Interiorizando la psicología en sí misma: siguiendo el movimiento de Kant a Hegel en el trasfondo del proyecto de psicología de Giegerich

Traducciones

Greg Mogenson, Estados Unidos

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Cuatro, 61-75, 2005.

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

Tomando impulso

Permítanos comenzar con un breve sumario de las lecturas que escuchamos ayer. En la primera, «‘Conflicto/resolución’, ‘opuestos/unión creativa’ versus la dialéctica, y el ascenso a la montaña resbaladiza», el Dr. Giegerich nos introdujo en el tema del pensamiento dialéctico. Un punto importante de aquella lectura fue que la dialéctica no comienza con dos opuestos o figuras en conflicto que luego se reconcilian, sino más bien, «con una sola idea, noción, fenómeno y luego muestra su contradicción interna». En su segunda lectura, «Diferentes momentos de la verdad», Giegerich definió aún más su enfoque a la interpretación a través de la referencia a la distinción kantiana entre juicios analíticos y sintéticos:

«En la medida en que mi lectura del mito es psicológica y en tanto que defino la psicología como la disciplina de la interioridad, mi pensamiento acerca del mito obviamente tiene que ser analítico en este sentido [kantiano]. No puede ser sintético, porque si lo fuera, pensaría en algo que literalmente tiene algo fuera de sí mismo, como un Otro literal, y entonces ipso facto sería un pensamiento en términos de relaciones externas entre dos o más cosas o personas. Pero para la psicología no hay ningún Otro. O el otro que hay es el propio otro del «alma», su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro.» (1)

Siguiendo esta breve indicación de su aproximación interpretativa, el Dr. Giegerich provee un análisis penetrante del movimiento dialéctico inherente en varios mitos. Incluso sin esta fascinante aplicación de la teoría a la práctica, sin embargo, el pasaje arriba citado ya nos dice mucho acerca del aspecto más grande de su proyecto de psicología. Me refiero al hecho de que en estos pocos enunciados Giegerich menciona rápidamente los juicios de Kant a partir de los cuales se impulsa hacia el modo de pensamiento más hegeliano al cual nos ha introducido en su primera lectura. Ahora, con este movimiento, se puede decir que Giegerich desanda un camino ya tomado en la historia de la filosofía, el camino que Hegel tomó para llegar a ser el sucesor dialéctico de Kant. Mirando hacia atrás, ésta es una comparación que puede ser elaborada. Pero, por supuesto, Giegerich toma este camino hoy en día, no para el campo de la filosofía, sino para la psicología. Y el resultado de esto es que ya no es Kant quien es dialécticamente sucedido, sino Jung. (2)

Acertadamente denominado un psicólogo del futuro y un filósofo del pasado (3), Jung, como se recordará, proclamó repetidamente su afinidad con Kant mientras dejaba clara su antipatía hacia aquel «psicólogo manqué» (4), como él llamaba a Hegel. Denunciando lo que llamaba «la victoria de Hegel sobre Kant», Jung opinaba que este movimiento «ha dado un golpe gravísimo a la razón y al desarrollo ulterior de la mente alemana, y en última instancia, de la mente europea …» (5). Esto, creía, fue «tanto más peligroso en cuanto que Hegel era un psicólogo disfrazado que proyectaba grandes verdades desde la esfera subjetiva hacia un cosmos creado por él mismo» (6). Unos pocos párrafos después, añadiendo más a esta invectiva, Jung continua:

«Una filosofía como la de Hegel es una auto-revelación del trasfondo psíquico y, filosóficamente, una presunción. Psicológicamente equivale a una invasión del inconsciente. El peculiar lenguaje altisonante que Hegel usa confirma esta visión: la cual es una reminiscencia del lenguaje megalomaníaco de los esquizofrénicos, que usan palabras terroríficas fascinantes para reducir lo trascendente a la forma subjetiva, para proporcionar a lo banal el encanto de lo novedoso, o para hacer pasar lo común como búsqueda de la sabiduría. Una terminología así de rimbombante es un síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia. Lo cual no impide que la filosofía alemana más reciente utilice las mismas excéntricas palabras poderosas y pretender así que esto no es una psicología involuntaria.» (7)

Un momento atrás mencione la frase de Giegerich de que «para la psicología no hay otro». Quizás el rechazo de Jung de Hegel puede ser entendido a la luz de este principio. Quizás, por así decirlo, Jung tuvo que rechazar la filosofía de Hegel porque como filosofía tenía la forma de un otro externo. Pero aquí tenemos que recordar la segunda parte de la frase de Giegerich. Inmediatamente después de decirnos que para la psicología no hay otro, Giegerich agrega la advertencia importante, «O el otro que hay es el propio otro del alma, su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro». Ahora, Jung no estuvo ajeno a la noción de los otros internos; en efecto, su trabajo entero brota de lo que precisamente podría ser llamado un cara a cara con toda una serie de otros internos, contradictorios, ya sean las figuras del sueño y la fantasía o las personas del mundo social que han sido envestidas, vía proyección (8), con significancia inconsciente. Se podría haber esperado que Jung, el creador del concepto de la sombra (9), pudiera reconocer en Hegel el otro interno de su propio proyecto de psicología. Ciertamente sus referencias a Hegel como un «psicólogo manqué» y a la filosofía hegeliana como una «psicología involuntaria» apuntan en esta dirección. Pero como evidencia el tono burlón, Hegel fue una figura de sombra que Jung no pudo integrar. La ironía es irresistible. Por las propias luces de Jung, quienes venimos después de él debemos reconocer en el Hegel que tan inflexiblemente rechazó una figura muy importante para el desarrollo ulterior de su pensamiento.

Enlodando las aguas

Esas palabras del sumario y las citas de Jung son suficientes para indicar nuestra tarea de esta mañana, la cual será lidiar con el movimiento de Kant a Hegel que está en juego en el trasfondo de la aproximación psicológica a la interpretación que el Dr. Giegerich ha presentado. Digo «lidiar», aquí, porque un verdadero sentido de lo que está en juego en este movimiento sólo puede ser adquirido a través de la lucha y el esfuerzo. No es suficiente citar simplemente las ideas que están implicadas; debemos ahondar en ellas, siguiendo la lógica de sus giros y vueltas. Puesto que estoy seguro que la mayoría de ustedes lo han experimentado a menudo, hay una gran cantidad de cejas frunciéndose que pueden ser bienvenidas en semejante empresa. Una y otra vez el desafío del pensamiento debe ser recibido con ardiente concentración. Otras veces, un enfoque suave es necesario para capturar la totalidad de un movimiento, la totalidad de un pensamiento, incluso si al principio es sólo de forma incompleta.

Hablando por mí mismo, puedo decirles ciertamente que no he estado sin tales vicisitudes al preparar mi lectura para este seminario. Señalando una de ellas, mencionaré una preocupación que brotó en mi al leer por primera vez un borrador de lecturas del Dr. Giegerich, una preocupación, realmente, de que mis reflexiones pudieran «enlodar las aguas». Como analista practicante, paso la mayor parte de mi tiempo escuchando pacientes. El mito en el sentido formal llama mi atención solo de vez en cuando en mi hora libre. Lo mismo puede decirse de la filosofía. Como resultado, mi conocimiento de esos campos es como mucho una mixtura lodosa. En efecto, lo que dijo Jung acerca de los arquetipos—que no son mónadas aisladas, sino que existen «en un estado de contaminación de la más completa y mutua interpenetración e interfusión» (10)—resume bastante bien el estado de mi conocimiento del mito y la filosofía. ¡En mi mente, Edipo puede encontrarse haciendo «el salto de fe» de Kierkegaard en las sandalias mágicas de Hermes, Odín puede cabalgar al alado Pegaso! Todo depende de qué resuena en mi del paciente en el eje mitológico y filosófico de lo que puede ser llamado, después de Bion, mi red junguiana (11). Y así es como me pregunto qué es lo que tengo para ofrecer a estudiantes serios de mitos.

Incierto de como poder abordar este seminario, tengo sin embargo que aceptar el reto de hacerlo, animado por un principio interpretativo que es central a la interpretación tanto del mito como de los fenómenos psicológicos en general. Este principio, que surge en un comentario que hace Jung con respecto a la técnica de la imaginación activa, es frecuentemente citado por el Dr. Giegerich como siendo central a su propia aproximación: «Por encima de todo, no dejes que nada de afuera, que no le pertenece, entre en ella, porque la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita'» (12). Rememorando este principio en relación a mi imagen de la fantasía de enlodar las aguas, se me ocurre que puedo enfocar mi preocupación, mi inquietud, dialécticamente, «reflejándola en sí misma», como diría Giegerich. Quizás, si simplemente permanezco dentro de mis límites como analista practicante, y más inmediatamente aún, dentro de mi ansiedad acerca de «enlodar las aguas», todo lo necesario estará allí. Secundando este pensamiento me viene en mente un adagio alquímico al cual Jung puede haber aludido cuando enunciaba su principio interpretativo: «Estas aguas fétidas contienen todo lo que necesitan» (13). Si ocurre así con las aguas fétidas (v.g., fantasía) entonces ¿por qué no también con las aguas lodosas?

Juicios kantianos

Giegerich comienza su lectura, «Diferentes momentos de la verdad», con la ya mencionada referencia a la distinción de Kant entre juicios analíticos y sintéticos. Deseando un entendimiento más completo de esos términos, en los cuales no había pensado en muchos años, volví a los textos filosóficos de mis días de escuela. Ante el riesgo de añadir aún más lodo a la mezcla, me gustaría comenzar mi presentación de hoy compartiendo algo de lo que obtuve de ese ejercicio. Continuando en esto deberé, en mi segunda lectura, discutir lo que considero el cuarto momento clave de la dialéctica de la interpretación de Giegerich.

Lo analítico y sintético, el a priori y el a posteriori

De acuerdo a Kant, cada proposición que hacemos, cada juicio, o bien es analítico o bien es sintético. En las propias palabras del filósofo,

«En todos los juicios en los que se piensa la relación de un sujeto y un predicado … esta relación es posible de dos modos diferentes. O el predicado B pertenece al sujeto A, como algo que está (encubiertamente) contenido en el concepto A; o B yace fuera del concepto A, a pesar de que en efecto permanece en relación con éste. A un caso lo llamo juicio analítico y al otro sintético.» (14)

Habiendo explicado brevemente la distinción de Kant, Giegerich describe lo que está enunciado en un juicio de tipo analítico, «el predicado habla de lo que ya está contenido en el sujeto». Con enunciados de este tipo, nos recuerda, elucidar el significado a partir de sus propios términos iniciales, pero sin suministrar información adicional. Éstos son definitorios, conceptuales, tautológicos. Como ejemplo nos proporciona el enunciado, «todos los cuerpos son extensos». Que los cuerpos sean extensos es esencial a la definición de cuerpo. No hay un cuerpo que no sea extenso. Además, no se requiere ir a buscar ningún cuerpo que sea una excepción a la regla para comprobar que este enunciado es verdad. Lógicamente, la idea de un cuerpo que carezca de extensión es una contradicción a la misma idea de un cuerpo. Simplemente no tiene sentido. Los juicios sintéticos, por el otro lado, son enteramente diferentes. En ellos el predicado suministra información adicional, como en el enunciado «algunos cuerpos son ligeros». Juicios de este tipo son empíricos. Algunos lo son en el sentido de que simplemente han sido abstraídos de impresiones sensoriales; otros en el sentido de que, ya y antes de tales experiencias sensoriales, hacen valer las presuposiciones aperceptivas a través de las cuales los datos sensoriales son combinados para producir nuestra imagen del mundo fenoménico. El enunciado, «cada cambio tiene una causa», es un ejemplo de este segundo sentido «trascendental» o constituyente de lo empírico. El añadido que trae como su predicado—la referencia a «causa»—viene, no del mundo como es en sí mismo (de acuerdo con Kant no podemos conocer el mundo per se), sino del lado del sujeto. Y aquí permítannos señalar que fue en respuesta a la conclusión escéptica de Hume, de que la causalidad puede no estar justificada racionalmente, que Kant afirmó la realidad objetiva del concepto de causa como perteneciente a objetos de experiencia, demostrando al mismo tiempo su origen a partir del entendimiento puro, sin entrada previa experimental o empírica.

Ahora, en terminología de Kant, la diferencia que acabo de tocar en conexión con las dos clases de enunciados de tipo juicio sintético tiene que ver con lo que él llamó el carácter a posteriori y a priori de los juicios en general. Ya sea analítico o sintético, un juicio (también podríamos decir, un pensamiento) tiene un carácter a priori cuando es a la vez necesario y universal. Con referencia a este criterio, Kant escribe: «Primero, si nos encontramos con una proposición que al ser pensada es pensada como siendo necesaria [en el sentido de que su negación sería una contradicción en sus términos] entonces es un juicio a priori. Segundo: … Si un juicio es pensado en estricta universalidad, entonces no se deriva de la experiencia, sino que es válido a priori» (15). En contraste con los juicios de carácter a priori, aquellos con un carácter a posteriori consisten de informes descriptivos de experiencias particulares o impresiones sensoriales. El enunciado, «todos los cuerpos, si se les priva de apoyo, caen hacia abajo» (16), transmite fácilmente lo que aquí se propone.

Juntando los dos conjuntos de términos dan una definición más precisa de los juicios. Para Kant, estos son de tres clases—analíticos a priori, sintéticos a posteriori y sintéticos a priori. De ellos, los mencionados en último lugar, los enunciados sintéticos tipo a priori, filosóficamente, son los más importantes para Kant, porque en ellos se revela la influencia formativa de las propias categorías de la mente sobre los elementos básicos de la percepción sensorial—lo cual ha sido llamado «la revolución copernicana de Kant». Indudablemente, son enunciados y formas del pensamiento de este tipo los que Jung tenía en mente cuando definió sus arquetipos como los equivalentes imaginales de las categorías lógicas de Kant (17). Al igual que los juicios sintéticos a priori, los arquetipos junguianos también combinan la experiencia con algo categórico que precede a la experiencia de una manera organizada.

¿Pero no ha quedado algo fuera? Al combinar los términos analítico y sintético con a priori y a posteriori, ¿no debería haber además una cuarta posibilidad? ¿Qué hay acerca de los juicios analíticos de tipo a posteriori? Con una pequeña reflexión podemos entender con Kant la imposibilidad de este cuarto tipo de juicio. Los enunciados analíticos, están estrictamente interesados con el significado de sus propios términos, no pueden ser formulados en combinación con enunciados de tipo a posteriori, los cuales se basan, no en la lógica, sino en la experiencia (18). Siendo así, la unión entre los dos ni es permisible ni es posible. Colocando la cuestión en términos del principio interpretativo de Jung (si solo mantenemos este principio presente en nuestras mentes), podemos decir que cualquier cosa de carácter a posteriori, es decir, cualquier observación sensorial o detalle empírico, es incompatible con un juicio analítico, ya que tales observaciones y detalles equivaldrían a permitir que algo externo al juicio analítico auto-referencial, que no le pertenece, entre en él. Ver para creer, como afirma el viejo adagio, pero conocer en el sentido de los juicios de tipo a priori de Kant no es una función de testigo ocular. Como «el agua fétida» de la alquimia, tales juicios, sean analíticos o sintéticos, tienen todo lo que necesitan dentro de sí mismos para intuir su propia verdad. Se bastan a sí mismos.

De los juicios sintéticos a la retorta analítica

La repetición que acabo de hacer de mi anterior referencia a «las aguas fétidas» puede volver a llevarnos al problema de «enlodar las aguas». Preguntando razonablemente ¿cómo encaja este enunciado dentro de nuestra discusión acerca de los juicios de Kant?

Al igual que muchos fenómenos de la vida, mi ansiedad tiene la forma de un juicio sintético. La cualidad turbia a la que se refiere el predicado de la sentencia, «el agua es lodosa», es algo adicional al significado simple y elemental de agua. Lejos de ser necesario o universal, delimita, cualifica y comenta empíricamente el carácter particular del agua al cual se refiere. Actualmente, para la química y la biología, las observaciones de este tipo, sintéticas a posteriori, es lo único que se busca. De hecho, son la forma en la cual la amplia gama de datos empíricos son representados en el curso de la investigación científica—o así la ciencia natural en su búsqueda de objetividad lo ha creído ingenuamente. Pero tal como mostró Kant, la mente que observa empíricamente no es meramente el registro pasivo de la información recibida desde fuera. Más bien, estructura activamente la información transmitida a ella a través de los sentidos en representaciones cognitivamente susceptibles por medio de categorías trascendentales tales como cualidad, cantidad, relación, modalidad y las varias subcategorías de estas.

Ahora, la consideración de Kant sobre la contribución activa que hace la mente para la categorización de su propia imagen experiencial del mundo podría decirse que es una precursora muy importante de la psicología moderna en general y de las psicologías profundas en particular. Ciertamente éste es el caso con la psicología analítica de Jung. Trayendo algo de la filosofía kantiana en la cual surgió para llevarla a la interpretación del mito, Jung escribe, «No son las tormentas, ni los truenos o los relámpagos, ni la lluvia o las nubes aquello que permanece como imágenes en la psique, sino las fantasías causadas por los afectos que despiertan. … Las maldiciones del hombre contra las tempestades devastadoras, su terror ante los elementos desatados—estos afectos antropomorfizan las pasiones de la naturaleza, y el elemento puramente físico se vuelve un dios furioso» (19). Al igual que los mitos, a los cuales ha tomado a menudo por sus modelos, la psicología profunda está enraizada, no en imágenes que derivan reproductivamente o a posteriori a partir del mundo—las tormentas, truenos y relámpagos mencionados por Jung—sino, más bien, en un factor productivo a priori (Jung podría decir, arquetipal). Explicando esto más a fondo en una carta, Jung escribe que «… las imágenes son seguramente respuestas para hechos y condiciones externas, pero son las respuestas de la psique y por lo tanto producen imágenes precisas de los hechos psíquicos. Si comparas el mito solar con la experiencia real de los sentidos, entonces veras la diferencia completa. La mente consciente percibe al sol como un cuerpo celeste redondo, el inconsciente produce un mito que en su imaginería sólo tiene una relación muy débil con la percepción real de los sentidos» (20).

Indudablemente, aquí la contribución de Jung es un avance sobre algunas de las psicologías más simplistas de su tiempo que consideraban la mente como siendo únicamente reproductiva. Mirando hacia atrás desde nuestro punto de vista privilegiado, sin embargo, es muy evidente que este avance se queda corto. Impulsándose en Jung, Giegerich, como veremos, quiere que superemos la distinción de Jung entre «la psique», por un lado, y «factores externos y condiciones», por el otro, pensando en lo último como no siendo más que el material ya interiorizado del auto-despliegue «del alma» (21). Jung, como explica claramente el texto que acabo de citar, establece su psicología en términos de un afuera positivo que es el reverso, por así decirlo, de un interior igualmente positivo. Presentándose a sí mismo como un empirista de la psique, se esforzó por girar su lente empirista hacia el lado contrario, enfocándola en la contribución que la psique hace a la percepción. Expresando en términos de juicios kantianos, puede decirse que observó lo que era analítico y a priori desde un punto de vista sintético y a posteriori privilegiado. Miró, por así decirlo, desde afuera, como si las categorías de la psique fueran objetos frente a él.

Crítico con el enfoque de Jung (que es a la vez tanto indicativo del, como incompatible con el, propio reconocimiento de Jung de que la psicología carece de una posición arquimediana fuera de la psique a partir de la cual observarla), Giegerich nos llevaría por otro camino, el camino de entrar en el fenómeno en cuestión de tal manera que la intensidad a priori del pensamiento pueda desentrañar la lógica de tal fenómeno desde dentro. Aplicando esto al tema a mano, es decir, a mi preocupación acerca de «enlodar las aguas», el desafío se convierte en el de reflejar dialécticamente en sí mismo el enunciado de tipo juicio sintético, «el agua es lodosa», como un juicio analítico tomándolo reflexivamente, hermenéuticamente, psicológicamente.

¿Pero cómo se puede hacer esto? De acuerdo con Kant la única manera para demostrar el aspecto psicológico de tal enunciado sería mostrar que lo que lleva en su predicado está del lado de la mente. Esto, sin embargo, no puede ser realmente demostrado. Aunque hay una buena cantidad de junguianos que denunciarían un kantismo errante de un «arquetipo de lodo» por parte de Jung, con un poco de reflexión nos damos cuenta que «lodo» no se encuentra en el sistema de Kant al lado de los conceptos trascendentales e intuiciones a través de los cuales la mente construye nuestra experiencia de causalidad y nuestra percepción del tiempo y el espacio. No es, por así decirlo, la categoría a priori de un juicio sintético a priori, por no hablar de uno analítico. Por el contrario, por lo que al agua concierne, lo que la enloda es contingente—el predicado, propiamente hablando, de un juicio sintético a posteriori.

¿O es analítico? Leyendo a Kant a contra corriente, permítanos considerar hacer una lectura analítica de aquello que parece ser un simple enunciado empírico. Por esta razón, podemos decir que cuando sea desentrañada absolutamente, el agua no podrá ser otra cosa que lodosa. O poniéndolo de otra manera, que la esencia del agua sólo puede ser el contexto que la enloda, el lodo que la hace real. Ahora, claramente, la reflexión que se requiere para pensar la necesidad de agua fangosa es muy diferente al tipo de reflexión kantiana que divide tan limpiamente al sujeto del predicado donde una imagen del mundo fenoménico subjetivamente condicionado se separa del mundo de la realidad tal como es en sí mismo y al cual nunca podremos conocer como tal.

Disciplina de la interioridad

Antes de un urgente análisis lógico de mi agua lodosa, unas pocas palabras acerca de la psicología. Según la definición de Giegerich, la psicología es la disciplina de la interioridad. Usando la posición analítica tipo a priori como una hermenéutica de la interiorización o como un espejo nocional podemos tomar cualquier enunciado y constituirlo reflexivamente de manera consciente dentro o a través de éste de tal manera que, en el caso de los enunciados de tipo juicio sintético, los fenómenos a mano de los que se predica ya no están meramente de forma externa frente a la conciencia, sino que más bien, regresan a casa a sí mismos como consciencia, v.g., la forma como la cual ocurre el conocimiento interior. Poniéndolo de otra manera, podemos decir que la psicología se constituye a sí misma al reflexionar cualquier fenómeno más profundamente dentro de sí mismo en términos del ya mencionado espejo nocional. O también que la psicología, como la «disciplina de la interioridad», interioriza de manera analítica enunciados sintéticos (tanto a priori como a posteriori) dentro de sí mismos como si fueran el predicado postulado inmanentemente o el otro interno del juicio analítico de tipo a priori que la psicología dentro de sí misma puede decirse que es.

Pero aquí, ahora, ¿no he enlodado las aguas filosóficas? Al igual que Edipo llevando las sandalias aladas de Hermes, ¿no está Kant, como ahora lo presento, llevando el monóculo de Hegel? Infringiendo el adagio de que un pequeño conocimiento de los años de carrera de filosofía es una cosa peligrosa, debería enfatizar que con mi idea de abordar juicios sintéticos como si fueran analíticos, hemos dejado realmente el análisis de Kant de los juicios por el axioma de Hegel de las relaciones internas.

De acuerdo con el axioma de Hegel, cada tema se encuentra consigo mismo, con su propio otro interno, en cualquiera y en todas las cosas, en cualquiera y en todos los predicados, porque en su mayor concreción cada tema (proposición, enunciado, juicio) está «angelológicamente contextualizado» por, y es en sí mismo el fundamento o el contexto para, todo lo demás, sujeto u objeto. Ahora, la implicación de esta visión sublada es que ya no se aplica la restricción que Kant coloca sobre el conocimiento. Porque cuando se despliega dialécticamente la retorta sellada del modo de reflexión analítico a priori tiene una inclinación transgresora, penetrante que, contrariamente a la propia visión de Kant, obtiene conocimiento real incluso mientras en la plenitud de la visión hegeliana se cancela la distinción que Kant señala entre los reinos fenoménicos y nouménicos. En el ‘juego de la caja de arena’ del mundo, todo puede ser conocido desde dentro, es decir, subjetivamente y auto-conscientemente como auto-relación. La distinción, ‘sujeto’ y ‘objeto’, es cancelada y superada.
Claro como lodo

Así que, de nuevo, ¿qué puede hacerse con mi trepidación acerca del enlodamiento de las aguas? ¿Cómo puede esta preocupación ser interiorizada dentro de sí misma, cómo puede esta resistencia ser sin embargo trabajada?

En primer lugar, el empírico-literalista en mi necesita darse cuenta de que el enunciado no es un juicio sintético tipo a posteriori, sino una metáfora. Mientras ciertamente tiene la semblanza de un juicio sintético a posteriori, podemos fácilmente entender que el enunciado no se refiere, en la manera del empirismo Kantiano, a una relación externa, agua y lodo. Por el contrario, su predicado, lejos de traer información adicional al sujeto, es la propia presentación del sujeto ante sí mismo como algo más, siendo lo externo dejado atrás. Diciéndolo de otro modo (y aquí de nuevo tomamos un rumbo hegeliano), de manera intrínseca y en su forma más concreta el tema de dicha declaración es la unidad interna de sí misma y de lo que tal reflexión externa considera como adicional o externo a ella. Y ahora podemos agregar: tan vasta como pueda parecer la diferencia entre el sujeto y su predicado, su otro, esta diferencia, en el fondo, sólo es la diferencia entre lo explícito y lo implícito.

Justo aquí, alborea una intuición. Sin su otro, el sujeto no puede manifestarse en la plenitud de su infinitud finita. O para decir lo mismo en términos de mi ejemplo, sin algo de lodo en la mixtura, el «agua» podría no ser más que una gotita inquietante en la tabla periódica del cielo platónico—irreal, irrepresentable y abstracto.

Hablé en el inicio de un principio interpretativo que Giegerich ha tomado de Jung (y Jung antes que él de la alquimia), aquel que afirma que la imagen de la fantasía tiene todo lo que necesita dentro suyo para llegar a ser ella misma más plenamente. Entrando en el movimiento dialéctico que despliega este principio, ahora se puede entender que el «agua» referida en mi preocupación acerca de «enlodar las aguas» está usada en el sentido de «claro». Es una representación pictórica de la idea de claridad. Y junto con esto viene la comprensión de que el otro de la claridad es la falta de claridad, la opacidad, las aguas lodosas. Fiel al punto de Jung de que la consciencia no puede existir «sin la percepción de diferencias» (22), la claridad no puede ser conocida independientemente de las incipientes frustraciones de su comprensión. Porque el claro por sí mismo indicaría una especie de mala-infinitud, cegadora, deslumbrante, de lucidez abstracta. Pero el punto clave de la claridad es aclarar, clarificar algo turbio, lodoso. No tenemos claridad—así de repente. Tal claridad ingenua debe resbalarse—como los hermanos subiendo la montaña de cristal en el cuento de hadas discutido por el Dr. Giegerich—si es que ha de traer claridad real y no meramente una abstracción prístina narcisisticamente encapsulada e inmaculada.

En conexión a esas reflexiones, recuerdo una declaración que Jung hace refiriéndose a un pasaje de Nietzsche. En sus Alchemical Studies Jung escribe: «Uno no se vuelve iluminado imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad» (23). Nótese que la luz aquí referida, como la claridad que acabamos de discutir, no se puede tener sin un encuentro con la oscuridad que es su otro. Nietzsche hace una anotación similar. En un bello pasaje titulado «Y una vez más se vuelve clara», donde el más psicológico de los filósofos se compara a sí mismo y a sus lectores más favorecidos con «fuentes abiertas [que] no dificultarán a nadie beber de nosotros». Complicando esto está el hecho de que, por esa misma razón, además «no tenemos manera de protegernos de volvernos túrbidos y oscuros, …

ni manera de prevenir que la época en la que vivimos arroje en nosotros sus ‘desperdicios actuales’, o de impedir a las aves inmundas lanzar sus excrementos, a los niños sus porquerías, y a los viajeros exhaustos su miseria grande y pequeña, en nosotros. Pero haremos como siempre hemos hecho: acogeremos en nuestra profundidad cuanto se nos arroje—porque somos profundos, no olvidamos—y una vez más se vuelve clara ….» (24)

Al igual que la fuente de Nietzsche acogiendo cualquier cosa que le es arrogada dentro suyo en sus profundidades y una vez más volviéndose clara, la psicología, a la que Giegerich llama la disciplina de la interioridad, toma toda clase de fenómenos dentro de sí misma incluso si se constituye a sí misma al reflejarlos dentro de ellos mismos de una manera esclarecedora. Vuelta túrbida y oscura por aquello que en su primera inmediación parecían ser relaciones y objetos externos, mantiene su programa de no permitir que «nada de afuera, que no le pertenece, entre en ella». Esto no quiere decir que impida que cualquier cosa o cualquier persona beba de ella. Y menos aún que se aleje de la vida, inmaculada y distante. La psicología como la disciplina de la interioridad no es una retirada solipsista del mundo. El punto, más bien, es que en tanto que se deja permear por la situación en la que se encuentra, simultáneamente prodiga su sustancia pensante sobre el fenómeno a mano incluso en tanto que, al mismo tiempo sucumbe a, y rechaza, la teoría de la seducción que cada fenómeno lleva, los toma como el otro interno de su propia auto-relación. Tal es la hermenéutica a través de la cual «una vez más se vuelve clara» (25).

Negando a los filósofos

Me gustaría concluir estas meditaciones lodosas «volviéndolas claras» con respecto a una cuestión final. Me refiero a la configuración entera de mi presentación tal como está indicada en el título de mi conferencia. El problema no está en la parte principal, «Interiorizando la psicología en sí misma», la cual transmite suficientemente bien la esencia del proyecto de Giegerich. Más bien, el problema yace en el anuncio dado en el subtítulo, «Siguiendo el movimiento de Kant a Hegel en el trasfondo del proyecto de psicología de Giegerich». Así de didácticamente valioso como lo es para profundizar en este movimiento (Giegerich lo ha hecho en muchos de sus textos), también nos involucra en una contradicción. Poniéndolo en los términos del pasaje de Nietzsche que he citado arriba, para una psicología que se define como la disciplina de la interioridad, y que piensa exclusivamente en términos de relaciones internas, Kant y Hegel son como pecios en su fuente. Esto no quiere decir que como psicólogos analíticos no necesitemos desentrañar las consecuencias del haber tomado partido no-dialécticamente por un filósofo en contra del otro por parte de Jung. Por el contrario, comprender esto es una tarea importante. Más bien, el problema que tengo yace en haberme metido con los problemas filosóficos referentes a Kant y a Hegel. Esto, ahora lo veo, pudo haber tenido el efecto de establecerlos como hecho externos, como si para nosotros no hubiera nada más en juego que impulsarnos en Kant y dedicarnos a Hegel. Sin embargo, nuestro compromiso no es con la filosofía y sus cuestiones en su positividad, sino con la psicología en su negatividad como reflexión dentro de sí misma. Que Hegel o quién sea haya contribuido desde cualquier otra disciplina a sus respectivos campos es importante para nosotros dentro de la psicología sólo en la medida en que nos provee de ideas acerca de cómo manejar nuestras propias preocupaciones estrictamente psicológicas (26). Así, cuando nos ocupamos de Kant, Hegel y su índole, se debe entender que sólo lo hacemos en tanto que ya están interiorizados. Sean lo que sean para la filosofía, para nosotros son las figuras más valiosas en nuestra caja de arena de la interioridad. «Tenemos que entender», escribe Giegerich, «que la psicología es el estudio de las reflexiones en algún espejo y no el estudio de aquello que en el espejo está reflejado. Este giro hacia lo ya reflejado no es un truco para después de todo llegar al alma, la cual de otro modo es invisible, ni es un segundo mejor sustituto para ‘la cosa real’. Por el contrario, sabemos que lo ya reflejado es ‘la cosa real’ de la psicología» (27).

Notas

1. Este volumen, p. 26.

2. Para la visión de Giegerich de la problemática Kant-Hegel-Jung ver sus artículos: «The Rescue of the World: Jung, Hegel, and the Subjective Universe», Spring 1987: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1987), pp. 107-114; «Jung’s Betrayal of his Truth: The Adoption of a Kant-based Empiricism and the Rejection of Hegel’s Speculative Thought», Harvest: Journal of Jungian Studies, 44.1 (1990): 46-64.

3. Stephanie de Voogd, «C.G. Jung: Psychologist of the Future, ‘Philosopher’ of the Past», Spring 1977: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Zürich: Spring Publications, 1977), pp. 175-182.

4. C.G. Jung, Letters, vol. 1: 1906-1950, ed. G. Adler y A. Jaffé, tr. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1973), p. 1944.

5. C.G. Jung, Collected Works, tr. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1953), vol. 8, párr. 358 (todas las subsecuentes referencias a los Collected Works de Jung, abreviada a CW será por número de volumen y párrafo, designado por §).

6. Jung, CW 8 § 358.

7. Jung, CW 8 § 360.

8. Renos Papadopoulos, «Jung and the Concept of the Other», en R. Papadopoulas & G. Saayman, eds., Jung in Modern Perspective: The Master an his Legacy (Dorset: Prism Press, 1991), pp. 54-88.

9. Jung, CW 9, ii § 13-19.

10. C.G. Jung, The Integration of the Personality, tr. Stanley Dell (London: Kegan & Paul, 1940), p. 91.

11. Wilfred Bion, «The Grid» (1977) en sus Two Papers (London: Karnac Books, 1989).

12. Jung, CW 14 § 749. Para una discusión de este principio por parte de Giegerich ver su «Comment on, ‘The Autonomous Psyche: A Communication to Goodheart from the Bi-Personal Field of Paul Kruger and James Hillman'» [para una versión en castellano ver Comentarios sobre «La Psique Autónoma. Una comunicación a Goodheart desde el Campo Bi-Personal de Paul Kugler y James Hillman»], in Spring 1985: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Dallas: Spring Publication), pp. 172-174. Ver también su The Soul’s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology (Frankfurt am Main: Peter Lang GmbH, 1998), p. 126.

13. Jung, CW 16 § 454.

14. Citado en S. Körner, Kant (Harmondsworth: Penguin Books, 1955), pp. 18-19.

15. Citado en Körner, Kant, p. 24.

16. Körner, Kant, p. 20.

17. Cf. Jung CW 10 § 14; CW 9, i § 136n, 150; CW 8 § 840; CW 3 § 527.

18. Citado en Körner, Kant, p. 20.

19. Jung, CW 8 § 331.

20. Jung, Letters, vol. 1, p. 199.

21. Comunicación personal.

22. Jung, CW 14 § 603.

23. Jung, CW 13 § 265-266.

24. Friedrich Nietzsche, The Joyful Wisdom, tr. Thomas Common (New York: Frederick Ungar Publishing, 1960), p. 346.

25. Además de estas reflexiones, pienso que podemos volver a mirar los juicios analíticos a posteriori. ¿Son verdaderamente tan imposibles como Kant sostenía? Moviéndonos desde los juicios claramente delineados de Kant a los axiomas de relaciones internas de Hegel, ¿no se vuelve evidente que el sujeto analítico sería meramente abstracto sin el a posteriori como su predicado? Si bien es ciertamente verdad que lo analítico, siendo enteramente una función de su propia lógica auto-definitoria, es contradicha por el a posteriori, el cual se extrae de la experiencia, esta contradicción puede además ser comprendida como una auto-contradicción que abre una dentro de la otra como su propio otro interno. Poniéndolo de otra forma, cuando nos apartamos del razonamiento de Kant con respecto a la imposibilidad de los juicios analíticos a posteriori, damos con la noción de Hegel del «CONCEPTO existente» el cual tiene la forma de un juicio absuelto de la diferencia entre analítico y a posteriori, sujeto y objeto, individual y universal, uno y muchos.

26. Wolfgang Giegerich, comunicación personal.

27. Wolfgang Giegerich, «Is the Soul ‘Deep?’ Entering and Following the Logical Movement of Heraclitus’ ‘Fragment 45,'» [Traducción al castellano: «¿Es “profunda” el alma? Introduciéndose y siguiendo el movimiento lógico del Fragmento 45 de Heráclito»], Spring 64: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 1998), p. 2.

«Diferentes momentos de la verdad»—algunos ejemplos

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Dos, 25-40, 2005.

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

Desde Kant conocemos la distinción entre «juicios sintéticos» y «juicios analíticos». En cuanto a los últimos, el predicado habla de lo que de hecho esta implícitamente contenido en el sujeto v.g., «todos los cuerpos son extensos», mientras que en los juicios sintéticos el predicado da alguna nueva información más allá de lo implicado por el concepto del sujeto, tal como en: «algunos cuerpos son pesados». No se puede pensar en un cuerpo que no fuera extenso (tridimensional), pero si se pueden pensar cuerpos que son en cambio livianos o sin ningún peso (como aquellos de la geometría). Así que la noción de «cuerpo» necesariamente implica la de extensión, pero no involucra la noción de peso. El atributo de pesadez sería una adición.

En mi artículo anterior sobre la dialéctica discutí brevemente el fenómeno o el concepto de la voluntad. Lo que dije sobre ello tendría que ser entendido como enunciados analíticos en el sentido expuesto. Mostré lo que implica «querer»; desplegué, o desarmé, las complejidades internas de lo que está contraído en una noción cuando simplemente decimos, «quiero». De manera similar me aproximo a los mitos y a las historias relacionadas. Veo en ellos un análisis o una explicación de un concepto único en cada caso, el concepto o la noción de una situación vital o de un fenómeno, de una verdad, de una realidad arquetipal, solo que este análisis o explicación se presenta en forma narrativa y en imágenes. Uno puede rememorar aquí la frase de Bachofen de que el mito es la exegesis del símbolo. En la medida en que mi lectura del mito es psicológica y en tanto que defino la psicología como la disciplina de la interioridad, mi pensamiento acerca del mito obviamente tiene que ser analítico en este sentido. No puede ser sintético, porque si lo fuera, pensaría en algo que literalmente tiene algo fuera de sí mismo, como un Otro literal, y entonces ipso facto sería un pensamiento en términos de relaciones externas entre dos o más cosas o personas. Pero para la psicología no hay ningún Otro. O el otro que hay es el propio otro del «alma», su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro. «El alma» es auto-relación. No tiene nada afuera de sí misma. Y a la inversa, si pensamos en términos de un otro que está verdaderamente afuera y cara a cara, de una relación literal entre dos, v.g. de «relaciones de objetos», «relaciones interpersonales», de un «conflicto entre opuestos», etc., hemos abandonado la psicología. Entonces estamos en el mundo físico, en la realidad externa, en el mundo social de las personas reales, pero ya no más en el mundo del alma.

En la última parte de La Vida Lógica del Alma demostré este tipo de lectura del mito. He dicho que el mito de Acteón y Artemisa trata de lo que hoy tenemos que llamar la noción rigurosa de la psicología y he intentado mostrar lo que esto implica. He leído este mito como el despliegue «analítico», en forma pictórica, de las complejidades internas, la dialéctica viviente, del punto de vista de la psicología. Psico-logía (el logos de y acerca del alma) es ese momento de los momentos de la verdad del alma en la cual el alma quiere conocerse a sí misma (la verdad desnuda acerca de sí misma). Y este conocimiento en el mito de Acteón no se muestra como un hecho estático, sino como un movimiento lógico complejo con varios estadios y contradicciones internas. Usando una analogía técnica inapropiada, podríamos decir que si la psicología fuera un automóvil, entonces el mito nos muestra lo que está por debajo del capó y cómo trabaja su motor. Acteón y Artemisa no son dos seres, como tampoco son, de la manera en que lo son sujeto y objeto, otros literales el uno para el otro. Más bien, es el alma como Acteón la que se encuentra a sí misma como Artemisa y lentamente se ve forzada a darse cuenta que la lógica de este encuentro, la lógica del verdadero conocimiento, la lógica de aquel momento particular de la verdad que trata acerca del acontecimiento (o de la experiencia factual explícita) de la verdad misma (de la contemplación del «alma» sin velos, en su nuda veritas), deshace la aparente diferencia inicial que había entre los dos.

Por lo tanto uso el término «verdad» en dos sentidos diferentes; en un sentido («momentos de la verdad») es sintáctico, mientras que en el otro («acontecimiento de la verdad») es semántico (el contenido específico de este acontecimiento resulta ser el verdadero conocimiento, mientras que otros sucesos tienen otros contenidos, es decir, toman conciencia de otros «momentos de la verdad», Jung podría decir de otros arquetipos). En cuanto al primer sentido, es necesario puntualizar que las verdades del alma no reciben su carácter de verdadero de ningún otro lugar—en contraste a nuestro concepto usual de verdad, el cual consiste en la correspondencia entre nuestras proposiciones u opiniones y los hechos reales y como tal es fundamentalmente comparativo, cuestionable, necesitado de justificación. Puesto que son verdades del alma, tales verdades son primordiales, irreductibles, «arquetipales». Tienen su medida dentro de sí mismas, en efecto, son la medida para, o el fundamento (en el sentido metafísico) de, aquello que puede ser empíricamente experimentado como verdadero. Son por lo tanto «no lo que el ojo puede ver, sino aquello que abre el ojo» (Kena Upanishad). Artemisa en el mito de Acteón, por contraste, es la imagen semántica de la verdad desnuda, representa la verdad, precisamente como «lo que el ojo puede (y necesita para) ver».

En el cuento de la montaña resbaladiza que discutí anteriormente con miras a elucidar lo que es la interiorización en la negatividad absoluta, teníamos una situación similar a la del mito de Acteón, el alma (en la forma de los tres hermanos) tratando de alcanzarse a sí misma como la princesa del otro mundo en lo alto de la montaña de cristal. Pero esforzarse por subir no es lo mismo que cazar o matar, y deslizarse hacia abajo no es lo mismo que ser convertido en ciervo. Este cuento no es sobre el deseo del alma de conocerse a sí misma, no es acerca del momento o de la verdad de sí misma en el cual el alma quiere conocer su propia verdad desnuda y así asimilar al sujeto en el objeto; más bien se trata de otra verdad, el momento muy diferente de la necesidad anímica por acceder a la tierra del alma y traer la comprensión anímica desde allí atravesando una frontera fundamental hasta aquí, el mundo empírico. Esa es la razón por la que aquí tenemos la clara separación entre la misteriosa aparición del caballero dorado y el reconocimiento empírico-factual del joven hermano como el poseedor de las manzanas de oro. Aquí el alma quiere darse alcance a sí misma en medio de este mundo, esto es, darle alma al mundo empírico-factual, enriquecerlo con su propia profundidad, con su resplandor dorado. Mientras que para ese momento de la verdad del alma en el cual la misma meta es el acontecimiento de la verdad, es necesario que Acteón no se mantenga a sí mismo en su forma original ni regrese a ella, para el otro momento de la verdad en el cual el alma tiene el propósito de conducir su propio don, el don del alma, hacia esta vida real, es esencial que los tres hermanos se mantengan como ellos mismos.

Hay un sinnúmero de otros momentos de la verdad en la vida del alma, entre ellos la necesidad del alma de ocultarse, de velarse a sí misma—en obvio contraste a la otra necesidad discutida en La Vida Lógica del Alma de encontrarse a sí misma como verdad desnuda, absolutamente develada. Menciono este hecho porque algunas personas, v.g., Michael Vannoy Adams, imputan a mi libro la tesis de que todos los mitos versan acerca de la búsqueda de la Verdad absoluta, así que sienten la extraña necesidad de recordarme que también hay mitos acerca del ocultamiento.

Ahora quiero dar al menos tres mitos más como ejemplos de otros momentos de la verdad, únicamente tres de la multitud de ejemplos posibles, y discutirlos solo someramente, de manera superficial. El punto para mí no es hacerle total justicia a ninguno de ellos, sino brindar alguna indicación general de lo que significan para la idea de los «diferentes momentos de la verdad» del alma. Como ejemplos he escogido mitos en los cuales el alma siente la necesidad de tomar la forma de una figura humana femenina, concretamente Sémele, Dánae, Alcmena, que se relaciona con un dios masculino, así podemos tener un contraste real con los dos cuentos de Acteón y de la montaña resbaladiza que comienzan con figuras masculinas humanas y que tienen una figura femenina divina o de otro mundo como su contraparte.

El mito de Acteón no versa sobre la psicología de los hombres, ni el mito de Sémele es acerca de la psicología de las mujeres. «Hombres» y «mujeres» no son conceptos psicológicos. Pertenecen a la biología, a la antropología, a la sociología, etc., mientras que la psicología trata sobre «el alma». En psicología, las imágenes de hombres y mujeres, de lo masculino y lo femenino, son metáforas o alegorías, pero de lo que son metáforas o alegorías es siempre del alma en una de sus apariencias. Dependiendo enteramente de qué naturaleza particular de la verdad de sí misma quiera representar el alma, puede necesitar imaginarse a sí misma como una figura masculina o femenina (o algunas veces quizá como neutral o hermafrodita), una figura en relación consigo misma (el alma) en la forma de una figura del sexo opuesto (o a veces también del mismo sexo o sin sexo en absoluto). La forma sexual de las figuras, más que ser un atributo primario ya dado, es una función de la noción particular que está siendo representada, una función de la naturaleza específica de los momentos respectivos de la verdad, tal como lo son otros rasgos específicos de las mismas figuras y como lo son las acciones y los eventos en el mismo mito.

Antes de comenzar, quiero hacer hincapié que al estudiar los mitos únicamente estoy interesado por la verdad que se despliega en ellos, es decir, por las nociones, por los conceptos. No tengo ningún propósito ulterior más allá de comprender el concepto y su lógica interna en cada caso. Bajo tal consideración esto es similar a estudiar la naturaleza de un triángulo en geometría. No quiero nada de ello para mí, no busco un uso práctico o un deseo de obtener respuestas y ayuda para vivir mi vida, para dominar mejor los dilemas, para superar los conflictos neuróticos, para mejorar mi auto-desarrollo o simplemente para entenderme mejor, ni para otorgarle alguna profundidad mítica a mi realidad. Todos esos intereses egoicos y ajenos los he dejado detrás. Así como los conceptos de un triángulo o de un octágono no tienen nada que ver inmediatamente con nosotros y con nuestras vidas reales; pero así como una clara comprensión de ellos diferencia y cultiva la mente, así, también, el estudio de los mitos no es acerca de nosotros y nuestro único propósito al seguirlos debería ser el de aprender a comprender algo y de este modo refinar la mente. El estudio de un mito debe ser libre, motivado solamente por el amor del interés mismo, sine ira et studio; nuestro estudio debe de tener todo lo que necesita dentro de sí mismo, incluso su recompensa. Su propósito es la verdad, la comprensión, y nada más. «La verdad os hará libres», tal como dice la Biblia (Juan 8:32), y «Magna est vis veritatis et praevalebit» (Grande es el poder de la verdad y prevalecerá), como Jung, probablemente citando a Tertuliano, (1) dijo tempranamente en 1912 (GW 7 p. 291, GW 7 § 441).

Sémele y el momento de la entrega absoluta del alma a sí misma en pasión

Si el alma quiere representar su propia necesidad de absoluta devoción y auto-entrega a sí misma como su otro, elige para ello una figura femenina. Esta absoluta entrega de sí misma es equivalente a la absoluta receptividad y concepción. Es absoluta al grado de no exigir ser preservada en su acto de recibir/concebir. En esta necesidad se constela el otro del alma bajo la forma de un engendrador, Zeus. Si el Zeus paterno se próxima a Sémele en su forma pura, absoluta, como un rayo, como el fuego totalmente consumidor, entonces esto no debe ser visto como violencia y aniquilación—en todo caso no debe ser visto simplemente como destructividad por parte del engendrador, sino como la expresión de la inexorable dedicación de Sémele. La forma de su destino al ser consumida por el fuego y por la naturaleza luminosa de Zeus revela su propia naturaleza. Esto es así porque el propio pedido de Sémele es ver y experimentar a Zeus en su verdadera forma, en su verdad ultima. Por lo tanto este es el momento de la verdad del alma en que ella desea experimentar su propia verdad o más bien a sí misma como verdad. De alguna manera, esto hace que sea muy similar al mito de Acteón, pero en lugar de la caza activa de la verdad (entonces «desnuda»), pura, virginal, lo cual expresaría un interés en conocerse a sí misma como verdad, el mito de Sémele muestra como el alma anhela pasivamente o, más bien, apasionadamente recibirse a sí misma completamente como verdad absoluta o como fuego ardiente hasta el punto de ser consumida por ello, y de este modo además concebir algo nuevo. En vez de cognición y visión (Acteón), iluminación total y consumición apasionada (Sémele). El relámpago no es algo que le venga a ella de afuera, un accidente, una terrible fatalidad. Más bien, el ser consumida es realmente, o al menos en igual medida, su propio consumirse a sí misma en pasión, su languidecer, su extenuarse, deseos que anhelan para sí el destello consumidor del rayo. La hermana de Sémele tiene el nombre de Tione, «la ardiente», y más tarde este nombre también le fue dado a Sémele. Esto expresa claramente la naturaleza de auto-entrega de Sémele. Absoluta entrega apasionada de sí misma y rayo absolutamente consumidor son lo mismo, aunque no iguales. El rayo revela en un lado la inexorabilidad y lo absoluto de la devoción apasionada en el otro lado. Naturalmente es así, ya que el mito representa la auto-relación del alma, y por lo tanto tenemos en ambos lados lo mismo, el alma en formas complementarias exactamente correspondientes. En la vida real, dos personas con su propio carácter individual, historia y necesidades se juntan; su unión es un «juicio sintético» en el sentido ya expuesto; ésta podría ser la razón por la cual podrían no encajar el uno con el otro. Pero la unión en el mito es la auto-manifestación de una noción, el despliegue «analítico» del alma (una y la misma alma) en dos, en una de la multitud de formas de sus emparejamientos dialécticos internos.

He usado las palabras «languidecer», «consumirse». Éstas no son totalmente correctas. El anhelado engendrador viene a Sémele de una forma verdaderamente violenta, de manera penetrante, no como parte de su cuerpo, sino como su existencia completa. Espenetración, de hecho, impregnación, absoluta. Y solo como tal ello es la disolución fundamental de Sémele: el cumplimiento de su pasión absoluta.

En el ser consumida o consumirse a sí misma, Sémele desaparece. En el encuentro no puede mantener su lugar frente al otro. Por lo tanto, no puede llevar dentro a su hijo hasta el final. Puede concebir, pero no puede ser madre, no pude ser un útero protector, contenedor, para su hijo. Es enteramente amor apasionado por su otro, en quien desea disolverse, con quien quiere unirse, fusionarse. Así que su concepción es incompleta, incluso se podría decir que su concepción es en sí misma abortiva, porque no puede contener al niño. No obstante, su unión no ha sido solo para sí, para su propia gratificación; fue en efecto productiva, trascendiéndola a ella misma. Y por esta razón tengo que corregir mi afirmación de que Sémele buscaba entregarse para así fusionarse con Zeus. Esto podría no hacerle plena justicia. Sémele realmente se fusiona, no dentro de él, sino en la unión con él: dentro del fruto del útero, en un Tercero.

Ella aún no puede ser madre para su niño. La función de madre, de útero protector, se traslada al engendrador, Zeus, y no solo a Zeus en general, sino probablemente de forma específica a él como el engendrador, es por ello precisamente que el muslo masculino toma la función substituta del útero. Esto, también, es inherente a la lógica de la completa y apasionada auto-entrega de Sémele. Ella no persiste. En su pasión, de alguna manera muere en la unión con su otro, y así su propia función de madre embarazada es también entregada y trasladada completamente al otro, a Zeus.

Zeus es ahora engendrador, padre, progenitor—y madre, llevando al niño a su término y dándolo a luz, simultáneamente. La transición del aspecto materno al padre y su unión de opuestos contra-natural es narrativamente representada como siendo realizada por Hermes. La transición de una esfera ontológica o lógica a otra es su dominio.

Zeus se vuelve madre en un sentido sublado, reflexivo, lógicamente negativo. No es por supuesto una madre natural. Hay una inherente ruptura, una alteración, en esta maternidad de Zeus.

¿Quién y qué es el fruto de esta unión? (a) Dionisos es en tanto que dios masculino no obstante de una naturaleza femenina. En él, su madre como la ardiente, la entusiasta, continúa viviendo, confirmando una vez más que Sémele en efecto se fusionó en la unión con Zeus, no solamente en Zeus. (b) Dionisos también es el dios de la auto-entrega, tanto en el sentido de éxtasis divino, delirio, desenfreno y de furia orgiástica, tal como el desmembramiento de niños vivos—una violenta radicalidad y destructividad en el cual se refleja el alto voltaje de su padre como el relámpago. (c) Dionisos es además vino, disolución, corrupción fermentadora, desmembramiento, en todo lo cual se expresan la ruptura lógica y el carácter de sublación del útero que lo llevó y que le dio a luz. Sin embargo, la sublación de lo natural (v.g. del útero natural) no catapulta a Dionisos completamente fuera de lo natural hacia la esfera de la mente, la racionalidad, lo puramente noético, como encarnado, v.g., en Apolo o Atenea. Más bien, en Dionisos, encontramos una sublación de lo natural que sin embargo permanece completamente dentro de la naturaleza, una sublación estrictamente natural, física, material, la cual se ve muy claramente en el símbolo del vino. Dionisos es una espiritualidad corpórea, natural: rapto, entusiasmo. Si seguimos a Kerényi, Dionisos expresa la celebración de la indestructibilidad de la vida, del poder de la vida para mantenerse precisamente a sí misma a través, y a pesar, de la crueldad de devorar sus propias manifestaciones. Atenea, definitivamente mental, también nació directamente de Zeus, pero ella surgió de su cabeza, mientras que Dionisos provino de su muslo.

Dionisos es, desde luego, un dios por su propio derecho y necesita ser visto como tal. Pero este no es nuestro tema aquí. Aquí tenemos que verlo como el resultado de la relación entre Sémele y Zeus, del agonizante apasionamiento del alma hacia sí misma en su forma última como relámpago completamente consumidor. ¿Cómo puede ser entendida esta especie de resultado venido de la consumición y de la desaparición del alma en la unión consigo misma como relámpago? ¿Por qué hay, cómo puede haber, un resultado, un producto? Para poder entender esto haré uso de un pasaje de una carta de Jung, no enteramente feliz, porque Jung está hablando de la vida humana empírica y de aspectos de la fenomenología de la conducta de las personas, mientras que yo quiero discutir la noción representada en nuestro mito. Sin embargo, las categorías usadas por Jung en el siguiente pasaje pueden darnos una pista acerca de qué es el producto de la unión «del alma como pura entrega apasionada» a «sí misma como puro relámpago». Jung dice: «Desafortunadamente es verdad que cuando eres esposa y madre difícilmente también puedes ser la hetaira, tal como es el sufrimiento secreto de la hetaira que no es una madre. Hay mujeres que no están destinadas a tener hijos físicos, pero existen aquellas que hacen renacer a un hombre en el sentido espiritual, lo cual es una función altamente importante». (2)

El alma como Sémele no quiere ser madre de un hijo suyo. Aquí el alma busca entregarse a sí misma en pasión a la unión consigo misma para dar renacimiento en un sentido espiritual al otro de sí misma, quien en este caso toma la forma de Zeus. Dionisos es, en el contexto de esta discusión, la objetivación separada de este renacimiento de Zeus a través de la unión con Sémele. En la vida real, algunas veces encontramos que un gran artista tiene a una mujer que más o menos se dedica completamente a él con el fin de servirle como musa. El producto de esta unión también es un nacimiento contranatural en el que el artista como engendrador es a la vez también aquel que en sí mismo lleva el fruto del útero a su término y lo da a luz. Pero en este caso, el producto no es el renacimiento espiritual del artista como persona, sino de su obra de arte.

Dánae y el momento del anhelo del alma por fecundarse a sí misma

Dánae es encerrada en un calabozo, en total oscuridad, en una especie de inframundo. El destino que le sobreviene, el ser aprisionada, y el lugar en donde se encuentra, nos dicen quién y qué es ella. Su prisión es el reflejo de su propia naturaleza. El lugar de encierro subterráneo es una vasija completamente contenedora, un receptáculo. Dánae es en consecuencia nada más que útero y madre. No sólo puede concebir sino también contener al bebe, llevándolo a término; lo contiene dentro del oscuro calabozo, dentro de la imagen del útero, incluso dos o cinco años después de su nacimiento literal.

Para concebir, el alma debe percibirse a sí misma como, y llegar a ser completamente, una prisión inframundana. Debe retirarse completamente del mundo visible y de todos los lazos que le atan con ello y ser un útero, un receptáculo, completamente invisible. Las ideas de un amante, una relación, una asociación, de deseo, lujuria y del éxtasis de hacer el amor no tienen cabida aquí. La concepción toma lugar en el inframundo.

El correlato del alma como Dánae quien es un útero completamente concebidor es la lluvia de oro en la cual Zeus llega hasta ella. El engendrador no se le aproxima de forma violenta, ni como un intruso-penetrador dentro de su prisión o dentro de ella misma; no hace estallar los muros de su prisión, sino que se filtra o fluye dentro de la vasija. Mientras que Dánae como la que concibe y contiene subsiste, Zeus en su forma de lluvia que se filtra es aquí, por decirlo así, absolutamente no existente como él mismo, como persona y sujeto; se ve reducido a, disuelto en, ser nada más que el semen fecundador, sin rostro, anónimo. Sin embargo, en tanto que oro, es la misteriosa sustancia interior de la mente o del espíritu, semen en su naturaleza de luz divina, el misterioso origen de la vida.

En comparación con el Zeus del mito de Sémele, podemos decir que la lluvia de oro es el relámpago contenido, pacificado, primero coagulado en forma sólida (oro), pero luego esta forma sólida desaparece de nuevo o incluso se vuelve líquida en la lluvia.

La noción narrativamente representada en la historia de Dánae es aquella del alma que quiere concebir y estar preñada. Es únicamente la imagen de la impregnación, concepción y embarazo. No es la imagen del dar a luz, ni del proteger, nutrir, cuidar maternalmente, criar al niño recién nacido. Dánae, como todas las figuras míticas, no es una persona, un ser humano, sino la alegoría de un concepto. El concepto de la concepción nos dice que el correlato del útero es el semen, no la persona a quien pertenece el semen. Podemos recordar aquí que en muchas culturas antiguas el acto sexual entre un hombre y una mujer no era pensado como algo importante para la procreación. Se pensaba que el padre real era un espíritu. Nosotros aún tenemos un rastro de esto en nuestra cultura en la idea de la Virgen María siendo fecundada por el Espíritu Santo.

El fruto de esta unión entre Dánae y Zeus es Perseo. Así como su madre es inframundana, así también él tiene una relación con la profundidad del inframundo. El hecho de que pueda preservarse cara a cara a la Medusa Gorgona nos recuerda la solidez de los muros de la prisión de su madre, mientras que en Dionisos tenemos desmembramiento, corrupción fermentadora y delirio, en perfecta concordancia con la absoluta auto-entrega de su madre. La lucha con la Gorgona, el demonio del inframundo, a diferencia de aquellas de Hércules, no tiene el propósito de simplemente matarla y extinguirla, sino de liberar algo precioso de las profundidades hacia la vida, concretamente Pegaso, la poesía. Este podría ser un efecto de la lluvia dorada.

Dánae es, como Core, una figura del inframundo. No obstante, mientras que Core está en su estado virginal y necesita ser ultrajada en el inframundo, Dánae es, por decirlo así, una Perséfone desde el principio, no hay necesidad de iniciación, ni de una transición de doncella a mujer y posible madre (útero).

Alcmena y el momento del establecimiento del alma en la realidad pragmática

Sémele desapareció en Zeus o en la unión con él, Zeus en su unión con Dánae fue reducido al abstracto misterio-divino origen de la vida y desapareció en la unión con ella. En ambos casos—mujer y relámpago consumidor/mujer como vasija sólida y lluvia de oro filtrándose—el encuentro fue fundamentalmente asimétrico, un lado u otro tienen una decidida preponderancia. Por contraste, si Zeus aparece ante Alcmena en la forma de su esposo, Anfitrión, entonces ella experimenta una unión con una pareja de igual posición y peso, una unión balanceada, en la cual ambas personas mantienen su lugar firmemente en la realidad. Por lo tanto, aquí tenemos una verdadera pareja. Su unión no se produce a través de una frontera de «especies» fundamental entre ellos, ambos son seres humanos.

Alcmena no es una doncella (Core) ni tampoco tiene conexiones con el inframundo, sino que desde el inicio es una esposa consumada en la esfera social humana, una Teleía. En este sentido, su unión sexual con su esposo es un hieròs gámos en el antiguo sentido griego del mundo. En la actualidad en los estudios religiosos este término es usado en el nuevo sentido introducido por los neoplatónicos (Proclo), como una unión particular entre dioses y como perteneciente a «cuentos místicos». Pero, como explica Kerényi, originalmente la expresión hieròs gámos fue usada para la consumación de un matrimonio entre mortales, en especial para el primer encuentro sexual si este era llevado a cabo de acuerdo a los ritos y costumbres prescritos por Hera. Hera como Teleía preside en particular sobre la transición del estado virginal de una mujer al de la esposa legítima, la esposa consumada (Teleía). Y el contraste a hieròs gámos era methemerinoì gámoi, «matrimonios cotidianos», que eran encuentros sexuales con prostitutas.

En este mito el alma se imagina a sí misma como mujer humana empírica real en una unión consigo misma como un marido humano empírico real. Pero puesto que esto es un hieròs gámos, un matrimonio de acuerdo a las reglas de Hera, que en sí misma es Teleía, Alcmena, también, se vuelve una Teleía. En el acto realizado en el espíritu y de acuerdo a las reglas de Hera, la mujer precisamente como esposa humana es—implícitamente—en sí misma Hera. Y su marido, Anfitrión, en tanto que marido humano participando en el hieròs gámos, de igual manera es—implícitamente—ipso facto Zeus Teleios, aquel que brinda cumplimiento o perfección a su mujer (cumplimiento en cuanto al estatus social de «esposa»).

Por lo tanto tenemos una cuaternidad. (3) En el nivel explícito empírico humano tenemos la pareja Alcmena y Anfitrión, mientras que en el nivel implícito e invisible divino tenemos a Hera y Zeus. Pero lo que aquí es esencial es que el nivel divino permanece invisible, meramente implícito; más que eso: está fundamentalmente sublado, no se ha convertido en una realidad en su propio derecho. Más bien, aquí es meramente el reflejo de la profundidad interior o del significado simbólico de la relación interhumana en el sentido de un hieròs gámos. Así que aquí no hay una verdadera cuaternidad. En verdad, solo hay dos realidades, Alcmena y Anfitrión, y Hera y Zeus no son nada nuevo y adicional a ellos: tan sólo son el aspecto profundo interiormente divino de los dos humanos en sí mismos si, y durante el tiempo en que, realizan el rito de un hieròs gámos. Por llevar a cabo este rito, por así decirlo, se ponen vestiduras divinas. Por lo tanto, aquí los dioses no tienen realmente una existencia propia. Están de forma lógica completamente reflejados en los dos humanos y por lo tanto son «internos» a ellos.

En éste momento particular de la verdad del alma que es retratado en este mito, el alma se instala completamente en el plano mundano, en el lado empírico humano, en la realidad social. El hecho de que «Zeus» aparezca ante Alcmena en la forma humana de su propio esposo también refleja que el propio otro del alma ha sido humanizado y perdido su otredad fundamental. No hay realmente un cruce de este lado al más allá, o viceversa. De hecho, una frontera entre dos reinos fundamentalmente diferentes, entre este mundo y el de más allá, no entra en juego aquí. La diferencia entre dos reinos separados por un linde fundamental precisamente ha sido reducida a la otredad social ordinaria del esposo y la esposa en este lado de la frontera. No hay un interés por que la verdad desnuda sea encontrada en lo agreste, o por la princesa con las manzanas doradas en la montaña de cristal, ni un languidecer por ser visitada por el relámpago absolutamente consumidor o por que la lluvia divina de oro sea aceptada/concebida por una oscura vasija inframundana. El alma, en este momento de su verdad, se satisface con ser plenamente humana y con establecerse en la realidad positiva. Una iniciación o un encuentro real del alma consigo misma como su propio otro o un avance aventurado por parte del alma a su propio país difícil de alcanzar no tiene lugar aquí.

En términos de historia cultural, podríamos decir que aquí el estadio de existencia mítico-ritualista ha sido abandonado y que la esfera de la religión ha sido introducida, una religión en la cual los dioses ya no son más epifanías, realidades experimentadas en la naturaleza (por así decirlo universalia in re), viviendo cara a cara, sino que se han vuelto mentales, habiéndose retraído a la mente humana y por ello ahora solo tienen una existencia simbólica sublada en la fe de uno o en la propia actitud piadosa, como concepciones en la imaginación humana (por así decirlo universalia in mente) y como contenidos de la interpretación privada de la vida real. Como los objetos destinados a la adoración de uno mirando hacia arriba, confirman el establecimiento unilateral del hombre en este mundo y su mero «sueño» de lo otro. En el presente caso, Hera y Zeus son simplemente la formulación del hecho de que el fenómeno social real de un matrimonio en tanto que real por y en sí mismo y como autosuficiente es experimentado como teniendo (o asignándosele) su propia profundidad interna y su significado (religioso) más elevado. La situación desde luego aun no es una situación moderna, psicológicamente profunda, donde los dioses podrían ser imaginados como imágenes en sí mismas, en nuestro propio inconsciente. Más bien, aquí los dioses y el significado religioso son factores sociales, expresiones personificadas de los valores y normas de una comunidad social (en nuestro caso valores y normas concernientes al matrimonio) y al mismo tiempo la personificación de la autoridad absoluta que autoriza tales valores. Pero ya hay abstracto-formalmente (estructuralmente) una cierta similitud con la situación moderna en la que un más allá real tal como el que se expresa en lo alto de la montaña de cristal ha sido eliminado, y en el cual los dioses son solo ideas o imágenes en la mente humana.

Sin embargo, con el hieròs gámos el significado de la narración de Alcmena no está agotado. Hay otro aspecto entero que complica el asunto. En su unión con Hera, Zeus es el hermano-esposo. Como tal o como Anfitrión convertiría a Alcmena-Hera en la Teleía, pero no podría ser padre de un niño. Zeus es padre solo cuando no es hermano-esposo, sino cuando es, en el sentido más amplio, el origen de la vida (que apareció ante Dánae como la lluvia de oro y ante Sémele como el relámpago). El acto sexual normal entre humanos como hieros gamos no es en sí mismo reproductivo. Solo se vuelve reproductivo si además el origen de la vida misterioso y espiritual también entra en juego. Este último no tiene nada que ver «arquetipalmente» con el acto sexual humano ordinario, sino que es algo independiente que deriva de un reino «ontológico» o «arquetipal» completamente diferente, el cual puede acompañarlo o no. Es una característica especial de la mitología griega que éste Dios, Zeus, encarne esas dos funciones casi opuestas.

Por lo tanto no tenemos un simple matrimonio cuaternario. Esto se complica porque Zeus aparece aquí en dos funciones diferentes, presentándose como parte de la cuaternidad y metiéndose en ella. En el primer sentido, es simplemente el hermano-esposo de Hera y como tal el aspecto profundo interior de Anfitrión como el esposo normal que Anfitrión es. Hasta este punto, todo es comme il faut. En toda unión sexual legitima, existen estos dos niveles, el nivel empírico humano y el nivel de significado interior de los acontecimientos empíricos de la pareja divina. Pero aquí Zeus también y en adición está presente como el resplandeciente destello del misterio del misterioso origen de la vida, algo comparable al Espíritu Santo. Sin embargo, el punto en este momento de la verdad del alma es nuevamente que la fuerza de la paternidad espiritual se oculta completamente a sí misma en la forma de lo normal, lo común, de lo empíricamente real y familiar. No se vuelve visible y explícito; de hecho, permanece completamente inadvertido. El misterioso origen divino o espiritual de la vida se encuentra oculto y ocluido en la consumación factual del matrimonio. Aquí el alma no busca confrontarse consigo misma en una epifanía o revelación directa de Zeus como el engendrador, como ocurría con Sémele o Dánae, o, para este caso, con la Virgen María (la Anunciación).

Solo después del hecho, cuando existe una discrepancia entre las experiencias de Alcmena y Anfitrión, se deduce la participación de Zeus como un Otro. En este sentido, el lado del alma en su otredad fundamental se hace presente en esta historia, después de todo; sin embargo, solo como una conjetura, no como una revelación. Como una inferencia, como una conjetura, la presencia de Zeus es solo una idea en la mente humana. Realísticamente hablando esta conjetura se reduce a la observación de que Alcmena ha quedado embarazada. En el presente mito, este hecho se explica religiosamente como el misterioso origen de la vida (y no solo como el esposo humano) yaciendo junto a Alcmena, mientras que hoy para nosotros el diagnóstico de un estado de embarazo, como-tal-impredecible, no necesita ni recibe una interpretación religiosa. Lo dejamos sin explicación y sin profundidad religiosa como un hecho fortuito meramente biológico, un suceso accidental en la esfera de la positividad sin ningún tipo de significado. Por lo tanto incluso con respecto a Zeus como el misterioso origen de la vida tenemos que darnos cuenta de que en esta constelación particular prevalece la postura religiosa (en contraste a la colocación ritualista o iniciática) y que además aquí el alma se ha establecido en el lado humano y permite la realidad de la presencia de lo divino solo vía especulación después del hecho, no como experiencia iniciática inmediata.

Cualquier niño procedente de un hieròs gámos es ipso facto un Hera-cles, una gloria de Hera. Pero Hera también esta celosa de este niño, porque sabe que el padre no puede ser su hermano-esposo o que Zeus no se limita a sí mismo a ser su hermano-esposo y en este sentido se escapa de ella, le es infiel.

Heracles en tanto que el fruto de esta unión pertenece completamente al mundo empírico. Su tarea es la de establecer firmemente y estabilizar la colocación humana en éste lado, en la realidad social, en el mundo empírico, y protegerla de la embestida del otro lado del alma, el cual ahora aparece como monstruoso. Es por esta razón que debe luchar y eliminar a los monstruos del inframundo, uno después de otro—no para ganar un favor de ellos, sino para cerrar completamente la puerta al otro lado de forma más segura. En tanto que enraizado completamente en la esfera social humana, tiene que realizar trabajos. Y de forma similar, tiene que ser el gran sufriente, tal como Jesucristo (Dios vuelto hombre en esta tierra), sin que su sufrimiento tenga de alguna manera la naturaleza de una iniciación (como por ejemplo con Dionisos). Es solo sufrimiento llano, simple dolor. Pero el otro lado de ésta mundanidad suya es que en el final, en su vida después de la muerte, es recibido en el Olimpo (4) y se casa con Hebe, la versión joven de Hera. Esta dualidad de las esferas se corresponde desde luego a la dualidad en los niveles del matrimonio cuaternario y al hecho de que el alma en este particular momento suyo de su verdad ha entrado en el estadio «religioso» y se imagina a sí misma de acuerdo a éste.

Heracles podría no haber sido el producto de la unión entre Sémele y el relámpago, ni de Dánae y la lluvia de oro. A la inversa, un Perseo o un Dionisos posiblemente podrían no haber sido la descendencia de la unión de Alcmena con Zeus como Anfitrión. En el mito, los padres y la forma de la unión por un lado, y el hijo y sus características por el otro, se explican mutuamente. Son tautológicos. Ahora, Heracles es, dentro de la mitología, aquella figura que activamente clausura el modo mitológico-ritualista de ser-en-el-mundo y de este modo prepara el terreno para aquella nueva postura caracterizada por la religión y la filosofía, la metafísica.

Notas

1. Tertuliano, Adversus Praxean 26.

2. C.G. Jung, Letters 2, p. 455, a Carol Jeffry, 18 de junio de 1958.

3. Pero nótese la diferencia con las cuaternidades con las que trabaja Jung, donde el otro trascendente (interno, inconsciente, arquetipal) de una persona es contra-sexual (v.g. el Adepto y su Anima, la Soror y su Animus).

4. Los muchos paralelos entre Heracles y Cristo (Cristo como dios vuelto enteramente hombre, Cristo como vencedor del inframundo, Cristo resurrecto) fueron advertidos y apreciados por la Iglesia temprana.

¿Ontogenia = Filogenia? Una crítica fundamental a la Psicología Analítica de Erich Neumann

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en The neurosis of psychology [La neurosis de la psicología], volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo uno, 19-39.

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica.

Entre los psicólogos analíticos e incluso entre los representantes de otros campos, el trabajo de Erich Neumann goza del máximo reconocimiento. Esto no sólo es atestiguado por las frases que se refieren a él como «el verdadero espíritu creativo entre la segunda generación de alumnos de Jung, el único que parecía destinado a construir sobre la obra de Jung y continuarla» (1), sino incluso mucho más por el hecho de que para muchos junguianos su terminología y orientación parecen haberse convertido en una segunda naturaleza. Neumann de hecho nos presentó un esquema grandioso y fascinante del desarrollo psíquico, tanto de la humanidad como del individuo, un esquema que prometió dar a la Psicología Analítica una base firme y una estructura sistemática, y al mismo tiempo servir como una herramienta por medio de la cual uno podría esperar hacer comprensible toda la gama de los fenómenos psíquicos, tanto en el grupo como en el individuo, en el pasado y en el presente, en lo sano y en lo enfermo. Pero, puesto que ya han pasado 25 años desde que su obra principal apareció por primera vez y ahora podemos considerarla desde cierta distancia, nos reclama la cuestión de si Neumann realmente basó su Psicología Analítica en la obra de Jung, y sobre todo de si toda su perspectiva resiste un examen crítico.

Comenzamos con nuestro asombro ante el hecho de que en Los Orígenes e Historia de la Consciencia, un trabajo claramente concebido como un estudio histórico, Neumann casi nunca se refiere a eventos fechados o fechables. Por supuesto, en una historia de los primeros inicios no podemos esperar dataciones precisas para el mismo año, pero sin una cierta organización del material presentado en términos de tiempo, aunque sea muy aproximada, una «historia» es inconcebible, incluso una aproximación desde la psicológica profunda. Jung, por ejemplo, en Respuesta a Job, basó su‘Entwicklungsgeschichte’ en hechos claramente históricos (la composición de ciertos pasajes bíblicos, la declaración de dogmas, etc.). Neumann, en cambio, basa su historia exclusivamente en motivos míticos y muestra estar completamente al margen de lo histórico cuando, en lugar de preguntar cuándo y dónde ciertos mitos aparecieron por primera vez, y por cuales otros mitos fueron precedidos y seguidos, recopila ejemplos de un mitema desde diversas edades e ilustra, p. ej., la idea de la castración «superior» con el mito de Edipo así como con un drama moderno (Ernst Barlach)—no a través de la amplificación con el fin de dilucidar el significado de un motivo, lo cual sería legítimo, sino con el fin de establecer fases en el desarrollo de la consciencia. No podemos dejar de comprobar una contradicción fundamental entre la declarada intención historiográfica de Neumann y lo que en realidad ofrece; sea lo que sea la obra de Neumann, no es una historia.

Pero quizás Neumann se equivocó acerca de su propia intención y, por lo tanto, también engañó inadvertidamente a sus lectores en su título y en los comentarios introductorios. Tal vez no estaba interesado por la historia, sino que en realidad, tenía un objetivo completamente diferente, el cual llevó exitosamente a cabo. Cuando Neumann habla de etapas mitológicas (no histórico-culturales) de desarrollo y hace hincapié en que aquí «etapa» no se refiere a «ninguna época histórica» (2), podríamos suponer que su intención real era la representación de «etapas» dentro del mito en sí mismo (en oposición a la historia cultural), de una secuencia de imágenes míticas en el sentido de un proceso de fondo que se encuentra de alguna manera ‘por encima’ de la historia. Entonces tendría que ser demostrado que un motivo presupone otro y que es a su vez la base para otros más, es decir, que hay una ley genética inherente en el mito.

Ahora podemos ver qué hace Neumann: no presenta etapas del mito en sí, sino más bien su propia organización del material mitológico disponible, un esquema genético que no deriva del mito sino que es preconcebido y proyectado sobre él. Aunque lógico y en sí mismo satisfactorio, este esquema es, sin embargo, ‘ficticio’, una construcción especulativa y sin fundamento empírico.

Hemos visto que el libro en cuestión no es una Ursprungsgeschichte de la consciencia. Pero si se intenta organizar la multitud de motivos mitológicos, se deduce que también debemos dudar de si se trata de una historia de la consciencia. Porque las imágenes mitológicas o arquetipales, por definición, pertenecen al así llamado inconsciente colectivo. En consecuencia, la aparición del héroe, como un motivo arquetipal, no representa la emergencia de la ego-consciencia a partir del «inconsciente colectivo», o el origen de la consciencia en general, sino un acontecimiento en el inconsciente colectivo. Siempre y cuando separemos el inconsciente colectivo y la consciencia como dos sistemas opuestos entre sí, un estudio de mitemas naturalmente no nos puede informar sobre el origen y la historia de la ego-consciencia. De hecho, no podemos en absoluto derivar la consciencia a partir de la inconsciencia, sino que debemos concebirla como un principio en su propio derecho. La mitología nos puede informar sólo acerca de los distintos patrones de la consciencia.

De ello se desprende que un estudio del desarrollo de la consciencia debe volver a la esfera de la historia empírica y no a la de los mitos y arquetipos. Cuando la Ursprungsgeschichte de la consciencia deja de ser una historia, ya no trata más de la consciencia real. Neumann parece haber sentido esto. ¿Por qué entonces el énfasis en la historia? Aunque de facto él sólo se mueve en el terreno de los mitos, después de todo en su obra apunta a una comprensión de la historia cultural. La sistematización de Neumann de las imágenes mitológicas sólo podría servir a este propósito si el modelo especulativo de etapas mitológicas pudiera demostrar que corresponden a un desarrollo (histórico) cultural real en el sentido de la filogenia.

¿Hay en la historia cultural una «secuencia regular» (3) de etapas de desarrollo de la consciencia? ¿Acaso la historia necesariamente y sin ambigüedad conduce del matriarcado al patriarcado, a partir del uróboros a través de la separación de los padres primordiales y la lucha del héroe a la transformación? Esta pregunta puede ser contestada en forma negativa con algún grado de certeza. Entonces, ¿cómo sería posible encontrar, incluso entre los primitivos (entre quienes de acuerdo a Neumann «las primeras etapas de la psicología del hombre» (4) prevalecen), mitos del héroe de pleno derecho, es decir, mitos que presuponen una consciencia considerablemente desarrollada, de acuerdo con el sistema en cuestión? Si las culturas tempranas y primitivas de hecho fueron entendidas principalmente en términos de los así llamados primeros estadios, no podían en absoluto haber desarrollado un mito maduro del héroe solar, plenamente integrado en su vida ceremonial y ritual. Debe de haber incluso grandes dudas con respecto al mito de transformación, que se supone que es una indicación de la etapa más alta del desarrollo y, sin embargo, pertenece al bagaje cultural accesible más antiguo de la humanidad. Canibalismo, sacrificios humanos y de animales, los cultos de los muertos, el chamanismo—por nombrar sólo algunos de los fenómenos más notables—ocurren con primitivos modernos así como con las culturas antiguas del pasado que se remontan a la Edad de Piedra, donde nuestro conocimiento histórico-cultural termina (o empieza, si así se quiere ver) y dan testimonio de la presencia decisiva del mito de transformación. (5) Conversamente, todos los períodos tardíos en el desarrollo cultural de las civilizaciones concretas y de la humanidad, naturalmente, tienen sus mitos de creación, que supuestamente corresponden a edades tempranas.

Por lo tanto, tampoco se puede mostrar que las consciencias matriarcal y patriarcal se den en la historia con la regularidad de una ley. El mundo medieval del Islam estuvo, p. ej., claramente caracterizado por una consciencia masculina, mientras que en el catolicismo medieval simultánea y así mismo decididamente el arquetipo de la madre, ejerció una fuerte influencia en la forma de la Mater Ecclesia y sus sacerdotes así como en la Madre de Dios. En lo que se refiere a la mentalidad masculina, el Islam medieval, por otro lado, corresponde más bien al protestantismo, que es característico de los tiempos modernos. Además, la escolástica medieval, con su carácter espiritual (arquetipo del padre) fue sustituido, por así decirlo, por las ciencias naturales de nuestro tiempo, que en virtud de su objeto (la Madre Naturaleza) y su modo ‘materialista’ de pensamiento (concretismo, empirismo, cuantificación, búsqueda de elementos) demuestran estar al servicio de la Gran Madre (y no son, como se sostiene comúnmente, la evidencia de una consciencia «patriarcal»).

De manera similar, se pueden dar ejemplos de desviaciones adicionales de la secuencia postulada a partir de otras edades de la historia cultural. Por supuesto, Neumann ofrece una explicación para estas discrepancias. «En el desarrollo individual y quizás también en lo colectivo, estas capas no se encuentran en la parte superior con la otra en un arreglo ordenado, sino, como en la estratificación geológica de la tierra, las primeras capas pueden ser empujadas a las capas superiores y las tardías a la parte inferior.» (6)

Aquí se pasa por alto la diferencia fundamental entre la estratificación geológica y el desarrollo en etapas. Porque en el caso de la geología, se está tratando con material, con capas concretas en el espacio, donde es posible la transposición, mientras que < class=»s1″>el desarrollo cultural está sujeto a la ley irreversible del tiempo. Una transposición de fases temporales es una contradicción en sí misma; si las «etapas» están organizadas irregularmente y al azar en el tiempo histórico, esto debe refutar el concepto de etapas. Porque además no decimos que la capa geológica anterior se puede desplazar en el tiempo hacia una edad geológica posterior, sino sólo que se puede transponer hacia arriba en el espacio.

Tales deliberaciones nos llevan a la conclusión de que la aplicación de la idea del desarrollo a la historia cultural es infructuosa; no funciona. Hay cambios en la historia, pero no hay evolución. Esta también es una conclusión adoptada por la mayoría de los historiadores de la religión después del intento de décadas o más por forzar algún patrón evolutivo sobre la historia, tal como la secuencia de la creencia en las almas, en los espíritus y en los dioses (Tylor) o de prereligión, polidemonismo, politeísmo, monoteísmo (R. Otto). Mensching comenta al respecto que «no puede haber ninguna duda de que estas formas de religión no pueden subordinarse a un esquema evolutivo histórico». (7) Según Jensen también, tales etapas son meras especulaciones. (8) Hillman elaboró el mismo punto para la psicología con referencia a una pertinente monografía de Radin. (9)

En nuestro contexto, los aportes de la antropología al tema del desarrollo cultural son, por lejos, más relevantes que la cuestión de la evolución de las formas de la religión. Cuando, p. ej., leemos en Eliade que «no sabemos si alguna vez existió el matriarcado como un ciclo independiente de cultura» y que «los etnólogos están de acuerdo sobre un punto específico—que el matriarcado no puede haber sido un fenómeno primordial», (10) esto entonces es un golpe mortal a Los Orígenes e Historia de la Consciencia, tal como lo es la afirmación de que «no hay ninguna prueba de que las sociedades secretas, como un fenómeno general, fueran una consecuencia del matriarcado». Eliade, por el contrario, considera irresistible la conclusión de que las sociedades secretas de los hombres derivan de los misterios de la iniciación tribal (independientemente de un tipo particular de cultura). (11)

Hablar en absoluto de una filogenia en el reino psíquico es incluso fundamentalmente más negado para nosotros. Porque si tenemos que tomar el término filogenia para referirnos a la historia cultural tal como la conocemos, esto sería lo mismo que si quisiéramos basar una representación de la ontogenia únicamente en nuestro conocimiento del desarrollo mental de adultos de edad avanzada. El desarrollo cultural, en tanto que es accesible para nosotros, ya no es más filogenia. Esta última precede la historia cultural por cientos de miles de años. Al igual que el desarrollo mental de un filósofo o un artista de ninguna manera cumple con las leyes fijas de la secuencia en el sentido de la ontogenia, sino que es, en cada caso individual, diferente y nueva, así también la historia intelectual de la humanidad no debe confundirse con una filogenia. Sin embargo, si nos damos cuenta de que la historia de la cultura que conocemos es una historia reciente, entonces cualquier especulación en cuanto al curso de la filogenia se hace imposible en vista de nuestra total ignorancia acerca de la situación psíquica de la humanidad temprana.

Neumann hace la siguiente objeción a la idea de Freud de la amenaza de castración por los padres primordiales en la horda primitiva: «La ciencia no ha descubierto nada que pudiera posiblemente apoyar tal teoría…» (12) La misma objeción podría ser elevada a la propia teoría de Neumann de la Ursprungsgeschichte. Pero tal vez él invalidó dicha objeción con antelación, ya que también escribe:

«Una reducción … a datos históricos y personalistas … es científicamente imposible. … Es una de las tareas de este libro mostrar que, en lo que respecta a estos y a similares ‘complejos’, en realidad estamos tratando con símbolos, formas ideales, categorías psíquicas y patrones estructurales básicos. … Cuando decimos que las dominantes masculinas o femeninas se entrometen entre ellas en ciertas etapas, o en ciertas culturas o tipos de personas, esta es una afirmación psicológica que no debe ser reducida a términos biológicos o sociológicos». (13)

Tales afirmaciones, aunque limitadas al complejo de castración y otros «símbolos», pueden implícitamente sugerir que, en último análisis, Neumann quiere que todo lo que dice se entienda como «hechos simbólicos”, los cuales entonces no podrían estar localizados en la historia empírica («personalista»). Al margen de cualquier esfuerzo por derivar los mitos de los hechos históricos, el mero intento de buscar la historia para ver las correspondencias con los patrones mitológicos que Neumann establece ya podría considerarse reduccionista. Si de hecho quiere decir que todos sus conceptos son exclusivamente símbolos, entonces el libro en cuestión ni es de hecho una historia y ni pretende serlo. Se mueve exclusivamente en el terreno de las imágenes arquetipales y renuncia a toda pretensión de su posible relevancia para los hechos de la realidad empírica. Por otra parte, si la fase urobórica, matriarcado, la separación de los padres mundo, etc., están destinados a ser estrictamente simbólicos, esto también significa que las fases y etapas mismas, de hecho toda la noción de EVOLUCIÓN y filogenia en general, deben igualmente ser tomadas simbólicamente y de ninguna manera en referencia a procesos históricos.

< class=»s2″>Por lo tanto, volvemos a nuestra anterior caracterización de Los Orígenes e Historia como una construcción ficticia o especulativa, pero ahora estamos en posición de ver este hecho a una nueva luz, en su aspecto positivo: Los Orígenes e Historia de la Consciencia es, en su conjunto, puramente simbólico, es decir, un mito, una fantasía arquetipal. La obra de Neumann no pertenece a la esfera de la ciencia: ni al estudio de la historia (porque ignora los hechos empíricos), ni a una ciencia del mito (ya que no se ocupa de las leyes inherentes en el mito en sí mismo), ni a una psicología arquetipal (porque no investiga la fenomenología de un arquetipo al mismo tiempo que reconoce que la investigación en sí expresa al arquetipo). En la ciencia se entra en una relación cognoscitiva con algún objeto. La Ursprungsgeschichte, por otro lado, descansa como una idea puramente simbólica en sí misma, y como un mito está más cerca de pertenecer al reino de la ficción literaria. La fantasía de la filogenia es, por así decirlo, una auto-representación de un arquetipo. Esto de ninguna manera hace que el valor del libro sea dudoso—su mérito meramente yace en un nivel diferente: en vez de enriquecer directamente nuestro conocimiento acerca del alma, es en sí mismo uno de los «documentos eternos del alma» (por citar el título de un libro), y se podría escribir un estudio psicológico sobre él con el título «Un mito moderno—de cosas que se ven en (¿o dentro de?) la historia».

Para evitar un posible malentendido—la Ursprungsgeschichte no debe ser considerada un mito, ya que muchos motivos de varias mitologías se producen en éste. Incluso sin la mención de algún motivo seguiría siendo un mito. Estos motivos se utilizan simplemente a modo de ilustración y como un medio de expresión para el mito real de la Ursprungsgeschichte, como bloques de construcción y portadores de significado. Funcionan como las cartas con las que el mito del desarrollo genético está escrito. Lo que hace del libro un mito es la fantasía arquetipal del propio desarrollo genético, la idea de la filogenia y de la diferenciación progresiva desde la Unidad urobórica al radiante héroe-sol.

Lo lamentable de este mito, así como la mayoría de otros mitos modernos (¡Freud, Marx!), es que no se presenta como un mito, sino como ciencia. Es un mito involuntario. Tal como Freud deriva, reductiva y literalísticamente, el romance familiar del neurótico de las experiencias de la infancia real y de la situación familiar, así el «mito del héroe del neurótico» y la idea de la EVOLUCIÓN son aquí, también, tomados como fácticos e históricos a pesar de la insistencia en lo arquetipal y simbólico. Debido a esta amalgama de lo arquetipal con lo empírico-factual, la fantasía mítica de génesis se ve privada de su verdadera naturaleza y no puede ser lo que es. Esta amalgama es responsable del carácter chispeante de la obra, de la oscilación entre lo historiográfico y lo puramente simbólico.

No es la proyección sobre los orígenes oscuros de la historia lo que pervierte al mito. Incluso en la era mitológica, los mitos de la creación fueron probablemente proyectados en el pasado histórico sin perder su verdadera naturaleza. No, es el hecho de que en nuestra época secularizada y positivista la proyección cae sobre una historia que ya no está abierta a la comprensión metafórica y mítica, una historia congelada en un hecho duro, científico-empírico. Del mismo modo, en relación con el carácter involuntario del mito, no puede exigirse que la propia reclusión en él se disuelva, en otras palabras, que Neumann salga del mito del génesis y escriba una descripción verdaderamente científica de la Ursprungsgeschichte. Porque esto sería una demanda de des-mitologización. Por el contrario, es de lamentar que el confinamiento en este mito no es reconocido y aceptado abiertamente, sino que más bien se convierte en supuesto conocimiento científico y por lo tanto es sofocado. Y, de hecho, esta falta de aceptación y comprensión, y esta conversión, es lo que vuelve el confinamiento tanto más absoluto, y sin embargo, al mismo tiempo, paradójicamente, es lo que equivale a un intento de salir del mito.

Cuando en este punto nos detenemos a reflexionar, nos damos cuenta que debería haber quedado claro desde el principio que, en lo que se refiere a la filogenia, se trata de una idea arquetipal o mítica. ¿Cómo fue posible en primer lugar que este mito haya sido confundido con la historia empírica? Por supuesto, la génesis es una teoría, un punto de vista, una fantasía, ¡y no un hecho! Incluso en la biología, donde esta fantasía está en casa y donde hay muchos más hechos que la apoyan, esto sigue siendo una perogrullada. Así Adolf Portmann, hablando como biólogo, con frecuencia describe el concepto de evolución como lo que es: no una verdad científica, sino una cuestión de fe. (14) Como un mito es de hecho una idea religiosa, y es por eso que ejerce una tremenda fascinación y cautiva no sólo a Neumann sino también a aquellos que lo siguen. Debido a que es un sistema arquetipal y religioso, se impone sobre la consciencia como siendo verdad absoluta, incuestionable, y por lo tanto permanece irreflexiva, incluso invisible, por lo que, como lo reprimido, debe regresar «desde fuera» de la historia, como un hecho empírico «observado».

No sólo los seguidores de Neumann, sino que también nosotros mismos (a pesar de, o más bien en, nuestra verdadera crítica) estábamos contenidos ciegamente en el mismo mito, cuando, al comienzo de este artículo, hemos tratado de corroborar o refutar a Neumann en la base de la argumentación empírica, tal como cuando preguntamos si hay de hecho una secuencia regular de etapas de la consciencia en la historia—como si estas cuestiones no fueran del todo irrelevantes desde el punto de vista psicológico. No es nuestro asunto como psicólogos basar nuestras concepciones sobre hechos históricos o biológicos. Porque si fuese así, la psicología sería una rama o un retoño de la biología y de la historia. No somos historiadores, y no estamos (o no deberíamos estar) interesados en lo empírico, sino en la verdad psicológica, es decir, con lo imaginal. Y es por lo tanto desde la imaginación que deberíamos derivar nuestro conocimiento. El historiador o el biólogo pueden estar interesados en una posible evolución factual, pero, aun así, sería la tarea del psicólogo recordarles (por si olvidaran lo que advirtió Portmann) que la «evolución» es una idea arquetipal y no arraiga en la naturaleza empírica. Sin embargo, parece que en la actualidad los biólogos (Portmann) nos tienen que decir lo que debería haber sido una concepción básica para nosotros. Obviamente algo (algún «factor») nos impide la verdadera orientación psicológica y vuelve nuestro pensamiento anti-psicológico haciéndonos desear, o incluso necesitar, verificación empírica, verdad científica y sistematizaciones. Este «factor» es nuestra contención en el mito de la Gran Madre/del Héroe, cuya naturaleza es la de crear la fantasía (¡mítica!) de la posibilidad de romper heroicamente con el mito, en el «hecho», la «verdad», la «ciencia».

La fusión de lo imaginal con lo empírico no está exenta de consecuencias. Así, se dice que el arquetipo debe tener un aspecto histórico (además de su significado «eterno»). (15) Hablando filosóficamente, esta es una falacia que no se puede respaldar. ¿Cómo puede un arche-typon, una imagen primordial, tener un aspecto genético o histórico? Jung denomina a los arquetipos «categorías de la imaginación», o también «figuras divinas». Que una categoría pueda tener en sí misma un aspecto histórico es una contradictio in se. ‘Cantidad’, ‘tiempo’, ‘causalidad’ como categorías permanecen para siempre como lo que son. Ellas no se desarrollan, aunque nuestro conocimiento e ideas acerca de ellas pueda cambiar. Los Dioses también son, en principio, intemporales; viven «en la juventud eterna». El niño divino es siempre un niño, el anciano sabio nunca fue joven. Desde luego, hay un arquetipo del desarrollo, así como también hay un Dios de la historia, pero no hay ningún desarrollo, no hay una secuencia regular de los arquetipos, y por lo tanto no hay fases arquetipales. Uno nunca podría tener éxito en el establecimiento de una cronología coherente de los hechos reportados en los diversos mitos porque los «eventos» míticos, en principio, no se siguen el uno al otro en un tiempo empírico, sino que, como imágenes, están yuxtapuestos y contaminados entre sí. Colocar la causa del desarrollo en el reino arquetipal, en el mundo de los Dioses, es reducir los arquetipos; aunque uno puede todavía concebirlos como transpersonales y colocarlos en el «más allá» de lo inconsciente colectivo, sin embargo, estarían ahora limitados a las condiciones empírico-temporales. Esto significaría que uno derribó a los Dioses del Olimpo y privó a las categorías de su carácter a priori, tal como por el contrario la historia habría sido liberada de su peso terrenal. Porque entonces habrían sido sólo las «historias elevadas» (Thomas Mann), y no más historias inferiores, porque los mitos (las historias elevadas) también tendrían que tomar el lugar del carácter de historia.

El postulado de un aspecto histórico del arquetipo demanda que imaginemos los arquetipos como programados o, en sentido figurado, equipados con una especie de reloj que los activara en el momento oportuno, es decir, haciendo que se constelen como autómatas. Hasta qué punto para Neumann se extiende tal fantasía mecanicista o biológica sobre la consciencia se puede ilustrar con el siguiente enunciado: «En tanto que órganos de la estructura de la psique los arquetipos se activan de forma autónoma [¡sich ein schalten!] tal como lo hacen los órganos físicos y determinan la maduración de la personalidad, de manera análoga, por ejemplo, a ¡los componentes biológico-hormonales de la constitución»! (16) Las categorías de la biología se aplican a lo espiritual, y este último se reduce así a lo «biológico».

Aunque realmente auto-evidente, no obstante aún debe hacerse hincapié en que la evolución, si existiese, pertenece al reino fenoménico, y por lo tanto sólo se puede explicar a posteriori, a partir de las condiciones empíricas, no a partir de los arquetipos. Desde luego, en el curso de la historia han sido constelados diferentes arquetipos, ahora éste, ahora aquel. Pero por qué y cómo era esto, y si se ha producido o si no se ha producido en una secuencia regular, sólo se puede aprender a partir de los hechos de la historia, no del mito.< class=»s1″> La entwicklungsgeschichte es un área a ser examinada por la biología, la historia o las ciencias empíricas relacionadas. Una psicología arquetipal, sin embargo, no puede contribuir a ello. Neumann y los que creen en él no se dan cuenta (o, al menos, lo ignoramos) del hecho de que los arquetipos, como mundus imaginalis, poseen una modalidad ontológica totalmente diferente de los acontecimientos del mundo histórico del hombre al que pertenece la genética. Con la fantasía de la génesis (que es en sí misma verdadera porque es arquetipal) nada se ha determinado como el carácter genético de la historia, ni de una manera ni de otra.

La fusión de lo empírico y arquetipal también es evidente en el concepto de «Ursprungsgeschichte» que, dentro de una psicología arquetipal, es auto-contradictorio porque esos dos elementos heterogéneos, el origen arquetipal y la historia empírico-factual, se unen entre sí y así son colocados en el mismo nivel. Pero < class=»s1″>el origen no debe buscarse en el principio de la historia, sino que se correlaciona con cada momento presente. Ursprung und Gegenwart, como Jean Gebser tituló su libro, permanecen inseparablemente unidos por virtud de su separación polar. El origen nunca está (al menos para una visión arquetipal) en la historia, ni temporalmente antes que ella, sino «por encima» de ella, en un «lugar por encima de los cielos» (Platón), o in illo tempore, como a Eliade le gusta subrayar. Conversamente, la historia no debe mezclarse con el origen arquetipal. El concepto de una Ursprungsgeschichte no es fundamentalmente diferente del postulado de Freud de una horda primitiva (histórica) salvo que en Neumann el origen mítico se traga la historia, mientras que Freud permite a la fantasía mítica mezclarse con la historia. Esta puede ser la razón de los frecuentes e intensos ataques de Neumann hacia Freud, porque su visión, después de todo, no es tan fundamentalmente diferente de la de él. Neumann es capaz a la vez y al mismo tiempo de localizar el origen en el mito transpersonal y aun entenderlo como (pre-)historia real. Por lo tanto, ni lo fáctico ni lo imaginal pueden ser verdaderos en su propia naturaleza.

* * *

Mientras que en Los Orígenes y la Historia las fases arquetipales estaban, por así decirlo, suspendidas en el aire ya que carecían de un fundamento empírico, la relación entre lo factual y lo arquetipal parecen ser lo opuesto en El Niño: Estructura y Dinámica de la Personalidad Naciente de Neumann: ahí la discusión de la ontogenia está de hecho basada en hechos empíricos, y ahí no puede haber ninguna duda de que en lo que respecta a los niños existe desarrollo, crecimiento y maduración. Pero que este desarrollo procede por etapas arquetipales me parece muy cuestionable. ¿Acaso no es posible que en El Niño un crecimiento fisiológicamente determinado sea simplemente «disfrazado» como arquetipal? Es bastante notable, que la psicología académica y el psicoanálisis fueron capaces de establecer psicologías del desarrollo describiendo suficientemente los hechos conocidos sin necesidad de recurrir a la noción de los arquetipos. ¿Qué significa agregar la «etapa urobórica» a la «relación simbiótica o diádica de la madre y el niño» en el psicoanálisis? ¿No es esto simplemente una formulación diferente para la misma idea? No hay que olvidar que incluso la orientación instintiva del psicoanálisis ha ido mucho más allá de la actitud personalista de Freud. No puedo dejar de tener la impresión de que El Niño es en el fondo un estudio instintivo-psicológico sólo ‘secundariamente’ ‘traducido’ a lo arquetipal. Y tal debe ser el caso, pues ya hemos visto que un verdadero desarrollo no puede explicarse recurriendo a los arquetipos. El crecimiento genético, en el que no hay una perspectiva (una idea arquetipal), es un proceso natural, e incluso en el caso del desarrollo mental este es biológico o cuasi-biológico, no arquetipal o espiritual.

Neumann no ha demostrado que el arquetipo del uróboros gobierne la primera infancia; él simplemente utiliza esta imagen para describir la condición psíquica inicial—o más bien su punto de vista de esta condición. Es decir, es su consciencia la que está estructurada por el arquetipo del uróboros, él tiene una fantasía urobórica y la proyecta sobre el niño, al igual que Freud colocó su teoría de la envidia del pene en las mentes de las niñas: «La fantasía de Freud de la mente de la niña se convierte en una fantasía freudiana en la mente de la niña», tal como Hillman (17) lo dice. El hecho de que el uróboros se tome de la mitología no lo vuelve una descripción de la infancia real de alguna manera más—o menos—arquetipal o mítica que el concepto de oralidad de Freud. Por el contrario, mientras que un concepto no pretenda brindar una comprensión arquetipal, el uso de una imagen mítica para la descripción de los hechos empíricos identifica los arquetipos con, y los reduce a, la realidad empírica, mientras que al mismo tiempo degrada lo que podría ser un fantasía por su propio derecho a una mera figura retórica.

Una psicología del desarrollo interesada con las etapas reales y sucesos no puede ser una psicología arquetipal porque literaliza lo imaginal. Ni siquiera el uso frecuente de la palabra arquetipo y de mitos puede alterar esto. Ya sea que uno proyecte el complejo de Edipo o el uróboros en la infancia real, en cualquier caso se pone en evidencia un pensamiento reductivo. Jung, en sus escritos acerca del niño, no estaba interesado en la infancia real, sino en el motivo del niño arquetipal y específicamente advirtió en contra de confundirlo con el niño empírico (CW 9.i p. 161n.). Una psicología arquetipal sólo lo es si se toma en serio las ideas básicas contenidas en la siguiente declaración:

«El niño, al igual que la ‘horda primitiva’ del pasado prehistórico, es una tabula rasa desconocida o prima materia, sobre cuya vacuidad se pueden proponer libremente las propias fantasías sin ninguna contradicción, o sin respuesta alguna. Cuando traemos a colación al niño, al primitivo, al animal o al pasado arqueológico—y, yo añadiría, al paciente—como base de la observación para la psicología, con el fin de fundamentar una teoría radicándola en los ‘orígenes’, nada podría revelarnos mejor la fantasía arquetipal de la teoría que pretendemos justificar de este modo. El verdadero origen es la propia fantasía arquetipal, no la escena objetiva donde la fantasía es ‘observada’ como un ‘hecho’.» (18)

Oponerse al concepto de una ontogenia arquetipal no significa rechazar la idea de que la mente del niño también está estructurada por arquetipos. Por supuesto que lo está. Sin embargo, un simple esquema no nos ayuda aquí, como tampoco lo hace en el caso de los adultos. Lo que quiero objetar es la desafortunada amalgama de lo arquetipal y lo genético, que trae consigo un tipo de automatización mecanicista y que sujeta tanto al niño a sólo unas pocas posibilidades arquetipales, rígidamente definidas, como a los arquetipos a un número limitado de etapas. Por otra parte, se limita literalmente lo imaginal a lo factual, mientras que los arquetipos por el contrario deberían permitirnos amplificar, en la dirección del alma, lo meramente natural, los instintos y la realidad fáctica, y superar la monotonía y facticidad, es decir, más allá de la ‘mono’-interpretación, de lo que es dado. … Además, una psicología con una orientación genética no puede estar interesada en una comprensión diferenciada de las imágenes arquetipales. Prefiere reconocer los uróboros en el paraíso, en el vientre, la tumba, el mandala, la cohabitación de Cielo y Tierra, en Okeanos y Purusha, y por lo tanto diagnosticar una determinada fase de la consciencia, usando una imagen mítica como un concepto abstracto, en lugar de < class=»s1″>elaborar el significado específico de cada imagen individual.

Ahora, en lo que se refiere al signo de igual entre la ontogenia y la filogenia—la opinión de que «el desarrollo ontogenético» es «una recapitulación modificada del desarrollo filogenético» (19)—podemos referirnos de nuevo a Portmann, según el cual incluso las «leyes genéticas» tienen su origen en un credo (20) o podemos decir todo lo que es necesario con la siguiente afirmación: No se establece en ninguna parte (a pesar de E. Neumann) que las etapas filogenéticas (si hay tales cosas) sean etapas necesariamente paralelas de la consciencia individual (si es que hay tales cosas). (21)

* * *

Hemos respondido aquí en el sentido más estrecho a la cuestión planteada por nuestro tema. Ahora vamos a trazar de manera más amplia el fondo de la amalgama de lo arquetipal y lo factual examinando la obra de Neumann en su intención inmanente. Vemos el impulso de todos sus trabajos académicos dirigidos hacia un solo centro, hacia una idea más altala Einheitswirklichkeit. Curiosamente, Jung también introdujo un concepto con el mismo significado literal: unus mundus. Pero como Marie-Louise von Franz señaló, existe una diferencia fundamental entre los dos conceptos. (22) Mientras que el unus mundus existe sólo in potentia o quizá podría decirse que sólo tiene una existencia ideal, de modo que el carácter antinómico de este mundo, en especial la separación de physis y psique, permanece intacta, la Einheitswirklichkeit postula una unidad real en nuestro mundo, de la cual nos originamos en un sentido histórico y a partir de la cual simplemente nos separamos a través del desarrollo de la consciencia. Se trata de una unidad inmanente que incluso llega a ser casi concretamente visible a nuestra consciencia (que normalmente debe resolverlo todo en opuestos) en algunos fenómenos zoológicos (23), por ejemplo, y sobre todo en la relación urobórica de la madre y el hijo. Para Neumann, incluso la leche materna—¡en su factualidad física!—es una parte del arquetipo, y «entre todas las funciones de la maternidad que aparecen ante nuestra consciencia como físicas o psíquicas» existe una «contaminación y participación» (24), en otras palabras, en realidad no existen los opuestos; la naturaleza y el espíritu, la imagen arquetipal y la realidad factual, se contaminan entre sí o son una y la misma. Es «sólo» nuestra consciencia la que divide lo que en la realidad literal es Uno. El lugar del mysterium coniunctionis, en el que los opuestos, sin perder su carácter peculiar, pueden unirse en, y en virtud de, un Tercero, se toma por una unidad factual que contiene los opuestos en un estado de fusión comparable a un compromiso.

Una observación de Neumann muestra claramente con qué gran fuerza el arquetipo de la unidad debe haberlo impulsado: «La psicología analítica, contrariamente al psicoanálisis, tiene una orientación principalmente monista. Su teoría de la libido no asume una oposición especulativa de eros y thanatos, sino que lo reemplaza con la polarización secundaria de la libido principalmente uniforme ….» (25) Esto no es en absoluto cierto para la psicología analítica como tal. Aquí, la libido no es sólo hipostasiada, en contradicción con Jung—para Jung, la libido no es una dynamis, un algo, sino que como energía es más bien un mero concepto (teórico) de cantidad, de modo que la cuestión de lo uniforme vs. la estructura polar, en primer lugar, no se aplica—sino que además es obvio que tales puntos de vista están en fuerte contraste con los principios básicos de la psicología junguiana.

El problema de los opuestos tiene un lugar tan prominente en la psicología de Jung que Leonhard Schlegel (26) pudo basar su discusión de la misma en la idea de la polaridad de la psique. Además, de acuerdo con esta psicología la dinámica de la psique existe exclusivamente en virtud de la tensión de los opuestos. Y el propio Jung rechazó expresamente cualquier tipo de monismo:

«Hasta aquí en tanto que yo mismo puedo emitir un juicio sobre mi propio punto de vista, se diferencia de las psicologías discutidas anteriormente en este sentido, que no es monista, sino, en todo caso, dualista, basándose en el principio de los opuestos, y, posiblemente, pluralista, ya que reconoce una multiplicidad de complejos psíquicos relativamente autónomos» (CW 4 § 758).

Cuan fundamental era este dualismo para Jung se puede ver en el hecho de que concebía incluso el principio último, Dios, como una antinomia interna o paradoja. «Dios mismo», escribió a Neumann el 1 de mayo de 1952, «es una contradictio in adiecto ….» (27)

Ahora es muy importante advertir que la fe en la Einheitswirklichkeit no es un monismo genuino como el materialismo o el idealismo, en donde sólo se acepta un polo y el otro se explica de manera reductiva en términos de la primera. Hemos dicho que la Einheitswirklichkeit contiene los opuestos en un estado de fusión, y de hecho la misma palabra unidad implica o presupone, una fantasía de opuestos. Paradójicamente, las fantasías de unidad y de opuestos parecen pertenecer a la misma configuración arquetipal, donde una es la respuesta (casi inherente) para el problema presentado en la otra. Este problema es el mismo que expresó Schiller en las siguientes líneas:

Ach, kein Steg se dahin führen,
Ach der Himmel über mir
Will die Erde nie berühren …

(Por desgracia, ningún puente podrá llevarnos hasta allí / Por desgracia, el Cielo por encima de mí / Nunca tocará la Tierra ….) Es la visión de un mundo dividido en dos mitades, una ‘superior’ que como ‘Idea’ contiene todo significado espiritual, pero se volatiliza, y una ‘inferior’, la cual, siendo ‘fenoménica’ es pesada y concreta, pero completamente sin sentido.

Por supuesto, en psicología no estamos acostumbrados a utilizar estos términos, pero en nuestro lenguaje el mismo viejo par de opuestos vuelve a aparecer, por ejemplo, bajo los nombres Ego/Sí mismo. Sin embargo, no es suficiente caracterizar la fantasía Ego-Sí mismo como una fantasía de opuestos, ya que existen diferentes tipos de oposición. Aquí estamos tratando específicamente con un dualismo en el sentido de la Ley de Contradicción, es decir, la exclusión mutua de los opuestos. La imagen de Schiller revela bellamente qué arquetipo está operando aquí produciendo tal ontología sin esperanza. Esta imagen es el motivo de la separación de los padres del mundo, la cual conocemos muy bien a partir de la Ursprungsgeschichte.

Así, vemos de nuevo que uno y el mismo arquetipo, el mito del héroe, a la par crea el problema de la polaridad y proporciona la respuesta a ella (es decir, el contenido de la psicología de Neumann)—a la vez y, a priori, de modo que no podemos decir que es lo primero, el problema o la solución. Pero no hay solución a este problema. La cuestión, tal como se plantea bajo el predominio del arquetipo del héroe, excluye una respuesta desde el principio. Nada puede unir Cielo y Tierra una vez que se definen como separados. Nos encontramos aquí la tragedia del ego heroico, que sólo puede seguir separando, disolviendo, analizando, y matando, pero nunca más encontrar una conexión, no porque esa conexión sea del todo imposible, sino debido a que no tiene lugar dentro de un mito con el objetivo de la separación y la violencia. La «premisa» de la visión estructurada por el arquetipo del héroe es la guerra, la oposición, la ruptura; la «conclusión», por lo tanto, no puede ser la unidad y el monismo. Dentro de la mitología del héroe, el Uno sólo puede ocurrir como ‘origen’ en el pasado: como algo de lo que se está de nuevo fundamentalmente separado por el tiempo.

No necesitamos entrar aquí en la cuestión de hasta qué punto esta visión es responsable de los problemas del Occidente moderno (alienación, fragmentación, contaminación, etc.) y que concretamente da forma a la mente científica. Nuestro destino, sin embargo, bien puede depender de si somos capaces de salir de nuestro encierro en el mito del héroe, finalmente mortal. Como dijimos, hay otras visiones de los opuestos, tales como la Weltanschauung simbólica de Goethe, y el «como es arriba, es abajo» de la magia, la astrología y también la alquimia, visiones en las que la pregunta y la respuesta se «formulan» de manera completamente diferente: el Cielo no debe tocar la Tierra porque hay una conexión a pesar e incluso en virtud de la separación. El principio de la unidad no debe ser literalmente fantaseado como una Einheitswirklichkeit factual negando las polaridades, sino que también puede ser concebido como una complexio oppositorum que a la vez y al mismo tiempo en última instancia reconoce la oposición y representa la paradoja de su unidad …. (28)

Schiller era consciente y expresaba el dilema de su ontología, y probablemente también sabía de su desesperanza. Por ello su lamentación. En Neumann, sin embargo, el problema parece haber sido «resuelto» a través del dispositivo de fusión. El puente que a Schiller le faltaba fue proporcionado por la fantasía de la génesis, lo que hizo posible simplemente deshacerse del problema mediante la identificación de la idea dualista de «Cielo arriba—Tierra abajo», es decir, una fantasía espacial, con otra temporal-lineal. Así, el origen arquetipal («superior») se fusionó con el origen temporal («en el principio»), y el inconsciente colectivo como mundus imaginalis se identificó con aquel inconsciente del cual la consciencia se diferencia. Y viceversa. De manera semejante, la libido fue hipostasiada. Mientras que, en último análisis, la teoría genética pretende dar a conocer el problema de los opuestos como un problema aparente, esto, a su vez, demuestra ser una solución aparente. Mediante la colocación del tiempo y la línea de desarrollo, que comienza en un origen puntual, en el reino arquetipal, el problema «superior-inferior» es, por supuesto, evitado, y por lo tanto, tampoco es resuelto. En lugar de ello, el de dónde, del cual Jung dice que es menos esencial que el adónde (CW 4 § 759) (A dónde también se debe entender en el sentido de en dónde), otra vez determina la orientación. Porque dentro de una fantasía genética, el objetivo de la unidad monista sólo puede ser imaginado como origen y en el pasado. Así, el origen y la meta, hacia delante y hacia atrás, se vuelven a conectar en un círculo urobórico, mostrando que incluso el pensamiento lineal, en última instancia, vuelve a un tipo de pensamiento circular.

En una carta tardía a Jung (18 de febrero de 1959) Neumann parece, sin embargo, haberse distanciado él mismo del pensamiento lineal.

“Por lo que a mi me concierne, es así que la ‘evolución’secular histórica judía [historische Diesseits ‘entwicklung’] se me hace cada vez más problemática, al igual que todas las teorías evolutivas, y la ‘materialización del mesianismo’ en la individuación cada vez más decisiva. … Lo que es válido son las fases del desarrollo de la consciencia en el desarrollo individual; todo lo demás ‘histórico’ ​​pertenece a la constelación del ego como ‘tiempo’, al igual que la familia y la constitución física. La realización de la unidad-ego-sí mismo es vertical.” (29)

Aunque algo críptica, como Jung también sintió que era toda la carta, esos enunciados equivalen a una renuncia inequívoca de la historia, la filogenia, la Ursprungsgeschichte, y de la teoría genética. Aquí, el mundo histórico, empírico (ego) y el reino arquetipal o mítico (sí mismo) se mantienen aparte, y la evolución lineal en un tiempo «horizontal» (inicio-fin) es igualmente separada de la relación «vertical» («superior-inferior», ego-sí mismo, reino arquetipal-realidad empírica, Ursprung-Gegenwart).

Sin embargo, sería un error suponer que aquí Neumann quería revocar su trabajo anterior. En lugar de resolver la fusión, estas afirmaciones revelan en efecto su trasfondo. Porque en la Ursprungsgeschichte la fusión se produjo, como ya hemos visto, a causa de que lo histórico perdió valor, pero sin embargo se colocó a lo arquetipal mismo como un aspecto genético de los arquetipos. Al destronar a los Dioses, el hombre llega a ser igual a ellos, de acuerdo con Jung; por lo que la pérdida de valor empírico-temporal (del «ego histórico aislado único» (30)) debe a la inversa cargar el reino arquetipal o el sí mismo con este mismo aspecto temporal. Al mismo tiempo en que al tiempo horizontal se le quita importancia, el eje vertical del ego-sí mismo debe apoderarse de ello y sobrellevarlo, de modo que la evolución es ahora pensada como procediendo a lo largo de este eje vertical en vez de preceder en el tiempo histórico. Entonces lo imaginal en sí mismo recibe un carácter literal y factual que debe ser distinguido del proceso inverso de proyectar la fantasía en el hecho o en el reino empírico. Incluso cuando se proyecta, el mito vive y puede mover el alma, como probablemente lo hizo el mito de la horda primitiva para Freud, aunque él no vio que se trataba de un mito. Pero es desastroso si lo arquetipal es visto como lo que es y está todavía al mismo tiempo obligado a volverse factual, porque entonces el mito se ahoga en su propia base. Sin embargo, incluso esta sofocación del mito es el hacer de las personas arquetipales, el hacer del mito de la Gran Madre/del Héroe, como hemos señalado. Por lo tanto aquí, también, un mito está vivo y esta, aunque a ciegas, siendo representado.

Parece ser que la constelación Héroe/Gran Madre es responsable por el énfasis unilateral en el eje vertical ego-sí mismo y por la pérdida de valor del tiempo histórico; que además promete significado creando la fantasía de un «conocimiento absoluto y extraño» y de un «orden fijo», es decir, ese tipo de significado que la Madre Naturaleza puede ofrecer; y que, finalmente, ayuda a mantener un optimismo fundamentalmente ideológico (31) restándole importancia a todas la pruebas históricas, a todo el sufrimiento e imperfección, porque los concibe meramente como pertenecientes «a la constelación del ego en tanto que ‘tiempo'». Así Neumann negó que en la actualidad estemos experimentando una «Verlust der Mitte» (una pérdida del centro, Hans Sedlmayr) y creyó que la morbosidad de una persona estaba anulada si, en adición, poseía creatividad. (32) Al prometer la redención de la historia y del destino, y hacer que nos esforcemos por la certeza y la seguridad de un sistema deductivo (33) correspondiente al «orden fijo» en la naturaleza, el mito del Héroe/de la Gran Madre (= la psicología eje-ego-sí mismo) nos seduce a apartarnos del ánima, del alma, impidiéndonos ser movidos por lo desconocido. (34)

A pesar de sus otros logros importantes, Neumann (35), al introducir el enfoque genético, no le da un servicio a la psicología analítica. Siguiéndolo, es decir, adoptando su sistema, sus fases y etapas, literalmente en vez de simbólicamente, basamos la psicología en una ontología impropia dentro de la cual una psicología verdaderamente arquetipal no puede prosperar, mientras que la realidad empírica es a la vez privada de su concretitud; en el fondo, reafirmamos—a pesar de nuestro interés anti-positivista por lo simbólico y lo transpersonal—el prejuicio darwinista de acuerdo al cual nos gusta atribuir la inconsciencia a los primitivos y una consciencia altamente desarrollada a nosotros mismos; y sobre todo, caemos en el mito del Héroe/de la Gran Madre y así nos volvemos anti-psicológicos.

Notas

1. Gerhard Adler, «Erich Neumann: 1905-1960», Spring 1961, p. 7.

2. O&H, pág. 41.

3. Cf. O&H, p. xxi.

4. Ibid., p. xix.

5. Cf. Heino Gehrts, Das Märchen und das Opfer (Bonn: Bouvier, 1967).

6. O&H, p. 41f.

7. Gustav Mensching, Die Religion (München: Goldmann Taschenbuch, n. d.), p. 277 (mi traducción).

8. Adolf Jensen, Mythos und Kult bei Naturvölkern, 1951, p. 335, citado por Mensching, op. cit., p. 273.

9. James Hillman, «Psicología: monoteísta o politeísta», Spring 1971, pp 193ff.

10. Mircea Eliade, Mitos, sueños y misterios, trad. Ph. Mairet (Nueva York: Harper Torchbooks, 1967), p. 177.

11. Ibid., p. 201.

12. O&H, p. xxi.

13. Ibid., p. xxif.

14. P. ej., Adolf Portmann, «Die werdende Menschheit. Das Ursprungsproblem der Menschheit», Historia mundi, ed. fr. Valjavec, vol. I (Bern: Francke, 1952), p. 28.

15. O&H, p. xvi.

16. Erich Neumann, Ursprungsgeschichte des Bewusstseins (Zürich: Rascher, 1949), p. 4 (mi traducción).

17. James Hillman, The Myth of Analysis [El mito de Análisis] (Evanston: Northwestern UP, 1972), p 243.

18. Ibid.

19. O&H, p. xx.

20. Adolf Portmann, Zoologie und das neue Bild des Menschen (Rowohlts Deutsche Enzyklopädie), sin fecha, p. 78.

21. Hillman, «Psicología: monoteísta o politeísta», pp. 195f (modificado).

22. Marie-Louise von Franz, Zahl und Zeit (Stuttgart Klett, 1970), p. 16n.

23. Erich Neumann, «Die Erfahrung der Einheitswirklichkeit», Der schöpferische Mensch, (Darmstadt: Wiss. Buchges., 1965), p. 62ff.

24. Erich Neumann, Das Kind, ed. J. Neumann, (Zürich: Rhein-Verlag, 1963), p 93f. (mi traducción).

25. Ibid., p. 55 (mi traducción).

26. Leonhard Schlegel, Die Polarität der Psyche und ihre Integración. Eine kritische Darstellung der Psychologie von C. G. Jung (vol. 4 de su der Grundriss Tiefenpsychologie), (München: Uni-Taschenbücher, Francke, 1973).

27. C.G. Jung, Briefe, ed. A. Jaffé, vol 2, (Olten/Freiburg: Walter, 1972), p. 241 (mi traducción).

28. Cf. Andrew Jaszi, Entzweiung und Vereinigung. Goethes symbolische Weltanschauung (Heidelberg: Stiehm, 1973).

29. Impreso en Aniela Jaffé, Der Mythos vom Sinn im Werk von C. G. Jung (Zürich/Stuttgart: Rascher, 1967), p. 180f.

30. Ibid., p. 181.

31. Cf. C. G. Jung, op. cit., Vol. 3, 1973, p. 99, nota del editor 8; cf. también E. Neumann, Krise und Erneuerung (Zürich: Rhein-Verlag, 1961).

32. Erich Neumann, «Georg Trakl – Person und Mythos», Der schöpferische Mensch, pp. 247ff.

33. Cf. O&H, p. xvii: «El método deductivo y sistemático de la exposición aquí adoptado».

34. Sobre el ánima como mediadora a lo desconocido véase James Hillman, «‘Anima’ (II)», Spring 1974, pp. 124ff.

35. No hay que pasar por alto el hecho de que Jung elogió la obra de Neumann, por ejemplo, CW 5 § 3. Pero no es nuestra tarea aquí discutir la posición de Jung respecto al pensamiento de Neumann.

Sobre la neurosis de la psicología o el tercero de los dos

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en The neurosis of psychology, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo dos, 41-67.

Traducción: Alejandro Chavarria y Alejandro Bica.

Desde el principio, la psicología profunda ha estado expuesta a ataques. Hoy en día, es especialmente la izquierda política la que la crítica, acusándola de jugar con los individuos mientras descuida las causas reales de los trastornos psíquicos que son inherentes al sistema social. Por un lado, no debemos ignorar tal crítica; pero, por otro lado, debemos darnos cuenta de que, en última instancia, no puede afectar realmente nuestra disciplina porque las categorías político-sociales no son, en principio, aplicables a la naturaleza de la psicología. Debemos insistir en que la psicología se evalúe desde puntos de vista psicológicos, del mismo modo que la física, la medicina o la política se evalúan de acuerdo con criterios físicos, médicos o políticos, respectivamente. No debemos sucumbir a la tentación (a pesar de la evidente fascinación que tiene hoy) de usar en psicología un pensamiento sociológico o político. En este sentido quiero estar seguro de hacer justicia al interés crítico en este artículo, pero quiero desarrollar y hacer plausible la crítica estrictamente desde el pensamiento psicológico mismo y desde la propia tradición de la psicología profunda. Tanto en Freud (especialmente en su artículo sobre el análisis interminable) como, sobre todo, en Jung, ya encontramos comienzos cruciales de una crítica inmanente (psicológica) de la psicología profunda, y nuestra tarea es simplemente abordarlos y desarrollarlos, mientras que hasta ahora, en su mayor parte, han sido ignorados.

1. La tercera persona de la psicoterapia

En contraste a ‘terapia grupal’, hablamos de ‘terapia individual’, ‘Einzeltherapie‘. Una formulación extraña, porque, ¿no implica un asunto de una sola persona? Esta formulación evoca reminiscencias de la temprana “cura por la palabra”, el monólogo del paciente, en el que el terapeuta funcionaba solo como un público observador, un extraño. A través de este término parece inmiscuirse un patrón de pensamiento médico convencional en nuestro pensamiento psicológico, o más bien, aferrarse a él, aunque creemos que lo superamos hace mucho tiempo. Seguramente, sabemos y aceptamos que la psicoterapia es un asunto de dos personas, un diálogo, ante el cual el analista está inevitablemente atraído, y con el cual Jung incluso fue mucho más allá del reconocimiento de una dualidad basada en la transferencia al exigir que el médico salga completamente de su rol y entre plenamente en el proceso en pie de igualdad con el paciente. Así como el paciente debe levantar su máscara en el análisis, también se supone que el analista debe renunciar a su anonimato. La mutualidad toma el lugar de la asimetría. Sabemos y afirmamos esto —pero el término “terapia individual” (y ni hablar de nuestra práctica) muestra el poder que tiene el pensamiento convencional sobre nosotros. Obviamente, “todavía pensamos en la psicoterapia como un proceso unidireccional en el que todo gira en torno al paciente. Él tiene que ser curado. La psicoterapia está fijada en el paciente.

Jung incluso fue más allá de la idea del diálogo a una comprensión dialéctica de la psicoterapia. Mientras que un diálogo es una interacción o comunicación entre dos personas, la dialéctica involucra a un Tercero. Una comprensión dialéctica de la terapia implica que el médico y el paciente no están solos. Siempre hay un tercer factor, una tercera “persona” presente. Esta idea del Tercero caracteriza completamente la visión de Jung de la psicoterapia. Leemos, por ejemplo, en “Psychology of Transference” (CW 16 § 399), “La inducción psicológica inevitablemente hace que las dos partes se involucren en la transformación de la tercera y se transformen en el proceso”. Es esta tercera “persona” de la que depende en última instancia la terapia. Aquí no se considera la inducción psicológica como algo que va del paciente al analista o viceversa, sino más bien como una incrustación de ambas personas en la Tercera, en “inconsciencia mutua” (CW 16 § 364). En lugar de concentrarse asimétricamente en el paciente, ambas personas ahora centran su atención en este tercer factor objetivo.

¿Cuál es este factor, quién es la tercera persona de psicoterapia? Es, por supuesto, el alma, que ya no se debe imaginar como propiedad individual de cada una de las otras dos personas, sino que se le debe dar una realidad independiente. Es el mundo de los complejos e imágenes arquetípicas, de puntos de vista y estilos de consciencia, y por lo tanto también es la psicología misma, en el sentido más amplio de la palabra, incluyendo todas nuestras ideas sobre el alma, su patología y terapia, así como nuestra Weltanschauung. “Como la más compleja de las estructuras psíquicas”, escribe Jung (CW 16 § 180), “la filosofía de vida de un hombre forma el polo contrario de la psique condicionada fisiológicamente y, como el dominante psíquico más elevado, determina en última instancia el destino de este último. Guía la vida del terapeuta y da forma al espíritu de su terapia”. La tercera persona se despliega en dos aspectos o contrapartes, que se pueden distinguir, pero que en última instancia se unen: el alma misma y la teoría al respecto (psicología), y, si seguimos a Jung, es lo último de quién el destino de la primera depende.

Nuestras teorías psicológicas son, por lo tanto, de suma importancia para el resultado de la terapia (cf.: CW 10 § 340). Están presentes desde el principio, y guían y dan forma al espíritu de la terapia. Si la psicología es en este sentido la tercera persona autónoma con una presencia viva y decisiva en psicoterapia, también se puede sospechar que tiene su propia inconsciencia —y posiblemente incluso su propia neurosis.

2. La neurosis de la psicología

Fue nuevamente Jung quien formuló esta sospecha y la elaboró. En un artículo escrito en 1934, llega a la conclusión de que “[n]o hay manera, me parece, de cómo la psicoterapia de hoy pueda sortear una gran cantidad de desaprendizaje y reaprendizaje, … hasta que pueda tener éxito en ya no pensar neuróticamente”. (CW 10 § 369, trad. modif.). Para empezar, la psicología misma piensa de forma neurótica, según Jung. En el mismo artículo encontramos una serie de formulaciones diferentes para esta idea, principalmente en referencia al psicoanálisis de Freud. Por lo tanto, Jung argumenta que precisamente lo que le sucede al neurótico ha sido elevado al nivel de una “teoría” por el psicoanalista, de modo que el paciente y el médico montan “el mismo caballo de batalla” (OC 10 § 362). “Es positivamente grotesco que el médico deba caer en una forma de pensar que en otros censura correctamente … y quiere curar …” (CW 10 § 356). O, “Freud, en otras palabras, tomó en serio las conjeturas neuróticas y, por lo tanto, cayó en la misma trampa que el neurótico …” (CW 10 § 365, modif.).

Estas frases contienen una tesis escandalosa. La neurosis no es lo que tiene el paciente y para lo que la psicología proporciona el remedio, sino que ya es inherente a la psicología terapéutica misma. Paciente y médico —¡un caso de folie à deux! En lugar de ser la respuesta curativa a la neurosis, en lugar de superarla y ponerle fin, la psicología terapéutica es la continuación de la neurosis por otros medios. O, en palabras de la broma cínica atribuida a Karl Kraus, el psicoanálisis es esa enfermedad que pretende ser la cura.

Debido a que Jung ejemplificó esta tesis principalmente por el psicoanálisis, generalmente se tomó como una expresión de su supuesto resentimiento anti-freudiano y, por lo tanto, no se consideró necesario tomarla en serio. No queremos seguir este hilo de pensamiento y colocar la idea de Jung dentro de una fantasía de la batalla entre las escuelas de psicología profunda. Más bien, la tomamos en serio, ya que contiene un principio importante, una herramienta crítica con la que examinar nuestras propias suposiciones psicológicas. Nuestra pregunta crítica es: ¿dónde, en y con nuestras teorías, montamos el mismo caballo de batalla que el paciente?

La pregunta no está dirigida a nosotros como personas. Nuestro propósito aquí no es analizar las características neuróticas del terapeuta como individuo privado, sino las de la psicología en sí, que estamos considerando aquí como una “persona” autónoma. Queremos averiguar si nuestra teoría psicológica se ha apoderado de los patrones y mecanismos de pensamiento neurótico en la estructura de su propia “consciencia” y si trata de luchar o curar esos mismos mecanismos en el paciente para defenderse de ser consciente de su propia neurosis. ¿La psicología “escenifica” (en el nivel de la teoría) en lugar de “recordar”, erinnern? Por supuesto, es imposible revisar la suma total de nuestras ideas psicológicas en este artículo. Debemos contentarnos con una serie de ejemplos característicos que muestran el principio indicado por Jung operando en áreas centrales de nuestra psicología.

3. La ‘negación de lo negativo’

Tomo esta frase e idea de Depth Psychology and a New Ethic de Erich Neumann, donde se revela como siendo el núcleo de la mentalidad de chivo expiatorio de la antigua ética, mientras que la psicología profunda en su totalidad ha significado la confrontación del hombre moderno con todos esos factores ante los que querría cerrar los ojos. Esto fue cierto desde el comienzo del psicoanálisis con Freud, quien provocó el reconocimiento de la sexualidad dentro de un mundo victoriano, al énfasis de Jung en la sombra y su intento de integrar la idea del mal incluso en la imagen de Dios. El principio de la psicología profunda es el levantamiento de las represiones, y no cabe duda de que este principio guía la práctica de los psicoterapeutas analíticos, que no quieren distraer al paciente de sus síntomas, sino permitirle a él (o a ella) ‘retroceder’, es decir, seguir el camino de su patología. Demasiado para la práctica analítica. Pero, ¿qué hay de la teoría psicológica?

Me parece que lo que piensa nuestra teoría acerca de la regresión se puede resumir en el refrán que se cita a menudo “reculer pour mieux sauter”: regresión con el propósito de una progresión aún mejor. Afirmamos la patología y la regresión, pero solamente porque hay una recompensa en perspectiva. La teoría psicológica sostiene una zanahoria, al igual que en la teología cristiana la promesa del Cielo hace que el valle de las lágrimas sea apetecible. Es solo una aceptación simbólica, requerida por las circunstancias, pero no una afirmación sincera. Al igual que el neurótico, si resulta que su fantasía no puede realizarse, está listo para soportar todo tipo de síntomas desagradables y para aceptar todo tipo de concesiones —siempre que no tenga que renunciar completamente a su fantasía— así la psicología está dispuesta a hacer concesiones al Id, las fantasías infantiles y la patología, si puede evitar tener que cambiar su actitud más íntima de hostilidad hacia lo patológico. Incluso si en la práctica analítica se aceptan los síntomas y las tendencias regresivas, nuestro pensamiento conserva la actitud habitual que llamamos negación de lo negativo. ¡Reculer pour mieux sauter significa un retorno, no de lo reprimido, sino de la represión! La represión contra la que luchamos en la consulta vuelve como un espíritu represivo en nuestra propia teoría. Aquí nuestras ideas psicológicas siguen claramente a la mente neurótica.

Del mismo modo, cuando la psicoterapia en su conjunto se concibe siguiendo el modelo de la medicina y entendiéndose a sí misma principalmente como una profesión de curación, hereda la posición hostil que la medicina mantiene frente a la enfermedad. Por supuesto, un punto de vista que continúa la hostilidad del paciente hacia su trastorno no está de acuerdo con el principio de la psicología profunda. Tanto Freud como Jung lo sabían. Freud afirmó claramente que el psicoanálisis no era un departamento de medicina, ni un capítulo en un libro de texto de psiquiatría, ni siquiera psicología médica, sino psicología pura y simplemente. (1) Y Jung llegó al extremo de rechazar por completo la voluntad de sanar y cambiar, o al menos dudó de ello. “Pero cuando un paciente se da cuenta de que curar a través del cambio significaría un sacrificio demasiado grande, entonces el médico puede, de hecho debería, renunciar a cualquier deseo de cambiar o curar” (CW 16 § 11, cursivas mías), por que lo que llamamos curación en realidad equivale a una amputación (CW 10 § 355). En lugar de la actitud hostil habitual, Jung imagina un agradecimiento hacia los síntomas neuróticos (CW 16 § 11) y exige, “Incluso deberíamos aprender a estar agradecidos por ella [por la neurosis], de lo contrario la pasamos por alto y perdemos la oportunidad …” (CW 10 § 361). “En la neurosis está escondido el peor enemigo y el mejor amigo de uno. Uno no puede calificarlo demasiado [!] … ” (CW 10 § 359). “No debemos tratar de ‘deshacernos’ de una neurosis, sino experimentar lo que significa, lo que tiene que enseñar, cuál es su propósito. … Una neurosis es verdaderamente eliminada solo cuando ha eliminado la actitud falsa del ego. No la curamos —ella nos cura” (ibíd. § 361). Aquí el pensamiento de Jung ha renunciado por completo a la actitud reculer pour mieux sauter. Esta es una verdadera psicología profunda, lo negativo ya no es negado, ni siquiera en secreto, sino incondicionalmente “erinnert” y afirmado —sin dejar abierta una escotilla de escape.

La teoría junguiana distingue un aspecto positivo de uno negativo de los arquetipos, y cuando encontramos el aspecto negativo operando en un paciente, creemos que es necesario ‘constelar’ el correspondiente positivo. Aquí se expresa nuestro “miedo pánico” (CW 10 § 530) a la psicopatología, así como nuestro intento de combatirlo mediante medidas apotropaicas. Usamos a la buena madre para expulsar a la mala madre. Lo negativo no debe ser. Pero no luchamos simplemente a través de actividades (constelando el aspecto positivo), sino también teóricamente a través del “truco neurótico del menosprecio eufemístico” (CW 10 § 365): concebimos todas las imágenes “negativas” como meramente temporales, como una expresión de una etapa intermedia que, con suerte, será seguida por imágenes ‘positivas’ y ‘prospectivas’. Así devaluamos lo negativo. La oscuridad no es ‘nada más que’ un viaje nocturno por el mar en el que habrá un nuevo amanecer, y es por el amanecer que estamos dispuestos a ir a la oscuridad. Peor aún —“la muerte” se convierte en el camino hacia el renacimiento. Si es así como vemos la muerte, como un mero pasaje, no tiene una realidad plenamente propia. Se le degrada a ser un medio para un fin.

Así, la psicología toma partido por la vida y por la luz y contra la oscuridad y la muerte; menosprecia lo negativo y, a través de ese pensamiento, trata de superarlo, dejarlo atrás o debajo. Aquí tenemos en nuestra propia teoría lo que Jung llama la negación de la mano izquierda. La aceptación de la oscuridad es, por así decirlo, escenificada. Queremos que el paciente (o nosotros mismos como personas) la acepte; proyectamos la tarea de aceptarla en las personas y en el consultorio, y así salvar nuestra teoría de tener que admitir la oscuridad y la muerte en su estructura más íntima. Del mismo modo, nos gusta usar la fórmula ‘todavía no’, esa variedad de ‘nada más que’, y así colocar lo negativo o imperfecto en una fantasía escatológica de desarrollo o crecimiento. El paciente ‘aún’ está en la fase oral o urobórica, ‘todavía no’ ha alcanzado el nivel genital o la etapa racional solar. Con tales formulaciones expulsamos implícitamente la condición en la que se encuentra ahora; la condición actual no se acepta como lo que es, sino solo por lo que pueda salir de ella. Inherente a la esperanza positiva de un futuro mejor hay una condena al presente. Parece que aceptamos la sombra; en realidad todavía la reprimimos, solo que de una manera más sutil y menos obvia. La misma distinción entre lo positivo y lo negativo significa una disociación. Además, como juicio de valor moralista, necesariamente implica una devaluación y repudio. Hablando sobre símbolos, Jung se opone a tal pensamiento. “El carácter moralista e higiénico de nuestros días siempre debe saber si tal o cual cosa es dañina o útil, correcta o equivocada. Una psicología real no puede ocuparse de tales interrogantes; reconocer cómo son las cosas en sí mismas es suficiente” (CW 6 § 203). Positivo (prospectivo) y negativo no son categorías psicológicas sino instrumentos de represión moralista.

Nuestra teoría está llena de ego; psicología del ego, funciones del ego, desarrollo del ego y etapas del ego, conciencia del ego y fortalecimiento del ego. ¿Qué significa esto si no es que nuestra teoría está dominada o fijada por el mismo ego que debería ser “eliminado” por la neurosis, como escuchamos de Jung? “‘¡Al diablo con el mundo del Ego! …’” (Letters2, 9 de enero de 1960, a Hugo Charteris). La psicología ha incorporado nuevamente una aberración neurótica en su propia teoría. El arquetipo del héroe, que de alguna manera puede considerarse un modelo fundamental de comportamiento neurótico, incluso se ha convertido en el prototipo cuasi oficial del “desarrollo saludable”. Es el héroe quien hace el corte fatídico que divide la mano izquierda de la derecha, los elementos preciosos del desperdicio, y por lo tanto produce la fantasía neurótica, es decir, la condición de disociación, donde “antes” había habido integridad.

Cuando tal ego heroico se enfrenta a las consecuencias de su violencia y se cansa de su demostración de fuerza, puede anhelar abandonarse a la “Gran Experiencia”, la Urerfahrung (Neumann), la “Experiencia Cumbre” (Maslow), o el “Momento Creativo”, algo bastante fuera de lo común, que, por lo tanto, tampoco se puede lograr dentro de la vida ordinaria. Este ego esperará una experiencia numinosa descomunal, el sueño Arquetípico muy especial, o practicará todo tipo de técnicas meditativas, o incluso usará drogas para realizar su viaje especial. Un término como Gran Experiencia implica una traición a los pequeños eventos de la vida cotidiana y la impotencia del héroe para experimentarlos. El pensamiento detrás de tales términos nos aleja aún más de nosotros mismos y de las cosas simples al depreciarlos e inflarnos. Luego, tal intento toma el lugar de las experiencias de los sentimientos auténticos, que requieren un gran esfuerzo, “para repetir un evento espontáneo e irracional mediante un arreglo deliberado e imitativo de las circunstancias análogas …” y “mediante la aplicación de un método, para lograr los efectos de la experiencia primordial ….” “Curiosamente, uno no se da cuenta de que se trataba de un estado de emoción espontánea, natural o ekstasis, y por lo tanto, todo lo contrario de una imitación metódicamente interpretada” (Letters 2, 19 de octubre de 1960, a Melvin J. Lasky). Si nos aclaramos el fervor de que la psicoterapia se aplica al propósito de inventar métodos que permitan a los pacientes sentir de nuevo y desarrollar su vida emocional, su sensibilidad corporal y sus relaciones, el fervor de enseñarles cómo practicar la meditación y dejar salir gritos primarios, uno reconoce en este entusiasmo la misma mentalidad heroica del ego que en realidad se supone que debe superarse a través de estos esfuerzos por la capacidad de rendirse y practicar la meditación.

Otro tipo de negación de lo negativo se puede encontrar en la actitud que caracteriza a la psicología profunda convencional. Mientras que la terapia apunta a la flexibilidad, la espontaneidad, la asociación libre y la imaginación activa y quiere proporcionar un clima de calidez y comprensión, la psicología como teoría está interesada en hechos concretos, en un cuerpo sistemático de conocimiento basado en la experiencia sobre la psique en conceptos bien definidos, e intenta darse un aire científico mediante el uso de una jerga técnica, tipología, expresiones clínicas, incluso ‘casos’, mediante el diseño de pruebas y el empleo de otros métodos para la validación de sus hallazgos.

En nuestra práctica prestamos atención a los consejos de Jung para evitar cualquier técnica rígida y estar abiertos a la individualidad del paciente y a los requisitos del momento. Pero nuestro pensamiento teórico está dominado por preguntas prácticas y técnicas: ¿terapia grupal o no? ¿Se permite tocar al paciente? ¿Qué hacer si el paciente …? ¿Cómo lidiar con las reacciones de transferencia? ¿Podrían “otras” técnicas, como la gestalt o el grito primal, enriquecer nuestro repertorio? Tales son las preguntas que realmente nos interesan, lo que demuestra que la mente tecnológica está firmemente arraigada en el pensamiento de la psicología misma. La actitud que prevalece en la teoría psicológica es de control, de “pensamiento dirigido”, de codicia. Si planteamos tales preguntas, si el método de cómo lidiar con los problemas técnicos está tan cerca de nuestros corazones, ¿esto no significa que nos permitimos albergar la misma mentalidad tipo receta de la que queremos disuadir a nuestros pacientes, por ejemplo cuando nos piden una solución ya hecha para deshacerse de este o aquel problema? “La ‘técnica’ es inconmensurable. La personalidad del paciente exige todos los recursos de la personalidad del médico y no trucos técnicos” (CW 10 § 338, trad. modif.). No puede ser que esto se aplique solo a la sala de consulta. También debe ser válido para nuestro propio pensamiento teórico. Pero obviamente nuestra teoría usa los mismos mecanismos de defensa de racionalización e intelectualización que combate en el paciente; teorización imaginativa, así llamada especulación, está prohibida en la psicología teórica, ya que es una implicación personal tonificada y un modo de retórica. La teoría psicológica excluye de sí misma, de su propia actitud, los mismos modos que, como psicoterapia, práctica y busca en la sala de consulta. El pensamiento simbólico es algo que el paciente (o el hombre moderno en general) debe desarrollar, pero nuestra teoría lo rechaza como un “pensamiento inferior”.

Incluso nuestra idea de totalidad participa del pensamiento neurótico. Porque esperamos lograr la completitud al añadir funciones previamente descuidadas al número de funciones bien desarrolladas o compensando una unilateralidad suministrando al lado que falta. De esta manera obtendremos solo un conjunto de funciones, que en sí mismas son unilaterales y están escindidas, pero nunca obtendremos totalidad. “Del mismo modo que la suma de todos los ceros nunca hará ‘uno’” (CW 10 § 516), la adición de funciones o aspectos de la personalidad nunca traerá unidad. Incluso después de su combinación, permanecerán unilaterales.

Jung ridiculizó la idea equivocada de completitud en una carta de 9. I. 1960 (a Hugo Charteris), discutiendo el tema de “Sócrates y su flauta”. Afirma que “[l]a historia comienza con su daimonion, susurrándole al oído: ‘¡Deberías hacer más música, Sócrates!’ Con lo cual, el viejo y bien intencionado Sócrates fue a comprar una flauta y comenzó a hacer ejercicios lamentables. Obviamente entendió mal el consejo, pero de una manera característica”, al tomar la voz interior “literal y técnicamente como si fuera un hombre moderno” —o, yo añadiría, como si fuera un psicoterapeuta junguiano moderno. ¿Cuál fue su malentendido? Que pensaba que podía lograr la totalidad al compensar sus actividades filosóficas unilaterales (pensamiento) con la actividad ‘opuesta’ (música). La ecuación “filosofía + flauta = totalidad” es obviamente errónea según Jung. La compensación no significa un comportamiento (en el sentido más amplio de esta palabra: todas las acciones observables directa o indirectamente del organismo) que se añade a la actividad unilateral, sino que implica un cambio de actitud. En lugar de pensar en el nivel del comportamiento (= literalización), Sócrates debería haber entendido el consejo psicológicamente. Entonces no habría tocado la flauta a modo de contrapeso; habría y podría haberse quedado con la filosofía —pero luego habría filosofado de una manera menos racionalista, más “musical”. La unilateralidad no era de su comportamiento (su especialización en filosofía), sino de las actitudes con las que practicaba esta verdadera y única profesión suya (cf. Berry, “On Reduction” en cuanto a esto (2)). Por lo tanto, Sócrates escenificó la compensación en el nivel del comportamiento cuando debería haberlo logrado en el nivel de la psicología, es decir, en el “Erinnerung” (remembranza/interiorización), para un cambio interno de mentalidad.

Ahora, volviendo a nosotros mismos y a la psicología, podemos decir que también tratamos de escenificar la idea de totalidad proyectándola en el paciente como una tarea a realizar y entendiéndola en el nivel de comportamiento en términos de equilibrar las diversos funciones o actividades. Pero para Jung, la totalidad es una cuestión de “Blick fürs Ganze”, teniendo “un ojo para la psique en su conjunto” (CW 10 § 370, trad. modif.), no una cuestión de convertirse en un manitas psicológico. No es nuestra especialización lo que tiene que cambiar, sino la estrechez mental con la que vemos. El lugar donde debe lograrse la totalidad, donde debe desarrollarse la función inferior y donde deben integrarse las deficiencias que llamamos “sombra” no es en el hombre mortal como persona —pensar así sería soberbio— sino que es en la psicología, la psicología de cada uno de nosotros, como tenía lugar para el propio Jung cuando escribió su libro sobre tipos. Con estos comentarios ya estamos tocando el tema de la siguiente sección.

4. Personalismo y reduccionismo

En el mismo artículo que nos dio nuestra piedra de toque para examinar la psicología en busca de una posible neurosis, Jung describe “el mal principal de la neurosis” como la pérdida de la “gran relación”. Él “que niega lo grande debe culpar a lo insignificante”. Por lo tanto, Freud quería “poner fin de una vez por todas al aspecto más amplio del fenómeno psíquico”, dice Jung con referencia a The future of an illusion, “y en el intento continúa el trabajo funesto que se está llevando a cabo en cada neurótico: la destrucción del vínculo entre los hombres y los dioses …” (CW 10 § 367). La psicología nuevamente perpetúa el principio mismo detrás de la neurosis del paciente.

Lo que Jung ataca aquí podría llamarse el empirismo de la psicología, esa visión que, debido a que niega “lo grande”, busca las causas en “lo insignificante”, es decir, trata de “explicar” la neurosis causalmente con todo tipo de factores “empíricos”: la sexualidad o cualquier instinto biológico, la mala madre, la estructura familiar, las condiciones sociales, una deficiencia orgánica, las experiencias durante la infancia, el trauma del nacimiento, etc., etc. En todas esas teorías están operando los mecanismos de defensa del desplazamiento y la proyección; no solo nuestro interés es dirigido fuera de nuestro propio campo y la psicología enraiza heterónomamente en otras ramas del conocimiento (biología, sociología, conductismo, medicina, etc.), sino que la neurosis misma se desplaza lejos de nosotros mismos, desde el alma, hacia algún factor extrínseco. Las neurosis no deben bajo ninguna circunstancia —como proclaman estas teorías— ubicarse dentro del alma. La fuente externa de la neurosis, por supuesto, debe buscarse relativamente cerca de nosotros, como en nuestro cuerpo (sexualidad) o en alguna “función inferior” —será aceptable siempre que pueda ser experimentada (imaginada) como algo externo y objetivo, en otras palabras, siempre que no implique nuestra subjetividad más íntima, el alma.

Jung, por el contrario, abogó por la idea de que la neurosis se origina, no de ningún factor empírico, sino “del alma del paciente. Tampoco proviene de algún rincón oscuro del inconsciente, como muchos psicoterapeutas aún luchan por creer …” (CW 10 § 337, trad. modif.). La psicología científica, que tiene como objetivo el conocimiento de hechos objetivos, evita el uso de la palabra “alma” en favor de “comportamiento” —y esto no por una pequeña razón. No se trata de ‘meras palabras’, sino de una realidad más intensa: la objetividad científica nos ayuda a ‘escapar de ella’, nos ayuda a defendernos de la neurosis y a mantenerla a raya, afuera. (3) Nos equivocamos al creer que la magia de las palabras ocurre solo en el primitivo y en algunos pacientes; sucede ahora y en nuestro terreno de la psicología. La evitación de la palabra alma y el “menosprecio eufemístico” de la palabra comportamiento es un intento demasiado ansioso de sellar nuestra subjetividad más íntima contra cualquier influencia ‘malvada’. No es de extrañar que una psicología tan aislada (autista) escenifique la idea de relación con el exceso.

Paradójicamente, la subjetividad cuidadosamente evitada regresa inconscientemente dentro del mundo científico objetivo de los hechos, en más de una forma. No quiero entrar aquí en el tema de las “conjeturas subjetivas” (CW 10 § 356) que subyacen a las supuestas ‘explicaciones’ y ‘leyes’ objetivas de la psicología científica, pero me limitaré a la discusión del personalismo. La psicología empírica solo conoce los fenómenos psicológicos que pertenecen a las personas, es decir, puede concebirlos solo en términos de propiedad personal, de ‘mía’ o ‘suya’ o ‘tuya’ (cf.: CW 12 § 562). La metáfora raíz de la psicología es el atomismo. Primero vienen todas las personas individuales y solo luego el alma (el alma, los instintos, los sentimientos y los pensamientos de cada persona). Si el alma existe para la psicología como innumerables almas individuales y separadas, ¿cómo puede haber totalidad? Del mismo modo, se piensa que la psique en sí misma está compuesta de unidades autoidénticas (llamadas agencias, funciones y similares), es decir, unidades que se conciben original y principalmente como separadas y que forman un todo solo a causa de estar combinadas dentro de un sistema (conglomerado). Ya hablamos sobre el hecho de que la estructura misma de nuestro pensamiento teórico establece el aislamiento y la separación que se quiere superar a través del esfuerzo por la totalidad. También sabemos que la suma (combinación) no puede crear un todo a partir de lo que se define como escisión, sino que es indispensable un cambio de nuestra teoría en la dirección de un “Blick fürs Ganze”.

Ahora agregamos que la psicología debe comenzar desde el “todo”, desde “lo grande”, desde el “vínculo entre los hombres y los dioses”, si quiere llegar a la totalidad y sanar las divisiones neuróticas. Es por eso que Jung pensó muy poco en basar nuestras ideas en estudios de casos, en la observación clínica dentro de la sala de consulta. “El alcance debe ampliarse para revelar … el todo significativo” (CW 10 § 354). Por esta razón, Jung recurrió a campos aparentemente remotos y extraños como la mitología, el gnosticismo y la alquimia cuando se trataba de ver obra “el rango completo de la psique humana” (CW 10 § 369). Y en lugar de explicar el “aspecto más amplio del fenómeno psíquico” a partir de la experiencia de la sala de consulta, a la inversa trató de ver al paciente y al comportamiento personal a la luz de las ideas obtenidas de tales estudios excéntricos.

Por qué Jung recurrió a campos tan extraños y qué se entiende por “lo grande” y “lo insignificante” puede aclararse a partir de una analogía que E. Wind usa en una conexión similar. Habla de un iconógrafo que, debido a su enfoque reduccionista, descubrió que “las creaciones simbólicas de genios son, por desgracia, más difíciles de fijar a un tema definido que los inventos alegóricos de artistas menores” y agrega:

“Si esto es así, hay algo mal con la forma de fijar. Un método que se ajusta al trabajo pequeño pero no al grande obviamente ha comenzado en el extremo equivocado. En geometría, si puedo usar una comparación remota, es posible llegar a paralelos euclidianos reduciendo la curvatura de un espacio no euclidiano a cero, pero es imposible llegar a un espacio no euclidiano comenzando con paralelos euclidianos. Del mismo modo, parece ser una lección de la historia que el lugar común puede entenderse como una reducción de lo excepcional, pero que lo excepcional no puede entenderse amplificando el lugar común. A la vez, lógica y casualmente lo excepcional es crucial, porque introduce … la categoría más amplia.” (4)

Pero, ¿somos los junguianos los que no estamos haciendo uso de la categoría más amplia, no estamos comenzando también con la “totalidad” y lo “grande”? Después de todo, los conceptos del inconsciente colectivo y de los arquetipos están en el centro de la Psicología Analítica. Sin embargo, cuando observamos lo que realmente hacemos, pienso que es una ilusión suponer que la Psicología Analítica es menos personalista que, digamos, el psicoanálisis. La diferencia es simplemente que este último admite abiertamente su enfoque personalista y reductivo, mientras que nuestra teoría lo disfraza.

¡Hablamos de la madre concreta y de las otras mujeres de la familia y las designamos como “la esfera matriarcal”! Describimos a una madre como negativa y luego decimos que evocó el aspecto negativo del arquetipo de la madre a través de su naturaleza. ¿Qué estamos haciendo aquí? Si una mala madre evoca el mal aspecto del arquetipo de la madre y una buena madre el buen aspecto, entonces esto significa que la persona concreta es la realidad real y decisiva. El arquetipo ya no es en absoluto una imagen primordial, no es original, sino un factor derivado y dependiente —si no es simplemente una palabra grande, inflada, pero vacía detrás de la cual no hay otra realidad sino la madre personal. Es una mera duplicación de esta madre, de la misma manera que Freud describe a los padres imaginarios en el romance familiar de los neuróticos (5): estos padres nuevos y ennoblecidos muestran características que se derivan del recuerdo de los padres reales, de modo que el niño realmente no elimina al padre, sino que solo lo magnifica. Este análisis evemerístico se adapta perfectamente a nuestro uso personalista del término arquetipo: incluso si desaprobamos correctamente la reducción personalista donde se usa para menospreciar el material arquetípico de la fantasía —hay cosas que legítimamente pueden estar, incluso deberían estar, sujetas a una interpretación reductiva: nuestros conceptos inflados.

El origen y la raíz de las imágenes arquetípicas (la forma en que las comprende la Psicología Analítica) son las personas empíricas. Es también por esta razón que en Psicología Analítica encontramos casi exclusivamente a los arquetipos de la madre (+ anima), el padre (+ animus) y el sí mismo: la riqueza y multitud de figuras arquetípicas que encontramos en la mitología se han reducido a estos tres o cinco (mostrando que nuestros “arquetipos” son) derivados de, y representan, la familia real (engrandecida). Esto significa que la vieja falacia sensacionalista todavía está en funcionamiento y que solo está disfrazada en la Psicología Analítica. ¡Qué honesto y aliviador es el lenguaje de Freud! Él quiere decir madre y dice madre. Nosotros nos referimos a la misma madre, pero la inflamos en un arquetipo. Así destruimos lo que el término arquetipo real y ‘originalmente’ se refiere; cancelamos esa ‘sustancia’ imaginal de nuestro pensamiento, pero tenemos éxito en ocultar esta pérdida porque con una especie de ‘estrategia de inmunización’ (H. Albert) conservamos la palabra arquetipo así como el aura numinosa que se adhiere a ella. Sin embargo, esta aura ahora se atribuye a personas o partes de la personalidad empírica. Al socavar así el concepto de arquetipo desde adentro y presionar lo transpersonal en los estrechos confines de lo personal y lo empírico (entendido de manera personalista), incluso más definitivamente, ponemos fin al aspecto más amplio del fenómeno psicológico que Freud pudo conseguir al negarlo totalmente. Nuestro uso convencional de arquetipos, por lo tanto, es todo lo contrario de “comenzar con la categoría más amplia”: equivale a nada menos que a una apoteosis de lo personal(ístico) y, por lo tanto, amarra de manera absoluta e incuestionable al “mal principal de la neurosis” en nuestro teoría porque proporciona autenticación divina para éste.

5. El efecto de la psicología

La psicología ha caído en el mismo modo de pensar al que se opone en el neurótico. Pero si la psicología en sí misma es neurótica, ¿cómo puede tener un efecto curativo (que obviamente tiene)? Este es un dilema muy curioso, ya que no podemos negar con razón ni la neurosis ni el efecto curativo. Parece que solo hay una respuesta posible: la psicología no sana a pesar de su neurosis, sino a causa de ella. Esto también encajaría con la idea de que ‘curar’ es en sí mismo un concepto neurótico. ¿No podría ser que el paciente se libere de su neurosis (personal) porque en la terapia la transfiere a la psicología, para que esta última la lleve por él? En opinión de Freud, la neurosis cambia a una neurosis de transferencia. Pero, ¿qué pasa con esta nueva neurosis, a dónde va cuando la transferencia se “disuelve”? ¿Debemos pensar que las realidades objetivas transpersonales llamadas “transferencia” simplemente se disuelven en el aire?

Diría que se transfieren nuevamente, pero esta vez no a una persona, sino a una estructura objetiva. Es la psicología la que recibe la neurosis en sí misma, como en un recipiente, y así alivia al paciente. El instrumento de esta transferencia es el número interminable de interpretaciones (“trabajadas”) durante el análisis, mediante el cual la neurosis se profundiza y se amplía (“amplifica”) y la mentalidad del paciente se eleva al nivel objetivo de la psicología. Lo que a veces se llama la “objetivación de la neurosis” podría significar precisamente este proceso. El paciente se cura a través de su nueva conexión con la teoría impersonal que reivindica la validez universal (por ejemplo, la superación del complejo de Edipo; la individualización). Por lo tanto, adquiere una actitud más objetiva y transpersonal hacia sí mismo. Lo que cura es el carácter impersonal de la teoría, que aparece en psicología como en cualquier parte de la hermenéutica, la ciencia, la filosofía o la religión. Esta es la razón por la cual cualquier psicología funciona en la práctica terapéutica. Que nuestra psicología sea personalista en su contenido no altera el hecho de que, como un sistema de significado, siga siendo objetiva y transpersonal. De hecho, desde un punto de vista arquetípico, es en sí misma una sustancia arquetípica, aunque el objetivo de esta psicología es negar cualquier cosa arquetípica (Freud) o abusar de los conceptos arquetípicos reductivamente (Psicología Analítica). (En otras palabras, el reductivismo personalista es en sí mismo un modo arquetípico).

De ser así, el principio de epistrophé (la reversión o el retorno de nuestras idiosincrasias personales a los dominantes arquetípicos apropiados) (6) se confirmaría una vez más; sería el principio incluso detrás de la psicoterapia convencional, a menudo antiarquetípica, y el análisis funcionaría con la teoría como un factor autónomo, incluso al negar que sea así. En la medida en que dicha revisión no es una cuestión de comprensión intelectual, sino que requiere, para tener una realidad psíquica, un ritual, podemos entender por qué el tedioso proceso de terapia debe repetirse con cada paciente nuevamente. La terapia no supera, sino que, por el contrario, se inicia plenamente en ese mundo (arquetípico) que se llama neurosis (y que se materializa en la psicología). Es esta iniciación la que libera a la persona individual. Nuestra psicología tiene el mismo propósito que, por ejemplo, el culto mitraico o su sucesor, el cristianismo, lo hizo para el hombre de la antigüedad tardía. Como religiones redentoras proclamaron la victoria de la luz sobre la oscuridad (lo que ahora llamaríamos La Represión Exitosa) y, por lo tanto, permitieron al individuo reflejar su neurosis personal en un contexto transpersonal y darle un hogar allí. La psicología con su escatología del desarrollo no es simplemente un paralelo y un sucesor del cristianismo, sino que es una verdadera religión redentora con un culto muy severo —solo que disfrazado.

Nuestra psicología puede tener éxito en la terapia. Pero, por supuesto, la neurosis como tal permanece, y cada análisis exitoso ayuda a neuroticizar la psicología una vez más o, al menos, a mantenerla neurótica. La psicología en su conjunto no cura la escisión; más bien, perpetúa la neurosis y la amarra firmemente. Y la cura del paciente es solo una parte del efecto de nuestra psicología terapéutica. El otro lado es que en más de 80 años de psicoterapia de ninguna manera se han podido reducir el número de trastornos psíquicos a nivel colectivo. La psicología en general es abortiva; se malogra. La neurosis y la psicología médica son frutos del mismo árbol. Juntos parecen ser uno de los “juegos que la gente juega”, como policías y ladrones.

El desplazamiento o la transferencia del nivel personal a la psicología objetiva significa que esta psicología, como fenómeno cultural y como una forma general de verse (neuróticamente) a uno mismo y a la psique, lleva consigo las semillas de neurosis siempre nuevas; las perturbaciones que toma del paciente, de alguna manera las devuelve a la población en general (“Zeitgeist”). Nuestra psicología ha incorporado la compulsión a la repetición en la terapia; por cada paciente que completó su análisis, hay varios otros esperando comenzar uno. Con estos hallazgos agregamos un aspecto adicional a la idea pesimista de Freud sobre la interminabilidad del análisis. Él discutió la duración interminable del análisis del paciente individual y la posibilidad de que un análisis pueda finalizar con un éxito momentáneo, pero no con un éxito definitivo (preventivo). Nuestro punto de vista diferente además tiene en cuenta el efecto del análisis para la población en general no analizada, es decir, el carácter epidémico de la enfermedad llamada análisis. Nuestro resultado confirma las conclusiones de Hillman, quien abordó este mismo tema, también con referencia a Freud, desde su perspectiva elegida de histeria y misoginia. (7)

6. La terapia de la psicología

En el pasado, hemos podido practicar psicoterapia de buena fe, sabiendo que incluso si personalmente tenemos nuestra parte en la neurosis, al menos servimos a una causa que estaba encima de la mesa; las deficiencias y fallas en la terapia se debieron a la fragilidad humana (demasiado humana), no al método mismo de la psicoterapia. Ahora, además de la visión humillante de la posible neurosis del terapeuta, tenemos que vivir con el descubrimiento mucho más hiriente de que incluso nuestra causa, la psicología, es completamente neurótica. ¿Deberíamos, por lo tanto, abandonarlo? Por supuesto que no. Si lo hiciéramos, reaccionaríamos una vez más a la neurosis con defensas y represión. No, como terapeutas también debemos aceptar la neurosis de nuestra propia disciplina. Jung dice que uno debería estar agradecido con la neurosis y aprender no cómo deshacerse de ella, sino cómo soportarla. Es sobre todo la psicología la que tiene que aprender esta lección, no solo el paciente. El falso egocentrismo de nuestra teoría tiene que ser eliminado. Entonces la psicología misma debe ser su primer paciente. Ahora tenemos que darnos cuenta de que el análisis de las personas involucradas (paciente y analista) no será suficiente; la teoría necesita un análisis igual de intenso. No todo está hecho si yo como analista he sometido mi desorden neurótico personal a análisis; mi desorden impersonal, la neurosis de mi psicología, permanece intacta. (Y, sin embargo, es la neurosis impersonal la más cercana y más íntima a nosotros, ya que está enraizada en el núcleo transpersonal de la personalidad). Es por eso que Jung habló de la necesidad de que la psicología “desaprenda y vuelva a aprender”, de la necesidad de una “revisión radical” (cf. el título de Hillman: Re-Visioning Psychology) y de una “liberación de ideas gastadas que han restringido seriamente nuestra visión de la psique en su conjunto” (CW 10 § 369s.). Sobre todo, exigió una crítica de las premisas y presuposiciones subyacentes a nuestro pensamiento, de hecho, una “psicología crítica”.

Freud, en su artículo sobre “Análisis Terminable e Interminable”, se dio cuenta de que el intento de acortar la duración del análisis muestra un resto del desdén impaciente de la medicina por las neurosis y él mismo optó por “establecerse la meta, no abreviar, sino profundizar el análisis”. (8) Esta profundización necesaria, sin embargo, no debe entenderse en términos de duración o minuciosidad en detalle, ni como penetración en trastornos ‘más tempranos’ (narcisismo primario o traumas prenatales) o causas más básicas (el cimiento biológico de Freud). Estas son las categorías incorrectas, que necesariamente hacen que el análisis sea interminable (infinito) ya que siempre se puede encontrar algo más básico o anterior. Este pensamiento equivale al intento inútil de llegar a su fin siguiendo los paralelos euclidianos al infinito.

La profundización del análisis debe tomarse más bien como una progresión a un nivel fundamentalmente nuevo, a la “categoría más abarcativa” de Edgar Wind, a la “curvatura del espacio no euclidiano”. La psicología debe ser curva (intentio obliqua), doblarse hacia atrás, reflejarse en sí misma. Los mismos principios analíticos con los que hasta ahora recurrió al paciente (con la intención empirista recta) ahora pueden aplicarse a sí misma y así completar y cumplir el análisis tomándose en serio, como tercera persona. Esto es lo que significa “psicología crítica”.

Hasta ahora, los psicoterapeutas hemos actuado (¡e investigado!) tan inconscientemente en nuestra profesión como lo hicieron los nativos de Jung en Kenia cuando realizaron el ritual de saludar al sol naciente. Tenemos, por supuesto, un rico conocimiento de qué hacer y decir y cómo interpretar, pero si nos preguntaran (como si fuésemos los africanos preguntados por Jung) por qué nos comportamos y pensamos de esa manera, podríamos, como aquellos nativos, no presentar otro fundamento que no sea “porque es la verdad, así son los hechos, solo miren todo este material del caso” y podríamos, con este dogmatismo, traicionar nuestro inconsciente. (Que nuestros hechos están, en cierta medida, validados empíricamente, mientras que los de Kenia no lo estaban, obviamente no hace ninguna diferencia con respecto a la consciencia. La evidencia empírica válida puede establecer un conocimiento verdadero, pero no hace más consciente. La superstición y la ciencia, a pesar de su diferencia fundamental, están, por lo tanto, en el mismo nivel a este respecto porque comparten la misma creencia ciega (cegadora) en los hechos. “La colaboración de la psique —un factor indispensable— permanece invisible” [CW 10 § 498].)

El principio de la psicología profunda es el levantamiento de las represiones, y la “regla fundamental” psicoanalítica fue establecida para cumplir este principio. Freud afirma acerca de la aplicación de esta regla: “Es una cosa muy notable que toda la empresa se eche a perder si se hace una sola concesión secretamente. Si en algún lugar de una ciudad existiera el derecho de santuario, uno puede imaginar que no pasará mucho tiempo antes de que todos los deleznables de la ciudad se reúnan allí.” (9) Pienso que nuestra teoría psicológica, tan descuidada, es tal santuario. Allí, como hemos visto, se reúnen todas las ideas neuróticas. La psicología escenifica sus puntos de vista en su ‘comportamiento’ (es decir, la psicoterapia), pero la teoría, como la ‘consciencia’ y la ‘actitud’ de la psicología, está protegida y defendida contra tal visión. He dado una serie de ilustraciones para esto. A modo de recordatorio. Quiero señalar el efecto o el propósito inherente del enfoque genético: el uróboros, el narcisismo primario, el Einheitswirklichkeit, el pensamiento mágico y cosas similares están puestos (vía proyección) lo más alejado posible de nosotros por nuestra teoría, ya sea en lo que no somos (el hombre prehistórico, el niño o el genio creativo) o en lo que de ninguna manera queremos ser (el paciente neurótico), para evitar que nuestro propio pensamiento y forma de ver —nuestra subjetividad más profunda— se vean afectados por estas realidades. No queremos renunciar a este último recurso y refugio y cambiar fundamentalmente, sin reservas (lo que Jung llamó de forma radical “desaprender y volver a aprender”). La última fortaleza más secreta y más interior de la vieja actitud centrada en el ego es la teoría psicológica, cuya participación en la terapia y en la transferencia no está sujeta a análisis de la misma manera que las otras dos personas. Ahora vemos por qué el análisis fracasa a pesar de su tremendo esfuerzo: toda la empresa se echa a perder porque se ha hecho una concesión, aunque únicamente sea en un solo lugar.

Hay una cortina de hierro entre la terapia y la teoría. El practicante, enfatizando las experiencias sentimentales, desprecia la teoría como un intelectualismo; para el psicólogo científico la teoría es algo sagrado que debe mantenerse limpia de emociones, imaginación y neurosis. A través de esta disociación obtenemos tanto una práctica neurótica como una teoría neurótica. En general, se acepta que intelectualizar los propios afectos es un mecanismo de defensa, pero no se ve lo opuesto, que ignorar la teoría por la introspección personalista, etc., también es una defensa. Por supuesto, no ayudaría si la teoría se hiciera más relevante en la práctica y si el practicante se ocupara más de la teoría. Esto acercaría los dos extremos, pero no importa lo cerca que se acerquen, la división neurótica de la psicología permanecería. Lo que se necesita es su unidad, “totalidad”. Esto es a lo que Freud iba cuando habló de “Junktim zwischen Heilen und Forschen” (el paquete de curación e investigación). (10) La terapia es teórica y la teoría obra en la terapia. En realidad, no podemos restringir la terapia al consultorio y el teorizar a los libros. Jung escribiendo sus estudios teóricos y psico-históricos no solo proporcionó herramientas teóricas para el análisis. Su trabajo escrito es en sí mismo terapia, una terapia de pleno derecho, en la medida en que apunta a afectar nuestras actitudes de consciencia. Al pensar lo contrario, separaríamos la teoría.

Por el contrario, estamos sujetos a un autoengaño si creemos que una introspección cada vez más profunda o el abandono de las experiencias sentimentales al estilo grito primal traerían una iniciación genuina al ‘mundo interior’. La introspección significa que nos miramos a nosotros mismos y por lo tanto obviamente desde afuera. Iniciación, por el contrario, significa entrar, pero cuando esto sucede estamos en “eso” y somos parte de ello y, por lo tanto, ya no podemos mirarlo. Abandonar las experiencias sentimentales implica, sin duda, entrar. Pero, como sugiere el término abandono, algo quedó fuera y detrás que, por lo tanto, no participa en el proceso de transformación y, por lo tanto, puede servir como ancla y terreno firme. Las experiencias pueden ser tan intensas como lleguen, sin embargo, nada verdaderamente esencial en el sentido de iniciación habrá sucedido debido a la reservatio mentalis, a la exclusión previa de nuestra mente, que sigue siendo tan racionalista y egoica como antes. Solo la mitad entra y siente. O es todo el ego el que entra, pero entonces la reserva mental significaría que, a pesar de girar alrededor como a una unidad por las emociones, la estructura interna del ego permanecería intacta. En la llamada experiencia del sentimiento, es el viejo ego el que experimenta y siente. Sigue siendo el sujeto idéntico a sí mismo incluso cuando se ‘relaciona’. Es cierto que la psicología debe ser subjetiva. Pero su subjetividad no puede ser la propiedad personal ‘mía’, del ego —más bien, debe ser una subjetividad impersonal y objetiva, una que primero me da mi sentido de ‘mi-idad’.

Como dijimos, la psicoterapia se centra en el paciente o, en el mejor de los casos, en el paciente y el médico (en sus experiencias y reacciones personales), en resumen, en lo personal. Por lo tanto, la psicoterapia personalista es realmente un folie à deux, un encuentro buberiano Yo-Tú, porque solo se aceptan dos personas, tertium non datur. La “gramática” de la psicología es defectuosa, no podemos conjugar adecuadamente: yo, tú —ahí es donde nos detenemos. Pero la “conjugación” adecuada (en griego: ¡syzygía!) sabe de una tercera persona, de Eso objetivo e impersonal (la psique objetiva, lo “grande”, Psychologia) que está presente junto con las otras dos personas porque es su aspecto más amplio e impersonal. Freud se acercó mucho a esto con su id, pero desafortunadamente colocó el id dentro del individuo como una parte de la personalidad. Cuando la psicoterapia se ve en términos del diálogo entre dos personas, un Yo y un Tú, no hay sicigia ni conjugación, sino una “disiunctio” absoluta (cf. CW 16 § 397); (la palabra habitual de Jung es disociación): médico – paciente, cuerdo – neurótico, consciente – inconsciente, pensamiento – sentimiento, etc. El eros de la transferencia puede intentar, lo más duramente posible, unir a los dos, pero nunca irá más allá de una “neurosis de transferencia”. Cuando el marco de la psicología es personalista porque no se ve el tercero de los dos, no puede haber coniunctio. El “hijo del alma”, que según Jung (CW 16 § 465) es la meta de la transferencia (y de la psicoterapia), no nacerá: dicha psicología debe ser abortiva; debe fallar; el hacer-alma no puede tener lugar. En cambio, la psicoterapia tendrá que dedicarse a fines “prácticos” (curación, fortalecimiento del ego, modificación del comportamiento, entrenamiento de la sensibilidad, experiencias emocionales, desarrollo de todas las funciones, etc.) y volverse tecnológica, como hizo Fausto después de la coniunctio, que casi habiéndose logrado, finalmente falló. También en su caso, tuvo que fracasar ya que el “proceso objetivo de la unión” fue perturbado por la “intervención personal de Fausto”, su identificación con la figura mitológica (= transpersonal) de Paris (CW 12 § 558s.).

Jung siempre insistió: el origen de la neurosis radica, no en el pasado, sino en el presente, es decir, cerca de casa. En este espíritu necesitaríamos concentrarnos en lo que está más cerca de casa: nuestra actitud de consciencia, nuestras teorías. Para hacer psicología debemos “erinnern”, para hacer alma, volver a casa. En lugar de buscar los arquetipos por ahí y así reificarlos, necesitamos desarrollar un enfoque arquetípico; en lugar de ubicar la psique en las personas, debemos aprender a ver psicológicamente; en lugar de hablar sobre los uroboros en el niño o en el paciente, nuestra psicología debe avanzar hacia una consciencia urobórica. Si la psicología se ha convertido en su primer paciente y si su “espacio” es curvo, de modo que todas las líneas “rectas” vuelvan a ser como el draco caudam suam devorans (el dragón devorando su cola), ya no estará fijada en el paciente, en comportamientos y en la práctica.

Ambos fundadores de la psicología profunda, Freud y Jung, observaron la cura analítica con cierto desapego, Freud confesando que nunca había sido un entusiasta terapéutico, ni un verdadero médico y que nunca había tenido un fuerte deseo de ayudar al sufrimiento, Jung admitiendo bastante poco interés en las personas y los hechos externos de la vida. Esto no significa que se relacionaron con el paciente con indiferencia, sino que podría arrojar luz sobre por qué estaban destinados a ser psicólogos. El interés del psicólogo no se dirige a la persona factual y a su comportamiento, sino a los asuntos psicológicos. La línea curva que sigue la mirada psicológica se encuentra con el paciente y con los hechos —no los evita y, en cambio, se vuelve meramente hacia adentro (introspección)—, pero continúa y vuelve a su lugar de origen. Su objetivo es su propio origen, no el paciente. La psicología no habla del paciente, del objeto externo, sino siempre de sí misma; y la psicología propiamente dicha solamente comienza donde sigue al uroboros, el dragón de la imaginación, (11) es decir, donde se fusiona con el imaginario mismo. Pero en este movimiento circular, el paciente es abarcado, no como un punto fijo y un fin en sí mismo, sino como algo que se lleva y ‘se ve a través de él’. Lo mismo, sin embargo, se aplica al sujeto que ve (ego); también deja de ser un punto fijo y entra en la rotatio alquímica, de modo que no quedará nada fijo y ‘fáctico’, ninguna reserva, ¡el movimiento circular de la imaginación misma se convierte en el único hecho (y ‘factor’)! Y esta disolución de las dos personas fácticas y sus egos autoidénticos en el movimiento circular es el propósito real de la terapia. Esto es lo que debe entenderse como el objetivo de ‘cambiar al paciente’, mientras que la modificación de su comportamiento y otros propósitos prácticos y problemas factuales con los que se ocupa la psicología clásica ahora no parecen ser en absoluto verdaderamente psicológicos, ya que solo la entrada dentro de la circulatio es una auténtica iniciación.

Jung se esforzó mucho por comunicar esta idea. Su enfoque tipológico de 1913 ya tenía el propósito de apartar la disputa entre las diversas escuelas (Freud—Adler—Jung) del nivel empírico de los hechos hacia un punto de vista psicológico: en lugar de probar o refutar empíricamente las diversas teorías, reflexionó sobre la pregunta, completamente diferente, de qué hizo que Freud o Adler vieran las cosas como lo hicieron. Su tipología ciertamente no fue suficiente para esta tarea (por lo que Jung más tarde la dejó en favor de la teoría arquetípica mucho más amplia y sutil), pero este intento inicial dejó atrás la fijación científica en el objeto y en los hechos, regresando a la indagación psicológica en sí misma y, por lo tanto, reconociendo la autonomía de la psicología.

Con respecto a la terapia, Jung expresó las mismas ideas, por ejemplo, exigiendo una “contra-aplicación al médico mismo de cualquier sistema en el que se crea” (CW 16 § 168), ya que el médico está tanto ‘en análisis’ como lo está el paciente, como una “parte del proceso psíquico” (§ 166). Ambos están dentro del proceso, no al revés. Se requiere el “paso de la educación a la autoeducación” (§ 170), y con “esta revolución [Wendung]”, “la psicología analítica ha roto los lazos que hasta entonces la habían vinculado al consultorio del médico. Va más allá de sí misma …” y “puede pretender convertirse en una propiedad de la cultura en su conjunto [Allgemeingut zu werden]” (§ 174, modif.). Se necesita una visión del alma totalmente diferente a la visión biológica previa, ya que el alma es “mucho más que un simple objeto de interés científico. No es solo el paciente sino también el médico, no solo el objeto sino también el sujeto … la condición absoluta de la consciencia misma” (§ 173).

Aunque aquí ciertos elementos del lenguaje de Jung todavía parecen tener un reparto personalista —“autoeducación”, por ejemplo, podría confundirse en el sentido de un esfuerzo personal (autoerótico) por parte del médico— el texto citado en su conjunto, sin embargo, expresa la visión de Jung de lo que uno podría llamar una psicología trascendental-dialéctica. Va más allá de todo empirismo y personalismo, más allá de lo práctico y concreto, más allá de la sala de consulta (incluso cuando podría estar allí) y ve la psicología (y la sesión analítica) desde la perspectiva de Vermittlung, la mediación. La “revolución” de Jung (Wendung) recuerda a la Kopernikanische Wendung (revolución copernicana) de Kant, así como una formulación tal como “la condición absoluta de la consciencia misma” es análoga a la preocupación de Transzendentalphilosophie por las “condiciones de la posibilidad de un a priori” de, digamos, juicios sintéticos. El alma es mediación, un “entre”. Pero este entre (por ejemplo, de transferencia) no debe ser imaginado como una flecha (unidireccional o bidireccional), una cuerda tendida entre (12) analista y paciente, sino más bien como algo que rodea y abarca, además de trascender, a ambas personas. Incluso si también está en cada uno de nosotros y, como tal, tiene un aspecto empírico, en realidad es “un alma única que lo abarca todo” (CW 10 § 175, modif.), la “misma alma de la humanidad” (CW 16 § 65), reflejando al Ser como tal (GW 16 § 203), un mundo de dimensiones cósmicas (CW 10 § 366). Por esta razón la psicología nunca puede ser una rama especial de la ciencia, ya que debe convertirse en Allgemeingut y comenzar desde una perspectiva global que solo pueda hacer justicia a un alma de dimensiones “cósmicas”. El siguiente diagrama, adaptado de Erich Heintel, (13) puede ilustrar la visión de Jung de la sesión analítica (y la psicología en general).

———— Mediación ————

mediación                objeto

·                       ·

(analista)           (paciente)

—————————————
El alma como mediación ocurre dos veces: como periferia (psique transpersonal) y como consciencia personal del analista (incluida su psicología), que se rige por los dominantes objetivos y ve al paciente en consecuencia. Nuestras teorías psicológicas son más grandes que nosotros y anteriores a nosotros mismos. Nos rodean y abarcan tanto a nosotros como a lo que percibimos (por ejemplo, el paciente). Esta visión comienza con la totalidad y “lo grande” y, por lo tanto, ya no se enfrenta con la tarea autodestructiva de tratar de unir dos almas individuales que están separadas por definición.

De esta manera, también debemos concebir la paradoja del ego-sí mismo. El sí mismo no está tanto en mí, no es “mi” verdadera naturaleza, aunque puede brillar a través de mí. … ¡La individuación, por lo tanto, no significa un proceso de autorrealización empírico-personal, sino que es un “propósito trascendental” (CW 14 § 790)! Es algo intangible e indefinible; empíricamente hablando no es nada en absoluto: es “meramente” imaginal. Desde un punto de vista práctico el negocio de la psicología es “vano” e “inútil” —pero ahí radica su distinción. En la misma línea, Jung afirma: “Preocuparnos por los sueños es una forma de reflexionar sobre nosotros mismos —una forma de autorreflexión. No es nuestra conciencia del ego reflejándose a sí misma … No se refleja en el ego … sino que recuerda ese ser extraño, ajeno al ego …” (CW 10 § 318). Y el sueño no es tanto “mi” sueño, sino un mensaje del alma inconsciente y unitaria de la humanidad” (ibíd.). Sin embargo, agregaría aquí que tampoco puede ser el ego (la conciencia del ego) el tema de esta contemplación. Nietzsche habla de un “Ungeheure Selbstbesinnung: nicht als Individuum, sondern als Menschheit sich bewußt werden” (Tremenda autocontemplación: no como un individuo, sino como la humanidad tomando conciencia de sí). (14) No solo es importante de qué me vuelvo consciente, sino también como qué me vuelvo consciente: quién es el sujeto en mí. Yo, como sujeto, ya debo, para empezar, estar sintonizado con el “alma de la humanidad”, con el punto de vista de la mediación y lo imaginal, para poder contemplar “ese yo extraño”. Similia similibus: debe ser el sí mismo que se contempla en mí y a través de mí. Es por eso que la verdadera psicología presupone una iniciación. No se puede aprender ni enseñar. Uno debe ser capturado, como por el yugo de la patología.

Hemos visto que la psicología se vuelve neurótica al defenderse de su propia patología. Por lo tanto, trata de evitar tener que sufrir una iniciación y de tomar consciencia de sí misma Para poner al descubierto la neurosis y para ponerle fin, la psicología debe “erinnern”, tomarla en sí misma y devolverla a su origen, el alma. Entonces se levanta la represión. Podemos entender por qué esto generalmente no sucede y por qué Nietzsche habló de una autocontemplación tremenda o terrible. Desde el punto de vista del ego habitual, esta tarea de psicología es nada menos que cortar la rama en la que uno está sentado, de modo que uno pierde el firme agarre y se sumerge en la profundidad sin fondo del espacio “intermedio” donde no hay líneas rectas ni puntos fijos. Pero entonces comenzaría la rotatio, la psicología sería el alma ‘recordada’ (erinnert); terapia y teoría, fantasía y hecho, analista y paciente ya no podrían mantenerse separados. El reino de la mediación se abriría y nacería el “hijo del alma”.

Me gustaría repetir: el lugar donde la psicoterapia tiene que suceder y donde no sería solamente abortiva es en la tercera persona objetiva, impersonal y, sin embargo, también la más subjetiva: la psicología. Integrar, desarrollar, compensar, sanar, “recordar” (erinnern, interiorizar), imaginar, introspección, iniciación, análisis, expandir la consciencia de uno y aquello que busca la psicoterapia son tareas a realizar no por la persona, sino por la psicología. Solo en este nivel, en el “plano superior de la dialéctica psicológica y filosófica” (CW 10 § 333), la psicología puede volverse psicológica, porque solo esto abre la tercera alternativa al estancamiento de los opuestos: el reino imaginal del hijo del alma. Cualquier cosa verdaderamente importante no puede suceder en nosotros a menos que ocurra en nuestra psicología. Porque estamos en ella— incluso si pensamos que está en nosotros. En lugar de necesitar métodos psicológicos para obtener experiencias personales más intensas, podríamos descubrir que la psicología en sí misma puede ser nuestra riqueza y nuestra experiencia más personal: la experiencia de hacer alma.

Notas

1. “Nachwort zur ‘Frage der Laienanalyse’” in Sigmund Freud, Studienausgabe, Ergänzungsband, Frankfurt 1975, p. 343s.

2. Patricia Berry, “On Reduction”, Spring 1973, p. 80s. y passim.

3. (Nota añadida en diciembre de 2004) es decir, a defendernos lógicamente…, manteniendo la neurosis lógicamente a raya.

4. Edgar Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance (New York: Norton, 1968), p. 238.

5. “Der Familienroman der Neurotiker”, en Sigmund Freud, Studienausgabe, vol. 4, p. 226.

6. Sobre “epistrophé” ver James Hillman, Loose Ends (Zürich: Spring Publications, 1975), p. 50.

7. James Hillman, The Myth of Analysis (Evanston: Northwestern UP, 1972), pp. 291ss.

8. “Die endliche und die unendliche Analyse” en Sigmund Freud, Studienausgabe, Ergänzungsband, Frankfurt, 1975, p. 387 (mi traducción).

9. “Further Recommendations in the Technique of Psycho-analysis”, en Sigmund Freud, Collected Papers, vol. II (London, 1953), p. 356n.

10. “Nachwort zur ‘Frage der Laienanalyse’”, in Sigmund Freud, Studienausgabe, Ergänzungsband (Frankfurt, 1975), p. 347 (mi traducción).

11. Sobre el dragón de la imaginación ver James Hillman, “The Great Mother, her Son, her Hero, and the Puer”, en Fathers and Mothers (Zürich, 1973), p. 112.

12. Cf. Martin Heidegger, Die Frage nach dem Ding (Tübingen, 1962), p. 188.

13. Erich Heintel, Einführung in die Sprachphilosophie (Darmstadt, 1972), p. 92.

14. Freidrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, aforismo 585.

La lección de la máscara

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo trece, 259-262. 

Traducción de Alejandro Chavarria
Revisado por Diana Arias y Alejandro Bica

Un fenómeno generalizado en lo que podríamos llamar culturas “arcaicas” fue las danzas rituales de bailarines portando máscaras. Los rituales pueden entenderse como la forma en que un pueblo, tribu o comunidad pone en juego o actúa abiertamente en actos conductuales aspectos particulares de la lógica interna de la existencia humana como tal —la lógica de ser un ser humano— para dar a esta lógica oculta un lugar explícito en sus vidas y también periódicamente para afirmarlo y honrarlo conscientemente. Para los humanos, evidentemente, no es suficiente estar gobernados de facto por la lógica inherente de su existencia, como parece ser suficiente para los animales. Los humanos además tienen que mostrar y articular lo que por naturaleza informa su existencia. La lógica articulada de la humanidad en su complejidad es el “alma” de la existencia humana, y el “alma” humana, a la inversa, debe entenderse como vida lógica. Hablo de vida lógica porque la lógica de la existencia humana debe distinguirse de lo que se conoce con el nombre de lógica formal y matemática, que son instrumentos abstractos de procesamiento de pensamientos, mientras que la lógica de la que se preocupa la psicología es la lógica de lo real. En etapas posteriores de la consciencia y el desarrollo cultural persistió la necesidad de articular la lógica del ser, pero tomó otras formas, ya no predominantemente de rituales, sino, por ejemplo, de doctrinas religiosas y, más tarde, de la metafísica clásica.

Todas las declaraciones doctrinales se han vuelto a priori sospechosas para nosotros por ser probablemente ideológicas; en cualquier caso, como afirmaciones explícitas, tienden inmediatamente a evocar preguntas sobre su verdad o ilusión, incitándonos a tomar una posición a favor o en contra. Los rituales antiguos, por el contrario, tienen la ventaja de que podemos verlos como la auto manifestación inocente e irreflexiva de la vida lógica del alma y, en tanto que exhibición, como lo que hace visible para nosotros la lógica oculta. Simplemente tenemos que mirar de cerca y ver qué muestran. Es con este espíritu que recurro al fenómeno de la danza de mascaras. En el espacio de este trabajo, es imposible prestar atención a las particularidades y detalles locales que distinguen en la realidad empírica las diversas danzas de diferentes pueblos, en diferentes épocas y para diferentes festivales. Me limitaré a analizar los rasgos esenciales de una especie de “tipo ideal” de danza de máscaras.

El bailarín, que en la vida civil cotidiana es un miembro ordinario de la comunidad familiar para todos, en primer lugar se pone una máscara, la máscara de algún espíritu, demonio o dios. De esta forma se muestra a sí mismo como diferente de sí mismo. La necesidad de llevar la máscara expresa la noción implícita de que él no es exclusivamente él mismo, no está dentro ni confinado a su propia realidad empírica e identidad personal. Él es más. También es lo que definitivamente no es. Así, al ponerse la máscara, el bailarín se erige, representa y, por lo tanto, se convierte en la “diferencia psicológica”, la diferencia entre él mismo como persona humana ordinaria (demasiado humana) y su otro; entre él mismo como individuo de la especie homo sapiens y él mismo como alma, espíritu o divinidad. Es ambos a la vez; en otras palabras, es la unidad de su identidad consigo mismo y su diferencia de sí mismo.

Lo que hay a cada lado de esta diferencia es fundamentalmente diferente. Los dos lados no son del mismo tipo y estatus. La máscara es hueca y, como tal, está destinada a ser cuasi-inmaterial. El hecho de que este objeto hueco no sea de hecho totalmente inmaterial no es más que un mal necesario. En última instancia, la máscara es, está destinada a ser, mera apariencia, imagen, efecto de espectáculo. No tiene un cuerpo completo, ni sustancia ni vida propia. Es una “nada”, una representación de algo irreal, simplemente ideal. Toda sustancia y vida están del lado del ser humano como organismo animal. La diferencia psicológica que muestra el bailarín enmascarado es, por tanto, también la diferencia y la tensión entre lo real y lo ideal.

Al usar la máscara, el bailarín humano lleva su aspecto de alma o espíritu frente a él. Está “ahí fuera”, al frente, en la superficie, totalmente manifiesto, para que todos lo vean. A la inversa, como persona humana, como ego o consciencia, da un paso atrás, desaparece detrás de la máscara. El ser humano real queda reducido a la condición de un instrumento, un mero soporte de la imagen “irreal” mostrada por la máscara que es incapaz de sostenerse por sí sola. La situación aquí es contraria a la forma en que la psicología moderna imagina la relación del ser humano y su alma. Aquí, el aspecto físico o la realidad empírica del hombre es lo que está al frente, mientras que se piensa que la psique está oculta en lo más profundo. La psique ahora se conoce especialmente con los nombres de lo subconsciente, inconsciente, incluso lo reprimido. Por tanto, es lo contrario de lo que se muestra abiertamente. Se piensa que lo que hoy “exhibimos” es una fachada, detrás de la cual se esconde el verdadero yo, inaccesible en última instancia incluso para nosotros mismos. Por eso el psicoanalista tiene que ser una especie de detective, tratando de traspasar lo que para nosotros es la máscara. Para Freud, lo manifiesto es una tapadera que camufla lo latente. Aunque Jung no vio las cosas exactamente de esta manera, introdujo, con referencia explícita a las máscaras que usaban los actores en la antigüedad, la palabra latina persona como término psicológico que denota el complejo funcional que se originó a partir de la adaptación de un individuo a la realidad social y que comprende un conjunto de actitudes habituales, forma una personalidad externa que en situaciones rutinarias facilita (hasta cierto punto casi “automatiza”) su trato con los demás y protege su personalidad verdadera o más íntima de tener que entrar en la interacción y hacerse visible: una inversión completa con respecto al significado de la mascara en las sociedades ritualistas.

Allí, la máscara no ocultaba ni protegía la verdadera identidad del danzante. Y la verdadera identidad no era lo que estaba detrás de la máscara y en lo profundo de la persona empírica. El bailarín como personalidad empírica tenía (para ceñirnos a nuestra expresión moderna) su “verdadero yo” precisamente en la máscara externa mostrada libremente al mundo, y por eso tuvo que ponerse detrás de la máscara en primer lugar, dándole a esta prioridad y él mismo solamente sirviéndola y desapareciendo detrás de ella. La institución de las máscaras muestra que la idea era que la verdadera personalidad del hombre solo podía estar “ahí fuera”, en lo manifiesto. Pero el hecho de que la máscara mostrara un espíritu o un dios también indica que el verdadero yo no era aquí el yo privado del individuo, ni él mismo, sino lo que no era. Era un universal concreto, el yo de una comunidad (o un grupo dentro de la comunidad).

La máscara es un objeto muerto y creado por el hombre. Necesita el baile y la entrega implacable del bailarín hacia ella para cobrar vida. Aquí el verdadero yo no es una posesión perpetua que la persona lleva dentro de sí misma como su núcleo. No está simplemente ahí como una realidad natural dada. Y como espíritu o dios tampoco es un ser eterno que exige devoción humana. No, es en sí mismo temporal, un evento momentáneo. Tiene el carácter de un proyecto: tiene que surgir a través de la actividad humana de vez en cuando, para llegar a existir en primer lugar. ¿Cómo puede surgir? Curiosamente, a través del acto de la persona empírica que desaparece detrás de la máscara. En la medida en que la persona humana desaparece, el verdadero yo (en primer lugar irreal), es decir, el espíritu o dios, puede manifestarse y volverse real (cf.: “Él debe incrementar, pero yo debo disminuir”, Juan 3:30).

Su desaparición, sin embargo, es autocontradictoria. La persona no se va simplemente, ni se va literalmente. Al contrario, como bailarín tiene que estar intensamente presente y ponerse detrás de la máscara con toda la pasión de su alma para darle vida. ¿Cómo, entonces, desaparece? Desaparece, por así decirlo, “hacia adelante” en el logos o la verdad de la máscara bailando en éxtasis. El éxtasis no es un Erlebnis que tiene, ni su “euforia”, ni su sentimiento intenso de sí mismo. Aquí el bailarín no deja escapar lo que todo el tiempo había reprimido en el fondo. No, el éxtasis es alejarse de sí mismo como subjetividad y entrar en el significado “objetivo” y el espíritu de la máscara, un significado o espíritu que, mientras la máscara era solamente una cosa muerta, estaba meramente sugerido y dormido en ella. En cuanto éxtasis, la desaparición del bailarín es lógica, no física, tampoco emocional: es un transporte a otra dimensión o estatus, a otra personalidad no humana, la de un demonio o un dios.

Ahora podemos entender cómo la desaparición de la persona empírica puede ser la aparición y el cobrar vida del dios de la máscara. El ser humano y la máscara intercambian sus naturalezas, por así decirlo. De todo corazón, à corps perdu, entregándose a la máscara muerta que lleva y entrando lógicamente en ella hasta desaparecer en ella (éxtasis), el logos de la máscara cobra vida en él, en su cuerpo, en su danza, y como el espíritu de la naturaleza o dios que representa. Es el momento de la theosis del bailarín. Se ha convertido en el dios.

La psicología está llena de advertencias contra la inflación mediante poderosas imágenes o ideas arquetípicas, y llena del miedo a la psicosis. ¿Por qué nuestro bailarín, que claramente se ha identificado con la deidad, no muestra ningún signo de estar psicótico o inflado? Porque en su baile se entrega implacablemente al logos de la máscara. Sin concesiones, incluso imprudentemente consigo mismo, se abandona en lo que no es. No se aferra a su identidad personal. Por lo tanto, no hay nada ni nadie que pueda inflarse. De hecho, en esta danza ritualistica no se retiene ni se aferra a nada, ni a la identidad del bailarín, pero tampoco a la imagen del dios con el que se fusiona. Es todo movimiento, todo entregado al fluir del tiempo y, por tanto, también a su surgimiento y desaparición. La experiencia del dios no se prolonga más allá de su tiempo, por lo que se coagularía, por ejemplo, en un dogma de una divinidad atemporal. La danza, cuyo propósito obvio es provocar la identidad extática del bailarín con la deidad y, por lo tanto, también la presencia manifiesta de la deidad para los espectadores, se dirige desde el principio hacia su propio fin. El bailarín baila no solo en su unidad extática con el dios, sino también en su propio agotamiento y, por lo tanto, incluso en el autoagotamiento de la imagen y la presencia del dios, así como del anhelo del alma por fusionarse con él. Al final puede decir verdaderamente, “tetélestai” (“Consumado es”, Juan 19:30). Al final, el bailarín, totalmente exhausto y sudoroso en el suelo, obviamente ha regresado a su creaturelidad.

Entonces, podríamos decir que la danza ritual es el despliegue de la completa lógica dialéctica de la existencia humana desplegada en medio del tiempo, del movimiento temporal. En sí misma, esta lógica es el movimiento (no físico, sino lógico) del organismo animal a la divinidad, de la tierra al cielo, de la realidad empírica a la idealidad y viceversa; sin embargo, los movimientos hacia arriba y hacia abajo aquí, en contraste con su despliegue ritual allí, ocurren no consecutivamente, sino ambos simultáneamente. Como tal, también se podría decir que la danza es la “diferencia psicológica” comprendida dinámicamente, como vida lógica o movimiento dialéctico.

Al actuar ritualmente la lógica del ser humano en medio del tiempo y en la experiencia sensorial, las sociedades arcaicas al mismo tiempo se abrieron a un espacio lógico, una extensión abierta en la que “el alma” podía vagar y liberarse en su otro. Pavimentaron y mantuvieron abiertos los caminos por los que podía moverse la vida lógica del alma. Así, asistieron, podríamos decir, al mantenimiento de una “infraestructura lógica” para ellos mismos.

Muy lejos de tales sociedades, hoy no tenemos un equivalente para la danza de las máscaras. Más aún, también parece que no hay una extensión abierta en la que “el alma” pueda liberarse, ninguna infraestructura lógica públicamente establecida y mantenida. Parece que estamos encerrados en nosotros mismos. De hecho, la noción de “personalidad” es el encierro del hombre en sí mismo, su encierro en su identidad. Hoy la máscara nos invita a mirar no “hacia adelante” en su espíritu, sino hacia atrás, en busca de una verdad interior oculta. Jung, sin duda, creía haber descubierto que el interior es un mundo completamente diferente de dimensiones cósmicas, pero se está volviendo cada vez más evidente que la apertura de este mundo se parece mucho a la del ciberespacio, en otras palabras, el confinamiento absoluto (positivización) de la noción misma de apertura. De hecho, estamos en peligro de inflación, porque cuando nos vencen las imágenes arquetípicas, tenemos que aferrarnos a nuestra identidad. Aunque hay drogas que “expanden la mente”, solo conducen a sensaciones intensivas y estados emocionales intensificados en la soledad de la subjetividad privada, pero no abren la lógica de la existencia humana, y mucho menos para un público, ni para la comunidad como un todo. Como drogas “alucinógenas”, en el mejor de los casos producen alucinaciones, no la presencia real de una verdad. Y a diferencia de los rituales ancestrales, la experiencia de la droga no tiene el momento de agotamiento (lógico) que recompensaría a la persona con la sensación de un “suficiente” profundo y duradero (satisfacción, realización). Más bien, produce adicción, un deseo interminable de más y más. En la droga denominada “éxtasis”, incluso la noción y el fenómeno del éxtasis se han vuelto positivizados, encerrados en la personalidad.

El movimiento interiorizador de la vida lógica: reflexiones sobre Wolfgang Giegerich

Traducciones

Ann Casement, Londres

Traducción de Alejandro Chavarria

Resumen: El siguiente artículo es un relato de mi descubrimiento y posterior inmersión en la obra de Wolfgang Giegerich. Se expone una muestra de sus voluminosos escritos sobre el alma para ilustrar cómo intenta penetrar de forma pensante en los fenómenos psicológicos y su afirmación de que esto hace aflorar inevitablemente su dialéctica interna. El artículo resume sus críticas a Jung, Hillman y El libro rojo: Liber Novus.

Palabras clave: alquimia, dialéctica, Jung, Hillman, Liber Novus, lógica, alma

No descubrirás los límites del alma, ni siquiera recorriendo todos los caminos: tan profunda es su medida.

(Heráclito en The PreSocratic Philosophers de G.S. Kirk y J.E. Raven, 1984)

Preámbulo

Si el trabajo de James Hillman sobre la «psicología arquetípica» representa, después del propio Jung, el junguismo de la segunda ola, el trabajo de Wolfgang Giegerich bien puede indicar el pensamiento junguiano de la tercera ola» (Giegerich, Miller, Mogenson 2005, p. x). Así lo afirma David Miller, estudioso de la religión, el mito, la psicología profunda y la teoría literaria, y miembro honorario de la Asociación Internacional de Psicología Analítica (IAAP). Esta observación sugiere el paso de un orden a otro, en este caso de Jung a Hillman y a Giegerich, que tiene un toque frazeriano (antropólogo, autor de La rama de oro). Es significativo, en la declaración de Miller, que no se incluya ninguna mención a los junguianos del desarrollo. Parece que existen dos grandes corrientes de pensamiento junguiano sin mucho contacto entre sí. Una de ellas está representada por la psicología arquetípica, de la que Giegerich era partidario; la otra por el enfoque del desarrollo, que tuvo sus orígenes en el trabajo pionero del analista londinense Michael Fordham. El trabajo de Hillman -o al menos su nombre- es, por supuesto, conocido por los junguianos de todo el mundo.

Mi interés en elaborar un artículo sobre la obra del analista junguiano Wolfgang Giegerich no tiene nada que ver con intentar un acercamiento entre las diferentes tradiciones de la psicología analítica a través de complacerse en una fantasía de la negociación de la paz» (Giegerich 2005, p. 4). Más bien tiene que ver con el hecho de que, a raíz de mi propio interés creciente por su obra, he mencionado a Giegerich a varios colegas del Reino Unido, muchos de los cuales dicen haber oído hablar de él pero no haberlo leído nunca. Es, en parte, con el fin de responder a esta carencia que el siguiente artículo intentará comunicar algunas de las ideas de Giegerich a los lectores interesados de esta Revista.

Giegerich

La obra escrita de Giegerich llena numerosas publicaciones. ¡En el momento de escribir estas líneas, la última de ellas en inglés es el libro The Soul Always Thinks (El alma siempre piensa), cuya reseña aparecerá en otro número de esta Revista, y un artículo «God Must Not Die!

C.G. Jung’s Thesis of the One-sidedness of Christianity’. Este último aparece en el volumen 84 de la revista Spring, y todo el número está dedicado a Giegerich, junto con las respuestas de otros escritores en este campo.

Hace diez años, el analista vienés Andreas von Heydwolff me llamó la atención sobre la obra de Giegerich en el Congreso de la IAAP en Cambridge. En ese momento, me sugirió que podría encontrar el trabajo de Giegerich de interés y me envió un par de capítulos del libro de 1998 La vida lógica del alma. Intenté leerlos sin mucho éxito. Más tarde, cuando escuché a Giegerich hablar en un lugar de Londres en 2003, me sorprendió su claridad de expresión y su humor. Algún tiempo después, contribuyó con un capítulo a un libro que produje. Sin embargo, no empecé a leer a Giegerich de forma constante hasta 2010, cuando James Hillman me invitó a participar como ponente en un panel que estaba organizando para el Congreso de la IAAP en Montreal. Opté por hablar sobre Hillman y Giegerich en ese panel y leí varios de los libros y artículos de este último para preparar el evento. Esta inmersión me está llevando a replantearme el uso de términos como psicoide, sincronicidad e inconsciente, que abundan en el mundo junguiano, sobre todo de la pluma de este escritor.

A estas alturas debería quedar claro que no me considero en absoluto una autoridad en la obra de Giegerich. Como se ha sugerido más arriba, los dos objetivos de este artículo son familiarizarme con sus ideas dando pequeños y lentos pasos al escribir sobre ellas. El segundo es compartir una cierta comprensión de su obra con los lectores de la Revista que puedan no estar familiarizados con ella.

La vida lógica del alma

El término «alma» aparece con frecuencia en los escritos de Giegerich y en los títulos de sus libros, como demuestran los siguientes: La vida lógica del alma, La violencia del alma, El alma siempre piensa. Desde el principio, he tenido que intentar superar mi propia resistencia al uso de la palabra «alma» en psicología -el término no se limita, por supuesto, al enfoque de Giegerich-. Esta resistencia se debe a un uso de toda la vida en un contexto religioso. Como esto llevó a una a la dificultad para aceptar la noción de creación de almas de James Hillman, es interesante descubrir que Giegerich critica la forma en que Hillman la describe. Según Giegerich, esto tiene que ver con su reducción a lo poético y a lo metafórico. Continúa afirmando que se trata de una versión inofensiva de la noción de creación del alma que excluye la posibilidad de que ‘un hecho real como el asesinato en sacrificio pueda ser una auténtica manifestación del alma‘ (Giegerich 2008a, p. 32).

En los escritos de Giegerich, «el alma» es el pensamiento objetivo en curso o la vida lógica como la que existen los fenómenos psíquicos, haciendo hincapié aquí en la falta de un alma sustanciada como agente productor separado detrás de los fenómenos psíquicos. Cita el cerebro como un hecho demostrable, una positividad; mientras que la mente o el alma es la productividad misma; es decir, no se puede encontrar alma en un ser humano disecado. Sólo existe la vida lógica que ocurre realmente o el pensamiento en sí mismo, sin que haya un alma literal sustancializada detrás de ella. Cuando se le pregunta por la aparente sustanciación del término en su obra escrita, Giegerich responde que no se trata de una hipóstasis, sino que se utiliza sólo como lenguaje mitológico o facon de parler (una expresión favorita). Para mí no existe el alma. El alma no existe. Es la profundidad de la vida lógica que actúa en lo que sucede, nada más» (comunicación personal).

De este modo, el alma o psique objetiva se considera como mentalidad, es decir, su necesidad de dar expresión a la verdad interior, o a la lógica, del ser actual y esencialmente social y comunitario del hombre en el mundo. Se presenta en cada situación histórica de forma diferente; en efecto, toma su forma del contexto cultural en el que se encuentra y en el que se sitúa su lucha de desarrollo. Los pasos adelante en este desarrollo no se encuentran «allá arriba» en el nivel de los sueños y su análisis, sino «aquí abajo» en el nivel de los procesos y acontecimientos históricos reales» (Giegerich 2008a, p. 18). Entre estos últimos se encuentran las guerras, las revoluciones, los cambios económicos y sociales, las innovaciones técnicas y los desafíos de las grandes obras de arte y filosofía.

La mente occidental ha evolucionado al estar sometida a innumerables cambios a lo largo de los siglos. En 1800, los últimos fueron la Ilustración y la Revolución Industrial. En otras palabras, el proceso de desarrollo del alma ha tenido lugar a través del cambio histórico de los dioses politeístas al Dios único y elevado, así como el cambio de los dioses a las Ideas Platónicas y luego a los conceptos abstractos. De este modo, el alma se desarrolló como resultado de una serie de «matanzas», o descomposiciones y destilaciones de conceptos previamente mantenidos. Como producto final de este procesamiento, estos últimos son sublados o convertidos en obsoletos. Un ejemplo de la forma en que Giegerich pone en práctica estas ideas puede verse en el artículo «Dios no debe morir», citado anteriormente. En este artículo, Giegerich afirma que la muerte de Dios es muy anterior al pronunciamiento de Nietzsche en el siglo 19 . Sus orígenes se remontan a los inicios del cristianismo, cuando Cristo, como Dios encarnado, se vacía (kenosis) de la divinidad durante su agonía en la Cruz. Hicieron falta siglos de destilación alquímica para que lo que era implícito desde el principio para hacerse consciente en el siglo 19 .

Las enseñanzas de Cristo no están relacionadas con el mundo material, sino con el espíritu y la verdad, como lo ejemplifica su afirmación de que su Reino no es de este mundo. El no es significativo aquí como lo es, por ejemplo, en el dicho alquímico aurum nostrum non est aurum vulgi (nuestro oro no es el oro común). La conclusión de Giegerich en su artículo es que Jung trató de reencarnar a Dios como símbolo del yo (imagen de Dios) en lo que él llama «el inconsciente». De este modo, dividió el yo entre «el inconsciente» y el ego o la conciencia. Jung trató de evitar ser visto como un pensador religioso que hacía afirmaciones metafísicas y se presentó, en cambio, como un científico que sólo se ocupaba de los hechos empíricos. Sin embargo, la dolorosa constatación en el siglo 19 de que Dios ha muerto era un hecho consumado que había superado la conciencia. Esto fue provocado por la historia y por el alma misma, porque se había producido un aumento irreversible de la conciencia del hombre y la había independizado de la anterior creencia metafísica en la existencia de Dios.

La dialéctica de la alquimia

Dado que las ideas hegelianas están presentes en la obra de Giegerich, se requiere un cierto esfuerzo para comprenderlas y para dar sentido a las que más frecuentemente se encuentran en ella. Para empezar, es importante tener en cuenta que Giegerich no se considera un hegeliano, lo que sería un imposible en el siglo XXI. Tampoco pretende comprender plenamente la obra de Hegel. Se ha sugerido que el llamado «neohegelianismo» de Giegerich ha sido despachado por William James en Un universo pluralista. La respuesta de Giegerich es preguntar por qué lo que dice un filósofo debe despachar el pensamiento de otro filósofo. Continúa diciendo que, aunque no es lo mismo, es un poco como decir que los impresionistas despacharon al Renacimiento. Llamar a su obra «neohegelianismo» muestra una falta de comprensión de lo que rodea su obra (comunicación personal).

En opinión de Giegerich, Hegel alcanzó el pensamiento más completo y diferenciado que, aunque ha sido superado históricamente tras su muerte por pensadores como Feuerbach, Marx, Nietzsche, Husserl, Heidegger, Derrida, no ha sido superado en sofisticación. Giegerich trata de penetrar pensativamente en los fenómenos psicológicos, lo que inevitablemente pone de manifiesto su dialéctica interna. Esto puede pensarse como el proceso de desarrollo dinámico en el que nada se descarta o se destruye. Por el contrario, se subla o se supera y, al mismo tiempo, se conserva, no se pierde. La negación en la dialéctica es la negación de una realidad positiva, tangible y demostrable, un despegue hacia la interioridad del propio fenómeno. El Conocimiento Absoluto es aquel liberado (ab-suelto) de la diferencia entre lo absoluto y lo empírico, lo infinito y lo finito, culminando en una postura especulativa que supera la alienación del sujeto y el objeto.

Un punto importante a tener en cuenta aquí es el modo en que Giegerich escribe sobre «el alma» como un término mercurial, no como un «término técnico» científico. No hay que fijarse en un único significado. Hay ciertos contextos en los que el alma puede asemejarse a Geist en los escritos de Hegel, siempre que este último se entienda como «mentalidad», mientras que en otros contextos no sería útil compararlo con Geist. Lo que significa alma debe derivarse siempre de cómo se utiliza en cada contexto dado, en lugar de insertar una definición fija de «alma» en cualquier caso en el que aparezca «alma». No obstante, se puede considerar que su obra forma parte de un todo orgánico, arraigado en una concepción del alma que procede de un compromiso con el alma, más que de un compromiso con Hegel. Un aspecto central del enfoque psicológico de Giegerich es la forma en que el pensamiento dialéctico está vinculado a la destilación alquímica. La alquimia es contra naturam al desplazar la existencia humana de la esfera biológica al lento camino de lo que Giegerich llama mindedness. Esta es la relación o la apertura a la verdad, es decir, la lógica de la vida realmente vivida en un lugar histórico determinado. Este camino lento «sigue el proceso que constituye históricamente la materia hasta las últimas consecuencias que se encuentran en la materiaasí es como se interioriza lentamente de forma absoluta-negativa en sí misma: se libera en su verdad... la liberación del Mercurius encarcelado en la fisicalidad de la materia» (Giegerich 2010b, p. 15; cursiva original).

Lo que está en juego aquí no es sólo la destilación alquímica de los contenidos semánticos del ego, por ejemplo, las imágenes en la forma lógica o sintaxis del alma. Es la negación absoluta de la forma lógica del contenido desde dentro de sí mismo que llega de nuevo al punto de partida, aunque sea un punto de partida transformado.

La forma en que lo anterior puede verse en la escritura de Giegerich es en su descripción del proceso de simbolización.

El alma invisible o la lógica se expresan, en primer lugar, con un ropaje simbólico, por ejemplo, en un fenómeno sexual. En segundo lugar, el aspecto fenoménico del símbolo se niega a sí mismo de la siguiente manera: Yo (el aspecto fenomenal) no soy lo que soy, no soy realmente la sexualidad en absoluto». En tercer lugar, el aspecto fenoménico del símbolo apunta a algún otro invisible oculto en cuanto a lo que realmente se trata. En cuarto lugar, el símbolo dice: «Pero sólo a través de mí (de esta mi vestimenta) puedes acceder a ese otro». En quinto lugar, «Porque mi significado es absolutamente negativo, no quiero decir nada, pero no nada en el sentido de un vacío total». El símbolo es este drama interno que ocurre simultáneamente y que es un drama lógico, la lógica del símbolo como una lógica circular, urobórica. (comunicación personal)

“Matanzas”

“Todos los pasos adelante en la mejora de la psique humana se han pagado con sangre» (Jung 1960/1975, párrafo 549). Esto es un eco del filósofo griego favorito de Jung, Heráclito, cuyo dicho, citado a menudo, es que la guerra es el padre de todas las cosas. El propio Heráclito puede considerarse el «padre» de la psicología. Desde el punto de vista de Giegerich, esto se ejemplifica en que la mente occidental ha dado varios pasos de desarrollo mediante los cuales se ha diferenciado y sublimado continuamente (es decir, se ha superado) en niveles cada vez más nuevos. Dicho de otro modo, es a través de una larga procesión de «matanzas» que un aumento de la conciencia ha surgido, de modo que la matanza de toros para ofrecerlos a Zeus en la antigüedad ilustra «cierto sentido de la matanza sacrificial como la fabricación primordial del alma» (Giegerich 2008a, p. 190). La matanza de toros para el sacrificio a Zeus presupone la creencia en la existencia real de éste y de los demás dioses olímpicos.

El aumento de la conciencia trajo consigo la capacidad de entender los sacrificios de sangre de una manera más simbólica. Esto se produjo con el cambio de la era judeocristiana a un sistema monoteísta de creencias que eliminó la necesidad del sacrificio de sangre real. Esto representó no sólo una brecha temporal, sino también una brecha lógica. Desde la época de la Edad Media hasta la Modernidad se produjo un nuevo aumento de la conciencia, de modo que alrededor de 1800 se hizo imposible que el alma siguiera mirando hacia arriba por su valor más alto como nivel semántico o de contenido de la conciencia. La razón de ello fue que ahora se había integrado en el nivel estructural o sintáctico general de la conciencia.

En la historia de la mente, la conciencia ha pasado objetivamente de una interpretación del alma como un todo a otra nueva. Es nuestro lugar histórico el que determina en qué «autointerpretación» del «alma» nos encontramos» (Giegerich 2008a, p. 86). Desde esta perspectiva, el alma no debe verse como un órgano psíquico innato similar a los órganos corporales, sino como acontecimiento e historia. Para Giegerich, el principal laboratorio alquímico del alma es la historia, la historia de la cultura y de la conciencia, que es la historia del alma. Heráclito intuyó que el logos estructura e impregna tanto lo real como el yo. Lo que él consideraba la luz celestial es el elemento puro de todo conocimiento; es también la pequeña luz en los humanos, la luz de la mente humana. La conciencia de esta autodivisión indivisa es un logro histórico. En el momento de la realización del ritual, la luz celestial estaba aprisionada en la facticidad concreta y no había necesidad de un yo pensante, de un alma subjetiva que reflexionara.

De este modo, se ha producido un aumento irreversible de la conciencia del hombre que lo ha hecho independiente. Esto forma parte de la autorrelación del alma al superarse a sí misma en el desarrollo de la vida lógica del alma. Esta es la obra alquímica de la historia, que es la historia del desarrollo de la conciencia. Desarrollo significa aquí que la conciencia parte de su estadio inicial, negando y sublimando éste y alcanzando un nuevo estadio, a partir del cual puede comenzar de nuevo el mismo proceso. El dictamen de Heráclito, citado al principio de este artículo, es lo que hace que la humanidad siga avanzando hasta el final. El punto de vista de Giegerich sobre Heráclito es que, en lugar de presentar una negación reificada, «su negación interioriza el movimiento hacia adelante en sí mismo y sólo de esta manera autocontradictoria hace que este movimiento decidido sea un movimiento recursivo hacia el alma y su profundidad» (Giegerich 2008b, p. 214; cursiva original).

Sizigia

Una psicología informada por la alquimia tendría la tarea de liberar «el espíritu Mercurius», que es el pensamiento que está preso en la «materia», por ejemplo, como imagen, emoción, síntoma corporal. El verdadero laboratorio del alma en la obra alquímica es el verdadero proceso histórico por el que la vida contradictoria de sí misma y su propio otro habrán desaparecido como algo propio y se habrán reducido a momentos sublimados de unidad. Esto se explorará a través de la «matanza» del anima por el animus, tal y como puede verse en la historia de Barba Azul. La versión que se utilizará es la siguiente.

Una joven se casa con un hombre rico, pero que, sobre todo por su barba azul, da una impresión extraña. Ella le sigue a su castillo. Allí vive en la riqueza y la felicidad, sin preocupaciones. Un día, Barba Azul le dice que debe emprender un viaje. Le entrega todas las llaves a su esposa, dándole permiso para abrir todas las puertas excepto una que no debe abrir bajo ninguna circunstancia. Pero la mujer sucumbe a su curiosidad. Abre esa puerta y encuentra los cadáveres de las antiguas esposas de Barba Azul. La llave, que en su susto había caído en un charco de sangre, no puede ser limpiada de ninguna manera, por lo que Barba Azul, que ha regresado inesperadamente, reconoce que ella ha violado su prohibición. Le anuncia que tendrá que morir al instante. Ella pide un aplazamiento para poder rezar una oración y es rescatada por sus hermanos en el momento justo.

El final feliz hollywoodence añadió presumiblemente para complacer las expectativas de los lectores. La interpretación de Giegerich de la historia es que, por el mero hecho de ver los otros cadáveres, la inocencia psicológica del ánima femenina descubre el aspecto asesino del ánimus masculino. Giegerich subraya que no hay que tomar partido en esta historia identificándose con la esposa, ya que el ánima y el ánimus son igualmente alma y el verdadero punto de la historia es su interrelación. La inocencia virginal de la una constela el aspecto asesino de la otra y las dos están unidas en la sicigia. En el cuento, Barba Azul no es un asesino sexual que muestra, en cambio, cómo «el alma se viola a sí misma de forma absolutamente no violenta» (Giegerich 2002a, p. 142; cursiva original).

Cuando se aborda la historia desde la postura de la reflexión interna, se puede ver que Barba Azul representa la negación absoluta que es el animus, mientras que la inocente esposa es la personificación del anima. Cada uno es inherente a su propio opuesto. La negación absoluta significa aquí absuelta o liberada de los opuestos a través del proceso alquímico de la corrupción fermentada, la sublimación y la destilación de la imagen que, como consecuencia, se transforma en la sintaxis lógica de la conciencia que es el pensamiento. La dialéctica y la alquimiase quedan con la única materia (herméticamente encerrada) que tienen a mano y en ambas es siempre así que la forma de la conciencia dialéctica o alquímicamente pensante se somete al mismo proceso de la materia que se descompone dialécticamente» (ibíd., p. 217; cursiva original). A partir de esto, se tiene una idea más clara de por qué la alquimia puede ser pensada como un proceso recursivo.

Ego

Giegerich es crítico con la noción de ego. En consecuencia, ha criticado el eje ego/yo de Neumann, un axioma que es de uso común en algunos círculos junguianos. Giegerich cita una serie de formas en las que el ego puede intentar derrocar lo que se ha destilado alquímicamente en forma lógica o en la sintaxis de la conciencia. Esto puede manifestarse como fundamentalismo, el resurgimiento teórico de «los dioses» o la reducción del antiguo Dios a no más que un sentimiento subjetivo. En lugar de que la mente sea destilada de la materia, puede ocurrir lo contrario, que la mente sea enterrada en la materia a través de «la redefinición del hombre como un aparato» (Henderson & Henderson 2010c, p. 286), lo que en términos actuales se hace «tratando de interpretar los hallazgos de las nuevas neurociencias como «apoyo», o incluso prueba, de la corrección de lo que el psicoanálisis ha dicho todo el tiempo» (ibíd., p. 286).

La mente puede estar adormecida por la música alta, las drogas y los eventos deportivos masivos. Junto a esto, está la búsqueda de «sentido», que Giegerich ve como una lucha por la satisfacción de los deseos más que por la verdad. Esto se debe a que hace del «sentido» una mercancía que se supone que está disponible en algún lugar pero que aún no se ha encontrado. Sugiere que todo lo anterior aumentará a medida que la vida se vuelva más compleja y técnica, ya que representan un amor por la falta de mente o por la conciencia que quiere volverse inconsciente.

Terapia práctica

Cuando se le pregunta cómo se fundamenta analíticamente su enfoque, Giegerich responde que se trata de un descenso, un lento aprendizaje para ser lo que uno es realmente al emanciparse de lo que Jung llamó el poder sugestivo de las imágenes inconscientes. A primera vista, parece sorprendente que en sus escritos, Giegerich sea crítico con el Übermensch de Nietzsche. Giegerich lo resume de la siguiente manera: «El Übermensch no tiene nada que ver con lo que yo pretendo. Es utópico y excesivo. A lo que quiero llegar es, por ejemplo, a «¡Sólo soy eso!». Nietzsche tenía un programa, quería llegar a alguna parte. Yo sólo quiero saber dónde y qué somos realmente. Ninguna meta. Sólo un poco de honestidad y perspicacia» (comunicación personal). El siguiente relato de su enfoque analítico ha sido aportado por Giegerich para este artículo:

No estoy muy seguro de que sea una buena idea incluir descripciones de mi trabajo en la consulta en un relato de mi obra publicada sobre psicología. Hago una estricta diferencia entre la teoría psicológica y el trabajo en la consulta. La primera tiene, en mi opinión, el único propósito de entrenar la mente, de educar la mente: enseñarle a pensar psicológicamente y a ser capaz de adoptar realmente un punto de vista psicológico. No tiene el propósito de establecer una teoría que se aplique al trabajo con los pacientes. En la consulta intento estar presente con esa conciencia psicológicamente entrenada, pero por lo demás me olvido de las teorías y me acerco al paciente sin prejuicios (en la medida en que sea humanamente posible) en el espíritu del Conocimiento y de la Cosa. La concentración está en este fenómeno de ahora (este sueño, síntoma, recuerdo, fantasía de hoy). Y la pregunta es: ¿qué necesita? Aquí, creo que mi intuición tiene que entrar en juego. Gran apertura. Ninguna «técnica». Nada de jerga psicológica (rara vez utilizo palabras como ánima o sombra o yo, etc. Evito el lavado de cerebro psicológico de mis pacientes: ¡me quedo con lo que se muestra!) Sin dogmatismo. Improvisación, tocar de oído. Esto también requiere honestidad: mi respuesta honesta en este momento a lo que se muestra. El trabajo puede ser muy diferente con distintos pacientes, pero también diferente de una sesión a otra con un mismo paciente. Apertura al Ahora (que incluye incluso el Ahora de mi estado de ánimo y mi perspectiva). Por cierto: normalmente silla. Pero si es necesario también sofá. O incluso salir a pasear… Especialmente importante es para mí el respeto a la diferencia psicológica. Intento estar presente en las sesiones como la persona ordinaria concreta que soy (humana, demasiado humana) y ver también al ser humano ordinario en mi paciente. Debido a este respeto por el nivel humano ordinario, no invito sistemáticamente a las reacciones de transferencia. No me ofrezco como una especie de gurú o algo así. Pero a pesar de este reconocimiento del nivel humano, éste -salvo en el caso de las personas cuyos problemas son psíquicos (en el nivel humano, demasiado humano, el nivel del animal humano) y no psicológico- no es mi foco de atención. El enfoque es el alma, la psicología de la situación, el nivel del alma. ¿Qué quiere el alma, la psique objetiva? ¿Cuál es el contenido anímico de esta imagen o fenómeno onírico? ¿Cuál es el pensamiento o el sentimiento inherente al fenómeno? No lo que quiere, piensa o siente el paciente. Así pues, cuando un paciente empieza a hablar de lo que siente, o asocia, sobre una imagen determinada, por supuesto que lo escucho, pero trato de alejarle suavemente de este círculo que le rodea y de poner en el centro la sustancia del fenómeno. Esto, por supuesto, requiere tacto psicológico y una inventiva (¿cómo se puede llegar a este paciente y ganarlo para un enfoque psicológico sin herir terriblemente sus sentimientos?) Pero no es tan difícil si uno mismo tiene un compromiso fuerte y convincente y una visión del alma, aunque es cierto que no todos los pacientes están preparados para la verdadera psicología… Pero en cualquier caso, la intención básica es que el paciente aprenda a distanciarse de sí mismo, a verse objetivamente y a apreciar la dinámica objetiva de la vida del alma al margen de sus intenciones y sentimientos personales. Un espíritu lúdico, el humor, la ironía amable son útiles en este sentido. La diferencia psicológica («dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios») ayuda a evitar los dos peligros que conlleva un enfoque terapéutico que desconoce la diferencia, en primer lugar, el peligro de volverse personalista y positivista, como suele ocurrir en la psicología del desarrollo, y en segundo lugar, el peligro de la mistificación (inflar innecesariamente la vida y las experiencias del paciente con una importancia mítica; ver el proceso del paciente como su «individuación» en el cargado sentido junguiano; operar con la búsqueda de la totalidad y los significados, etc. La mistificación, por supuesto, también se basa en el positivismo: es la inflación de lo positivo-factual con un significado ‘superior’). Así que estos son algunos comentarios sobre mis énfasis en la terapia práctica. (comunicación personal)

Giegerich reconoce que el alma está a merced de lo imaginario y de las pasiones emocionales, pero incluso en esos momentos sólo piensa «de forma oscura, borrosa» (Giegerich 2007, p. 255). Afirma que los síntomas corporales y los afectos psicógenos son esencialmente pensamientos que se sumergen en el medio natural y físico del cuerpo o la emoción: «el síntoma corporal es emoción sumergida, la emoción es imagen sumergida, la imagen es pensamiento sumergido, y a la inversa, el pensamiento es imagen sublimada, la imagen es emoción sublimada, la emoción es reacción corporal sublimada» (ibíd.). Giegerich subraya que el pensamiento abstracto es lo que el alma de hoy necesita en forma de más intelecto, no más sentimientos, emociones, trabajo corporal. Desestima estos últimos como «cosas del ego».

Crítica a Jung

Jung y el antropólogo francés Levi-Strauss, fundador de la antropología estructural, “tienen en común el hecho de ser criticados tanto desde su propia disciplina como desde fuera de ella. Entre los detractores de Levi-Strauss se encuentran Sartre, Ricoeur, Derrida y Geertz, algunas de cuyas críticas al estructuralismo resuenan como similares a las formuladas a la teoría de los arquetipos de Jung, a saber, que son «intemporales», que niegan la historia y que se ocupan de los universales de la mente humana más que de los rasgos particulares de las diferentes culturas» (Casement 2007, p. 87). En el artículo del que se extrae lo anterior, examinaba la aplicación de Jung de algunos conceptos de las ciencias sociales. Sospecho que Giegerich también se esforzó por dar sentido a las incoherencias de los escritos de Jung hasta 1984, que fue el momento en que él (Giegerich) empezó a salir de una identificación inconsciente con Jung. El hecho de volverse crítico con las ideas de Jung no significa que Giegerich haya despachado a Jung a la oscuridad exterior. Al contrario, sigue considerándose un psicoanalista junguiano.

Si bien Giegerich sigue siendo fiel a la contribución de Jung a la psicología del concepto del alma, de la realidad psicológica, y de su posterior trabajo sobre la alquimia, tres de sus principales críticas son las siguientes.

  1. Jung hipostasía «el inconsciente» y de esta manera trata el inconsciente como un hecho positivo como si fuera una especie de autor de sueños, visiones, mitos, ideas. Del mismo modo, Jung reifica «los arquetipos».
  2. Jung tendía a ver la neurosis en última instancia como una enfermedad sagrada o una búsqueda religiosa, de modo que las enfermedades psíquicas se consideran básicamente valiosas, nobles, incluso «sagradas».
  3. Jung insistió en que la salvación del mundo consiste en la salvación del alma individual. Una psicología que merezca su nombre no puede tomar como fundamental ninguna realidad positiva, ni la individual ni la social (la colectiva). Lo que el filósofo presocrático Heráclito llamaba el logos existente, la lógica o sintaxis del ser-en-el-mundo, no es ni algo en el individuo (el «interior» literalizado, su «inconsciente») ni algo «colectivo» (comunicación personal).

Jung se negó a ver que las imágenes arquetípicas no indican y garantizan per se la grandeza que él les asignó, así como al trabajo en la consulta. Se las exagera y se les da un significado casi religioso que va mucho más allá de la importancia limitada y personal que efectivamente tienen. Para Jung, aquí es donde se encuentra el numen pero, según Giegerich, aunque puedan ser importantes psíquicamente, psicológicamente son irrelevantes. Con lo primero se refiere a las características empíricas concretas de la personalidad del ego de un individuo, que serían objeto de estudio de la biología humana y no de la psicología (logos del alma). Aunque reconoce que en la consulta el terapeuta se enfrenta a un ser humano real y, por tanto, tiene que estar atento a ambos lados de la diferencia psicológica.

Giegerich responsabiliza a Jung de la condición del junguismo actual, es decir, de lo que él (Giegerich) señala como el carácter predominantemente subjetivo, fundamentalmente amateur y popular de la típica publicación junguiana, por un lado, y del espíritu inflado y falso en el que se hace uso de símbolos y mitos, así como de palabras como «lo sagrado» y «lo numinoso», por otro. Jung consideraba que el movimiento nazi «banal» era «expresivo de un arquetipo, incluso de un dios (Wotan)» (Giegerich 2004, p. 274). En consecuencia, se dotó de una profundidad psicológica sobre la que Giegerich se muestra escéptico. Esto se puede comparar con lo que la filósofa y politóloga Hannah Arendt llamó «la banalidad del mal» (Arendt 1963/1994: subtítulo).

La llegada de Internet, que representa un nuevo nivel de realidad, ha sublimado el nivel anterior en el que la naturaleza y el mundo físico servían de base lógica y psicológica de la existencia humana. El mito y la metafísica habían funcionado como reflejos mentales del mundo natural, pero esa era ha terminado hace doscientos años. El sustrato subyacente ya no es lo natural y sustancial, sino que se ha desplazado a lo intelectual; ahora es la forma lógica «ante todo lingüística, semiótica, informativa... el hombre mismo es lenguaje» (Giegerich 2004, p. 19).

Función trascendente

La función trascendente tiene una importancia central en el planteamiento de Jung, ya que se hace referencia a ella con frecuencia en la obra de escritores posteriores. La crítica de Giegerich es que Jung parte de la idea de la tensión de los opuestos que se resuelve mediante una síntesis creativa. Ésta se produce de forma aparentemente milagrosa sin que Jung intente analizar el proceso desde el punto de vista de sus incoherencias internas.

La formulación que hace Giegerich del proceso dialéctico es que su punto de partida no es desde una posición de doble, sino desde la de uno. Como resultado de permanecer tenazmente con esa posición, la mente descubre que es insostenible, lo cual es una negación de la posición inicial ‘A’. Esta negación resulta en «no-A», una contradicción con la posición inicial. Esta negación, cuando se pone a prueba, también resulta ser insostenible, lo que da lugar a la negación de la negación y puede expresarse como «no-no-A». La negación de la negación como tal es la Negación Absoluta que vuelve a la posición inicial ‘A’. Pero no es exactamente el mismo punto que al principio del proceso, ya que ha sido mediado y refinado por la historia de todas las negaciones por las que ha pasado. Las posiciones en el camino han sido subladas, en el curso de las cuales, nada se ha perdido o descartado, sino que se ha enriquecido con las diversas negaciones. El proceso dialéctico vuelve a empezar desde esta nueva posición diferenciada.

Como dice Giegerich, la dialéctica procede desde el punto de vista de la interioridad y es noética y lingüística (contradicción), no como cosa que existe en el modelo de Jung. Es, por el contrario, un proceso alquímico de corrupción y descomposición en fermentación, un proceso recursivo de negación y hundimiento, no una resolución utópica en una supuesta «síntesis creativa».

Empujando hacia fuera

La propia obra de Giegerich se centra en el Jung psicológico e ignora o rechaza el otro Jung, naturalista y cientifista. Ser fiel al alma de la obra de su vida significa, paradójicamente, alejarse de Jung. Sólo en el título de una obra suya tardía, Jung muestra que ya no se concentra en las entidades y la sustancia. En Mysterium Coniunctionis: An Inquiry into the Separation and Synthesis of Psychic Opposites in Alchemy, Jung expresa la noción abstracta de la estructura o forma opositiva de lo psíquico. Lo que los opuestos son aquí no se dice, y no puede, no debe, decirse en el contexto de esta obra tardía porque esto sería una recaída en el estilo de pensamiento sustantivo que este título ha dejado atrás hace tiempo» (Giegerich 2007, p. 249).

Crítica a Hillman

En una carta fechada el 23 de septiembre de 2008, enviada a un seminario brasileño sobre James Hillman y su obra, Giegerich escribió lo siguiente:

. . . cuando comencé mi trabajo psicológico me impresionó profundamente la nueva vida que James Hillman había insuflado a la psicología junguiana y colaboré estrechamente con él durante muchos años. En cierto momento, su pensamiento y el mío empezaron a distanciarse en direcciones ligeramente diferentes, aunque seguimos conectados por una apasionada preocupación psicológica que compartimos. Hacia finales de la década de 1980 me pareció que era Hillman, y no yo, quien se había alejado de algunas de sus posiciones anteriores en una dirección que yo no podía seguir. (Giegerich 2008c)

Según Giegerich, las principales diferencias entre él y Hillman se reducen más o menos a una misma diferencia, que sin embargo puede desglosarse en los siguientes puntos que Giegerich me envió en 2010 cuando preparaba el panel del Congreso de Montreal.

  1. Hillman comenzó a «Re-Visionar» la psicología y a ir más allá de Jung. Mi acusación es que no fue lo suficientemente lejos, no hasta el final.
  2. En cuanto al estilo de la psicología, la suya es, básicamente, una psicología «sólo de ánima», como yo la llamo. El «animus» y sus negaciones no tienen lugar en su propia forma, al menos en general.
  3. Él piensa que la imagen, lo imaginal, es lo último. Yo pienso que la imagen no es más que una forma de manifestación del pensamiento del alma. El alma siempre piensa’.
  4. Eliminó el tiempo y la historia de su esquema. En última instancia, opera dentro de un esquema de la psique como intemporal (su falacia «platonista»).
  5. Tiene un programa nostálgico. Un programa. No se limita a describir y analizar. Hillman atacó, con razón, la idea de que la psicoterapia podría mejorar el mundo, y sugirió que debería haber un cambio de «espejo a ventana». Pero al decir «Hemos tenido cien años de psicoterapia y el mundo está empeorando» muestra su decepción, y en la medida en que una decepción es la decepción de una esperanza o un deseo, muestra que quiere dedicarse a mejorar el mundo. Para mí, ésta es la esperanza de un profeta, no el trabajo de un psicoterapeuta.
  6. En su estilo de escritura y pensamiento, tiende a ser «impresionista», meramente sugestivo (de ahí también su preferencia por la retórica), sin elaborar y argumentar a fondo sus argumentos. Por lo tanto, algunas de sus interpretaciones y tesis se sopesan en la balanza, y se encuentran deficientes cuando se examinan más de cerca.

Divergencias

James Hillman me llamó la atención sobre su respuesta a las críticas de Giegerich en un breve artículo titulado «Divergencias» (Hillman 2008) escrito en primera persona. Lo que sigue es un extracto de ese documento.

Para mí, el logos del alma no es una lógica, ni el alma misma es un logos. El logos del alma se muestra en su capacidad de decirse a sí misma, de darse cuenta de sí misma, de describirse a sí misma, de decir su verdad, y este logos es ilimitado (como ya dijo Wolfgang), y no necesariamente sólo lógico, o sintáctico. Su logos, el logos de la psique, la psicología puede aparecer tanto en las imágenes como en el pensamiento. Me gusta la idea de Giegerich de que la psique es [también] pensamiento y la creación del alma es [también] pensamiento… (él) escribe que pensamos en palabras del lenguaje y no en imágenes. Yo diría justo lo contrario. Las palabras son en sí mismas imágenes… El lenguaje nunca podrá liberarnos de su madre primordial, lo sensorial, lo natural, lo físico…
¿Debemos priorizar la palabra sobre la imagen o la imagen sobre la palabra? Si, por el contrario, nos decantamos por una u otra, ¿cuáles pueden ser las consecuencias? La imagen primero significa una psicología estética e inmersa en el cosmos. La palabra primero ofrece una psicología «recortada», como dice Wolfgang, de todo lo físico, salvo la mente humana.
Una gran divergencia es la forma de ver la historia…Sin embargo, si se mira la obra escrita con la lente de la imagen, como las pinturas o las piezas musicales, entonces pueden diferir ampliamente unas de otras y no se les exige que cumplan la idea de coherencia cronológica. Este enfoque imagista, si se quiere, también puede aplicarse al estilo de ataque de Giegerich. Imaginemos que utiliza una espátula, papel de lija, pinceles duros y trazos negros gruesos para marcar las diferencias, para romper las convenciones. Piense en los primeros Stravinsky o en Shostakovich. La agresividad puede ser una necesidad retórica, por lo que sus devastaciones de Freud y Jung, o de mí, no deben tomarse como algo literalmente desagradable.

Sin embargo, Giegerich opina que no hay que «caer» en las imágenes que son creaciones secundarias del lenguaje. No hay que tomarlas literalmente, sino que hay que ver ‘a través de «lo sensorial, lo natural, lo físico» a través de lo «imaginal» -y no ver a través de «los dioses» que son ellos mismos imágenes producidas para ser vistas a través’ (Giegerich 2010, p. 346; cursiva original).

Continúa diciendo que, en la medida en que los sonidos del lenguaje son signos acústicos, éstos pueden denominarse el sustrato sensorial y físico que subyace al lenguaje. Al utilizar esos sonidos para crear imágenes, la mente los despoja precisamente de su contexto natural y se los apropia para su propia esfera mental.

Lo anterior da una idea de algunas de las diferencias entre estas dos destacadas figuras, pero también hay similitudes. Ambos se interesan por las ideas y han contribuido, y siguen contribuyendo, de forma significativa al mundo de las ideas junguianas. Una importante que tienen en común es el lugar central del alma en la psicología. Ambos son también críticos con el énfasis en el análisis de los problemas subjetivos e internos y con lo que consideran nociones simplistas.

Crítica al Liber Novus

En las décadas que llevo en el mundo junguiano, nunca antes había sido testigo de la enorme expectación generada por la publicación de la edición inglesa de El libro rojo de Jung: Liber Novus. Estuvo en la lista de los más vendidos de Amazon, y la primera edición se agotó antes de su lanzamiento en Nueva York en octubre de 2009. En las páginas de este Diario, dije que se podía comparar con la Divina Comedia de Dante y el Zaratustra de Nietzsche. Esto se basaba en las alusiones del libro a esas dos obras, como el Descenso al infierno en el futuro, título de una sección del Liber Primus. Del Liber Tertius: Scrutinies hay lo siguiente: ‘¿Pides ayuda a Dios? El viejo y querido Dios ha muerto» (Liber Novus 2009, p. 333).

En el volumen 83 de la Revista, de primavera, la extensa reseña de Giegerich sobre el Liber Novus también establece comparaciones entre éste y la Divina Comedia y Zaratustra. Su análisis del carácter del libro es desfavorable y consiste en un planteamiento en tres partes: es la «Respuesta a Nietzsche» de Jung; no es una gran obra de arte comparable a la Divina Comedia de Dante o al Zaratustra de Nietzsche; es la «nueva biblia».

Giegerich reconoce que el libro imita a Nietzsche en su estilo y en parte en su intención. Considera que el propósito del libro es el intento de Jung de superar el nihilismo y la impiedad del presente mediante la búsqueda del «sentido» y de «Dios» en el «Dios supremo». Jung sigue a Nietzsche y se aparta de él al mismo tiempo al no ver la salvación en el superhombre sino en una nueva religiosidad» (Giegerich 2010a, p. 386). Nietzsche fue el último de los pensadores utópicos del siglo 19 en la forma en que imaginó la creatividad como la llegada de Dionisio al alma desierta pero potencialmente creativa, Ariadna. Con el colapso fundamental de la esperanza de Nietzsche, el potencial del pensamiento utópico -como pensamiento verdadero- se agotó» (ibíd., p. 381).

Lo que separa a Zaratustra y al Liber Novus, según Giegerich, es que, en el primero, Nietzsche luchaba con problemas verdaderamente filosóficos sobre la naturaleza del hombre y del mundo, mientras que el Liber Novus retrata al individuo concreto como hombre literal.

En la segunda parte de su crítica, Giegerich descarta el Liber Novus como obra de arte comparable a la Divina Comedia, ya que la primera se limita a un relato de experiencias individuales. La obra de Dante puede haber tenido su origen en ellas, pero luego se desprende de estas experiencias privadas en su forma de imaginación poética. Esto se produce a través de la elaboración de la dualidad de sujeto y objeto y encuentra todo lo que necesita en sí mismo. De este modo, la obra de arte obtiene la verdadera objetividad «para que la generalidad pueda experimentarla como propia» (ibíd., p. 366).

Como el Liber Novus, a diferencia de la obra de Dante, trata de experiencias interiores del «inconsciente» y del «proceso de individuación» de su autor, mantiene la dualidad de la positividad en la materia prima. Giegerich afirma que la verdad es el producto final de un largo proceso alquímico de la materia. También critica la afirmación de Jung de que no había nada de estructura consciente en las fantasías diciendo que, por el contrario, todo el arte es de estructura consciente, de lo contrario los perros serían capaces de apreciar las obras de arte. Las realidades sociopolíticas de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, se interiorizan como si surgieran de problemas internos.

La afirmación de Giegerich de que el Liber Novus es la nueva biblia se basa en lo siguiente: ‘Liber es la traducción del griego biblion de cuyo plural biblia, el libro de los libros tenemos nuestra palabra «Biblia»‘ (ibid., p. 382). Cita a Jung diciéndole a Christiana Morgan que si hiciera su propio Libro Rojo sería su iglesia, su catedral. Para Giegerich, Jung podría haber dicho igualmente que sería su propia Biblia.

El «yo» de Liber Novus se identifica con Cristo en varios lugares, incluida la afirmación de Jung de que nadie sabe lo que ocurrió durante los tres días que Cristo estuvo en el infierno, pero que el propio Jung lo ha experimentado. Esto lleva a la afirmación de Giegerich de que, dado que el libro enseña a las personas a ser «Cristos» en lugar de «cristianos», su título es muy apropiado: Liber Novus. Lo ideal sería que, si hay cuatro mil millones de personas en el mundo, cada una de ellas tuviera su propio equivalente al Libro Rojo de Jung» (ibíd., p. 363).

En cuanto a la afirmación de Jung de que el misterio de Cristo estaba incompleto, aplicó la dinámica de Nietzsche a un resultado diferente, es decir, para Nietzsche era el hombre el que necesita ser superado; en el Liber Novus es Dios mismo el que necesita ser superado.

Giegerich elogia la introducción y las anotaciones de Sonu Shamdasani, pero critica algunas de las traducciones al inglés. Es tarea de los traductores asumirlo si así lo desean.

Al escribir sobre el Libro Rojo en Recuerdos, Sueños y Pensamientos, Jung afirma:

Me di cuenta de que todavía tenía que traducirlo en otra cosa. Por lo tanto, abandoné a tiempo esta tendencia estetizante, en favor de un proceso riguroso de comprensión. Vi que tanta fantasía necesitaba un terreno firme bajo los pies, y que primero debía volver por completo a la realidad. Para mí, la realidad significaba la comprensión científica. (Jung 1963, p. 180; la cursiva es original)

Toshio Kawai, que dirigió la traducción al japonés de Liber Novus, expresó sentimientos encontrados sobre el libro en una entrevista que concedió para el primer número del Newsheet de la IAAP. En el transcurso de la entrevista, afirma que el libro le fascinó y abrumó, pero que no le gustó el estilo exagerado, especialmente en el primer libro. ‘Toda la lucha relativa a la ansiedad por volverse loco y la muerte de Dios me resultó bastante extraña” (IAAP Newsheet 2011, páginas no numerados). Por otro lado, le gustaron las «Escrutinios», en particular la predicación de Filemón a los muertos no salvados. Su opinión es que Liber Novus intenta transmitir algo sobre los cultos premodernos que están más allá del cristianismo y sus conflictos. Los comentarios favorables y críticos sobre Liber Novus continuarán, sin duda, durante algún tiempo. La propia conclusión de Giegerich es que es importante para los estudios históricos de Jung, pero sugiere que los psicólogos harían bien en desvincularse de él y basar su trabajo en cambio en las obras publicadas de Jung sobre psicología «y de forma crítica«. (Giegerich 2010a, p. 380; la cursiva es original).

Conclusión

Un resumen del pensamiento de Giegerich podría ser el siguiente: el alma vive en la mentalidad todo el tiempo, aunque de diferentes maneras y formas. En mi opinión, la mentalidad es la relación o la apertura a la verdad, es decir, la lógica de la vida realmente vivida en un lugar histórico determinado» (comunicación personal).

La inmersión en los procesos de pensamiento de Giegerich requiere una aplicación intensa. Es de esperar que los bosquejos resultantes en este artículo den alguna indicación de la claridad de su escritura, de la forma en que fundamenta a fondo cada punto que plantea, y de su humanidad. Un enfoque clave a la hora de pensar en su escritura es el que requiere un esfuerzo para entrar en ella, para lograr la interioridad en lugar de ver las cosas o imaginarlas desde fuera.

En una comunicación reciente, Giegerich dio una «pista» sobre cómo se pueden entender sus puntos de vista: «La fuerza motriz que hay detrás es la cuestión de cómo debe ser la psicología si quiere merecer su nombre (logos del alma)».

En el transcurso de la elaboración de este artículo, fue tentador apartarse de Giegerich al contrastar críticamente sus ideas con las de otros escritores como Bion (función alfa), Lacan, Zizek (pensamiento dialéctico), Cambray, Colman, Hogenson, Knox, Wilkinson (críticos del innatismo de Jung en esta Revista). Este se ha resistido, ya que se sentía como un privilegio de la libre asociación, una salida por la tangente hacia otras cosas en lugar de permanecer lo más cerca posible de la integridad del propio enfoque de Giegerich para el pensamiento.

ADDENDUM

En el transcurso de la elaboración de este artículo, fue tentador apartarse de Giegerich al contrastar críticamente sus ideas con las de otros escritores como Bion (función alfa), Lacan, Zizek (pensamiento dialéctico), Cambray, Colman, Hogenson, Knox, Wilkinson (críticos del innatismo de Jung en esta Revista). Este se ha resistido, ya que se sentía como un privilegio de la libre asociación, una salida por la tangente hacia otras cosas en lugar de permanecer lo más cerca posible de la integridad del propio enfoque de Giegerich para el pensamiento.

Referencias

Arendt, H. (1963/1994). Eichmann en Jerusalén: La banalidad del mal. Estados Unidos: Penguin Classics.

Casement, A . (2007). La brujería: ¿una categoría psíquica de la imaginación? Cuadrante

Giegerich, W. (1998). La vida lógica del alma. Frankfurt am Main: Peter Lang.

— (2004). El fin del significado y el nacimiento del hombre’. Journal of Jungian Theory and Practice, 6, 1.

— (2007). ‘Psicología – el estudio de la vida lógica del alma’. En ¿Quién es el dueño de Jung? Ed. A. Casement. London: Karnac Books.

— (2008a). Soul-Violence. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books.

— (2008b). El remanente inasimilable’ – ¿Qué está en juego? En Archetypal Psychologies, ed.

S. Marlan. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books.

— (2008c). Seminario sobre James Hillman y Wolfgang Giegerich. Organizado por Marcus Quintaes. Inédito.

— (2010a). Liber Novus, es decir, La Nueva Biblia: Un primer análisis de la obra de C.G. Jung «Libro Rojo«. Primavera, 83.

— (2010b). El alma siempre piensa. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books. Giegerich, W., Miller, D.L., Mogenson, G. (2005). Dialéctica y Psicología Analítica:

Seminario sobre el Cañón de El Capitán. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books. Henderson, R., Henderson, J. (2010c). ‘Amar las propias preguntas’. En Living with

Jung. Enterviews’ with Jungian Analysts, Vol. 3. New Orleans, LA: Spring Journal Books, 263-302.

Hillman, J. (2008). ‘Divergencias’. Seminario sobre James Hillman y Wolfgang Giegerich. Organizado por Marcus Quintaes. Inédito.

Hoja informativa de la IAAP (2011).

Jung, C.G. (1963). Recuerdos, Sueños y Pensamientos. Ed. Aniela Jaffe’. London: Collins y Routledge & Kegan Paul.

Jung, C.G. (1976). Cartas de C.G. Jung. Vol. 2: 1951-1961. Ed. G. Adler en colaboración con 

A. Jaffe’. London: Routledge & Kegan Paul.

Jung, C.G. (2009). El Libro Rojo: Liber Novus. Ed. S. Shamdasani. New York: W.W. Norton / Philemon Series of the Philemon Foundation.

Kirk, G.S. y Raven, J.E. (1984). The PreSocratic Philosophers. Cambridge: Cambridge University Press, 205.

Agradecimientos

Estoy en deuda con Wolfgang Giegerich por las numerosas interacciones mantenidas durante el pasado año.

Me gustaría agradecer a Paul Bishop sus comentarios sobre una parte de este artículo.

Las herramientas encadenantes del psicoterapeuta

Logos del alma

“No es para quedarnos en casa que hacemos una casa….”
Juan Gelman

En la temprana formación psicoterapéutica de corte analítico un ejercicio común consiste en interpretar películas, mitos y cuentos a través de las categorías aprendidas a lo largo de la revisión teórica y práctica. Despues se hace lo mismo con los casos y con el análisis de sueños. En el entrenamiento inicial ello constituye un ejercicio didáctico constante y mientras más se practican las interpretaciones éstas se vuelven más ricas y complejas, afianzando el conocimiento obtenido de forma previa.

La finalidad didáctica de ese ejercicio es la aprensión, cada vez más amplia y profunda, del bagaje teórico que se presenta en el proceso del aprendizaje. Con ello, las categorías de pensamiento se complejizan y abarcan mejor a la realidad en cuestión, imbuyendo con la teoría al objeto propio del entrenamiento psicoterapéutico, es decir, la interpretación y el acercamiento a los fenómenos psíquicos. Por lo cual, se asume que el fenómeno se construye en la misma medida que se aprende, ese acto de creación del mundo es el inicio de la formación psicológica.

Tales ejercicios son una estrategia útil, no obstante conllevan un peligro. En el camino del aprendiz y habiendo interpretado decenas de fenómenos, la teoría termina por interiorizarse e informar la perspectiva con la cual se comprende a la realidad psíquica, estos esquemas teóricos niegan las antiguas categorías epistémicas y sustituyen la visión del hombre común por la del aprendiz de psicoterapeuta. Pero esa condición ofrece la falsa seguridad de que se ha llegado a la meta, de que ahora se tiene la capacidad infalible de entender realmente el mundo tal y como es, todo gracias a la constante aplicación de la teoría literalizada.

En el proceso dogmatizador del saber la practica psicoterapéutica se refuerza en el imperativo de probar constantemente los conceptos medianamente interiorizados. Se sustituye entonces al fenómeno con las formas externas de observarlo, ideas que no derivan del objeto de estudio sino de las necesidades del investigador. Así, se olvida el hecho de que realmente el sujeto es constitucionalmente ciego a la realidad, por lo cual, se experimenta la ilusión de que se pueden aplicar indistintamente, sobre el fenómeno, las recientemente adquiridas categorías fijas de comprensión.

El aprendizaje de la psicoterapia exige la negación de la consciencia del sentido común, con su acercamiento lego a los factores psicológicos que están presentes en la construcción de síntomas psicopatológicos. Estos sistemas de pensamiento dan pauta a una óptica especializada que las personas no entrenadas no se ocuparán de desarrollar. Esta situación supone una profesionalización del psicoterapeuta semejante a la de cualquier experto en un área del saber. Sin embargo, el proceder psicológico no descansa en esa negación, requiere, para ser psico-logía, una negación posterior.

La negación de la negación es lo que distingue el acercamiento real del psicoterapeuta a su objeto de estudio. Ésta consiste en la autoaplicación del conocimiento a sí mismo en el singular ejercicio del aprendiz por ser adiestrado ya no por los conceptos teóricos, en cambio se vuelve ahora discípulo del fenómeno en cuestión. Es la noción subyacente en el síntoma lo que enmarca la teoría del fenómeno a estudiar y, paradójicamente, la sumisión a esa tarea es lo que convierte al aprendiz en un verdadero psicoterapeuta.

Por eso es necesario seguir caminando en la vía psicológica, en lugar de permanecer en la morada cómoda de lo ya conocido. Es debido cortar la rama sobre la que se está sentado e invocar el riesgo de la incertidumbre. Seguir andando requerirá desechar esa práctica tan duramente conseguida y volver a reflexionar sobre los conceptos ya aprendidos. El aprendiz tiene que atender la negación de las categorías de análisis siempre una vez más, de tal manera que lo que quede no sea el habito de interpretar sino la disposición de someterse a a la otredad.

La habilidad para estar presente mientras el fenómeno se piensa a sí mismo, es la dimensión que supera el ámbito del aprendiz, lo que significa abandonar toda esperanza de ser un agente activo en la transformación dialéctica del proceso psicológico alcanzado. El psicólogo sabe que hay que hacer el derrotero siempre de nuevo ante el fenómeno y renunciar conscientemente a sus queridos instrumentos de aprendizaje, solamente sin esa carga se puede pasar por el ojo negativo de la aguja.

Observando las formaciones junguianas es patente lo difícil que resulta llevar a cabo la negación de la negación, es más sencillo permanecer como aprendices e ir, en el mejor de los casos, muy cargados de conocimiento, pero con poca disposición a dar el siguiente paso, hacia el verdadero opus del vacío. ¿Quién se atrevería a enseñar que lo aprendido debe ser desechado, y que el tiempo de formación no instruye realmente, que más bien debe preparar al sujeto para desapegarse del fruto de su trabajo? En cambio, todas la formaciones ponen un peso sobre los hombros del estudiante, lo inflan de importancia personal y lo atan al delirio de la suficiencia y del ejercicio psicológico superficial.

Tales formaciones son responsables de que haya tantos psicólogos y tan poca psicología, pues su trabajo es vender un producto determinado por la promoción del mercado, adecuarse a las leyes de la oferta y de la demanda y procurar que se respete la gran narrativa cultural de la búsqueda de la salud y del bienestar como los productos preferidos del capital. Sus herramientas son cárceles hechas de conocimientos que mantendrán lejos del practicante el verdadero trabajo psicológico, esto es, el reconocimiento de la realidad del alma.

La tentación del profeta

Logos del alma

Carl G. Jung hacía notar que uno de los riesgos al explorar los procesos psíquicos era la posibilidad de que el psicólogo se identificara con ellos, es decir, que en su viaje en la exploración de los contenidos colectivos se dejará invadir por los mismos, de tal manera que se erigiera como el portador de la verdad de la época y el conocedor de los misterios del inconsciente. Dicha situación encuentra su asiento en la necesidad egóica por ser una presencia vital en el medio de los sucesos y poder ser dotado de un monto exagerado de importancia personal.

El psicoterapeuta debe guardarse del peligro que representa la mentalidad del profeta, pues en el consultorio es muy sencillo caer bajo la impresión de que lo que se dice es dicho por el individuo, de que es el terapeuta quien conoce las vías por las cuales poder comunicarse con los símbolos y enseñarle al paciente como debería vivir su vida psíquica para poder alcanzar los objetivos de su propia alma. El psicólogo, desde esta óptica, se apropia indebidamente del papel del psicopompo que guía al paciente por su tránsito en el inframundo y éste último, a su vez, corre el riesgo de encarnar otra forma de posesión de los contenidos colectivos, el del discípulo.

Pero el psicoterapeuta transita por la senda de un misterio que se abre siempre y nuevamente ante cada sesión. Él no es un experto, ni un sanador, ni mucho menos un profeta, sino un escucha atento del diálogo profundo que ocurre en los diversos planos narrativos de la consulta; su tiempo es el presente y su trabajo es permanecer ahí donde los pacientes tratan, bajo muchos medios, de escapar, por ello tampoco puede huir al futuro, a la prognosis dado que pasado y futuro están contenidos en el vaso hermético del momento presente del tiempo terapéutico.

Itinerario de un psicólogo

Cotidianidad

En el camino de la exploración de teorías psicológicas que puedan brindar asientos a mis propias preocupaciones, he encontrado un fenómeno común al acercarme a autores determinados, una ingenua defensividad teórica. Por ejemplo, cuando abordé, de manera temprana, la obra de Jung ésta me pareció muy esclarecedora y subversiva, lo suficiente para obligarme a estudiar de forma ardua la mayor parte de sus libros y atender a las referencias con que el autor sostenía sus argumentos. Pero en la universidad nadie conocía a Jung y lo pocos que habían escuchado su nombre lo tenían por un místico enloquecido que nada aportaba al avance de la psicología, en su mayor parte ésta era la opinión de los que sostenían una posición psicoanalista, para ellos Jung era una especie de traidor que no había comprendido la obra de Freud, pero no lo habían leído.

Posteriormente y acogido por un ambiente donde se leía a Jung, muchas de mis inquietudes sobre la teoría junguiana se volvían evidentes y mis cuestionamientos iban en alza, entonces descubrí la obra de James Hillman, la cual trataba directamente tales preguntas, y me volqué a su lectura. Pero el ambiente junguiano tenía dos respuestas ante la obra de Hillman, una era el completo rechazo por encontrarlo muy “filosófico” y mal entender la teoría de Jung y otra, muy particular, donde se leía a Hillman como si éste asumiera los conceptos junguianos, sin ningún cambio. Me pregunte ¿qué tenía de malo estar interesado en la filosofía? Ello proviene de un viejo prejuicio que confunde el uso del razonamiento preciso con la función pensamiento y que nace de la creencia falsa de que los tipos psicológicos se pueden trasladar tal cual para servir de molde a la subjetividad de las personas. Es decir, se confunde el mapa con el territorio, algo que Jung dejo en claro que no podía hacerse con sus tipos psicológicos. Pero sobre todo me sorprendió el hecho de que quienes criticaban la obra de Hillman, jamás lo habían leído, sabían de él solo de oídas, por rumores, pero no se habían adentrado en sus textos. Otros, en cambio lo habían hecho con el afán de no abandonar el edificio junguiano y conciliar, artificialmente, a Hillman con Jung.

Tiempo después, las dudas no amainaban y me llevaron a conocer el trabajo de Wolfgang Giegerich. Mientras trabajaba bajo el esquema junguiano, Hillman trastocó todo el abordaje que tenía en la consulta terapéutica y en la docencia, tuve que abandonar muchos hábitos que tenía por sabidos, por ejemplo el análisis de los sueños, realmente ello constituyó una crisis que poco a poco fue despertando nuevos métodos (caminos) de abordaje. Giegerich influyó de una manera similar, sus planteamientos sobrios y al punto arrasaron con la estructura narrativa que aún conservaba en la terapia y en la docencia, pues su obra expresa la necesidad de una teoría humilde, amorosa y centrada en el fenómeno y eso implicaba dejar atrás los objetivos esperanzadores de mi propia acción.

Sin embargo, nuevamente encontré el rechazo, ahora no solo entre los junguianos ortodoxos sino también entre los arquetipales, quienes curiosamente acusaban a Giegerich de soberbia intelectual, de ser filósofo y no psicólogo, de ser Hegeliano, de ser “frío” con el sujeto, de no ser aplicable, entre otros tantos malos entendidos de su teoría. Y de nuevos, tales críticas venían de personas que jamás habían leído su obra y que tenían una opinión formada con base en lo que otros les habían comentado, mismos que tampoco lo habían leído con atención. Surgen así preguntas similares: ¿Qué hay de malo en leer a Hegel? ¿Por qué tanto rechazo de la filosofía en el campo psicológico? Y sobre todo ¿por qué los psicólogos se afanan a rechazar lo desconocido e incomodo si esa es precisamente una de la premisas psicoterapéuticas, darle hospitalidad a lo extraño?

Creo que es una reacción común formar esquemas de pensamiento y defenderlos ante cualquier idea que parezca contradecir el sitio confortable donde se ha encontrado seguridad, pues constituye una amenaza contra la cual, la primera reacción, es defenderse. Pero, en el caso de la teoría psicológica esto resulta contraproducente porque la labor del psicólogo le obliga a atender a cada fenómeno desde la teoría del mismo fenómeno y no a imponer sobre él mismo sus propios esquemas de pensamiento. El psicólogo debe de cortar la rama en la que está sentado, una y otra vez, como ejercicio necesario para llevar a cabo su trabajo. Bajo esta premisa no puedo evitar preguntarme ¿qué vendrá después de Giegerich? ¿Y cómo se le rechazará a ese nuevo huésped? Pero, entonces, reparo en el fenómeno y me esfuerzo por atender al presente.

«Re-imaginar la psicología» de James Hillman

Logos del alma

El universo es un lugar terriblemente caótico, los remansos de orden y lógica, son acaso breves milagros que no tendrían porque existir; así como la materia conocida no es más que un descuido de la oscura materia que envuelve todo lo existente, también la conciencia no es otras cosa que un destello incierto del profundo inconsciente. Somos el olvido de Dios.

Leo, o sueño leer, un libro difícil de describir, llevo tres semanas indagando en sus páginas y no deja de sorprenderme. Dice cosas que yo creía olvidadas, defiende lo que yo pensaba era indefendible, me obliga a rememorar viejas ideas que ya había calificado como abyectas. Esto demuestra que en ocasiones es necesario regresar a los antiguos vicios, para comprenderlos y utilizarlos de forma distinta. En cuanto a la psique cualquier juicio es apresurado.

El libro es «Re-imaginar la psicología», de James Hillman, que inaugura, con dicho texto, el estudio complejo de una rama de la psicología analítica: la psicología arquetípica. Politeísta, psicologizador, deshumanizante, es un esfuerzo por devolver la potestad de la psique a las antiguas formas que implícitamente la sostienen y la guían. Un retorno al caos, a la multiplicidad y la magia prehumanas que persisten en las sombras de nuestros sistemas de pensamiento. Reivindica el logos, la idea, la teoría, la fantasía, la depresión, la patología y el pecado, vuelve a ellas con nuevos ojos (los de la aflicción) y recrea así todo un mundo.

Las psicologías no entenderían este punto de vista, demasiado imaginativo y enrevesado dirían los sistemas mecánicos (cognitivos, sistémicos), demasiado enfocado en el pathos temerán las terapias humanistas (gestalt, transpersonal y demás derivados de la tercera fuerza), demasiado caótico y aventurado se quejaría la psicología profunda. Pero en la plétora es en dónde radica la fuerza, en la desproporción de las ideas, pues como sabía Blake el exceso conduce a la sabiduría.

Esta visión de los fenómenos psicológicos devuelve su papel mediador a la antigua psyche, aportando un tercer elemento a la formación physis-pneuma. Se acerca, así, a un modelo inexplorado de la psicología donde reinan la ambigüedad mítica, el sacrificio ritual y la sombra destructora y benévola. Una psicología que desiste de categorías, de certezas y de lógica.

No sucede tal como los filósofos medievales pensaban, no el descuido de Dios borra las cosas con un fuego invisible, al contrario su negligencia crea mundos, cualidades, significados. El alma sueña con volver al paraíso, pero el paraíso es infernal.»