La autonomía de la psique objetiva

Logos del alma

“Si se despertara ese rey te apagarías como una vela.”

Lewis Carroll, A través del espejo

Cuando en psicología analítica se habla del termino “psique objetiva” pueden surgir algunos equívocos en la asunción de su concepto, pues se podría pensar en la imposibilidad de la objetividad en los procesos psíquicos subjetivos, ya que todos pasan por el filtro de la opinión del sujeto. Dicha posición subjetivista se encuentra asentada en un prejuicio del sentido común desde el cual la persona delira con que el proceso psíquico que vive le pertenece, como si éste fuera una parte de él, como un órgano o una propiedad de su existencia; es entonces que las ideas, los sueños, los complejos emocionales comienzan a parecerle emergentes suyos, derivados de lo que considera su propia subjetividad.

La mente primitiva, como lo mostró Lévy-Bruhl, participa de forma irrestricta del mundo que lo rodea, es decir, que en ella la separación entre sujeto y objeto aún no ha sucedido, por lo que es común que sus relaciones con el entorno sean simpáticas, lo que implica un confusión entre la persona y los objetos que la rodean. En la participación mística la consciencia aún está atrapada en los objetos y, por lo tanto, con-fundida con ellos, de ahí que la magia y la astrología haya sido muy importantes para culturas primigenias, pero que sean solo un entretenimiento en la cultura actual donde el alma ya ha forjado una clara división entre el yo y el mundo.

Sin embargo, el suceder dialéctico de la consciencia no solo deja atrás lo que abandona sino que lo conserva en la misma medida en que lo olvida, por ello resabios de esa confusión, nutren el mal entendido subjetivista moderno que expresa que el psiquismo es producción de la persona y que, en consecuencia, se puede tener un control sobre éste, de tal manera que basta la fuerza de voluntad y el trabajo duro o incluso la simple esperanza para poder moldear la realidad psíquica.

Al respecto Jung dice:

“[…] en lo psíquico todo nos parece que es arbitrario y que está sometido a nuestro capricho. Este prejuicio general se debe a que confundimos demasiado lo psíquico con la consciencia. Pero hay innumerables procesos psíquicos importantes que son inconscientes o sólo indirectamente conscientes. De lo inconsciente no podemos saber nada directamente, pero indirectamente recibimos unos influjos que llegan a nuestra consciencia. Si en la consciencia todo nos parece arbitrario, no podremos descubrir un criterio objetivo del conocimiento de nosotros mismos. Y sin embargo hay un criterio objetivo que con independencia del deseo y el temor nos presenta infaliblemente como un producto de la naturaleza la verdad sobre nosotros mismos.”

En este contexto, lo inconsciente no es un lugar determinado en la mente, o un espacio en el cerebro del ser humano, sino simplemente la propiedad de un fenómeno psíquico en la relación con la consciencia que lo sujeta a sí mismo. Es decir, que ,el inconsciente no le pertenece a un sujeto particular, ni es tampoco una dimensión positiva sino que es, únicamente, la expresión metafórica del hecho de que un fenómeno no está ante sí de manera presente en la relación con su propio concepto.

Así que el psiquismo humano no es producto de la elaboración consciente del sujeto, sino que es una manifestación de la lógica de la consciencia en la relación con la existencia de la persona en particular, e incluso esta pretensión de la “persona particular” puede ser cuestionada como una mera ilusión retórica del lenguaje y del sentido común, ya que no se sabe hasta que punto un individuo no es sino las la relaciones poiéticas entre un conjunto de organismos vivientes, y no vivientes, y la lógica del alma en cuestión. Un sujeto, visto de forma compleja, es el entrelazamiento de la materia, la vida y la consciencia ocurriendo en el esfuerzo por mantener el impulso vital y por producir consciencia de forma continua.

Jung habla sobre “nuestra consciencia”, pero se puede entender tal expresión como una forma de hablar sobre un proceso autónomo e independiente que consiste en aquello que se da por llamar el fenómeno y que se siente como propio por un mero accidente retórico, se vive como interior porque en sí mismo ha sido interiorizado lógicamente, es decir que ya es pura interioridad. Por lo tanto, el psiquismo no nace de la persona, sino que le sucede objetivamente. Por eso Jung puede decir sobre el sueño:

“[…] es un producto de la actividad anímica inconsciente mientras dormimos. En este estado, el alma está sustraída en gran medida a nuestra arbitrariedad consciente. Con el pequeño resto de consciencia que nos queda en el sueño sólo podemos percibir lo que sucede; pero ya no somos capaces de dirigir a nuestro gusto el curso de los acontecimientos psíquicos, y por tanto estamos privados de la posibilidad de engañarnos. El sueño es un proceso automático que reposa en la actividad independiente de lo inconsciente y que está tan sustraído a nuestra arbitrariedad como, por ejemplo, el proceso fisiológico de la digestión. Por tanto, se trata de un proceso psíquico absolutamente objetivo, desde cuya naturaleza podemos extraer conclusiones objetivas sobre el estado psíquico real.”

El sueño, para Jung, no es una construcción del soñante, sino un suceso que deviene de sí mismo, por ejemplo en la película “Paprika” de Mamoru Oshii, la imagen del sueño de la protagonista le recrimina en cierto momento el hecho de que pretenda imponer su voluntad sobre ella solo porque la identifica como su sueño y le increpa la duda acerca de quien es el verdadero producto, si ella o la soñante. El mismo Jung participó de aquella experiencia en cierta ocasión al soñar con un hombre meditando, al acercarse se dio cuenta de que era él mismo y al despertar pensó que quizá él era, en realidad, el sueño de quien meditaba y que cuando ese Otro despertara entonces él ya no existiría. Entonces, y repensando esta relación tan asentada en la experiencia, se puede decir que el soñante, tanto como el sueño, son producidos de forma continua por el alma, por la consciencia objetiva, que se construye a sí misma a través de tal acto de la creación anímica.

No es el individuo quien tienen un psiquismo, ni un inconsciente, ni una mente, sino que es el alma quien crea a los sujetos, en tanto sujetos, en un proceso automático de reproducción y complejización que no tiene otro fin que él mismo. Pero el alma en sí misma no es un ente, ni tiene existencia positiva, sino que es una forma metafórica de referirse a un acto puro de producción, de “eterna recreación de la mente eterna”.

Cuando Jung alude a que en la experiencia consciente el individuo es capaz de engañarse, no dice que pueda moldear su realidad a libre arbitrio sino que simplemente puede construir una narrativa que le impida entrar en contacto con la verdad, con la objetividad de la psique, por ello tal verdad realmente no es de nadie, porque es la experiencia que se tiene de la propia experiencia. El lugar de esta psique objetiva es un no-lugar, ya que su naturaleza es la de ser absoluta negatividad, mero espíritu en el proceso de recrear sus productos con tal de volverlos nuevamente negativos, en continua apokatastasis. La labor del psicólogo radica, en consecuencia, en tratar de estar a la altura de lo que sucede, de forma activa, en una relación teórica con el alma, no en el sentido vulgar de la palabra “teoría” sino en la lógica del theoros que busca la verdad y que es, en reciprocidad, buscado por ella misma.

El conocimiento no debe ser sencillo

Logos del alma

El conocimiento es un misterio, y lo es en el sentido antiguo de la palabra, pues no se puede acceder a él sin una iniciación de por medio, es decir sin haber sacrificado un monto de la propia personalidad para permitir que el dios detrás del acto libe de la sangre del sacrificio y sea él quien viva a través de lo conocido. En cambio, hoy se difunde la opinión de que cualquiera debería poder entrar a los paramos desconocidos y ser recibido sin necesidad de otorgar nada a cambio, con la posibilidad de seguir siendo él mismo, solo que con un atributo más sobre sí, está es la fantasía egoica que dicta que el conocimiento debe ser sencillo y configurarse como un accesorio personal, no obstante se evita así la experiencia del saber que nunca es del sujeto sino del conocimiento mismo.

Borges decía a sus estudiantes que no leyeran críticas sobre libros sino al autor en sí, quizás entenderían poco pero estaría oyendo la voz de alguien, ello supone que lo importante al leer es el diálogo que se emprende con el autor, la vivificación de esa voz que permanece muerta hasta que alguien está dispuesta a escucharla. Borges, también, recuerda la sentencia de Bernard Shaw sobre la atribución de la escritura de la biblia al Espíritu, ante lo cual dice: “Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu”. Podemos conjeturar, entonces, que la pobre intención humana no es importante y que solo cobra relevancia en la medida en que es el Espíritu quien habla a través de ella, así se puede entender que el autor del libro con el que se dialoga no es la persona individual que anota su nombre en la portada sino algo más que se escribe por medio de la pluma que éste sostiene, es la lógica que articula el lenguaje quien discurre en sus propios términos o la negatividad que subyace en las palabras como hechos consumados y que los vuelve al cauce de su corriente interna como “solo ideas en sí mismas”.

Al final, es el conocimiento quien lee y es la consciencia quien se conoce, y en su impulso nos utiliza para poder avanzar en la tarea de conocerse cada vez mejor, o al menos de distinta forma en cada ocasión. Por ello, debemos ser iniciados, ya que el doloroso encuentro con lo desconocido es así porque el sufrimiento es el signo de que la dimensión del ego ha sido dejada atrás, como un capullo abandonado, para que una nueva dimensión del ser emerja. Es entonces el Otro quien piensa, o más bien dicho es el pensamiento quien se piensa a sí mismo, y así podemos comprender en la gran obra del conocimiento que es el dios, quien debe volverse e, receptáculo del saber, no nosotros, como bien sabían los antiguos magos del renacimiento.

Si buscamos un libro simple, o una experiencia indolora, para adentrarnos en la obra de un autor o en un tema, nuestra comprensión será tan simple como nuestro anhelo, pues estaremos negando el rompimiento que supone la entrada del Espíritu en la vía del conocimiento. No temamos entrar en los parajes desconocidos, el camino es ahí donde se advierte: “Hic Sunt Dracones” o donde los otros dicen que es peligroso solo porque no quieren saber del peligro. “¡Arriba, discípulo, sumerge sin fatiga el pecho terrenal en la luz de la mañana!”

Otra vez a la briega con Hillman

Logos del alma

Desde hace tiempo vengo hablando de la importancia del trabajo de James Hillman y su relevancia para la psicología analítica en particular y para la psicología en general, pero entre las lecturas que se han hecho de él me he encontrado cierto esfuerzo por intentar hacer coincidir el pensamiento de Hillman con algunos objetivos particulares, por ejemplo:

-Hacerlo parecer un continuador de la obra clásica junguiana en las nuevas categorías que la psicología arquetipal propone y

-Entenderlo sin el componente clínico subyacente en su obra, como si Hillman fuera un teórico filosófico.

Ambas lecturas son injustas con el autor. Hace poco escuchaba una conferencia donde Hillman era continuamente citado, me encontraba con ese discurso normalizador su obra, incluso una ponente pudo decir, con una elocuencia singular, que Hillman habla del “alma de cada uno” o que este psicólogo “solo difiere en un par de cosas mínimas con Jung”, es decir un despropósito que refiere a una lectura poco cuidadosa de su trabajo.

Hillman revolucionó el ámbito analítico, volvió la atención sobre el concepto de alma y lo erigió como el centro de la reflexión psicológica, desmanteló la importancia del sujeto, propuso deshumanizar la psicología, critico presupuestos tales como: “individuación”, “polaridad”, “integración”, “arquetipos”, “inconsciente” y “ego”, instó a los analistas a permanecer en los valles oscuros del alma y a no escapar a las trascendentes cimas del espíritu y de la sanación, lucho por derribar las falacias que cubren aún el proceder teórico junguiano y fue un acérrimo enemigo de la visión desarrollista clásica, volteó de cabeza los conceptos analíticos y mostró que el verdadero trabajo del psicólogo junguiano consiste en reflexionar nuevamente lo ya aprendido para permitir que surjan nuevas imágenes, pues el camino del alma es la construcción continua de sus estructura eidética, es decir, el proceso de transparentar interminablemente, siempre volviendo al núcleo imaginal.

Hillman no merece lecturas que lo sujeten nuevamente a aquello que él ya había deconstruido, pues al igual que Jung requiere que sigamos su ejemplo, que sigamos re-visionando la psicología y que estudiemos su obra no para ser arquetipales sino para ser nosotros mismos.

La guerra es un dios

Logos del alma

“Primero creamos al enemigo. La imagen existe antes que el arma, la propaganda precede a la tecnología. Comenzamos pensando en otros a quienes matar y posteriormente inventamos el hacha de guerra o el misil intercontinental para acabar con ellos.”

Sam Keen

“… el Holocausto es la iniciación del alma en el Amor.”

W. Giegerich

Decía Clausewitz que la guerra es la política por otros medios, y si entendemos la esencia del hombre como la relación con su semejantes, es decir, como el contexto político donde se desarrolla el sujeto, podemos suponer que la guerra es una forma de correspondencia con los otros ¿pero qué variedad es de las múltiples formas de interconexión?

Carl Jung enseñaba que toda persona experimenta un lado sombrío de su experiencia psíquica, que lo confronta con los aspectos no reconocidos de su propia vida realmente vivida. En una dinámica paranoide la psique toma al prójimo como receptáculo de los propios elementos rechazados, los proyecta. La palabra proyectar implica lanzar delante un objeto, por lo tanto, en la dinámica psíquica de la sombra los objetos sombríos son puestos en el otro para poder observarlos nítidamente.

La proyección no es un padecimiento en sí mismo, es la forma normal de ver de la propia psique, ésta lanza imágenes para poder observarse a sí misma, piensa a través de la confrontación con el otro que ella misma es. No debe entenderse que la psique existe de forma positiva, como un órgano en el cuerpo o una función en el cerebro, y no se le podría encontrar por muy lejos que se le busque; la psique es el mero acto de arrojarse y de reflexionarse a sí misma, es, como el alma, mera productividad conceptual.

En un ensayo sobre la sombra (1) disgregaba la hipótesis de que la sombra no sólo es el acto de arrojar lo rechazado sino que implica el proceso dialéctico de confrontación, cuyo ritmo constante supone la esencia de todo fenómeno en su camino por llegar a casa a sí mismo. Por lo tanto, se puede decir que la guerra se sustenta en la capacidad de poder proyectar aquello que se confronta con lo considerado normal, pero eso que confronta también inspira temor y por ello se emprende una lucha constante contra lo temido. Jung, pensaba qué tal dinámica era el fruto de la desintegración psíquica, pues cuanto menos era asumida la dimensión de la sombra el psiquismo se volvía más disperso, la energética psíquica, que depende de la cohesión de sus elementos, era cada vez más lábil al fragmentarse, incluso para sostener un ego.

En estos términos la guerra presupone la falta de asunción de aquello que realmente es parte de sí mismo, así se abre la posibilidad de formar bandós, de tomar partido y de armarse para la batalla constante contra lo que ya se es. El enemigo es fruto del propio reflejo. La palabra “Satan” se traduce del arameo que significa “adversario” pero también “acusador” y “perseguidor” puesto que se le puede ver en diversas ocasiones exponiendo la naturaleza humana ante Yahve. Satan es un hijo de Dios (Bene Ha-Heloim) pero también un enviado (Mal’ak Jahwe), es verbo aún no hecho carne. En la mitología cristiana podría denominarse a Satan como el hijo primero de Dios, siendo Adan y Cristo la sublación de tal figura, pero como en el fenómeno de la trinidad estos no son sino momentos distintos de un mismo acto, del proceso del logos por hacerse presente ante sí. Jung dirá que “primero la sombra”.

Por todo esto, puede decirse que la guerra es la puerta que se abre en el proceso de proyectar aquello que se teme, es el adversario quien muestra de forma honesta aquello que se es y que no se quiere admitir; en la naturaleza política del ser humano la guerra es el dios que se cierne sobre el sujeto y lo obliga a afrontar la verdad de su tiempo presente: que el otro es el mismo, que no hay un lado correcto o incorrecto, que el mundo es presa de movimientos complejos que no se pueden encerrar en polaridades y sobre todo que el individuo no es dueño de su destino, pues nada hace tambalear tanto el endeble edificio de la importancia personal como la posibilidad de una bomba que arrase con la civilización. La guerra, hoy, es un negocio, pero aún conserva parte de su antigua forma, aún es la mano sombría de un dios que no nos necesita y al que se ama y se teme a la vez.

  1. ¿La lucha con o contra la sombra? una reflexión psicológica de un texto de C. G. Jung

Monedas y cambio psicológico

Traducciones

Russell A. Lockhart, EE. UU.

Publicado en Soul and Money, Spring Publications, EE. UU., 1982, pp. 7-30.

Traducido por Alejandro Chavarria

Cuando era niño, solía desaparecer en el armario de mi habitación. Tras cerrar la puerta, encendía una linterna cubierta de plástico azul y empezaba a desmontar lo que mi madre llamaba «un montón de trastos». Eran juguetes viejos, libros, papeles y ropa. Lo que mi madre no sabía -lo que nadie en todo el mundo sabía- era que ese montón de trastos era un elaborado camuflaje que servía para esconder un secreto. Mi secreto era una vieja caja de cerillas de la cocina llena de monedas de plata -nickels, dimes y cuartos-. Desenterraba estas monedas y en esa extraña luz azul empezaba a imaginar. Imaginaba grandes riquezas y abundancia. Conocí el significado de un asunto plutónico. Pero más que las riquezas, la contemplación de los objetos plateados excitaba mi imaginación en general. Las monedas tenían un fuerte efecto generador. Se dice que el dinero engendra dinero. Pero entonces supe que el dinero engendra mundos imaginarios. También sabía que engendrar tenía algo que ver con el sexo. Todavía no era consciente de la curiosa relación entre gastar sexualmente, gastar energía, gastar tiempo y gastar dinero. O aún con los problemas de ahorrar sexualmente, ahorrar tiempo; ahorrar energía, ahorrar dinero. Entonces, gastaba el tiempo con monedas que nunca gastaría. Estas aventuras imaginarias estimuladas por mis monedas eran mis experiencias más valoradas. De vez en cuando, me despertaba de mis ensoñaciones mi madre aporreando la puerta y queriendo saber qué estaba haciendo. El tacto me impide profundizar en este tema, sólo puedo decir que mis primeras experiencias con la sincronización se produjeron en esos momentos de correspondencia entre las sospechas de mi madre y toda la extensión de mis exploraciones imaginarias.

Una tarde llegué a casa del colegio y con mi habitual entusiasmo fui a por mi armario y mis monedas secretas. Me sorprendió lo que encontré. El suelo del armario estaba desnudo, limpio, barrido. Busqué frenéticamente mis monedas. No pude encontrarlas. Mis monedas secretas habían desaparecido. Fui a la basura pero los botes estaban vacíos. Mis monedas eran tan secretas que no me atrevía a preguntar por ellas. Nunca más volví a mi armario a pasar esas horas imaginando. Algo se rompió en mí con esta pérdida. Poco después, desarrollé un caso grave de sarampión que se convirtió en mastoiditis y fui hospitalizado. Ya entonces relacioné la pérdida de mis monedas secretas con mi enfermedad. El efecto de esta experiencia fue que quise ser médico. Me olvidé de mis monedas. Me olvidé de imaginar. Volví mi atención al mundo y dejé de lado las cosas infantiles. Desde ese momento hasta que estuve en la escuela de posgrado no tuve sueños. Mis monedas, mi imaginación, incluso mis sueños habían desaparecido.

Hace unos meses me vino este sueño:

Estaba sentado frente a mi máquina de escribir. De repente, la máquina de escribir dejó de funcionar. Abrí la tapa y encontré una caja de cerillas en el mecanismo. Abrí la caja de cerillas y estaba llena de monedas. La dejé a un lado, cerré la tapa y seguí escribiendo.

Poco después de este sueño, el Dr. James Hillman me llamó y me presentó una invitación para hablar en el Congreso Internacional de Psicología Analítica sobre el tema del dinero. No sé por qué lo hizo. Puedo asegurar que no tengo ningún conocimiento o sabiduría especial sobre el dinero. Hablar sobre el dinero me parece una enorme inflación. Pero acepté el reto en parte como una forma de honrar el regreso de las monedas de mi infancia.

Me entusiasmó el regreso de mis monedas. Me parecía tan correcto escribir sobre el dinero bajo los auspicios de una imagen que en la infancia me había conectado tanto con la imaginación y el alma y el cuerpo. Pero algo iba mal. Por mucho que lo intentara, no podía escribir. Pasaron meses. Mi máquina de escribir estaba parada. Por supuesto. El sueño había mostrado que las monedas detenían mi máquina de escribir. En mi excitación por las monedas no me había dado cuenta de ello. En el sueño, cuando dejaba las monedas a un lado, podía seguir escribiendo. ¿Pero cómo podía escribir sobre el dinero y dejar de lado las monedas? En el sueño podía hacerlo, pero en la realidad del mundo cotidiano no podía. La llamada de mis monedas era demasiado fuerte.

Lo que sigue, pues, no es un artículo académico sobre la psicología del dinero. Tampoco he intentado una aproximación junguiana al significado del dinero en la práctica analítica o en la vida cotidiana de una manera formal o teóricamente adecuada. Todas estas cosas son, por supuesto, cuestiones vitales para nosotros, dignas de ser perseguidas. Pero aquí, en estas pocas páginas, tengo que seguir el camino de mis monedas, dejando que sean psicopompos una vez más.

En la primavera me fui a Escocia. Había trabajado durante meses para conseguir dinero y no había llegado a nada. Un aprendiz pareció decir más en un comentario humorístico de lo que yo había dicho con todo mi esfuerzo. Dijo: «El dinero es como el sexo: nunca hay suficiente de ambos». Pero seguramente en Escocia encontraría algo sobre el dinero que me liberaría del atolladero en el que me encontraba. Decidí recopilar algunas historias de los antiguos portadores de la tradición en las Tierras Altas Occidentales. Recibí muchas historias, pero ninguna sobre el dinero, aunque escuché un proverbio que excitó algo en mi propia sangre escocesa. Como analista junguiano, suelo centrarme en la redondez de las monedas, en su cualidad mandálica inherente, en su relación con la energía y los valores, y en su imagen del Ser. Este proverbio escocés fue una sacudida para mi perezoso pensamiento. El dinero», dicen los escoceses, «es plano y está hecho para ser apilado». ¡Tan típicamente escocés para notar la característica olvidada y recordar la utilidad de las cosas!

En medio de una oscura tormenta encontré el camino hacia el castillo de Dunvegan, hogar ancestral del clan McCloud en la isla de Skye. Me enfrasqué en una larga charla con un guía del castillo que estaba lleno de historias y encantado de tener un oído dispuesto. Mientras estábamos bajo la famosa bandera de las hadas, le pedí una historia sobre el dinero. Se quedó pensando un rato, miró abatido y dijo que no conocía ninguna. Luego, con un brillo tan élfico como nunca había visto, dijo que tenia una que podría servir. Al parecer, un día la vaca de un granjero se acercó demasiado a uno de los altos acantilados y, al tropezar con unas pequeñas rocas, cayó por el borde. Abajo, en el lago, un pescador pescaba perezosamente en su barca a la deriva. La vaca aterrizó en la barca, destruyéndola por completo y consiguiendo matarse en el intento. Los dos hombres se enzarzaron en una terrible discusión sobre quién tenía la culpa. El dueño de la vaca alegó que si el pescador no hubiera estado tan descuidado a la deriva, la vaca habría caído inofensivamente al agua. El dueño de la barca afirmaba que si el pastor no hubiera sido tan descuidado al dejar a su vaca cerca de la orilla, ésta no habría caído. Al no poder resolver su disputa, llevaron el asunto al jefe. El jefe se vio envuelto en un enorme conflicto y no pudo decidir qué era lo justo. Así que llamó a su sabio -lo que ahora llamaríamos obviamente su analista- y le pidió consejo. Jefe», dijo el analista, «debes pagar a los dos hombres, porque fue la roca de tu terreno la que

no aguantaría y las olas de su lago que llevaron la barca a donde estaba».

Me llamó la atención inmediatamente lo extraordinariamente difícil que es en cuestiones de dinero, que parecen tan caracterizadas por el binomio ganancia y pérdida, tener y no tener, gastar y ahorrar, lo difícil que es encontrar la sabiduría de esa tercera posición.

En este viaje descubrí algo en mis antecedentes ancestrales que parecía curiosamente relacionado tanto con mis intereses en la curación como con mi renovado interés por las monedas. En 1329, un grupo de caballeros escoceses emprendió una cruzada a Tierra Santa. Su líder, Lord Douglas, llevaba al cuello una caja de plata que contenía el corazón de Robert the Bruce, que había trabajado para liberar a Escocia del dominio inglés, pero que había muerto antes de peregrinar a Tierra Santa. Junto a Douglas cabalgaba Sir Symon Locard, que había sido nombrado caballero por Bruce, y a quien se le había confiado la tarea de llevar y custodiar la llave de la caja del corazón. Finalmente, entraron en batalla contra los sarracenos en España. Douglas murió, pero la gallardía de Sir Symon Locard salvó la caja del corazón. Después, para recordar el acontecimiento, el nombre de Locard se cambió por el de »Lockheart», y se acortó finalmente a »Lockhart». Un corazón dentro de un grillete se convirtió en el escudo de armas de la familia con el lema »corda serata pando», que significa «abro los corazones cerrados».

Durante esta batalla, Symon capturó a un príncipe emir de gran riqueza y distinción. Al pagar un cuantioso rescate de oro y plata, a la madre del príncipe se le cayó una joya de su bolsa. Mi astuto antepasado exigió que se incluyera en el rescate. Por supuesto, la madre accedió antes que perder a su hijo y le dijo a Sir Symon que era una antigua piedra curativa, un remedio soberano y sagrado contra todo tipo de males. Durante el reinado de Eduardo IV, la joya, una piedra triangular de color rojo intenso, se montó en una moneda de plata, y desde entonces se conoce como el penique de Lee, en honor al hogar ancestral de los Lockart en la zona de Lee y Carnwath, en el sur de Escocia. En la actualidad, el Lee Penny está en manos de Simon Macdonald Lockhart, actual poseedor de las tierras de Lee, quien amablemente me acogió durante mi reciente visita y me dio la oportunidad de estar a solas con la joya.

Al sostener el penique Lee y admirar la caja de oro hecha para guardarlo, que fue regalada a la familia Lockhart por María Teresa, la emperatriz reina de Austria, me sentí extrañamente excitado y empecé a experimentar un torrente de imágenes intermitentes de cosas que nunca había experimentado antes. La piedra estaba viva. Este talismán, que sirvió de impulso a la novela de Sir Walter Scott, El Talismán, tiene una notable historia de curación y una intrigante manera de ejercer su poder. El ritual para evocar su poder talismán consiste en sumergirlo en el agua con «dos inmersiones y un remolino». Durante este rito no se deben pronunciar palabras. Hablar hace que la piedra quede sin efecto. Este aspecto del rito tuvo un efecto muy curioso en mí, en alguien cuyo trabajo está tan relacionado con la palabra. El agua así tratada puede utilizarse para curar heridas, enfermedades del ganado y todo tipo de cosas, y hay muchos casos registrados de tales efectos. Puedo dar fe del poder inherente a este talismán, pero también recuerdo las palabras de mi anfitrión en su libro sobre la historia de la familia Lockhart: «El orgullo de poseer un amuleto robado a una madre desesperada no es la más gloriosa de las cualidades».1

Pero la naturaleza talismán del Lee Penny me ha perseguido desde que lo tuve en mis manos. Mis intentos de escribir sobre el dinero se atascaban, y mi intensa preocupación por el talismán como amuleto curativo seguía interfiriendo. La imagen de activar su poder sin decir nada seguía dando vueltas en mi psique y casi me dejó mudo. Entonces, por casualidad, me llamó la atención el capítulo 99 de Moby Dick, de Herman Melville.

II

En el palo mayor del Pequod había una moneda de oro, un gran doblón ecuatoriano, el premio por levantar la gran ballena blanca. Era, como cuenta Melville, el talismán de Moby Dick. La imagen me cautivó. También me cautivó una curiosa imagen, la moneda de oro y el penique Lee grabándose juntos. Sabía que la moneda de oro era una imagen del Sí-mismo, al igual que Moby Dick. Pero la asimilación de las imágenes a un concepto del Sí-mismo no era muy atractiva. Encuentro poca vida en esto. Pero a menudo encuentro vida en la conexión entre las imágenes, en la forma en que están vinculadas, en lo que yo llamo el «vínculo del eros» entre las imágenes. En la historia de Melville, las imágenes de la moneda y la ballena están vinculadas a través de la imagen del talismán. Fue este vínculo el que empezó a bailar en mi mente junto con el talismán del clan Lockhart.

Encontré en el magistral comentario del Dr. Edinger sobre Moby Dick una observación emocionante y confirmadora. Dijo de este vínculo que era «una conexión orgánica entre el significado simbólico de la moneda y el de la ballena».2 Para mí, el uso que hizo Edinger de la palabra «orgánico» fue crucial, porque señalaba la calidad viva del vínculo entre la moneda y la ballena. La idea de que la moneda y la ballena eran símbolos del Sí-mismo me resultaba árida porque ya la conocía. Pero la imagen de la moneda como talismán del Sí-mismo era algo que no conocía, y la sentía llena de vida y presagio.

Melville debía conocer la capacidad viva y orgánica del Sí-mismo para envolver los objetos de nuestra experiencia y sus relaciones en la psique. Al escribir sobre la moneda, le dio a esta envoltura un matiz peculiar e intrigante cuando dijo: En la imaginación de Melville, el mundo mismo está revestido de valor, de un significado que «se esconde» en todas las cosas. Fue esta imagen de acecho la que captó para mí la cualidad orgánica viva. Decir que el significado «está al acecho» en todas las cosas conduce de inmediato a esa interioridad metafórica en la que uno puede oír que el significado «está al acecho», que el significado está «listo para emboscarse», que el significado se mueve «furtivamente», «a hurtadillas», «secretamente», que el significado vive y respira sin ser observado, insospechado, oculto, escondido a la vista. En ese submundo imaginal, el propio sentido se personifica, se convierte en un ser vivo, que vive en la oscuridad, en las sombras, oscurecido, observando, esperando, buscando el momento adecuado para hacer su voluntad. Es cierto que podemos encontrar el sentido. También es cierto que el sentido nos encuentra a nosotros.

Me di cuenta, por supuesto, de que la moneda de oro, además de ser un símbolo del Sí-mismo y un talismán de Moby Dick era, de hecho, dinero. Quizá ninguna otra cosa (para que no sea la sexualidad) me parecía tan dura, tan real, tan concreta, tan literal, y sin embargo tan rápidamente simbolizada, interpretada o traducida en otra cosa. Mientras reflexionaba sobre esto, me di cuenta de que un aspecto de esto reside en la naturaleza del propio dinero: el dinero es la forma de transformación más poderosa, práctica y experimentada. De la forma más descarnada y real, uno puede convertir el dinero en cualquier cosa del mundo. Ninguna otra cosa alcanza esta gama de posibilidades de transformación en la actualidad o en la fantasía. En este sentido directo, el dinero lo simboliza todo. Byron dio en el clavo cuando observó que «cada guinea es una piedra filosofal».4 La vida y el alma del dinero deben residir en esta potencialidad transformadora. Esta es también la razón más profunda por la que la psique se siente atraída por la fascinación por el dinero. Al igual que en la búsqueda del oro alquímico, o en la búsqueda del amor verdadero, uno experimenta algo de la posibilidad de transformación en sí mismo cuando está en las garras del poder transformador del dinero. Supongo que por eso, cuando uno se encuentra en las profundidades de una depresión de plomo, gastar dinero levanta el espíritu.

La reflexión sobre la moneda de oro como dinero y Moby Dick como personificación del Sí-mismo produjo una afirmación muy curiosa que no me dejaba tranquilo: el dinero es un talismán del Sí-mismo. ¿Qué puede significar esto? Un talismán es un objeto dotado de un poder «sobrenatural» al que se puede recurrir de forma efectiva y activa para que ejerza sus efectos con el fin de alcanzar determinados fines. Se distingue del «amuleto» en que el amuleto aleja pasivamente el mal por desviación. Es evidente que un talismán tiene un poder transformador activo. El poder talismán del dinero reside en su naturaleza transformadora. Dado que el poder talismán puede invertirse en cualquier objeto, se deduce que cualquier objeto puede convertirse en dinero.

Si el dinero es un talismán del Sí-mismo, entonces el Sí-mismo debe usar el dinero para lograr sus objetivos. Esta extraña afirmación contrasta con el énfasis más habitual en el uso y la relación del Sí-mismo con el dinero. Sin embargo, hay un poder talismán que se esconde en el dinero, y ese poder es invertido allí por el Sí-mismo. Cuando nos enfrentamos al poder del dinero en nuestras vidas, nos enfrentamos al poder del «otro» en nosotros, un poder que hace su voluntad en el dinero y a través de él. Es el Sí-mismo. Fue este poder el que experimenté hace tiempo con mis monedas en el armario. El Sí-mismo utilizó las monedas para transformar mi mundo cotidiano en un mundo psíquico.

Llegados a este punto, podría haber profundizado en la historia y el significado de los talismanes y haber ampliado todo tipo de imágenes interesantes y poderosas sobre los talismanes y su uso, y sobre cómo todo esto puede verse en nuestro comportamiento y relaciones con el dinero. Quizás en otra ocasión. En lugar de eso, me sentí atrapado una vez más por lo que Paul Valery había notado: 

Seguramente habrán observado el curioso hecho de que una determinada palabra que resulta perfectamente clara cuando se la oye o se la utiliza en el lenguaje cotidiano, y que no plantea ninguna dificultad cuando se la emplea en el movimiento rápido de una frase ordinaria, se vuelve mágicamente embarazosa, introduce una extraña resistencia, frustra cualquier esfuerzo de definición tan pronto como se la saca de circulación para examinarla por separado y buscar su significado después de quitarle su función instantánea …. nos entendemos a nosotros mismos gracias únicamente a la velocidad de nuestros pases de palabras …. 5

Y, una vez más, me sentí atrapado por mi propia fascinación por las palabras.

Si yo mismo no hubiera escrito: 

El significado y la definición actuales son con demasiada frecuencia sólo la cáscara de una palabra. Utilizamos las palabras pero no conocemos su alma, ni siquiera nos importa. Todos abusamos de las palabras. Todo lo que nos ayude a liberarnos de la prisión del significado actual, de la literalidad y la rapidez del presente, nos ayudará a liberar a Psique de su caparazón carcelario. Las palabras cobran vida, inducen imágenes, excitan la imaginación, empiezan a tejer texturas entre sí y a contar historias completas si sólo rascamos la superficie de la palabra.6 

Así que, si tuviera que seguir esta idea del «dinero como talismán del Sí-mismo», tendría que seguir las palabras. Las palabras, como las monedas, son reinos donde se esconde el significado.

He abordado esta afirmación sacando de la circulación cada una de las imágenes de las palabras centrales: dinero, talismán, Sí-mismo. Una de las formas de hacerlo es entrando en una especie de »ensoñación etimológica» en un intento de descubrir y liberar los antiguos significados de las palabras que siguen vivos pero olvidados. El inconsciente recuerda estos antiguos significados, recuerda toda la historia de una palabra. Pero la mente consciente necesita que se lo recuerden.

Empecé con «talismán». Es un sustantivo francés y español, masculino como corresponde a su carácter de poder activo. Se importó del árabe tilsaman, plural de tilsam. Éste, a su vez, era un préstamo del griego telesma. Telesma se refería a «una ceremonia de consagración» y era un nombre para los «misterios». Derivaba de una palabra griega anterior, telein, que significaba «cumplir», «iniciar en los misterios» y «pagar». Las variaciones de estas palabras se referían al dinero pagado para cumplir con las obligaciones y deudas, al dinero pagado para entrar en el sacerdocio y al dinero pagado como parte de los ritos de los misterios. De la historia de la palabra »talismán» se desprende que la iniciación en los misterios, la realización y el cumplimiento, y el pago en dinero van juntos.

Las preguntas comenzaron a agitarse. ¿Cómo utiliza el Sí-mismo el dinero para sacralizar algo? ¿Cómo puede el dinero consagrar el trabajo que hacemos en el análisis? ¿Es el dinero pagado por un paciente el pago por la iniciación en los misterios del Ser? Recordé la advertencia de Tertuliano de que «nada de lo que es de Dios se puede obtener con dinero», y el eco de Thoreau: «el dinero no es necesario para comprar una necesidad del alma». Pero, ¿no somos nosotros trabajadores del alma? ¿No ocupamos las necesidades del alma en nuestro trabajo? Si es así, el dinero es necesario para comprar la conexión con el alma, la conexión con la psique y la conexión con el Sí-mismo a través de nosotros. Las raíces del talismán me dicen que los misterios sagrados y el dinero van juntos.

La palabra telein viene del griego telos. Ésta significaba «cumplimiento» y «plenitud» en el sentido de alcanzar un fin, un propósito, una meta final. Si nos remontamos a la prehistoria de la lengua, la raíz indoeuropea reconstruida de telos es qwel. Esta raíz contiene la imagen básica de ce “girando”, «moviéndose alrededor de un punto fijo», «habitando dentro». La misma raíz dio lugar al latín colere que significa «‘cultivar'» y que se convirtió en nuestra palabra inglesa »culture»; el inglés antiguo hweol que se convirtió en el inglés »wheel»; y el griego kiklos que significa »rueda».

Experimentar la naturaleza talismán de algo es experimentar que se gira, que se revuelve, que se atrae para habitar dentro, que se rodea. Es una experiencia temprana que dio lugar a las palabras de círculos, ciclos, ruedas. Un talismán no funciona de forma lineal, sino girando, moviéndose, circulando. Este giro, como telos, tiene que ver con el destino de uno, su propósito, su fin. Los puntos de giro son momentos talismán en los que nos dirigimos hacia nuestro destino. El dinero como talismán del Ser nos dice ahora que el Ser trabaja a través del dinero hacia nuestro telos, nuestro propósito, nuestro fin. Nuestra relación con el dinero debe llevar la evidencia de nuestro telos. El dinero funciona como talismán cuando nos hace girar, nos obliga, nos mueve a la confrontación con nuestro telos. Se dice que nuestro telos, nuestro fin último, nuestro propósito, determina nuestra valía. Cuando nos preguntan: «¿Cuánto vales?», ¿no vienen las imágenes del dinero atadas a todas las demás consideraciones? En este sentido, no es sorprendente que la palabra «valor» provenga de una raíz indoeuropea que significa «girar» y «doblar» y que da lugar a palabras como el inglés antiguo wyrd, que significa «suerte» y «destino» y que se convirtió en nuestra palabra inglesa «weird», Aquí también está el inglés antiguo writhan, que significa «retorcer» y «torturar», convirtiéndose en nuestra palabra «writhe». Anidado aquí está el inglés antiguo wyrgan que significa «estrangular», que se convirtió en el inglés »worry». Aquí está incrustada la palabra griega rhombus que significa »rueda mágica» y el inglés antiguo wyrm que significa »gusano», así como el latín vermis que significa »alimaña».

Así, la valía de alguien está profundamente ligada a las imágenes del destino, a los giros de la suerte y a las ruedas de la fortuna. Lo mismo ocurre con el dinero. Nuestra relación con el dinero es nuestra relación con el destino. Nuestra relación con el dinero es nuestra relación con el propósito, el fin, la meta, el telos. El dinero como talismán enfatiza esto, y el dinero como talismán del Sí-mismo enfatiza las formas y los medios a través de los giros y la circulación del dinero que el Sí-mismo nos lleva, nos hace girar, hacia nuestro telos. El ego, me parece, siempre tiene un propósito recto, la meta a la vista, el fin siempre a la vista. Los ojos del ego siempre están en la tangente hacia adelante. Pero el Sí-mismo trabaja para apartarnos de esa rectitud, y utiliza el dinero para hacerlo. Nos hace girar alrededor de un eje más profundo, y no podemos ver con los ojos abiertos a dónde nos lleva este giro. Se requiere un tipo de «visión» más profundo: la visión de los misterios. El significado básico de la palabra «misterio» es «ver con los ojos cerrados».

¿Hay algún eco en la propia palabra »dinero»? La palabra inglesa moderna »money» procede del inglés medio monoie, que viene del sustantivo femenino francés antiguo monie. Éste, a su vez, es un desarrollo de la palabra latina moneta, también un sustantivo femenino. Aunque este no es el lugar para seguir hablando del significado del género de las palabras, es sorprendente que la palabra dinero, tan a menudo considerada provincia, sea en sí misma femenina. Hay algo aún más profundamente femenino en la palabra. Es el nombre latino de la madre de las Musas, que en griego se llamaba Mnemosyne. Era la diosa de la memoria. Así, de la matriz o vientre de la memoria surgen esas engendradoras creativas que llamamos las Musas y que entran en el nombre de la acuñación, de la moneda y del dinero. El dinero esconde en su nombre a las musas creadoras y su fuente en la memoria.

Hay más. A continuación descubrimos que Moneta era un epíteto, un nombre, para Juno, la Reina Madre del Cielo. Fue, de hecho, en el templo de Juno donde se acuñó el dinero. Esto se produjo de la siguiente manera. Un ejército romano estaba perdiendo una batalla y estaba casi sin dinero. Esto provocó disensión, desmoralización y pérdida de ánimo. En un intento desesperado por encontrar una respuesta a su situación, consultaron a Juno. Ella les aconsejó que si su causa era justa y luchaban por ella, el dinero llegaría. Los soldados se reunieron en torno a esta imagen y siguieron luchando. Pronto llegó el dinero de Roma y la batalla fue ganada. En homenaje a los sabios consejos de Juno, se instaló la ceca en su templo, que albergaba también el tesoro romano. Todo esto sitúa los asuntos monetarios, podríamos decir también el asunto del dinero (es decir, el oro y la plata y otros metales), en el ámbito de la madre. Esto me recuerda lo que Jung había dicho que eran las tres «M» del análisis: madre, materia y dinero. Lo vemos aquí en esta dramática imagen de la materia que se convierte en dinero en el templo de la madre.

La palabra moneta procede de una palabra más antigua, moneo, que significa “recordar”, “poner en mente”, “recordar”, “amonestar”, “aconsejar”, “advertir”, “instruir”, “enseñar”. Se puede ver en esta palabra moneo a Mnemosyne trabajando como diosa de la memoria y el recuerdo. En su papel de Juno Moneta, Juno era una gran consejera y vidente. Podía ver el futuro. Se construyó un templo en su honor porque advirtió a la población de un inminente terremoto. Así que en la palabra «dinero» hay imágenes de recuerdo, consejo, advertencia y el sentido de enseñar e instruir a través del recuerdo del pasado. El olvido de pagar la factura, o el olvido de discutir la cuota, puede verse ahora como parte de la fenomenología del dinero en su carácter de memoria. Juno debe recibir su merecido si algo no se recuerda, y todos conocemos el tipo de retribución que Juno se llevó. Olvidar el dinero, no aprender del dinero, no hacer caso a las advertencias del dinero, son olvidos de Juno.

La raíz de moneo era men, que dio lugar a las palabras latinas memini, mens y mentio. Memini significa «recordar», «rememorar», «pensar en», «tener presente» y «mencionar una cosa». Una vez más se nos recuerdan las imágenes de recordar, de llenar la mente con una cosa. Si el dinero sale de este nido verbal, debemos atender a este extraordinario énfasis en el recuerdo y en la memoria. A este respecto, quizá sea revelador que se recuerde tan poco, que se mencione tan poco sobre el dinero en la literatura de nuestro campo y, muy probablemente, en los despachos de nuestra práctica.

Mens es un sustantivo femenino procedente de esta raíz y significa »mente», »corazón» y »alma». Sólo más tarde se restringió para referirse a la conciencia y más tarde aún se limitó a las facultades intelectuales de la razón y la racionalidad. En su forma personificada, Mens era la diosa romana del pensamiento. Imagínese, ¡una diosa del pensamiento! Pero aquí también viven otras diosas. Esta raíz mens da lugar al nombre de Minerva, la diosa romana de la sabiduría, de la reflexión, de las artes, las ciencias y la poesía, y del tejido.

Otras palabras que se desarrollan a partir de esta raíz básica, como monitor, mentor, monitum y monitus, transmiten imágenes de recordatorio, advertencia y amonestación, además de referirse a estos efectos mediante oráculos, presagios y profecías. Ciertamente, las imágenes de profecías, presagios y advertencias están muy vivas en relación con el dinero. Los mercados de valores del mundo se aceleran con profecías, presagios y predicciones. Los asesores monetarios están llenos de advertencias, amonestaciones y consejos. Juno Moneta está trabajando aquí.

Estas imágenes ya existían en épocas griegas anteriores. La palabra griega general para dinero, chrimatos, se refiere también a una respuesta oracular y a una advertencia divina. Así, en todas estas consideraciones y reflexiones sobre las imágenes que están en la raíz de la palabra «dinero», llegamos a alguna conexión básica entre el dinero, la memoria y las prácticas mánticas. Hemos llegado a esta conexión a través de un estudio sólo de la historia y los orígenes de la palabra »dinero» y sin beneficio de la teoría psicológica o la praxis. Considero que esto significa que si queremos tener una comprensión completa de nuestra relación con el dinero en nuestra práctica psicológica, así como en nuestra comprensión de los fenómenos monetarios a mayor escala, tendremos que aportar a tales reflexiones la intrincada red de conexiones entre el dinero, la memoria y las prácticas mánticas que reside en las profundidades olvidadas pero aún vivas de la palabra »dinero».

¿Qué hay en el fondo de la palabra »Sí-mismo»? Sus raíces llegan hasta seu-, un elemento maravillosamente rico que entra en palabras como »hermano», »chisme», »secreto», »seducir», »suicidio», »costumbre» y »hetaera». No hay tiempo para retomar todas estas imágenes en relación con nuestro tema del dinero como talismán del Ser. Pero el hecho de que »secreto» y »Sí-mismo» impliquen la misma raíz nos recuerda lo reservados que somos con el dinero. Es más fácil saber qué analistas se acuestan con los pacientes que averiguar los honorarios de esta conjunción analítica. Me parece que podemos hablar abiertamente de los asuntos sexuales -nuestros o de otros-, pero los asuntos de dinero siguen envueltos en el secreto. Me pregunto si el Sí-mismo trabaja menos ahora en los asuntos sexuales que en los asuntos de dinero. ¿Por qué somos tan reservados con el dinero? ¿Por qué nos cuesta tanto hablar y contar nuestra relación con el dinero incluso entre nosotros?

Si es cierto que el dinero es un talismán del Sí-mismo, debe ser que hablar de dinero comienza a revelar nuestra relación con el Sí-mismo de alguna manera que es extraordinariamente real, quizás más real que algunas de las otras maneras en que nos revelamos más fácilmente -y quizás más reveladoras. Entonces debemos considerar cómo la palabra «ética» se mezcla con el Sí-mismo y el secreto. ¿Cómo debemos considerar los problemas del dinero en términos de la ética del Sí-mismo? Recuerdo la afirmación de Jung de que la comprensión de la naturaleza de las propias imágenes debe convertirse en una obligación ética, y que «la falta de comprensión de las mismas, o la evasión de la responsabilidad ética, priva al hombre de su integridad y le impone una dolorosa fragmentación en su vida».7 Las imágenes del dinero y nuestro trato con el dinero, tanto en nuestra práctica como en nuestra vida cotidiana, no pueden escapar a esta obligación ética. Como se desprende de la palabra-trabajo, el Sí-mismo, la ética y el secreto están entrelazados. Ahora veo que el propósito más profundo del secreto no es encubrir lo que el ego quiere ocultar, sino llevar al ego a la conexión con el Sí-mismo, donde, en secreto, llega a conocer sus obligaciones éticas.

La inconsciencia del ego se cura frecuentemente a través de la revelación y el relato de secretos. Pero la conexión secreta con el Sí-mismo se revela no a través de la narración, sino a través de la promulgación de las obligaciones éticas aprendidas y recordadas en la consorte secreta con el Sí-mismo. Y en la medida en que estas reflexiones tienen que ver con nuestra relación con el dinero, lo que hacemos con el dinero, más que lo que decimos sobre el dinero, revela la plena realidad de nuestra relación ética con el Sí-mismo.

Esta relación ética con el Sí-mismo es lo que nos une como comunidad. Es lo que nos prometemos a nosotros mismos, a los demás y a los que buscan nuestra ayuda. Lo que hacemos con los frutos de nuestro trabajo del alma -ese dinero duro y frío- tiene mucho que decirnos sobre nuestra relación con el Sí-mismoh, nuestra relación con el telos, nuestra relación con las «necesidades del alma». Este dinero llega a nosotros marcado, marcado con las luchas del alma del «otro», No viene limpio, sino ensangrentado en las enormes batallas del alma de otro. «El dinero es otra clase de sangre», y cuando circula por nuestras manos viene quizás con más de lo que nos interesa saber.

Ill

«Su caja de seguridad está vacía». Esta voz onírica afectó tanto a mi paciente que se apresuró a ir al banco y comprobar sus diferentes cajas de seguridad. No faltaba nada. Se sintió enormemente aliviado, pero estaba profundamente preocupado por el sueño. Habló de haber perdido algunos objetos de valor internos. Le recordé que nunca había experimentado el sentido de los valores interiores, que todo su sentimiento y su vida estaban ligados a ganar dinero y a ejercer su poder. No es que se haya perdido nada; simplemente nunca ha estado ahí, y por tanto la caja está vacía. A veces, cuando una palabra me llama poderosamente la atención, trabajo en el momento con ella. Cogí el diccionario y simplemente dije las imágenes que aparecían bajo la palabra «vacío»:

Vacío de contenido

No contiene nada

Sin ocupantes, sin habitantes

Sin carga, sin cargamento

Falta de propósito, falta de sustancia 

Ocioso

Necesidad de alimentarse

Hambre

Desprovisto y desamparado

Vacío. 

El hecho de que dijera el significado de las palabras de esta manera, lentamente y con sentimiento, hizo que los ojos del soñador se llenaran de lágrimas. Las palabras le habían atravesado y le habían hecho sentir en forma de lágrimas. Cuando le dije que la palabra »vacío» viene de una palabra del inglés antiguo que significa »descanso» y »ocio», comprendió inmediatamente el vacío de su vida ociosa.

La raíz indoeuropea de vacío es med-, una raíz que significa «tomar las medidas adecuadas». Ya era hora, dije, de tomar las medidas adecuadas. Una palabra latina que surge de esta raíz es mederi, que significa «cuidar, sanar, curar», que es el origen de las palabras »medicina» y »remedio». Me pareció un poco peculiar que una palabra como »vacío» perteneciera al mismo nido verbal que una palabra que significa »sanar» y »curar». Dije que la medicina, el remedio, debía estar en el vacío, justo ahí, en esa caja de seguridad vacía.

Otra palabra de esta raíz es el latín meditari que significa «pensar en», «considerar profundamente», «reflexionar». Es el origen de nuestra palabra »meditar». La palabra pide al soñador que medite y reflexione sobre el vacío. Otra palabra de este nido es el latín modus significa «medida», «límite», «manera», «armonía», «melodía». Su trabajo analítico debe ser una toma de medida de sí mismo, encontrar sus límites, encontrar su manera, encontrar la armonía y la melodía en su vida. Todo estaba ahí, en el vacío. Las palabras inglesas «mode», «model», «modern», «modify», «mold», «commode», «commodious» y «commodity» provienen de este progenitor latino.

Meditó sobre la caja de seguridad vacía. No ocurrió gran cosa porque no estaba acostumbrado a ese esfuerzo introspectivo. Esa noche tuvo un sueño en el que se le acercaba una jovencita mientras subía a su limusina. La niña le dijo: «Lo encontraré por un centavo». El soñador se metió la mano en el bolsillo y, sacando un rollo de billetes, le entregó al chico un billete de cincuenta dólares. «No», dijo el niño, «por un centavo». Pero ni el soñador ni su chófer tenían un céntimo y el chico salió corriendo. El soñador se despertó asustado.

Aquí está el típico motivo de cuento de hadas de que la cosa sin valor tiene «el mayor valor». Pero me centré en el tema más sutil de que era la moneda lo que se necesitaba para poner en marcha la búsqueda de »eso». El soñador entendía que »eso» era su conexión con el alma, sin la cual su fortuna carecía de sentido. Era el camino, el remedio, la medicina para el vacío.

Hace tiempo que considero necesario, cuando se trata de sueños en los que aparecen imágenes de dinero, centrarse primero en la realidad de la relación del soñador con el dinero. ¿Qué pasa con los centavos? El soñador reveló que tenía la costumbre de rechazar los centavos en cualquier transacción. Sencillamente, no aceptaba centavos como cambio. Al investigar por qué rechazaba los centavos, descubrimos que no era porque tuvieran poco valor (como el motivo del cuento nos habría hecho creer), sino porque eran de cobre. Sólo aceptaba las monedas plateadas como cambio. Lo entendí, al menos empáticamente, porque mi propia caja de monedas de la infancia nunca admitía monedas de céntimo. Tenían que ser de plata. El hombre, al odiar el cobre, estaba odiando el propio metal necesario para encontrar su camino hacia el alma.

No podía recordar qué le había puesto tan en contra del cobre, tan en contra de los centavos. También dijo que sentía que si aceptaba monedas de un centavo, algo terrible sucedería. Se protegía de esos temores continuando escrupulosamente sin tocar los centavos. Aquí está la red de interconexiones entre el dinero, la memoria y las prácticas mánticas de las que hablé antes. Uno puede ver claramente cómo el destino de este hombre está intrincadamente ligado a estas monedas, cómo el centavo es requerido como una cuota para encontrar la conexión con el alma, y cómo su relación con el cobre produce el vacío de lo incompleto; cómo este «giro de los acontecimientos» lo convirtió, y cómo el irónico «giro» de un hombre rico que no tiene un centavo lo confrontó con su destino, enviándolo a una preocupación retorcida.

Como siempre, me intrigó la palabra «cobre». Se trata, por supuesto, del latín cuprum de una palabra griega anterior que era el nombre de la isla de Chipre. De allí procedía el mejor cobre de la antigüedad. Se cree que el nombre de Chipre deriva de una palabra hebrea, gopher, el nombre del árbol cuya madera se utilizó para hacer el arca. Fue esta imagen la que liberó el recuerdo reprimido del sacerdote golpeando sus manos al intentar robar del plato de ofrendas los pocos centavos que habían quedado allí. También al sacerdote le gustaba más la plata.

Un paciente, acostumbrado a pagarme con un cheque al principio de cada hora, estaba escribiendo uno, una actividad que suele realizar en silencio. Me dijo: «Bueno, ¿qué te ha pasado esta semana?». De repente me vi incapaz de recordar nada de mi semana. Me esforzaba por recordar algo cuando dijo: «No, espera a que te dé esto. Puede que a los dioses no les guste que empecemos antes de que pague». Evidentemente, para este paciente, el pago no sólo tenía que ver conmigo, sino con los dioses. Y aunque lo dijo en tono de broma, escuché también su serio propósito. El pago era una ofrenda mántica para propiciar a los dioses y asegurarse su buen consejo. Me entregó el cheque, que, aunque estaba a mi nombre, era para los dioses. ¿Qué se puede hacer con una ofrenda así? Algo que se acepta como parte de un ritual sagrado debe utilizarse para fines sagrados. ¿No es ésta una de las formas en que el dinero consagraría la obra? Empecé a pensar en el uso que podría darle a ese dinero. Me pregunté si gastar este dinero en algo que no fuera un propósito sagrado afectaría de alguna manera al proceso que nos comprometía. Al final de la hora me olvidé de mis cavilaciones, junté su cheque con los demás y los envié todos al banco.

A menudo trabajamos con diligencia para mantener a nuestros pacientes separados, llegando a menudo a elaborados extremos para que ningún paciente vea a otro, para que no quede ningún rastro de un paciente anterior en la oficina. Pero no dudamos en mezclar el dinero de nuestros pacientes. La conexión entre el origen del dinero y el destino del mismo se rompe poniendo el dinero en un fondo común e indiferenciado. Esto también nos impide atender a la conexión entre lo que nuestro paciente nos ha dado y lo que hacemos con él.

¿Importaba realmente cómo gastaba ese dinero? Me di cuenta enseguida de que esta pizca de conciencia -o era un romanticismo loco- haría muy difícil depositar ciegamente todos esos cheques cada mes en un fondo de dinero indiferenciado. Me di cuenta de que me iba a atormentar esta imagen de que el dinero transportaba algo del alma de mis pacientes y de que la forma en que utilizaba el dinero podía afectar no sólo a mi propia alma, sino también a la de ellos. Algo me gritaba: «No importa, no importa». Pero ahora no podía creerlo. Debe importar de alguna manera. «Tonterías», gritaban las voces.

Bueno, tal vez. Pero supongamos que nuestros pacientes no nos pagaran con cheques, ni siquiera con dinero en efectivo, sino con bienes y servicios como en otros tiempos. Entonces los huevos que comieras serían los que trajera esa mujer histérica, la tela que te hiciera los pantalones la traería ese depresivo que no puede meterse en la vida; tu techo lo arreglaría ese alcohólico que pega a su mujer, y tu jardín lo plantaría esa mujer con esa terrible transferencia erótica. Ahora bien, todo esto nos lleva a las cuestiones más fantásticas. Desde este punto de vista, disolver el dinero de nuestros pacientes en algún fondo común -que rompe la conexión entre el dinero y lo que hacemos con él- nos permite permanecer inconscientes de estas cosas.

Recientemente, un psicoterapeuta me consultó sobre un problema que no podía resolver. Estaba casado y tenía una vida familiar estable, pero por diversas razones se había involucrado con otra mujer. Su problema no era particularmente un conflicto sobre esta relación extramatrimonial – no estaba experimentando ninguna dificultad sobre esto. Su problema era de dinero. La otra mujer era cara, y él había caído en la tentación de mantenerla, pagando su alquiler, comprando ropa, etc. Se había imaginado que quizás valía más de lo que era. Y, durante un tiempo, no hubo dificultades. Pero ahora los costes cada vez más elevados de este asunto se estaban volviendo onerosos, y él no podía encontrar ninguna manera de reducirlos. Se vio desprovisto de recursos, lo que normalmente significaba que gastaba aún más en ella como forma de aliviar la depresión. La angustia de estos gastos crecientes le llevó al análisis.

Después de escuchar atentamente este relato durante un rato, le pregunté quién pagaba este asunto. Era él, por supuesto. ¿Y de dónde procedía el dinero? Bueno, casi todos sus ingresos procedían de su consulta privada. Luego discutimos las cantidades reales que se estaban pagando para mantener a la otra mujer. Oscilaban entre los 1.000 y los 1.500 dólares al mes y en aumento. Le pedí que imaginara el origen exacto de ese dinero. No lo entendió. Lo pagaba con dinero en efectivo, ahorros y su cuenta corriente. Sí, le dije, pero este dinero tiene una fuente exacta. El paciente A te paga 400 dólares al mes, el paciente B 200 dólares al mes y así sucesivamente. Estas son las sumas concretas que provienen de personas individuales de su consulta. ¿Podría especificar cuáles de sus pacientes están pagando este asunto?

Se enfadó bastante, me acusó de moralista y de intentar inducir la culpa. No discutí. Cuando se calmó, me limité a repetir la pregunta.

No sabía por qué había formulado la pregunta de esta manera. Sí sé que el arte del análisis consiste a menudo en encontrar la pregunta adecuada. No sé si ésta era la pregunta correcta. Pero mientras hablaba con él, mi propia mente se precipitaba hacia mis propios asuntos financieros y me planteaba la pregunta. Apenas había empezado a considerar una posible relación entre lo que me paga un paciente y lo que hago con él después. Había sido suficientemente instruido en cómo tratar y relacionarme con todo tipo de actitudes, sentimientos y comportamientos de los pacientes respecto al dinero. Pero nadie me había mencionado que lo que yo hacía con ese dinero podía tener alguna importancia genuina en el trabajo.

Imaginemos que el dinero que recibimos de un paciente lleva algo del alma, la psique, el valor o la energía de ese paciente. Este dinero personifica al paciente y, como he descrito antes, lleva algo del telos del paciente, su destino. El dinero es una sustancia, un metal, una moneda, un talismán transformador que pasa a nuestras manos como pago por nuestro tiempo, nuestra energía, nuestro amor, nuestro valor. ¿Se nos exige a los analistas que examinemos cómo tratamos este dinero? ¿El destino de este dinero tiene un impacto en el proceso analítico? Tienes que pagar una hipoteca el mes que viene. O tal vez alguna diversión secreta requiere dinero. ¿Podría elegir conscientemente qué dinero de sus pacientes va a utilizar de esta manera? Está claro que es más fácil romper toda conexión entre los pacientes individuales y el pago de nuestros propios gastos. Eso lo hacemos mezclando el dinero de todos nuestros pacientes. Pero, ¿podríamos tomar tales decisiones? ¿Sobre qué base se tomarían esas decisiones? ¿O sería mejor mantener inconsciente toda esta posibilidad y no mezclar el destino del dinero de nuestros pacientes de forma tan intrincada e individual en nuestra vida personal? Pero esto es sólo una máscara. No podemos evitar mezclar a nuestros pacientes en nuestra vida personal, porque la base financiera de nuestra vida personal -al menos para la mayoría de nosotros- la construyen nuestros pacientes. Aunque esta cuestión plantea enormes dificultades, no hay tiempo para tratarlas adecuadamente. Debo conformarme con plantear la cuestión. Y, además, como toda buena hora de análisis, el tiempo se acaba justo en el momento crítico, dejándonos no con respuestas sino, espero, con preguntas preñadas.

1. Simon Macdonald Lockhart, Seven Centuries: The History of the Lockhart ofLee and Carnwath (publicación privada de S.F. Macdonald Lockhart, Estate Office, Carnwath, Lanark, Escocia, 1977), p. 8.

2. Edward F. Edinger, Melville’s Moby Dick: A Jungian Commentary (Nueva York: New Directions, 1978), p. 107.

3. Herman Melville, Moby Dick; or The Whale (Chicago: Encyclopedia Britannica, 1971), p. 317.

4. Citado por H. L. Mencken, A New Dictionary of Quotations (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1977), p. 804.

5. Citado en Gaston Bachelard, The Poetics of Reverie (Boston: Beacon Press, 1971), p. 48.

6. Russell A. Lockhart, «Words as Eggs», Dragonflies I/i (1978), p. 30.

7. C. G. Jung, Memories, Dreams, Reflections (Nueva York: Vintage Books, 1963), p. 193.

El día de muertos

Logos del alma

Cuando alguien cercano muere se inicia el proceso de asimilación de la perdida. Morir es faltar a un compromiso, traicionar un lazo, una urdimbre que une un afecto con una imagen; el que muere se oculta en el inframundo, en el Mictlán, en la tierra de los muertos. Ítalo Calvino imaginaba el otro mundo justo igual que el nuestro pero donde todo sucedía como si ocurriera en un espejo, esto significa que el mundo de los muertos ocurre de manera negativa, o mejor dicho que su lugar es el de la negatividad. El que muere se despoja de su ropaje positivo, abandona el sitio común y se refugia en el lugar de Mnemosyne, se vuelve, o más bien se revela como un recuerdo, como una idea.

La relación con los otros, y sobre todo con quien se ama, es un lazo afectivo que alimenta la subjetividad de la persona con la imagen y la idea del otro, la individualidad es acaso una experiencia nueva y mínima, lo que constituye al sujeto es realmente la conexión con el tejido social, el cual lo sostiene y le brinda identidad. Al morir, el otro, corta repentinamente esa unión y nos condena a vivir sin el sostén afectivo que es la presencia del ser amado, quien durante mucho tiempo fue un receptáculo y ahora ha decidido vaciarse y no volver a ser continente de la propia idea del yo. Por ello, la pérdida de los otros acarrea pena, pero sobre todo enojó, pues se ha sufrido una deslealtad.

Así, comienza una etapa de asimilación, de recogimiento de la carga afectiva depositada en el otro. En México, los rituales funerarios duran varios días, en donde de manera mecánica se llora y se lamenta la soledad sentida por la partida del otro y cada año se construye un altar con el alimento favorito de quienes se han marchado, el alma de los muertos come de esta ofrenda y se nutre del aroma del copal, del humo del anafre y del olor de la fruta, del pan y de la flor de cempasúchil. Estos rituales, en realidad, no están hechos para quien se ha ido, sino para los que requieren integrar el vínculo perdido en la propia experiencia del vivir, tal sufrimiento nunca desaparece pues es una parte insalvable de la existencia, es la negación constante que da movimiento al acto de existir, pues la persona camina de forma tenaz en la línea que divide la vida de la muerte, y morir es dar el paso definitivo.

Además, los rituales funerarios sitúan a la experiencia de la perdida en la dimensión social a la que pertenece, en ellos se lamenta la muerte más inmediata pero ésta acarrea el recuerdo de quienes han muerto antes. La muerte del padre, del esposo, del hijo, son la imagen simbólica de las muertes antes ocurridas, que en muchas ocasiones marcan la dinámica completa de grupos sociales, de familias, durante generaciones, nada nos une más que el recuerdo de nuestros muertos, y al mismo tiempo la presencia continua de nuestra propia caducidad.

El duelo por los muertos es interminable, pero con el tiempo se atenúa, el lazo afectivo se recoge y el otro mora entonces, definitivamente, en el inframundo, que decía James Hillman es el hogar del alma; así la persona fallecida se ha vuelto completamente negativa, un espíritu, la pura idea de lo que alguna vez fue positividad. De vez en cuando el nombre de aquel acudirá a la memoria y un suspiro o una breve lagrima lo hará patente, y entonces se volverá a la labor cotidiana mientras la imagen se diluye, y si hay suerte el recuerdo de los muertos se afirmará de vez en cuando en un altar que no será un anhelo por la muerte sino una afirmación de la vida y su fugacidad, y del sentido perdón hacia quienes nos han abandonado, pues justo por que se han ido es que permanecen presentes.

Mundus imaginalis, o lo imaginario y lo imaginal

Traducciones

Henry Corbin, Francia

Publicado en Working with Images: The Theoretical Base of Archetypal Psychology, compilado por Benajamin Sells, Spring Publications, Canadá, 2022.

Traducido por Alejandro Chavarria

Henry Corbin es el segundo padre inmediato de la psicología arquetipal después de Jung. En este magistral, aunque difícil, ensayo, Corbin muestra muchas de las razones. A través de su cuidadosa articulación del pensamiento islámico sobre lo imaginal, Corbin conecta el mundo de los arquetipos (mundus archetypalis) con el mundo de la imagen (mundus imaginalis). Este mundo imaginal presenta un orden de realidad propio, dice Corbin. Describe esta realidad como un mundo intermedio de la imagen que posee una integridad a la par que el mundo de la sensación corporal y el mundo del intelecto abstracto, planteando así un fundamento ontológico para el trabajo imaginal en general y la psicología arquetípica en particular. Completa este movimiento reconociendo que «la imaginación es la función cognitiva de este mundo [intermedio]». De un solo golpe libera a la imaginación de su exilio moderno como el tercio perdido del dualismo materia/espíritu. 

Es difícil sobreestimar la importancia de las opiniones de Corbin. Se trata de una perspectiva que restablece el mundo de la imagen como «perfectamente real» al tiempo que se niega a limitar la «realidad» a los fenómenos físicos literalizados. Corbin, y la tradición que presenta, ofrece un camino a través de los dilemas ofuscantes que presenta el intelecto racional y las percepciones erróneas cotidianas que presentan los sentidos. Negándose a quedar atrapado en ninguna de las dos zarzas, Corbin articula en cambio un mundo entre estos otros lugares. El mundus imaginalis, insiste, es un lugar intermedio y mediador que requiere métodos y estilos diferentes a los del intelecto o la sensación física. Según Corbin, el mundo de las imágenes «se oculta tras el acto mismo de la percepción sensorial y hay que buscarlo por debajo de su aparente certeza objetiva». He aquí una de las muchas ideas extraordinarias de Corbin: que el mundo de los sentidos se apoya en fundamentos imaginarios. 

Dada la integridad del mundus imaginalis, y las correspondencias entre éste y otros mundos, el mundo de la imagen, por tanto, «proporciona el fundamento para un conocimiento analógico riguroso». Un mundo imaginal implica y necesita capacidades imaginales, dice Corbin, y por ello identifica la imaginación como la capacidad y actividad primaria del mundus imaginalis. La perspectiva de Corbin establece así la realidad ontológica del mundo psicológico, al tiempo que nos enseña cómo proceder en él psicológicamente. 

El de Corbin es un apasionado e inteligente alegato, es más, una exigencia, por la integridad e independencia del alma. Lo «imaginal» no es «imaginario», dice, sino un lugar real que está a la vez en todas partes y en ninguna (Nâ-Kojâ-Abâd); un lugar intermedio de la imagen en el que todos los demás lugares tienen cabida.



Mi intención al proponer las dos palabras latinas mundus imaginalis como título de este trabajo era circunscribir un orden muy preciso de la realidad, que corresponde a un modo preciso de percepción. La terminología latina tiene la ventaja de proporcionarnos un punto de referencia fijo y técnico con el que podemos comparar y medir los diversos equivalentes, más o menos vagos, que sugieren las lenguas occidentales modernas. 

Para empezar, haré una confesión. La elección de las dos palabras empezó a ser inevitable para mí hace algún tiempo, porque me resultaba imposible contentarme con la palabra imaginario para lo que tenía que traducir o describir. Esto no pretende en absoluto ser una crítica a aquellos a los que el uso del lenguaje obliga a recurrir a esta palabra, ya que todos nosotros intentamos simplemente revalorizarla en sentido positivo. Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, no podemos evitar que, en el uso actual y no premeditado, el término imaginario se equipare con lo irreal, con algo que está fuera del marco del ser y del existir, en resumen, con algo utópico. La razón por la que tenía que encontrar absolutamente otra expresión era que, durante muchos años, mi vocación y mi profesión me exigían interpretar textos árabes y persas, cuyo significado habría traicionado sin duda si me hubiera contentado -incluso tomando todas las precauciones debidas- con el término «imaginario». Tuve que encontrar una nueva expresión para no engañar al lector occidental, al que, por el contrario, hay que despertar de su vieja y arraigada forma de pensar para que se dé cuenta de otro orden de cosas. 

En otras palabras, si en el uso francés (y en el inglés) equiparamos lo imaginario con lo irreal, lo utópico, esto es sin duda sintomático de algo que contrasta con un orden de la realidad, que yo llamo el mundus imaginalis, y que los teósofos del Islam designan como el «octavo clima». Después de un breve esbozo de este orden de realidad, estudiaremos el órgano que lo percibe, es decir, la conciencia imaginativa, la Imaginación cognitiva; y finalmente, sacaremos algunas conclusiones de las experiencias de quienes han estado realmente allí.

1. Nâ-Kojâ-Abâd o el octavo clima

Acabo de mencionar la palabra utópia. Curiosamente -o quizás sea el ejemplo más conmovedor- en persa, nuestros autores utilizan un término que parece ser su transferencia lingüística: Nâ-Kojâ-Abâd, «el país del no lugar». Y sin embargo, este lugar es cualquier cosa menos una utopía. 

Veamos las bellísimas narraciones, que son a la vez cuentos visionarios y de iniciación espiritual, escritas en persa por Sohrawardî, el joven jeque que fue «el resucitador de la antigua teosofía persa» en el Irán islámico del siglo XII. Al principio de cada relato, el vidente se encuentra en presencia de un ser sobrenatural de gran belleza, al que pregunta quién es y de dónde viene. En esencia, estos relatos ilustran la experiencia del gnóstico, vivida como la historia personal del Extranjero, el cautivo que aspira a volver a casa. 

Al principio de la narración, que Sohrawardî titula El arcángel carmesí, [1] el cautivo, que acaba de escapar de los ojos vigilantes de sus carceleros, es decir, que ha abandonado momentáneamente el mundo de la experiencia sensible, se encuentra en el desierto en presencia de un ser que le parece dotado de todas las gracias de la adolescencia. Por eso le pregunta: «¿De dónde vienes, oh, Juventud?» Y la respuesta es: «¿Cómo es eso? Soy el hijo mayor del Creador [en términos gnósticos el Protokistos, el Primer Creado] y me llamas joven». Su origen da la pista del misterioso color rojo púrpura en el que aparece: es el color de un ser que es pura Luz, cuyo brillo se atenúa a un púrpura crepuscular por la oscuridad del mundo de las criaturas terrestres. «Vengo de más allá del monte Qâf… Aquí es donde estabas al principio y es donde volverás, una vez que te liberes de tus grilletes». 

El monte Qâf es la montaña cósmica que, cima tras cima y valle tras valle, está formada por esferas celestiales, todas ellas envolventes. ¿Dónde está entonces el camino que sale de él? ¿Cuál es la distancia? «Por muy lejos que viajes», se dice, «siempre volverás al punto de partida», igual que la aguja de la brújula siempre se desvía hacia el punto magnético. ¿Significa esto simplemente que uno se abandona para volver a sí mismo? No del todo, porque, mientras tanto, un acontecimiento muy importante lo habrá cambiado todo. El yo que se encuentra allá, más allá del monte Qâf, es un yo superior, el yo experimentado como un «Tú». Como Khezr (o Khadir, el misterioso profeta, el eterno errante Elías o su doble), el viajero tiene que bañarse en el Manantial de la Vida:

El que ha descubierto el significado de la Verdadera Realidad ha llegado a este Manantial. Cuando emerge del Manantial, está dotado de un Don que lo asemeja al bálsamo del que una gota, destilada en el hueco de la mano que se sostiene contra el sol, traspasa al dorso de la mano. Si eres Khezr, tú también puedes pasar más allá del monte Qâf sin dificultad.

La expresión Nâ-Kojâ-Abâd es un término extraño. No figura en ningún diccionario persa y, por lo que sé, fue forjada por el propio Sohrawardî utilizando raíces puramente persas. Literalmente, significa la ciudad, la tierra (abâd) de los no lugares (Nâ-kojâ). Por eso nos encontramos aquí con un término que, a primera vista, puede parecernos el equivalente exacto del término ou-topía, que a su vez no figura en ninguno de los diccionarios griegos clásicos y que fue creado por Tomás Moro como concepto abstracto para denotar la ausencia de toda localización, de todo situs en el tipo de espacio que puede ser explorado y controlado por nuestra experiencia sensorial. Etimológicamente y literalmente podría ser correcto traducir Nâ-Kojâ-Abâd por outopía o utopía, y sin embargo creo que esto sería una interpretación errónea del concepto, de la intención que hay detrás de él, así como de su significado en términos de experiencia vivida. Por lo tanto, me parece sumamente importante, al menos, tratar de averiguar por qué sería una traducción errónea.

Creo que es indispensable tener claro aquí el verdadero significado y el impacto de la masa de información sobre las topografías exploradas en estado visionario, es decir, el estado intermedio entre la vigilia y el sueño, incluida la información que, para los espiritualistas del Islam chiíta, se refiere al «país del Imán oculto». Al alertarnos sobre un diferencial que se refiere a toda una zona del alma y, por tanto, a toda una cultura espiritual, esta aclaración nos llevaría a preguntarnos: ¿en qué circunstancias se hace posible lo que actualmente llamamos utopía y, por tanto, el tipo de hombre llamado utopista? ¿Cómo y por qué hace su aparición? De hecho, me pregunto si se puede encontrar algo parecido en el pensamiento islámico tradicional. No creo, por ejemplo, que las descripciones de la «Ciudad perfecta» de Fârâbi en el siglo X, o, en la misma línea, la «Regla del solitario» [2] del filósofo andalusí Ibn Bâjja (Avempace) en el siglo XII, fueran proyecciones de lo que hoy llamamos una utopía social o política. Para entender estas descripciones como utopías, me temo que tendríamos que abstraerlas de sus propias premisas y perspectivas, imponiendo en su lugar nuestras propias dimensiones. Pero, sobre todo, me temo que tendríamos que resignarnos a confundir la Ciudad Espiritual con una ciudad imaginaria. 

La palabra Nâ-Kojâ-Abâd no denota algo que tenga forma de punto, que no tenga extensión en el espacio. De hecho, la palabra persa abâd designa una ciudad, una región cultivada que está habitada y, por consiguiente, una extensión. Lo que Sohrawardî describe, pues, como situado «más allá del monte Qâf» es lo que todas las ciudades místicas, como Jâbalqâ, Jâbarsâ y Hûrqalyâ, representan para él y, a través de él, para toda la tradición teosófica del Islam. Queda bien claro que topográficamente esta región comienza en la «superficie convexa» de la novena Esfera, la Esfera de las Esferas, o la Esfera que envuelve al Cosmos en su conjunto. Esto significa que comienza en el mismo momento en que se sale de la Esfera Suprema, que define todos los tipos de orientación posibles en nuestro mundo (o en nuestro lado del mundo), la «Esfera» a la que se refieren los puntos cardinales. Resulta evidente que, una vez cruzada esta frontera, la pregunta «dónde» (ubi, koja) carece de sentido, al menos en cuanto al significado que tiene en el ámbito de la experiencia sensible. De ahí que encontremos la expresión Nâ-Kojâ-Abâd, que es un lugar fuera del espacio, un «lugar» que no está contenido en ningún otro lugar, en un topos, que permite dar una respuesta a la pregunta «dónde» mediante un gesto de la mano. Sin embargo, ¿a qué nos referimos precisamente cuando hablamos de «salir del dónde»? 

Sin duda, no se trata de un movimiento de una localidad a otra, [3] de un traslado corporal de un lugar a otro, como ocurriría en el caso de los lugares de un mismo espacio homogéneo. Como sugiere al final del relato de Sohrawardî el símbolo de la gota de bálsamo en el hueco de la mano levantada hacia el sol, es imprescindible ir hacia dentro, penetrar en el interior. Sin embargo, una vez alcanzado el interior, uno se encuentra paradójicamente en el exterior o, en el lenguaje de nuestros autores, «en la superficie convexa» de la novena Esfera, es decir, «más allá del monte Qâf». Se trata esencialmente de la relación entre lo exterior, lo visible, lo exotérico (en griego ta éxo, en árabe zâhir) y lo interior, lo invisible, lo esotérico (en griego ta éso, en árabe batîn), o sea la relación de lo natural con el mundo espiritual. Salir del dónde, de la categoría ubi, equivale a salir de las apariencias exteriores o naturales que encubren las realidades interiores ocultas, al igual que la almendra se oculta en su cáscara. Para el Extranjero, el Gnóstico, este paso representa un retorno al hogar, o al menos un esfuerzo en esta dirección. 

Sin embargo, por extraño que parezca, una vez completado el viaje, la realidad que hasta entonces era interior y oculta resulta envolver, rodear o contener lo que al principio era exterior y visible. Como resultado de la interiorización, se ha salido de la realidad externa. En adelante, la realidad espiritual envuelve, rodea, contiene la llamada realidad material. Por tanto, la realidad espiritual no se encuentra en el «dónde». El «dónde» está en ella. En otras palabras, la propia realidad espiritual es el «dónde» de todas las cosas. No está situada en ningún lugar y no está cubierta por la pregunta «dónde», la categoría ubi que se refiere a un lugar en el espacio sensible. Su lugar (abâd) en comparación con éste es Nâ-kôja (no lugar) porque, en relación con lo que está en el espacio sensible, su ubi es un ubique (en todas partes). Una vez comprendido esto, quizás entendamos lo más importante que nos permite seguir la topografía de las experiencias visionarias. Podemos descubrir el camino (sens en francés), tanto en términos de significado como de dirección. Además, puede ayudarnos a descubrir lo que distingue la experiencia visionaria de los espiritistas, como Sohrawardî y tantos otros, de términos tan peyorativos en nuestro vocabulario moderno como «productos de la mente» o «imaginaciones», es decir, fantasías utópicas

En este punto, sin embargo, debemos hacer un verdadero esfuerzo para superar lo que podríamos llamar el «reflejo agnóstico» del hombre occidental, ya que es el responsable del divorcio entre el pensar y el ser. Toda una serie de teorías recientes tienen su origen tácito en este reflejo, y se espera que nos ayude a escapar del otro reino de la realidad que nos enfrenta a ciertas experiencias y evidencias. Intentamos huir de esta realidad, incluso cuando nos sentimos secretamente atraídos por ella. En consecuencia, le damos todo tipo de explicaciones ingeniosas, pero descartamos la única que, por su propia existencia, sugeriría lo que es esta realidad. Para entender la insinuación tendríamos, en todo caso, que tener una cosmología que ni siquiera puede compararse con los descubrimientos más destacados de la ciencia moderna en relación con nuestro universo físico. Porque mientras nos ocupemos exclusivamente del universo físico, seguiremos atados al modo de ser «de este lado del monte Qâf». La cosmología tradicional de los teósofos islámicos se caracteriza por una estructura que consiste en los diversos universos y mundos intermedios así como intermedios «más allá del monte Qâf», es decir, más allá de los universos físicos. Sólo es inteligible para un modo de existencia cuyo acto de ser es una expresión de su presencia en estos mundos. A la inversa, debido a este acto de ser, estos mundos están presentes en él.[4] ¿Cuál es entonces la dimensión de este acto de ser que es, o será en el curso de las futuras palingenesias, el lugar de estos universos que están fuera de nuestro espacio natural? Y en primer lugar, ¿qué mundos son éstos?

Existe el mundo físico, sensible, que abarca tanto nuestro mundo terrestre (gobernado por las almas humanas) como el universo sideral (gobernado por las Almas de las Esferas). El mundo sensible es el mundo del fenómeno (molk). Existe también el mundo supersensible del Alma o de las Almas de los Ángeles, el Malakût, en el que se encuentran las mencionadas Ciudades místicas, y que comienza en la «superficie convexa de la novena Esfera». Y está el mundo de las Inteligencias arcangélicas puras. Cada uno de estos tres mundos tiene su órgano de percepción: los sentidos, la imaginación y el intelecto, que se corresponden con la tríada: cuerpo, alma y mente. Las tríadas rigen el triple desarrollo del hombre que se extiende desde este mundo hasta sus resurrecciones en los otros mundos. 

Nos damos cuenta inmediatamente de que ya no estamos confinados al dilema del pensamiento y la extensión, al esquema de una cosmología y una gnoseología restringidas al mundo empírico y al mundo del intelecto abstracto. Entre ambos existe un mundo intermediario e intermedio, descrito por nuestros autores como el ‘âlam al-mithâl, el mundo de la imagen, el mundus imaginalis: un mundo que es ontológicamente tan real como el mundo de los sentidos y el del intelecto. Este mundo requiere su propia facultad de percepción, a saber, el poder imaginativo, una facultad con una función cognitiva, un valor noético que es tan real como el de la percepción de los sentidos o la intuición intelectual. Hay que tener cuidado de no confundirla con la imaginación que el llamado hombre moderno identifica con la «fantasía» y que, según él, no es más que un desprendimiento de «imaginaciones». Esto nos lleva al meollo de la cuestión y a nuestro problema de terminología. 

¿Qué es este universo intermedio, es decir, aquel al que nos hemos referido antes como el «octavo clima»?[5] Para todos nuestros pensadores, el mundo sensible del espacio está constituido por los siete climas de la geografía tradicional. Sin embargo, existe otro clima representado por un mundo que posee extensión y dimensión, figuras y colores; pero estas características no pueden ser percibidas por los sentidos de la misma manera que si fueran propiedades de los cuerpos físicos. No, estas dimensiones, figuras y colores son objeto de la percepción imaginativa, o de los «sentidos psicoespirituales». Este mundo plenamente objetivo y real, con equivalentes para todo lo que existe en el mundo sensible sin ser perceptible por los sentidos, se designa como el octavo clima. El término habla por sí mismo, ya que significa un clima fuera de todos los climas, un lugar fuera de todos los lugares, fuera del dónde (Nâ-Kojâ-Abâd). 

El terminus technicus en árabe, ‘âlam al-mithâl, también podría traducirse por mundus archetypus, siempre que se tenga cuidado de evitar la confusión con otra expresión. En efecto, la misma palabra (‘âlam al-mithâl) se utiliza en árabe para designar el concepto de las Ideas platónicas (interpretadas por Sohrawardî en términos de angelología zoroastriana), con la única diferencia de que cuando se utiliza para designar las Ideas platónicas va casi siempre acompañada de la calificación muy precisa mothol (plural de mithâl), aflâtûnîya nûrânîya, «los arquetipos platónicos de la luz». Siempre que el término se utiliza para describir el mundo del octavo clima se refiere, por una parte, a las imágenes arquetípicas de las cosas individuales y singulares; en este caso se refiere a la región oriental del octavo clima, la ciudad de Jâbalqâ, donde estas Imágenes subsisten preexistentes y preordenadas en relación con el mundo sensible. Por otra parte, el término se refiere también a la región occidental, la ciudad de Jâbarsâ. Es el mundo o mundo intermedio donde habitan los espíritus después de su estancia en el mundo natural terrestre, y el mundo en el que subsisten las formas de nuestros pensamientos y deseos, de nuestros presentimientos y de nuestra conducta y de todas las obras realizadas en la tierra.[6] El ‘âlam al-mithâl, el mundus imaginalis, está constituido por todas estas manifestaciones. 

Para utilizar una vez más el lenguaje técnico de nuestros pensadores, el ‘âlam al-mithâl designado también como el mundo de las «Imágenes en suspenso» (mothol mo ‘allaqa). Sohrawardî y su escuela entienden por ello un modo de ser correspondiente a las realidades de este mundo intermediario, y que designaremos como Imaginalia.[7] Este estatuto ontológico bien definido se basa en experiencias espirituales visionarias que Sohrawardî considera tan pertinentes como las observaciones de Hiparco o Ptolomeo se consideran pertinentes para la astronomía. Por supuesto, las formas y figuras del mundus imaginalis no subsisten de la misma manera que las realidades empíricas del mundo físico, de lo contrario cualquiera tendría derecho a percibirlas. Los autores también advirtieron que esas formas y figuras no podían subsistir en el mundo puramente inteligible, que tenían efectivamente extensión y dimensión, una materialidad «inmaterial» respecto al mundo sensible, pero que también tenían una corporalidad y una espacialidad propias. (En este contexto, quiero recordar la expresión spissitudo spiritualis acuñada por Henry More, el platonista de Cambridge; tiene su equivalente exacto en los escritos de Sadrâ Shîrâzî, el platonista persa). Por la misma razón, consideraron imposible que una mente fuera el único sustrato de estas formas y figuras; y también se descartó la posibilidad de que fueran irreales, la pura nada, ya que de otro modo no podríamos discernirlas, calificarlas o evaluarlas. La existencia de este mundo intermedio, el mundus imaginalis, se convirtió, pues, en una necesidad metafísica. La imaginación es la función cognitiva de este mundo. Ontológicamente, se sitúa por encima del mundo de los sentidos y por debajo del mundo puramente inteligible; es más inmaterial que el primero y menos inmaterial que el segundo. [8] Este enfoque de la imaginación, que siempre ha sido primordial para nuestros teósofos místicos, les proporcionó una base para demostrar la validez de los sueños y de los informes visionarios que describen y relatan los «acontecimientos del cielo», así como la validez de los ritos simbólicos. Ofreció la prueba de la realidad de los lugares que ocurren durante la meditación intensa, la validez de las visiones imaginativas inspiradas, de las cosmogonías y teogonías y, sobre todo, de la veracidad del significado espiritual percibido en la información imaginativa suministrada por las revelaciones proféticas.[9] 

En resumen, se trata del mundo de los «cuerpos sutiles», del que es indispensable tener alguna noción para comprender que existe un vínculo entre el espíritu puro y el cuerpo material. Su modo de ser se describe, pues, como «estar en suspenso». Al igual que el de la Imagen o la Forma, este modo de ser constituye su propia «materia» y es independiente del sustrato al que es inmanente como por accidente.[10] En otras palabras, la Forma o Imagen no subsiste de la manera en que el color negro subsiste a través del cuerpo negro al que es inmanente. La comparación que regularmente utilizan nuestros autores es el modo en que las Imágenes «en suspenso» aparecen y subsisten en un espejo. La sustancia material del espejo, ya sea metálica o mineral, no es la sustancia de la Imagen; la Imagen sólo podría ser accidentalmente de la misma sustancia que el espejo. La sustancia es simplemente el «lugar de su aparición». Y así somos conducidos a una teoría general sobre los lugares y las formas epifánicas, mazhar (plural mazâhir), que son tan característicos de la «teosofía oriental» de Sohrawardî. 

La imaginación activa es el espejo por excelencia, el lugar epifánico de las imágenes del mundo arquetípico. Por ello, la teoría del mundus imaginalis está estrechamente ligada a una teoría de la cognición imaginativa y de la función imaginativa, que es una función verdaderamente central y mediadora, debido tanto a la posición mediana como mediadora del mundus imaginalis. La función imaginativa hace posible que todos los universos se simbolicen entre sí y, a título experimental, permite imaginar que cada realidad sustancial asume formas que corresponden a cada universo respectivo (por ejemplo, Jâbalqâ y Jâbarsâ en el mundo sutil corresponden a los Elementos del mundo físico, mientras que Hûrqalyâ corresponde a los Cielos). La función cognitiva de la imaginación proporciona el fundamento de un conocimiento analógico riguroso que permite eludir el dilema del racionalismo actual, que sólo nos da a elegir entre los dos términos dualistas banales de «materia» o «mente». En última instancia, la «socialización» de la conciencia está destinada a sustituir el dilema materia o mente por otro no menos fatal, el de «historia» o «mito». 

Aquellos acostumbrados a residir en el «octavo clima», el reino de los «cuerpos sutiles», los «cuerpos espirituales» -el umbral del Malakût o el mundo del Alma- nunca habrían sido víctimas de este dilema. Dicen que el mundo de Hûrqalyâ comienza «en la superficie convexa de la Esfera suprema». Se trata evidentemente de una manera simbólica de señalar que este mundo se encuentra en el límite donde se invierte la relación de inferioridad expresada por la preposición «en», «dentro de». Los cuerpos o entidades espirituales no están en ningún mundo, ni en su mundo, del mismo modo que un cuerpo material está en su lugar o puede estar contenido en otro cuerpo. Por el contrario, su mundo está en ellos. De ahí que la Teología atribuida a Aristóteles (esa versión árabe de las tres últimas Enéadas de Plotino que Avicena anotó y que todos nuestros pensadores leyeron y meditaron a su vez) explique que cada entidad espiritual está «en toda la esfera de su Cielo». Por supuesto, todas estas entidades subsisten independientemente unas de otras. Sin embargo, todas existen simultáneamente y cada una está contenida en la otra. Sería completamente erróneo imaginar este otro mundo como indiferenciado y sin forma. En efecto, hay multiformidad, pero las posiciones relativas en el espacio espiritual difieren tanto de las del espacio que abarca el cielo estrellado, como la circunstancia de existir en un cuerpo difiere del hecho de estar «en la totalidad del propio Cielo». Por eso puede decirse que «detrás de este mundo hay un Cielo, una Tierra, un mar, animales, plantas y hombres celestes; pero todo ser en él es celestial; las entidades espirituales que allí subsisten son equivalentes a los seres humanos, pero esto no significa que sean terrestres.»

La formulación más exacta de todo esto en la tradición teosófica de Occidente se encuentra quizás en Swedenborg. Es difícil no sorprenderse por la medida en que las afirmaciones del gran teósofo y visionario sueco coinciden con las de Sohrawardî, Ibn ‘Arabî o Sadrâ Shîrâzî. Así, Swedenborg explica: 

Aunque todas las cosas en el cielo aparecen en el lugar y en el espacio como lo hacen en el mundo, sin embargo los ángeles no tienen ninguna noción o idea de lugar y espacio … Todas las progresiones en el mundo espiritual se hacen por los cambios del estado de los interiores … Por lo tanto es que los que están cerca juntos que están en un estado similar, y los distantes que están en un estado disímil; y que los espacios en el cielo son meramente estados externos que corresponden a [los] internos. Sólo en este caso los cielos son distintos entre sí… Cuando alguien va de un lugar a otro… llega antes cuando lo desea, y más tarde cuando no lo desea, siendo la propia distancia alargada o acortada según el deseo… He observado esto a menudo, y me he maravillado de ello. Por lo tanto, también es evidente que las distancias, y en consecuencia los espacios, son totalmente acordes con los estados de su interior con los ángeles; y que por esta razón ninguna noción o idea de espacio puede entrar en sus pensamientos, aunque hay espacios con ellos al igual que en el mundo.[11]

Esta descripción se aplica eminentemente bien al Nâ-Kojâ-Abâd y a sus Ciudades misteriosas. En resumen, se deduce que hay un lugar espiritual y un lugar corporal. El paso de uno a otro se realiza en cierto modo según las leyes de nuestro espacio físico homogéneo. Por comparación con el espacio corporal, el espacio espiritual es un no-lugar y para los que alcanzan el Nâ-Kojâ-Abâd todo sucede en contra de la evidencia de la conciencia ordinaria, que permanece orientada dentro de nuestro espacio. Pues en adelante el dónde, el lugar, se sitúa en el alma; la sustancia corporal reside en la sustancia espiritual; el alma rodea y lleva al cuerpo. En consecuencia, no se puede decir dónde está situado el lugar espiritual. Más que estar situado, se sitúa, está situando. Su ubi es un ubique. Por supuesto, pueden existir correspondencias topográficas entre el mundo sensible y el mundus imaginalis, uno simbolizando con el otro. Sin embargo, no es posible pasar de uno a otro sin ruptura. Así lo señalan muchos informes. Se empieza, pero en algún momento se produce una ruptura de las coordenadas geográficas que se encuentran en nuestros mapas. Sólo que el «viajero» no es consciente de ello en ese momento. Se da cuenta -con consternación o asombro- sólo después del acontecimiento. Si se diera cuenta, podría volver sobre sus pasos a voluntad o indicar el camino a otros. Sin embargo, sólo puede describir dónde ha estado; no puede mostrar el camino a nadie. 

2. imaginación espiritual

Aquí tocamos el punto decisivo para el que todo lo anterior nos ha preparado, es decir, el órgano mediante el cual se realiza la penetración del mundus imaginalis, el viaje al «octavo clima». ¿Cuál es este órgano capaz de producir un movimiento que constituye un retorno ab extra ad intra (del exterior al interior), una inversión topográfica? No son los sentidos ni las facultades del organismo físico, ni mucho menos el intelecto puro. Se trata más bien de la potencia intermediaria que tiene un papel mediador por excelencia, es decir, la imaginación activa. Pero que no haya malentendidos aquí. Se trata del órgano que hace posible una transmutación de los estados espirituales interiores en estados exteriores, en eventos de visión que simbolizan con estos estados interiores. Toda progresión en el espacio espiritual se realiza por medio de esta transmutación, o mejor aún, la propia transmutación es la que espacializa el espacio. Da lugar al espacio que está ahí, así como a las «cercanías», las «distancias» y los lugares «lejanos».

El primer postulado es que esta Imaginación debe ser una facultad puramente espiritual, independiente del organismo físico y, por tanto, capaz de seguir existiendo después de que éste haya desaparecido. Sadrâ Shîrâzî, entre otros, insistió en este punto en varias ocasiones.[12] Así como el alma es independiente del cuerpo material, físico, en cuanto a la capacidad intelectiva para el acto de recibir los inteligibles, el alma es también independiente en cuanto a su capacidad imaginativa y su actividad imaginativa. Además, cuando se separa de este mundo, puede seguir disponiendo de la imaginación activa. Por medio de su propia esencia y de esta facultad, el alma es, pues, capaz de percibir cosas concretas cuya existencia, tal y como se actualiza en el conocimiento (cognición) y en la imaginación, constituye eo ipso la propia forma existencial concreta de estas cosas. En otras palabras, la conciencia y su objeto son aquí ontológicamente inseparables. Después de esta separación, todas las potencias del alma se reúnen y concentran en la única facultad de la imaginación activa. Porque en ese momento la percepción imaginativa deja de estar dispersa por los diversos umbrales de los cinco sentidos del cuerpo físico, y porque ya no es necesaria para el cuidado del cuerpo físico, que está expuesto a las vicisitudes del mundo exterior, la percepción imaginativa puede finalmente mostrar su verdadera superioridad sobre la percepción de los sentidos. Shîrâzî escribe,

Todas las facultades del alma se vuelven entonces como si fueran una sola facultad, que es la capacidad de configurar y tipificar (taswîr y tamthîl). La imaginación del alma se vuelve como una percepción sensible de lo suprasensible. La percepción imaginativa del alma es como su percepción sensible. Así, su oído, su olfato, su gusto y su tacto [todos estos sentidos imaginativos] son como las correspondientes facultades sensibles, pero estos sentidos imaginativos se atribuyen a lo suprasensible. Mientras que en el mundo exterior hay cinco facultades sensibles, cada una con su órgano específico en el cuerpo, en el mundo interior están sintetizadas en una sola (hiss moshtarak).

Habiendo equiparado la imaginación con el currus subtilis (en griego okhēma, vehículo o cuerpo sutil) del alma, Sadrâ Shîrâzî, expone en estos textos toda una fisiología del «cuerpo sutil» y, por tanto, del «cuerpo de resurrección». Y por ello acusa incluso a Avicena de haber identificado estos actos de percepción imaginativa del otro mundo con lo que ocurre en los sueños durante la vida en el aquí y ahora. Pues, afirma Sadrâ Shîrâzî, incluso durante el sueño, el poder imaginativo se ve afectado por las actividades orgánicas que tienen lugar en el cuerpo físico. Por lo tanto, se requiere mucho más para que esta potencia se beneficie de un máximo de perfección y actividad, de libertad y pureza. De lo contrario, el sueño sería simplemente un despertar en el otro mundo. Sin embargo, no es así, como sugiere una afirmación atribuida a veces al Profeta y a veces al Primer Imîm de los Shî’ites: «Los seres humanos están dormidos. Sólo cuando mueren, despiertan». 

Resulta un segundo postulado: la imaginación espiritual es efectivamente una potencia cognitiva, un órgano de conocimiento verdadero. La percepción imaginativa y la conciencia imaginativa tienen su función y su valor noético (cognitivo) dentro de su propio mundo, que es -como ya se ha señalado- el ‘âlam al-mithâl, el mundus imaginalis, el mundo de las ciudades místicas como Hûrqalyâ, donde el tiempo se invierte y donde el espacio, siendo sólo el aspecto exterior de un estado interior, se crea a voluntad. 

La imaginación se sitúa así sólidamente en torno al eje de las otras dos funciones cognitivas: su propio mundo simboliza con los mundos a los que corresponden las otras dos funciones (cognición sensible y cognición intelectiva). En otras palabras, existe un tipo de control que protege a la imaginación de los extravíos y del despilfarro imprudente. De este modo, puede asumir la función que le corresponde y provocar los acontecimientos relatados en las narraciones visionarias de Sohrawardî y otros. Porque el acercamiento al octavo clima debe hacerse a través de la imaginación. Esta puede ser la razón de la extraordinaria sobriedad del lenguaje que se encuentra en las epopeyas místicas persas (que van de ‘Attâr a Jâmî y hasta Nûr ‘Alî’-Shâh), donde los mismos arquetipos son constantemente amplificados y reamplificados por nuevos símbolos. Cuando la imaginación se desvía y se derrocha imprudentemente, cuando deja de cumplir su función de percibir y producir los símbolos que conducen a la inteligencia interior, se puede considerar que el mundus imaginalis (que es el reino del Malakût, el mundo del alma) ha desaparecido. En Occidente, esta decadencia puede remontarse al momento en que el averroísmo rechazó la cosmología avicena con su jerarquía angélica intermedia de los Animae o Angeli caelestes. Estos Angeli caelestes (en un escalón inferior de la jerarquía que el de los Angeli intellectuales) tenían, en efecto, el privilegio del poder imaginativo en su forma más pura. Una vez desaparecido el universo de estas almas, la propia función imaginativa quedó desvirtuada y devaluada. Así se entiende la advertencia que hizo más tarde Paracelso, quien advirtió contra toda confusión de la Imaginatio vera, como la llamaban los alquimistas, con la fantasía, esa «piedra angular de los locos.»[13] 

Y es precisamente esta la razón por la que ya no podemos evitar el problema de la terminología. ¿Por qué en francés (y en inglés) no tenemos ninguna expresión actual y totalmente satisfactoria para la idea de ‘âlam al-mithâl? He propuesto el latín mundus imaginalis, porque hay que evitar toda confusión entre el objeto de la percepción imaginativa o imaginante, por una parte, y lo que comúnmente calificamos de «imaginario», por otra. Pues la tendencia general es a yuxtaponer lo real y lo imaginario como si este último fuera irreal, utópico, al igual que se acostumbra a confundir el símbolo con la alegoría, o la exégesis del significado espiritual con la interpretación alegórica. La alegoría, siendo inofensiva, es una tapadera, o más bien una parodia de algo que ya es conocido o al menos conocible de alguna otra manera; mientras que, la aparición de una Imagen que puede ser calificada como símbolo es un fenómeno primordial (Urphänomen). Su aparición es incondicional e irreductible y es algo que no puede manifestarse de ninguna otra manera en este mundo. 

Ni los relatos de Sohrawardî, ni los que en la tradición shî’ite hablan del «país del Imâm oculto», se sitúan en el ámbito de lo imaginario, lo irreal o la alegoría, precisamente porque el octavo clima o «país del no lugar» no es lo que comúnmente llamamos una utopía. Como mundo más allá del control empírico de nuestras ciencias, es un mundo supersensible. Sólo es perceptible por la percepción imaginativa y los acontecimientos que allí tienen lugar sólo pueden ser vividos por la conciencia imaginativa o imaginante. Permítanme subrayar de nuevo que no se trata de la imaginación tal como la entendemos en nuestro lenguaje actual, sino de una visión que es la Imaginatio vera. Y esta Imaginatio vera debe ser reconocida como poseedora de un valor plenamente noético o cognitivo. Si ya no somos capaces de hablar de la imaginación en otros términos que no sean los de la Jolie du logis [la imaginación, que traducida literalmente significa la «loca de la casa»], es que quizás hemos olvidado las normas y las reglas, la disciplina y la «disposición axial» que garantizan la función cognitiva de la imaginación, a la que a veces me he referido como imaginatrice

Hay que subrayar que el mundo en el que indagaron estos teósofos orientales es perfectamente real. Su realidad es más irrefutable y más coherente que la del mundo empírico, donde la realidad es percibida por los sentidos. Al regresar, los contempladores de este mundo son perfectamente conscientes de haber estado «en otra parte»; no son meros esquizofrénicos. Este mundo se oculta tras el acto mismo de la percepción de los sentidos y hay que buscarlo por debajo de su aparente certeza objetiva. Por ello, definitivamente no podemos calificarlo como imaginario en el sentido corriente de la palabra, es decir, como irreal, o inexistente. Así como la palabra latina origo nos ha proporcionado en francés los derivados originaire (originario de), original, originel (primario), la palabra imago puede darnos el término imaginal además del derivado regular imaginario. Tendríamos así el mundo imaginal como intermediario entre el mundo sensible y el mundo inteligible. Siempre que nos encontremos con el término árabe jism mithâlî para denotar el «cuerpo sutil» que alcanza el octavo clímax, o el «cuerpo de resurrección», podremos así traducirlo literalmente por cuerpo imaginal, pero, por supuesto, no por cuerpo imaginario. Quizás tengamos menos dificultades para situar las figuras que no son ni «mitológicas» ni «históricas», y quizás esta traducción nos proporcione la contraseña del camino que lleva al «continente perdido». 

Y para encontrar el valor de recorrer este camino, tendríamos que preguntarnos cuál es nuestra realidad, la realidad para nosotros, para que, al salir de ella, alcancemos algo más que un mundo imaginario, o una utopía. Además, tendríamos que preguntarnos: ¿cuál es la realidad de estos pensadores orientales tradicionales que les permite alcanzar el octavo clima, el Nâ-Kôjâ-Abâd? ¿Cómo son capaces de salir del mundo sensible sin salir de la realidad; o, más bien, cómo es que sólo al hacerlo alcanzan la verdadera realidad? Esto presupone una escala del ser con muchos más grados que la nuestra. No nos equivoquemos y afirmemos simplemente que nuestros precursores en Occidente concebían la imaginación de forma demasiado racional e intelectual. A menos que tengamos acceso a una cosmología estructurada de forma similar a la de los filósofos orientales tradicionales, con una pluralidad de universos dispuestos en orden ascendente, nuestra imaginación permanecerá desenfocada, y sus conjunciones recurrentes con nuestra voluntad de poder serán una fuente inagotable de horrores. En ese caso, nos limitaríamos a buscar una nueva disciplina de la Imaginación. Sin embargo, sería difícil encontrar esa nueva disciplina, mientras sigamos viendo en ella no más que una forma de tomar cierta distancia con lo que se llama realidad y una forma de actuar sobre la realidad. Ahora bien, esta realidad que sentimos está arbitrariamente limitada en cuanto la comparamos con la realidad descrita por nuestros teósofos tradicionales, y esta limitación degrada la realidad misma. Otra expresión que siempre se ofrece como excusa para confinar la realidad es la ensoñación, como la ensoñación literaria, por ejemplo, o, para ser más actuales, la fantasía social. 

Sin embargo, uno no puede evitar preguntarse si no era necesario que el mundus imaginalis se perdiera y diera paso a lo imaginario; si no era necesario secularizar lo imaginal en forma de imaginario para que lo fantástico, lo horrible, lo monstruoso, lo macabro, lo miserable y lo absurdo pudieran pasar a primer plano. En cambio, el arte y el imaginario de la cultura islámica en su forma tradicional se caracterizan por lo hierático, por la seriedad, la gravedad, la estilización y la significación. Ni nuestras utopías, ni nuestra ciencia ficción, ni siquiera el siniestro «punto omega» consiguen salir de este mundo, llegar a Nâ-Kôjâ-Abâd. Los que han conocido el octavo tiempo, por otra parte, no fabricaron utopías, como tampoco lo último del pensamiento chií es una fantasía social y política. Es una escatología porque es una expectativa y como tal implica, aquí y ahora, una presencia real en otro mundo y es una evidencia de este otro mundo. 


Sin duda, se podrían hacer innumerables comentarios sobre este tema tanto por parte de metafísicos tradicionalistas y no tradicionalistas como de psicólogos. Sin embargo, a modo de conclusión provisional, me gustaría limitarme a plantear tres pequeñas cuestiones: 

1) Ya no somos partícipes de una cultura tradicional. Vivimos en una civilización científica, de la que se dice que ha conseguido dominar incluso las imágenes. Es un lugar común referirse a nuestra civilización actual como la «civilización de la imagen» (a saber, nuestras revistas, películas y televisión). Pero uno se pregunta si -como todos los lugares comunes- éste no encierra también un malentendido radical, un completo equívoco. En efecto, en lugar de elevar la imagen al nivel del mundo al que pertenece, en lugar de revestirla de una función simbólica que la conduzca a un significado interior, la imagen tiende a reducirse simplemente al nivel de la percepción sensible y, por tanto, a degradarse definitivamente. ¿No habría que decir entonces que cuanto mayor es el éxito de esta reducción, más se pierde el sentido de lo imaginal y más se condena a no producir más que ficción? 

2) ¿Sería posible toda la imaginería, la escenografía de estas narraciones orientales sin el hecho inicial, objetivo, absolutamente primario e irreductible (Urphänomen) de las imágenes arquetípicas cuyo origen es irracional y cuya irrupción en nuestro mundo es imprevisible pero cuyo postulado no se puede rechazar? 

3) ¿No es precisamente el postulado de la objetividad del mundo imaginal el que nos sugieren, o nos imponen, ciertas figuras y ciertos emblemas simbólicos (hermetistas, cabalistas o los mandalas) que tienen un efecto mágico sobre las imágenes mentales para que adquieran realidad objetiva? 

Para insinuar una posible respuesta a la pregunta sobre la realidad objetiva de las Figuras sobrenaturales y los encuentros con ellas, quiero referirme a un texto extraordinario, en el que Villiers de l’Isle-Adam habla del rostro del Mensajero impenetrable con ojos de arcilla; su rostro «sólo puede ser percibido por la mente. Las criaturas vivas sólo experimentan la influencia inherente a la entidad arcangélica». «Los ángeles», escribe,

sólo existen sustancialmente en la libre sublimidad de los Cielos absolutos, donde la realidad es una con el ideal… Sólo se exteriorizan en el éxtasis al que dan lugar y que les es inherente.[14]

Estas últimas palabras -el éxtasis que les es inherente- me parecen de una lucidez profética, porque tienen la virtud de hacer añicos incluso la roca de la duda, de paralizar el «reflejo agnóstico» en el sentido de que rompen el aislamiento mutuo de la conciencia y su objeto, del pensamiento y del ser; aquí la fenomenología se convierte en ontología. Sin duda, este es el postulado implícito en la enseñanza de nuestros autores sobre lo imaginal. No hay otro criterio externo para la manifestación del Ángel que la propia manifestación. El Ángel es la propia ekstasis, el movimiento fuera de nosotros mismos, que representa un cambio en nuestro estado de ser. Por ello, estas palabras sugieren también cuál es el secreto del ser sobrenatural del «Imâm oculto» en la conciencia shî’í: el Imâm es la ekstasis de esta conciencia. Nadie que no esté en el mismo estado espiritual puede verlo. 

A esto aludió Sohrawardî en su narración del Arcángel Carmesí, a lo que se refería con la frase que citamos al principio: «Si eres Khezr, tú también puedes pasar más allá del monte Qâf sin dificultad».


Publicado originalmente en Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1972): 1-19. Traducido por Ruth Horine.

1.Véase la traducción francesa de este breve tratado (escrito en persa por Sohrawardî) en Henry Corbin, En Islam iranien: Aspects spirituels et philosophiques, 4 vols. (París: Gallimard, 1971-73), vol. 2: Sohrawardî et les Platoniciens de Perse. Para un estudio más completo de los temas aquí tratados, véase también el vol. 4: L’école d’Ispahan-L’école shaykhie-Le douzième Imâm sobre el duodécimo Imán o el «Imán caché».

2.Cf. Henry Corbin, History of Islamic Philosophy, traducido por Liadain Sherrard con la ayuda de Phillip Sherrard (Milton Park y Nueva York: Routledge, 2014), 230 ss.

3.Por lo tanto, la representación de la Esfera de las Esferas es sólo una indicación esquemática en la astronomía peripatética o tolemaica; sigue siendo válida, aunque esta astronomía haya sido abandonada. Esto significa que, por muy alto que se pueda llegar mediante cohetes o Sputniks, nunca se habrá progresado ni una pulgada hacia Nâ-Kôja-Abâd, porque no se habrá cruzado el «umbral».

4.Sobre esta noción de presencia, véase en particular mi introducción a Mollâ Sadrâ Shîrazî, Le Livre des pénétrations métaphysiques, traducido por Henry Corbin (Lagrasse: Verdier, 1988).

5.Sobre el «octavo clima», véase también Henry Corbin, Spiritual Body and Celestial Earth: From Mazdean Iran to Shī’ite Iran, traducido por Nancy Pearson (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1977), 73 y ss.

6.Ibídem, 160.

7.Ibídem, 87.

8.Ibídem, 164.

9. Ibídem, 87.


10. Ibid.


11. Emanuel Swedenborg, El cielo y sus maravillas y el infierno: From Things Heard and Seen (Philadelphia: J. B. Lippincott & Co., 1875), pars. 191-95. Swedenborg insistió repetidamente en esta doctrina del espacio y el tiempo, por ejemplo, en su pequeño libro De telluribus in mundo nostro solari. Si no se tiene en cuenta esta doctrina, las experiencias visionarias pueden ser rebatidas con argumentos tan fáciles como inválidos, porque confunden las visiones espirituales del mundo espiritual con las fantasías producidas por la ciencia ficción. Un abismo separa ambas nociones.


12. Véase Corbin, En Islam iranien, vol. 4: L’école d’Ispahan-L’école shaykhie-Le douzième Imâm, libro 4: «L’école d’Ispahân»; el capítulo 2 está enteramente dedicado a los escritos de Mollâ Sadrâ Shîrâzî.


13. Cf. Henry Corbin, Alone with the Alone: Creative Imagination in the Sūfism of Ibn ‘Arabī, traducido por Ralph Manheim (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1998), 179. Sobre la teoría de los Angeli caelestes, véase Henry Corbin, Avicenna and the Visionary Recital, traducido por Willard Trask (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1960).


14. »L’Annonciateur», en Comte de Villiers de l’Isle-Adam, Contes Cruels, 6ª ed. (París: Calmann Lévy, 1893), 342.

C. G. Jung, Hegel y Wolfgang Giegerich

Traducciones

Philip Kime, Reino Unido

en Breakfast in Kusnacht de Stefano Carpani

Traducción de Alejandro Chavarria

SC: Dr. Kime, muchas gracias por su tiempo y por unirse al Desayuno en Küsnacht. Es un placer estar aquí en su casa. ¿Podría compartir los pasos centrales de su biografía/viaje intelectual?

PK: Mi formación fue originalmente psicológica y filosófica; mi primera licenciatura fue en filosofía con énfasis en metafísica y filosofía de la ciencia. Luego pasé a la inteligencia artificial (máster) y después a la ciencia cognitiva (doctorado). Mientras realizaba estos dos últimos, enseñé filosofía en Edimburgo durante una década. A continuación, realicé algunos trabajos de investigación postdoctoral en lógica y psicología antes de iniciar el proceso de análisis y formación unos años después de dejar el mundo académico por completo.

SC: ¿Cuáles son los autores y las áreas de investigación que considera esenciales para su propio desarrollo y trabajo? ¿Qué otras áreas considera fundamentales en su propia biografía intelectual (también más allá del psicoanálisis)?

PK: Para mi propio trabajo, estoy especialmente influenciado por la metafísica analítica central y la filosofía de la ciencia (Wittgenstein, Quine) y considero que algunas de estas áreas tienen una aplicabilidad especialmente amplia. Kant y Schopenhauer me influyeron mucho en mi época académica, ya que hay fuertes temas metafísicos kantianos en algunos trabajos de neurociencia, por ejemplo. La mejor educación psicológica (lo que realmente puede llamarse psicología, en contraposición a la psicología académica) provino de Kierkegaard, a quien leí a finales de los 20 y principios de los 30 años. Por elegir sólo dos, La enfermedad hasta la muerte y Temor y temblor siguen siendo, en mi opinión, obras maestras psicológicas insuperables. Hegel fue un proyecto posterior para mí, después de superar las opiniones muy negativas de Schopenhauer y Kierkegaard sobre él. Ahora considero que las ideas de Hegel son esenciales para la psicología, no cualquier opinión particular, sino la geometría general y el énfasis en un enfoque ampliamente recursivo. Por eso, naturalmente, también aprecio a Giegerich.

La ficción también suele ser especialmente educativa. Henry James, sobre todo las últimas obras, y Proust fueron influencias importantes. El estilo de «novela empírica» de Zola en el ciclo Rougon-Macquart también me interesó enormemente durante algunos años paralelos al inicio de la formación. Las obras de teatro de Arthur Miller, cuando no son torpemente políticas, son una buena fuente de psicología aplicada, al igual que las obras dolorosamente precisas de Alan Bennet y Samuel Beckett.

Me interesa mucho el trabajo académico en matemáticas, ya que éste realmente da la sensación necesaria de lo complejos que pueden ser los temas y de lo sutiles que son los conceptos necesarios para adecuarse a ellos. Sumergirse en este tipo de pensamiento es importante para evitar quedar atrapado en los modos de pensar simplistas que impregnan el discurso público e incluso el profesional. No tiene que ver con el tema (por muy interesante que sea), sino con la educación y la sofisticación de los mecanismos de pensamiento que son importantes en estas áreas, lo que me parece sumamente importante. 

SC: ¿Cuándo te diste cuenta (y decidiste) que querías ser analista junguiano?

PK: Fue, creo, un jueves por la noche en la sala de fumadores del hotel Prestonfield House de Edimburgo, en el año 2000. Estaba trabajando como consultor informático para pagar las deudas estudiantiles y había reunido información de varios programas de formación junguiana del Reino Unido, y fui allí a fumar un cigarro y a ojear la literatura que había recibido. Recuerdo muy bien haberme dado cuenta, retrospectivamente al final de la noche, como suele ocurrirme, que en el transcurso del cigarro, que había decidido. No acabé entrenando en el Reino Unido, pero la decisión se tomó en algún momento en medio de un Montecristo nº 2 aquella noche.

SC: Permítame hacerle una pregunta muy sencilla: ¿Quién era Carl Gustav Jung?

PK: No estoy seguro de poder responder a eso, porque creo que la única forma de hacerlo sería si realmente le conocieras, y no presumo de saber nada sobre el hombre en sí, aparte de lo que se ha escrito sobre él; y realmente no creo que eso sea suficiente para presumir de conocimiento personal. Creo que la mejor respuesta es que no lo sé. No sé quién era, y no estoy seguro de que para la gente que estudia su obra o pretende seguirla importe mucho quién era. Creo que es mucho más importante dedicar el tiempo a entender lo que dijo y lo que pensaba. Mezclar esas dos cosas -quién era y quién era en sus escritos- creo que es la fuente de muchos errores. Creo que la gente puede dejarse llevar por suposiciones sobre lo que pensaba basándose en sus suposiciones sobre quién era. Me gustaría mantener esas dos cosas separadas. Como cualquier analista debería saber, las anécdotas y las leyendas son la peor base imaginable para una evaluación creíble de una persona, y eso es todo lo que realmente tenemos para alguien de escaso o nulo conocimiento personal. Las autobiografías y las biografías no suponen, como dijo Jung, ninguna diferencia apreciable. Sin embargo, en cuanto a quién era como pensador o como figura histórica, esa es una cuestión diferente, y creo que es un poco más fácil de responder.

Diría que mi impresión es que es un personaje relativamente único en la historia del pensamiento occidental. Era un tipo de políglota muy específico e importante que rara vez vemos. Pero, además, era alguien que, al mismo tiempo que tenía o seguía una línea de una teoría particular que estaba desarrollando, era extremadamente sensible a la idea de que la teoría es algo brutal, y que uno no debería imponerla cuando se supone que la teoría de uno debe informar un cierto tipo de práctica. Así que lo considero una especie de pionero de un tipo de psicología que aboga por un enfoque psicológico teóricamente informado, en lugar de un enfoque psicológico teórico. No me gusta hipotetizar sobre el tipo de hombre que era, precisamente porque creo que eso lleva a un cierto tipo de misticismo y de culto al héroe, que creo que le habría horrorizado (de hecho lo estaba, a tenor de algunas de sus citas, como la famosa: «Gracias a Dios que soy Jung y no un junguiano»). Creo que es un personaje lo suficientemente importante en sus escritos, como para que no tengamos que aumentar eso con un cierto tipo de excitación sobre su carácter en la vida real. Es decir, seamos sinceros, el cuerpo practicante de los junguianos no sabe nada de él. Creo que es mejor que nos ciñamos a los libros y no a las piezas fragmentarias de información histórica sobre él. Por lo tanto, no sé quién era y no creo que para los junguianos practicantes importe mucho.

SC: ¿Cuál cree que es su relevancia, o la relevancia de su obra, ahora, en el siglo XXI?

PK: Esa es una pregunta terriblemente difícil, porque depende de qué parte de su obra. No creo que sólo porque a uno le guste Jung, o haya leído a Jung, o practique la psicoterapia junguiana, o esté entusiasmado con algunas de sus ideas, deba apresurarse a tener una idea de Jung que sea más bien primitiva en su granularidad, de modo que Jung sea simplemente maravilloso y relevante para todo o no sea relevante para nada. Su obra es bastante voluminosa y tiene muchos aspectos diferentes, así que depende mucho de qué aspecto de su obra. Por ejemplo, si tomamos algunas de sus primeras obras más empíricas, en torno al volumen 2 o 3, y también las piezas de sincronización en las que se adentra en lo que ahora se consideraría psicología empírica, yo diría que tienen muy poca relevancia ahora, porque los métodos que utilizaba no pasarían el examen de los estándares actuales. Eso no quiere decir que los conceptos no sean especialmente relevantes, sino que los métodos que utilizaba eran de la época, por lo que ese aspecto no se traslada muy bien a los siglos XX y XXI. La relevancia del contenido de sus ideas es un asunto diferente. Pero es difícil, porque aunque hay algunos aspectos que son un poco románticos en sus puntos de vista, está absolutamente claro que hay ciertos fundamentos intemporales a los que estaba tratando de llegar, que no podrían no ser relevantes en cualquier momento, porque son completamente atemporales. En sus mejores momentos, cuando habla de los arquetipos, los destemporaliza completamente, en parte debido a sus inclinaciones vagamente kantianas. Eso los hace relativamente intemporales en cuanto a su aplicación, lo que abre todo un campo de estudio que está muy vivo hoy en día. Sin embargo, es discutible -creo que es discutible, sé que no es particularmente discutible en la corriente principal del junguismo, pero creo que es discutible- cuán relevante es hoy en día gran parte del uso que hizo de la mitología. Porque hay un hilo, creo, de un anhelo bastante regresivo por el pasado que se puede leer de forma creíble en él, y creo que hay buenas razones por las que eso no tiene tanto lugar hoy en día como uno podría imaginar. Y veo mucho trabajo en la corriente principal del junguismo, en mi opinión, tratando desesperadamente de sostener y probar que estos hilos son todavía relevantes hoy, cuando de hecho creo que hay buenas razones para pensar que no lo son. Pero la forma en que no lo son es una cuestión totalmente distinta. No es que no sean relevantes porque sean anticuados, que estén pasados de moda, eso es demasiado simplista. Son las intenciones particulares que tuvo Jung al poner en primer plano la mitología como solución a los problemas. Creo que eso se puede cuestionar hoy en día, pero se requiere un gran análisis filosófico para entender las razones de ello.

Así que diría que, en general, el enfoque de Jung sobre la psicología nunca podría dejar de ser relevante en cualquier momento de la historia, porque creo que lo que me atrajo a Jung en primer lugar fue una frase. Olvidé en qué volumen estaba, pero nunca olvidé la frase; fue la primera frase de Jung que recordé. Fue la que todavía guía mi particular admiración por él, aquella en la que dice que uno aprende mucha teoría, y recuerda un montón de cosas meticulosas que estudió, y luego, cuando el paciente entra en la consulta, se olvida de todo ello. Esa es una actitud fundamentalmente correcta hacia el papel de la teoría. No es un rechazo de la teoría en absoluto, es un conocimiento de que la teoría tiene que ser absorbida en la estructura del propio enfoque, y luego olvidada. Pero no se olvida del todo, sino que se convierte en el tejido de la forma de trabajar. No es algo que se aplique, y es un conocimiento terriblemente profundo que hay que aprender una y otra vez cada vez que un paciente entra en la habitación. Entonces, la relevancia de eso y como ese insight en particular se juega en el trabajo de Jung una y otra vez no podria ser mas relevante, porque es la estructura fundamental de lo que es hacer trabajo psicologico terapeutico.

SC: Esto es interesante, porque es una pregunta que planteé a uno de mis supervisores clínicos.15 Le pregunté cómo se unen la teoría y la práctica. Y él dijo: «Bueno, son dos cosas completamente diferentes y separadas. La teoría es una cosa, pero cuando estoy frente a mis pacientes hay mucho más. Es una compenetración, la relación, la intuición, los sueños que traen, cómo me siento yo y cómo se sienten ellos, por lo tanto la transferencia y la contratransferencia». Por lo tanto, es algo que se amplía con la relación con un ser humano.

PK: Eso es cierto, pero la forma en que se amplía es importante. Tiene que ser ampliada por una mente que haya absorbido la teoría.

SC: …¿Y la estructura incluso?

PK: Sí. Porque uno necesita formación en estructura, para que su enfoque sea estructurado. No tiene por qué estar estructurado en una línea concreta. No soy especialmente partidario de la idea de que, a efectos de la práctica, ciertas teorías sean correctas y otras falsas. No creo que importe mucho. Pero sí se necesita alguna estructura. Esa es una cuestión muy, muy importante en psicología: ¿cuánta estructura es necesaria para practicar la psicoterapia, por ejemplo, o el psicoanálisis? Y mi respuesta es: mucha. Se necesita mucha estructura. Y es un tipo de estructura muy sutil y muy específica, y muy especial y única. Pero no es una estructura en el sentido de que es un conjunto de reglas que se aplican cuando un paciente entra en una habitación. Obviamente, todos sabemos que hay mucho de eso en la psicología convencional, donde tu paciente dice esto, y luego tú dices aquello. Y hay ciertos enfoques que tienen hojas de control literales de cosas para preguntar y responder, y si alguien tiene este tipo de afecto entonces tienes este tipo de respuesta, y este tipo de cosas. Esto es totalmente antipsicológico. Es completamente contrario a lo que Jung defendía de todos modos. Uno necesita una estructura, pero no debe ser una estructura expresada en el contenido. Debe ser una estructura real, su forma debe ser estructural. No debe estar reificada en el contenido. Los ejemplos más atroces son cuando la gente dice: «Bueno, el paciente me dice esto y luego yo le digo a él, ese es un buen ejemplo de transferencia», o «ese es un ejemplo clásico de proyección», o lo que sea. Esto es casi como una especie de bingo psicológico, en el que dices: «Aaah sí, ahí estamos, eso es esa cosa teórica que acabo de ver, y esta es la respuesta teórica». O, ya sabes, la horrible idea, o aspecto, del diagnóstico diferencial, es que hemos sofisticado nuestra idea de la relación entre la teoría y la práctica simplemente ampliando el número de posibles respuestas teóricas. Así, el paciente dice esto y yo digo: «Ah, bueno, eso significa esto, o quizás esto, o quizás esto». Teóricamente, eso no supone ninguna diferencia. Eso no lo hace más psicológico sólo porque ahora tienes una disyunción lógica de respuestas teóricas potenciales. Eso no significa nada. Sigues teniendo esta distinción dura y rápida entre la teoría y la práctica; sigues teniendo esta idea de que hay una teoría que se puede aplicar y sólo lo estás disfrazando diciendo que hay potencialmente múltiples teorías que se pueden aplicar. Lo único que dices es que hay teoría, pero también hay ignorancia. Por supuesto que la hay; es decir, ¿y qué? Así que la distinción entre teoría y práctica no es del todo legítima. Creo que esta visión es uno de sus mayores puntos fuertes.

SC: ¿Cuándo conoció la teoría de Jung y cuándo -o cómo- decidió formarse como psicoanalista junguiano?

PK: Me temo que esto va a sonar probablemente un poco menos fatídico de lo que a mucha gente le gusta interpretar sus encuentros iniciales, porque realmente no creo que esos encuentros fatídicos sean generalmente muy precisos. Creo que generalmente son reconstrucciones históricas. Pero esto es lo que me ocurrió a mí: Estaba de vacaciones en Canadá con un amigo mío hace mucho tiempo. Yo era un hombre joven, y había hecho una licenciatura en filosofía. Había leído mucha filosofía y trozos de psicoanálisis. Y nos fuimos a acampar en medio de la nada en Canadá, como se puede hacer en Canadá, cuando realmente estás en medio de absolutamente ninguna parte. Y tuve que subirme a un árbol y colgar las mochilas lejos de los osos y salté del árbol después de colgar las mochilas, y me torcí gravemente el tobillo. Estábamos en medio de la nada, y mi tobillo se puso negro y se hinchó y fue muy desagradable. Tuvimos que remar hasta salir del medio de la nada y conducir hasta un hospital en Sault-Sainte-Marie, creo que era, en Canadá. Y dijeron: «Oh, te has roto un ligamento», o algo así. Así que todo el viaje se canceló, y tuvimos que conducir de vuelta a través de cientos de kilómetros de desierto canadiense durante dos días para volver a donde vivía mi amigo. Y, ya sabes, me dolía un poco y necesitaba pasar el tiempo en el coche, así que nos detuvimos en una especie de centro comercial de carretera, y allí había una librería. Entré y, como el viaje era muy largo y me dolía un poco, necesitaba algo para leer. Miré en la estantería -tenía la intención de mirar a Jung, el nombre me rondaba y sabía que iba a investigarlo en algún momento- y encontré en el estante el volumen 12 de las Obras Completas, Psicología y Alquimia. Pensé, bueno, esto servirá, es de Jung, y es un libro.

SC: ¡Una fácil!

PK: Uh … sí, quiero decir, ¡era sólo un libro, ya sabes! Así que, por desgracia, porque yo estaba en Canadá, resultó ser el Princeton, no las ediciones de Routledge que están disponibles en el Reino Unido. Así que, terminé teniendo que ir a través de las Obras Completas de los volúmenes de Princeton, que no podía conseguir en el Reino Unido, porque Routledge tenía los derechos en el Reino Unido, que era un gran dolor. Y entonces, leí Psicología y Alquimia mientras estaba en el coche, y pensé, bueno esto es bastante bueno, creo que voy a leer todo Jung. Y me llamó la atención en parte por su mencionado enfoque de su noción de teoría, que ya había estado pensando durante un tiempo y me entusiasmaba; y porque me parecía un vocabulario muy bueno. Había estado pensando en líneas psicológicas y filosóficas y preguntándome qué hacer con este tipo de lecturas y estudios durante bastante tiempo, y vi esto y pensé: bueno, entiendo este vocabulario y puedo usar este vocabulario, y es importante tener un vocabulario para poder hablar de las cosas que te interesan. Antes de eso, no sabía realmente cómo enmarcar el tipo de pensamientos que había tenido. Este marco encajaba de forma natural y era un buen momento, así que pensé que estaba bien. Había adquirido el hábito de hacer filosofía. Llegué a casa y leí un par de volúmenes y luego empecé por el principio y leí hasta el final. Cuando llegué a la mitad de las Obras Completas, me di cuenta de que no sólo era un vocabulario excelente, sino que era un vocabulario en el que se podían decir cosas muy profundas e importantes. Además, importante para un joven de la época, provocaba una cierta admiración por lo que uno se imaginaba de Jung como hombre. Quiero decir, para un hombre joven, con inclinación filosófica esto es bastante importante. Poder admirar a la persona que es el progenitor de ciertas ideas sí importa, porque proporciona un cierto tipo de conexión a nivel animal con la que puedes motivarte para estudiar y continuar. Y eso funcionó para mí, porque había leído Recuerdos, sueños… y él también parecía un hombre decente y genuino. Eso estuvo bien, porque en ese momento ya había leído a Schopenhauer y cosas así. No se podía decir que Schopenhauer fuera un hombre decente y genuino, quiero decir que era un poco cerdo, al igual que muchos filósofos.

Eso es bastante típico en la filosofía, que no quieres saber realmente sobre su vida personal, porque arruina la impresión muchas veces. Pero con Jung en gran medida no fue así. Y eso importaba, porque parte del contenido de lo que Jung hablaba es la integración, y el hecho de que no es tan bueno tener una teoría intelectual desconectada, cuando tu personalidad no refleja nada de eso; ahí hay un problema. Tiene toda la razón en eso; que esta idea occidental del genio, muy neurótica en el sentido coloquial (que en realidad es otra cosa que Jung menciona muy explícitamente) está muy desconectada. El genio occidental es alguien que es absolutamente brillante en una cosa en particular y casi tiene que ser inútil en todo lo demás. Es un absoluto cerdo en su vida personal, o es terrible en todo lo demás que no sea su disciplina. Esto es esencial para la definición general de genio. Su opinión era -y creo que con bastante razón- que no, eso no es realmente impresionante. No es tan difícil descuidar todo lo demás aparte de una cosa y llegar a ser bueno en ella. Eso no es nada impresionante. Por aquel entonces, yo había estado enseñando en el departamento de filosofía y había visto esto en la vida real. Así que esto realmente me resonó, el hecho de que conocía a mucha gente que estaba relativamente arriba, algunas personas famosas en la filosofía que habían publicado mucho y eran bastante respetadas en el campo; pero los conocía como seres humanos y los veía en las fiestas, en las cenas y en su vida cotidiana en sus oficinas, y eran simplemente personas terribles. Quiero decir, no sólo espantosas, sino infantiles y en algunos casos realmente horribles. Eso no te inspira la idea socrática de la filosofía, que inspira y hace a un hombre bueno. Obviamente no lo hizo, en mi experiencia.

Así que aquí había alguien que reconocía el hecho de que era necesaria una integración de los diferentes lados de uno mismo para que algo contara como desarrollo. Eso me importaba mucho en ese momento, porque me había desilusionado mucho con la filosofía a causa de la gente que estaba en ella. Y recuerdo uno de esos momentos claros que uno recuerda en su vida. Lo recuerdo muy vívidamente. Debía de tener unos 25 o 26 años, algo así, quizá un poco más joven, y estaba en la puerta del Usher Hall (una sala de conciertos) de Edimburgo, donde estudiaba, y pensé: «¿Por qué quieres dedicarte a la filosofía? Estaba enseñando filosofía en ese momento y haciendo mi doctorado, y (fue uno de esos momentos horribles en los que eres realmente honesto contigo mismo y nunca lo olvidas) recuerdo que pensé para mí mismo, bueno, la razón por la que quiero hacerlo es porque suena muy bien. Si vas a una fiesta y alguien te dice: «¿A qué te dedicas?», responder «filosofía» suena tan bien. Y pensé, Dios mío, ¡esa es una razón tan mala para hacer algo! En ese momento se rompió. Me dirigía a una carrera académica en filosofía, y ese momento rompió mi deseo. Simplemente pensé: «No, no voy a hacer esto».

SC: Lo mismo me ocurrió en sociología después de mi máster en Manchester y Cambridge. Me sentí desilusionado, porque había estado trabajando en Beck, Bauman y Giddens durante tres o cuatro años, especialmente en el concepto de individualización de Ulrich Beck. Había escrito dos tesis y estaba empezando mi doctorado sobre eso, pero sentía que faltaba algo. Lo que faltaba, en realidad, era la parte psicológica o psicoanalítica, que encontré en Jung y su teoría de la individuación. En realidad, de eso trata mi tesis doctoral, pero entre una cosa y otra necesité casi doce años para dejar que creciera, o se materializara, por sí sola.

PK: Bueno, el problema es que, en esos períodos de la vida en los que se está formando la identidad, es terrible renunciar a ella. Uno crece, obviamente, con y a través de una identidad; y yo ciertamente lo hice en su momento, como filósofo. Y me considero afortunado de haber tenido ese momento, y esos momentos son extraordinariamente interesantes, porque lo recuerdas todo. Quiero decir que fue hace 25 años o más, y recuerdo exactamente qué llevaba puesto, dónde estaba de pie, qué estaba mirando, qué tiempo hacía en ese momento. Es uno de esos raros momentos de honestidad real, en los que te preguntas: «¿Valoro esto realmente?». Y sabes que has respondido a esa pregunta «Oh, sí» muchas, muchas veces; pero no la has respondido realmente, nunca te lo has planteado. Nunca te lo has preguntado realmente. Pero entonces, por un accidente cualquiera, te encuentras con la maldición de que de repente te haces la pregunta que estás obligado a responder. Y descubres con horror que la respuesta es «No», y entonces no tienes ni idea de qué hacer.

Después de eso, estuve como dando vueltas durante varios años preguntándome, dado que esa identidad no iba a funcionar porque ya no podía justificarla, pensé: «Bueno, ¿qué diablos voy a hacer?». Así que, cuando leí Psicología y Alquimia, pensé: «Ah, aquí hay un vocabulario que no hace violencia a lo que me había dado cuenta de que no podía entregar en ese momento, y además tiene mucho potencial, y siento una afinidad razonable con él». Así que no fue el caso de que leyera a Jung y me enamorara, fue más bien que lo leí y pensé: «Entiendo este vocabulario».

SC: Fue bastante sincronizado lo que te ocurrió en Canadá.

PK: Bueno, tengo una opinión muy particular sobre la sincronicidad, así que me reservaré el juicio.

SC: Este es un muy buen punto para introducir la obra de Wolfgang Giegerich. ¿Cómo se acercó a Giegerich, o cómo se acercó a él, desde Jung? Es todo un salto.

PK: Sería un salto, excepto por el hecho de que mi formación es en filosofía. Así que estaba acostumbrado a una cierta cantidad de, tengo que decir, rigor, en el pensamiento del tipo de gente que estaba leyendo. Y Giegerich obviamente tiene eso. Hay mucho más rigor en Giegerich que en la mayoría de la psicología analítica moderna. Así que me pareció natural. Pero llegué a él un poco en contra de mi voluntad, porque tener una formación en filosofía significa que has pasado por el proceso, normalmente, de familiarizarte con ciertos filósofos. Como estudiante, no puedes familiarizarte con todo, porque no hay tiempo suficiente. Comencé la mayor parte de lo que considero mi educación filosófica después de terminar mi licenciatura en mi tiempo libre, porque eso era más propicio para ello. Mientras hacía mi doctorado, leí todo Schopenhauer y me entusiasmó mucho, mucho, Schopenhauer. Más tarde -en realidad, mientras leía a Jung, todavía estaba terminando con Kierkegaard, y a ambos, realmente no les gustaba Hegel. Schopenhauer más a nivel personal, Kierkegaard más a nivel de principios en cuanto a cómo el hegelismo afectó a la iglesia en Dinamarca. Al no haber leído a Hegel (es decir, había leído un poco de Hegel en ese momento, pero leer un poco de Hegel significa que no has leído a Hegel -a menos que lo hayas leído todo, no tiene sentido tener una opinión-) instintivamente odié a Hegel, porque Schopenhauer era mi héroe cuando era más joven, Kierkegaard era mi héroe cuando era un poco mayor, y ellos odiaban a Hegel, así que pensé que obviamente Hegel era un idiota. Por lo tanto, lo descarté en gran medida, y sabía vagamente que Giegerich era un poco hegeliano, así que pensé que no tenía sentido leer a Giegerich.

Pero ya había aprendido que las opiniones de uno sobre determinados pensadores y posiciones particulares siempre son esencialmente inútiles, a menos que se dedique tiempo a revisar y leer todas las obras básicas de la persona que uno cree que no le gusta. Lo he hecho suficientes veces para saber que una opinión que diga: «No me gusta este o aquel pensador, o esta o aquella idea», que no se base en la lectura mínima de las obras primarias, no tiene ningún valor. Lo he hecho bastantes veces y ahora estoy totalmente convencido de ello. Ha sido lo suficientemente doloroso tener que hacerlo, como para que nada me disuada de esta opinión. Y así, me llevó un par de años darme cuenta de que no podía seguir manteniendo esta aversión a Hegel, porque era totalmente superficial y ridícula dado el hecho de que no había leído todo Hegel. Y no quería hacerlo, porque Hegel es famosamente desagradable de leer; pero finalmente me obligué a hacerlo. Y, como siempre ocurre cuando uno se obliga a hacerlo, te das cuenta de que estabas equivocado. Quiero decir, no sólo un poco equivocado. Por lo general -es realmente sorprendente para mí- uno espera normalmente en el mundo que si tiene una opinión errónea sobre algo y luego lo estudia realmente, corregirá un poco su opinión, y entonces será un poco más precisa y matizada. En mi experiencia, eso casi nunca sucede. Lo que ocurre es que te das cuenta de que estabas absoluta y totalmente equivocado en tus opiniones iniciales; que no entendías nada. Y la mayoría de las personas cuyos comentarios querías que te gustaran porque justificaban tu decisión de no tener que estudiarlo también estaban total y absolutamente equivocados. He tenido esa experiencia tantas veces que ya es una creencia fija mía. Es un problema en gran medida moderno, inconcebible hace un siglo, que uno pueda tener una opinión creíble basada en un somero roce con lo que sigue siendo el modo sólido y primario de adquisición de conocimientos: la lectura. El mínimo de lectura requerido para tener una opinión creíble hace un par de generaciones se considera hoy un requisito imposible, monumental e incluso sospechoso. Las consecuencias de esto son obvias y cada vez más evidentes.

Así que hice lo que se requería con Hegel, leí todo Hegel y me di cuenta de que estaba totalmente equivocado. Las últimas 100 páginas de La Ciencia de la Lógica son sublimes en el verdadero sentido schopenhaueriano de la palabra. Quita la voluntad y te hace apreciar algo, coloquialmente, «trascendental». Como preliminar a eso, tuve que ir y leer todo Kant primero, porque realmente no puedes leer a Hegel a menos que hayas leído a Kant y a Schopenhauer y otros trozos. Eso fue, ya sabes, mucho trabajo, y mucho de él no muy agradable. Y luego volví a mirar a Giegerich, La vida lógica del alma, y me di cuenta de que también estaba completamente equivocado sobre él; y que, en realidad, se trataba de un psicólogo analítico terriblemente importante cuyos puntos de vista eran muy sólidos, muy profundos, y una de las únicas voces creíbles que he escuchado realmente en la psicología analítica en los tiempos modernos. Hay mucho, creo que es justo decirlo, vagamente New-Age y un trabajo relativamente superficial que se lleva a cabo en la Psicología Analítica, y siempre me molestó por mi formación en filosofía. Su ingenuidad filosófica era tan asombrosa y vergonzosa, que me hizo sentirme un poco alejado del campo durante varios años. Así que, por supuesto, me alivió encontrar a Giegerich. Pensé, gracias a Dios, al menos alguien entiende que mucho de esto es simplemente (como él dice, y yo coincido) amateur. Fue un gran alivio para mí encontrar a Giegerich. Así que fui a leer a Giegerich, y creo que es probablemente, en mi opinión, el más importante psicólogo analítico vivo hoy en día.

SC: ¿Le proporcionó una estructura adicional, además de lo que encontró en Jung?

PK: Hasta cierto punto sí, pero también, reemplazó parte de la estructura que se encuentra en Jung, porque tiene toda la razón en que ciertos aspectos de la concepción de Jung de las cosas, incluso si se tiene en cuenta las concepciones cambiantes que Jung tenía con el tiempo, no son del todo correctas. Y no digo eso en el sentido de que se hayan cometido errores. Quiero decir, el trabajo que todo el mundo hace en la vida es un asunto inacabado. Así que no se puede juzgar a nadie por no haber dicho lo correcto del todo, porque nadie tiene tiempo suficiente para hacerlo. Pero dado el hecho de que en los estudios junguianos en general muchos de los pronunciamientos de Jung se consideran casi como productos acabados que ya pueden ser aplicados, es un terrible error cometer sobre el pensamiento de absolutamente cualquier persona sobre cualquier cosa. Hay una tremenda tendencia, aunque no es particular de la Psicología Analítica o de cualquier campo, a tomar los puntos de vista de la gente como definitivos. Entonces el trabajo de la siguiente generación es simplemente aplicarlas y apreciarlas. Esa es una visión totalmente incorrecta de casi todo. Y todo el mundo está de acuerdo cuando se dice eso, pero no es lo que hacen. La cantidad de veces que puedes sentarte en una conferencia en un instituto, donde la gente dirá que hay ciertas cosas en las que Jung no estaba del todo bien, y la gente como que asiente y dice «sí, por supuesto, por supuesto»; pero no. La gente en general no cree eso. Cuando realmente hablan de las cosas y consideran sus propios puntos de vista y particularmente hacen talleres clínicos, no es así como realmente actúan. Hay un montón de «¿Qué diría Jung?» en el fondo. Por lo tanto, hablar es barato. Cuando la gente asiente con la cabeza y dice: «Sí, reconocemos que Jung no era la última palabra en sus puntos de vista sobre la psique», no es así como la gente se comporta realmente la mayor parte del tiempo. Giegerich es una de las pocas personas que realmente dice explícitamente: «Tenemos que tomarlo en serio, y tenemos que ver cuáles eran los problemas». No es un ataque personal. De nuevo, esto vuelve a la diferencia entre Jung el hombre y Jung el pensador. Uno no está criticando a la persona para decir que algunas de las cosas que pensaba eran incorrectas. Están totalmente separados. No están relacionados, pero se confunden juntos, por lo que la gente se vuelve bastante protectora de Jung la figura. Eso es un error, es decir, es simplemente un error.

Y así, Giegerich fue uno de los mejores defensores, originalmente, de decir, ¿cómo podemos realmente tomar lo que Jung hizo y realmente llevarlo más allá, y criticarlo, y ponerlo en un marco que respete lo mejor de lo que hizo, mientras que trata de mejorar algunos de los peores de lo que hizo? La ironía es que eso no es algo realmente único, porque mucha gente trata de hacer eso. Ha habido intentos de poner a Jung en un marco fenomenológico, y hay intentos de poner a Jung en el marco de la escuela arquetípica, y varias formas de reconfigurar la visión de Jung para que se ajuste a la teoría que a alguien más le entusiasma. Pero aquí es donde entra la diferencia crucial entre la teoría normativa y la descriptiva. Un gran problema en la filosofía, y una de las cosas que ciertamente tomé de ella, es que si no mantienes clara la distinción entre teoría normativa y descriptiva, te arriesgas a terribles, terribles confusiones todo el tiempo. Hay una gran diferencia entre decir «esto es lo que alguien dijo realmente» y «esto es lo que alguien debería haber dicho». Hay una gran diferencia, y muy a menudo los malentendidos en el discurso académico y en el discurso psicológico pueden deberse a no mantener esas dos cosas claras y a cambiar entre ellas durante una conversación. Hay muchos libros escritos sobre cómo se puede ver que Jung era, por ejemplo, un fenomenólogo, o esta o aquella inclinación teórica particular, o tal vez tratando de impulsar una interpretación wittgensteiniana de Jung. Pero muy a menudo en esos libros no queda claro si están haciendo el punto de que Jung realmente era un fenomenólogo, secretamente o implícitamente o lo que sea; o que Jung debería ser pensado como un fenomenólogo, podría ser pensado además como un fenomenólogo, o un wittgensteiniano, o lo que sea. Esto hace que sea casi imposible dar sentido a ese tipo de trabajo. Al menos Giegerich entendió esa distinción y fue muy cuidadoso en sus libros al decir, ahora voy a describir lo que creo que Jung estaba diciendo, y ahora voy a hablar de lo que creo que debería estar diciendo en términos de psicología. El mantiene esas dos cosas muy separadas. Eso es algo raro, y es una habilidad que uno aprende de la filosofía, porque es explícita en la filosofía. De hecho, ha habido toda una serie de investigaciones desde los años 70 u 80 en epistemología, precisamente sobre esa distinción, ya sabes, las teorías prescriptivas frente a las descriptivas, normativas frente a las descriptivas, y cómo se interrelacionan o no. Él mantiene eso claro; y si no lo mantienes claro no puedes hacer nada.

SC: ¿Podemos examinar ciertos conceptos? Por ejemplo, el concepto de alma de Giegerich, o lo que él llama la vida lógica del alma; o incluso la diferencia entre consciente e inconsciente… o, ¿él cree en el inconsciente? ¿Existe algo llamado inconsciente? El significado, la materia, la mente … y podríamos seguir, mirando a Dios y al ego. Hay una diferencia entre Jung y Giegerich en todos estos aspectos.

PK: Oh, sí. Bueno, depende de la parte de Jung de la que se hable; pero la diferencia es bastante sutil en algunos lugares, y no tan sutil en otros. De hecho, esa ha sido la idea central de gran parte del trabajo de Giegerich, señalar los lugares donde las diferencias son grandes y donde las diferencias son pequeñas, y es bastante exacto en eso. La respuesta que da sobre cuál era la noción de Jung sobre el inconsciente depende de la parte de las Obras Completas en la que se mire. Quiero decir que la versión original en la época freudiana, que se recoge en las Obras Completas en torno al volumen 5, es una visión más bien freudiana de los contenidos reprimidos y de las conceptualizaciones pseudoempíricas algo reificadas. Sin embargo, después de Símbolos de Transformación, comienza a ser más sofisticado, y Jung está realmente luchando con el problema -que hasta cierto punto obtiene de Kant-: ¿Cuál es el estatus de los conceptos trascendentales como el inconsciente? Porque él ha abandonado un poco esta idea de que es una especie de nivel reificado de algo en alguna parte. Pero no está muy seguro de qué hacer con él en ese punto, y es comprensible que tenga que luchar con esta cuestión, debido al término, «el inconsciente» -así lo llamamos todos, todos hablamos de «el inconsciente». Ahora bien, el problema con las lenguas románicas es que los artículos definidos, como «el», van seguidos de roles sustantivos como regla general. Y como sustantivo, es muy difícil quitarse de la cabeza que «el inconsciente» es algún tipo de cosa o algún tipo de lugar. Ahora, por supuesto, de nuevo, como dije antes respecto a la diferencia entre cómo habla la gente y lo que realmente hace cuando practica: si dices intelectualmente, por ejemplo, «Bueno, el inconsciente no es obviamente un lugar; no es un sitio al que van las cosas», todo el mundo asentirá y dirá: «Sí, por supuesto, por supuesto». Pero así es exactamente como operamos en realidad cuando utilizamos el concepto para hacer cualquier cosa, o cuando no asentimos a tal frase. Es muy difícil no pensar así. Ahora bien, cuando se nos empuja, no pensamos que «el inconsciente» sea un lugar real, pero el concepto de lugar no es sólo una cosa física. Quiero decir, con el concepto de lugar: podemos hablar con bastante facilidad y viveza de Narnia, el lugar de Narnia, como un lugar donde sucede esto y aquello, y así los bordes de Narnia no son bordes físicos, pero hay bordes, hay bordes semánticos en alguna parte (famosamente, el armario, que tampoco es un objeto real, pero es un concepto en ese mundo particular). Así pues, los bordes de un lugar no tienen por qué ser coordenadas GPS reales, pero si tienes un concepto de los bordes de algo, entonces tienes un lugar, sea o no un lugar físico. No es realmente tan relevante psicológicamente si el lugar es físico. Y así, nos adentramos en la idea de un inconsciente, aunque no es realmente un lugar físico, pero es una especie de lugar donde los contenidos (sean los que sean -¡eso es otro tema!) van cuando desaparecen de la conciencia, o ese tipo de cosas.

Entonces, tenemos esta noción muy reificada y que Giegerich llamaría positivista del concepto de inconsciente como un tipo de especie abstracta de sustantivo. Y Jung estaba luchando mucho con eso, en los trabajos de principios y mediados del período, sobre lo que era esto, el inconsciente, siendo una ubicación. Pero a medida que su trabajo progresa, se mueve más hacia la idea de que el inconsciente es más como un adjetivo en lugar de un sustantivo. Es una característica de algo más que el lugar donde está. Es algún tipo de propiedad que tienen los contenidos que los hace inconscientes o no; ya sea algo como estar «bien definidos», o que las categorías bajo las que caen sean precisas, o borrosas, o que se fundan unas con otras, este tipo de cosas. Pero sigue existiendo esta distinción entre los contenidos que tienen esta propiedad, y la propiedad en sí.

La noción de Giegerich es mucho más radical que eso. Es un modelo totalmente hegeliano, en el que la noción de inconsciente no es una entidad positiva -en el sentido hegeliano- en absoluto, por lo que no hay distinción objeto-sujeto con el inconsciente. No hay distinción de contenido/contenedor con el inconsciente, así que es mucho más como un proceso. Es el nombre que se le da a un proceso por el cual algo entra en la conciencia o sale de ella. Lo que, por supuesto, plantea la cuestión de qué es la conciencia, que es una definición negativa, también. Así que es un concepto muy, muy difícil de dominar adecuadamente a menos que se tenga una cierta formación filosófica, porque hay que renunciar a esta idea de una forma natural de pensar. Esto es algo que Giegerich trata de hacer mucho, particularmente en La vida lógica del alma. Trata de demostrar esta forma de pensar sobre conceptos como inconsciente y alma y significado de una manera no natural. Hablará de que el inconsciente es el proceso por el cual la inconsciencia se hace y se disuelve, y este tipo de cosas, donde hay esta definición recursiva; y es este tipo de n definición recursiva y reflexiva que es indicativa de una especie de dialéctica hegeliana. Es tan ajeno a nuestra forma natural de pensar, y requiere tanto esfuerzo para llegar a entender lo que significa, que es una de las razones por las que creo que el trabajo de Giegerich levanta tantas ampollas en la gente. Existe la idea de que es una especie de ofuscación, o una forma de evitar que las cosas sean claras. Pero no lo es en absoluto, sólo requiere un cierto bagaje filosófico y trabajo.

…¡Y por supuesto que sí! Quiero decir que estás hablando de los conceptos más profundos y difíciles de imaginar. Estás hablando de la relación de la conciencia consigo misma, de su comportamiento autorreflexivo y del hecho de que puede ser realmente su propia metateoría, que son todas ideas asombrosamente sutiles y complicadas. La idea de que se pueden entender esas ideas simplemente pensando en ellas en los mismos términos con los que se piensa en las sillas y las mesas y en las cosas que se aprenden cuando se tienen cinco años es ridícula. Es increíble que pensemos que para ser físico hay que aprender matemáticas superiores y geometría y hacer mucho trabajo preliminar para entender los conceptos necesarios para hacer física nuclear, pero pensemos que la psicología es sólo una especie de ocupación amateur; que sólo hemos oído hablar de algunas ideas filosóficas y que podemos discutirlas tomando un café y eso es suficiente para entender estas cosas. Es asombroso lo insultante que es eso para la psicología, lo poco que se piensa en el tema en el que se supone que se está involucrado, que se piensa que no requiere ni de lejos el esfuerzo de convertirse en un físico atómico. Es ridículo. Es absolutamente increíble que se pueda pensar tan poco en el tema al que se ha dedicado la vida; que todo lo que requiera sea leer algún que otro artículo de Wikipedia y leer algún pequeño texto secundario sobre Kant o algo así. No hay reverencia por el tema. La reverencia por un tema significa trabajo; esa es la forma que adopta la reverencia. No se puede tener esta especie de sentimiento emocional, «Oh, amo la psicología, amo la Psicología Analítica». Alguien dirá: «Bueno, demuéstralo. Demuéstralo. ¿Cómo se manifiesta?» Y si dices: «Bueno, simplemente me encanta», bueno, simplemente me encanta la tarta de chocolate, ¿y qué? Tienes que demostrarlo haciendo realmente algo, y lo que tienes que hacer es entender ciertas cosas, entender la geometría fundamental de la filosofía y los conceptos sobre los que se apoya todo en el tema. Y si no estás preparado para hacer eso, ¿por qué te molestas en esta asignatura? ¿Por qué la valoras? Quiero decir, algo que es fácil de obtener y que puedes sacar de un par de libros y luego charlar, y entusiasmarte con la física cuántica y los arquetipos y el Ser y la individuación y simplemente obtener una gran sensación de ello; quiero decir, ¿dónde está la reverencia por el tema, dónde está el deber hacia el tema? Tiene una larga historia filosófica. ¿Estás diciendo que la amplia lectura de Jung en filosofía, historia y mitología era sólo su personalidad, que realmente no necesitaba hacerlo? ¡Claro que lo necesitaba! Hoy en día no creemos que sea necesario; pensamos que podemos absorber simplemente algunas conferencias y unos cuantos apuntes de clase y textos secundarios. Giegerich tiene razón en esto. Ya ves que me molesta bastante, porque siempre me ha molestado esto, y me ha gustado mucho ver a Giegerich decir lo mismo, que es: hay un amateurismo en la Psicología Analítica, dado el hecho de que la psicología se supone que es, como dijo Nietzsche, la «Reina de las ciencias». La veneración que la gente dice tener por ella no se refleja en la cantidad de trabajo a la que están dispuestos a humillarse para entender realmente los conceptos que son centrales en ella. Eso me parece trágico y aterrador.

SC: Otro aspecto del enfoque amateur, no sólo de la psicología sino de cualquier disciplina en este momento, es la transformación y los cambios en las universidades de toda Europa con el enfoque de Bolonia. Fue muy interesante para mí leer, al principio de El fin del significado y el nacimiento del hombre, cuando Giegerich cita a Berkeley diciendo que una cosa es tener una opinión y otra cosa es pensar. Para mí, una posible lectura de El fin del significado es paralela a la de El fin de la historia, de Fukuyama, también muy hegeliana, y que en realidad trata de contrastar la ingenuidad de cierta visión de la democracia liberal que se extiende por el mundo. Y de nuevo, vuelve al significado: ¿cuál es el significado de lo que está sucediendo ahora? Con esto puede que suene un poco a activista, pero no puedo dejar de pensar en el discurso de George Bush padre ante el Congreso el 11 de septiembre de 1989, unos meses antes de que se derrumbara el Muro de Berlín, donde dijo que habría un nuevo orden basado en la mutualidad y la igualdad. Pero en realidad, lo que ocurrió fue la invasión de Irak, y así sucesivamente, lo que llevó al IS. Me pregunto si el trabajo de 2010, End of Meaning... de Giegerich, también busca este concepto que va más allá del significado, va más allá del fin de la historia, y realmente desafía a ser ingenuo, y a ser aproximativo.

PK: Sí. Esto es algo que es realmente crítico para entender a Giegerich -y es una conversación que he tenido con bastantes analistas que dicen no entender realmente o no gustar de este enfoque- y es el hecho de que parte de lo que Giegerich está haciendo es redefinir los términos. Por ejemplo, su noción de psicología: cuando dice «psicología real» o «psicología auténtica», no se refiere a lo que la mayoría de la gente entiende por psicología. Y eso es fundamental. No se puede tener una visión sofisticada de un concepto y al mismo tiempo mantener la validez de cualquier otra visión de ese concepto que haya existido. No se puede hacer eso, no es posible, porque son mutuamente contradictorios y algunos de ellos son tan superficiales, que ni siquiera pueden sostenerse por su propio peso, así que no se puede hacer eso.

El concepto de significado: Creo que Giegerich tiene una visión muy particular sobre el significado. Está muy en contra de esta idea de los significados individuales, con la que estoy completamente de acuerdo. Creo que se trata en parte de un fenómeno cultural y sociológico, político, de que estamos obsesionados con tener nuestro propio significado individual. El problema con esto es que es terriblemente fragmentario. Los significados individuales, por desgracia, no tienen suficiente estructura para llevar algo más allá del individuo. Pero, por supuesto, eso es precisamente lo que se supone que hace el significado como vehículo. Se supone que proporciona una estructura transindividual que puedes utilizar para interpretar a otras personas y acontecimientos más amplios y cómo va a desarrollarse tu propio futuro, y la forma de actuar en el futuro. Es decir, no se trata de algo aislado temporalmente o espacialmente; tiene que proyectarse espacial y temporalmente para que el concepto de significado tenga algún sentido. Y a la noción de significado individual le cuesta mucho hacerlo. Los pronunciamientos más extremos de Giegerich sobre el significado, que he escuchado en algunas de sus conferencias, expresan la idea de que no lo necesitas. Simplemente no lo necesitas. ¿Para qué lo necesitas? Hay que ser razonable con la gente y…

SC: En realidad, la búsqueda del sentido es el problema.

PK: Correcto. Pero ese es el problema. El problema, en muchos de los sentidos modernos del significado, es que lo que se entiende por significado es la búsqueda del mismo. El sentido del significado es un esfuerzo por el significado. Y Giegerich caracteriza correctamente esto como el punto cero del significado. Es un círculo tan estrecho, que el esfuerzo por el significado es poco más que una forma vacía en este punto. Porque es irrelevante el significado que tiene. Y es por esto que se enfada tanto con esa frase de Jung, sobre «¿cuál es tu verdad?» Realmente no le gusta esa frase, con razón, porque trivializa la noción de verdad hasta tal punto. Porque lo que se supone que está haciendo es decir, tenemos esta noción de verdad que hemos tenido desde los presocráticos, en el hemisferio occidental, al menos, y en la filosofía oriental tienes estas grandes nociones de verdad que hacen mucho trabajo y la maquinaria de la verdad es una maquinaria cosmológica; en muchos aspectos gobierna los movimientos de todo, los dioses y la Tierra. Y estas ideas de significado se supone que hacen una gran cantidad de trabajo, lo son todo. Y entonces dices, ¿no sería estupendo que todos tuviéramos eso personalmente; que todos tuviéramos acceso personalmente a esta enorme maquinaria? Pero, por supuesto, lo que haces cuando dices que me voy a apropiar de esta verdad cosmológica y que va a ser mía, ahora todo lo que has hecho es, no tomar las verdades cosmológicas y hacerlas tuyas; lo que has hecho es redefinir la noción de verdad y reducirla a algo tan estrechamente acoplado, y tan estrechamente reflexivo, que básicamente ya no es nada. Es sólo un contenido vacío. Es un deseo vacío de tenerla. El punto cero de la verdad individual es sólo el deseo de tener la verdad. No queda ningún contenido. Y eso lo puedes ver hoy en día. Y así, entonces tienes una explosión de todo el mundo y cualquier verdad es igual. Esta es mi verdad, esta es tu verdad, esta es su verdad, todas son tan buenas como cualquier otra porque el contenido es irrelevante ahora. No importa qué cosa en particular estés persiguiendo, es irrelevante. Lo único que importa es el deseo de hacerlo. Eso es lo único que queda. Eso es lo que Giegerich llama el punto cero del concepto. Es esta extraña y moderna idea de que se puede tomar algo que no es intrínsecamente personal y hacerlo personal, y que conserva todas las características que tenía cuando no era personal; pero no lo hace. Se derrumba y desaparece. Se redefine.

Esto se debe a que existe esta tremenda conexión entre la forma y el contenido, que es otra de las razones por las que me gusta mucho Giegerich. Es algo sobre lo que escribí mi tesis antes de haber oído hablar de Giegerich. Era algo que me interesaba mucho por Kant, porque en su concepto de Ideas, expuesto hacia el final de la segunda crítica, está esta idea tan hermosa sobre la estructura. Kant realmente entiende algo sobre la noción de estructura en la Crítica de la Razón Pura hacia el final. Que la forma y el contenido no están separados. No son cosas separadas; no hay una forma en la que se vierte el contenido. Y, cuando cambias la forma de las cosas, a veces cambia el contenido. Y si cambias el contenido de una cosa, cambias la forma. Así que si tomas la verdad, la forma de la verdad, tal y como era históricamente, por ejemplo, mitológicamente, y la condensas en el individuo y dices: «Ahora tengo la verdad tal y como era», cambiando la forma de esa verdad de todo este sistema cosmológico interconectado, complicado y geométrico, a este deseo totalmente trivial de cualquier cosa que desees particularmente para darte significado, no mantienes el mismo contenido. Ya no es la verdad con el mismo nombre. Has cambiado su contenido fundamentalmente al cambiar la forma, porque la forma y el contenido no están separados.

Ahora bien, esa frase, «La forma y el contenido no están separados», requiere un gran desarrollo, porque es algo muy difícil, y aquí es donde volvemos al concepto de amateurismo en el campo. Esto entra de nuevo, porque creo que la forma en que llegué a una apreciación de eso fue a través de obligarme a leer libros de topología matemática, y cosas así. Porque si no se sofistica la idea de lo que puede ser la forma, no se puede ver realmente cómo la forma y el contenido pueden estar conectados. Tienes que mirar ciertos tipos de sistemas geométricos en los que las relaciones entre los elementos del sistema son tan complicadas y están tan interrelacionadas que no es como en nuestros intuitivos sistemas de coordenadas cartesianas, en los que tienes un eje X y un eje Y; cuando te mueves por el eje X es totalmente independiente de cuando te mueves por el eje Y. Cuando empiezas a mirar ciertos tipos de geometrías donde los ejes no son ortogonales; cosas como esta donde significa que moverse en una dirección significa que también te mueves a lo largo de otra dirección hasta cierto punto. Cuando se amplía a múltiples dimensiones, se empieza a tener una idea de lo que significan las palabras «forma» y «figura» fuera de las nociones simplistas fomentadas por el estrecho rango de la experiencia perceptiva humana. Las estructuras pueden tener formas muy, muy, complicadas y uno tiene que educarse en esto para liberarse de las consecuencias extremadamente limitantes de retener un sentido naturalista de la forma. Después de todo, Jung dijo que la psicología es contra naturam y en ninguna parte es la naturaleza más peligrosa que en la formación de una base conceptual insosteniblemente estrecha para el pensamiento sobre la psicología. En la psicología nos ocupamos de estructuras que se complican más allá de nuestra comprensión natural. Hablamos todo el tiempo de las conexiones fundamentales entre la forma y el contenido. Sin embargo, nuestras opiniones sobre lo que constituye la forma están al nivel de la comprensión matemática de un niño de catorce años. Nuestra comprensión de los conceptos de forma y contenido es como la de un adolescente, pero estamos incursionando en un tema que requiere la sofisticación de un estudiante de matemáticas postdoctoral, metafóricamente hablando. Por eso Jung dijo que hay que haber leído: es obligatorio, y tiene toda la razón.

En esta época, si se estudia psicología y cosas así, es obligatorio conocer a Hegel para la educación estructural en la dialéctica reflexiva y recursiva. Y no sólo Hegel. También los precursores de Hegel, y es obligatorio conocer lo que han dicho los posmodernos. Es obligatorio saber algo de Fenomenología, porque los conceptos que se usan en psicología están tan metidos en estas historias filosóficas, son tan complicados. Hay que ser un poco experto. Tienes que serlo, de lo contrario sólo estás hablando como un adolescente, no sabes nada. Es absolutamente doloroso cuando ves las discusiones que hay sobre Dios y el ego y el Ser. Requieren que todos nosotros, cada parte de nosotros, se involucre en esas discusiones, porque son, creo, algunos de los conceptos más profundos que existen. Y, sin embargo, tenemos la idea de que podemos discutir los conceptos más profundos sin apenas saber nada. Podemos simplemente intuir y sentir y ser muy amateur en nuestra lectura, y de nuevo vuelvo a esto, no hay reverencia por el campo. No hay un «tengo que humillarme ante las exigencias de este campo». Es decir, si entras en un laboratorio de física nuclear y dices: «Me gustaría ser físico nuclear, por favor», y te dicen: «Por supuesto, ¿cuáles son tus calificaciones?», y tú dices: «Bueno, ya sabes, no me gustan mucho las matemáticas, no hice ningún cálculo diferencial, es un poco aburrido, y ya sabes que he leído un poco pero no es tan emocionante, pero ya sabes que me gusta mucho la física cuántica», se reirían de ti fuera de la habitación. Sin embargo, en nuestro campo creemos que cualquiera puede venir y decir: «Me encanta, es maravilloso», y efectivamente decimos: «Entra. Bienvenido». ¿Comprende lo que eso hará al campo con el tiempo? Al igual que muchos campos en los tiempos modernos, se convertirá -ya lo ha hecho- en una especie de mezcla amateur de trozos y piezas; de personas con trozos y fragmentos de información que obtienen de varios lugares y que se entusiasman con ellos. Lo cual está muy bien, porque forma parte del compromiso con un tema, pero si no va acompañado de una humildad real y del deseo de dedicar las miserables y largas horas a comprender realmente lo que se necesita, entonces no es más que cháchara. Y Giegerich libra una buena batalla en ese sentido. No se limita a quejarse de ello, sino que se esfuerza por explicar con precisión cómo los conceptos necesarios conducen, conectan con Jung, van más allá en algunos puntos, reconstruyen algunas de las ideas centrales y, lo que es más importante, forman un conjunto riguroso y coherente. Y eso es terriblemente importante, porque lo que a menudo se obtiene en la Psicología Analítica es que no hay un todo coherente. Puedo tener este tipo de actitud hacia el Yo, y este tipo de actitud hacia el inconsciente, y este tipo de actitud hacia los complejos. No hay coherencia. Es sólo «siento esto sobre esto y esto sobre esto», pero no hay ningún tipo de sentimiento coherente que lo reúna. El sentimiento coherente que lo une es el producto de haber absorbido la teoría y la estructura y la información y luego haberla dejado ir para que pueda formar parte de ti.

Y eso nos lleva de vuelta a Jung. Eso es exactamente lo que dijo Jung. Cuando me interesé por primera vez en Jung, eso fue lo que dijo: absorbes toda esta teoría, y lees todo este material, y haces el trabajo, y luego cuando un paciente entra en la habitación te olvidas de todo ello, porque si lo has hecho correctamente simplemente se convierte en parte de ti. Es estructuralmente parte del tono emocional de lo que vas a hacer. Y ahí es donde todo toca fondo para mí, en la práctica al menos. Todo este pensamiento, y todo el trabajo supuestamente teórico -porque la gente tiene esta idea despectiva sobre el trabajo teórico- si se hace honestamente, si se hace lo suficiente, francamente, una cantidad suficiente de él, te satura, y eso se convierte en el tono emocional de cómo trabajas con la gente. Ahí es donde debe estar. No se supone que sea sólo un pedazo de papel que lees y dices que la teoría dice esto, ahora hago esto. Tienes que haberte comido el trozo de papel y haberlo tragado y digerido, y entonces se convierte en parte de ti. Ese es el tono emocional de cómo trabajas, y esa es la verdad de lo que decía Jung: lo que más importa cuando trabajas con el paciente no es lo que sabes o lo que piensas, sino quién eres. Y tu conocimiento teórico no está separado de eso. No lo está. Forma parte intrínseca de lo que eres, si lo haces de forma creíble.

SC: Gracias Dr. Kime. Ha sido un placer escucharle.

PK: Gracias.

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15 Wolfgang Giegerich

Byung-Chul Han para psicólogos

Logos del alma

Con más de una veintena de libros traducidos al español, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han se ha pronunciado como una de las voces más visibles del análisis de la sociedad posmoderna, con libros breves pero complejos donde subyace de forma constante la idea de la pérdida de la negatividad y de la otredad; su trabajo pone en evidencia las caras ocultas de la sociedad occidental, su vicios y objetivos no asumidos.

En la estela de los trabajos de Baudrillard, Lipovetsky, Lasch, Sennett, Touraine, Vattimo, Jameson, Gibern o Baumann, entre tantos otros, emprende un análisis de la cultura con una brevedad y parsimonia que, sin embargo, no evade la complejidad del fenómeno que trata, haciendo énfasis en poner en tela de juicio la dinámica social que de forma maníaca obliga al sujeto a servir a un mundo positivo, superficial y acelerado, donde no se permite la pervivencia de lo humano, de las relaciones, de la vivencia de la interioridad, un ejercicio de construcción de identidades artificiales en detrimento del auténtico rostro del sujeto, que no es el del hombre atomizado sino el de la comunidad.

Su obra es de lectura obligatoria para los psicólogos y psicoterapeutas que quieran tener un panorama global del contexto donde lo humano se desarrolla, pues el trabajo en consulta requiere que las sendas personales puedan ser observadas en la escala global donde proliferan, ya que los conflictos humanos se alimentan, indudablemente, de las ideologías latentes en la cultura y una problemática personal siempre estará nutrida por categorías sociales inadvertidas, ¿cómo tratar a un paciente si no se atiende a la voz social que habla a través de él?

Por otra parte, es debido reflexionar sobre el papel de la propia tarea profesional en la narrativa posmoderna para entender la función real de la psicología en un mundo que desecha al otro en el esfuerzo continuo por exaltar la individualidad en contra de la organización grupal y que propone objetivos personales idealizados, desprovistos de contradicción, que multiplican la angustia y la ansiedad al ser imposibles de replicar. Una psicología que actúe, sin pensar, este paradigma se ocupará de aislar al paciente de su papel político, de su existencia como zoon politikon, y lo despojará entonces de aquello que lo hace humano, sumiéndolo en la maquinaria de explotación emocional de la psicología pop. Este esfuerzo terrible es lo que se denomina una psicología sin alma.

Construir una psicología con alma, en cambio, supone que el psicólogo y el psicoterapeuta puedan asumir un opus que sea consciente de esa tendencia contra la negatividad, una que pueda ser hospitalaria con el huésped inquietante que es el nihilismo y que no se asuste ante el avance implacable del ánimus sombrío. Ante ello, el trabajo de Han brinda un panorama de ideas que entrenan al psicólogo en la asunción del espíritu de la época y le brindan las herramientas para poder reflexionar de forma compleja sobre su campo de acción.

Diferentes momentos en el movimiento dialéctico

Traducciones

Greg Mogenson, Estados Unidos

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Cinco, 77-106, 2005. 

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

En mi presentación anterior, como parte de un intento de seguir el movimiento de Kant a Hegel, que obra en el trasfondo de la crítica a Jung que hace Giegerich, también he abordado un fenómeno simple de la vida—mi propia preocupación acerca de “enlodar las aguas”—en el espíritu de la aproximación de Giegerich a la interpretación tal como ha llegado a mí a través de sus lecturas para este seminario y de mi familiaridad con sus escritos. En torno a esto, propongo ahora mirar, no al movimiento dialéctico de algún enunciado particular, cuestión, imagen o asunto, sino a algunos de los momentos importantes dentro del modo dialéctico de interpretación en sí mismo. Los discutiré bajo cuatro títulos: Materia Prima, Contradicción y Negación, Negación de la Negación, e Interiorización Absoluto Negativa. Posterior a estas discusiones, a manera de conclusión, reflexionaré sobre la noción de Giegerich de la “verdadera psicología”.

Materia Prima

El principal mérito del enfoque dialéctico es que puede comenzar en cualquier momento y con cualquier cosa. El punto de partida puede ser un enunciado, una idea, una afirmación, un sueño, un acontecimiento de la vida, un texto o documento. La única salvedad para esto es que debe ser un asunto real y apremiante sobre el cual la consciencia trabaja con dedicación incondicional, sublándolo desde el comienzo, por decirlo así. Tomando prestado un término de la alquimia, Giegerich habla de este punto de partida sublado como la “prima materia” o “materia prima”. Para los alquimistas (como para Aristóteles y los pre-socráticos antes que ellos) la materia prima era la sustancia básica subyacente en todas las cosas. Por esta razón, era considerada como la base del proceso de transformación. Como un autor alquimista lo expresa, “… los metales no pueden ser transformados en oro o en plata si antes no han sido reducidos a su materia prima”. (1) 

Ahora, para los propósitos de nuestra discusión, es importante apreciar que la idea de reducir la variedad de sustancias del mundo a una sustancia no es dada por los sentidos. Debe ser pensada. Inocente de la parsimonia concentrada de la mente (aunque totalmente asistida por los conceptos sintéticos a priori e intuiciones discutidas por Kant), los sentidos nos transmiten la impresión de un mundo que es diverso y múltiple. Y después de esto, la psique que busca semejanzas enciende una luz en medio de esta diversidad. Dibujando comparaciones entre una cosa y otra, esto nos permite discernir qué cosas son semejantes. Pero estas formas emergentes de conocimiento aún no son el darse cuenta supremo que puede pensar la cadidad de cada cosa finita a la luz de su ser al mismo tiempo un momento de lo infinito, una manifestación del todo. En este sentido la consciencia debe ser adquirida a través del trabajo de su noción constitutiva. Y para que tal opus tenga éxito debe comenzar con una substancia, o más bien, con una concepción de substancia, a la cual podemos referirnos de diferentes maneras como el sujeto, consciencia, espíritu, mente y alma que ya está presente, o al menos incipiente. 

Surge una cuestión. ¿La materia prima es construida o encontrada? La similitud de esta pregunta a aquella que ha sido enarbolada por D.W. Winnicott trae a nuestra discusión resonancias del psicoanálisis contemporáneo. A través del trabajo de Winnicott, el psicoanálisis ha llegado a conocer la materia prima del hacer alma por los nombres de “objeto transicional” y “fenómenos transcionales” (2). Al observar niños jugando con un objeto favorito (o en otro nivel enteramente distinto, un hombre participando en su religión y cultura (3)), nos vemos tentados a preguntar—¿dónde fueron creados o descubiertos esos objetos? Vagamente conscientes de que hacer tal pregunta sería llevar sobre el proceso el tipo equivocado de iluminación, instintivamente sabemos que no debemos decirlo. Ocurrió lo mismo con los alquimistas. Hablando de ambas posibilidades (mientras dejamos la pregunta sin responder), algunos autores hablan de crear la materia prima, mientras que otros hablan de encontrarla. El siguiente pasaje es representativo de la última posibilidad: 

“Esta Materia yace ante los ojos de todos; todo el mundo la ve, la toca, la ama, pero no la conocen. Es gloriosa y vil, preciosa y de poco valor, y se encuentra por todas partes… Para ser breves, nuestra Materia tiene tantos nombres como cosas hay en el mundo; esta es la razón por la cual los necios no lo conocen.” (4) 

Dijimos arriba que la dialéctica puede comenzar con cualquier cosa. En relación a este punto mencionamos los objetos vitales del espacio transicional. Si aquellos son los juguetes de los niños, las formas de la vida cultural de la humanidad, o una preocupación acerca de enlodar las aguas, entonces sabemos que pueden ser inmensamente variados. De acuerdo con esto, la materia prima es descrita en el pasaje del texto alquímico que hemos citado como siendo absolutamente ubicua. Teniendo “tantos nombres como cosas hay en el mundo”, también se “encuentra por todas partes”. Una implicación de esto es que el objeto o la cuestión que nos ocupa—cualquiera que pueda ser—debido a su absoluta finitud o particularidad es elevada al poder de lo infinito. Subrayando esto, la naturaleza dialéctica de la materia prima, el alquimista asevera que “es gloriosa y vil, preciosa y de poco valor…”. 

Antes de pasar al siguiente momento en lo que hemos llamado la dialéctica de la interpretación, permítanos examinar brevemente otra descripción alquímica de la materia prima. Como se advertirá inmediatamente, este pasaje, representativo de aquellos que hacen referencia al hacer la materia prima (5), ha sido escogido de acuerdo a su semejanza al principio interpretativo de Jung, “Por encima de todo, no dejes que nada de afuera, que no le pertenezca, entre en ella, porque la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita’” (6). En este pasaje también está bien expresada la latencia del objetivo del opus—el lapis o piedra filosofal—en el material inicial. 

“En lo que respecta a la Materia [Prima], es una; y contiene dentro de sí misma todo lo que es necesario. … De la misma manera Arnold de Villa Nova escribe en su ‘Flower of Flowers’: ‘Nuestra piedra está hecha de una cosa, y con una cosa’. En el mismo sentido le dice al Rey de Nápoles: ‘Todo lo que está en nuestra piedra es esencial a ella, no necesita ningún ingrediente foráneo. Su naturaleza es una, y es una cosa.’” (7) 

Este texto necesita poco en vías de su elucidación. Solo procurare reflexionar sobre el principio interpretativo de Jung a la luz de éste. La advertencia de Jung—“por encima de todo, no permitas que nada de afuera, que no le pertenezca, entre en ella”—puede sugerir alguna clase defensiva de cierre. En su revisión de la autobiografía de Jung, Winnicott objetó ante el cierre que sintió que estaba implicado por el interés de Jung en los mándalas (8). Algo del mismo orden se puede sospechar aquí—quizá un miedo de contaminación o penetración. Pero esto sería leer a Jung débilmente. Comprendida más profundamente, la advertencia retórica de Jung es una presentación negativa de la idea de inclusión. Siguiendo el movimiento dialéctico inherente en su frase, podemos decir que nada de afuera puede entrar, no porque algo se mantenga fuera, sino porque la distinción entre adentro y afuera ha sido superada. La materia prima “es una; y contiene dentro de sí misma todo lo que le es necesario”. De manera semejante, para Jung “la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita’”. Esta concepción, esta actitud, es en sí misma la retorta o el vas alquímico. A diferencia de un recipiente de cristal real, el cual tiene un interior delimitado, positivo, que contiene solo aquellos contenidos que ponemos literalmente dentro suyo, la vasija nocional que es indicativa de la psicología está constituida por nuestro pensar en cada caso la unicidad de la materia prima o del asunto a mano que nos concierne a la luz de sus diferentes momentos. Pasando a una formulación de Hegel que Giegerich ha trasladado a la psicología, podríamos decir de la materia prima, el vas, y la piedra lo que el filósofo dice de lo absoluto cuando lo define como “la identidad de la identidad y la no-identidad” (9). La identidad de la identidad y la no-identidad es a la vez una definición de la materia prima y de la piedra filosofal, del principio y el final a la vez. La ultima formulación de cómo está constituida la verdad de acuerdo a la filosofía de Hegel, es también el juguete de niños. 

Auto-Contradicción y Negación

Hay muchos enfoques que podemos tomar al discutir este momento de la dialéctica, tantos como puntos de inicio hay para la dialéctica en sí misma. Habiendo dicho esto, y con el interés de mantener presente en nuestras mentes el ya mencionado movimiento más allá de Kant a Hegel, propongo que examinemos brevemente un pequeño ejemplo del trabajo auto-contradictorio de lo negativo que está en juego en esta importante transición. 

La filosofía crítica de Kant, como he señalado en la lectura previa, ha sido caracterizada como una “revolución copernicana”. Sin embargo cuando esta afirmación es tomada como nuestra prima materia encontramos que no se sostiene. El quid del asunto es simplemente éste: tan radical como indudablemente fue la revolución kantiana en su psicologización de la metafísica que lo precedió, permaneció conservadora al continuar manteniendo los principios de identidad y de no-contradicción (10) que han sido los pilares del razonamiento filosófico desde Aristóteles (11). A la luz de esto, surge la cuestión: ¿cómo puede una revolución, especialmente una revolución tan radical como sugiere el epíteto “Copernicana”, permanecer conservadora? ¿No hay aquí una contradicción, incluso una negación, de la afirmación superlativa del epíteto? Esto es ciertamente lo que Hegel podría argüir y de lo que trata el movimiento más allá de Kant (como el exponente más reciente de la lógica tradicional) hacia la dialéctica de Hegel. 

Ahora, el punto aquí, es importante enfatizarlo, no es derribar a Kant señalando de una manera no dialéctica o pre-hegeliana que la contradicción y la no-identidad figuran en su trabajo; más bien, es tenerlos—contradicción y no-identidad—en consideración. La rigurosidad de Hegel y su re-introducción de largo alcance de la tradición dialéctica de la filosofía dentro de la filosofía de su tiempo constituyen una expansión radical del alcance de la mente más allá de los límites puestos por la lógica formal y por la razón iluminista. Y esta expansión fue llevada a cabo por un rescate y conservación que la lógica tradicional quería rechazar de forma no dialéctica. Así como la piedra que los constructores rechazaron se convirtió en la piedra angular del nuevo templo, de acuerdo a lo dicho por Cristo, de la misma manera el edificio hegeliano del pensamiento dialéctico se constituye de lo que los constructores del viejo templo de la lógica tradicional habían considerado como señales de error descartando la contradicción y la no-identidad. (12) 

Esto, desde luego, es condensar enormemente un movimiento con muchos matices. Pintando con brocha gruesa, he descuidado el reconocimiento que brindó Kant en su sistema a la contradicción y a la dialéctica. Permítanos tocar esto al menos de pasada. 

Apreciando el logro de su predecesor, Hegel pago tributo a Kant por ser aquel “que más que cualquier otro, … resucitó el nombre de Dialéctica, y le restauró su puesto de honor” (13). Esto, de acuerdo con Hegel, Kant lo hizo “… desarrollando las Antinomias de la razón” (14). Pero para Kant, las antinomias en las cuales la razón se encuentra en contradicción consigo misma (antinomias tales como “el mundo es limitado en tiempo y espacio a la vez que infinito” y “la materia está hecha de partículas discretas y además tiene una composición continua”) no se pueden reconciliar. Y más aún, es por cuenta de estas irreconciliables dialécticas que llegó a la conclusión de que no podemos conocer como es la realidad en sí misma, sino sólo como se nos aparece. 

Ahora, para Hegel era intolerable la idea de que tenemos limitaciones respecto al conocimiento de la realidad por medio de una imagen del mundo fenoménico constituida por las propias “ilusiones dialécticas” de la mente—y “la revolución copernicana” de Kant más como un eclipse que como una revolución (15). Tomando esta problemática como su prima materia, Hegel pensó reflexivamente las antinomias que Kant había reconocido en ellas misma, insistiendo en que podían ser reconciliadas. El problema de Kant, en su perspectiva, fue que cada una de las antinomias o “momentos de oposición” fueron tomados por él “en aislamiento del otro”, cuando, para una más genuina concepción, “… ninguna de esas determinaciones tomadas de forma solitaria, son verdad; pertenecen solo a su unidad” (16). La revolución real no estaba en el mero reconocimiento de la antinomia o la contradicción, por importante que fueran. Como lo acabamos de discutir, no conduce a una revolución, sino a un eclipse. No, el más radical, o como lo llamó un estudioso de Hegel, el más radical movimiento “alucinante” (17) es pensar en términos de las mismas auto-contradicciones y no-identidades que tradicionalmente habían invalidado una proposición, descalificando un pensamiento. 

Ahora podemos regresar a la línea principal de nuestra discusión. Cuadrando a la psicología con la piedra angular hegeliana de la auto-contradicción y no-identidad (o más precisamente con la piedra angular que se encuentra en la definición de Hegel de lo absoluto como “la identidad de la identidad y la no-identidad”), Giegerich enfatiza que la dialéctica de la interpretación se esfuerza por desentrañar contrarios internos, y no el choque de dos o más posiciones independientes. Comenzando con una cosa o una posición, la dialéctica no piensa en términos de una relación externa de uno a algún otro ajeno o de alguna manera independiente (el pensamiento, por supuesto, puede pensar en sí mismos fenómenos externamente relacionandos cuando está en juego la lógica de tales fenómenos). Más bien, como lo acabo de mostrar con respecto a la caracterización inventada de la filosofía de Kant como habiendo efectuado una “revolución copernicana”, socava la auto-identidad ingenua de la posición inicial discerniendo dimensiones auto-contradictorias al mismo tiempo que piensa en términos de estas antinomias de su razón. 

Ilustrando sucintamente este momento auto-contradictorio o negativizador de la dialéctica, Giegerich discutió en su lectura de ayer el fenómeno de querer algo. Su materia prima en este ejemplo fue simplemente la definición de querer tal como sería dada por la lógica tradicional. Definido en términos del principio de identidad—para el cual “todo es lo que es y no es otra cosa” (18)—el querer no es otra cosa que nuestra libertad humana, pura y simple. Así como todos los solteros no son hombres casados, de la misma manera el querer es sinónimo de la idea de libertad. Pero como Giegerich mostró con su ejemplo de tener lo voluntad de completar un grado avanzado, la libertad que manifiesta tal querer, en tanto que nos importa nuestro estudio, puede requerir tal trabajo y sacrificio duro que nos encontramos siendo esclavos. Expresándolo de una manera que está enteramente acorde con la fórmula de Hegel de lo absoluto como la identidad de la identidad y la diferencia, Giegerich afirma que 

“…volver a la escuela implica la contradicción entre mi libre elección Y mi obediencia al ‘tener’ que implica mi elección. Al querer soy a la vez libre y esclavo. La voluntad es la capacidad humana de ser, dentro de uno mismo, la unidad de la unidad y la diferencia, del gobierno que legisla y el sujeto sometido por las leyes prescritas por ese gobierno. Para la mente cotidiana, la voluntad es una cosa unitaria. Eso es todo. Es simplemente uno de los constitutivos últimos de la psique humana. Pero si uno la abre y mira en su interior, ve, como en un reloj, sus ‘partes en movimiento’, su ‘motor’ interno: la complejidad interior de la vida lógica auto-contradictoria que ello es y como la cual ello es.” 

La discusión de Giegerich del esclavo como la auto-contradicción y, por consiguiente, el otro interno de la idea de querer, nos puede hacer pensar en los muchos otros internos que encontramos en nuestros sueños. En ninguna otra parte es más aparente la conmovedora unidad de identidad y diferencia que en nuestras producciones oníricas (19). Solo por “consultarlo con la almohada”, como solemos decir, las posiciones auto-idénticas y concretamente abstracta de nuestro día, despliegan dialécticamente su vida lógica auto-contradictoria en una diversidad de extraños compañeros de cama. Un estudiante (podemos imaginar, más allá de la discusión de Giegerich) puede de hecho soñar con un esclavo. Abrazando este otro como a él mismo (Jung habló de la interpretación del nivel subjetivo), hallará que es capaz de abocarse al trabajo. En sueños subsecuentes, también pueden aparecer otras figuras indicativas de dimensiones más remotas de la tarea a mano. Inmerso en el bosque de su búsqueda, el estudiante es como un naturalista observando la flora y la fauna de algún rincón agreste del mundo y sueña con su compromiso en esos términos (20). O nuevamente, habiendo completado su lectura preparatoria, el estudiante sueña con un enorme barco que navega con un vasto sistema de aparejos. Reconociendo en este barco el otro de su queja identificada con el ego acerca del sentirse “saturado”, también encuentra que la inspiración se acelera dentro de él como el despliegue de una vela en un poderoso viento (21). Y esto por no decir nada de las cuestiones sustanciales de su propia tesis con la que al mismo tiempo puede estar lidiando dialécticamente en sus sueños. 

Impresionado por su multitud de figuras, Jung consideró al sueño como la representación del hombre tal como le aparece ante si bajo el aspecto de la eternidad—sub specie aeternitatis (22). Hegel, con mucho más que solo sueños en mente, habló de una manera similar de mediación e infinito interno. Mimético a los sueños, el despliegue auto-contradictorio de cualquier materia prima dentro de las figuras que son sus otros, media la totalidad de dicha materia incluso si ésta se incrusta en lo que de otro modo sería una mera abstracción (v.g., una identidad sin la diferencia que es su otro) en el plenum de su contexto real y existente. Tal como Hegel lo expresa, “La verdad es en consecuencia el torbellino báquico en el que no hay miembro que no esté ebrio; y porque cada uno, tan pronto como se desprende de sí mismo, se disuelve inmediatamente―el torbellino es apenas trasparente y calmoso” (23). 

Antes de virar al siguiente momento en la dialéctica, quiero compartir brevemente con ustedes un número de citas de autores de importancia para la tradición de la psicología profunda que son pertinentes a las ideas que hemos tocado arriba en esta sección. 

La primera es un pasaje de Samuel Taylor Coleridge, el poeta-filósofo al que se le ha acreditado haber acuñado el término “psicoanálisis” casi cien años antes que Freud. Razonando con referencia a lo que él variadamente llama lo Total, yo soy, espíritu, si mismo, y auto-consciencia, Coleridge escribe, 

“… es un sujeto que llega a ser sujeto por el acto de construirse objetivamente a sí mismo; pero el cual nunca es un objeto excepto para sí mismo; y solo en tanto que por el mismo acto se vuelve un sujeto. Esto puede ser descrito por consiguiente como una perpetua auto-duplicación de uno y el mismo poder en objeto y sujeto, los cuales se presuponen mutuamente, y sólo pueden existir como antítesis.” (24) 

Una segunda amplificación viene de Jung. Escribiendo de un modo similar a Coleridge, el psicólogo enuncia que “… en la experiencia religiosa el hombre llega a estar cara a cara con un Otro psíquicamente abrumador”. Unas pocas líneas después continua, “Solo algo abrumador, no importa que forma de expresión use, puede desafiar al hombre entero y forzarlo a reaccionar como un todo” (25). Claramente, el otro referido aquí, en la medida en que compele al hombre a actuar como una totalidad, es el propio otro del hombre, su otro interno. Y esto es así, es importante agregar, incluso cuando su forma de expresión es la de un otro externo empíricamente existente. Como la unidad de identidad y diferencia, un modo de pensamiento inclusivo, un modo de pensamiento-todo-a-la-vez, la dialéctica supera la distinción entre externo e interno. Invirtiendo esta relación, la interioridad, en tanto que constituida por la dialéctica, ya no está en el interior o rodeada por la exterioridad de las cosas. De hecho, se puede incluso decir que ya no hay más exterioridad. Porque al reflejar todo lo externo dentro de sí mismo (lo cual es decir también, por bosquejar las auto-contradicciones que contrastan la auto-idéntica identidad de cada posición o cosa), la dialéctica inaugura una forma absoluta de interioridad o de intensidad profunda. 

Algunos pasajes adicionales de Jung vienen a la mente. Escribiendo con respecto a la psicología de la transferencia, Jung dice: 

“El ser humano que no está en relación carece de totalidad, porque sólo puede conseguir la totalidad a través del alma, y el alma no puede existir sin su otro lado, el cual siempre se encuentra en un ‘tu’. La totalidad es una combinación de yo y tú, y esto muestra que ellos son parte de una unidad trascendente cuya naturaleza sólo puede ser comprendida simbólicamente ….” (26) 

Aquí no se está hablando de una relación externa, sino de una relación interna que se ha desplegado a si misma a través de un otro externo o, que es puesto en relieve en el siguiente enunciado de Jung, como un otro externo: 

“El alquimista incluso va tan lejos como para decir que el corpus, anima, y spiritusde la substancia arcana son uno, ‘porque todos provienen de lo Uno, y son de lo Uno, y están con lo Uno, lo cual es la raíz de sí mismo’.” (27) 

Relacionando esto con los “aspectos sexualmente seductores” de la transferencia, que “siempre están tratando de entregarnos al poder de una pareja en quien parece que se combinan todas las cualidades que han fallado en realizarse en nosotros”, Jung escribe en otra sección del mismo trabajo: 

“Por lo tanto, a menos que prefiramos ser tomados por bufones de nuestras ilusiones, debemos, analizar cuidadosamente cada fascinación, extraer de ésta una porción de nuestra propia personalidad, como una quintaesencia, y lentamente llegar a reconocer que nos encontramos a nosotros mismos una y otra vez en miles de disfraces en los caminos de la vida.” (28) 

La intuición de Jung aquí—de que repetidamente nos encontramos a nosotros mismos en otros—se aplica también a figuras remotas, interculturales. En las descripciones de esas figuras de lo otro que él llamo el ánima, Jung describe esta figura arquetipal como apareciendo a menudo en la forma de una mujer de otra cultura o de una época histórica anterior (29). De manera similar, en una frase que puede ser leída como una alusión a su noción de inconsciente colectivo, Jung afirma que nuestra “creciente familiaridad con el espíritu de Oriente debería ser tomado meramente como un signo de que estamos comenzando a relacionarnos con elementos ajenos dentro de nosotros mismos” (30). Seguramente esto resuena con la idea de Hegel de la identidad de identidad y diferencia. 

Permítanos permanecer con Jung un poco más. El despliegue dialéctico del uno en los otros que presentan los diferentes momentos de su verdad es efectuado, como lo discutimos arriba, a través de la auto-contradicción o negación del punto de inicio ingenuamente idéntico a sí mismo. Capturando algo del movimiento dialéctico en una alegre frase, Jung escribe, “el individuo puede esforzase por la perfección … pero debe sufrir por parte de lo opuesto a sus intenciones por el bien de su completitud” (31). En la terminología de Jung, la dinámica aquí es la de la compensación. El inconsciente, para Jung, permanece en una relación compensatoria con la consciencia. Cuando la actitud de la consciencia es demasiado estrecha en su auto-identidad, o como Jung podría decir, muy unilateral, es compensatoriamente frustrada, contradicha y negada por los otros que crea alrededor de sí misma aunque sólo sea para excluirlos. “Y aunque yo niegue esto mil veces”, escribe Jung de “los Hermanos oscuros inesperados”, los cuales el occidente cristiano encuentra en otras creencias, “también están en mi” (32). Y es por lo que la historia bíblica sitúa a los Reyes Magos del Oriente en el pesebre del nacimiento de Cristo. Lo verdaderamente absoluto es la unidad de identidad y diferencia, de individual y universal, de establo y estrella. 

Las nociones que hemos estado discutiendo en esta sección—auto-contradicción, negación, la unidad de identidad y diferencia, infinitud interior, y el torbellino báquico—ahondan nuestro entendimiento, no solo de los sueños y las transferencias, sino también de los síntomas. Nuestros síntomas son a la vez auto-contradictorios, agentes negativizadores a través de los cuales el alma se transforma a sí misma y la presentación del alma misma ante sí misma como su propio otro. 

Hablando sobre el síntoma como el punto inicial del psicoanálisis, Freud lo caracteriza como “una cosa que es más ajena al ego que cualquier otra en la mente” (33). Jung, por su parte, tiene una visión parecida. Es Hillman, sin embargo, con su noción de “patologizar” el que hace más por el despliegue dialéctico, o “desmoronamiento” [falling apart] como él lo llama, de la unidad en muchos a través de la formación de síntomas. Permaneciendo con lo que hemos llamado la acción negativizadora de auto-contradicción, Hillman define el patologizar como “la habilidad de la psique autónoma para crear enfermedad, morbilidad, desorden, anormalidad y sufrimiento en cualquier aspecto de su comportamiento y para experimentar e imaginar la vida a través de esta perspectiva deformada y afligida” (34). Como el estadio del opus alquímico conocido como la putrefactio o mortificatio, el patologizar es una corrupción transformadora o la disolución del punto de partida ingenuo A = A auto-idéntico. 

Nuestros sueños, transferencias, y síntomas son para el punto de vista hegeliano: La exégesis de lo uno revela dialécticamente el propio otro(s) interno. En y a través de las varias auto-contradicciones que emergen en este y otros fenómenos, la materia prima se presenta a sí misma para sí misma como un otro o como una serie de otros. (35) 

Negación de la negación

En Así habló Zaratustra, el otro de Nietzsche, el Zarathustra dialéctico y sabio, declara: “Siempre una vez uno—a la larga se vuelve dos” (36). Citado en el contexto presente, este adagio captura sucintamente la esencia de lo que hemos venido discutiendo hasta ahora, v.g. el despliegue dialéctico de una proposición o punto de partida inicial en términos de su(s) otro(s) no-idéntico o auto-contradictorio. 

También llamada negación simple o primera, este despliegue dialéctico de lo uno en dos es una experiencia muy familiar. En el idioma de ésta época se lo conoce con buen humor como “La ley de Murphy”. Reconociendo el trabajo de lo negativo a través de nuestras vidas, este simple coloquialismo dice que “si algo puede salir mal, seguramente saldrá mal”. 

Ahora nuestra tarea en esta sección es elucidar el movimiento más allá de la negación simple, tan acertadamente resumido en la ley de Murphy, lo que en la dialéctica de Hegel es llamado la negación de la negación. Pero primero permítannos permanecer un poco más con lo que se conoce como la negación simple. Aunque este momento de la dialéctica fue el tópico de la sección anterior, es crucial para tener una comprensión segura de ella emprender antes la discusión de su negación subsecuente—o cuando el pensamiento está totalmente desplegado, simultáneamente. 

Resumiendo brevemente, podemos decir que la consciencia inicial, en su naiveté, clama por conocer el mundo, o el rasgo del mundo que está en juego, inmediatamente, o como Giegerich lo propone a menudo, “tal cual como se presenta”. Sin embargo, reflejando como mucho una verdad parcial, esta posición pronto tiene problemas con su propia trayectoria en la medida en que lo que ha afirmado como su alcance se puede contradecir por su comprensión realmente más limitada. Las anomalías emergen, aparecen callejones sin salida, los síntomas afligen. Recordando nuestra discusión anterior de Kant, podemos agregar que en casos donde la posición inicial ha tenido la forma de un juicio sintético, este juicio es cancelado por otro que tiene el significado opuesto. Puesto que, cuando se confrontan entre sí, ambas consideraciones no pueden al mismo tiempo ser verdad (la consciencia aún es incapaz de pensar la unidad de identidad y diferencia), ciertamente es negado. 

Ahora permítanos agregar algún color a nuestra exposición de este primer nivel simple de negación. Acorralada por la contradicción, la consciencia puede reaccionar poniendo la caravana en círculo, ¡lo mejor para mantener a los indios fuera! O sobresaltado en su certidumbre tipo A = A, puede revisar obsesivamente sus pertenencias, a la manera del miserable Scrooge, para asegurarse de que nada se haya extraviado, perdido. Jung hablaba en esta conexión de una “adherencia conservadora a la actitud anterior” (37). Alternativamente, o en consecuencia de lo mencionado arriba, habiendo fallado las resistencias, la consciencia puede aceptar la negación, aunque sólo sea de una manera que todavía es indicativa de la mentalidad-inmediata de su modo anterior de conocimiento. Parafraseando un término usado por Aristóteles, Jung se refiere a ésta dinámica como una enantiodromia. Yendo hacia atrás (podemos pensar aquí en la perdición del héroe trágico), la consciencia simplemente se da la vuelta hacia el punto de vista opuesto del que previamente había mantenido. Donde antes había estado caracterizada por una certidumbre auto-idéntica, de la misma manera ahora se ha vuelto incertidumbre auto-idéntica. La imagen aquí es la del viejo escéptico, el cínico resentido, o aún más claramente, la del ex-creyente inflexible, el que ahora es fundamentalista en su ateísmo como anteriormente lo había sido en su teísmo. 

¿Horror tras la contradicción, acumulación de cabezas? Podríamos preguntarnos, más bien, ¡si la guillotina de la negatividad ha siquiera cortado alguna! Incapaz de sostener su afirmación inicial de que A es idéntico a A y de que todo está bien en el mundo, y con la esperanza de permanecer bien atrás del borde cortante que ha descubierto en su propio cerebro, la consciencia se identifica rápidamente a si misma con la contra-posición amenazante de que A no es igual a A y de que no todo está bien en el mundo. Esta pérdida aparente de la visión previa basada en la identidad, sin embargo, difícilmente puede ser llamada con diferencia una comprensión real. Una defensa contra la diferencia (Anna Freud habló de “la identificación con el agresor”), es más bien como una minimización de la afirmación inicial. Estoicamente parece admitir separarse a sí mismo de la diferencia, y algunas veces incluso dedicarse a ejercicios espirituales para mantener su ecuanimidad frente a su otro doppelgangeriano, la consciencia se aferra subrepticiamente al principio de identidad, aunque solamente en la forma de lo que podría ser descripto como una auto-similitud agorafóbica. 

Permitamos examinar esto aún un poco más de cerca. Habiéndose retirado por medio de la primera negación del modo “tal-cual-como-se-presenta”, al que había estado identificada anteriormente con sus contenidos, la consciencia ha comenzado, aunque solo mínimamente, a volver a casa a sí misma como negatividad, auto-consciencia, reflexividad, y duda. Esta negatividad y auto-consciencia llena de duda reflexiva, sin embargo, aún es solo el reverso de la posición positiva previa. Como tal, la posición que ahora representa depende de la mediación que la posición que se ha llegado a rechazar continúa proporcionando, aunque sólo sea a través de su haber sido negada. Esta es una contradicción. No más de lo que Scrooge podía disipar con invectivas embaucadoras los fantasmas que lo visitaban en Nochebuena, la primera negación puede disipar las posiciones―pasado, presente y futuro―como las cuales continúa el trabajo de lo negativo. Tampoco puede la pequeña muerte donde la primera negación le había dado a la consciencia el derecho de clamar, con inmediata licencia shakespeareana, que “La muerte una vez muerta, no puede morir más” (38). Al igual que un poema no hace a un poeta, así se necesita no una negación sino muchas para que la consciencia llegue a casa en su otro tal como es en sí. 

Ahora podemos regresar más directamente al tema de esta sección, la negación de la negación. En The Soul’s Logical Life, como en su lectura de ayer, Giegerich marca el punto sutil, pero importante, de que la negación de la negación es un proceso más discreto que el choque dramático que provoca una primera negación (39). Tomando en consideración este punto, podemos recordar, a modo de contraste, las descripciones mucho más ruidosas que da Jung de lo que llamaba la relación compensatoria entre el consciente y el inconsciente. Como es descrita por Jung, las compensaciones que reparte el inconsciente son a menudo estruendosamente ruidosas. Hablando de esto en términos religiosos, presenta la idea de que Dios puede ser conocido en lo que sea que nos moleste o agobie—en un afecto, quizá, o en algún evento que nos sobrevenga, ya sea que venga de dentro o de fuera: “El quiebre de la mente [Dios] ha sido lo más fuerte psíquicamente, capaz de sacar de su railes tus propósitos conscientes, frustrándolos fatalmente y ocasionalmente haciéndolos picadillo” (40). Ahora ya no hay duda que la compensación de la clase que Jung describe aquí ocurre, o que en el “camino de la individuación” el ego tendrá que asumir su parte de palizas. La “experiencia del sí mismo”, escribe Jung, “es siempre una humillación para el ego” (41). El punto que debe ser comprendido en este seminario, sin embargo (y comprendiendo esto podemos comenzar a ver el movimiento que Giegerich ha llevado más allá de Jung), es que incluso un millón de compensaciones no pueden producir la negación de la negación, pues mientras parece abrazar su negación en la compensación que recibe del Sí Mismo, el ego continúa preservando sus preocupaciones esenciales de la negación proyectándolas más allá de sí como un otro idealizado, su Sí Mismo. En su supuesta derrota lo más que puede decir es mea culpa, soy culpable. Yo, como un ser humano falible, he fallado en ser un buen cristiano o analista o lo que sea. Al decir esto, sin embargo, la consciencia se preserva en buenos términos de la crítica. (42) 

Una distinción puede ser de ayuda aquí. En sus artículos, Giegerich frecuentemente distingue entre lo “semántico” o el nivel del contenido de la consciencia y el nivel “sintáctico” de su estructura o forma general. El cambio en el nivel semántico meramente implica un cambio entre los contenidos de la consciencia a la luz de haberlos contradicho de alguna forma. Este cambio, sin embargo, tan extenso como pueda ser en muchos casos, no plantea ningún desafío para la forma de la consciencia. Es decir, aún ninguno de sus contenidos se ha convertido en la paja que rompe la espalda del camello. En la negación de la negación, por contraste, la espalda del camello está rota, la estructura de la consciencia se ha desgarrado. 

Ahora permítanos deslizar aquí la palabra “teología” como un sinónimo a consciencia en el nivel sintáctico. Representado teológicamente, el enunciado, “Yo … [he] visto tribulación bajo la vara de Su ira” (43), caracteriza acertadamente el momento de la dialéctica que hemos estado llamando la negación simple. En este escenario el ego es trastocado desde su punto de vista parcial y sus ilusiones de tal manera que sufre lo que Jung llama la violencia de lo que le es causado por el Sí Mismo. La negación de la negación, sin embargo, ocurre en un plano completamente distinto. En lugar de ser algo que nos ocurra dentro de nuestro proceso de individuación y teología, haciéndonos gritar o rechinar nuestros dientes, éste es sobrio, y aún más radicalmente, es un proceso que es padecido por nuestra teología, v.g., es una negación lógica. “Estamos viviendo realmente en el tiempo de la división del mundo y la invalidación de Cristo”, escribe Jung, tocando esta negación más radical en una carta a Fr. Víctor White. (44) 

Más como un Dios agonizante que como un ego que ha conocido la ira de la compensación inconsciente, la consciencia comienza a separarse de su trono de certeza A = A (¡“yo soy lo que soy”!) y se hunde. Representando este momento de colapso sintáctico en la figura de Apolo convocando a Mnemosine mientras muere, Keats escribe: 

Pronto salvajes conmociones lo sacudieron, e hicieron arder Toda la hermosura inmortal de sus miembros; Mas como la lucha ante las puertas de la muerte; O como quien todavía debe despedirse De la inmortal pálida muerte, y con angustia Tan ardiente como el frío de la muerte, con feroz convulsión Muere en vida …. (45) 

Fiel al momento de la dialéctica que intentamos elucidar aquí, la primera negación, lo que Keats dice es “como la lucha ante las puertas de la muerte”, es seguida por una segunda que es “como quien todavía debe despedirse de la inmortal pálida muerte”. Que este ‘despedirse’ o ‘apartarse de’ de la primera negación es en efecto la obra de una negación de segundo orden es evidente en la sublación que se produce en la frase final: “Morir en vida …”. 

Ahora, desde luego, la mera mención de la agonía del Dios trae a la mente la declaración de Nietzsche sobre la muerte de Dios. Esta, podría pensarse, es representativa de la negación de la negación. El comentario de Giegerich con respecto a la discreción de la sublación, negación de segundo orden, sin embargo, nos ayuda a discernir que este no es el caso. La negación de la negación tiene un tono emotivo completamente diferente que aquel que viene tras el espectacular anuncio del filósofo. Aludiendo a las categorías kleinianas, podemos decir que en contraste al triunfante tono paranoide de Nietzsche, la negación de la negación es más depresiva y triste. Lejos de convertirse en algún superhombre nietzscheano, la consciencia es humillada al saberse a sí misma la unidad de la identidad y diferencia de lo humano y lo divino. (46) 

Basándose en metáforas alquímicas, Giegerich compara la negación de la negación con esas fases del opus en el cual la transformación toma lugar vía putrefacción fermentadora y corrupción interna. Reconociéndose a sí misma en su otro contradictorio, la consciencia llega a la dolorosa comprensión de que se ha quejado demasiado alto en su posición inicial. Con esta comprensión, como propone Hegel, se vuelve una “consciencia infeliz”. Rebajándose ante la idea de su antigua honradez e ingenuidad, empieza a colapsarse desde dentro y a hundiese. Esta vergüenza, no obstante, es una vergüenza superior, el comienzo de su sublación. (47) 

En este punto vienen a mi mente dos representaciones pictóricas ilustrativas de este momento de colapso sublado. Una es de un sueño que escuché hace muchos años atrás; la otra de un mito griego. 

En el sueño, la figura del soñador le habla a su hermana de una manera verdaderamente autoritaria acerca de las fases de la luna. La hermana, sin embargo, no está convencida de esta descripción. Irritada por esto, la figura del soñador reitera lo dicho en una manera más pedante, incluso intimidante. Esto ocurre varias veces, hasta que finalmente la hermana accede a esta descripción, ¡momento en el cual aparece otra luna! Junto con esta segunda luna contradictoria viene la sensación de que incluso pueden aparecer lunas posteriores, quizá incluso un número infinito. El impacto que esto tiene sobre el ego del sueño es considerable. Basta decir que ya no tenía más lecciones para dar. Mientras que la primera negación―v.g. la duda de su hermana acerca de lo que él le estaba diciendo―solo lo inspiró a dar una descripción más detallada, la aparición de la segunda luna fue verdaderamente humillante como para forzar a la figura del soñante a admitir que la sintaxis cósmica del cielo nocturno ya no era más lo que él sabiondamente pretendía que era. (48) 

El mito griego que también viene a mi mente en relación a la negación de la negación es el cuento del desmembramiento de Penteo. Tan carente de lo que Keats llamó “capacidad negativa” (49) como lo fue la figura del soñador en el sueño que acabamos de discutir, la consciencia en la figura de Penteo, un rey de Tebas, se resiste a la introducción de la alabanza de Baco en su reino. Esta resistencia, sin embargo, pronto se vuelve el opuesto de sí mismo. Dialécticamente agraviado por contradicciones, Penteo descubre que las mujeres de su reino, su madre Agave y sus hermanas entre ellas, habían abandonado sus obligaciones domesticas para unirse a la hedónica turba del dios. Con el objetivo de seguir a las mujeres y espiarlas, el rey, incitado por Baco, se disfrazó de mujer. Tan pronto como vistió el atuendo de las ménades, sin embargo, la locura del dios lo poseyó y comenzó a ver doble. Mirando al sol (aun cuando el ego del sueño en nuestro sueño había mirado hacia la luna) él no ve un ardiente orbe, sino dos. La misma duplicación ocurre con respecto a su ciudad, Tebas, y hacia las partes de su propio cuerpo. Idénticos entre ellos, al mismo tiempo están separados, es decir, son lógicamente diferentes aunque perceptivamente aunto-idénticos. Cuando Penteo subsecuentemente encuentra a las mujeres, este movimiento duplicado, encubiertamente idéntico se vuelve absoluto. Mientras observa a las mujeres retozando desde la copa de un árbol, el rey es descubierto por su madre. Observando a su hijo como su otro (esto es, como Baco en forma animal), la enloquecida Agave lo arrastra hacia abajo desde su posición elevada y le arranca miembro a miembro con la ayuda de las otras ménades. 

Pienso que esto es muy parecido a lo que Hegel dijo en el pasaje anteriormente citado cuando aludió a este ritual iniciático de desmembramiento, representado famosamente por Eurípides en The Bacchantes, de que la verdad es “el torbellino báquico en el que no hay miembro que no esté ebrio”. En efecto, la segunda parte de este pasaje—“y porque cada uno, tan pronto como se desprende de sí mismo, se disuelve inmediatamente …”—parece señalar directamente al Penteo disociado observando desde su copa del árbol. Tropezando con este motivo el consenso junguiano le ha dado a menudo una lectura débil y moralista, como por ejemplo cuando se considera el desmembramiento de Penteo como el destino que el ego patriarcal ha preparado para sí mismo a través de su descuido de lo femenino (50). La frase conclusiva de Hegel, sin embargo, sugiere una lectura más dialéctica. Pensando la unidad de la identidad (Penteo) y la diferencia (Baco y las ménades), Hegel considera que “el torbellino es tanto como un reposo simple y transparente” de por sí es orgía báquica o torbellino. Transponiendo esta fórmula en los términos figurativos del mito, podríamos decir con Giegerich que Penteo, Baco, Agave, y el resto son momentos sublados de una idea que el mito despliega. Así como la psicología es la unidad de psyche y logos, así una lectura psicológica del mito piensa la sicigia de alma y espíritu incluso cuando sigue “el despliegue ‘analítico’, en forma pictórica, de las complejidades internas, la dialéctica viviente, del punto de vista de la psicología”. (51) 

Otra línea de Hegel nos ayuda a comprender más dialécticamente la historia de Penteo. Citado por Giegerich en el texto de su primera lectura, la línea es la siguiente: «Pero la vida del Espíritu no es la vida que se achica ante la muerte y que se preserva a sí misma intocada por la devastación, sino que es la vida que lo soporta y se mantiene en medio de ello» (52). Aunque parece achicarse ante la muerte que le viene en la forma de Baco y las ménades, Penteo no se mantiene intocado por la devastación. Así como el otro de Baco en tanto que Baco es suyo, él resiste la contradicción y se mantiene a sí mismo en ella. No sería suficiente para una de estas figuras opuestas simplemente prevalecer, para Penteo, por ejemplo, simplemente volviéndose un sátiro y entrar en la comitiva del rey. En cuanto a lo que ya hemos escuchado de Hegel, “…ninguna de esas determinaciones tomadas de forma solitaria, son verdad; pertenecen solo a su unidad” (53). Un momento sublado en esta unidad de identidad y diferencia por el cual se constituye la verdad, la resistencia de Penteo ante el torbellino báquico es, al mismo tiempo que también es eso, su susceptibilidad a su devastación y su mantenerse a sí mismo a través de ella. El desmembramiento iniciático—la negación de la negación—no puede ser llevada a cabo sin esta resolución del sujeto de preservarse a través de la muerte. Para pensar dialécticamente, tenemos que ser tan estrictamente rigurosos y estrechos de mente como imaginativos y abiertos de mente—tanto penteos y ménadeicos al mismo tiempo. 

Unas líneas más de Hegel vienen al caso en relación al mito que hemos estado discutiendo. Siguiendo inmediatamente a la línea que hemos citado arriba sobre la vida del espíritu que se mantiene a sí mismo a través de la muerte, el filósofo continua: 

“[La vida del espíritu] gana su verdad solo cuando, en el más absoluto desmembramiento, se encuentra a sí mismo. Este poder, que no es como algo positivo, que cierra sus ojos a lo negativo como cuando decimos de algo que es nada o que es falso, y habiéndolo dicho, damos la vuelta y pasamos a algo más; por el contrario, el espíritu es este poder sólo por mirar a lo negativo frente a frente, y permanecer con ello. Este permanecer con lo negativo es el poder mágico que lo convierte en ser.” (54) 

Interiorización Absoluto Negativa

Hemos llegado al momento final de la dialéctica, el de la interiorización absoluto negativa. La interiorización absoluto negativa es el pensamiento-todo-a-la-vez de los momentos previos que hemos discutido. Este pensamiento-todo-a-la-vez, sin embargo, no debe ser considerado como el momento culminante producido por la secuencia o series provenientes de los otros tres. Mientras que pictóricamente los representamos de esta manera, ahora, desde el comienzo, se puede entender el pensamiento dialéctico de la simultaneidad de sus varios momentos como momentos ya sublados de sí mismo. Pero, por supuesto, este pensar-todo-a-la-vez-desde-el-comienzo sólo está implícito y debe ser desarrollado, como hemos tratado de hacerlo arriba en el bosquejo de sus varios momentos. 

Un pasaje de los escritos de Jung puede ayudarnos a aclarar esto. En su “Prefacio a la Introducción al Budismo Zen de Suzuki”, Jung define el inconsciente como “una totalidad irrepresentable de todos los factores psíquicos sublimados, una ‘visión total’ in potencia”. Esta “‘visión total’ in potencia”, añade entonces, “constituye la disposición total desde la cual la consciencia singulariza pequeños fragmentos de vez en cuando” (55). Ahora se debe señalar inmediatamente que aquí hay una contradicción: la visión total es, al mismo tiempo en tanto que es, una visión irrepresentable. Al ver todo (v.g., una situación o una imagen en toda su complejidad, en todos sus momentos) no se ve nada. Esta contradicción, sin embargo, es dialéctica, o, más bien, podría serlo excepto por el hecho de que Jung se resguarda de que lo sea plenamente a causa de su distinción aun positivizada entre consciencia y el inconsciente. Pero apartándonos con Giegerich de esta distinción, podemos conocer fácilmente lo que Jung suponía. La visión total no es representable; no es visión es absoluto, sino visión sublada, pensada. Poniéndolo de otra forma, podemos decir que para que la visión sea total tiene que ser visión absoluta, es decir, una visión que ha sido absuelta de las diferencias que hace distintas y diferentes unas de otras las impresiones sensoriales o las representaciones imaginales. Tal “visión”, sin embargo, ya no es más “representable”; tampoco es una certeza sensorial inmediata ni la primera negación de ella, el modo imaginal de la intuición sensorial. Y sin embargo, desandando esto un poco (tal como los hermanos en el cuento de hadas de ayer que resbalaban en la pendiente de la montaña), se puede decir que en su camino a casa a sí misma “el alma” o la absoluta negatividad puede de hecho aparecer ante sí misma con el aspecto de una figura contingente, es decir, como algo particular, singular y finito, incluso como, en palabras de Jung, “pequeños fragmentos”, expresivos de la “disposición total”, que son “singularizados … de vez en cuando”. Como Giegerich ha escrito, “… en la idea de [la psique como] auto-relación … la otredad … no está totalmente perdida …, es inherente en ella como un momento sublado, en tanto y en cuanto que el sí mismo que hace el reflejo y el sí mismo que es reflejado son ambos idénticos y diferentes” (56). Pero sin embargo, también debemos entender que la verdadera llegada al hogar del alma reside en la destilación ulterior, vaporización o interiorización de esta figuración de sí misma en tanto que otro hacia la forma lógica de la consciencia misma. De nuevo, cito a Giegerich, “Lo que al principio aparece como un contenido de consciencia es en realidad la semilla de lo que quiere volverse una nueva forma de consciencia en toda su extensión”. (57) 

Ahora, revisando lo que acabo de escribir, me encuentro a mí mismo pensando en la descripción de Jung de sí mismo como teniendo, como él lo dijo una vez, “que bajar mil escaleras hasta poder poner mi mano en el pequeño terrón de tierra que soy” (58). Evidentemente, mi descripción de la noción de Jung de “visión total” todavía tiene que bajar unos cuantos escalones si es que ha de alcanzar el suelo sobre el que Giegerich se ha posicionado a sí mismo. Al tomar esta escalera, debemos entender que cuando la “semilla de lo que quiere volverse una nueva forma de consciencia” lo ha logrado, el “pequeño fragmento” de Jung (lo que pueda ser en cualquier caso particular) ya no es más el símbolo o la imagen numinosa en la cual lo implícito del pensamiento (= “‘la visión total’ in potencia” de Jung) había previamente representado su potencial para volverse explícito como tal. Más bien, habiéndose realizado a sí misma como comprensión conceptual a través del fenómeno particular a la mano (el cual, como su otro, ha entrado hermenéuticamente y se ha completado uroboricamente (59)), ahora conoce ese fenómeno (materia prima, pequeño fragmento, situación, asunto, imagen, etc.) en su totalidad o como una totalidad. ¡El pequeño terrón de tierra que realmente soy! 

Arriba me he referido al apunte de Giegerich acerca de lo discreto de la negación de la negación. Cuando la llevamos adelante, esta analogía puede además ser usada para trasmitir lo que se quiere decir por interiorización absoluto-negativa. Considerar, por ejemplo, la especulatividad sin base de la ‘música’ que suena, absoluto-negativamente, a través del silencio de la línea de Keats, “las melodías oídas son dulces, pero aquellas no oídas son más dulces” (60). Y seguido a ello, tenemos la famosa definición de Wordsworth de la poesía como “emoción recogida en la tranquilidad” (61). 

Se podría asumir que aquí estamos hablando de lo numinoso. Como analista junguiano he aprendido a usar las palabras “numinoso” y “numinosidad” con respecto a lo que Jung llamó “un valor emocional a priori” (62). Imágenes, que además, puesto que son tal como las describe Jung—pequeños fragmentos singularizados a partir de la visión total de la psique—las tengo consideradas como numinosas. Sin embargo, la negatividad absoluta, como la melodía que es más dulce por no ser escuchada y como la emoción que se vuelve poesía por ser recogida en la tranquilidad, de la misma forma la numinosidad que tienen estos dos, no está en la positividad de su tenerla como tal, sino como recogida en la quietud de Mnemosine, es decir, como conocimiento de la consciencia, como la vida de la mente, movimiento lógico, pensamiento. En ser la presencia de estas poderosas realidades, y sin embargo intangibles, que la negatividad absoluta establece y afirma. 

La verdadera psicología

En su “Prefacio” a la Lógica de Hegel, J. N. Findlay resume la esencia del enfoque dialéctico: 

“La acción del pensamiento es negar las bases a partir de las cuales comienza, para mostrarlo como no siendo auto-subsistente, y así tener en él un trampolín desde el cual pueda ascender a aquello que es verdaderamente auto-subsistente y auto-explicativo.” (63) 

Reflexionando sobre este pasaje, podemos pensar en el trampolín de la negación a través de la cual el psicoanálisis tomó impulso a partir de la antigua forma de sí mismo para llegar a ser una disciplina auto-subsistente por su propio derecho. Me refiero, por supuesto, al rechazo de Freud—podríamos decir también, negación—de la teoría de la seducción. Creyendo, antes de 1897, que las pacientes histéricas que estaba tratando podían ser entendidas a la luz de haber sido traumatizadas sexualmente por un adulto pervertido durante la niñez, Freud llega, después de esa fecha, a darse cuenta que tal visión teorética era contradictoria. Simplemente habían demasiados pacientes sufriendo de histeria como para sostener la conclusión de que todos ellos habían sido abusados sexualmente. Mientras, indudablemente, algunos pacientes habían sido abusados (Freud no “abandonó” la teoría de la seducción, sino más bien, la retuvo como una posibilidad sublada bajo el grueso de la teoría que iba a seguir), la perspectiva de que todos lo habían sido solo podía ser mantenida si la paternidad era completamente demonizada. Saltando libre a partir de esta base positiva negada en la teoría de la seducción, Freud escribió en una carta a Fliess en 1898, “… inicialmente definí la etiología [de la histeria] muy estrechamente; la cuota de fantasía en esto es más grande de lo que había pensado en un inicio”. (64) Esta frase contiene un pensamiento importante. O más que eso, como un salto decisivo desde la positividad y lo externo hacia la interioridad de la fantasía y la reflexión, esto expresa que ha ocurrido un cambio esencial en la forma en que ha de ser concebida una idea en general. Por de pronto, a Freud, al conseguir esto, “ya no le basta cree en [su] neurosis”, (65) había tenido que aceptar la sintaxis de aquella teoría al ser ‘arrojado al agujero trasero’, por decirlo así, del mismo material clínico que había reunido como evidencia para esto. Dicho de otra forma, el material de la fantasía, en la forma de la teoría de la seducción, había sido tomado demasiado literalmente por su consciencia como para volverse de corazón la “semilla”, tal como señaló Giegerich en el pasaje citado anteriormente, de lo que será “una nueva forma la consciencia en toda su extensión”, una nueva teoría. La fantasía, no el hecho, le es de ayuda ahora como el factor etiológico decisivo en la neurosis. Por supuesto, este cambio en la constitución de la psicología fue reflejado en el espejo de su otro como algo que sucede dentro de los pacientes. Exactamente paralelo al derrumbe de la teoría de la seducción por medio de una corrupción interna hacia la nueva visión de Freud, los pacientes en esta nueva visión fueron considerados como sufrientes, no desde una corrupción externa debida a la seducción del padre, sino desde una corrupción interna, es decir, desde sus propias fantasías y deseos pertenecientes al seducir y al ser seducidos. 

Sin embargo, tan pronto como Freud ascendió a esta visión más lógicamente negativa luego la externalizó y positivizó de nuevo en su teoría de la sexualidad infantil, y posteriormente, en el complejo de Edipo. Con este desarrollo, los sueños y las fantasías de los pacientes fueron tomados como representativos de algo más biológico-factual—el sexo y la familia—y se construyó un vasto edificio de conocimiento sobre ellos. Ahora, el punto crucial aquí no es que estos campos de no fueran importantes. Más bien, es que Freud, al encontrar en ellos una base positiva para su proyecto psicológico, fracasó en comprender lo que Giegerich llama “la diferencia psicológica”. (67) 

Haciendo referencia de nuevo a la cita de Findlay al principio de esta sección, permítanos reiterar que “la acción del pensamiento es negar las bases a partir de las cuales comienza”. De igual manera, la “diferencia psicológica” a partir de la cual surge una verdadera psicología psicológica reside en el reconocimiento de que la psicología, en el sentido estricto de este término, no trata acerca de nada positivo—ni niñez, sexualidad, la familia, problemas de género, ni de la gente y sus problemas, etc. Más bien, trata acerca de la forma lógica a través de la cual tales fenómenos son reflejados dentro de sí mismos en el curso de nuestro reconocimiento, no sólo la vez de 1897, sino una y otra vez, ya que la acción del pensamiento es negar su propia base. 

La psicología, para Giegerich, es reflexión en si misma; trata acerca del carácter sin fondo de su propia base siempre negada, absoluta negativa, “el alma”. En cuanto a los sospechosos de siempre—los temas mencionados más arriba que en su positividad no constituyen la psicología (niñez, sexualidad, los problemas de la gente, sueños, etc.)—la psicología, podría decirse, es como el reflejo de éstos en sí mismos. En el análisis individual, por ejemplo, los relatos contados en la historia, los problemas domésticos presentados, los recuerdos recordados de niñez, los sueños, y todo y cada uno también son escuchados muy en la línea en la cual el Dr. Giegerich trabajó con el cuento de hadas y los mitos en su lectura de ayer, es decir, como unidades ya interiorizadas de identidad y diferencia, enunciados del “alma” refiriéndose a si misma. Interrogando cualquier punto de partida a la luz de las contradicciones inherentes en él (lo cual también significa, pensar a través de los cambios de tema y asociaciones la unidad de su identidad y diferencia), “la psicología comienza donde cualquier fenómeno (ya sea físico o mental, ‘real’ o imagen de la fantasía) es interiorizado absoluto-negativamente dentro de sí mismo, y me encuentro a mí mismo en su infinito interno. Esto es lo que se necesita; la psicología no puede ser tenida por menos”. (68) 

La referencia de Giegerich en la sentencia previa acerca de aquello que se necesita para una psicología (podríamos también decir, el precio que hemos de pagar para alcanzar una verdadera psicología) trae a la mente el contraste muy conocido de Freud entre lo que llamó “el cobre de … la sugestión” y el “oro puro del análisis”. Podríamos asumir a partir de esta distinción de Freud que él podría coincidir con la insistencia de Giegerich de que “la psicología no puede ser tenida por menos”. Sin embargo, cuando miramos el pasaje real en el que Freud usa estas expresiones encontramos, por el contrario, ¡que está ofreciendo en venta las mercancías de su psicoanálisis a precio de descuento! 

“Es muy probable, además, que la aplicación de nuestra terapia a un número [a un gran número de personas] pueda obligarnos a mezclar el oro puro del análisis abundantemente con el cobre de la sugestión directa; y la influencia hipnótica podría encontrar de nuevo un lugar, además. … Pero cualquiera que sea la forma que pueda tomar esta terapia para la gente, cualquiera que sean los elementos de los cuales se debería componer, sus más efectivos y más importantes ingredientes serán tomados ciertamente del psico-análisis estricto el cual no sirve a un propósito ulterior.” (69) 

Este es un pasaje extraño y contradictorio. En la última línea, Freud se refiere piadosamente al “psico-análisis estricto el cual no sirve a un propósito ulterior”. Sin embargo, todo el contexto en el cual aparece esta línea, está en tensión con el propósito ulterior. Con el objetivo de divulgar sus descubrimientos positivizados y de promoverse a sí mismo en el mundo, el psicoanálisis representará todo lo que estrictamente se prohibió a sí mismo dentro de sus propios confines austeros en la forma de una terapia para la gente. Ahora bien, el problema con esto no está en que el gran número de personas necesitadas de terapia no deberían beneficiarse de esto. En lo que concierne a la psicoterapia, digo, cuanto más con los pies en la tierra, mejor. No es, como algunos desearían, que el análisis debería permanecer idéntico a si mismo y puro. El problema, más bien, reside en tomar prisionero a cada pensamiento que tiene la gente para la promoción de los asuntos que el psicoanálisis―freudiano, junguiano o del tipo que sea―aprecia. Esto, por supuesto, ya ha ocurrido. El psicoanálisis en la forma de esa diseminación de sí mismo de lo que Freud llamó la terapia para la gente existe por todas partes. La mirada del niño sobre el consejero escolar, el paciente con el psicólogo clínico haciendo “trabajo de auto-estima”, incluso el analizado en psicoanálisis―todos reciben esa aleación de cobre y oro positivizada que Giegerich ha llamado “la psicología como el estudio de las personas que’tienen’ tal y cual psicología” (70) en la forma de una cornucopia de clichés sociológicos, antropológicos y humanista. Son despachados psico-educacionalmente en jornadas profesionales, revista sobre el estilo de vida, y programas de debates en la televisión (por no decir nada acerca de lo que sale de nuestra propia boca cuando hablamos con alguien más), información con respecto a este asunto o aquel síndrome. 

Contra esta tendencia, la verdadera psicología, dondequiera que se practique, comienza, tal como lo dijo Giegerich ayer en el momento de la exposición de sus lecturas, cada vez y de nuevo “desde cero”. Adhiriéndonos al principio de Jung acerca del no permitir que entre nada de afuera, con el fin de obtener en cada caso la materia prima particular a mano y de existir como su despliegue, se evita que la psicología se piense como algo ya sabido. Porque sólo se puede encontrar el Mercurios dentro de ella entregándonos a la cadidad y al infinito interior de esta materia a mano (o como lo dijo Findlay, ascendiendo a partir del trampolín de su negación). 

En cuanto al cobre y el oro, la sugestión y el análisis, se puede decir lo mismo que dije en mi lectura anterior sobre el lodo y el agua. El importante no es mantenerlos apartados en su pureza abstracta o en su diferencia aislada. Menos aún en fundirlos juntos en una formación de compromiso, como recomendaba Freud. Porque eso, también, es una contradicción; en efecto, una más intolerable dado que el psicoanálisis comenzó tanto con el salto a partir de la sugestión (el trabajo temprano de Freud en hipnosis) así como a partir de un salto desde la teoría de la seducción. No, el desafío como siempre es pensar tautológicamente la unidad contradictoria de su identidad y diferencia y, precisamente de esta manera dialéctica, ascender a esa forma más negativa de su coniunctio, pensamiento especulativo, verdadera psicología. Superando la positividad de su base en los métodos de las ciencias empíricas, la psicología, tal como Giegerich ha dicho, debe pensar su propia autoridad, la profundidad de su propia noción de si misma, especulativamente y rigurosamente al mismo tiempo. 

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Una reflexión final. La referencia de Freud al cobre y al oro trae a la mente otro ancestro analítico y otro metal. Me refiero aquí a Hillman y sus escritos sobre la plata. Valorizándola en un tono bachelardiano la plata de los alquimistas como el metal de la imaginación, Hillman, en “La plata y la tierra blanca”, escribe: 

“¿Qué es reflejado entonces cuando no hay sujeto reflejado, ni emoción ni objeto externo? ¿Ningún hecho en absoluto? La misma idea de reflexión se transmuta desde la presencia de un fenómeno, un reflejo de algo más, a la resonancia del fenómeno mismo, una metáfora sin un referente, o mejor dicho, una imagen.” (71)

Regresando a este tema un año después en la segunda parte de su ensayo, Hillman continúa su intuición sobre la plata: 

“Los acontecimientos mentales tales como las imágenes no requieren y no pueden adquirir validación posterior gracias a la exterioridad. La vida del alma no se sostiene como correcta gracias a la exterioridad. Pero tampoco los acontecimientos mentales se validan gracias a que yo ‘tenga’ un sueño, ‘piense’ una idea o ‘sienta’ una experiencia.” (72) 

En estos pasajes, Hillman transmite así la negatividad de la imagen, su interiorización plateada en sí misma. ¿Pero qué pasa con el oro que se persigue? (73) En la visión de Giegerich, el “oro” de la verdadera psicología es la negación ulterior de la negatividad plateada de la imagen hacia la absoluta negatividad de una consciencia que pueda pensar al mismo tiempo los distintos momentos de cada imagen. Como “la piedra que no es una piedra” alquímica, el oro dialéctico emergiendo negativamente de la plata y de la imaginación ya no es más oro (por esta razón sólo es la forma en que la plata fue representada imaginativamente con anticipación de su llegada incluso más sutil); más bien, es forma lógica, interioridad absoluto-negativa, espíritu, pensamiento. 

Notas

1. Fugulus, A Golden and Blesses Casket of Nature’s Marvels, p. 298, citado en Edward Edinger, The Anatomy of the Psyche: Alchemical Symbolism in Psychotherapy (La Salle, I1.: Open Court, 1985), p. 10.  

2. Donald W. Winnicott, “Transitional Objects and Transitional Phenomena”, Playing an Reality (London: Tavistock Publications, 1971), pp. 1-25. 

3. Cf. Donald W. Winnicott, “The Location of Cultural Experience”, Playing an Reality, pp. 95-103. 

4. A.E. Waite, traducción, The Hermetic Museum 1:13 citado en Edinger, The Anatomy of the Psyche, p. 11. 

5. Es la referencia a la piedra siendo hecha “… con una cosa” que implica la idea de producción o creación. La parte anterior de la sentencia, que se refiere a la piedra como siendo “producida de una cosa”, sólo indica aquello de lo que consiste la piedra. 

6. C.G. Jung, Collected Works, tr. R. F. C. Hull, (Princeton: Princeton University Press, 1953), vol. 14, párr. 749 (todas las referencias subsiguientes a los Collected Works de Jung estarán por volumen y número de párrafo. 

7. Citado en Edinger, p. 11. 

8. Donald W. Winnicott, “Review of Memories, Dreams, Reflections”, C. Winnicott, R. Sheperd, and M. Davis, eds., Psycho-Analytic Explorations (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1989) pp. 482-492. 

9. Cf. G. W. F. Hegel: “Pero lo Absoluto mismo es por lo tanto la identidad de la identidad y la no-identidad, oposición y unidad están ambos en ello”. Citado en Charles Taylor, Hegel (Cambridge: Cambridge University Press, 1975), p. 67. 

10. La Ley de Identidad sostiene que todo debe ser idéntico consigo mismo (X = X). La Ley de Contradicción (algunas veces referida como la Ley de No-contradicción) mantiene que nada puede ser sí mismo y al mismo tiempo no ser sí mismo (X y no-X). Ambas leyes son consideradas las leyes primarias del pensamiento. 

11. Cf. G.W. Hegel: “Kant … considera la lógica, es decir, el agregado de definiciones y proposiciones que comunmente pasa por lógica, al tener suerte en haber logrado completarse tan temprano antes que las otras ciencias; desde Aristóteles, no ha perdido terreno, pero tampoco ha ganado ninguno, esto último porque ante todas la apariencias parece estar completa o terminada. Ahora, si la lógica no ha sufrido ningún cambio desde Aristóteles―y de hecho, juzgando por los compendios modernos de lógica los cambios frecuentemente consisten principalmente en omisiones―entonces seguramente la conclusión que podemos bosquejar es la completa necesidad de una reconstrucción; para el espíritu, después de sus trabajos durante dos mil años, debe haber adquirido una consciencia superior sobre su pensamiento y acerca de su propia naturaleza esencial, pura”. Hegel’s Science of Logic, A.V. Miller (London: George Allan & Unwin, 1969), p. 51. 

12. Hegel no negó los principios de la lógica tradicional. Cuando son solo un asunto de lógica formal se aplican estos principios. Cuando las cuestiones conciernen a la lógica de la realidad, sin embargo, mantiene que la lógica formal no es adecuada y que se requiere una aproximación dialéctica. En conexión con mi afirmación de que “el edificio hegeliano del pensamiento dialéctico se constituye de lo que los constructores del viejo templo de la lógica tradicional habían considerado como señales de error”, compárese con el llamado de Hegel por una “reconstrucción total” de la lógica tradicional en las notas previas. 

13. G. W.F. Hegel, Hegel’s Logic. Parte uno de The Encyclopaedia of the Philosophical Sciences (1830). tr. William Wallace (Oxford: Claredon Press/OUP, 1975), p. 117. 

14. Hegel, Hegel’s Logic, p. 117. 

15. Cf. Hegel: “La filosofía critica [de Kant], es cierto, ya había convertido la metafísica en lógica, pero … fue intimidada por el objeto, y así a las determinaciones lógicas se les dio un significado esencialmente subjetivo con el resultado de que estas filosofías permanecieron cargadas con el objeto que evitaron y quedaron con el residuo de una cosa-en-sí, un obstáculo infinito, como un más allá. Pero la liberación de la oposición de la consciencia que la ciencia de la lógica debe ser capaz de presuponer supera las determinaciones del pensamiento sobre esta timidez, puntos de vista incompletos y demandas que deben ser consideradas no con cualquier limitación y referencia sino como son en su propio carácter, como lógicas, como razón pura”. Hegel’s Science of Logic, párr. 57. 

16. Hegel, Hegel’s Science of Logic, p. 197. 

17. Taylor, Hegel, p. 49. 

18. Bishop Joseph Butler, citado en D.D. Raphael, British Moralist 1650-1800, vol. 1 (Indianapolis: Hackett Publishing Co., 1991), prefacio, párr. 384. 

19. Tan útil como es recurrir a los sueños en nuestro intento de comprender el despliegue auto-contradictorio de aquello que se presenta como un conjunto de otros internos, tan importante es advertir que la interioridad que constituye la dialéctica no es la interioridad positiva del mundo del sueño o incluso del “inconsciente”. Mientras que los sueños, sin duda, vuelven imagen algo del movimiento dialéctico a lo cual damos el nombre de alma, la interioridad del alma es la interioridad mediata o espiritual de cualquier cosa, no solo de los complejos y figuras del sueño que suponemos que están dentro nuestro. Como Giegerich ha señalado, las imágenes del sueño, en la medida en que simplemente las percibimos en su inmediatez sensual tal como aparecen en frente de nuestra consciencia observadora, son tan externas como las cosas. El corolario de esto también es verdad. Cuando se percibe en términos de la comunidad interna que despliega la dialéctica, el así llamado mundo externo es interiorizado en sí mismo, lo cual en otras palabras también significa que subjetiva o psicológicamente fue alcanzado o vuelto consciente. 

20. Las palabras “es como” en esta frase piensa la unidad de la identidad y la indiferencia. 

21. Con la imagen de una vela desplegándose en el viento, tenemos una vez más una imagen figurativa de la esencia de la voluntad, de la libertad. Pienso que este momento pertenecería propiamente a nuestra siguiente sección, la cual se ocupa de la negación de la negación, tal es el poder de la dialéctica que no podemos evitar que se nos adelante. 

22. Jung, CW 8 § 316. 

23. Citado por Taylor en Hegel, pp. 107-108. 

24. Samuel Taylor Coleridge, Biographia Literaria, 2 vols. (1817) (Princeton: Princenton University Press, 1983), 1: 268. 

25. Jung, CW 10 § 655. 

26. Jung, CW 16 § 454. 

27. Jung, CW 16 § 454. 

28. Jung, CW 16 § 534. 

29. Jung, CW 9, i § 518; CW 10 § 714; CW 12 § 112. 

30. Jung, CW 13 § 72. 

31. Jung, CW 9, ii § 123. 

32. Jung, CW 18 § 1472. 

33. Sigmund Freud, New Introductory Lectures on Psycho-Analysis, tr. W. J. H. Sprott (London: Hogarth Press, 1933), p. 78. 

34. James Hillman, “On the Necessity of Abnormal Psychology: Ananke and Athene”, Facing the Gods, ed. J. Hillman (Irving, Texas: Spring Publications, 1980), p.1. 

35. Una analogía se puede extraer de los esquimales tradicionales que viven en la tierra del ártico. Conociendo la nieve desde dentro, los esquimales tienen muchos nombres para la sustancia, tantos como habían momentos de su verdad a ser conocidos. Igualmente, el pensamiento dialéctico entra en la “tundra” hermenéutica de cualquiera que pueda ser el asunto a la mano, lo mejor para generar las distinciones racionalmente necesarias (y al mismo tiempo, existencialmente cruciales) por las cuales es conocida desde dentro en los varios momentos de su verdad. 

36. Friedrich Nietzsche, Thus Spoke Zarathustra, tr. R. J. Hollingdale (Harmondsworth: Penguin Books, 1961), p. 82. 

37. Jung, CW 4 § 350. 

38. Sonnet 146, l. 14. 

39. Wolfgang Giegerich, The Soul´s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology (Frankfurt am Main, Peter Lang GmbH, 1998), p. 200. 

40. C.G. Jung. Letters, vol. 2: 1951-1961, ed. G. Adler y A. Jaffe, trad. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1975), pp. 4-5. 

41. Jung, CW 14: 778. En itálicas en el original. 

42. Para una discusión en profundidad de la posición mea culpa ver Wolfgang Giegerich “The Advent of the Guest: Shadow Integration and the Rise of Psychology,” [versión en castellano: “Primero la sombra, luego el ánima, o el advenimiento del huésped. La integración de la sombra y el surgimiento de la psicología”] Spring 51: A Journal of Archetype and Culture (Dallas: Spring Publications, 1991), pp. 100-102. 

43. Lamentaciones 3:1. 

44. Jung, Letters, vol. 2, p. 138. 

45. John Keats, “Hyperion: A Fragment”, Bk. III, líneas 124-130. 

46. Aquí, con esta referencia al reconocimiento humillante de la identidad y diferencia de lo humano y lo divino, tengo en mente la noción de James Hillman de “Deshumanizar o Hacer-Alma”. Ver el capítulo con este título en su Re-Visioning Psychology (New York: Harper & Row, 1975). 

47. Por una discusión de la “vergüenza superior” ver mi “Slinking Towards Bethlehem: A Prospective View of Shame”, Spring 67: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 2000), pp. 19-37. 

48. Para una discusión diferente de este sueño ver mi The Dove in the Consulting Room: Hysteria and the Anima in Bollas and Jung (Hove: Brunner-Routledge, 2003), p. 102. 

49. John Keats, Selected Poems and Letters, ed. D. Bush (Boston: Houghton Mifflin, 1959), p. 261. 

50. Cf. Wolfgang Giegerich, “The ‘Patriarchal Neglect of the Feminine Principle’: A Psychological Fallacy in Jungian Theory” [versión en castellano: “El ‘descuido patriarcal del principio femenino’: una falacia psicológica de Jung”], en Harvest: Journal for Jungian Studies, 45.1 (1999): 7-30. 

51. Wolfgang Giegerich, “‘Different Moment of Truth’―A Few Examples” [Traducción al castellano: “‘Diferentes momentos de la verdad’—algunos ejemplos”], en este volumen, p. 26. 

52. G.W.F. Hegel, Phenomenology of Spirit, tr. A. V. Miller (Oxford: Oxford University Press, 1977), p. 19. 

53. Hegel, Hegel’s Science of Logic, p. 197. 

54. Hegel, Phenomenology of the Spirit, p. 19. 

55. Jung, CW 11 § 897. 

56. Wolfgang Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’? Entering an Following the Logical Movement of Heraclitus’ ‘Fragment 45’” [Traducción al castellano: “¿Es ‘profunda’ el alma? Introduciéndose y siguiendo el movimiento lógico del ‘Fragmento 45’ de Heráclito”] Spring 64: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 1998), p. 11. 

57. Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’?” [“¿Es ‘profunda’ el alma?”] p. 19. 

58. Jung, Letters, vol. 2, p. 19, no. 8. 

59. Taylor escribe en Hegel, p. 129: “El propósito [de Hegel] es simplemente seguir el movimiento en su objeto de estudio. La tarea del filósofo ‘es sumergir su libertad en [el contenido], y dejarse ser movido por su propia naturaleza’. Si el argumento sigue un movimiento dialéctico, entonces este debe estar en las cosas misma, no solo en la manera en que razonamos acerca de ellas”. 

60. John Keats, “Ode on a Grecian Urn”, lines 11-12. El verso continúa: “ … por lo tanto, vuestras suaves flautas, tocan;/No el oído sensual, sino, más apreciablemente,/soplan a las cancioncillas del espíritu del no tono …”. 

61. Devuelto a su contexto real en el párrafo 26 del “Preface of the Lyrical Ballads” de Wordsworth, esta línea tiene más bien el significado opuesto a lo implicado en mi cita. En la visión de Wordsworth, “… la emoción es contemplada hasta que, por una especie de reacción, la tranquilidad desaparece gradualmente, y una emoción, afín a la que tuvo antes el sujeto de contemplación, es producida gradualmente, y hace ella misma que exista realmente en la mente”. Ahora teniendo en cuenta el significado real y distinto de Wordsworth, podemos llegar a un entendimiento más dialéctico de lo que he referido de forma variada como lo “discreto”, “recogimiento”, y “tranquilidad”. Estos términos, tal como me refiero a ellos, también pueden alcanzar un crescendo, no de emoción o imagen estética (aunque estos, seguramente, permanecen presentes como momentos sublados), sino en la intensidad de la reflexión de la emoción y la imagen en sí mismas, esto es, en el pensamiento que implícitamente son. Moviéndonos entonces desde la narración más bien literal de Wordsworth de la emoción recogida en tranquilidad a la visión negativamente interiorizada de Giegerich, el siguiente pasaje es más pertinente. Criticando la imagen espacial positivizada del alma como profunda, Giegerich argumenta que esta idea repele el poder fermentador, corruptor, de la dinámica interna del alma “privándola de su aspiración y desafío lógico, nocional, intelectual y en su lugar trasladarla a la inofensividad y borrosidad de un mero sentimiento romántico”. Recogiendo la emoción tranquilamente en un nivel completamente diferente del que era posible para Wordsworth, Giegerich continúa: “Las emociones, los sentimientos, son un excelente embalaje para almacenar seguramente y amortiguar la dinamita lógica o ‘metafísica’ de los contenidos. Si se construye un conflicto como una emoción o un sentimiento, se le ha sacado exitosamente del campo de batalla de la verdad y se lo ha reducido al nivel banal de los problemas personales, subjetivos o interpersonales” [“Is the Soul ‘Deep’?”, p. 19. / “¿Es ‘profunda’ el alma?”]. Hay un crescendo en este pasaje, no el de lo ruidoso de los “problemas personales, subjetivos o interpersonales”, sino el de la “dinamita metafísica” o “corrupción fermentadora” que provoca el movimiento lógico. 

62. Jung, CW 6 § 791. 

63. John N. Findlay, “Foreword”, G.W.F Hegel, Hegel’s Logic: Being Part One of the Encyclopedia of Philosophical Sciences (1830), tr, William Wallace (Oxford: Claredon Press/OUP, 1975), p. xii. 

64. Sigmund Freud, The Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess: 1887-1904, ed, & tr. Jeffery M. Masson (London: The Belknap Press of Harvard University Press, 1985), p. 311. 

65. Freud, Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess, p. 265. 

66. Freud, Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess, p. 19. 

67. Giegerich, The Soul’s Logical Life, p. 123-124. 

68. Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’?” [“¿Es ‘profunda’ el alma?”] p. 31. 

69. Sigmund Freud, “Lines of Advance in Psycho-Analytic Therapy”, The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, ed. & tr. J. Strachey (London: Hogarth Press, 1953-73), Vol. 17, pp. 167-168. 

70. Giegerich, The Soul’s Logical Life, pp. 22, 123, 172, 194, 195, 204, 212, 214, 251. El pasaje que he citado aquí es mi amalgamación de varias expresiones en las páginas enlistadas. 

71. James Hillman, “Silver and the White Earth (primera parte), Spring 1980: An Annual of Archetypal Psychology an Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1980), pp. 45-46. 

72. James Hillman, “Silver and the White Earth (segunda parte), Spring 1980: An Annual of Archetypal Psychology an Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1980), pp. 49-50. 

73. Sobre el tratamiento de Hillman de estadio culminante del opus alquímico, ver su “Concerning the Stone: Alchemical Images of the Goal”. Sphinx 5 (London: London Convivium for Archetypal Studies, 1993), pp. 234-65.