El esquema crisis-oportunidad como evasión de la lección del sufrimiento

Logos del alma

La vida tiene un matiz doloroso que es inexorable. Sin embargo, James Hillman nos enseñó que la dimensión patológica de la existencia es la que mejor expresa la perspectiva del alma, pues se contrapone a la normalidad y a la seguridad de la búsqueda egoica, cuya función específica es la oclusión de lo anímico.

En lo terrible, es donde el alma se hace a sí misma y donde el verdadero trabajo psicológico comienza. Por ello, las imágenes alquímicas son, en su mayor parte, desgarradoras y llenas de etapas tortuosas, porque la contradicción interna de los fenómenos y, por lo tanto, su movimiento lógico se experimenta como un viaje hacia la muerte, del cual el ego quiere preservarse.

Una defensa contra ese movimiento natural de la consciencia encarnada en los individuos es aquel dictado del saber popular de que toda situación crítica significa la apertura a nuevas oportunidades, un posible renacimiento o un mejoramiento de la persona. Si bien tal premisa resulta ser un alivio para el dolor individual, es importante entender a que propósito responde realmente.

El consuelo ante la inminencia de la crisis surge de un esquema que tiene como objetivo el crecimiento de la persona y exige concebir toda tragedia solo como la antesala de la buena fortuna y, por lo tanto, teniendo su valor en su recompensa futura. Se trasluce así la creencia cristiana de la salvación de las almas y de la redención del pecado. Por ende, la crisis, el fenómeno doloroso, ya no es una totalidad en sí misma, sino únicamente la puerta de entrada a la situación gratificadora.

En el libro del génesis Jacob pone un requisito para la asunción de su dios: «Si Dios me acompaña y me protege en este viaje que ahora hago, y me da pan para comer y ropa para vestirme, y me hace volver en paz a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios. Esta piedra, que he levantado como pilar, será casa de Dios; y de todo lo que me des, apartaré el diezmo para ti.»

Jacob está dispuesto a asumir al dios de sus padres, al hecho que se le presenta, pero solo al precio de que su deseo sea cumplido. De la misma manera la imagen de la salvación se convierte en una petición que trivializa cualquier vivencia de dolor, donde el pathos queda subordinado a la espera de la curación venidera, a la recompensa que llegará luego del suplicio. La existencia, de este modo, es asumida pero solo bajo la condición de que su devenir éste de acuerdo los deseos de la persona.

Se entiende que si el dolor, y la imagen del dolor, quedan esclavizadas por la espera del paraíso prometido entonces ya no se tiene permitido al sujeto el derecho de sufrir a causa del continuo caminar por las oscuras sendas del alma. Se prefieren, en la terminología de Hillman, los altos picos donde el espíritu se regocija en su éxtasis, dejando en el olvido a la lóbrega ciénaga, que es el lugar de la vivencia anímica primordial. E incluso el padecer se vuelve un signo excecrable que debe ser remediado de inmediato pues cualquier señal de enfermedad es ya una imagen de aquello temido por la razón moderna, es decir, la realidad del alma.

Para la ego-personalidad es preferible la idea de progreso, de la curación, del perfeccionamiento. Se concibe así la existencia como una escalera de evolución por la que se transita hacia la construcción del sujeto. También la terapia se adecua a ese propósito y se alienta al paciente al objetivo narcisista de liberarse de su dolor al superarlo o al integrarlo y abandonarlo lo más pronto posible sin pensar demasiado en ello, sin llevar a cabo el trabajo de la reflexión de lo sintomático.

Sin embargo, la concepción del individuo como un sujeto en continuo desarrollo parte de la misma premisa del abandono de lo patológico en espera de su realización futura, pues la persona se ve comparada con un ideal que siempre está en el más allá, en la tierra prometida, que por su localización lógica no puede ser alcanzada, por lo que se condena al hombre a un estado de insatisfacción continuo, pues lo mejor siempre está por venir.

Pero el dolor es una experiencia que exige actualidad, que detiene toda via de escape y ata la atención a la corporalidad del presente. El psicoterapeuta, si su enfoque es psicológico, no pretende escapar de la aflicción sino brindarle un asiento en la vida humana y permitir que haga la tarea que requiere, que permanezca en el misterio y que el paciente sea capaz de abrir pacientemente su corazón ante el otro que se cierne, sin esperar recompensa, sin huir a la ilusión de la mejora, sino persistir en el amor al fenómeno.

Lo psicopatológico construye a su sujeto en la disolución de su ser existente, pues la palabra crisis alude a la separación, es decir, a la diferenciación de pensamiento pensado en el fenómeno, pues solo a través de la toma de distancia esta noción puede reflexionar sobre sí misma. En este sentido, la promesa de la oportunidad entraña el oscurecimiento de ese proceso reflexivo, pues al escapar del presente, la idea no puede emerger de su contención y queda atrapada en la imagen del porvenir.

El alma sigue sus propias reglas y sus necesidades particulares. La lucha continua contra su presencia ha configurado este mundo que huye de toda posición sufriente, incluyendo el sacrificio que es la asunción del dolor como purificación y compromiso con la vida. Pero la lección del dolor pide ser escuchada, atendida y sobre todo honrada en su propia singularidad, sin la esperanza de un mejor mañana.

Por ello Dante leía ante la puerta del infierno “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”. La crisis demanda ser afrontada sin esperanzas, sin programas de renacimiento, dejando que su labor destructora haga mella en ese proceso del que el hombre es una expresión y nada más, porque el respeto al alma exhorta a atender a sus manifestaciones tal y como son y poder recibir el huésped que clama: “pathei mathos”.

La impostura religiosa y la flecha del tiempo del alma

Logos del alma

La consciencia sigue un intrincado camino que la lleva al despliegue constante de sí misma, es la historia de sus transformaciones la que precede y le da forma a la nuestra, y por lo tanto la idea histórica es anterior, lógicamente, a los sucesos que se viven como determinantes históricos. Quizás, se podría confundir este enunciado con una sucesión de hechos, como a los que el sentido común está acostumbrado, pero lejos de poder reducir lo dicho a una mera causalidad eficiente, necesitamos entenderlo como un proceso dialéctico donde lo más postrero es, a su vez, aquello que ya precede la senda, actual y efectiva, del alma. Ademas, debemos asumir que es el alma quien camina por esa vereda, pero también es el camino, así como la meta y el punto de partida. Todo a la vez. Hysteron Proteron.

Sin embargo, es evidente que los claros abiertos que se dejan ver en esta travesía, son abandonados tan pronto como el pensamiento sigue su curso hacia sí mismo, por lo que así como el terrón de azúcar disuelto en la taza de café no puede volver a su forma previa, las mutaciones de la consciencia son irreductibles a los momentos que ya han sido absorbidos en el tiempo actual que se despliega de manera precisa. Es inútil querer recuperar lo superado, porque tal superación no ocurre en el terreno de lo espacial sino en la fantasía del tiempo donde las estructuras se sumergen en nuevas complejidades y son abandonadas, a la vez que conservadas, para permanecer como recuerdos del propio fenómeno y su dinámica.

La física del siglo XX significó el rompimiento definitivo de la consciencia con la idea un tiempo circular y reversible, a partir de la teoría de la relatividad el universo pudo ser asumido como un sistema en expansión constante y bajo la reglas desconocidas de una transformación invariable de sus elementos. Para pensadores como Illya Prigogine, la irreversibilidad del tiempo es un factor determinante de la cosmología que explica, por lo tanto, que la entropía no es el destino definitivo del universo sino que, al contrario, es el factor precedente que supone el paso constante de una especie de no equilibrio hacia un equilibrio distinto. Las dimensiones presentes en el inicio de este tiempo ya no son accesibles porque están contenidas en las actuales. De cierta forma la ciencia cumple así el objetivo del cristianismo.

Sobra decir que dichas concepciones cosmológicas surgen como visiones desde un contexto sintáctico que ya ha roto con las ideas precedentes de las esferas celestiales y del eterno retorno y que ha sido capaz de colocarse ante sí mismo para poder observarse como formación, transformación y eterna recreación de sí. Por ello, se entiende que ciertas posturas nostálgicas, si bien loables, descansan en la imposibilidad de la lógica que se ha desplegado de forma impositiva, porque nadie ha elegido ese proceso, todo fenómeno es parte de su inalienable movimiento lógico.

Así, es que las posturas revivificadoras de los antiguos estadios de la consciencia están condenadas al fracaso, pues el hecho de querer volver a una comprensión mítica o religiosa del mundo requiere haberse emancipado de las mismas. Solo ante lo que ha sido dejado atrás por la consciencia puede el hombre imponer su voluntad y ser capaz de elegirlo, porque ello ya no es relevante para las estructuras noéticas que sostienen la realidad; e inclusive el concepto de realidad solo pudo emerger de la muerte de la union naturalis y de un mundo que estaba lleno de dioses.

Ya no podemos escuchar a los ríos, ni el lenguaje de las aves, ni saber las intenciones de la madre naturaleza, los dioses han dejado de ser los patronos de la consciencia e incluso el único dios hace mucho que dejo de hablar con el hombre categorial. Todo ello es ahora la voz de un mundo que se ha vuelto lenguaje, que se ha desgajado en signos y cuyos símbolos se han convertido en conceptos. Lo divino ha encontrado su hogar en eso que nos religa sin advertirlo: la tecnología, la polución, el internet, la I.A., el capitalismo, la bomba atómica y todo aquello a lo que le rendimos nuestra adoración. Eh ahí nuestra religión, la religio del espíritu de la época.

Por ello, el reencantamiento del mundo es imposible, sería necesario hacer retornar la flecha del tiempo del alma y ella ya no puede tolerar la dimensión pictórica de sí misma ni la experiencia religiosa pues ésta pertenece a una fase histórica que ha sido dejada atrás, e interiorizada, hace mucho tiempo. Así como el pensamiento mágico del niño, su egolatría, ha de ser abandonada por el adulto o caer presa de una neurosis, el Adam Kadmon ha dejado atrás sus lazos con el padre y la madre celestiales, para plantarse firmemente en el tiempo histórico que le toca vivir y ser digno de su herencia y de su condición, y permitirse, entonces, pensar lo pensado en él.

No obstante, el individuo no es igual a su categoría, y por lo tanto la creencia religiosa es lo más común y la búsqueda de satisfacciones emocionales enmarcan su presencia. Las personas van siempre por detrás del alma. No solo el creyente es presa del influjo regresivo, también el que busca un significado de la vida, el que encuentra mensajes en sus sueños, el que emprende el viaje hacia una consciencia cósmica, el que añora riquezas, lujos, imágenes, reconocimiento, etc., todo ello exige un sacrificio intelectual, no pensar sino solamente sentir, y es en esta posición donde no es posible estar a la altura del presente y el individuo es devorado por la enfermedad de nuestro tiempo. La regresión es el opio de los que han decidió ahogarse frente a la marea y llaman a esto salvación. El espíritu que se encoge de miedo ante el vacío.

Animus-Psychologie, Parte 1, La psicología y el Animus, el Animus y la psicología

Traducciones

La legitimidad de la animadversión

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 13 a 22, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Cuando hablo del animus, hablo desde una tradición determinada, la de la enseñanza de Jung. Ninguna otra escuela de psicología profunda o de psicología académica conoce el término animus. Y cuando planteo las cuestiones y los problemas relativos al animus, hablo desde esta tradición. Mis preguntas y reflexiones a este respecto no se producen en un espacio libre. Sin darnos cuenta, nuestro pensamiento se mueve siempre por caminos que él mismo no ha abierto. La tradición, ciertas convicciones básicas metódicas y de contenido derivadas de esta tradición, tal vez incluso algo así como una «concepción del hombre», siempre están ya implicadas, son coautoras silenciosas, por así decirlo, cuando me dirijo al tema del animus. Por eso es bueno ser consciente de ello específicamente. Cuanto más permanezca en la conciencia, más pronto será posible reflexionar sobre algo de las trayectorias por las que se ha movido el pensamiento sobre el animus, y entonces también avanzar en el tema del animus por su parte. Comienzo con algunas observaciones más bien externas sobre los sentimientos, los afectos, la atmósfera y las actitudes que se asocian al tema del animus, ya sea de forma subliminal o más explícita, o que ha traído consigo dentro de la tradición de la psicología analítica.

Lo primero que hay que observar es que el animus es el hijastro de la psicología de Jung. Jung descuidó bastante este tema. Es evidente que no le interesaba por sí mismo. Por supuesto, no descuidó abordarlo y tratarlo -si así fuera, no tendríamos en absoluto el término animus-, pero uno tiene la impresión de que lo hizo más por obligación que por otra cosa: cuando, por ejemplo, en un escrito sobre las relaciones entre el yo y el inconsciente, hablaba de la importancia del anima para el hombre, inevitablemente había que decir algo sobre la mujer y su animus. El ánima recibió una simpatía completamente diferente por parte de Jung. En lo que dice sobre ella, se percibe que tiene vida propia, que también procede de la experiencia personal de Jung, pero sobre todo que el interés de Jung por el tema del ánima y el mundo anímico, los mitos y los símbolos, fluye con toda naturalidad. Los pasajes sobre el animus son más secos y escasos. Parecen más un apéndice a las explicaciones sobre el ánima que un tratado sobre un tema de igual peso y valor.

Incluso desde las plumas de los alumnos de Jung, no se ha aportado mucho sobre el animus más allá de lo poco que dijo el propio Jung. El ensayo de Emma Jung es interesante por sí mismo, y Esther Harding y otros de los primeros estudiantes de Jung también proporcionan resúmenes sólidos, así como algunas adiciones individuales a la fenomenología del animus. Pero, en general, lo que se ha dicho se mantiene totalmente en la línea establecida por Jung. En lo que autores posteriores tenían que decir sobre el animus, el cuadro dibujado por C.G. Jung, Emma Jung, Esther Harding y otros fue en su mayor parte sólo repetido y quizás también algo difundido, revestido de diferentes palabras. Todavía no se ha presentado una monografía exhaustiva sobre el animus, como la que James Hillman ha proporcionado sobre el ánima1. No obstante, en sus escritos hay algunos indicios decisivos para la psicología del ánimus, a saber, cuando examina críticamente la correlación del ánima con el hombre y del ánimus con la mujer (es decir, la naturaleza de sexo opuesto de los dos arquetipos), cuando toca el tema de la sicigia y también se ocupa de la demarcación de las palabras ánimus y ánima, que son idénticas en cuanto a su raíz pero fundamentalmente diferenciadas en su significado psicológico, y, por ejemplo, muestra la conexión entre el ánimus y «el ego».

La crítica a la distribución del ánima y el ánimus entre los sexos, que Hillman había presentado y justificado por primera vez en el marco de una valoración diferenciada del problema general, fue retomada después sobre todo por autoras feministas, con lo que el concepto de ánimus de Jung fue discutido de forma bastante controvertida. Muchas feministas llegaron incluso a rechazar completamente el concepto, negaron la existencia de algo parecido al animus y condenaron la teoría por provenir de un típico prejuicio masculino. Este cuestionamiento del género opuesto de anima y animus y la negación de la validez del concepto de animus en general son las verdaderas innovaciones con respecto a la teoría convencional del animus, probablemente las únicas.

En este punto, la cuestión del sexo opuesto no debería preocuparnos todavía. No quiero entrar aquí en una discusión sobre el contenido del concepto de animus. Por el momento, sólo me ocupo de destacar algunos rasgos formales y afectivos de la teoría del animus, de su posición y estatus en el conjunto de la psicología junguiana y de la cuestión de su base (fundamento) teórica y fenomenológica.

La primera característica llamativa de la teoría del animus fue el escaso interés que suscitó. La segunda es su connotación negativa. El animus, a pesar de todas las afirmaciones posteriores en sentido contrario, tiene mala reputación. La experiencia básica que dio lugar al concepto de animus es el animus negativo. Es la experiencia de la mujer «obsesionada por el animus», es decir, la mujer que tiene opiniones rígidas y dogmáticas que no han «crecido en su propio estiércol», sino que han sido adoptadas «ciegamente» por alguna autoridad, por el padre, por los maestros, por grandes y admiradas mentes adoptadas “ciegamente”, pero sólo como principios muertos, no a la par con la espiritualidad viva que se ha desarrollado en esas personas y a través de la cual únicamente reciben su justificación. En la psicología personal del hombre, el ánima también se hace sentir de forma negativa al principio, a través del capricho. Sin embargo, predomina la valoración positiva del ánima. Aunque se acentúe la peligrosidad del ánima, esto no puede afectar significativamente a la valoración benévola de ella y a la fascinación por ella. Por supuesto, también debe existir un animus positivo. Cuando el ánimus inicialmente negativo se diferencia y desarrolla, cuando el complejo que «poseía» la conciencia de la mujer se ha convertido en una función psíquica a través de la integración en la conciencia, entonces se supone que surge de él una verdadera espiritualidad, pneuma, sentido. Pero uno tiene la impresión de que esto sigue siendo más bien un rumor o una promesa cuyo cumplimiento aún no se ha vislumbrado del todo y, desde luego, no se ha demostrado (documentado) de forma creíble.

Todo arquetipo tiene, como suele decirse, un «lado» positivo y otro negativo. Puede tener un efecto saludable y otro desfavorable. En el caso del animus, sin embargo, el predicado «negativo» parece indicar no tanto uno de los dos estados básicos en los que puede aparecer el animus como que ilumina su reputación general. Por mucho que se sepa teóricamente que también existe un «animus positivo», la palabra animus, pronunciada sola, se asocia involuntaria y tácitamente a la idea del «animus negativo». Para exagerar, es casi como si la formulación «animus negativo» fuera un pleonasmo, un «cuervo negro».

Además de la negligencia y de la valoración negativa del concepto de animus, una tercera característica es la forma mecánica de pensar con la que se opone el animus al ánima. Con cierta automaticidad, al parecer, el animus se deriva del ánima únicamente a través de su inversión en lo contrario. «Puesto que el ánima es un arquetipo que surge en el hombre, cabe suponer que debe haber un equivalente en la mujer, pues así como el hombre es compensado por lo femenino, la mujer es compensada por lo masculino «2. Puesto que el ánima = Eros, el animus = logos. La imagen anímica en el hombre debe (¡!) corresponder a una imagen anímica invertida en la mujer. Del mismo modo que biológicamente el pene y la vagina son contrapartes distribuidas exclusivamente al hombre y a la mujer, así también el ánima y el animus parecen estar distribuidos complementariamente a los sexos. En cierto sentido, sólo hay que cambiar el signo del ánima para hacer de ella un animus. Sólo tiene su esencia a través del contraste con su contraparte, como lugar en un sistema dado. Evidentemente, no se trata de una realidad independiente que se encontraría y sólo tendría que experimentarse gradualmente por sí misma en su totalidad, sino que es más bien como si pudiera deducirse del ánima, ya que, como en el caso del hombre esférico platónico, un todo dado en la idea parece haber sido dividido en sus mitades opuestas y distribuido entre los hombres y las mujeres.

En cuarto lugar, se nota que el ánimus no sólo es tratado más bien de forma negligente como tema de la psicología, sino también que la propia psicología junguiana no está particularmente inspirada y guiada por el ánimus en su estilo de proceder, en lo que subraya y en sus pensamientos. El animus sigue siendo parte integrante de la enseñanza, se localiza en los pacientes y debe ser tratado allí, en ellos, diferenciado y llevado a la conciencia por ellos, mientras que la psicología no asume el desarrollo de su «propio» animus en sus propias acciones y comportamiento. La cuestión es si está en mejores manos en las gmujeres de lo que estaría en la propia psicología, y si las mujeres pueden lograr en absoluto «desarrollar» el animus si la psicología, en cuyo marco se supone que tiene lugar el desarrollo, no ha realizado ella misma esta tarea y sigue rechazándola.

Y rechaza esta tarea. El animus, por mucho que podamos decir antes de entrar en la investigación propiamente dicha, tiene algo que ver con el logos, es decir, con la lógica y el pensamiento. La psicología junguiana, sin embargo, lo tiene difícil. Cultiva sobre todo la imaginación (además del sentimiento). Se ocupa de imágenes, mitos y cuentos de hadas, fantasías, en definitiva, de lo imaginario. Las imágenes tienen significado para ella, pero el significado no debe pensarse, adquirirse de un modo estrictamente pensante que no rehúya el trabajo conceptual disciplinado, sino que debe «mirarse» en las propias imágenes y «experimentarse» o «vivenciarse» mirándolas, y en parte debe «realizarse prácticamente» en la vida real. Pensar en psicología es impopular, incluso está mal visto. El pensamiento es condenado como «meramente teórico», como puramente «intelectual». No es de extrañar que el animus, por su parte, salga tan mal parado en psicología. Porque, entre otras cosas, también nos exigiría el trabajo extenuante y renunciatorio de pensar. Pero, ¿quién quiere asumir este trabajo? Es mucho más agradable mirar imágenes (simplemente mirarlas y experimentarlas con sentimiento), desarrollar ideas y, en la teoría psicológica, recorrer ideas y sentimientos sin tener que entrar nunca en el proceso de pensar. A menudo, incluso la actividad de desarrollar ideas y tener ideas y justificar ideas a través de otras ideas se considera pensamiento. Pero si el concepto de pensar en psicología ya es confuso, ¿cómo puede apreciarse adecuadamente el animus, como figura arquetípica a cuya competencia pertenece el pensar?

Si el animus es tan controvertido que su existencia puede ser negada rotundamente, aunque sólo sea por algunas feministas radicales, por no mencionar el hecho de que ninguna otra escuela de psicología ha tomado nota o incluso adoptado el concepto de animus, la cuestión de la legitimidad del concepto de animus se hace urgente. No tiene sentido querer investigar algo si tal vez sólo sea un fantasma, un producto de la imaginación junguiana, al que nada corresponde en la realidad. Antes de abordar seriamente la cuestión del animus, debemos tener en cuenta el hecho de que la palabra animus se refiere a algo y no a nada. De lo contrario, toda la empresa podría ser un juego autocomplaciente y encerrado en sí mismo, sin ninguna referencia a la realidad. Lo primero que tenemos que hacer es proporcionar una especie de prueba del animus, una prueba de la existencia del animus.

Esto nos plantea las siguientes preguntas. ¿De dónde sacamos el término animus? ¿En qué se basa? ¿De dónde sacó Jung su concepto del animus? ¿O basta con remitirse simplemente a Jung como autoridad e, independientemente de lo que le haya podido dar derecho a hablar del animus, partir sin más de la doctrina existente sobre el animus? ¿Cuál es el criterio para abordar ciertas experiencias e imágenes en el sueño y el mito como manifestaciones del animus?

En la teoría de la enfermedad se ha planteado la cuestión de la realidad de la enfermedad, la cuestión de la «unidad nosológica». ¿Es el animus en este sentido una «unidad psicológica», una entidad existente real, un complejo o una función? Esa sería la variante realista desde el punto de vista de la disputa universal medieval. ¿O es «animus» sólo nominalmente una designación como moneda de uso corriente para aspectos meramente recortados de la multiplicidad de la realidad según los puntos de vista pragmáticos humanos, es decir, más o menos arbitrariamente, un medio práctico de comprensión (una etiqueta), sin poseer una realidad propia, del mismo modo que el dinero es un medio práctico con el que es mucho más fácil pagar que con huevos, pollos, cerdos, vacas o sacos de maíz, del mismo modo que el dinero, al menos el papel moneda y el dinero de plástico, ya no posee un valor sustancial propio. En otras palabras, ¿tiene el animus un «esse in re» o sólo un «esse in intellectu»? ¿Existe el animus en la psique del mismo modo que el corazón, los pulmones o el estómago en el organismo? ¿De dónde sacamos el derecho de escoger algunos de los fenómenos y decir: eso es animus, y de dónde sacamos el derecho de hablar de «el» animus en absoluto?

Está claro que apelar a la autoridad de Jung no puede bastarnos. Entonces seguiríamos en la Edad Media. Debe sernos comprensible cuál es la base del animus en la realidad. Es habitual apelar a la experiencia empírica o fenomenológica. Esta experiencia, a su vez, puede basarse en dos cosas: el comportamiento del organismo o personalidad, o los productos pictóricos elaborados por la psique. De ambos ámbitos, que no se tratan aquí por separado, se desprenden algunos fenómenos que se asignan al animus. 1. En el comportamiento de los seres humanos, se encuentra la obstinación en sostener y representar opiniones, que suele considerarse la primera manifestación (negativa) del animus. 2. En los sueños, en la mitología, en las leyendas, etc., existen figuras típicas que se supone que tienen carácter de animus, como la figura del «amante en la sombra». 3. También en la mitología y en la filosofía natural metafísica hay parejas, una de las cuales, la masculina, se supone que representa el animus, la femenina el anima (parejas de dioses, conceptos como netkos y philia en Empédocles, yin y yang en la filosofía china). Pero la apelación a la fenomenología no nos ayuda realmente. Parece dar al concepto de animus una base real, pero no más que una base. Porque estas imágenes y figuras, así como el comportamiento anímico, no aparecen con un cartel en el cuello que diga: soy un fenómeno anímico. Al contrario, seguimos siendo nosotros los que elegimos estos fenómenos particulares de entre toda la plétora de fenómenos y les atribuimos que pertenecen al animus. La cuestión de qué derecho tenemos a hacer esto sigue abierta.

Es cuestionable partir directamente de la «experiencia empírica» y tomarla como base. El gran problema del empirismo es que entonces uno tiene sus presuposiciones detrás. La implicación de la propia psique en ver lo que luego se encuentra fuera permanece oculta. Aunque Jung se presentaba repetidamente como empirista, no era tan ingenuo como para no ver estos problemas. Comprendió «… que las ciencias naturales en particular se esfuerzan por presentar los resultados de sus investigaciones como si hubieran surgido sin la intervención humana, es decir, la indispensable participación de la psique permanece invisible.» 3 Jung también fue capaz de aplicar esta perspicacia a sus propias hipótesis, que consideraba demostradas empíricamente, y así hablar de una hipótesis, por ejemplo, «que ciertamente procede de mí mismo -aunque imagine que la he encontrado a partir de la experiencia «4. El concepto de animus no procede de la experiencia. Si el animus se encuentra fuera, en el material empírico, procede ya del ver que lo encuentra. Así que nada está «probado» en absoluto. La apelación al empirismo es circular, una petitio principii. Siempre es necesario un concepto preliminar del animus para identificar determinadas imágenes y modos de comportamiento como manifestaciones del animus.

Existe una segunda vía para legitimar las herramientas psicológicas que utilizamos. Esta vía, por lo que veo, sólo ha sido tomada por Jung y es una vía verdaderamente psicológica. El hecho de que Jung reconociera y siguiera este camino le distingue como psicólogo. La idea básica aquí es que en la teoría psicológica sólo se pueden utilizar términos que procedan de lo que Jung llamó el «consensus omnium» o «consen sus gentium». Los términos deben ser validados por la tradición. Así, Jung fundamentó el concepto de libido en las nociones arcaicas de «energía» que se dan «por doquier» en el mundo (mana, wakanda, churin- ga, manitu, etc.), el concepto de «arquetipo» a partir del uso de este término en la filosofía antigua (Academia platónica, Agustín, etc.), y para sus conceptos tipológicos de extraversión e introversión, pensamiento y sentimiento, se inspiró en una tradición ampliamente expuesta en su libro sobre los tipos, desde los Padres de la Iglesia, pasando por la Escolástica y la polémica de la Última Cena de Lutero y Zwinglio, hasta Schiller, Nietzsche e incluso autores más modernos.

Es importante darse cuenta de que Jung no hizo esto sólo ni principalmente con intenciones históricas. Más bien, estas explicaciones históricas tienen un sentido sistemático: sirven para fundamentar (legitimar) sus conceptos. Esto resulta ciertamente desconcertante para quienes se orientan hacia la ciencia moderna. ¿Qué información sobre la legitimidad de los términos que se van a utilizar en una ciencia puede obtenerse del hecho de que términos análogos ya hayan sido utilizados por otros y en otros lugares? En el pasado se utilizaron todo tipo de términos abstractos que nuestra ciencia ya no puede utilizar porque acaba de refutar su legitimidad (por ejemplo, éter, música de las esferas). Y, sin embargo, Jung ha dado al menos en la diana con este intento de justificación. Sólo hay que recordar que se trata de conceptos psicológicos. La justificación de los conceptos psicológicos sólo puede tener lugar con referencia a la fenomenología del alma misma. Esta es precisamente la base del intento junguiano de fundamentar los conceptos en una tradición. El alma misma siempre se ha articulado en la tradición. Si los conceptos de la psicología se obtienen de las automanifestaciones del alma, es evidente que no se le aportan desde fuera y desde una posición arbitraria. La psicología se atiene a lo último. Refleja su objeto de forma inmanente. Se deja dar sus categorías, con las que quiere observar la vida del alma, a partir de la vida ya visible y comprobada del alma misma. Sin embargo, dado que todos los conceptos proceden de la psique, sigue siendo importante ver si los conceptos tienen una cierta universalidad según la edad y la distribución mundial, porque de lo contrario alguna manifestación extravagante e inusual del alma podría elevarse a categoría para la vida del alma en general. De ahí el criterio del «consensus gentium».

Ahora, por supuesto, el «animus» no está probado por la tradición. «El» animus no existe. Se trata de una creación junguiana con hábil recurso a las palabras latinas anima y animus, palabras latinas de la lengua normal, ojo, y por lo general en absoluto términos de significación terminológica, como es el caso de Jung. El hecho afortunado de que en latín la palabra alma se presente en dos formas fonética y gramaticalmente sólo ligeramente diferenciadas, a saber, una masculina y otra femenina, obviamente le vino a Jung perfectamente para poder expresar su teoría de un ánima del hombre y un ánimus de la mujer con sus opuestos complementarios. Pero esta teoría no está amparada por la tradición y el consensus gentium. Hace unos años, Thomas Moore presentó un estudio detallado de la palabra animus en latín.5 Aparentemente creía que del uso lingüístico de la palabra animus en latín podía derivar el concepto de animus tal y como se denomina en la psicología junguiana. Incluso dio con un «animus mundi», que era la contrapartida del «anima mundi» que se conocía desde hacía tiempo, sobre todo por los estudios alquímicos de Jung, y que indicaba que el animus tenía una dimensión cosmológica más allá de su papel en la psique personal.

Pero esta investigación no es convincente. Sigue sin resolverse el gran problema de hasta qué punto el uso de la palabra animus en la lengua latina corriente puede utilizarse para «el» animus en sentido terminológico. Cuando el psicólogo habla de anima y animus, ¿existe una identidad real o al menos una continuidad con los términos latinos que iría esencialmente más allá de la equivalencia de palabras? Del mismo modo, queda sin responder la pregunta de hasta qué punto la elección de la palabra animus en lugar de anima en ciertas frases latinas podría ser accidental (quizás anima podría haber estado ahí perfectamente) y hasta qué punto es significativa. En alemán, uno puede reflexionar sobre algo en su «corazón», en su «mente», en su «pecho», en su «seno», en su «sentido», en su «espíritu» o en su «conciencia». Ciertamente, cada una de estas palabras tiene asociaciones diferentes y se asocia a distintos tonos de sentimiento. Pero en determinadas frases podría utilizarse una u otra palabra con más o menos igual justificación y significado. Sobre todo, no tendría que referirse necesariamente a una cosa distinta en cada caso, a un órgano diferente del alma, por así decirlo. Sospecho que del mismo modo el latín anima y animus podrían utilizarse indistintamente en muchas frases sin demasiada pérdida de sentido, a pesar de todos los matices de significado, y sobre todo de que no siempre se trata de dos «órganos» o «funciones» psicológicas diferentes. Esto me parece muy claro en el caso del animus mundi tomado de Ficino, que evidentemente no se refiere a un segundo factor del mundo paralelo al anima mundi, como supone Moore, sino que es sólo otro nombre intercambiable de anima mundi. Pues Ficino utiliza a menudo ambas formas lingüísticas en un mismo párrafo para una misma circunstancia sin ninguna diferenciación aparente de significado, al igual que, por cierto, las formas simples anima y animus. Anima y animus pueden ser, pues, sinónimos en sentido estricto, sólo que con una pequeña diferencia formal, del mismo modo que en el siglo XVIII todavía era posible decir «el conocimiento» y «la cognición» en el mismo sentido.

No parece haber ninguna justificación externa (filológica, biológica, empírica) para el término animus. En realidad, no podemos vincularlo a nada y liberarnos así de nuestra propia responsabilidad por este término. El concepto no puede estar asegurado por ninguna justificación extrapsicológica (autoridades, empirismo, fenomenología, tradición). Tampoco nos es posible referirnos a la oposición de género y a los genes, ni mucho menos a ningún tipo de inspiración o iluminación. Más bien, nos vemos abocados a nosotros mismos, a nuestro propio pensamiento. Tenemos que mostrar nuestros colores nosotros mismos, mantener la cabeza en alto, por así decirlo. El animus de Jung es una intuición, una visión, un pensamiento. Su justificación depende de nuestra capacidad para pensar el animus. La pregunta debe ser: ¿se puede desarrollar un concepto a partir de lo que había en la intuición de Jung, a partir del cual se pueda desarrollar lo que debe pertenecer a la fenomenología y al carácter del animus como internamente coherente y con el que al mismo tiempo también se comprenda algo, algo de la vida del alma?

Tenemos que asumir la idea junguiana del animus, tal como se presenta inmediatamente, en su incertidumbre y falta de fundamento, y desplegar coherentemente (rigurosamente) lo así asumido. Debemos soportar ya la falta de prueba empírica, la falta de toda justificación externa. Precisamente en esta incertidumbre acerca de la justificación del concepto de animus debemos perseverar, detenernos en su falta de fundamento, en lugar de ponernos en marcha debido a la incomodidad causada por tal incertidumbre y terminar abruptamente, por ejemplo, decidiendo en contra de todo el concepto. No nos ayuda preguntarnos: ¿existe el animus, es correcto o incorrecto lo que Jung enseñó? No podemos obtener ninguna ayuda del exterior. Tampoco podemos refugiarnos en ningún argumento traído de fuera, ni a favor ni en contra. El animus no nos lo pone tan fácil. Más bien, tenemos que seguir el pensamiento de Jung en nuestro propio pensamiento, ampliarlo, profundizarlo, radicalizarlo, porque sólo en nuestra culminación del pensamiento puede quedar claro si la «verdad» y la «autoridad» son inherentes a él o no, y si nuestro pensamiento tiene poder o no. Necesitamos el valor de utilizar conceptos, de pensar por nosotros mismos. ¿De qué otra forma se supone que el Animus, que se supone que es el Logos, va a demostrar su existencia si no es mediante el pleno esfuerzo del concepto por nosotros mismos? Sólo lo semejante puede reconocer lo semejante.

El animus sólo puede justificarse como experiencia propia de sentido. Yo mismo debo haber captado el significado de «animus» y el significado o coherencia de la diferencia entre anima y animus y desde el centro de este concepto desarrollar o juzgar todo lo demás – y luego defenderlo. El animus es sólo una aproximación (mental) (que proviene de «setting»). No se me permite evitar las imágenes desde el principio. Pues el espíritu nunca es algo parecido a una cosa existente y visible. No es un fenómeno del fin del ser. Los fenómenos e imágenes existentes sólo pueden ser siempre una base para enunciar el animus, nada más. Y sólo a partir del significado ya experimentado y comprendido de «animus» pueden seleccionarse las imágenes mitológicas que son realmente relevantes para él y éstas pueden convertirse en la base para la discusión del animus.

Por lo tanto, el recurso de Jung a la solución de Abälard del problema de los universales a través de la idea de esse in anima6 también me parece problemático. Depende mucho de cómo se entienda. Si uno toma como base la comprensión obvia de esta fórmula, que los universales tienen un ser en el alma en el mismo sentido de ser que está presente en «esse in intellectu» o «esse in re», entonces uno podría y tendría que persistir en la búsqueda, uno podría, por así decirlo, esperar tranquilamente a ver si y cómo el animus «se muestra a sí mismo», por ejemplo, como una imagen en un sueño. Sería un objeto (imaginal), exterior, frente a nosotros. Con el anima esto puede ser apropiado: anima habet «esse» in anima, el alma tiene un ser en sí misma, en el alma, y siempre es también el arquetipo de la ontologización. ¿Pero el espíritu? ¿»Es»?


1. James Hillman, Anima. An Anatomy ofa Personified Notion, Dallas (Spring Publications) 1985.

2. C.G.  Jung, GW 9/II § 27. Jung, por supuesto, agrega: “Con esta consideración, sin embargo, no quiero dar la impresión de que estas relaciones de compensación fueron deducidas”.

3 C.G. Jung, GW 10 § 498.

4 C.G. Jung, GW 4 § 778.

5. Thomas Moore, »Animus mundi: or the Bull at the Center of the World«, Spring 1987, S. 116- 131.

6. Anima aquí = alma en sentido general, no específicamente: el ánima.

La banalidad de los muchos acontecimientos

Logos del alma

James Hillman distinguía entre la ocurrencia de los acontecimientos y el acto profundo de psicologizar o transparentar. En la obra de este autor transparentar significa permitir que el carácter único de las imágenes de la psique se exprese de forma abierta al interiorizar a través de la reflexión a la imagen en su propia naturaleza arquetipal.

A diferencia de otros junguianos, para Hillman el arquetipo no existe como un deux ex machina fuera del fenómeno, que funciona como un subterfugio para evadir su naturaleza ontológica. En cambio, el arquetipo no es un sujeto adyacente a la psique sino una propiedad de la imagen, la metáfora raíz hacia donde se dirige por medio de la epistrophe.

Por la razón esbozada, el destino de la imagen es profundizar dentro de sí misma con el único propósito de seguir haciendo alma, porque la psique es el camino que se construye en la poiésis de la imagen, en su continua destrucción y transformación sobre la base de su representación empírica.

La labor psicológica no trata, por consiguiente, de escapar de la lógica del fenómeno que acaece, sino en quedarse en su presencia y permitir que ésta haga su obra en el corazón de sí misma. Por eso, el psicólogo no puede darse el lujo de querer mejorar o curar al síntoma pues comprende que éste tiene todo lo que necesita en sí mismo y es ya su propio destino. El trabajo psicológico, así entendido, consiste en atender al dios que se presenta y brindarle la hospitalidad requerida.

Por ello, es la hospitalidad del hombre un elemento crucial para poder convertir el acontecimiento en una experiencia del alma. Está no pide vivir emociones de manera estridente o continua, ni recrearse en la sentimentalidad de los momentos, en contraste necesita permanecer en un único acontecimiento y guardarlo dentro de sí para elaborarse a sí misma través de su contingencia.

De esta forma, no es importante el numero de vivencias que se tengan, ni la cantidad de acontecimientos a los que se asistan, pues lo que el alma requiere es la transmutación de éstos en experiencias profundas, esto es, la interiorización de fenómeno en su naturaleza arquetipal como idea.

Borges solía recomendar leer pocos libros y sobre todo acudir a los autores originales, quizás no se les entendería en un inicio pero se escucharía la voz genuina del texto. Por supuesto, Borges era un gran lector por su amplio bagaje cultural, pero sobre todo porque era capaz de sumergirse en la idea presente y desentrañar su envoltura para desplegarla de forma erudita, donde esta erudición correspondía, más que al autor, a la propia idea revelada.

Así como en Borges es la idea la que se expone, también el psicoterapeuta tiene el compromiso hacia el texto sintomático de permitir que éste sea quien se construya a sí mismo en el diálogo con el paciente. Es entonces que la narración de hechos en el consultorio se convierte, si es el alma quien guía el trabajo, en un camino alquímico que transmuta en experiencias a los acontecimientos.

En cuanto a la formación del psicólogo, es importante que sea variada y profunda, y que él mismo haya experimentado la vía del hacer alma, pero en esa senda es debido tener cuidado con los muchos acontecimientos, porque si el psicólogo acumula sucesos como sucedáneos del verdadero opus anímico creerá, en consecuencia, que la plétora de horas de práctica terapéutica o las innumerables formaciones a las que ha asistido justifican su labor.

Pero como Hillman afirma, ni la intensidad de un suceso ni su variedad, tienen que ver con el acto de la reflexión psicológica, al contrario estos elementos a menudo apuntan a la evasión ante la presencia del dios vivo en el fenómeno y una larga práctica configurada como una huida ante la ocurrencia del alma, estará, seguramente, cargada de casos “exitosos”, pero nunca habrá formado experiencias anímicas de ellos, porque será el individuo (paciente o terapeuta) quien viva esos acontecimientos, cuando la premisa de una psicología con alma es que las experiencias solo pertenecen al verdadero sujeto psicológico.

No es significativo asistir a muchos acontecimientos, ni viajar a muchos lugares, ni leer muchos libros, ni hacer mucha terapia, ni estar en muchas formaciones, ni conocer a muchas personas. Lo demasiado oculta que el verdadero deseo del alma es hacerse a sí misma, en un solo fenómeno, en un solo libro, en una sola sesión, siempre un paso a la vez, en una senda que no va hacia ningun lado, pero donde en todo momento ya se ha llegado a la meta.

Acontecimientos y experiencias

Logos del alma

Es una característica de nuestra época la creencia de que el sujeto debe sumergirse en una gran variedad de acontecimientos para nutrir su identidad. Se ha vuelto común desear presumir la plétora de vivencias que nos acontecen día con día y terminar agotando la experiencia en la manía delirante por dar testimonio de lo que se ha vivido, olvidando con ello el acto mismo de vivir, que en principio es misterioso e irrepresentable.

El impulso por exhibir aquello que ha acontecido resulta en la exhibición de la propia vivencia, en su transformación en una imagen inerte sobrecargada de sentido, donde su dinámica se ha consumido en la consecución del objetivo técnico de despojar a la realidad de su naturaleza negativa y sustituirla por una forma positivizada, por ejemplo la de la imagen digital. Así, es de lo más normal el acto de grabar con la cámara del teléfono móvil cualquier acontecimiento advertido para poder darle el estatus de algo realmente ocurrido, pareciera que la realidad tuviera que pasar por el filtro de la pantalla para ser real.

Si un individuo de otra época observara el ritual cotidiano de fotografiar al mundo, quizás pensaría que las personas esgrimen la pantalla como una defensa contra el objeto que temen, que no se atreven a mirarlo de manera directa. Las culturas ritualistas sobrevivientes sospechaban de la fotografía porque pensaban que en ella su alma sería aprisionada, y si se entiende al alma no como una sustancia metafísica sino como un modo de ver y como el acto de construir imágenes en constante movimiento dialéctico, entonces una imagen fija es lo prolongación perversa de un instante al que se le ha despojado de su carácter contradictorio. El anima móvil ha sido abstraída y congelada en el instante efímero.

Pero el mundo nunca ha sido verdaderamente visto de manera directa, la mirada no es un canal de reproducción fiel de lo que se observa, al contrario el ojo imagina lo que ve, porque en sí mismo el acto de ver es un proceso productivo del alma como vida lógica, ella crea la realidad que también es. El mundo no existió hasta que pudo ser visto, antes de ello, contenido en sí mismo, no era operativa la distinción entre lo cerrado y lo abierto. Una vez que la consciencia se observa a sí misma, puede entonces existir la noción de contención, al mismo tiempo que emerge el concepto de apertura.

En este periplo es el objetum, aquello que es arrojado enfrente, de quien, en el mismo acto de proyectar, el sujeto obtiene su identidad, por lo que se puede comprender que tanto el sujeto como el objeto se realizan a la vez. No es que exista un sujeto que observa un objeto, más bien, ambos ocurren a la par y el mismo hecho de lanzar adelante al otro crea el espacio negativo de relación, un claro de significado que permite la reflexión en lo semejante y, en consecuencia, la experiencia de la mismidad. El individuo solo puede serlo porque sabe que hay un mundo que se le contrapone y que le niega.

Por ende, el acto de abstraer la realidad en una imagen técnica y condenarla a la positividad implica realmente la desrealización de la realidad, al sustraer de ella el matiz negativo de su presencia ontológica se le convierte en algo solamente evidente, sin un secreto que lo contenga, fijo en su transparencia y servil a un objetivo puramente tecnológico. Los antiguos mitos temían el retorno del caos, es decir, de la indiferenciación de lo creado, de la degradación del cosmos y del regreso de lo titánico. Parece ser que la imagen técnica representa la sumersión en el pléroma de una dimensión particular de la consciencia con un propósito que solo será claro en su devenir, pero que por el momento amenaza la lógica de un estadio del alma que posiblemente ya ha sido irrelevantificado.

Por supuesto que la invención de la fotografía no es actual, pero nunca como hoy, hubo un fervor tan manifiesto por transmutar las imágenes acaecidas en objetos positivos de forma masiva. Incluso las fotografías físicas se han mudado de modo inevitable a un cuerpo digital, han mutado en pura información. En esa transformación de lo real en datos se asiste a un proceso que comenzó hace milenios en el corazón de la consciencia y de la cual inadvertidamente se participa por medio del continuo error de tomar los acontecimientos por experiencias.

La confusión entre acontecimientos y experiencias ha contribuido a este proceso cada vez mas urgente de sustitución del mapa por el territorio. James Hillman advierte que lo que acontece es algo vacío, inservible para el hacer alma si esto no pasa por el filtro de la psicologización de la vivencia, es decir si el alma no guarda dentro de sí misma la verdad realmente vivida y permite que ésta se realice en la reflexión sobre el mundo, entonces lo acontecido permanece como un elemento externo a la experiencia. En cambio, la experiencia requiere de la interiorización del acontecimiento dentro de sí mismo, su enfrentamiento reflexivo con el espíritu de la contradicción también llamado: «la sombra».

Esa es la razón por la que vivir demasiadas experiencias no determina la calidad anímica de las mismas, pues no se trata de la cantidad de acontecimientos a los que se acudan sino cuánto de ello ha sido reflejado en sí mismo para permitir que el acto meditativo de la propia alma suceda y que el pensamiento pensado en el fenómeno se exprese de manera autentica. Pero las personas tienen la ilusión infantil de que experimentar algo es igual a sentirlo, y se buscan entonces las emociones profundas y estridentes para que sean testimonio de que algo ha sucedido.

Las adicciones, por ejemplo, tienen en su núcleo el deseo contemporáneo de sentir más, de aturdirse con las sustancias psicoactivas que posibilitan al ego moderno el deshacerse de las amarras que lo constriñen a la angustiante realidad que le configura como liberado de su ancla metafísica. El adicto utiliza herramientas rituales y mistéricas, que en otros tiempos permitían el sostenimiento del cosmos, para abstraerse de su propia existencia moderna y morar así en la idealidad del pléroma. Pero el sentir es un placer que requiere de dosis cada vez más pronunciadas y esta ansía interminable se estructura como el esquema adictivo del hombre en busca del sentido.

No obstante, la necesidad de abstracción del contexto anímico no es particular de las adicciones, ocurre en toda acción que se alimente de la repetición de estímulos placenteros que tengan la función de liberar momentáneamente al individúo de la ansiedad. Por lo tanto, la lógica de la adicción coincide con el proceso de desrealización del mundo por medio de la proliferación de los acontecimientos en demérito de la profundización de las experiencias.

Por todo ello, es usual que las personas hablen constantemente de sus muchas vivencias, que muestren los cientos de lugares que han visitado, lo miles de libros que han leído, la variedad de musica que han escuchado, los muchos rituales a los que han acudido, los cursos y posgrados que los respaldan y las horas de terapia que han llevado a cabo. Son como el rico que no pasará por el ojo de la aguja pues están demasiado cargados de acontecimientos, de emociones que no han sido interiorizadas para abrirse a sus conceptos. Han escapado de la experiencia por medio de la repetición inocua de lo emocionante.

La actividad ingente se evidencia como una estrategia más de la neurosis de los tiempos presentes que sirve para evitar el proceso de psicologización de los acontecimientos. Jung decía sobre la religión institucional que ésta es muchas veces un lugar para poder escapar del dios vivo, así la preocupación desmedida por la actividad psicoedificante, que colecciona procesos terapéuticos, horas de clase o sesiones de rituales místicos, sirve para poder huir cada vez mejor de la realidad del alma, cuyo hacerse a sí misma no ocurre en la opulencia emotiva sino en aquellos corazones que libres de la inflación psíquica están dispuestos a despojarse de toda carga y a desvanecerse en la presencia del otro que también son.

No hay mucha diferencia entre el impulso adictivo por fotografiar lo que se come o a donde se viaja, el deseo de dosis más intensas de diversas drogas y la compulsión por sustituir la vida con actividades egoedificantes de crecimiento personal, la noción que se despliega en esas labores es el esfuerzo de hacer permanecer los acontecimientos como solo acontecimientos, despojándolos de su matiz dialéctico y sustituyendo así el proceso generador de experiencias. La visión del sujeto permanece únicamente como anima sin permitirse ser penetrada por la lógica de su animus, no se consiente la conuntio del fenómeno.

En estas diversas maneras se intenta evadir la poiésis de la existencia, la cual nunca es complaciente con sus sujetos y se manifiesta de forma regular como dolor, angustia y desesperanza, pues el hombre es solo un puente y el alma quema los caminos que ya ha recorrido para poder conservarlos como sus recuerdos, es la labor humana permanecer en el ardor de esa experiencia.

Animus-Psychologie, Introducción

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 7 a 12, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El título Psicología del Animus es ambiguo. Puede entenderse en el sentido de genitivus objectivus (enseñanza psicológica sobre el objeto especial «animus»), pero igualmente en el sentido de genitivus subjectivus (psicología inspirada por el «animus», psicología en el espíritu del «animus» o también: psicología que no sólo considera el «animus» como uno de sus objetos -a observar en las personas o en los productos del alma como los sueños-, sino que también lo deja entrar en su propia conciencia, es decir, en la concepción de sí misma o en su planteamiento, es decir, en la concepción de sí mismo o de su enfoque). La ambigüedad es intencionada. La alternativa de la investigación empírica sobre los objetos y la filosofía de la ciencia ascendente o descendente que se aplica a las ciencias pierde la esencia de la psicología. Si afirmo esto, entonces también significa que no puedo considerar que gran parte de lo que se ha producido hasta ahora bajo el título de psicología sea psicología real. La psicología aún no ha demostrado su existencia. Y proporcionarla es una de sus principales tareas.

Lo habitual es que los psicólogos recurran a sus temas. Se llevan a cabo investigaciones empíricas, se observan bebés, se realizan experimentos con sujetos de prueba o se describen e interpretan experiencias adquiridas en psicoterapia. Incluso cuando los analistas investigan psicológicamente mitos y cuentos de hadas o fenómenos religiosos, espirituales-históricos como la alquimia, esto suele hacerse desde y hacia los analizados (lo que incluye la posibilidad de que el investigador también se oriente hacia sí mismo como posible analizado). La pregunta sigue siendo objetiva: ¿qué aporta lo que se ve a la comprensión de los procesos psicológicos y de los complejos enredos del individuo? ¿Cómo puede utilizarse para promover el desarrollo de los pacientes o de aquellos que se esfuerzan por tomar conciencia de sí mismos? El pensamiento permanece enteramente en lo que Nicolai Hartmann denominó la «intentio recta», la orientación directa hacia los objetos. Esto significa que la forma de pensar sigue comprometida con la ciencia (constituida por la separación sistemática de la ciencia y la teoría de la ciencia), incluso cuando el procedimiento en sí no es tan estrictamente científico.

Uno se aproxima prácticamente a los problemas que surgen. En muchos ámbitos de la psicología, la cuestión del alma está incluso prohibida, el término «psicología» se evita (se reprime) y el alma misma se coloca en la famosa «caja negra» (esa «variable interpuesta y desconocida, irreconocible, que interviene en el proceso estímulo-respuesta») en la que no se permite mirar.1 O se da una determinada definición del alma y de la psicología, y con la reconfortante sensación de que se ha cumplido con este deber, es decir, con este requisito previo detrás de ellos o con este fundamento fiable debajo de ellos, creen que entonces son libres de sumergirse en el «verdadero» trabajo psicológico sin preocuparse, para simplemente construir sobre el fundamento que han elegido una vez – el alma que entonces desde hace tiempo que se conoce y la esencia de la psicología que desde hace tiempo está asegurada.

Pero la psicología no tiene cimientos. No tiene fondo.2 No está construida sobre ninguna base sólida. Y no tiene presupuestos. No tiene ningún suposición. No tiene, como las ciencias, simplemente «objetos». Porque, como pregunta por el alma, es la pregunta por aquello que da a todos los objetos posibles su objetividad y su definición en primer lugar. En la medida en que la psicología se toma en serio a sí misma, no es posible como ciencia. Es esa «ciencia» entre comillas la que debe realizar la proeza de que la exhalación y la inhalación no sean dos actos separados por la sucesión, sino un mismo acto, al inhalar en la exhalación y al exhalar en la inhalación. Debe moverse como unidad de intentio recta e intentio obliqua, desde su respectiva presencia como centro, simultáneamente en direcciones opuestas. Para ella, lo desconocido no está sólo delante de sus objetos, sino también detrás de ella (o debajo de ella), en sí misma, en su propio cuestionamiento y visión, y en lo que los motiva y les da forma. Esto es lo que constituye su absoluta falta de condiciones previas y falta de fundamento, que son tanto su necesidad como su distinción. Por tanto, debe experimentar, hablar y pensar de tal modo que se refleje en el objeto que tiene delante y en sí mismo (psicología y la cuestión de la esencia del alma). Por lo tanto, debe experimentar, hablar y pensar de tal manera que se refleje simultáneamente en el objeto que tiene delante y en sí mismo (psicología y la cuestión de la esencia del alma).

Las ciencias no tienen esta dificultad. Es cierto que, en última instancia, tampoco tienen fondo. Pero han establecido su carencia de fondo, en la que ellas también, como todo lo demás en el mundo, están fundadas, como un fundamento firme desde dentro de sí mismas y por adelantado. De este modo, han puesto de una vez por todas la cuestión de su suelo fuera de sí mismas como algo que no les concierne y, por tanto, sólo deben y pueden mirar siempre hacia delante en una dirección dentro de su falta de cimientos. Esto hace posible la (amplia) falta de ambigüedad, la fiabilidad y la utilidad práctica de sus resultados. Para ellas, sólo hay un frente, pueden disparar a su objeto (concebido como un problema que hay que resolver o un enemigo al que hay que enfrentarse) con toda la fuerza y una determinación sin límites. La psicología no puede «apuntar» a sus objetos de esta manera (como con un rifle). Esto no se debe a que se trate de seres humanos y no sea apropiado apuntar a las personas de una forma tan clara o incluso apuntar con un arma y apretar el gatillo. Las ciencias del hombre (más claramente la medicina y la teoría médica) han demostrado que esta consideración no tiene por qué frenarnos. Pero sólo porque la psicología se frustró a sí misma con ello. Sólo entonces los enunciados son psicológicos si tienen en lo que dicen de su objeto ante sí al mismo tiempo la infinitud de su fundamento, el alma. Sólo entonces las preguntas son preguntas psicológicas cuando, en los objetos particulares a los que se aplican, hay al mismo tiempo una pregunta sobre qué es esto desconocido, qué es el alma, qué es la psicología misma. La pregunta inmediata por la esencia del objeto que tenemos delante está vedada a la psicología, como lo está la pregunta inmediata por la esencia del alma o el planteamiento de la psicología que tenemos detrás, por tanto, lo uno o lo otro, la intención directa sobre el objeto o la intención replegada sobre la conciencia que pregunta y su fundamento.

Nuestro objeto es el animus. Sin embargo, de acuerdo con lo que se ha dicho, es así que lo que en él se nos muestra como hechos individuales se refleja siempre al mismo tiempo en la autocomprensión y en las «categorías» de la psicología con las que capta los hechos, y a la inversa, lo que se ha de decir sobre el enfoque o el horizonte intelectual de la psicología pone al ánimus bajo una determinada luz.

Esto tiene consecuencias. Al intentar sumergirme en mi tema sin presuposiciones, mis explicaciones no pueden tener la «generalidad» que los enunciados científicos pueden reclamar legítimamente para sí debido a que evitan metódicamente la falta de fundamento de la que también surgen. La «objetividad» de un texto psicológico se parece más a la de una obra de arte, donde la objetividad no excluye la subjetividad. Por otra parte, las observaciones hechas en este libro no son puramente subjetivas en el sentido de arbitrariedad indisciplinada. El fundamento consciente en la falta de base de la «ecuación personal» (C.G. Jung), en virtud de la cual todo lo que se dice tiene siempre también un «carácter confesional» -el psicólogo siempre se «traiciona» a sí mismo en todo lo que dice de los demás y de los otros- , tal vez permita alcanzar la realidad humana con mayor facilidad que la metodología científica, porque dicha investigación, desde su planteamiento, no rehúye su origen en la propia realidad humana y, en lugar de negarla o filtrarla, más bien la asume en su propia conciencia y, por tanto, en su responsabilidad.

Y también tiene su propio rigor y consecuencia. Éstas son reales en la medida en que es posible comprender el fenómeno psíquico observado y pensar sus implicaciones y consecuencias. Cuando hablo del fenómeno «observado» y, por tanto, de una visión, tengo en cuenta el hecho de que, a diferencia del objeto de la observación empírica, el fenómeno psicológico es siempre ya la unidad del objeto visto ante nosotros y de la visión que guía el ver del objeto.

Toda pretensión de exhaustividad se mantienen aparte. Del mismo modo que en una obra de arte no se busca la exhaustividad, sino que el cuadro intenta mostrar toda la verdad de lo que representa, a saber, su ser más íntimo, más exactamente y con Hegel: su concepto, tampoco aquí pretendemos necesariamente dar una imagen exhaustiva y enciclopédica de todo lo que se ha dado a conocer en la investigación sobre el animus y es accesible en la literatura. No pretende ser un libro de texto o un compendio sobre un único tema, el animus, como al parecer pretendía C.A. Meier con su «Libro de texto de psicología compleja» en cuatro volúmenes con respecto a esta psicología en su conjunto. Por lo tanto, no pretende tener autoridad de ninguna manera. Tampoco pretende ser completo ni definitivo (aunque sólo sea por el momento). Su autoridad no se deriva de la suma de lo que se sabe de la literatura sobre el tema, sino de la devoción al fenómeno observado y de la entrada vinculante en el proceso de pensamiento que se deriva de su observación. La entrada en el pensamiento se convierte en vinculante si y sólo si está guiada por la siguiente intuición: El pensamiento a ser pensado aquí tiene «todo lo que necesita en sí mismo». «Al hacerlo, hay que tener cuidado de no dejar entrar desde fuera nada que no le pertenezca».3 Las necesidades de este proceso, las necesidades de la representación del concepto de animus, determinan lo que se toma de la literatura y lo que no, lo que puede servir de referencia y lo que no. El objetivo no es presentar de forma equilibrada los resultados de las investigaciones realizadas hasta la fecha, haciendo justicia a todos los aspectos.

Al fin y al cabo, no se trata de presentar conclusiones y resultados inmediatos. Se trata mucho más de reflexionar sobre cómo debemos pensar el animus y la psicología; se trata de elaborar algo así como las categorías, los criterios y los horizontes de la cuestión del animus en primer lugar.

Por tanto, la representación también tiene un carácter de aventura o expedición. No evita el riesgo de equivocarse (a juicio de otras posiciones) y de errar el tiro. No desarrolla un edificio que ya existe en su envoltura. Se trata más bien de que me confíe lo más incondicionalmente posible a la dinámica del pensamiento del animus tal y como se me ha mostrado, que me monte sobre él, por así decirlo, como sobre un caballo, para dejarme llevar a donde me lleve. Puede ser que el caballo simplemente corra de vuelta a su establo, si es un animal domado; pero también puede ser que como caballo salvaje me lleve a campo abierto. Queda por ver qué es, y la cuestión de adónde me lleva sigue abierta en cualquier caso.

En nuestra época surge inevitablemente la pregunta, sobre todo para el autor psicológico, de por qué añade otro libro y artículo a los miles que parecen publicarse cada año. ¿Afirma tener algo que decir que el público necesita saber? ¿Cree que tiene un «sentido de la vida» que ofrecer al público, ávido de psicología y significado, o incluso una sola idea que no debería pasar desapercibida? Hace doscientos años, el Fausto de Goethe ya llegó a la ineludible conclusión: «No te imagines que puedo enseñar algo / para mejorar y convertir a la gente» (371 y ss.). Hoy se nos arrebata, o al menos a mí, la posibilidad de albergar tales intenciones con toda seriedad y buena fe.

Debido al punto de vista especial presentado aquí en la introducción y que guía las explicaciones siguientes, parto de la base de que mi «Psicología del Animus» tiene sin duda algo nuevo que aportar al tema dentro del pensamiento psicológico tradicional. Pero no puedo ocultarme a mí mismo que la avalancha de libros en el mercado de los libros de autoyuda, que a menudo atienden a la necesidad del público de un consumo inmediato de sentido, y la imparable comercialización de ideas psicológicas han creado de hecho un pantano que hace que escribir libros sea hoy éticamente cuestionable. El pantano arrastra inevitablemente todo lo que se escribe, sin importar la dirección o el nivel. La escritura de libros se convierte así en algo absurdo, porque arruina su propia condición previa: un clima intelectual genuino. La inflación de publicaciones inevitablemente lo abarata todo, porque impide una atmósfera rigurosamente intelectual en la que sólo la obra individual podría florecer; en lugar de concientizar, las publicaciones psicológicas corren hoy el peligro de servir para anestesiar mediante la confirmación de alguna fe, alguna visión psicológica (o no tan psicológica) del mundo. El lector es llevado a estilizarse a sí mismo y a su vida según alguna doctrina psicológica, y también busca doctrinas en las que alojarse. Por lo tanto, hoy más que nunca se aplica la palabra alquímica: Rumpite libros, ne corda vestra rumpantur – Romped los libros, no sea que se os rompa el corazón.

No es coherente que, a pesar de todo, presente este libro. No tengo ninguna justificación para ello, salvo la alegría de la cosa y de escribir. Así que sólo puedo consolarme de mi propia incoherencia con las palabras de un poeta persa, retomadas por Goethe: «Arroja tus pasteles al agua, / Quién sabe quién los disfrutará».4


  1. Vgl. dazu Wolfgang Giegerich, »Die Alchemie der Geschichte«, Eranos 54-1985, Frankfurt (In­ sel) 1987, S. 325-395, hier S. 353-357
  2. Wolfgang Giegerich, »Die Bodenlosigkeit der Jungschen Psychologie: Über unsere Identität als Jungianer«, GORGO 12, 1987, S. 43-62.
  3. Vgl. C.G. Jung, GW 14/11 § 404. Jung spricht dort diese Worte mit bezug aufs »Phantasiebild«, nicht auf den Gedanken.
  4. J.W. v. Goethe, Westöstlicher Divan, Buch der Sprüche. Der Spruch beginnt mit folgenden Zei­ len: »Was wiUst du untersuchen, / Wohin die Milde fließt.« Bei Hafis heißt es: »Tue Gutes und w irf s in die Fluten hinab.«

Creatividad, espontaneidad e independencia, los valores del capitalismo emocional

Logos del alma

En la cultura posmoderna se evalúa al sujeto de rendimiento de acuerdo a ciertos estándares que determinan su adaptación al modelo socioeconómico imperante, estos atributos esperados no tienen que ver con la conveniencia de la persona sino con las necesidades de un mercado autónomo que requiere actividades incesantes como la producción y el consumo. El individuo es absorbido en una vorágine de productividad que le exige incluso que él mismo se fabrique una faceta como objeto de intercambio comercial. El propósito del capitalismo es la transformación de los individuos en productos.

Entre las actividades que fomentan la mutación mercantil de la persona, una de ellas es la demanda constante por el crecimiento personal o la búsqueda de la salud mental. Por supuesto, hay una oferta creciente de productos para poder lograr dicho objetivo, de ellas se alimentan las miríadas de terapias que ofrecen lo que también se ha llamado las emotional commodities, una especie de activos intangibles con los que se pueden hacer transacciones en el mercado del potencial humano o de lo que Sloterdijk ha llamado la antropotécnica, que no es otra cosa sino la fase técnica de la construcción del Yo, concebido, ilusamente, como libre de las ataduras sociales pero inmerso más que nunca en los esquemas ideológicos inadvertidos.

Entre dichos activos emocionales, se encuentran tres de los que Adolf Guggenbül-Craig nos habla en su ensayo “Creativity, Spontaneity, Independence: Three Childrens of the Devil”, ahí argumenta, con la brillantez que lo caracteriza, en contra de tres pilares de la psicoterapia moderna y que en la cultura popular se subrayan como facetas ideales del ser humano: la creatividad, la espontaneidad y la independencia. Este artículo puede ser encontrado en su libro “From the Wrong Side” editado por Spring Publications.

En cuanto a la idea de la independencia, propia del hombre self-made y de los alegatos posmodernos del desapego y de la atomización del sujeto, Guggenbül-Craig señala que resulta contra intuitivo promulgar la independencia del individuo pues éste no es otra cosa sino los lazos relacionales que lo constituyen, el hombre siempre está en una posición dependiente del medio, de sus congéneres y sobre todo de las múltiples imágenes que se expresan en su vida psíquica; nadie es realmente independiente. El ser humano es un proceso intencional dirigido siempre hacia los otros, inclusive factores como su identidad no pueden emerger sino es en la compañía de sus congéneres. La fragmentación del ego moderno evade la verdad sobre el hecho de que la unidad solo lo es en relación con su propia naturaleza multiple.

Por otra parte, la espontaneidad es un atributo poco deseable del sujeto, si todos actuáramos de forma espontánea, dejándonos llevar por nuestros impulsos inconscientes, ciertamente cometeríamos las más horribles atrocidades, nuestra imaginación está llena de buenos deseos, pero también, y quizá más predominantemente, de impulsos destructivos que tienen que ser refrenados continuamente para poder vivir en comunidad. Mucho se ha conjeturado en que la cultura no es sino el desvío de una violencia primaria hacia actos que la subliman. Ademas, ser espontáneo es bastante engañoso cuando responde a una prerrogativa de la moda imperante.

En cuanto a la creatividad, el autor indica que confundimos la habilidad personal o la sensibilidad subjetiva con la verdadera creatividad, la cual es una propiedad no del individuo sino del contexto psicológico en que éste se desarrolla, es el “alma” quien es creativa y usa al hombre de genio para expresar la verdad de su tiempo; esta situación no es un privilegio sino una carga que muchas veces arruina la vida de dicho hombre genial.

Al exigir al hombre moderno que sea espontáneo, creativo e independiente, la psicología actual le orilla al complejo de dios, es decir, a la apropiación de una voluntad autónoma que se manifiesta de forma inusitada en cada sujeto, esto es una clara señal de la inflación egoica que caracteriza los tiempos que transcurren y es, tal vez, la enfermedad de nuestra era.

Ante la urgencia del capitalismo emocional, una terapia verdaderamente psicológica tendría que estar centrada sobre todo en la desestimación de las ambiciones egoicas y en la aceptación de nuestra falta de grandiosidad, una terapia de la mediocridad, en una época en que tal palabra es casi un tabú, pero que nos sitúa justamente en el punto medio de una cadena que va desde lo más primitivo hasta lo más sofisticado, desde lo animal hasta lo divino y el ser humano justamente, ordinariamente, en un lugar equidistante de ambos puntos. Ni animal, ni dios, simplemente siendo lo que ya es.

Introducción a «The Neurosis of Psychology»

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Introducción al libro ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de los artículos reunidos en inglés, pp. 1-17

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ha habido muchas denominaciones para la psicología establecida por C. G. Jung y continuada, de una forma u otra, por los llamados junguianos: «psicología junguiana», «psicología analítica», «psicología compleja», «psicología arquetípica». Jung también se refería a veces a su psicología, sin dar a esta frase el estatus de nombre oficial y sin indicar explícitamente que se refería a su propia psicología, como «la psicología moderna del inconsciente.» Pero también podía hablar de «mi psicología crítica».1 De nuevo, se trata más de una descripción que de un nombre. Pero por razones que expondré brevemente aquí, «psicología crítica» podría ser un buen candidato.

La última frase que he citado es del año 1957. Pero «psicología crítica» aparece en los escritos de Jung ya mucho antes, al menos a principios de los años treinta, por ejemplo, en su «Prólogo a la edición argentina» (1934) de Tipos psicológicos2 y en una carta a Wolfgang Kranefeldt de 1933.3 En el uso más temprano de la frase se refiere a una idea bastante directa, como muestra la explicación de Jung: «una psicología crítica que se ocupa de la organización y delimitación de los procesos psíquicos que pueden mostrarse como típicos»,4 «un aparato crítico para la criba del material empírico».5 La franqueza del pensamiento que prevalece en estas citas radica en el hecho de que aquí hay una clara distinción entre la tipología como herramienta («aparato»), por un lado, y el material u objeto al que se puede aplicar esta herramienta, por otro. El hecho de que Jung rechace aquí, o reduzca a una importancia secundaria, el «diagnóstico caracterológico del paciente» en favor de la tipificación «de sucesos psicológicos» no cambia realmente la clara separación entre instrumento aquí, y material críticamente «tamizado», «organizado» y «delimitado» por medio de ella allí.

Las primeras reflexiones de Jung que desembocaron en su posterior tipología habían servido, sin embargo, al propósito de hacer consciente el problema de la «ecuación personal». El origen de su tipología hacia 1913 y antes había sido el deseo de explicar psicológicamente las diferencias teóricas básicas entre la perspectiva freudiana del «eros» y la perspectiva adleriana del «poder» sobre los procesos psicológicos, que para Jung no podían resolverse declarando que una era verdadera y la otra falsa. La idea de tipos actitudinales básicos, tipos de movimiento psíquico (extraversión frente a introversión), parecía ofrecer una explicación. Lo interesante en este contexto es que esta idea rompió con la oposición lineal del psicólogo (estudioso de los procesos psíquicos) frente a los procesos psíquicos y comenzó a acercarse a una concepción circular de la relación entre el psicólogo y la realidad psicológica: el movimiento psíquico de la libido no sólo actuaba ahí fuera en el paciente, sino también en el analista, y no por separado (o el uno después del otro), sino de tal modo que precisamente mientras el psicólogo observaba los procesos psíquicos en el paciente, él mismo estaba sujeto a procesos psíquicos, de modo que sus explicaciones eran tanto un fenómeno psíquico como aquello que debían explicar. Es una misma vida psicológica la que aparece en ambos lados.

En sus comienzos, Jung aún no se había percatado plenamente de las trascendentales consecuencias de esta idea seminal suya para la constitución básica de la psicología. Pero con el paso de los años se fue imponiendo la diferencia decisiva entre la psicología y las ciencias naturales. Cayó en la cuenta de que en psicología era el alma misma la que tenía que reconocer al alma. Esta idea encontró su expresión más clara y sistemática en el último ensayo de Jung, «Sobre la naturaleza de la psique» (1954, versión anterior 1946). Allí leemos,

[La psicología] carece de la inmensa ventaja de un punto de Arquímedes como el que disfruta la física. … La psique … se observa a sí misma y sólo puede traducir lo psíquico de nuevo en lo psíquico…. La psicología no tiene ningún medio en el que reflejarse: sólo puede representarse a sí misma en sí misma y describirse a sí misma …. [Al describir los sucesos psíquicos, no nos hemos trasladado, desde el punto de vista científico, a ningún plano que esté por encima o al margen del proceso psíquico, y mucho menos lo hemos traducido a otro medio. (CW 8 § 421, trad. modif.)

… [L]a psicología se funde inevitablemente con el propio proceso psíquico. Ya no puede distinguirse de éste, y se convierte así en ella…. [No es, en el sentido más profundo, una explicación de este proceso, porque ninguna explicación de lo psíquico puede ser otra cosa que el proceso vivo de la psique misma. La psicología tiene que sublimarse como ciencia y ahí precisamente alcanza su meta científica. Toda otra ciencia tiene un punto fuera de sí misma; no así la psicología, cuyo objeto es el sujeto mismo que produce toda ciencia. (§ 429, trad. modif.)

El alma es autorreflexión, autorrelación, y la psicología (explicaciones o descripciones psicológicas) es una de las formas en que el alma se refleja a sí misma. La oposición básica de las ciencias de sujeto y objeto, teoría y naturaleza, no existe en y para la psicología. La psicología no puede ser una ciencia. Es en sí misma y desde el principio ciencia sublimada, en sí misma psicología «científica» sublimada. La clara distinción entre la psicología y su objeto, el alma, no puede mantenerse: la psicología es en sí misma alma y el alma es interpretación de sí misma (psicología). Tanto el alma como la psicología siguen una lógica «urobórica».

Si bien es uno de los mayores méritos de la psicología de Jung haber avanzado hasta esta perspicacia, es deplorable que Jung considerara negativamente la situación de la psicología, que analizó correctamente, como una «cosa trágica» (§ 421) y considerara que la psicología se encuentra por ello «en una situación desafortunada» (§ 429, trad. modif.). Esta valoración negativa es, en mi opinión, «lo trágico» del propio Jung.6 Por lo que puedo ver, su ideal tácito y expreso seguía siendo la idea de una psicología como ciencia objetiva y del psicólogo como observador neutral de la psique como un hecho de la naturaleza (pues incluso en el mismo pasaje que contiene su asombrosa perspicacia se dice explícitamente «en comparación con las demás ciencias naturales» que la psicología se encuentra en dicha desafortunada situación).

Así que sólo tenía la resignada conciencia de que -lamentablemente- este ideal no podía, por principio, hacerse realidad. No estuvo a la altura de su propia perspicacia. Lo vio correctamente, nos presentó aquellas afirmaciones que realmente superan lo que podríamos llamar el positivismo imperante de la mente científica convencional, pero las percibió y evaluó desde abajo, desde el viejo punto de vista positivista como su norma y medida. No se desprendió de las mismas expectativas y de ese sistema de valores que sus propios conocimientos superaron y destrozaron. Su perspectiva, o mejor dicho, la forma lógica de su conciencia, no se acomodaba al contenido semántico que su conciencia albergaba. El insight revolucionario se limitaba a la «semántica» de la conciencia, mientras que la «sintaxis» de la conciencia permanecía inalterada. Jung vislumbró una gran concepción desde lejos, pero no dio el paso adicional de entrar en ella, de aplicarla a su propia mentalidad o a la constitución lógica de la psicología. La suya fue y siguió siendo una reflexión externa (äußere o äußerliche Reflektion) sobre la psicología, mientras que el mensaje de esta reflexión externa era que la psicología es una reflexión interna o inmanente.

Más que eso, Jung tampoco fue capaz de aclamar esta situación de la psicología (tal como él la describió) como la distinción y el privilegio de la psicología, y como su oportunidad singular. Lejos de ser la trágica desventaja de la psicología, el inevitable carácter autorreflexivo de la psicología es en realidad algo así como su tierra prometida. Sólo si su carácter hubiera sido abrazado conscientemente por la psicología, habría vuelto a casa consigo misma, se habría unido lógicamente con el alma y de este modo, y sólo de este modo, se habría convertido en verdaderamente psicológica. Su alienación o exilio de su hogar, la tierra del alma, y de su objeto, la vida del alma, habría terminado. Pero Jung no se elevó al nivel requerido por su propia perspicacia, en el que podría haber apreciado que esta compleja e implicada estructura de autorreflexión traiciona y requiere a la vez un estatus superior de conciencia; que es indicativa de la conquista de un grado superior de refinamiento lógico de la mente y de un significativo avance cultural más allá de la ingenua inocencia de la postura de la inmediatez para la que existe una inequívoca separación de teoría aquí y hecho allá.

Por increíble que parezca, ya en 1954 declaró abiertamente que lo no psíquico es la norma y la medida de lo psíquico. «Si hemos de emprender reflexiones fundamentales sobre la naturaleza de lo psíquico, necesitamos [!] un punto arquimédico que sea el único que haga posible un juicio. Esto sólo puede ser lo no psíquico…» (CW 8 § 437). Una clara confesión por su parte a la reflexión externa como base de la psicología en todas las cuestiones fundamentales y a una postura en última instancia «positivista». Cuando se trata de la naturaleza de lo psíquico en sí, entonces de repente lo psíquico ya no tiene «todo lo que necesita dentro de sí».7 Más bien, Jung sugiere que hay que haber abandonado la psicología y posicionarse fuera de la psique -volverse no psicológico- para llegar a ser capaz de comprender la naturaleza de la psique. Da una razón para su punto de vista en la continuación de la frase citada: «… pues, como fenómeno vivo, lo psíquico yace incrustado en algo que parece ser de naturaleza no psíquica. Aunque percibimos esto último sólo como un dato psíquico, hay razones suficientes para creer en su realidad objetiva.» Se supone que la experiencia ordinaria y cotidiana del mundo del yo es decisiva. Esta experiencia es lo que aquí fundamenta Jung. Mientras que empírica y semánticamente el mundo entero está, como Jung subraya una y otra vez, incrustado en la psique y estamos ineludiblemente rodeados por la psique por todos lados (lo que incluso se confirma una vez más también en esta misma cita: «sólo un dato psíquico»), lógica, epistémica y sintácticamente para él es al revés. Jung (al menos aquí) no quiere que la psicología tome su propia medicina, esa medicina que se expresa, por ejemplo, en su advertencia (relativa al fenómeno psicológico individual): «Sobre todo, no dejes que nada de fuera, que no pertenezca, se introduzca en ella…»8 No quiere que la psicología se sumerja en su propia interioridad para encontrar la «verdad» más profunda sobre sí misma exclusivamente dentro de sí misma y a través de su propia autorreflexión.

Sin embargo, sólo es capaz de rescatarlo de su propia interioridad mediante una disociación. La «inmersión en el baño» (alquímico) está, por así decirlo, reservada al individuo que experimenta en la práctica de la psicología (análisis), pero rechazada cuando se trata de «reflexiones fundamentales» por parte de la teoría psicológica, es decir, cuando se trata de la forma lógica de la psicología misma.

Esta incapacidad de Jung para ver la situación básica de la psicología descrita y lamentada por él, a saber, que no tiene un punto de Arquímedes, como un paso adelante fundamental por parte del alma es, por cierto, una de las razones por las que necesitaba vehementemente y, por así decirlo, «instintivamente»9 para rechazar a Hegel.10

Pero sea como fuere, a pesar de estas deficiencias, Jung nos legó la preciosa visión del entrelazamiento mutuo de la observación psicológica y la fenomenología psíquica observada y la inextricable inmersión de la psicología como disciplina teórica en aquello de lo que trata esta disciplina, a saber, la vida del alma. La psicología no tiene la vida del alma claramente delante de sí como una positividad, un hecho natural. Desde el principio es ella misma una expresión de esta vida, de modo que tiene la vida del alma a la vez delante de sí y a sus espaldas, como su a posteriori y su a priori. Esto es lo que significa decir que el alma es autorreflexión. El carácter autorreflexivo del alma tiene como consecuencia que la vida del alma, por principio, no puede ser para la psicología un objeto idéntico (semejante a una cosa), un «hecho». En este sentido, el alma no debe ser comprendida como una parte de la naturaleza, ni en términos ontológicos (en términos de ser: como una entidad, una sustancia). Es esencialmente mental, noética, lógica.11 No es una realidad inmediata, sino en sí misma ya reflejada. No hay primero un alma como entidad existente que luego resulta que también se refleja a sí misma como una de sus actividades. «El alma» es autorreflexión y nada más: es interpretación y aquello de lo que es interpretación es ella misma interpretación. Podríamos expresarlo así: el acontecimiento real de tal autorreflexión, el acontecimiento de que una lógica «urobórica» se ha hecho explícita, es lo que llamamos, con un nombre todavía mitificador y sustantivador, «el alma.» Y puesto que «alma» y «psicología» son sólo dos momentos distintos de lo mismo en el sentido de la unidad de la unidad y diferencia de psicología y alma, la psicología tampoco es una teoría sobre o interpretación de ciertos hechos o acontecimientos naturales directos (inmediatos). Al tener una estructura autorreflexiva, es la interpretación de interpretaciones (puntos de vista, teorías) de la realidad. Cuando dije que la psicología no puede ser una ciencia, quise decir que no puede operar con la ficción de que tiene su objeto directamente frente a sí misma y que este objeto es lo que es, independientemente de sus interpretaciones (de la psicología).

A través de estas consideraciones basadas en las posteriores ideas de Jung, nuestra noción de «psicología crítica» se ha vuelto mucho más compleja y profunda. Una psicología crítica en este sentido implica una psicología que intenta llegar y mantenerse en el nivel de la lógica urobórica brevemente descrita. Por supuesto, nos queda a nosotros extraer de la intuición de Jung las consecuencias necesarias que él no pudo extraer por sí mismo. Lo que para él era y seguía siendo un contenido previsto de su pensamiento frente a la conciencia tiene que convertirse para nosotros en la base misma así como en la forma lógica intrínseca de nuestro pensamiento psicológico mismo. Y los trabajos reunidos en este volumen tienen en su mayor parte el propósito de preparar el terreno para tal concepción de la psicología o incluso mostrarla en acción.

Pero si estos papeles están en el camino de una «psicología crítica, ‘crítico’ también puede implicar el significado más ordinario, en nuestro caso una crítica cáustica en el sentido de «probar los espíritus», si están de acuerdo con la constitución desarrollada de la psicología o no. Hay una tremenda simplificación en el trabajo de la psicología junguiana tal como la practican los junguianos. Lejos de haber sacado las consecuencias del significativo discernimiento obtenido por Jung sobre el carácter autorreflexivo del alma y la psicología, por lo general incluso se han quedado atrás de este discernimiento y operan ingenuamente con la idea de una realidad psicológica como un dado inmediato, con su creencia en el alma como un hecho natural, con símbolos y arquetipos como entidades objetivas, etc. (Una marcada excepción es la Psicología Arquetípica, establecida por James Hillman, con, por ejemplo, sus ideas de la psicología como creación del alma, de la ficción de las historias de casos, de la base poética de la mente, y de las perspectivas arquetípicas que gobiernan nuestra visión y pensamiento sobre el material psicológico. Aquí se ve una estructura autorreflexiva en funcionamiento). Lo que generalmente rige es una postura caracterizada por la inmediatez y la positividad, por un pensamiento objetivista, naturalista y personalista, que es absolutamente incompatible con una psicología que ha tomado conciencia de sí misma. Incluso cuando se citan las ideas de Jung, por lo general sólo se hace caso omiso de ellas y no tienen ningún efecto de retroalimentación sobre la constitución de la psicología y la mentalidad real del psicólogo, que permanecen inmunes.

Una «psicología crítica» debe alejarse de este tipo de psicología simple. Por esta razón necesitamos un equivalente en psicología a lo que Nietzsche, en el subtítulo y prefacio de su Götzendämmerung, llamó «filosofar con un martillo». Lo que Nietzsche tenía en mente con el martillo no era una herramienta para destrozar. Incluso comparó el martillo con un diapasón (¡!), porque lo que trataba de discernir con la ayuda del suave tacto de un martillo era si aquello a lo que se aplicaba daba o no «ese famoso sonido hueco». No hace falta machacar, porque para la psicología, como para la filosofía, el sonido hueco, si se hace audible, es la autodestrucción de lo hueco. Sin embargo, este tipo de crítica no deja de ser una reflexión externa, porque el martillo o el diapasón se aplican desde fuera al texto o doctrina investigados. Debemos tener esto claro y distinguirlo de la «psicología crítica» propiamente dicha, que es autorreflexiva. En esta «Introducción» ya he probado el martillo sobre la postura cientificista de Jung. La revolucionaria visión de Jung sobre la naturaleza autorreflexiva de la psicología resultó ser hueca porque no se aplicó a sí misma a la psicología.

Todos los artículos de este volumen se escribieron por separado, y a menudo para ocasiones concretas, como conferencias. Sin embargo, aunque no era la intención en el momento de escribirlos, no sólo «circunvalan alrededor del mismo centro», sino que, al menos en parte, puede demostrarse que siguen una línea de pensamiento coherente, aunque no intencionada. Cada artículo aporta una exploración de un aspecto o componente esencial de una psicología que merecería su nombre. En los comentarios que siguen intentaré, en retrospectiva, aclarar la coherencia interna de los distintos temas y las diferentes orientaciones de cada uno de los trabajos.

El primer artículo de esta colección, sobre Erich Neumann, está dedicado, como indica el subtítulo, a una «Crítica fundamental» de su psicología, una crítica evidentemente sólo en el sentido de reflexión externa, como ya se ha explicado. La obra de Neumann y la pretensión esencial que conlleva se toman como «dados» objetivos y se someten a continuación a un examen crítico. A pesar de este carácter externo de la crítica, la cuestión es decisiva para la psicología junguiana. Lo que está en juego en la concepción de Neumann es la relación entre lo empírico-histórico y lo arquetípico o mítico (trascendencia), lo personal o individual y el género humano. La crítica principal de mi trabajo es que, en cada caso, la forma en que se establecen los dos polos en su esquema equivale a una mistificación. Esta mistificación es el resultado del hecho de que no se presta atención a una complicación psicológica esencial a la que se alude en el subtítulo del Mysterium Coniunctionis de Jung, a saber, la «separación y síntesis de los opuestos psíquicos». Neumann, se demuestra, «sintetiza» (amalgama, incluso iguala) los opuestos sin más, sin su previa separación implacable. La unidad que en realidad debería ser el resultado de una mediación en el sentido de unidad de la separación y unidad de los contrarios se convierte así en una unidad plana, inmediata (aunque inflada). («¿Ontogenia = Filogenia? Una crítica fundamental de la psicología analítica de E. Neumann»).

Pero los trabajos que siguen operan ya en el espíritu de una «psicología crítica» en el sentido más elevado de una psicología autorreflexiva (aunque la psicologización «a martillazos» sigue desempeñando aquí también un papel). Así, lo que emerge en «Sobre la neurosis de la psicología o El tercero de los dos» es que aquello de lo que la psicología terapéutica práctica trata de ocuparse «ahí fuera» en los pacientes, la neurosis, es ya, aunque sin saberlo, inherente a la propia teoría de la psicología. La inocente tendencia a centrarse en los casos y en el material psicológico antes que en la conciencia mantiene a la psicología inconsciente sobre el hecho de que la teoría (o teorías, en plural) que guían su conciencia están siempre en ella, desde el principio. Pero lo fuerte que es la tendencia a evitar la estructura autorreflexiva de la psicología se revela especialmente en dos hechos. En primer lugar, la idea misma de autorreflexión sólo existe en su forma literalizada y actuada como actividad separada y como comportamiento personal, a saber, en forma de análisis de entrenamiento que precede a la propia práctica del análisis. En segundo lugar, incluso el propio carácter inseparablemente urobórico de lo psicológico aparece a la conciencia psicológica convencional sólo como embutido en la esfera social literal, donde se positiviza como esos fenómenos que se llaman transferencia y contratransferencia. Lo que en realidad debería ser la forma intrínseca de la constitución de la psicología se reduce a sucesos empíricos que ocurren en el curso de la práctica de la psicología. Las personas empíricas tienen que llevar la carga que la psicología como teoría o la constitución lógica de la psicología no quiere llevar. Se mantiene sistemáticamente libre de la lógica urobórica que la convertiría en verdadera psicología, mientras que al mismo tiempo la psicología puede vivir con la sensación de dar constantemente a esta lógica lo que le corresponde ya que, después de todo, atiende con gran esfuerzo a la transferencia personalista.

El verdadero lugar del alma no es el individuo empírico en su positividad. Su verdadero locus es la psicología, la psicología no tal como se concibe abstractamente como ciencia, sino como ese pensamiento vivo concreto al que el individuo puede elevarse.

Después de que la psicología haya vuelto a sí misma desde su fijación exterior en las personas y acontecimientos empíricos que estudia, es necesario reflexionar sobre la oposición entre interioridad y exterioridad como tales. Esta es la tarea del artículo sobre la proyección («El salto después del lanzamiento: Sobre ‘ponerse al día con’ las proyecciones y sobre el origen de la psicología»). Resulta que, en el sentido del entrelazamiento urobórico de los opuestos, la verdadera interioridad no se alcanza retrayendo el movimiento hacia fuera inherente al fenómeno de la proyección, para volvernos hacia dentro (hacia lo que hay en nosotros mismos). Al contrario, este movimiento hacia el exterior debe ser seguido, incluso superado, y sólo así se alcanza la interioridad como «tierra del alma». O mejor dicho, no se alcanza, en la medida en que «lo interior» no es un lugar literalmente existente al que se pueda ir, sino que se produce originariamente como resultado del movimiento interiorizador hacia la «pro-yección» (hacia las ideas o ficciones producidas por el alma) o del autoabandono por parte del sujeto a las producciones del alma. «El alma» no es, hay que hacerlo, sin embargo de un modo tan autocontradictorio (dialéctico) que lo que sólo es el resultado producido es sin embargo a la vez el origen de todo el movimiento. Ni que decir tiene que con esta actitud psicológica se disuelve también la noción convencional positivista y abstracta de la verdad como algo estrictamente «objetivo». Para la psicología, la apariencia, la ficción, las opiniones subjetivas ya no son el opuesto abstracto de la verdad.

Una vez que hemos llegado a la interioridad del alma a través de nuestra entrega implacable al movimiento exterior del alma, es necesario dar otro paso: un cierre radical del espacio interior creado. La entrega al movimiento del alma continúa ahora en forma de una entrega sin reservas al fenómeno psicológico (el contenido «proyectado») para excluir todo lo de fuera que no corresponda. Así se establece el equivalente psicológico al recipiente alquímico herméticamente cerrado y se concibe el fenómeno psicológico, el fenómeno en su totalidad, psicológicamente como una verdadera materia prima. Para la psicología en general esto significa que tiene que partir sistemáticamente del presupuesto de la autonomía de la psique. No debe tener «coartada»: ningún otro afuera, ninguna causa externa. Precisamente no un deseo, como todavía lo tenía Jung, de una traslación del proceso psíquico a otro medio. («¡Sin coartada! Comentarios sobre «La psique autónoma. Una comunicación a Goodheart desde el campo bipersonal de Paul Kugler y James Hillman»).

Un cierre similar es constitutivo de la psicología en un sentido temporal. En «The Present as Dimension of the Soul: ‘Actual Conflict’ and Archetypal Psychology» exploro este aspecto: la dedicación sin reservas al fenómeno psíquico en cuestión en su realidad presente (incluso si se trata de una patología), sin jugar con la idea de ninguna causa que se encuentre en el pasado ni con la idea de un objetivo de desarrollo futuro para la persona. (El ataque en este trabajo al desarrollismo en psicología es característico de los primeros tiempos de la «psicología arquetípica»). El objetivo psicológico no debe ser liberar de la patología a la persona que la padece, sino escuchar lo que esta patología tiene que decir y aprender a ver el mundo a través de sus ojos. En este trabajo, presentado por primera vez en 1977, introduje por primera vez el concepto de «diferencia psicológica», la diferencia entre el hombre y el alma. Con este énfasis en el presente vemos que la «each-ness» mencionada en el párrafo anterior necesita ser complementada por la «nowness» y, podría añadir aquí, por la «my-ness», como los tres caracteres de la verdad psicológica.

Si el «cierre» en el sentido indicado es constitutivo de la psicología, esto tiene consecuencias para la naturaleza particular y el estatus de los conceptos y las ideas básicas de la propia psicología. En «The Provenance of C. G. Jung’s Psychological Findings» se intenta explorar, a modo de ejemplo, la cuestión de cómo Jung llegó, y por qué tuvo que llegar, al concepto de arquetipos tan central para él. El objetivo no es, sin embargo, rastrear el desarrollo histórico del pensamiento de Jung que le llevó a su teoría de los arquetipos. Más bien, este artículo se ocupa de la «fuente» psicológica y lógica y de la necesidad interna de ese concepto. Queda muy claro cómo y por qué la psicología de Jung es incompatible con las ciencias naturales empíricas. El concepto de arquetipo, por el contrario, puede mostrarse como el resultado necesario de esa postura metodológica particular que puede llamarse verdaderamente «fenomenológica» debido a su compromiso con la individualidad de cada fenómeno. Esta postura metodológica nos abre el «alma» (la profundidad interior y la verdad) del fenómeno en cuestión, y esta profundidad interior y verdad es lo que Jung llama «arquetipo». El enfoque fenomenológico sólo es capaz de abrirnos la profundidad arquetípica de un fenómeno porque se mantiene fiel a cómo éste, el fenómeno, aparece. La verdad psicológica es la verdad de la apariencia, una verdad independiente de la diferencia entre «hecho» e «ilusión» (o «engaño») -y en este sentido verdad absoluta: verdad absuelta de la diferencia entre hecho e ilusión. La apariencia (Schein) tiene su verdad en sí misma, es la verdad arquetípica del fenómeno. Del mismo modo que en el trabajo sobre el presente como dimensión del alma se rechazaba la traición al fenómeno en cuestión remontándose tras él a sus causas en el pasado, aquí se rechaza el intento de desertar de la apariencia («¡fainómeno!») buscando una verdad fáctica tras la apariencia y precisamente en contraste con la apariencia (porque esta verdad pondría al descubierto que la apariencia ha sido mera apariencia).

Al entregarse sin reservas al movimiento del alma y a la profundidad infinita del fenómeno que nos ocupa, la psicología deja de tener una base sólida en la que apoyarse. Como había afirmado Jung, la psicología se funde con el propio proceso psíquico. No es ningún tipo de teoría o doctrina científica («positiva»), una suma total de descubrimientos empíricos y supuestos axiomáticos en los que, como base segura, pueda apoyarse todo trabajo posterior; no, incluso como teorización es, sin embargo, sólo movimiento, proceso, fluidez. Esto tiene consecuencias para la cuestión de qué constituye la identidad de un junguiano. No puede haber una identidad en el sentido positivista de la palabra. La psicología resulta ser una «empresa sin fundamento». En este sentido, el movimiento que antes se describía como un movimiento hacia fuera puede verse ahora simultáneamente como una caída, una caída en lo sin fondo y en lo infinito del alma. Pero precisamente y exclusivamente en su falta de fondo la psicología encuentra su base sólida. («Psicología junguiana: Una empresa sin fundamento. Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos»).

Una vez que se ha comprendido que la psicología se funde con el proceso psíquico mismo, la noción misma de un «sujeto» que hace psicología también se ve afectada. No puede sostenerse como el yo concebido como observador autoidéntico y neutral del curso de los acontecimientos. No es sólo que no tenga una base sólida en la que apoyarse, como se ha señalado en el párrafo anterior. Incluso su identidad interna como positividad o sustancia estable se disuelve. Lo que surge en la discusión de «El pensamiento del yo de Jung a la luz de sus experiencias subyacentes» es que el sujeto, que es el «segundo creador» de lo que ve, es en sí mismo una unión de opuestos; es su propio opuesto y, por tanto, autocontradictorio. Pero si es a la vez sí mismo (su propia identidad) y a la vez en sí mismo su propio otro, entonces ya no puede ser imaginado en términos ontológicos como un ser, una especie de entidad, sino que tiene que ser comprendido como negatividad, como vida lógica, como el juego de los contrarios.

El pensamiento del Yo tal como lo concibe Jung no habría sido posible en la antigüedad, aunque la idea de una unión de opuestos, de la unidad de la unidad y la diferencia del hombre y su Otro (Dios), era ciertamente un patrón de pensamiento familiar en la antigüedad. El «Yo» es algo nuevo. Lo que surge aquí es un sentido de la historia, de la historia como diferencia radical. La diferencia en términos psicológicos puede explicarse como la que existe entre un pensamiento en términos de mito u ontología frente a otro en términos de logos, entre la esfera de la «semántica» y la de la «forma lógica» o la «sintaxis». La historia es, por así decirlo, el laboratorio alquímico del alma en el que, entre otras cosas, puede formarse «el Ser».

Era inevitable que la historicidad del alma saliera a la superficie una vez que se ha comprendido que la psicología se funde con el proceso psíquico mismo. Pues, ¿qué significa que con la psicología no nos hayamos retirado a «un plano en modo alguno por encima o al margen del proceso psíquico», que la psicología «ya no pueda distinguirse de este último»? Si el alma es en sí misma movimiento o proceso debe ser fundamentalmente histórica, es decir, precisamente no inmersa en la historia y sujeta al tiempo como todo en la tierra, porque entonces la psique se imaginaría como una sustancia lógicamente distante que sólo está expuesta secundariamente, empíricamente, al cambio histórico; alma e historia se imaginarían como dos realidades distintas. Pero no: el alma es ella misma historia, y la historia es el autodesdoblamiento del alma. No hay un alma detrás, por encima o al lado del curso histórico de los acontecimientos. No debemos imaginarla como una sustancia atemporal, como un conjunto de constantes antropológicas «por encima del proceso psíquico». Jung escribió una vez: «Tengo que estar en todas partes por debajo y no por encima«.12 Lo que Jung expresó aquí como su actitud subjetiva debe aplicarse a la psicología misma, a la postura «objetiva», teórica, del psicólogo. La psicología necesita lógicamente sumergirse en el propio proceso psíquico, y sólo lo hace en toda su extensión si ya no se resiste a fundirse con el proceso histórico de tal manera que nada quede atrás. Por eso, un volumen sobre una «psicología crítica» debe incluir necesariamente una perspectiva histórica.

Un breve artículo sobre los resultados de una investigación estrictamente histórica realizada por un historiador, aunque no se ocupa principalmente de la cuestión de la constitución de la psicología, se incluye aquí porque intenta discriminar entre un enfoque histórico literal de la historia y uno psicológico («The Question of Jung’s Anti-Semitism’: Postscript to Cocks»).

En «Hospitalidad hacia los dioses en una época impía. Filemón-Fausto-Jung», se explora la diferencia histórica mencionada, la diferencia entre las épocas del mito y la modernidad. Se revela como una inversión completa. Las posturas ante el mundo en las dos épocas son diametralmente opuestas. La era del mito se caracteriza por una apertura fundamental, una receptividad u «hospitalidad» hacia la dimensión no positivista (lógicamente negativa) del mundo: hacia los dioses, lo imaginal, el resplandor interior infinito del fenómeno o situación concretos en cada uno de sus aspectos. Es el mismo resplandor interior del phainomenon («apariencia») que, según el artículo sobre «La procedencia de los descubrimientos psicológicos de C. G. Jung», llevó a Jung a desarrollar el concepto de arquetipos. La era de la modernidad, por el contrario, se cierra sistemáticamente a esta dimensión profunda del mundo fenoménico e insiste, en cambio, en los hechos y resultados positivos. Pero este cierre moderno a la infinitud del mundo es, por supuesto, la condición previa de la psicología. Mientras existiera un modo «mítico» de ser-en-el-mundo, la psicología en nuestro sentido no era necesaria ni posible. En C. G. Jung podemos ver eso y cómo sobre la base y en el estilo de la postura moderna, que se expresa también en la existencia de la psicología, resurgió el equivalente a la antigua «hospitalidad» hacia la profundidad divina interior de la vida fenoménica.

Dado que la diferencia histórica equivale a un giro completo, también puede experimentarse como una ruptura fundamental y, si se observan los contenidos característicos de cada lado, como una línea divisoria que separa la «religión» de la «psicología». Dado que esta ruptura sitúa a la religión a un lado de este abismo y a la psicología al otro, ambas son incompatibles. Sin embargo, no porque sean simples opuestos no dialécticos, como el fuego y el agua o el sí y el no, sino porque la psicología tiene que ser comprendida en un sentido amplio como la configuración sucesora de la religión. El sucesor deja obsoleto a lo que sucede. Ocupa el lugar, el cargo, que antes ocupaba su predecesor. Así que es precisamente su identidad en su diferencia lo que hace que la psicología y la religión sean incompatibles. La psicología no es un campo de especialidad en el concierto de las ciencias (como imaginaba Ulrich Mann). Es religión sublimada (tanto como ciencia sublimada y psicología inmediata y personalista sublimada). Una vez que la conciencia ha superado ese estadio en el que su esencia más profunda y sus valores más elevados se articulaban en forma de religión y ha entrado en el estadio en el que tiene una postura psicológica ante el mundo y la vida, se queda, religiosa y metafísicamente, con las manos vacías. Pero es precisamente este vacío el que tiene el potencial de convertirse en una nueva apertura y receptividad. («Ruptura. O: Psicología y Religión».)

La dialéctica de la apertura y el cierre en el contexto de la inversión histórica radical es el tema de «La liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre». El cierre fundamental que se expresaba en la era del mito en la imagen de Okeanos rodeando el mundo como frontera absoluta resulta ser la condición de posibilidad de la apertura infinita de la mente a lo infinito, a los dioses en el mundo. Okeanos como el río cuyas aguas fluyen constantemente hacia sí mismo es la forma imaginal en la que la lógica urobórica se articuló en el nivel de conciencia de la mitología. El cierre definitivo del mundo humano que convierte el mundo o la vida en un recipiente herméticamente cerrado, por un lado, y la lógica urobórica, por otro, son dos caras de la misma moneda. El mundo moderno temprano, por el contrario, abrió de par en par este cierre «ontológico» y vivió en un mundo fundamentalmente infinito que se extendía hasta el infinito. Pero junto con esta apertura de la definición del mundo, el cierre no desapareció del todo. Reaparece en la constitución del ser humano (cuyo «síntoma» para una comprensión psicológica es el descubrimiento (o más bien, psicológicamente hablando, la «invención») de Harvey de la circulación de la sangre). El ser humano puede ser ahora ipso facto el sujeto moderno («ego») y como tal el sujeto de una psicología personalista moderna con su introspección y la concentración narcisista del individuo sobre sí mismo. Llegamos aquí a un punto en el que vemos el trasfondo imaginal y el devenir histórico de esa psicología que fue criticada en el artículo «Sobre la neurosis de la psicología o El tercero de los dos», de modo que en cierto modo se cierra un círculo.

La última pieza, «La lección de la máscara», en un nivel primario es una exploración de lo que ocurre psico-lógicamente en los bailes de máscaras de las sociedades arcaicas. Pero implícitamente esta discusión sirve como un retrato imaginal -¿o debería decir alegoría?- de la vida del alma, como ejemplificación de una concepción no fundamentada del alma como movimiento, de un autoabandono deliberado y de permitirse a uno mismo hundirse en este movimiento. Como tal entrega deliberada de todo corazón (en el ámbito del comportamiento empírico) a un proceso autónomo, puede ser un modelo sensual abreviado para el movimiento (lógico) que se requiere para que nazca la psicología, para una psicología que ha vuelto a casa consigo misma. Sería una psicología que sabe que no existe en absoluto o que sólo existe urobóricamente, dialécticamente, autocontradictoriamente, como la siempre nueva zambullida de cabeza en el movimiento hacia su finis o telos o teleté para llegar allí a su primer comienzo u origen. Al mismo tiempo, este último trabajo puede considerarse también una respuesta indirecta al primer trabajo de este volumen: una resolución del grave problema que se descubrió en la psicología de Erich Neumann. Pues aquí, en «La lección de la máscara», vemos cómo los opuestos psíquicos, lo empírico y la trascendencia, lo (lógicamente) positivo y la negatividad, lo finito y lo infinito, pueden de hecho mediarse en el sentido de la unión de la separación y la unión de los opuestos.

* * *

Todos los artículos de este volumen fueron escritos durante las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado, salvo dos que lo fueron más tarde. Naturalmente, mi pensamiento ha evolucionado desde entonces, y si ahora tuviera que escribir sobre los mismos temas, probablemente lo haría de forma algo diferente. Pero aún hoy puedo mantener las ideas y posturas básicas presentadas en estos trabajos; los cambios no sólo, sino principalmente, se referirían a ciertos cambios de acento y al estilo de articulación (una diferencia muy notable sería la transición del lenguaje a veces «ontológico» inspirado en Heidegger a una formulación «lógica» deudora del pensamiento hegeliano, mucho más apropiado para la psicología; otra, el paso de la creencia de que con la noción de «lo imaginal» el pensamiento psicológico había llegado a la esencia más profunda del alma a la idea de que tenemos que ir más allá de «lo imaginal» para comprender el alma como «vida lógica»; el lector atento podría, sin embargo, percibir que este último punto de vista ya está implícitamente presente en muchos puntos de los artículos anteriores a este cambio explícito). No he hecho ningún intento de ajustar los textos para reflejar cómo vería y formularía las cosas en la actualidad. Sin embargo, no aparecen aquí exactamente en la misma forma en que se imprimieron originalmente. Aparte de cambios menores, como correcciones de errores de imprenta, en unos pocos casos he reinsertado de los manuscritos algunos pasajes que, por razones de espacio o de otro tipo, se omitieron en las versiones impresas de las revistas (especialmente en los artículos «Sobre la neurosis de la psicología» y «La hospitalidad hacia los dioses»). Además, en los dos casos de comentarios sobre artículos ajenos, he ampliado los títulos para dar alguna indicación sobre el tema.

Wolfgang Giegerich
Mayo de 2005

______________

1 C. G. Jung, Cartas 2, p. 378, a Bernhard Lang, junio de 1957.

2 CW 6, página xv.

3 Carta a Kranefeldt del 24 de octubre de 1933 (Jung Papers, Wissenschaftshistorische Sammlungen, ETH Zürich), citada en Sonu Shamdasani, Jungand the Making of Modern Psychology: The Dream of a Science (Cambridge: Cambridge University Press, 2003), p. 86.

4 CW 6, página xv.

5 Véase la nota 3.

6 Cf. sin embargo Cartas 2, p. 567 (a Bennet, 23 de junio de 1960), donde Jung dice respecto al hecho de que «en contradicción con todas las demás» [sc. otras ciencias] la psicología «intenta comprenderse a sí misma por sí misma»: «¡una gran desventaja en un sentido y una prerrogativa igualmente grande en el otro!».

7 CW 14, § 740.

8 Ibid.

9 Por un fuerte afecto y sin un conocimiento suficiente de Hegel, como él mismo confesó explícitamente.

10 Sobre Jung y Hegel, véase mi artículo «Jung’s Betrayal of his Truth: The Adoption of a Kant-based Empiricism and the Rejection of Hegel’s Speculative Thought», en Harvest journal farjungian Studies, vol. 44, nº 1, 1998, pp. 46-64.

11 Lógico» en este discurso significa «de naturaleza logos». Por supuesto, no quiere sugerir en modo alguno que el alma se ajuste siempre a las leyes formales del razonamiento correcto (lógica en sentido instrumental, técnico). No es una referencia a la disciplina filosófica especial llamada lógica formal. Está mucho más cerca del concepto alquímico (aunque imaginario) «mercurial».12 Cartas 2, p. 34, a Erich Neumann, 5 de enero de 1952.

Prólogo a «The Neurosis of Psychology»

Traducciones

Greg Mogenson, Canadá

Prólogo al libro ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de los artículos reunidos en inglés de Wolfgang Giegerich, pp. xi-xiv

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El pensador crítico, entregado en su compromiso a una determinada escuela de pensamiento, se sentirá alentado, tal vez incluso inspirado y guiado, por la feliz frase, tradicionalmente atribuida a Aristóteles, «Amo a Platón, pero amo más la verdad». Esto puede decirse ciertamente del autor de los trabajos recogidos en estos volúmenes. Alabado en su día por James Hillman como la persona que está haciendo «el pensamiento junguiano más importante que se hace ahora»,1 Wolfgang Giegerich lleva más de tres décadas dedicado a lo que ha llamado «pensar el mito junguiano en adelante».2 Amante de la psicología de Jung, especialmente por lo que ha elogiado como su auténtica noción del alma,3 Giegerich se ha visto obligado al mismo tiempo, por un respeto aún mayor por la verdad, a convertirse en su crítico más exigente. A veces, como Giegerich me ha dicho, esta tarea ha resultado tan difícil como «cortar en [su] propia carne».4 Pensamientos seminales de Jung, en los que él, como analista junguiano, ha tenido un interés personal, han tenido que ser rigurosamente interrogados. Pero así es como debe ser, pues sólo cuando la psicología de Jung se refleja en sí misma a la luz de sus contradicciones internas puede destilarse alquímicamente su esencia vaporizada y hallarse el elixir que contiene.

Ahora bien, es importante subrayar que la verdad que hay que amar más que a Platón, Jung o cualquier otro pensador no es una verdad importada de fuera. Como lo que Giegerich denomina «disciplina de la interioridad», la psicología trabaja estrictamente mediante la aplicación a sí misma de la teoría en cuestión o de la materia que nos ocupa. Evitando las referencias externas (es decir, las normas de validez de otras disciplinas), una psicología que es verdaderamente psicológica en su forma y enfoque procede por medio de la reflexión interna, la crítica inmanente, la lectura de Platón en términos de Platón, Jung en términos de Jung, los sueños, los síntomas y otros fenómenos en términos de sí mismos también.

Evidentemente, el contraste que separa la psicología, tal como se acaba de describir, de los enfoques científicamente concebidos que operan en términos de la idea de objetividad y verificación externa no podría ser más fuerte. Además, se podría decir que, desde el punto de vista de los primeros, la psicología científica se ha constituido desde el principio en una falacia. Comprometidos con una forma externa de reflexión, los enfoques científicos asignan el epíteto de «internos» a fenómenos tales como las imágenes, las emociones y los recuerdos, mientras siguen considerándolos ingenuamente como si estuvieran simplemente ahí fuera, frente a la conciencia, sin adulterar y puros.

Pero, ¿cómo proceder entonces, si no es mediante la ciencia? ¿Cómo puede la psicología llegar a la interioridad o «al alma» desde dentro de sí misma, desde el principio?

Mediante lo que en filosofía se conoce como deducción trascendental, Kant lanzó su filosofía crítica preguntándose cómo debe estar constituida la mente para que nos sea posible tener los tipos de experiencia que tenemos. La psicología, que trabaja con una forma más coloquial del mismo estilo de argumentación, plantea preguntas similares con respecto a sus ideas, sus teorías.

Los ejemplos son legión, no existiendo ningún tipo particular de fenómeno sobre el que tenga que versar la psicología. Como ya hemos indicado, todo lo que se requiere es que el tema, sea cual sea, se tome subjetiva o hermenéuticamente en términos de sí mismo.

Tararear unos compases de esta música trae a la mente una fantasiosa serie de preguntas de tipo trascendental-deducción expresadas coloquialmente.

¿Qué dice el hecho de que la psicología haya formulado las ideas que tiene sobre su concepción de sí misma? ¿Y cómo se equilibran las balanzas cuando cada una se pesa contra sí misma como contra una pluma? ¿Queda un resto cuando se hacen las cuentas? ¿Algo extra que ahora hay que contabilizar mediante actos posteriores de reflexión? La reseña en la revista, podemos preguntarnos más concretamente, ¿tiene un mango lo suficientemente robusto para la hoja que esgrime? El procedimiento que hemos inventado, la operación que hemos realizado, ¿pueden seguir calificándose de éxito dado que el paciente ha muerto? Y el humo de este cigarro, ¿tiene tanto peso a su manera como el habano que lo desprendió por primera vez?

«Nunca olvides», aconsejó Jung, «que en psicología el medio por el que juzgas la psique es la psique misma».5

Cabe citar aquí algunas frases de Hegel, el filósofo más citado por Giegerich. La primera de ellas no hace sino expresar la forma lógica de las preguntas que acabamos de formular: «… en lo que la conciencia dentro de sí misma designa como el An sich o lo verdadero, [en esto] tenemos la norma por la que la conciencia misma se propone medir su conocimiento».6 La segunda nos ayuda a comprender, con Hegel y Giegerich, que la reflexión, lejos de necesitar ser rechazada cuando no está a la altura de sí misma, debe pensar sus contradicciones en un nivel completamente nuevo, transformándose así a sí misma: «… [E]l Absoluto [como forma sublimada de las contradicciones que le han dado origen] es… la identidad de la identidad y de la no identidad, la oposición y la unidad están ambas en él».7

En los artículos que siguen, temas tan diversos como la fantasiosa historia de la conciencia de Neumann, la teoría de la proyección de la psicología analítica, el pensamiento del yo de Jung y la cuestión de la identidad junguiana se aplican reflexivamente a sí mismos del modo que acabamos de describir. El resultado es que, en cada caso, el tema en cuestión deja de ser un mero asunto de psicología. Aunque ciertamente sigue siéndolo en un nivel, cada uno se convierte, en virtud de haberse reflejado en sí mismo, en un comentario esclarecedor con respecto a la cuestión mayor de cómo se constituye a sí misma una psicología que puede pensar con autoridad propia, desde la profundidad de su propia noción. Como lo ha expresado Giegerich: «Lo que en un principio aparece como un contenido de la conciencia [por ejemplo, los temas de psicología antes mencionados] es en verdad la semilla de lo que quiere ser una nueva forma de conciencia en general.»8

La descripción que acabo de hacer del movimiento reflexivo que está en juego en este primer volumen de los Collected English Papers de Giegerich se aplica también a los cuatro. En efecto, como descubrirá el lector a medida que lea Tecnología y alma (vol. 2), Violencia del alma (vol. 3) y El alma siempre piensa (vol. 4), la nueva forma de conciencia psicológica que comenzó como una semilla con el artículo que da título al presente volumen, «La neurosis de la psicología», pasa cada vez más a primer plano.

Empezamos con un adagio de Aristóteles acerca de que su amor por la verdad era mayor que su amor por Platón. Luego lo extendimos a Jung. Volviendo ahora a los trabajos de Giegerich, podemos volver a formular este adagio, esta vez con la psicología como tema. Por lo general, se considera que la psicología es idéntica a las cosas a las que se aplica, es decir, a los fenómenos psíquicos de diversa índole. La diferencia entre tales fenómenos en su positividad y la lógica de la psicología como negatividad (o reflejo en sí misma) no se reconoce, no se dibuja. En su lugar, tenemos una proliferación de diferentes psicologías. El problema aquí, como ha señalado Giegerich, es que cada una de estas llamadas psicologías procede como si la psicología pudiera simplemente encontrarse ahí fuera, en los objetos que observa empíricamente. Tal ingenuidad, sin embargo, ignora drásticamente la idea crucial de Jung de que toda experiencia está psíquicamente mediada, de modo que ningún fenómeno, ya sea «interno» o «externo», es inmediatamente observable aparte de la constitución de la conciencia misma. Retomando esta idea (incluso a veces aupando a Jung sobre ella, como sobre su propio petardo), Giegerich ha demostrado que es precisamente porque todos los fenómenos se reflejan desde el principio por lo que surge la cuestión de su lógica, la cuestión de su verdad. No podemos, como ha argumentado Giegerich, tener simplemente psicología – «sin más«- en la forma de los temas fenoménicos que nos interesan, sino sólo como, en el caso de cada uno de ellos, y a través de la crítica de la aparente inmediatez de cada uno, llegamos a amar más la verdad.

Si hay un hilo conductor a través de las vueltas laberínticas de los Collected English Papers de Giegerich, se encuentra en nuestro reconocimiento de que la contribución más importante de Giegerich a la psicología reside en haber pensado rigurosamente la psicología en términos de la «diferencia psicológica» que acabo de describir. Retomando ahora este hilo, ojalá que, como amantes de este fenómeno o de aquella psicología, aprendamos con Giegerich que una psicología verdaderamente psicológica sólo puede fundarse a través de nuestro mayor amor a la verdad.


1 James Hillman, «Once More into the Fray: A Response to Wolfgang Giegerich’s ‘Killings'», Spring 56 (1994), p. 1.

2 Wolfgang Giegerich, «The ‘Patriarchal Neglect of the Feminine Principle’: A Psychological Fallacy in Jungian Theory», Harvest: Journal for Jungian Studies 45.1 (1999), p. 7.

3 Wolfgang Giegerich, La vida lógica del alma: Hacia una noción rigurosa de la psicología (Fráncfort del Meno: Peter Lang, 1998), pp. 39-43.

4 Comunicación personal, 20 de octubre de 2000.

5 CW 18, § 277.

6 Citado en Charles Taylor, Hegel (Cambridge: Cambridge University Press, 1975), p. 135.

7 Citado en Taylor, Hegel, p. 67.

8 Wolfgang Giegerich, «Is the Soul ‘Deep?’-Entering and Following the Logical Movement in Heraclitus’ ‘Fragment 45′» Spring 64 (Otoño/Invierno, 1998), p. 19.

Ruptura, o: Psicología y Religión

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 11, pp. 219-231

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El subtítulo que he elegido para esta ponencia dentro de los límites del tema general «Religión y ciencias humanas en el mundo contemporáneo» puede dar lugar a la expectativa de que siga un informe sobre los hallazgos empíricos de la psicología en relación con el problema de la religión en la psique humana del hombre moderno y sobre la posición que adopta la psicología al respecto. Pero no puedo pasar sin más al tema que nos ocupa. Porque la palabra «psicología», cuando se coloca en la frase «psicología y religión» y cuando se ve en el contexto del tema general de este simposio, contiene algunas dificultades que no debemos ignorar. Así que, en lugar de proceder a lo que la psicología tiene que decir sobre la religión, volvamos la psicología sobre sí misma. Pero puede resultar que una reflexión de este tipo nos lleve también a una respuesta a la pregunta planteada por el tema de nuestro simposio, una respuesta más adecuada que si procediéramos directamente con los hallazgos de la psicología sobre la religión y sus puntos de vista al respecto.

El primer problema es el vergonzoso hecho de que, estrictamente hablando, no existe la psicología en singular, sino sólo una multitud de psicologías de convicciones a menudo muy diferentes, cuando no mutuamente excluyentes. No tenemos dificultades con el hecho de que haya muchas religiones o, dentro de una religión, muchas denominaciones. Pero el plural «psicologías» es difícil de aceptar. La división de la psicología en muchas escuelas diferentes, o denominaciones, le resta valor como ciencia. Parece convertir a la psicología en una especie de religión en sí misma, una serie de sectas con sus prácticas correspondientes. Esto significaría que no podríamos hablar legítimamente de psicología y religión en absoluto, como si fueran dos categorías completamente diferentes. Ambas pertenecerían, por así decirlo, al mismo lado del «y». Se trataría de una diferencia intrarreligiosa, no de una diferencia entre religión y otra cosa. No puedo entrar aquí en este problema,1 sino simplemente enumerarlo como una primera indicación tanto de la extraña relación entre psicología y religión como del hecho de que la psicología obviamente no encaja en la idea convencional de una ciencia humana. Me limitaré a matizar que, cuando hablo de psicología, me refiero a la psicología tal como se entiende en la tradición junguiana: la psicología analítica y, más concretamente, la psicología arquetípica en el sentido de James Hillman.

En segundo lugar, se observará que la frase «en nuestro mundo contemporáneo» contenida en el tema general se ha suprimido de mi encabezamiento. Mi título suena como si planteara la cuestión de la relación atemporal entre psicología y religión. Pero esto es sólo aparente. La psicología no sólo es históricamente hablando una ciencia muy nueva (como la psicología profunda es hija de este siglo), sino que también está intrínsecamente ligada a nuestro mundo contemporáneo. Desde el principio, la psicología analítica (así como el psicoanálisis freudiano) ha sido en el fondo nada menos que un intento de dar una respuesta al predicamento del hombre moderno, a la «neurosis», como se la denominó. Sin duda, la neurosis se descubrió como una especie de mal funcionamiento o trastorno dentro del individuo, y esta perspectiva personalista ha seguido siendo el marco de muchos psicólogos. Pero sin ser siempre consciente y explícita de ello, la psicología profunda ha considerado desde el principio la neurosis dentro de un contexto cultural más amplio y a la luz de la tradición mitológica y religiosa occidental, cuyo ejemplo más famoso es el «complejo de Edipo». Lo que guió el pensamiento psicoanalítico de forma factual pero más o menos inconsciente todo el tiempo, se elevó a la conciencia y recibió una expresión sistemática en la teoría de Jung de un inconsciente colectivo y una psique objetiva y transpersonal. Ahora, después de más de 80 años de psicoanálisis, podemos decir: la psicología ha sido un intento de dar cuenta y elevar a la conciencia lo que se había caído, perdido o reprimido en el camino hacia el modernismo. Jung lo dijo explícitamente: «Mi problema [como psicólogo y en contradicción con otras escuelas psicológicas] es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo».2 Jung entendía que «sin historia no puede haber psicología, y ciertamente no puede haber psicología del inconsciente.»3

Al dar a la psicología esta tarea de luchar con el gran monstruo de nuestro pasado, Jung hizo dos cosas a la psicología (como se entiende aquí). (1) Definió la psicología como una psicología siempre terapéutica, incluso cuando es teórica y se ocupa de las grandes cuestiones de nuestra tradición y nuestra época. Cuando se concibe como un gran monstruo o como la serpiente de los siglos, la historia deja de ser el objeto científico neutro que es para el historiador. Es un vis-à-vis, casi un animal con el que luchar, algo que nos implica a nivel personal, existencial, el nivel de un compromiso terapéutico. (2) La terapia ya no se limita a los confines de los problemas personales y la biografía personal, sino que, incluso cuando es la terapia del individuo y sus problemas personales, siempre es también una terapia de nuestra historia colectiva. Siempre se dirige y responde a nuestra situación histórica concreta. La psicología ya no se ve como una ciencia antropológica en busca de verdades atemporales, sino que siempre es relativa a una situación histórica concreta.

Es cierto que ha habido intentos (un ejemplo notable: Malinowski) de demostrar la validez atemporal y transcultural de, por ejemplo, el complejo de Edipo, el complejo de Edipo, es decir, intentos de convertir la psicología en el estudio de la estructura y el funcionamiento intemporales de la psique, en última instancia, en el estudio de la «condición humana» abstracta, como si la psicología fuera una especie de antropología y pudiera concebirse a sí misma como algo parecido a la física, que se entiende a sí misma como el estudio de la organización intemporal del universo, o como la biología, que se considera la ciencia de la estructura y el funcionamiento intemporales del organismo vivo. Pero este interés por las esencias atemporales en la tradición del platonismo occidental no se corresponde realmente con la visión central y la vocación de la psicología. La psicología está llamada a abandonar las alturas y la pureza de los estudios neutrales e intersubjetivos y a descender a nuestro desorden real, a lo que Jung llamó en su día el lodo y el fango del fondo del alma humana1,4 sin olvidar, no obstante, que el «desorden real» no es personal, individualista, privado, sino que comprende en sí mismo la situación colectiva específica, que a su vez conserva en sí toda la historia anterior.

Así que habría sido más que superfluo mantener la frase «en nuestro mundo contemporáneo» en mi título. Habría sido engañoso, sugiriendo que la psicología podría aplicarse, como una teoría abstracta y neutral, a nuestro mundo contemporáneo, mientras que la implicación (terapéutica) con el aquí y ahora es inherente a la propia noción de psicología. La psicología siempre está hablando de nuestra situación real (contemporánea), incluso cuando abiertamente puede estar hablando de mitología antigua o alquimia medieval, etc. Tiene «nuestro mundo contemporáneo» dentro de sí como su momento (en el sentido de Hegel), no ahí fuera como un objeto de estudio al que puede dirigirse o no. De hecho, este sentido de «dentro de sí», esta interioridad intrínseca de su objeto de estudio, sea cual sea, es lo que constituye el modo psicológico de pensar o lo que hace que la psicología sea psicológica.

No es casualidad que la psicología haya sido una de las últimas «ciencias» en surgir. Sólo pudo surgir una vez que todas las grandes ciencias estuvieron firmemente asentadas y la modernidad fructificó a través de ellas o junto con ellas. En efecto, la psicología no debe entenderse como una ciencia más, que sólo se diferencia de las demás por tener un tema diferente. Su aparición no significa únicamente el descubrimiento de un nuevo campo o tema de investigación, de una nueva Fach (disciplina especializada) al lado de todas las demás especializaciones. La psicología debe entenderse más bien como la conquista de un nivel de reflexión totalmente nuevo, más allá del de las ciencias, como algo así como la «conciencia» (en un sentido no moral) de las ciencias, como la disciplina cuya tarea consiste en reflejar los cambios introducidos por las ciencias en la psique, es decir, en nuestro ser-en-el-mundo, y en elevar a la conciencia, dentro del mundo moderno, las ganancias y las pérdidas que ha traído consigo este mundo moderno en su conjunto. Dado que la psicología tiene la tarea de comprender, debe situarse por debajo, en un nivel más bajo y profundo que las ciencias. Se dirige al terreno del que surgieron las ciencias, la psique.

En la cita de Jung en la que habla de la gran serpiente de los siglos, también nombra el «problema del cristianismo» como una posible forma de formular lo que le preocupa como psicólogo. De nuevo observamos que la psicología no tiene por qué aplicarse a la religión, aquí al cristianismo, sino que, al menos para Jung, el cristianismo y los problemas que implica para nuestro ser-en-el-mundo son, para empezar, de lo que trata la psicología. También la religión está dentro de la psicología, no fuera de ella. Y así, estrictamente hablando, no hay, no puede haber, ningún «y» entre psicología y religión, porque el problema religioso es el problema propio de la psicología y no sólo el problema de tal o cual religión (o de la religión en general) ahí fuera. El psicólogo que sigue a Jung no puede estudiar la religión desde fuera como un objeto neutral, ni, como un creyente en una de las religiones, acercarse a la religión desde la base de la implicación confesional. Se acerca a la religión como algo suyo, como la carga y el predicamento propios del alma -para citar a Jung: «como las cargas históricas que el cristianismo ha amontonado sobre nosotros».5

La religión como carga: ¿qué significa esto? Se podría pensar que expresa una postura negativa y crítica hacia la religión: la religión se experimenta como la parte culpable y, por tanto, algo de lo que hay que deshacerse o contra lo que hay que luchar. Pero lo que se quiere decir aquí es casi lo contrario. Aquí se acepta la religión como nuestra propia carga, como nuestro propio problema con el que luchar. La religión como carga está en mí, soy yo mismo, no mi oponente ahí fuera. Más arriba he intentado sugerir que la psicología no está al mismo nivel que las ciencias, sino que se sitúa por debajo del plano en el que se encuentran las ciencias. Lo mismo parece ocurrir con la relación de la psicología con la religión. Tanto los creyentes o teólogos como los críticos de la religión (como Voltaire, Marx, Nietzsche) experimentan la religión, lógicamente hablando, en el mismo plano. La única diferencia es que unos dicen Sí a la religión y están a favor de ella, mientras que los otros dicen No y están en contra. El nivel de conciencia es el mismo. Sin embargo, el hecho de que Jung viera en la religión una gran carga de la que sufría es señal de que la experimentaba en un nivel de conciencia completamente nuevo.

Lo que intento sugerir aquí es que la psicología no encaja, sin más, en el tema general de este simposio tal y como ha sido formulado porque ocupa una posición muy peculiar tanto con respecto a las ciencias humanas como con respecto a la religión. La psicología hace estallar los conceptos contenidos en la formulación de este tema, y ser lo que hace estallar estos conceptos (y el estado de ánimo que implican también) es de lo que trata la psicología. Permítanme expresarlo en términos hegelianos. Antes de hacerlo, sin embargo, tenemos que darnos cuenta de que Jung, como los demás pioneros de la psicología, partió de la práctica cotidiana de la psicoterapia y no de una teoría bien elaborada. Las ideas teóricas surgieron (no sólo históricamente, sino también) lógicamente después de la experiencia práctica. Así pues, la teoría formulada no siempre está lógicamente a la altura de la lógica inherente a los descubrimientos e inquietudes de los propios psicólogos, sobre todo teniendo en cuenta que Jung, curiosamente, se enorgullecía de ser empirista, al parecer sin darse cuenta del flaco favor que estaba haciendo a su propio trabajo. Muy a menudo, las ideas revolucionarias se expresaban en términos de categorías de pensamiento que pertenecen a modos de pensar bastante convencionales y anticuados, realmente se ponía vino nuevo en recipientes viejos, porque el sesgo empirista impedía la clarificación lógica de las nuevas ideas. Así pues, cuando quiero expresar el estatus lógico de la psicología en términos hegelianos, me refiero al estatus realmente inherente al empuje principal de las propias realidades psicológicas que se mostraron a Jung, pero no me preocupa inmediatamente el estatus que se sugiere a sí mismo a partir de los términos y categorías que Jung utilizó para formular teóricamente sus descubrimientos psicológicos.

La psicología es la disciplina cuyo trabajo consiste en transgredir el estatus lógico de «esencia» (Wesen) al estatus de Begriff (Concepto o Noción) en el sentido hegeliano.6 Tanto la ciencia como la religión (al menos en Occidente) residen en el estatus de «esencia», en lo que Nietzsche analizó como el platonismo de nuestra tradición y lo que Heidegger mostró como las cadenas metafísicas del pensamiento occidental. Cuando se reflexiona sobre lo que el análisis junguiano individual, especialmente el llamado proceso de individuación, es y significa en última instancia para el individuo (lo que ha de producir), y cuando se reflexiona sobre lo que la aparición del fenómeno del psicoanálisis (tanto en el sentido del proceso de individuación como de una realidad intelectual) es y significa en última instancia para nuestra época, se puede decir en ambos casos que significa nada menos que la caída de un nivel de conciencia a otro, la caída de un estatus lógico a otro inferior (o superior). Esto es lo que quiero decir con la peculiar posición de la psicología con respecto tanto a las ciencias como a la religión.

Debemos darnos cuenta de que la religión, tal como la conocemos, no es sólo el conjunto de enseñanzas, emociones y prácticas que constituyen su sustancia, sino también el estatus lógico o nivel de conciencia que representa. Del mismo modo, las ciencias, y esto se aplica tanto a las ciencias humanas como a las naturales, no son sólo el sistema de conocimientos y métodos que las componen, sino también el estatus lógico que encarnan las ciencias modernas.

En el fondo, Jung tenía un claro conocimiento de que la psicología había descendido a un nivel diferente y, por tanto, ya no se encontraba en el mismo estatus lógico que las ciencias. Reflexionando sobre la posición de la psicología como ciencia, Jung dijo: «Ella [la psicología] debe sublimarse como ciencia [sich aufheben], y precisamente al hacerlo alcanza su meta científica» (OC 8 § 429, trad. modif.). Esta frase, junto con su contexto, no dice otra cosa sino que la psicología como «ciencia» es, en verdad hegeliana, la sublimación dialéctica (Aufhebung) de la ciencia. La psicología no es ni ciencia ni su opuesto no dialéctico, una fe no científica, una Weltanschauung, o lo que sea. Es la negación concreta, la nada determinada (bestimmte Nichts) de la ciencia. En la misma línea, también debemos afirmar que la psicología no es ni religión (o su equivalente secular: una Weltanschauung, ideología) ni el opuesto no dialéctico de la religión, una ciencia neutral irreligiosa. Es «religión sublimada», aufgehobene Religion, del mismo modo que es «ciencia sublimada», ya no sujeta a la contradicción ciencia versus religión, sino que, al haberla superado, contiene esta contradicción en sí misma.

Aunque en el espacio de que dispongo aquí no podría explicar adecuadamente por qué y cómo la psicología es la sublación dialéctica de la ciencia y la religión, es decir, de todo el estatus lógico al que ambas pertenecen, dos cosas están claras: (1) una psicología que tiene que ser vista de esta manera debe ser una vergüenza para la mente dominante; no encaja en ninguna de las categorías a las que estamos acostumbrados; (2) con respecto a la cuestión de la religión en nuestro mundo contemporáneo, una psicología que tiene que ser entendida como religión y ciencia sublimadas nos transporta a una situación radicalmente nueva que hace que todo parezca muy diferente.

Tomemos por ejemplo el nihilismo y la secularización, esas dos fuerzas que suelen considerarse el aprieto en el que se encuentra la religión en nuestra época. Creo que la idea del nihilismo es una trampa en la que han caído Nietzsche y quienes le siguieron. El problema al que nos enfrentamos no es el nihilismo; nuestro problema es la interpretación de nuestra situación como nihilismo. Esta interpretación es una defensa contra la ruptura decisiva de un nivel de conciencia a otro, más profundo o más elevado, que ha tenido lugar desde hace mucho tiempo. Es el intento de dar cuenta de un cambio innegable y radical, que sacude la tierra, sin sufrirlo como nuestra transformación lógica y psicológica, como nuestra muerte y resurrección, es decir, la muerte y resurrección de nuestra conciencia. Al diagnosticar el «nihilismo» o la «secularización», podemos mantener el cambio ahí fuera, como una muerte de la religión en las condiciones objetivas de la sociedad, mientras rescatamos la continuidad de nuestra mente, nuestros ideales, expectativas, nuestra noción de religión. Mantenemos intacto el statu quo de nuestra mente y nos mantenemos inocentes («ilesos») culpando a la historia de haber conducido a un vaciamiento gradual de todo significado. Al admitir que el nihilismo prevalece en nuestro tiempo, conseguimos aferrarnos a las mismas categorías y valores dominantes que informan nuestro pensamiento y que abiertamente admitimos que han perdido su validez en nuestra situación objetiva. Es sólo una admisión simbólica. Una admisión real supondría el sacrificio de nuestras ideas e ideales, valores y categorías más preciados. Equivaldría a «perder la cabeza».

Jung escribió algo así como que nuestra conciencia sólo imagina perder a sus Dioses, mientras que en realidad simplemente hemos sido apartados del lugar donde podemos experimentarlos.7

En efecto, nos hemos alejado del locus de las religiones tradicionales. La «Verdad» ha emigrado a un nuevo continente, por así decirlo, mientras que nuestra conciencia conserva las categorías adquiridas en el viejo continente y adaptadas a él. ¿Cuál es este nuevo continente? El profesor Nishitani ha subrayado uno de sus aspectos más importantes: la universalidad o el alcance planetario del mundo moderno. Otro aspecto importante es el hecho de que hoy vivimos sabiendo que podríamos aniquilar literalmente la tierra habitada. Esto significa psicológicamente que, en cierto sentido, ya no estamos irrevocablemente incrustados en la naturaleza, sino de algún modo por encima de ella, nos guste y lo sepamos o no. Es la expresión externa del hecho de que el mundo natural ha sido lógicamente superado, sublimado, reducido a un momento de nuestra conciencia. El mundo natural en su conjunto ya no es la esfera en la que (lógica y psicológicamente) habitamos y que nos rodea fundamentalmente. Se ha reducido a una «cosa» o contenido en la (aún desconocida, pero ya real) nueva esfera de nuestra existencia.

Un tercer aspecto del «nuevo continente» en el que se desarrolla ahora nuestra existencia es el hecho, quizá aún más grave, de que lógica y ontológicamente (aunque no ónticamente), el mundo natural y sensual ya ha sido aniquilado. La «verdad» ya no reside en el nivel de las cosas con forma concreta y visible, sino en el de las partículas subatómicas y subcelulares. Sabemos que no podemos creer a nuestros ojos, confiar en nuestros sentidos; sabemos que lo que vemos como cosas sólidas es en realidad espacio vacío interdisperso de partículas a, por así decirlo, distancia cósmica unas de otras. Las cosas se han vuelto falsas, fantasmales, aunque no lo admitamos. Ya no necesitamos la enseñanza cristiana de «he vencido al mundo», ni la idea zen de «ninguna imagen», ni métodos religiosos que nos liberen del mundo sensual y nos permitan alcanzar el «vacío», porque lo que las religiones presentaban antes como una promesa o un objetivo por el que luchar, o como una verdad interior, hace tiempo que se ha convertido en un hecho consumado, una realidad cuasi «empírica» ahí fuera, en las cosas mismas. La religión (cuya lucha por la liberación espiritual del mundo literal sólo se producía en la interioridad subjetiva del hombre) ha sido superada por la realidad objetiva, de hecho física, de modo que los esfuerzos y aspiraciones centrales de la religión van a la zaga del estado real de las cosas. No hace falta que nos prediquen que no guardemos las cosas que la polilla y el óxido destruyen (Mt. 6:19), pues en una sociedad de usar y tirar ésta es ya la lógica objetiva inherente a las cosas que usamos. Ya nada de lo que coleccionamos para «acumular riquezas» puede hacernos ricos, porque incluso las cosas más caras, como un cuadro de 30 millones de dólares, se han vuelto ontológicamente baratas, como se desprende precisamente de su precio inflado.

Se ha producido un cambio fundamental. El «mismo» sol que el hombre vio hace 3.000 años ya no es el mismo. Ya no podemos hablar legítimamente de un amanecer, como en los tiempos míticos, y mucho menos ver en él al Dios o a la Diosa. El «amanecer» es, en el mejor de los casos, una Erlebnis subjetiva en nuestro «Lebenswelt» (Husserl), que sin embargo es un mundo privatizado sin validez objetiva.

La ruptura que se ha producido parece consistir en el hecho de que el mundo al que respondían las religiones conocidas se ha desplazado, por así decirlo, de debajo de ellas. Ahora nos enfrentamos a un mundo lógicamente totalmente nuevo, al que la religión ya no corresponde. La «pregunta» que el mundo, en tanto que constituido como «mundo natural», planteaba en su totalidad, es decir, como ámbito en el que el hombre vivía psicológicamente, ha sido respondida exhaustivamente a lo largo de los últimos 2.500 años. Ahora, un mundo cambiado, que existe en el nivel subatómico post-natural, representa una «pregunta» totalmente nueva. La «conversación» entre el mundo y el hombre, de la que las artes, la religión, la filosofía, la organización política y la cultura en general son el registro, ha pasado a la siguiente pregunta, por así decirlo. ¿Acaso las religiones tradicionales no se encuentran objetivamente en una situación similar a la de los coches de caballos de antaño? También ellos siguen siendo populares en los lugares de turismo, pero sólo como algo definitivamente obsoleto. Y sólo porque son obsoletos pueden colmar nuestro anhelo nostálgico. No creo que las religiones (como fe personal, como prácticas literales) estén amenazadas hoy en día; al contrario, gozan de una popularidad creciente. Lo que está amenazado, sin embargo, es ese estatus lógico o nivel de conciencia del que la religión es una encarnación. Sin embargo, parece erróneo hablar de amenaza, puesto que la destrucción o superación de la lógica, como lo que es la religión, ya es un hecho consumado. Esta lógica se ha convertido en algo del pasado por el curso objetivo de la historia, mientras que los productos de esta lógica, las religiones literales, se extienden hasta nuestra época e incluso se conservan, del mismo modo que se conservan las pinturas medievales y otras reliquias del pasado, incluso después de que el mundo al que pertenecen haya desaparecido irrevocablemente.

Ahora, a finales del siglo 20, a medida que aprendemos más sobre la historia primitiva y ganamos más distancia objetiva respecto a nuestra propia tradición, poco a poco llegamos a una posición que nos permite ver que la religión como tal puede haber sido sólo un interludio en la historia del hombre, en contraste con uno de los eternos de la existencia humana. Al decir esto, no quiero defender ningún tipo de posición atea, agnóstica o nihilista. Más bien, pienso en términos de la visión histórica de Heino Gehrts. Gehrts distingue cuatro etapas fundamentalmente diferentes de desarrollo cultural, las de las culturas chamánica, ritualista, religiosa y científica (o tecnológica).8 El chamanismo y las prácticas y creencias de las culturas ritualistas y las llamadas altas religiones no se agrupan bajo el epígrafe general de «religión». Más bien, según este punto de vista, un hiato fundamental, de hecho una línea divisoria, separa las dos primeras culturas de la religiosa, un hiato mucho más radical que el que se encuentra entre las culturas chamánicas y ritualistas o entre las culturas religiosas y científicas. La religión sólo es relativa a una etapa del desarrollo cultural. No existía hace 3.000 años. Puede que no exista en el futuro.

Esta visión es muy útil. Nos facilita desprendernos (no sólo de los contenidos específicos, sino de la noción misma) de la religión sin tener que temer que entonces tengamos que sucumbir al nihilismo. De hecho, podemos ver que el problema del nihilismo surge sólo para aquel que puede estar dispuesto a resignarse a la «muerte de Dios [o de otros contenidos de la religión]», pero sólo para aferrarse aún más, en sus secretas expectativas o como su demanda oculta, a la idea de religión. Podemos comprender que se nos exige más que el sacrificio de los contenidos de la religión y menos que nuestra reconciliación con el nihilismo absoluto. Hoy se trata simplemente de la ruptura de un estadio a otro. Del mismo modo que el chamanismo y el modo ritualista de ser-en-el-mundo fueron sustituidos por la religión, ahora la religión parece estar en proceso de ser sustituida por algo nuevo, de lo que todavía no tenemos ni idea.

La ‘religión’ es sólo la respuesta o el correlato de ese mundo que fue constelado como el mundo natural, el mundo tal como lo experimenta la «conciencia común y natural» en el sentido moderno de ‘natural’. Esto no es el mundo. Tampoco existió siempre y, como ya hemos señalado, ontológicamente hablando, ha empezado a dejar de existir para nosotros. El mundo de la época chamánica era muy diferente, y por eso la respuesta del hombre al mundo de entonces no fue la religión, sino el chamanismo.

Por tanto, no me preguntaría qué podemos esperar de la religión y qué medidas concretas hay que tomar para hacer realidad nuestras expectativas. No pensaría en cómo rescatar nuestras diversas tradiciones religiosas y trasladarlas al cambiante mundo actual. Porque, en mi opinión, cualquier intento de este tipo sólo equivaldría a un intento de rescatar el estatus lógico o el nivel de conciencia en el que vivimos subjetivamente y al que estamos cómodamente acostumbrados, y de congelarnos psicológicamente en el pasado, mientras que objetivamente llevamos mucho tiempo viviendo en una realidad caracterizada por un nuevo estatus lógico. La ruptura en el mundo objetivo de ahí fuera necesita una ruptura correspondiente en nosotros, y en nosotros no como personas, sino como la lógica o psicología como la que vivimos. No basta con intentar adaptar nuestras religiones a nuestra nueva situación, no son ellas las que tienen que ajustarse. Somos nosotros. Y por eso creo que la respuesta al problema de la religión en nuestro mundo contemporáneo es la «psicología», no la psicología como ciencia particular, como tal o cual escuela de pensamiento, sino la psicología como un movimiento que hay que hacer, el movimiento de volver la cuestión de la religión hacia nosotros mismos, hacia lo que tenemos más cerca: nuestro estado de conciencia; en otras palabras, la psicología como la realización de la necesidad inevitable de la muerte que ha de morir por nuestro estado de ánimo.

Mientras nos aferremos a nuestras religiones, nos cegaremos ante lo divino que se mostraría de forma totalmente nueva e inimaginada desde el interior de nuestro mundo real. Repetimos monótonamente la misma respuesta, incluso cuando se nos plantea una nueva pregunta. Estamos alejados del lugar en el que seríamos capaces de ver, como dijo Jung, pero, por supuesto, no porque nos hayamos alejado, sino más bien porque nos mantuvimos obstinadamente en el antiguo lugar de la verdad y no acompañamos, en nuestra conciencia subjetiva, el movimiento realizado por nuestra conciencia objetiva, la psicología o lógica «implícita» (ansichseiende) inherente a nuestro propio mundo moderno.

Quizá haya llegado el momento de aplicar el «Bienaventurados los pobres de espíritu» cristiano al propio cristianismo, a la religión como tal; y de aplicar el vacío que hasta ahora se buscaba en el Zen al propio Zen en su conjunto. Tenemos que aprender (no a luchar por el vacío, sino) a vivir con y en el vacío que ya existe. No necesitamos (activamente) sacrificar nuestras religiones, ni la noción y el estatus de la religión como tal. El sacrificio en cuestión ya nos ha sido infligido objetivamente. Sólo necesitamos asumirlo, permitirlo. Religiosa y metafísicamente, estamos con las manos vacías. Así lo vio también Jung. Nos comparó con mendigos que, tomando prestadas ideas religiosas exóticas de otras culturas que no son las nuestras, intentan hacerse pasar por reyes del teatro. Y dijo: «… [L]a pobreza espiritual busca renunciar a las falsas riquezas del espíritu para retirarse no sólo de los lamentables restos… de un gran pasado, sino también de todos los atractivos del oloroso Oriente; para, finalmente, volverse hacia el interior de uno mismo, donde, a la fría luz de la conciencia, la vacía esterilidad del mundo llega hasta las mismas estrellas.»9

Tenemos que aprender a sufrir que nuestras manos estén vacías, en el sentido más pleno de la palabra sufrir. Sin imágenes. Sin símbolos. Sin significado. Sin dioses: sin religión.

Porque ¿no es la mano vacía, y sólo la mano vacía, la que puede llenarse? Mientras nos aferremos a nuestras tradiciones religiosas, pretenderemos estar en posesión de algo. Impedimos así el advenimiento de lo que sólo puede llegar, si es que llega, como el don gratuito del mundo real a quien está dispuesto a recibirlo porque no tiene nada por sí mismo, como el don a quien ya no denuncia, con una modestia que es arrogancia disfrazada, nuestra pobreza como nihilismo, sino que la comprende como la presencia del futuro desconocido.


Nota del editor: Unos doce estudiosos de diversas disciplinas, aproximadamente la mitad de ellos de Japón y la otra mitad de otros países, habían sido invitados a debatir juntos el tema «Religión y ciencia humana en el mundo contemporáneo» en el Sexto Simposio Zen de Kioto, que tuvo lugar del 8 al 13 de marzo de 1988 en el Hotel Rantei de Kioto, Japón. La ponencia sobre «Ruptura» fue la contribución de Giegerich a este Simposio.

1 Wolfgang Giegerich, «Psicología junguiana: Una empresa sin fundamento: Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos», véase el capítulo siete de este volumen.

2 CW 18 § 279.

3 MDR, pp. 205 y ss.

4 Letters 2, p. 557, a Anónimo, 7 de mayo de 1960.

5 CW 18 § 279.

6 Estoy en gran deuda con Bruno Liebrucks, Sprache und Bewußtsein, 7 vols., Akademische Verlagsgesellschaft, Frankfurt (más tarde Verlag Peter Lang, Bern et. al.) 1964-1979 para mi comprensión de la lógica de Hegel.

7 Combino aquí dos pasajes de Jung, Letters 2, pp. 594 (a Serrano, 14 de septiembre de 1960) y 612 (a von Koenig-Flachsfeld, 30 de noviembre de 1960).

8 Véase, por ejemplo, Heino Gehrts, «Vom Weltenbaum zum brennenden Baum. Die kulturellen Entwickungsstufen im Geborgenheitserlebnis», GORGO 13, 1987, pp. 41-66 o ídem, Von der Wirklichkeit der Märchen (Regensburg: Erich Röth Verlag, 1992), especialmente la introducción y el capítulo 1.

9 C. G. Jung, CW9/1 § 29, trad. modif.