El suicidio y el alma. I. Suicidio y análisis. 3. El suicidio y el alma

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 38 –

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Parece que todos los escritores sobre el problema del suicidio están de acuerdo con Farberow y Shneidman en que «la primera tarea importante de cualquier estudio científico exhaustivo del suicidio es el desarrollo de una taxonomía o clasificación de los tipos de suicidios.» Y así, a estas alturas existe una terminología inmensamente confusa sobre los suicidios. Se les llama patológicos, o de pánico, o altruistas, o anómicos, o egoístas, o pasivos, o crónicos, o submeditados, o religiosos, o políticos, etcétera. Se establecen correlaciones entre el suicidio y la presión atmosférica, las manchas solares, las fluctuaciones estacionales y económicas, y también entre el suicidio y condiciones biológicas como la herencia, el embarazo y la menstruación. El suicidio se estudia en relación con la tuberculosis, la lepra, el alcoholismo, la sífilis, la psicosis y la diabetes. Hay publicaciones sobre suicidios en la escuela, en el ejército, en la cárcel, etc. Los estudios estadísticos hacen clasificaciones en términos de tasas de suicidio por cada cien mil personas, por edad, sexo, religión, raza, región. Las investigaciones culturales muestran variaciones en la actitud hacia el suicidio en diferentes épocas y países, y cambios en los tipos y frecuencias de suicidio según los cambios en los periodos históricos y las filosofías de la cultura.

Podemos leer sobre suicidios en multitud: de bailarines maníacos en la Europa Central del siglo XIV, de aldeanos que se lanzan en masa a las llamas en la Rusia del siglo XVII, de muchachas que se arrojan al volcán Mihara-Yama en el Japón del siglo XX. Sabemos de saltos de enamorados, de puentes, iglesias, monumentos y torres especiales. Pueblos enteros, sectas y compañías han muerto hasta el último hombre antes que rendirse. Conocemos a los mártires cristianos de los que John Donne escribió: «Muchos fueron bautizados sólo porque iban a ser quemados», tan cierto era que el martirio era el camino al Cielo. La Biblia habla de Sansón, que dijo: «Déjame morir con los filisteos», mientras derribaba la casa sobre sí mismo y sus enemigos; y habla de Judas, ese primer hombre moderno, que «fue y se ahorcó». Podemos leer esto, pero ¿qué entendemos? ¿Cómo ayuda a un analista?

O, volviendo a los individuos, encontramos informes de todo tipo: Petronio, abriéndose y cerrándose las venas a placer al más puro estilo epicúreo, intercambiaba cotilleos con sus amigos mientras dejaba salir su sangre por última vez; Séneca y Sócrates, en desgracia, fueron sus propios verdugos; la Antigüedad relata los suicidios de Hero en el Helesponto, Safo desde la roca de Neritos, Cleopatra, Yocasta la madre y esposa de Edipo, Porcia que seguiría a Bruto, y Paulina después de Séneca; más recientemente, Hart Crane, Herbert Silberer, Thomas Beddoes, Cesare Pavese, Virginia Woolf, y hombres de rango y acción como Condorcet, Castlereagh, Forrestal, Winant, Vargas, Hemingway, Bridgman el Nobel, y Belmonte el matador. 

¿Qué debemos pensar de ellos: una hija de Karl Marx, un hijo de Eugene O’Neill, de Thomas Mann, de Robert Frost, de Herman Melville?

¿Y cómo considerar a los cientos de niños que se quitan la vida cada año, niños ni psicóticos, ni retrasados, ni depravados, y algunos con menos de diez años? 

Una vez más, ¿nos llevará más lejos establecer nuestra propia clasificación descriptiva, nuestra propia especie de morfología? Por ejemplo, propongamos los suicidios colectivos en forma de muerte por pánico de un enjambre animal, la carga heroica de una brigada o el suicidio ritual del sati. También colectivos serían los suicidios de los empleados para morir como el asesino político o el piloto kamikaze; el harakiri o seppuku (corte de vientre) de los hombres japoneses -para las mujeres se prescribe el degüello-; y la extraordinaria cantidad de suicidios entre los esquimales inuit (una tasa treinta veces superior a la de Canadá en su conjunto). 

Otro grupo sería el de los suicidios simbólicos. Pueden llevarse a cabo de forma extraña en público, como el exhibicionista Peregrinus en una pira perfumada ante las multitudes de los Juegos Olímpicos. Pueden tener un patrón más esquizoide, como el suicidio de quien inmola su cuerpo, siguiendo simbólicamente un modelo arquetípico de desmembramiento o martirio religioso. Algunos tienen un carácter obsesivo-compulsivo. La insistencia del impulso apenas difiere de la del alcohólico por la bebida y del adicto a las drogas. El individuo se ve dominado por el impulso de encontrar su propia muerte simbólica especial, y se han descrito todos los tipos posibles: beber fenol, comer vidrio o arañas venenosas, rociarse con queroseno y prender fuego, encender la mecha de una galleta de fuego ingerida, meterse en la jaula de un león… .

A otros podríamos agruparlos como suicidios emocionales, realizados bajo el dominio de una pasión dominante. Aquí estarían la venganza contra los enemigos, para angustiar a los demás; la manipulación del mundo, con rabia por la frustración; la humillación por la ruina financiera, la vergüenza por la exposición pública; los suicidios de la culpa y la conciencia, del terror ansioso, de la melancolía de envejecer, de la soledad, del abandono, de la pena, de la apatía y el vacío, de la desesperación ebria y la desesperación por el fracaso, especialmente el fracaso en el amor. Y aquí pertenecerían los suicidios del éxito, el salto desde la cima. Emocional es también el grito suicida de socorro «rescátame», y el impulso suicida de matar y ser matado, o la desmayada unión del amor-muerte y la autoinmolación de una imitatio dei, así como los suicidios para evitar el sufrimiento físico de la tortura o la enfermedad, o el encarcelamiento, o la captura en la guerra. 

¿Y qué decir de los suicidios intelectuales, en los que la lealtad a una causa, a un principio o a un grupo es el motivo? Aquí habría que clasificar la huelga de hambre y el suicidio ascético que conduce al Nirvana y las muertes por martirio de las que los primeros Padres de la Iglesia no consentirían ninguna escapatoria. También, tal vez, las muertes de Sócrates y Séneca, así como los suicidios del nihilismo, la rebelión y el absurdo.

La conclusión general que el analista puede extraer de estos variados relatos es: el suicidio es una de las posibilidades humanas. Se puede elegir la muerte. El significado de esta elección es diferente según las circunstancias y el individuo. Justo aquí, donde terminan los informes y las clasificaciones, comienza el problema analítico. Un analista se ocupa del significado individual de un suicidio, que no se da en las clasificaciones. Un analista trabaja a partir de la premisa de que cada muerte es significativa y de alguna manera comprensible, más allá de la clasificación. Su enfoque de un suicidio es el mismo que el de cualquier otra forma de comportamiento que entre dentro de su ámbito, como los síntomas extraños llamados esquizofrénicos o los trastornos funcionales llamados psicosomáticos. Parte de la base de que el comportamiento tiene un «interior» significativo y que, si se adentra en el problema, podrá comprender su significado.

Este enfoque es psicológico. O, podemos decir, que el alma es su primera premisa o metáfora raíz. Al reivindicar distinciones de significado para cada suicidio, incluso cuando el comportamiento externo es sorprendentemente típico y sociológicamente clasificable, el analista reivindica una personalidad comprensible e individual con la que el suicidio puede relacionarse y, por tanto, comprenderse. Atribuye intencionalidad a cada acontecimiento humano. Busca significados. 

El comportamiento exterior es generalmente típico. Desde fuera cada muerte es simplemente Muerte. Siempre tiene el mismo aspecto y puede ser definida exactamente por la medicina y por la ley. Cuando el suicidio es una descripción del comportamiento y se define como la autodestrucción, o la iniciación de cualquier acto cuyo resultado el agente cree que desembocará en la autodestrucción, todos los suicidios son Suicidio. La persona individual que ha elegido esta muerte se ha convertido en «un suicida». Cuando se contempla la muerte desde fuera, ¿qué lugar queda para el alma individual y su experiencia de esta muerte? ¿Qué ha significado? ¿Qué ha sido de la tragedia y dónde está el aguijón de la muerte?

Cuanto más científico se vuelve el estudio del suicidio, más hay que verlo desde fuera. Por esta razón, la clasificación es una trampa para la psiquiatría, la sociología o cualquiera de esos campos cuya principal preocupación debería ser la comprensión del comportamiento humano. Un ejemplo del cambio de dentro a fuera puede encontrarse en el trabajo de Shneidman, cuyo liderazgo en la investigación del suicidio se da por sentado. Él y sus colaboradores, en su fascinación por la taxonomía, sustituyen a propósito las palabras «suicidio» y «muerte» por «autodestrucción», «terminación», «cesación», «Psique», todas ellas palabras depuradas de emoción, purificadas de vida psicológica. A pesar de toda su investigación, sus pistas sobre el suicidio a partir de estudios de casos y clasificaciones diagnósticas arrojan trivialidades. Su análisis de las notas de suicidio, al concluir que el responsable es un razonamiento falso («lógica suicida confusa») y que el suicidio es una «falacia psicosemántica», sería una parodia joyceana de la investigación, si no fuera tan triste, tan enferma y tan típica del complejo científico de la psicología. 

Sin embargo, todos los campos de investigación deben contemplar los fenómenos desde fuera. De lo contrario, no podrían hacer generalizaciones y no existirían términos útiles como suicidio y muerte. Además, se puede argumentar que no se puede llegar verdaderamente «dentro» de nada, y que siempre quedará un «corte» entre el sujeto y el objeto. Sin agrupaciones y clasificaciones desde el exterior, cada acto sería único; no podríamos hacer predicciones, registrar ningún conocimiento, aprender nada. Los grandes temas de la práctica psicológica -delincuencia, alcoholismo, psicopatía, envejecimiento, homosexualidad- son conceptos formados de esta manera. La propia palabra «neurosis», con todas sus formas, síntomas y mecanismos, es un término «exterior» que anula las diferencias individuales. La preocupación de un analista es mantener su conexión con el interior y no perder su metáfora raíz. De lo contrario, comienza a ver a sus pacientes como ejemplos de categorías y se ocupa de resolver la delincuencia, la psicopatía, la homosexualidad, etc., mientras que su vocación es el alma de los individuos que muestran rasgos típicos en su comportamiento exterior. Tipicidad externa no significa una similitud correspondiente de experiencia. «Alcohólicos», «delincuentes», «psicópatas» no experimentan sus formas típicas de comportamiento de la misma manera. La intencionalidad de las acciones difiere en las distintas personas. La literatura sobre el suicidio, a la que ya hemos hecho referencia, muestra una variedad exhaustiva de circunstancias y propósitos que no puede decirse que se correspondan con las formas típicas de comportamiento externo denominadas suicidio por ahogamiento o suicidio depresivo o suicidio mientras el equilibrio mental estaba perturbado.

Jung fue el único de los grandes psicólogos que se negó a clasificar a las personas en grupos según sus padecimientos. Se le ha acusado de no haber proporcionado una teoría detallada y sistemática de la neurosis, junto con su etiología y tratamiento. ¿Es esto realmente un defecto? Tal vez sea una virtud suya el haber reconocido por sí solo la enorme insuficiencia de las descripciones meramente externas.

Un analista se enfrenta a problemas, y estos problemas no son meros actos de comportamiento clasificables, ni categorías médicas de enfermedad. Son ante todo experiencias y sufrimientos, problemas con un «adentro». Lo primero que el paciente desea de un analista es que le haga consciente de su sufrimiento y que atraiga al analista a su mundo de experiencias. Experiencia y sufrimiento son términos asociados desde hace mucho tiempo al alma. «Alma», sin embargo, no es un término científico, y aparece muy raramente en la psicología actual, y además normalmente entre comillas, como para evitar que infecte su entorno científicamente estéril. «Alma» no puede definirse con precisión, ni es respetable en la discusión científica tal y como se entiende ahora la discusión científica. Hay muchas palabras de este tipo que tienen significado, pero que no tienen cabida en la ciencia actual. Esto no significa que las referencias de estas palabras no sean reales porque el método científico las omita. Tampoco significa que el método científico falle porque omita estas palabras que carecen de definición operativa. Todos los métodos tienen sus límites; debemos tener claro qué es lo que corresponde a cada uno.

Para entender el «alma» no podemos recurrir a la ciencia en busca de una descripción. Su significado viene dado mejor por su contexto, y este contexto ya ha sido enunciado en parte. La metáfora fundamental del punto de vista del analista es que el comportamiento humano es comprensible porque tiene un significado interno. El significado interno se sufre y se experimenta. El analista lo comprende a través de la simpatía y el insight. Todos estos términos son el lenguaje empírico cotidiano del analista y proporcionan el contexto y son expresiones de la metáfora raíz del analista. Otras palabras asociadas desde hace tiempo a la palabra «alma» la amplifican aún más: mente, espíritu, corazón, vida, calor, humanidad, personalidad, individualidad, intencionalidad, esencia, interior, propósito, emoción, cualidad, virtud, moralidad, pecado, sabiduría, muerte, Dios. Se dice que un alma es «atribulada», «vieja», «incorpórea», «inmortal», «perdida», «inocente», «inspirada». Se dice que los ojos tienen «alma», porque los ojos son «el espejo del alma»; pero se puede ser «desalmado» sin mostrar piedad. La mayoría de las lenguas «primitivas» tienen elaborados conceptos sobre los principios animados que los etnólogos han traducido por «alma». Para estos pueblos, desde el antiguo egipcio hasta el esquimal moderno, «alma» es una idea muy diferenciada que se refiere a una realidad de gran impacto. El alma se ha imaginado como el hombre interior, y como la hermana o esposa interior, el lugar o la voz de Dios en el interior, como una fuerza cósmica en la que participan todos los humanos, incluso todas las cosas vivas, como algo dado por Dios y por tanto divino, como conciencia, como una multiplicidad y como una unidad en la diversidad, como una armonía, como un fluido, como fuego, como energía dinámica, etcétera. Uno puede «buscar su alma» y su alma puede estar «a prueba». Hay parábolas que describen la posesión del alma y su venta al Diablo, las tentaciones del alma, la condenación y la redención del alma, el desarrollo del alma mediante disciplinas espirituales y los viajes del alma. Se ha intentado localizar el alma en órganos y regiones corporales específicos, rastrear su origen hasta el esperma o el óvulo, dividirla en componentes animales, vegetales y minerales, mientras que la búsqueda del alma conduce siempre a las «profundidades». 

También continúan las discusiones sobre la relación del alma con el cuerpo: que son paralelos; que el alma es un epifenómeno del cuerpo, una especie de secreción interna; que el cuerpo no es más que la visibilidad palpitante de un alma inmaterial dadora de forma; que su relación es irracional y sincrónica, yendo y viniendo, desvaneciéndose y creciendo, de acuerdo con las constelaciones psicoides; que no existe relación alguna; que la carne es mortal y el alma eterna, reencarnándose por el karma a través de los eones; que cada alma es individual y perecedera, mientras que es el cuerpo como materia el que no puede ser destruido; que el alma sólo está presente en los cuerpos sensibles posibles de conciencia; o, que las almas, como mónadas, están presentes en todos los cuerpos como la jerarquía psíquica de la naturaleza viva. 

Desde el punto de vista de la lógica, la teología y la ciencia, estas afirmaciones son demostrables y discutibles. Desde el punto de vista de la psicología, son una y todas posiciones verdaderas, en la medida en que son afirmaciones sobre el alma hechas por el alma; son la descripción que el alma hace de sí misma en el lenguaje del pensamiento (del mismo modo que el alma se imagina a sí misma en contradicciones y paradojas en el lenguaje de la poesía y la pintura). Esto implica que en diferentes momentos cada una de estas afirmaciones refleja una fase de la relación cuerpo-alma. En un momento dado, es una sincronía en la que todo encaja. En otro momento, alma y cuerpo están tan identificados, como en los estados tóxicos o la enfermedad, que el epifenomenalismo es la verdadera posición. O en otro momento, el curso vital del cuerpo y del alma son radicalmente independientes y paralelos. Debemos concluir entonces que tales afirmaciones sobre el alma reflejan el estado anímico de quien las hace. Revelan la inclinación especial del propio problema psíquico-somático de la persona, un problema que parece interminablemente ligado a la psicología y al enigma del alma, ya que es esta pregunta -qué tienen que ver el cuerpo y el alma entre sí- la que el alma nos plantea continuamente en la filosofía, la religión, el arte y, sobre todo, en las pruebas de la vida cotidiana y la muerte. 

Esta exploración de la palabra demuestra que no se trata de algo que pueda definirse; y, por tanto, «alma» no es en realidad un concepto, sino un símbolo. Los símbolos, como sabemos, no están totalmente bajo nuestro control, por lo que no podemos utilizar la palabra de forma unívoca, aunque la entendamos como ese factor humano desconocido que hace posible el sentido, convierte los acontecimientos en experiencias y se comunica en el amor. El alma es un concepto deliberadamente ambiguo que se resiste a toda definición del mismo modo que lo hacen todos los símbolos últimos que proporcionan las metáforas raíz de los sistemas de pensamiento humano. La «materia», la «naturaleza» y la «energía» tienen, en última instancia, la misma ambigüedad; también la tienen la «vida», la «salud», la «justicia», la «sociedad» y «Dios», que proporcionan las fuentes simbólicas para los puntos de vista que ya hemos visto. El alma no es más una ofuscación que otros primeros principios axiomáticos. A pesar del malestar del hombre moderno con el término, sigue respaldando e influyendo en el punto de vista de la psicología profunda de formas que muchos de los propios psicólogos profundos podrían sorprenderse al descubrir.

Lo que una persona aporta a la hora analítica son los sufrimientos del alma; mientras que los significados descubiertos, las experiencias compartidas y la intencionalidad del proceso terapéutico son expresiones de una realidad viva, que no puede aprehenderse mejor que mediante la metáfora raíz de la psicología, la psique o el alma.

Los términos «psique» y «alma» pueden utilizarse indistintamente, aunque se tiende a escapar de la ambigüedad de la palabra «alma» recurriendo al más biológico y moderno «psique». «Psique» se utiliza más como un concomitante natural de la vida física, quizá reducible a ella. En cambio, «alma» tiene connotaciones metafísicas y románticas. Comparte fronteras con la religión.

En resumen, la metáfora raíz del alma, a pesar de sus imprecisiones y complejidades, informa las actitudes del analista y rige su punto de vista. Cuando el analista trata de comprender una experiencia, intenta llegar a su relevancia para el alma de la persona en cuestión. Juzgar una muerte sólo desde fuera limita la comprensión. Sartre incluso sostiene que nunca podemos comprender la muerte en absoluto porque siempre es la muerte de otra persona; siempre estamos fuera de ella. Por ello, las investigaciones sobre el suicidio recurren cada vez más a la autopsia psicológica, es decir, al estudio de casos individuales, para acercarse a un punto de vista psicológico. El examen de las notas de suicidio, las entrevistas con intentos de suicidio y los estudios sociológicos de casos intentan acercar al investigador al significado de la muerte, a la comprensión del suceso desde dentro.

Sin embargo, estas investigaciones quedan fundamentalmente al margen porque son investigaciones hechas para obtener información sobre el suicidio. No son investigaciones sobre el alma de tal o cual persona con la que el suicidio se entretejió de forma significativa. Los estudios de este tipo se llevan a cabo con el fin de llegar a las causas del suicidio y para explicar el impulso suicida. Con una explicación obtenida a través de esta investigación del «problema del suicidio», se puede elaborar un tratamiento para la «prevención del suicidio». El analista puede entonces recibir recomendaciones basadas en pruebas estadísticas, perfiles de personalidad, entrevistas en profundidad, etc., con las que puede hacer frente a la «amenaza suicida». Los principales trabajos de Ringel en Austria, Farberow y Shneidman en Estados Unidos, y Stengel en Inglaterra siguen todos esta línea. Su objetivo es la prevención del suicidio. Sus explicaciones y recomendaciones sirven a este fin.

Dado que su objetivo es la prevención, no pueden servir adecuadamente al analista. Su tarea consiste en ser objetivo ante los fenómenos del alma, tomando los acontecimientos tal y como vienen sin juicios previos. Esta es su forma de apertura científica. Los puntos de vista colectivos -sociológico, médico, jurídico, teológico- han declarado que el suicidio es algo que hay que prevenir. Con esta actitud y el temor que rige sus investigaciones, se impiden a sí mismos comprender la propia cuestión que se han propuesto explicar. Su metodología les impide encontrar lo que buscan. Si un analista quiere comprender algo que ocurre en el alma, nunca puede proceder con una actitud de prevención.

La aproximación del analista a la experiencia no es la prevención, sino la confirmación. Su deseo es dar reconocimiento a los estados del alma que experimenta la persona en cuestión, para que puedan realizarse en la personalidad y vivirse conscientemente. Está ahí para confirmar lo que ocurre, sea lo que sea lo que ocurre. Idealmente, no está ahí para aprobar, culpar, alterar o prevenir. Puede buscar un significado, pero es para explorar lo dado, no para alejarse de la experiencia tal y como es. Alejarse de la experiencia también impide comprender los datos tal y como se presentan.

Por lo tanto, un analista está obligado a dejar de lado incluso los estudios aparentemente más útiles sobre el suicidio para estar abierto a lo que tiene inmediatamente a mano. Todo lo que interfiera con su comprensión emocional única del individuo irá en contra de la comprensión en general. Sólo aquellos conocimientos de los que puede hacer uso sirven a la comprensión. Pero el conocimiento del suicidio procedente de fuentes contemporáneas tiende a no servir a la comprensión, porque ha prejuzgado la cuestión. Las explicaciones de los estudios que muestran el suicidio como el resultado de un razonamiento confuso degradan lo que el alma está atravesando. Las explicaciones no tienen en cuenta la gravedad y la enormidad del hecho. La «falacia psicosemántica» tiene bastante sentido para la persona que está a punto de suicidarse. La tarea del analista es trasladar su comprensión al interior de la otra persona hasta donde tenga sentido.

La comprensión nunca es un fenómeno colectivo. Se basa en la simpatía, en el conocimiento íntimo, en la participación. Depende de una comunicación de almas y es propio del encuentro humano, mientras que la explicación pertenece al punto de vista de las ciencias naturales. La comprensión intenta quedarse con el momento tal como es, mientras que la explicación se aleja del presente, retrocede hacia una cadena de causalidad o se desvía hacia comparaciones. Los acontecimientos particulares tienden a considerarse como pertenecientes a clases, de modo que la novedad única de cada acontecimiento se sacrifica en el altar del conocimiento general.

El contraste de puntos de vista -comprender desde dentro y explicar desde fuera- divide la psicología en dos. Es un viejo problema de la historia del pensamiento. Cualquier psicología que dé cuenta de la naturaleza humana desde el exterior únicamente a través de la conducta observada, con modelos explicativos basados en la fisiología, la experimentación de laboratorio, la mecánica, la estadística sociológica, etc., llegará a conclusiones diferentes de la segunda clase. La psicología que da cuenta a través de la comprensión desde el interior utilizará procedimientos y conceptos diferentes y un punto de partida distinto: el del individuo. El analista debe tener en cuenta las diferencias en el punto de vista, de lo contrario, tratará erróneamente de obtener comprensión a través del estudio de las explicaciones. Intentará desarrollar su posición hasta el suicidio a través del estudio de la literatura en lugar de a través de sus observaciones de primera mano y de la comunicación con su psique y la del otro. Recurrirá a conceptos explicativos vacíos: «masoquismo», «tendencias autodestructivas», «agresividad interiorizada», «suicidio parcial», «deseos de muerte», «regresión primaria» y similares. Aunque encuentra patrones de reacción y descubre mecanismos, pierde el alma.

La psicología profunda redescubrió el alma y la situó en el centro de sus exploraciones. Ahora corre el riesgo de volver a perderla bajo la presión de la psicología académica. La psicología académica, en su afán por ser tan científica como la física, ha optado unilateralmente por el «exterior», de modo que el alma ya no encuentra un lugar en el único campo dedicado por su propio nombre a su estudio. De ahí que la psicología profunda haya quedado más o menos fuera de las academias de la psicología oficial. Para entrar, se le pide que ceda su punto de vista, su lenguaje y sus descubrimientos. Se le pide que demuestre con métodos experimentales sus hallazgos clínicos. Debe traducir la comprensión clínica a una lengua ajena, la de la explicación de las ciencias naturales. En resumen, el precio de admisión es la pérdida del alma. Pero sin una psicología que investigue en profundidad el alma individual en busca de sentido, no hay forma de entender problemas como el suicidio que asolan la psicología oficial. La psicología profunda es la piedra que han rechazado los constructores de la academia. Puede que algún día tenga que convertirse en la piedra angular de cualquier psicología verdaderamente científica, porque la comprensión de la naturaleza humana debe comenzar por el alma y utilizar los métodos más adecuados para el objeto de estudio. Psicología significa «logos de la psique», el discurso o relato del alma. Como tal, la psicología es necesariamente psicología profunda, ya que, como hemos visto anteriormente, alma se refiere a lo interior, a lo profundo. Y la lógica de la psicología es necesariamente el método de comprensión que habla del alma y habla al alma en su propio lenguaje. Cuanto más profundo pueda profundizar una psicología en su comprensión, es decir, en los significados interiores universales expresados por el discurso arquetípico de los «relatos» míticos, más científicamente exacta será, por un lado, y más alma tendrá, por otro. 

Para acercarnos al problema del suicidio, primero intentamos comprender la vida del individuo cuya muerte está en juego. Empezamos por el individuo, no por el concepto. La personalidad del individuo es, por supuesto, en parte consciente y en parte inconsciente, por lo que también se hace necesaria una investigación de los aspectos inconscientes del individuo. De hecho, una investigación que no tenga plenamente en cuenta la mitología interna (como sueños, fantasías, modos de percepción) del suicida dará una imagen inadecuada. Todas las razones del suicidio mencionadas al principio de este capítulo -colectivas, emocionales, intelectuales- no penetran bajo la superficie, no se adentran en la muerte. Puesto que el suicidio es una forma de entrar en la muerte y puesto que el problema de entrar en la muerte libera las fantasías más profundas del alma humana, para comprender un suicidio necesitamos saber qué fantasía mítica se está representando. Una vez más, es el analista el que está en mejores condiciones de obtener esta comprensión más completa.

Sin embargo, esto ha sido rebatido. La oposición a la comprensión psicológica de los suicidios individuales no sólo procede de la posición «externa» de la sociología. (Ya hemos visto el argumento: es inútil profundizar en las unidades que pasan a formar el cociente del suicidio). La oposición viene también del «interior». Según Sartre, quien mejor puede comprender una muerte es la persona que está muerta. Esto significa que el suicidio es incomprensible porque la única persona que podría dar cuenta de ello ya no puede hacerlo. Se trata de un falso dilema, y debemos examinar más detenidamente la posición interior extrema. Debemos ver si es cierto o no que cada individuo es el único que puede comprender y articular su propia vida y su propia muerte.

El suicida articulado, Sócrates o Séneca, es raro. Un hombre que entiende su propio mito, que es capaz de seguir su patrón tan claramente que puede sentir el momento de su muerte y contarlo, es inusual en la historia de la humanidad. Son muy pocos. Su conciencia les ha convertido en leyendas. El hombre ordinario tiene poca comprensión de sus actos, y como la muerte suele cogerle por sorpresa, parece venir de fuera. Como estamos tan poco conectados con la muerte que llevamos dentro, parece golpear exógenamente como una fuerza exterior. Siempre, aquello de lo que somos inconscientes en nosotros mismos parece venir de fuera. Hacemos todo lo posible por traer a la conciencia fragmentos de nuestras acciones, pero más a menudo somos vividos por nuestro mito que vivirlo. El mejor ejemplo de nuestra impotencia para comprender y articular nuestra vida interior es el problema que tenemos con nuestros sueños.

Se necesitan dos para interpretar un sueño. A menos que exista un sistema codificado, como, por ejemplo, en el antiguo libro egipcio de los sueños de Horapollo o en el moderno de los freudianos, un sueño es un enigma. Algunas partes de su mensaje llegan a algunos por instinto, a otros por entrenamiento. Pero el relato no puede ser desentrañado ni por el analizado ni por el analista. Es un proceso dialéctico; la comprensión necesita un espejo. Cuanto más «dentro» del caso esté el analista, cuanto más familiarizado esté con el alma del otro como su espejo, mejor podrá comprender el sueño. Lo mismo ocurre con el suicidio. Pero si está demasiado cerca -y esto es lo que se entiende por identificación contratransferencial- ya no puede reflejar porque entonces se ha vuelto demasiado parecido al otro. Él y el otro se han vuelto inconscientes juntos en el mismo lugar. El espejo se oscurece y la dialéctica desaparece. El analista debe tener un pie dentro y otro fuera. Esta posición es única en la relación analítica. Su consecución es intensamente difícil, lo que explica los años de análisis personal y formación que requiere la profesión. Es una disciplina comparable a la de la ciencia, y la objetividad adquirida es diferente pero equivalente a la objetividad en las ciencias naturales. En la segunda parte de este libro hablaremos de ello con más detalle.

Estar a la vez «dentro» y «fuera» significa que un analista está en mejores condiciones de comprender y articular la psicología de otra persona. Puede seguir la pauta, porque está a la vez en ella y la observa, mientras que la otra persona suele estar sólo en ella y atrapada por ella. Por tanto, es capaz de comprender un suicidio mejor que la persona que lo comete. El muerto, contrariamente a Sartre, no es el que tiene un acceso privilegiado a su propia muerte, porque una parte del sentido de esta muerte fue siempre inconsciente para él. Sólo pudo hacerse consciente a través del espejo dialéctico, proceso para el que se ha formado un analista.

Cuando la comprensión de un analista puede tener un efecto de prevención, esta comprensión no puede conducir a una explicación, ni dar información a otros que pueda ser útil en su búsqueda de causas y prevención. Comprende apreciando la condición del alma en el momento de la muerte, pero debido a la relación única su comprensión y su articulación no pueden ser verificadas por pruebas. Está solo.

Esta situación aislada es el quid de la visión del problema desde el alma y confiere al análisis su misión creativamente solitaria. Al igual que la persona cuyo suicidio no es comprendido por el colectivo, o interpretado sólo en términos de motivos conscientes o sistemas de pensamiento ajenos, la comprensión del suicidio por parte del analista tampoco es comprendida por el colectivo. La comprensión no es un fenómeno colectivo. La psicología aún espera el día en que esta comprensión pueda ser explicada. Solo de las vocaciones que se ocupan de la naturaleza humana y del alma, el análisis no tiene otra posición que la del alma. No hay ninguna autoridad superior al propio análisis, ningún punto de reparación médico, jurídico o teológico a posiciones exteriores que se resistan a la muerte y busquen su prevención.

Las reglas para juzgar si un suicidio -o cualquier hecho en análisis- está justificado no pueden enunciarse sumariamente. Hacerlo sería abandonar el interior por el exterior. Significaría que ya no estamos intentando comprender el acontecimiento individual en su singularidad, sino que estamos observando formas de comportamiento, clases de actos. Sin embargo, este énfasis en la comprensión no significa tout comprendre, tout pardonner. Comprender no significa permanecer a la espera en una simpática aceptación no directiva pase lo que pase. Un analista tiene sus criterios de justificación. Estos criterios se derivan principalmente de una evaluación de la mente consciente en el momento de la muerte en su relación con los procesos objetivos del inconsciente que forman la subestructura arquetípica de la conducta. De ahí que la comprensión analítica requiera el conocimiento de estos procesos psíquicos objetivos. El conocimiento necesario para hacer frente al riesgo de suicidio es, paradójicamente, sobre la gran incognoscible: la muerte. Este conocimiento no es médico, legal o teológico, que de todos modos consiste en abstracciones. Se trata más bien de conocimientos sobre la experiencia de la muerte, el trasfondo arquetípico de la muerte tal como se encuentra en el alma, sus significados, imágenes y emociones, su importancia en la vida psíquica, de modo que se pueda intentar comprender las experiencias vividas durante la crisis suicida. El analista emite juicios e intenta actuar con la misma exactitud y ética que otros científicos. Tampoco se diferencia de otros científicos cuando toma sus criterios sólo de su propio campo.

A cómo un analista puede entender la experiencia de la muerte y proceder frente al suicidio llegaremos pronto. Aquí hemos intentado delimitar el modelo sobre el que se asienta el analista de otros modelos que no son auténticos para su vocación. Cuando sale del alma y toma sus criterios de la moral teológica, sociológica, médica o jurídica, actúa como lego y sus opiniones son opiniones de lego, no ya juicios científicos basados en su formación disciplinada y en el material psicológico bajo observación. Como hombre, está vinculado a la realidad de la vida. Está implicado en la sociedad, la ley, la iglesia y la realidad física. Incluso su profesión ha llegado a ser reconocida colectivamente e imbuida de confianza – pero sólo porque esta profesión ha sido concebida según el modelo in auténtico de la medicina. Su vocación se dirige al alma tal y como se encuentra en los seres humanos individuales. Esta vocación le sitúa en un vacío con su paciente en el que, paradójicamente, se suspenden las obligaciones del colectivo que le dio el reconocimiento profesional.

Pero mientras un analista sea fiel a la psique, no es laico. Tiene su terreno, y este terreno tiene lugar para la muerte. 

El mundo es la puerta hacia el alma

Logos del alma

La psicología se puede definir como el opus de la escucha atenta del logos de la psique, ya que el fenómeno exige oídos abiertos que puedan aprehender cada sonido del movimiento rítmico del alma. En el compás de su andar, se enredan en sus pasos las tenues melodías que surgen del entramado complejo de sus múltiples andanzas. Por eso es el trabajo del psicólogo entrenar su oído para poder captar, en la medida de lo posible, el diálogo constante del alma consigo misma.

Desde su encuadre particular el psicólogo se concibe como un profesional atento a las manifestaciones del proceso psicológico, un investigador puntual que se esfuerza por ser capaz de traslucir el alma en los fenómenos que estudia y atenderlos como la actividad dialéctica que son. Este trabajo no puede ser una abstracción del mundo, al contrario sucede únicamente en la aparición común de los objetos cotidianos, en las imágenes e ideas que se entretejen para dar un cuerpo sutil a lo que normalmente se denomina como la realidad.

Es en el sol de cada mañana, en la sonrisa de la mujer amada o en el trajín del día a día donde se encuentra el solaz de la vida simbólica contemporánea. En los hechos ordinarios es donde mora el alma con su miríada de ideas dando forma a las experiencias comunes. Es inútil acudir a figuras anímicas ya abandonadas por el propio discurrir de la historia. Las antiguas representaciones simbólicas, que dictaban la vida corriente de una época, han sido devoradas por el proceso dialéctico del alma, que las conserva superadas en la lógica moderna.

La liturgia de la iglesia, la ceremonia del chamán o la lectura del astrólogo, son reliquias llenas de fascinación, pero ya no significan nada, han sido arrancadas del flujo que las hacia productoras de la verdad. Hoy, sin embargo, lo concretamente vivo es lo ineludible, aquello que ata fatídicamente al mundo. Por consiguiente, estar en presencia del mundo requiere poder escucharlo de forma abierta tal como se presenta, sin desear que sea distinto, sin añorar su mejoramiento y por consiguiente, como Jung aconsejaba, querer el mundo tal cual es.

En consecuencia, parte del camino de ser psicólogo es aprender a resignarse a que el fenómeno es completo y no tendría que ser distinto, porque el sueño de la realidad del alma ya ha alcanzado la fase de la individuación y nos encontramos siempre ante nociones absolutas, ya pensadas, que solo aguardan el tiempo de llegar a ellas mismas.

Los antiguos gnósticos imaginaban su ocupación como la liberación de la Sophia atrapada en la materia, ellos debían permitir que lo concreto pudiera liberar su matiz noético, es decir, que el concepto estructurador de la representación positiva de los hechos emergiera en su faceta negativa, como el espíritu de la contradicción.

Así, el objetivo del psicólogo es la atención cuidadosa del proceso de autoproducción de las imágenes y la volatilización de las mismas en ideas, de tal manera que lo eidético se muestre por fin como aquello más concreto y real al sumergir su positividad en la vía negativa del movimiento dialéctico, para que entonces el mundo pueda cumplir con la función lógica de ser el valle del hacer alma.

En ese sentido el quehacer psicológico necesita de las imágenes del mundo para poder llevarse a cabo, pero su objetivo no es el mejoramiento del mundo, ni su transformación, ni mucho menos el bienestar de las personas, sino, exclusivamente, pensar sobre lo ya pensado y tratar de estar a la altura del momento presente de la vida lógica del alma.

El suicidio y el alma. I. Suicidio y análisis. 1. El problema

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 13 – 23

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

1. El problema

Las cosas naturales para la especie no siempre lo son para el individuo.

– John Donne, Biathanatos, A declaration of that Paradoxe or thesis, that Self-homicide is not so Naturally Sine, that it may never be otherwise

Sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Todo lo demás… viene después. Son juegos; primero hay que responder.

– Albert Camus, El mito de Sísifo

A pesar de las apariencias, el establecimiento del orden y la disolución de lo establecido escapan en el fondo al control humano. El secreto es que sólo lo que puede destruirse a sí mismo está verdaderamente vivo.

– C. G. Jung, Psicología y Alquimia

¿No nos corresponde confesar que en nuestra actitud civilizada hacia la muerte estamos una vez más viviendo psicológicamente por encima de nuestras posibilidades, y que debemos reformarnos y dar a la verdad lo que le corresponde? ¿No sería mejor dar a la muerte el lugar que le corresponde en la actualidad y en nuestros pensamientos, y dar un poco más de prominencia a esa actitud inconsciente hacia la muerte, que hasta ahora hemos suprimido con tanto cuidado… Si vis vitam, para mortem. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.

– Sigmund Freud, Pensamientos sobre la guerra y la muerte

Oh construye tu barco de la muerte, oh constrúyelo a tiempo y constrúyelo con amor, y ponlo entre las manos de tu alma.

– D. H. Lawrence, «Barco de la Muerte»

1

El problema 

CUALQUIER consideración cuidadosa de la vida conlleva reflexiones sobre la muerte y la confrontación con la realidad significa enfrentarse a la mortalidad. Nunca llegaremos a comprender plenamente la vida hasta que estemos dispuestos a luchar con la muerte. No necesitamos postular una pulsión de muerte ni especular sobre la muerte y su lugar en el esquema de las cosas para hacer una simple observación: toda preocupación profunda y compleja, ya sea en uno mismo o con otro, lleva en sí el problema de la muerte. Y el problema de la muerte se plantea más vívidamente en el suicidio. En ningún otro lugar la muerte está tan cerca. Si queremos avanzar hacia el autoconocimiento y la experiencia de la realidad, la indagación sobre el suicidio se convierte en el primer paso.

Porque el análisis es precisamente una consideración tan cuidadosa de la vida, se ocupa de las cuestiones de la muerte. Proporciona la situación humana intensa para centrar las cuestiones esenciales, convirtiéndose así en un paradigma de la vida. Todo se desnuda dentro de una pequeña habitación, entre dos personas, en secreto y en el vacío. Los temas siniestros tienen cabida porque el análisis es una actividad más de la mano izquierda que de la derecha. Se ocupa de tabúes y se inscribe en un tabú propio. El objetivo de la adaptación al orden social es de la mano derecha, del asesoramiento consciente. Pero el análisis incluye también la izquierda. Revela al hombre inferior allí donde es torpe y siniestro, y donde el suicidio es un asunto real. El análisis da a la mano izquierda la oportunidad de vivir conscientemente su propia vida sin que la mano derecha, sentada para juzgar, sepa lo que está haciendo. La mano derecha nunca puede conocer a la izquierda, sólo interpretar y transponer.

Por lo tanto, al abordar la cuestión del suicidio a través del análisis, tenemos una posibilidad que no nos dan las estadísticas, los estudios de casos ni la literatura de investigación, todos ellos métodos inventados por la mano derecha. Dado que el análisis es la vida en microcosmos, especialmente el lado oscuro, lo que se descubre en él es ampliamente aplicable en otras relaciones personales cercanas en las que la razón no basta. Los descubrimientos pueden trasladarse al problema del suicidio tal y como puede plantearse en cualquier otro momento de la vida. 

Y es en la vida donde surge el suicidio. En contra de la imaginación popular, es más probable que el suicidio se produzca en el hogar que en el manicomio. Le ocurre al famoso del que leemos, o al vecino de al lado, o en la familia… o en uno mismo. Como cualquier giro de la fortuna -amor, tragedia, gloria-, el suicidio sólo es materia para el psiquiatra cuando está distorsionado, sólo cuando forma parte de un síndrome psicótico. En sí mismo, el suicidio no es ni síndrome ni síntoma. Por lo tanto, esta indagación puede no ser especializada, sino que abordará el suicidio en el escenario humano del análisis, es decir, tal como podría aparecer y aparece en el curso normal de cualquier vida.

El suicidio es el problema más alarmante de la vida. ¿Cómo se puede estar preparado para ello? ¿Cómo entenderlo? ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué no se hace? Parece irrevocablemente destructivo, dejando tras de sí culpa y vergüenza y un asombro sin esperanza. Lo mismo ocurre en el análisis. Para el analista, es aún más complejo que la psicosis, la tentación sexual o la violencia física, porque el suicidio representa el epítome de la responsabilidad que carga un analista. Además, es fundamentalmente insoluble porque no es un problema de la vida, sino de la vida y la muerte, lo que conlleva todos los imponderables de la muerte. La consideración del suicidio conlleva también la consideración de las ultimidades. Al descubrir su postura frente a este problema, el analista también estará formando su actitud frente a las cosas primeras o últimas, girando y dando forma al recipiente de su vocación.

Las opiniones de un analista sobre la religión, la educación, la política, el adulterio y el divorcio, incluso sobre las vacaciones, la bebida, el tabaco y la dieta, no deben interferir en su trabajo analítico. Durante su formación tiene en cuenta sus propias creencias, hábitos y ética para que no supongan un obstáculo para la otra persona. Dado que el punto de vista personal no es suficiente para resolver los problemas de la hora analítica, la formación tiene como objetivo aumentar la objetividad. Cuando el suicidio es el problema del momento, cabe esperar que el analista haya alcanzado un punto de vista consciente más allá de sus preocupaciones subjetivas. Pero, ¿cómo desarrolla un analista la objetividad sobre el suicidio?

La objetividad implica franqueza, y la franqueza sobre el suicidio no es fácil de conseguir. La ley lo considera criminal, la religión lo califica de pecado y la sociedad le da la espalda. Durante mucho tiempo se ha tenido la costumbre de silenciarlo o excusarlo con la locura, como si fuera la principal aberración antisocial. La objetividad nos sitúa inmediatamente fuera del colectivo. La apertura al suicidio significa algo más que adoptar una postura individual contra la opinión moral colectiva. Una investigación objetiva en este campo traiciona de algún modo el impulso de la vida misma. La cuestión planteada en esta indagación conduce necesariamente más allá del contacto con la vida. Pero sólo la muerte está más allá del contacto con la vida, de modo que la apertura al suicidio significa ante todo un movimiento hacia la muerte, abiertamente y sin temor.

Es una cuestión práctica. Llega una persona nueva y se le notan marcas en la muñeca. Durante las primeras entrevistas sale a relucir que hubo dos intentos de suicidio hace algunos años, en secreto y casi con éxito. La persona quiere trabajar sólo con usted porque una amiga se la recomendó y no se atreve a confiar en nadie más. Al aceptar a esta persona, aceptas la amenaza de que en la próxima crisis vuelva a intentar suicidarse, pero es tu trabajo mantener una tensión analítica que no rehúya las crisis.

Otro tiene cáncer y sufre dolores cada vez más intensos. Por razones familiares y económicas, considera que debe morir ahora en lugar de sufrir -y hacer sufrir también a su familia- las últimas etapas de su tiempo médicamente previsto. Tampoco quiere morir drogado, aturdido por el dolor y privado de experimentar la muerte. Por su estado de ánimo, sus sueños y sus convicciones religiosas, está seguro de que ha llegado el momento de morir. Ha alcanzado un punto de vista filosófico y no quiere agotar sus fuerzas en argumentos. Busca tu simpatía y guía durante este paso final.

Un joven se salva por los pelos de morir en un accidente de coche. Sueña que vive el problema del suicidio, pero que aún no debe mirarlo porque todavía no es lo bastante fuerte para afrontarlo. Se preocupa porque no puede sentir el impacto del sueño, pero sabe en alguna parte que está en peligro. Quiere resolverlo contigo. Si sigues el sueño y no analizas el problema con él, puede volver a tener un accidente, un sucedáneo de suicidio. Si sigues su preocupación y analizas el problema del suicidio con él puede que no sea capaz de gestionarlo, y el sueño podría hacerse «realidad».

Una cuarta persona recibe extraños mensajes de un idolatrado padre muerto que se suicidó siguiendo una peculiar tradición familiar. Siente que hay una razón de peso para responder a la llamada ancestral; la muerte crece en fascinación. Además, los sueños muestran figuras cojas o moribundas que indican un contenido psicológico que, al entrar en la conciencia, puede paralizar el impulso de vivir, cumpliendo la némesis.

El analista lego -como generalmente se denomina a los analistas no médicos- está solo frente a estas decisiones: no tiene una posición preparada ni una organización social que lo ayude a enfrentar los peligros. Tiene una relación única con la otra persona, una relación que implica una responsabilidad más estrecha por el destino del otro en este momento que la que tiene un marido por su mujer, un hijo por sus padres o unos hermanos entre sí, principalmente porque está al tanto de un modo especial de la mente y el corazón del otro. No sólo sabe lo que otros no saben, sino que la propia situación analítica le coloca en el papel de árbitro del destino. Esta relación única con todas sus complicadas expectativas sobre su destino conjunto se ha denominado transferencia. A través de ella el analista se ve implicado en la vida del otro como nadie más lo está. La transferencia es una liga de los dos en las buenas y en las malas y, a veces, contra todos los demás. Esta liga privada es fundamental para el análisis. Es similar a la relación del abogado con el cliente, del médico con el paciente, del confesor con el penitente. En otras vocaciones, sin embargo, este vínculo de confianza es un accesorio del trabajo, importante, pero -como veremos más adelante- al que hay que renunciar en aquellas exigencias en las que entra en conflicto con los principios fundamentales de esas vocaciones. Pero la transferencia es la raíz del análisis; nunca puede dejarse de lado por otros principios sin romper el vaso terapéutico. Es el símbolo vivo del proceso curativo y expresa las épocas continuamente cambiantes y apasionantes del análisis.

Dado que la transferencia es tan complicada, tan emocional y tan misteriosa, se ha resistido a las explicaciones. El propio término es utilizado de forma diferente por los distintos analistas. Tal vez pueda entenderse mejor comparándolo con el modelo de secreto, silencio y «contra todos los demás» que opera en otras obras profundas del alma: la creación artística, los misterios religiosos, el amor apasionado. Los participantes en la relación única del análisis comparten un misterio común al igual que los amantes, los exploradores, los iniciados, que juntos han sido tocados por la misma experiencia. Los participantes en esta via sinistra son cómplices; el suicidio de uno significa nada menos que la complicidad del otro.

Para el psiquiatra, la situación es diferente. Ha recibido una formación médica, y nos tomaremos el tiempo necesario para analizar los efectos de esta formación a medida que avancemos. A este respecto, podemos decir lo siguiente: el psiquiatra tiene una posición preparada para hacer frente a la amenaza de suicidio. No está solo como el analista, porque no está abierto de la misma manera. Su visión de la transferencia tiene otros fundamentos, que lo llevan a participar en el proceso de curación de manera diferente. Ante todo, sabe de antemano cuál es su tarea en relación con el suicidio: salvar la vida. Dispone de medios para hacerlo inmediatamente, por ejemplo, a través de métodos físicos de tratamiento (shock, inyecciones, pastillas). Tiene autoridad, que varía de un país a otro, para internar al paciente en un manicomio, al menos temporalmente para prevenir el suicidio. Como en el caso del soldado, el policía o el juez, la muerte se produce en el cumplimiento del deber del médico. No se le exigen responsabilidades, salvo perfunctoriamente y en casos inusuales. En caso de error, cuenta con la opinión de un profesional. Para el mundo no es «laico». El respaldo de la profesión y el hecho de que se le considere el mayor especialista en este tipo de cuestiones dan seguridad a sus decisiones y tranquilizan su conciencia.

Además, los errores médicos forman parte del trabajo médico. Hay errores en cirugía, obstetricia, anestesia, errores de diagnóstico y medicación. Nadie exige que la medicina sea perfecta. En la batalla contra la muerte, se espera que el médico luche sin cesar, pero no que gane siempre. En cierta medida, el médico debe acostumbrarse a la muerte de sus pacientes, ya que la muerte física ha sido su compañera diaria desde el comienzo de sus estudios de disección anatómica.

El psiquiatra tiene menos posibilidades de cometer errores dramáticos que el internista o el cirujano. Tiene menos posibilidades de perder a un paciente por muerte, excepto por suicidio. Dado que la muerte es el «error» más claro para el hombre con formación médica, un psiquiatra podría tender a considerar el suicidio como un cirujano considera una operación fallida.

Para un analista, los errores se juzgan desde otro ángulo. Su primera preocupación es siempre la salud del alma y, por lo tanto, sus criterios de juicio se refieren a la vida psicológica, no a la física. Veremos a medida que avancemos que la salud psicológica no tiene por qué revelarse en el desempeño físico externo; por lo tanto, los errores de un analista son más difíciles de descubrir y evaluar. Las cicatrices y los tullidos no se manifiestan de la misma manera. Las expectativas del trabajo analítico también son más complejas que las de la medicina, y las líneas de éxito y fracaso en el análisis son menos claras. Además, como el trabajo analítico es una relación, una relación que requiere el compromiso de la personalidad del analista, éste siempre está implicado en cada acontecimiento. Esta implicación va más allá de la responsabilidad médica por un cargo; es más bien una participación en el otro como si fuera uno mismo. Así, la muerte de su carga es siempre para el analista su propia muerte, su propio suicidio, su propio fracaso. Un analista que se enfrenta una y otra vez con personas suicidas se ve obligado a considerar su propia muerte y dónde está su carencia, porque las personas que acuden a terapia traen al analista sus propios problemas. Esta actitud difiere de la del médico, que no considera que las enfermedades y dolencias que llegan a su consulta le pertenezcan también de alguna manera. La relación única que une al analista con el otro al mismo tiempo impide que cualquier otra persona participe del mismo modo en el caso, de modo que el analista lleva cada muerte en solitario.

Su formación no le ha preparado lo suficiente para ello. Se enfrenta a la muerte sin haber tenido un acceso privilegiado a los muertos y moribundos como el que ha tenido el médico en su formación. El camino del analista hacia ella ha sido psicológico, es decir, a través de la experiencia de la muerte en su propia psique. Su análisis de formación fue una iniciación a la muerte psicológica. Una iniciación, sin embargo, es sólo un comienzo. Un analista sigue siendo lego si, en esta área tan crucial de su trabajo, no se enfrenta a la muerte psicológica con la constancia con la que el médico se enfrenta a la muerte física. Al elaborar su posición ante el suicidio, el analista avanza hacia esta confrontación. Le ayuda a acercarse a la experiencia de la muerte, desarrollando su objetividad y dándole una competencia para afrontarla psicológicamente comparable a la competencia del médico con la muerte física.

Si el psiquiatra fuera también analista, parecería que tenemos la solución ideal: el análisis médico. Por un lado, podría trabajar psicológicamente, entablando una relación única con el paciente; por otro, dispondría del arsenal de la medicina del que echar mano cuando se avecinara el suicidio. Esta es, de hecho, la pauta general hoy en día. (Tanto los analistas médicos como los legos tienden a tener un enfoque psicológico hasta el momento del suicidio, cuando ambos tienden a convertirse en médicos). Apenas habría motivos para seguir con este debate si no fuera por esta cuestión básica: ¿no es el análisis médico, en lugar de una solución ideal, de hecho más problemático que la medicina o el análisis por sí solos?

Los puntos de vista que exigen la medicina y el análisis son difíciles de combinar. ¿Se puede practicar el análisis y mantener el punto de vista de la medicina científica moderna? ¿O se puede aceptar consecuentemente el punto de vista de una psicología profunda que afirma el alma y practicar la medicina ortodoxa? Veremos en capítulos posteriores que el alma y el cuerpo pueden presentar exigencias contrapuestas. Hay momentos en los que las exigencias de la vida requieren que se abandonen los valores del alma. Si uno defiende la vida, como debe hacer el médico, las consideraciones psicológicas deben ocupar un lugar secundario. Ejemplos de esto se encuentran en cualquier asilo donde, para la protección de la vida y la prevención del suicidio, se utiliza todo tipo de insulto psicológico violento para «normalizar» el alma que sufre. De hecho, toda precaución, toda prescripción, todo tratamiento de la medicina moderna tiene un componente antipsicológico, ya sea en forma de tranquilizantes, que evidentemente lo son, o simplemente en forma de vendajes y entablillados, que parecen sólo cuestiones técnicas. El tratamiento del cuerpo no afecta sólo al cuerpo. También se está haciendo algo a la psique, que bien puede ser positivo, pero que seguramente será negativo si se rechazan o ignoran los posibles efectos sobre el alma. Siempre que el tratamiento descuida directamente la experiencia como tal y se apresura a reducirla o superarla, se está haciendo algo contra el alma. Pues la experiencia es el único alimento del alma.

Si uno defiende la vida psicológica, como debe hacer el analista, puede que la vida física tenga que frustrarse y dejarse sin cumplir para satisfacer las demandas del alma, sus apremiantes preocupaciones de redención. Esto parece ir en contra de todo sentido común, de toda práctica médica y de toda filosofía racional de mens sana in corpore sano. Sin embargo, el experimento de la vida arroja continuamente ejemplos en los que el cuerpo sólo es secundario, y todas las neurosis muestran esta prioridad de la psique sobre el soma.

Esta tensión entre cuerpo y alma cristaliza con mayor claridad en el problema del suicidio. Aquí, el cuerpo puede ser destruido por una «mera fantasía». Ninguna otra cuestión nos obliga tan agudamente a enfrentarnos a la realidad de la psique como una realidad igual a la del cuerpo. Y como todo análisis gira sobre el eje de la realidad psíquica, el suicidio se convierte en la experiencia paradigmática de todo análisis, quizá de toda la vida.

La creatividad es inhumana

Logos del alma

El alma es productiva, sin embargo no se le debería imaginar como una fabricadora de fenómenos o como un agente de cuya actividad derivan formas, imágenes o ideas, porque el alma no existe y tampoco lo hacen sus producciones, o mejor dicho una vez que algo ha sido producido ya ha dejado atrás su componente anímico. No obstante, es cierto que el alma nunca deja de crear, pues su impulso incesante es, en sí mismo, su esencia particular.

James Hillman insistió en que el reino del alma es el inframundo, porque sus ramas crecen siempre hacia los hondos valles de la experiencia cotidiana donde su reflexión resulta oscura y profundísima. Por lo tanto, su poiesis es una acción puramente negativa, donde lo negativo se entiende como la emergencia constante del concepto que vive implícito en el fenómeno. No basta morar en una nekya metafórica, en un descenso que ocurre de forma semántica. Pensar en la negatividad del alma supone someterla a una caída primordial en su propia realidad.

De esta manera el alma es creativa en el momento justo del límite de su actividad, es decir, en la contradicción inherente al síntoma, en aquel pensamiento que subyace como movimiento lógico siempre presente en la obra o en el suceso y que desgarra lo positivo del acontecimiento para convertirlo en pura experiencia psíquica. Es en el recibimiento del animus asesino, donde la creatividad realmente existe y no en los campos embriagantes del anima maternante. La tierra tiene que abrirse bajo los pies para que el impulso creador arrebate a la realidad de su estéril virginidad y pueda ser consciente de su lugar en el mundo del Hades.

Por lo dicho, es el Otro el que irrumpe como un huésped (hostes) hostil (hostis) en la morada inerte de la positividad, en la forma pictórica del fenómeno que ha sido atrapado en su fisicalidad y que lo arranca de su contención óntica para poder sumergirlo en la profundidad de su vida lógica. Por ello resulta imposible que el proceso creativo pueda dirigirse al sujeto, a la ego-personalidad, porque precisamente la generación de la verdad del fenómeno exige el sacrificio continuo de la individualidad. Ser creativo es servir a Otro.

La creatividad es un proceso inhumano que se asienta en la vida del sujeto de forma autónoma, otras culturas hablaban de musas, daimones, shides o del duende, en todas esas figuras se sabía que el impulso creador era una tarea impuesta que debía honrarse y que presagiaba un enorme sacrificio para el sujeto. En la época actual, empero, la creatividad se ha cargado sobre los hombros del individuo y éste, inflamado por la llama creativa, se quema sin remedio hasta extinguirse en el dolor de no poder concebir su poiesis como un invitado al que hay que recibir y atender solo mientras sucede.

Jung y los enteógenos

Logos del alma

Enteógenos es la denominación para todas aquellas sustancias que causan, una vez consumidas, un efecto psicoactivo en el usuario, quien en un estado alucinatorio ve alterada su percepción de la realidad de tal forma que experimenta una modificación de sus sensaciones que, muchas veces, es interpretada como una “expansión de la consciencia”. La palabra deriva del griego éntheos que corresponde a la vivencia de un dios; también “entusiasmo” tiene la misma fuente.

En la segunda mitad del siglo XX el consumo de sustancias psicoactivas se popularizó como una manera de acceder de forma experimental a nuevas vivencias perceptivas que invitaban a cuestionar los esquemas culturales dominantes. Pero no fue la única vez que la consciencia recurrió al uso de psicotrópicos para modificarse u observarse a sí misma desde perspectivas inéditas. Hoffman creyó encontrar en rituales antiguos como los de Eleusis el uso de hongos Cornezuelos, además se ha hallado evidencia de la utilización de setas en los entierros paleolíticos o de sapos bufo, semillas o flores en los rituales de culturas precolombinas y se cree que una gran variedad de figuras teriantrópicas enmarcan la relación de los pueblos ancestrales con el uso de enteógenos. Inclusive Terence Mackenna conjeturó que el descubrimiento de hongos psicodélicos por parte de una especie primitiva de primates potenció la evolución cerebral de dicha especie, lo que decantó en el establecimiento de los factores que determinarían la aparición del hombre.

Sin duda los enteógenos han tenido un papel activo en la constante estructuración de la consciencia, por ello su uso, tanto recreativo como ritual, despierta mucha curiosidad en diversos ambientes, incluyendo el terapéutico. Sin embargo, es relevante preguntarse por su pertinencia y las condiciones de su empleo, pues como toda manifestación cultural responde al marco del espíritu de la época y se adecua a las necesidades de un contexto determinado. El hombre del paleolítico, el iniciado griego y el actual consumidor de peyote no están verdaderamente emparentados, cada uno se encuentra ya comprometido con su particular tiempo histórico y su labor es el de reproducir las necesidades anímicas de su época. Aunque tan disímiles personajes consumen la misma droga, el espíritu que los consume a ellos es distinto en cada ocasión.

Por eso el manejo de psicoactivos ha sido relacionado con teorías psicológicas que se enmarcan en el estudio tanto de la evolución de la consciencia como de las antiguas manifestaciones religiosas. Entre ellas la teoría junguiana ha sido un foco de interés porque remite a conceptos que son útiles para el sostenimiento de una continuidad en el ritualismo propio del uso de sustancias psicotrópicas. En el trabajo de Jung se observan elementos que favorecen esta fantasía de una unidad entre diversas épocas, por ejemplo su noción del inconsciente colectivo anula cualquier esfuerzo por asociar las imágenes psíquicas con un contexto histórico, pues el inconsciente absorbe todo proceso histórico y lo somete a la idea de una dimensión suprahistórica que, a modo de deus absconditus, retiene el movimiento de la consciencia. Se literaliza así la eternidad pleromática desde la cual el demiurgo platónico había creado el cosmos.

Curiosamente Jung nunca explicitó de manera formal su posición frente a estas sustancias alucinatorias, en sus obras solo se encuentran un par de alusiones al uso de la mescalina, por ejemplo en un trabajo sobre la esquizofrenia dice:

Ésta [la mescalina] y otras drogas afines provocan, como sabemos, un abatimiento que, al bajar el umbral de la conciencia, hace perceptibles las variantes perceptivas que normalmente son inconscientes, enriqueciendo así la apercepción en un grado asombroso, pero por otro lado imposibilitando la integración. en la orientación general de la conciencia. Esto se debe a que la acumulación de variantes que se han vuelto conscientes le da a cada acto único de apercepción una dimensión que llena la totalidad de la conciencia. Esto explica la fascinación tan típica de la mescalina. No se puede negar que la apercepción esquizofrénica es muy similar.” (CW 3, 569)

Por otra parte, en su cartas hay algunas alusiones más que surgen sobre todo por la curiosidad de sus interlocutores sobre su opinión acerca del uso de enteógenos para la exploración de los contenidos inconscientes. Pero estas preguntas no son frecuentes sino hasta después de 1954, antes de ello tenemos la percepción de que Jung ve en las drogas una especie de escape de la realidad, como en la conversación con Walther Uhsadel en 1938 donde menciona:

El oriental quiere librarse del sufrimiento desechándolo. El hombre occidental trata de suprimir el sufrimiento con drogas. Pero el sufrimiento hay que superarlo, y la única forma de superarlo es soportarlo.” (Letters 1)

No es hasta 1954 donde, con pretexto de la obra de Aldous Huxley “Las puertas de la percepción” que Jung dice:

¿Es la droga LSD mescalina? ¡Tiene efectos muy curiosos, vide Aldous Huxley!, de los cuales sé muy poco. Tampoco sé cuál es su valor psicoterapéutico con pacientes neuróticos o psicóticos. Sólo sé que no tiene sentido querer saber más del inconsciente colectivo de lo que se obtiene a través de los sueños y la intuición. Cuanto más sabes de él, mayor y más pesada se vuelve tu carga moral, porque los contenidos inconscientes se transforman en tus tareas y deberes individuales tan pronto como empiezan a hacerse conscientes. ¿Quieres aumentar la soledad y la incomprensión? ¿Quieres encontrar cada vez más complicaciones y mayores responsabilidades? Tienes suficiente.” (Letters 2, a White 10 de abril de 1954)

Es evidente que la perspectiva de Jung sobre el inconsciente no es la de quien busca las imágenes psíquicas como una forma de engrandecimiento o de recreación. Su criterio le indica qué hay un gran peligro y una gran responsabilidad en el contacto cotidiano con éstas manifestaciones anímicas, de hecho ya se tiene suficiente de ellas en la vida cotidiana, en los sueños y el los síntomas comunes, ¿Por qué alguien querría morder más de lo que puede masticar?, quizás por inflación o para acallar un vacío al que no se quiere afrontar.

Sobre la inadecuación y los peligros de la mescalina es claro que el peso de una dimensión completa de la psique acarrea tareas y riesgos que no se deben buscar de forma activa, más bien son los dioses quienes han de ser recibidos como hospes con su propio telos. No se hace imaginación activa para obtener algún beneficio sino para estar a la altura de las manifestaciones psíquicas, Jung escribe, en cuanto al tema, lo siguiente:

El método analítico de la psicoterapia (por ejemplo, «imaginación activa») produce resultados muy similares, a saber plena realización de complejos y numinosos sueños y visiones. Estos fenómenos ocurren en su momento y lugar apropiados en el curso del tratamiento. La mescalina, sin embargo, descubre tales hechos psíquicos en cualquier momento y lugar, cuando y donde no es seguro que el individuo sea lo suficientemente maduro para integrarlos. La mescalina es una droga similar al hachís y al opio en la medida en que es un veneno, que paraliza la función normal de la apercepción y, por lo tanto, da rienda suelta a los factores psíquicos que subyacen a la percepción de los sentidos. Estos factores estéticos dan cuenta de colores, sonidos, formas, asociaciones y emociones atribuidas por la psique inconsciente al mero estímulo proporcionado por los objetos.” (Letters 2, a Hubbard 15 de febrero de 1955)

Esto implica que el trabajo con las imágenes psíquicas requiere de atención y tratamientos adecuados, muy cercanos a los rituales antiguos, con la salvedad que el alma ha dejado atrás la realidad en donde tales rituales eran la plena expresión de su verdad. En el mundo actual, no obstante, los dioses han bajado del Olimpo y se han instalado en lo que hoy supone el mundo real, aquello vinculante e ineludible de la existencia. De nada sirve el contacto con las figuras inconsciente si solo se les aprecia como un “mero estímulo” como bien dice Jung, y no enfrentan al sujeto a la reflexión completa de su presencia.

La actividad estimulante ha sido duramente criticada por junguianos posteriores como James Hillman, quien asume que las imágenes psíquicas pueden tener un impacto sensorial y aún así ser eludidas, pues sentirlas no es suficiente porque el deber de toda persona es hacerse cargo de su vivencia, reflexionarla de tal manera que permita liberarse al concepto encerrado en la sensación estimulante, pues como dictaban los alquimistas es debido tener cuidado con lo físico de la materia.

En la misma carta Jung sigue diciendo:

La mescalina levanta bruscamente el velo del proceso selectivo y revela la capa subyacente de variantes perceptivas, aparentemente un mundo de riqueza infinita. De este modo, el individuo adquiere una percepción y una visión completa de las posibilidades psíquicas que de otro modo (p. ej., a través de la «imaginación activa») sólo alcanzaría mediante un trabajo asiduo y un entrenamiento relativamente largo y difícil. Pero si los alcanza y los experimenta [de esta manera], no sólo los ha adquirido por esfuerzo legítimo, sino que también ha llegado al mismo tiempo a una posición mental en la que puede integrar el significado de su experiencia. La mescalina es un atajo y por lo tanto produce como resultado una impresión estética tal vez sobrecogedora, que sigue siendo una experiencia aislada y desintegrada que contribuye muy poco al desarrollo de la personalidad humana. He visto algunos Peyotes en Nuevo México y no se comparan favorablemente con los indios pueblo ordinarios. Me dieron la impresión de ser drogadictos. Serían un objeto interesante para una investigación psiquiátrica más cercana.” (Letters 2, a Hubbard 15 de febrero de 1955)

La mescalina entonces es vista por Jung como una forma ilegítima de experimentar algo que necesariamente debe tomar un tiempo debido al trabajo arduo en donde la persona ha de construir una actitud responsable y comprometida hacia los fenómenos psíquicos. Ante el brusco aparecer de las imágenes y la sensaciones da la impresión de haber sido iluminados por un magnum opus, pero en realidad no se ha hecho la legitima labor paciente de dejar que el dios se presente por cuenta propia. Se debe recordar la imagen del alquimista que solo obtenía la piedra filosofal después de un duro esfuerzo, pues su mente tenía que estar a la altura de lo que ya se encontraba en la masa confusa, por lo tanto no podía evitar el penoso tránsito que implicaba muchas veces su desvanecimiento como sujeto, él mismo tenía que convertirse en la piedra filosofal para poder acceder a ella. En cambio el consumidor asiduo de enteógenos acude una y otra vez a su sesiones, como quien no puede aguardar por una única revelación, necesita una pletora de imágenes para sentirse productivo, situación muy ad hoc con la vorágine capitalista del consumo inmoderado.

A pesar de la semántica pseudoreligiosa alrededor del consumo de sustancias psicotrópicas, el contexto sintáctico en el que se encuadran sus esfuerzos es el de la potencia productiva puesta a favor del ego, es decir sirve como un medio tecnológico para mejorar, curar, sanar o favorecer el desarrollo de la persona. El contacto con los procesos inconscientes se vuelve una empresa de mantenimiento del narcisismo del sujeto. Todo ello revela que aunque el discurso exotérico está dirigido hacia la critica de los paradigmas hegemónicos, en su carácter esotérico estas prácticas son una repetición de un materialismo que se ha vuelto inconsciente de sí mismo, sobre ello Jung responde:

La idea de que la mescalina pueda producir una experiencia trascendental es impactante. La droga simplemente descubre la capa funcional normalmente inconsciente de variantes perceptivas y emocionales, que son solo psicológicamente trascendentes pero de ninguna manera «trascendentales», es decir, metafísicas. Tal experimento puede ser bueno en la práctica para las personas que desean convencerse de la existencia real de una psique inconsciente. Podría darles una idea justa de su realidad. Pero nunca pude aceptar la mescalina como un medio para convencer a la gente de la posibilidad de la experiencia espiritual frente a su materialismo. Es, por el contrario, una excelente demostración del materialismo marxista: la mescalina es la droga con la que se puede manipular el cerebro para que produzca incluso las llamadas experiencias «espirituales».” (Letters 2, a Hubbard 15 de febrero de 1955)

La idea de una espiritualidad artificial pone en tela de juicio que toda manifestación religiosa atienda al espíritu genuino de lo numinoso, al contrario el acercamiento a la vida simbólica puede ser un subterfugio de la misma. Jung en una ocasión dijo que la iglesia servía, en numerosas ocasiones, como una vía de evasión de la presencia del dios vivo, es decir, de la verdadera espiritualidad. En este tenor Jung concibe la senda del consumo de psicoactivos como una práctica pseudoreligiosa que contradice los términos de la religión misma y que ayuda a que el sujeto finja una devoción, pero que en esencia es una faceta de un materialismo recalcitrante que, en su esfuerzo tecnológico, vuelve manipulables las experiencias psíquicas y terminan así sirviendo a los propósitos de la neurosis.

El establecimiento de una falsa religiosidad constituye la critica de Jung hacia la aproximación irreflexiva y puramente sensacionalista de estímulos que ponen en contacto con figuras anímicas, el usuario de éstas drogas no ha construido un espacio requerido en la consciencia para la integración de los contenidos inconscientes y lo sustituye con el carácter espectacular de su experiencia. Lo puede acompañar con cantos, rituales y actos devocionales, pero no puede escoger lo que hasta él llega, ni evitar que los regalos de los dioses cobren su precio. Así lo refería Jung a Jaffe: “Desconfío profundamente de los “puros dones de los Dioses”. Los pagas caro.” (Jaffe, The Myth of Meaning).

En una carta de 1957 Jung expande su opinión sobre las limitaciones de la perspectiva tecnológica y de la falta de adecuación de las prácticas enteógenicas para el hombre actual, quien enmarcado en una dimensión consciente después de la emergencia del ego moderno ya no puede, más que al precio de un sacrificio intelectual, pretender que sus rituales se equiparan a las de las culturas antiguas, ahí enuncia lo siguiente:

Los experimentos a lo largo de la línea de mescalina y drogas relacionadas son ciertamente muy interesantes, ya que tales drogas ponen al descubierto un nivel del inconsciente que de otro modo sólo es accesible bajo condiciones psíquicas peculiares. Es un hecho que se obtienen ciertas percepciones y experiencias de cosas que aparecen ya sea en estados místicos o en el análisis de fenómenos inconscientes, al igual que los primitivos en sus estados orgiásticos o de embriaguez. No me siento feliz con estas cosas, ya que simplemente caes en tales experiencias sin poder integrarlas. El resultado es una especie de teosofía, pero no es una adquisición moral y mental. Es el hombre eternamente primitivo teniendo experiencia de su tierra fantasma, pero no es un logro de vuestro desarrollo cultural. Tener las llamados visiones religiosas de este tipo tienen más que ver con la fisiología pero nada con la religión. Es sólo que se observan fenómenos mentales que uno puede comparar con imágenes similares en condiciones extáticas. La religión es una forma de vida y una devoción y sumisión a ciertos hechos superiores, un estado mental que no se puede inyectar con una jeringa o tragar en forma de píldora. En mi opinión, es un método útil para el bárbaro Peyote, pero una regresión lamentable para un individuo culto, un «Ersatz» peligrosamente simple y un sustituto de una religión verdadera.” (Letters 2, a Heisner 12 de agosto de 1957)

La palabra “Ersatz” se traduce del alemán como un sustituto, originalmente la palabra era usada en tiempos de guerra para referirse a la sustitución del café real por un preparado hecho de harina y maíz. Se deduce que su inclusión en el texto indica que en tiempos de crisis surgen formas sustitutas de la verdadera espiritualidad, pero cuya ilegitimidad no acercan al adepto a la vida verdaderamente devocional sino que al contrario lo alejan, sumiéndolo en la ilusión de vivir una verdadera experiencia religiosa.

Sobre las almas individuales sumidas en la angustia de la existencia dice Jung: “Hay algunas pobres criaturas empobrecidas, tal vez, para quienes la mescalina sería un regalo enviado por el cielo sin un contraveneno.” (Jaffe, The Myth of Meaning)

En conclusión, la implementación de elementos psicoactivos es un fenómeno moderno que responde a una necesidad anímica que no siempre coincide con el propósito de sus usuarios, a pesar de haber sido utilizado en culturas ancestrales, en cada momento el contexto dotaba a dicha práctica de un carácter totalmente distinto dependiendo del marco histórico y de la necesidad del alma en lo real. Si bien el ámbito junguiano puede dar algunas herramientas que justifiquen las actividades enteógenicas, la opinión del mismo Jung es desfavorable en cuanto a los pseudorituales derivados de su uso.

Para Jung las imágenes psicológicas son fenómenos autónomos que han de ser tratados con el debido respeto y responsabilidad, para ello el sujeto no debería exponerse a las mismas sin un fortalecimiento previo dado por la práctica continua de la reflexión y la humildad ante tales fenómenos psíquicos. Las manifestaciones anímicas no sirven a un fin materialista o a un afán técnico por parte de la egó-personalidad sino que son las representaciones verídicas de una vida simbólica que necesita ser cultivada en su medio cotidiano en los sueños y en los síntomas, y ante la cual la demasiada exposición señala una pobreza implícita que no podrá ser resarcida por las personas, a menos que se reconozca la riqueza psicológica ya existente.

Acudir a un ambiente pseudoreligioso no garantiza la asunción de la propia vida a factores numinosos o devocionales, en su lugar es un método, muy moderno, de fingir neuróticamente que se ha entrado en contacto con procesos a los que no se ha llegado de forma legitima, todo ello para escapar del asiento actual de la religiosidad de los tiempos presentes, del dios vivo que mora ahí donde lo requiere y no donde a las personas les gustaría que estuviera.

La psicología y el complejo de inferioridad del hombre

Logos del alma

“Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso…”

F. Nietzsche

La psicología, de forma inadvertida, es la narrativa moderna cuya función es la de ser un refugio del hombre ante el nihilismo, así que recrea, re-imagina, antiguos ídolos ahí donde el martillo de la historia ya los había derrumbado. Una de las imágenes que prueban este hecho es el esquema crisis-renacimiento que presupone que de un momento caótico o angustiante devendrá, si el sujeto así lo desea: el aprendizaje, la riqueza y el crecimiento, tal afirmación se deriva de la antigua creencia cristiana en el paraíso prometido, al que el buen creyente podía ir después de sufrir lo suficiente en este mundo.

El cristianismo sigue arraigado en la psique, no obstante su espíritu se ha diluido en dos vertientes, aparentemente antitéticas. Por un lado se disfruta de él como un productor de sentido, al precio de sacrificar la asunción de la realidad en un mundo post-metafísico. Ello no implica que la metafísica o que la religión hayan sucumbido al olvido, únicamente que la sintaxis que les daba vida se ha disuelto en nuevas formas lógicas.

El segundo camino del telos cristiano ya se ha realizado desde hace más de dos mil años, pero la consciencia debe seguir haciendo una peregrinación a la tierra santa de la historia de sus transmutaciones. La encarnación y el vaciamiento (kenosis) de la divinidad ya han ocurrido, fue el propósito implícito en la crucifixión, pero tiene su preludio en la separación de lo divino de su esfera naturalista en la masacre posterior a la adoración del becerro de oro en el monte Sinaí, en Yahvé aborreciendo los sacrificios en el episodio de Isaac o en Job reivindicando el asiento humano ante un dios inconsciente de sí mismo.

A pesar de que un cristiano tardío como Nietzsche pudo intuir las consecuencias de la encarnación, la cultura aún requiere de ese sostén celestial que proporcionaba un sentimiento profundo de interioridad y de pertenencia. Las personas todavía se refugian en la iglesia, donde a pesar de las ruinas evidentes, pueden fingir que es la casa de un huésped que, empero, ha seguido su propia senda fuera de ella, porque como decía Juan Gelman: “no es para quedarnos en casa que hacemos una casa…”.

Por lo tanto, han de surgir aún falsos profetas, no porque lo que digan sea equivocado sino porque está construido como una neurosis del alma misma, en ese esfuerzo anímico por permanecer en aquello que esta imbuido en el presente pero que ya no es realmente operante. Es en esa dimensión del alma engañándose a sí misma que se enmarcan los subterfugios psicologistas como el mencionado esquema crisis-renacimiento, que es un ejemplo a su vez de el prejuicio de la causalidad psicológica.

Los objetivos psicoterapéuticos tienen su raíz en el anterior contexto religioso y reproducen la moral cristiana de la que Nietzsche sospechaba con tanta vehemencia. Ahí se confiere al hombre un papel determinante en los procesos psíquicos que le acaecen, con toda la inflación y la culpa producidos por asumir un destino que no le es propio. Tal circunstancia fue a la cual los primeros psicólogos llamaron neurosis.

Esta situación provee de un escape a la contingencias del espíritu, es decir, al hecho de que el sentido ha dejado de ser determinante en la dimensión de la existencia, puesto que ya se han roto las esferas celestiales y los viejos dioses ya no moran en el Olimpo sino en el plexo solar, lo cual supone el peligro constante de inflación psíquica que no era posible, como un estado constante del individuo, sino hasta la modernidad.

Esta inflación también supone que el sujeto, frente a la realidad, solo debe atender a su experiencia si ésta le es favorable, aunque sea como promesa, delirando con un falso sentido de control sobre la misma. Hay una espera fútil en la idea de que el universo está hecho para satisfacer al ser humano como una especie de principio antrópico narcisista que evita que el sujeto entre en contacto con su propia negación, con aquello otro que lo constituye como un ser desnudo frente a la muerte de los dioses que le brindaban sustento ontológico.

El nihilismo es la pérdida necesaria de los antiguos valores, la muerte de Dios como el representante de un mundo que ya ha transitado a una forma inédita de sí mismo ¿no es acaso, esperar un futuro propicio un mecanismo de defensa contra el vacío de la existencia, contra la falta de significado propia del crepúsculo de una cosmovisión moribunda?

La idea de un buen porvenir alivia la angustia ante la incertidumbre, pero a la vez prueba la verdad de los tiempos presentes, que ya no hay significado y que solo podemos acceder a éste a través de crearlo artificialmente con propósitos meramente personales.

Pensar que los sucesos están hechos para la superación personal del sujeto o que el individuo debe aprovecharlos ¿no expresa un exceso de importancia personal? ¿No es una muestra de soberbia? ¿Y no implica esta soberbia un complejo de inferioridad de la especie humana?

¿Qué pasaría si el hombre asumiera que el mundo es caótico, que la crisis es una constante de la existencia y que no necesariamente habrá un buen final para los sucesos? ¿Qué sucedería si entendiera que la realidad no está hecha a su imagen y semejanza sino que son los fenómenos los que transitan hacia sí mismos y solo como agregado podrá acaso sacar algún partido, que por supuesto siempre será efímero?

Y además ¿Cómo sería una psicología liberada de su necesidad de mejorar al individuo, de generar significado, de curar, es decir, emancipada del proyecto de alejar al sujeto de sí mismo y de la lógica del alma?

Son preguntas para el futuro, mientras tanto, habitamos las huellas que deja el alma en su camino hacia sí misma, construimos civilizaciones y las narrativas necesarias para brindarles cimientos ideológicos. La psicología es uno de esos mitos del mundo moderno y crea casos para poder validarse. No es verdad que la psicología estudie al hombre, más bien su discurso se inserta en la piel lógica del ser humano para constituirlo y amasarlo como el trozo de barro noético que siempre ha sido.

El suicidio y el alma. Prólogo y notas preeliminares de 1964 y 1976

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 6 – 12

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Prólogo 

por Thomas Szasz

Para los animales no humanos, procrear y morir son consecuencias casuales de procesos biológicos. Para los seres humanos, a menudo son el resultado de una elección deliberada. Desde los primeros tiempos de la historia, el hombre ha ejercido el control sobre la reproducción, mediante el infanticidio, y sobre la muerte, mediante el suicidio. Practicar la anticoncepción es un pecado para los judíos ortodoxos y los católicos devotos, mientras que no practicarla es un acto de irresponsabilidad para casi todos los demás. El aborto sigue siendo un dilema moral para la mayoría. El infanticidio, definido como asesinato, está prohibido por el derecho penal. Sólo el problema del suicidio se ha resuelto a satisfacción del hombre moderno: sabe que es un síntoma de enfermedad mental, a menos que el «paciente» sea «asistido» por un médico, en cuyo caso se califica de «tratamiento» del dolor.

Puede sorprender al lector que la transformación del suicidio de un acto criminal llamado «autoasesinato» a un síntoma de enfermedad cerebral llamado «locura» (que anula la ilicitud del acto) se completara en realidad antes de que existiera la especialidad médica llamada «psiquiatría». Brevemente, así es como sucedió. En el siglo XV, las leyes penales de Inglaterra combinaron las penas eclesiásticas y seculares por suicidarse, un desarrollo que William Blackstone, el gran jurista inglés del siglo XVIII, resumió con aprobación de la siguiente manera:

La ley de Inglaterra considera sabia y religiosamente que ningún hombre tiene el poder de destruir la vida, sino por encargo de Dios, el autor de la misma; y como el suicida es culpable de un doble delito, uno espiritual, al eludir la prerrogativa del Todopoderoso, y precipitarse a su presencia inmediata sin ser llamado, el otro temporal, contra el soberano, que tiene un interés en la preservación de todos sus súbditos, la ley, por lo tanto, ha clasificado esto entre los crímenes más graves, convirtiéndolo en una especie peculiar de delito grave cometido contra uno mismo.1

Como el suicidio se consideraba una doble ofensa, tanto contra Dios como contra el Rey, el suicida era castigado doblemente, negando a su cadáver sepultura en tierra consagrada2 y confiscando sus bienes terrenales y entregándolos al Almirante del soberano. Esta salvaje retribución llevó gradualmente a los jurados ingleses -que cargaban con el deber de tener que determinar las causas de las llamadas muertes no naturales- a encontrar la manera de mostrar piedad con las víctimas, tanto vivas como muertas.

La Inglaterra del siglo XVIII era la nación más avanzada tecnológicamente, más próspera y más poderosa del mundo. No por casualidad, los ingleses disfrutaban de más libertad personal y se suicidaban en mayor número que ningún otro pueblo del mundo. En la entrada correspondiente a «self-murder», el Oxford English Dictionary ofrece este ejemplo del uso de la palabra: «1741 … ‘In such a gloomy, saturnine nation as ours, where Self-murders are more frequent than in all the other Christian World besides'». Sin embargo, lo nuevo en Inglaterra en el siglo XVIII no era la melancolía, sino la libertad. Por primera vez en la historia, el pueblo inglés empezó a tomarse en serio las ideas gemelas de libertad personal y derecho a la propiedad. En este clima cultural cada vez más humano, a los ingleses que formaban parte de los jurados de los forenses les resultaba intolerablemente molesto el deber de imponer las penas prescritas por la ley para el suicidio. Sin embargo, la abolición de la ley contra el suicidio era impensable. Gobernantes y gobernados creían que legalizar el suicidio equivaldría a sancionar el abuso de drogas. Volver locos a los culpables3, es decir, «insanizar» el suicidio, tratar a los culpables de este delito como si fueran lunáticos, era la solución perfecta. Permitía a los ingleses y inglesas mantener las sanciones religiosas y legales contra el acto y, al mismo tiempo, proporcionaba un mecanismo compasivo y aparentemente científico e ilustrado para evitar a la familia del suicida la indignidad y las pérdidas económicas que conllevaba castigar el acto. S. E. Sprott, historiador del suicidio inglés, resumió esta evolución de la siguiente manera:

En el siglo XVIII, los jurados declaraban cada vez más la demencia para salvar a la familia de las consecuencias de un veredicto de delito grave; el número de muertes registradas como «dementes» creció sorprendentemente en relación con el número de muertes registradas como auto-asesinato … En la década de 1760 la confiscación de bienes parece haberse convertido en algo raro.4

Cualquiera que reflexionara sobre el asunto debía tener claro que hallar la «mente» non compos del suicida -póstumamente, exactamente en el momento en que ejecutaba su acto criminal- era una táctica legal para eludir la pena que la ley prescribía para este delito. Blackstone reconoció el subterfugio y advirtió contra él:

Pero esta excusa [la de declarar al delincuente non compos mentis] no debe ser llevada al extremo al que los jurados forenses tienden a llevarla, es decir, que todo acto de suicidio es una prueba de demencia; como si todo hombre que actúa en contra de la razón no tuviera razón en absoluto; porque el mismo argumento probaría cualquier otro criminal non compos, así como el auto-asesinato.5

La advertencia fue inútil. La ley definió la sentencia póstuma del jurado como una auténtica constatación de hechos sobre la mente humana. La gente no necesita que la animen a eludir su responsabilidad. Sin embargo, aquí la Ley, el Gran Maestro, alentó precisamente tal evasión. Al declarar que los suicidas eran non compos, la Ley había creado un mecanismo para rechazar la responsabilidad y, con la ayuda de la profesión médica, envolvió esta evasión en el manto de la curación y la ciencia. Como resultado, a principios del siglo XIX, la ley y el público estadounidense estaba dispuesto a creer las mentiras más escandalosas presentadas como hechos médicos sobre las enfermedades que se manifiestan como suicidio. El primer texto sistemático sobre la relación entre el derecho y la locura fue publicado en 1838 por Isaac Ray, un médico general de 31 años de Eastport, Maine (entonces un pueblo pesquero de 2.840 habitantes). Ray era un joven culto, pero prácticamente no tenía experiencia con dementes, vivos o muertos. Sin embargo, afirmó confidencialmente:

Las analogías así presentadas entre la propensión suicida y la locura… se ven también reforzadas por los cambios patológicos observados después de la muerte. En la mayor parte de los casos en que se efectúa un examen, se encuentra que el cerebro o las vísceras abdominales han sufrido lesiones orgánicas, más o menos extensas… Incluso en aquellos casos en que el acto fatal no fue precedido por ningún indicio o enfermedad… la disección ha revelado a menudo la enfermedad más grave, que debe haber existido durante algún tiempo antes de la muerte.6

Ray concluyó: «En la actualidad, el hecho del suicidio no tiene más importancia que la que se deriva de su conexión con las enajenaciones mentales que se puede suponer que lo han originado».7 Los primeros psiquiatras veían en el suicidio una de las mejores fuentes para demostrar su pericia. Las opiniones de Esquirol son ilustrativas. Escribió:

He visto muy a menudo suicidios provocados por la práctica de la masturbación. Lo mismo ocurre con el abuso de bebidas alcohólicas … Los individuos así debilitados se hunden en la lipemanía [melancolía], y sin otro propósito que el de librarse de la vida … Todo lo que he dicho hasta ahora, junto con los hechos que he relatado, demuestran que el suicidio ofrece todas las características de la alienación mental, de la que es, en realidad, un síntoma … Siendo el suicidio un acto consecutivo a … la locura … [su] tratamiento pertenece a la terapéutica de las enfermedades mentales … He demostrado que el hombre sólo atenta contra su vida, cuando se encuentra en estado de delirio, y que los suicidas son dementes.8

Durante los últimos 150 años, estas falsedades se han repetido con tanta frecuencia y se han elaborado tan ampliamente que ahora se requiere una considerable independencia mental para poder contemplar el suicidio sin verlo a través de unas gafas del color de la psiquiatría. Un pensamiento correcto requiere que consideremos al psiquiatra como un experto en suicidio. La opinión popular y las normas profesionales de la práctica psiquiátrica ordenan que es deber del psiquiatra evitar que sus pacientes se suiciden; sus colegas que testifican como expertos, así como los jueces y los jurados, en consecuencia, le consideran responsable de tales «muertes por negligencia». Esto no es así en absoluto. La opinión popular, las normas profesionales de la práctica psiquiátrica y la ley exigen que aceptemos al psiquiatra como experto en el estado mental de los pacientes «terminales» y que se le confíe el deber de distinguir entre los que sufren «depresión clínica» y, por tanto, carecen del «derecho» al suicidio asistido por un médico, y los que están libres de esa enfermedad mental y, por tanto, poseen el mencionado «derecho». Se trata de acontecimientos ominosos cuyos peligros quedan efectivamente ocultos por la retórica de moda de la salud mental y los derechos humanos. No hay ningún misterio que explicar sobre el suicidio. Es simplemente un medio por el cual podemos cambiar la muerte de una cuestión de azar a una cuestión de elección. Como cualquier acción que tomamos en la vida, la acción de ponerle fin no tiene nada que ver con la medicina, y tiene todo que ver con el «alma». Aunque escrito hace muchos años, el reflexivo libro de James Hillman no podría ser más oportuno. En lugar de explicar (alejar) el suicidio, ayuda al lector a comprenderlo mejor.


1 William Blackstone, Commentaries on the Laws of England: of Public Wrongs [1752-65] (Boston: Beacon Press, 1962), 211-12. 

2 Normalmente, el cadáver debía ser enterrado en la encrucijada, a menudo con una estaca clavada en el corazón. 

3 Este método ya había sido identificado por Shakespeare en Hamlet: «Enloquece al culpable, y horroriza al libre, / Confunde al ignorante, y asombra en verdad, / Las mismas facultades de los ojos y los oídos».

4 S.E. Sprott, The English Debate on Suicide: From Donne to Hume (LaSalle, Ill.: Open Court Press, 1961), 112, (énfasis añadido). 

5 Blackstone, Comentarios sobre las leyes de Inglaterra, 212.

6 Isaac Ray, A Treatise on the Medical Jurisprudence of Insanity [1838], ed. Winfred Overholser. Winfred Overholser (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1962), 273-74. 

7 Ibídem, 274. 

8 Jean Etienne Dominique Esquirol, Mental Maladies: A Treatise on Insanity [1838], facsímil de la edición de 1845 (Nueva York: Hafner, 1965), 281-312.

Nota preliminar 

(1964)

Abordar las cuestiones de la muerte y el suicidio significa romper tabúes. Abrir temas enquistados durante mucho tiempo requiere fuerza, y cuanto más duras son las defensas, más hay que insistir. Así que este pequeño libro muestra argumentos. Cuestiona la prevención del suicidio; examina la experiencia de la muerte; aborda el problema del suicidio no desde los puntos de vista de la vida, la sociedad y la «salud mental», sino en relación con la muerte y el alma. Considera el suicidio no sólo como una salida de la vida, sino también como una entrada a la muerte. Cambiar las cosas de este modo altera las actitudes oficiales, especialmente las de la medicina. Así pues, se provocará a la medicina y se apoyará el «análisis laico» desde una nueva perspectiva de la psicología. Este punto de vista totalmente distinto surge de la indagación sobre el suicidio tal y como se experimenta a través de la visión de la muerte en el alma.

Lo que se diga sobre el alma humana -si es que se acierta- será a la vez correcto y erróneo. El material psicológico es tan complejo que cualquier afirmación es inadecuada. No podemos alejarnos de la psique y mirarla objetivamente, como tampoco podemos alejarnos de nosotros mismos. Si somos algo, somos psique. Y, como el inconsciente relativiza cada formulación de la conciencia complementándola con una posición opuesta e igualmente válida, ninguna afirmación psicológica puede tener certeza. La verdad permanece incierta, puesto que la muerte, única certeza, no revela su verdad. La fragilidad humana no pone en ninguna parte más límites a una obra que en psicología. La elección se convierte entonces en: dejar de hablar con sabiduría o hablar de todos modos con conciencia de insensatez. Este libro es producto de la segunda opción.

Nota preliminar 

(1976)

OTRA impresión ofrece la oportunidad de decir más. Por ejemplo, hay que hablar más de los aspectos sombríos del suicidio: agresión, venganza, chantaje, sadomasoquismo, odio al cuerpo. Los movimientos suicidas nos dan una pista sobre nuestro «asesino interior», quién es esa sombra y qué quiere. Dado que los movimientos suicidas muestran a esta sombra utilizando el cuerpo como instrumento para objetivos concretos (venganza, odio, etc.), se plantean cuestiones profundas sobre las relaciones entre los intentos de suicidio y los intentos de liberalizar la realidad por medio del cuerpo.

Se podría decir más sobre la literalidad del suicidio, ya que el peligro no reside en la fantasía de la muerte, sino en su literalidad. Así pues, la literalidad suicida podría invertirse para significar: la literalidad es suicida. Aunque el sentimiento de la muerte como metáfora, y la visión del suicidio como un intento hacia esta metáfora, impregna todo el libro, es necesario decir algo más sobre el trasfondo arquetípico de esta perspectiva hacia la muerte. Desde 1964 he estado trabajando precisamente en eso, e invito al lector que quiera indagar aún más en las cuestiones abordadas en este libro a que consulte mis diversos escritos sobre el arquetipo senex, sobre la patologización, el literalismo y la metáfora en Re-Visioning Psychology, y también las conferencias de Eranos de 1973 y 1974 «The Dream and the Underworld» y «On the Necessity of Abnormal Psychology». Este libro presagiaba esos ensayos posteriores sobre la oscuridad humana.

Como antes, deseo dar las gracias a las personas que han contribuido a este libro de un modo u otro: los anónimos con los que he trabajado en la práctica y los mencionados en la primera edición: Eleanor Mattern, Adolf Guggenbühl, Carlos Drake, Robin Denniston, A. K. Donoghue, Elisabeth Peppler, David Cox, Marvin Spiegelman, John Mattern y Catharina Hillman.

De la función apotropaica de la psicología

Logos del alma

“Reconocer la sombra es lo que yo llamo la obra del aprendiz.”

C. G. Jung

Cuando el hombre nació ante sí mismo, desnudo de los viejos dioses y de las antiguas creencias religiosas, sintió miedo y vergüenza y buscó, añorante, volver en su andar al antiguo refugio de las terribles deidades. Quizo correr nuevamente el velo que antaño cubrió sus ojos, pero era demasiado tarde, la realidad ya había teñido sus ropas de angustia.

Así que volviendo sobre sus pasos, en el camino imposible del retorno, y ante el cuerpo muerto del mundo natural, vio emerger las utopías, esas imágenes llenas de anhelo y melancolía que versaban sobre la grandeza de tiempos pasados, de cuando los héroes eran acunados por el regazo de la divinidad y lo numinoso era ese otro lenguaje de la adentridad en el cosmos.

Pero una vez vertido el germen de la historia, éste no puede ser recogido nuevamente, porque el alma es un ave que devora sus alas para domarse o una serpiente que se engulle a sí misma y nace de su propia muerte. No hay marcha atrás en el lento caminar de la consciencia y las promesas de restauración son solo el báculo metafísico de predicadores desde cuya boca se expande el desierto.

Como en los individuos, las heridas del alma no sanan jamás, permanecen cual huecos dolorosos donde la experiencia construye la belleza y el horror de la civilización. Son ellas, las desgarraduras, quienes se abren para recibir en su interior a la realidad. El alma no debe permanecer virgen, requiere que su otro llegue a hasta ella a través del ultraje y la devastación, para ello es indiferente que sea en un poema potente o en una masacre, lo importante es la significación del acto.

Pero si al acto no es asumido, se configura como una neurosis, es decir, como el hecho salvaje de que una faceta anímica trate de hacer pasar su momento presente por alguno otro ya superado y querer existir en una etapa que se ha disuelto como un terrón de arena en el mar desde hace mucho tiempo. Quizás pueda fingir que vive y piensa como lo hacían remotas culturas, pero luego, al abrir los ojos, reina en su mirada el desolado paisaje de la actualidad. ¡Oh alma vacilante, tienes un compromiso contigo misma, perteneces a tu presente!

El hombre, sin embargo vaga detrás de las migajas del tiempo, su momento siempre es el pretérito perfecto, lo ya realizado. Por ello la oclusión de la verdad exige la huida a un pasado imaginado o a un futuro muy temido, en ambas vías, como sucede en los relatos de ciencia ficción, el presente es perpetuamente proyectado de forma irreflexiva. No se puede imaginar sino lo que ya es pensado aún cuando no se atiende la incesante labor del pensar.

Por lo anterior la psicoterapia reposa su obra, a la vez, en el esfuerzo diagnóstico de la anamnesis y en la esperanza nomológica del pronóstico. Sueña con encontrar el núcleo del trauma en el rompimiento de la inocencia, antes de que la hoz cortara el lazo con el desarrollo ideal del infante mítico, e indaga con minuciosidad en lo recovecos de una memoria ficticia que, en secreto, es actividad poiética del alma. No se sabe nunca lo que sucedió, se lo inventa cada vez que se finge la rememoración.

En esta empresa inquisidora es el ideal de salud lo que guía a los participantes en la vana persecución de una presa que, sin embargo, corre invariablemente detrás del cazador. La meta yace en lo que ha sucedido y sigue sucediendo, no en el pasado, ni en el futuro, más bien acaece en el pretérito perfecto que irremediablemente ya es. La salud no es nunca lo que se puede alcanzar, una promesa de tranquilidad, sino el estado ideal, e imposible, que yace al lado del hombre como una sombra que nunca podrá asir.

No obstante, y a pesar del fracaso permanente, aun se intenta re-imaginar el mundo, reencantar un cosmos imaginal moribundo, que ha sido abrasado por el fuego de un universo lógico. Entre las tentativas necias se ha propuesto incluso preservar lo perdido en un espacio secreto, incomprensible e intemporal que algunos llaman “el inconsciente” y no importa si es individual o colectivo, su propósito es evitar el crepúsculo de los ídolos que ya no existen.

Es ahí, en el interior de cada sujeto, donde el proyecto neurótico de la separación de la realidad tiene su lugar. Jung decía que las viejas divinidades se han instalado en la vida de cada persona, pero entonces ya no son sino residuos de imágenes vivas que alguna vez estuvieron cubiertas de sentido. Ahora, que su aura numinosa se ha desvanecido, surge el furor narcisista por contactar lo imposible, al precio de sacrificar el compromiso con el presente.

En la cultura popular es evidente la necesidad de sustitutos parentales, se les puede observar en los términos abstractos de la búsqueda de entidades metafísicas que sostienen de manera artificial un sentido de interioridad en la vida que se ha perdido en el momento del nacimiento. No son muy distintos los practicantes de reiki, quienes desean contactar con los dioses o los ángeles, los teósofos, los creyentes de grandes conspiraciones o los psicopompos del inconsciente que en su consulta aplican el Brigg-Meyers y descubren el mito personal del paciente. En todas esas actividades se requiere de un grado importante de inflación psíquica.

Sin embargo, también en el esfuerzo por crear una mitología de la vida íntima que sirva para proteger al sujeto de su experiencia, ahí está latente la neurosis. La psicología, por ejemplo, conduce su investigación, sin saberlo, en el presupuesto de la separación del individuo de su contexto y evoca una fantasmagoría de términos que funcionan como sustitutos de lo que es pensado en los fenómenos. Nacen de esta manera escuelas y posturas, cada una con palabras singulares, talismánicas, y objetivos específicos, todas ellas con una tá legomena y un tá drómena particulares que se adaptan a la fantasía implícita en sus formulaciones teóricas. Dentro de ellas se forman adeptos cuya causa común es aprender las admoniciones y los rituales y liberarse de la ardua tarea de pensar por sí mismos, no hay necesidad de ese sacrificio si ya un autor o un conjunto de autores legaron todo lo qué hay que saber.

Profunda o científica, la psicología, puesto que se centra en el sujeto, es el solaz del hombre que una vez nacido no quiere darse cuenta de la muerte de los dioses, manteniendo así la importancia personal como el eje de su labor y sosteniendo la convicción de que el sujeto es aún relevante. Tal asunción, sin embargo, es un poco de veneno con el cual tener sueños tranquilos y alejar el mal de la propia senda.

Jung una vez dijo que la iglesia era un lugar para ocultarse del dios vivo, de la misma manera, se puede decir que la psicología moderna es un espacio para refugiarse de la muerte, de la finitud y de la verdad del tiempo presente. Por eso es tan cercano el predicador al couch o al psicólogo o al psicoterapeuta, todos fundan su doctrina en el deseo infantil por un dios que desde hace tiempo ha desaparecido y que ya no habla con sus hijos. Ese vacío de la voz divina es insoportable pero acaso es la señal indudable de que el hombre ha nacido.

Es tal vez la hora de que la psicología se constituya como un camino hacia el mundo y deje atrás su labor apotropaica, pues el mal es también una sombra y en el viaje del alma hacia sí misma reconocerla como un otro es, siempre, el primer paso en la sinuosa ruta de lo que ya es.

Inanidad y crisis

Logos del alma

Jung definió el concepto de “inflación psíquica” como la apropiación indebida, por parte del ego, de contenidos psíquicos que no le correspondían; es decir, que por una causa particular el yo se adjudica el origen y la finalidad de los fenómenos psíquicos, que en principio son autónomos, e intenta asumirlos como propios y derivarlos de su potestad. Esto podemos entenderlo como un proceso compensatorio, una vía de evasión de su asentamiento en la realidad.

La advertencia de Jung tenía por contexto el transcurso de la psicoterapia donde el paciente, consciente por primera vez de la signficación de los contenidos psíquicos, sentía la necesidad de identificarse con tales imágenes, de tal manera que sus formas trascendentes quedaban subsumidas a la fragilidad de un ego común. En la antigüedad ese tránsito era llamado hybris, el querer ser más que apunta a lo demasiado.

El ego se aparta así de la vulnerabilidad que lo caracteriza, porque su estructura es inédita en relación con la historia de la consciencia y requiere métodos que garanticen el afianzamiento de su lógica particular. Pero también es posible que la vía inflacionista no sea otra cosa más que un proyecto de magnificación del sujeto para someterlo de manera más eficiente a un procedimiento de cosificación y atomización, deshaciendo sus lazos comunales y volviéndolo un reproductor eficiente del espíritu de la época.

De cualquier forma, los discursos culturales evaden la inanidad del individuo en favor de propuestas que engrandecen inapropiadamente el talante que lo conforma. Tal situación se observa en las expresiones pseudo espirituales que abogan por entrar en contacto con sustancias metafísicas como la ley de la atracción, los ángeles, las energías místicas, los arquetipos o el inconsciente. En ellas se hace patente el afán de dotar a la vida cotidiana de una falsa profundidad que abstrae a las personas de su contexto y las fragmenta.

La psicología es proclive a ésta senda grandilocuente, pues ante las crisis o el desastre la narrativa psicológica acude a un discurso confortador y pedagógico que se alimenta de frases hechas como: “hay que aprender de la situación”, “vienen cosas mejores”, “escuchemos lo que nos dice la crisis”, “aprovechemos el momento”, entre tantos otros enunciados paliativos que se ofrecen como promesas salvíficas ante el sufrimiento cotidiano. Así, se condena a la experiencia a servir a un ideal fuera de sí misma, haciendo parecer que la verdad de lo vívido ha sido arrancada de la actualidad del fenómeno.

En consecuencia, se abandona el fenómeno como éste se presenta en pos de un ideal inscrito en el esfuerzo inútil de que el mundo se ajuste a las figuras infantilizantes del deseo. Se adopta la fantasía de que lo que sucede tiene una enseñanza para el ego, porque se teme a la gran verdad que despiertan los fenómenos en su forma destructiva y, en realidad, no se quiere ser enseñado por ellos, sino que muestren únicamente lo que es favorable para los esquemas ideales.

Por ejemplo, una de las lecciones rechazadas es que a pesar de los grandes avances tecnológicos y la soberbia antropocéntrica que caracteriza a la especie, la existencia es tan frágil como la vida de la más mínima hoja de un árbol y esa ligereza implica que todo ser es transitorio y se encuentra en constante metamorfosis, aunque el ego luche por la inercia de la identidad fija. El escape hacia el futuro, paradójicamente, tiene la función de detener el movimiento psíquico al adherirlo a un devenir delusorio.

En esta empresa inflacionista, donde el individuo juega a ser el centro de la existencia, éste puede preservar la falsa presunción de su relevancia. El opio de los tiempos presentes es la importancia personal y a este propósito se elevan las innumerables plegarias que ruegan por un sentido de la vida, en la época donde éste ya no es operante, porque el sentido nunca fue algo que pudiera perderse o recuperarse sino el sentimiento de interioridad en la sintaxis singular de la vida.

En los momentos históricos donde el sujeto estaba atado a un significado éste nunca residió en el individuo ya que siempre fue trascendente. Eran los dioses quienes dotaban de orientación al hombre. ¿Y qué sentido podría haber en la época donde Dios ha muerto? Así, se deduce, que otra lección rechazada es que vivir no tiene, ni requiere, de ningún significado, el fuego que consume al mundo ni siquiera nos dedica una mirada y es ahí donde radica su dulzura.

Haciendo eco de la pensadora del aura tampoco se debería sentir pesar ni culpa por no tener importancia, al fin y al cabo cada quien tiene la responsabilidad consigo mismo de ser solamente lo que ya se es y la vida no es más que un discurrir autónomo del que el hombre deriva pero del cual no es el objetivo primordial. El sujeto no es más que un puente como Nietzsche insistió y, con su indiferencia, el alma ya nos ha absuelto de nuestra futilidad ¿No es eso suficiente y más que suficiente?

Los viñadores homicidas o el junguianismo institucional

Logos del alma

La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido.

Mt. 21:42

Una preocupación general en la consolidación teórica de algunas posturas de pensamiento, es la promulgación de marcos de comprensión que permitan entender mejor lo que se desarrolla en dicha posición y delimitar conceptos, objetivos y alcances de la teoría en cuestión. Para ello es común construir rutas institucionales que permitan el acercamiento de la perspectiva al gran publico para captar nuevos elementos que reproduzcan el paradigma especifico.

Sin embargo, muy pronto, se olvida que la teoría que se ha construido, a veces alrededor de un único pensador genial, no es un bien privado que pertenezca a un grupo de iniciados, en cambio es un conjunto de ideas flotantes que encuentran su expresión más idónea en la búsqueda emprendida por una persona o por un grupo de personas y que éste es un movimiento lógico en constante metamorfosis.

Heidegger decía que un pensador es aquel sujeto que ha sido tomado por una idea y que, por una suerte del destino, deberá trabajar con ella el resto de su vida. Se puede decir que realmente el trabajo del autor es tratar de ponerse a la altura del pensamiento que se le ha propuesto como una visión particular del mundo. Pero el haber sido elegido no es un regalo que se le haya otorgado, porque constituye una tarea a la que deberá sacrificar el resto de su existencia, como la adoración subjetiva a un dios objetivo que se sirve a sí mismo.

Las ideas, en consecuencia, no pertenecen a los individuos, ellas son sujetos objetivos que, en pos de su propio despliegue en la labor de convertir lo positivo en negatividad, y viceversa, se aprestan de cualquier herramienta para seguir su trayectoria tautológica. El hombre es el camino más accesible, no obstante solo es una senda y no una meta ni un origen. El ser humano es un siervo de las ideas, pues él mismo es una forma de ver de la propia alma.

En la vía de consolidación de las teorías, esta relación entre las personas y las ideas se revierte en la ingenua pretensión de que las ideas deben ser detenidas, aplicadas y defendidas, en una empresa técnica por controlar la actividad noética del pensamiento que se piensa a sí mismo. Así, se limita el movimiento lógico de un proceso eidético y se le detiene en un momento de su andar, literalizándolo y convirtiéndolo en un símbolo muerto que guarda la nostalgia de una vida sostenida por una efusividad ahora enclaustrada.

Empero, las ideas, como cauces indomables, tienden a persistir en su necesidad dialéctica, por lo cual, tarde o temprano toman figuras que habrán de amenazar el status quo sostenido por la estrechez de miras de los saberes institucionalizados. Ante las miradas petrificadas de quienes pretenden que una teoría se mantenga virginal e impoluta, solo anima, surgen disidentes que tienen como destino la herencia del viento, es decir, la ardua tarea de turbar la casa y permitir que el espíritu embotellado pueda liberarse. Son ellos las encarnaciones de algún Barba Azul violento o de un animus que busca devolver al pensamiento el contacto con su dialéctica interna.

Pero el saber institucionalizado no ha de permitir de buena manera devolver aquello que quisiera conservar para sí. La perspectiva del dogmatismo es semejante a la de los viñadores homicidas de la parábola bíblica, quienes trabajando la tierra de alguien más se la apropian injustamente y asesinan a cada mensajero que viene a ellos por parte del dueño legítimo, hasta que por fin éste manda a su propio hijo, aquel heredero genuino y también lo matan.

Jung observaba la actitud dogmática de Freud cuando éste le suplicaba no bajar la guardia contra la marea negra del ocultismo, no podia concebir que aquel hombre creativo y fuente de intuiciones sagaces se comportara de manera estrecha frente a las manifestaciones genuinas del alma. Sin embargo, el mismo Jung no pudo librarse de la tentación de sucumbir al temor y constreñir su propia teoría a limites mezquinos. Imágenes como el inconsciente colectivo o los arquetipos estan propuestos como figuras ininteligibles que, curiosamente, no pueden ser refutados. Están hechos para no ser pensados.

El junguianismo institucional se consolidó en la lucha tenaz por mantener inmutables los conceptos intuidos por Jung, sin atender a los prejuicios inherentes a su época y contexto, y olvidó que el núcleo de la teoría analítica era la asunción de la psique objetiva, es decir, de un proceso autónomo de la consciencia que tiene su telos en sí mismo y cuyo propósito no es otro que alcanzar su propia verdad. Sobre todo desatendió el hecho de que las ideas desplegadas no pertenecen a nadie en particular sino que son un proceso de formación y transformación consustancial de la mente.

Es así que el junguianismo se adueñó de un flujo noético asumiéndolo como un saber estático e ideológico, por ello es sencillo que confluya con otros dogmas de la cultura como la New Age y su espiritualidad impostada o con las soluciones pseudo psicológicas que reproducen inconscientemente los valores del espíritu de la época. Además, no cesa en intentar matar todo proyecto de renovación de la dinámica interna del pensamiento literalizado en sus estructuras teoréticas.

A pesar de la pobreza de la institucionalidad, de vez en cuando aparecen personajes creativos, que siendo hijos legítimos del dueño de la hacienda se dan cuenta de que está usurpada por oportunistas y fariseos, por personajes que buscan sostener sus necesidades egoicas en la partícula seminal de un impulso de la propia alma. Ellos, los alborotadores, son los renovadores que intentan hacer justicia al espíritu rector de la teoría y derrumbar las inexpugnables fronteras que han erigido los asesinos del movimiento del alma.

Si la teoría es un flujo de ideas que debe ser acompañado en sus diversas transmutaciones, el pensador no es otra cosa sino el manso alquimista que atiende los estadios cambiantes de la materia a su disposición. En su laboratorio espera quizás encontrar algo, pero sabe que un misterio se cierne a cada momento y su labor no es embotellarlo, más bien elaborar vasijas que puedan ser quebradas cada vez que el proceso lo requiera.

Quizás sea la institucionalidad un mal necesario, pues en sus formaciones rígidas, en sus congresos repetitivos, en sus publicaciones insustanciales se trasluce un alma torturada por una nigredo que aguarda atenta la liberación del espíritu mercurius; en los anales adustos de sus memorias se cierne el concepto latente que desea ser vivificado. Tal vez esta sea la enseñanza de la parábola de los viñadores homicidas, que en la dialéctica del conocimiento el pensamiento cíclicamente es devorado por la necesidad dogmática, únicamente para dar tiempo a que el legítimo dueño reclame lo que siempre le ha pertenecido.