Existe el Progreso Psicológico. ¿Puede haber progreso de la psicología?

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Soul Always Think’, volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 21, pp. 563-589

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

La creencia en el progreso es una herencia del Siglo de las Luces. Se convirtió en una fuerza ideológica muy poderosa y popular durante el siglo 19. En su forma de darwinismo cultural pudo aliarse fácilmente con otras fuerzas históricas como el imperialismo, el colonialismo y el racismo como su justificación ideológica. En el asombroso e indudable progreso de las ciencias, la tecnología y la industria durante el siglo 19 tenía su evidente sustento fáctico. Los constantes y aparentemente interminables avances en los frentes científico y técnico, con sus numerosas innovaciones en la cultura material, y los consiguientes cambios en la vida social, constituían una experiencia enormemente impresionante en la vida real y práctica que todo el mundo podía sentir en su día a día. Desde el punto de vista psicológico, esta experiencia tuvo necesariamente un fuerte impacto. Produjo un sentimiento existencial particular, un sentido y una actitud particular hacia la vida. Este sentimiento, a su vez, condujo y dio, por supuesto, un vigoroso impulso a una idea más generalizada de que la vida en general, la vida también en el ámbito de la cultura humana, la perspicacia y el desarrollo ético, sigue un patrón de progreso similar.

El «progreso» en este contexto posterior siempre implica un juicio de valor. Significa mejor, mayor, más alto: mejora, perfección. Cuando hablo, por el contrario, de progreso psicológico no tengo en mente esta noción de progreso. Simplemente me refiero a la progresión en analogía con la forma en que imaginamos la evolución biológica, como un desarrollo desde formas de vida unicelulares muy simples hasta grados cada vez mayores de complejidad y diferenciación. Es cierto que también hablamos de los mamíferos «superiores», pero en biología esto no es un juicio de valor. No significa al mismo tiempo que sean mejores. Lo único que significa son grados más altos de complejidad. El término progresión o progreso es apropiado porque realmente hay pro-gresión (no mera diversificación), en la medida en que los tipos de organismos más complejos presuponen los tipos más simples. Se basan en las soluciones realizadas en los estadios de evolución alcanzados hasta el momento y parten de ahí para llegar de nuevo a formas un poco más diferenciadas. En otras palabras, utilizo «progreso» como un término meramente descriptivo.

El progreso en la historia del alma procede igualmente por el hecho de que el alma se desplaza una y otra vez de una constitución predominante de sí misma a otras lógicamente más complejas. Como el tema del progreso psicológico no es mi tema aquí, sino sólo un telón de fondo para mi pregunta actual, sólo mencionaré tres fenómenos principales representativos de diferentes etapas de la evolución psicológica como ejemplos del progreso psicológico a nivel macro: hablando crudamente, politeísmo – monoteísmo – el fin de Dios o de la religión (en el sentido de «el nacimiento del hombre»). El monoteísmo es politeísmo sublimado, el nacimiento del hombre es monoteísmo sublimado. En cada caso, la forma posterior no habría sido posible sin la anterior, y a pesar de la negación por parte de cada forma posterior de su predecesora, existe sin embargo una cierta continuidad, precisamente porque cualquier forma posterior es la negada o sublimada anterior. Los cambios ocurren dentro de una memoria cultural no perturbada, en lugar de que cada uno sea una realización aleatoria y sin contexto de cualquiera de todas las formas de conciencia abstractamente posibles. Esto es lo que nos permite hablar de progreso.

A primera vista, se podría objetar, por supuesto, que el paso del politeísmo al monoteísmo, por no hablar del paso del monoteísmo al nacimiento del hombre, es un progreso en el sentido de una mayor diferenciación. ¿Acaso el politeísmo, el sistema de muchos dioses y cultos paralelos en una sociedad, no es obviamente más complejo que el monoteísmo con su único Dios? Esta objeción es correcta, pero sólo en la medida en que se miren las cosas desde un nivel psíquico o semántico. Muchos es más complejo que uno. Pero no es sostenible cuando se trata de la psicología, la lógica o el aspecto sintáctico del asunto. Desde ese punto de vista, el monoteísmo es lógica o psicológicamente mucho más complejo. Supone un grado mucho mayor de diferenciación de la conciencia. En el politeísmo, la diferenciación o complejidad es, por así decirlo, actuada; es «literal», todo «ahí fuera». Es la complejidad de los contenidos de la conciencia. Pero ipso facto no es todavía la diferenciación propia de la conciencia. Para haber llegado a existir, el monoteísmo, por el contrario, debe haber interiorizado esta diferenciación externa en el nivel del contenido en la propia constitución o forma lógica de la conciencia. La ha integrado, como también se puede decir, en la conciencia. Ya no puede ocuparse de la complejidad en el nivel de los contenidos que tiene ante sí y, por tanto, se mantiene libre de ella. Tiene que existir como esta complejidad. Mutatis mutandis, lo mismo puede decirse de la situación psicológica en la que ya no hay Dios en absoluto. En este estadio, «Dios» ha sido sublimado, es decir, interiorizado en la forma de la conciencia (que por esta misma razón se ha vuelto incapaz de tener un Dios frente a sí mismo o por encima de sí mismo, como contenido de la conciencia).

He mencionado esto sólo a modo de ejemplo, para que se pueda tener una mejor idea de lo que quiero decir cuando digo que «hay progreso psicológico». Pero para comenzar con la cuestión que en este trabajo es mi verdadero interés, a saber, si puede haber progreso de la psicología, progreso en el conocimiento psicológico o insight, utilizaré como punto de partida una famosa cita de Max Planck de su Wissenschaftliche Selbstbiographie (1948).

La forma habitual de que una nueva verdad científica sea generalmente aceptada no es que sus oponentes sean persuadidos y se corrijan, sino que sus oponentes mueren gradualmente y la siguiente generación crece con esa verdad desde el principio.1

Por muy cierta que sea esta afirmación, y por mucho que la experiencia la confirme, no deja de ser chocante. Da un golpe de gracia a la idea de que la ciencia se rige por la racionalidad. Todos los científicos, así debería pensarse, se convencerían inmediatamente de una nueva verdad, simplemente porque es una verdad. «Es una verdad científica» no debe entenderse aquí en términos de una verdad metafísica. No significa más que es una tesis apoyada por los mejores argumentos y apoyos empíricos disponibles en ese momento. La mera palabra «oponente» (de la nueva verdad científica) introduce algo irracional en el progreso del conocimiento científico. Suena como si la ciencia fuera una cuestión de lucha de poder entre partidos o grupos de interés, o una cuestión de preferencias y gustos personales, y no una cuestión de razonamientos sólidos y pruebas empíricas. ¿Cómo puede un científico, comprometido con la argumentación racional, ser un opositor de una nueva verdad? Increíble, pero obviamente cierto. Si sus oponentes tienen que morir para que una nueva verdad tenga una oportunidad, si, en otras palabras, la victoria de la nueva verdad depende de que los «defensores» de los puntos de vista obsoletos desaparezcan de la escena mediante el acontecimiento natural y contingente de su muerte y de que sean sustituidos por otras personas jóvenes, aún no comprometidas, que entren recientemente en la arena de la ciencia, entonces el progreso científico depende de factores serendípicos externos.

Pero cuando dije que la declaración de Planck asesta un golpe mortal a la idea de que la ciencia se rige por la racionalidad, no fui preciso. Confundí la diferencia entre la ciencia en sí misma y la comunidad científica, es decir, la multitud de individuos humanos en y a través de los cuales se realiza la ciencia. En realidad, se trata de dos realidades distintas. Lo que Planck describió se refiere sólo a la segunda realidad, a las personas que son científicos y a su psicología humana, no a la ciencia en sí, que es una realidad abstracta que pertenece a la esfera ideal o noética. En el momento en que intervienen las personas, entra en juego un elemento irracional. La ciencia en sí, por el contrario, no se ve afectada por la descripción de Planck. En la propia ciencia, como reino abstracto de las ideas y el conocimiento, una nueva verdad, si es realmente una verdad, es como una cuestión de rutina simplemente la verdad con respecto a la cuestión particular. No puede haber ninguna duda o resistencia a ella. La ciencia per se se desarrolla estrictamente sobre la base del mejor argumento. Pero en el momento en que los seres humanos entran en juego, hemos abandonado la esfera ideal y entrado en una escena totalmente diferente. Un científico, aunque sea un trabajador en el campo de la ciencia, no es idéntico a la ciencia. Más bien, es en sí mismo la unidad y la diferencia entre la propia ciencia y lo humano, demasiado humano. Como ser humano, el científico es limitado. Y al decir esto no me refiero a la posibilidad de que haya malos científicos, aquellos que, por ejemplo, por motivos ulteriores (fama, carrera, celos de otros, más financiación para la investigación) falsifican o inventan los resultados de los experimentos. Dejo esta posibilidad completamente de lado y me concentro sólo en el caso ideal de científicos concienzudos sin motivos ulteriores. Aun así, habrá que tener en cuenta el factor humano.

Teniendo en cuenta lo señalado por Planck, el principal factor humano que crea «opositores» a una nueva verdad científica puede identificarse probablemente como la fuerza del hábito. Sin embargo, no se trata de un hábito en el sentido habitual de un apego a viejos puntos de vista tradicionales. Es un hábito en un sentido especial, muy personal y biográfico. Los miembros de la comunidad científica son científicos, es decir, investigan, intentan hacer avanzar la ciencia. Los científicos de una determinada generación han recorrido ellos mismos una distancia, habiendo pasado de un punto de partida (el punto que representaba el «estado del arte» del conocimiento cuando empezaron) al estado al que les llevaron sus propias investigaciones. La vida de un científico es, pues, esencialmente el paso de un terminus a quo a un terminus ad quem.

Para llegar a esto último, a lo largo de su vida los científicos tuvieron que invertir en su trabajo mucho tiempo, celo y sudor, y además muchas emociones profundas: decepciones que hay que combatir, satisfacción por los avances exitosos, alegría por llegar a nuevos descubrimientos. Así que el terminus ad quem, es decir, las convicciones adquiridas lentamente, ganadas con esfuerzo, probadas y confirmadas una y otra vez durante su estudio de toda la vida como científicos, es para ellos su logro supremo, algo así como el «tesoro difícil de obtener». A través de su larga y lenta labor para llegar a sus resultados se han apegado a ellos, incluso podríamos decir que se han convertido en uno con ellos, han crecido junto a ellos. Esta unidad es una realidad encarnada con cierta estabilidad. Estos científicos son como un viejo árbol que ya no puede doblarse libremente hacia un lado o hacia otro. Están fijados.

Además, tenemos que darnos cuenta de que para llegar a donde están se agotaron. Las convicciones adquiridas a lo largo de toda una vida de investigación y enseñanza tienen para ellos, psicológicamente, el carácter de haber llegado a una meta, a un final. Y si en esta situación aparece de repente una verdad científica radicalmente nueva, es para ellos como si a un corredor le dijeran al final de una carrera que debe comenzar inmediatamente una nueva y posiblemente más larga.

En ambos casos, podemos entender eso y por qué una nueva verdad científica tiene pocas posibilidades con la vieja generación. Sus representantes simplemente tienen que morir. Para que sea aceptada y se convierta en un nuevo terminus a quo, se necesitan personas nuevas y jóvenes. Sin embargo, estas personas nuevas y jóvenes tendrán que desaparecer a su vez, cuando llegue su momento, para dejar paso a una nueva generación por la misma razón. Las personas que producen la ciencia, una tras otra deben ser descartadas para que la ciencia misma pueda triunfar. «Ésta debe aumentar, pero ellos deben disminuir». Son arrojados sin piedad y enterrados en el cementerio llamado «historia de la ciencia», que, en lugar de un cementerio, podría verse también como una enorme papelera. Así, la relación entre la mano de obra humana en la ciencia, por un lado, y la propia ciencia, por otro, puede compararse en cierto modo con la construcción de una catedral medieval que se extendió durante varios siglos y consumió a muchas generaciones de trabajadores de la construcción.

Este «reciclaje» humano no obstaculiza el progreso científico en sí mismo. Más bien es necesario para el progreso de la ciencia. El consumo y la eliminación constantes de científicos humanos no perjudica a la ciencia. La ciencia permanece intacta, no se ve afectada en su eterna paz y esplendor, al igual que una catedral o una pirámide egipcia no muestran en absoluto ningún signo de los sufrimientos, las heridas, las muertes de todos los trabajadores utilizados para su construcción. En la propia ciencia, o en el plano de la ciencia como realidad noética, las verdades científicas, una vez descubiertas, sustituyen irremediablemente a las ideas anteriores, ahora demostradas como erróneas, sobre el mismo tema. Las viejas ideas, ahora falsificadas, sufren su verdadera muerte2 precisamente en la muerte literal de los científicos de la vieja generación que las defendían. Para la experiencia simbólica del alma, sus partidarios se llevan las ideas obsoletas a la tumba. Y para las nuevas y futuras generaciones de científicos será ipso facto imposible volver a las ideas superadas.

La sustitución continua de una generación por otra en la ciencia es necesaria para superar lo que podría llamarse la «pegajosidad» de las percepciones, su tendencia a solidificarse, a fijarse, a «materializarse», al crecer junto con una persona realmente existente (el científico) y quedarse pegada a ella como su convicción inamovible. Es necesario un corte despiadado para cortar el vínculo que conecta las verdades científicas y tiende a amalgamarlas con sus portadores naturalmente existentes, la conciencia de las personas que son los descubridores de esas verdades. Es la muerte (literal), la muerte de los científicos, la que finalmente y en última instancia libera las verdades de su contaminación inicial con la naturaleza y las libera en una existencia en la esfera puramente ideal del conocimiento. Un defecto fundamental de las ciencias naturales es que no pueden realizar por sí mismas y dentro de sí mismas esta liberación de sus propias verdades, sino que dependen de una fuerza externa, la naturaleza, para que se produzca este desprendimiento, en forma de un hecho positivo, un acontecimiento fundamentalmente contingente: la muerte. Las ciencias naturales no trabajan con verdades3 que vendrían como a priori liberadas de la naturaleza o que en su interior tendrían la fuerza de realizar este desprendimiento por sí mismas como su propia lógica inherente.

Se podría suponer que algo similar podría ocurrir en la psicología (y al decir «psicología» me limito aquí principalmente a la psicología junguiana). Dado que la psicología tiene un aspecto empírico muy fuerte a través de la experiencia diaria de los psicólogos en la consulta, cabría esperar que se produjera un proceso de aprendizaje a partir de la experiencia, de modo que también aquí se falsificaran ciertas ideas psicológicas antiguas en el trabajo con los pacientes y, al mismo tiempo, se obtuvieran nuevos conocimientos sobre la realidad psíquica. ¿Y por qué no habría de tener efecto aquí también el problema de las generaciones señalado por Planck, su observación de que los opositores de una nueva verdad simplemente tienen que morir para que ésta sea aceptada?

Pero es evidente que no es así. Y el hecho de que no sea así en psicología demuestra que la psicología no es una ciencia. La cuestión es qué la diferencia de una ciencia.

Una mirada superficial basta para darnos cuenta de que el proceso de la psicología no puede compararse, como el de las ciencias, con el trabajo de numerosos obreros en la construcción de una catedral. Más bien, la psicología se deshace inevitablemente en una multitud de universos paralelos, no sólo la escuela junguiana al lado de todas las demás escuelas de psicología, sino también dentro del propio campo junguiano. Bajo estas circunstancias no puede haber ningún progreso del campo, porque diferentes puntos de vista sobre la misma cosa pueden coexistir pacíficamente en esos múltiples universos. Sólo si existe una unidad fundamental del campo puede una hipótesis desviada ser verdadera o falsa y tener lugar un verdadero proceso de eliminación de lo falso. Sin esta unidad nada puede ser descartado, quedar de una vez por todas obsoleto, de modo que sólo quede la idea victoriosa, la nueva verdad. Ni siquiera la muerte de la vieja generación de psicólogos ayuda, porque aquí la nueva generación no crece con «la nueva verdad» como algo natural, ya que ahora hay toda una serie de «verdades», nuevas y viejas, que compiten entre sí. Las «viejas verdades» no quedan enterradas junto a sus adeptos. Siguen vivas como una opción posible.

De hecho, la propia idea de una verdad como en la ciencia ya no tiene sentido aquí. Sólo hay diferentes ideas, puntos de vista, concepciones, no verdades y no verdades. Por eso, en psicología no puede haber ningún aprendizaje a partir de las experiencias. La experiencia, en el mejor de los casos, proporciona nuevas ideas. No niega despiadadamente ninguna antigua, al menos no de forma vinculante para la generalidad. Por qué esto es así es algo que también hay que explicar.

¿Por qué no hay un único edificio en el que trabajen todos los psicólogos? ¿Y por qué los insights de la psicología no tienen el carácter de verdades (al modo en que los resultados científicos se presentan como verdades en el sentido descrito anteriormente)? La razón de esta diferencia fundamental entre la ciencia y la psicología es que la psicología (la psicología profunda, en particular la psicología junguiana) es una disciplina que no se constituye mediante una diferencia estructural entre sujeto y objeto, mente y naturaleza. Como Jung vio muy claramente, en la psicología el alma explora el alma, el sujeto estudia al sujeto. No hay para ella ningún «punto arquimediano» fuera de sí misma. Esto significa que la psicología está lógicamente constituida de tal manera que opera dentro de una identidad fundamental. No es estructuralmente diferente de sí misma. Expresado simbólicamente: es urobórico; se muerde la cola. Está contenida en sí misma, encerrada en sí misma, sin posibilidad de salir, de llegar a un otro «objetivo». Esto es muy diferente en la ciencia. Aquí la disciplina viene como estructuralmente a priori distinguida de sí misma. Subyace como su acto constitutivo un corte fundamental. La ciencia se configura como teniendo su objeto de estudio lógicamente (no sólo empírica y fácticamente) fuera de sí misma, y por tanto irremediablemente fuera.

La división lógica irreversible entre sujeto y objeto que se da con la estructura de la ciencia tiene consecuencias tanto para el sujeto como para el objeto. La división estructural inherente al campo de la ciencia como tal se imparte necesariamente a ambos. En el momento en que una persona entra en la ciencia (entra de verdad en ella, lo que significa que ha sintonizado con la lógica que la constituye y está informada por ella), siempre se ha producido ya en ella una ruptura como sujeto, una división entre la subjetividad meramente personal y privada del sujeto y una (a través de esta entrada recién instituida) subjetividad intersubjetiva. En la medida en que un científico es realmente un científico, no piensa como su yo privado, sino que ha tomado lógicamente el punto de vista de la conciencia como tal, la conciencia de todos y cada uno de los científicos (independientemente de si es empírica y subjetivamente capaz de mantenerse a la altura de este punto de vista). La cuestión aquí es que el campo objetivo viene con esta distinción y constela ipso facto al sujeto universalizado en el momento en que se ha entrado realmente en el campo de la ciencia. Precisamente no es tarea personal del individuo lograr, mediante su propia lucha, esta abstracción de su subjetividad personal. La lógica de la institución de la ciencia ya se ha encargado de ello por el científico. Lo único que tiene que hacer el individuo es entrar de lleno en la ciencia. Y es aquí, en el grado en que esta entrada tiene éxito o no, donde las deficiencias humanas, demasiado humanas, del individuo pueden entrar después de todo e interferir con el punto de vista puramente científico.

Sólo porque un científico ha dejado, por principio, su subjetividad privada por el mero hecho de convertirse en científico y piensa como conciencia, obtenemos en la ciencia esa situación que comparé con la construcción durante siglos de una catedral a través de muchos constructores. En el caso de cada cuestión científica sólo puede haber una única verdad válida para todos los científicos. La conciencia científica como tal es común a todos los científicos, y la verdad también. Es una misma conciencia compartida la que decide lo que es verdadero o falso, independientemente de cuántos científicos individuales puedan estar participando empíricamente en ella y de quiénes en particular puedan estar hablando en un momento dado. Cada individuo es sólo un sustituto humano temporal de esta conciencia general.

Ahora quiero examinar lo que la división estructural que constituye la ciencia hace al objeto de la misma. La división que separa al sujeto y al objeto se manifiesta en el objeto mismo al haber sido despojado de toda subjetividad. Es puramente «objetivo», es decir, tiene una naturaleza o esencia firme como propiedad propia e inalienable, independientemente de quién sea el sujeto que lo estudie. Como tal, es resistente, inflexible. Puede decir «¡No!» a las preguntas e hipótesis del sujeto sobre ella. Y da de forma fiable la misma respuesta a la misma pregunta sin importar cuántas veces se le pregunte y por cuántas personas diferentes. La realidad se interpreta aquí a priori como un hecho positivo.4 Como el objeto es resistente y puede dar su respuesta independiente a nuestras preguntas humanas, existe en la ciencia la posibilidad de aprender de la experiencia.

El ser-así independiente y la dureza del objeto tienen que ser entendidos (vistos a través) como el resultado o producto de la lógica de la ciencia que pone su propio objeto radical e irremediablemente frente a sí mismo. La solidez no es en sí misma un hecho, algo naturalmente dado. La implacabilidad del acto lógico de corte que subyace a la institución de la ciencia es lo que en la ciencia da al objeto su dureza. Esto resulta tanto más claro cuanto más confrontamos la naturaleza resistiva del objeto en la ciencia con el objeto de la psicología. Al estar constituido por una lógica urobórica de la identidad, el objeto de la psicología no muestra un ser propio e inequívoco, independiente del sujeto. No ofrece el mismo tipo de resistencia. Es más bien comparable al agua. Cuando intento agarrar el agua, simplemente cede. Y se adapta perfectamente a la forma de cualquier recipiente u obstáculo. El agua, más que tener una forma propia, recibe su forma de lo que la rodea. De forma similar, el objeto de la psicología se caracteriza por una gran plasticidad. El objeto se limita a cumplir las órdenes del sujeto.

Esto se pone de manifiesto en el hecho de que todos los diversos teóricos de la psicología encontraron sus teorías confirmadas por su observación empírica, por ejemplo, en sus terapias. Jung, muy consciente de este problema, intentó mostrar que un mismo caso puede ser interpretado tanto desde un punto de vista freudiano como adleriano o junguiano5. Obviamente, el material del caso no dice por sí mismo «¡No!» a otra hipótesis interpretativa. Acepta de buen grado todas y cada una de ellas. Pero si no hay falsificación, tampoco puede haber aprendizaje de la experiencia. Patricia Berry demostró algo parecido.6 Presentó el mismo sueño a muchos analistas junguianos diferentes y recibió igualmente muchas interpretaciones diferentes. En psicología, la realidad psíquica no corrige las ideas del psicólogo sobre ella. Sin resistencia, se deja moldear de una u otra manera, dependiendo de las perspectivas y convicciones con las que se aborda. La psicología, por tanto, no tiene nada externo de lo que desprenderse. Si se desprende, entonces necesariamente sólo lo hace dentro de sí misma y desde sí misma (o desde lo que ya es su propia propiedad interna o lo que ha convertido en su propiedad), como discutiremos a continuación.

En la misma línea, Shamdasani señala que,

«Si algo han demostrado la psicología y la psicoterapia en el siglo XX es la maleabilidad de los individuos, que han estado dispuestos a adoptar conceptos psicológicos para ver su vida (y la de los demás), en términos de un juego de reflejos condicionados, un deseo de matar al padre y acostarse con la madre, una psicomaquia entre el pecho bueno y el malo, un desfile de alteraciones disociadas, una búsqueda de la autorrealización a través de experiencias cumbre o giros contorsionados a través de los aros de lo simbólico, lo imaginario y lo real.«

E insiste en que «la ‘realidad psíquica’ es, por excelencia, lo real fabricado» y afirma que «su ‘propiedad’ más notable era su capacidad de presentarse según cualquier teoría que se tuviera sobre ella».7

La frase «Lo real fabricado» contiene, se diría, un veredicto demoledor. Por un lado, este veredicto está justificado, en la medida en que en psicología el objeto no es una realidad independiente que resiste a las falsas comprensiones de él y las refuta, sino que se deja moldear según las necesidades o perspectivas del sujeto que lo ve. Las interpretaciones en psicología «fabrican» aquello que interpretan, y el acto de interpretación es en sí mismo esta fabricación. Esto muestra una vez más el carácter urobórico de la psicología. Por otra parte, la frase «lo real fabricado» se queda corta. Pretende ser crítica, si no demoledora. En cierto modo, sigue utilizando como norma, y así confirma, la idea de un real «objetivo» que no es fabricado, tal como lo encontramos en la «naturaleza» de la que trata la ciencia. Pero para entender la psicología y hacer justicia a su naturaleza urobórica tenemos que dejar completamente de lado la idea de una realidad «objetiva» por ser totalmente engañosa. Que la psicología «fabrique» lo «real» que estudia no es su defecto, sino su carácter especial, desde cierta posición podríamos decir incluso su virtud y distinción. Dado que en la psicología no existe ese vis-à-vis estructural, esa separación fundamental entre sujeto y objeto que caracteriza la lógica subyacente de la ciencia, no puede haber una división clara entre la visión subjetiva aquí y la realidad objetiva allá. Más bien los dos aspectos, la interpretación y la realidad, son aquí dos momentos integrales de y dentro de un mismo acto de hacer psicología. Se entrelazan urobiamente.

Una vez más, Jung vio esto muy claramente. Sabía que en la psicología, en última instancia, la Bekenntnis y la Erkenntnis8 (confesión/expresión subjetiva de uno mismo/exhibición de uno mismo, también podríamos decir «proyección», por un lado, y reconocimiento/descubrimiento científico/conocimiento objetivo, por otro) van juntas; la una sólo es como la otra y viceversa. Por la misma razón se dio cuenta de que, por ejemplo, Freud desarrolló su particular psicología porque tenía una «psicología freudiana». La teoría psicológica de Freud era la autorrepresentación de la psicología que él, Freud, vivía o como la que existía. El mismo principio se aplica a cualquier psicólogo que diseñe una teoría psicológica y, por tanto, por supuesto, también al propio Jung. En la psicología, a diferencia de la ciencia, la lógica del campo no despoja a priori a la conciencia del investigador de su individualidad, de modo que lo que estaría presente en todos los investigadores psicológicos sería la misma conciencia universal única, compartida por todos. Más bien, cada persona que trabaja en psicología tiene su conciencia privada. Esto significa también que cada uno tiene -potencialmente- su propia verdad. No hay una piedra de toque externa de la verdad. Lo que es verdadero, tiene que determinarse aquí sólo desde dentro de la teoría psicológica particular. Cada psicología tiene su piedra de toque dentro de sí misma.

Como señaló Jung, el trabajo psicológico procede inevitablemente bajo la regla de «la ecuación personal». Ésta es el equivalente en el lado del sujeto a la plasticidad que descubrimos en el lado del objeto. Y ambos aspectos son, por supuesto, inseparables; se reflejan naturalmente el uno en el otro, porque sujeto y objeto no están definitivamente separados por la lógica que informa a la psicología. Pero si lógicamente no es una sola conciencia universal la que estudia la realidad psicológica, por muchos investigadores empíricos individuales que haya, tampoco puede haber una verdad universalmente válida en psicología.

Hemos visto que, por un lado, el objeto de la psicología no es inequívoco ni de otro modo; no se resiste ni corrige implacablemente nuestras suposiciones erróneas. Y hemos visto que, por otra parte, el objeto de la psicología se deshace inevitablemente en tantas conciencias individuales (y por tanto tantas verdades personales) como investigadores hay. En estas circunstancias está claro que el progreso en psicología es impensable. En lugar de progreso se produce una multiplicación.

Jung declaró en una ocasión que era el único de los seguidores de Freud que desarrolló más allá dos ideas particulares que eran las más importantes para Freud. En otras palabras, en su propia estimación progresó más allá de la posición de Freud. David L. Miller también diagnosticó un ejemplo de un tipo de progreso en la psicología. «Si el trabajo de James Hillman sobre la ‘psicología arquetípica’ representa después del propio Jung el junguismo de la segunda ola, el trabajo de Wolfgang Giegerich bien puede indicar el pensamiento junguiano de la tercera ola».9 Si estos dos puntos de vista fueran correctos (lo que no es un problema en nuestro contexto), ¿contrarían mi tesis en este trabajo de que no puede haber ningún progreso en la psicología? En absoluto. Porque en todos los casos mencionados, la posición psicológica que ha sido superada por el movimiento posterior continúa, sin embargo, floreciendo sin ser molestada al lado de los desarrollos posteriores. El hecho de haber sido superada no la supera. Pensando en la afirmación de Planck de que los oponentes de una nueva verdad tienen que morir para que ésta sea aceptada, podríamos señalar que, en el caso del progreso real o imaginario de Jung más allá de Freud, éste murió efectivamente durante la vida de Jung, la mejor condición previa, según el dictamen de Planck, para que la opinión de Jung sea aceptada. Pero nada de eso ocurrió en la realidad. El progreso no tiene ningún efecto fuera de sí mismo, ningún efecto sobre la teoría que ha sido superada por él.

Lo que tenemos que comprender es que incluso si hay un progreso, como ciertamente lo hay, por ejemplo, en el caso de la «psicología de la re-visión» de Hillman, este progreso es, sin embargo, algo completamente diferente de lo que Planck tenía en mente cuando hablaba de una nueva verdad científica que se volvía generalmente aceptada. La física cuántica trascendió la física newtoniana dentro de la ciencia en general y para la ciencia como tal. Pero Jung desarrolló los puntos de vista de Freud (en esas dos áreas que tenía en mente) sólo dentro de su propia psicología y para su propio pensamiento. Como se puede mostrar, hay realmente un movimiento más allá de Freud en la teoría de Jung. Pero no tiene consecuencias para la teoría de Freud. Por la misma razón, Hillman revió la psicología sólo dentro de su propia psicología y para ella, así como yo me aparté de la psicología imaginal sólo dentro de mi propia posición psicológica y para ella. Lo que se supera en cada caso sólo se supera dentro y para el nuevo esquema, pero en ningún caso supera a su predecesor fuera de este esquema. Así que puede haber efectivamente un progreso lógico en una psicología, pero no un progreso fáctico de la psicología como tal.

Ahora bien, es importante no ver esta coniunctio de Erkennen y Bekennen planteada por Jung como una desventaja que no debe ser, y debe ser superada. Pero aquí se le puede reprochar a Jung que no haya bebido realmente su propia medicina hasta las heces. No llega hasta el final con su propia y maravillosa visión de la lógica de la psicología. Por ejemplo, dijo,

Nuestra experiencia psicológica es todavía demasiado joven y está demasiado poco extendida como para permitir la elaboración de teorías generales. Se necesitan más investigaciones para reunir muchos más hechos antes de que podamos atrevernos a hacer un primer intento de presentar proposiciones universales (CW 16 § 236, trad. modificada).

Aunque Jung ha comprendido y afirmado claramente la lógica urobórica de la psicología, todavía se aferra firmemente a la fantasía y al deseo de la psicología como ciencia futura posible. La psicología simplemente no está todavía ahí. Por el momento es todavía demasiado pronto. La psicología es todavía demasiado joven. Se necesita mucho más trabajo de preparación. Pero cuando todo este trabajo necesario se haya realizado, entonces, un día en un futuro lejano, la psicología podrá avanzar hacia proposiciones universales después de todo.

Lo que Jung dice en esta cita es insostenible, dada su visión seminal de la identidad del reconocimiento y la autoexpresión, porque entonces (1) no hay hechos en primer lugar y (2) una teoría general en el sentido de proposiciones universales está completamente fuera de cuestión. Todos los llamados hechos son en sí mismos interpretación y sólo se producen por esta interpretación en primer lugar, su articulación. Y cada época, cada intérprete los reinterpretará según sus necesidades y creará ipso facto «los mismos» «hechos» como diferentes, nuevos. No, la idea de una teoría universal tiene que ser abandonada por completo junto con la idea de «hechos», de un «real» externo. La lección del entrelazamiento urobórico de «fabricación» y «realidad» en la psicología es precisamente que la psicología es la disciplina de la interioridad, lo que aquí significa que la noción misma de lo real y la noción misma de verdad están lógicamente absolutizadas-negativamente en el proceso de producción, en el acto de hacer psicología. El proceso de producción o interpretación tiene lo real como producto en sí mismo. La psicología es productiva. Al igual que el arte, se produce a sí misma como lo real de lo que se trata; produce verdades y no las encuentra o descubre. La psicología es la fabricación del alma, no la explicación del alma. Y este real que «fabrica» es en sí mismo una interpretación. No es un hecho positivo, o es el hecho de que exista esta interpretación, esta visión.

Para la psicología no hay ninguna «esencia» o sustancia metafísica determinada que deba ser expresada o interpretada, ni como un real externo ni en el sentido de la propia y verdadera naturaleza interior. Pero la psicología tampoco carece totalmente de «esencia». No, produce esencias como resultado de su hacer. Es inventiva.

Para la psicología hay dos posibles problemas principales, dos cosas que pueden salir mal. Un primer problema surge si la postura científica o pseudocientífica con su lógica de la externalidad («hechos», un real absolutamente independiente y «objetivo») y una única conciencia universal como tal se mantiene y como norma y medida indispensable informa el pensamiento de uno incluso sobre la psicología, mientras que lo que se hace en la propia psicología se rige de hecho por una lógica totalmente diferente. Encontramos un ejemplo de este problema en el pasaje de Jung citado anteriormente, en el que su esperanza, aunque sólo sea para un futuro lejano, sale a relucir para las proposiciones universalmente válidas y, por lo tanto, para la psicología como ciencia, a pesar de su clara percepción del entrelazamiento urobórico del reconocimiento y la confesión.

El segundo problema surge cuando lo que es inherente a la lógica de la psicología, a saber, su carácter de confesión «subjetiva», se toma literalmente como una licencia para que el ego se entregue a su subjetividad con todas sus idiosincrasias, carencias y necesidades o deseos personales. Este segundo problema es, diría yo, el estado normal de las cosas en la psicología junguiana. Para quienes se convierten o son junguianos, la psicología suele servir al propósito de la autogratificación, de la autocomplacencia. Es un viaje del ego. Las personas que se adentran en la psicología junguiana o arquetípica se sienten atraídas por ella, en su mayoría, porque esperan que les proporcione consuelo para su profundo descontento con el mundo moderno, por las enormes exigencias intelectuales que plantea a todos los que participan en él, la abstracción de la vida moderna, su vacío metafísico y religioso; y que, en segundo lugar, puede proporcionar un sentido, una especie de sistema de creencias, una ideología, y servir así de religión sustitutiva; y que, en tercer lugar, puede proporcionar todo esto inmediatamente, sin más, porque se piensa que cada persona ya lleva en su interior todos los tesoros deseados. Con respecto a este sistema de creencias ni siquiera tienes que someterte a artículos de fe fijos que tendrías que estudiar para entenderlos adecuadamente. Y realmente no tienes que creer en nada, en el sentido de una creencia vinculante con consecuencias prácticas. Todo lo que se necesita, por el contrario, es (a) experimentarse a mismo y experimentar o (b) entregarse a las imágenes, los mitos, los símbolos. En última instancia, todo lo que se experimenta se va, al igual que cualquier imagen, cualquier mito. No importa lo que sea. No hay criterios de verdad. No se necesita ningún trabajo duro, ninguna disciplina, ninguna inteligencia. Las bellas imágenes y ciertos mantras ocupan el lugar del pensamiento. Una tierra intelectual de Cockaigne que hace que el significado esté disponible mientras uno está dormido (¡sueños!) y que, para la mente despierta, tiene almacenada mucha comida rápida intelectual y comida de bebé sentimental. Este tipo de psicología satisface las necesidades emocionales e ideológicas de las personas.

Al estar motivados por tales necesidades y esperanzas, los junguianos tienen intereses creados en su propia versión del junguismo que satisface su particular necesidad emocional-ideológica. Dado que su interpretación particular de la psicología junguiana se ajusta a sus necesidades, éstas a su vez confirman dicha interpretación. Es un sistema que se autoalimenta. Y como hay suficientes personas con el mismo tipo de necesidades entre sus pacientes y en el público en general, esta interpretación incluso recibe apoyo del exterior.

Ambos problemas necesitan una respuesta. La respuesta al primer problema es que, en lugar de seguir jugando con la esperanza de llegar por fin a una ciencia de la psicología, lo que necesita la psicología es adoptar sistemáticamente la posición de la unidad contradictoria del reconocimiento y la confesión. No existe para ella ninguna verdad externa, ni la forma de verdad históricamente primordial (la verdad de los padres, de los antepasados, de los muertos, de los dioses, de los profetas, de los antiguos, de la tradición, de cualquier autoridad) ni la forma de verdad posterior (la verdad científica de los hechos positivos y del argumento racional). La psicología tiene que desprenderse implacablemente de cualquier soporte externo al que pudiera aferrarse y de cualquier esperanza o deseo de dicho soporte y, en su lugar, sumergirse con plena determinación en el proceso de fabricación del alma como producción (¡sí, fabricación!) de su propia verdad. Lo que Jung se limitó a describir como un hecho deplorable

La psicología se funde inevitablemente con el proceso psíquico mismo. … ninguna explicación de lo psíquico puede ser otra cosa que el proceso vivo de la psique misma» (CW 10 § 429). «Con respecto al estatus científico, nosotros [es decir, al describir o interpretar el proceso psíquico] no nos hemos retirado de ninguna manera a un nivel superior o al lado del proceso psíquico … (ibíd., § 421, traducción modificada),

tenemos que abrazar conscientemente como nuestro principio metodológico. Pero esto significa que, aunque no haya progreso de la psicología, nuestro hacer psicológico (nuestro hacer del alma) participa, sin embargo, del progreso psicológico mencionado al principio, del progreso histórico del proceso psíquico, en tanto que es uno de los momentos de éste.

La respuesta al segundo problema es que es un malentendido (y un abuso con fines egoístas) de la lógica urobórica de la psicología que concede al psicólogo la licencia para ir en su propio viaje del ego, mientras que, sin embargo, da esto como «psicología». No hay nada que decir en contra de ir en su propio ego-trip. Pero esto no es psicología. Si queremos hacer psicología, su lógica urobórica no nos dispensa de la necesidad de tomar distancia de nuestra subjetividad privada, meramente personal. Cualquier campo o disciplina depende de esa distancia, aunque dependiendo del tipo de campo esta distancia tendrá características diferentes. El hecho de que, a diferencia de la ciencia, la psicología no proporcione a priori la distinción del sujeto de sí mismo simplemente a través de la división fundamental sujeto-objeto inherente a su constitución lógica interna, significa más bien que en la psicología el propio sujeto tiene que producir sistemáticamente el equivalente de esta división como su propio trabajo metodológico dentro de la psicología. La ciencia tiene esta división fuera de sí misma, como su a priori y presuposición, por lo que el científico individual está liberado de tal tarea. El campo ya lo ha hecho por él. Pero la psicología, como disciplina de la interioridad, lo tiene todo dentro de sí, y por eso también la necesidad de que el sujeto realice activamente la tarea de la autodistinción del sujeto cortando sin piedad su propia carne. En psicología siempre empezamos como yo empírico, como «el ego», la personalidad cotidiana ordinaria que somos. Pero para que la psicología sea realmente capaz de llegar a existir, dentro de la psicología tenemos que abstraernos lógicamente de nosotros mismos como individuos meramente privados, de hecho, con plena determinación metodológica para pasar por debajo como «el ego», para poder hacer psicología como «ya difuntos».10 Mientras que en la ciencia, según Planck, el progreso dependía en gran medida de la diferencia generacional y del acontecimiento contingente de la muerte literal de los adversarios de una nueva verdad, en la psicología la «muerte» indispensable para su nacimiento es metodológicamente producida e intrínseca.

Siempre tenemos que recordar que la psicología, como el habla del alma a sí misma sobre sí misma, no es sobre «nosotros», sobre las personas, no sobre los objetos externos, sino sobre sí misma. Jung ya nos había advertido que «Nunca debemos olvidar que en cualquier discusión psicológica no estamos haciendo declaraciones sobre la psique, sino que la psique se está expresando inevitablemente a sí misma» (OC 9i § 483, trad. modificada). En otras palabras, aunque no seamos conscientes de ello, aunque en nuestro hacer psicológico creamos que somos nosotros (como «ego») los que estamos hablando, en verdad es la psique la que está hablando. Sin embargo, la visión de Jung sólo nos lleva a un hecho inevitable, por así decirlo un hecho de la naturaleza. Pero el hecho no es suficiente. La verdadera psicología comienza sólo cuando esta verdad fáctica e implícita se ha hecho explícita para la propia psicología, es decir, cuando se ha adoptado activamente y con conciencia metodológica como punto de vista propio de la psicología y, como consecuencia, se muestra de hecho en las perspectivas y el estilo de nuestro hablar. La psicología sólo ha comenzado cuando nosotros, con nuestro interés propio, nos hemos callado para que en y a través de nuestro psicologizar pueda ser el alma la que se hable a sí misma. Pablo dijo: «Vivo yo, pero no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal. 2:20). Análogamente, el psicólogo debe llegar a un punto en el que sea capaz de decir, porque se ha convertido en una verdad explícita en su trabajo, «Yo hago psicología; sin embargo, no soy yo, sino que es la propia psicología (objetiva, impersonal) la que se hace a sí misma en mí.»

Mientras la psicología se represente de hecho como una autocomplacencia privada, carece de verdad. Sólo es diversión, entretenimiento o autoestabilización. Por cierto, también aquí es la psique la que se expresa inevitablemente, pero precisamente sólo la psique como psique subjetiva, la psique reducida reductivamente al «yo» («el hombre empírico») con todo lo que ello implica -aunque explícitamente uno se declare dedicado al inconsciente colectivo o al ánima mundi. Pero cuando el sujeto ha adquirido para sí su propia distinción de sí mismo, entonces se abre al alma objetiva, que, fría y ajena, puede no corresponder en absoluto a nuestras propias emociones y necesidades emotivo-ideológicas, pero sigue sus propias necesidades. Lo que significa, en definitiva, haberse liberado de la identificación con uno mismo y con los propios sentimientos, necesidades e ideas, es que se ha dejado entrar en la esfera del pensamiento, se ha abierto al pensamiento real y objetivo como el que existe y se despliega el alma. Cuando se está verdaderamente confrontado con el alma objetiva -el alma de y en lo que es, tal como se manifiesta en aquellas condiciones de nuestra realidad moderna a las que la historia del alma nos ha transportado- entonces ya no importa la cuestión de si las percepciones psicológicas a las que somos conducidos son agradables o no. Y aunque la verdad en el sentido de la distinción científica verdadero-falso está en principio fuera de cuestión para la psicología, ésta puede encontrar -producir- su propia verdad dentro de sí misma, mediante el opus de la interiorización absoluta-negativa en sí misma de lo que se le da como su «materia prima», independientemente de lo que ésta sea en cada caso. Esta interiorización de la materia es el proceso de liberación en su verdad, a través de la «fría marcha de la necesidad de la materia» -¿una marcha hacia dónde? Por supuesto, a nada más que a que la materia se sumerja en sí misma, en su lógica o sintaxis interna, su verdad, su alma.

* * *

No puedo dejar la cuestión del «progreso de la psicología» sin recurrir a un cuento poderoso -el cuento clásico de nuestra tradición- sobre el problema de la progresión de un estado de conciencia a otro. Todos lo conocemos. Habla de unas personas en una cueva, tan atadas que no pueden moverse y se ven obligadas a mirar exclusivamente de frente a la pared del fondo de la cueva. En ella, ven las sombras de los objetos que pasan a sus espaldas, sombras proyectadas por un fuego que arde aún más atrás. Toda su «experiencia del mundo» se limita, pues, al juego de las sombras. Ahora bien, si una de estas personas se liberara y se diera la vuelta, se encontraría de repente con los objetos reales cuyas meras sombras había visto antes, pero sólo a la luz artificial del fuego. Si salía por completo de la cueva, vería el mundo a la luz del día e incluso sería consciente del propio sol. Su experiencia del mundo se habría enriquecido inmensamente con dimensiones completamente nuevas. Si volviera a la cueva con sus antiguos compañeros para compartir con ellos su experiencia de las nuevas dimensiones de la realidad, ellos, firmemente convencidos de que su experiencia era la única razonable y verdadera, se reirían de él y, si intentara sacarlos de la cueva, probablemente intentarían matarlo.

Aunque la metáfora particular elegida en esta historia de los cavernícolas absolutamente fijados y cautivados por las imágenes (sombras) que aparecen en la pared podría sugerirnos inmediatamente a los psicólogos junguianos la posición de una psicología imaginal dogmática que se entrega a las antiguas imágenes míticas como horizonte último de su pensamiento, deberíamos entender este relato más bien como una parábola general sobre cualquier situación histórica de discrepancia entre una posición apreciada y establecida y una nueva posición que la trasciende. Cada nueva posición revolucionaria adquirida se convertirá a su vez, en el transcurso del tiempo, inevitablemente, en la nueva posición cavernícola y, tarde o temprano, se verá superada por una nueva posición revolucionaria. Podemos entender nuestro cuento como una situación de lo que en la historia de la ciencia llamamos hoy en día un cambio de paradigma (en el sentido de un cambio de un modelo más pobre y simple a otro más profundo, complejo y completo: las sombras de los objetos son bidimensionales, los objetos reales tridimensionales; y la experiencia de las sombras es una experiencia en blanco y negro, el mundo fuera de la cueva a la luz del día es colorido).

Las personas que se quedaron en la cueva no pueden dar sentido al informe de alguien que ha estado fuera. No puede, por así decirlo, explicar a los daltónicos lo que es el color. La experiencia bidimensional no tiene cabida en sí misma para una tercera dimensión. Los cavernícolas se ven obligados a interpretar reductivamente, en términos de sus propias categorías bidimensionales, todo lo que se dice sobre una realidad tridimensional colorida e inevitablemente ven en el informe del habitante de la cueva sobre esta última nada más que tonterías, afirmaciones absolutamente incompatibles con toda razón y con su experiencia del mundo, si no un ataque sacrílego a su propio sistema de creencias, que, después de todo, es para ellos la verdad.

En general, son factibles dos posibles reacciones de las personas que se quedaron. La primera reacción es la que se ejemplifica en nuestra historia. Los cavernícolas se convierten, por así decirlo, en apologistas que probablemente se limitan a reiterar las opiniones tradicionales, insistiendo en la veracidad y razonabilidad de su propia experiencia (una veracidad y razonabilidad que ahora, sin embargo, ya no es inocente, sino que ya se ha puesto en tela de juicio debido a su confrontación con el mensaje de su colega que regresa). Más aún, en nuestro relato se convierten en fanáticos defensores de la fe de la ortodoxia que, en última instancia, están dispuestos incluso a matar al perturbador de la paz.

Es bien sabido hasta qué punto Freud sintió que su teoría «revolucionaria» del psicoanálisis era rechazada por el mundo académico establecido de su época11 (pero también parece haber apreciado y cultivado la idea de ser despreciado). El temprano Jung enfrentado a la misma situación se consoló con una idea que se acerca a la teoría de la «secuencia de generaciones» de Planck. Dijo sobre el psicoanálisis que podíamos conjeturar «que aquí está ocurriendo algo extremadamente significativo, que el público erudito combatirá (como siempre) primero con muestras del más vivo afecto». Pero [y ahora viene el consuelo]: magna est vis veritatis et praevalebit [Grande es el poder de la verdad y prevalecerá]» (OC 7 § 441).12 En su vejez, este optimismo le había abandonado. Le invadió la resignación, si no la desesperación, respecto al impacto de la psicología que había otorgado al mundo. En sus últimas cartas abundan sus lamentos por no ser comprendido, incluso por sus mismos discípulos, y por ser combatido o despreciado.

La otra reacción de la «gente de las cavernas» (para mantenernos dentro de nuestra metáfora) puede ser ejemplificada por el bien intencionado guía espiritual del joven Lutero, Staupitz, quien, cuando, como hombre todavía medieval, fue confrontado con las experiencias interiores decididamente post-medievales de Lutero, sólo pudo afirmar: «No lo entiendo». ¡Una reacción honorable! Como todavía se encontraba en el horizonte de las concepciones medievales, no entendía, ni podía entender, las experiencias de alguien que había sido catapultado más allá. Sin embargo, se limitó a reconocerlo sin condenarlo a priori como absurdo o herético, como habrían hecho los habitantes de nuestra historia de la cueva. Una reacción así es, por supuesto, rara, ya que requiere cierta autoconciencia y valentía (en la medida en que no localiza automáticamente el problema en la otra persona que tiene los puntos de vista inauditos, sino en cómo juzga la para él ajena experiencia que Staupitz se queda con él mismo, con su propia limitación para comprender. De este modo deja abierto si la nueva posición puede tener algún mérito o no. Ultra posse nemo obligatur). La no aparición de una comprensión no hizo que Staupitz cambiara de nivel reaccionando ante lo incomprendido con las habituales «muestras de afecto más vivas» (como había dicho Jung). Permaneció en el nivel intelectual, y precisamente al reconocer que había sido decepcionado o negado, confirmó su continuo deseo de comprensión.

Teóricamente, existe también una tercera posibilidad, a saber, que una persona esté dispuesta a seguir las indicaciones del que ha vuelto a la cueva y a averiguar por sí misma lo que puede valer la reclamación del que ha vuelto a casa. Pero en la realidad práctica esto es olvidable.

Además, también debo mencionar la posibilidad de la no reacción, que es probablemente la más frecuente en la realidad: que la gente no muestre ningún interés por lo que tiene que decir la persona que devuelve y simplemente lo ignore, ya sea porque pasa por encima de sus intereses o porque está absorta en sus propias cosas.

Veamos ahora la posición de la persona que originalmente salió de la cueva y adquirió su experiencia del mundo más dimensional. En nuestro relato, regresó a sus compañeros de la cueva movido por un impulso ético y un eros pedagógico. Pero me pregunto si este impulso es verdaderamente ético. ¿No deberíamos hablar, en lugar de un eros pedagógico, de un deseo de misionar?

Esto me recuerda un pasaje de Jung en una carta a Herbert Read del 2 de septiembre de 1960. «Me pregunté una y otra vez por qué no hay hombres en nuestra época que puedan ver al menos lo que yo estaba luchando. Creo que no se trata de mera vanidad y deseo de reconocimiento por mi parte, sino de una auténtica preocupación por mis semejantes. Se trata, presumiblemente, de la antigua relación funcional del hombre-médico con su tribu, de la participación mística y de la esencia del ethos del médico. Veo el sufrimiento de la humanidad en la situación del individuo y viceversa» (Cartas 2, pp. 586, 589). Esta es prácticamente la misma postura que presenta el héroe de la parábola de la cueva. Una preocupación genuina por sus semejantes (que sólo son una humanidad sufriente porque todavía están en la cueva y no han avanzado al nivel de lo que Jung está luchando). El ethos del médico. La relación del médico con su tribu.

Suena muy bien.

Pero, ¿realmente lo es? ¿No es realmente una posición inflada? ¿Una identificación con el arquetipo del curador, la personalidad-maná? Y una identificación precisamente por parte de aquel analista que enseñaba la necesidad de la «disolución de la mana-personalidad» (CW 7 § 398), de la propia distinción de cualquier arquetipo (así como de uno mismo), y que predicaba la individuación, es decir, el llegar a ser lo que uno es (en el sentido de «¡sólo soy eso!»). Jung adopta la postura de un curandero o chamán arcaico ante su tribu. El psicólogo que nos exigía disolver la unio naturalis justifica aquí su sufrimiento por la falta de reconocimiento con una participación mística. No puedo evitar detectar una especie de celo misionero detrás de la postura adoptada aquí por Jung. ¿No es una presunción sentir que él, C.G. Jung, como ser humano y ego-personalidad debería ser quien asumiera una responsabilidad por «su tribu»? ¿Por qué no podría dejar a la gente a su aire y dejar al alma cómo se desarrollará la humanidad? ¿Quién lo nombró médico-hombre, quién lo autorizó?

El curandero o chamán de antaño es precisamente el curandero de su tribu porque la gente de su tribu acude a él en busca de ayuda y consejo y, por tanto, le reconoce como su sabio. Del mismo modo, el psicoterapeuta de hoy en día sólo se activa cuando la gente viene a consultarle y, por tanto, le autoriza. No va, como un misionero o un profeta, por iniciativa propia, a salvar a la gente independientemente de que ésta quiera o no ser salvada. Si ningún hombre de nuestra época ve lo que Jung estaba luchando, esto habla por sí mismo. ¿Por qué se planteó «una y otra vez» esta pregunta? ¿No es evidente? Y: ¿no es justo? Es la simple autoexposición de la relación objetiva que existe entre él y los demás. Además, lo que Jung dijo una vez sobre la neurosis, ¿no se aplica también a la incomprensión o al rechazo con los que se puede encontrar aquel que avanzó a un nuevo nivel? Jung había dicho (CW 10 § 361, trad. modif., cursiva de Jung) «Deberíamos incluso aprender a estar agradecidos a ello…. No se cura, sino que nos cura«. ¿Por qué? Porque la incomprensión y el rechazo, si se reciben con agradecimiento, pueden ayudar a ponerlo en su sitio. Es un agente terapéutico cauterizador. Actúa «disolviendo la mana-personalidad», la inflación.

Sorprendente para un psicoterapeuta es también la reacción de Jung ante el sufrimiento de la humanidad y de los individuos. Aquí parece como si viera el sufrimiento (psicológico) como la noxa que hay que curar, mientras que psicológicamente es, después de todo, el «propio mejor enemigo o amigo» de las personas, su psicopompo. Es el camino a seguir, su única vía real de progreso psicológico (en el espíritu del estatuto de Zeus relatado por Esquilo, pathei mathos). El sufrimiento es simplemente la forma en la que se produce el cambio psíquico como un cambio real por debajo del nivel del ego, que se inscribe en la carne. No es Jung y sus conocimientos los que deben ser sus maestros. Su único maestro auténtico lo tienen en su propio sufrimiento «espiritual», que tiene todo lo que necesita dentro de sí mismo. «En realidad, este sufrimiento contiene el alma del que lo padece; perderlo significaría volverse inútil», podríamos decir adaptando algunas de las formulaciones anteriores del propio Jung (CW 10 § 355). Jung parece pensar que si la gente fuera capaz al menos de ver con qué está luchando y si tal vez incluso siguiera sus respuestas al problema colectivo, esto les ayudaría. Pero probablemente no sería más que «un sustituto del sufrimiento legítimo», al igual que hoy en día muchos junguianos quieren engañar a la gente (e idealmente incluso a la sociedad en general, si fuera posible) de su propio sufrimiento auténtico por la falta de sentido, ofreciéndoles una «visión del mundo junguiana», una alternativa compensatoria a la «unilateralidad» de la vida moderna, y las llamadas «experiencias numinosas», como gratificación y consuelo para el ego. Taponando la grieta hacia «el inframundo».

Qué diferente es todo esto de la posición que Jung había adoptado veinticinco años antes en sus Conferencias Tavistock.

Digo lo que veo, y si alguien está de acuerdo conmigo me agrada y si nadie está de acuerdo me es indiferente. No puedo adherirme ni a la confesión adleriana ni a la freudiana. Sólo puedo estar de acuerdo con la confesión junguiana porque veo las cosas de esa manera aunque no haya una sola persona en la tierra que comparta mis puntos de vista. Lo único que espero es daros algunas ideas interesantes y que veáis cómo afronto las cosas. (CW 18 § 276)

Ciertamente, todo el mundo se alegra si descubre que alguien está de acuerdo con él. Pero lo contrario, que «si nadie está de acuerdo le es indiferente», suena un poco dudoso, una muestra de una indiferencia mayor de la que probablemente exista. Nunca es agradable encontrarse con el desacuerdo o el rechazo. Sin embargo, tanto es así que uno debería al menos ser capaz de aceptarlo sin recelos y comprender que es simplemente el precio por haber seguido el propio camino, un precio que hay que pagar. Es el mismo precio que en nuestra historia de la caverna se muestra en su última consecuencia: ser asesinado (el ejemplo paradigmático en la historia es, por supuesto, Sócrates, quien, por cierto, afrontó su muerte sin rencor). Psicológicamente, no hay nada malo en esta posibilidad. Es, si sucede como un hecho literal, simplemente la actuación literal de la verdad de la discrepancia objetiva que se ha producido. El que sigue su propio camino y avanza más allá del nivel de conciencia de sus semejantes ha creado él mismo esta discrepancia al haber avanzado a este nuevo nivel.13 Y tiene que estar dispuesto a pagar por ello. No hay amargura. No se puede tener las dos cosas: avanzar y, sin embargo, insistir en la aprobación de los que quedan atrás. Tal vez si uno dice «si nadie está de acuerdo me es indiferente», restando así importancia al hecho de que es molesto o tal vez incluso duele, se elude el pago del precio.

Pero el otro punto que Jung señala en este pasaje es admirable. «Digo lo que veo» y «dejo ver cómo abordo las cosas». Nada de guardarse sus ideas exclusivamente para sí mismo (al modo en que el matemático Carl Friedrich Gauß, simplemente por temor al «clamor de los beocios», retuvo en vida sus revolucionarios trabajos sobre la geometría no euclidiana). Pero tampoco ninguna misión educativa, ninguna actitud de sanador o educador. Sólo una oferta, una presentación de su caso al público por lo que pueda valer y, por supuesto, argumentando su caso lo mejor posible. Goethe, adaptando unos versos del poeta persa Hafis, escribió una vez en un poema algo así como «Tira tus pasteles al agua [río], quién sabe quién puede disfrutarlos».

Y «sólo puedo estar de acuerdo con la confesión junguiana porque veo las cosas así aunque no haya una sola persona en la tierra que comparta mis puntos de vista», porque yo, C.G. Jung, soy como soy; sólo soy lo que soy. Es mi necesidad ver las cosas de esta manera.14

Tanto esta última posición de Jung como la parábola de la cueva me recuerdan algo que escribió Kant. «Admito libremente que fueron los puntos críticos de David Hume los que, hace muchos años, interrumpieron por primera vez mi sueño dogmático y dieron a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa una dirección completamente diferente».15 Y en un pasaje posterior de la misma obra dijo de cierto producto o resultado notable de la razón pura (en su uso trascendental) que es «lo que también es el agente más contundente entre todos para despertar a la filosofía de su sueño dogmático e inducirla a emprender la difícil empresa de la crítica de la razón misma» (A 142). La metáfora utilizada por Kant equivale en realidad a una compresión de la historia de la caverna en una cáscara de nuez. El sueño dogmático de Kant era el equivalente a que los cavernícolas estuvieran completamente embelesados por las sombras de la pared de la cueva. Luego, su sueño fue interrumpido, fue girado en «una dirección completamente diferente», y esto lo llevó más tarde a sus percepciones críticas.

Pero también hay una diferencia decisiva. Como quien ha despertado de este sueño dogmático, no quiere dar la vuelta y volver «a la cueva» para despertar a otros (filósofos, seres humanos). En lugar de centrarse en las personas, en los filósofos y en «lo que dicen«, pero también en lugar de centrarse, como Jung, en su «confesión» (también meramente personal), sólo le preocupa la filosofía en sí misma, la mente objetiva. Es la filosofía como estructura objetiva -y por la misma razón en nuestro caso la psicología (como alma objetiva que se ha vuelto explícita)- la que necesita ser despertada de su sueño dogmático, no los filósofos y psicólogos de los suyos. Y sólo en este nivel, en el discreto nivel de fondo de la lógica de la psicología, de su punto de vista y de su forma de reflexión, podría ser cierto que la veritas praevalebit. Aunque en nuestra época, la de la cultura de masas, la de los medios de comunicación de masas, la del consumismo «espiritual» y la de la comercialización descarada de los «mitos», las «imágenes», «lo sagrado» y los planes de salvación ecológica -en definitiva, en una época de institucionalización explícita y deliberada del sueño dogmático del alma en la caverna-, esto parece ciertamente bastante improbable. Sea como fuere, una cosa es segura: el clamor de los beocios no dejará de hacerse oír.

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1 Mi traducción.

2 Real en el sentido no sólo lógico, sino noético. En la realidad material.

3 En este trabajo mantengo el término tradicional de Planck «verdad» para las ciencias, a pesar de que, en sentido estricto, este término es inapropiado. La ciencia no busca la verdad, ni siquiera busca afirmaciones «correctas», sino fiables. Como señaló Heidegger, la ciencia es en el fondo y desde el principio tecnológica (y no, como se cree popularmente, que la tecnología es ciencia aplicada). Y como Niels Bohr comprendió ya en 1963, «es un error pensar que la física tiene la tarea de averiguar qué es la naturaleza. La física se ocupa de lo que podemos decir sobre la naturaleza». Aquí, sin embargo, porque me preocupa la cuestión del progreso científico, trabajo con la comprensión de la ciencia en el sentido tradicional, donde era la voz de la verdad, y porque el progreso se produce a través de la simple separación de lo que es verdadero de lo que es falso («verificación» y «falsificación»). Esta «verdad» es pragmática, no metafísica: es nuestro mejor conocimiento confirmado en la actualidad. No hay afirmaciones superiores («verdades eternas») relacionadas con ella. – Este sentido ingenuo y pragmático de la verdad también debe distinguirse de mi término de verdad en contextos estrictamente psicológicos.

4 La nueva visión del siglo 20, por ejemplo, de Niels Bohr, citada en una nota anterior, de que «es un error pensar que la física tiene la tarea de averiguar qué es la naturaleza. La física se ocupa de lo que podemos decir sobre la naturaleza», aunque se aparta de la anterior idea ingenua de la posibilidad de un acceso directo a la naturaleza objetiva, no obstante, conserva, e incluso confirma, la noción de una esencia positiva-factualmente dada de la naturaleza («lo que la naturaleza es»). La ciencia sigue operando hoy en día dentro del patrón de la pregunta/hipótesis humana y un Sí o un No de la naturaleza.

5 Pero también tenemos que ver que hay otro lado de Jung, también. Señaló que las interpretaciones erróneas de un analista simplemente no funcionarán, por lo que existe, a través del ser real de los pacientes, un factor correctivo en la terapia, después de todo. De nuevo, otro aspecto (y problemático) de su pensamiento es que cuando era atacado por sus puntos de vista generales, por ejemplo, su teoría de los arquetipos, por parte de los no analistas, trabajaba con el argumento de que si estos críticos tuvieran experiencia terapéutica práctica se verían naturalmente obligados a aceptar sus teorías.

6 Patricia Berry, «Una aproximación al sueño», en: P. Berry, Echo’s Subtle Body. Contributions to an Archetypal Psychology, Dallas, TX (Spring Publications) 1982, pp. 53-79.

7 Sonu Shamdasani, Jung and the Making of Modern Psychology, Cambridge (Cambridge University Press) 2003, p. 11.

8 Cf. GW 10 § 367; también «Über Psychologie», en: Neue Schweizer Rundschau 1933, 1, pp. 21-27 y 2, pp. 98-106, aquí p. 22.

9 Edward S. Casey y David L. Miller, «Introduction to the Philosophy and Psychology Issue», en: Spring 77. A Journal of Archetype and Culture, primavera de 2007, p. 6.

10 Cf. Wolfgang Giegerich, La vida lógica del alma. Hacia una noción rigurosa de la psicología, Frankfurt/Main et al. (Peter Lang), 1998,4 2007, pp. 24 (nota) y 80.

11 Por ejemplo: «… la revuelta general contra nuestra ciencia, el desprecio de todas las consideraciones de civismo académico y la liberación de la oposición de toda restricción de la lógica imparcial», 18th de sus Conferencias Introductorias, Edición Estándar vol. 15, p. 285.

12 Jung añadió significativamente a esta cita de la Vulgata 1 Esdras 4:41 (magna veritas et praevalet) o de Tertuliano, Adversus Praxean 26, la palabra vis y cambió el tiempo del verbo al futuro. Jung ya había utilizado esta cita en la forma Magna est vis veritatis tuae et praevalebit («Grande es el poder de tu verdad y prevalecerá») en su carta a Freud del 11 de noviembre de 1908.

13 En términos menos subjetivos tendríamos que decir: «el alma» creó esta discrepancia al avanzar en y a través de él a este nuevo nivel…

14 Si es simplemente mi necesidad de ver las cosas de esta manera (al igual que es la necesidad de los demás de ver las cosas de manera diferente), el que yo vea las cosas de esta manera no es nada de lo que deba estar orgulloso, nada que se me suba a la cabeza. El hecho de haber avanzado a un nuevo nivel no me sitúa por encima de los demás.

15 Immanuel Kant, Prolegómenos A 13.

El entrenamiento del psicoterapeuta

Logos del alma

En la universidad era una práctica común que los alumnos impartiéramos sesiones de psicoterapia o apoyo psicopedagógico en los semestres relacionados con estos temas. Por lo tanto, se nos asignaban pacientes que acudían con la esperanza de que sus problemas se resolvieran. Estábamos supervisados por un profesor, quien nos proporcionaba material de referencia y apoyo si era necesario. El modelo universitario considera que el conocimiento de técnicas y teorías es suficiente para tratar problemas complejos en la vida de las personas. Naturalmente, el trabajo realizado era deficiente, ya que se hacía principalmente desde el sentido común y, al final, el paciente tenía la ilusión de que había estado bajo tratamiento y los estudiantes creíamos, falsamente, que aquel ejercicio era la psicoterapia.

Pero la psicoterapia no es una técnica que pueda aplicarse solo con tener una noción de sus conceptos, requiere que el profesional se haya sometido antes al mismo proceso que desarrollará de forma continua en su labor diaria. Ello con la función de interiorizar los conceptos permitiendo que los mismos se superpongan a su conocimiento cotidiano y sustituyan su visión por la de aquel que puede discernir a los espíritus. En épocas previas el hombre de conocimiento era sometido a duras pruebas donde sufría del desollamiento ritual y la sustitución de sus huesos por huesos nuevos, sus ojos tenían que ser arrancados de sus cuencas y nuevos glóbulos eran colocados en las fosas huecas. Ésta muerte, que nunca fue metafórica, era la condición sine qua non del poder acompañar al enfermo por el mundo de los espíritus.

Hoy, sin embargo, el mundo de los espíritus se ha liberado, es decir, se ha interiorizado en sí mismo, emergiendo como su correlato lógico, y es entonces que el psicoterapeuta ya no puede sufrir sino un desmembramiento en la propia concepción del mundo, pues el hombre es, en sí mismo, lo descarnado. Es esto lo que hace la terapia, permite ver al fenómeno con los ojos que le pertenecen a lo Otro que se presenta, es, entonces, la idea latente en los acontecimientos psíquicos aquello que se inserta en las cuencas vacías del psicoterapeuta. Todo ello no solo requiere el aprendizaje de ciertas estructuras de pensamiento, ademas exige la propia aplicación de la labor terapéutica a la misma noción de terapia.

El estudiante de la carrera de psicología fantasea que sin haber hecho la ardua labor de someterse a la terapia, puede llevar a cabo ese trabajo, de manera indolora y sin tener que ofrecer el sacrificio de sí mismo al opus que pretende usurpar. Por ello es tan común encontrar terapeutas que ejercen desde posiciones narcisistas, centrados en la satisfacción del ego y que miden su éxito por las credenciales académicas que les proporcionan la ilusión de haber sido investidos por la noción de la psicoterapia. Realmente trabajan desde sí mismos y para sus propios deseos, en forma de objetivos soteriológicos que alimentan su importancia personal. Empero, una labor psicoterapéutica real nunca esta al servicio de ningún individuo, ni del paciente ni del terapeuta, sino que supone un altar para el propio fenómeno, aquel dios que subyace en lo más evidente.

De estas disquisiciones se desprenden varias preguntas que es necesario hacer cada vez que se entra al consultorio: ¿qué es la psicoterapia? ¿cuál es su objeto? ¿cuándo un psicoterapeuta está habilitado para ejercer? y si la psicoterapia significa “el cuidado del alma” no está de más preguntarse: ¿qué es el alma? Quizá la apretura de estas preguntas indique que hacer psicoterapia significa cuestionarse y volverse a cuestionar los conceptos que ya se creían conocidos, quizá sea el misterio siempre presente quién hace verdaderamente el trabajo y entonces la psicoterapia sea el aprendizaje continuo de permitir que este daimon tome su lugar correspondiente.

Vida y muerte en análisis

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 179-190

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

En nuestra charla de esta tarde, no seré cuidadoso en el uso de los términos relativos al análisis. Si tuviera cuidado, tendría que definir el análisis; pero ustedes saben mejor que yo que no tenemos una definición única que sea aceptable para todos los que trabajamos en este campo. Tiene que ser así, porque cuando estamos trabajando, hacemos muchas cosas y somos muchas personas. Puedo estar dando terapia o consejo, enseñando, aconsejando, analizando, interpretando, dirigiendo la conciencia, cuidando el alma, reaccionando, no reaccionando, interactuando, no interactuando, etcétera. 

Sólo podríamos definir el análisis si supiéramos lo que estamos haciendo; pero no sabemos lo que hacemos, y nunca podremos saberlo, ya que se trata de una actividad como pintar o escribir poemas en la que el inconsciente interviene continuamente y nos impide un conocimiento consciente que pueda formularse en definiciones.

Sin embargo, considero que mi principal tarea como analista, y en particular como junguiano, es involucrarme con este lado inconsciente que impide mi claridad y mi conocimiento. ¿Qué quiero decir con esto? ¿Qué es el lado inconsciente de la psique de la persona? ¿Nos referimos a un estado de inconsciencia como el sopor o el coma? ¿O nos referimos a un tipo de comportamiento altamente cargado de afecto, o justo a su opuesto, habitual y, por tanto, irreflexivo e inconsciente? ¿O nos referimos -y creo que es así como tenderé a ver el término- a una región hipotética, una descripción topológica, una sección del ser humano que está fuera de mi conciencia pero que actúa a través de mis acciones, piensa dentro de mis pensamientos, motiva mi voluntad, afecta a mis sentimientos y, sobre todo, a través de complejos y fantasías influye en mi imaginación y en mi forma de percibirme a mí mismo y al mundo?

Así que es en estos complejos de fantasía, en estas partes míticas de la persona, en las que se centra principalmente mi atención cuando hago el análisis. Me interesa menos el informe diario del caso: las peleas con su mujer y los problemas con su hijo, y los síntomas que aparecen, desaparecen y reaparecen: las interacciones personales. Oh, sí, están ahí, en primer plano, por supuesto, y nos presionan todo el tiempo. Pero yo busco el fondo; no la historia del caso y su progreso, sino la historia del alma en su proceso. 

O podría, de otro modo, decir que el análisis es una preocupación por la transformación de la personalidad; y «personalidad» significa aquí un recipiente o una gran máscara como la que llevaban los personajes o actores griegos en el drama, y a través de la cual habla el dios. La máscara no es algo que me pongo para encontrarme con los rostros que me encuentro, sino que sería el papel necesario que uno desempeña, el troquel en el que uno es arrojado o el papel que uno interpreta, para que la voz del dios dentro del alma, dentro de la psique, pueda realmente hablar; y a través de esta fuerza de lo divino dentro del alma, la personalidad es forzada a existir como portadora de algo más allá de sí misma.

Ahora bien, la historia anímica de la personalidad se revela principalmente a través de los sueños, que suelen girar en torno a ciertas experiencias o themata; y dejan fuera áreas enteras de la vida recordada de una persona, de su biografía. Por ejemplo, supongamos que de niño pasé seis veranos en un campamento, y durante veinte años de registrar mis sueños nunca soñé nada de esto. O que tengo catorce primos, y sólo he soñado con uno de ellos en todos esos años; o que he viajado por muchos países, y sólo tres o cuatro de ellos vuelven una y otra vez como temas de mi mitología interior, mientras que otros son descartados sin más. Que mis sueños siguen centrándose en ciertas personas, lugares, escenas y colores, retejidos y entretejidos en una mitología de mi propia alma. Esta es la diferencia entre la historia de mi caso exterior y la historia de mi alma interior. 

Parece que la vida, o la historia exterior del caso, está cada vez más dirigida desde dentro por la historia del alma. Cuando las cosas importan, es por el aspecto interior. Este aspecto interior de la experiencia, el sentimiento de que es mía e importante, y de que tiene algo que ver con mi destino; de que incluso puedo tener un objetivo moral e inmortal que concierne religiosamente, y no sólo un suceso o un accidente (aunque los accidentes pueden ser muy importantes) -esto es a lo que me refiero como sentido del alma.

Naturalmente, las cuestiones de la vida y la muerte serán de gran importancia para este sentido del alma. Y parece que cuando uno llega a este punto en el análisis o en una charla profunda con otra persona -y ciertamente no tiene que ser en horas de oficina y las charlas analíticas profundas no sólo tienen que ocurrir con analistas- esas cuestiones surgirán en una charla profunda. Estas cuestiones del alma y su destino y el problema de la muerte surgen. Surgen de otras maneras mucho antes de que estemos abiertos a este tipo de debate. 

Pero antes permítanme una observación: Estas conversaciones profundas no tienen un sentido académico o filosófico. No hace falta haber leído a Platón sobre la inmortalidad del alma para llegar al alma y su preocupación religiosa, su preocupación por la moralidad. No hace falta dedicarse a la filosofía y tener ideas profundas que se han sacado de otra parte. Todos moriremos y todos hemos estado con la muerte de una forma u otra. Y en estos niveles profundos del alma, todos estamos en comunicación, aunque nuestra historia individual de clase, color, religión, educación, etc. nos mantenga alejados. En el nivel del alma, todos somos iguales y todos podemos hablar. En los niveles conceptuales, podemos diferir, pero no en los niveles simbólicos, ni en los niveles de la fantasía y el mito. No nos diferenciamos en este nivel de otras épocas de la historia y de otros pueblos que también estaban implicados como nosotros en este nivel del alma, en cómo vivir y cómo morir; y por qué vivimos y por qué morimos; y qué ocurre en la muerte y después de la muerte; y cuál es la relación entre vivir y morir. Es sólo nuestra jerga clínica y nuestras conceptualizaciones académicas y nuestros términos sociológicos y nuestro ridículo orgullo antihistórico lo que nos separa de la otra persona. No es el cliente el que no es apto para la terapia porque no tenga el nivel educativo, sino que es el terapeuta el que no es apto porque no tiene el nivel simbólico. 

Las cuestiones de la vida o la muerte, o lo que podríamos llamar las cuestiones filosóficas, las cuestiones de sentido, son centrales y vitales para el alma. Éstas han sido siempre las principales cuestiones de la psique en todas las culturas y en todas las épocas. Por lo tanto, puede decirse que las cuestiones de la vida y la muerte son la principal preocupación del alma. Su otra cara, su otra preocupación principal, es, por supuesto, el amor; el contexto de la vida humana y la conducta de la vida humana entre los humanos. Pero esta otra preocupación principal del alma -el amor, por darle un nombre- no es separable de las cuestiones de la vida y la muerte.

El alma tiene, pues, al menos dos caras: la espiritual y la erótica; una cara de sentido y otra de amor. Ambas están entrelazadas, de modo que si una resulta dañada, la otra sufre. Si hemos perdido el sentido, si la vida y la muerte no se mantienen unidas en una filosofía o una Weltanschauung, entonces el amor no funciona; y si hemos perdido la conexión con el amor, el sentido se desmorona.

Estas cuestiones de la vida y la muerte surgen de forma natural en el análisis, no sólo porque sean cuestiones verbales y/o ideas interesantes, sino más bien, me parece a mí, como si el propio fenómeno del análisis pareciera constelar tales cuestiones. Es como si el análisis -esta discusión profunda; no siempre tan profunda, pero esta discusión tal y como la estoy presentando- esta discusión de dos personas en dos sillas desnudando sus almas, dos personas intensamente preocupadas por lo fundamental y pidiendo a la voz inconsciente que entre también y diga lo que piensa; preguntando por los sueños y preguntando por las emociones y preguntando por las fantasías y reaccionando a y desde este nivel -este peculiar ritual, que ha sido creado en los últimos sesenta años y que no existía antes y que llamamos análisis, atrae no sólo al alma para que se muestre ante el amor (o lo que desgraciada y horriblemente se llama «la transferencia y sus aspectos eróticos») sino también para que muestre su apasionada preocupación por las cuestiones de significado. 

Así que los sueños recogen símbolos y utilizan el lenguaje de significados muy profundos en el sentido de significados eternos, temas arquetípicos eternos que, si se siguen y no se reducen a otra cosa, se cree en ellos, se someten a ellos, conducen a cuestiones fundamentales de la vida y la muerte. Ahora bien, lo que conduce en este proceso es a menudo algo bastante absurdo y oscuro. Al principio, puede parecer que es el analista quien lidera este proceso psicológico; o, como se le llamaba en la antigüedad, el «psicopompos», el líder de la psique o guía de almas. El líder de la psique, o el líder del alma, aparece en imágenes oníricas: o la tierra a la que está conduciendo es como el Purgatorio o un país desconocido, o Australia, que está «abajo», o el Continente Perdido, o algún otro lugar al otro lado de los mares; y la función del líder aparece como un cazador blanco en África, o un conductor en un tren, un hombre en una mina con una lámpara en su sombrero.

A menudo se piensa primero que el líder, guía o gurú es el analista, del mismo modo que el otro aspecto del alma utiliza también al analista como amante para que la experiencia del amor se libere y cobre vida.

Pero al cabo de un tiempo, uno se da cuenta de que no es el analista en absoluto, sino que la psique tiene en sí misma una función, que se imagina en una especie de figura, la que la conduce a problemas fundamentales de sentido, a terrenos desconocidos, a preguntas sobre por qué se vive y qué significa la muerte; y estas preguntas se formulan de tal manera que resultan sumamente oscuras, absurdas, paradójicas. Por el testimonio empírico de observar cómo ocurre esto en el análisis, parecería que los individuos implicados se ven inducidos u obligados a elaborar una filosofía de la vida. Esta cuestión puede llegar a ser tan urgente y apremiante que la cuestión de la vida y la muerte se convierte de hecho en una cuestión de vida o muerte, y aquí comienza a menudo el problema del suicidio. 

De repente, la persona, en cierto sentido, no sólo ha empezado a cuestionarse la vida, sino que ha entrado en la muerte, y ha sido llevada por esta función dentro de sí misma (proyectada, tal vez, en el análisis, llevada por el analista) a plantearse preguntas cada vez más profundas. Esta función no lo deja ir, no se contenta con simplificaciones y respuestas baratas y reducciones, y la conciencia comienza a cuestionar sus propias raíces. Esto tiene por el momento, quizás durante algún tiempo, un efecto de laceración de la personalidad. Todo se cuestiona; nada se sostiene en ninguna parte. Esto le lleva a uno contra la corriente y uno, en cierto sentido, ha dicho «no» a la vida. 

Ahora bien, este cuestionamiento de la vida, que es una oposición a la vida, es destructivo para la vida tal como es y, por lo tanto, es el aspecto de muerte del crecimiento. Este empuje dentro de la psique que es esencial para el desarrollo de la personalidad se muestra también en las formas tradicionales de desarrollo de la personalidad, todas las cuales tienen un aspecto de muerte.[1] En otras palabras, el desarrollo de la personalidad pasa por la muerte. No es una expansión continua de más y más luz, más y más vida, sino más bien una serie de muertes, y el análisis como aventura metódica de transformación de la personalidad es siempre una serie de muertes y agonías, un colapso prolongado, un suicidio prolongado.

Las culturas tradicionales hablan de las etapas de la vida o de la vida organizada por fases. Los puntos de inflexión de estas etapas o crisis suelen seguir un camino de desarrollo biológico; es decir, se supone que hay una primera mitad y una segunda mitad de la vida; o que la vida se divide en juventud, mediana edad y vejez; o que se divide en cuatro etapas del hombre, o en siete, o en diez, o en doce. Hay ejemplos de todo tipo de pensamiento en este campo, pero lo importante no son tanto las separaciones como las transiciones entre etapas. Éstas se denominan a veces en antropología «ritos de paso» o «ritos de iniciación» o «sacramentos». En cada una de estas transiciones, lo esencial para la personalidad es su movimiento. La personalidad con la que uno se identifica ahora, aquí; el yo que es como soy, y aquí es donde estoy ahora -aquí-; esto, que está construido sobre la continuidad, construido sobre el hábito, construido sobre la memoria -todas las cosas que me han traído hasta aquí-, esto muere. La identidad externa, aquello con lo que me identifico, muere. 

Ahora bien, desde este punto de vista, el suicidio puede verse como un intento precipitado de pasar de aquí a allá, de atravesar; o puede verse como un rito de paso. Puede verse como una expresión de la necesidad urgente de transformar la personalidad, como una expresión del desarrollo que llevaría a la conciencia lo que hasta entonces es desconocido, inconsciente y nuevo. 

No se ve así, por supuesto. Muestra violencia y muestra desorden y muestra confusión, o muestra regresión a la nada. 

Pero también puede mostrar, en estas formas de disfraz que lo hacen parecer cualquier cosa menos desarrollo, algo tan apremiante y tan urgente y tan terriblemente real para el alma de la persona que no sirve de nada intentar bloquearlo sin darse cuenta de que la destrucción del yo es ante todo una declaración de transformación radical. Es la forma más radical en que el yo de aquí y ahora puede convertirse en el no-yo. La personalidad consciente puede convertirse en la personalidad totalmente otra e inconsciente.

El suicidio es el último viaje de aquí para allá. Nos llevaría demasiado lejos adentrarnos en el trasfondo arquetípico del análisis como transformación del alma. Sería demasiado adentrarnos en las cuestiones de los rituales de la muerte y las ideas de desmembramiento en tantos de estos rituales en los ritos de iniciación, o el papel de la muerte en diversas disciplinas que tienen que ver con el desarrollo de la personalidad, como las disciplinas yoguis o las disciplinas espirituales en la Iglesia, o en la alquimia, o la muerte iniciática y las torturas en los ritos de la pubertad, o la muerte en las religiones mistéricas, que se ocupaban mucho de morir en una etapa de la vida para entrar en la siguiente, o la huida chamánica completamente fuera de este mundo, que es una especie de trasfondo arquetípico del viaje, o las experiencias iniciáticas, o el descenso a los infiernos, al que se enfrenta el héroe en muchos ejemplos de su desarrollo en los cuentos de hadas, en los cuentos populares y en los mitos. 

Todo esto parece quizás irrelevante, pero la mayor parte del mundo que llamamos subdesarrollado toma su orientación de este tipo de pensamiento; y la mayor parte de la personalidad en nosotros que está subdesarrollada toma su orientación de este tipo de pensamiento. 

Nuestros sueños y nuestras fantasías inconscientes lo demuestran. Un examen de todos estos patrones de cambio de la personalidad, o de desarrollo del alma, de modo que ésta también tenga una historia de desarrollo, no sólo una historia clínica externa, mostraría una sorprendente insistencia en las experiencias de muerte. También nos obligaría a llegar a la conclusión de que la interferencia con esta experiencia de muerte impidiéndola, considerándola un razonamiento defectuoso, malinterpretándola como una condición social patológica que necesita ser curada, privaría al alma de su propia oportunidad de transformación. 

Al igual que los momentos críticos del proceso de transformación en la tradición implican la muerte, estos momentos críticos en el análisis también implican la muerte. Porque en el análisis nos ocupamos principalmente de estas fases de transición. Nos ocupamos del despliegue de una vida a través de estas muertes. Así, una persona está atascada en la infancia o atascada en sus fantasías matrimoniales tempranas o atascada en el aspecto de expansión de su carrera. En cada caso, algo empieza a morir, a dejar de funcionar; y la identidad de esa personalidad, el ser de sí mismo muere para que la siguiente fase de su vida sea posible. Del mismo modo que el crustáceo sale una vez al año de la estructura que ha construido, se arrastra fuera de su caparazón y se despoja de esa masa de armadura, y yace como una masa vulnerable de gelatina en el fondo del mar, así nosotros morimos y nos disolvemos antes de que podamos crear a partir de nosotros mismos nuevas construcciones y una nueva casa para la psique dentro de la cual podamos volver a vivir. 

Lo que muere en estas situaciones son nuestros cuelgues del ego, nuestras identificaciones del ego, la dureza del ego, el orden que nos hemos impuesto, la continuidad y la identidad y el hábito -todas estas virtudes del ego. Es como si la psique no fuera todo ego, como si hubiera algo fuera del ego que desea esta muerte, algo fuera del ego, distinto del ego, parece permanecer durante esta muerte y, por así decirlo, renace durante esta muerte. 

El hecho de que el ego muera en el análisis, pero que otros procesos psíquicos dirijan esta muerte y estén ahí durante la muerte y después de ella, apunta al hecho de que el ego no es el centro de la personalidad, sino que hay algo que trasciende al ego y es superior a él. Cómo llamemos a este otro es menos importante que el hecho de que lo experimentemos, y que la experiencia de ello llegue más vívidamente, al parecer, en el análisis, a través de las experiencias de muerte.

+

Ahora pasamos a la cuestión de que hay otro aspecto de la muerte dentro del análisis que no debemos evitar, y es la agresión. Todos ustedes están muy familiarizados con el componente agresivo del suicidio, un componente que se ha formulado como matarse a uno mismo, matar a un ser querido o ser matado por otro. Como quiera que lo planteemos, tenemos que entrar en el problema de la agresión de matar y ser matado, de algún tipo de componente salvaje, asesino, destructivo; y tenemos que examinar nuestros puntos de vista sobre esta parte de la psique.

Si miramos a nuestro alrededor, encontraremos que este componente, que podemos llamar por el momento agresión o destructividad o maldad, no es -y repito, no es- totalmente afrontado y aceptado como un hecho psíquico por los principales puntos de vista en nuestro campo. Los rechazos son numerosos. Creo que los neofreudianos en general rechazan el instinto de muerte y sus ramificaciones en el ámbito de la destructividad. Konrad Lorenz y los conductistas animales no aceptan la maldad en el hombre. La sociología y otras psicologías ven estos trastornos del comportamiento como derivados del miedo y la frustración, de experiencias negativas con la madre o con la sociedad, etcétera. 

No puedo discutir -no puedo, no tengo la capacidad de discutir- en detalle estas teorías de la agresión. Sólo quiero señalar el pensamiento que tienen en común, que es que no nos ayudan a entender el hecho del componente agresivo en la muerte suicida; y necesitamos una manera de llegar a un acuerdo con este componente agresivo si queremos llegar a un acuerdo con el suicidio. Si el suicidio tiene un componente agresivo y uno está matando y destruyendo, y este matar y destruir se ve en estos modelos que se niegan a permitir una posición ontológica al matar y destruir, que sólo pueden ver el matar y destruir como alguna forma de formación de reacción derivada deformada, entonces nunca podremos llegar a la aceptación más profunda del suicidio como un problema. Juzgaremos el suicidio a causa de nuestro juicio contra, o nuestra visión deformada de, el aspecto agresivo. Veremos el suicidio como ilegítimo y deformado. 

El suicida se venga de alguien. O juega a vengarse, asesina o se ensaña. A menudo actúa contra su analista. (Hablo, por supuesto, siempre dentro de este límite: «Vida y muerte en el análisis»; donde se filtra hacia otros ámbitos, me alegro, pero ahora lo retiro). Su analista representa al líder de su propia psique en sus profundidades y en su exploración de la muerte, como ya discutimos.

Independientemente de cómo lo interpretemos como un acto contra el analista o una forma de destruir la función psíquica o la imagen que el analista porta, todavía tenemos que afrontar per se que la psique, el alma humana, tiene en sí la capacidad de matar y destruir; e incluso si decimos que la agresión puede retorcerse en formas pervertidas debido a fijaciones o frustraciones tempranas o cualquier otra cosa a la que queramos atribuir esto, todavía tenemos que reconocer que el alma humana no sólo se retuerce pasivamente sino que se retuerce activamente, y que la psique tiene la capacidad de matar y de deleitarse matando. La historia de la humanidad desde Caín y Abel (que fue lo primero que hicieron al salir del Jardín del Edén) es una historia de asesinatos y guerras. Esto es una realidad ontológica y matar dentro del alma, como una realidad dentro del alma, es reconocido por los Diez Mandamientos como una posibilidad humana fundamental perpetuamente eterna: dada con la existencia del hombre, siempre ahí, y no un derivado de algo más.

Ahora bien, esto es duro; y el único lugar, me parece, donde esta realidad del mal dentro del alma humana y dentro del universo recibe todo el crédito en psicología (está en la filosofía y en la religión) es en la psicología de Jung. En los últimos años, parece que los Jungianos se han obsesionado con el concepto del mal.[2] Parece que no hay semestre o trimestre en el Instituto Jung de Zurich que no trate sobre el mal o Satán o algo sobre el problema del mal, el problema de la sombra, el problema de esta parte de la vida.

El punto de vista junguiano, me parece a mí -y supongo que otros junguianos pueden tener otros puntos de vista- es que el potencial, no sólo de reaccionar agresivamente sino cruel y sádicamente, la capacidad de disfrutar de la enemistad y de tener enemigos, de vivir y ser hostil, de guerrear y destruir, es fundamental e innato, no sólo en el hombre como disposición, sino como parte de la realidad de la existencia.

En otras palabras, creo que los junguianos se toman en serio al diablo y consideran la agresión destructiva que se manifiesta a menudo a través del suicidio como una expresión de este mal, un mal que no puede descartarse a través de explicaciones sociológicas, o biológicas à la Lorenz, o como reducciones psicológicas a lo que sucedió al principio, o a desgracias sociológicas, etcétera. Es fundamental, como el demonio es fundamental y no derivado; el demonio no es sólo una ausencia de bien o una privación o una sombra que, en última instancia, trabaja realmente para el bien (aunque no lo veamos).

No creo que podamos aceptar la hostilidad agresiva que se expresa en el análisis sin una aceptación muy profunda de que el mal existe en el mundo. En mi libro sobre el suicidio [3], me temo, no presenté lo suficiente en mi opinión contra la prevención del suicidio. No presenté lo suficiente sobre el mal que puede expresarse a través del suicidio como asesinato y matanza. Si en ese libro traté de mostrar cómo se puede, en el análisis, entrar en el alma y comprenderla desde dentro, y que esta comprensión puede hacer que el suicidio real sea superfluo e innecesario, porque la muerte de la psique se ha logrado y realizado dentro del alma, de modo que no tiene que ser vivida concretamente en el mundo, también debería haber discutido la importancia de entrar en la agresión, la matanza y el asesinato que están implicados en el suicidio.

Nunca podré aceptar este aspecto si lo considero una aberración, un derivado de la frustración o de otras cosas. Aceptar el suicidio como una posibilidad legítima, como hice allí, o incluso aceptar el significado simbólico de entrar en la muerte en aras de la transformación y que el suicidio es una expresión del impulso de transformación, sigue dejando algo fuera; y ese algo es la violencia o el mal de la agresión o el asesinato que, también, deben tomarse como fundamentales para los seres humanos y también como una posibilidad legítima de la naturaleza humana. 

Si no adopto esta postura, sigo estando fuera y juzgando a la persona, y no he llegado a un acuerdo con la cara destructiva de la creación y del creador que hizo esta creación. 

Al decir que acepto el mal, entiéndase bien, no quiero decir que lo apruebe, igual que al decir que no estoy a favor de la prevención del suicidio no quiero decir que esté a favor del suicidio. No estoy a favor ni en contra del suicidio. Sólo lo que significa en el alma. Así que con el mal que puede haber detrás de algunos suicidios, no estoy a favor aceptando su realidad; no lo estoy abrazando. No estoy a favor del diablo diciendo: «Sí, creo que el diablo es real». No estoy a favor de la bomba atómica o de los campos de concentración o de otros aspectos de destrucción y asesinato sólo por decir: «Acepto estas cosas como reales y verdaderas y ahí y hechos fundamentales».

Así que no podemos aceptar la violencia destructiva y la crueldad destructiva negando su realidad básica. Sólo podemos aceptar esta parte del problema del suicidio. Sólo podemos enfrentarnos al demonio si empezamos por admitir su existencia; que hay algo demoníaco, salvaje, terriblemente difícil y autodestructivo. Por eso tenemos ese problema. Admitir su existencia no es darle al diablo una entrada en el mundo. No se trata de eso, no lo justifico. Estoy diciendo que mi odio y mi deseo de matar y vengarme son realidades fundamentales. Ahora, ¿qué hay que hacer con esto? Aquí es donde empieza todo. El verdadero problema es: ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo hay que manejarlo? ¿Adónde hay que ir ahora en la lucha contra el mal? Se trata, pues, de un problema totalmente nuevo. Este planteamiento no trata de deshacerse de las causas del mal a través de la perspicacia psicológica o la reforma social, porque las causas del mal hay que atribuirlas a algo eterno, siempre ahí, ontológico; como atribuirlas, por ejemplo, a Dios mismo. Esto abre un nuevo panorama en la naturaleza del ser y ve la destructividad de matarse a uno mismo e incluso de toda agresión bajo una luz muy preocupante, para la que no tengo solución. Pero me complace presentarlo como un problema fundamental.

+

Queda una cosita, que está relacionada con el título de esta charla. Hemos estado hablando principalmente de análisis en relación con el tema del encuentro. Ahora quiero referirme concretamente a la idea de la vida y la muerte. Es una cosa curiosa, y se ha observado desde muy fácilmente cosmologías o mitologías primitivas de cómo el mundo llegó a existir. Está en la filosofía india y en la filosofía griega y en el principio del pensamiento de los hombres sobre el mundo y cómo es que las cosas se ponen (también sobre cuestiones fundamentales) como una polaridad. 

Por ejemplo, lo bueno y lo malo, lo alto y lo bajo, lo masculino y lo femenino, la oscuridad y la luz, y así sucesivamente. Ahora bien, la oposición de estos principios se ha planteado como una ley básica del universo en muchísimos sistemas de pensamiento: Taoísmo chino, o en el pensamiento aristotélico o el pensamiento hegeliano. Hay una polaridad entre los que operan. 

Incluso nuestra cultura religiosa, la judeocristiana en la que estamos inmersos, comienza cuando Dios crea un mundo dividiendo lo superior y lo inferior, y separando las tinieblas de la luz, y llamando buena a una mitad del sistema (el lado luminoso).

La inmensa variedad y complejidad de la vida biológica también se divide en las polaridades masculina y femenina. Hay muy, muy pocas excepciones en las que esta polaridad no se mantiene en la clasificación biológica. Esta polaridad de masculino y femenino o de cualquiera de las oposiciones polares básicas, como oscuro y claro, rojo y verde, viejo y joven- esta cosa no puede reducirse a las simplificaciones de sólo polos eléctricos (de donde obtenemos el término «polaridad») de positivo y negativo. Hay algo cualitativamente diferente entre los dos polos. 

La vida y la muerte constituyen una de estas polaridades. Pero la hemos separado por nuestro pensamiento antitético, por nuestra forma de pensar. Nuestro pensamiento occidental, cartesiano, lo ha separado, de modo que donde está la vida, como se ha dicho, no está la muerte; y donde está la muerte, no hay vida. Se pueden encontrar posiciones que describen: No podemos hablar de la muerte porque mientras estemos vivos, no sabemos nada de ella. Absolutamente separados; opuestos. 

Ahora bien, de este modo las polaridades se han convertido en contradicciones lógicas. «Eso» se convierte en «vida y muerte», se convierte en «ellos»; y se separan, y son mutuamente antagónicos y están en guerra. Este desgarramiento de cosas que originalmente estaban unidas es un fenómeno especial de nuestro tiempo. Blanco y negro: ¿quién dice que blanco y negro son opuestos? ¿O queer y straight, o hip y square, o young y old, o advanced y backward? Y todos los muros y fronteras y soluciones de problemas haciendo las divisiones aún más nítidas, manteniendo las cosas claras.

El origen de este problema en el ego y la forma en que el ego se desarrolla en nuestra sociedad es otro tema, y no podemos hacerlo ahora. Pero quiero señalar que hay otras formas de pensar sobre polaridades como la vida y la muerte, además de «donde hay vida, no hay muerte» y viceversa.


1 «Así vivimos, y nos vamos para siempre» (de la octava Elegía de Duino de Rainer Maria Rilke, trad. A. Poulin, Jr.).

2 Véanse los escritos de Adolf Guggenbühl-Craig sobre matar y ser matado y sobre los aspectos sombríos de la psicoterapia en From The Wrong Side: A Paradoxical Approach to Psychology, trans. G. V. Hartman (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2014); cf. también Maligno, ed., C. G.. Consorcio del Instituto C. G. Jung de Zúrich, trans. R. Manheim y H. Nagel (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1967).

3 James Hillman, El suicidio y el alma (Thompson, Conn.: Spring Publications, 2020).

Tres vías de fracaso y análisis

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 15, pp. 228-234

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

1. Fallos en el análisis

Todos estamos familiarizados con el fracaso de ciertos tipos de casos en el análisis. Particularmente difíciles y que no responden a una terapia exitosa son las personas con estilos de vida en los que la homosexualidad, el alcoholismo o la depresión crónica son los principales «problemas» de presentación. A ellos se añaden los que tienen obsesiones paranoides, las llamadas neurosis de carácter graves y las personas diagnosticadas como sociópatas y psicópatas. El hecho de que tantos y tan variados tipos de casos para los que el análisis puede haber sido considerado el método preferido de tratamiento resulten ser fracasos, da pie a considerar el análisis de nuevo y a la luz de estos fracasos. 

También estamos familiarizados con otro tipo de casos fallidos, aquellos en los que se desarrolla un cáncer mórbido durante el análisis, o que terminan en suicidio, o en los que las reacciones de contratransferencia constelan tal fantasía exorbitante y afecto masivo, o lagunas psicopatológicas, en el analista que el caso debe ser transferido o el análisis abandonado. Los fracasos menores tal vez pasen desapercibidos: análisis que tienen como subproductos distanciamientos familiares, pérdida de adaptación extravertida, amistades divididas. 

A través de la reflexión clínica sobre estos diversos tipos de fracasos podemos examinar los tipos de casos que fracasan, o para los que fracasa el análisis, y podemos presentar nuestros propios fracasos como analistas a otros analistas para su escrutinio: toda esta reflexión intenta corregir los fracasos presentes y minimizar los futuros. Esta manera de reflexionar clínicamente está en función del tema empírico y moral dominante de nuestra cultura: aprender a través de los errores, ensayo y error, mejorar trabajando en ello, si al principio no tienes éxito inténtalo, inténtalo de nuevo, en el que el modelo es de mejora lejos de los errores, el error y el fracaso, hacia la competencia. 

En esta metáfora, el fracaso está vinculado al éxito en una polaridad, y tendemos a medir los fracasos normativamente, es decir, como una privación del éxito. El fracaso es el anverso del éxito; el éxito equivale al mínimo de fracaso. Por lo tanto, un análisis exitoso significaría éxito en las áreas de fracaso del caso -las quejas dominantes de homosexualidad, alcoholismo, delirios- y un fracaso significaría su continuación a pesar del desarrollo de la personalidad y la comprensión obtenida a través del análisis. 

Este modelo de fracaso, por simple que parezca, ha propiciado, no obstante, algunos debates sofisticados sobre el análisis. El análisis existencial eliminaría por completo los criterios normativos de éxito y fracaso. Por otro lado, la terapia conductual consideraría el fracaso totalmente en términos de criterios normativos de funcionamiento positivo, haciendo sospechosa la creencia en el análisis como método de crecimiento de la personalidad y aumento de la conciencia a menos que haya pruebas positivas de eliminación de síntomas y alivio de la angustia. 

Por lo que definamos el análisis definiremos también su éxito y su fracaso: un análisis que tiene como objetivo el aumento de la conciencia o la individuación no puede juzgarse un fracaso si no cura los síntomas, y viceversa, un análisis que tiene como objetivo eliminar una fobia paralizante no puede calificarse de fracaso si nunca se adentra en los sueños del paciente, o integra la fobia en el sentido. 

Por supuesto, este modelo simple y normativo del éxito (como salud óptima, orden psíquico o plenitud) olvida que el éxito y el fracaso pueden concebirse no como opuestos o polos de un continuo, sino como una identidad, de modo que todo análisis es a la vez un fracaso y un éxito, y cada parte de todo análisis es a la vez correcta y errónea, guía y engañosa, crece constructivamente y mata destructivamente, lo que implica que para que el análisis tenga éxito siempre debe fracasar. 

2. Fracaso del análisis 

La inevitabilidad del primer tipo de fallo abre una perspectiva más amplia, y podemos trasladar la cuestión de los fallos específicos del análisis al fallo general del análisis. Puesto que el análisis siempre muestra ciertos tipos de fallos, ¿no hay algo general en el análisis que provoque fallos, de modo que el propio análisis pueda considerarse un fallo? 

La literatura muestra que así como hay discusiones sobre el fracaso del análisis en ciertos tipos de casos, también las hay sobre el fracaso del análisis en su conjunto. Las reflexiones tardías de Freud sobre «el análisis terminable o interminable» son el locus classicus de este tipo de consideraciones pesimistas. 

¿Llega alguna vez el análisis a su fin, en el tiempo o en la realización? ¿Se resuelve alguna vez la transferencia, se logra alguna vez la individuación? Incluso si el análisis no satisface el objetivo de la curación, ¿produce realmente ampliación de la conciencia, profundidad de la personalidad, amor más fino, mejor adaptación, vida significativa? Si consideramos a los analistas, a nosotros mismos, como paradigmas del proceso en el que nos sentamos durante muchos años, ¿qué efecto ha tenido el análisis en nuestra adaptación, nuestra conciencia, nuestro amor? 

Desde otro punto de vista, ¿dónde están las estadísticas que validen los tipos de casos y los tipos de mejora dentro de esas clases, y cómo podemos llegar a formular esas estadísticas, ya que las clasificaciones nosológicas en las que podríamos clasificar nuestros casos están hoy en día en entredicho? ¿Es «paranoico» un término válido con un referente real? ¿Dónde están los «maníacos» e «histéricos» de antaño? ¿Cómo podemos evaluar el éxito y el fracaso de un tratamiento sin criterios consensuados sobre lo que estamos tratando, es decir, qué es la enfermedad psíquica y la salud psíquica que da sentido en general a una idea de «tratamiento»? 

La opinión de que el análisis en general ha fracasado procede de críticos de muchos bandos. Los experimentadores piden pruebas públicas de los logros; los clínicos piden pruebas de la mejora a través del tratamiento analítico; los críticos sociales ven el análisis como la herramienta del establishment para mantener nuestras nociones de enfermedad, de individualidad exclusiva y de profesionalidad, perpetuando un sistema de capitalismo burgués. Los teólogos y filósofos consideran su fracaso más profundo, al considerar que el análisis tiene una crítica ideológica inadecuada y un método sospechoso que se parece más a un lavado de cerebro o a la iniciación en una secta religiosa que a un tratamiento terapéutico o a una ciencia empírica de exploración de la personalidad como pretende ser. Fracasa porque sus premisas subliminales difieren de sus intenciones manifiestas. Por último, los historiadores (de las ideas, de los movimientos sociales y de la medicina) ven el análisis dentro de su marco del siglo XX, como una respuesta a un fracaso específico dentro de esa civilización, y que lo que era correcto para los hombres de principios del siglo XX es insuficiente para nosotros hoy. 

A través de esta reflexión histórica sobre el fracaso del análisis podemos recordar que el análisis surgió del fracaso, en el sentido de que era un método específico para tratar aquellos tipos peculiares de casos que no habían sido comprendidos, o que ni siquiera habían sido escuchados por el sistema imperante, por ejemplo, los histéricos de Freud y Breuer y los esquizofrénicos de Jung y Bleuler. Estos eran los fracasados médica y socialmente, y la psicoterapia se inventó como una respuesta específica a estos fracasos específicos. Si el análisis surge de los inadaptados, de los peculiares descontentos neuróticos de nuestra civilización que hasta entonces no podían encontrar un lugar significativo, los fracasados por así decirlo, entonces se abre una tercera perspectiva respecto a la relación entre análisis y fracaso. 

3. Análisis de fallos

A pesar de las críticas del primer tipo -que el análisis fracasa en muchos casos concretos- y de las críticas del segundo tipo -que el análisis como tal es un fracaso-, para mí, y supongo que para nosotros de forma preponderante, los méritos del análisis clásico son tan evidentes que no es necesario detenerse en ellos. Un panegírico aquí, o incluso una apología, no tiene cabida, así que pasemos a los defectos de los méritos. Llevemos la reflexión clínica e histórica sobre el fracaso del análisis clásico un paso más allá, hacia una reflexión arquetípica. 

Por análisis clásico entiendo un curso de tratamiento en una atmósfera de simpatía y confianza de una persona por otra a cambio de una retribución, tratamiento que puede concebirse como educativo (en varios sentidos) o terapéutico (en varios sentidos) y que procede principalmente a través de la exploración interpretativa conjunta del comportamiento habitual y de clases de sucesos mentales que tradicionalmente se han denominado fantasías, sentimientos, recuerdos, sueños e ideas, y en la que la exploración sigue un conjunto coherente de métodos, conceptos y creencias procedentes principalmente de Freud y de Jung, en la que la atención se centra preferentemente en lo imprevisto y en la carga afectiva, y cuyo objetivo es la mejora (subjetiva y/u objetivamente determinada) del analizado y la finalización del tratamiento. Esta descripción deja espacio para muchas versiones de la mejora, desde el alivio de los síntomas hasta la individuación y la revelación mística. Esta descripción también deja espacio para varios aspectos de los métodos, conceptos y creencias de Freud y Jung, ya que reciben un énfasis diferente según el lugar, la época y el profesional. 

Una reflexión arquetípica sobre el fracaso en y del análisis dejaría intacta su definición, es decir, no intentaríamos mejorar el análisis en instancias específicas, ni redefinirlo (actualizarlo) en general, para que se convierta en una respuesta más adecuada a los males psíquicos contemporáneos. Más bien, sugeriría -y este será mi último punto- que el análisis puede continuar como antes, incluso cuando se concibe a sí mismo no sólo como habiendo fracasado histórica y clínicamente, sino como siendo el fracaso arquetípicamente; como preocupado por el fracaso en los sentidos del diccionario del fracaso: debilidad, defectuosidad, ausencia de victoria, bancarrota, decepción, falta e incompletud. 

El fracaso se consideraría un factor psíquico fundamental en función del cual todo hombre vive su vida. El existencialismo llama a esta categoría «schei-tern», o la conciencia que surge del naufragio. La alquimia la ha considerado bajo las rúbricas de dissolutio, mortificatio, putrefactio. El budismo habla de la decadencia inherente; D. H. Lawrence del «barco de la muerte». 

Si el análisis se imaginara en términos de su fracaso inherente (que no es más que un paralelismo con el fracaso inherente de toda vida), ya no se pondría el énfasis de forma demasiado unilateral en la metáfora integradora, creciente, que se amplía y se esfuerza hacia arriba, el aspecto eros de cada vez más uniones, una metáfora que puede condensarse en la palabra clave «crecimiento» (que ya ha adquirido connotaciones de escalada, proliferación y cáncer). En su lugar, volveríamos a esa tradición del análisis del alma que reconoce «dos propensiones opuestas en el marco humano; una constante y uniformemente tendente a la corrupción y la decadencia, la otra a la vida y la salud», una frase de Ernst Stahl, el médico y filósofo alemán del siglo XVIII que situó el alma en el centro de sus preocupaciones. Pero la frase bien podría proceder del contraste de Freud entre Eros y Tánatos. Tánatos aporta el reflejo arquetípico a nuestro tema del fracaso. 

Cuando el análisis sigue los modelos de pensamiento de la filosofía médica del siglo XIX, su conciencia heroica y determinada por la Gran Madre Naturaleza, entonces tenderá, como Xavier Bichat, a definir la vida como «la suma de fuerzas que se oponen a la muerte», y entonces considerará el inconsciente -como hicieron Arthur Schopenhauer, Eduard von Hartmann, Carl Gustav Carus e incluso Henri Bergson- como una fuerza vital orgánica que se desarrolla y que no tiene, como dijo Freud, negación. Creo que todavía tendemos a considerar el inconsciente según este modelo decimonónico, como la voluntad creadora de la vida que dormita en el alma, que se despliega en el tiempo y que, si se lee correctamente, puede evitar que fracasemos. 

Si el análisis tomara sus orígenes históricos (como respuesta al fracaso) también como su base arquetípica, entonces su perspectiva podría derivar más de Tánatos y la afirmación de Bichat podría invertirse. El análisis explora el fracaso en términos de muerte, y está llamado a existir como el instrumento preferido de la psique para explorar el fracaso en términos de todas las fuerzas que se oponen a la vida, es decir, para buscar a Tánatos y sus dominantes arquetípicos relacionados allí donde la vida está bloqueada, derrotada, en bancarrota y fracasada.

Este enfoque investiga (analiza) el fracaso menos para eliminarlo para un nuevo crecimiento, que para conducir cada error, equivocación y debilidad hacia el fracaso (ser «psicopompos» con él) conduciéndolo a sus últimas consecuencias, a su meta psíquica en la muerte. Entonces cada error de la vida, cada debilidad y error en y del análisis, en lugar de ser enderezado en el arrepentimiento o exprimido por su caída de conciencia o transformado e integrado, se convierte más bien en la entrada al fracaso, una apertura a la inversión de todos los valores. Más que como un bloqueo en Eros y en el flujo de la vida, podríamos considerar los fracasos como constelados, intencionados, incluso finalmente causados por el inframundo que quiere que la vida fracase para que se reconozcan otras actitudes regidas por otros principios arquetípicos. 

Así pues, los dioses que consideraríamos dominantes del análisis serían en particular los que gobiernan lo que los románticos llamaban el «lado nocturno del alma» (Fechner). El análisis derivaría sus actitudes de aquellos dominantes arquetípicos personificados en los dioses que tienen una relación especial con el mundo nocturno invisible y subterráneo de la muerte, el terror y la tragedia, como Hermes, Hades, Saturno, Perséfone, Dionisos (Señor de las Almas y fuente de la tragedia), y especialmente los Hijos de la Noche descritos por Hesíodo (Teogonía): la perdición, la vejez, la muerte, el asesinato, el destino, la suerte, el engaño, el sueño, los sueños, las peleas, los agravios, la miseria, la némesis. Estas personificaciones de Hesíodo son el contenido principal del análisis y son, en parte, lo que hoy llamamos fracasos, ya que hemos colocado el análisis entre las profesiones curativas y auxiliares del positivismo, con su énfasis en los dioses y héroes de lo alto, visibles a la luz apolínea, dioses y diosas de la ciudad, el campo, la vida y la obra. Incluso el amor tendemos a concebirlo a la manera concreta de Afrodita, olvidando la intimidad sutil de Eros y Tánatos, incluso su identidad en el neoplatonismo renacentista. 

Podemos hacer más justicia con los fracasos en el análisis y el fracaso del análisis cuando consideramos el análisis como un proceso en fracaso, e incluso la individuación como un movimiento en el reino del Hades, invisible, donde las literalidades de la vida se reflejan en las metáforas de la muerte. Entonces se reconocerá la individuación, la unicidad de la personalidad individual, tal como la caracterizó Miguel de Unamuno en el sentido trágico de la vida, que tiene su propia alegría, su propia comedia.

Cuando estoy desesperado, no quiero que me hablen de renacimiento; cuando envejezco y decaigo y la civilización que me rodea se derrumba por su crecimiento desmesurado, no tolero la palabra «crecimiento», y cuando me caigo a pedazos en mis complejidades, no soporto el simplismo defensivo de los mandalas, ni los sentimentalismos de la individuación como unidad y totalidad. Son fórmulas presentadas a través de una fantasía de opuestos: la desintegración se compensará con la integración. Pero, ¿qué hay de la curación a través de la semejanza, donde lo semejante se ocupa de lo semejante? Quiero el trasfondo correcto del fracaso de la vida; quiero oír con precisión de aquellos dioses a los que sirve y de los que se nutre y que, por tanto, pueden proporcionar un trasfondo arquetípico e incluso una conexión de época con la derrota, la decadencia y el desmembramiento, porque estos dominantes reflejarían la psique experimentada (no en su conceptualización aristotélica como perteneciente a la vida), sino en la actualidad de su única meta conocida que es también tanto su camino como su sustancia, la muerte.

El valor de arriesgarse a fracasar

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 266-273

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Es más que un honor hablarles hoy. Es una sorpresa y una ironía. Esta es la primera graduación de instituto en la que he hablado, a la que he sido invitado. Es más, es la primera graduación de instituto a la que asisto. Nunca me gradué en el instituto de Nueva Jersey. Surgió algo, había una guerra. Vi una oportunidad de evitar esa última mitad del último año, esos exámenes finales -especialmente Latín y Matemáticas- y me lancé a la universidad. Entonces, lo llamaron amablemente «aceleración». Mi director me citó en su despacho -supongo que el Dr. Mattern no utiliza ese tipo de terror anticuado- para advertirme de todos los riesgos, el peor de los cuales era que sin un título de bachillerato nunca podría dar clases en el Estado de Nueva Jersey. Su profecía era cierta, nunca he enseñado en el Estado de Nueva Jersey. Pace, Sr. Director, y donde quiera que estés, ¡mira a tu chico ahora! 

Siempre hay que asumir el riesgo. Un riesgo rechazado es una vida rechazada. Y siempre hay riesgos disponibles. No hace falta buscarlos, perseguirlos con frascos de pegamento, píldoras estimulantes y subidones. Yo soy mi propio riesgo; tú eres tu propio riesgo. Hay suficiente en nosotros y sobre nosotros, si estamos comprometidos, implicados, para hacer de cada día un asunto muy arriesgado. Creamos nuestros propios riesgos y, como tales, creamos nuestras propias vidas a través del riesgo que asumimos. 

Arriesgar se llama hoy «el coraje de ser». Este «valor de ser» significa defender lo que uno es: sus dones y tropiezos, sus fortalezas públicas y pecados privados, su propia naturaleza individual, que es simplemente su ejemplo de naturaleza humana. Asimismo, el valor de ser significa defender lo que uno fue: el pasado del que procedes, tu familia y el estilo de tu familia, tus antepasados, las creencias y tradiciones de tu parte del país, tu origen especial, las peculiaridades del acento y el regionalismo, los accidentes que se cruzaron en tu camino, los sueños que te impulsan a seguir adelante. Y el valor de ser significa defender lo que uno quiere y se propone. Ser uno mismo incluye también tus esperanzas, la estrella hacia la que te estiras, los principios morales que te pertenecen, los ideales, las metas que vienen disfrazadas de fantasías de cómo puede ser algún día. 

En mi trabajo como analista y psicólogo, las personas con las que me encuentro luchan por ser, por encontrar lo que están destinadas a ser, luchan por saber cómo ser. Y nadie puede decirles, al igual que nadie puede decirte, fundamentalmente en el sentido más profundo, dónde está el corazón, de dónde viene el coraje, dónde se da asentimiento a los riesgos. A uno no se lo pueden decir. Uno se crea a sí mismo, su propia forma de ser, su estilo.

La escuela prepara con conocimientos para que los riesgos puedan sopesarse en una escala mayor que la mezquina de sólo «yo» y mi escasa experiencia. La escuela da una perspectiva más amplia. Uno aprende otras palabras en otros idiomas, otras formas de percibir y expresar lo que de otro modo sería un hecho único y unidimensional. Se adquiere una profundidad histórica sobre cuestiones de decisión, y modelos de hombres y mujeres de la historia y la literatura que pueden servir de modelos e indicadores para formar el propio camino. Un hombre de Estado, un autor, una figura de una novela vuelven en nuestros sueños, dando una pista de cómo podría vivirse la vida. 

La escuela también da las herramientas de los números y la información con las que enfrentarse. Se pueden asumir riesgos con más cálculo, con más conciencia, uno va ceñido y preparado. Sin embargo, el verdadero riesgo, la verdadera aventura, siempre contiene lo imprevisible, donde no hay respuesta hasta que se inicia la aventura y las respuestas sólo llegan a través de la propia experiencia. Nadie puede decirte «cómo es el agua»: temperatura, análisis químico, caudal hidráulico, manuales de natación, películas en color, ni siquiera la memoria. No, debes meterte tú mismo: sumergido, rodeado, mojado. 

De modo que el valor de ser significa finalmente nada menos que el compromiso y la implicación plenos en la vida, de cabeza en lo que acontece. Lo que acontece, notemos, es más que participar en actividades, estar en y con esto, donde está la acción. Aquello, observemos, con el que uno está y aquello en lo que uno está pueden no ser para cada uno por igual. Lo que uno tiene que conseguir consigo mismo para cada uno diferente. Para algunos de ustedes, puede ser lo más convencional; pero para otros, el compromiso total puede ser con un mundo interior de pensamientos y estados de ánimo e imaginaciones a menudo groseramente malinterpretadas por los demás; o la implicación total puede significar el compromiso de servicio a otra persona, sin contenerse, sin miedo a someterse, a ser débil y dependiente, sin reservarse juicios, sino el valor de estar enamorado. No hay comparación de riesgos; sólo de la forma en que los asumimos. No hay corredores de seguros que puedan dar las probabilidades por adelantado. Y hay probabilidades. La implicación siempre conlleva un riesgo de fracaso. 

Por eso, cuando dibujamos nuestro perfil con valentía, la oscuridad sobre la que destaca el perfil, lo que lo hace posible, es el telón de fondo del fracaso. Si el impulso de avanzar, de triunfar, es sólo para mantenerse alejado del fracaso, del miedo a caer, a ser defraudado en el amor, rechazado, abandonado, entonces el impulso hacia el éxito es cuestionable. ¿Cómo juzgamos al hombre que corre: corre hacia el éxito o huye del fracaso? 

El éxito se opone, niega el fracaso. El éxito se mueve hacia la seguridad. Pero el valor de ser, de asumir riesgos, incluye la inseguridad y recuerda a cada paso que el fracaso es una posibilidad real. 

A veces olvidamos que el fracaso tiene dos caras. El inconsciente pone otra cara a las cosas, les da otro sentido. Un fracaso saca el tren de la vía, cierra una puerta: revienta el dique del río. Pero un descarrilamiento también inicia una nueva cadena de acontecimientos en una dirección inesperada; la puerta cerrada significa que uno se ve obligado a encontrar otra forma de pasar; y la inundación puede cambiar el curso del río y traer nueva vida a tierra firme.

Algunas de las personas más eminentes de la historia fracasaron en todos sus intentos, sólo para ser conducidos a través de sus fracasos a su verdadera vocación. Muchos de los líderes políticos actuales pasaron años en la cárcel o en la clandestinidad. A muchos escritores les rechazaron sus libros una y otra vez. ¿Y hay alguna forma de conocer el amor si no es a través de la angustia del fracaso? 

Evitar un riesgo porque puede llevar al fracaso es no entender el significado del riesgo. Es precisamente la posibilidad de fracasar lo que da al riesgo su emoción, su autenticidad genuina, que reconocemos por las emociones de emoción, ansiedad y alegría. Y puede ser en pasos tan pequeños: simplemente diciendo en voz alta lo que piensas; simplemente diciendo no cuando lo dices en serio; simplemente el paso extra de esforzarse más o el abandono extra de dejarse llevar. 

Lo que puede parecer un fracaso desde el punto de vista del éxito puede resultar ser todo lo contrario. Por eso es absurdo comparar o juzgar a los que parecen haber fracasado. Lo que a primera vista puede parecer un retroceso, puede no serlo, sino un desvío, un camino desviado. Y el hombre o la mujer que viaja por las carreteras secundarias puede que no se mueva demasiado bien por la vía principal, pero conoce el campo y el terreno. Cuando llegan las emergencias, y los coches de arriba se averían o se rompen, el que ya se ha quedado tirado, empantanado, parado, tiene la sabiduría y la paciencia para afrontarlas. La escuela debería haberte enseñado no sólo a tener éxito, sino también a asumir el fracaso. Pero la escuela también nos enseña a menudo a través del miedo al fracaso, y entonces la capacidad de asumir riesgos, en lugar de ser alentada y ampliada por la escuela, se reduce.

Este encogimiento en el valor de ser lo encontramos a nuestro alrededor: no te dejes engañar, juega a lo seguro, mantén la calma. Pero jugar sobre seguro es pronto el final del juego, y cuanto más fríos nos mantengamos, más fríos nos volveremos. Entonces, sobre todo, necesitamos el coraje de dar un paso arriesgado para salir de un patrón de cerrazón. 

Como ya he dicho, no necesitamos buscar riesgos. Están al alcance de la mano en todo momento. El riesgo ahora, hoy, es aprovechar el día, este día de tu finalización de la educación obligatoria, las obligaciones con el sistema establecido por la sociedad. Este momento es una repetición moderna del rito de iniciación primitivo, en el que pasas de una etapa de la vida a otra, dejando lo que sólo se espera de ti para explorar la tierra abierta de la elección y el riesgo, donde ya no puedes ser obligado por la ley a aprender, sino donde puedes seguir tu propia corriente hasta donde te lleve. En estos ritos se suele advertir de la responsabilidad que se tiene, y se suele tocar el tambor con fuerza. Sin embargo, el antiguo significado de este día es reafirmar no sólo tu lugar en la larga tradición, tu pertenencia a la sociedad y a ella, sino también tu libre individualidad, que tu mente es tuya, tu cuerpo es tuyo, tu corazón es tuyo y tu voluntad es tuya. Y el día no es sólo serio, sentimental y solemne. Tomarlo sólo como tal es evitar el riesgo, la plena implicación de tu momento y el coraje de ser de tu edad, lo que hace del día también un día de elección, entre mucha mala suerte y alegría.

La experiencia, la formación y la buena voluntad no son suficientes en el trabajo psicoterapéutico

Logos del alma

La gente cree que la experiencia en la psicoterapia aumenta la habilidad de escuchar las necesidades únicas del paciente, y que con el tiempo la eficacia terapéutica aumenta. Sin embargo, a menudo vemos que un terapeuta con mucha experiencia no garantiza una práctica adecuada, ya que hay muchos factores implícitos relacionados con los objetivos de la terapia, y la experiencia no siempre es suficiente. Por el contrario, la repetición constante de enfoques inadecuados no resulta en aprendizaje, sino en la fijación de prácticas neuróticas, donde el hacer es inconsciente de su propio discurso.

Tampoco la formación profesional es una señal segura de habilidad, pues lo que convierte a un practicante en un buen psicoterapeuta no siempre está dentro del ámbito institucional y muchas veces la profesionalización supone una dimensión limitante de la psicoterapia al exigir seguir un camino prefijado de normas académicas que excluyen visiones que pudieran ser antitéticas, es decir, posibles contradicciones que le den movimiento a las ideas. Además, las posturas pedagógicas no siempre convergen con las analíticas; este debate está vivo aún en la crítica a los análisis didácticos.

Por otra parte, la buena voluntad no es suficiente, especialmente porque, como psicólogos profundos, sabemos de las muchas fantasías que alimentan el libre albedrío. El trabajo de Freud nos permitió comprender que el «Yo» no es el dueño de su propia casa, sino un inquilino más, cuyas necesidades se mezclan con las de los otros habitantes. Estas fantasías gozan de una autonomía que incomoda la potestad del ego y evidencia los esfuerzos de las psicoterapias basadas en la pura edificación del sujeto sin comprometerlo con la vida anímica que, evidentemente, no le pertenece.

El estudio de las neurosis transferenciales ha demostrado que el paciente percibe en el analista un prisma del mundo psíquico en el que se mueve de manera torpe. El terapeuta responde con una jugada similar, llamada contratransferencia, donde se reconoce que el profesional, como buen ser humano, también está a la merced del mundo de la psique. El proceso terapéutico se convierte, entonces, en un diálogo del alma consigo misma, y solo de manera secundaria se puede vislumbrar como un trabajo entre el analista y el paciente.

Siguiendo el esquema junguiano de la mente, el entramado del aparato psíquico se complica aún más. Está compuesto por un conjunto de elementos particulares llamados complejos, cada uno con sus propios objetivos y necesidades autónomas que no siempre coinciden con las del sujeto empírico. Por esto, se recurre a la terapia. El paciente nota que, a pesar de su voluntad, hay otros deseos que solo intuye por los efectos que causan en su vida cotidiana. Él quisiera deshacerse de ellos, pero es imposible. Por eso, Jung propuso que la integración de los mismos, es decir hacer las paces con lo inevitable, es la mejor vía terapéutica.

Entonces no es la experiencia, ni la formación, ni la buena voluntad lo que hacen a un terapeuta adecuado para su profesión. Sin embargo, es cierto que un abordaje terapéutico es la convergencia de conocimiento, experiencia personal y actitud profesional. Pero estos elementos se entrelazan en un factor subyacente que les otorga vida y permite su profundización. Este elemento quizás es el más despreciado por los psicólogos y psicoterapeutas, pues en su búsqueda de un hacer curativo olvidan que el eje nodal de toda práctica es la consciencia de su propia teoría, no el querer mejorar lo que ni siquiera se entiende de manera debida.

Ante una teoría inconsciente sobre la noción de psique, el terapeuta hablará constantemente de la mente, del alma o de lo psíquico, pero su discurso se notará superficial, pues no habrá aplicado a sí mismo tal estructura de conocimiento y, más importante aún, no habrá permitido que la teoría se confronte consigo misma en el arduo ejercicio de tratar de estar a la altura de su complejidad. Su abordaje, por lo tanto, será una búsqueda por afirmar lo que ya sabe. Sus pacientes se volverán adeptos y él mismo se maravillará con sus «logros». Se convertirá en un sanador, en un sabio, en un consejero, en un maestro o quizás en un gurú, pero nunca podrá ser un psicoterapeuta. Esto requiere el sacrificio de todo método, de todo objetivo y de todo programa de acción ante la necesidad lógica del fenómeno.

«Una alma frente a otra» significa que la noción de alma se ofrece a sí misma como un Otro, siendo devorada y desmembrada constantemente. La labor del terapeuta es estar a la altura de la psique en un contexto noético, donde los sujetos son meras formas narrativas en el proceso del alma hablando sin cesar sobre sí misma.

Sin embargo, dado que el trabajo del psicoterapeuta actual está al servicio de la preservación de las ideologías rígidas del ego, su labor no puede ser llamado terapia, sino anti-terapia. Por esto, puede practicar durante años, estudiar incansablemente y tener las mejores intenciones, aun así su ejercicio será la repetición insulsa de un esquema con el cual protegerse del fenómeno vivo, del síntoma, del Otro por sí mismo, es decir del verdadero objeto de la psicología. Ante esto el fenómeno permanecerá atrapado en la neurosis o como dirían los alquimistas: el Espíritu Mercurius no podrá liberarse la fisicalidad de la materia.

Tus emociones no son tuyas: Arteterapia y discapacitados

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 266-273

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Los principales materiales de análisis desde sus inicios con Freud son las emociones: miedo, parálisis, pena y depresiones, pavor y ansiedad, ira, vergüenza, odio y, por supuesto, las complejidades del amor, el deseo, la lujuria, los celos, la necesidad, la compasión, la simpatía, la obsesión.

Estos estados del alma, material de cualquier sesión terapéutica en todo el mundo, también fueron en su día objeto de un profundo pensamiento filosófico. Platón, Plutarco, los estoicos, Santo Tomás, Descartes, Spinoza y Hume escribieron tratados sobre las diversas emociones, y si observamos la teología occidental desde Jesús y Pablo en adelante, con la mirada puesta en la emoción, encontraremos que ellos también, los teólogos, estaban muy preocupados por qué hacer con y sobre -y contra- la emoción.

Desde una perspectiva arquetipal, con lo que me refiero a esa visión que sostiene que la emoción es primaria e irreductible, universal y ubicua, de gran valor y de forzar la inconsciencia en su sujeto, desde esta perspectiva arquetípal, los discapacitados, los deficientes cognitivos, las víctimas convalecientes de ofensascorporales, no pertenecen a una clase especial, pues el vínculo común de las emociones nos mantiene a todos por igual, nos mantiene a todos igualmente cuerdos y locos, víctimas de nuestras rabias y odios, de nuestros celos obsesivos, de nuestras vergüenzas y repugnancias, de nuestras esperanzas y anhelos salvajes. Cuando las obras de Shakespeare se representaban en el Globe Theatre, monárquicos y plebeyos se divertían por igual; lisiados, necios, eruditos, monjes y soldados asistían, lloraban y reían, sometidos a las mismas emociones. 

Puede que seamos menos capaces de representar una emoción, si estamos incapacitados; puede que estemos menos dispuestos a sentirla, mostrarla, hablar desde ella… pero las cualidades de la lujuria, la pena y el miedo pertenecen al patrimonio humano. Las expresiones faciales de las emociones estudiadas por Teofrasto en la antigüedad y, más famosamente, por Darwin en la época victoriana, siguen revelando la universalidad en los rasgos humanos de las sonrisas alegres, los ceños tristes, las rabias fulminantes, las vergüenzas sonrojantes. Estar en una emoción nos hace comúnmente humanos y, como veremos, también más allá de lo humano. Es un placer -véase, sonrío- volver a este ámbito, la Emoción, treinta años después de la publicación de Emotion: A Phenomenology of Theories and their Meanings for Therapy, mi primer, grande, grueso y pretencioso asalto al campo de la psicología. Me complace volver sobre este tema por dos razones: Primero, me ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la terapia en su conjunto desde una perspectiva más básica, digamos, arquetípica, desde la base emocional que pertenece a la humanidad común, una base que no es técnica, ni metapsicológica ni parte de alguna escuela, sino simplemente «emocional». Y en segundo lugar, me complace hablar de la emoción en Italia, donde, para nuestras mentes septentrionales y occidentales, la emoción se expresa, se desarrolla y está plenamente viva. Para nuestra visión septentrional y occidental, Italia significa d’Annunzio y Bernini, Tasso y Anna Magnani, Visconti y Puccini, Caravaggio y Caruso. Nos gusta ignorar las restricciones opresivas y saturnianas, ese lado cínico y sombrío de la tradición italiana. Así pues, hablar de la emoción en Italia, desde mi ingenua perspectiva americana, ¡es llevar mi tema ante el mejor público del mundo! Le agradezco desde el principio la cortesía de su escucha. 

Pasemos ahora a la terapia: ¿Qué hacen realmente las terapias expresivas o artísticas? No lo que se proponen hacer, esperar o buscar; ni cómo explican lo que ocurre en una sesión. No me preocupan ahora las explicaciones teóricas de lo que ocurre en una sesión -explicaciones sobre padres y madres, sobre objetos transicionales y simbolización, sobre abreacción e interpretación. No. ¿Qué ocurre realmente cuando un paciente empieza a bailar, a coreografiar su estado de ánimo, o a pintarlo, a hablar libremente en voz alta en una diatriba dramática o en una elocución poética, o a esculpirlo en arcilla o a plasmarlo en un collage? Y quiero preguntar por el «ello» que se presenta, se expresa, se muestra o se forma por medio de estas diversas artes. Evidentemente, es la emoción, un estado del alma teñido de emoción. Incluso si se dice que es un trauma, un recuerdo o una confusión e impotencia presentes, una escena onírica o lo que nos gusta llamar un «problema» con un amante, un empleador, un padre, la emoción o la ausencia de ella es el contenido que lleva a la persona a terapia. Sólo cuando un «problema», una relación, un recuerdo o un sueño se convierten en sufrimiento, cuando nos vemos afectados por el problema, éste entra en nosotros y entramos en terapia. 

Nuestros modelos teóricos sostienen que la rabia, los miedos y las pasiones son responsabilidad nuestra. De algún modo, en algún lugar, se encuentran dentro de nosotros. Ciertamente, las sentimos ahí: la tristeza detrás de los ojos, el sollozo en la garganta, el pecho apretado; la garra del miedo en las entrañas; el estado de celos paranoicos de búsqueda fija observando el rostro de la amada en un restaurante. Ciertamente, como han dicho las teorías de la emoción desde Galeno hasta William James, la emoción es una condición fisiológica interior. Ciertamente, está dentro de la piel, en lo más profundo del hipocampo, del sistema hormonal, del cuerpo animal personal. 

Mi argumento, sin embargo, será que, aunque se sientan ahí, y suframos emociones físicamente, este hecho no las hace «mías». Más bien, creo que las emociones están ahí para hacernos suyos. Quieren poseernos, dominarnos, ganarnos completamente para su visión. En resumen, como dijo el poeta romántico inglés William Blake: «Algo bueno podemos hacer cuando el hombre está apasionado, pero nada bueno cuando la pasión está en el hombre». Tener una pasión en mí es demoníaco; estar en una pasión, en el mundo de la emoción y la forma en que significa todas las cosas con una visión o perspicacia específica, esto puede mover el alma a una conexión más profunda y epifánica con el mundo. La terapia, sin embargo, tiende a interiorizar todas las emociones y a mantenerlas dentro, como «mías». La terapia toma acrítica y literalmente el sentimiento de aflicción, del sujeto afligido; la terapia literaliza el elevado sentido de «yoidad» que resulta de la emoción. En ningún sitio me siento más «yo» que cuando me invade una emoción; pero es ella la que me invade a mí, no yo a ella. Que una emoción me haga sentir «yo» no significa que la emoción sea «mía».

Pero si se imaginan dentro de mí, son, por supuesto, «demasiado» para contenerlos, por lo que se convierten, en palabras de Blake, en «demoníacos» y necesitan una abreacción (exorcismo). Así reza nuestra teoría habitual. Expresamos las emociones para «sacarlas». Mientras que, si seguimos a Blake, y lo que las emociones realmente hacen, empezamos a darnos cuenta de que las emociones vienen a nosotros desde ahí fuera, nos invaden y nos arrastran a su condición. Blake también llamó a las emociones «influjos divinos»… no cosas que se originan dentro de mi piel. Más bien, son la forma en que los dioses fluyen hacia el alma, la mueven a una condición más que humana de excitación y furia, de pena y luto, de encantamiento y deseo extático. Así, de cada condición emocional, la arteterapia hace esta pregunta: ¿Qué quiere la emoción? ¿Cuáles son sus rasgos, sus características? ¿Cómo suena en mi pecho y en mi garganta, no cómo la expreso? ¿Cómo se mueve por mi cuerpo? ¿Cuál es su danza, no cómo puedo bailarla? ¿Qué quiere esta terrible tristeza por la muerte de mi padre, mi amor por este anciano ya desaparecido, el remordimiento por nuestros malentendidos, la ira inexcusable y pétrea que no puedo aceptar en mis recuerdos de él, qué quiere todo esto, no sólo conmigo y de mí, sino qué quiere hacer, decir y mostrar? ¿Cómo puedo servir a este influjo divino para que la profundidad invisible en la enfermedad sea servida por mis movimientos, mis colores y pinceles, mis palabras y mi voz? 

Me despierto por la noche y las emociones están ahí. Tengo miedo del futuro, estoy solo. Me atormenta mi incapacidad para cumplir lo que se espera de mí. Sería más fácil estar simplemente muerto. Haga lo que haga, mire donde mire, me equivoco. Los pensamientos nocturnos me asaltan. Se sientan en el borde de mi cama y me llenan la cabeza de críticas mordaces y el corazón de desesperación. Doy vueltas en la cama o permanezco rígidamente despierta suplicando que me liberen y me dejen dormir. Como demonios de alas negras, las emociones aparecen por la noche durante varias horas. Lo llaman insomnio, pesadillas, depresión. Pero el lenguaje clínico sólo enmascara los rostros de las emociones que son visitas de otro mundo, el inframundo, que me recuerdan al Hades. ¿Me están pidiendo que rinda homenaje, durante unas horas, tal vez, a ese dios omnipresente que es invisible en el mundo diurno, cuyos movimientos se realizan en la oscuridad, a través de la oscuridad, que está aliado con hypnos y thanatos, y que si es reconocido, vacía la vida de sus programas habituales, ofreciendo en su lugar la fuerza y la plenitud, y también la belleza, del fondo invisible de toda vida?

La psicología quiere interiorizar estos acontecimientos y hacerlos personales. Los terrores nocturnos se convierten en eso, sólo en eso; permanecen humanizados y no conducen a figuras de otro mundo. Son mi problema para el que acudo a mi terapeuta o tomo mis somníferos. Que los demonios de alas negras pueden ser también ángeles protectores que ofrecen familiaridad con un mundo que el mundo diurno no permite; que tienen sus intenciones conmigo distintas de mis intenciones conmigo mismo, que son huéspedes en mi habitación y no parte de mí, complejos, problemas, intuiciones negativas, ensayos de traumas infantiles, etc.

Hay, por supuesto, emociones que no surgen del mundo «ahí fuera». Parece que también existe una base invisible e incausada de emociones, emociones que nos sobrevienen de repente: estados de ánimo púrpura oscuro, lasitud o silencio sepulcral. 

Parecen surgir de la nada. No tienen al mundo como referencia; ni siquiera el pensamiento, la memoria o el sueño los han provocado. Aristóteles distinguió por primera vez entre locomoción, o movimiento en el espacio como entre uno mismo y el mundo, por un lado, y, por otro, los movimientos que son alteraciones. Estas alteraciones del alma pueden ser cualitativas -el alma pasa por un proceso de cambio por sí misma- o cuantitativas -el alma disminuye o aumenta su capacidad-. Muchas de las emociones adolescentes que surgen repentinamente de la nada, así como las del «amor imposible», pueden concebirse como alteraciones del alma que aumentan su capacidad, el «espacio interior», como a veces lo llamamos. 

Estas alteraciones del psiquismo inician, acompañan y significan cambios en el alma subjetiva. En la práctica clínica, las vemos como depresiones autóctonas, como aumentos maníacos de energía, como estados de ánimo de amor y desesperación, rabias crecientes. Estas emociones sin referencia son lo que la psicología china llama movimientos del Corazón o del Cielo. Se correlacionan con lo que Jung ha llamado el proceso de individuación, la revelación del alma a través del tiempo de su naturaleza orgánica. 

La cuestión para el terapeuta es diferenciar las emociones del primer tipo que provienen del camión en la autopista y se refieren a él -ese miedo, esa indignación, esa pena- de las emociones del segundo tipo, para no reducir cada condición emocional del paciente a una alteración no referencial puramente interna. Pues es precisamente este movimiento el que atrapa a la persona en una vida interna privada y aleja las emociones del mundo político de la comunidad. No obstante, a pesar de esta distinción entre las emociones que conectan con el mundo y las que parecen totalmente interiores, es decir, aquellos movimientos del corazón o del cielo, ambas clases de emociones no son mías, no son subjetivas. En ambos casos, el origen está fuera de la persona. En ambos casos, el paciente trabaja con la emoción por su propio bien, dándole la forma y la expresión que le pide. En otras palabras, ambos tipos reconocen que una emoción es un influjo divino, sus gestos una mímesis de figuras míticas divinas. La tarea del terapeuta en ambos tipos es la de epistrophé, como los neoplatónicos llamaban al movimiento terapéutico: epistrophé o conducir el fenómeno humano a su trasfondo divino. Pues las emociones, todas las emociones, sean del tipo que sean, pertenecen al mundo mítico de las figuras divinas al irrumpir en el nuestro. Y, cuando se llega a cierta edad, y tantas emociones parecen haberse quemado o disipado o secado, damos gracias a los dioses por los raros afectos ocasionales que se apoderan del corazón. Si, como digo, las emociones pertenecen a los dioses, entonces ¿por qué bailar tu deseo, pintar tu miedo o dejar que tu pena tome prestada tu voz para encontrar sus palabras? 

Aquí debemos ser muy claros con nuestra respuesta. ¿Es la tarea de la arteterapia abreviar la emoción, liberando al paciente de lo que le ha atenazado? ¿O sublimar la emoción haciendo arte de ella? ¿O se trata de utilizar las emociones, es decir, obtener energía de ellas, aumentar su vitalidad, activación y plenitud? 

¿Qué esperamos que ocurra a) con el paciente y b) con la emoción cuando nos dedicamos a la arteterapia? Mi respuesta a esta pregunta es bastante sencilla. Creo que son posibles muchos objetivos, y diferentes terapeutas y escuelas tendrán diferentes intenciones. Esta es la respuesta sencilla: que florezcan 500 flores a la vez. Mi flor personal entre las 500, sin embargo, dice que no me dedico a la arteterapia ni directamente por el arte, ni directamente por el paciente, ni directamente por la emoción. 

Entonces, ¿qué más hay, aparte del producto artístico, el paciente y la emoción? ¿Qué más? La imaginación. Para mí, la arteterapia prevalece sobre todas las demás terapias porque activa la imaginación y le permite materializarse, es decir, entrar en el mundo a través de las emociones del paciente. 

El paciente es paciente porque es el receptor, el canal -¿podríamos decir la víctima?- de los influjos divinos que nunca son meramente estados de sentimiento y tonos afectivos, sino que siempre son también imaginaciones. Imaginaciones de comportamiento, imaginaciones de fantasía, imaginaciones de movimiento e intención y deseo. El paciente es paciente, desde mi punto de vista estrecho y bastante irreverentemente clínico, no a causa del pasado, la familia, el abuso, la iglesia y la educación, la sexualidad, las dificultades económicas, las aflicciones de accidentes y enfermedades que han provocado minusvalías; no subestimo estos acontecimientos, pero siguen siendo contingencias, de segundo orden, desde mi punto de vista estrecho. 

Lo principal es la imaginación trastornada, la incapacidad de la imaginación para abarcar el pasado y sus traumas. Las restricciones de la imaginación aparecen como emoción excesiva. Porque cuando la emoción no se mantiene dentro de su imagen, cuando las imágenes han sido reducidas en calidad, capturadas por el mercantilismo colectivo, enajenadadas para la explotación, anuladas por el racionalismo, entonces la emoción se desboca, y tenemos que dosificarla con fármacos o exorcizarla con terapias de liberación y expresión. En cambio, sugiero que la restauración de la imaginación es la cura fundamental de la emoción trastornada, y especialmente esa imaginación que he mencionado una y otra vez, la imaginación que acoge y da lugar a los poderes que una vez se llamaron dioses. 

Permítanme llevar mi estrecha visión un paso más allá, al corazón de la terapia actual. Todos sabemos que en todos los países y en todas las escuelas el arquetipo del niño ha llegado a dominar cada vez más la teoría y la práctica de la terapia. Abuso, victimización, empoderamiento, desarrollo, crecimiento, Winnicott, Alice Miller, Melanie Klein, la recreación en la transferencia de los primeros años… éstas son las palabras clave, los eslóganes, los gurús y los shibboleths de la terapia contemporánea. Sin embargo, también sabemos por Jung que el niño y la infancia que tanto nos dominan no son sólo el niño del pasado o el niño interior. También es el niño arquetípico o divino, la figura que, especialmente para los románticos, era portadora de la imaginación. 

Por lo tanto, cuando la arteterapia intenta poner al paciente de nuevo en contacto con su niño interior y reparar al niño dañado, liberar al niño verdadero del niño falso, la terapia está hablando de una figura imaginal compactada con emociones más que personales. Esta figura y estas emociones no son las literales del pasado solamente, aunque lleven la ropa y se muevan en las habitaciones del pasado. Esta figura y sus emociones son el verdadero interior del niño interior del pasado. Este interior profundo es la imaginación que nunca ha escapado de la infancia, y que ahora por fin tiene su gran oportunidad en la terapia de las artes expresivas para presentarse, liberada del atrapamiento en lo que la teoría psicológica insiste que es el niño y la infancia del pasado. 

En otras palabras, si la terapia quiere dejar atrás su fascinación por el arquetipo del niño, debe curarse a sí misma, no volviéndose más ego-heroica, o femenina, o física, o espiritual, es decir, convirtiéndose en otro arquetipo diferente. Más bien, debe permanecer y trabajar a través del síntoma, es decir, el niño, hasta su profundidad interior, que es la imaginación. Sólo la imaginación puede liberarnos de la obsesión por el niño. Y esto es precisamente de lo que se ocupa la artererapia. Por esta razón, la arteterapia, desde mi punto de vista, es la terapia fundamental, primaria, no sólo para el paciente, para liberarlo del niño del pasado, sino para la propia terapia, para liberarla de su modelo de pensamiento que le impide avanzar hacia la plenitud de sus posibilidades imaginativas. 

Por último, a esta afirmación de que la arteterapia es el modo de terapia preferido, la terapia de elección para todo paciente, yo añadiría otra afirmación. Una sobre el arte en sí mismo y su relación con la terapia. 

El campo de la arteterapia siempre ha imaginado el uso de las artes como terapéutico, como dijimos, ya sea para la expresión, o la simbolización, o la sublimación o la comunicación, permitiendo al paciente dar formulaciones creativas a la psique trastornada. 

Quiero invertir esta relación entre arte y terapia. Quiero ahora como última reflexión sugerir la terapia como útil para las artes. 

Seguramente todos estaremos de acuerdo en que las artes en nuestro mundo occidental están tan desorganizadas como los pacientes con los que nos encontramos. Las propias artes sufren de explotación, comercialismo, delirios de grandeza, baja autoestima, racionalismo seco, arribismo, galerismo, adicción al éxito, vulnerabilidad a la crítica, pérdida de dirección e intención, personalismo… y así sucesivamente. ¡Para qué enumerar! Lo que parece perdido para las artes es precisamente lo que la terapia trata cada día: el alma. A través de la arteterapia , el alma vuelve a la danza y a la pintura, a los poemas y a la escultura. Cada gesto que hace el paciente intenta poner en forma definida los influjos emocionales que asaltan una vida humana. Cada gesto se hace por el propio gesto y no por nada externo al propio gesto. Bailo mi desdicha tan plenamente como puedo y pinto mi locura salvaje con una paleta tan rica como puedo alcanzar, no por los revisores del producto, no por el reconocimiento, no por el aumento de tamaño de las letras de mi nombre. Lo hago por el bien del alma, y este gesto, alentado por el arteterapeuta en estudios y clínicas de ciudad tras ciudad, pueblo tras pueblo, puede ser algo más que una terapia del paciente. También puede ser una terapia de las propias artes, devolviéndoles los gestos arquetípicos del alma.

La herida femenina

Logos del alma

Es una imagen común de nuestra cotidianidad el que cuando una mujer es víctima de un crimen, de una infidelidad o de una estafa, inmediatamente surjan voces despectivas que le recriminen por ser culpable de su situación. Las redes sociales son un espejo nítido de las pulsiones más reprimidas de la psique, por eso es habitual que la gente no guarde las apariencias, que no respondan al límite de lo social y crean que tienen libertad de poder externar opiniones que de otra manera habrían de guardar para sí. Por consecuencia, las posturas de tales opiniones son ultrajantes con las víctimas, pero es por este grado de violencia que es interesante pensar en los mecanismos psicológicos a los qué responde tal ensañamiento.

En la mitología freudiana hay un pasaje por demás curioso referido al transito femenino del complejo de Edipo, la niña al descubrir que no tiene un pene con el cual fecundar a su madre considera que ha sido castigada por una falta implícita, a su vez el niño percibe esa ausencia y cree que es la consecuencia de un acto malvado por parte de la niña y que por eso merece tal situación. Aquellos que no somos psicoanalistas podríamos ver en esta elaboración una fantasía sin sustento alguno, pero nuestra posición como junguianos nos exige atender a la lógica de este relato, él cual quizás no sea tan descabellado como parece, pues se ajusta a cierto espectro de las relaciones humanas.

Culpar al otro de su desgracia es una situación recurrente en la negación del otro como un semejante y no solo sucede en el caso de las mujeres, esto se observa que el discurso psicológico el cual prosigue esta situación cuando se le acusa al sujeto de ser el instigador de sus males, es así que se instala la lógica de la revictimización, entonces la enfermedad física, el dolor emocional, la actitud compulsiva, la angustia recurrente, el sufrimiento por el amor, se vuelven algo insoportable de observar, queremos curarlo y cargamos de esta culpa a las personas que lo padecen, confundiendo al individuo con su propia suerte. Creemos, ilusamente, que el problema de quien padece es su falta de voluntad, cuando, al contrario, ha sido la proliferación de la voluntad la que se ha enquistado en su psiquismo. Es parte del prejuicio causal de la cosmovisión moderna pensar que el hombre ha construido por sí solo la casa que habita, cuando realmente la encuentra ya hecha, siempre y en cada momento.

En el mito griego, Filoctetes, amigo entrañable de Heracles, es mordido por una serpiente en el viaje de los aqueos hacia Troya, el olor supurante es tan intenso que se vuelve intolerable, en consecuencia los tripulantes de la nave deciden abandonarlo en la isla de Lemnos, para no atender el signo de la herida abierta. De igual forma, la víctima de un infortunio abre con su punzada el velo de la realidad y muestra la rajadura del sujeto cuya existencia ha sido partida en dos, desde arriba hacia abajo, producto, en principio, de su propio nacimiento. No es casualidad que los psicoanalistas hayan identificado a la mujer con sus órganos, pues la vagina es la herida inmarcesible por la cual el hombre emerge, es el umbral visible que separa el paraíso de la vida de sudor y sufrimiento, donde el único descanso es la otra abertura hundida en la tierra, aquella madre última que reclama a sus hijos nuevamente al vientre oscuro.

Por lo tanto, el padecimiento es la puesta en escena de la herida existencial y es así como la ausencia de falo, que fue traducida por Freud como una falta, es sin embargo, la transgresión simbólica mas no morfológica, donde la apertura anatómica significa la puerta hacia las laceraciones vivas del alma. Dicho hueco le recuerda al sujeto que hay una división infranqueable entre él y la realidad, misma que ya no lo acoge como el receptáculo que significaba en otro momento sino que lo ha expulsado para que tenga que hacerse cargo de su propio destino. De este modo, la víctima se vuelve una pantalla proyectiva de aquello que no se desea asumir, de la crueldad de la vida, del momento incierto de la muerte y del hecho de que todos estamos expuestos al pathos del alma; es entonces cuando surge la fantasía de que la víctima merece su dolor, pues ella es el animal sacrificial donde se ha depositado el padecimiento comunal y representa la oportunidad de deshacerse de la señal del sufrimiento, responsabilizando al otro de la dimensión agónica de la vida.

Se puede decir que la mujer, o mejor dicho lo femenino, es todo aquello que sufre, es el lugar de la herida que no cesa, por ello Lacan podía decir que la mujer no existe pues efectivamente lo femenino es lo que subyace a la positividad como la naturaleza intrínseca del momento eterno del alma abierta ante sí misma. Quizás por eso los feminismos menos requeridos son los que tratan de atender no solo a la mujer que sufre el violento puño del machismo capitalista, sino que además consideran parte de su labor la liberación de todo sujeto que padezca. Empero, podríamos añadir algo más a esta tarea, ya que también habría que permitir la emancipación de la propia patologización como una dimensión inescapable de la vida psicológica y asumir que la víctima somos también nosotros y que no hay culpa en el individuo por su dolencia pues ésta proviene del alma y de vez en cuando se necesita del arco que solo Filoctetes, el herido, puede soportar.

La psicología y el otro

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Introducción a ‘Soul-Violence’, volumen III de sus artículos reunidos en inglés, pp. 1-41

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El volumen 2 de esta recopilación de mis artículos en inglés ya unía dos términos, «Tecnología» y «el Alma», que a primera vista no parecían encajar en absoluto. La insinuación inherente al título de este libro, Alma-Violencia, de que la violencia puede ser un ingrediente intrínseco e importante para el alma, es de nuevo una imposición. Por supuesto, podemos ver y aceptar fácilmente la idea del alma como víctima de la violencia, herida por ella y sufriendola, y también podríamos estar dispuestos a conceder que existe una conexión entre la violencia y la psique, especialmente cuando algo ha ido mal: violencia debida a afectos abrumadores y, por tanto, un percance, violencia como patología, como parte de ciertas perversiones o psicopatías. ¿Pero la violencia y el alma? ¿La violencia quizás incluso como modo de creación del alma? Esto parece intolerable, en sí mismo una violación de la noción misma de alma. La palabra alma no puede disociarse de la noción de alma. Pero la tesis de este libro es precisamente que existe una profunda conexión entre el alma y la violencia. La violencia, al menos en ciertos casos, procede del alma y es su propia y auténtica forma de expresión, de hecho, a veces, una necesidad del alma.

El volumen 1 de esta colección de mis artículos en inglés se ocupaba principalmente del estilo particular del pensamiento psicológico en el sentido de una autorreflexión crítica de la psicología, y el volumen 2 de la cuestión del objeto de la psicología (o de un objeto particular, la civilización tecnológica). En ambos casos, la psicología se presuponía de algún modo como un campo de estudio ya existente. Si queremos encontrar un hilo conductor en la mayoría de los trabajos aquí incluidos, trabajos escritos de forma independiente y para diversas ocasiones, podríamos decir que el Volumen 3, por el contrario, plantea la cuestión de cómo la psicología llegó y llega a existir en primer lugar, o cuáles son, por así decirlo, los requisitos de entrada para la psicología definida como la disciplina del logos del alma, y qué etapas tiene que atravesar la psicología para volver a casa consigo misma, cumpliendo su concepto. En otras palabras, este volumen se ocupa de la génesis de la psicología, que tiene dos aspectos diferentes, la génesis lógica y la génesis histórica. La psicología no ha existido siempre. El interés por la psicología no es en absoluto una constante antropológica, algo que pudiera darse por sentado. Es una adquisición histórica completamente nueva. La necesidad de la psicología surgió sólo en la modernidad, a partir del siglo 19. Jung es probablemente el único psicólogo de los últimos doscientos años que fue plenamente consciente no sólo de la novedad de la psicología, sino también del predicamento que dio lugar a la necesidad y posibilidad de la psicología y que basó su propia concepción de la psicología en esta percepción histórica. En 1928 (o 1931) escribió:

… [T]odo lo que he observado está en el alma; todo, por así decirlo, en el lado de lo interior. Sin embargo, debo añadir de inmediato que se trata de algo peculiar, en la medida en que el alma no está siempre y en todas partes en el interior. Hay pueblos y épocas en los que está fuera, pueblos y épocas que no son psicológicos, como, por ejemplo, todas las culturas antiguas, y entre ellas especialmente Egipto, con su magnífica objetividad y su igualmente magnífica, ingenua y negativa confesión de los pecados. Detrás del espíritu de las tumbas Apis de Saqqara y de las Pirámides no es posible imaginar cuestiones psicológicas, no más que detrás de la música de Bach.

Siempre que exista externamente una forma conceptual o ritual en la que se absorban y expresen todos los anhelos y esperanzas del alma, es decir, por ejemplo, una religión viva, entonces el alma está fuera y no hay problema del alma, del mismo modo que entonces no hay inconsciente en nuestro sentido. Era lógico, por tanto, que el descubrimiento de la psicología tuviera lugar exclusivamente durante las últimas décadas, aunque los siglos anteriores poseían suficiente introspección e inteligencia para adquirir conocimientos sobre hechos psicológicos….

… Pero tan pronto como [el hombre] supera la periferia de su religión local occidental, es decir, cuando su forma de religión ya no puede contener su vida en toda su plenitud, entonces el alma comienza a convertirse en un factor que ya no puede ser tratado por los medios ordinarios. Es por esta razón que hoy en día tenemos una psicología que se basa en hechos empíricos y no en artículos de fe o postulados filosóficos….

… Pero ninguna cultura anterior a la nuestra se sintió obligada a tomar en serio este trasfondo psíquico….. Esto distingue nuestra época de todas las anteriores (CW 10 §§ 158-161, traducción modificada).

La aparición de la psicología como disciplina moderna no puede explicarse simplemente en términos de curiosidad científica humana o como un descubrimiento casual. Más bien, es el resultado de un proceso histórico, a saber, la desaparición psicológica, en primer lugar, del mito y el ritual (las culturas del sacrificio) y, en segundo lugar, de la religión y la metafísica, que produjo una necesidad imperiosa de que el hombre occidental «se volviera psicológico» después de que todas las épocas anteriores, como dijo Jung, habían sido decididamente «no psicológicas».

La diferencia sustancial entre un modo psicológico y otro no psicológico de estar-en-el-mundo la explica Jung con las nociones «dentro» y «fuera». Especialmente porque Jung enfatiza la noción de dos «lados», estas palabras fomentan una imaginación espacial: «dentro» como en nosotros, «fuera» como el mundo ahí fuera, a nuestro alrededor, la dimensión física o cósmica. Esta sería una forma muy preliminar e imperfecta de concebir esta diferencia. Sería mejor entender la psicología como la disciplina de la interioridad, no en un sentido espacial, sino lógico o metodológico. La interioridad aquí no se refiere a la contención en otra cosa, en una especie de recipiente, por ejemplo, nosotros mismos. Significa el proceso o trabajo de interiorizar un fenómeno en sí mismo, en su concepto como su alma. «Externo» y «exterioridad» se referirían, en consecuencia, principalmente a aquel modo en el que los fenómenos no son interiorizados en sí mismos, sino tomados tal como aparecen, en su primera inmediatez, como hechos empíricos, como positividades.

Todo esto ya ha sido expuesto en diferentes lugares y contextos en los dos volúmenes anteriores y en otros lugares. En este volumen, nos centraremos en un aspecto particular de la condición de posibilidad de la interioridad psicológica. Si la psicología es esencialmente el trabajo de interiorizar los fenómenos en sí mismos, está claro que los fenómenos psicológicos tienen la forma o estructura del yo.1 La imagen simbólica de la forma del yo es el uroboros, un «devorador de colas, del que se dice que engendra, mata y se devora a sí mismo» (OC 16 § 454). En este sentido, la forma del yo no necesita a nadie más, no tiene a nadie más, ni siquiera conoce a nadie más. Tiene todo lo que necesita dentro de sí misma, hace todo para sí misma y experimenta todo de sí misma. Es absolutamente autosuficiente. Si se engendra (o da a luz a sí misma) y se mata, y ambas cosas en un mismo acto, es autocontradictoria, dialéctica; existe como autocontradicción. El problema de cómo adentrarnos en la psicología como un pensar en términos de la forma del yo nos implica, por tanto, en la cuestión de cómo tratar, qué hacer con, dónde poner «lo otro». Porque sólo si la psicología logra liberarse verdaderamente del todo del otro, liberarse verdaderamente de ello tan completamente que ya no le moleste y no tenga que mantenerlo al margen, ni siquiera estar vigilante y autodefensiva con respecto a él, llegará a existir.

Esta tarea de librarse de «lo otro» y producir así la interioridad de la psicología requiere cierta violencia, un acto violento, mejor dicho, varios actos violentos, en primer lugar el acto de «matar al niño».

Violencia metodológica: Expulsar al niño y el Otro completamente otro

El trabajo sobre la sombra incluido en este volumen (capítulo 2) comienza con la noción de Jung de que la integración de la sombra es la pieza de aprendizaje psicológico, mientras que el trabajo exitoso con el ánima debe considerarse la obra maestra psicológica. Jung probablemente veía esto en términos de desarrollo personal, del proceso de individuación, pero hay buenas razones para dejar atrás una visión tan personalista y egoica en favor de la noción de la psique objetiva y proceder a comprender la tarea de integrar la sombra y de llegar a un acuerdo con el ánima como las dos etapas iniciales del hacer psicológico, la autorrealización propia de la psicología. La vida del alma no trata de nosotros, de las personas, de los sujetos humanos; trata de sí misma, de su realización objetiva de su concepto y, por tanto, de su devenir psicología. En lugar de ver el trabajo sobre la sombra y el ánima como la aplicación de la psicología a dos temas diferentes, lo que trataría a la psicología como una especie de «readymade», deberíamos ver en este trabajo etapas de la producción lenta y primeriza de tal cosa como la psicología. La psicología no puede aplicarse al trabajo de la sombra porque, a la inversa, es la sombra la que trae el primer indicio de una conciencia psicológica. La psicología está aquí todavía en formación, en proceso de elaboración, en una fase preparatoria. Cuando esta primera formación de la psicología como aprendiz se ha completado, la psicología avanza a la condición de oficial. Pero esto no implica en absoluto que haya terminado con su formación, porque, si seguimos a Jung, ahora tiene que prepararse para su obra maestra, el abordaje de la realidad psicológica llamada «ánima», «alma». Sólo una vez resuelta esta etapa (o mejor, absuelta, en el sentido hegeliano del término) puede hablarse de psicología propiamente dicha.

Pero no todo comienza con este programa de formación en dos fases. Hay algo previo, que es el verdadero comienzo. Para seguir con nuestra metáfora de la formación, podríamos llamarlo examen de ingreso, procedimiento de cualificación. El candidato, la «psicología-a-ser», tiene que demostrar que cumple el prerrequisito para el programa de formación, para el encuentro, primero, con la sombra y, después, con «el ánima». Se trata de un prerrequisito irrenunciable. Es una condición sine qua non. ¿Qué es lo que tiene que demostrar el candidato? Que para ello «el niño» ha sido asesinado, completamente abandonado, de modo que «el niño» simplemente ya no es un tema. Mientras el niño esté vivo, y aunque sólo sea en el fondo de la mente, la psicología no tiene ninguna posibilidad. Por supuesto, esto hay que explicarlo. Sin embargo, antes de entrar en la discusión, permítanme recordar que ya en 1971, James Hillman dio su conferencia en Eranos titulada «Abandonar al niño»,2 y que incluso antes, Jung expresó en repetidas ocasiones, aunque sólo de pasada, su idea de que «el niño» necesita ser dejado atrás. Citaré sólo un pasaje sobre un aspecto del problema, a saber, la preocupación de la psicología por el tema de la infancia y los niños.

En cuanto a la pregunta sobre los niños, ha habido en las últimas décadas tal ruido sobre los niños que a menudo me rasco la cabeza en una reunión y digo: «¿Son todas comadronas y enfermeras?»… Dejen en paz a los pobres niños…. La psicología no es un curso introductorio para enfermeras… (CW 18 § 296 f.).

Es pertinente que este pasaje esté muy cerca de ese otro, revelando uno acerca de dónde se situaba Jung, por contraste («Mi problema es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo» § 279).

En este contexto metodológico, «el niño» no se refiere, por supuesto, al bebé humano real,3 , ni al motivo arquetípico del niño en los mitos, cuentos de hadas y sueños, sino a una orientación lógica, el niño como imagen-concepto. Es necesario mantener «el niño» en este último sentido, como la sintaxis de la conciencia, o una posible forma general de pensamiento, aparte de las muchas y diversas instancias semánticas de «el niño» en el sentido de fenómenos particulares o contenidos de la vida del alma, experiencias humanas específicas. Aquí, en nuestro contexto, el «niño divino» tal como lo discuten Jung y Kerényi, el «niño del alma» de la alquimia que surge de una «cópula superior» y un «embarazo psíquico» (OC 16 § 465), «El tiempo como un niño jugando a un juego de mesa» de Heráclito (Frag. 52, Diels-Kranz), el «niño» de Nietzsche como la tercera de las «Tres metamorfosis», por mencionar sólo algunos ejemplos, todos ellos no desempeñan ningún papel en mi discusión. Tienen su propia dignidad en sus propios contextos.4 Pero aquí sólo me preocupa la cuestión metodológica (no fenomenológica) de cómo una conciencia no psicológica puede convertirse en una conciencia psicológica, es decir, con «el niño» como nombre para la sintaxis general de la conciencia moderna ordinaria.

Si todavía nos mantenemos bastante cerca de la observación fenomenológica, «el niño» en este sentido significa:

– en primer lugar, la inocencia, la ausencia de heridas, la protección, la inofensividad («babe in the woods»), la imagen de lo intacto, la idea de totalidad, de unidad con uno mismo y, por extensión, de continuidad imperturbable;

– como tal, es, en segundo lugar, egocentrismo, egoísmo;

– significa, en tercer lugar, incrustación y contención en el significado, o mejor dicho, ese sentimiento de estar fundamentalmente contenido, que en sí mismo es de lo que trata el «significado»;

– «el niño» trata, en cuarto lugar, de no ser tocado por la necesidad y la responsabilidad; «el niño» quiere jugar en absoluta despreocupación; se guía por el principio del placer; «el niño» desea, desea, sueña con el futuro; espera; desea.

Lo que se desprende de estos rasgos es que el concepto de «el niño» representa, de forma imaginada, el principio de la lógica de la exterioridad y la alteridad y, por tanto, de la positividad lógica.

Puede parecer sorprendente que atribuya positividad al «niño», ya que la descripción que he dado consiste sobre todo en negaciones: in-nocencia, no-herida, no-daño, no-tocamiento, no-cuidado. Pero en cada caso, lo que se niega es la propia negación o lo negativo (daño [nocere], herida, perjuicio, preocupación, restricción por necesidad o responsabilidad). De todos modos, la positividad no es algo literalmente positivo, sino la negación misma de la negación, la exclusión sistemática de lo negativo, del «no» y del «un-«. «El niño» (recuérdese que no hablo del niño real, empírico, sino del concepto) es lo que es porque lógicamente mantiene lo que podría herirlo, lastimarlo, agobiarlo y limitarlo, es decir, negarlo, a priori fuera de sí mismo. Es la estructura de la exterioridad, de la alteridad. Es esencial al «niño» tener su propia restricción, limitación, prohibición, «deber» en los otros literales, sus padres. Es niño porque tiene padres que cargan con toda la responsabilidad, cuidado, autoridad, sentido de obligación, etc. por él. Puede guiarse por el principio del placer porque tiene su propia relación con la seriedad y el carácter de necesidad de la vida «ahí fuera» en sus padres.

Esto significa que el egocentrismo y el egoísmo característicos del «niño» no son en absoluto indicativos de que tenga la estructura del yo. Lo que es verdaderamente un yo, la autorrelación urobórica, no es egoísta ni egocéntrica. El egoísmo requiere y conlleva la relación (excluida, ocluida) con el «otro». En la vida social, el egoísmo se manifiesta, por ejemplo, en la explotación y la imprudencia hacia los demás. «El niño» necesita a sus padres. Sin ellos, muere. Así que lo que permite al niño ser egocéntrico y despreocupado es precisamente su relación con otros literales que, lógicamente, son realmente otros externos porque se mantienen completamente fuera de la propia estructura del niño. Una situación contradictoria: una relación fundamental con lo que, por esta misma relación, se mantiene alejado en el estatus de alteridad.

El deseo y la esperanza tienen en sí mismos la misma estructura de exterioridad. Tienen su objeto (aquello que desean o esperan) lógicamente fuera de sí mismos. Por lo tanto, son impotentes por definición, al igual que soñar con el futuro. Esto contrasta con la voluntad. La voluntad en sí misma sabe lo que quiere porque quiere los medios reales que se requieren para alcanzar su objetivo. La voluntad está dispuesta a hacer lo que sea necesario. Se obedece a sí misma. Desear, esperar y soñar con algo que sería bonito (coniunctivus irrealis) son actividades que se quedan completamente en este lado, el lado del sujeto, y tienen su objeto absolutamente más allá, fuera de su alcance. Estrictamente hablando, ni siquiera podría decirse que al desear uno pudiera desear la realización de su deseo, porque es propio de la naturaleza del desear excluir de sí mismo la noción de lo real. Si tuviera alguna conexión propia con la realidad, no sería desear.

Cualquier «psicología» que parta de la noción de deseos o anhelos como categoría principal puede considerarse como una «psicología» desde el punto de vista del «niño». Y, por lo tanto, es evidente que si piensa seriamente su propio concepto («deseo»), debe llegar a la conclusión de la inalcanzabilidad fundamental, es decir, lógica, del «objeto del deseo» y toparse con la noción de «lo Otro» (lo irrevocablemente otro), dividido por una brecha insalvable, una diferencia absoluta, una carencia fundamental, porque lo Real ha sido excluido por definición del deseo. Puede llegar a glorificar y celebrar al Otro, ahora absolutamente trascendente, mirándolo con adoración, pero con resignación. Esta glorificación del Otro desde la distancia es lo máximo que una «psicología» del deseo puede conseguir en la toma de conciencia de la alteridad. Sin embargo, en su mayor parte, esas «psicologías» evitan la alteridad por completo, «inocentemente» (sin darse cuenta y sin expresarlo), simplemente manteniendo al «otro» fuera.

Tal postura es obviamente incompatible con una psicología con alma, una psicología definida como interiorización absoluta-negativa. Por eso, en el «examen de ingreso» para la formación del aspirante a psicólogo, el candidato tiene que demostrar que «el niño» (la forma lógica o sintaxis de nuestra conciencia cotidiana habitual) ha sido expulsado, asesinado. Ningún puente conduce de la conciencia ordinaria a la conciencia psicológica, de «el niño» a la interioridad, porque «el niño» se define como lo que excluye sistemáticamente la interioridad; establece la brecha insalvable, es decir, la brecha como insalvable. Quien quiera entrar en el programa de formación para la psicología no puede querer rescatar el núcleo más profundo de la postura infantil como algo precioso e inalienable en las condiciones alteradas de la edad adulta. ¿Cómo lo expresó el Apóstol? «Cuando era niño, hablaba como niño, entendía como niño, pensaba como niño; pero cuando me hice hombre, dejé las cosas de niño» (1 Cor. 13:11). Pero la conciencia moderna hizo lo contrario. Se instaló en «lo infantil», habiéndolo destilado y convertido en su forma lógica.

No se trata simplemente de abandonar al «niño». No, sólo se puede empezar si donde uno está ahora «el niño» ya ha sido abandonado, sólo si el deseo, el querer (wishful thinking), la esperanza, el anhelo de rescate y salvación han quedado atrás de forma incontrovertible. Para la psicología, llegar «más allá del principio del placer» no es una meta futura. Estar más allá es su punto de partida, su pasado perfecto. Esta translocación como su acto fundacional debe haber tenido lugar hace mucho tiempo. El deseo no es un concepto psicológico, no es un concepto sobre el que construir una psicología. El alma no desea, no es infantil. Tiene otras preocupaciones. Sólo la psique5 y el ego desean, «el niño» desea.6

Uno de los principales deseos es permanecer firmemente en la unio naturalis, como decían los alquimistas, el punto de vista de la psique subjetiva y el horizonte de los sentimientos y deseos de la persona humana -lo que Jung llamó «el ego». De ahí que los psicólogos junguianos, al enfrentarse a realidades que podrían perturbar o incluso destruir este sentido de unidad, tiendan tan a menudo a recurrir a diversas técnicas para evitar que se produzca esta destrucción. Por ejemplo, ante la espeluznante realidad arcaica de la matanza ritual de seres humanos y animales, se inclinan a dar a esas matanzas sacrificiales una lectura meramente metafórica, privando así a la brutal realidad de su filo psicológico. En el extremo opuesto, frente a la desencantadora y decididamente abstracta civilización tecnológica moderna, proponen cosas como resistirse a «un distanciamiento de la emoción y el instinto», establecer «una relación con nuestras máquinas que incluya el eros, la estética y los ritmos de la naturaleza» y desarrollar «una sensibilidad hacia esas cosas» que «mantendría la tecnología dentro de los límites de la preocupación humana» y, en última instancia, daría lugar a «una tecnología más humanizada».7

Las técnicas utilizadas en este segundo caso son dobles. La primera consiste en un intento de reimaginar, a posteriori, nuestra experiencia real de la tecnología con el fin de absorber lo primordialmente extraño en el horizonte de nuestros sentimientos y expectativas humanos o yoicos familiares, privando así a lo extraño de su alienación y de su efecto alienante. El alma objetiva y sobrecogedora se asimila a un concepto subjetivo e inofensivo de alma, un «alma dulce» a la manera en que «el niño» imagina el alma, un «alma» sin crueldad.

La otra técnica es la reducción del fenómeno de la tecnología al de objetos técnicos tangibles o entidades positivo-fácticas (literales) («nuestras máquinas», «tales cosas»), es decir, la reducción positivista de un fenómeno sintáctico o lógico al nivel de la mera semántica.8 Los niños necesitan lo tangible, lo visible o lo imaginable.

Además de estas reacciones más defensivas ante experiencias que pueden amenazar la unio naturalis o «el niño», a muchos junguianos también les gusta afirmar que tienen acceso a un contramundo positivo y sustancial que afirma la unidad primigenia y el profundo deseo egoico de continuidad ininterrumpida. Esta es la solución esotérica, que hoy sigue con frecuencia los pasos de Henry Corbin. El esoterismo es la teoría (o el sentimiento) de que hemos perdido las verdades reveladoras primordiales, pero que es posible recuperar el acceso a ellas mediante el «encuentro con el ángel». Esta postura, en última instancia profética, que opera con la amenaza de la fatalidad y predica el retorno de lo falso al camino correcto como salida, es incompatible, es más, diametralmente opuesta a lo que defienden la psicología y la psicoterapia: el dedicado y paciente trabajo de destilación sobre la massa confusa (vilis et in via eiecta) para llegar a ser capaz de ver el alma en lo real, el oro en el barro, en lugar de un deseo de desertar y traicionar así lo defectuoso para traer la corrección.9

Todos estos subterfugios están impulsados por el deseo «del niño» de rescatar (o más bien restaurar regresivamente) la unidad primordial del alma consigo misma o el concepto «dulce» de alma del ego o del niño.10 Pero siguiendo la lógica de los dicta alquímicos del tipo aurum nostrum non est aurum vulgi, podemos decir que «nuestra» alma -el alma en un entendimiento psicológico- no es la del niño, ni la del ego. «Nuestra» alma comienza tras un despiadado distanciamiento de la emoción y el instinto y tras la implacable disolución de la unio naturalis.11 Y así, a propósito de la pregunta de Jung relativa a tantos de sus colegas psicólogos: «¿Son todos ellos comadronas y enfermeras?», podríamos preguntarnos si Jung no habría estado más cerca del blanco si se hubiera preguntado directamente: «¿Son (psicológicamente) todos ellos «niños», identificados ellos mismos con «el niño»?».12

En la realidad ordinaria, los exámenes de ingreso son un obstáculo de una sola vez. Una vez superado el examen, uno es libre de proseguir con la formación o los estudios propiamente dichos, dejando atrás de una vez por todas el examen de acceso. Mi énfasis en el «pretérito perfecto» en relación con el examen de ingreso en psicología podría incluso intensificar esta sensación de obstáculo único, un obstáculo que debería haberse superado de una vez por todas. Pero el examen de acceso a la psicología no es un logro temporal literal que hace avanzar a una persona a un nuevo estatus. Como movimiento lógico y metodológico de la conciencia es una tarea perenne, porque cada vez que queremos abordar psicológicamente un tema concreto, tenemos que pasar de nuevo esta prueba (e incluso pasar de nuevo por el «entrenamiento posterior»). No se puede expulsar al «niño» de una vez por todas. Es nuestro estado de ánimo ordinario habitual en la modernidad al que inevitablemente siempre vuelve la conciencia en nuestra vida. Y por esta razón tenemos que pasar por todo el proceso de entrar en la psicología mentalmente desde cero, una y otra vez en cada instancia particular de nuestro esfuerzo por hacer psicología. La noción de «pasado perfecto» no es más que el recordatorio de que la entrada en la psicología no tiene el carácter de una transición, sino de una translocación radical, de un trasplante. Pero lo que quiero decir aquí no sólo se aplica al examen de ingreso. Es igualmente válido para las ideas de Jung de aprendiz (sombra) y obra maestra (anima/animus). Aunque también ellas tienen un lugar en la historia real del alma objetiva, no se refieren meramente a acontecimientos literales de una sola vez, sino que son en conjunto momentos lógicos intrínsecos de cualquier comienzo de un trabajo psicológico particular.

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate («Dejad toda esperanza, vosotros que entráis aquí») es la inscripción, no sólo sobre la puerta del Infierno de Dante, sino también sobre la entrada a la psicología, si ésta ha de ser una psicología con alma. Se podría objetar aquí que en Dante esta inscripción sólo es válida para los que están en el Infierno, mientras que el propio Dante es precisamente conducido más allá, al Purgatorio y finalmente al Paradiso, donde incluso se le permite contemplar la luz más alta. Pero yo sugeriría que es para el propio Dante en su camino a través del infierno para quien esta inscripción está destinada principalmente, Dante que tuvo que aprender como primera lección a renunciar a cualquier esperanza, porque su paso por el Infierno no es un viaje de observación, sino parte de su iniciación; lo que ve no son meros hechos objetivos, sino también un mensaje para él. Esta lección de sobriedad y objetividad fue la base y la condición previa para su posterior viaje hacia la plenitud final. Del mismo modo, dejar atrás la esperanza como billete de entrada a su curso de formación no condena a la psicología al opuesto abstracto de la esperanza, la desesperación, al pesimismo absoluto y a la falta de alegría. En primer lugar, no nos preocupan las emociones humanas, ni la esperanza como emoción, ni la desesperación. Nos preocupa la lógica del «niño», a la que pertenece la esperanza en el sentido de postura y modo lógicos; lo que realmente está en juego en este examen de ingreso es simplemente que esta lógica que tan poderosa y persuasivamente informa nuestra conciencia moderna habitual se muestre superada.

Más arriba, al hablar de las psicologías que operan con los deseos y el deseo como nociones fundamentales, puse la palabra psicologías entre comillas. Lo hice porque no son psicologías con alma y desde el punto de vista del alma, sino psicologías desde el punto de vista del ego. Pues es «el niño» lo que está detrás de lo que llamamos «el ego» (en contraposición al yo).13 Los términos «niño» y «ego» son más o menos intercambiables (siempre que nos mantengamos en un discurso metodológico, donde «el niño» se refiere a la sintaxis de la conciencia moderna ordinaria). Es «el niño» el que aporta la autoidentidad abstracta y rígida del ego, una autoidentidad que tiene la diferencia o la alteridad absoluta y literalmente fuera de sí misma porque la diferencia entre identidad y diferencia, el yo y el otro, es establecida por él como alteridad total, oposición no dialéctica: disociación. «El niño» suministra automáticamente a la conciencia la infraestructura de la disociación que todos los movimientos de la conciencia tienen que seguir inevitablemente. Establece e insiste en que uno mantenga las exigencias de la lógica formal de no ambigüedad y coherencia unidireccional.

¿Por qué «el niño» significa disociación y exterioridad? Porque «el niño» sustantiva, cosifica. «Ontologiza», es decir, trata como entidades lo que para un pensamiento psicológico son momentos lógicos en la fluidez de la vida anímica. Practica un pensamiento que establece los temas del alma en analogía con la lógica de las cosas; en otras palabras, imagina pictóricamente. Como éste es su modo, se esclaviza a las ideas o formas de la intuición, el espacio y el tiempo, como su amo supremo, espacio y tiempo que como extensión son pura exterioridad. Si tiene que imaginar «lo otro» en términos de espacio, está necesariamente disociado, allá, separado por una brecha insalvable y para siempre inalcanzable, indecible, impensable, inasimilable.

Por el contrario, el presupuesto metodológico de la psicología es que el alma tiene «lo otro» como su propio otro o como lo otro de sí misma dentro de sí misma, que su identidad es la identidad de la identidad y la diferencia. «Sí mismo» y «otro» no están divididos por una brecha insalvable. El otro es en sí mismo «yo», el alma misma.

El «niño» no puede pensar la ruptura lógica, el hiato histórico, la discontinuidad real, la muerte de Dios o de los dioses, porque -para algunos esto puede parecer paradójico- sintácticamente él mismo es la diferencia y la alteridad, él mismo «el otro» en el sentido de que actúa la diferencia o la disociación, manteniendo constantemente «el otro» ahí fuera y manteniéndose a sí mismo separado y libre de él. Practica la alteridad, y por eso debe -semánticamente- ver las cosas en términos de continuidad, totalidad, crecimiento, desarrollo, mera transición natural y autoidentidad (capítulo 1).

Subrayé que fue la conciencia moderna la que se instaló en «el niño» como su sintaxis. De hecho, esto es peculiarmente moderno. Por mucho que el motivo arquetípico del niño pudiera haber desempeñado un papel significativo en épocas anteriores, éstas no cultivaron «el niño» como forma lógica de conciencia.14 Quizá la prueba más flagrante y arcaica de ello sea la antigua institución del sacrificio del primogénito (véase el capítulo 4), que se remontaba en el tiempo al menos hasta alrededor del año 7.000 a.C. y era practicada por los egipcios, los fenicios, los amonitas, los moabitas, los israelitas, los galos, los celtas irlandeses y otros. «Conságrame a todos los primogénitos; lo primero que abra el vientre entre los israelitas, de seres humanos y animales, es mío» (Ex. 13:2). Muchos de los miles de huesos de niños sacrificados excavados por los arqueólogos van acompañados de inscripciones que identifican a las víctimas como primogénitos de familias nobles. También encontramos reflejos de esta antigua costumbre en los cuentos de hadas (Rumpelstiltskin: «Entonces prométeme, si llegas a ser reina, tu primer hijo»).15 ¿Por qué el primogénito? Creo que la explicación es obvia. El primogénito es, por así decirlo, el hijo al poder de dos: primer comienzo absoluto, promesa de crecimiento, poderosa invitación a albergar esperanzas futuras, afirmación de la continuidad de la propia familia. Al obligar a la gente a matar sacrificialmente a su primogénito, el alma cortaba de raíz una conciencia «infantil» potencialmente emergente. No se permitió que el acontecimiento empírico particular («contenido semántico») del nacimiento de un niño se convirtiera en un símbolo y sedujera así a la conciencia hacia una sintaxis general en términos de «el niño» (continuidad, esperanza, integridad, crecimiento, etc.). Más bien, lo que se convirtió en símbolo fue el asesinato del niño o, más bien, el niño asesinado. Todos los nacimientos posteriores se producirían entonces sobre la base de la matanza sacrificial ya realizada y, por tanto, eran psicológicamente neutros, no problemáticos. La conciencia se había instalado en el «pasado perfecto» del «niño». Antes de que existiera tal cosa como la psicología, ya había pasado el examen de ingreso para ella, aunque sólo en el nivel de la actuación ritual.

El asesinato literal y el propio otro

Al desarrollar su concepto de «la sombra», Jung estaba claramente más allá del Otro totalmente otro que es inherente al «niño», aunque normalmente esté totalmente oscurecido. La sombra, por su propio concepto, está inseparablemente unida a aquello de lo que es sombra. Es el mismo sol que a la vez ilumina a un hombre y proyecta su sombra. Esta última puede desaparecer si el sol se va, pero no puede ser enrollada y arrebatada como una cosa separada de la persona cuya sombra es, excepto, como en la historia de Chamisso de «Peter Schlemihl», por el diablo. Ya en 1912, Jung hablaba de la «sombra del alma» (CW 7 § 438 y 439, traducción modificada) y de la «profunda división y desunión del neurótico consigo mismo» (ibíd., cursiva de Jung, omitida en CW). Y en 1934 escribió: «Pero esta ‘otra’ personalidad es precisamente lo que nunca debe perder de vista, pues es su propia antítesis interior….. En la neurosis se esconde nuestro mejor enemigo o amigo» (CW 10 § 359, traducción modificada).

Con la noción de la sombra y la correspondiente visión de Jung de la neurosis hemos avanzado hasta el concepto del propio otro. La sombra no es totalmente otra, absolutamente fuera de nuestro alcance; es nuestro mejor enemigo o amigo, a priori íntimamente conectado. El concepto de sombra equivale, pues, a la primera interiorización del otro. Y así se alcanza el terreno a partir del cual puede comenzar el propedéutico de la psicología, pero todavía no más.

A pesar de la interiorización, aquí sigue habiendo un otro, y este otro sigue siendo realmente otro, pero ya no absolutamente disociado, dividido por una brecha insalvable. Para ser exactos, sólo empírica o experiencialmente es otro, mientras que lógicamente ya es uno mismo. Una identidad lógica -literalmente el sol, psicológicamente en última instancia el alma- a priori supera aquí la brecha experiencial de la alteridad o diferencia, abarcando y manteniendo sus dos extremos dentro de sí misma. Y, a la inversa, es esta discrepancia interna del alma entre la alteridad experiencial (como identidad desconocida, no realizada) y la identidad realmente imperante, o la discrepancia entre la (in)verdad empírica -y, por tanto, explícita- y la única verdad lógica implícita, la que proporciona un malestar interno que espolea la vida del alma para superar su propia discrepancia interna, su desunión consigo misma, es decir, para alcanzar también empíricamente su verdad lógica. Este proceso tiene la forma de una integración gradual de la sombra-como-lo-otro en la conciencia empírica, pero esto, sin embargo, no debe entenderse como una simple subsunción o embolsamiento de la sombra, una especie de almacenamiento en la conciencia como un recipiente dado, sino como un movimiento dialéctico, contradictorio, por el cual, en la medida en que la sombra se integra empíricamente y se interioriza en la conciencia, esta última se aproxima a la primera y se asimila a ella (vuelve a casa plenamente), transformándola así.

Cabría esperar que esta interiorización se produjera en forma de acercamiento y de una voluntad cada vez mayor de abrazar al otro. Pero nada más lejos de la realidad. La interiorización, la integración, se produce como lo contrario de sí misma, como una lucha violenta contra el otro, es más, en forma de matarlo. Es el ego o «el niño» el que imagina un proceso de unificación que adopte la forma de un intento de acercamiento, la forma de una reconciliación, tal vez incluso de amor. Este pensamiento es coherente con las leyes de la lógica formal y las reglas que son válidas en la esfera de la positividad. Pero el alma no es nada positivo. El trabajo del alma es un opus contra naturam. Siendo ella misma absolutamente negativa, también tiene que realizarse a sí misma y a sus proyectos de forma negativa, moviéndose en la dirección opuesta. La sombra sólo puede llegar a la conciencia si ésta hace todo lo posible para mantenerla fuera o incluso para deshacerse de ella. La resistencia, la violencia o, por el contrario, la huida es el modo que tiene el alma de acercar los opuestos. Es como si el alma dijera: «Haz la guerra, no el amor».

Esto es así, necesariamente así, porque el alma aspira a una integración psíquicamente real, una integración que, habiendo sucedido de hecho, habla por sí misma y no necesita del buen sentido subjetivo de la gente, de lo que piensen o sientan. Haz el amor, no la guerra es un programa del ego y una expresión de deseo impotente del «niño». Está en las nubes. El alma no tiene sitio para ese idealismo infantil. Se ocupa de su propia realidad objetiva. Quiere una transformación real de la constitución de la conciencia. Y tal cambio no puede llevarse a cabo mediante los sueños altisonantes del ego sobre lo que sería deseable, sino sólo desde abajo, mediante el trabajo cuasi químico del alma con la materia real, un trabajo que es contranatural y una via negativa, un trabajo de negación y, a menudo, de violencia (desmembramiento, pulverización, desollamiento, putrefacción, mortificatio, quema y cocción, corrosión, corrupción, evaporación, etc.) (Capítulo 2).

Podemos llevar estas últimas ideas sobre el trabajo de la negación y la violencia un poco más lejos. Jung afirmó una vez: «Todos los pasos adelante en la mejora de la psique humana se han pagado con sangre».16 ¿Qué implica esto? El avance de la conciencia, el ascenso del alma a nuevos niveles de su propia constitución, exige un alto precio. Hay que pagar un precio real, y la moneda con la que hay que pagarlo es la sangre, el dolor, la pérdida, la destrucción. La guerra es el padre de todas las cosas, decía Heráclito. El movimiento del alma no puede concebirse sin violencia (literal). Los pasos adelante en el desarrollo del alma no ocurren «ahí arriba», en el nivel de nuestros sueños y su análisis, el desarrollo y el refinamiento de nuestra conciencia, nuestras imaginaciones, nuestras percepciones, nuestros ideales, valores y deseos; todo esto son cosas del ego, sólo importantes para la psique subjetiva. Estos avances se producen abajo, «aquí abajo», en el nivel de los procesos y acontecimientos históricos reales: las guerras religiosas, las revoluciones francesa, industrial y rusa, los cambios económicos y sociales, las innovaciones técnicas, los desafíos contenidos en las grandes obras de arte y filosofía. «Estrecho es el mundo, pero ancha la mente. / Los pensamientos coexisten fácilmente, / pero en el mundo espacial las cosas chocan violentamente».17 Para Jung, la vida del alma es, en última instancia, «el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana» (OC 18 § 279). Monstruo, serpiente, carga: lo que pensamos, cuáles son nuestras actitudes, intenciones e ideas, si estamos a favor o en contra, de hecho, si algo sería en verdad deseable y es de hecho moralmente correcto no es tan importante. Es la arrogancia y el egocentrismo del ego o del «niño» creer que «lo que debería ser» es, simplemente porque debería ser, lo importante, que uno podría así como así exportar la democracia y los derechos humanos a sociedades tribales predemocráticas y simplemente exigir paz y un «mundo justo» en manifestaciones, o cantar vanamente «¡Wir sind das Volk! – Nosotros somos el pueblo!». ¡Qué delirios! ¡Qué inflación! Tales demandas abstractas van insensiblemente, indiferentemente por encima de lo real en su materialidad terrenal. Están en el aire y traicionan una falta de respeto fundamental por la gravedad estable de lo que es, los poderes que son, el peso y el poder de lo real. Una falta de humildad y de amor.18

¿Por qué la guerra es, psicológicamente, el padre de todas las cosas? Porque las fuerzas reales contenidas en una situación dada tienen que tener su libre interacción, y eso en la realidad brutal, no sólo en la mente. Tienen que luchar. La naturaleza somete a la naturaleza. En su batalla consigo misma tiene que salir a la luz más allá de toda duda qué es precisamente lo que ha sido derrotado y que realmente lo ha sido y, por tanto, ha quedado obsoleto, y, a la inversa, qué es lo que ha salido victorioso. Igual que la vida en la evolución biológica, así el alma en su movimiento histórico progresa por el camino difícil, a través de muchos errores, pérdidas, víctimas, mucho despilfarro y sufrimiento sin sentido. No hay atajo fácil, no hay plan maestro, no hay ruta ideal directa a la meta, de hecho no hay meta clara en absoluto, sino sólo una agitación inquieta y un enraizamiento del espíritu hacia niveles superiores. Lo que los alquimistas llamaban «naturaleza» y nosotros llamamos alma o psique objetiva no se deja impresionar por lo que está bien o mal, por lo que nos parece razonable y justo y queremos prescribir para su desarrollo. Y no necesita nuestra sensatez, nuestra mentalidad inocente y bondadosa. Funciona por sí misma, por debajo de nuestras emociones, anhelos, nuestras buenas acciones y designios (aunque a veces incluso a través de nuestras emociones y designios egocéntricos como sus instrumentos). Además, no tiene prisa; puede vivir durante siglos con ciertas heridas abiertas, con problemas o conflictos sin resolver antes de acabar resolviéndolos.

Este tema general fue con el que Jung luchó en sus últimos años en su crítica a la Trinidad y su defensa de una cuaternidad. Jung desarrolló un claro sentido de la necesidad de bajar a la tierra, de ver y honrar lo Real. Y a la inversa, vio el peligro de quedarse en la esfera de la idealidad. El problema con (y el grave error de) sus ideas sobre este tema es sólo que proyectó lejos de la tierra y hacia el cielo arquetípico precisamente el tema de bajar a la tierra, de la Sombra como Cuarto, de la tierra y la materia, y del Mal. En otras palabras, lo proyectó paradójicamente fuera de la propia psicología hacia su mitología y, por tanto, hacia el país de las nubes. Semánticamente, insistió en la Sombra y la materialidad de la tierra, pero sintácticamente, se protegió a sí mismo y a nosotros de esta insistencia encajonando el problema de forma segura como uno de la Divinidad («la Sombra de la Divinidad»). De este modo ocultó con éxito el hecho de que de lo que estaba hablando en realidad, aunque involuntariamente, era de la propia psicología o «el alma» (ya que cualquier discurso psicológico siempre habla sólo de la propia psicología, es decir, del logos de «el alma», no de otra cosa, ni de las personas, ni de los dioses, ni del universo, etc.). Así, al hablar de la sombra de Dios, en realidad se refería a la sombra o a la crueldad del «alma», a su terrenalidad, a su realidad, a su materialidad, a su inmersión en el proceso histórico real, social, económico, intelectual. Jung estaba obviamente impulsado a dar expresión de hecho, pero involuntariamente, a un punto de vista que tendría que ser llamado materialismo psicológico, pero inmunizó a la psicología contra dejar que este punto de vista volviera a casa por sí mismo, metiéndolo reductivamente, y archivándolo, en sólo un contenido muy especial de la psicología, la imagen de Dios. Jung estaba realmente preocupado por aquello de lo que acusaba (¡falsamente!) al cristianismo y a la Trinidad, el punto de vista psicológico de un mundo superior, meramente ideal, de pensamiento abstracto que sólo era luz sin oscuridad. Y tenía razón en estar preocupado por ello. Pero al mitificar este problema, él mismo allanó el camino para la abstracción y la libre flotación de la psicología junguiana que vino después de él, una psicología de mitificadores19 vendida a «lo imaginal» y «los dioses (o más bien ‘Dioses’)». ¿Qué es «lo imaginal» (en su forma, no en su contenido) sino precisamente ese mundo puramente superior, puramente «blanco», por el que Jung atacó a la Trinidad cristiana, un mundo sin tierra ni materialidad, en otras palabras, que tiene lo Real fundamentalmente fuera de sí mismo, de forma parecida a como los conceptos abstractos tienen su referente fuera de sí mismos (aunque de forma diferente)?

La pregunta es: ¿dónde está «el alma»? ¿Está en las imágenes arquetípicas, en última instancia intemporales, o está en el proceso histórico real, en la economía, en la tecnología, en la vida realmente vivida? ¿Se refiere la «psique objetiva» a los arquetipos, o apunta a la dinámica lógica inherente que anima lo que realmente sucede o se produce como obras existentes («obras» como, por ejemplo, en «obras de arte»)?

El asesinato como asesinato negado y el otro propio del alma

En el momento en que la sombra ha sido experimentada o concebida, entramos en la esfera de la lógica de «lo otro de sí mismo», de un otro que es el propio otro del sujeto. Por ser «propio», su alteridad se ha interiorizado y ya no se encuentra en el estatuto de la exterioridad lógica. Sin embargo, mientras la situación psicológica se presente como una situación de sombra, la sombra sólo es el otro propio del yo (de la persona empírica), no del alma. Se trata, ciertamente, de una forma de alteridad ya interiorizada, siendo uno claramente el propio otro del otro y no totalmente otro. Pero en la medida en que se trata de la relación entre el yo y la sombra, toda esta alteridad interiorizada, o la «propiedad» fáctica que el otro tiene para el yo, sigue siendo percibida desde el punto de vista del yo; la alteridad y la exterioridad ya no tienen la forma de «el otro», es decir, de un polo de la relación. Tiene la forma de toda la relación misma entre el uno y el otro (ya interiorizado). Ambos opuestos, ego y sombra, por cierto, ya se pertenecen mutuamente. Pero son exteriores al alma. El ego es el alma en forma de alteridad, exterioridad, y como fundamentalmente alienada de sí misma. Esta es, por supuesto, la razón por la que, mientras se trate de la sombra, todavía estamos sólo en la etapa de la propedéutica de la psicología. El terreno de la psicología propiamente dicha sólo se habrá pisado cuando todo el nivel del yo y de la sombra se haya hundido y la conciencia haya descendido objetivamente al nivel del ánima.

Cuando esto ha sucedido, toda la oposición se ha interiorizado en el alma. La conciencia ha abandonado el punto de vista del ego y ahora experimenta y piensa desde el punto de vista del alma misma. La integración completa de la sombra en el ego no significa que la alteridad haya desaparecido. Sólo ha desaparecido la alteridad de la sombra y el ego, pero no la alteridad en sí. Es ella, la alteridad (en lugar de «el otro»), lo que ahora se ha interiorizado, de modo que en el nivel del ánima o del alma el otro aparece una vez más, aunque bajo una apariencia muy diferente, a saber, como el propio otro del ánima o del alma, el ánimus. Sus nombres ya muestran que en el fondo son idénticos.20 Y esto, su identidad global, se piensa explícitamente en la noción de la Sizigia. Aparte de la sombra, que era experiencialmente un otro de pleno derecho a pesar de ser ya implícitamente el propio otro del ego, la relación entre animus y anima es ya explícitamente la autorrelación del alma. En ambos lados tenemos lo mismo, alma (anim-). Sin embargo, hay una diferencia (-a frente a -us), lo que crea de nuevo una inquietud que espera la disolución de su diferencia a través de su integración en el otro. Esta es la segunda parte de ahora sobre el hogar del alma.

De nuevo, la relación entre ambos y su acercamiento se produce negativamente, a través de la violencia, del asesinato. El ánimus, en su naturaleza más íntima, es el asesino del ánima. Pero como ahora estamos en la tierra natal del alma y ya no en el nivel del punto de vista del ego, esta matanza ya no es literal, una matanza positiva como en la lucha del ego contra la sombra. El alma en este nivel niega su propia negación y no el otro lado de la Sizigia. “Mata» al ánima, pero sólo matando a su asesino, el ánimus, e incluso matando a su matanza, o mejor dicho, no a ellos, sino a su positividad, porque el ánimus y su poder de matar viven en el ánima, que así deja de ser ánima y se convierte en alma pura y simple o en mente. Una vez logrado esto, la «obra maestra» ha concluido; el adiestramiento de la psicología ha terminado. Ahora puede liberarse a la independencia (capítulo 3).

Lo que he descrito aquí va, por supuesto, más allá de Jung. Hay que señalar tristemente que mientras Jung en su psicologización había dejado claramente atrás «el niño» con su Otro absoluto y era capaz de concebir la sombra (y la neurosis) como «el propio otro,»y si bien además fue capaz de captar intuitivamente que la superación real de la sombra transportaba ipso facto la conciencia al nivel del ánima, al menos en su teorización21 no fue capaz de ser realmente fiel a ese nivel, es más, obstruyó sistemáticamente el camino a su ulterior despliegue y violó su propia percepción de la Sizigia. Ya he tenido ocasión de señalar en una nota a pie de página que estableció el ánima y el ánimus como fundamentalmente diferentes al dejar que sólo existieran en distribución complementaria, el ánima exclusivamente en los hombres y el ánimus exclusivamente en las mujeres, vinculando así ambos al ego. Esto no es sólo una terrible mésalliance. Es sobre todo también un divorcio de su Sizigia. Metodológicamente, significa una recaída, en esta área en particular, en el punto de vista del «niño» y su brecha insalvable, porque ahora el ánima y el ánimus están absolutamente separados, cada uno reservado para un sexo separado. Ya no es posible que se unan. La psicología práctica entonces la segregación; obtenemos una psicología del apartheid. Y al vincular el ánima y el ánimus con las personas (es decir, con los seres positivamente existentes) en lugar de entre sí, la psicología está condenada a ser personalista y atrapada en el positivismo de la falacia antropológica. Se excluye la ulterior interiorización de los contrarios del alma y la interiorización del alma en la negatividad absoluta.

Jung avanzó hacia la comprensión de la sinergia del ánima y el ánimus. Pero no veo que esto le hiciera revocar su anterior visión personalista de ellos. Pero ni siquiera cabe esperar que, como teórico, Jung pudiera renunciar realmente al punto de vista del «niño» y a su absoluta alteridad. En Recuerdos, sueños, reflexiones, es decir, en textos de sus años muy tardíos, encontramos afirmaciones típicas de él que muestran claramente que al reflexionar teóricamente, al hablar como pensador sobre la postura de la psicología, su pensamiento estaba estructurado por la exterioridad «del niño». «La psique no puede saltar más allá de sí misma» (p. 350). «… [L]a psique… en ningún momento ha salido realmente de sí misma….. [No podemos ver más allá de la psique. La ciencia está tácitamente convencida de que existe un objeto trascendental no psíquico» (p. 351). «… [T]enemos buenas razones para suponer que detrás de este velo existe el objeto absoluto no comprendido…» (p. 352). Jung es obviamente incapaz de ver que se contradice a sí mismo y que él mismo está haciendo lo que sus afirmaciones explícita y categóricamente niegan que sea posible. Está planteando y operando con un «más allá» absolutamente inalcanzable. Como científico, está convencido de que existe un objeto trascendental no psíquico. Esta convicción es en sí misma el acto de saltar más allá de la psique. Si Jung se hubiera atenido a su propia afirmación, no podría haber sabido de este supuesto velo y de que existe «el objeto absoluto» tras él. Se trata de una afirmación «metafísica».

Así pues, vemos que hay dos fallos básicos. El primero es que Jung, como teórico, traiciona la interioridad absoluta del alma, para la que simplemente no hay ningún otro real, ningún «fuera de sí misma». Su interioridad es absoluta. Tiene lo exterior dentro de sí. Teóricamente, Jung no fue hasta el fondo del alma en términos de la perspicacia que Hegel expresó cuando dijo: «Es manifiesto que detrás de esa llamada cortina que se supone oculta el mundo interior, no hay nada que ver a menos que nosotros mismos vayamos detrás de ella….».22 Como Jung no siguió avanzando tras su supuesto velo, no llegó al «mundo interior», es decir, no llegó a la interioridad absoluta-negativa del alma. Pero, permaneciendo frente a este velo imaginado, necesitó especular sobre lo que podría haber detrás de él y, en consecuencia, tuvo que imaginarlo (a) como algo externo («fuera», «el objeto absoluto», «el objeto no psíquico, trascendental») y (b) como algo endurecido, rigidizado y sustanciado en «hecho». La exterioridad es el resultado de su negativa a entrar, a dar un paso detrás de su velo imaginario. Jung se reservó.

El segundo fallo es la suposición de que la psique no puede saltar más allá de sí misma, y que en ningún momento ha salido realmente de sí misma. Pero, ¡claro que la psique puede salir de sí misma y saltar más allá de sí misma! De hecho, esta capacidad es una de sus características esenciales. Es muy normal. Lo normal es que partamos del punto de vista de la exterioridad, la positividad, la pragmática de la vida cotidiana y la voluntad de supervivencia del «ego» (en el sentido más amplio de la palabra) y tengamos que hacer un esfuerzo consciente para encontrar nuestro camino hacia el alma. ¿Qué es el «ego» sino el alma exteriorizada, el alma que ha saltado fuera de sí misma? ¿Y qué son las ciencias naturales sino la experiencia del mundo desde fuera, desde el punto de vista de la exterioridad total, el punto de vista del «yo»? ¿Qué es la neurosis sino un alma que ha saltado sistemática y deliberadamente fuera de sí misma? ¿Acaso no nos da el propio Jung una demostración perfecta de que la psique se ha salido de sí misma cuando se muestra a sí mismo de pie fuera frente a su velo imaginario sin atreverse a entrar? Incluso tal afirmación de Jung «de que estamos irremediablemente encerrados en un mundo exclusivamente psíquico» (p. 352) está hecha desde fuera y juega con la idea de un afuera. Si uno está realmente dentro, no se siente ni se imagina encerrado, y mucho menos «sin remedio». Sólo quien anhela salir puede hablar así. Pero si anhelas salir, psicológicamente ya estás fuera, te imaginas un exterior habiendo abandonado así la interioridad del alma. Imaginar no poder saltar fuera es este mismo salto. ¿Por qué? Porque interpreta la relación de dentro y fuera no dialécticamente como la yuxtaposición espacial y lineal de dos habitaciones separadas por un velo, mientras que estar verdaderamente en el alma significa pensar en términos de su lógica dialéctica, pensar urobólicamente.

Desgarrar el velo – el proceso histórico real como el otro del alma

El paso de la partida del «niño» a través de la «sombra» y la sizigia del ánima y el ánimus fue un desarrollo enteramente anímico-interior. Lo que presenté con estos grandes pasos fue una descripción de etapas de la génesis lógica de la psicología, el camino hacia su interioridad. Ahora desgarramos el «velo» de Jung, que debía ocultar el objeto, para pasar nosotros mismos detrás de él. El camino hacia el «mundo interior», hacia la interioridad del alma, no es una calle de sentido único, una cuestión de atraer al «otro» desde fuera. Para completarse y realizarse, requiere que nosotros, el sujeto, entremos en la noción de lo externo, de lo otro. Saltamos la brecha, traspasamos la barrera, alcanzamos impúdicamente el más allá; es otro tipo de violencia o violación.

Las ideas de la brecha insalvable, de la barrera, de la diferencia absoluta, del velo o la cortina son objetivaciones de la resistencia del sujeto, es más, del rechazo a entrar (inire: iniciación), del rechazo a arriesgarse y jugarse, a llevar su propio corazón y alma más íntimos a, es más, dentro del objeto. Es su autoconservación subjetiva y el egocentrismo (lógico), así como la timidez (teórica) del «niño», lo que aparece de forma cosificada frente al sujeto como un obstáculo existente, un velo o una barrera. El sujeto prefiere seguir siendo el observador de este lado del objeto de más allá, en el caso de Jung el observador empírico de los hechos psíquicos.

En el momento en que te detienes ante el objeto y, de este modo, proyectas involuntariamente tu propia contención como un velo objetivo, el objeto que se supone que está detrás del velo queda inevitablemente mistificado. Lo que se imagina que está ahí se convierte epistemológicamente en el gran desconocido e incognoscible, lo inalcanzable, el Otro absoluto, el objeto trascendental, y a menudo también emocionalmente en «lo sagrado», la «numinosidad» absoluta de ciertos psicólogos populares. Este «sagrado» emocionalizado moderno es también el resultado y la objetivación de una falta subjetiva de autoabandono, de autoentrega por parte del sujeto (psicólogo), su autointeriorización en el objeto como el otro. «Siempre tienes emociones cuando no estás adaptado. Si estás adaptado no necesitas emociones».23 Del mismo modo, podríamos decir: «Si entras de verdad, no necesitas «lo sagrado»». La interioridad del alma necesita nuestra dedicación, devoción, que abramos nuestro corazón a lo que estudiamos. Cuando esto ocurra, no habrá mistificación, sino verdadera y sobria interioridad.

La verdadera interioridad del alma se alcanza a través del doble movimiento contradictorio (bidireccional) de interiorizar al Otro desde fuera24 y transgredir impúdicamente el límite de la brecha insalvable para entrar en el objeto proclamado totalmente trascendente, el doble movimiento de interiorización y de implacable salida (teórica) en el sentido de una entrega. Sólo así puede alcanzarse la interioridad absoluta, esa interioridad «absuelta», liberada, de la oposición interior-exterior. Mientras veamos sólo el lado de la interiorización, podría parecer que la psicología se ocupa sólo de una mitad de la oposición interior-exterior, de lo interior, y que lo exterior queda ahí fuera. Pero una interiorización o interiorización plena no teme a lo externo. No lo excluye ni se protege de él. Al contrario, se extiende y abarca el objeto real, porque también en él el alma encuentra su interioridad.

Jung afirmó, en lo que llamó expresamente «reflexiones teóricas sobre la naturaleza de lo psíquico», que «[l]a individuación no excluye, sino que incluye el mundo».25 Dudo que Jung, en la medida en que era un teórico, estuviera justificado para hacer esta audaz afirmación, porque sólo la afirmó sin ser capaz de decirnos cómo, precisamente, esto podría ser de hecho el caso. No tenía, al parecer, e incluso se negó a adquirir, los medios lógicos para incluir verdaderamente el mundo, como muestra toda su idea del «velo» y del «objeto trascendental absoluto». ¿Cómo podría él, como empirista profeso, alcanzar el mundo? Pero la intención de su afirmación es, por supuesto, exactamente lo que se necesita. El mundo en su más absoluta realidad tiene que ser incluido en la psicología. Tenemos que encontrar el alma en la historia como realidad externa (así como, por ejemplo, en la tecnología, como intenté hacer en mi Tecnología y el alma). Sólo que se trataría de historia real, historia en el sentido de acontecimientos documentados y fechables, instituciones y épocas reales determinables de desarrollo cultural, y no del tipo de historia a la Erich Neumann: una «historia» desarraigada y flotante que en realidad es una construcción teórica abstracta en la que diversos patrones mitológicos se ordenan esquemáticamente en una secuencia de acuerdo con algún principio de ordenación intelectual externo. En lugar de entregarse a lo «externo», a los datos de la historia cultural, obtenemos una subsunción o reabsorción de la historia en imágenes fantásticas positivamente existentes tomadas de la mitología.

Neumann es un ejemplo perfecto de la posibilidad de no incluir el mundo, de una psicología que, envolviéndose por completo en imágenes mitológicas y abstracciones ideales, no se dedica a «lo exterior» como lugar de la interioridad del alma. La psicología es allí el interior abstracto, disociado, que tiene el exterior fuera de sí. Una verdadera psicología en el espíritu de la alquimia trabaja la materia, las sustancias reales.

Mi discusión sobre el animus como asesino del ánima en el capítulo 3 es ahistórica. Permanece únicamente dentro del material imaginal (principalmente cuentos de hadas) y, por lo tanto, muestra un desarrollo progresivo que permanece enteramente interno al alma. Es una descripción de la pura lógica de un aspecto de la vida lógica del alma. Esto no quiere decir que no se puedan correlacionar las etapas descritas con ciertos periodos reales de la historia, pero éste no es el objetivo de la discusión. El capítulo proporciona el patrón dinámico general de la relación entre animus y anima, de modo que si uno examinara cómo se relaciona esto con la historia real, probablemente encontraría ejemplos de diversas épocas para la misma etapa del patrón lógico.

A partir del capítulo 4, sin embargo, el alma sale del hortus conclusus de su vida lógica interna y se abre a la historia real, como de hecho ya se había hecho en cierto modo en los capítulos 1 y 2 sobre el niño y la sombra, respectivamente, en los que una discusión de partes de la vida lógica del alma iba de la mano de un análisis de aspectos de su génesis histórica.

Discontinuidad y negación: la alteridad interiorizada en su concepto

A través de la interiorización del Otro, llegamos primero a la sombra y luego al ánima y al ánimus. Aunque ya interiorizada, la sombra era el propio otro y el animus el otro del ánima, del alma. En otras palabras, en ambos casos seguía existiendo un otro que se sustanciaba de algún modo. Por supuesto, esto ha cambiado con la fusión del ánimus y el ánima, como ya indiqué brevemente y como señalé con más detalle al final del capítulo 3. Con la fusión del ánima y el ánimus, el ánimus y el ánima se han separado. Con la fusión del ánima y el ánimus llegamos a algo que ya no puede ser substanciado y personificado, el alma como mente, una y la misma realidad que es en sí misma dialéctica (en lugar de contener en sí misma dos opuestos substanciados).

Pero hay un modo muy distinto en que el otro, o la alteridad, puede interiorizarse, a saber, en su propio concepto (en lugar de en aquello para lo que es el otro, por ejemplo, el ego o el alma). El resultado es la noción de discontinuidad, ruptura, hiato. El concepto de discontinuidad no es la relación del otro con otra cosa, sino que es él mismo el concepto de alteridad. Que es radicalmente diferente de la idea de «brecha insalvable» (con la que podría confundirse) ya ha quedado claro en la discusión sobre «el niño». La brecha infranqueable nos separa de algo que está totalmente fuera de nuestro alcance, el totalmente Otro, el objeto incognoscible, etc. y, por tanto, protege precisamente el sentido de continuidad a este lado de la brecha. El concepto de discontinuidad, por el contrario, supera precisamente la brecha que plantea al referirse a divisiones históricas, en las que tanto lo que está a este lado como lo que está al otro son documentables, es decir, accesibles a nuestro conocimiento y memoria. Implica un sentido concreto de lo que ha quedado obsoleto, de lo que se ha ido. La discontinuidad es la «brecha insalvable» interiorizada, y la segunda es la discontinuidad exteriorizada, la discontinuidad empujada hacia fuera y hacia la periferia, de modo que el otro lado desaparece totalmente de nuestra visión y la esfera dentro de la periferia se mantiene (lógicamente, no empíricamente) absolutamente libre de discontinuidad, un proceso que se ve muy claramente en la idea de arquetipos o dioses atemporales. Lógicamente, rige la uniformidad. Existe, según esta idea, una aurea catena psicológica ininterrumpida que se extiende desde la Antigüedad hasta el presente. Un corte real, una verdadera muerte de Dios(es), por ejemplo, se explica simplemente recurriendo a la idea de la culpa del hombre, de su olvido. La noción de discontinuidad significa la intrusión del tiempo en la esfera pura de las imágenes en su intacta beatitud, y esto equivale a otra experiencia de violencia. (Capítulo 4 especialmente, pero también capítulos 5-7.)

El otro como espejo

«Si hemos de emprender reflexiones fundamentales sobre la naturaleza de lo psíquico, necesitamos un punto arquimédico que por sí solo haga posible un juicio. Esto sólo puede ser lo no psíquico…» (OC 8 § 437, cursiva añadida según el original de Jung). Este es un punto de vista central y permanente de Jung. Despliega una vez más la misma lógica de exterioridad y alteridad que ya conocemos por sus ideas del velo y del objeto trascendental. Aquí se trata de jugar, es más, de operar, con algo que está fundamentalmente fuera de lo psíquico y que es apto para desquiciar cualquier cosa a la que se aplique. Este deseo del teórico Jung de un punto arquimédico es fatal para la psicología, si ésta ha de entenderse realmente como disciplina de la interioridad. Como tal, no puede tener un punto de referencia fuera de sí misma. Debe tener todo lo que necesita dentro de sí misma, incluso su propio punto de referencia y ese otro con el que debe compararse y contrastarse; de lo contrario, no es la disciplina de la interioridad, sino sólo otra ciencia de algo externo. Pero si tiene su punto de referencia dentro de sí misma, éste no puede ser, por supuesto, un punto verdaderamente arquimédico. Jung viola aquí su propia intuición sobre la naturaleza urobórica de lo psíquico, retrocediendo ante la complejidad mucho más elevada de la lógica dialéctica del alma y recurriendo reductivamente a las simples relaciones unívocas imperantes en la lógica formal, esa lógica que rige en nuestro afrontamiento en la vida cotidiana tanto como en la física y las demás ciencias. Quiere una alteridad lineal, la oposición no dialéctica de lo interior y lo exterior. Esto explica su deserción26 de la física moderna, que aceptó como hermana gemela o complemento de la psicología, en la que depositó sus esperanzas, sin darse cuenta de que la alteridad entre la psicología y la física consiste precisamente en su incomparabilidad y se limita a ella, en la medida en que una sigue la lógica de la exterioridad y la otra la lógica urobórica de la interioridad. Es cierto que afirma explícitamente que «la psicología no tiene ningún medio en el que reflejarse: sólo puede representarse a sí misma en sí misma y describirse a sí misma» (§ 421). Exacto, salvo que esto no es una desventaja, y mucho menos la «cosa trágica» (ibíd.) que Jung siente que es, sino más bien su distinción y superioridad lógica.

No obstante, la idea que subyace a las afirmaciones de Jung que acabamos de citar, a saber, que se necesita un medio como otro para reflejarse en uno mismo y para conocerse a través de él, es valiosa. Pero, ¿qué es ese otro para la psicología? Está claro que no puede ser nada externo. Afortunadamente, podemos apoyarnos en otro pasaje de Jung para obtener una respuesta:

… [S]ólo es posible llegar a una comprensión y apreciación correctas de un problema psicológico contemporáneo cuando podemos alcanzar un punto fuera de nuestro propio tiempo desde el cual observarlo. Este punto sólo puede ser alguna época pasada que se ocupó de los mismos problemas, aunque en condiciones diferentes y bajo otras formas.27

El punto de comparación y referencia para la psicología es la historia, las épocas históricas que son realmente diferentes, divididas de nosotros por un hiato histórico y convertidas en obsoletas para nosotros por esta división, pero también conectadas, no totalmente otras, incluso idénticas, en la medida en que es la misma alma la que se ocupó de los mismos temas y de las mismas necesidades internas propias, simplemente bajo las condiciones de anteriores estatus de conciencia, anteriores modos de ser-en-el-mundo. (Podríamos incluir, por supuesto, las culturas exóticas, «tradicionales», contemporáneas del mundo moderno, porque no hacen más que representar lo que es esencialmente, lógicamente no simultáneo, como algo factualmente simultáneo).

(Por cierto, aunque Jung no desarrolla más esta distinción psicológicamente crucial, su frase «bajo diferentes condiciones y en otras formas» en la cita anterior apunta a la diferencia esencial de forma que puede prevalecer entre diferentes manifestaciones del «mismo» contenido semántico. Esto nos proporciona un sentido adicional de «lo otro»: lo otro como sintaxis o forma lógica frente a los contenidos semánticos, lo imaginal, los fenómenos, los símbolos, los mitos, los sueños, las visiones).

Con esta concepción de la importancia de un punto fuera de nuestro propio tiempo, nuestro tema anterior de la «discontinuidad» se vuelve práctico. En este volumen, la psique arcaica, la psique que consideraba indispensables las matanzas sacrificiales y que practicaba la venganza de sangre y se unía en hermandades de sangre, sirve como el otro medio y «punto fuera de nuestro propio tiempo» en el que reflejar nuestra psicología (capítulos 5 y 6). Como continuación de la cita anterior, Jung dijo: «El análisis comparativo que así se hace posible exige naturalmente un relato correspondientemente detallado de los aspectos históricos de la situación» (ibíd.). Para que no se pierda la alteridad radical (extranjería, incomprensibilidad) del otro y para que no retroyectemos nuestros propios sentimientos modernos y nuestras suposiciones aparentemente evidentes al mundo antiguo (una tendencia de lo más natural), es necesaria una especie de translocación de nosotros mismos fuera de nuestro tiempo y una dedicación a los fenómenos, una inmersión en su propia lógica. Conscientes de que el fenómeno psicológico tiene en sí mismo todo lo que necesita, lo que hay que hacer es «cocer» lentamente la materia, una y la misma materia, en la retorta herméticamente cerrada hasta que revele su «espíritu Mercurius» aprisionado en ella. (Para un ejemplo de esta cocción lenta de una misma «materia», véase el capítulo 5, «Asesinatos»).

Huelga decir que la confrontación con costumbres tan arcaicas como los sacrificios humanos y animales, y más aún mi interpretación de los mismos como la fabricación primordial del alma, equivale a un insulto narcisista a la conciencia moderna. Sin embargo, la cuestión no es el choque. Por un lado, es la percepción (intelectual) de lo que nos conecta con el alma arcaica, la percepción de que lo que es incompatible con nuestro pensar y sentir es el suelo mismo del que, tras una larga serie de mediaciones, surgieron nuestro pensar y sentir. Por otra parte, especialmente cuando los motivos arcaicos surgen hoy en nuestros sueños personales o experiencia visionaria, ayudan (en un nivel existencial) a abrir nuestro apretado sentido moderno de identidad propia a la abismal profundidad histórica del alma. Estos motivos nos llegan como un eco desde muy lejos y crean así una sensación viva de distancia interna, extensión, lejanía, extranjería, precisamente porque nos enfrentan a un otro subjetivamente inintegrable,28 que sin embargo es un otro anímico-interno.

La otra como escritura

Como habrás podido comprobar, no tengo ninguna intención sociológica y, por lo tanto, he dejado el mundo de la acción completamente al margen. Desde el punto de vista psicológico, la acción es algo extremadamente complicado…. [Es un hecho irracional…. Por regla general, el psicólogo sólo puede determinar la naturaleza de una actitud….29

Se trata de una idea importante. Lo que aquí se denomina «mundo de la acción» se entiende en el contexto de los ámbitos sociológico, cotidiano-práctico y quizá también político. Las acciones en este sentido caen en su mayor parte fuera de la esfera de competencia del psicólogo, que por tanto haría bien en no entrar en la arena política, en la medida en que es psicólogo (y no meramente ciudadano), aunque sólo sea hablando, comentando o manifestándose. La psicología es políticamente bastante ciega.

Pero hay un tipo de acción que merece la atención del psicólogo. En la psicoterapia moderna es lo que llamamos «acting out», y en el ámbito de la historia del alma son los rituales, el drômena («lo que se hace»). Mientras que el «acting out» es una defensa, las acciones rituales han de entenderse como la autoexpresión primordial del alma, de hecho -ya lo he mencionado en relación con la forma más elevada o profunda de ritual, el sacrificio-, la creación primordial del alma.

Fue James Hillman quien introdujo la noción de creación del alma en la psicología, un gran paso que abrió perspectivas totalmente nuevas para la psicología más allá de lo que se había pensado, debatido y practicado antes. El alma se hace, necesita hacerse. Sin embargo, Hillman introdujo esta noción dentro de una psicología arquetípica o imaginal. El término «hacer» se reservó para «imaginar» (como «ver a través de los dioses») y para ese tipo de hacer que en realidad no es un hacer real, sino un acontecer: «patologizar». Que un hecho real como la matanza sacrificial pudiera ser una auténtica manifestación del alma era algo que obviamente no se podía tragar. El «hacer» sólo se veía en términos de poiêsis, que a su vez se reducía a lo poético y metafórico.

Se trata de una versión inofensiva de la noción de creación de almas. Aunque incluya todo tipo de patologías terribles, lo terrible que tiene en mente nunca es la escritura. Es inofensiva también porque exime así al sujeto de ser actor y agente. También para Jung, los verdaderos autores son las imágenes arquetípicas. Esto muestra la lógica de la exterioridad en acción. Hay un a priori literalizado, los arquetipos (Jung) o las imágenes (Hillman). Que el a priori lógico, un concepto del que ciertamente no podemos prescindir, sea (urobólicamente) planteado y creado sólo en y por el hecho a posteriori de la matanza sacrificial humana sigue siendo aquí inimaginable (y por supuesto es inimaginable, porque como contradictorio sólo puede ser pensado). Para una verdadera psicología, lo a priori tiene que ser interiorizado absolutamente negativamente, involucionado, en su otro, el a posteriori, el acontecimiento real del hecho, a fin de cerrar el círculo urobórico y dar al «hacer» su pleno sentido. Lo anterior, el origen, es resultado y posterior a lo originado por él. Como obra del alma, el sacrificio tiene todo lo que necesita dentro de sí, incluso su propio origen. Es «el niño» el que exterioriza las imágenes arquetípicas como literalmente anteriores, de hecho dioses, totalmente Otros. Así pues, la postura de la psicología imaginal aún no ha trabajado del todo el punto de vista del «niño».

Al excluir, por principio, el hecho de su comprensión de la vida del alma, la psicología imaginal consigue mantenerse en la inocencia del mundo de las imágenes. Se mantiene inmune. Lo que hago en los ensayos de este volumen es un acto violento: Destrono las imágenes intocables como lo que es literalmente anterior y establezco el hecho de la matanza sacrificial como lógica e históricamente anterior a ellas. Los hechos pertenecen al mundo del tiempo; son acontecimientos empíricos. Las imágenes suelen definirse como intocables por el tiempo. Al dar prioridad al acto ritual, traigo a la Tierra las imágenes de un Cielo imaginal.

Debido a la lógica imperante de la alteridad radical y debido a su mirada hacia abajo sobre lo que sucede en la tierra desde el punto de vista de lo imaginal celestial, la psicología arquetípica sólo puede ver el hecho sangriento de la matanza sacrificial desde fuera, y lo que ve es sólo el hecho de una matanza brutal, y punto. Y con razón, en la medida en que la psicología arquetípica imagina cosas, no las piensa. Lo que yo intento hacer, por el contrario, es entrar en el corazón interior del hecho sacrificial y, desde dentro (desde dentro de él como un mundo en sí mismo), explorar su rica vida lógica interna.

El hecho de que lo que yo considero la creación primordial del alma no sea algún acto ritual neutral, sino particularmente el ritual de matar, es por supuesto un obstáculo adicional para tomarlo en serio psicológicamente. Pero tenía que ser matar. En la práctica de los sacrificios se conquistó la condición sine qua non del alma, la negatividad lógica, se logró la primera disolución de la unio naturalis. Matar, si se trata de matar ritualmente y no de matar por emociones humanas y con fines egoístas, es la forma básica del opus contra naturam.

Una mirada atenta al corazón interno del acto sacrificial revela que ya durante las edades arcaicas la vida del alma era dialéctica. La lógica dialéctica no es una adquisición tardía. Estaba presente desde el comienzo mismo de la vida del alma, aunque, por supuesto, sólo implícitamente, completamente inmersa en la lógica dialéctica de los hechos avant la lettre, pero, no obstante, ya dialéctica en toda su complejidad.

Dado que el asesinato del alma es a priori contradictorio (urobórico, dialéctico), puede adoptar dos formas. Puede ser productiva, afirmativa, como el «matarse a sí misma en el ser» del alma y la producción de todo el rico mundo anímico de mitos e imágenes (capítulo 5), pero también puede volverse negativa, destructiva: la matanza del alma también puede volverse contra sí misma, contra sus propios rituales de sacrificios, en última instancia incluso contra todo el mundo anímico. Es, imaginariamente, el animus negando el anima, y concretamente, la superación del politeísmo por el monoteísmo, del mito por la filosofía y la religión (Capítulos 1, 5 [Parte II], 8), y además, la emancipación del hombre occidental por la Ilustración de todo resto de ataduras rituales, ritualista, mítico y religioso (capítulo 5, parte II), y la creación de un hombre lógicamente absolutamente liberado mediante el surgimiento del historicismo y de la propia psicología (capítulo 9, «La alquimia de la historia», parte I, en cierta medida también capítulo 1).

El otro como «lo real»

Al establecer el a priori de las imágenes arquetípicas como totalmente separadas del hecho ritual humano real, se protegió la integridad de lo imaginal. Las imágenes permanecen intactas, extraterrestres, orbitando como nuestros satélites en el espacio exterior. Por la misma razón, la conciencia está encerrada en la irrealidad, en una esfera ideal de formas abstractas (imágenes, fantasías, nociones).

Quiero ilustrar «la importancia de ser serio», es decir, de llegar realmente a lo real, con un ejemplo ordinario y práctico del tipo que puede encontrarse a diario en la consulta. Es un ejemplo de psicología personal. Pero esto no debe inducirnos a pensar que la cuestión que ilustra es predominantemente relevante para el trabajo práctico en la consulta y básicamente un problema en la vida de individuos concretos. En un grado aún mayor, es importante para la psicología de toda nuestra cultura, la psicología de la modernidad como tal, y tiene su lugar en ella. Es un problema de la lógica de la época. Se ha elegido un ejemplo del ámbito de la psicoterapia práctica simplemente porque se puede presentar de forma sucinta.

De niña, una mujer se había protegido de su madre, absolutamente dominante, invasora y despreciativa, reservándose, guardando para sí sus pensamientos y sentimientos, y haciéndose emocionalmente autosuficiente. Lo que había empezado como una reacción estratégica momentánea se convirtió poco a poco en algo automático y con los años se convirtió en su actitud habitual, con el tiempo incluso en su concepto de lo que es una relación vinculante, a saber, una amenaza para la libertad personal y para ser uno mismo, algo degradante. Cuando se hizo mayor, y más tarde, durante los años de su edad adulta, se dio cuenta de que la relación de su madre con ella era muy diferente de la de otras madres con sus hijos. A través de la lectura y de sus propias reflexiones, se dio cuenta de lo unilateral que era su concepción de una relación comprometida y de cuántas otras posibilidades de relación existían. Pudo diferenciar considerablemente sus conceptos de lo que significa una relación y corregir su anterior visión extremadamente estrecha.

Pero fue en vano. Sus numerosos intentos de entablar una relación fracasaron. Se dio cuenta una y otra vez de que era utilizada como pilar de fuerza por cada posible pareja, que siempre resultaba ser débil y más necesitada de una nueva madre que de una pareja. Ninguno de ellos parecía darse cuenta de que ella tenía sus propias necesidades emocionales y deseos de una relación, y esto, por supuesto, se debía probablemente al hecho de que ella misma se definía como autosuficiente.

¿Por qué la diferenciación real de sus nociones sobre las relaciones, la superación de su estrecho concepto anterior, no supuso ninguna diferencia; por qué su antiguo concepto la dominaba a pesar de haber sido superado?

La negación del antiguo concepto estrecho y la adquisición de conceptos nuevos enormemente ampliados y diferenciados sobre la misma realidad se referían únicamente a conceptos abstractos, a contenidos intelectuales de la conciencia. Afectaba sólo a la semántica de la conciencia. Pero lo que estaba en juego en el momento en que quiso ser capaz de establecer una relación real y operativa no era el/los concepto(s) abstracto(s) que tenía y mantenía, sino algo totalmente distinto: el concepto de relación que era, que vivía, como el cual vivía: el concepto como sintaxis de su ser.

Una cosa es la ampliación de los horizontes intelectuales y la sofisticación y diferenciación de los conceptos, y otra muy distinta el yo real (¡no el ego!30 ) como concepto existente. La gran cuestión terapéutica de la psicología es cómo se puede alcanzar de hecho el yo real, la existencia del concepto. Con el trabajo sobre las perspectivas arquetípicas, las imágenes míticas y las fantasías de la conciencia, la psicología sólo se ocupa de formas universales abstractas, de potencialidades. Lo Real no se toca; ni siquiera se vislumbra como una cuestión y una preocupación abiertas. Por el contrario, lo que sucede en la psicología junguiana es que se cree que las formas abstractas son en sí mismas la fuente de lo Real: los arquetipos (o imágenes arquetípicas) en su numinosidad son vistos como la causa última. Esto significa nada menos que el concepto mismo de lo Real es succionado del mundo y absorbido por el reino de las ideas y las formas, de lo mítico y lo arquetípico en sí: una desrealización fundamental de lo Real como tal.

En este contexto, recuerdo la importante observación de Sonu Shamdasani de que «‘la realidad psíquica’ es, por excelencia, lo real fabricado» y que «[s]i hay algo que la psicología y la psicoterapia han demostrado en el siglo XX es la maleabilidad de los individuos, que han estado dispuestos a adoptar conceptos psicológicos para ver sus vidas (y las de los demás)…».31 En otras palabras, la labor y el logro de la psicología han consistido en gran medida en convertir a las personas reales en constructos abstractos o en seducirlas para que, de hecho, se estilen a sí mismas, aunque sin saberlo, como tales.

La succión del carácter de realidad del mundo y la idealización fundamental concomitante de este carácter de realidad fue incluso elevada por Jung al nivel de una teoría, si no a su programa teórico. El problema que nos ocupa aquí -el problema del yo real como concepto existente frente a conceptos abstractos o construcciones e imágenes- podría formularse, en lenguaje mitológico, como el de la relación entre el Cielo y la Tierra. Lo que en el mundo arcaico se consideraba el Cielo es para nosotros hoy nuestros conceptos y formas, teorías e ideas. «La Tierra», por el contrario, es en nuestra situación mundial el Yo real, el concepto existente.32 Una relación adecuada entre «Cielo» y «Tierra» es psicológicamente vital. Debería ser dialéctica, es decir, su coniunctio y separatio simultáneas. Durante el eón cristiano, el «Cielo» se había convertido en trinitario, la Trinidad. Lo que Jung, con sus especulaciones psico-teológicas, intentó llevar a cabo fue un pensamiento para el que la Cuarta (para Jung, la Tierra, la materia, lo Femenino, el Mal) se integró en la Trinidad de modo que el resultado formara una cuaternidad. Ya hemos tocado este tema anteriormente, pero tenemos que retomarlo en nuestro contexto actual una vez más.

Sin reservas, Jung aprobó, incluso aclamó, el nuevo dogma católico romano de la Assumptio Mariae, que él mismo describe como proclamación: «María, como esposa, está unida al Hijo en la cámara nupcial celestial y, como Sofía, a la Divinidad» (OC 11 § 743). ¡En la cámara nupcial celestial! La Cuarta, «la Tierra», es impulsada hacia arriba. Ahora todo sucede arriba, en el cielo, «donde «nada impuro» entra, muy por encima del mundo devastado. La luz se asocia con la luz» (ibíd.). Todo sucede como un espectáculo cerrado e inmunizado allí arriba, ya no entre el Cielo y la Tierra. El «Cielo» ya no tiene que bajar a la «Tierra» para fecundarla. Ya no tiene Otro real. La elevación del Cuarto, la «Tierra», al «Cielo» implica que el Otro del «Cielo» se ha integrado en (tragado por) el propio «Cielo», de modo que, lógicamente, sintácticamente, ya no tenemos la auténtica estructura 3+1, sino simplemente 4 en un mismo nivel.33 ¿Por qué el Cuatro tiene arquetípicamente la estructura 3+1 en primer lugar? Sólo porque el Cuarto tiene que estar realmente (sintácticamente) fuera de los tres, no ser uno de ellos, su verdadero otro, en un nivel diferente, una categoría o especie verdaderamente otra. Con el movimiento de Jung, la «Tierra» ya no es algo por derecho propio frente al «Cielo». Ya no es el lugar en el que él, el «Cielo», podía hacerse real (en el sentido de la Tierra): realmente productivo, procreador a través de su matrimonio con la «Tierra». Más bien, la «Tierra» se ha vuelto aérea, tan aérea como el propio «Cielo».

Pero éste es sólo un problema. El otro problema es que lo que se ha impulsado hacia arriba ya no es el verdadero Cuarto y una realidad psíquica. Es un Cuarto falso, porque es el Cuarto legítimo sólo de épocas pasadas. La María cristiana y más aún la Tierra mitológica son antigüedades psicológicas. Psicológicamente, son elementos de nuestra «educación superior», meros contenidos semánticos de la conciencia y, por lo tanto, accesorios intelectuales, tal vez emocionales, que pueden moverse fácilmente. No son simplemente verdades reinantes, sino nociones adquiridas secundariamente que adquieren importancia sólo cuando las disparan nuestras necesidades ideológicas y emocionales subjetivas. Lo que hoy equivale a la Madre Tierra de los tiempos arcaicos y -como equivalente real y como forma actual de «la Cuarta»- de hecho tiene realidad psíquica, es el Yo real.34 Aquí es donde está el verdadero lugar de la acción del alma. No con las rancias verdades de antiguas situaciones del mundo,35 por muy bellas que sean estas reliquias semantizadas. ¡Hic Rhodus, hic salta!

Pero con la translocación de Jung del hieros gamos al cielo, el yo real se ha quedado psicológica o «metafísicamente» sin trabajo, enviado a la jubilación, privado de toda razón de ser. Se reduce a ser una especie de espectador de un programa de televisión arquetípico como pasatiempo psicológico, reducido a un mero observador y adorador de los misterios arquetípicos autocontenidos, que es, por supuesto, también la definición explícita de Jung de religio. Como espectáculo televisivo imaginal (¡detrás de la «pantalla de televisión»: el «velo» de Jung!36 ), todo el problema de la coniunctio y el hieros gamos se ha vuelto intrascendente, irrelevante: mero entretenimiento psicológico, una especie de telenovela arquetípica o -otra posibilidad- una ideología sectaria, pero en cualquier caso aislada de lo Real.

Todo este planteamiento, que empuja «la Tierra» hacia arriba y hacia el «Cielo» e ipso facto libera absolutamente al yo de ser un participante esencial en la coniunctio (en lo que realmente cuenta) y lo libera para el entretenimiento y el juego, está evidentemente al servicio de la lógica «infantil» de la alteridad radical. El yo absolutamente liberado37 se ha hecho real a la vista de todos en la forma de la civilización actual, la era de los medios de comunicación. Se manifiesta sobre todo en la forma más avanzada y abstracta del capitalismo, en la nueva definición del hombre como «surfista» y en la industria del entretenimiento (cultura pop, turismo, TV, «Game Boys», política, deportes, marchas de manifestación, event-ism).38

La existencia, el concepto existente, el Yo real, queda ahora completamente al margen, pero es precisamente aquello para lo que todas las formas, imágenes e ideas están realmente destinadas y a través de lo cual únicamente podrían recibir su razón de ser y su propia realidad. Pues el «Cielo» y la «Tierra» -por seguir con este lenguaje mitológico- sólo son lo que son el uno para y a través del otro, en su hieros gamos y en la simultánea y violenta ruptura de su gamos, en su unión y separación. Solos no son nada.39

No pretendo haber resuelto el problema de la relación de la psicología con lo Real en los pasajes de este libro en que lo señalo (capítulos 5 y 7). Todo lo que he podido hacer es llamar nuestra atención sobre él y su urgencia psicológica. ¿Cómo se puede llegar a lo Real?40 ¿Cómo puede la psicología ir más allá de las imágenes que en principio se ciernen sobre la existencia concreta porque como formas abstractas universales son aplicables a todo tipo de situaciones reales, mostrando así que son intrínsecamente indiferentes y externas a los contenidos reales particulares a los que se aplican? Ésta sigue siendo una pregunta apremiante, pero abierta.

Mi interpretación del relato de Kafka «En la colonia penitenciaria» (Parte II del Capítulo 9) nos da una idea de la dirección que podría tomar el pensamiento psicológico en relación con esta cuestión. Las nociones clave son: el fin de la emancipación de la necesidad; el cautiverio implacable en el propio ser; el estar sometido a la propia ley, inscrito y herido por el guión del aparato penal (¡una clara versión moderna del hieros gamos!), para que la esencia interior de uno se abra a su resplandeciente verdad. No cabe duda: con el Aparato Penal se puede llegar al Yo real, al concepto existente, al Ser. Pero entonces, ¿qué es esto, el verdadero Aparato Penal del alma?

La otra psicología

Empezamos con «expulsar (al niño y) al totalmente otro». Este fue, como traté de mostrar, el primer paso necesario para entrar en la psicología en el sentido de una disciplina de la interioridad. A partir de entonces, todo lo que aparecía como lo otro se percibía desde dentro, desde el punto de vista del «yo» (por ejemplo, nosotros mismos) o del alma, y por tanto al principio parecía ser «otro» en el sentido de algo externo (la víctima sacrificial, el proceso histórico real, el hecho, lo Real, etc.), aunque ya era completamente interno. Pero la perspectiva también puede invertirse: podemos experimentar que el «yo» es en sí mismo lo otro para algún otro. Nos damos cuenta de ello especialmente cuando nuestro mundo occidental es atacado por el terrorismo islámico. Esta experiencia sacude la mente psicológica de su encierro urobórico en sí misma y le recuerda lo limitado de la psicología. En un momento crucial cerca del final del relato corto de Kafka, «El Juicio», el padre del protagonista le dice: «¡Así que ahora sabes qué más había, hasta ahora sólo sabías de ti mismo!». Esta percepción y toma de conciencia es, mutatis mutandis, precisamente lo que la amenaza de atentados terroristas está aportando a la psicología. La psicología, subrayé repetidamente de acuerdo con los puntos de vista de Jung, no debe interpretarse como un campo de estudio compartimentado, como un área de especialización junto a los demás campos científicos. La psicología lo abarca todo. Pero no lo es todo. No debe convertirse en totalitaria; esto la convertiría en ideológica, en un sistema de creencias, cuando no en delirante. La psicología sólo es omnicomprensiva dentro de sí misma. Por lo tanto, también tiene un exterior, su propia frontera externa, su propio otro literal. Tiene que tener su otro real porque la psicología se constituye a través de la exclusión sistemática de la exterioridad como tal. En la sección anterior sobre «El otro como hecho», oímos decir a Jung que la psicología excluye «completamente» «el mundo de la acción». El terrorismo, como he sugerido, es apto para recordar brutalmente a la psicología su otro excluido y, en particular, el mundo de la acción.

Aunque el terrorismo sacude a la psicología de su indispensable punto de vista y método de la interioridad y la catapulta a la reflexión externa, y de este modo presagia de algún modo el fin del pensamiento psicológico, también es útil para la psicología en la medida en que impide que la psicología tome literalmente lo que sólo es un punto de vista metodológico y lo absolutice. Si esto ocurriera, la psicología se convertiría en una ideología y la mente psicológica se encerraría en sí misma. El punto de vista de la interioridad urobórica no debe subírsenos a la cabeza. No debemos inflarnos con él.

Por eso, una discusión sobre el fenómeno del terrorismo islámico no debería ser en sí misma una discusión psicológica en nuestro sentido estricto de «psicológico». Este fenómeno no debería absorberse en la interioridad psíquica y en la imaginación arquetípica y mítica del alma. Tal enfoque no sólo perdería el punto mismo de este fenómeno, que es el ataque brutal desde el exterior, sino que la propia psicología también renunciaría a su antídoto contra su propio peligro inherente de volverse inflada y totalitaria. La psicología tiene que ser consciente de lo que hay en el mundo aparte de ella misma y no sólo saber de sí misma. Debe saber cuándo y dónde detenerse. Del mismo modo que «expulsar al niño» marca la entrada en la psicología, el tema del terrorismo islámico nos ayuda a salir de la psicología y a volver a nuestra existencia ordinaria como ciudadanos y particulares en la vida real (capítulo 10).

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1 No debe confundirse con la noción (sustanciada) de Jung del “yo”.

2 James Hillman, “Abandoning the Child”, republicado en James Hillman, Loose Ends: Primary Papers in Archetypal Psychology (Zürich: Spring Publications, págs. 5-48.

3 Jung insistió en que “la idea mitológica del niño no es enfáticamente una copia del niño empírico…” (CW 9i § 273 nota), realizando así claramente un corte, una primera forma de “matar” al niño literal para avanzar a una forma de niño psicológico.

4 Por muy legítimas que puedan ser estas imágenes o ideas del niño por derecho propio, tengo que advertir sobre la posibilidad general (y probablemente la realidad no infrecuente) de que, sin embargo, también pueden ser utilizados como máscaras sin conexión intrínseca a su auténtico sentido objetivo, máscaras tras las que se pueden ocultar las necesidades emocionales subjetivas del todo diferentes por parte de la conciencia moderna para mantenerse en ese modo general “niño” que aquí critico y mediante el cual estas necesidades tratan de legitimarse. Jung estaba muy consciente de tal peligro cuando señaló repetidamente que los cristianos con frecuencia tienden a abusar del dicho de Cristo: “Excepto vosotros…convertirse como niños, no entraréis en el reino de los cielos’ (Mat. 18:3) para sugerir que deberíamos permanecer niños, lo que Jung consideraba poco ético. De la misma manera, uno puede, por ejemplo, apreciar ostensiblemente la idea del niño de Nietzsche, mientras que en verdad celebra con ella algo muy diferente, a saber, la constitución moderna de la conciencia en términos de “el niño”. Esto equivaldría a ignorar flagrantemente que la etapa del “niño” de Nietzsche presupone otras dos etapas, la del “camello” y la del “león”, que se convierte en este “niño” en un resultado tardío y una esperanza futura (incluso utópica) más que en una idea de comienzo que normalmente está conectada con el niño. Además, en el esquema de Nietzsche es esencial que ya la primera etapa, la del “camello”, implique una desviación radical y un rechazo del “niño” como forma sintáctica ordinaria de conciencia. De manera similar, el motivo del niño ciertamente legítimo en los sueños puede abusarse subrepticia e ilegítimamente como una confirmación del anhelo del ego por “el niño” en el sentido de esta introducción, es decir, por el anhelo propio de continuidad, armonía, inocencia, esperanzas futuras, etc. El contenido semántico específico legítimo es un ancla para toda una sintaxis oculta y en modo alguno legítima de la conciencia.

5 “La psique” es, en contraste con el alma (lógicamente) de otro mundo, esencialmente “partida”, el “comportamiento del organismo”.

6 Por supuesto, en la sala de consulta, el terapeuta se enfrenta a un ser humano real y, por lo tanto, debe estar atento a ambos lados de la diferencia psicológica, es decir, también a las cosas «psíquicas» y del ego.

7 Las citas son de Glen Slater, «Cyborgian Drift: Resistance is not Futile» Spring 75—Psyche and Nature (2006): 171–195, aquí p. 190.

8 En la antigüedad, en el mundo politeísta, en su nivel de conciencia y confrontado con lo que para ellos era el alma objetiva, es decir, la Naturaleza en su crueldad, la gente no cometió este error. Al verse a sí mismos confrontados con dioses en lugar de simplemente con objetos naturales como positividades, se mantuvieron fieles y dieron expresión a la dimensión estrictamente lógica o sintáctica de los fenómenos anímicos experimentados, mucho antes del desarrollo de un concepto explícito de lógica y sintaxis. 

9 Sobre la oposición de estas dos posturas fundamentales y el compromiso del psicólogo con la “masa dolorosa del alma, es decir, la baba y el lodo en su fondo”, cf. La respuesta de Jung a los comentarios críticos de un corresponsal (letras 2, 7 de mayo de 1960, a Anónimo, p. 557). “Estoy… caminando a través de la masa en el fondo del mar, como bien lo dices. Sin embargo, esta masa es la mente humana, como lo ha sido durante varios miles de años. Siendo médico, me preocupan los males del mundo y sus causas… Pero eres un cristiano gozoso muy por encima del fondo pastoso…. Para mí no hay rechazo arbitrario de la locura del hombre… El cristiano gozoso nos dice cómo deben ser las cosas, pero tiene cuidado de no tocar las cosas como son”.

10 Es este concepto el que conduce a un concepto de ánima romantizado y, por lo tanto, a lo que yo llamo psicología «solo de ánima».

11 Esto se expresa claramente en el axioma de Pseudo-Demócrito sobre la naturaleza: «La naturaleza se regocija en la naturaleza, la naturaleza somete a la naturaleza, la naturaleza gobierna sobre la naturaleza» (por ejemplo,CW 9i § 234). Ninguna protección de la inocencia e inocuidad iniciales de la naturaleza, su unidad armoniosa consigo misma. Ninguna resistencia contra un distanciamiento de la emoción y el instinto. Por el contrario: un subdual de la naturaleza, y un subdual no interpretado egoístamente como proveniente de la arrogancia humana, como el trabajo del ego o del «hombre caído», sino como el propio trabajo de la naturaleza (el alma) sobre sí misma.

12 Que incluso el mismo Jung no se liberó, no desear liberarse, del “niño” que mostré en “La psicología como anti-filosofía: C. G. Jung”, Spring 77—Philosophy and Psychology (2007): 11–51, e “‘Irrelevantificación’ o Sobre la muerte de la naturaleza, la construcción del ‘arquetipo’ y el nacimiento del hombre” (inédito).

13 Como sugiere la forma latina de la palabra, “el ego” es un término técnico para una construcción psicológica. Sin duda, en la psicología junguiana es ante todo cosificado, definido como un complejo en el centro de la conciencia. Pero más tarde, Jung también podría hablar de “el ego, es decir, el hombre empírico” (MDR, pag. 346), así como a la inversa de «hombre, es decir, su ego» (ibídem., pag. 337). Si en este último sentido «ego» y «hombre» son expresiones sinónimas, se hace evidente que ego se refiere a un estilo de conciencia completo, a saber, «egoico», un modo del ser-en-el-mundo del hombre. Es la autodefinición (implícita) ordinariamente prevaleciente o constitución lógica del hombre como tal en la modernidad, caracterizada por un pronunciado sentido de autoidentidad personalista, un enfoque racionalista, literal y técnico de la vida y posiblemente, a modo de compensación, una emotividad sentimental. Por el contrario, la palabra “yo” es una palabra del lenguaje ordinario y como tal simplemente se refiere a “uno mismo”, la subjetividad autoconsciente realmente existente sin ninguna otra determinación o definición específica, el concepto realmente existente.

14 Jung afirmó: “Si tratamos de extraer los factores comunes y esenciales de la variedad casi inagotable de problemas individuales que se encuentran en el período de la juventud, nos encontramos en todos los casos con una característica particular: un apego más o menos patente al nivel infantil de conciencia, una resistencia a las fuerzas fatídicas dentro y alrededor de nosotros que nos involucrarían en el mundo. Algo en nosotros desea seguir siendo un niño, ser inconsciente o, a lo sumo, consciente sólo del ego; no hacer nada, o complacer nuestro anhelo de placer o poder. En todo esto hay algo de la inercia de la materia; es una persistencia en el estado anterior cuyo rango de conciencia es más pequeño, más estrecho y más egoísta que el de la fase dualista. Pues aquí el individuo se enfrenta a la necesidad de reconocer y aceptar lo diferente y extraño como parte de su propia vida, como una especie de ‘también-yo’” (CW 8 § 764; Greg Mogenson amablemente me señaló este pasaje). Por mucho que atesore el punto más importante de Jung sobre este equivalente psicológico a la inercia de la materia y su insistencia en la necesidad de reconocer y aceptar lo que es diferente y extraño como una especie de «también yo», creo que ese «apego patente al nivel infantil de conciencia” del que hablaba debe ser visto como un rasgo característico de la modernidad. No es una constante antropológica.

15 Estoy en deuda con Greg Mogenson por este ejemplo.

16 Letters 2, a Serrano, 31 de marzo de 1960, p. 549.

17 “Estrecho es el mundo y el cerebro es ancho. / Los pensamientos viven uno al lado del otro, / pero las cosas chocan fuertemente en el espacio” (Friedrich Schiller, Wallensteins Tod II, 2).

18 El amor es lo que nos permite soportar y abrazar (¡pero no tolerar!) la Sombra, perdonar al mundo o a la vida todo lo que está mal en él, todas sus faltas y deficiencias. El amor es la fuerza para ver claramente lo que es malo y terrible y, sin embargo, para no caer en un espíritu de acusación o depresión. El amor “no es la vida que retrocede ante la muerte y se mantiene intacta ante la devastación, sino la vida que la soporta y se mantiene en ella”. Porque el Amor no establece lo que está mal como un paria, nos permite alcanzarlo lógicamente, y solo lo que podemos alcanzar lógicamente, sólo aquello con lo que lógicamente estamos verdaderamente conectados puede también -quizás- ser lentamente cambiado. El amor dice: Tat tvam asi, este eres tú (para usar este Gran Pronunciamiento del Chandogya Upanishad en un sentido muy diferente de su significado original en la filosofía védica): La sombra, lo que temes, odias, condenas, ese (también) eres tú. Las debilidades, fallas y crímenes de los demás son parte integral de nuestra humanidad compartida.

19 Ignoro aquí el hecho de que la psicología junguiana también tiene una segunda cara muy diferente, la de una empresa clínica personalista más en la tradición de Freud, Melanie Klein y otros que en la de Jung.

20 De hecho, en latín clásico, en San Agustín, en Ficino, por mencionar sólo estos,anima y animus a menudo son intercambiables. En Agustín “tanto ‘anima’ como ‘animus’ pueden aplicarse sin distinción de significado al alma humana…” “Cicerón traduce tanto ψυχή como νούς por ‘animus’” (Léxico de Agustín, vol. 1, columnas 315 y 316). Ficino habla de un “anima mundi” y de un “animus mundi”, a menudo en el mismo párrafo, refiriéndose cada vez a la misma realidad. Fue Jung quien planteó el anima y el animus como fundamentalmente diferentes, porque correlacionó el anima exclusivamente con los hombres y el animus con las mujeres. El hecho de que existan para él en Distribución complementaria los distingue absolutamente.

21 Muy diferente parece haber sido en su trabajo fenomenológico práctico con los documentos del alma.

22 G. W. F. Hegel, Phenomenology of Spirit, trad. A. V. Miller (Oxford, Reino Unido: Oxford University Press, 1977), pág. 103.

23 CG Jung, Nietzsche’s Zarathustra. Notas del seminario impartido en 1934-1939, ed. James L. Jarrett, vol. 2 (Princeton, Nueva Jersey: Princeton University Press, 1988), pág. 1497.

24 “Ahí fuera” no es un lugar, sino el estado lógico de la positividad, los “hechos”.

25 GW 8 § 432, mi traducción. La traducción en CW  (“La individuación no excluye a uno del mundo, sino que reúne el mundo para uno mismo”) es simplista y personalista. Reduce la afirmación fundamental de Jung sobre el concepto de individuación a una declaración sobre algo experiencial. Después de todo, Jung dijo esto en una obra cuyo título original es “Reflexiones teóricas sobre la naturaleza de lo psíquico [del alma].” En el § 437 habla incluso de “fundamental [prinzipielle] reflexiones.”

26 “Deserción” en el sentido de un movimiento reaccionario, contrarrevolucionario. Jung ya tenía detrás de sí la revolución que supone la psicología. En su entendimiento, ya había avanzado claramente a la lógica de la psicología, es decir, él mismo había realizado la involución de lo lineal en lo urobórico.

27 C. G. Jung, “Prólogo” a su “La Psicología de la Transferencia”,CW 16, pág. 166.

28 La psicología junguiana convencional, por el contrario, trata de tomar tal experiencia de motivos arcaicos como una presencia inmediata y, por lo tanto, como proporcionando inmediatamente un «Significado» arquetípico. De esta manera, estos motivos son explotados por y para el ego, que los banaliza psicológicamente (para darles algún tipo de sentido en nuestro contexto moderno totalmente diferente) o, por el contrario, trata de usarlos como sus propias prendas míticas. La última posibilidad conlleva el peligro de una inflación de la conciencia o de hacer una ideología de tales experiencias (o de la psicología en general). Pero también puede ser una simple autoestilización en el sentido del “real fabricado” de Shamdasani (ver más abajo).

29 Letters 1, 20 de agosto de 1936, a Kurt Breysig, p. 218.

30 Como se señaló anteriormente, el yo, el complejo del yo, en psicología ya es en sí mismo una construcción abstracta que, como tal, pertenece a la esfera ideal-abstracta.

31 Sonu Shamdasani, Jung and the Making of Modern Psychology: The Dream of a Science (Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press, 2003), pág. 10f. (mi énfasis).

32 El uso moderno de las nociones de “Madre Tierra”, Ge o Gaia, Deméter, etc. en el movimiento ecológico nada tiene que ver con lo que era el tema de los mitos antiguos. Los mitos se ocupan de la sintaxis del mundo. Los movimientos ecológicos tratan de la tierra como una positividad y al hacer uso de nombres mitológicos ennoblecedores simplemente emocionan esta positividad.

33 Semánticamente todavía hay una diferencia: la Trinidad “masculina” más la consorte femenina. Pero lo que está en juego es más que una diferencia semántica.

34 Nuevamente, quiero enfatizar que el yo real no es “el ego”, la “personalidad del ego” o el “hombre empírico”, que ya están todos positivisados. El “yo real” no debe ser malentendido personalísticamente, reducido a lo que es la posesión privada del individuo.

35 Se han vuelto obsoletos porque lo que para aquellas situaciones mundiales anteriores era su sintaxis reinante, se ha congelado y reducido a contenidos semánticos. ¿Por qué? Porque la sintaxis experimentó un mayor desarrollo y ahora está en otro lugar.

36 El velo de Jung, por supuesto, no se concibe como una especie de pantalla de televisión. Pero en el momento en que la conciencia interpreta las cosas de tal manera que lo real en última instancia está absolutamente oculto por un velo y la conciencia se contenta con observar imágenes arquetípicas.como “hechos empíricos” de este lado del velo, este velo epistemológico-ontológico se convierte sin saberlo en el fondo absoluto o pantalla de todo lo que se ve y esas imágenes arquetípicas o misterios, igualmente sin saberlo, pero objetivamente, lógicamente, reciben el estatus de no más que “entretenimiento del tiempo libre”, porque por definición están privados del sentido de lo real. Por el contrario, la institución de la televisión es la cosificación concreta y la visualización objetiva de esta postura del “velo” tal como aparece, por ejemplo, también en Jung. Lo que se muestra en la televisión es por el hecho mismo lógicamente trivial, no importa de qué se trate.

37 El yo absolutamente liberado es un yo ausente como yo real.

38 Por cierto, dado que este libro trata sobre la violencia, no debe pasar desapercibido que el entretenimiento es otra forma de violencia, quizás la más grave posible: matar.hora!

39 No existen primero y luego se relacionan entre sí de una forma u otra. Es el acto de su combinación-y-separación eso es lo único que da lugar a su llegada a la existencia. Tienen su existencia en el proceso vivo de su relación lógica. Así que al menos tenemos que hablar mientras nos mantengamos en el nivel de la imaginación mitológica. En realidad, sin embargo, tendríamos que decir que es la imaginación la que arranca sus dos momentos internos de algo que en verdad es sólo lógicamente negativo, sólo movimiento lógico, pura sintaxis, y sustancia, personifica estos momentos para hacerlos accesibles. como contenidos semánticos. Como hieros gamos y su interrupción brutal, su relación o interacción lógica (es decir, el proceso mismo) está igualmente semantizada. Tales son las necesidades de la imaginación.

40 Está claro que el tipo de alcance de la realidad que realizan las ciencias y la tecnología no es el que tenemos que buscar. Es violencia lógica: una subsunción del mundo y de las cosas de este mundo bajo conceptos abstractos o, por el contrario, la imposición de conceptos abstractos sobre el mundo y no una combinación. Precisamente por eso, las ciencias y la tecnología no llegan a lo Real. La “realidad” con la que están tratando ya es en sí misma una abstracción, constructos.

El hacer compulsivo

Logos del alma

“Desgracia de las gentes de acción es que su actividad sea siempre poco razonada […] las gentes de acción ruedan como rueda la piedra siguiendo la ley ruda de la mecánica.“

Friedrich Nietzsche

En ocasiones, cuando un autor en psicología presenta un conjunto de ideas de forma compleja y se involucra profundamente en los vericuetos teóricos que tanto recelo dan a las mentes practicas, surgen las voces indignadas de quienes no saben como se puede aplicar algo “tan” teórico, es curioso como los contrariados no se dan ni siquiera a la tarea de tratar de atender lo que es expuesto sino que prefieren permanecer en su comodidad pragmática ajustando aquello que solo conocen de forma superficial a sus esquemas de comprensión, y si la propuesta subjetiva encaja entonces la aplauden compulsivamente, pero si no lo hace un guiño de incredulidad surge y no vacilan en opinar, sin darse cuenta de que opinar es un gesto que se hace para evitarse la incertidumbre y el dolor de pensar.

A veces, cuando un paciente se encuentra con un insight, es decir cuando escucha, sin evitarlo, un pensamiento que no le pertenece, suele preguntar “está bien, lo entiendo ¿pero qué hago ahora?”, lo hace como una forma de defenderse de aquel concepto que se ha vislumbrado en el acto terapéutico y entonces la posibilidad de acción se contrapone a la verdad del momento presente, o en otras palabras se desea actuar para no comprender. Tal situación se sostiene en la separación artificial entre una práctica y un saber teórico, división que es imposible pues uno siempre presupone al otro, toda práctica responde a una teoría implícita y toda teoría se expresa en una práctica, incluso la fantasia de lo impracticable se funda en un esquema teórico particular. Realmente el paciente pregunta qué hacer para no tener que asumir la comprensión que lo oblige a modificar su rutina cotidiana, está cómodo con su forma de asumir el mundo, pero quiere lo paradójico, permanecer en donde ya no se encuentra más.

El hombre práctico no se da cuenta de que su acento demasiado pronunciado en la acción tiene un costo y ese es un hacer compulsivo, una puesta en marcha que se ha separado de su esencia teórica, entonces sucede algo muy inquietante, dicha perspectiva se desliza inadvertidamente por el borde de su subjetividad y se deposita en un recipiente ajeno, encuentra en consecuencia que la realidad se acopla a sus ideales y comprueba que el mundo siempre ha sido tal como lo ha pensado, el exterior se convierte de este modo en un espejo que refleja sus opiniones, encerrandolo en una jaula narcisista sostenida en la mirada proyectiva que filtra la ilusión de su deseo. Confinado en su opinión particular, que nunca es subjetiva sino una teoría inconsciente que tiene la característica de ser una imposición cultural, el hombre práctico es fiel sirviente de un esquema teórico sobre el que ya no puede reparar.

Cuando en el proceso de saber ocurre la comprensión de lo vivido, es decir en el despliegue y la debelación consciente de un pensamiento que antes existía solo en potencia, el movimiento se detiene, la experiencia sintomática se rompe y permite que lo pensado en ella se piense a sí mismo, es entonces que por primera vez el sujeto contempla su posición y duda de sí, esa duda detiene su marcha mecánica y le brinda la oportunidad inapreciable de estar ante sí mismo como un otro. Solo en la quietud del pensamiento el amor por el fenómeno es posible, a eso se le llama comprensión y se vive como un silencio que guarda su inmensidad en el corazón de quién lo puede apreciar como el dios que mora en lo pensado. Es ahí donde la opinión no tiene cabida y donde la pregunta sobre la práctica se diluye en el verdadero entendimiento.