LA CRÍTICA COMO CARICATURA: LECTURA DE “LA FARSA HEGELIANA 2.0” DESDE LA PSICOLOGÍA JUNGUIANA Y LA LÓGICA DEL ALMA

Logos del alma

Esta reflexión corresponde al artículo “La farsa hegeliana 2.0 en la obra de Wolfgang Giegerich” que José Medina público para criticar las bases hegelianas del pensamiento del Wolfgang Giegerich, se inscribe en la producción crítica que algunos autores han dedicado al trabajo de éste autor y que, sin embargo, se desliza al ámbito de la parodia al construir una imagen distorsionada de Giegerich y dirigir sus ataques más hacia su persona que a sus verdaderos argumentos. Sirva este ejemplo para seguir aclarando los muchos mal entendidos sobre el trabajo de la Psicología como La Disciplina de la Interioridad.

El texto “La farsa hegeliana 2.0 en la obra de Wolfgang Giegerich” de José Medina constituye un ataque frontal, tanto conceptual como personal, al proyecto psicológico de Giegerich, a quien acusa de haber desvirtuado la herencia junguiana en favor de un hegelianismo idealista y totalitario. Sin embargo, al intentar demeritar la labor teórica de Giegerich, Medina incurre en una serie de errores hermenéuticos, malinterpretaciones doctrinales y deformaciones polémicas que convierten su crítica en una caricatura. Este ensayo se propone mostrar cómo el texto de Medina falla en ofrecer una lectura fiel, filosóficamente informada y psicológicamente relevante del pensamiento de Giegerich, y cómo en su lugar recurre al uso de etiquetas reduccionistas, juicios morales y un lenguaje fuertemente ideologizado que sustituyen la crítica conceptual sería por la descalificación retórica.

Desde sus primeras líneas, Medina asocia la psicología de Giegerich con una forma de “hegeleanería” vacía, recurriendo a figuras como Popper, Deleuze y Nietzsche para reforzar la supuesta peligrosidad intelectual del sistema hegeliano. Esta estrategia polémica presenta un doble problema. Primero, supone que la recepción que hace Giegerich de Hegel es literal, dogmática y dependiente de un culto al sistema. Segundo, ignora por completo que Giegerich no reproduce el contenido de la filosofía hegeliana, sino que retoma su estructura lógica para pensar la dinámica del alma. Lo que Giegerich adopta es la lógica de Hegel como estructura formal de la experiencia psíquica, no sus presupuestos ontológicos sobre el absoluto. Es decir que lo que Giegerich extrae de Hegel no es su filosofía del Estado ni su metafísica del Espíritu, sino una forma de pensar dialécticamente los procesos del alma, sus contradicciones internas, y su despliegue histórico-cultural. No se trata, como insinúa Medina, de glorificar a Hegel como ídolo herido, sino de utilizar herramientas conceptuales para acceder a una dimensión lógica de lo psíquico que va más allá de lo empírico o lo terapéutico.

Uno de los puntos más reiterados por Medina es la crítica al concepto de “exclusión del Otro”, que Giegerich introduce en su obra Neurosis. The Logic of a Metaphysical Illness. Según Medina, esta idea implicaría una renuncia deliberada al pensamiento dialógico y una imposibilidad de crítica interna. No obstante, lo que Giegerich formula es una estructura fenomenológica del alma: cuando la totalidad psíquica se ve absorbida por una imagen, la energía libidinal se concentra por completo en ella, de modo que lo “otro” queda desatendido. Tal como lo expresa el propio Giegerich: “La exclusión es ‘paciente’, pasiva, un efecto secundario de que toda la ‘libido’ fluye hacia la imagen…”. No se trata, por tanto, de una exclusión activa del otro como sujeto, ni de una censura epistémica, sino de una descripción de la estructura de totalidad que ocurre cuando el alma está completamente absorbida por una configuración simbólica. Esta estructura forma parte de la tradición hermenéutica en psicología profunda que parte de la premisa de que la conciencia no está disponible para el juicio externo cuando se encuentra atrapada en una forma determinada. El error de Medina consiste en leer este fenómeno como una consigna ideológica, y no como una forma de comprender el movimiento interno del alma.

Quizá el error más grave del texto de Medina sea la acusación de manipulación textual hacia Giegerich. El autor sostiene que Giegerich “descaradamente” tergiversa un pasaje de Jung tomado de Mysterium Coniunctionis, en el que se afirma que la imagen de la fantasía “tiene todo lo que necesita” y que debe protegerse de interferencias externas. Medina asegura que Giegerich convierte esta precaución metodológica en un principio ontológico del alma, al que llama “la navaja psicológica”. Lo que Medina omite es que la interpretación de Giegerich no pretende ser una exégesis literal, sino una extrapolación lógica. Tal como lo explica Mark Saban, Giegerich convierte la técnica de Jung en un axioma porque ve en ella una forma de respetar la autonomía de la imagen, no por ignorancia o mala fe. No hay aquí manipulación, sino elaboración teórica. El propio Jung sugiere en varios textos que las imágenes del inconsciente deben ser tomadas en serio por su estructura interna y no reducidas desde categorías externas. Que Giegerich radicalice esta idea no implica tergiversación, sino un pensamiento que toma en serio la autonomía de lo psíquico como forma simbólica.

Otro de los argumentos de Medina gira en torno a la supuesta destrucción del concepto junguiano de arquetipo por parte de Giegerich. Cita a Giegerich diciendo que los arquetipos no tienen existencia positiva en sí mismos, sino que sólo se concretan en imágenes culturales históricamente determinadas. Luego, pretende refutarlo con una cita de Jung en la que éste afirma que los arquetipos no son representaciones innatas, sino “posibilidades innatas de representación”. Pero lo que Medina no ve es que ambos están diciendo lo mismo. Tanto Jung como Giegerich entienden que los arquetipos no existen como entidades fijas, sino que son patrones formales que se actualizan en imágenes concretas. James Hillman también se alinea con esta visión: “El arquetipo nunca aparece como tal; sólo se manifiesta a través de imágenes. Lo arquetipal es lo que se da en las imágenes, no detrás de ellas”. Medina pretende establecer una contradicción donde no la hay, y su crítica termina siendo una confirmación de lo que Giegerich afirma.

El punto más ideológico del texto de Medina aparece hacia el final, donde acusa a Giegerich de justificar el capitalismo, declarar obsoleto al individuo y proponer como “terapia” la aceptación acrítica del statu quo. Esta interpretación, además de estar plagada de afirmaciones descontextualizadas, incurre en una grave confusión de niveles. Cuando Giegerich afirma que “el individuo está obsoleto” o que “el dios actual es el dinero”, no está postulando un deber ser ético o político, sino describiendo la configuración simbólica del alma contemporánea, tal como aparece en el discurso y las prácticas del mundo moderno. Su psicología no es prescriptiva, sino hermenéutica. Como él mismo señala en Technology and the Soul: “Mi objetivo no es curar ni transformar, sino atender a la verdad de la época en la que estamos inmersos, que es, para bien o para mal, la forma actual del alma”. La crítica de Medina parte de una lectura moralizante que confunde la descripción de una estructura simbólica con una apología ideológica. Este error se agrava al no distinguir entre el nivel lógico-simbólico de la psicología arquetipal y el nivel ético de la praxis social, como si toda descripción de una forma psíquica implicara su justificación.

El lenguaje del texto de Medina refuerza esta tendencia hacia la descalificación más que al análisis. Frases como “una farsa bochornosa”, “Disneylandia lógica”, “el pobre Giegerich”, “espíritus abotargados” o “hegeleanería escabrosa” sustituyen el argumento por el desprecio. Esta retórica del insulto no sólo degrada el valor intelectual del texto, sino que traiciona el espíritu mismo de la psicología junguiana, cuya premisa fundamental es escuchar las imágenes con seriedad, incluso cuando son difíciles o incómodas. Criticar a Giegerich con rigor es posible —y algunos lo han hecho con elegancia, como Mark Saban, Greg Mogenson o Stanton Marlan—, pero no en los términos en los que lo plantea Medina, cuyo estilo panfletario lo aleja tanto del pensamiento filosófico como del análisis psicológico.

La psicología de Wolfgang Giegerich es una de las contribuciones más audaces y complejas a la evolución del pensamiento junguiano contemporáneo. Su lenguaje, a menudo abstracto y exigente, su estilo lógico-dialéctico y su crítica al psicologismo humanista, generan resistencias ilegítimas. Pero es precisamente por eso que merece una crítica rigurosa, fundada en una lectura atenta de sus textos y en una comprensión clara de los principios que orientan su proyecto. La obra de Giegerich no debe ser aceptada sin cuestionamiento, pero tampoco puede ser reducida a una caricatura ideológica. Atribuirle una farsa no sólo es injusto, sino profundamente antipsicológico.

LA CRíTICA MALINTENCIONADA A LA OBRA DE W. GIEGERICH. UN EJEMPLO DE LECTURA PROYECTIVA Y DEFENSIVA

Logos del alma

El texto “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves” de José Medina es un ensayo lleno de equívocos, que representa de manera explícita la mala fe con la que algunos pensadores han querido abordar fallidamente la obra de Wolfgang Giegerich. En los siguientes puntos se exponen algunos de los múltiples errores que subyacen a ese trabajo de análisis mal intencionado.

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Una lectura dirigida a la comprensión de un autor exige que el lector pueda atender a los conceptos esenciales de su obra. Para responder a un cuerpo de pensamientos, es necesario tener claridad sobre los significados que sostendrán la argumentación. Es inadecuado adentrarse con prejuicios a una lectura, esperando que esta satisfaga las propias expectativas. Si el autor habla del alma, del inconsciente o del Self, es debido preguntar a sus textos: ¿qué quieren decir con esos términos? No es posible responder por ellos, fingir que ya se los sabe o falsear sus respuestas a causa de las limitaciones intelectuales. De otra forma, el diálogo con el texto será simplemente un monólogo donde se encontrará lo que ya se creía saber y solo se reforzará la postura egoica.

Lo mismo sucede en la relación con una persona, incluyendo la relación terapéutica: es menester poner en duda las certidumbres, imágenes y juicios, y recibir al otro tal como es, con su propia voz. Sin embargo, hay muchos lectores, algunos de ellos cultos, cuya lectura pretende dominar al autor, por lo que se le descalifica aun sin haberle entendido o leído. Se construye sobre la figura del pensador un hombre de paja y se procede a luchar argumentativamente, en el mejor de los casos, contra una representación del propio lector, que poco tiene que ver con el autor en cuestión.

Así, abundan los críticos de Lacan, Jung, Freud, Hegel, Foucault, Hillman y Giegerich, que sin conocer su obra suponen poder refutarlos por medio de las opiniones de terceros, sin necesidad de acercarse a su trabajo. Y si por suerte los leen, su mirada nublada por el prejuicio les muestra solo aquello que quieren leer, es decir, lo que confirma su propia idiosincracia. Es una lectura proyectiva.

El trabajo de Wolfgang Giegerich es desafiante en muchos sentidos. Por un lado, exige a sus lectores un conocimiento amplio de ciertos temas, especialmente en el campo de la psicología junguiana. Por otro lado conmina a una apertura que implica una visión crítica del pensamiento de C.G. Jung, lo que supone la disposición a reevaluar las ideas presentadas en la obra junguiana.

En el ámbito hispanohablante, algunos junguianos han expresado su escepticismo sobre la fiabilidad o la coherencia de Giegerich, e incluso han llegado a acusarlo de mala fe hacia la obra de Jung. Sin embargo, estas críticas carecen de fundamento. La mayoría de sus detractores, lamentablemente, no han leído su obra y, en cambio, se han basado en materiales que, con mala intención, distorsionan los conceptos utilizados por Giegerich. Un ejemplo de ello es el artículo titulado “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves”, escrito por José Medina, que algunos han utilizado para intentar comprender la psicología de Giegerich y alimentar su desprecio personal hacia el autor.

Por esta razón este es un análisis de las falacias argumentativas y los conceptos malentendidos que, para un lector atento, serán evidentes. Este análisis pretende aclarar qué no es Giegerich, es decir, un entendimiento a través de la reflexión de quien no lo ha comprendido ni busca comprenderlo.

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El texto “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves” comienza con un singular epígrafe de Nietzsche: “Jamás vuelve a curarse del todo nadie que haya estado enfermo de hegelianería.” Que recurre a la actitud pendenciera de Nietzsche contra lo que él consideraba “la palabrería hegeliana” y sus conceptos de totalidad y progreso. Dichas observaciones son de muy mal gusto por parte de Nietzsche y totalmente injustas contra una de las mentes más brillantes de la filosofía, sostenida en las opiniones de Schopenhaeur y Goethe. Por supuesto, cuando se comienza un texto calificando un pensamiento de “enfermedad” el argumento no podrá ser más que una falacia, que de entrada ha identificado lo que se critica con un defecto mental o biológico que demerita la importancia de la idea tratada. Si Hegel es una enfermedad, entonces ni siquiera es necesario pensarlo, pues se le considera nocivo de facto. Pero, ¿cómo se sabrá lo que realmente dijo Hegel si no se le lee?

Caben dos posibilidades: o no interesa o ya se cree saber todo lo necesario sobre Hegel con base en lo que otros autores han dicho. ¿Pero qué clase de lectores es quién no quiere saber lo que dijo un autor y solo busca descalificarlo para no tener que hacer el trabajo?

Inmediatamente después del epígrafe el autor del artículo comienza con una pregunta engañosa:

“¿Qué responderle a alguien que afirma que la sincronicidad es irrelevante, que el alma no existe, que la noción de arquetipo psicológico ha sido desestimada por la ciencia, que lo numinoso no es más que pura fantasía de otra época, que la individuación es agua pasada, que el lugar intermedio pleno de significado que se encuentra entre la polaridad subjetivo-objetivo es un mero show, que Jung es un teósofo…?”

Por supuesto esta no es una pregunta simple, sino una afirmación de lo que se considera son las ideas de Giegerich en cuanto al contexto junguiano, por ello se habla de “La confrontación Jung-Giegerich”. Pero, ¿es cierto lo que se dice sobre Giegerich?, veamos puntos por punto:

  1. Sobre la sincronicidad. Giegerich no afirma nunca que la sincronicidad es irrelevante. En su artículo: “Un serio malentendido: sincronicidad y la generación de significado”, lanza una observación a la pretensión de algunos autores de interpretar la sincronicidad como generadora de un significado trascendente, poniendo énfasis en la frase original “sinngemäße Koinzidenz” que ha sido traducida de forma errónea al inglés. Su tesis es que este descuido de traducción desvía al lector de la importancia original del concepto de sincronicidad. Dicho concepto no es esencial para el trabajo terapéutico, pero es importante como concepto teórico.
  2. El alma no existe. Este es un tema complejo, porque la afirmación constante de Giegerich de la inexistencia del alma no puede leerse de forma literal si se quiere entender correctamente. Cuando Giegerich habla de la inexistencia del alma se refiere a que el alma no es un elemento positivo, ni un objeto real o ideal, no es una cosa ni un reino trascendente, sino que es pura y absoluta negatividad, es decir que su reino es el de la preexistencia, que no es la no-existencia sino que subyace como concepto sin ninguna forma de sustancia. El alma es la lógica inherente en cada fenómeno, pero no es el fenómeno. Esta forma de asumir el alma exige poder pensarla sin un punto de anclaje pictórico o metafísico. 
  3. El arquetipo es aún un objeto de debate en la psicología junguiana seria, para ello véase el trabajo de Jon Mills, el de Erik Goodwyn o el de Christian Roesler, entre los pensadores actuales en el campo de la psicología analítica cuyos trabajos muestran lo inacabado del tema. El mismo James Hillman pasó de largo el tema de los arquetipos y prefirió asumir que cada imagen era arquetipal en sí misma, es decir que tenía su finalidad en su misma forma. Giegerich en cambio asume que el termino “arquetipo” no es necesario para la comprensión de los fenómenos psicológicos y que inclusive funciona como una mistificación que estorba el esfuerzo de entenderlo a estos fenómenos.
  4. Lo numinoso para Giegerich es la experiencia del alma de la presencia de lo divino, como la mejor representación simbólica de una verdad de sí misma, pero ya que la conciencia como proceso trasnpersonal ha experimentado una separación en sí misma de donde el ego moderno ha nacido, lo numinoso ya no puede experimentarse como en otras épocas, no porque sea falso, más bien porque la verdad del momento presente ya no se expresa en la fascinación de las figuras del alma.
  5. La individuación en Giegerich es un proceso del alma, no de las personas, y este ya ha ocurrido desde hace algunos siglos, el alma se ha individuado. Lo que ello implica es que las manifestaciones y la lógica de la conciencia se han transformado para dar paso a nuestra experiencia moderna de la realidad. Es por eso que se puede aspirar a ser nosotros mismos, puesto que ya lo somos. Giegerich invita a que se repiensen estos conceptos nuevamente de acuerdo a un pensamiento profundo del conocimiento actual.
  6. Desde este contexto el sentido, igual que lo numinoso, ya no son posibles, porque eran la experiencia de un alma imbuida en sus propias imágenes, pero ahora que esta se ha separado de las mismas el sentido ha desaparecido, por lo que toda búsqueda de sentido es la nostalgia de lo que se ha perdido, y la incertidumbre es el precio que se tiene que pagar por este cambio.

Como se puede observar Giegerich piensa nuevamente muchos de los conceptos que los junguianos dan por sentado, ¿no es acaso esa la tarea de un psicólogo comprometido con el espíritu de la obra de C.G. Jung? 

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En medio de las argumentaciones del artículo se desgranan más presupuestos que son cuestionables, por ejemplo, la afirmación: “No se puede ser platónico y aristotélico”, lo que es muy extraño suponiendo que la base de la cultura descansa en estos pensadores, estemos o no de acuerdo con ellos, y sería conveniente conocer la obra de ambos. Además, estudiar a Aristóteles presupone haber conocido a Platón, igual que leer Hegel implica haber leído antes a Kant. De la misma forma, adentrarse en Giegerich requiere haber leído previamente a Jung. Por lo tanto, se puede ser junguiano sin leer a Giegerich, pero no se puede leer a Giegerich sin antes conocer a Jung.

En el orden de esas falacias, el autor del artículo procede a poner otros ejemplos de “charlatanes”, por lo que se tienen varios epítetos con los cuales identificar a Giegerich: “interesado”, “tendencioso”, “enfermo”, “magullo”, “racionalista”, y esto apenas en dos páginas, por lo que más adjetivos calificativos se adherirán a su figura en lo que viene. Para poder sostener estas afirmaciones sobre la persona de Giegerich se pone de ejemplo a Lacan afirmando que:

“del famoso “retorno a Freud” de Lacan, tal “retorno” fue una ayuda inestimable para que en nuestros días se haya arrojado al padre del psicoanálisis a las cavernas de la pseudociencia y de la “magufería”, como gustan en decir ciertos “racionalistas” ilustrados que de buena gana mandarían al diablo cualquier saber sobre el ser humano que no consista en rigurosa ciencia, o en lo que ellos llaman ciencia.”

Aquí tendría que preguntarse si hay honestidad intelectual en descalificar en unas cuantas líneas un pensamiento tan poderoso como ha sido la escuela lacaniana de psicoanálisis, que si bien es abstrusa y compleja, no por ello es despreciable. Desde fuera de ella parece que tiene pensadores muy importantes y muchos de ellos con grandes aportes a la clínica psicoterapéutica seria, por ejemplo: Massimo Recalcati, Darian Leader, Juan David Nasio, Francoise Dolto, etc. Quienes piensan a partir de la propuesta de Lacan y ayudan a pensar también las intuiciones freudianas.

Aquí también se esboza una comparación superficial que pretende reducir a Giegerich a un emulo de Lacan, lo que no es el caso, pero retoma la idea lacaniana del inconsciente estructurado como un lenguaje y lo iguala a la afirmación de Giegerich de que el alma se expresa de forma lingüística, lo cual significa tratar de homologar dos vías de pensamiento muy distintas con el pretexto de la palabra “lingüístico”, y aunque la comparación merecería un apartado completo, la profundidad de las diferencias y desarrollos de cada autor no caben en unos pocos párrafos.

Se puede notar que el propósito del texto no es entender la relación entre Jung y Giegerich sino denostar de múltiples formas el trabajo de un autor, incluso por medio de desacreditar a otro autor con el que se le compara. En ese camino, claro está, el interés está puesto en el desprecio de aquello que, por alguna razón, se escapa a la comprensión.

Jung, en cambio, tenía una forma distinta de acercarse a un texto donde exalta la posición que un lector debería mostrar ante un texto analizado:

“la persona competente leerá el nuevo libro con la sensación de que posiblemente se había equivocado hasta ese momento, y que ahora alguien le mostraría cómo debían percibirse realmente las cosas” (En los Jung Papers, aún inéditos)

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El autor de “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves” confiesa que el ánimo con el que escribe su texto es el siguiente: “mi emocionalidad y descontento, mi exasperación, ante lo que yo consideraba, y considero, equivocaciones fraudulentas y una profunda falta de rigurosidad en su obra”; lo que hace evidente  que el interés del trabajo no está en comprender a Giegerich sino en calmar la propia emocionalidad. Ya Jung decía:

“Siempre se tienen emociones cuando no se está adaptado. Si se está adaptado no hace falta la emoción; una emoción es sólo una explosión instintiva que indica que no se ha estado a la altura. Cuando no se sabe cómo hacer frente a una situación o a las personas, uno se vuelve emocional. Al no estar adaptado, se tiene una idea equivocada de la situación … … ser emocional es ya estar en camino hacia una condición patológica”.

No se puede pensar ni adentrarse en un pensamiento riguroso llevados por un complejo emocional, porque es él anima quien dicta el camino de su necesidad y posee al sujeto emocional. Cuando se está tomado emocionalmente, el pensamiento no le pertenece a uno, debe afrontarse y dejar que el arranque pase para poder reflexionar de forma adecuada. 

Es comprensible el porque el autor está tan lleno de enojo contra Giegerich, ya que ha construido un hombre de paja que contiene su propia falta de comprensión, mas no coincide con los conceptos en Giegerich mismo y se ha ensañado en encajar sus prejuicios a este pensador para lograr esta lectura proyectiva. Así, continúa con adjetivos sobre la persona de Giegerich: “falto de estima”, “disparates”, “pato fuera del agua”, “rodando de cabeza” “pseudointelectual”, “falsa sabiduría”, “bajos fondos”, “mundo de la estafa”, “franco embuste” ¿Cómo podemos pensar claramente llevados por una emoción tan desbordante?

Es por esto que confunde los conceptos de Giegerich. Por ejemplo sobre el tema de la verdad cita un texto donde Giegerich dice: «La psicología no es más que uno de los posibles enfoques metodológicos de lo que sucede y ha abandonado cualquier pretensión de ser o de aspirar a un conocimiento verdadero”, mismo que va acompañado en el contexto original de la aclaración: “aunque el sentido de la verdad es todavía vital para ella [para la psicología], este sentido de la verdad, o su verdad misma, es meramente interna a ella como un principio rector metodológico y objetivo. Su validez permanece encerrada dentro de sí misma. No se extiende más allá de sí misma.”  Lo cual el autor toma como una contradicción ante las afirmaciones la importancia de la verdad para la psicología de Giegerich. Por lo tanto, en lugar de preguntarse sobre el concepto de “verdad” en el contexto de la obra analizada, prefiere darlo por sentado. Pero Giegerich habla realmente de un movimiento lógico de la consciencia de forma muy clara: la verdad que antes se encontraba fuera del alma como los principios rectores que le daban sentido, ahora se encuentra dentro de los mismos fenómenos como la adecuación de los mismos a sus nociones particulares. Una situación que podría discutirse pero no mal entenderse a menos que se este ansioso por buscar una falla semántica que reafirme la animadversión manifiesta.

Sucede lo mismo con el enunciado “el alma es consciencia, es subjetividad” que el autor interpreta de forma muy sesgada como la afirmación de Giegerich de que el alma es creada por las subjetividades humanas y que estas se reducen a la consciencia colectiva donde hipóstasia al yo como el verdadero sujeto de la psicología, ignorando los procesos del inconsciente. Todo esto por supuesto es una lectura bastante lejana de lo que trata Giegerich en su obra.

En términos sucintos Giegerich propone que la psicología tiene como objeto el alma, que no es otra cosa sino la lógica de la consciencia, entendida esta última como la mentalidad que ha ido tranformandose a lo largo de las eras y que es el único medio por el cual el ser humano puede interpretar la realidad. No habla, por supuesto ni del consciente ni del inconsciente colectivo, que para él son abstracciones que sirven como muletillas para entender el movimiento de la consciencia. El alma es subjetiva no porque pertenezca a los sujetos humanos sino porque ella es su propio sujeto objetivo. “El alma siempre se piensa a sí misma” es un motivo recurrente en Giegerich. 

A diferencia de un sistema que explique todo, Giegerich no busca más que comprender el lugar del pensamiento, colectivo e individual, en la vida lógica del alma, que como se ha dicho no existe en ninguna lugar sino que preexiste, es decir, es pura negatividad. Es claro entonces que sus miras están muy lejanas al ego, pues el estudio del alma poco tiene que ver con las necesidad egoicas, de ahí que proponga la diferencia psicológica, es decir la distinción entre el reino del ego y el reino del alma para poder hacer el trabajo de la psicología. La cultura y sus productos no son sino los cadáveres que deja la chispa del alma a su paso y a través de lo cuales se vivifica esporádicamente para seguirse pensando. Hay ahí una crítica activa contra la hegemonía del ego y su centralidad en el humanismo moderno.

Este desarrollo no puede comprenderse si se intenta saciar la emocionalidad o encajar los conceptos del autor en el esquema ortodoxo del junguianismo, ya que el gran problema es que el trabajo de Giegerich requiere pensar más allá del marco junguiano clásico. No es posible reducir a un pensador a las categorías de otro sin falsearlo. De ahí la confusión de los conceptos que sigue alimentando la animadversión del autor del artículo en cuestión.

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En la misma tónica, en el articulo se continua con temas igual de confusos: “El símbolo está muerto, dice Giegerich”. Lo cual no es del todo cierto, para Giegerich, igual que para Jung, los símbolos son la mejor articulación de las verdades del alma, representadas de tal forma que son evidentes como manifestaciones anímicas. Pero puesto que el alma se transforma y se adapta a sí misma, los símbolos mueren, pues lo que en ellos era esotérico ha llegado a ser exotérico y, por lo tanto, ha perdido su función contenedora del alma. Por lo cual nuevos símbolos serán construidos y cumplirán su función el tiempo que sea necesario. Por eso, no podemos recurrir a la simbología antigua para entender los nuevos fenómenos del alma, ya que su correspondencia pertenece a estadios que han sido dejados atrás por la consciencia. En cambio, el presente ha construido sus propios símbolos y no sería extraño pensar que aún la forma simbólica pueda ser sustituida por una manera lógica de entender la realidad. Este avance no lo hace el hombre, lo hace el alma.

Aquí el término Aufheben es importante. En el pensamiento filosófico, específicamente en Hegel, la palabra Aufheben se traduce como “superación”, pero el término tiene mas matices en su idioma original que en español. Esta superación no significa un olvido o el desechar lo superado, al contrario involucra otros dos significados: “recordar” y “dejar atrás”. Por lo tanto, “superar” o “sublar” es el movimiento del fenómeno hacía sí mismo, donde lo que en un momento fue verdad ha sido sustituido por lo que en otro momento lo es, pero lo que es dejado atrás se convierte en el núcleo de lo que esta presente, no desaparece, se integra como una estructura del alma. Dirá Giegerich, lo que antes era lo superior ahora es el piso en el que se sostiene la realidad. 

Así, el alma se supera a sí misma al interiorizar sus símbolos, y aún la forma simbólica de relación, éstos se vuelven el núcleo éidetico de los fenómenos anímicos que mueven al mundo hacia sí, y que lo dirigen de tal manera a su propia verdad, al telos inherente que no puede conocerse ni prevenirse. Por eso, para Giegerich es importante ser enseñado por la realidad, porque ella contiene todo lo que necesita en sí misma, igual que el síntoma ya es una representación de la homeostásis de la psique.

Pero el autor del artículo confunde la palabra Aufheben, que es un término filosófico, con una intención ficticia que encaja en la figura de Giegerich, así es mencionado este malentendido:

“Giegerich quiere superar (dominar) a Jung para no ser reducido a él, es decir, a su psicología, pero a la vez Giegerich quiere conservar a Jung para que sea testigo de su superación”

Esta interpretación es por demás subjetivista, atribuyendo motivos psicológicos en los motivos teóricos de la obra de un autor, además no son motivos aléguenos, al contrario, desde está perspectiva Giegerich puede ser visto como un sádico o un psicopata que desea la dominación de Jung y de los junguianos. Claro ésta que no es el caso, pero la construcción de este personaje que es tan digno de insultos, humillaciones, falsificaciones y demás tropelías con tal de asegurar su desprestigio está justificada por la maldad inherente en su figura. Nuevamente entendemos porque el autor del artículo está tan molesto, lucha por su puesto con una sombra, pero no parece ser que sea la de Giegrich.

Es muy interesante la percepción que describe sobre Giegerich, un autor que falsea, que humilla, que traiciona, que malentiende, que tiene mala fe contra la obra de Jung. Pero como se ha visto que todos los argumentos son tergiversaciones de las verdadera idea de Giegerich, entonces ¿no será posible que este retrato sea un recurso proyectivo para hablar del objetivo del autor hacia la figura de Giegerich, falsificarlo hasta la saciedad para poder ponerse él sobre su obra y que Giegerich “sea testigo de su superación”?. 

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El artículo “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves”, ofrece una oportunidad inapreciable de aclarar tanto los malos entendidos que hay alrededor de la obra de Giegerich y que han sido difundidos por aquellos a lo que éste les causa animadversión, muchas veces sin haber leído una sola página de sus textos. Y además permite observar la puesta en escena de la lectura proyectiva sobre la obra de un autor especifico.

Giegerich es un psicólogo junguiano, formado en el C.G. Jung Institute de Stuttgart, Alemania, que durante más de cuatro décadas ha ejercido como analista, docente, conferenciante, supervisor y ha sido un prolífico escritor en el ámbito de la psicología analítica, publicando en las principales revistas de psicología junguiana y constituyéndose como una figura de importancia en la escena académica internacional. Su obra es una elaboración de las ideas de C. G. Jung y del avance que fue propuesto por James Hillman, de quien fue intimo colaborador.

Lo característico de la obra de Giegerich es la búsqueda por el rigor teórico, que en su opinión, hace falta en psicología junguiana, corriente que ha condescendido con aquello que Jung llamaba “la psicología del prestigio”, es decir, una forma de pensamiento psicológico que se adopta a los canones culturales de forma irreflexiva y que deja de lado el estudio comprometido del alma en favor de factores como la eficacia, la autoayuda y el dominio técnico de la mente.

Giegerich, en cambio, propone repensar los conceptos junguianos aplicándolos a sí mismos y entendiéndolos no como un conocimiento acabado, sino como un movimiento del pensamiento que puede seguir pensandose de manera indefinida. Las bases de su teoría, descansan en el estudio profundo de la obra de Jung, en la psicología arquetipal de Hillman, en Heidegger, Nietzsche, Hegel y en la obra del folklorista Heino Gehrts, entre otros tantos.

Como sucede con cualquier otro autor que vale la pena leer, su obra es disruptiva, no porque contradiga las intuiciones junguianas sino porque es fiel a las mismas en el espíritu de su movimiento lógico. No busca fosilizar los conceptos, sino seguirlos en su flujo conceptual interno. Basta revisar su obra, donde argumenta de forma rigurosa y elegante sobre diversos fenómenos psicológicos, desde la sombra hasta la bomba atómica.

Hay un anatema entre sus críticos sobre la nula aplicabilidad de sus ideas, lo cual resulta falso de forma evidente para quienes practicamos la psicoterapia y estudiamos la obra de Giegerich y que se confirma con sus últimos libros sobre el quehacer psicoterapéutico: “What are the factor that heal?” Y “Working with dreams”, ademas de las mencionadas más de cuatro décadas de ejercicio terapéutico.

Importantes figuras dentro del ámbito junguiano reiteran la pertinencia del trabajo de Giegerich, por ejemplo James Hillman, Greg Mogenson, David Miller, Ann Casement, Pamela Power, Yushiro Tanaka, Marco Heleno Barreto, John Hoedl, entre muchos otros que han construido un grupo de estudio llamado ISPDI (International Society of Psychology as Discipline of Interiority) para explorar una variedad de temas psicológicos con base a los avances intuidos en la obra de Giegerich.

Por supuesto no es una obra acabada, y necesita seguir siendo reflexionada. Pero falsearla o mentir sobre sus intenciones, conceptos y construcciones teóricas no es la mejor forma de acercarse a la misma. Podemos estar en desacuerdo con un cuerpo de pensamientos, pero debemos ser cuidadosos en no involucrar las experiencias de los complejos en el estudio de la teoría. El enojo y la emocionalidad pueden, muchas veces, convertirse en motivo de creación de falacias que se superpongan a un objeto de lectura. Necesitamos preguntarnos constantemente por nuestras propias motivaciones, para no descargarlas en los temas y hacer de estos los chivos expiatorios de nuestra propia sombra.

La lectura comprometida con el tema requiere que estemos dispuestos a escuchar de viva voz al autor y a profundizar en el contexto teórico de sus afirmaciones, de otra forma no seremos tocados por el tema. Todo ello es, sin duda, una elección, no todos los autores están hechos para uno, pero como decía Edinger sobre la lectura de Jung “Si asumes que lo sabes mejor que él y comienzas con una actitud crítica, no te molestes; el libro no es para ti”. En la revisión teórica de un pensador ya habrá tiempo para conocerlo mejor, pero no se puede apresurar el proceso del entendimiento. Se debe asumir que Giegerich tardó décadas en construir una postura crítica sobre Jung, eso es muestra de mucho trabajo duro de por medio. 

A los lectores de Giegerich les espera algo similar. Conocer a Jung, saber de Hegel, Heidegger, Hillman y todos esos temas profundos que se vislumbran en su obra, no es una labor sencilla, pero para los llamados a ella, será una vocación que no se puede eludir sino con mucho esfuerzo y al costo de un sacrificio distinto. No podemos escapar completamente del alma.

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Leer a Giegerich es complejo, como ya se ha dicho, muchas cosas planteadas por su trabajo pueden resultar difíciles de comprender y de aceptar. Es un escritor sui generis que habla de temas incomodos y que lo hace desde argumentos sólidos y por ello difíciles de eludir. Al propósito, Hillman decía que el de Giegerich era «el pensamiento junguiano más importante que se está llevando a cabo ahora, tal vez el único pensamiento junguiano consistente en absoluto», si bien algunos podrían dudar de ello, es un tarea pendiente el seguir profundizando en sus repercusiones. Además, C.G. Jung merece que su obra siga siendo pensada por figuras tan profundas como Hillman o Giegerich, esto no tiene que intimidar a nadie. El espíritu al que Jung respondió, con el opus de su vida misma, sigue latente en Giegerich y en otros tantos autores. Ser junguiano es estar abiertos a la diversidad de posturas en el campo de la psicología analítica y ofrecer una conversación objetiva y respetuosa de las mismas, lo que significa no permitirnos el rechazo proyectivo, los argumentos ad hominem o la mentira para convencer a otros que lo que nos causa dificultad no vale la pena.

Hillman decía que el alma es lo que nos confronta, aquello que nos impide quedarnos demasiado tiempo en un solo lugar, el síntoma y su pathos del logos. Quizas podamos concebir a Giegerich como ese animus que irrumpe y que obliga a la psicología analítica a dejar atrás su inocencia, para adentrarse realmente al oscuro campo de Hades, al inframundo lógico, al verdadero reino del alma.

THE LIFE AND IDEAS OF JAMES HILLMAN, VOL. III: INTRODUCCIÓN

Traducciones

Dick Russell/EE.UU

De The Life and Ideas of James Hillman, Vol. III «Soul in the World». Introducción.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

INTRODUCCIÓN

LEYENDO LA VIDA AL REVÉS

Sigue la curiosidad, indaga en ideas importantes, arriésgate a la transgresión. Esto requiere valentía, es decir, abandonar las ideas antiguas y las ideas extrañas, cambiando el significado de los acontecimientos que tememos. Me refiero a la valentía de ser curioso.

-James Hillman, epígrafe del programa de su homenaje, mayo de 2013

El gran auditorio de la Sociedad de Nueva York para la Cultura Ética se llenó antes de media tarde. Algunos llegaron vestidos de gala, otros con zapatillas y vaqueros. La lista de ponentes fue igualmente diversa. Viajaron desde muchos países: Japón, Brasil, Venezuela, Italia, Suiza, Inglaterra, Francia y de todo Estados Unidos. Poetas y bailarines, actores y percusionistas, astrólogos y filósofos, colegas del movimiento de hombres, un vecino cantante, un peluquero y nietos. Todos allí para recordar y honrar a un psicólogo de las profundidades y autor de más de veinte libros.

El programa, organizado por su viuda Margot McLean y su íntimo amigo Mermer Blakeslee, comenzó con baladas irlandesas cantadas por Peter Lange, vecino de Thompson, Connecticut. Luego, el profesor del grupo masculino, Michael Meade, junto con John Densmore, quien perteneció al grupo de rock The Doors, siguió con la batería. Después, miembros de la compañía francesa de teatro Roy Hart interpretaron «Under the Boardwalk». Joe Landry, el hombre que le cortó el pelo a James durante años, abrió el programa con una imagen de la cabeza de Hillman, obra del artista Sandy Gellis, en la pantalla detrás de él. A continuación, el historiador cultural Richard Tarnas, autor de «La pasión de la mente occidental», marcó el ritmo.

«James Hillman devolvió la palabra ‘alma’ a la psicología», comenzó Tarnas. «Sacó la psicología del consultorio al mundo, y aportó una inventiva, un estilo y un saber asombrosos a cada frase que escribió y pronunció. La lista de temas peligrosos y complejos a los que dedicó su extraordinaria visión es casi interminable: ecología, envejecimiento, guerra, destino, puer y senex, la ciudad y el diseño urbano, arquitectura, economía, el movimiento de los hombres, racismo, pornografía, lenguaje, filosofía, cosmología, astrología, fenomenología, educación pública, arte, animales, emoción, Shakespeare, el Renacimiento, Romanticismo, neoplatonismo».

James era a la vez posmoderno y antiguo. Veía a través, sin cesar, como un deconstruccionista, y sin embargo, veía, vívidamente, a los dioses, los espíritus, las profundidades, como un poeta antiguo… Sobre todo, James defendió la imaginación en el lugar que le corresponde en el centro de la realidad humana, con quizás mayor fuerza y ​​elocuencia que nadie desde William Blake. Y vio el anima mundi, el alma del mundo, de maneras nunca antes vistas, inspirando no solo a psicólogos, sino también a académicos de diversas disciplinas, artistas, poetas y activistas de todos los ámbitos.

¡Cuánto nos enriqueció James con su inagotable caudal de ideas, iluminando y ensombreciendo tantas cosas! Su profundidad de alma y la amplitud de sus conocimientos, su lenguaje brillante, su originalidad herética, su individualidad agudizada. Lo extrañaremos profundamente, pero nos dejó tanto que lo integraremos durante mucho tiempo.

El filósofo Ed Casey citó a Hillman, diciendo: «Nuestra lucha con las ideas es una lucha sagrada». El erudito religioso David Miller citó un proverbio japonés: «El cuenco de té tiene dos asas; tómalo siempre por la otra». Miller añadió que «la capacidad curativa de James siempre consistía en tomar una idea, una fantasía o una emoción por la otra asa».

Una de sus nietas, Naima, leyó un poema que Hillman escribió en su juventud sobre su encuentro con el mundo de los sueños. Otras dos nietas, Gabrielle y Marissa, leerían más tarde fragmentos de su libro, Un terrible amor por la guerra, y citarían una carta que les había escrito a sus padres sobre su trabajo con veteranos ciegos tras la Segunda Guerra Mundial. Una cuarta nieta, Stella, leyó una carta que le había escrito a su abuelo tras su muerte; estaba enterrada en su tumba para que él la viera.

Colegas de distintos países leen tanto en inglés como en su lengua materna: Takuji Natori de Japón, Silvia Ronchey de Italia, Gustavo Barcellos de Brasil y Axel Capriles de Venezuela.

Los poetas Lewis Jenkins y Coleman Barks leyeron algunos de sus poemas favoritos. La artista Lisa Crafts creó un cortometraje animado en honor a la pasión de James por el boxeo. Mermer Blakeslee leyó su poema «Una nota a los humanos desde la gorra naranja de Hillman».

Su profesora de baile, Leslie Snow, recordó cómo Hillman «llevaba sus zapatos de tap a todas partes». La hija de Leslie, Laura Snow, y la bailarina Raja Feather Kelly bailaron tap al ritmo de «They Can’t Take That Away from Me». La actriz Helen Hunt habló de cómo su ensayo sobre «Betrayal» inspiró su película, Then She Found Me. Richard Olivier, de los grupos masculinos, recordó que Hillman le dijo: «No escuchamos lo suficiente las voces que surgen desde el borde».

Margot McLean leyó un breve poema privado que James escribió para ella.

Nuestro amor se vive en la vida.
El caballo en el establo
pisotones y chirridos
por el amplio campo de flores silvestres.

En una gran pantalla aparecieron imágenes de Hillman, unos meses antes de su muerte, leyendo en voz alta dos poemas de Yeats: «Navegando hacia Bizancio» y «La Torre». Un amigo cercano, Nor Hall, compartió apuntes que Hillman dejó escritos durante sus últimos días: «Un lugar muy extraño ahora. ¿No es asombroso que, a medida que avanzamos, tengamos un retroceso…? No podría haberlo hecho de otra manera… Este es un día estupendo, mucha pesca… Veamos qué pasa después».

En un video, Robert Bly leyó una carta a James. Comenzaba así: «Aquí tienes un poema para que lo mires y lo tires. Tiene vida propia, pero es como un pollo que escarba en el polvo, que un jornalero borracho casi lo alcanza en su coche». Luego leyó su poema «Las Golondrinas».

Apareció una imagen en la pantalla: Hillman contemplando un campo nevado. Luego, un audio donde cantaba «La Cucaracha» con su amigo Enrique Pardo y reía. Un solo de trompeta compuesto por Nina Rota, de la película La Strada de Fellini, que Hillman había elegido para su entierro un año y medio antes, cerraría el homenaje.

DIEZ AÑOS ANTES: UN RECORRIDO POR EL SANTUARIO INTERIOR

La vieja y alargada casa de Nueva Inglaterra se extiende junto a un camino circular de grava en Thompson Center, en el rincón más alejado del «Quiet Corner» del noreste de Connecticut. Al entrar en una habitación del segundo piso, los libros de James Hillman, en varias ediciones (incluidas traducciones al japonés), llenan dos estantes. Uno de los gatos adorna una silla de escritorio. Trabaja en tres escritorios de madera diferentes, moviéndose a menudo entre ellos. Sigue escribiendo a mano, luego con máquina de escribir eléctrica, cortando y pegando con tijeras. Nunca ha puesto los dedos sobre una computadora. No envía correos electrónicos, aunque tiene una dirección con el nombre de usuario Bronzino (pintor manierista florentino del siglo XVI).

Su rutina diaria suele comenzar alrededor de las cinco de la mañana. Después de tomar el té y alimentar a los gatos, escribe A las 6:30, antes de que Margot se levante. Trabaja hasta el mediodía y suele volver a trabajar un par de horas más al final de la tarde. Abajo, Joan Luster, que viene varios días a la semana, lleva su caótico manuscrito mecanografiado, lleno de anotaciones, lo pasa limpio a la computadora y luego lo copia en un disco. También ha organizado todas las charlas de Hillman en un sistema increíblemente accesible, y él agradeció profundamente su obsesiva atención. Cita a un profesor que tuvo: «A medida que envejeces, cortas la salchicha más fina». Pero todavía le encanta dar seminarios maratonianos de un día entero. Nunca da la misma charla dos veces.

En la habitación contigua a la oficina, una vitrina contiene objetos de sus viajes, así como una placa de bronce con el número «1» que su editor le envió junto con un ejemplar en bronce de su libro «El Código del Alma». «Días que nunca volverán», dice, ahora que ha vuelto a ser la figura «antisocial» relativamente desconocida que era antes de aparecer en el programa de Oprah Winfrey para hablar de «El Código del Alma», que lo catapultó a la cima de la lista de los más vendidos del New York Times.

Una habitación de invitados en la misma planta está presidida por un gran colchón de crin y una bañera vieja, con fotos de todos los antepasados ​​de Hillman enmarcadas en una pared. Allí es donde paso la noche esperando nuestra próxima entrevista. Es imposible despertar sin encontrarse con sus antepasados, que se remontan a dos siglos atrás. Baja de su habitación para prepararnos un desayuno de huevos, salchichas y bagels. Al otro lado de la casa, frente a una terraza acristalada, se encuentra el estudio de Margot. Un gran cuadro de cuervos da la bienvenida a los visitantes. Una pequeña colección de mariposas está enmarcada en la pared contigua de la oficina.

Justo al otro lado del porche trasero, las gallinas revolotean y cacarean dentro de su gallinero. Gansos, patos y conejos viven tras la cerca de alambre. Robles, arces y un hermoso abedul alto rodean la casa. Hillman, con vaqueros cortos, botas de goma y una gorra con un mensaje en la espalda: «No hay tonto como un viejo tonto», se dirige a la piscina para intentar que la bomba funcione de nuevo. Mientras Margot poda los arbustos, Hillman señala todas sus nuevas plantas y comenta qué maravillosa jardinera es.

Ha estado recopilando artículos y citas sobre biografía en una carpeta. Una de ellas dice que la biografía busca responder a la pregunta: «¿Cómo debo vivir?». Capturar «momentos de la existencia, momentos de cosas vistas y oídas, a partir de los cuales escribimos parte de la poesía de las vidas humanas». En el mejor de los casos, los biógrafos son «perpetuadores de parábolas». Una biografía debe concebirse como un conjunto de misterio, mito y belleza. «Solo si la historia misma transmite esta sensación de belleza, puede satisfacer la vida sobre la que se escribe».

Sentado junto a la piscina, reflexiona: «O tengo seguidores de culto o soy un completo desconocido. No hay término medio. Mi obra no se integra en el mundo académico medio general, donde se enseña en cursos universitarios. No entra en la corriente principal en absoluto. La adoptan personas que la consideran importante para lo que sea que estén haciendo, ya sea su vida personal, el teatro o la escritura».

Desde su juventud, mientras paseaba por el banco de arena de Atlantic City, ha buscado lugares aislados, sencillos y hermosos para perfeccionar su arte: «El valle de Cachemira, adonde fui con Kate [su primera esposa] cuando tenía veintipocos años, uno de los paraísos del mundo. La isla del norte de Suecia donde su familia tenía propiedades, a la que iba todos los veranos y escribí muchísimas cosas. Eranos, donde alquilé un piso durante veinte años en pleno Lago Maggiore. Más recientemente, la isla caribeña de Guana en invierno. Todos estos lugares idílicos…»

«Ahora bien, ¿cómo se relaciona esto con la persona o la personalidad? Había ciertas cosas de las que quería salir. Después de ser un buen estudiante de preparatoria, tuvimos elecciones para presidente y vicepresidente de la clase de último año. Di un discurso de nominación para un amigo que se postulaba. Usé una voz falsa y fingí estar en una de esas películas antiguas de Andy Hardy. Después me reprendieron por burlarme de todo el serio proceso electoral…

«Luego, para salir de la caja de la escuela secundaria, fui temprano a Georgetown. Y cuando me uní a la Marina, el jefe a cargo de nuestra compañia tenía problemas para cumplir con los horarios y me encargaron el trabajo. Era, la verdad, un organizador perfecto. Pero después de un tiempo, me uní a un grupo de chicos que se largaban y buscaban otro lugar para esconderse y escapar de sus obligaciones. Cuando estuve en París después de la guerra y me cansé de estudiar francés, quise estudiar más en Inglaterra, o, al menos, literatura o lengua inglesa. Pero no quería ir a Oxford ni a Cambridge. Así que me fui a Irlanda; esto fue en el 48.

Cuando me metieron en la caja de los judíos, quería ser estadounidense. Cuando me metieron en la caja de los estadounidenses, era suizo. Cuando me metieron en la caja de los suizos, vestía ropa irlandesa. El Instituto [Jung] se convirtió en una caja después de un tiempo, y luego fundamos Spring House para celebrar reuniones y hablar sobre toda esta gente misteriosa del Renacimiento. Cuando regresé a Estados Unidos y a Dallas después de veinticinco años, era un extraño europeo suizo para la gente de Dallas. Luego, cuando estaba en la Universidad de Dallas, nos rebelamos y fundamos el Instituto de Humanidades y Cultura de Dallas. Fue una verdadera rebelión; fuimos a ver al presidente y le dijimos que tenía que dimitir. En cambio, despidió a todos. La cuestión es que era el mismo patrón. Los grupos de hombres en los que me involucré también podrían considerarse algo fuera de lo común.

Así que es una tensión real. Una peculiaridad biográfica interesante. No puedo explicarla bien. Ya sabes, un forastero también es un proscrito. Y cuando algo se vuelve demasiado estricto, en mi pasado estallé de una forma u otra. No es necesariamente algo bueno o malo, es un hecho. Creo que así es como probablemente el daimon siempre ha trabajado: para destruir algo que ya existe. Cuando me preguntan en conferencias cómo lo hiciste, he dicho que escribí movido por la ira y el odio. Es que algo tiene que romperse y decirse.

Hillman hace una pausa, perplejo. «Esto también es curioso, ¿por qué no habría llevado un diario? Lo he pensado a menudo. Puedo plasmar un sueño. Pero creo que escribir para mí mismo parece una verdadera pérdida de tiempo. Sigo sin querer perder nada de lo que he escrito; quiero incorporarlo de alguna manera. Es casi como si quisiera aprovecharlo todo. Pero no es así».

En serio, tampoco. Quienes escriben diarios lo hacen para autodescubrirse. Robert Bly ha llevado diarios toda su vida y tiene un estante lleno de estos diarios, pensamientos fantásticos. Cuando se me ocurren ideas, quiero guardarlas en alguna de mis carpetas para algún tema en el que esté trabajando. Es curioso, porque escribir un diario es muy estimulante psicológicamente. En fin, es algo en lo que pensar.

REFLEXIONES DE CUATRO COLEGAS

WOLFGANG GIEGERICH, Alemania: «La brillantez y la riqueza de sus ideas y percepciones eran asombrosas. Sobre todo tipo de temas de las áreas más diversas (incluido el «azul alquímico» o el «amarillo», la psicología de la vejez, el poder político, la realidad de la guerra, el «carácter y la vocación»), una y otra vez presentó interpretaciones innovadoras, sorprendentes y verdaderamente esclarecedoras, enseñándonos a ver las cosas desde perspectivas completamente insospechadas. Con virtuosismo, utilizó material de un repertorio asombrosamente amplio de ejemplos tomados de campos muy diferentes y de toda la memoria cultural occidental (y no solo occidental), a menudo asociando imágenes o ideas aparentemente dispares de una manera significativa y estimulante. Huelga decir que sus percepciones fueron psicológicamente enriquecedoras».1

DAVID MILLER, Estados Unidos: «James intentó corregir la interpretación errónea de Jung insistiendo en la importancia de personificar en lugar de personalizar, en patologizar (es decir, profundizar) en lugar de salvar, en psicologizar o ver a través de una forma no literal, y deshumanizar en lugar de humanizar (es decir, egoificar). Su estrategia fue introducir al ego en las dimensiones inframundanas de la psique, en lugar de salvar al ego del inframundo y sacarlo de él. Siguió a Jung al considerar las neurosis humanas como mejores amigas, en lugar de como las enemigas que el ego convierte en ellas. Insistió en una perspectiva arquetípica (para él, «arquetípico» equivale a la palabra «importante» en la filosofía de Whitehead), en lugar de utilizar una psicología de arquetipos esencializados y sustancializados (que, según la definición de Jung, son desconocidos e incognoscibles).2

GUSTAVO BARCELLOS, Brasil: «En su obra escrita, los temas van y vienen, como en la música. No se imaginan linealmente y, de hecho, en mi opinión, podemos leer a Hillman comenzando con cualquiera de sus libros, al igual que con los escritos de Jung. Es un recorrido circular, con muchas entradas. Pero, en realidad, es con la metáfora óptica que comprendemos mejor su pensamiento. La imaginación teórica de Hillman es, digamos, más visual que táctil o auditiva. En su mayor parte, sus metáforas son ópticas: ver, revisar, observar, ver a través, considerar, contemplar, admirar. Este pensamiento siempre implica una nueva mirada a sus temas, una visión en perspectiva. Leerlo abre los ojos y, por lo tanto, también la mente y el corazón. Entiendo que este énfasis en la observación también forma parte de su «terapia».»3

SILVIA RONCHEY, Italia: «Es interesante que, a excepción de su primer libro, su tesis doctoral, todos los demás surgieron a partir de una solicitud, una entrevista o una conferencia. Siempre debe haber algo en el mundo real que impulse a James a trabajar, pensar y producir. En mi opinión, todas sus producciones pueden verse como un diálogo».

La gran idea de James —que en realidad no era una idea porque tiene que ver con algo probablemente irracional y con su intuición— es traducir los grandes descubrimientos de la psicología de finales del siglo XIX y XX en algo que no es médico, sino lo que la filosofía en sus inicios fue: una terapia para el alma o psique colectiva. Su reintroducción de la palabra «alma» expresa su vínculo con los platónicos y el pensamiento antiguo. Se dio cuenta de que tenemos que retroceder y de cuáles son los peligros del llamado progreso. Se dio cuenta de todos los problemas ecológicos y de otro tipo, y conectó estas preguntas que se plantean en el presente con las respuestas antiguas. Tiene que ver con la decepción del siglo XX con su propia historia, con la terrible violencia y la caída de las ideologías, y con nuestro miedo a la destrucción del mundo vivo. En estos términos, su pensamiento es político. Volvió al pasado sin ser reaccionario.

Los malentendidos sobre el pensamiento de Hillman siempre provienen de personas con intenciones metafísicas, cuando alguien intenta aplicar o transponer su pensamiento a una idea de trascendencia. A James le gusta llamar a sus indagaciones una investigación fenomenológica. No es creyente, sino hijo de la rama iluminista, escéptica y pragmática del pensamiento occidental. Un auténtico pensador occidental, y ya no nos queda ninguno. Ha transpuesto su experiencia a, digamos, una terapia del mundo entero. Por lo tanto, es un sanador. La gente dice leerlo y sentirse sanada. Tiene que ver con el misterio de algo planteado por Freud y absolutamente humano, el del inconsciente; el objetivo es adentrarse en el misterio. El misticismo proviene de misterio y de la palabra «muer», que significa tener los ojos cerrados.

Parte del trastorno, del sufrimiento. La cultura surge de la idea de los síntomas, la depresión, el descenso al Hades (la desesperación de los místicos). La formación del alma es un recordatorio perpetuo de la muerte, y la vida como preparación y meditación sobre ella. Así que es, en realidad, un pagano antiguo. La revolución del alma comienza en el individuo que sabe ser leal a su propia depresión. De esta manera, es antioccidental, criticando la tradición heroica del pensamiento occidental con el gran enemigo a vencer…

Luego viene la alquimia: una homeopatía de la psique, la recuperación alquímica de la psique en su ausencia. Un uso metafórico, una sensación de transformación a través de la imaginación. Azul y los azules, cielo azul, pero azul del alma alquímica. En griego, la palabra análisis significa disolver, analua, una palabra alquímica. Un círculo vicioso, pero significa que no debes buscar el lugar al que pertenecen los síntomas, sino el tuyo. Transparencia, libera los objetos y eventos de la comprensión literal, los traslada a una dimensión mítica, de vuelta a la antigüedad platónica. Crea libremente con fantasía y poesía, utilizando las armas de la belleza, el arte, la literatura, la poesía…

Los junguianos académicos sienten envidia, porque son esencialmente una secta. Exactamente lo que Hillman odia, como hereje: creencias, religiones, sectas. Recuerden que «hereje» viene del griego hiatus, que significa elección.4

DE DONDE VENIMOS, A DÓNDE VAMOS

El Volumen I de La vida y las ideas de James Hillman exploró «La formación de un psicólogo», desde sus orígenes hasta su infancia en el apogeo de Atlantic City, pasando por la atención a marinos ciegos durante la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, y luego su cobertura de la Europa ocupada como joven periodista antes de matricularse en la Sorbona y el Trinity College de Dublín. Fuimos testigos de sus viajes con su futura esposa, Kate Kempe, por África e India, tras lo cual terminó en análisis en Zúrich, donde conoció la imponente figura de C.G. Jung. Vimos cómo se convirtió en el primer director de estudios del Instituto Jung y cómo ganó popularidad como conferenciante y gracias a la publicación de sus primeros libros. Luego vino su escandalosa caída en desgracia, cuando se hizo pública su aventura con una paciente.

El Volumen II, «Re-Visionando la Psicología», abordó la creciente prominencia internacional de Hillman como inconformista en el campo de la psicología profunda, coincidiendo con su relación y posterior matrimonio con Patricia Berry. Seguimos a Hillman a través de su formulación, junto con Berry y Rafael López-Pedraza, de una psicología arquetípica posjunguiana, cuyas implicaciones y aplicaciones fueron desarrolladas por un grupo de jóvenes seguidores en lo que se conoció como la Spring House de Zúrich. Observamos cómo las nuevas ideas tomaban forma en la Spring Journal y en los libros que él mismo editó, así como en la reunión anual de académicos excepcionales de diversos campos, conocida como Eranos, y en las prestigiosas Conferencias Terry que Hillman impartió en la Universidad de Yale.

Seguimos su regreso a Estados Unidos después de una ausencia de casi treinta años, donde se instaló en la improbable ciudad de Dallas y pasó del mundo académico a formas de atender al anima mundi (alma en el mundo) en su nuevo entorno urbano. Después de seis años, Hillman se mudó de nuevo, llevando a Patricia Berry a una zona rural de Connecticut, donde su vida se entrelazó simultáneamente con la de poetas y un «movimiento de hombres mitopoéticos», en el que hombres de todos los ámbitos se reunían en las zonas rurales de Minnesota y California. Esta etapa de la vida de Hillman llegó a su fin con su separación de Pat y su encuentro con una joven artista llamada Margot McLean.

Ahora, en el Volumen III, a menudo seguiremos un camino no lineal, examinando temas de terapia, familia, colaboración, ecología, arte y la conexión de Hillman con Italia y Japón, junto con sus libros más populares que lo llevaron a los temas de los negocios, la vocación, el envejecimiento y la guerra.

Este volumen se diferencia de sus predecesores en que los capítulos son más temáticos que cronológicos. Los años de madurez de Hillman fueron narrados con asiduidad en cartas a sus padres y a su primera esposa. Lo mismo puede decirse del advenimiento de la psicología arquetípica, que se delineó de forma similar en intercambios escritos con su segunda esposa. Durante sus últimos años, esto ya no es así. Él y Margot, cuando estaban separados, se comunicaban principalmente por teléfono fijo. Si bien Hillman se inclinó ante las nuevas tecnologías, incluyendo un fax, rara vez usaba el teléfono móvil y nunca escribía correos electrónicos, prefiriendo que Margot y sus asistentes leyeran lo que llegaba y enviaran las respuestas. Simplemente pertenecía a una generación mayor y menos dinámica.

Cuando Hillman escribía cartas a amigos cercanos y colegas como Adolf Guggenbühl-Craig en Suiza, J. P. Donleavy en Irlanda, Wolfgang Giegerich en Alemania, o David Miller, Thomas Moore o Robert Bly en Estados Unidos, la prosa resonaba siempre con los matices distintivos de estas relaciones tan distintas. Siempre estaba llena de reflexiones psicológicas sobre lo que Hillman atravesaba y lo que percibía en los movimientos del anima mundi que lo rodeaba.

Como antes, además de su correspondencia, las entrevistas con Hillman y aquellos que lo conocieron proporcionan el contexto narrativo que culmina en cómo Hillman enfrentó fallas físicas y muerte en sus últimos años con Margot a su lado, dejando un legado para que otros pudieran continuar.

Repasemos la cronología que hemos recorrido, antes de comenzar este último volumen.

CRONOLOGÍA

(hasta el Volumen II)

1895: El abuelo Joel Hillman adquiere su primer hotel en Atlantic City.

1923: Su abuelo, el renombrado rabino reformista Joseph Krauskopf, muere en Filadelfia.

12 de abril de 1926: James Hillman nace en una habitación de hotel de Atlantic City.

Verano de 1936: Hillman realiza un viaje en automóvil por todo el país con su hermano y otros estudiantes.

Septiembre de 1939-febrero de 1943: Hillman asiste a la escuela secundaria en Atlantic City.

Verano de 1942: Hillman viaja a la Ciudad de México para estudiar español y comienza a relatar su vida en cartas a su familia.

Febrero de 1943-junio de 1944: Hillman asiste a la Universidad de Georgetown en Washington, D.C., trabaja a tiempo parcial como copista en la sala de redacción de una estación de radio CBS.

Junio ​​de 1944: Hillman se une a la Marina.

Verano de 1945: Hillman se inicia en la terapia, atendiendo a veteranos ciegos de la Segunda Guerra Mundial, como parte del Cuerpo Hospitalario de la Marina.

Junio ​​de 1946: Hillman acompaña a sus padres a Europa y se convierte en corresponsal de American Forces Network en la Alemania ocupada.

Principios de 1947: Hillman se inscribe en la Sorbona de París gracias al programa GI Bill.

Primavera de 1947: Hillman conoce a Kate Kempe en un club parisino y se enamora perdidamente. Hillman pasa un tiempo en Roma con el filósofo George Santayana.

Noviembre de 1948: Hillman se matricula en el Trinity College de Dublín. Entabla amistad con el futuro novelista J. P. Donleavy. Aquejado de tuberculosis, pasa varios meses en un sanatorio en Suiza.

1949: Hillman se convierte en editor asociado de Envoy Magazine, Dublín.

Diciembre de 1950: Hillman se gradúa del Trinity College con una maestría en filosofía.

1951: Hillman viaja con Kate y su amigo Doug Wilson a África.

Verano de 1951: Hillman y Kate van a Cachemira y se establecen allí, donde él comienza a trabajar en una novela.

Verano de 1952: Hillman conoce a Gopi Krishna en Cachemira. Hillman tiene un «gran sueño» en el Himalaya que finalmente lo llevará a un análisis.

Otoño de 1952: Hillman se casa con Kate en Estocolmo.

Primavera de 1953: Hillman y Kate se inscriben en el Instituto C.G. Jung de Zúrich.

1955: Nace la primera hija de los Hillman, Julia.

Abril de 1956: Nace su hija Carola.

1959: Hillman se gradúa Summa Cum Laude en la Universidad de Zúrich y recibe el diploma de analista del Instituto Jung.

1959-69: Hillman se desempeña como el primer director de estudios del Instituto C.G. Jung en Zúrich.

1960: Se publica el primer libro de Hillman, Emotion. Nace su tercera hija, Susanne.

Enero de 1961: nace el hijo de Hillman, Laurence.

Junio ​​de 1961: Jung muere; Hillman asiste al funeral.

Otoño de 1963: Hillman realiza una gira de conferencias por Estados Unidos con Adolf Guggenbühl-Craig.

Octubre de 1964: Hillman presenta un nuevo artículo sobre «Betrayal» en Londres.

1965: Se publica el segundo libro de Hillman, Suicide and the Soul.

Mediados de la década de 1960: Hillman se entera de que Kate mantiene una aventura con C. A. Meier, su analista. Posteriormente, se revela públicamente la aventura de Hillman con una paciente casada, y Meier se pone del lado del marido de la mujer en un juicio contra Hillman.

Marzo de 1966: Pat Berry llega a Zúrich procedente de Ohio, toma una clase con Hillman y pronto comienza el análisis con él.

1966: Hillman es invitado a estar entre los conferenciantes en la prestigiosa conferencia Eranos en el Lago Maggiore, dando una conferencia «On Psychological Creativity» a finales del verano.

1967: Se publica el tercer libro de Hillman, InSearch: Prychology and Religion.

Principios de 1968: Hillman y Pat comienzan un romance.

Otoño de 1968: Hillman se convierte en profesor visitante durante tres meses en la Universidad de Chicago y lleva consigo a su familia.

Principios de 1969: Hillman se ve obligado a dimitir como director de estudios en el Instituto Jung por el romance con una paciente.

Marzo de 1969: Hillman, acompañado por Pat y Rafael López-Pedraza, visita el Instituto Warburg de Londres, donde nace la psicología arquetípal. Hillman y Pat visitan posteriormente las ruinas griegas de Paestum.

Octubre de 1969: Hillman se convierte en director general de Spring Publications en Zúrich.

Primavera de 1970: Pat regresa a Ohio para cursar su maestría. Hillman publica el ensayo «Why ‘Archetypal Psychology’?» en su primer número de Spring.

Octubre de 1970: Hillman lleva a su familia a un viaje en velero a las islas griegas.

1971: Comienzan los seminarios de Spring House en Zúrich, centrados en obras oscuras del Renacimiento (Picatrix; Memory Theater); Pat ha regresado y participa.

Marzo de 1972: Hillman imparte las prestigiosas Conferencias Terry en la Escuela de Teología de Yale.

1972: Se publica The Myth of Analysis .

Octubre de 1972: Hillman lleva a su familia a Persia; el manuscrito de las Conferencias Terry es rechazado por la editorial de la Universidad de Yale.

Enero de 1973: Kate le pide a Hillman que se vaya; él se muda a Tesino y viaja con Pat a Egipto.

1973: «Anima» aparece en la primavera de 1973; «Abandoning Child» en Anuario Eranos 38.

Otoño de 1973: Hillman y Pat se mudan juntos a Yale, donde él es profesor visitante.

1975: Se publica Re-Visioning Psychology, nominado al Premio Pulitzer.

Otoño de 1975: Hillman y Kate finalizan el divorcio.

2 de febrero de 1976: Hillman y Pat se casan en Zúrich.

Finales del verano de 1976: En Eranos, Hillman da una conferencia sobre la psicología de la extroversión.

Otoño de 1976: Hillman es profesor visitante en la Universidad de Syracuse.

Enero de 1977: La Universidad de Dallas organiza la primera conferencia estadounidense sobre psicología arquetípal.

Enero de 1978: Hillman y Pat se mudan a Dallas, donde él impartirá clases en la Universidad. Allí establece la sede de Spring Publications.

1979: Se publica The Dream and the Underworld, junto con Puer Papers.

Verano de 1980: Los conservadores católicos clausuran la Universidad de Dallas, donde Hillman y sus colegas se reúnen. Fundan el Instituto de Humanidades y Cultura de Dallas.

Otoño de 1980: Kate muere de cáncer en Jerusalén con sólo 53 años; Hillman va a dar el panegírico.

1981: Se publica Loose Ends: Primary Papers in Archetypal Psychology.

Octubre de 1981: Hillman da una conferencia sobre Anima Mundi: Return of the Soul to the World en Florencia.

1982: Hillman imparte una serie de conferencias sobre cómo reimaginar la ciudad en el Instituto de Dallas.

1982: Hillman realiza su primer viaje de conferencias a Japón.

1983: Se publican Inter Views y Healing Fiction; también un ensayo sobre «The Animal kindom in the Human Dream» en el anuario de Eranos.

Verano de 1983: Hillman y Pat alquilan una casa de campo en la zona rural de Connecticut y él comienza a colaborar con el poeta Charles Boer.

1984: Aparece el primer estudio en formato libro sobre las ideas de Hillman, escrito por Roberts Avens.

1984: Se publica The Thought of the Heart.

Principios de 1984: Hillman da su primera enseñanza en el Roy Hart Theatre Group en Francia.

Junio ​​de 1984: Hillman y Pat abandonan Dallas y se establecen en Thompson, Connecticut; Hillman da dos conferencias en la Conferencia de la Gran Madre de Robert Bly.

1985: Se publica el Freud´s Own Cookbook con Charles Boer.

Verano de 1986: La fastuosa celebración del 60º cumpleaños de Hillman en Connecticut.

Otoño de 1986: Hillman enseña en su primera conferencia para hombres, en Minnesota, y se convierte en un asistente habitual allí junto con Bly y Michael Meade.

Septiembre de 1987: Hillman da su última conferencia en Eranos («Oedipus Revisited»).

Marzo de 1988: Pat se muda a un apartamento en Cambridge, Massachusetts.

Febrero de 1989: Margot McLean asiste a una conferencia de Hillman en Nueva York sobre «The Feeling of Myth», luego participa en un seminario de tres días sobre «Myth and Movement» con Hillman y Debra McCall.

Septiembre de 1989: Se presenta «The Yellowing of the Work» en el XI Congreso Internacional de Psicología Analítica, París.

1990: Hillman publica varios artículos surgidos de su trabajo con los grupos de hombres mitopoéticos.

Mayo de 1991: Conferencia de Hombres Multiculturales en Buffalo Gap Retreat en Virginia Occidental.

NOTAS

1. «La brillantez y riqueza de sus ideas…»: Wolfgang Giegerich, «An Assessment», 2011.

    2. James intentó corregir…»: David Miller, «In Memoriam».

    3. «En su obra escrita…»: «Slightly at Odds: James Hillman’s Therapy,» en A Tribute to James Hillman: Reflections on a Renegade Psychologist, Jennifer Leigh Selig & Camilo Ghorayeb (editors, Carpinteria: CA: Mandoria Books, 2014.

    4. Entrevista a la autora Silvia Ronchey, Roma, octubre de 2005.

    La transmutación del espíritu junguiano

    Ensayos

    Prólogo al Volumen 3 de la Colección de ensayos

    En el presente volumen, el tercero de esta serie, se entregan dos ensayos importantes en la obra de Wolfgang Giegerich y que resultan imprescindibles para entender la dirección de su pensamiento dentro de la dimensión de una psicología sustentada en la herencia daimónica de C.G. Jung, es decir, en la búsqueda de una psicología con alma.

    El primero es un largo ensayo denominado: “El final del significado y el nacimiento del hombre”, que tiene como subtítulo: “Un ensayo acerca del estadio alcanzado en la historia de la consciencia y un análisis del proyecto psicológico de C.G. Jung”. Este texto fue presentado por primera vez en octubre del 2003 en forma de conferencia en el Gremio de Psicología Pastoral de Londres y posteriormente se imprimió en el Journal of Junguian Theory and Practice, Vol. 6, del año 2004, donde se le dedicó el volumen completo a la discusión y crítica de dicho material, que causó revuelo entre sus lectores.

    El segundo ensayo: “‘Irrelevantificación’ o sobre la muerte de la naturaleza, la construcción del ‘arquetipo’, y el nacimiento del hombre” es una respuesta al texto de Marco Heleno Barreto, “The Death of Nature: A Psychological Reflection” publicado en la revista Spring en el 2006. En dicho ensayo el autor retoma la estructura argumentativa de su interlocutor para, en su crítica a la misma, mostrar el desarrollo de un abordaje psicológico asentado en el movimiento dialéctico del fenómeno y reitera algunas ideas que ya se habían tratado en su anterior ensayo sobre el final del significado.

    Como toda la obra de Giegerich, ambos ensayos suscitan polémica dentro del campo del pensamiento en el que se inscriben pues el colectivo formado alrededor de la obra de C.G. Jung se ha caracterizado por la poca labor crítica hacia los conceptos pensados por este autor, a diferencia de la elaboración constante que sucede en otras escuelas psicológicas. Por ello no es extraño que cualquier intento de reflexionar seriamente sobre la pertinencia de los mismos en su contexto psicológico resulte en un recibimiento defensivo ante ideas que promueven el refinamiento de un pensamiento tan importante como el de la psicología analítica.

    Sin embargo, Giegerich no se distingue por la inhibición para exponer sus ideas ni por una tendencia a acomodarse en lo que Jung llamó: “la psicología de prestigio”, al contrario uno de los lemas que acompaña su pensamiento es aquella máxima aristotélica que dicta: “amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”. Tal amistad hacia la verdad necesita ser aclarada en cuanto al compromiso del autor con el cuerpo de pensamientos que se denomina junguiano, para poder enmarcar las ideas tan importantes en estos ensayos no como un intento de olvidar a Jung sino como el esfuerzo por llevar a Jung más allá de él mismo.

    El propósito de ser leal a un cuerpo de ideas integra en su proceder la vía de la polémica, porque tal obligación presupone la contradicción inherente que da movimiento a todo proceso de verdadera reflexión. Un concepto es un animal que se devora a sí mismo para procrearse, por lo que su intención dialéctica inunda cada paso que da en el camino hacía sí. Aunque la confrontación pudiera parecer externa, realmente ocurre en la interioridad del fenómeno, donde el espíritu de la contradicción lo conduce a su hogar en la negatividad lógica que le corresponde.

    Cuando un pensador toma posición desde una escuela de pensamiento es porque ha encontrado entre sus conceptos seminales una afinidad con las ideas que le son más íntimas y extrañas al mismo tiempo, es decir, con aquello que supone el rizoma de una visión particular del mundo. James Hillman hacía la anotación de que el alma, fuera de su significación teológica, y vista como un proceso psicológico, debería ser asumida como una forma de ver, como el acto de transparentar a los fenómenos y llevarlos a la metáfora raíz a la que pertenecen, porque el alma es la reflexión sobre la imagen y la emergencia de su estructura mítica.

    Si bien en el lenguaje de Giegerich, se requiere un paso más, que supone la interiorización de dicho fenómeno en la noción, se puede observar que en la idea de Hillman hay un alma viva que exige ser entendida como un proceso en movimiento continuo. Así que la inclinación hacia una postura teórica es, al mismo tiempo, el percatarse de una noción que fluye de forma conjunta entre el autor y su obra.

    Hillman se concebía como un hijo de Marte, como un provocador que disfrutaba ver arder los dogmas, pero más que un gusto personal se podría pensar que tal tendencia respondía a la necesidad de la propia idea por representar su naturaleza bélica. Dicha inclinación confrontativa también existía en Jung, que entró en batallas, a veces terribles, con interlocutores que en ocasiones eran amigos muy queridos. De esta herencia marcial Giegerich no puede desembarazarse y al parecer ésta se ha instalado en la esencia de su trabajo, aunque él mismo afirma no tener esa intención.

    Así que ser amigo de la verdad, requiere a la vez encarnar en los propios escritos al espíritu de la contradicción que es el campo abierto del pensador, la dimensión agreste donde este se sumerge para no salir indemne, porque su vida ya no le pertenece del todo, ya que por un momento, en el momento del pensar psicológico, sus ojos se devuelven a la otredad para verse con mayor precisión. El ojo que se observa a sí mismo es el que le atañe a la dimensión del alma.

    Por lo tanto, esta mirada tautológica pertenece al orden de una psicología como disciplina de la interioridad, donde la noción puede aplicarse a sí misma de tal manera que es vista por el observador externo como un ataque frontal a las posiciones ya asumidas de un conjunto de conceptos institucionalizados, convertidos en formas anquilosadas a través de las cuales el flujo de la lava ardiente se ha solidificado para crear un suelo firme que dé la sensación de seguridad. Pero la noción no es aquello que se mantiene quieto, es en sí misma pura productividad, un avance continuo, pero no como la imagen de progreso sugiere, su trayecto es hacia abajo y hacia adentro, al corazón mismo de la obra.

    En esta lógica de trabajo es donde Giegerich toma partido por lo escrito por Jung y desde ahí distingue dos facetas en la teoría junguiana: una es aquella comprometida con el espíritu de los tiempos, donde las palabras y las categorías se han solidificado como en un dogma firme y han detenido su transcurso. La otra es donde habla el espíritu de las profundidades, la de la lava ardiente que avanza lentamente hacía sí misma, llena de ideas rampantes en el curso dialéctico que les da vida propia. Estas son, al menos, dos formas de concebir a la psicología junguiana, siendo la más común aquella primera que puede comprometerse con el cuerpo teórico prefijado, y la segunda, la que Giegerich retoma, la que se atreve a seguir la senda animada de las reflexiones.

    Sin embargo, una visión superficial de esta dicotomía podría asumir que ambas posiciones son igualmente válidas y que suceden una al lado de la otra, como dos aproximaciones paralelas que pueden ser comparadas de manera simétrica. No obstante, realmente, los dos abordajes suceden en lógicas completamente dispares. La visión que permanece con el concepto sin aplicarlo a sí mismo es un esfuerzo conservador por mantener el estatus quo prevaleciente dentro del campo intelectual; necesita afirmar y proporcionar un entendimiento fijo y estable. Es la fase de la solidificación de las ideas que envuelve su dinámica simbólica para salvarlas de la contradicción destructiva que es representada por los adversarios y las críticas externas.

    Cuando en los albores de la psicología analítica se planteó la posibilidad de la oficialización, el objetivo primordial era la defensa y la preservación de las ideas de Jung, pero él mismo tuvo serias dudas sobre la pertinencia de tal empresa. Se puede conjeturar que la reserva del autor expresa el discernimiento entre la vida abierta que significan las intuiciones teóricas y el peligro del anquilosamiento de las mismas en la brea de las necesidades académicas y sus sistemas burocráticos. ¿Cómo sobreviviría el espíritu de la contradicción a la hegemonía de una sola vía de reflexión?

    Pero en el desarrollo de la escuela junguiana se mostraron los atisbos de un daimón autónomo y creativo. El desarrollismo de Fordham o el politeísmo de Hillman, dieron un nuevo aliento a las repeticiones incesantes de los esquemas clásicos en el junguianismo. Estos avances no convivieron junto a las divagaciones de la teoría ortodoxa, surgieron de ella y expresaron un movimiento nuevo que pone atención en las propias necesidades de las ideas básicas. Constituyeron un camino de confrontación consigo mismas que las impulsó hacia una nueva perspectiva de sí.

    El avance de un cuerpo teórico no ocurre hacia fuera del mismo, su dirección tiende hacia su interioridad, como en la figura del árbol cuyas raíces crecen con dirección al cielo, el desarrollo de la noción sucede de manera ouroborica y se integra de tal guisa que no es posible retornar al momento anterior más que de forma artificial y neurótica, semejante al adulto que reacciona de forma infantil ante un problema, dando cuenta de la grave disociación de su condición.

    A este tránsito de lo manifiesto a lo eidético responde el vocablo aufheben, que significa a la vez superar, conservar y dejar atrás. Giegerich instala su obra, precisamente en la imposibilidad de dar un paso atrás en el proceso dialéctico. Su trabajo mora en la negación de lo que en la psicología junguiana ha sido un instante al que no se puede retornar de forma real, porque la noción ha desenvuelto facetas de sí misma que pertenecen al momento presente y que deberán de ser superadas por nuevas negaciones.

    El caminar del alma es aquel que no mira las huellas que deja, empero las conserva como parte de su cadencia, ellas están presentes en el ritmo de su andar lógico. Por esto mismo, mientras que desde la posición junguiana ortodoxa o desde la psicología arquetipal es posible ver lo que se ha denominado la psicología como la disciplina de la interioridad (PDI) como una alternativa entre otras, conviviendo en un nivel epistemológico horizontal; desde la PDI la alternativa es irrealizable, porque en ella el núcleo lógico latente en la psicología analítica se ha abierto hasta convertir lo que antes era un objeto externo en la noción sobre la que se sostiene. Su posición es vertical frente a las antiguas aprensiones de la idea del alma.

    En la PDI el concepto del alma es aquello que se ha vuelto al interior de sí mismo. Todavía en Jung el alma es tratada como un agente, como un hacedor de fantasías con órganos psicoides llamados arquetipos, no obstante a lo largo de sus escritos hay un esfuerzo patente por brindar un asiento al término seele en las categorías de análisis modernas, despojándolo de sus matices metafísicos propios de la tradición antigua, donde el alma era una suerte de cuerpo vaporoso que reflejaba en su naturaleza especular las cualidades del ámbito positivo. El surgimiento del paradigma científico catalizó la transformación del concepto de alma hacia formas más sutiles del mismo y permitió que se le pudiera concebir fuera de los círculos teológicos o de la creencia popular en los espíritus.

    En Jung, la noción de alma dio el salto hacia el pensamiento psicológico, no esse in re, ni esse in intellectu solo sino esse in anima; sin embargo, consciente de la destrucción de los asideros mitológicos de la modernidad, Jung pretendió salvar al alma conservando algunos factores caducos como la asunción de un mundo simbólico que ya no se correspondía con su época y que además encerró al fenómeno anímico en el nuevo proyecto del espíritu de los tiempos: el individuo egoico.

    Es hasta la obra de Giegerich donde se puede observar la admisión de un concepto de alma que ya no está fuera del fenómeno, en un mundo de eidola arquetípicas que como demiurgos provectos configuran los factores de la vida psíquica. El concepto de alma en Giegerich, al contrario, ha mudado su reposo en la materia y en las sustancias metafísicas, por un movimiento absoluto sin un ente que procure una causalidad a su dinámica. Es entonces que el alma puede ser comprendida como pensamiento que se piensa a sí mismo, en una referencia tautológica que se ha denominado: “La vida lógica”, que no es otra cosa más que el flujo negativo de las ideas por medio de significados compartidos que no tiene otros asideros en la positividad que los despojos de su actuar, mismos que sirven, a su vez, como cadáveres sobre los cuales la vida da un salto a su absoluta negatividad.

    El mundo actual y sus fenómenos no pueden ser aprendidos desde esquemas epistémicos que ya no pertenecen a su contexto lógico. Cada época histórica construye las representaciones más plausibles para poder asir su dinámica simbólica correspondiente y el psiquismo crea constantemente las condiciones para las expresiones de la realidad tal y como son requeridas por el espíritu de la época. Bajo ese entendido, el sujeto encuentra que el universo está dado de antemano y él mismo participa en la construcción creativa de este proceso, pero no es el hacedor sino un elemento más de una complejidad que lo abarca.

    La especulación de una dimensión arquetipal del psiquismo, cuya característica definitoria era la atemporalidad, permitió a Jung hipostasiar una fuente perenne de material creativo al que llamó el Inconsciente Colectivo, pero por su naturaleza éste se ubicó fuera de los fenómenos y así pudo contener la herencia simbólica perdida que Jung había diagnosticado como la enfermedad de los tiempos presentes y que provocaba el hambre de significado del hombre.

    Pero Giegerich insiste en que la falta de significado no es el verdadero padecimiento, al contrario, es el afán de lo que se ha perdido el esfuerzo neurótico desde el cual el individuo anhela una parte de la experiencia anímica que ya no es posible, porque esta se ha integrado en las nuevas formas simbólicas, mismas que, no obstante, permanecen despojadas de atención, por parte del sujeto, a causa de la negligencia de un paradigma revivalista cuyo miedo a la incertidumbre dirige su mirada hacia lo que una vez estuvo vivo, pero cuya vida verdaderamente ha sido sublimada en el movimiento lógico de la actualidad.

    Por lo tanto, el esfuerzo de una psicología con alma está puesto en atender al fenómeno tal como se manifiesta, pues es quizás una de las claves que distinguen a la psicología analítica de otras escuelas, su aceptación incondicional por los síntomas y los padecimientos, por lo patológico, como parte integral de la vida realmente vivida. Es la sombra lo que debe ser acogido como un huésped que, aunque incomodo, se sabe imprescindible para la constitución de una comprensión psicológica que se asuma como una disciplina cuyo objeto de estudio sea el logos del alma en el fenómeno.

    De esta manera, una óptica realmente psicológica descartará de su horizonte la tiranía del deseo personal acerca de como las cosas deberían de ser y se atendrá a la investigación puntillosa sobre como las cosas son para la psique. Se debe poner énfasis en el hecho de que el mundo es lo que la mente piensa sobre sí misma y es su noción la que al despojarse de su positividad provee de una dinámica interna que determina el rumbo de los sucesos. Nadie decide el paso de la historia del alma, ésta es su propia performatividad, actualizándose y superándose incesantemente.

    Es bajo tal visión del mundo que surge la pregunta sobre la fidelidad a la herencia daimónica de C.G. Jung, ya que atender sus conceptos y conservarlos realmente traiciona los principios radicales donde se fundó el corpus junguiano, como el compromiso inextricable con los fenómenos. Y ya que el mismo Jung no pudo llevar hasta su término tal vínculo de lealtad, ser junguiano exige no serlo, para atender la transformación constante de los conceptos y de los símbolos que quedaron como una tarea pendiente para el pensador. Detenerlos en ideas fijas significa haber injuriado la naturaleza dialéctica del movimiento anímico que se experimenta como la interiorización de los fenómenos en su noción.

    En cambio, seguir el legado de Jung lleva al pensador por la senda sinuosa de la obligación hacia el mundo, Giegerich suele decir que él quiere ser enseñado por la realidad, no transformarla. Así que traicionar lo junguiano es un requisito para guardar fidelidad al espíritu de la psicología analítica que observa la muerte de los símbolos como un tránsito cotidiano del alma dejando atrás sus viejos ropajes para vestirse con nuevas prendas lógicas que le permitan desenvolverse mejor en sus tareas presentes.

    Sobre la transmutación de los símbolos Jung especificaba, en su libro acerca de los tipos psicológicos, que éstos solo están vivos mientras pueden sostener la tensión del significado, pero una vez que lo implícito en ellos se hace evidente el propio símbolo muere para dar paso a una nueva representación que pueda contener la complejidad de la vida psicológica. Tales imágenes simbólicas no son creadas por los seres humanos, en su lugar son parte del impulso creativo de la psique que necesita estos soportes semánticos para dirigir su particular curso psicológico. Pero una vez que han cumplido con su labor, deben ser abandonados, a la vez que interiorizados, para dejar que nuevas formas de significado tomen su lugar.

    El alma se transforma, se trasmuta como la massa confusa para los alquimistas, pero no está contenida en ningún vaso ajeno, ya que ella misma es su absoluta contención. La contradicción inmanente la somete a la tortura de la calcinación, al desprendimiento de la disolución y a la putrefacción de sus elementos y así continúa la senda hacia el enrojecimiento de la materia. Giegerich ha indicado que las denominaciones oximoronicas de la alquimia (v.g. aqua permanens) responden a la naturaleza dialéctica del opus magnum hacia el cual apuntan. En ellas la consciencia expresa la tensión de los opuestos y muestra el paso de su mutabilidad. El alma es el lapis, pero a su vez es la massa confusa, el fuego y el atanor, el vaso y la soror mystica, es, incluso, el mismo alquimista sometiéndose al calor de la contradicción lógica.

    Una psicología asentada en el espíritu de la alquimia, como lo pretendía Jung, seguirá el dictado temprano de la psicología arquetipal por “apegarse a la imagen”, es decir, evitar la pretensión de saber más que lo que la imagen sabe de sí misma y permitir que ella sea el psicopompos que guíe a su catábasis, sabiendo de antemano, que viajar al inframundo requiere la propia desaparición del sujeto para que sea el Sí-mismo quien se someta a su individuación.

    Todo ello está contenido en la psicología de Jung pero no siempre es claro, el mismo Jung no siguió en todos los casos los dictados de sus propias intuiciones y estipuló que si el mundo yacía sin mitos habría que dotarlo de nuevas figuras míticas, de una comprensión mítica de la realidad y que ante la pérdida del significado era necesario encontrar nuevas fuentes del mismo. Pero entonces Jung pasó por alto la propia alquimia de los símbolos, no confió lo suficiente en la autonomía de la psique objetiva y se vio tentado a la inflación psíquica que implica el querer ofrecer un remedio para el mundo, sin considerar el hecho de que todo pharmakon es a la vez una cura y un veneno.

    Esta es la critica de Giegerich al proyecto de C.G. Jung, no al pensador como un ser humano que se ve compelido a seguir un tema, sino al concepto mismo que se actualiza en el cuerpo de ideas que el psicólogo trata de seguir escrupulosamente. Es esta noción la que permanece al calor del atanor en la reflexión de los fenómenos psicológicos por medio de un aparato de pensamiento que también es sometido al fuego de la transformación. Ser junguiano demanda la paciencia fría del pensar el pensamiento del fenómeno y esto es evidente al revisar cada uno de los textos donde Giegerich procura hacer justicia al espíritu de una psicología con alma, en ellos los lectores, a su vez, tienen el quehacer de, una vez más y siempre de nuevo, disponerse al desmembramiento de la comprensión cotidiana, para que de su negación surja, entonces, el propio pensamiento del alma.

    Los temas que el autor propone estudiar, en los siguientes ensayos y bajo la égida de la interiorización tal como se ha descrito son: la muerte de dios, la desaparición del contexto mítico de la consciencia, el nacimiento del hombre, la obsolescencia del significado, la sublación de la naturaleza en su concepto y la dialéctica histórica del alma. Todos ellos fenómenos de la psicología que en la estela del pensamiento junguiano constituyen un itinerario complejo, rico y desafiante que bajo la precisa pluma de quien, quizás, es la mente más avanzada en el ámbito analítico se vuelven ejemplos de un trabajo digno de ser llamado psicológico.

    Queda en el lector de estos textos procurar un oido atento a un conjunto de intuiciones que no son egosintónicas y que despiertan la polémica y la incertidumbre al confrontarlo con un mundo indiferente a las necesidades del hombre, empero esta es la única manera de ser uno mismo: desprenderse de la ilusión de volver a ser sostenido por padres metafísicos que contengan la angustia de la existencia. Este es el desafío de los siguientes textos, y de toda la obra del autor, que demandan que el psicólogo que los lea se conciba a sí mismo como un hombre nacido, capaz de poner en entredicho lo complaciente de la teoría analítica y adentrarse, por fin, en el reino salvaje del pensamiento.

    CDMX, 2023

    Presentación del libro «Psicologia do animus» de Wolfgang Giegerich 2024

    Traducciones

    Presentación de W. Giegerich en Thiasos, de la traducción al portugués de su libro «Animus-Psychologie».

    Transcripción y traducción de Alejandro Chavarria

    Lo primero que quiero decir es gracias a Marcus Quintaes y a todos los organizadores por este evento, por haberme invitado a hablarles esta mañana. Hola a todos, me pregunto si hay tanta gente participando en este evento de todo el mundo. Y después de estos pocos comentarios introductorios, comenzaré con lo que preparé para hoy.

    En 1948, se fundó el primer Instituto C.G. Jung en el mundo, el Instituto C.G. Jung en Zúrich. Hoy en día, parece que hay institutos de formación junguiana en todas partes del mundo. Curiosamente, el propio Jung se oponía al establecimiento de programas de formación y también a las sociedades de psicología analítica. Sin embargo, cuando se fundó el Instituto de Zúrich, Jung pronunció el discurso inaugural. Pero como Sonu Shandasani nos informó, comenzó su discurso según un testigo con un comentario, cito: «Mi abuelo fundó un hogar para niños retrasados, ahora estoy fundando uno para adultos retrasados». Fin de la cita.

    Imagínense, el Instituto C.G. Jung como un instituto para adultos retrasados. Qué golpe a las altas aspiraciones que conectamos con la formación de los futuros analistas, los analistas junguianos. No sé si Jung realmente dijo esto, ni cuáles fueron sus razones exactas para esta afirmación, si es que la hizo. Una idea que ciertamente estaba en su mente es que él, al igual que uno de sus discípulos, C.A.  Meier, se opuso a cualquier “cinta trasnportadora de la que salieran analistas prefabricados”, fin de la cita.

    Jung era muy exigente con los posibles analistas. Pero dejando aquí a un lado cuáles pueden haber sido las propias razones de Jung para la oposición a los programas de entrenamiento, me concentraré en lo que creo que es problemático con ellos.

    Es un problema, pero podemos distinguir diferentes aspectos del mismo. El primer aspecto es el del horizonte. En los institutos de formación, la atención se centra inevitablemente en los casos. El problema es curarlos. La orientación es principalmente práctica. La psicología analítica es entonces vista como una de las profesiones de ayuda, y explícita o implícitamente concebida según el modelo de la medicina.

    Por supuesto, además de los pacientes en el sentido más estricto, también están aquellos analizandos que simplemente quieren profundizar en su vida interior, y posiblemente someterse a un proceso de individuación en el sentido de Jung. Ciertamente, esto ya no es análogo a la medicina, pero, sin embargo, en lo que se refiere al horizonte mental y al enfoque en la persona del análisis en cuestión, no hay diferencia en el tratamiento de los pacientes.

    El horizonte en ambos casos es lo que sucede dentro de las personas, es el individuo. ¡Qué fatídico estrechamiento del horizonte mental de Jung, del enfoque de sus obras! En los muchos volúmenes de sus Collected Works, Jung nunca publicó una presentación de  lo que discutía en su psicología sobre temas como el simbolismo de la misa, los platillos voladores, la controversia de los universales en la antigüedad y en la edad media y, las ideas estéticas de Schelling, el Zaratustra de Nietzsche, los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola, el Árbol Filosófico, por mencionar solo algunos de una multitud.

    No tienen ninguna relación inmediata con la psicoterapia. Se ocupan de temas psicológicos, es decir, del alma como tales. Estos pocos ejemplos nos dan una idea de la amplitud y profundidad del horizonte psicológico de Jung.

    Los programas de entrenamiento de hoy en día comienzan por el lado equivocado. Van directamente a lo que se necesita para la preocupación práctica de tratar a los pacientes. Sin preocuparse antes por la adquisición del horizonte intelectual de la psicología junguiana por parte de los candidatos. Así, comienzan con una mezquindad, con un opus parvum, a pesar de advertir la pérdida de la gran conexión, afirman que el que niega lo grande debe buscar causas en lo pequeño. Es quizás similar a cómo sería si los que quieren convertirse en matemáticos fueran enviados a formarse a los departamentos de contabilidad de las empresas.

    ¿Qué le hace a la psicología junguiana y a las mentes de los miembros de la comunidad junguiana a largo plazo, si los junguianos de todo el mundo están entrenados para enfocarse en lo insignificante?, cualquier entrenamiento real en psicología, una psicología que merezca su nombre, debería ser de arriba hacia abajo. El horizonte de la psicología como estudio del alma objetiva debe ser lo primero. Y entonces no sería un programa de formación para profesionales, sino para psicólogos.

    Tendría que ser, por un lado, el desarrollo privado y el refinamiento psicológico de la personalidad del candidato. Y por otro lado, un entrenamiento muy personal de la mente para permitirle pensar los grandes pensamientos que el alma ha tenido en su larga historia. Sólo a partir de entonces, la mente así entrenada también podra dirigirse a los problemas humanos-demasiado-humanos de los pacientes individuales. Pero ahora veran estos problemas desde una perspectiva ampliada y desde la profundidad de un horizonte verdaderamente psicológico. Hasta aquí el primer aspecto.

    Un segundo aspecto, tal vez aún más grave, es que el enfoque en los casos solidifica imperceptiblemente la actitud y la creencia personalista natural que es la suposición tácita o explícita de que la gente o las personas individuales son el sustrato real, y el alma es un atributo de este sustrato. Algo que él o ella tiene de una manera similar a cómo las personas tienen un cerebro, un corazón y un estómago.

    Lo que esta creencia significa es que la psicología no tiene ninguna posibilidad. La psicología propiamente dicha sólo existe si para ella el alma es la única sustancia real de la que se ocupa la psicología. Si para ella, el alma es una realidad por derecho propio, una realidad objetiva y autónoma, y no algo sobre o en las personas. Las personas están en el alma, no al revés.

    Así también en este sentido, vemos que la formación convencional de los analistas junguianos comienza en el extremo equivocado. Comienza con los individuos y subsume la vida del alma en ellos, ubicándola en su interior. Pero, el único lugar legítimo del alma es la psicología, no la personalidad.

    ¿Por qué la psicología es el único lugar legítimo para el alma? Porque el alma no tiene realidad empírica. No es nada. No existe como el sol, la luna, los animales, las plantas y las personas, no como existen los órganos del cuerpo. Sólo existe como ideas, conceptos, puntos de vista, prejuicios, ficciones.

    De hecho, el término alma no es más que una forma de hablar mitologizante, una forma abreviada de referirse simplemente a la lógica y la profundidad de la vida cultural colectiva e individual en curso. Podríamos decir también a la fenomenología de su desarrollo lógico.

    En este caso, no hay más que un pequeño paso hacia el tercer aspecto del problema de la formación de las personas como analistas profesionales a través de los programas habituales de formación del Instituto. Este tercer aspecto es la fijación del objeto que necesariamente viene con un enfoque en el paciente y el analizando y es con la orientación de toda la consulta.

    Equivale a una separación entre objeto y sujeto. Es decir, entre lo que se observa en la consulta y la teoría psicológica con la que interpretamos y tratamos estos fenómenos observados.

    Así, los freudianos hacen una diferencia entre la fenomenología psicológica, por un lado, y la llamada metapsicología. Por otro lado, C.G. Jung, por el contrario, nos mostró que tal disociación entre sujeto y objeto, entre el hecho observado y la teoría o interpretación sobre el hecho, es insostenible en psicología. Es igual, por ejemplo, decir que hay personas que tienen una psicología freudiana o una psicología adleriana o junguiana. En otras palabras, la psicología es a la vez la teoría y la vida vivida de la que trata esta teoría.

    La psicología y el alma están urobóricamente entrelazadas. El alma es sujeto-objeto u objeto-sujeto. Por la misma razón Jung nos enseñó que las neurosis existen porque la conciencia tiene la actitud equivocada, las ideas equivocadas que no se adaptan a la realidad interna o externa de la persona. En otras palabras, según este punto de vista, la neurosis es una disociación de la psicología misma en dos. Es la discrepancia entre la psicología en la que creo y la psicología que realmente es.

    En relación con mi crítica de la fijación del objeto, debo mencionar los dos principales logros de Hillman. La primera fue la publicación de un libro de un joven analista de la posguerra, The Logos of Soul. La segunda fue su Re-imaginar la Psicología.

    Vemos que el verdadero tema de Hillman era la psicología misma, nuestro pensamiento, no las personas, no los pacientes, no el objeto. Habiendo dicho esto acerca de Hillman, ahora puedo llegar a nuestro propio tema en cuestión, mi libro Animus Psychology.

    Al igual que en el caso de Hillman, mi libro es sobre la psicología misma más que un libro de psicología sobre un objeto en particular, el Animus, por lo que uso el título psicología animus y no psicología del animus.

    En este libro, el título “animus” se usa como un adjetivo o atributo que califica a la psicología, y como tal especifica un punto de vista particular de la psicología discutida en el libro.

    En un libro de este tipo, también se debe discutir qué es qué es animus o qué se entiende exactamente por animus. No se trata del animus solo como un fenómeno particular de toda la gama de todos los diferentes fenómenos del alma, como el anima, la gran madre, el ouroboros, la sombra, etc.

    Pero, ¿por qué la psicología del animus en primer lugar? Puede que sea más fácil explicarlo históricamente, con el tiempo en que escribí y publiqué este libro. Desde el principio, me había comprometido profundamente con el impresionante trabajo de Hillman y había sido un firme partidario de la psicología arquetipal y colaborador de él. Y algún tiempo después de revisar la psicología, Hillman comenzó a cambiar un poco a lo que él llamaba psicología imaginal, y comenzó a descuidar otras opciones que en realidad todavía estaban presentes en su re-imaginar la psicología.

    De hecho, este mismo proyecto de re-visión es otro problema. Es un cambio lógico, un movimiento puramente intelectual, y precisamente no puede realizarse sobre la base de imágenes, ni explicarse imaginalmente. Sus ensayos sobre el ánima habían incluido claramente la importante idea de que el anima es un lado de la Sicigia, el otro lado de la tijera es el animus.

    Pero si el anima y el animus tienen polos opuestos, finalmente forman un par y están dominados por la tijera, entonces pensé que la psicología no debe elegir unilateralmente el anima y lo imaginal como su punto de vista decisivo o principio rector. Con el fin de ser una psicología de pleno derecho, debe esforzarse por llegar y tomar su posición en el punto teórico más elevado, la Sicigia, y aprender a ver los fenómenos psicológicos desde ese punto de vista más elevado de comprension.

    En el moviento de Hillman hacia una psicología predominantemente anima, es decir, hacia una identificación del alma con el anima y con la imagen, desde el punto de vista de la Sicigia, faltaba algo esencial. Hillman, por ejemplo, no pudo o no quiso incorporar la historia a su pensamiento psicológico, la historia del alma. Y no podía dar una respuesta verdaderamente psicológica a la modernidad a todas las tremendas abstracciones características del mundo moderno, más que estar en contra de ella.

    Su respuesta a la modernidad siguió siendo algo nostálgica, por ejemplo, del universo al cosmos. Esto no significa que no haya podido apreciar muchas de sus siempre estimulantes discusiones novedosas por derecho propio. Sólo significa que vi lo que para mi mente faltaba, y lo que por lo tanto sentí que se necesitaba suministrar. Este es el trasfondo histórico personal de mi libro.

    Y después de lo que dije acerca de la unilateralidad que creo ver en el Hillman tardio, comprenderán que la psicología animus no está destinada a eliminar el pensamiento imaginal en psicología, y a su atención en el anima en el sentido más amplio. El interés en el libro es sólo traer la otra mitad que falta, y apuntar a miras más altas para el punto de vista de mayor rango de la psicología de la Sicigia. La psicología debe ser como el mercurio alquimico, utriusque capax.

    Sin duda, la imagen que pinté de anima y animus, como una pareja unidos en la Sicigia, por muy correcta que sea, puede ser engañosa. Este sería el caso si se leyera sólo desde el punto de vista de un lado de la pareja, es decir, desde el punto de vista del anima, y no también desde el punto de vista del animus.

    Desde la perspectiva del anima, el anima y el animus tienen, como marido y mujer, naturalezas diferentes, pero están en el mismo nivel. Desde la perspectiva de animus, por el contrario, la diferencia entre ellos consiste precisamente en el hecho de que él es de un orden superior al anima, no en el sentido de que sea mejor, sino simplemente porque representa el poder de la negación, la negación lógica de lo que el anima produjo.

    El anima da a todo lo que le concierne la forma de imagen de las personas o cosas existentes, las representa como entidades. Como tal, establece o mantiene la unio naturalis. Por misteriosas y fantásticas que sean, mitológicas o fantásticas, las imágenes producidas, sin embargo, son parte de la realidad ordinaria. Aunque las sirenas, centauros, esfinges, no existen en la realidad empírica, son imaginadas como seres reales.

    Así, el ánima es el arquetipo de la lógica de la personificación y la sustanciación. También podríamos decir que es el arquetipo de todo el mundo imaginario, el Mundus Imaginalis, en el sentido de Corbin o de Hillman.

    El animus, por el contrario, es el arquetipo de la lógica de la negación. Pero la negación no significa que aniquile. Lo que niega es la inocencia o la ingenuidad de la forma imaginal, la forma de la semejanza de las cosas. El animus, podríamos decir con una palabra moderna, deconstruye, des-ontologiza, subla, destila, reduce a la estructura o a la forma conceptual.

    El ánima es ingenua porque ignora a su propio otro y sólo existe en virtud de su inocencia imperturbable. El animus no es inocente porque sabe de su otro, el anima. De hecho, sin ella, ni siquiera podría existir. Al estar dentro de sí mismo el conocimiento de sí mismo y de su otro, así como la relación con el otro, el animus es ya en sí mismo implícitamente toda la Sicigia.

    Cuando hablo del animus y me refiero a él como un «él», debemos ser conscientes del hecho de que estamos hablando del «animus» de «manera anima». Él es personificado, cosificado contra su propia naturaleza real. En realidad, no es una entidad, sino más bien un viento, su espíritu, puro proceso de negación.

    De la misma manera, el ánima no es una figura. Ella solo se presenta como tal. Nuestro hablar del anima es también un façon de parler anima. El anima mismo es como el proceso del animus, vida lógica, pero en contraste con el animus, no es un proceso de negación, sino de invención, de producción, de representación.

    Volviendo a esta descripción de la diferencia esencial entre anima y animus con respecto a la Sicigia como tal, vemos que la Sicigia puede verse como una unión de una pareja, muy parecida a una pareja casada, que sería el punto de vista inocente e ingenuo de la anima. Pero también puede verse como lo que realmente es, es decir, una contradicción interna. Y el hecho de que sea contradicción es lo que la hace que viva. La Sicigia como contradicción interna de sí misma es la fuente, o tal vez simplemente el nombre de la vida lógica del alma.

    Lo que les conté hoy no pretendía ser un resumen del contenido de mi libro, ni una introducción al mismo. El libro se explica por sí mismo.  Y para saber de qué se habla todo lo que contiene, hay que leerlo.

    Baste indicar aquí que se trata de un libro de gran alcance y que abarca toda una gama de temas, algunos de los cuales pueden resultar completamente inesperados, con sólo escuchar el título del libro, como el animus como el espiritu asesino como amor, o a modo de otro ejemplo, el tema de la Trinidad.

    Lo que quería hacer hoy con mi pequeño discurso era sólo contarles algo sobre la situación de fondo que hizo parecer necesario escribir este libro, y sobre los pensamientos que me motivaron. Y quiero saber que al final de mi charla, solo me queda agradecer, de corazón, a todos los que hicieron posible la publicación brasileña de este libro, sobre todo, a Sonia de Carvalho y André Dantas, y agradecerles a todos ustedes por su atención.

    Pregunta 1. Implicaciones del avance tecnológico y la IA.

    Sobre la inteligencia artificial y el alma, forma parte de la cuestión integral de la tecnología y el alma. Jung una vez señalo que en la modernidad, el espíritu ha descendido de sus alturas ardientes, que las estrellas han caído del cielo. Este es un evento que sacude al mundo. La pregunta para nosotros es, ¿a dónde, a qué lugar, han caído? La respuesta de Jung fue: «En el inconsciente». Ese es su error, un error fatal.

    No, han caído en la tierra en la materia y, por lo tanto, en la tecnología. La tecnología es espíritu, pero el espíritu como realidad terrenal, física, como hecho positivo. Espíritu encarnado en la realidad material empírica. La inteligencia artificial y su hermana, la investigación del cerebro, la fisiología neuronal, son el máximo ejemplo de que las estrellas han caído del cielo. Porque aquí vemos claramente este espíritu como realidad material.

    El alma no está en el inconsciente. Está en el desarrollo tecnológico continuo y en constante aceleración. Así también, la inteligencia artificial en sí misma como herramienta que utilizamos no es alma. Sin embargo, es producido por el alma.

    El inconsciente, por el contrario, no es más que un patio de recreo subjetivo, un poco como cómo algunas personas hoy en día juegan con trenes de juguete, con trenes de juguete. Es solo el opus parvum

    La segunda pregunta sobre el miedo a que la inteligencia artificial pueda reemplazar a los humanos no tiene nada que ver con el alma. Se refiere al ser humano ordinario, a todos los sentimientos o fantasías humanas. Yo diría que tales miedos en diferentes formas acompañan a todos los nuevos inventos tecnológicos. Pero la idea que subyace a este miedo no es plausible.

    La inteligencia artificial puede reemplazar ciertos tipos de empleos que ahora existen, pero también creará otros nuevos puestos de trabajo. Sin embargo, lo que realmente hay que temer es el daño a nuestra humanidad y a la cultura. Cuanto más personas utilizan la inteligencia artificial, más delegan su propia capacidad de pensamiento a algoritmos externos. Pero sin la práctica constante del propio pensamiento, del propio recuerdo, y sin el propio conocimiento sólido, la mente humana se atrofia.

    Pregunta 2. De la psicología animus a la vida lógica del alma

    Se podría decir que la idea principal de mi psicología animus es un precursor preliminar de la vida lógica del alma. O se podría decir que mi libro Psicología Animus presenta la psicología todavía vestida con el ropaje de un cuento mitológico sobre actores separados, personajes separados con anima y animus como figuras actuantes.

    En este sentido, mi libro es una presentación en una forma similar a la que también utilizamos si queremos hacer algo complicado, fácil de entender para los niños, es decir, la forma de una narración con personas o poderes personificados que hacen esto o aquello.

    Los niños pequeños necesitan sus dedos para hacer sumas y necesitan historias e imágenes para lo que realmente requeriría pensamiento conceptual. De otra manera, también se podría decir que al escribir este libro, entré en el juego convencional del lenguaje junguiano o en la jerga de la época. Y en su interior trató de expresar una visión de la psicología que va decididamente más allá de este juego de lenguaje.

    En mi trabajo posterior, anima y animus, por así decirlo, ya habían sido destilados químicamente, evaporado. Por lo tanto, su Sicigia había vuelto completamente a casa consigo misma. Y este medio se reveló a sí misma como simplemente el alma en su propia vida lógica, contradictoria, interna. Y como un proceso autopoiético.

    Esta es la razón por la que ya no necesité las tempranas muletas de Jung de animus y anima. No debemos olvidar que el origen del anima y el animus de Jung es la idea de que fueron concebidos naturalistamente para ser contrasexuales. El anima como parte de la psique de los hombres, el animus como parte de la psique de las mujeres, que es irremediablemente biologista y antipsicológica.

    La ilusión de la reparación psicológica

    Logos del alma

    El mundo es la perpetua representación de una violencia primera. La existencia, el resultado de esa violencia.
    Chantal Maillard

    La hipótesis junguiana de una psique objetiva atenta contra varios principios que rigen la visión cotidiana de la realidad. Uno de estos es la presunción causalista lineal de los fenómenos psicológicos, que indica que cada uno de ellos es el resultado de un momento anterior al mismo. En esta lógica se cimentan varios supuestos cuestionables de la psicoterapia actual, por ejemplo: la influencia de la niñez en el desarrollo de la persona, el rol de los padres en la construcción de la personalidad del hijo, el motivo del trauma como desencadenante de trastornos psicológicos y la idea del resarcimiento psicológico.

    En la lógica causal, cualquier situación sintomática se entiende como el estado inmediato de un suceso que ha marcado el destino de un proceso psíquico. El padre golpeador, la madre indiferente, el acoso escolar y otros hechos han violentado la existencia del sujeto y se supone que deberían desencadenar una serie de síntomas que perturbarán la vida de las personas hasta que éstas puedan encontrar la manera de reparar lo que otro ha estropeado.

    La persona agraviada siente el derecho y la necesidad de una reparación ante la falta padecida, asume que si ha sido dañada, quien cometió tal vileza tendría que compensarle de alguna forma, si bien esto es complejo en lo social, psicológicamente es impracticable. La fantasía de reparación exige que un momento de la existencia, que ha sido perturbado por la violencia, pueda ser restaurado a su antigua inocencia, como si la flecha del tiempo fuera reversible. Pero no lo es.

    Ser lastimado es ser lanzado hacia una experiencia turbia. Otrora, la vida había sido inmaculada, pero el maltrato o el abuso someten al individuo a la oscuridad de la naturaleza anímica. No obstante, lo que se experimenta no es únicamente la agresión del otro, sino que su amargo encuentro es con el rompimiento y el desgarro de la dimensión impoluta, puramente anima, de la consciencia. Es decir, que el perjuicio sufrido no hace otra cosa más que abrir la mirada a la existencia ineludible de la incertidumbre, de la otredad.

    Esta consciencia desmembrada es inevitable, ya que en el incesante devenir de las experiencias, que forman esa unidad ilusoria que se ha nombrado como “personalidad”, los embates de la vida son una constante del movimiento psíquico. La consciencia construye su estructura dinámica de forma continua a partir de la confrontación dialéctica con los sucesos, mismos que son interiorizados y reconstruidos en imágenes y conceptos, de tal manera que resulta más importante la misma reconstrucción (rememoración) que lo realmente vivido.

    Se puede haber tenido una infancia alegre o desgraciada, pero eso no es relevante, en cambio, lo importante es cómo estos hechos fueron asimilados por el desarrollo de la propia consciencia en sus imágenes y conceptos. Es evidente que son las representaciones anímicas el verdadero sujeto del desarrollo psicológico, no las personas; es el alma la que sufre, aprende y sana, no el hombre, quien solo sirve como escenario para el drama de las figuras oníricas que se encarnan en su deslustrada efigie.

    La psique autónoma recompone las fantasías de sufrimiento en el vaso alquímico de la elaboración de la consciencia. Así como el sueño recordado es el sueño reconstruido, la evocación de las vivencias no se refiere a algo que sucedió en el pasado, alude, en cambio, a una recapitulación del momento presente. Es la actualidad del fenómeno la que es sometida a la brutalidad del fuego del atanor e interiorizada dentro de sí misma hasta ser asumida como algo privado.

    Una vez que las experiencias han sido reflexionadas por el proceso psíquico, éstas ya no pertenecen al ámbito de lo positivo, han cobrado autonomía, se han vuelto negativas, liberadas de su aprisionamiento en la literalidad de la materia. No importa si se han padecido maltratos, si la vida ha sido injusta, si se ha experimentado la brutalidad de los semejantes, no hay que hacer un escándalo por ello, en el plano psicológico eso ya ha sucedido y ha sido integrado en la estructura psíquica.

    El dolor que otro causó es ya el dolor propio y, por lo tanto, nadie más puede hacerse cargo de él, nadie puede repararlo y no hay compensación posible, el mismo sujeto tiene que pagar el precio por esa experiencia y entenderla dentro de la definición particular de quien se es. Al fin y al cabo, la presencia del animus que irrumpe, es decir, la epifanía del otro, siempre es dolorosa. Es este ruido atronador o punzada lacerante la que acaece en el encuentro con la vida, con el otro, con el alma.

    “La vida es peligrosa”, dice Giegerich y no es posible eludir la destructividad de la realidad. El mundo está lleno de inconveniencias, pero estas dificultades son el terreno y el alimento del alma en la confrontación lógica consigo misma. Incluso, se puede alegar que vivir es subsistir en constante confrontación con lo que ya ha sucedido, porque la vida siempre es lo que ya ha pasado, se encuentra hecha y es tarea de cada persona ponerse a la altura de sus circunstancias.

    Por todo esto, la reparación de los daños no es posible, y la búsqueda de tal fantasmagoría condena a las víctimas a hundirse en el deseo regresivo de la restauración, anhelando el paraíso perdido al que la propia realidad impide el regreso. Nadie puedes ser compensado, pero esperar tal enmienda es el núcleo de lo que Freud nombraba como “la compulsión a la repetición” y que en el lenguaje popular se ha llamado “reiteración de patrones”. En esa redundancia subyace la esperanza de volver a lo que se ha perdido irremediablemente.

    Regodearse en la emoción experimentada o bajo la categoría de víctima, implica verse sumergido en un complejo y vivir como si el tiempo se hubiera detenido en el instante del daño, en un intento compulsivo por lograr el imposible resarcimiento. En cambio, permitir que la emoción se libere requiere dejar que lo pensado en dicha emoción la niegue y, entonces, el sujeto pueda atender el hecho de que la vida es dolorosa, que el daño ya ha ocurrido y que no hay una diferencia sustancial entre él y sus heridas.

    Ser uno mismo requiere permitir que el dolor haga su trabajo y, entonces, tomar responsabilidad de la vida en sus propios términos, no en los que el individuo desearía para sí mismo. Tal es la condición del alma objetiva, cuyo propósito autonómo (telos) ha de ser tenido en cuenta para diferenciarse del mismo y reconocerse como un ser expulsado hacia la muerte y someterse, por ende, a la naturaleza inmanente del concepto de hombre como criatura doliente y sin redención, pero solo por ello digno de ser lo que, de hecho, ya es.

    Interiorizar una frase subrayada en sí misma. Algunas reflexiones sobre ser «sólo eso»

    Traducciones

    Greg Mogenson, EE.UU.

    Capitulo 4 de Psychology as the Discipline of Interiority, compilación editada por Jennifer. M. Sandoval y John Knapp.

    Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

    Introducción

    Un amigo mío, un chico del campo, al igual que yo, se ahorró el costo de un viaje a la India, o de uno de los muchos cursos de meditación que tenía a su disposición en su localidad, inventando un mantra propio para cantarlo. Al oírlo, me pregunté cuál sería el mío. No importa que no sea meditador ni tenga planes de serlo, al menos no en el sentido habitual. El hecho de que mi amigo se hubiera inventado su propio mantra me hizo preguntarme cuál sería el mío. O quizá sea más exacto decir que me sirvió para darme cuenta de que ya sabía cuál sería mi mantra, es más, ¡que ya tenía uno en mente!

    «¡Sólo soy eso!»
    «¡Sólo soy eso!»
    «En última instancia limitado».
    «¡Sólo soy eso!»

    Adaptación de una declaración de Jung que aparece hacia el final del capítulo «Sobre la vida después de la muerte» de su autobiografía,1 estas son las palabras que me vinieron a la mente cuando me pregunté cuál sería mi mantra. Por casualidad, hace más de treinta años, recuerdo cómo mi espíritu se aceleró tanto al intuir su importancia que inmediatamente tomé mi pluma de lector y las hice mías. Aunque Jung era su autor, al mismo tiempo eran mías, ya que habían tocado una fibra sensible en mí. Y así fue como puse mi línea bajo las palabras de Jung. Pero aquí, ahora, al recordar aquel momento, me viene otro recuerdo. Con la misma urgencia me viene a la memoria que, cuando le preguntaron a Joseph Campbell qué yoga practicaba, la respuesta que dio fue: «¡Subrayar frases!».2

    Esta, sin duda, fue una respuesta espléndida. Campbell era un estudioso de los mitos. Con la pluma en la mano, pasó gran parte de su vida leyendo. Su práctica espiritual -su yoga- no era algo separado y al margen de esto, el eje principal de su vida. No era, a la manera de lo que Hegel diagnosticó como el mal infinito, algo externo, separado y limítrofe con sus actividades académicas finitas y cotidianas. Era más bien la interioridad meditativa de éstas.

    Subrayado especulativo

    De acuerdo con la caracterización que hace Campbell del subrayado de frases como una especie de yoga, en lo que sigue me detendré en esa línea de Jung que mi pluma de lector ha reclamado como mi mantra: me detendré en ella, profundizaré en ella, la leeré y releeré. También puede decirse que meditaré sobre ella. Sin embargo, a diferencia de mi amigo, cuya práctica meditativa consiste en interiorizar el sonido y el sentimiento de su mantra cantándolo en silencio, mi práctica meditativa consistirá en interiorizar reflexivamente la frase que con un trazo de bolígrafo he reclamado como mi mantra, no en mi interior, no en mí, sino contemplativamente en sí misma.

    Ahora bien, lo primero que hay que comprender al emprender esta empresa es la «unidad de la unidad y la diferencia» del subrayado de un lector y el texto subrayado. Hace muchos años, en una mesa redonda con James Hillman, declaré que mi subrayado de sus textos era tan inspirado como los propios textos, lo que me valió un «choca esos cinco» por mi comentario.3 Lo que quería decir con este comentario era la interdependencia mutuamente determinante y mutuamente constitutiva de la lectura y la escritura. Leer y escribir se implican mutuamente. De hecho, podría decirse que cada una es como el despliegue de la otra, incluso cuando se convierten fácilmente la una en la otra. Aunque empíricamente, por supuesto, el texto del autor es anterior al lector que más tarde se encuentra con él, a veces puede ocurrir que el subrayado de un lector, si se trata de un subrayado anímico, sea lógicamente anterior y conceptualmente más profundo que el texto original del autor.

    Limitándome a un solo ejemplo, recuerdo al analista junguiano Wolfgang Giegerich subrayando aquellos pasajes de los textos de Jung en los que éste habla de la falta de un punto de vista arquimédico de la psicología fuera de la psique.4 Giegerich, como se ha visto, ha sido un lector más profundo, serio y minucioso de estas líneas que Jung, su autor.5 Incluso podría decirse que su extensa autoría no es otra cosa que un largo y extenso subrayado en el que la idea seminal de Jung se aplica a sí misma y se libera en lo que implica universalmente como concepto. Y en este sentido, me viene a la memoria una respuesta que Giegerich dio una vez en una entrevista cuando le hicieron una pregunta sobre el hecho de haber escrito textos tan difíciles y desafiantes. Realizando lo que yo llamaría una inversión dialéctica, respondió hablando de sí mismo no como escritor, sino como lector. Cuando se trata de su propia lectura voluntaria, afirma Giegerich, sólo lee libros que aún no comprende. Por difíciles que sean esos textos, si al mismo tiempo resultan cautivadores por el interés que se ha puesto en ellos, esto demuestra, como afirma Giegerich más adelante, que «por debajo de mi no comprensión, el alma que hay en mí ya se ha incendiado por lo que leo, pero no comprendo».6 Esta, seguramente, es una experiencia familiar. Como lectores de Jung, Hillman y ahora también de Giegerich (por nombrar sólo a los escritores clave de nuestra tradición), probablemente todos leemos de esta manera, cogiendo el bolígrafo para subrayar aquellos pasajes que, aunque no entendamos, nos han encendido el alma.

    Ahora bien, a lo que Giegerich se refiere como «el alma en mí [ya] se ha incendiado por lo que leo», y a lo que yo, con un guiño a Campbell, me he referido como la práctica meditativa de subrayar frases, corresponde a lo que en la Psicología como Disciplina de la Interioridad se denomina autorrelación especulativa,7 por un lado, y a la dialéctica implícito/explícito,8 por otra. Nacida de la intuición antes mencionada de que para la psicología no existe ningún punto de vista externo, ninguna posición arquimédica exterior, la Psicología como Disciplina de la Interioridad se ocupa total y exclusivamente de desplegar las profundidades anímicas de cualquiera que sea el fenómeno que ha llamado su atención y que ha reclamado como propio. Digo «reivindica como propio» porque en la relación que aquí se establece, sujeto y objeto, yo y lo otro (esto, aquello y lo otro) no se encuentran separados, externos el uno al otro. Se trata, más bien, de su identidad especulativa, es decir, de una autorrelación de superación de la diferencia o de sublimación de la diferencia, en la que lo semejante conoce a lo semejante y la diferencia se considera como el despliegue de los matices de lo mismo. Como disciplina carente de un punto arquimedico, la psicología se encuentra a sí misma en sus tópicos y temas, del mismo modo que, según otro pasaje de Jung que estoy seguro de no ser el único en haber subrayado, «nos encontramos a nosotros mismos una y otra vez con mil disfraces en el camino de la vida».9

    Lectura meditativa

    Mis observaciones hasta ahora son suficientes para mostrar el carácter especulativo de las frases subrayadas. Teniendo esto en cuenta, podemos pasar ahora al tema del despliegue meditativo del significado especulativo de tales frases, o como también podría llamarse, la dialéctica de la lectura anímica.

    Al tomar una frase de un texto que nos mueve a subrayarla, o una situación de la vida que podría expresarse en forma de frase, la metodología psicológica se esfuerza por comprender su significado inmanente y su sentido intrínseco como una declaración del alma sobre sí misma. Como ya he dicho, se trata de que nos tomemos en serio la idea de Jung de que la psicología carece de un punto de Arquímedes, al igual que, por ejemplo, Giegerich ha hecho con su idea complementaria de que «para la psicología no hay Otro». O [más bien] el otro que hay es el propio otro ‘del alma’, su otro interno, es decir, él mismo como otro».10

    Tomado con este espíritu, el enunciado que se lee no se interpreta como un objeto o cosa separado de un sujeto observador a la manera de la observación empírica. La diferencia de conciencia que suele establecerse entre un sujeto, por una parte, y su objeto, por otra, tampoco se distribuye entre el lector y el texto, ni siquiera (y esto es lo más importante) entre el sujeto de la oración y su predicado. Se trata más bien de su identidad especulativa. Pero, más concretamente, ¿qué significa esto? Cuenta la leyenda que Lutero arrojó su tintero al diablo y a partir de entonces escribió con el diablo en su tinta. Al arrojar la tinta de nuestro subrayado a un texto concreto, podemos descubrir, de forma similar, que tanto nosotros, como sujetos lectores, como el tema que habíamos pensado que era el tema de una frase o un párrafo, se modifican especulativamente, se redefinen especulativamente.

    Digo «especulativamente» porque un pasaje de Hegel que subrayé una vez se transmitió de esta misma manera a mi propio pensamiento como psicólogo. En su Fenomenología del espíritu, Hegel habla de lo que se ha dado en llamar la proposición filosófica, la proposición especulativa o, más sencillamente, la frase especulativa. Curiosamente, dado lo que ya hemos dicho sobre la lectura de textos desafiantes, el contexto en el que se trata este tema tiene que ver con la orientación que Hegel ofrece con respecto a la queja que a menudo se levanta contra los libros de filosofía de que son tan densos y abstractos que cuando el lector llega al final de una frase o párrafo no está seguro de lo que parecían tratar hace un momento y tiene que volver sobre ellos de nuevo, incluso muchas veces quizás.11 Como dice Hegel: «Aprendemos por experiencia que [como lectores serios] queríamos decir algo distinto de lo que queríamos decir; esta corrección de nuestro significado obliga a nuestro saber a volver sobre la proposición y entenderla de alguna otra manera».12 Lo que Hegel quiere decir con esta descripción de lo que estoy seguro que es una experiencia de lectura familiar es que las sentencias filosóficas se autodefinen, o mejor dicho, se autoredefinen. No es porque estén mal escritas por lo que tenemos que volver sobre ellas. Al contrario, es porque nuestra primera comprensión del tema se ve a menudo completamente cuestionada al final de la frase o del párrafo, y nuestro sentido de su significado puede haber cambiado por completo.

    Por lo general, cuando leemos un texto o experimentamos acontecimientos de la vida, prevalece una firme distinción entre sujeto aquí y objeto o atributo allá. En sentido estricto, el sujeto se considera una sustancia que posee diversas propiedades y atributos, por un lado, y que limita e interactúa con cosas que le son externas, por otro. Expresando esto en términos gramaticales podríamos decir que el sujeto se caracteriza o se discute en términos de predicados que especifican cualidades. De un tema o asunto concreto se puede afirmar o describir esto, aquello o lo otro. La proposición especulativa, por el contrario, sublima esta manera ordinaria de cognición leyendo el predicado como un predicado esencial. Lejos de indicar una mera cualidad del sujeto, se considera que el predicado es el sujeto de nuevo, él mismo por segunda vez.

    Nuestra frase y su contexto

    «¡Sólo soy eso! ¡Sólo soy eso! Limitado en última instancia. Sólo soy eso!» Antes de examinar lo que Jung había querido decir con estas palabras, obsérvese que su frase principal – «¡Sólo soy eso!»– tiene la forma de una frase especulativa. Como los ejemplos de Hegel de tales oraciones, «Dios es el Ser» y «lo real es lo universal14 el sujeto de la frase de esta línea digna de mantra se encuentra una vez más en su predicado. Su «yo», aprendemos, no es «yo» en el sentido directo y presuntamente autoidéntico de «yo = yo» de la lógica formal y la gramática sujeto-atributo. Tampoco es, como podríamos haber supuesto a primera vista, una entidad positivamente existente que tiene esta, aquella u otra cualidad positiva. Más bien, leyendo y releyendo, su significado se revela a sí mismo a través del movimiento lógico del pensamiento que es dentro de su autorrelación como sujeto y predicado esencial. Se trata de una mediación. Reflejado en un predicado que, a pesar de las diferencias aparentes, se identifica expresamente como el mismo que él mismo, el yo sujeto se redefine más rigurosa y concretamente en su concepto. No es un yo que primero existe y luego, humillándose, confiesa que es «sólo eso». Al contrario, sólo existe en primer lugar como resultado de su propio despojamiento, es decir, en virtud de su sólo-eso.

    Pero, ¿qué había querido decir Jung con estas palabras? En su propio contexto, en su propia época, antes de que lectores como usted y yo las hayamos hecho nuestras con nuestro subrayado, ¿qué había querido decir cuando habló de que uno es «sólo eso»? En consonancia con el tenor de la obra de su vida en su conjunto, la afirmación de Jung está tomada de una época y hablada en una época en la que la formación religiosa del alma había pasado en gran medida a su forma sucesora, la psicología. Mientras que en una época anterior su tema habría sido la preocupación cristiana por la salvación del alma inmortal de uno, en su propia época, ahora psicológica, tenía que ver con ayudar al individuo de los tiempos modernos que está desprovisto de tal concepción a discernir lo que es esencial en su vida y a vivir en devoción a ello. Como Jung dijo en el párrafo inmediatamente anterior al que contiene su afirmación sobre ser «sólo eso»:

    La pregunta decisiva para el hombre es: ¿está relacionado con algo infinito o no? Esa es la pregunta reveladora de su vida. Sólo si sabemos que lo que verdaderamente importa es lo infinito podremos evitar fijar nuestro interés en futilidades, y en todo tipo de metas que no tienen verdadera importancia. … En última instancia, sólo contamos por lo esencial que encarnamos, y si no encarnamos eso, la vida es un desperdicio.14

    Jung, por supuesto, se refiere exclusivamente al hombre moderno, no a nuestros antepasados. Sólo en los tiempos modernos los hombres y las mujeres se encuentran ante lo que Jung llama «la cuestión decisiva». En épocas anteriores era totalmente distinto. Como ha dicho Giegerich, al no haber nacido todavía del alma, el hombre religioso había vivido simplemente con las respuestas para empezar.15 Plenamente provisto en lo metafísico, no se enfrentaba por sí mismo a preguntas esenciales, y mucho menos a la llamada «pregunta decisiva» que posteriormente llegó a plantearse al hombre moderno sobre si «¿está relacionado con algo infinito o no?». No tuvo que confesarse, y de hecho no podría haberlo hecho, como «sólo eso». La vocación, el género, los roles familiares, los cargos cívicos y las etapas de la vida simplemente tenían el carácter de infinitud incorporado, incluso cuando le fueron conferidos por una tradición todavía vital y antigua.16 Como alguien que tendría que decidir por sí mismo sobre estas cuestiones, el individuo aún no existía. Y aquí se podría argumentar, en el verdadero espíritu de Jung, que la psicología y su piedra de toque, el hombre como individuo, se constituyeron por la misma despojamiento que las palabras, «¡Sólo soy eso!», confiesan, admiten, reconocen como verdad. Porque, en efecto, es en contra y en contraste con la situación anterior del hombre religioso sabiéndose a sí mismo como ser en el alma, hijo de Dios y poseedor de una esencia inmortal, que uno se encuentra ahora siendo «sólo eso«.

    El capítulo de las memorias de Jung del que se ha extraído nuestro pasaje subrayado, «Sobre la vida después de la muerte», es un buen ejemplo. La declaración de Jung, digna de un mantra: «¡Yo sólo soy eso!», sigue a una larga discusión de una colección de sueños y experiencias a partir de los cuales había construido sus propias opiniones personales sobre la vida después de la muerte. Sin embargo, lo que hay que entender es que el tributo que Jung parece rendir a esta preocupación tradicional por el alma es en realidad una desviación de la misma. Nunca antes, en el pasado cristiano, la vida después de la muerte o el más allá había necesitado que se acumularan pruebas en apoyo de la inferencia de que podría ser así. Era simplemente un concepto existente, una fantasía comunitaria vital, una verdad del alma creída por todos en todas partes. Impartidas a través del sacramento del bautismo, la vida eterna y la salvación del alma inmortal tenían significado como verdades de este mundo durante toda la vida y antes de la muerte. La prueba no tenía nada que ver con ello. Sólo después del nacimiento del hombre -es decir, después de que naciéramos de la religión y la metafísica a la modernidad ilustrada- las dudas sobre la veracidad de la vida después de la muerte impulsaron esfuerzos empíricos como los de Jung para apuntalarla contra su evidente desaparición.

    La verdad de la época de Jung, por tanto, no era en absoluto la que él, como antiguo ejemplo del hombre moderno en busca de un alma, extraía anacrónicamente de su interior y plasmaba decorosamente en su Libro Rojo y sus memorias. Se trataba más bien, como había anunciado Nietzsche, de que Dios, y junto con él las esperanzas de los fieles de salvación en la eternidad de una vida después de la muerte, había muerto. Y esto, la idea de la muerte de Dios, no necesitaba más pruebas de las que había necesitado el Dios vivo en todas aquellas épocas anteriores en las que los símbolos de la deidad eran una expresión vital del alma comunitaria y de la lógica de la vida realmente vivida. Bastaba con que la idea pudiera formularse, bastaba con que pudiera anunciarse tan abierta y públicamente, sin que la tormenta de herejías cayera sobre la cabeza de su autor.17

    La diferencia empirismo/especulación

    Dije que el tributo que Jung parece rendir a la vida después de la muerte en su capítulo «Sobre la vida después de la muerte» es en realidad un alejamiento de esa verdad tradicional del alma. En efecto, basta con comparar las experiencias espurias y el material onírico a partir de los cuales improvisó sus opiniones personales sobre la vida después de la muerte con la realidad de peso que este concepto tenía como verdad comunitaria dentro de las doctrinas y sacramentos de la Iglesia para encontrar poco asombro en el hecho de que, rompiendo con su discusión sobre la vida después de la muerte, Jung pase a declarar en las últimas páginas de su capítulo: «¡Yo sólo soy eso!». En este caso, el déficit se debe a que Jung adopta un enfoque empírico de lo que tradicionalmente había sido una verdad especulativa. Aunque reconoce de buen grado que el tema de la vida después de la muerte está fuera del alcance de las ciencias empíricas, hace una apasionada defensa del beneficio que supone para la vida que cada individuo establezca para sí mismo una concepción empíricamente fundamentada de la vida en el más allá basada en «indicios que nos envía el inconsciente».18 Los individuos que son capaces de formular tales puntos de vista, afirma Jung, tienden a encontrar consuelo con ello. «Viven más sensatamente, se sienten mejor y están más en paz».19 Pero aquí debemos objetar: ¿de qué le sirve a un hombre ganar toda clase de seguridades psíquicas y perder el alma de lo real? Jung, sin duda, tiene razón en su opinión de que muchos individuos están más en paz cuando prevén que sus vidas continuarán de algún modo después de la muerte. Sin embargo, desde el punto de vista psicológico, no importa si la vida después de la muerte, o Dios en realidad, existe o no. Lo que importa, más bien, es lo que tales figuras muestran con respecto a la conciencia y dicen con respecto al alma durante las diversas épocas históricas.

    Sobre ser «sólo eso»

    Una vez establecido el contexto de la línea de Jung que he subrayado en su autobiografía, podemos entregarnos ahora a la tarea más meditativa de leerla especulativamente. A primera vista, de hecho durante casi toda la primera lectura, el capítulo de Jung «Sobre la vida después de la muerte» parece completamente sencillo. En consonancia con su intención de presentar experiencias que apuntan a la posibilidad de una vida en el más allá, sus frases tienen la forma de simples afirmaciones. Nunca nos queda ninguna duda sobre su tema. Sólo hacia el final del capítulo, sólo con los párrafos que culminan en nuestra afirmación «¡Sólo soy eso!», nos damos cuenta de que tal vez necesitemos «volver a la proposición» de todo el capítulo «y entenderla de otra manera».20

    Los párrafos que tengo en mente aparecen en las últimas páginas del capítulo. Después de haber compartido sus puntos de vista sobre la vida después de la muerte en las veinticinco páginas anteriores, Jung termina reflexionando anímicamente sobre esta vida. En comparación con la comodidad que se supone que fomentan las ideas que uno va desarrollando sobre la vida después de la muerte, estas reflexiones finales son más serias y psicológicamente rigurosas. Ya no tienen que ver con el ego y su compra del otro mundo, sino con lo que Jung, limitándose a este mundo y a esta vida, llama diminutivamente el único-eso-que-es-el-ser-uno-mismo. Todo un descenso desde el tema «paranormalmente» misterioso en que se ha convertido la vida después de la muerte en nuestros tiempos. Es como si, después de contar lo que él llama sus historias de fantasmas junto al fuego,21 Jung hubiera tenido que darse cuenta de que la kenôsis que caracteriza la autoexperiencia de la modernidad ya no puede evitarse.

    Más arriba he citado la línea con la que comienza este giro especulativo, aquella en la que Jung afirma: «La pregunta decisiva para el hombre es: ¿Está relacionado con algo infinito o no?». Más adelante, prosigue: «En última instancia, sólo contamos por lo esencial que encarnamos, y si no encarnamos eso, la vida es un desperdicio.» Y luego, en el párrafo siguiente, llegamos al clímax especulativo de todo el capítulo: El sentimiento de lo infinito, sin embargo, sólo puede alcanzarse si estamos limitados al máximo. La mayor limitación para el hombre es el «yo»; se manifiesta en la experiencia: «¡Sólo soy eso!».22

    Fíjate en lo que ha ocurrido aquí. En estas penúltimas frases del capítulo de Jung, lo infinito y lo finito se encuentran como la esencia misma de la autoexperiencia de este mundo. Ya no están distribuidos entre la conciencia y el inconsciente, esta vida y la siguiente, en una relación secuencial, externa, uno al lado del otro, o uno después del otro. Por el contrario, después de que Jung abandonara su antiguo intento de apuntalar las concepciones religiosas tradicionales de la vida después de la muerte con indicios empíricos extraídos de sus experiencias psíquicas, la relación entre lo infinito y lo finito puede reconocerse ahora como una relación dialéctica de este mundo. También podemos decir que se reconocen como una parte y una parcela la una de la otra, incluso cuando el yo como órgano de la verdad y alma de lo real se aviva y se produce al estar «limitado al máximo». Yo no soy más que eso.

    La psicología como el más allá de sus temas y materias

    Jung sabe, por supuesto, como dijo en otro contexto, que «el cielo y el infierno son destinos impuestos al alma y no al hombre civil [es decir, al ego], que en su desnudez y torpeza no tendría ni idea de qué hacer consigo mismo en una Jerusalén celestial».23 Sabe, como dijo el poeta Wallace Stevens, que «el cielo y el infierno/son uno, y aquí, oh terra infidel«.24 Tal vez por eso, en las últimas páginas de su capítulo, rompe con su discusión ego-consoladora sobre la vida después de la muerte, porque incluso aquí, en sus memorias personales, el verdadero psicólogo estaba trabajando en él después de todo. O tal vez, pensándolo bien, no sea Jung como autor de este texto a quien haya que reconocer el mérito en esta ocasión, sino a nosotros como autores de nuestro propio subrayado. Porque habiendo subrayado, como muchos de nosotros, la frase de Jung «¡Yo sólo soy eso!», somos nosotros quienes debemos demostrar que merecemos esa designación, aunque sólo sea volviendo sobre el capítulo del que hemos estado citando y entendiéndolo de alguna otra manera.

    He dicho que el carácter especulativo o anímico de una exposición sólo se hace evidente en lecturas posteriores. En consonancia con esto, puede observarse ahora que al comienzo mismo de su capítulo «Sobre la vida después de la muerte», en una afirmación que probablemente no hayamos tenido plenamente en cuenta hasta una segunda o tercera lectura, Jung declara que la totalidad de sus obras de psicología «no son fundamentalmente más que intentos, siempre renovados, de dar una respuesta a la cuestión de la interacción entre el ‘aquí’ y el ‘más allá'».25 ¿Pero cómo puede ser esto? Tipología, esquizofrenia, cristianismo, alquimia, cuentos de hadas, mitos, sincronicidad, ovnis: la lista de temas y asuntos de Jung es variada y diversa. ¿Qué pensar entonces de su afirmación de que las imágenes y pensamientos que le han sacudido con respecto a la vida después de la muerte subyacen en todas estas obras?

    Volviendo especulativamente a los últimos párrafos del capítulo para considerar de nuevo de qué se trataba en primer lugar, baste decir que la afirmación inicial de Jung de que sus trabajos en psicología no son más que «intentos… de dar una respuesta a la cuestión de la interacción entre el ‘aquí’ y el ‘más allá'» sólo tiene posibilidades de ser cierta si lo que luego dice sobre la vida después de la muerte no es más sobre el más allá en sentido literal de lo que lo que había dicho sobre la alquimia había sido sobre la alquimia en sentido literal.26

    Interiorizar la diferencia «aquí» y «más allá» en sí misma

    Antes hemos oído decir a Hegel que una y otra vez, en el curso de nuestra lectura, nos vemos obligados a volver sobre una proposición o un texto hasta que se nos revela una comprensión muy diferente de lo que se trataba en primer lugar. Explicando esto con más detalle en un pasaje relacionado, escribe que «El pensamiento… pierde la firme base objetiva que tenía en el sujeto cuando, en el predicado, es arrojado de nuevo al sujeto, y cuando, en el predicado, no vuelve a sí mismo, sino al sujeto del contenido».27 Lo mismo ocurre con la psicología. También la psicología pierde la firme base objetiva que parecía tener como ciencia empíricamente determinada de la psique cuando, en el espíritu de ser «sólo eso», se ve especulativamente arrojada de nuevo sobre sí misma por el carácter ya psicológico de los temas y materias que al principio se había planteado inconscientemente como tales. ¿De qué otra forma podría ser? Como dice Jung, reiterando su idea de que la psicología carece de un punto de vista arquimédico, «mientras que en todos los demás departamentos de la ciencia natural un proceso físico es observado por un proceso psíquico, en la psicología la psique se observa a sí misma, directamente en el sujeto, indirectamente en el prójimo».28 es decir, en otros campos.

    Ahora, con estas reflexiones, queda al descubierto la contradicción del texto de Jung. Recayendo en un estilo de pensamiento sustancialista, Jung designa la vida después de la muerte y la relación entre el «aquí» y el «más allá» como los opuestos de los que se ocupa. Adoptando un enfoque casi empírico de estos temas, la mayor parte de su capítulo tiene que ver con la edificación del individuo con creencias anímicas construidas sobre la base de sueños y otras experiencias psíquicas que pueden sugerir la continuación de la existencia personal en un más allá real. Pero aunque su exposición trata de esto, tampoco trata de esto en absoluto. Desde el principio, como ya se ha dicho, «la interacción entre el ‘aquí’ y el ‘más allá'» se describe como el tema esencial de sus numerosos escritos, independientemente del tema. Tomada al pie de la letra, la implicación de esta afirmación es que la psicología es el más allá de sus temas y materias, incluso cuando, «sublimada desde el principio,»29 sólo a través de la percepción de que han salido del «aquí» de su positividad como temas de su propia ciencia o de alguna otra, que es lo que quita el alma y constituye la psicología, pueden ser comprendidos en términos del «más allá» o de la infinitud interior de lo que su ser-para-la-conciencia dice sobre el alma.30

    Volver a mi mantra

    «¡Sólo soy eso! ¡Sólo soy eso! Limitado en última instancia. Sólo soy eso». Mi regreso a estas palabras dignas de mantra sigue a una serie de digresiones. Pero se puede argumentar que ésta es una característica familiar de la meditación en general. En el transcurso de cualquier sesión, la atención del practicante tiende a desviarse. Los sonidos distraen, las fantasías se apoderan, los pensamientos surgen. Durante segundos, e incluso durante mucho más tiempo, el canto puede cesar. Esto, sin embargo, no indica un fracaso en la meditación. Al contrario, es un momento inherente a su dialéctica. Porque así como la meditación implica la elaboración de los contenidos de la mente (a través de la cesión a los pensamientos y fantasías), también y en la misma medida está comprendida por su retorno negativo a sí misma como la forma o resultado de la sublimación del contenido de todo lo que ha elaborado. Y así es como, al darse cuenta de que está pensando en otras cosas, el meditador simplemente vuelve a la disciplina de su mantra una vez más como interioridad de lo que, desde una perspectiva más externa, simplemente es o ha sido.

    Ahora, por supuesto, nuestro compromiso meditativo en estas páginas está concebido de forma muy diferente a la práctica real de cantar un mantra. Como dije al principio, nuestra preocupación no es interiorizar el sonido y el sentido de un mantra en nuestro interior, sino interiorizarlo especulativamente en sí mismo. Pero dicho esto, la analogía que acabo de establecer con las digresiones e iteraciones que componen la dialéctica de la meditación real sigue siendo pertinente en nuestro contexto. El hecho de que en estas reflexiones hayamos tenido que hacer repetidas digresiones para hablar de la frase de Jung (incluso cuando el giro especulativo que contiene nos ha impulsado a volver a ella una vez más), es indicativo del hecho de que en la psicología de Jung hay mucho que trabajar.

    Lo que quiero decir aquí es que la psicología de Jung es una psicología en gran medida de contenidos. Jung, por ejemplo, escribe sobre el contenido de la neurosis, el contenido de la psicosis, y sobre las relaciones entre el yo y el inconsciente como opuestos concebidos positivamente, como entidades. Asimismo, en sus escritos, el yo no tiene carácter propio, sino que se habla de él como si tuviera el carácter de un objeto venerado (y a veces vilipendiado). Lo mismo ocurre con las verdades especulativas sobre las que escribió (el arquetipo de la madre, el renacimiento, etc.). Pretendiendo abordarlas empíricamente (cuando un enfoque especulativo se habría adaptado mejor tanto a ellas como a su visión de la falta de perspectiva arquimédica de la psicología), las estudió a la manera de un naturalista, es decir, como arquetipos frente a la conciencia, lo que equivale también a decir, como contenidos del inconsciente colectivo. Y eso por no hablar de la importancia que atribuía a que nos entregáramos a ese bochorno de riquezas que es la vida simbólica. Los junguianos posteriores, irritados por la búsqueda del mito y el símbolo, se han entregado a todo tipo de disparates en pos de su mito personal. Búsqueda de héroes, iniciaciones chamánicas, dioses y diosas en cada hombre y mujer: no es de extrañar que ya en 1966 Philip Rieff describiera la psicología junguiana como una «especie de religión para diletantes espirituales, que coleccionan símbolos y significados como otros coleccionan cuadros».31

    Surge la pregunta. ¿Cómo puede el sujeto junguiano pronunciar las palabras «¡Sólo soy eso! Aunque Jung, sin duda, también habló en ocasiones de la necesidad de «confesar con firmeza nuestra pobreza espiritual».32 su psicología del inconsciente colectivo parece habernos hecho multimillonarios a todos. Y sin embargo, estas palabras se pronuncian. Abandonando su antiguo esfuerzo por crear una vida después de la muerte para el hombre moderno (¡y me estremezco al pensar en la tumba de faraón que sería, dado el concepto de Jung del inconsciente colectivo!), se sumerge humildemente en su finitud en esta vida, enfrentándose a sí mismo y a su lector con la mencionada «cuestión decisiva» de si, en y a través de su finitud, está relacionado con el infinito, no después de la muerte, sino en esta vida.

    Reflexiones finales

    Se ha dicho que todos los escritos de un verdadero pensador no son sino el desarrollo en profundidad de un pensamiento. ¿Podría decirse lo mismo del lector, bolígrafo en mano, que se siente impulsado a subrayar tal o cual frase en el curso de una vida de lectura? Nuestros trazos como lectores, ¿son igualmente el desentrañamiento del pensamiento único que encontramos en aquellos autores que nos han reclamado como por nuestro propio otro que acelera el alma? Baste decir que, en tal caso, el subrayado se puede caracterizar, como lo he hecho aquí, como una práctica de yoga o meditación.

    Pero ahora llego al final de mis reflexiones. Haciendo un poco de digresión (para volver por última vez a esa línea especulativa que reivindiqué como mi mantra), quiero terminar con tres pasajes más de la obra de mis subrayados, uno de Yeats y dos últimos de Jung.

    Al final de su carrera como poeta, Yeats experimentó una sequía de inspiración. Durante seis semanas, busca en vano un tema poético digno. Finalmente, sin embargo, describiéndose a sí mismo como «un hombre roto», el poeta se da cuenta de que no hay nada para ello, sino que debe contentarse con su propio corazón. Y así, con éste como tema, «enumera viejos temas», los triunfos poéticos de su pasado. A éstos los caracteriza como sus «animales de circo», incluso es a partir de esta imagen que da título a su poema, «El abandono de los animales de circo». Menciono ahora todo esto para citar los versos de la última estrofa, pues éstos, según creo, pueden marcarse con un trazo de bolígrafo que es continuo con el trazo de bolígrafo que hace tiempo dibujé bajo la frase de Jung: «¡Yo sólo soy eso!».

    Esas imágenes magistrales porque completa
    Crecieron en la mente pura, pero ¿de lo qué empezó?
    Montón de desechos o barreduras de una calle,
    Viejas teteras, viejas botellas y una lata rota,
    Hierro viejo, huesos viejos, trapos viejos, esa zorra delirante
    Que guarda la caja. Ahora que mi escalera se ha ido,
    Debo acostarme donde empiezan todas las escaleras
    En la asquerosa tienda de trapos y huesos del corazón.33

    Son especialmente esas últimas líneas las que quiero subrayar aquí, las que afirman:

    Ahora que mi escalera se ha ido,
    Debo acostarme donde empiezan todas las escaleras
    En la asquerosa tienda de trapos y huesos del corazón.

    Pasando del yo-soy-sólo-eso de las líneas finales de este poema a mis viñetas sobre Jung, la primera de ellas está extraída del relato de Jane Pratt sobre un seminario que Jung impartió en Nueva York en octubre de 1937. Según la señora Pratt, la última de las presentaciones de Jung, una conferencia titulada «El concepto del inconsciente colectivo», fue en gran medida un fiasco debido a numerosas dificultades técnicas que interfirieron en el propósito didáctico de Jung. Aunque asistieron «los más destacados partidarios y detractores neoyorquinos de Jung… la ocasión», como explica la señora Pratt, «no fue propicia»:

    La conferencia… requería diapositivas, muchas, y un entusiasta seguidor se había ofrecido voluntario para proyectarlas, pero o bien las habilidades de este hombre eran insuficientes, o bien las diapositivas estaban poseídas. Se proyectaban al revés o invertidas, y se caían al suelo cuando él intentaba enderezarlas. Si Jung quería volver a ver una, avanzaban; si le decía que siguiera, retrocedían. Así que Jung permanecía de pie, puntero en mano, en una plataforma elevada ante su enorme audiencia, esperando a que aparecieran las imágenes correctas o apresurándose a comentarlas inteligentemente antes de que pasaran. Mientras tanto, sus seguidores sufrían. Reaccionando al principio con gran consideración ante la torpeza de su asistente, sus comentarios se hicieron más agudos por los matices -ya que los sentimientos negativos se apagan- y el sufrimiento de sus adeptos aumentó. Sin embargo, la desafortunada conferencia terminó sin que se destruyera nada básicamente humano, ni siquiera la relación de Jung con el asistente, quien admitió la justicia de cierta irritación. Sólo el embrollo y todas las interrupciones habían destruido por completo la continuidad del importante argumento de Jung. Más tarde se contó que le había dicho a alguien: «He sido analizado esta noche, como nunca antes«.34

    A propósito de la estrofa que he citado de Yeats, esta afirmación de Jung también tiene carácter de «¡Yo sólo soy eso! Creo que esto resulta aún más convincente cuando examinamos la transcripción de la charla improvisada que Jung dio en la cena de gala que se celebró esa misma noche y que marcó el final de su visita. Publicada bajo el título «¿Es la psicología analítica una religión?», Jung analizó en esta charla cómo la psicología, aunque no es en sí misma una religión, ha surgido en la estela de la religión que la precedió. En nuestro contexto, son especialmente dignos de mención sus comentarios sobre Jesús al final de su charla:

    Y recuerdan ese extraño incidente, la entrada triunfal en Jerusalén. El fracaso total llegó en la Crucifixión con las trágicas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Si se quiere comprender toda la tragedia de esas palabras hay que darse cuenta de lo que significaban: Cristo vio que toda su vida, consagrada a la verdad según su mejor convicción, había sido una terrible ilusión. La había vivido a fondo con absoluta sinceridad, había hecho su experimento honesto, pero no dejaba de ser una compensación. En la Cruz, su misión le abandonó. Pero como había vivido tan plena y devotamente, ganó el cuerpo de la Resurrección.35

    Al leer estas palabras, una mente retentiva recordará la ocurrencia que Jung había hecho a raíz de su entrada triunfal en Nueva York tras haberse ido de rositas esa misma noche: «Me han analizado esta noche, como nunca antes«. Pero permítanme citar algo más de esta charla, para que también pueda apreciarse el carácter de «¡Yo sólo soy eso!» de las siguientes frases de Jung:

    Debemos hacer exactamente lo que hizo Cristo. Debemos hacer nuestro experimento. Debemos cometer errores. Debemos vivir nuestra visión de la vida. Y habrá errores. Si evitas el error no vives; en cierto sentido puede decirse que toda vida es un error, porque nadie ha encontrado la verdad. Dios se hace hombre. Esto suena como una terrible blasfemia, pero no es así. Porque sólo entonces podemos comprender a Cristo como él querría ser comprendido, como un semejante; sólo entonces Dios se hace hombre en nosotros.36

    Ahora, mi subrayado final. Se trata de un comentario que Jung hizo después de que le recordaran una carta que había escrito a Freud unos cincuenta años antes. En esa carta anterior, Jung había escrito con mucho entusiasmo sobre la perspectiva, tal como él la veía entonces, de que el psicoanálisis pudiera reavivar entre los intelectuales el sentimiento por el símbolo y el mito, transformando suavemente a Cristo de nuevo en el dios adivino de la vid, que era, y de esta manera absorber esas fuerzas instintivas extáticas del cristianismo con el único propósito de hacer del culto y el mito sagrado lo que una vez fueron: una fiesta ebria de alegría donde el hombre recuperó el ethos y la santidad de un animal.37

    Una afirmación notable. Jung continuó:

    Esa era la belleza y el propósito de la religión clásica, que por Dios sabe qué necesidades biológicas temporales se ha convertido en un Instituto de la Miseria. Sin embargo, ¡qué infinito arrebato y desenfreno yacen latentes en nuestra religión, esperando ser conducidos de nuevo a su verdadero destino! Un auténtico y propio desarrollo ético no puede abandonar el cristianismo, sino que debe crecer dentro de él, debe hacer fructificar el himno de amor, la agonía y el éxtasis por el dios moribundo y resurgente… -sólo este desarrollo ético puede servir a las fuerzas vitales de la religión.38

    Pero lo que nos interesa no es tanto esta afirmación en sí como la diferencia que puede suponer medio siglo. Aunque hay mucho en los escritos posteriores de Jung que sugiere que realmente siguió este programa extático (estoy pensando especialmente en su autodenominación como terapeuta del cristianismo), cuando se le mostró esta carta unos cincuenta años más tarde respondió con considerable disgusto.

    Muchas gracias por la cita de esa correspondencia maldita. Para mí es un recuerdo desgraciadamente inexpungable de la increíble locura que llenó los días de mi juventud. El viaje desde el país de las nubes a la realidad duró mucho tiempo. En mi caso, el Progreso del Peregrino consistió en tener que bajar mil escaleras hasta poder tender la mano al pequeño terrón de tierra que soy.39

    «¡Sólo soy eso! ¡Sólo soy eso! Limitado en última instancia. Sólo soy eso». Tras reflexionar sobre la afirmación de Jung de ser «analizado esta noche, si nunca antes», su imagen de tender la mano al «pequeño terrón de tierra que soy» y los versos de Yeats sobre «la asquerosa tienda de trapos y huesos del corazón», volvamos de nuevo a este mantra en cuanto a la redefinición del propio sujeto junguiano.


    Notas

    1. Jung, MDR, 325.

    2. En una entrevista realizada por Jeffrey Mishlove, “Understanding Mythology with Joseph Campbell,” Campbell Recuerda haber dado esta respuesta a Allan Watts. http://archive.is/tPTd, downloaded September 14, 2016.

    3. Mesa redonda sobre el tema de “The Immortals” en el Festival de Archetypal Psychology, University of Notre Dame, South Bend, Indiana, July 12, 1992.

    4. Jung, CW 8, § 421, 429; Jung, CW 9i, § 384; Jung, CW 16, § 254; Jung, CW 17, § 161, 162, 163.

    5. Con respecto a esta afirmación, ver Wolfgang Giegerich, “Introduction,” en The Neurosis of Psychology (Collected English Papers, Vol. I) (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2005), 1–17.

    6. Wolfgang Giegerich, “Love the Questions Themselves,” in R. & J. Henderson, editors, “Enterviews” with Jungian Analysts, Vol. 3 (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2010), 279.

    7. Mi trabajo, “Entering the Speculative Mind,” presentado en el Summer workshop of The International Society for Psychology as the Discipline of Interiority, Chestnut Conference Centre, Toronto, Canada, July 20, 2013.

    8. Cf. Wolfgang Giegerich*, The Soul’s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology* (Frankfurt am Main; New York: Peter Lang, 1998), 45–50.

    9. Jung, CW 16, § 534.

    10. Wolfgang Giegerich, David L. Miller and Greg Mogenson, Dialectics and Analytical Psychology: The El Capitan Canyon Seminar (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2005), 26.

    11. G.W.F. Hegel, Phenomenology of Spirit, A.V. Miller, trans. (Oxford: Oxford University Press, 1977), § 63.

    12. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 63, p. 39.

    13. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 62.

    14. Jung, MDR, 325.

    15. Wolfgang Giegerich, “The End of Meaning and the Birth of Man: An essay about the state reached in the history of consciousness and an analysis of C. G. Jung’s psychology project,” in The Soul Always Thinks (Collected English Papers, Vol. IV) (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2010), 216–217.

    16. Wolfgang Giegerich, What Is Soul? (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2012), 299; also his Neurosis: The Logic of a Metaphysical Illness (New Orleans, LA: Spring Journal, Inc., 2013), 83–101.

    17. De acuerdo con este punto de vista, Jung escribe: «Cuando Nietzsche dijo ‘Dios está muerto’, pronunció una verdad que es válida para la mayor parte de Europa. La gente está influenciada por ello no porque él lo haya dicho, sino porque es un hecho psicológico generalizado… [Su declaración] tiene, para algunos oídos, el mismo sonido espeluznante que el antiguo grito que resonó sobre el mar para marcar el final de los dioses de la naturaleza: «El Gran Pan está muerto».” C. G. Jung, Psychology and Religion: West and East (The Collected Works, Vol. 11), ed. Sir Herbert Read and Gerhard Adler, trans. R.F.C. Hull, 2nd edn (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1975), § 145.

    18. Jung, MDR, 301.

    19. Jung, MDR, 301.

    20. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 63.

    21. Jung, MDR, 300.

    22. Jung, MDR, 325.

    23. Jung, CW 9ii, § 56, in Giegerich’s modified translation.

    24. Wallace Stevens, The Palm at the End of the Mind, ed. Holly Stevens (New York, NY: Vintage Books, 1972), 253–254.

    25. Jung, MDR, 299.

    26. Además de mi tesis sobre «la psicología como vida después de la muerte de sus temas y temas», vea la sección 1.10 of Giegerich’s What Is Soul? Aquí (ver especialmente las páginas 76-77) se señala que, si bien todos los diversos campos de estudio (por ejemplo, las humanidades, la historia intelectual, la lingüística, los estudios religiosos, etc.) reflejan el alma y, en esta medida, juntos proporcionan, aunque solo sea implícitamente, una psicología conmovedora, todavía se necesita una disciplina real de la psicología para estudiar lo que estos diversos campos, como expresiones fenomenales del alma, tienen que mostrar o decir sobre el alma.

    27. Hegel, Phenomenology of Spirit, § 62.

    28. Jung, CW 17, 161.

    29. Para una discusión de la sublatación fundamental de la psicología, consulte Giegerich, Soul’s Logical Life, 124; 191–201.

    30. Pertinente a estas reflexiones es una declaración que Jung hizo sobre la perspectiva de la muerte que está mediada por el Tibetan Book of the Dead:

    Es muy sensato que el Bardo Thödol deje claro al hombre muerto la primacía de la psique, porque eso es lo único que la vida no nos deja claro. Estamos tan atascados por las cosas que empujan y oprimen que nunca tenemos la oportunidad, en medio de todas estas cosas «dadas», de preguntarnos por quién son «dadas». … Se necesita una gran inversión del punto de vista, que requere mucho sacrificio, antes de que podamos ver el mundo como «dado» por la propia naturaleza de la psique. Es mucho más directo, más dramático, impresionante y, por lo tanto, más convincente, ver todas las cosas que me pasan que observar cómo las hago realidad.

    (CW 11, § 841)

    Para obtener más información sobre la psicología y su perspectiva de la muerte, consulte James Hillman, The Dream and the Underworld (New York, NY: Harper & Row, 1979). Also, Giegerich*, Soul’s Logical Life*, 22–24, 192.

    31. Philip Rieff, The Triumph of the Therapeutic: Uses of Faith after Freud (New York, NY: Harper & Row, 1966), 139.

    32. Jung, CW 9ii, § 28.

    33. W.B. Yeats, Selected Poetry (London, UK: Pan Books, Ltd, 1976), 202.

    34. William McGuire, ed., C. G. Jung Speaking: Interviews and Encounters (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1977), 94–95 (Cursiva mía). Quiero dar las gracias a Tom Kapacinskas por hacerme consciente de este texto en el Seminario East Aurora de 1998 y por su discusión de él como un reflejo de la propia desilusión de Jung con respecto a su hipótesis sobre el inconsciente colectivo.

    35. McGuire, ed., C. G. Jung Speaking: Interviews and Encounters, 97–98.

    36. McGuire, ed., C. G. Jung Speaking: Interviews and Encounters, 98.

    37. William McGuire, ed., The Freud/Jung Letters: The Correspondence between Sigmund Freud and C. G. Jung, trans. R. Manheim and R.F.C. Hull (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1974), 294.

    38. McGuire, ed., Freud/Jung Letters, 294.

    39. C.G. Jung, Letters 1: 1906–1950 (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1973), 19 (Nota 8 cerca de la parte superior de la página). Para una discusión perspicaz en la que la imagen de Jung de agacharse a sí mismo como un terro de tierra se interioriza en sí misma a la luz de su contradicción inherente, véase Giegerich, «El fin del significado y el nacimiento del hombre», 235-236. También hay un enlace hecho aquí por Giegerich con el «¡Solo soy eso!» de Jung

    La inocencia enantiodrómica

    Logos del alma

    “Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.”

    J. L. Borges, Deutsches Requiem

    La presunción de inocencia descansa en la idea de que el mal del mundo yace al abrigo de los otros, de aquellos que son intrínsecamente distintos y extranjeros de la parcela subjetiva donde se ha construido la identidad personal. Lo terrible surca los cielos ajenos y está al acecho de los bienaventurados. Por lo que las buenas almas pueden hablar libremente de los perversos, de los malvados, de aquellos que cargan el estigma que los distingue y les obliga servir como la morada de la sombra del bien. La buena gente debe guardarse de quien porta la oscuridad y propiciar su juicio para seguir siendo salvos.

    Sin embargo, en la carrera de los opuestos por llegar a su otro, la realidad pide ser concebida como la unidad de la unidad y la diferencia para hacer justicia al movimiento lógico de los símbolos que la componen, después de todo un símbolo es aquello que se reúne con su complemento una vez que ha sido separado. Los portadores del símbolo juntan los trozos incompletos que previamente han dividido para encontrarse y reconocerse. Por ello, el reconocimiento surge, primero, de la ausencia, de la expulsión exogámica del lugar que se considera como propio y que primordialmente es la experiencia del apartamiento del ser.

    Giegerich caracteriza a la consciencia como el alejamiento del hombre del ser, por ende el camino por rencontrar el núcleo conceptual de la vida consiste en la tarea del sujeto consciente por recoger y negar en el pensamiento lo que ya se ha perdido: la union naturalis, condición que es representada como el paraíso cuyas puertas permanecen resguardadas por espadas flamígeras. En esto consiste la vida simbólica: en un proceso ouróborico de unión y separación, solve et coagula. Es así que la escisión cobra un papel relevante en la dialéctica simbólica donde es el diablo quien se inmiscuye para propiciar la consciencia de la ruptura.

    La palabra diablo proviene del griego Διάβολος (diábolos), que significa aquello que atraviesa y separa. El diá-bolos es lo que propicia el sím-bolo, quien siembra la cizaña entre los hombres y causa la discordia aun entre los hermanos. Las función diabólica es la del espíritu de la contradicción que coincide con el papel de Mefistófeles en Fausto, el demonio de la negación que prefigura la dialéctica hegeliana, donde la realidad es la confrontación constante del fenómeno consigo mismo para llegar a ser lo que ya es.

    En consecuencia, quien se apega demasiado a un polo de su moralidad indefectiblemente traiciona la naturaleza dialéctica del Sí-mismo que lo estructura. Tanto quien se identifica con la sombra como el que se reduce a la bondad han cerrado los ojos a la dinámica simbólica que permea la realidad como su concepto nuclear determinante y han abandonado su naturaleza diabólica. Por eso las buenas almas, aquellas que condenan el mal del mundo, destrozan la realidad y guardan los pedazos en el cuerpo doliente de sus víctimas: los perversos, sin saber que ellos mismos son la fuente de lo despreciable al no atreverse a integrar la maldad en la mirada de sí.

    En el mito de Perséfone, Hades fue, previo al drama, raptado por su amor a Core, incluso antes del mismo rapto físico que separó a la niña de su madre. También es cierto que esta seducción guarda en su relato una matriz creativa que se expresa en la irrupción y la necesidad del victimario, ya que para que exista la inocencia virginal, ésta debe despojarse de todo elemento oscuro que le pertenezca, no se puede ser inmaculado sin antes dejar a un lado la mancha negra que es la propia sombra. Core requería la irrupción de Hades para develarse como Perséfone.

    Cuando el justo habla, lleno de seguridad, sobre la condena del criminal, no asume que tanto él como el delincuente (el asesino, el pedófilo, el genocida) comparten un destino común y constituyen las dos caras del mismo talismán que ha sido roto, en principio, para encontrarse en la otredad de sus semejantes. ¿Y quién acaso es un espejo más fiel que aquel que ha sido rechazado por su carácter monstruoso? ¿no se dijo hace tiempo: “amen a sus enemigos”?

    El pecado no es el crimen cometido, sino la huida de la consciencia del desmembramiento. La proyección y el olvido de la propia oscuridad en las espaldas de un chivo expiatorio que es devorado por los demonios del desierto, es el desvío de una verdad anímica no afrontada: que el alma se regocijó en la masacre por millones de años y del derramamiento de sangre nació a la consciencia de sí misma, por eso no rehuye la brutalidad, pero avanza hacía su concepto en el exterminio lógico de sus antiguas formas y quiere recordarlas elevándolas a la consciencia, integrando lo que al hombre le gustaría olvidar.

    Hades es, por lo tanto, la creación de Core, el producto de aquello que ha sido alejado de su conciencia, ella lo ha moldeado con la arcilla imprevista en sus manos y es la invención futura de su oportuno olvido. El inframundo cobra la forma justa del complemento del campo de narcisos en que la pureza juega el juego de la inocencia y, por ello, desde su punto de vista, el advenimiento de lo rechazado tiene que presentarse como una transgresión, como un hecho puramente violento. El animus deviene siempre despiadado.

    Empero, el inicio de la violencia no es el rapto, ni el ultraje, sino la posición de la víctima como inocente. La pureza es en sí misma enantiodrómica. Mientras interpreta el papel de alma buena, de la posición anima, el espíritu de la contradicción sujeta a su complemento dialéctico en el lugar sombrío que le ha sido deparado, solo para irrumpir posteriormente con sus ansias asesinas en la virginidad de la virtud. Pero Core debe ser ultrajada, Lucifer tiene que ser desterrado, Cristo precisa ser humillado y las esposas de Barbazul necesitan ser asesinadas, porque el alma requiere de la matanza, del diábolos, para llegar a su propia casa.

    Bienaventurados los de negro corazón, porque gracias a ellos existe el reino de los cielos y son la argamasa con la que los puros construyen el hogar de su santidad. Su voz clama desde el abismo por un lugar en la mesa del honesto, quieren compartir la sangre que sustraen de sus víctimas y devolverla al flujo perenne de la vida lógica que sumerge tanto al piadoso como al impío en su salvaje torrente, para finalmente no distinguir quien era uno u otro, pues volverán a ser lo que siempre fueron, la encarnación de una única noción viva.

    La (in)evitable búsqueda espiritual

    Logos del alma

    Una característica de la posmodernidad es, según Lyotard, el desvanecimiento de los grandes relatos, aquellos que dotaban de dignidad a la cultura y que indicaban al hombre la dirección de su esfuerzo en la dimensión universal de su existencia. Sin ellos, el sujeto queda a la deriva de su propia soberanía, desnudo, como Giegerich indica, de los asideros metafísicos que le daban sentido a su quehacer humano. Es entonces que la angustia y el vacío se hacen presentes como características propias del hombre nacido, aquel que se ha desprendido de los antiguos padres celestiales.

    Por ende, la búsqueda espiritual se inscribe en la carencia de un objetivo prefijado en la memoria del alma, ante esa falta el individuo que ha nacido no encuentra los lindes de su acción y en su desesperación acude a las doctrinas que le prometen un oriente común. Ya sea en la religión o en un grupo de apoyo, las personas desesperadas acuden en pos de una dirección existencial que les haga sentir el sostén de un ancla firme para no naufragar en su miedo a la desnudez metafísica.

    Pero el hombre nacido, ya no tiene escapatoria, está condenado a ser solamente él mismo. Su dimensión es aquella de la muerte de dios. Para él el mito ha dejado de ser dominante, éste se ha contraído en los múltiples relatos que pueden ser elegidos, como variadas rutas por donde el sentido artificiosamente trabajado puede transitar. El acaecer mítico se convierte así en una herramienta ideológica que promete el re-encantamiento de una realidad que no ha escogido el destino de sus símbolos.

    Por ello, la idea de la espiritualidad es irrelevante, o más bien son irrelevantes los lugares en los que se le busca. El discurso cultural dominante defiende la veracidad de la vida espiritual en la reinvención de las viejas religiones, de las antiguas creencias, de los mitos y otras cosmovisiones provectas. Supone que el presente no es suficiente, que algo en él es erróneo y que debe ser re-animado, es decir, reparado por aquello que se ha perdido y que resulta ser el pharmakon para el vacío contemporáneo. La antigua conexión con el anima mundi debe resarcirse y las esferas celestiales necesitan ser restauradas a su cauce.

    Es imprescindible un monto de inflación psíquica en el ser humano para creer que sobre sus hombros pesan las decisiones de un movimiento anímico objetivo, que las intenciones individuales se traducirán en dinámicas sociales y que el fiel de la balanza es la persona y su responsabilidad. Lo cierto es que el hombre vive en un mundo que ya ha sucedido, su propio cuerpo ha sido elegido sin preguntarle, su lenguaje y su idiosincrasia pertenecen al espíritu de los tiempos donde nace de forma contingente. Todo en su experiencia tiene el carácter de la fatalidad y excepto por algunas pequeñas decisiones sin importancia su destino lo ha elegido como un pretérito perfecto.

    Curiosamente, la espiritualidad es, antes que cualquier otra cosa, el sentimiento de pertenencia a un esquema cosmológico predeterminado. En tal sentido la religiosidad sigue siendo vigente, pero ya no en las formas simbólicas desusadas, más bien persiste en todo aquello que domina el paisaje cultural imperante y que no puede ser elegido, pues se impone como aquel contexto en el que el alma juega con sus propias imágenes e ideas. Esta danza inconsciente del espíritu de las profundidades no pregunta a las personas qué es lo mejor para ellas, tiene su propio telos que se configura como una decisión ya tomada desde el inicio.

    En el cuento “La lotería de Babilonia” Borges decía: “También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro que desde el techo de una torre se suelte un pájaro, otro que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena […]. Las consecuencias son, a veces, terribles”. Aquí Borges prefigura a la Teoría del Caos y la visión de los sistemas complejos, donde el contraste de lo tremendamente pequeño y sus consecuencias azarosas hasta el desastre pueden no ser entendidas de manera clara, pero precisamente esa es la idea central en la ficción borgiana, el universo tiene una dimensión indeterminada que el hombre no puede abarcar.

    Bajo el ala de una realidad compleja e incomprensible ¿Se puede acaso elegir lo que está bien y lo que está mal? ¿Se puede juzgar el paso de la historia y tratar de remediarlo como si se le conociera en su totalidad? ¿están los caminos de la posibilidad abiertos a la voluntad humana? ¿No es esta pretensión de omnisciencia un producto de la hybris moderna? Verdaderamente el ser humano camina a ciegas en el campo de la existencia y las consecuencias de sus pasos están siempre desdibujados por la diosa fortuna, que subyuga bajo el azar las pretensiones más grandilocuentes.

    Solo los bienaventurados rehuyen del hado, los que saben diferenciar entre el bien y el mal, y siempre están seguros de sus límites; quienes no claudican ante el motivo presente y para los cuales el mundo es blanco y negro. Ahí encuentran, impeturbables, lo correcto y allá lo que no lo es, y pueden juzgar todo fenómeno de acuerdo a su criterio personal. Para ellos hace falta más psicoterapia o más retiros espirituales, contactar con el niño interno, integrar el arquetipo femenino, sumergirse en el mundo de los sueños, pactar con el animal totémico; ellos tienen la clave, la última llave, porque han inventado la felicidad y saben como contagiar al mundo de la seguridad que los posee.

    Son los últimos de los hombres, sin embargo, quienes no intuyen que su fantasía y su necesidad están fundadas en aquello que no aceptan, en la ruptura y la vacuidad, pues solo con el rompimiento del sujeto con el mundo de los dioses puede surgir la imagen de la unión y la enmienda y únicamente quien ha dejado atrás la casa de los padres puede soñar con volver a ella. Realmente se puede elegir solo lo que ya no es importante. Por lo tanto, la búsqueda espiritual en las antiguas creencias se entiende como el anhelo de lo que ha sido dejado atrás por la propia alma del mundo.

    La creencia del sentido común es que el hombre concibe las ideas religiosas y que puede elegir entre ellas para sentirse mejor, que es capaz de desprenderse de la fatalidad si así lo desea, pero los dioses son el núcleo eidético de un momento determinado en la consciencia, no se les puede escoger, al contrario, todo sujeto está tomado por la divinidad desde su concepción, pues también él ha sido prefigurado como una idea, aun sin saberlo. La gente no inventa a los dioses, es incubada por ellos. Así, el ritual no se puede inventar, ni la religión se puede adoptar, éstos son el contexto inalienable de la vida lógica que preexiste a sus manifestaciones.

    La búsqueda espiritual es obsoleta, en principio porque no habría que buscarla, se la vive diariamente y la propia existencia es una ofrenda constante a esa nueva religión que convoca, el individuo es un adepto sin advertirlo, y para no saberlo mejor la humanidad se embarca en vías soteriológicas que prometen lo imposible: la recuperación de lo irrecuperable, el regreso al paraíso perdido. Pero el mundo es como es y estar frente a él es el verdadero desafío del hombre daimónico, aquel que se apresta, con su propia existencia, a la misa del Deus absconditus quien domina en los paisajes psíquicos devastados.

    Orfeo o el impulso de realizar lo femenino

    Logos del alma

    Las imágenes psíquicas son completas en sí mismas, representan su propia finalidad y la encuentran en la narrativa que construyen. El relato de las mismas es la trayectoria de una noción que se despliega en un plano pictórico y que constituye, a la vez, su propia vasija, la materia dentro de la misma y el calor que le da movimiento lógico. Esto es así para los mitos, los sueños y aquella trama onírica que se denomina como la realidad. Por ello, la labor psicoterapéutica consiste en asistir al desarrollo del guión implícito en la experiencia, sin desear que sea distinto.

    Por ejemplo, se puede pensar en el mito de Orfeo quien bajó al inframundo en busca de su amada y la perdió al ser engañado. Platón decía que en aquel episodio mítico la imagen de Eurídice no era la verdadera sino un simulacro que sustituyó a la que permanecía en los dominios de Hades. Orfeo emprende así un viaje únicamente por una imagen, porque acaso lo más amado es la imaginación, aquella poíesis divina que otorga profundidad a la realidad, por ello este hombre fue capaz de enfrentarse al Cancerbero y yacer frente al trono de Plutón y Perséfone, únicamente para ofrecer su propio deseo vacío en prenda.

    Orfeo no debía mirar hacia atrás, sus ojos tenían que permanecer al frente, pero languidecieron, el miedo a perder a su mujer y el regocijo por sentirse cerca de la meta, lo obligaron a voltear la mirada y entonces Eurídice, la gran justicia, se desvaneció. ¿Acaso no estaba previsto que los muertos no tienen más lugar en el hogar de los vivos? Los muertos lo son porque su imagen ha abandonado la literalidad de la carne, se han marchado de su forma positiva para ser, por fin, la metáfora raíz que yace irremediablemente en el reino de la psique.

    Morir es permitir que la imagen viva se alimente del cadáver que ha sido y se muestre en su naturaleza prístina. Es la constitución de un fantasma que se interpone entre el sujeto y el objeto de su deseo. Éste último nunca debe cumplirse ya que no pertenece al mundo de los vivos, es un objeto oscuro que guarda en sí mismo, en la masa infinitamente condensada de sí, la totalidad del inframundo. Por ello, Orfeo no puede recuperar la union naturalis de la mujer y su imagen; ellas se han separado para permanecer finalmente juntas. Orfeo no recobra, jamás, la imagen perdida, ésta se ha disuelto en la consciencia de la consciencia.

    Es justo decir, que una imagen no pude permanecer demasiado tiempo en el mundo diurno, su reino no es de este mundo, las contradicciones inherentes instan a que la negatividad dialéctica pronto haga su tarea y que de la imagen surja la noción estructural que guía a la forma pictórica a su hogar lógico, mismo que ha de descomponerse en la representación para liberar el concepto implícito. Este tránsito es el destino de los ídolos, tal como se observa en las teorizaciones de la psicología profunda, es el paso del objeto imaginado a su interiorización como una imago o como un complejo construido alrededor de un modelo arquetipal.

    Hijo de Apolo y Calíope, Orfeo tenía el don de calmar a las bestias con su musica, pero también traía tranquilidad al alma de los hombres, lo cual indica el parentesco entre el anima y lo animal, ambas expresiones de la vida que aun yace sumida en el adormecimiento de lo material y que requiere ser cultivada, es decir negada, para ser liberada de su aprisionamiento en la fisicalidad. Pero el éxtasis de la musica es una vía que no necesariamente se vuelve reflexiva, es común que la musica avive o adormezca la vida emocional de la psique, pero no provoca una diferenciación de la misma, la emoción permanece en el mudo estertor de la expresión concreta.

    No basta con exaltar la emoción, pues como decía Jung “ser emocional ya va camino de una condición patológica”. La emoción guarda, también, en su corazón, un concepto que le brinda sentido y que, por lo tanto, espera agazapado a que su explosiva actuación despeje la vía de la comprensión por la cual su forma lógica transitará hacía sí misma como lo pensado en el propio pensamiento del fenómeno. Pero permanecer y adorar la expresión emocional es una forma de literalizarla, propia de las teorías psicológicas que desprecian la postura teórica y exaltan la búsqueda del insight y del shock emocional.

    En una cultura que tiene por objetivo asimilar la otredad al ideal del individuo atómico, la promoción de la emocionalidad sirve para sus fines comerciales. La publicidad procura impresionar a los consumidores, despertar en ellos la ansiedad y la angustia propias de la modernidad y ofrecerles un sustituto que los conmueva profundamente pero que anule su capacidad crítica. Y la psicología junguiana comulga con este propósito al confundir la experiencia numinosa del tremendum con la presencia de un dios vivo que confirma su tratamiento. La emocionalidad como sinónimo de curación y bienestar.

    En otro momento Orfeo rechazó el amor de las sirenas, mitad mujeres, mitad aves de rapiña, una imagen iterativa, un pleonasmo, pues qué es la mujer sino lo misterioso que desgarra, aquello que ata con el hilo del destino; no es extraño que su esposa Eurídice haya preferido morar en el submundo, el hogar del alma, y que el pobre Orfeo haya terminado sus días despedazado por las bacantes. Hay en esta historia un impulso por reificar a la mujer perdida, aún cuando ésta has sido metaforizada y llevada a su forma más sutil.

    Quizás Orfeo fue quien instigó a Jung a vanagloriar la asunción de Maria, un asunto demasiado humano, como un suceso del alma. No se dio cuenta de que la mujer hace mucho tiempo que se había liberado de lo femenino, que ya los patrones arquetipales la habían condenado a vagar desnuda por el mundo, con la marca imborrable de tener que ser ella misma. Mientras tanto lo femenino, que un día fue una diosa de la naturaleza, luego un cráter y por fin un sustrato lógico, ha emergido como la noción puramente negativa que siempre fue, la Pistis Sophia.

    El mito de Orfeo es el mito del alma que no debe salir del inframundo, que ha de encerrarse en sí misma, interiorizarse; y del asesinato necesario del ego, en la manía, ante el fracaso de intentar guiarla, sin saber acaso que amar al alma es sumergirse en sus aguas, pues ella es el camino hacia la verdad y la verdad en sí misma, y también que entregarse al otro es, esencialmente, ser despedazado. Un caso distinto al de Orfeo es Butes, quien al escuchar el canto seductor de la sirenas se lanzó al mar listo para el amor y para la muerte, por supuesto fue bendecido por Afrodita y su estirpe se multiplicó como la espuma del mar.

    No obstante, más allá de la comparación entre un mito y otro, el psicólogo requiere asumir que el relato que escucha tiene su propia finalidad en sí mismo, que está herméticamente cerrado sobre sí. Orfeo debe perder a su amada y desear, ilusamente, rescatarla, necesita querer realizar lo femenino en la mujer para encontrar el fracaso ineludible, debe vagar solo por el bosque, tiene que despreciar el horror de la sirenas y precisa ser despedazado por las bacantes, su destino es ser consumido por el afán de su deseo, y está bien que así sea, eh ahí la esencia de la psicoterapia.