La psicoterapia como espejo del alma

Logos del alma

Ser solamente un espejo del otro es una frase que se repite de manera común en psicoterapia, se refiere al trabajo del profesional por crear un ambiente empático y comprensivo para el paciente que acude a consulta. Para esta labor hay diversas técnicas que ofrecen la sensación de que el psicoterapeuta entiende perfectamente las condiciones, los sentimientos y las necesidades del paciente, pero al final el reflejo que observa el consultante no es otro que el de él mismo.

Sin embargo, una terapia centrada en el alma requiere un objetivo distinto. James Hillman en 1988 pronunciaba en Roma una conferencia donde hablaba sobre el narcisismo de la psicología profunda, el cual se reiteraba en los temas abordados por la psicoterapia y en la adecuación de sus conceptos al individualismo imperante, que descarta aquella máxima junguiana que dicta que la mayor parte del alma está fuera del hombre.

Hillman recomendaba dar un paso hacia la ventana, es decir, sacar al análisis de su contención en sí mismo y llevarlo a las calles, al estudio de la arquitectura, a los movimientos sociales, a la historia; habría que analizar al mundo para devolver el alma a su relación con la realidad, despertar su matiz de anima mundi y no enclaustrarla en el estrecho espacio de la psique individual.

Pero el reflejo de una psicología vista en el espejo del mundo aún no es suficiente para contemplar su verdadera profundidad. La imagen de lo exterior sigue siendo una reproducción de la subjetividad que proyecta las reglas de su identidad en aquello que observa. Al mudar el punto de inflexión del trabajo individual al colectivo, no obstante, no se ha trasgredido aún hacia el verdadero objeto de la psicología.

Jung dejó en claro que el objeto de la psicología es el alma. Pero por alma no se debe entender un ente o una imagen, el alma no es una cosa, ni tiene existencia positiva. Realmente es pura y absoluta negatividad, lo que significa que preexiste como la noción inmanente en cada fenómeno dado. El “alma” es la mitologización de la apertura hacia la otredad de la propia existencia, un agujero que se abre y que permite observar de manera inédita para la posición del ego (que de por sí es ciego a ella) la realidad a través de lo negativo.

Por ejemplo, de forma imaginal, el antiguo viaje chamanico suponía la mutación del chaman en un nuevo ser cuya naturaleza revelaba el matiz daimonico de la experiencia del sujeto. Su identidad se conservaba, pero ahora era el vaso receptor de una dimensión comúnmente oculta, el de las imágenes psíquicas que toman posesión de él y son capaces de reificarse en la relación con la comunidad.

La transformación a veces era relatada como un cambio físico donde los ojos del chaman eran retirados de sus cuencas para ser reemplazados con nuevos ojos. Estos nuevos órganos ya no le pertenecían, eran potestad del mundo de los espíritus. Pero tal cambio aún se inscribe en el ámbito de lo mitológico, de la lógica de lo pictórico y de la imagen, significó la expansión de las propias representaciones míticas en las cuales el hombre espiritual estaba contenido.

Hoy, el alma, como el objeto de la psicología ya no puede ser retenido por las imágenes que produce, todas ellas moran en el orden de lo semántico, como relatos y narraciones que dan estructura a la experiencia humana, más no se inscriben en el orden de la sintaxis, de las reglas lógicas desde las cuales dichas ficciones están estructuradas. Así, el alma no es aquello que se mira, más bien corresponde a los ojos, negativos, que observan.

Pero ¿qué otra cosa podría observar esa mirada desprovista de asiento imaginal más que su propia representación? Esta es, precisamente la actividad explicita del alma: salir al mundo adentrandose en sí misma. Este proceso no puede imaginarse, debe de ser pensado para abarcarlo en su verdadera magnitud. Por lo cual, se entiende que la huida hacia la ventana, si se hace desde el sentido común del ego, no es más que un subterfugio de la mirada lógica del alma hacía sí misma.

Para llegar a sí misma en lo real, el alma debe contenerse y su pensamiento ha de llevarla hacía su meta, siguiendo aquella máxima junguiana, retomada de la alquimia, que dicta que no se permita que nada del exterior se entrometa, pues la imagen de la psique contiene todo lo que necesita en sí misma. Por ende, el fenómeno psicológico, para salir de sí, ha de introducirse y engendrarse en su propia noción.

Por lo tanto, la función especular de la psicoterapia no se dirige hacia el paciente como individuo empírico, y tampoco es la tarea del psicoterapeuta convertirse en un espejo fiel de las vicisitudes emocionales de su cliente. Es el consultorio quien ha de revelarse como un vaso hermético donde el fenómeno psicológico solo puede observarse a sí mismo, como un espejo laberíntico que lo lleva siempre al reflejo de sí. Sin embargo, ello exige de una matanza egoica.

Borges contaba la antigua leyenda china sobre un país dentro del espejo, condenado a imitar los movimientos de sus captores, un día, no obstante, un extraño pez aparecerá en la superficie argéntea y entonces el rumor de las armas anunciará su regreso y esta vez no serán vencidos. ¿Será esta la verdadera naturaleza del acto reflexivo? ¿una lucha encarnizada, una matanza venidera?

El paciente busca en la terapia su reflejo y no sabe que quizás él mismo es la imagen imperfecta de otro mundo que espera silencioso el retorno de una luz por venir, de un síntoma rompiente que abre una puerta hacia la muerte de aquel que sueña con la preservación y la salud eterna. El paciente quiere observarse pero sus ojos están destinados a la imagen fulminante del alma que se trasluce en su reflejo.

Un espejo es una superficie que reflecta, sin propósito ni objetivo, la luz incide en él de tal manera que no puede retenerla, no toma nada para sí, simplemente deja que ocurra, en él, el hecho mismo de la reflexión. Lo reflejado no es igual a lo que aparece al frente, sino que se presenta como lo inverso, por lo que no es una copia fiel, sino la visión de aquello que el objeto no puede retener de sí mismo, es decir, su ausencia.

El objeto evoca su ausencia en el espejo, la luz que no guarda para sí, y la proyecta en una superficie que no es capaz de retenerla, que en sí misma está también ausente. Un vacío frente a otro vacío, pero un vacío ya presupone una posibilidad, en cambio esta oquedad no presupone nada, solo aquello que no es o, mejor dicho, su naturaleza negativa.

El síntoma es también un espejo frente a otro espejo, un laberinto, y puesto que todo laberinto está cerrado sobre sí mismo, se puede decir que el acto de reflejarse en el espejo es la negación absoluta del fenómeno y, solo entonces, se puede afirmar que la psicoterapia es semejante a estar frente a un espejo, pues en ella los sujetos dan paso al mundo invertido que nunca podrán contener.

Reflejar es un acto salvaje, pues vacía a los participantes de toda esperanza de encontrarse con lo que deliran que son ellos mismos. Porque lo que son en verdad es la luz, indiferente, en el camino hacia sí misma. De tal forma que la obra psicoterapéutica puede ser entendida como el encuentro del alma consigo misma en el puro acto de la reflexión, convertida en un espejo que solo piensa en aquello que acaece a su mirada.

Tal hecho resulta violento para quien espera que aquello que se presenta sea una figura familiar que afirme lo que su ideal de normalidad dicta, y es que no es precisamente el paciente quien se encuentra, ni el terapeuta quien lo refleja, sino el alma misma que al desmembrar y vaciar a los sujetos, por fin puede estar frente a sí como su propia imagen especular en el puro movimiento lógico de ser una reflexión tautológica.

La (in)evitable búsqueda espiritual

Logos del alma

Una característica de la posmodernidad es, según Lyotard, el desvanecimiento de los grandes relatos, aquellos que dotaban de dignidad a la cultura y que indicaban al hombre la dirección de su esfuerzo en la dimensión universal de su existencia. Sin ellos, el sujeto queda a la deriva de su propia soberanía, desnudo, como Giegerich indica, de los asideros metafísicos que le daban sentido a su quehacer humano. Es entonces que la angustia y el vacío se hacen presentes como características propias del hombre nacido, aquel que se ha desprendido de los antiguos padres celestiales.

Por ende, la búsqueda espiritual se inscribe en la carencia de un objetivo prefijado en la memoria del alma, ante esa falta el individuo que ha nacido no encuentra los lindes de su acción y en su desesperación acude a las doctrinas que le prometen un oriente común. Ya sea en la religión o en un grupo de apoyo, las personas desesperadas acuden en pos de una dirección existencial que les haga sentir el sostén de un ancla firme para no naufragar en su miedo a la desnudez metafísica.

Pero el hombre nacido, ya no tiene escapatoria, está condenado a ser solamente él mismo. Su dimensión es aquella de la muerte de dios. Para él el mito ha dejado de ser dominante, éste se ha contraído en los múltiples relatos que pueden ser elegidos, como variadas rutas por donde el sentido artificiosamente trabajado puede transitar. El acaecer mítico se convierte así en una herramienta ideológica que promete el re-encantamiento de una realidad que no ha escogido el destino de sus símbolos.

Por ello, la idea de la espiritualidad es irrelevante, o más bien son irrelevantes los lugares en los que se le busca. El discurso cultural dominante defiende la veracidad de la vida espiritual en la reinvención de las viejas religiones, de las antiguas creencias, de los mitos y otras cosmovisiones provectas. Supone que el presente no es suficiente, que algo en él es erróneo y que debe ser re-animado, es decir, reparado por aquello que se ha perdido y que resulta ser el pharmakon para el vacío contemporáneo. La antigua conexión con el anima mundi debe resarcirse y las esferas celestiales necesitan ser restauradas a su cauce.

Es imprescindible un monto de inflación psíquica en el ser humano para creer que sobre sus hombros pesan las decisiones de un movimiento anímico objetivo, que las intenciones individuales se traducirán en dinámicas sociales y que el fiel de la balanza es la persona y su responsabilidad. Lo cierto es que el hombre vive en un mundo que ya ha sucedido, su propio cuerpo ha sido elegido sin preguntarle, su lenguaje y su idiosincrasia pertenecen al espíritu de los tiempos donde nace de forma contingente. Todo en su experiencia tiene el carácter de la fatalidad y excepto por algunas pequeñas decisiones sin importancia su destino lo ha elegido como un pretérito perfecto.

Curiosamente, la espiritualidad es, antes que cualquier otra cosa, el sentimiento de pertenencia a un esquema cosmológico predeterminado. En tal sentido la religiosidad sigue siendo vigente, pero ya no en las formas simbólicas desusadas, más bien persiste en todo aquello que domina el paisaje cultural imperante y que no puede ser elegido, pues se impone como aquel contexto en el que el alma juega con sus propias imágenes e ideas. Esta danza inconsciente del espíritu de las profundidades no pregunta a las personas qué es lo mejor para ellas, tiene su propio telos que se configura como una decisión ya tomada desde el inicio.

En el cuento “La lotería de Babilonia” Borges decía: “También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro que desde el techo de una torre se suelte un pájaro, otro que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena […]. Las consecuencias son, a veces, terribles”. Aquí Borges prefigura a la Teoría del Caos y la visión de los sistemas complejos, donde el contraste de lo tremendamente pequeño y sus consecuencias azarosas hasta el desastre pueden no ser entendidas de manera clara, pero precisamente esa es la idea central en la ficción borgiana, el universo tiene una dimensión indeterminada que el hombre no puede abarcar.

Bajo el ala de una realidad compleja e incomprensible ¿Se puede acaso elegir lo que está bien y lo que está mal? ¿Se puede juzgar el paso de la historia y tratar de remediarlo como si se le conociera en su totalidad? ¿están los caminos de la posibilidad abiertos a la voluntad humana? ¿No es esta pretensión de omnisciencia un producto de la hybris moderna? Verdaderamente el ser humano camina a ciegas en el campo de la existencia y las consecuencias de sus pasos están siempre desdibujados por la diosa fortuna, que subyuga bajo el azar las pretensiones más grandilocuentes.

Solo los bienaventurados rehuyen del hado, los que saben diferenciar entre el bien y el mal, y siempre están seguros de sus límites; quienes no claudican ante el motivo presente y para los cuales el mundo es blanco y negro. Ahí encuentran, impeturbables, lo correcto y allá lo que no lo es, y pueden juzgar todo fenómeno de acuerdo a su criterio personal. Para ellos hace falta más psicoterapia o más retiros espirituales, contactar con el niño interno, integrar el arquetipo femenino, sumergirse en el mundo de los sueños, pactar con el animal totémico; ellos tienen la clave, la última llave, porque han inventado la felicidad y saben como contagiar al mundo de la seguridad que los posee.

Son los últimos de los hombres, sin embargo, quienes no intuyen que su fantasía y su necesidad están fundadas en aquello que no aceptan, en la ruptura y la vacuidad, pues solo con el rompimiento del sujeto con el mundo de los dioses puede surgir la imagen de la unión y la enmienda y únicamente quien ha dejado atrás la casa de los padres puede soñar con volver a ella. Realmente se puede elegir solo lo que ya no es importante. Por lo tanto, la búsqueda espiritual en las antiguas creencias se entiende como el anhelo de lo que ha sido dejado atrás por la propia alma del mundo.

La creencia del sentido común es que el hombre concibe las ideas religiosas y que puede elegir entre ellas para sentirse mejor, que es capaz de desprenderse de la fatalidad si así lo desea, pero los dioses son el núcleo eidético de un momento determinado en la consciencia, no se les puede escoger, al contrario, todo sujeto está tomado por la divinidad desde su concepción, pues también él ha sido prefigurado como una idea, aun sin saberlo. La gente no inventa a los dioses, es incubada por ellos. Así, el ritual no se puede inventar, ni la religión se puede adoptar, éstos son el contexto inalienable de la vida lógica que preexiste a sus manifestaciones.

La búsqueda espiritual es obsoleta, en principio porque no habría que buscarla, se la vive diariamente y la propia existencia es una ofrenda constante a esa nueva religión que convoca, el individuo es un adepto sin advertirlo, y para no saberlo mejor la humanidad se embarca en vías soteriológicas que prometen lo imposible: la recuperación de lo irrecuperable, el regreso al paraíso perdido. Pero el mundo es como es y estar frente a él es el verdadero desafío del hombre daimónico, aquel que se apresta, con su propia existencia, a la misa del Deus absconditus quien domina en los paisajes psíquicos devastados.

La vía vital del dinero

Logos del alma

Es habitual ver al dinero como una herramienta vulgar y despreciable, que corrompe a los hombres y extrae de ellos lo más vil de su naturaleza. Se piensa en las treinta monedas del mito cristiano, en la devastación del colonialismo, en la conjura marxista contra el capital, en el avaro prestamista, en el ambicioso consorcio global y en el negocio de la guerra. Ciertamente una gran sombra pesa en la imagen de lo monetario, pero es un prejuicio que se funda en la ilusión de que el dinero sirve a las personas, cuando lo cierto es que es un dios que exige constante pleitesía.

El capital es omnipresente, es el motor de la civilización y de la vida moderna, parece ser una representación refinada de la vida biológica en su eterno camino hacia la reproducción de sí misma. Freud planteaba que la pulsión de vida se enlazaba con el deseo de cada organismo por volver a la paz de la materialidad, de tal hierosgamos la vida se continuaba de manera infinita oscilando entre el llamado de su negación y su pulsión reproductiva.

Algo de muerte aguarda siempre en el centro de la vida porque lo vivo se funda en la superación e interiorización de lo meramente material, es decir, del reino de la muerte. Por lo tanto, la dinámica económica exalta el factor reproductivo de la vida, ese escape continuo de la prisión de la materia, cuyo carácter de huida, puede ser encontrado en el esfuerzo del alquimista por liberar a la masa confusa de su materialidad o en la imaginería gnóstica que soñaba con rescatar a la pistis sophia de su encierro en el mundo.

El carácter vital del dinero, se puede comprender también en la admonición de la acumulación del mismo, el verdadero pecado no es la producción de riquezas sino la acumulación de las mismas, es decir la ambición de querer ser el amo del dinero y conservarlo para el beneficio propio. “Beneficio” es una de la posibles traducciones de la palabra fenicia “Mommon” de la que deriva el nombre del demonio Mammon, al que se hace referencia en los evangelios cuando se alude a la imposibilidad de servir a dos amos. Sin embargo, Mammon también se identifica con Plutón, el dios de la muerte, pletórico de tesoros.

En la literatura gótica la figura del vampiro se relaciona con la aciaga conducta de querer detener el flujo de la vida y reinar sobre ella, un ideal imposible, pero que determina las fechorías y la tragedia del monstruo en cuestión. Curiosamente el vampiro muchas veces es retratado como un aristócrata rico y perverso, un Gilles de Rais o una Erzsébet Báthory, que pretende la inmortalidad, es decir, la evasión de la esencia de la vida misma a través de su dominio sobre la corriente anímica y la riqueza de los otros.

George Bataille suponía que, a diferencia de lo que el sentido común nos dice sobre la economía, no es la acumulación de capital lo que determina el ritmo de trabajo y de acción humanos, sino, al contrario, es el gasto superfluo, sin ningún sentido, el derroche puro en sí mismo, el núcleo de las relaciones económicas. Este gasto improductivo era nombrado por él como: “la parte maldita”. Es así que la destrucción es el motor que impulsa la vida, no es el crecimiento ni la construcción lo que ésta genera, ni la base sobre la que se sostiene, en su lugar es la continua laceración de la materia que es fragmentada y vuelta a reunir de manera cíclica para tener puentes sobre los que transitar hacia sí misma y luego derrumbarlos nuevamente.

Las antiguas civilizaciones realizaban este acto sacrificial a través de grandes empresas inútiles, la construcción de monumentos magníficos, las guerras sacras y las celebraciones religiosas. En la actualidad, sin embargo el gasto se ha vuelto más sutil e inadvertido, ha tomado la forma de un modelo económico dedicado a la producción continua y la generación de un capital que cada vez se vuelve más volátil, efímero, donde la materia es torturada hasta sublimarse en meros datos e información, y ante los cuales el hombre gasta toda su existencia en el culto secreto de su irrelevantificación.

Es, al fin, la vida la que se transforma y emprende su periplo de metamorfosis en esa danza terrible con su otredad intrínseca, siempre presente. En su tránsito, no es el hombre su objetivo, es ella misma la que busca perpetuarse, al igual que el capital que trabaja constantemente por reproducirse y trasmutar la materia en la noción implícita que se despliega en las distintas formas de la producción. Es, en su lógica interna, una religión cuyo oficio se ocupa de un dios celoso de su ritual cotidiano.

La elección del hombre no radica fuera de la dinámica espiritual del dinero, ya que éste fluye por su sangre y alimenta el sentido de su existencia. Ya sea para adorarlo o para desdeñarlo, el sufrimiento y el culto constante que dedica en su vida diaria al dios dinero lo convoca a la liturgia inconsciente de una vida dedicada al trabajo y a la producción incesantes. Se fabrica, de esta manera, una obra inmensa, un opus magnum, que no responde a los intereses del ser humano, ya que se hace en favor de un telos objetivo que posiblemente no repare en la importancia o inanidad del sujeto, es una noción que solo piensa en sí misma y que lo hace en las distintas imágenes como la del hombre o como la del dinero, ambos símbolos gemelos de un arquetipo que los trasciende.

También decía Borges que en las generaciones de las plantas o de los tigres había un lenguaje secreto que se replicaba para ser leído por un dios al final de los tiempos, y considerando que siempre se está en debacle de la existencia es muy probable que el papel del individuo, en la era de la religión del capital, estribe en tratar de estar a la altura de las exigencias de un espíritu vital que se perpetúa de manera irremediable o en ser arrastrado por ese rito inmarcesible que lo convierte, paulatinamente, en formas sutiles que apenas recuerdan a sus antiguos recipientes. Pero al final el camino sagrado del dinero cobrará su precio y entonces quizás sea el hombre-objeto la nueva moneda de cambio.

La vacuidad de la lectura

Logos del alma

La lectura, el acto de leer, es uno de esos temas que han ido mistificándose a través de las generaciones. Los preconizadores de su importancia, han creado un aura sacra alrededor del verbo en cuestión, lo han convertido en imperativo, en una suerte de pharmakon en contra de la ignorancia y el atraso social, del racismo, de la injusticia y de todo lo que al final de cuentas es un rasgo humano de polaridad.

Pero en este gesto apologético se ha perdido el valor esencial de algo que no está hecho para ser adorado, sino para ser transgredido con el rótulo mendaz de la experiencia y de la reflexión, contaminado con la voz de quien descubre en lo escrito algo sin sustancia y que sólo la adquiere al ser despojado de su forma concreta y estática.

Leer es algo diferente a tantas otras actividades del genero humano, ya señalaba Borges que los libros son una extensión de la imaginación y de la memoria, procesos que forman la identidad y que permiten construir la cultura y con ello la civilización. Pero en esta misma tarea no siempre el acto conlleva la esencia del mismo acto, es decir, leer no es igual a comprender lo leído, esto se observa demasiadas veces en los sistemas educativos, en donde los textos se vuelven simples trámites para ascender de grado, se objetivan los discursos y se convierten en letra muerta que nadie vivifica pues cumplen un fin meramente técnico, su meta yace fuera de sí mismos.

Por sí misma, la lectura no es una actividad noble, ni mejora en algún sentido al que la practica, al contrario, como toda labor pasiva multiplica la miseria de quien la ejerce. Se tiene la creencia equivocada de que leer es benéfico para el espíritu y que hacerlo en demasía es proporcionalmente provechoso para las personas, pero tal quehacer es un espejo roto del sujeto lector que, la mayoría de las veces, sirve para justificar socialmente sus vicios.

Decía Cioran: “Cuando leo, tengo la impresión de «hacer» algo, de justificarme ante la sociedad, de tener un empleo, de escapar a la vergüenza de ser un ocioso… un hombre inútil e inutilizable.” Es en esta tensión donde la lectura tiene su nicho, entre la utilidad y lo inútil. Los preconizadores de la lectura exaltan el acto como si fuera en sí mismo importante, pero leer puede servir para muchos fines, como un espectáculo, por ejemplo, como la implantación de un ethos inadvertido o como un síntoma neurótico.

De tal manera, se puede notar que en leer no es importante, por más que esto incomode a los discursos propagandísticos del beneficio de la lectura, pues la misma se constituye como una ocupación vacua que quizás puede ser aprovechada para los fines que se propone siempre y cuando se cumpla un solo requisito: que quien lea no sea el individuo, sino que sea el alma quien se lee a sí misma a través del sujeto.

Leer es tan banal como cualquier otro oficio, si el lector permanece indemne después de hacerlo y como cualquier otra vía de conocimiento no es una senda que todos puedan recorrer. Por eso las estrategias de fomento y animación a la lectura, que se presentan como una panacea en el ámbito educativo, están destinadas a fracasar, ya que generalizan un destino que, realmente, elige a su portador y que lo sacrifica a tal rito. El acto numinoso de leer subvierte las normas de la moral educativa.

Por lo tanto la lectura es una pérdida de tiempo si ésta no destruye a su lector, si no lo obliga a confrontarse con la parte oscura de su existencia y éste no es sacrificado en la búsqueda de la comprensión. Pues el entendimiento de un texto no ocurre en la persona que lee, sino en el daimon que se escucha a través de esa lectura y es él quien guarda las palabras en la oscuridad de su corazón. Lo importante no es el solo el afán atender una narrativa, sino que sea el Otro quien preste atención a través de la propia lectura.

La vacuidad del hecho, sin embargo, no lo demerita, sino al contrario permite que sea su propia necesidad la que se imponga, como una hoja de papel de la que puede surgir el universo entero. Es entonces que es posible entender al individuo como un texto, al sujeto como el lector de sí y a la lectura como la continua relación del logos del alma consigo misma. En este tenor, lo importante no es cuanto se lea, ni a que autores o sobre que temas, sino que al leer el hombre se permita ser leído por el texto.

Desde la posición de una lectura del alma, leer cientos de libros o unos cuantos no es importante, porque el libro, y su contenido, no es sino un objeto en el que la misma alma cobra vida, siempre y cuando quien lea sea el animus que se cierna sobre la desgarradura, lo cual es fructífero únicamente si el pensamiento latente en la obra es capaz de ponerse frente a sí y estar a la altura de su dialéctica interna, todo esto a pesar del lector mismo.

Alunece

Cotidianidad

Grande incandescente duerme rojo, mientras triangular deforme oculta redondo iridiscente. Abajo la verde llana guarda, entre sus largos enhiestos, pequeñas frágiles perfumadas y cortas planas flexibles. Gruesas manchadas rumian desconfiadas bajo altas humeantes multiformes, y furiosos alados flotan en la extensa carmesí. Un suave eufónico parece menguar cuando la occidua linear emerge de los brunos piramidales.

Mientras tanto, nimios redondos brillan desde ahuecados profundos, se han visto acuosos tumultos salir intempestivos de hollados sibilinos, pero esta oscura y hermosa evanescente, no mirará hoy la amarga, y lívida, facial dolorida.

Una lejana reluciente nace de la infinita negritud del inefable escalonar celeste, humosos traspasan las móviles rectas de los circulares medidores de instilantes sucesivos, y entonces fluye la argéntea probidad flagrante, mansamente alunece.

El conocimiento no debe ser sencillo

Logos del alma

El conocimiento es un misterio, y lo es en el sentido antiguo de la palabra, pues no se puede acceder a él sin una iniciación de por medio, es decir sin haber sacrificado un monto de la propia personalidad para permitir que el dios detrás del acto libe de la sangre del sacrificio y sea él quien viva a través de lo conocido. En cambio, hoy se difunde la opinión de que cualquiera debería poder entrar a los paramos desconocidos y ser recibido sin necesidad de otorgar nada a cambio, con la posibilidad de seguir siendo él mismo, solo que con un atributo más sobre sí, está es la fantasía egoica que dicta que el conocimiento debe ser sencillo y configurarse como un accesorio personal, no obstante se evita así la experiencia del saber que nunca es del sujeto sino del conocimiento mismo.

Borges decía a sus estudiantes que no leyeran críticas sobre libros sino al autor en sí, quizás entenderían poco pero estaría oyendo la voz de alguien, ello supone que lo importante al leer es el diálogo que se emprende con el autor, la vivificación de esa voz que permanece muerta hasta que alguien está dispuesta a escucharla. Borges, también, recuerda la sentencia de Bernard Shaw sobre la atribución de la escritura de la biblia al Espíritu, ante lo cual dice: “Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu”. Podemos conjeturar, entonces, que la pobre intención humana no es importante y que solo cobra relevancia en la medida en que es el Espíritu quien habla a través de ella, así se puede entender que el autor del libro con el que se dialoga no es la persona individual que anota su nombre en la portada sino algo más que se escribe por medio de la pluma que éste sostiene, es la lógica que articula el lenguaje quien discurre en sus propios términos o la negatividad que subyace en las palabras como hechos consumados y que los vuelve al cauce de su corriente interna como “solo ideas en sí mismas”.

Al final, es el conocimiento quien lee y es la consciencia quien se conoce, y en su impulso nos utiliza para poder avanzar en la tarea de conocerse cada vez mejor, o al menos de distinta forma en cada ocasión. Por ello, debemos ser iniciados, ya que el doloroso encuentro con lo desconocido es así porque el sufrimiento es el signo de que la dimensión del ego ha sido dejada atrás, como un capullo abandonado, para que una nueva dimensión del ser emerja. Es entonces el Otro quien piensa, o más bien dicho es el pensamiento quien se piensa a sí mismo, y así podemos comprender en la gran obra del conocimiento que es el dios, quien debe volverse e, receptáculo del saber, no nosotros, como bien sabían los antiguos magos del renacimiento.

Si buscamos un libro simple, o una experiencia indolora, para adentrarnos en la obra de un autor o en un tema, nuestra comprensión será tan simple como nuestro anhelo, pues estaremos negando el rompimiento que supone la entrada del Espíritu en la vía del conocimiento. No temamos entrar en los parajes desconocidos, el camino es ahí donde se advierte: “Hic Sunt Dracones” o donde los otros dicen que es peligroso solo porque no quieren saber del peligro. “¡Arriba, discípulo, sumerge sin fatiga el pecho terrenal en la luz de la mañana!”

Asterión ante la redención: Tres lecturas del cuento “La casa de Asterión” de J. L. Borges

Ensayos

“La casa de Asterión” de Jorge Luís Borges es uno de los relatos más representativos del autor, en ese cuento se encuentran implícitos los temas que a Borges le urgieron durante toda su vida y en él la hermosa y límpida escritura se entrelaza en cuestiones que son extrañamente maravillosas. En este caso habré de ocuparme de uno sólo de esos temas (tal vez en algún punto se entretejan otros tantos): la redención.

La RAE define “redimir” como: “Rescatar o sacar de la esclavitud al cautivo mediante un precio […]. Librar de una obligación o extinguirla […]. Poner término a algún vejamen, dolor, penuria u otra adversidad o molestia”. A esto habré de volver a la brevedad, pero antes conviene contextualizar el cuento en el mito que lo inspira.

El cuento de Borges relata la estadía de Asterión en el laberinto de Creta. Asterión es el hijo de Pasifae, esposa del rey Minos. Cuenta el mito que cuando Minos se disputaba el trono de Creta con sus hermanos, él invocó la aprobación de los dioses para poder ser coronado, los dioses le respondieron y Poseidón mandó un magnífico toro blanco que simbolizaba la aprobación y el pacto. Sin embargo, la condición era que el ahora rey Minos sacrificara aquel toro impresionante y devolviera así lo que se le había otorgado. El rey no obedeció y sacrificó, en el altar a Poseidón, un toro blanco, pero no el mismo que había sido un don. Tiempo después Minos entró en batalla y pasó un largo período fuera de su hogar; como castigo por la desobediencia el dios del mar instigo el que la reina Pasifae se enamorara del toro sagrado. Ésta, no encontrando otro modo de saciar su deseo, pidió a Dédalo que le construyera un artificio en forma de vaca con el cual podría realizar la ansiada cópula; de esta unión nació Asterión y luego, él, fue encerrado en el laberinto.

El mito original cuenta que Minos no pudo castigar a la reina pues sabía, con certeza, que lo sucedió había sido únicamente su culpa. La hybris es el pecado de soberbia que tanto importaba a los griegos, el acto no devolver el don proporcionado introdujo al rey en el mundo de la insolencia, por lo cual debía ser castigado. De alguna manera lo que está a nuestro alcance siempre es una dádiva que necesita seguir el camino de su propia mutación, retener lo que obtenemos es paralizar el movimiento continuo de todo lo existente, es no dejar fluir el objeto y por eso mismo convertirlo en una cosa muerta. Eh ahí el pecado de la literalización.

El castigo no es sólo la presencia del ser monstruoso, fruto del flujo inmovilizado, sino que la condena es la transformación del rey Minos también en un monstruo. La desfiguración de buen rey en la actual faceta del tirano obedece a la misma ley que la perversión de la forma, sucede como la consecuencia por la trasgresión de un límite que está impuesto al reino humano, es el avance hacia la conciencia de un hecho inconsciente. Una vez cruzada tal demarcación, el hombre se convierte en otro, en su sombra, con todos los atributos negativos que explicitan el pecado cometido. Otrora un buen soberano Minos se transfigura en un déspota que es odiado por su pueblo y por los hombres de otros pueblos que le rinden forzada pleitesía.

El minotauro no es el castigo, es la representación simbólica del movimiento lógico seguido por el tirano, es la proyección de la misma en el objeto nacido de su propia mujer que encarna, a su vez, la dimensión anímica olvidada por Minos y la cual, al no ser atendida reclama un balance que expresa la hybris y la correspondiente admonición.

El mito continúa con la intervención de un joven héroe griego: Teseo, el cual ayudado por la hija de Minos, Ariadna, logra llegar al centro del laberinto, justo para asesinar al monstruo. Teseo es el héroe que representa la nueva conciencia que ha de hacer frente a la decimonónica figura del tirano, él es el cambio, el espíritu de la negación. El héroe se apresura a iniciarse en el camino del laberinto con la ayuda de Ariadna, que le recuerda la senda de regreso y así llega hasta el minotauro al cual derrota y da muerte. Posteriormente sale avante de aquel dédalo no menos monstruoso y se lleva con él a la muchacha, prometiendo lo que no cumplirá, pues no debe ser cumplido para provocar la entrada del dios (en este caso Dionisos). Un hilo invisible se teje entre Minos y Pasifae y luego entre Teseo, Ariadna y Dionisos.

Teseo es el redentor que encarna en su figura al pueblo griego, joven aún, que se enfrenta contra una potencia decadente, mata al minotauro y personifica con su hazaña el cambio tan común en la historia humana, así como la innovación necesaria en la estructura psíquica. Es redentor porque libra de la adversidad a un pueblo y le proporciona la esperanza para luchar contra sus opresores. Pero también es redentor porque, con la muerte, libera al minotauro (el síntoma) de la cruel carga de ser un pecado corporeizado y provoca con esto el principio de la destrucción del imperio de Minos, quien más tarde se transformará en un ser más justo, o mejor dicho en un juez, el principal juez de los muertos.

Todo esto, el héroe, lo logra tomando el camino que Minos no eligió, pues acepta la dimensión anímica, personificada por Ariadna, como su guía en el laberinto horrífico (y todo laberinto es terrible, Borges vivía tal verdad constantemente), ella es la corona de luz que también le permite abrirse paso en el terreno de lo inasible. Así, Teseo-Ariadna no es otra cosa sino Minos-Pasifae trascendido y la derrota de lo pervertido se vuelve en la tierra fértil de una nueva potencia, del nuevo estadio o del nuevo rostro de una idea latente que había sido detenida por el rey anterior, de esta manera también hay una identidad entre el héroe griego y el minotauro, pues ambos son un solo proceso en la vía de la noción latente hacia su reconocimiento.

De esta forma se puede dar una lectura psico-mítica al cuento de Borges, la redención cobra en sí un papel purificador, trascendental, para los implicados en el mito, siendo Minos el nombre un proceso que se despliega en varias figuras y que ni siquiera empieza con él mismo, hay que recordar que la reina Europa, madre de Minos, fue preñada por Zeus en forma de toro lo que implica ya una identidad compartida también entre los personajes: Zeus, Minos y el minotauro.

Otra lectura se puede esbozar sobre el motivo del autor como un sujeto tomado por el trabajo de la creación, de ello derivan los temas que inquietaron a Borges y que lo convirtieron en un erudito, algunos se encuentran inscritos en el cuento. La liberación aquí puede vislumbrar una necesidad velada en la experiencia del propio autor ante su obra.

Hay que observar un hecho curioso: el minotauro es un ser híbrido, humano y animal al mismo tiempo, sin embargo estas dos naturalezas yacen confundidas en un mismo cuerpo, como dos ideas contrapuestas que no acaban de sobreponerse, es un núcleo sintomático que permanece sin ser resuelto. Lo humano en Borges podría ser esa intrincada red de pensamientos que lo caracteriza, la erudición y la parsimonia que le dan forma a su discurso; en cambio lo animal, aquello enviado por el dios, es el impulso que le da vida a su obra, los temas que eligen al autor y que lo obligan a acudir de forma recurrente a ciertas formas de expresión, a lugares comunes o a calles que aparecen una y otra vez en sueños. Ambas dimensiones colisionan y de ese encuentro surge la obra, por ello el arte tiene algo de sintomático, de simbólico.

En su conferencia sobre “La pesadilla” el autor menciona que sus principales pesadillas tienen que ver con dos temas: los laberintos y los espejos. Más adelante, él observa: “No son distintas [las pesadillas] ya que bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto”. El temor al laberinto data de haber observado un grabado del dédalo de Creta y de la imaginación delirante de concebir dentro al minotauro. Durante toda su obra Borges construirá un gran número de intrincados meandros en sus cuentos, poesías y ensayos. Hablará del laberinto del tiempo, del espacio, de las ideas, todo en Borges es un laberinto. No obstante, un laberinto es lo inextricable, aquello que invita a entrar pero que promete el extravío. La pesadilla por otra parte es la presentación de un mundo debajo del mundo, el inframundo cuya forma laberíntica es acaso lo más perturbador de su presencia, decía Borges que el verdadero castigo del infierno era la eternidad, ese otro dédalo.

En el cuento en cuestión Asterión afirma: “La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo” y al hacerlo habla no sólo del mundo exterior sino también del contexto lógico del personaje que es un laberinto infinito pues en él “todas las partes de la casa están muchas veces, todas están catorce veces”, número que en el relato es una alegoría de lo interminable. Asterión es un personaje intrincado, tierno y terrible a la vez, él mismo dice: “Se que me acusan de soberbia, de misantropía, y tal vez de locura”, y en otro párrafo al hablar sobre su trato con las personas dicta: “No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo.” Luego el protagonista menciona: “El hecho es que soy único. […] pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande”. Este aspecto de la personalidad de Asterión, su falta de identificación con el mundo humano, es interesante porque incita a la sospecha de que el personaje no es otro que un álter ego del mismo Borges. En las anteriores citas se entrevé a un ser que no está capacitado para el trato diario con los otros, es muy diferente a ellos tanto en su apariencia como en su esencia y no comparte intereses comunes con los demás. La misantropía viene de la discordancia con la vulgaridad, de la visión oscura y solipsista de una mente inquisitiva y espantosa.

Dice Asterión: “Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo”, este es el presentimiento de un hombre que se sabe solo y la afirmación implica los postulados idealistas más radicales, nos recuerda a Berkeley o a los mitos de la India que ven en el mundo la más grande de las ilusiones. El que nada sea transmisible por la escritura ha de constituir una maldición para el escritor que no tiene otra forma de pronunciarse, pero esta subjetividad radical que se observa en el cuento habla precisamente sobre dicha imposibilidad, porque el trecho entre lo escrito y lo leído ha de ser inmenso, el lector nunca comprende al escritor ya que el lector también está inevitablemente solo.

La soledad es también un indicio que confirma la identidad de Borges con Asterión pues la incomunicación no es otra cosa sino la expresión de la presencia de un ángel, es decir de un otro que trae consigo algo incomunicable, la otredad inasible, otro laberinto inexpugnable. Todo espacio es infinito, todo tiempo no lo es menos y el mundo borgiano se encuentra urdido con la inmensidad de este tema. El universo del autor es un mundo complejo, pero hay cierta aversión cuando a la mente entran estos temas imposibles, el mundo nunca es el mismo cuando se profundiza en lo eterno, parte de la identidad del hombre se pierde cuando se intenta concebir el infinito. En ese esfuerzo por comunicar es en donde surge el delirio, pues como se ha mencionado antes lo dicho nunca alcanza a lo que se quiere decir, hay un foso insalvable, primero entre lo que el autor traduce de la intuición y después en lo que el lector toma de la intención del escritor, como si la obra surgiera en aquella babel donde todos están destinados a la incomprensión.

Así, la incertidumbre de lo eterno es semejante a la incertidumbre del otro. Laberinto y espejos son temas que se conjugan en un único sustantivo: la alteridad, la capacidad de interactuar con el otro, de pensarlo, de estar frente al otro sin envolverlo. De esta manera, Asterión se ve en la penosa circunstancia de no poder ser otro y ahí radica la nostalgia que se transmite en cada página, de la mendicidad de estar aislado. Pero quien escribe no ha de ser menos infeliz puesto que su incapacidad de ser otro viene de su sensibilidad singular que lo capacita para temas que no tienen que ver con el mundo vulgar y, por lo tanto, su propia naturaleza es el límite de su alteridad, puede pensar en los otros, pero no ser los otros. El matiz con el que el escritor, en este caso Borges, observa al mundo lo hace ser un perenne extranjero. El minotauro y al autor están atrapados en sí mismos, ellos son, también, el laberinto.

“…uno de ellos [de los jóvenes sacrificados a Asterión] profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor”. El redentor del protagonista es el otro, Teseo como el alter-ego de Asterión, llegará a donde el personaje y lo librará de la injusticia de la vida, del dolor de ser existente y lo llevará a un lugar con menos galerías, porque ser un individuo es existir como un ser doliente, ya por la incertidumbre, ya por la soledad, nada es menos penoso que vivir. Sin embargo, la imagen de la muerte de Asterion remite a la resolución de un conflicto, al desenlace de un momento en donde el minotauro es capaz de recibir al otro solo en el breve momento de su desvanecimiento, de esta manera Teseo se prefigura como el momento de la creación, ese instante fugaz en donde la comunión es posible.

Borges es Asterión y su sufrimiento viene de la imposibilidad de lo otro, del espejo que se superpone hasta el infinito, pues el laberinto de las letras semeja al dédalo de la existencia y aunque hablar de uno mismo es lo que hacen las personas cuando crean, aun en lo más mínimo, con cada obra se expone lo propio y hasta por las formas de escapar se es conocido, también es cierto que este rastro de subjetividad se diluye en la búsqueda por alcanzar aquella voz que habla a través de lo creado, esa voz le pertenece siempre al otro; por eso no es no es precisamente de nosotros de quien habla la obra, sino que aquello que crea en uno, la musa, el daimon es quien se revela en lo creado, la identidad realmente es el juego constante entre el yo y el otro, el diálogo, imposible, del hombre con los dioses. Borges no podía no proyectar su experiencia creadora en el cuento de su invención, nadie puede no representar, de ahí que esta segunda lectura sea de tipo personal, pero no porque implique solamente al autor sino porque refleja a las múltiples personas que escriben el largo de una obra. ¿Quién es el otro en la obra de Borges? ¿El lector que revive lo escrito con cada lectura, pero que también está solo? ¿O lo será acaso el otro Borges, el daimon que crea a través del autor y que es recreado no cuando alguien lo lee sino cuando el mismo se lee a través de la mirada de una persona en la búsqueda de una redención, casi, inasible?

El último matiz del que me ocuparé es de la semejanza entre el dilema de Asterión y el del conocimiento humano del mundo. Afirmare, para que no haya duda, que el mundo en sí es incognoscible o que lo es al menos la realidad objetiva, nadie puede saber como es el mundo porque lo que se percibe es tergiversado en ese mismo acto de aprehensión, luego, lo que el hombre ve no es otra cosa sino un reflejo ilusorio, el velo de Maya. La realidad es una construcción imaginaria.

“Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo” dice Asterión, pues el entorno del hombre está mediado por su lenguaje, lo que existe es lo nombrado, efectivamente el sujeto crea aquello que lo rodea, lo crea al encerrarlo en una categoría y con el tiempo esta categorización se hace más refinada y el cosmos se vuelve profundo. Sin embargo, se sabe de antemano que el laberinto donde yace el minotauro no fue construido por éste, sino que le precede, él es un invitado en esa construcción intrincada, pero, como los dioses, supone, por defecto, que ha creado la realidad. Realmente el hombre no crea el mundo, sino que nace en el lenguaje que es la actividad constante de creación, el órgano de la consciencia por medio del cual se construye a sí misma de forma inmarcesible, solo en la apropiación inadecuada de este movimiento el sujeto puede concebirse como un hacedor.

El laberinto es el conocimiento de la realidad, Asterión podría ser el hombre moderno en su búsqueda constante del mundo, en el esfuerzo por intentar asirlo con métodos cada vez más sofisticados, técnicos, científicos, como quien intenta aprehender lo intangible con signos abstractos, ignotum per ignotius. Pero esta búsqueda insensata implica el descubrimiento del hombre, en tanto ego, del contexto infinito que lo contiene y del cual no puede escapar, el individuo nacido de la modernidad ha surgido a nueva matriz contenedora. El laberinto es aquello que, en el hombre, conoce, es su capacidad de cognición, el acto intrínseco que lo vuelve capaz de desenvolverse en un mundo que solamente es suyo por sujeción, por reconocimiento, el cual se inventa a sí mismo y así el individuo se ajusta a tal ficción. El sujeto atrapado en su contexto lógico no puede, aunque quiera, librarse de las ideas a través de las cuales observa el universo, pues ellas constituyen el cosmos. La filosofía, la ciencia, las ideologías nacen de sí mismas, pero el sujeto cree que las ha creado, que han brotado de su voluntad, sin embargo, realmente son complejidades que atraviesan los hilos del universo, que es acaso infinito.

Aunado a lo anterior, es notable que el toro de Minos vive en un lugar cuyo número de cuartos no tiene final, así como todas las cosas que en él existen, podría ser que él mismo fuera también infinito. Esto remite a la hipótesis que tanto gustaba a Borges, ya sea al afirmarla o al refutarla, el eterno retorno. Todas las cosas, se plantea de manera general, están formadas de los mismos elementos constituyentes, estos son incalculables pero no son infinitos, las combinaciones de los mismos forman el universo y algún día las posibles combinaciones se saldarán, entonces todo volverá a ser como alguna vez fue.

La vida de Asterión parece devenir del conflicto de una repetición de lo finito en un tiempo infinito. Cada día es el mismo día, el laberinto del tiempo parece no tener salida, pero San Agustín planteó que la cruz salvaba al hombre de la eterna repetición de sus actos, en este caso Teseo parece intentar salvar al protagonista del eterno retorno de lo mismo. Él, Teseo, simbolizando la consciencia de lo otro, se presenta como la alteridad que asalta al sujeto como único aliciente para que las cosas no se repitan, para que sean liberadas de la iteración de sí mismas y puedan ser otras. Como sucede en la compulsión a la repetición el ciclo único constituye la subjetividad radical y el rompimiento de esa repetición sólo lo puede llevar a cabo el otro, el síntoma, la conciencia en búsqueda de liberarse de su aprisionamiento en lo literal, para así abrirse a lo desconocido que está fuera de las categorías homogéneas del mundo, aquello que el hombre se niega a mirar pues significa la sombra que atraviesa, como una flecha, todo esfuerzo por conocer. El síntoma, en este contexto, puede ser visto como una rebelión contra lo eterno en un esfuerzo por someterlo a lo temporal, atraparlo en una vasija que permita su concepción, pero de este arrobamiento emerge raudo el encuentro con el otro que rompe el encierro de lo anímico en los viejos odres que no podrán contenerlo. El síntoma es, así, la negación de lo abierto y a su vez la afirmación del infinito.

El laberinto del conocimiento y el laberinto del tiempo son ineludibles, su tela es inquebrantable, ellos son la esencia del otro redentor que se presenta y en cuya forma el individuo es capaz de perderse pero también de conocerse como algo más que él mismo, es decir, de saberse un otro por sí mismo, esta es tal vez la forma explícita de la alteridad radical, sintomática, que es la toma de distancia necesaria para la reflexión del alma.

Por tanto, se puede decir que el mundo es caótico, impredecible, de ahí que el afán técnico que busca orden sea una empresa reaccionaria, pues el caos es el primer estado del universo según el mito y es una potencia latente en cualquier especie de estructura ordenada, ante ello la incertidumbre es el sentimiento de estar frente a su presencia inevitable. La redención del hombre, su salvación de la repetición, es posible que transite por el trabajo interno por asumir que la verdad de cada fenómeno no subyace en su exterioridad sino en lo intrínseco al mismo, a su carácter inmanente como idéntico a sí mismo y así intentar comprender al mundo tal cual es, en su propia estructura lógica inextricable, permitir que lo que es sea. Aquí surge el eco de las doctrinas orientales donde el hacer sin hacer (wu-wei) es la manera más alta de comunión espiritual y donde el caminante inicia un periplo que lo lleva hacia él mismo, pero en ese andar descubre que su identidad rompe los límites de la comprensión cotidiana. Se puede vislumbrar entonces que el conocimiento es un laberinto que supone un carácter de alteridad, de caos, al igual que la realidad, ambos espejos de sí mismos; por ello, la inmensa red de imbricaciones fabularías sujetan al hombre al tiempo sucesivo, lo obligan a ser periódico, cíclico, su propia subjetividad lo hace incapaz de concebir lo eterno, de entablar un diálogo con lo divino pero al saberse otro se abre una puerta para la llegada de la redención. Solo al desaparecer en el otro puede el hombre ser él mismo.

Para poder vislumbrar al viajero inesperado el sujeto tendría que sumergirse en la máscara del ego, romper sus complicidades con las explicaciones prejuiciosas, con el sentido común y prepararse para ser consumido en el fuego de la vacuidad, de aquello que niega todo lo positivo, para ser asesinado por Teseo como el espíritu de la contradicción. Lo cierto, es que nadie puede ver el rostro de Dios, porque aquel que lo vea dejará de ser alguien. El sacerdote de la pirámide de Qaholom, Tzinacán, en el cuento de Borges: “La Escritura del Dios”, ha visto de frente a la eternidad y tiene el poder de crear universos enteros, pero dice: “Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre […]. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Que le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora es nada”.

La redención ante la realidad, la libertad ante lo sucesivo, viene con la presencia del desgarramiento, con el vértigo de la oquedad que se inserta en los cuerpos para volverlos sutiles. Dos panoramas se abren ante este destino, uno es el que dicta: «No entres dócilmente en esa noche quieta. Rabia, rabia contra la agonía de la luz» y otro es el de Asterión recibiendo con resignación a Teseo: «¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió». Ésta última es una manera poco explorada, al menos en los tiempos que corren, de atender la llegada del alter-ego caótico, con la humildad y con resignificación de saber que el hombre es irrelevante y que ese es el principal atributo, entrando así en la oscura noche del mundo como quien llega a casa a sí mismo. Esto supone la preparación constante para la muerte, que es la máxima resignacion, el gran Otro que se cierne.

El conocimiento del mundo es oscuro, como oscuras son las vaguedades del espíritu, Asterión es el mundo y el esfuerzo del mundo por conocerse de conocerse a sí mismo, la redención supone la comprensión humana de que ese camino no es el suyo, sino que él, el sujeto, es un puente y que su propia muerte aguardando en lo profundo, esta resignación, esta aceptación de sí mismo presupone el advenimiento del alma, del aquel gran Otro por sí mismo. El protagonista se pregunta ¿cómo será su redentor? y la respuesta se la da el mismo: «¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?»

Septiembre del 2006, actualizado en agosto del 2002.

Sobre la violencia del amor

Logos del alma

«Cada encuentro de dos seres en el mundo es un desgarrarse»

Italo Calvino, El Vizconde Demediado

Hay un encuentro que postergamos hasta el hastío, que detenemos por miedo a ser devastados en lo más hondo de nuestra integridad. Cerramos la puerta de nuestra morada y tiritando detrás de ella, tapamos nuestros ojos ante el huésped que se cierne, oscuro, inevitable y violento.

Jung decía que el opus del aprendiz era la sombra, porque la sombra es aquello que confronta al fenómeno consigo mismo, su propio otro que llega hasta él y lo obliga, vehemente, a tomar consciencia de sí. Pero acaso, el miedo de lo venidero no es otra cosa sino un velo delgado que se yergue contra lo que ya está presente y que opera de manera secreta e inexorable en la vida interna del momento actual.

No hay remedio contra lo que ya es, pues el otro, una vez que es concebido como un otro, se desenvuelve de manera autónoma y obra sin otorgar la posibilidad de escogerlo. Se impone porque su carácter es el de un destino cuya única consideración es la de poder elegirlo de manera consciente o siendo inconscientes de él, de cualquier forma su impronta traspasa hasta lo más recóndito de la piel de aquellos condenados a la existencia.

No obstante, ese huésped que toca a la puerta es ya la puerta misma, así como es también la casa y la fina defensa con la que el hombre busca salvarse de su presencia atroz. Todo lo presagia y la vida habla solo de su brutal advenimiento. Esta violencia que nos depara el desafío del prójimo es el núcleo de aquello que llamamos, descuidadamente, el amor.

De manera común, se concibe al amor como una promesa de salvación, como un regreso a la participación mística donde la consciencia aún estaba envuelta por el manto seguro de lo natural. Se le imagina, infantilmente, como el paraíso perdido. Amamos, entonces, con la esperanza puesta en el pasado, en la espera de que lo que una vez fue in ilus tempore sea de nuevo y traiga consigo la felicidad de la inconsciencia.

Durante un tiempo así parece suceder y los amantes se deleitan en el placer del roce de los cuerpos, de los labios siempre abiertos y de la complacencia cotidiana. Ello dura un breve momento, porque el paraíso no puede recuperarse, se ha perdido junto con la inocencia y ya no estamos más arropados por un cosmos que se cierne sobre nuestro espíritu, al contrario, hemos sido expulsados a la desnudez del mundo. Pero solo es ahí, en el valle de lagrimas, donde es posible producir el amor.

Mientras el sujeto esta encerrado en sí mismo el amor no ocurre, se necesita el encuentro con el otro, aquello que lo obligue a salir de su contención narcisista, y es la necesidad de amar la que obliga al individuo a emerger de un sistema endogámico hacia la apertura de lo diferente. Tal claro abierto es ya el amor mismo.

Pero no basta con nacer a la experiencia del otro, hay que hacer que suceda siempre de nuevo, producirlo, y es entonces que el hombre puede decir, como Borges lo hacia: “Es el amor, tendré que ocultarme o que huir/ crecen los muros de su cárcel como en un sueño atroz.”

Es necesario amar, aprender el cruel oficio de ser amantes, de recibir al otro y permitir que su presencia nos fulmine, porque solo podemos amar al precio del desgarro, del desmembramiento. Que el amar sea complaciente y nos gratifique es la fantasía de individuo narcisista, que busca edificarse, crecer él a costa de eliminar al otro, de absorberlo en su deseo.

El amor es un dios terrible, debe ser terrible para ser amor. Si no rompe los huesos, si no desgarra la carne, si los ojos no son cegados y el amante no vaga descarnado ¿para qué amar? Sería mejor quedarse en lo seguros prados de la madre, en la reconfortante casa del padre. Quien ama se lanza a un abismo del que no saldrá vivo… y que bueno que así sea.

Es probable que una de las pautas desencadenantes de la violencia de pareja sea precisamente que los amantes no están dispuestos a vivir la violencia propia del amor; entonces se destrozan entre ellos, de forma literal, para mantenerse indemnes, a salvo de la grave tarea de amar.

Tántalo y Sísifo

Cotidianidad

La ironía de la vida es magnífica, Borges bien lo sabía, él a quien el destino le deparó los libros y la sombra, la ceguera y una gran biblioteca, a él que imaginó el paraíso como aquella forma que sus ojos ya no podían leer. Mi ironía es menos gloriosa, a mi el tiempo no me sobra, pero la curiosidad no amaina y me moriré con el deseo de abarcar aquello que nunca acaba