarios de la corte prusiana». «Hegel proporciona largas citas de la obra de Haller para ilustrar lo que considera sus idioteces, y arremete contra él con el tipo de polémica sarcástica que siempre reveló el lado más agresivo de Hegel. Habría sido difícil (especialmente en aquellos tiempos) lanzar un ataque más claro contra la ideología dominante de los elementos reaccionarios de la corte …»20 En una nota (n. 97, en la p. 726) Pinkard recuerda al lector el hecho de que «Allen Wood en G.W.F. Hegel, Elementos de la filosofía del derecho demuestra la clara afinidad entre el texto de Hegel y los objetivos de los reformistas prusianos como Stein». Y antes había relatado que Hegel, como en todos los años (ya lo había mencionado) también en 1820 brindó por el asalto a la Bastilla el 14 de julio, incluso de forma pública en compañía de muchos estudiantes y amigos y «en pleno apogeo de la reacción y en un momento en que él mismo podría haber estado en peligro» (p. 451).21

En CW 6 § 66, en el contexto de su discusión sobre la prueba ontológica de Dios, Jung escribe: «Hegel lanzó el reproche a Kant de que no se podía comparar el concepto de Dios con un imaginario de cien táleros. Pero, como señaló Kant con razón, la lógica despoja de todo contenido, pues ya no sería lógica si prevaleciera un contenido.» Una réplica ingenua, y otra indicación de que Jung no se familiarizó con el pensamiento de Hegel. No tiene ningún sentido repetir simplemente el mismo argumento que ha sido criticado por Hegel y pensar que esto podría servir como refutación de la crítica. No es necesario estar de acuerdo con Hegel. Sin embargo, si hubiera querido encontrar fallos en las tesis de Hegel, Jung habría tenido que enfrentarse al argumento de Hegel. Este último estaba, por supuesto, familiarizado con esta idea unilateral e instrumental de la lógica, la «lógica formal» (la única que Jung conoce), tanto con sus méritos como con su limitación fundamental. Pero también había afirmado (y demostrado) que «si se supone que la lógica carece de un contenido sustancial, entonces la culpa no reside en su materia, sino únicamente en el modo en que se capta esta materia.»22 Y en lo que respecta a la forma de captar esta materia por parte de Jung, es ciertamente cierto que a ella se aplica la crítica de Hegel23 a la noción ordinaria de pensamiento: «pensamos inmediatamente que ‘pensar’ significa nuestro pensamiento, tal como es en la conciencia. Sin embargo, aquí [es decir, en Anaxágoras, de quien Hegel habla aquí] se entiende el pensamiento estrictamente objetivo …». En otras palabras, cuando el tema era el del pensamiento, el propio psicólogo que quería que avanzáramos hacia el punto de vista de la psique objetiva se quedó atascado en una noción decididamente psicológica del ego sobre el pensamiento. Jung da simplemente por sentado que el pensamiento es «ego», no «alma». La implicación de esto sería: la conciencia puede pensar en el alma, pero el alma no piensa (que es, por supuesto, también la razón por la que el «alma» en Jung se define básicamente como «el inconsciente» y como «naturaleza pura»). Jung simplemente afirma un prejuicio dogmático, absolutizando un concepto particular de «lógica».24 (Pero incluso la autoridad de Jung en estas cuestiones, Kant, conocía una filosofía [y por tanto también una lógica] según su Weltbegriff en contradicción con su Schulbegriff, por lo que también pudo introducir el concepto de una «lógica trascendental», que ciertamente no es idéntica a la lógica formal).

Lo que se podría decir a favor de Jung en relación con sus afirmaciones erróneas sobre Hegel es que éstas eran simplemente las opiniones convencionales sobre Hegel durante la época de Jung. Después de la muerte de Hegel, su pensamiento cayó rápidamente en descrédito y fue sucedido por el espíritu completamente diferente, mucho más positivista-científico, de la era de la modernidad, así como, en filosofía, por los esquemas abiertamente antihegelianos de Schopenhauer, Feuerbach, Marx (al menos parcialmente). También estaban Nietzsche y, más tarde, el neokantismo. En la época en que Jung creció y estudió, Hegel era «un perro muerto».25

Sin embargo, lo que al principio podría parecer una posible excusa para la tergiversación de Jung sobre Hegel se vuelve precisamente contra Jung. ¿Cómo puede un hombre de la formación científica, el prestigio profesional y el estatus académico de Jung contribuir a las habladurías no sólo infundadas, sino directamente falsificadoras sobre Hegel? ¿Cómo puede, con cierta pasión, emitir juicios absolutamente demoledores sobre un filósofo en tanto que filósofo si no ha leído su obra, y mucho menos la ha estudiado? ¿Cómo podía conciliar un comportamiento tan irresponsable con sus propias normas? Dejó muy claro cuáles eran sus normas cuando se trataba de que otras personas emitieran juicios sobre su propia obra. En respuesta a un profesor de psicología estadounidense que le había enviado el borrador de un capítulo sobre Jung, hizo, entre otras severas críticas, el siguiente comentario:

Alguien intenta presentar la obra filosófica del señor Platón. En Europa deberíamos esperar que cualquiera que intente llevar a cabo tal plan lea todos los escritos de Platón y no apenas la mitad y principalmente la parte anterior de los mismos. Tal aprocedere no calificaría y difícilmente podría llamarse responsable o confiable. Ni siquiera se podría defender con un autor tan insignificante como yo. (Letters 2, p. 185, a Hall, 6 de octubre de 1954).

Pero, evidentemente, Jung no tuvo reparos en defenderla, o más bien practicarla, con un filósofo tan significativo como Hegel. En el momento en que se trataba de recurrir a este último, Jung debió disociarse de las exigencias que, según su propia declaración, «nosotros en Europa» hacemos a las presentaciones o juicios sobre un autor. Es evidente que ese profesor de psicología había leído realmente al menos algunos de los escritos de Jung y se había esforzado por hacerles justicia. Y sin embargo, Jung le acusó de incompetencia y de comportamiento científico irresponsable. No hay que imaginarse lo indignado que se habría puesto Jung, y con razón, si alguien hiciera audaces afirmaciones sobre él, Jung, simplemente sobre la base de lo que se encuentra en un diccionario psicológico superficial, como, por ejemplo, A Critical Dictionary of Jungian Analysis de A. Samuels, B. Shorter y F. Plaut. Al no leer a Hegel, y mucho menos penetrar laboriosamente en su pensamiento, Jung reduce a Hegel para sí mismo a una mancha de Rorschach. En otra ocasión, al enterarse de las disputas entre los junguianos londinenses sobre algunas cuestiones de su psicología, escribió: «De tales discusiones se desprende lo que me espera una vez que me convierta en póstumo. Entonces todo lo que antes era fuego y viento será embotellado en espíritu y reducido a nostrums muertos. Así, los dioses son enterrados en oro y mármol y los mortales ordinarios como yo en papel» (Letters 2, p. 469, a von der Heydt, 22 de diciembre de 1958). Pero el entierro en papel sigue siendo mejor que lo que le hizo a Hegel: el entierro en la más absoluta falsedad.

3. EL LENGUAJE DE HEGEL

Ahora estamos preparados para ver las afirmaciones de Jung sobre el lenguaje de Hegel. Repasemos lo que Jung tiene que decir al respecto. Hegel utiliza un «lenguaje imposible», un «peculiar lenguaje altisonante» que «recuerda al lenguaje imperioso de los esquizofrénicos, que utilizan palabras terroríficas para reducir lo trascendente a la forma subjetiva, para dar a las banalidades el encanto de la novedad, o hacer pasar los lugares comunes por sabiduría inquisitiva. Una terminología tan ampulosa es síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia». Su lenguaje era «tan laborioso como arrogante» (MDR p. 69, trad. modif.). «Palabras de poder chifladas», lo que para Jung implica «las palabras mágicas de los primitivos». Hablando específicamente de Paracelso, pero, como muestra el texto, incluyendo también a «ciertos filósofos modernos» (lo que sin duda se refiere a Hegel y a «su [supuesto] hermano de sangre» Heidegger), Jung revela la fantasía básica general que subyace a su evaluación del lenguaje de Hegel.

Generalmente aparecen ciertos síntomas, entre ellos un uso peculiar del lenguaje: se quiere hablar con fuerza para impresionar al adversario, por lo que se emplea un estilo especial, «ampuloso», lleno de neologismos que podrían describirse como «power-words». Este síntoma es observable no sólo en la clínica psiquiátrica, sino también entre ciertos filósofos modernos y, sobre todo, cada vez que hay que insistir en algo inverosímil ante la resistencia interior: el lenguaje se hincha, se sobrepasa, brotan palabras grotescas que sólo se distinguen por su innecesaria complejidad. A la palabra se le encomienda la tarea de conseguir lo que no se puede hacer por medios honestos. Es la vieja magia de las palabras, y a veces puede convertirse en una verdadera obsesión (CW 13 § 155, trad. modif.).

Las dos cuestiones que surgen del veredicto de Jung sobre el lenguaje de Hegel son, por supuesto, si su acusación puede ser fundamentada, es decir, si se corresponde «con los hechos», y si Jung tenía derecho a emitir un juicio al respecto en primer lugar. Empezando por el segundo aspecto, es obvio que es bastante descarado que alguien que no ha estudiado a Hegel haga afirmaciones tan devastadoras. Si el lenguaje de Hegel es (1) significativo o más bien consiste en nada más que «palabras de poder chifladas» y (2) si su «complejidad» es adecuada y apropiada o más bien «innecesaria» es accesible sólo para quien ha penetrado en su obra y adquirido una comprensión de lo que se dice en este lenguaje. Sin comprender un lenguaje extraño o ajeno no puedo evaluarlo. Que el lenguaje de Hegel sea «laborioso» no es un argumento. Con el mismo rasero también podría calificar el lenguaje de las matemáticas superiores y de la física cuántica de «ampuloso» y «lleno de neologismos» y «síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia»: simplemente porque no lo entiendo. Pero el hecho de que no tenga ni idea de lo que hablan las matemáticas superiores y la física cuántica no me justifica para suponer que estos campos utilizan este lenguaje simplemente «para impresionar» a los demás y «hacer pasar lugares comunes por sabiduría inquisitiva».

Pero para Jung su propia ignorancia y falta de comprensión es precisamente su principal, si no su único, argumento, un hecho que da lugar a la sospecha de que la designación del lenguaje de Hegel como «imposible», «ampuloso», etc., no es realmente lo que se pretende que sea, a saber, una descripción de una faceta de Hegel, sino en verdad nada más que la proyección de la propia no comprensión de Jung. En la imperiosidad de la supuesta «schizophrene Machtsprache» de Hegel, que supuestamente es utilizada por él para insistir con fuerza en «algo inverosímil» «en los dientes de la resistencia interior», aparece como objeto ante la conciencia de Jung nada más que la vehemente resistencia y antipatía que prevalece en la propia conciencia de Jung, su negativa a dejarse llevar por lo que Hegel está luchando en sus obras filosóficas. Este es un fenómeno común. Uno se molesta por no entender algo y acusa al autor de escribir en un lenguaje imposible o de decir tonterías: La obra de Kafka debe ser mala literatura porque no se puede entender a primera vista … Cuando Jung cree que la obra de Hegel es una «revelación del inconsciente», esta creencia de Jung revela más bien el rechazo inconsciente de Jung. Pero debe quedar claro que no se debe juzgar algo que está por encima y más allá del propio horizonte.26 Lo que el propio Jung afirmó una vez, a saber, que «quien es verdadera e irremediablemente pequeño siempre arrastrará la revelación de lo más grande hasta el nivel de su pequeñez, y nunca comprenderá que ha amanecido el día del juicio para su pequeñez» (CW 9i § 217), se aplica a su propia postura frente a Hegel (aunque de ningún modo quiero sugerir que Jung fuera en su totalidad verdadera e irremediablemente pequeño. Su pequeñez es específica. Se refiere a un tema determinado y se manifiesta especialmente en su reacción emocional ante Hegel y Heidegger).

Una y otra vez, en sus obras y cartas, Jung advirtió del peligro de quedarse atrapado en las palabras. «¿Puedo darle un consejo?» Jung escribió a sus corresponsales: «No se dejen atrapar por las palabras, sólo por los hechos» (Letters 2, p. 474, a Tjoa y Janssen, 27 de diciembre de 1958). Pero cuando Jung no ve en Hegel (y en Heidegger) más que «la vieja magia de las palabras», «las palabras mágicas de los primitivos», él mismo hace precisamente lo contrario de lo que sugería. Como Jung se queda mirando la superficie de las palabras de Hegel y no va más allá y penetra hasta die Sache, la materia, la sustancia, la realidad, que se debate con las palabras (el equivalente a los «hechos» de Jung), éstas se convierten para Jung en «terroríficas palabras mágicas». Esto me recuerda a una persona mongólica que más o menos había aprendido a leer y le encantaba hacerlo para ser como las demás personas de su familia, pero no entendía mucho de lo que leía; cuando pedía un libro nuevo de la biblioteca de su padre, solía responder a las primeras sugerencias que le hacían con comentarios del tipo siguiente «No, este libro es demasiado rojo», «este es demasiado azul». Sólo veía la portada.

Al no haber cruzado el umbral de lo que se quiere decir, las palabras, vistas así completamente desde fuera y sin que Jung haya entrado en contacto con su significado, se vuelven excesivamente impresionantes, incluso monstruosas para Jung. Está primitivamente hechizado por la magia de las palabras de Hegel27 porque, por un lado, se negó a avanzar hacia lo que las palabras tratan, hacia una comprensión del significado de las palabras, y, por otro lado, porque tampoco pudo simplemente dejar ir a Hegel, dejándole hacer lo suyo, diciendo, por así decirlo, «esto no me gusta», «no entiendo ni una palabra de lo que Hegel trata de decir». El embelesamiento experimentado por Jung (aunque sólo sea por proyección) y la supuesta «magia de las palabras» son el resultado de la combinación de dos cosas: El rechazo de Jung y su fijación simultánea en Hegel, su ver en él un enemigo al que atacar y despreciar.

Los estudiosos de Hegel -y con esto llego por fin a la primera de las dos cuestiones que dije que planteaba el veredicto de Jung, a saber, si el juicio de Jung sobre el lenguaje de Hegel puede ser fundamentado- han demostrado suficientemente que lo contrario es cierto: que lo que dice Hegel siempre tiene mucho sentido, siempre que se penetre hasta comprenderlo. Hablando de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, un filósofo del siglo XX, Ernst Bloch, afirmó «En ningún lugar se puede ver con mayor precisión lo que es el gran pensamiento en su surgimiento, y en ningún lugar se despliega ya su curso de manera más completa». De nuevo, no puedo demostrar esto aquí (implicaría una comprensión penetrante del pensamiento de Hegel y una comparación de su pensamiento y del lenguaje utilizado para articularlo). Pero pondré aquí dos citas más que abordan específicamente el lenguaje de Hegel, aunque, por supuesto, de nuevo no son más que opiniones de dos autores (aunque autores informados y opiniones bien fundadas). La primera proviene de un renombrado estudioso de la literatura alemana de la propia ciudad de Jung, un profesor de la universidad de Zúrich, Emil Staiger. Escribió, hablando del lenguaje de Heidegger, en 1936 en el principal periódico de Zúrich (que supongo que también leía Jung, sobre todo porque ocasionalmente publicó en él, por ejemplo, en 1934, por lo que es muy posible que también hubiera visto el artículo de Staiger),

Admiramos este lenguaje, …, precisamente como lenguaje científico…. Lo llamamos originario [ursprünglich], al igual que el lenguaje de Hegel -el único otro ejemplo dentro de toda la filosofía alemana- es original, como hoy en día ninguna otra persona de habla alemana en absoluto, indudablemente todos los poetas, habla de manera originaria…. Y con tal maestría originaria, este lenguaje es sobrio, como todo lo auténtico, tanto lo filosóficamente auténtico como lo poéticamente auténtico, es siempre sobrio».28

Incluso 30 años después, pero sin incluir explícitamente a Hegel, Staiger mantuvo su valoración de Heidegger, hablando de «este lenguaje tan denostado que todavía hoy me parece uno de los mayores logros en el ámbito de la prosa filosófica».29

El segundo autor citado es un renombrado estudioso de Hegel, Terry Pinkard, a quien ya he citado antes. Hablando del impacto temprano de Hölderlin en Hegel, escribe,

Sin embargo, los intereses que unían a los dos jóvenes eran profundos. Hölderlin ha sido llamado, con razón, el primer gran poeta europeo «moderno», y el gran interés de Hegel por la vida moderna se vio reflejado en el interés de su amigo por crear una «nueva sensibilidad» que ayudara a inaugurar la era moderna. La convicción de Hölderlin de que era responsabilidad del poeta crear un nuevo lenguaje apropiado para la nueva era -y crear una responsabilidad por parte de sus lectores de participar en la creación de esta «nueva sensibilidad»- tuvo un profundo efecto en Hegel; le llevó a dar un giro decisivo hacia el final de su estancia en Fráncfort, abandonando en sus escritos filosóficos el estilo de prosa más fácil de sus primeros años y adoptando en su lugar su propia analogía con la noción de Hölderlin de exigir a sus lectores que participaran activamente en la creación de esta nueva forma de asumir responsabilidades con el mundo y con los demás. Fue, sin duda, el más ambiguo legado a su viejo amigo que le convenció para que su filosofía se plasmara en una forma que exigiera a sus lectores que lo tomaran en sus términos.30

En una nota (# 79) Pinkard cita el aforismo de Hegel de su «Libro de desechos»: «Mientras que esos [pensamientos (Gedanken)] deben hacerse válidos por sí mismos, como conceptos deben, por el contrario, hacerse comprensibles (begreiflich), por lo que el tipo de escritura experimenta así un cambio, [adquiriendo] una apariencia que exige un esfuerzo tal vez doloroso, al igual que con Platón, Aristóteles». Y Pinkard añade: «El tipo de proyecto que imaginó para sí mismo le exigía claramente que hiciera sus puntos de vista ‘comprensibles’, ‘asibles’ de una manera que impidiera que la gente pudiera apropiarse de ellos sin esfuerzo. Es, curiosamente, similar al tipo de estrategia adoptada por modernistas muy posteriores como T.S. Eliot, Ezra Pound y James Joyce, salvo que Hegel ciertamente nunca pretendió que sus difíciles categorías fueran lúdicas, ni siquiera en lo más mínimo. Para él, lo que estaba en juego era la Wissenschaft modernista».31 De esto podría surgir para nosotros que el problema de Jung con el lenguaje de Hegel y Heidegger es principalmente su propio problema con la modernidad.

4. EL ABISMO ENTRE LO «MODERNO» Y LO «PREMODERNO». LA NUEVA FORMA

La palabra «modernista» en la frase «Wissenschaft modernista» puede recordar al lector un pasaje citado anteriormente en el que Hegel se refería a que Platón había revisado su República siete veces y expresaba, a propósito de su Ciencia de la Lógica, el deseo de «que para una obra que, por pertenecer al mundo moderno, se enfrenta a un principio más profundo, a una materia más difícil y a un material más rico en compendio, se hubiera dispuesto de tiempo para revisarla siete y setenta veces». Lo que Hegel da a entender es que, en comparación con el mundo de la Antigüedad, el mundo moderno plantea exigencias fundamentalmente superiores al filósofo. La filosofía tiene que enfrentarse a «un principio más profundo«, a «una materia más difícil» y a «un material más rico en compás«. La complejidad que Jung percibe en el lenguaje de Hegel tiene, pues, su fundamento realmente en la mayor complejidad del mundo moderno, cuya comprensión es lo que Hegel consideraba su responsabilidad como filósofo moderno.

Curiosamente, Jung había llegado, a su manera, aunque con respecto al simbolismo, a una conclusión similar sobre la diferencia entre el mundo antiguo y el moderno. Jung es muy consciente de

el hecho desafortunado de que se exija al hombre actual mucho más de lo que se exigía a las personas que vivían en la época apostólica: para ellos [las personas que vivían entonces] no había ninguna dificultad en creer en el nacimiento virginal del héroe y semidiós, y Justino Mártir todavía podía utilizar este argumento en su apología Tampoco era nada inaudita la idea de un hombre-Dios redentor, ya que prácticamente todos los potentados asiáticos junto con el emperador romano eran de naturaleza divina. Nosotros, por el contrario, ya ni siquiera tenemos una idea del derecho divino de los reyes. Los relatos milagrosos de los evangelios, que convencían fácilmente a la gente de entonces, serían una petra scandali en cualquier biografía moderna y evocarían lo más contrario a la creencia. La naturaleza extraña y maravillosa de los dioses era un hecho evidente cuando el mito aún estaba vivo… «Hermes ter unus» no era un absurdo intelectual sino una verdad filosófica. Sobre estas bases se pudo construir de forma convincente el dogma de la Trinidad. Para el hombre moderno este dogma es o bien un misterio insuperable o bien una curiosidad histórica, principalmente esto último. Para el hombre de la antigüedad la virtud del agua consagrada o la transmutación de las sustancias no era en ningún sentido una enormidad…» (CW 9ii § 274, trad. modif.).

Un diagnóstico muy similar. Las exigencias que se le plantean al hombre actual son mucho mayores que las que se le planteaban antes. ¿Cuáles son las mayores exigencias? Si lo que antes era una «verdad filosófica», que aquí sólo significa tanto como «verdadera sabiduría» (en contraste con una verdad de la filosofía propiamente dicha, una verdad en forma de pensamiento), se ha convertido para la conciencia moderna en un absurdo intelectual; si para la gente de la era apostólica el nacimiento virginal no presentaba ninguna dificultad intelectual: entonces queda claro que la nueva dificultad para la mente moderna y las mayores exigencias que se le plantean son del ámbito de la forma de pensamiento de los contenidos del dogma y no de los contenidos mismos. El paso de la antigüedad a la modernidad supone el paso de un nivel de conciencia más simple a otro mucho más complicado y sofisticado. Para esta conciencia, lo que antaño era inmediatamente convincente (simplemente como contenido semántico o imagen, independientemente de lo irreal o milagroso que fuera, si tan sólo fuera «arquetípicamente» auténtico) tiene de repente el estatus de no más que «un misterio inaccesible» o «una curiosidad histórica», de modo que «Lo mejor que puede ocurrir, por tanto, es que el efecto se quede estancado en la esfera del sentimiento,32 aunque en la mayoría de los casos no llegue ni siquiera a eso». Pero en todo caso «están a kilómetros de distancia de la comprensión consciente del hombre moderno» (CW 9ii § 275). Las mismas ideas dogmáticas de siempre requieren hoy una forma fundamentalmente diferente para hacerse comprensibles intelectualmente y poder llegar así a todo el hombre. La esfera del sentimiento, de lo emocional, de las experiencias numinosas no suele plantear problemas al hombre moderno. El hombre moderno, en efecto, anhela, y sabe muy bien cómo producir, sensaciones de «subidón». Pero lo que Jung comprende es que tales experiencias emocionales no están ni aquí ni allá. Es una reducción, un quedarse atascado, «atrapado en la esfera del sentimiento». Las experiencias en este nivel pueden, por supuesto, impresionar mucho al ego, pero no dan satisfacción al alma. El alma sólo obtiene satisfacción si los contenidos son, sobriamente, lo que Jung llamó aquí «verdades filosóficas» para ella.

Jung escribió una vez que «los dioses mueren de vez en cuando…» (CW 9i § 22). Esto podría significar un cambio histórico simplemente a nivel de contenidos, como por ejemplo de la religión griega tradicional al culto de Mitra o a las otras religiones mistéricas helenísticas basadas en la importación de divinidades de las tradiciones del Cercano Oriente o de Egipto. Tal cambio dejaría intacta la antigua forma. No dejaría el horizonte de la conciencia tal y como estaba constituido en el mundo de la Antigüedad. Pero tanto el «principio más profundo, la materia más difícil, el material más rico en compás» de Hegel como las «exigencias mucho mayores» de Jung apuntan a un cambio de orden fundamentalmente diferente, un cambio del horizonte del mundo de la Antigüedad (incluida la época apostólica) al horizonte totalmente nuevo de la conciencia moderna y, por tanto, el cambio radical de la forma pensante o de la forma intelectual misma. «Todo lo que no se ha hecho accesible al pensamiento y que, por tanto, se ha visto privado de una conexión significativa con la conciencia, que, al fin y al cabo, es una conciencia en desarrollo, se ha perdido» (CW 9i § 28, trad. modif.) y se perderá y quedará obsoleto. Esta es la nueva situación.

Por eso Jung se dio cuenta de que «… no podemos volver al simbolismo que se ha ido…. La duda lo ha matado, lo ha devorado» (WC 18 § 632). Y en este contexto Jung también dejó muy claro que el problema no es el contenido, sino la forma. A modo de ejemplo explicó: «No podemos girar la rueda hacia atrás; no podemos volver a un simbolismo que ya no existe. […] No puedo volver a la Iglesia católica; no puedo experimentar el milagro de la misa; sé demasiado sobre ella. Sé que es la verdad, pero es la verdad en una forma en la que ya no puedo aceptarla. No puedo decir ‘Este es el sacrificio de Cristo’ y verlo más. No puedo. Ya no es verdad para33 mi; no expresa mi condición psicológica. Mi condición psicológica quiere otra cosa. Debo tener una situación en la que esa cosa vuelva a ser verdadera. Necesito una nueva forma» (CW 18 § 632, cursiva mía). «Uno no puede dar marcha atrás y obligarse a creer «lo que sabe que no es verdad» (CW 11 § 293).

Pero, ¿qué encontramos cuando examinamos la respuesta de Jung a su propia percepción de que necesita una nueva forma? ¿Aceptó el reto del nivel de la forma, aceptó el reto del mundo moderno, se dejó llevar por las «mayores exigencias» que nos plantea el mundo moderno? ¿Fue la solución que ofreció una en el modo de denkerische Form? La respuesta tiene que ser un «No» rotundo.

Sin duda, Jung vio y aceptó claramente la realidad psíquica moderna de que «Dios ha muerto». Vio y expresó repetidamente el predicamento moderno, más que eso, luchó verdaderamente con él («Me pregunté una y otra vez por qué no hay hombres en nuestra época que puedan ver al menos lo que yo estaba luchando. … Veo el sufrimiento de la humanidad en el predicamento del individuo y viceversa» [Letters 2, a Herbert Read, 2 de septiembre de 1960, pp. 586, 589]). Pero lo veía precisamente sólo como un predicamento, una condición patológica, como «nuestro presente iluminado» (Letters 2, p. 396, a Trinick, 15 de octubre de 1957). Su postura básica era antiilustrada, por mucho que se obligara a mantener el busto de Voltaire (y, por tanto, una imagen prototípica de la época de la Ilustración) frente a sí mismo en su escritorio. «Es la fatídica desgracia de la psicoterapia médica haberse originado en una época de ilustración, cuando las antiguas posesiones culturales se volvieron inaccesibles por culpa [del hombre] [durch Selbstverschulden] ….» (CW 10 § 370, trad. modif.). Aquí hay que señalar, para poner de manifiesto el afecto antiilustrado que contiene, que con la palabra Selbstverschulden Jung alude polémicamente, y convierte en lo contrario, la conocida definición de Kant de la Ilustración como «la salida del hombre de su inmadurez autoimpuesta [o: autoincurrida, selbstverschuldet] ….» Precisamente lo que para Kant era la salida de un estado erróneo debido a la propia culpa del hombre, Jung lo presenta ahora como el propio pecado [Schuld = culpa].

Pero todo esto muestra y se refiere sólo a la actitud interior de Jung. Mucho más importante en nuestro contexto es la calidad objetiva de su respuesta al predicamento moderno. Aquí vemos que Jung precisamente no intentó trabajar en el nivel de la forma. El único de sus dos grandes movimientos en este ámbito no fue, evidentemente, uno hacia una «nueva forma» en absoluto. Al insistir en «soñar el mito hacia adelante» mostró que precisamente se aferraba a la antigua forma característica de los mundos primitivo y antiguo, en parte también medieval y tempranamente moderno, a saber, la forma de los contenidos, las imágenes, las narraciones en su inmediatez. Y su mayor movimiento específico en relación con el mito soñado en adelante fue el de la Trinidad cristiana a la cuaternidad, un movimiento del Tres al Cuatro. Evidentemente, se trata de un movimiento en el nivel del contenido del «mito» y no en el de la forma. Que haya un monoteísmo estricto como en el Islam o un monoteísmo trinitario como en el cristianismo o una cuaternidad que incluya dentro de la Trinidad, como una Cuarta, la realidad del mal o a María como Madre de Dios, no supone ninguna diferencia en cuanto a la forma de pensar. Las tres son alternativas diferentes en un mismo nivel lógico (el nivel semántico), y comparten la misma forma de pensamiento básica del pensamiento religioso tradicional, a saber, el pensamiento pictórico. En lugar de hacer un movimiento vertical desde el nivel anterior al nuevo nivel alcanzado por la «conciencia, que, después de todo, es una más desarrollada», Jung trató de resolver el problema moderno en el viejo nivel y en la vieja forma mítica, imaginal, añadiendo un anexo. Esto es muy parecido a lo que ocurrió en la época helenística, por ejemplo, con la ampliación del panteón griego y romano mediante la adición de la diosa egipcia Isis.

El segundo movimiento importante de Jung fue el desplazamiento del locus de la verdad desde el conocimiento comunal público a la privacidad de la experiencia interna inmediata del individuo (Urerfahrung) y, al mismo tiempo, el relleno de la verdad desde el estatus de transparencia iluminada a ese estatus lógico de autoencerramiento y oclusión («hechos de la naturaleza») que él llamó «el inconsciente». Una vez más, no se trata de un paso del contenido a la forma, sino de un desplazamiento del contenido semántico (sea cual sea el contenido) a una nueva ubicación o departamento.

Así que Jung se contradice. Su afirmación «Necesito una nueva forma» no tuvo consecuencias. Jung no la siguió. Lo que en realidad, con toda la pasión de su corazón, trató de aportar y ofrecer como solución para el predicamento del hombre moderno fue, como hemos visto, en parte otra historia, otro mito, y en parte experiencia subjetiva (interior). Pero, evidentemente, la cuaternidad de Jung no es de ninguna manera más «convincente» intelectualmente, más accesible al «entendimiento consciente del hombre moderno» que, por ejemplo, la Trinidad o el nacimiento virginal. Si Jung no pudo volver a la Iglesia católica, no pudo experimentar el milagro de la misa, porque la duda lo ha matado y sabe demasiado, no se entiende por qué debería ser más fácil para él (o para cualquiera) abrazar y experimentar el dogma de la Assumptio Mariae y la tesis de la Cuaternidad. ¿Acaso están de repente exentos de la «duda que lo ha matado» y de que Jung los conozca demasiado? La obsolescencia que Jung diagnosticó con razón no se cura ni se supera quedándose en el nivel de la imagen, el mito, el dogma o el contenido e insertando simplemente una figura adicional (María o el diablo) en el dogma cristiano o en la imaginación de la divinidad cristiana, ni transportando lo que el dogma decía sobre Dios al ámbito personal-psicológico, al interior del hombre como «el Ser» y la «imagen de Dios en el alma» para ser experimentada privadamente en el interior de uno mismo. Es un error fundamental pensar que una nueva estructura o patrón arquetípico, una nueva imagen, por un lado, o la experiencia inmediata del propio interior, por otro, podrían resolver el predicamento moderno que Jung vio como su tarea para dirigirse a sí mismo. ¿Por qué? Porque (a) «En cuanto a lo que es ‘auténtico’, eso parece ser decidido por el espíritu de la época», como el propio Jung se había dado cuenta, y nuestra época resulta ser, como Jung también se dio cuenta, la época de la «duda que lo ha matado», y porque (b) del carácter particular de esa «duda» que nos ocupa. ¿De qué tipo de duda se trata?

5. LA «DUDA» COMO FORMA INTRÍNSECA DE LA VERDAD EN LA MODERNIDAD

En primer lugar, la duda de la que hablaba Jung y de la que se había hecho muy consciente, no es un acontecimiento o condición psíquica en él como individuo, la experiencia personal de sentirse atacado por las dudas que le corroen sobre algo. Jung no dijo: dudamos. Dijo que la duda ha matado (objetivamente) los rituales y los dogmas. Si han sido «matados» entonces Dios ESTÁ muerto, los contenidos de la religión SON obsoletos. Han perdido su validez. No: no somos lo suficientemente piadosos.

La duda de la que habla Jung no es una duda metódica-epistemológica como en Sócrates o Descartes, que, al menos en el caso de Descartes, servía para llegar a un fundamentum inconcussum. Tampoco es la duda cristiana en el sentido de las vexationes o tentationes, que acompañan a la fe y son una tribulación a través de la cual la fe tiene que probarse a sí misma. Tampoco es el acto mental subjetivo explícito en los individuos, como los filósofos de la Ilustración, de desacreditar los dogmas, ni la actitud general de ser escéptico, simplemente tener una conciencia radicalmente crítica. La duda no se refiere aquí al escepticismo, a la incertidumbre, a la ambivalencia. Y en segundo lugar, lo que se «duda» no es tal o cual contenido concreto. No, es la «duda» en un sentido muy diferente: la «duda» objetiva, la «duda» como el carácter objetivo subyacente del mundo de la modernidad como tal. La afirmación de Jung expresa la conciencia del hecho de que la modernidad como tal se caracteriza por la intrusión fundamental del pensamiento crítico en el dominio mismo de las imágenes arquetípicas y de la fe religiosa, en lo que alquímicamente hablando es la materia prima misma, una intrusión que es fundamental porque precisamente no es una reflexión externa de las personas sobre las creencias (como el objeto dudado). No es un hacer o pensar humano, ni una actitud humana. Más bien, esta «duda» es la aparición de la «forma de pensar» como la forma de conciencia que ahora prevalece como tal.34 Por lo tanto, ahora es inherente a la forma misma de los contenidos de la conciencia como su propio estatus lógico (e inevitablemente), al igual que los propios productos de la producción industrial tienen su «carácter fetiche de mercancías» (Marx) como su propio carácter objetivo en sí mismo. Es, por así decirlo, el propio «descrédito» interno de los contenidos, es más, su ya «descrédito», su llegada como «descrédito».

Por eso Jung tuvo que decir: «Sé que es la verdad, pero es la verdad en una forma en la que ya no puedo aceptarla. Ya no es verdad para mí». Las propias verdades del alma (independientemente de qué verdades), las imágenes y los símbolos, han perdido, por principio y de una vez por todas, su inocente e incuestionable convencimiento y certeza que antes prevalecían. En sí mismas se socavan, se descomponen alquímicamente: se vuelven lógicamente negativas. Dentro de sí mismos se presentan como ya negados. Llegan como «muertos por la duda», es decir, en el estado de la negatividad absoluta. No había sido la duda de Jung, sus propias reflexiones escépticas sobre la misa católica, lo que le había imposibilitado volver a ella. «La duda» o «la forma pensante» es, en la condición anímica moderna, inherente a la propia fenomenología de los fenómenos psíquicos.

La palabra «duda», que suena muy despectiva, para la forma intrínseca de la verdad en la modernidad, resulta que no significa en verdad más que las verdades anímicas tradicionales ya no son una realidad presente (esto se expresa en: «ya no es verdad para mí»), sino que existen sólo en mnemosyne para nosotros, sólo como presencia histórica (la presencia del pasado: «sé que es la verdad»).

Mientras que antes, la forma de pensar pertenecía sólo al lado del sujeto, era sólo la forma de cómo la conciencia subjetiva piensa en el objeto, ahora, con la aparición de la «duda» que Jung identificó, la forma de pensar ha llegado plenamente a sí misma de modo que también aparece en y determina el objeto mismo, la materia, las verdades, como su propia forma o estatus intrínseco. Antes, la forma pensante sólo existía en un compartimento especial de las actividades culturales, el campo de la filosofía, y como su carácter. Ahora es el carácter general objetivo y a priori de la experiencia como tal, de cualquier contenido al que la mente pueda recurrir. Las propias verdades del alma han perdido así su estatus lógico de revelaciones, un estatus que tenían para la conciencia psicológicamente ingenua y premoderna. Las revelaciones llegan a la conciencia como verdades indubitables.

Esa «duda» de la que hablaba Jung y de la que se había hecho muy consciente no mató, por tanto, según lo que acabamos de aprender sobre ella, simplemente esta o aquella idea particular de Dios o este o aquel dogma o símbolo, por ejemplo, la noción trinitaria de Dios, o la idea del nacimiento virginal, o el «milagro de la misa». No, «mató» (hizo psicológicamente imposible, convirtió, como dijo Jung, en «absurdo intelectual») la forma misma de la religión como tal, la lógica de la idea de los dioses o del Ser, la inocente creencia en «lo imaginal». Se «mató» la capacidad de la forma de la imagen o del contenido y de la forma de la experiencia personal para expresar «la condición psicológica» del hombre moderno y para dar, como «verdades filosóficas» (es decir, revelaciones, percepciones indubitables), satisfacción al alma. La lógica o forma sintáctica como tal de la religión, de tal cosa como Dios o los dioses, de la imagen, el mito o el símbolo, se ha vuelto obsoleta. La «duda la ha matado» de Jung significa que el fundamento general ha sido arrancado objetivamente de debajo de tal cosa como la experiencia religiosa y los artículos de fe (cualesquiera que sean), así como de debajo de la imaginería. La conciencia se ha desplazado a un nuevo fundamento. Y esta «duda» objetiva fundamental (en contraste con nuestra duda personal contingente en el sentido de una reflexión externa) es el nuevo fundamento.

El sentido inocente de Hillman de la imaginería35 es el resultado de una disociación. La propia «duda» interna del fenómeno moderno, la «negación de sí mismo» o la «forma de pensamiento» se escinde y se exilia, de modo que sólo queda la semántica abstracta y la «cara» del fenómeno. La negación exiliada regresa entonces como lo reprimido fuera de los fenómenos mismos en una experiencia igualmente abstracta del mundo moderno en general, a saber, de la modernidad como un mundo caído y sin alma, como totalmente literal, racionalista y saturniano. Esta limpieza de los fenómenos de su sintaxis inherente, esta abstracción de su propia modernidad innata, es lo que hace posible la inocente imaginería de los fenómenos. Hillman piensa que lo que yo (W.G.) hago es literalizar el tiempo y la historia, mientras que él (supuestamente) sigue a Plotino para quien «el tiempo está en el alma (es un fenómeno psicológico)». Pero es incapaz de ver que este punto de vista (sea Plotiniano o no) es precisamente mi posición. Sí, efectivamente, el alma es en sí misma tiempo, es histórica. El tiempo histórico es inherente a los fenómenos, a las imágenes reales, intrínseco a su fenomenología particular. Los fenómenos psíquicos son inevitablemente la expresión o la articulación de su tiempo, al igual que todos nosotros, junto con nuestras formas de pensar, somos ineludiblemente hijos de nuestro tiempo. El tiempo, y por tanto también la posible obsolescencia o negación de las imágenes, no es externo a los fenómenos.

Para Hillman, sin embargo, los fenómenos tienen obviamente su tiempo fuera de sí mismos, o no tienen tiempo alguno. Parece pensar que es nuestra elección situar los fenómenos en un marco temporal histórico o no. Pero los fenómenos modernos se distinguen en sí mismos de sus homónimos premodernos. El tiempo no es un agente o factor externo que inflige obsolescencia a los fenómenos (independientemente de que uno piense que este agente es un tiempo histórico literalizado o nosotros que -innecesariamente- elegimos encerrar los fenómenos en un esquema temporal). El tiempo es el automovimiento del alma en su fenomenología. Y, a la inversa, la individualidad de los fenómenos (en el sentido imaginario) sólo reside en su atemporalidad metódicamente producida, en su aislamiento deliberado, o en su limpieza lógica, de su propio tiempo.

Estas reflexiones nos permiten dar otra descripción a «la duda que lo ha matado». Es también la manifestación objetiva de la conciencia naciente del alma como tiempo. El carácter del alma como tiempo, como movimiento histórico y como proceso de su autoproducción, de su autorrepresentación, ha llegado a la propia alma; se ha interiorizado e integrado en su forma de manifestación. Antes, el alma había sido, por supuesto, también tiempo, pero no había sido consciente de ello, no había sido explícitamente lo que implícitamente siempre es. Se había presentado más bien en términos «ontológicos», como (como si fuera) seres sustanciales eternos (dioses, demonios, espíritus, etc.) o verdades.

Lo que nos ocupa cuando comprendemos la duda «objetiva» moderna como el nuevo fundamento es, pues, el carácter fundamental del modo de ser-en-el-mundo del hombre moderno como «hombre nacido», el hombre cuyo conocimiento se libera de repente del refugio de la metafísica en el sentido de una prima philosophia, que era lo que antes había garantizado la negatividad anímica o absoluta incluso de las creencias y verdades positivamente sostenidas y fundamentadas, así como de las cosas y acontecimientos reales del mundo. Mientras prevaleció la metafísica, el hombre podía, con facilidad, concentrarse en los contenidos semánticos y confiar en encontrar en ellos el sentido de su existencia, porque el fundamento general que proporcionaba la metafísica, por así decirlo de forma automática y tácita, les otorgaba el estatus lógico de negatividad absoluta. Esto es lo que los había convertido en «verdades filosóficas» para el alma y les permitía dar satisfacción al alma. Los contenidos semánticos podían simplemente hablar por sí mismos, porque en su hablar eran, bajo las condiciones de una prima philosophia, inmediatamente expresivos del fundamento metafísico.

Sin una prima philosophia surge la necesidad de que el hombre avance hacia una conciencia de la forma de la forma y produzca él mismo explícitamente esta negatividad en el estilo de su apercepción. Pues sin una prima philosophia el hombre moderno puede, ciertamente, manteniéndose en el nivel de los contenidos semánticos, obtener un conocimiento positivo (positivista) sobre los hechos acumulados por las ciencias. Pero estos hechos, este conocimiento fáctico sobre el mundo, no pueden hablar por sí mismos, no pueden por sí mismos proporcionar un sentido o una profundidad anímica. Son inevitablemente sólo positividades. El sentido ya sólo puede, en el plano semántico, imponerse secundariamente al mundo en forma de ideologías, como las del «progreso científico-técnico», la «preservación de la creación», la «eco-psicología», la «curación de nuestro planeta», el «mundialismo», si son sistemas de creencias, o en forma de bienes de consumo, si son experiencias emocionales, y en ambos casos como simulación. La «duda» en este sentido radical es el sentido claro de una pérdida fundamental de todo significado como existencia objetiva en el nivel del contenido, de la verdad como tal en un sentido semántico, y por lo tanto también la invitación a una iniciación en «una nueva forma», la «forma pensante», la forma de la forma, como la única que podría volver a producir (o más bien ser) la forma de la negatividad lógica (y por lo tanto del alma) para el mundo moderno. Pues está claro que la forma de la forma es en sí misma lógicamente absoluta-negativa porque no tiene contenido.

La negatividad lógica conlleva la conciencia de la subjetividad irrevocable del alma objetiva. No una sustancia que piensa, sino un pensamiento objetivamente en curso. La naturaleza performativa del alma.

Biográficamente, en su juventud y como hombre joven, Jung había experimentado en el plano existencial un ejemplo vivo de esta duda en su propio padre (la forma, al menos, en que él lo había percibido). Jung se dio cuenta «de que mi pobre padre… estaba consumido por las dudas internas. Se refugiaba en sí mismo y por eso insistía en la fe ciega» (MDR p. 73). Siendo un ministro protestante, su padre, cuando su fe fue socavada por una duda tan fundamental, naturalmente se encontró en un terrible aprieto. Este conflicto interior le hacía estar terriblemente irritable y malhumorado, lo que, debido a sus frecuentes ataques de mal genio, arruinaba el ambiente en el hogar paterno de Jung, lo que a su vez debió de causar una profunda impresión en Carl Gustav respecto al poder efectivo y la realidad de esta duda. La experiencia inmediata de Jung en su propia familia había sido, pues, el encuentro con la duda como estatus lógico de la modernidad. Por supuesto, en su padre, este carácter lógico omnipresente de la modernidad como tal sólo aparecía en su primera inmediatez como estado psíquico, en un nivel personal meramente existencial, las dudas persistentes de su padre en plural. Pero esta experiencia es, sin embargo, la prefiguración del propio diagnóstico posterior de Jung de que «la duda lo ha matado» -lo ha matado no sólo subjetivamente, sino objetivamente: «la duda» como la verdad de su propia condición psicológica así como de la condición colectiva de todos nosotros: «No podemos volver ….» «…lo que uno sabe que no es verdad».

¿Cómo se posicionó Jung frente a la duda de su padre, entonces y después, es decir, en el momento de escribir sus capítulos sobre estos años de su vida en MDR? Comienzo con un comentario general sobre cómo Jung veía la relación entre su propia tarea vital y sus padres. Comentando un sueño de años muy posteriores, dice que tuvo la sensación de que en este sueño sus padres habían sido cargados con un problema que «en realidad era mi tarea». «Algo había quedado inconcluso y seguía con mis padres». Estaba «reservado para el futuro» (MDR p. 214).36 En otra parte oímos: «En efecto, a menudo he pensado: ¡si hubiera podido abrir los ojos de mi padre! Pero él murió antes de que yo pescara el pez cuyo hígado contiene la medicina maravillosa» (Letters 1, p. 194, a Erika Schlegel, 31 de julio de 1935). Las reflexiones teológicas de Jung en los últimos años también fueron concebidas explícitamente como si sirvieran para resolver el problema que dejó inconcluso su padre. Pero ya de joven Jung había querido redimir a su padre de su problema religioso.

Sin embargo, en lugar de ver la duda como el síntoma que trae la cura37 y, por lo tanto, en lugar de reconocer en esta duda el lapis in via ejectus como lo real a redimir, Jung cayó en la trampa personalista al querer redimir (1) a su padre y (2) de su duda. El encierro en el baúl privado de su padre es el lugar equivocado, la forma de sufrimiento psíquico (síntoma personal) el estado equivocado para esta duda. El espíritu mercurial que se agita en este sufrimiento quiere ser liberado de la botella, liberado de su encarcelamiento en la fisicalidad de la existencia material; la duda como mero síntoma necesita ser liberada en su verdad, la forma de la verdad. En la experiencia y el recuerdo del sufrimiento de su padre por la «herida de Amfortas» (MDR p. 215) de esta duda, el destino había dado a Jung una amplia oportunidad para absorber e integrar la «duda» en su conciencia como su nueva estructura. Su locus histórico le había presentado al psicólogo que había en él su sujet, su tarea psicológica, su materia prima para ser trabajada alquímicamente: para ser destilada, sublimada, es decir, transformada de una condición psíquica particular en una verdad psicológica universal, de un sufrimiento existencial personalista y literalmente mal entendido en una visión reveladora del estatus lógico imperante de la modernidad. La experiencia de las dudas de su padre había sido, por así decirlo, una invitación personal a Jung para iniciarse en el alma de la modernidad,38 al mismo tiempo también una invitación a la conciencia para iniciarse en el estatus de la negatividad psicológica absoluta. ¿Qué es esta duda sino la primera inmediatez y, por tanto, la aparición aún concretada, congelada y literalizada de la forma de la negatividad absoluta? Al presenciar tempranamente este sufrimiento de la duda, el destino había puesto en el regazo de Jung el huevo que debía ser empollado por él. Ahí estaba el Hic Rhodus, hic salta de Jung.

Pero en lugar de «saltar», en lugar de honrar el síntoma como la primera inmediatez de la «nueva personalidad» que quiere emerger y como la nueva forma del alma (como Jung diría normalmente sobre la psicopatología39), lo había menospreciado. Había esperado poder convencer a su padre de sus dudas y, en cambio, forzarle antidotalmente su propia panacea de una experiencia inmediata de Dios: un caso claro de volver a tirar el lapis in viam e in stercus (estiércol), el lapis que, cuando aparece en forma de duda, es por supuesto, como siempre, exilis (incómodo) y vilissimus (muy despreciable). Fue el propio Jung quien «cometió aproximadamente el mismo error que la vieja escuela de medicina cuando atacó la fiebre creyendo que ésta era el agente nocivo» (CW 10 § 369). Cuando dice que «no podía entender que él [su padre] no aprovechara cada oportunidad que se le ofrecía para llegar a un acuerdo pugnaz con su situación» (MDR p. 92, trad. modif.), vemos que Jung abordó el problema de las dudas de su padre en términos de voluntad del ego40 y no en un estilo alquímico, no con una fantasía de a su conflicto entre las exigencias de su fe y la realidad de sus dudas, el nivel de la verdad para el nivel de la voluntad pugnaz. En el ámbito de estos temas, sin embargo, el propio pensamiento de Jung se mantiene firmemente dentro de la categoría de la voluntad y el poder y es incapaz de permitir (o no está dispuesto a permitir) que la verdad de su locus histórico se muestre por sí misma del modo en que necesita mostrarse. Incluso Dios mismo es, a la manera típica del siglo 19 (Schopenhauer, Nietzsche, la física, la industria pesada), concebido por Jung en términos de poder estrictamente egoico, como una voluntad abrumadora y terrible (der Gotteswille) fermentando la corrupción, la destilación y la liberación en su verdad, una liberación que equivaldría a su integración en la forma de la conciencia. En lugar de abrazar el sufrimiento de su padre, lo rechazó como falso, traicionándolo así (y, por supuesto, también a sí mismo, a su propia experiencia del poder y la realidad de esta duda). El rechazo de Jung a Hegel es en realidad una repetición de su rechazo a la verdad inherente a su propia experiencia de las dudas de su padre. A lo largo de su vida, el compromiso con la voluntad siguió siendo el estilo de pensamiento de Jung (al menos en este ámbito de la fe y de Dios), expresándose con mayor fuerza en su última obra, Respuesta a Job.

Para resumir esta discusión sobre las dudas de su padre podemos decir que Jung conocía bastante bien, y por una experiencia personal continuada y profundamente dolorosa, la «duda» que ha matado la antigua forma de las verdades del alma. Pero en general dejó de lado este conocimiento propio, pretendiendo que lo que venía del «inconsciente» eran todavía revelaciones, verdades inmediatas, verdades semánticas.41 Y, en consecuencia, Jung también escribió a lo largo de su vida en lo que Terry Pinkard, en su discusión sobre el lenguaje juvenil de Hegel, había llamado «un estilo de prosa más fácil», en un estilo que era inmediatamente y sin esfuerzo accesible a la conciencia convencional ordinaria. Debido a su énfasis exclusivo en la «experiencia inmediata» (llegaremos a este tema más adelante), Jung no exigía a sus lectores que participaran activamente en la producción de una nueva sensibilidad, en una nueva forma de asumir responsabilidades con el mundo y con los demás. Todo lo que era tal vez extraño y nuevo para un nuevo lector que llegaba a su obra eran las ideas particulares. La forma de la prosa en los escritos de Jung es, sin embargo, la del lenguaje cotidiano convencional, y la forma del pensamiento igualmente la del nivel ordinario de conciencia, la conciencia del «hombre de la calle». Jung no desperdició ninguna reflexión sobre la forma de la conciencia, sino sólo sobre los contenidos y sobre el hecho de que se basen en la experiencia personal.

Resulta interesante que, en contraste con su despotricar contra el lenguaje «imposible» de Hegel, Jung no tenía realmente ninguna objeción a la dificultad y oscuridad de los escritos de los alquimistas, porque su modo de expresión imposible no era de lenguaje o estilo de pensamiento (que eran sencillos), sino simplemente de ideas y declaraciones confusas, enigmáticas y paradójicas. Durante años Jung emprendió la labor de descifrar cuál era el significado de sus crípticas expresiones, es decir, la labor de aprender su lenguaje, pero rehuyó la «labor del concepto» y la labor de aprender el lenguaje de Hegel. Expresar el ignotum per ignotius le gustaba a Jung: porque de esta manera uno se quedaba atrapado (por supuesto esta vez no en la esfera del sentimiento, sino) en la esfera de lo que él llamaba (y en otras ocasiones realmente criticaba como) intelectualmente «misterios inaccesibles.» Y esto, aunque Jung sabía muy bien que la forma de misterio inaccesible no era ninguna solución, sino más bien un problema adicional: «Además me pregunto seriamente si no es mucho más peligroso que los símbolos cristianos se hagan inaccesibles al pensamiento conceptual y se destierren a una esfera de ininteligibilidad inalcanzable…. el hombre tiene el don del pensamiento que puede aplicarse a las cosas más elevadas» (CW 11 § 170, trad. modif.). Pero, sin embargo, eludió la necesidad, su propia necesidad, de abordar el predicamento del hombre moderno en el nivel de la forma pensante o intelectual y en una forma de expresión lingüística correspondiente. Al desentrañar el lenguaje de los alquimistas, uno podía quedarse con los contenidos de la conciencia, mientras que someterse al esfuerzo de comprender a Hegel a través de la labor del concepto habría significado una educación y un trabajo de la conciencia misma.

Su clara perspicacia respecto a la «duda que lo ha matado» habría exigido en realidad a Jung que su pensamiento avanzara hasta la noción (y el proyecto) de algo parecido a «este escepticismo exhaustivo (dieser sich selbst vollbringende Skeptizismus)» de Hegel. Hegel, por así decirlo, había abrazado la duda (Zweifel), había llegado hasta el final con ella profundizándola en la Verzweiflung, la desesperación, integrando así la duda experimentada en la forma misma de su pensamiento. Jung se había negado a abrazar esta duda y, en general, incluso la había ignorado. Todo su proyecto era lo contrario, era establecer un baluarte contra ella a través de sus dos grandes movimientos ya mencionados: «soñando el mito hacia adelante», es decir, proporcionando un nuevo contenido, una nueva «teología», y en segundo lugar, de forma más general, insistiendo en una nueva «experiencia primordial» (Urerfahrung, nuevas revelaciones del «inconsciente») por parte de cada individuo y, por tanto, una nueva convicción incuestionable,42 una nueva inocencia o ingenuidad. Intentó contrarrestar el ineludible escepticismo, tratándolo como un error, un desarrollo defectuoso, la neurosis moderna, es decir, un enemigo a combatir. En absoluto contraste con Hegel y, por cierto, con Hölderlin, no pudo apreciarlo como la característica especial legítima de la modernidad, el mérito principal propio de la modernidad, el talento, el logro, y su contribución particular a la historia del alma. Y no llegó hasta el final con ello. En cambio, Jung creyó que podía tomar un atajo hacia una supuesta inmediatez, inocencia y naturalismo ininterrumpido de la experiencia sentida. La experiencia psicológica actual no debía ser, en su esquema, una que siempre ya y en sí misma ha rendido tributo a la lógica de la «duda» y a la modernidad. «La duda» y la modernidad en general no se admitían como ingredientes intrínsecos e inalienables y honrados de toda experiencia moderna. La realidad del alma fue concebida por Jung de tal manera que por principio excluía la modernidad. Y esto es lo que suele significar en el fondo del junguismo cuando se alaba a Jung por su «retorno al alma». Este antimodernismo fundamental es inherente a la postura de todas las variedades de la psicología «sólo del alma».

6. LA RESUCITACIÓN DEL «ALMA» COMO LA TRAICIÓN DEL ALMA

Ahora bien, es cierto que no todo el mundo necesita dejarse llevar por la forma del pensamiento, por la forma de la forma y por la forma de la negatividad absoluta, así como no se puede exigir a todo el mundo que comprenda las matemáticas superiores y la física moderna. Hay suficientes profesiones y estilos de vida respetables en los que uno puede prescindir de todo esto.

Mientras Jung se hubiera conformado con ser un psicólogo experimental académico que hiciera cosas como estudios de asociación de palabras, pruebas de inteligencia, investigación sobre tipos psicológicos o teoría del aprendizaje, en otras palabras, investigación positivista sobre el «comportamiento» del animal humano; o, una segunda opción, siempre que se hubiera conformado con ser un estudioso de la mitología y el simbolismo comparados; siempre que, además, la personalista de la psicoterapia práctica hubiera podido satisfacer sus demandas, me refiero a la psicoterapia tal como fue, por ejemplo, concebida por Freud o Adler, como un proyecto que tiene su verdadero horizonte en el consultorio. , durante tanto tiempo, Jung podría haberlo hecho bastante bien sin entrar nunca en la esfera del pensamiento. Sin embargo, el momento en que en cambio concibió una psicología que quiere aplicarse al Seelenproblem des modernen Menschen (traducido como: “El problema espiritual del hombre moderno”, título de un artículo contenido en CW1043) y a la psique objetiva , el momento en que dice: “Veo el sufrimiento de la humanidad en la situación del individuo y viceversa”44: en ese mismo momento se convirtió en una traición a su tarea autoimpuesta el hecho de que se negó radicalmente a dejarse involucrar en el problema de la forma y que inmunizó la sustancia de la experiencia psicológica contra la intrusión del principio y fundamento nativo de la modernidad, la forma pensante.45 Realizó esta inmunización de hecho, por ejemplo, desarrollando la teoría de los arquetipos atemporales que nunca envejecen, una construcción teórica que más tarde fue transformada por otros junguianos en la teoría igualmente inmunizada o inmunizadora de “lo imaginal”.

La traición mencionada se puede describir por medio de la frase del título que acabamos de citar. Jung intentó, por así decirlo, curar el Seelenproblem des modernen Menschen devolviéndole el alma. ¡El hombre moderno en busca de un alma! “La resucitación de las imágenes por parte de Jung”, dijo Stanton Marlan (y muy probablemente podría haber encontrado la plena aprobación de Jung para su punto de vista), “fue un regreso al alma y comenzó una inversión del proceso histórico dominante que había despotenciado las imágenes y reducido el alma al espíritu intelectual racional.”46 En otras palabras, era, por así decirlo, el proyecto de Restauración del Antiguo Régimen tras el acontecimiento de la Revolución psicológica francesa. Jung se centró y se concentró en el alma, en las imágenes arquetípicas, en las concepciones religiosas: en el nivel semántico, de contenido. Pero así es precisamente como se perdió su propia tarea autoimpuesta.47 Porque el verdadero problema a abordar no reside en absoluto en el primer elemento del título del ensayo de Jung (el Seelenproblem des modernen Menschen), sino en el segundo elemento, en el “hombre moderno” (el Seelenproblem des modernen Menschen), o en sea ​​más preciso: en la modernidad del hombre moderno, la forma de la conciencia o ser-en-el-mundo. Y el carácter específico de la modernidad no es, por supuesto, más que el hecho de que “la duda la ha matado”. Este, el estado de “duda” fundamental de la situación moderna, es el tema psicológico, y precisamente como tal es también el verdadero Seelenproblem des modernen Menschen, el problema real que necesitaba therapeia: atención dedicada y cultivo. Pero esto se evitó más o menos por completo, incluso se excluyó sistemáticamente de la concepción de la psicología junguiana.

¿De qué le sirve a un ciego que le den los regalos más coloridos, y de qué le sirve al hombre moderno si se le devuelve el alma y se le resucitan las imágenes? Es absolutamente inútil. En principio, el mismo Jung había proporcionado la respuesta correcta a esta pregunta (sin, sin embargo, extraer las consecuencias correctas de ella para sí mismo). “Como niños codiciosos, extendemos nuestras manos y pensamos que, si pudiéramos agarrarlo, también lo poseeríamos. Pero lo que poseemos ya no es válido, y nuestras manos se cansan de aferrarnos, porque las riquezas están por todas partes, hasta donde alcanza la vista” (CW 9i § 31). En el mismo ensayo, Jung dijo: “El cielo y el infierno son los destinos asignados al alma y no al hombre civil, quien en su desnudez y torpeza no tendría idea de qué hacer consigo mismo en una Jerusalén celestial” (§ 56, modificación trad.). Podríamos reemplazar «hombre civil» por «hombre moderno» y agregar al ejemplo dado por Jung («Jerusalén celestial») las palabras «así como todos los demás lugares e ideas míticas o arquetípicas y experiencias numinosas». A pesar del consumo voraz de imágenes míticas y de los llamados sentimientos numinosos, tan populares entre numerosos individuos modernos, estos últimos, en su esencial desnudez y torpeza, no tienen psicológicamente, la menor idea de qué hacer con ellos mismos en la esfera del mito, imágenes arquetípicas y experiencias numinosas, y de qué hacer con esas mismas experiencias e imágenes numinosas, es decir, de cómo integrarlas en la conciencia moderna y en la vida moderna. Porque a todos estos contenidos arquetípicos y emociones numinosas, de hecho, al “retorno al alma” mismo, se aplica lo que Jung había dicho sobre la misa católica: “Ya no es verdad para mí; no expresa mi condición psicológica. Mi condición psicológica quiere otra cosa”. Pero “mi condición psicológica” es precisamente la condición moderna. Entonces, ¿de qué sirven todas las imágenes míticas y experiencias numinosas, de qué sirve “volver al alma”, si ya no son verdaderas para nosotros, ya no expresan nuestra condición psicológica y si ipso facto ya no son capaces de darnos satisfacción del alma? Y a la inversa, ¿de qué sirven si se encuentran en nosotros con nuestra “desnudez y torpeza”, nuestra (digamos) ceguera “metafísica”?

Esta desnudez, torpeza, ceguera no deben entenderse como deficiencias personales. Son meramente la reflexión en el hombre de la condición objetiva moderna del ser-en-el-mundo, a saber, que es un vivir bajo la condición de esa “duda que lo ha matado”, o, como también podríamos decir, la condición del hombre nacido.

A pesar de su perspicacia, Jung en última instancia y en general se limitó a acomodar el anhelo de los niños codiciosos (también su propio anhelo como niño codicioso de Dios o codicioso de la revelación), en lugar de prestar atención a la condición psicológica del hombre moderno, a la inherente «ceguera y torpeza». Su trabajo principal fue precisamente difundir para nosotros y hacer cada vez más apetecibles las riquezas arquetípicas que se encuentran en todas partes: el tráfico de mitos («imágenes arquetípicas») y el tráfico de «drogas» («experiencias numinosas»), lo que en última instancia hace más inconsciente, cultivando la inconsciencia. La cuestión es que no es el alma lo que en nuestro tiempo se reprime, ni lo imaginal o la imagen, y mucho menos las emociones o “el cuerpo”. Más bien, lo que se reprime es nuestra especial «condición psicológica» como personas modernas, la particular distinción y don de la modernidad misma, la forma y el nivel de la forma, cuya primera inmediatez es la experiencia de la «duda que lo ha matado». Esto es denunciado como intelectualismo abstracto y racionalismo, por un lado, y como nihilismo, por el otro.

Tenemos contenidos, imágenes, ideas arquetípicas, emociones en abundancia. No falta todo eso. Lo que falta es una condición que otorgue la posibilidad de que un contenido (cualquiera que sea el contenido) sea verdadero para nosotros, exprese de hecho nuestra condición psicológica, tenga la “nueva forma” en la que verdaderamente exprese nuestra condición psicológica.48 Al poner toda su esperanza en la nueva Urerfahrung y en la inmediatez de la misma, es precisamente el propio Jung quien piensa que todo lo que necesitábamos era “asirla” y que entonces “también la poseeríamos”. Pero, como él mismo había visto, lo que poseemos —podríamos agregar: ipso facto— ya no es válido. Y esto se aplica, contrariamente a Jung, precisamente también a su solución: la experiencia individual inmediata. ¿Qué es la experiencia directa («como los pájaros cantan, como el viento silba») sino este aferramiento crudo, sin educación, sin forma, este deseo sin sentido, en última instancia positivista, de poseer? “Necesito una nueva forma”, había dicho Jung, pero esta necesidad es totalmente incompatible con Urerfahrung. La necesidad de una nueva forma es la necesidad de una educación de la conciencia. En general, a su psicología le importa un carajo la cuestión psicológica de la forma y opta por la restauración regresiva (e ilusoria) de la (perdida hace mucho tiempo) unio naturalis («los productos más naturales de nuestra vida mental», de los cuales, como sabemos, él mismo ha tenido que admitir que la duda los ha matado). Prefiere lo crudo y lo bruto y la relación directa de la conciencia con ello. La nueva forma implicaría una negatividad absoluta. Sin aferramiento, sin posesión, sin inmediatez. Nuestra condición psicológica ya no es la premoderna para la cual las verdades del alma (semánticas) a priori llegaron como seres en el estado de negatividad lógica absoluta. Para el hombre nacido, el alma ha vuelto a sí misma. Ya no puede ser verdad en la forma externa de contenidos semánticos, de ideas contempladas o experimentadas. Debido a un proceso alquímico de destilación y evaporación en la historia del alma, la verdad ha progresado recursivamente al nivel de lo sintáctico, de la forma lógica.

La insistencia y devoción a lo semántico, es decir, a la experiencia personal, a las imágenes, metáforas y fantasías, mitos y símbolos, es, en las condiciones de la modernidad, una expresión del positivismo psicológico. Un enfocarse en contenidos concretos. Y quizás no sea casualidad que Marlan, a quien hemos oído elogiar a Jung por haber resucitado las imágenes, escribiera un libro sobre El Sol Negro y una oscuridad que se niega a la asimilación consciente. Teniendo especialmente en mente a Schopenhauer, Nietzsche dijo una vez sobre el Hombre, “y más bien está dispuesto a querer la nada que no querer” (“und eher will er noch das Nichts wollen als nicht wollen”). La nada es, sintácticamente, todavía algo, una sustancia, una positividad (aunque semánticamente, en sí misma, signifique nada), y esta nada positivizada es, aparentemente, mucho mejor que el «no», que la negatividad misma. Mientras que “el nada” es un sustantivo, “no” es solo sintáctico, solo forma, la forma de la negación.mismo modo, podríamos decir que los junguianos prefieren poseer la imagen positiva de una condición sin imagen (de un vacío, una oscuridad en la que no se ve absolutamente nada) a no poseer. Prefieren el objeto o el contenido a la forma lógica. En la imagen del sol negro y su oscuridad total e inasimilable, la positividad celebra su triunfo final, el triunfo del Antiguo Régimen del contenido semántico, mostrándose absolutamente inatacable por cualquier “no”. Porque en esta imagen, la positividad ha (literalmente) «terminado», subsumido su propio opuesto, la negatividad, de modo que ella, la positividad, permanece como el único e indiscutible amo. El único problema con esto es que en realidad la duda lo mató hace mucho tiempo.

La visión convencional en la psicología junguiana es que el mundo moderno está neuróticamente disociado. Es unilateralmente racional e intelectual y ha perdido el alma, y ​​se ha escindido de la imagen, la emoción y el cuerpo. Hay algo en la modernidad que es fundamentalmente erróneo, morbido, enfermo (basta pensar en la “inversión del proceso histórico dominante” de Marlan como un ejemplo). Pero lo que tenemos que darnos cuenta es que esta visión ES en sí misma la misma disociación que proyecta sobre el mundo moderno. Es la conciencia que da la espalda al Seelenoroblem del hombre moderno, a su condición psicológica, a su necesidad de una nueva forma, y ​​responde a todo esto con un intento de “revertir el proceso histórico dominante que [¡supuestamente!] había despotenciado imágenes y alma reducida a espíritu intelectual racional”, como Marlan lo había expresado acertadamente, en otras palabras, mediante un (intento) de repristinación de la forma antigua (que, por supuesto, una vez que “la duda la ha matado” en verdad ya no puede ser más que una simulación de la forma antigua). Muchos junguianos piensan en esta misma línea, que es nuestro trabajo como psicólogos reparar la historia y animar “una vez más” al mundo. Pero aparte de la terrible exageración y la ilusión del deseo de enmendar la historia (¡¿quiénes somos nosotros para desear enmendar la historia?! También podríamos querer cambiar la ley de la gravedad. ¿Quiénes somos nosotros para pensar en poder animar al mundo?49), esta es la interpretación antimoderna de la modernidad, la denuncia del “espíritu intelectual racional” como desalmado y como resultado de un desarrollo defectuoso.

Pero en cuanto a la situación moderna, el alma no es la víctima inocente de una violencia ejercida sobre ella, a saber, su reducción a espíritu intelectual racional. El alma es más bien la fuerza impulsora detrás de este “proceso histórico dominante”. Y no es una cuestión de reducción en absoluto, sino más bien el avance del alma a una nueva forma de sí misma, a la forma de la forma, a la negatividad absoluta, y por lo tanto un intento por parte del alma de llegar a su territorio de origen, interioridad absoluto-negativa, para volver a sí misma, después de su exilio primordial en forma de imaginación sensible, es decir, en el estado de ser proyectado en forma de exterioridad.

Es en esta denuncia donde radica todo el Seelenproblem del hombre moderno y no, como esta denuncia quiere presentarlo, en el “espíritu intelectual racional” imperante. Esta última es simplemente la forma en que la disociadora y defensiva percibe la condición psicológica moderna: esa condición que necesita “una nueva forma”, la forma pensante, la forma de la formay la negatividad absoluta. Y esta denuncia es el Seelenproblem porque, por supuesto, es el alma que necesita la nueva forma, esa alma para la cual las imágenes, los rituales y las experiencias sentidas numinosas, aunque todavía «sabe que son la verdad», ya no son verdaderos porque son “la verdad en una forma en la que el alma ya no puede aceptarlos”, la verdad en una forma que “ya no expresa la condición actual del alma”—e ipso facto se ha vuelto falso.50 Sobre el uso de drogas que “expanden la mente”, Jung había dicho: “En mi opinión, es un método útil para un Peyote bárbaro, pero una regresión lamentable para un individuo cultivado”. Una vez que uno ha entendido esto, ¿cómo puede pensarse, sin embargo, que podríamos hacer justicia al Seelenproblem del hombre moderno de la propia conciencia bárbaro: en el nivel de las imágenes, de los contenidos semánticos, de la aisthesis y de la emoción, en otras palabras, debajo de lo cultivado, educado de la conciencia moderna alcanzado durante la historia del alma hace ya doscientos años, por debajo del nivel de la «forma pensante» y la «sintaxis», por debajo de «Hegel»? Es como tratar de acercarse a un microchip con las herramientas y la mentalidad apropiadas para las máquinas mecánicas.

La “resucitación de las imágenes” y “el retorno al alma” es realmente Ersatz en el sentido literal. Interpreta el Seelenproblem del hombre moderno como si fuera algo así como una deficiencia de vitaminas que se puede curar administrando píldoras de vitaminas, es decir, sin tener que entrar y atravesar el Seelenproblem en sí. La presuposición subyacente sobre el alma que hace posible tal punto de vista es que el alma es un aditivo, algo opcional; que puede estar o no estar, que puede faltar o restaurarse. Esta visión es reduccionista. Reduce el alma a un adorno. Por eso lleva también a los psicólogos a soñar con “Dar vida al mundo”. Esta es, podríamos decir, la idea de “reforestación” del trabajar-alma, plantar nuevos árboles en el desierto de la modernidad. Compensación simple (complementación) de una unilateralidad (cf. la interpretación de Jung de la alquimia medieval como una compensación de la supuesta unilateralidad del cristianismo).

Una verdadera psicología debe rechazar este menosprecio de la noción de alma e insistir en que el alma no es una alternativa a lo Real, no algo como el exuberante crecimiento de la vegetación que “falta” en un desierto. Lo Real tiene todo lo que necesita dentro de sí mismo, incluso si lo Real tiene forma de desierto. No necesitamos estar “en busca de un alma”. No necesitamos restaurar el alma. Porque el alma nunca se perdió. Siempre está ahí. Siempre estamos en eso. El alma es simplemente la verdad interna y la profundidad de lo Real, independientemente de si lo Real en un momento dado resulta ser como un desierto o como una selva tropical o como una tierra cultivada. No hay otro. Esto es todo! ¡Hic Rhodus, hic salta!

Lo que dificulta hoy a la conciencia es sólo el hecho de que el alma cambió de forma, que en la modernidad aparece de repente en forma de negatividad absoluta. El sentimiento generalizado y la idea de la pérdida del alma no deben tomarse literalmente, como si el alma (como sustancia o ingrediente positivo) de hecho faltara. No, hay que comprender que este sentimiento no es otra cosa que el reflejo de que el alma en esta su nueva forma de negatividad absoluta no es reconocida como alma, que en consecuencia el “no” de su negatividad absoluta se sustancia y se positiviza como una falta (un cero). El sentimiento de pérdida delata que la conciencia no está adaptada. Acostumbrada a la inmensa riqueza de contenidos semánticos, sustanciales de significado y esperando lo mismo hoy, “no comprende [podríamos añadir: o se niega a comprender] cómo ha cambiado el mundo para ella, y cómo tendría que ser su actitud en ordenar que se adapte de nuevo” (CW 9i § 61, trad. modif.). La conciencia no tuvo la experiencia de que algo se perdió, que fue privada de algo. No, es al revés: “perdió” (desechó) su profunda conexión con el mundo, negándose a reconocerlo como su propio mundo, su único mundo. Fracaso subjetivo, no pérdida objetiva. Lo que falta no es eso, el alma. El alma sigue ahí, como siempre. Lo que verdaderamente falta es la adaptación del hombre moderno a su mundo ya su tiempo, el salto a SU hic, el único hic que existe para él.

Sobre Jung podemos decir que traicionó su propia tarea y su propia verdad, porque de hecho había llegado a la intuición explícita de que el problema era la nueva forma faltante que sería capaz de expresar realmente la nueva condición del alma. No hace falta decir que al traicionar esta su propia tarea traicionó también al alma. Aquellos que lo siguieron en su camino, sin embargo, simplemente continuaron traicionando el alma, pero no su propia tarea, porque en su mayor parte nunca habían avanzado en la comprensión del problema de la forma y tampoco habían asumido la tarea del Seelenproblem del hombre moderno. Simplemente se enamoraron y abrazaron con avidez el poderoso impulso que se mostraba en el intento de Jung de resolver, en el antiguo nivel semántico de imagen y objeto, el problema del alma moderna recurriendo a las imágenes ya la experiencia inmediata. Y lo abrazaron como una especie de doctrina o cosmovisión: algo ya hecho.

7. EL RECHAZO AFECTIVO DE LA «FORMA DE PENSAR»

Queda una cuestión central. En ninguno de los contextos de los escritos de Jung había necesidad alguna de que expresara una opinión sobre Hegel o Heidegger. Si no entendía su lenguaje, si no había estudiado a Hegel (y probablemente tampoco a Heidegger), ¿por qué Jung habría sentido la necesidad de hacer una y otra vez esas desagradables declaraciones sobre ellos? La prudencia ordinaria bastaría normalmente para evitar que una persona se arriesgara a hacer el más absoluto de los ridículos emitiendo juicios arrolladores y completamente desviados sobre un pensador del que no sabe nada. Debió de ser un poderoso complejo inconsciente, un resentimiento y aversión profundamente arraigados, lo que le hizo deslizar repetidamente comentarios tan afectivos y mordaces sobre Hegel, llegando a calificar su lenguaje de «esquizofrénico» y negando su condición de filósofo precisamente en el aspecto de la forma de pensar.

Pero, ¿de dónde viene esta vehemente antipatía (y la vehemencia de la misma)? En MDR p. 68 y ss. leemos sobre la época entre el decimosexto y decimonoveno año de Jung,

Leí una breve introducción a la historia de la filosofía y así adquirí una cierta visión de conjunto de lo que ya se había pensado… Sobre todo me gustaron los pensamientos de Pitágoras, Herádoco, Empédododes y Platón, a pesar de lo prolijo de la argumentación socrática. Eran bellos y académicos como una galería de cuadros, pero algo remotos. Sólo en Meister Eckhart sentí el aliento de la vida, sin haberlo entendido del todo. La escolástica cristiana me dejó frío, y el intelectualismo aristotélico de Santo Tomás me pareció más inerte que un desierto de arena. Pensé: «Todos quieren forzar algo mediante trucos de lógica, algo que no les ha sido concedido y de lo que no tienen realmente ningún conocimiento. Quieren demostrarse a sí mismos una creencia [sich einen Glauben anbeweisen51 ], cuando, al fin y al cabo, se trata de una cuestión de experiencia». Me parecieron personas que sabían de oídas que los elefantes existían, pero que nunca habían visto uno, y que ahora trataban de demostrar con argumentos que, por razones lógicas, tales animales deben existir y que su naturaleza debe ser tal como es en realidad. La filosofía crítica del siglo XVIII no me llegó por el momento por razones comprensibles. Hegel me desanimó por su lenguaje, tan farragoso como arrogante, que consideré con una desconfianza sin reservas. Me parecía un hombre que estaba enjaulado en el edificio de sus propias palabras y encima de él con un aire orgulloso se pavoneaba en su prisión. (Trad. modif.)

No nos equivocamos al suponer que Jung describió aquí el origen temporal de su antipatía por Hegel, su complejo de Hegel. Se remonta a la juventud de Jung y tiene, en lo que respecta a los conocimientos de Jung sobre Hegel, como base no más que «una breve introducción a la historia de la filosofía». Probablemente no es sorprendente que un joven se precipite a sacar conclusiones simplemente sobre la base de gustos subjetivos y emociones personales evocadas por una información insuficiente. Pero es sorprendente que Jung parezca haber mantenido sus prejuicios juveniles sobre Hegel durante toda su vida. Uno habría esperado que Jung procediera de una de las dos maneras posibles: que, como hombre maduro y científicamente formado, hubiera considerado necesario revisar su prejuicio tempranamente adquirido sobre la base de un estudio serio posterior de los textos de Hegel o, si simplemente no estaba interesado en emprender tal esfuerzo (lo que para él como psicólogo podría, desde un punto de vista positivista y compartimentador, haber sido perfectamente legítimo52 ), que entonces se hubiera sentido obligado a abstenerse por completo de cualquier juicio sobre algo de lo que no sabía nada. La razón de que en público hiciera declaraciones venenosas completamente infundadas sobre Hegel debe ser, por supuesto, que no era simplemente un prejuicio o una aversión lo que tenía, sino un poderoso «complejo de sentimientos» que lo «tenía».

El origen temporal, por tanto, no explica la razón psicológica de la aparición de un complejo, el complejo Hegel de Jung. No cabe duda de que en Jung existía un complejo de este tipo, pero para explicar por qué existía y por qué le obligaba a lanzar repetidamente acusaciones absurdas contra Hegel tenemos que elaborar nuestra propia hipótesis. Los complejos como éste surgen sobre la base de amenazas profundamente sentidas (o similares) a la autodefinición de uno, si la autodefinición de uno ya se sabe de alguna manera inconsciente que es insostenible, pero sin embargo se defiende obstinadamente a toda costa.

Mi sospecha es que el Jung maduro intuyó, instintivamente, que Hegel había realizado precisamente lo que era inherente a la propia tarea de Jung (abordar el Seelenproblem del hombre moderno), lo que por lo tanto tendría que haber sido realizado por él (Jung), pero que no tanto descuidó como más bien rechazó por principio a causa de una decisión irrevocable de aferrarse a la forma premoderna de los contenidos semánticos -como si los contenidos todavía pudieran hablar verdaderamente por sí mismos. Si en la fantasía de Jung Hegel se convierte en «ese gran psicólogo vestido de filósofo» y él lo ve como «un psicólogo manqué, de la misma manera que yo soy un filósofo manqué», vemos que Jung imagina una casi identidad simultánea y sin embargo una diferencia radical entre él y Hegel. Son, en su fantasía, gemelos inimitables, la contraparte o el reverso del otro.

Lo que los separa es, evidentemente, la forma denkerische. Pues esto es lo que convierte a Hegel en un psicólogo manqué porque, tal y como lo ve Jung, la forma pensante arruina lo que en sí mismo es (y para Jung debería seguir siendo) «una autorrevelación del fondo psíquico», que a su vez es responsable de la supuesta «notable coincidencia entre ciertos principios de la filosofía hegeliana y mis descubrimientos relativos al inconsciente colectivo». Por otra parte, Hegel «ni siquiera es un filósofo propiamente dicho, sino un psicólogo equivocado», porque la forma pensante no es en el caso de Hegel más que un «adorno» externo y un «disfraz astuto» de la sustancia psicológica. Y, a la inversa, la denkerische Form es también lo que convirtió a Jung, por su parte, en «un filósofo manqué’ porque la materia del inconsciente que Jung trató era en realidad la materia prima de una filosofía, pero Jung no pudo o no quiso darle la denkerische Form necesaria para elevarla realmente al rango de una verdadera filosofía. Por lo tanto, la forma de pensamiento debió ser el punto crucial de la discusión para Jung. Era el punto débil. De alguna manera, subconscientemente, debió temer que Hegel, tanto con su «laborioso» lenguaje como con la «forma pensante» (que, como sabemos, culmina en el «escepticismo llevado a su culminación y fruición»), pudiera haberse dejado llevar por la modernidad del hombre moderno e ipso facto también por el verdadero Seelenproblem del hombre moderno de una manera más adecuada que él mismo, Jung. Pero esta posibilidad no se permitió. La decisión de Jung de escapar de la lógica interna de la modernidad era absolutamente innegociable. Por lo tanto, tenía que ser la decisión de abordar ese Seelenproblem precisamente sólo en el modo de la forma antigua, de manera simplista: simplemente en el nivel semántico y en su lenguaje convencional desenfadado, volviendo directamente al alma, al símbolo, al mito y a la imagen, así como jurando por la inocente inmediatez de la «experiencia inmediata».

Sí, Hegel era, en efecto, laborioso, engorroso, y ello precisamente y necesariamente porque abordaba el problema allí donde se encontraba realmente y porque este problema de la modernidad se basaba en un «principio más profundo», representaba una «materia más difícil», un «material más rico en compás» y, por tanto, era un problema que planteaba inevitablemente «exigencias mucho mayores» al investigador. Su lenguaje era laborioso porque exigía del lector -de la conciencia- que emprendiera el esfuerzo personal de adecuarse en su propia constitución a esta mayor complejidad, que se sintiera responsable de la nueva sensibilidad exigida por la situación moderna. Sabía que lo que se necesitaba era una educación de la conciencia. Su estilo de lenguaje apuntaba a la forma de la conciencia (en lugar de limitarse a proporcionar, como Jung, nuevos contenidos o experiencias edificantes para ella: imágenes arquetípicas, numinosas). Esta es la razón por la que Hegel era una espina en la carne de Jung: Hegel era el reproche realmente existente para su, de Jung, propia toma de un atajo alrededor del problema de la complejidad del alma moderna; el reproche por su venta de este su (absolutamente y por principio) ignorando el problema real del hombre moderno qua hombre moderno sin embargo como la verdadera cura del problema del alma del hombre moderno. Por eso, su complejo de Hegel insiste precisamente en hacer a Hegel, desechándolo por completo al caracterizarlo como patológico y como impostor. El propio engaño de Jung se le aparece como el fraude de Hegel (en cuanto al «fraude»: compárese la acusación de Jung: «La palabra está encargada de conseguir lo que no se puede hacer por medios honestos»53 ). Y lo que era precisamente la fuerza de Hegel, la forma del pensamiento, tenía que ser denunciado como inauténtico.

Muy pronto Jung había tomado la decisión de la que he hablado, en un nivel profundo, inconsciente, existencial. Muy temprano había lanzado todo su peso detrás de lo que más tarde se convirtió en su dogma de «la inmediatez de la experiencia abrumadora», «experiencia» en un sentido sin sentido (¡nada más que «hechos»! ¡Pura naturaleza!). Fue durante su duodécimo año que la suerte estaba echada, que Jung había marcado el rumbo para toda su vida al hacer su elección,54 y claramente una elección en el sentido de una disociación: antifilosófica, antiintelectual, contra la «forma pensante».

Lo sabemos por el informe del propio Jung de sus últimos años en el MDR sobre el incidente de la «catedral de Basilea»55 (su pensamiento espontáneo durante su duodécimo año de que un enorme zurullo procedente del trono de Dios en el cielo cae sobre la catedral y la destroza). El niño Jung se las arregló para invertir el significado inherente de esta fantasía espontánea, cegándose a sí mismo sobre el punto mismo que su fantasía hizo y en su lugar, a través de artificiosos artificios propios, reubicando y reconstruyendo esta fantasía como una que «fue forzada en mí y fui obligado, con la mayor crueldad, a pensarla». Se trataba, según su interpretación, de su choque con la voluntad absolutamente abrumadora de Dios y, como tal, también de una indudable Urerfahrung espontánea de Dios mismo: «una de las experiencias más ciertas e inmediatas». Había llegado a «[su] certeza sobre Dios». Dios era «tan evidente como cuando le cae a uno un ladrillo en la cabeza» (MDR p. 62, trad. modif.). Esta experiencia se convirtió en su gran y poderoso56 «secreto», como él lo llamaba, un secreto que estaba rodeado de un tabú absoluto, por lo que no pudo compartirlo con nadie durante muchas décadas. Y como este secreto fue, en un nivel existencial profundo, el fundamento subyacente o el principio rector inconsciente de toda su perspectiva futura como psicólogo (al menos en la medida en que no sólo se ocupaba de cuestiones psicológicas meramente científicas, por ejemplo, los estudios de asociación de palabras, sino del predicamento del alma moderna).

Ya hemos escuchado anteriormente que Jung esperaba poder curar a su padre alopáticamente de sus dudas internas y ganarlo al camino de la experiencia inmediata. Su discusión es muy reveladora. Al darse cuenta de que su padre, debido a su conflicto interno con su necesidad de creer causada por sus dudas, «tenía que pelearse con alguien, así que lo hizo con su familia y consigo mismo». A esto Jung añade: «¿Por qué no lo hizo con Dios, el oscuro autor de todas las cosas creadas, el único responsable de los sufrimientos del mundo?» (MDR p. 92). Una clara petitio principii. ¿Cómo pudo su padre pelearse con Dios si sus dudas internas le habían quitado el piso a su creencia en Dios? No se puede discutir con alguien que no se asume como real. El padre de Jung se mantuvo honesto, fiel a su situación real. No se engañó a sí mismo, como hizo Carl Gustav Jung, para tener una experiencia inmediata de un Dios cuya realidad ya se había descompuesto para él («que ya no era», podríamos decir, «verdadera para él»).

8. CONOCIMIENTO CIEGO Y CEGUERA DEL PENSAMIENTO

De la descripción de Jung, especialmente de la imagen del ladrillo que cae en la cabeza, se desprende que su certeza y su conocimiento sobre Dios era un conocimiento fundamentalmente sin sentido y sin entendimiento (si es que se puede llamar «conocimiento» a una certeza tan ciega), y que la «experiencia inmediata» no es, en última instancia, más que la experiencia de ser golpeado en la cabeza por la fuerza bruta. La conciencia como tal no estaba implicada (simplemente tenía que estar ahí [en el sentido de Dasein] para que hubiera algo que golpear con el ladrillo que caía). La inteligibilidad fue radicalmente recortada, la posible inherencia intrínseca del sujeto y su implicación en una experiencia esencial fueron excluidas. Jung criticó la «fe ciega» de su padre y deseó que él (Carl Gustav) «hubiera podido abrir los ojos de (su) padre». Hay que criticar la insistencia de Jung en el conocimiento ciego. Las dudas y la ceguera de su padre podrían haberse convertido en la puerta de entrada al conocimiento iluminado. Al volverse contra él, Jung, sin duda, pasó de la fe al «conocimiento», pero conservó la forma de la ceguera y se perdió la forma de la auto-transparencia, la auto-reflexión de su «conocimiento», que sólo podría haber sido alcanzado llegando hasta el final con la ceguera que vio en su padre.57 (Cualquier comprensión, si acaso, sólo podía darse en este esquema a posteriori, como reflexión externa, como veremos más adelante).

El hecho de que su experiencia de Dios tuviera que permanecer como un secreto absoluto encerrado en su pecho también habla de la falta de mente y la ceguera interna de esta experiencia. «Ladrillo» y «secreto», aunque no son iguales, son sin embargo lo mismo. La falta de mente al ser golpeado por el ladrillo significa que el «conocimiento» así adquirido no podía salir a la luz, no podía exponerse con confianza a la discusión, es decir, no se permitía que fuera verdadero (= alêthes, «inconcebible»).

Sobre los secretos aprendemos del propio Jung: «Tan beneficioso como es un secreto compartido con varias personas, tan destructivo es un secreto meramente privado. Este último funciona como una carga de culpa, cortando al desafortunado poseedor de la comunión con sus semejantes» (CW 16 § 125, trad. modif.). Jung dice esto sin pensar en el hecho de que esto se aplica a su propio secreto absolutamente privado. «La posesión de secretos actúa como un veneno psíquico que aleja a su poseedor de la comunidad» (§ 124).58 Pero mucho peor que aislar al poseedor de tal secreto de la comunidad,59 es decir, de la conciencia-como-tal, es lo que el ocultamiento absoluto significa para el secreto (su materia) mismo: lo priva de su potencial para ser una verdad y para llegar a ser (lógica, psicológicamente) consciente. Porque tanto la verdad como la conciencia requieren ser compartidas o, como dijo Hegel, «una comunidad de mentes lograda».60 Así como no puede haber un lenguaje privado (Wittgenstein), tampoco puede haber una verdad privada. Mi conocimiento del contenido de mi secreto no es en absoluto suficiente para hacerlo consciente en el pleno sentido de la palabra. Lo que sólo yo conozco (psíquicamente) y lo que considero que debe mantenerse absolutamente secreto es, en un sentido psicológico, inconsciente. Un «saber» meramente privado no cuenta. No es un saber, un saber consciente, en absoluto (una insuficiencia a menudo profundamente sentida que es lo que lleva a algunas personas a la confesión, a otras a la psicoterapia, o a ciertos criminales no detectados ocasionalmente años después de su acto incluso a la policía para revelar su crimen).

A Jolande Jacobi Jung escribió el 25 de agosto de 1960:

Me ha impresionado mucho y me ha complacido saber que mis esbozos autobiográficos le han transmitido algo de lo que mi lado exterior ha mantenido oculto hasta ahora. Tenía que permanecer oculto porque no podría haber sobrevivido a las brutalidades del mundo exterior. Pero ahora he envejecido tanto que puedo soltar mi agarre al mundo, y sus estridentes gritos se desvanecen en la distancia (Letters 2, p. 585).

«Brutalidades del mundo exterior» es aquí la frase de Jung para lo que en realidad sería la prueba de fuego de las verdades afirmadas. Por lo general, los místicos no tenían reparos en hacer públicas sus experiencias interiores. No temían ninguna «brutalidad del mundo exterior» (a menudo incluso en tiempos de la Inquisición). Confiaban en la validez de sus visiones. Pero entonces eran premodernos. Jung, como hombre moderno, tiene por supuesto razón, «tenía que permanecer oculto», tenía que ser aislado como un secreto absoluto, «porque de hecho no podría haber sobrevivido» a la prueba de fuego. ¿Y por qué no? Porque en la modernidad tales verdades están intrínsecamente (en sí mismas) en el estatus lógico de la «duda que lo ha matado». Pero Jung quería que su secreto sobreviviera como una verdad lógicamente positiva, como «su luz y su tesoro» que había que custodiar.61 Quería protegerlo del proceso alquímico de corrupción fermentada, de la destilación, de la evaporación, de tener que entrar explícitamente en el estatus de la negatividad absoluta (al que esa «duda» lo había transportado implícitamente y de hecho todo el tiempo), de «este escepticismo exhaustivo.» La elección de Jung de la palabra «brutalidad» revela sobre todo su propia Zärtlichkeit (su exceso de blandura), su insistencia en conservar su propia inocencia infantil lógica y su virginal falta de heridas.

Volviendo a la descripción que hace Jung de su reacción ante los distintos filósofos, tal y como estaban representados en la breve introducción a la historia de la filosofía que había leído entre sus dieciséis y diecinueve años, podemos decir, después de habernos dado cuenta de la falta de mente y de la inconsciencia (ceguera) fundamental del «conocimiento» secreto de Jung sobre Dios y de su necesidad de defender su inocencia lógica, que no es de extrañar que Jung muestre que simplemente no tiene acceso al pensamiento filosófico, en particular a lo que es específico de él: la Forma denkerische, por un lado, y su comunalidad fundamental (su ser a priori dirigido a la conciencia-como-tal), por otro. Sufre, por así decirlo, de una «ceguera del pensamiento» (como algunas personas sufren de ceguera del color). Para él, los pensamientos de los filósofos no son realmente pensamientos. Los percibe con una mentalidad sustantiva, imaginando simplemente como ideas, opiniones, contenidos semánticos, es decir, como objetos (mentales) frente a la conciencia -cosas, ciertamente, en la esfera mental, pero por lo demás, como las cosas de la naturaleza. Ya los he comparado con los ladrillos de construcción con los que juegan los niños. Y también por eso los aborda con categorías estéticas: En la medida en que le gustaban los pensamientos, «eran bellos y académicos como una galería de cuadros»: meras ideas, algo que mirar con una actitud de consumidor pasivo, pero nada que pensar. Su mente tenía que ser una conciencia inmune, tan inmune frente a los contenidos como lo son un espejo o un vaso de cristal. El pensamiento, por el contrario, implica e incluso afecta a la propia forma de conciencia del sujeto. Al pensar, el sujeto se hace responsable de lo que piensa. El «objeto» en el que piensa «es» su propio producto o proceso de pensamiento: un pensamiento, no una entidad externa que se le da como los cuadros de un museo.

En los casos en los que este tipo de «mirar» estético (y obtener placer de él) claramente no funcionaba, como en los casos de la prolija argumentación socrática o de la escolástica cristiana de St. Thomas, Jung lo rechazó como «más inerte que un desierto de arena», contrastándolo con Meister Eckhart como el único en el que sentía «un soplo de vida» (lo que nos recuerda el comentario de Ernst v Lasaulx sobre «la brisa fresca y primaveral que respira por todas partes en la Naturphilosophie de Schelling«). Con respecto a estas reacciones de sentimiento, debemos tener en cuenta que este informe, procedente del viejo Jung, no se limita a informarnos sobre lo que sentía el joven Jung. Más bien, refleja también la postura de Jung ante la filosofía y el pensamiento en el momento en que habla de su juventud. No hay ni rastro en su informe de un distanciamiento crítico de estas primeras reacciones.

El problema aquí no es en absoluto que Jung prefiera el «aliento de vida». Cualquiera lo haría. No, el problema es su incapacidad para percibir este mismo «aliento de vida» en las instancias de la verdadera filosofía, de los pensamientos en la auténtica «forma pensante «62 Esto es lo que revela su «ceguera de pensamiento». Es su propia esterilidad filosófica, su propio mantenimiento de la mente como mero espectador fuera y vis-à-vis (es decir, su negativa a pensar los pensamientos, en lugar de limitarse a entretenerlos como «ideas»), lo que convierte para él el intelectualismo aristotélico de Santo Tomás en un desierto de arena. No se adentra en la interioridad del proceso aventurero del pensamiento.

En cartas tardías Jung escribió: «Si hay algo que me desanima es el conceptualismo muerto» (Letters 2, p. 543, a Karl Schmid, 9 de febrero de 1960, trad. modif.). «El pensamiento abstracto no puede llevarnos más allá de los sofismas intelectuales» (ibid. p. 620, a Albert Jung, 21 de diciembre de 1960). Sin duda, el «conceptualismo muerto» y los «sofismas intelectuales» desanimarían a todo el mundo, también a los principales filósofos escolásticos. Esto es evidente. Sin embargo, la pregunta es: ¿está Jung, con su claro sesgo antifilosófico, en condiciones de juzgar dónde termina el pensamiento vivo y empieza el conceptualismo muerto? ¿Tenía una idea de lo que es la «forma pensante»? Es como si Hegel se hubiera anticipado ya un siglo y medio antes que Jung y hubiera respondido al reproche de sofistería de este último, cuando dijo «Pues el «sofisma» es un eslogan utilizado por el sentido común ordinario contra la razón culta, al igual que la expresión «sueño visionario» [recordamos la frase de Jung, «confesión profusamente decorada de su inconsciente»] resume, de una vez por todas, lo que significa la filosofía para los que la ignoran.»63

Un campesino, a principios del siglo 19 , tenía algo que hablar con el pastor local. Cuando se acercó a la casa parroquial, otro campesino salía de ella. El recién llegado, queriendo saber si iba a molestar al pastor en algún trabajo importante, preguntó «¿Qué está haciendo el pastor?» La respuesta fue: «Oh, nada en absoluto, está sentado en su escritorio escribiendo».

Desde el punto de vista del campesino, sólo el trabajo manual se considera trabajo. Escribir y pensar no es trabajar en absoluto.64 Del mismo modo, para Jung sólo las «ideas bellas» como las de «una galería de cuadros» cuentan como si tuvieran vida; sólo las ideas cosmológicas o weltanschauliche inmediatamente accesibles en su positividad, tal como las presentó en su Libro Rojo, o la Ergriffenheit emocional (estar agarrado), que ofreció como la única buena alternativa al «pensamiento abstracto» rechazado en la última cita de su carta a Albert Jung. Por el contrario, el pensamiento genuinamente filosófico (como, por cierto, también lo encontramos en muchos de los textos de Meister Eckhart, que no era un mero «místico», sino un verdadero pensador del pensamiento altamente abstracto, pero vivoj65 ) está muerto; pero, tenemos que darnos cuenta, está muerto sólo porque decepciona fundamentalmente la expectativa ingenua de que debería revelar su vida inmediatamente al consumidor pasivo y porque Jung no se toma la molestia de entrar él mismo en los pensamientos, de entregarse seriamente a ellos. Se mantiene comprometido con la exterioridad. Sigue siendo el espectador inocente, que juzga en base a la apariencia exterior y al atractivo subjetivamente sentido de los contenidos del pensamiento.

El error de Jung es que interpreta su antipatía subjetiva («me dejó frío», «me desanimó», «desconfianza sin reservas») como el defecto objetivo de la filosofía. En lugar de decir: «No soy la persona adecuada para el pensamiento filosófico, no estoy dispuesto ni soy capaz de pensar (en el sentido pleno y filosófico de la palabra)», dijo que el pensamiento filosófico es más inerte que un desierto de arena.

Si para este punto de vista el pensamiento propiamente dicho tiene -supuestamente- el alma fuera de y frente a sí mismo y si este esquema psicológico funciona así con una disociación (el o bien de la imagen frente al intelecto racional), resulta comprensible que lo que se consideraba necesario era una «resucitación de las imágenes», y «un retorno al alma» y «una inversión del proceso histórico dominante que había despotenciado las imágenes y reducido el alma al espíritu intelectual racional». Pero todos estos movimientos son el reflejo de la escisión fundamental entre la imagen (y, asimismo, la experiencia inmediata) como lo que es exclusivamente anímico, por un lado, y el trabajo del pensamiento vivo que implica que el sujeto como tal tenga que responsabilizarse de los pensamientos, por otro. Aquí la vida del alma no es omnipresente, rodeándonos por todos lados. Sólo está presente en una parte particular de toda la fenomenología real (por ejemplo, las imágenes míticas), mientras que la otra parte tiene que ser despreciada.

La disociación se expresa claramente en nuestro pasaje por la oposición entre «forzar algo por los trucos de la lógica» frente a «una cuestión de experiencia». ¿Como si Santo Tomás (o cualquiera de los otros grandes escolásticos) hubiera necesitado sich anbeweisen una creencia? Ridículo. ¡Como si no hubieran estado siempre firmemente parados en su creencia y como si la creencia cristiana no hubiera sido el principio completamente natural, autoevidente y omnipresente, el suelo y el horizonte para el hombre medieval! Incluso mucho más tarde, mientras prevaleció la metafísica en el sentido de una prima philosophia, la creencia en Dios fue la verdad objetiva generalmente prevaleciente dentro de la cual la gente vivía, del mismo modo que el organismo humano biológico vive dentro de la atmósfera terrestre. Jung habla como si para los escolásticos la creencia cristiana hubiera necesitado desesperadamente ser apoyada de forma secundaria contra una duda persistente, incluso ser «forzada» a la conciencia, que ipso facto habría tenido que ser una conciencia incrédula y resistente. Jung retrotrae aquí la situación del hombre moderno a la Edad Media. Es de suponer que lo que predominaba en el fondo de su mente era la imagen de las luchas de su propio padre para combatir sus dudas interiores (él «insistía en la fe ciega, que tenía que ganar por medio de la lucha y quería obligar a venir con esfuerzos contorsionados» MDR p. 73, trad. modif.).

Jung podría haber conocido la necesidad anímica totalmente diferente que inspiró el «intelectualismo aristotélico» de los escolásticos: a saber, la necesidad del alma de que la creencia que tiene, y de la que vive de todos modos, se vuelva también perfectamente iluminada e intelectualmente transparente para sí misma; la necesidad de adquirir un conocimiento verdadero sobre lo que implica toda esta creencia. Una creencia que fuera precisamente no sólo «inmediata», un hecho natural, un hecho bruto, fundamentalmente irracional y que simplemente se diera por sentado (como damos por sentado el aire que respiramos). Y tampoco una mera certeza comparable a la certeza instintiva de las bestias, o una resultante de una «experiencia inmediata» tan abrumadora e irracional como la de ser golpeado en la cabeza por un ladrillo que cae. Sino una creencia digna de los seres humanos en los que hay una mente, una mente que a su vez fue una chispa de la Inteligencia Divina. Fides quaerens intellectum, como dijo Anselm Jung, en el espíritu de San Agustín. Quae de Deo sive de eius creatura necessario credimus (lo que necesariamente creemos de Dios o de su creación) debe ser expuesto sola ratione (por la sola razón). Para el alma, «tener experiencias» no es, en sí mismo, nada, o a lo sumo sólo un magro comienzo.

Con respecto a la sentencia de Jung, «no creo, sé», podemos recordar lo que ya tuvimos que realizar más arriba: ser golpeado en la cabeza por un ladrillo es precisamente no saber. Este «saber» es, como su experiencia subjetiva, lógicamente inevitablemente su secreto privado, hecho que priva a este «saber» de su verdad (en el pleno sentido de la palabra), de su inconfesabilidad y compartibilidad. Pero el intellectum que hacía traslucir la fe común de los escolásticos era a priori, por definición, un intelecto y un entendimiento públicos y compartidos, aunque empíricamente pueda haber sido utilizado en una situación concreta sólo por un individuo en su soledad. El pensamiento (en la forma pensante), incluso el pensamiento de una mente empíricamente solitaria, necesariamente, es decir, lógicamente, tiene lugar en la esfera de la generalidad (porque apela a razones, se justifica a sí mismo [logon didonai] ante el tribunal superior [transpersonal] de la conciencia-como-tal). Así pues, lo que hicieron los escolásticos fue en realidad una verificación en toda regla, Wahrmachung, de lo que mientras estuvo en forma de fides era la verdad en una forma todavía inconsciente e implícita para sí misma. Concebir el conocimiento, como lo hizo Jung, como una experiencia inmediata (en su sentido) equivaldría a una perversión del concepto mismo de conocimiento, ¡incluso a un verdadero sacrificium intellectus! Y nunca quitaría el estigma de un secreto (lógicamente) absolutamente privado, y por tanto de su irracionalidad, a lo que se «conoce», aunque psíquicamente, empíricamente, se divulgara.

Es cierto, Jung ciertamente no anbeweisen literalmente una creencia, y mucho menos a través de argumentos lógicos. Sin embargo, su pensamiento sobre Dios sigue precisamente la misma lógica de algo que se le endilga a la conciencia de forma no natural. Fue él mismo quien hizo lo que acusó injustamente a los escolásticos cristianos, él que operó con una prueba, un argumento asesino -la única diferencia es que lo que en el caso de los escolásticos -al menos según su fantasía sobre ellos- había sido un proceso interno de la conciencia, una autorrelación (su forzamiento de una creencia sobre sí mismos a través de su propia argumentación lógica) en su caso se interpretó como una relación externa. La prueba de muerte vino sobre la conciencia desde fuera, sobre la conciencia como «víctima» absolutamente inocente, pasiva y también muda de la fuerza arrolladora de una «experiencia inmediata».66 Pero tanto si la prueba de muerte es producida por la propia conciencia como si, con la lógica de la exterioridad y la disociación, es vista como un Otro autónomo, la estructura de «anbeweisen» es en ambos casos la misma.

9. EXPERIENCIA INMEDIATA: EL APLASTAMIENTO DE LA «DUDA» Y LA SUBORDINACIÓN DEL SUJETO COMO SUJETO MUDO

La necesidad de esta insistencia en ser abrumado, de este momento de violencia, es una señal de que había algo que debía ser superado, alguna resistencia o duda. No se trataba, por supuesto, de una mera duda subjetiva y personal respecto a Dios, de una duda como acto o acontecimiento psíquico, sino más bien de una «duda» tal y como Jung la entendía en su pasaje sobre la misa católica y tal y como la he descrito más arriba: como la situación objetiva general del hombre moderno, como el carácter lógico imperante de la modernidad (su entrada en el estatus de la negatividad lógica), es decir, una «duda» en la que Jung, como hombre moderno, vivía inevitablemente, y no sólo una que tenía personalmente en su interior y que le roía.

La respuesta de Jung a la situación de duda absoluta fue la siguiente: esta duda fundamental tenía que ser simplemente aplastada, derribada por el golpe, y a priori, a saber, a través de la abrumadora experiencia interior inmediata.

Lo que dijo sobre los escolásticos, que son como personas que sólo sabían de oídas que los elefantes existían, pero que nunca habían visto uno,67 y que ahora trataban de demostrar con argumentos que sobre bases lógicas tales animales deben existir, se aplica mutatis mutandis a él también. Por supuesto, es cierto que no demostró nada sobre bases lógicas. No, pero la «experiencia inmediata» le sirvió de prueba. El punto aquí es que la experiencia inmediata no fue de ninguna manera, para permanecer dentro de la imagen de Jung, un encuentro directo con un elefante (su visión real de uno), sino simplemente un evento dentro de la subjetividad aislada de su psique privada, que no lo acercó a los elefantes reales «allá afuera» como lo hizo cualquier «fundamento lógico». No importa si se trata de un acontecimiento emocional (en el caso de Jung) o de fundamentos racionales (en el caso de la fantasía de los escolásticos de Jung): ambos se utilizan como argumentos de nocaut para compensar la falta de haber visto realmente elefantes. La filosofía, por el contrario, no tiene este problema. Al pensar un pensamiento (en contraste con el mero entretenimiento, imaginándolo como una idea), la conciencia está viendo real y directamente «el elefante», es decir, de qué trata ese pensamiento.

Todo el énfasis de Jung, en general, en la experiencia directa, en ser un empirista, y en los «hechos, nada más que hechos» tiene que ser visto, en última instancia, como disparado por su profunda necesidad psicológica de interpretar al sujeto como fundamentalmente mudo68 (sin mente) y como víctima absolutamente inocente, una víctima siendo abrumada por un Otro autónomo.69 No es una visión. No iluminación, comprensión.70 Ninguna implicación intrínseca y originaria del sujeto como forma pensante, de la mente consciente, es decir, ninguna cognición (ninguna relación cognitiva con la realidad, ninguna necesidad de una adaequatio rei et intellectus). Por tanto, tampoco hay responsabilidad primaria por parte del propio sujeto, no hay rendición de cuentas.71 Debemos recordar aquí la metáfora fundacional de Jung de la corriente de lava que irrumpe desde el inconsciente y anega despiadadamente la conciencia. Inmediatez, franqueza. «Revelación». «Naturaleza pura».

Lo que esto significa en verdad es que era la necesidad más profunda de Jung de dejar que la condición psicológica moderna del sujeto, la «duda» o la negatividad lógica como existe (usualmente llamada el ego moderno), sea simplemente aplastada, para que el hombre pueda una vez más ser capaz de decir con convicción: No creo, sé. La disociación absoluta era necesaria si se trataba de rescatar la idea de lo divino en las condiciones del mundo moderno, del hombre nacido. La única opción que Jung parece haber visto en la situación moderna era la de elegir entre la «duda» moderna o el «estar abrumado». Sólo la «fuerza bruta», por lo que debemos analizar la inferencia inconsciente de Jung, podría seguir otorgando credibilidad irrefutable a la idea de una realidad ontológica (por supuesto psicologizada) de Dios(es) o de poderes arquetípicos. Sin la irrefutabilidad, la realidad de Dios(es) estaría inmediatamente sujeta de nuevo a la propia «duda» a aplastar que era, después de todo, el motivo principal y el motor del proyecto de Jung.

Aquí, sin embargo, debo apresurarme a añadir que este aplastamiento de la mente moderna (y la eliminación radical de la inteligibilidad intrínseca de las experiencias, como ya se ha mencionado) no fue un avasallamiento psíquico -que habría dado lugar a la inflación o a la psicosis-. Fue exclusivamente un aplastamiento lógico, psicológico, un logro de una fuerza bruta lógica. Sucedió en la esfera de fondo de cómo las cosas fueron definidas e interpretadas (no en la esfera experiencial inmediata, la esfera de los eventos que le sucedieron y fueron notados por el ego). El de Jung es un irracionalismo lógico, al igual que lo es la disociación fundamental en su esquema entre el sujeto y su experiencia. En cambio, en lo psíquico (en lo empírico, en lo práctico, en lo vivencial), o, como también podríamos decir, en lo civil, conservó el pleno control sobre sus facultades intelectuales y siempre insistió precisamente en que debíamos sentir emocionalmente lo que contenían las imágenes experimentadas, en que debíamos comprenderlas intelectualmente y en que debíamos asumir la responsabilidad ética de nuestras experiencias desde el inconsciente.

Pero el sentimiento, la comprensión y la respuesta ética que tenía en mente debían ser unos que (1) sólo podían venir después del hecho como una reflexión o reacción externa y, por la misma razón, (2) ocurrían a este lado de la insuperable barrera lógica entre «el ego y el inconsciente», es decir, del lado de la conciencia o del ego, mientras que lo que la conciencia tenía que comprender estaba lógicamente situado de manera irrevocable allá, del otro lado, es decir, en lo que se define a priori como los «arquetipos o imágenes arquetípicas del inconsciente colectivo «irrevocablemente inconscientes.» La comprensión intelectual y la implicación ética, que llegan esencialmente a posteriori y se suponen actos psíquicos, no pueden alcanzar ese nivel en el que se sitúa el problema psicológico. No pueden deshacer o curar esa disociación que la propia teoría de la psicología había establecido como premisa o axioma. Pero también debían permanecer externos a la «materia» de la experiencia del lado del inconsciente porque sólo así se podía garantizar que estarían protegidos de la posibilidad de ser infectados por la condición moderna, su «duda», el estatuto lógico de la negatividad absoluta.

(La Psicología Arquetípica heredó la misma necesidad de mantenerse en la esfera de la positividad de los contenidos semánticos sin ser tocada por la «duda», es decir, por la negatividad lógica. Pero no tenía que pasar por los movimientos lógicos que Jung había necesitado hacer [su desarrollo de su «secreto» y su insistencia en la violencia lógica del argumento de noqueo de la experiencia primordial abrumadora y del empirismo en general]. Podía simplemente apoyarse en la lógica del resultado que Jung había luchado por alcanzar a través de sus movimientos, en el terreno lógico preparado por Jung, y pasar de ahí a su esquema, ahora mucho más ligero, de flotación libre y estetizante, de «lo imaginal». Una sublimación, sin duda, pero en absoluto alquímica. La psicología arquetípica protege mucho más sus imágenes de ser objeto de un proceso alquímico de corrupción fermentativa. Su intemporalidad es un índice claro del blindaje fundamental de «lo imaginal». El hecho de que la psicología imaginal sea una empresa mucho más ligera que la de Jung se debe principalmente a que ha renunciado por completo al criterio de verdad, que para Jung seguía siendo esencial,72 y lo ha cambiado por la autosuficiencia estética de las imágenes, su brillo de «belleza». Después de todo, a Jung le preocupaba «ver realmente un elefante real ahí fuera». La verdad seguía siendo indispensable. Recordemos su afirmación: «Debo tener una situación en la que esa cosa vuelva a ser verdadera»).

El ejemplo paradigmático a gran escala de esta disociación radical entre la experiencia primordial primero y el procesamiento intelectual secundario después es, por supuesto, la propia autointerpretación de Jung: primero se produjo, de forma completamente irracional, la «corriente de lava», y sólo más tarde produjo sus obras científicas, que «son el esfuerzo más o menos exitoso de incorporar esta materia incandescente a la visión del mundo de mi tiempo». «Toda mi actividad posterior consistió en elaborar lo que durante esos años había irrumpido del inconsciente y que al principio me anegaba» (MDR p. 199, trad. modif.). Este desdoblamiento temporal es la condición previa (o, si se quiere, a la inversa: el resultado de la necesidad) de la intemporalidad de los arquetipos y de «lo imaginal» y de su presencia y relevancia inmediatas para los humanos de todas las épocas («El arquetipo no tiene edad y está siempre presente», Letters 2, p. 394, a Trinick, 15 de octubre de 1957). Y es el reflejo en el tiempo y en el proceso real de la escisión teórico-estructural en la psique o personalidad entre «el inconsciente» y la conciencia (o «el ego»).

Y esta lógica disociativa que prevalece en el esquema de Jung es la razón por la que el sentimiento, la comprensión y la respuesta ética del individuo a las experiencias del inconsciente están en el pensamiento de Jung (como podemos decir con las propias palabras de Jung dirigidas a otros) «encargados de la tarea de realizar lo que no puede hacerse por medios honestos«. «Deshonestidad» en este contexto, es decir, deshonestidad psicológica, significa que el individuo tiene la tarea de realizar lo que la lógica de la materia objetiva de la experiencia misma, así como la lógica de la psicología en general, excluyen a priori. El individuo tiene la tarea de ponerse, en la intimidad de su interior, en la postura de mirar hacia arriba (este es el trabajo del análisis y del proceso de individuación) cuando en verdad el hombre moderno está lógicamente ya irremediablemente en el estatus de hombre nacido. El sentimiento, la comprensión y la respuesta ética de la persona individual tienen que suministrar esa vida, ese sentido y esa validez vinculante que la imagen experimentada no tiene por sí misma (porque, como sabemos, «la duda la ha matado»). «Deshonestidad» significa, de manera más general, que la semántica (así como los objetivos y esfuerzos empírico-prácticos en el proceso terapéutico) son contradictorios, y por lo tanto lógicamente socavados, por su propia sintaxis o lógica (que es un reflejo de la lógica generalmente prevaleciente en el momento). Significa que los actos psíquicos subjetivos se supone que logran lo que en principio es negado por las premisas psicológicas objetivas. Se trata de un caso de disociación, en el que una mano ha refutado a priori, y sigue refutando, lo que la otra trata de conseguir.73

«Por medios honestos» implicaría, por el contrario, que el contenido semántico de la experiencia sería capaz de hablar por sí mismo, que se limitaría a ejemplificar, retratar y realizar en la actualidad lo que ya está, de forma más general y por principio, esbozado en la «sintaxis» imperante.74 El trabajo fundamental de autentificación lo haría la lógica o sintaxis. El contenido sería la manifestación explícita de la verdad imperante. El comportamiento empírico-práctico de la conciencia individual se vería así liberado de la carga de tener que establecer por sí mismo la validez fundamental (estructural75) y el cumplimiento del significado del contenido. La conciencia se sabría apoyada a priori y plenamente respaldada. La deshonestidad invierte esta relación y, por lo tanto, equivale a una vida psicológica a crédito, sin esperanza de poder devolver las deudas acumuladas. Pero la deshonestidad es inevitable si la verdad de la condición moderna es la negatividad lógica mientras que la conciencia insiste (en el ámbito de las cuestiones esenciales) en la positividad del sentido y del conocimiento.76

Asimismo, el proceso de individuación psíquica, empírica, tenía en el esquema de Jung la tarea de lograr la coniunctio oppositorum que estaba excluida de la lógica de su teoría psicológica. Esta disociación (diferencia insalvable) tiene la forma de un aplazamiento, o différance, hacia el futuro. Es el mismo tipo de lógica que prevalece en la «intencionalidad» de la conciencia en la fenomenología husserliana, donde cada noesis (acto intencional) no puede nunca ponerse al día consigo mismo. Por supuesto, toda la relación entre esta noesis particular y su noema puede convertirse a su vez en el objeto o noema de un nuevo acto intencional, pero esta nueva noesis de meta-nivel está entonces, por principio, divorciada de sí misma, y así ad infinitum. La única diferencia (en este sentido) entre la fenomenología de Husserl y la idea de Jung sobre el proceso de individuación es que en la fenomenología la diferencia insalvable se revela y discute explícitamente, mientras que Jung disfraza la misma diferencia que prevalece en su esquema, enviándonos, por así decirlo, a una búsqueda inútil, como si la coniunctio oppositorum y la «individuación» en su sentido fueran una opción real.77

Si el irracionalismo de Jung, como he señalado, es «sólo» lógico y no empírico o semántico, vemos que su teoría, que en sí misma, en su apariencia semántica, está totalmente comprometida con los contenidos semánticos y rechaza el nivel de la forma sintáctica o denkerische Form, opera, sin embargo, en el nivel de la forma lógica, y como teoría moderna, por supuesto, inevitablemente. El hecho de que Jung embute la vida del alma en el nivel semántico de las imágenes experimentadas y en «el inconsciente» no es en sí mismo un acto en el nivel semántico, sino un acto sintáctico. La psicología comprometida con la «experiencia inmediata» no se basa en sí misma ni es expresiva de la «experiencia inmediata». Los escolásticos y todos los filósofos (incluido Hegel, por supuesto) realizan sus operaciones lógicas a la intemperie. La psicología del inconsciente y de la experiencia directa empuja sus operaciones lógicas fuera de sí en su fondo invisible, manteniéndose inconsciente sobre ellas (¡por eso se denomina con razón «psicología del inconsciente» [genitivus subjectivus]!).

A veces, aunque bastante bien camuflado, Jung recurría incluso de una manera más visible a los «fundamentos lógicos», a los tan despreciados «sofismas intelectuales», a saber, haciendo un uso equívoco de la palabra «experiencia», dando a entender su «experiencia inmediata» (en el sentido de un acontecimiento interior y subjetivo, una «visión» o fantasía) como si se tratara de la experiencia directa de elefantes reales. «En consecuencia, cuando digo como psicólogo que Dios es un arquetipo, me refiero con ello al «tipo» en el alma, palabra que, como sabemos, deriva de TOnoç = «golpe» o «huella». La mera palabra ‘arquetipo’ presupone un impresor» (CW 12 § 15, trad. modif.) Sabemos de sus contorsiones mentales respecto a la relación entre la imagen de Dios en la psique y el Dios real (por ejemplo, en el mismo párrafo). Ya el niño Jung había extraído, mediante una deducción lógica (implícita), de su pensamiento de la «catedral de Basilea» un «¿Quién?», la mistificación de un agente «real», pero oculto, como originador externo de su pensamiento y detrás de él («Pero ¿quién quiere que lo haga? ¿Quién quiere obligarme a pensar algo que no sé ni quiero saber?». MDR p. 37).

En su decisión categórica de responder a la situación moderna y a su «duda» fundamental respecto a la cuestión religiosa con su argumento fulminante de la «experiencia inmediata» tenemos la raíz más profunda no sólo de su rechazo del pensamiento filosófico, sino también de su complejo de Hegel. Habiendo abrazado la duda y habiéndola integrado en su propio pensamiento convirtiéndola en el spiritus rector de su propio método, Hegel había hecho, por un lado, lo que, sobre la base de cómo Jung interpretaba todo su proyecto, estaba absolutamente prohibido, pero, por otro lado y al mismo tiempo, «Hegel» amenazaba, si se le quería tomar en serio, con sostener el espejo ante Jung, recordándole la trampa y la violencia que subyacen a su solución (la de Jung). En el fondo debía haber en Jung un profundo malestar e incertidumbre, si no sentimiento de culpa, por la «certeza» de ladrillo que había creado en sí mismo (y mantenido absolutamente oculta como su «secreto»78) al haber aplastado la «duda que lo ha matado» cuando quiso aparecer por primera vez en su conciencia en el episodio de la catedral de Basilea y después cuando fue la experiencia impresionante y duradera del tormento interior de su padre. Debió de haber un malestar fundamental, porque tal «duda» no desaparece realmente al ser aplastada. Y aplastar el carácter mismo de la modernidad no es, por supuesto, una solución real para el Seelenproblem del hombre moderno. La «experiencia inmediata» no le lleva a ninguna parte en el ámbito de las cuestiones esenciales, salvo a las «bellas imágenes como en una pinacoteca»,79 a la falsedad de las ideologías,80 y a las emociones infladas de «numinosidad».81

Pero si Hegel no era ni un verdadero filósofo, ni un verdadero psicólogo,82 y su lenguaje no era más que arrogante y pomposo, entonces «Hegel», como recordatorio externo de certeza para Jung del acto de haber aplastado el estatus lógico de la modernidad, también fue aplastado de una vez por todas. La amenaza que la «forma pensante» suponía para el proyecto de Jung y, más estrechamente, la amenaza que el pensamiento dialéctico de Hegel83 suponía para el principio irrenunciable de Jung de una disociación fundamental entre la experiencia (arquetípica) y el sujeto que experimenta, así como entre la semántica y la sintaxis, fueron eliminadas. Lo único que quedó en última instancia fue el secreto de Jung, su secreto absolutamente incomunicable que se ocultaba, por ejemplo, tras su tardía afirmación verbal: «No creo, sé». Al mismo tiempo, se salvaron la inmediatez, la inocencia lógica, la exterioridad y la exclusividad del ámbito semántico, que en conjunto constituyen la simulación (¡no un retorno a!, ¡no un renacimiento o resucitación!) en la modernidad del Ancien Régime lógico.

10. AUTOCASTRACIÓN AD MAJOREM DEI GLORIAM. HABEMUS PAPAM DE JUNG

Con la última frase ya hemos pasado de nuestro análisis más causal-reductivo al aspecto final-prospectivo verdaderamente psicológico de la postura empirista de Jung, que le hizo tener que rechazar a Hegel a ojos vista. La necesidad de aplastar (y por tanto deshacerse) de la «duda» moderna es sólo el aspecto negativo, defensivo. Hay también un aspecto constructivo o productivo, un deseo de establecer y celebrar algo. Se quería establecer algo como absolutamente incuestionable, radicalmente fuera, por encima o antes de la historia cultural y del proceso histórico, de la conciencia y del logos, de la mente humana, algo fundamentalmente pre… y absolutamente privilegiado: primordial. Exento del pensamiento humano, de ser un resultado de las reflexiones, un producto de la cultura. Algo verdaderamente intacto y puro, un Otro irreductible y vis-à-vis de la conciencia. Algo que está «detrás» de lo que ocurre en la vida. Un origen puro.

En la psicología de Jung, así como en la psicología arquetípica, esta naturaleza absolutamente pura y pre… aparece bajo diversas formas. Jung afirmó una y otra vez explícitamente que lo que proviene del inconsciente es «naturaleza pura», no adulterada por ningún procesamiento humano. Están los arquetipos como conciencia atemporal omnipresente – dominantes externos de la conciencia. Existe la idea de la Urerfahrung. Jung contempla la idea de algo «extramundano» con lo que debemos relacionarnos. Está su concepto de numinosidad. La Psicología Arquetípica se define explícitamente como una «psicología con dioses». El empirismo y el inmediatismo de Jung reaparecen en ella (en forma alterada, mucho más sutil) bajo las etiquetas de «imagen-sentido», «certeza-animal» y aisthesis. Refinado como está frente a la aplastante Urerfahrung de Jung, el esteticismo de Hillman procede igualmente de la suposición de una experiencia absolutamente «directa», lo que también se manifiesta en su sentido decididamente antihistórico y aislante de la «individualidad». Habla de las «voces» interiores que hay que escuchar, de los «rostros» que nos miran desde el interior de los fenómenos y de los «poderes» por los que somos vividos. Cree en algo «pre-lógico», «pre-dialéctico». También para él, los dioses y los mitos son eternos, fundamentalmente por encima del tiempo histórico. Tiene en su esquema el «anima» así como el «anima mundi» como un puro Otro frente a nuestra racionalidad totalmente «desalmada» y al mundo moderno «desalmado».

Todo esto se reduce a una insistencia en la lógica de una relación lineal y un orden jerárquico. Dios, los dioses, los poderes como dominantes mandan, el sujeto como «pez mudo» recibe. Las «voces» hablan, nosotros escuchamos. El alma pura y el mundo real degenerado. Las revelaciones del inconsciente y la conciencia puramente receptiva. Es el orden lineal y jerárquico tal y como lo conocemos por la estructura lógica de la religión y la metafísica, la relación entre lo absoluto (en un sentido metafísico, bellamente reflejado políticamente en la monarquía absolutista) y lo relativo, entre la sustancia metafísica y lo contingente, accidental -el Ancien Régime psicológico.

Lo que, por el contrario, la «duda» que Jung experimentó tan vivamente, tanto biográfica como culturalmente, «mató» no es otra cosa que este sentido de cualquier Pre-…, Ur-…, arche-…, An-sich, cualquier cosa absolutamente privilegiada y primordial, cualquier Inmediato, cualquier sustancia absoluta, cualquier cosa exenta de la productividad cultural humana y por encima del tiempo histórico. Es este mismo sentido de linealidad y jerarquía. La «duda que lo ha matado» ha arrancado el suelo bajo esta estructura de pensamiento, ha destruido la condición previa para esta proyección de una propiedad de la mente hacia fuera, para establecerla como existente fuera y antes de ella. Pero el logro y el don de esta destrucción producida por la «duda» es que forzó y permitió que la relación del hombre con el mundo se volviera urobórica. No hay otro extramundano para la mente moderna. Esta proyección ha sido vista a través. Interioridad absoluta. La mente sabe que todo lo que experimenta, puede ser empíricamente lo más inesperado y sorprendente posible, no es nada verdaderamente primordial. En lo que experimenta, la mente sólo se encuentra con (aspectos de ) ella misma. La experiencia ocurre dentro de la autorrelación y el autoconocimiento urobórico de la mente. Estamos totalmente, por todos lados, rodeados de alma. Ningún Otro fundamental. Nada verdaderamente externo. Lo que encontramos no es «naturaleza», sino siempre ya «cultura».84 Los arquetipos en particular y todo lo que viene «del inconsciente» son bienes culturales hundidos, sedimentados (en contraste con lo que descubren las ciencias modernas, que equivale a desarrollos verdaderamente nuevos de la autocomprensión de la mente, la autorreflexión en la forma en que la física, la química y la fisiología obligan a la mente a comprender el mundo).

Así que también podríamos decir que a lo que se reduce realmente el aplastamiento de la «duda» es a la traslación ideológica de la historia (la cultura, la mente humana) a la naturaleza (donde «naturaleza» significa algo pre-dado y externo a la mente). Es ideológica porque las condiciones previas (y, por tanto, la justificación) para tal proyección (o extrayendo) de la mente y la historia al estatus de un «A priori» absoluto han sido de hecho destruidas. Tanto en la época del mito como más tarde en la época de la religión y la metafísica en el sentido de una prima philosophia, era perfectamente legítimo ver el mundo y la existencia humana en términos de un orden mundial jerárquico con una base metafísica firme y un Creador extramundano y extratemporal del mundo y sustentador del mismo. Esta percepción de los contenidos propios del alma o, mejor dicho, de las funciones «ahí fuera» en el cosmos como entidades y seres, como poderes divinos y como «sustancia» metafísica, era psicológicamente completamente apropiada y estaba plenamente respaldada por el estatus que entonces alcanzaba la conciencia y el modo real de ser del hombre en el mundo. Pero una vez que la conciencia ha vuelto a sí misma, una vez que ha visto objetivamente a través de lo que antes se había experimentado como poderes cósmicos, fuerzas divinas y seres ontológicos son el resultado de sus objetivaciones de sus propias estructuras de pensamiento extraídas de la mente, una vez, es decir, la «duda» ha imposibilitado toda percepción de este tipo, entonces el aferramiento personal a la idea de un orden jerárquico, de un vis-à-vis lineal de la conciencia como receptor pasivo y del alma como naturaleza pura y otro fundamental, y la creencia en la inmediatez de la Urerfahrung o de la imagen-sentido, es inevitablemente ideológica. La ideología es la entrega contrafáctica de los deseos subjetivos como realidad objetiva. Es una hipóstasis estructuralmente metafísica que postula como realmente existente lo que en verdad sólo se echa de menos. Es la sustanciación y objetivación de las funciones subjetivas. Mitificación, «fetichismo».

Está claro que la negativa a informarse y obedecer a la «duda» ya experimentada como la nueva verdad de nuestra situación es -aparentemente paradójica- una traición fundamental al alma, paradójicamente porque esta negativa se presenta precisamente como su contrario, como una intención programática explícita (y por supuesto subjetivamente honesta) de promover la causa del alma, del ánima, del ánima mundi: de reencantar el mundo y de encontrarse verdaderamente a sí mismo. Es una violación de la conciencia objetivamente ya alcanzada de la interioridad urobórica del alma.

La motivación más profunda era de naturaleza genuinamente religiosa. Pues, como se ha dicho, el aplastamiento del estatus moderno de la conciencia que se había alcanzado negativamente en virtud de la «duda que lo ha matado», el aplastamiento que convertía al sujeto humano en un «pez mudo», tiene que ser visto como un sacrificium intellectus, una noción a la que ahora, sin embargo, de otra manera que antes, tenemos que dar su verdadero sentido y profundidad religiosos. Fue un sacrificio ad majorem dei gloriam, por poder seguir en una postura de mirar hacia arriba, hacia algo numinoso y absoluto, en definitiva por tener algo que adorar, tener una semántica. Era una autocastración estructuralmente análoga a la autocastración de los galli en la Antigüedad, jóvenes que en un éxtasis se castraban para honrar a Cibeles, la Gran Diosa Madre frigia, siguiendo el modelo de Atis, su hijo y consorte, pero diferente de esa autocastración en tres puntos.

En primer lugar, mientras que la autocastración de los galos sólo servía, y una vez más celebraba y renovaba, la gloria de una diosa ya existente, una diosa plenamente respaldada por la sintaxis interna de la imagen semántica de ella, la autocastración psicológica moderna servía al propósito de un establecimiento «primario» de una relación de lo humano con unas fuerzas superiores, divinas, en las condiciones reales de la «duda» y del «hombre nacido», es decir, cuando ya no hay ninguna autorización de la idea semántica de las fuerzas divinas por su propia sintaxis intrínseca. La autocastración era el medio, y el precio indispensable que había que pagar, para la posibilidad de mantener el orden «metafísico» jerárquico en primer lugar en una época en la que ha quedado obsoleto. Sólo a través de esta autocastración se creó la posibilidad de seguir estando en posesión de una «verdad» semántica, en posesión de un sentido de lo eterno y divino, de «lo sagrado» y «lo numinoso», de «poderes» y «voces» que merecen nuestros «actos de humildad y sumisión a sus indicaciones». Sólo el autosacrificio del sujeto como inteligencia (que en la tradición junguiana ES en sí mismo el verdadero acto de humildad y sumisión, el único factible) estableció el triunfo que consiste en la postura de una psicología con un Yo como imagen de Dios en el alma o de la postura de una psicología «con Dioses». La experiencia inmediata ES, metafóricamente hablando, la versión objetivada de Jung de la Annuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam.85

La autocastración (lógica) produjo, es decir, fue la producción por primera vez de la sensación (empírica) de algo absolutamente abrumador. No hubo primero algo como la Diosa Madre frigia o, mucho más tarde, el Dios trinitario cristiano como realidad culturalmente autorizada y verdaderamente experimentada86 que exigía de nosotros nuestra humildad y sumisión. El auto-sacrificio no era una respuesta a una experiencia de algo prepotente. Era al revés. En la situación moderna en la que se encontraba la psicología junguiana y en la que «la duda la ha matado», la postura estratégica87 de humilde sumisión y autocastración era lo primero; era el método para otorgar a priori a las imágenes oníricas ordinarias o a las experiencias de fantasía la aureola y la mística numinosa de las insinuaciones del más allá, de las voces y los poderes. «La numinosidad» en la psicología junguiana es resultado y producto de una fabricación (lógica). La urerfahrung es una construcción: la reinterpretación sistemática de las experiencias (reales) como primordiales y como revelaciones directas de algún significado «superior» y sobrecogedor. La virginidad inocente de lo directo y lo imaginario asignado a los fenómenos, que encuentra su fundamento en la idea de lo imaginal con su atemporalidad, es el resultado de una abstracción.

En segundo lugar, el sacrificio del intelecto difiere de la autocastración en el contexto de la Gran Madre frigia en que es lo que Erich Neumann llamó una «castración superior» en lugar de una «inferior» o literal.

Y en tercer lugar, difiere en que no tomó la forma de un comportamiento ritual literal en la realidad práctica, sino que ocurrió ya en los recovecos ocultos de la mente, como una forma lógica general, una interpretación puramente epistémica o científico-metodológica de las cosas en el nivel sintáctico. Por eso se mostró (¡más bien se disfrazó!) como el empirismo de Jung en la psicología, cuyo aspecto y significado religioso intrínseco sólo se manifiesta indirectamente en el afecto casi fanático con el que tuvo que defender la afirmación de que era un empirista contra tantas pruebas en contra. Es un sacrificio ya fundamentalmente sublimado, un acto religioso fundamentalmente sublimado, un sacrificio como forma general de ver los acontecimientos.

Esto tiene de nuevo dos aspectos. El primero ya lo tocamos arriba cuando tuvimos que darnos cuenta de que el aplastamiento de la mente moderna por parte de Jung significaba un irracionalismo lógico, no psíquico o empírico. Jung, y lo mismo puede decirse de Hillman, no se recortó literalmente el intelecto. Su sacrificium intellectus fue un sacrificio lógico, no literal, no empírico-práctico. Lo que antaño había sido un acto cultual o ritual, en su caso se ha evaporado «alquímicamente» y, por lo tanto, ha retrocedido a la sintaxis oculta de la psicología. El hecho de que la autocastración se haya producido en la forma fundamentalmente destilada de una sintaxis general nos dice que se trata de un sacrificio no de un objeto, un órgano del cuerpo como en el caso de los galli, o, en el caso de Jung, de una facultad humana literal, a saber, el intelecto o la capacidad de razonar del ser humano. Se trata más bien de un sacrificio de la estructura o lógica urobórica, autorreflexiva y dialéctica de la conciencia lograda en la modernidad, la interioridad autocontenida de la mente que objetivamente ya se había realizado. Si iba a haber la deseada oposición lineal no dialéctica (vis-à-vis) del ego y el inconsciente, el ego y el Ser, la conciencia y la abrumadora experiencia primordial (o, en el caso de Hillman, nuestra vis-à-vis directa con las «voces» o imágenes en su sentido de aisthesis = la postura de la inmediatez) entonces, como cuestión de rutina, la estructura urobórica autorrelacional de la conciencia tenía que ser eliminada.

El aplastamiento de la «duda» moderna88 ES la perdición del uroboros como nueva forma lógica de la conciencia. Lo es porque esta «duda» es, expresada negativamente, el socavamiento de la firme creencia en la exterioridad lógica y en la existencia objetiva independiente de lo que se experimenta, y, expresada positivamente, la primera inmediatez de la autoconciencia del sujeto como elemento indispensable en la producción de la experiencia: Es la conciencia de que es el propio sujeto (la mente humana) el que ha producido -quizás en gran medida inconscientemente- lo que recibe conscientemente a través de su experiencia, producido incluso aquellas experiencias por las que puede verse abrumado. No existe el Otro como autor misterioso.

Hasta aquí el primer aspecto. El segundo aspecto es que la religiosidad del sacrificio ha sido en sí misma semánticamente negada y agotada por completo. Se trata de un sacrificio religioso en ese nivel histórico de conciencia para el que la religión ya se ha sublimado in toto, lo que significa que allí donde se aferra se ha convertido lógica pero involuntariamente en una religión nihilista: una religión de la nada. En la psicología junguiana ya no hay una deidad específica a la que rendir culto o un credo específico, ni una práctica de culto concreta, ni un «sentido de la vida» particular, de hecho no hay ningún contenido semántico concreto. Ya no importa realmente qué nombre utilicemos, si Dios, o el Yo, la imagen de dios en el alma, o los «arquetipos», o incluso de forma totalmente abstracta «el inconsciente» -o, lo que es aún más sorprendente, los nombres clínicos meramente científicos de los síntomas, como «obsesión» o «fobia», porque según Jung también ellos no pueden sino confirmar la estructura general del «servicio religioso». Pero eso es precisamente, aunque no se admita, lo único que sigue contando realmente: a saber, que la estructura lógica abstracta se mantiene de una relación lineal con algo abrumador (no importa qué), con algo que se venera sin palabras como «arquetípico», «numinoso», «sagrado»: la forma vacía de la religión, la postura metodológica generalizada de la mirada hacia arriba, la lógica de la «humildad y la sumisión», el «Eso» en blanco del significado superior.

«El mandala es el centro», dijo Jung, aconsejando circunvalar el centro. «Después, todo apunta al centro» (MDR p. 196 s.). Pero Jung nunca pudo demostrar tal centro, y nunca dijo qué es este centro postulado, qué o quién está en el centro. Cuando intentó describir positivamente el centro no pudo hacer más que utilizar tales Leerbegriffe (conceptos vacíos) como «totalidad» o «el yo». Dibujar mandalas, circunvalar «el centro», esforzarse por la «totalidad», malgré lui traicionan el nihilismo oculto de Jung: una práctica de dar vueltas alrededor de la nada, una palabra vacía, una mera sugerencia de algo. Los israelitas que danzaban alrededor del Becerro de Oro tenían realmente un centro realizado. Había realmente un Becerro de Oro que constituía un verdadero centro y hacía que la circunvalación en torno a él valiera la pena y fuera auténtica. Y el hecho de que hubieran sido capaces de crear esta imagen del Becerro de Oro en primer lugar estaba plenamente respaldado por su psicología o la lógica de su modo de ser-en-el-mundo. ¿Pero hoy?89 La circunvalación ociosa del ego tiene la función de tener que evocar la esperanza ilusoria de que donde hay un movimiento circular seguramente debe haber también un centro. La circunvalación en sí misma se ha convertido en algo puramente funcional.

Con grandes palabras de poder como «totalidad» y «yo» e «individuación», Jung postula algo como positivamente existente que en sí mismo no tiene contenido y no puede ser documentado: de esta manera él inadvertidamente (1) adora (2) la Nada. Ahí radica el nihilismo secreto del proyecto de Jung. ¿Qué es la «totalidad» sino la hipostatización de una abstracción totalmente formalista? Todo el discurso de los mitos, de los dioses, de lo imaginal se reduce a la posesión de una semántica que, sin embargo, es en sí misma hueca, el mero marcador de posición de una.90 El estadio cero de una semántica. Todo esto sigue la lógica expresada en la intuición de Nietzsche citada anteriormente, «más bien el Hombre está dispuesto a querer la nada que a no querer».

Todo lo que procede del inconsciente colectivo se considera (al menos en última instancia) religioso en este sentido abstracto, sublimado y vaciado. La propia palabra religio no significa para Jung, en última instancia, más que la «observación atenta» de nuestros sueños y fantasías espontáneas. «¿Qué es el gran Sueño? Consiste en los muchos sueños pequeños y en los muchos actos de humildad y sumisión a sus indicios» (Letters 2, p. 591, a Read, 2 de septiembre de 1960). Imágenes concretas como las que se producen en nuestros sueños y visiones sirven meramente como catalizador o como material de práctica por medio del cual se puede realizar siempre de nuevo el acto funcional de la abnegación, que a su vez sirve para erigir la estructura de la mirada hacia arriba, el sentido de que uno posee (no algo [lógicamente] positivo a lo que mirar, un Becerro de Oro real, una Verdad real, un Dios real, sino meramente) la idea vacía de algo positivo.

Mientras que el propio Jung creía que su empirismo era la misma postura metodológica verdaderamente científica que la que prevalece en la ciencia moderna,91 y mientras que no fue realmente capaz de ver a través del hecho de que era para él mucho más bien un sinónimo de la religión en este sentido diluido (religio, observación cuidadosa de los «hechos» puros), la Psicología Arquetípica está más allá de ese empirismo literal. Sin embargo, conservó precisamente la estructura básica lograda mediante el sacrificium intellectus en el sentido religioso, la estructura de la mirada hacia arriba. La sublación fundamental de su religión, y el nihilismo inherente a su postura, se hacen más evidentes en su «politeísmo» psicológico, por un lado, lo que en última instancia significa que religiosamente «todo vale», y, por supuesto, en la reducción de «los dioses» a metáforas, por otro lado. De nuevo, es la forma vacía de «religión», la actitud religiosa metodológica como tal, una especie de l’art pour l’art, sin ningún compromiso real. Y porque de alguna manera lo sabe, no se llama a sí misma religión y ha roto con la «teología» más explícita de Jung (o, como yo preferiría decir, su «teosofía»), llamándose en su lugar psicología imaginal, pero no obstante una psicología «con dioses», una «psicología politeísta». Y en la medida en que no se toma a sí misma literalmente, sino que tiene una relación irónica y lúdica consigo misma, así como con sus Dioses como meras «metáforas», este carácter lúdico es, sin embargo, en sí mismo mortalmente serio. Semánticamente los Dioses no son más que metáforas (no objetos de creencia y culto), pero psicológicamente o sintácticamente la actitud religiosa sobrevive.

La lógica del dictum tan fuertemente respaldado por Jung, Vocatus atque non vocatus deus aderit, se muestra verdadera también aquí, es decir, en el momento post mortem dei, para usar la feliz frase de Greg Mogenson.92 La psicología junguiana no puede ofrecernos un dios o un sentido, sino sólo la posición irrevocablemente vacía de uno, o el esfuerzo por principio insatisfactorio de uno, la circumambulatio alrededor de un centro que por definición tiene que permanecer vacío.93 No establece una sustancia en el sentido metafísico literal, pero ciertamente proporciona el vago sentido de una. No obtenemos positividades plenas, pero sí la forma vacía de la positividad; no hay semántica cumplida, pero sí la forma vacía de la semántica. Este carácter de forma vacía es un homenaje a la modernidad, a la negatividad absoluta inherente a la «duda que lo ha matado» o, lo que es lo mismo expresado desde el punto de vista de la otra cara de la moneda, al estatuto urobórico de la conciencia. Vocatus atque non vocatus: no se puede escapar de la «duda», de la negatividad absoluta, aunque se la aplaste, se aplaste la mente subjetiva, para simular la situación del Otro fundamental. La negatividad, una vez que pasa a ser el estado lógico real del alma, te atrapa de una manera u otra. Así pues, a pesar de que el sacrificium intellectus que encontramos en Jung es un sacrificio de profundidad y significación verdaderamente religiosas ad majorem dei gloriam, lo que en última instancia pretende conseguir se ha reducido fundamental e involuntariamente, evaporándose «alquímicamente», a la forma sintáctica (secundariamente semantizada) de los contenidos semánticos (y a la forma de la ideología94 en ese sentido): es decir, aquella que está «encargada de conseguir lo que no puede hacerse por medios honestos».

En último término, es la propia «duda» hipostasiada, astutamente disfrazada de su opuesto profusamente decorado.95


1 Escrito en 2010.

2 Ahora el capítulo seis de este volumen.

3 Ernst v. Lasaulx en una carta a Joseph v. Görres, 15 de mayo de 1831. Citado de Hegel en Berichten seiner Zeitgenossen, ed. de Günther Nicolin, Hamburgo (Meiner) 1970, # 666, p. 429.

4 Jung subrayó repetidamente desde el principio que tenía un secreto fundamental del que no podía hablar con nadie y que ese secreto era su verdadero tesoro. «Toda mi juventud puede entenderse en términos de este secreto. Me indujo a una soledad casi insoportable» (MDR p. 41).

5 Hölderlin, con una etimología creativa pero falsa, pensó que Urteil como término lógico significa «Ur-Teilung», «división o dirección primordial («ur-«)», interpretación que fue adoptada por Schelling así como por Hegel.

6 A este respecto, podemos recordar también la concepción de Jung sobre la religión. Leyendo de joven la Christliche Dogmatik de Biedermann, «aprendí de él que la religión era un acto mental de la auto-relación del hombre con Dios’. Yo no estaba de acuerdo con eso, pues entendía la religión como algo que Dios me hacía; era un acto de su parte, al que yo simplemente estoy expuesto, pues Él era el más fuerte» (MDR p. 56 for., trad. modif.): el rechazo de la idea de «acto mental» y la insistencia en la total pasividad o condición de víctima del sujeto. Jung está comprometido con la lógica de la unidireccionalidad absoluta. Esta es también la lógica que informa la idea de Jung sobre el inconsciente. – Pero mientras que la «unidireccionalidad» podría seguir sugiriendo una dualidad, debemos darnos cuenta de que debido a la cualidad absolutamente dominante de Dios (o «el Otro») el «sujeto» humano se convierte realmente en un objeto. En última instancia, como polo exclusivamente receptor de dos, es (lógicamente) subsumido o engullido por el activo, de modo que la dualidad se reduce (lógicamente) a una estructura monocéntrica (el ego dando vueltas alrededor del Yo). La dualidad es vista como, y reservada para, la estructura de la neurosis («disociación» entre el ego y el yo). Jung intentó subsanar este defecto (el sujeto humano convertido subrepticiamente en objeto) en el plano semántico, asignando al sujeto humano el poderoso papel de redentor del Dios oscuro inconsciente, así como por su tesis de la necesidad de una cierta rebeldía contra Dios («El hombre tiene siempre alguna reserva mental, incluso frente a los decretos divinos. De lo contrario, ¿dónde estaría su libertad? ¿Y de qué serviría esa libertad si no pudiera amenazar a Aquel que la amenaza?». MDR p. 220). Pero esto es una modificación fundamentalmente secundaria y meramente semántica o psíquica (conductual) que no altera la psicología subyacente, la estructura lógica.

7 C.G. Jung, Uber Gefühle and den Schatten. Winterthurer Fragestunden. Textbuch, Zürich y Düsseldorf 1999, p. 21 (mi traducción).

8 Teniendo en cuenta lo que Jung había dicho sobre la insoportable soledad debida a «su secreto» (véase la nota 4 más arriba), ¿no podríamos decir que él, Jung, era un hombre enjaulado en la prisión de su secreto y también, sin duda, orgulloso de ello («Tenía la sensación de estar proscrito o elegido, maldito o bendito» MDR p. 41)?

9 La fantasía de Jung está obviamente influenciada por las impresiones que recibió durante muchos años como psiquiatra en la clínica Burghölzli.

10 Esto, por cierto, contrasta favorablemente con la temprana fascinación de Jung por el movimiento reaccionario nazi, al que Jung ni siquiera dudó en atribuirle ser una manifestación de una fuerza arquetípica, el dios Wotan. -Que la conmemoración de Hegel del asalto a la Bastilla no es expresión de un entusiasmo ingenuo y de una ceguera ante el terror absoluto de la Revolución Francesa (al modo en que muchos intelectuales marxistas franceses cerraron sistemáticamente los ojos ante los terrores estalinistas) queda claro en su capítulo «Libertad absoluta y terror» de su Fenomenología del Espíritu.

11 Por supuesto, «científico» no en el sentido habitual de hoy, que se refiere a las ciencias naturales positivistas.

12 G.W.F. Hegel, Phenomenology of Spirit, transi. por A.V. Miller, Oxford (Oxford University Press) 1977, p. 17.

13 Ibid. , p. 42.

14 lbid. , p. 50.

15 Aunque Eisler utilizó la «S» alemana, mientras que Jung cambió a la «p» latina.

16 Walter Jaeschke, Hegel-Handbuch, Stuttgart, Weimar O.B. Metzler) 2005, p. 108. Mi traducción.

17 Hegel, Dissertatio Philosophica de Orbitis Planetarum. Philosophische Erörterungen über die Planetenbahnen, traducido [al alemán] y con introducción y comentario de Wolfgang Neuser, Weinheim 1986. Especialmente pertinente: p. 56. En este contexto, me gustaría volver a referirme a lo que señalé brevemente más arriba sobre la filosofía de la naturaleza de Hegel.

18 C.G. Jung, El Zaratustra de Nietzsche. Notes of the Seminar given in 1934-1939, ed. por James L. Jarrett, Princeton (Princeton University Press) 1988, vol. 2, p. 1121.

19 Marie-Louise von Franz, C. G. Jung. Sein Mythos in unserer Zeit, Frauenfeld y Stuttgart (Huber) 1972, p. 57.

20 Terry Pinkard, Hegel A Biography, Cambridge (Cambridge University Press) 2000, p. 459 s.

21 Sobre las implicaciones más amplias de todo este tema, véase Rebecca Comay, Mourning Sickness. Hegel and the French Revolution, Stanford (Stanford University Press) 2011.

22 Hegel’s Science of Logic, transi. por A.V. Miller, Atlantic Highlands, NJ (Humanities Press International) 1989, p. 48.

23 En la sección sobre Anaxágoras en las Hegel’s Lectures on the History of Philosophy.

24 Para una discusión filosófica de los diferentes tipos de lógica, véase Stefan Schick, Contradictio est regula veri. Die Grundsätze des Denkens in der formalen, transzendentalen und spekulativen Logik, Hegel-Studien Beiheft 53, Hamburgo (Meiner) 2010.

25 Cf. el título de una conferencia en Oldenburg, Alemania, en 2007: “Ist Hegel ein toter Hund? Über die Wirklichkeit der Vernunft in postmetaphysischer Zeit.” La expresión «un perro muerto» había sido utilizada sobre todo por Lessing para referirse a cómo se había tratado a Spinoza desde después de su muerte hasta la época de Lessing, y más tarde fue aplicada repetidamente (ya sea afirmativa o negativamente) también a otros pensadores por otros pensadores (por ejemplo, por Stirner, Marx).

26 Me di cuenta de esta cita por el «Jungian Analysis Post Mortem Dei» de Greg Mogenson, en: Spring vol. 84, 2010, p. 243.

27 El uso mágico de las palabras las trata como entidades poderosas, no como signos lingüísticos.

28 Emil Staiger, «Noch einmal Heidegger», Neue Zurcher Zeitung, 23 de enero de 1936. Ahora en: Antwort. Martin Heidegger im Gespräch, ed. G. Neske y E. Kettering, Pfullingen (Neske) 1988, p. 270.

29 Emil Staiger, «Ein Rückblick», en: Heidegger. Perspektiven zur Deutungseines Werkes, Colonia-Berlín 1969, p. 242

30 Terry Pinkard, Hegel. A Biography, Cambridge (Cambridge University Press) 2000, p. 82.

31 Ibid. nota 79, f. 676. Cf. a este respecto también Jung, Letters I, p. 425, a Wilfrid Lay, 20 de abril de 1946: «En realidad, mi intención era escribir de tal manera que los tontos se asustaran y sólo los verdaderos eruditos y buscadores pudieran disfrutar de su lectura». Pero este no era el propósito de Hegel. El suyo era: un lenguaje apropiado para la forma lógica del contenido y para la situación moderna.

32 En otra ocasión Jung afirma a propósito del conocimiento revelado de las religiones del mundo «Nosotros [es decir, nosotros hoy] no podemos más que sentir nuestro camino hacia él y percibir algo de él [es nur noch einfühlen y anempfinden]» (CW 9i § 10, trad. modifühlen: traducido a menudo como «empatizar con» significa, en efecto, algo así como sentir el camino hacia él; pero anempfinden significa en realidad producir en uno mismo, mediante algún esfuerzo, sentimientos, estados de ánimo, etc., que uno no tiene por sí mismo, es decir, su afectación. Ambos verbos indican externalidad y algún tipo de artificialidad (en contraste con los sentimientos o convicciones que aparecen espontáneamente en uno mismo o que, como convicciones tradicionales consagradas o sentimientos y valores culturales, uno se ha imbuido, por así decirlo, con la leche materna). Ambos verbos pertenecen a la esfera de la reflexividad, no de la inmediatez. Este es el estatus de nuestro sentimiento moderno: einfishlen y anempfinden. – Pero «estar metido en la esfera del sentimiento» implica además algo más. Sentir algo, tener experiencias emocionales, «numinosas», si es meramente «lo mejor que (en estas circunstancias) puede (todavía) suceder», no es por principio suficiente para que un símbolo o dogma sea una realidad psíquica o una verdad del alma: Hay que hacer justicia no sólo al «polo emocional» «en virtud de su numinosidad [del símbolo o dogma]» (la impresión de lo que muestra la imagen, el contenido), sino también al «polo conceptual» de toda la personalidad «en virtud de su forma [del símbolo o dogma]» (CW9ii § 280, trad. modif.). Obviamente, es una falacia psicológica concentrar y poner la esperanza en las experiencias numinosas y en la esfera del sentimiento, el nivel emocional. Esto es lo que precisamente reduciría los símbolos y el dogma a la condición de «misterios inaccesibles», es decir, significaría cultivar la mistificación (e ipso facto la auto-estratificación). Pero los verdaderos símbolos y dogmas también pretenden, es más, exigen, ser inteligibles, intelectualmente «convincentes», accesibles al «entendimiento consciente del hombre moderno»; quieren ser lo que hace posible la más alta iluminación intelectual. Quieren ser «verdades filosóficas» (§ 274; en esta frase de Jung, «filosófico» no debe tomarse en el sentido estricto, como referido a la forma de pensar, sino que tiene más generalmente el significado de «sabiduría intelectualmente aceptable»). Quieren ser accesibles a «toda gama de pensamiento» (CW 9i § 10, literalmente: jeder denkerischenAusschöpfungzugänglich, accesible a toda forma posible de agotar el significado completo contenido en ellos a través del pensamiento conceptual). Jung había utilizado la palabra denkerisch (normalmente traducida por «intelectual») también al hablar de lo que se ha traducido como «forma pensante» (denkerische Form).

33 He cambiado «verdadero a mí» por «verdadero para mí» porque así se evita el malentendido de lo que Jung quiso decir como si quisiera dar a entender una cuestión de lealtad o fidelidad de la misa a él.

34 Pero, por supuesto, al ser sólo la primera inmediatez de esta aparición, se produce en la forma negativa de «duda». Esta duda particular, sin embargo, en lugar de implicar incertidumbre y vacilación, es un conocimiento firme (¡negativo!) de que aquello a lo que se refiere ya no es cierto («Uno no puede … obligarse a creer ‘lo que sabe que no es cierto'», había dicho Jung).

35 Sólo menciono su «Cosmología para el alma. Del universo al cosmos», en: Esfinge 2, 1989, pp. 17-33, y su «Imagen-Sentido», en: Primavera de 1979, pp. 130-143.

36 Véase el punto anterior.

37 «Nosotros no la curamos [la neurosis] -ella nos cura a nosotros-…. lo que el neurótico desecha como absolutamente inútil contiene el verdadero oro que nunca hubiéramos encontrado en otra parte (CW 10 § 361).

38 Iniciados también, podríamos añadir, en ser capaces de abrazar el espíritu de «este escepticismo exhaustivo» de Hegel.

39 «En realidad la neurosis [es decir, en nuestro caso: la duda] contiene el alma del paciente…» (CW 10 § 355, trad. modif.). «Duda» es la nueva forma lógicamente negativa de alma.

40 Jung criticó que su padre «insistía en una fe ciega, que tenía que ganar por medio de la lucha y quería obligar a venir con esfuerzos contorsionados. Por eso no podía recibirla como una gracia» (MDR p. 73, trad. modif.). Pero al mismo tiempo le reprochaba que no se esforzara por llegar a su situación. Que en la situación moderna hubiera y pudiera seguir existiendo esta gracia es un prejuicio «metafísico» y la expresión del deseo o exigencia egoica de Jung. Porque, ¿eran los años del siglo XIX (y son nuestros años) todavía verdaderamente «años de gracia» (del modo en que se justificaba en la Edad Media y en los primeros tiempos de la modernidad decir, por ejemplo, «en el año de gracia 1250»), de modo que la expectativa de gracia se hubiera autentificado? Además, es evidente que la gracia que Jung tenía en mente sólo podía producirse a través de la lucha pugnaz, que delata que es lo contrario de sí misma. Jung tampoco se da cuenta de que lo que él sentía como su propia experiencia de «gracia» (a través del incidente de la catedral de Basilea) era el resultado de sus esfuerzos contorsionados, de sus retorcidas manipulaciones mentales, y de ninguna manera lo que uno normalmente entendería por «una experiencia de gracia.» Es posible que el padre de Jung haya sido demasiado honesto para intercambiar, con respecto

41 Cf. por ejemplo: «Freud diría [a una determinada idea delirante de un paciente demente]: ‘Un deseo-fantasía incestuoso’, porque querría salvar al pobre paciente de un sinsentido odioso. Pero le diría al paciente: ‘Qué pena que seas demasiado estúpido para entender bien esta revelación’. (Letters 1, p. 266, a Anónimo, 22 de marzo de 1939. Énfasis mío).

42 «Dios es una experiencia inmediata de naturaleza muy primordial, uno de los productos más naturales de nuestra vida mental, como el canto de los pájaros, como el silbido del viento, como el trueno del oleaje…. Puedes alegrarte de tener tal convicción, como un hombre que está en un estado de ánimo feliz, aunque nadie más, ni siquiera él mismo, sepa por qué, pero ciertamente nadie podría demostrarle que es infeliz o que su sentimiento de felicidad es una ilusión» (Letters 2, p. 252 y s., a Snowdon, 7 de mayo de 1955). «[L]a certeza de la experiencia interior» (Letters 2, p. 378, a Bernhard Lang, junio de 1957). «… la experiencia esencial, es decir, la experiencia religiosa primordial. Sólo ésta constituye el verdadero e inconmovible fundamento de su vida interior de creencia» (Letters 2, p. 486, a Tanner, 12 de febrero de 1959). «Cuanto más envejezco… más recurro a la simplicidad de la experiencia inmediata para no perder el contacto con lo esencial, es decir, con los dominantes que rigen la existencia humana a lo largo de los milenios» (ibíd., p. 580, a Earl of Sandwich, 10 de agosto de 1960).

43 Pero utilizo la frase del título de este artículo, aparte del artículo mismo, como una formulación general adecuada de lo que Jung se había propuesto como tarea vital como psicólogo para dirigirse a sí mismo. Seelenproblem se traduce probablemente mejor como el «predicamento del alma», del alma [del hombre moderno]. Tanto «problema psicológico» como «problema espiritual» son demasiado específicos, el uno hace pensar en términos de la psique de las personas, el otro en términos de lo que ahora entendemos cuando escuchamos «espiritualidad». Seelenproblem implica ciertamente la dimensión espiritual o religiosa, pero no tiene nada que ver con nuestra espiritualidad en el sentido New-Age y la sección de espiritualidad en las librerías. Se refiere al problema del alma objetiva en la que tenemos nuestro lugar, es decir, a la dimensión profunda del ser humano moderno en el mundo como tal.

44 Letters 2, p. 589, a Herbert Read, 2 de septiembre de 1960.

45 La forma denkerische es, por supuesto, mucho más antigua que la modernidad. Se remonta a la Antigüedad. Sin embargo, desde la Antigüedad hasta el período temprano de la metafísica clásica, la forma pensante era sólo un modo subjetivo de apercibir y abordar las cuestiones esenciales. Formaba parte de una reflexión externa. Lo que tiene de especial la modernidad, con la «duda que ha matado», es que la forma de pensar se ha vuelto objetiva. Es el carácter intrínsecamente objetivo del mundo moderno como tal, de los propios ruths, lo que hay que percibir y atender. Como señalé anteriormente: dentro de sí mismas las verdades se socavan a sí mismas como verdades inocentes que deben ser creadas. En sí mismas exigen ser pensadas. La «duda» a la que se refiere Jung es el reverso negativo de lo que desde su otro lado positivo es la forma del pensamiento que se ha convertido en objetivo, inmanente a la materia de la experiencia esencial. Al decir que Jung traicionó su tarea e inmunizó la materia de la experiencia psicológica contra la forma del pensamiento, no quiero indicar en absoluto que su tarea hubiera sido filosofar en la reflexión externa sobre nuestro predicamento anímico. Su tarea habría sido encontrarse con la en su propio nivel, el de la «duda» o denkerische Form.

46 Stanton Marian, «From the Black Sun to the Philosopher’s Stone», en: Spring 74 (Alchemy). A Journal of Archetype and Culture, Spring de 2006, pp. 1-30, aquí p. 9.

47 El hecho de que Jung, después de haber obtenido una clara visión de la «duda que lo ha matado» y de la necesidad de una nueva forma, insistiera sin embargo en quedarse sistemáticamente en el nivel semántico, podría interpretarse con una versión psicológica, no religiosa, de la idea bíblica del pecado contra el Espíritu (Matth. 12: 31s., «la blasfemia contra el Espíritu Santo»). El ejemplo más flagrante de este «pecado contra el Espíritu» es el manejo que Jung hizo de niño de su experiencia en la catedral de Basilea, que es un rechazo evidente a su iniciación. Véanse los capítulos dos y tres del tomo 5 de mis Collected English Papers.

48 Jung se mostró justamente descontento con el uso moderno de drogas como el LSD para inducir experiencias visionarias, subrayando que «simplemente se cae en tales experiencias sin poder integrarlas. El resultado es una especie de teosofía, pero no es una adquisición moral y mental. Es el hombre eternamente primitivo teniendo experiencia de su tierra fantasma, pero no es un logro de su desarrollo cultural…. Es, a mi entender, un método útil para un peyote bárbaro, pero una regresión lamentable para un individuo cultivado, un «Ersatz» peligrosamente simple y sustituto de una verdadera religión» (Letters 2, p.382 y ss., cursiva mía). ¡Cuánta verdad! Pero también, ¡qué estrecho es el paralelismo de la lógica que opera en estos comentarios con la de mi argumento anterior! El contenido semántico de las experiencias no es suficiente, incluso puede llevar a la regresión. No necesitamos más experiencia sentida, más entrada imaginal, más Ersatz. Lo que cuenta es la forma, el nivel cultural (y el avance de este nivel) de la conciencia. Sin embargo, Jung no tomó su propia medicina cuando se trataba de su propia respuesta psicológica al predicamento anímico del hombre moderno. La mera fuente de las experiencias (visiones inducidas por drogas frente a visiones o sueños espontáneos, por muy diferentes que sean) no debería suponer una diferencia decisiva. Porque en ambos casos se trata del «hombre eternamente primitivo que experimenta su tierra de fantasmas», o, en la psicología imaginal, que se entretiene con los mitos y se entrega al Ersatz. Por cierto, «método útil para un peyote bárbaro, pero una regresión lamentable para un individuo cultivado» también es paralela a la afirmación de Jung sobre la misa: «Sé que es la verdad, pero no es más verdadera para mí».

49 Este deseo también equivale a un programa del ego, es decir, lo contrario de sí mismo. ¡Sólo el alma podría engendrar el mundo! ¡Y qué megalomanía pensar que «el mundo» podría ser un posible objeto de nuestros esfuerzos!

50 La psicología no debe operar, como, por ejemplo, el ateísmo y el dogmatismo religioso, con la oposición binaria, no dialéctica, de la verdad y la falsedad, la verdad y el error o la mentira, con, como dijo Jung, «la separación artificial de la sabiduría verdadera y la falsa» (CW 9i § 31). Por el contrario, apuesta por la verdad absoluta: la noción de verdad «absuelta», liberada, de esa oposición de tipo O bien. Por eso, para la psicología, sólo son las verdades (en el sentido pleno de la palabra) las que pueden dejar de serlo y quedar obsoletas (cf. «sé que es la verdad» – «ya no es [esta misma verdad] para mí»), al igual que sólo la conciencia puede ser inconsciente. Ni el hecho de que algo sea una verdad contradice la otra verdad de que ahora pueda ser falsa, pasada de moda, una mera «curiosidad histórica»; ni su falsedad significa que haya que rechazarla totalmente y desecharla por haber sido intrínsecamente y desde el principio una ilusión, una creencia errónea. A diferencia de cualquier dogmatismo, la verdad absoluta es a lo que llega dieser sich selbst vollbringende Skeptizismus.

51 Al igual que anempfinden (véase más arriba), anbeweisen es difícil de traducir. Significa forzar una creencia sobre uno mismo por medio de pruebas «lógicas», una creencia que uno no tiene realmente por sí mismo, es decir, como una creencia auténtica y natural. La argumentación lógica tiene más bien el propósito de combatir una incredulidad o duda realmente imperante.

52 Sin embargo, desde un punto de vista verdaderamente psicológico, no habría sido legítimo. Una psicología con alma no debe mantener la filosofía fuera de sí misma. ¡Qué pobre concepción de la psicología si se interpreta como algo que puede hacer una conciencia inculta -sobre todo filosóficamente inculta, ignorante-! Y en lo que respecta a la situación anímica moderna, Hegel en particular resulta ser indispensable (lo que no significa en absoluto que tengamos que convertirnos en hegelianos y considerar su filosofía como la respuesta a nuestro predicamento; más bien significa que su obra es indispensable para la formación y educación de la mente).

53 Pero en verdad, Jung quiere decir con esto: lo que no se puede hacer de manera simplista, con los medios del lenguaje cotidiano. Es decir, sin involucrar la constitución de la conciencia misma. La conciencia debía ser un recipiente neutral.

54 Es esencial darse cuenta de que su concepto de «experiencia inmediata» no es en sí mismo una experiencia inmediata ni se basa en ella, ¡sino que es un producto de las reflexiones y manipulaciones intelectuales del muchacho! He discutido esto en detalle en los capítulos dos y tres de The Flight Into the Unconscious, vol. V de mis Coll. Engl. Papers, Nueva Orleans (Spring Journal Books) 2013. Fue el resultado de una decisión de última importancia por parte de toda la persona (homo totus). Y como era una decisión vital, un compromiso total, adquirió para él el carácter de una verdad absoluta inquebrantable, el carácter de su articulus stantis et cadentis.

55 Véase la referencia indicada en la nota anterior.

56 «Más tarde mi madre me dijo que en aquellos días me deprimía a menudo. En realidad no era eso, sino que rumiaba el secreto» (MDR p. 42).

57 Juntos, la fe ciega de su padre y sus dudas son dos mitades de una sola verdad. Cada una tiene lo que le falta a la otra. La fe tiene su propia iluminación en las dudas. Las dudas tienen su contenido en la fe del padre. Las intuiciones sin conceptos son ciegas, los conceptos sin intuiciones son vacíos, había dicho Kant. Una relación similar prevalece entre la fe ciega y la duda iluminadora. La disociación entre las dos mitades de un todo no es, sin embargo, un error. Es la operación alquímica del alma de la separatio de la unio naturalis entre la semántica y la sintaxis, una separatio que es indispensable para hacer, por primera vez dentro de la historia del alma, el nivel de la forma lógica o sintaxis consciente y explícita. Pero la condición de disociación significa también que la fe sin su propia iluminación y autorización desde dentro de sí misma, a través de su propia sintaxis intrínseca, que ahora a través de la disociación ha sido extraída, exteriorizada y objetificada como esas dudas, se convierte en una semántica ciega (normalmente conocida bajo el título de ‘ ideología»), una semántica que a causa de su falta de autorización interna necesita ser apuntalada desde «fuera» por la voluntad del ego. A la inversa, la «duda» privada de su propia sustancia semántica intrínseca permanece vacía (lo que suele experimentarse bajo los títulos de «nihilismo», «pérdida de sentido» o, como aquí, «dudas»). Una coniunctio de los opuestos separados sigue siendo un mysterium, con lo que no me refiero, como Jung, a un suceso misterioso, a una experiencia mística como positividad, sino que me refiero al hecho de que es algo todavía completamente inimaginable, y mucho menos pensable. Sería que se ha alcanzado un nivel por encima del.

58 Por supuesto, Jung tiene también una visión muy diferente y altamente positiva de la función e importancia de un secreto, y estoy en deuda con Greg Mogenson por instarme a incluir este aspecto aquí. Jung afirmó, por ejemplo, que «no hay mejor medio de intensificar el atesorado sentimiento de individualidad que la posesión de un secreto que el individuo se compromete a guardar» (MDR p. 342), «Como el iniciado de una sociedad secreta que se ha liberado de la colectividad indiferenciada, el individuo en su camino solitario necesita un secreto que por diversas razones no puede o no puede revelar. Tal secreto le refuerza en el aislamiento de sus objetivos individuales» (p. 343). Hay algo que decir a favor de tales secretos. Los secretos como los de las sociedades secretas pertenecen a las estrategias «religiosas» generales del alma para crear algo absolutamente precioso a las que también pertenecen los tabúes y la distinción entre un temenos o templum o santuario interior, por un lado, y lo profano, por otro. Jung probablemente tiene razón cuando afirma: «El individuo que no está fundado en Dios [aquí podríamos decir en cambio: fundado en algún terreno absoluto, e interpretar esto como referido al contenido de «el secreto»] no puede ofrecer ninguna resistencia con sus propios recursos a los encantos físicos y morales del mundo» (OC 10 § 511). Pero es bien sabido que un verdadero arraigo en Dios que pueda ofrecer tales resistencias no debe tener siempre la forma de un secreto; también puede ser profesado. Basta pensar en Dietrich Bonhoeffer. O en San Pablo. E incluso cuando es un secreto literal como en las sociedades secretas, no debe ser lógicamente un secreto aislante. Sobre los indios Pueblo, Jung dijo: «Tienen por norma mantener sus prácticas religiosas en secreto …. [Es un] secreto conocido por todos los comulgantes …. Esta extraña situación me hizo pensar en Eleusis, cuyo secreto era conocido por toda una nación y, sin embargo, nunca fue traicionado» (MDR p. 249, trad. modif.). Se trata, en otras palabras, de un secreto en el estado lógico de la compartición, de la comunalidad. Se trata de un tipo de secreto totalmente diferente al que se basa en el miedo egoico y está motivado por un repliegue desafiante en la intimidad y el aislamiento, es decir, por una actitud defensiva. Esto último se aplica al propio secreto de Jung y lo hace objeto de su crítica citada anteriormente («veneno»), tanto más cuanto que su sustancia no se basaba en una verdadera revelación espontánea, sino en una fabricación mental. El secreto de Jung le produjo una «soledad casi insoportable» y lo aisló de la comunidad de mentes. Para Jung, el secreto que alaba es ya una posesión absolutamente privada del individuo moderno (fundamentalmente aislado, escindido). Podemos, por el contrario, pensar en el Memorial de Pascal como un ejemplo de secreto literal sin ningún rastro de propósito disociador. Lo que Pascal guardaba estrictamente para sí mismo no estaba, lógicamente, aislado de la fe comunitaria.

59 A la inversa, es muy probable que el hecho de que Jung tuviera un secreto tan fundamental (me refiero a la forma de secreto como tal, al acto psíquico de disociar algo de la vida natural de la conciencia que se desarrolla más adelante, de congelarlo y aislarlo, y a la fuerza de carácter de mantenerlo en secreto, no al contenido o «verdad interna» del secreto) y que estuviera absolutamente comprometido con su secreto como si fuera la verdad absoluta fue lo que le dio, o al menos contribuyó a que tuviera, el impresionante poder mágico de la personalidad que experimentaron tantos de sus analizados y discípulos. El «veneno psíquico» de un secreto también puede actuar como una poción mágica. Al mismo tiempo, es probable que el hecho de que Jung tuviera este secreto tan importante y absolutamente tabú creara intrapsíquicamente una enorme tensión que funcionó como fuente de energía creativa para Jung. Su sentimiento de ser «proscrito o elegido, maldito o bendecido» (MDR p. 41) a causa de su secreto es una excelente condición psicológica para la creatividad. La creatividad no sólo se basa en una dotación innata. – Jung no era totalmente inconsciente del veneno en su propio caso. Dijo que ciertas ideas cristianas sobre Dios «envenenaron toda mi religión» (OC 18 § 1643). Pero aquí confundió causa y efecto. El verdadero veneno era su secreto, con el que se inmunizaba contra los efectos medicinales de lo que consideraba el veneno inherente al cristianismo.

60 No necesariamente la compartición empírico-factual (social), pero sí la compartición lógica: en la conciencia-como-tal. Si un contenido está en mi mente objetivamente interpretado como propiedad de la conciencia-como-tal, de la generalidad, puede seguir siendo una verdad incluso si, bajo las condiciones sociales imperantes, lo oculto a otras personas o simplemente lo entretengo en la soledad de mi mente. – Jung era, por supuesto, consciente de la indispensabilidad de la «compartición», pero tuvo que «reprimirla» lógicamente en el inconsciente (como «inconsciente colectivo«) y, por tanto, en el estatus lógico del pasado, de la obsolescencia. Allí donde contaría, a saber, en la conciencia y en el nivel de la modernidad, fue en el esquema de Jung eliminado.

61 «Guardo mi luz y mi tesoro, convencido de que nadie saldría ganando y yo mismo quedaría mal, incluso irremediablemente herido, si lo perdiera. Es muy valiosa no sólo para mí, sino sobre todo para la oscuridad del creador, que necesita al hombre para iluminar su creación» (Letters 2, p. 597, a Serrano, 14 de septiembre de 1960). Su secreto es de importancia cosmológica y soteriológica. Y es necesario mantenerlo en secreto. Precisamente como secreto guardado se supone que ilumina la creación de Dios. Compara y contrasta esto con: «Nadie, cuando enciende una vela, la pone en un lugar secreto, ni debajo de un celemín, sino en un candelero, para que los que entren vean la luz» (Lucas 11:33).

62 Aunque esto es perdonable en un joven, no lo es en un psicólogo maduro del calibre de Jung. Pero no hay nada que indique que la evaluación del Jung maduro fuera diferente a la de su juventud.

63 G.W.F. Hegel, Fenomenología del Espíritu, op. cit., p. 43.

64 «Inmediatamente accesible»: sin implicar a la conciencia. La conciencia podría seguir siendo el observador inmune de los «hechos».

65 Basta con ver, por ejemplo, su Primera Quaestio de París de 1302.

66 Cf. la experiencia de la «catedral de Basilea» de la que Jung derivó originalmente su certeza sobre Dios: «No he hecho esto ni lo he querido, me ha venido como un mal sueño…. Esto me ha sucedido sin que yo lo haya hecho». «¿Por qué he de pensar algo que no conozco? No quiero, por Dios, eso es seguro. ¿Pero quién quiere que lo haga? ¿Quién quiere obligarme a pensar algo que no sé y no quiero saber? ¿De dónde viene esta terrible voluntad?» (MDR p. 37)

67 Jung podría expresar la misma idea también de una manera menos figurativa, en el contexto de los comentarios sobre la ceguera fundamental general de los hombres: “Estaba igualmente seguro de que ninguno de los teólogos que conocía había visto nunca ‘la luz que brilla en la oscuridad’. ‘ con los suyos… (MDR 93).

68 Ya mencioné (nota 6) que Jung trató de enmendar de alguna manera la reducción de la dualidad del «sujeto» humano y verdadero (Dios o la experiencia inmediata en general) a una estructura monocéntrica (por ejemplo, el ego que gira alrededor del Sí mismo) a nivel semántico o conductual. En cierto sueño (MDR p. 219 f ver Capítulo Uno arriba), en el que habría sido su tarea someterse por completo, como su padre, a la «presencia más alta», fingió tocar el suelo con la frente, pero realmente no fue todo el camino hacia abajo. Y su comentario a esto es: “Algo en mí estaba desafiante y decidido a no ser el pez tonto…. El hombre siempre tiene alguna reserva mental, incluso frente a los decretos divinos. De lo contrario, ¿dónde estaría su libertad? Entonces vemos que aquí Jung se ha dado cuenta explícitamente del problema que existe si el sujeto humano se construye como «pez tonto» o, como había dicho, víctima tonta. Sin embargo, no abordó este problema en el nivel en el que fue creado, es decir, el nivel de la psicología , no revisó la lógica subyacente de su pensamiento. Más bien, abordó este problema solo fuera de la psicología misma, en el nivel del comportamiento literal (meramente psíquico): por medio de un acto empírico de desafío (resistencia) o reserva mental después del hecho. Lo que realmente se habría necesitado era una retractación fundamental de este dogma psicológico de la experiencia inmediata, la estructura de «anbeweisen». Lo que Jung no vio es que el pez desafiante sigue tan mudo como antes. El problema del “pez tonto” no puede resolverse en el nivel de la voluntad del ego y un juego de poder. Este es un error de categoría, una metabasis eis allo genos: actuación en lugar de recuerdo/interiorización. Por supuesto, el problema del «pez tonto» debe abordarse en el nivel en el que existe, el nivel de la mente, de la verdad y la percepción. El desafío voluntario no deshace la estupidez; la resistencia no hace que los fundamentalmente ciegos (cf.: los hombres “nacen mudos y ciegos como cachorros”) vean “la luz que brilla en la oscuridad” (cf. MDR p. 93). Lo único que podría haberle quitado la estupidez es precisamente la “duda que la ha matado”. El desafío es el sustituto de Jung para dejarse llevar por esa “duda” que es el estatuto lógico de la modernidad, su sustituto también para la verdadera libertad que se imagina poder defender con una reservatio mentalis.

69 Jung también usó su tesis del empirismo bastante literalmente (es decir, en el nivel conductual, ya no lógico) como un argumento demoledor contra algunos de sus críticos (por ejemplo, Martin Buber) afirmando que no tenían experiencia clínica y por lo tanto implicando que ellos simplemente no eran competentes para criticar su trabajo. No hay necesidad, por lo tanto, de tomar en serio sus críticas. Las objeciones planteadas por el intelecto, por mentes inteligentes, podrían simplemente eliminarse de esta manera.

70 El mismo Jung, como individuo, tenía, sin embargo, muchas percepciones asuntos y situaciones concretas. Una y otra vez uno queda asombrado por su profundo entendimiento. Pero estos fueron una especie de acontecimientos y no lo indujeron a alterar su punto de vista teórico básico y su postura real.

71 “… la experiencia de Dios, la más evidente de todas las experiencias. Sabía lo suficiente sobre epistemología para darme cuenta de que un conocimiento de este tipo no podía probarse, pero estaba igualmente claro para mí que no necesitaba más prueba que la belleza de una puesta de sol o los terrores de la noche” (MDR p. 92). , mi énfasis).

72 Aunque para Jung la verdad (en forma de certeza inquebrantable) se había privatizado, con una contradictio in se, como verdad individual de cada persona.

73 Una disociación completa en el sentido psicológico no es meramente una diferencia entre la mano izquierda y la derecha, no inofensivamente sólo el hecho de que uno no sepa lo que el otro está haciendo. La disociación neurótica implica autocontradicción, o más precisamente: una escisión que impide que la autocontradicción se vuelva abiertamente visible y, por lo tanto, se autodestruya o autosupere.

74 La diferencia entre “semántico” y “sintáctico” es el equivalente estático, estructural, de ese otro par de opuestos que denotan una performance o acción, ya sea espontánea o metódica: “acting out”, por un lado, y “’ recordar,’ interiorizar-en-sí”, por otro lado.

75 “estructural” Estoy en algo así como la “estática segura” del contenido.

76 Podemos distinguir tres aspectos que juntos forman una estructura. (1) La construcción fundamental del sujeto como “pez mudo” abrumado por la experiencia inmediata, que (2) es posible solo a través de la disociación radical en el nivel sintáctico entre la experiencia inmediata y el sujeto pensante (que como sujeto moderno está irrevocablemente en el estatus lógico de “duda”), y (3) el rescate secundario ilegítimo (psicológicamente “deshonesto”) de la “libertad” (Jung) del sujeto a través de una suerte de “acting-out” a nivel semántico o psíquico.

77 Por supuesto, al decir en una ocasión: “La meta es importante solo como una idea; lo esencial es el opus que conduce a la meta: esa es la meta de toda una vida” (CW 16 § 400), Jung parece admitir, aunque solo indirectamente, que la meta nunca puede alcanzarse realmente. Para entonces, sin embargo, elogiando la obra de esforzarse por que la meta sea la nueva “meta de toda la vida” real, finge que después de todo hay una real y que lo que de alguna manera admitió que era una es estaverdadero objetivo Al mismo tiempo, vemos aquí claramente cómo la obra empírica está «encargada de la tarea de lograr lo que» teóricamente se establece como categóricamente fuera de alcance: como existente solo «como una idea«.

78 ¡Jung nos había dicho que secretos como el suyo “actúan[-] como un veneno psíquico que aliena a su poseedor de la comunidad”!

79 Se puede pensar aquí sobre todo en el culto a la imagen y a “lo imaginal” en la “psicología imaginal”

80 Los ejemplos son el esfuerzo ortodoxo-junguiano por la totalidad y la individuación, el movimiento del mito personal, «el mito del significado», la nueva «eco-psicología», las cosmovisiones holísticas esotéricas, etc.n

81 Vide a todos los individuos e instituciones que están en el negocio de vender la idea de “Portales a lo Sagrado”, de promover experiencias “numinosas”, y prometer nuevos sentimientos religiosos.

82 La tesis de Jung es que Hegel es realmente nada, cero, porque en él el psicólogo y el filósofo simplemente se anulan mutuamente. El astuto disfraz filosófico arruinó la sustancia psicológica y el origen psicológico del inconsciente invalidó el significado filosófico de su obra.

83 Un pensamiento que logró partir y terminar en una coniunctio oppositorum modo que semántica y sintaxis se reflejen perfectamente: este es el signo de la “honestidad” psicológica en el sentido dado.

84 En un sentido más básico porque es lingüístico.

85 Con énfasis en “tener”, “poseer”. Así como el Papa es el representante visible del Cristo de otro mundo, nuestros síntomas y experiencias internas apuntan en última instancia a algo divino.

86 La autorización residía en el hecho de que el hombre no nacido miraba hacia arriba y que estos dioses o diosas eran la articulación semántica de modos específicos de esta mirada hacia arriba. Las imágenes semánticas de los dioses fueron autenticadas porque estaban animadas desde dentro de sí mismas por esta sintaxis de mirar hacia arriba.

87 En lugar de “postura estratégica de…” también podríamos decir: el acto de establecer la lógica de…, la decisión de hacer propia esta lógica.

88 De ningún modo debe confundirse el aplastamiento de la duda moderna con la negación de la negación. Argumenté en contra de tal confusión —a propósito del tema particular de la actitud del hombre moderno hacia la naturaleza— en las primeras páginas de mi «‘Irrelevantificación’ o: Sobre la muerte de la naturaleza, la construcción del ‘arquetipo’ y el nacimiento del hombre». ”, en mi The Soul Always Thinks, Nueva Orleans, LA (Spring Journal Books) 2010, pp. 387–442.

89 En 1948, el historiador del arte Hans Sedlmayr publicó su influyente Verlust der Mitte (1948, publicado en inglés en 1957 como Art in Crisis: The Lost Centre, London: Hollis & Carter), y aunque uno no quiera aceptar su controvertido evaluación antimodernista, sigue siendo válida su descripción analítica de la fenomenología delXIX yXX que muestra la pérdida cultural del centro. También recordamos el ataque general a todo tipo de “centrismo” por parte de la filosofía y la crítica literaria “posmodernas” más recientes.

90 Simplemente tenemos que contrastar el Christian Symbolum Apostolorum (Credo de los Apóstoles), que explica específicamente lo que se cree y, por lo tanto, se concentra en la semántica, con el dictamen meramente formal y sin contenido de Jung: «No creo, lo sé». que se centra en el verbo (el acto subjetivo realizado por el yo) y la diferencia específica entre creer y saber.

91 Aunque en otro aspecto era fundamentalmente diferente para él porque era un empirismo del alma.

92 Greg Mogenson, «Jungian Analysis Post Mortem Dei«, en: Spring Journal vol. 84, otoño de 2010, págs. 207–270.

93 “Por principio” y “por definición” porque la psicología no debe cometer el “delito” de una hipóstasis metafísica literal. Solo podemos tener nuestras propias experiencias (irrevocablemente subjetivas). En cuanto al vacío recordamos la afirmación ya citada: “La meta es importante sólo como idea; lo esencial es el opus que conduce a la meta: esa es la meta de toda la vida” (CW 16 § 400).

94 Pero, por supuesto, como hemos visto, no es más que una forma fundamentalmente vacía de ideología.

95 Lo contrario: la riqueza de símbolos arquetípicos, imágenes mitológicas, el politeísmo de Hillman como una realidad presente.

Existe el Progreso Psicológico. ¿Puede haber progreso de la psicología?

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Soul Always Think’, volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 21, pp. 563-589

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

La creencia en el progreso es una herencia del Siglo de las Luces. Se convirtió en una fuerza ideológica muy poderosa y popular durante el siglo 19. En su forma de darwinismo cultural pudo aliarse fácilmente con otras fuerzas históricas como el imperialismo, el colonialismo y el racismo como su justificación ideológica. En el asombroso e indudable progreso de las ciencias, la tecnología y la industria durante el siglo 19 tenía su evidente sustento fáctico. Los constantes y aparentemente interminables avances en los frentes científico y técnico, con sus numerosas innovaciones en la cultura material, y los consiguientes cambios en la vida social, constituían una experiencia enormemente impresionante en la vida real y práctica que todo el mundo podía sentir en su día a día. Desde el punto de vista psicológico, esta experiencia tuvo necesariamente un fuerte impacto. Produjo un sentimiento existencial particular, un sentido y una actitud particular hacia la vida. Este sentimiento, a su vez, condujo y dio, por supuesto, un vigoroso impulso a una idea más generalizada de que la vida en general, la vida también en el ámbito de la cultura humana, la perspicacia y el desarrollo ético, sigue un patrón de progreso similar.

El «progreso» en este contexto posterior siempre implica un juicio de valor. Significa mejor, mayor, más alto: mejora, perfección. Cuando hablo, por el contrario, de progreso psicológico no tengo en mente esta noción de progreso. Simplemente me refiero a la progresión en analogía con la forma en que imaginamos la evolución biológica, como un desarrollo desde formas de vida unicelulares muy simples hasta grados cada vez mayores de complejidad y diferenciación. Es cierto que también hablamos de los mamíferos «superiores», pero en biología esto no es un juicio de valor. No significa al mismo tiempo que sean mejores. Lo único que significa son grados más altos de complejidad. El término progresión o progreso es apropiado porque realmente hay pro-gresión (no mera diversificación), en la medida en que los tipos de organismos más complejos presuponen los tipos más simples. Se basan en las soluciones realizadas en los estadios de evolución alcanzados hasta el momento y parten de ahí para llegar de nuevo a formas un poco más diferenciadas. En otras palabras, utilizo «progreso» como un término meramente descriptivo.

El progreso en la historia del alma procede igualmente por el hecho de que el alma se desplaza una y otra vez de una constitución predominante de sí misma a otras lógicamente más complejas. Como el tema del progreso psicológico no es mi tema aquí, sino sólo un telón de fondo para mi pregunta actual, sólo mencionaré tres fenómenos principales representativos de diferentes etapas de la evolución psicológica como ejemplos del progreso psicológico a nivel macro: hablando crudamente, politeísmo – monoteísmo – el fin de Dios o de la religión (en el sentido de «el nacimiento del hombre»). El monoteísmo es politeísmo sublimado, el nacimiento del hombre es monoteísmo sublimado. En cada caso, la forma posterior no habría sido posible sin la anterior, y a pesar de la negación por parte de cada forma posterior de su predecesora, existe sin embargo una cierta continuidad, precisamente porque cualquier forma posterior es la negada o sublimada anterior. Los cambios ocurren dentro de una memoria cultural no perturbada, en lugar de que cada uno sea una realización aleatoria y sin contexto de cualquiera de todas las formas de conciencia abstractamente posibles. Esto es lo que nos permite hablar de progreso.

A primera vista, se podría objetar, por supuesto, que el paso del politeísmo al monoteísmo, por no hablar del paso del monoteísmo al nacimiento del hombre, es un progreso en el sentido de una mayor diferenciación. ¿Acaso el politeísmo, el sistema de muchos dioses y cultos paralelos en una sociedad, no es obviamente más complejo que el monoteísmo con su único Dios? Esta objeción es correcta, pero sólo en la medida en que se miren las cosas desde un nivel psíquico o semántico. Muchos es más complejo que uno. Pero no es sostenible cuando se trata de la psicología, la lógica o el aspecto sintáctico del asunto. Desde ese punto de vista, el monoteísmo es lógica o psicológicamente mucho más complejo. Supone un grado mucho mayor de diferenciación de la conciencia. En el politeísmo, la diferenciación o complejidad es, por así decirlo, actuada; es «literal», todo «ahí fuera». Es la complejidad de los contenidos de la conciencia. Pero ipso facto no es todavía la diferenciación propia de la conciencia. Para haber llegado a existir, el monoteísmo, por el contrario, debe haber interiorizado esta diferenciación externa en el nivel del contenido en la propia constitución o forma lógica de la conciencia. La ha integrado, como también se puede decir, en la conciencia. Ya no puede ocuparse de la complejidad en el nivel de los contenidos que tiene ante sí y, por tanto, se mantiene libre de ella. Tiene que existir como esta complejidad. Mutatis mutandis, lo mismo puede decirse de la situación psicológica en la que ya no hay Dios en absoluto. En este estadio, «Dios» ha sido sublimado, es decir, interiorizado en la forma de la conciencia (que por esta misma razón se ha vuelto incapaz de tener un Dios frente a sí mismo o por encima de sí mismo, como contenido de la conciencia).

He mencionado esto sólo a modo de ejemplo, para que se pueda tener una mejor idea de lo que quiero decir cuando digo que «hay progreso psicológico». Pero para comenzar con la cuestión que en este trabajo es mi verdadero interés, a saber, si puede haber progreso de la psicología, progreso en el conocimiento psicológico o insight, utilizaré como punto de partida una famosa cita de Max Planck de su Wissenschaftliche Selbstbiographie (1948).

La forma habitual de que una nueva verdad científica sea generalmente aceptada no es que sus oponentes sean persuadidos y se corrijan, sino que sus oponentes mueren gradualmente y la siguiente generación crece con esa verdad desde el principio.1

Por muy cierta que sea esta afirmación, y por mucho que la experiencia la confirme, no deja de ser chocante. Da un golpe de gracia a la idea de que la ciencia se rige por la racionalidad. Todos los científicos, así debería pensarse, se convencerían inmediatamente de una nueva verdad, simplemente porque es una verdad. «Es una verdad científica» no debe entenderse aquí en términos de una verdad metafísica. No significa más que es una tesis apoyada por los mejores argumentos y apoyos empíricos disponibles en ese momento. La mera palabra «oponente» (de la nueva verdad científica) introduce algo irracional en el progreso del conocimiento científico. Suena como si la ciencia fuera una cuestión de lucha de poder entre partidos o grupos de interés, o una cuestión de preferencias y gustos personales, y no una cuestión de razonamientos sólidos y pruebas empíricas. ¿Cómo puede un científico, comprometido con la argumentación racional, ser un opositor de una nueva verdad? Increíble, pero obviamente cierto. Si sus oponentes tienen que morir para que una nueva verdad tenga una oportunidad, si, en otras palabras, la victoria de la nueva verdad depende de que los «defensores» de los puntos de vista obsoletos desaparezcan de la escena mediante el acontecimiento natural y contingente de su muerte y de que sean sustituidos por otras personas jóvenes, aún no comprometidas, que entren recientemente en la arena de la ciencia, entonces el progreso científico depende de factores serendípicos externos.

Pero cuando dije que la declaración de Planck asesta un golpe mortal a la idea de que la ciencia se rige por la racionalidad, no fui preciso. Confundí la diferencia entre la ciencia en sí misma y la comunidad científica, es decir, la multitud de individuos humanos en y a través de los cuales se realiza la ciencia. En realidad, se trata de dos realidades distintas. Lo que Planck describió se refiere sólo a la segunda realidad, a las personas que son científicos y a su psicología humana, no a la ciencia en sí, que es una realidad abstracta que pertenece a la esfera ideal o noética. En el momento en que intervienen las personas, entra en juego un elemento irracional. La ciencia en sí, por el contrario, no se ve afectada por la descripción de Planck. En la propia ciencia, como reino abstracto de las ideas y el conocimiento, una nueva verdad, si es realmente una verdad, es como una cuestión de rutina simplemente la verdad con respecto a la cuestión particular. No puede haber ninguna duda o resistencia a ella. La ciencia per se se desarrolla estrictamente sobre la base del mejor argumento. Pero en el momento en que los seres humanos entran en juego, hemos abandonado la esfera ideal y entrado en una escena totalmente diferente. Un científico, aunque sea un trabajador en el campo de la ciencia, no es idéntico a la ciencia. Más bien, es en sí mismo la unidad y la diferencia entre la propia ciencia y lo humano, demasiado humano. Como ser humano, el científico es limitado. Y al decir esto no me refiero a la posibilidad de que haya malos científicos, aquellos que, por ejemplo, por motivos ulteriores (fama, carrera, celos de otros, más financiación para la investigación) falsifican o inventan los resultados de los experimentos. Dejo esta posibilidad completamente de lado y me concentro sólo en el caso ideal de científicos concienzudos sin motivos ulteriores. Aun así, habrá que tener en cuenta el factor humano.

Teniendo en cuenta lo señalado por Planck, el principal factor humano que crea «opositores» a una nueva verdad científica puede identificarse probablemente como la fuerza del hábito. Sin embargo, no se trata de un hábito en el sentido habitual de un apego a viejos puntos de vista tradicionales. Es un hábito en un sentido especial, muy personal y biográfico. Los miembros de la comunidad científica son científicos, es decir, investigan, intentan hacer avanzar la ciencia. Los científicos de una determinada generación han recorrido ellos mismos una distancia, habiendo pasado de un punto de partida (el punto que representaba el «estado del arte» del conocimiento cuando empezaron) al estado al que les llevaron sus propias investigaciones. La vida de un científico es, pues, esencialmente el paso de un terminus a quo a un terminus ad quem.

Para llegar a esto último, a lo largo de su vida los científicos tuvieron que invertir en su trabajo mucho tiempo, celo y sudor, y además muchas emociones profundas: decepciones que hay que combatir, satisfacción por los avances exitosos, alegría por llegar a nuevos descubrimientos. Así que el terminus ad quem, es decir, las convicciones adquiridas lentamente, ganadas con esfuerzo, probadas y confirmadas una y otra vez durante su estudio de toda la vida como científicos, es para ellos su logro supremo, algo así como el «tesoro difícil de obtener». A través de su larga y lenta labor para llegar a sus resultados se han apegado a ellos, incluso podríamos decir que se han convertido en uno con ellos, han crecido junto a ellos. Esta unidad es una realidad encarnada con cierta estabilidad. Estos científicos son como un viejo árbol que ya no puede doblarse libremente hacia un lado o hacia otro. Están fijados.

Además, tenemos que darnos cuenta de que para llegar a donde están se agotaron. Las convicciones adquiridas a lo largo de toda una vida de investigación y enseñanza tienen para ellos, psicológicamente, el carácter de haber llegado a una meta, a un final. Y si en esta situación aparece de repente una verdad científica radicalmente nueva, es para ellos como si a un corredor le dijeran al final de una carrera que debe comenzar inmediatamente una nueva y posiblemente más larga.

En ambos casos, podemos entender eso y por qué una nueva verdad científica tiene pocas posibilidades con la vieja generación. Sus representantes simplemente tienen que morir. Para que sea aceptada y se convierta en un nuevo terminus a quo, se necesitan personas nuevas y jóvenes. Sin embargo, estas personas nuevas y jóvenes tendrán que desaparecer a su vez, cuando llegue su momento, para dejar paso a una nueva generación por la misma razón. Las personas que producen la ciencia, una tras otra deben ser descartadas para que la ciencia misma pueda triunfar. «Ésta debe aumentar, pero ellos deben disminuir». Son arrojados sin piedad y enterrados en el cementerio llamado «historia de la ciencia», que, en lugar de un cementerio, podría verse también como una enorme papelera. Así, la relación entre la mano de obra humana en la ciencia, por un lado, y la propia ciencia, por otro, puede compararse en cierto modo con la construcción de una catedral medieval que se extendió durante varios siglos y consumió a muchas generaciones de trabajadores de la construcción.

Este «reciclaje» humano no obstaculiza el progreso científico en sí mismo. Más bien es necesario para el progreso de la ciencia. El consumo y la eliminación constantes de científicos humanos no perjudica a la ciencia. La ciencia permanece intacta, no se ve afectada en su eterna paz y esplendor, al igual que una catedral o una pirámide egipcia no muestran en absoluto ningún signo de los sufrimientos, las heridas, las muertes de todos los trabajadores utilizados para su construcción. En la propia ciencia, o en el plano de la ciencia como realidad noética, las verdades científicas, una vez descubiertas, sustituyen irremediablemente a las ideas anteriores, ahora demostradas como erróneas, sobre el mismo tema. Las viejas ideas, ahora falsificadas, sufren su verdadera muerte2 precisamente en la muerte literal de los científicos de la vieja generación que las defendían. Para la experiencia simbólica del alma, sus partidarios se llevan las ideas obsoletas a la tumba. Y para las nuevas y futuras generaciones de científicos será ipso facto imposible volver a las ideas superadas.

La sustitución continua de una generación por otra en la ciencia es necesaria para superar lo que podría llamarse la «pegajosidad» de las percepciones, su tendencia a solidificarse, a fijarse, a «materializarse», al crecer junto con una persona realmente existente (el científico) y quedarse pegada a ella como su convicción inamovible. Es necesario un corte despiadado para cortar el vínculo que conecta las verdades científicas y tiende a amalgamarlas con sus portadores naturalmente existentes, la conciencia de las personas que son los descubridores de esas verdades. Es la muerte (literal), la muerte de los científicos, la que finalmente y en última instancia libera las verdades de su contaminación inicial con la naturaleza y las libera en una existencia en la esfera puramente ideal del conocimiento. Un defecto fundamental de las ciencias naturales es que no pueden realizar por sí mismas y dentro de sí mismas esta liberación de sus propias verdades, sino que dependen de una fuerza externa, la naturaleza, para que se produzca este desprendimiento, en forma de un hecho positivo, un acontecimiento fundamentalmente contingente: la muerte. Las ciencias naturales no trabajan con verdades3 que vendrían como a priori liberadas de la naturaleza o que en su interior tendrían la fuerza de realizar este desprendimiento por sí mismas como su propia lógica inherente.

Se podría suponer que algo similar podría ocurrir en la psicología (y al decir «psicología» me limito aquí principalmente a la psicología junguiana). Dado que la psicología tiene un aspecto empírico muy fuerte a través de la experiencia diaria de los psicólogos en la consulta, cabría esperar que se produjera un proceso de aprendizaje a partir de la experiencia, de modo que también aquí se falsificaran ciertas ideas psicológicas antiguas en el trabajo con los pacientes y, al mismo tiempo, se obtuvieran nuevos conocimientos sobre la realidad psíquica. ¿Y por qué no habría de tener efecto aquí también el problema de las generaciones señalado por Planck, su observación de que los opositores de una nueva verdad simplemente tienen que morir para que ésta sea aceptada?

Pero es evidente que no es así. Y el hecho de que no sea así en psicología demuestra que la psicología no es una ciencia. La cuestión es qué la diferencia de una ciencia.

Una mirada superficial basta para darnos cuenta de que el proceso de la psicología no puede compararse, como el de las ciencias, con el trabajo de numerosos obreros en la construcción de una catedral. Más bien, la psicología se deshace inevitablemente en una multitud de universos paralelos, no sólo la escuela junguiana al lado de todas las demás escuelas de psicología, sino también dentro del propio campo junguiano. Bajo estas circunstancias no puede haber ningún progreso del campo, porque diferentes puntos de vista sobre la misma cosa pueden coexistir pacíficamente en esos múltiples universos. Sólo si existe una unidad fundamental del campo puede una hipótesis desviada ser verdadera o falsa y tener lugar un verdadero proceso de eliminación de lo falso. Sin esta unidad nada puede ser descartado, quedar de una vez por todas obsoleto, de modo que sólo quede la idea victoriosa, la nueva verdad. Ni siquiera la muerte de la vieja generación de psicólogos ayuda, porque aquí la nueva generación no crece con «la nueva verdad» como algo natural, ya que ahora hay toda una serie de «verdades», nuevas y viejas, que compiten entre sí. Las «viejas verdades» no quedan enterradas junto a sus adeptos. Siguen vivas como una opción posible.

De hecho, la propia idea de una verdad como en la ciencia ya no tiene sentido aquí. Sólo hay diferentes ideas, puntos de vista, concepciones, no verdades y no verdades. Por eso, en psicología no puede haber ningún aprendizaje a partir de las experiencias. La experiencia, en el mejor de los casos, proporciona nuevas ideas. No niega despiadadamente ninguna antigua, al menos no de forma vinculante para la generalidad. Por qué esto es así es algo que también hay que explicar.

¿Por qué no hay un único edificio en el que trabajen todos los psicólogos? ¿Y por qué los insights de la psicología no tienen el carácter de verdades (al modo en que los resultados científicos se presentan como verdades en el sentido descrito anteriormente)? La razón de esta diferencia fundamental entre la ciencia y la psicología es que la psicología (la psicología profunda, en particular la psicología junguiana) es una disciplina que no se constituye mediante una diferencia estructural entre sujeto y objeto, mente y naturaleza. Como Jung vio muy claramente, en la psicología el alma explora el alma, el sujeto estudia al sujeto. No hay para ella ningún «punto arquimediano» fuera de sí misma. Esto significa que la psicología está lógicamente constituida de tal manera que opera dentro de una identidad fundamental. No es estructuralmente diferente de sí misma. Expresado simbólicamente: es urobórico; se muerde la cola. Está contenida en sí misma, encerrada en sí misma, sin posibilidad de salir, de llegar a un otro «objetivo». Esto es muy diferente en la ciencia. Aquí la disciplina viene como estructuralmente a priori distinguida de sí misma. Subyace como su acto constitutivo un corte fundamental. La ciencia se configura como teniendo su objeto de estudio lógicamente (no sólo empírica y fácticamente) fuera de sí misma, y por tanto irremediablemente fuera.

La división lógica irreversible entre sujeto y objeto que se da con la estructura de la ciencia tiene consecuencias tanto para el sujeto como para el objeto. La división estructural inherente al campo de la ciencia como tal se imparte necesariamente a ambos. En el momento en que una persona entra en la ciencia (entra de verdad en ella, lo que significa que ha sintonizado con la lógica que la constituye y está informada por ella), siempre se ha producido ya en ella una ruptura como sujeto, una división entre la subjetividad meramente personal y privada del sujeto y una (a través de esta entrada recién instituida) subjetividad intersubjetiva. En la medida en que un científico es realmente un científico, no piensa como su yo privado, sino que ha tomado lógicamente el punto de vista de la conciencia como tal, la conciencia de todos y cada uno de los científicos (independientemente de si es empírica y subjetivamente capaz de mantenerse a la altura de este punto de vista). La cuestión aquí es que el campo objetivo viene con esta distinción y constela ipso facto al sujeto universalizado en el momento en que se ha entrado realmente en el campo de la ciencia. Precisamente no es tarea personal del individuo lograr, mediante su propia lucha, esta abstracción de su subjetividad personal. La lógica de la institución de la ciencia ya se ha encargado de ello por el científico. Lo único que tiene que hacer el individuo es entrar de lleno en la ciencia. Y es aquí, en el grado en que esta entrada tiene éxito o no, donde las deficiencias humanas, demasiado humanas, del individuo pueden entrar después de todo e interferir con el punto de vista puramente científico.

Sólo porque un científico ha dejado, por principio, su subjetividad privada por el mero hecho de convertirse en científico y piensa como conciencia, obtenemos en la ciencia esa situación que comparé con la construcción durante siglos de una catedral a través de muchos constructores. En el caso de cada cuestión científica sólo puede haber una única verdad válida para todos los científicos. La conciencia científica como tal es común a todos los científicos, y la verdad también. Es una misma conciencia compartida la que decide lo que es verdadero o falso, independientemente de cuántos científicos individuales puedan estar participando empíricamente en ella y de quiénes en particular puedan estar hablando en un momento dado. Cada individuo es sólo un sustituto humano temporal de esta conciencia general.

Ahora quiero examinar lo que la división estructural que constituye la ciencia hace al objeto de la misma. La división que separa al sujeto y al objeto se manifiesta en el objeto mismo al haber sido despojado de toda subjetividad. Es puramente «objetivo», es decir, tiene una naturaleza o esencia firme como propiedad propia e inalienable, independientemente de quién sea el sujeto que lo estudie. Como tal, es resistente, inflexible. Puede decir «¡No!» a las preguntas e hipótesis del sujeto sobre ella. Y da de forma fiable la misma respuesta a la misma pregunta sin importar cuántas veces se le pregunte y por cuántas personas diferentes. La realidad se interpreta aquí a priori como un hecho positivo.4 Como el objeto es resistente y puede dar su respuesta independiente a nuestras preguntas humanas, existe en la ciencia la posibilidad de aprender de la experiencia.

El ser-así independiente y la dureza del objeto tienen que ser entendidos (vistos a través) como el resultado o producto de la lógica de la ciencia que pone su propio objeto radical e irremediablemente frente a sí mismo. La solidez no es en sí misma un hecho, algo naturalmente dado. La implacabilidad del acto lógico de corte que subyace a la institución de la ciencia es lo que en la ciencia da al objeto su dureza. Esto resulta tanto más claro cuanto más confrontamos la naturaleza resistiva del objeto en la ciencia con el objeto de la psicología. Al estar constituido por una lógica urobórica de la identidad, el objeto de la psicología no muestra un ser propio e inequívoco, independiente del sujeto. No ofrece el mismo tipo de resistencia. Es más bien comparable al agua. Cuando intento agarrar el agua, simplemente cede. Y se adapta perfectamente a la forma de cualquier recipiente u obstáculo. El agua, más que tener una forma propia, recibe su forma de lo que la rodea. De forma similar, el objeto de la psicología se caracteriza por una gran plasticidad. El objeto se limita a cumplir las órdenes del sujeto.

Esto se pone de manifiesto en el hecho de que todos los diversos teóricos de la psicología encontraron sus teorías confirmadas por su observación empírica, por ejemplo, en sus terapias. Jung, muy consciente de este problema, intentó mostrar que un mismo caso puede ser interpretado tanto desde un punto de vista freudiano como adleriano o junguiano5. Obviamente, el material del caso no dice por sí mismo «¡No!» a otra hipótesis interpretativa. Acepta de buen grado todas y cada una de ellas. Pero si no hay falsificación, tampoco puede haber aprendizaje de la experiencia. Patricia Berry demostró algo parecido.6 Presentó el mismo sueño a muchos analistas junguianos diferentes y recibió igualmente muchas interpretaciones diferentes. En psicología, la realidad psíquica no corrige las ideas del psicólogo sobre ella. Sin resistencia, se deja moldear de una u otra manera, dependiendo de las perspectivas y convicciones con las que se aborda. La psicología, por tanto, no tiene nada externo de lo que desprenderse. Si se desprende, entonces necesariamente sólo lo hace dentro de sí misma y desde sí misma (o desde lo que ya es su propia propiedad interna o lo que ha convertido en su propiedad), como discutiremos a continuación.

En la misma línea, Shamdasani señala que,

«Si algo han demostrado la psicología y la psicoterapia en el siglo XX es la maleabilidad de los individuos, que han estado dispuestos a adoptar conceptos psicológicos para ver su vida (y la de los demás), en términos de un juego de reflejos condicionados, un deseo de matar al padre y acostarse con la madre, una psicomaquia entre el pecho bueno y el malo, un desfile de alteraciones disociadas, una búsqueda de la autorrealización a través de experiencias cumbre o giros contorsionados a través de los aros de lo simbólico, lo imaginario y lo real.«

E insiste en que «la ‘realidad psíquica’ es, por excelencia, lo real fabricado» y afirma que «su ‘propiedad’ más notable era su capacidad de presentarse según cualquier teoría que se tuviera sobre ella».7

La frase «Lo real fabricado» contiene, se diría, un veredicto demoledor. Por un lado, este veredicto está justificado, en la medida en que en psicología el objeto no es una realidad independiente que resiste a las falsas comprensiones de él y las refuta, sino que se deja moldear según las necesidades o perspectivas del sujeto que lo ve. Las interpretaciones en psicología «fabrican» aquello que interpretan, y el acto de interpretación es en sí mismo esta fabricación. Esto muestra una vez más el carácter urobórico de la psicología. Por otra parte, la frase «lo real fabricado» se queda corta. Pretende ser crítica, si no demoledora. En cierto modo, sigue utilizando como norma, y así confirma, la idea de un real «objetivo» que no es fabricado, tal como lo encontramos en la «naturaleza» de la que trata la ciencia. Pero para entender la psicología y hacer justicia a su naturaleza urobórica tenemos que dejar completamente de lado la idea de una realidad «objetiva» por ser totalmente engañosa. Que la psicología «fabrique» lo «real» que estudia no es su defecto, sino su carácter especial, desde cierta posición podríamos decir incluso su virtud y distinción. Dado que en la psicología no existe ese vis-à-vis estructural, esa separación fundamental entre sujeto y objeto que caracteriza la lógica subyacente de la ciencia, no puede haber una división clara entre la visión subjetiva aquí y la realidad objetiva allá. Más bien los dos aspectos, la interpretación y la realidad, son aquí dos momentos integrales de y dentro de un mismo acto de hacer psicología. Se entrelazan urobiamente.

Una vez más, Jung vio esto muy claramente. Sabía que en la psicología, en última instancia, la Bekenntnis y la Erkenntnis8 (confesión/expresión subjetiva de uno mismo/exhibición de uno mismo, también podríamos decir «proyección», por un lado, y reconocimiento/descubrimiento científico/conocimiento objetivo, por otro) van juntas; la una sólo es como la otra y viceversa. Por la misma razón se dio cuenta de que, por ejemplo, Freud desarrolló su particular psicología porque tenía una «psicología freudiana». La teoría psicológica de Freud era la autorrepresentación de la psicología que él, Freud, vivía o como la que existía. El mismo principio se aplica a cualquier psicólogo que diseñe una teoría psicológica y, por tanto, por supuesto, también al propio Jung. En la psicología, a diferencia de la ciencia, la lógica del campo no despoja a priori a la conciencia del investigador de su individualidad, de modo que lo que estaría presente en todos los investigadores psicológicos sería la misma conciencia universal única, compartida por todos. Más bien, cada persona que trabaja en psicología tiene su conciencia privada. Esto significa también que cada uno tiene -potencialmente- su propia verdad. No hay una piedra de toque externa de la verdad. Lo que es verdadero, tiene que determinarse aquí sólo desde dentro de la teoría psicológica particular. Cada psicología tiene su piedra de toque dentro de sí misma.

Como señaló Jung, el trabajo psicológico procede inevitablemente bajo la regla de «la ecuación personal». Ésta es el equivalente en el lado del sujeto a la plasticidad que descubrimos en el lado del objeto. Y ambos aspectos son, por supuesto, inseparables; se reflejan naturalmente el uno en el otro, porque sujeto y objeto no están definitivamente separados por la lógica que informa a la psicología. Pero si lógicamente no es una sola conciencia universal la que estudia la realidad psicológica, por muchos investigadores empíricos individuales que haya, tampoco puede haber una verdad universalmente válida en psicología.

Hemos visto que, por un lado, el objeto de la psicología no es inequívoco ni de otro modo; no se resiste ni corrige implacablemente nuestras suposiciones erróneas. Y hemos visto que, por otra parte, el objeto de la psicología se deshace inevitablemente en tantas conciencias individuales (y por tanto tantas verdades personales) como investigadores hay. En estas circunstancias está claro que el progreso en psicología es impensable. En lugar de progreso se produce una multiplicación.

Jung declaró en una ocasión que era el único de los seguidores de Freud que desarrolló más allá dos ideas particulares que eran las más importantes para Freud. En otras palabras, en su propia estimación progresó más allá de la posición de Freud. David L. Miller también diagnosticó un ejemplo de un tipo de progreso en la psicología. «Si el trabajo de James Hillman sobre la ‘psicología arquetípica’ representa después del propio Jung el junguismo de la segunda ola, el trabajo de Wolfgang Giegerich bien puede indicar el pensamiento junguiano de la tercera ola».9 Si estos dos puntos de vista fueran correctos (lo que no es un problema en nuestro contexto), ¿contrarían mi tesis en este trabajo de que no puede haber ningún progreso en la psicología? En absoluto. Porque en todos los casos mencionados, la posición psicológica que ha sido superada por el movimiento posterior continúa, sin embargo, floreciendo sin ser molestada al lado de los desarrollos posteriores. El hecho de haber sido superada no la supera. Pensando en la afirmación de Planck de que los oponentes de una nueva verdad tienen que morir para que ésta sea aceptada, podríamos señalar que, en el caso del progreso real o imaginario de Jung más allá de Freud, éste murió efectivamente durante la vida de Jung, la mejor condición previa, según el dictamen de Planck, para que la opinión de Jung sea aceptada. Pero nada de eso ocurrió en la realidad. El progreso no tiene ningún efecto fuera de sí mismo, ningún efecto sobre la teoría que ha sido superada por él.

Lo que tenemos que comprender es que incluso si hay un progreso, como ciertamente lo hay, por ejemplo, en el caso de la «psicología de la re-visión» de Hillman, este progreso es, sin embargo, algo completamente diferente de lo que Planck tenía en mente cuando hablaba de una nueva verdad científica que se volvía generalmente aceptada. La física cuántica trascendió la física newtoniana dentro de la ciencia en general y para la ciencia como tal. Pero Jung desarrolló los puntos de vista de Freud (en esas dos áreas que tenía en mente) sólo dentro de su propia psicología y para su propio pensamiento. Como se puede mostrar, hay realmente un movimiento más allá de Freud en la teoría de Jung. Pero no tiene consecuencias para la teoría de Freud. Por la misma razón, Hillman revió la psicología sólo dentro de su propia psicología y para ella, así como yo me aparté de la psicología imaginal sólo dentro de mi propia posición psicológica y para ella. Lo que se supera en cada caso sólo se supera dentro y para el nuevo esquema, pero en ningún caso supera a su predecesor fuera de este esquema. Así que puede haber efectivamente un progreso lógico en una psicología, pero no un progreso fáctico de la psicología como tal.

Ahora bien, es importante no ver esta coniunctio de Erkennen y Bekennen planteada por Jung como una desventaja que no debe ser, y debe ser superada. Pero aquí se le puede reprochar a Jung que no haya bebido realmente su propia medicina hasta las heces. No llega hasta el final con su propia y maravillosa visión de la lógica de la psicología. Por ejemplo, dijo,

Nuestra experiencia psicológica es todavía demasiado joven y está demasiado poco extendida como para permitir la elaboración de teorías generales. Se necesitan más investigaciones para reunir muchos más hechos antes de que podamos atrevernos a hacer un primer intento de presentar proposiciones universales (CW 16 § 236, trad. modificada).

Aunque Jung ha comprendido y afirmado claramente la lógica urobórica de la psicología, todavía se aferra firmemente a la fantasía y al deseo de la psicología como ciencia futura posible. La psicología simplemente no está todavía ahí. Por el momento es todavía demasiado pronto. La psicología es todavía demasiado joven. Se necesita mucho más trabajo de preparación. Pero cuando todo este trabajo necesario se haya realizado, entonces, un día en un futuro lejano, la psicología podrá avanzar hacia proposiciones universales después de todo.

Lo que Jung dice en esta cita es insostenible, dada su visión seminal de la identidad del reconocimiento y la autoexpresión, porque entonces (1) no hay hechos en primer lugar y (2) una teoría general en el sentido de proposiciones universales está completamente fuera de cuestión. Todos los llamados hechos son en sí mismos interpretación y sólo se producen por esta interpretación en primer lugar, su articulación. Y cada época, cada intérprete los reinterpretará según sus necesidades y creará ipso facto «los mismos» «hechos» como diferentes, nuevos. No, la idea de una teoría universal tiene que ser abandonada por completo junto con la idea de «hechos», de un «real» externo. La lección del entrelazamiento urobórico de «fabricación» y «realidad» en la psicología es precisamente que la psicología es la disciplina de la interioridad, lo que aquí significa que la noción misma de lo real y la noción misma de verdad están lógicamente absolutizadas-negativamente en el proceso de producción, en el acto de hacer psicología. El proceso de producción o interpretación tiene lo real como producto en sí mismo. La psicología es productiva. Al igual que el arte, se produce a sí misma como lo real de lo que se trata; produce verdades y no las encuentra o descubre. La psicología es la fabricación del alma, no la explicación del alma. Y este real que «fabrica» es en sí mismo una interpretación. No es un hecho positivo, o es el hecho de que exista esta interpretación, esta visión.

Para la psicología no hay ninguna «esencia» o sustancia metafísica determinada que deba ser expresada o interpretada, ni como un real externo ni en el sentido de la propia y verdadera naturaleza interior. Pero la psicología tampoco carece totalmente de «esencia». No, produce esencias como resultado de su hacer. Es inventiva.

Para la psicología hay dos posibles problemas principales, dos cosas que pueden salir mal. Un primer problema surge si la postura científica o pseudocientífica con su lógica de la externalidad («hechos», un real absolutamente independiente y «objetivo») y una única conciencia universal como tal se mantiene y como norma y medida indispensable informa el pensamiento de uno incluso sobre la psicología, mientras que lo que se hace en la propia psicología se rige de hecho por una lógica totalmente diferente. Encontramos un ejemplo de este problema en el pasaje de Jung citado anteriormente, en el que su esperanza, aunque sólo sea para un futuro lejano, sale a relucir para las proposiciones universalmente válidas y, por lo tanto, para la psicología como ciencia, a pesar de su clara percepción del entrelazamiento urobórico del reconocimiento y la confesión.

El segundo problema surge cuando lo que es inherente a la lógica de la psicología, a saber, su carácter de confesión «subjetiva», se toma literalmente como una licencia para que el ego se entregue a su subjetividad con todas sus idiosincrasias, carencias y necesidades o deseos personales. Este segundo problema es, diría yo, el estado normal de las cosas en la psicología junguiana. Para quienes se convierten o son junguianos, la psicología suele servir al propósito de la autogratificación, de la autocomplacencia. Es un viaje del ego. Las personas que se adentran en la psicología junguiana o arquetípica se sienten atraídas por ella, en su mayoría, porque esperan que les proporcione consuelo para su profundo descontento con el mundo moderno, por las enormes exigencias intelectuales que plantea a todos los que participan en él, la abstracción de la vida moderna, su vacío metafísico y religioso; y que, en segundo lugar, puede proporcionar un sentido, una especie de sistema de creencias, una ideología, y servir así de religión sustitutiva; y que, en tercer lugar, puede proporcionar todo esto inmediatamente, sin más, porque se piensa que cada persona ya lleva en su interior todos los tesoros deseados. Con respecto a este sistema de creencias ni siquiera tienes que someterte a artículos de fe fijos que tendrías que estudiar para entenderlos adecuadamente. Y realmente no tienes que creer en nada, en el sentido de una creencia vinculante con consecuencias prácticas. Todo lo que se necesita, por el contrario, es (a) experimentarse a mismo y experimentar o (b) entregarse a las imágenes, los mitos, los símbolos. En última instancia, todo lo que se experimenta se va, al igual que cualquier imagen, cualquier mito. No importa lo que sea. No hay criterios de verdad. No se necesita ningún trabajo duro, ninguna disciplina, ninguna inteligencia. Las bellas imágenes y ciertos mantras ocupan el lugar del pensamiento. Una tierra intelectual de Cockaigne que hace que el significado esté disponible mientras uno está dormido (¡sueños!) y que, para la mente despierta, tiene almacenada mucha comida rápida intelectual y comida de bebé sentimental. Este tipo de psicología satisface las necesidades emocionales e ideológicas de las personas.

Al estar motivados por tales necesidades y esperanzas, los junguianos tienen intereses creados en su propia versión del junguismo que satisface su particular necesidad emocional-ideológica. Dado que su interpretación particular de la psicología junguiana se ajusta a sus necesidades, éstas a su vez confirman dicha interpretación. Es un sistema que se autoalimenta. Y como hay suficientes personas con el mismo tipo de necesidades entre sus pacientes y en el público en general, esta interpretación incluso recibe apoyo del exterior.

Ambos problemas necesitan una respuesta. La respuesta al primer problema es que, en lugar de seguir jugando con la esperanza de llegar por fin a una ciencia de la psicología, lo que necesita la psicología es adoptar sistemáticamente la posición de la unidad contradictoria del reconocimiento y la confesión. No existe para ella ninguna verdad externa, ni la forma de verdad históricamente primordial (la verdad de los padres, de los antepasados, de los muertos, de los dioses, de los profetas, de los antiguos, de la tradición, de cualquier autoridad) ni la forma de verdad posterior (la verdad científica de los hechos positivos y del argumento racional). La psicología tiene que desprenderse implacablemente de cualquier soporte externo al que pudiera aferrarse y de cualquier esperanza o deseo de dicho soporte y, en su lugar, sumergirse con plena determinación en el proceso de fabricación del alma como producción (¡sí, fabricación!) de su propia verdad. Lo que Jung se limitó a describir como un hecho deplorable

La psicología se funde inevitablemente con el proceso psíquico mismo. … ninguna explicación de lo psíquico puede ser otra cosa que el proceso vivo de la psique misma» (CW 10 § 429). «Con respecto al estatus científico, nosotros [es decir, al describir o interpretar el proceso psíquico] no nos hemos retirado de ninguna manera a un nivel superior o al lado del proceso psíquico … (ibíd., § 421, traducción modificada),

tenemos que abrazar conscientemente como nuestro principio metodológico. Pero esto significa que, aunque no haya progreso de la psicología, nuestro hacer psicológico (nuestro hacer del alma) participa, sin embargo, del progreso psicológico mencionado al principio, del progreso histórico del proceso psíquico, en tanto que es uno de los momentos de éste.

La respuesta al segundo problema es que es un malentendido (y un abuso con fines egoístas) de la lógica urobórica de la psicología que concede al psicólogo la licencia para ir en su propio viaje del ego, mientras que, sin embargo, da esto como «psicología». No hay nada que decir en contra de ir en su propio ego-trip. Pero esto no es psicología. Si queremos hacer psicología, su lógica urobórica no nos dispensa de la necesidad de tomar distancia de nuestra subjetividad privada, meramente personal. Cualquier campo o disciplina depende de esa distancia, aunque dependiendo del tipo de campo esta distancia tendrá características diferentes. El hecho de que, a diferencia de la ciencia, la psicología no proporcione a priori la distinción del sujeto de sí mismo simplemente a través de la división fundamental sujeto-objeto inherente a su constitución lógica interna, significa más bien que en la psicología el propio sujeto tiene que producir sistemáticamente el equivalente de esta división como su propio trabajo metodológico dentro de la psicología. La ciencia tiene esta división fuera de sí misma, como su a priori y presuposición, por lo que el científico individual está liberado de tal tarea. El campo ya lo ha hecho por él. Pero la psicología, como disciplina de la interioridad, lo tiene todo dentro de sí, y por eso también la necesidad de que el sujeto realice activamente la tarea de la autodistinción del sujeto cortando sin piedad su propia carne. En psicología siempre empezamos como yo empírico, como «el ego», la personalidad cotidiana ordinaria que somos. Pero para que la psicología sea realmente capaz de llegar a existir, dentro de la psicología tenemos que abstraernos lógicamente de nosotros mismos como individuos meramente privados, de hecho, con plena determinación metodológica para pasar por debajo como «el ego», para poder hacer psicología como «ya difuntos».10 Mientras que en la ciencia, según Planck, el progreso dependía en gran medida de la diferencia generacional y del acontecimiento contingente de la muerte literal de los adversarios de una nueva verdad, en la psicología la «muerte» indispensable para su nacimiento es metodológicamente producida e intrínseca.

Siempre tenemos que recordar que la psicología, como el habla del alma a sí misma sobre sí misma, no es sobre «nosotros», sobre las personas, no sobre los objetos externos, sino sobre sí misma. Jung ya nos había advertido que «Nunca debemos olvidar que en cualquier discusión psicológica no estamos haciendo declaraciones sobre la psique, sino que la psique se está expresando inevitablemente a sí misma» (OC 9i § 483, trad. modificada). En otras palabras, aunque no seamos conscientes de ello, aunque en nuestro hacer psicológico creamos que somos nosotros (como «ego») los que estamos hablando, en verdad es la psique la que está hablando. Sin embargo, la visión de Jung sólo nos lleva a un hecho inevitable, por así decirlo un hecho de la naturaleza. Pero el hecho no es suficiente. La verdadera psicología comienza sólo cuando esta verdad fáctica e implícita se ha hecho explícita para la propia psicología, es decir, cuando se ha adoptado activamente y con conciencia metodológica como punto de vista propio de la psicología y, como consecuencia, se muestra de hecho en las perspectivas y el estilo de nuestro hablar. La psicología sólo ha comenzado cuando nosotros, con nuestro interés propio, nos hemos callado para que en y a través de nuestro psicologizar pueda ser el alma la que se hable a sí misma. Pablo dijo: «Vivo yo, pero no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal. 2:20). Análogamente, el psicólogo debe llegar a un punto en el que sea capaz de decir, porque se ha convertido en una verdad explícita en su trabajo, «Yo hago psicología; sin embargo, no soy yo, sino que es la propia psicología (objetiva, impersonal) la que se hace a sí misma en mí.»

Mientras la psicología se represente de hecho como una autocomplacencia privada, carece de verdad. Sólo es diversión, entretenimiento o autoestabilización. Por cierto, también aquí es la psique la que se expresa inevitablemente, pero precisamente sólo la psique como psique subjetiva, la psique reducida reductivamente al «yo» («el hombre empírico») con todo lo que ello implica -aunque explícitamente uno se declare dedicado al inconsciente colectivo o al ánima mundi. Pero cuando el sujeto ha adquirido para sí su propia distinción de sí mismo, entonces se abre al alma objetiva, que, fría y ajena, puede no corresponder en absoluto a nuestras propias emociones y necesidades emotivo-ideológicas, pero sigue sus propias necesidades. Lo que significa, en definitiva, haberse liberado de la identificación con uno mismo y con los propios sentimientos, necesidades e ideas, es que se ha dejado entrar en la esfera del pensamiento, se ha abierto al pensamiento real y objetivo como el que existe y se despliega el alma. Cuando se está verdaderamente confrontado con el alma objetiva -el alma de y en lo que es, tal como se manifiesta en aquellas condiciones de nuestra realidad moderna a las que la historia del alma nos ha transportado- entonces ya no importa la cuestión de si las percepciones psicológicas a las que somos conducidos son agradables o no. Y aunque la verdad en el sentido de la distinción científica verdadero-falso está en principio fuera de cuestión para la psicología, ésta puede encontrar -producir- su propia verdad dentro de sí misma, mediante el opus de la interiorización absoluta-negativa en sí misma de lo que se le da como su «materia prima», independientemente de lo que ésta sea en cada caso. Esta interiorización de la materia es el proceso de liberación en su verdad, a través de la «fría marcha de la necesidad de la materia» -¿una marcha hacia dónde? Por supuesto, a nada más que a que la materia se sumerja en sí misma, en su lógica o sintaxis interna, su verdad, su alma.

* * *

No puedo dejar la cuestión del «progreso de la psicología» sin recurrir a un cuento poderoso -el cuento clásico de nuestra tradición- sobre el problema de la progresión de un estado de conciencia a otro. Todos lo conocemos. Habla de unas personas en una cueva, tan atadas que no pueden moverse y se ven obligadas a mirar exclusivamente de frente a la pared del fondo de la cueva. En ella, ven las sombras de los objetos que pasan a sus espaldas, sombras proyectadas por un fuego que arde aún más atrás. Toda su «experiencia del mundo» se limita, pues, al juego de las sombras. Ahora bien, si una de estas personas se liberara y se diera la vuelta, se encontraría de repente con los objetos reales cuyas meras sombras había visto antes, pero sólo a la luz artificial del fuego. Si salía por completo de la cueva, vería el mundo a la luz del día e incluso sería consciente del propio sol. Su experiencia del mundo se habría enriquecido inmensamente con dimensiones completamente nuevas. Si volviera a la cueva con sus antiguos compañeros para compartir con ellos su experiencia de las nuevas dimensiones de la realidad, ellos, firmemente convencidos de que su experiencia era la única razonable y verdadera, se reirían de él y, si intentara sacarlos de la cueva, probablemente intentarían matarlo.

Aunque la metáfora particular elegida en esta historia de los cavernícolas absolutamente fijados y cautivados por las imágenes (sombras) que aparecen en la pared podría sugerirnos inmediatamente a los psicólogos junguianos la posición de una psicología imaginal dogmática que se entrega a las antiguas imágenes míticas como horizonte último de su pensamiento, deberíamos entender este relato más bien como una parábola general sobre cualquier situación histórica de discrepancia entre una posición apreciada y establecida y una nueva posición que la trasciende. Cada nueva posición revolucionaria adquirida se convertirá a su vez, en el transcurso del tiempo, inevitablemente, en la nueva posición cavernícola y, tarde o temprano, se verá superada por una nueva posición revolucionaria. Podemos entender nuestro cuento como una situación de lo que en la historia de la ciencia llamamos hoy en día un cambio de paradigma (en el sentido de un cambio de un modelo más pobre y simple a otro más profundo, complejo y completo: las sombras de los objetos son bidimensionales, los objetos reales tridimensionales; y la experiencia de las sombras es una experiencia en blanco y negro, el mundo fuera de la cueva a la luz del día es colorido).

Las personas que se quedaron en la cueva no pueden dar sentido al informe de alguien que ha estado fuera. No puede, por así decirlo, explicar a los daltónicos lo que es el color. La experiencia bidimensional no tiene cabida en sí misma para una tercera dimensión. Los cavernícolas se ven obligados a interpretar reductivamente, en términos de sus propias categorías bidimensionales, todo lo que se dice sobre una realidad tridimensional colorida e inevitablemente ven en el informe del habitante de la cueva sobre esta última nada más que tonterías, afirmaciones absolutamente incompatibles con toda razón y con su experiencia del mundo, si no un ataque sacrílego a su propio sistema de creencias, que, después de todo, es para ellos la verdad.

En general, son factibles dos posibles reacciones de las personas que se quedaron. La primera reacción es la que se ejemplifica en nuestra historia. Los cavernícolas se convierten, por así decirlo, en apologistas que probablemente se limitan a reiterar las opiniones tradicionales, insistiendo en la veracidad y razonabilidad de su propia experiencia (una veracidad y razonabilidad que ahora, sin embargo, ya no es inocente, sino que ya se ha puesto en tela de juicio debido a su confrontación con el mensaje de su colega que regresa). Más aún, en nuestro relato se convierten en fanáticos defensores de la fe de la ortodoxia que, en última instancia, están dispuestos incluso a matar al perturbador de la paz.

Es bien sabido hasta qué punto Freud sintió que su teoría «revolucionaria» del psicoanálisis era rechazada por el mundo académico establecido de su época11 (pero también parece haber apreciado y cultivado la idea de ser despreciado). El temprano Jung enfrentado a la misma situación se consoló con una idea que se acerca a la teoría de la «secuencia de generaciones» de Planck. Dijo sobre el psicoanálisis que podíamos conjeturar «que aquí está ocurriendo algo extremadamente significativo, que el público erudito combatirá (como siempre) primero con muestras del más vivo afecto». Pero [y ahora viene el consuelo]: magna est vis veritatis et praevalebit [Grande es el poder de la verdad y prevalecerá]» (OC 7 § 441).12 En su vejez, este optimismo le había abandonado. Le invadió la resignación, si no la desesperación, respecto al impacto de la psicología que había otorgado al mundo. En sus últimas cartas abundan sus lamentos por no ser comprendido, incluso por sus mismos discípulos, y por ser combatido o despreciado.

La otra reacción de la «gente de las cavernas» (para mantenernos dentro de nuestra metáfora) puede ser ejemplificada por el bien intencionado guía espiritual del joven Lutero, Staupitz, quien, cuando, como hombre todavía medieval, fue confrontado con las experiencias interiores decididamente post-medievales de Lutero, sólo pudo afirmar: «No lo entiendo». ¡Una reacción honorable! Como todavía se encontraba en el horizonte de las concepciones medievales, no entendía, ni podía entender, las experiencias de alguien que había sido catapultado más allá. Sin embargo, se limitó a reconocerlo sin condenarlo a priori como absurdo o herético, como habrían hecho los habitantes de nuestra historia de la cueva. Una reacción así es, por supuesto, rara, ya que requiere cierta autoconciencia y valentía (en la medida en que no localiza automáticamente el problema en la otra persona que tiene los puntos de vista inauditos, sino en cómo juzga la para él ajena experiencia que Staupitz se queda con él mismo, con su propia limitación para comprender. De este modo deja abierto si la nueva posición puede tener algún mérito o no. Ultra posse nemo obligatur). La no aparición de una comprensión no hizo que Staupitz cambiara de nivel reaccionando ante lo incomprendido con las habituales «muestras de afecto más vivas» (como había dicho Jung). Permaneció en el nivel intelectual, y precisamente al reconocer que había sido decepcionado o negado, confirmó su continuo deseo de comprensión.

Teóricamente, existe también una tercera posibilidad, a saber, que una persona esté dispuesta a seguir las indicaciones del que ha vuelto a la cueva y a averiguar por sí misma lo que puede valer la reclamación del que ha vuelto a casa. Pero en la realidad práctica esto es olvidable.

Además, también debo mencionar la posibilidad de la no reacción, que es probablemente la más frecuente en la realidad: que la gente no muestre ningún interés por lo que tiene que decir la persona que devuelve y simplemente lo ignore, ya sea porque pasa por encima de sus intereses o porque está absorta en sus propias cosas.

Veamos ahora la posición de la persona que originalmente salió de la cueva y adquirió su experiencia del mundo más dimensional. En nuestro relato, regresó a sus compañeros de la cueva movido por un impulso ético y un eros pedagógico. Pero me pregunto si este impulso es verdaderamente ético. ¿No deberíamos hablar, en lugar de un eros pedagógico, de un deseo de misionar?

Esto me recuerda un pasaje de Jung en una carta a Herbert Read del 2 de septiembre de 1960. «Me pregunté una y otra vez por qué no hay hombres en nuestra época que puedan ver al menos lo que yo estaba luchando. Creo que no se trata de mera vanidad y deseo de reconocimiento por mi parte, sino de una auténtica preocupación por mis semejantes. Se trata, presumiblemente, de la antigua relación funcional del hombre-médico con su tribu, de la participación mística y de la esencia del ethos del médico. Veo el sufrimiento de la humanidad en la situación del individuo y viceversa» (Cartas 2, pp. 586, 589). Esta es prácticamente la misma postura que presenta el héroe de la parábola de la cueva. Una preocupación genuina por sus semejantes (que sólo son una humanidad sufriente porque todavía están en la cueva y no han avanzado al nivel de lo que Jung está luchando). El ethos del médico. La relación del médico con su tribu.

Suena muy bien.

Pero, ¿realmente lo es? ¿No es realmente una posición inflada? ¿Una identificación con el arquetipo del curador, la personalidad-maná? Y una identificación precisamente por parte de aquel analista que enseñaba la necesidad de la «disolución de la mana-personalidad» (CW 7 § 398), de la propia distinción de cualquier arquetipo (así como de uno mismo), y que predicaba la individuación, es decir, el llegar a ser lo que uno es (en el sentido de «¡sólo soy eso!»). Jung adopta la postura de un curandero o chamán arcaico ante su tribu. El psicólogo que nos exigía disolver la unio naturalis justifica aquí su sufrimiento por la falta de reconocimiento con una participación mística. No puedo evitar detectar una especie de celo misionero detrás de la postura adoptada aquí por Jung. ¿No es una presunción sentir que él, C.G. Jung, como ser humano y ego-personalidad debería ser quien asumiera una responsabilidad por «su tribu»? ¿Por qué no podría dejar a la gente a su aire y dejar al alma cómo se desarrollará la humanidad? ¿Quién lo nombró médico-hombre, quién lo autorizó?

El curandero o chamán de antaño es precisamente el curandero de su tribu porque la gente de su tribu acude a él en busca de ayuda y consejo y, por tanto, le reconoce como su sabio. Del mismo modo, el psicoterapeuta de hoy en día sólo se activa cuando la gente viene a consultarle y, por tanto, le autoriza. No va, como un misionero o un profeta, por iniciativa propia, a salvar a la gente independientemente de que ésta quiera o no ser salvada. Si ningún hombre de nuestra época ve lo que Jung estaba luchando, esto habla por sí mismo. ¿Por qué se planteó «una y otra vez» esta pregunta? ¿No es evidente? Y: ¿no es justo? Es la simple autoexposición de la relación objetiva que existe entre él y los demás. Además, lo que Jung dijo una vez sobre la neurosis, ¿no se aplica también a la incomprensión o al rechazo con los que se puede encontrar aquel que avanzó a un nuevo nivel? Jung había dicho (CW 10 § 361, trad. modif., cursiva de Jung) «Deberíamos incluso aprender a estar agradecidos a ello…. No se cura, sino que nos cura«. ¿Por qué? Porque la incomprensión y el rechazo, si se reciben con agradecimiento, pueden ayudar a ponerlo en su sitio. Es un agente terapéutico cauterizador. Actúa «disolviendo la mana-personalidad», la inflación.

Sorprendente para un psicoterapeuta es también la reacción de Jung ante el sufrimiento de la humanidad y de los individuos. Aquí parece como si viera el sufrimiento (psicológico) como la noxa que hay que curar, mientras que psicológicamente es, después de todo, el «propio mejor enemigo o amigo» de las personas, su psicopompo. Es el camino a seguir, su única vía real de progreso psicológico (en el espíritu del estatuto de Zeus relatado por Esquilo, pathei mathos). El sufrimiento es simplemente la forma en la que se produce el cambio psíquico como un cambio real por debajo del nivel del ego, que se inscribe en la carne. No es Jung y sus conocimientos los que deben ser sus maestros. Su único maestro auténtico lo tienen en su propio sufrimiento «espiritual», que tiene todo lo que necesita dentro de sí mismo. «En realidad, este sufrimiento contiene el alma del que lo padece; perderlo significaría volverse inútil», podríamos decir adaptando algunas de las formulaciones anteriores del propio Jung (CW 10 § 355). Jung parece pensar que si la gente fuera capaz al menos de ver con qué está luchando y si tal vez incluso siguiera sus respuestas al problema colectivo, esto les ayudaría. Pero probablemente no sería más que «un sustituto del sufrimiento legítimo», al igual que hoy en día muchos junguianos quieren engañar a la gente (e idealmente incluso a la sociedad en general, si fuera posible) de su propio sufrimiento auténtico por la falta de sentido, ofreciéndoles una «visión del mundo junguiana», una alternativa compensatoria a la «unilateralidad» de la vida moderna, y las llamadas «experiencias numinosas», como gratificación y consuelo para el ego. Taponando la grieta hacia «el inframundo».

Qué diferente es todo esto de la posición que Jung había adoptado veinticinco años antes en sus Conferencias Tavistock.

Digo lo que veo, y si alguien está de acuerdo conmigo me agrada y si nadie está de acuerdo me es indiferente. No puedo adherirme ni a la confesión adleriana ni a la freudiana. Sólo puedo estar de acuerdo con la confesión junguiana porque veo las cosas de esa manera aunque no haya una sola persona en la tierra que comparta mis puntos de vista. Lo único que espero es daros algunas ideas interesantes y que veáis cómo afronto las cosas. (CW 18 § 276)

Ciertamente, todo el mundo se alegra si descubre que alguien está de acuerdo con él. Pero lo contrario, que «si nadie está de acuerdo le es indiferente», suena un poco dudoso, una muestra de una indiferencia mayor de la que probablemente exista. Nunca es agradable encontrarse con el desacuerdo o el rechazo. Sin embargo, tanto es así que uno debería al menos ser capaz de aceptarlo sin recelos y comprender que es simplemente el precio por haber seguido el propio camino, un precio que hay que pagar. Es el mismo precio que en nuestra historia de la caverna se muestra en su última consecuencia: ser asesinado (el ejemplo paradigmático en la historia es, por supuesto, Sócrates, quien, por cierto, afrontó su muerte sin rencor). Psicológicamente, no hay nada malo en esta posibilidad. Es, si sucede como un hecho literal, simplemente la actuación literal de la verdad de la discrepancia objetiva que se ha producido. El que sigue su propio camino y avanza más allá del nivel de conciencia de sus semejantes ha creado él mismo esta discrepancia al haber avanzado a este nuevo nivel.13 Y tiene que estar dispuesto a pagar por ello. No hay amargura. No se puede tener las dos cosas: avanzar y, sin embargo, insistir en la aprobación de los que quedan atrás. Tal vez si uno dice «si nadie está de acuerdo me es indiferente», restando así importancia al hecho de que es molesto o tal vez incluso duele, se elude el pago del precio.

Pero el otro punto que Jung señala en este pasaje es admirable. «Digo lo que veo» y «dejo ver cómo abordo las cosas». Nada de guardarse sus ideas exclusivamente para sí mismo (al modo en que el matemático Carl Friedrich Gauß, simplemente por temor al «clamor de los beocios», retuvo en vida sus revolucionarios trabajos sobre la geometría no euclidiana). Pero tampoco ninguna misión educativa, ninguna actitud de sanador o educador. Sólo una oferta, una presentación de su caso al público por lo que pueda valer y, por supuesto, argumentando su caso lo mejor posible. Goethe, adaptando unos versos del poeta persa Hafis, escribió una vez en un poema algo así como «Tira tus pasteles al agua [río], quién sabe quién puede disfrutarlos».

Y «sólo puedo estar de acuerdo con la confesión junguiana porque veo las cosas así aunque no haya una sola persona en la tierra que comparta mis puntos de vista», porque yo, C.G. Jung, soy como soy; sólo soy lo que soy. Es mi necesidad ver las cosas de esta manera.14

Tanto esta última posición de Jung como la parábola de la cueva me recuerdan algo que escribió Kant. «Admito libremente que fueron los puntos críticos de David Hume los que, hace muchos años, interrumpieron por primera vez mi sueño dogmático y dieron a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa una dirección completamente diferente».15 Y en un pasaje posterior de la misma obra dijo de cierto producto o resultado notable de la razón pura (en su uso trascendental) que es «lo que también es el agente más contundente entre todos para despertar a la filosofía de su sueño dogmático e inducirla a emprender la difícil empresa de la crítica de la razón misma» (A 142). La metáfora utilizada por Kant equivale en realidad a una compresión de la historia de la caverna en una cáscara de nuez. El sueño dogmático de Kant era el equivalente a que los cavernícolas estuvieran completamente embelesados por las sombras de la pared de la cueva. Luego, su sueño fue interrumpido, fue girado en «una dirección completamente diferente», y esto lo llevó más tarde a sus percepciones críticas.

Pero también hay una diferencia decisiva. Como quien ha despertado de este sueño dogmático, no quiere dar la vuelta y volver «a la cueva» para despertar a otros (filósofos, seres humanos). En lugar de centrarse en las personas, en los filósofos y en «lo que dicen«, pero también en lugar de centrarse, como Jung, en su «confesión» (también meramente personal), sólo le preocupa la filosofía en sí misma, la mente objetiva. Es la filosofía como estructura objetiva -y por la misma razón en nuestro caso la psicología (como alma objetiva que se ha vuelto explícita)- la que necesita ser despertada de su sueño dogmático, no los filósofos y psicólogos de los suyos. Y sólo en este nivel, en el discreto nivel de fondo de la lógica de la psicología, de su punto de vista y de su forma de reflexión, podría ser cierto que la veritas praevalebit. Aunque en nuestra época, la de la cultura de masas, la de los medios de comunicación de masas, la del consumismo «espiritual» y la de la comercialización descarada de los «mitos», las «imágenes», «lo sagrado» y los planes de salvación ecológica -en definitiva, en una época de institucionalización explícita y deliberada del sueño dogmático del alma en la caverna-, esto parece ciertamente bastante improbable. Sea como fuere, una cosa es segura: el clamor de los beocios no dejará de hacerse oír.

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1 Mi traducción.

2 Real en el sentido no sólo lógico, sino noético. En la realidad material.

3 En este trabajo mantengo el término tradicional de Planck «verdad» para las ciencias, a pesar de que, en sentido estricto, este término es inapropiado. La ciencia no busca la verdad, ni siquiera busca afirmaciones «correctas», sino fiables. Como señaló Heidegger, la ciencia es en el fondo y desde el principio tecnológica (y no, como se cree popularmente, que la tecnología es ciencia aplicada). Y como Niels Bohr comprendió ya en 1963, «es un error pensar que la física tiene la tarea de averiguar qué es la naturaleza. La física se ocupa de lo que podemos decir sobre la naturaleza». Aquí, sin embargo, porque me preocupa la cuestión del progreso científico, trabajo con la comprensión de la ciencia en el sentido tradicional, donde era la voz de la verdad, y porque el progreso se produce a través de la simple separación de lo que es verdadero de lo que es falso («verificación» y «falsificación»). Esta «verdad» es pragmática, no metafísica: es nuestro mejor conocimiento confirmado en la actualidad. No hay afirmaciones superiores («verdades eternas») relacionadas con ella. – Este sentido ingenuo y pragmático de la verdad también debe distinguirse de mi término de verdad en contextos estrictamente psicológicos.

4 La nueva visión del siglo 20, por ejemplo, de Niels Bohr, citada en una nota anterior, de que «es un error pensar que la física tiene la tarea de averiguar qué es la naturaleza. La física se ocupa de lo que podemos decir sobre la naturaleza», aunque se aparta de la anterior idea ingenua de la posibilidad de un acceso directo a la naturaleza objetiva, no obstante, conserva, e incluso confirma, la noción de una esencia positiva-factualmente dada de la naturaleza («lo que la naturaleza es»). La ciencia sigue operando hoy en día dentro del patrón de la pregunta/hipótesis humana y un Sí o un No de la naturaleza.

5 Pero también tenemos que ver que hay otro lado de Jung, también. Señaló que las interpretaciones erróneas de un analista simplemente no funcionarán, por lo que existe, a través del ser real de los pacientes, un factor correctivo en la terapia, después de todo. De nuevo, otro aspecto (y problemático) de su pensamiento es que cuando era atacado por sus puntos de vista generales, por ejemplo, su teoría de los arquetipos, por parte de los no analistas, trabajaba con el argumento de que si estos críticos tuvieran experiencia terapéutica práctica se verían naturalmente obligados a aceptar sus teorías.

6 Patricia Berry, «Una aproximación al sueño», en: P. Berry, Echo’s Subtle Body. Contributions to an Archetypal Psychology, Dallas, TX (Spring Publications) 1982, pp. 53-79.

7 Sonu Shamdasani, Jung and the Making of Modern Psychology, Cambridge (Cambridge University Press) 2003, p. 11.

8 Cf. GW 10 § 367; también «Über Psychologie», en: Neue Schweizer Rundschau 1933, 1, pp. 21-27 y 2, pp. 98-106, aquí p. 22.

9 Edward S. Casey y David L. Miller, «Introduction to the Philosophy and Psychology Issue», en: Spring 77. A Journal of Archetype and Culture, primavera de 2007, p. 6.

10 Cf. Wolfgang Giegerich, La vida lógica del alma. Hacia una noción rigurosa de la psicología, Frankfurt/Main et al. (Peter Lang), 1998,4 2007, pp. 24 (nota) y 80.

11 Por ejemplo: «… la revuelta general contra nuestra ciencia, el desprecio de todas las consideraciones de civismo académico y la liberación de la oposición de toda restricción de la lógica imparcial», 18th de sus Conferencias Introductorias, Edición Estándar vol. 15, p. 285.

12 Jung añadió significativamente a esta cita de la Vulgata 1 Esdras 4:41 (magna veritas et praevalet) o de Tertuliano, Adversus Praxean 26, la palabra vis y cambió el tiempo del verbo al futuro. Jung ya había utilizado esta cita en la forma Magna est vis veritatis tuae et praevalebit («Grande es el poder de tu verdad y prevalecerá») en su carta a Freud del 11 de noviembre de 1908.

13 En términos menos subjetivos tendríamos que decir: «el alma» creó esta discrepancia al avanzar en y a través de él a este nuevo nivel…

14 Si es simplemente mi necesidad de ver las cosas de esta manera (al igual que es la necesidad de los demás de ver las cosas de manera diferente), el que yo vea las cosas de esta manera no es nada de lo que deba estar orgulloso, nada que se me suba a la cabeza. El hecho de haber avanzado a un nuevo nivel no me sitúa por encima de los demás.

15 Immanuel Kant, Prolegómenos A 13.

Vida y muerte en análisis

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 179-190

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

En nuestra charla de esta tarde, no seré cuidadoso en el uso de los términos relativos al análisis. Si tuviera cuidado, tendría que definir el análisis; pero ustedes saben mejor que yo que no tenemos una definición única que sea aceptable para todos los que trabajamos en este campo. Tiene que ser así, porque cuando estamos trabajando, hacemos muchas cosas y somos muchas personas. Puedo estar dando terapia o consejo, enseñando, aconsejando, analizando, interpretando, dirigiendo la conciencia, cuidando el alma, reaccionando, no reaccionando, interactuando, no interactuando, etcétera. 

Sólo podríamos definir el análisis si supiéramos lo que estamos haciendo; pero no sabemos lo que hacemos, y nunca podremos saberlo, ya que se trata de una actividad como pintar o escribir poemas en la que el inconsciente interviene continuamente y nos impide un conocimiento consciente que pueda formularse en definiciones.

Sin embargo, considero que mi principal tarea como analista, y en particular como junguiano, es involucrarme con este lado inconsciente que impide mi claridad y mi conocimiento. ¿Qué quiero decir con esto? ¿Qué es el lado inconsciente de la psique de la persona? ¿Nos referimos a un estado de inconsciencia como el sopor o el coma? ¿O nos referimos a un tipo de comportamiento altamente cargado de afecto, o justo a su opuesto, habitual y, por tanto, irreflexivo e inconsciente? ¿O nos referimos -y creo que es así como tenderé a ver el término- a una región hipotética, una descripción topológica, una sección del ser humano que está fuera de mi conciencia pero que actúa a través de mis acciones, piensa dentro de mis pensamientos, motiva mi voluntad, afecta a mis sentimientos y, sobre todo, a través de complejos y fantasías influye en mi imaginación y en mi forma de percibirme a mí mismo y al mundo?

Así que es en estos complejos de fantasía, en estas partes míticas de la persona, en las que se centra principalmente mi atención cuando hago el análisis. Me interesa menos el informe diario del caso: las peleas con su mujer y los problemas con su hijo, y los síntomas que aparecen, desaparecen y reaparecen: las interacciones personales. Oh, sí, están ahí, en primer plano, por supuesto, y nos presionan todo el tiempo. Pero yo busco el fondo; no la historia del caso y su progreso, sino la historia del alma en su proceso. 

O podría, de otro modo, decir que el análisis es una preocupación por la transformación de la personalidad; y «personalidad» significa aquí un recipiente o una gran máscara como la que llevaban los personajes o actores griegos en el drama, y a través de la cual habla el dios. La máscara no es algo que me pongo para encontrarme con los rostros que me encuentro, sino que sería el papel necesario que uno desempeña, el troquel en el que uno es arrojado o el papel que uno interpreta, para que la voz del dios dentro del alma, dentro de la psique, pueda realmente hablar; y a través de esta fuerza de lo divino dentro del alma, la personalidad es forzada a existir como portadora de algo más allá de sí misma.

Ahora bien, la historia anímica de la personalidad se revela principalmente a través de los sueños, que suelen girar en torno a ciertas experiencias o themata; y dejan fuera áreas enteras de la vida recordada de una persona, de su biografía. Por ejemplo, supongamos que de niño pasé seis veranos en un campamento, y durante veinte años de registrar mis sueños nunca soñé nada de esto. O que tengo catorce primos, y sólo he soñado con uno de ellos en todos esos años; o que he viajado por muchos países, y sólo tres o cuatro de ellos vuelven una y otra vez como temas de mi mitología interior, mientras que otros son descartados sin más. Que mis sueños siguen centrándose en ciertas personas, lugares, escenas y colores, retejidos y entretejidos en una mitología de mi propia alma. Esta es la diferencia entre la historia de mi caso exterior y la historia de mi alma interior. 

Parece que la vida, o la historia exterior del caso, está cada vez más dirigida desde dentro por la historia del alma. Cuando las cosas importan, es por el aspecto interior. Este aspecto interior de la experiencia, el sentimiento de que es mía e importante, y de que tiene algo que ver con mi destino; de que incluso puedo tener un objetivo moral e inmortal que concierne religiosamente, y no sólo un suceso o un accidente (aunque los accidentes pueden ser muy importantes) -esto es a lo que me refiero como sentido del alma.

Naturalmente, las cuestiones de la vida y la muerte serán de gran importancia para este sentido del alma. Y parece que cuando uno llega a este punto en el análisis o en una charla profunda con otra persona -y ciertamente no tiene que ser en horas de oficina y las charlas analíticas profundas no sólo tienen que ocurrir con analistas- esas cuestiones surgirán en una charla profunda. Estas cuestiones del alma y su destino y el problema de la muerte surgen. Surgen de otras maneras mucho antes de que estemos abiertos a este tipo de debate. 

Pero antes permítanme una observación: Estas conversaciones profundas no tienen un sentido académico o filosófico. No hace falta haber leído a Platón sobre la inmortalidad del alma para llegar al alma y su preocupación religiosa, su preocupación por la moralidad. No hace falta dedicarse a la filosofía y tener ideas profundas que se han sacado de otra parte. Todos moriremos y todos hemos estado con la muerte de una forma u otra. Y en estos niveles profundos del alma, todos estamos en comunicación, aunque nuestra historia individual de clase, color, religión, educación, etc. nos mantenga alejados. En el nivel del alma, todos somos iguales y todos podemos hablar. En los niveles conceptuales, podemos diferir, pero no en los niveles simbólicos, ni en los niveles de la fantasía y el mito. No nos diferenciamos en este nivel de otras épocas de la historia y de otros pueblos que también estaban implicados como nosotros en este nivel del alma, en cómo vivir y cómo morir; y por qué vivimos y por qué morimos; y qué ocurre en la muerte y después de la muerte; y cuál es la relación entre vivir y morir. Es sólo nuestra jerga clínica y nuestras conceptualizaciones académicas y nuestros términos sociológicos y nuestro ridículo orgullo antihistórico lo que nos separa de la otra persona. No es el cliente el que no es apto para la terapia porque no tenga el nivel educativo, sino que es el terapeuta el que no es apto porque no tiene el nivel simbólico. 

Las cuestiones de la vida o la muerte, o lo que podríamos llamar las cuestiones filosóficas, las cuestiones de sentido, son centrales y vitales para el alma. Éstas han sido siempre las principales cuestiones de la psique en todas las culturas y en todas las épocas. Por lo tanto, puede decirse que las cuestiones de la vida y la muerte son la principal preocupación del alma. Su otra cara, su otra preocupación principal, es, por supuesto, el amor; el contexto de la vida humana y la conducta de la vida humana entre los humanos. Pero esta otra preocupación principal del alma -el amor, por darle un nombre- no es separable de las cuestiones de la vida y la muerte.

El alma tiene, pues, al menos dos caras: la espiritual y la erótica; una cara de sentido y otra de amor. Ambas están entrelazadas, de modo que si una resulta dañada, la otra sufre. Si hemos perdido el sentido, si la vida y la muerte no se mantienen unidas en una filosofía o una Weltanschauung, entonces el amor no funciona; y si hemos perdido la conexión con el amor, el sentido se desmorona.

Estas cuestiones de la vida y la muerte surgen de forma natural en el análisis, no sólo porque sean cuestiones verbales y/o ideas interesantes, sino más bien, me parece a mí, como si el propio fenómeno del análisis pareciera constelar tales cuestiones. Es como si el análisis -esta discusión profunda; no siempre tan profunda, pero esta discusión tal y como la estoy presentando- esta discusión de dos personas en dos sillas desnudando sus almas, dos personas intensamente preocupadas por lo fundamental y pidiendo a la voz inconsciente que entre también y diga lo que piensa; preguntando por los sueños y preguntando por las emociones y preguntando por las fantasías y reaccionando a y desde este nivel -este peculiar ritual, que ha sido creado en los últimos sesenta años y que no existía antes y que llamamos análisis, atrae no sólo al alma para que se muestre ante el amor (o lo que desgraciada y horriblemente se llama «la transferencia y sus aspectos eróticos») sino también para que muestre su apasionada preocupación por las cuestiones de significado. 

Así que los sueños recogen símbolos y utilizan el lenguaje de significados muy profundos en el sentido de significados eternos, temas arquetípicos eternos que, si se siguen y no se reducen a otra cosa, se cree en ellos, se someten a ellos, conducen a cuestiones fundamentales de la vida y la muerte. Ahora bien, lo que conduce en este proceso es a menudo algo bastante absurdo y oscuro. Al principio, puede parecer que es el analista quien lidera este proceso psicológico; o, como se le llamaba en la antigüedad, el «psicopompos», el líder de la psique o guía de almas. El líder de la psique, o el líder del alma, aparece en imágenes oníricas: o la tierra a la que está conduciendo es como el Purgatorio o un país desconocido, o Australia, que está «abajo», o el Continente Perdido, o algún otro lugar al otro lado de los mares; y la función del líder aparece como un cazador blanco en África, o un conductor en un tren, un hombre en una mina con una lámpara en su sombrero.

A menudo se piensa primero que el líder, guía o gurú es el analista, del mismo modo que el otro aspecto del alma utiliza también al analista como amante para que la experiencia del amor se libere y cobre vida.

Pero al cabo de un tiempo, uno se da cuenta de que no es el analista en absoluto, sino que la psique tiene en sí misma una función, que se imagina en una especie de figura, la que la conduce a problemas fundamentales de sentido, a terrenos desconocidos, a preguntas sobre por qué se vive y qué significa la muerte; y estas preguntas se formulan de tal manera que resultan sumamente oscuras, absurdas, paradójicas. Por el testimonio empírico de observar cómo ocurre esto en el análisis, parecería que los individuos implicados se ven inducidos u obligados a elaborar una filosofía de la vida. Esta cuestión puede llegar a ser tan urgente y apremiante que la cuestión de la vida y la muerte se convierte de hecho en una cuestión de vida o muerte, y aquí comienza a menudo el problema del suicidio. 

De repente, la persona, en cierto sentido, no sólo ha empezado a cuestionarse la vida, sino que ha entrado en la muerte, y ha sido llevada por esta función dentro de sí misma (proyectada, tal vez, en el análisis, llevada por el analista) a plantearse preguntas cada vez más profundas. Esta función no lo deja ir, no se contenta con simplificaciones y respuestas baratas y reducciones, y la conciencia comienza a cuestionar sus propias raíces. Esto tiene por el momento, quizás durante algún tiempo, un efecto de laceración de la personalidad. Todo se cuestiona; nada se sostiene en ninguna parte. Esto le lleva a uno contra la corriente y uno, en cierto sentido, ha dicho «no» a la vida. 

Ahora bien, este cuestionamiento de la vida, que es una oposición a la vida, es destructivo para la vida tal como es y, por lo tanto, es el aspecto de muerte del crecimiento. Este empuje dentro de la psique que es esencial para el desarrollo de la personalidad se muestra también en las formas tradicionales de desarrollo de la personalidad, todas las cuales tienen un aspecto de muerte.[1] En otras palabras, el desarrollo de la personalidad pasa por la muerte. No es una expansión continua de más y más luz, más y más vida, sino más bien una serie de muertes, y el análisis como aventura metódica de transformación de la personalidad es siempre una serie de muertes y agonías, un colapso prolongado, un suicidio prolongado.

Las culturas tradicionales hablan de las etapas de la vida o de la vida organizada por fases. Los puntos de inflexión de estas etapas o crisis suelen seguir un camino de desarrollo biológico; es decir, se supone que hay una primera mitad y una segunda mitad de la vida; o que la vida se divide en juventud, mediana edad y vejez; o que se divide en cuatro etapas del hombre, o en siete, o en diez, o en doce. Hay ejemplos de todo tipo de pensamiento en este campo, pero lo importante no son tanto las separaciones como las transiciones entre etapas. Éstas se denominan a veces en antropología «ritos de paso» o «ritos de iniciación» o «sacramentos». En cada una de estas transiciones, lo esencial para la personalidad es su movimiento. La personalidad con la que uno se identifica ahora, aquí; el yo que es como soy, y aquí es donde estoy ahora -aquí-; esto, que está construido sobre la continuidad, construido sobre el hábito, construido sobre la memoria -todas las cosas que me han traído hasta aquí-, esto muere. La identidad externa, aquello con lo que me identifico, muere. 

Ahora bien, desde este punto de vista, el suicidio puede verse como un intento precipitado de pasar de aquí a allá, de atravesar; o puede verse como un rito de paso. Puede verse como una expresión de la necesidad urgente de transformar la personalidad, como una expresión del desarrollo que llevaría a la conciencia lo que hasta entonces es desconocido, inconsciente y nuevo. 

No se ve así, por supuesto. Muestra violencia y muestra desorden y muestra confusión, o muestra regresión a la nada. 

Pero también puede mostrar, en estas formas de disfraz que lo hacen parecer cualquier cosa menos desarrollo, algo tan apremiante y tan urgente y tan terriblemente real para el alma de la persona que no sirve de nada intentar bloquearlo sin darse cuenta de que la destrucción del yo es ante todo una declaración de transformación radical. Es la forma más radical en que el yo de aquí y ahora puede convertirse en el no-yo. La personalidad consciente puede convertirse en la personalidad totalmente otra e inconsciente.

El suicidio es el último viaje de aquí para allá. Nos llevaría demasiado lejos adentrarnos en el trasfondo arquetípico del análisis como transformación del alma. Sería demasiado adentrarnos en las cuestiones de los rituales de la muerte y las ideas de desmembramiento en tantos de estos rituales en los ritos de iniciación, o el papel de la muerte en diversas disciplinas que tienen que ver con el desarrollo de la personalidad, como las disciplinas yoguis o las disciplinas espirituales en la Iglesia, o en la alquimia, o la muerte iniciática y las torturas en los ritos de la pubertad, o la muerte en las religiones mistéricas, que se ocupaban mucho de morir en una etapa de la vida para entrar en la siguiente, o la huida chamánica completamente fuera de este mundo, que es una especie de trasfondo arquetípico del viaje, o las experiencias iniciáticas, o el descenso a los infiernos, al que se enfrenta el héroe en muchos ejemplos de su desarrollo en los cuentos de hadas, en los cuentos populares y en los mitos. 

Todo esto parece quizás irrelevante, pero la mayor parte del mundo que llamamos subdesarrollado toma su orientación de este tipo de pensamiento; y la mayor parte de la personalidad en nosotros que está subdesarrollada toma su orientación de este tipo de pensamiento. 

Nuestros sueños y nuestras fantasías inconscientes lo demuestran. Un examen de todos estos patrones de cambio de la personalidad, o de desarrollo del alma, de modo que ésta también tenga una historia de desarrollo, no sólo una historia clínica externa, mostraría una sorprendente insistencia en las experiencias de muerte. También nos obligaría a llegar a la conclusión de que la interferencia con esta experiencia de muerte impidiéndola, considerándola un razonamiento defectuoso, malinterpretándola como una condición social patológica que necesita ser curada, privaría al alma de su propia oportunidad de transformación. 

Al igual que los momentos críticos del proceso de transformación en la tradición implican la muerte, estos momentos críticos en el análisis también implican la muerte. Porque en el análisis nos ocupamos principalmente de estas fases de transición. Nos ocupamos del despliegue de una vida a través de estas muertes. Así, una persona está atascada en la infancia o atascada en sus fantasías matrimoniales tempranas o atascada en el aspecto de expansión de su carrera. En cada caso, algo empieza a morir, a dejar de funcionar; y la identidad de esa personalidad, el ser de sí mismo muere para que la siguiente fase de su vida sea posible. Del mismo modo que el crustáceo sale una vez al año de la estructura que ha construido, se arrastra fuera de su caparazón y se despoja de esa masa de armadura, y yace como una masa vulnerable de gelatina en el fondo del mar, así nosotros morimos y nos disolvemos antes de que podamos crear a partir de nosotros mismos nuevas construcciones y una nueva casa para la psique dentro de la cual podamos volver a vivir. 

Lo que muere en estas situaciones son nuestros cuelgues del ego, nuestras identificaciones del ego, la dureza del ego, el orden que nos hemos impuesto, la continuidad y la identidad y el hábito -todas estas virtudes del ego. Es como si la psique no fuera todo ego, como si hubiera algo fuera del ego que desea esta muerte, algo fuera del ego, distinto del ego, parece permanecer durante esta muerte y, por así decirlo, renace durante esta muerte. 

El hecho de que el ego muera en el análisis, pero que otros procesos psíquicos dirijan esta muerte y estén ahí durante la muerte y después de ella, apunta al hecho de que el ego no es el centro de la personalidad, sino que hay algo que trasciende al ego y es superior a él. Cómo llamemos a este otro es menos importante que el hecho de que lo experimentemos, y que la experiencia de ello llegue más vívidamente, al parecer, en el análisis, a través de las experiencias de muerte.

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Ahora pasamos a la cuestión de que hay otro aspecto de la muerte dentro del análisis que no debemos evitar, y es la agresión. Todos ustedes están muy familiarizados con el componente agresivo del suicidio, un componente que se ha formulado como matarse a uno mismo, matar a un ser querido o ser matado por otro. Como quiera que lo planteemos, tenemos que entrar en el problema de la agresión de matar y ser matado, de algún tipo de componente salvaje, asesino, destructivo; y tenemos que examinar nuestros puntos de vista sobre esta parte de la psique.

Si miramos a nuestro alrededor, encontraremos que este componente, que podemos llamar por el momento agresión o destructividad o maldad, no es -y repito, no es- totalmente afrontado y aceptado como un hecho psíquico por los principales puntos de vista en nuestro campo. Los rechazos son numerosos. Creo que los neofreudianos en general rechazan el instinto de muerte y sus ramificaciones en el ámbito de la destructividad. Konrad Lorenz y los conductistas animales no aceptan la maldad en el hombre. La sociología y otras psicologías ven estos trastornos del comportamiento como derivados del miedo y la frustración, de experiencias negativas con la madre o con la sociedad, etcétera. 

No puedo discutir -no puedo, no tengo la capacidad de discutir- en detalle estas teorías de la agresión. Sólo quiero señalar el pensamiento que tienen en común, que es que no nos ayudan a entender el hecho del componente agresivo en la muerte suicida; y necesitamos una manera de llegar a un acuerdo con este componente agresivo si queremos llegar a un acuerdo con el suicidio. Si el suicidio tiene un componente agresivo y uno está matando y destruyendo, y este matar y destruir se ve en estos modelos que se niegan a permitir una posición ontológica al matar y destruir, que sólo pueden ver el matar y destruir como alguna forma de formación de reacción derivada deformada, entonces nunca podremos llegar a la aceptación más profunda del suicidio como un problema. Juzgaremos el suicidio a causa de nuestro juicio contra, o nuestra visión deformada de, el aspecto agresivo. Veremos el suicidio como ilegítimo y deformado. 

El suicida se venga de alguien. O juega a vengarse, asesina o se ensaña. A menudo actúa contra su analista. (Hablo, por supuesto, siempre dentro de este límite: «Vida y muerte en el análisis»; donde se filtra hacia otros ámbitos, me alegro, pero ahora lo retiro). Su analista representa al líder de su propia psique en sus profundidades y en su exploración de la muerte, como ya discutimos.

Independientemente de cómo lo interpretemos como un acto contra el analista o una forma de destruir la función psíquica o la imagen que el analista porta, todavía tenemos que afrontar per se que la psique, el alma humana, tiene en sí la capacidad de matar y destruir; e incluso si decimos que la agresión puede retorcerse en formas pervertidas debido a fijaciones o frustraciones tempranas o cualquier otra cosa a la que queramos atribuir esto, todavía tenemos que reconocer que el alma humana no sólo se retuerce pasivamente sino que se retuerce activamente, y que la psique tiene la capacidad de matar y de deleitarse matando. La historia de la humanidad desde Caín y Abel (que fue lo primero que hicieron al salir del Jardín del Edén) es una historia de asesinatos y guerras. Esto es una realidad ontológica y matar dentro del alma, como una realidad dentro del alma, es reconocido por los Diez Mandamientos como una posibilidad humana fundamental perpetuamente eterna: dada con la existencia del hombre, siempre ahí, y no un derivado de algo más.

Ahora bien, esto es duro; y el único lugar, me parece, donde esta realidad del mal dentro del alma humana y dentro del universo recibe todo el crédito en psicología (está en la filosofía y en la religión) es en la psicología de Jung. En los últimos años, parece que los Jungianos se han obsesionado con el concepto del mal.[2] Parece que no hay semestre o trimestre en el Instituto Jung de Zurich que no trate sobre el mal o Satán o algo sobre el problema del mal, el problema de la sombra, el problema de esta parte de la vida.

El punto de vista junguiano, me parece a mí -y supongo que otros junguianos pueden tener otros puntos de vista- es que el potencial, no sólo de reaccionar agresivamente sino cruel y sádicamente, la capacidad de disfrutar de la enemistad y de tener enemigos, de vivir y ser hostil, de guerrear y destruir, es fundamental e innato, no sólo en el hombre como disposición, sino como parte de la realidad de la existencia.

En otras palabras, creo que los junguianos se toman en serio al diablo y consideran la agresión destructiva que se manifiesta a menudo a través del suicidio como una expresión de este mal, un mal que no puede descartarse a través de explicaciones sociológicas, o biológicas à la Lorenz, o como reducciones psicológicas a lo que sucedió al principio, o a desgracias sociológicas, etcétera. Es fundamental, como el demonio es fundamental y no derivado; el demonio no es sólo una ausencia de bien o una privación o una sombra que, en última instancia, trabaja realmente para el bien (aunque no lo veamos).

No creo que podamos aceptar la hostilidad agresiva que se expresa en el análisis sin una aceptación muy profunda de que el mal existe en el mundo. En mi libro sobre el suicidio [3], me temo, no presenté lo suficiente en mi opinión contra la prevención del suicidio. No presenté lo suficiente sobre el mal que puede expresarse a través del suicidio como asesinato y matanza. Si en ese libro traté de mostrar cómo se puede, en el análisis, entrar en el alma y comprenderla desde dentro, y que esta comprensión puede hacer que el suicidio real sea superfluo e innecesario, porque la muerte de la psique se ha logrado y realizado dentro del alma, de modo que no tiene que ser vivida concretamente en el mundo, también debería haber discutido la importancia de entrar en la agresión, la matanza y el asesinato que están implicados en el suicidio.

Nunca podré aceptar este aspecto si lo considero una aberración, un derivado de la frustración o de otras cosas. Aceptar el suicidio como una posibilidad legítima, como hice allí, o incluso aceptar el significado simbólico de entrar en la muerte en aras de la transformación y que el suicidio es una expresión del impulso de transformación, sigue dejando algo fuera; y ese algo es la violencia o el mal de la agresión o el asesinato que, también, deben tomarse como fundamentales para los seres humanos y también como una posibilidad legítima de la naturaleza humana. 

Si no adopto esta postura, sigo estando fuera y juzgando a la persona, y no he llegado a un acuerdo con la cara destructiva de la creación y del creador que hizo esta creación. 

Al decir que acepto el mal, entiéndase bien, no quiero decir que lo apruebe, igual que al decir que no estoy a favor de la prevención del suicidio no quiero decir que esté a favor del suicidio. No estoy a favor ni en contra del suicidio. Sólo lo que significa en el alma. Así que con el mal que puede haber detrás de algunos suicidios, no estoy a favor aceptando su realidad; no lo estoy abrazando. No estoy a favor del diablo diciendo: «Sí, creo que el diablo es real». No estoy a favor de la bomba atómica o de los campos de concentración o de otros aspectos de destrucción y asesinato sólo por decir: «Acepto estas cosas como reales y verdaderas y ahí y hechos fundamentales».

Así que no podemos aceptar la violencia destructiva y la crueldad destructiva negando su realidad básica. Sólo podemos aceptar esta parte del problema del suicidio. Sólo podemos enfrentarnos al demonio si empezamos por admitir su existencia; que hay algo demoníaco, salvaje, terriblemente difícil y autodestructivo. Por eso tenemos ese problema. Admitir su existencia no es darle al diablo una entrada en el mundo. No se trata de eso, no lo justifico. Estoy diciendo que mi odio y mi deseo de matar y vengarme son realidades fundamentales. Ahora, ¿qué hay que hacer con esto? Aquí es donde empieza todo. El verdadero problema es: ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo hay que manejarlo? ¿Adónde hay que ir ahora en la lucha contra el mal? Se trata, pues, de un problema totalmente nuevo. Este planteamiento no trata de deshacerse de las causas del mal a través de la perspicacia psicológica o la reforma social, porque las causas del mal hay que atribuirlas a algo eterno, siempre ahí, ontológico; como atribuirlas, por ejemplo, a Dios mismo. Esto abre un nuevo panorama en la naturaleza del ser y ve la destructividad de matarse a uno mismo e incluso de toda agresión bajo una luz muy preocupante, para la que no tengo solución. Pero me complace presentarlo como un problema fundamental.

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Queda una cosita, que está relacionada con el título de esta charla. Hemos estado hablando principalmente de análisis en relación con el tema del encuentro. Ahora quiero referirme concretamente a la idea de la vida y la muerte. Es una cosa curiosa, y se ha observado desde muy fácilmente cosmologías o mitologías primitivas de cómo el mundo llegó a existir. Está en la filosofía india y en la filosofía griega y en el principio del pensamiento de los hombres sobre el mundo y cómo es que las cosas se ponen (también sobre cuestiones fundamentales) como una polaridad. 

Por ejemplo, lo bueno y lo malo, lo alto y lo bajo, lo masculino y lo femenino, la oscuridad y la luz, y así sucesivamente. Ahora bien, la oposición de estos principios se ha planteado como una ley básica del universo en muchísimos sistemas de pensamiento: Taoísmo chino, o en el pensamiento aristotélico o el pensamiento hegeliano. Hay una polaridad entre los que operan. 

Incluso nuestra cultura religiosa, la judeocristiana en la que estamos inmersos, comienza cuando Dios crea un mundo dividiendo lo superior y lo inferior, y separando las tinieblas de la luz, y llamando buena a una mitad del sistema (el lado luminoso).

La inmensa variedad y complejidad de la vida biológica también se divide en las polaridades masculina y femenina. Hay muy, muy pocas excepciones en las que esta polaridad no se mantiene en la clasificación biológica. Esta polaridad de masculino y femenino o de cualquiera de las oposiciones polares básicas, como oscuro y claro, rojo y verde, viejo y joven- esta cosa no puede reducirse a las simplificaciones de sólo polos eléctricos (de donde obtenemos el término «polaridad») de positivo y negativo. Hay algo cualitativamente diferente entre los dos polos. 

La vida y la muerte constituyen una de estas polaridades. Pero la hemos separado por nuestro pensamiento antitético, por nuestra forma de pensar. Nuestro pensamiento occidental, cartesiano, lo ha separado, de modo que donde está la vida, como se ha dicho, no está la muerte; y donde está la muerte, no hay vida. Se pueden encontrar posiciones que describen: No podemos hablar de la muerte porque mientras estemos vivos, no sabemos nada de ella. Absolutamente separados; opuestos. 

Ahora bien, de este modo las polaridades se han convertido en contradicciones lógicas. «Eso» se convierte en «vida y muerte», se convierte en «ellos»; y se separan, y son mutuamente antagónicos y están en guerra. Este desgarramiento de cosas que originalmente estaban unidas es un fenómeno especial de nuestro tiempo. Blanco y negro: ¿quién dice que blanco y negro son opuestos? ¿O queer y straight, o hip y square, o young y old, o advanced y backward? Y todos los muros y fronteras y soluciones de problemas haciendo las divisiones aún más nítidas, manteniendo las cosas claras.

El origen de este problema en el ego y la forma en que el ego se desarrolla en nuestra sociedad es otro tema, y no podemos hacerlo ahora. Pero quiero señalar que hay otras formas de pensar sobre polaridades como la vida y la muerte, además de «donde hay vida, no hay muerte» y viceversa.


1 «Así vivimos, y nos vamos para siempre» (de la octava Elegía de Duino de Rainer Maria Rilke, trad. A. Poulin, Jr.).

2 Véanse los escritos de Adolf Guggenbühl-Craig sobre matar y ser matado y sobre los aspectos sombríos de la psicoterapia en From The Wrong Side: A Paradoxical Approach to Psychology, trans. G. V. Hartman (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2014); cf. también Maligno, ed., C. G.. Consorcio del Instituto C. G. Jung de Zúrich, trans. R. Manheim y H. Nagel (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1967).

3 James Hillman, El suicidio y el alma (Thompson, Conn.: Spring Publications, 2020).

Tres vías de fracaso y análisis

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 15, pp. 228-234

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

1. Fallos en el análisis

Todos estamos familiarizados con el fracaso de ciertos tipos de casos en el análisis. Particularmente difíciles y que no responden a una terapia exitosa son las personas con estilos de vida en los que la homosexualidad, el alcoholismo o la depresión crónica son los principales «problemas» de presentación. A ellos se añaden los que tienen obsesiones paranoides, las llamadas neurosis de carácter graves y las personas diagnosticadas como sociópatas y psicópatas. El hecho de que tantos y tan variados tipos de casos para los que el análisis puede haber sido considerado el método preferido de tratamiento resulten ser fracasos, da pie a considerar el análisis de nuevo y a la luz de estos fracasos. 

También estamos familiarizados con otro tipo de casos fallidos, aquellos en los que se desarrolla un cáncer mórbido durante el análisis, o que terminan en suicidio, o en los que las reacciones de contratransferencia constelan tal fantasía exorbitante y afecto masivo, o lagunas psicopatológicas, en el analista que el caso debe ser transferido o el análisis abandonado. Los fracasos menores tal vez pasen desapercibidos: análisis que tienen como subproductos distanciamientos familiares, pérdida de adaptación extravertida, amistades divididas. 

A través de la reflexión clínica sobre estos diversos tipos de fracasos podemos examinar los tipos de casos que fracasan, o para los que fracasa el análisis, y podemos presentar nuestros propios fracasos como analistas a otros analistas para su escrutinio: toda esta reflexión intenta corregir los fracasos presentes y minimizar los futuros. Esta manera de reflexionar clínicamente está en función del tema empírico y moral dominante de nuestra cultura: aprender a través de los errores, ensayo y error, mejorar trabajando en ello, si al principio no tienes éxito inténtalo, inténtalo de nuevo, en el que el modelo es de mejora lejos de los errores, el error y el fracaso, hacia la competencia. 

En esta metáfora, el fracaso está vinculado al éxito en una polaridad, y tendemos a medir los fracasos normativamente, es decir, como una privación del éxito. El fracaso es el anverso del éxito; el éxito equivale al mínimo de fracaso. Por lo tanto, un análisis exitoso significaría éxito en las áreas de fracaso del caso -las quejas dominantes de homosexualidad, alcoholismo, delirios- y un fracaso significaría su continuación a pesar del desarrollo de la personalidad y la comprensión obtenida a través del análisis. 

Este modelo de fracaso, por simple que parezca, ha propiciado, no obstante, algunos debates sofisticados sobre el análisis. El análisis existencial eliminaría por completo los criterios normativos de éxito y fracaso. Por otro lado, la terapia conductual consideraría el fracaso totalmente en términos de criterios normativos de funcionamiento positivo, haciendo sospechosa la creencia en el análisis como método de crecimiento de la personalidad y aumento de la conciencia a menos que haya pruebas positivas de eliminación de síntomas y alivio de la angustia. 

Por lo que definamos el análisis definiremos también su éxito y su fracaso: un análisis que tiene como objetivo el aumento de la conciencia o la individuación no puede juzgarse un fracaso si no cura los síntomas, y viceversa, un análisis que tiene como objetivo eliminar una fobia paralizante no puede calificarse de fracaso si nunca se adentra en los sueños del paciente, o integra la fobia en el sentido. 

Por supuesto, este modelo simple y normativo del éxito (como salud óptima, orden psíquico o plenitud) olvida que el éxito y el fracaso pueden concebirse no como opuestos o polos de un continuo, sino como una identidad, de modo que todo análisis es a la vez un fracaso y un éxito, y cada parte de todo análisis es a la vez correcta y errónea, guía y engañosa, crece constructivamente y mata destructivamente, lo que implica que para que el análisis tenga éxito siempre debe fracasar. 

2. Fracaso del análisis 

La inevitabilidad del primer tipo de fallo abre una perspectiva más amplia, y podemos trasladar la cuestión de los fallos específicos del análisis al fallo general del análisis. Puesto que el análisis siempre muestra ciertos tipos de fallos, ¿no hay algo general en el análisis que provoque fallos, de modo que el propio análisis pueda considerarse un fallo? 

La literatura muestra que así como hay discusiones sobre el fracaso del análisis en ciertos tipos de casos, también las hay sobre el fracaso del análisis en su conjunto. Las reflexiones tardías de Freud sobre «el análisis terminable o interminable» son el locus classicus de este tipo de consideraciones pesimistas. 

¿Llega alguna vez el análisis a su fin, en el tiempo o en la realización? ¿Se resuelve alguna vez la transferencia, se logra alguna vez la individuación? Incluso si el análisis no satisface el objetivo de la curación, ¿produce realmente ampliación de la conciencia, profundidad de la personalidad, amor más fino, mejor adaptación, vida significativa? Si consideramos a los analistas, a nosotros mismos, como paradigmas del proceso en el que nos sentamos durante muchos años, ¿qué efecto ha tenido el análisis en nuestra adaptación, nuestra conciencia, nuestro amor? 

Desde otro punto de vista, ¿dónde están las estadísticas que validen los tipos de casos y los tipos de mejora dentro de esas clases, y cómo podemos llegar a formular esas estadísticas, ya que las clasificaciones nosológicas en las que podríamos clasificar nuestros casos están hoy en día en entredicho? ¿Es «paranoico» un término válido con un referente real? ¿Dónde están los «maníacos» e «histéricos» de antaño? ¿Cómo podemos evaluar el éxito y el fracaso de un tratamiento sin criterios consensuados sobre lo que estamos tratando, es decir, qué es la enfermedad psíquica y la salud psíquica que da sentido en general a una idea de «tratamiento»? 

La opinión de que el análisis en general ha fracasado procede de críticos de muchos bandos. Los experimentadores piden pruebas públicas de los logros; los clínicos piden pruebas de la mejora a través del tratamiento analítico; los críticos sociales ven el análisis como la herramienta del establishment para mantener nuestras nociones de enfermedad, de individualidad exclusiva y de profesionalidad, perpetuando un sistema de capitalismo burgués. Los teólogos y filósofos consideran su fracaso más profundo, al considerar que el análisis tiene una crítica ideológica inadecuada y un método sospechoso que se parece más a un lavado de cerebro o a la iniciación en una secta religiosa que a un tratamiento terapéutico o a una ciencia empírica de exploración de la personalidad como pretende ser. Fracasa porque sus premisas subliminales difieren de sus intenciones manifiestas. Por último, los historiadores (de las ideas, de los movimientos sociales y de la medicina) ven el análisis dentro de su marco del siglo XX, como una respuesta a un fracaso específico dentro de esa civilización, y que lo que era correcto para los hombres de principios del siglo XX es insuficiente para nosotros hoy. 

A través de esta reflexión histórica sobre el fracaso del análisis podemos recordar que el análisis surgió del fracaso, en el sentido de que era un método específico para tratar aquellos tipos peculiares de casos que no habían sido comprendidos, o que ni siquiera habían sido escuchados por el sistema imperante, por ejemplo, los histéricos de Freud y Breuer y los esquizofrénicos de Jung y Bleuler. Estos eran los fracasados médica y socialmente, y la psicoterapia se inventó como una respuesta específica a estos fracasos específicos. Si el análisis surge de los inadaptados, de los peculiares descontentos neuróticos de nuestra civilización que hasta entonces no podían encontrar un lugar significativo, los fracasados por así decirlo, entonces se abre una tercera perspectiva respecto a la relación entre análisis y fracaso. 

3. Análisis de fallos

A pesar de las críticas del primer tipo -que el análisis fracasa en muchos casos concretos- y de las críticas del segundo tipo -que el análisis como tal es un fracaso-, para mí, y supongo que para nosotros de forma preponderante, los méritos del análisis clásico son tan evidentes que no es necesario detenerse en ellos. Un panegírico aquí, o incluso una apología, no tiene cabida, así que pasemos a los defectos de los méritos. Llevemos la reflexión clínica e histórica sobre el fracaso del análisis clásico un paso más allá, hacia una reflexión arquetípica. 

Por análisis clásico entiendo un curso de tratamiento en una atmósfera de simpatía y confianza de una persona por otra a cambio de una retribución, tratamiento que puede concebirse como educativo (en varios sentidos) o terapéutico (en varios sentidos) y que procede principalmente a través de la exploración interpretativa conjunta del comportamiento habitual y de clases de sucesos mentales que tradicionalmente se han denominado fantasías, sentimientos, recuerdos, sueños e ideas, y en la que la exploración sigue un conjunto coherente de métodos, conceptos y creencias procedentes principalmente de Freud y de Jung, en la que la atención se centra preferentemente en lo imprevisto y en la carga afectiva, y cuyo objetivo es la mejora (subjetiva y/u objetivamente determinada) del analizado y la finalización del tratamiento. Esta descripción deja espacio para muchas versiones de la mejora, desde el alivio de los síntomas hasta la individuación y la revelación mística. Esta descripción también deja espacio para varios aspectos de los métodos, conceptos y creencias de Freud y Jung, ya que reciben un énfasis diferente según el lugar, la época y el profesional. 

Una reflexión arquetípica sobre el fracaso en y del análisis dejaría intacta su definición, es decir, no intentaríamos mejorar el análisis en instancias específicas, ni redefinirlo (actualizarlo) en general, para que se convierta en una respuesta más adecuada a los males psíquicos contemporáneos. Más bien, sugeriría -y este será mi último punto- que el análisis puede continuar como antes, incluso cuando se concibe a sí mismo no sólo como habiendo fracasado histórica y clínicamente, sino como siendo el fracaso arquetípicamente; como preocupado por el fracaso en los sentidos del diccionario del fracaso: debilidad, defectuosidad, ausencia de victoria, bancarrota, decepción, falta e incompletud. 

El fracaso se consideraría un factor psíquico fundamental en función del cual todo hombre vive su vida. El existencialismo llama a esta categoría «schei-tern», o la conciencia que surge del naufragio. La alquimia la ha considerado bajo las rúbricas de dissolutio, mortificatio, putrefactio. El budismo habla de la decadencia inherente; D. H. Lawrence del «barco de la muerte». 

Si el análisis se imaginara en términos de su fracaso inherente (que no es más que un paralelismo con el fracaso inherente de toda vida), ya no se pondría el énfasis de forma demasiado unilateral en la metáfora integradora, creciente, que se amplía y se esfuerza hacia arriba, el aspecto eros de cada vez más uniones, una metáfora que puede condensarse en la palabra clave «crecimiento» (que ya ha adquirido connotaciones de escalada, proliferación y cáncer). En su lugar, volveríamos a esa tradición del análisis del alma que reconoce «dos propensiones opuestas en el marco humano; una constante y uniformemente tendente a la corrupción y la decadencia, la otra a la vida y la salud», una frase de Ernst Stahl, el médico y filósofo alemán del siglo XVIII que situó el alma en el centro de sus preocupaciones. Pero la frase bien podría proceder del contraste de Freud entre Eros y Tánatos. Tánatos aporta el reflejo arquetípico a nuestro tema del fracaso. 

Cuando el análisis sigue los modelos de pensamiento de la filosofía médica del siglo XIX, su conciencia heroica y determinada por la Gran Madre Naturaleza, entonces tenderá, como Xavier Bichat, a definir la vida como «la suma de fuerzas que se oponen a la muerte», y entonces considerará el inconsciente -como hicieron Arthur Schopenhauer, Eduard von Hartmann, Carl Gustav Carus e incluso Henri Bergson- como una fuerza vital orgánica que se desarrolla y que no tiene, como dijo Freud, negación. Creo que todavía tendemos a considerar el inconsciente según este modelo decimonónico, como la voluntad creadora de la vida que dormita en el alma, que se despliega en el tiempo y que, si se lee correctamente, puede evitar que fracasemos. 

Si el análisis tomara sus orígenes históricos (como respuesta al fracaso) también como su base arquetípica, entonces su perspectiva podría derivar más de Tánatos y la afirmación de Bichat podría invertirse. El análisis explora el fracaso en términos de muerte, y está llamado a existir como el instrumento preferido de la psique para explorar el fracaso en términos de todas las fuerzas que se oponen a la vida, es decir, para buscar a Tánatos y sus dominantes arquetípicos relacionados allí donde la vida está bloqueada, derrotada, en bancarrota y fracasada.

Este enfoque investiga (analiza) el fracaso menos para eliminarlo para un nuevo crecimiento, que para conducir cada error, equivocación y debilidad hacia el fracaso (ser «psicopompos» con él) conduciéndolo a sus últimas consecuencias, a su meta psíquica en la muerte. Entonces cada error de la vida, cada debilidad y error en y del análisis, en lugar de ser enderezado en el arrepentimiento o exprimido por su caída de conciencia o transformado e integrado, se convierte más bien en la entrada al fracaso, una apertura a la inversión de todos los valores. Más que como un bloqueo en Eros y en el flujo de la vida, podríamos considerar los fracasos como constelados, intencionados, incluso finalmente causados por el inframundo que quiere que la vida fracase para que se reconozcan otras actitudes regidas por otros principios arquetípicos. 

Así pues, los dioses que consideraríamos dominantes del análisis serían en particular los que gobiernan lo que los románticos llamaban el «lado nocturno del alma» (Fechner). El análisis derivaría sus actitudes de aquellos dominantes arquetípicos personificados en los dioses que tienen una relación especial con el mundo nocturno invisible y subterráneo de la muerte, el terror y la tragedia, como Hermes, Hades, Saturno, Perséfone, Dionisos (Señor de las Almas y fuente de la tragedia), y especialmente los Hijos de la Noche descritos por Hesíodo (Teogonía): la perdición, la vejez, la muerte, el asesinato, el destino, la suerte, el engaño, el sueño, los sueños, las peleas, los agravios, la miseria, la némesis. Estas personificaciones de Hesíodo son el contenido principal del análisis y son, en parte, lo que hoy llamamos fracasos, ya que hemos colocado el análisis entre las profesiones curativas y auxiliares del positivismo, con su énfasis en los dioses y héroes de lo alto, visibles a la luz apolínea, dioses y diosas de la ciudad, el campo, la vida y la obra. Incluso el amor tendemos a concebirlo a la manera concreta de Afrodita, olvidando la intimidad sutil de Eros y Tánatos, incluso su identidad en el neoplatonismo renacentista. 

Podemos hacer más justicia con los fracasos en el análisis y el fracaso del análisis cuando consideramos el análisis como un proceso en fracaso, e incluso la individuación como un movimiento en el reino del Hades, invisible, donde las literalidades de la vida se reflejan en las metáforas de la muerte. Entonces se reconocerá la individuación, la unicidad de la personalidad individual, tal como la caracterizó Miguel de Unamuno en el sentido trágico de la vida, que tiene su propia alegría, su propia comedia.

Cuando estoy desesperado, no quiero que me hablen de renacimiento; cuando envejezco y decaigo y la civilización que me rodea se derrumba por su crecimiento desmesurado, no tolero la palabra «crecimiento», y cuando me caigo a pedazos en mis complejidades, no soporto el simplismo defensivo de los mandalas, ni los sentimentalismos de la individuación como unidad y totalidad. Son fórmulas presentadas a través de una fantasía de opuestos: la desintegración se compensará con la integración. Pero, ¿qué hay de la curación a través de la semejanza, donde lo semejante se ocupa de lo semejante? Quiero el trasfondo correcto del fracaso de la vida; quiero oír con precisión de aquellos dioses a los que sirve y de los que se nutre y que, por tanto, pueden proporcionar un trasfondo arquetípico e incluso una conexión de época con la derrota, la decadencia y el desmembramiento, porque estos dominantes reflejarían la psique experimentada (no en su conceptualización aristotélica como perteneciente a la vida), sino en la actualidad de su única meta conocida que es también tanto su camino como su sustancia, la muerte.

El valor de arriesgarse a fracasar

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 266-273

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Es más que un honor hablarles hoy. Es una sorpresa y una ironía. Esta es la primera graduación de instituto en la que he hablado, a la que he sido invitado. Es más, es la primera graduación de instituto a la que asisto. Nunca me gradué en el instituto de Nueva Jersey. Surgió algo, había una guerra. Vi una oportunidad de evitar esa última mitad del último año, esos exámenes finales -especialmente Latín y Matemáticas- y me lancé a la universidad. Entonces, lo llamaron amablemente «aceleración». Mi director me citó en su despacho -supongo que el Dr. Mattern no utiliza ese tipo de terror anticuado- para advertirme de todos los riesgos, el peor de los cuales era que sin un título de bachillerato nunca podría dar clases en el Estado de Nueva Jersey. Su profecía era cierta, nunca he enseñado en el Estado de Nueva Jersey. Pace, Sr. Director, y donde quiera que estés, ¡mira a tu chico ahora! 

Siempre hay que asumir el riesgo. Un riesgo rechazado es una vida rechazada. Y siempre hay riesgos disponibles. No hace falta buscarlos, perseguirlos con frascos de pegamento, píldoras estimulantes y subidones. Yo soy mi propio riesgo; tú eres tu propio riesgo. Hay suficiente en nosotros y sobre nosotros, si estamos comprometidos, implicados, para hacer de cada día un asunto muy arriesgado. Creamos nuestros propios riesgos y, como tales, creamos nuestras propias vidas a través del riesgo que asumimos. 

Arriesgar se llama hoy «el coraje de ser». Este «valor de ser» significa defender lo que uno es: sus dones y tropiezos, sus fortalezas públicas y pecados privados, su propia naturaleza individual, que es simplemente su ejemplo de naturaleza humana. Asimismo, el valor de ser significa defender lo que uno fue: el pasado del que procedes, tu familia y el estilo de tu familia, tus antepasados, las creencias y tradiciones de tu parte del país, tu origen especial, las peculiaridades del acento y el regionalismo, los accidentes que se cruzaron en tu camino, los sueños que te impulsan a seguir adelante. Y el valor de ser significa defender lo que uno quiere y se propone. Ser uno mismo incluye también tus esperanzas, la estrella hacia la que te estiras, los principios morales que te pertenecen, los ideales, las metas que vienen disfrazadas de fantasías de cómo puede ser algún día. 

En mi trabajo como analista y psicólogo, las personas con las que me encuentro luchan por ser, por encontrar lo que están destinadas a ser, luchan por saber cómo ser. Y nadie puede decirles, al igual que nadie puede decirte, fundamentalmente en el sentido más profundo, dónde está el corazón, de dónde viene el coraje, dónde se da asentimiento a los riesgos. A uno no se lo pueden decir. Uno se crea a sí mismo, su propia forma de ser, su estilo.

La escuela prepara con conocimientos para que los riesgos puedan sopesarse en una escala mayor que la mezquina de sólo «yo» y mi escasa experiencia. La escuela da una perspectiva más amplia. Uno aprende otras palabras en otros idiomas, otras formas de percibir y expresar lo que de otro modo sería un hecho único y unidimensional. Se adquiere una profundidad histórica sobre cuestiones de decisión, y modelos de hombres y mujeres de la historia y la literatura que pueden servir de modelos e indicadores para formar el propio camino. Un hombre de Estado, un autor, una figura de una novela vuelven en nuestros sueños, dando una pista de cómo podría vivirse la vida. 

La escuela también da las herramientas de los números y la información con las que enfrentarse. Se pueden asumir riesgos con más cálculo, con más conciencia, uno va ceñido y preparado. Sin embargo, el verdadero riesgo, la verdadera aventura, siempre contiene lo imprevisible, donde no hay respuesta hasta que se inicia la aventura y las respuestas sólo llegan a través de la propia experiencia. Nadie puede decirte «cómo es el agua»: temperatura, análisis químico, caudal hidráulico, manuales de natación, películas en color, ni siquiera la memoria. No, debes meterte tú mismo: sumergido, rodeado, mojado. 

De modo que el valor de ser significa finalmente nada menos que el compromiso y la implicación plenos en la vida, de cabeza en lo que acontece. Lo que acontece, notemos, es más que participar en actividades, estar en y con esto, donde está la acción. Aquello, observemos, con el que uno está y aquello en lo que uno está pueden no ser para cada uno por igual. Lo que uno tiene que conseguir consigo mismo para cada uno diferente. Para algunos de ustedes, puede ser lo más convencional; pero para otros, el compromiso total puede ser con un mundo interior de pensamientos y estados de ánimo e imaginaciones a menudo groseramente malinterpretadas por los demás; o la implicación total puede significar el compromiso de servicio a otra persona, sin contenerse, sin miedo a someterse, a ser débil y dependiente, sin reservarse juicios, sino el valor de estar enamorado. No hay comparación de riesgos; sólo de la forma en que los asumimos. No hay corredores de seguros que puedan dar las probabilidades por adelantado. Y hay probabilidades. La implicación siempre conlleva un riesgo de fracaso. 

Por eso, cuando dibujamos nuestro perfil con valentía, la oscuridad sobre la que destaca el perfil, lo que lo hace posible, es el telón de fondo del fracaso. Si el impulso de avanzar, de triunfar, es sólo para mantenerse alejado del fracaso, del miedo a caer, a ser defraudado en el amor, rechazado, abandonado, entonces el impulso hacia el éxito es cuestionable. ¿Cómo juzgamos al hombre que corre: corre hacia el éxito o huye del fracaso? 

El éxito se opone, niega el fracaso. El éxito se mueve hacia la seguridad. Pero el valor de ser, de asumir riesgos, incluye la inseguridad y recuerda a cada paso que el fracaso es una posibilidad real. 

A veces olvidamos que el fracaso tiene dos caras. El inconsciente pone otra cara a las cosas, les da otro sentido. Un fracaso saca el tren de la vía, cierra una puerta: revienta el dique del río. Pero un descarrilamiento también inicia una nueva cadena de acontecimientos en una dirección inesperada; la puerta cerrada significa que uno se ve obligado a encontrar otra forma de pasar; y la inundación puede cambiar el curso del río y traer nueva vida a tierra firme.

Algunas de las personas más eminentes de la historia fracasaron en todos sus intentos, sólo para ser conducidos a través de sus fracasos a su verdadera vocación. Muchos de los líderes políticos actuales pasaron años en la cárcel o en la clandestinidad. A muchos escritores les rechazaron sus libros una y otra vez. ¿Y hay alguna forma de conocer el amor si no es a través de la angustia del fracaso? 

Evitar un riesgo porque puede llevar al fracaso es no entender el significado del riesgo. Es precisamente la posibilidad de fracasar lo que da al riesgo su emoción, su autenticidad genuina, que reconocemos por las emociones de emoción, ansiedad y alegría. Y puede ser en pasos tan pequeños: simplemente diciendo en voz alta lo que piensas; simplemente diciendo no cuando lo dices en serio; simplemente el paso extra de esforzarse más o el abandono extra de dejarse llevar. 

Lo que puede parecer un fracaso desde el punto de vista del éxito puede resultar ser todo lo contrario. Por eso es absurdo comparar o juzgar a los que parecen haber fracasado. Lo que a primera vista puede parecer un retroceso, puede no serlo, sino un desvío, un camino desviado. Y el hombre o la mujer que viaja por las carreteras secundarias puede que no se mueva demasiado bien por la vía principal, pero conoce el campo y el terreno. Cuando llegan las emergencias, y los coches de arriba se averían o se rompen, el que ya se ha quedado tirado, empantanado, parado, tiene la sabiduría y la paciencia para afrontarlas. La escuela debería haberte enseñado no sólo a tener éxito, sino también a asumir el fracaso. Pero la escuela también nos enseña a menudo a través del miedo al fracaso, y entonces la capacidad de asumir riesgos, en lugar de ser alentada y ampliada por la escuela, se reduce.

Este encogimiento en el valor de ser lo encontramos a nuestro alrededor: no te dejes engañar, juega a lo seguro, mantén la calma. Pero jugar sobre seguro es pronto el final del juego, y cuanto más fríos nos mantengamos, más fríos nos volveremos. Entonces, sobre todo, necesitamos el coraje de dar un paso arriesgado para salir de un patrón de cerrazón. 

Como ya he dicho, no necesitamos buscar riesgos. Están al alcance de la mano en todo momento. El riesgo ahora, hoy, es aprovechar el día, este día de tu finalización de la educación obligatoria, las obligaciones con el sistema establecido por la sociedad. Este momento es una repetición moderna del rito de iniciación primitivo, en el que pasas de una etapa de la vida a otra, dejando lo que sólo se espera de ti para explorar la tierra abierta de la elección y el riesgo, donde ya no puedes ser obligado por la ley a aprender, sino donde puedes seguir tu propia corriente hasta donde te lleve. En estos ritos se suele advertir de la responsabilidad que se tiene, y se suele tocar el tambor con fuerza. Sin embargo, el antiguo significado de este día es reafirmar no sólo tu lugar en la larga tradición, tu pertenencia a la sociedad y a ella, sino también tu libre individualidad, que tu mente es tuya, tu cuerpo es tuyo, tu corazón es tuyo y tu voluntad es tuya. Y el día no es sólo serio, sentimental y solemne. Tomarlo sólo como tal es evitar el riesgo, la plena implicación de tu momento y el coraje de ser de tu edad, lo que hace del día también un día de elección, entre mucha mala suerte y alegría.

Tus emociones no son tuyas: Arteterapia y discapacitados

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 266-273

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Los principales materiales de análisis desde sus inicios con Freud son las emociones: miedo, parálisis, pena y depresiones, pavor y ansiedad, ira, vergüenza, odio y, por supuesto, las complejidades del amor, el deseo, la lujuria, los celos, la necesidad, la compasión, la simpatía, la obsesión.

Estos estados del alma, material de cualquier sesión terapéutica en todo el mundo, también fueron en su día objeto de un profundo pensamiento filosófico. Platón, Plutarco, los estoicos, Santo Tomás, Descartes, Spinoza y Hume escribieron tratados sobre las diversas emociones, y si observamos la teología occidental desde Jesús y Pablo en adelante, con la mirada puesta en la emoción, encontraremos que ellos también, los teólogos, estaban muy preocupados por qué hacer con y sobre -y contra- la emoción.

Desde una perspectiva arquetipal, con lo que me refiero a esa visión que sostiene que la emoción es primaria e irreductible, universal y ubicua, de gran valor y de forzar la inconsciencia en su sujeto, desde esta perspectiva arquetípal, los discapacitados, los deficientes cognitivos, las víctimas convalecientes de ofensascorporales, no pertenecen a una clase especial, pues el vínculo común de las emociones nos mantiene a todos por igual, nos mantiene a todos igualmente cuerdos y locos, víctimas de nuestras rabias y odios, de nuestros celos obsesivos, de nuestras vergüenzas y repugnancias, de nuestras esperanzas y anhelos salvajes. Cuando las obras de Shakespeare se representaban en el Globe Theatre, monárquicos y plebeyos se divertían por igual; lisiados, necios, eruditos, monjes y soldados asistían, lloraban y reían, sometidos a las mismas emociones. 

Puede que seamos menos capaces de representar una emoción, si estamos incapacitados; puede que estemos menos dispuestos a sentirla, mostrarla, hablar desde ella… pero las cualidades de la lujuria, la pena y el miedo pertenecen al patrimonio humano. Las expresiones faciales de las emociones estudiadas por Teofrasto en la antigüedad y, más famosamente, por Darwin en la época victoriana, siguen revelando la universalidad en los rasgos humanos de las sonrisas alegres, los ceños tristes, las rabias fulminantes, las vergüenzas sonrojantes. Estar en una emoción nos hace comúnmente humanos y, como veremos, también más allá de lo humano. Es un placer -véase, sonrío- volver a este ámbito, la Emoción, treinta años después de la publicación de Emotion: A Phenomenology of Theories and their Meanings for Therapy, mi primer, grande, grueso y pretencioso asalto al campo de la psicología. Me complace volver sobre este tema por dos razones: Primero, me ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la terapia en su conjunto desde una perspectiva más básica, digamos, arquetípica, desde la base emocional que pertenece a la humanidad común, una base que no es técnica, ni metapsicológica ni parte de alguna escuela, sino simplemente «emocional». Y en segundo lugar, me complace hablar de la emoción en Italia, donde, para nuestras mentes septentrionales y occidentales, la emoción se expresa, se desarrolla y está plenamente viva. Para nuestra visión septentrional y occidental, Italia significa d’Annunzio y Bernini, Tasso y Anna Magnani, Visconti y Puccini, Caravaggio y Caruso. Nos gusta ignorar las restricciones opresivas y saturnianas, ese lado cínico y sombrío de la tradición italiana. Así pues, hablar de la emoción en Italia, desde mi ingenua perspectiva americana, ¡es llevar mi tema ante el mejor público del mundo! Le agradezco desde el principio la cortesía de su escucha. 

Pasemos ahora a la terapia: ¿Qué hacen realmente las terapias expresivas o artísticas? No lo que se proponen hacer, esperar o buscar; ni cómo explican lo que ocurre en una sesión. No me preocupan ahora las explicaciones teóricas de lo que ocurre en una sesión -explicaciones sobre padres y madres, sobre objetos transicionales y simbolización, sobre abreacción e interpretación. No. ¿Qué ocurre realmente cuando un paciente empieza a bailar, a coreografiar su estado de ánimo, o a pintarlo, a hablar libremente en voz alta en una diatriba dramática o en una elocución poética, o a esculpirlo en arcilla o a plasmarlo en un collage? Y quiero preguntar por el «ello» que se presenta, se expresa, se muestra o se forma por medio de estas diversas artes. Evidentemente, es la emoción, un estado del alma teñido de emoción. Incluso si se dice que es un trauma, un recuerdo o una confusión e impotencia presentes, una escena onírica o lo que nos gusta llamar un «problema» con un amante, un empleador, un padre, la emoción o la ausencia de ella es el contenido que lleva a la persona a terapia. Sólo cuando un «problema», una relación, un recuerdo o un sueño se convierten en sufrimiento, cuando nos vemos afectados por el problema, éste entra en nosotros y entramos en terapia. 

Nuestros modelos teóricos sostienen que la rabia, los miedos y las pasiones son responsabilidad nuestra. De algún modo, en algún lugar, se encuentran dentro de nosotros. Ciertamente, las sentimos ahí: la tristeza detrás de los ojos, el sollozo en la garganta, el pecho apretado; la garra del miedo en las entrañas; el estado de celos paranoicos de búsqueda fija observando el rostro de la amada en un restaurante. Ciertamente, como han dicho las teorías de la emoción desde Galeno hasta William James, la emoción es una condición fisiológica interior. Ciertamente, está dentro de la piel, en lo más profundo del hipocampo, del sistema hormonal, del cuerpo animal personal. 

Mi argumento, sin embargo, será que, aunque se sientan ahí, y suframos emociones físicamente, este hecho no las hace «mías». Más bien, creo que las emociones están ahí para hacernos suyos. Quieren poseernos, dominarnos, ganarnos completamente para su visión. En resumen, como dijo el poeta romántico inglés William Blake: «Algo bueno podemos hacer cuando el hombre está apasionado, pero nada bueno cuando la pasión está en el hombre». Tener una pasión en mí es demoníaco; estar en una pasión, en el mundo de la emoción y la forma en que significa todas las cosas con una visión o perspicacia específica, esto puede mover el alma a una conexión más profunda y epifánica con el mundo. La terapia, sin embargo, tiende a interiorizar todas las emociones y a mantenerlas dentro, como «mías». La terapia toma acrítica y literalmente el sentimiento de aflicción, del sujeto afligido; la terapia literaliza el elevado sentido de «yoidad» que resulta de la emoción. En ningún sitio me siento más «yo» que cuando me invade una emoción; pero es ella la que me invade a mí, no yo a ella. Que una emoción me haga sentir «yo» no significa que la emoción sea «mía».

Pero si se imaginan dentro de mí, son, por supuesto, «demasiado» para contenerlos, por lo que se convierten, en palabras de Blake, en «demoníacos» y necesitan una abreacción (exorcismo). Así reza nuestra teoría habitual. Expresamos las emociones para «sacarlas». Mientras que, si seguimos a Blake, y lo que las emociones realmente hacen, empezamos a darnos cuenta de que las emociones vienen a nosotros desde ahí fuera, nos invaden y nos arrastran a su condición. Blake también llamó a las emociones «influjos divinos»… no cosas que se originan dentro de mi piel. Más bien, son la forma en que los dioses fluyen hacia el alma, la mueven a una condición más que humana de excitación y furia, de pena y luto, de encantamiento y deseo extático. Así, de cada condición emocional, la arteterapia hace esta pregunta: ¿Qué quiere la emoción? ¿Cuáles son sus rasgos, sus características? ¿Cómo suena en mi pecho y en mi garganta, no cómo la expreso? ¿Cómo se mueve por mi cuerpo? ¿Cuál es su danza, no cómo puedo bailarla? ¿Qué quiere esta terrible tristeza por la muerte de mi padre, mi amor por este anciano ya desaparecido, el remordimiento por nuestros malentendidos, la ira inexcusable y pétrea que no puedo aceptar en mis recuerdos de él, qué quiere todo esto, no sólo conmigo y de mí, sino qué quiere hacer, decir y mostrar? ¿Cómo puedo servir a este influjo divino para que la profundidad invisible en la enfermedad sea servida por mis movimientos, mis colores y pinceles, mis palabras y mi voz? 

Me despierto por la noche y las emociones están ahí. Tengo miedo del futuro, estoy solo. Me atormenta mi incapacidad para cumplir lo que se espera de mí. Sería más fácil estar simplemente muerto. Haga lo que haga, mire donde mire, me equivoco. Los pensamientos nocturnos me asaltan. Se sientan en el borde de mi cama y me llenan la cabeza de críticas mordaces y el corazón de desesperación. Doy vueltas en la cama o permanezco rígidamente despierta suplicando que me liberen y me dejen dormir. Como demonios de alas negras, las emociones aparecen por la noche durante varias horas. Lo llaman insomnio, pesadillas, depresión. Pero el lenguaje clínico sólo enmascara los rostros de las emociones que son visitas de otro mundo, el inframundo, que me recuerdan al Hades. ¿Me están pidiendo que rinda homenaje, durante unas horas, tal vez, a ese dios omnipresente que es invisible en el mundo diurno, cuyos movimientos se realizan en la oscuridad, a través de la oscuridad, que está aliado con hypnos y thanatos, y que si es reconocido, vacía la vida de sus programas habituales, ofreciendo en su lugar la fuerza y la plenitud, y también la belleza, del fondo invisible de toda vida?

La psicología quiere interiorizar estos acontecimientos y hacerlos personales. Los terrores nocturnos se convierten en eso, sólo en eso; permanecen humanizados y no conducen a figuras de otro mundo. Son mi problema para el que acudo a mi terapeuta o tomo mis somníferos. Que los demonios de alas negras pueden ser también ángeles protectores que ofrecen familiaridad con un mundo que el mundo diurno no permite; que tienen sus intenciones conmigo distintas de mis intenciones conmigo mismo, que son huéspedes en mi habitación y no parte de mí, complejos, problemas, intuiciones negativas, ensayos de traumas infantiles, etc.

Hay, por supuesto, emociones que no surgen del mundo «ahí fuera». Parece que también existe una base invisible e incausada de emociones, emociones que nos sobrevienen de repente: estados de ánimo púrpura oscuro, lasitud o silencio sepulcral. 

Parecen surgir de la nada. No tienen al mundo como referencia; ni siquiera el pensamiento, la memoria o el sueño los han provocado. Aristóteles distinguió por primera vez entre locomoción, o movimiento en el espacio como entre uno mismo y el mundo, por un lado, y, por otro, los movimientos que son alteraciones. Estas alteraciones del alma pueden ser cualitativas -el alma pasa por un proceso de cambio por sí misma- o cuantitativas -el alma disminuye o aumenta su capacidad-. Muchas de las emociones adolescentes que surgen repentinamente de la nada, así como las del «amor imposible», pueden concebirse como alteraciones del alma que aumentan su capacidad, el «espacio interior», como a veces lo llamamos. 

Estas alteraciones del psiquismo inician, acompañan y significan cambios en el alma subjetiva. En la práctica clínica, las vemos como depresiones autóctonas, como aumentos maníacos de energía, como estados de ánimo de amor y desesperación, rabias crecientes. Estas emociones sin referencia son lo que la psicología china llama movimientos del Corazón o del Cielo. Se correlacionan con lo que Jung ha llamado el proceso de individuación, la revelación del alma a través del tiempo de su naturaleza orgánica. 

La cuestión para el terapeuta es diferenciar las emociones del primer tipo que provienen del camión en la autopista y se refieren a él -ese miedo, esa indignación, esa pena- de las emociones del segundo tipo, para no reducir cada condición emocional del paciente a una alteración no referencial puramente interna. Pues es precisamente este movimiento el que atrapa a la persona en una vida interna privada y aleja las emociones del mundo político de la comunidad. No obstante, a pesar de esta distinción entre las emociones que conectan con el mundo y las que parecen totalmente interiores, es decir, aquellos movimientos del corazón o del cielo, ambas clases de emociones no son mías, no son subjetivas. En ambos casos, el origen está fuera de la persona. En ambos casos, el paciente trabaja con la emoción por su propio bien, dándole la forma y la expresión que le pide. En otras palabras, ambos tipos reconocen que una emoción es un influjo divino, sus gestos una mímesis de figuras míticas divinas. La tarea del terapeuta en ambos tipos es la de epistrophé, como los neoplatónicos llamaban al movimiento terapéutico: epistrophé o conducir el fenómeno humano a su trasfondo divino. Pues las emociones, todas las emociones, sean del tipo que sean, pertenecen al mundo mítico de las figuras divinas al irrumpir en el nuestro. Y, cuando se llega a cierta edad, y tantas emociones parecen haberse quemado o disipado o secado, damos gracias a los dioses por los raros afectos ocasionales que se apoderan del corazón. Si, como digo, las emociones pertenecen a los dioses, entonces ¿por qué bailar tu deseo, pintar tu miedo o dejar que tu pena tome prestada tu voz para encontrar sus palabras? 

Aquí debemos ser muy claros con nuestra respuesta. ¿Es la tarea de la arteterapia abreviar la emoción, liberando al paciente de lo que le ha atenazado? ¿O sublimar la emoción haciendo arte de ella? ¿O se trata de utilizar las emociones, es decir, obtener energía de ellas, aumentar su vitalidad, activación y plenitud? 

¿Qué esperamos que ocurra a) con el paciente y b) con la emoción cuando nos dedicamos a la arteterapia? Mi respuesta a esta pregunta es bastante sencilla. Creo que son posibles muchos objetivos, y diferentes terapeutas y escuelas tendrán diferentes intenciones. Esta es la respuesta sencilla: que florezcan 500 flores a la vez. Mi flor personal entre las 500, sin embargo, dice que no me dedico a la arteterapia ni directamente por el arte, ni directamente por el paciente, ni directamente por la emoción. 

Entonces, ¿qué más hay, aparte del producto artístico, el paciente y la emoción? ¿Qué más? La imaginación. Para mí, la arteterapia prevalece sobre todas las demás terapias porque activa la imaginación y le permite materializarse, es decir, entrar en el mundo a través de las emociones del paciente. 

El paciente es paciente porque es el receptor, el canal -¿podríamos decir la víctima?- de los influjos divinos que nunca son meramente estados de sentimiento y tonos afectivos, sino que siempre son también imaginaciones. Imaginaciones de comportamiento, imaginaciones de fantasía, imaginaciones de movimiento e intención y deseo. El paciente es paciente, desde mi punto de vista estrecho y bastante irreverentemente clínico, no a causa del pasado, la familia, el abuso, la iglesia y la educación, la sexualidad, las dificultades económicas, las aflicciones de accidentes y enfermedades que han provocado minusvalías; no subestimo estos acontecimientos, pero siguen siendo contingencias, de segundo orden, desde mi punto de vista estrecho. 

Lo principal es la imaginación trastornada, la incapacidad de la imaginación para abarcar el pasado y sus traumas. Las restricciones de la imaginación aparecen como emoción excesiva. Porque cuando la emoción no se mantiene dentro de su imagen, cuando las imágenes han sido reducidas en calidad, capturadas por el mercantilismo colectivo, enajenadadas para la explotación, anuladas por el racionalismo, entonces la emoción se desboca, y tenemos que dosificarla con fármacos o exorcizarla con terapias de liberación y expresión. En cambio, sugiero que la restauración de la imaginación es la cura fundamental de la emoción trastornada, y especialmente esa imaginación que he mencionado una y otra vez, la imaginación que acoge y da lugar a los poderes que una vez se llamaron dioses. 

Permítanme llevar mi estrecha visión un paso más allá, al corazón de la terapia actual. Todos sabemos que en todos los países y en todas las escuelas el arquetipo del niño ha llegado a dominar cada vez más la teoría y la práctica de la terapia. Abuso, victimización, empoderamiento, desarrollo, crecimiento, Winnicott, Alice Miller, Melanie Klein, la recreación en la transferencia de los primeros años… éstas son las palabras clave, los eslóganes, los gurús y los shibboleths de la terapia contemporánea. Sin embargo, también sabemos por Jung que el niño y la infancia que tanto nos dominan no son sólo el niño del pasado o el niño interior. También es el niño arquetípico o divino, la figura que, especialmente para los románticos, era portadora de la imaginación. 

Por lo tanto, cuando la arteterapia intenta poner al paciente de nuevo en contacto con su niño interior y reparar al niño dañado, liberar al niño verdadero del niño falso, la terapia está hablando de una figura imaginal compactada con emociones más que personales. Esta figura y estas emociones no son las literales del pasado solamente, aunque lleven la ropa y se muevan en las habitaciones del pasado. Esta figura y sus emociones son el verdadero interior del niño interior del pasado. Este interior profundo es la imaginación que nunca ha escapado de la infancia, y que ahora por fin tiene su gran oportunidad en la terapia de las artes expresivas para presentarse, liberada del atrapamiento en lo que la teoría psicológica insiste que es el niño y la infancia del pasado. 

En otras palabras, si la terapia quiere dejar atrás su fascinación por el arquetipo del niño, debe curarse a sí misma, no volviéndose más ego-heroica, o femenina, o física, o espiritual, es decir, convirtiéndose en otro arquetipo diferente. Más bien, debe permanecer y trabajar a través del síntoma, es decir, el niño, hasta su profundidad interior, que es la imaginación. Sólo la imaginación puede liberarnos de la obsesión por el niño. Y esto es precisamente de lo que se ocupa la artererapia. Por esta razón, la arteterapia, desde mi punto de vista, es la terapia fundamental, primaria, no sólo para el paciente, para liberarlo del niño del pasado, sino para la propia terapia, para liberarla de su modelo de pensamiento que le impide avanzar hacia la plenitud de sus posibilidades imaginativas. 

Por último, a esta afirmación de que la arteterapia es el modo de terapia preferido, la terapia de elección para todo paciente, yo añadiría otra afirmación. Una sobre el arte en sí mismo y su relación con la terapia. 

El campo de la arteterapia siempre ha imaginado el uso de las artes como terapéutico, como dijimos, ya sea para la expresión, o la simbolización, o la sublimación o la comunicación, permitiendo al paciente dar formulaciones creativas a la psique trastornada. 

Quiero invertir esta relación entre arte y terapia. Quiero ahora como última reflexión sugerir la terapia como útil para las artes. 

Seguramente todos estaremos de acuerdo en que las artes en nuestro mundo occidental están tan desorganizadas como los pacientes con los que nos encontramos. Las propias artes sufren de explotación, comercialismo, delirios de grandeza, baja autoestima, racionalismo seco, arribismo, galerismo, adicción al éxito, vulnerabilidad a la crítica, pérdida de dirección e intención, personalismo… y así sucesivamente. ¡Para qué enumerar! Lo que parece perdido para las artes es precisamente lo que la terapia trata cada día: el alma. A través de la arteterapia , el alma vuelve a la danza y a la pintura, a los poemas y a la escultura. Cada gesto que hace el paciente intenta poner en forma definida los influjos emocionales que asaltan una vida humana. Cada gesto se hace por el propio gesto y no por nada externo al propio gesto. Bailo mi desdicha tan plenamente como puedo y pinto mi locura salvaje con una paleta tan rica como puedo alcanzar, no por los revisores del producto, no por el reconocimiento, no por el aumento de tamaño de las letras de mi nombre. Lo hago por el bien del alma, y este gesto, alentado por el arteterapeuta en estudios y clínicas de ciudad tras ciudad, pueblo tras pueblo, puede ser algo más que una terapia del paciente. También puede ser una terapia de las propias artes, devolviéndoles los gestos arquetípicos del alma.

El niño rescatado o la apropiación indebida del tiempo: Sobre la búsqueda de sentido

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Soul-Violence’, volumen III de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 1, pp. 45-75

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El lenguaje de los arquetipos es pomposo, incluso ampuloso. El estilo de su discurso me avergüenza y va a contracorriente, como si alguien estuviera raspando con las uñas una pared de yeso o con un cuchillo en un plato.1

El autor de estas palabras no se oponía a la teoría de los arquetipos, sino que era su fundador, C. G. Jung, de quien a menudo se dice que amaba las oscuridades arquetípicas y se deleitaba en el misterio, pero que, a pesar de sus antecedentes teológicos, también había conservado para sí mismo un carácter práctico y una distancia crítica hacia el lenguaje de los arquetipos.

Las cuestiones de sentido y trascendencia son la prerrogativa tradicional del teólogo. Por ello, el psicólogo que aborda este tema corre el riesgo de ser absorbido por el pensamiento teológico. Haría bien en mantenerse firme en su propio enfoque psicológico. Quisiera recordar un aspecto esencial del pensamiento psicológico ilustrándolo con un ejemplo práctico conocido.

Una paciente soñó que era perseguida por perros. En medio del pánico, salía corriendo. Cuando se despertó, su corazón seguía latiendo violentamente.

¿Cómo interpreta ella este sueño? Su comentario fue que era un mal sueño, aunque no completamente negativo, ya que los perros no la alcanzaban. Aparentemente, vio los perros y la persecución como algo negativo, y la huida como algo prospectivo. Incluso en el estado de vigilia, miraba el sueño desde la perspectiva de una sola figura onírica, a saber, el yo del sueño, identificándose inconscientemente con él y sus valores. En cierto modo, continuaba, mientras estaba despierta, la huida que había iniciado en el sueño el yo onírico: salir de esta situación.

El pensamiento psicológico percibe el sueño de una manera muy diferente. No se limita a identificar al soñador con el yo del sueño y sus intereses. Por lo tanto, tampoco necesita adoptar las principales prioridades del yo soñador. Observa el sueño desde un punto de vista imparcial, un enfoque que permite reflexionar sobre el curso de los acontecimientos en su conjunto y considera no sólo al yo-soñador, sino también a los perros como pertenecientes al soñador. Esto plantea la cuestión de por qué hay una persecución en primer lugar. ¿Acaso no es tan sencillo como parece, es decir, que ser perseguido es la causa de la huida, sino que es lo contrario, que la huida mostrada en el sueño es la razón de la persecución por parte de los perros? Tal vez la paciente siempre ha sido una fugitiva en la forma en que ha vivido su vida, y lo que ha evitado tal vez intente forzarse en ella por primera vez bajo la apariencia de los perros que la persiguen. El final del sueño, la huida y el escape, es quizás su verdadero comienzo, y el comienzo del sueño, la persecución, es quizás sólo una consecuencia, algo que sigue a los talones de la huida. Lo que para ella, el sueño-yo, parece ser una situación de absoluta angustia, resulta ser para ella, la soñadora (y para la conciencia psicológica en general), una necesidad, algo que marca un punto de inflexión en la aflicción del sufrido fugitivo. Así, el pensamiento psicológico equivale a una inversión de la forma ordinaria de ver las cosas y permite ese tipo de distanciamiento del yo del sueño que llamamos conciencia.

La creencia en la necesidad de «sentido»

Hoy en día, cuando se habla de experiencias de sentido y trascendencia, de los problemas que se encuentran en la búsqueda de sentido y de las formas de alcanzarlo, el supuesto automático es que el sentido es necesario. Hay que superar el vacío contemporáneo. El vacío de sentido se aborda desde la perspectiva de una demanda que hay que satisfacer, como la amenaza ecológica, que se considera un problema meramente fáctico que hay que resolver. Este enfoque, al estilo de una crítica cultural y social, se deja llevar por el propio problema, quedándose atascado en la conciencia asesina de dragones, es decir, en la propia conciencia a la que, llamándola «actitudes patriarcales», se culpa del malestar.

Sin embargo, también es posible considerar la cuestión del significado como si se tratara de un sueño o de una fantasía arquetípica y, por tanto, reconocerlo como un problema psicológico. El sueño podría tener el siguiente texto «Nos sentimos amenazados por la falta de sentido y tratamos de escapar de ella mediante una experiencia de sentido y trascendencia». Ahora, con un texto onírico así, la situación sería muy diferente, al menos para una lectura psicológica. Encontrar el sentido ya no sería el objetivo incuestionable y la falta de sentido no sería simplemente una aflicción, sino tal vez nuestra necesidad. Entonces, el sentido y el deseo de encontrarlo se volverían verdaderamente cuestionables. Tendríamos que considerar si, en analogía con el sueño del paciente, no sería posiblemente el anhelo de una experiencia de sentido la razón de la pérdida de sentido, mientras que el pensamiento ordinario opina que la búsqueda de sentido es el resultado de la pérdida de sentido. Quizás aquí también nos hemos identificado con una sola figura onírica, el yo onírico evasivo o el nosotros onírico, y por ello estamos juzgando, incluso cuando estamos despiertos, de forma bastante inconsciente desde la perspectiva de esta figura y no desde la perspectiva de la conciencia psicológica. Me gustaría explorar más a fondo esta posibilidad, ya que creo que la tarea psicológica no consiste en una búsqueda de remedios, sino en hacer consciente el tipo de fantasía arquetípica que siempre subyace ya a nuestros planteamientos, valores y objetivos automáticos, y a la inversa, las nuevas perspectivas arquetípicas que se nos imprimen en las imágenes oníricas, en la patología y en otras experiencias. Lo importante desde el punto de vista terapéutico no es cómo salir de una situación angustiosa, sino, por el contrario, cómo introducirse adecuadamente en ella, de modo que dejemos de ser simplemente sus víctimas pasivas y nos dejemos atrapar y transformar por ella.

En nuestro siglo, y en particular durante las dos últimas décadas, han surgido como hongos doctrinas y métodos prometedores de sentido.2 Algunos practican la Meditación Trascendental o el Zen, otros se drogan, otros retoman la Biblia y la esperanza cristiana; algunos se extasían  con pinturas fascinantes salidas del inconsciente o se ensordecen con el ruido de las discotecas; algunos quieren gritar sus ansiedades e inhibiciones en terapias de gritos o liberarse de sus tensiones internas mediante el trabajo corporal… Ciertamente, muchas voces, pero un solo coro que grita: al diablo con el vacío y la falta de sentido, al diablo con todo lo que nos angustia, nos limita y nos agobia.

Hay motivos para sospechar que la aparición de cada vez más formas de técnicas y enfoques psicoterapéuticos y la popularidad del estudio de la psicología y la psicoterapia están, entre otras cosas, también impulsadas por un motivo muy dudoso de enorme dinámica, a saber, un miedo pánico por parte de todo el colectivo a la Nada, la oscuridad, el centro perdido, la muerte de Dios, la patología, la falta de sentido, un miedo que da lugar a un deseo correspondientemente fuerte de redención a través de una búsqueda de sentido y de autoexperiencia.

La búsqueda de sentido, la convicción de que es necesario experimentar el sentido y la discusión explícita sobre el sentido y el sinsentido no es en absoluto algo natural y universal en la humanidad. Al contrario, en la historia de la humanidad en su conjunto, la preocupación por el sentido per se, en abstracto (que a nosotros nos parece lo más natural del mundo), es algo bastante exótico y extraño; por lo que puedo decir, surgió por primera vez en la historia en los siglos 19t y 20.3 Imaginemos que preguntamos a un griego de la época clásica si la vida tiene un sentido. Intelectualmente, entendería la pregunta, pero probablemente sería incapaz de comprender el significado que tiene para nosotros, ya que no había lugar para ello en su mundo mental. ¿Qué tipo de mundo plantea el problema del sentido; cuál es el lugar arquetípico del complejo del sentido?

La respuesta que quiero desarrollar es que se origina en el cristianismo y que Cristo es su locus arquetípico.

Para que esta respuesta tenga sentido, primero es necesario hacerse una idea del cambio radical que el cristianismo ha provocado en la existencia humana o, mejor dicho, del cambio que ha encontrado en el cristianismo su sustanciación más consistente y su articulación más profunda. A modo de lámina de contraste contra la que se ve mejor la naturaleza especial del cristianismo, quiero volver a las culturas rituales y discutir, plenamente consciente de la unilateralidad de esta selección, sólo dos características: (1) la decepción/desilusión provocada por los rituales de la adolescencia, y (2) el tema «Dios ha muerto».

Iniciación y desilusión: el asesinato del niño

(1) Un elemento esencial de las ceremonias de iniciación de los adolescentes era la desilusión.4 El joven se iniciaba en los misterios de la tribu, que se ocultaban a las mujeres y los niños. Estos últimos creían que las máscaras utilizadas durante las danzas y los rituales eran los propios dioses y que el zumbido del rastrillo era la voz del propio Gran Espíritu.5 La iniciación destruye esta creencia infantil. El iniciado se da cuenta de que las máscaras están hechas por seres humanos corrientes y las llevan seres humanos corrientes, gente como Dick y Harry de la puerta de al lado. La iniciación es, entre otras cosas, un gran desenmascaramiento. El desenmascaramiento equivale a una resignación, es decir, a que el iniciado se coloque bajo un nuevo signo, se ponga bajo una nueva perspectiva arquetípica dominante. El niño creyente muere; su lugar es ocupado por el hombre conocedor, que, al concluir su iniciación, recibe un nuevo nombre (un nuevo ser y un nuevo origen), y que es capaz de soportar y sostener el aleccionador misterio sin romperse o volverse cínico y descartar por completo a los dioses, por la única razón de que todo es sólo un espectáculo y un juego. En la cultura ritual, el hombre está (en un sentido) fundamentalmente «desilusionado»; la cultura ritual significa una vida basada en la decepción/desilusión, aunque una desilusión sin las asociaciones de amargura y resentimiento que la palabra conlleva para el hombre moderno. En efecto, hoy en día, la desilusión no se entiende generalmente como una liberación de la ilusión, sino como el aferramiento frustrado y amargado a una esperanza que ya se sabe insatisfecha e irrealizable. En el mundo arcaico, sin embargo, toda la mitología y el mundo de los rituales se basan positivamente en la desilusión y la resignación: el espectáculo y la apariencia son la aparición y la manifestación, y el hombre que ha experimentado el desenmascaramiento de las máscaras está así precisamente capacitado para convertirse en el portador misterioso y sobrio de las mismas.

La iniciación no se agota en absoluto en el momento de la desilusión; la relación con las fuerzas arquetípicas es igualmente decisiva. Sin embargo, la desilusión es un elemento de todo el acontecimiento, y el único que es relevante para nuestra discusión y que con el hombre arcaico nunca es superado o sustituido por la experiencia religiosa, sino que sigue siendo su base o un ingrediente de la misma: la Máscara, por su naturaleza, es siempre ambas cosas a la vez, aparición real de espíritus y mera mascarada, religión sagrada y espectáculo. Joseph Campbell habla de «la esfera teatral» del mundo de las máscaras y de la «lógica de la fantasía» y W. F. Otto describe la máscara como «a la vez la presencia más inmediata y la ausencia absoluta».6 Casi se podría decir que es la verdad y el fraude sacerdotal, pero el fraude no es el engaño secreto practicado por los sacerdotes como personas, sino el engaño objetivo manifiesto de la propia máscara. La naturaleza de la máscara es una mascarada explícita y, por tanto, implica en sí misma el reconocimiento del desenmascaramiento. Es un engaño/desengaño objetivado. Y sólo porque la máscara implica, por su naturaleza, un elemento de engaño, puede también ser abusada con fines egoístas por sacerdotes fraudulentos. Del mismo modo, la palabra «mito» podría, durante los tiempos posteriores, venir por su significado negativo de «una historia de gallos y toros» sólo porque en su esencia originaria el mito es ambos en uno: «la palabra de la verdad»7 (W. F. Otto) y ficción.

Al hablar de la decepción iniciática, me interesa menos el acto empírico-factual de la iluminación (como comportamiento de las personas) que la decepción/desilusión psicológica, ontológica, objetivada en la máscara y el mito.

(2) El tema de «Dios está muerto». Esa afirmación de que «Dios ha muerto» era, hace cien años, y quizá lo siga siendo, una declaración audaz y chocante; un Dios muerto es para nosotros impensable.

En las culturas arcaicas, sin embargo, habría sido una idea familiar, de hecho algo que se daba por sentado. Especialmente en las culturas chamánicas, la expresión «el muerto» y la palabra «Dios» eran básicamente sinónimos: el muerto es Dios y los dioses son los muertos. Un ejemplo entre muchos en todo el mundo es la historia del Antiguo Testamento en 1 Samuel 28. El rey Saúl visita a un prestidigitador, al que pide que conjure al muerto Samuel desde el inframundo. La palabra con la que se dirige al profeta muerto, cuando aparece, es «Elohim», la palabra habitual para dios y también la utilizada para el Dios de los israelitas.

Evitar la desilusión – preservación y confirmación del niño

Visto sobre el fondo de estos dos elementos esenciales brevemente esbozados de la existencia humana precristiana, se ve claramente la naturaleza especial y radicalmente diferente del cristianismo.

Sin embargo, ¿qué se entiende aquí por «cristianismo»? ¿Existe tal cosa? ¿No es todo lo que se dice sobre el «cristianismo» como tal una generalización inadmisible? Al fin y al cabo, existe el cristianismo de las iglesias establecidas y de innumerables denominaciones y sectas, el cristianismo de Tomás de Aquino, de Martín Lutero, de Meister Eckhart y de San Francisco, el cristianismo de los puritanos, de los inquisidores, de los quietistas, de Melanchthon, de Johann Sebastian Bach, etc., etc., una enorme diversidad. ¿De cuál de estos cristianismos estamos hablando? De hecho, de ninguno. Tampoco estamos hablando de una construcción seca y abstracta del cristianismo, que no sería más que el mínimo común denominador de todas las variedades cristianas. Al hablar, con conciencia sistemática, del cristianismo como tal, lo hago desde la convicción de que el «cristianismo» no es sólo un término que engloba las opiniones y los sentimientos religiosos de todos los cristianos empíricos individuales, sino una realidad nocional transpersonal y una fuerza histórica que se realizó en la historia del Occidente cristiano, en algunos casos incluso sin tener en cuenta lo más mínimo las convicciones, experiencias e intenciones personales de las personas. Así pues, considero el cristianismo menos como algo humano, como una doctrina humana, que como una realidad independiente, objetiva, casi «arquetípica», a la que los seres humanos pueden verse confrontados y expuestos de un modo u otro. Es este cristianismo «real» (real como fuerza activa) el que nos ocupa, que como formación histórica (Gestalt) puede reconstruirse y captarse a partir de los documentos cristianos básicos, por un lado, y del desarrollo intelectual del mundo occidental, por otro. Así pues, no hay que preocuparse por la cuestión teológica de cuál es el cristianismo «correcto», o cuál era el mensaje cristiano en su origen, o qué querían decir en verdad el Jesús histórico o San Pablo o San Pedro; tampoco hay que declararse derrotado cuando nos enfrentamos a la diversidad de los fenómenos empíricos, y abandonar así por completo el intento de captar la naturaleza esencial del cristianismo. Una vez aclarado este problema, podemos volver a la caracterización del cristianismo.

El Dios cristiano es expresamente el Dios vivo, el Dios de la vida, y tan consecuentemente que también trae a los hombres la vida eterna, y además abolió la muerte por completo (2 Tim. 1:10). Además, el lugar del misterio bien guardado en el mundo arcaico lo ocupa en el cristianismo el evangelio y el proselitismo. Donde las culturas antiguas traían la desilusión para los jóvenes en la iniciación, el equivalente cristiano de los ritos de la adolescencia trae exactamente lo contrario: la «confirmación». La intención es, aparentemente, solidificar la creencia infantil para que pueda continuar bajo las condiciones cambiadas de la vida adulta. Por ello, el cristianismo es la religión de la fe en primer lugar -la fe, que no figura, o desempeña sólo un papel inferior, en otras religiones. Puesto que el cristianismo ha excluido el elemento de la desilusión, la fe está constantemente amenazada por la duda y la aflicción. Esto no podía ocurrirle al hombre primitivo, ya que no sólo tenía la duda y el desengaño detrás, sino que lo llevaba en sí mismo como base de su existencia espiritual. No creía, como el niño y el cristiano, en la realidad sustancial de los dioses, sino que dejaba que los dioses fueran máscara visible y estatua física, es decir, apariencia, actuación lúdica, metáfora, y que fueran reales y estuvieran presentes sólo como metáfora. Lo son y, sin embargo, no lo son. La estatua del dios es el dios mismo. No es simplemente un «símbolo de» o una «referencia a» un dios trascendente como la verdadera realidad. Y, sin embargo, la estatua es también un simple trozo de madera o de piedra, tallado por seres humanos, como sabe muy bien el primitivo. Lo que pretende el cristianismo es evitar la desilusión. Pretende señalar un camino por el que se pueda seguir creyendo sin resignación (re-signación) y sin desenmascarar y vivir sin la muerte definitiva. Ofrece el evangelio: «Y esto os servirá de señal: encontraréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre». El evangelio cristiano se sitúa bajo el signo de la idea del Niño. El niño es el criterio.

No se trata del arquetipo del niño, del niño divino arquetípico. Es más bien la divinización de la noción y la experiencia del niño humano. La diferencia es crucial.8 El niño arquetípico es fundamentalmente el niño abandonado (Edipo, Moisés, Rómulo y Remo, Hansel y Gretel), el niño amenazado de muerte (en los cuentos de hadas, por ejemplo, se ordena a un cazador que lleve al niño al bosque, lo mate y le corte la lengua como prueba). Por lo general, el niño amenazado se salva, sin duda. Sin embargo, este ser salvado de hecho se refiere sólo al aspecto empírico del niño divino. Ontológicamente, el niño arquetípico es el niño matado o abandonado, tiene su propio haber sido matado o abandonado, es decir, la pérdida fundamental de la inocencia, la herida lógica, detrás de sí como su fundamento y en sí como su naturaleza.

En los mitos y cuentos de hadas, el niño puede ser el gran héroe o salvador sólo porque tiene el destino de la muerte y la pérdida de la inocencia psicológica u ontológicamente a priori. En el relato evangélico bíblico, todos los demás niños de Belén son asesinados y sólo el niño Cristo, como niño divino, es capaz de escapar al destino de la muerte. Los demás tienen que cargar con el destino realmente previsto para el niño divino. En las historias de Edipo o de Moisés o de los niños de los cuentos de hadas que van a ser asesinados por un cazador, los niños acaban escapando también al destino de la muerte, pero aquí es siempre un mismo niño el que es abandonado o condenado a muerte y sobrevive (lo que, como se ha explicado, expresa la diferencia entre la realidad ontológica y la empírica-práctica). Nunca hay un otro o un grupo de otros que tengan que sufrir el destino de muerte o abandono mientras que el niño divino está a priori exento de ello. El hecho de que tengamos esta dualidad en el relato bíblico hace que el niño Cristo sea el niño a priori rescatado y preservado, que, incluso en la huida a Egipto, permanece al cuidado de sus verdaderos padres. Por supuesto, en términos mitológicos, lo que se hace literalmente a los otros niños en la historia del nacimiento de Cristo tendría que entenderse como algo que ocurre psicológica u ontológicamente al propio niño divino. Diríamos entonces que la dualidad se debe a las necesidades de la narración. La narración suele distribuir en dos figuras separadas lo que en realidad es la diferencia entre el destino ontológico y el empírico de la misma figura. Pero los otros relatos sobre un niño arquetípico indican que esta dualidad no forma parte precisamente del modelo mitológico particular del niño divino. En cambio, trata la diferencia entre lo ontológico y lo empírico apuntando la amenaza con toda su fuerza sólo al niño arquetípico, pero sin dejar que la amenaza despliegue su consecuencia catastrófica. La introducción de los niños empíricos normales de Belén, además del niño divino, que luego son asesinados literalmente, libera a priori al niño divino incluso del destino ontológico de abandono o muerte.

Además de esta exención fundamental inherente al texto básico cristiano del niño divino de lo que sería su destino ontológico, aunque no empírico, el cristianismo histórico acentuó aún más la idea de que «el niño» es a priori rescatado. En el cristianismo, el niño divino es significativamente al mismo tiempo también «verdadero hombre», hecho que favorece la identificación del niño en el pesebre con un niño verdaderamente humano. Los innumerables cuadros que retratan al niño Jesús en el pesebre y a María con el niño muestran y celebran al bebé humano, al niño empírico en su inocencia, desamparo, desprotección y protección, no realmente al niño arquetípico. El hecho de que al mostrar a un bebé humano se refieran a él como el niño divino no disminuye la humanidad empírica de este niño. Es al revés. La imagen del niño humano en su impotencia e inocencia se diviniza. El niño en su humanidad empírica recibe su autorización metafísica. La idea del niño demasiado humano recibe una dignidad mítica, se eleva al estatus de arquetipo.

Precisamente aquel factor que a través de los motivos del abandono y el asesinato del niño se desecha radicalmente en los relatos míticos sobre el niño arquetípico, a saber, la protección del niño frente a la amenaza de muerte, se conserva aquí. Se produce una inversión. La desprotección, la huida del asesinato, que en el caso del niño arquetípico o mitológico no es más que la realidad externa-empírica del niño, mientras que ontológicamente el niño arquetípico ha sido de hecho abandonado o asesinado, se ha convertido ahora precisamente en la situación ontológica del niño, y la muerte de los infantes se degrada a una masacre meramente empírica que sucede a los niños toto coelo separados. Su muerte ya no es lo que ontológicamente se le hace.

El rescate ontológico del niño divino (como verdadero niño humano) invita a la identificación. El deseo infantil del hombre de permanecer íntegro, sin heridas, de ser salvado y tener paz, recibió un impulso inflacionario con este rescate. Esto tuvo consecuencias para «la muerte del niño en la iniciación». El bautismo, que originalmente era el ritual del ahogamiento del «niño» en la persona casi adulta, se trasladó en el tiempo al niño como bebé, donde adquirió un significado totalmente diferente: ya no la muerte del «niño», sino la liberación del viejo Adán, del pecado original, de la pecaminosidad lógica del hombre, es decir, algo que precisamente no es la propia naturaleza del niño, sino algo a priori heredado del progenitor de la raza humana. Esta limpieza del pecado original del recién nacido mediante el bautismo equivalía, una vez más, a una solidificación (ontológica) de la inocencia del niño, a hacer su inocencia metafísicamente absoluta. No es de extrañar, pues, que en la pubertad tuviera lugar una «confirmación». No había necesidad de más que una confirmación, porque ontológicamente la inocencia esencial y metafísica del hombre como verdadero hijo de Dios ya se había logrado a través del bautismo infantil.

La necesidad arquetípica de matar al niño de repente no parece más que el asesinato satánico de niños reales, un crimen humano sobre bebés humanos, y por lo tanto como algo totalmente maligno, de lo que «el niño» tiene que ser rescatado bajo cualquier circunstancia. A partir de ahora, el hombre podría creer y esperar que, como el niño Jesús, él mismo también podría tener psicológicamente, metafísicamente, aunque no empíricamente, una vida a este lado del asesinato del niño, una vida que ya no esté sujeta al destino y la necesidad «ciegos», sino a la providencia personal amorosa o severa de un Dios paternal.

Los griegos también consideraban a los seres humanos como hijos de los dioses: hijo de Apolo, hijo de Afrodita, etc. Pero el regalo de los dioses a sus hijos no era la infancia en sí misma, sino, en el caso de Afrodita, por ejemplo, el amor afrodita. Para los hijos del Dios cristiano, sin embargo, la infancia es doble, porque más allá de la condición formal de niño hacia Dios, incluso el contenido de su don al hombre es la filiación a Dios, un ser-niño ontológico en el sentido de una relación personal, casi familiar, Yo-Tú: «Dejad que los niños vengan a mí» (Marcos 10:14). El Dios cristiano es expresamente Abba, Padre nuestro, muy diferente en su paternidad de los otros dioses paternos, del Padre Zeus o del Padre Oceanos. La fe, el amor (agapê), la esperanza, son las virtudes otorgadas por este padre, virtudes del hijo rescatado. ¿Qué es «el niño» sino la esperanza y la fe, la inocencia, la credulidad, el vivir en los deseos, la despreocupación, el resguardo de la responsabilidad y la necesidad, el jugar más que el vivir?

«Si no os hacéis como niños ….» ¿Cómo se relaciona este llegar a ser como niños con el rescate del niño a la edad adulta que afirmé anteriormente? Uno pensaría que el niño que es preservado no tendría que convertirse primero en niño. Pero el rescate del niño, pensado rigurosamente, no significa, como se podría haber supuesto al principio, permanecer en la infancia en el sentido biológico o pedagógico, en la etapa literalmente infantil de la vida. Significa más bien la transición, una verdadera iniciación, a la infancia real («espiritual», es decir, psicológica-ontológica) del adulto, que el propio niño natural no poseía todavía. En este sentido, el rescate (la preservación) cristiano del niño significa, al mismo tiempo, convertirse primero en niño. Lo que el niño real ha sido sólo en sentido empírico, el cristiano como adulto empírico tiene que adquirirlo para sí mismo como lógica interna de su ser.

«El niño» tiene consecuencias para la concepción de la relación con Dios. Con la muerte de «el niño», la exigencia infantil del hombre de tener al propio dios directamente presente en la máscara quedaría muerta y sacrificada. Con la eternización del niño, esta exigencia prevalece. Es una exigencia que ya no permite que los dioses sean una máscara y que la máscara sea realmente «máscara», disfraz; es decir, ya no permite que el dios sea un «como si». Más bien, exige de los dioses que existan, concreta y sustancialmente, como cosas-en-sí-mismas, por así decirlo, ya sean visibles (como en la superstición) o trascendentales-invisibles (como en el misticismo). Con la muerte del niño, la naturaleza de los dioses y de los muertos quedaría liberada de nuestras exigencias; se les permitiría ser como definitivamente difuntos, como sombras desvitalizadas, meras imágenes, y así también el hombre quedaría libre para ser sólo él mismo, es decir, sólo el portador de máscaras: se establecería la «diferencia psicológica»9 , la diferencia entre el hombre y la máscara/alma/metáfora. La muerte del niño colocaría la existencia humana en un estado de no identidad consigo misma; el hombre viviría dentro y fuera del Entre, de la escisión, y así él mismo no necesitaría ser escindido (disociado neuróticamente). Tendría su hogar en el reino de las sombras.

Sin embargo, con la huida del destino de muerte del niño divino, nuestro «tener» inmediatamente al dios es, a la inversa, realmente reclamado todo lo más: la palabra se supone ahora a sí misma como carne, y esto, nuestro mundo, se supone que se convierte en el reino de los cielos. El hombre ya no debe ser simplemente el portador de la máscara; se vuelve idéntico a ella y tiene que encarnarla concretamente (en la carne): él mismo tiene que ser inmediatamente una persona (persona-persona-máscara). Cuando la identificación es imperfecta y todavía es posible decir que una persona está «simplemente» representando un papel y llevando una máscara, se considera una defensa tipo «persona» con el fin de protegerse de la autoconciencia y del desarrollo de su verdadero yo. La persona, la máscara, el papel, la posición y los honores, los títulos e insignias, la ropa, etc., se consideran ahora «externalidades» no esenciales y el centro hueco llamado ego o yo se eleva a lo plenamente real y esencial, mientras que antes el hombre y toda la creación tenían su propia «esencia» en tales «externalidades»: Platón llamó a lo Real (que para él era suprasensible) con el nombre de eidos (o idea), que en primer lugar se refiere a la estructura visible o «aspecto» de una cosa.

Psicología del desarrollo: la práctica empírica de rescatar al niño

Con la denigración de lo llamado externo y con el objetivo del «autodesarrollo», hemos llegado al centro de la mentalidad de la psicología personalista, una psicología que tiene la función de legitimar científicamente una enorme inflación y que, como culto a la persona, es en realidad una continuación de la teología cristiana por otros medios. La idea de desarrollo es diametralmente opuesta a la concepción del hombre como portador de máscaras. La idea de desarrollo personal tiene la función de redimir al individuo del asesinato del niño. «Desarrollo» significa -y esto es un gran consuelo y nos permite comprender por qué la psicología se aferra tenazmente al concepto de desarrollo- que no es necesario matar al «niño»; se permite que el niño persista, se supone que siga viviendo. Por supuesto, tiene que pasar por muchas crisis de identidad y transformarse a través de muchas etapas, y en el transcurso de todo esto también puede tener que soportar la muerte simbólica, pero sólo para renacer y convertirse finalmente en un adulto. Desde la perspectiva de la concepción evolutiva, el adulto es, pues, en última instancia, simplemente el niño plenamente desarrollado y madurado, que ha alcanzado el estadio «genital» o «solar-racional».

Por supuesto, esta afirmación no pretende ser empírica u óntica, sino psicológica-ontológica.10 Por supuesto, se supone que una persona, según la visión desarrollista convencional, se convierte en un adulto y alcanza la madurez mental y psicológica, y la independencia, etc. Y, por supuesto, la psicoterapia convencional, cuando tiene éxito, también alcanza este objetivo de la edad adulta; sin embargo, la edad adulta sólo en un sentido que quizás podríamos denominar pedagógico. Sin embargo, desde el punto de vista ontológico-psicológico, la psicología del desarrollo no sólo quiere mantener a la persona en el estatus de niño, sino que la fija activa y expresamente, «juramentándolo», por así decirlo, como niño.

Crecer hasta la verdadera edad adulta (convertirse en «er-wachsen») significa superar la infancia, dejarla. El término «superar» es, sin embargo, engañoso. Porque «el niño» no puede ser superado; no hay una transición gradual y natural de la infancia a la edad adulta: «el niño» necesita ser matado, necesita un acto revolucionario y perturbador. Por eso hay personas de cincuenta años que psicológicamente siguen en la condición de niño. Probablemente pensaron que convertirse en adulto es un resultado natural de hacerse mayor y esperaron que serían transportados automáticamente a la madurez psicológica.

«El niño» espera que lo maten, no sólo que lo superen.11 Sin embargo, ¿qué hace la psicología personalista? Concibe al hombre en términos de su infancia, de mamá y papá, y lo entrena, en años de trabajo, para que él mismo sea capaz de comprenderse también en este espíritu. Si pienso que tengo mi verdadero origen en la infancia y me comprendo a mí mismo en mi ser (sano o perturbado) de acuerdo con ello, entonces soy un niño psicológicamente y me defino como tal aunque desde un punto de vista biológico o pedagógico pueda ser tan adulto como se pueda. Y da igual que mi desarrollo provenga menos de mis padres personales que del arquetipo paterno o materno «constelado por ellos».12 De cualquier manera, sigo en el mundo del romance familiar. Y cuanto más trato de «separarme» de la madre y el padre, más los alimento, por así decirlo, con ofrendas de sacrificio, a través de mi asombrado reconocimiento de su poder numinoso sobre mi vida, y afirmo así mi condición de niño.

Cuando al adulto así entendido se le permite seguir siendo un niño precisamente por haberse convertido primero en un niño en el verdadero sentido, podemos ver que la idea de desarrollo tiene la función de garantizar la continuidad de la identidad personal.

En segundo lugar, el desarrollo implica que soy yo quien tiene que hacer el desarrollo. Mi ser esencial está en mí mismo, no en la máscara, no en algo que no soy yo. Soy idéntico a mí mismo, o al menos se supone que lo soy (el lema es «buscar la propia identidad»).

En tercer lugar, la idea psicológica del desarrollo está ligada a la introspección, a la noción de que la esencia del hombre se encuentra dentro de él,13 en el hombre interior, que según la Biblia está oculto, como un núcleo en la cáscara, dentro de su ego exterior y de la persona no auténtica, y que, por tanto, tiene que desarrollarse, desplegarse: noli foras ire; in te ipso redi: in interiore homine habitat veritas («No salgas fuera; vuelve a tu interior; la verdad permanece en el hombre interior» -San Agustín-. Agustín).

La continuidad de la persona, la identidad del yo y la interioridad son los tres dones que otorga la idea de desarrollo. El mundo de las máscaras, por el contrario, aportaría, en primer lugar, la discontinuidad (tanto en el sentido de una ruptura – «la muerte del niño»- como de la multitud politeísta de máscaras), en segundo lugar, la no identidad, y en tercer lugar, la interioridad esencial en la realidad «externa» sensible (o la exposición incesante a ella, según el caso).

Tal vez la idea arquetípica del asesinato del niño arroje incluso algo de luz sobre la psicología del maltrato infantil en nuestra época, que aumenta a un ritmo alarmante, y es casi incomprensible sin ella. ¿Qué llevaría a un ser humano, por brutal que sea, a torturar y matar a un niño indefenso? La razón podría ser el conocimiento culturalmente reprimido de la necesidad psicológica de matar al niño (psicológico), un conocimiento que luego trata de reafirmarse por la puerta trasera, por así decirlo, mediante la actuación compulsiva y concreta con niños reales como víctimas, en medio de un mundo identificado con el niño rescatado y por rescatar. La Matanza de Inocentes de Herodes no fue simplemente un acontecimiento histórico y, por tanto, singular en el pasado, sino una posibilidad arquetípica y eterna traída y establecida por el niño Jesús: allí donde el niño Jesús aparece con su evangelio de la vida, psicológicamente escindido de los niños masacrados, probablemente también constela en algún lugar al niño-asesino Herodes.

La incautación del tiempo y el punto de inflexión de la historia

¿Cómo se puede establecer la esperanza y evitar al máximo la decepción/desilusión? Esto puede lograrse si se da un sentido a toda la vida y a toda la historia y si este sentido es tan amplio y completo que no queda nada fuera de él que, como algo no incluido, pueda ponerlo en duda y frustrar la esperanza. Para poner en práctica la redención de manera eficaz, el cristianismo tiene que vislumbrar y apoderarse fundamentalmente de toda la realidad, y éste es su enorme y radicalmente nuevo logro. Esto, por supuesto, no significa que tenga que apoderarse óntica o empíricamente de todas las cosas; significa sólo que ontológicamente tiene que elevarse a la idea de un todo que lo abarque todo, el todo centrado en un punto (casi se podría decir, la idea de un «sistema»), y, siguiendo su mandato, pensar verdaderamente (consistentemente) esta idea. Y en efecto, leemos en Efesios 1:10: «… para que en la dispensación de la plenitud de los tiempos reuniera en uno todas las cosas en Cristo, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra, incluso en él.» Ahora, después de haber avanzado a una posición desde la que la conciencia es capaz de pensar realmente el pensamiento de «la totalidad», se hace posible (y al mismo tiempo necesario) plantear la cuestión sobre un significado de la vida como tal y de la historia como tal, porque sólo a causa de la «reunión en uno» existe algo como la vida como tal o la historia como tal.

¿Cómo se podía hablar de la vida como tal (es decir, en abstracto) antes de este acto de reunión, ya que antes de él el curso de los acontecimientos obviamente no se había integrado en una unidad, sino que estaba fragmentado, muchos acontecimientos separados, cada uno con su propio centro? El hombre arcaico estaba tan poco interesado en la vida como un todo que ni siquiera llevaba la cuenta de sus años. Aparentemente no aspiraba a tener una visión de conjunto de la vida empírica como un todo. En su lugar, se centraba en todas las situaciones vitales individuales y autónomas: los acontecimientos en su totalidad. Sólo el sometimiento de todo bajo un único principio (llamado «Cristo»), proceso que subyace a la idea del plan divino de salvación, podía hacer posible un interés y un cuestionamiento tan «sistemático» como el que aflora en la pregunta por el sentido de la vida como tal. Los tiempos particulares (en plural) de las vidas individuales y del mundo se subsumen en una totalidad, en el Tiempo como tal. El cristianismo se presenta con una pretensión totalizadora; exige y establece la alineación de todo, aunque no en un sentido exteriormente político o empírico, sino en un sentido último, «metafísico», es decir, psicológico.

El cristianismo es, y trae, el Zeitenwende, el punto de inflexión en la historia, en más de un sentido de la palabra. Es el punto de inflexión porque con él se invierte, por así decirlo, la dirección de la existencia humana con respecto a la vida humana precristiana y ritualista. Además, es el punto de inflexión porque plantea expresamente el giro de los tiempos y quiere ser el giro: «He aquí que yo hago nuevas todas las cosas» (Ap. 21:5). Es el punto de inflexión, además, porque desde su llegada ha marcado un punto cero en la historia, a partir del cual se cuentan hacia delante los años de gracia y hacia atrás los del Antiguo Eón. Sobre todo es el punto de inflexión en el tiempo (Zeitenwende) porque ha arrebatado (entwendet) el tiempo mismo, es decir, lo ha alejado de su naturaleza original y se ha apoderado de él sometiendo el tiempo (la naturaleza o el carácter, también podríamos decir la definición, del tiempo), al marcar el punto cero, a un concepto y una definición propios, de forma parecida a como se toma posesión de un país plantando firmemente una bandera en su centro. En el pasaje bíblico (Ef. 1:10) citado anteriormente, «para… reunir en uno todas las cosas en Cristo», para la frase «reunir» el texto griego original utiliza característicamente la palabra anakephalaiôsasthai, cuya etimología sugiere «reunir todo bajo una cabeza (kephalê), bajo un principio unificador supremo». Esta cabeza o principio es el punto cero de la historia, su vértice. Si antes la naturaleza del propio tiempo era «el todo», de modo que la historia se distribuía y dispersaba por todo el tiempo en la secuencia de sus múltiples acontecimientos, ahora se le arrebataba al tiempo, se le apropiaba indebidamente; el todo era ahora atraído hacia un punto del tiempo, hacia el Ahora, el individuo, el yo. Todo el sentido se concentró en este punto exclusivo, y lo que quedó del tiempo fue, por tanto, simplemente una extensión vacía, el tiempo como mero parámetro. Así, desde el advenimiento del cristianismo, sólo existe el «tiempo como tal», el único continuo temporal, el tiempo lineal, que se extiende desde el único punto fijo, Cristo, hacia delante y hacia atrás hasta el infinito. Todos los acontecimientos y todos los momentos están ahora en el tiempo como su contenedor, o están ensartados como perlas en un collar a lo largo de la línea del tiempo.

Por supuesto, no se trata de afirmaciones «históricas». El «continuo del tiempo» ya existía en la filosofía griega mucho antes de la aparición del cristianismo histórico, y hubo que esperar siglos después para que la noción de tiempo como continuo entrara realmente en vigor, a principios de la era moderna. Lo que he dicho pretende ser una afirmación sobre la esencia. Lo que apoya y legitima divinamente, por así decirlo, la idea filosófica del tiempo como continuo (una idea que en el fondo siempre es posible), lo que hizo posible que el tiempo lineal se convirtiera en el concepto temporal exclusivo que reina sobre todo, lo que confiere al tiempo lineal su enorme impacto arquetípico es Cristo.

La necesidad vital de la «continuidad temporal» para el éxito del proyecto cristiano de salvación y para la idea cristiana en general es fácil de comprender. Sólo si la continuidad está anclada en el fondo «mitológico» -en la propia naturaleza o concepto del tiempo- se garantiza también la continuidad de la persona (la salvación). Una continuidad de la identidad personal sin que el tiempo mismo sea un continuo no tendría fondo.

El tiempo en las culturas mitológicas y rituales está estructurado de forma fundamentalmente diferente. Aquí el tiempo es, en primer lugar, fundamentalmente plural, del mismo modo que en ocasiones hablamos de tiempos malos o buenos o exclamamos: «O tempora, o mores«. Este tipo de tiempo no es un continuo, ni un contenedor vacío dentro del cual se producen los acontecimientos; los propios acontecimientos constituyen el tiempo. El tiempo, tal como lo describieron los neoplatónicos,14 o como lo ha redescubierto recientemente C. G. Jung en su teoría de la sincronicidad, está formado por quanta, piezas autocontenidas, cada una de las cuales tiene su propia cualidad específica y su cara o forma arquetípica y es en sí misma un círculo cerrado. Aquí la esencia del tiempo se funde con la imaginación. Los tiempos son ricos, son situaciones arquetípicas, los muchos momentos individuales sensibles (y sólo como sensibles también portadores de significado15 ) y esos momentos que representan en sí mismos las coincidencias significativas sobre las que escribe Jung. Estas pocas observaciones sobre la naturaleza del tiempo antes y ahora tienen que ser suficientes.

La negación como instrumento

¿Cómo ha conseguido el cristianismo encontrar un principio que, de hecho, pueda subsumir todas las cosas y momentos? ¿Qué tipo de principio es este en contenido, este Cristo al que todo lo que es y sucede puede ser referido como su centro? ¿Por qué medios logró el cristianismo desatar el «tiempo todopoderoso» (como lo llamó Goethe) y apoderarse de él?

La receta puede reconstruirse a partir de un pasaje de la Biblia: «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, por el que podamos salvarnos» (Hechos 4:12). Esta frase pronuncia ante todo un No fundamental a todo lo que es: ya no se supone que nada en el mundo sea divino o tenga sentido en sí mismo. El principio metodológico sobre el que se establece el punto arquimédico a partir del cual se da la vuelta al tiempo y se lo apropia es la negación y devaluación radical de todas las cosas de este mundo. Un pasaje de San Agustín, en el que interroga al universo sobre Dios, lo ilustra mejor: «Pregunté a la tierra y me dijo: Yo no soy Él. Y todo en ella me dijo lo mismo. Pregunté al mar y a sus profundidades y a las criaturas rastreras que viven en él, me dijeron: no somos tu Dios, búscalo por encima de nosotros. Pregunté a los vientos que soplan, al reino del aire y a todo lo que vive en él: me dijeron: Anaxímenes se equivocó, no somos Dios. Pregunté a los cielos, al sol, a la luna y a las estrellas: no somos tu Dios al que buscas, me dijeron».16

Un pasaje muy revelador: no somos vuestro Dios, al que buscáis. Está claro que Agustín no se conformaba con los dioses que aparecen por sí mismos, que simplemente son, en forma sensual de tierra y mar, sol y viento, novia y prostituta, hiedra y pantera, felicidad y muerte, etc. En cambio, buscaba un Dios, un Dios que debía cumplir unos requisitos muy concretos para que él (Agustín) pudiera reconocerlo. Así, el Dios del cristianismo no es, por naturaleza, un Dios simplemente existente. Es uno que se requiere que exista, uno buscado, uno que se exige que sea. Por esta razón, el único punto de contacto posible en la religión griega que San Pablo pudo encontrar fue el Dios Desconocido, esta ranura vacía, esta posición esencialmente sin llenar.

El tipo de Dios que se exige puede reconocerse en el procedimiento de Agustín. Una tras otra las regiones del mundo son despojadas de su divinidad. No, no, no. El mundo se va secularizando. San Agustín realiza un deshecho sistemático. ¿Qué queda? Nada. Equiprimordialmente con su dar sentido, el cristianismo también trae un repliegue a la nada, a lo que se desprende de todo, a lo ab-soluto («absuelto»). Allí donde se busca un Dios absoluto, se le da un sentido y se funda una religión, debe producirse necesariamente un desprendimiento (absolvere) de todos los dioses que se manifiestan en la realidad física y una negación de todo ser imaginario-sensorial. El absoluto sólo existe como algo buscado, exigido, una utopía; nunca existe como algo encontrado: sólo es como voluntad (absoluta). Y esta voluntad de lo absoluto es una sublevación desde, una insurrección contra el ser.

El punto de inflexión arquimediano que permitió que el tiempo se desencajara sólo podía ser el punto cero, que, al situarse en medio del tiempo, lo divide en el eón viejo y el nuevo, y por tanto en saeculum (este mundo) y vida eterna (el otro mundo), convirtiéndose así en el eje del mundo. Pero junto con esta división, también unió «por primera vez» el tiempo antes fragmentado en un continuo. Y esta idea del todo sólo era pensable si se pensaba de forma absoluta, fuera de todo marco de referencia real, y así se inventaba la nada, el más allá, que era tal que nada podría relativizarlo como algo meramente particular. La idea del todo es en sí misma el levantamiento del ser.17

Georg Büchner escribió: «La nada es el dios-mundo que hay que dar a luz».18 Con esta afirmación, Büchner obedeció, sin quererlo, a la exigencia cristiana. Lo que exigía explícitamente ya se había hecho realidad implícitamente 1.800 años antes. Cristo mismo es la nada, ya que no es la tierra, ni el mar, ni el viento, ni el sol, ni nada más. Es el Dios ontológicamente desconocido, un Dios cuya naturaleza es ser un hueco o una ranura vacía. Tiene que ser la nada, porque tiene que ser el logos encarnado, encarnado, es decir, sustancial e incondicionalmente el logos inmediatamente presente, y no debe ser simplemente una máscara (realidad metafórica mediada por los sentidos). En el cristianismo, la idea arquetípica de la nada se ha instalado en el hombre como una realidad. Desde entonces -después de un periodo de letargo durante la Edad Media- el mundo ha ido derivando hacia la nada como si fuera atraído por una montaña magnética.

Cuando digo que Cristo mismo es la nada, no lo digo en un sentido denigrante, peyorativo. No es en absoluto un ataque a Cristo; no es un intento de desenmascararlo e invalidarlo. No se trata aquí de validar en primer lugar. Se trata únicamente de describir la naturaleza y el contenido específicos de la idea de Cristo. Decir que Cristo es «la nada» no significa que él o esta nada por su parte no sea nada. Al contrario, como «la nada» es demasiado real, un Dios poderoso que ha conquistado todo el planeta y, en forma de civilización tecnológica global, es adorado incluso en Moscú19 y Pekín.

Esta caracterización del cristianismo tampoco pretende socavar la fe de sus creyentes. Bien entendida, no puede hacerlo, ya que no pretende explicar la experiencia individual de los cristianos y la sustancia de su fe, sino el cristianismo como realidad histórica transpersonal. La autenticidad y la profundidad de la fe cristiana en un individuo y el significado que obtiene de ella no se tocan de una manera u otra en este análisis.

Cristo como la nada: ahora podemos entender por qué el cristianismo no sólo promete, sino que de hecho es la salvación. Al basarse sistemáticamente en la nada, en lo absoluto, es capaz, por principio, de evitar cualquier posible decepción. Sin embargo, el rescate del niño y de su esperanza tiene que pagarse muy caro. La huida del asesinato del niño y de la encarnación del logos sólo podría tener éxito a costa de que todo el mundo dado por el sentido sea destruido metafísicamente-psicológicamente y, quién sabe, quizás algún día incluso aniquilado físicamente. Tenemos que darnos cuenta de que el rescate del niño ya es inherente a la interpretación cristiana de la muerte del niño como asesinato de niños. Como asesinato, la muerte del niño se denigra desde el principio como algo malo y absurdo, e ipso facto ya se rechaza.

La experiencia de la búsqueda y la erosión del sentido

El hombre arcaico asumió la experiencia del desenmascaramiento como su experiencia subjetiva de la muerte del niño, su muerte como niño. El mundo mismo, por el contrario, seguía estando lleno de dioses. El cristianismo hace recaer el desenmascaramiento sobre el objeto, el mundo, dejando que éste cargue con el peso de este desencanto al dejar que el carácter objetivo del mundo sea desencantador («no somos el Dios que buscáis»). El asesinato evitado del niño vuelve como la reducción destructiva del cosmos («resplandor» de la manifestación) a una mera «criatura» (algo hecho). Pero, a cambio, se puede conservar la fe y la esperanza del hombre, es decir, el niño. A la inversa, precisamente a quien hoy en día quiere evitar la dicotomía entre él y la máscara y aspira a ser un todo indiviso en el sentido de la unidad de la personalidad, la dicotomía vuelve a casa en forma de disociación neurótica, al igual que el continuo del tiempo unificado se dividió en los viejos y los nuevos eones. La «totalidad» (la idea de «el todo») y el ser-dividido van obviamente juntos. Son lo mismo. La disociación neurótica se basa esencialmente en la voluntad de alcanzar la totalidad y encuentra su realización precisamente también en y como anhelo de salvación-traer la totalidad. ¿Cómo podría algo estar dividido si no pensara que debe ser un todo «sistemático» ininterrumpido?

La euforia de los primeros cristianos debió de ser enorme, ya que el evangelio cristiano trajo la plenitud pleromática del ser, en el sentido de que todo estaba relacionado con el eje del tiempo y sometido a él. Se trataba de un triunfo inaudito, que trajo consigo un sentido de superioridad absolutamente novedoso, un conocimiento psicológico (ontológico, no óntico) de estar fundamentalmente por encima de todas las cosas e inmune a ellas. Para la conciencia psicológica, esta plenitud cristiana resulta ser, sin embargo, el vacío ab-soluto del nihilismo, en la medida en que el eje es el punto cero, la nada, ese Cristo que rechazó expresamente todos los reinos del mundo y su gloria, ya que estaba destinado a ser no sólo gobernante en el mundo sino algo infinitamente mayor: a saber, el eje, el principio ab-soluto, el logos del mundo, que por su parte ya no es nada inmanente al mundo.

La instauración cristiana del sentido -¿y no es «cristiana» toda Sinngebung (instauración del sentido)? y la erosión nihilista del sentido son un mismo proceso. La búsqueda de Dios de Agustín se produjo como la destrucción de los dioses y como la secularización del mundo. La búsqueda de Dios no fue la reacción a una experiencia previa de un mundo desprovisto de dioses. Por el contrario, fue la primera concepción audaz del intento sistemático de liberar al mundo de los dioses, y diseñó, para todo el eón cristiano, el programa metodológico de secularización que debía realizarse en el futuro, un programa que sólo hoy, con la invención de la cibernética, ha alcanzado la fase final de realización. El mundo concebido cibernéticamente, como un sistema de relaciones meramente funcionales: esto es el cristianismo realizado, la secularización total, el cumplimiento de aquella promesa «de que todas las cosas deben reunirse en Cristo». Esta es también la razón por la que la cuestión del sentido como tal sólo pudo plantearse 1.800 años después del nacimiento de Cristo. Antes de eso, la humanidad todavía podía vivir del significado que permanecía invertido en las cosas reales mismas. La cuestión del «sentido en sí» sólo fue posible después de que el consumo del sentido existente hubiera avanzado hasta tal punto que se alcanzara el punto cero absoluto.

El hecho de que también hoy la búsqueda de sentido y la destrucción del sentido sean una misma cosa y que la experiencia de sentido (tal como se entiende hoy) sea en sí misma la generación continuada del nihilismo, lo sugiere también una simple observación relativa a la frase «experiencia de sentido». Es cierto que al principio parece que el anhelo de una experiencia de sentido se refiere al sentido. Pero si se examina más de cerca, resulta que el significado en sí mismo es aquí irrelevante. Lo que realmente importa es simplemente la experiencia. La expresión «experiencia de sentido» sigue siendo completamente abstracta. No se plantea en absoluto la cuestión de lo que es objetivamente significativo. Lo único que cuenta es que el significado, cualquier significado, sea experimentado subjetivamente. Se busca, pues, algo totalmente abstracto, la mera posesión de algún tipo de experiencia subjetiva, en definitiva, la propia edificación, esa edificación en la que tiene lugar la aedificatio del yo.

Así pues, lo que ocurre en la experiencia del sentido es esencialmente que surge un punto central virtual al que se pueden remitir todos los contenidos de la experiencia. El proceso psíquico de remisión de los contenidos a un punto central, el proceso de su sujeción al principio único, suele llamarse «experiencia emocional» y se siente como tal, y aquellos acontecimientos experimentados en los que la vida más o menos en su conjunto se concentra en torno a un centro (sólo así originado) se llaman experiencias de sentido o experiencias de trascendencia. Lo que sea puede, en principio, servir para mediar la experiencia de sentido, es decir, el establecimiento o la constitución de un centro virtual. También podríamos decir: «experiencia de sentido» es el nombre del modo en que el ego se construye a sí mismo, el modo en que se establece plena y enfáticamente como centro del mundo. El ego que se ha convertido plenamente en el centro suele llamarse entonces el Yo. La experiencia de sentido es el proceso de toma de poder psicológico. Dado que la experiencia de sentido es la construcción del ego, y dado que el mundo se reduce así a la «materia» (para usar una expresión de la escena de las drogas) que hace posible la experiencia sentida de sentido, esta experiencia se revela como mero consumo de cosas, momentos o imágenes oníricas, es decir, como la aniquilación de su cualidad inherente, concreta y sensorial.

¿Por qué proliferan tanto las teorías y técnicas relacionadas con la «búsqueda de sentido»? ¿Por qué el hombre contemporáneo prueba una terapia tras otra, una moda de sentido tras otra? Porque la búsqueda de sentido como mero consumo es una adicción. También las drogas son, por así decirlo, algo completamente disociado de todo, «el logos hecho carne». No constituyen un alimento como la comida y la bebida, sino que, por el contrario, drenan. La adicción es en sí misma una privación, un consumo, un vaciamiento. No produce una plenitud de «mundo», sino esa espectral profusión nihilista que es en sí misma el comienzo de un vacío y una carencia aún más profundos. Al igual que la adicción sólo encuentra satisfacción a través de una demanda de saciedad cada vez mayor, el yo experimentador requiere cada vez más estímulos para la experiencia del sentido, porque tal yo no sólo es (estáticamente) una nada y un punto cero, sino también (dinámicamente) una aniquilación consumidora. (Esto, por supuesto, no es necesariamente el caso en cada persona óntica individual, pero ciertamente en el «hombre moderno» como tal, el concepto o constitución del hombre moderno comprendido como una realidad psicológica, por así decirlo, la versión moderna realmente existente del «anthropos» arquetípico). El conocimiento científico de la era moderna puede, asimismo, ser comprendido como un consumo de la realidad: cada vez más y más aspectos diferenciados del mundo deben ser arrojados a la ciencia insaciable como problemas (de proballein, «arrojar antes») para ser explicados, es decir, para el desenmascaramiento sistemático y exhaustivo del universo según las líneas que Agustín había trazado todavía muy aproximadamente. Cada región del mundo y todo lo que hay en él hasta los más minúsculos nanomundos y hasta las más extensas galaxias se hace confesar: no soy vuestro Dios al que buscáis, para aumentar el poder y la gloria del Dios Único, eje del mundo: el ego o la nada.

La experiencia real de hoy

La palabra experiencia tiene muchos significados. Junto con Jung, distingo la experiencia propiamente dicha de la experiencia buscada, que es «una imitación construida metódicamente».20 La naturaleza de la experiencia propiamente dicha (en alemán: Erfahrung, de erfahren, literalmente, «experimentar algo, llegar a conocer algo a través de la experiencia») es que nos ocurra. La sufrimos. «Seine Erfahrungen mit etwas machen» significa aprender algo por las malas, haberse desilusionado y haber recibido una lección. ¿Cuál es la experiencia legítima hoy en día? Se desprende de una afirmación de la conferencia de Karl Jaspers «El espíritu europeo», leída después de la Segunda Guerra Mundial, que cito aquí como un solo ejemplo. «Cuando lo que no tiene fondo nos da vértigo -y parece que lo peor está aún por llegar-, lo que hay que recordar es: cuando todo lo demás se desvanezca, Dios permanecerá. Basta con que la trascendencia esté«.21

¿Cuál es la verdadera experiencia aquí? Si escuchamos con atención, es la falta de fondo, el vértigo, el desvanecimiento de todo. Pero Jaspers se engaña a sí mismo y nos engaña a nosotros con respecto a esta experiencia, ya que menciona esta falta de fondo con el único propósito de frenarla más radicalmente, de una vez por todas, señalando al Dios que permanece. En esta frase suya tenemos, pues, ambas cosas: lo que se experimenta realmente y un sentido superior que se le impone. Al defenderse de lo que es su experiencia real mediante un salto a la fe, Jaspers no sólo se desacreditó como filósofo y fenomenólogo, sino que también devaluó lo que había que experimentar, la catástrofe alemana. Lo que su afirmación implica, sin saberlo, es lo siguiente: el hecho de que millones de seres humanos hayan sido asesinados y enviados al matadero, el mundo convertido en polvo y cenizas, el pueblo alemán cargado con una culpa indeleble… ¿qué puede hacernos en última instancia? Basta con que la trascendencia lo sea. En otras palabras: ¿qué daño sufre el hombre si pierde el mundo entero? Basta con que Dios permanezca.

¿Es realmente suficiente? ¿Es suficiente la mera trascendencia sin mundo? Pues bien, parece que los alemanes nos lo hemos creído, y hemos conseguido construir un milagro económico que desprecia el mundo -la sociedad del despilfarro- sobre esta roca salvadora de la fe, y también nos hemos librado de la época del Tercer Reich que nos perseguía. Jaspers y todos los que pensamos como él no hemos aprendido nada psicológicamente. No escuchamos lo que el Tercer Reich nos dice y nos otorga y lo que quiere llegar a nosotros como una experiencia desilusionante. La trascendencia nos hace invulnerables y nos permite soportar imperturbable la pérdida, si tiene que ser, de todos los reinos y la gloria de este mundo. El acontecimiento ha pasado desapercibido, aunque muy fuerte en nuestros oídos. Pero el mensaje del Tercer Reich no fue en absoluto que Dios permanece. Fue el asesinato, la muerte, la destrucción, el sinsentido, la desintegración. «La muerte es un maestro de Alemania», dijo el poeta. Este es el punto donde en nuestro tiempo el pasaje tiene su lugar: «y esto os servirá de señal…» Pues este es el hueso duro que tenemos que masticar y digerir. ¿Qué es lo que quiere llegar a nosotros? A mí me parece que es la desilusión, la kata-strophê: la bajada, el hundimiento, el descensus ad inferos.

La época nazi no es la única. Los signos de los tiempos incluyen también la idea de un desastre nuclear mundial, del fin del crecimiento económico, de la destrucción del medio ambiente. Psicológicamente, no importa si estas ideas son ciertas o no. Lo que importa es sólo lo que se nos dice a través de ellas.

Pero, sobre todo, la experiencia desilusionante nos impresiona poderosamente desde la historia de las ideas. A principios del siglo 19, por ejemplo, está en la obra del escritor alemán Jean Paul, el «Discurso de Cristo muerto desde el firmamento que no hay Dios» (1797). Está la idea de Hölderlin de «… in dürftiger Zeit» («… en tiempos de necesidad») y de la Fehl (falta) de Dios. Nietzsche experimentó la aparición de «el más siniestro de todos los visitantes», el nihilismo. En nuestro siglo, la perspicacia psicoanalítica hizo que Freud pensara en la idea del instinto de muerte. La iniciación personal de Jung en la psicología produjo los «Septem Sermones ad Mortuos». ¿No está nuestra época, y en particular la psicología, marcada por un retorno de la muerte que había sido reprimida por el cristianismo?22

Desde la época del Romanticismo ha existido en el mundo germanohablante una fantasía de Europa como Abendland (Occidente), la «tierra de Hesperia» o «tierra de la tarde». ¿Por qué se imaginó así la Europa cristiana en el momento de su mayor ascenso, cuando estaba a punto de convertirse en el centro del mundo política e intelectualmente, a no ser que con esta fantasía de Abendland quisiera imprimirse en la Europa cristiana la noción de lo que significa Abendland, el país del sol poniente?23 Por lo tanto, sólo es lógicamente coherente que a principios de nuestro siglo24 Oswald Spengler imaginara la Decadencia de Occidente, y que más tarde C. G. Jung hablara de nuestra época benigna. La dirección de esta fantasía colectiva es inequívoca: el declive de Occidente hacia la noche. En estas circunstancias, ¿es psicológicamente legítimo emprender un Morgenlandfahrt (Viaje a Oriente, el país del sol naciente, la «mañana») con Herman Hesse, o propagar con Erich Neumann el desarrollo de la conciencia hacia la luz? ¿No es precisamente éste el camino hacia la benignidad «total»? Porque la oscuridad se convierte en total cuando no es simplemente oscura, sino cuando el carácter mismo de la oscuridad se oscurece de modo que ya no aparece como oscuridad sino como luz. Jung llama a esto el devenir inconsciente de la conciencia (OC 12 § 563, traducción modificada).

A todos los que desean viajar a Oriente les dice Jung:

Me parece mucho mejor confesar nuestra pobreza espiritual, nuestra falta de simbología, en lugar de fingir estar en posesión de algo de lo que no somos en absoluto herederos legítimos. … Así, la pobreza espiritual renunciará a las falsas riquezas del espíritu para apartarse no sólo de los míseros restos de un gran pasado …, sino de todos los atractivos de fragancia exótica, para volverse hacia el interior, donde, a la fría luz de la conciencia, la desolación del mundo se extiende hasta las mismas estrellas. (CW 9i § 28f., traducción modificada)

Ciertamente, es posible escapar de la pobreza de los símbolos, de la pérdida de la fe, del vacío y de la retirada del sentido, mediante algún tipo de Sinngebung (otorgamiento de sentido), es decir, mediante la búsqueda metódicamente perseguida de una experiencia de sentido, por ejemplo, sometiéndose a un «análisis de individuación», en el que incluso esos productos más inocentes, nuestros sueños, son arrojados al ego codicioso para que los drene y consuma con el fin de producir así un sentimiento de sentido en sí mismo. Pero también existe la posibilidad de tener una experiencia de sentido auténtica, es decir, no buscada metódicamente, la experiencia de aquello que se nos ha ido acercando desde hace mucho tiempo: en el nihilismo, en el instinto de muerte de Freud, en la muerte de Dios, en la decadencia de Occidente, en la catástrofe del régimen nazi, en la fría esterilidad de un mundo científicamente interpretado, en la filosofía y el teatro del absurdo, en la destrucción del medio ambiente, en la guerra nuclear y, por supuesto, en la psicopatología.

La falta de sentido no es un hecho empírico, como si la vida hubiera perdido de repente, por alguna razón, el sentido que tenía antes. Más bien, la vida misma es lo que siempre fue. Lo que ha cambiado es sólo nuestra concepción de ella. El sentido y la falta de sentido no son hechos empíricos, sino fantasías arquetípicas o perspectivas desde las que se pueden ver y experimentar emocionalmente los hechos de la vida. Ahora bien, si el sentido y el sinsentido no poseen una verdad objetiva-empírica, sino sólo («sólo»?) psicológica, entonces todas las ideas y fenómenos de decadencia y repliegue mencionados anteriormente han de entenderse como expresiones de una especie de fantasía obsesiva en la que, de forma análoga a los perros del sueño mencionados al principio, algo nuevo intenta entrar en la conciencia del «hombre moderno» para transformarla radicalmente.

Por muy siniestro y extraño que sea, el sinsentido es como un huésped que llama a nuestra puerta pidiendo refugio. Tal vez incluso necesitemos la desilusión a través del vacío espiritual y el sinsentido como algo necesario (not-wendig) que pueda sacarnos (wenden) de la penuria (Not) del punto de inflexión de la historia (Zeitenwende), de vuelta al tiempo re-convertido, re-apropiado, el tiempo de los muertos y de las máscaras, y así al mismo tiempo de vuelta a una forma de vivir la vida bajo la égida de la necesidad predestinada de ser (Ananke), como la sucesora de la idea del «sentido de la vida». Entonces la cuestión ya no sería si la «vida» tiene un significado (es decir, un significado para nosotros, egocéntricamente), sino cuál es el significado o sentido (contenido sensible particular) de los acontecimientos concretos individuales o de las imágenes oníricas en su totalidad. Tal vez la experiencia del sinsentido sea una iniciación al conocimiento desilusionante y liberador de que no somos hijos divinos ni tenemos por qué serlo, sino hombres mortales: «hijos de la muerte» (1 Sam. 26:16) nacidos de la muerte del hijo. Y tal vez la pérdida del centro signifique simplemente un desmoronamiento del totalitarismo ontológico del cristianismo. Tal vez pueda abrirse una visión lejana de una psicología sin ego y sin yo, sin totalidad y sin centroversión,25 sin persona y sin desarrollo, sin sentido y sin salvación, una psicología desprovista de todo este lastre teológico.

Dejar ir

Pero, por supuesto, mucha gente se retraerá ante la idea de seguir este camino hasta su final lógico. ¿Es realmente necesario tirar por la borda todas las nociones de desarrollo y plenitud? ¿No es posible simplemente frenar la unilateralidad y los excesos ocasionales de la teoría del desarrollo? ¿No bastaría con prestar más atención a las etapas particulares dentro del proceso de desarrollo sin renunciar a nuestra orientación hacia la totalidad del proceso? ¿No bastaría con evitar cualquier rigidez del ego allí donde se produzca, en lugar de renunciar a ella por completo? No creo que sea suficiente. No hay otro camino que tirar al niño con el agua de la bañera. Y junto con el niño, tirar el hermoso sueño de la infancia de nuestro desarrollo psicológico en un ego heroico, la unidad de la personalidad, la totalidad del mandala de nuestro yo y de la «totalidad» por completo. Esto no significa que estas ideas tengan que ser desterradas de la psicología como malas o erróneas. Por supuesto que están permitidas. De hecho, puesto que existen, la psicología debe tomarlas en serio, como objetos de su pensamiento. No son ni buenas ni malas, simplemente son. A lo que me opongo es al hecho de que la psicología se identifique con estas ideas y las convierta en los principios de su propio pensamiento.

La desilusión, el vacío, el sinsentido, el hundimiento… ¿se supone que eso es todo? Después de haber desvelado primero la erosión del sentido del mundo provocada por el cristianismo, ¿no estoy ahora yo mismo hablando a favor de una desolación similar del mundo? Esto es lo que muchos lectores pueden pensar. Y yo podría responder, si pretendiera terminar con una nota «positiva», que la desilusión no es un fin en sí mismo, que la oscuridad, cuando se soporta, se convierte en luz, y que, en las acertadas palabras de Heino Gehrts,26 la «espantosa mueca de la Gorgona», si uno se enfrenta a ella y se mantiene a su vista, finalmente «se relaja en una sonrisa». Todo esto puede ser cierto. Pero no pretendo seguir esta línea, como tampoco hablar a favor de la esterilidad del mundo. No quiero hablar a favor (ni en contra) de nada, ni a favor del sentido ni del sinsentido, porque si lo hiciera, sería yo quien hablaría, y con mi inteligente conocimiento anticipado y mi anhelo infantil de un final feliz, me saltaría el verdadero presente. Esto implicaría que me saliera de lo que simplemente es y que siguiera consintiendo la apropiación indebida del tiempo. Así, prefiero dejar que el tiempo hable por sí mismo.

Sucede que lo que oigo desde hace tiempo son sobre todo fantasías sobre la aniquilación. «El desierto crece». No soy yo quien nos empuja a la desolación cristiana del mundo, sino todos los fenómenos mencionados, y muchos otros más. Yo simplemente trato de seguir el ejemplo. Si alguna vez llegara el momento en que la Gorgona comenzara a sonreír, entonces el tiempo presentará por sí mismo esta sonrisa en tantos fenómenos como ahora muestra la desolación y la decadencia, y entonces sería el momento de discutir el tema (omitido en esta discusión) de una posible experiencia genuina de sentido. ¿Es realmente necesario que nos preocupemos ahora por esto? ¿Tenemos que insistir en el «todo», en el cuadro completo, en una visión de conjunto, y con ello alejarnos de nuestro propio presente? ¿No podemos entregarnos al momento presente en su totalidad, por muy unilateral que sea, y devolverle al tiempo la totalidad que le ha sido sustraída, para que pueda tejer un todo a partir de todas las situaciones unilaterales, su propio todo, «en el curso del tiempo»?

La protesta contra la falta de sentido no es en sí misma más que una insurrección mezquina contra el Ser, y la lucha contra la apropiación indebida del tiempo es esta misma apropiación indebida. No es posible volver a la naturaleza, volver a la condición precristiana. Por el contrario, tenemos que reconciliarnos con la malversación cristiana y quedarnos con ella. Si la apropiación indebida no es simplemente actuada (realizada), sino realmente pensada, pensada como apropiación indebida, entonces comienza a volver por sí misma. En el momento en que realmente tenemos en cuenta y reconocemos el hecho de que el «punto cero absoluto» sólo existe en virtud de la apropiación indebida, deja de ser absoluto. Entonces el punto cero vuelve, como un punto único, a la multiplicidad del tiempo original, como un punto que, por cierto, tiene como contenido, y por lo tanto «enseña», la idea de un todo centralizado, lo cual, sin embargo, no significa ni mucho menos que él mismo sea de hecho también ese centro o totalidad. Es similar a la concepción de Jung sobre la neurosis y la individuación: lo importante no es la lucha contra la disociación neurótica, que no haría más que perpetuar la neurosis, sino el reconocimiento consciente de la misma: «Si un hombre se contradice a sí mismo y… sabe que se contradice, está individuado».27

El propio complejo de sentido revela la verdad sobre el sentido y el sinsentido. Al hablar del sinsentido de nuestra época actual, él mismo declara que lo que durante mucho tiempo ha estado esperando impacientemente ser experimentado por nosotros no es en absoluto el sentido, sino el vacío del sinsentido. Al querer utilizar la palabra «utopía» para el sentido buscado, el propio complejo de sentido expone el sentido buscado como utópico e inauténtico. Y cuando sostiene que antiguamente, en el mundo «intacto» de la Edad Media, en la antigüedad o en las culturas primitivas, todavía existía un tejido firme de sentido, entonces esta fantasía arquetípica sobre los buenos tiempos nos da una pista sobre la naturaleza y el locus del sentido. Nos dice que el sentido es arquetípico y, por tanto, fundamentalmente algo anterior, algo que «ha sido» y que nunca es como un presente; y que para nosotros, también, el sentido sólo puede serlo si no tratamos de conseguirlo por nosotros mismos buscando una «experiencia de sentido» sino, por el contrario, nos desprendemos de él y se lo dejamos a los antepasados y a los muertos, que son sus legítimos propietarios.

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1 MDR, p. 178 (traducción modificada).

2 Este documento fue escrito en 1981.

3 En la «discusión filosófica tradicional» se hablaba «sobre todo del significado de algo». «Sin embargo, en nuestro siglo la búsqueda de sentido aparece de una forma nueva, se convierte en algo absoluto y eso es lo nuevo» -Ulrich Mann, «Sinn und Glück», en Suche nach Sinn: Ein Symposion, Herrenalber Texte 28, ed. Wolfgang Böhme (Karlsruhe: Evangelischen Akademie Baden, 1981), p. 73 (traducción mía).

4 Heino Gehrts, «Iniciación», Gorgo 8 (1985): 1-63.

5 Heino Gehrts, «Die Opferung des zeugerisch verbundenen Paares», Gorgo 1 (1979): 32ss.

6 Joseph Campbell, The Masks of God, Vol. 1: Primitive Mythology (Nueva York: Viking Compass Edition, 1970), p. 22. Walter F. Otto, Dionisio: Myth and Cult, trans. Robert B. Palmer (Bloomington, IN: Indiana University Press, 1965), p. 91.

7 «Das wahre Wort«.

8 Jung escribe: «… El prejuicio siempre se inclina a identificar el motivo del niño con la experiencia concreta ‘niño’, como si el niño real fuera la causa y la condición previa de la existencia del motivo del niño. … [L]a idea mitológica del niño no es enfáticamente una copia del niño empírico, … precisamente no es un niño humano» (OC 9i § 273 nota 21).

9 Sobre la diferencia psicológica (que es el equivalente psicológico de la «diferencia ontológica» de Heidegger), véase Wolfgang Giegerich, «Die Gegenwart als Dimension der Seele», Analytische Psychologie 9 (1978): 99-110. Ahora en inglés como «The Present as Dimension of the Soul», The Neurosis of Psychology (New Orleans, LA: Spring Journal Books, 2006), pp. 103-117. Véase también Wolfgang Giegerich, «Der Sprung nach dem Wurf», Gorgo 1 (1979): 49-71, especialmente la nota 8. Ahora en inglés como «The Leap after the Throw», The Neurosis of Psychology, pp. 69-96, esp. nota 7.

10 En cuanto a la distinción entre «óntico» y «ontológico»: «óntico» se refiere al ámbito de los entes, estados, acontecimientos y comportamientos existentes. «Ontológico» se refiere al Ser y a los modos de Ser en los que tales entidades pueden estar. En ciertos contextos, la distinción entre lo óntico y lo ontológico puede ser aproximadamente paralela a la que existe entre los niveles de significado empírico y «metafísico», también a la distinción entre lo literal y lo metafórico/arquetípico. Por ejemplo, la naturaleza, aunque esté ontológicamente muy viva en la actualidad, puede decirse que murió ontológicamente cuando dejó de ser la morada de los dioses, las ninfas y los daimones, y se convirtió en el objeto de la investigación científica.

11 La mayoría de los ritos de la pubertad implicaban pruebas severas, con procedimientos dolorosos que había que soportar, con heridas (circuncisión, imposición de cicatrices, etc.), claras violaciones de la integridad del «niño» y claras interrupciones de la continuidad del desarrollo personal. En algunos lugares, los iniciados se exponían literalmente a una experiencia de muerte ritual al ser enterrados, por ejemplo, durante unos días en una especie de tumba.

12 Véase Wolfgang Giegerich, «Sobre la neurosis de la psicología, o el tercero de los dos», Primavera (1977): 153-174. Ahora en La neurosis de la psicología, pp. 41-67.

13 He tratado el tema de la interioridad en «Der Sprung nach dem Wurf», Gorgo 1 (1979): 49-71. Ahora en inglés como «The Leap after the Throw», The Neurosis of Psychology, pp. 69-96.

14 Shmuel Sambursky, «Das Gespenst des Vergänglichen», Eranosjahrbuch 47 (1978).

15 Sensual: sinnenhaft; con significado: sinnvoll.

16 Confesiones, Libro 10, Cap. 6.

17 Compárese la idea de «Selbst-über-hebung (autotranscendencia, autosupresión)» y «visión de conjunto» en mi contribución a la discusión del politeísmo, Gorgo 2 (1979): 62-69. Ahora en inglés como «Comment on J. Hillman’s ‘Psychology: ¿Monoteísta o politeísta?» en el presente volumen, capítulo 8.

18 En su drama La muerte de Danton (1835).

19 En la época en que se escribió esto, Moscú aún estaba bajo el dominio de los soviéticos.

20 Cartas 2, 19 de octubre de 1960, a Melvin J. Lasky, p. 602.

21 Citado en Benno von Wiese, Die deutsche Tragödie von Lessing bis Hebbel (Hamburgo: Hoffmann und Campe, 1955), p. 673 (mi traducción).

22 Véase el libro pionero de James Hillman, The Dream and the Underworld (Nueva York: Harper & Row, 1979).

23 En particular, «Abend der Zeit» de Hölderlin, «Friedensfeier» (1801-02), «Der Rhein» (1801).

24 Esto fue escrito en 1981.

25 Un término de la psicología de Erich Neumann.

26 En una carta personal.

27 Cartas 2, agosto de 1956, a H. A. Murray, p. 324.

La psicología y el otro

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Introducción a ‘Soul-Violence’, volumen III de sus artículos reunidos en inglés, pp. 1-41

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El volumen 2 de esta recopilación de mis artículos en inglés ya unía dos términos, «Tecnología» y «el Alma», que a primera vista no parecían encajar en absoluto. La insinuación inherente al título de este libro, Alma-Violencia, de que la violencia puede ser un ingrediente intrínseco e importante para el alma, es de nuevo una imposición. Por supuesto, podemos ver y aceptar fácilmente la idea del alma como víctima de la violencia, herida por ella y sufriendola, y también podríamos estar dispuestos a conceder que existe una conexión entre la violencia y la psique, especialmente cuando algo ha ido mal: violencia debida a afectos abrumadores y, por tanto, un percance, violencia como patología, como parte de ciertas perversiones o psicopatías. ¿Pero la violencia y el alma? ¿La violencia quizás incluso como modo de creación del alma? Esto parece intolerable, en sí mismo una violación de la noción misma de alma. La palabra alma no puede disociarse de la noción de alma. Pero la tesis de este libro es precisamente que existe una profunda conexión entre el alma y la violencia. La violencia, al menos en ciertos casos, procede del alma y es su propia y auténtica forma de expresión, de hecho, a veces, una necesidad del alma.

El volumen 1 de esta colección de mis artículos en inglés se ocupaba principalmente del estilo particular del pensamiento psicológico en el sentido de una autorreflexión crítica de la psicología, y el volumen 2 de la cuestión del objeto de la psicología (o de un objeto particular, la civilización tecnológica). En ambos casos, la psicología se presuponía de algún modo como un campo de estudio ya existente. Si queremos encontrar un hilo conductor en la mayoría de los trabajos aquí incluidos, trabajos escritos de forma independiente y para diversas ocasiones, podríamos decir que el Volumen 3, por el contrario, plantea la cuestión de cómo la psicología llegó y llega a existir en primer lugar, o cuáles son, por así decirlo, los requisitos de entrada para la psicología definida como la disciplina del logos del alma, y qué etapas tiene que atravesar la psicología para volver a casa consigo misma, cumpliendo su concepto. En otras palabras, este volumen se ocupa de la génesis de la psicología, que tiene dos aspectos diferentes, la génesis lógica y la génesis histórica. La psicología no ha existido siempre. El interés por la psicología no es en absoluto una constante antropológica, algo que pudiera darse por sentado. Es una adquisición histórica completamente nueva. La necesidad de la psicología surgió sólo en la modernidad, a partir del siglo 19. Jung es probablemente el único psicólogo de los últimos doscientos años que fue plenamente consciente no sólo de la novedad de la psicología, sino también del predicamento que dio lugar a la necesidad y posibilidad de la psicología y que basó su propia concepción de la psicología en esta percepción histórica. En 1928 (o 1931) escribió:

… [T]odo lo que he observado está en el alma; todo, por así decirlo, en el lado de lo interior. Sin embargo, debo añadir de inmediato que se trata de algo peculiar, en la medida en que el alma no está siempre y en todas partes en el interior. Hay pueblos y épocas en los que está fuera, pueblos y épocas que no son psicológicos, como, por ejemplo, todas las culturas antiguas, y entre ellas especialmente Egipto, con su magnífica objetividad y su igualmente magnífica, ingenua y negativa confesión de los pecados. Detrás del espíritu de las tumbas Apis de Saqqara y de las Pirámides no es posible imaginar cuestiones psicológicas, no más que detrás de la música de Bach.

Siempre que exista externamente una forma conceptual o ritual en la que se absorban y expresen todos los anhelos y esperanzas del alma, es decir, por ejemplo, una religión viva, entonces el alma está fuera y no hay problema del alma, del mismo modo que entonces no hay inconsciente en nuestro sentido. Era lógico, por tanto, que el descubrimiento de la psicología tuviera lugar exclusivamente durante las últimas décadas, aunque los siglos anteriores poseían suficiente introspección e inteligencia para adquirir conocimientos sobre hechos psicológicos….

… Pero tan pronto como [el hombre] supera la periferia de su religión local occidental, es decir, cuando su forma de religión ya no puede contener su vida en toda su plenitud, entonces el alma comienza a convertirse en un factor que ya no puede ser tratado por los medios ordinarios. Es por esta razón que hoy en día tenemos una psicología que se basa en hechos empíricos y no en artículos de fe o postulados filosóficos….

… Pero ninguna cultura anterior a la nuestra se sintió obligada a tomar en serio este trasfondo psíquico….. Esto distingue nuestra época de todas las anteriores (CW 10 §§ 158-161, traducción modificada).

La aparición de la psicología como disciplina moderna no puede explicarse simplemente en términos de curiosidad científica humana o como un descubrimiento casual. Más bien, es el resultado de un proceso histórico, a saber, la desaparición psicológica, en primer lugar, del mito y el ritual (las culturas del sacrificio) y, en segundo lugar, de la religión y la metafísica, que produjo una necesidad imperiosa de que el hombre occidental «se volviera psicológico» después de que todas las épocas anteriores, como dijo Jung, habían sido decididamente «no psicológicas».

La diferencia sustancial entre un modo psicológico y otro no psicológico de estar-en-el-mundo la explica Jung con las nociones «dentro» y «fuera». Especialmente porque Jung enfatiza la noción de dos «lados», estas palabras fomentan una imaginación espacial: «dentro» como en nosotros, «fuera» como el mundo ahí fuera, a nuestro alrededor, la dimensión física o cósmica. Esta sería una forma muy preliminar e imperfecta de concebir esta diferencia. Sería mejor entender la psicología como la disciplina de la interioridad, no en un sentido espacial, sino lógico o metodológico. La interioridad aquí no se refiere a la contención en otra cosa, en una especie de recipiente, por ejemplo, nosotros mismos. Significa el proceso o trabajo de interiorizar un fenómeno en sí mismo, en su concepto como su alma. «Externo» y «exterioridad» se referirían, en consecuencia, principalmente a aquel modo en el que los fenómenos no son interiorizados en sí mismos, sino tomados tal como aparecen, en su primera inmediatez, como hechos empíricos, como positividades.

Todo esto ya ha sido expuesto en diferentes lugares y contextos en los dos volúmenes anteriores y en otros lugares. En este volumen, nos centraremos en un aspecto particular de la condición de posibilidad de la interioridad psicológica. Si la psicología es esencialmente el trabajo de interiorizar los fenómenos en sí mismos, está claro que los fenómenos psicológicos tienen la forma o estructura del yo.1 La imagen simbólica de la forma del yo es el uroboros, un «devorador de colas, del que se dice que engendra, mata y se devora a sí mismo» (OC 16 § 454). En este sentido, la forma del yo no necesita a nadie más, no tiene a nadie más, ni siquiera conoce a nadie más. Tiene todo lo que necesita dentro de sí misma, hace todo para sí misma y experimenta todo de sí misma. Es absolutamente autosuficiente. Si se engendra (o da a luz a sí misma) y se mata, y ambas cosas en un mismo acto, es autocontradictoria, dialéctica; existe como autocontradicción. El problema de cómo adentrarnos en la psicología como un pensar en términos de la forma del yo nos implica, por tanto, en la cuestión de cómo tratar, qué hacer con, dónde poner «lo otro». Porque sólo si la psicología logra liberarse verdaderamente del todo del otro, liberarse verdaderamente de ello tan completamente que ya no le moleste y no tenga que mantenerlo al margen, ni siquiera estar vigilante y autodefensiva con respecto a él, llegará a existir.

Esta tarea de librarse de «lo otro» y producir así la interioridad de la psicología requiere cierta violencia, un acto violento, mejor dicho, varios actos violentos, en primer lugar el acto de «matar al niño».

Violencia metodológica: Expulsar al niño y el Otro completamente otro

El trabajo sobre la sombra incluido en este volumen (capítulo 2) comienza con la noción de Jung de que la integración de la sombra es la pieza de aprendizaje psicológico, mientras que el trabajo exitoso con el ánima debe considerarse la obra maestra psicológica. Jung probablemente veía esto en términos de desarrollo personal, del proceso de individuación, pero hay buenas razones para dejar atrás una visión tan personalista y egoica en favor de la noción de la psique objetiva y proceder a comprender la tarea de integrar la sombra y de llegar a un acuerdo con el ánima como las dos etapas iniciales del hacer psicológico, la autorrealización propia de la psicología. La vida del alma no trata de nosotros, de las personas, de los sujetos humanos; trata de sí misma, de su realización objetiva de su concepto y, por tanto, de su devenir psicología. En lugar de ver el trabajo sobre la sombra y el ánima como la aplicación de la psicología a dos temas diferentes, lo que trataría a la psicología como una especie de «readymade», deberíamos ver en este trabajo etapas de la producción lenta y primeriza de tal cosa como la psicología. La psicología no puede aplicarse al trabajo de la sombra porque, a la inversa, es la sombra la que trae el primer indicio de una conciencia psicológica. La psicología está aquí todavía en formación, en proceso de elaboración, en una fase preparatoria. Cuando esta primera formación de la psicología como aprendiz se ha completado, la psicología avanza a la condición de oficial. Pero esto no implica en absoluto que haya terminado con su formación, porque, si seguimos a Jung, ahora tiene que prepararse para su obra maestra, el abordaje de la realidad psicológica llamada «ánima», «alma». Sólo una vez resuelta esta etapa (o mejor, absuelta, en el sentido hegeliano del término) puede hablarse de psicología propiamente dicha.

Pero no todo comienza con este programa de formación en dos fases. Hay algo previo, que es el verdadero comienzo. Para seguir con nuestra metáfora de la formación, podríamos llamarlo examen de ingreso, procedimiento de cualificación. El candidato, la «psicología-a-ser», tiene que demostrar que cumple el prerrequisito para el programa de formación, para el encuentro, primero, con la sombra y, después, con «el ánima». Se trata de un prerrequisito irrenunciable. Es una condición sine qua non. ¿Qué es lo que tiene que demostrar el candidato? Que para ello «el niño» ha sido asesinado, completamente abandonado, de modo que «el niño» simplemente ya no es un tema. Mientras el niño esté vivo, y aunque sólo sea en el fondo de la mente, la psicología no tiene ninguna posibilidad. Por supuesto, esto hay que explicarlo. Sin embargo, antes de entrar en la discusión, permítanme recordar que ya en 1971, James Hillman dio su conferencia en Eranos titulada «Abandonar al niño»,2 y que incluso antes, Jung expresó en repetidas ocasiones, aunque sólo de pasada, su idea de que «el niño» necesita ser dejado atrás. Citaré sólo un pasaje sobre un aspecto del problema, a saber, la preocupación de la psicología por el tema de la infancia y los niños.

En cuanto a la pregunta sobre los niños, ha habido en las últimas décadas tal ruido sobre los niños que a menudo me rasco la cabeza en una reunión y digo: «¿Son todas comadronas y enfermeras?»… Dejen en paz a los pobres niños…. La psicología no es un curso introductorio para enfermeras… (CW 18 § 296 f.).

Es pertinente que este pasaje esté muy cerca de ese otro, revelando uno acerca de dónde se situaba Jung, por contraste («Mi problema es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo» § 279).

En este contexto metodológico, «el niño» no se refiere, por supuesto, al bebé humano real,3 , ni al motivo arquetípico del niño en los mitos, cuentos de hadas y sueños, sino a una orientación lógica, el niño como imagen-concepto. Es necesario mantener «el niño» en este último sentido, como la sintaxis de la conciencia, o una posible forma general de pensamiento, aparte de las muchas y diversas instancias semánticas de «el niño» en el sentido de fenómenos particulares o contenidos de la vida del alma, experiencias humanas específicas. Aquí, en nuestro contexto, el «niño divino» tal como lo discuten Jung y Kerényi, el «niño del alma» de la alquimia que surge de una «cópula superior» y un «embarazo psíquico» (OC 16 § 465), «El tiempo como un niño jugando a un juego de mesa» de Heráclito (Frag. 52, Diels-Kranz), el «niño» de Nietzsche como la tercera de las «Tres metamorfosis», por mencionar sólo algunos ejemplos, todos ellos no desempeñan ningún papel en mi discusión. Tienen su propia dignidad en sus propios contextos.4 Pero aquí sólo me preocupa la cuestión metodológica (no fenomenológica) de cómo una conciencia no psicológica puede convertirse en una conciencia psicológica, es decir, con «el niño» como nombre para la sintaxis general de la conciencia moderna ordinaria.

Si todavía nos mantenemos bastante cerca de la observación fenomenológica, «el niño» en este sentido significa:

– en primer lugar, la inocencia, la ausencia de heridas, la protección, la inofensividad («babe in the woods»), la imagen de lo intacto, la idea de totalidad, de unidad con uno mismo y, por extensión, de continuidad imperturbable;

– como tal, es, en segundo lugar, egocentrismo, egoísmo;

– significa, en tercer lugar, incrustación y contención en el significado, o mejor dicho, ese sentimiento de estar fundamentalmente contenido, que en sí mismo es de lo que trata el «significado»;

– «el niño» trata, en cuarto lugar, de no ser tocado por la necesidad y la responsabilidad; «el niño» quiere jugar en absoluta despreocupación; se guía por el principio del placer; «el niño» desea, desea, sueña con el futuro; espera; desea.

Lo que se desprende de estos rasgos es que el concepto de «el niño» representa, de forma imaginada, el principio de la lógica de la exterioridad y la alteridad y, por tanto, de la positividad lógica.

Puede parecer sorprendente que atribuya positividad al «niño», ya que la descripción que he dado consiste sobre todo en negaciones: in-nocencia, no-herida, no-daño, no-tocamiento, no-cuidado. Pero en cada caso, lo que se niega es la propia negación o lo negativo (daño [nocere], herida, perjuicio, preocupación, restricción por necesidad o responsabilidad). De todos modos, la positividad no es algo literalmente positivo, sino la negación misma de la negación, la exclusión sistemática de lo negativo, del «no» y del «un-«. «El niño» (recuérdese que no hablo del niño real, empírico, sino del concepto) es lo que es porque lógicamente mantiene lo que podría herirlo, lastimarlo, agobiarlo y limitarlo, es decir, negarlo, a priori fuera de sí mismo. Es la estructura de la exterioridad, de la alteridad. Es esencial al «niño» tener su propia restricción, limitación, prohibición, «deber» en los otros literales, sus padres. Es niño porque tiene padres que cargan con toda la responsabilidad, cuidado, autoridad, sentido de obligación, etc. por él. Puede guiarse por el principio del placer porque tiene su propia relación con la seriedad y el carácter de necesidad de la vida «ahí fuera» en sus padres.

Esto significa que el egocentrismo y el egoísmo característicos del «niño» no son en absoluto indicativos de que tenga la estructura del yo. Lo que es verdaderamente un yo, la autorrelación urobórica, no es egoísta ni egocéntrica. El egoísmo requiere y conlleva la relación (excluida, ocluida) con el «otro». En la vida social, el egoísmo se manifiesta, por ejemplo, en la explotación y la imprudencia hacia los demás. «El niño» necesita a sus padres. Sin ellos, muere. Así que lo que permite al niño ser egocéntrico y despreocupado es precisamente su relación con otros literales que, lógicamente, son realmente otros externos porque se mantienen completamente fuera de la propia estructura del niño. Una situación contradictoria: una relación fundamental con lo que, por esta misma relación, se mantiene alejado en el estatus de alteridad.

El deseo y la esperanza tienen en sí mismos la misma estructura de exterioridad. Tienen su objeto (aquello que desean o esperan) lógicamente fuera de sí mismos. Por lo tanto, son impotentes por definición, al igual que soñar con el futuro. Esto contrasta con la voluntad. La voluntad en sí misma sabe lo que quiere porque quiere los medios reales que se requieren para alcanzar su objetivo. La voluntad está dispuesta a hacer lo que sea necesario. Se obedece a sí misma. Desear, esperar y soñar con algo que sería bonito (coniunctivus irrealis) son actividades que se quedan completamente en este lado, el lado del sujeto, y tienen su objeto absolutamente más allá, fuera de su alcance. Estrictamente hablando, ni siquiera podría decirse que al desear uno pudiera desear la realización de su deseo, porque es propio de la naturaleza del desear excluir de sí mismo la noción de lo real. Si tuviera alguna conexión propia con la realidad, no sería desear.

Cualquier «psicología» que parta de la noción de deseos o anhelos como categoría principal puede considerarse como una «psicología» desde el punto de vista del «niño». Y, por lo tanto, es evidente que si piensa seriamente su propio concepto («deseo»), debe llegar a la conclusión de la inalcanzabilidad fundamental, es decir, lógica, del «objeto del deseo» y toparse con la noción de «lo Otro» (lo irrevocablemente otro), dividido por una brecha insalvable, una diferencia absoluta, una carencia fundamental, porque lo Real ha sido excluido por definición del deseo. Puede llegar a glorificar y celebrar al Otro, ahora absolutamente trascendente, mirándolo con adoración, pero con resignación. Esta glorificación del Otro desde la distancia es lo máximo que una «psicología» del deseo puede conseguir en la toma de conciencia de la alteridad. Sin embargo, en su mayor parte, esas «psicologías» evitan la alteridad por completo, «inocentemente» (sin darse cuenta y sin expresarlo), simplemente manteniendo al «otro» fuera.

Tal postura es obviamente incompatible con una psicología con alma, una psicología definida como interiorización absoluta-negativa. Por eso, en el «examen de ingreso» para la formación del aspirante a psicólogo, el candidato tiene que demostrar que «el niño» (la forma lógica o sintaxis de nuestra conciencia cotidiana habitual) ha sido expulsado, asesinado. Ningún puente conduce de la conciencia ordinaria a la conciencia psicológica, de «el niño» a la interioridad, porque «el niño» se define como lo que excluye sistemáticamente la interioridad; establece la brecha insalvable, es decir, la brecha como insalvable. Quien quiera entrar en el programa de formación para la psicología no puede querer rescatar el núcleo más profundo de la postura infantil como algo precioso e inalienable en las condiciones alteradas de la edad adulta. ¿Cómo lo expresó el Apóstol? «Cuando era niño, hablaba como niño, entendía como niño, pensaba como niño; pero cuando me hice hombre, dejé las cosas de niño» (1 Cor. 13:11). Pero la conciencia moderna hizo lo contrario. Se instaló en «lo infantil», habiéndolo destilado y convertido en su forma lógica.

No se trata simplemente de abandonar al «niño». No, sólo se puede empezar si donde uno está ahora «el niño» ya ha sido abandonado, sólo si el deseo, el querer (wishful thinking), la esperanza, el anhelo de rescate y salvación han quedado atrás de forma incontrovertible. Para la psicología, llegar «más allá del principio del placer» no es una meta futura. Estar más allá es su punto de partida, su pasado perfecto. Esta translocación como su acto fundacional debe haber tenido lugar hace mucho tiempo. El deseo no es un concepto psicológico, no es un concepto sobre el que construir una psicología. El alma no desea, no es infantil. Tiene otras preocupaciones. Sólo la psique5 y el ego desean, «el niño» desea.6

Uno de los principales deseos es permanecer firmemente en la unio naturalis, como decían los alquimistas, el punto de vista de la psique subjetiva y el horizonte de los sentimientos y deseos de la persona humana -lo que Jung llamó «el ego». De ahí que los psicólogos junguianos, al enfrentarse a realidades que podrían perturbar o incluso destruir este sentido de unidad, tiendan tan a menudo a recurrir a diversas técnicas para evitar que se produzca esta destrucción. Por ejemplo, ante la espeluznante realidad arcaica de la matanza ritual de seres humanos y animales, se inclinan a dar a esas matanzas sacrificiales una lectura meramente metafórica, privando así a la brutal realidad de su filo psicológico. En el extremo opuesto, frente a la desencantadora y decididamente abstracta civilización tecnológica moderna, proponen cosas como resistirse a «un distanciamiento de la emoción y el instinto», establecer «una relación con nuestras máquinas que incluya el eros, la estética y los ritmos de la naturaleza» y desarrollar «una sensibilidad hacia esas cosas» que «mantendría la tecnología dentro de los límites de la preocupación humana» y, en última instancia, daría lugar a «una tecnología más humanizada».7

Las técnicas utilizadas en este segundo caso son dobles. La primera consiste en un intento de reimaginar, a posteriori, nuestra experiencia real de la tecnología con el fin de absorber lo primordialmente extraño en el horizonte de nuestros sentimientos y expectativas humanos o yoicos familiares, privando así a lo extraño de su alienación y de su efecto alienante. El alma objetiva y sobrecogedora se asimila a un concepto subjetivo e inofensivo de alma, un «alma dulce» a la manera en que «el niño» imagina el alma, un «alma» sin crueldad.

La otra técnica es la reducción del fenómeno de la tecnología al de objetos técnicos tangibles o entidades positivo-fácticas (literales) («nuestras máquinas», «tales cosas»), es decir, la reducción positivista de un fenómeno sintáctico o lógico al nivel de la mera semántica.8 Los niños necesitan lo tangible, lo visible o lo imaginable.

Además de estas reacciones más defensivas ante experiencias que pueden amenazar la unio naturalis o «el niño», a muchos junguianos también les gusta afirmar que tienen acceso a un contramundo positivo y sustancial que afirma la unidad primigenia y el profundo deseo egoico de continuidad ininterrumpida. Esta es la solución esotérica, que hoy sigue con frecuencia los pasos de Henry Corbin. El esoterismo es la teoría (o el sentimiento) de que hemos perdido las verdades reveladoras primordiales, pero que es posible recuperar el acceso a ellas mediante el «encuentro con el ángel». Esta postura, en última instancia profética, que opera con la amenaza de la fatalidad y predica el retorno de lo falso al camino correcto como salida, es incompatible, es más, diametralmente opuesta a lo que defienden la psicología y la psicoterapia: el dedicado y paciente trabajo de destilación sobre la massa confusa (vilis et in via eiecta) para llegar a ser capaz de ver el alma en lo real, el oro en el barro, en lugar de un deseo de desertar y traicionar así lo defectuoso para traer la corrección.9

Todos estos subterfugios están impulsados por el deseo «del niño» de rescatar (o más bien restaurar regresivamente) la unidad primordial del alma consigo misma o el concepto «dulce» de alma del ego o del niño.10 Pero siguiendo la lógica de los dicta alquímicos del tipo aurum nostrum non est aurum vulgi, podemos decir que «nuestra» alma -el alma en un entendimiento psicológico- no es la del niño, ni la del ego. «Nuestra» alma comienza tras un despiadado distanciamiento de la emoción y el instinto y tras la implacable disolución de la unio naturalis.11 Y así, a propósito de la pregunta de Jung relativa a tantos de sus colegas psicólogos: «¿Son todos ellos comadronas y enfermeras?», podríamos preguntarnos si Jung no habría estado más cerca del blanco si se hubiera preguntado directamente: «¿Son (psicológicamente) todos ellos «niños», identificados ellos mismos con «el niño»?».12

En la realidad ordinaria, los exámenes de ingreso son un obstáculo de una sola vez. Una vez superado el examen, uno es libre de proseguir con la formación o los estudios propiamente dichos, dejando atrás de una vez por todas el examen de acceso. Mi énfasis en el «pretérito perfecto» en relación con el examen de ingreso en psicología podría incluso intensificar esta sensación de obstáculo único, un obstáculo que debería haberse superado de una vez por todas. Pero el examen de acceso a la psicología no es un logro temporal literal que hace avanzar a una persona a un nuevo estatus. Como movimiento lógico y metodológico de la conciencia es una tarea perenne, porque cada vez que queremos abordar psicológicamente un tema concreto, tenemos que pasar de nuevo esta prueba (e incluso pasar de nuevo por el «entrenamiento posterior»). No se puede expulsar al «niño» de una vez por todas. Es nuestro estado de ánimo ordinario habitual en la modernidad al que inevitablemente siempre vuelve la conciencia en nuestra vida. Y por esta razón tenemos que pasar por todo el proceso de entrar en la psicología mentalmente desde cero, una y otra vez en cada instancia particular de nuestro esfuerzo por hacer psicología. La noción de «pasado perfecto» no es más que el recordatorio de que la entrada en la psicología no tiene el carácter de una transición, sino de una translocación radical, de un trasplante. Pero lo que quiero decir aquí no sólo se aplica al examen de ingreso. Es igualmente válido para las ideas de Jung de aprendiz (sombra) y obra maestra (anima/animus). Aunque también ellas tienen un lugar en la historia real del alma objetiva, no se refieren meramente a acontecimientos literales de una sola vez, sino que son en conjunto momentos lógicos intrínsecos de cualquier comienzo de un trabajo psicológico particular.

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate («Dejad toda esperanza, vosotros que entráis aquí») es la inscripción, no sólo sobre la puerta del Infierno de Dante, sino también sobre la entrada a la psicología, si ésta ha de ser una psicología con alma. Se podría objetar aquí que en Dante esta inscripción sólo es válida para los que están en el Infierno, mientras que el propio Dante es precisamente conducido más allá, al Purgatorio y finalmente al Paradiso, donde incluso se le permite contemplar la luz más alta. Pero yo sugeriría que es para el propio Dante en su camino a través del infierno para quien esta inscripción está destinada principalmente, Dante que tuvo que aprender como primera lección a renunciar a cualquier esperanza, porque su paso por el Infierno no es un viaje de observación, sino parte de su iniciación; lo que ve no son meros hechos objetivos, sino también un mensaje para él. Esta lección de sobriedad y objetividad fue la base y la condición previa para su posterior viaje hacia la plenitud final. Del mismo modo, dejar atrás la esperanza como billete de entrada a su curso de formación no condena a la psicología al opuesto abstracto de la esperanza, la desesperación, al pesimismo absoluto y a la falta de alegría. En primer lugar, no nos preocupan las emociones humanas, ni la esperanza como emoción, ni la desesperación. Nos preocupa la lógica del «niño», a la que pertenece la esperanza en el sentido de postura y modo lógicos; lo que realmente está en juego en este examen de ingreso es simplemente que esta lógica que tan poderosa y persuasivamente informa nuestra conciencia moderna habitual se muestre superada.

Más arriba, al hablar de las psicologías que operan con los deseos y el deseo como nociones fundamentales, puse la palabra psicologías entre comillas. Lo hice porque no son psicologías con alma y desde el punto de vista del alma, sino psicologías desde el punto de vista del ego. Pues es «el niño» lo que está detrás de lo que llamamos «el ego» (en contraposición al yo).13 Los términos «niño» y «ego» son más o menos intercambiables (siempre que nos mantengamos en un discurso metodológico, donde «el niño» se refiere a la sintaxis de la conciencia moderna ordinaria). Es «el niño» el que aporta la autoidentidad abstracta y rígida del ego, una autoidentidad que tiene la diferencia o la alteridad absoluta y literalmente fuera de sí misma porque la diferencia entre identidad y diferencia, el yo y el otro, es establecida por él como alteridad total, oposición no dialéctica: disociación. «El niño» suministra automáticamente a la conciencia la infraestructura de la disociación que todos los movimientos de la conciencia tienen que seguir inevitablemente. Establece e insiste en que uno mantenga las exigencias de la lógica formal de no ambigüedad y coherencia unidireccional.

¿Por qué «el niño» significa disociación y exterioridad? Porque «el niño» sustantiva, cosifica. «Ontologiza», es decir, trata como entidades lo que para un pensamiento psicológico son momentos lógicos en la fluidez de la vida anímica. Practica un pensamiento que establece los temas del alma en analogía con la lógica de las cosas; en otras palabras, imagina pictóricamente. Como éste es su modo, se esclaviza a las ideas o formas de la intuición, el espacio y el tiempo, como su amo supremo, espacio y tiempo que como extensión son pura exterioridad. Si tiene que imaginar «lo otro» en términos de espacio, está necesariamente disociado, allá, separado por una brecha insalvable y para siempre inalcanzable, indecible, impensable, inasimilable.

Por el contrario, el presupuesto metodológico de la psicología es que el alma tiene «lo otro» como su propio otro o como lo otro de sí misma dentro de sí misma, que su identidad es la identidad de la identidad y la diferencia. «Sí mismo» y «otro» no están divididos por una brecha insalvable. El otro es en sí mismo «yo», el alma misma.

El «niño» no puede pensar la ruptura lógica, el hiato histórico, la discontinuidad real, la muerte de Dios o de los dioses, porque -para algunos esto puede parecer paradójico- sintácticamente él mismo es la diferencia y la alteridad, él mismo «el otro» en el sentido de que actúa la diferencia o la disociación, manteniendo constantemente «el otro» ahí fuera y manteniéndose a sí mismo separado y libre de él. Practica la alteridad, y por eso debe -semánticamente- ver las cosas en términos de continuidad, totalidad, crecimiento, desarrollo, mera transición natural y autoidentidad (capítulo 1).

Subrayé que fue la conciencia moderna la que se instaló en «el niño» como su sintaxis. De hecho, esto es peculiarmente moderno. Por mucho que el motivo arquetípico del niño pudiera haber desempeñado un papel significativo en épocas anteriores, éstas no cultivaron «el niño» como forma lógica de conciencia.14 Quizá la prueba más flagrante y arcaica de ello sea la antigua institución del sacrificio del primogénito (véase el capítulo 4), que se remontaba en el tiempo al menos hasta alrededor del año 7.000 a.C. y era practicada por los egipcios, los fenicios, los amonitas, los moabitas, los israelitas, los galos, los celtas irlandeses y otros. «Conságrame a todos los primogénitos; lo primero que abra el vientre entre los israelitas, de seres humanos y animales, es mío» (Ex. 13:2). Muchos de los miles de huesos de niños sacrificados excavados por los arqueólogos van acompañados de inscripciones que identifican a las víctimas como primogénitos de familias nobles. También encontramos reflejos de esta antigua costumbre en los cuentos de hadas (Rumpelstiltskin: «Entonces prométeme, si llegas a ser reina, tu primer hijo»).15 ¿Por qué el primogénito? Creo que la explicación es obvia. El primogénito es, por así decirlo, el hijo al poder de dos: primer comienzo absoluto, promesa de crecimiento, poderosa invitación a albergar esperanzas futuras, afirmación de la continuidad de la propia familia. Al obligar a la gente a matar sacrificialmente a su primogénito, el alma cortaba de raíz una conciencia «infantil» potencialmente emergente. No se permitió que el acontecimiento empírico particular («contenido semántico») del nacimiento de un niño se convirtiera en un símbolo y sedujera así a la conciencia hacia una sintaxis general en términos de «el niño» (continuidad, esperanza, integridad, crecimiento, etc.). Más bien, lo que se convirtió en símbolo fue el asesinato del niño o, más bien, el niño asesinado. Todos los nacimientos posteriores se producirían entonces sobre la base de la matanza sacrificial ya realizada y, por tanto, eran psicológicamente neutros, no problemáticos. La conciencia se había instalado en el «pasado perfecto» del «niño». Antes de que existiera tal cosa como la psicología, ya había pasado el examen de ingreso para ella, aunque sólo en el nivel de la actuación ritual.

El asesinato literal y el propio otro

Al desarrollar su concepto de «la sombra», Jung estaba claramente más allá del Otro totalmente otro que es inherente al «niño», aunque normalmente esté totalmente oscurecido. La sombra, por su propio concepto, está inseparablemente unida a aquello de lo que es sombra. Es el mismo sol que a la vez ilumina a un hombre y proyecta su sombra. Esta última puede desaparecer si el sol se va, pero no puede ser enrollada y arrebatada como una cosa separada de la persona cuya sombra es, excepto, como en la historia de Chamisso de «Peter Schlemihl», por el diablo. Ya en 1912, Jung hablaba de la «sombra del alma» (CW 7 § 438 y 439, traducción modificada) y de la «profunda división y desunión del neurótico consigo mismo» (ibíd., cursiva de Jung, omitida en CW). Y en 1934 escribió: «Pero esta ‘otra’ personalidad es precisamente lo que nunca debe perder de vista, pues es su propia antítesis interior….. En la neurosis se esconde nuestro mejor enemigo o amigo» (CW 10 § 359, traducción modificada).

Con la noción de la sombra y la correspondiente visión de Jung de la neurosis hemos avanzado hasta el concepto del propio otro. La sombra no es totalmente otra, absolutamente fuera de nuestro alcance; es nuestro mejor enemigo o amigo, a priori íntimamente conectado. El concepto de sombra equivale, pues, a la primera interiorización del otro. Y así se alcanza el terreno a partir del cual puede comenzar el propedéutico de la psicología, pero todavía no más.

A pesar de la interiorización, aquí sigue habiendo un otro, y este otro sigue siendo realmente otro, pero ya no absolutamente disociado, dividido por una brecha insalvable. Para ser exactos, sólo empírica o experiencialmente es otro, mientras que lógicamente ya es uno mismo. Una identidad lógica -literalmente el sol, psicológicamente en última instancia el alma- a priori supera aquí la brecha experiencial de la alteridad o diferencia, abarcando y manteniendo sus dos extremos dentro de sí misma. Y, a la inversa, es esta discrepancia interna del alma entre la alteridad experiencial (como identidad desconocida, no realizada) y la identidad realmente imperante, o la discrepancia entre la (in)verdad empírica -y, por tanto, explícita- y la única verdad lógica implícita, la que proporciona un malestar interno que espolea la vida del alma para superar su propia discrepancia interna, su desunión consigo misma, es decir, para alcanzar también empíricamente su verdad lógica. Este proceso tiene la forma de una integración gradual de la sombra-como-lo-otro en la conciencia empírica, pero esto, sin embargo, no debe entenderse como una simple subsunción o embolsamiento de la sombra, una especie de almacenamiento en la conciencia como un recipiente dado, sino como un movimiento dialéctico, contradictorio, por el cual, en la medida en que la sombra se integra empíricamente y se interioriza en la conciencia, esta última se aproxima a la primera y se asimila a ella (vuelve a casa plenamente), transformándola así.

Cabría esperar que esta interiorización se produjera en forma de acercamiento y de una voluntad cada vez mayor de abrazar al otro. Pero nada más lejos de la realidad. La interiorización, la integración, se produce como lo contrario de sí misma, como una lucha violenta contra el otro, es más, en forma de matarlo. Es el ego o «el niño» el que imagina un proceso de unificación que adopte la forma de un intento de acercamiento, la forma de una reconciliación, tal vez incluso de amor. Este pensamiento es coherente con las leyes de la lógica formal y las reglas que son válidas en la esfera de la positividad. Pero el alma no es nada positivo. El trabajo del alma es un opus contra naturam. Siendo ella misma absolutamente negativa, también tiene que realizarse a sí misma y a sus proyectos de forma negativa, moviéndose en la dirección opuesta. La sombra sólo puede llegar a la conciencia si ésta hace todo lo posible para mantenerla fuera o incluso para deshacerse de ella. La resistencia, la violencia o, por el contrario, la huida es el modo que tiene el alma de acercar los opuestos. Es como si el alma dijera: «Haz la guerra, no el amor».

Esto es así, necesariamente así, porque el alma aspira a una integración psíquicamente real, una integración que, habiendo sucedido de hecho, habla por sí misma y no necesita del buen sentido subjetivo de la gente, de lo que piensen o sientan. Haz el amor, no la guerra es un programa del ego y una expresión de deseo impotente del «niño». Está en las nubes. El alma no tiene sitio para ese idealismo infantil. Se ocupa de su propia realidad objetiva. Quiere una transformación real de la constitución de la conciencia. Y tal cambio no puede llevarse a cabo mediante los sueños altisonantes del ego sobre lo que sería deseable, sino sólo desde abajo, mediante el trabajo cuasi químico del alma con la materia real, un trabajo que es contranatural y una via negativa, un trabajo de negación y, a menudo, de violencia (desmembramiento, pulverización, desollamiento, putrefacción, mortificatio, quema y cocción, corrosión, corrupción, evaporación, etc.) (Capítulo 2).

Podemos llevar estas últimas ideas sobre el trabajo de la negación y la violencia un poco más lejos. Jung afirmó una vez: «Todos los pasos adelante en la mejora de la psique humana se han pagado con sangre».16 ¿Qué implica esto? El avance de la conciencia, el ascenso del alma a nuevos niveles de su propia constitución, exige un alto precio. Hay que pagar un precio real, y la moneda con la que hay que pagarlo es la sangre, el dolor, la pérdida, la destrucción. La guerra es el padre de todas las cosas, decía Heráclito. El movimiento del alma no puede concebirse sin violencia (literal). Los pasos adelante en el desarrollo del alma no ocurren «ahí arriba», en el nivel de nuestros sueños y su análisis, el desarrollo y el refinamiento de nuestra conciencia, nuestras imaginaciones, nuestras percepciones, nuestros ideales, valores y deseos; todo esto son cosas del ego, sólo importantes para la psique subjetiva. Estos avances se producen abajo, «aquí abajo», en el nivel de los procesos y acontecimientos históricos reales: las guerras religiosas, las revoluciones francesa, industrial y rusa, los cambios económicos y sociales, las innovaciones técnicas, los desafíos contenidos en las grandes obras de arte y filosofía. «Estrecho es el mundo, pero ancha la mente. / Los pensamientos coexisten fácilmente, / pero en el mundo espacial las cosas chocan violentamente».17 Para Jung, la vida del alma es, en última instancia, «el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana» (OC 18 § 279). Monstruo, serpiente, carga: lo que pensamos, cuáles son nuestras actitudes, intenciones e ideas, si estamos a favor o en contra, de hecho, si algo sería en verdad deseable y es de hecho moralmente correcto no es tan importante. Es la arrogancia y el egocentrismo del ego o del «niño» creer que «lo que debería ser» es, simplemente porque debería ser, lo importante, que uno podría así como así exportar la democracia y los derechos humanos a sociedades tribales predemocráticas y simplemente exigir paz y un «mundo justo» en manifestaciones, o cantar vanamente «¡Wir sind das Volk! – Nosotros somos el pueblo!». ¡Qué delirios! ¡Qué inflación! Tales demandas abstractas van insensiblemente, indiferentemente por encima de lo real en su materialidad terrenal. Están en el aire y traicionan una falta de respeto fundamental por la gravedad estable de lo que es, los poderes que son, el peso y el poder de lo real. Una falta de humildad y de amor.18

¿Por qué la guerra es, psicológicamente, el padre de todas las cosas? Porque las fuerzas reales contenidas en una situación dada tienen que tener su libre interacción, y eso en la realidad brutal, no sólo en la mente. Tienen que luchar. La naturaleza somete a la naturaleza. En su batalla consigo misma tiene que salir a la luz más allá de toda duda qué es precisamente lo que ha sido derrotado y que realmente lo ha sido y, por tanto, ha quedado obsoleto, y, a la inversa, qué es lo que ha salido victorioso. Igual que la vida en la evolución biológica, así el alma en su movimiento histórico progresa por el camino difícil, a través de muchos errores, pérdidas, víctimas, mucho despilfarro y sufrimiento sin sentido. No hay atajo fácil, no hay plan maestro, no hay ruta ideal directa a la meta, de hecho no hay meta clara en absoluto, sino sólo una agitación inquieta y un enraizamiento del espíritu hacia niveles superiores. Lo que los alquimistas llamaban «naturaleza» y nosotros llamamos alma o psique objetiva no se deja impresionar por lo que está bien o mal, por lo que nos parece razonable y justo y queremos prescribir para su desarrollo. Y no necesita nuestra sensatez, nuestra mentalidad inocente y bondadosa. Funciona por sí misma, por debajo de nuestras emociones, anhelos, nuestras buenas acciones y designios (aunque a veces incluso a través de nuestras emociones y designios egocéntricos como sus instrumentos). Además, no tiene prisa; puede vivir durante siglos con ciertas heridas abiertas, con problemas o conflictos sin resolver antes de acabar resolviéndolos.

Este tema general fue con el que Jung luchó en sus últimos años en su crítica a la Trinidad y su defensa de una cuaternidad. Jung desarrolló un claro sentido de la necesidad de bajar a la tierra, de ver y honrar lo Real. Y a la inversa, vio el peligro de quedarse en la esfera de la idealidad. El problema con (y el grave error de) sus ideas sobre este tema es sólo que proyectó lejos de la tierra y hacia el cielo arquetípico precisamente el tema de bajar a la tierra, de la Sombra como Cuarto, de la tierra y la materia, y del Mal. En otras palabras, lo proyectó paradójicamente fuera de la propia psicología hacia su mitología y, por tanto, hacia el país de las nubes. Semánticamente, insistió en la Sombra y la materialidad de la tierra, pero sintácticamente, se protegió a sí mismo y a nosotros de esta insistencia encajonando el problema de forma segura como uno de la Divinidad («la Sombra de la Divinidad»). De este modo ocultó con éxito el hecho de que de lo que estaba hablando en realidad, aunque involuntariamente, era de la propia psicología o «el alma» (ya que cualquier discurso psicológico siempre habla sólo de la propia psicología, es decir, del logos de «el alma», no de otra cosa, ni de las personas, ni de los dioses, ni del universo, etc.). Así, al hablar de la sombra de Dios, en realidad se refería a la sombra o a la crueldad del «alma», a su terrenalidad, a su realidad, a su materialidad, a su inmersión en el proceso histórico real, social, económico, intelectual. Jung estaba obviamente impulsado a dar expresión de hecho, pero involuntariamente, a un punto de vista que tendría que ser llamado materialismo psicológico, pero inmunizó a la psicología contra dejar que este punto de vista volviera a casa por sí mismo, metiéndolo reductivamente, y archivándolo, en sólo un contenido muy especial de la psicología, la imagen de Dios. Jung estaba realmente preocupado por aquello de lo que acusaba (¡falsamente!) al cristianismo y a la Trinidad, el punto de vista psicológico de un mundo superior, meramente ideal, de pensamiento abstracto que sólo era luz sin oscuridad. Y tenía razón en estar preocupado por ello. Pero al mitificar este problema, él mismo allanó el camino para la abstracción y la libre flotación de la psicología junguiana que vino después de él, una psicología de mitificadores19 vendida a «lo imaginal» y «los dioses (o más bien ‘Dioses’)». ¿Qué es «lo imaginal» (en su forma, no en su contenido) sino precisamente ese mundo puramente superior, puramente «blanco», por el que Jung atacó a la Trinidad cristiana, un mundo sin tierra ni materialidad, en otras palabras, que tiene lo Real fundamentalmente fuera de sí mismo, de forma parecida a como los conceptos abstractos tienen su referente fuera de sí mismos (aunque de forma diferente)?

La pregunta es: ¿dónde está «el alma»? ¿Está en las imágenes arquetípicas, en última instancia intemporales, o está en el proceso histórico real, en la economía, en la tecnología, en la vida realmente vivida? ¿Se refiere la «psique objetiva» a los arquetipos, o apunta a la dinámica lógica inherente que anima lo que realmente sucede o se produce como obras existentes («obras» como, por ejemplo, en «obras de arte»)?

El asesinato como asesinato negado y el otro propio del alma

En el momento en que la sombra ha sido experimentada o concebida, entramos en la esfera de la lógica de «lo otro de sí mismo», de un otro que es el propio otro del sujeto. Por ser «propio», su alteridad se ha interiorizado y ya no se encuentra en el estatuto de la exterioridad lógica. Sin embargo, mientras la situación psicológica se presente como una situación de sombra, la sombra sólo es el otro propio del yo (de la persona empírica), no del alma. Se trata, ciertamente, de una forma de alteridad ya interiorizada, siendo uno claramente el propio otro del otro y no totalmente otro. Pero en la medida en que se trata de la relación entre el yo y la sombra, toda esta alteridad interiorizada, o la «propiedad» fáctica que el otro tiene para el yo, sigue siendo percibida desde el punto de vista del yo; la alteridad y la exterioridad ya no tienen la forma de «el otro», es decir, de un polo de la relación. Tiene la forma de toda la relación misma entre el uno y el otro (ya interiorizado). Ambos opuestos, ego y sombra, por cierto, ya se pertenecen mutuamente. Pero son exteriores al alma. El ego es el alma en forma de alteridad, exterioridad, y como fundamentalmente alienada de sí misma. Esta es, por supuesto, la razón por la que, mientras se trate de la sombra, todavía estamos sólo en la etapa de la propedéutica de la psicología. El terreno de la psicología propiamente dicha sólo se habrá pisado cuando todo el nivel del yo y de la sombra se haya hundido y la conciencia haya descendido objetivamente al nivel del ánima.

Cuando esto ha sucedido, toda la oposición se ha interiorizado en el alma. La conciencia ha abandonado el punto de vista del ego y ahora experimenta y piensa desde el punto de vista del alma misma. La integración completa de la sombra en el ego no significa que la alteridad haya desaparecido. Sólo ha desaparecido la alteridad de la sombra y el ego, pero no la alteridad en sí. Es ella, la alteridad (en lugar de «el otro»), lo que ahora se ha interiorizado, de modo que en el nivel del ánima o del alma el otro aparece una vez más, aunque bajo una apariencia muy diferente, a saber, como el propio otro del ánima o del alma, el ánimus. Sus nombres ya muestran que en el fondo son idénticos.20 Y esto, su identidad global, se piensa explícitamente en la noción de la Sizigia. Aparte de la sombra, que era experiencialmente un otro de pleno derecho a pesar de ser ya implícitamente el propio otro del ego, la relación entre animus y anima es ya explícitamente la autorrelación del alma. En ambos lados tenemos lo mismo, alma (anim-). Sin embargo, hay una diferencia (-a frente a -us), lo que crea de nuevo una inquietud que espera la disolución de su diferencia a través de su integración en el otro. Esta es la segunda parte de ahora sobre el hogar del alma.

De nuevo, la relación entre ambos y su acercamiento se produce negativamente, a través de la violencia, del asesinato. El ánimus, en su naturaleza más íntima, es el asesino del ánima. Pero como ahora estamos en la tierra natal del alma y ya no en el nivel del punto de vista del ego, esta matanza ya no es literal, una matanza positiva como en la lucha del ego contra la sombra. El alma en este nivel niega su propia negación y no el otro lado de la Sizigia. “Mata» al ánima, pero sólo matando a su asesino, el ánimus, e incluso matando a su matanza, o mejor dicho, no a ellos, sino a su positividad, porque el ánimus y su poder de matar viven en el ánima, que así deja de ser ánima y se convierte en alma pura y simple o en mente. Una vez logrado esto, la «obra maestra» ha concluido; el adiestramiento de la psicología ha terminado. Ahora puede liberarse a la independencia (capítulo 3).

Lo que he descrito aquí va, por supuesto, más allá de Jung. Hay que señalar tristemente que mientras Jung en su psicologización había dejado claramente atrás «el niño» con su Otro absoluto y era capaz de concebir la sombra (y la neurosis) como «el propio otro,»y si bien además fue capaz de captar intuitivamente que la superación real de la sombra transportaba ipso facto la conciencia al nivel del ánima, al menos en su teorización21 no fue capaz de ser realmente fiel a ese nivel, es más, obstruyó sistemáticamente el camino a su ulterior despliegue y violó su propia percepción de la Sizigia. Ya he tenido ocasión de señalar en una nota a pie de página que estableció el ánima y el ánimus como fundamentalmente diferentes al dejar que sólo existieran en distribución complementaria, el ánima exclusivamente en los hombres y el ánimus exclusivamente en las mujeres, vinculando así ambos al ego. Esto no es sólo una terrible mésalliance. Es sobre todo también un divorcio de su Sizigia. Metodológicamente, significa una recaída, en esta área en particular, en el punto de vista del «niño» y su brecha insalvable, porque ahora el ánima y el ánimus están absolutamente separados, cada uno reservado para un sexo separado. Ya no es posible que se unan. La psicología práctica entonces la segregación; obtenemos una psicología del apartheid. Y al vincular el ánima y el ánimus con las personas (es decir, con los seres positivamente existentes) en lugar de entre sí, la psicología está condenada a ser personalista y atrapada en el positivismo de la falacia antropológica. Se excluye la ulterior interiorización de los contrarios del alma y la interiorización del alma en la negatividad absoluta.

Jung avanzó hacia la comprensión de la sinergia del ánima y el ánimus. Pero no veo que esto le hiciera revocar su anterior visión personalista de ellos. Pero ni siquiera cabe esperar que, como teórico, Jung pudiera renunciar realmente al punto de vista del «niño» y a su absoluta alteridad. En Recuerdos, sueños, reflexiones, es decir, en textos de sus años muy tardíos, encontramos afirmaciones típicas de él que muestran claramente que al reflexionar teóricamente, al hablar como pensador sobre la postura de la psicología, su pensamiento estaba estructurado por la exterioridad «del niño». «La psique no puede saltar más allá de sí misma» (p. 350). «… [L]a psique… en ningún momento ha salido realmente de sí misma….. [No podemos ver más allá de la psique. La ciencia está tácitamente convencida de que existe un objeto trascendental no psíquico» (p. 351). «… [T]enemos buenas razones para suponer que detrás de este velo existe el objeto absoluto no comprendido…» (p. 352). Jung es obviamente incapaz de ver que se contradice a sí mismo y que él mismo está haciendo lo que sus afirmaciones explícita y categóricamente niegan que sea posible. Está planteando y operando con un «más allá» absolutamente inalcanzable. Como científico, está convencido de que existe un objeto trascendental no psíquico. Esta convicción es en sí misma el acto de saltar más allá de la psique. Si Jung se hubiera atenido a su propia afirmación, no podría haber sabido de este supuesto velo y de que existe «el objeto absoluto» tras él. Se trata de una afirmación «metafísica».

Así pues, vemos que hay dos fallos básicos. El primero es que Jung, como teórico, traiciona la interioridad absoluta del alma, para la que simplemente no hay ningún otro real, ningún «fuera de sí misma». Su interioridad es absoluta. Tiene lo exterior dentro de sí. Teóricamente, Jung no fue hasta el fondo del alma en términos de la perspicacia que Hegel expresó cuando dijo: «Es manifiesto que detrás de esa llamada cortina que se supone oculta el mundo interior, no hay nada que ver a menos que nosotros mismos vayamos detrás de ella….».22 Como Jung no siguió avanzando tras su supuesto velo, no llegó al «mundo interior», es decir, no llegó a la interioridad absoluta-negativa del alma. Pero, permaneciendo frente a este velo imaginado, necesitó especular sobre lo que podría haber detrás de él y, en consecuencia, tuvo que imaginarlo (a) como algo externo («fuera», «el objeto absoluto», «el objeto no psíquico, trascendental») y (b) como algo endurecido, rigidizado y sustanciado en «hecho». La exterioridad es el resultado de su negativa a entrar, a dar un paso detrás de su velo imaginario. Jung se reservó.

El segundo fallo es la suposición de que la psique no puede saltar más allá de sí misma, y que en ningún momento ha salido realmente de sí misma. Pero, ¡claro que la psique puede salir de sí misma y saltar más allá de sí misma! De hecho, esta capacidad es una de sus características esenciales. Es muy normal. Lo normal es que partamos del punto de vista de la exterioridad, la positividad, la pragmática de la vida cotidiana y la voluntad de supervivencia del «ego» (en el sentido más amplio de la palabra) y tengamos que hacer un esfuerzo consciente para encontrar nuestro camino hacia el alma. ¿Qué es el «ego» sino el alma exteriorizada, el alma que ha saltado fuera de sí misma? ¿Y qué son las ciencias naturales sino la experiencia del mundo desde fuera, desde el punto de vista de la exterioridad total, el punto de vista del «yo»? ¿Qué es la neurosis sino un alma que ha saltado sistemática y deliberadamente fuera de sí misma? ¿Acaso no nos da el propio Jung una demostración perfecta de que la psique se ha salido de sí misma cuando se muestra a sí mismo de pie fuera frente a su velo imaginario sin atreverse a entrar? Incluso tal afirmación de Jung «de que estamos irremediablemente encerrados en un mundo exclusivamente psíquico» (p. 352) está hecha desde fuera y juega con la idea de un afuera. Si uno está realmente dentro, no se siente ni se imagina encerrado, y mucho menos «sin remedio». Sólo quien anhela salir puede hablar así. Pero si anhelas salir, psicológicamente ya estás fuera, te imaginas un exterior habiendo abandonado así la interioridad del alma. Imaginar no poder saltar fuera es este mismo salto. ¿Por qué? Porque interpreta la relación de dentro y fuera no dialécticamente como la yuxtaposición espacial y lineal de dos habitaciones separadas por un velo, mientras que estar verdaderamente en el alma significa pensar en términos de su lógica dialéctica, pensar urobólicamente.

Desgarrar el velo – el proceso histórico real como el otro del alma

El paso de la partida del «niño» a través de la «sombra» y la sizigia del ánima y el ánimus fue un desarrollo enteramente anímico-interior. Lo que presenté con estos grandes pasos fue una descripción de etapas de la génesis lógica de la psicología, el camino hacia su interioridad. Ahora desgarramos el «velo» de Jung, que debía ocultar el objeto, para pasar nosotros mismos detrás de él. El camino hacia el «mundo interior», hacia la interioridad del alma, no es una calle de sentido único, una cuestión de atraer al «otro» desde fuera. Para completarse y realizarse, requiere que nosotros, el sujeto, entremos en la noción de lo externo, de lo otro. Saltamos la brecha, traspasamos la barrera, alcanzamos impúdicamente el más allá; es otro tipo de violencia o violación.

Las ideas de la brecha insalvable, de la barrera, de la diferencia absoluta, del velo o la cortina son objetivaciones de la resistencia del sujeto, es más, del rechazo a entrar (inire: iniciación), del rechazo a arriesgarse y jugarse, a llevar su propio corazón y alma más íntimos a, es más, dentro del objeto. Es su autoconservación subjetiva y el egocentrismo (lógico), así como la timidez (teórica) del «niño», lo que aparece de forma cosificada frente al sujeto como un obstáculo existente, un velo o una barrera. El sujeto prefiere seguir siendo el observador de este lado del objeto de más allá, en el caso de Jung el observador empírico de los hechos psíquicos.

En el momento en que te detienes ante el objeto y, de este modo, proyectas involuntariamente tu propia contención como un velo objetivo, el objeto que se supone que está detrás del velo queda inevitablemente mistificado. Lo que se imagina que está ahí se convierte epistemológicamente en el gran desconocido e incognoscible, lo inalcanzable, el Otro absoluto, el objeto trascendental, y a menudo también emocionalmente en «lo sagrado», la «numinosidad» absoluta de ciertos psicólogos populares. Este «sagrado» emocionalizado moderno es también el resultado y la objetivación de una falta subjetiva de autoabandono, de autoentrega por parte del sujeto (psicólogo), su autointeriorización en el objeto como el otro. «Siempre tienes emociones cuando no estás adaptado. Si estás adaptado no necesitas emociones».23 Del mismo modo, podríamos decir: «Si entras de verdad, no necesitas «lo sagrado»». La interioridad del alma necesita nuestra dedicación, devoción, que abramos nuestro corazón a lo que estudiamos. Cuando esto ocurra, no habrá mistificación, sino verdadera y sobria interioridad.

La verdadera interioridad del alma se alcanza a través del doble movimiento contradictorio (bidireccional) de interiorizar al Otro desde fuera24 y transgredir impúdicamente el límite de la brecha insalvable para entrar en el objeto proclamado totalmente trascendente, el doble movimiento de interiorización y de implacable salida (teórica) en el sentido de una entrega. Sólo así puede alcanzarse la interioridad absoluta, esa interioridad «absuelta», liberada, de la oposición interior-exterior. Mientras veamos sólo el lado de la interiorización, podría parecer que la psicología se ocupa sólo de una mitad de la oposición interior-exterior, de lo interior, y que lo exterior queda ahí fuera. Pero una interiorización o interiorización plena no teme a lo externo. No lo excluye ni se protege de él. Al contrario, se extiende y abarca el objeto real, porque también en él el alma encuentra su interioridad.

Jung afirmó, en lo que llamó expresamente «reflexiones teóricas sobre la naturaleza de lo psíquico», que «[l]a individuación no excluye, sino que incluye el mundo».25 Dudo que Jung, en la medida en que era un teórico, estuviera justificado para hacer esta audaz afirmación, porque sólo la afirmó sin ser capaz de decirnos cómo, precisamente, esto podría ser de hecho el caso. No tenía, al parecer, e incluso se negó a adquirir, los medios lógicos para incluir verdaderamente el mundo, como muestra toda su idea del «velo» y del «objeto trascendental absoluto». ¿Cómo podría él, como empirista profeso, alcanzar el mundo? Pero la intención de su afirmación es, por supuesto, exactamente lo que se necesita. El mundo en su más absoluta realidad tiene que ser incluido en la psicología. Tenemos que encontrar el alma en la historia como realidad externa (así como, por ejemplo, en la tecnología, como intenté hacer en mi Tecnología y el alma). Sólo que se trataría de historia real, historia en el sentido de acontecimientos documentados y fechables, instituciones y épocas reales determinables de desarrollo cultural, y no del tipo de historia a la Erich Neumann: una «historia» desarraigada y flotante que en realidad es una construcción teórica abstracta en la que diversos patrones mitológicos se ordenan esquemáticamente en una secuencia de acuerdo con algún principio de ordenación intelectual externo. En lugar de entregarse a lo «externo», a los datos de la historia cultural, obtenemos una subsunción o reabsorción de la historia en imágenes fantásticas positivamente existentes tomadas de la mitología.

Neumann es un ejemplo perfecto de la posibilidad de no incluir el mundo, de una psicología que, envolviéndose por completo en imágenes mitológicas y abstracciones ideales, no se dedica a «lo exterior» como lugar de la interioridad del alma. La psicología es allí el interior abstracto, disociado, que tiene el exterior fuera de sí. Una verdadera psicología en el espíritu de la alquimia trabaja la materia, las sustancias reales.

Mi discusión sobre el animus como asesino del ánima en el capítulo 3 es ahistórica. Permanece únicamente dentro del material imaginal (principalmente cuentos de hadas) y, por lo tanto, muestra un desarrollo progresivo que permanece enteramente interno al alma. Es una descripción de la pura lógica de un aspecto de la vida lógica del alma. Esto no quiere decir que no se puedan correlacionar las etapas descritas con ciertos periodos reales de la historia, pero éste no es el objetivo de la discusión. El capítulo proporciona el patrón dinámico general de la relación entre animus y anima, de modo que si uno examinara cómo se relaciona esto con la historia real, probablemente encontraría ejemplos de diversas épocas para la misma etapa del patrón lógico.

A partir del capítulo 4, sin embargo, el alma sale del hortus conclusus de su vida lógica interna y se abre a la historia real, como de hecho ya se había hecho en cierto modo en los capítulos 1 y 2 sobre el niño y la sombra, respectivamente, en los que una discusión de partes de la vida lógica del alma iba de la mano de un análisis de aspectos de su génesis histórica.

Discontinuidad y negación: la alteridad interiorizada en su concepto

A través de la interiorización del Otro, llegamos primero a la sombra y luego al ánima y al ánimus. Aunque ya interiorizada, la sombra era el propio otro y el animus el otro del ánima, del alma. En otras palabras, en ambos casos seguía existiendo un otro que se sustanciaba de algún modo. Por supuesto, esto ha cambiado con la fusión del ánimus y el ánima, como ya indiqué brevemente y como señalé con más detalle al final del capítulo 3. Con la fusión del ánima y el ánimus, el ánimus y el ánima se han separado. Con la fusión del ánima y el ánimus llegamos a algo que ya no puede ser substanciado y personificado, el alma como mente, una y la misma realidad que es en sí misma dialéctica (en lugar de contener en sí misma dos opuestos substanciados).

Pero hay un modo muy distinto en que el otro, o la alteridad, puede interiorizarse, a saber, en su propio concepto (en lugar de en aquello para lo que es el otro, por ejemplo, el ego o el alma). El resultado es la noción de discontinuidad, ruptura, hiato. El concepto de discontinuidad no es la relación del otro con otra cosa, sino que es él mismo el concepto de alteridad. Que es radicalmente diferente de la idea de «brecha insalvable» (con la que podría confundirse) ya ha quedado claro en la discusión sobre «el niño». La brecha infranqueable nos separa de algo que está totalmente fuera de nuestro alcance, el totalmente Otro, el objeto incognoscible, etc. y, por tanto, protege precisamente el sentido de continuidad a este lado de la brecha. El concepto de discontinuidad, por el contrario, supera precisamente la brecha que plantea al referirse a divisiones históricas, en las que tanto lo que está a este lado como lo que está al otro son documentables, es decir, accesibles a nuestro conocimiento y memoria. Implica un sentido concreto de lo que ha quedado obsoleto, de lo que se ha ido. La discontinuidad es la «brecha insalvable» interiorizada, y la segunda es la discontinuidad exteriorizada, la discontinuidad empujada hacia fuera y hacia la periferia, de modo que el otro lado desaparece totalmente de nuestra visión y la esfera dentro de la periferia se mantiene (lógicamente, no empíricamente) absolutamente libre de discontinuidad, un proceso que se ve muy claramente en la idea de arquetipos o dioses atemporales. Lógicamente, rige la uniformidad. Existe, según esta idea, una aurea catena psicológica ininterrumpida que se extiende desde la Antigüedad hasta el presente. Un corte real, una verdadera muerte de Dios(es), por ejemplo, se explica simplemente recurriendo a la idea de la culpa del hombre, de su olvido. La noción de discontinuidad significa la intrusión del tiempo en la esfera pura de las imágenes en su intacta beatitud, y esto equivale a otra experiencia de violencia. (Capítulo 4 especialmente, pero también capítulos 5-7.)

El otro como espejo

«Si hemos de emprender reflexiones fundamentales sobre la naturaleza de lo psíquico, necesitamos un punto arquimédico que por sí solo haga posible un juicio. Esto sólo puede ser lo no psíquico…» (OC 8 § 437, cursiva añadida según el original de Jung). Este es un punto de vista central y permanente de Jung. Despliega una vez más la misma lógica de exterioridad y alteridad que ya conocemos por sus ideas del velo y del objeto trascendental. Aquí se trata de jugar, es más, de operar, con algo que está fundamentalmente fuera de lo psíquico y que es apto para desquiciar cualquier cosa a la que se aplique. Este deseo del teórico Jung de un punto arquimédico es fatal para la psicología, si ésta ha de entenderse realmente como disciplina de la interioridad. Como tal, no puede tener un punto de referencia fuera de sí misma. Debe tener todo lo que necesita dentro de sí misma, incluso su propio punto de referencia y ese otro con el que debe compararse y contrastarse; de lo contrario, no es la disciplina de la interioridad, sino sólo otra ciencia de algo externo. Pero si tiene su punto de referencia dentro de sí misma, éste no puede ser, por supuesto, un punto verdaderamente arquimédico. Jung viola aquí su propia intuición sobre la naturaleza urobórica de lo psíquico, retrocediendo ante la complejidad mucho más elevada de la lógica dialéctica del alma y recurriendo reductivamente a las simples relaciones unívocas imperantes en la lógica formal, esa lógica que rige en nuestro afrontamiento en la vida cotidiana tanto como en la física y las demás ciencias. Quiere una alteridad lineal, la oposición no dialéctica de lo interior y lo exterior. Esto explica su deserción26 de la física moderna, que aceptó como hermana gemela o complemento de la psicología, en la que depositó sus esperanzas, sin darse cuenta de que la alteridad entre la psicología y la física consiste precisamente en su incomparabilidad y se limita a ella, en la medida en que una sigue la lógica de la exterioridad y la otra la lógica urobórica de la interioridad. Es cierto que afirma explícitamente que «la psicología no tiene ningún medio en el que reflejarse: sólo puede representarse a sí misma en sí misma y describirse a sí misma» (§ 421). Exacto, salvo que esto no es una desventaja, y mucho menos la «cosa trágica» (ibíd.) que Jung siente que es, sino más bien su distinción y superioridad lógica.

No obstante, la idea que subyace a las afirmaciones de Jung que acabamos de citar, a saber, que se necesita un medio como otro para reflejarse en uno mismo y para conocerse a través de él, es valiosa. Pero, ¿qué es ese otro para la psicología? Está claro que no puede ser nada externo. Afortunadamente, podemos apoyarnos en otro pasaje de Jung para obtener una respuesta:

… [S]ólo es posible llegar a una comprensión y apreciación correctas de un problema psicológico contemporáneo cuando podemos alcanzar un punto fuera de nuestro propio tiempo desde el cual observarlo. Este punto sólo puede ser alguna época pasada que se ocupó de los mismos problemas, aunque en condiciones diferentes y bajo otras formas.27

El punto de comparación y referencia para la psicología es la historia, las épocas históricas que son realmente diferentes, divididas de nosotros por un hiato histórico y convertidas en obsoletas para nosotros por esta división, pero también conectadas, no totalmente otras, incluso idénticas, en la medida en que es la misma alma la que se ocupó de los mismos temas y de las mismas necesidades internas propias, simplemente bajo las condiciones de anteriores estatus de conciencia, anteriores modos de ser-en-el-mundo. (Podríamos incluir, por supuesto, las culturas exóticas, «tradicionales», contemporáneas del mundo moderno, porque no hacen más que representar lo que es esencialmente, lógicamente no simultáneo, como algo factualmente simultáneo).

(Por cierto, aunque Jung no desarrolla más esta distinción psicológicamente crucial, su frase «bajo diferentes condiciones y en otras formas» en la cita anterior apunta a la diferencia esencial de forma que puede prevalecer entre diferentes manifestaciones del «mismo» contenido semántico. Esto nos proporciona un sentido adicional de «lo otro»: lo otro como sintaxis o forma lógica frente a los contenidos semánticos, lo imaginal, los fenómenos, los símbolos, los mitos, los sueños, las visiones).

Con esta concepción de la importancia de un punto fuera de nuestro propio tiempo, nuestro tema anterior de la «discontinuidad» se vuelve práctico. En este volumen, la psique arcaica, la psique que consideraba indispensables las matanzas sacrificiales y que practicaba la venganza de sangre y se unía en hermandades de sangre, sirve como el otro medio y «punto fuera de nuestro propio tiempo» en el que reflejar nuestra psicología (capítulos 5 y 6). Como continuación de la cita anterior, Jung dijo: «El análisis comparativo que así se hace posible exige naturalmente un relato correspondientemente detallado de los aspectos históricos de la situación» (ibíd.). Para que no se pierda la alteridad radical (extranjería, incomprensibilidad) del otro y para que no retroyectemos nuestros propios sentimientos modernos y nuestras suposiciones aparentemente evidentes al mundo antiguo (una tendencia de lo más natural), es necesaria una especie de translocación de nosotros mismos fuera de nuestro tiempo y una dedicación a los fenómenos, una inmersión en su propia lógica. Conscientes de que el fenómeno psicológico tiene en sí mismo todo lo que necesita, lo que hay que hacer es «cocer» lentamente la materia, una y la misma materia, en la retorta herméticamente cerrada hasta que revele su «espíritu Mercurius» aprisionado en ella. (Para un ejemplo de esta cocción lenta de una misma «materia», véase el capítulo 5, «Asesinatos»).

Huelga decir que la confrontación con costumbres tan arcaicas como los sacrificios humanos y animales, y más aún mi interpretación de los mismos como la fabricación primordial del alma, equivale a un insulto narcisista a la conciencia moderna. Sin embargo, la cuestión no es el choque. Por un lado, es la percepción (intelectual) de lo que nos conecta con el alma arcaica, la percepción de que lo que es incompatible con nuestro pensar y sentir es el suelo mismo del que, tras una larga serie de mediaciones, surgieron nuestro pensar y sentir. Por otra parte, especialmente cuando los motivos arcaicos surgen hoy en nuestros sueños personales o experiencia visionaria, ayudan (en un nivel existencial) a abrir nuestro apretado sentido moderno de identidad propia a la abismal profundidad histórica del alma. Estos motivos nos llegan como un eco desde muy lejos y crean así una sensación viva de distancia interna, extensión, lejanía, extranjería, precisamente porque nos enfrentan a un otro subjetivamente inintegrable,28 que sin embargo es un otro anímico-interno.

La otra como escritura

Como habrás podido comprobar, no tengo ninguna intención sociológica y, por lo tanto, he dejado el mundo de la acción completamente al margen. Desde el punto de vista psicológico, la acción es algo extremadamente complicado…. [Es un hecho irracional…. Por regla general, el psicólogo sólo puede determinar la naturaleza de una actitud….29

Se trata de una idea importante. Lo que aquí se denomina «mundo de la acción» se entiende en el contexto de los ámbitos sociológico, cotidiano-práctico y quizá también político. Las acciones en este sentido caen en su mayor parte fuera de la esfera de competencia del psicólogo, que por tanto haría bien en no entrar en la arena política, en la medida en que es psicólogo (y no meramente ciudadano), aunque sólo sea hablando, comentando o manifestándose. La psicología es políticamente bastante ciega.

Pero hay un tipo de acción que merece la atención del psicólogo. En la psicoterapia moderna es lo que llamamos «acting out», y en el ámbito de la historia del alma son los rituales, el drômena («lo que se hace»). Mientras que el «acting out» es una defensa, las acciones rituales han de entenderse como la autoexpresión primordial del alma, de hecho -ya lo he mencionado en relación con la forma más elevada o profunda de ritual, el sacrificio-, la creación primordial del alma.

Fue James Hillman quien introdujo la noción de creación del alma en la psicología, un gran paso que abrió perspectivas totalmente nuevas para la psicología más allá de lo que se había pensado, debatido y practicado antes. El alma se hace, necesita hacerse. Sin embargo, Hillman introdujo esta noción dentro de una psicología arquetípica o imaginal. El término «hacer» se reservó para «imaginar» (como «ver a través de los dioses») y para ese tipo de hacer que en realidad no es un hacer real, sino un acontecer: «patologizar». Que un hecho real como la matanza sacrificial pudiera ser una auténtica manifestación del alma era algo que obviamente no se podía tragar. El «hacer» sólo se veía en términos de poiêsis, que a su vez se reducía a lo poético y metafórico.

Se trata de una versión inofensiva de la noción de creación de almas. Aunque incluya todo tipo de patologías terribles, lo terrible que tiene en mente nunca es la escritura. Es inofensiva también porque exime así al sujeto de ser actor y agente. También para Jung, los verdaderos autores son las imágenes arquetípicas. Esto muestra la lógica de la exterioridad en acción. Hay un a priori literalizado, los arquetipos (Jung) o las imágenes (Hillman). Que el a priori lógico, un concepto del que ciertamente no podemos prescindir, sea (urobólicamente) planteado y creado sólo en y por el hecho a posteriori de la matanza sacrificial humana sigue siendo aquí inimaginable (y por supuesto es inimaginable, porque como contradictorio sólo puede ser pensado). Para una verdadera psicología, lo a priori tiene que ser interiorizado absolutamente negativamente, involucionado, en su otro, el a posteriori, el acontecimiento real del hecho, a fin de cerrar el círculo urobórico y dar al «hacer» su pleno sentido. Lo anterior, el origen, es resultado y posterior a lo originado por él. Como obra del alma, el sacrificio tiene todo lo que necesita dentro de sí, incluso su propio origen. Es «el niño» el que exterioriza las imágenes arquetípicas como literalmente anteriores, de hecho dioses, totalmente Otros. Así pues, la postura de la psicología imaginal aún no ha trabajado del todo el punto de vista del «niño».

Al excluir, por principio, el hecho de su comprensión de la vida del alma, la psicología imaginal consigue mantenerse en la inocencia del mundo de las imágenes. Se mantiene inmune. Lo que hago en los ensayos de este volumen es un acto violento: Destrono las imágenes intocables como lo que es literalmente anterior y establezco el hecho de la matanza sacrificial como lógica e históricamente anterior a ellas. Los hechos pertenecen al mundo del tiempo; son acontecimientos empíricos. Las imágenes suelen definirse como intocables por el tiempo. Al dar prioridad al acto ritual, traigo a la Tierra las imágenes de un Cielo imaginal.

Debido a la lógica imperante de la alteridad radical y debido a su mirada hacia abajo sobre lo que sucede en la tierra desde el punto de vista de lo imaginal celestial, la psicología arquetípica sólo puede ver el hecho sangriento de la matanza sacrificial desde fuera, y lo que ve es sólo el hecho de una matanza brutal, y punto. Y con razón, en la medida en que la psicología arquetípica imagina cosas, no las piensa. Lo que yo intento hacer, por el contrario, es entrar en el corazón interior del hecho sacrificial y, desde dentro (desde dentro de él como un mundo en sí mismo), explorar su rica vida lógica interna.

El hecho de que lo que yo considero la creación primordial del alma no sea algún acto ritual neutral, sino particularmente el ritual de matar, es por supuesto un obstáculo adicional para tomarlo en serio psicológicamente. Pero tenía que ser matar. En la práctica de los sacrificios se conquistó la condición sine qua non del alma, la negatividad lógica, se logró la primera disolución de la unio naturalis. Matar, si se trata de matar ritualmente y no de matar por emociones humanas y con fines egoístas, es la forma básica del opus contra naturam.

Una mirada atenta al corazón interno del acto sacrificial revela que ya durante las edades arcaicas la vida del alma era dialéctica. La lógica dialéctica no es una adquisición tardía. Estaba presente desde el comienzo mismo de la vida del alma, aunque, por supuesto, sólo implícitamente, completamente inmersa en la lógica dialéctica de los hechos avant la lettre, pero, no obstante, ya dialéctica en toda su complejidad.

Dado que el asesinato del alma es a priori contradictorio (urobórico, dialéctico), puede adoptar dos formas. Puede ser productiva, afirmativa, como el «matarse a sí misma en el ser» del alma y la producción de todo el rico mundo anímico de mitos e imágenes (capítulo 5), pero también puede volverse negativa, destructiva: la matanza del alma también puede volverse contra sí misma, contra sus propios rituales de sacrificios, en última instancia incluso contra todo el mundo anímico. Es, imaginariamente, el animus negando el anima, y concretamente, la superación del politeísmo por el monoteísmo, del mito por la filosofía y la religión (Capítulos 1, 5 [Parte II], 8), y además, la emancipación del hombre occidental por la Ilustración de todo resto de ataduras rituales, ritualista, mítico y religioso (capítulo 5, parte II), y la creación de un hombre lógicamente absolutamente liberado mediante el surgimiento del historicismo y de la propia psicología (capítulo 9, «La alquimia de la historia», parte I, en cierta medida también capítulo 1).

El otro como «lo real»

Al establecer el a priori de las imágenes arquetípicas como totalmente separadas del hecho ritual humano real, se protegió la integridad de lo imaginal. Las imágenes permanecen intactas, extraterrestres, orbitando como nuestros satélites en el espacio exterior. Por la misma razón, la conciencia está encerrada en la irrealidad, en una esfera ideal de formas abstractas (imágenes, fantasías, nociones).

Quiero ilustrar «la importancia de ser serio», es decir, de llegar realmente a lo real, con un ejemplo ordinario y práctico del tipo que puede encontrarse a diario en la consulta. Es un ejemplo de psicología personal. Pero esto no debe inducirnos a pensar que la cuestión que ilustra es predominantemente relevante para el trabajo práctico en la consulta y básicamente un problema en la vida de individuos concretos. En un grado aún mayor, es importante para la psicología de toda nuestra cultura, la psicología de la modernidad como tal, y tiene su lugar en ella. Es un problema de la lógica de la época. Se ha elegido un ejemplo del ámbito de la psicoterapia práctica simplemente porque se puede presentar de forma sucinta.

De niña, una mujer se había protegido de su madre, absolutamente dominante, invasora y despreciativa, reservándose, guardando para sí sus pensamientos y sentimientos, y haciéndose emocionalmente autosuficiente. Lo que había empezado como una reacción estratégica momentánea se convirtió poco a poco en algo automático y con los años se convirtió en su actitud habitual, con el tiempo incluso en su concepto de lo que es una relación vinculante, a saber, una amenaza para la libertad personal y para ser uno mismo, algo degradante. Cuando se hizo mayor, y más tarde, durante los años de su edad adulta, se dio cuenta de que la relación de su madre con ella era muy diferente de la de otras madres con sus hijos. A través de la lectura y de sus propias reflexiones, se dio cuenta de lo unilateral que era su concepción de una relación comprometida y de cuántas otras posibilidades de relación existían. Pudo diferenciar considerablemente sus conceptos de lo que significa una relación y corregir su anterior visión extremadamente estrecha.

Pero fue en vano. Sus numerosos intentos de entablar una relación fracasaron. Se dio cuenta una y otra vez de que era utilizada como pilar de fuerza por cada posible pareja, que siempre resultaba ser débil y más necesitada de una nueva madre que de una pareja. Ninguno de ellos parecía darse cuenta de que ella tenía sus propias necesidades emocionales y deseos de una relación, y esto, por supuesto, se debía probablemente al hecho de que ella misma se definía como autosuficiente.

¿Por qué la diferenciación real de sus nociones sobre las relaciones, la superación de su estrecho concepto anterior, no supuso ninguna diferencia; por qué su antiguo concepto la dominaba a pesar de haber sido superado?

La negación del antiguo concepto estrecho y la adquisición de conceptos nuevos enormemente ampliados y diferenciados sobre la misma realidad se referían únicamente a conceptos abstractos, a contenidos intelectuales de la conciencia. Afectaba sólo a la semántica de la conciencia. Pero lo que estaba en juego en el momento en que quiso ser capaz de establecer una relación real y operativa no era el/los concepto(s) abstracto(s) que tenía y mantenía, sino algo totalmente distinto: el concepto de relación que era, que vivía, como el cual vivía: el concepto como sintaxis de su ser.

Una cosa es la ampliación de los horizontes intelectuales y la sofisticación y diferenciación de los conceptos, y otra muy distinta el yo real (¡no el ego!30 ) como concepto existente. La gran cuestión terapéutica de la psicología es cómo se puede alcanzar de hecho el yo real, la existencia del concepto. Con el trabajo sobre las perspectivas arquetípicas, las imágenes míticas y las fantasías de la conciencia, la psicología sólo se ocupa de formas universales abstractas, de potencialidades. Lo Real no se toca; ni siquiera se vislumbra como una cuestión y una preocupación abiertas. Por el contrario, lo que sucede en la psicología junguiana es que se cree que las formas abstractas son en sí mismas la fuente de lo Real: los arquetipos (o imágenes arquetípicas) en su numinosidad son vistos como la causa última. Esto significa nada menos que el concepto mismo de lo Real es succionado del mundo y absorbido por el reino de las ideas y las formas, de lo mítico y lo arquetípico en sí: una desrealización fundamental de lo Real como tal.

En este contexto, recuerdo la importante observación de Sonu Shamdasani de que «‘la realidad psíquica’ es, por excelencia, lo real fabricado» y que «[s]i hay algo que la psicología y la psicoterapia han demostrado en el siglo XX es la maleabilidad de los individuos, que han estado dispuestos a adoptar conceptos psicológicos para ver sus vidas (y las de los demás)…».31 En otras palabras, la labor y el logro de la psicología han consistido en gran medida en convertir a las personas reales en constructos abstractos o en seducirlas para que, de hecho, se estilen a sí mismas, aunque sin saberlo, como tales.

La succión del carácter de realidad del mundo y la idealización fundamental concomitante de este carácter de realidad fue incluso elevada por Jung al nivel de una teoría, si no a su programa teórico. El problema que nos ocupa aquí -el problema del yo real como concepto existente frente a conceptos abstractos o construcciones e imágenes- podría formularse, en lenguaje mitológico, como el de la relación entre el Cielo y la Tierra. Lo que en el mundo arcaico se consideraba el Cielo es para nosotros hoy nuestros conceptos y formas, teorías e ideas. «La Tierra», por el contrario, es en nuestra situación mundial el Yo real, el concepto existente.32 Una relación adecuada entre «Cielo» y «Tierra» es psicológicamente vital. Debería ser dialéctica, es decir, su coniunctio y separatio simultáneas. Durante el eón cristiano, el «Cielo» se había convertido en trinitario, la Trinidad. Lo que Jung, con sus especulaciones psico-teológicas, intentó llevar a cabo fue un pensamiento para el que la Cuarta (para Jung, la Tierra, la materia, lo Femenino, el Mal) se integró en la Trinidad de modo que el resultado formara una cuaternidad. Ya hemos tocado este tema anteriormente, pero tenemos que retomarlo en nuestro contexto actual una vez más.

Sin reservas, Jung aprobó, incluso aclamó, el nuevo dogma católico romano de la Assumptio Mariae, que él mismo describe como proclamación: «María, como esposa, está unida al Hijo en la cámara nupcial celestial y, como Sofía, a la Divinidad» (OC 11 § 743). ¡En la cámara nupcial celestial! La Cuarta, «la Tierra», es impulsada hacia arriba. Ahora todo sucede arriba, en el cielo, «donde «nada impuro» entra, muy por encima del mundo devastado. La luz se asocia con la luz» (ibíd.). Todo sucede como un espectáculo cerrado e inmunizado allí arriba, ya no entre el Cielo y la Tierra. El «Cielo» ya no tiene que bajar a la «Tierra» para fecundarla. Ya no tiene Otro real. La elevación del Cuarto, la «Tierra», al «Cielo» implica que el Otro del «Cielo» se ha integrado en (tragado por) el propio «Cielo», de modo que, lógicamente, sintácticamente, ya no tenemos la auténtica estructura 3+1, sino simplemente 4 en un mismo nivel.33 ¿Por qué el Cuatro tiene arquetípicamente la estructura 3+1 en primer lugar? Sólo porque el Cuarto tiene que estar realmente (sintácticamente) fuera de los tres, no ser uno de ellos, su verdadero otro, en un nivel diferente, una categoría o especie verdaderamente otra. Con el movimiento de Jung, la «Tierra» ya no es algo por derecho propio frente al «Cielo». Ya no es el lugar en el que él, el «Cielo», podía hacerse real (en el sentido de la Tierra): realmente productivo, procreador a través de su matrimonio con la «Tierra». Más bien, la «Tierra» se ha vuelto aérea, tan aérea como el propio «Cielo».

Pero éste es sólo un problema. El otro problema es que lo que se ha impulsado hacia arriba ya no es el verdadero Cuarto y una realidad psíquica. Es un Cuarto falso, porque es el Cuarto legítimo sólo de épocas pasadas. La María cristiana y más aún la Tierra mitológica son antigüedades psicológicas. Psicológicamente, son elementos de nuestra «educación superior», meros contenidos semánticos de la conciencia y, por lo tanto, accesorios intelectuales, tal vez emocionales, que pueden moverse fácilmente. No son simplemente verdades reinantes, sino nociones adquiridas secundariamente que adquieren importancia sólo cuando las disparan nuestras necesidades ideológicas y emocionales subjetivas. Lo que hoy equivale a la Madre Tierra de los tiempos arcaicos y -como equivalente real y como forma actual de «la Cuarta»- de hecho tiene realidad psíquica, es el Yo real.34 Aquí es donde está el verdadero lugar de la acción del alma. No con las rancias verdades de antiguas situaciones del mundo,35 por muy bellas que sean estas reliquias semantizadas. ¡Hic Rhodus, hic salta!

Pero con la translocación de Jung del hieros gamos al cielo, el yo real se ha quedado psicológica o «metafísicamente» sin trabajo, enviado a la jubilación, privado de toda razón de ser. Se reduce a ser una especie de espectador de un programa de televisión arquetípico como pasatiempo psicológico, reducido a un mero observador y adorador de los misterios arquetípicos autocontenidos, que es, por supuesto, también la definición explícita de Jung de religio. Como espectáculo televisivo imaginal (¡detrás de la «pantalla de televisión»: el «velo» de Jung!36 ), todo el problema de la coniunctio y el hieros gamos se ha vuelto intrascendente, irrelevante: mero entretenimiento psicológico, una especie de telenovela arquetípica o -otra posibilidad- una ideología sectaria, pero en cualquier caso aislada de lo Real.

Todo este planteamiento, que empuja «la Tierra» hacia arriba y hacia el «Cielo» e ipso facto libera absolutamente al yo de ser un participante esencial en la coniunctio (en lo que realmente cuenta) y lo libera para el entretenimiento y el juego, está evidentemente al servicio de la lógica «infantil» de la alteridad radical. El yo absolutamente liberado37 se ha hecho real a la vista de todos en la forma de la civilización actual, la era de los medios de comunicación. Se manifiesta sobre todo en la forma más avanzada y abstracta del capitalismo, en la nueva definición del hombre como «surfista» y en la industria del entretenimiento (cultura pop, turismo, TV, «Game Boys», política, deportes, marchas de manifestación, event-ism).38

La existencia, el concepto existente, el Yo real, queda ahora completamente al margen, pero es precisamente aquello para lo que todas las formas, imágenes e ideas están realmente destinadas y a través de lo cual únicamente podrían recibir su razón de ser y su propia realidad. Pues el «Cielo» y la «Tierra» -por seguir con este lenguaje mitológico- sólo son lo que son el uno para y a través del otro, en su hieros gamos y en la simultánea y violenta ruptura de su gamos, en su unión y separación. Solos no son nada.39

No pretendo haber resuelto el problema de la relación de la psicología con lo Real en los pasajes de este libro en que lo señalo (capítulos 5 y 7). Todo lo que he podido hacer es llamar nuestra atención sobre él y su urgencia psicológica. ¿Cómo se puede llegar a lo Real?40 ¿Cómo puede la psicología ir más allá de las imágenes que en principio se ciernen sobre la existencia concreta porque como formas abstractas universales son aplicables a todo tipo de situaciones reales, mostrando así que son intrínsecamente indiferentes y externas a los contenidos reales particulares a los que se aplican? Ésta sigue siendo una pregunta apremiante, pero abierta.

Mi interpretación del relato de Kafka «En la colonia penitenciaria» (Parte II del Capítulo 9) nos da una idea de la dirección que podría tomar el pensamiento psicológico en relación con esta cuestión. Las nociones clave son: el fin de la emancipación de la necesidad; el cautiverio implacable en el propio ser; el estar sometido a la propia ley, inscrito y herido por el guión del aparato penal (¡una clara versión moderna del hieros gamos!), para que la esencia interior de uno se abra a su resplandeciente verdad. No cabe duda: con el Aparato Penal se puede llegar al Yo real, al concepto existente, al Ser. Pero entonces, ¿qué es esto, el verdadero Aparato Penal del alma?

La otra psicología

Empezamos con «expulsar (al niño y) al totalmente otro». Este fue, como traté de mostrar, el primer paso necesario para entrar en la psicología en el sentido de una disciplina de la interioridad. A partir de entonces, todo lo que aparecía como lo otro se percibía desde dentro, desde el punto de vista del «yo» (por ejemplo, nosotros mismos) o del alma, y por tanto al principio parecía ser «otro» en el sentido de algo externo (la víctima sacrificial, el proceso histórico real, el hecho, lo Real, etc.), aunque ya era completamente interno. Pero la perspectiva también puede invertirse: podemos experimentar que el «yo» es en sí mismo lo otro para algún otro. Nos damos cuenta de ello especialmente cuando nuestro mundo occidental es atacado por el terrorismo islámico. Esta experiencia sacude la mente psicológica de su encierro urobórico en sí misma y le recuerda lo limitado de la psicología. En un momento crucial cerca del final del relato corto de Kafka, «El Juicio», el padre del protagonista le dice: «¡Así que ahora sabes qué más había, hasta ahora sólo sabías de ti mismo!». Esta percepción y toma de conciencia es, mutatis mutandis, precisamente lo que la amenaza de atentados terroristas está aportando a la psicología. La psicología, subrayé repetidamente de acuerdo con los puntos de vista de Jung, no debe interpretarse como un campo de estudio compartimentado, como un área de especialización junto a los demás campos científicos. La psicología lo abarca todo. Pero no lo es todo. No debe convertirse en totalitaria; esto la convertiría en ideológica, en un sistema de creencias, cuando no en delirante. La psicología sólo es omnicomprensiva dentro de sí misma. Por lo tanto, también tiene un exterior, su propia frontera externa, su propio otro literal. Tiene que tener su otro real porque la psicología se constituye a través de la exclusión sistemática de la exterioridad como tal. En la sección anterior sobre «El otro como hecho», oímos decir a Jung que la psicología excluye «completamente» «el mundo de la acción». El terrorismo, como he sugerido, es apto para recordar brutalmente a la psicología su otro excluido y, en particular, el mundo de la acción.

Aunque el terrorismo sacude a la psicología de su indispensable punto de vista y método de la interioridad y la catapulta a la reflexión externa, y de este modo presagia de algún modo el fin del pensamiento psicológico, también es útil para la psicología en la medida en que impide que la psicología tome literalmente lo que sólo es un punto de vista metodológico y lo absolutice. Si esto ocurriera, la psicología se convertiría en una ideología y la mente psicológica se encerraría en sí misma. El punto de vista de la interioridad urobórica no debe subírsenos a la cabeza. No debemos inflarnos con él.

Por eso, una discusión sobre el fenómeno del terrorismo islámico no debería ser en sí misma una discusión psicológica en nuestro sentido estricto de «psicológico». Este fenómeno no debería absorberse en la interioridad psíquica y en la imaginación arquetípica y mítica del alma. Tal enfoque no sólo perdería el punto mismo de este fenómeno, que es el ataque brutal desde el exterior, sino que la propia psicología también renunciaría a su antídoto contra su propio peligro inherente de volverse inflada y totalitaria. La psicología tiene que ser consciente de lo que hay en el mundo aparte de ella misma y no sólo saber de sí misma. Debe saber cuándo y dónde detenerse. Del mismo modo que «expulsar al niño» marca la entrada en la psicología, el tema del terrorismo islámico nos ayuda a salir de la psicología y a volver a nuestra existencia ordinaria como ciudadanos y particulares en la vida real (capítulo 10).

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1 No debe confundirse con la noción (sustanciada) de Jung del “yo”.

2 James Hillman, “Abandoning the Child”, republicado en James Hillman, Loose Ends: Primary Papers in Archetypal Psychology (Zürich: Spring Publications, págs. 5-48.

3 Jung insistió en que “la idea mitológica del niño no es enfáticamente una copia del niño empírico…” (CW 9i § 273 nota), realizando así claramente un corte, una primera forma de “matar” al niño literal para avanzar a una forma de niño psicológico.

4 Por muy legítimas que puedan ser estas imágenes o ideas del niño por derecho propio, tengo que advertir sobre la posibilidad general (y probablemente la realidad no infrecuente) de que, sin embargo, también pueden ser utilizados como máscaras sin conexión intrínseca a su auténtico sentido objetivo, máscaras tras las que se pueden ocultar las necesidades emocionales subjetivas del todo diferentes por parte de la conciencia moderna para mantenerse en ese modo general “niño” que aquí critico y mediante el cual estas necesidades tratan de legitimarse. Jung estaba muy consciente de tal peligro cuando señaló repetidamente que los cristianos con frecuencia tienden a abusar del dicho de Cristo: “Excepto vosotros…convertirse como niños, no entraréis en el reino de los cielos’ (Mat. 18:3) para sugerir que deberíamos permanecer niños, lo que Jung consideraba poco ético. De la misma manera, uno puede, por ejemplo, apreciar ostensiblemente la idea del niño de Nietzsche, mientras que en verdad celebra con ella algo muy diferente, a saber, la constitución moderna de la conciencia en términos de “el niño”. Esto equivaldría a ignorar flagrantemente que la etapa del “niño” de Nietzsche presupone otras dos etapas, la del “camello” y la del “león”, que se convierte en este “niño” en un resultado tardío y una esperanza futura (incluso utópica) más que en una idea de comienzo que normalmente está conectada con el niño. Además, en el esquema de Nietzsche es esencial que ya la primera etapa, la del “camello”, implique una desviación radical y un rechazo del “niño” como forma sintáctica ordinaria de conciencia. De manera similar, el motivo del niño ciertamente legítimo en los sueños puede abusarse subrepticia e ilegítimamente como una confirmación del anhelo del ego por “el niño” en el sentido de esta introducción, es decir, por el anhelo propio de continuidad, armonía, inocencia, esperanzas futuras, etc. El contenido semántico específico legítimo es un ancla para toda una sintaxis oculta y en modo alguno legítima de la conciencia.

5 “La psique” es, en contraste con el alma (lógicamente) de otro mundo, esencialmente “partida”, el “comportamiento del organismo”.

6 Por supuesto, en la sala de consulta, el terapeuta se enfrenta a un ser humano real y, por lo tanto, debe estar atento a ambos lados de la diferencia psicológica, es decir, también a las cosas «psíquicas» y del ego.

7 Las citas son de Glen Slater, «Cyborgian Drift: Resistance is not Futile» Spring 75—Psyche and Nature (2006): 171–195, aquí p. 190.

8 En la antigüedad, en el mundo politeísta, en su nivel de conciencia y confrontado con lo que para ellos era el alma objetiva, es decir, la Naturaleza en su crueldad, la gente no cometió este error. Al verse a sí mismos confrontados con dioses en lugar de simplemente con objetos naturales como positividades, se mantuvieron fieles y dieron expresión a la dimensión estrictamente lógica o sintáctica de los fenómenos anímicos experimentados, mucho antes del desarrollo de un concepto explícito de lógica y sintaxis. 

9 Sobre la oposición de estas dos posturas fundamentales y el compromiso del psicólogo con la “masa dolorosa del alma, es decir, la baba y el lodo en su fondo”, cf. La respuesta de Jung a los comentarios críticos de un corresponsal (letras 2, 7 de mayo de 1960, a Anónimo, p. 557). “Estoy… caminando a través de la masa en el fondo del mar, como bien lo dices. Sin embargo, esta masa es la mente humana, como lo ha sido durante varios miles de años. Siendo médico, me preocupan los males del mundo y sus causas… Pero eres un cristiano gozoso muy por encima del fondo pastoso…. Para mí no hay rechazo arbitrario de la locura del hombre… El cristiano gozoso nos dice cómo deben ser las cosas, pero tiene cuidado de no tocar las cosas como son”.

10 Es este concepto el que conduce a un concepto de ánima romantizado y, por lo tanto, a lo que yo llamo psicología «solo de ánima».

11 Esto se expresa claramente en el axioma de Pseudo-Demócrito sobre la naturaleza: «La naturaleza se regocija en la naturaleza, la naturaleza somete a la naturaleza, la naturaleza gobierna sobre la naturaleza» (por ejemplo,CW 9i § 234). Ninguna protección de la inocencia e inocuidad iniciales de la naturaleza, su unidad armoniosa consigo misma. Ninguna resistencia contra un distanciamiento de la emoción y el instinto. Por el contrario: un subdual de la naturaleza, y un subdual no interpretado egoístamente como proveniente de la arrogancia humana, como el trabajo del ego o del «hombre caído», sino como el propio trabajo de la naturaleza (el alma) sobre sí misma.

12 Que incluso el mismo Jung no se liberó, no desear liberarse, del “niño” que mostré en “La psicología como anti-filosofía: C. G. Jung”, Spring 77—Philosophy and Psychology (2007): 11–51, e “‘Irrelevantificación’ o Sobre la muerte de la naturaleza, la construcción del ‘arquetipo’ y el nacimiento del hombre” (inédito).

13 Como sugiere la forma latina de la palabra, “el ego” es un término técnico para una construcción psicológica. Sin duda, en la psicología junguiana es ante todo cosificado, definido como un complejo en el centro de la conciencia. Pero más tarde, Jung también podría hablar de “el ego, es decir, el hombre empírico” (MDR, pag. 346), así como a la inversa de «hombre, es decir, su ego» (ibídem., pag. 337). Si en este último sentido «ego» y «hombre» son expresiones sinónimas, se hace evidente que ego se refiere a un estilo de conciencia completo, a saber, «egoico», un modo del ser-en-el-mundo del hombre. Es la autodefinición (implícita) ordinariamente prevaleciente o constitución lógica del hombre como tal en la modernidad, caracterizada por un pronunciado sentido de autoidentidad personalista, un enfoque racionalista, literal y técnico de la vida y posiblemente, a modo de compensación, una emotividad sentimental. Por el contrario, la palabra “yo” es una palabra del lenguaje ordinario y como tal simplemente se refiere a “uno mismo”, la subjetividad autoconsciente realmente existente sin ninguna otra determinación o definición específica, el concepto realmente existente.

14 Jung afirmó: “Si tratamos de extraer los factores comunes y esenciales de la variedad casi inagotable de problemas individuales que se encuentran en el período de la juventud, nos encontramos en todos los casos con una característica particular: un apego más o menos patente al nivel infantil de conciencia, una resistencia a las fuerzas fatídicas dentro y alrededor de nosotros que nos involucrarían en el mundo. Algo en nosotros desea seguir siendo un niño, ser inconsciente o, a lo sumo, consciente sólo del ego; no hacer nada, o complacer nuestro anhelo de placer o poder. En todo esto hay algo de la inercia de la materia; es una persistencia en el estado anterior cuyo rango de conciencia es más pequeño, más estrecho y más egoísta que el de la fase dualista. Pues aquí el individuo se enfrenta a la necesidad de reconocer y aceptar lo diferente y extraño como parte de su propia vida, como una especie de ‘también-yo’” (CW 8 § 764; Greg Mogenson amablemente me señaló este pasaje). Por mucho que atesore el punto más importante de Jung sobre este equivalente psicológico a la inercia de la materia y su insistencia en la necesidad de reconocer y aceptar lo que es diferente y extraño como una especie de «también yo», creo que ese «apego patente al nivel infantil de conciencia” del que hablaba debe ser visto como un rasgo característico de la modernidad. No es una constante antropológica.

15 Estoy en deuda con Greg Mogenson por este ejemplo.

16 Letters 2, a Serrano, 31 de marzo de 1960, p. 549.

17 “Estrecho es el mundo y el cerebro es ancho. / Los pensamientos viven uno al lado del otro, / pero las cosas chocan fuertemente en el espacio” (Friedrich Schiller, Wallensteins Tod II, 2).

18 El amor es lo que nos permite soportar y abrazar (¡pero no tolerar!) la Sombra, perdonar al mundo o a la vida todo lo que está mal en él, todas sus faltas y deficiencias. El amor es la fuerza para ver claramente lo que es malo y terrible y, sin embargo, para no caer en un espíritu de acusación o depresión. El amor “no es la vida que retrocede ante la muerte y se mantiene intacta ante la devastación, sino la vida que la soporta y se mantiene en ella”. Porque el Amor no establece lo que está mal como un paria, nos permite alcanzarlo lógicamente, y solo lo que podemos alcanzar lógicamente, sólo aquello con lo que lógicamente estamos verdaderamente conectados puede también -quizás- ser lentamente cambiado. El amor dice: Tat tvam asi, este eres tú (para usar este Gran Pronunciamiento del Chandogya Upanishad en un sentido muy diferente de su significado original en la filosofía védica): La sombra, lo que temes, odias, condenas, ese (también) eres tú. Las debilidades, fallas y crímenes de los demás son parte integral de nuestra humanidad compartida.

19 Ignoro aquí el hecho de que la psicología junguiana también tiene una segunda cara muy diferente, la de una empresa clínica personalista más en la tradición de Freud, Melanie Klein y otros que en la de Jung.

20 De hecho, en latín clásico, en San Agustín, en Ficino, por mencionar sólo estos,anima y animus a menudo son intercambiables. En Agustín “tanto ‘anima’ como ‘animus’ pueden aplicarse sin distinción de significado al alma humana…” “Cicerón traduce tanto ψυχή como νούς por ‘animus’” (Léxico de Agustín, vol. 1, columnas 315 y 316). Ficino habla de un “anima mundi” y de un “animus mundi”, a menudo en el mismo párrafo, refiriéndose cada vez a la misma realidad. Fue Jung quien planteó el anima y el animus como fundamentalmente diferentes, porque correlacionó el anima exclusivamente con los hombres y el animus con las mujeres. El hecho de que existan para él en Distribución complementaria los distingue absolutamente.

21 Muy diferente parece haber sido en su trabajo fenomenológico práctico con los documentos del alma.

22 G. W. F. Hegel, Phenomenology of Spirit, trad. A. V. Miller (Oxford, Reino Unido: Oxford University Press, 1977), pág. 103.

23 CG Jung, Nietzsche’s Zarathustra. Notas del seminario impartido en 1934-1939, ed. James L. Jarrett, vol. 2 (Princeton, Nueva Jersey: Princeton University Press, 1988), pág. 1497.

24 “Ahí fuera” no es un lugar, sino el estado lógico de la positividad, los “hechos”.

25 GW 8 § 432, mi traducción. La traducción en CW  (“La individuación no excluye a uno del mundo, sino que reúne el mundo para uno mismo”) es simplista y personalista. Reduce la afirmación fundamental de Jung sobre el concepto de individuación a una declaración sobre algo experiencial. Después de todo, Jung dijo esto en una obra cuyo título original es “Reflexiones teóricas sobre la naturaleza de lo psíquico [del alma].” En el § 437 habla incluso de “fundamental [prinzipielle] reflexiones.”

26 “Deserción” en el sentido de un movimiento reaccionario, contrarrevolucionario. Jung ya tenía detrás de sí la revolución que supone la psicología. En su entendimiento, ya había avanzado claramente a la lógica de la psicología, es decir, él mismo había realizado la involución de lo lineal en lo urobórico.

27 C. G. Jung, “Prólogo” a su “La Psicología de la Transferencia”,CW 16, pág. 166.

28 La psicología junguiana convencional, por el contrario, trata de tomar tal experiencia de motivos arcaicos como una presencia inmediata y, por lo tanto, como proporcionando inmediatamente un «Significado» arquetípico. De esta manera, estos motivos son explotados por y para el ego, que los banaliza psicológicamente (para darles algún tipo de sentido en nuestro contexto moderno totalmente diferente) o, por el contrario, trata de usarlos como sus propias prendas míticas. La última posibilidad conlleva el peligro de una inflación de la conciencia o de hacer una ideología de tales experiencias (o de la psicología en general). Pero también puede ser una simple autoestilización en el sentido del “real fabricado” de Shamdasani (ver más abajo).

29 Letters 1, 20 de agosto de 1936, a Kurt Breysig, p. 218.

30 Como se señaló anteriormente, el yo, el complejo del yo, en psicología ya es en sí mismo una construcción abstracta que, como tal, pertenece a la esfera ideal-abstracta.

31 Sonu Shamdasani, Jung and the Making of Modern Psychology: The Dream of a Science (Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press, 2003), pág. 10f. (mi énfasis).

32 El uso moderno de las nociones de “Madre Tierra”, Ge o Gaia, Deméter, etc. en el movimiento ecológico nada tiene que ver con lo que era el tema de los mitos antiguos. Los mitos se ocupan de la sintaxis del mundo. Los movimientos ecológicos tratan de la tierra como una positividad y al hacer uso de nombres mitológicos ennoblecedores simplemente emocionan esta positividad.

33 Semánticamente todavía hay una diferencia: la Trinidad “masculina” más la consorte femenina. Pero lo que está en juego es más que una diferencia semántica.

34 Nuevamente, quiero enfatizar que el yo real no es “el ego”, la “personalidad del ego” o el “hombre empírico”, que ya están todos positivisados. El “yo real” no debe ser malentendido personalísticamente, reducido a lo que es la posesión privada del individuo.

35 Se han vuelto obsoletos porque lo que para aquellas situaciones mundiales anteriores era su sintaxis reinante, se ha congelado y reducido a contenidos semánticos. ¿Por qué? Porque la sintaxis experimentó un mayor desarrollo y ahora está en otro lugar.

36 El velo de Jung, por supuesto, no se concibe como una especie de pantalla de televisión. Pero en el momento en que la conciencia interpreta las cosas de tal manera que lo real en última instancia está absolutamente oculto por un velo y la conciencia se contenta con observar imágenes arquetípicas.como “hechos empíricos” de este lado del velo, este velo epistemológico-ontológico se convierte sin saberlo en el fondo absoluto o pantalla de todo lo que se ve y esas imágenes arquetípicas o misterios, igualmente sin saberlo, pero objetivamente, lógicamente, reciben el estatus de no más que “entretenimiento del tiempo libre”, porque por definición están privados del sentido de lo real. Por el contrario, la institución de la televisión es la cosificación concreta y la visualización objetiva de esta postura del “velo” tal como aparece, por ejemplo, también en Jung. Lo que se muestra en la televisión es por el hecho mismo lógicamente trivial, no importa de qué se trate.

37 El yo absolutamente liberado es un yo ausente como yo real.

38 Por cierto, dado que este libro trata sobre la violencia, no debe pasar desapercibido que el entretenimiento es otra forma de violencia, quizás la más grave posible: matar.hora!

39 No existen primero y luego se relacionan entre sí de una forma u otra. Es el acto de su combinación-y-separación eso es lo único que da lugar a su llegada a la existencia. Tienen su existencia en el proceso vivo de su relación lógica. Así que al menos tenemos que hablar mientras nos mantengamos en el nivel de la imaginación mitológica. En realidad, sin embargo, tendríamos que decir que es la imaginación la que arranca sus dos momentos internos de algo que en verdad es sólo lógicamente negativo, sólo movimiento lógico, pura sintaxis, y sustancia, personifica estos momentos para hacerlos accesibles. como contenidos semánticos. Como hieros gamos y su interrupción brutal, su relación o interacción lógica (es decir, el proceso mismo) está igualmente semantizada. Tales son las necesidades de la imaginación.

40 Está claro que el tipo de alcance de la realidad que realizan las ciencias y la tecnología no es el que tenemos que buscar. Es violencia lógica: una subsunción del mundo y de las cosas de este mundo bajo conceptos abstractos o, por el contrario, la imposición de conceptos abstractos sobre el mundo y no una combinación. Precisamente por eso, las ciencias y la tecnología no llegan a lo Real. La “realidad” con la que están tratando ya es en sí misma una abstracción, constructos.

Psicología – El estudio de la vida lógica del alma

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Soul Always Think’, volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 12, pp. 325-350

Traducción de Alejandro Chavarria

En 1956 Jung se lamentaba de que «mi obra posterior y más importante (según me parece) sigue sin ser tocada en su oscuridad primordial».1 Probablemente esto sigue siendo cierto hoy en día en gran medida. Lo que Jung sugiere en esta declaración es que hay una diferencia considerable entre su obra anterior y su obra posterior. Su obra posterior no es sólo una elaboración más detallada y una expansión de sus inicios, ni tampoco una mera modificación parcial. Es algo en sí mismo y, según él, más importante.

De la evaluación de Jung podríamos concluir que ahora, más de cuatro décadas después de su muerte, es nuestra tarea hacer finalmente justicia a su obra tardía. Pero creo que esto no sería suficiente. O bien, hacer justicia a su obra tardía tendría que significar algo más que simplemente intentar comprenderla y basar nuestro propio trabajo en ella. Más bien, tenemos que ir con Jung más allá de Jung.

No basta con escuchar y ser fiel a la letra de las enseñanzas explícitas de Jung. Como señaló Nietzsche en una ocasión, sería una mala manera de pagar a nuestro maestro el seguir siendo su discípulo para siempre. Tenemos que desarrollar aún más los impulsos que yacen en su obra, impulsos que el propio Jung no desarrolló plenamente y en los que basó su obra. Nuestra lealtad tiene que ser al espíritu vivo que se agita desde dentro de la obra de Jung, a los problemas no resueltos que han surgido a través de su obra, a sus necesidades internas. La ortodoxia no es la mejor manera de ser fiel a Jung. Esta actitud, por cierto, se corresponde con la actitud del propio Jung hacia Freud. En la misma carta en la que citaba la opinión de Nietzsche que acabamos de mencionar, Jung escribió: «El problema más cercano al corazón de Freud era, sin duda, la psicología del inconsciente, pero ninguno de sus seguidores inmediatos ha hecho nada al respecto. Resulta que soy el único de sus herederos que ha llevado a cabo alguna investigación más en la línea que él intuyó»2 Lo que Jung implica aquí es que él fue el único verdadero heredero del proyecto de Freud precisamente por haber desertado de la escuela freudiana literal y, en cambio, haber asumido como responsabilidad personal la preocupación más profunda que fue el motor de la investigación de Freud.3

Para dar una idea de la dirección que debe tomar este desarrollo posterior, compararé y contrastaré primero dos títulos de obras de Jung. Trazando una línea imaginaria entre el punto de vista implícito en la redacción del primer título en un extremo y el punto de vista expresado implícitamente en el segundo título en el otro extremo, obtenemos una especie de vector que tendremos que seguir en nuestros propios intentos. Inherente al desarrollo del pensamiento psicológico de Jung hay una cierta teleología oculta, y nuestro pensamiento tiene que comprometerse con el telos o finis (finalidad) más que con el origen histórico que subyace, en consonancia con la opinión del propio Jung (que expresó con respecto a la psicología de la neurosis) de que «cualquier desviación histórica es un desvío, si no realmente un giro equivocado» (OC 10 § 363, trad. modif.).

Una primera obra que data del año 1916 apareció en una versión revisada 1928 bajo el título:

Las relaciones entre el yo y el inconsciente.

La principal obra de Jung de su último periodo es

Mysterium Coniunctionis

Una investigación sobre la separación y síntesis de los opuestos píquicos en la alquimia

En el título anterior tenemos la idea de dos entidades que estarán en una relación cambiante entre sí. Es similar a dos personas, digamos un hombre y una mujer, que pueden enamorarse el uno del otro, casarse, tener peleas terribles, empezar a odiarse y, finalmente, pueden divorciarse o también reconciliarse de nuevo. Lógicamente, primero existen estas dos personas y, en segundo lugar, entran, además de su existencia individual, en una relación con todas sus posibles vicisitudes. El punto esencial para nuestra presente discusión es que hay una separación e independencia, si no es que una escisión, entre la existencia de las personas, por un lado, y cómo se comportan o lo que les sucede, por otro; filosóficamente es la diferencia entre sustancia y propiedad accidental. Las mismas dos personas también podrían no enamorarse la una de la otra y, sin embargo, seguir existiendo. Lo mismo puede decirse del Ego y del Inconsciente. En primer lugar existen, según la fantasía del título de esta obra, tanto un ego como un Inconsciente en la psique, y en segundo lugar esas entidades psíquicas existentes se relacionan entre sí de diversas maneras; su relación puede ser constructiva-creativa o, por el contrario, tener la forma de una disociación. Pero, independientemente de cómo se relacionen específicamente entre sí, son sólo las vicisitudes de la vida las que someten a las dos entidades psíquicas existentes. Aquí actúa un pensamiento sustantivador o reificador. También podríamos llamarlo «ontológico» en la medida en que parte de la idea de entidades subsistentes.

El pensamiento que subyace y se expresa en la redacción del segundo título es totalmente diferente, a pesar de que ambos parecen hablar del mismo tema. A primera vista podríamos pensar que los opuestos psíquicos podrían compararse precisamente con un matrimonio, y la síntesis o coniunctio por un lado y la separación por otro podrían corresponder al matrimonio y al divorcio de la pareja, es decir, a la relación armoniosa y productiva frente a la disociación entre el yo y el inconsciente. Pero la cuestión es que en este nuevo pensamiento ya no hay entidades subsistentes. Jung no habla del ego y el inconsciente, ni del hombre y la mujer, ni de lo masculino y lo femenino, ni de la mente y el cuerpo, el espíritu y la materia, el cielo y la tierra, o lo que sea. Ya no se ocupa de ninguna sustancia, de ninguna entidad. En lugar de referirse en términos de un pensamiento ontológico o sustantivo a los opuestos psíquicos como entidades subsistentes, simplemente expresa la noción abstracta de la estructura o forma opositiva de lo psíquico. Es la naturaleza interna de la psique que es oposicional, también podríamos decir autocontradictoria. Eso es todo. Lo que son los opuestos no se dice aquí, y no puede, no debe decirse en el contexto de esta obra tardía, porque esto sería una recaída en el estilo de pensamiento sustantivo que este título ha dejado atrás hace tiempo.

En lugar de tener dos entidades subsistentes de las que se dice que están en oposición, tenemos aquí la noción de una estructura oposicional en sí misma como el hecho primario (irreductible, inhinterrumpido), de modo que todos los opuestos específicos que puedan aparecer en el nivel fenomenológico son meramente ilustraciones o ejemplificaciones o disfraces secundarios de la estructura oposicional fundamental (y realmente irrepresentable). Y los términos separación y síntesis (o unión) indican la naturaleza de esta estructura oposicional, a saber, que no es realmente una «estructura» en absoluto (lo que, después de todo, implicaría algo óntico, subsistente y estático o rígido), sino más bien un movimiento, una tensión viva, la interacción fluida de separación y síntesis, de diferencia e identidad. La psique se concibe aquí como una vida pulsante. Estamos con este pensamiento en el nivel de esta vida misma (la vida, el movimiento como tal) y no ya en el nivel de los seres, los objetos o las entidades que viven o se mueven o se relacionan. En otras palabras, la separación de las entidades psíquicas de lo que secundariamente sucede con o para ellas ya no existe aquí. La forma de «ente» se ha disuelto «alquímicamente» en lo que antes se veía como su relación entre sí, de modo que sólo queda esta relación en su fluidez.

Jung también desarrolló, a su manera mitologizante, la opinión de que hay dos fuerzas en la psique, a las que llamó ánima y ánimus, y que forman una pareja o syzygy. Tanto anima como animus significan alma o mente, en latín, a menudo como sinónimos sin distinción.4 Es Jung quien hace uso de la diferencia de género de las dos palabras para dar a su similitud, expresada en su raíz verbal común (anim-), definiciones consistentemente diferentes. Si tomamos en serio este punto de vista, se deduce que puede haber tres concepciones fundamentalmente diferentes de la psicología. La psicología puede ser interpretada desde el punto de vista del alma como ánima, pero también puede ser interpretada desde el punto de vista del alma como ánimus, y finalmente también desde el punto de vista del alma como la propia sizigia. Dado que Jung utiliza la imaginería mitológica, la idea de la sizigia del ánima y el ánimus puede verse como la percepción de la relación ánima-ánimus desde el primer punto de vista, el del ánima. El ánima imagina esta relación sicigótica en la imagen naturalista de un matrimonio, del mismo modo que se imagina a sí misma, así como a su otro, el ánimus y todo lo demás, en imágenes naturalistas (por ejemplo, a sí misma como una ninfa, una mujer misteriosa antigua pero siempre joven, como una niebla sobre un pantano, etc.). Lo mismo podría verse en términos de la posición del animus, donde todo ya no aparecería bajo la forma de figuras personificadas e imágenes naturales, sino como conceptos, por ejemplo, de fuerzas, tendencias, partes de la personalidad. En ambos casos, la sizigia se vería desde un punto de vista desde abajo, desde el punto de vista de las figuras o conceptos separados que son llevados a una unión por la sizigia por encima de ellos, como un techo o un paraguas.

Pero la psicología también puede elevarse al nivel de la propia sicigia. Sin embargo, si lo hace, si adopta el punto de vista de la «sombrilla» misma, la sizigia dejará de ser esa sombrilla que está por encima y abarca el ánima y el ánimus, y estos dos últimos habrán desaparecido ipso facto como algo propio y se habrán reducido a momentos internos sublimados de la sizigia. Entonces ya no habrá yugo (syzygy lit. = yugo) que conecte dos entidades separadas. Sólo quedará la propia sizigia como movimiento dialéctico en sí misma, como unidad de la unidad y diferencia de sí misma. A partir de aquí podríamos decir que el segundo de los dos títulos de nuestros libros junguianos habla desde el punto de vista de la propia sizigia. En efecto, la psicología ha captado e integrado aquí una idea que antes sólo había contemplado como un contenido vagamente intuido de la conciencia, de modo que ahora, finalmente, ella misma está informada por esta idea en su propio estilo de pensamiento. La idea ya no es un contenido que entretiene y enseña; ha llegado a la psicología y la ha revolucionado. Y lo que había imaginado como un paraguas o un techo al que mirar, se ha convertido en el suelo sobre el que se asienta la psicología, la perspectiva que la informa.

Así, con respecto al título anterior, podemos observar un cambio de paradigma fundamental. Un cambio de un nivel «semántico» a uno «sintáctico» de la psicología, de un pensamiento «ontológico» a uno «lógico», de una «sustancia imaginable» a una «forma o constitución abstracta». El primer título implicaba una psicología psicologista, personalista, porque presuponía a la persona humana como fundamento o contenedor o sustrato subsistente de la vida del alma. La vida pulsante de la que trata el título posterior ya no está ligada a la persona humana como sustrato. Es autosuficiente, de modo que aquí la psicología ha vuelto por fin a casa y ya no está alienada de sí misma. Esta vida pulsante es la vida lógica, no el proceso empírico; es el movimiento dialéctico y autocontradictorio de la unión y la desunión. La separación y la síntesis representan evidentemente relaciones u operaciones lógicas, sin embargo, como operaciones lógicas, no operaciones realizadas por nosotros, por la mente subjetiva, sino por «el alma» misma, o más bien ni siquiera realizadas por el alma, sino operaciones como las que «el alma» existe.

Puede que estos breves comentarios ya nos hayan dado una idea más clara de por qué Jung tenía razón al decir que su «obra posterior y más importante […] sigue intacta en su oscuridad primordial». El pensamiento psicológico suele seguir estancado en los modos personalistas.

Ahora bien, también es cierto que el texto que sigue a este magnífico título del último libro de Jung no siempre está a la altura del alto nivel de pensamiento psicológico alcanzado en la redacción del título. Es por ello que hoy tenemos la tarea de ir con Jung más allá de Jung, la tarea de proceder al punto de vista de la fluidez de la vida lógica como lo que es el alma.

Las siguientes exposiciones sirven para tratar de acercarnos un poco a ese punto o nivel en el que podemos comprender lo que significa la concepción de la vida lógica del alma, que es la vida dialéctica.

Pero antes tendré que abordar la posible incredulidad que la noción de «vida lógica del alma» puede suscitar en algunos lectores. ¿Acaso la psicología profunda del siglo pasado no nos ha enseñado que el alma es instinto, deseo, emoción, afecto, sentimiento, «inconsciente», irracionalidad, patologización, imagen numinosa (y fundamentalmente incomprensible), etc.? En respuesta a esta objeción tengo que señalar dos cosas.

El primero se refiere a un problema meramente semántico que provoca un error de concepto. «Lógico» en la frase incriminada no equivale a la afirmación de que la vida psicológica se comporta siempre de acuerdo con las reglas de la lógica formal, que es un «pensamiento correcto», racionalista, calculado, plausiblemente argumentado. «Lógica» puede entenderse en dos sentidos diferentes. El primero es el de una disciplina especial en el departamento de filosofía; la lógica se concibe aquí esencialmente como un instrumento para el pensamiento correcto, para llegar a ser más fácilmente capaz de distinguir las formas de razonamiento falsas de las verdaderas. Esto es lo que podríamos llamar, con términos kantianos, el Schulbegriff (el concepto escolar o académico) de la lógica, en contraste con su Wleltbegriff (concepto de mundo, cf. Crítica de la razón pura, B 866). En términos de este último, el conceptus cosmicus, la lógica significa algo totalmente diferente. El filósofo que introdujo la noción de logos en el pensamiento occidental, Heráclito, hablaba del logos eôn, el logos subsistente. También se habla, por ejemplo, de la lógica de las revoluciones o de la lógica del capitalismo. Karl R. Popper escribió un libro titulado La lógica del descubrimiento científico. Pascal habló de la lógica del corazón. Más cerca tenemos la siguiente frase de Jung: «Por [x, y, z] entiendo las tendencias o determinantes que producen la cultura en el hombre con la misma lógica que en el pájaro producen el nido artísticamente tejido, y la cornamenta en el ciervo» (OC 4 § 665).

Jung no quería sugerir, por supuesto, que los ciervos o los pájaros hicieran cursos de Lógica Formal y que cuando quieren que les crezca la cornamenta o construyan sus nidos, los razonen aplicando las leyes de la lógica formal. Lo que se quiere decir en todas estas afirmaciones es el hecho de que inherente a los diversos fenómenos de los que se habla hay un cierto logos eôn, un patrón e impulso consistente, también podríamos decir que en su desarrollo siguen ciertas reglas internas, una necesidad interior. Una etapa da lugar a otra determinada, que a su vez es seguida consecuentemente por una tercera, etc., donde la secuencia no se produce por un mecanismo externo de causa-efecto, sino por una relación interna de posición, de respuesta a la posición (por lo que pertenece a la esfera del logos). Las etapas desarrollan una dinámica propia, independiente o incluso absolutamente contraria a las intenciones de los agentes humanos a través de los cuales se producen los fenómenos (esta última posibilidad es especialmente evidente en «la lógica de las revoluciones»). Del mismo modo, la noción de vida lógica del alma sugiere -en un primer aspecto- nada más que la vida del alma, tanto su vida en conjunto como la de sus momentos (o verdades) individuales,5 es el autodespliegue de su propia lógica interna.

El segundo punto que hay que señalar en respuesta a la objeción mencionada se refiere a las ideas convencionales (modernas) del alma como instinto, deseo, emoción, afecto, sentimiento, imaginación, etc. La obra del último Jung nos presentó la alquimia como modelo teórico para la psicología. La alquimia concibe su opus como un opus contra naturam, y uno de los principales primeros objetivos de la Obra es la disolución de la unio naturalis. Si se concibe que el alma es esencial y primordialmente afecto, emoción, instinto, deseo, etc., es evidente que el punto de vista de tal visión es precisamente el de la unio naturalis no disuelta. Es una postura naturalista que se aferra a tales nociones por medio de su definición de psique o, al menos, por medio de lo que para ella es el núcleo más íntimo y la base de las cosas psicológicas. Y el psicólogo que sostiene tales puntos de vista está excesivamente impresionado por los aspectos físicos de la experiencia. Los deseos, los afectos y las emociones son siempre en parte físicos, arraigados en el cuerpo.

Pero ¿puede la psicología permitirse el lujo de exigir que en un proceso analítico se disuelva la unión natural mientras ella misma se aferra a esa misma unión? Lo que la psicología quiere lograr en el nivel vivencial del trabajo de los sueños y del proceso terapéutico debe haberlo logrado ella misma como algo natural en su autoconstitución. La psicología no debe diferir constantemente hacia el futuro, cargar sobre los hombros de sus analizados como su tarea, y llevar ante sí como su mensaje predicado lo que es ante todo su propia tarea. Su trabajo sólo puede ser verdaderamente contra naturam, si el corte radical que lo separa de la «naturaleza» queda atrás y se mantiene firmemente en el terreno de la irrevocablemente disuelta unio naturalis. De lo contrario, estará inevitablemente condenada a quedarse en la psicología del ego, en la psicología personalista. Incluso el pensamiento mitológico apoya esta tesis, ya que psychê tenía originalmente su lugar en el inframundo y era el nombre de las sombras incruentas que allí sólo podían susurrar. La propia palabra hace referencia a la frialdad del soplo del viento que se siente como procedente de los fantasmas, de los muertos.

«Lógico» en la frase «la vida lógica del alma» tiene, por tanto, también el segundo significado de frío, abstracto, formal, irrepresentable -si se quiere expresar en términos mitológicos también se podría decir fantasmal. El término «lógico» viene a ser un insulto narcisista para el ego, el ego que naturalmente se aferra a lo natural y quiere desplazar la carga de la separatio (si es que llega a ser consciente de ella) fuera de sí mismo al nivel experiencial y al nivel de sus contenidos de conciencia (sus enseñanzas) para que la estructura lógica de la conciencia pueda permanecer en su inocencia virginal como conciencia «natural». Pero la conciencia psicológica tiene que tomar su propia medicina, es más, sólo es conciencia psicológica en primer lugar si su haber tomado su propia medicina está detrás de sí misma.

Debido a la descrita disolución despiadada de la unio naturalis la vida lógica del alma es abstracta. Sin embargo, como el logos an es el alma en lo Real y por ello es siempre concreta en el sentido de que es la vida lógica en los fenómenos reales, la lógica existente. Por el contrario, la lógica formal o las matemáticas son abstractas en el sentido de que tienen lo Real a lo que pueden aplicarse lógicamente fuera de sí mismas. En la medida en que la lógica formal se concibe como un instrumento mental para el pensamiento correcto sobre lo Real, es evidente que está divorciada de lo Real. La forma habitual en que se comprende y utiliza el término «conceptos», son conceptos abstractos en el sentido de herramientas para comprender algo. Todas las ideas, las teorías sobre la realidad, todas las explicaciones de la realidad son abstractas en este sentido. Pero también existe el Concepto concreto, el Concepto existentente del que nos ocupamos en psicología. Así que vemos que tenemos dos sentidos muy diferentes de «abstracto» o «Abstracción». Es crucial mantenerlos claramente separados. La lógica del alma es fría, abstracta, submundana en comparación con cualquier pensamiento y sentimiento naturalista, pero sin embargo muy concreta en comparación con los conceptos abstractos en el sentido de la lógica formal.

Aunque en mi lista original de las nociones que parecen contradecir la concepción del alma como vida lógica había incluido también la imagen numinosa, en mi discusión hasta ahora he omitido toda la cuestión de la imagen y lo imaginal. Pero ahora tenemos que echarle un vistazo. En última instancia, la presencia del estilo imaginal de pensamiento es una prueba de la unio naturalis no disuelta, también. Una mirada superficial a la alquimia es suficiente para mostrarnos que está más allá del estilo imaginal, que no sólo predica la disolución, sino que la practica activamente. Cuando, por ejemplo, utiliza fórmulas como lithos ou lithos, la piedra que no es una piedra, y cuando da a la piedra alquímica otros mil nombres, a menudo contradictorios, hace que la conciencia no pueda quedarse con la imagen de «piedra». La imaginación, que siempre es naturalista, se ve alterada. El propio carácter de imagen, la apercepción pictórica de la idea de piedra se destruye. Lo mismo ocurre con las operaciones realizadas por la alquimia. La putrefacción, la corrupción por fermentación, la pulverización, la destilación, etc., tienen por objeto descomponer violentamente la forma imaginal de la materia trabajada. La alquimia no es tierna con respecto a la «imagen».

El obispo Berkeley, de acuerdo con toda la tradición, afirmó explícitamente que «el alma siempre piensa». No hay que entender esta frase de forma abstracta y exclusiva, como si el alma nunca deseara, imaginara, sintiera, se emocionara, etc. No, lo que se quiere decir es que incluso cuando el alma no está pensando en el sentido más estricto y riguroso de la palabra, sino cuando está imaginando cosas o sintiendo emociones apasionadas, no obstante, piensa, sólo que de forma oscura, enturbiada, implícita y, por supuesto, sin saberlo. De Jung escuchamos que «el hecho de que la conciencia no realice actos de pensamiento no demuestra, sin embargo, que no existan. Simplemente ocurren inconscientemente y se hacen sentir indirectamente en sueños, visiones, revelaciones y cambios «instintivos» de la conciencia, de cuya naturaleza se puede ver que … son el resultado de actos inconscientes de juicio o conclusiones inconscientes» (OC 11 § 638, trad. modificada). Incluso los síntomas y afectos corporales psicógenos son en el fondo pensamientos, pero, por así decirlo, pensamientos «materializados», pensamientos sumergidos, hundidos en el medio natural, físico, del cuerpo o de la emoción. La imagen es el pensamiento sumergido en el turbio elemento naturalista) del espacio y el tiempo y la forma material. A la inversa, el pensamiento es imaginación sublimada (representación pictórica sublimada). Y una psicología informada por la alquimia tendría la tarea de liberar «el espíritu Mercurius», es decir, el pensamiento que está preso en «la materia» (en la imagen, la emoción, el síntoma corporal), preso en lo Real. En general, podríamos establecer la siguiente serie: el síntoma corporal es la emoción sumergida, la emoción es la imagen sumergida, la imagen es el pensamiento sumergido, y a la inversa, el pensamiento es la imagen sublimada, la imagen es la emoción sublimada, la emoción es la reacción o el comportamiento corporal sublimado.

A la vista de estas ideas, James Hillman me enfrentó en una ocasión a la cuestión crítica de si podía existir realmente un pensamiento sin imagen y señaló la sentencia de Aristóteles (De anima 431 a 16): «El alma nunca piensa sin imagen». Tengo dos respuestas a esta pregunta.

En primer lugar, hay que leer la citada afirmación de Aristóteles junto con su discusión en De memoria 449 b 31 y ss: La imagen (phantasma) de algo cuantitativo conduce al conocimiento (el pensamiento) de algo no cuantitativo. En la medida en que el alma piensa, no piensa la imagen del modo en que es imaginada El pensamiento va en contra de la particularidad de las imágenes. «Contradice la imaginación» (De insomn. 460 b 16-20). En lo que se concentra el pensamiento es precisamente otra cosa que lo imaginado, algo que la imaginación nunca puede representar. El alma pensante de la que habla Aristóteles es la facultad humana de pensar (que aparentemente se apoya inicialmente en la imaginación, pero sólo para trascenderla y llegar al territorio natal del alma, el pensamiento). Sin embargo, el «motor principal» de Aristóteles es la noêsis noêseôs, el pensamiento puro y sin imaginación, el pensamiento que se piensa a sí mismo y no a otro. E incluso el nous humano es el órgano de los principios (archai), que como tales no pueden ser imaginados. (Más o menos lo mismo es cierto para Plotino).

En segundo lugar, no tenemos que aceptar en primer lugar la afirmación inicial de que el alma nunca piensa sin imagen. Ciertamente, como acabamos de oír de Hillman (pero también relativizado), según la larga tradición aristotélica pensamos en imágenes. En cierto modo, esta tradición estaba todavía en la raíz del representacionalismo de la primera época. E incluso más tarde, Kant descubrió el «arte oculto en las profundidades del alma humana», el arte de la imaginación productiva e inconsciente a priori (Einbildungskraft), y tanto Fichte como Schelling, basándose en el descubrimiento de Kant, incorporaron sus propias versiones diferentes de éste en sus propios y diferentes esquemas.6 Sin embargo: Hegel, después de sus comienzos, en su filosofía madura, destronó la imaginación productiva como fundamento último de la conciencia de objeto. El movimiento interno de su «Psicología» teórica va más allá de la imaginación y muestra que no es ella, sino la memoria reproductiva la que hace el tránsito al pensamiento. Hegel insistió en que pensamos en nombres,7 en las palabras del lenguaje (lo que curiosamente nos recuerda los mil nombres que la alquimia dio al lapis o a la materia prima, etc.). En el nombre, la memoria reproductora tiene y reconoce la cosa, y con la cosa tiene el nombre, aparte de la intuición y la imagen». «Dado el nombre de león, no necesitamos ni la visión real del animal, ni siquiera su imagen: el nombre solo, si lo entendemos, es la representación simple sin imagen. Pensamos en nombres».8 Puedo hablar de mi padre (y saber perfectamente de qué hablo) sin tener que producir la imagen de mi padre. Entiendo la palabra monstruo en una frase aunque no surja en mi mente ninguna imagen concreta de uno. Probablemente no podríamos comunicarnos con éxito sobre asuntos más complejos si tuviéramos que producir la imagen correspondiente para todas y cada una de las palabras utilizadas en nuestras frases.

Mientras que la imagen conserva el vínculo con el aspecto natural de lo que es su contenido, el nombre de las cosas («mesa», «casa», etc.) se refiere indirecta y arbitrariamente a él, el significante (la secuencia de fonemas en el lenguaje oral, de letras en el escrito) no tiene aquí ninguna relación con el aspecto sensible del contenido. Por eso, un mismo objeto tiene nombres totalmente diferentes y sin relación entre sí en distintas lenguas («table», «Tisch», «mesa», «zhuôzi»). En el lenguaje, el espíritu ha asignado arbitrariamente ciertos sonidos de su propia producción al contenido respectivo y así, aunque posiblemente se refiera a cosas, se queda con lo que es de su propiedad, en lugar de mantener, con una ternura narcisista hacia sí mismo, el continuo interior con lo dado (la mística de la participación en el sentido de Jung). Este es precisamente el problema con lo imaginal e incluso con los símbolos: reafirman el continuum con la semejanza natural a pesar de todo el esfuerzo subjetivo por no leerlos literalmente. Se evita el corte real, objetivo (lógico). Los nombres (de las cosas) o las palabras son signos, no símbolos. «Cuando la Inteligencia ha designado algo, ha acabado con el contenido de la Intuición y ha dado al sustrato sensorial [es decir, a la palabra-signo, al grupo de sonidos, W.G.] como su alma un significado ajeno a ella».9

Para Hegel, las imágenes pertenecen a un espíritu todavía soñador; el espíritu (mindedness) despierta sólo en el ámbito de los nombres, que, para decirlo en nuestra terminología alquímica, son la evidencia existente de que la ruptura con la unio naturalis ya ha ocurrido y acompaña al lenguaje como una ruptura siempre ya realizada. Ahora bien, yo iría un paso más allá y diría que el pensamiento pictórico en imágenes, aunque empírica y vivencialmente quizá sea lo primero, es lógicamente secundario porque presupone el lenguaje, el pensamiento en palabras (nombres). Sin lenguaje no hay metáforas y tampoco imágenes.

También sabemos que, de hecho, los niños pequeños son capaces de tener un pensamiento sin imágenes, concretamente cuando aprenden a decir «yo». «Yo» es pensamiento puro. No es una imagen, no es una representación (Vorstellung). «Yo» no tiene cualidades ni características específicas, porque todos los seres humanos (a pesar de sus grandes diferencias de aspecto, tamaño, color de piel, sexo, edad, rasgos de carácter, dones y debilidades) pueden decir «yo». Sin embargo, el «yo» es un pensamiento como concepto existente, como real. Si fuera una representación, precisamente no sería «yo» (sino un «algo» concreto) y no podría realizar lo que el concepto yo realiza de hecho.

El último punto mencionado sobre el yo puede servir de acceso a otro aspecto esencial de la idea de la vida lógica del alma. Está claro que el yo no es pensado (inventado) por el niño, como la cornamenta no es pensada por el ciervo. Paradójicamente, el pensamiento del yo no está hecho por nosotros, no es un pensamiento del ego. El pensamiento aquí no se refiere a la función de orientación junguiana, a un acto explícito de pensar. No es un logro subjetivo. Es un pensamiento que sucede a y en la persona. La persona es sólo el lugar donde ocurre este pensamiento objetivo, al igual que la construcción del nido y el crecimiento de la cornamenta ocurren como pensamientos objetivamente en curso, pensamientos no «subjetivamente» pensados por el pájaro o el ciervo, respectivamente. La idea de la vida lógica del alma opera así con la idea de la psique objetiva, con los procesos no yoicos. Adaptando un adagio alquímico podríamos decir Psychologia nostra non est pychologia vulgi. La psicología es el estudio de la lógica autopensante, autodesarrollante y autorrealizadora de la vida real (o de los fenómenos individuales de la vida real); es el estudio, por ejemplo, de lo que «piensa» la misa católica romana, lo que piensa el árbol filosofal, lo que piensa la Trinidad, lo que «piensan» los platillos volantes (por aludir a algunos temas tratados por Jung). No es el estudio de lo que la gente piensa, imagina, siente, por ejemplo, sobre la Misa o la Trinidad, no lo que pretende, desea, todo lo cual pertenecería a una psicología personalista o del ego o naturalista. «Nuestra psicología» ha dejado atrás la falacia antropológica.

Sólo así es posible distinguir, en lo que respecta a los grandes procesos de transformación de nuestro tiempo (palabras clave: globalización, capitalismo avanzado, informatización, internet, televisión, publicidad, sociedad de la información, etc.), las preferencias subjetivas y el comportamiento personalmente culpable de los agentes que operan en esas esferas de aquellos cambios en los que no son más que los imperativos de acción de la lógica objetiva de la economía, de la tecnología, etc. los responsables de los desarrollos, aunque también sean empíricamente, por supuesto, provocados por agentes humanos. Y sólo así podemos reconocer y apreciar esta lógica objetiva como el opus del alma o, hablando alquímicamente (y por tanto imaginariamente), como el del espíritu Mercurius y no debemos, en términos de ego-psicología (que sólo conoce las opiniones y motivaciones y el comportamiento de las personas), menospreciarla como la obra malvada y siniestra de aquellos agentes humanos que en realidad resultan ser los instrumentos (a veces, pero por supuesto no siempre, incluso involuntarios) de su realización.

Junto con esta ruptura con la psicología personalista también hemos roto con la idea romántica del alma que quiere que sea algo bonito e inofensivo, un apoyo a nuestros deseos del ego de «significado», autoimportancia (llamada «individuación») y un «retorno a la naturaleza». La psicología es un negocio serio y no está al servicio de nuestros deseos. También hemos dejado atrás la consulta, por supuesto no totalmente, pero sí como lugar principal del opus. La consulta es sólo el lugar donde nos centramos sistemáticamente en el opus parvum, la «pequeña obra» de importancia sólo privada. El lugar principal del alma, sin embargo, el verdadero laboratorio o réplica del opus magnum es la historia, el verdadero proceso histórico. La psicología no tiene, pues, como ya dijo Jung, un campo delimitado (OC 9i § 112); no es una especialidad al lado de todas las demás ciencias y humanidades. Más bien, como psicología profunda estudia la lógica objetiva interna -el espíritu mercurial, «el alma»- en todos los procesos y fenómenos de la vida real en la medida en que ya han sido objeto de la atención, la reflexión y la interpretación de la mente. Esta lógica interna no puede conocerse a priori. Hay que descubrirla a posteriori y, de nuevo, es siempre una cuestión de interpretación.

Al decir «El alma siempre piensa» no debemos, por supuesto (véase nuestra crítica inicial más arriba sobre cualquier pensamiento sustantivo), imaginar que hay un alma (como sustancia o entidad, un autor o agente) que también, además de estar ahí, pasa su tiempo con la actividad de pensar. El uso de «el alma» en esta afirmación es sólo un modo de hablar mitológico, no una hipóstasis. No hay dos cosas: el alma más su pensamiento. Sólo hay una cosa, la propia vida lógica o pensante que ocurre realmente, sin nada (ningún alma literal, sustanciada) detrás de ella; pero este pensamiento objetivo en curso es en sí mismo lo que recibe, en nuestro modo de expresión retóricamente todavía mitologizante, el nombre tradicional de «alma».

Para poner de manifiesto otra importante ventaja de la perspectiva lógica frente a la imaginal, voy a echar un breve vistazo, a modo de ejemplo, a la interpretación de la sexualidad en psicología.

En los primeros tiempos del psicoanálisis freudiano, la vida del alma se consideraba predominantemente en el ámbito de la sexualidad. Las necesidades sexuales, los deseos, los comportamientos, las perversiones, los secretos de una persona se interpretaban como lo que el alma es básicamente y en última instancia. El alma = la libido sexual. Jung no estaba de acuerdo. También para él la sexualidad era de la mayor importancia psicológica, pero no lo sexual como tal, sino como lo que expresan los fenómenos sexuales. Jung tomó las ideas y comportamientos sexuales como símbolos.

¿Qué significa esto? Jung vio la diferencia psicológica en el trabajo de la fenomenología sexual. Un determinado síntoma, comportamiento o fantasía sexual era para él en sí mismo diferente, en sí mismo dividido; era la unidad de dos «realidades»: (a) el aspecto fenoménico, el contenido sexual obvio y manifiesto, el comportamiento empírico o el síntoma clínico, y (b) lo que el aspecto fenoménico representaba y expresaba simbólicamente y lo que precisamente no era manifiesto, no fenoménico. Era fundamentalmente oculto, invisible, incluso francamente unanschaulich (irrepresentable), completamente abstracto, no objetual (ungegenständlich). Sólo podía representarse indirectamente, es decir, simbólicamente. Pero el símbolo ocultaba tanto como revelaba el alma. Ocultaba lo que representaba porque la expresión simbólica era un ropaje o vestimenta en la que se manifestaba el alma irrepresentable.

Esto tiene varias consecuencias o implicaciones. 1. El fenómeno sexual no podía tomarse al pie de la letra, no literalmente. En la medida en que era una prenda para otra cosa, su verdadero significado no era idéntico al de esta prenda. La sexualidad, vista psicológicamente, no tenía que ver con la sexualidad, sino con el alma como algo propio. Aunque el vestido simbólico concreto que el alma elige para revestirse no es en absoluto totalmente indiferente y arbitrario, sino que tiene su propio significado, sin embargo, en principio se podrían haber utilizado otros vestidos, otros símbolos. Hay muchas formas en las que el alma puede expresar sus ideas. 2. Al ser un símbolo, el fenómeno sexual (o cualquier fenómeno psicológico) niega en sí mismo su propio aspecto fenoménico, manifiesto, empírico, y apunta a lo que no es, al significado anímico que expresa. Hay una actividad lógica en el símbolo. Casi podríamos hablar de un drama lógico:

1er acto: el «alma» o la lógica invisible se expresa con un ropaje simbólico, se manifiesta fenomenalmente, por ejemplo, en un fenómeno sexual, es decir, se hace visible. Lo irrepresentable se representa a sí mismo en este símbolo.

2do acto: el aspecto fenoménico u obvio del símbolo se niega a sí mismo, como diciendo: «Yo (mi aspecto) no soy lo que soy. No me tomes al pie de la letra. En realidad, no tengo nada que ver con la sexualidad».

3er acto: El aspecto fenoménico del símbolo se aparta de sí mismo y apunta a algún otro, algo oculto, invisible en cuanto a aquello de lo que se trata realmente. Dice: «Estoy sobre este otro no fenomenal», a saber, podríamos añadir, sobre «el alma», su vida lógica.

4to acto: El símbolo dice: «Pero sólo a través de mí (este mi ropaje) se puede acceder a este otro. Este último no es totalmente otro, no es nada fuera de mí, del modo en que un hablante existe fuera e independientemente de sus frases. Ese otro al que apunto, como aquello de lo que realmente se trata, existe exclusivamente dentro de mí mismo; no hay nada detrás de mí. Yo soy su representación válida y verdadera, su mejor representación posible. Y más aún: ese otro representado por mí sólo existe a través de mí, es producido por mí, planteado por y dentro de mí, precisamente a través de mi negación de mí mismo». En otras palabras, lo que se describió como el acto 1ero , a saber, esa lógica invisible que crea el símbolo, puede ahora realizarse para ser creado por y dentro del propio símbolo.

5to acto: El símbolo dice: «Porque mi significado es absolutamente negativo, realmente no quiero decir nada, pero por supuesto no simplemente nada, nada en el sentido de vacío total, sino nada en el sentido de que quiero decir exactamente lo que fenomenalmente muestro y represento.»

El símbolo es este drama interno, los cinco actos o movimientos de este drama simultáneamente, no sucesivamente. Lo que desde fuera aparece como un símbolo, un fenómeno unitario, es, visto desde dentro, este movimiento dramático. Es un drama lógico, es decir, no se desarrolla en el tiempo y en la realidad empírica, sino detrás de la «cara» del símbolo, y la lógica del símbolo es una lógica circular, urobórica. El resultado final de este drama lógico vuelve al punto en el que nos encontrábamos al principio Pero esto no implica que podamos simplemente eliminar y olvidar los actos intermedios de este drama. No, el final contiene en sí mismo todas las etapas por las que pasó el movimiento, de modo que el final no es en absoluto idéntico al principio. Está inmensamente enriquecido.

El ejemplo anterior, aunque en sí mismo no es muy significativo, se ha elegido aquí porque, al ser relativamente sencillo, me permite dar una breve ilustración de cómo el enfoque «lógico» es capaz de ver el funcionamiento interno de un fenómeno desde dentro. Ni el enfoque empírico, ni siquiera el imaginal, son capaces (o están dispuestos) a hacerlo. Tienden a describir los fenómenos tal y como se ven, desde fuera. Si bien es evidente que el enfoque empírico observa y teoriza desde el punto de vista del sujeto opuesto a los fenómenos como objeto, su visión sigue siendo externa, no es tan evidente que el enfoque imaginal también mira desde fuera y desde una posición vis-à-vis. En la medida en que para él la imagen es imagen poética, no hay duda de que hay una cierta interioridad en la imagen. Y sin embargo, el enfoque imaginal persiste en contemplar, visualizar, percibir la imagen, es decir, en mantenerla siempre lógicamente ante la conciencia, aunque empíricamente la imagen pueda mantenerse en el fondo de la mente con el fin de ver los fenómenos de la vida a través o por medio de ella. La interiorización en el fenómeno percibido como imagen sigue siendo incompleta, lo que por supuesto es concomitante con el hecho de que este enfoque se aleja de la ruptura con la unio naturalis. Está enamorado de la imagen y quiere mantenerla intacta en su conjunto; pretende enfrentarse a los dioses y a los fenómenos. Niega cualquier literalidad de la imagen, pero se cuida de no herir la imagen misma (en contraste, por ejemplo, con la contundente «la piedra que no es piedra» de la alquimia y su destrucción de la gestalt de la materia). Ver a través de los fenómenos al dios es, sin duda, una profundización de la mirada. Pero, sin embargo, no hace más que continuar la dirección de la mirada desde el exterior. Además, el dios descubierto lo es a través de un método externo, el del establecimiento de las semejanzas (un fenómeno dado y una divinidad mítica dada por la tradición como una especie de ready-made). Ver a través no es precisamente la autorrevelación del fenómeno, su propio hablar, su mostrar lo que es su esencia interior oculta, su alma.

Ver los fenómenos desde dentro es lo que llamamos pensar. La psicología tiene que pensar los fenómenos, en contraste con el mero hecho de «verlos» desde fuera y conectarlos con los mitos apropiados. El enfoque «lógico» destruye esta integridad de la imagen, rompe el vínculo con la semejanza natural, al entrar, penetrar en el fenómeno para comprenderlo a partir del funcionamiento de su lógica interna. La diferencia entre el enfoque imaginal y el lógico es quizás comparable (y aquí, por supuesto, hago uso de una comparación naturalista y como tal externa) a la que existe entre la apreciación estética de un animal como una forma (un «rostro», una apariencia natural) y el trabajo de disección y reconstrucción de la anatomía sobre él, o mejor aún: la fisiología.10

Lo que quiero decir aquí lo puedo ilustrar volviendo al tema de la imagen frente a las palabras del lenguaje ya discutido y a una objeción a mi punto de vista planteada por Hillman desde su punto de vista de la imagen

En su respuesta a Marlan (en el ensayo que generosamente aportó al libro [p. 204] que Marlan editó en mi honor), Giegerich escribe que pensamos en palabras del lenguaje y no en imágenes. Yo diría justo lo contrario. Las palabras son en sí mismas imágenes. La historia del lenguaje, tal como la suponen Barfield y Vico, sugiere que las metáforas polisémicas y las analogías poéticas dan lugar a los conceptos denotativos y a la unicidad de significado. El lenguaje nunca puede liberarnos de su madre primordial, lo sensorial, lo natural, lo físico, la implicación de un anima mundi-un alma en y de un mundo natural, aunque ese mundo natural sea siempre «antinatural». …11

Antes de llegar al punto que quiero plantear, tengo que hacer algunos comentarios sobre la tesis de Hillman. Sin duda, hay contextos en los que «las palabras son en sí mismas imágenes». Pero el hecho de que las palabras sean en sí mismas imágenes sólo es cierto para las palabras en un metanivel de habla, palabras utilizadas en momentos especiales o contextos de habla eminente, como en la poesía, los dogmas religiosos, los mitos. No es cierto en el habla de la vida ordinaria, en el lenguaje científico, en el discurso intelectual. Como he señalado anteriormente, incluso en el habla ordinaria, cuando se habla de un león o del propio padre, la gente no produce necesariamente imágenes, sino que entiende lo que se quiere decir. La cuestión es que es el uso particular que se hace de las palabras o la lectura que se les da lo que las convierte en imágenes, mientras que en sí mismas no son en absoluto imágenes. Sólo en estos casos puede ser cierto que, lejos de «liberarnos» de las imágenes naturales, el lenguaje nos envuelve precisamente en imágenes y metáforas.

Pero incluso en la poesía y el lenguaje religioso esto no debe ser siempre cierto. ¿La palabra «rosa», incluso en un poema, es necesariamente una imagen verdadera o no es más bien un nombre que entendemos sin imagen? ¿Es la palabra «Dios» una imagen o no un concepto sin imagen que a veces sólo se imagina de forma secundaria y concreta?

Sobre todo, ¿el uso metafórico de las palabras se basa en la palabra como imagen o no precisamente en ella como mero nombre? ¿No se basan las metáforas fundamentalmente en una comprensión conceptual? «Era un león en la batalla»: ¿significa esta metáfora que debemos imaginar que el luchador tiene melena, garras y cola y que utiliza sus dientes para luchar valientemente? ¿No se olvida precisamente de la imagen concreta, de «lo sensorial, lo natural y lo físico» de «león», y se concentra únicamente en el concepto de «fortaleza feroz»? Incluso tenemos que decir categóricamente que, a menos que se deje atrás «lo sensorial y lo físico», no puede tener lugar una metáfora, una transferencia de una esfera a otra. Si la imagen visual se mantuviera intacta, la palabra a utilizar metafóricamente seguiría aferrada al significado literal. El nombre sin imagen es la condición sine qua non de cualquier metáfora. La metáfora y la imagen imaginal son cosas muy diferentes. El hecho de que el uso metafórico de las palabras parece ser inherente al lenguaje humano desde el principio sólo subraya, en lugar de refutar, mi tesis de que pensamos en palabras (como nombres) y que la condición de posibilidad del lenguaje es, como Hegel argumentó convincentemente, el haber dejado radicalmente atrás la imagen como tal y toda base sensorial y natural para darse a sí mismo «desde cero» su propio y fresco comienzo.

Por supuesto, Hillman contrasta «las metáforas polisémicas y las analogías poéticas» con «los conceptos denotativos y la unicidad de significado». Esto reduce el problema que nos ocupa a la oposición abstracta de polisemia frente a unicidad de significado. Este es un tema totalmente diferente al de la palabra como nombre sin imagen, sin base sensorial, natural, frente a la palabra como imagen «natural». Si se utiliza como lo que distingue a una de otra, la polisemia frente a la monosemia son categorías falsas. La unicidad de significado sólo se aplica a los conceptos abstractos. Pero no todos los conceptos son abstractos. También hay conceptos concretos, que son tan polisémicos e infinitos como las metáforas de Hillman (por ejemplo, «yo» o «Dios»); a la inversa, muchas metáforas se caracterizan por la misma unicidad de significado que los conceptos abstractos (por ejemplo, nuestro ejemplo de «león» como luchador feroz). Pero la verdadera cuestión aquí es la muy diferente a la de la polisemia/monosemia, a saber, si hay, por decirlo en términos de Hillman, una determinada naturaleza «madre primordial» detrás del lenguaje o si el lenguaje es la libre producción de la vida lógica del alma.

Después de estas correcciones, puedo llegar al punto que quería plantear sobre la diferencia entre el enfoque imaginal y el lógico o el que existe entre la apreciación estética de un animal como apariencia natural y el trabajo de disección y reconstrucción de la anatomía sobre él, o mejor aún: la fisiología. Cuando nos ocupamos de los sueños, de los mitos, de los poemas, de lo imaginal, estamos a priori inmersos en un mundo de imágenes como ya existentes, como ready-mades, por así decirlo, como imágenes ya producidas. Cuando hablamos y cuando imaginamos, a menudo nos limitamos a hacer uso de los significados que nos proporciona nuestro respectivo lenguaje y «actuamos» su potencial de metáforas polisémicas y analogías poéticas, sin desperdiciar un pensamiento sobre cómo surgen estos significados, cómo se producen, sobre el propio proceso de producción invisible e inconsciente.

Pero navegar sobre las olas del lenguaje, dar por sentado sus significados, «actuar» su potencial no es suficiente en psicología. También tenemos que «recordar», recordar cómo el alma o la mente crea, genera esos significados, a saber, utilizando y basándose en signos acústicos absolutamente sin sentido y arbitrarios (sonidos lingüísticos o grupos de sonidos) libremente articulados (expresados) por la mente o el alma misma. En primer lugar, estos sonidos no son en absoluto sonidos de origen puramente natural como los sonidos de los animales, sino, como fonemas, partes de un sistema de distinciones, elementos en distribución complementaria, y como tales productos y propiedades a priori de la mente Y en segundo lugar, al hablar estos signos sonoros o fonemas no se aferran en absoluto. Más bien, el alma se desprende de esos signos, que, como sonidos, son fundamentalmente temporales y mueren inmediatamente. Deben morir para que se produzcan los significados de las palabras y oraciones. Los sonidos de las palabras por sí mismos no tienen ningún significado. Su significado no es inherente a ellos, no es su posesión permanente. Sólo en la extinción de los sonidos surgen los significados. No, no hay ninguna «madre primordial» detrás del lenguaje, nada que exista como sustancia; por el contrario, la noción y el sentimiento de un anima mundi, de lo natural, o de una madre primordial, existen sólo porque se producen secundariamente mediante un determinado uso del lenguaje. Suponer algo sustancial como una madre primordial, como lo sensorial y lo natural detrás o fuera del lenguaje, equivale a una hipóstasis metafísica ilícita (aunque sólo se quiera decir metafóricamente), una «proyección» o «extrayección» mitologizante.

En la medida en que los sonidos del lenguaje son signos acústicos, podríamos llamarlos, por supuesto, algo sensorial y físico, el único sustrato sensorial y físico del que depende el lenguaje. Pero la cuestión es que al utilizar esos sonidos para crear palabras que luego pueden ser imágenes, la mente precisamente los despoja de su naturalidad, sacándolos de su contexto natural y apropiándoselos para su propia esfera mental. Les quita su aparente carácter de sustrato, dejando que los sonidos mueran y empujando desde los sonidos al significado. Esta sensorialidad no es más que un catalizador, una ayuda fugaz, que se deja completamente atrás y, por tanto, no entra en el producto final.

Sin duda, Hillman matiza su afirmación añadiendo: «incluso si ese mundo natural es siempre antinatural», lo que es (o sería) el punto mismo, pero añade esto sólo como una idea posterior intrascendente porque no toma la medicina contenida en esta idea. Si la tomara, vería que, en lo que respecta a cualquier cosa «primordial», sólo existe la negatividad absoluta del propio trabajo de la mente, su propio proceso de producción libre, y que su (de Hillman) «lo sensorial, lo natural, lo físico» son en sí mismos sólo conceptos ya creados por y dentro de la mente a través de su nombramiento y su aprovechamiento de signos sonoros sin sentido y, además, negados. Son, si me permiten decirlo, hechos en casa, propiedad de la mente. Son resultados producidos, no dados, encontrados, percibidos. A la inversa, lo que en un contexto humano llamamos percepción sólo es posible gracias a la producción de significados e imágenes por parte de la mente. De lo que no tenemos un concepto, o al menos una vaga idea, no podemos ni siquiera percibirlo. Percibimos en imágenes y conceptos que son posibles gracias a las palabras sin imágenes del lenguaje.

Como psicólogos, no debemos «caer» en las imágenes creadas secundariamente en el lenguaje. No debemos tomarlas literalmente. Tenemos que ver a través de ellas, ver a través del «anima mundi», a través de «lo sensorial, lo natural, lo físico», a través de «lo imaginal», y no ver a través de «los dioses» que son a su vez imágenes producidas para ser vistas. No, tenemos que ver a través del «alma», de la creación del alma que se produce en las palabras y las imágenes por medio de signos acústicos arbitrarios y sin sentido. De lo contrario, hacemos una ideología del anima mundi y de lo imaginal.

Además del contraste entre el animal como entidad existente y forma visible y el estudio anatómico y fisiológico de los animales, quiero mencionar ahora otras dos analogías (aunque remotas) con el punto que he estado planteando aquí. La primera es la distinción que se hace en filosofía entre natura naturata (la naturaleza tal como se nos presenta, la naturaleza que se da por supuesta como un hecho dado) y natura naturans (la naturaleza tal como se produce a sí misma). La primera noción está formalmente en el mismo nivel que «Las palabras son en sí mismas imágenes» (que se aplica sólo a las palabras como resultados del lenguaje), mientras que la segunda delata un interés en el proceso de producción que genera lo que conocemos como naturaleza en el sentido de natura naturata y, por tanto, equivale formalmente a un interés en cómo la mente produce sus palabras e imágenes.

Mi segunda analogía proviene de la psicoterapia. Jung advirtió a los psicólogos, cuando intentan comprender las neurosis, que no deben tomar las conjeturas neuróticas (fantasías, toda la impresión creada por una neurosis) literalmente al pie de la letra y caer en las complicaciones neuróticas, montando así el mismo caballo de batalla que los pacientes neuróticos. Jung se dio cuenta de que el objetivo de la neurosis es producir determinados efectos, darse tal o cual apariencia, crear una determinada impresión, seducir a la conciencia (tanto a la conciencia del propio neurótico como a la de las personas que le rodean, incluidos los terapeutas) para que crean en la impresión creada. Jung quería que comprendiéramos que las neurosis son producciones, arreglos (Alfred Adler), dramas escenificados y cómo y por qué fueron escenificados. Quería que «recordáramos» (en lugar de contribuir a la «representación», en el plano teórico, de la neurosis). Y «recordar» aquí significa reconstruir su génesis lógica interna, su génesis anímica.12 Así pues, en este ámbito, Jung desplazó su atención del producto a la producción que dio lugar al producto.

Del mismo modo, cuando Jung afirma que «La psique crea la realidad todos los días» (OC 6 § 78) o concibe la conciencia como «el segundo creador del mundo»13 no es suficiente para la psicología contentarse con el resultado de esta creación, con las imágenes fantasiosas y el mundo imaginado tomados al pie de la letra y explicarlos en términos de mitos, arquetipos o dioses como algo dado. Si queremos ser serios con respecto a la naturaleza creativa de la psique, entonces (a) no debemos hipostasiar el alma como una sustancia o agente detrás de la escena que produce imágenes a través de una facultad particular que ha llamado fantasía o imaginación, y (b) tenemos que aprender a reconstruir las imágenes y los fenómenos psíquicos desde dentro de ellos mismos, a partir de su vida lógica interna como su alma. Esto significa que tenemos que renunciar por completo a la idea de algo primordial, ya sea lo sensorial, lo natural, lo físico o los arquetipos como orígenes irreductibles dados a priori. Todo lo que tenemos son resultados producidos, cuyo proceso de producción está oculto.

Reconstrucción significa que el enfoque lógico no «ve» realmente (mira, observa) el funcionamiento interno de los fenómenos psíquicos desde dentro, como ya he dicho antes, sino que recorre él mismo, y realiza activamente como actos propios, los pasos individuales del automovimiento interno como el que es una imagen o un fenómeno psíquico dado. De este modo, no se limita a contemplar la imagen como el resultado final de este drama lógico frente a sí mismo. En el caso de tal mirada, este drama mismo desaparece detrás del rostro que muestra el resultado acabado (o mejor dicho: siempre ha desaparecido, ha sido borrado). Porque tal reconstrucción realiza los pasos de la vida lógica interna que constituye el fenómeno psíquico, la oposición de sujeto y objeto ya no existe. El fenómeno ha llegado a la conciencia y la conciencia se ha interiorizado en el fenómeno. Esta unidad o interiorización sólo es posible en el pensamiento del fenómeno.

Mientras que los mitos antiguos, los símbolos, las leyendas locales y los cultos pueden seducirnos fácilmente para que utilicemos un enfoque imaginal y esto significa simplemente verlos «en términos de los dioses», ya que ellos mismos presentan inocentemente sus verdades con un ropaje imaginal, sería, en el caso de los fenómenos fundamentalmente modernos, un grave error tratar de enfrentarlos para «ver a través de la imagen divina». Sencillamente, nos perderíamos si tratáramos de ver fenómenos modernos como la neurosis (en el ámbito del opus parvum) y los enormes cambios en los ámbitos de la economía, la tecnología, la organización social, etc. (como parte del opus magnum del alma) en términos de los dioses o de las imágenes arquetípicas. Los fenómenos verdaderamente modernos son en sí mismos demasiado «astutos» como para que uno pueda esperar hacerles justicia por debajo del nivel de su lógica. En épocas anteriores, «el alma» se contentaba con producir y mostrar su verdad interior en forma imaginaria, es decir, en el resultado de su autoexposición. La esencia de los acontecimientos de la vida y de los aspectos conocidos de la realidad podía captarse adecuadamente y condensarse en las imágenes de determinados dioses. Esto ya no es así en la modernidad. Nuestra vida es mucho más compleja, incluso complicada. En nuestra época «el alma» ha avanzado hasta tomar conciencia de su propio proceso de producción y lo saca a la luz. Por eso los fenómenos modernos tienen en sí mismos el carácter de procesos, de relaciones lógicas complejas, de transacciones, más que de apariencias. Pensemos en el dinero. Hoy en día no se trata de monedas de oro, sino de lo que ocurre en los mercados monetarios mundiales, la banca de inversión, etc.

Después de haber dado una idea de lo que significa «lógico» en la frase «la vida lógica del alma» y de por qué el enfoque lógico es indispensable para la psicología, quiero, en conclusión, dar algunas pistas sobre la «vida» que tengo aquí en mente desde una perspectiva histórica más amplia. Antes me ocupaba más de la vida lógica interna que constituye los fenómenos individuales.

Históricamente, hay que distinguir sobre todo dos objetivos distintos de los movimientos. En primer lugar, está el objetivo de formar una tradición anímica y renovarla constantemente. Aquí el alma está interesada en mostrar sus verdades interiores, es decir, en producir «productos» (fenómenos psíquicos) como resultados. Este objetivo se realiza en la interacción dialéctica de los dos movimientos de lo que en la psicología profunda convencional se ha llamado «proyección» e «integración en la conciencia». La proyección debe entenderse aquí en el sentido más amplio: la necesidad del «alma» de dar a su propia vida lógica interior, totalmente irrepresentable, una representación o expresión objetiva hundiéndose en el medio de lo natural, en forma de cultos, costumbres, imágenes, mitos, obras de arte, cultura en general (véase más arriba lo dicho sobre el «1er acto» en el drama interior de un símbolo). Un movimiento opuesto, que sin embargo pertenece a la misma esfera, proviene de la necesidad del alma de la «iniciación» de la conciencia individual en el espíritu interior de esas representaciones objetivas, para que lo que al principio estaba exteriorizado pueda volver a casa a la conciencia y a través de esta vuelta a casa se llene de sangre vital fresca.

El segundo objetivo de la vida lógica del alma es superarse a sí misma, emanciparse de sí misma. Esta es la obra «alquímica» de la historia, que es una historia del desarrollo de la conciencia. El desarrollo significa aquí que la conciencia se desprende de su estadio inicial, negando y sublimando este último y alcanzando ipso facto un nuevo estadio, a partir del cual puede volver a comenzar el mismo proceso. En Jung este tema de la progresión a través de las subliaciones se da especialmente en sus ideas sobre la muerte de los símbolos y la «metamorfosis de los dioses»14 (un solo ejemplo: una «… visión del mundo que había surgido de la decadencia del Olimpo y la transformación de los dioses en ideas filosóficas y teológicas»,15 ). En cada uno de los nuevos estadios alcanzados el alma realiza y cumple un potencial de sí misma y saca a la luz un aspecto más de su propia naturaleza.

Toda la vida del alma está comprendida en el único axioma de Pseudo-Demócrito con sus tres etapas, «La naturaleza se deleita en la naturaleza [esto corresponde al primer objetivo: el cultivo de la cultura tradicional a través de la proyección (o representación objetiva) y la iniciación-integración], la naturaleza somete a la naturaleza [esto corresponde a la emancipación de la conciencia paso a paso, la alquimia de la historia como opus contra naturam], la naturaleza disfruta de su dominio sobre la naturaleza [que no debemos imaginar como la utopía de una etapa final, sino como el disfrute del alma de la realización específica alcanzada en cualquier etapa].»


1 Cartas 2, pág. 309, a Benjamin Nelson, 17 de junio de 1956.

2 Ibídem.

3 Cf mi ‘Psicología junguiana: una empresa sin base. Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos”, en: Wolfgang Giegerich, The Neurosis of Pychology (Collected English Papers, vol. 1), Nueva Orleans, LA (Spring Journal Books) 2005, págs. 153–170.

4 Cicerón traduce tanto el griego pychê como nous por animus. En Agustín, tanto anima como animus pueden aplicarse sin distinción al alma humana. Para Lucrecio animus es alma (como ubicada en el pecho de uno), mientras que anima significa vida (como una cualidad de todo el cuerpo). Ficino a veces usa ambos términos indistintamente en un mismo párrafo.

5 Con Jung podríamos hablar aquí de momentos o verdades “arquetípicas”, como los momentos de amor, de lucha, de nacimiento, del puer, de la virginidad, de la iluminación, etc.

6 Véase el excelente estudio de Reinhard Loock, Schwebende Einbildungskraft. Konzeptionen theoretischer Freiheit in der Philosophie Kants, Fichtes und Schellings, Würzburg (Königshausen & Neumann) 2007.

7 GWF Hegel, Jenaer Systementwürfe III, en: Gesammelte Werke, Hamburg 1968 ff., vol. 8, edición. RP Horstmann y JH Trede, págs. 185 y sigs. Ídem, Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften III, §§ 458–64. Ver también Alfredo Ferrarin, Hegel and Aristotle, Cambridge (Cambridge Univ. Pr.) 2001, pp. 287–308, e ídem, “Logic, Thinking and Language”, en: Rüdiger Bubner and Gunnar Hindrichs, Toon der Logik zur Sprache. Stuttgarter Hegel-Kongress 2005, Stuttgart (Klett) 2007. Jens Rometsch, Hegels Theorie des erkennenenden Subjekts, Würzburg (Königshausen & Neumann) 2007, págs. 204–217.

8 GWF Hegel, Finzyklopädie § 462 y nota.

9 Ibídem. § 457, Zusatz.

10 Jung, por supuesto, aborrecía la fisiología. Explica su aversión con la crueldad de la vivisección, con la que podemos simpatizar fácilmente. Pero además puede ser indicativo de una razón inconsciente más profunda, su ternura con respecto a la integridad de la imagen. En lugar de pensar las imágenes en el sentido de una reconstrucción intrusiva de ellas desde dentro de su propia vida lógica interna, prefirió simplemente reflejarlas contra el telón de fondo de algún otro dado externo (o imaginado como dado), a saber, mitos y arquetipos.

11 James Hillman, “Divergencias. Apropos of a Brazilian Seminar on Giegerich/Hillman – Organised by Marcus Quintaes”, carta abierta de 2008. Mi respuesta a Marian a la que se refiere Hillman se reproduce en el presente volumen como Capítulo 17.

12 Esto debe distinguirse claramente de la profundidad convencional. intento psicológico de concebir la neurosis en términos de una génesis biográfica en la infancia o niñez y en términos de causalidad (condiciones externas, traumatizaciones, etc.).

13 Por ejemplo Cartas 2, p. 487, a Tanner, 12 de febrero de 1959.

14 Sobre la metamorfosis de los dioses, véase el capítulo 20 infra.

15 Cartas 2, pág. 337, a Père Bruno de Jésus-Marie, 20 de noviembre de 1956

Hermandad de Sangre, Venganza de Sangre y Devotio

Traducciones

Miradas a la psique arcaica

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Soul-Violence’, volumen III de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 6, pp. 267-316

Traducción de Alejandro Chavarria

En psicología, solemos partir del supuesto de que -a pesar de todos los marcados cambios culturales que se han producido a lo largo de la historia de la humanidad (desde la recolección de alimentos y la caza, pasando por las sociedades agrícolas, hasta las industriales y tecnológicas; desde el politeísmo hasta el monoteísmo y, posteriormente, hasta los tiempos seculares; desde el ritualismo mitológico hasta la metafísica y, posteriormente, hasta las formas de civilización científicas y basadas en la información)- la constitución básica de la psique humana ha permanecido igual. Mucho ha cambiado en las formas de expresión de la mente humana, pero su estructura subyacente, creemos, no ha estado ni está sujeta a cambios. Si bien esto es probablemente cierto, y es una misma estructura de la mente humana la que opera en el hombre en todas las etapas del desarrollo cultural, en todos los tiempos y en todas las regiones del mundo, no podemos suponer que los presupuestos básicos sobre la constitución fundamental del modo humano de ser-en-el-mundo que actualmente poseemos y que simplemente damos por sentado sean válidos en todo momento. Es un gran error -aunque extremadamente tentador- retrotraer a épocas anteriores ciertas formas de percibir la vida y el mundo, ciertos modos fundamentales de ser-en-el-mundo y ciertas formas de autocomprensión del hombre que para nosotros hoy parecen simplemente naturales y una cuestión incuestionable, pero que pueden no haber sido los modos de otras épocas históricas. Jung dijo muy acertadamente respecto a la psicología personal:

Cada uno piensa que la psicología es lo que él mismo conoce mejor: la psicología es siempre su psicología, y sólo él la conoce, y al mismo tiempo su psicología es la psicología pura y dura. Instintivamente supone que su propia constitución psíquica es la general, y que todo el mundo es esencialmente como todo el mundo, es decir, como él mismo. Los maridos presuponen esta semejanza de sus esposas, las esposas la presuponen de sus maridos, los padres de sus hijos, los hijos de sus padres. Es como si cada uno tuviera el acceso más directo a lo que sucede en su interior, lo conociera íntimamente y fuera competente para opinar sobre ello, como si su propia alma fuera al mismo tiempo un alma universal que también está en todas las demás personas, de modo que sin dudar se postulan los hechos de la propia naturaleza como universalmente válidos. (CW 10 § 277, traducción modificada)

Lo que es cierto para el ámbito de la psicología personal en el contexto de la vida moderna es aún más importante con respecto a épocas anteriores y civilizaciones extranjeras. Es muy natural (Jung dijo «instintivo») pensar que la forma en que sentimos y pensamos hoy en día con respecto a ciertas cuestiones esenciales debe, por supuesto, haber sido también la forma en que todas las épocas anteriores a la nuestra, y los pueblos indígenas de otras partes del mundo también, sintieron y pensaron.

Los atentados suicidas de los terroristas islamistas nos han enseñado en los últimos años lo cautelosos que debemos ser con respecto a estas suposiciones generales. En general, habíamos dado por sentado que la motivación más profunda de los individuos era el afán de autoconservación. A la vista del gran número de asesinos suicidas, creo que tenemos que decir que obviamente no es así, y una mirada a otras épocas, en las que la gente a menudo sentía la necesidad de poner su vida en juego por sus creencias religiosas, por su honor, por su rey o por su país, apoya este destronamiento del impulso de supervivencia como la motivación más poderosa.

Para Jung, el prejuicio tácito de la uniformidad psíquica es un vestigio -pero muy potente- de un marco mental ingenuo y primitivo basado esencialmente en una conciencia insuficientemente diferenciada (CW 10 § 280). Es «una reliquia marcada de aquella noche primordial de la conciencia en la que no había ninguna diferencia perceptible entre el yo y el tú, y en la que todos pensaban, sentían y actuaban de la misma manera. Pero si ocurría algo que demostrara que alguien no era de la misma opinión, se producía una perturbación inmediata» (CW 10 § 282, traducción modificada). Cuanto más inconscientes somos y más poder tiene este prejuicio sobre nosotros, mayor es la decepción, incluso la ofensa, cuando descubrimos que otros sienten o piensan de forma diferente en determinadas situaciones. «La diferencia dolorosamente evidente parece una contravención del orden natural», es «difícil de soportar, o incluso insoportable, una falta, y reprobable» (CW 10 § 277, traducción modificada). Es un pequeño, o quizás no tan pequeño, insulto narcisista a nuestro yo, si no una franca lèse-majesté.

Una tarea importante de la diferenciación psicológica y de la educación y el cultivo de la conciencia es, por tanto, tomar conciencia de la subjetividad y relatividad fundamentales de la propia psicología personal y abrirse a la alteridad de la psicología de los demás: la discriminación. En el ámbito de la vida moderna, la distinción entre «mi» psicología y «la tuya», aunque no siempre es fácil (¡cuántos matrimonios se rompen por este problema!), es sin embargo sólo una dificultad «psíquica». En la medida en que la alteridad psíquica de otras personas consiste en su diferente constitución personal, podemos aprender a aceptar esta alteridad. Se trata simplemente de variedades individuales de la misma constitución psíquica básica, por ejemplo, variaciones en la tipología psicológica descrita por Jung (extraversión frente a introversión, tipos de sentimiento, pensamiento, sensación, intuición). En tal caso, sabemos que las dos orientaciones y las cuatro funciones pertenecen a todo psiquismo humano; las diferencias se producen sólo a través de diferentes énfasis en aspectos particulares de lo que todos tenemos en común. Pero enfrentarse a la psique arcaica y a su alteridad es mucho más amenazante en la medida en que pone en tela de juicio los presupuestos ontológicos básicos, todo nuestro sentido metafísico de la identidad y la unidad personal, nuestra noción de personalidad e individualidad. Se trata, por tanto, de un desafío de un orden totalmente diferente.

Hay tres razones por las que esta confrontación es psicológicamente importante.

En primer lugar, a nivel personal, contribuye a un cultivo de la conciencia en el sentido descrito anteriormente. Tomar conciencia significa adquirir una distancia con respecto a uno mismo, aprender a verse a sí mismo como desde el exterior, desidentificarse de sí mismo. Tengo que aprender a verme como el hecho contingente y, por tanto, fundamentalmente relativo que soy, y esto no sólo con respecto a mis contemporáneos.

En segundo lugar, mientras permanezcamos encerrados en nuestro propio sentido moderno de identidad personal, sólo veremos una parte de la realidad psíquica. Es deseable, y de hecho una exigencia del campo de la psicología, que tengamos una visión de la mayor parte posible de la gama y extensión de la realidad psíquica. Al observar el alma tal y como se manifiesta en los tiempos modernos, y quizás también durante el eón cristiano y hasta cierto punto en la antigüedad griega, nos movemos, por así decirlo, en un jardín bien cuidado y ordenado. Sin embargo, cuando nos enfrentamos al alma arcaica, la puerta del jardín se abre y nos encontramos con un paisaje muy diferente, mucho más salvaje, con acantilados y desfiladeros y verdaderos espacios naturales, incluso arenas movedizas. Se supera la inocuidad lógica de nuestra concepción de la realidad psicológica. Digo inofensividad «lógica», porque semánticamente sabemos que el alma puede ser cualquier cosa menos inofensiva. En ella encontramos asesinatos, castraciones, desmembramientos, desolladuras, crucifixiones, etc. Estamos acostumbrados a tales imágenes, y es en este sentido que nuestra concepción de la realidad psíquica es cualquier cosa menos inofensiva. Pero todos estos actos crueles no amenazan nuestros presupuestos ontológicos básicos. Ofenden nuestros sentimientos y destruyen figuras o entidades individuales dentro del marco ontológico que presuponemos y apreciamos, pero dejan el marco intacto. La comprensión del alma arcaica hace estallar este marco.

Y en tercer lugar, necesitamos este sentido de alteridad fundamental para que la psicología pueda volver a sí misma en un grado mucho mayor que antes. Hoy en día, la psicología sigue obstaculizada por la concepción naturalista que tenemos de ella. Es como si fuera «natural» para nosotros pensar en el alma de forma naturalista como una especie de constante antropológica, en alguna analogía vaga y normalmente no explícita con el cerebro o con otros órganos del cuerpo. O bien se hipotetiza tácitamente o, al menos, se piensa que está unida al ser humano como su sustrato. En ambos casos, se concibe como algo que tiene una existencia natural. Pero si nos vemos obligados a reconocer que la constitución del «alma» en la época arcaica era fundamentalmente diferente en aspectos esenciales, la concepción naturalista del alma no puede sostenerse. Entonces tenemos que darnos cuenta de que «el alma» no es en absoluto un «hecho» naturalmente dado; es desde el principio histórica, un producto «poiético» de la mente, una obra de la cultura, y como tal existe en su propio espacio «artificial» «por encima» del mundo físico. Es «inventado». En otras palabras, ya no podemos considerarla como el factor o agente antropológico que está detrás de la cultura humana, como esa realidad óntica que es responsable de la producción de todos los fenómenos culturales, las ideas, los valores, las instituciones, las obras que en conjunto constituyen lo que llamamos cultura. No, «el alma» es ella misma lo que produce en su despliegue histórico y nada más; es este su despliegue histórico. La segura distinción entre el productor (o sustrato) naturalmente existente y los productos culturales producidos por él (o ella) se disuelve.

La cuestión particular que puede ayudarnos a ver especialmente bien la diferencia fundamental en la constitución esencial del ser-en-el-mundo del hombre entre nuestro mundo (no sólo la modernidad, sino toda la tradición occidental de pensamiento) y los tiempos arcaicos es la cuestión de la unidad natural de la existencia humana. Es una cuestión ontológica. Para nosotros la respuesta a esta pregunta es clara. El ser humano individual es la unidad última. La sociedad, incluso la humanidad en general, está formada por individuos. Los individuos pueden comunicarse, hacerse amigos, amantes; pueden casarse y vivir juntos en familias, clanes, tribus, estados; pueden asociarse en clubes y organizaciones similares. Pueden estar objetivamente unidos en una verdadera conciencia de grupo por la misma lengua, tradición cultural y experiencia histórica. Pero en todos estos casos, el individuo es, sin embargo, ontológicamente la verdadera realidad primaria. Una conciencia de grupo puede envolver a los individuos que pertenecen al grupo y eliminar prácticamente las diferencias individuales y la verdadera independencia intelectual y emocional de los individuos. Pero esto se refiere a la condición psíquica de las personas, a su conciencia, a su mentalidad y a sus sentimientos. No tiene ninguna relevancia ontológica.

Lo que quiero mostrar a continuación, examinando dos fenómenos de la época arcaica, es que puede haber un sentido de la persona o del ser humano que de hecho trasciende la ontología del individuo. Por lo tanto, no me interesa únicamente el fenómeno de la mística de la participación, que solemos relacionar con la psicología del hombre arcaico y también, en general, con la infancia y los estados inconscientes. Aceptamos que psicológicamente el individuo siempre tiene que desarrollarse a partir de un estado primario de unidad inconsciente con los demás o incluso con el mundo físico. La noción de Jung del proceso de individuación aborda esta necesidad, pero también ve que esta necesidad se extiende mucho más allá de esta disolución de una unidad primaria e incluye la tarea de llegar mucho más lejos en un terreno culturalmente aún no conquistado. Todo esto se refiere únicamente a la posibilidad de diferenciación psicológica a partir de un estado psíquico inicial indiferenciado.

Los dos fenómenos que utilizaré como ilustración para mi argumento son, en primer lugar, la institución arcaica de la hermandad de sangre y, en segundo lugar, el primitivo ritual romano de la devotio. Cuando se trata de la psique arcaica, está claro que hay que trabajar con interpretaciones y reconstrucciones. En realidad, esto es cierto para todo el trabajo psicológico, incluso el trabajo práctico con pacientes modernos en una consulta. No hay acceso directo a la psique. Es más, nadie tiene acceso inmediato ni siquiera a su propia alma. Todo lo que notamos, pensamos, sentimos, sabemos de nosotros mismos es ya una interpretación (una autointerpretación) y no una observación de hechos desnudos. Sin embargo, la situación relativa a los tiempos arcaicos es mucho más difícil, sencillamente porque disponemos de muy pocos «documentos del alma» u otras pruebas de esos tiempos, y porque nos separa de ellos una enorme distancia histórica, lo que hace que la psicología de los pueblos arcaicos nos resulte extraña.

Al hablar de estos dos fenómenos, no presentaré investigaciones propias. Me baso más o menos en las reconstrucciones presentadas por Heino Gehrts, un erudito no sólo de asombrosa erudición y un verdadero espíritu de cazador al rastrear y reunir piezas individuales difíciles de encontrar, sino también dotado de una visión empática probablemente singular del alma arcaica.1 La erudición por sí sola no es suficiente. Hay muchos estudiosos que dan interpretaciones más bien racionalistas y simplistas a lo que encuentran, o peor aún, se acercan a los datos con una especie de mentalidad de archivo. Muy a menudo operan dentro de un horizonte positivista y totalmente cotidiano, utilitario, y no se atreven a aventurarse más allá de la descripción de los hechos positivos. Esto no es suficiente. También hay que ser capaz de sintonizar con el espíritu vivo que anima (o animó en su día) los datos individuales desde su interior, y esto requiere a su vez que uno sea capaz de dejar atrás hasta cierto punto nuestras formas modernas de pensar y ponerse en la mente de épocas anteriores. Sin penetrar en el centro de significado pulsante que produjo los fenómenos individuales de una cultura, no se trata más que de fragmentos.

Para evitar que tal esfuerzo se convierta en el mero producto de las propias proyecciones, hay que hacer uso del círculo hermenéutico, basando lo que uno cree que es el espíritu animador del aspecto de la época anterior que se va a discutir en pruebas convincentes y viendo cada prueba ya en términos de este espíritu o significado reconstruido como su fuente productiva. Pero también aquí no basta con trabajar correctamente dentro del círculo hermenéutico. Cuánto se puede captar del espíritu de una época, cuánto se profundiza en este trabajo hermenéutico, depende enteramente de la grandeza y el espíritu de la mente, de la amplitud del horizonte y de la profundidad del corazón de la persona que realiza este trabajo.

HERMANDAD DE SANGRE

Cuando hoy en día hablamos de hermanos de sangre, solemos pensar en una amistad especialmente profunda, firme e íntima, sellada mediante la mezcla de gotas de sangre de los dos hombres en cuestión. Esta hermandad de sangre es un vínculo en el plano de sus sentimientos subjetivos, y la mezcla de su sangre no es más que un acto simbólico para dar expresión visual y subrayar sensiblemente sus intenciones subjetivas. La arcaica hermandad de sangre -o hermandad jurada, como también se le llama- es, sin embargo, un fenómeno de un orden o dimensión totalmente diferente. Tiene preocupaciones mucho más serias, mucho más profundas y es una realidad muy diferente. No se basa ni se limita a los sentimientos subjetivos. Es una realidad sustancial objetiva. Habrá que demostrar lo que esto significa.

Comienzo con los principales testimonios sobre el ritual del vínculo fraternal de la literatura nórdica antigua. No todos los pasajes de los textos individuales que se refieren a él son completos en sí mismos. Tenemos que unir las distintas pruebas para obtener una imagen completa. Hay una saga en nórdico antiguo cuyo propio nombre está tomado del motivo de los «hermanos jurados», la Fóstbrœðrasaga. Trata de dos jóvenes islandeses llamados Thorgeir y Thormod, ambos llenos de espíritu de lucha.

Se hicieron amigos muy pronto, porque eran similares en muchos aspectos. Su intuición les dijo desde el principio, como de hecho se hizo realidad más tarde, que morirían a espada; porque estaban decididos a no ceder nunca, sino a salir victoriosos, sin importar con quién tuvieran que enfrentarse. Por esta razón se dieron mutuamente la firme promesa de que el que viviera más tiempo se vengaría del otro. Aunque en aquella época el pueblo se llamaba cristiano, el cristianismo en aquellos días era todavía joven y muy imperfecto, por lo que aún quedaban muchas chispas de los tiempos paganos. Así se había conservado la costumbre de los hombres de renombre, de aquellos hombres que habían establecido las leyes entre sí de que el que viviera más tiempo debía vengar al otro. Debían pasar por debajo de tres tiras de tierra, y ese era su juramento. El procedimiento era el siguiente: había que cortar tres tiras de césped de la tierra de manera que sus extremos quedaran firmemente adheridos a la tierra y levantarlas por el medio para poder pasar por debajo de ellas. Esta costumbre la llevaron a cabo Thormod y Thorgeir cuando se prometieron.

En otra saga (inventada), la Egilssaga einhenda, leemos que los dos, Aran y Asmund,

realizaron todos los ejercicios que los jóvenes acostumbraban a hacer en aquellos días, y eran tan parecidos que nadie podría haber notado una diferencia. Luego entraron en un combate de lucha, y hubo firmes agarres en su pelea, y nadie pudo determinar quién era más fuerte, y terminaron su combate sobre la base de que ambos estaban cansados. Entonces Aran le dijo a Asmud: «No pondremos a prueba nuestra habilidad con las armas, porque sería un desperdicio para ambos. Quiero que nos entreguemos al fóstbrœðralag [la orden de los hermanos juramentados], que cada uno vengue al otro y que tengamos todas las posesiones en común, tanto los bienes adquiridos como los no adquiridos.» Su juramento contenía también la disposición de que el que viviera más tiempo haría levantar la colina de la tumba para el otro y depositaría en ella tantos bienes como le pareciera oportuno.

En la Gíslisaga, tenemos el caso excepcional de cuatro hombres que deciden contraer la obligación de ser hermanos jurados. Ellos

cortaron una franja de césped del suelo de modo que ambos extremos quedaran pegados a la tierra y bajo ella, en el centro, colocaron una lanza rúnica cuyos clavos del asta un hombre podía alcanzar con las manos. Los cuatro, Thorkel, Gisli, Thorgrim y Vestein, tuvieron que pasar por debajo de ella. Entonces se cortaron y dejaron que su sangre goteara sobre la tierra que había quedado al descubierto bajo la franja de césped y que mezclaba sangre y tierra. Entonces todos cayeron de rodillas y juraron que cada uno debía vengar a los demás como a su hermano, e invocaron a los dioses como testigos.

En la mayoría de los textos se hace referencia a una fórmula mucho más breve para la promulgación de una hermandad jurada. El Ormstháttr Stórólfssonar se limita a afirmar sobre dos jóvenes, Orm y Asbjörn, que «competían en todo tipo de habilidades y eran iguales en todas aquellas en las que no era la fuerza lo que inclinaba la balanza. En estas últimas, sin embargo, Orm era siempre el más fuerte. Así sucedió que, según la antigua costumbre, entraron en una hermandad de sangre. El que sobreviviera debería vengar al otro en caso de que cayera».

Resumiendo las principales características del ritual, podemos decir que el ritual de la hermandad de sangre se representa en una fosa excavada bajo una franja de césped que ha sido levantada con lanzas; por regla general, sólo dos hombres pasan por debajo de ella; ambos dejan que la sangre se derrame en la tierra y la mezclan allí; y mientras se dan la mano e invocan a los dioses se hacen un juramento mutuo. Este juramento se refiere sobre todo (y a veces exclusivamente) a la obligación del uno de vengar al otro en caso de su muerte en batalla; además, tendrá la responsabilidad de ocuparse de la sepultura del otro. Pero con frecuencia también se afirma explícitamente que poseen en común todos sus bienes (tanto lo que aportan a la relación de hermandad como lo que adquirirán después).

Después de habernos familiarizado con estos pasajes del texto, ahora sabemos algo sobre el procedimiento, la finalidad y los objetivos de este ritual. Pero quedan dos cuestiones esenciales.

– En primer lugar, ¿cuál es el significado de la unión fáctica y física de los dos hombres en la sangre mezclada con tierra?

– Y en segundo lugar, ¿cuál es el significado más profundo del objetivo de este vínculo, a saber, la venganza? ¿Por qué es tan deseable la venganza de sangre que se considera necesario tomar disposiciones para ello con mucha antelación mediante la promulgación de un ritual especial? Debe haber una idea de que es muy importante asegurarse de que uno será vengado.

Estas preguntas no pueden responderse a partir de las antiguas referencias a la institución de la hermandad de sangre en las sagas citadas anteriormente y en otros textos, en parte porque estos textos fueron escritos en una época en la que no había necesidad de ninguna explicación de las razones, en la medida en que estas razones eran un conocimiento general, no tanto un conocimiento explícito y reflejado, sino un «sentimiento» evidente dado con el modo de ser del hombre arcaico en el mundo e inherente a él. En parte, puede ser que hayan llegado hasta nosotros muy pocos textos, y que cuanto más arcaico sea su contenido, más probable es que se pierda, porque la gente de épocas posteriores ya no podía darles sentido. También puede ser que los textos o las historias sobre hermanos de sangre se modificaran, se ajustaran para que tuvieran sentido en función de las nociones y los sentimientos predominantes en épocas posteriores. Algunos relatos de la época premedieval lograron llegar a la Edad Media, pero ahora estaban inmersos en una situación mundial caracterizada por una relación con el mundo y una percepción/experiencia del mundo muy diferentes por parte del hombre. Esto tuvo como consecuencia que ciertos motivos que habían tenido mucho sentido en épocas anteriores porque formaban parte integral de cómo se vivía la vida, estaban completamente fuera de lugar en la nueva era y debían ser reinterpretados o dotados de una nueva motivación narrativa de acuerdo con los conceptos pertenecientes a la nueva visión del mundo y al modo de ser-en-el-mundo.

De hecho, tenemos un buen ejemplo de este último proceso. En el Nibelungenlied, un texto que data de la Alta Edad Media, Sigfrido llega a la corte del rey Gunther en Worms desafiando a éste a un duelo por todas las posesiones de Gunther, sus tierras y sus castillos. El hecho de que Sigfrido y Gunther hayan sido representados en otro tiempo como hermanos jurados se ha perdido, obviamente,. Parece que cuando se compuso el Nibelungenlied, el sentido del significado, el propósito y el efecto de la institución de la hermandad de sangre había desaparecido. La motivación arcaica y ritualista del desafío al combate ha sido sustituida aquí por una motivación «psicológica» más «moderna», el deseo demasiado humano de honor y posesiones. En contraste con el Nibelungenlied del alto alemán medio, la Völsungasaga del nórdico antiguo (que tiene en parte el mismo argumento que el Nibelungenlied), sigue conservando la motivación ritualista. Dice claramente sobre los dos guerreros, Þeir saverjaz nú í bræðralag sem þeir se sambornir bræðr, «Ahora se juraron a sí mismos en el orden [o estatus] de hermanos como si fueran hermanos ‘nacidos juntos'». Sambornir, que significa literalmente «nacidos juntos», suele traducirse como hermanos «por la misma madre, los mismos padres». En nuestro contexto, quizá sea mejor decir «hermanos de una misma sangre».

A pesar de la considerable pérdida de conocimientos tradicionales, existe al menos un relato de hermandad jurada que nos llega de la poesía épica heroica del alto alemán medio, y que merece ser mencionado aquí brevemente porque nos ayuda a comprender mejor el significado ritualista de este rasgo del procedimiento del ritual de hermandad, el desafío inicial al combate, que ya hemos encontrado en algunos de los relatos citados anteriormente, pero que aún no ha sido debidamente destacado. En la doble epopeya de Ortnit y Wolfdietrich, éste se dispone a luchar con Ortnit por su herencia. Pero esto no significa ciertamente que quiera robarle a Ortnit su reino. En el contexto ritual arcaico, significa algo muy diferente: que quiere demostrar que es un combatiente vengador superior y un digno sucesor en caso de que Ortnit caiga en la batalla. Por eso Wolfdietrich dice: «Cuando lo derrote, quiero ser su Geselle [camarada, hermano de armas]». Aquí, este término más general se utiliza como sustituto de la palabra específica que significa «hermano jurado». Más adelante, después de que Wolfdietrich salga de hecho victorioso en su combate con Ortnit, tal y como había deseado, oímos que «se juraron mutuamente, los dignos señores; nadie, salvo la muerte, debería poder separar a los dos valientes guerreros».

De este pasaje de la epopeya de los Wolfdietrich aprendemos por qué el ritual de los hermanos de sangre iba precedido tan a menudo de combates entre los aspirantes a hermanos, y qué significaba este combate. También podemos entender el significado original del desafío de Sigfrido a Gunther en los Nibelungos: más que expresar un deseo impertinente por parte de Sigfrido de arrebatarle el reino a Gunther, el desafío al combate es una petición y una invitación al desafiado a entrar en una hermandad jurada con el retador. Parece ser un requisito previo para la hermandad de sangre que los dos hombres pongan a prueba su fuerza y sus habilidades el uno contra el otro y, a través de este íntimo contacto de lucha, adquieran un verdadero sentido de la valía del otro para el vínculo que están contemplando establecer, un vínculo cuyo propósito más profundo es la venganza de sangre.

LA IMPORTANCIA DE LOS CUENTOS DE HADAS

Después de todo lo dicho hasta ahora, debe quedar claro que no podemos esperar mucha ayuda de la literatura épica y de las sagas medievales en relación con las dos cuestiones sobre la unión real de dos individuos mediante la mezcla de su sangre en la tierra y sobre la necesidad y el significado de la venganza de sangre. Sin embargo, tenemos la suerte de contar con otras fuentes que pueden contribuir a una comprensión más profunda de la institución arcaica de la hermandad de sangre, a saber, los cuentos de hadas, y en particular el cuento europeo de los dos hermanos, cuento tipo AT 303 («Los gemelos o hermanos de sangre»).2 Pero primero hay que explicar por qué los cuentos de hadas pueden ser efectivamente de ayuda, ya que esto parece, a primera vista, una perspectiva muy improbable.

La razón principal por la que parece poco probable (aparte de la naturaleza ficticia del género de los cuentos de hadas) es que la mayoría de los cuentos de hadas se registraron recientemente, durante los siglos 19 y 20, basándose en las narraciones de personas que vivían en tiempos modernos. ¿Cómo podrían entonces los cuentos de hadas ser una fuente fiable de información sobre las condiciones de vida arcaicas? De hecho, vemos que en los cuentos de hadas aparecen a veces motivos que pertenecen claramente a las concepciones y situaciones sociales de la época postarcaica. Por ejemplo, en algunos cuentos de hadas aparece el diablo, una figura imaginaria que tiene su origen en el pensamiento cristiano medieval. Asimismo, aparecen reyes y reinos, ciudades y castillos, carruajes, etc., cosas que no se corresponden con la forma en que estaba constituido el mundo en la época arcaica.

Pero, curiosamente, estos rasgos superficiales no son tan significativos. La estructura básica y el argumento, así como la mayoría de los motivos esenciales de los cuentos, son sorprendentemente conservadores. Podemos ver inmediatamente que a la figura llamada diablo, por ejemplo, se le ha dado simplemente este nombre más nuevo, pero que bajo este nombre conserva todas las características de una figura que pertenece a un cuento arcaico. El llamado diablo de los auténticos cuentos de hadas no es diabólico, satánico, en absoluto. Aparte del nombre, no tiene nada en común con el diablo cristiano medieval. Lo mismo ocurre con la mayoría de los otros motivos que suenan más modernos. A través de todos los cambios de religión, civilización y mentalidad a lo largo de los milenios, el núcleo básico de los cuentos de hadas se ha conservado más o menos intacto. Obviamente, la sustancia interna de los cuentos de hadas no participó en los enormes cambios que se produjeron en la mentalidad de la gente, la organización social de la vida vivida y la cultura material en el transcurso de los milenios.

Al utilizar la palabra «milenios», doy a entender que los cuentos de hadas son efectivamente así de antiguos. Por supuesto, es difícil demostrar esta tesis, y no todos los cuentos de hadas auténticos pueden tener la misma antigüedad. Sin embargo, en unos pocos casos se puede documentar la enorme antigüedad de los cuentos de hadas. El cuento de hadas del tipo Los muertos agradecidos (AT 507) aparece ya en el libro de Tobit en los apócrifos del Antiguo Testamento. Dos cuentos, El monte volador de madera, también conocido bajo el título Las alas del príncipe (AT 575), y El hombre que perdonó la vida a su esposa infiel (AT 612A), aparecen en el Pañcatantra indio. El tipo de cuento de hadas de La búsqueda de la esposa del marido perdido, AT 425, está representado por la historia de «Amor y Psique» en El asno de oro de Apuleyo. Esto significa que, al menos para estos tipos de cuentos, podemos suponer una antigüedad de 2.000 años, aunque lo más probable es que, cuando se incluyeron los cuentos en estas obras escritas, éstos ya contaban con una larga historia previa de tradición oral.

Nuestro tipo de cuento, Los dos hermanos, AT 303, resulta estar atestiguado en una forma variante en el Antiguo Egipto,3 por lo que, al menos para este tipo de cuento, está documentada una antigüedad de más de 3000-4000 años.

Por lo tanto, la antigüedad de estos pocos tipos de cuentos está definitivamente corroborada por la historia. Para todos los demás tipos de cuentos, faltan tales pruebas histórico-factuales sobre su antigüedad. Sin embargo, se puede demostrar que los motivos y argumentos esenciales de los cuentos de hadas y el significado cultural que expresan deben atribuirse a una etapa anterior, prehistórica, del desarrollo cultural. Varios estudiosos han presentado argumentos convincentes a favor de esta tesis.

El primer estudioso que hay que mencionar es Hans Siuts. En su obra Jenseitsmotive im deutschen Volksmärchen (Leipzig, 1911) demostró que muchos motivos de los cuentos de hadas son componentes de viajes al más allá, pero que este tipo concreto de más allá, así como la naturaleza de las figuras que aparecen en él, son incompatibles con los motivos de otro mundo de las leyendas cristianas. Esto nos obliga a pensar que el origen de estos cuentos mágicos hay que buscarlo en culturas o épocas precristianas o no cristianas.

En segundo lugar, Pierre Saintyves defiende que los cuentos son «comentarios más o menos alegóricos de los rituales» y que tienen su origen en las costumbres y los actos de los pueblos prehistóricos. Afirma que los antepasados de los pueblos de Europa llevaron sin duda sus rituales iniciáticos y, asimismo, los cuentos que eran los comentarios de esos rituales.4

El tercer autor que hay que mencionar es Vladimir Propp, que en 1946 publicó en Leningrado una monografía titulada Istoricheskie korni volshebnoi skazki (Las raíces históricas del cuento maravilloso).5 A grandes rasgos, Propp elabora con detalle el contenido iniciático y ritualista de los cuentos de hadas. El cuento de hadas se revela para él como una fuente valiosa, un tesoro de fenómenos culturales que han desaparecido hace tiempo de la conciencia. Esto no significa en absoluto que, por tanto, sea el cuento de hadas el que necesite una explicación. Es al revés: ha conservado el pasado de forma tan completa, tan fiel, tan bien, que los rituales u otros fenómenos del pasado sólo reciben su verdadera iluminación a través del cuento.

Otro estudioso, Otto Huth, ha demostrado que un tipo de cuento concreto, La princesa de la montaña de cristal (AT 530), debe remontarse a los tiempos de la cultura megalítica.

Basándose en su propia investigación y en el estudio exhaustivo de un número increíble de versiones y variantes de diversos tipos de cuentos de hadas de todo el mundo, Heino Gehrts pudo reconstruir el significado interno y la lógica de muchos de estos tipos distintos e interpretarlos como representaciones en forma imaginal de experiencias chamánicas extáticas e iniciáticas. Originalmente, estos relatos contaban la primera ejecución ejemplar de determinados rituales («había una vez») y, como tales, servían de modelo y de ayuda imaginativa para prepararse para la ejecución adecuada de los rituales y para llevarlos a cabo de forma significativa y con verdadera comprensión. Pero más tarde, los rituales correspondientes cayeron en desuso porque la conciencia había pasado a una nueva etapa de su desarrollo y debido a la realización social y cultural de esta nueva etapa, los cuentos de hadas perdieron su conexión intrínseca con la promulgación de rituales. Sin embargo, los cuentos en sí no se perdieron por completo. Al contrario, se conservaron, pero ahora como narraciones independientes por derecho propio, como «literatura oral», como se denomina ahora, como meras historias interesantes y entretenidas. Gracias a la supervivencia de estos cuentos, el pensamiento y la experiencia de los tiempos pasados, que entretanto se habían vuelto en gran medida incomprensibles, se conservaron a lo largo de los años, protegidos en y por su sedimentación en las formas simbólicas de las tramas y los motivos de los cuentos.

El valor del número relativamente pequeño de cuentos auténticos es inestimable, porque en ellos, como historias completas, tenemos los únicos testimonios verbales (es decir, hablados) continuos de aquellas épocas prehistóricas anteriores a la escritura. Nos permiten ver los contextos de significado más amplios en los que los diversos símbolos individuales o motivos rituales tienen su lugar, mientras que la mayoría de nuestros otros hallazgos arqueológicos o informes sobre las culturas primitivas son fragmentos aislados arrancados de sus contextos mentales y culturales.6 Por eso también es que sólo mediante los cuentos apropiados podemos esperar obtener alguna visión de las dos preguntas sobre el ritual de la hermandad de sangre que aún nos quedan por responder, preguntas que todos los demás testimonios textuales o arqueológicos dejan sin respuesta.

Para concluir esta sección sobre el significado de los cuentos de hadas, puede ser útil un breve comentario sobre una diferencia esencial entre los cuentos de hadas (Märchen) y las leyendas locales (Sagen). Mientras que en los cuentos de hadas el héroe suele alcanzar siempre su objetivo, en las leyendas el intento de salvación fracasa sistemáticamente, aunque los motivos y las tareas básicas pueden ser bastante similares en ambos casos. La pregunta es por qué. Los cuentos de hadas pertenecen a una época anterior del desarrollo cultural, a lo que yo llamo el mundo arcaico. En estas épocas, la experiencia del mundo y el modo de ser-en-el-mundo todavía estaban constituidos e impregnados por la realidad cultual, y en consecuencia tanto el héroe de cuento como su contraparte real, el iniciado, se apoyaban en la lógica de ser-en-el-mundo de toda la comunidad y su conocimiento colectivo (es decir, ¡precisamente no por un inconsciente colectivo!). Cuando el héroe de cuento o su homólogo real, el iniciado, se encontraba en una situación concreta, podía saber «instintivamente» lo que tenía que hacer para redimir al ser de otro mundo que se le aparecía en su viaje visionario, un ser cuya redención de alguna enfermedad o angustia era parte esencial de la tarea encomendada a los iniciados. Por el contrario, las leyendas locales pertenecen a una época con una lógica de ser-en-el-mundo muy diferente, a saber, la lógica de las culturas religiosas, en las que el conocimiento cultual ya había sido sustituido en gran medida por el aprendizaje religioso de un determinado conjunto de verdades doctrinales y una actitud piadosa subjetiva en contraste con el contacto e implicación iniciática personal y directa con las figuras del otro mundo. Está claro que cuando una persona que vivía bajo estas condiciones posteriores se enfrentaba espontáneamente a una tarea o experiencia iniciática que sólo podía tener sentido en términos del modo de ser-en-el-mundo de los cuentos (es decir, chamánico o ritualista), entonces se encontraba solo para afrontar esta tarea. No estaba, como los iniciados en tiempos ritualistas, preparado y apoyado, llevado, por un conocimiento colectivo y un modo de vida colectivo, que le hubiera proporcionado el comportamiento correcto necesario para la situación. Esta carencia se refleja en las leyendas locales. Aquellas experiencias reales o sucesos visionarios que se convirtieron en el contenido de las leyendas locales se presentan en estas leyendas como algo ajeno -absolutamente asombroso, milagroso- al mundo en el que se viven. Lo mismo, pero en un grado mucho mayor, se aplica a los sueños de las personas modernas que viven en un mundo constituido por la lógica de la ciencia y la tecnología. Ya ni siquiera estamos informados por una postura religiosa hacia el mundo.

LA HISTORIA DE LOS HERMANOS GEMELOS

Después de estas observaciones preliminares sobre la legitimidad y la necesidad de que recurramos a los cuentos de hadas en busca de pistas y conocimientos sobre la psique arcaica, podemos dedicarnos al cuento de «Los gemelos o hermanos de sangre». Este tipo de cuento existe en numerosas versiones de diferentes países. En lugar de entrar en las diferencias entre las distintas versiones y tratar de reconstruir a partir de ellas la forma original más probable de su desarrollo, baso la siguiente discusión, en aras de la simplicidad, en una sola versión que contiene los motivos esenciales. Esta versión está tomada de la primera edición del libro de cuentos de los hermanos Grimm (1812) y se titula allí «De Juan-Muelle y Caspar-Muelle».7 El cuento dice lo siguiente:

Un rey insistió en que su hija no se casara. Mandó construir una casa para ella en la más profunda soledad del bosque. Allí debía vivir con sus doncellas y no podía ver a ninguna otra persona. Pero cerca de la casa, en el bosque, había un manantial con propiedades milagrosas. La princesa bebió de él, y la consecuencia fue que dio a luz a dos príncipes que por esta razón se llamaron Juan-Manantial y Caspar-Manantial y de los cuales uno se parecía completamente al otro. Su abuelo, el viejo rey, les hizo aprender el oficio de cazador. Crecieron y se hicieron altos y hermosos. Entonces llegó el momento en que tuvieron que abandonar su hogar y recorrer el mundo; cada uno de ellos obtuvo una estrella de plata, un caballo y un perro para llevar en su viaje. Primero llegaron a un bosque y vieron enseguida dos liebres y quisieron dispararles. Pero las liebres pidieron clemencia y dijeron que debían aceptarlas a su servicio; podrían serles útiles y ayudarles en cualquier peligro. Los dos hermanos se dejaron convencer y las aceptaron como sirvientes. Poco después llegaron dos osos, y cuando les apuntaron con sus armas también pidieron clemencia y prometieron servirles fielmente. Así se amplió su séquito.

Entonces llegaron a una encrucijada. Allí dijeron: «Debemos separarnos, y el uno debe seguir hacia la derecha, el otro hacia la izquierda». Pero cada uno clavó un cuchillo en un árbol de la encrucijada, de cuya herrumbre querían detectar cómo le iban las cosas al otro, y si seguía vivo. Luego se despidieron, se besaron y siguieron cabalgando. Juan-Manantial llegó a una ciudad. Allí todo era silencio y tristeza porque la princesa debía ser sacrificada a un dragón que asolaba todo el país y que no podía ser aplacado de ninguna otra manera. Se anunció que quien quisiera arriesgar su vida y matar al dragón tendría como recompensa la princesa como esposa, pero nadie se había presentado. También se había querido engañar al monstruo y se había enviado a la camarera de la princesa en su lugar, pero ésta se había dado cuenta enseguida y no había estado dispuesta a ir. Juan-Manantial pensó: hay que probar suerte, tal vez tenga éxito. Y se dirigió con su séquito hacia la guarida del dragón. La lucha fue enorme: el dragón vomitaba fuego y llamas y hacía arder la hierba por todas partes, de modo que Juan-Manantial se habría asfixiado con toda seguridad si la liebre, el perro y el caballo no hubieran salido a pisar fuerte y sofocar el fuego; pero finalmente el dragón tuvo que sucumbir, y Juan-Manantial le cortó las siete cabezas, luego le cortó las lenguas y se las guardó en el bolsillo. Pero ahora estaba tan cansado que al instante se acostó y se quedó dormido.

Mientras dormía, pasó el cochero de la princesa y, al ver al hombre tendido y las siete cabezas de dragón junto a él, pensó: hay que aprovechar esto. Apuñaló hasta la muerte a Juan-Manatial y se llevó las siete cabezas de dragón. Con ellas fue a ver al rey diciendo que había matado al monstruo y que presentaba las siete cabezas como prueba. La convirtió en su novia.

Mientras tanto, los animales de John-Manantial, que después del combate se habían tumbado cerca y también habían dormido, volvieron y encontraron a su amo muerto. Vieron cómo las hormigas, cuya colina había sido aplastada durante el combate, untaron a sus muertos con el jugo de un roble cercano, lo que los devolvió inmediatamente a la vida. El oso fue a buscar un poco de este jugo y se lo untó a Juan-Muelle. Éste se recuperó y al poco tiempo estaba bastante fresco y sano. Ahora pensó en la princesa que había ganado con su lucha y se apresuró a ir a la ciudad. Allí se celebraba la boda con el cochero y la gente decía que había matado al dragón de siete cabezas. El perro y el oso corrieron al castillo, donde la princesa les ató al cuello asado y vino y dijo a sus sirvientes que siguieran a los animales e invitaran a la boda al hombre al que pertenecían. Así fue como Juan-Manantial llegó a la boda, y justo en ese momento se estaba sirviendo el cuenco con las siete cabezas de dragón que el cochero había llevado consigo. Juan-Manantial sacó las siete lenguas y las puso junto a las cabezas. Así se vio que era el verdadero asesino de dragones, el cochero fue ahuyentado y él se convirtió en el marido de la princesa.

Poco después salió de caza y persiguió a un ciervo con cuernos plateados. Lo persiguió durante mucho tiempo, pero no pudo alcanzarlo, y finalmente llegó hasta una anciana, y ella lo transmutó junto con su perro, su caballo y su oso en piedra. Mientras tanto, Caspar-Manantial se acercó al árbol en el que estaban los dos cuchillos y vio que el de su hermano estaba oxidado. Enseguida decidió buscarlo, cabalgó y llegó a la ciudad donde vivía la mujer de su hermano. Pero como se parecía tanto a él, ella lo tomó por su verdadero marido, se alegró de su vuelta a casa e insistió en que se quedara con ella. Sin embargo, Caspar-Manantial siguió adelante, encontró a su hermano con su séquito convertido en piedra y obligó a la mujer a deshacer el encanto mágico. A continuación, los dos hermanos volvieron a casa. En el camino, acordaron que uno de ellos debía ser el marido de la princesa, el que sería el primero alrededor de cuyo cuello la princesa arrojaría sus brazos. Y esto le ocurrió a Juan-Manantial.

En este cuento, tenemos el retrato narrativo y pictórico de la lógica interna de la muy extraña y difícilmente accesible institución de la hermandad jurada o de sangre, en la que queremos empaparnos a continuación.

Como es sabido, el tema de muchos tipos de cuentos de hadas es cómo llegar a ser rey. Pero en los cuentos de hadas uno no puede convertirse en «rey» simplemente por nacimiento (es decir, como hijo del rey anterior) o mediante una lucha de poder. Y tampoco basta con demostrar que se tiene una gran visión política, habilidades diplomáticas y cualidades de liderazgo. En este reino, sólo puede convertirse en «rey» aquel que pueda demostrar que ha viajado al más allá y ha adquirido allí ciertos tesoros que en los cuentos de hadas se denominan, por ejemplo, el agua de la vida, el oro del otro mundo o la princesa también del otro mundo, todas ellas encarnaciones simbólicas de la luz sustancial como fuente más íntima de la vida. La principal tarea de un «rey» era, por tanto, hacer que las fuentes espirituales del otro mundo estuvieran disponibles aquí en este mundo en beneficio de su pueblo. En otras palabras, lo que los cuentos de hadas llaman «rey» es un nombre de una época posterior para lo que en realidad es algo parecido a un chamán. También nuestro cuento de hadas trata de convertirse en «rey».

Sin embargo, lo que tiene de especial es que, desde el principio, dos jóvenes de la misma clase se lanzan a conseguir el puesto de rey. En otros cuentos de hadas sobre la realeza se trata de una sola persona o de varias personas de distinta clase que compiten entre sí. Aquí los dos son hermanos de nacimiento milagroso, y se parecen completamente y están igualmente equipados. Juntos parten, abandonando su reino natal de forma parecida a como los hermanos fóstoles abandonan el pozo de césped. Pero luego cada uno sigue su camino por separado. Es lógico que el hermano mayor tome el camino de la derecha, es decir, el de las acciones corporales. El hermano gemelo menor toma, o permanece, el camino de la izquierda, el de la actividad interior. A pesar de su separación, los hermanos se mantienen en contacto, en el cuento de hadas simbólicamente a través del cuchillo en el árbol de la encrucijada, en realidad a través de la conexión interior viva establecida a través del ritual del hermano de sangre. Pero sólo uno de los dos consigue la novia y se convierte en rey a través de ella. Es esencial que desde el principio hasta el final sólo haya una mujer, una princesa para los dos hermanos.

En algunas versiones, al final de la historia se saca de la chistera a otra hermana de la heredera al trono para que el segundo hermano también se case. Pero esta última frase en esas versiones («y el hermano se casó con su hermana») es contraria a la lógica objetiva interna de este cuento. Es una invención subjetiva del narrador para satisfacer su necesidad de una simetría que, sin embargo, está totalmente fuera de lugar aquí. Una razón, o prueba, de que es un error es el significado del motivo de ser convertido en piedra: significa la muerte. El hermano mayor, sin duda, gana la novia real y se convierte en rey gracias a su lucha heroica y su victoria sobre el dragón. Pero sólo por poco tiempo. Porque ya en la noche de bodas se le aparece una señal de muerte -un resplandor de luz, un ciervo, un gallo demoníaco- y en el reino del demonio de la muerte femenino cae presa de la muerte. Otro indicio es que, según varias versiones, la función de la señal de socorro, el cuchillo oxidado, es señalar expresamente la muerte del único hermano.

En una versión rusa, los dos hermanos se llaman, de forma bastante similar a la versión de los Grimm, Ivan-Waterson y Michael-Waterson y son procreados de forma similar. Allí la bruja mata a Iván-Waterson a mordiscos, lo descuartiza, sala los trozos, los echa en un cesto y lo entierra en el bosque. La bruja del cuento de los Grimm «Dos hermanos» no es en absoluto una mujer humana con poderes mágicos. Es una diosa de la muerte, en contextos germánicos la diosa Hel. Por lo tanto, el hermano mayor, que es el primero de los dos en aventurarse en el destino, en luchar con el dragón en aras de la realeza, el primero, en otras palabras, en exponerse, sufre la muerte. Como todo lo adquirido por cada uno de los hermanos pertenece a ambos, el mayor, el orientado hacia el derecho, conquistó la corona, el reino e incluso la esposa para los dos, es decir, también para su hermano menor. Y sufre la muerte como sacrificio para completar el destino a través del hermano menor, a través de aquel que tomó el camino de la izquierda y se quedó atrás al principio. Pero luego se vuelve activo y, según el relato, trae a su hermano de vuelta a casa, a su matrimonio y a la realeza, que están disponibles sólo en singular.

¿Cómo puede el hermano menor traer al mayor de vuelta a casa desde la muerte? Es bien conocido en el mundo germánico cómo los muertos vuelven a la vida. A menudo, el nieto recibía el nombre de su antepasado y se creía que era su reencarnación. En este sentido, podría pensarse que el hermano menor devuelve a la vida al mayor: al engendrar un hijo con la mujer que el muerto le había ganado en un principio, procura una vida renovada a su hermano. Para nosotros estas ideas no son muy convincentes, pero en la época arcaica eran algo natural.

Sin embargo, no es así como se explica el suceso del cuento. Lo que ocurrió aquí es mucho más misterioso. No se trata simplemente de que el hermano menor engendrara al hermano mayor renacido. El cuento de hadas afirma expresamente que el propio hermano mayor regresó y fue el marido principal. Y el hijo que nace es realmente suyo, del hermano mayor. Para entender esto tenemos que profundizar un poco más en el pensamiento del mundo arcaico.

Algunas frases de la obra de Vilhelm Grønbech (1843-1948) Vor folkeæt i oldtiden pueden ser útiles aquí. Afirma que (entre los teutones) los parientes se reforzaban mutuamente; no eran como dos o más individuos que unen sus fuerzas, sino que actuaban con igual tacto porque en el fondo de todos ellos había un misterio que sabía por ellos y pensaba por ellos. Incluso más que eso, estaban conectados hasta tal punto que el individuo era capaz de sacar fuerzas de sus compañeros y meterse en sí mismo. Esta característica de las personas también es bien conocida por los osos, según el folclore del norte de Suecia. Un proverbio atribuido a ese inteligente animal dice: «Prefiero luchar con doce hombres que con dos hermanos». De los doce hombres, el oso puede eliminar uno tras otro; pero a los dos hermanos no puede matarlos individualmente. Y aunque uno caiga, su fuerza pasa al otro.

UNIDAD SUSTANCIAL

Con nuestra mente moderna, es probable que leamos afirmaciones como las de Grønbech de forma demasiado psicológica. La fuerza del hermano muerto pasa al otro hermano: por supuesto, así pensamos, la muerte de uno es la ocasión para que el otro se recomponga y ejerza su máxima fuerza de voluntad. Pero no es así. No es así como pensaba la mente arcaica. En la época arcaica, lo principal era la realidad sustancial del proceso: había una verdadera in-fluencia, un influjo del muerto en el vivo.

Pero incluso en nuestra época, todavía se puede experimentar algo así. En la colección de Aniela Jaffé de informes contemporáneos sobre experiencias «parapsicológicas» o sincrónicas, un antiguo ingeniero cuenta:

El 8 de abril de 1950 murió mi hermano. Había cumplido sesenta años. El 11 de abril de 1950 fue enterrado. Unos días más tarde … me fui como de costumbre a la cama alrededor de las 8 de la tarde. Mis pensamientos no estaban con mi hermano. Tal vez durante diez o quince minutos estuve tumbado de esta manera, cuando de repente apareció aproximadamente un metro y medio por encima de mí, de entre la oscuridad que me rodeaba y como si saliera de una densa niebla. De tamaño natural, con sus ropas cotidianas vino flotando lentamente hacia mí y luego se detuvo, cruzado sobre mí, sin embargo sólo la mitad superior de su cuerpo. Ahora sucedió algo peculiar. De repente algo como una niebla muy fina salió de su cuerpo (para mí visible) y al mismo tiempo también de mi cuerpo. Estas dos formas de niebla extremadamente tenues se movieron en el medio exacto entre él y yo, mientras fluían completamente la una en la otra. Y como tal, unida, esta forma volvió a mi cuerpo.

Todo el proceso duró tal vez un minuto y sin ningún ruido y sin causar ninguna sensación. En el momento en que esta «niebla» o «espíritu» o como se llame tal aparición había desaparecido completamente en mi cuerpo, también mi hermano desapareció de nuevo, silenciosamente, como había venido.

A menudo he pensado en esta experiencia y me he preguntado cómo hay que entender todo esto, pero no puedo dar una respuesta definitiva. También pregunté a nuestro ministro, pero también sin éxito ….8

Podemos comparar esta experiencia moderna con un pasaje del poema épico del alto alemán medio llamado Eckenlied. En las dos estrofas de este pasaje tenemos la rara ocasión de que se haya conservado una sustancia muy antigua en una obra literaria medieval, y es bastante revelador que en una versión más corta de esta obra se hayan omitido estas dos estrofas.

Esta epopeya es un tratamiento de la leyenda de Dietrich. Cuenta cómo un joven guerrero llamado Ecke, que lucha al servicio de una joven, obliga a Dietrich von Bern (el personaje legendario, que en la historia era en realidad Teodorico el Grande) a luchar con él y cómo Dietrich tiene que matarlo en contra de sus propias intenciones. Entonces se encuentra con Vasold, el hermano de Ecke, que le reta a luchar como vengador de su hermano. En esta situación intercambian las siguientes palabras:

Dietrich: «Que Dios me proteja de ti: ¡eres un guerrero rojo [ein roter Degen]! El corazón de Ecke se ha metido en ti, aunque yacía en el bosque como un cadáver cuando me alejé de él. No me conviene que me ataques como dos. Déjalo, deja a tu Geselle [camarada, hermano de armas] fuera de esto. Si te enfrentaras a mí solo, esto sería verdaderamente audaz».

Vasold: «¿Por qué me acusas de tener dos corazones? En ti también está el corazón de Diether, el corazón de tu maravilloso y valiente hermano con el que juntos habéis salido del mismo vientre de mujer. En el momento en que el valiente Wittich lo mató en el campo verde de las afueras de Rávena, ¡su fuerza entró en tu cuerpo!»

Estas dos estrofas son un precioso fragmento de concepciones muy antiguas. La fuerza de los muertos, de Diether y Ecke, está presente en sus hermanos vivos, en Dietrich y Vasold, respectivamente. Se ha introducido en sus cuerpos y, de este modo, actúa en ellos en conjunción con su propia fuerza. Y esta fuerza no es nada abstracto, «fuerza» o «energía» en nuestro sentido moderno. No, es el corazón mismo de los muertos.

Esto debe entenderse en un sentido verdaderamente sustancial. El «Reginsmál» de la Edda puede ayudarnos a acercarnos a una comprensión sustancial de lo ocurrido. En este poema, Sigurd ha matado a Fafnir, el dragón instigado por Regin, aparentemente para vengar al padre de Regin, al que Fafnir había matado por el tesoro, pero en realidad porque Regin ansía el tesoro para sí mismo. Es un clan de asesinos demoníacos. Regin sólo necesitaba matar a Sigurd para tener el oro para sí mismo. Al mismo tiempo, su asesinato de Sigurd sería la venganza fraternal para Fafnir, que había sido asesinado por Sigurd. Por esta razón, Regin quiere comer el corazón de su hermano Fafnir, y Sigurd tiene que asarlo para él. Pero este corazón no es un simple trozo de carne de dragón. Es mucho más. El texto se refiere a él como fjörsegi fránn, que es difícil de traducir porque hemos perdido la palabra fjör, que aún existía en el alto alemán medio como verch, «vida, o carne como sede de la vida», y en el inglés antiguo como feorh, que suele traducirse como «vida, espíritu, alma». Fjörsegi por sí solo es literalmente la tira o trozo de «vida», positivamente algo así como el «músculo de la vida», y como tal se refiere al corazón; fránn significa «brillante». Pero, en conjunto, el verdadero significado interno de la frase quizás podría traducirse mejor como «el trozo brillante de fuerza vital, de la sustancia vital«. Esta unidad de fuerza vital sustancial encarnada no es, sin embargo, un mero componente del cuerpo de un individuo, como la anatomía o la cirugía modernas conciben el corazón. El fjör, feorh o verch es a la vez una parte del cuerpo individual y del cuerpo cósmico, hecho que se hace evidente cuando consideramos que fjör y verch están estrechamente relacionados con el gótico faírhvus, que significa «mundo» y es utilizado por Ulfilas para traducir la palabra griega kósmos. La vida y el mundo están conectados. El feorh o verch tiene una dimensión cósmica; el «corazón» como fuerza vital resplandeciente es la encarnación en un individuo de una fuerza cósmica. Si así se entendía el corazón en la época arcaica, entonces queda claro por qué Regin quería comerse el corazón de Fafnir, y también por qué en principio se consideraba posible tener una segunda vista, o comunicarse telepáticamente, u obtener conocimiento del futuro, en otras palabras, por qué podían darse esos fenómenos que Jung habría llamado «sincrónicos». A través del feorh o verch, el cuerpo individual estaba, según esta postura en el mundo, en contacto directo con el cosmos. La unidad era ontológica. Al menos esto es lo que debe concluirse de una reconstrucción de cómo se experimentaban y entendían estas cosas en tiempos arcaicos.

En cualquier caso, Regin planea acoger e integrar el fjör de su hermano Fafnir, que tiene forma de dragón, y así obtener el poder de vencer y matar a Sigurd, es decir, vengar a su hermano, de forma parecida a lo que pretende hacer Vasold, que tiene el corazón de Ecke en su interior. Pero como sabemos, Sigurd, mientras asa el corazón, lo toca con la punta del dedo para ver si está hecho. Su dedo se quema en el proceso, así que se lo lleva a la boca, y de esta manera un poco de la sangre de Fafnir llega a su lengua. Para su asombro, de repente puede entender la voz de un pájaro sobre su cabeza y de esta manera se da cuenta de las intenciones asesinas de Regin. A través del corazón de los muertos, se había abierto a la voz del mundo, a la dirección del destino.

VENGANZA DE SANGRE: REDEMPTIO EX INFERIS

Si Regin hubiera matado a Sigurd, habría entrado en posesión del tesoro del dragón. Pero lo que es más importante para nosotros es que sólo así habría obtenido realmente la «pieza brillante de fuerza vital». Al condenar a muerte al asesino de su hermano, habría sustituido al hermano muerto por una víctima de sacrificio, Sigurd, devolviendo así la vida a su hermano.

Este es el epítome de cómo «funciona» la venganza de sangre: el vengador envía al asesino asesinado a la deidad de la muerte y a cambio recibe de vuelta a su hermano muerto. El más joven se venga del mayor matando al asesino de este último y le arrebata así el alma de su hermano, o se la reclama a la deidad de la muerte consagrando el alma del asesino a la deidad. Esto nos revela el verdadero propósito de la hermandad de sangre. En virtud de la venganza de sangre, su objetivo último es hacer que el alma del hermano muerto siga viviendo en el cuerpo del hermano vengador. En este sentido es, pues, como lo cuenta el cuento de hadas: los hermanos vuelven juntos a la única novia. De ello se deduce que el matrimonio del hermano mayor no queda anulado por su muerte, sino que continúa su matrimonio en la persona de su hermano menor, y en y a través de su hermano gobierna como rey, y engendra un hijo o una Erbtocher (hija como heredera al trono),9 si hay descendencia de este matrimonio. Por el contrario, el hermano menor tiene la ventaja de que, como rey, no sólo es él mismo, sino que también está animado por un alma del reino de los muertos y, en este sentido, podría decirse que gobierna ambos mundos.

Lo que se ha descrito aquí es la redemptio ex inferis, la recompra o el rescate del inframundo. Ahora bien, cabe destacar que también en el cristianismo la salvación de los muertos se designa con una palabra del lenguaje comercial y el Cristo se llama Redemptor (redentor), una palabra que originalmente se refería a un contratista, un proveedor, un agricultor de ingresos, y que sólo en el latín cristiano tomó el significado de Salvador.

A estas alturas hemos llegado a comprender en qué sentido sustancial -incluso ontológico- el muerto vuelve a casa a través de la venganza de sangre, y también podemos entender de qué manera el hermano mayor del cuento se libera de su aprisionamiento en la piedra, cómo él mismo vuelve con su novia y es capaz de regenerarse engendrando un hijo. Pero esto también nos aclara que un «seguro de vida» en forma de promesa mutua de venganza tenía un peso extraordinario para los hombres de la época arcaica, que tenían que enfrentarse a las incertidumbres de los duelos y la guerra. El vínculo de la venganza, sin embargo, aporta la mayor ganancia a quien, como superviviente, ejecuta la venganza. Porque entonces encierra en su pecho un segundo corazón además del suyo. Adquiere un compañero de armas permanente bajo la apariencia de su hermano jurado muerto. El vivo está «poseído» por el hermano muerto. Pero esto no es en absoluto algo malo, no es una posesión kakodemónica, maliciosa. Es agatodemónica, benévola. Esto no era nada inusual para aquellos tiempos; era algo generalmente conocido, típico y esperado, como se puede ver en las palabras de Dietrich en el Eckenlied citado anteriormente: «¡Eres un guerrero rojo!» Evidentemente, se trataba de un término técnico para designar a una persona poseída por el alma de su hermano de sangre, lo que concuerda con el hecho de que el color de la muerte y de los muertos era rojo desde el Paleolítico en adelante y en amplias zonas de Eurasia. El valor y la fuerza de este guerrero victorioso se debían también, en parte, a que el verdadero guerrero era el muerto, y el vivo no era más que su medio. Sabemos por otros contextos en Germania de guerreros consagrados, wigands, y de guerreros que luchaban en enthousiasmós, los llamados berserkers. Sin embargo, ya no se puede determinar si éstos estaban poseídos por las almas de los muertos.

LA IMAGEN MÍTICA

La pareja de guerreros con el particular destino de vida y muerte y con una sola esposa parece remontarse a los tiempos indoeuropeos y reflejarse en el mito de los dioses gemelos. Los más conocidos para nosotros son los Dioscuros griegos, Kastor y Polydeukes, cuyo mito está relacionado en muchos aspectos con el de su hermana Helena. Aunque esta hermana no sea su esposa, es notable que los Dioscuros sean representados en numerosas imágenes de culto simétricamente a ambos lados de una mujer que aparentemente no es su hermana, y de hecho en algunas tradiciones no lo es explícitamente. También es significativo que cada uno de los dos tenga una relación diferente con la muerte. Kastor es mortal y al morir desciende al inframundo; Polideukes sube al Olimpo. Sin embargo, por amor fraternal, alternan entre residir un día en las alturas y otro en las profundidades.

Una relación similar con la «novia» se encuentra también en la pareja de los Hijos del Sol de Letonia, que vienen montados en sus caballos para cortejar a la Hija del Sol. O bien son ellos mismos los pretendientes, o bien son los amigos que entregan la novia a la Luna. Asimismo, el motivo de una pareja de hermanos con una sola novia aparece con los dioses gemelos hindúes, los Asvins. La carreta con la que van a buscar a la Hija del Sol se llama por esta razón de tres plazas en el Rigveda. En la segunda gran epopeya de los hindúes, el Ramayana, los hermanos Rama y Lakshmana también están unidos a una sola mujer de talla mítica, Sita, que desciende de un surco. También aquí la relación de los hermanos con la muerte es fundamentalmente diferente. Hasta ahora no se ha ofrecido ninguna explicación satisfactoria para esta extraña y notable unión de las dos deidades gemelas indoeuropeas con una sola figura nupcial. La solución más probable al rompecabezas es el mito de la pareja de hermanos de sangre, cuyos destinos de muerte y vida están entrelazados, y de los cuales uno debe morir para hacer posible que el otro, a través de su victoria vengadora, obtenga la novia de la vida.

También parece remontarse a la época indoeuropea un dicho que se refiere a una pareja de guerreros y que coincide con la sabiduría de los osos citada por Grønbech (mencionada anteriormente). La máxima se encuentra en el alto alemán medio: «Zwêne sind eines her», y aparece en una forma bastante similar en la Edda Poética como «Tveir ro eins herjar«. El significado de este dicho es, obviamente, que dos guerreros amenazan a uno solo como un ejército entero o, en la Edda, incluso como ejércitos.

Dada esta interpretación, el nombre de los guerreros de Odín, tan difícil de interpretar, se hace comprensible de forma notable: einherjar (singular: einheri). Eran guerreros que cada uno, como individuo, ya equivalía a un ejército. En la Crónica Suaba de Martin Crusius, se menciona a un gigante llamado Einheer o Einotheer, nombre que tiene el mismo significado, a saber, «aquel que por sí solo cuenta tanto como todo un ejército».

En la tradición griega, la sabiduría del oso toma la forma: «Contra dos ni siquiera Heracles puede hacerlo». Se trata de una alusión a una derrota particular sufrida por Heracles que entra en el ámbito de nuestro tema, a saber, su derrota frente a las Moliónidas, un par de gemelas guerreras de carros que nacieron de un huevo plateado y se unieron por la cadera.

UNA SANGRE, UNA MENTE

Hasta ahora ha quedado claro cuáles eran las consecuencias del vínculo entre hermanos de sangre, hasta e incluso más allá de la muerte. Ahora tenemos que volver una vez más al requisito previo de este vínculo, el ritual de la sangre. Habiéndonos familiarizado con las secuelas de este ritual, estamos en mejores condiciones de comprender sus fundamentos. Los historiadores del derecho ven en la hermandad jurada el establecimiento de una relación familiar creada artificialmente. Pero en la vida ritual no hay artefactos. Sólo hay una profundización o intensificación de lo real. También es significativo que la hermandad jurada no se extienda más allá de los dos hermanos en las familias de cada uno.

Hay un ejemplo trágico de este hecho en la Thorsteinssaga Vikingssonar. En ella, Njörfi, rey de Uppland, y el vikingo Vifilsson establecen un vínculo fraternal. Más tarde, estalla una sangrienta disputa entre sus respectivos hijos, y el último hijo de Njörfi también decide ponerse en contra de Viking. El hijo le dice a su padre: «No podría soportar que la matanza de mis hermanos se me pegara, y esto lo digo sin dudarlo: Vikingo no tendrá paz conmigo, ni con sus hijos, y mientras no estén en el inframundo, no me rendiré» -Así que su padre le responde: «Entonces es mi responsabilidad demostrar quién de los dos tiene amigos. Pues con todos los que me sigan me pondré a proteger al pueblo vikingo. Porque considero importante que no te conviertas en el asesino de Vikingo. Porque de lo contrario tendría que hacer una de estas dos cosas: o hacer que te maten, y eso me daría mala reputación, o romper mis juramentos de vengar a Vikingo en caso de sobrevivirle».

¡Un terrible enredo! Un dilema semejante ocurre también en la leyenda de Sigurd. Gunnar y Sigurd son hermanos de sangre, pero la esposa de Gunnar, Brynhildr, le convence de que se vengue de Sigurd por haberla traicionado. Así, Gunnar se convierte en el iniciador del asesinato de su hermano, si no en el verdadero culpable. La consecuencia predestinada es, inevitablemente, un terrible baño de sangre.

Otro ejemplo de aberración entre hermanos jurados es el Hjaðningenwíg, la lucha de Hedin y Högni, dos hombres que entran en el vínculo de los hermanos, pero que luego se enemistan hasta llegar a una batalla mortal. Cada noche, Hild, que es la hija de Högni y la esposa de Hedin, despierta a los dos hombres muertos, que se han convertido en piedra, y deben luchar de nuevo, repitiendo este ciclo para siempre hasta el Ragnarök.

Pero, ¿qué significa la hermandad de sangre, si no es la creación de una relación familiar artificial o la aceptación en otro clan? Pues significa precisamente lo que se consigue en última instancia con la muerte de uno y la venganza de sangre del otro: la unión. Los dos individuos renuncian a su existencia personal, individual; los dos, al mezclar su sangre en la tierra, unen el fjör o verch de cada uno en la tierra del cosmos. No es sólo que tengan en común todas sus posesiones, tanto las adquiridas como las no adquiridas. Ahora también tienen juntos una sola vida y un solo destino, una vida que es más grande de lo que sería cada una de sus vidas individuales. El golpe de la muerte golpea a ambos, pero en la venganza victoriosa del uno, los dos vuelven a la vida. El cuento de los «Dos Hermanos» presenta esto de forma imaginaria como la conversión en piedra y la liberación de esta petrificación. La petrificación significa que el hermano desaparece de la existencia corporal; la liberación del hechizo significa que sigue viviendo en la existencia corporal del otro hermano.

Pero la posibilidad de renunciar a la propia existencia individual en favor de una existencia común en la hermandad de sangre, una existencia común en un sentido sustancial, debió ser que uno no se definiera definitivamente como y no tuviera desde el principio la constitución de una personalidad individual autocontenida. Esto es lo que tiene de único la condición psíquica arcaica. El hecho de que un individuo, como cuerpo visible y semejante a una cosa, fuera una entidad separada no tenía una importancia definitiva. No tenía su sustancia (en el sentido filosófico, metafísico) en su condición de organismo biológico. El hombre arcaico no se dejaba impresionar demasiado por esas realidades aparentes y ónticas («realidad» del latín res, que significa «cosa»). Ontológicamente, su identidad no estaba fijada de una vez por todas y confinada en su marco corporal individual. El hombre tenía su verdadera sustancia, su propio ser, su ser último no en sí mismo, sino en algo más grande, en la realidad cultual que lo abarcaba y en la que tenía su lugar. Por eso era posible, mediante actos cultuales especiales, que dos individuos se fusionaran en uno solo, a pesar de que al principio seguían estando visiblemente en dos cuerpos separados. Y también es la razón por la que, por la misma razón, la frontera entre la vida y la muerte no era nada definitiva. La nueva identidad de los dos, es decir, una identidad que los comprendía a ambos como individuos sublimados, no se disolvió con la muerte del uno; al contrario, se completó y se realizó plenamente con esa muerte, porque mediante la muerte del uno y la venganza de sangre realizada en su nombre, la única identidad común (dual) se convirtió finalmente también en una realidad corporal visible: el guerrero rojo. Un cuerpo, un yo, pero compuesto por dos.

La individuación, el llegar a ser uno mismo, el autodesarrollo no podía ser una meta en estas circunstancias. Estos objetivos sólo podían surgir en las condiciones modernas, cuando las cosas se habían psicologizado, subjetivizado y positivizado hacía tiempo.

A los modernos nos resulta muy difícil sintonizar con ese pensamiento. Estamos demasiado influenciados por las impresiones de la realidad. Nuestro pensamiento es fundamentalmente positivista; nos aferramos a lo positivo-factual. Vemos cuerpos separados y esto proporciona la base última e ineludible de nuestra ontología. El hecho de que existamos como organismos individuales biológicamente distintos establece un límite que, para nosotros, no puede ser superado, al igual que la línea entre la vida y la muerte es, para nosotros, absoluta, insuperable. Nuestra existencia biológica determina nuestro sentido de la «sustancia», del yo y de la identidad. Por eso nunca podríamos concebir una hermandad de sangre en el sentido antiguo, o una venganza de sangre. Sería imposible para nosotros. Incluso si tratáramos de imitar lo más fiel y exactamente posible el ritual arcaico del hermano, no funcionaría, porque ya no tenemos nuestro locus en esa ontología arcaica que sería el prerrequisito para que tales rituales llegaran a ser verdaderos y reales. Tendrían que ser imitaciones falsas. Tenemos nuestro locus real e ineludible en nuestros cuerpos físicos y no en una realidad cultual abarcadora como nuestra realidad primaria. Y por eso tenemos que pensar, no podemos evitar pensar, en términos de individualidad personal, y por eso tenemos que enfatizar -si no queremos volvernos excesivamente individualistas- la comunicación, la socialización, las relaciones, la intersubjetividad, el trabajo en equipo, el amor. Todo esto se basa en la ontología del individuo.

Es cierto que podemos pensar, como hizo Jung, en un inconsciente colectivo. Pero esta noción sigue siendo una idea en el campo teórico delimitado de la psicología, que tiene vida real alrededor y fuera de sí misma. No toca ni expresa nuestra ontología vivida, nuestro verdadero sentido de la sustancia o de la realidad. La fusión real y verdadera de dos cuerpos en uno solo no es factible para nosotros. Por eso, incluso el inventor de la idea del inconsciente colectivo tuvo que centrarse en el individuo y en la individuación como verdadero objetivo y, por tanto, mantenerse fiel al cuerpo físico (positivo-factual) como norma y medida última.

En lenguaje lógico podríamos decir que para el hombre arcaico conceptos como «vida», «identidad», «yo», no eran universales abstractos, sino como universales -como realidades sustanciales no positivas-factuales, sino lógicamente negativas-concretas. El hombre arcaico no era meramente (como los filósofos de la controversia medieval sobre los universales en la tradición neoplatónica) un realista en su pensamiento teórico (no «teorizaba» en primer lugar), sino que realmente vivía la vida en un sentido muy práctico en el nivel del Concepto como real, envuelto en la realidad de los universales. Vivió el Realismo (de los universales). Era para él la constitución autoevidente e incuestionable del mundo. También podríamos decir, desde nuestro punto de vista moderno, que aún no había nacido de él, que aún no se había liberado de la negatividad absoluta en un modo «positivista» de ser-en-el-mundo y en la (¡lógica!10 ) soledad y separatividad absolutas de la individualidad. Todavía no había sido confinado en su cuerpo ni definido ineludiblemente por él. Por eso podía realizar rituales en el verdadero sentido, mientras que lo que hoy podemos llamar rituales son en realidad meras ceremonias, representaciones, espectáculos. Son meramente «simbólicos», ya no ontológicos,11 y «estéticos», ya no son reales. La razón es que ahora son promulgaciones inevitablemente «positivistas» que como tales ya no tienen el poder en y por sí mismas de superar sus propios opuestos: como actos en la vida, la esfera de la muerte; como comportamiento positivo, la negatividad psíquica; como eventos individuales, lo Universal. Pueden afectar y conmover emocionalmente al psiquismo subjetivo, pero no inciden ni alcanzan el alma objetiva, el alma o la lógica de la realidad.

He subrayado el hecho de que el hombre moderno está, en su concepción, por principio encerrado en su cuerpo biológico. Este es el análogo físico del hecho de que lo psíquico en sí mismo es, correspondientemente, definido fundamentalmente como imagen, idea, concepción, sentimiento, emoción, deseo -en otras palabras, como si en principio tuviera la realidad, lo «físico», fuera de sí mismo. Jung, por supuesto, no sólo introdujo la idea del inconsciente colectivo, sino que también nos enseñó a pensar en la psique objetiva. Pero si la imagen se considera subjetiva y personal u objetiva y arquetípica, aunque esta distinción sea ciertamente esencial y de gran alcance, no supone una gran diferencia en nuestro contexto, porque en última instancia no se extiende ni abarca los alcances ontológicos del alma, y mucho menos lo real mismo, que a priori constituía la realidad ritual y cultual en la que vivía el hombre arcaico. Podemos soñar en nuestra mente con un «anima mundi», pero esto (el sueño de nuestra mente sobre un alma mundial o unus mundus) no es como un fjör o verch, que es, de hecho y a priori, cósmico.12 El hombre arcaico no sólo vivía «la diferencia psicológica», la diferencia entre el organismo humano y el alma, sino que era, lo que es mucho más, esta diferencia en su propia definición y a priori, mientras que para nosotros la diferencia psicológica no es inevitablemente más que una posición metodológica que podemos adoptar a veces, y cuya adopción requiere, como muestra la experiencia, cierto esfuerzo y plantea bastantes dificultades. Como punto de vista metodológico, la diferencia psicológica está para nosotros siempre superada por nuestro a priori de ser definidos como hecho positivo, como organismo biológico, un organismo que simplemente tiene una psique, una mente, y quizás también «alma» y «espíritu». El alma -esta es nuestra situación actual- está dentro de nosotros, y lo que está fuera, el mundo, el cosmos, es un vis-à-vis para nosotros.

Por eso, cuando oímos un informe como el mencionado anteriormente de la colección de Jaffé sobre el antiguo ingeniero que experimentó la fusión en una de las «nieblas» o «espíritus» procedentes de una aparición de su hermano muerto y de él mismo y la entrada de ese producto de unificación en él mismo, podemos aceptarlo como un hecho, un relato verdadero de una experiencia real, pero seguirá siendo, sin embargo, absolutamente extraño para nosotros, un acontecimiento extraviado, al igual que para el propio ingeniero (no podía entenderlo). No podemos dudar de esta experiencia, pero tampoco podemos creerla realmente, como creemos en los acontecimientos ordinarios, al menos si somos sinceros con nosotros mismos. Es absolutamente ajeno a nuestro pensamiento y no puede integrarse en la ontología que vivimos o como la que existimos. Es cierto que la teoría de la sincronicidad de Jung puede ofrecernos una explicación racional. Pero esta explicación, incluso si la «compramos», sigue siendo para nosotros una teoría tan elevada y meramente intelectual como el propio acontecimiento sigue siendo una experiencia meramente subjetiva. No se apoya en lo que somos. Y por eso, aunque sea perfectamente correcta, no es verdadera. Por la misma razón, todas las personas que hoy en día hacen un uso oracular del I Ching, por ejemplo, cometen inevitablemente un sacrificium intellectus, violan su propia verdad: la verdad que son.13 Es probable que los modernos podamos reconstruir intelectual y empáticamente en cierta medida la psique arcaica. Pero seguimos separados de ella por un abismo.

SINCRONICIDAD

Los hermanos jurados, al unir mutuamente su feorh en la tierra del cosmos, renuncian a su individualidad separada y se convierten en uno solo (aunque visiblemente sigan siendo dos). De ello habría que concluir lógicamente que un golpe del destino que le ocurriera a uno de los hermanos se haría sentir inmediatamente también al otro. No son realmente dos. Son uno y tienen una sola vida en común. Esto significaría, expresado en nuestro lenguaje moderno, que tendría que haber una conexión clarividente o telepática entre ellos. Esto es, de hecho, lo que se documenta en el material arcaico.

En los cuentos de hadas, la misteriosa conexión se concreta en el signo de angustia o muerte que los hermanos acuerdan, en el cuchillo que clavan en un árbol, en la planta que plantan en la tierra con el único fin de ser un signo. Y el único hermano está siempre presente de inmediato cuando la señal habla de la angustia del otro. Esto parece milagroso. En los cuentos de hadas no se explica y, por tanto, parece una mera coincidencia. Pero también podríamos comprenderlo como un acontecimiento sincrónico en el sentido de Jung, como una coincidencia temporal que surge de una conexión en el sentido del mundo.

En la variante de Lillekort del cuento de los hermanos gemelos, basta con que un hermano llame para que el otro se ponga en marcha de inmediato. Algo análogo ocurre en un cuento de hermanos gemelos de Yakut. Uno de los hermanos está en peligro de ser vencido en una pelea con un demonio; llama a su hermano menor, y en seguida éste está presente, agarra al demonio por el pelo y lo mata. Este motivo se desarrolló con especial cuidado en una transformación medieval del cuento de los hermanos gemelos en una historia que se asemeja a una leyenda cristiana, el cuento de Amicus y Amelius. En la versión francesa, Amiles ha caído en una situación de peligro mortal. Sólo su amigo, Amis, puede rescatarlo de sus dificultades. Este último tiene un sueño angustioso en el que ve al otro, Amiles, amenazado por un cortesano traidor. Inmediatamente salta, desnudo como está, de su cama a su espada. Al mismo tiempo, Amiles parte a caballo para pedirle a su amigo que se bata en un duelo que no puede librar él mismo. En su camino, llega al prado donde los dos hermanos intercambiaron una vez su promesa de lealtad. Aquí toma la extraña decisión: «Como este lugar es tan bello y tan floreciente y por amor a mi amigo, dormiré aquí un poco para que Dios me envíe a mi camarada Amis y pueda oír noticias sobre él por las que pueda saber si está vivo o muerto». Pero mientras tanto, el propio Amis había salido a caballo a causa de su sueño de ansiedad y llega exactamente en ese momento al prado y, despertando a Amiles, se presenta ante su amigo en persona como ayudante en la necesidad. El intercambio de papeles tiene lugar de inmediato en ese prado, es decir, en el terreno del juramento del vínculo fraternal.

Lo que falta hasta ahora es alguna información textual según la cual la concordancia sincrónica de los hermanos separados físicamente se atribuya al propio ritual de sangre. Aquí tenemos que conformarnos con un informe de tiempos relativamente tardíos, del siglo 17 y los inicios del estudio de las antigüedades nórdicas en Copenhague. El médico Thomas Bartholin, a quien debemos este informe, enseñaba en la Universidad de Copenhague al mismo tiempo que Ole Worm, el conocido coleccionista de manuscritos nórdicos e impulsor de la investigación de la vida y la cultura de la antigua Escandinavia. Por ello, lo que nos cuenta Bartholin puede basarse, al menos parcialmente, en conocimientos tradicionales mucho más antiguos. Nos informa de una práctica que seguía vigente en su época, aunque el propósito y el procedimiento parecen estar ya muy racionalizados. En un ejemplar impreso hace unos dos siglos, su informe dice lo siguiente

Una persona se corta el brazo izquierdo con la punta de un cuchillo hasta que sangra y se lava cuidadosamente la sangre con una esponja; la otra persona también se hace un corte en el dedo de oro o anular y deja caer una gota de sangre de este corte en la herida de la primera persona, con lo cual la primera persona se venda el brazo y la otra el dedo, y permanecen así hasta que las heridas de ambas están completamente curadas. A continuación, la segunda persona se hiere el brazo y la primera el dedo, y después de que una gota de sangre del corte del dedo haya goteado en la herida del brazo, tanto el brazo como el dedo se mantienen vendados de nuevo hasta que estén completamente curados. Si una de estas personas, por muy alejada que esté de la otra, pincha ahora con una aguja la cicatriz de la herida cerrada, la otra persona siente simultáneamente el mismo pinchazo. Si, además, se ponen de acuerdo de antemano en lo que significa el primer, segundo, tercer, etc. pinchazo, entonces una persona puede, en cualquier momento, hacer saber a la otra su estado u otras circunstancias.

El propio Bartholin afirma,

He conocido a amigos íntimos que se transmitían mutuamente las noticias por medio de la sangre de su camarada, y esto aún persistía, por medio de ciertos signos conmemorativos, cuando estaban lejos el uno del otro, y cada uno por su cuenta. También se dice que este fue el caso entre Corfitz Ulfeldt y su esposa Ulrica Eleonora.

Ulrica Eleonora era hija del rey danés Cristianos IV; Ulfeldt, yerno de éste, alcanzó una posición destacada en Dinamarca y también fue nombrado conde imperial alemán por el emperador Fernando en 1641. Sin embargo, se hizo impopular en su país de origen, se vio obligado a huir a Suecia (entonces enemiga de Dinamarca) en 1653, y llevó una vida inquieta y peligrosa durante los 11 años siguientes hasta su muerte en Alemania en 1664. El informe de Bartholin se imprimió en 1673, es decir, nueve años después de la muerte de Ulfeldt. Es lógico que a este último le resultara muy conveniente tener una conexión telepática con su esposa para transmitirle noticias durante todas sus andanzas políticas.

Para nosotros vale la pena señalar que en la descripción de Bartholin del ritual falta una característica antigua, a saber, la mezcla de la sangre en la tierra. La conexión se establece en un contexto personal intencionado, ya no en un marco de referencia cósmico. La base ontológica y el trasfondo se han perdido. Y el hecho de que sirva únicamente como medio utilitario de transmisión de noticias disminuye aún más su correspondencia con el vínculo de destino establecido para el caso de una emergencia y muerte definitivas. Sea como fuere, el informe de Thomas Bartholin equivale a una confirmación tardía y algo unilateral de la preocupación sincrónica inherente al antiguo rito de sangre de la hermandad jurada.

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Hemos examinado el ritual del hermano de sangre casi exclusivamente en un contexto europeo, incluso específicamente germánico. Para concluir esta discusión sobre la hermandad jurada en sí misma, y como una especie de epílogo a la misma, menciono un informe de un ritual de hermano jurado de una parte muy diferente del mundo, China. Se trata de la famosa historia del juramento en el jardín de flores de melocotón del drama épico histórico Tres Reinos.

propuso Chang Fei: «Detrás de la granja hay un jardín de melocotones. Las flores están en su máximo esplendor. Mañana debemos hacer allí ofrendas al Cielo y a la Tierra, declarando que los tres nos unimos como hermanos, combinando fuerza y propósito.» A esto accedieron Liu Pei y Kuan Yü. Al día siguiente prepararon sus ofrendas, que incluían un toro negro, un caballo blanco, vino y otras ofrendas de sacrificio. En medio del incienso ardiente, los tres hombres hicieron una reverencia y pronunciaron su juramento: «Nosotros tres, Liu Pei, Kuan Yü y Chang Fei, aunque de ascendencia distinta, nos unimos ahora en hermandad, combinando nuestra fuerza y propósito para aliviar la crisis actual. Nos comprometemos a cumplir nuestro deber con el Emperador y a defender a la gente común del país. No nos atrevemos a esperar estar siempre juntos, ¡pero el mismo día nos proponemos morir! Resplandeciente Cielo imperial, fecunda Reina Tierra, sed testigos de nuestra determinación, y que dios y el hombre azoten conjuntamente a quien de nosotros falte a su deber u olvide su obligación». Hecho el juramento, Liu Pei se convirtió en el hermano mayor, Kuan Yü en el segundo y Chang Fei en el menor. Una vez concluida la ceremonia del sacrificio, descuartizaron el toro negro como sacrificio al Cielo y el caballo blanco como sacrificio a la Tierra.14

El motivo de la venganza está ausente, pero estaba anclado en la costumbre general; sin embargo, se destaca la unidad en la muerte. En el curso posterior de los acontecimientos, el motivo de la venganza aparece, después de todo, cuando Liu Pei busca vengar a Kuan Yü (que ha sido ejecutado) porque es su hermano jurado, aunque él mismo muere en el intento.

LA DEVOTIO DEL CÓNSUL P. DECIUS MUS

Entre los romanos de la antigüedad, existía una costumbre muy antigua que no pertenece exactamente al tema de la hermandad jurada, pero que, sin embargo, está relacionada en algunos puntos esenciales, especialmente en lo que se refiere al papel de la muerte.15 Merece la pena discutirla aquí porque arroja una luz sobre la realidad arcaica, sobre la constitución arcaica del alma. Lo que pone de relieve es ese aspecto particular que es el más importante para mí en este trabajo, la ontología arcaica, que da primacía a la realidad cultual que todo lo abarca frente a la existencia positiva-factual de los humanos en cuerpos separados o como organismos separados, junto con la interacción de la vida y la muerte. La antigua costumbre romana a la que me refiero es la devotio.

Hoy conocemos la devoción en el sentido de reverencia, adoración, etc. También hablamos de objetos de devoción. Debemos olvidar este pálido significado. Primordialmente, y por tanto también en relación con el ritual que se va a tratar aquí, devotio significaba algo muy distinto, algo mucho más serio y sombrío: la consagración de uno mismo o de otra persona a los dioses inferiores, a los muertos, es decir, un sacrificio.

Al tratarse de un sacrificio, no podemos esperar encontrar el motivo que era tan esencial para el ritual de la hermandad de sangre: el motivo de la venganza de sangre. La devoción no es una venganza por el asesinato de otra persona. No es el establecimiento de un vínculo a largo plazo en preparación de una eventualidad que podría surgir muchos años después. Se trata más bien de un ritual empleado «in situ», por así decirlo, en una situación concreta y con un propósito muy específico aquí y ahora. Y, por lo tanto, tiene su significado y encuentra su realización en sí mismo. ¿Cuál es el propósito de la devotio? Es la victoria sobre el enemigo. Para obtener esta victoria, un general romano se consagró al inframundo.

Tenemos conocimiento de la costumbre de la devotio sólo por tres casos en los que se dice que realmente se ha llevado a cabo o se ha intentado, y por unas pocas observaciones generales que Livio añade a sus descripciones. El primero de estos casos ocurrió en la batalla de Veseris, un pequeño río o pueblo en las cercanías del Vesubio, en el año 340 a.C.; el segundo en la batalla de Sentinum, en el año 295 a.C., durante la Tercera Guerra Samnita; y el tercero en Asculum, en el año 279 a.C., durante la Guerra Pírrica. En el tercer caso, sin embargo, la intención no se llevó a cabo.

Las tres «víctimas» del sacrificio procedían de la familia de los Decii; eran padre, hijo y nieto. Probablemente esto no se debió a una antigua tradición de sacrificio hereditario en esta familia, como la que encontramos en algunos lugares, donde en caso de emergencia estatal los clanes individuales están obligados a sacrificar. Es más probable que los dos casos posteriores fueran el resultado de un deseo por parte de los descendientes de emular el sacrificio ejemplar de su antepasado, Publio Decio Mus. El sacrificio del hijo en Sentinum, en cualquier caso, parece haber surgido de una disposición nerviosa y romántica, y se acerca más a la tradicional muerte en batalla de ciertas familias de oficiales prusianos que a cualquier obligación sacrificial antigua y heredada, completamente independiente de la elección, la voluntad, la actitud heroica o la indiferencia personal ante la muerte. El sacrificio de su padre, por el contrario, parece estar arraigado y apoyado en una tradición mucho más antigua. En el caso del padre, el significado cultual fue el factor decisivo. Su sacrificio no surgió de la valentía o el heroísmo personal, sino que fue una necesidad cultual objetiva. Sería incluso un error de interpretación si dijéramos que él vio tal necesidad y decidió aceptarla, asumirla. Más bien, seguía estando informado por un modo culto de ser-en-el-mundo y, dada una determinada situación real, esta realidad culta le reclamó y le hizo sacrificarse. Era el verdadero objeto de su acción. Una decisión por su parte, ya sea a favor o en contra, no entraba en el cuadro en absoluto. No fue una cuestión de elección. Su hijo, sin embargo, parece haber sido motivado por la voluntad personal y la búsqueda del honor. Teniendo en cuenta esta diferencia, vemos que se produjo un cambio histórico importante y trascendental entre una generación y la siguiente, un cambio de lo arcaico y verdaderamente culto a algo mucho más «moderno»

Los informes de la antigüedad sobre la devotio del padre en la batalla de Veseris, como los de Livio, Casio Dio y Plutarco, fueron escritos en épocas muy posteriores, épocas que ya no entendían correctamente el significado cultual y las necesidades del autosacrificio del padre. Pero mencionan lo suficiente los hechos extraños del caso para que Gehrts pueda reconstruir el significado antiguo. Aquí presento el procedimiento del ritual y su significado original tal y como lo reconstruyó Gehrts. Es decir, presento un resumen de sus resultados sin proporcionar los detalles que acompañan a su argumento y las pruebas que lo apoyan.

El acto inmediato de la devotio en sentido estricto se desarrolló como sigue. El general y cónsul Decio Mus -vestido por orden del pontifex maximus con la toga praetexta, la vestimenta sacerdotal oficial, la cabeza cubierta con un velo, la mano bajo la toga a la altura de la barbilla- se sube a una lanza que está tirada en el suelo y repite tras el sacerdote la fórmula de la devotio mediante la cual implora a los dioses fuerza y victoria para los suyos, y terror y muerte para sus enemigos. «Como he declarado con palabras solemnes, consagro (devoveo) -para … el pueblo y el ejército de los romanos- las legiones … del enemigo … junto conmigo a los manes y la Tierra». Decio Mus envía entonces lictores a su colega, que está al mando del otro flanco, para anunciarle el «devoveo». El propio Decio Mus, armado y vestido ritualmente, monta ahora su caballo y se lanza en medio del enemigo. No sólo se alejan de él, el guerrero vivo, aterrorizados, como si se tratara de un piaculum (ofrenda por el pecado, sacrificio propiciatorio) enviado por el cielo y cargado con la ira de los dioses, sino que también mantienen la distancia incluso después de que se haya derrumbado y haya muerto bajo sus lanzas: el contacto con el devoto, ya sea vivo o muerto, es peligroso.

Aquí también es importante ver el carácter sustancial de este proceso. El pensamiento culto es un pensamiento sustancial. A través del ritual de la devoción, la persona devota cargaba todo el peso de la ira de los dioses, todo el potencial de daño, la maldición total, como una sustancia sobre sí misma y la llevaba en sí misma y con sí misma lejos de su propio ejército y hacia el ejército del enemigo. Si queremos utilizar una analogía moderna, fue como si Decio Mus se hubiera convertido en un arma de guerra biológica, cargado con un terrible microbio causante de epidemias como el (para nosotros igualmente invisible) virus del Ébola, con la única diferencia de que en este caso la epidemia no era biológica, sino «metafísica». Pero «metafísica» de nuevo no como una mera verdad mental, una idea, creencia, convicción, sino como una sustancia absolutamente real, casi tangible, una «causa efectiva».

Lo que en Livio se describe como un efecto de la cabalgata del cónsul devoto, el joven Decio lo incluye como un apéndice de su fórmula de devoción: que todos los que estén frente a él sean golpeados por la huida y el miedo, por la ira de los dioses superiores e inferiores, y que una parálisis cadavérica caiga sobre las líneas y las armas enemigas. Lo que antes era el efecto objetivo necesario de los rituales correctamente aplicados se ha convertido, después de apenas 45 años, en un deseo y una oración (al menos tal y como lo retrata la adaptación artística de Livio). Aquí vemos el cambio revolucionario del modo ritualista de estar en el mundo al religioso. Pero el joven Decio también se lanza contra la parte más densa de las líneas enemigas y cae víctima de sus lanzas.

El efecto aterrador del guerrero devoto que se precipita dependía obviamente de la nacionalidad de los adversarios. Parece haber sido mayor en Veseris, donde los romanos se enfrentaron a los latinos, estrechamente emparentados, que estaban iniciados en el mismo culto. Los latinos retrocedieron aterrorizados ante el piaculum. En cambio, la emotiva acción del joven Decio, al estar dirigida contra los aliados galos de los samnitas, no parece haber tenido el mismo efecto sobre las tropas enemigas.

En el caso del intento de devotio del nieto, Pirro y sus soldados no vieron en el devoto viviente una amenaza en absoluto, y desde luego no un piaculum, un maldito (alguien cargado de maldiciones), cuyo contacto les contaminaría a ellos también con la maldición. Vieron en él simplemente una ofrenda de sacrificio con el fin de lograr la victoria, una ofrenda de sacrificio que se completaría y cumpliría sólo a través de la muerte del guerrero. Sólo debía evitarse esta muerte, no la del propio guerrero, tal vez como hoy en día, en la lucha contra los resistentes clandestinos, se intenta evitar matar a su líder para no convertirlo en un mártir. En consecuencia, Pirro ordenó expresamente que un guerrero devoto, si lo hubiera, fuera hecho prisionero en lugar de ser asesinado. Esto habría sido absolutamente imposible entre los latinos dos generaciones antes. Además, Pirro se aseguró de que Decio fuera informado de su orden. Este conocimiento tuvo el efecto de disuadir al nieto de su devotio, ya que su auto-sacrificio sería incompleto y sin sentido si no resultaba en su muerte. Y en el hecho de que esto fuera así, es decir, que en base a tales reflexiones desistiera de llevar a cabo la devotio, vemos una vez más el enorme cambio que se produjo en la propia relación del mundo romano en el corto espacio de tiempo que siguió al acto del primer Decio. En el caso de éste, lo que estaba en juego eran las necesidades cultuales, no las virtudes heroicas personales ni las consideraciones puramente pragmáticas.

A diferencia de un civis devoto, un general devoto, si sobrevivía, no podía volver a ser culto. Esto significaba que no podía volver a la vida normal, que no podía realizar ninguna ceremonia religiosa y que no podía ocupar ningún cargo público. Podría decirse que estaba aniquilado: devoto, consagrado al inframundo.

Acerca de la lanza sobre la que tenía lugar la devotio, se nos dice que no debe permitirse que caiga en manos del enemigo (fas non est...), y en caso de que eso ocurriera, debían ofrecerse sacrificios de purificación a Marte, en concreto la Suovetaurila (el sacrificio apotropaico de tres animales machos sacrificados de diferentes tipos: toro, carnero y jabalí).

En el contexto primordial, la lanza y la espada sólo tienen su verdadero significado cuando están en posición vertical, erguida, con la punta apuntando hacia arriba, como puede verse en muchas estatuas, como la de «Roldán» en Bremen (1404) o en Calbe (1381 [?], sustituida en 1656). Esto se debe a la asociación de estas dos armas con la Luz (el fuego). En su origen, las armas no eran meros instrumentos con una finalidad práctica. Tenían un significado adicional «metafísico», sustancial. La espada y la lanza son dones de luz. Esto se muestra claramente en el banderín que a menudo se coloca, incluso hoy en día, en la punta de la lanza. El banderín simboliza una llama parpadeante, un simbolismo que se manifiesta de forma más evidente en el «oriflamme» (del latín auri flamma, llama de oro), el estandarte sagrado de los reyes de la Francia medieval, un estandarte de seda roja que tenía varias colas en el extremo de vuelo. La conexión de la espada con la luz puede verse en las representaciones simbólicas de espadas de cuya punta salen hojas. Sin embargo, la lanza utilizada en el ritual de la devoción es, de forma absolutamente atípica, una lanza horizontal tirada en el suelo. ¿Por qué? ¿Qué significa esto? La lanza sobre la que se realizó la devoción no era, obviamente, una lanza radiante de victoria, una lanza con bandera, sino una lanza de sacrificio cargada exclusivamente de perdición y pavor. Por eso también se permitió que nadie, salvo el devoto, entrara en contacto con ella.

Al permanecer sobre la lanza tumbada durante la representación de la devoción, el general devoto se identifica con ella. La absorbe en sí mismo. A la inversa, su sacrificio consagra el arma de madera, transformándola en una lanza de sacrificio. Por lo tanto, su posición sobre la lanza puede significar que su fuerza vital fluye sobre ella de la misma manera que la sangre del sacrificio fluye sobre los iniciados o devotos en ciertas ceremonias rituales. En el asalto de los dos Decii, cuya intención al lanzarse contra el enemigo no era matar, sino golpear, los propios devotos se convirtieron en la lanza de empuje.

En la medida en que esta lanza era idéntica a la lanza baneada, queda claro por qué el ejército enemigo se llenó de total terror y tuvo que temer el mero contacto con ella. Este es un segundo motivo, además del de la identificación. Ya sabemos que la lanza habría sido un regalo de luz sólo si hubiera sido el hasta que apunta hacia arriba. Pero aquí, en cambio, está llena de la noche de la muerte. Tanto la lanza como el general, en su identidad, están consagrados a los dioses del inframundo; ambos están poseídos por el poder de los muertos, llenos de una maldición.

Para liberar el lado positivo, es decir, el resplandor de la victoria, es necesario un sacrificio de purificación de la lanza. Y este sacrificio de purificación es este mismo ser sacrificado al que el juramento de devoción del hombre devoto le compromete a él y al enemigo. Esta sangre de sacrificio está destinada a absorber el poder de la muerte o la maldición en sí misma y devolverla de nuevo a los dioses del inframundo.

La matanza sacrificial prevista entre el enemigo en la batalla se anticipaba en la promulgación de la devoción: el general era simbólicamente asesinado y como ya muerto se lanzaba contra el enemigo. El «poder» del inframundo no residía en la persona, sino en el telum consagrado. En la devotio romana tenemos una reliquia de aquellos ritos mediante los cuales se «fabricaban» tales armas demoníacas también entre los celtas y los teutones. Un ejemplo es el Gungnir de Odín, que desconcertaba y embelesaba al enemigo.

Sin embargo, el significado y la finalidad de la devotio no se limitaban a matar al enemigo. El acto también estaba dirigido a conseguir una victoria que hiciera de un imperator un triunfador. Pero, por supuesto, el resplandor y el poder victoriosos generados en este ritual de batalla no podían encarnarse en el general devoto, ni siquiera si estaba inspirado por la más noble determinación sacrificial, y tampoco si permanecía biológicamente vivo, es decir, no caía en la batalla. Para nuestra forma de pensar moderna, él es el verdadero «héroe» de la batalla, pero en realidad, el triunfo no era suyo para reclamar. Su sacrificio fue también su renuncia a la victoria.

En los rituales, las personas, los seres humanos, no contaban, aunque los historiadores hablen de personas y de sus actos. Lo único que contaba eran las sustancias, las realidades de lo que se hacía y de las cosas que se utilizaban, y todo ello en el contexto del significado y propósito cultual objetivo del ritual. La irrelevancia de las personas (qua persona) involucradas se demuestra en el hecho de que un hombre devoto que sobrevivía era, en términos cúlticos, totalmente vaciado de su personalidad, privado de su núcleo. Se convirtió en una cáscara vacía. Sólo con esta visión llegamos al punto en el que la espantosa dimensión de la devotio emerge, para nosotros, de la oscuridad de los tiempos. Esta virtus Romana, que se convirtió en objeto de alabanza en tiempos posteriores, no consistía en absoluto en el sacrificio heroico de la propia vida, sino en la renuncia sobrehumana a la propia sustancia vital, a la luz o al resplandor que es la naturaleza interna de la vida, sobrehumana porque se extendía más allá de la vida del individuo. La devotio equivalía no sólo a la aniquilación empírica de la persona en cuestión mediante la muerte literal, sino también a su aniquilación «metafísica». (Esto sería quizás comparable -sin embargo, sólo con respecto a su fantasma, no en otros aspectos- a la renuncia absoluta de un cristiano medieval a su salvación eterna).

Hasta ahora sólo nos hemos ocupado de la devoción del hombre devoto. Pero esto es sólo una mitad de la imagen completa de la devoción. La realidad cultual total y coherente de la devotio incluye otra, la segunda mitad, y aquí es donde entra una cierta similitud con la hermandad jurada. Todo el acto cultual de la devotio implica, desde el principio, y juega entre dos personas, una pareja. En nuestro ejemplo, esta pareja son los dos cónsules romanos, los dos generales, Publio Decio Mus y su colega, el cónsul Tito Manlio Torcuato. Mientras que normalmente existe una relación neutra y de igualdad entre dos cónsules, el ritual de la devoción establecía un contraste entre estos dos. La salvación y la perdición del sacrificio, la perdición y la bendición del sacrificio están radicalmente disociadas. Al igual que el destino o estatus de los Dioscuros está dividido, siendo Kastor mortal y descendiendo a su muerte al inframundo, siendo Polideukes inmortal y ascendiendo al Olimpo, aquí el ritual distribuye complementariamente los papeles fatídicos de los dos colegas. Uno es el sacrificador, el otro el receptor.

Todo comenzó con un sueño, una indicación de que la devotio no se realiza por motivaciones egoístas. Antes de la batalla contra los latinos, ambos generales romanos, los cónsules Tito Manlio Torcuato y Publio Decio Mus, tuvieron la misma visión onírica en la misma noche, cuya sustancia fue confirmada posteriormente por la haruspicy (la lectura de las entrañas). El mensaje en cada caso era el mismo: de los dos ejércitos enfrentados, uno caería preso in toto de las deidades infernales y de la Madre Tierra (Deis Manibus Matrique Terrae); del otro ejército, sin embargo, sólo lo haría uno de los generales. Así, aquel general que se entregara voluntariamente a esos poderes determinaría la perdición del enemigo.

Tras el augurio, ambos cónsules se enfrentan a la misma opción. Cada uno podría elegir sacrificarse. Sin embargo, no toman la decisión ellos mismos, sino que la dejan en manos del destino. Acuerdan que aquel cuyo flanco sea el primero en retroceder se consagre a la muerte. Lo cierto es que este curso externo de los acontecimientos no fue lo que determinó la decisión. Más bien, fue un arúspice final en el propio campo de batalla el que zanjó la cuestión, porque resultó un presagio muy favorable para Tito Manlio, y para Publio Decio una señal generalmente positiva, sin duda, aunque le auguró la muerte personalmente.

Hay una correspondencia exacta con este dualismo de personas y presagios en la doble cara de la fórmula de la devotio, que sitúa al general devorador y a todo el ejército enemigo del lado de la perdición sacrificial, de los dioses infernales y de la Tierra, pero al ejército romano (junto con el general superviviente) del lado de la bendición sacrificial y de los dioses celestiales. Por lo tanto, la devotio prepara ritualmente no sólo la perdición del enemigo, sino también la victoria de los romanos (que es más o menos una conclusión previsible). De ello se deduce que debió de haber una parte adicional de este ritual de batalla que se ha perdido en los informes que nos han llegado sobre él, de hecho una parte indispensable: la recaptura de la lanza que el general devoto había arrojado al ejército enemigo y que había sido ritualmente purificada en la sangre del enemigo y representaba así la victoria. El telum pasó de la mano de un general a la del otro, aunque no directamente, sino a través, o más bien atravesando, el destino de la batalla. El impulso ritual del devoto desencadenó una tormenta táctica igualmente poderosa en su propio ejército.

El telum, purificado en la sangre del enemigo, era la victoria. Tenía que ser recuperado. Sobre Gungnir, la lanza que Odín llevaba y lanzaba, se dice que siempre volvía a la mano de quien la había lanzado. Esto no debe entenderse en absoluto (y mal) en términos meramente técnicos y positivistas, como que Gungnir es una especie de bumerán. El motivo del regreso a la mano del lanzador tiene, por supuesto, un significado simbólico, cultual. Significa que la lanza se recupera inevitablemente en la victoria que trae indefectiblemente.

Aquí, en este contexto ritual, la victoria no es simplemente un concepto abstracto, como lo es para nosotros, es decir, no es simplemente el hecho externo y positivo de que se haya ganado la batalla. En primer lugar es también sustancial: es la lanza recuperada después de que la maldición haya sido lavada con sangre y después de que esta maldición, junto con la sangre, se haya hundido en la tierra y en el inframundo, un proceso por el que la lanza se ha convertido de nuevo en la sustancia luminosa realmente existente, la sustancia de la victoria.

El general superviviente, Tito Manlio Torcuato, celebró un triunfo tras su victoria, a pesar de las fuertes críticas y objeciones por el hecho de que su camarada había muerto en la contienda. Precisamente en vista de estas objeciones, y en contraste con 2.000 años de historiografía, podemos reconocer en él y en su devoto colega a los dos últimos romanos motivados no por la virtud personal o la ambición personal, sino exclusivamente por los vínculos cultuales, por su religio. Frente a la condena contemporánea y posterior de los historiadores al triunfo de Tito, debemos concluir que el cónsul superviviente estaba francamente obligado a un triunfo, obligado por razones cúlticas. Ninguna circunstancia personal pudo disuadirle, y menos la muerte de su colega. Al contrario, la muerte de Decio fue la ocasión de esta obligación: el triunfo de uno era en sí mismo el regreso del otro.

En las culturas rituales, caracterizadas y motivadas por los cultos, el hombre aún no se constituía como un yo, como una persona, como un individuo, como un sujeto, para el que, en términos «metafísicos», todo gira en última instancia en torno a la salvación de su propia alma o a su autodesarrollo. El sujeto real, el agente real es la realidad cultual coherente en la que el individuo tenía su lugar y que le asignaba un papel. El hombre pertenecía y estaba contenido en la realidad cúltica más amplia. Estaba, como su propiedad, envuelto y envuelta en ella y tenía, bajo las circunstancias dadas, que vivir su parte asignada en el culto, ya sea como un hombre devoto o uno triunfante, por mencionar sólo este ejemplo. Las verdades y necesidades del culto eran lo realmente sustancial y real, mientras que las personas reales eran, por así decirlo, meros accidentes de esta sustancia, y sólo en las necesidades del culto y en su cumplimiento el hombre obtenía también su propia realización. No había «eclosionado» de su contención en «lo metafísico» como lo real psíquico (aquí «lo metafísico» en su forma arcaica de realidad cultual, sacramental), y mucho menos se había emancipado de ello en el sentido moderno de la Ilustración. Para nosotros hoy (o, para ser precisos, ayer) la dignidad humana del individuo es (era) la verdadera sustancia.16 Pero el hombre arcaico no tenía su verdad y su valor en sí mismo; incluso en aquellos casos en los que adquiría, a través de la iniciación, la luz sustancial y se convertía en rey en el sentido del cuento, esta sustancia vital irradiante brillaba a través de él, pero no era suya.

En el Fausto de Goethe, hay un momento en el que Fausto empieza a traducir Juan 1:1 del griego y, tras probar otras posibilidades, finalmente se decide por «En el principio fue el hecho» como la mejor redacción. Las razones y motivaciones de Fausto no nos conciernen aquí. Menciono su afirmación sólo porque puede utilizarse, fuera de su propio contexto histórico, para describir los inicios de la cultura humana, la vida psicológica humana, la experiencia humana del sentido. En el principio estaba el hecho, tà drômena, «lo que se hace», lo que se representa, se realiza, se vive en la carne (en contraste con lo que se pretende, se quiere decir, se cree, se siente; en contraste también con las actitudes, las ideas, las imágenes interiores, las doctrinas y los ideales). Esta es una tesis muy diferente a la de Hillman «En el principio está la imagen».17 La verdad y el alma y el significado no eran realidades internas, no eran mentalidades, convicciones personales de las personas. Es más, el significado y la verdad de los acontecimientos ni siquiera eran el corazón interno o la esencia invisible de lo que se hacía, su significado «simbólico» más profundo en contraste con su facticidad. No, la verdad, el alma y el significado eran los drômena, los hechos reales, en su facticidad, junto con las cosas reales que desempeñaban un papel en estas representaciones (como, por ejemplo, la espada y la lanza) y también las palabras pronunciadas en relación con ellas, palabras, sin embargo, como sustancias en sí mismas. Tà legómena (lo que se dice), es decir, los mitos o cuentos contados en torno a la drômena, por el contrario, eran al principio sólo acompañamientos secundarios, elementos de apoyo preparatorios.

En cuanto a la verdad culta, el hombre aún no había salido de esa verdad y no se situaba todavía frente a ella como «Hombre por sí mismo» (el título del libro de Erich Fromm). La individuación no era, no podía ser, una meta. En lugar de la autorrealización, el objetivo principal de la vida era la realización de la verdad cúltica, aunque esto significara la propia muerte. Aquí, por así decirlo, el hombre fue hecho para el sábado, y no el sábado para el hombre (cf. Marcos 2:27) -sin embargo, no por presión social u otras limitaciones externas, sino a causa de la propia verdad psíquica de las personas.

En el nivel religioso del desarrollo cultural, la distinción parcial entre el hombre y la verdad y la separación de ambos ya había comenzado en cierta medida. Los mitos se fueron desligando de la vida cultual y se convirtieron en doctrinas sobre la verdad sagrada, que a su vez se convirtió en una verdad imaginada, una verdad en la mente, en la representación. La salvación dejó de ser sustancial (es decir, una sustancia que se adquiere con los propios actos); ahora dependía de la actitud subjetiva de cada uno, de su piedad. Puede seguir habiendo actos, pero éstos forman parte de la conducta piadosa, en virtud de la cual el creyente puede participar de la salvación; pero no son la producción real o la consecución, aquí y ahora, de la propia sustancia salvadora. A la inversa, en la misma medida en que en la religión los dioses y la verdad religiosa se distanciaban de la vida real del hombre mortal, el hombre se convertía en un individuo por derecho propio, en una persona para sí misma con su propia alma, su propio ser, con su valor y dignidad residiendo en sí mismo. Ya estaba en parte en camino de convertirse en un sujeto. Y a la inversa, en la misma medida en que se había convertido en un individuo por derecho propio, se encontró con una mayor necesidad de salvación. Y esta salvación sólo podía venir ahora del más allá, de los dioses, a diferencia de lo que ocurría en épocas anteriores, en las que el ser humano se encargaba incluso de salvar, con sus propias acciones, a ciertos poderes de otro mundo (como suele ocurrir en los cuentos de hadas).

Por tanto, hay que distinguir radicalmente la religión de la religio, la obligación cultual, los vínculos cultuales.

En el mundo arcaico, además de la religio, existía otro poder que determinaba la vida: el destino. Al igual que el hombre era propiedad de la verdad cúltica y estaba completamente contenido en ella, también estaba a merced del destino, sin voluntad ni poder propios. Todavía no se había convertido en un súbdito. El destino y la obligación cúltica eran, por así decirlo, las dos potencias vitales polares en cuya interacción transcurría la vida esencial del hombre.

La suerte, o el destino, se consideraba en sí misma bajo una luz cultual: un acontecimiento fatídico concreto era un reto y una invitación a una representación cultual, como cuando, como hemos visto, el destino de la guerra exigía a Publio Decio Mus un autosacrificio a la manera de la devotio. El destino connotaba, pues, algo radicalmente distinto de la idea posterior de las vicisitudes representadas en la Rueda de la Fortuna, o de nuestra idea actual de la buena y la mala suerte.

Se puede ver cómo con los primeros griegos (Homero, en particular) la existencia humana ya había empezado a desprenderse un poco (¡pero no del todo!) de este pensamiento arcaico en términos de destino y de las obligaciones «religiosas» que podría imponer a alguien. Para Homero sigue habiendo un destino, Moira, que está incluso por encima de los dioses, pero la existencia de los propios dioses es en realidad fundamentalmente dichosa y sin dolor, es decir, en efecto, sin destino.

Mi anterior afirmación de que el hombre arcaico se sentía a merced del destino, sin voluntad ni poder propios, no debe interpretarse como que el hombre arcaico era una marioneta mansa y débil. Por el contrario, debemos considerar a un hombre como Publio Decio Mus, o a los guerreros que por su propia voluntad entraron en una hermandad de sangre, como seres humanos impresionantemente fuertes, de gran voluntad, poderosos e ingeniosos, personas que vivían su vida con gran determinación y seriedad. Probablemente eran lo que llamaríamos verdaderos «personajes». Su exposición sin voluntad al destino no es más que el estado lógico de la existencia humana en general en su época, algo en lo que participaron como todos sus otros contemporáneos; su fuerza de carácter personal sustancial es su característica empírica. Es muy posible que su incrustación lógica en los dos complejos coherentes del destino y la realidad cultual fuera lo que les permitió tener, empíricamente, tal firmeza de carácter.

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1 Heino Gehrts (1913-1989) es autor de numerosos libros y artículos. El más relevante en el contexto del presente trabajo es su extenso estudio, Das Märchen und das Opfer: Untersuchungen zum europäischen Brüdermärchen (Bonn: Bouvier, 1967), pero aquí sigo de cerca su artículo de resumen más breve, «Vom Sinn der Blutsbrüderschaft», Märchenspiegel 4 (1993): 2-7.

2 «AT» se refiere a la clasificación internacional de cuentos de hadas, The Types of the Folktale: A Classification and Bibliography, basada en el Verzeichnis der Märchentypen de Antti Aarne (FF Communications No. 3, 1910), traducida y enl. por Stith Thompson, 2nd rev. (Helsinki: Academia Scientiarum Fennica, 1981).

3 «Das Bata-Märchen», en Altägyptische Märchen, trans. Emma Brunner-Traut (Düsseldorf: Eugen Diederichs Verlag, 1963), nº 5 y pp. 275 y ss.

4 Pierre Saintyves, Les Contes de Perrault et les récit parallels: Leurs origines, coutumes primitives et liturgies populaires (París, 1923).

5 Este libro no parece estar disponible en español. Se tradujo por primera vez del ruso al italiano (Le radici storiche dei racconti di fate [Turín, 1981]). En 1987 apareció una traducción al alemán (Die historischen Wurzeln des Zaubermärchens) (Múnich, Viena: Hanser Verlag).

6 Podríamos inclinarnos por hacer que el cuento de hadas compartiera este singular significado con ese otro tipo de narración antigua, el mito. Este movimiento tiene cierta justificación. Sin embargo, los mitos están un poco más alejados de la experiencia ritualista primordial porque en ellos esta experiencia o promulgación ha sido sometida a un procesamiento o filtro adicional en forma de historización, eternización y personificación. En los mitos, los poderes que se encuentran en las primeras experiencias iniciáticas concretas y reales se han convertido en personas divinas, que se consideran eternas, siempre presentes, no sujetas al curso del tiempo. Los acontecimientos provocados por ellos ya no tienen lugar en el momento actual y durante la duración de los propios actos rituales que se repiten anualmente, sino que se consideran acontecimientos únicos realizados en el pasado (Eliade: in illo tempore). Los mitos pertenecen, pues, a una etapa de transición. Siguen estando relacionados con la cosmovisión ritualista, pero también anticipan el modo de ser-en-el-mundo post-ritualista, es decir, religioso, que se caracteriza por una separación mucho más marcada de la esfera de este mundo de los mortales y la esfera de otro mundo de los dioses inmortales. Véase Heino Gehrts, Von der Wirklichkeit der Märchenwelten (Ratisbona: Erich Röth, sin fecha [1992]), aquí págs. 33 y ss. La definición de Jung de los arquetipos como «intemporales y siempre presentes» (Cartas 2, 15 de octubre de 1957, a Trinick, pág. 394) indica que los concibió desde la postura mítica (si no desde una postura filosófica posterior, platonista).

7 «Von Johannes-Wassersprung und Caspar-Wassersprung», nº I. 74.

8 Aniela Jaffé, Geistererscheinungen und Vorzeichen: Eine psychologische Deutung, (Zürich y Stuttgart: Rascher, 1958), p. 62 (traducción mía). La incapacidad total de dar sentido a esta experiencia puede entenderse en términos de lo que se ha explicado anteriormente sobre la situación cultural bajo la cual surgieron las leyendas locales, en contraste con los cuentos de hadas. El presente ejemplo sería un ejemplo de ello: las experiencias visionarias aisladas irrumpen en una conciencia impotente porque esta conciencia ha perdido por completo el contexto en el que esas experiencias tienen su lugar y en el que sólo pueden tener sentido.

9 En los cuentos, suele reflejarse una tradición jurídica histórica según la cual el reino no lo heredaba el hijo del rey, sino que iba a parar al marido de la hija del rey.

10 No hablo de un sentimiento de soledad, de una noción existencialista de aislamiento.

11 En lugar de «ontológico» también podría decir «sacramental».

12 Este era también el dilema de la alquimia. Pretendía trabajar sobre la base del principio de la unidad de la mística y la física o, en términos modernos, de lo psíquico y lo químico, o el principio de la correspondencia de lo que está arriba y lo que está abajo, lo que implicaría que su trabajo era inmediatamente ontológico de la misma manera que lo era la realidad cultual abarcadora del hombre arcaico. Jung pensaba que «el proceso de fisión que separó la physiká de la mystiká se inició a finales del siglo XVI» (OC 12 § 332). Es cierto que en esa época se inició una bifurcación, que finalmente condujo a la emancipación de la química moderna como ciencia positivista de la antigua alquimia, aún completamente impregnada de lo imaginal. Pero ya en la época de los alquimistas medievales la afirmada unidad de la physiká y la mystiká, es decir, su afirmación de la dimensión ontológica de su trabajo, era en sí misma sólo una idea en la mente (el propio Jung dijo que era «una proyección»; podríamos decir, una ideología inconsciente, una creencia) y ya no abarcaba en sí misma lo físico. Ya no era verdadera. Era sólo una afirmación. La verdadera escisión se había producido hacía siglos. La mente alquímica aún conservaba algunos de los patrones de pensamiento auténticos de la psique arcaica en una época en la que el hombre, como hombre medieval, hacía tiempo que había abandonado la postura (si se me permite decirlo) «ontológica» de la psique arcaica. Ya la conciencia de los alquimistas iba a la zaga de la verdad como existía. Contrajeron facturas intelectuales que no pudieron pagar.

13 En contraste con lo que creen o desean ser, o cómo se estilan (consciente o inconscientemente).

14 Nota del editor: Este relato es un compuesto de varias versiones del cuento. Para una traducción reciente al inglés, véase Luo Guanzhong, Three Kingdoms: A Historical Novel, edición abreviada, traducida del chino con epílogo de Moss Roberts (Berkeley, CA: University of California Press, 1999), pp. 8-9.

15 Para lo que sigue, me baso en Heino Gehrts, Das Märchen und das Opfer, pp. 9 y ss.

16 La era del individuo y de la dignidad humana como valor supremo ya ha terminado. En el mundo occidental, el único que ha desarrollado la noción de individualidad y dignidad humana, estas ideas ya se han reducido en gran medida a un fetiche verbal y a un puntal ideológico al que los políticos y los grupos de derechos humanos prestan atención de boquilla, pero que ya no tiene verdad ni poder real de convicción y motivación a nivel cultural.

17 James Hillman, Re-Visioning Psychology (Nueva York: Harper & Row, 1975), p. 23.