La enfermedad viene de afuera

Logos del alma

El enfermo que visitaba el templo de Asclepios obtenía los signos que determinaban su curación en la leve ocurrencia del sueño. Cuando Pachita enterraba en el cuerpo del paciente aquel viejo cuchillo de campo y extraía el órgano enfermo para ser reemplazado por un nuevo órgano, materializado, tampoco había un equivalencia entre la curación y la enfermedad. Tanto el antiguo visitante del templo griego como el doliente en la miserable mesa de la curandera sabían que la enfermedad venía desde fuera, que era algo que les era otorgado, en ello obtuvo sustentó el desarrollo de la medicina, esa búsqueda implacable por encontrar al genio maligno que precedía a la enfermedad, por lo tanto desde los tejidos hasta los nucleótidos, la enfermedad era un viajero extraño que se hospedaba en el cuerpo y del que había que promover su retirada, entonces también la curación era un don inmerecido.

Pero cuando la enfermedad se vuelve culpa del sujeto, de su estilo de vida o de sus problemas emocionales no resueltos, el paciente comienza a confundirse con el genio y la salud se convierte ya no en un misterio sino en la culpa de un hombre que carga sobre sus hombros todo el peso de la existencia, un hombre-dios que determina su sanidad y que paga el precio por tal inflación. La salud es entonces la prueba de su devoción a la soteriología de los nuevos tiempos y la enfermedad es el pecado que lo encadena a tal dogma, es así que se acaba envenenando la herida devoradora con el espíritu del resentimiento. En cuanto la enfermedad es del hombre, el hombre es la enfermedad.

El tiempo de la psicología es el presente

Logos del alma

Pensemos en una historia conocida: Un hombre pierde un caballo y todos se lamentan, el hombre no sabe que sucederá y sigue trabajando, el caballo regresa con una tropilla y todos se alegran, pero el hombre se repite a sí mismo que no sabe que pasará; tiempo después su hijo se rompe una pierna al tratar de domar a uno de los caballos salvajes y los demás vuelven a lamentarse, el hombre, mientras tanto, no sabe que sucederá; viene entonces la guerra y reclutan a los jóvenes del pueblo, excepto a su hijo que está lisiado y para estas alturas ya imaginamos la reacción del hombre.

Imaginemos entonces que este hombre no es imperturbable, él se alegra y se entristece, pero no se anticipa el futuro, acepta el presente tal como es ¿no es esa la actitud que le corresponde al psicólogo? Cuando adviene el fenómeno, es decir, el sueño, el síntoma, la gran guerra o el gran desastre, entiende el sufrimiento como un malestar circunstancial, pero no desea algo distinto, al menos no lo hace como psicólogo; aquello que aparece lo acoge y lo recuesta en el diván, lo escucha durante largas horas y lo cuestiona, no para hacerlo cambiar, ni para que aprenda una lección, sino porque él mismo quiere ser enseñado por el fenómeno. Querer curarlo implicaría evadirse de su realidad, escapar a la fantasía medica y dejar de ser psicólogo, pues en tanto tal está determinado por su fidelidad a la noción que lo atraviesa y por ello no escapa, sino que se mantiene en la ciénaga y en el dolor y dice: “no afuera, sino a través”.

El hombre de la historia contada no lleva a cabo una contemplación pasiva, él juzga los sucesos por lo que son y sigue trabajando, no crea un doctrina ni un dogma sobre los hechos, solo continua con su labor actual. Olvida las cosas y las vuelve a observar cada vez y de nuevo. Así, también, es la mirada del psicólogo que aprende todo y enseguida lo vuelve a soltar, ¿cómo podría saber lo no sabido si conserva la ilusión de saber? El hombre común, en cambio, desde su sentido común, lo sabe todo, conoce que es el bien y que es el mal y se lamenta por el tiempo, o lo celebra; pero el psicólogo no sabe, y no puede darse el lujo de saber que pasará, su campo es indeterminado, solo sigue trabajando en el, intentando alzar la gruesa tierra con su azadón y en ese acompasado movimiento asume que cada cosa es ya lo que debe ser, pues todo es su propia individuación.

La autonomía de la psique objetiva

Logos del alma

“Si se despertara ese rey te apagarías como una vela.”

Lewis Carroll, A través del espejo

Cuando en psicología analítica se habla del termino “psique objetiva” pueden surgir algunos equívocos en la asunción de su concepto, pues se podría pensar en la imposibilidad de la objetividad en los procesos psíquicos subjetivos, ya que todos pasan por el filtro de la opinión del sujeto. Dicha posición subjetivista se encuentra asentada en un prejuicio del sentido común desde el cual la persona delira con que el proceso psíquico que vive le pertenece, como si éste fuera una parte de él, como un órgano o una propiedad de su existencia; es entonces que las ideas, los sueños, los complejos emocionales comienzan a parecerle emergentes suyos, derivados de lo que considera su propia subjetividad.

La mente primitiva, como lo mostró Lévy-Bruhl, participa de forma irrestricta del mundo que lo rodea, es decir, que en ella la separación entre sujeto y objeto aún no ha sucedido, por lo que es común que sus relaciones con el entorno sean simpáticas, lo que implica un confusión entre la persona y los objetos que la rodean. En la participación mística la consciencia aún está atrapada en los objetos y, por lo tanto, con-fundida con ellos, de ahí que la magia y la astrología haya sido muy importantes para culturas primigenias, pero que sean solo un entretenimiento en la cultura actual donde el alma ya ha forjado una clara división entre el yo y el mundo.

Sin embargo, el suceder dialéctico de la consciencia no solo deja atrás lo que abandona sino que lo conserva en la misma medida en que lo olvida, por ello resabios de esa confusión, nutren el mal entendido subjetivista moderno que expresa que el psiquismo es producción de la persona y que, en consecuencia, se puede tener un control sobre éste, de tal manera que basta la fuerza de voluntad y el trabajo duro o incluso la simple esperanza para poder moldear la realidad psíquica.

Al respecto Jung dice:

“[…] en lo psíquico todo nos parece que es arbitrario y que está sometido a nuestro capricho. Este prejuicio general se debe a que confundimos demasiado lo psíquico con la consciencia. Pero hay innumerables procesos psíquicos importantes que son inconscientes o sólo indirectamente conscientes. De lo inconsciente no podemos saber nada directamente, pero indirectamente recibimos unos influjos que llegan a nuestra consciencia. Si en la consciencia todo nos parece arbitrario, no podremos descubrir un criterio objetivo del conocimiento de nosotros mismos. Y sin embargo hay un criterio objetivo que con independencia del deseo y el temor nos presenta infaliblemente como un producto de la naturaleza la verdad sobre nosotros mismos.”

En este contexto, lo inconsciente no es un lugar determinado en la mente, o un espacio en el cerebro del ser humano, sino simplemente la propiedad de un fenómeno psíquico en la relación con la consciencia que lo sujeta a sí mismo. Es decir, que ,el inconsciente no le pertenece a un sujeto particular, ni es tampoco una dimensión positiva sino que es, únicamente, la expresión metafórica del hecho de que un fenómeno no está ante sí de manera presente en la relación con su propio concepto.

Así que el psiquismo humano no es producto de la elaboración consciente del sujeto, sino que es una manifestación de la lógica de la consciencia en la relación con la existencia de la persona en particular, e incluso esta pretensión de la “persona particular” puede ser cuestionada como una mera ilusión retórica del lenguaje y del sentido común, ya que no se sabe hasta que punto un individuo no es sino las la relaciones poiéticas entre un conjunto de organismos vivientes, y no vivientes, y la lógica del alma en cuestión. Un sujeto, visto de forma compleja, es el entrelazamiento de la materia, la vida y la consciencia ocurriendo en el esfuerzo por mantener el impulso vital y por producir consciencia de forma continua.

Jung habla sobre “nuestra consciencia”, pero se puede entender tal expresión como una forma de hablar sobre un proceso autónomo e independiente que consiste en aquello que se da por llamar el fenómeno y que se siente como propio por un mero accidente retórico, se vive como interior porque en sí mismo ha sido interiorizado lógicamente, es decir que ya es pura interioridad. Por lo tanto, el psiquismo no nace de la persona, sino que le sucede objetivamente. Por eso Jung puede decir sobre el sueño:

“[…] es un producto de la actividad anímica inconsciente mientras dormimos. En este estado, el alma está sustraída en gran medida a nuestra arbitrariedad consciente. Con el pequeño resto de consciencia que nos queda en el sueño sólo podemos percibir lo que sucede; pero ya no somos capaces de dirigir a nuestro gusto el curso de los acontecimientos psíquicos, y por tanto estamos privados de la posibilidad de engañarnos. El sueño es un proceso automático que reposa en la actividad independiente de lo inconsciente y que está tan sustraído a nuestra arbitrariedad como, por ejemplo, el proceso fisiológico de la digestión. Por tanto, se trata de un proceso psíquico absolutamente objetivo, desde cuya naturaleza podemos extraer conclusiones objetivas sobre el estado psíquico real.”

El sueño, para Jung, no es una construcción del soñante, sino un suceso que deviene de sí mismo, por ejemplo en la película “Paprika” de Mamoru Oshii, la imagen del sueño de la protagonista le recrimina en cierto momento el hecho de que pretenda imponer su voluntad sobre ella solo porque la identifica como su sueño y le increpa la duda acerca de quien es el verdadero producto, si ella o la soñante. El mismo Jung participó de aquella experiencia en cierta ocasión al soñar con un hombre meditando, al acercarse se dio cuenta de que era él mismo y al despertar pensó que quizá él era, en realidad, el sueño de quien meditaba y que cuando ese Otro despertara entonces él ya no existiría. Entonces, y repensando esta relación tan asentada en la experiencia, se puede decir que el soñante, tanto como el sueño, son producidos de forma continua por el alma, por la consciencia objetiva, que se construye a sí misma a través de tal acto de la creación anímica.

No es el individuo quien tienen un psiquismo, ni un inconsciente, ni una mente, sino que es el alma quien crea a los sujetos, en tanto sujetos, en un proceso automático de reproducción y complejización que no tiene otro fin que él mismo. Pero el alma en sí misma no es un ente, ni tiene existencia positiva, sino que es una forma metafórica de referirse a un acto puro de producción, de “eterna recreación de la mente eterna”.

Cuando Jung alude a que en la experiencia consciente el individuo es capaz de engañarse, no dice que pueda moldear su realidad a libre arbitrio sino que simplemente puede construir una narrativa que le impida entrar en contacto con la verdad, con la objetividad de la psique, por ello tal verdad realmente no es de nadie, porque es la experiencia que se tiene de la propia experiencia. El lugar de esta psique objetiva es un no-lugar, ya que su naturaleza es la de ser absoluta negatividad, mero espíritu en el proceso de recrear sus productos con tal de volverlos nuevamente negativos, en continua apokatastasis. La labor del psicólogo radica, en consecuencia, en tratar de estar a la altura de lo que sucede, de forma activa, en una relación teórica con el alma, no en el sentido vulgar de la palabra “teoría” sino en la lógica del theoros que busca la verdad y que es, en reciprocidad, buscado por ella misma.

El no-saber psicológico

Logos del alma

«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.»

MT 5:3

El psicólogo no sabe, sin embargo es consciente de su no-saber, con ello en mente puede responder negativamente a la necesidad del paciente, una necesidad cuyo núcleo es el deseo constante de no ser lo que ya se es. En cambio, el terapeuta responde ante aquella tentativa de curación alienante con una simple frase: “no sé”, pero en esa afirmación de su impotencia (en un mundo que exige la potencia hasta el cansancio, hasta el cansancio del mundo mismo) invita al paciente a escuchar, que es otra forma de reflexionar, de reflejar lo que es pensado en aquello que le acontece como sujeto. No es su saber, el del paciente, el que importa, tampoco lo es el del psicólogo, sino el del síntoma mismo.

Al contrario de lo que se podría pensar, el filosofar a martillazos nunca ha sido una actividad demoledora, ya que como buen músico Nietzsche quería hacer un filosofar de oído y con el pequeño martillo del músico diferenciar lo hueco de lo sólido, un acto refinado. Así, el terapeuta escucha y el paciente aprende a escuchar también, el estruendo del fenómeno, el síntoma desbordándose y volviéndose a calmar, el suave suceder de la existencia. Solo con el oído afinado se puede escuchar aquello que es pensado en la psicopatología. Por eso el profesional estudia sin cansancio, no para saber más, sino para mantener el oido presto al saber del Otro.

En cambio, si el psicólogo supiera ya no tendría que escuchar, ya sabría lo que sucede y no sería capaz de permitir que el fenómeno llegará a casa a sí mismo, no se dejaría educar por el síntoma, es en este sentido que la psicoterapia es una actividad pedagógica y no hay mayor obstáculo para el aprendizaje que lo que ya se tiene por sabido. El saber del psicólogo es, por tanto, un saber que se niega a sí mismo cuando se encuentra ante un nuevo fenómeno, un no-saber que deja la puerta abierta para la verdad que busca hacerse presente.

La psicoterapia como empresa pragmática

Logos del alma

En el ámbito profesional de la psicoterapia surgen a menudo reiterados alegatos contra la revisión teórica de los conceptos de la disciplina, lo que se impone como una limitación para la propia formación y para la disciplina. En los diversos cursos universitarios, posgrados y formaciones, la exigencia creciente es que los psicólogos revisen solo situaciones prácticas, pues lo teórico es árido e infructuoso y el saber primordial debería ser la técnica aplicable de forma inmediata, es decir que la prioridad tendría que ser saber cómo influir de manera efectiva en un fenómeno, no detenerse a comprender lo que esta sucediendo en él. Por supuesto es una molestia la costumbre insana de cuestionar los mínimos conceptos esbozados.

Se desestima lo teórico como si fuera solamente una perdida de tiempo o algo baladí. Empero, realmente, no hay separación entre teoría y practica, ya que toda teoría supone una practica y toda practica es la expresión de una teoría que le da estructura, el problema emerge cuando se les concibe como escindidas y sin relación; se observa, entonces, el hecho tan común de la construcción de una practica neurótica, de un hacer compulsivo que resulta de haberse desprovisto de la visión teórica que pone a prueba toda acción. No obstante hablar de visión teórica es una tautología pues la teoría en sí misma es la forma en que se observa un fenómeno y observar es el núcleo de toda acción.

En terapia se puede observar continuamente ese proceso neurótico en la vida de los pacientes quienes en muchas ocasiones configuran sus experiencias sin la suficiente reflexión sobre los motivos subyacentes, una vez bajo el trabajo terapéutico una de las metas posibles es la coherencia entre lo que se hace y la consciencia de lo que se hace. Esta burda simplificación de lo que sucede en terapia sirve como un ejemplo de aquello que no se lleva a cabo en la formación psicológica, ya que el psicólogo no quiere saber sobre su acción, pues es un trabajo ingente, que si lo asumiera le tomaría el resto de su vida y le exigiría un monto indeterminado de trabajo y compromiso, pues la reflexión teórica es un camino interminable y cada nueva respuesta abre cientos de preguntas que recorrer.

El psicoterapeuta prefiere no pensar y si lo hace se conforma con lo más sencillo e inmediato, no cuestiona ni es critico, poco a poco la disciplina se evidencia como una empresa pragmática que se adapta a las necesidades del mercado y de la política en turno. El profesional se forma como un técnico en psicología, un reparador de entuertos, un pseudo medico, un predicador, un profesor, un guru o un charlatán, pero nunca es tocado por el trabajo real que la psicología exige una vez que ésta lleva a cabo la inmersión en su propio concepto.

El ego depredador en la psicología

Logos del alma

En las platicas, entrevistas, seminarios y demás actividades de propaganda, se oye la predica del psicólogo que pretende saber para que ocurren las cosas, según él la crisis sirve para saber valorar lo antes no valorado: la naturaleza, la familia, la salud, a las personas; critica al ser humano depredador de los recursos naturales y lo insta a aprender y a aprovechar el sufrimiento para el propio desarrollo. ¿Pero la crisis se preocupa por lo que las personas quieren o necesitan? ¿El fenómeno se configura con base en las necesidades humanas? ¿No tendría el psicólogo en cuanto psicólogo que preocuparse por lo que el fenómeno dice de sí mismo y no por lo que las personas quieren que les diga?

El psicólogo predica su cátedra moralista lleno de buenas intenciones y no se da cuenta de que el verdadero depredador es el ego desde el cual habla, pues devora todo fenómeno, todo rastro de pensamiento, todo proceso anímico y lo vuelve a su imagen y semejanza.

¡Oh psicólogo, no es importante lo que decimos sino desde donde decimos aquello que decimos!

El conocimiento no debe ser sencillo

Logos del alma

El conocimiento es un misterio, y lo es en el sentido antiguo de la palabra, pues no se puede acceder a él sin una iniciación de por medio, es decir sin haber sacrificado un monto de la propia personalidad para permitir que el dios detrás del acto libe de la sangre del sacrificio y sea él quien viva a través de lo conocido. En cambio, hoy se difunde la opinión de que cualquiera debería poder entrar a los paramos desconocidos y ser recibido sin necesidad de otorgar nada a cambio, con la posibilidad de seguir siendo él mismo, solo que con un atributo más sobre sí, está es la fantasía egoica que dicta que el conocimiento debe ser sencillo y configurarse como un accesorio personal, no obstante se evita así la experiencia del saber que nunca es del sujeto sino del conocimiento mismo.

Borges decía a sus estudiantes que no leyeran críticas sobre libros sino al autor en sí, quizás entenderían poco pero estaría oyendo la voz de alguien, ello supone que lo importante al leer es el diálogo que se emprende con el autor, la vivificación de esa voz que permanece muerta hasta que alguien está dispuesta a escucharla. Borges, también, recuerda la sentencia de Bernard Shaw sobre la atribución de la escritura de la biblia al Espíritu, ante lo cual dice: “Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu”. Podemos conjeturar, entonces, que la pobre intención humana no es importante y que solo cobra relevancia en la medida en que es el Espíritu quien habla a través de ella, así se puede entender que el autor del libro con el que se dialoga no es la persona individual que anota su nombre en la portada sino algo más que se escribe por medio de la pluma que éste sostiene, es la lógica que articula el lenguaje quien discurre en sus propios términos o la negatividad que subyace en las palabras como hechos consumados y que los vuelve al cauce de su corriente interna como “solo ideas en sí mismas”.

Al final, es el conocimiento quien lee y es la consciencia quien se conoce, y en su impulso nos utiliza para poder avanzar en la tarea de conocerse cada vez mejor, o al menos de distinta forma en cada ocasión. Por ello, debemos ser iniciados, ya que el doloroso encuentro con lo desconocido es así porque el sufrimiento es el signo de que la dimensión del ego ha sido dejada atrás, como un capullo abandonado, para que una nueva dimensión del ser emerja. Es entonces el Otro quien piensa, o más bien dicho es el pensamiento quien se piensa a sí mismo, y así podemos comprender en la gran obra del conocimiento que es el dios, quien debe volverse e, receptáculo del saber, no nosotros, como bien sabían los antiguos magos del renacimiento.

Si buscamos un libro simple, o una experiencia indolora, para adentrarnos en la obra de un autor o en un tema, nuestra comprensión será tan simple como nuestro anhelo, pues estaremos negando el rompimiento que supone la entrada del Espíritu en la vía del conocimiento. No temamos entrar en los parajes desconocidos, el camino es ahí donde se advierte: “Hic Sunt Dracones” o donde los otros dicen que es peligroso solo porque no quieren saber del peligro. “¡Arriba, discípulo, sumerge sin fatiga el pecho terrenal en la luz de la mañana!”

¿Genes o daimones?

Logos del alma

La visión mecanicista del paradigma científico observa que los genes, como un código de información, dictan la estructura morfológica del organismo, de tal manera que son ellos quienes le dan su identidad particular y lo diferencian de otros sujetos de la misma especie en la larga caminata hacia la supervivencia del más apto. Por supuesto, se espera que mientras más se estudien tales combinaciones proteínicas algún día se tendrá la posibilidad de manipularlas para derivar el destino del hombre de su propia voluntad.

Pudiera parecer que solo es cuestión de esperar y seguir investigando, pero como sucedió décadas atrás con las partículas elementales, abrir un campo es descubrir el misterio que lo complejiza. Los genes no son estructuras fijas sino móviles, fluyen y se comportan de formas extrañas, un código genético puede tener una serie de instrucciones completamente inactivas y una misma secuencia puede degenerar en cientos de posibilidades. La situación se parece más a un sistema caótico que al desvelamiento paulatino de una regla prefijada, surgen atractores por doquier.

Se cuenta que los duendes de la ciudad de Colonia hacen el trabajo de forma diligente para la gente del pueblo, durante la noche ayudan al carnicero, al herrero o al zapatero, pero si alguien los observa entonces desaparecen para siempre. Como tales duendes, mucho de lo que parece estático en los genes realmente es un proceso metamórfico que se adapta a la visión que lo envuelve como un liquido a su contenedor, no en vano las proteínas derivan su nombre del viejo dios del mar Proteo (el primordial) cuya habilidad más vistosa era la de poder cambia de forma a voluntad, así lo hizo cuando Menelao lo busco para saber a que dios había que rendir un tributo, cambio de manera constante hasta que por fin se rindió al abrazo del rey griego.

También, como los duendes de Colonia o como Proteo, los genes escapan cuando se les observa, como en el colapso de la función de onda, toman una forma inaudita y luego vuelven a su trabajo cuando la mirada deja de retenerlos. Las personas creen que tratan con formas mecánicas que pueden ser desentrañadas con medios técnicos únicamente, pero realmente son daimones que juegan y se recrean en el tímido abrazo del ojo que los acoge, son ellos los que anhelan y es su voluntad la que determina el avance de esa ilusión momentánea que es el ego y que es, también, la ciencia.

Otra vez a la briega con Hillman

Logos del alma

Desde hace tiempo vengo hablando de la importancia del trabajo de James Hillman y su relevancia para la psicología analítica en particular y para la psicología en general, pero entre las lecturas que se han hecho de él me he encontrado cierto esfuerzo por intentar hacer coincidir el pensamiento de Hillman con algunos objetivos particulares, por ejemplo:

-Hacerlo parecer un continuador de la obra clásica junguiana en las nuevas categorías que la psicología arquetipal propone y

-Entenderlo sin el componente clínico subyacente en su obra, como si Hillman fuera un teórico filosófico.

Ambas lecturas son injustas con el autor. Hace poco escuchaba una conferencia donde Hillman era continuamente citado, me encontraba con ese discurso normalizador su obra, incluso una ponente pudo decir, con una elocuencia singular, que Hillman habla del “alma de cada uno” o que este psicólogo “solo difiere en un par de cosas mínimas con Jung”, es decir un despropósito que refiere a una lectura poco cuidadosa de su trabajo.

Hillman revolucionó el ámbito analítico, volvió la atención sobre el concepto de alma y lo erigió como el centro de la reflexión psicológica, desmanteló la importancia del sujeto, propuso deshumanizar la psicología, critico presupuestos tales como: “individuación”, “polaridad”, “integración”, “arquetipos”, “inconsciente” y “ego”, instó a los analistas a permanecer en los valles oscuros del alma y a no escapar a las trascendentes cimas del espíritu y de la sanación, lucho por derribar las falacias que cubren aún el proceder teórico junguiano y fue un acérrimo enemigo de la visión desarrollista clásica, volteó de cabeza los conceptos analíticos y mostró que el verdadero trabajo del psicólogo junguiano consiste en reflexionar nuevamente lo ya aprendido para permitir que surjan nuevas imágenes, pues el camino del alma es la construcción continua de sus estructura eidética, es decir, el proceso de transparentar interminablemente, siempre volviendo al núcleo imaginal.

Hillman no merece lecturas que lo sujeten nuevamente a aquello que él ya había deconstruido, pues al igual que Jung requiere que sigamos su ejemplo, que sigamos re-visionando la psicología y que estudiemos su obra no para ser arquetipales sino para ser nosotros mismos.

La guerra es un dios

Logos del alma

“Primero creamos al enemigo. La imagen existe antes que el arma, la propaganda precede a la tecnología. Comenzamos pensando en otros a quienes matar y posteriormente inventamos el hacha de guerra o el misil intercontinental para acabar con ellos.”

Sam Keen

“… el Holocausto es la iniciación del alma en el Amor.”

W. Giegerich

Decía Clausewitz que la guerra es la política por otros medios, y si entendemos la esencia del hombre como la relación con su semejantes, es decir, como el contexto político donde se desarrolla el sujeto, podemos suponer que la guerra es una forma de correspondencia con los otros ¿pero qué variedad es de las múltiples formas de interconexión?

Carl Jung enseñaba que toda persona experimenta un lado sombrío de su experiencia psíquica, que lo confronta con los aspectos no reconocidos de su propia vida realmente vivida. En una dinámica paranoide la psique toma al prójimo como receptáculo de los propios elementos rechazados, los proyecta. La palabra proyectar implica lanzar delante un objeto, por lo tanto, en la dinámica psíquica de la sombra los objetos sombríos son puestos en el otro para poder observarlos nítidamente.

La proyección no es un padecimiento en sí mismo, es la forma normal de ver de la propia psique, ésta lanza imágenes para poder observarse a sí misma, piensa a través de la confrontación con el otro que ella misma es. No debe entenderse que la psique existe de forma positiva, como un órgano en el cuerpo o una función en el cerebro, y no se le podría encontrar por muy lejos que se le busque; la psique es el mero acto de arrojarse y de reflexionarse a sí misma, es, como el alma, mera productividad conceptual.

En un ensayo sobre la sombra (1) disgregaba la hipótesis de que la sombra no sólo es el acto de arrojar lo rechazado sino que implica el proceso dialéctico de confrontación, cuyo ritmo constante supone la esencia de todo fenómeno en su camino por llegar a casa a sí mismo. Por lo tanto, se puede decir que la guerra se sustenta en la capacidad de poder proyectar aquello que se confronta con lo considerado normal, pero eso que confronta también inspira temor y por ello se emprende una lucha constante contra lo temido. Jung, pensaba qué tal dinámica era el fruto de la desintegración psíquica, pues cuanto menos era asumida la dimensión de la sombra el psiquismo se volvía más disperso, la energética psíquica, que depende de la cohesión de sus elementos, era cada vez más lábil al fragmentarse, incluso para sostener un ego.

En estos términos la guerra presupone la falta de asunción de aquello que realmente es parte de sí mismo, así se abre la posibilidad de formar bandós, de tomar partido y de armarse para la batalla constante contra lo que ya se es. El enemigo es fruto del propio reflejo. La palabra “Satan” se traduce del arameo que significa “adversario” pero también “acusador” y “perseguidor” puesto que se le puede ver en diversas ocasiones exponiendo la naturaleza humana ante Yahve. Satan es un hijo de Dios (Bene Ha-Heloim) pero también un enviado (Mal’ak Jahwe), es verbo aún no hecho carne. En la mitología cristiana podría denominarse a Satan como el hijo primero de Dios, siendo Adan y Cristo la sublación de tal figura, pero como en el fenómeno de la trinidad estos no son sino momentos distintos de un mismo acto, del proceso del logos por hacerse presente ante sí. Jung dirá que “primero la sombra”.

Por todo esto, puede decirse que la guerra es la puerta que se abre en el proceso de proyectar aquello que se teme, es el adversario quien muestra de forma honesta aquello que se es y que no se quiere admitir; en la naturaleza política del ser humano la guerra es el dios que se cierne sobre el sujeto y lo obliga a afrontar la verdad de su tiempo presente: que el otro es el mismo, que no hay un lado correcto o incorrecto, que el mundo es presa de movimientos complejos que no se pueden encerrar en polaridades y sobre todo que el individuo no es dueño de su destino, pues nada hace tambalear tanto el endeble edificio de la importancia personal como la posibilidad de una bomba que arrase con la civilización. La guerra, hoy, es un negocio, pero aún conserva parte de su antigua forma, aún es la mano sombría de un dios que no nos necesita y al que se ama y se teme a la vez.

  1. ¿La lucha con o contra la sombra? una reflexión psicológica de un texto de C. G. Jung