La escuela y la posibilidad de aprender

Educación posmoderna

La escuela no tiene cómo función real el aprendizaje, es cierto que lo propone y lo estipula como su objeto de acción, pero nunca ha sido el caso. La función de la escuela es culturizar, es decir, imbuir a los alumnos de los saberes sociales que les permitan convertirse en miembros productivos de su comunidad. Normaliza el saber y transmite reglas de comportamiento adecuadas. Pero aprender es algo distinto, ello exige complejidad, desorden, destrucción y desafío, siembra en quién lo hace una insana desconfianza en lo establecido.

Aprender, tal como amar, es un acto contracultural, envuelve al sujeto en una continua búsqueda, incesante, que lo hace distinto, que le otorga identidad, lo obliga a abandonar la metas sociales predichas; tal persona nunca será grata ni bien recibida por la cultura, al contrario se le relegará y se le observará como una lejana curiosidad a la que no hay que acercarse y si acaso despertara mucha curiosidad se tomaran de él pedazos y se los presentaran como un saber homogéneo, acorde al espíritu de la época.

El acto de aprender es una necesidad, pero solo de aquellos que sienten ese impulso y realmente son llevados por él, no lo buscan, es una pasión y como tal también es un padecimiento, un sufrimiento continuo, una sed que nunca cesa. El saber está en lo salvaje, en lo agreste. Mientras que la escuela brinda frutos ya cortados, el buscador es un cazador presto a la matanza y él mismo está abierto hacia su propia muerte. La cultura y la escuela, en cambio, son formas de evitar la muerte, por eso no pueden educar, sino solo masificar al individuo y convertirlo en un trabajador eficiente, en un buen ciudadano, pero nunca en un pensador.

La escuela normaliza, no educa, por ello si la necesidad de individuo es aprender lo hará fuera de las normas establecidas, abrirá muchos libros y buscará incesantemente algo que jamás encontrará del todo, pero el ansia por saber siempre estará presente y el sujeto vivirá para servirle. Aprenderá porque lo necesita, no porque sea lo correcto o lo deseable y nunca esperará que el aprendizaje venga de algún lado, porque no será un don que le sea otorgado sino una carga de la que jamás podrán librarse.

Se entiende, por lo tanto, que quien aprende, realmente no es el individuo sino el daimón que subyace en esa hambre inmarcesible, ante la cual las personas no son sino altares desplegados para el beneficio de ese dios o demonio insaciable. Quizá, si la escuela atendiera, a este proceso, podría por fin educar.

Asterión ante la redención: Tres lecturas del cuento “La casa de Asterión” de J. L. Borges

Ensayos

“La casa de Asterión” de Jorge Luís Borges es uno de los relatos más representativos del autor, en ese cuento se encuentran implícitos los temas que a Borges le urgieron durante toda su vida y en él la hermosa y límpida escritura se entrelaza en cuestiones que son extrañamente maravillosas. En este caso habré de ocuparme de uno sólo de esos temas (tal vez en algún punto se entretejan otros tantos): la redención.

La RAE define “redimir” como: “Rescatar o sacar de la esclavitud al cautivo mediante un precio […]. Librar de una obligación o extinguirla […]. Poner término a algún vejamen, dolor, penuria u otra adversidad o molestia”. A esto habré de volver a la brevedad, pero antes conviene contextualizar el cuento en el mito que lo inspira.

El cuento de Borges relata la estadía de Asterión en el laberinto de Creta. Asterión es el hijo de Pasifae, esposa del rey Minos. Cuenta el mito que cuando Minos se disputaba el trono de Creta con sus hermanos, él invocó la aprobación de los dioses para poder ser coronado, los dioses le respondieron y Poseidón mandó un magnífico toro blanco que simbolizaba la aprobación y el pacto. Sin embargo, la condición era que el ahora rey Minos sacrificara aquel toro impresionante y devolviera así lo que se le había otorgado. El rey no obedeció y sacrificó, en el altar a Poseidón, un toro blanco, pero no el mismo que había sido un don. Tiempo después Minos entró en batalla y pasó un largo período fuera de su hogar; como castigo por la desobediencia el dios del mar instigo el que la reina Pasifae se enamorara del toro sagrado. Ésta, no encontrando otro modo de saciar su deseo, pidió a Dédalo que le construyera un artificio en forma de vaca con el cual podría realizar la ansiada cópula; de esta unión nació Asterión y luego, él, fue encerrado en el laberinto.

El mito original cuenta que Minos no pudo castigar a la reina pues sabía, con certeza, que lo sucedió había sido únicamente su culpa. La hybris es el pecado de soberbia que tanto importaba a los griegos, el acto no devolver el don proporcionado introdujo al rey en el mundo de la insolencia, por lo cual debía ser castigado. De alguna manera lo que está a nuestro alcance siempre es una dádiva que necesita seguir el camino de su propia mutación, retener lo que obtenemos es paralizar el movimiento continuo de todo lo existente, es no dejar fluir el objeto y por eso mismo convertirlo en una cosa muerta. Eh ahí el pecado de la literalización.

El castigo no es sólo la presencia del ser monstruoso, fruto del flujo inmovilizado, sino que la condena es la transformación del rey Minos también en un monstruo. La desfiguración de buen rey en la actual faceta del tirano obedece a la misma ley que la perversión de la forma, sucede como la consecuencia por la trasgresión de un límite que está impuesto al reino humano, es el avance hacia la conciencia de un hecho inconsciente. Una vez cruzada tal demarcación, el hombre se convierte en otro, en su sombra, con todos los atributos negativos que explicitan el pecado cometido. Otrora un buen soberano Minos se transfigura en un déspota que es odiado por su pueblo y por los hombres de otros pueblos que le rinden forzada pleitesía.

El minotauro no es el castigo, es la representación simbólica del movimiento lógico seguido por el tirano, es la proyección de la misma en el objeto nacido de su propia mujer que encarna, a su vez, la dimensión anímica olvidada por Minos y la cual, al no ser atendida reclama un balance que expresa la hybris y la correspondiente admonición.

El mito continúa con la intervención de un joven héroe griego: Teseo, el cual ayudado por la hija de Minos, Ariadna, logra llegar al centro del laberinto, justo para asesinar al monstruo. Teseo es el héroe que representa la nueva conciencia que ha de hacer frente a la decimonónica figura del tirano, él es el cambio, el espíritu de la negación. El héroe se apresura a iniciarse en el camino del laberinto con la ayuda de Ariadna, que le recuerda la senda de regreso y así llega hasta el minotauro al cual derrota y da muerte. Posteriormente sale avante de aquel dédalo no menos monstruoso y se lleva con él a la muchacha, prometiendo lo que no cumplirá, pues no debe ser cumplido para provocar la entrada del dios (en este caso Dionisos). Un hilo invisible se teje entre Minos y Pasifae y luego entre Teseo, Ariadna y Dionisos.

Teseo es el redentor que encarna en su figura al pueblo griego, joven aún, que se enfrenta contra una potencia decadente, mata al minotauro y personifica con su hazaña el cambio tan común en la historia humana, así como la innovación necesaria en la estructura psíquica. Es redentor porque libra de la adversidad a un pueblo y le proporciona la esperanza para luchar contra sus opresores. Pero también es redentor porque, con la muerte, libera al minotauro (el síntoma) de la cruel carga de ser un pecado corporeizado y provoca con esto el principio de la destrucción del imperio de Minos, quien más tarde se transformará en un ser más justo, o mejor dicho en un juez, el principal juez de los muertos.

Todo esto, el héroe, lo logra tomando el camino que Minos no eligió, pues acepta la dimensión anímica, personificada por Ariadna, como su guía en el laberinto horrífico (y todo laberinto es terrible, Borges vivía tal verdad constantemente), ella es la corona de luz que también le permite abrirse paso en el terreno de lo inasible. Así, Teseo-Ariadna no es otra cosa sino Minos-Pasifae trascendido y la derrota de lo pervertido se vuelve en la tierra fértil de una nueva potencia, del nuevo estadio o del nuevo rostro de una idea latente que había sido detenida por el rey anterior, de esta manera también hay una identidad entre el héroe griego y el minotauro, pues ambos son un solo proceso en la vía de la noción latente hacia su reconocimiento.

De esta forma se puede dar una lectura psico-mítica al cuento de Borges, la redención cobra en sí un papel purificador, trascendental, para los implicados en el mito, siendo Minos el nombre un proceso que se despliega en varias figuras y que ni siquiera empieza con él mismo, hay que recordar que la reina Europa, madre de Minos, fue preñada por Zeus en forma de toro lo que implica ya una identidad compartida también entre los personajes: Zeus, Minos y el minotauro.

Otra lectura se puede esbozar sobre el motivo del autor como un sujeto tomado por el trabajo de la creación, de ello derivan los temas que inquietaron a Borges y que lo convirtieron en un erudito, algunos se encuentran inscritos en el cuento. La liberación aquí puede vislumbrar una necesidad velada en la experiencia del propio autor ante su obra.

Hay que observar un hecho curioso: el minotauro es un ser híbrido, humano y animal al mismo tiempo, sin embargo estas dos naturalezas yacen confundidas en un mismo cuerpo, como dos ideas contrapuestas que no acaban de sobreponerse, es un núcleo sintomático que permanece sin ser resuelto. Lo humano en Borges podría ser esa intrincada red de pensamientos que lo caracteriza, la erudición y la parsimonia que le dan forma a su discurso; en cambio lo animal, aquello enviado por el dios, es el impulso que le da vida a su obra, los temas que eligen al autor y que lo obligan a acudir de forma recurrente a ciertas formas de expresión, a lugares comunes o a calles que aparecen una y otra vez en sueños. Ambas dimensiones colisionan y de ese encuentro surge la obra, por ello el arte tiene algo de sintomático, de simbólico.

En su conferencia sobre “La pesadilla” el autor menciona que sus principales pesadillas tienen que ver con dos temas: los laberintos y los espejos. Más adelante, él observa: “No son distintas [las pesadillas] ya que bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto”. El temor al laberinto data de haber observado un grabado del dédalo de Creta y de la imaginación delirante de concebir dentro al minotauro. Durante toda su obra Borges construirá un gran número de intrincados meandros en sus cuentos, poesías y ensayos. Hablará del laberinto del tiempo, del espacio, de las ideas, todo en Borges es un laberinto. No obstante, un laberinto es lo inextricable, aquello que invita a entrar pero que promete el extravío. La pesadilla por otra parte es la presentación de un mundo debajo del mundo, el inframundo cuya forma laberíntica es acaso lo más perturbador de su presencia, decía Borges que el verdadero castigo del infierno era la eternidad, ese otro dédalo.

En el cuento en cuestión Asterión afirma: “La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo” y al hacerlo habla no sólo del mundo exterior sino también del contexto lógico del personaje que es un laberinto infinito pues en él “todas las partes de la casa están muchas veces, todas están catorce veces”, número que en el relato es una alegoría de lo interminable. Asterión es un personaje intrincado, tierno y terrible a la vez, él mismo dice: “Se que me acusan de soberbia, de misantropía, y tal vez de locura”, y en otro párrafo al hablar sobre su trato con las personas dicta: “No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo.” Luego el protagonista menciona: “El hecho es que soy único. […] pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande”. Este aspecto de la personalidad de Asterión, su falta de identificación con el mundo humano, es interesante porque incita a la sospecha de que el personaje no es otro que un álter ego del mismo Borges. En las anteriores citas se entrevé a un ser que no está capacitado para el trato diario con los otros, es muy diferente a ellos tanto en su apariencia como en su esencia y no comparte intereses comunes con los demás. La misantropía viene de la discordancia con la vulgaridad, de la visión oscura y solipsista de una mente inquisitiva y espantosa.

Dice Asterión: “Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo”, este es el presentimiento de un hombre que se sabe solo y la afirmación implica los postulados idealistas más radicales, nos recuerda a Berkeley o a los mitos de la India que ven en el mundo la más grande de las ilusiones. El que nada sea transmisible por la escritura ha de constituir una maldición para el escritor que no tiene otra forma de pronunciarse, pero esta subjetividad radical que se observa en el cuento habla precisamente sobre dicha imposibilidad, porque el trecho entre lo escrito y lo leído ha de ser inmenso, el lector nunca comprende al escritor ya que el lector también está inevitablemente solo.

La soledad es también un indicio que confirma la identidad de Borges con Asterión pues la incomunicación no es otra cosa sino la expresión de la presencia de un ángel, es decir de un otro que trae consigo algo incomunicable, la otredad inasible, otro laberinto inexpugnable. Todo espacio es infinito, todo tiempo no lo es menos y el mundo borgiano se encuentra urdido con la inmensidad de este tema. El universo del autor es un mundo complejo, pero hay cierta aversión cuando a la mente entran estos temas imposibles, el mundo nunca es el mismo cuando se profundiza en lo eterno, parte de la identidad del hombre se pierde cuando se intenta concebir el infinito. En ese esfuerzo por comunicar es en donde surge el delirio, pues como se ha mencionado antes lo dicho nunca alcanza a lo que se quiere decir, hay un foso insalvable, primero entre lo que el autor traduce de la intuición y después en lo que el lector toma de la intención del escritor, como si la obra surgiera en aquella babel donde todos están destinados a la incomprensión.

Así, la incertidumbre de lo eterno es semejante a la incertidumbre del otro. Laberinto y espejos son temas que se conjugan en un único sustantivo: la alteridad, la capacidad de interactuar con el otro, de pensarlo, de estar frente al otro sin envolverlo. De esta manera, Asterión se ve en la penosa circunstancia de no poder ser otro y ahí radica la nostalgia que se transmite en cada página, de la mendicidad de estar aislado. Pero quien escribe no ha de ser menos infeliz puesto que su incapacidad de ser otro viene de su sensibilidad singular que lo capacita para temas que no tienen que ver con el mundo vulgar y, por lo tanto, su propia naturaleza es el límite de su alteridad, puede pensar en los otros, pero no ser los otros. El matiz con el que el escritor, en este caso Borges, observa al mundo lo hace ser un perenne extranjero. El minotauro y al autor están atrapados en sí mismos, ellos son, también, el laberinto.

“…uno de ellos [de los jóvenes sacrificados a Asterión] profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor”. El redentor del protagonista es el otro, Teseo como el alter-ego de Asterión, llegará a donde el personaje y lo librará de la injusticia de la vida, del dolor de ser existente y lo llevará a un lugar con menos galerías, porque ser un individuo es existir como un ser doliente, ya por la incertidumbre, ya por la soledad, nada es menos penoso que vivir. Sin embargo, la imagen de la muerte de Asterion remite a la resolución de un conflicto, al desenlace de un momento en donde el minotauro es capaz de recibir al otro solo en el breve momento de su desvanecimiento, de esta manera Teseo se prefigura como el momento de la creación, ese instante fugaz en donde la comunión es posible.

Borges es Asterión y su sufrimiento viene de la imposibilidad de lo otro, del espejo que se superpone hasta el infinito, pues el laberinto de las letras semeja al dédalo de la existencia y aunque hablar de uno mismo es lo que hacen las personas cuando crean, aun en lo más mínimo, con cada obra se expone lo propio y hasta por las formas de escapar se es conocido, también es cierto que este rastro de subjetividad se diluye en la búsqueda por alcanzar aquella voz que habla a través de lo creado, esa voz le pertenece siempre al otro; por eso no es no es precisamente de nosotros de quien habla la obra, sino que aquello que crea en uno, la musa, el daimon es quien se revela en lo creado, la identidad realmente es el juego constante entre el yo y el otro, el diálogo, imposible, del hombre con los dioses. Borges no podía no proyectar su experiencia creadora en el cuento de su invención, nadie puede no representar, de ahí que esta segunda lectura sea de tipo personal, pero no porque implique solamente al autor sino porque refleja a las múltiples personas que escriben el largo de una obra. ¿Quién es el otro en la obra de Borges? ¿El lector que revive lo escrito con cada lectura, pero que también está solo? ¿O lo será acaso el otro Borges, el daimon que crea a través del autor y que es recreado no cuando alguien lo lee sino cuando el mismo se lee a través de la mirada de una persona en la búsqueda de una redención, casi, inasible?

El último matiz del que me ocuparé es de la semejanza entre el dilema de Asterión y el del conocimiento humano del mundo. Afirmare, para que no haya duda, que el mundo en sí es incognoscible o que lo es al menos la realidad objetiva, nadie puede saber como es el mundo porque lo que se percibe es tergiversado en ese mismo acto de aprehensión, luego, lo que el hombre ve no es otra cosa sino un reflejo ilusorio, el velo de Maya. La realidad es una construcción imaginaria.

“Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo” dice Asterión, pues el entorno del hombre está mediado por su lenguaje, lo que existe es lo nombrado, efectivamente el sujeto crea aquello que lo rodea, lo crea al encerrarlo en una categoría y con el tiempo esta categorización se hace más refinada y el cosmos se vuelve profundo. Sin embargo, se sabe de antemano que el laberinto donde yace el minotauro no fue construido por éste, sino que le precede, él es un invitado en esa construcción intrincada, pero, como los dioses, supone, por defecto, que ha creado la realidad. Realmente el hombre no crea el mundo, sino que nace en el lenguaje que es la actividad constante de creación, el órgano de la consciencia por medio del cual se construye a sí misma de forma inmarcesible, solo en la apropiación inadecuada de este movimiento el sujeto puede concebirse como un hacedor.

El laberinto es el conocimiento de la realidad, Asterión podría ser el hombre moderno en su búsqueda constante del mundo, en el esfuerzo por intentar asirlo con métodos cada vez más sofisticados, técnicos, científicos, como quien intenta aprehender lo intangible con signos abstractos, ignotum per ignotius. Pero esta búsqueda insensata implica el descubrimiento del hombre, en tanto ego, del contexto infinito que lo contiene y del cual no puede escapar, el individuo nacido de la modernidad ha surgido a nueva matriz contenedora. El laberinto es aquello que, en el hombre, conoce, es su capacidad de cognición, el acto intrínseco que lo vuelve capaz de desenvolverse en un mundo que solamente es suyo por sujeción, por reconocimiento, el cual se inventa a sí mismo y así el individuo se ajusta a tal ficción. El sujeto atrapado en su contexto lógico no puede, aunque quiera, librarse de las ideas a través de las cuales observa el universo, pues ellas constituyen el cosmos. La filosofía, la ciencia, las ideologías nacen de sí mismas, pero el sujeto cree que las ha creado, que han brotado de su voluntad, sin embargo, realmente son complejidades que atraviesan los hilos del universo, que es acaso infinito.

Aunado a lo anterior, es notable que el toro de Minos vive en un lugar cuyo número de cuartos no tiene final, así como todas las cosas que en él existen, podría ser que él mismo fuera también infinito. Esto remite a la hipótesis que tanto gustaba a Borges, ya sea al afirmarla o al refutarla, el eterno retorno. Todas las cosas, se plantea de manera general, están formadas de los mismos elementos constituyentes, estos son incalculables pero no son infinitos, las combinaciones de los mismos forman el universo y algún día las posibles combinaciones se saldarán, entonces todo volverá a ser como alguna vez fue.

La vida de Asterión parece devenir del conflicto de una repetición de lo finito en un tiempo infinito. Cada día es el mismo día, el laberinto del tiempo parece no tener salida, pero San Agustín planteó que la cruz salvaba al hombre de la eterna repetición de sus actos, en este caso Teseo parece intentar salvar al protagonista del eterno retorno de lo mismo. Él, Teseo, simbolizando la consciencia de lo otro, se presenta como la alteridad que asalta al sujeto como único aliciente para que las cosas no se repitan, para que sean liberadas de la iteración de sí mismas y puedan ser otras. Como sucede en la compulsión a la repetición el ciclo único constituye la subjetividad radical y el rompimiento de esa repetición sólo lo puede llevar a cabo el otro, el síntoma, la conciencia en búsqueda de liberarse de su aprisionamiento en lo literal, para así abrirse a lo desconocido que está fuera de las categorías homogéneas del mundo, aquello que el hombre se niega a mirar pues significa la sombra que atraviesa, como una flecha, todo esfuerzo por conocer. El síntoma, en este contexto, puede ser visto como una rebelión contra lo eterno en un esfuerzo por someterlo a lo temporal, atraparlo en una vasija que permita su concepción, pero de este arrobamiento emerge raudo el encuentro con el otro que rompe el encierro de lo anímico en los viejos odres que no podrán contenerlo. El síntoma es, así, la negación de lo abierto y a su vez la afirmación del infinito.

El laberinto del conocimiento y el laberinto del tiempo son ineludibles, su tela es inquebrantable, ellos son la esencia del otro redentor que se presenta y en cuya forma el individuo es capaz de perderse pero también de conocerse como algo más que él mismo, es decir, de saberse un otro por sí mismo, esta es tal vez la forma explícita de la alteridad radical, sintomática, que es la toma de distancia necesaria para la reflexión del alma.

Por tanto, se puede decir que el mundo es caótico, impredecible, de ahí que el afán técnico que busca orden sea una empresa reaccionaria, pues el caos es el primer estado del universo según el mito y es una potencia latente en cualquier especie de estructura ordenada, ante ello la incertidumbre es el sentimiento de estar frente a su presencia inevitable. La redención del hombre, su salvación de la repetición, es posible que transite por el trabajo interno por asumir que la verdad de cada fenómeno no subyace en su exterioridad sino en lo intrínseco al mismo, a su carácter inmanente como idéntico a sí mismo y así intentar comprender al mundo tal cual es, en su propia estructura lógica inextricable, permitir que lo que es sea. Aquí surge el eco de las doctrinas orientales donde el hacer sin hacer (wu-wei) es la manera más alta de comunión espiritual y donde el caminante inicia un periplo que lo lleva hacia él mismo, pero en ese andar descubre que su identidad rompe los límites de la comprensión cotidiana. Se puede vislumbrar entonces que el conocimiento es un laberinto que supone un carácter de alteridad, de caos, al igual que la realidad, ambos espejos de sí mismos; por ello, la inmensa red de imbricaciones fabularías sujetan al hombre al tiempo sucesivo, lo obligan a ser periódico, cíclico, su propia subjetividad lo hace incapaz de concebir lo eterno, de entablar un diálogo con lo divino pero al saberse otro se abre una puerta para la llegada de la redención. Solo al desaparecer en el otro puede el hombre ser él mismo.

Para poder vislumbrar al viajero inesperado el sujeto tendría que sumergirse en la máscara del ego, romper sus complicidades con las explicaciones prejuiciosas, con el sentido común y prepararse para ser consumido en el fuego de la vacuidad, de aquello que niega todo lo positivo, para ser asesinado por Teseo como el espíritu de la contradicción. Lo cierto, es que nadie puede ver el rostro de Dios, porque aquel que lo vea dejará de ser alguien. El sacerdote de la pirámide de Qaholom, Tzinacán, en el cuento de Borges: “La Escritura del Dios”, ha visto de frente a la eternidad y tiene el poder de crear universos enteros, pero dice: “Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre […]. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Que le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora es nada”.

La redención ante la realidad, la libertad ante lo sucesivo, viene con la presencia del desgarramiento, con el vértigo de la oquedad que se inserta en los cuerpos para volverlos sutiles. Dos panoramas se abren ante este destino, uno es el que dicta: «No entres dócilmente en esa noche quieta. Rabia, rabia contra la agonía de la luz» y otro es el de Asterión recibiendo con resignación a Teseo: «¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió». Ésta última es una manera poco explorada, al menos en los tiempos que corren, de atender la llegada del alter-ego caótico, con la humildad y con resignificación de saber que el hombre es irrelevante y que ese es el principal atributo, entrando así en la oscura noche del mundo como quien llega a casa a sí mismo. Esto supone la preparación constante para la muerte, que es la máxima resignacion, el gran Otro que se cierne.

El conocimiento del mundo es oscuro, como oscuras son las vaguedades del espíritu, Asterión es el mundo y el esfuerzo del mundo por conocerse de conocerse a sí mismo, la redención supone la comprensión humana de que ese camino no es el suyo, sino que él, el sujeto, es un puente y que su propia muerte aguardando en lo profundo, esta resignación, esta aceptación de sí mismo presupone el advenimiento del alma, del aquel gran Otro por sí mismo. El protagonista se pregunta ¿cómo será su redentor? y la respuesta se la da el mismo: «¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?»

Septiembre del 2006, actualizado en agosto del 2002.

Sobre el respeto del docente a los alumnos

Educación posmoderna

Que difícil es hablar de este punto con los docentes, no se entiende (y me parece que no se entenderá en mucho tiempo) que el respeto por el alumno es una practica necesaria para la enseñanza y que ese respeto implica respetar la alteridad del educando y no simplemente coaccionarlo a seguir normas que para él no tienen sentido. Respetar a un alumno es observar su propia autonomía y ayudarlo a desarrollarla, incluso imitando su semántica, no decirle: “Te respeto siempre y cuando actúes como yo quiero, con el lenguaje que a mi me parece adecuado y con la conducta que yo se que es buena para ti”, esta última es la postura neurótica de la docencia. Paulo Freire lo entendía mejor:

”El profesor que menosprecia la curiosidad del educando, su gusto estético, su inquietud, su lenguaje, más precisamente su sintaxis y su prosodia; el profesor que trata con ironía al alumno, que lo minimiza, que lo manda «ponerse en su lugar» al más leve indicio de su rebeldía legítima, así como el profesor que elude el cumplimiento de su deber de poner límites a la libertad del alumno, que esquiva el deber de enseñar, de estar respetuosamente presente en la experiencia formadora del educando, transgrede los principios fundamentalmente éticos de nuestra existencia.”

Paulo Freire, “Pedagogía de la autonomía”

La enseñanza inconsciente (6)

Educación posmoderna

Hay un consenso que nos dice que el lenguaje de los jóvenes es “soez” «vulgar»o «grosero», sin embargo, la palabra soez refiere, en su etimología, a lo superficial, sucio o barato, es decir, a lo despreciable. Por otra parte, la palabra “grosería” implica cierta brutalidad y falta de reparo o fineza. Por último, la palabra ”vulgar” alude a la gente común u ordinaria de un modo despectivo. 

Cuando, como profesores, reprobamos la forma de hablar, soez, de los jóvenes, lo hacemos, sin saberlo, desde una posición clasista, discriminatoria, posicionándonos, nosotros, en el papel del modelo adecuado y al otro, al joven, en el lugar de lo incorrecto, ahí hay un mensaje implícito. Llevamos a cabo una empresa conquistadora, evangelizadora, que busca salvar el buen nombre de los padres, de las escuelas y de la moral en turno; pero nada de esto tiene que ver con la necesidad del muchacho y nadie se interesa por saber ¿cuál es la función de la grosería en la vida del alumno?

Para saberlo, basta con observar las reacciones de los implicados ante tales vulgaridades: 1) Nos impactan e incomodan, 2) Nos causan rechazo hacia sus usuarios y 3) Se presentan como un misterio compartido por los jóvenes.

Es decir, las groserías alejan a los jóvenes del mundo de los adultos, en el que, como niños, habían estado con-fundidos; pero ante el proceso de construcción de su identidad es necesario, ahora, el rechazo de la dimensión paterna (la muerte de los padres). A su vez, este rechazo necesita del refuerzo de los adultos para fomentarlo. El alejamiento ideológico es un factor necesario en la separación del niño y el adulto y, al mismo tiempo, en la separación de la edad infantil y la adultez en el joven mismo. Para ello, la formación de grupos es primordial, pues ante este trabajo de construcción de sí mismo requiere del apoyo y la confirmación de sus iguales justo en el momento mismo en que debe desligarse de la imagen de la familia de origen para poder saberse un individuo singular.

El rechazo de lo vulgar refuerza el mismo rechazo del joven por lo familiar. Pero en el ámbito escolar habría que preguntarse de forma seria: ¿qué posición debe tomar el profesor frente a la dimensión vulgar del alumno? Rechazar el lenguaje soez pone al docente en un lugar apartado del educando y lo obliga a jugar el rol de castrador, de tirano, de normalizador, es decir, el de participar de un dispositivo de poder; por su papel de autoridad contribuye, así, al proceso de alienación del joven ante su propia identidad, necesidad que es fundamental en un sistema socio-político como el neoliberalismo. Además, como corolario, el profesor, rechaza, en su empresa rectificadora, también su propia dimensión ordinaria, superficial y mediocre, lo cual se convierte en un afirmación de las relaciones asimétricas en la sociedad capitalista. Se educan sujetos escindidos de la sombra, listos para la línea de producción, para la auto-opresión, no para la libertad.

La enseñanza inconsciente (5)

Educación posmoderna

“La educación debe comenzar por la superación de la contradicción educador-educando. Debe fundarse en la conciliación de sus polos, de tal manera que ambos se hagan, simultáneamente, educadores y educandos.”

Paulo Freire, Pedagogía del oprimido

El docente, en pos de su labor, debe de reconocer al alumno cómo un sujeto completo en sí mismo. El adolescente y el niño no están incompletos, ni son inadecuados, no necesitan madurar, ni crecer o desarrollarse, esas son fantasías de la cultura que tendrían que ser reflexionadas debidamente pues están basadas en la visión progresista de la modernidad occidental y surgen aledañas al paradigma socio-económico imperante.

En realidad, el hombre no se desarrolla o mejora, simplemente ya es quién es, en cada punto de su vida, pues como sujeto representa la completitud de él mismo y su contexto en cada momento actual. Así, el joven y el niño son completos y tienen todo lo que requieren en todo momento y con cada experiencia; y si sus circunstancias lo permiten, se harán conscientes de sí en cada nueva faceta vivida.

La labor docente consiste, bajo esta perspectiva, en la construcción de puentes que permitan el acercamiento consciente de cada individuo hacia sí mismo, comenzando por el propio profesor, quien al poder estar de forma honesta frente a sí, permite que sus alumnos se reconozcan y puedan mantener la reflexión constante sobre sus circunstancias.

En cambio, si el docente se acerca al estudiante, protegido tras la fantasía de progreso, el joven siempre se sentirá inadecuado y reaccionará de una u otra manera a tal violencia, se esforzará por adecuarse, por lo tanto, a un modelo externo a su existencia y perderá la oportunidad, junto al docente, de ser quien es, en la búsqueda vana por tratar de ser quien podría ser.

El profesor como camino

Educación posmoderna

El profesor es un camino que los alumnos siguen, es miembro de su grupo y a la vez está fuera de él; cuando asoma la cabeza al mundo de los jóvenes aprende de ellos sus juegos, sus temas, sus palabras y sabe que aunque incompatibles con los cánones de la moral en turno son vitales para ellos. Entiende que palabras más absurdas son las de «niño» o “adolescente”, cuando son concebidas como un tránsito a un estadio superior, más deseable; pues realmente son momentos absolutos, absorbidos en sí mismos, en los cuales el individuo es todo lo que debe ser en ese instante. No le hace falta nada, el fenómeno siempre es completo.

El profesor mira fuera del mundo de los jóvenes a su propio mundo, que ahora ya no es el único, está absorbido en la otredad, y se descubre a sí mismo en lo que ha aprendido de sus alumnos; él no les enseña, él es enseñado por ellos, por el respeto a la alteridad que ellos significan. Juntos, entonces, construyen mundos nuevos, nuevas visiones y comparten el pan diario del proceso de íntima relación que implica el diálogo con el conocimiento.

Así, el profesor es un camino que él mismo ha de seguir, el cual es la única enseñanza que de verdad puede legar a las generaciones venideras, el aprendizaje de ser simplemente lo que ya es.

El psicólogo como pensador

Logos del alma

El fenómeno piensa siempre, lo hace a través de sus múltiples formas de hacerse presente. En su faceta como imagen y como emoción, aquello que se manifiesta es pensado desde su propia estructura lógica, lo hace aún en la opacidad de su materialidad. Por lo que atender al huésped que toca a la puerta significa poder estar a la altura de su complejidad y liberar al síntoma de su arrobamiento en la fisicalidad de la materia.

Así, el psicólogo sabe que la única certeza ante el fenómeno consiste en escucharlo de forma atenta, en tanto esto supone el arduo trabajo de poder contener el pensamiento mismo de aquello se manifiesta, en el recipiente de su atención liberada de prejuicios. Luego de esto, y una vez terminada su labor, todo la teoría se vuelve a rehacerse en él y es hora, entonces, de volver nuevamente a la briega. Tal es el ejercicio constante del pensamiento reflexivo y riguroso que le permite volver a iniciar, una y otra vez, el esfuerzo por comprender aquello que se le presenta.

La mente del psicólogo ha de estar aguzada por el constante ejercicio de la reflexión, sostenida por una cultura profunda, fruto del aprendizaje incesante y de la inmersión en los temas complejos de su contexto. Pero eso no es suficiente, el bagaje intelectual también puede ser un refugio del ego si el conocimiento no se auto-aplica y no se destruye su confianza en él mismo. El racionalismo es un subterfugio para escapar del esfuerzo de pensar el pensamiento del Otro.

Por lo tanto, la intelectualidad del psicólogo no es la del erudito, ni la del hombre de ciencia, aunque las conserva como estadios superados, sino que nace como el fruto de la propia destrucción de las bases intelectuales a través del pensamiento radical. De la cisura negativa sobre la inteligencia del pensador, surge el pensamiento vivo del fenómeno, es decir que emerge el proceso psicoterapéutico que sirve como hogar para el advenimiento de la consciencia del fenómeno. Porque, después de todo, no es el ente el que piensa, sino que lo hace el logos que subyace al fenómeno, en la vida lógica que lo permea.

El pensamiento del psicólogo, por lo tanto, es aquel pensamiento que ha superado el pensar subjetivo, individualista, y ha permitido que sea el Otro quien piense. Ese es el verdadero amor al conocimiento, dejar que las ideas, en su andanza negativa, se conozcan a sí mismas al desplegarse, aún a pesar del hombre.

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Logos del alma

Las ideologías y los dogmas son lugares sencillos a los que recurrir, proveen de un marco de ideas fijo, tranquilizador; permiten adaptar todo lo que existe a un modelo que parece flexible y benevolente, pero que determina tiránicamente al objeto. Por ello, hablar de tolerancia desde una ideología es un contrasentido, así como de amor y compasión. La desesperación y un impulso infantil de inmutabilidad nos llevan a estos lugares apotropaicos.

La ideología no es otra cosa más que una idea que, atrapada en su vuelo, ha sido sostenida con pequeñas agujas sobre una mesa de taxidermia. Vive, pero su propósito es trastocado por la intención de quien la posee. Literalizada, se ha vuelto una alegoría, es decir, un recurso técnico para proveer de la fantasía de una verdad externa que, de forma común, tiene la intención de defender al sujeto del encuentro con aquello Otro que, sin embargo, también es él mismo.

La institución religiosa actual es el prototipo de los sistemas dogmáticos, pues exige de sus adeptos un creencia ciega que se traduce en el sacrificio intelectual conveniente para sostener la incertidumbre propia de la existencia y, a su vez, crea la ilusión de un eje externo donde poder recargar la experiencia de la angustia. Ante este Gran Otro no hay que generar ninguna idea nueva ni permitir la mutación de las actuales, pues todo ya está escrito y ha sido dicho con antelación. No hay un cabello o una hoja que no se mueva en conformidad con un plan divino.

Pero no solo en la institución religiosa se cultiva tal actitud inquisidora, sucede también en la defensa a ultranza de cualquier cuerpo teórico, incluyendo a la ciencia. En psicología, por ejemplo, es común que las escuelas de pensamiento se vuelvan círculos herméticos, protegidos por lenguajes particulares y cuya resistencia ante la mutación de sus paradigmas pone en evidencia la defensa reactiva ante el miedo de que la teoría se mueva hacia el interior de sí misma. Se le mantiene, por lo tanto, detenida y no se permite que ocurra ninguna transformación en ella.

Por eso los dogmáticos tienen tanta seguridad en sus impresiones y ante ellos todo texto y todo fenómeno se somete a lo que ya se conoce con anticipación, pronto cualquier punto de vista distinto tiene que ser aborrecido porque no encaja con lo que siempre se ha dicho. Los podemos encontrar predicando la salvación, la diferencia entre el bien y el mal y corrigiendo continuamente a quienes no piensan de la misma forma, pues tienen la tarea autoimpuesta de ofrecer la Gran Salud a los pobres de espíritu.

Por lo tanto, en la actualidad, lo más difícil es dejar que el fenómeno se exprese tal cual es, que su alteridad trastorne la identidad y asumir que las ideas mutan y se vuelven distintas, que pensar implica estar a la altura del pensamiento del Otro, y que esto a veces requiere de nuestra propia destrucción. Es harto complejo amar al prójimo, ya que requiere dejar de verse a uno mismo para poder abrirse ante lo diferente, que es la única manera de amar y amarse de verdad, pues, lo cierto, es que yo siempre soy Otro.