THE LIFE AND IDEAS OF JAMES HILLMAN, VOL III: HILLMAN Y GIEGERICH

Traducciones

Dick Russell/EE.UU

De The Life and Ideas of James Hillman, Vol. III «Soul in the World». Capítulo 16.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

«Argumentar al estilo de Re-Visioning Psychology ya no me preocupa como antes. Aun así, algo se mueve; así que, como en los viejos tiempos, me preparo para enfrentar su desafío. El desafío es necesario porque el pensamiento de Wolfgang Giegerich es el pensamiento junguiano más importante que se está dando en la actualidad, tal vez el único pensamiento junguiano consistente. Es preeminente entre los escritores junguianos, y sus análisis de la difícil situación del alma de la psicología y de la humanidad miran audazmente a la cara de la sombra en nuestros tiempos y no ofrecen falsas esperanzas.»

-James Hillman, «Once More Into the Fray», Spring 56, Otoño 1994

Comenzamos con una analogía histórica. Se trata de George Santayana, el famoso filósofo con quien Hillman pasó varios días durante sus viajes de juventud, y William James, el pragmático igualmente renombrado con quien Hillman ha sido comparado a veces. Santayana, veintiún años más joven, había sido alumno de James, quien más tarde destacaría la «cortesía, la vitalidad, la imaginación y la franqueza» de Santayana. Sin embargo, Santayana también escribiría despectivamente que «la filosofía no era para él lo que ha sido para tantos… más bien como un laberinto en el que se encontraba vagando». Sustituya «filosofía» por «psicología», y los paralelismos con la relación de Hillman con Wolfgang Giegerich casi un siglo después son sorprendentes

A principios de 1974, Hillman recibió una carta en Zúrich de un académico alemán de treinta y dos años. Dieciséis años más joven que Hillman, Giegerich había obtenido su doctorado en la Universidad de California en Berkeley y luego se unió al profesorado de la Universidad de Rutgers–antes de obtener un diploma del Instituto Jung en Stuttgart. Sin embargo, durante su formación para convertirse en analista junguiano, Giegerich se sintió «extremadamente decepcionado por el nivel intelectual y la falta de espíritu que prevalecían». Estuvo a punto de abandonarlo cuando descubrió algunos de los escritos de Hillman, que «resultaron ser una especie de salvavidas para mí, en lo que respecta a mi decisión de convertirme en analista junguiano». «Aquí la psicología junguiana estaba viva, críticamente investigativa», reflexionó en 2019.

Giegerich le escribió al hombre al que entonces idealizaba que estaba «muy feliz de haber descubierto sus desafiantes y estimulantes artículos». Le encantaba que Hillman y Spring «continúen el trabajo de Jung incluso cuando lo critica y lo supera, aunque le desconcertó una reciente discusión sobre la «psicología compleja». Hillman respondió: «Su carta fue una de las mejores que he tenido la alegría de recibir en mucho tiempo. ¡Gracias por ella!». Y continuó admitiendo «sin duda, me equivoqué en mi forma de enfatizar lo complejo… Fui demasiado descuidado». ¿Podría Giegerich ampliar su excelente misiva para su consideración en el próximo número de Spring?

El tono estaba marcado. Como lo expresó Margot McLean en una conversación con su esposo en 2008: «Giegerich es una figura importante, ya que se opuso a muchas de tus ideas». A lo que Hillman añadió: «Es un seguidor que luego dio el siguiente paso». El resultado fue un debate de décadas, a menudo conflictivo, sobre la naturaleza del alma, en el contexto de la filosofía y la cultura alemana en contraposición a la italiana. Ambos hombres se sentirían malinterpretados, y Giegerich creería que «en última instancia, creo que se inmunizó a mis puntos».

Pat Berry veía a Giegerich como «el único tipo que realmente está a la altura de Jim, y se separó de él, porque desarrolló una filosofía rival que en realidad proviene de las mismas raíces… No es fantasioso como Jim en absoluto, así que no tiene esa maravillosa locura imaginativa. Es mucho más filosófico, seco, severo y brillante por derecho propio. Una mente como ninguna otra. Giegerich era hegeliano, todo giraba en torno a la lógica y el desarrollo a través de la historia. Giegerich pensaba que el que JH hubiera traído de vuelta a los dioses griegos de la antigüedad era inapropiado, una especie de sentimentalismo que no encajaba con nuestro período actual.»

EN EL PRINCIPIO

En 1974, Giegerich envió un artículo a Spring, traducido del alemán a petición de Hillman, una diatriba contra el «El Mito Heorico de la Gran Madre» de Erich Neumann (el resumen de Hillman). El propio Hillman, al escuchar la conferencia de Neumann mientras era estudiante en 1955, «tuvo la fantasía de escribir un artículo llamado ‘Contra Neumann’ (como en los antiguos Padres de la Iglesia)». Así que sintió que el artículo de Giegerich era «muy esperado. Neumann debe ser examinado y su efecto en los junguianos comprendido», y Hillman agradeció a Giegerich por su «magnífica escritura y pensamiento».

En otra carta, Hillman escribió: «Por supuesto, es inmensamente satisfactorio ser comprendido–y con inteligencia. Puede que no nos llevemos nada bien al conocernos, así que la cuestión no tiene por qué ser personal, sino de simpatía de ideas, o como prefiero decir, de devoción en el mismo altar». No pasaría mucho tiempo antes de que ambos se encontraran en la oficina de Hillman en Zúrich, y luego fueran a almorzar. Después, Giegerich «tuvo la sensación de que muchas ideas se habían liberado en mí, ideas de las que antes, como mucho, había sido vagamente consciente».

En respuesta a un documento de noventa páginas que Giegerich le envió por correo, Hillman lo consideró «como su discurso inaugural parlamentario que establece su curso de acción para los años venideros». Es una mina, un montón de escoria con muchas riquezas sin fundir. Tiene suerte de estar tan convencido y de que lo hayan descubierto tan pronto. Yo mismo no llegué a mi «propio» lugar antipositivista hasta que tuve más de 30 años, y a Suicide and the Soul hasta los 36.

Elogiando otro documento, Hillman destacó el «ataque exhaustivo» de Giegerich al consenso científico en psicología». Continuó diciendo: «Creo que usted es inmenso y mucho más grande que su trabajo o el mío. Es a lo que ahora se refieren en Estados Unidos como conciencia posmoderna. Una conciencia comprometida con algo que es consciente de sí misma mediante la metáfora, el humor, la autorreflexión, la discontinuidad y que no puede hacer el tipo de declaraciones explicativas objetivas de la conciencia previa. Esta es la conciencia de James Joyce, por ejemplo.

Aquí, por primera vez, Hillman se dirigió a él como «Querido  Wolfgang», y Giegerich respondió a «Querido James» que se trataba de «algo más inmenso que una conciencia posmoderna. Me parece que las raíces de toda nuestra historia occidental desde sus inicios en la antigüedad están en juego. Si es así, nunca debemos perder de vista la inmensa dimensión histórica».

A finales de 1977, Hillman le pediría que se convirtiera en asesor de Spring. Al año siguiente, Giegerich aceptó la invitación de Hillman para unirse a él en Eranos. «Han pasado muchas cosas contigo», le escribió Hillman después, «pareces más agudo y más redondo a la vez». Envió una copia de su recién publicado The Dream and the Underworld, con la dedicatoria «para Wolfgang, compañero de armas, compañero de bebida, amigo, James». A lo que Giegerich respondió: «En lo que respecta a tu compañía, ya me di cuenta la primera vez que nos conocimos de que tu presencia tiene el poder de animar y liberar los procesos de pensamiento, mientras que muchas otras personas tienen el efecto contrario en mí, endureciendo la mente. Desde mi punto de vista, es una verdadera lástima que hayas dejado Europa».

Una de las siguientes misivas de su mentor, que ahora vivía en Dallas, debió de haber consolidado ese sentimiento. Hillman escribió: «Todos nos desnudamos en Esalen. Absurdo. Comimos coles que cortábamos con tijeras en la mesa (tan frescas que todavía se retorcían y gritaban). Es un lugar anticuado y todos estábamos exhaustos, y había niebla».

Años más tarde, Giegerich reflexionó: «Debido a mi admiración por él, no tomé conciencia, no me permití tomar conciencia, de algunos principios o actitudes suyas con los que en el fondo ya me sentía un poco incómodo desde el principio, sobre todo su énfasis en el politeísmo. Había tantas otras cosas que eran completamente convincentes, impresionantes y estimulantes que apoyé la psicología arquetípica con todas sus facetas… que todavía se mantenía con fuerza durante la mayor parte de la década de 1980». Sin embargo, Giegerich «se fue decepcionando cada vez más de él, aproximadamente desde el momento en que dejó Zúrich».

Hillman le informó que «mi mente se mueve cada vez más hacia lo ‘estético’, sea lo que sea, y un poco más tarde que «mi psique está cada vez más en el mundo, diferenciando el inconsciente’… Estados Unidos me tiene tan ocupado que es difícil hacer, especialmente en este clima sobreiluminado, las oscuras meditaciones que se escribieron hace algunos años». Giegerich comenzó a preguntarse si Hillman podría estar dejando atrás sus puntos en común.

«Noté con pesar», recordaría, «una cierta disminución del nivel intelectual y el vigor anteriores que habían estado presentes en Re-Visioning Psychology, por ejemplo, e incluso una cierta desviación de algunos compromisos en sus escritos anteriores (como su rechazo a una psicología agnóstica y su afirmación académica). Su trabajo se volvió más relajado, a veces demasiado superficial para mis propias necesidades.»18

Aunque comenzó a sentirse así durante los años de Hillman en Dallas, no hay evidencia en su correspondencia de que Giegerich alguna vez expresara sus preocupaciones. Continuaron reuniéndose cada verano en Eranos, donde Giegerich también comenzó a dar conferencias a partir de 1982. «Vine a escuchar las siempre fascinantes y enriquecedoras conferencias de Hillman y David Miller y a pasar el maravilloso tiempo libre (principalmente las tardes hasta la medianoche) con ellos y todos los demás en la Piazza, con interesantes conversaciones casuales y espontáneas y copas de vino. Definitivamente, era por Hillman por quien mucha gente venía a Eranos. Creo que él era la figura dominante simplemente por su presencia y estilo. Para mí, la época de Eranos era el punto culminante del año: ¡unas dos semanas en estrecho contacto con Hillman!»

En la reunión de 1982, donde Hillman habló sobre «El reino animal en el sueño humano», Giegerich pronunció en su alemán nativo «Expiación (o arrepentimiento) por Filemón», analizando cómo Jung proporcionó un nuevo acceso psicológico a los dioses. Hillman le escribió después: «Diste una charla muy valiente en Eranos. Me fascinó su contenido y tu método. Qué diferente del mío, y cuánto aprendí de él. Es maravilloso ver a un amigo, colega y mitar-beiter [colaborador] tener una forma de trabajar tan diferente, incluso con muchas de las mismas intenciones.»

En cierto sentido, lo que sucedió después fue clásico: Jung separándose de Freud, Hillman de Jung, para que surgieran sus propias ideas. El más joven buscaba superar al mayor, conscientemente o no. La ocasión fue una conferencia de mediados del verano de 1983 organizada por Robbie Bosnak, «Facing Apocalypse» en Newport, Rhode Island. Giegerich, vestido con un traje oscuro, decidido a seguir su propio camino, dejando su propia huella; Hillman, vestido informalmente con un suéter tipo cárdigan rojo brillante abotonado sobre la corbata, dando una charla sobre valores marciales. Como atestigua un extenso análisis de Carl Oglesby para la revista New Age, Giegerich se robó el espectáculo.

En la primera de varias páginas centradas en la presentación de Giegerich, Oglesby escribió: «El principal desafío para los activistas antinucleares provino de… Wolfgang Giegerich, de Alemania Occidental, analista e instructor en el Instituto Jung de Stuttgart y editor de la revista arquetipal Gorgo. Giegerich es un hombre delgado e intenso de unos 40 años, con una barba oscura y corta y ojos brillantes y sobresaltados. Leyó su artículo, titulado ‘Saving the Nuclear Bomb‘ (correcto, ‘salvando’) en la tarde del segundo día, un día lleno de cielos azules y helicópteros de la Marina que subían y bajaban por los acantilados de afuera.

«Giegerich hablaba en un inglés con un acento marcado, pero claro y preciso, con la voz aguda apretada en la garganta y modales exactos. Y en unos pocos movimientos amplios y decididos, sistemáticamente puso en tela de juicio los supuestos fundamentales de la vida (los supuestos históricos, morales y políticos) de fácilmente nueve décimas partes de las 125 personas allí presentes, quienes, sin embargo, procedieron a brindarle –quizás en ese momento no podrían haberle dicho por qué– una ovación de pie.»

Si alguna vez hubo una mirada sensata a los dilemas planteados por la era nuclear, Giegerich pretendía ofrecerla. «El problema es la aniquilación de la naturaleza», entonó con su voz seca y penetrante. «El hombre moderno ha abandonado la tierra sin saberlo. Sucedió hace mucho tiempo». Para él, la oportunidad de revivir nuestros vínculos se ha ido: «La naturaleza ha muerto. El mito ha muerto». Deberíamos olvidarnos de preocuparnos por estar alienados de la naturaleza que dominamos. Deberíamos descartar el concepto anticuado del bien y del mal. En este momento, Giegerich entabló un animado coloquio con Norman O. Brown.

«La bomba nuclear», se citó a Giegerich, «es el epítome y la culminación de las más altas aspiraciones del hombre. En la bomba nuclear reside la esencia del hombre moderno… No deberíamos deshacernos de ella ni explotarla. Deberíamos salvarla. Deberíamos arraigarnos en ella. Es nuestra realidad. Nos guste o no, estamos incrustados en ella. La bomba nuclear en sí misma es Dios y Satanás, todo en uno.»

Oglesby, un izquierdista radical, no estaba de acuerdo con muchas de las declaraciones de Giegerich, pero no pudo evitar informar sobre ellas en profundidad. Y Hillman parecía tan aturdido como todos los demás por el asalto de Giegerich a las puertas del movimiento por la paz. Le escribió después de la conferencia: «Tu charla en Newport fue realmente profunda y sorprendente. ¿Fue el espíritu europeo, la contundencia, la persistencia lo que la llevó hasta el final, la absoluta indiferencia (sin reservas, negligencia ante lo que pudieran pensar) y la implacabilidad inquebrantable? En cualquier caso, al terminar, pensé que no podría haberlo hecho, que esto es mejor y más de lo que yo podría haber hecho. Muy a menudo, al escuchar a mis amigos presentar ponencias, siento que me han copiado de alguna manera, que están imitando y tomando prestado, y me siento terriblemente avergonzado. Este no fue el caso ni por un instante en tu ponencia. Y no lo digo para identificarte conmigo, ni tu pensamiento con el mío, ni nada por el estilo, solo para mencionar una reacción que tuve de ser superado, y que fue una sensación maravillosa, una sensación de dejarse llevar, que está en mejores manos, que es vivir hacia adelante».

Giegerich, en su respuesta, dijo que se sentía honrado por la descripción de Hillman de su charla, pero que no «creía que fuera una cuestión de mejorar, sino solo de diferentes maneras. No podría hacer lo que tú haces y nunca podré superarte en tu propio territorio, por así decirlo, ni siquiera podré alcanzarte. E incluso si me gustaría tener algunas de tus habilidades o dones, la riqueza de ideas y conexiones sorprendentes, la facilidad mercurial de tu movimiento entre las imágenes, tu mucho más psicológico estilo así como la manera de presentar (o de transmitir tus pensamientos a la audiencia)… probablemente sea bueno que tenga que seguir mi propio camino, porque de lo contrario seguramente terminaría imitándote.”

En la misma carta, Giegerich rechazó una invitación de Hillman y Robert Sardello para pasar parte del año con ellos en Dallas. También dijo que la sugerencia de Hillman de producir un libro a partir de artículos anteriores «me temo que tendrá que esperar». En 2019, reflexionaría que, si bien sus ideas habían sido «en gran medida inspiradas por lo que Hillman había comenzado… nunca me sentí ni escribí como un discípulo». Giegerich continuaría siguiendo su propio camino, un camino que se distanciaría cada vez más del de su mentor.

Sin embargo, al mismo tiempo hizo lo que pudo para ayudar a llevar la obra de Hillman al público alemán. Cuando un editor alemán aceptó publicar The Dream and the Underworld, los elegidos para hacer la traducción no estaban familiarizados con la psicología arquetipal y a menudo no entendían los puntos de vista de Hillman. Giegerich recordó que el editor le envió el manuscrito para revisar la traducción «solo dos días antes de que se imprimiera, [y] tuve que trabajar día y noche para intentar eliminar los errores o tergiversaciones más graves». Hillman estaba muy descontento con la versión alemana, y Giegerich le escribió disculpándose: «Realmente no parece que tengamos mucha suerte con sus libros aquí».

SEPARÁNDOSE

Aunque no se mudaría a Dallas a tiempo parcial, Giegerich visitó a Hillman allí y, en una «Evaluación» escrita poco después de la muerte de Hillman, describió un lado humano de él que Giegerich tal vez deseaba haber emulado. «Más allá del nivel intelectual, este contacto fácil y natural con la gente se manifestaba también con la gente común, incluso con la gente sencilla. Recuerdo, por ejemplo, cuando una vez regresamos a su casa en Dallas y vio a dos vecinos suyos, ancianos indios negros Probablemente bastante incultos y ciertamente completamente ignorantes de la Psicología Arquetipal, sentados al otro lado de la calle en las escaleras de su casa, Hillman, antes de entrar en su casa, de manera bastante característica, se acercó a ellos para tener una animada charla.

Giegerich también visitó a Hillman y Pat Berry poco después de que se mudaran a Connecticut, donde los recordaría cocinando juntos y dando un largo paseo «con un animado intercambio de ideas». 28 Después de esta visita, Hillman le escribió una carta de advertencia (incluso paternal) en septiembre de 1985: «No hay duda de que, en los últimos años, ha estado pensando pensamientos muy amplios, profundos y difíciles. Le ruego que dedique tiempo al desperdicio, al placer y a la ‘búsqueda trivial’… La oscuridad de su visión también es exigente para quien la posee. Creo que los profetas debieron estar cansados ​​o psicosomáticos, sin duda… Siento que pereceré de la nada a menos que pueda mantener la alegría. A veces, sentado a la mesa intentando escribir, me encuentro en una situación tan estrecha, apretada y desesperada que añoro la delicadeza francesa de Matisse. De ahí la nueva atención a la pintura, los pintores y el ánima. Incluyendo libros de chistes, etc. Cualquier cosa para mantener a raya o domar a ese monstruo, el senex. Toda la tradición advierte sobre Saturno y la melancolía en el erudito y pensador, especialmente a medida que envejecemos.”

Giegerich respondió: «Ojalá pudieras verte desde fuera y ver cuánto encarnas ya esta misma ligereza, tanto en el estilo de tu trabajo (la increíble y encantadora facilidad con la que puedes presentar ideas fundamentales que siempre resultarían muy pesadas si intentara expresarlas) como en tu personalidad». Sin embargo, evitó abordar el consejo de Hillman, tal vez porque no consideraba su visión oscura. «Creo que esto es una proyección», escribió en 2019. «Nunca he estado en peligro de melancolía hasta la fecha, ni siquiera ahora en mi vejez. Saturno/melancolía versus puer es realmente su tema y punto de vista, no el mío… Así que sus advertencias fueron completamente innecesarias».

Por un parte, desde 1987 continuo escribiendo a Hillman entusiastas reseñas sobre su trabajo: «Tu ‘Supremacía Blanca‘. Por un lado, para 1987 [artículo] es de nuevo un ejemplo incomparable de psicología arquetipal en acción y uno se sorprende de cuántos aspectos de nuestra cultura se abren a la comprensión mediante el examen del contenido imaginario de la metáfora del color.» Publicado originalmente en Spring, «Notas sobre la supremacía blanca» sería posteriormente pronunciado por Hillman en una reunión multicultural de hombres en los bosques profundos de Virginia. Y fue la participación de Hillman en tales eventos, a partir de mediados de la década de 1980, lo que particularmente alienó a Giegerich.

Como no había nada similar al movimiento masculino en Europa, y solo escuchaba rumores al respecto, Giegerich «al principio se reservó su juicio. Sin embargo, me sorprendió que un psicólogo de las profundidades de su calibre pudiera unirse a un movimiento popular. Esto me pareció casi una traición al interés en la profundidad y la construcción del alma. Es tan literal e ingenuo, tan simplista pensar que leyendo poesía a una multitud anónima y otras actividades uno podría adentrarse en las profundidades o llegar al alma. Los grupos y las multitudes (independientemente de quiénes y qué puedan ser sus miembros individuales por sí mismos) inevitablemente constelan superficialidad y emociones del ego, ilusiones del ego. En su conferencia de París sobre el amarilleo, declaró que había abandonado la terapia individual a favor (entre otras cosas) de trabajar con los grupos de hombres, declarando que este tipo de trabajo era un movimiento hacia el mundo. No tuve ni tengo ningún problema con su crítica a la terapia individual, al consultorio. Pero qué ilusión creer que al recurrir a tales grupos estaba realmente en contacto con «el mundo». Todo me parecía activismo del ego e ilusiones, y un cambio de la profundidad y el alma al efecto momentáneo». Declarado en 2019, esto también, que ya había sido dicho.

Continuaron teniendo colegas en común. Al igual que Hillman, Giegerich estableció relaciones con destacados junguianos japoneses. Poco después de que Hillman realizara su segunda visita a Japón, Giegerich viajó allí en 1987 por sugerencia de Hillman para participar en el Simposio Zen anual de Kioto y más tarde sería dos veces profesor visitante en la Universidad de Kioto. Pero la tensión entre ambos siguió aumentando. Hillman hizo que Giegerich cambiara el título de una pieza para Spring de 1987 de «Jung, Hegel and the Subjective Universe Once More» a «The Rescue of the World: Jung, Hegel and the Subjective Universe”». Aunque Giegerich «cedió a su deseo… me arrepentí después».

Esto es quizás comprensible, dada la réplica de Hillman en la primavera de 1988 titulada «Hegel, Giegerich y los EE. UU«. Sus diferencias fundamentales surgieron públicamente por primera vez. Hillman encontró «una mancha de Europa en su argumento [de Giegerich]» de que «a menos que tengamos la lógica correcta, el resto no puede suceder», que «la lógica precede a la existencia». Para Hillman, por el contrario, «la infundición del alma se forma y se funda en la imaginación del habla. El habla antes del pensamiento, la retórica antes de la lógica… Siento que la forma en que conocemos el mundo (epistemología) u ordenamos su pensamiento (lógica) es menos significativa y menos erótica que la forma en que disfrutamos, celebramos, nos quejamos y discutimos sobre el mundo». Giegerich, al ensalzar el «literalismo lógico de Hegel… ha construido su propia máquina infernal, y yo lo sacaría de encima con su propia petarda». (Anteriormente en su artículo, Hillman había atenuado esa afirmación escribiendo: «Es un placer competir con Giegerich, ya que es un hombre querido, un noble amigo de toda la vida, y diría que es la mente más brillante y radical entre los analistas junguianos de la actualidad».)

Hacia el final de su argumento, Hillman cambió de rumbo y dirigió su mirada a su propia americanidad mientras se dirigía directamente a Giegerich: «¿Quién en Estados Unidos acierta con la lógica, y mucho menos es el primero? Probablemente por eso somos ingenuos aquí comparados con ustedes en Europa. Todavía estamos tratando de encontrar un camino a través del bosque con la nariz de un perro y las advertencias de una Biblia, en lugar de la lógica de Aristóteles, por no hablar de la de Hegel. (Además, nos encanta el bosque y ser niños en él). Así que, como estadounidense, mi objetivo es afectar la visión. Solo otro evangelista o vendedor, promocionando su producto porque suena como una canción que hace que el tiempo y la tierra donde Anima Mundi… una idea correcta, no porque sea lógicamente sólida, sino porque lo pasamos más hermoso, más fácil de disfrutar, ofreciendo una sensación de comunion entre almas.”

Ahí estaba, en pocas palabras, los dos que nunca podrían encontrarse. La respuesta personal de Giegerich concluyó: «Fue útil tener sus argumentos. Me obligaron a pensar en mi postura con mayor claridad desde un punto de vista que no había tenido explícitamente antes. Y cuanto más lo pienso, más graves son los problemas que están en juego aquí.”

A medida que la década de los ochenta se acercaba a su fin, Giegerich envió a Hillman una crítica de más de 40 páginas de su ensayo «Cosmology for the Soul«, articulando cómo, en su opinión, Hillman se había «vuelto ideológico». Giegerich más tarde vio esto como una «separación de caminos» que era «realmente seria». En ese momento, Hillman pasó diez días escribiendo una respuesta manuscrita, en la que comenzaba: «De nuevo aparece la diferencia cultural, a pesar de mis 35 años en Europa; ahora en esta geografía, en este suelo, ya no siento que el poder del pensamiento sea tan importante. Me resulta difícil tomar lo que dices con la misma gravedad. Hay una diferencia de edad. Soy más perezoso y menos ambicioso. Los fuegos que ahora arden son más por lo estético y sensual que por lo ideacional. Incluso me siento demasiado débil para luchar contigo y/o con estos temas. Deseo que otros lo hagan. Y quiero que otros lo hagan…»

«Últimamente, a menudo me despierto con versos de poesía en lugar de con ideas/pensamientos. Mi estilo se ha vuelto más ‘oral’, en parte por enseñar a los hombres… en parte por ser geográficamente más local, en parte por la rabia deconstruccionista antiacadémica que siento.»

Lo que escribió sobre cosmología era, de hecho, como Giegerich lo había acusado, «una nostalgia romántica completamente alejada de la patología real de la ‘naturaleza muerta’ (no la naturaleza viva)». Su propósito era «contrarrestar el intelecto académico… [con] una motivación para anhelar, para visualizar, para especular… Necesitamos ver, creo que ustedes necesitan ver, que la nostalgia es un estado de ánimo del alma que puede motivar el pensamiento reflexivo, y que sin ánima el pensamiento se vuelve ineficaz, seco, estéril…»

«Creo que he mostrado un camino: El sentido animal. Observa. Aprecia. Oh, saborea y ve. Entra en el mundo como animal. Recuerda, oh humano, oh hombre cartesiano, oh asceta cristiano del desprecio y el desdén, que eres un animal, y, en este recuerdo, verás y encontrarás el mundo animado, vivo, sensible e imaginativo…»

«La tarea humana es leer el texto de la exposición, empatizar, vivir con y dentro de lo dado, celebrarlo, y esta celebración no es solo el éxtasis de la nueva era, sino usar lo que se da como si pidiera ser usado, como si determinara su uso. Esto requiere una relación (Heidegger) entre COSA y PENSAMIENTO. CÓMO PENSAR DE UNA MANERA COSIFICADA (en lugar de un pensamiento abstracto que se aleja de las cosas y luego abusa de ellas).»

En su último día de escribir «esta carta garabateada», Hillman añadió una nota personal: «Por favor, no guarde la sensación de que no disfruté y sienta gratitud hacia usted por ser serio, por ser activo al respecto, y por desafiarme. A medida que envejezco y soy más respetado, ignoro a quienes me desafían y recibo cada vez menos desafíos genuinos».

Giegerich creía que la epístola de Hillman «apenas toca los verdaderos problemas que planteé». Pero al regresar a sus raíces estadounidenses, Hillman se había adentrado en un compromiso mundano que incluía, pero también trascendía, la psicología. Y esto era algo que el estoico alemán que escribiría The Soul´s Logical Life no podía tolerar. Giegerich sintió con dolor que la decisión de Hillman equivalía a una deslealtad a su proyecto original, el proyecto de revisar la psicología. La psicología es solo un campo o disciplina y no tiene un compromiso ideológico propio, ni un mensaje para el mundo, ni un deseo de mejorarlo o rescatarlo. La psicología solo busca una comprensión psicológica de los fenómenos psicológicos. No predica un mensaje. Pero con su énfasis en lo imaginal, en la estética, la cosmología, el rescate del mundo, y con su impulso a su producto, me pareció que un espíritu o necesidad diferente se había instalado en su obra. De repente, había algo así como un mensaje ideológico particular, algo a favor y algo en contra, lo cual, a mi entender, es incompatible con la psicología. Simultáneamente con esta nueva orientación del «mensaje», surgió el interés por llegar a la gente (como en el movimiento masculino o el público), lo que contrasta completamente con sus anteriores elogios tras mi platica en Facing Apocalypse sobre ‘el descuido absoluto (sans souci)’ y negligencia por lo que piensan. Mi necesidad es permanecer fiel al proyecto de re-visionar la psicología, elaborar una noción rigurosa de la psicología y una evaluación psicológica de lo que está sucediendo.

«MATANZAS»

La noción rigurosa de la psicología de Giegerich dio un nuevo giro en el Festival de Psicología Arquetípica de 1992 en Notre Dame, donde ofreció a una audiencia considerable que había venido a honrar a Hillman un ensayo que tituló «Killing–Violence from the Soul: An Essay on the Origin and History of Conciousness» (Véase el capítulo 4). Hillman publicaría el estudio en Spring de 1954 con el subtítulo «El platonismo de la psicología y el eslabón perdido de la realidad», y respondería al mismo en Spring de 1956, dos años después. En el momento en que Giegerich presentó su ensayo, algunos lo experimentaron –incluso hasta cierto punto, el propio Hillman– como si violentara el regreso de la psicología arquetipal a los dioses griegos como imágenes vivas y animadas para la humanidad moderna.

¿Están realmente vivos tales dioses en el mundo actual? La pregunta de Giegerich condujo al motivo del sacrificio de toros a Zeus, un antiguo ritual religioso. (El propio Giegerich nació bajo el signo astrológico de Tauro, representado en el zodíaco por el toro). En aquellos días, escribió, «el golpe y la sangre son ‘hechos’ en un sentido literal, resultados de la propia creación del alma, y ​​dejaron con su efecto impactante una impresión indeleble en el alma, una que otorgó a lo divino una realidad incuestionable. Milenios después de la abolición de los sacrificios sangrientos, la conmoción que había hecho temblar el alma, profundizada y renovada en miles de sacrificios, todavía tiene un eco, que hoy llamamos una experiencia arquetipal o numinosa.»

Sin embargo, ahora, concluyó Giegerich, los dioses eran más abstractos y subjetivos, no «entidades existentes», sino más bien «resultados de la acción del alma». La falacia platónica era reducir la creación del alma a una recepción pasiva de la visión y la imaginación, en lugar de su creación activa original del acto y gesto sacrificial. Giegerich cuestionó si la psicología arquetipal podía realmente conectar a hombres y mujeres con la realidad a través de la imaginación y la intuición con su enfoque imaginal o estético. El alma, en su opinión, era «vida lógica» y, como tal, el alma se autogeneraba, habiéndose «edificado a sí misma mediante innumerables actos incisivos» como el «golpe mortal [que] imprimió la imagen arquetípica específica en el alma nuevamente.»

Unos meses después del Festival, Hillman le escribió a Giegerich: «Me siento fuertemente afectado al responder a sus «Matanzas», especialmente. Su literalismo ontológico’ en Notre Dame me sorprendió tanto–que usted hubiera ‘abandonado’ la percepción psicológica (de lo que me acusa) me sorprendió enormemente … Mientras tanto, mi corazón siempre el pertenecera en amistad.» En la carta, Hillman invitó a Giegerich a visitarlo nuevamente en Connecticut, pero esto no sucedió.

Hillman trabajó mucho y arduamente en su respuesta a «Matanzas», según le escribió a Giegerich a principios de 1994, «necesitaba una respuesta tan contundente como pudiera reunir».42 Cuando apareció en la edición de Spring de ese otoño, Hillman la tituló «One More Into the Fray». Al principio del artículo, señaló que Giegerich, «junto con los videntes oscuros de ideas afines Alfred Ziegler y Adolf Guggenbühl-Craig, ha mantenido viva una visión de la verdad despiadada durante los días de Disney de salud y felicidad para el consumidor». Recordó que el filósofo Ivan Illich quiso «huir del lugar al escuchar el artículo de Giegerich en Dallas» que describía la bomba nuclear como «el único rostro verdadero del Dios vivo hoy».

Giegerich se opuso a la caracterización de Hillman, recordando que en la discusión posterior a su conferencia, Illich comentó «que personalmente estaba terriblemente molesto porque lo que dije despertó problemas que le habían hecho abandonar su anterior existencia como monje». El objetivo de la charla, añade Giegerich, era describir «la historia bíblica del Becerro de Oro como una especie de ‘explosión nuclear’ de la idea misma del Dios, anteriormente mítico, y que estaba en la base de un desarrollo histórico que condujo a nuestra civilización tecnológica moderna (incluida la bomba nuclear)».

En su réplica de 1994, Hillman argumentó: «El objetivo de Giegerich en la esencia y la penetración constante e incansable, como ese conejo Energizer que sigue y sigue y sigue, sin miedo, como un escorpión y alegremente conduciendo hasta el punto final y dejando al lector allí, irredento, excepto por la profunda satisfacción de tener el caso completamente expuesto–esta es su preciada habilidad». Así que en «Matanzas», fiel a su estilo, Hillman esperaba «mostrar que estaba viciado de falacias.»

Hillman continuó durante otras 16 páginas para abordar lo que él consideraba esas falacias. La primera fue la de los modelos históricos, que se deslizó hacia una fantasía teológica de definir a Dios. Como David J. Dalrymple resumió en un capítulo sobre «Restoring Soul» en una tesis para el Seminario Teológico de Chicago: «Zeus puede seguir siendo Zeus incluso sin el toro concreto y el sacrificio. Los dioses pidieron no ser olvidados, por lo que bien pueden ser recordados ‘como hechos psicológicos’. Matar, la lanza, el hacha, el sacrificio pueden entenderse de una manera ‘como si’ o metafórica.»

Una segunda falacia era ontológica, en la que algo se declara real. La tesis de Giegerich, escribió Hillman, no era «necesariamente anterior… más básica, más necesaria o más inclusiva». Dependía de «a qué Dios estás sirviendo». Esto te dirá «en qué fantasía de la realidad habita tu alma y cuál le cuesta más ver a través de una fantasía, porque cree que esta fantasía elegida es realmente real».

Hillman admitió seguir el dictamen de Jung: «La psique crea la realidad todos los días. La única expresión que puedo usar para esta actividad es la fantasía». Añadió que «la experiencia de la muerte no requiere el sacrificio ritual de animales reales porque la imaginación, la metáfora, la abstracción de este acto no es menos un hecho real, a menos que atribuyamos un estatus ontológico primario a los cuchillos y la sangre reales. Él lo hace. Yo no.»

Lo imaginal necesitaba ser entendido tan real como lo lógico. «Los mismos modos que Giegerich encuentra inestables y endebles –los sentidos, la estética, la imaginación, la intuición, la visión, la metáfora– son los modos por los cuales los dioses se presentan48 … Así que finalmente, después de todo este alboroto, acuso a Giegerich–por no poder sentir la realidad de la psicología arquetipal–de una reversión al protestantismo. Para él los hechos contundentes a los que apela como verdaderamente reales son los del mundo científico-secular-económico desmitificado. Por lo tanto, su obra está teñida de ese europeísmo de una cultura que no puede escapar de su anhelo romántico de revertir su historia porque es incapaz de imaginar otro camino hacia los dioses.»

Touché. Y esos dioses, escribió Hillman en su párrafo final, «ofrecen una tierra de realismo mágico para dar hogar a los anhelos trascendentes de este hemisferio, permitiéndonos al mismo tiempo escapar del concretismo de la religiosidad fundamentalmente terrenal de Estados Unidos. La imaginación que enriquecen confirma que este mundo –contra el deseo de Giegerich de un mundo humano–, a pesar de todos sus horrores humanos, es no obstante un milagro constante de grandeza delirante. Nos dan visión. La visión hace que el mundo sea real; la estética lo hace soportable; la retórica lo hace decible; la poiesis, ilusorio; y la rapsodia, ilógico. No Hegel; Whitman. Los dioses son nuestra prosperidad.»

En respuesta, Giegerich escribió «Once More: The Reality/Irreality issue: A Reply to Hillman’s Reply«, de unas veinte páginas, «en el que demostré que sus acusaciones eran insostenibles», pero según Giegerich, Charles Boer (que entonces editaba Spring) se negó a publicarlo.51 Giegerich comenzó expresando su sorpresa de que «sus objeciones estén en la línea de los mismos viejos gritos de batalla con los que la psicología arquetipal en sus inicios se distinguía de los patrones de pensamiento más convencionales de la psicología junguiana: literalismo, fundamentalismo, visión monoteísta, falacia ontológica, activismo del ego, etc. Estas falacias son el material de la escuela primaria de la psicología arquetipal».

Giegerich estuvo de acuerdo con Hillman en que los dioses son inmortales: «Pero considero que ‘inmortal’ es un atributo imaginario de los dioses y no un hecho literal, así como no creo que dos personas que se prometen amor eterno estén excluidas de la posibilidad de divorciarse un año después, o que se las exponga como mentirosas si se separan… ¿Por qué me acusa de ‘pensamiento monoteísta’, a pesar de que es mi propia opinión ¿Que cada momento diferente de la historia tiene sus propios y diferentes dioses, verdades y modos de ser en el mundo?»

Giegerich dijo que estaba «perfectamente de acuerdo con la idea de Jung de la fantasía creadora de mundos.» Pero los «hechos duros» que Hillman lo acusó de exigir «son obviamente hechos positivistas que aborrezco». El acto sacrificial del que hablaba Giegerich era más bien «la cuestión de cómo debe entenderse esta actividad de la fantasía o de qué manera ocurre. El acto de sacrificio, si se ve desde dentro, contiene en sí mismo, o más bien es, un rico mundo de vida imaginal (o mejor, lógica). Cuando Hillman dice que ‘sin esa visión que percibe los mitos en los actos, el sacrificio no es más que un desastre sangriento’, pregunto: ¿Por qué no ve que lo que estoy haciendo es precisamente percibir y describir el mito en el acto sacrificial? ¿Y por qué insiste en reducir el acto sacrificial a la condición de un factor positivista, a la condición de una mera herramienta para recordar a los dioses?»

Giegerich continuó más adelante en el ensayo: «¡Y qué arrogancia pensar siquiera que podríamos derribar al dios dominante, especialmente cuando este dios es un dios tan verdaderamente universal, omnipresente y omnipotente como La Economía! Hillman decide que La Economía es el dios equivocado y privilegia a los dioses griegos, que ‘sobreviven solo mediante el ejercicio de una imaginación (libre)».

Y, sin embargo, al concluir su respuesta, a Giegerich le resultó obvio «que las acusaciones que Hillman había levantado contra mí en un aspecto, yo se las devolvía en otro. Esto demuestra dos cosas, creo. En primer lugar, demuestra lo asombrosamente cercanos que son nuestros respectivos puntos de vista y estilos de pensamiento, porque ambos trabajamos con las mismas categorías y tenemos las mismas preocupaciones. Y en segundo lugar, demuestra que hay una diferencia real, fundamental, porque cada uno ubica o vincula sus preocupaciones, por así decirlo, de forma cruzada, siempre allí donde el otro no las ubica».

Hillman le respondió a Giegerich: «Entiendo que puede que aquí y allá haya malinterpretado sus puntos (incluso deliberadamente muchos de mis puntos, como hago a menudo), pero creo que mis puntos dan en el blanco con respecto a su argumento principal. Todavía hay algo demasiado literal en ello.»

Así terminó lo que se había convertido en el mayor debate de la psicología arquetipal.

PALABRAS FINALES

Si hay una lección de vida que se puede extraer de su polémica relación intelectual, es que ambos hombres siguieron siendo amigos y admiradores del trabajo del otro. Hasta el final, se elevaron por encima de lo que podría haberse descartado como una disputa egoísta, manteniendo la integridad de sus propias ideas mientras permanecían abiertos a las del otro.

Después de leer el ensayo de Giegerich sobre los junguianos y la eficiencia [un tema que Hillman había abordado en su último libro, Kinds of Power]–publicado en el Journal of the German Society–Hillman le escribió (julio de 1995): «Así que simplemente quiero saludarte y agradecerte por seguir rompiendo una lanza por la causa correcta. Lo que dices debe decirse, aunque no sea escuchado. Debemos reconocer que la mayoría de nuestros colegas, si no todos, son simplemente burócratas [sic] con el encubrimiento religioso de ‘hacer el bien’. No están ni estuvieron nunca realmente preocupados por la sociedad y menos aún por el pensamiento. El poder de pensamiento de Jung y lo que requiere de sus sucesores. Parecen no sentir ninguna obligación de seguir pensando, solo de ‘aplicar’ o implementar (‘practicar’).»

Pasaron algunos años, durante los cuales su correspondencia disminuyó. Pero en 1998, Giegerich publicó el primero de sus 14 libros en inglés, titulado The Soul’s Logical Life. En él, atribuyó a Hillman el mérito de devolver los fenómenos del alma al campo de la psicología, pero añadió: «Un análisis crítico muestra que una psicología basada en la imaginación no puede superar verdaderamente el prejuicio positivista y personalista que se propuso superar». Hillman le escribió: «Mientras estaba en Inglaterra, tuve la oportunidad de leer partes de su libro. Es una magnífica obra de pensamiento. Muy importante por su claridad de visión y su ejecución. La caza incesante y la matanza transmiten la lógica con entusiasmo. Espero de alguna manera reunir a un pequeño grupo de mentes interesadas para trabajar en ello durante unos días… Nuestras diferencias (las suyas y las mías) son menores en comparación con Die Sache [lo principal]». (Hillman reunió a varios colegas para discutir el libro–Stan Marlan, quien luego escribiría varias críticas académicas del pensamiento de Giegerich, Michael Vannoy Adams y David Miller

Al comenzar el nuevo milenio, Hillman le escribió a Giegerich que «su trabajo es extraordinario y no cae en oídos sordos», y le pidió para Spring «un ensayo sobre la Verdad, el Tiempo y su relación».55 No parece que la solicitud haya recibido respuesta. Pero a finales del verano de 2004, Hillman volvió a plantear el tema, diciendo: «Intento seguir sus escritos, incluso cuando no estamos de acuerdo, aunque avanzamos en caminos paralelos de revisión/replanteamiento. Creo que hay un historicismo en su pensamiento, una visión progresista del tiempo, de que algunas cosas son ‘de hoy’ y otras ‘pasadas de moda’, así que me pregunto dónde entra lo atemporal; si es que entra. ¿Y también el ‘momento’ liberado de cualquier escala de tiempo? Así como de la geografía».

Esto condujo a sus últimos y más largos intercambios de cartas, que se intensificaron a medida que se acercaba el final del invierno y continuaron hasta el año siguiente. Para Hillman, acercándose a su 80º cumpleaños, parecía una especie de viaje intelectual que honraba el tiempo. En su respuesta inicial a las preguntas de Hillman, Giegerich afirmó: «No creo que el problema sea si lo atemporal entra en mi esquema, ni cómo. No, creo que el problema es si la visión que uno tiene de lo atemporal sigue siendo una abstracción o se vuelve concreta: lo atemporal aparece, creo, solo en el tiempo histórico. Sin embargo, Sófocles, la Biblia, Dante son documentos atemporales del alma y, sin embargo, al mismo tiempo, documentos eminentemente históricos del alma.»

A partir de ahí, un intercambio de cartas y faxes entre Giegerich y Hillman se centró en los temas históricamente limitados y atemporales del mito y la ciencia. «La ciencia no es un mito», declaró Giegerich, 58 Hillman continuó agitando las ideas. «La ciencia no solo trata sobre… ese es su principal disfraz. También es una revelación de cómo son las cosas, y también lo es el mito. Además, tanto el mito como la ciencia están abiertos a narraciones de cómo son las cosas y a Presentaciones contradictorias dentro de cada una de sus áreas/discursos de cómo son las cosas. La ciencia está menos personificada; el mito es menos matemático, por lo que sus lenguajes difieren al presentar sus formas simbólicas.»

GIEGERICH: «Nuestras premisas son muy diferentes. Para mí, el contraste entre ciencia y mito no se puede discutir en términos ontológicos. Su diferencia radical es psicológica, lógica, la de la relación con el mundo fundamentalmente diferente, la postura, que expresan respectivamente.»

HILLMAN: «No veo la ciencia exactamente como usted parece. Las ciencias siempre están tratando de lograr una teoría de campo unificada que pueda reunir todos los diferentes tipos de fenómenos en un solo universo. Ahora bien, ¿no son estos métodos (caminos) también narrativas? ¿No indican una variedad de patrones de aproximación y revelación de los fenómenos? Si es así, ¿podríamos entonces admitir que las ciencias expresan o adoptan uno u otro mito, y que el intento de unidad en una teoría general es también un impulso arquetipal.»

GIEGERICH: «Lo que usted llama el intento de unificar es una necesidad inherente de la ciencia… Es simplemente la lógica de la ciencia. Es como la perspectiva central en la pintura: hay un punto de fuga, y es por eso que la naturaleza necesariamente tiene que desaparecer cada vez más cuanto más domina la ciencia, porque de eso se trata la ciencia. Y, a la inversa, es por eso que no puede haber una ciencia objetiva del alma o de la vida.»

HILLMAN: «La ciencia se convierte entonces en una voluntad de poder, una arrogancia humanista un robo prometeico. En este sentido, la ciencia, en su tecnología y objetividad, tiene su propia ‘teoría del campo unificado’, que es un impulso mítico/arquetípico, la narrativa (no literalmente) de Prometeo.»

GIEGERICH: «No puedo ver en el impulso científico de dominar la naturaleza un ego o un impulso humano. La ciencia, en el fondo tecnológica para mí no implica un deseo humano de control práctico (utilitario) de la naturaleza. Para mí es una necesidad lógica del ‘alma’.»

Los extractos anteriores, por supuesto, no hacen justicia a estas extensas y brillantes cartas. Pero hacia el final de sus intercambios, Hillman se centra en el panorama general de su trabajo y el de su colega. «Mis lecturas de su obra (tan ligada al tiempo como literal-histórica) condenan el mundo de la vida moderna como completamente caído. Esto para usted parece incontrovertiblemente real y su actitud ‘realista’, de modo que mi trabajo con mitos (antiguos de otro tiempo literal) es anacrónico y completamente irreal. Por lo tanto, sentimental, romántico, escapista. Porque lo real es ‘el horror, el horror’ de la modernidad

«Ahora bien, tiendo a seguir siendo un estadounidense, una niebla y un neoplatónico, todo en uno. Sigo el ejemplo del ta’wil de Corbin para devolver algo a su origen y la epístrofe neoplatónica: todas las cosas ‘desean’ volver a los orígenes, o a los primeros principios, o en el sentido de Vico, al mítico primordial. Por lo tanto, los movimientos que hago son ‘redentores’, intentando (como lo hace Sardello) encontrar un ‘mito’ en el desorden. No niego el desorden. Pero no lo declaro maniqueamente irremediable. La patología es donde reside el alma, como Jung vuelve a enfatizar (incluso usando imágenes cristianas del niño nacido en el establo y la piedra que rechazaron los constructores para afirmar la visión ‘terapéutica’…»

«Así que lo mítico no está condicionado históricamente, sino que es una vía ahistórica para evocar, amanéusis, la memoria de la posibilidad arquetipal, y que tiene un efecto beneficioso ‘tónico’, como puede hacerlo el arte, la belleza, especialmente la música. Es una psicología de la evocación, tal vez de la invocación. Mientras que creo que la tuya es una psicología de la verdad y del establecimiento de la verdad…»

«PD: para añadir brevemente. La imagen del camino solitario indica que veo tu trabajo como un methodos (el método del animus, del logos de la lógica o el pensamiento), y el mío también es una ‘forma’ de aproximación: los seguidores intentan usar el método para establecer verdades (Artemisa es la diosa en el movimiento ecologista, Apolo gobierna las ciencias, etc)…»

 «Nuestros métodos están constantemente deshaciendo o, en lenguaje contemporáneo, deconstruyendo (subordinando).»

Y en una posdata manuscrita: «Ambos intentamos mantener la psique en movimiento–¿o me equivoco?

Giegerich estaba «sorprendido» de que Hillman pudiera atribuirle a su «condenación del mundo de la vida moderna como completamente caído… El mundo es simplemente el mundo. Es, y siempre, en todo momento, ha sido como es… La miseria y la felicidad son los dos polos entre los que se mueve la existencia humana». Tampoco veía su trabajo de la manera literal que Hillman lo hacía.

Pero se amaban de todos modos. Al final de su correspondencia, Hillman describió cómo y por qué su psicología «retrocedió»–al igual que arquitectos, religiosos y artistas como Picasso, Rothko y Joyce. «Este retroceso no es literal hacia la historia, ni con el fin de avanzar hacia el futuro. Es una ‘epístrofe’, tal como yo la entiendo, una fantasía de edad de oro, de paraíso, de fons et origo [la fuente y el origen de algo], en busca de ayuda, apoyo, inspiración, belleza, modelo, profundidad, semilla, don, chispa; algo más que el cegamiento de la lucha de las diez mil cosas del aquí y ahora, donde siempre vemos a través de un cristal oscuro. El paso atrás es como el ‘reflejo’ que Jung explica etimológicamente, como una inclinación hacia atrás y alejarse de…»

«Es ganar otro punto de apoyo, una perspectiva diferente, y estar en contacto con los otros fantasmales que están en tu línea (los maestros y profesores como Heráclito o Vico, en mi caso). Es un paso hacia los ancestros, una evocación, para que el trabajo pueda continuar evocando, ¡y al servicio de los ancestros! Memoria.

«Estoy hablando aquí de mi ‘lebensphilosophie’, que me has dado la oportunidad de intentar formular.»

AMIGOS A PESAR DE TODO

En el período inmediatamente posterior a la muerte de Hillman en 2011, Giegerich citaría varios recuerdos entrañables en una extensa «Evaluación» de su mentor original. «Su animal favorito, me dijó una vez, era la jirafa. Permítanme usar esto como imagen: así como la jirafa se encuentra en el mismo terreno que todos los demás animales de la sabana, pero sin embargo alcanza reacciones superiores que son inaccesibles para todos los demás, la aparición de ‘Hillman’ en la escena de la Psicología Analítica supuso una especie de avance hacia una nueva dimensión.

En otra ocasión, caminando juntos por las calles de San Francisco durante un Congreso de la Asociación Internacional de Psicología Analítica, Giegerich recordó «su audaz uso de una gorra con la inscripción: ‘¡Soy un pagano renacido!'»

En otro momento, «en una época en la que los ‘grafitis’ aún eran desconocidos en Europa, apareció de repente en Zúrich alguien que pronto se conoció como el ‘grafiti de Zúrich’. En una reacción espontánea, Hillman, con su inclinación marcial, algo juvenil y antiautoritaria, encontró esto genial, porque el pulverizador ‘ponía rostro’ a paredes desnudas y vacías. Para mí, esta fue una respuesta muy reveladora, porque es antifenomenológica: poner algo sobre una superficie vacía para darle un rostro, en lugar de dejar que los fenómenos muestren su rostro o no rostro real; en este caso: dejar que hablen precisamente el vacío y la esterilidad de un muro de hormigón.»

Luego, en el Simposio Internacional de Psicología Arquetípica organizado por el Pacifica Graduate Institute en 2000, «quería que la mesa redonda se presentara como si sus miembros estuvieran sentados en un café europeo charlando entre ellos. Esto sugiere que quería que los participantes de la mesa redonda, mientras discutían para resolver ciertos problemas frente a una audiencia, al mismo tiempo actuaran como si no estuvieran tratando de hacerlo en absoluto, sino que estuvieran sentados relajados alrededor de una mesa de café, (imaginariamente) tomando su café e intercambiando ideas casualmente. De alguna manera, como actores en el escenario, y sin embargo, al mismo tiempo, no con cada participante diciendo, como en un teatro real, su parte memorizada, sino más bien participando en una discusión espontánea. En cierto modo, este tipo de mesa redonda se suponía que era una simulación de las maravillosas y memorables reuniones nocturnas de la multitud de Hillman durante las conferencias de Eranos en uno u otro café real en la acera del paseo marítimo de Ascona… El elemento de espectáculo y exhibición también ya que la forma casual era importante para Hillman.»

Giegerich, quien nunca fue un showman, podía, sin embargo, «detener el espectáculo», como lo hizo con sus charlas en la conferencia «Facing Apocalypse» y una década más tarde en el Festival de Psicología Arquetipal. Hillman consideraba el «estilo de ataque» de Giegerich como imaginativo. Escribió en 2008: «Imagínense que usa una espátula, papel de lija, pinceles rígidos y trazos negros, duros y gruesos para delinear las diferencias, para romper las convenciones. Piensen en los primeros Stravinsky, Shostakovich. La agresividad puede ser una necesidad retórica, por lo que sus devastaciones de Freud y Jung, o de mí, no deben tomarse como literalmente desagradables a nivel personal».

Como Ginette Paris señaló una vez, en el léxico de la psicología profunda, la obra de Hillman «representa y se apasiona por el anima, de forma muy similar a como Wolfgang procede deliberada, brillante, despiadada y exhaustivamente desde y con el animus».

Hillman expresó, en sus últimas palabras sobre su relación, que él mismo había «fallado en honrar la amistad con una respuesta seria a sus extraordinarios esfuerzos. Dos barreras se interponían en el camino. Sentí que era demasiado esfuerzo hacerle justicia: reunir argumentos, releer sus textos antiguos y mantenerme al día con los más nuevos, explicar mis palabras e intenciones. Cualquier respuesta que hiciera nos dejaría donde estamos: amigos que divergen».

Ante eso, Giegerich se ofendió por completo. ¿No honrar la amistad? «¡Qué decepción!», exclamó en 2019. «Para mí, no se trata en absoluto de una relación personal entre él y yo. En mi opinión, no honró las necesidades de la psicología, ¡los verdaderos problemas que estaban en juego! Ellos (no yo) necesitaban su respuesta, una aclaración en el sentido de refutación, resolución o aceptación. Es más fácil vivir con el sentimiento de ‘no honrar la amistad’ que con el de no enfrentar desafíos teóricos esenciales y contraargumentos serios.»

Después de todo, tenían estilos de vida muy diferentes. Giegerich, casado con la misma mujer durante más de cincuenta años y sin hijos. Hillman, casado tres veces, y con cuatro hijos (de la misma esposa). Giegerich, una figura atada, algo así como un lobo solitario e introvertido. Hillman, un buscador de amistades de estilo comunitario con colegas mayores y seguidores más jóvenes.

Al final, fue al Hillman inicial a quien Giegerich elogió, el que en Re-Visioning Psychology hizo avanzar el campo «a un nivel fundamentalmente superior de reflexión sobre el anima mundi, una psicología del compromiso». Giegerich finalmente rechazó la «psicología con dioses» de Hillman (y con ‘ángeles’, ‘daimones’ y ‘presencias’) (que es tan ilegítima como lo sería la física moderna si se hubiera constituido axiomáticamente, por ejemplo, como una ‘física con espíritus de la naturaleza’)

Sin embargo, Giegerich lo recordaría «con profunda gratitud, feliz de que nuestra amistad personal y respeto mutuo continuaran todo el tiempo, espero y creo que también de su lado, a pesar del dolor que mis críticas mordaces probablemente le causaron».

Varios meses antes de morir, Hillman no mencionó ningún dolor por las críticas mordaces cuando se le preguntó sobre Giegerich. Sí abordó de nuevo por qué no había seguido asumiendo esos «desafíos teóricos esenciales» de su viejo amigo y rival. «Siento que puse una gran cantidad de energía inútil en intentar argumentar en contra de Giegerich en mi mente», dijo Hillman. «Hasta que me di cuenta, a la psique no le interesa la discusión, no le interesa quién tiene razón y quién no, ni quién ha ido más lejos que la otra persona. Nada de eso tiene importancia realmente, aunque la siguiente generación [de junguianos] intenta encasillarnos en la discusión. Tenemos una buena relación emocional».

Había algo más en su compromiso que iba más allá de Giegerich y tocaba el trabajo de un amigo aún más cercano, Ed Casey. Hillman dijo: «Es importante porque la psicología en sí misma, a medida que ha crecido a través de los años, es más una psicología filosófica que una psicología experimental o una psicología terapéutica, en el sentido de que la filosofía de Sócrates era una terapia.»

Casey vio el hecho de que Giegerich «viviera en desacuerdo con Jim en un diálogo muy conflictivo, pero creo que productivo», como otro ejemplo del tipo de chispas que surgen al alejarse de cualquier supuesto centro. Debido a que Jim es un policentrista radical, lo que hace fomenta este pensamiento descentrado, fragmentado y fraccional. Es muy coherente, de hecho, con sus propios procedimientos, su propia forma de pensar. Pero luego asume esta comprensión personal e institucional. Quiero decir que ni siquiera lo intenta, ni siquiera lo desea. Simplemente sucede.»

Sobre la melancolía y la depresión. Introducción

Traducciones

Klaus Ottmann, Alemania

Publicado en ‘On Melancholy and Depression’, volumen 11 de sus Uniform Edition, Introducción

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

INTRODUCCIÓN

La depresión es el defecto del amor. Para ser criaturas que aman, debemos ser criaturas capaces de desesperarnos por lo que perdemos, y la depresión es el mecanismo de esa desesperación. Cuando llega, nos degrada y, en última instancia, eclipsa la capacidad de dar o recibir afecto. Es la soledad que llevamos dentro y que se manifiesta, y destruye no solo la conexión con los demás, sino también la capacidad de estar en paz y a solas con uno mismo.
Andrew Solomon, El demonio del mediodía: un atlas de la depresión

A través de la depresión entramos en las profundidades y en las profundidades encontramos el alma. La depresión es esencial para el sentido trágico de la vida. Humedece el alma seca y seca la húmeda. Aporta refugio, limitación, enfoque, gravedad, peso y humilde impotencia. Recuerda a la muerte. La verdadera revolución comienza en el individuo que puede ser fiel a su depresión.
James Hillman, Re-Visioning Psychology

Este volumen de la Edición Uniforme de los Escritos de James Hillman combina una charla pronunciada por Hillman en Roma en 1999 sobre la melancolía con una transcripción editada de tres seminarios sobre el tema de la melancolía y la depresión celebrados en el Pacifica Graduate Institute en Carpinteria, California: “En defensa de la melancolía” (1992), “Síndromes depresivos” (1994) y “El lugar de la depresión en una civilización maníaca” (2000).

Hillman también analiza la depresión en relación con el suicidio en su estudio de 1964 El Suicidio y el Alma, desde una perspectiva alquímica a lo largo de sus escritos sobre psicología alquímica, y desde un enfoque arquetípico y neoplatónico en Re-imaginar la Psicología. En El Suicidio y el Alma, Hillman escribe:

El alma necesita la experiencia de la muerte. Esta puede producirse de diversas maneras… El suicidio es sólo una de ellas; otras son la depresión, el colapso, el trance, el aislamiento, la intoxicación y la exaltación, el fracaso, la psicosis, la disociación, la amnesia, la negación, el dolor y la tortura. Estos estados pueden experimentarse simbólica o concretamente. Pueden estar presentes en la historia clínica o en la historia del alma. La forma de la experiencia psicológica parece no importarle al alma siempre que tenga la experiencia.1

Para Hillman, vale la pena aferrarse a esos momentos de oscuridad y prestarles atención. Tomando como ejemplo a Freud, quien llamó a la interpretación de los sueños “la vía regia hacia el conocimiento del elemento inconsciente en nuestra vida psíquica”,2 Hillman llama a la depresión “la vía regia de la formación del alma”.3

Hay algo en el hecho de sentir el peso del mundo. Si no estás deprimido por los peces muertos en los ríos y los árboles que se talan a diestra y siniestra, y todo eso, no estás viviendo. ¿Cómo podría el alma —tu alma— no ser sensible al alma del mundo? Esa es una de las ideas más antiguas que tenemos en el pensamiento occidental: que el alma del mundo y el alma del ser humano están interconectadas. (Three Seminars)

El enfoque de Hillman sobre la depresión es doble:

1. Entender la depresión menos como una enfermedad del individuo que como un síntoma de nuestra cultura: “la represión crea depresión”.

2. Reconocer que la melancolía es mucho más rica que la depresión porque ésta restringe el alma mientras que la primera representa un estado de poderes imaginativos intensificados.

El postulado principal de Hillman es que vivimos en una cultura maníaca: “Todos estamos sujetos a la tiranía de una vida apresurada, una vida de aceleración despiadada”, una cultura que ha “encarcelado la melancolía en la temible condición clínica llamada depresión” (“Depression, or Melancholy without the Gods”). La depresión es un síntoma de “la adicción de nuestra cultura a una superficialidad maníaca en el crecimiento y el movimiento”:4

La depresión sigue siendo el gran enemigo. Se gasta más energía personal en defensas maníacas contra ella, en distracciones y en negaciones de la misma que en otras supuestas amenazas psicopatológicas para la sociedad: criminalidad psicopática, crisis esquizoides, adicciones.5

Utilizando la mitología arquetípica, la alquimia, las ideas neoplatónicas y las imágenes evocadas por artistas y poetas, Hillman desvía su atención del tratamiento de la depresión como una enfermedad que está dentro del paciente hacia “el lugar de la depresión en una sociedad maníaca” que “premia al maníaco y penaliza al deprimido” (Three Seminars). Alquímicamente, la depresión es un ennegrecimiento del alma. Es el precio que se paga por la reflexión y la comprensión:

La melancolía ha sido, desde los Problemas de Aristóteles, la enfermedad de los pensadores. Cuanto más blanco es el reflejo, más carga de plomo hay; a medida que producimos plata, aumentamos el plomo… Tenemos la sensación de envenenamiento por plomo, un estado de estar tragado por el plomo, perdido en la mina de plomo… la depresión es la mina… Extraemos plata del plomo, pero no para eliminar el plomo, porque eso cerraría la mina”.6

La psicoterapia destinada a ayudar a controlar afecciones mentales y desafíos emocionales como la depresión es en sí misma “una actividad depresiva”:

Y si uno no tiene una conexión con la parte melancólica del alma, el temperamento melancólico, hacer terapia no va a ser fácil. (“Three Seminars”)

Si los dioses se han convertido en enfermedades, como decía Jung, “lo que se hace en psicoterapia es alimentar a los dioses. No se les da a conocer su historia clínica personal… Se les da a los dioses imágenes”. Así, Hillman define la depresión como “melancolía sin los dioses”:

Sí, la depresión puede ser la enfermedad endémica de nuestros tiempos, pero de ella pueden destilarse las gotas negras de la melancolía, gotas que son la medicina fundamental para curar los propios tiempos, pues, a menudo, los dioses eligen la melancolía como su medio de retorno.

En una sociedad maníaca, sostiene Hillman,

La melancolía no ha sido vencida ni desterrada. Ha pasado a la clandestinidad, se disfraza y adquiere un nombre moderno: “depresión”. Por eso, la medicina y la sociología, e incluso los gobiernos nacionales y las organizaciones sanitarias internacionales, han descubierto que la depresión es el síndrome más importante de nuestros tiempos y endémico en las poblaciones del mundo occidental. Puede estar enmascarada, latente, negada, pero la depresión sigue siendo una constante, el matiz subyacente de nuestra soledad, el vacío que tememos, la soledad desoladora que imaginamos que nos espera al final de nuestros días de vejez. (“Depression, or Melancholy Without the Gods”)

Hillman cita el enfoque del neoplatonismo sobre “la alienación, la tristeza y la conciencia de la muerte, sin negar nunca la depresión ni separar la melancolía del amor y el amor de la intelección”:

Reconoció el lugar destacado de la imaginación en la conciencia humana, considerándola como la actividad primaria del alma. Por lo tanto, cualquier psicología que tenga como objetivo el alma debe hablar imaginativamente.7

Al igual que el neoplatonismo, la psicología arquetípica mantiene cerca la depresión, “creyendo que es más probable que su alma sea servida”.8 La depresión, por lo tanto, requiere un tipo diferente de terapia, “una terapia de ideas” y de imágenes, una que no lleve a los pacientes más profundamente a sus miserias sino que los ayude a descubrir la riqueza de la imaginación y lleve al alma desde la oscuridad de la depresión hacia la oscuridad de la melancolía hacia una unio mentalis, una unión de espíritu y alma:

Hemos coloreado esta unio mentalis de “azul” porque el azul que hemos estado encontrando transfigura las apariencias en realidades imaginarias e imagina el pensamiento mismo de una nueva manera… Cuando el ojo se vuelve azul, es decir, capaz de ver dentro de los pensamientos y visualizarlos como formas imaginativas, entonces las imágenes se convierten en la base de la realidad.9

El objetivo de la “terapia de ideas” de Hillman es trasladar el alma del ennegrecimiento causado por la depresión al tipo de belleza poética que es inherente a la melancolía.

Así pues, la tarea que tenemos por delante es la de convertir la depresión en melancolía. No curar la depresión, no vencerla y hacernos felices como dice la Declaración de Independencia que deberíamos ser, sino aumentar nuestra comprensión y capacidad para afrontar la melancolía («Three Seminars»).

“Debemos levantar la represión de la depresión” interesándonos en la tristeza (Three Seminars). Si bien los tratamientos farmacológicos como los antidepresivos pueden brindar alivio o algo cercano a una cura para el alma de un paciente individual, una cura verdadera y duradera solo puede lograrse curando el alma del mundo, “reconociendo la melancolía arquetípica en el alma del mundo”.

El error básico que todos cometemos reside en el enfoque subjetivo de las depresiones que sentimos: mi vida, mi matrimonio, mi fracaso, mi enfermedad, mi envejecimiento. El error es la subjetividad personal. El hecho de que sintamos algo no lo convierte en “mío”. La depresión, separada de la melancolía del mundo, se convierte en una preocupación completamente egoísta. (“Depression, or Melancholy Without the Gods”)

El fracaso de la cultura maníaca es, pues, considerar la depresión meramente como una enfermedad intrasubjetiva o intersubjetiva :

No hace mucho tiempo, la queja del paciente se encontraba en el interior del paciente. Se consideraba que un problema psicológico era intrasubjetivo… Complejos, funciones, estructuras, recuerdos, emociones: la persona interior necesitaba realinear, liberar, desarrollar. Luego, más recientemente, gracias a las terapias de grupo y familiares, la queja del paciente se localizaba en las relaciones sociales del paciente. Un problema psicológico se consideraba intersubjetivo; la terapia consistía en reajustar la psicodinámica interpersonal dentro de las relaciones, entre parejas, entre miembros de familias. En ambos modos, la realidad psíquica se limitaba a lo subjetivo. En ambos modos, el mundo permanecía externo, material y muerto, meramente un telón de fondo dentro y alrededor del cual aparecía la subjetividad. Por lo tanto, el mundo no era el ámbito del enfoque terapéutico.10

Hillman, en cambio, aboga por la restauración de “esa chispa particular del alma” del anima mundi “que se ofrece a través de cada cosa en su forma visible… su disponibilidad a la imaginación, su presencia como una realidad psíquica”.11 Cuando las cosas vuelven al alma, la realidad psíquica ya no depende de la experiencia de uno mismo, sino “de un testimonio de sí mismo de otro tipo”.

Cada acontecimiento [psíquico] particular, incluidos los seres humanos individuales con sus pensamientos, sentimientos e intenciones invisibles, revela un alma en su despliegue imaginativo. Nuestra subjetividad humana también aparece en nuestro despliegue. Aquí la subjetividad se libera de la literalización en la experiencia reflexiva y su sujeto ficticio, el ego. En cambio, cada objeto es un sujeto, y su autorreflexión es su autodespliegue, su resplandor. Interioridad, subjetividad, profundidad psíquica: todo está ahí afuera, y, por lo tanto, también la psicopatología.12

Klaus Ottmann


Notas

1. James Hillman, Suicide and Soul (Thompson, Conn.: Spring Publications, 2020 [1964]), 58.

2. Sigmund Freud, The Interpretation of Dreams, translated by A. A. Brill (New York: The Modern Library, 1978), 459.

3. “Alchemical Blue and the Unio Mentalis,sp” en UE 5: 102.

4. James Hillman, Re-Visioning Psychology (Nueva York: Harper & Row, 1975), 25.

5. Ibíd., 98.

6. “Silver and the White Earth,” in UE 5: 138.

7. Hillman, Re-Visioning Psychology, 198.

8. Ibíd., 241.

9. “Alchemical Blue and the Unio Mentalis,” 118.

10. “Anima Mundi: The Return of the Soul to the World,” in James Hillman, The Thought of the Heart and the Soul of the World (Thompson, Conn.: Spring Publications, 2021 [1992]), 56.

11. Ibíd., 61.

12. Ibíd., 62.

THE LIFE AND IDEAS OF JAMES HILLMAN, VOL. III: INTRODUCCIÓN

Traducciones

Dick Russell/EE.UU

De The Life and Ideas of James Hillman, Vol. III «Soul in the World». Introducción.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

INTRODUCCIÓN

LEYENDO LA VIDA AL REVÉS

Sigue la curiosidad, indaga en ideas importantes, arriésgate a la transgresión. Esto requiere valentía, es decir, abandonar las ideas antiguas y las ideas extrañas, cambiando el significado de los acontecimientos que tememos. Me refiero a la valentía de ser curioso.

-James Hillman, epígrafe del programa de su homenaje, mayo de 2013

El gran auditorio de la Sociedad de Nueva York para la Cultura Ética se llenó antes de media tarde. Algunos llegaron vestidos de gala, otros con zapatillas y vaqueros. La lista de ponentes fue igualmente diversa. Viajaron desde muchos países: Japón, Brasil, Venezuela, Italia, Suiza, Inglaterra, Francia y de todo Estados Unidos. Poetas y bailarines, actores y percusionistas, astrólogos y filósofos, colegas del movimiento de hombres, un vecino cantante, un peluquero y nietos. Todos allí para recordar y honrar a un psicólogo de las profundidades y autor de más de veinte libros.

El programa, organizado por su viuda Margot McLean y su íntimo amigo Mermer Blakeslee, comenzó con baladas irlandesas cantadas por Peter Lange, vecino de Thompson, Connecticut. Luego, el profesor del grupo masculino, Michael Meade, junto con John Densmore, quien perteneció al grupo de rock The Doors, siguió con la batería. Después, miembros de la compañía francesa de teatro Roy Hart interpretaron «Under the Boardwalk». Joe Landry, el hombre que le cortó el pelo a James durante años, abrió el programa con una imagen de la cabeza de Hillman, obra del artista Sandy Gellis, en la pantalla detrás de él. A continuación, el historiador cultural Richard Tarnas, autor de «La pasión de la mente occidental», marcó el ritmo.

«James Hillman devolvió la palabra ‘alma’ a la psicología», comenzó Tarnas. «Sacó la psicología del consultorio al mundo, y aportó una inventiva, un estilo y un saber asombrosos a cada frase que escribió y pronunció. La lista de temas peligrosos y complejos a los que dedicó su extraordinaria visión es casi interminable: ecología, envejecimiento, guerra, destino, puer y senex, la ciudad y el diseño urbano, arquitectura, economía, el movimiento de los hombres, racismo, pornografía, lenguaje, filosofía, cosmología, astrología, fenomenología, educación pública, arte, animales, emoción, Shakespeare, el Renacimiento, Romanticismo, neoplatonismo».

James era a la vez posmoderno y antiguo. Veía a través, sin cesar, como un deconstruccionista, y sin embargo, veía, vívidamente, a los dioses, los espíritus, las profundidades, como un poeta antiguo… Sobre todo, James defendió la imaginación en el lugar que le corresponde en el centro de la realidad humana, con quizás mayor fuerza y ​​elocuencia que nadie desde William Blake. Y vio el anima mundi, el alma del mundo, de maneras nunca antes vistas, inspirando no solo a psicólogos, sino también a académicos de diversas disciplinas, artistas, poetas y activistas de todos los ámbitos.

¡Cuánto nos enriqueció James con su inagotable caudal de ideas, iluminando y ensombreciendo tantas cosas! Su profundidad de alma y la amplitud de sus conocimientos, su lenguaje brillante, su originalidad herética, su individualidad agudizada. Lo extrañaremos profundamente, pero nos dejó tanto que lo integraremos durante mucho tiempo.

El filósofo Ed Casey citó a Hillman, diciendo: «Nuestra lucha con las ideas es una lucha sagrada». El erudito religioso David Miller citó un proverbio japonés: «El cuenco de té tiene dos asas; tómalo siempre por la otra». Miller añadió que «la capacidad curativa de James siempre consistía en tomar una idea, una fantasía o una emoción por la otra asa».

Una de sus nietas, Naima, leyó un poema que Hillman escribió en su juventud sobre su encuentro con el mundo de los sueños. Otras dos nietas, Gabrielle y Marissa, leerían más tarde fragmentos de su libro, Un terrible amor por la guerra, y citarían una carta que les había escrito a sus padres sobre su trabajo con veteranos ciegos tras la Segunda Guerra Mundial. Una cuarta nieta, Stella, leyó una carta que le había escrito a su abuelo tras su muerte; estaba enterrada en su tumba para que él la viera.

Colegas de distintos países leen tanto en inglés como en su lengua materna: Takuji Natori de Japón, Silvia Ronchey de Italia, Gustavo Barcellos de Brasil y Axel Capriles de Venezuela.

Los poetas Lewis Jenkins y Coleman Barks leyeron algunos de sus poemas favoritos. La artista Lisa Crafts creó un cortometraje animado en honor a la pasión de James por el boxeo. Mermer Blakeslee leyó su poema «Una nota a los humanos desde la gorra naranja de Hillman».

Su profesora de baile, Leslie Snow, recordó cómo Hillman «llevaba sus zapatos de tap a todas partes». La hija de Leslie, Laura Snow, y la bailarina Raja Feather Kelly bailaron tap al ritmo de «They Can’t Take That Away from Me». La actriz Helen Hunt habló de cómo su ensayo sobre «Betrayal» inspiró su película, Then She Found Me. Richard Olivier, de los grupos masculinos, recordó que Hillman le dijo: «No escuchamos lo suficiente las voces que surgen desde el borde».

Margot McLean leyó un breve poema privado que James escribió para ella.

Nuestro amor se vive en la vida.
El caballo en el establo
pisotones y chirridos
por el amplio campo de flores silvestres.

En una gran pantalla aparecieron imágenes de Hillman, unos meses antes de su muerte, leyendo en voz alta dos poemas de Yeats: «Navegando hacia Bizancio» y «La Torre». Un amigo cercano, Nor Hall, compartió apuntes que Hillman dejó escritos durante sus últimos días: «Un lugar muy extraño ahora. ¿No es asombroso que, a medida que avanzamos, tengamos un retroceso…? No podría haberlo hecho de otra manera… Este es un día estupendo, mucha pesca… Veamos qué pasa después».

En un video, Robert Bly leyó una carta a James. Comenzaba así: «Aquí tienes un poema para que lo mires y lo tires. Tiene vida propia, pero es como un pollo que escarba en el polvo, que un jornalero borracho casi lo alcanza en su coche». Luego leyó su poema «Las Golondrinas».

Apareció una imagen en la pantalla: Hillman contemplando un campo nevado. Luego, un audio donde cantaba «La Cucaracha» con su amigo Enrique Pardo y reía. Un solo de trompeta compuesto por Nina Rota, de la película La Strada de Fellini, que Hillman había elegido para su entierro un año y medio antes, cerraría el homenaje.

DIEZ AÑOS ANTES: UN RECORRIDO POR EL SANTUARIO INTERIOR

La vieja y alargada casa de Nueva Inglaterra se extiende junto a un camino circular de grava en Thompson Center, en el rincón más alejado del «Quiet Corner» del noreste de Connecticut. Al entrar en una habitación del segundo piso, los libros de James Hillman, en varias ediciones (incluidas traducciones al japonés), llenan dos estantes. Uno de los gatos adorna una silla de escritorio. Trabaja en tres escritorios de madera diferentes, moviéndose a menudo entre ellos. Sigue escribiendo a mano, luego con máquina de escribir eléctrica, cortando y pegando con tijeras. Nunca ha puesto los dedos sobre una computadora. No envía correos electrónicos, aunque tiene una dirección con el nombre de usuario Bronzino (pintor manierista florentino del siglo XVI).

Su rutina diaria suele comenzar alrededor de las cinco de la mañana. Después de tomar el té y alimentar a los gatos, escribe A las 6:30, antes de que Margot se levante. Trabaja hasta el mediodía y suele volver a trabajar un par de horas más al final de la tarde. Abajo, Joan Luster, que viene varios días a la semana, lleva su caótico manuscrito mecanografiado, lleno de anotaciones, lo pasa limpio a la computadora y luego lo copia en un disco. También ha organizado todas las charlas de Hillman en un sistema increíblemente accesible, y él agradeció profundamente su obsesiva atención. Cita a un profesor que tuvo: «A medida que envejeces, cortas la salchicha más fina». Pero todavía le encanta dar seminarios maratonianos de un día entero. Nunca da la misma charla dos veces.

En la habitación contigua a la oficina, una vitrina contiene objetos de sus viajes, así como una placa de bronce con el número «1» que su editor le envió junto con un ejemplar en bronce de su libro «El Código del Alma». «Días que nunca volverán», dice, ahora que ha vuelto a ser la figura «antisocial» relativamente desconocida que era antes de aparecer en el programa de Oprah Winfrey para hablar de «El Código del Alma», que lo catapultó a la cima de la lista de los más vendidos del New York Times.

Una habitación de invitados en la misma planta está presidida por un gran colchón de crin y una bañera vieja, con fotos de todos los antepasados ​​de Hillman enmarcadas en una pared. Allí es donde paso la noche esperando nuestra próxima entrevista. Es imposible despertar sin encontrarse con sus antepasados, que se remontan a dos siglos atrás. Baja de su habitación para prepararnos un desayuno de huevos, salchichas y bagels. Al otro lado de la casa, frente a una terraza acristalada, se encuentra el estudio de Margot. Un gran cuadro de cuervos da la bienvenida a los visitantes. Una pequeña colección de mariposas está enmarcada en la pared contigua de la oficina.

Justo al otro lado del porche trasero, las gallinas revolotean y cacarean dentro de su gallinero. Gansos, patos y conejos viven tras la cerca de alambre. Robles, arces y un hermoso abedul alto rodean la casa. Hillman, con vaqueros cortos, botas de goma y una gorra con un mensaje en la espalda: «No hay tonto como un viejo tonto», se dirige a la piscina para intentar que la bomba funcione de nuevo. Mientras Margot poda los arbustos, Hillman señala todas sus nuevas plantas y comenta qué maravillosa jardinera es.

Ha estado recopilando artículos y citas sobre biografía en una carpeta. Una de ellas dice que la biografía busca responder a la pregunta: «¿Cómo debo vivir?». Capturar «momentos de la existencia, momentos de cosas vistas y oídas, a partir de los cuales escribimos parte de la poesía de las vidas humanas». En el mejor de los casos, los biógrafos son «perpetuadores de parábolas». Una biografía debe concebirse como un conjunto de misterio, mito y belleza. «Solo si la historia misma transmite esta sensación de belleza, puede satisfacer la vida sobre la que se escribe».

Sentado junto a la piscina, reflexiona: «O tengo seguidores de culto o soy un completo desconocido. No hay término medio. Mi obra no se integra en el mundo académico medio general, donde se enseña en cursos universitarios. No entra en la corriente principal en absoluto. La adoptan personas que la consideran importante para lo que sea que estén haciendo, ya sea su vida personal, el teatro o la escritura».

Desde su juventud, mientras paseaba por el banco de arena de Atlantic City, ha buscado lugares aislados, sencillos y hermosos para perfeccionar su arte: «El valle de Cachemira, adonde fui con Kate [su primera esposa] cuando tenía veintipocos años, uno de los paraísos del mundo. La isla del norte de Suecia donde su familia tenía propiedades, a la que iba todos los veranos y escribí muchísimas cosas. Eranos, donde alquilé un piso durante veinte años en pleno Lago Maggiore. Más recientemente, la isla caribeña de Guana en invierno. Todos estos lugares idílicos…»

«Ahora bien, ¿cómo se relaciona esto con la persona o la personalidad? Había ciertas cosas de las que quería salir. Después de ser un buen estudiante de preparatoria, tuvimos elecciones para presidente y vicepresidente de la clase de último año. Di un discurso de nominación para un amigo que se postulaba. Usé una voz falsa y fingí estar en una de esas películas antiguas de Andy Hardy. Después me reprendieron por burlarme de todo el serio proceso electoral…

«Luego, para salir de la caja de la escuela secundaria, fui temprano a Georgetown. Y cuando me uní a la Marina, el jefe a cargo de nuestra compañia tenía problemas para cumplir con los horarios y me encargaron el trabajo. Era, la verdad, un organizador perfecto. Pero después de un tiempo, me uní a un grupo de chicos que se largaban y buscaban otro lugar para esconderse y escapar de sus obligaciones. Cuando estuve en París después de la guerra y me cansé de estudiar francés, quise estudiar más en Inglaterra, o, al menos, literatura o lengua inglesa. Pero no quería ir a Oxford ni a Cambridge. Así que me fui a Irlanda; esto fue en el 48.

Cuando me metieron en la caja de los judíos, quería ser estadounidense. Cuando me metieron en la caja de los estadounidenses, era suizo. Cuando me metieron en la caja de los suizos, vestía ropa irlandesa. El Instituto [Jung] se convirtió en una caja después de un tiempo, y luego fundamos Spring House para celebrar reuniones y hablar sobre toda esta gente misteriosa del Renacimiento. Cuando regresé a Estados Unidos y a Dallas después de veinticinco años, era un extraño europeo suizo para la gente de Dallas. Luego, cuando estaba en la Universidad de Dallas, nos rebelamos y fundamos el Instituto de Humanidades y Cultura de Dallas. Fue una verdadera rebelión; fuimos a ver al presidente y le dijimos que tenía que dimitir. En cambio, despidió a todos. La cuestión es que era el mismo patrón. Los grupos de hombres en los que me involucré también podrían considerarse algo fuera de lo común.

Así que es una tensión real. Una peculiaridad biográfica interesante. No puedo explicarla bien. Ya sabes, un forastero también es un proscrito. Y cuando algo se vuelve demasiado estricto, en mi pasado estallé de una forma u otra. No es necesariamente algo bueno o malo, es un hecho. Creo que así es como probablemente el daimon siempre ha trabajado: para destruir algo que ya existe. Cuando me preguntan en conferencias cómo lo hiciste, he dicho que escribí movido por la ira y el odio. Es que algo tiene que romperse y decirse.

Hillman hace una pausa, perplejo. «Esto también es curioso, ¿por qué no habría llevado un diario? Lo he pensado a menudo. Puedo plasmar un sueño. Pero creo que escribir para mí mismo parece una verdadera pérdida de tiempo. Sigo sin querer perder nada de lo que he escrito; quiero incorporarlo de alguna manera. Es casi como si quisiera aprovecharlo todo. Pero no es así».

En serio, tampoco. Quienes escriben diarios lo hacen para autodescubrirse. Robert Bly ha llevado diarios toda su vida y tiene un estante lleno de estos diarios, pensamientos fantásticos. Cuando se me ocurren ideas, quiero guardarlas en alguna de mis carpetas para algún tema en el que esté trabajando. Es curioso, porque escribir un diario es muy estimulante psicológicamente. En fin, es algo en lo que pensar.

REFLEXIONES DE CUATRO COLEGAS

WOLFGANG GIEGERICH, Alemania: «La brillantez y la riqueza de sus ideas y percepciones eran asombrosas. Sobre todo tipo de temas de las áreas más diversas (incluido el «azul alquímico» o el «amarillo», la psicología de la vejez, el poder político, la realidad de la guerra, el «carácter y la vocación»), una y otra vez presentó interpretaciones innovadoras, sorprendentes y verdaderamente esclarecedoras, enseñándonos a ver las cosas desde perspectivas completamente insospechadas. Con virtuosismo, utilizó material de un repertorio asombrosamente amplio de ejemplos tomados de campos muy diferentes y de toda la memoria cultural occidental (y no solo occidental), a menudo asociando imágenes o ideas aparentemente dispares de una manera significativa y estimulante. Huelga decir que sus percepciones fueron psicológicamente enriquecedoras».1

DAVID MILLER, Estados Unidos: «James intentó corregir la interpretación errónea de Jung insistiendo en la importancia de personificar en lugar de personalizar, en patologizar (es decir, profundizar) en lugar de salvar, en psicologizar o ver a través de una forma no literal, y deshumanizar en lugar de humanizar (es decir, egoificar). Su estrategia fue introducir al ego en las dimensiones inframundanas de la psique, en lugar de salvar al ego del inframundo y sacarlo de él. Siguió a Jung al considerar las neurosis humanas como mejores amigas, en lugar de como las enemigas que el ego convierte en ellas. Insistió en una perspectiva arquetípica (para él, «arquetípico» equivale a la palabra «importante» en la filosofía de Whitehead), en lugar de utilizar una psicología de arquetipos esencializados y sustancializados (que, según la definición de Jung, son desconocidos e incognoscibles).2

GUSTAVO BARCELLOS, Brasil: «En su obra escrita, los temas van y vienen, como en la música. No se imaginan linealmente y, de hecho, en mi opinión, podemos leer a Hillman comenzando con cualquiera de sus libros, al igual que con los escritos de Jung. Es un recorrido circular, con muchas entradas. Pero, en realidad, es con la metáfora óptica que comprendemos mejor su pensamiento. La imaginación teórica de Hillman es, digamos, más visual que táctil o auditiva. En su mayor parte, sus metáforas son ópticas: ver, revisar, observar, ver a través, considerar, contemplar, admirar. Este pensamiento siempre implica una nueva mirada a sus temas, una visión en perspectiva. Leerlo abre los ojos y, por lo tanto, también la mente y el corazón. Entiendo que este énfasis en la observación también forma parte de su «terapia».»3

SILVIA RONCHEY, Italia: «Es interesante que, a excepción de su primer libro, su tesis doctoral, todos los demás surgieron a partir de una solicitud, una entrevista o una conferencia. Siempre debe haber algo en el mundo real que impulse a James a trabajar, pensar y producir. En mi opinión, todas sus producciones pueden verse como un diálogo».

La gran idea de James —que en realidad no era una idea porque tiene que ver con algo probablemente irracional y con su intuición— es traducir los grandes descubrimientos de la psicología de finales del siglo XIX y XX en algo que no es médico, sino lo que la filosofía en sus inicios fue: una terapia para el alma o psique colectiva. Su reintroducción de la palabra «alma» expresa su vínculo con los platónicos y el pensamiento antiguo. Se dio cuenta de que tenemos que retroceder y de cuáles son los peligros del llamado progreso. Se dio cuenta de todos los problemas ecológicos y de otro tipo, y conectó estas preguntas que se plantean en el presente con las respuestas antiguas. Tiene que ver con la decepción del siglo XX con su propia historia, con la terrible violencia y la caída de las ideologías, y con nuestro miedo a la destrucción del mundo vivo. En estos términos, su pensamiento es político. Volvió al pasado sin ser reaccionario.

Los malentendidos sobre el pensamiento de Hillman siempre provienen de personas con intenciones metafísicas, cuando alguien intenta aplicar o transponer su pensamiento a una idea de trascendencia. A James le gusta llamar a sus indagaciones una investigación fenomenológica. No es creyente, sino hijo de la rama iluminista, escéptica y pragmática del pensamiento occidental. Un auténtico pensador occidental, y ya no nos queda ninguno. Ha transpuesto su experiencia a, digamos, una terapia del mundo entero. Por lo tanto, es un sanador. La gente dice leerlo y sentirse sanada. Tiene que ver con el misterio de algo planteado por Freud y absolutamente humano, el del inconsciente; el objetivo es adentrarse en el misterio. El misticismo proviene de misterio y de la palabra «muer», que significa tener los ojos cerrados.

Parte del trastorno, del sufrimiento. La cultura surge de la idea de los síntomas, la depresión, el descenso al Hades (la desesperación de los místicos). La formación del alma es un recordatorio perpetuo de la muerte, y la vida como preparación y meditación sobre ella. Así que es, en realidad, un pagano antiguo. La revolución del alma comienza en el individuo que sabe ser leal a su propia depresión. De esta manera, es antioccidental, criticando la tradición heroica del pensamiento occidental con el gran enemigo a vencer…

Luego viene la alquimia: una homeopatía de la psique, la recuperación alquímica de la psique en su ausencia. Un uso metafórico, una sensación de transformación a través de la imaginación. Azul y los azules, cielo azul, pero azul del alma alquímica. En griego, la palabra análisis significa disolver, analua, una palabra alquímica. Un círculo vicioso, pero significa que no debes buscar el lugar al que pertenecen los síntomas, sino el tuyo. Transparencia, libera los objetos y eventos de la comprensión literal, los traslada a una dimensión mítica, de vuelta a la antigüedad platónica. Crea libremente con fantasía y poesía, utilizando las armas de la belleza, el arte, la literatura, la poesía…

Los junguianos académicos sienten envidia, porque son esencialmente una secta. Exactamente lo que Hillman odia, como hereje: creencias, religiones, sectas. Recuerden que «hereje» viene del griego hiatus, que significa elección.4

DE DONDE VENIMOS, A DÓNDE VAMOS

El Volumen I de La vida y las ideas de James Hillman exploró «La formación de un psicólogo», desde sus orígenes hasta su infancia en el apogeo de Atlantic City, pasando por la atención a marinos ciegos durante la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, y luego su cobertura de la Europa ocupada como joven periodista antes de matricularse en la Sorbona y el Trinity College de Dublín. Fuimos testigos de sus viajes con su futura esposa, Kate Kempe, por África e India, tras lo cual terminó en análisis en Zúrich, donde conoció la imponente figura de C.G. Jung. Vimos cómo se convirtió en el primer director de estudios del Instituto Jung y cómo ganó popularidad como conferenciante y gracias a la publicación de sus primeros libros. Luego vino su escandalosa caída en desgracia, cuando se hizo pública su aventura con una paciente.

El Volumen II, «Re-Visionando la Psicología», abordó la creciente prominencia internacional de Hillman como inconformista en el campo de la psicología profunda, coincidiendo con su relación y posterior matrimonio con Patricia Berry. Seguimos a Hillman a través de su formulación, junto con Berry y Rafael López-Pedraza, de una psicología arquetípica posjunguiana, cuyas implicaciones y aplicaciones fueron desarrolladas por un grupo de jóvenes seguidores en lo que se conoció como la Spring House de Zúrich. Observamos cómo las nuevas ideas tomaban forma en la Spring Journal y en los libros que él mismo editó, así como en la reunión anual de académicos excepcionales de diversos campos, conocida como Eranos, y en las prestigiosas Conferencias Terry que Hillman impartió en la Universidad de Yale.

Seguimos su regreso a Estados Unidos después de una ausencia de casi treinta años, donde se instaló en la improbable ciudad de Dallas y pasó del mundo académico a formas de atender al anima mundi (alma en el mundo) en su nuevo entorno urbano. Después de seis años, Hillman se mudó de nuevo, llevando a Patricia Berry a una zona rural de Connecticut, donde su vida se entrelazó simultáneamente con la de poetas y un «movimiento de hombres mitopoéticos», en el que hombres de todos los ámbitos se reunían en las zonas rurales de Minnesota y California. Esta etapa de la vida de Hillman llegó a su fin con su separación de Pat y su encuentro con una joven artista llamada Margot McLean.

Ahora, en el Volumen III, a menudo seguiremos un camino no lineal, examinando temas de terapia, familia, colaboración, ecología, arte y la conexión de Hillman con Italia y Japón, junto con sus libros más populares que lo llevaron a los temas de los negocios, la vocación, el envejecimiento y la guerra.

Este volumen se diferencia de sus predecesores en que los capítulos son más temáticos que cronológicos. Los años de madurez de Hillman fueron narrados con asiduidad en cartas a sus padres y a su primera esposa. Lo mismo puede decirse del advenimiento de la psicología arquetípica, que se delineó de forma similar en intercambios escritos con su segunda esposa. Durante sus últimos años, esto ya no es así. Él y Margot, cuando estaban separados, se comunicaban principalmente por teléfono fijo. Si bien Hillman se inclinó ante las nuevas tecnologías, incluyendo un fax, rara vez usaba el teléfono móvil y nunca escribía correos electrónicos, prefiriendo que Margot y sus asistentes leyeran lo que llegaba y enviaran las respuestas. Simplemente pertenecía a una generación mayor y menos dinámica.

Cuando Hillman escribía cartas a amigos cercanos y colegas como Adolf Guggenbühl-Craig en Suiza, J. P. Donleavy en Irlanda, Wolfgang Giegerich en Alemania, o David Miller, Thomas Moore o Robert Bly en Estados Unidos, la prosa resonaba siempre con los matices distintivos de estas relaciones tan distintas. Siempre estaba llena de reflexiones psicológicas sobre lo que Hillman atravesaba y lo que percibía en los movimientos del anima mundi que lo rodeaba.

Como antes, además de su correspondencia, las entrevistas con Hillman y aquellos que lo conocieron proporcionan el contexto narrativo que culmina en cómo Hillman enfrentó fallas físicas y muerte en sus últimos años con Margot a su lado, dejando un legado para que otros pudieran continuar.

Repasemos la cronología que hemos recorrido, antes de comenzar este último volumen.

CRONOLOGÍA

(hasta el Volumen II)

1895: El abuelo Joel Hillman adquiere su primer hotel en Atlantic City.

1923: Su abuelo, el renombrado rabino reformista Joseph Krauskopf, muere en Filadelfia.

12 de abril de 1926: James Hillman nace en una habitación de hotel de Atlantic City.

Verano de 1936: Hillman realiza un viaje en automóvil por todo el país con su hermano y otros estudiantes.

Septiembre de 1939-febrero de 1943: Hillman asiste a la escuela secundaria en Atlantic City.

Verano de 1942: Hillman viaja a la Ciudad de México para estudiar español y comienza a relatar su vida en cartas a su familia.

Febrero de 1943-junio de 1944: Hillman asiste a la Universidad de Georgetown en Washington, D.C., trabaja a tiempo parcial como copista en la sala de redacción de una estación de radio CBS.

Junio ​​de 1944: Hillman se une a la Marina.

Verano de 1945: Hillman se inicia en la terapia, atendiendo a veteranos ciegos de la Segunda Guerra Mundial, como parte del Cuerpo Hospitalario de la Marina.

Junio ​​de 1946: Hillman acompaña a sus padres a Europa y se convierte en corresponsal de American Forces Network en la Alemania ocupada.

Principios de 1947: Hillman se inscribe en la Sorbona de París gracias al programa GI Bill.

Primavera de 1947: Hillman conoce a Kate Kempe en un club parisino y se enamora perdidamente. Hillman pasa un tiempo en Roma con el filósofo George Santayana.

Noviembre de 1948: Hillman se matricula en el Trinity College de Dublín. Entabla amistad con el futuro novelista J. P. Donleavy. Aquejado de tuberculosis, pasa varios meses en un sanatorio en Suiza.

1949: Hillman se convierte en editor asociado de Envoy Magazine, Dublín.

Diciembre de 1950: Hillman se gradúa del Trinity College con una maestría en filosofía.

1951: Hillman viaja con Kate y su amigo Doug Wilson a África.

Verano de 1951: Hillman y Kate van a Cachemira y se establecen allí, donde él comienza a trabajar en una novela.

Verano de 1952: Hillman conoce a Gopi Krishna en Cachemira. Hillman tiene un «gran sueño» en el Himalaya que finalmente lo llevará a un análisis.

Otoño de 1952: Hillman se casa con Kate en Estocolmo.

Primavera de 1953: Hillman y Kate se inscriben en el Instituto C.G. Jung de Zúrich.

1955: Nace la primera hija de los Hillman, Julia.

Abril de 1956: Nace su hija Carola.

1959: Hillman se gradúa Summa Cum Laude en la Universidad de Zúrich y recibe el diploma de analista del Instituto Jung.

1959-69: Hillman se desempeña como el primer director de estudios del Instituto C.G. Jung en Zúrich.

1960: Se publica el primer libro de Hillman, Emotion. Nace su tercera hija, Susanne.

Enero de 1961: nace el hijo de Hillman, Laurence.

Junio ​​de 1961: Jung muere; Hillman asiste al funeral.

Otoño de 1963: Hillman realiza una gira de conferencias por Estados Unidos con Adolf Guggenbühl-Craig.

Octubre de 1964: Hillman presenta un nuevo artículo sobre «Betrayal» en Londres.

1965: Se publica el segundo libro de Hillman, Suicide and the Soul.

Mediados de la década de 1960: Hillman se entera de que Kate mantiene una aventura con C. A. Meier, su analista. Posteriormente, se revela públicamente la aventura de Hillman con una paciente casada, y Meier se pone del lado del marido de la mujer en un juicio contra Hillman.

Marzo de 1966: Pat Berry llega a Zúrich procedente de Ohio, toma una clase con Hillman y pronto comienza el análisis con él.

1966: Hillman es invitado a estar entre los conferenciantes en la prestigiosa conferencia Eranos en el Lago Maggiore, dando una conferencia «On Psychological Creativity» a finales del verano.

1967: Se publica el tercer libro de Hillman, InSearch: Prychology and Religion.

Principios de 1968: Hillman y Pat comienzan un romance.

Otoño de 1968: Hillman se convierte en profesor visitante durante tres meses en la Universidad de Chicago y lleva consigo a su familia.

Principios de 1969: Hillman se ve obligado a dimitir como director de estudios en el Instituto Jung por el romance con una paciente.

Marzo de 1969: Hillman, acompañado por Pat y Rafael López-Pedraza, visita el Instituto Warburg de Londres, donde nace la psicología arquetípal. Hillman y Pat visitan posteriormente las ruinas griegas de Paestum.

Octubre de 1969: Hillman se convierte en director general de Spring Publications en Zúrich.

Primavera de 1970: Pat regresa a Ohio para cursar su maestría. Hillman publica el ensayo «Why ‘Archetypal Psychology’?» en su primer número de Spring.

Octubre de 1970: Hillman lleva a su familia a un viaje en velero a las islas griegas.

1971: Comienzan los seminarios de Spring House en Zúrich, centrados en obras oscuras del Renacimiento (Picatrix; Memory Theater); Pat ha regresado y participa.

Marzo de 1972: Hillman imparte las prestigiosas Conferencias Terry en la Escuela de Teología de Yale.

1972: Se publica The Myth of Analysis .

Octubre de 1972: Hillman lleva a su familia a Persia; el manuscrito de las Conferencias Terry es rechazado por la editorial de la Universidad de Yale.

Enero de 1973: Kate le pide a Hillman que se vaya; él se muda a Tesino y viaja con Pat a Egipto.

1973: «Anima» aparece en la primavera de 1973; «Abandoning Child» en Anuario Eranos 38.

Otoño de 1973: Hillman y Pat se mudan juntos a Yale, donde él es profesor visitante.

1975: Se publica Re-Visioning Psychology, nominado al Premio Pulitzer.

Otoño de 1975: Hillman y Kate finalizan el divorcio.

2 de febrero de 1976: Hillman y Pat se casan en Zúrich.

Finales del verano de 1976: En Eranos, Hillman da una conferencia sobre la psicología de la extroversión.

Otoño de 1976: Hillman es profesor visitante en la Universidad de Syracuse.

Enero de 1977: La Universidad de Dallas organiza la primera conferencia estadounidense sobre psicología arquetípal.

Enero de 1978: Hillman y Pat se mudan a Dallas, donde él impartirá clases en la Universidad. Allí establece la sede de Spring Publications.

1979: Se publica The Dream and the Underworld, junto con Puer Papers.

Verano de 1980: Los conservadores católicos clausuran la Universidad de Dallas, donde Hillman y sus colegas se reúnen. Fundan el Instituto de Humanidades y Cultura de Dallas.

Otoño de 1980: Kate muere de cáncer en Jerusalén con sólo 53 años; Hillman va a dar el panegírico.

1981: Se publica Loose Ends: Primary Papers in Archetypal Psychology.

Octubre de 1981: Hillman da una conferencia sobre Anima Mundi: Return of the Soul to the World en Florencia.

1982: Hillman imparte una serie de conferencias sobre cómo reimaginar la ciudad en el Instituto de Dallas.

1982: Hillman realiza su primer viaje de conferencias a Japón.

1983: Se publican Inter Views y Healing Fiction; también un ensayo sobre «The Animal kindom in the Human Dream» en el anuario de Eranos.

Verano de 1983: Hillman y Pat alquilan una casa de campo en la zona rural de Connecticut y él comienza a colaborar con el poeta Charles Boer.

1984: Aparece el primer estudio en formato libro sobre las ideas de Hillman, escrito por Roberts Avens.

1984: Se publica The Thought of the Heart.

Principios de 1984: Hillman da su primera enseñanza en el Roy Hart Theatre Group en Francia.

Junio ​​de 1984: Hillman y Pat abandonan Dallas y se establecen en Thompson, Connecticut; Hillman da dos conferencias en la Conferencia de la Gran Madre de Robert Bly.

1985: Se publica el Freud´s Own Cookbook con Charles Boer.

Verano de 1986: La fastuosa celebración del 60º cumpleaños de Hillman en Connecticut.

Otoño de 1986: Hillman enseña en su primera conferencia para hombres, en Minnesota, y se convierte en un asistente habitual allí junto con Bly y Michael Meade.

Septiembre de 1987: Hillman da su última conferencia en Eranos («Oedipus Revisited»).

Marzo de 1988: Pat se muda a un apartamento en Cambridge, Massachusetts.

Febrero de 1989: Margot McLean asiste a una conferencia de Hillman en Nueva York sobre «The Feeling of Myth», luego participa en un seminario de tres días sobre «Myth and Movement» con Hillman y Debra McCall.

Septiembre de 1989: Se presenta «The Yellowing of the Work» en el XI Congreso Internacional de Psicología Analítica, París.

1990: Hillman publica varios artículos surgidos de su trabajo con los grupos de hombres mitopoéticos.

Mayo de 1991: Conferencia de Hombres Multiculturales en Buffalo Gap Retreat en Virginia Occidental.

NOTAS

1. «La brillantez y riqueza de sus ideas…»: Wolfgang Giegerich, «An Assessment», 2011.

    2. James intentó corregir…»: David Miller, «In Memoriam».

    3. «En su obra escrita…»: «Slightly at Odds: James Hillman’s Therapy,» en A Tribute to James Hillman: Reflections on a Renegade Psychologist, Jennifer Leigh Selig & Camilo Ghorayeb (editors, Carpinteria: CA: Mandoria Books, 2014.

    4. Entrevista a la autora Silvia Ronchey, Roma, octubre de 2005.

    Amigos y enemigos

    Traducciones

    James Hillman, EE. UU.

    Artículo publicado en ‘Inhuman Relation’, volumen 7 de sus Uniform Edition, capítulo 4

    Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

    Introducción

    Nuestro tema, Amigos y enemigos, no es un tema de actualidad. No es un tema que atraiga la atención ni de los psicólogos ni de los legos alfabetizados. Como fenómenos culturales colectivos, parte del repertorio del hombre contemporáneo, Amistad y Enemistad han caído en desuso. Esto, por supuesto, no es nada nuevo para nosotros; al igual que las desaparecidas artes de la conversación, escribir cartas, contar cuentos y caminar, se han descuidado las artes de la amistad y la enemistad, y hay reclamoa ocasionales. El último, probablemente familiar para ustedes–el de C.S. Lewis en su The Four Loves.1

    Demostrar el declive no es necesario. Basta recordar el papel que jugó la amistad en la antigüedad: Platón, Plutarco, Séneca; la Ética de Aristóteles, que le dedica dos de los diez libros; el largo tratado de Cicerón. Volvió a ser tema de actualidad en el Renacimiento y en el Romanticismo, épocas marcadas por las amistades de grandes hombres así como por el interés por la amistad misma. Y también la enemistad, desde la descrita en el teatro isabelino hasta las rivalidades de los barones ladrones industriales del siglo XIX, ha mostrado un declive correspondiente. Así como no necesitamos presentar un caso para mostrar el declive, tampoco necesitamos ocuparnos aquí discutiendo los aspectos históricos, sociales y culturales de este declive.

    Lo que nos interesa de esta caída en la amistad y la enemistad es cómo podría vincularse con el tema general del Problema de la Sombra. Quiero decir con esto: ¿sería posible que los temas que preocupan tanto a los psicólogos, cosas como la transferencia, el desarrollo del ego, la homosexualidad, el poder; resistencia y hostilidad–podría pensarse nuevamente en términos de este marco bastante anticuado: amigos y enemigos.

    Se pueden plantear objeciones aquí mismo desde el principio. Aceptando que el tema no recibe atención en el mundo cotidiano; pero los analistas, y especialmente los analistas junguianos, le prestan atención y parte de su trabajo podría tomarse como un intento de revivirlo.

    Desafortunadamente, no creo que esto sea del todo así. El trabajo de Jung sobre la sombra ilumina la amistad y la enemistad desde una nueva dirección; pero nuestro tema como tal no recibe mucha atención en las obras de Jung. El de Harding Way of All Women lo retoma,2 y hay un capítulo dedicado a la amistad en Human Relationships de Bertine.3 Pero los psicólogos, incluidos los jungianos, parecen abordar el tema desde abajo en términos de proyecciones, sombras, dependencia o desde arriba en un nivel moralmente edificante de «relaciones». Los psicólogos encuentran que los amigos son realmente necesarios; no se puede vivir en el vacío; amigos y enemigos nos ayudan a darnos cuenta de nuestras sombras, descubrir proyecciones y nuestra función de sentimiento, etc. Creo que precisamente este tipo de supresión de la materia prima de la amistad y la enemistad al nivel de las relaciones, esta psicologización, ha ayudado en nuestro tiempo a aumentar el intelectualismo, el autoerotismo y la sospecha, que hacen que la amistad sea casi imposible.

    Lamento usar el libro del Dr. Bertine, por el cual tengo un gran respeto, como punto aquí, pero este pasaje puede mostrar lo que quiero decir.

    Así comienza la parte sobre la amistad: “El tema del presente capítulo conduce al corazón de la relación psicológica como un logro consciente”. A la amistad le da un valor supremo, y la define más o menos con el siguiente pasaje:

    Cuando hablo de relación psicológica, me refiero a aquella en la que no sólo hay afecto sino también comprensión, y un serio intento de tomar conciencia de la naturaleza real de la libido constelada en la situación, como reacciones de sombra, motivos personales ocultos o admitidos a medias, complejos que pueden distorsionar, diferencias de tipos que pueden oscurecer y patrones arquetípicos que pueden influir en los sentimientos y reacciones mutuos. Este esfuerzo por volverse consciente en la situación de vida es importante para que la comunión se libere de interferencias innecesarias y la relación pueda así alcanzar todo su potencial de desarrollo.4

    Este es un objetivo noble de hecho, y el núcleo mismo de la «relación consciente», pero ¿es amistad? Mientras averigüemos lo que está pasando en una amistad, y lo tengamos por el bien de nuestro propio proceso, y examinemos los motivos personales, complejos, tipos, proyecciones, etc., ¿no estamos incrementando el intelectualismo, el autoerotismo y la desconfianza sospechosa? Puede que este no sea el significado que la Dra. Bertine quiso decir con este pasaje, pero sí creo que los analistas al alentar así las relaciones están, al mismo tiempo, haciendo su parte contra la amistad.

    Una mirada a las dos palabras podría ayudar a aclarar lo que quiero decir. La amistad tiene su raíz en el antiguo freojan teutónico e inglés antiguo–amar. El equivalente en las lenguas romances es amitié–de amicus, anare, de nuevo: amar. El trasfondo es el mismo en griego: philos.

    Relacionar en cambio tiene un gran grupo de connotaciones que le dan un tinte intelectual: relatar, contar, narrar; para referirse a algo en la ley; referirse a un libro; la forma particular en que se piensa una cosa en relación con otra, como en la lógica.

    Tenemos relaciones, y podemos relacionarnos. Tenemos amistades, pero no podemos ser amigos.–El único verbo que se aplica (a menos que queramos incluir “hacer amigos”) es amar. La amistad toca algo: menos consciente, menos moral, menos verbal; es un evento emocional.

    Como tal, es algo más simple que una relación. Como dice Tomás de Aquino: “La amistad es amor simplemente hablando”.5 Sucede como sucede el amor y tiene algo de inconsciente. Va más allá de la relación; o la relación, como obra consciente en el sentido del Dr. Bertine, es un paso hacia ella, es necesaria para ella. Pero la amistad es más fina, porque es más simple, más emocional.

    Para usar un cuento del Maestro: cuando un grupo de nosotros fuimos a la casa de Jung como estudiantes, él se desvió del punto principal de nuestro seminario y habló sobre la necesidad de trabajar día y noche para tomar conciencia de todo, y luego él dijo, hay un momento en que uno se vuelve inconsciente, pero entonces de la manera correcta. Creo que esto es lo que quiero decir acerca de la relación y la amistad, y que llevar a cabo un esfuerzo consciente durante demasiado tiempo, relacionándose demasiado enérgicamente, mata la amistad.

    Entonces, no solo al escribir y hablar sobre las relaciones y vínculos, y al no escribir y hablar sobre las amistades y el amor, los analistas contribuyen a la decadencia de la amistad, sino que parecen ignorar a los enemigos y al odio–al menos en sus escritos–por completo.

    En el pasaje citado del Dr. Bertine, sólo se trata la mitad del tema. ¿Qué pasa con la otra mitad: la enemistad? Aquí nos encontramos con algo curioso: ¿Cuántos analistas han oído alguna vez a un analizando referirse a alguien en un sueño o en su vida como enemigo? No nos gustan ni Smith ni Jones, puede que sea un rival en un trabajo u otro miembro de un triángulo, pero no existe esa sensación de complejidad personal, de atadura incesante y fatídica que el «enemigo» implica. Hemos interiorizado a nuestros enemigos, y los combatimos de una manera peculiarmente personalizada como el cuerpo, el ánimus, las regresiones, las pulsiones de poder. Pero el odio implacable y el sentido de la agudeza mental (Plutarco declara que los enemigos nos mantienen en guardia y alerta), la lucha constante con el enemigo exterior parece ocurrir sólo en los problemas familiares –con los padres o el cuñado, o la esposa, o su abogado. Tal vez, uno debe redimirse del todo de la familia, no sólo para tener amigos, sino más aún, para tener enemigos. Tal vez los enemigos requieran un poco de desarrollo del ego, y la capacidad de tener enemigos podría ser un signo de un ego sólido. Lo contrario también podría ser cierto. Los problemas familiares se sobrecargan con amor y odio falsos, porque hay muy pocas oportunidades personales para estas emociones en nuestro tiempo.

    ¿Cuántos problemas matrimoniales–la enemistad que se desarrolla, los odios diarios, las peleas, las disputas, las batallas–podrían deberse a que la enemistad no encuentra otra salida? ¿Y cuán grandes son las demandas de amistad hechas por el esposo o la esposa, demandas que tal vez no deberían estar tan concentradas en un solo lugar? El temor de que todas las relaciones externas debiliten el matrimonio es bastante cierto en los primeros años cuando el código es “abandonar a todos los demás”. Pero, ¿es el matrimonio el lugar para todos los aspectos del amor y el odio humanos? El matrimonio se ha vuelto agobiante por el alejamiento de otras formas de relación. Mientras toda intimidad entre personas del mismo sexo sea perseguida como “homosexualidad”, y toda intimidad intersexual sea tomada sólo como una “aventura” prospectiva–debido a la decadencia de la amistad–el matrimonio se ha convertido en el único lugar seguro; debe llevar todo. Las expectativas del matrimonio–confidencias constantes, consuelo en los problemas, comprensión completa, estimulación mutua y compartir–resultan ilusorias porque son más bien las expectativas de la amistad. El matrimonio requiere cierta personalidad, barrios cerrados y barreras de defensa, mientras que es la amistad, según los escritores antiguos y modernos (los alemanes, Bacon, Emerson, Thoreau), la que ofrece una apertura total.

    Continuando, me he preguntado si los analistas han tenido suficientemente en cuenta a los enemigos. Las amistades pueden alentarse como un «bien» en el sistema de valores de la individuación, pero se supone que los «enemigos» uno debe analizarlos. Tienden a tomarse únicamente en el nivel subjetivo, a trabajarse como proyecciones de sombras, integradas. Como diciendo que hay que hacer amigos e integrar enemigos. Justo aquí, el analista, si toma esta posición, previene una de las formas en que la tragedia nos puede alcanzar. Para el enemigo, el antagonista personal que es un instrumento del destino, es fundamental para el sentido trágico de la vida. Mientras trabajaba en estas ideas, leí sobre dos granjeros cerca de Zúrich, vecinos enemistados, uno de 59 y otro de 66, que habían sido enemigos durante años. Finalmente, intercambiaron palabras y lo discutieron en un campo; uno estranguló al otro y fue llevado ante la ley.

    Eventos como estos son tan raros en nuestra civilización que inmediatamente suponemos algo patológico, pero uno también siente profundas reverberaciones de algo antiguo y arquetípico. ¿Cuál es el trasfondo arquetípico de esta forma básica de relaciones interpersonales? Este es, por supuesto, un tema en sí mismo, que requiere no solo el estudio de los conceptos de amistad y enemistad en la antigüedad–la forma en que he procedido–sino también sus manifestaciones en la biografía, la mitología y la literatura.

    Una pista de su significado arquetípico la da la astrología. La séptima casa o descendiente es opuesta a la primera casa o ascendente. Se refiere al alter ego, el Opuesto, por lo tanto, a las formas de asociación en el matrimonio, la sociedad y los negocios. Se refiere, como dice el astrólogo Alan Leo, a Amigos y Enemigos, pues la relación con el Otro puede ir en cualquier dirección aunque permanezca, sea amigo o enemigo, bajo la égida de Venus.6 Este aspecto de la relación se diferencia claramente en la astrología de la casa quinta y la undécima donde aparecen otros aspectos de Eros, y con la casa octava y la duodécima donde aparecen otros aspectos de la Hostilidad. La séptima casa se refiere al otro como par, como opuesto fundamental, ya sea como compañero o como antagonista, como el arquetipo del Otro fatídico con quien uno está casado de por vida.

    El compañero, el camarada, el antagonista, el amigo, el enemigo, son todos rostros del Otro, y el otro en última instancia es también el Sí mismo. Jung lo expresa así: “Supongo que el tesoro es también el ‘compañero’, el que pasa por la vida a nuestro lado, con toda probabilidad una analogía cercana al ego solitario que encuentra pareja en el sí mismo, porque al principio el sí-mismo está en el extraño no-ego. Este es el tema del compañero de viaje mágico”.7

    El aspecto personal pero impersonal de este Otro, este “Otro impersonal”, es fundamental para comprenderlo. Nuestros amigos no son aquellos a quienes desearíamos tener como amigos idealmente elegidos. Son aquellos que resultan ser amigos de uno; personas que cayeron en la vida de uno debido a las circunstancias. Y esto, como muchas otras cosas de nuestro destino, tiene su origen en la infancia. Entonces, incluso cuando comenzamos una nueva amistad más adelante en la vida, llega un momento en que eso también se arraiga en la infancia, a través de la confesión y el viaje de regreso al pasado del otro.

    Si tomamos al otro como algo fortuito, como una necesidad, no como una cuestión de elección, entonces no podemos sacudirlo o dejarlo de lado a voluntad. Y sigue existiendo un fuerte vínculo entre los dos que exige obligaciones mutuas. El matrimonio formaliza estas obligaciones; también lo hacen las sociedades comerciales. En la antigüedad, la amistad y la enemistad también estaban tan formalizadas con las costumbres. La filosofía escolástica diferencia por lo menos veintinueve clases de amistad, como, por ejemplo, el parentesco consanguíneo, la amistad entre peregrinos, entre guerreros, entre ciudadanos civiles, entre el hombre y Dios, entre iguales y desiguales; útiles, placenteros, etc. Estas definiciones proporcionan marcos, similares a las reglas del Libro chino de los ritos (Liji) entre hermanos y entre otros miembros de la familia.

    Esta obligación entre amigos ayuda a dar cuenta de los sentimientos de frustración y traición, de paraíso perdido, cuando nos reencontramos con un viejo amigo que no se ha movido por los caminos que nosotros nos hemos movido. Cada diferenciación en el ego requiere una diferenciación correspondiente en el otro, ya sea entre amigos o entre oponentes como Holmes y Moriarty. Así, a medida que crecemos, estimulamos a nuestro amigo o enemigo a crecer también. Su fracaso para mantenerse al día es amargo.

    Aristóteles escribe:

    Pero si un amigo sigue siendo el mismo mientras que el otro mejora y lo supera con creces en virtud, ¿debe este último tratar al primero como un amigo? Seguro que no puede. Cuando el intervalo es grande, esto se vuelve más claro, por ejemplo, en el caso de amistades infantiles, si un amigo sigue siendo un niño… mientras que el otro se convierte en un hombre completamente desarrollado.8

    Esto implica que nos corresponde hacer nuevos amigos, ya que los amigos son buenos y los viejos amigos pueden desaparecer. Pero el punto en el que hemos estado trabajando es que los amigos no se pueden “hacer”; hacemos relaciones, pero los amigos suceden. O, mejor dicho, pueden suceder si podemos reconocer los sentimientos de amistad cuando surgen, y cumplir con las obligaciones de la amistad para no destruir o perder lo que está sucediendo. Por lo tanto, parecería que el arte de tener amigos es una toma de conciencia de los sentimientos de amistad por la admisión del amor de amistad, al que puede matar demasiada agudeza psicológica.

    En este punto, construyamos una plataforma para que podamos impulsarnos desde aquí hacia la siguiente etapa. La plataforma tiene estos tablones principales: La amistad y la enemistad son básicas para la vida humana. Han caído en desuso, o en el inconsciente. Por lo tanto, no estamos seguros de cómo estar con amigos o enemigos, ni estamos seguros de nuestros sentimientos acerca de cuándo, o cuándo no, la amistad o la enemistad realmente se dan.

    Entonces, la siguiente etapa es esta: ¿Se puede sacar a la luz esta capacidad en desuso y desarrollarla de nuevo, y cómo?

    Ahora bien, una de las varias reglas de la psicología profunda se refiere precisamente a aquellas habilidades o contenidos que no están siendo empleados por la conciencia. Se dice que sufren alteraciones. Se convierten ante todo en problemas de sombra, es decir, se vuelven más infantiles, más sexualizados, más brutales, familiares, compulsivos, sentimentales, automáticos, lábiles, ambivalentes, simbólicos, etc. En resumen, comienzan a ponerse desagradables.

    Así que cuando comencemos a desenterrar nuestra capacidad de tener amigos y enemigos, encontraremos esta capacidad incrustada y mezclada con los problemas sombríos del día.9 Separar las cosas de la sombra, por supuesto, requiere sentir los diferentes hilos y ser capaz de reconocer cada cosa por lo que es. De lo contrario, es probable que llamemos a la amistad in statu nascendi algo diferente y la perdamos por completo.

    No reconocerlo lo falsifica, y es quizás, también, una de las razones por las que algunas cuestiones espinosas parecen tan irreductibles; podría ser una amistad genuina o una enemistad creciente. Por lo tanto, este patrón básico de relación podría tenerse en cuenta, así como otros como padre-hijo, maestro-alumno, médico-paciente, amante-amado, hermanos, que reciben mucha más atención.10 Es a esta tarea, la tarea de diferenciar la amistad y la enemistad de lo que parece y se confunde, a lo que se dedicará la segunda parte de esta charla. Y los campos especiales donde nuestro tema es relevante son la homosexualidad, la agresión, la transferencia y el entrenamiento.

    Homosexualidad

    El despertar del amor de un hombre por otro hombre en la actualidad es un asunto altamente problemático. Inmediatamente, un sentimiento de este tipo se denomina homosexual y, a menos que el hombre sea un homosexual practicante, o haya aceptado su propia homosexualidad de una manera sofisticada y analítica, tiene miedo.11 Él pisotea estos sentimientos; y sin esmerarse en diferenciar lo que se siente, los llama como los llama la jerga del día. Reconocer el amor no homosexual es entonces la tarea; y es más fácil reconocer primero los sentimientos homosexuales, porque están enmarcados en un sistema más diferenciado de signos y señales. Hay un lenguaje, gestos y modales, un “código de caballeros” si se quiere, que le da a uno la oportunidad de reconocer en uno mismo y en los demás lo que está pasando. (Esto se destaca en informes de casos, en los estudios sociológicos de la homosexualidad y en el microanálisis de Ray Birdwhistell en Pensilvania.12 Por ejemplo, uno puede mirar a un extraño a los ojos solo por un período de tiempo exacto, unos segundos, de lo contrario es un avance, sexual o agresivo).

    Por lo tanto, vale la pena prestar atención a la diferenciación de los sentimientos de amistad, o se etiquetan erróneamente y se reprimen, y luego pueden convertirse en lo que no estaban destinados a convertirse–sexualizados, debido a esta represión.

    La primera y evidente diferencia–la del contacto sexual–no es realmente muy útil al principio cuando los sentimientos despiertan y cuando, como decíamos, por represión y contaminación de sombras, bien pueden tener un cariz sexual. En la antigüedad, se prestó mucha atención a la diferencia. Al hablar de la Academia y la educación en Grecia, las opiniones se han ido entre dos extremos. En el siglo XIX, el lado de la paiderastia de las relaciones fue cubierto, por ejemplo, por Benjamin Jowett, el principal traductor inglés de Platón. En este siglo, hay una tendencia a reducir todas las formas de amor, incluida la amistad, a la sexualidad. Esta posición fue defendida por los epicúreos, quienes encontraron en la amistad fundamentalmente una forma de atracción sexual y el deseo de amor debido a la acumulación de semen.13 Uno recuerda las primeras teorías de Freud expresadas en sus cartas a Fliess.

    Independientemente de las prácticas en la vida social griega, los filósofos continuaron esforzándose por diferenciar el amor de amistad del amor homosexual. Para Sócrates, todo amor físico era bajo; gobernado por el lado vulgar de la diosa; el amor celestial, regido por el lado más ligero de la diosa, era la amistad. Así, el amor en el sentido físico, enraizado en el deseo de procreación, no era realmente amor. El amor y la amistad eran opuestos.14

    Platón también buscó la reforma a través de la educación y la ley, para elevar el amor homosexual a la amistad. Aristóteles los separó aún más: al encontrar que el amor tiene una base natural (la procreación), fue aún más severo con la pederastia. Para él, la amistad no tenía nada que ver con el amor homosexual. Para Aristóteles la amistad consistía en amar, y amar de manera personal, íntima. Aristóteles logró unir opuestos que Platón mantenía muy separados. Para Platón, existía por un lado el amor personal, corporal, que era la homosexualidad, y por otro lado el amor ideal impersonal, el amor racional (luego llamado amor platónico), por el Eidos, la Belleza, el Bien. Aristóteles sentó las bases para la visión moderna de la amistad al afirmar que la amistad era personal e íntima, pero también noble y racional, bella y buena. Para Aristóteles, era “un alma en dos cuerpos” (Diógenes Laercio). Porque el amor de amistad ya estaba en la unión del alma, la unión corporal no era relevante. Este fue un avance importante sobre Platón, cuya famosa imagen de dos mitades vagando por el mundo buscándose implicaba dos cuerpos y dos almas, lo que requería la unión del alma concurrente con la unión corporal.

    Creo que esta noción de amor racional, tanto personal como íntimo, pero aún no sexual, es lo que nos sorprende hoy. No podemos concebir lo personal e íntimo entre dos hombres sin sospechas de otra cosa. Tome este pasaje de Tomás de Aquino: “El amante no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por descubrir y adentrarse íntimamente”.15 ¿Cómo impacta eso en nuestro oído moderno?

    Si usamos a C.S. Lewis como guía para las nociones inglesas de amistad, entonces mi suposición de que lo personal e íntimo es demasiado pegajoso para los modernos parece correcta. Él usa esta imagen: los amantes se paran cara a cara y se miran a los ojos; los amigos se paran uno al lado del otro y miran hacia el mismo camino. Los amigos comparten intereses; los amantes se comparten.

    Lewis dice:

    En un círculo de verdaderos Amigos, cada hombre es simplemente lo que es: representa nada más que a sí mismo. A nadie le importa ni un céntimo la familia, la profesión, la clase, los ingresos, la raza o la historia previa de los demás. Por supuesto, conocerá la mayoría de estos al final. Pero casualmente. Saldrán poco a poco… nunca por sí mismos.16

    Este tipo de amistad de “pub” parece particularmente inglesa; los años de Santayana entre los anglosajones lo pusieron en la misma línea. Dice que un amigo no es el guardián del alma de su amigo.17 La intimidad está descartada.

    La noción romántica de amistad no tendría nada de esto. La intimidad era todo. Esta línea aparece más recientemente en el existencialista Ludwig Binswanger, quien también usa la imagen de mirarse a los ojos.18 Él encuentra esto no del todo insoportable, sino el sello distintivo de la amistad. Recordemos–“Y el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla cualquiera con su amigo” (Éxodo 33:11).

    Bueno, ¿dónde estamos? ¿Cuáles son los criterios de amistad que la diferencian de la homosexualidad?

    En primer lugar, el sentido de urgencia. La amistad, según los escritores antiguos, aunque era una gran alegría, nunca estuvo regida por lo que ellos llamaban los apetitos involuntarios. Fue un vínculo formado en libertad; a diferencia del amor erótico con su compulsión. Las horas y horas que los amigos pasan juntos no tienen por qué significar una homosexualidad disfrazada y latente, cuando recordamos que en la antigüedad la amistad requería una convivencia real.

    En segundo lugar, debe haber una igualdad de interés en cada uno. La amistad se desarrolla au pair; no existe el repentino enamoramiento, donde el otro puede ser bastante indiferente, convirtiéndose así en un objeto, un portador de imágenes.

    Tercero, existe una obligación entre amigos; la constancia es quizás la mejor palabra, mientras que el amor homosexual se caracteriza supuestamente por la inconstancia y la promiscuidad. Los sentimientos de afecto que continúan, incluso cuando la amistad misma se ha debilitado, o incluso después de que uno de los miembros ha muerto, representan fenómenos típicos de la amistad, y no deben descartarse como «sentimentalismo». La famosa frase de Gertrude Stein no convendría a Aristóteles, Cicerón o Séneca. Ella dice: “Antes de que las flores de la amistad se marchitaran, la amistad se marchitaba”.19 Para los autores clásicos, la amistad no era tan voluble como para desvanecerse. Los que se desvanecen, como los hechos en la infancia, exigen sin embargo atención para las flores. Aristóteles dice que uno debe recordar la intimidad anterior y sentir una obligación con el antiguo amigo, incluso con intentos de reforma, y acudir en su ayuda como uno ayudaría a alguien cuya propiedad física está en peligro de quiebra.

    El amigo es así un vínculo con el pasado y arraiga en la realidad, mientras que el amor homosexual vive principalmente para el presente. Mientras que el amor homosexual se deleita en la juventud, el culto al cuerpo, y por eso teme el envejecimiento, la amistad siempre fue considerada como la virtud de la madurez.

    Si la clave de la antigua noción de amistad es un tipo de amor racional y voluntario, cuyo modelo es el amor de Dios del filósofo (no del místico apasionado), entonces creo que estamos hablando de las características de la región anahata del Kundalini Yoga. La amistad sería entonces un asunto del corazón, y por encima del diafragma, donde los acontecimientos pueden doler más pero quemar menos. Sigue siendo una realidad física, corporal, para que los amigos disfruten de la proximidad, comiendo, viviendo, bebiendo, todas las actividades juntos. Se abrazan al volver a verse, e incluso se dan la mano en algunas culturas; pero la emoción es del pecho más que de la pelvis. Y sería trabajo del analista abstenerse de etiquetar estas emociones, porque pueden condenarse permanentemente debajo del diafragma, impidiendo así que se expresen en la región de su meta.

    Agresión

    Puede ser evidente para mis mayores y mejores, pero solo recientemente me di cuenta de que en el mundo de hoy hay más espacio para actuar sexualmente que para actuar agresivamente. Adler y el poder reciben menos atención que Freud y la sexualidad. Los antiguos reconocían a ambos por igual, llamándolos apetitos irascibles y concupiscentes. Pero hoy la represión es más bien unilateral, y es más probable que nos encontremos encerrados por asalto y agresión que por fornicación o adulterio.

    Al mismo tiempo que la agresión individual es proscrita y vivida vicariamente a través de entretenimientos masivos o disfrazada de síntomas, aparece en la vida colectiva como una marca de la época.

    Me veo obligado a relacionar este problema con mi tema y encontrar la causa de la decadencia de la agresión individual (es decir, personal) y el surgimiento de la agresión colectiva (es decir, impersonal) en la decadencia de la enemistad como bella arte. No está del todo muerto; hay un avivamiento moviéndose sobre nosotros, y como de costumbre a través de la puerta trasera de los cultos orientales, por ejemplo, el judo y el karate; y desde abajo, en los peculiares códigos del honor pandillero y de las lealtades de los delincuentes.

    Las leyes rigurosas que prevalecen en la mayoría de las naciones contra la imposición de manos sobre otra persona, la escasez de brujos practicantes que puedan lanzar un hechizo y la prohibición del duelo han causado una gran brecha. No solo hemos perdido a alguien sobre quien descargar la violencia física, no solo hemos perdido una de las formas de medirnos a nosotros mismos, sino que hemos perdido conjuntos de habilidades y rituales para desarrollar el arte de la agresión, para manejar la hostilidad. Esto también es cierto en los medios no físicos: hay una caída en las maldiciones, la sátira, la satirización, el periodismo amarillista del tipo calumnioso, difamatorio, el desprecio político e incluso en los vituperosos argumentos científicos, literarios y religiosos.

    La disminución de la enemistad no puede deberse únicamente a la ética cristiana. Una era más cristiana, digamos la Inglaterra isabelina o la Italia del Renacimiento, también vio más enemistad y más conciencia de sus rituales y habilidades: envenenamiento, conspiración, encarcelamiento, rescate, venganza, deudas familiares y enemistades de sangre. Sin embargo, cuando comparamos las actitudes judías, griegas y romanas con las cristianas, no encontramos nada en las tradiciones más antiguas como “poner la otra mejilla”. La máxima en la antigüedad era: “Haz bien a tus amigos y mal a tus enemigos”. Ludovic Dugas, cuyo trabajo sobre este tema es muy completo, encuentra que la moral antigua no considera seriamente la caridad en el sentido cristiano.20 Acepta de todo corazón el derecho a odiar a los enemigos.

    El tratado de Plutarco sobre la utilidad de los enemigos (Moralia, II) lo pone de manifiesto. El odio es la otra cara del amor, y no se puede renunciar al odio sin renunciar al amor. Aunque el odio es un mal, es la condición del mayor bien, un mal necesario para el amor. Había, además, una especie de higiene psicológica en esas nociones: según Plutarco, cada uno de nosotros tiene una cierta cantidad de odio y celos en el corazón, y es mejor descargar esto sobre nuestros enemigos. Él dice que los jardineros hábiles plantan ajo y cebolla además de violetas y rosas para eliminar el mal olor. Mostrar enemistad es una catarsis. Realizado conscientemente el mal de acuerdo con artes y rituales, como clavar alfileres en un fetiche, impide la acumulación del mismo en el inconsciente.

    De los motivos hostiles más comunes, los celos y la venganza, por lo menos, merecen una mirada más cercana. Los celos son uno de los últimos lugares donde todavía se admite en nuestra cultura el encuentro con el oponente personal. Las habilidades y los rituales aún prevalecen allí: espionaje, detectives privados, incluso el homicidio como crimen pasional. El tema ocupó a los antiguos y a los moralistas franceses del siglo XVIII, así como a los trágicos. Verlo bajo esta luz, como un fenómeno en sí mismo de terror majestuoso, como una forma de enemistad, podría ser más valioso psicológicamente que tratar de reinterpretar los celos con nuestro conjunto contemporáneo de dependencias ocultas, instintos, impulsos de poder, posesividad, flashbacks edípicos, insuficiencias sexuales, y similares. Es muy posible que uno esté celoso no solo por la mujer en el caso, sino también porque necesitamos un enemigo, un enemigo con el que lidiar día y noche, en pensamiento y acción, el «otro» que pone los límites a mi vida en su punto más íntimo y hiriente, y sin embargo, que me desafía a mi máxima potencialidad.

    Al considerar la venganza, nos enfrentamos al conflicto de moralidad mencionado anteriormente. ¿Es cristiano? ¿Es una virtud o un vicio? Encontramos dichos de Santo Tomás: “La venganza es una virtud especial”. Es capaz de llegar a esta conclusión después de un cuidadoso razonamiento. El escribe:

    La venganza consiste en infligir un mal penal a quien ha pecado. En consecuencia, en materia de venganza, debemos considerar la mente del vengador. Porque si su intención se dirige principalmente al mal de la persona de quien se venga y descansa en ella, entonces su venganza es del todo ilícita: porque complacerse en el mal ajeno pertenece al odio, que es contrario a la caridad con la que estamos obligados a amar a todos los hombres… Sin embargo, si la intención del vengador se dirige principalmente a algún bien, a obtener mediante el castigo de la persona que ha pecado… entonces la venganza puede ser lícita.21

    Separa los aspectos personales de los impersonales de la venganza. El hombre a quien castigamos con venganza es simplemente el medio, el instrumento del mal. No buscamos al hombre que es nuestro enemigo, para derribarlo porque es él; tampoco es un asunto personal con el otro hombre del triángulo celoso. Sí, es personal en el sentido de que es él en tanto él, pero es impersonal porque nos encontramos allí con el mal que representa, la posición que defiende. En lenguaje teológico, es su pecado lo que estamos combatiendo. En última instancia, el contendiente vuelve a ser no este hombre aquí sino el gran adversario, el diablo.

    Tanto los celos como la venganza involucran el sentido de valor y dignidad personal de uno, no el prestigio. El prestigio es del ánima, que puede ser picada y luego volverse mordazmente vengativa. Pero el hombre va más allá al incorporar estos afectos de lesión en un código y esquema de acción masculinos. Él toma una posición. Así, para que los celos y la venganza nos muevan, primero debemos haber amado a alguien y defendido algo. Debemos tener una posición y conciencia de que hay posiciones diametralmente opuestas. Esto va en contra de la idea de comprender al otro. De hecho, el otro no puede ser comprendido, y precisamente por eso es el otro, y cualquier fracaso en aceptar esto es un fracaso en soportar la tensión. El otro es una amenaza, y la venganza es llevar constantemente esa conciencia, esa misma constancia que en la amistad. Es vivir una paranoia consciente, por así decirlo. Incluso podría ser que si tuviéramos más oportunidades para la venganza consciente, tendríamos menos sospechas paranoicas, quejas, litigios, contraparcelas y mezquinas venganzas.

    Esto se relaciona con la práctica analítica de la siguiente manera. Las expresiones de hostilidad en la “transferencia negativa” no deben ser elaboradas únicamente en términos de resacas y resistencias de los padres. En nuestro tiempo, el análisis es un último lugar donde podemos mantener y desarrollar una relación hostil. Es el lugar donde la enemistad puede florecer. Podemos tener un enemigo, confrontarlo regularmente y sacarlo. Los afectos de celos y venganza, de odio y agresión, al estar contenidos en el análisis, pueden desarrollarse, desde la mera actuación, hasta habilidades y rituales, y eventualmente hasta el significado más profundo del sentido trágico de estar “encerrado en una cabina”. Por el otro al final, puede llegar a darse cuenta de que el analista no es usted, es realmente otro, y su influencia, su espíritu, es enemigo del suyo. Esta sería una vía negativa a la individuación, como parte del proceso de separatio y destilación de la propia esencia. ¿Será que el compañero, el partícipe secreto que primero se proyectó sobre el analista, podría ser también el enemigo secreto, el gran oponente, el gran o último enemigo, el Diablo o la Muerte con quien se lucha como Jacob o Job, con quien uno nunca se puede conquistar, pero ¿con quién se debe luchar para siempre?

    Desarrollo del ego

    Antes de terminar con un poco sobre la transferencia y el entrenamiento, podríamos mencionar nuevamente la relevancia de nuestro tema para el desarrollo del ego.

    El egocentrismo de las personas creativas es bien conocido, también sus desesperados odios y enemistades. A medida que se endurece el desarrollo del ego, debemos esperar que aumenten las enemistades. Si tomamos el análisis como un arte creativo, o al menos en parte, entonces es de esperarse la enemistad entre quienes lo practican. Pertenece al ego propiamente endurecido. Incluso aquellos cercanos al Sí-mismo, como lo muestran las vidas de los santos y los sabios, conservan odios implacables. Luchan contra el mal y el mal los combate hasta el final. No se sientan en una nube rosada de amor, comprendiendo todo, perdonando todo.

    Observé en los casos de tres jóvenes, uno suizo, un inglés, un estadounidense, uno de 24, uno de 27 y uno de 29, que poco después de haber comenzado su análisis (dentro de los primeros cuatro meses en cada caso), todos lograron meterse en una pelea. Uno se metió con un mozo de hotel y luego con un acomodador de cine; otro peleó con un taxista y le dio una paliza; el tercero discutió con un extraño en una isla de seguridad esperando un tranvía, e intercambiaron golpes. Estos tres jóvenes no habían tenido peleas durante años, no desde que eran niños en la escuela. Esta actuación desde la hostilidad, la sombra psicópata o lo que se quiera, iba acompañada de un aumento de la conciencia de sí mismos, de su propia identidad, que no iban a dejar que nadie manipulara. Esos enemigos son primitivos; no representan desafíos a los principios o a un código de honor. Pero de alguna manera para estos tres jóvenes, vérselas con ellos físicamente, fue una afirmación de sus propias identidades. Tenían que encontrarse con el otro para encontrarse a sí mismos. Además, desafió su voluntad de ganar y la capacidad de asumir riesgos. Este aspecto del desarrollo del ego tiene que ver con la capacidad de manejar la propia emoción; estar dispuesto a defender la emoción y arriesgarse conscientemente a sus consecuencias. En los tres casos, las peleas fueron paralelas al manejo de la emoción en otras situaciones: en las relaciones sexuales, con los padres, con el jefe.

    TRANSFERENCIA

    La pregunta que tenemos ante nosotros es: ¿cómo podemos darnos cuenta cuando una relación analítica se está convirtiendo en una amistad? Y otra: ¿será posible que la emoción de la amistad pueda sacar a la relación analítica de algunos de los bloqueos transferenciales/contratransferenciales? Esto solo sería posible si pudiéramos ver algunas de las emociones que ocurren como auténticas a la amistad y, además, que la amistad es tan básica como la transferencia y no puede reducirse a ella.

    Se supone que la incapacidad de separarse es un signo de transferencia. Sin embargo, Aristóteles dice que la amistad se marchita con la separación. Como toda facultad, debe ser ejercitada. La dificultad de separarse de un analista tiene, por supuesto, muchas razones. Pero yo propondría aquí este adicional: emoción genuina de amistad. Y creo que el deseo de hacer algo juntos, fundar un club, una clínica, un diario, es una manifestación clásica de los anhelos de amistad. Los amigos forman grupos. Este es un sello distintivo de la amistad descrito una y otra vez desde los pitagóricos hasta C.S. Lewis. Los amigos se unen con entusiasmo a otros que comparten el mismo punto de vista. Los grupos que han formado diferentes analistas, y los enemigos que han constelado, desde Freud y Jung en adelante, no necesitan ser juzgados siempre como transferencias no resueltas. Pueden ser amistades y enemistades sinceras con Dios.

    Un tercer lugar donde podríamos hacer retroceder, las fronteras de la transferencia,

    de usurpar un área demasiado un área que requiere nuestra preocupación. Un analista que siente alegría en compañía de un analizando puede matar en sí mismo esta manifestación espontánea de necesidad de amistad llamándola contratransferencia. (El paciente mata su alegría de manera similar.) Esta necesidad de amistad siempre ha sido reconocida como parte de las necesidades humanas básicas para la vida de virtud. Por supuesto, se puede argumentar que esta necesidad debe satisfacerse en otro lugar, no con los analizandos. Pero ¿qué pasa con esto? Si surge el amor, el amor de amistad, ahí está. ¿Puede o debe ser analizado?22

    Nos referimos aquí –y esta salvedad es importante–a etapas tardías de análisis, o etapas avanzadas de transferencia, como por ejemplo en la situación formativa. En las últimas etapas, especialmente, se supone que dos personas son iguales. Los dos socios pueden sentir que hasta que se haya logrado una igualdad real en la relación, no puede ser una amistad. Esto es en parte ilusorio. En la antigüedad, existían reglas estrictas sobre las relaciones de amigos que no eran iguales. La igualdad de la amistad tiene otro sentido que la igualdad que surge de la posición social, actividad o pasividad, poder, edad o don natural. Cicerón define cuidadosamente los deberes del superior y del inferior en una amistad. Por lo tanto, el analizando no necesita esforzarse por igualar a su analista mayor, más sabio, más rico e influyente en el campo de sus intereses mutuos para lograr la igualdad. La relación entre pares significaba para los antiguos pares morales. Era una igualdad psicológica. Reinterpretado, se refiere a una relación entre dos egos en términos del Sí-mismo; una igualdad en la relación con el Sí-mismo, no limitada por las condiciones externas de los egos.

    La igualdad obliga a la intimidad. La intimidad, viniendo de un solo lado, distorsiona la amistad que intenta emerger. La demanda de intimidad por parte del analizando y el deseo de hablar de sí mismo por parte del analista, tendería a verlos como signos de una amistad floreciente. El analista puede ayudar como matrona siendo más revelador sobre sí mismo. La intimidad debe llegar lentamente–demasiado pronto es tan inapropiado para el análisis como lo es para la amistad. Plutarco nos dice que seamos muy cuidadosos y juiciosos al elegir un amigo, pero después de que se haya hecho la elección, debemos ser completamente abiertos y confiados–y veraces.

    Si tomamos el análisis como una forma de entablar amistad, y al analista como un eventual amigo, la elección del analista y la forma en que se llevan a cabo las primeras etapas pueden relacionarse con la observación de Plutarco. La vacilación, la incertidumbre, el escrutinio y la sospecha pertenecen. La resistencia a la intimidad, a revelarse de una sola vez a un extraño que bien podría convertirse en un enemigo en vez de en un amigo, muestra buenos sentimientos, seguramente más sentimientos por la conexión que por contarlo todo en un grupo o desde un sofá.

    Así, en el análisis avanzado, cuando la separación es difícil, cuando hay un impulso conjunto de emprender algo juntos, cuando hay una gozosa necesidad de verse, cuando hay igualdad en la relación con el Sí-mismo (esto, por supuesto, es muy variable), cuando hay una demanda de mayor «intimidad y entrada»–tendríamos signos de amistad. Y estos signos pueden aparecer mucho antes de que se haya resuelto idealmente toda transferencia.

    Creo que reconocer la amistad y ver en qué se diferencia de la transferencia nos ayudará a todos en una zona muy oscura, para que podamos animar a uno y analizar al otro.

    Capacitación

    En la antigüedad, la enseñanza era una conversación entre amigos. Para Platón, la enseñanza era una generación a través del espíritu, y el amor era el principio de esta generación. Para Sócrates y para la academia estoica, la enseñanza era una forma de amar, y la amistad era la conditio sine qua non de la enseñanza. Uno enseña a los demás porque los ama, y uno enseña sólo a los que ama. La enseñanza sólo puede ser sobre una base amistosa, íntima y confidencial. Y finalmente–fueron los epicúreos quienes sacaron esto a la luz–lealtad al sabio maestro, lealtad amistosa; lealtad asegurada a la doctrina y a la escuela. Y esta lealtad se reforzó a través de celebraciones conjuntas. El cumpleaños de Epicuro se celebraba cada año y había un banquete el día veinte de cada mes.

    No bastaron aquellas amistosas discusiones entre íntimos, los intercambios de ideas y simpatías, las indagaciones dialogadas sobre cuestiones objetivas de interés común. Los maestros, especialmente Sócrates, influían en el desarrollo de sus alumnos mediante el ejemplo del carácter. Vivían la vida representativa y practicaban lo que predicaban. Por lo tanto, no podría haber retención de información sobre la vida del maestro; para la verdadera enseñanza, su vida debe ser un libro abierto. Hay un pasaje en el diálogo apócrifo platónico Theages que muestra la personalidad mana del maestro:

    Te diré, Sócrates… lo que es increíble, sobre mi alma, pero cierto. Porque nunca aprendí nada de ti, como tú mismo sabes: pero avancé, siempre que estaba contigo, si estaba simplemente en la misma casa, sin estar en la misma habitación, pero avancé más, cuando estaba en el Misma habitación. Y me pareció mucho más cuando estaba en la misma habitación y te miraba mientras hablabas, que cuando volvía mis ojos a otra parte: pero mi progreso era mucho más grande y más marcado cuando me sentaba a tu lado y te abrazaba y te tocaba.24

    Si la enseñanza depende de la amistad, entonces el desarrollo de la amistad se convierte en la cuestión clave en el desarrollo de la escuela propia. Los griegos reconocieron esto y dedicaron mucha consideración a la naturaleza de la amistad y las formas en que podría desarrollarse. Como la enseñanza implicaba tanto amor, por supuesto no podía ser recompensada con dinero. Así, todos y cada uno, Sócrates, Platón, Aristóteles y Jenofonte atacaron a los maestros que cobraban honorarios. Estos fueron los sofistas; “La sabiduría debe darse como amor y no puede venderse”, dice Jenofonte.24 El maestro y el alumno no estaban en una relación libre de comprador y vendedor, sino que estaban involucrados en un enlace a través de sentimientos naturales el uno por el otro. Había una clara distinción entre el maestro profesional y el maestro en su academia, lo que nos recuerda la atmósfera del Ashram.

    Así vemos que muchos de los temas de hoy–transferencia positiva y entrenamiento, de lealtad a un grupo y su fundador, la personalidad del maestro, la cuestión de los efectos mágicos, el problema de los honorarios–todos fueron reconocidos antes. Podríamos preguntarle al pasado qué puede decirnos para ayudar a resolver algunas de estas preguntas que todavía están involucradas en el entrenamiento de hoy. Estoy asumiendo que entrenar es enseñar, pero imagino que estaremos de acuerdo en esto. La formación para la profesión de analista está más cerca de lo que sucede en los académicos de hoy: las universidades. Entonces la enseñanza apuntaba al desarrollo del autoconocimiento, la justicia y la virtud, más que al dominio de los contenidos intelectuales.

    Creo que el punto principal aquí toca lo que he estado pidiendo todo el tiempo: el reconocimiento del papel del amor. Se nos dice que no podemos entrenar a otro sin amar a ese otro y sin que él nos ame. Si el eros del analista no está a la altura del trabajo, intentará evitar admitirlo en la situación de formación. Pero hay que admitirlo, y esto lleva al formador y al aprendiz a iniciar su amistad a través de la admisión mutua de sus propias inferioridades. Esto implica además que las acciones de amistad pueden comenzar antes de que se aclaren todos los problemas de transferencia.

    Si seguimos a los viejos sabios al pie de la letra, no puede haber honorarios, ni secretos, y uno debe vivir juntos en un Ashram o Kibbutz comunista. El análisis profundo moderno ha traído un refinamiento de esta tendencia de formación de culto. Los honorarios, la privacidad y la distancia física brindan límites, pero es posible que algunas de las intensidades de cercanía e intimidad (y escapar de los honorarios reuniéndose fuera de la cita) para los aprendices podrían verse como expresiones de desarrollo de amistad. Entonces podrían animarse porque serían indicios de ese amor necesario para el entrenamiento.

    (En este punto corresponde una posdata sobre la “unión” física en el entrenamiento. Lo mencioné brevemente en un artículo en The Journal of Analytical Psychology mientras describía el clima emocional en el Instituto de Zúrich.25 El modelo de bailar, comer, viajar, divertirse juntos mencionado en ese artículo es algo bastante básico para el entrenamiento concebido como lo estamos haciendo aquí. Es un motivo bien conocido en la enseñanza esotérica: el Zaddik bailando y cantando con sus alumnos; Ramakrishna bailando y cantando con sus devotos; los maestros Zen hacen que sus aprendices cocinen para ellos, que coman juntos; el Gurú y el alumno bañándose juntos, peregrinando juntos… Este es un tema descuidado e importante que debemos dejar por ahora.)

    Conclusión

    Ahora estamos en el final: he tratado de presentar algo diferente o nuevo. Hoy en día, es más probable que uno encuentre algo nuevo hurgando en el pasado. Hay dos formas de conectar el pasado y el presente en psicología. Una es tomar fragmentos del pasado y mirarlos a la luz de la psicología moderna, el trabajo de Jung sobre Alquimia y Mitología es un ejemplo insuperable aquí. Otra forma, la forma en que he estado yendo aquí, es tomar partes de la psicología moderna (homosexualidad, agresión, transferencia, entrenamiento) y mirarlas a la luz de las viejas filosofías y costumbres. Creo que es muy posible que gran parte de lo que estamos descubriendo en nuestro trabajo sean simplemente viejos lugares comunes que se han perdido. Si es así, entonces podría ser mejor llamar a las cosas como alguna vez se llamaron que darles nombres nuevos, ya veces patológicos.

    “Amigos y enemigos” es otra forma de decir “amor y poder”. Quizás se anulan entre sí; como excluyentes mutuos: donde hay amor, no hay poder y viceversa. Pero, quizás, también, son mutuamente necesarios. No podemos amar a menos que estemos en algún lugar y seamos alguien; pararse y ser es también pararse en contra y derribar a aquellos que interfieren con su camino y su amor. El cínico podría decir que nuestros amigos son nuestros únicos enemigos reales, y un griego antiguo incluso dijo: «Considera a tus amigos como enemigos eventuales» (Dugas). El optimista, y como estadounidense tengo derecho a serlo, podría expresarlo de otra manera: considere a sus enemigos como eventuales amigos.


    Notas

    1. C. S. Lewis, The Four Loves (New York: Harcourt Brace, 1960), ch. 4: “Friendship.”
    2. Mary Esther Harding, The Way of All Women (New York: Harper & Row, 1970).
    3. Eleanor Bertine, Human Relationships: In the Family, In Friendship, In Love, with a foreword by C. G. Jung (New York: David McKay, 1958).
    4 Ibid., 193.
    5 Thomas Aquinas, Summa Theologica, I–II, q. 26, art. 4.
    6 See Alan Leo and H. S. Green, The Horoscope in Detail, Astrological Manuals No. IV) (London, 1906), ch. 8: “Love and Marriage. Friends and Enemies.”
    7 CW 12: 155.
    8 Aristotle, Nicomachean Ethics, IX.3.
    9 [See Hillman’s essay “Jung’s Contribution to ‘Feelings and Emotions’ ” in this volume for a discussion of this capacity.—Ed.]
    10 [See Gustavo Barcellos’s The Sibling Archetype: The Psychology of Brothers and Sisters and the Meaning of Horizontality (Thompson, Conn.: Spring Publications, 2016).—Ed.]
    11 [This paper was first delivered as a lecture in October, 1961 at the Analytical Psychology Club annual conference. The current version was completed in 1962.—Ed.]
    12 Ray L. Birdwhistell, Kinesics and Context: Essays on Body Motion Communication (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1970).
    13 Lucretius, De rerum Natura, IV.

    Depresión o melancolía sin dioses

    Traducciones

    James Hillman, EE. UU.

    Artículo publicado en ‘On Melancholy and Depression’, volumen 11 de sus Uniform Edition, capítulo 1

    Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

    Francesco Goya
    Saturn Devouring His Son, c. 1820–1823
    Mural transferred to canvas
    Museo del Prado, Madrid

    Es importante darse cuenta de que este acto de comerse al niño ocurre en nuestra propia psique todo el tiempo cuando algo nuevo llega a nuestra mente: una fantasía, una idea, una conexión. Cualquier pensamiento, cualquier imagen, sueño o idea nueva que surja en nuestra mente, es devorado por lo viejo. Esto es particularmente cierto en el caso de los sueños. Un sueño es un acontecimiento espontáneo, completamente nuevo y sorprendente, y lo devoramos ya sea con un sistema junguiano o freudiano o con cualquier sistema que tengamos, es decir, Saturno como el sistema viejo que devora lo nuevo.

    I

    Para comenzar las reflexiones sobre la Melancolía, o la Dama Melancolía como se la conocía en tiempos pasados, para pensar, para decir una palabra sobre este tema, primero debemos reflexionar sobre dónde estamos, el mundo cotidiano real que afecta nuestras palabras, el mundo que habla a través de nosotros y obliga a nuestras palabras obsesivamente en un estilo unidireccional del cual puede haber solo un escape: el escape hacia la melancolía misma.

    Nuestro estilo de vida, y nuestros pensamientos, son maníacos. Todos estamos sujetos a la tiranía de una vida apresurada, una vida de aceleración despiadada. Los instrumentos que nos rodean se han convertido en los Penates de nuestros hogares: el microondas, el ordenador, el mando a distancia del televisor, los electrodomésticos de la cocina y las armas de comunicación: el teléfono móvil, el fax y el correo electrónico. Incluso el botiquín está dedicado a un ataque concertado contra la lentitud. El lema de cada mensaje es ASAP–tan pronto como sea posible. Comida rápida, vía rápida, avance rápido; lenguaje abreviado: pitidos y señales, el rapido y el expresso. Nuestro traje de baño para disfrutar de un chapuzón en el mar es ahora un Speedo, y los zapatos con los que tocamos la tierra son zapatillas de conducir o de correr. La visión redentora del progreso secular se ha convertido en una adicción demoníaca a la velocidad técnica.

    Como dice Milan Kundera en su encantadora pequeña novela La lentitud: “La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha otorgado al hombre”.1 Y, como escribió Aldous Huxley a principios de este siglo: nosotros, los modernos, no hemos inventado ningún pecado nuevo más allá de los siete pecados capitales de los tiempos clásicos, excepto uno: la prisa.

    Y yo, transportado aquí por la luz, por alas de metal y por combustible de avión ardiendo a supervelocidad para pronunciar un discurso a desconocidos (por muy amables que sean), un discurso sin vacilaciones, sin interrupciones, para apresurarme a fin de respetar un límite de tiempo fijo… ¡y sobre la melancolía! ¡Qué mejor manera de demostrar nuestra época y su estilo maníaco! La psiquiatría ha puesto la esencia de la manía en una sola frase definitoria: “ausencia de interioridad”, que también define nuestra época.

    Así pues, lo que decimos sobre la melancolía se hace desde una posición diametralmente opuesta a ella, que la teme, la odia y que sólo puede juzgarla como una depresión constrictiva. Nuestros juicios, incluso nuestras teorías, están fundamentalmente sesgados contra el tema mismo de nuestra investigación por la manía contemporánea que gobierna nuestra psique colectiva.

    Un ejemplo pequeño pero revelador de este odio maníaco: en Estados Unidos hoy, la música matutina transmitida por algunas estaciones de radio ha sido programada por computadora para seleccionar y censurar la tonalidad menor, que, como define el diccionario, “tiende a producir un efecto melancólico”.

    No es de extrañar que las manifestaciones de la depresión supongan un insulto tan grande para la vida apresurada y sin reflexión. Las características de la depresión obligan a la introspección: piernas lentas, cabeza pesada y ojos bajos; habla aburrida; poca energía; concentración desatendida e incapacidad para tomar decisiones o emprender acciones; culpa y obsesionarse con el pasado; vergüenza y un sentimiento de pecado; dolencias físicas menores y persistentes; estreñimiento y dolores de cabeza; pensamientos de muerte, abandono y penuria; pesimismo y temor al futuro; un desagrado general por el mundo y, sobre todo, un matiz de tristeza; es decir, el estado de ánimo melancólico.

    Por supuesto, este enemigo obstinado no desaparece. La melancolía no ha sido vencida ni desterrada. Ha pasado a la clandestinidad, se disfraza y adopta un nombre moderno: “depresión”. Por eso, la medicina y la sociología, e incluso los gobiernos nacionales y las organizaciones sanitarias internacionales, han descubierto que la depresión es el síndrome más importante de nuestros tiempos y endémico en las poblaciones del mundo occidental. Puede estar enmascarada, latente, negada, pero la depresión sigue siendo una constante, el matiz subyacente de nuestra soledad, el vacío que tememos, la desoladora soledad que imaginamos que nos espera al final de nuestros días de vejez.

    Como el contexto maníaco de nuestras deliberaciones se opone fundamentalmente a nuestro tema, no podemos hacerle justicia. Así como no podemos escapar del Zeitgeist maníaco, tampoco podemos aislar nuestro pensamiento de los diagnósticos patológicos que han encarcelado a la melancolía en el temible estado clínico llamado depresión.

    Volveremos sobre esta palabra “depresión”, pero primero debemos detenernos un poco en la aceleración y no pasarla demasiado rápido.

    El concepto de “aceleración” no pertenece sólo a la física y la tecnología, sino que también ha entrado en la biología. Se refiere a procesos biológicos, como la menarquia temprana y el crecimiento somático precoz. Hoy en día, en las sociedades occidentales, las niñas llegan a la pubertad dos o tres, incluso cinco o más años antes que hace cien años, y el crecimiento de los seres humanos se ha acelerado durante el siglo XX, de modo que los asientos de los transportes públicos y los estadios deportivos, así como las camas, han tenido que ser más grandes. Por lo tanto, no es sorprendente que el crecimiento acelerado en la infancia contribuya a los trastornos de déficit de atención, la precocidad sexual y la violencia agresiva.

    Incluso el culto a la celebridad pertenece al síndrome maníaco: estrellato rápido; fama como notoriedad, en lugar de la lenta acumulación de fama, o reputación, tan apreciada en el Renacimiento. La fama, que antaño era un ámbito de ética y verdad, ahora depende de la celeridad. Pero ¿por qué no? “Celebridad” y “celeridad” son términos afines.

    Aunque la alta velocidad puede estar de moda hoy en día, tiene un trasfondo clásico, que se remonta a Hermógenes de Tauro en el siglo II de nuestra era, cuyo Arte de la retórica, en particular esa sección llamada Peri Ideōn (Sobre las ideas), establece el lenguaje, el ritmo y el uso de la celeridad. Hermógenes distingue entre siete tipos de estilo: gravedad, ethos, claridad, belleza, veracidad, grandeza y gorgotes o celeritas (más tarde llamados velocitas y prestezza). Escritores renacentistas como Antonio Minturno (1564), Johannes Sturm (1570) y Giulio Camillo (fl. 1530) contribuyeron a una mayor diferenciación de estos estilos.

    Cuando los siete estilos de retórica se integraron en el modelo cósmico básico de los siete planetas o siete grandes dioses, la velocidad se asignó a Marte. La celeridad se adaptaba especialmente a la poética de la batalla y de los encuentros amorosos entre amantes imaginados como una guerra deportiva. Una característica del estilo era lo que llamaríamos discurso “corto”: palabras y frases cortas, muy parecidas a nuestros rápidos eslóganes publicitarios y abreviaturas que dominan la comunicación contemporánea. En resumen, así como la velocidad rige nuestros hábitos maníacos, Marte, con su prisa, su rabia y su violencia explosiva y sin las restricciones rituales que le imponían los antiguos romanos, es el dios de la principal enfermedad de nuestro tiempo. Sí, la velocidad: no la depresión.

    De hecho, las reacciones a la depresión en situaciones clínicas muestran una larga historia de medidas marciales, desde la silla giratoria y sumergir el taburete en agua helada hasta el electroshock. Este enfoque agudo (léase “rápido”–o marcial) para la queja crónica de melancolía incluye la conocida impaciencia, incluso la ira, del clínico cuando se enfrenta a la implacable desesperación del paciente depresivo.

    II

    Veamos algunas imágenes pintadas que voy a repasar sin entrar en muchos comentarios psicológicos o de historia del arte. Mi objetivo es introducir un estado de ánimo en la habitación que disipe la oscuridad y silencie la locura maníaca que tan fácilmente nos invade.

    Las diapositivas que he recopilado muestran muchas pinturas de artistas famosos, como Henri Matisse, Paul Cézanne, Vincent van Gogh, Pablo Picasso, Amedeo Modigliani, y también de pintores españoles, británicos y estadounidenses de finales del siglo XIX y principios del XX. Estas imágenes presentan mujeres encerradas en habitaciones, sentadas, reclinadas, leyendo, esperando, ensoñando junto a las ventanas o dormitando, a menudo con la cabeza ladeada, apoyadas en un brazo, una mano, hundidas en reposo, abatidas, inmóviles.

    Edward Hopper
    Study for Morning Sun, 1952
    Chalk on paper
    The Whitney Museum of American Art, New York
    Josephine N. Hopper Bequest
    © 2024 Heirs of Josephine N. Hopper /
      Licensed by Artists Rights Society (ARS), N.Y

    Eventualmente llegamos a Hopper, uno de los grandes pintores norteamericanos de la depresión. Y las habitaciones son tremendamente importantes, el espacio interior, que se mantiene dentro de un espacio… Todas son mujeres, y son parte del fenómeno de las mujeres que llevan la depresión de la cultura, que las personas que presentaron depresión durante el último siglo y medio fueron en su mayoría mujeres, los casos que aparecieron en los primeros años de análisis profundo eran mujeres, que el alma sufriente era llevada por mujeres de modo que no son solo mujeres sino también almas sufrientes como las pintan los pintores masculinos. Desde el punto de vista feminista, está claro que todo esto es parte de la opresión de las mujeres en una sociedad patriarcal. También representa la opresión del alma y también una representación de los estados de ánimo del ánima, los estados de ánimo del alma… la experiencia de pérdida y tristeza que los hombres no se suponía que tuvieran o no se suponía que expresaran. Todo se le atribuía al otro género como algo que les pertenecía.

    Estas pinturas muestran la naturaleza colectiva de la depresión–que es una hebra tejida en el alma y expuesta especialmente en el Zeitgeist moderno–, la lasitud, la inmovilidad, la opresión de las mujeres antes de la liberación feminista, el estatus de objeto de la modelo desnuda ante la mirada creativa del artista idolatrado y la opresión del alma en la familia.

    Un estudio de los retratos de mujeres del siglo XIX y principios del XX revelaría miles de ejemplos que confirman nuestra tesis: la imagen genérica expresa una condición endémica. La depresión está en la cultura y no se puede ocultar ante los ojos del pintor.

    Al atribuir las razones de estas pinturas a una sociedad burguesa y a una cultura patriarcal, admitimos que la depresión está fuera del cerebro y del cuerpo, fuera de la psique individual, aunque se exprese por personas individuales en sus cuerpos.

    Si miráramos imágenes de depresión endémica, lo más probable es que las encontráramos en el cuerpo del objeto, como en la naturaleza muerta de Janet Fish, After Leslie Left. Los restos dispersos de la persona ausente presentan el estado de ánimo, de la misma manera que la habitación vacía de Edward Hopper, a pesar de la luz brillante, muestra la desesperación en el alma de un lugar. Así podríamos mirar las vasijas pintadas por Giorgio Morandi o Nicolas de Stael, los paisajes de Anselm Kiefer o las últimas pinturas de Mark Rothko en la capilla de Houston. El modelo ha desaparecido, el sujeto ha desaparecido, el pintor ha desaparecido: el mundo invisible de Hades que no tenía templo ni santuario en el mundo visible; su reino simplemente sugería, pero estaba profundamente abrumadoramente presente, el reino al que el propio Rothko se sintió tentado y al que finalmente entró voluntariamente.

    Janet Fish
    After Leslie Left, 1983–84
    Oil on canvas
    The Whitney Museum of American Art, New York
    Buffalo AKG Art Museum, Buffalo, N.Y.
    © 2024 Janet Fish / Licensed by VAGA at Artists Rights Society (ARS), N.Y

    De paso, me gustaría hacer una observación sobre las numerosas figuras cuyas cabezas están apoyadas sobre sus manos, que sostienen sus pesadas cabezas. Este gesto tiene una larga historia icónica y no pertenece sólo a las mujeres del siglo XIX. Es una pose de reflexión, ya sea en los retratos fotográficos de Yousuf Karsh o en El pensador de Rodin. Esta pose también proporciona una profunda visión de la naturaleza de la melancolía. La mano que se adentra en el mundo, haciendo y obrando, es aquí atraída como por un imán hacia la cabeza, apartada del mundo, haciendo y obrando en la mente. La mano melancólica está ahora clasificando y luchando con un mundo interior de pensamientos, preocupaciones, ansiedades, recuerdos; es una mano comprometida con imágenes mentales.

    III

    Como la depresión es endémica, reside en la psique colectiva del mundo, que trasciende tu psique personal y la mía. Una psique colectiva es más que la suma aditiva de las almas personales. “Psique colectiva” es el término contemporáneo para el alma del mundo, el anima mundi. Por lo tanto, la depresión endémica que invade el mundo se refiere a la melancolía que es uno de los cuatro grandes humores, muy parecido a uno de los cuatro grandes ríos del Edén en la fuente mítica de todas las cosas, que entra en diversos grados en todas las cosas. La depresión es endémica porque la melancolía es dada con el mundo como un componente raíz, una fuerza cósmica.

    Y, como endémica–es decir, universal, transpersonal, arquetípica–, la melancolía no tiene su sede en nuestro cerebro ni se la puede reducir a la fisiología humana, aunque nuestra susceptibilidad a ella esté sujeta a ajustes clínicos y químicos. Por supuesto, los antidepresivos, los fármacos y los electroshocks funcionan para mejorar las depresiones, pero no eliminan la melancolía que está fuera de su alcance.

    Podemos presenciar la melancolía endémica del mundo cualquier día o noche: a la orilla del mar, en un bosque oscuro, en una calle vacía de la ciudad antes del amanecer. Los primeros psicólogos de la Gestalt, en las primeras décadas de este siglo, dieron el paso radical de devolver las emociones al entorno. El mundo exterior tiene un rostro, muchos rostros. La Gestalt llamó a esos rostros caracteres fisonómicos. Así como los famosos narcisos de Wordsworth bailan con la brisa de alegría, otros paisajes muestran tristeza y melancolía. Estas emociones no son proyectadas por la mente humana en un mundo “muerto”, sino que se las proporcionan las formas que el alma adopta en el mundo.

    Así, cuando nos sentimos deprimidos, nuestros estados de ánimo–a menos que sean negados maniáticamente– nos llevan a lugares de consuelo y silencio, a entornos destartalados y poco exigentes, a sillas viejas y bares oscuros, a ropas gastadas y animales mudos: lugares y cosas que participan de la melancolía y pueden albergarla. En gran parte de la poesía japonesa, el carácter de un lugar natural expresa el abatimiento del estado de ánimo, de modo que ni siquiera es necesario mencionar los sentimientos personales de tristeza y pesimismo. Los lugares y las cosas donde la melancolía endémica del mundo brota y muestra su alma ayudan a la persona individual a soportar el peso, en parte mediante la comunión del estado de ánimo, en parte mediante el reconocimiento de que el mundo comparte la tristeza, en parte mediante el alivio del egocentrismo obsesivo.

    Auguste Rodin
    The Thinker, 1881–82 (cast 1884)
    Bronze
    National Gallery of Victoria, Melbourne
    Felton Bequest, 1921

    Veremos una y otra vez esta posición de la cabeza entre las manos… Verán esta imagen desde la Melancolía de Durero, y probablemente la habrán tenido ustedes mismos durante horas y horas–su cabeza está demasiado pesada para sostenerla.

    ¿Qué es el dolor del mundo? En las tradiciones místicas, este dolor lo llevaba la figura de Sophia; en las ceremonias mistéricas de Eleusis, lo llevaba Deméter; en algunas especulaciones judías, el mundo está en exilio, caído, con las vasijas rotas, y siempre yacerá en el valle de la melancolía hasta que descienda la Shekhinah y llegue el Mesías. La tristeza no es resultado del error, el pecado o el mal; ni es la tristeza un signo de algo “malo”. Más bien, el dolor hace posible la compasión. Abre el camino para aceptar el sufrimiento inherente del mundo y su compasión por nosotros, sus criaturas. Si el mundo no nos quisiera aquí, ¿podríamos durar siquiera un día?

    La sensación de que la melancolía está en el mundo mientras que la depresión está en nosotros mismos aclara la enigmática afirmación alquímica de Michael Meier de que el viaje a través de las seis casas planetarias comienza en Saturno (o plomo) y termina en Saturno (o plomo).2 La introspección psicológica comienza cuando sucumbimos a la depresión, ya sea por una pérdida, un fracaso o un desamor, o peor aún, por un abatimiento interior incomprensible con fantasías mórbidas. Comenzamos en nuestro liderazgo personal. Y la depresión alcanza su punto terminal solo con el reconocimiento de la melancolía arquetípica en el alma del mundo.

    El error básico que todos cometemos reside en el enfoque subjetivo de las depresiones que sentimos: mi vida, mi matrimonio, mi fracaso, mi enfermedad, mi envejecimiento. El error es la subjetividad personal. El hecho de que sintamos algo no lo convierte en “mío”. La depresión, separada de la melancolía del mundo, se convierte en una preocupación completamente egoísta.

    No sentirse deprimido es no ser parte del planeta. No sentirse melancólico significa un completo alejamiento de la realidad de nuestros tiempos y, por lo tanto, como he insistido durante muchos años, la depresión es una declaración política, una protesta del alma contra la miseria ambiental, una respuesta adecuada a la destrucción patológica que ocurre en el mundo cotidiano.

    A medida que innumerables especies de plantas y animales se extinguen cada día y abandonan este jardín planetario para siempre, y después de eones de evolución las han llevado a su perfección, este biocidio masivo sugiere que la depresión endémica puede ser correactiva a la pérdida de especies y al empobrecimiento de la Tierra. Mientras usted y yo compartamos el mismo terreno, el mismo aire y la biomasa con estas criaturas que se desvanecen y desaparecen, así como la desaparición de los idiomas, las costumbres, las habilidades, las historias, los recuerdos y las artes de los pueblos indígenas, por supuesto, en algún nivel del alma, tú y yo estamos de luto. Así como el alma del mundo lamenta sus pérdidas, también los niveles colectivos de nuestras almas están de luto.

    Más allá de estas pérdidas visibles, hay una pérdida más profunda, la pérdida implícita en palabras como “secular”, “racional”, “humano”, “moderno”, “científico”: la pérdida de los dioses, no sólo de la Dama Melancolía y Saturno, sino, en particular, de Hades, el dios de la pérdida, el dios que vive en el vacío. Hades, que anula todas las construcciones, reside en lo invisible, el dios no mencionado pero invisiblemente presente en la teoría de Freud de la depresión como fenómeno de pérdida y duelo.

    Así como el mundo exterior se refleja en nuestras depresiones, la terapia de estos estados también puede recurrir al mundo. Dos ejemplos pueden ser suficientes:

    Antes, a mediados del Renacimiento, por ejemplo, la depresión podía tratarse de una manera suave, delicada y dulce, un tratamiento bajo la guía de Venus. Una dieta ligera de huevos frescos, ensaladas, carnes tiernas, uvas, alimentos con humedad. A los baños corporales se añadían líquidos verdes, blancos y amarillos. Y como la melancolía se adhiere al aire espeso, oscuro y maloliente, una persona podía protegerse de la nube envolvente del estado de ánimo colocando flores en las habitaciones y llevando una poción de olor dulce, a veces con forma de manzana, en un colgante alrededor del cuello.

    Otro modo de vida exigía viajar. A menudo se enviaba a los melancólicos ingleses del siglo XVIII al extranjero, especialmente a Italia, en compañía de un terapeuta-tutor-erudito para que visitaran lugares de la antigüedad, frecuentaran galerías de pintura clásica y caminaran entre las ruinas. La depresión personal se expandía hacia atrás, hacia la grandeza del pasado, y hacia afuera, hacia los paisajes melancólicos de templos abandonados y descuidados y columnas rotas. Se trataba de una terapia que estaba más bajo la tutela de Júpiter. Incluso en 1870, el psiquiatra francés Louis-Florentin Calmeil aconsejaba visitas a museos.

    El valor de estas primeras ideas de tratamiento puede residir menos en su aplicación literal que en su capacidad para alimentar la imaginación hambrienta. Las imágenes de Saturno de calaveras, tumbas, mazmorras y catacumbas; las imágenes de Venus de fluidos y flores de colores; imágenes de textos clásicos de mitos y tragedias, epopeyas valientes; monumentos en ruinas.

    Sin las imágenes, sólo tenemos depresión describiéndose a sí misma en el lenguaje de la psicología clínica con taxonomías de “reactiva”, “neurótica”, “endógena”, “paranoide”, “delirante”, “bipolar”, etc., grados y tipos de depresión. “La depresión es la ausencia del reflejo de alegría”, dice una definición; “retardo general de todas las funciones corporales y psíquicas”, dice otra; “duelo por un objeto perdido”, dice una tercera.

    En la Edad Media, las ideas de melancolía ofrecían, en cambio, imágenes. Por ejemplo, la acedia. Esta aflicción afectaba especialmente a los monjes que, al acostarse, no podían hornear pan ni trabajar en los viñedos, no se levantaban para rezar y eran presa de la aridez del espíritu. La acedia se representaba con un perro, un cerdo y una cabra. El perro delgado y enroscado de la Melencolia I de Durero hace referencia a ese perro de la acedia.

    De modo que cualquiera de nosotros, acurrucado en la cama en una introspección desesperada, persiguiendo nuestra propia cola, o con la colas encogidas de vergüenza, chupados por las pulgas y los piojos de unos escrúpulos que nos muerden constantemente, podría sentir la presencia de la imagen y podría simpatizar con el estado de ánimo por medio de una imagen al margen de los efectos del estado de ánimo. Las imágenes dan foco, distancia, incluso un atisbo de objetividad impersonal. Cualquiera que haya vivido en una casa con un miembro deprimido puede sentir la presencia del cerdo que exige tanto espacio, que absorbe tanto, ese peso opresivo que parece llenar todas las habitaciones, así como el desorden, incluso decaer hasta convertirse en suciedad.

    Otras imágenes, asociadas especialmente con Saturno, a menudo llamado el “Dios de la Melancolía”, eran animales de piel gruesa, color opaco, movimiento lento o que vivían muchos años, como el elefante, la tortuga, el alce solitario de pantanos y bosques oscuros, y el camello que llevaba obedientemente su carga a través del desierto árido y monótono. También los búhos nocturnos y los mirlos cuyas voces pronostican desastres. Estas imágenes pueden abordarse mediante la imaginación y pueden dar voz a significados.

    Albrecht Dürer
    Melencolia I, 1514
    Engraving
    The Metropolitan Museum of Art, New York
    Harris Brisbane Dick Fund, 1943

    Miren la mano que sostiene la cabeza hacia arriba… Esa es la imagen clásica de la melancolía de Durero. Ahora recuerden la mirada que vimos en los ojos saltones de Goya: es una mirada tremendamente obsesiva. Puede ver cuán intensamente está trabajando la mente. Esto no es pasivo agresivo. Es un furor melancólico. Es muy importante darse cuenta de cuán activa era la idea clásica de la melancolía, de que la mente estaba intensamente activa como la rabia.

    IV

    Llegamos ahora a la raíz misma de la depresión endémica de nuestros tiempos; incluso me arriesgaré a decir a su causa misma.

    Si detrás de nuestras depresiones personales se esconde la figura arquetípica, el humor o la fuerza cósmica–Melancolía–entonces, al llegar al final de este milenio y también de estas reflexiones de esta mañana, señalemos directamente la razón por la que la melancolía adopta su forma depresiva específica en nuestros tiempos modernos. La clave la da el título de este simposio: “Archipiélago Melancolía».

    ¿Qué son estas islas dispersas? ¿Qué las mantiene unidas en la imagen de un archipiélago?

    ¿La imagen hace referencia a diferentes puntos de vista, idiomas, culturas y profesiones aisladas (clínicas, fisiológicas, sociales, literarias)? ¿O esta frase imaginativa revela la naturaleza de la depresión como un fenómeno aislado, el espíritu humano común cautivado por la insularidad?

    He llegado a la conclusión de que la concentración en las islas, en lugar de la participación en el mar común, es lo que origina gran parte de nuestra miseria moderna, un aislamiento que la propia palabra “isla” connota. Ni la creación de redes a través de la Web e Internet, ni las relaciones humanas intensificadas ni los grupos de apoyo, ni siquiera los puentes construidos por el amor personal y los vínculos familiares pueden remediar la lógica y la ontología básicas de la estructura monádica cerrada de las islas.

    Estamos cerca del final, pero necesitamos introducir una distinción lógica con respecto a la filosofía (aunque es un defecto de la forma dramática traer a escena un nuevo personaje en el tercer acto, y estamos en el tercer acto). No obstante, es relevante distinguir lógicamente entre los tipos de relaciones internas y externas. ¿Depresión o melancolía? ¿Cuál de las dos? Esto depende de cómo concibamos la lógica del archipiélago.

    Las relaciones entre elementos particulares, como las islas, pueden entenderse como externas a ellas. Un tercer factor —una red, un hilo, un puente— puede vincular unas con otras. Esas relaciones, por ser también externas, requieren no sólo ser construidas y mantenidas como propone y enseña la psicoterapia, sino que además requieren lógicamente un factor independiente vinculante que proporcione la relación entre el puente y las islas unidas por el puente, ad infinitum. Así, Heidegger puede decir que un puente no sólo une las dos orillas de un río, sino que, por ser externo al río, el puente también las separa, crea el aislamiento de las dos orillas.3 La lógica de las relaciones externas deja a cada isla ontológicamente separada, distinta y sola… y deprimida.

    Las relaciones internas, dicen los filósofos, son aquellas en las que las islas pertenecen inherentemente unas a otras. Las islas se implican entre sí, son codependientes, correlativas, de modo que no se puede concebir una sin la otra.

    Por ejemplo, en los asuntos humanos, el matrimonio es más que una relación externa entre dos individuos. En el momento del matrimonio, los dos se relacionan internamente: la idea de “esposa” implica “marido” y viceversa. Están unidos por la inmersión en lo que los rodea: el sacramento arquetípico del matrimonio y no meramente el puente de su relación. El matrimonio convierte la relación externa de una pareja de individuos antes de la boda en una unión de codependientes. La boda formaliza la relación interna de la pareja, revelando su afinidad interna y anunciando la imposibilidad de la separación interna.

    Así, sólo podemos relacionarnos cuando la relación es interna, ya dada, un tercero preexistente, una internalidad que comparten. Por esta razón lógica, las relaciones no se pueden crear por mucho que lo intentemos. Sólo se pueden descubrir.

    V

    “Ascoltate ancora”, dice Eugenio Montale en su “Lettera levantina”, “voglio svelarvi qual filo/unisce le nostre distanti esistenze”.4 ¿No es el hilo interno de la araña? ¿No está allí antes de su salto al espacio, la conexión interna generada, exteriorizada por la distancia?

    Así, en lo que respecta a nuestro archipiélago, lo que ya es preexistente a la distancia entre las islas es el mar común que las abraza a todas, ese mismo mar que baña las costas y erosiona las playas. Nuestras individualidades aisladas se relacionan internamente a través de ese mar. Cuando nos imaginamos inmersos en ese mar, en lugar de surgir de él, entonces el archipiélago se convierte en una hermandad geográfica en lugar de una mera dispersión de promontorios rocosos, cada uno con su propio faro, y entonces la melancolía se convierte en la base fluida de agua negra, una base continua que todas las islas comparten, ya que nuestros propios cuerpos animales están compuestos preponderantemente de ese mar.

    Este mar originalmente se llamó oceanus, de horizontes infinitos, profundidades succionadoras y corrientes indomables; Oceanus, θεῶν γένεσιν,5 en palabras de Homero, génesis de los propios dioses, fundamento de todo ser, que rodea la tierra y rodea toda existencia como una gran serpiente como Oceanus se ha representado a menudo. Y esta serpiente, este fundamento oceánico, uno de cuyos arroyos es la espesa, oscura, lenta, fría y muy profunda, melancólica, dada con la psique misma, pues Océano era, como dice el extraordinario filólogo R.B. Onians, “la ψχή [psique] cósmica primordial”.6

    El alma, en su isla de subjetividad, sólo conoce la melancolía como desesperación solitaria y perspectiva sombría. Se ha apartado del abrazo solidario del mar, de modo que el mar sólo refleja el aislamiento del alma en la subjetividad introspectiva, es decir, la depresión.

    Coleridge, en su gran oda “Dejection”, recorre con su mirada todo el horizonte que se extiende ante él, pero encerrado en su aislamiento escribe: “Veo, no siento”.7 La suya es la voz del anhelo romántico de restaurar el hilo unificador de la existencia, cortado por el aislamiento egocéntrico moderno.

    La forma de regresar de la depresión personal a la melancolía universal es bajar de las alturas, descender a la orilla —la dirección que la depresión de todos modos insta a seguir— y escuchar voces distintas a nuestras propias cavilaciones obsesivamente personales: mi miseria, mi abatimiento, yo.

    T.S. Eliot escribe al final de su poema “Prufrock”:

    Caminaré por la playa.
    He oído a las sirenas cantando, una a la otra.
    No creo que canten para mi.
    Las he visto cabalgando hacia el mar sobre las olas.
    Peinando el cabello blanco de las olas que se arrastran hacia atrás
    Cuando el viento sopla el agua blanca y negra.8

    No, no le cantan al “yo”, porque el “yo” es la conciencia de una isla. Sin embargo, todavía, y quizás para siempre, las sirenas hijas de Océano nos hacen señas.

    Virginia Woolf, deprimida o atormentada por la melancolía –¿cuál de las dos?–, se adentró en ese mar, tal vez para encontrar la fuente de esa melancolía, para entrar en su profundo hogar.

    Con su permiso, me gustaría citar a otro poeta, Matthew Arnold. Su poema “Dover Beach” es uno de los más poderosos y conocidos en lengua inglesa, y con él daré por concluidas mis reflexiones.

    Él también está en la orilla:

    ¡Escucha! Se oye el rugido chirriante
    De guijarros que las olas absorben y arrojan,
    A su regreso, por la playa alta,
    Comienza, y cesa, y luego comienza de nuevo,
    Con trémula cadencia lenta, y trae
    La nota eterna de la tristeza.

    Sófocles hace mucho tiempo
    Lo esdcuchó en el Egeo y trajo
    A su mente el turbio flujo y reflujo
    De la miseria humana…

    Arnold explica entonces por qué la miseria humana: no por la “nota eterna de la tristeza” que acompaña al mar, ni por el mar en sí, ni por Oceanus, la psique primordial, el colectivo endémico, generador de los dioses, sino por la pérdida de los dioses, que deja a las islas abandonadas y a nosotros mismos sujetos a una melancolía sin los dioses:

    El Mar de la Fe
    También estuvo una vez en la orilla plena y redonda de la tierra
    Yacía como los pliegues de un cinturón brillante enrollado.
    Pero ahora solo escucho
    Su rugido melancólico, largo y distante,
    Retirándose, hacia la respiración
    Del viento nocturno, por los vastos bordes lúgubres
    Y las tejas desnudas del mundo.

    “Dover Beach” podría haber concluido con esas “tejas desnudas y lúgubres”, ese “rugido melancólico, prolongado y retraído” mientras los dioses se retiran.

    Pero la última estrofa de Arnold abre paso a una profecía. Aunque escrita en 1866, predice las tres consecuencias devastadoras en el mundo humano tan evidentes hoy en día cuando no se reconoce a los dioses y no se honra a la Dame Melancholy:

    Ah, amor, seamos sinceros.
    ¡El uno al otro! Por el mundo, que parece
    Yacer ante nosotros como una tierra de sueños,
    Tan variada, tan bella, tan nueva,
    No tiene realmente ni alegría, ni amor, ni luz,
    Ni certeza, ni paz, ni ayuda para el dolor;
    Y estamos aquí como en una llanura oscura.
    Arrastrado por confusas alarmas de lucha y huida,
    Donde ejércitos ignorantes se enfrentan por la noche.9

    La melancolía sin los dioses nos deja, primero, en un desastre ambiental en la “llanura oscura” de un mundo desolado, cuya belleza es sólo una ilusión. Así, segundo, recurrimos a relaciones humanas idealizadas (“¡Ah, amor, seamos fieles/unos a otros!”), esperando que el amor humano reemplace al amor del mundo, y así siempre estamos decepcionados y siempre en búsqueda. La profecía final de “Dover Beach” afirma, tercero, que sin la interioridad atemperada de la melancolía, se desata la violencia sin sentido, los “ejércitos ignorantes” de Marte.

    Sí, la depresión puede ser la enfermedad endémica de nuestros tiempos, pero de ella pueden destilarse las gotas negras de la melancolía, gotas que son la medicina fundamental para curar los propios tiempos, pues, a menudo, los dioses eligen la melancolía como su medio de retorno.


    Notas

    Charla pronunciada en “Arcipelago Malinconia”, una convocatoria celebrada en el Teatro Argentina de Roma, del 10 al 12 de noviembre de 1999, y publicada por primera vez como “Malinconia senza Dei” en Arcipelago Malinconia: Scenari e parole dell’interiorità, editado por Biancamaria Frabotta (Roma: Donzelli, 2001).

    1.Milan Kundera, Slowness, translated by Linda Asher (New York: HarperCollins, 1996), 2. HarperCollins, 1996), 2.

    2. Michael Meier, Atalanta Fugiens, hoc est, Emblemata Nova de Secretis Naturae Chymica [The Fleeing Atalanta, i.e., New Chymical Emblems of the Secrets of Nature] (Oppenheim, 1618), Discourse XII.

    3. “Building Dwelling Thinking,” in Martin Heidegger, Poetry, Language, Thought, translated by Albert Hofstadter (New York: Harper Colophon Books, 1975), 152 ff.

    4. “Listen again. I want to uncover the thread / that unites our distant beings,” in Otherwise: Last and First Poems of Eugenio Montale, translated by Jonathan Galassi (New York: Random House, 1984), 104–5.

    5. Iliad 14.201 and 304: “from whom the gods are sprung” (trans. A. T. Murray).

    6. Richard Broxton Onians, The Origins of European Thought: About the Body, the Mind, the Soul, the World, Time, and Fate (Cambridge: Cambridge University Press, 1951), 249.

     7. “Dejection: An Ode,” in Samuel Taylor Coleridge, Selected Poems (New York and Avenel, N. J.: Gramercy Books, 1996), 72.

     8. “The Love Song of J. Alfred Prufrock,” in The Poems of T. S. Eliot, vol. 1: Collected and Uncollected Poems, edited by Christopher Ricks and Jim McCue (Baltimore: Johns Hopkins University, 2015), 9.

    9. Matthew Arnold, “Dover Beach”, https://www.poetryfoundation.org/poems/43588/dover-beach .

    La transmutación del espíritu junguiano

    Ensayos

    Prólogo al Volumen 3 de la Colección de ensayos

    En el presente volumen, el tercero de esta serie, se entregan dos ensayos importantes en la obra de Wolfgang Giegerich y que resultan imprescindibles para entender la dirección de su pensamiento dentro de la dimensión de una psicología sustentada en la herencia daimónica de C.G. Jung, es decir, en la búsqueda de una psicología con alma.

    El primero es un largo ensayo denominado: “El final del significado y el nacimiento del hombre”, que tiene como subtítulo: “Un ensayo acerca del estadio alcanzado en la historia de la consciencia y un análisis del proyecto psicológico de C.G. Jung”. Este texto fue presentado por primera vez en octubre del 2003 en forma de conferencia en el Gremio de Psicología Pastoral de Londres y posteriormente se imprimió en el Journal of Junguian Theory and Practice, Vol. 6, del año 2004, donde se le dedicó el volumen completo a la discusión y crítica de dicho material, que causó revuelo entre sus lectores.

    El segundo ensayo: “‘Irrelevantificación’ o sobre la muerte de la naturaleza, la construcción del ‘arquetipo’, y el nacimiento del hombre” es una respuesta al texto de Marco Heleno Barreto, “The Death of Nature: A Psychological Reflection” publicado en la revista Spring en el 2006. En dicho ensayo el autor retoma la estructura argumentativa de su interlocutor para, en su crítica a la misma, mostrar el desarrollo de un abordaje psicológico asentado en el movimiento dialéctico del fenómeno y reitera algunas ideas que ya se habían tratado en su anterior ensayo sobre el final del significado.

    Como toda la obra de Giegerich, ambos ensayos suscitan polémica dentro del campo del pensamiento en el que se inscriben pues el colectivo formado alrededor de la obra de C.G. Jung se ha caracterizado por la poca labor crítica hacia los conceptos pensados por este autor, a diferencia de la elaboración constante que sucede en otras escuelas psicológicas. Por ello no es extraño que cualquier intento de reflexionar seriamente sobre la pertinencia de los mismos en su contexto psicológico resulte en un recibimiento defensivo ante ideas que promueven el refinamiento de un pensamiento tan importante como el de la psicología analítica.

    Sin embargo, Giegerich no se distingue por la inhibición para exponer sus ideas ni por una tendencia a acomodarse en lo que Jung llamó: “la psicología de prestigio”, al contrario uno de los lemas que acompaña su pensamiento es aquella máxima aristotélica que dicta: “amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”. Tal amistad hacia la verdad necesita ser aclarada en cuanto al compromiso del autor con el cuerpo de pensamientos que se denomina junguiano, para poder enmarcar las ideas tan importantes en estos ensayos no como un intento de olvidar a Jung sino como el esfuerzo por llevar a Jung más allá de él mismo.

    El propósito de ser leal a un cuerpo de ideas integra en su proceder la vía de la polémica, porque tal obligación presupone la contradicción inherente que da movimiento a todo proceso de verdadera reflexión. Un concepto es un animal que se devora a sí mismo para procrearse, por lo que su intención dialéctica inunda cada paso que da en el camino hacía sí. Aunque la confrontación pudiera parecer externa, realmente ocurre en la interioridad del fenómeno, donde el espíritu de la contradicción lo conduce a su hogar en la negatividad lógica que le corresponde.

    Cuando un pensador toma posición desde una escuela de pensamiento es porque ha encontrado entre sus conceptos seminales una afinidad con las ideas que le son más íntimas y extrañas al mismo tiempo, es decir, con aquello que supone el rizoma de una visión particular del mundo. James Hillman hacía la anotación de que el alma, fuera de su significación teológica, y vista como un proceso psicológico, debería ser asumida como una forma de ver, como el acto de transparentar a los fenómenos y llevarlos a la metáfora raíz a la que pertenecen, porque el alma es la reflexión sobre la imagen y la emergencia de su estructura mítica.

    Si bien en el lenguaje de Giegerich, se requiere un paso más, que supone la interiorización de dicho fenómeno en la noción, se puede observar que en la idea de Hillman hay un alma viva que exige ser entendida como un proceso en movimiento continuo. Así que la inclinación hacia una postura teórica es, al mismo tiempo, el percatarse de una noción que fluye de forma conjunta entre el autor y su obra.

    Hillman se concebía como un hijo de Marte, como un provocador que disfrutaba ver arder los dogmas, pero más que un gusto personal se podría pensar que tal tendencia respondía a la necesidad de la propia idea por representar su naturaleza bélica. Dicha inclinación confrontativa también existía en Jung, que entró en batallas, a veces terribles, con interlocutores que en ocasiones eran amigos muy queridos. De esta herencia marcial Giegerich no puede desembarazarse y al parecer ésta se ha instalado en la esencia de su trabajo, aunque él mismo afirma no tener esa intención.

    Así que ser amigo de la verdad, requiere a la vez encarnar en los propios escritos al espíritu de la contradicción que es el campo abierto del pensador, la dimensión agreste donde este se sumerge para no salir indemne, porque su vida ya no le pertenece del todo, ya que por un momento, en el momento del pensar psicológico, sus ojos se devuelven a la otredad para verse con mayor precisión. El ojo que se observa a sí mismo es el que le atañe a la dimensión del alma.

    Por lo tanto, esta mirada tautológica pertenece al orden de una psicología como disciplina de la interioridad, donde la noción puede aplicarse a sí misma de tal manera que es vista por el observador externo como un ataque frontal a las posiciones ya asumidas de un conjunto de conceptos institucionalizados, convertidos en formas anquilosadas a través de las cuales el flujo de la lava ardiente se ha solidificado para crear un suelo firme que dé la sensación de seguridad. Pero la noción no es aquello que se mantiene quieto, es en sí misma pura productividad, un avance continuo, pero no como la imagen de progreso sugiere, su trayecto es hacia abajo y hacia adentro, al corazón mismo de la obra.

    En esta lógica de trabajo es donde Giegerich toma partido por lo escrito por Jung y desde ahí distingue dos facetas en la teoría junguiana: una es aquella comprometida con el espíritu de los tiempos, donde las palabras y las categorías se han solidificado como en un dogma firme y han detenido su transcurso. La otra es donde habla el espíritu de las profundidades, la de la lava ardiente que avanza lentamente hacía sí misma, llena de ideas rampantes en el curso dialéctico que les da vida propia. Estas son, al menos, dos formas de concebir a la psicología junguiana, siendo la más común aquella primera que puede comprometerse con el cuerpo teórico prefijado, y la segunda, la que Giegerich retoma, la que se atreve a seguir la senda animada de las reflexiones.

    Sin embargo, una visión superficial de esta dicotomía podría asumir que ambas posiciones son igualmente válidas y que suceden una al lado de la otra, como dos aproximaciones paralelas que pueden ser comparadas de manera simétrica. No obstante, realmente, los dos abordajes suceden en lógicas completamente dispares. La visión que permanece con el concepto sin aplicarlo a sí mismo es un esfuerzo conservador por mantener el estatus quo prevaleciente dentro del campo intelectual; necesita afirmar y proporcionar un entendimiento fijo y estable. Es la fase de la solidificación de las ideas que envuelve su dinámica simbólica para salvarlas de la contradicción destructiva que es representada por los adversarios y las críticas externas.

    Cuando en los albores de la psicología analítica se planteó la posibilidad de la oficialización, el objetivo primordial era la defensa y la preservación de las ideas de Jung, pero él mismo tuvo serias dudas sobre la pertinencia de tal empresa. Se puede conjeturar que la reserva del autor expresa el discernimiento entre la vida abierta que significan las intuiciones teóricas y el peligro del anquilosamiento de las mismas en la brea de las necesidades académicas y sus sistemas burocráticos. ¿Cómo sobreviviría el espíritu de la contradicción a la hegemonía de una sola vía de reflexión?

    Pero en el desarrollo de la escuela junguiana se mostraron los atisbos de un daimón autónomo y creativo. El desarrollismo de Fordham o el politeísmo de Hillman, dieron un nuevo aliento a las repeticiones incesantes de los esquemas clásicos en el junguianismo. Estos avances no convivieron junto a las divagaciones de la teoría ortodoxa, surgieron de ella y expresaron un movimiento nuevo que pone atención en las propias necesidades de las ideas básicas. Constituyeron un camino de confrontación consigo mismas que las impulsó hacia una nueva perspectiva de sí.

    El avance de un cuerpo teórico no ocurre hacia fuera del mismo, su dirección tiende hacia su interioridad, como en la figura del árbol cuyas raíces crecen con dirección al cielo, el desarrollo de la noción sucede de manera ouroborica y se integra de tal guisa que no es posible retornar al momento anterior más que de forma artificial y neurótica, semejante al adulto que reacciona de forma infantil ante un problema, dando cuenta de la grave disociación de su condición.

    A este tránsito de lo manifiesto a lo eidético responde el vocablo aufheben, que significa a la vez superar, conservar y dejar atrás. Giegerich instala su obra, precisamente en la imposibilidad de dar un paso atrás en el proceso dialéctico. Su trabajo mora en la negación de lo que en la psicología junguiana ha sido un instante al que no se puede retornar de forma real, porque la noción ha desenvuelto facetas de sí misma que pertenecen al momento presente y que deberán de ser superadas por nuevas negaciones.

    El caminar del alma es aquel que no mira las huellas que deja, empero las conserva como parte de su cadencia, ellas están presentes en el ritmo de su andar lógico. Por esto mismo, mientras que desde la posición junguiana ortodoxa o desde la psicología arquetipal es posible ver lo que se ha denominado la psicología como la disciplina de la interioridad (PDI) como una alternativa entre otras, conviviendo en un nivel epistemológico horizontal; desde la PDI la alternativa es irrealizable, porque en ella el núcleo lógico latente en la psicología analítica se ha abierto hasta convertir lo que antes era un objeto externo en la noción sobre la que se sostiene. Su posición es vertical frente a las antiguas aprensiones de la idea del alma.

    En la PDI el concepto del alma es aquello que se ha vuelto al interior de sí mismo. Todavía en Jung el alma es tratada como un agente, como un hacedor de fantasías con órganos psicoides llamados arquetipos, no obstante a lo largo de sus escritos hay un esfuerzo patente por brindar un asiento al término seele en las categorías de análisis modernas, despojándolo de sus matices metafísicos propios de la tradición antigua, donde el alma era una suerte de cuerpo vaporoso que reflejaba en su naturaleza especular las cualidades del ámbito positivo. El surgimiento del paradigma científico catalizó la transformación del concepto de alma hacia formas más sutiles del mismo y permitió que se le pudiera concebir fuera de los círculos teológicos o de la creencia popular en los espíritus.

    En Jung, la noción de alma dio el salto hacia el pensamiento psicológico, no esse in re, ni esse in intellectu solo sino esse in anima; sin embargo, consciente de la destrucción de los asideros mitológicos de la modernidad, Jung pretendió salvar al alma conservando algunos factores caducos como la asunción de un mundo simbólico que ya no se correspondía con su época y que además encerró al fenómeno anímico en el nuevo proyecto del espíritu de los tiempos: el individuo egoico.

    Es hasta la obra de Giegerich donde se puede observar la admisión de un concepto de alma que ya no está fuera del fenómeno, en un mundo de eidola arquetípicas que como demiurgos provectos configuran los factores de la vida psíquica. El concepto de alma en Giegerich, al contrario, ha mudado su reposo en la materia y en las sustancias metafísicas, por un movimiento absoluto sin un ente que procure una causalidad a su dinámica. Es entonces que el alma puede ser comprendida como pensamiento que se piensa a sí mismo, en una referencia tautológica que se ha denominado: “La vida lógica”, que no es otra cosa más que el flujo negativo de las ideas por medio de significados compartidos que no tiene otros asideros en la positividad que los despojos de su actuar, mismos que sirven, a su vez, como cadáveres sobre los cuales la vida da un salto a su absoluta negatividad.

    El mundo actual y sus fenómenos no pueden ser aprendidos desde esquemas epistémicos que ya no pertenecen a su contexto lógico. Cada época histórica construye las representaciones más plausibles para poder asir su dinámica simbólica correspondiente y el psiquismo crea constantemente las condiciones para las expresiones de la realidad tal y como son requeridas por el espíritu de la época. Bajo ese entendido, el sujeto encuentra que el universo está dado de antemano y él mismo participa en la construcción creativa de este proceso, pero no es el hacedor sino un elemento más de una complejidad que lo abarca.

    La especulación de una dimensión arquetipal del psiquismo, cuya característica definitoria era la atemporalidad, permitió a Jung hipostasiar una fuente perenne de material creativo al que llamó el Inconsciente Colectivo, pero por su naturaleza éste se ubicó fuera de los fenómenos y así pudo contener la herencia simbólica perdida que Jung había diagnosticado como la enfermedad de los tiempos presentes y que provocaba el hambre de significado del hombre.

    Pero Giegerich insiste en que la falta de significado no es el verdadero padecimiento, al contrario, es el afán de lo que se ha perdido el esfuerzo neurótico desde el cual el individuo anhela una parte de la experiencia anímica que ya no es posible, porque esta se ha integrado en las nuevas formas simbólicas, mismas que, no obstante, permanecen despojadas de atención, por parte del sujeto, a causa de la negligencia de un paradigma revivalista cuyo miedo a la incertidumbre dirige su mirada hacia lo que una vez estuvo vivo, pero cuya vida verdaderamente ha sido sublimada en el movimiento lógico de la actualidad.

    Por lo tanto, el esfuerzo de una psicología con alma está puesto en atender al fenómeno tal como se manifiesta, pues es quizás una de las claves que distinguen a la psicología analítica de otras escuelas, su aceptación incondicional por los síntomas y los padecimientos, por lo patológico, como parte integral de la vida realmente vivida. Es la sombra lo que debe ser acogido como un huésped que, aunque incomodo, se sabe imprescindible para la constitución de una comprensión psicológica que se asuma como una disciplina cuyo objeto de estudio sea el logos del alma en el fenómeno.

    De esta manera, una óptica realmente psicológica descartará de su horizonte la tiranía del deseo personal acerca de como las cosas deberían de ser y se atendrá a la investigación puntillosa sobre como las cosas son para la psique. Se debe poner énfasis en el hecho de que el mundo es lo que la mente piensa sobre sí misma y es su noción la que al despojarse de su positividad provee de una dinámica interna que determina el rumbo de los sucesos. Nadie decide el paso de la historia del alma, ésta es su propia performatividad, actualizándose y superándose incesantemente.

    Es bajo tal visión del mundo que surge la pregunta sobre la fidelidad a la herencia daimónica de C.G. Jung, ya que atender sus conceptos y conservarlos realmente traiciona los principios radicales donde se fundó el corpus junguiano, como el compromiso inextricable con los fenómenos. Y ya que el mismo Jung no pudo llevar hasta su término tal vínculo de lealtad, ser junguiano exige no serlo, para atender la transformación constante de los conceptos y de los símbolos que quedaron como una tarea pendiente para el pensador. Detenerlos en ideas fijas significa haber injuriado la naturaleza dialéctica del movimiento anímico que se experimenta como la interiorización de los fenómenos en su noción.

    En cambio, seguir el legado de Jung lleva al pensador por la senda sinuosa de la obligación hacia el mundo, Giegerich suele decir que él quiere ser enseñado por la realidad, no transformarla. Así que traicionar lo junguiano es un requisito para guardar fidelidad al espíritu de la psicología analítica que observa la muerte de los símbolos como un tránsito cotidiano del alma dejando atrás sus viejos ropajes para vestirse con nuevas prendas lógicas que le permitan desenvolverse mejor en sus tareas presentes.

    Sobre la transmutación de los símbolos Jung especificaba, en su libro acerca de los tipos psicológicos, que éstos solo están vivos mientras pueden sostener la tensión del significado, pero una vez que lo implícito en ellos se hace evidente el propio símbolo muere para dar paso a una nueva representación que pueda contener la complejidad de la vida psicológica. Tales imágenes simbólicas no son creadas por los seres humanos, en su lugar son parte del impulso creativo de la psique que necesita estos soportes semánticos para dirigir su particular curso psicológico. Pero una vez que han cumplido con su labor, deben ser abandonados, a la vez que interiorizados, para dejar que nuevas formas de significado tomen su lugar.

    El alma se transforma, se trasmuta como la massa confusa para los alquimistas, pero no está contenida en ningún vaso ajeno, ya que ella misma es su absoluta contención. La contradicción inmanente la somete a la tortura de la calcinación, al desprendimiento de la disolución y a la putrefacción de sus elementos y así continúa la senda hacia el enrojecimiento de la materia. Giegerich ha indicado que las denominaciones oximoronicas de la alquimia (v.g. aqua permanens) responden a la naturaleza dialéctica del opus magnum hacia el cual apuntan. En ellas la consciencia expresa la tensión de los opuestos y muestra el paso de su mutabilidad. El alma es el lapis, pero a su vez es la massa confusa, el fuego y el atanor, el vaso y la soror mystica, es, incluso, el mismo alquimista sometiéndose al calor de la contradicción lógica.

    Una psicología asentada en el espíritu de la alquimia, como lo pretendía Jung, seguirá el dictado temprano de la psicología arquetipal por “apegarse a la imagen”, es decir, evitar la pretensión de saber más que lo que la imagen sabe de sí misma y permitir que ella sea el psicopompos que guíe a su catábasis, sabiendo de antemano, que viajar al inframundo requiere la propia desaparición del sujeto para que sea el Sí-mismo quien se someta a su individuación.

    Todo ello está contenido en la psicología de Jung pero no siempre es claro, el mismo Jung no siguió en todos los casos los dictados de sus propias intuiciones y estipuló que si el mundo yacía sin mitos habría que dotarlo de nuevas figuras míticas, de una comprensión mítica de la realidad y que ante la pérdida del significado era necesario encontrar nuevas fuentes del mismo. Pero entonces Jung pasó por alto la propia alquimia de los símbolos, no confió lo suficiente en la autonomía de la psique objetiva y se vio tentado a la inflación psíquica que implica el querer ofrecer un remedio para el mundo, sin considerar el hecho de que todo pharmakon es a la vez una cura y un veneno.

    Esta es la critica de Giegerich al proyecto de C.G. Jung, no al pensador como un ser humano que se ve compelido a seguir un tema, sino al concepto mismo que se actualiza en el cuerpo de ideas que el psicólogo trata de seguir escrupulosamente. Es esta noción la que permanece al calor del atanor en la reflexión de los fenómenos psicológicos por medio de un aparato de pensamiento que también es sometido al fuego de la transformación. Ser junguiano demanda la paciencia fría del pensar el pensamiento del fenómeno y esto es evidente al revisar cada uno de los textos donde Giegerich procura hacer justicia al espíritu de una psicología con alma, en ellos los lectores, a su vez, tienen el quehacer de, una vez más y siempre de nuevo, disponerse al desmembramiento de la comprensión cotidiana, para que de su negación surja, entonces, el propio pensamiento del alma.

    Los temas que el autor propone estudiar, en los siguientes ensayos y bajo la égida de la interiorización tal como se ha descrito son: la muerte de dios, la desaparición del contexto mítico de la consciencia, el nacimiento del hombre, la obsolescencia del significado, la sublación de la naturaleza en su concepto y la dialéctica histórica del alma. Todos ellos fenómenos de la psicología que en la estela del pensamiento junguiano constituyen un itinerario complejo, rico y desafiante que bajo la precisa pluma de quien, quizás, es la mente más avanzada en el ámbito analítico se vuelven ejemplos de un trabajo digno de ser llamado psicológico.

    Queda en el lector de estos textos procurar un oido atento a un conjunto de intuiciones que no son egosintónicas y que despiertan la polémica y la incertidumbre al confrontarlo con un mundo indiferente a las necesidades del hombre, empero esta es la única manera de ser uno mismo: desprenderse de la ilusión de volver a ser sostenido por padres metafísicos que contengan la angustia de la existencia. Este es el desafío de los siguientes textos, y de toda la obra del autor, que demandan que el psicólogo que los lea se conciba a sí mismo como un hombre nacido, capaz de poner en entredicho lo complaciente de la teoría analítica y adentrarse, por fin, en el reino salvaje del pensamiento.

    CDMX, 2023

    La psicoterapia como espejo del alma

    Logos del alma

    Ser solamente un espejo del otro es una frase que se repite de manera común en psicoterapia, se refiere al trabajo del profesional por crear un ambiente empático y comprensivo para el paciente que acude a consulta. Para esta labor hay diversas técnicas que ofrecen la sensación de que el psicoterapeuta entiende perfectamente las condiciones, los sentimientos y las necesidades del paciente, pero al final el reflejo que observa el consultante no es otro que el de él mismo.

    Sin embargo, una terapia centrada en el alma requiere un objetivo distinto. James Hillman en 1988 pronunciaba en Roma una conferencia donde hablaba sobre el narcisismo de la psicología profunda, el cual se reiteraba en los temas abordados por la psicoterapia y en la adecuación de sus conceptos al individualismo imperante, que descarta aquella máxima junguiana que dicta que la mayor parte del alma está fuera del hombre.

    Hillman recomendaba dar un paso hacia la ventana, es decir, sacar al análisis de su contención en sí mismo y llevarlo a las calles, al estudio de la arquitectura, a los movimientos sociales, a la historia; habría que analizar al mundo para devolver el alma a su relación con la realidad, despertar su matiz de anima mundi y no enclaustrarla en el estrecho espacio de la psique individual.

    Pero el reflejo de una psicología vista en el espejo del mundo aún no es suficiente para contemplar su verdadera profundidad. La imagen de lo exterior sigue siendo una reproducción de la subjetividad que proyecta las reglas de su identidad en aquello que observa. Al mudar el punto de inflexión del trabajo individual al colectivo, no obstante, no se ha trasgredido aún hacia el verdadero objeto de la psicología.

    Jung dejó en claro que el objeto de la psicología es el alma. Pero por alma no se debe entender un ente o una imagen, el alma no es una cosa, ni tiene existencia positiva. Realmente es pura y absoluta negatividad, lo que significa que preexiste como la noción inmanente en cada fenómeno dado. El “alma” es la mitologización de la apertura hacia la otredad de la propia existencia, un agujero que se abre y que permite observar de manera inédita para la posición del ego (que de por sí es ciego a ella) la realidad a través de lo negativo.

    Por ejemplo, de forma imaginal, el antiguo viaje chamanico suponía la mutación del chaman en un nuevo ser cuya naturaleza revelaba el matiz daimonico de la experiencia del sujeto. Su identidad se conservaba, pero ahora era el vaso receptor de una dimensión comúnmente oculta, el de las imágenes psíquicas que toman posesión de él y son capaces de reificarse en la relación con la comunidad.

    La transformación a veces era relatada como un cambio físico donde los ojos del chaman eran retirados de sus cuencas para ser reemplazados con nuevos ojos. Estos nuevos órganos ya no le pertenecían, eran potestad del mundo de los espíritus. Pero tal cambio aún se inscribe en el ámbito de lo mitológico, de la lógica de lo pictórico y de la imagen, significó la expansión de las propias representaciones míticas en las cuales el hombre espiritual estaba contenido.

    Hoy, el alma, como el objeto de la psicología ya no puede ser retenido por las imágenes que produce, todas ellas moran en el orden de lo semántico, como relatos y narraciones que dan estructura a la experiencia humana, más no se inscriben en el orden de la sintaxis, de las reglas lógicas desde las cuales dichas ficciones están estructuradas. Así, el alma no es aquello que se mira, más bien corresponde a los ojos, negativos, que observan.

    Pero ¿qué otra cosa podría observar esa mirada desprovista de asiento imaginal más que su propia representación? Esta es, precisamente la actividad explicita del alma: salir al mundo adentrandose en sí misma. Este proceso no puede imaginarse, debe de ser pensado para abarcarlo en su verdadera magnitud. Por lo cual, se entiende que la huida hacia la ventana, si se hace desde el sentido común del ego, no es más que un subterfugio de la mirada lógica del alma hacía sí misma.

    Para llegar a sí misma en lo real, el alma debe contenerse y su pensamiento ha de llevarla hacía su meta, siguiendo aquella máxima junguiana, retomada de la alquimia, que dicta que no se permita que nada del exterior se entrometa, pues la imagen de la psique contiene todo lo que necesita en sí misma. Por ende, el fenómeno psicológico, para salir de sí, ha de introducirse y engendrarse en su propia noción.

    Por lo tanto, la función especular de la psicoterapia no se dirige hacia el paciente como individuo empírico, y tampoco es la tarea del psicoterapeuta convertirse en un espejo fiel de las vicisitudes emocionales de su cliente. Es el consultorio quien ha de revelarse como un vaso hermético donde el fenómeno psicológico solo puede observarse a sí mismo, como un espejo laberíntico que lo lleva siempre al reflejo de sí. Sin embargo, ello exige de una matanza egoica.

    Borges contaba la antigua leyenda china sobre un país dentro del espejo, condenado a imitar los movimientos de sus captores, un día, no obstante, un extraño pez aparecerá en la superficie argéntea y entonces el rumor de las armas anunciará su regreso y esta vez no serán vencidos. ¿Será esta la verdadera naturaleza del acto reflexivo? ¿una lucha encarnizada, una matanza venidera?

    El paciente busca en la terapia su reflejo y no sabe que quizás él mismo es la imagen imperfecta de otro mundo que espera silencioso el retorno de una luz por venir, de un síntoma rompiente que abre una puerta hacia la muerte de aquel que sueña con la preservación y la salud eterna. El paciente quiere observarse pero sus ojos están destinados a la imagen fulminante del alma que se trasluce en su reflejo.

    Un espejo es una superficie que reflecta, sin propósito ni objetivo, la luz incide en él de tal manera que no puede retenerla, no toma nada para sí, simplemente deja que ocurra, en él, el hecho mismo de la reflexión. Lo reflejado no es igual a lo que aparece al frente, sino que se presenta como lo inverso, por lo que no es una copia fiel, sino la visión de aquello que el objeto no puede retener de sí mismo, es decir, su ausencia.

    El objeto evoca su ausencia en el espejo, la luz que no guarda para sí, y la proyecta en una superficie que no es capaz de retenerla, que en sí misma está también ausente. Un vacío frente a otro vacío, pero un vacío ya presupone una posibilidad, en cambio esta oquedad no presupone nada, solo aquello que no es o, mejor dicho, su naturaleza negativa.

    El síntoma es también un espejo frente a otro espejo, un laberinto, y puesto que todo laberinto está cerrado sobre sí mismo, se puede decir que el acto de reflejarse en el espejo es la negación absoluta del fenómeno y, solo entonces, se puede afirmar que la psicoterapia es semejante a estar frente a un espejo, pues en ella los sujetos dan paso al mundo invertido que nunca podrán contener.

    Reflejar es un acto salvaje, pues vacía a los participantes de toda esperanza de encontrarse con lo que deliran que son ellos mismos. Porque lo que son en verdad es la luz, indiferente, en el camino hacia sí misma. De tal forma que la obra psicoterapéutica puede ser entendida como el encuentro del alma consigo misma en el puro acto de la reflexión, convertida en un espejo que solo piensa en aquello que acaece a su mirada.

    Tal hecho resulta violento para quien espera que aquello que se presenta sea una figura familiar que afirme lo que su ideal de normalidad dicta, y es que no es precisamente el paciente quien se encuentra, ni el terapeuta quien lo refleja, sino el alma misma que al desmembrar y vaciar a los sujetos, por fin puede estar frente a sí como su propia imagen especular en el puro movimiento lógico de ser una reflexión tautológica.

    Del espejo a la ventana: curar el psicoanálisis de su narcisismo

    Traducciones

    James Hillman, EE. UU.

    Artículo publicado en ‘City and Soul’, volumen 2 de sus Uniform Edition, capítulo 5, pp. 66-79

    Traducción de Alejandro Chavarria

    Conferencia pronunciada en Roma, octubre de 1988, y en consecuencia publicada como “Dal narcisismo alla finestra…” en Itinerari del pensiero junghiano, ed. Paolo Aite y Aldo Carotenuto, trad. Maria Carbone (Milán: Raffaello Cortina, 1989). Primera publicación en inglés en Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought 49 (1989).

    El conflicto aparentemente individual del paciente se revela como un conflicto universal de su entorno y época. La neurosis es, pues, nada menos que un intento individual, por infructuoso que sea, de resolver un problema universal. 
    – C.G. Jung (1912)

    El narcisismo es ahora el furor, el diagnóstico universal. En el mundo de Freud, la nueva atención se centró en la histeria de conversión; en la de Bleuler, en la demencia precoz. Anteriormente encontramos todos los males atribuidos a la enfermedad inglesa, al bazo, a la hipocondriasis, a la melancolía, a la clorosis; en París, una miríada de fobias y delirios. Diferentes tiempos y lugares, diferentes síndromes.

    El narcisismo tiene sus teóricos -Kohut, Kernberg, Lacan- y los junguianos modernos están siguiendo el furor. La conciencia colectiva de la psicología nos vuelve inconscientes colectivamente, como dijo Jung al escribir sobre las ideas colectivas en su época. Estar “con eso” también significa estar en eso. El diagnóstico epidémico del Narcisismo establece que la condición ya es endémica a la psicología que hace el diagnóstico. Ve el narcisismo porque ve narcisísticamente. Así que no tomemos este diagnóstico tan literalmente, sino que lo coloquemos dentro del desfile histórico de los diagnósticos occidentales.

    Eminentes críticos de la cultura –Karl Krauss, Thomas Szasz, Philip Rieff, Christopher Lasch, Paul Zweig y el notorio Dr. Jeffrey Masson– han visto cada uno que el psicoanálisis engendra un subjetivismo narcisista que inflige a la cultura un desorden iatrogénico, es decir, una enfermedad provocada por los métodos de los médicos que la curarían.

    Continuaré con su línea de pensamiento, pero usaré un método que Wolfgang Giegerich ha expuesto tan brillantemente en muchos de sus artículos. Si la psicología profunda en sí misma sufre de un trastorno narcisista, entonces lo que primero debemos sondear los analistas es el narcisismo inconsciente en el análisis mismo. Nuestro primer paciente no es ni el paciente ni nosotros mismos, sino el fenómeno llamado “análisis” que nos ha llevado a ambos al consultorio.

    El término «narcisismo» es probablemente británico. A Havelock Ellis se le atribuye su invención, aunque Freud nos dio su significado psicoanalítico. ¿Qué dijo Freud? Mientras analizo algunas de sus descripciones, escuchémoslas narcisísticamente, como autorreferencias, descriptivas de la psicología y de nosotros mismos en psicología.

    1917: “Empleamos el término narcisismo en relación con los niños pequeños y es al narcisismo excesivo del hombre primitivo que atribuimos su creencia en la omnipotencia de sus pensamientos y los consiguientes intentos de influir en el curso de los acontecimientos en el mundo exterior mediante prácticas mágicas.”1 ¿No tiene el análisis esta fantasía primitiva de omnipotencia de influir en los acontecimientos del mundo exterior mediante sus prácticas mágicas? La omnipotencia de la reflexión subjetiva está atestiguada por muchos junguianos clásicos como Harding, Bernhard, Meier, von Franz, Baumann, etc. Como dice el propio Jung, cada uno de nosotros es “el fiel que inclina la balanza que determina el resultado de la historia mundial”.2 Los rituales de autocompromiso eliminan las proyecciones del mundo para que, supuestamente, el mundo mismo sea transformado por el psicoanálisis.

    1922: “… los trastornos narcisistas se caracterizan por una retirada de la libido de los objetos”.3 La retirada de la libido de los objetos— Les pido que recuerden esta declaración. Volveremos a ella.

    1925: Freud describe tres golpes históricos al narcisismo de la humanidad. Estos, dice, son el golpe cosmológico de Copérnico, el golpe de la teoría de la evolución darwiniana y el golpe psicoanalítico (de Freud) que hirió la fantasía de omnipotencia, o narcisismo, del ego como único gobernante obstinado. Aquí, el psicoanálisis se convierte en sí mismo en una fantasía gigante de omnipotencia, un mito de creación de nuestra cultura equivalente a la astronomía y la biología, promulgándose con grandeza narcisista.

    Este pronunciamiento aparece en la discusión de Freud sobre la resistencia al psicoanálisis.4 Por medio de esta idea, la resistencia, el análisis mantiene brillantemente su invulnerabilidad a la crítica. Cuestionar la validez del análisis se impugna como resistencia al mismo. Más aún: los mismos ataques demuestran resistencia y por lo tanto ayudan a validar la teoría analítica. Como dice Freud, “El triunfo del narcisismo, la victoriosa afirmación del yo de su propia invulnerabilidad. Se niega a ser herido por las flechas de la realidad… Insiste en que es impermeable a las heridas infligidas por el mundo exterior”.5

    Más tarde, Freud consideró que el narcisismo no estaba arraigado en absoluto en el amor, es decir, como el amor propio, sino más bien como una defensa contra los impulsos agresivos. Consideremos por un momento el valor de los “impulsos agresivos”; al menos y en el mejor de los casos toman en cuenta el objeto, el mundo exterior: me enfurecen las injusticias sociales, el peligro nuclear, la basura de los medios, la insensibilidad industrial, la mente corporativa, los ideólogos políticos, la arquitectura espantosa, etc. Pero, debido a mis defensas narcisistas contra el llamado envolvente de la agresión, voy al spa, hago ejercicio, medito, troto, hago dieta, reduzco el estrés, relajo mi armadura, mejoro mis orgasmos, me cambio el peinado y me tomo unas vacaciones. Y veo a mi terapeuta: muy caro, muy bueno para mí, porque él o ella dedica una atención completa a mis problemas, especialmente a nuestro marco transferencial. En lugar del mundo y de mi ultraje, trabajo sobre mi análisis, sobre mí mismo, sobre el Sí-mismo. Este Sí-mismo también se ajusta a una definición narcisista: “la incorporación de imágenes de objetos grandiosos como defensa contra la ansiedad y la culpa”6 o, como dice Fenichel, uno se siente en “reunión con una fuerza omnipotente,7 sea esa fuerza un arquetipo, un dios o una diosa, el unus mundus, o la numinosidad del análisis mismo.

    El artículo de Freud “Sobre el narcisismo” afirma que tanto la introspección como la conciencia o “ser observado” se derivan del narcisismo y le sirven. Sin embargo, la psicoterapia practica el autoescrutinio como método principal en su tratamiento y el “ser observado” o supervisión como componente principal de su entrenamiento. Un candidato pasa hora tras hora en el narcisismo institucionalizado de mirar y ser mirado.

    La institucionalización del narcisismo en nuestra profesión: la idea de resistencia, la idealización del Sí-mismo, las prácticas de introspección y supervisión, las fantasías de omnipotencia sobre su propia importancia en la historia mundial, su técnica de referir todos los eventos a sí mismo como el recipiente, el espejo, el temenos, el marco— se relacionan inmediatamente con esa obsesión central del análisis actual, la transferencia.

    Por transferencia entiendo aquí ese hábito analítico autogratificante que remite las emociones de la vida al análisis. La transferencia habitualmente desvía la libido objetal, es decir, el amor por cualquier cosa fuera del análisis, hacia una reflexión narcisista sobre el análisis. Alimentamos el análisis con vida. El espejo que camina por el camino de la vida (Flaubert) reemplaza al camino real, y el espejo ya no refleja el mundo, sino los compañeros de camino. También podrían haberse quedado en casa, menos distraídos por los árboles y el tráfico.

    El contenido principal de la reflexión analítica como transferencia es el niño que alguna vez fuimos, un hecho que concuerda con la observación de Freud de que la elección de objeto del narcisista es “alguien que alguna vez fue”. Esto ayuda a explicar la popularidad de moda de los escritos de Alice Miller. Sus hijos idealizados exhiben lo que dijo Freud: el narcisista “no está dispuesto a renunciar a su perfección narcisista en su infancia” y “busca recuperar la perfección temprana.8 El enfoque en la infancia atrapa a la libido justamente en la subjetividad y, por lo tanto, debemos reconocer que las compulsiones eróticas en el análisis son producidas principalmente por el análisis, más que por las personas. El análisis se manifiesta a través de ellos de manera bastante impersonal, de modo que a menudo se sienten traicionados y avergonzados por la impersonalidad de las emociones que experimentan y son incapaces de reconocer que lo que están sufriendo es la libido del objeto que intenta encontrar una salida al análisis. En cambio, la maldad narcisista de nuestra teoría dice que las emociones de transferencia obligan a las personas a profundizar en el análisis.

    Reconozcamos que la otra persona, paciente o analista, encarna la única posibilidad dentro de un análisis a la que puede fluir la libido objetal. La persona en la otra silla representa la cura del narcisismo analítico simplemente por estar allí como Otro. Además, el paciente para el analista y el analista para el paciente se convierten en objetos tan numinosos porque también han sido tabúes como posibilidades libidinales. El analista y el paciente pueden no actuar según su deseo el uno por el otro. El narcisismo de la situación los hace absolutamente necesarios el uno para el otro, mientras que el tabú los sitúa absolutamente fuera del otro. Este objeto exterior, sin embargo, también está dentro del análisis. Así, el paciente para el médico y el médico para el paciente se convierten en el modo simbólico de terminar el análisis por medio del amor.

    Por supuesto, las personas a menudo se ven desgarradas por lo que Freud llama el dilema amoroso del paciente narcisista: “la cura por amor, a la que generalmente se refiere como cura por análisis.9 Debemos preguntarnos si esta elección neurótica, como la llama Freud, surge del narcisismo del paciente o del narcisismo del sistema analítico en el que se sitúa el paciente. Después de todo, la fantasía de una oposición entre el amor y el análisis ocurre dentro de la fantasía anterior de curación que ha unido a las personas en primer lugar.

    Al elaborar códigos éticos, seguros de mala praxis, investigaciones y expulsiones que culpan a los participantes, el análisis se protege de intuiciones hirientes sobre su propio narcisismo. La vulnerabilidad del análisis: que su efectividad siempre está en duda, que no es ni ciencia ni medicina, que está envejeciendo hacia la mediocridad profesional y puede haber perdido su alma ante el poder hace años a pesar de su lenguaje idealizado de crecimiento y creatividad (un lenguaje que de ese modo nunca utilizado por sus fundadores) — esta vulnerabilidad se supera idealizando la transferencia.

    Además del amor de transferencia, también existe el odio. Tal vez el odio del cliente hacia el analista y el odio del analista hacia el cliente tampoco sean personales. Quizás, estos intensos sentimientos opresivos uno contra el otro surgen en ambos para presentar a ambos el hecho de que están en una situación odiosa: la libido objetal odia el apego de la transferencia. El análisis se odia a sí mismo para romper la vasija narcisista que aprisiona la libido que iría al alma en el mundo.

    Los dilemas astados de la transferencia, incluida la mirada del analista en el espejo de su propia contratransferencia, los sentimientos de amor y odio, esta agonía y éxtasis y la tortura romántica convencen a los participantes de que lo que está pasando es de gran importancia: primero, porque estos fenómenos son esperados por la teoría y proporcionan prueba de ella, y segundo, porque estos fenómenos recrean lo que el análisis fue una vez en su propia infancia en Viena y Zurich, análisis en fusión primaria con sus orígenes en Breuer y Freud y Jung, en Dora y Anna y Sabina. Los sentimientos tienen un disfraz terapéutico porque esta es la ficción curativa de la situación analítica. En otras palabras, la transferencia es menos necesaria al médico y al paciente que al análisis mediante el cual intensifica su idealización narcisista, quedándose enamorada de sí misma. Nosotros terapeutas no nos sentamos en nuestros aposentos tantas horas al día sólo por el dinero, o el poder, sino porque somos adictos al narcisismo analítico. Nuestro narcisismo individual se ve oscurecido y reforzado por el narcisismo aprobado de la profesión analítica.

    Cuando uno de los cónyuges imagina una cita o el otro resiste una seducción, o cuando cualquiera imagina que el amor es una solución a la miseria, entonces se enmarcan en los conflictos románticos de Madame Bovary, Cumbres Borrascosas y Anna Karenina, reconstituyéndose el romanticismo del siglo XIX y los orígenes del psicoanálisis, no en su infancia personal o en la mía, sino en su propia infancia cultural. Esto significa que tenemos que ubicar el narcisismo del análisis contemporáneo dentro de un narcisismo mucho más amplio: el movimiento romántico.

    La tradición literaria se diferencia en menos cuatro rasgos principales de este género. Ya hemos hablado de uno, “idealización del objeto de amor”. Y, de hecho, el análisis idealiza al paciente como un «caso interesante», «paciente difícil», «buen paciente», «personalidad límite». O considere todas las fabulaciones literarias que han convertido a los pacientes en eternas figuras literarias — Dora, Ellen West, Babette, Miss Miller, Wolfman, Ratman, Little Hans, hasta Freud y Jung en las novelas The White Hotel y The House of Glass. Pensemos en el Romanticismo en nuestros constructos teóricos: Amor y Muerte, Empatía, Transformación, Crecimiento, El Niño, La Gran Madre, El Espejo, Deseo y Goce, y el Objeto Transicional. En el paciente tienen lugar eventos tan idealizados como un hieros gamos, una búsqueda de autodescubrimiento y un viaje hacia la totalidad. Sincronicidades fuera de las leyes causales, funciones trascendentes, integración de la sombra y la realización del Sí-mismo de quien depende el futuro de la civilización. Registramos nuestra idealización del objeto de amor, es decir, el análisis, en sesiones analíticas grabadas y filmadas, prestando atención meticulosa y costosa a conversaciones y gestos triviales. El análisis está enamorado de su imagen idealizada.

    Un segundo rasgo esencial del romanticismo es la oposición entre la sociedad burguesa y el Sí-mismo interior que, con sus sueños, deseos e inspiraciones, tiende a oponer, incluso a contradecir, el mundo exterior de las cosas habituales. El psicoanálisis desde sus inicios se imagina fundamentalmente opuesto a la civilización y sus instituciones de religión, familia, medicina y la comunidad política desdeñada como “el colectivo”. El énfasis de Freud en sí mismo como judío y, por lo tanto, marginal, así como la posición favorita de Jung como un viejo ermitaño herético (a pesar de las vidas burguesas que llevaban y los valores que tenían) todavía dan forma a la imaginación de la profesión y distorsionan su relación con el mundo ordinario.

    En tercer lugar, el aprisionamiento es otro tema básico en el romanticismo, especialmente francés y ruso. En Los Endemoniados de Dostoievski, la canción de María dice: “Esta diminuta celda me basta, allí habitaré mi alma para salvarla”. El consultorio proporciona el lugar físico de confinamiento para el encarcelamiento psíquico del análisis como tal, su devoción por los rincones y grietas secretos del mundo privado, decorando con rococó reconstructivo (es decir, complejidades psicodinámicas) la célula narcisista de la personalidad.

    En cuarto lugar, el género romántico ha sido definido como aquel que simultáneamente busca y pospone un fin particular. Esto encaja con la terapia. Todo su procedimiento busca la restitución de la persona al mundo, pero pospone este retorno indefinidamente. (Mientras tanto, no hagas grandes cambios en tu vida real. No actúes. La cura del análisis se vuelve más análisis -otro analista, otra escuela- y la mejora de la formación se vuelve cada vez más horas.) La simultaneidad de buscar y posponer se produce un fin en el enigma básico de todo análisis, sus dos mandamientos contradictorios: alentar los deseos del inconsciente (No reprimirás) y prohibir la gratificación (No actuarás). Nuestro trabajo es con los libidinosos y nuestro método es a través de la abstención. El final es imprevisible; no hay finalización. Análisis interminable, como decía Freud. Este es el Romanticismo de eterna añoranza.

    No hay salida del consultorio del romanticismo y del subjetivismo de su eros, a menos que nos volvamos hacia lo que está más allá de su alcance, hacia lo que el narcisismo y el romanticismo dejan fuera: los objetos, el mundo real no idealizado, inmediatamente dado, de lo aburrido y los objetos urbanos. Al desviar la atención psicológica del espejo de la autorreflexión al mundo a través de la ventana, liberamos la «libido objetal» para buscar su objetivo más allá del confinamiento narcisista en el análisis. Porque “libido de objeto” no es más que un nombre psicoanalítico para la pulsión que ama el mundo, el deseo erótico de anima mundi, de alma en el mundo.

    Quizás quede más claro por qué he estado enfatizando la notable frase de John Keats; “Llama al mundo… El valle de la creación del alma. Entonces descubrirás el uso del mundo…” Además, comprenderán por qué me he retenido de ese lado de Jung que expone sobre el significado, el Sí-mismo, la individuación, el unus mundus, la totalidad, los mandalas, etc. Estas ideas amplias e introvertidas me envuelven a mí y generalmente a mis pacientes con un aura grandiosa e invulnerable. Además, me mantengo alejado de la locura actual de Kohut y la mística lacaniana. Aunque reconociendo el narcisismo como el síndrome de la época (aunque las bases para ello se prepararon hace mucho tiempo en la catástrofe metafísica de los agustinianos y cartesianos subjetivismo), pero Kohut intenta su cura por los mismos medios de la obsesión narcisista: una observación cada vez más detallada de la subjetividad. Y una subjetividad dentro de los confines opresivos de una infancia reconstruida negativamente. El arquetipo del niño domina la terapia contemporánea, manteniendo a los pacientes (y analistas) a salvo del mundo. Porque este arquetipo se siente siempre amenazado por el mundo actual, no vive en el presente sino en el futuro y es adicto a su propio infantilismo impotente. Al centrarse así en el niño, el análisis se priva de sus derechos del ámbito más amplio de la formación del alma en la comunidad adulta de la polis.

    Sin embargo, debo confesar un grave error de larga data de mi parte con respecto a la frase de Keats. Siempre consideré que el mundo exterior era útil para hacer la propia alma. Narcisismo otra vez. Mi alma, tu alma, no su alma. Para los románticos, sin embargo, animar al mundo era una parte crucial de su programa. Reconocieron las trampas de la subjetividad narcisista en su visión. De ahí que buscaran el espíritu en la naturaleza física, la hermandad de toda la humanidad o Gemeinschaftsgefühl, la revolución política y el retorno a los dioses y diosas clásicos, intentando revivir el alma del mundo con el panteísmo.

    Por lo tanto, debemos leer a Keats diciendo que vamos por el mundo en aras de su creación de alma, por lo tanto, la nuestra. Esta lectura sugiere una verdadera libido de objeto, más allá del narcisismo, de acuerdo con la definición de amor de Otto Fenichel. El amor sólo puede llamarse así cuando “la propia satisfacción es imposible sin satisfacer también al objeto.10 Si el mundo no se satisface con nuestro paso por él, por mucha belleza y placer que de él reciban nuestras almas, entonces vivimos en su valle sin amor.

    Hay una salida, o no estaría parado aquí. Por mi estilo específico de narcisismo, mi pose ante el espejo, hoy es heroica. Mi estilo insiste en la resolución de las cuestiones planteadas. El método que utilizaré aquí sigue el método que suelo emplear para resolver problemas. Primero, buscamos un modelo en la historia del psicoanálisis; en segundo lugar, recurrimos a algún tipo de patologización peculiar en busca de una pista; y tercero, resolvemos problemas disolviéndolos en imágenes y metáforas.

    Entonces, volvamos al primer caso psicoanalítico, Anna O., y su médico, Josef Breuer, quien, con Freud, escribió Estudios sobre la histeria. Como recordarán, después de un año de sesiones casi diarias, a menudo de varias horas, terminó repentinamente. Recuerden también la intensidad de su transferencia, que desarrolló un embarazo y un parto histéricos, después de que Breuer intentara terminar el tratamiento. Él, según Jones, después de una visita final a ella “huyó de la casa sudando frío. Al día siguiente, él y su esposa partieron hacia Venecia para pasar una segunda luna de miel que resultó en la concepción de una hija.11 Ya sea un hecho o no, y Ellenberger dice que no, la fantasía muestra a un patrón fundador de nuestro trabajo que escapa tanto de la curación por análisis como de la curación por amor por la belleza de Venecia y la concepción de una hija. Su libido de objeto regresa del narcisismo opresor del psicoanálisis al romanticismo del mundo más amplio.

    Este amplio mundo sigue siendo meramente eso, meramente un lugar de escape o actuación, en tanto que el mundo “al otro lado de la ventana” se imagina solo en el modelo cartesiano como pura res extensa, sólo materia muerta. Para mostrar más vívidamente cómo ese mundo es, como dijo Keats, un lugar del alma, vayamos directamente a través de la ventana hacia el mundo. Demos un paseo por un jardín japonés, en particular el jardín de paseo, el que tiene agua, colinas, árboles y piedras. Mientras caminamos, imaginemos el jardín como emblema del maestro itinerante o del guía terapéutico (psychopompos), el mundo mismo como psicoanalista mostrándonos el alma, mostrándonos cómo estar en él anímicamente.

    Me dirijo al jardín y a Japón debido a las ideas que tuve en los jardines de Kioto hace varios años, y también porque el jardín como metáfora expresa algunos de los anhelos más profundos, desde las Hespérides hasta el paraíso del Edén y el hortus inclusus de María, del mundo como morada del alma. Así que al entrar ahora en el jardín japonés estaremos pasando por la ventana hacia el anima mundi.

    Primero notamos que el jardín no tiene un lugar central para pararse y verlo todo. Sólo podemos escudriñar una parte a la vez. En lugar de visión general y totalidad, hay perspectiva y cadidad. El mundo cambia a medida que nos movemos. Aquí un grupo de iris, allí una roca cubierta de musgo. En lugar de un centro (con sus raíces etimológicas en el griego kentron, «aguijón» o «pinchazo», y siendo compelido hacia una meta por medio de un distanciamiento geométrico abstracto), hay cambios de enfoque relativos a la ubicación y actitud del cuerpo.

    Segundo: mientras uno pasea, cada vista se vuelve a ver desde una perspectiva diferente. El arce se ramifica hasta el borde del estanque, las hojas flotantes parecen menos melancólicas después de que el camino se curva. Estos cambios de ver de nuevo son precisamente lo que significa la palabra «respeto». Mirar de nuevo es “respetar”. Cada vez que volvemos a mirar lo mismo, ganamos respeto por él y le añadimos respeto, descubriendo curiosamente la relación innata de “looks” — de mirar y ser mirado, palabras en inglés que hacen referencia a la dignidad.

    Tercero: cuando el jardín, más que el sueño o el síntoma o el inconsciente, se convierte en la vía regia de la psique, entonces nos vemos obligados a pensar de nuevo sobre la palabra “en”. “En” es la preposición dominante de todo psicoanálisis, no con, no desde, no para, sino “en”. Nos miramos en nuestras almas, nos miramos en un espejo. “En” se ha tomado completamente literal, como una materia psíquica invisible y sin espacio dentro de nuestra piel, o los significados dentro de nuestros sueños y síntomas, o los recuerdos encerrados en el pasado. La interioridad del jardín, sin embargo, está totalmente presente y totalmente expuesta. “En” tiene los significados de incluido, comprometido, involucrado, abrazado. O, como dijo Jung, la psique no está en nosotros; estamos en la psique. Este sentimiento de estar en la psique se vuelve más palpable dentro de las ruinas de un templo griego, en la tumba de un rey egipcio, en una danza o un ritual, y en un jardín japonés. La frase de Jung “esse in anima” adquiere entonces concreción, como lo hace en un bosque talado, una ciudad bombardeada, una sala de cáncer, un cementerio. La ecología, la arquitectura, el interiorismo son otras formas de sentir el anima mundi. De hecho, la relación entre cuerpo y psique se invierte. En lugar de la noción habitual de psique en el cuerpo, el cuerpo que pasea por el jardín está en la psique. El mundo mismo es un cuerpo psíquico; y nuestros cuerpos cuando nos movemos, nos paramos, miramos, nos detenemos, giramos y nos sentamos están realizando una actividad de reflexión psíquica, una actividad que antes considerábamos sólo mentalmente posible en el espejo de la introspección. Entonces, conocerse en el jardín del mundo requiere estar físicamente en el mundo. Dónde estás revela cómo eres.

    Cuarto: la idea de individualidad también cambia, ya que en el jardín japonés los árboles se podan en la parte superior y se les anima a crecer de lado. En lugar de una individualidad del árbol solitario, altísimo (y Jung dijo que el árbol único es un símbolo principal del Sí-mismo que se individua),12 estos árboles extienden sus ramas hacia otros. La individualidad está dentro de la comunidad y toma su definición de la comunidad. Además, cada manojo de las suaves ramas de los pinos es arrancado por los jardineros. Sacan agujas, permitiendo que el vacío individualice la forma de cada ramita. Es como si nada pudiera individualizarse a menos que esté rodeado de vacío y, sin embargo, muy, muy cerca de lo que más se parece. Por lo tanto, la individualidad es más visible dentro de la separación enajenada y la estrecha similitud, por ejemplo, de la familia que en el intento de ser «diferente» de la familia.

    Quinto: no solo se sostienen los árboles viejos con muletas y se les anima a florecer — por lo tanto, la floración no pertenece solo a la juventud — sino que también el jardín incluye árboles muertos. ¿Qué hiere más nuestro narcisismo que estas imágenes de la vejez, estos árboles muletas, dependientes, retorcidos y muertos?

    Sexto: los jardines Karesansui, o jardines de inspiración zen, presentan principalmente arena blanca y piedras encontradas, raramente árboles. En este lugar desnudo la mente se mira a sí misma haciendo interpretaciones. Las nueve rocas en la arena rastrillada son una familia de tigres nadando en el mar; las nueve rocas son cimas de montañas que se elevan a través de la niebla blanca y las nubes; las nueve rocas son simplemente rocas, colocadas estéticamente con genialidad. Una leyenda tras otra, una filosofía, una teoría de la crítica literaria o una interpretación psicológica ascienden a la mente y vuelven a caer en la arena blanca. El jardín se convierte enteramente en metáfora, tanto de lo que es como de lo que no es, presencia y ausencia a la vez. El koan concreto del jardín de rocas transforma la mente misma en metáfora, su pensamiento es transitorio mientras perdura la imagen, de modo que la mente no puede identificarse con su propio subjetivismo: el narcisismo vencido.

    Finalmente, insistiré en que el jardín no es natural; ni la psique es natural. El jardín se diseñó y se cuida manteniendo una artificialidad que imita a la naturaleza. En Fort Worth, Texas, hace años se construyó un gran y maravilloso jardín japonés. Pero como no se reservaron los fondos adecuados para los jardineros de Japón, la naturaleza destruye lentamente ese jardín. Sin el giro pervertido de los podadores a cada centímetro de la naturaleza, el jardín se reduce a ser simplemente otra parte del bosque. La elaborada exhibición del alma en el mundo de un jardín es un opus contra naturam, como la alquimia. Como la alquimia, el jardín es una obra de intensa cultura. A diferencia de la alquimia, su materia, su cuerpo, está ahí afuera, en lugar de dentro del recipiente de vidrio.

    Debido a que el jardín es artificial, como se llamaba al alquimista artifex, todas las concepciones del alma deben ser despojadas de falacias naturalistas. El alma como opus contra naturam no se beneficiará adecuadamente de comparaciones falaces con el crecimiento orgánico, el proceso cíclico y los mitos de las diosas de la naturaleza. Tampoco el jardín cobija al niño del que crece la persona creadora, como a la psicoterapia le gusta creer. Al insistir en la artificialidad de nuestro trabajo con el alma, trato de alejarnos del error romántico de confundir lo ideal (Edén y los campos Elíseos; Horaiko, en japonés) con lo natural. El jardín como metáfora ofrece una visión romántica que nos salva del romanticismo naturalista al torcer y sofisticar la naturaleza a través del arte.

    Este giro a la naturaleza que hiere las idealizaciones del jardín se presenta en nuestra cultura, como en la cultura romana, por nuestro antiguo dios de los jardines y los jardineros, Príapo. Príapo no es ni joven ni hermoso. A diferencia del encantador Narciso, a diferencia de las figuras semidivinas de Adán y Eva, Príapo es maduro, calvo y panzudo, y tan distorsionado que su madre, Venus, lo abandonó al nacer. Su sola presencia repele las idealizaciones románticas y la mirada en el espejo de la vanidad venusina, así como el reflejo absorto de Narciso. La reflexión priápica comienza al revés; su absurda condición hinchada refleja la vitalidad del mundo. En él se despliega la misma fuerza que en los capullos y las vainas que germinan. Por medio de una distorsión que engañosamente parece “solo natural”, Príapo invita a las grotescas y patologizadas desproporciones de la imaginación, y la imaginación, dice Bachelard, funciona por deformación.

    Entonces, cuando invoco a Príapo, no estoy hablando de priapismo; no estoy hablando de machismo ; y no soy antifemenino. Déjame ser bastante claro. Hablo de la artificialidad generativa que es la esencia del jardín y de la psique. Cada sueño, cada fantasía y cada complicación sintomática de la salud natural y la humanidad normativa atestigua el placer libidinal de la psique en la exageración, su genio fértil para la distorsión imaginativa. Si este dios de los jardines es también un dios del psicoanálisis —y desde Charcot hasta Lacan se ha invocado lo priápico— aporta a su obra un reflejo arcaico más allá de lo romántico o lo barroco, una urgencia conmovedora hacia adelante y hacia afuera. (A Príapo no se le permitió entrar en las habitaciones cerradas de Hestia, donde su presencia se vuelve solo violenta y obscena).

    Además, este dios no necesita espejo para conocerse a sí mismo, porque su yo se muestra por completo. Su naturaleza no se puede ocultar en su interior, por lo que está bastante libre de significados ocultos y sutiles insinuaciones que mantienen al psicoanálisis esperanzadamente adicto a una revelación más, una transformación más, interminable. Príapo no conoce metamorfosis, ni transfiguraciones. Príapo no tiene ambigüedad; la metáfora le está prohibida; lo muestra todo, no revela nada. Como el jardín, todo lo que hay. Las rocas son las rocas.

    Interiorizar una frase subrayada en sí misma. Algunas reflexiones sobre ser «sólo eso»

    Traducciones

    Greg Mogenson, EE.UU.

    Capitulo 4 de Psychology as the Discipline of Interiority, compilación editada por Jennifer. M. Sandoval y John Knapp.

    Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

    Introducción

    Un amigo mío, un chico del campo, al igual que yo, se ahorró el costo de un viaje a la India, o de uno de los muchos cursos de meditación que tenía a su disposición en su localidad, inventando un mantra propio para cantarlo. Al oírlo, me pregunté cuál sería el mío. No importa que no sea meditador ni tenga planes de serlo, al menos no en el sentido habitual. El hecho de que mi amigo se hubiera inventado su propio mantra me hizo preguntarme cuál sería el mío. O quizá sea más exacto decir que me sirvió para darme cuenta de que ya sabía cuál sería mi mantra, es más, ¡que ya tenía uno en mente!

    «¡Sólo soy eso!»
    «¡Sólo soy eso!»
    «En última instancia limitado».
    «¡Sólo soy eso!»

    Adaptación de una declaración de Jung que aparece hacia el final del capítulo «Sobre la vida después de la muerte» de su autobiografía,1 estas son las palabras que me vinieron a la mente cuando me pregunté cuál sería mi mantra. Por casualidad, hace más de treinta años, recuerdo cómo mi espíritu se aceleró tanto al intuir su importancia que inmediatamente tomé mi pluma de lector y las hice mías. Aunque Jung era su autor, al mismo tiempo eran mías, ya que habían tocado una fibra sensible en mí. Y así fue como puse mi línea bajo las palabras de Jung. Pero aquí, ahora, al recordar aquel momento, me viene otro recuerdo. Con la misma urgencia me viene a la memoria que, cuando le preguntaron a Joseph Campbell qué yoga practicaba, la respuesta que dio fue: «¡Subrayar frases!».2

    Esta, sin duda, fue una respuesta espléndida. Campbell era un estudioso de los mitos. Con la pluma en la mano, pasó gran parte de su vida leyendo. Su práctica espiritual -su yoga- no era algo separado y al margen de esto, el eje principal de su vida. No era, a la manera de lo que Hegel diagnosticó como el mal infinito, algo externo, separado y limítrofe con sus actividades académicas finitas y cotidianas. Era más bien la interioridad meditativa de éstas.

    Subrayado especulativo

    De acuerdo con la caracterización que hace Campbell del subrayado de frases como una especie de yoga, en lo que sigue me detendré en esa línea de Jung que mi pluma de lector ha reclamado como mi mantra: me detendré en ella, profundizaré en ella, la leeré y releeré. También puede decirse que meditaré sobre ella. Sin embargo, a diferencia de mi amigo, cuya práctica meditativa consiste en interiorizar el sonido y el sentimiento de su mantra cantándolo en silencio, mi práctica meditativa consistirá en interiorizar reflexivamente la frase que con un trazo de bolígrafo he reclamado como mi mantra, no en mi interior, no en mí, sino contemplativamente en sí misma.

    Ahora bien, lo primero que hay que comprender al emprender esta empresa es la «unidad de la unidad y la diferencia» del subrayado de un lector y el texto subrayado. Hace muchos años, en una mesa redonda con James Hillman, declaré que mi subrayado de sus textos era tan inspirado como los propios textos, lo que me valió un «choca esos cinco» por mi comentario.3 Lo que quería decir con este comentario era la interdependencia mutuamente determinante y mutuamente constitutiva de la lectura y la escritura. Leer y escribir se implican mutuamente. De hecho, podría decirse que cada una es como el despliegue de la otra, incluso cuando se convierten fácilmente la una en la otra. Aunque empíricamente, por supuesto, el texto del autor es anterior al lector que más tarde se encuentra con él, a veces puede ocurrir que el subrayado de un lector, si se trata de un subrayado anímico, sea lógicamente anterior y conceptualmente más profundo que el texto original del autor.

    Limitándome a un solo ejemplo, recuerdo al analista junguiano Wolfgang Giegerich subrayando aquellos pasajes de los textos de Jung en los que éste habla de la falta de un punto de vista arquimédico de la psicología fuera de la psique.4 Giegerich, como se ha visto, ha sido un lector más profundo, serio y minucioso de estas líneas que Jung, su autor.5 Incluso podría decirse que su extensa autoría no es otra cosa que un largo y extenso subrayado en el que la idea seminal de Jung se aplica a sí misma y se libera en lo que implica universalmente como concepto. Y en este sentido, me viene a la memoria una respuesta que Giegerich dio una vez en una entrevista cuando le hicieron una pregunta sobre el hecho de haber escrito textos tan difíciles y desafiantes. Realizando lo que yo llamaría una inversión dialéctica, respondió hablando de sí mismo no como escritor, sino como lector. Cuando se trata de su propia lectura voluntaria, afirma Giegerich, sólo lee libros que aún no comprende. Por difíciles que sean esos textos, si al mismo tiempo resultan cautivadores por el interés que se ha puesto en ellos, esto demuestra, como afirma Giegerich más adelante, que «por debajo de mi no comprensión, el alma que hay en mí ya se ha incendiado por lo que leo, pero no comprendo».6 Esta, seguramente, es una experiencia familiar. Como lectores de Jung, Hillman y ahora también de Giegerich (por nombrar sólo a los escritores clave de nuestra tradición), probablemente todos leemos de esta manera, cogiendo el bolígrafo para subrayar aquellos pasajes que, aunque no entendamos, nos han encendido el alma.

    Ahora bien, a lo que Giegerich se refiere como «el alma en mí [ya] se ha incendiado por lo que leo», y a lo que yo, con un guiño a Campbell, me he referido como la práctica meditativa de subrayar frases, corresponde a lo que en la Psicología como Disciplina de la Interioridad se denomina autorrelación especulativa,7 por un lado, y a la dialéctica implícito/explícito,8 por otra. Nacida de la intuición antes mencionada de que para la psicología no existe ningún punto de vista externo, ninguna posición arquimédica exterior, la Psicología como Disciplina de la Interioridad se ocupa total y exclusivamente de desplegar las profundidades anímicas de cualquiera que sea el fenómeno que ha llamado su atención y que ha reclamado como propio. Digo «reivindica como propio» porque en la relación que aquí se establece, sujeto y objeto, yo y lo otro (esto, aquello y lo otro) no se encuentran separados, externos el uno al otro. Se trata, más bien, de su identidad especulativa, es decir, de una autorrelación de superación de la diferencia o de sublimación de la diferencia, en la que lo semejante conoce a lo semejante y la diferencia se considera como el despliegue de los matices de lo mismo. Como disciplina carente de un punto arquimedico, la psicología se encuentra a sí misma en sus tópicos y temas, del mismo modo que, según otro pasaje de Jung que estoy seguro de no ser el único en haber subrayado, «nos encontramos a nosotros mismos una y otra vez con mil disfraces en el camino de la vida».9

    Lectura meditativa

    Mis observaciones hasta ahora son suficientes para mostrar el carácter especulativo de las frases subrayadas. Teniendo esto en cuenta, podemos pasar ahora al tema del despliegue meditativo del significado especulativo de tales frases, o como también podría llamarse, la dialéctica de la lectura anímica.

    Al tomar una frase de un texto que nos mueve a subrayarla, o una situación de la vida que podría expresarse en forma de frase, la metodología psicológica se esfuerza por comprender su significado inmanente y su sentido intrínseco como una declaración del alma sobre sí misma. Como ya he dicho, se trata de que nos tomemos en serio la idea de Jung de que la psicología carece de un punto de Arquímedes, al igual que, por ejemplo, Giegerich ha hecho con su idea complementaria de que «para la psicología no hay Otro». O [más bien] el otro que hay es el propio otro ‘del alma’, su otro interno, es decir, él mismo como otro».10

    Tomado con este espíritu, el enunciado que se lee no se interpreta como un objeto o cosa separado de un sujeto observador a la manera de la observación empírica. La diferencia de conciencia que suele establecerse entre un sujeto, por una parte, y su objeto, por otra, tampoco se distribuye entre el lector y el texto, ni siquiera (y esto es lo más importante) entre el sujeto de la oración y su predicado. Se trata más bien de su identidad especulativa. Pero, más concretamente, ¿qué significa esto? Cuenta la leyenda que Lutero arrojó su tintero al diablo y a partir de entonces escribió con el diablo en su tinta. Al arrojar la tinta de nuestro subrayado a un texto concreto, podemos descubrir, de forma similar, que tanto nosotros, como sujetos lectores, como el tema que habíamos pensado que era el tema de una frase o un párrafo, se modifican especulativamente, se redefinen especulativamente.

    Digo «especulativamente» porque un pasaje de Hegel que subrayé una vez se transmitió de esta misma manera a mi propio pensamiento como psicólogo. En su Fenomenología del espíritu, Hegel habla de lo que se ha dado en llamar la proposición filosófica, la proposición especulativa o, más sencillamente, la frase especulativa. Curiosamente, dado lo que ya hemos dicho sobre la lectura de textos desafiantes, el contexto en el que se trata este tema tiene que ver con la orientación que Hegel ofrece con respecto a la queja que a menudo se levanta contra los libros de filosofía de que son tan densos y abstractos que cuando el lector llega al final de una frase o párrafo no está seguro de lo que parecían tratar hace un momento y tiene que volver sobre ellos de nuevo, incluso muchas veces quizás.11 Como dice Hegel: «Aprendemos por experiencia que [como lectores serios] queríamos decir algo distinto de lo que queríamos decir; esta corrección de nuestro significado obliga a nuestro saber a volver sobre la proposición y entenderla de alguna otra manera».12 Lo que Hegel quiere decir con esta descripción de lo que estoy seguro que es una experiencia de lectura familiar es que las sentencias filosóficas se autodefinen, o mejor dicho, se autoredefinen. No es porque estén mal escritas por lo que tenemos que volver sobre ellas. Al contrario, es porque nuestra primera comprensión del tema se ve a menudo completamente cuestionada al final de la frase o del párrafo, y nuestro sentido de su significado puede haber cambiado por completo.

    Por lo general, cuando leemos un texto o experimentamos acontecimientos de la vida, prevalece una firme distinción entre sujeto aquí y objeto o atributo allá. En sentido estricto, el sujeto se considera una sustancia que posee diversas propiedades y atributos, por un lado, y que limita e interactúa con cosas que le son externas, por otro. Expresando esto en términos gramaticales podríamos decir que el sujeto se caracteriza o se discute en términos de predicados que especifican cualidades. De un tema o asunto concreto se puede afirmar o describir esto, aquello o lo otro. La proposición especulativa, por el contrario, sublima esta manera ordinaria de cognición leyendo el predicado como un predicado esencial. Lejos de indicar una mera cualidad del sujeto, se considera que el predicado es el sujeto de nuevo, él mismo por segunda vez.

    Nuestra frase y su contexto

    «¡Sólo soy eso! ¡Sólo soy eso! Limitado en última instancia. Sólo soy eso!» Antes de examinar lo que Jung había querido decir con estas palabras, obsérvese que su frase principal – «¡Sólo soy eso!»– tiene la forma de una frase especulativa. Como los ejemplos de Hegel de tales oraciones, «Dios es el Ser» y «lo real es lo universal14 el sujeto de la frase de esta línea digna de mantra se encuentra una vez más en su predicado. Su «yo», aprendemos, no es «yo» en el sentido directo y presuntamente autoidéntico de «yo = yo» de la lógica formal y la gramática sujeto-atributo. Tampoco es, como podríamos haber supuesto a primera vista, una entidad positivamente existente que tiene esta, aquella u otra cualidad positiva. Más bien, leyendo y releyendo, su significado se revela a sí mismo a través del movimiento lógico del pensamiento que es dentro de su autorrelación como sujeto y predicado esencial. Se trata de una mediación. Reflejado en un predicado que, a pesar de las diferencias aparentes, se identifica expresamente como el mismo que él mismo, el yo sujeto se redefine más rigurosa y concretamente en su concepto. No es un yo que primero existe y luego, humillándose, confiesa que es «sólo eso». Al contrario, sólo existe en primer lugar como resultado de su propio despojamiento, es decir, en virtud de su sólo-eso.

    Pero, ¿qué había querido decir Jung con estas palabras? En su propio contexto, en su propia época, antes de que lectores como usted y yo las hayamos hecho nuestras con nuestro subrayado, ¿qué había querido decir cuando habló de que uno es «sólo eso»? En consonancia con el tenor de la obra de su vida en su conjunto, la afirmación de Jung está tomada de una época y hablada en una época en la que la formación religiosa del alma había pasado en gran medida a su forma sucesora, la psicología. Mientras que en una época anterior su tema habría sido la preocupación cristiana por la salvación del alma inmortal de uno, en su propia época, ahora psicológica, tenía que ver con ayudar al individuo de los tiempos modernos que está desprovisto de tal concepción a discernir lo que es esencial en su vida y a vivir en devoción a ello. Como Jung dijo en el párrafo inmediatamente anterior al que contiene su afirmación sobre ser «sólo eso»:

    La pregunta decisiva para el hombre es: ¿está relacionado con algo infinito o no? Esa es la pregunta reveladora de su vida. Sólo si sabemos que lo que verdaderamente importa es lo infinito podremos evitar fijar nuestro interés en futilidades, y en todo tipo de metas que no tienen verdadera importancia. … En última instancia, sólo contamos por lo esencial que encarnamos, y si no encarnamos eso, la vida es un desperdicio.14

    Jung, por supuesto, se refiere exclusivamente al hombre moderno, no a nuestros antepasados. Sólo en los tiempos modernos los hombres y las mujeres se encuentran ante lo que Jung llama «la cuestión decisiva». En épocas anteriores era totalmente distinto. Como ha dicho Giegerich, al no haber nacido todavía del alma, el hombre religioso había vivido simplemente con las respuestas para empezar.15 Plenamente provisto en lo metafísico, no se enfrentaba por sí mismo a preguntas esenciales, y mucho menos a la llamada «pregunta decisiva» que posteriormente llegó a plantearse al hombre moderno sobre si «¿está relacionado con algo infinito o no?». No tuvo que confesarse, y de hecho no podría haberlo hecho, como «sólo eso». La vocación, el género, los roles familiares, los cargos cívicos y las etapas de la vida simplemente tenían el carácter de infinitud incorporado, incluso cuando le fueron conferidos por una tradición todavía vital y antigua.16 Como alguien que tendría que decidir por sí mismo sobre estas cuestiones, el individuo aún no existía. Y aquí se podría argumentar, en el verdadero espíritu de Jung, que la psicología y su piedra de toque, el hombre como individuo, se constituyeron por la misma despojamiento que las palabras, «¡Sólo soy eso!», confiesan, admiten, reconocen como verdad. Porque, en efecto, es en contra y en contraste con la situación anterior del hombre religioso sabiéndose a sí mismo como ser en el alma, hijo de Dios y poseedor de una esencia inmortal, que uno se encuentra ahora siendo «sólo eso«.

    El capítulo de las memorias de Jung del que se ha extraído nuestro pasaje subrayado, «Sobre la vida después de la muerte», es un buen ejemplo. La declaración de Jung, digna de un mantra: «¡Yo sólo soy eso!», sigue a una larga discusión de una colección de sueños y experiencias a partir de los cuales había construido sus propias opiniones personales sobre la vida después de la muerte. Sin embargo, lo que hay que entender es que el tributo que Jung parece rendir a esta preocupación tradicional por el alma es en realidad una desviación de la misma. Nunca antes, en el pasado cristiano, la vida después de la muerte o el más allá había necesitado que se acumularan pruebas en apoyo de la inferencia de que podría ser así. Era simplemente un concepto existente, una fantasía comunitaria vital, una verdad del alma creída por todos en todas partes. Impartidas a través del sacramento del bautismo, la vida eterna y la salvación del alma inmortal tenían significado como verdades de este mundo durante toda la vida y antes de la muerte. La prueba no tenía nada que ver con ello. Sólo después del nacimiento del hombre -es decir, después de que naciéramos de la religión y la metafísica a la modernidad ilustrada- las dudas sobre la veracidad de la vida después de la muerte impulsaron esfuerzos empíricos como los de Jung para apuntalarla contra su evidente desaparición.

    La verdad de la época de Jung, por tanto, no era en absoluto la que él, como antiguo ejemplo del hombre moderno en busca de un alma, extraía anacrónicamente de su interior y plasmaba decorosamente en su Libro Rojo y sus memorias. Se trataba más bien, como había anunciado Nietzsche, de que Dios, y junto con él las esperanzas de los fieles de salvación en la eternidad de una vida después de la muerte, había muerto. Y esto, la idea de la muerte de Dios, no necesitaba más pruebas de las que había necesitado el Dios vivo en todas aquellas épocas anteriores en las que los símbolos de la deidad eran una expresión vital del alma comunitaria y de la lógica de la vida realmente vivida. Bastaba con que la idea pudiera formularse, bastaba con que pudiera anunciarse tan abierta y públicamente, sin que la tormenta de herejías cayera sobre la cabeza de su autor.17

    La diferencia empirismo/especulación

    Dije que el tributo que Jung parece rendir a la vida después de la muerte en su capítulo «Sobre la vida después de la muerte» es en realidad un alejamiento de esa verdad tradicional del alma. En efecto, basta con comparar las experiencias espurias y el material onírico a partir de los cuales improvisó sus opiniones personales sobre la vida después de la muerte con la realidad de peso que este concepto tenía como verdad comunitaria dentro de las doctrinas y sacramentos de la Iglesia para encontrar poco asombro en el hecho de que, rompiendo con su discusión sobre la vida después de la muerte, Jung pase a declarar en las últimas páginas de su capítulo: «¡Yo sólo soy eso!». En este caso, el déficit se debe a que Jung adopta un enfoque empírico de lo que tradicionalmente había sido una verdad especulativa. Aunque reconoce de buen grado que el tema de la vida después de la muerte está fuera del alcance de las ciencias empíricas, hace una apasionada defensa del beneficio que supone para la vida que cada individuo establezca para sí mismo una concepción empíricamente fundamentada de la vida en el más allá basada en «indicios que nos envía el inconsciente».18 Los individuos que son capaces de formular tales puntos de vista, afirma Jung, tienden a encontrar consuelo con ello. «Viven más sensatamente, se sienten mejor y están más en paz».19 Pero aquí debemos objetar: ¿de qué le sirve a un hombre ganar toda clase de seguridades psíquicas y perder el alma de lo real? Jung, sin duda, tiene razón en su opinión de que muchos individuos están más en paz cuando prevén que sus vidas continuarán de algún modo después de la muerte. Sin embargo, desde el punto de vista psicológico, no importa si la vida después de la muerte, o Dios en realidad, existe o no. Lo que importa, más bien, es lo que tales figuras muestran con respecto a la conciencia y dicen con respecto al alma durante las diversas épocas históricas.

    Sobre ser «sólo eso»

    Una vez establecido el contexto de la línea de Jung que he subrayado en su autobiografía, podemos entregarnos ahora a la tarea más meditativa de leerla especulativamente. A primera vista, de hecho durante casi toda la primera lectura, el capítulo de Jung «Sobre la vida después de la muerte» parece completamente sencillo. En consonancia con su intención de presentar experiencias que apuntan a la posibilidad de una vida en el más allá, sus frases tienen la forma de simples afirmaciones. Nunca nos queda ninguna duda sobre su tema. Sólo hacia el final del capítulo, sólo con los párrafos que culminan en nuestra afirmación «¡Sólo soy eso!», nos damos cuenta de que tal vez necesitemos «volver a la proposición» de todo el capítulo «y entenderla de otra manera».20

    Los párrafos que tengo en mente aparecen en las últimas páginas del capítulo. Después de haber compartido sus puntos de vista sobre la vida después de la muerte en las veinticinco páginas anteriores, Jung termina reflexionando anímicamente sobre esta vida. En comparación con la comodidad que se supone que fomentan las ideas que uno va desarrollando sobre la vida después de la muerte, estas reflexiones finales son más serias y psicológicamente rigurosas. Ya no tienen que ver con el ego y su compra del otro mundo, sino con lo que Jung, limitándose a este mundo y a esta vida, llama diminutivamente el único-eso-que-es-el-ser-uno-mismo. Todo un descenso desde el tema «paranormalmente» misterioso en que se ha convertido la vida después de la muerte en nuestros tiempos. Es como si, después de contar lo que él llama sus historias de fantasmas junto al fuego,21 Jung hubiera tenido que darse cuenta de que la kenôsis que caracteriza la autoexperiencia de la modernidad ya no puede evitarse.

    Más arriba he citado la línea con la que comienza este giro especulativo, aquella en la que Jung afirma: «La pregunta decisiva para el hombre es: ¿Está relacionado con algo infinito o no?». Más adelante, prosigue: «En última instancia, sólo contamos por lo esencial que encarnamos, y si no encarnamos eso, la vida es un desperdicio.» Y luego, en el párrafo siguiente, llegamos al clímax especulativo de todo el capítulo: El sentimiento de lo infinito, sin embargo, sólo puede alcanzarse si estamos limitados al máximo. La mayor limitación para el hombre es el «yo»; se manifiesta en la experiencia: «¡Sólo soy eso!».22

    Fíjate en lo que ha ocurrido aquí. En estas penúltimas frases del capítulo de Jung, lo infinito y lo finito se encuentran como la esencia misma de la autoexperiencia de este mundo. Ya no están distribuidos entre la conciencia y el inconsciente, esta vida y la siguiente, en una relación secuencial, externa, uno al lado del otro, o uno después del otro. Por el contrario, después de que Jung abandonara su antiguo intento de apuntalar las concepciones religiosas tradicionales de la vida después de la muerte con indicios empíricos extraídos de sus experiencias psíquicas, la relación entre lo infinito y lo finito puede reconocerse ahora como una relación dialéctica de este mundo. También podemos decir que se reconocen como una parte y una parcela la una de la otra, incluso cuando el yo como órgano de la verdad y alma de lo real se aviva y se produce al estar «limitado al máximo». Yo no soy más que eso.

    La psicología como el más allá de sus temas y materias

    Jung sabe, por supuesto, como dijo en otro contexto, que «el cielo y el infierno son destinos impuestos al alma y no al hombre civil [es decir, al ego], que en su desnudez y torpeza no tendría ni idea de qué hacer consigo mismo en una Jerusalén celestial».23 Sabe, como dijo el poeta Wallace Stevens, que «el cielo y el infierno/son uno, y aquí, oh terra infidel«.24 Tal vez por eso, en las últimas páginas de su capítulo, rompe con su discusión ego-consoladora sobre la vida después de la muerte, porque incluso aquí, en sus memorias personales, el verdadero psicólogo estaba trabajando en él después de todo. O tal vez, pensándolo bien, no sea Jung como autor de este texto a quien haya que reconocer el mérito en esta ocasión, sino a nosotros como autores de nuestro propio subrayado. Porque habiendo subrayado, como muchos de nosotros, la frase de Jung «¡Yo sólo soy eso!», somos nosotros quienes debemos demostrar que merecemos esa designación, aunque sólo sea volviendo sobre el capítulo del que hemos estado citando y entendiéndolo de alguna otra manera.

    He dicho que el carácter especulativo o anímico de una exposición sólo se hace evidente en lecturas posteriores. En consonancia con esto, puede observarse ahora que al comienzo mismo de su capítulo «Sobre la vida después de la muerte», en una afirmación que probablemente no hayamos tenido plenamente en cuenta hasta una segunda o tercera lectura, Jung declara que la totalidad de sus obras de psicología «no son fundamentalmente más que intentos, siempre renovados, de dar una respuesta a la cuestión de la interacción entre el ‘aquí’ y el ‘más allá'».25 ¿Pero cómo puede ser esto? Tipología, esquizofrenia, cristianismo, alquimia, cuentos de hadas, mitos, sincronicidad, ovnis: la lista de temas y asuntos de Jung es variada y diversa. ¿Qué pensar entonces de su afirmación de que las imágenes y pensamientos que le han sacudido con respecto a la vida después de la muerte subyacen en todas estas obras?

    Volviendo especulativamente a los últimos párrafos del capítulo para considerar de nuevo de qué se trataba en primer lugar, baste decir que la afirmación inicial de Jung de que sus trabajos en psicología no son más que «intentos… de dar una respuesta a la cuestión de la interacción entre el ‘aquí’ y el ‘más allá'» sólo tiene posibilidades de ser cierta si lo que luego dice sobre la vida después de la muerte no es más sobre el más allá en sentido literal de lo que lo que había dicho sobre la alquimia había sido sobre la alquimia en sentido literal.26

    Interiorizar la diferencia «aquí» y «más allá» en sí misma

    Antes hemos oído decir a Hegel que una y otra vez, en el curso de nuestra lectura, nos vemos obligados a volver sobre una proposición o un texto hasta que se nos revela una comprensión muy diferente de lo que se trataba en primer lugar. Explicando esto con más detalle en un pasaje relacionado, escribe que «El pensamiento… pierde la firme base objetiva que tenía en el sujeto cuando, en el predicado, es arrojado de nuevo al sujeto, y cuando, en el predicado, no vuelve a sí mismo, sino al sujeto del contenido».27 Lo mismo ocurre con la psicología. También la psicología pierde la firme base objetiva que parecía tener como ciencia empíricamente determinada de la psique cuando, en el espíritu de ser «sólo eso», se ve especulativamente arrojada de nuevo sobre sí misma por el carácter ya psicológico de los temas y materias que al principio se había planteado inconscientemente como tales. ¿De qué otra forma podría ser? Como dice Jung, reiterando su idea de que la psicología carece de un punto de vista arquimédico, «mientras que en todos los demás departamentos de la ciencia natural un proceso físico es observado por un proceso psíquico, en la psicología la psique se observa a sí misma, directamente en el sujeto, indirectamente en el prójimo».28 es decir, en otros campos.

    Ahora, con estas reflexiones, queda al descubierto la contradicción del texto de Jung. Recayendo en un estilo de pensamiento sustancialista, Jung designa la vida después de la muerte y la relación entre el «aquí» y el «más allá» como los opuestos de los que se ocupa. Adoptando un enfoque casi empírico de estos temas, la mayor parte de su capítulo tiene que ver con la edificación del individuo con creencias anímicas construidas sobre la base de sueños y otras experiencias psíquicas que pueden sugerir la continuación de la existencia personal en un más allá real. Pero aunque su exposición trata de esto, tampoco trata de esto en absoluto. Desde el principio, como ya se ha dicho, «la interacción entre el ‘aquí’ y el ‘más allá'» se describe como el tema esencial de sus numerosos escritos, independientemente del tema. Tomada al pie de la letra, la implicación de esta afirmación es que la psicología es el más allá de sus temas y materias, incluso cuando, «sublimada desde el principio,»29 sólo a través de la percepción de que han salido del «aquí» de su positividad como temas de su propia ciencia o de alguna otra, que es lo que quita el alma y constituye la psicología, pueden ser comprendidos en términos del «más allá» o de la infinitud interior de lo que su ser-para-la-conciencia dice sobre el alma.30

    Volver a mi mantra

    «¡Sólo soy eso! ¡Sólo soy eso! Limitado en última instancia. Sólo soy eso». Mi regreso a estas palabras dignas de mantra sigue a una serie de digresiones. Pero se puede argumentar que ésta es una característica familiar de la meditación en general. En el transcurso de cualquier sesión, la atención del practicante tiende a desviarse. Los sonidos distraen, las fantasías se apoderan, los pensamientos surgen. Durante segundos, e incluso durante mucho más tiempo, el canto puede cesar. Esto, sin embargo, no indica un fracaso en la meditación. Al contrario, es un momento inherente a su dialéctica. Porque así como la meditación implica la elaboración de los contenidos de la mente (a través de la cesión a los pensamientos y fantasías), también y en la misma medida está comprendida por su retorno negativo a sí misma como la forma o resultado de la sublimación del contenido de todo lo que ha elaborado. Y así es como, al darse cuenta de que está pensando en otras cosas, el meditador simplemente vuelve a la disciplina de su mantra una vez más como interioridad de lo que, desde una perspectiva más externa, simplemente es o ha sido.

    Ahora, por supuesto, nuestro compromiso meditativo en estas páginas está concebido de forma muy diferente a la práctica real de cantar un mantra. Como dije al principio, nuestra preocupación no es interiorizar el sonido y el sentido de un mantra en nuestro interior, sino interiorizarlo especulativamente en sí mismo. Pero dicho esto, la analogía que acabo de establecer con las digresiones e iteraciones que componen la dialéctica de la meditación real sigue siendo pertinente en nuestro contexto. El hecho de que en estas reflexiones hayamos tenido que hacer repetidas digresiones para hablar de la frase de Jung (incluso cuando el giro especulativo que contiene nos ha impulsado a volver a ella una vez más), es indicativo del hecho de que en la psicología de Jung hay mucho que trabajar.

    Lo que quiero decir aquí es que la psicología de Jung es una psicología en gran medida de contenidos. Jung, por ejemplo, escribe sobre el contenido de la neurosis, el contenido de la psicosis, y sobre las relaciones entre el yo y el inconsciente como opuestos concebidos positivamente, como entidades. Asimismo, en sus escritos, el yo no tiene carácter propio, sino que se habla de él como si tuviera el carácter de un objeto venerado (y a veces vilipendiado). Lo mismo ocurre con las verdades especulativas sobre las que escribió (el arquetipo de la madre, el renacimiento, etc.). Pretendiendo abordarlas empíricamente (cuando un enfoque especulativo se habría adaptado mejor tanto a ellas como a su visión de la falta de perspectiva arquimédica de la psicología), las estudió a la manera de un naturalista, es decir, como arquetipos frente a la conciencia, lo que equivale también a decir, como contenidos del inconsciente colectivo. Y eso por no hablar de la importancia que atribuía a que nos entregáramos a ese bochorno de riquezas que es la vida simbólica. Los junguianos posteriores, irritados por la búsqueda del mito y el símbolo, se han entregado a todo tipo de disparates en pos de su mito personal. Búsqueda de héroes, iniciaciones chamánicas, dioses y diosas en cada hombre y mujer: no es de extrañar que ya en 1966 Philip Rieff describiera la psicología junguiana como una «especie de religión para diletantes espirituales, que coleccionan símbolos y significados como otros coleccionan cuadros».31

    Surge la pregunta. ¿Cómo puede el sujeto junguiano pronunciar las palabras «¡Sólo soy eso! Aunque Jung, sin duda, también habló en ocasiones de la necesidad de «confesar con firmeza nuestra pobreza espiritual».32 su psicología del inconsciente colectivo parece habernos hecho multimillonarios a todos. Y sin embargo, estas palabras se pronuncian. Abandonando su antiguo esfuerzo por crear una vida después de la muerte para el hombre moderno (¡y me estremezco al pensar en la tumba de faraón que sería, dado el concepto de Jung del inconsciente colectivo!), se sumerge humildemente en su finitud en esta vida, enfrentándose a sí mismo y a su lector con la mencionada «cuestión decisiva» de si, en y a través de su finitud, está relacionado con el infinito, no después de la muerte, sino en esta vida.

    Reflexiones finales

    Se ha dicho que todos los escritos de un verdadero pensador no son sino el desarrollo en profundidad de un pensamiento. ¿Podría decirse lo mismo del lector, bolígrafo en mano, que se siente impulsado a subrayar tal o cual frase en el curso de una vida de lectura? Nuestros trazos como lectores, ¿son igualmente el desentrañamiento del pensamiento único que encontramos en aquellos autores que nos han reclamado como por nuestro propio otro que acelera el alma? Baste decir que, en tal caso, el subrayado se puede caracterizar, como lo he hecho aquí, como una práctica de yoga o meditación.

    Pero ahora llego al final de mis reflexiones. Haciendo un poco de digresión (para volver por última vez a esa línea especulativa que reivindiqué como mi mantra), quiero terminar con tres pasajes más de la obra de mis subrayados, uno de Yeats y dos últimos de Jung.

    Al final de su carrera como poeta, Yeats experimentó una sequía de inspiración. Durante seis semanas, busca en vano un tema poético digno. Finalmente, sin embargo, describiéndose a sí mismo como «un hombre roto», el poeta se da cuenta de que no hay nada para ello, sino que debe contentarse con su propio corazón. Y así, con éste como tema, «enumera viejos temas», los triunfos poéticos de su pasado. A éstos los caracteriza como sus «animales de circo», incluso es a partir de esta imagen que da título a su poema, «El abandono de los animales de circo». Menciono ahora todo esto para citar los versos de la última estrofa, pues éstos, según creo, pueden marcarse con un trazo de bolígrafo que es continuo con el trazo de bolígrafo que hace tiempo dibujé bajo la frase de Jung: «¡Yo sólo soy eso!».

    Esas imágenes magistrales porque completa
    Crecieron en la mente pura, pero ¿de lo qué empezó?
    Montón de desechos o barreduras de una calle,
    Viejas teteras, viejas botellas y una lata rota,
    Hierro viejo, huesos viejos, trapos viejos, esa zorra delirante
    Que guarda la caja. Ahora que mi escalera se ha ido,
    Debo acostarme donde empiezan todas las escaleras
    En la asquerosa tienda de trapos y huesos del corazón.33

    Son especialmente esas últimas líneas las que quiero subrayar aquí, las que afirman:

    Ahora que mi escalera se ha ido,
    Debo acostarme donde empiezan todas las escaleras
    En la asquerosa tienda de trapos y huesos del corazón.

    Pasando del yo-soy-sólo-eso de las líneas finales de este poema a mis viñetas sobre Jung, la primera de ellas está extraída del relato de Jane Pratt sobre un seminario que Jung impartió en Nueva York en octubre de 1937. Según la señora Pratt, la última de las presentaciones de Jung, una conferencia titulada «El concepto del inconsciente colectivo», fue en gran medida un fiasco debido a numerosas dificultades técnicas que interfirieron en el propósito didáctico de Jung. Aunque asistieron «los más destacados partidarios y detractores neoyorquinos de Jung… la ocasión», como explica la señora Pratt, «no fue propicia»:

    La conferencia… requería diapositivas, muchas, y un entusiasta seguidor se había ofrecido voluntario para proyectarlas, pero o bien las habilidades de este hombre eran insuficientes, o bien las diapositivas estaban poseídas. Se proyectaban al revés o invertidas, y se caían al suelo cuando él intentaba enderezarlas. Si Jung quería volver a ver una, avanzaban; si le decía que siguiera, retrocedían. Así que Jung permanecía de pie, puntero en mano, en una plataforma elevada ante su enorme audiencia, esperando a que aparecieran las imágenes correctas o apresurándose a comentarlas inteligentemente antes de que pasaran. Mientras tanto, sus seguidores sufrían. Reaccionando al principio con gran consideración ante la torpeza de su asistente, sus comentarios se hicieron más agudos por los matices -ya que los sentimientos negativos se apagan- y el sufrimiento de sus adeptos aumentó. Sin embargo, la desafortunada conferencia terminó sin que se destruyera nada básicamente humano, ni siquiera la relación de Jung con el asistente, quien admitió la justicia de cierta irritación. Sólo el embrollo y todas las interrupciones habían destruido por completo la continuidad del importante argumento de Jung. Más tarde se contó que le había dicho a alguien: «He sido analizado esta noche, como nunca antes«.34

    A propósito de la estrofa que he citado de Yeats, esta afirmación de Jung también tiene carácter de «¡Yo sólo soy eso! Creo que esto resulta aún más convincente cuando examinamos la transcripción de la charla improvisada que Jung dio en la cena de gala que se celebró esa misma noche y que marcó el final de su visita. Publicada bajo el título «¿Es la psicología analítica una religión?», Jung analizó en esta charla cómo la psicología, aunque no es en sí misma una religión, ha surgido en la estela de la religión que la precedió. En nuestro contexto, son especialmente dignos de mención sus comentarios sobre Jesús al final de su charla:

    Y recuerdan ese extraño incidente, la entrada triunfal en Jerusalén. El fracaso total llegó en la Crucifixión con las trágicas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Si se quiere comprender toda la tragedia de esas palabras hay que darse cuenta de lo que significaban: Cristo vio que toda su vida, consagrada a la verdad según su mejor convicción, había sido una terrible ilusión. La había vivido a fondo con absoluta sinceridad, había hecho su experimento honesto, pero no dejaba de ser una compensación. En la Cruz, su misión le abandonó. Pero como había vivido tan plena y devotamente, ganó el cuerpo de la Resurrección.35

    Al leer estas palabras, una mente retentiva recordará la ocurrencia que Jung había hecho a raíz de su entrada triunfal en Nueva York tras haberse ido de rositas esa misma noche: «Me han analizado esta noche, como nunca antes«. Pero permítanme citar algo más de esta charla, para que también pueda apreciarse el carácter de «¡Yo sólo soy eso!» de las siguientes frases de Jung:

    Debemos hacer exactamente lo que hizo Cristo. Debemos hacer nuestro experimento. Debemos cometer errores. Debemos vivir nuestra visión de la vida. Y habrá errores. Si evitas el error no vives; en cierto sentido puede decirse que toda vida es un error, porque nadie ha encontrado la verdad. Dios se hace hombre. Esto suena como una terrible blasfemia, pero no es así. Porque sólo entonces podemos comprender a Cristo como él querría ser comprendido, como un semejante; sólo entonces Dios se hace hombre en nosotros.36

    Ahora, mi subrayado final. Se trata de un comentario que Jung hizo después de que le recordaran una carta que había escrito a Freud unos cincuenta años antes. En esa carta anterior, Jung había escrito con mucho entusiasmo sobre la perspectiva, tal como él la veía entonces, de que el psicoanálisis pudiera reavivar entre los intelectuales el sentimiento por el símbolo y el mito, transformando suavemente a Cristo de nuevo en el dios adivino de la vid, que era, y de esta manera absorber esas fuerzas instintivas extáticas del cristianismo con el único propósito de hacer del culto y el mito sagrado lo que una vez fueron: una fiesta ebria de alegría donde el hombre recuperó el ethos y la santidad de un animal.37

    Una afirmación notable. Jung continuó:

    Esa era la belleza y el propósito de la religión clásica, que por Dios sabe qué necesidades biológicas temporales se ha convertido en un Instituto de la Miseria. Sin embargo, ¡qué infinito arrebato y desenfreno yacen latentes en nuestra religión, esperando ser conducidos de nuevo a su verdadero destino! Un auténtico y propio desarrollo ético no puede abandonar el cristianismo, sino que debe crecer dentro de él, debe hacer fructificar el himno de amor, la agonía y el éxtasis por el dios moribundo y resurgente… -sólo este desarrollo ético puede servir a las fuerzas vitales de la religión.38

    Pero lo que nos interesa no es tanto esta afirmación en sí como la diferencia que puede suponer medio siglo. Aunque hay mucho en los escritos posteriores de Jung que sugiere que realmente siguió este programa extático (estoy pensando especialmente en su autodenominación como terapeuta del cristianismo), cuando se le mostró esta carta unos cincuenta años más tarde respondió con considerable disgusto.

    Muchas gracias por la cita de esa correspondencia maldita. Para mí es un recuerdo desgraciadamente inexpungable de la increíble locura que llenó los días de mi juventud. El viaje desde el país de las nubes a la realidad duró mucho tiempo. En mi caso, el Progreso del Peregrino consistió en tener que bajar mil escaleras hasta poder tender la mano al pequeño terrón de tierra que soy.39

    «¡Sólo soy eso! ¡Sólo soy eso! Limitado en última instancia. Sólo soy eso». Tras reflexionar sobre la afirmación de Jung de ser «analizado esta noche, si nunca antes», su imagen de tender la mano al «pequeño terrón de tierra que soy» y los versos de Yeats sobre «la asquerosa tienda de trapos y huesos del corazón», volvamos de nuevo a este mantra en cuanto a la redefinición del propio sujeto junguiano.


    Notas

    1. Jung, MDR, 325.

    2. En una entrevista realizada por Jeffrey Mishlove, “Understanding Mythology with Joseph Campbell,” Campbell Recuerda haber dado esta respuesta a Allan Watts. http://archive.is/tPTd, downloaded September 14, 2016.

    3. Mesa redonda sobre el tema de “The Immortals” en el Festival de Archetypal Psychology, University of Notre Dame, South Bend, Indiana, July 12, 1992.

    4. Jung, CW 8, § 421, 429; Jung, CW 9i, § 384; Jung, CW 16, § 254; Jung, CW 17, § 161, 162, 163.

    5. Con respecto a esta afirmación, ver Wolfgang Giegerich, “Introduction,” en The Neurosis of Psychology (Collected English Papers, Vol. I) (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2005), 1–17.

    6. Wolfgang Giegerich, “Love the Questions Themselves,” in R. & J. Henderson, editors, “Enterviews” with Jungian Analysts, Vol. 3 (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2010), 279.

    7. Mi trabajo, “Entering the Speculative Mind,” presentado en el Summer workshop of The International Society for Psychology as the Discipline of Interiority, Chestnut Conference Centre, Toronto, Canada, July 20, 2013.

    8. Cf. Wolfgang Giegerich*, The Soul’s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology* (Frankfurt am Main; New York: Peter Lang, 1998), 45–50.

    9. Jung, CW 16, § 534.

    10. Wolfgang Giegerich, David L. Miller and Greg Mogenson, Dialectics and Analytical Psychology: The El Capitan Canyon Seminar (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2005), 26.

    11. G.W.F. Hegel, Phenomenology of Spirit, A.V. Miller, trans. (Oxford: Oxford University Press, 1977), § 63.

    12. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 63, p. 39.

    13. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 62.

    14. Jung, MDR, 325.

    15. Wolfgang Giegerich, “The End of Meaning and the Birth of Man: An essay about the state reached in the history of consciousness and an analysis of C. G. Jung’s psychology project,” in The Soul Always Thinks (Collected English Papers, Vol. IV) (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2010), 216–217.

    16. Wolfgang Giegerich, What Is Soul? (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2012), 299; also his Neurosis: The Logic of a Metaphysical Illness (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2013), 83–101.

    17. De acuerdo con este punto de vista, Jung escribe: «Cuando Nietzsche dijo ‘Dios está muerto’, pronunció una verdad que es válida para la mayor parte de Europa. La gente está influenciada por ello no porque él lo haya dicho, sino porque es un hecho psicológico generalizado… [Su declaración] tiene, para algunos oídos, el mismo sonido espeluznante que el antiguo grito que resonó sobre el mar para marcar el final de los dioses de la naturaleza: «El Gran Pan está muerto».” C. G. Jung, Psychology and Religion: West and East (The Collected Works, Vol. 11), ed. Sir Herbert Read and Gerhard Adler, trans. R.F.C. Hull, 2nd edn (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1975), § 145.

    18. Jung, MDR, 301.

    19. Jung, MDR, 301.

    20. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 63.

    21. Jung, MDR, 300.

    22. Jung, MDR, 325.

    23. Jung, CW 9ii, § 56, in Giegerich’s modified translation.

    24. Wallace Stevens, The Palm at the End of the Mind, ed. Holly Stevens (New York, NY: Vintage Books, 1972), 253–254.

    25. Jung, MDR, 299.

    26. Además de mi tesis sobre «la psicología como vida después de la muerte de sus temas y temas», vea la sección 1.10 of Giegerich’s What Is Soul? Aquí (ver especialmente las páginas 76-77) se señala que, si bien todos los diversos campos de estudio (por ejemplo, las humanidades, la historia intelectual, la lingüística, los estudios religiosos, etc.) reflejan el alma y, en esta medida, juntos proporcionan, aunque solo sea implícitamente, una psicología conmovedora, todavía se necesita una disciplina real de la psicología para estudiar lo que estos diversos campos, como expresiones fenomenales del alma, tienen que mostrar o decir sobre el alma.

    27. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 62.

    28. Jung, CW 17, 161.

    29. Para una discusión de la sublatación fundamental de la psicología, consulte Giegerich, Soul’s Logical Life, 124; 191–201.

    30. Pertinente a estas reflexiones es una declaración que Jung hizo sobre la perspectiva de la muerte que está mediada por el Tibetan Book of the Dead:

    Es muy sensato que el Bardo Thödol deje claro al hombre muerto la primacía de la psique, porque eso es lo único que la vida no nos deja claro. Estamos tan atascados por las cosas que empujan y oprimen que nunca tenemos la oportunidad, en medio de todas estas cosas «dadas», de preguntarnos por quién son «dadas». … Se necesita una gran inversión del punto de vista, que requere mucho sacrificio, antes de que podamos ver el mundo como «dado» por la propia naturaleza de la psique. Es mucho más directo, más dramático, impresionante y, por lo tanto, más convincente, ver todas las cosas que me pasan que observar cómo las hago realidad.

    (CW 11, § 841)

    Para obtener más información sobre la psicología y su perspectiva de la muerte, consulte James Hillman, The Dream and the Underworld (New York, NY: Harper & Row, 1979). Also, Giegerich*, Soul’s Logical Life*, 22–24, 192.

    31. Philip Rieff, The Triumph of the Therapeutic: Uses of Faith after Freud (New York, NY: Harper & Row, 1966), 139.

    32. Jung, CW 9ii, § 28.

    33. W.B. Yeats, Selected Poetry (London, UK: Pan Books, Ltd, 1976), 202.

    34. William McGuire, ed., C. G. Jung Speaking: Interviews and Encounters (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1977), 94–95 (Cursiva mía). Quiero dar las gracias a Tom Kapacinskas por hacerme consciente de este texto en el Seminario East Aurora de 1998 y por su discusión de él como un reflejo de la propia desilusión de Jung con respecto a su hipótesis sobre el inconsciente colectivo.

    35. McGuire, ed., C. G. Jung Speaking: Interviews and Encounters, 97–98.

    36. McGuire, ed., C. G. Jung Speaking: Interviews and Encounters, 98.

    37. William McGuire, ed., The Freud/Jung Letters: The Correspondence between Sigmund Freud and C. G. Jung, trans. R. Manheim and R.F.C. Hull (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1974), 294.

    38. McGuire, ed., Freud/Jung Letters, 294.

    39. C.G. Jung, Letters 1: 1906–1950 (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1973), 19 (Nota 8 cerca de la parte superior de la página). Para una discusión perspicaz en la que la imagen de Jung de agacharse a sí mismo como un terro de tierra se interioriza en sí misma a la luz de su contradicción inherente, véase Giegerich, «El fin del significado y el nacimiento del hombre», 235-236. También hay un enlace hecho aquí por Giegerich con el «¡Solo soy eso!» de Jung

    La infantilización en psicoterapia

    Logos del alma

    James Hillman observó que el arquetipo del niño nutre de sobremanera las salas de consulta de los psicoterapeutas y una gran parte de la teoría que da sustento a sus intervenciones. Se puede corroborar todavía esa fijación literalista en los objetivos terapéuticos actuales, que se derivan a su vez de una visión causalista de la realidad, como lo son: el crecimiento personal, el libre flujo de las emociones y de los sentimientos, la búsqueda del perdón y, más evidentemente, en la salvación del niño interior.

    También se puede vislumbrar ese proyecto puerilizante en la necesidad pedagógica por educar a las personas en el discurso psico-emocional hegemónico, que plantea escenarios antropotécnicos como la educación socioemocional y la proliferación de narrativas psi en los medios masivos de comunicación, que reproducen la idea de un ser humano en constante crecimiento, necesitado de actividades productivas y de ser la causa última de su propia salud mental.

    La imagen del niño subyace en el discurso psicoterapéutico como determinante en la relación asimétrica entre pacientes y terapeutas. En consulta es común que el profesional tome el lugar del adulto y el consultante el del niño ya que, para uno, la tentación de guiar al prójimo otorga privilegios y un sentimiento de inflación egoica que es difícil de atender si no se es consciente de la escisión del arquetipo; y, para el otro, fungir el rol infantil permite dejarse llevar por la voluntad de alguien más y entregar el peso de la propia existencia.

    Es habitual que el paciente, fuera del consultorio, comente: “mi terapeuta dice que…”, ésta es una formula para despojarse de la grave tarea de ser uno mismo y afrontar la incertidumbre de la vida realmente vivida. La imagen del psicoterapeuta funge como un ego auxiliar que sostiene al sujeto en terapia, una madre o un padre, que proporcionan seguridad y dirección existenciales. Pero esa enorme carga quizás tenga su correlato en el esfuerzo cultural por atomizar al sujeto y convertirlo en un edificador de sí mismo.

    Por lo tanto, una narrativa infantilizadora consume los esfuerzos terapéuticos, y, sin embargo, la visión fija del niño es una idea que no se corresponde con la realidad. El niño es concebido únicamente como víctima inocente y como aspirante a la adultez. Pero el niño no es ni inocente ni tiene como meta el crecimiento. Más bien, como lo mostró la figura mitologizante en la teoría freudiana, el infante es un perverso polimorfo, una figura cuyos deseos lo llevan por caminos no siempre claros y de los cuales comúnmente es, a la vez, víctima y victimario.

    Cuando a una persona vulnerada únicamente se le permite el papel de víctima, la imagen del niño puro y santo ha encontrado un recipiente conveniente, mientras que su otro, el Herodes destructor, debe asumir uno distinto y antagónico; es así que una vez que la idea de lo infantil ha sido despojada de su negatividad, de su sombra y la víctima ha sido empobrecida de su complejidad, ésta pierde el contacto con la dinámica del lado oscuro de la experiencia.

    Una imagen distinta del niño la ofrece el evangelio apócrifo de Santo Tomás donde el niño Jesus hace alarde de sus poderes, castiga y maltrata a las personas, esta es una versión oscura de la niñez, un residuo de la imagen primitiva del dios de los ejércitos, quien no puede subsumirse a la imaginación humana. Se aprecia, por tanto, una visión distinta de la infancia, despojada de la moralina idealizante que fragmenta la imagen del niño y que lo condena a la emergencia de la sombra en la forma de los distintos tipos de violencia infantil.

    Por ende, el niño no es un adulto pequeño en espera de crecimiento, lo que implicaría una desvalorización del mismo. La infancia es un estadio que tiene todo lo que necesita en sí mismo y que es completo tal como es. Asociarlo a un telos que no le pertenece, a la meta de la adultez, conlleva olvidar los procesos dialécticos inherentes en su carácter de absoluto y condenar al niño a ser un mero homúnculo de una figura porvenir.

    Por otra parte, es debido atender el hecho de que el ideal de crecimiento personal es una estrategia política que despoja de su poder a los ciudadanos, infantilizándolos y haciéndolos dependientes del sistema a través del discurso psicológico. El crecimiento personal híper-responsabiliza al individuo, inflándolo en importancia y cargando sobre sus hombros la tarea imposible de estar atento a sí mismo en todo momento y ante cualquier circunstancia, convirtiéndolo en culpable de todo suceso en su vida, sometiendo al sujeto a una paradoja donde, por un lado, se le pide tomar responsabilidad y, por el otro, se le exige ser como un niño pequeño.

    Cabe señalar que el sujeto de rendimiento, que señala Byung Chul-Han, es aquel que se somete a la producción capitalista hasta convertirse el mismo en una mercancía, a la que debe adornar y mejorar para tener un mayor rendimiento en el mercado y aumentar su rentabilidad. La ansiedad constante por no ganar suficiente dinero o por no tener el cuerpo adecuado son otras maneras de decir que el adulto no es aún lo que debiera ser, que está en crecimiento como un niño que se dirige a su destino predestinado en la adultez.

    Una tarea de la terapia, por lo tanto, ha de ser pensar en la idea del niño desde sus distintas facetas y permitir que lo que no es aceptado de la niñez converja en dicha noción, ya que con el niño vienen imágenes de su propia vida lógica que nos siempre son agradables: el odio, la violencia, el abuso y demás temas adyacentes, pero que son absolutamente necesarias, porque la castración del concepto, para exaltar solo su lado luminoso, impide su movimiento psicológico y la apreciación de su completitud.

    Pensar la idea del niño es necesario para impedir la continua infantilización del adulto en consulta y para entender la condición de una sociedad condenada a convertir a las personas en una encarnación, sin contrapesos, del puer aeternus. En este caso es debido recordar que para Jung la imago del niño era la representación psíquica de la vida misma y de su recursivo proceso de renacimiento, por lo que una reflexión psicológica sobre tal figura requiere asumir que el niño es siempre lo que se escapa al control de la producción, que es el daimon absoluto que guarda en su misterio el rizoma de aquello venidero que, sin embargo, siempre ya es.