El análisis y el canto de las sirenas

Logos del alma

Pascual Quignard recuerda que la primera aparición de la palabra “análisis” en el canon occidental no se encuentra en la ciencia ni en la filosofía, sino en el mito: cuando Ulises, deseoso de escuchar a las sirenas, pide ser atado al mástil de su nave. Ese gesto (a la vez violento y delicado) funda una gramática del alma. El análisis, antes que discurso, es la escena de una sujeción. Ulises no huye de la fascinación ni la busca: la contempla desde el límite que lo sostiene. En la cuerda que lo ata vibra la paradoja original del alma: la de oír el canto sin ser arrastrado por él.

Las sirenas derivan su nombre de seirá, aquello que ata. Son el ser que retiene, la fuerza que inmoviliza al hombre en el cerco de su propia naturaleza. El canto de las sirenas no proviene de un afuera: es el murmullo del alma llamándose a sí misma, el sonido de su destino. Escucharlas es oír la voz que precede a toda palabra, la voz que no dice, sino que arrastra. El hilo que las une al hombre no es de carne ni de viento: es el lazo con lo que, en él, no puede ser disuelto.

Ulises, al atarse, ritualiza su relación con la fatalidad. El gesto de sujeción no es una renuncia, sino una afirmación. Al pedir que lo retengan, dice: “éste es mi ser”. Reconoce que lo que puede perderlo también lo constituye. En el acto de ser atado nace el alma como distancia interior, como espacio en el que algo puede ser visto sin confundirse con lo visto. Las cuerdas no limitan su libertad: la engendran. Pues sólo quien está ligado puede ser desatado. En este sentido, análisis (ser desanudado) no designa la ruptura del vínculo, sino su revelación. Lo que se desata no es la cuerda, sino la inconsciencia de haber estado atado.

La cuerda de Ulises es la línea invisible que separa la conciencia del vértigo. En ella el alma se tiende, se sostiene y se hiere. Su tensión es su forma de existencia. Quignard dice que el análisis es “ser desatado”, pero esa desatadura nunca es completa, como si la cuerda que une al hombre con sus imágenes tuviera un nudo que no se puede ni debe romper. En ese nudo se condensa la paradoja de la experiencia psíquica: la libertad sólo se alcanza en la aceptación de la atadura. Lo humano no se define por escapar de sus vínculos, sino por reconocer su música.

Orfeo, que más tarde cruza el mismo paso junto a los argonautas, repite la escena bajo otro signo. Ante el canto devastador de las sirenas, no se hace atar, sino que hace sonar su lira: una música que no niega el peligro, sino que lo acompasa. Orfeo no combate el canto con silencio, sino con resonancia. Su respuesta no es moral sino poética. Donde Ulises hace del mástil su rito, Orfeo convierte la cuerda en sonido, la tensión en armonía. Ambos saben que no se puede romper la cuerda sin romper el alma. La diferencia es que uno la reconoce como límite, y el otro la transforma en arte.

En toda cuerda hay una memoria de la divinidad antigua: las Moiras que tejen el hilo de los hombres, Ananke que aprieta su lazo sobre los dioses, Cronos encadenado a la duración, Loki ligado a la roca hasta el fin de los tiempos. En cada mito el nudo persiste, el vínculo no se resuelve. Romperlo sería deshacer el mundo. El lazo del alma no puede ser destruido sin que con él se disuelva la forma humana. Como en los sueños, donde la psique aparece siempre en imágenes que atan: un hilo, un cabello, una trenza, una red. La forma del alma es la de un tejido.

Wolfgang Giegerich recordaba que su maestra describía la neurosis como una gran soga compuesta de múltiples hilos, cada sesión cortando apenas uno. Pero el propósito no era romper la cuerda, sino transformarla. La psicoterapia, así entendida, no es una técnica de liberación, sino un lento desanudamiento ritual. El alma no se cura: se aclara. No se trata de cortar la soga de una vez (pues ello equivaldría a destruir la textura misma de la vida), sino de aprender a moverse dentro de ella. Cada hilo soltado revela la forma del conjunto, no su final. La atadura es el modo en que el alma se sostiene en su devenir.

En este horizonte, el análisis no puede reducirse a una operación racional. Es una ceremonia, una repetición, una danza con el límite. Su tarea no es extinguir el canto, sino sostener la escucha. Por eso el paciente y el terapeuta, como Ulises y sus compañeros, deben atarse a un mástil común: un símbolo, un rito, una palabra que los mantenga en el borde entre el sentido y la locura. El análisis no es un viaje hacia el desapego y la tranquilidad, sino un tránsito por el tormentoso mar de las imágenes. Cada sesión es una travesía en la que las sirenas siguen cantando, pero el oído se vuelve más fino para oírlas sin sucumbir.

Jung habría reconocido en esa escena el nacimiento del alma como relación: no un objeto interno, sino un movimiento de tensión entre lo consciente y lo inconsciente, entre lo humano y lo más-que-humano. Las sirenas serían, para él, figuras de la autonomía psíquica: imágenes que no obedecen al yo y que, sin embargo, lo configuran. Escucharlas es permitir que el alma se despliegue en su dimensión simbólica. Lo inconsciente no es lo oscuro que debe ser disipado, sino el mar en que se dibuja toda forma. Por eso Ulises no busca apagar el canto, sino escuchar su verdad sin dejarse devorar por ella.

El análisis, entonces, no libera del lazo: lo vuelve visible. El alma no se emancipa, se transparenta. La cuerda sigue allí, vibrando entre el canto y el silencio, entre el deseo y el pensamiento. En lugar de ruptura, hay clarificación; en lugar de salvación, lucidez. La cuerda no se corta: se escucha. En ella resuena la música propia de la psique, ese hilo tenso que mantiene unida la experiencia. Quien deseara romperlo (como Alejandro Magno cortando el nudo gordiano) confundiría el acto con el símbolo, la eficacia con el alma.

El ritual no ahuyenta ni resuelve; repite. Su función es elevar a la conciencia lo que se vive como impulso animal, como diálogo acrítico. Las sirenas son ese movimiento pictórico que aparece primero como emoción y luego como figura. Cuando una emoción surge, su presencia es devoradora: se superpone al ego y lo sumerge en una vorágine de sensaciones. La persona se ahoga en esas impresiones y pronto ya no distingue entre la imagen psíquica que aparece y lo que ella misma es. Posiblemente porque el ego también es una imagen.

El análisis no corta el nudo: lo contempla. Y en ese gesto, el hombre se descubre no como dueño de su destino, sino como guardián de su tensión, como psico-terapeuta. La cuerda es su modo de existir, su frontera y su canto. Atado al mástil, el alma aprende que el peligro y la salvación son la misma cuerda, que no hay orilla fuera del mar, ni palabra fuera del silencio. Lo que se analiza no es la soga: es el temblor que la recorre y que re-liga con el propio ser.

Orfeo o el impulso de realizar lo femenino

Logos del alma

Las imágenes psíquicas son completas en sí mismas, representan su propia finalidad y la encuentran en la narrativa que construyen. El relato de las mismas es la trayectoria de una noción que se despliega en un plano pictórico y que constituye, a la vez, su propia vasija, la materia dentro de la misma y el calor que le da movimiento lógico. Esto es así para los mitos, los sueños y aquella trama onírica que se denomina como la realidad. Por ello, la labor psicoterapéutica consiste en asistir al desarrollo del guión implícito en la experiencia, sin desear que sea distinto.

Por ejemplo, se puede pensar en el mito de Orfeo quien bajó al inframundo en busca de su amada y la perdió al ser engañado. Platón decía que en aquel episodio mítico la imagen de Eurídice no era la verdadera sino un simulacro que sustituyó a la que permanecía en los dominios de Hades. Orfeo emprende así un viaje únicamente por una imagen, porque acaso lo más amado es la imaginación, aquella poíesis divina que otorga profundidad a la realidad, por ello este hombre fue capaz de enfrentarse al Cancerbero y yacer frente al trono de Plutón y Perséfone, únicamente para ofrecer su propio deseo vacío en prenda.

Orfeo no debía mirar hacia atrás, sus ojos tenían que permanecer al frente, pero languidecieron, el miedo a perder a su mujer y el regocijo por sentirse cerca de la meta, lo obligaron a voltear la mirada y entonces Eurídice, la gran justicia, se desvaneció. ¿Acaso no estaba previsto que los muertos no tienen más lugar en el hogar de los vivos? Los muertos lo son porque su imagen ha abandonado la literalidad de la carne, se han marchado de su forma positiva para ser, por fin, la metáfora raíz que yace irremediablemente en el reino de la psique.

Morir es permitir que la imagen viva se alimente del cadáver que ha sido y se muestre en su naturaleza prístina. Es la constitución de un fantasma que se interpone entre el sujeto y el objeto de su deseo. Éste último nunca debe cumplirse ya que no pertenece al mundo de los vivos, es un objeto oscuro que guarda en sí mismo, en la masa infinitamente condensada de sí, la totalidad del inframundo. Por ello, Orfeo no puede recuperar la union naturalis de la mujer y su imagen; ellas se han separado para permanecer finalmente juntas. Orfeo no recobra, jamás, la imagen perdida, ésta se ha disuelto en la consciencia de la consciencia.

Es justo decir, que una imagen no pude permanecer demasiado tiempo en el mundo diurno, su reino no es de este mundo, las contradicciones inherentes instan a que la negatividad dialéctica pronto haga su tarea y que de la imagen surja la noción estructural que guía a la forma pictórica a su hogar lógico, mismo que ha de descomponerse en la representación para liberar el concepto implícito. Este tránsito es el destino de los ídolos, tal como se observa en las teorizaciones de la psicología profunda, es el paso del objeto imaginado a su interiorización como una imago o como un complejo construido alrededor de un modelo arquetipal.

Hijo de Apolo y Calíope, Orfeo tenía el don de calmar a las bestias con su musica, pero también traía tranquilidad al alma de los hombres, lo cual indica el parentesco entre el anima y lo animal, ambas expresiones de la vida que aun yace sumida en el adormecimiento de lo material y que requiere ser cultivada, es decir negada, para ser liberada de su aprisionamiento en la fisicalidad. Pero el éxtasis de la musica es una vía que no necesariamente se vuelve reflexiva, es común que la musica avive o adormezca la vida emocional de la psique, pero no provoca una diferenciación de la misma, la emoción permanece en el mudo estertor de la expresión concreta.

No basta con exaltar la emoción, pues como decía Jung “ser emocional ya va camino de una condición patológica”. La emoción guarda, también, en su corazón, un concepto que le brinda sentido y que, por lo tanto, espera agazapado a que su explosiva actuación despeje la vía de la comprensión por la cual su forma lógica transitará hacía sí misma como lo pensado en el propio pensamiento del fenómeno. Pero permanecer y adorar la expresión emocional es una forma de literalizarla, propia de las teorías psicológicas que desprecian la postura teórica y exaltan la búsqueda del insight y del shock emocional.

En una cultura que tiene por objetivo asimilar la otredad al ideal del individuo atómico, la promoción de la emocionalidad sirve para sus fines comerciales. La publicidad procura impresionar a los consumidores, despertar en ellos la ansiedad y la angustia propias de la modernidad y ofrecerles un sustituto que los conmueva profundamente pero que anule su capacidad crítica. Y la psicología junguiana comulga con este propósito al confundir la experiencia numinosa del tremendum con la presencia de un dios vivo que confirma su tratamiento. La emocionalidad como sinónimo de curación y bienestar.

En otro momento Orfeo rechazó el amor de las sirenas, mitad mujeres, mitad aves de rapiña, una imagen iterativa, un pleonasmo, pues qué es la mujer sino lo misterioso que desgarra, aquello que ata con el hilo del destino; no es extraño que su esposa Eurídice haya preferido morar en el submundo, el hogar del alma, y que el pobre Orfeo haya terminado sus días despedazado por las bacantes. Hay en esta historia un impulso por reificar a la mujer perdida, aún cuando ésta has sido metaforizada y llevada a su forma más sutil.

Quizás Orfeo fue quien instigó a Jung a vanagloriar la asunción de Maria, un asunto demasiado humano, como un suceso del alma. No se dio cuenta de que la mujer hace mucho tiempo que se había liberado de lo femenino, que ya los patrones arquetipales la habían condenado a vagar desnuda por el mundo, con la marca imborrable de tener que ser ella misma. Mientras tanto lo femenino, que un día fue una diosa de la naturaleza, luego un cráter y por fin un sustrato lógico, ha emergido como la noción puramente negativa que siempre fue, la Pistis Sophia.

El mito de Orfeo es el mito del alma que no debe salir del inframundo, que ha de encerrarse en sí misma, interiorizarse; y del asesinato necesario del ego, en la manía, ante el fracaso de intentar guiarla, sin saber acaso que amar al alma es sumergirse en sus aguas, pues ella es el camino hacia la verdad y la verdad en sí misma, y también que entregarse al otro es, esencialmente, ser despedazado. Un caso distinto al de Orfeo es Butes, quien al escuchar el canto seductor de la sirenas se lanzó al mar listo para el amor y para la muerte, por supuesto fue bendecido por Afrodita y su estirpe se multiplicó como la espuma del mar.

No obstante, más allá de la comparación entre un mito y otro, el psicólogo requiere asumir que el relato que escucha tiene su propia finalidad en sí mismo, que está herméticamente cerrado sobre sí. Orfeo debe perder a su amada y desear, ilusamente, rescatarla, necesita querer realizar lo femenino en la mujer para encontrar el fracaso ineludible, debe vagar solo por el bosque, tiene que despreciar el horror de la sirenas y precisa ser despedazado por las bacantes, su destino es ser consumido por el afán de su deseo, y está bien que así sea, eh ahí la esencia de la psicoterapia.