Orfeo o el impulso de realizar lo femenino

Logos del alma

Las imágenes psíquicas son completas en sí mismas, representan su propia finalidad y la encuentran en la narrativa que construyen. El relato de las mismas es la trayectoria de una noción que se despliega en un plano pictórico y que constituye, a la vez, su propia vasija, la materia dentro de la misma y el calor que le da movimiento lógico. Esto es así para los mitos, los sueños y aquella trama onírica que se denomina como la realidad. Por ello, la labor psicoterapéutica consiste en asistir al desarrollo del guión implícito en la experiencia, sin desear que sea distinto.

Por ejemplo, se puede pensar en el mito de Orfeo quien bajó al inframundo en busca de su amada y la perdió al ser engañado. Platón decía que en aquel episodio mítico la imagen de Eurídice no era la verdadera sino un simulacro que sustituyó a la que permanecía en los dominios de Hades. Orfeo emprende así un viaje únicamente por una imagen, porque acaso lo más amado es la imaginación, aquella poíesis divina que otorga profundidad a la realidad, por ello este hombre fue capaz de enfrentarse al Cancerbero y yacer frente al trono de Plutón y Perséfone, únicamente para ofrecer su propio deseo vacío en prenda.

Orfeo no debía mirar hacia atrás, sus ojos tenían que permanecer al frente, pero languidecieron, el miedo a perder a su mujer y el regocijo por sentirse cerca de la meta, lo obligaron a voltear la mirada y entonces Eurídice, la gran justicia, se desvaneció. ¿Acaso no estaba previsto que los muertos no tienen más lugar en el hogar de los vivos? Los muertos lo son porque su imagen ha abandonado la literalidad de la carne, se han marchado de su forma positiva para ser, por fin, la metáfora raíz que yace irremediablemente en el reino de la psique.

Morir es permitir que la imagen viva se alimente del cadáver que ha sido y se muestre en su naturaleza prístina. Es la constitución de un fantasma que se interpone entre el sujeto y el objeto de su deseo. Éste último nunca debe cumplirse ya que no pertenece al mundo de los vivos, es un objeto oscuro que guarda en sí mismo, en la masa infinitamente condensada de sí, la totalidad del inframundo. Por ello, Orfeo no puede recuperar la union naturalis de la mujer y su imagen; ellas se han separado para permanecer finalmente juntas. Orfeo no recobra, jamás, la imagen perdida, ésta se ha disuelto en la consciencia de la consciencia.

Es justo decir, que una imagen no pude permanecer demasiado tiempo en el mundo diurno, su reino no es de este mundo, las contradicciones inherentes instan a que la negatividad dialéctica pronto haga su tarea y que de la imagen surja la noción estructural que guía a la forma pictórica a su hogar lógico, mismo que ha de descomponerse en la representación para liberar el concepto implícito. Este tránsito es el destino de los ídolos, tal como se observa en las teorizaciones de la psicología profunda, es el paso del objeto imaginado a su interiorización como una imago o como un complejo construido alrededor de un modelo arquetipal.

Hijo de Apolo y Calíope, Orfeo tenía el don de calmar a las bestias con su musica, pero también traía tranquilidad al alma de los hombres, lo cual indica el parentesco entre el anima y lo animal, ambas expresiones de la vida que aun yace sumida en el adormecimiento de lo material y que requiere ser cultivada, es decir negada, para ser liberada de su aprisionamiento en la fisicalidad. Pero el éxtasis de la musica es una vía que no necesariamente se vuelve reflexiva, es común que la musica avive o adormezca la vida emocional de la psique, pero no provoca una diferenciación de la misma, la emoción permanece en el mudo estertor de la expresión concreta.

No basta con exaltar la emoción, pues como decía Jung “ser emocional ya va camino de una condición patológica”. La emoción guarda, también, en su corazón, un concepto que le brinda sentido y que, por lo tanto, espera agazapado a que su explosiva actuación despeje la vía de la comprensión por la cual su forma lógica transitará hacía sí misma como lo pensado en el propio pensamiento del fenómeno. Pero permanecer y adorar la expresión emocional es una forma de literalizarla, propia de las teorías psicológicas que desprecian la postura teórica y exaltan la búsqueda del insight y del shock emocional.

En una cultura que tiene por objetivo asimilar la otredad al ideal del individuo atómico, la promoción de la emocionalidad sirve para sus fines comerciales. La publicidad procura impresionar a los consumidores, despertar en ellos la ansiedad y la angustia propias de la modernidad y ofrecerles un sustituto que los conmueva profundamente pero que anule su capacidad crítica. Y la psicología junguiana comulga con este propósito al confundir la experiencia numinosa del tremendum con la presencia de un dios vivo que confirma su tratamiento. La emocionalidad como sinónimo de curación y bienestar.

En otro momento Orfeo rechazó el amor de las sirenas, mitad mujeres, mitad aves de rapiña, una imagen iterativa, un pleonasmo, pues qué es la mujer sino lo misterioso que desgarra, aquello que ata con el hilo del destino; no es extraño que su esposa Eurídice haya preferido morar en el submundo, el hogar del alma, y que el pobre Orfeo haya terminado sus días despedazado por las bacantes. Hay en esta historia un impulso por reificar a la mujer perdida, aún cuando ésta has sido metaforizada y llevada a su forma más sutil.

Quizás Orfeo fue quien instigó a Jung a vanagloriar la asunción de Maria, un asunto demasiado humano, como un suceso del alma. No se dio cuenta de que la mujer hace mucho tiempo que se había liberado de lo femenino, que ya los patrones arquetipales la habían condenado a vagar desnuda por el mundo, con la marca imborrable de tener que ser ella misma. Mientras tanto lo femenino, que un día fue una diosa de la naturaleza, luego un cráter y por fin un sustrato lógico, ha emergido como la noción puramente negativa que siempre fue, la Pistis Sophia.

El mito de Orfeo es el mito del alma que no debe salir del inframundo, que ha de encerrarse en sí misma, interiorizarse; y del asesinato necesario del ego, en la manía, ante el fracaso de intentar guiarla, sin saber acaso que amar al alma es sumergirse en sus aguas, pues ella es el camino hacia la verdad y la verdad en sí misma, y también que entregarse al otro es, esencialmente, ser despedazado. Un caso distinto al de Orfeo es Butes, quien al escuchar el canto seductor de la sirenas se lanzó al mar listo para el amor y para la muerte, por supuesto fue bendecido por Afrodita y su estirpe se multiplicó como la espuma del mar.

No obstante, más allá de la comparación entre un mito y otro, el psicólogo requiere asumir que el relato que escucha tiene su propia finalidad en sí mismo, que está herméticamente cerrado sobre sí. Orfeo debe perder a su amada y desear, ilusamente, rescatarla, necesita querer realizar lo femenino en la mujer para encontrar el fracaso ineludible, debe vagar solo por el bosque, tiene que despreciar el horror de la sirenas y precisa ser despedazado por las bacantes, su destino es ser consumido por el afán de su deseo, y está bien que así sea, eh ahí la esencia de la psicoterapia.

El saber teórico y la evasión emocional

Logos del alma

En ciertas corrientes psicoterapéuticas pervive un prejuicio que promueve el desprecio por el conocimiento teórico, pues se aduce que éste se contrapone a la práctica y, por lo tanto, no tiene utilidad por sí mismo. Además, se asume que la vivencia emocional y la experiencia sentimental son la verdadera dinámica de la psique y que, por ello, basta con apelar a la emocionalidad para hacer psicoterapia.

En el campo psicológico tal postura ha favorecido la incursión de terapias que evaden el papel del aparato racional en la construcción de la práctica cotidiana, éstas mismas han llegado a confundir racionalidad con racionalismo, refiriéndose este último término a una defensa contra la asunción de la experiencia del fenómeno psíquico. Pero una huida similar ocurre desde la emoción, por eso Jung advertía: “… ser emocional ya va camino de una condición patológica…”, porque es tan terrible para el individuo dejarse poseer sin restricciones por una idea como por una emoción, en ambos casos se elude la tarea personal hacia los contenidos psicológicos.

La palabra “teoría” significa originalmente “contemplar”, es decir, acercarse a la realidad sin tratar de intervenir en ella, sino acogerla con la mirada y permitir que ésta se recree en la observación parsimoniosa de sí misma. El teórico (Theorein) era un delegado destinado a vislumbrar ciertos espectáculos sagrados, su tarea consistía en presenciar lo que ocurría dentro del templo. Así, la observación del teórico no era una asunción abstracta sino que estaba sostenida en los ritos que permitían experimentar la visión como el propio ver de los dioses. El acto de observar requería de un viaje tortuoso y de la abdicación del impulso de intervenir.

La teoría, por lo tanto, no es un proceso puramente especulativo sino que es, en sí mismo, reflexivo, pues permite que la mirada del Otro se refleje y pueda hacerse presente en el espacio sagrado de su propia manifestación. Sin un teórico la vista de la cultura permanece en el terreno de lo profano y los fenómenos son empequeñecidos para el deleite simple del sentido común que solo sabe ver con los ojos, pero que no puede ver a través de ellos.

Es así que el permanecer únicamente en el sentir se ha convertido en la forma de escapar de la noción donde se gesta el fenómeno, de evadir la otredad en un ejercicio narcisista que sustituye la numinosidad de la experiencia por la simple emoción individualista. Se permanece en la superficialidad de la relación con el alma como una manera de esconderse de su presencia viva, pues la aprehensión teórica requiere del sacrificio máximo del sujeto, de la muerte de su propio saber para servir como vía al saber de lo sagrado, lo cual exige un refinamiento continuo en el ejercicio, tan arduo y tan temido, de pensar.

Por lo tanto, una visión verdaderamente psicológica asumirá que el psicoterapeuta tiene un deber hacia el ejercicio de la razón, siempre y cuando está labor no se convierta en un subterfugio ante el fenómeno anímico. Es entonces que el pensar del sujeto se adecúa y puede reflexionar sobre el pensamiento del fenómeno, que es aquello que se piensa a sí mismo, tanto en la dimensión humana como en la psicológica. Solo así, ante el dialogo racional de la noesis noeseos, y no en el esfuerzo histérico de las compulsivas psicoterapias modernas, es que se puede asumir el oficio de “ser un alma frente a otra alma”.