La radicalidad perdida de la psicología junguiana

Logos del alma

La figura de C.G. Jung, en la actualidad, es poco atendida por la academia y por las diversas escuelas psicoterapéuticas, el autor permanece desconocido para la mayor parte de los psicólogos, hundido bajo el manto del misticismo y de la religiosidad, donde solo acuden aquellas almas perdidas e infantiles que han creído encontrar la respuesta a sus inquietudes metafísicas en el revivalismo de las antiguas cosmovisiones y de formas espirituales que ya han cedido su lugar en el mundo a nuevas configuraciones anímicas.

El trabajo de Jung fue una exploración continua de un solo tema, de una idea que recorrió su obra desde el principio hasta el fin: el estudio del alma. Desde su investigación con el experimento de asociación en la clínica Burghölzli hasta sus profundos estudios sobre la alquimia, el objetivo de Jung fue desentrañar la naturaleza de las manifestaciones psíquicas que aparecían de muy diversas formas a lo largo de la historia, como mitos, símbolos, arte y las múltiples imágenes que resonaban con lo que había encontrado en sus pacientes psiquiátricos y, luego, en la labor analítica en su consultorio particular.

Para Jung estas variadas manifestaciones simbólicas de la mente no eran metodologías ni disciplinas con valor propio, sino campos de experimentación donde la mente expresó para sí misma los constructos epistemológicos sobre los que sostenía su propio funcionamiento. El alma aprendió de sí misma en cada una de estas manifestaciones culturales. Por ende, Jung asumía que el estudio del lenguaje simbólico era una forma de entender, desde el paradigma científico, y más allá de él, la estructura de esta mente objetiva.

Por lo tanto, nunca hubo un Jung místico, yogui, gnóstico o mago, solamente existió un Jung psicólogo que buscaba el conocimiento empírico a través del análisis de la fenomenología de las representaciones anímicas. Desde este punto de vista la psicología analítica constituyó un avance revolucionario que propuso el estudio racional de la mente más allá del paradigma científico de la época, pero sin desechar su importancia metodológica y su aporte como la forma más refinada del pensamiento contemporáneo. La genialidad de su aporte estuvo en conformar una visión psicológica que prestaba oídos a los fenómenos y proponía verlos desde sí mismos, y no anteponer la visión de la cultura o la del sujeto.

La psicología como el estudio de la psique, o lo que Jung llamaba “una psicología con alma”, dispuso como camino de investigación, el acercamiento a los fenómenos psíquicos desde sí mismos, es decir que había que trasladar el foco de la interpretación del espacio del sujeto al de la psique objetiva. La radicalidad del movimiento analítico subyace en esa premisa particular: la psique crea la realidad cada día y el sueño solo habla de sí mismo. Es radical porque traslada el foco del análisis del encierro en el sujeto al campo abierto del alma, que paradójicamente, constituye la interioridad de cada fenómeno. Pone así en duda el antropocentrismo psicológico y hace justicia a la intuición freudiana que decía que el ego no es el dueño de su propia casa.

Además, la psicología junguiana surgió como una perspectiva radical frente a las psicologías positivistas de su época, con un acento en la emancipación del sujeto de los factores normalizadores de la sociedad y en el acrecentamiento de una consciencia fuera de los límites del individuo. No obstante, en la actualidad, corre el peligro de ser devorada por aquel dragón contra el que su fantasía de héroe se sobreponía, esto a causa de su inmersión en el mercado psicológico que tiene como objetivo la masificación y la implantación del pensamiento de la colectividad; lo que es contrario al acento de Jung en la diferenciación y la individuación, porque no solo el individuo requiere integrarse también la psicología necesita individuarse, es decir, recorrer el camino dialéctico de la diferenciación y la integración de su mismo concepto.

Sin embargo, en el campo de Deméter donde los adormilantes narcisos crecen, muchos psicólogos junguianos se han conformado con los esquemas utilizados por el gran maestro, regodeándose en una tipología limitante, temerosos de cualquier evidencia sobre la falta de rigurosidad de sus conceptos. Se adhieren, sin éxito, al esquema cientificista o utilizan sus grandes palabras para acercarse al público en general prometiéndoles ideales vacíos como la sanación, el crecimiento o una vivencia espiritual infantilizada. Su propósito, inadvertido, es la normalización del sujeto moderno y su culturalización en el circuito comercial de la sociedad capitalista actual.

En el mercado de las ideologías, la psicología junguiana se erige como un producto comercial más, una psicología que habla de conceptos que no aplica para sí misma. Ligada a las necesidades ideológicas de la época, se vuelve solo anima, una defensa perpetua contra la conjunción de su propio otro, del Hades sombrío y ultrajante que la lleve al inframundo real y la confronte, contra su voluntad, con su verdadera naturaleza. De ahí el desprecio por el pensamiento racional y su resguardo en el sacrificio intelectual que supone su acento en la emocionalidad histérica.

Apartado de la vivencia del concepto de individuación como la emancipación del espíritu de sus ataduras ideológicas, el junguianismo, al menos una parte de él, se ha transformado simbólicamente en un síntoma, una enfermedad del espíritu que pretende venderse como la cura contra aquello con lo que, inadvertidamente, converge. Muy lejos está de la liberación de Sophia que Jung adoptaba como un modelo para pensar la tarea de su psicología con alma. Así, desprenderse del dogma requerirá la irrupción de un pensamiento animus que confronte al proyecto junguiano con sus propias contradicciones, para liberarlo de las ataduras ideológicas que lo retienen y quizás poder hacer justicia al espíritu revolucionario que sopló alguna vez en la mente de C.G. Jung.

Ser junguiano, por lo tanto, exige hacer justicia al impulso primordial que fue la lava ardiente que dio impulso a la obra analítica, seguir pensando más allá de sí mismos los conceptos de su estructura teórica y dudar constantemente de toda empresa normalizadora que pretenda subsumir a la psicología al espíritu de la época; y sobre todo esforzarse por seguir cada uno su propio daimon, tal como lo hizo Jung, ya que antes que cualquier cosa, estar presente ante el fenómeno requiere ser uno mismo y ser uno mismo implica una aceptación radical del otro sombrío que llega como un huésped inquietante a reclamar su lugar como el verdadero habitante de la casa del alma.

El estado del mercado psicológico actual

Logos del alma

Entre los peligros que corre un enfoque psicológico centrado en el alma uno de ellos es la adecuación del mismo a la dinámica comercial del paradigma del desarrollo personal, es decir, aquella posición ideológica cuyo objetivo es cosificar al sujeto convirtiéndolo en un producto que se autoproduce, y se vuelve así un consumidor del discurso psicológico, de la autoayuda, que infla la importancia personal con la fantasía de que la psique le pertenece al individuo y que el alma es un epifenómeno de la experiencia cotidiana, ya sea como producto del cerebro o de la conducta personal.

Este paradigma antropotécnico ha devorado el cascarón vacío de un sin fin de prácticas ancestrales y de rituales religiosos para transformarlos en aparatos adoctrinadores que alimentan la gran máquina comercial de la época actual. Su matiz ideologizante aglutina en su esfuerzo tecnológico tanto a la nostalgia revivalista del neochamanismo como a la hegemonía reduccionista del cientificismo.

El esfuerzo del mito psicológico está dirigido a la erosión paulatina de las relaciones entre el sujeto y la vida anímica, enalteciendo la perspectiva unilateral que confluye con el valor del máximo beneficio, propio del espíritu de los tiempos. Desde esta visión, la proliferación incesante del capital es una forma de la maximización de la pulsión de muerte que objetiva todo proceso psíquico transformándolo en materia de control y eficacia, donde el ego sueña que el mundo está hecho a su imagen y semejanza.

Para el aparato de control psicológico, lo importante es la capacidad de replicación de sus resultados y la difusión de su ideología técnica en todas las facetas de la reproducción social. Se ramifica en las escuelas donde se vende en la forma de una educación socioemocional que tiene como fin dotar de herramientas pertinentes a los alumnos y maestros para gestionar emociones que consideran como propias, aunque las emociones realmente nunca han pertenecido a los individuos.

La narrativa psicologista también se multiplica en los medios de comunicación y en las redes sociales. Ahí se constituye como un espectáculo que emite de manera constante imágenes y videos reiterativos que aunque parecen tratar sobre diversos temas, tienen la única función de repetir un discurso ideologizante que sostiene la realidad de la cultura. Es en la lógica del meme, ese aparato de difusión que inocula a las personas de ideas que se vuelven virales, donde el concepto vivo del capital se apodera de la mirada con la que la gente observa al mundo. El trabajo del meme es la construcción de la realidad moderna.

Así, las plataformas de video y las redes sociales se hallan inundadas de psicólogos profesionales y amateurs que ofrecen consejos y opiniones de lo más prácticos para resolver las muchas afecciones de la vida común. Se difunde un evangelio de la voluntad y del crecimiento personal que propone la curación del dolor, el fin de la angustia y la evasión del conflicto como las metas culturales de una sociedad que no soporta la incertidumbre y el sufrimiento propios de la asunción de la otredad.

Pero vivir, supone la experiencia del otro, de la sombra que se cierne sobre cada individuo en la forma de un peregrino oscuro cuya presencia se anuncia en la aparición del síntoma, en la inquietud de la angustia y en la asunción de la muerte. Es el animus asesino que lleva al hombre más allá de su existencia virginal, del encierro en su subjetividad y lo obliga a asumir el mundo como un peligroso terreno dialéctico, donde la amenaza perenne es el alma misma, ese gran otro.

Por eso la psicología hegemónica enarbola al ego como el objeto y sujeto único de su estudio, en el fisicalismo del cerebro, en el reduccionismo de la conducta o en el misticismo del inconsciente, todos los fenómenos psíquicos han de surgir del individuo y para el individuo, y donde debería haber un otro, tiene que estar el Yo, con mayúsculas, inflamado de importancia y despojado de sus relaciones psíquicas.

De esta forma, los sueños, los síntomas, las imágenes y los deseos son entendidos como patologías (pathos-logos) del yo, que traen mensajes, tareas e información sobre la vida de las personas. Éstas últimas tendrían que aprender técnicas de control para aprovechar de manera eficaz sus manifestaciones anímicas y acudir a talleres de psicología femenina, de control de la ira, de búsqueda de la vocación y del sentido personal, de la administración de las emociones, del descubrimiento del trauma, de la sanación del niño interior o de la herida de abandono, en constelaciones familiares, terapias breves, procesos cognitivo conductuales o cualquier otra dinámica de entronización del ego.

Ante la marea negra de la psicología positiva, la posición junguiana se sostiene como una postura crítica hacia el materialismo y hacia el individualismo que impregnan a una ciencia que tiene como destino el alma como un proceso objetivo y autónomo, y que de ninguna manera ésta sujeta a las vicisitudes del individuo y su limitado horizonte. Sin embargo, en el frenesí de no ser descartada como una opción en el mercado de psicoterapias en le presente se ha alineado cada vez más a las necesidades comerciales de la época.

Los analistas venden un paradigma que utiliza las imágenes míticas, los sueños, la alquimia y otras representaciones psíquicas como moneda de cambio para lograr la aceptación del gran público. Promueven el descubrimiento de las diosas de cada mujer, del mito personal, de los mensajes de los sueños, por medio de mandalas, cajas de arena y demás instrumentos que guardan en su núcleo conceptual el mensaje moderno, anti-psicológico, de que la psique debe servir al individuo y que el alma es el dominio del hombre.

Lo anterior forma parte de la institucionalización de la psicología analítica, donde mora la visión pecuniaria en la que el alumno es un cliente que debe ser complacido, a quien no se le debe exigir demasiado para no lastimar su ego y al cual se le debe proporcionar comodidad consigo mismo y un confort teórico que lo motiven a consumir más de los productos que se ofrecen en el mercado de la formación psicológica.

Sin embargo, este lucrativo negocio de ensamblaje de psicólogos no permite que el profesional entrene su mente para el difícil y arduo proceso de ingresar al ámbito psicológico, pues no es el material quien debe estrecharse para ser comprendido, sino que es la mente del sujeto la que debe ampliarse para comprender las vicisitudes del fenómeno que se le presenta. Sin la complejización del espíritu racional la visión de los fenómenos permanecerá reducida y pretenderá que éstos se acoplen a la miseria de sus limitaciones

Por ello, es tan común que los psicólogos no toquen nuevamente un libro luego de su formación o que solo acudan a materiales y formaciones que les confirmen lo que ya saben. Para ellos estudiar un tema significa homogeneizarlo de tal manera que siempre les diga lo mismo. Pero una mente abierta no puede confirmarse en aquello que estudia, al contrario, su investigación continua lo confronta con nuevos retos y frustraciones, y el psicólogo permanece en ese despedazamiento continuo que es la comprensión y el encuentro con el otro, para que sea el tema quien haga el trabajo en él y a fuerza de persistir experimente la mortificación del pensamiento del fenómeno psicológico.

Querer ser psicólogos sin pagar el precio de dicho atrevimiento es el nombre del mercado de formación profesional actual, cuyo ambiente lingüístico incluye palabras como: “curación”, “auto cuidado”, “crecimiento personal”, “integración” o “resiliencia” y que se engloban en la idea de que el campo de lo psicológico tiene como centro a un solo complejo, el ego, alrededor de cual deben girar las demás dimensiones del alma; en ese sentido aún se está a la espera del giro copernicano en la intrincada teoría psicológica que reivindique a la disciplina como una ciencia del alma y para el alma.

La bella y la bestia o sobre la opresión femenina

Logos del alma

Y sabed esto también, aunque mis palabras hieran con fuerza vuestros corazones.
El asesinado es también responsable de su propio asesinato.
[…] Y el justo no es inocente de los actos del malvado.

Khalil Gibran, El profeta

Uno de los motivos más importantes en el corpus junguiano es la relación enantiodromica de cualquier fenómeno psicológico, donde se entiende que todo proceso se confronta, en algún momento de su movimiento lógico, con su opuesto, como el otro de sí mismo. Así, el mal devendrá bien y la víctima será concebida como victimaria, bajo esta luz nada puede permanecer indemne, ni presuponer inocencia, ya que todo se apresura hacia su contrario.

Jung utilizó las imágenes del anima y del animus para entender la relación intrínseca de un momento dado del fenómeno psicológico con su opuesto, dicho lazo de unión puede ser comprendido desde las figuras clásicas del mito o de los cuentos antiguos, por ejemplo la Bella y la Bestia, un antiguo cuento francés que se relaciona con la historia de Apuleyo sobre Eros y Psique.

El viejo motivo de La Bella y La Bestia puede ser leído como un relato sobre la conjunción de los opuestos, sin embargo en ocasiones es asumido como la representación de la amenaza masculina hacía el desarrollo femenino, la bestia entonces sería un animus negativo que invade la psique femenina y la encierra en ideas fijas y lógicas anquilosadas. Por supuesto, tal es la historia contada desde la mirada de la propia doncella virginal.

Pero el arribo de la bestia es también la entrada al mundo de lo desconocido, a un nuevo momento dialéctico que ha sido hechizado por un hada malvada la cual no ha sido reconocida de primera instancia y que, por lo tanto, aún no ha llegado a la consciencia de sí. La presencia de la bestia como la llegada del otro a la consciencia de sí, en este sentido comparte un trasfondo similar al cuento de Barba Azul donde un anima ingenua es amenazada, hasta la muerte, por su propia curiosidad asesina.

Para el punto de vista del anima virginal la irrupción del animus debe ser un acto bestial. El animus ha de tomar la figura de un asesino, del rey del inframundo emergiendo debajo del campo de flores; la violencia de su efigie corresponde al propio miedo del anima ante el movimiento de su posición actual a través de la negación de sí misma.

Tanto la Bella como la esposa de Barba Azul son llevadas por un impulso frenético que no les pertenece, tentadas a probar del fruto prohibido, y una vez que la doncella Psique es guiada al umbrío castillo y puede reflexionar, es decir, reflejar en sí misma la dimensión animus de su experiencia, es entonces, durante su muerte próxima o su ultraje, que puede por fin llegar a ser la esposa, la soror mistica, no de la bestia, sino de su propio concepto, porque la consciencia la ha trastocado.

No obstante a pesar del los finales reconfortantes, no se debe de olvidar que la Bestia, Barba Azul, la puerta o la habitación prohibida y el principe o el hermano, no son figuras distintas sino momentos precisos de la irrupción del animus y de su integración en el fenómeno presente, ellos representan la negación que destroza, la irrupción violenta de la otredad.

El cuento de La Bella y la Bestia, desde esta posición de análisis implica el relato del anima descubriendo su contraparte en sí misma e interiorizando lo que hasta entonces estuvo en la superficie como un síntoma inconsciente. Tal situación es vivida como una terrible violencia, pero es así porque el movimiento dialéctico constituye primariamente una matanza de la posición de la que se aleja.

Realmente no es importante la salvación y es posible que las figuras soteriológicas no sean sino recursos, posteriores, para suavizar el impacto emocional de la muerte, que es el verdadero destino de la conjunción. El hermano que llega o el hechizo que se rompe suavizan el destino aciago de la protagonista, pero ella debe morir, y debe hacerlo de forma horrenda. El alma no puede hacerse consciente de sí misma y permanecer intacta.

“Anima” y “animus” no son dos personajes, ni lo masculino o lo femenino en su realidad contrasexual. Son dos posiciones del mismo fenómeno, que se confrontan para dar vida al movimiento dialéctico del concepto subyacente. Se nombra anima a la dimensión inconsciente que espera ser preñada por la consciencia de sí misma, donde el otro parece venir desde fuera, pero en verdad ocurre como su propia interioridad.

Quizá se podría entender el relato moderno sobre la opresión femenina desde el movimiento psicológico como una narración del miedo del alma por verse a sí misma en el otro. Ahí se encuentran el terrible hombre del patriarcado, la dama despojada de su fuerza, la nekya de la virgen bajo el yugo de las instituciones y de la historia. Es muy probable que esta narrativa de tipo feminista no sea sino una actualización del tema de la conjunción de los opuestos, que, no obstante, es literalizada y detenida en un momento y convertida así en ideología.

La opresión femenina encarna, por razón de su materialidad, la lucha de personas que en principio no hacen sino identificarse con motivos que no les corresponden del todo, pues el drama psíquico no responde a la moral imperante ya que guarda en sí sus propias motivaciones.

Es así que este movimiento feminista, en su rama hegemónica, se constituye como la defensa de la posición puramente anima que observa a su perpetrador fuera de ella y que condena a éste a cargar con su propia contradicción. Sin embargo, en la experiencia de la opresión está también el deseo y el esfuerzo implícito por ejercer dicha facultad, de ahí la acusación de algunos sectores por los tintes totalitarios de las posiciones feministas más radicales.

Es posible que la visión de la opresión femenina sea un momento en el tema del anima asumiendo su parte sombría y la llegada de una violenta posición desde el animus, que resulta más terrible mientras mayor resistencia se ejerza hacia su devenir otro. Quizás, si se entiende a este proceso o como la asunción del otro en sí mismo, ya no será necesario bestializar a un genero u otro sino aventurarse en la experiencia de descubrir y amar esa bestialidad que representa la vivencia primera del encuentro con el prójimo.

Masculino y femenino, anima y animus, realmente no tienen forma alguna y no pertenecen a la realidad de las personas, son conceptos que se proyectan en ciertas figuras que a veces pueden ser el hombre o la mujer, pero en realidad hablan únicamente de la experiencia del alma ante el descubrimiento de su verdad interna.

La asunción del otro, si persiste, descubre que la bruja que bestializa, la dama que desencanta y el asesino que se cierne como una cruel sombra son uno y lo mismo en el camino dialéctico del concepto llegando a casa, a la consciencia de sí como una noción absoluta. Tal es la lógica del encuentro, de la matanza que espera a cualquiera que traspase el jardín de espinas de la verdad.

En realidad no nos importa

Logos del alma

Años atrás, la esposa de un conocido político dio de que hablar al portar una prenda con el lema: «Realmente no me importa», a la vista de todos en medio de un evento caritativo. Independientemente de la explicación, significó un lapsus que puso en evidencia la débil delimitación entre el orden de los valores vigentes y los ejes de la cultura del espectáculo y del máximo beneficio, donde lo importante no es el acto semántico (la caridad) sino la sintaxis que muestra de forma expresa el verdadero sentido del quehacer político: sostener la farsa neurótica de un conjunto de valores ya obsoletos para la colectividad.

El dilema implícito tiene como condición el rol de la responsabilidad del individuo en un discurso social que constantemente lo culpabiliza y lo impulsa a resolver los dramas sociales: la contaminación, los conflictos armados, la delincuencia, la pobreza, entre tantos otros que se supone se resolverían si la voluntad de los sujetos se lo propusiera verdaderamente. Como Campbell Jones lo argumentó en su ensayo “El supuesto sujeto del reciclaje”, dicho traslado de la culpa del sujeto agente a la persona, predispone las condiciones que perpetúan el sistema social vigente y las mantiene en su lógica determinada.

Por eso es complejo entender cuando una buena acción objeta en el nivel de la semántica a un problema moral específico, mientras en el plano de la sintaxis su intención es la de conservar las reglas del juego al que se opone. Como indicaba Krishnamurti se buscan cambios llamativos para evitar el desmoronamiento de una sociedad doliente y es posible que incluso el impulso humanitario que permea en las almas buenas no sea otra cosa que un mecanismo de homeostasis que tiende al horror como su opuesto dialéctico, de tal forma que en el cultivo de las buenas intenciones se requiere que alguien se haga cargo y encarne el lado terrible de la realidad.

En el cuento “Los que se marchan de Omelas” de Ursula K. Le Guin, se narra la historia de un pequeño reino llamado Omelas cuyos habitantes viven de forma paradisiaca, sexo libre, comida abundante, drogas sin adicción, completa libertad, felicidad constante; el placer llena la existencia de los habitantes de Omelas, excepto por uno de ellos, quien sostiene toda la felicidad del lugar. Aquel es un niño que ha sido encerrado en una torre solitaria, en un cuarto estrecho y miserable; maltratado con el desprecio, arrastrado al retraso mental por la falta de contacto y olvidado por la mayoría de las personas. No obstante, el sufrimiento interminable de este niño permite la felicidad inmarcesible del pueblo. Casi nadie piensa en él, pero todos saben la verdad y solo algunos cuantos, al reflexionar detenidamente en el asunto, son los que se marchan de Omelas.

El cuento de Le Guin es una alegoría moral que se inscribe en la crítica de la sociedad capitalista, caracterizada por el consumo desmedido y la explotación constante de todo tipo de vida y de los recursos necesarios para que ésta subsista. Supone que el máximo beneficio, que es el valor supremo de la cultura, hace pagar un precio muchas veces invisible para la ingenua mirada cotidiana del ciudadano común y corriente; ese intercambio está representado por el chivo expiatorio en la forma del niño maltratado y por la conversión de los recursos materiales en divisas abstractas. En esta sociedad las personas conviven bajo una dinámica económica en la cual no reparan más que en lo presentado por los medios de comunicación. Su aprobación e indignación están mediadas por los intereses y la influencia de los mass media.

Pero la pobreza, resultado del desequilibrio económico, no atañe únicamente al oficinista, ni al obrero o al maestro como contraste de la fortuna de los grandes dueños del capital; la miseria se extiende hasta los ámbitos más recónditos de la explotación, por ejemplo: en las minas de coltán en África, en la esclavitud infantil en la India, en la trata de blancas en Europa, en la pornografía infantil en México y otros tantos hechos devastadores como las guerras ininterrumpidas, la migración forzada y el hambre. Tales situaciones parecen poder remediarse si tan solo el individuo las atendiera y alguien, de preferencia un político o un gran potentado, ofreciera los recursos necesarios para solventar su disminución. ¿Pero acaso es posible la reparación de estos males?

En términos psicológicos el resarcimiento promete volver al punto inicial del trauma y remediar el agravio, como si éste jamás hubiera ocurrido. Es la idea latente en las relaciones neuróticas donde los miembros se ven a atrapados por la fantasía de la restauración de los daños y luchan incansablemente por esa esperanza vana. No obstante la flecha del tiempo tiene una sola dirección y el sujeto ha de asumir que lo ocurrido no puede recomponerse en absoluto. La herida no es un accesorio tortuoso, es realmente el núcleo de la personalidad y como la historia de Filoctetes lo muestra es incluso imprescindible para definir al individuo.

En el contrato social es el propio estilo de vida al que las personas se abocan religiosamente lo que sostiene el horror interminable de los desdichados y su ceguera sobre su participación en el gran holocausto es el motor que impulsa lo más repudiado en el mundo. La gente aborrece el sufrimiento del prójimo más cercano, pero pocas veces siente curiosidad por la miseria de quienes se esconden en la recóndita torre de la explotación extrema, cuyas vidas han dejado de tener valor; y cuando por persuasión de la publicidad se les dedica un momento de atención a los invisibles, quizá un nudo se forme en la garganta de las almas buenas y el pedazo de pan no lo tragaran de inmediato, pero la vida moderna termina por llamarlos a su encuentro y a olvidar el exterminio de los otros.

Los buenos hombres besan en la frente a sus hijos por la noche y hacen el amor con sus esposas y al otro día se preparan para el trabajo cotidiano y olvidan el lacerante dolor ajeno. En eso consiste la vida moderna, en la recursividad amnésica de la desdicha de los otros. Para la psique el traslado del contenido consciente al inconsciente es una condición de la economía mental que permite que lo demasiado abrumador no perturbe la normalidad de la experiencia. De tal manera que lo rechazado se convierte en territorio de la sombra, que por principio no puede reconocerse a menos que se haga un esfuerzo demasiado grande o que ocurra un trauma inconcebible que desmorone las estructuras ya conocidas de la personalidad. Mientras tanto el otro permanece lejano y amenazante.

Hay personas que no pueden vivir con estos hechos y crean fundaciones, centros de ayuda, organizaciones sociales, algunos donan inclusive grandes fortunas para intentar remediar estos males y quizá liberan a muchos desdichados del trato inhumano al que estaban condenados, pero la atrocidad no termina, se multiplica como un cáncer en otras regiones y el trozo de maleza cortado es sustituido de inmediato por uno nuevo. Pero aún ellos, los caritativos, pueden vivir de forma decente, tener acceso a la cultura y disfrutar de los bienes materiales que las víctimas no. Realmente los compasivos no se han marchado de Omelas, solo procuran un poco de bienestar para el niño que sufre, pero Omelas permanece para ellos como la lógica intrínseca del alma.

La pregunta que surge entonces es la siguiente: ¿es posible, para el ciudadano moderno, marcharse de Omelas?, para responder es debido puntualizar que no importa el discurso semántico bajo el cual se viva, éste se sostiene en la dialéctica que comprende la construcción y la destrucción, el cosmos y el caos, Eros y Tanatos. El hombre necesita, para que su estilo de vida permanezca, intentar remediar la injusticia y fracasar, es debido este camino del desaliento para que la ruina ocurra fuera del sistema, o por lo menos que suceda lejos de la parcela de los hombres piadosos, que identificados con la bondad precisan experimentar su opuesto dialéctico en la miseria de los menesterosos y en el terror de los masacrados.

Las buenas intenciones no buscan la solución, en cambio procuran la proyección de la matanza lógica encarnándola en víctimas reales, por ello la vida de cada persona al identificarse con el elemento constructivo de la realidad incrementa las atrocidades. Debe propagarlas como medida apotropaica. La sociedad occidental contemporánea expresa un discurso que a nivel superficial promueve el fin de la barbarie, pero que para sustentarse ha de alimentar el holocausto, de manera inconsciente, con el sacrificio de millones de personas. Por eso los propósitos benévolos no son suficientes, porque en ellos la lógica que sostiene las relaciones económicas y sociales no es tocada verdaderamente, permanece intacta e inadvertidamente los individuos la permiten, son sus humildes y fervorosos adeptos.

Aunque cause indignación la destrucción sistemática de las selvas, la polución, el sufrimiento constante de los niños, las mujeres y los hombres que son combustible del sistema, no hay nadie que no esté involucrado en la empresa neoliberal que se multiplica incesantemente. El dueño del capital que dona la mitad de su fortuna para remediar el mal en el mundo no se da cuenta de que la lógica del capital es lo que ha llevado al mundo a la destrucción, su desprendimiento ingenuo también multiplica el salvajismo. Este asunto ha dejado la elección detrás de sí hace mucho tiempo y hay un destino religioso que subyace a ese gran laberinto de voluntades inútiles.

Omelas es la separación del sumo placer y el sufrimiento y lo que sus habitantes omiten es la asunción del intercambio necesario entre uno y el otro, la unidad de la unidad y la diferencia. En contraste con el cuento de Le Guin las personas no se marchan ni pueden hacerlo, su vida está dedicada a la expansión del horror, donde los pequeños placeres descansan en la ignominia, en la muerte y la miseria de muchas otras personas; y aunque se desprendieran de sus ropas y desnudos abdicaran de las comodidades, no pueden desprenderse del manto lógico que los envuelve. Omelas no es un lugar donde se pueda ir y venir, es simplemente el mundo en el que se vive y mientras así continúe, por más preocupados que estén los buenos hombres por la desgracia de los otros, por más indignación y lagrimas, en realidad no nos importa.

Orfeo o el impulso de realizar lo femenino

Logos del alma

Las imágenes psíquicas son completas en sí mismas, representan su propia finalidad y la encuentran en la narrativa que construyen. El relato de las mismas es la trayectoria de una noción que se despliega en un plano pictórico y que constituye, a la vez, su propia vasija, la materia dentro de la misma y el calor que le da movimiento lógico. Esto es así para los mitos, los sueños y aquella trama onírica que se denomina como la realidad. Por ello, la labor psicoterapéutica consiste en asistir al desarrollo del guión implícito en la experiencia, sin desear que sea distinto.

Por ejemplo, se puede pensar en el mito de Orfeo quien bajó al inframundo en busca de su amada y la perdió al ser engañado. Platón decía que en aquel episodio mítico la imagen de Eurídice no era la verdadera sino un simulacro que sustituyó a la que permanecía en los dominios de Hades. Orfeo emprende así un viaje únicamente por una imagen, porque acaso lo más amado es la imaginación, aquella poíesis divina que otorga profundidad a la realidad, por ello este hombre fue capaz de enfrentarse al Cancerbero y yacer frente al trono de Plutón y Perséfone, únicamente para ofrecer su propio deseo vacío en prenda.

Orfeo no debía mirar hacia atrás, sus ojos tenían que permanecer al frente, pero languidecieron, el miedo a perder a su mujer y el regocijo por sentirse cerca de la meta, lo obligaron a voltear la mirada y entonces Eurídice, la gran justicia, se desvaneció. ¿Acaso no estaba previsto que los muertos no tienen más lugar en el hogar de los vivos? Los muertos lo son porque su imagen ha abandonado la literalidad de la carne, se han marchado de su forma positiva para ser, por fin, la metáfora raíz que yace irremediablemente en el reino de la psique.

Morir es permitir que la imagen viva se alimente del cadáver que ha sido y se muestre en su naturaleza prístina. Es la constitución de un fantasma que se interpone entre el sujeto y el objeto de su deseo. Éste último nunca debe cumplirse ya que no pertenece al mundo de los vivos, es un objeto oscuro que guarda en sí mismo, en la masa infinitamente condensada de sí, la totalidad del inframundo. Por ello, Orfeo no puede recuperar la union naturalis de la mujer y su imagen; ellas se han separado para permanecer finalmente juntas. Orfeo no recobra, jamás, la imagen perdida, ésta se ha disuelto en la consciencia de la consciencia.

Es justo decir, que una imagen no pude permanecer demasiado tiempo en el mundo diurno, su reino no es de este mundo, las contradicciones inherentes instan a que la negatividad dialéctica pronto haga su tarea y que de la imagen surja la noción estructural que guía a la forma pictórica a su hogar lógico, mismo que ha de descomponerse en la representación para liberar el concepto implícito. Este tránsito es el destino de los ídolos, tal como se observa en las teorizaciones de la psicología profunda, es el paso del objeto imaginado a su interiorización como una imago o como un complejo construido alrededor de un modelo arquetipal.

Hijo de Apolo y Calíope, Orfeo tenía el don de calmar a las bestias con su musica, pero también traía tranquilidad al alma de los hombres, lo cual indica el parentesco entre el anima y lo animal, ambas expresiones de la vida que aun yace sumida en el adormecimiento de lo material y que requiere ser cultivada, es decir negada, para ser liberada de su aprisionamiento en la fisicalidad. Pero el éxtasis de la musica es una vía que no necesariamente se vuelve reflexiva, es común que la musica avive o adormezca la vida emocional de la psique, pero no provoca una diferenciación de la misma, la emoción permanece en el mudo estertor de la expresión concreta.

No basta con exaltar la emoción, pues como decía Jung “ser emocional ya va camino de una condición patológica”. La emoción guarda, también, en su corazón, un concepto que le brinda sentido y que, por lo tanto, espera agazapado a que su explosiva actuación despeje la vía de la comprensión por la cual su forma lógica transitará hacía sí misma como lo pensado en el propio pensamiento del fenómeno. Pero permanecer y adorar la expresión emocional es una forma de literalizarla, propia de las teorías psicológicas que desprecian la postura teórica y exaltan la búsqueda del insight y del shock emocional.

En una cultura que tiene por objetivo asimilar la otredad al ideal del individuo atómico, la promoción de la emocionalidad sirve para sus fines comerciales. La publicidad procura impresionar a los consumidores, despertar en ellos la ansiedad y la angustia propias de la modernidad y ofrecerles un sustituto que los conmueva profundamente pero que anule su capacidad crítica. Y la psicología junguiana comulga con este propósito al confundir la experiencia numinosa del tremendum con la presencia de un dios vivo que confirma su tratamiento. La emocionalidad como sinónimo de curación y bienestar.

En otro momento Orfeo rechazó el amor de las sirenas, mitad mujeres, mitad aves de rapiña, una imagen iterativa, un pleonasmo, pues qué es la mujer sino lo misterioso que desgarra, aquello que ata con el hilo del destino; no es extraño que su esposa Eurídice haya preferido morar en el submundo, el hogar del alma, y que el pobre Orfeo haya terminado sus días despedazado por las bacantes. Hay en esta historia un impulso por reificar a la mujer perdida, aún cuando ésta has sido metaforizada y llevada a su forma más sutil.

Quizás Orfeo fue quien instigó a Jung a vanagloriar la asunción de Maria, un asunto demasiado humano, como un suceso del alma. No se dio cuenta de que la mujer hace mucho tiempo que se había liberado de lo femenino, que ya los patrones arquetipales la habían condenado a vagar desnuda por el mundo, con la marca imborrable de tener que ser ella misma. Mientras tanto lo femenino, que un día fue una diosa de la naturaleza, luego un cráter y por fin un sustrato lógico, ha emergido como la noción puramente negativa que siempre fue, la Pistis Sophia.

El mito de Orfeo es el mito del alma que no debe salir del inframundo, que ha de encerrarse en sí misma, interiorizarse; y del asesinato necesario del ego, en la manía, ante el fracaso de intentar guiarla, sin saber acaso que amar al alma es sumergirse en sus aguas, pues ella es el camino hacia la verdad y la verdad en sí misma, y también que entregarse al otro es, esencialmente, ser despedazado. Un caso distinto al de Orfeo es Butes, quien al escuchar el canto seductor de la sirenas se lanzó al mar listo para el amor y para la muerte, por supuesto fue bendecido por Afrodita y su estirpe se multiplicó como la espuma del mar.

No obstante, más allá de la comparación entre un mito y otro, el psicólogo requiere asumir que el relato que escucha tiene su propia finalidad en sí mismo, que está herméticamente cerrado sobre sí. Orfeo debe perder a su amada y desear, ilusamente, rescatarla, necesita querer realizar lo femenino en la mujer para encontrar el fracaso ineludible, debe vagar solo por el bosque, tiene que despreciar el horror de la sirenas y precisa ser despedazado por las bacantes, su destino es ser consumido por el afán de su deseo, y está bien que así sea, eh ahí la esencia de la psicoterapia.

Hay que experimentar, pero también razonar

Logos del alma

En el nicho del pensamiento junguiano, frecuentemente se escucha el argumento que dice que los conceptos de la psicología analítica deben ser atendidos no por la razón, sino exclusivamente por las dimensiones emocional, intuitivas y espirituales de la existencia, es decir exclusivamente por la experiencia de la subjetividad irracional. Estas “razones” se erigen, sobre todo, cuando hay cuestionamientos sobre los principios lógicos que sostienen el edificio teórico de la disciplina, surgen como un mecanismos de defensa contra cualquier duda o crítica que se pudiera dirigir hacia lo que es sabido como un dogma.

Hay un marcado desprecio por el ejercicio reflexivo y por la revisión profunda del aparato teorético en la psicología analítica que ha degenerado en un ambiente académico empobrecido, plagado de formaciones superficiales que prometen una apropiación indolora de los conocimientos necesarios para adentrarse en el trabajo junguiano, sostenidas en abordajes confusos y en la connivencia con las corrientes populares de la narrativa psicológica de la autoayuda, generando así posturas antipsicológicas que impiden la integración debida del opus analítico.

Esto indica que para algunos la psicología junguiana se ha convertido en una ideología que es indispensable defender semejante al relato de Jung acerca de la exigencia de Freud: “Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual. Es lo más importante de todo. Vea usted, debemos hacer de ello un dogma, un bastión inexpugnable”, inmediatamente Jung comentaba que esto lo perturbo pues un “dogma, un credo indiscutible, se postula sólo allí donde se quiere reprimir una duda de una vez para siempre. Pero esto ya no tiene nada que ver con una opinión científica, sino sólo con un afán de poder personal”.

De esta manera se puede entender que la irracionalidad como respuesta ante la crítica conceptual guarda un factor personal que es proyectado posteriormente en la teoría. Se desprecia lo teórico por causa del miedo a que las ideas que han edificado la comprensión del mundo se derrumben al salir de la caverna platónica. Esto es un reflejo básicamente del miedo del ego a su propia muerte, a la entrada de la dimensión personal en la nigredo del proceso de hacer alma, de la cual el ego no podría salir indemne.

En cambio, la entrada a la psicología exige del profesional, un acercamiento completo de todas sus facultades, racionales y e irracionales, con el propósito de no subsistir, de ser superado en el curso del trabajo con las imágenes psíquicas, es la lógica en ellas mismas, la noción que las configura quien debe prevalecer en el quehacer psicológico, no el hombre, ni sus esperanzas de autoedificación y bienestar. Ser junguiano impele a que sea el alma quien se piense a sí misma.

En su vejez, Jung recordaba que de niño, al ser consumido por la necesidad de explicarse el misterio de la trinidad, buscaba respuestas en su propia familia de sacerdotes y no podía encontrarlas de forma satisfactoria. Más tarde, a sus dieciocho años, las discusiones teológicas con su padre terminaban con las recriminaciones de éste, quien le solía decir: «tú quieres pensar siempre. No hay que pensar, sino creer». Jung se daba cuenta que su padre estaba atormentado por el dolor de la encarnación de Cristo y que para protegerse de esta experiencia había cometido un atentado contra su razón, había llevado a cabo un sacrificium intellectus para no ser tocado por el dios vivo. Así, vio con decepción al hombre devorado por el dogma, tanto en la figura de su padre como en la de su gran amigo Freud.

“No hay que pensar sino creer [o sentir]”, es el nuevo lema del pensamiento psicoterapéutico, donde se desestima cualquier intento por explorar los vericuetos de lo teórico con el estigma de estar haciendo “filosofía” en lugar de psicología, como si ésta última no tuviera una raíz filosófica que la determinara. Tal actitud empobrece de forma notoria el abordaje teórico y la misma práctica que indefectiblemente es una teoría puesta en escena, y que cuando no hay comprensión de los principios racionales de aquello que se hace, entrega al sujeto a la acción irrefrenable que se ha denominado como “manía”.

Para los griegos la manía era la entrada de un dios que se apoderaba de la razón del sujeto y que actuaba por medio de él, un sentimiento irrazonable que tomaba posesión del individuo y lo impulsaba al frenesí del deseo, a la emoción sin límites, lo que explica el porqué del auge del culto a la emoción en los círculos terapéuticos actuales, que además sirve a propósitos políticos puntuales, pues la persona centrada exclusivamente en su vivencia primitiva no alcanzará las cotas de criterio para atender los problemas de su sociedad, su posición estará cimentada por la opinión propia de la pos-verdad.

Paradójicamente el sacrificio intelectual de la psicoterapia junguiana es también una teoría y un ejercicio del pensar, pero de un pensamiento que se refugia en la vivencia para no atender su matiz racional. Se convierte así en un acercamiento neurótico a la realidad del alma, porque no puede tomar una posición rigurosa ante las necesidades psíquicas que se estructuran como complejos autónomos cuyo despliegue arrastra al sujeto a una vivencia superficial y sin compromiso.

Después de expresar la recriminación paterna por querer pensar, Jung recuerda: “Yo pensaba: No, hay que experimentar y saber”, tiempo después frente a la irrupción de las fantasías que acaecieron durante el periodo posterior al rompimiento de su amistad con Freud, en una ocasión en que se preguntaba: “¿Qué hago realmente?”, una voz femenina perteneciente a una paciente le acometió con la sentencia: “Es arte”, pero Jung entendió que esta figura, que más tarde denominaría “anima”, veía el mundo en blanco y negro, y entonces pudo responder: «No, no lo es. Por el contrario, es naturaleza». Es decir, Jung tomó un lugar de la experiencia sintomática y se diferenció del complejo.

La labor con el Libro Rojo, y los Libros Negros, son vistos ahora como una parte esencial de la obra junguiana, incluso como su máxima expresión, porque muestran el matiz experiencial de su aventura psíquica en un sentido más crudo que en sus trabajos teóricos, pero exagerar la importancia de este trabajo olvida el hecho de que Jung no buscaba su publicación, porque para él no eran sino borradores que más tarde volvería a elaborar en su amplia obra escrita. Es decir que su experiencia subjetiva tendría que ser refinada y puesta al servicio de su trabajo profundamente intelectual.

No hay que experimentar solamente, también es requerido formar una estructura teórica lo suficientemente rica para poder sostener la comprensión intuitiva que pudiera venir de la experiencia con estos contenidos. Es el requisito de todo aquel que se acerca seriamente a la obra junguiana refinar su pensamiento hasta ser capaz de estar a la altura de las imágenes psíquicas que le corresponden, al mismo tiempo que se diferencia de ellas y asume la imposibilidad de su empresa.

Los defensores de la creencia cruda, de la pura experiencia, olvidan la enorme cultura e inteligencia que Jung ejercitó de forma constante en su labor científica y, por lo tanto, no asumen el trabajo duro que requiere pensar incesantemente en los conceptos que le dan forma a la vivencia. Es verdad que racionalizar puede convertirse en una forma de evitar la comprensión del fenómeno abstrayéndolo de su contexto, pero atenerse solo al conocimiento empírico condena al olvido de la totalidad del mismo, porque un fenómeno psicológico no es el éxtasis o la emoción de su epifanía, más bien se dispone como la noción que se presenta encerrada en su fisicalidad y ante la cual hay que asumir la fatigosa tarea de pensarla para permitir que brote hacia la consciencia de sí misma.

En esta obra terapéutica una razón refinada será el requisito previo para poder sostener la vivencia y contribuir a que el pensamiento presente en el fenómeno pueda ser pensado, pues el síntoma no es sino la conjunción, inadvertida, de una teoría y una práctica que son ciegas la una de la otra y cuyo hierosgamos no ha sido razonado adecuadamente. En este sentido el acto de pensar es la cópula de la experiencia y de la razón y el altar dedicado al dios que ha sido convocado, de tal forma que el propio pensamiento pueda olvidar su asiento en el individuo y erigirse como la teoría del fenómeno en sí mismo.

Finalmente, se puede añadir un paso más a la fórmula de Jung: Hay que experimentar y saber, y después permitir que el propio saber del fenómeno se pueda pensar en la labor psicológica, esto exige del psicólogo un arduo esfuerzo a la vez experiencial y racional, además del ofrecimiento del holocausto de su ego-personalidad en el templo de la sacralidad del alma. Así, es inevitable recordar que el proceso teórico fue originalmente la observación atenta de un ritual sagrado para el cual el teórico se preparaba en un periplo lleno de oblaciones, para que el dios convocado se presentara y entonces no fuera la observación del hombre la que persistiera y más bien fuera la expresión del dios quien se observara a sí misma a través de los insignificantes ojos humanos.

La vía vital del dinero

Logos del alma

Es habitual ver al dinero como una herramienta vulgar y despreciable, que corrompe a los hombres y extrae de ellos lo más vil de su naturaleza. Se piensa en las treinta monedas del mito cristiano, en la devastación del colonialismo, en la conjura marxista contra el capital, en el avaro prestamista, en el ambicioso consorcio global y en el negocio de la guerra. Ciertamente una gran sombra pesa en la imagen de lo monetario, pero es un prejuicio que se funda en la ilusión de que el dinero sirve a las personas, cuando lo cierto es que es un dios que exige constante pleitesía.

El capital es omnipresente, es el motor de la civilización y de la vida moderna, parece ser una representación refinada de la vida biológica en su eterno camino hacia la reproducción de sí misma. Freud planteaba que la pulsión de vida se enlazaba con el deseo de cada organismo por volver a la paz de la materialidad, de tal hierosgamos la vida se continuaba de manera infinita oscilando entre el llamado de su negación y su pulsión reproductiva.

Algo de muerte aguarda siempre en el centro de la vida porque lo vivo se funda en la superación e interiorización de lo meramente material, es decir, del reino de la muerte. Por lo tanto, la dinámica económica exalta el factor reproductivo de la vida, ese escape continuo de la prisión de la materia, cuyo carácter de huida, puede ser encontrado en el esfuerzo del alquimista por liberar a la masa confusa de su materialidad o en la imaginería gnóstica que soñaba con rescatar a la pistis sophia de su encierro en el mundo.

El carácter vital del dinero, se puede comprender también en la admonición de la acumulación del mismo, el verdadero pecado no es la producción de riquezas sino la acumulación de las mismas, es decir la ambición de querer ser el amo del dinero y conservarlo para el beneficio propio. “Beneficio” es una de la posibles traducciones de la palabra fenicia “Mommon” de la que deriva el nombre del demonio Mammon, al que se hace referencia en los evangelios cuando se alude a la imposibilidad de servir a dos amos. Sin embargo, Mammon también se identifica con Plutón, el dios de la muerte, pletórico de tesoros.

En la literatura gótica la figura del vampiro se relaciona con la aciaga conducta de querer detener el flujo de la vida y reinar sobre ella, un ideal imposible, pero que determina las fechorías y la tragedia del monstruo en cuestión. Curiosamente el vampiro muchas veces es retratado como un aristócrata rico y perverso, un Gilles de Rais o una Erzsébet Báthory, que pretende la inmortalidad, es decir, la evasión de la esencia de la vida misma a través de su dominio sobre la corriente anímica y la riqueza de los otros.

George Bataille suponía que, a diferencia de lo que el sentido común nos dice sobre la economía, no es la acumulación de capital lo que determina el ritmo de trabajo y de acción humanos, sino, al contrario, es el gasto superfluo, sin ningún sentido, el derroche puro en sí mismo, el núcleo de las relaciones económicas. Este gasto improductivo era nombrado por él como: “la parte maldita”. Es así que la destrucción es el motor que impulsa la vida, no es el crecimiento ni la construcción lo que ésta genera, ni la base sobre la que se sostiene, en su lugar es la continua laceración de la materia que es fragmentada y vuelta a reunir de manera cíclica para tener puentes sobre los que transitar hacia sí misma y luego derrumbarlos nuevamente.

Las antiguas civilizaciones realizaban este acto sacrificial a través de grandes empresas inútiles, la construcción de monumentos magníficos, las guerras sacras y las celebraciones religiosas. En la actualidad, sin embargo el gasto se ha vuelto más sutil e inadvertido, ha tomado la forma de un modelo económico dedicado a la producción continua y la generación de un capital que cada vez se vuelve más volátil, efímero, donde la materia es torturada hasta sublimarse en meros datos e información, y ante los cuales el hombre gasta toda su existencia en el culto secreto de su irrelevantificación.

Es, al fin, la vida la que se transforma y emprende su periplo de metamorfosis en esa danza terrible con su otredad intrínseca, siempre presente. En su tránsito, no es el hombre su objetivo, es ella misma la que busca perpetuarse, al igual que el capital que trabaja constantemente por reproducirse y trasmutar la materia en la noción implícita que se despliega en las distintas formas de la producción. Es, en su lógica interna, una religión cuyo oficio se ocupa de un dios celoso de su ritual cotidiano.

La elección del hombre no radica fuera de la dinámica espiritual del dinero, ya que éste fluye por su sangre y alimenta el sentido de su existencia. Ya sea para adorarlo o para desdeñarlo, el sufrimiento y el culto constante que dedica en su vida diaria al dios dinero lo convoca a la liturgia inconsciente de una vida dedicada al trabajo y a la producción incesantes. Se fabrica, de esta manera, una obra inmensa, un opus magnum, que no responde a los intereses del ser humano, ya que se hace en favor de un telos objetivo que posiblemente no repare en la importancia o inanidad del sujeto, es una noción que solo piensa en sí misma y que lo hace en las distintas imágenes como la del hombre o como la del dinero, ambos símbolos gemelos de un arquetipo que los trasciende.

También decía Borges que en las generaciones de las plantas o de los tigres había un lenguaje secreto que se replicaba para ser leído por un dios al final de los tiempos, y considerando que siempre se está en debacle de la existencia es muy probable que el papel del individuo, en la era de la religión del capital, estribe en tratar de estar a la altura de las exigencias de un espíritu vital que se perpetúa de manera irremediable o en ser arrastrado por ese rito inmarcesible que lo convierte, paulatinamente, en formas sutiles que apenas recuerdan a sus antiguos recipientes. Pero al final el camino sagrado del dinero cobrará su precio y entonces quizás sea el hombre-objeto la nueva moneda de cambio.

El discurso psicologizante y sus conceptos 

Logos del alma

La psicología como un discurso científico y social es la narrativa que el modelo cultural hegemónico enarbola a la manera de un relato con el fin antropotécnico de exaltar al sujeto en su papel de figura dominante del proceso psíquico; este último había sido concebido, en épocas anteriores, como un hecho autónomo y objetivo que tenía su fin en sí mismo y que acaecía como una carga y una tarea para el hombre y no, tal como sucede en la actualidad, como una herramienta para el desarrollo de la persona.

Sin embargo, en el doble propósito de obliterar la dimensión anímica de la experiencia y de masificar al sujeto despojándolo de los elementos que sostienen su subjetividad, es decir la interacción con su medio y el trato cotidiano con los símbolos de la psique, el mito posmoderno propone objetivos confortables que se acoplen a la búsqueda de la salud como una meta loable y de la felicidad como un estado permanente del ser.

Esta empresa psicológica intenta desprender la negatividad de la vida del individuo y con ello omitir su naturaleza dialéctica, que es necesaria para el camino de la individuación, es decir para la diferenciación e integración de lo colectivo, la cual solo puede ser vivida como un sufrimiento intermitente. Aprender a morar en el fuego de la patología es una faceta cada vez más despreciada en la sociedad posmoderna, por ello la unilateralidad de las propuestas psicoterapéuticas es evidente.

La visión tecnologizante del alma ofrece medios pragmáticos para liberar al hombre de su sombra y lo hace con la terapia, con los medicamentos, con rituales ancestrales, con el uso de psicotrópicos y con el adoctrinamiento de la autoayuda. En dicho esquema conceptual se ofrece la esperanza de que el alma pueda ser controlada y regulada como si se tratara de un objeto material que tuviera su base física en el cerebro. No hay gran diferencia entre la evasión explicita de las redes sociales y la del que se apresta a un ritual de Peyote, ambos ostentan una visión tecnológica de la realidad.

Es debido notar que todo lenguaje guarda una dimensión inconsciente de su discurso, una teoría inadvertida que es evidente cuando se analizan los conceptos que la conforman. En este caso palabras tales como: inteligencia emocional, resiliencia, autosuperación, crecimiento personal, entre otros, constituyen el lenguaje común de la psicología tal como se ha concebido en el imaginario popular, de tal forma que los mismos psicólogos han adoptado dichas nociones para justificar su labor. No obstante, poco se ha pensado en las consecuencias y en el contexto de tales ideas. Entre otras cosas se pueden esbozar algunas conclusiones:

1. Son conceptos que exaltan el individualismo, pues aunque aluden al entorno social, no toman en cuenta los factores socio-históricos del fenómeno psicológico en cuestión. Hablan de relaciones pero inhiben el pensamiento del sujeto hacia sus congéneres. Atomizan al ego y lo despojan de la consciencia de su interacción con la sociedad y con la dimensión intrapsíquica, que está repleta de imagos objetivas. Dicha inflación psíquica, sin embargo, vacía a la persona de aquello lo hace humano: su contacto con la objetividad de los procesos psíquicos, en pos del deseo absurdo de ser mejor, es decir, diferente a quien ya se es.

2. Se sobrepatologizan procesos cotidianos y experiencias comunes por medio de una división entre situaciones sanas y enfermas, con un énfasis inconsciente en los valores vigentes, sin atender a la falta de pertinencia de un punto de vista moral para juzgar los fenómenos psicológicos. Al sobrepatologizar se literaliza el mecanismo patologizador del psiquísmo que construye símbolos para integrar experiencias dialécticas en su propia configuración, el sentido del sufrimiento se diluye y se le relega a la parte indeseable de la realidad, prolongando innecesariamente el sentimiento de falta de sentido.

3. Se culpabiliza al sujeto, responsabilizandolo de un ideal de sí mismo imposible de alcanzar e recriminandole no se capaz de llegar ahí. Su estado es el de un continuo intento, frustrante, de alcanzar metas imposibles como la felicidad o la integración. La culpa es el resultado de la inflación egoica, donde fenómenos autónomos y objetivos son atribuidos al yo y entonces éste requiere ensancharse lo suficiente para sostener las expectativas grandilocuentes que sin embargo lo despojan de toda capacidad de acción a causa de la sobrecarga de pseudo-símbolos con los cuales debe lidiar.

4. Homogeneizan a los individuos y a los procesos anímicos, proyectándolos en reglas estandarizadas de comportamiento. Así, el deseo particular se vuelve el deseo de lo general, de la masa uniforme que tiene un pensamiento único y que se repite constantemente en las consignas de la psicología positiva. Se impone un dogma que encasilla a los individuos en categorías nosológicas que encubren preferencias morales de autogobierno y antropotécnica. Ofrecen la seguridad de lo colectivo en detrimento de la angustia del hecho de estar desamparados de figuras metafísicas que sostengan la existencia.

5. Fomentan la expresión exacerbada como forma de relación, donde todo se vuelve transparente en detrimento de la intimidad y el silencio. La demasiada comunicación abarrota las vías de comprensión, se habla y se escribe para no decir nada. El contenido deja de ser relevante para dar paso al reinado de la forma, de la imagen saturante. Por ello se pone tanto énfasis en la emoción como figura primaria de la vivencia psíquica, pues tal expresión constituye una imagen atrapada en su representación prelógica, y se le contrapone al discurso racional que es desprovisto de toda dignidad para favorecer lo corporal, lo dinámico y lo emocional.

6. Debilita la conciencia de clase, ya que el sujeto se identifica con un ideal que surge en contextos en donde los factores socioeconómicos permiten la búsqueda de bienestar emocional como una forma de entretenimiento y se confunde el conjunto de privilegios con dicha ambición. Es debido notar que el trabajo de individuación, como lo estipula C. G. Jung, no es una actividad solitaria, sino que ocurre en el conjunto de relaciones que la persona cultiva a lo largo de su vida. Se mal entiende el carácter introspectivo de la introversión como un escape de lo social, cuando en realidad se trata de un involucramiento en la multiplicidad de la psique, cuya asunción es posible en la apertura a la otredad del prójimo.

7. Constriñen la inmensa variedad de las experiencias psicológicas y proponen un límite coercitivo para la expresión de las mismas, reduciendo el amplio campo de emociones y sensaciones a unas pocas palabras y a un único eje deseable de comportamiento. Son un medio de control, no solo de lo emocional, sino del sujeto que una vez subsumido al discurso del cuidado personal, se vuelve su propio explotador, convirtiéndose en un ente eficiente y productivo, en un objeto de intercambio comercial que debe mejorarse a sí mismo para no depreciarse en el mercado del capital humano.

Por lo tanto, estas ideas acerca de la salud mental, que se presentan como la narrativa psicológica contemporánea, no tienen como función el bienestar del hombre ni la atención a lo psicológico, son, en cambio, un medio para restringir, normalizar y limitar el papel político del individuo. Son vías para inhibir la complejidad de la realidad del alma. Su propósito es contrario a lo que el discurso dicta y con ello se dan pistas fehacientes sobre los verdaderos objetivos de la disciplina psicológica.

El espíritu de la época, que confluye con los valores del máximo beneficio y de la multiplicación infinita del capital, se promueve a sí mismo y se reproduce en el esfuerzo de un discurso normalizador del hombre, que necesita de la obliteración de la profundidad de su contexto anímico para someterlo al flujo materialista de la técnica. Privado del contacto consciente con la fuente simbólica de la psique objetiva, el hombre se encuentra listo para ocupar su lugar como un objeto muerto en la historia del tránsito del alma al pensamiento de sí.

Quizás sea la psicología y su discurso ego-edificante el requiem que acompaña al ser humano a su morada final como un símbolo inutilizable para la consciencia, y tal vez la psicologización de la sociedad y de sus relatos no sea otra cosa más que el recurso mitologizante contra la irreversible irrelevantificación del papel del hombre en el curso de la historia del alma. Pues si la psicología se apresta a encumbrar al ego y sobredotarlo de simbolismos, pareciera que la persona es un recipiente de la lógica de la consciencia y nada más; su importancia, por ende, radica en ser el vaso de la incubación del alma, que habrá de resquebrajarlo para por fin, estar frente a sí misma.

La dificultad es el camino del alma

Logos del alma

Es una consigna de algunos centros de enseñanza de psicología que las cátedras sean lo más sencillas y simples posibles y que a los alumnos se les hable en un lenguaje limpio de complejidades, de tal forma que tengan la ilusión de que saben lo suficiente sobre su área de conocimiento, sin haberse enfrentado a la dificultad de atender la oscuridad teórica del opus psicológico.

En algunas formaciones profesionales el enfoque de los profesores es, en su mayor parte, práctico y cuando se cuestionan los fundamentos de su esquema teórico ellos desechan tales imprecaciones como minucias o resistencias por parte de los alumnos al entendimiento de un saber, él cual, una vez que no se puede cuestionar, se ha convertido ya en una doctrina dogmática.

La naturaleza del dogma es la de un pensamiento que ha sido desviado de la consciencia de sí mismo y de sus contradicciones. Mientras una idea debiera someterse a la tortura de la dimensión negativa que le es inmanente, el dogma ha escapado ilusoriamente de la confrontación consigo mismo y ha escindido su estructura lógica para entonces oponerse a su propia oposición. Tal situación marca la desaparición del Otro del horizonte de la reflexión.

Desde la perspectiva técnica, el alumno o el colega crítico peca de racionalismo, de no entender que lo que se siente y el efecto emocional de una dinámica son suficientes y más que suficientes para el trabajo psicológico. Indagar en el conocimiento es un signo incómodo, y si el resultado de tales meditaciones es la evidencia de contradicciones, entonces el psicólogo se volverá indeseable ya que habrá incurrido en el pecado de pensar por sí mismo.

Es común encontrar admoniciones que ridiculizan el trabajo de la revisión teórica crítica, ya que, por un lado, se concibe como si ésta fuera antitética a la dimensión pragmática y, además, porque la duda hace tambalear al edificio teórico que está sostenido solamente en sus certezas no reflexionadas. Por lo tanto, es el misterio lo que está vetado de la exploración teórica y con ello la consciencia de las contradicciones inherentes que mantienen todo saber en movimiento. Lo que se teme, en consecuencia, es la incertidumbre resultante del cambio inmarcesible al que los mismos conceptos se someten de forma continua.

Los psicólogos, ciegos ante el movimiento lógico de los conceptos, no se acostumbran a pensar, realmente se alejan de la tarea, se vuelven técnicos en psicología. Hay en ellos poco agrado por esforzarse lo suficiente para indagar en lo que su objeto de estudio les insta. Buscan una comprensión fácil, que no les requiera esfuerzo ni dolor y mucho menos sacrificio. Les asusta la complejidad. Acuden, por consiguiente, a manuales, resúmenes y, en el caso de los psicoterapeutas, a los autores de autoayuda, aquellos que usan una prosa sencilla y hacen parecer que la labor psicológica es un juego de niños.

En el ambiente junguiano, por ejemplo, son populares los autores que resuelven de un plumazo los más diversos problemas en psicología, sin advertir los vericuetos teóricos que están implicados. Construyen etiquetas y recetas para afrontar toda dificultad y les basta sólo con saber el tipo de apego, la tipología psicológica, el dios que se encarna, el signo astral que rige o cualquiera de las múltiples etiquetas gnoseológicas que se puedan inventar para reducir las complejidades de la existencia y así intentar calmar la angustia natural de vivir.

Se abren talleres de sueños, de mujeres que corren con lobos, donde se busca rescatar al niño interior herido, a los dioses de cada hombre y de cada mujer, la sabiduría interna de los antepasados y el orden arquetípico de la experiencia cotidiana. En todo ello hay consignas morales que no son cuestionadas y huecos teóricos que deben ser ocluidos para sostener la práctica vacía y el comercio inherente a los propósitos de tales ejercicios.

En cambio, la psicología no debería ser fácil o transparente, ni mucho menos indolora. Porque el método que propone consiste, finalmente, en destruir a su sujeto al enfrentarlo a la gran desilusión de sus anhelos y a la tensión constante de no poder satisfacer sus deseos y tener que sostenerse de pie a la angustia de estar desnudos frente a la realidad. Porque es solo al someter al individuo a la experiencia del desmembramiento en la negación de su meta práctica, que la disciplina del alma puede interiorizarse en sí misma y aspirar, por tanto, a ser psicológica.

Sin embargo, la psicología, hoy, se hace desde la comodidad de la ignorancia, a partir de los consejos simples y las taxonomías fáciles. Se somete al alma, que es pura negatividad lógica, a la transparentización de sus dinámicas y se pretende dominar la realidad, al inconsciente o simplemente descartar su concepto como una fantasía, una imprecisión o un arcaísmo. El oscuro terreno de la psyche es, en busca del reduccionismo, contenido en los órganos que ella ha imaginado y en las funciones que ha construido para sí misma. Atada a las cadenas de lo positivo el alma se apresta a ocultarse en las fantasías literalizadas.

Pero entonces, en su promiscuidad, el secreto del alma queda a salvo, en espera de quien pueda soportar el dolor de asumirla como el verdadero Otro o como el objeto real de la psicología. Ahí en la oscuridad de sus complejidades, el concepto de alma aguarda a quien tenga el valor de pensarla, y de permitir que el fenómeno se piense a sí mismo, para que por fin, después del arduo trabajo de aprender todo y de olvidarlo todo, pueda llegar al hogar de la consciencia y morar frente al reflejo de sí.

El psicólogo debe afrontar la dificultad inherente a su materia y permitirse ser forjado en la fragua y el calor del trabajo duro. Más allá de la necesidad de prestigio se encuentra la materia prima que lo impele a dedicar su esfuerzo a una tarea interminable, de la cual nunca podrá gozar realmente y en esa limitación yace el terreno donde el dogma no fructifica, porque la consecución de tal obra pide que el sujeto sea despojado de su dignidad para que el alma objetiva perviva en la destrucción del individuo. El psicólogo es quien se empeña en ser un sirviente del logos de la psique y nada más.

La inconsciencia teórica de la psicología

Logos del alma

La psicología académica sufre de superficialidad en su abordaje teórico, pues está abocada a un objetivo puramente tecnológico y se ha determinado como una serie de estrategias y técnicas ortodoxas al cuidado de la salud mental y del desarrollo humano, confluyendo de forma acrítica con el espíritu de la época que se encuentra delimitado por el valor del máximo beneficio y la construcción del yo en detrimento del sentimiento de comunidad.

Esta perspectiva interesada por la eficacia y la aplicación pragmática como maneras de manipular a los fenómenos y dirigirlos hacia lo que el hombre espera de ellos, anula el carácter de ser otro de aquello que se debería de atender en su propia naturaleza lógica. La visión práctica es un esfuerzo de la posición egoica por sobreponer su parecer subjetivo sobre el pensamiento implícito en el fenómeno, por omitir el carácter autónomo y objetivo de la realidad, reduciéndola y mecanizándola para controlarla mejor.

Tal es el destino del alma en una psicología que se ha desprendido de su raíz en el fenómeno para constituirse como una doctrina antropotécnica que se sostiene en una narrativa de crecimiento y de curación del individuo, pero que secretamente se adhiere a las formas más salvajes de devastación de la consciencia de la alteridad. Después de todo el alter ego es aquella dimensión de la experiencia que se muestra desnuda y que permite que el Otro despiadado la destroce con su negatividad y la preñe de su verdad más íntima.

Pero la psicología, nacida de los ideales de la modernidad, se ha vuelto compulsiva en su actuar y ha separado la profundidad teórica de su carácter practico, proponiéndolos como espacios distintos y decantándose por una formación técnica donde el arquetipo se escinde y se encarna en ciertos individuos que alojarán en sus cuerpos y mentes los conceptos patologizantes que justifican la intervención psicoterapéutica. El paradigma psicológico construye a sus pacientes para legitimarse.

La imaginación de una psicología materialista ha cesado su movimiento y se ha detenido en sus clasificaciones, y sus fantasías se han petrificado en una gnoseología hegemónica, que no deja lugar a las especulaciones fenomenológicas o hermenéuticas sobre los fenómenos en su carácter lógico. Estos últimos no son objetos, ni cosas cuantificables, son conceptos en espera de ser asumidos como pensamientos que se piensan a sí mismos. Es labor de la educación psicológica atenderlos en su naturaleza esencial.

En los planes de estudio, de la carrera de psicología, donde debiera estar siempre presente el pensamiento filosófico, este ha desaparecido paulatinamente en pos de materias de aplicación sistemática, con manuales que ofrecen una óptica homogénea de las diversas manifestaciones del ser. En ellas el alma ha sido reducida a una sola posibilidad y literalizada en su forma materialista bajo el yugo de la religión científica. La perla de gran valor ha sido olvidada, por lo cual es sencillo ocluir las intenciones del espíritu de los tiempos.

Lo cierto es que no se puede hacer psicología, es decir, abrir oídos al logos de la psique, sin tener un pensamiento nutrido por la meditación crítica de sus estructuras teóricas. En consecuencia, despojada de sus consideraciones teoréticas, la psicología, en tanto ciencia, no puede pensar y los psicólogos son educados para evitar cualquier dificultad especulativa que los impela a la dura labor de meditar racionalmente, de comprometerse con el fenómeno psicológico en su carácter de concepto.

El psicólogo emerge de las facultades teniendo un objetivo técnico, loable pero contrario al objeto de su verdadero quehacer epistemológico: pensar el alma. Así, queda lejos del profesional el hábito de razonar, de criticar y de reflexionar. Como el viejo chiste de quien busca debajo del farol porque en otro lado no hay luz, el psicólogo se acostumbra a regodearse en la miseria que llama teoría y que no es otra cosa sino la repetición constante de una serie de ideas básicas que reafirman, en la misma medida que se reiteran, el discurso de una disciplina inconsciente de sí misma.