Cómo analizo

Traducciones

Adolf Guggenbuhl-Craig, Alemania

Tengo la impresión de ser psicólogo junguiano desde que nací. Creo que siempre he intentado entender el alma humana mediante las imágenes de Jung, aunque tardé mucho en ser consciente de ello. Mi familia y mi entorno social no favorecían en absoluto a Jung.

Mi padre era un gran admirador de Freud, estaba fascinado por sus teorías sobre los sueños. Vio en él como a un profeta del Antiguo Testamento, fanático, estimulante, pero cuyo mensaje debía considerarse con ciertas reservas.

Cuando tenía catorce años, la hermana de mi padre, a la que Freud había analizado, me dio a leer La interpretación de los sueños. Intenté en vano entender mis sueños. Yo debía ser más patológico de lo que creía.

Mi familia no tenía una buena opinión de Jung. El hermano de mi madre incluso me previno contra él: «Jung es un falso profeta que adula a las mujeres ricas, halaga a los alemanes, hace comentarios antisemíticos y busca la amistad de los pudientes».

En 1942 empecé a estudiar teología. Aunque me interesaba la psicología, quería ser pastor protestante. Participé en seminarios del clérigo cristiano y freudiano Oskar Pfister. Durante mis estudios teológicos no perdí la fe cristiana, pero cada vez me convencía menos la idea de que estaba destinado a rezar y a convertir al prójimo. Pensé estudiar psicología y empecé a leer los libros de los psicólogos clásicos: Freud, Adler, Reich, etc., y finalmente Jung, del que, aunque no lo entendí del todo, me gustó mucho su idea de que no sólo somos individuos, sino que además estamos relacionados con un inconsciente colectivo que tiene una estructura dada. Esta idea me pareció muy convincente. Me sentía un alma individual al tiempo que parte de una unidad psicológica mayor. El ser suizo, por ejemplo, significaba para mí algo más que ser el producto final de factores culturales y sociales externos.

La primera vez que vi a Jung fue al acudir a una conferencia que daba sobre astrología, y no le entendí. Tras el acto, numerosas mujeres comentaban, citando ejemplos, lo inteligente que era Jung. Eso se consideraba una discusión; me pareció indignante.

No sabía qué profesión elegir. Trabajé durante un tiempo en la empresa de publicidad de mi padre, y después colaboré en trabajos de ayuda social. Estudié historia y filosofía, pero nada me satisfacía. Entonces pensé que la gente tan confusa y complicada como yo tenía que aprender una profesión simple y clara, algo que permita ganarse la vida, y decidí estudiar medicina con la intención de convertirme después en psiquiatra.

Cuando estudiaba medicina, tras asistir a una conferencia en el Club Jung me dije: «Esa sabiduría esotérica y admiración de gurú no es para mí».

Poco después de finalizar la carrera, durante la que me había casado y había tenido un hijo, emigré a Estados Unidos. La estructura jerárquica de los hospitales de Suiza me repelía tanto que decidí hacer el rotatorio en el hospital de Rhode Island y luego trabajé como psiquiatra residente en Omaha, Nebraska. El período de prácticas fue puramente freudiano, pero siempre dejé claro entre mis colegas que yo era un psicólogo junguiano y que para mí el alma humana es una realidad objetiva, no un epifenómeno.

Tras cuatro años, proseguí mis prácticas en Suiza y empecé un análisis junguiano. La primera pregunta que le hice a mi analista fue: «¿Puedo ser cristiano y analista junguiano al mismo tiempo?», a lo que respondió: «Por supuesto, siempre y cuando sea primero junguiano y luego cristiano». Le contesté que en mí el orden sería al revés, pero que estaba dispuesto a comenzar el análisis.

Durante mis prácticas en Burgholzli vi varias veces a Jung, casi siempre en seminarios. Me impresionaba mucho lo que decía, mucho más que él mismo y, por supuesto, que la gente que le rodeaba. Me daba la impresión de que la mayo-ría de esa gente admiraba a Jung incondicionalmente. Estaba rodeado de admiradores, pero diríase que apenas tenía verdaderos amigos. No obstante, su forma de analizar la psique me parecía muy convincente, aunque durante un tiempo me había influido mucho el existencialista Medard Boss, de Zurich.

Tras muchas horas de trabajo supervisado -que realicé con desgana, debido a las tendencias mágicas y proféticas de ese campo—, abrí una consulta psiquiátrica en Zurich. Me tenía por un psiquiatra junguiano, sentía un gran respeto por los fenómenos psicológicos, y era muy reacio a violar las al- mas de los pacientes con rápidas y superficiales interpretaciones. Me involucraba cada vez más con mis colegas junguianos y fui uno de los miembros fundadores de la Sociedad Suiza de Psicología Analítica. Todo esto resultaba un tanto irónico teniendo en cuenta que nunca me encontré muy a gusto con los junguianos. No sentía admiración personal por Jung y nunca consideré la psicología junguiana como una religión.

En la consulta procuraba que las prácticas de análisis no me ocuparan demasiado tiempo, no más de un 15 o un 20% del tiempo. No me limitaba al análisis, pues también realizaba trabajos de psiquiatría general, incluyendo peritajes para los tribunales, psicoterapia con delincuentes juveniles, etc. Al evaluar la responsabilidad legal de un asesino, por ejemplo, me valía más de los sueños que de los tests psicológicos o de datos sobre su educación. Es evidente que tenía que ajustar mi lenguaje al utilizado en la corte, pero sólo lo aceptaba externamente.

Nunca rechazo a ningún cliente por considerarlo no apto para una psicoterapia junguiana, pero puede darse el caso de que yo no sepa llegarle al alma.

¿En qué punto me encuentro ahora, después de atender una consulta privada durante 29 años? Tanto en teoría como en la práctica, me consideraba un terapeuta junguiano, clásico y conservador. No es fácil mantenerse junguiano a lo largo de varias décadas. Jung nos legó una psicología exenta de causalidad, que nos enfrenta con las imágenes de los misterios de la psique y su patología. No todos los psicólogos soportan esa incertidumbre, incluso a Jung le resultaba difícil. Buscamos explicaciones causales, queremos que se nos considere como científicos, y nos alivia la aparición de nuevas aportaciones tales como la psicología experimental, el trauma infantil, mamás y papás perjudiciales, trabajo corporal o cualquier otra cosa. La mayoría de influencias externas de la psicología junguiana -kleiniana, kohutiana, etc.- son como una traición a la forma en que Jung nos enseñó a analizar el maravilloso y temible mundo de la psique.

Otro modo de escapar de la incertidumbre, de la ansiedad y del miedo de la psique es convertirse en un pseudoreligioso, considerar los sueños como mensajes proféticos del inconsciente que nos dicen lo que tenemos que hacer. El inconsciente siempre tiene razón es una frase que no me gusta en absoluto. El inconsciente nunca ha sido ni será un sustituto de Dios. No soy un predicador y entiendo tanto como mis pacientes el sentido de la vida.

Me siento muy limitado como psicoterapeuta y analista junguiano. Todo lo que puedo hacer es ayudar al paciente a conocer su propia alma y su patología, a ser consciente de su potencialidad y a darle a la vida otro sentido que el de limitarse a sobrevivir, me refiero a lo que se conoce por individuación, que incluye la religión y la política. Comprender el propio inconsciente colectivo implica darse cuenta de las obligaciones que se tienen con la familia, la comunidad, la nación, el Estado, etc.

Así pues, en la terapia hago muy poca cosa. Para empezar no prometo curar a nadie. Escucho al paciente e intento formarme una somera idea de quién es, escuchando sus relatos externos e internos, no sólo, por ejemplo, cuándo tuvo sus primeras relaciones sexuales, sino también cuándo tuvo su primera fantasía sexual impactante. Me interesa mucho su pasado cultural, social, etnológico y religioso, o sea, cosas como que los abuelos de un paciente eran campesinos católicos de Disentis y hablaban en romanche. Intento utilizar imágenes de su pasado; si, por ejemplo, el paciente procede de un entorno de clase trabajadora y le gusta el fútbol, utilizo a un jugador de fútbol como héroe arquetípico.

Interpreto los sueños, las fantasías, los acontecimientos, pero sobre todo con imágenes, no con conceptos. Amplío más que interpreto. Intento no dar consejos, aunque los pacientes los esperan. También tiendo a considerar las historias de los pacientes literalmente, sin creer o dejar de creer lo que me cuentan, pienso: «Cómo en realidad es o fue tu madre no lo sabemos. Pero consideremos a la persona a la que describes como tu madre, que es sin duda muy importante para ti, sea como fuere en la realidad».

La relación con los pacientes es importante, pero más como transferencia mutua que como amistad personal. Por lo que a mí respecta, la relación analítica casi nunca se ha convertido en una amistad. Sólo recuerdo dos o tres casos, que se dieron más o menos al morir mi padre. Mis amigos no son pacientes míos, y mis pacientes no son amigos míos.

Las fantasías sexuales entre mis pacientes y yo me parecen muy importantes. Las comentamos con frecuencia, no para pasármelo bien, sino con el ánimo de que el paciente se dé cuenta de cómo influye en otras personas. Por raro que parezca, me identifico mucho con mis pacientes. Entro en sus vidas, que me fascinan cada vez más, pues poco a poco ad- quieren los tintes de una tragedia shakespeariana, de una no- vela de Kafka o de una comedia de Molière.

La astrología es una vía de escape de una situación sobre la que no se sabe nada, por ello sólo la utilizo ante la insistencia del paciente y, aun así, con reservas. Tampoco soy muy dado a recurrir a la tipología y las pocas veces que lo hago, con expresiones como esto se podría denominar extroversión, es casi con ironía. La tipología simplifica demasiado, aunque a veces sirve para orientarse en la complicada psique.

Mi trabajo es muy solitario. Trato ocho horas al día con gente, pero se trata de personas que no se preocupan por mí, ni deben hacerlo. Para ellos soy una mera figura, un catalizador que, una vez utilizado, se deja de lado. Por otro lado, no cabe duda de que vivo material y psicológicamente de mis pacientes. Me dan la oportunidad de observar la vida, ¡me convierten en un voyeur! A través de ellos participo en negocios, política y ciencias, en tragedias y comedias humanas. Vivo indirectamente a través de mis pacientes.

Muchas veces me siento agotado, cansado de ver pacientes, abrumado y desanimado. En esos momentos me gustaría haber escogido una profesión decente, útil, como ingeniero de caminos, canales y puertos; o me siento frustrado al ver que la mayoría de mis compañeros de colegio ganan el doble que yo, sin ser más inteligentes ni entregarse con más líbido al trabajo.

No soy un misionero. Algunos de mis pacientes se hicieron junguianos y eso me da muchas veces complejo de inferioridad. Entonces me digo que me debo al alma de mis pacientes y no a la psicología junguiana. Intento que los pacientes encuentren su alma, y la mejor psicología que conozco para eso es la de Jung.

Después de tantos años, sigo siendo un inquebrantable y apasionado psiquiatra junguiano y sigo sin admirar a Jung.

Las bendiciones de la violencia

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulo V del libro «From the Wrong Side. A Paradoxical Approach to Psychology«, pp. 75-92

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Dios odia la violencia.
– Eurípides, Helena

La violencia pesa sobre la humanidad como una maldición, envenenando la vida de las personas y las familias, las agrupaciones religiosas y políticas, los pueblos y las naciones. Las paradojas y contradicciones que he presentado a través de muchos ejemplos en este libro parecen al principio no aplicarse a nuestra experiencia de violencia. La mayoría de nosotros asumimos que la violencia está claramente mal; ¿pero lo está realmente?

Comenzaré con ilustraciones y ejemplos personales para las tesis que discutiré más adelante. Esta es una forma de proceder que carece de cierta lógica, pero que en este contexto tendrá sentido.

Cuando tenía seis años, había una pequeña plaza rodeada de varias casitas cerca de la casa de mis padres. Era un lugar ideal para que los niños jugaran. Una niña de unos diez años que vivía en una de estas casas era la dueña indiscutible de la plaza, negándose a permitir que otros niños del barrio jugaran allí. Si alguno se atrevía a entrar en la plaza, lo expulsaba con considerable brutalidad. Yo también fui excluido de este hermoso patio de recreo. Un día, cuando regresaba a casa, nuevamente entristecido por la situación, una repartidora de periódicos me preguntó por qué estaba tan abatido y le conté mis problemas. Ella respondió: “Pequeña, llevas zapatos de madera” (práctica aún muy extendida en la época). “Solo haz esto. Marcha hacia la plaza, acércate a esa niña y déjala recibir un par de fuertes patadas en las espinillas con tus zapatos de madera. ¡Verás! Ella no te molestará más. Con cierta ingenuidad, me di la vuelta, entré en la plaza en cuestión, me acerqué a la niña y le di dos fuertes patadas en las espinillas con mis zapatos de madera. Ella aulló con fuerza y huyó llorando a la casa de sus padres. A partir de entonces, dejó solos a todos los niños que querían jugar en la plaza. El hechizo se había roto. Después de mi acto, me sentí bien y estaba satisfecho conmigo mismo. Por así decirlo, había hecho algo positivo para mí y para los otros niños desfavorecidos, ¡pero también había satisfecho mi malevolencia, mi placer infantil en la violencia!

Aquí hay otra historia personal. La maestra de la tercera clase de primaria a la que asistí cuando tenía nueve años era viciosa y mala. Tenía especial interés por los niños de entornos pobres y los trataba con crueldad, incluso golpeándolos. A un niño en particular, llamado Jürg, lo golpeaba brutalmente con una regla por la menor ofensa. Un día, cuando este maestro vicioso se dirigió nuevamente hacia Jürg para golpearlo con la regla, la víctima perdió los nervios. Jürg saltó de su silla y trató de escapar. La maestra corrió tras él, pero el niño había escapado, gritando mientras corría fuera del salón de clases. Unos quince minutos después, la puerta se abrió y una anciana majestuosa entró en la habitación. Era la abuela de la víctima, lavandera de profesión, con quien vivía Jürg. Con la cara enrojecida, se acercó al maestro y le gritó: “Sr. H., si golpeas a mi Jürg una vez más, te golpearé de izquierda a derecha en las orejas hasta que ni siquiera sepas tu propio nombre”. La profesora tartamudeó algo sobre disciplinar y denunciar, y la mujer salió del aula. La profesora brutal nunca más golpeó a Jürg y también se comportó con más cautela con el resto de los estudiantes.

Aquí hay otra historia. Como estudiante de medicina, tenía lo que llamamos la posición desvalida, residente junior en una pequeña clínica psiquiátrica. Los martes y viernes administramos terapia de electroshock, a menudo siguiendo el consejo de la enfermera a cargo o alguien comparable. Si uno de los pacientes había llamado a una enfermera o a otro miembro del personal con un nombre despectivo como «tonto», lo consideraban peligroso, agresivo o depresivo y absolutamente necesitado de tratamiento con electroshock. En aquellos días, EST era una medida terapéutica muy brutal en muchas clínicas. Los pacientes tenían mucho miedo y resistieron con todo lo que tenían a su alcance hasta que pudimos apretar el botoncito y perdieron el conocimiento por el ataque tipo epilepsia. Otro residente y yo administramos estos tratamientos con un sentimiento de horror pronunciado, pero con la convicción de que era terapéuticamente necesario. Hoy cuestionamos si métodos tan brutales realmente ayudaron al paciente. En cualquier caso, nos perturbaron profundamente como estudiantes de medicina. Uno de mis colegas incluso lloró la primera vez que tuvo que administrar EST.

Ahora una historia que no es mía. Hace varias semanas leí el siguiente artículo en un diario británico. Dos chicas de quince años que asistían a la misma escuela secundaria habían estado enemistadas durante mucho tiempo. Una de las chicas difundió el rumor de que la otra estaba embarazada. Durante un receso entre clases se produjo un enfrentamiento. La niña supuestamente embarazada (en realidad no lo estaba) había traído un cuchillo de cocina a la escuela. Ella interceptó a su torturador y amenazó con apuñalarla si no dejaba de difundir rumores sobre ella de inmediato. Su rival se negó a retractarse de sus comentarios mientras los estudiantes reunidos gritaban: “¡Solo apuñala! No tenemos tiempo para esperar a que reúnas el coraje suficiente para hacer algo. La primera niña agarró el cuchillo, apuñaló a su rival y la mató. Luego corrió a casa llorando.

A modo de conclusión quiero mencionar una estadística. Se dice que a la edad de dieciocho años, la mayoría de los estadounidenses, y supongo que la mayoría de los europeos, han sido testigos de decenas de miles de asesinatos y actos de violencia solo en la televisión.

Que la violencia de alguna forma nos acompaña y nos fascina en nuestra vida es claro para cada uno de nosotros. Sin embargo, cuando hablamos de violencia, tenemos que diferenciar las diversas formas que adopta. La violencia física y corporal es el uso de medios físicos para forzar, manipular o torturar a alguien. La violencia psicológica, mental, por otro lado, es igual de importante y ciertamente ocurre con más frecuencia que la violencia física, pero no es tan dramática y no es tan probable que aparezca bajo la rúbrica de “accidente” o “delito”. Contra nuestra voluntad, los humanos nos vemos obligados a hacer o a no hacer. Esto ocurre a través de amenazas de retiro del amor o de chantaje, por ejemplo. También ocurre por la activación de una conciencia culpable, de ansiedad o confusión psicológica. Simplemente podemos ser maltratados y torturados psicológicamente.

Recuerdo a una niña de unos dieciséis años, que estaba completamente bajo el poder de su madre. Su madre se “enfermaba” instantáneamente a la menor diferencia de opinión. “Madre no se siente muy bien; mira lo que le has hecho”, acusaba de vez en cuando el padre sumiso a la hija demasiado concienzuda. También recuerdo al niño de cinco años que llegó a casa del jardín de infantes llorando desesperado. Resultó que la maestra de jardín de infantes había montado un feo juego psicológico con los niños. En la pizarra escribió los nombres de los que más querían sentarse junto a quién. Naturalmente, se hizo evidente que nadie quería sentarse al lado de este chico en particular. El maestro subrayó el nombre de este desgraciado y le dijo: “¡Mira! ¡Ese eres tu! ¡Ese es tu nombre! ¿Qué te pasa que nadie quiere sentarse a tu lado? Tienes que cambiar. Obviamente nadie en la clase te quiere.

Tanto niños como adultos pueden ser torturados tanto con medios psicológicos como con brutalidad física. La violencia psicológica no es menos siniestra y destructiva que la violencia física. Los seres humanos somos seres físicos y psicológicos. Nuestras habilidades son de naturaleza tanto física como psicológica y, por lo tanto, podemos expresar violencia tanto física como psicológicamente. Las relaciones humanas son siempre, independientemente de cuánto amor esté presente, una lucha de poder al mismo tiempo. Este es el caso ya sea que estemos hablando de la relación entre novio y novia, entre hombres y mujeres en general, o entre dos personas en un matrimonio. La violencia, especialmente la violencia psicológica, juega un papel importante como arma en las luchas de poder en todas las relaciones, a veces más, a veces menos.

Dondequiera que miremos, ninguna forma de violencia es nueva. No la violencia entre individuos y grupos, pueblos y naciones, o como medio para mantener el orden dentro de sociedades y estados. La resolución de las luchas de poder individuales y colectivas por medios violentos caracteriza la historia de la humanidad. El fenómeno de la violencia ha acompañado continuamente al género humano hasta el presente. No solo ha acompañado a nuestra especie, sino que también nos ha fascinado. Incluso los defensores de todo lo que es bueno y bello, como Shaw, Sartre y otros intelectuales occidentales, se maravillaron ante las atrocidades de Stalin. No sólo para los intelectuales, sino también para la mayoría de los humanos, la violencia pura, sin sentido, la violencia por sí misma, ejerce una tremenda atracción.

Nuestra actitud consciente hacia la violencia, por supuesto, varía y ha variado mucho. Encontramos un extremo en el cristianismo, el rechazo total de la violencia: “Si alguno te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:39) o “Porque todos los que toman la espada, a espada perecerán”. (Mateo 26: 52). De todos modos, ¿no utilizó Jesús la violencia para expulsar a los cambistas del templo? ¿No es interesante, también, que no podamos encontrar la violencia en la lista de los siete pecados capitales?

El otro extremo es la exaltación reiterada de la violencia. Un ejemplo son las descripciones de Homero de las batallas alrededor de Troya en las que representa las luchas de los héroes con dedicación y entusiasmo. Estas batallas a menudo terminaban en la muerte de uno u otro. Conocemos innumerables historias de batallas de la Edad Media, cómo los corazones de los espectadores latían más rápido al verlo: “Glorioso presenciar cómo los héroes intercambian golpes y la forma en que fluye la sangre”. En Enrique V de Shakespeare , el arzobispo de Canterbury dice:

Mientras que su padre más poderoso en una colina
estaba de pie sonriendo para contemplar a su cachorro de león
forrajear en la sangre de la nobleza francesa.
(Acto 1, Escena 2)

El elogio de la violencia también llena la literatura más contemporánea, como In Stahlgewittern (Tormenta de acero) y Der Kampf als inneres Erlebnis (La batalla como experiencia interior) de Ernst Jünger.

Los “videos brutales” contemporáneos, a los que muchos adolescentes son prácticamente adictos, llevan la presentación realista de la violencia al extremo: cráneos aplastados, extremidades amputadas y todo lo demás igual o más repugnante. Incluso las personas que no se enfrentan directamente a la violencia en su vida cotidiana ven este tipo de películas una y otra vez. Cualquiera de nosotros que por casualidad encienda la televisión verá generalmente a alguien baleado o golpeado en cinco minutos. Aunque más civilizados en su forma, los deportes también nos presentan violencia, aunque sea un ritual, especialmente el fútbol, el rugby, el boxeo y la lucha libre.

Los seres humanos no estamos solos en nuestra propensión a la violencia. La naturaleza, la Creación misma – y por lo tanto también el Creador, Dios – se caracterizan por la brutalidad. Comer o ser comido, destruir o ser destruido, para sobrevivir. La violencia de la naturaleza, además, aparece como la violencia completamente inútil de las catástrofes naturales o los brotes de epidemias. Hasta hace poco tiempo, la mayoría de los seres humanos experimentaban la Naturaleza como amenazante y siniestra por la calidad de su violencia. En la Edad Media, solo los dementes amaban los Alpes con sus avalanchas estruendosas y sus rocas que se precipitaban. Los bellos y apacibles paisajes que hoy nos regalan nuestros paseos dominicales son, por regla general, creaciones del hombre y no del Creador. En paisajes verdaderamente naturales, nos hundiríamos en pantanos, caeríamos en abismos, seríamos mordidos por serpientes o enterrados por deslizamientos de rocas. Contrariamente a nuestra imagen de ella, la Naturaleza no se caracteriza por una armonía pacífica, sino por lo que podríamos llamar actos crónicos de violencia. Parece que incluso las ballenas y los delfines no navegan pacíficamente en alta mar en feliz armonía, sino que se involucran en amargas luchas entre sí.

Los ingeniosos e increíblemente complicados mecanismos de la creación nos impresionan repetidamente, así como la Naturaleza nos conmueve con su aparente belleza. Sólo el sentimentalismo anestesiado podría llevarnos a pasar por alto los hechos violentos y brutales en medio de la “naturalidad”. En 1755 un terremoto destruyó casi totalmente la ciudad de Lisboa. Las principales mentes de la era de la Ilustración de Europa preguntaron en su sorpresa: «¿Cómo podemos seguir respetando a un Dios que comete tales ofensas contra su creación?» Dado que esta creación es tan brutal, ¿no debemos concluir que el Creador es igualmente brutal? Volveré sobre esta cuestión un poco más adelante. En cualquier caso, el hombre, como criatura de este Creador violento, hecho a su imagen violenta, recurre repetidamente a la violencia como medio de afirmación y por puro placer. No encuentro útil considerar la brutalidad del hombre únicamente como una expresión de patología, como un desajuste psicológico o sociológico. Debemos asumir que la violencia pertenece a la esencia del hombre como criatura, ¡una noción profundamente perturbadora para nosotros!

La teoría de los arquetipos es uno de los conceptos fundamentales de la Psicología junguiana. Los junguianos asumimos que la psique humana no surge de un solo molde, sino que resulta de muchas psiques, fuerzas o aspectos psicoides diferentes, lo que llamamos arquetipos. Entonces, desde una perspectiva junguiana, ¿cómo debemos clasificar la violencia humana? ¿Es nuestra tendencia hacia la brutalidad y nuestro placer en ella una fuerza en sí misma, un arquetipo, o simplemente parte de algún otro arquetipo? El completo rechazo de la violencia por parte del cristianismo y de muchos individuos modernos es completamente comprensible. (Los pacifistas, al menos en Europa, son en su mayor parte herederos de la tradición cristiana, incluso si su rechazo a la violencia no se basa en creencias religiosas). Por definición, la violencia es ante todo algo puramente destructiva. A través de la violencia, ya sea física o psicológica, “obligamos” a otra criatura, un ser vivo, humano o animal, a comportarse de manera diferente a como le gustaría o elegiría comportarse. Destruimos así una parte de su ser; bloqueamos la realización de las intenciones, deseos y esfuerzos de otros. La violencia siempre conlleva destrucción.

¿Cómo podríamos entender los junguianos el significado arquetípico de la violencia? ¿La violencia pertenece arquetípicamente a la sombra? Por supuesto, por “sombra” no me refiero simplemente a todo lo que yace en lugares oscuros, cualquier cosa de la que no seamos conscientes. No me refiero, como suele ser el caso cuando se aborda la “sombra”, a cualquier cosa que rechacemos individual y colectivamente por las más diversas razones. No me refiero a nada que no se corresponda con nuestro ego ideal. La sombra arquetípica es aquella que, según Jung, es totalmente destructiva, el asesino y auto-asesino en nosotros. También debemos darnos cuenta de que, sin la sombra, el hombre no tendría alma, no tendría conciencia de ningún tipo. Sólo quien puede decir “no” a la creación es capaz de decirle “sí”. Wolfgang Giegerich abordó este punto en una conferencia de 1991 en Lindau («Killings: violence from the soul»). Sugirió que consideráramos la matanza sin sentido de animales, su masacre al por mayor, como un acto de sacrificio, como el momento del nacimiento del alma humana.

En el lenguaje de Freud nos referiríamos a la sombra como Thanatos. En Beyond the pleasure principle, Freud describe dos instintos fundamentales de la vida humana, Eros y Thanatos. Eros sirve para promover la vida, la propia y la de los demás, mientras que Thanatos busca destruirla. La sombra arquetípica estaría por tanto relacionada con Thanatos, la pulsión de muerte, independientemente de que esta pulsión fuera consciente o no. La sombra arquetípica consciente, el asesino y el auto-asesino en cada uno de nosotros, es tan activo, siniestro e incontrolable como el inconsciente.

Dado que la violencia busca la destrucción, bien podría tener que ver con la sombra arquetípica, lo que explicaría por qué la violencia parece ser inherente a la naturaleza humana. Sin embargo, la ecuación, la violencia es igual a la sombra arquetípica, no se demuestra completamente. Si evitamos que un niño corra por una calle concurrida mediante el uso de la violencia, ciertamente no estamos actuando en aras de la destrucción. Al contrario, estamos usando la violencia por amor. Quizás la violencia sea algo así como un mercenario germánico en el Imperio Romano. Los soldados mercenarios representarían partes escindidas de la sombra, útiles cuando se aplican correctamente, pero listas en cualquier momento para asesinar y saquear. La pregunta es, «¿Qué hace la diferencia?» Yo propondría que necesitamos diferenciar entre la violencia con Eros y la violencia sin Eros.

A menudo nos vemos impulsados a hacer cosas que nos dañan a nosotros mismos o a los demás, ya sea que lo hagamos por ignorancia o por destructividad. Sin embargo, más comúnmente estamos divididos en nuestras intenciones y nuestros esfuerzos. Somos ambivalentes, tirados de un lado a otro, por así decirlo, entre Eros y Thanatos. Lo que queremos o lo que nos impulsa no siempre es para nuestro beneficio. A menudo, nuestros semejantes apoyan nuestras intenciones positivas a través de la violencia física o psicológica mientras reprimen las negativas por los mismos medios: ¡para nuestro bienestar e integridad! Muchos son los rescatados de la ruina no por persuasión suave, sino por la fuerza física o psicológica. Ciertamente es deseable y beneficioso proteger a otros de la violencia con contraviolencia. Cuando vemos a una mujer agredida en la calle, es justo que nos lancemos sobre su agresor y le impidamos por la fuerza que lleve a cabo su intento criminal. Sin duda, sería falso simplemente quedarse al margen y solo intentar disuadir verbalmente al atacante de más violencia.

Podemos usar la fuerza o la violencia al servicio de Eros o, dicho en términos más simples, al servicio del ser humano individual o de la comunidad humana. También podemos usar la violencia al servicio de lo destructivo, lo malicioso, de la sombra arquetípica, el asesino y el auto-asesino en cada uno de nosotros. Este último uso de la violencia puede tener terribles consecuencias. Hay ciertos individuos cuya relación con Eros es extremadamente débil mientras que su relación con Thanatos, con la sombra arquetípica, es bastante fuerte. Hace varias décadas, los psiquiatras aplicaron el término «psicópata» o «locura moral» a estos casos. Los por qué y para qué de este fenómeno de la deficiencia moral no han sido establecidos y, quizás, nunca lo serán. El hecho es que existen individuos que dirigen sus esfuerzos principalmente hacia la aniquilación de quienes los rodean, si no de ellos mismos. Cuanta más destrucción encuentren o puedan causar, mejor. Recuerdo que Saddam Hussein sonrió cuando anunció en la televisión iraquí: “Todo el Medio Oriente se convertirá en un infierno”.

Tales psicópatas pueden causar estragos terribles usando la violencia sin escrúpulos con fines destructivos, sin importar si son líderes empresariales, políticos, dictadores o criminales. Como no tienen escrúpulos, nadie más es rival para ellos. Sus objetivos son inequívocos porque no sufren la ambivalencia de la moralidad. Sus energías están concentradas y enfocadas. Es algo así como un milagro que los psicópatas no sean los principales gobernantes de la humanidad, ya que no dudan ante nada en la selección de sus métodos. Afortunadamente, parece que a la larga, siempre hay seres humanos individuales y pueblos que se atreven a defenderse con violencia -la violencia de la que desconfían profundamente- mientras confían en Eros. Cuando los psicópatas dominan áreas específicas de la actividad humana, pueden controlarse hasta cierto punto con la ayuda de la ley y el orden. Cuando, en cambio, han logrado posiciones como líderes de naciones, es difícil saber cómo tratar con ellos. Aquellos de nosotros que somos amantes de la paz estamos atrapados en un dilema trágico. ¿Debemos dejarnos conquistar, dominar o destruir? ¿O deberíamos recurrir a la fuerza para defendernos y correr el riesgo de ser destruidos de todos modos?

Me gustaría volver a una referencia del cristianismo citada anteriormente: “Todos los que toman espada, a espada perecerán” (Mateo 26: 52). El uso de la fuerza, como sugiere este refrán, conduce a una escalada a nivel colectivo e individual. En ninguna parte la violencia es algo neutral. No es una energía o un instrumento que podamos emplear sin peligro. El peligro está presente incluso cuando nuestras intenciones son buenas, nuestra relación con Eros fuerte y nuestro propósito es la preservación de nuestra vida o la de los demás. Visto psicológicamente, la violencia es una fuerza en sí misma, tal vez, como he sugerido, muy similar a la sombra arquetípica. Por sí mismo busca destruir, incluso cuando la destrucción a veces puede funcionar para el bien. Si la violencia no es idéntica a la sombra arquetípica, al menos apela a la sombra arquetípica en nosotros. Cada vez que recurrimos a la violencia, incluso al servicio de Eros, estamos invocando nuestro lado destructivo, lo que yo llamo el asesino y auto-asesino en nosotros.

Las dos primeras historias que conté, la historia de la niña a la que pateé con mis zapatos de madera y la de la abuela del niño torturado, son claros ejemplos del uso de la fuerza con Eros. La sensación que tuve cuando pateé a la chica en la espinilla no solo era una preocupación por mis semejantes, sino también un cierto placer en causarle dolor. No sé cuáles fueron los sentimientos de la abuela cuando amenazó con dar una bofetada a la maestra. La suya fue una acción noble: usó la fuerza por su sentido de Eros. Al mismo tiempo, quizás también se complacía en humillar a la maestra.

La situación psicológica con el otro residente y conmigo cuando administrábamos la terapia de electroshock era mucho más complicada y horrible. Habíamos aprendido que EST era terapéuticamente útil. Por otro lado, vimos completamente la necesidad de castigo y la brutalidad de la enfermera jefe y el jefe de ordenanzas. También vimos a través de nuestro placer en la brutalidad hacia los pacientes, aunque intentamos equilibrarlo con nuestra atención cuidadosa antes, durante y después de la administración de los tratamientos. Sobre todo, la indicación médica justificaba este placer, este goce de la brutalidad, aunque nosotros, por supuesto, reconocíamos que era cuestionable.

La historia de la colegiala que apuñaló a su compañera de clase es un ejemplo de violencia sin Eros, de violencia como expresión de la sombra destructora, arquetípica. Esto se aplica también a las actividades asesinas teñidas de ideología o religión de Genghis Khan, Robespierre, Hitler, Franco, Stalin, Mao, Saddam Hussein y otros criminales de la historia mundial y sus secuaces.

Como señalé antes, la brutalidad, la característica brutal de los seres humanos, está estrechamente relacionada con la sombra arquetípica en nosotros o, al menos, es su prima. No podemos embellecer este parentesco. Tenemos que mirar este hecho terrible a los ojos cada vez que consideramos cómo y cuándo y si debemos emplear la violencia. Debido a que la brutalidad está al menos relacionada con la sombra arquetípica, podemos comprender fácilmente por qué muchas personas advierten contra la violencia en principio. También podemos entender a aquellos que llegan a vislumbrar la posibilidad de un mundo sin violencia. Ese tipo de mundo probablemente no sea posible, ya que como arquetipo, la Sombra pertenece a la naturaleza de los seres humanos, tal como la conocemos hoy. Pertenece a cualquier naturaleza que continuamente intenta ser consciente de sí misma. El uso de la violencia psicológica y física, ya sea de forma individual o colectiva, siempre significa que nos valemos de lo destructivo. Por eso, constantemente existe el peligro de que la destrucción tome el control, incluso si en un principio quisimos usar la violencia sólo al servicio de Eros. Sin embargo, el peligro no nos excusa de tener que armarnos de valor para emplear la violencia con Eros cuando surja la necesidad, como una bendición, en otras palabras.

Esta pregunta no es un coqueteo intelectual abstracto, sino un problema muy concreto. No podemos imaginar, por ejemplo, una nación moderna sin una fuerza policial bien organizada. Naturalmente, la policía solo puede funcionar cuando está dispuesta en ciertos casos a usar la violencia para proteger a los ciudadanos contra el crimen y los delincuentes. Usar la fuerza de esta manera es jugar con el asesino y el auto-asesino que hay en nosotros. Idealmente, entonces, un policía debería ser alguien que esté preparado para participar en ese juego, para acercarse al asesino y auto-asesino en sí mismo y usarlo para el bienestar de la comunidad. Debe emplear su brutalidad para servir a Eros sin permitir que este arquetipo lo controle.

Aquí me gustaría abordar el problema de los que objetan y de los que se ofrecen como voluntarios para el servicio militar. Ciertamente podemos encontrar camorristas y Rambos entre los voluntarios y entre los objetores de conciencia, auténticos pacifistas que operan desde su idealismo. (¡Podemos empezar a comprender su pacifismo cuando reconocemos el horror de la violencia!) Muchos voluntarios militares son tan amantes de la paz o más amantes de la paz que los objetores de conciencia. Aceptan el riesgo de exponerse a la fuerza profundamente aterradora de la violencia por el bien público. Los voluntarios para el servicio militar a menudo son tremendamente idealistas, sacrificando mucho tiempo y energía por algo que es terrible y desagradable para ellos. Entre los objetores de conciencia hay muchos que están cerca de la violencia y, por ello, se oponen a hacer el servicio militar. Cuántas veces los escuché decir mientras les hacía los exámenes físicos: “No sé qué podría hacer si tuviera un arma cargada en mis manos. ¡Probablemente le dispararía a la primera persona que viera!”

Mi visión de la brutalidad como una característica inalterable de los seres humanos puede parecer pesimista. Realmente no creo que el león y el cordero alguna vez vivirán en paz y armonía en esta tierra. Voy a dar un paso más. La verdadera brutalidad en este mundo viene de Dios (en la medida en que Él existe) o de los dioses. Nadie es tan brutal como Él. Por regla general, Dios y los dioses se caracterizan por ser brutales. Sólo cuando la creencia en Dios (y los dioses) perdió gradualmente su fuerza y realidad, el hombre comenzó a pensar en Dios principalmente como amor : “Dios es amor, repito, Dios es amor”. Cualquiera que pueda decir esto no ha experimentado a Dios. Casi todas las religiones describen a sus deidades como aterradoras, brutales y espantosas. Esto difícilmente podría ser de otra manera ya que la creación, la naturaleza y el hombre (con su pretensión de ser hechos a la imagen de Dios), es en sí mismo brutal.

Supongo que un encuentro con Dios o con lo trascendente, per se, solo puede ocurrir cuando experimentamos el lado violento de Dios, la creación y la humanidad también. Nos encontramos con Dios y el mundo tanto en lo horrible como en lo bello y lo sublime. Nos encontramos con Dios tanto en los truenos y relámpagos como en una puesta de sol impresionante, tanto en las catástrofes naturales como en un paisaje romántico e idílico. Experimentar el amor de Dios, el lado amistoso y no destructivo de la creación y la humanidad, es fácil y placentero, y requiere poco de nosotros. La verdadera Auseinandersetzung con Dios y el mundo tiene lugar sólo cuando nos enfrentamos a la brutalidad de Dios y, a través de ella, nos acercamos de alguna manera a Él.

Tengo que seguir la última declaración con una advertencia: de ninguna manera pretendo glorificar la violencia. Glorificar la violencia es evadir lo terrible. La violencia, prima segunda de la sombra arquetípica, es terrible, terrible y espantosa, tanto colectivamente como en casos individuales. Solo podemos glorificarlo minimizándolo, negando así su naturaleza demoníaca. Destacaría, por tanto, lo siguiente: La violencia es de Dios; pertenece a la creación ya la humanidad. Esto es muy difícil para nosotros de aceptar, así como también es difícil reconocer, aceptar y experimentar conscientemente nuestra sombra arquetípica. A menudo intentamos evadir esta dificultad buscando las causas de la brutalidad de la humanidad. Ciertamente existen causas y contextos específicos de naturaleza psicológica, sociológica, política, económica, religiosa y cultural. La violencia en sí misma, sin embargo, no tiene causa. La violencia es un atributo esencial de la humanidad, relacionado con nuestra sombra arquetípica, nuestro asesino y auto-asesino.

Esto me lleva a una cuestión muy delicada que no he considerado hasta ahora. Casi tengo miedo de abordar el tema, es decir, la cuestión de la relación de la violencia con el género. ¿La violencia, acaso, no es realmente algo humano, sino algo masculino, resultado del Patriarcado? ¿Son los hombres, como los conocemos desde el Patriarcado, violentos, mientras que las mujeres son amantes de la paz? ¿Es lo “Masculino” per se violento y lo “Femenino” pacífico, no violento? Esta es una teoría que escuchamos de vez en cuando y que ya he mencionado. Según esta teoría, cuando el Patriarcado haya sido superado y el Femenino reine, la guerra y la violencia de todo tipo terminarán o al menos disminuirán. ¿Son las mujeres verdaderamente no violentas o menos violentas en comparación con los hombres?

Podemos responder a la pregunta, «sí y no». He señalado que hay dos variedades de violencia, física y psicológica. Es el caso, y no sabemos por qué, que durante los últimos miles de años de la historia humana, los hombres han sido físicamente más fuertes que las mujeres. Qué más natural que los hombres, por su fuerza física, que tengan tendencia a la violencia física y tengan preferencia por esta forma de violencia en el trato con mujeres y otros hombres. En cualquier caso, en la guerra de los sexos, no habría tenido mucho sentido que las mujeres recurrieran a la violencia física. Los hombres claramente han tenido la ventaja. Por eso, los hombres mantuvieron y mantienen su dominación y poder a través de la violencia física.

Hasta hace poco, la mayoría de los países europeos garantizaban legalmente la violencia física hacia las mujeres: un esposo tenía el derecho legal de golpear a su esposa. En este siglo, particularmente en las últimas décadas, la fuerza física ha perdido cada vez más su importancia, jugando un papel cada vez menor en las relaciones. La tecnología lo ha hecho gradualmente superfluo. Ha sido destronado, por así decirlo, en la vida cotidiana, en el trabajo y, por tanto, también en las relaciones entre géneros. Por mi parte, no creo que la violación y el abuso de mujeres vayan en aumento; simplemente son más el foco de atención del público. Son un atavismo ya que el propio uso de la violencia física es atávico.

En el área de la sexualidad, la fuerza física juega un papel importante para los hombres. El hombre no sólo puede dominar a la mujer por su fuerza física, sino que desde una perspectiva puramente anatómica, el hombre puede hacer valer sus deseos sexuales más fácilmente que una mujer. Una mujer no puede obligar a un hombre a tener relaciones sexuales, no por una disparidad en la fuerza física sino por diferencias anatómicas. Hasta ahora, las mujeres han estado mucho más a merced de los deseos sexuales de los hombres que al revés. Esto no significa que las mujeres no sean tan violentas como los hombres. La naturaleza –Dios– ha limitado a las mujeres en cuanto a la violencia física y sexual y, por lo tanto, probablemente ellas hayan desarrollado el arte de la violencia psicológica más a fondo que nosotros los hombres. Cuanto más pierda importancia la fuerza corporal, ya no esté “de moda”, más mujeres saldrán victoriosas en la batalla de los sexos, al menos por el momento.

Por lo que puedo decir, las mujeres a menudo disfrutan de una superioridad sobre los hombres en el uso de la violencia psicológica. Ciertamente, hay tantos hombres que han sido gravemente heridos psicológicamente por mujeres (madres, esposas, amantes, hijas) como mujeres que han sufrido daños por la violencia física de los hombres. No estoy simplemente sacando esta declaración de mi sombrero. He observado una y otra vez que, en medios en los que la violencia física todavía juega un papel importante (entre los trabajadores de cuello azul, por ejemplo), los hombres a menudo no tienen miedo de sus esposas, sino todo lo contrario. Cuanto menos se acepta la fuerza corporal, la violencia física, cuanto menos valora el medio estas cualidades, más los hombres parecen temer a sus esposas. He observado una y otra vez cómo los hombres de clase media alta apenas se atreven a defenderse de las demandas de sus esposas. Si examináramos los matrimonios más de cerca y conociéramos mejor a un número mayor, reconoceríamos claramente que las mujeres son tan brutales como los hombres con los que viven. Generalmente, la violencia no es tanto de naturaleza física sino psicológica. Menospreciando o suspirando en el momento justo, ¡a menudo podemos lograr más de lo que podríamos con un golpe!

Tenemos que tomar todas las generalizaciones con pinzas. Hay hombres que entienden la guerra psicológica mejor que las mujeres y muchas mujeres que son físicamente más violentas que los hombres. Mitológicamente, las diosas no son menos violentas que los dioses. En la medida en que dioses, diosas y otras figuras mitológicas simbolizan lo arquetípico, la idea de la ausencia de violencia en las mujeres es difícil de sostener. Podríamos pensar en las Amazonas amantes de la guerra y felices en la batalla o las Gorgonas, Medusa, por ejemplo, cuya sola mirada era letal. Podríamos recordar a la diosa hindú Kali, la gobernante engalanada con huesos del lugar de los cráneos en cuyo honor se sacrificaron cientos de cabras y que bebía sangre de un cráneo humano. Podríamos recordar a Tawaret de Egipto, león, hipopótamo y mujer, devoradora y mortífera, o a Hathor, la diosa de la guerra, o a Morrígan, la diosa celta, representada como un cuervo devorador de cadáveres.

La situación en el cristianismo es algo confusa ya que adoramos lo que consideramos un Dios “masculino”. (A pesar de su ascensión al cielo, María no es verdaderamente una diosa). Sugiero que nuestro Dios cristiano es violento no porque sea «masculino», sino porque es divino. Incluso si oráramos, “Madre nuestra que estás en los cielos,” en lugar de “Padre nuestro…”, todavía tendríamos que confrontar los aspectos terribles y brutales de la Deidad.

Me parece que la violencia no es algo que tenga nada que ver con lo masculino o lo femenino: solo la naturaleza de la violencia tiene que ver con el género. Sin embargo, entiendo por qué a menudo se dice que la violencia es únicamente un fenómeno masculino. Nos gustaría poder localizar la violencia para no tener que enfrentarnos a su realidad, para mantener la ilusión de que podemos eliminar la causa de la violencia. Si la brutalidad es un fenómeno humano universal, incluso un fenómeno divino, no tenemos más remedio que enfrentarlo. Tenemos pocas esperanzas de que simplemente desaparezca. Por lo tanto, no deberíamos intentar minimizar la violencia localizándola causalmente. Lidiar con la violencia consiste en tener el coraje de reconocer que como seres humanos somos violentos, que tendemos a la violencia y que no podríamos vivir sin violencia. En este sentido, los estadounidenses son más honestos. Tienen un dicho; “La violencia es tan estadounidense como el pastel de manzana”. Sin embargo, la violencia no es solo estadounidense. Es humana, propia de hombres y mujeres, propia de niños y adultos, sin detenerse siquiera en la vejez.

Como psicólogos, a menudo no somos terriblemente valientes en la confrontación con la violencia. Intentamos evitar el problema principal mediante el uso de terminología latina como «agresión» o «la inhibición de la agresión». La agresión es un concepto neutral, un término abstracto con raíz latina y significa simplemente “acercarse a algo, agarrar algo”. No es el placer de agarrar lo que es problemático para nosotros en la naturaleza humana. El problema es que los humanos somos violentos en el sentido de que a veces obtenemos placer al frustrar y hacer añicos las intenciones de nuestros semejantes. Podemos aplicar la violencia constructivamente o podemos ser víctimas de ella. ¿No corremos los psicoterapeutas el peligro de abusar de la violencia? Expresado con más moderación, ¿nuestra comprensión psicológica no nos proporciona métodos demasiado a mano para la violencia psicológica?

Mencioné anteriormente que diferencio entre violencia física y psicológica. A lo largo de este capítulo también he subrayado que la violencia psicológica ha adquirido una importancia cada vez mayor en las relaciones entre los individuos. En consecuencia, la fuerza física y, con ella, el uso de la violencia física ha perdido importancia. Como psicólogos también somos especialistas en manipulación psicológica. Siempre manipulamos un poco a nuestros pacientes y a nuestros semejantes, queramos o no. Idealmente, los psicoterapeutas, como especialistas en violencia psicológica, usamos nuestra habilidad con Eros, con amor, al servicio de la humanidad. Siempre existe el peligro de que usemos la violencia psicológica inherente a nuestro conocimiento de la psique no con Eros, sino fuera de la sombra arquetípica. Así, los psicoterapeutas son tan capaces de hacer un daño terrible como de hacer un bien tremendo.

¿Qué pasa con las bendiciones de la violencia, que he estado rastreando en el contexto de buscar todo lo paradójico en psicología? Durante mucho tiempo busqué tales bendiciones, pero no pude encontrar ninguna. Sólo reconocí que cuando usamos la violencia con Eros siempre es muy peligroso, incluso si se puede aplicar constructivamente. Entonces finalmente vino a mí. Para crecer y desarrollarnos psicológicamente tenemos que confrontar la totalidad de nuestra humanidad. Esto es más difícil en relación con la sombra arquetípica, el asesino y auto-asesino en nosotros. Esta sombra es ciertamente más específicamente humana. Señalaría que quien no puede decir “No” a la creación tampoco es capaz de decir “Sí”. Como dice Giegerich, si el hombre nunca hubiera matado a un animal por el simple hecho de matar, no sería la criatura que es hoy. Al mismo tiempo, es infinitamente difícil, si no imposible, acercarse a este terrible arquetipo, la Sombra, experimentarlo y confrontarlo.

Muchos jungianos, sin duda, hablan de la necesidad de la integración de la sombra. ¿Cómo vamos a “integrar” al asesino/autoasesino? Sin embargo, esta es la dirección en la que podemos encontrar las bendiciones de la violencia. Usar la violencia en nombre de Eros nos permite experimentar, incluso vivir, la sombra arquetípica sin causar demasiado daño. Cada vez que empleamos la violencia física o psicológica, experimentamos nuestro placer en la destrucción, experimentamos nuestra sombra destructiva. Somos capaces de vivirlo, pero, si tenemos suerte, no de destruir. La violencia es una bendición si tenemos el coraje de emplearla bajo la bandera de Eros. Al mismo tiempo, debemos admitir que este uso de la violencia anima algunas de las capas más profundas de nuestra psique. Cuando esto sucede, nos encontramos con nuestro asesino y auto-asesino. Tenemos que enfrentarnos a la sombra arquetípica. Por razones psicológicas y religiosas, tenemos que ver y experimentar lo aterrador en nosotros mismos, en el mundo y en Dios, incluso si la experiencia nos parece horrible. Aquí podemos aprender de la violencia. Aunque sea horrible, a través de la violencia con Eros tenemos la oportunidad necesaria de experimentar lo horrible.

La capacidad de estremecerse es la mejor parte del hombre;
No importa cómo el mundo eleve el sentimiento,
Él es sacudido hasta la médula por su monstruosidad.

(Johann Wolfgang von Goethe, Fausto, Parte 2, Acto 1)

La gente nos acusa continuamente a los psicólogos de vivir en una torre de marfil. Dicen que atendemos a los individuos pero descuidamos nuestro deber como ciudadanos, que no tenemos interés por la polis. Por esta razón, abordaré el tema de la política en el próximo capítulo, aunque no es mi área de especialización.

Hijos e hijas de padres inusuales

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulo III del libro «From the Wrong Side. A Paradoxical Approach to Psychology«, pp. 47-57

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

¡Qué hermosura en la vida para cualquier niño superar la fortuna y la buena fama de un padre!
– Sófocles, Antígona

Los padres insólitos presuponen padres habituales u ordinarios y, sin embargo, ¿qué es un padre ordinario? Cada padre difiere completamente de cualquier otro padre. ¿Qué cualidades, entonces, tienen en común los padres “habituales”? ¿Y no deberíamos hablar preferentemente de padres y madres? ¿O son las hijas y los hijos de madres inusuales diferentes de los de padres inusuales? ¿Cómo, específicamente, funciona el padre? ¿Cómo la madre?

Estas y otras preguntas me confunden hasta que empiezo a perder el hilo de mis pensamientos. Después de haber practicado la psiquiatría durante décadas, incluso mi experiencia se muestra inesperadamente limitada y no me ofrece ningún apoyo. Visto desde la perspectiva estadística, también, mi experiencia es bastante limitada. En veinte o treinta años, un terapeuta puede ver de cinco a diez hijos e hijas de padres inusuales. El número podría ser menor ya que son solo eso, inusuales y poco comunes. El material de mi experiencia difícilmente es suficiente para sacar conclusiones autorizadas.

Me volví, finalmente, a la mitología, siendo al mismo tiempo consciente de las limitaciones de este enfoque. Para los que venimos de la cultura europea occidental, la mitología cristiana y, en cierta medida, la judaica es ante todo decisiva y determinante. En la mitología cristiana encontramos una familia al comienzo mismo de la cristiandad. Me refiero, por supuesto, a la Sagrada Familia, la familia con los padres, José y María, y su hijo, Jesús. Como en toda familia, tenemos un padre con el que tratar, a saber, José, él mismo casi menos que un padre habitual. En el sentido terrenal, la primera familia cristiana era completamente matriarcal: José ni siquiera engendró a su hijo. María quedó embarazada durante el compromiso de la pareja -por obra del Espíritu Santo, según ella misma- y el bondadoso José aceptó el embarazo ilegítimo. Cuando Jesús vino al mundo, José permaneció leal y agradable, pero completamente en un segundo plano. En todas las historias del nacimiento de Jesucristo, María y su hijo son, por regla general, el centro de atención. Dominan el “espectáculo”; son adorados y reverenciados. En algún lugar a un lado o detrás de escena se encuentra el humilde padre, José, ¡a quien apenas se nota! Aunque él organiza la huida a Egipto y el regreso a Israel, no escuchamos mucho sobre él en los relatos posteriores del Nuevo Testamento y no mucho más en las leyendas populares.

Desde el período en que Jesús comenzó su ministerio a la edad de treinta años, no se hace mención de José. María, por el contrario, aparentemente se involucró en las actividades de Jesús y al menos en una ocasión tuvo que ser rechazada sin rodeos por su hijo. En las bodas de Caná, Jesús le dice: “Mujer, ¿qué tienes tú conmigo?” (Juan 2: 4) Aparentemente, ella no pudo evitar interferir. En los informes de la muerte de Jesús, no encontramos nada acerca de José, su padre. María no solo está incluida en la narración bíblica, sino que la tradición posterior que rodea la muerte y resurrección de Jesús hace mucho hincapié en su presencia, especialmente en las representaciones de los artistas. María con su hijo muerto, María, la madre afligida del héroe vencido, ha inspirado continuamente a los artistas de nuevo. El padre José, en cambio, queda completamente olvidado: no tiene importancia.

Dada la aparente falta de importancia de José, me cuesta entender por qué a menudo se dice que el cristianismo ha mostrado características patriarcales desde sus comienzos. El padre terrenal de la primera familia cristiana apenas tiene ningún papel que desempeñar, es simplemente un supernumerario. ¡Dudo seriamente que José, a pesar de su papel insignificante, se sintiera tranquilizado y fortalecido en su conciencia de sí mismo por las alusiones al Espíritu Santo y un Padre Celestial cuestionable! Jesús, entonces, tuvo dos padres: José, un carpintero y buen proveedor totalmente insignificante, ordinario, bien intencionado; y Dios, un Padre tan significativo e inusual como podríamos esperar encontrar. Al mismo tiempo, nada es más difícil de captar que este Dios Padre. No podemos verlo ni tocarlo. Él está oculto, ¡si es que existe en absoluto!

Los mitologemas son simplemente representaciones, imágenes y símbolos de arquetipos, no de seres humanos individuales. Todos los arquetipos pueden aparecer y tener un efecto en cualquier ser humano, mujeres, hombres y niños. La universalidad de los arquetipos me permite aquí evitar la cuestión de si los hombres y las mujeres o, en este caso, los padres y las madres, son verdaderamente diferentes o no. Sin duda, María y José son arquetípicamente fundamentalmente diferentes. María es la bendita y radiante Madre de Cristo, reverenciada y adorada. José es la figura de fondo sin pretensiones, ordinaria, insignificante, sí, prácticamente superflua.

Según Jung, los arquetipos representaban originalmente situaciones humanas clásicas o surgían de tales situaciones. También podríamos decir que las situaciones humanas clásicas son las actualizaciones de los arquetipos. Los arquetipos, quizás, no se encarnan únicamente en los seres humanos, sino también en formas de vida emparentadas con los humanos, los mamíferos por ejemplo, o incluso en los animales en general. En el caso de nuestros primos los chimpancés, machos y hembras suelen estar envueltos en un animado juego que tiene que ver con el reparto de privilegios sexuales y posiciones de poder. Los machos dependen constantemente del apoyo de las hembras, cuya ausencia los envía ansiosamente a esconderse en los árboles. Aparte del apareamiento, los machos son prescindibles y se usan solo como una especie de lujoso juguete.

Si bien apenas podemos ver a las aves emparentadas con los humanos, el pavo real ilustra gráficamente lo que está en juego. La única función del pavo real (el macho de la especie) es extender su impresionante cola para incitar a la hembra a aparearse. El pavo real, por cierto, casi enfermó a Charles Darwin, así lo expresó él mismo. No vio ninguna posibilidad de explicar el lujo sin propósito de extender la cola como «darwiniano», es decir, como evolutivo, causal o dirigido a un objetivo. Bien podríamos imaginar que la pava real murmuró para sí misma después del apareamiento: “¡Él realmente no tenía que alardear tanto de su cola!”

En lo que respecta a los humanos, olvidamos una y otra vez que, desde una perspectiva zoológica, el macho humano también es bastante superfluo, excepto para el apareamiento. Otras mujeres podrían proteger y alimentar a las mujeres embarazadas. Otras mujeres podían cazar o recolectar frutos, ya sea en un sentido clásico o moderno. Entre muchos pueblos llamados primitivos, no sólo el cuidado de los niños, sino también la obtención de alimentos, el trabajo del campo y otras tareas estaban en manos de las mujeres. Los hombres, por otro lado, parlotean, deambulan y de vez en cuando se involucran en conflictos a menudo mortales. Se admite que el matriarcado de la Sagrada Familia es bastante extremo. Falta el área donde el esposo es realmente útil y necesario, ya que María concibe sin José. Los placeres lujuriosos y lascivos de la sexualidad por los que muchas mujeres requieren de los hombres aparentemente no eran una preocupación para María.

Puede que no sea una coincidencia que las mujeres estén a cargo del 99% de todos los jardines de infancia. No hace falta mencionar que en las escuelas primarias e incluso secundarias, las maestras son mayoría mientras que los maestros varones están desapareciendo. Los machos apenas son necesarios, incluso si pueden ser estimulantes. En este sentido, la psicología del desarrollo moderna es consistente con la situación existente. La madre es la primera que ofrece el pecho bueno y malo, que refleja y admira y que forma e influye en los primeros años determinantes del niño. La mayoría de los psicólogos reconocen cierto valor en la posición del padre como “pequeño ayudante de la madre” o como una molestia bien intencionada y tolerada, una variación de “la leal oposición de su majestad”. Sin embargo, el padre no parece tener una función formativa durante el crucial período inicial de la vida de un niño.

El padre común y corriente no sólo es corriente, sino que, en su mayor parte, es innecesario. El lector protestará con vehemencia y afirmará que, en efecto, es extremadamente importante que los niños en crecimiento tengan un padre con el que puedan identificarse o relacionarse. El lector podría protestar además que un padre introduce a los niños a la vida en sociedad. Es alguien que juega al fútbol con los niños y que juguetea en el patio con las niñas o admira sus lindos vestidos. Todas estas cosas, señalaría, son un lujo añadido y no imprescindibles ni necesarias por muy agradables y entretenidas que sean.

No estoy hablando aquí de una explicación científica completamente probada, sino simplemente de una idea que tengo. Sospecho, como ya he insinuado, que el padre ordinario juega un papel muy secundario en la familia y en la vida de los niños. Su función natural es la de un artículo de lujo. Sin embargo, ¿merece la pena vivir sin lujos? En la vida pública, en los negocios y similares, un hombre desempeña el papel de varón, pero no el de padre. Al rebelarse contra la llamada “dominación masculina”, no deberíamos, por tanto, hablar de “patriarcado” sino de falocracia. El Patriarca, el padre dominante, es algo así como un molino de viento asediado por don Quijotes femeninos.

Ahora llegamos a nuestro tema real: hombres inusuales como padres. Hay hombres de gran importancia, hombres fuera de lo común, que también son padres y menos inocuos que José. En este punto me topo con una pared: ¿qué significa ser un hombre “importante” o “inusual”? De alguna manera tengo que encontrar algún criterio sólido para este término “inusual”, consciente todo el tiempo de que tales criterios tendrían limitaciones. Serían mi comprensión de «inusual».

La mayoría de los seres humanos, hombres y mujeres, son seres colectivos en un noventa por ciento. Como señaló Aristóteles, el hombre es un zoon politikon, un animal de manada, naturalmente también en el sentido positivo. Hace lo que uno hace, siente lo que uno siente, etc. La vida humana desde la cuna hasta la tumba transcurre en el regazo del consciente colectivo y del inconsciente colectivo. Todos compartimos, más o menos, las opiniones y actitudes del colectivo gobernante o, tal vez, del colectivo opositor gobernante. Existen muy pocos individuos verdaderamente originales, dotados y creativos, como he señalado en el Capítulo 1. Si tuviéramos que examinar las opiniones o filosofías de la mayor parte de nuestros congéneres, descubriríamos que por lo general son copias de la Neue Zürcher Zeitung, The New York Times o BBC European News. No es que los medios creen el consciente y el inconsciente colectivo; simplemente reflejan y refuerzan lo colectivo.

Hay un colectivo así como un contracolectivo. Ambos son colectivos y los individuos que los componen carecen de individualidad y originalidad. En el campo de la política hay quienes se conforman con la derecha, quienes se conforman con la izquierda y probablemente también quienes se conforman con el “medio”. Todas estas posiciones, sin embargo, son colectivas como lo somos prácticamente todos nosotros. No me refiero a esto de una manera despectiva. El hombre no es Dios, no es un creador, sino una creación. Si miro un campo de narcisos, no pido a cada narciso que sea especialmente original. El campo lleno de flores me da placer tal como es, con todas sus flores poco originales.

Sin embargo, de vez en cuando, hay individuos inusuales, en nuestro caso, hombres, que demuestran capacidades creativas e independientes, ya sea en las artes, la ciencia o los negocios. Aquí me gustaría proponer una tesis más: tales individuos como padres son, por regla general, una desgracia para sus hijos. Mary Wollstonecraft, una valiente feminista inglesa del siglo XVIII, citó con deleite las palabras de Francis Bacon, el filósofo inglés (1561-1626): “El que tiene esposa e hijos ha entregado rehenes a la fortuna; porque son impedimentos para las grandes empresas, ya sea de virtud o de maldad.”1 Por «genial», Bacon entendía «autodeterminado, poderoso, inusual, original, fuera de lugar».

Los talentos verdaderamente originales y poderosamente creativos generalmente requieren tanta energía psíquica que no queda mucho para otras preocupaciones humanas. Recientemente, escuché de un famoso crítico alemán cuyo nombre lamentablemente se me escapa. Comentó que todos los buenos autores y escritores son en realidad monstruos egoístas, desconsiderados y narcisistas, solo interesados en sí mismos, excepto cuando trabajan creativamente en sus propios campos. El mitologema de la tradición judeo-cristiana presenta un cuadro aún más sombrío. Estoy pensando en la poderosa historia de Abraham e Isaac. Abraham, por supuesto, fue una de las figuras creativas más grandes de la historia, fundando y creando al pueblo de Israel de acuerdo con el mandato especial de Dios. ¿Y qué estuvo a punto de hacer este mismo Abraham con su hijo Isaac? Recibió la orden de sacrificar a Isaac, matarlo y quemarlo y habría llevado a cabo la orden si Dios mismo no hubiera intervenido. Aunque me limito en su mayor parte a la mitología judeo-cristiana, insertaré aquí una ligera desviación. Otro hombre significativo, Agamenón, comandante de los ejércitos griegos en la guerra de Troya, sacrificó a su hija, Ifigenia, para asegurar el éxito de las fuerzas griegas.

Partiendo de la mitología, casi parece como si los hombres genuinamente creativos, originales y significativos no solo sacrificaran muchas partes de su psique, sino que también tuvieran la tendencia de sacrificar y destruir a su descendencia. Encontramos una sugerencia de esto en la historia de la Sagrada Familia. El padre José, el hombre común e insignificante, era un «bonachón», según todas las leyendas e informes, que nunca le hizo daño a nadie. El otro Padre de Cristo, Dios, no fue tan inofensivo: sacrificó a su propio hijo. Dios sacrificó a Su Hijo para Sus propósitos, Sus planes, aunque para la salvación de la humanidad como Él afirmó. Aún así. Todavía permitió que Su Hijo muriera miserablemente, crucificado entre dos criminales. El padre insignificante nunca le hizo ningún daño a Cristo. El Padre significativo de Cristo, -más significativo que Dios nadie puede serlo-, permitió que su Hijo muriera solo y abandonado.

Padres inusuales como maldición

Éstas, pues, son mis tesis: Primero, los padres como padres ordinarios son y siguen siendo figuras periféricas; segundo, los padres inusuales son extremadamente peligrosos para sus hijos precisamente porque son inusuales. Está en la naturaleza del hombre inusual ser brutal y despiadado con sus semejantes. ¡Como padre, puede incluso sufrir la compulsión de sacrificar a sus hijos!

Traduzcamos ahora las imágenes mitológicas en situaciones concretas de los hijos e hijas de tales padres. Queremos investigar si podemos confirmar las imágenes hasta cierto punto en la vida real de la gente común. (Por supuesto, incluso aquí estamos tratando solo con una mitología parcial). Lo siguiente puede ser instructivo. Dado que los seres humanos inusuales, como sugiere el término, son inusuales y, por lo tanto, raros, la probabilidad de que un padre inusual tenga un hijo común o una hija común es grande. Un hijo o una hija fuera de lo común podría ser igual a un padre fuera de lo común. Sus habilidades generalmente irían acompañadas de la brutalidad que he descrito. Así encontrarían la posibilidad de defenderse de sus padres y diferenciarse y desarrollar su singularidad.

Sin embargo, ¿qué le sucedería a la hija ordinaria o al hijo ordinario de un padre inusual? La situación es algo diferente para los hijos que para las hijas. El mitologema clásico de los hijos es la historia del hijo de Goethe, quien supuestamente se suicidó. El hijo común no puede vencer al padre inusual; no puede alcanzar la grandeza de este último. Por lo tanto, debe sentirse como un fracaso toda su vida, ya que constantemente se comparará con su padre. A menudo tendrá que buscar la salida hacia abajo, es decir, arrojándose voluntariamente al fracaso. Me he dado cuenta de cómo los hijos de hombres verdaderamente importantes fracasan con frecuencia en todos los aspectos, social, doméstico y profesional, al menos al principio. La única posibilidad que tienen es mudarse a un área con la que su padre no tiene conexión, un área que excluye toda comparación con la actividad de su padre. Uno de los hijos de Freud, por ejemplo, se convirtió en ingeniero. El llamado «asesinato del padre» es mucho más difícil para el hijo común de un padre inusual: el padre es demasiado impresionante, demasiado poderoso. El hijo no puede llevar a cabo el “matar” necesario ya que corre el peligro de salir perdedor en la lucha asesina.

Debido a la percepción mitológica de que los padres significativos tienden a sacrificar a sus hijos, he revisado varios casos. Me llamó la atención cómo los hijos e hijas de padres significativos a menudo están sujetos a la presión destructiva real de sus padres. Me llamó la atención, también, cómo estos padres, no formal o conscientemente aún en su comportamiento práctico, hicieron todo lo posible para destruir especialmente a sus hijos. Hasta cierto punto, esto se mostró en detalles muy pequeños y notables. Uno de esos padres inusuales, creativos y extraordinarios, bastante acomodados, llamó repetidamente la atención de su hijo de veinte años sobre los pantalones de hombre en oferta. Dado que la apariencia del hijo era impropia de todos modos, esto tuvo como resultado que su apariencia se viera aún más estropeada por los pantalones mal confeccionados. O bien, el hijo de un escritor me contó cómo orgullosamente le mostraba a su padre una composición que resultó bien solo para que su padre dijera: “Oh, pero esto obviamente es solo un primer borrador. Estoy seguro de que la versión final estará bien”.

La situación es algo diferente para las hijas. Como observé anteriormente, un hombre tiene una existencia periférica de todos modos, no siendo completamente «necesario» sino más bien un lujo. Por eso es existencialmente más incierto, más fácilmente aniquilado. Una mujer tiene una posición más central, siendo mucho más importante que un hombre para la propagación de la especie y existencialmente más segura. Un hombre común tal vez pueda compensar esta incertidumbre. Puede compensar un sentido de su utilidad limitada para la preservación de su especie a través de una actividad asidua. Su incertidumbre, sin embargo, permanece. La hija ordinaria con la mayor certeza de una mujer puede dejarse dominar por su padre insólito sin ser aniquilada.

Conocemos a muchas hijas de padres significativos que dedicaron su vida a atender el legado de su padre sin sufrir ellas mismas la ruina total como personas. Podríamos pensar en Anna Freud, cuya vida consistió en llevar adelante el trabajo de la vida de su poderoso padre. La literatura nos brinda más ejemplos de hijas que continuaron en el legado de sus padres, como la hija de Thomas Mann. Naturalmente, también es cierto que una hija puede defenderse de su padre cuando es tan talentosa y extraordinaria como él. Incluso cuando este no es el caso, tiene más posibilidades de dejar su huella en la vida que un hijo. Al mismo tiempo, estos padres extraordinarios tenderán a sacrificar también a sus hijas. Ifigenia, la hija de Agamenón, nos recuerda que las hijas también pueden ser víctimas del padre inusual.

De otra manera, la vida de los hijos de padres ordinarios es significativamente más fácil que la de los hijos de padres inusuales. Esto ocurre en el área a la que me refiero como autosuficiencia psíquica. Los informes de casos de análisis a menudo demuestran cómo los hijos e hijas se individualizan, cómo adquieren esta cualidad psíquica. Los sueños, por ejemplo, muestran cómo se puede superar al padre colectivo y posteriormente liberar al individuo. Los sueños muestran al viejo rey, al colectivo, quizás decapitado o alguna imagen similar. Entre ellos, los junguianos a menudo hablan con desdén de las actitudes patriarcales judeocristianas colectivas de las que el niño que se individualiza debe liberarse. Encuentro esta representación cuestionable en el mejor de los casos. Anteriormente dije que casi todos los seres humanos están y permanecen completamente integrados en el colectivo. En este sentido, la mayoría de los niños, dentro o fuera del análisis, no se liberan del colectivo. No se convierten en individuos con autodeterminación, sino que simplemente se adaptan a un nuevo colectivo, el colectivo de su generación. Psicológicamente, simplemente pasan de un colectivo a otro.

Por un lado, la conciencia colectiva y el inconsciente colectivo contienen contenidos que se mantienen similares a lo largo de los siglos. Por otro, estos contenidos cambian constantemente, produciendo nuevas características con cada nueva generación. El padre o los padres suelen representar al antiguo colectivo. A lo que nos referimos como volverse autosuficiente consiste simplemente en que un niño pasa del antiguo colectivo al nuevo, una percepción errónea de la verdadera autosuficiencia. Este paso de pasar de lo viejo a lo nuevo es mucho más fácil con un padre habitual. El viejo colectivo siempre es mucho más débil que el nuevo y, al carecer de un campeón fuerte en el «viejo» padre, por lo general se puede superar sin esfuerzo.

La situación es muy diferente con un padre inusual que, casi por definición, es no colectivo, original, poderoso y creativo. Aunque sus ideas y conceptos envejecen con el tiempo, al principio eran más originales y, hasta cierto punto, lo siguen siendo. Su trabajo también, aunque no necesariamente tiene un valor duradero, es significativamente mayor que el de otros. El niño tendrá muchas dificultades para enfrentarse él o ella misma contra un padre así. El niño no solo tendrá que superar el viejo y anticuado colectivo en la persona del padre, sino también creaciones poderosas y originales. El niño poco original y poco creativo, en este sentido, no es rival para el padre inusual. Estará profundamente impresionado por el padre durante toda su vida, quedando rezagado con respecto a sus ideas y conceptos y por lo tanto nunca será completamente libre.

Los padres inusuales, entonces, son nada menos que una maldición para los hijos e hijas. Es de desear para todos que tengan un padre ordinario, uno que no sea más que una figura periférica existencialmente. Afortunadamente, la mayoría de los padres son hombres comunes, agradables, sin habilidades creativas inusuales y, por lo tanto, completamente llevaderos y agradables para sus hijos. Incluso pueden proporcionar algo adicional: pueden ser un lujo bienvenido, incluso si no son completamente necesarios. La mayoría de nosotros tenemos padres benévolos. Sólo unos pocos niños deben luchar con padres extraordinarios, aquellos con tendencia a dañar o sacrificar a sus hijos. Deseamos desde lo más profundo de nuestro corazón que cada niño no tenga un padre inusual, sino simplemente un «artículo de lujo» inspirador.

Los hijos de padres inusuales, debo señalar, no están completamente perdidos. Si logran sobrevivir a sus padres, han demostrado que ellos también son «alguien». Esto significa que no han sucumbido a ser fracasos sociales, a tener que enfrentarse a sí mismos como existencias sombrías en depresión crónica oa sentirse completamente inútiles. Los hijos, especialmente, que se las arreglan para ver a sus padres inusuales como enriquecedores en lugar de aniquiladores, han alcanzado un nivel de individuación que, en sí mismo, es muy inusual.

Ya sea que hablemos de padres siniestros o de padres inusuales y ordinarios, no podemos pasar por alto la paradoja en la naturaleza de la relación entre padres e hijos. Sin embargo, otro fenómeno pertenece a la relación entre padres o figuras paternas e hijos. Esta es un área más complicada de lo que podría parecer a primera vista: el abuso sexual de niños. Este será el tema del próximo capítulo.



1. Mary Wollstonecraft, A Vindication of the Rights of Women: With Strictures on Political and Moral Subjects (Londres: J. Johnson, 1796), pág. 136.

Padres siniestros: niños sanos

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulo II del libro «From the Wrong Side. A Paradoxical Approach to Psychology«, pp. 31-46

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Él mismo será un padre mucho más amoroso, cuanto más recuerde a un padre amoroso.
– Johann Jakob Engel, filósofo para el mundo

Los padres hacen mucho daño, una cadena de daños que serpentea a lo largo de la historia de la humanidad. El fracaso de los padres, la mala crianza de los hijos, es la causa de muchas desgracias personales, de muchos fracasos en el desarrollo psicológico. Déjame ponerlo un poco diferente. Si nuestros padres no hubieran sido dañados por sus padres, habría muchas menos personas neuróticas y psicóticas en este mundo. Si no hubieran sido dañados, nuestros padres no nos habrían hecho daño a nosotros, sus propios hijos. No nacemos de padres malos y dañinos; no es parte integral de la naturaleza humana ser un mal padre o una mala madre. En la literatura psicológica, sin embargo, a menudo nos encontramos con la imagen de padres dañinos que, por su naturaleza, dañan a niños sanos e inocentes, una imagen que hoy en día influye por igual en profesionales y no profesionales. A los efectos de este capítulo, dejaré de lado a la madre y dirigiré mi atención al padre, el hijastro de la psicología del desarrollo moderna.

El desarrollo saludable de un niño, según el pensamiento psicológico actual, requiere no solo una madre algo amorosa, sino también un padre algo amoroso. La mitología clásica nos presenta una perspectiva diferente en innumerables cuentos de padres dañinos, incluso asesinos. Cronos se tragó a sus hijos, Deméter, Hades, Hera y Zeus, cuando nacieron por temor a que pudieran poner en peligro su posición como gobernante. El padre de Cronos, Urano, arrojó a sus hijos a las profundidades del Hades en el Tártaro. Tántalo sirvió a los dioses a su hijo Pélope como comida. Incluso el reverenciado padre bíblico, Abraham, estaba preparado para matar a su hijo Isaac porque creía que Dios le había ordenado que lo hiciera. Mitológicamente, el padre asesino es tan importante y significativo como el padre bondadoso y amoroso.

La mitología freudiana también conoce a un padre extremadamente destructivo. En Tótem y tabú, Freud describe la imagen de la horda primigenia. Mientras el anciano padre gobernaba en casa, los hijos se vieron obligados a desaparecer en la jungla sin tomar esposas para ellos. Finalmente, los hijos se unieron, mataron al anciano y se comieron su cuerpo, sin duda una imagen mitológica sorprendente. (Aunque Freud es sin duda el mito-poeta más importante de la época moderna, solo los jungianos pueden captar verdaderamente la belleza de su mitología).

Si es cierto que las historias mitológicas representan simbólicamente arquetipos, entonces “El Padre” ciertamente tiene muchos aspectos siniestros, incluso asesinos. Estos aspectos no son sólo el resultado de un trauma de la primera infancia, sino que pertenecen a la naturaleza del padre. El padre destructivo y asesino es quizás tan fundamental como el padre bondadoso y amoroso. Podemos encontrar esta realidad algo desorientadora. En las siguientes líneas ofrezco una ilustración de lo que quiero decir.

Una mujer de negocios de treinta años, casada y madre de dos hijos, comenzó psicoterapia porque sufría de insomnio persistente y periódico. Ella había sido hija única y creció en lo que aparentemente parecía ser una familia estable. Su madre era cariñosa y amable. Su padre, por el contrario, era un tirano familiar y un fracasado talentoso que tendía al alcoholismo. Tanto la madre como la hija a menudo vivían con miedo de él. A los dieciséis años, la paciente dejó a la familia, completó un aprendizaje comercial y finalmente fundó un negocio, que manejó con mucho éxito con su socio. A menudo soñaba con su padre, pero durante meses de análisis, no mencionó los lados destructivos y siniestros de su padre. Cuando, durante una sesión, habló sobre sus terribles experiencias con su padre, me causó una profunda impresión y sentí una gran simpatía por ella. La mujer no pudo aceptar mi simpatía y dijo: “Me malinterpretas. Por supuesto, echaba de menos tener un padre bueno y amoroso. El miedo continuo a sus arrebatos de ira casi me enfermó físicamente cuando era niño. A pesar de eso, mi padre me dio mucho a través de ese lado destructivo. Sin esa experiencia no sería quien soy ahora. Solo puedo compadecerme de las mujeres que solo conocieron a un padre amable y amoroso”.

En los meses siguientes trabajamos intensamente con su relación con su padre. Me di cuenta de que ella realmente no rechazó a su padre de manera inequívoca. Incluso le estaba agradecida por haberle mostrado un lado genuino de la paternidad, a saber, el destructivo. Ella realmente se compadeció de los niños que solo experimentaron un padre amoroso. Este paciente me confundió. ¿Cómo se suponía que debía entenderla? ¿No debería haber sido su padre un problema terrible para ella? ¿No debería haber sufrido un complejo paterno extremadamente negativo?

“El Padre” es arquetípico y, como cualquier arquetipo, tiene dos lados. Por un lado, protege, educa, guía, ama y cuida. Por el otro, se enfurece, destruye, asesina y castra. El padre actual refleja todas estas características, viviéndolas y encarnándolas. Al igual que el arquetipo, los sentimientos del padre real hacia sus hijos son en parte amorosos, tiernos y afectuosos, pero también en parte destructivos, casi asesinos. Estos últimos sentimientos pueden evocarse, por ejemplo, cuando un bebé llora toda la noche o cuando un adolescente comienza a rebelarse. Como regla general, el padre se avergüenza de sus emociones negativas. Sus arrebatos de sentimientos arcaicos y negativos lo asombran. Incluso puede darse cuenta del importante papel que juegan estos mismos sentimientos en los casos de abuso infantil. En mi experiencia, los padres que maltratan a sus hijos no siempre son psicóticos, sádicos maliciosos, incapaces de amar y mostrar ternura. En su mayoría, son torpes al expresar sus sentimientos y de ninguna manera pueden competir con el poder arcaico de sus emociones. Frente a estas emociones demoníacas, el maltrato de los padres a sus hijos no es más que la manifestación de la dificultad que experimentan con los productos de su propia psique.

Aunque el padre destructivo y asesino es tan arquetípico como el padre amoroso, la imagen del padre bondadoso ejerce una poderosa influencia sobre todos los padres como expectativa colectiva. La psicología moderna considera que los sentimientos destructivos de un padre son condenables, un signo de inmadurez, de infantilidad o el resultado de un trauma de la primera infancia. Para el desarrollo del alma humana, particularmente para la individuación, confrontar completamente los arquetipos es de crucial importancia. Necesitamos experimentar los arquetipos en todas sus dimensiones en nuestros semejantes, así como a través de nuestras imágenes y emociones internas. Al encontrarnos con nuestros padres concretos también llegamos a un acuerdo, al menos parcialmente, con el arquetipo del padre.

Muchos niños tienen la suerte de experimentar a un padre que vive y expresa el lado siniestro y amoroso del arquetipo. Sin embargo, muchos también experimentan un padre en el que estas polaridades no están equilibradas, siendo una más fuerte que la otra por la razón que sea. Experimentar un padre que encarna sólo un extremo, sea el amoroso o el destructivo, un padre en el que uno de los opuestos permanece oculto, es una gran pérdida para el desarrollo de un niño. La peor posibilidad es no experimentar ningún padre o uno que no pueda vivir ni el aspecto destructivo ni el amoroso del arquetipo. Por extraño que parezca, en mi experiencia no parece importar tanto si un niño experimenta el lado destructivo o el afectuoso. Lo más importante es que él o ella experimente al menos un lado del arquetipo del padre en su padre concreto, o al menos en una figura paterna.

La imagen, el mitologema, del padre unilateral o principalmente positivo, tiraniza a los padres reales, obligándolos a engañarse a sí mismos y al mundo exterior. Si bien simulan constantemente al «buen padre», se sienten culpables cada vez que encuentran el lado destructivo en sí mismos. En consecuencia, los padres no confrontan en absoluto el aspecto negativo del arquetipo y su energía destructiva se retira a las capas más profundas de la psique, al inconsciente.

Permítanme repetir lo que acabo de decir. Si bien todos los arquetipos trabajan y viven continuamente en nosotros, tenemos la opción de enfrentarlos en mayor o menor grado. Si no logramos relacionarnos con partes o incluso con arquetipos completos de nuestro entorno, estos asumen una forma arcaica y demoníaca. Es casi imposible llegar a un acuerdo con los arquetipos a tal nivel, en cuyo caso tenemos que proyectarlos constantemente sobre alguien o algo que se asemeje al contenido psíquico reprimido y no vivido.

En el curso de mi vida, he conocido a muchos jóvenes que experimentaron solo al padre amoroso en el mundo exterior. Por lo tanto, nunca se vieron obligados a lidiar con el lado asesino del arquetipo en su entorno o en ellos mismos. Posteriormente, estos jóvenes proyectaron la parte destructiva del arquetipo del padre en el mundo que los rodeaba, utilizando los ganchos más pequeños para colgar sus proyecciones. Cada figura masculina levemente autoritaria o dominante se convirtió en un padre asesino e inhumano. Debido a que no habían aprendido a lidiar con el lado destructivo del padre, se volvieron existencialmente inseguros cuando se encontraron con algo que se le pareciera. He escuchado a jóvenes de familias sólidas de clase media gritar: “¡Los policías son cerdos, asesinos, no humanos!”. Los policías ya no eran seres humanos a sus ojos. Eran representaciones vivas del lado destructivo del arquetipo del padre que los jóvenes no podían aceptar.

La paciente que mencioné anteriormente estuvo en contacto con la parte destructiva del arquetipo desde su primera juventud. Ella lo conocía como una figura exterior e interior. Desarrolló la capacidad de lidiar con su miedo, ya sea que se encontrara con él en el mundo exterior o en ella misma. De acuerdo con la sabiduría psicológica actual, debería haber proyectado continuamente al padre destructivo en el mundo exterior. Eso es precisamente lo que ella no hizo. Era consciente y estaba familiarizada con las cualidades siniestras y amenazantes del arquetipo del padre, acercadas a ella a través del comportamiento de su padre biológico.

En este punto, el lector seguramente protestará y exclamará: “¿Realmente no importa en lo más mínimo para el desarrollo de los niños si sus padres manifiestan principalmente el aspecto destructivo o protector del arquetipo del padre? ¿No sería mejor para los niños experimentar al padre bondadoso y protector, menos deseable para ellos encontrar al padre amoroso y destructivo, y menos deseable para ellos no experimentar ningún padre en absoluto? Finalmente, ¿no sería la peor de todas las posibilidades para ellos tener que aceptar solo la energía destructiva de la paternidad? No lo creo. Clasificaría las posibilidades de la siguiente manera: lo mejor sería encontrar los lados negativo y positivo; lo segundo mejor sería experimentar solo lo positivo o solo lo negativo; y lo peor sería no experimentar al padre en absoluto. Al mismo tiempo, podríamos recordar la advertencia del satírico Wilhelm Busch: “Primero las cosas suceden de manera diferente y luego de manera diferente de lo que uno hubiera pensado”. Volveré sobre estas cuestiones más adelante.

Me pregunto si es deseable intentar jugar solo al “buen padre”. ¿No sería tal vez mejor, como sugerí más arriba, ser genuino y veraz hasta cierto punto, manifestar y vivir ambos aspectos del padre, el positivo y el negativo? Reprimir al padre negativo trae una variedad de consecuencias, de las cuales solo una es el abuso de los niños.

El abuso infantil de todo tipo ocupa el centro de la atención pública hoy y con razón. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para proteger a los niños de la violencia. Sin embargo, siempre que algo es tan central en el interés general, existe cierta correlación con los hechos. El abuso infantil, por ejemplo, es generalizado y deplorable. Al mismo tiempo, el interés general es también expresión de la situación psicológica del colectivo y de los individuos interesados en el fenómeno. Sospecho que cuanto más predomine en la sociedad la imagen mitológica del padre primordialmente bueno, más aparecerá la imagen del padre destructivo como expresión de la polaridad reprimida del padre como arquetipo. Podríamos ver la fascinación por el abuso infantil como el extremo opuesto de la mitología dominante del padre amoroso. Hablaré de este tema, el abuso sexual de niños, en otro contexto en un capítulo posterior.

Cuando gobierna colectivamente la imagen del padre bueno, aparece la del padre destructivo. El aspecto destructivo entonces (y con razón) se verá más claramente o tendrá una mayor fascinación. Debemos reconocer que no sólo los hechos y situaciones objetivos estimulan nuestro interés, sino también nuestra condición psicológica, nuestra unilateralidad. Cada vez que cualquier fenómeno se convierte en el punto focal de la atención pública, por lo tanto, tenemos que preguntarnos: “¿Cómo es que de repente estamos tan ocupados con este o aquel tema? ¿Con qué fin nos trastorna y confunde tanto? Podríamos plantear más preguntas. “¿Por qué prevalece tanto la imagen del buen padre –o de la buena madre–? ¿Por qué el colectivo considera el lado positivo de la imagen como el único o correcto? ¿Qué perspectiva o qué mitología, consciente o inconscientemente, forma el telón de fondo de estas actitudes contemporáneas?

El espíritu de precisión de las ciencias naturales todavía gobierna nuestro pensamiento actual. La ciencia natural, sin embargo, navega bajo la bandera de la causalidad, al menos en su aplicación práctica. Sólo la física teórica ve el mundo de manera diferente, dejando de asumir la previsibilidad del comportamiento de las moléculas individuales, de la simple cadena de causa y efecto. Fundamentalmente, sin embargo, la causalidad gobierna las ciencias naturales y nuestro colectivo humano. Los psicólogos, como parte del colectivo, intentamos continuamente encontrar causas, descubrir cuáles pueden ser las causas del desarrollo sano o patológico de los seres humanos.

En el siglo XIX, muchos médicos creían que la masturbación era la causa determinante del desarrollo psicológico desfavorable. Hoy identificamos a los padres como la raíz primaria de todo tipo de psicopatología. Los padres son responsables de la falta de reflejo, los complejos de Edipo y las expresiones sexuales entre padres e hijos (una vez vistos concretamente, luego vistos simbólicamente y, de nuevo hoy, entendidos concretamente). Muchos investigadores suponen que la mayoría de los adultos gravemente neuróticos o psicóticos sufrieron abusos sexuales cuando eran niños. A veces se considera a las madres trabajadoras como la causa de toda miseria. Por otra parte, los psicólogos ven la causa en las madres que eligen quedarse en casa, pero luego, lamentando su decisión de no seguir una carrera, se enojan y se frustran con sus hijos. Los chivos expiatorios son muchos y variados: padres castradores y tiránicos; padres débiles; padres ausentes; el matriarcado (“materialismo”); el patriarcado; represión de las mujeres; represión de lo femenino; falta de educación sexual; o educación sexual prematura.

Los psicoterapeutas buscamos continuamente las fuentes psicológicas de los trastornos mentales. Lo hacemos no solo porque el modelo de causalidad gobierna nuestro pensamiento, sino porque cada nueva causa encontrada nos brinda la esperanza de ser más capaces de sanar. Si, creemos, sólo conociéramos el origen de la perturbación, tendríamos la posibilidad de curar o al menos de prevenir.

Podríamos preguntarnos qué mitología se esconde detrás de las ciencias naturales con su creencia en causa y efecto. Quizás el mito sea el del dominio sobre la naturaleza. Podría ser el mito de Prometeo, que robó el fuego, la energía, de los dioses, o el mito de la torre de Babel, que asaltó los cielos. Podría ser el mito de la serpiente en el Paraíso que les dijo a Adán y Eva: “Serán como Dios”, o el mito de los viajes espaciales de las tiras cómicas y las películas donde diferentes fuerzas compiten por el control del universo. Curiosamente, en los últimos años ha aparecido una línea de juguetes para niños llamada «Masters of the Universe«. Si bien estas mitologías de causa y efecto quizás sean suficientes para nuestra relación con la naturaleza, sus limitaciones solo se están volviendo más obvias gradualmente. Dada nuestra capacidad de manipular la naturaleza en base a la causa y el efecto, con el tiempo no solo controlaremos la naturaleza sino que posiblemente también la destruiremos.

Aun así, la ley de causa y efecto simplemente no se aplica a los asuntos del alma o la psique. Causa y efecto no regulan el alma. Entendida científicamente, la causalidad significa que la misma causa siempre produce el mismo efecto. La causa y el efecto gobiernan los campos de la fisiología y la medicina física, por ejemplo. Entendemos, y quizás curamos, una enfermedad física si somos capaces de describir sus síntomas, conocer su pronóstico e identificar sus causas.

La psicología junguiana asume que la búsqueda interminable de causas y la creencia en nuestra capacidad de curar una vez que hemos identificado estas causas no son más que un callejón sin salida. Es cierto que una variedad de factores afectan la psique: la herencia, la estructura física y química del cerebro, el sistema linfático, el cuerpo en general, el medio ambiente, los padres, el entorno social. La terapia de los trastornos psicológicos debe tener en cuenta todas estas consideraciones, pero no exclusivamente.

Un viejo conflicto en psicología es si la herencia o el medio ambiente nos determina como seres humanos, la cuestión de «¿naturaleza o crianza?» Ciertos psicólogos y filósofos adelantaron la noción de que el medio ambiente, incluyendo la educación y el entorno social, representa el factor determinante. Otros, nuevamente, rechazaron esta teoría. Asumieron que las estructuras heredadas forman la base de todo nuestro comportamiento. Aún otros sostuvieron que tanto el ambiente como la herencia determinan la naturaleza humana. Las tres posiciones, sin embargo, ignoran el alma.

Jung insistió repetidamente en la autonomía del alma. En otras palabras, el alma no es “causada”, ni por la naturaleza ni por el medio ambiente y la educación. El alma es independiente, autónoma y no puede, o solo condicionalmente, entenderse a través de la categoría de causa y efecto. Por tanto, no podemos predecir el comportamiento humano, ni el de los individuos ni el de los grupos y sociedades. ¿Quién podría haber previsto hace tres años que Alemania Oriental, el estado comunista mejor organizado, se derrumbaría en un futuro inmediato? ¿Quién hubiera podido predecir que los brutales soldados de la República Democrática Alemana se habrían convertido en protectores fundamentales de la libertad y la democracia? Tal es de hecho el caso. ¡En cuestión de meses, esos horribles instrumentos de tiranía se han integrado en el ejército de Alemania Occidental, una nación miembro de la OTAN!

A pesar de múltiples consideraciones teóricas en sentido contrario, el hombre de la calle reconoce que el alma es autónoma, que no sigue la ley de causa y efecto. Nunca, por ejemplo, experimentamos nuestras decisiones como si hubieran sido causadas. Creemos firmemente que nosotros mismos llegamos a decisiones con todo el potencial para decidir de un modo u otro. Si decidimos ir al cine alguna noche, no pensamos en esta decisión simplemente como el resultado de factores fijos que no nos dejan otra opción. En general, experimentamos nuestras conclusiones como decisiones libres que no dependen de causa y efecto.

Retomemos ahora el tema del padre una vez más. Aunque Jung enfatizó continuamente la autonomía del funcionamiento psíquico, el hecho es que la mitología de la causalidad dicta nuestro pensamiento como junguianos hasta cierto punto. Debemos, así lo creemos, encontrar las causas para poder sanar. Incluso para muchos jungianos, los padres se convierten en la causa de la patología en los niños. El padre destructivo e indiferente y la madre destructiva e indiferente son ejemplos de ello.

Además de la causalidad, otro mitologema ejerce una influencia considerable en este patrón de pensamiento que estamos explorando: el bien conduce al bien; el mal conduce al mal. Voltaire, por ejemplo, escribió: «El bien nunca produce el mal». Esta extraña perspectiva, esta peculiar comprensión mitológica, afecta fuertemente a nuestro inconsciente a pesar de que la literatura y la mitología en general tienen historias muy diferentes que contar.

Mefistófeles le dice a Fausto: “Yo soy la fuerza que siempre desea el Mal y siempre crea el Bien”. Además, podemos recurrir a la historia clásica de Edipo. Deseando ser una persona buena y honrada, se convirtió en víctima de errores trágicos como resultado. Supo a través del oráculo que mataría a su padre y se casaría con su madre. Para evitar tal desgracia, dejó a sus padres adoptivos, quienes creía que eran sus padres, conoció y mató a su padre real y se casó con su madre real.

En ninguna parte se demuestra tan claramente la realidad psicológica de la humanidad como en la literatura. Las consecuencias del mal, la agresividad y la destructividad son a veces positivas ya menudo negativas. El amor y la amistad pueden producir efectos útiles pero a menudo perjudiciales. El Mal puede llevar al Mal y al Bien, y al revés. En ninguna parte hay conformidad. Incluso el Marqués de Sade se equivocó cuando afirmó que la virtud conduce siempre a la degeneración y el vicio a la felicidad.

¿Cuál es el significado de las consideraciones anteriores para nuestro tema del momento? Significan que los hijos de padres buenos, o más o menos buenos, son a menudo sanos y, a menudo, extremadamente neuróticos. Además, significan que los hijos de malos padres, o de padres relativamente malos, suelen ser neuróticos y, a menudo, extremadamente fuertes, sanos y felices. ¡Todo es posible! Bien podríamos preguntarnos, por tanto, ¿de dónde viene esa imagen ingenua de que el Mal conduce al Mal y el Bien al Bien? ¿Por qué la imagen es tan increíblemente poderosa?

Sospecho que la imagen tiene que ver con nuestra herencia cristiana, que representa una degeneración y perversión de la mitología cristiana. Jesús es victorioso sobre Satanás, al menos en el Juicio Final. Los pecadores van al infierno. Los justos van al cielo. Jesús, el Bien, vence. Satanás, el Mal, pierde para siempre. La victoria de Jesús el Manso – “suave” siendo una caricatura de la figura de Jesús – sigue siendo una imagen cristiana dominante incluso hoy. Concretada, la variación terrenal de esta imagen mitológica es que el Bien triunfa y el Mal pierde. El Mal causa el Mal y así sucesivamente. Expresado paradójicamente, podría decir que esta imagen del Bien/Bien, Mal/Mal es sumamente dañina en la psicología humana. ¡Es aún más dañino cuando se combina con la creencia en la causalidad!

Imágenes mitológicas unilaterales

Si bien hablamos mucho sobre la mitología, generalmente no somos lo suficientemente críticos con las imágenes que nos brinda. Las imágenes mitológicas pueden, por ejemplo, ser muy unilaterales y, por ello, dañinas. La unilateralidad de la imagen del padre predominantemente bueno puede tener un efecto tan dañino como el de la causalidad. Hay numerosos mitologemas e imágenes unilaterales: viene a la mente el noble héroe que mata al dragón. Conocemos innumerables cazadores de dragones: San Jorge, el santo patrón de Inglaterra y de los soldados; San Miguel, patrón de los policías; Apolo, que mató al dragón que duerme en la tierra en Delfos.

Como era de esperar, por supuesto que existen varias posibilidades mitológicas para llegar a un acuerdo con el dragón. Una leyenda afirma que San Jorge no mató al dragón sino que solo lo domó. También estamos familiarizados con los cuentos de dragones que mantienen cautivas a las doncellas. Aparece el héroe, mata al monstruo y lleva a la doncella a casa. Esta última variación de las historias de dragones es algo menos unilateral ya que sugiere transformación. El dragón y la doncella virtuosa son, quizás, uno y lo mismo. Aquel a quien el héroe lleva a casa y se casa muestra su lado de dragón más tarde al convertirse en una musaraña. (En alemán llamamos a alguien que es una musaraña “dragón doméstico”).

Como junguianos solemos suponer que el héroe que mata al dragón representa un símbolo del ego. Al conquistar la maternidad del ser inconsciente, el ego se libera. Tal comprensión demasiado simplista de la lucha del dragón no es más que otra expresión del motivo del asesino del dragón. En la medida en que el dragón temeroso y demoníaco -entendido como el inconsciente materno- es asesinado, somos víctimas de una pseudo-claridad. Nos convencemos de que la oscuridad se supera y la claridad gobierna. Entendemos todo tipo de fenómenos psicológicos que yacen claramente ante nosotros a la luz de nuestra conciencia. Vivimos este engañoso mito del asesino de dragones cuando creemos que entendemos completamente los sueños de nuestros pacientes. Es peor aún, cuando pensamos que comprendemos completamente a nuestros pacientes, o a cualquiera de nuestros semejantes, en algún grado final.

Tengo la oportunidad de leer muchos informes de casos escritos como parte de su formación por candidatos del Instituto C.G. Jung de Zúrich. Algunos de ellos son bastante sobresalientes. Otros, sin embargo, son extremadamente irritantes. Los candidatos frecuentemente intentan – con aparente éxito – explicar todo – cada rasgo de personalidad, cada sufrimiento y placer, cada patología – que presenta el caso en cuestión. Todo está “perfectamente claro”. El caso X, por ejemplo, tiene que ver con el resultado de heridas en la primera infancia o con abuso sexual en la niñez o con falta de espejo. Jung polemizó con frecuencia contra nuestra tendencia a reducir todo lo complicado a algo simple, como lo hizo Freud al reducir la totalidad de la psique a la sexualidad. La tendencia hacia el reduccionismo es una forma radical de matar dragones. Todo lo que es difícil, oscuro o caótico debe rastrearse hasta lo que parece preciso y exacto.

La imagen del cazador de dragones, del héroe resplandeciente, del ego que es, por supuesto tiene su atractivo. Queremos desesperadamente volvernos conscientes – “Y se hizo la luz” (Génesis 1: 3). Qué lindo sería para nuestros egos si pudiéramos vencer todo lo oscuro y por lo tanto también a lo siniestro. Nuestras pesadillas desaparecerían. Desafortunadamente, el mito del cazador de dragones solo muestra cómo podemos ser abrumados por ilusiones. Muestra cómo cortamos una parte de nuestra alma, cómo la matamos y la empujamos aún más hacia la oscuridad y el inconsciente. Matar al dragón también significa vencer el miedo y la ansiedad. Kierkegaard escribe justificadamente: “¡Quien ha aprendido a temer, ha aprendido lo que es más importante!”1

La unilateralidad de una imagen mitológica puede funcionar de manera peligrosa o destructiva, especialmente cuando solo se enfatiza lo positivo. Sin duda, también hay mitologías que enfatizan lo negativo por encima de todo. Hace unos ciento cincuenta años, los niños eran percibidos como criaturas diabólicas, como seres gobernados por el Diablo que tenía que ser literalmente golpeado. Muchos niños fueron asesinados a golpes en el intento de conquistar al diablo en ellos. Me acuerdo de la historia de Meretlein en la novela Der grüne Heinrich del escritor suizo Gottfried Keller. La imagen mitológica negativa del niño diabólico puede ser tan dañina como su contraparte, el niño pobre e inocente que es abusado por sus padres.

Encontramos el fenómeno de una imagen mitológica unilateral una y otra vez en las figuras femeninas de la mitología. Durante más de dos mil años, la humanidad ha suprimido repetidamente el lado demoníaco de lo femenino. La imagen de María, la Madre de Dios, tiene un efecto tan dañino en su pureza y libertad del pecado como el mitologema del asesino del dragón. Que la sexualidad de María sea ignorada en nuestra imagen de ella es bastante malo. Mucho más devastador, sin embargo, es el intento de reprimir todas las cualidades agresivas y destructivas de lo femenino. “María nos salva de la astucia de Satanás”, escribe Conrad Ferdinand Meyer.

Debido a que es tan unilateral, la imagen “bonita”, positiva y placentera de lo femenino tiene consecuencias problemáticas. A menudo escuchamos declaraciones como: “Si las mujeres gobernaran el mundo, si todas las madres se unieran, no habría más guerras, ni conflictos armados entre naciones o entre diferentes partidos políticos”. Virginia Woolf, por su parte, estaba apasionadamente convencida de que todas las luchas armadas podían verse como el resultado de la agresividad masculina. En otras palabras, feminidad es lo mismo que amante de la paz, imagen que corresponde a la de la Madre de Dios. Si ya no reconocemos el lado agresivo y destructivo de lo femenino, si reprimimos esos aspectos, entonces seremos incapaces de evaluar y comprender con precisión el verdadero femenino. Me gustaría simplemente señalar de la mitología griega que Afrodita era la amada de Ares, el dios de la guerra. Podemos recordar cuán felices estaban los dioses del Olimpo cuando vieron a los dos atrapados juntos en la red, la trampa que Apolo les había tendido.

Me gustaría volver a nuestro tema del padre benévolo a modo de resumen. Estoy fascinado por el trasfondo mitológico de la noción de que un padre únicamente benevolente es supuestamente necesario para el desarrollo saludable de un niño. El mito es el mismo de las ciencias naturales que explican y gobiernan el mundo por medio de la ley de causa y efecto, aliado a la imagen mitológica de que el Bien lleva al Bien y el Mal al Mal. Todo esto, por supuesto, se combina además con el matadragones, un mito que tiene su origen en Cristo y su victoria sobre Satanás. Debo decir que este cóctel mitológico me deja un mal sabor de boca. La mezcla de temas mitológicos sólo puede conducir a una infantilización de los seres humanos. Si tragamos esta poción, seguiremos siendo niños para siempre, nunca seremos responsables de nuestras neurosis o de nuestros propios lados destructivos. Todas nuestras características difíciles y negativas pueden atribuirse a padre y madre, mientras que nosotros mismos somos completamente inocentes.

A riesgo de parecer repetitivo, quisiera una vez más cuestionar la causalidad, señalar sus resultados perjudiciales y dar a la realidad psicológica el lugar que le corresponde. Ninguno de nosotros es “causado” o determinado principalmente por nuestros padres. La psique es independiente y está fuera de la ley de causa y efecto. Aunque ciertamente tomamos muchas virtudes y vicios de nuestros padres y de nuestro entorno, solo tomamos aquellas cualidades que más se corresponden con nuestra naturaleza psíquica inherente. Un ejemplo: Un hombre es brutal, golpea a sus hijos, abusa de su esposa y no tiene sentimientos. Bien podríamos decir que este hombre es como es porque su madre era fría y su padre brutal. Pero esto no es toda la verdad. Tomó de sus padres lo que le convenía. No tiene sentido culpar a sus padres, pues eso sería eludir su responsabilidad individual, sobre todo si se trata de un adulto. No nos convertimos simplemente en nuestros padres. Hay muchas personas amorosas que tuvieron padres terribles y viceversa. “La fresa crece debajo de la ortiga / Y las bayas sanas prosperan y maduran mejor / Vecinas de frutas de menor calidad”, dice el obispo de Ely en Enrique V de Shakespeare (Acto I, Sc. 1).

Como he dicho, es muy difícil no sucumbir a la imagen de la causalidad. Tal vez deberíamos usar un tipo diferente de lenguaje. H.K. Fierz, un psiquiatra junguiano de Zúrich, dice: “Los junguianos son diferentes de otros psicólogos: no hablan de causa, sino de constelación. Algo está constelado, no causado”. Sin embargo, ¿cómo podemos practicar la psicoterapia si, como Jung, no nos guiamos por la causalidad? ¿Qué pasa si tratamos de descubrir las razones de la patología para poder sanar? ¿Cómo podemos trabajar si no nos inspiramos en la imagen mitológica de que “el bien lleva al bien y el mal al mal”? Siguiendo esta imagen, ayudaríamos a nuestros pacientes a descargar sus sentimientos de culpa en sus padres. ¿Cómo vamos a entender algo en psicología sin causalidad?

Me gustaría sugerir que como psicoterapeutas solo podemos trabajar bajo la imagen de la psique autónoma, nunca bajo la imagen del cazador de dragones o la de la causalidad. Como en el caso de la paciente que describí al comienzo de este capítulo, su terrible padre fue una bendición para ella. Ella tomó de él lo que tenía para ofrecer, el lado destructivo del arquetipo del padre. Tenía que encontrar el lado protector del arquetipo en otra parte, lo que no era nada fácil. Aun así, no culpó a nadie por su insomnio. Aceptó la autonomía de su propia psique y, por tanto, de la singularidad de su vida.

La psicología, la psicoterapia y el análisis tienen todos un trasfondo mitológico. Gran parte de nuestro trabajo terapéutico tiene sus raíces en la mitología. Ayudamos a nuestros pacientes a encontrar las cualidades míticas de sus vidas, a moldear y formar su mitología personal. En un trabajo psicoterapéutico que dura meses y años, transformamos lo que a nuestros pacientes les parece la massa confusa. Transformamos el caos sin sentido de sus vidas y sufrimientos en historias, novelas y dramas mitológicos significativos, en tragedias, y sí, en comedias. Esta transformación de lo sin sentido en una mitología significativa comprende una parte del efecto curativo de la psicoterapia. Una vida incomprensible comienza a adquirir el carácter de una biografía.

Las diferentes escuelas de psicología brindan a sus pacientes diferentes explicaciones de su sufrimiento. A menudo, como psicoterapeutas, creemos que damos a nuestros pacientes explicaciones causales de sus vidas. De hecho, solo ayudamos a descubrir una mitología que les da cierto sentido a sus vidas. Hay una mitología freudiana, kleiniana, adleriana, kohutiana, junguiana, etc. Todos ellos crean una interesante historia de vida mitológica a partir de los eventos aleatorios de la existencia del paciente.

La psicoterapia y la psicología son un arte, no una ciencia. Del material a nuestro alcance, sueños, fantasías, sentimientos y emociones, los practicantes del arte producimos ficción, poesía, ensayo, retratos y piezas de teatro. Como escribe James Hillman: “Se levanta el telón, los dioses hacen su entrada en el escenario. No sabemos lo que sucede; solo sabemos que algo sucede”.

En este capítulo me concentré en los lados positivos del padre siniestro. En el que sigue, describiré a un padre que rara vez es una bendición para sus hijos, a saber, el padre importante, inusual y creativo.


1. Søren Kierkegaard, El concepto de ansiedad, trad. R. Thomte (Princeton, Nueva Jersey: Princeton University Press, 1980), pág. 155.

Mito y realidad del abuso sexual infantil

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulo IV del libro «From the Wrong Side. A Paradoxical Approach to Psychology«, pp. 58-74

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El abuso sexual de niños no es un fenómeno psicológico, sino un delito.
– Comentario de la audiencia durante una conferencia sobre abuso infantil

En mi práctica de psiquiatría de treinta y cinco años, a menudo he tenido que tratar con niños abusados sexualmente, así como con adultos que fueron abusados sexualmente durante su infancia. También he realizado muchas evaluaciones psiquiátricas de perpetradores de abuso sexual. Debido a que el fenómeno de los delitos sexuales contra niños se ha convertido cada vez más en el foco de atención pública en los últimos años, decidí dar una conferencia sobre el tema. Con este fin, revisé la literatura más antigua y más reciente para comprender mejor el alcance del problema.

La literatura, sin embargo, resultó ser extremadamente confusa. Algunos autores asumen que más de la mitad de todos los niños han sido abusados sexualmente y como resultado han sufrido un trauma psicológico considerable. Otros, sin embargo, son de la opinión de que el número de niños involucrados es menor, quizás del cinco al quince por ciento. La mayoría de los autores no fueron precisos en su definición de abuso sexual. Algunos consideraban que el abuso era prácticamente cualquier contacto erótico entre un adulto y un niño, que iba desde una palmadita demasiado amistosa en el hombro por parte de un tío no tan agradable hasta una violación brutal. Otros no diferenciaron los espeluznantes casos de abuso sexual de niños de dos a seis años de las experiencias sexuales de niñas y niños mayores de quince años con adultos. Los autores más contemporáneos tienden a ver cualquier tipo de experiencia de tinte sexual de un niño con un adulto como extremadamente dañina, mientras que otros cuestionan esta perspectiva. Cuando examinamos las diferentes estadísticas más de cerca, encontramos que un tercio de todos los casos referidos como abuso infantil son experiencias con exhibicionistas. ¿Cada encuentro con un exhibicionista daña verdaderamente a una niña o un niño de, digamos, doce años?

Al comienzo de mi conferencia sobre el abuso infantil, subrayé la importancia de un estudio cuidadoso del fenómeno en sí. Hice hincapié en que primero abordaría el material “objetivamente” y “científicamente”, y solo más tarde sacaría mis conclusiones. Mi enfoque despertó fuertes protestas de la audiencia. Varias mujeres me gritaron y me llamaron degenerado. Señalaron que estábamos hablando de crímenes y no de un “fenómeno” que pudiéramos estudiar cuidadosamente en nuestro tiempo libre. Cualquier tipo de participación sexual de un adulto con un niño, independientemente de las circunstancias, debe ser tratado como una ofensa horrible. Correspondientemente, la única reacción adecuada sería la indignación más iracunda. Más adelante en la conferencia, mencioné que realmente deberíamos estudiar a los perpetradores más extensamente para comprender los impulsos y motivos detrás de sus acciones. En ese momento varias mujeres abandonaron la sala de conferencias protestando después de haberme acusado de identificarme con estos asquerosos criminales.

Más tarde hablé con varias mujeres que habían experimentado el incesto durante su infancia. Varios tenían puntos de vista extremadamente radicales. Uno de ellos hizo este comentario: “Si por casualidad mira a través de una ventana por la noche y ve a un padre besando a su hijo de seis años en la mejilla mientras acuesta al niño, debe llamar inmediatamente a la policía y al departamento de menores. Se debe hacer todo lo posible para separar al menos temporalmente a este hombre de su familia”. Otros incluso insistieron en que todo hombre era sospechoso como posible perpetrador y violador. Llegaron a insinuar que una madre nunca debe dejar a los niños solos en la casa con su padre. Consideraban que hasta el hombre más aparentemente inofensivo podía abusar sexualmente de sus hijos.

Después de la conferencia y la discusión, pasé unos días en Gran Bretaña y tuve la oportunidad de leer los periódicos locales. Encontré informes de rituales satánicos, de pedófilos que sacrificaban y mataban niños. Los periódicos describieron cómo, durante los rituales demoníacos, los niños eran obligados a presenciar las terribles torturas de otros niños para intimidarlos y someterlos a todo tipo de abuso sexual. Cada artículo enfatizaba al final que hasta ahora la policía no había encontrado evidencia de actividades tan horribles. Los informes también citaron a varios psicólogos diciendo que pacientes confiables habían admitido haber sido víctimas de rituales satánicos cuando eran niños. Por supuesto, muchos pacientes habían olvidado temporalmente estos horribles eventos, pero los habían vuelto a recordar en el curso de una psicoterapia prolongada.

La lectura de estos periódicos me recordó la historia de la Orden de los Templarios, que había estudiado en la escuela secundaria. Esta orden de caballeros fue fundada en el año 1119 d.C. para proteger a los peregrinos que se dirigían a Jerusalén. Por varias razones, incluyendo sus considerables posesiones, los templarios se volvieron impopulares y despertaron sospechas. En el año 1305 fueron acusados de herejía, pero, más a nuestro tema, también fueron acusados de delitos sexuales. Se decía que eran homosexuales y que abusaban de niños pequeños, de vez en cuando también de niñas, y además se les acusaba de participar en rituales satánicos. La orden fue disuelta. Algunos de sus miembros fueron quemados en la hoguera y confiscados sus bienes.

De los Caballeros Templarios mis pensamientos fueron a mis estudios de historia judía. Recordé cómo, durante la Edad Media, los judíos eran acusados con frecuencia de secuestrar niños cristianos, de matarlos y sacrificarlos a un Dios malvado. Cada vez que tales rumores se difundían, los pogromos seguían poco después y muchos judíos eran asesinados.

Recordando estos antecedentes, me parece que el abuso sexual infantil abarca más de lo que a primera vista parece. Tiene que ver principalmente con las actividades concretas contra los niños, que encuentro tan a menudo en mi práctica psiquiátrica. Hoy estos trágicos sucesos están muy a la vista del público. Además de los hechos concretos reales, también estamos tratando con fenómenos psicológicos colectivos que están de alguna manera vinculados a los delitos sexuales contra los niños. Estos fenómenos son difíciles de describir. Tienen que ver con las actitudes psicológicas del colectivo así como con las del consciente e inconsciente del individuo. En otras palabras, tienen que ver con el individuo, con la sociedad y una combinación de los dos al mismo tiempo. Como he señalado en el Capítulo 2, cada vez que nos enfrentamos a un tema que es un foco de atención pública, tenemos que examinarlo en dos niveles diferentes. Primero tenemos que mirar el fenómeno en sí. También tenemos que considerar los antecedentes psicológicos de los individuos y la sociedad que se han interesado por el tema en cuestión.

En este capítulo abordaré menos el fenómeno real del abuso infantil y trataré en cambio de determinar principalmente qué despierta en nosotros este fenómeno, qué necesidades satisface y qué constela en nosotros psicológicamente. En el Capítulo 2 hablé sobre la causalidad y cómo se aplica a las ciencias naturales pero no a la psicología. La psique, al menos en la medida en que la entienden los junguianos, es acausal y no está determinada principalmente por la ley de causa y efecto. La psique es autónoma. Naturalmente, la psicología no puede descuidar por completo la causalidad, sino que debe entenderla como una imagen simbólica de relación, de conexión. Los niños, por ejemplo, se conectan con sus padres. La educación y el entorno social juegan un papel preponderante en la formación del carácter individual y proporcionan un telón de fondo que puede conducir a resultados muy diferentes. Quiero enfatizar que lo que llamamos «causas» puede tener efectos muy diferentes. La falta de amor del entorno puede resultar en un retraso en el desarrollo de un niño, mientras que para otro, tal falta puede servir como un desafío creativo.

Todos necesitamos causalidad. Todo lo que sucede nos asusta un poco menos mientras creamos haber descubierto la causa. Esperamos que nuestro conocimiento de la causa nos permita influir en los acontecimientos, la naturaleza y el comportamiento humano. Incluso puede hacernos capaces de curar a estos últimos. Curiosamente, nada ha estimulado tanto la mitología psicológica como nuestra necesidad de causalidad. Aunque, como ya he mencionado, la causalidad tiene un significado limitado para el campo de la psicología. Debido a nuestra búsqueda de las causas del comportamiento humano, del sufrimiento y de la alegría, hemos creado innumerables mitos psicológicos en los últimos cien años. ¡Desafortunadamente, hemos operado bajo la idea errónea de que los mitos mismos eran las causas reales! En un capítulo anterior me referí al hecho de que la masturbación fue vista durante décadas como la causa de todo tipo posible de perturbaciones psicológicas. En ese momento, la gente intentaba evitar la práctica atando las manos de los niños durante la noche o electrificando los penes de los niños pequeños como un elemento disuasorio bien intencionado. Hoy reconocemos, por supuesto, la naturaleza mitológica de las nociones sobre los efectos negativos de la masturbación.

Últimamente, cada vez más, hemos llegado a considerar que la causa de muchos problemas de desarrollo en la psicología individual se deriva del abuso sexual en la niñez. Algunos especialistas llegan a suponer que más del 90% de todos los casos de anorexia y bulimia pueden atribuirse a dicho abuso. Por lo tanto, satisfacen nuestra necesidad de identificar una causa para estas desconcertantes perturbaciones. Las mitologías psicológicas que identifican algo extremadamente horrible como la causa de los trastornos neuróticos e incluso psicóticos parecen atraernos particularmente, un punto que discutí en un capítulo anterior. Una “causa” reprobable y repugnante nos da la fuerza para combatirla, para dirigir nuestra indignación contra ella. Dado que el abuso sexual de niños es completamente malvado y totalmente inmoral, también satisface nuestras necesidades morales.

La mitología que gira en torno al abuso sexual de niños nos ofrece más que la gratificación de nuestras necesidades de causas y de moralidad. Vivimos hoy en un período de transición del patriarcado al matriarcado, una transición que ya ha ocurrido en muchas áreas de nuestras vidas. Si bien los hombres aún dominan los campos de la política, los negocios y la industria, ya han perdido innumerables batallas. La mayoría de las familias tienen una estructura matriarcal en la que los hombres tienen cada vez menos voz. El abuso sexual de niños nos proporciona no solo la «causa» del desarrollo psicológico más problemático, una causa malvada, sino también el villano: un hombre. El patriarcado del mal se convierte así en la fuente de prácticamente todas las dificultades psicológicas, de todos los sufrimientos de la humanidad. Representa a la bestia macho que casi incidentalmente abusa sexualmente de los niños cada vez que se presenta la oportunidad.

La red de la mitología, que se teje alrededor del demasiado real abuso sexual de niños y satisface nuestro anhelo de causalidad, satisface muchas de nuestras necesidades. Los beneficios que derivamos de esta mitificación hacen muy difícil investigar y juzgar el fenómeno propiamente dicho para tratarlo adecuadamente. Frecuentemente, un celo cruzado nos domina, haciéndonos campeones entusiastas contra los poderes del mal. La mentalidad de cruzada nos ayuda a comprender por qué desperté tanta indignación durante mi conferencia al insistir en la necesidad de un estudio detenido del abuso sexual. Claramente, el abuso infantil es incorrecto y criminal. ¡Nuestra tarea es combatir este mal y erradicarlo, no perder el tiempo en la observación cuidadosa o en la recopilación de pruebas!

La mitología que rodea el abuso infantil tiene otros aspectos. Anteriormente mencioné las discusiones que tuve con mujeres cuya infancia estuvo ensombrecida por el incesto. Algunas de estas mujeres tenían historias espantosas que contar. Sufrieron indescriptiblemente a manos de sus padres o de figuras paternas, así como por la apatía y el abandono de sus madres. Otros “sobrevivientes de incesto” tenían historias relativamente inofensivas que contar. Uno relató cómo un maestro había retenido a una niña de catorce años después de la escuela para ayudarla con su tarea. Mientras se sentaba a su lado, le acariciaba tiernamente el cabello o la espalda. O bien, un primo mayor entretenía a los niños más pequeños con chistes obscenos. O bien, un padrastro inspeccionó a una chica de quince años con miradas lascivas mientras se vestía para un baile. Independientemente de los detalles de las historias, el efecto de las experiencias para la mayoría de las mujeres fue que se sintieron profundamente heridas. En su mayor parte, odiaban intensamente a sus padres o figuras paternas. Muchos creían que no debería haber un estatuto de limitaciones para los delitos sexuales.

La mayoría de estas mujeres eran inteligentes, sensibles y era agradable estar con ellas. Sin embargo, su odio por sus padres era tan profundo que tuve que preguntarme si no era una emoción casi religiosa. Todos nosotros somos niños abusados y maltratados de una forma u otra, sexualmente o de otra manera. Todos somos “abusados”, especialmente, podría agregar, por Dios el Padre. La vida, en sí misma, puede ser terrible sin culpa nuestra. La enfermedad nos acosa; las deformidades físicas nos amenazan; las desgracias de todo tipo nos asustan. Nuestro Padre Celestial nos maltrata una y otra vez sin que podamos entender el porqué y el para qué. Siento que es muy desafortunado que usemos «padre» como un símbolo de Dios y muy particularmente desventajoso para los padres humanos reales. Empecé a preguntarme si al menos algunas de estas mujeres no estaban realmente luchando con Dios. Confundiendo a sus padres reales con Dios Todopoderoso, responsabilizaron a sus padres concretos por todo el mal en el mundo.

La sexualidad suele estar relacionada con el amor. Incluso en casos de abuso sexual infantil, los sentimientos afectivos y amorosos frecuentemente juegan un papel entre el perpetrador y la víctima. ¿Puede haber una mejor imagen de la relación entre Dios y el Hombre? Dios nos maltrata continuamente mientras aparentemente nos ama al mismo tiempo. Quizás estas mujeres no estén lidiando tanto con Dios como con Satanás, el lado oscuro de Dios y sus representantes en este mundo. Al comienzo de este capítulo, mencioné rumores de rituales satánicos que involucraban a niños que eran sacrificados o al menos asustados hasta el punto de que ya no resistían. Ahora me pregunto: detrás de la gama de poderosas reacciones hacia el abuso infantil, ¿no está en juego el arquetipo del niño, un arquetipo que es mucho más rico y variado de lo que generalmente nos damos cuenta? Un niño siempre es más que el pequeño Juan la pequeña María. En cada niño experimentamos uno o más aspectos del arquetipo del niño que se expresan en muchos símbolos.

Uno de estos símbolos es el niño divino, que encontramos en muchas tradiciones religiosas, especialmente en el cristianismo. El Niño Jesús nace en un pesebre en Belén. Anuncia una nueva era y un nuevo tipo de humanidad, incluso prometiendo la salvación de toda la raza humana. Cada vez que aparece algo nuevo capaz de redimirnos individual y colectivamente, a menudo se representa y experimenta a través del símbolo del niño divino. Sin embargo, cada vez que aparece el niño divino, también emerge su opuesto arquetípico: el destructor del niño, el asesino de niños. Cuando Herodes se enteró del nacimiento de Jesús, hizo matar a todos los niños de la misma edad con la esperanza de destruir también a Jesús. El niño divino, la esperanza del mundo, y el asesino de niños, Herodes, son representaciones simbólicas del arquetipo del niño.

Todavía podemos identificar otros aspectos del arquetipo del niño. A menudo nos referimos a nosotros mismos como “hijos de Dios”. Esta es otra imagen del arquetipo del niño, que expresa nuestra relación con Dios y nuestra relación con el diablo que sacrifica niños. La imagen de María, la buena madre, pertenece también al niño. No debería sorprendernos, por lo tanto, que las escuelas de psicología regidas por el arquetipo del niño le den tanta importancia a la madre. Para ellas el papel de madre es tan central que llegan al extremo de insistir en que el análisis sustituya temporalmente a la buena madre. Otro lado más del arquetipo, y esto es sorprendente, es la conexión directa entre el niño y nuestro concepto de «causalidad divina». El divino niño presenta una posible “causa” de nuestra salvación y su destrucción significaría el fin de todas nuestras esperanzas. El arquetipo del niño incluye incluso aspectos de la guerra entre los sexos. Jesús, una imagen del niño divino, se originó como ser terrenal únicamente de María. José, el esposo de María, no engendró al niño. Si Dios se convirtiera en mujer, como exigen las teólogas feministas, entonces el niño divino no tendría ningún padre masculino, ¡habría descendido completamente de lo femenino!

El niño es un símbolo arquetípico tan poderoso y polifacético que no nos sorprende la relativa imposibilidad de diferenciar entre “hechos clínicos” e historias e imágenes mitológicas proyectadas. Los psicólogos infantiles sostienen la opinión de que los niños nunca mienten cuando se trata de abuso sexual. Al mismo tiempo, observamos con frecuencia a los niños que acusan injustamente a los adultos, particularmente bajo la presión de uno de los padres en los casos de divorcio. Mitológicamente, sin embargo, el niño que sólo dice la verdad es una imagen fiel: el niño divino es inocente, veraz e incapaz de mentir.

Una forma en que podemos ver el trabajo de la psicoterapia es permitir que las imágenes mitológicas surtan efecto. La mitología, la mitología psicológica, nos conduce y nos dirige. Sin embargo, no podemos pasar por alto el carácter y la calidad de esta mitología dada la gran influencia que tiene en nuestra actividad terapéutica. No todas las mitologías son saludables. Algunos son enfermos, deformes, unilaterales y, bajo ciertas circunstancias, pueden ser dañinos.

Fue James Hillman quien, hace varios años en Roma, señaló que la psicoterapia clásica tiene su base principalmente en la mitología del arquetipo del niño. Hillman sospecha que la mitología del niño, que domina la psicoterapia, muy a menudo conduce a una infantilización involuntaria e indeseable del paciente. La psicoterapia puede hacer que él o ella sea incapaz de convertirse en un ciudadano adulto responsable. Los pacientes permanecen o se vuelven niños, quejándose continuamente de mamá y papá y culpando a sus padres por sus problemas. Hillman se sintió tan disgustado por los efectos dañinos de la dominación unilateral de la mitología del niño que dejó de ver clientes. Declaró además que la psicoterapia es inmoral. La posición de Hillman es claramente un caso de tirar al bebé con el agua del baño. Sin embargo, nos ha ayudado a reflexionar más sobre la naturaleza de la mitología que guía nuestro trabajo y en qué medida puede ser útil o perjudicial. Esta es una de las razones por las que he optado por abordar el aspecto mitológico de nuestro interés por el abuso sexual infantil.

La red mitológica que rodea el abuso concreto de los niños es una mitología del niño extremadamente unilateral. Es la mitología del niño abandonado, un pariente cercano de la mitología de la víctima. Lo que yo llamo mitologías buenas y saludables –si se me permite usar un término tan banal– incluyen los lados más diversos de un arquetipo, especialmente sus polaridades. Podemos entender los arquetipos, al menos parcialmente, como polares. En consecuencia, a menudo los encontramos como imágenes opuestas: hombre y mujer, puer y senex, padre e hijo, Dios y Satanás, cielo y tierra, Afrodita y Ares, herido/sanador, Jesús y Herodes, víctima y perpetrador. Hillman ciertamente tiene motivos suficientes para protestar sobre la medida en que el arquetipo del niño gobierna nuestro trabajo. Si bien ciertamente es un arquetipo rico y multifacético, el niño es solo uno de los muchos que podrían dar su sello a nuestro trabajo. La situación se vuelve mucho peor cuando solo usamos una parte del arquetipo del niño o algunos de sus fragmentos separados.

Permítanme recapitular. El abuso sexual de niños es frecuente y atroz y debe combatirse con todos los medios disponibles. El interés mostrado por laicos y profesionales por este lado oscuro de la infancia bien puede ayudarnos a hacer más por la vía de la prevención. Además, es nuestro deber estudiar el trasfondo mitológico/psicológico del interés actual por este fenómeno. ¿Qué necesidad nuestra satisface este interés? ¿Qué tipo de mitología estimula nuestra fascinación por el fenómeno? ¿A qué buen o mal fin conducen las mitologías?

Una de las mitologías detrás del interés contemporáneo en el abuso sexual de niños es, como ya he dicho, el mito unipolar o unilateral del niño y la víctima inocentes y desatendidos. Este mito puede hacer daño y, casi en segundo lugar, puede impedir nuestra capacidad de estudiar los hechos. Durante la conferencia que mencioné anteriormente, afirmé que en las grandes ciudades, y sin duda también en las áreas rurales, la mayoría de las niñas y los niños se han encontrado con exhibicionistas en alguna ocasión. Además comenté que no estaba completamente seguro de si tales experiencias causaron un daño tan grande. La audiencia protestó apasionadamente: el miembro masculino excitado presentado a la vista por estos exhibicionistas había herido profundamente a estas chicas inocentes. El tema no era motivo de discusión o investigación.

También comenté en mi conferencia que, hasta donde puedo recordar y hasta donde puedo observar hoy, la mayoría de los niños son abordados o abusados sexualmente por un homosexual en algún momento de su niñez. El adulto puede ser un primo varón, un tío, un vecino o un hombre desconocido. Por lo que puedo decir, estos encuentros homosexuales no siempre causan un gran daño psicológico. Como regla general, los niños discuten tales ocasiones con gran interés entre ellos. Debido a mi posición sobre esta cuestión, varias mujeres en la audiencia me denunciaron como perversa. Estos niños inocentes se habían encontrado con el Diablo, un hombre desagradable y entrometido, claro, y por lo tanto habían sido gravemente dañados. Incluso me atreví a cuestionar si, de hecho, cada encuentro con un adulto sexualmente inoportuno es necesariamente perjudicial para el niño. Mi pregunta levantó la sospecha de que yo era un “cerdo machista”.

La mitología unilateral, unipolar o escindida del niño inocente y la víctima tiene incluso la capacidad de obstaculizar nuestro trabajo terapéutico con niños o adultos abusados sexualmente. La manera y el método que utilizan muchos terapeutas para lidiar con los sentimientos de culpa de las víctimas de «abuso» demuestra ampliamente mi punto. Los niños que experimentan abuso sexual a menudo se sienten culpables. Tienen la impresión de que, de alguna manera, tuvieron la culpa. Los niños mayores, en particular, tienen sentimientos ambivalentes sobre el abuso. No están seguros de si la experiencia no les proporcionó cierto placer. A menudo se preguntan si no se defendieron o posiblemente alentaron al perpetrador. Muchos psicólogos rechazan estos sentimientos de culpa como completamente injustificados. Sostienen que de ninguna manera puede haber una cuestión de culpabilidad. Animan a los niños a olvidar la culpa, a sacarla de su mente.

Esta posición terapéutica puede ser perjudicial para el desarrollo psicológico de un niño. Los terapeutas simplemente piensan y aceptan al niño como víctima. Rechazan y niegan enérgicamente cualquier intento por parte del niño de asumir alguna responsabilidad por lo sucedido o al menos de reconocer su propia ambivalencia. Los terapeutas imponen así al niño una psicología de víctima, una psicología que dice que por todo lo que sucede siempre hay alguien a quien culpar. Cortan de raíz la creciente conciencia del niño de que él es al menos parcialmente responsable de mucho de lo que le sucede, o al menos de la tensión de ida y vuelta entre el rechazo y la aceptación. Esta posición terapéutica no toma en serio al niño como ser humano. Ve al niño únicamente como una víctima inocente y maltratada. El niño ya no es parte de la creación con todas sus posibilidades y contradicciones, con sus instintos y deseos en conflicto.

Un área donde surgen contradicciones y conflictos es la relación entre el niño y el perpetrador. Los perpetradores rara vez son extraños. Por lo general, son hombres, con menos frecuencia mujeres, que tienen algún tipo de relación con el niño, si no como padre, como tío, primo o vecino. Una tercera persona puede descubrir el abuso, pero el descubrimiento generalmente resulta de algo que el niño insinúa o dice. Por esta razón, el niño puede sentir que ha traicionado al adulto. La traición es, naturalmente, tanto más dolorosa cuanto más estrechamente relacionado está el niño con el perpetrador: un padrastro más o menos amado o el padre real.

Expertos y especialistas en casos de abuso aconsejan a los psicoterapeutas para ayudar a estos niños a olvidar cualquier sentimiento de traición. Los psicoterapeutas caen así bajo el dominio de la imagen mitológica unilateral del niño y víctima puros e inocentes. No respetan la situación psicológica real, y esto es verdaderamente trágico. Los niños están atrapados en un conflicto de lealtades: lealtad a sí mismos por un lado y lealtad a las personas cercanas a ellos por el otro. Un niño tiene que acusar a su padre, por ejemplo, aunque al hacerlo traicione a alguien a quien quizás ama profundamente.

Estos niños sufren un conflicto que nadie puede resolver. La psicoterapia debería ayudarlos a tolerar y soportar este trágico conflicto. Tal asistencia les ayudaría a madurar. Los conflictos agobian continuamente las vidas humanas, ya sean de adultos o de niños, conflictos que son simplemente trágicos y no se pueden resolver. Idealmente, los psicoterapeutas ayudarían a sus clientes, sean adultos o niños, a sobrellevar estos conflictos y a crecer y desarrollarse a través de ellos. Cuando tratamos a los niños abusados sexualmente como si fueran incapaces de tolerar la tragedia de la vida, les robamos un potencial específicamente humano. También los perjudicamos al no tomarlos en serio como seres humanos y tratarlos como símbolos arquetípicos unilaterales.

La situación es muy similar en el tratamiento de los perpetradores. Muchos de los que abusan de los niños nos quieren hacer creer que amaban a los niños pero que expresaron su amor demasiado físicamente. Muchos profesionales que trabajan con niños experimentan cierta atracción física hacia sus cargos. De lo contrario, no podrían soportar el contacto continuo con ellos. Así sucede que los maestros, por ejemplo, que en alguna forma leve han hecho insinuaciones a sus alumnos, a menudo son muy buenos maestros y demuestran un amor genuino por los niños. Tales perpetradores defienden enérgicamente su capacidad de amar y se sienten injustamente atacados. Cuando tratamos a los perpetradores, a menudo cometemos dos errores básicos debido a nuestra mitología unilateral. Por un lado, representamos lo que han hecho solo como malo. Tratamos de convencerlos de que son degenerados y que es absolutamente necesario un cambio completo de su carácter. Los vemos como el Diablo encarnado y queremos que compartan nuestra percepción. Por otro lado (y esto es mucho peor), les obligamos a asumir el papel de víctimas. Les decimos que sabemos que la mayoría de los hombres y mujeres que abusan de los niños sufrieron abusos cuando eran niños. No son, por lo tanto, verdaderamente responsables de sus actos ya que sus acciones fueron el resultado del abuso que ellos mismos sufrieron. Al adoptar este enfoque, reprimimos la polaridad arquetípica. No tratamos a estas personas como seres humanos que son siempre en parte víctimas y en parte victimarios y, por ello, son siempre responsables en cierta medida de lo que les ocurre.

La mitología enfermiza, que muchas veces dirige nuestro interés y nuestra relación hacia el abuso sexual infantil, tiene otras consecuencias. Mencioné al comienzo de este capítulo que una parte de esta mitología consiste en nuestra creencia de que hemos descubierto al Diablo encarnado. Empezamos a creer que hemos encontrado la raíz de todo mal, el origen mismo del desarrollo neurótico y psicótico humano. Esta creencia puede convertirnos en misioneros fanáticos. En mi calidad de analista supervisor, me encuentro continuamente con psicoterapeutas que buscan eventos sexuales traumáticos en la infancia de sus clientes con cierto fanatismo. Si un cliente relata un sueño en el que ocurre el incesto, el psicoterapeuta aprovecha la oportunidad con gran entusiasmo para interrogar a fondo al paciente sobre si él o ella puede recordar algún acoso o violación sexual durante la infancia. A menudo, el paciente no recuerda nada. El psicoterapeuta, sin embargo, asume que algo de esta naturaleza debe haber sucedido. He experimentado casos en los que el cliente fabricó un evento sexual traumático de la infancia simplemente para complacer al terapeuta.

La psicología no es ni matemáticas ni física sino mitología. Solo podemos entender y captar el alma a través de imágenes simbólicas y narraciones mitológicas. Si bien estas imágenes y mitologías son colectivas, la mezcla de imágenes y mitologías que nos dirigen personalmente es algo muy individual. Necesitamos, por tanto, ser conscientes de las imágenes o mitologías que nos afectan personalmente en nuestro trabajo.

Aquí me gustaría hacer un comentario entre paréntesis. En los últimos años nuestra cultura ha desmitificado considerablemente la sexualidad. Ha perdido mucho del carácter místico y demoníaco que todavía poseía, por ejemplo, cuando los médicos consideraban la masturbación como la fuente de la mayor parte de la confusión psicológica. A veces me pregunto si la actitud de “la sexualidad es completamente natural” es solo el resultado de una poderosa represión y supresión del lado demoníaco de la sexualidad. Hemos empujado los aspectos demoníacos de la sexualidad a un rincón y los vemos solo en la «demonización» del abuso sexual de niños. Como mencioné, muchas personas consideran que cualquier encuentro con un exhibicionista es extremadamente dañino y automáticamente etiquetan como malvados todos los encuentros de tinte sexual que un niño tiene con un adulto, independientemente de las circunstancias.

Además del trasfondo mitológico que ya he presentado, me pregunto si no está involucrado otro tema mitológico. Estoy pensando en el mito de la familia y en quienes lo aceptan o lo rechazan. La familia es una pequeña unidad que se mantiene unida. Frecuentemente se defiende y se blinda con todas las medidas posibles contra el exterior. Las familias tienden a proteger sus terribles, destructivos y creativos secretos. Incluso hoy en día, la mayoría de los niños crecen en familias, y las familias influyen profundamente en el desarrollo y las actitudes de los niños hacia la vida. Esta pequeña unidad es un lugar donde crece la ternura y florece el amor por un lado y donde por el otro reina la brutalidad descontrolada, el abuso del poder y, con frecuencia, el miedo.

Parece que muchas personas que se preocupan profundamente por la felicidad y el desarrollo saludable de otros seres humanos se enojan con esta pequeña unidad que alberga secretos. Ni el Estado, ni el público, ni los trabajadores sociales, ni los maestros pueden vigilar a la familia. Nadie puede interferir con él. Estos individuos bien intencionados tienen una visión social colectiva. Su deseo es que especialistas competentes determinen todos los aspectos de la vida. Les gustaría ver a todos los niños atendidos principalmente por educadores capacitados y, por esta razón, creen que los niños deben comenzar la escuela tan pronto como puedan. Cuando se le preguntó al filósofo y teórico de la educación estadounidense John Dewey cuál era la mejor edad para que los niños comenzaran la escuela, respondió: “Un niño debe ir a la escuela lo antes posible”. A los psicólogos y educadores que comparten la posición de Dewey les gustaría que las organizaciones de especialistas controlaran todos los aspectos de la sociedad. Además, les gustaría que estas unidades secretas, estas familias perversas, renunciaran a su poder.

Esta es la mitología de la profesionalidad total, una profesionalidad que debería tener la última palabra en todo. Los profesionales deben enseñar a los niños a jugar (terapia de juego), deben asumir la instrucción en sexualidad (educación sexual) y deben enseñar a los niños a aprovechar su tiempo libre.

Este mito del profesional se une a la mitología unilateral del niño. En su forma rudimentaria, la familia es un todo, una unidad, un organismo desarrollado y responsable. Como tal, lo incluye todo: responsabilidad e irresponsabilidad; amor y odio; lealtad y traición; madurez e inmadurez; Bien y mal. Según el mito del profesional, los sacerdotes del profesionalismo deben dividir y gobernar todo este organismo completo. Deben socavarlo e infantilizarlo. Deben convertirlo en una institución infantil, irresponsable e indefensa. Su lema es: “Los padres son las únicas personas que, bajo ninguna circunstancia, son capaces de criar a sus hijos”.

Naturalmente, el abuso sexual infantil ocurre con mucha frecuencia dentro de este círculo secreto de la familia. Sospecho que el profundo deseo de romper el poder de la familia a menudo fortalece el entusiasmo por la lucha contra el abuso sexual. ¡Solo entregar el cuidado y la educación de los niños a los profesionales, a los sacerdotes de la infantilización de la humanidad!

Todos los arquetipos están siempre con nosotros y en nosotros. Algunos están más en primer plano y dominan; otros son más débiles y están más en segundo plano. El ego no determina qué arquetipo rige de un momento a otro, pero éstos determinan el movimiento y el desarrollo del inconsciente colectivo. Este es el caso ya sea que estemos hablando de psicólogos o legos. Las imágenes y símbolos mitológicos que nos guían nunca representan todos los arquetipos a la vez. Pueden consistir en imágenes unipolares de un solo lado de arquetipos divididos. Las imágenes unilaterales no son tan dañinas. Lo que puede ser dañino para nosotros es no ser conscientes de los arquetipos completos o divididos que nos gobiernan en un momento dado. Otro factor perjudicial es la toma de nuestras mitologías limitadas y unilaterales como un hecho concreto. Nos vemos a nosotros mismos ya los demás a través de los ojos del arquetipo gobernante, representado por las imágenes mitológicas. Cuando malinterpretamos esta perspectiva necesariamente estrecha como la verdad completa, comenzamos a vernos a nosotros mismos ya los demás como distorsiones.

No tengo nada en contra de que los psicoterapeutas modernos sigan el ejemplo del arquetipo del niño. ¿Por qué no debemos rastrear cada neurosis y cada psicosis hasta ciertas experiencias traumáticas de la infancia? ¿Por qué no deberíamos ver a una mala madre o a un padre incapaz como fuente de sufrimiento psicológico? Debemos seguir adelante y dejarnos regir por imágenes unilaterales. Debemos dejarnos regir por la imagen del inocente niño divino y por Herodes, el asesino de niños. Debemos ser gobernados por Satanás, que sacrifica niños, o por la causa de todas las causas, la herida que hemos infligido al niño divino. Seguiremos siendo psicólogos competentes mientras no asumamos que estamos hablando de hechos. Todavía podemos funcionar de manera efectiva si no creemos que los «hechos» que observamos no tienen nada que ver con nuestro trasfondo psicológico personal y nuestra situación arquetípica.

Naturalmente, todos los arquetipos actúan tanto interna como externamente para nosotros, ya sea como un todo o como fragmentos separados. Esta es la razón por la cual somos tan fácilmente víctimas del concretismo y la estrechez psicológica, por la que vemos nuestra situación arquetípica solo fuera de nosotros mismos y la proyectamos a izquierda y derecha. Sin duda, el dominio del arquetipo del niño tiene sus desventajas. Sin embargo, ser gobernado por el arquetipo dividido del niño sin ser consciente de ello puede realmente poner en peligro nuestro trabajo de la manera más severa, sin importar cuán buenas sean nuestras intenciones. Cuando escindimos el arquetipo del niño y nos identificamos con el niño divino, inconscientemente caemos en el otro lado del arquetipo: el abusador de niños o el asesino. Esta es la paradoja del fenómeno del maltrato infantil. En el próximo capítulo me centraré en una forma particularmente extrema de paradoja psicológica.

El matrimonio ha muerto – ¡Larga vida al matrimonio!, Caps. XV, XVI y XVII

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulos XV, XVI y XVII del libro ‘Marriage is Dead, Long Live Marriage!, pp. 95-105

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

CAPÍTULO XV

El sacrificio

Un matrimonio virginal es un matrimonio en el que ambos cónyuges, como María y José en el Nuevo Testamento, renuncian a la sexualidad; es un matrimonio sin sexo. Hoy este tipo de matrimonio es descartado como una peculiar “institución católica”. Los psiquiatras y los psicólogos describirían tal matrimonio, a menos que sea causado por una disfunción física, como el arreglo neurótico de dos personas que están gravemente perturbadas en su desarrollo psicológico. Hoy en día se exige a todos, desde la juventud hasta la vejez, una vida sexual sana y vigorosa. Se supone que ninguna persona casada o soltera saludable debe llevar una vida asexual. La sexualidad sana y vigorosa es de rigor.

Esta es una demanda conformista, igualadora. Confunde a las personas con los animales. Requiere que una persona viva “naturalmente”, y la sexualidad se cuenta como parte de este naturalismo.

Hay muchas personas que no tienen un interés particular en la sexualidad sin ser «gravemente neuróticas». Ocasionalmente, uno encuentra una pareja casada para quienes la sexualidad es solo medianamente interesante. Tal matrimonio no es absolutamente absurdo. Dentro del matrimonio es posible, como prácticamente en ninguna otra situación, que la sexualidad como símbolo de individuación se viva plenamente. Pero el fin del matrimonio no es la experiencia sexual, sino la salvación y la individuación: buscar y encontrar a Dios, al alma ya uno mismo. Y esto también se puede lograr sin sexualidad.

Esto nos lleva a un problema central del matrimonio como salvación e individuación. Los psicólogos jungianos a menudo hablan de convertirse en un todo, de realizarse uno mismo por completo, en lugar de hablar de individuación. La persona completa es la meta del largo camino hacia la individuación. El mandala, símbolo de la meta o centro de la individuación, tiene forma de círculo y contiene simbólicamente todos los opuestos: nada falta.

Pero tal proceso de llegar a ser completo no está necesariamente implícito en la palabra “salvación”, y la frase “llegar a ser completo” es confusa. La individuación, como búsqueda de la salvación, tiene que ver no solo con volverse completo; también exige sacrificio. Algo debe ser sacrificado. Paradójicamente, el proceso de alcanzar la totalidad requiere sacrificio, renuncia, es decir, la renuncia de partes de nuestra personalidad, de lo que puede ser más valioso para nosotros.

Mitológica y ritualmente, el sacrificio siempre ha jugado un papel importante. Por un lado, se ensalza; por el otro, sigue siendo piedra de tropiezo y motivo de aflicción. Aquí viene a la mente la notable historia de Abraham e Isaac. Dios le exige a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. Sin embargo, en el último momento, Dios interviene e impide el sacrificio. No debemos dejarnos engañar por la conclusión de esta historia. Incluso las historias mitológicas tienden a consolar (aunque en menor grado que los cuentos de hadas), para no asustar al oyente. Si Dios realmente recibió o no el sacrificio de Abraham es intrascendente. Lo exigió, y eso significa que podría haberlo aceptado. Requiere que Abraham esté preparado para ofrecer el sacrificio de su hijo. Esta no es tanto la historia de una prueba, de un intento por parte de Dios de saber si Abraham estaría dispuesto a sacrificar a su hijo; el tema central de la historia es que Dios requiere este sacrificio.

Me viene a la mente otro ejemplo, la historia de Agamenón e Ifigenia. Los griegos solo pueden navegar hacia Asia Menor y conquistar la ciudad de Troya después de que Agamenón sacrifique a su hija. Este cuento mitológico también se vuelve agradable al desterrar a Ifigenia a un país lejano en lugar de que muera. El motivo del sacrificio se encuentra también en el ritual de la circuncisión. Al menos simbólicamente, algo perteneciente al recién nacido debe ser sacrificado a Dios.

Como cualquier imagen arquetípica importante, la imagen del sacrificio conduce a la caricatura y al exceso, como las miles de víctimas humanas de sacrificio que se creían exigidas por los dioses de los aztecas. Para tomar un ejemplo más cercano a casa: los millones de jóvenes que murieron en las batallas durante la Primera Guerra Mundial pueden entenderse como una horrible caricatura de la imagen del sacrificio. Que los generales y los políticos estuvieran dispuestos a dejar morir a cientos de miles de jóvenes por el bien de ganar unas pocas millas cuadradas de territorio, y que cientos de miles de jóvenes se dejaran matar, es difícilmente inteligible desde un punto de vista racional. Debe tener que ver con una posesión demoníaca a través de la imagen arquetípica del sacrificio. A lo largo de la historia, miles, decenas de miles, millones fueron llevados al sacrificio por torturadores. Cada posibilidad arquetípica se convierte, cuando se sobreactualiza, en un demonio espantoso.

Cuando el concepto y la imagen del sacrificio se vive como una caricatura, la gente siempre reacciona violentamente contra él. En nuestros días, tal reacción está en pleno apogeo. La disposición al sacrificio, la alegría del sacrificio, la tendencia al sacrificio han adquirido, en ciertos círculos, una connotación obscena. Esto no cambia el hecho de que el sacrificio de algo querido para nosotros parece ser indispensable para la individuación y la salvación del alma.

Esto me recuerda lo que ha sido durante dos mil años el modelo acordado para el camino a la individuación en el mundo occidental, a saber, la vida de Cristo. Para llegar a ser uno con Dios, Cristo tuvo que sacrificar todo: su honor, su dignidad y su vida.

Este libro está intentando, entre otras cosas, demostrar el carácter de individuación y salvación del matrimonio. En el contexto de nuestra presente discusión, no hace falta decir que se requieren grandes sacrificios en el matrimonio. La mayoría de las parejas casadas deben, hasta cierto punto, sacrificar ciertas partes de su personalidad en el altar del matrimonio. El matrimonio es una confrontación continua e inevitable que sólo puede resolverse con la muerte. Sin embargo, tal confrontación a largo plazo solo es posible si uno o ambos socios renuncian a algo importante para ellos. Al principio, uno lucha contra todo, pero pronto se hace evidente para la pareja que esta inevitable confrontación a largo plazo sólo puede mantenerse si se renuncia conscientemente a algo esencial del alma de cada uno.

Por ejemplo, una esposa tiene dotes musicales, y por amor a su marido renuncia a la música, ya que sin su apoyo no puede avanzar profesionalmente y caería en depresiones. O un marido renuncia a una carrera social excepcional; debe colocar su luz debajo de un celemín para que la de su esposa brille más.

He aquí un sueño que trata de este tema. La soñadora es una mujer de cuarenta años que ha sacrificado sus habilidades artísticas por su marido y su familia. No desarrolló sus propios talentos artísticos, sino que ayudó a su esposo, quien tenía una posición de extraordinaria responsabilidad. Ella lo apoyó emocionalmente, escuchándolo durante horas en las noches hablando con ella sobre sus dificultades, decepciones y éxitos profesionales. Este es el sueño: Su hijo, que tiene cierto parecido con W. (un artista al que conoce), se está ahogando o está a punto de ahogarse. La mujer está en estado de pánico y trata de salvar al niño. Desesperada, corre de un lado a otro. El niño, sin embargo, se hunde más y más en el agua. La mujer corre hacia unas estructuras parecidas a presas; a ambos lados de ellos hay agua, pero en el medio hay estanques de agua. El niño está siempre en un estanque diferente, y cada vez más profundo en el agua. La mujer no puede salvar a su hijo. Finalmente, lo ve en el fondo de la piscina y ya no se mueve. Hacia el final del sueño, la mujer tiene la impresión de ser una observadora externa de toda la escena. Ella se siente flotando sobre él. Más tarde se le ocurrió que todo el asunto representaba claramente un mandala. Las presas eran las líneas dibujadas; las piscinas, los espacios vacíos en el medio.

Este sueño tiene el carácter de una pesadilla. La soñadora no pudo salvar a su hijo de ahogarse. Por otro lado, la vista desde arriba la llenó de profunda satisfacción. Podríamos preguntarnos si este sueño no es un indicio de que la analizante tiene que sacrificar su propia creatividad en el Sí mismo, o por el Sí mismo. Por lo general, los mandalas simbolizan la estructura significativa y la dinámica del alma, la meta o el poder motivador de la individuación. Este mandala contiene el sacrificio.

Muchos matrimonios fracasan porque se rechaza el sacrificio y, en este sentido, el análisis o la psicoterapia pueden tener un efecto francamente destructivo en el matrimonio. En nombre del desarrollo de la personalidad, de la totalidad, se sacrifica el matrimonio de individuación. Por razones inexplicables para mí, el desarrollo narcisista de la personalidad y la enemistad hacia cualquier tipo de sacrificio de la personalidad son verdaderos dogmas de la mayoría de los grupos psicoterapéuticos modernos. Por eso muchos matrimonios se destruyen en psicoterapia. Si no se dirige adecuadamente, se convierte en una herramienta no intencional e inconsciente de las corrientes colectivas de los tiempos. Sin embargo, aquí reside también un potencial terapéutico único, a saber, volverse consciente de esta constelación de modelos morales colectivos inconscientes.

Una y otra vez, las personas casadas de mediana edad acuden al psicólogo, al consejero matrimonial o al psiquiatra con una queja: no puedo crecer; soy incapaz de desarrollar mi personalidad; tengo que dejar muchas de mis habilidades en barbecho; Me gustaría salir y finalmente descubrirme a mí mismo, finalmente poder crecer. El tema de la mujer, o el hombre, que rompe los estrechos límites del matrimonio es uno de los favoritos en muchas novelas, cuentos y películas.

A menudo, en el momento de la verdad, todo se reduce a tomar conciencia de la necesidad de sacrificar una parte de la propia personalidad. Uno trata de evadir este aspecto de la individuación. Los psicólogos que no saben nada sobre el carácter individualizador del matrimonio, y que además no quieren saber nada sobre la necesidad del sacrificio, pueden hacer mucho daño aquí. Se adhieren al culto moderno de la personalidad; están al servicio del bienestar más que de la salvación. El sacrificio es rechazado de plano; por razones dogmáticas no se le permite existir.

Evidentemente, no estamos hablando aquí de un sacrificio moralista, reprochable y con espíritu de martirio. Se trata más bien del sacrificio libremente querido, sin reproche a nadie, la renuncia necesaria y útil para la individuación.

En este sentido, incluso la sexualidad debe ser sacrificada en ciertos matrimonios. Toco aquí los problemas de frigidez e impotencia. Aquellos que han sido alcanzados por la flecha de plomo de Eros a menudo pueden curarse mediante psicoterapia. Desafortunadamente, a las parejas de aquellos que no pueden ser ayudados se les aconseja con frecuencia que vivan sus deseos sexuales en otra parte. La solución al problema ciertamente no es tan simple. O uno de los cónyuges debe renunciar a la sexualidad, o el otro debe renunciar a la fidelidad. El sacrificio de la sexualidad es tan significativo como su consumación. O la pareja frígida debe sacrificar su aversión a la sexualidad. De esta manera, la mayor de todas las anomalías sexuales, la frigidez y la impotencia en el matrimonio, puede ser abrazada bajo el aspecto de la salvación. He descrito la sexualidad como individuación libidinal y el matrimonio de confrontación como individuación intencional. Ambos tipos de individuación están estrechamente relacionados y, a menudo, se experimentan juntos. Pueden fortalecerse y enriquecerse mutuamente. Pero su estrecho acoplamiento también puede conducir a muchas tragedias y malentendidos. Un camino hacia la individuación no garantiza el otro. Y el uno no debe confundirse con el otro. Ambos caminos deben distinguirse claramente, y cada uno debe experimentarse y reconocerse por separado.

Muchos jóvenes deciden casarse por pasión sexual. Una intoxicación erótica es algo tan apasionante que afecta seriamente la capacidad de hacer tales distinciones. Sin embargo, muchos tienen el seguro instinto de reconocer si su “estar enamorado” es ante todo una embriaguez sexual, o si su “amor” incluye también el entusiasmo de recorrer juntos el camino de la individuación en el matrimonio. Sin embargo, a menudo se cree que uno puede reclamar un camino de individuación a través de otro. Muchos cónyuges creen, por ejemplo, que tienen derecho a exigir la realización sexual en virtud del camino de individuación del matrimonio. Lo contrario también ocurre con frecuencia: las parejas que se encuentran en el camino sexual y libidinal hacia la individuación quieren injustificadamente tomar el camino de individuación consciente e intencional del matrimonio.

CAPÍTULO XVI

Divorcio sin consideración por los hijos

Antes de continuar, me gustaría retomar el tema del divorcio: la posible disolución del matrimonio.

El matrimonio dura hasta la muerte; uno entra en él con esta intención. Su significado más profundo es la confrontación ineludible y de por vida. El camino de la individuación del matrimonio consiste en no tener la posibilidad de evitar el conflicto incluso cuando las cosas se vuelven difíciles y desagradables.

Sin embargo, esto de ninguna manera implica que el divorcio nunca sea una opción o que el divorcio viole alguna de las exigencias de la individuación. En primer lugar, como ya he indicado, quizás sería mejor que se casaran menos personas. El estado de soltería debe ser revaluado. Es de esperar que nuestro mundo contemporáneo aumente nuevamente las posibilidades socialmente sancionadas de ser soltero y respetado. Es de esperar además que ser soltero no requiera vivir asexualmente. Han surgido nuevas formas de convivencia, comunas, por ejemplo, u otras comunidades que no poseen el carácter exclusivo del matrimonio. También sería deseable que más mujeres pudieran ser madres felices sin tener que casarse. Es perjudicial para el camino de individuación del matrimonio que las personas, en particular las mujeres, se sometan a esta institución de salvación para tener hijos y ser madres. Para las personas cuyo único interés es la procreación, el matrimonio es una institución completamente inadecuada.

Errare humanum est. Tarde o temprano, puede resultar claro para las personas casadas que no son adecuadas para su pareja de individuación, incluso si no existen malentendidos graves entre ellos. Tal vez uno no haya encontrado la pareja adecuada para el camino de la salvación del matrimonio, o uno descubra que uno no es apto para este camino en particular todos juntos. La decisión de divorciarse o no divorciarse no debe basarse en el grado de dificultad o patología del matrimonio, sino en si el matrimonio representa o no para ambos cónyuges un camino hacia la salvación.

Sin embargo, antes de que dos socios noten su error, por lo general ya se han convertido en padres. Entonces surge la pregunta: ¿deben permanecer juntos por el bien de los niños? Mi opinión es que no se debe dar consideración alguna a los niños. Sostengo esta opinión por las siguientes razones: en primer lugar, es extraordinariamente difícil saber exactamente qué daña psicológicamente a los niños y qué les ayuda. ¿Sería más dañino para los niños si crecieran en una familia “intacta” en la que los padres fingen ser felices? ¿Les ayudaría observar cómo sus padres se sacrifican por el bienestar de los hijos al renunciar a sus propios caminos hacia la individuación? ¿O no sería mejor para su desarrollo crecer en una situación honesta, que muchas veces les aclara un divorcio? Aquí solo podemos presentar la conjetura, a menudo confirmada por la observación, de que es una gran carga para los niños ver a sus padres renunciar a su propia salvación e individuación. Crea en los niños una mala conciencia crónica hacia sus padres y puede suscitar agresiones malsanas.

Además, la opinión de que uno debe permanecer casado a toda costa a causa de los hijos, incluso cuando se reconoce que el matrimonio no es un camino de individuación, está demasiado centrado en la noción de bienestar. El matrimonio no es una institución de bienestar, y esto vale tanto para los hijos como para los padres. Lo importante para los padres es ejemplificar las posibilidades de individuación; para demostrar la importancia de la salvación, no del bienestar. Por lo tanto, es muy cuestionable si tiene sentido que los padres se dediquen, manteniéndose hipócritamente juntos, al bienestar en lugar de a la salvación. Queremos llevar a nuestros hijos a la salvación y no al bienestar. La distinción entre salvación y bienestar es de la mayor importancia, especialmente cuando consideramos a los niños.

En cuanto a aquellos que encuentran la individuación en su matrimonio y aquellos para quienes se encuentra en otro lugar: Las personas buscan la salvación a través de varios caminos. Sin embargo, es difícil para cualquiera no hacer proselitismo, consciente o inconscientemente, por su propio camino. Esto a menudo conduce a desarrollos desafortunados, especialmente cuando una persona ejerce influencia sobre otra, ya sea como analista, consejero psicológico o amigo. Nunca somos objetivos, incluso cuando creemos que lo somos, ni siquiera como terapeutas. Está el camino soteriológico del matrimonio, y luego está el camino soteriológico de la soltería. Los seguidores de cada camino que intentan convertirse unos a otros, a menudo causan un gran daño. Si una mujer divorciada, que después de muchas amargas experiencias finalmente se ha dado cuenta de que el matrimonio no es el camino correcto para ella, se ofrece como consejera amistosa a personas que están teniendo problemas matrimoniales, puede tender a convertir a quienes buscan su consejo a su camino de la individuación no marital. Y de repente la pareja que ha estado buscando ayuda puede terminar divorciándose. Los terapeutas y consejeros matrimoniales también actúan como misioneros, lo quieran o no. Sería bueno que los terapeutas fueran conscientes de sus propios caminos de individuación fallidos o exitosos y admitieran cualquier sesgo existente ante sus pacientes; esto permitiría a quienes buscan consejo protegerse contra las tendencias misioneras conscientes o inconscientes de sus consejeros. Me gustaría imaginar a un analista para quien el matrimonio representa un camino fallido hacia la individuación decirle a sus pacientes: “El matrimonio no es mi camino, así que cuídense de que los convierta a una vida sin matrimonio”.

CAPÍTULO XVII

¿La salvación, el bienestar y la individuación son solo para los educados?

HE hablado extensamente en este libro sobre el bienestar, la salvación y la individuación. Uno podría preguntarse si es posible que la persona promedio comprenda conceptos tan complicados o los cumpla. Cabría preguntarse si realmente son muchos los matrimonios que reflexionan sobre si han encontrado o no en el matrimonio un camino de salvación e individuación, o si no es cierto que son muchos más los que entienden el matrimonio como una institución asistencial.

Como psicólogo no me corresponde imponer nada a nadie ni enseñar conceptos absolutos. Por el contrario: un psicólogo busca comprender qué está pasando, qué impulsa y motiva a las personas, y encontrar nombres para los fenómenos psicológicos. La mayoría de las personas experimentan un fenómeno psicológico de manera imaginativa, no lo describen intelectualmente. Hasta hace poco tiempo, eran sobre todo la religión y las iglesias las que proporcionaban a las personas imágenes a través de las cuales se les permitía reflexionar sobre sus preocupaciones espirituales fundamentales.

La salvación y el bienestar son motivaciones psicológicas fundamentales para toda persona, incluso si la persona no llega a ser consciente de ellas de manera conceptual. Así, los cónyuges, instruidos o analfabetos psicológicamente, alfabetizados o analfabetos, pueden preguntarse si el matrimonio sirve principalmente a su bienestar o a su salvación; si deben permanecer juntos por el bien de los niños o buscar la salvación. Que este es, de hecho, el caso que vemos una y otra vez en los sueños y fantasías de las personas, independientemente de su clase o educación.

Para dar un ejemplo: una trabajadora no calificada de veintidós años me dijo: “Mi padre nos dejó cuando yo tenía diez años. Le enviaba dinero a mi madre regularmente. Sin embargo, solo nos visitaba a los niños cada uno o dos años. Quería mucho a mi madre. Interiormente le reproché severamente a mi padre cuando nos dejó. Tuvimos que vivir muy pobremente, y ninguno de los niños podía permanecer en la escuela después de los doce años. Pero a pesar de todos los reproches, también quiero mucho a mi padre, no sé por qué, después de todo, me dejó. Cuando lo veía de vez en cuando, rara vez, no se interesaba mucho por mí. Siempre nos hablaba de su trabajo; sólo eso le interesaba. Él es un chiflado. Mi abuela también dice que está un poco loco. Pero a ella también le gusta él. No me gustaría tener otro padre”.

Me parece que a partir de la historia de esta mujer, al menos podemos tener una idea de los hechos psicológicos. La realización del padre, su salvación e individuación, no reside claramente en el matrimonio. Parece estar ligado a su vida laboral. La hija lo acepta, lo capta mentalmente y no rechaza a su padre. Ella incluso lo admira de alguna manera. Ella tiene la impresión de que él era fiel a algo, aunque no lo entienda del todo.

El matrimonio ha muerto – ¡Larga vida al matrimonio!, Caps. XII, XIII y XIV

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulos XII, XIII y XIV del libro ‘Marriage is Dead, Long Live Marriage!, pp. 83-94

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

CAPÍTULO XII

El lado demoníaco de la sexualidad

He descrito anteriormente que durante mucho tiempo los teólogos cristianos podían reconocer la sexualidad sólo en relación con la reproducción. Experimentaron lo erótico como algo demoníaco y extraño contra lo que había que luchar o neutralizar. Estos teólogos medievales eran ciertamente hombres inteligentes, sofisticados, buscadores de la verdad y del conocimiento. Que experimentaran la sexualidad como demoníaca, por lo tanto, no debe descartarse a la ligera. Seguramente debe haber algo de verdad en ello.

La sexualidad todavía se demoniza hoy. Todos los intentos de restarle importancia y presentarlo como algo “completamente natural” han fracasado. Ciertas formas de sexualidad continúan siendo vistas como malvadas y pecaminosamente inquietantes.

Como un ejemplo de demonización me gustaría citar las teorías sobre el efecto de la “escena primaria”. Los discípulos de Freud, y gran parte de la opinión oficial culta bajo su influencia, sostienen que se deben esperar graves consecuencias psicológicas en un niño que ha presenciado accidentalmente contacto sexual entre sus padres. Muchos desarrollos neuróticos se atribuyen a tales experiencias infantiles.

Algo en esta teoría parece peculiar. El noventa por ciento de la humanidad vive en condiciones de vivienda que hacen imposible que los niños no sean testigos accidentales de las actividades sexuales de sus padres. La observación del contacto sexual entre los padres u otros adultos ciertamente impresiona profundamente a los niños. Sin embargo, aún no se ha probado si tal experiencia realmente mueve a alguien hacia la neurosis, ya que esto implicaría que las experiencias que pertenecen inevitablemente a la infancia de la mayoría de las personas crean un daño grave. ¡Esto es extremadamente improbable, a menos que uno entienda la sexualidad como mágica y de otro mundo!

Para evitar malentendidos: los psicólogos modernos que llevan la eliminación de tabúes hasta el punto de recomendar a los padres que no excluyan a los niños de su vida sexual, están tirando al bebé con el agua del baño. Los autores de libros infantiles modernos que creen que la vida sexual de los padres debe ser descrita en sus libros son, en mi opinión, ingenuos. Pasan por alto el complejo del incesto, que se expresa en el tabú del incesto ampliamente difundido. Una exhibición sin restricciones de las actividades sexuales de los padres sobreestimulará los deseos incestuosos y los celos relacionados de los niños. A través de esto, la situación edípica se vuelve incómodamente exacerbada. Por otra parte, es afortunadamente imposible para la mayoría de los padres actuar sin inhibiciones sexuales frente a sus hijos. Esto también está relacionado con el tabú del incesto. Los padres se resisten instintivamente a la sobreestimulación de sus fantasías y tendencias incestuosas. La represión de un tabú probablemente crea más daño psicológico que el reconocimiento respetuoso del mismo. Algunos de los mayores tabúes, como el tabú del incesto, nos protegen más de lo que nos restringen.

Este no es el lugar para emprender una discusión exhaustiva sobre el tabú del incesto. Sin embargo, podemos tomar nota del hecho de que el tabú del incesto probablemente no puede entenderse como motivado biológicamente. El incesto habría llevado a un aumento de los factores hereditarios desfavorables. Sin embargo, los niños con factores hereditarios tan desfavorables, en su mayor parte, no habrían sobrevivido hasta la madurez sexual y, por lo tanto, la humanidad quizás habría tenido muchos menos factores hereditarios desfavorables en su acervo genético. Por lo tanto, el tabú del incesto no puede explicarse como eugenesia instintiva. El tabú del incesto ciertamente también está relacionado con el impulso humano de desarrollarse y estar siempre en condiciones de confrontar nuevas almas. Los lazos heterosexuales estrechos deben forjarse fuera de la familia inmediata para que el desarrollo humano no se estanque.

Otro ejemplo de la todavía extendida opinión de que la sexualidad es algo mágicamente nocivo se expresa en las leyes y en la actitud judicial frente al exhibicionismo. Los encuentros con exhibicionistas son, sin duda, aterradores para niños y adultos por igual. Pero es cuestionable si es necesario disuadir el exhibicionismo mediante la imposición de largas penas de prisión o incluso la castración forzosa. Sabemos que los exhibicionistas son por regla general inofensivos, y que se exponen precisamente porque tienen miedo de tener relaciones sexuales. El peligro de ser violado por un supuesto hombre normal es mucho mayor que el de ser abusado sexualmente por un exhibicionista.

Es cierto, por supuesto, que muchos adultos que padecen problemas sexuales afirman que éstos tienen su origen en cierta experiencia desagradable de la infancia, como un encuentro con un exhibicionista. El deseo de la gente de encontrar explicaciones causales es fuerte. Cuando una persona sufre de malestar estomacal, culpará a la cerveza fría que tomó el día anterior. Muchos homosexuales, cuando sufren socialmente por su homosexualidad o son procesados por ello, intentarán atribuir su homosexualidad a haber sido abusados en su infancia por un homosexual. Del mismo modo, muchas mujeres atribuyen ciertos problemas sexuales a los encuentros con exhibicionistas.

Otro ejemplo contemporáneo de cómo la sexualidad todavía se experimenta como siniestra se encuentra en la reglamentación y exclusión de la sexualidad de la mayoría de nuestros hospitales. Cuando un paciente pasa poco tiempo en el hospital, esto no es un gran problema. Pero cuando cualquier forma de actividad sexual está estrictamente prohibida para los pacientes que tienen que pasar un período prolongado de tiempo en un hospital o en una institución mental, solo puede explicarse por la demonización de la sexualidad. Se supone que la actividad sexual dañaría de alguna manera misteriosa a estos pacientes. Pero ¿por qué realmente? ¿Por qué razón no se les permite a los pacientes en una institución mental, por ejemplo, tener contacto sexual entre ellos dentro de la institución?

El siguiente es otro ejemplo más de cómo se da por sentado que la sexualidad debe ser algo siniestro y siniestro. Las relaciones sexuales con una persona con discapacidad mental se consideran un acto delictivo en muchos países. La intención de esta ley es proteger a la persona mentalmente discapacitada de ser abusada sexualmente. Pero el efecto real de esta ley es hacer imposible que los discapacitados mentales tengan una vida sexual. Que una ley tan inhumana no haya encontrado resistencia popular demuestra una vez más que se atribuye a la sexualidad un poder casi mágico.

Un último ejemplo: los atletas, los participantes en los Juegos Olímpicos, por ejemplo, a menudo tienen estrictamente prohibido por sus entrenadores participar en cualquier actividad sexual durante las competencias. Ha sucedido que los atletas en los Juegos Olímpicos han sido enviados a casa por involucrarse en relaciones sexuales subrepticias. Sin embargo, al mismo tiempo, se sabe que es beneficioso para ciertos atletas ser sexualmente activos antes de realizar grandes esfuerzos deportivos. Prejuicios antiguos están en juego aquí: entre ciertas culturas primitivas, los hombres no se atreven a tener contacto sexual con mujeres antes de ir a la batalla.

El lado demoníaco de la sexualidad también está atestiguado quizás por el hecho de que es difícil experimentar y aceptar las actividades sexuales simplemente como disfrute o placer. Pocas personas pueden disfrutar de la sexualidad como lo harían con una buena comida. La teoría del «vaso de agua», que compara la experiencia sexual con el alivio de la sed, se defiende con frecuencia, pero las personas rara vez la experimentan durante un largo período de tiempo. ¿Qué significa para la psicología que la sexualidad siga teniendo, hasta el día de hoy, algo siniestro y misterioso? Cada vez que nos encontramos con algo extraño, incomprensible o numinoso, experimentamos miedo. El proceso de individuación, que tiene un carácter fuertemente religioso, se experimenta como numinoso en muchos aspectos. Todo lo que tiene que ver con la salvación tiene, entre otras cosas, un carácter misterioso y desconocido; siempre incluye un elemento de otro mundo. La satanización de la sexualidad es comprensible dado su carácter de individuación. No es simplemente una actividad biológica inofensiva, sino más bien un símbolo de algo que se relaciona con el significado de nuestras vidas, con nuestra búsqueda y anhelo de lo divino.

La sexualidad nos ofrece símbolos para todos los aspectos de la individuación. El encuentro con las figuras paternas se vive en el drama del incesto. La confrontación con la sombra conduce a componentes destructivos y sadomasoquistas de lo erótico. El encuentro con el alma, con el ánima y el ánimus, con lo femenino y lo masculino, puede configurarse sexualmente. Estar enamorado de uno mismo y amar a otra persona se experimenta físicamente en la sexualidad, ya sea a través de fantasías o actividades. En ninguna parte se expresa de manera más impresionante la unión de los opuestos, la unio mystica, el mysterium coniunctionis, que en el lenguaje del erotismo.

CAPÍTULO XIII

La sexualidad que todo lo abarca del matrimonio

Ya he hecho hincapié en que la individuación puede tener lugar de diversas formas y medios. Se puede luchar por la salvación de mil maneras diferentes. Hay varios tipos distintos de individuación abiertos a cada persona.

Quisiera llamar a la individuación por la sexualidad, es decir, por los símbolos sexuales, individuación libidinal. Se nos impone, se nos da, sin que tengamos que tomar grandes decisiones. Por eso es tan importante el simbolismo de la individuación sexual; en él se originan la mayor parte de los colores, imágenes e historias para todo tipo de individuación.

Un tipo de individuación fundamentalmente diferente es lo que describí anteriormente como el matrimonio de confrontación. Uno decide casarse; uno tiene una opción en esto. A este tipo lo llamo individuación intencional. Uno decide contraer matrimonio de la misma manera que decide entrar en análisis o tomar una determinada profesión.

El matrimonio y la sexualidad estuvieron en todo momento, y hasta cierto punto todavía lo están, estrechamente interconectados. En muchas culturas, a las mujeres se les prohibía, y aún se les prohíbe, experimentar la sexualidad fuera del matrimonio. Las mujeres jóvenes tenían que ser vírgenes en el momento de su boda. Las leyes hoy en día siguen siendo firmes sobre las relaciones sexuales fuera del matrimonio, que se consideran adulterio. En un matrimonio que se entiende sobre todo como camino de salvación, la sexualidad es naturalmente el terreno ideal para la búsqueda de la salvación por la individuación. En tales matrimonios, la sexualidad no sirve principalmente al propósito de la reproducción o simplemente a las relaciones humanas y al amor mutuo, sino también a la pasión por la individuación.

En este sentido, no existe tal cosa como una sexualidad normal o desviada entre las personas casadas. Todo vale, ya que todo ello es expresión de fantasías de individuación. Y, sin embargo, siempre hay parejas casadas cuya sexualidad está restringida por cierta presión social por la normalidad. Todos creen que no pueden revelarse al otro sin cierta coacción, reteniendo esa parte que creen inaceptable. Además, los esposos y las esposas rara vez se complementan sexualmente por completo. En lugar de animarse mutuamente a expresar y relatar sus fantasías sexuales más secretas y peculiares, prevalece el miedo a la anormalidad, incluso una tendencia a la condena moralista de todo lo que no necesariamente conviene a sus parejas. El resultado de esto es que el material de individuación se excluye del matrimonio o se vive en otro lugar o, casi igualmente grave, uno de los cónyuges pasivamente, aunque con reproche, lo acepta.

El matrimonio se trata de vivir los intereses sexuales compartidos y, si es posible, aceptar los que no lo son, pero en ningún caso rechazarlos. De esta manera uno aprende a descubrirse a sí mismo y al otro, lo bajo y lo elevado. Así, uno atraviesa activamente el bosque primigenio del alma y, como en el cuento galés de Culhwch y Olwen, no todas las acciones tienen que ser realizadas por uno mismo.

Sin embargo, en ciertos matrimonios esto puede ser difícil. ¿Y si el hombre, por ejemplo, es bisexual? ¿Cómo debería reaccionar su esposa ante esto? ¿Debe alentarlo a que le cuente sus fantasías homosexuales en las que ella no tiene ningún papel o incluso alentarlo a vivir su homosexualidad? No hay reglas generales para esto; sólo se puede considerar la actitud con la que abordar tales problemas. Es deseable que todos, en caso de duda, sean más tolerantes de lo que uno normalmente se inclinaría. Una regla podría ser que por el bien de permanecer juntos hasta la muerte, uno trate de no evadir al otro sexualmente, así como uno no evadiría al otro emocionalmente. El enfrentamiento nunca termina. Cómo se experimenta esto es asunto de cada pareja casada individual y de cada socio. Cada pareja busca dentro del matrimonio su propia salvación y camino hacia la individuación. En este sentido, las parejas casadas son completamente soberanas y no están sujetas a ningún concepto de normalidad. Cada matrimonio es un mundo en sí mismo: «Todo vale en el amor y la guerra».

La independencia de cualquier estándar de normalidad se relaciona no solo con el comportamiento sexual, sino con la naturaleza de cada cónyuge individual como un todo. Debo agregar que rara vez existe un ser humano llamado normal, completamente no neurótico. Cada uno de nosotros intenta, a su manera peculiar, con más o menos éxito, luchar con los problemas y contradicciones fundamentales e insolubles de la vida: el anhelo de ser atendido; disfrutando de la dependencia infantil por un lado y de una existencia independiente por el otro; estar libre de los padres y, sin embargo, seguir siendo un niño para siempre; el deseo por los demás y el miedo a su agresión ya la propia; la ansiedad por el dolor y el deterioro físico; el miedo a la muerte y la aspiración a vivir para siempre a través de hijos y nietos; la voluntad de poder y el deseo de subordinación; amor y odio; piedad y orgullo excesivo. En este sentido, todo el mundo es más o menos neurótico. Nuestras habilidades psicológicas para llegar a un acuerdo con las fuerzas del alma son variadas y diversas.

Por lo tanto, casi nunca sucede que dos personas completamente “sanas” se unan en matrimonio. Ambos tienen sus peculiaridades y sesgos neuróticos. Pero el matrimonio no se trata de que uno de los cónyuges cure al otro o incluso que lo cambie significativamente; eso no es posible. Al contraer matrimonio se resuelve enfrentarse hasta la muerte. El matrimonio tiene que funcionar de alguna manera, es decir, los síntomas neuróticos también tendrán que armonizarse entre sí. Estas peculiaridades deben ser toleradas, aceptadas e integradas en la interacción entre los cónyuges. Es impresionante cuánto comportamiento extremadamente patológico es capaz de soportar un matrimonio de individuación. En casi todos los buenos matrimonios, un psicólogo experto puede encontrar un número suficiente de neuroticismos para considerar el matrimonio imposible y listo para el divorcio. En un matrimonio de individuación, ambos cónyuges se confrontan con todo, con las características esenciales sanas y enfermas, normales y anormales.

Sin embargo, muchos matrimonios se secan y pierden el camino de la individuación porque tratan de aliviar sus situaciones excluyendo y reprimiendo sus características más esenciales, ya sean deseos sexuales peculiares o rasgos neuróticos. Cuanto más conflictivo es un matrimonio, más interesante y fructífero se vuelve el camino hacia la individuación.

CAPÍTULO XIV

El matrimonio no es un asunto privado

Actualmente, una de las formas más frecuentes de encasillar en el matrimonio parte de la psiquis es aislándose del resto de la familia. La intervención de los suegros siempre conduce a considerables dificultades. En innumerables chistes populares y caricaturas se representa a la suegra apareciendo en la puerta principal ante la temible sorpresa del yerno. La influencia destructiva de los parientes ha llevado a muchos matrimonios al borde del divorcio. Ciertos parientes son siempre un problema: la madre interfiere demasiado; el padre no entiende al yerno; la mujer admira más a su padre que a su marido; uno se avergüenza de sus padres porque provienen de un medio social diferente, son demasiado frugales o poco sofisticados; cierto sobrino cuenta demasiados chistes verdes, etc.

Muchos consejeros y analistas matrimoniales recomiendan en tales casos limitar el contacto con los miembros de la familia o incluso interrumpirlo, si es necesario. Quizás en algunos casos esto sea absolutamente correcto, pero desde la perspectiva del matrimonio como un camino hacia la individuación, por lo general es cuestionable. Si tomamos en serio la idea del inconsciente colectivo tal como lo entendió C.G. Jung, no sólo estamos vagamente ligados a la psique de todas las personas, sino especialmente a las almas de los parientes más cercanos y más remotos. Para expresarlo un poco más concretamente, las almas de nuestros parientes más cercanos y más lejanos se encuentran en nuestro inconsciente. En otras palabras, ellos son parte de nosotros y nosotros somos parte de ellos. Romper el contacto con nuestros familiares inmediatos o extensos significa nada menos que reprimir parte de lo que somos. Permanecen en nuestra alma, aunque ya no se sienten a nuestra mesa.

La confrontación en el matrimonio sirve a la individuación más notablemente cuando es tan comprensivamente inclusiva como sea posible, cuando abarca tantas partes del alma como sea posible. Por lo tanto, la confrontación y los enfrentamientos con los suegros pertenecen a un proceso psicológico particular, a un tipo especial de salvación.

Un matrimonio de individuación rara vez es un asunto privado. Esto se expresa en el hecho de que a la mayoría de las ceremonias de matrimonio asisten tanto miembros de la familia inmediata como extensos. La costumbre contemporánea de realizar un matrimonio en el círculo más pequeño posible no transmite la realidad del matrimonio con un ritual adecuado. Tales ceremonias son signos de un individualismo psicológicamente irreal. Cada persona es vista como un individuo aislado sin relación con el inconsciente colectivo, que lo une a todas las demás personas, sobre todo a la propia familia.

He aprendido por experiencia que los matrimonios que se distanciaron de sus familias a menudo funcionan relativamente bien, pero se vuelven marcadamente obsoletos y aburridos. Aquí hay un ejemplo: la esposa provenía de una familia llamada «sin educación». Su padre era un comerciante exitoso que le parecía a uno psicológicamente poco sofisticado y grosero. Su madre parecía estar contenta con las tareas del hogar y no tenía intereses culturales o intelectuales. Las conversaciones con los padres o los hermanos giraban en torno a los programas de televisión y las últimas noticias de los tabloides. El esposo provenía de una familia de clase media, algo aburrida, cuyos miembros tendían a la depresión. Su madre se quitó la vida cuando él tenía poco más de veinte años. Un hermano tenía una visión sombría del mundo y mataría toda alegría con su pesimismo. Tras la boda, que celebraron con tan solo un pequeño círculo de amigos, los novios rompieron prácticamente todas las relaciones con sus familias. Él se había cansado de sus parientes deprimidos y ella se avergonzaba de su familia.

El matrimonio transcurrió en general de manera bastante pacífica, pero resultó bastante aburrido. A los pocos amigos de la joven familia les pareció notablemente estéril y aburrido. Entonces la esposa tuvo el siguiente sueño: Ella está discutiendo de una manera grosera con su padre. A medida que algunas personas se acercan, comienza a sentirse avergonzada y teme que se molesten por su lenguaje vulgar. Ella empuja a su padre y él cae al agua. No está claro si ella lo empujó intencionalmente al agua, pero en cualquier caso, se hunde sin hacer ruido. Entonces alguien de la multitud le dice al soñador: “Él (es decir, el padre) sabe cómo invertir dinero con alto interés…”

Llevaría demasiado lejos tomar todas las asociaciones del soñador. Este es solo uno de ellos: ella asoció el “interés” con el pasaje de Mateo 25: 14–30 sobre los talentos enterrados que no se usan. El analizando resultó estar muy interesado en los asuntos financieros e incluso entendía algo al respecto. En el contexto de sus asociaciones, el sueño parecía decir algo como esto: Porque ella empujó al padre y lo tiró al agua, fuera de la vista, ya no había nadie alrededor que supiera cómo invertir dinero con intereses. La mujer se había vuelto estéril y ya no podía dar un buen rendimiento a sus talentos.

El matrimonio ha muerto – ¡Larga vida al matrimonio!, Caps. IX, X y XI

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulos IX, X y XI del libro ‘Marriage is Dead, Long Live Marriage!, pp. 61-82

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

CAPÍTULO IX

Sexualidad y Reproducción

Ahora que hemos entrado en el tema del matrimonio y hemos echado un vistazo a la relación entre masculino y femenino, pasaremos a la sexualidad. En el matrimonio, y en la relación entre hombre y mujer en general, la sexualidad juega un papel decisivo. La palabra sexualidad está hoy en día sobreutilizada hasta la saciedad. Se habla tanto de ella que uno llega a creer saber de lo que habla. ¿Qué tipo de fenómeno psicológico estamos describiendo con la palabra sexualidad o incluso “sexo”?

Los griegos de la época clásica se expresaron de forma más poética y diferenciada que nosotros. Hablaban de Afrodita, nacida de la espuma del mar, formada a partir de los genitales cercenados de Urano, el dios del cielo, hijo del Caos. Era encantadora y seductora. París le dio la manzana de oro no a Atenea o Hera, sino a Afrodita. Estaba casada con el herrero lisiado Hefesto, pero estaba enamorada del dios de la guerra Ares, que esparció el miedo entre la humanidad.

Otra figura mitológica griega es Príapo, dios de la fertilidad. Se le describe como un hombre feo con genitales gigantescos que se pavonea audazmente por todo el mundo.

El más conocido es Eros. Según la Teogonía de Hesíodo, este dios existe desde el principio de los tiempos. Surgió del Caos y estuvo presente en el “nacimiento” de Afrodita. Al principio se le asoció con el homoerotismo. En períodos posteriores (es decir, en la época de Ovidio) fue descrito como un niño frívolo. Viajó por el mundo con arco y flecha; algunas de sus flechas tienen puntas doradas. Si los dioses o los hombres eran golpeados por estos, caían en la locura del amor. Otras de sus flechas tenían puntas de plomo, y cualquiera que fuera golpeado por ellas se volvía insensible al amor. Aún más tarde en la historia, se menciona un grupo de figuras de Eros, a saber, los Erotes. Estos eran diminutos seres alados que se parecían sospechosamente a las criaturas que escaparon de la caja de Pandora.

Quizá sea psicológicamente más correcto y realista hablar de los muchos dioses y diosas, todos ellos enmarcados por historias, que hablar de una sola entidad llamada sexualidad. Esta es una palabra primitiva y vulgar que no puede comenzar a hacer justicia a este fenómeno multifacético.

No sólo los griegos, sino también muchos otros pueblos, han representado la sexualidad en imágenes mitológicas. Aquí hay un ejemplo de una cultura completamente diferente, la nación nativa americana Ho-Chunk. En relación con Wakdjunkaga, una figura embaucadora en su mitología, la sexualidad se describe como algo completamente independiente de su portador. Wakdjunkaga es una figura inmoral que hace bromas y le hacen bromas. Lleva su pene gigantesco con él en un cofre, como si tuviera poco que ver con él personalmente. Este pene nada de forma independiente a través del agua hacia las chicas que se bañan. Esta imagen de una sexualidad independiente y desapegada es psicológicamente muy adecuada. Sin embargo, también está relacionado con la idea de hombre que prevalece en la cultura de los Ho-Chunks, que exhibe significativamente menos características centralizadas que la nuestra. Se entiende que el hombre consta de diferentes partes del alma. Incluso nosotros, los occidentales contemporáneos, a menudo nos expresamos en coloquialismos similares: decimos, por ejemplo, que nos “duele el corazón”, cuando en realidad queremos decir que nos sentimos heridos, no solo nuestros corazones.

Los etnólogos han descrito pueblos arcaicos que no ven conexión entre la sexualidad y la reproducción. Experimentan ambos como fenómenos completamente separados. Hoy prácticamente todo niño sabe que la sexualidad está asociada a la concepción de la progenie. Pero, ¿eran estos pueblos arcaicos quizás más correctos desde un punto de vista psicológico? ¿Cuál es la conexión, en realidad, entre la sexualidad y la reproducción?

Llama la atención cómo, en los cursos de la historia teológica judía y cristiana, la sexualidad y la reproducción se vincularon francamente obligatoriamente entre sí. Hasta tiempos recientes, la sexualidad sólo era aceptable en relación con la reproducción. Pablo, por ejemplo, rechazó la sexualidad como tal, permitiéndola sólo si es santificada por el sacramento del matrimonio. Consideró que era mejor ser sexualmente activo dentro del matrimonio que participar en pecaminosidad sexual lujuriosa, no marital. Según Agustín, la sexualidad era legítima dentro del matrimonio porque servía al propósito de la reproducción; sin embargo, rechazó fundamentalmente el placer sexual. Tomás, así como muchos otros Padres de la Iglesia, sostuvieron la opinión de que el placer sexual es pecaminoso en todos los casos, pero podría excusarse cuando se pone al servicio de la reproducción marital. Albertus Magnus y Duns Scotus defendieron la posición de que el placer sexual no necesita perdón cuando ocurre dentro del contexto del matrimonio y tiene el propósito de la reproducción.

La justificación de la sexualidad con la reproducción continuó en los tiempos modernos, pero en forma secularizada. Muchos médicos y psiquiatras del siglo XIX intentaron comprender biológicamente la sexualidad desde el punto de vista de la reproducción. Por esta razón, la masturbación, las fantasías sexuales y similares se consideraban como algo malsano, dañino para el sistema nervioso. Hasta hace poco era común decirles a los niños que la masturbación podía provocar parálisis y enfermedades graves.

Las conceptualizaciones de los psiquiatras del siglo XIX fueron moldeadas (aunque quizás no conscientemente) por las opiniones cristianas. Emil Kräpelin, por ejemplo, opinaba que el origen de los trastornos sexuales era casi siempre la masturbación. El miedo a la masturbación puede parecer algo peculiar hoy en día, pero es completamente comprensible dentro de su contexto histórico. La finalidad principal de la sexualidad se entendía como la reproducción, por lo que la masturbación se consideraba patológica o pecaminosa, ya que nunca podía conducir a la concepción. Kräpelin supuso además que los trastornos sexuales se originaron en las imaginaciones y fantasías que acompañan a la masturbación. Las fantasías sexuales eran para él patológicas, y esto también es comprensible dado el trasfondo histórico. Kräpelin creía que cuanto más se aleja la sexualidad de la reproducción, más patológica se vuelve. Oficialmente, la psiquiatría del siglo XIX era cualquier cosa menos cristiana. Sin embargo, es interesante ver cómo las ideas teológicas medievales dieron forma incluso a la comprensión de la psicopatología humana. El biologismo ingenuo del siglo XIX, que vio la sexualidad sólo en relación con la reproducción, evidentemente no pudo hacer frente a una comprensión de la vida sexual. Al menos marcó el comienzo de un intenso compromiso con la sexualidad.

De hecho, hay un tipo de sexualidad que se dirige sólo hacia la reproducción. Se encuentra entre ciertas mujeres histéricas. El concepto de histeria ya no es común y es controvertido. En mi opinión, sigue siendo clínica y psicológicamente útil. Una de las peculiaridades de la llamada histeria, descrita por muchos autores, es la presencia de patrones de comportamiento arcaicos y primitivos. Por ejemplo, a menudo encontramos entre los histéricos, sean hombres o mujeres, una especie de reflejo primitivo de fuga. Bajo ciertas condiciones, estas personas huyen gritando de pánico. Una forma similar de reacción primitiva, que se apodera de las personas con rasgos histéricos, es la parálisis repentina y completa en situaciones temibles. ¿Es esto una reliquia del reflejo de fingir la muerte? Cuando el animal o la persona atacada ya no se mueve ni muestra ningún movimiento, el atacante ya no está excitado y se aleja de la víctima.

Otro modo arcaico de reacción es la sensibilidad de la persona histérica a todo tipo de comunicación no verbal. Los histéricos a menudo sienten lo que está pasando en los demás antes de que lo sientan ellos mismos. Con los histéricos, la habilidad de comunicarse directamente con las almas de los demás, sin el uso del habla o cualquier otra forma obvia de expresión, todavía parece estar fuertemente desarrollada. Dicho de otra manera: esta habilidad arcaica no ha sido perturbada por un fuerte desarrollo del ego.

La sexualidad de las mujeres histéricas muestra algunas características interesantes a este respecto. Muchas mujeres con carácter histérico son completamente frígidas cuando se trata del acto sexual real y son incapaces de alcanzar el orgasmo. Por otro lado, estas mujeres suelen ser coquetas y activas en la seducción y los juegos previos. Tienen talento para atraer y sexualizar a los hombres. Sin embargo, durante las relaciones sexuales, sienten poco. Este tipo de “sexualidad histérica” puede entenderse como una sexualidad arcaica. Lo importante para la concepción de los niños es sólo que el hombre se excite a la actividad sexual. Una vez que las cosas han progresado hasta este punto, sería, a los efectos de la reproducción, solo una pérdida de energía para la mujer experimentar algo especial. El orgasmo no es biológicamente necesario; la fecundación puede tener lugar sin ella.

También se encuentra esta forma arcaica de sexualidad entre los hombres. Hay hombres indiferenciados para los que lo único importante es llegar a la eyaculación, no importa cómo ni dónde. Cualquier tipo de juego previo o posterior es poco interesante o incomprensible para ellos. Este tipo de sexualidad arcaica, que funciona principalmente al servicio de la reproducción, se encuentra a menudo entre hombres y mujeres que, por una u otra razón, fueron culturalmente privados y no se les permitió experimentar ningún tipo de estimulación psíquica durante la infancia.

Es notable que fue precisamente esta sexualidad primitiva y animal la que los teólogos cristianos entendieron durante tanto tiempo como la única sin pecado, siempre que fuera santificada por el matrimonio y sirviera a la reproducción. El cristianismo, sin embargo, es sólo el heredero de concepciones que fueron importantes en el Antiguo Testamento. La pérdida sin propósito del semen del varón se contaba en el Antiguo Testamento como un grave crimen contra Dios.

Cuán repulsiva y animalista es esta enseñanza – que la sexualidad debe ser justificada por la reproducción – se demuestra cuando uno la toma en serio. Significaría, en la práctica, que solo una cópula completamente insensible y biológicamente orientada podría considerarse buena. Sería equivalente a decir que comer sólo entonces no es pecaminoso si uno devora la comida más simple con las manos lo más rápido posible y sin ningún cultivo, simplemente con el propósito de saciarse.

Uno ciertamente tiene derecho a cuestionar si la base de la sexualidad es la reproducción. Muy poco del tiempo y la energía que la gente dedica a la sexualidad tiene algo que ver con la procreación. La vida sexual comienza en la primera infancia y termina solo en la tumba. Por vida sexual entiendo las fantasías sexuales, la masturbación y el juego sexual, así como el acto sexual propiamente dicho. Sólo una pequeña porción de la vida sexual se expresa en actos. La mayor parte consiste en fantasías y sueños. Que estos tienen poco que ver con la reproducción es obvio. Sin embargo, de lo que no nos damos cuenta lo suficiente es que incluso la mayoría de los actos sexuales tienen poco o nada que ver con la reproducción. Esto no es solo porque tenemos mejores anticonceptivos. La mayoría de las actividades sexuales siempre han sido sin utilidad biológica. Aunque la sexualidad siempre ha estado ligada a la reproducción, esto por sí solo no la hace comprensible.

La conexión de la sexualidad con la reproducción ha entorpecido la sexualidad. Conscientemente o no, la sexualidad normal todavía se entiende más o menos como una sexualidad que deriva sus normas del objetivo de la reproducción. Incluso hoy en día, muchos psicólogos consideran anormal cualquier forma de actividad sexual que no tenga una conexión clara con la fertilización.

La enseñanza de la Iglesia Católica -entendida unilateralmente por cierto- ha hecho mucho daño a este respecto. En el siglo XIX, el pensamiento católico se vinculó estrechamente al biologismo. Esto resultó en la opinión católica popular de que la sexualidad debe experimentarse solo dentro del matrimonio, que debe experimentarse solo con miras a la reproducción y que el propósito del matrimonio debe ser, sobre todo, la procreación y la crianza de los hijos. Por otra parte, Agustín ha dicho: “In nostrarum quippe nuntiis plus valet sanctitas sacramenti quam fecunditas uteri” (El sacramento es más importante que la fecundidad del útero).

CAPÍTULO X

El sinsentido de la sexualidad “normal”

Freud hizo un avance decisivo en la comprensión de la vida sexual. Hoy es impensable la comprensión de la sexualidad sin un conocimiento preciso de sus teorías sobre la sexualidad. Según Freud, la sexualidad se compone de muchas pulsiones diferentes que, si todo va bien, se integran en cierta medida en lo que puede entenderse como sexualidad normal, o, si las cosas no van bien, se afirman como las llamadas perversiones.

Queremos referirnos a las teorías de Freud sólo brevemente aquí. Freud describe de manera precisa las diversas etapas que caracterizan el desarrollo sexual humano. Para el recién nacido, la sexualidad es todavía desorganizada y difusa. Por naturaleza, el niño es polimorfamente perverso. El niño contiene, por así decirlo, todas las tendencias sexuales que, si no se integran, luego se experimentan como perversiones.

El primer centrado de la sexualidad ocurre en el área de la boca. Esta primera etapa es la llamada fase oral durante la cual todo lo que tiene que ver con la boca – chupar, tragar, comer – se experimenta sexualmente. En la fase siguiente, estas sensaciones placenteras se concentran cada vez más en los órganos excretores y en la eliminación de orina y heces. (Explicar con precisión por qué aparecen las tendencias sadomasoquistas durante esta fase iría demasiado lejos para nuestros propósitos). comienza la fase, con el deseo incestuoso de contacto sexual con el padre o la madre. Estos deseos edípicos no se cumplen y deben ser reprimidos, y el resultado es la etapa de latencia, que dura hasta alrededor de los doce años. Durante esta fase, los impulsos sexuales se reprimen y la energía sexual se sublima en parte. Durante la pubertad, la llamada sexualidad normal finalmente se manifiesta.

Este largo y complicado proceso de desarrollo sexual contiene muchos peligros a través de los cuales pueden surgir anomalías sexuales. En cualquier fase puede ocurrir una fijación, y ciertos componentes sexuales singulares, como el sadomasoquismo anal o el exhibicionismo, pueden prevalecer; o, por miedo al poder de las pulsiones sexuales, pueden entrar en juego mecanismos de desplazamiento a través de los cuales toda la sexualidad se concentra en un objeto de evitación, como en el caso del fetichismo, donde un objeto sustituye a la cosa deseada.

Según Freud, la causa de esta aberración puede estar en una debilidad constitucional o en una sífilis congénita, en una constitución nerviosa débil o en ciertas experiencias que llevaron a una fijación. La estimulación sexual desafortunada durante una fase particular, como presenciar un contacto sexual entre los padres que se malinterpreta como un intento de asesinato, o seducciones por parte de parientes o sirvientes, puede hacer que una parte del impulso sexual se vuelva demasiado importante y tome la iniciativa.

En este sentido, cosas como la desviación sexual se entendían como el dominio de los instintos sexuales infantiles abrumadores. Cualquier forma de sexualidad que no condujera de alguna manera a las relaciones sexuales clásicas debía entenderse en este contexto como perversión sexual. Este esquema de desarrollo de Freud ha sido ampliamente atacado en los últimos tiempos. Se ha demostrado, por ejemplo, que el llamado período de latencia es un concepto cuestionable y que la vida sexual de los niños entre seis y doce años no se ve disminuida en modo alguno.

Desafortunadamente, la brillantez del pensamiento de Freud a menudo no es bien comprendida por los partidarios de la psicología junguiana. Ciertamente, Freud no describe «hechos». Su obra se puede apreciar mejor si entendemos sus teorías sexuales como una mitología moderna que, a través de sus representaciones simbólicas, nos da una mejor entrada en el mundo de la sexualidad que los hechos estadísticos. ¿No es acaso el niño perverso polimorfo, ante todo, una representación simbólica del holismo que existe en todos y cada uno de los niños?

Freud intentó demostrar que varias de las llamadas perversiones están presentes desde el principio en todas las personas y que la sexualidad normal no es más que una creación delicada e ingeniosa cuyos diversos componentes básicos son las perversiones. El mérito de la teoría de Freud es que incluyó las desviaciones sexuales en la comprensión de la sexualidad y amplió la estrecha comprensión de la sexualidad más allá de la reproducción. Sin embargo, las audaces intuiciones de Freud no pudieron liberar a la sexualidad de su confinamiento para siempre. Según el psiquiatra alemán Viktor Emil von Gebsattel, por ejemplo, la masturbación sigue siendo un pecado contra el principio “yo y tú”, un pecado contra Eros, o según el famoso psicólogo y filósofo suizo Paul Häberlin, un pecado contra el otro.

Los psicólogos existencialistas intentaron en parte comprender más profundamente la riqueza de la sexualidad. Medard Boss sostiene que no solo la sexualidad normal, sino toda variedad de sexualidad es un intento desesperado, aunque a veces limitado, de expresar amor. Otros existencialistas entienden las pulsiones sexuales como una pulsión de estar en el mundo, y consideran que cuando se produce una escisión entre el mundo y la pulsión, esta escisión debe ser rellenada con fantasías sexuales y perversiones sexuales de carácter destructivo, como el sadismo y el masoquismo. Sin embargo, para nuestra investigación posterior, debemos recordar la declaración de Freud de que “quizás en ningún otro lugar el amor todopoderoso se muestra con más fuerza que en sus aberraciones”.

Cualquier intento de comprender la sexualidad que en última instancia se centre en la reproducción, o al menos en el acto sexual formal, y considere sospechosas todas las demás actividades sexuales, debe ser cuestionado con los siguientes fenómenos: La práctica psicoterapéutica confirma una y otra vez que cuanto más diferenciado, y no cuanto más débil es una persona, más encontramos las llamadas aberraciones sexuales. Las excepciones confirman la regla. Las personas sencillas, con un mínimo desarrollo afectivo y estimulación cultural, poseen una sexualidad normal con mucha más frecuencia que aquellas que son sofisticadas en lo afectivo y cultural.

Además, casi nadie que haya hecho el intento de comprender la sexualidad ha considerado el hecho de que la mayor parte de la vida sexual humana consiste en fantasías. En parte, estos son de la variedad normal y en parte también son extraños, significativamente más extraños que la vida sexual realmente vivida.

Necesitamos encontrar una clave de la vida sexual y sus aberraciones que nos permita comprender todo el fenómeno sexual en toda su multiplicidad sin moralizarlo ni biologizarlo, sin dogmatizar sobre lo que debe o no debe ser.

CAPÍTULO XI

Sexualidad e individuación

Me gustaría tratar de ampliar la comprensión del lector sobre la sexualidad. Sin ella, el papel de la sexualidad y de sus variaciones en el matrimonio no puede comprenderse plenamente. Desafortunadamente, muchos de los métodos más modernos y actualizados para estudiar la sexualidad no nos llevan muy lejos. El intento, por ejemplo, de afirmar que la sexualidad no es más que una experiencia placentera no me parece que comprenda todos los fenómenos. El atractivo de la sexualidad, el hecho de que la mayoría de la gente dedique gran parte de su fantasía a los temas sexuales, el enorme problema que ha caracterizado la sexualidad a cualquier edad, todo esto no es casual y sería completamente ininteligible si fuera cierto que tenía que hacer sólo con la experiencia de un simple placer. La sexualidad siempre ha tenido algo de numinoso, algo misterioso y fascinante. El hecho, por ejemplo, de que existiera la prostitución en los templos en tiempos históricos en Oriente no significa que estos pueblos percibieran la sexualidad como algo “natural”, como algo que se podía experimentar de manera frívola y placentera. Indica todo lo contrario: estos pueblos vivieron la sexualidad como algo tan numinoso que incluso podría tener lugar en un templo.

La sexualidad entendida como forma de relación interpersonal entre el hombre y la mujer tampoco abarca plenamente el fenómeno de la sexualidad. La mayoría de las fantasías sexuales se desarrollan con total independencia de las relaciones humanas. Se trata de personas con las que difícilmente se tendría alguna relación o con las que una relación sería incluso imposible. Considerar la sexualidad como un instrumento para las relaciones interpersonales o la lujuria al mismo nivel que comer y beber no hace avanzar nuestra comprensión de este fenómeno humano. Ni la procreación, ni la lujuria, ni las relaciones interpersonales explican la enorme variedad de la vida sexual y de las fantasías sexuales.

Freud buscó a su manera impresionante comprender todas las llamadas actividades superiores de la humanidad (como el arte, la religión, etc.) como sexualidad sublimada. Podemos intentar proceder al revés preguntándonos si la totalidad de la sexualidad debe comprenderse desde la perspectiva de la individuación: la búsqueda religiosa. ¿Son las canciones de amor profundamente coloreadas sexualmente de las monjas medievales realmente expresiones de erotismo frustrado? ¿Las canciones pop, que hablan sentimentalmente de amores y despedidas, tienen que ver sólo con la sexualidad no vivida de los adolescentes? ¿O son formas simbólicas de expresión para los procesos de individuación y para la búsqueda religiosa?

Vale la pena intentar poner en relación la sexualidad con la individuación. Una de las tareas de la individuación, como ya se mencionó, es familiarizarse con las sombras personales, colectivas y arquetípicas, es decir, no solo avanzar hacia las capas aparentemente destructivas del alma en virtud de circunstancias personales o colectivas, sino tomar contacto con el “mal” mismo, con el asesino y el suicida dentro de nosotros. Otra tarea no menos importante del proceso de individuación es que los hombres se enfrenten a su lado femenino y que las mujeres se enfrenten a su lado masculino, tener una confrontación con el ánima y el ánimus. La lucha con el lado heterosexual y la conciencia del vínculo misterioso que uno tiene con él brindan la oportunidad de experimentar y comprender las polaridades del alma y del mundo, del hombre y la mujer, el ser humano y Dios, el bien y el mal, consciente e inconsciente, racional e irracional. La llamada coniunctio oppositorum, la unión o convergencia de los opuestos, es uno de los muchos modelos y símbolos del objetivo de la individuación.

Jung enfatizó repetidamente la importancia de los sueños, las fantasías, la imaginación activa, la mitología religiosa y la creación artística en el proceso de individuación. En estos podemos experimentar los símbolos a través de los cuales nos individualizamos. Aquí vemos los símbolos vivos que nos transforman. Los símbolos tienden a ser propiedad de una pequeña élite educada. Esto les sucedió, por ejemplo, a los dioses griegos a lo largo de la historia. Lo mismo podría pasar con los símbolos cristianos. Los dioses de la antigua Grecia son tal vez símbolos de poderes espirituales, de arquetipos, pero los mismos griegos los experimentaban como realidades concretas. A medida que los pueblos de la antigüedad comenzaron a entender conscientemente a sus dioses como símbolos, los dioses perdieron gran parte de su influencia en la vida espiritual de la mayoría de las personas. También nosotros, los psicólogos, a pesar de nuestra comprensión más o menos profunda de los símbolos, tenemos un deseo de concreción. Los analistas ceden con frecuencia a la tentación de interpretar los sueños no como símbolos, sino como oráculos concretos. Así, la aparición de la madre en un sueño se toma demasiado a menudo como la madre física más que como un símbolo de lo maternal.

Los griegos honraban a sus dioses y les hacían sacrificios. Podían experimentar en ellos más intensamente su propia alma, particularmente sus componentes arquetípicos, a través de la proyección, como decimos hoy. El proceso de individuación en general se experimenta a menudo a través de la proyección. Los alquimistas medievales proyectaron su desarrollo espiritual en procesos químicos reales o imaginarios. Pero la experiencia concreta de los griegos con los dioses olímpicos, o la de los alquimistas con la materia, fue un proceso de individuación limitado. Jung enfatizó muchas veces la importancia de recuperar las proyecciones. Cuando se retiran las proyecciones, los sueños, las fantasías y la imaginación activa se convierten en el medio real del proceso de individuación, lo que hace posible encontrar símbolos que están vivos y, por lo tanto, nos afectan.

La individuación necesita símbolos vivos. Pero, ¿dónde encontramos hoy símbolos vivos y conmovedores; ¿símbolos tan vivos y conmovedores como los dioses de los antiguos griegos o como el proceso alquímico? Aquí se nos revela una nueva comprensión de la sexualidad. La sexualidad no es idéntica a la reproducción, y su significado no se agota en las relaciones humanas ni en la experiencia del placer. La sexualidad, con todas sus variantes, puede entenderse como una fantasía de individuación, una fantasía cuyos símbolos son tan vivos y conmovedores que incluso influyen en nuestra fisiología. Y aparte, estos símbolos no son propiedad exclusiva de una élite académica, sino de todas las personas.

¿Cuáles son las posibilidades, por ejemplo, de que un hombre llegue a un acuerdo con lo femenino? Una posibilidad es tener una relación con una mujer, incluido el matrimonio. Otra consiste en fantasías sexuales, sin el fin de la reproducción, la relación humana o el placer, sino para confrontar el ánima, lo femenino dentro de nosotros.

Las fantasías sexuales de la mayoría de los hombres y mujeres son más salvajes y extrañas que su vida sexual real. Desafortunadamente, los analistas y psicólogos a menudo reaccionan ante tales fantasías con condescendencia y las patologizan. Un comentario sobre una fantasía sexual particularmente animada e inusual de un paciente podría ser: “Esta joven aún no es capaz de tener una relación. Todavía es completamente víctima de su impulso sexual animal”. O un analista le dice a un colega durante la discusión de un caso: “Él abusa de su novia para vivir sus fantasías sexuales. Todavía le falta ternura y sensibilidad”. Otro comenta: “Este viejo sufre de calentura senil”. La expresión “Se escapa a la fantasía” también se escucha con frecuencia. Este tipo de visión condescendiente y patologizadora es destructiva para el alma. La individuación tiene lugar no sólo en la proyección y relación humana. El proceso debe tener lugar desde adentro, a través de símbolos vivos; no simplemente a través de la reflexión y el pensamiento, sino a través de símbolos que capturan el alma y el cuerpo, y así absorben a la persona en su totalidad.

Quiero enfatizar una vez más que la vida sexual, especialmente cuando se manifiesta en la fantasía, es un intenso proceso de individuación en símbolos. Este tipo de proceso debe ser respetado y reconocido. Sería antipsicológico entender este fenómeno como algo primitivo, que puede tener cierto significado simbólico, pero que sólo debe ser experimentado en forma sublimada, en un plano superior. Es dañino para el alma cuando la vida sexual se sublima demasiado. Aquí debo evitar cualquier malentendido: no se trata necesariamente de la actuación salvaje de la sexualidad como defiende Wilhelm Reich, por ejemplo. La vida sexual, y especialmente sus fantasías con todas sus muchas peculiaridades y hermosos rasgos, representan sólo una de las muchas formas en que tiene lugar la individuación; sin embargo, no es el más progresista.

Me gustaría demostrar con los siguientes ejemplos que incluso las fantasías y prácticas sexuales más notables tienen una conexión con la individuación y, por lo tanto, con la salvación. Una vez traté a un estudiante que era fetichista y se había metido en problemas con la ley por robar ropa interior femenina. Yo mismo estaba todavía en formación psiquiátrica en ese momento, y traté de ayudar a este estudiante descubriendo ciertas conexiones psicodinámicas. Un día pasó y con voz triunfal me leyó el pasaje de la segunda parte del Fausto de Goethe donde Fausto se encuentra con Helena (Helena de Troya), cómo Fausto, después de una larga búsqueda, finalmente se encontraba frente a la más hermosa criatura femenina, la bella Helena, y cómo ella se desvaneció, dejando a Fausto allí de pie sosteniendo su túnica y velo.

“Las mujeres son solo un símbolo de todos modos”, me explicó. “Tal vez la experiencia de encontrarse con la feminidad es más profunda si uno tiene solo una pieza de su ropa, un objeto que simboliza a la mujer, en lugar de tener a la mujer misma. Así al menos uno nunca olvida que la fantasía es casi tan importante como la realidad”. En algunos aspectos, este paciente tenía razón. No equiparó la sexualidad con la reproducción, con el puro placer, o con las relaciones humanas. Lo entendió como algo simbólico.

A través de él me quedó claro que la sexualidad tenía que ser entendida de manera diferente a como la había entendido hasta entonces. Comencé a preguntarme si los desviados sexuales a menudo pueden acercarse más al fenómeno de la sexualidad que las personas normales. Debo repetir aquí: las nociones “normal” y “anormal” han perdido algo de su significado con respecto a la vida sexual. Es la individuación la que nos proporciona la clave de la sexualidad, no la normalidad o la anormalidad.

Como ya mencioné, una de las tareas del proceso de individuación es experimentar el lado oscuro y destructivo. Esto puede ocurrir a través de la sexualidad, entre otras posibilidades. Sin embargo, esto no significa que uno deba obsesionarse con las fantasías de un Marqués de Sade o Leopold Sacher-Masoch, o que uno deba representar tales fantasías. Significa más bien que las fantasías de ese tipo pueden entenderse como la expresión simbólica de un proceso de individuación que se desarrolla en el reino de los dioses sexuales.

Una vez traté a una mujer masoquista, flagelante, a la que traté de ayudar a normalizarse. Incluso tuve cierto éxito: sus actividades masoquistas cesaron y ella suprimió sus fantasías masoquistas. Sin embargo, comenzó a sufrir dolores de cabeza inexplicables que interferían en su vida profesional. En una especie de experiencia visionaria -ella era una mujer negra, y en su entorno no eran raras las visiones-, Moisés se le apareció y le indicó que continuara con sus flagelaciones; de lo contrario, los egipcios la matarían. Sobre la base de esta visión, desarrolló una teoría complicada, basada en parte en los rituales de flagelación de los cristianos mexicanos. Decía que solo a través del masoquismo podría ella confrontar y aceptar el sufrimiento del mundo. Se dejó vencer una vez más por las fantasías masoquistas. Sus dolores de cabeza desaparecieron y su desarrollo psicológico prosiguió muy bien. Este ejemplo pretende servir como una ilustración, no como una recomendación.

El fenómeno del sadomasoquismo ha desconcertado a los psicólogos durante mucho tiempo. ¿Cómo pueden coincidir el placer y el dolor? Para muchos psicólogos y psicoanalistas, el masoquismo es tan absurdo que algunos de ellos van tan lejos como para afirmar que los masoquistas pueden tratar de vez en cuando de representar sus fantasías con gran detalle y con mucha teatralidad, pero cuando se produce el sufrimiento real, dejan inmediatamente ese comportamiento . Sin embargo, esto no es del todo correcto y, además, se relaciona en parte con ciertas desviaciones sexuales. La vida sexual real rara vez está de acuerdo con las fantasías sexuales. Sabemos que existen numerosos masoquistas que no sólo buscan formas degradantes del dolor, sino que también las experimentan con placer.

El masoquismo desempeñó un papel importante en la Edad Media cuando los flagelantes inundaron las ciudades y pueblos. Muchos santos dedicaron gran parte de su tiempo y energía a azotarse a sí mismos. Los monjes y las monjas consideraban una práctica religiosa rutinaria infligirse dolor y humillación a sí mismos. El intento de la psiquiatría moderna por comprender este fenómeno colectivo como expresión de una sexualidad perversa y neurótica no me parece satisfactorio. Nos acercamos al fenómeno con el concepto de individuación. ¿No es el sufrimiento de nuestra vida, y de la vida en general, una de las cosas más difíciles de aceptar? El mundo está tan lleno de sufrimiento, y todos nosotros sufrimos tanto en cuerpo y espíritu, que incluso los santos tienen dificultad para comprender esto. Una de las tareas más difíciles del proceso de individuación es aceptar la tristeza y la alegría, el dolor y el placer, la ira de Dios y la gracia de Dios. Los opuestos, sufrimiento y alegría, dolor y placer, están unidos simbólicamente en el masoquismo. Así, la vida puede ser realmente aceptada, e incluso el dolor puede experimentarse con alegría. El masoquista, de una manera extraña y fantástica, se reconcilia con los mayores opuestos de nuestra existencia.

La violación juega un papel importante en los sueños y fantasías de las mujeres. A menudo es el centro de los miedos compulsivos. Ya sea repugnante, espantosa o seductora, la fantasía de la violación es, en cada caso, importante para la psique femenina. La violación es uno de los grandes temas de la mitología griega, así como del arte. Quizá el tema de la violación tenga algo que ver con el alma repentina y brutalmente abrumada por el espíritu: el ánimus se apodera del alma femenina que quiere y no quiere. En mi práctica psicoterapéutica he visto a menudo cómo la fantasía de la violación, entendida como un valor psicológico, como un símbolo vivo, como algo que no necesita ni puede ser reducido o superado, ha mantenido a los pacientes en movimiento y los ha ayudado en el camino hacia la individuación y salvación.

Quizás poco a poco se va comprendiendo por qué queremos liberarnos de los “modelos de normalidad dominantes”. Es este aferrarse con fuerza a la llamada sexualidad normal lo que hace imposible la comprensión de la sexualidad. Gran parte de las fantasías sexuales, vistas desde la perspectiva de las concepciones de normalidad, son muy peculiares. No podemos entender un fenómeno psicológico si explicamos una parte considerable de él simplemente como anormal o patológico.

Quisiera demostrar aquí que las llamadas perversiones son indispensables para una verdadera comprensión de la sexualidad. Para no eludir las dificultades que esto presenta, me he vuelto hacia una de las variantes más abstrusas de la vida sexual, el masoquismo. Queremos ahora seguir este camino hasta su conclusión. El masoquismo casi siempre se combina con el sadismo. Se habla de sadomasoquismo. Para el psicólogo comprometido con la visión biológica, que toda vida psicológica puede explicarse a partir de mecanismos de supervivencia, el masoquismo es un escollo. Por extraño que parezca, el sadismo parece plantear menos dificultades intelectuales; el acceso a este fenómeno se ha visto obstaculizado a lo sumo por ciertos prejuicios morales.

Primero, entonces, algunas aclaraciones conceptuales. En el sentido clásico, el sadismo se entiende como el placer sexual que se consigue provocando u observando dolor físico o psíquico en la pareja sexual. Por sadismo en el sentido más amplio entendemos simplemente la crueldad, es decir, el disfrute derivado de herir a otra persona física o psicológicamente sin obtener necesariamente placer sexual. Por sadismo moral se entiende la tendencia a encontrar alegría en hacer sufrir psicológicamente a otras personas. La agresión, por el contrario, tiene poco que ver con el fenómeno que acabamos de mencionar, pero a menudo se mezcla con él. La agresión es la capacidad y la alegría de afirmarse, de conquistar a un oponente, de dominar una situación, de ser el primero en una competencia con otros. La agresión en este sentido es un importante instinto de supervivencia. El dolor o sufrimiento aflictivo no es esencial para la agresión. Debido a que el sadismo a menudo se confunde erróneamente con la agresión biológica, parece presentar menos dificultades intelectuales que el masoquismo.

La alegría de ver sufrir física o psicológicamente a otras personas es mucho más frecuente que el puro sadismo sexual. No obstante, un tono sexual apagado a menudo acompaña al tipo de crueldad que en sí misma no tiene un matiz particularmente sexual. La crueldad, la alegría de torturar a los demás, ha sido descrita desde los inicios del comportamiento humano registrado. Ocupa nuestras fantasías y llena nuestras salas de cine. Los romanos, cuya civilización y cultura se erige como pilar fundamental del mundo occidental, conocían pocas inhibiciones en este sentido. Para su diversión arrojaban esclavos y criminales a los animales salvajes. Cuando iba a tener lugar una crucifixión en una obra de teatro, en realidad crucificaron a un criminal en el escenario. Se supone que Pedro el Grande de Rusia presentó decapitaciones para diversión de sus invitados. María, reina de Escocia, en su juventud como Delfina de Francia, vio cómo los hugonotes eran torturados hasta la muerte mientras comía su postre. Las ejecuciones públicas fueron en todas las épocas grandes espectáculos populares. En tales ocasiones, las abuelas cargaban a sus pequeños nietos sobre sus hombros para asegurarse de que lo vieran todo. Y las crueldades de la Segunda Guerra Mundial nos son familiares a todos.

La crueldad en aras del placer sexual también ha sido descrita desde el comienzo del tiempo histórico. El marqués de Sade, un noble francés del siglo XVIII, es hoy el autor más conocido que ha prestado atención literaria a este fenómeno. Sin embargo, la mayor parte de la sexualidad sádica ocurre en las fantasías y los sueños de las personas. En el sadismo se manifiestan componentes psicológicos que son de la mayor importancia para el desarrollo de una persona.

El sadismo es en parte una expresión del lado destructivo de la humanidad: de sus entrañas, de su sombra, del asesino que llevamos dentro. Es un rasgo específicamente humano encontrar alegría en la destrucción. No es este el lugar para considerar si este gozo pertenece a la naturaleza humana o es producto de un desarrollo defectuoso, aunque creo que lo primero es cierto. En cualquier caso, la destructividad es un fenómeno psicológico con el que todo ser humano vivo debe aceptar. El gozo de destruir, aniquilar o torturar también se vive dentro de la sexualidad.

La alegría de destruir a otros está relacionada con la autodestrucción. En este sentido no es de extrañar que sadismo y masoquismo aparezcan siempre juntos: el asesino autodestructivo es el centro de la sombra arquetípica, el centro de la destructividad irreductible en el ser humano. Otro componente del sadismo es la intoxicación por el poder. Proporciona placer sexual dominar a la pareja por completo, jugar con él o ella como un gato con un ratón. Otro aspecto más del sadismo es degradar a una pareja al estado de un objeto puro. En las fantasías sádicas, el bondage y el voyeurismo desinteresado juegan un papel importante. El compañero se convierte puramente en una cosa con cuyas reacciones se juega.

Esta cosificación sádica juega un papel importante en muchas relaciones sexuales; a menudo se rechaza sobre la base de que cualquier relación humana, sexual o de otro tipo, siempre debe ser un encuentro de dos socios que tienen los mismos derechos.

Creo, sin embargo, que aquí nos rigen demasiado los prejuicios. Toda relación contiene objetivación. Es necesario ser capaz de observar a un compañero de manera imparcial y objetiva. Por un lado, experimentamos en el amor una completa identificación con el otro; por otro lado, no debe evitarse una objetividad distante. Sin objetividad una relación sigue siendo caótica y peligrosa. Con qué frecuencia escuchamos durante las acciones de divorcio: “Yo lo amaba tanto, y ahora esto ha sucedido. Simplemente ya no lo conozco. Ha cambiado tanto. Es una persona diferente”. Esta decepción, esta sorpresa, ocurre principalmente en relaciones en las que se descuidó la objetividad.

Entonces, en el sadismo, la destrucción, el poder y la cosificación se expresan dentro de la sexualidad. Sólo estoy señalando aquí el carácter de individuación de la sexualidad; o estoy glorificando las perversiones. En este contexto, me parece correcto señalar que la amplia gama de la actividad sexual humana, particularmente cuando se manifiesta en fantasías sexuales, no debe entenderse solo como patología.

El aspecto de individuación de la sexualidad se revela de manera más convincente en el encuentro amoroso e intenso entre el hombre y la mujer, en la unión momentánea y extática del acto sexual. Esta experiencia humana, la más profundamente conmovedora, no debe entenderse simplemente como una cópula biológica. Este poderoso evento en el que el hombre y la mujer se vuelven uno, física y psicológicamente, debe entenderse como un símbolo vivo del mysterium coniunctionis, el destino final del camino hacia la individuación. Los alquimistas consideraban que la unión sexual del Rey y la Reina era la culminación de su trabajo. La unión sexual expresa el puente de todos los opuestos e incompatibilidades que prevalecen dentro de nosotros. Hasta cierto punto, hombres y mujeres se complementan; hasta cierto punto, son antitéticos entre sí; y hasta cierto punto, no armonizan en absoluto. En el acto sexual se supera toda polaridad y fragmentación del ser. Ahí radica su fascinación, no en la posible consecuencia de la reproducción. Además, el acto sexual es mucho más que una mera expresión de la relación personal entre un determinado hombre y una determinada mujer. Es un símbolo de algo que va más allá de la relación personal. Esto explica la frecuente aparición de imágenes eróticas en la descripción de experiencias religiosas. La unión mística con Dios está simbolizada por los actos sexuales. En este sentido, la mayoría de las historias de amor, poemas y canciones sobre la unión del hombre y la mujer no deben entenderse simplemente como la expresión de la vida erótica, sino como símbolos religiosos.

Freud demostró de manera impresionante cómo todos los impulsos sexuales parciales encuentran su camino juntos en el acto sexual para formar una gran experiencia. La notable y fascinante variedad de impulsos sexuales se fusionan en el acto sexual en un gran evento.

La vida sexual y las fantasías eróticas son tan ricas y variadas que toda variedad posible de vida psicológica puede experimentarse a través de este simbolismo viviente. Así como Jung entendió las peculiares actividades y fantasías de los alquimistas como imágenes del desarrollo psicológico y la individuación, podemos reconocer y seguir el proceso de individuación en la vida sexual con todas sus “anomalías”. En este contexto comprendemos también la grandeza de Freud. Aunque creía que la sexualidad podía describirse únicamente dentro del modelo biológico, lo hacía con una diferenciación inusitada y pensaba que había descubierto en él los fundamentos del comportamiento humano. Sólo un psicólogo de la escuela junguiana puede comprender la psicología freudiana. Freud se encontró con la sexualidad y quedó abrumado por sus fascinantes manifestaciones. En contra de sus propias intenciones, por así decirlo, creó una mitología sexual viva y moderna. Como ejemplo de esto, considere la imagen del niño perverso polimorfo. Existe en cada uno de nosotros a lo largo de nuestra vida. Algunos aspectos de ella están reprimidos y solo llevan una existencia sombría en sueños y fantasías secretas. ¿Qué es este niño perverso polimorfo sino el Sí-mismo de la psicología junguiana, el símbolo de la totalidad de la psique, el núcleo divino dentro de nosotros que contiene todo, todas las posibilidades y los opuestos de nuestra psique?

Me gustaría mencionar aquí una característica más de la vida sexual con todas sus anomalías, que también solo puede entenderse realmente desde la perspectiva de la individuación: la timidez y el secreto. La mayoría de la gente mantiene oculta la vida sexual, ya sea vivida o fantaseada. Incluso en la situación analítica pueden pasar años antes de que se entreguen las fantasías sexuales. La mayoría de las imágenes sexuales que aparecen en los sueños de los pacientes son minimizadas y atenuadas. Este deseo de secreto es difícilmente comprensible desde la perspectiva de la reproducción, el placer o las relaciones humanas. Sin embargo, el secreto y la intimidad son características del alma y del proceso de individuación. Durante un tiempo, este proceso debe realizarse en una habitación cerrada; nada ni nadie se atreve a perturbarlo.

El matrimonio ha muerto – ¡Larga vida al matrimonio!, Caps. VII y VIII

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulos IV, V y VI del libro ‘Marriage is Dead, Long Live Marriage!, pp. 43-60

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

CAPÍTULO VII

Masculino y Femenino no Armonizan

Para comprender mejor el matrimonio moderno, debemos reflexionar sobre lo masculino y lo femenino y la relación entre el hombre y la mujer. ¿Qué somos, en realidad, como hombres, mujeres? ¿Qué determina nuestro comportamiento cotidiano? Trataré de limitarme a solo algunos aspectos que son relevantes para nuestro tema.

Las actividades de los animales están determinadas en parte por patrones innatos de comportamiento. Los estímulos externos provocan o liberan ciertos patrones innatos de comportamiento. Por regla general, estos son adecuados y útiles en la situación que se caracteriza por estímulos particulares. La vida de la especie y del individuo se mantiene mediante la ejecución de este patrón de conducta. En primavera, ciertos estímulos hacen que algunas especies de pájaros construyan nidos según un diseño específico. Tan pronto como los huevos eclosionan y los padres ven las bocas abiertas de las crías, se activa el patrón de comportamiento de alimentación. Los dispositivos artificiales se pueden sustituir por estímulos naturales y se logra el mismo efecto. Un pájaro macho realizará un ritual de cortejo particular si aparece una hembra. Pero la hembra es reconocida por él solo como una cosa que se caracteriza por una forma y color particular o tal vez solo por un cierto sonido; este sonido solo puede ser suficiente para liberar el patrón de comportamiento del apareamiento. Esto es cierto no solo para las aves, como lo ilustra la siguiente historia. En Canadá se observó que durante la temporada de celo los alces machos se arrojaban de cabeza contra los trenes en movimiento. Luego se descubrió que el silbido de la locomotora se asemejaba al rugido de un alce macho en celo, y esto llevó a un “duelo” entre el alce y la locomotora. Tal comportamiento ciertamente no fue el resultado de ningún tipo de reflexión. El animal reacciona instintivamente, no en el sentido de un impulso vago e indefinido, sino en el sentido de completar patrones regulados de comportamiento que normalmente tienen sentido en relación con la situación dada.

Los humanos somos diferentes, aunque no del todo. Nosotros también llevamos dentro de nosotros patrones innatos de comportamiento; se llaman arquetipos. La diferencia entre los patrones arquetípicos humanos y los patrones innatos de reacción y comportamiento en los animales es la siguiente.

En primer lugar, los patrones de conducta entre los humanos suelen ser más complicados y menos precisos en los detalles que los de los animales. Los patrones humanos de comportamiento se tratan más de pautas generales que funcionan en el contexto del comportamiento real. En segundo lugar, si bien los patrones de comportamiento humanos parecen ser más numerosos, no todos se utilizan a lo largo de la vida; muchos de ellos simplemente están en barbecho. Cada persona tiene una gran cantidad de patrones potenciales de comportamiento dentro de sí que casi no juegan ningún papel en su vida. En tercer lugar, y esto de la más decisiva importancia, los humanos somos capaces de observar y reflexionar sobre estos patrones de comportamiento; de vez en cuando logran tomar conciencia de estos arquetipos. Pero esto no suele ocurrir a través del pensamiento lógico y la reflexión, sino a través de imágenes, símbolos, mitos e historias. Los humanos son animales que generan símbolos.

Todo esto debe ser más o menos familiar para el lector. Sin embargo, hay cierta confusión y ofuscación con respecto a la cuestión de lo masculino y lo femenino. Debe quedar claro que no hay solo un arquetipo masculino y un arquetipo femenino. Hay docenas, si no cientos, de arquetipos femeninos y masculinos. Ciertamente, hay muchos más de los que solemos imaginar. Pero no todos los arquetipos son dominantes en un período particular de la vida de un individuo. Además, cada época histórica tiene sus arquetipos masculinos y femeninos dominantes. Las mujeres y los hombres están determinados en sus identidades y comportamientos sexuales por solo un número selecto de arquetipos. El comportamiento está determinado únicamente por aquellos patrones que son momentáneamente dominantes en la psique colectiva. Esto conduce a un error grotesco pero comprensible: los arquetipos que dominan el comportamiento masculino y femenino en un momento determinado pasan a ser entendidos como los arquetipos masculino y femenino. Y de este número limitado de arquetipos se deduce qué son la “masculinidad” y la “feminidad”. Este malentendido ha llevado, por ejemplo, a la suposición en la psicología junguiana de que la masculinidad es idéntica al Logos y la feminidad al Eros, y que la esencia de la feminidad es más personal, más relacionada con el prójimo, más pasiva, más masoquista; mientras que la esencia de la masculinidad es abstracta, más intelectual, más agresiva, sádica, activa, etc. Esta ingenua afirmación sólo pudo hacerse porque los arquetipos masculino y femenino que imperaban en ese momento y en esa cultura se entendían como los únicos válidos.

Me gustaría mencionar aquí sólo algunos de los numerosos arquetipos femeninos. Primero está el arquetipo materno. En su forma terrenal es a la vez nutritivo y devorador; en su forma espiritual es inspiradora y también conduce a la locura y la muerte.

Un arquetipo algo más misterioso está simbolizado en la mater dolorosa, representada en miles de pinturas y esculturas. Es la mujer que perdió a su hijo, cuyo hijo murió en un accidente en su juventud o murió en la guerra, la madre del piloto derribado. Esas madres a menudo se identifican tan fuertemente con el arquetipo de la mater dolorosa que se sienten superiores a otras mujeres.

El arquetipo de Hera, esposa del padre celestial Zeus, nos es familiar como el símbolo de la esposa cruel que está celosa de todo lo que desvía la atención de su esposo.

Otro arquetipo es la hetaira, la compañera desinhibida de los hombres en el placer sexual, el ingenio y la erudición. Hoy podemos ver este arquetipo, por ejemplo, proyectado en la actriz Shirley MacLaine: intelectual, independiente, pero no hostil a los hombres.

Otro arquetipo femenino más está simbolizado por Afrodita, la diosa del puro placer sexual, el arquetipo del amante. Este arquetipo, como se ve, por ejemplo, en la infantilmente independiente Raquel Welch.

Atenea representa un arquetipo femenino muy interesante: la mujer sabia y enérgica, autosuficiente, no sexual, pero útil para los hombres. Se ve comúnmente en las esposas de los presidentes estadounidenses.

Ciertas viudas y mujeres divorciadas a menudo parecen tener algo arquetípico en ellas. Son independientes, el hombre está ausente y uno tiene la impresión: «¡Gracias a Dios!» La relación con el marido perdido es la de conquistador a conquistado.

Estos arquetipos están todos más o menos relacionados con el hombre, ya sea como esposo o amante, con los hijos o con la familia. Si estos fueran los únicos arquetipos femeninos, uno podría concluir con razón que la naturaleza femenina se caracteriza por Eros, por la relación.

Los arquetipos femeninos que no tienen nada que ver con los hombres -al menos con el hombre como esposo o amante- o con los niños son igual de importantes, aunque menos cercanos a la conciencia colectiva.

Está, por ejemplo, el arquetipo de la amazona, la mujer guerrera. Ella necesita a los hombres sólo para la procreación. Según algunos informes, las amazonas capturaban hombres y se acostaban con ellos para quedar embarazadas. Una vez que los hombres habían cumplido su función, eran asesinados. Según otra versión, las amazonas usaban a los hombres no solo para engendrar hijos, sino también para hacer las tareas del hogar, cocinar y criar a los hijos. Las amazonas aman las conquistas y se sienten bien en compañía de otras mujeres. Este es el arquetipo de la mujer de carrera independiente que renuncia a los hombres. También conocemos un arquetipo de la amazona solitaria, una mujer mayor o más joven a la que le encanta viajar sola, visitar gente, pero no quiere apegarse a nadie, que ve a los hombres con desconfianza, pero se siente cómoda con las mujeres sin ser una lesbiana

Otro arquetipo femenino es el de Artemisa. Su disposición hacia los hombres también es hostil. Ella no quiere ser vista o conocida por ellos. Los hombres que la acechan deben morir. Si Artemisa tiene una relación con alguien, es con su hermano Apolo. Muchas mujeres están de la misma manera efectivamente emparentadas sólo con sus hermanos; de lo contrario, no quieren tener nada que ver con los hombres o con los niños. Esto no solo puede entenderse como el resultado de un desarrollo neurótico, sino también como la promulgación de una posibilidad arquetípica de lo femenino.

Otro arquetipo que no está relacionado con hombres o niños es el de la virgen vestal, la monja o la sacerdotisa. Estas mujeres dan su vida a Dios o la sacrifican a otra cosa, pero no a un hombre o a los niños.

Podemos suponer que existen tantos arquetipos femeninos que no se relacionan con el esposo, amante o hijos como los que sirven al Eros de la sexualidad y la vida familiar. Un estudio más exacto de las posibilidades arquetípicas del ser humano podría contribuir mucho a la comprensión de las llamadas neurosis. Una visión demasiado estrecha de lo que debe ser una persona nos impide comprender las innumerables variaciones arquetípicas posibles del comportamiento humano. Muchas de las llamadas actitudes neuróticamente falsas no son el resultado de un desarrollo psicológico desfavorable, como las entendemos habitualmente, sino la imagen de un arquetipo particular que no se puede vivir con la conciencia tranquila porque es rechazado por el colectivo. Casi todos los patrones arquetípicos de comportamiento femenino que no se relacionan con los hombres se consideran “no deberían ser”, neuróticos y enfermos. No necesariamente tiene que ser neurótico si un esposo o un hijo no están en el centro del interés de una mujer. La amazona, Artemisa y la virgen vestal son posibles patrones femeninos de comportamiento, basados en arquetipos y no necesariamente pertenecientes a la psicopatología.

Los arquetipos necesitan ciertas circunstancias y movimientos espirituales en un período histórico particular para ser activados y vividos. Así ha habido épocas y situaciones en las que el arquetipo del artista no ha sido muy valorado; o en tiempos de paz el arquetipo del guerrero no ha jugado un papel importante, etc.

Un arquetipo femenino más dominante ha sido el de la madre. En casi todos los períodos históricos esto se ha vivido con fuerza y ha dominado el comportamiento de la mayoría de las mujeres. Los niños necesitan madres; sin ellos, la humanidad se convertiría en instinto.

¿Cuál es la situación arquetípica de las mujeres de hoy? ¿Qué arquetipos son los dominantes? ¿Cuáles han perdido parte de su significado? Notable es el declive del dominio del arquetipo materno en Europa occidental durante los últimos diez a quince años. Supongo, sin embargo, que en muchas «altas» culturas históricas este arquetipo perdió gran parte de su significado para ciertas clases sociales, por ejemplo, para las clases sociales más altas del Imperio Romano o la nobleza francesa del siglo XVIII.

En este sentido, tenemos hoy en Europa occidental y en varias otras áreas industriales del mundo una situación interesante. Cuando los niños vienen al mundo, tienen muchas posibilidades de vivir setenta años. En épocas anteriores, solo unos pocos niños alcanzaban la edad adulta, por lo que era necesario para la supervivencia de la humanidad que las mujeres tuvieran tantos hijos como fuera posible. Incluso aquellos que llegaron a la edad adulta a menudo morían antes de tiempo. Esto significaba que la mayoría de las mujeres morían antes de llegar a una edad en la que el arquetipo de la madre ya no era una necesidad. Hoy, sin embargo, la mujer promedio en Europa occidental tiene quizás dos o tres hijos, quienes, después de haber alcanzado la edad de cuarenta y cinco años, ya no demandan toda su energía.

En el pasado, solo era posible para los ricos, que tenían el beneficio de sirvientas y sirvientes, no perder demasiada energía en el cuidado de los niños. Hoy en día, los sirvientes y sirvientas son raros incluso entre los ricos, pero a cambio de esto (al menos en Europa occidental) las mujeres de todas las clases tienen menos tareas domésticas gracias a la mejora de la tecnología doméstica. También el cuidado de los niños pequeños hoy en día requiere menos problemas y esfuerzos. Dado que el arquetipo de la madre y el arquetipo de Hera son menos dominantes, queda más espacio para otros arquetipos. Muchos otros arquetipos contienen energía psíquica; las mujeres contemporáneas tienen la oportunidad de vivir diversos arquetipos.

Curiosamente, la situación de los hombres no es precisamente la misma. Para ellos no ha cambiado mucho. Durante milenios, los hombres han tenido más posibilidades arquetípicas que las mujeres. El arquetipo de Ares, el guerrero y soldado simple y brutal, siempre ha estado disponible para ellos; y también la de Ulises, el astuto guerrero y esposo; y el arquetipo del sacerdote, el hombre de Dios. El arquetipo del curandero, el médico; la de Hefesto, el hábil técnico; la de Hermes, el hábil mercader y ladrón; y muchas otras nunca estuvieron cerradas a los hombres. El hecho de que la mujer de hoy tenga más posibilidades arquetípicas abiertas para ella no significa automáticamente que el hombre de hoy también tenga más posibilidades a su disposición que en el pasado. El hombre de hoy sigue ligado a su papel de proveedor, y esto limita sus posibilidades. Las posibilidades arquetípicas de los hombres no son mucho más numerosas que las de las mujeres, pero para las mujeres esta gran oportunidad es algo novedosa. Por eso me detengo más en los arquetipos femeninos que en los masculinos.

Las mujeres, cuyo comportamiento hasta ahora solo estaba afectado por unos pocos arquetipos, están cada vez más motivadas por nuevas posibilidades. Desafortunadamente, ahora ha salido a la luz una complicación muy desafortunada, que debe mencionarse. El paso de un arquetipo a otro, o el despertar de nuevos arquetipos hasta ahora olvidados, está siempre plagado de dificultades. Sabemos de tales pasajes en cada vida. Durante la pubertad, el arquetipo del niño retrocede a un segundo plano y emerge el arquetipo del adulto. Alrededor de los cincuenta años, este último comienza lentamente a ser suprimido por el arquetipo senex. Cuando un arquetipo se separa de otro, encontramos en la vida del individuo las llamadas depresiones de transición; estas son las conocidas depresiones que ocurren durante la pubertad y durante el período comprendido entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco años. Este tipo de depresión en la vida de un individuo se puede superar, ya que sabemos con precisión qué arquetipo está tomando el lugar del último anterior.

Sin embargo, la difícil situación colectiva de las mujeres de hoy no puede verse simplemente como un paralelo a la depresión de transición de un individuo. Para aclarar esto aún más, permítanme ofrecer algunas breves reflexiones psicológicas. Todo lo que somos, lo somos trabajando, experimentando, refinando y humanizando arquetipos. No podemos saltar sobre el arquetipo. Los patrones arquetípicos precisos determinan nuestro comportamiento. Podemos cultivar este comportamiento, captarlo en imágenes, tomar conciencia de él y darle forma. Pero rara vez podemos funcionar únicamente por nuestra voluntad en asuntos importantes. Para decirlo de otra manera, experimentamos nuestra actividad como significativa solo cuando está relacionada con una base arquetípica. Una madre nunca puede funcionar con satisfacción como madre si su maternidad se hace solo desde la reflexión consciente o solo desde el sentimiento. No puede tener una relación meramente personal con el niño. En principio, su relación con el niño es impersonalmente arquetípica. Tiene que ver con el arquetipo de “madre e hijo”, y sólo sobre este terreno arquetípico se puede construir una relación personal de “madre-hijo”.

Además, no podemos elegir un arquetipo mediante un acto de decisión consciente. El arquetipo nos lo da una situación exterior y el inconsciente colectivo. Esos arquetipos que gobiernan en el colectivo gobiernan también en nosotros. Los arquetipos colectivos que gobiernan se manifiestan en las imágenes, mitos y figuras dominantes del cine, la publicidad, las historias populares, etc. He aquí algunos ejemplos: Isabel II, símbolo del arquetipo de la reina y esposa; Jacqueline Kennedy, la que alcanza la fama y la riqueza a través de los hombres; la ex-emperatriz Soraya, la mujer del amor libre; Elizabeth Taylor, la belleza devoradora de hombres; James Bond, el aventurero, maestro de la tecnología y mujeriego; las orgiásticas cantantes de rock, como Dionisio, casi despedazadas por sus frenéticas fanáticas femeninas; el embaucador Mickey Mouse; el héroe homérico Muhammed Ali; Einstein, el moderno Prometeo.

La situación de las mujeres hoy en día es especialmente peligrosa porque se están desprendiendo de un pequeño grupo de arquetipos y acercándose a un grupo más grande de ellos, pero el nuevo grupo aún no es claramente visible. En este sentido, su situación es diferente a la de la depresión de transición de un individuo. La situación actual es que las mujeres están algo perdidas en el mar: el viejo continente desaparece, el nuevo aún no es completamente visible. Tal transición trae consigo un vacío arquetípico. Y esta transición arquetípica es también una de las razones por las que tantas mujeres quieren encontrarse a sí mismas y tienen el deseo de ser ellas mismas, de vivir solo sus propias vidas. Una y otra vez las mujeres acuden a psicólogos, consejeros o psiquiatras, declarando que son infelices o tristes y que les gustaría por una vez vivir sólo sus propias vidas, ser ellas mismas o encontrarse a sí mismas. El llamado autodescubrimiento de las mujeres mayores de cuarenta es hoy un tema favorito de las revistas femeninas y de las conferencias psicológicas populares.

Este ser uno mismo, por supuesto, no existe. Todo lo que se habla al respecto es la expresión de un abandono colectivo, desesperación y depresión. Decir “Quiero ser solo yo mismo” tiene tanto sentido como decir “Quiero hablar mi propio idioma”. Uno tiene que expresarse en el idioma con el que creció desde la infancia o ha aprendido desde entonces. Uno no puede hablar su “propio” idioma y, además, aunque lo hiciera, nadie más podría entenderlo. Del mismo modo, no podemos encontrarnos a nosotros mismos; solo podemos expresarnos a través del juego de roles arquetípico, y de esta manera también podemos, quizás, encontrarnos a nosotros mismos.

Ciertamente, surgirá una nueva libertad para la mujer moderna. Hoy en día, una mujer ya se encuentra parcialmente en una situación en la que puede dejarse estimular por roles más arquetípicos que antes. Puede ser madre, amante, compañera, amazona, Atenea, etc.

No me aventuraría en este momento a abstraer “lo femenino” de todos los arquetipos femeninos conocidos, o “lo masculino” de todos los arquetipos masculinos. Esto requeriría, por un lado, psicólogas que no solo estudiaran el tema a través de lentes masculinos como buenos alumnos del maestro. Sin embargo, una cosa es cierta: debemos poner fin a las ecuaciones “femenino = Eros, relación” y “masculino = Logos, intelecto, actividad”. (Atenea, por ejemplo, presenta una forma femenina de intelectualidad que no puede entenderse como “ánimus”). También se debe poner fin a la visión biológica de que una mujer se realiza a sí misma solo en la crianza de los hijos.

Las muchas nuevas posibilidades arquetípicas en el horizonte tienen otra consecuencia interesante: el miedo a la multiplicidad de posibilidades arquetípicas. Las mujeres están acostumbradas a ser condicionadas y dirigidas por unos pocos arquetipos. La nueva multiplicidad que está surgiendo hace que muchas mujeres se sientan inseguras; se sienten impulsados a aferrarse a la menor cantidad posible de arquetipos. Durante siglos, el arquetipo de Hera ha dominado a las mujeres. Hoy el arquetipo de la mujer profesional comienza su dominación unilateral. Las mujeres sufren la compulsión colectiva de ir a trabajar tan pronto como el arquetipo de la madre ha terminado. En lugar de entregarse libremente a la multiplicidad de posibilidades arquetípicas, a menudo se rinden a la imagen de la mujer profesional y creen encontrar “realización” incluso en los trabajos más aburridos, a los que muchas veces se han entregado sin la menor necesidad económica. Muchas mujeres casadas en la cincuentena que por fin se han liberado de la carga de los niños pequeños han sacrificado compulsivamente su libertad por un trabajo profesional tedioso y servil. El arquetipo de la mujer profesional está íntimamente ligado a los “dioses” técnicos, racionales y utilitarios de nuestro tiempo. A menudo se escucha: “Me gustaría hacer algo útil”.

Sin embargo, si finalmente se manifiesta el espectro completo de nuevos arquetipos, la relación entre hombres y mujeres se reformará de múltiples maneras. Se representarán muchas relaciones nuevas y extremadamente diversas entre el hombre y la mujer: Hera-Zeus, esposa adicta al poder y marido brutal; Filemón-Baucis, la pareja afectuosa y fiel; Ares-Afrodita, una relación entre la mujer sensual que se maravilla ante la brutalidad y el rufián que adora la belleza; Zeus y las ninfas, el hombre desprendido enamorado de la embriaguez sexual, relacionándose con numerosas amigas; Afrodita y sus innumerables amantes. Zeus y Hera deben entenderse como el Presidente y Primera Dama del Olimpo. Pero su prominencia disminuirá, y esto brindará oportunidades para que aparezcan y se desarrollen incontables nuevos dioses y diosas. A pesar de esto, Zeus y Hera seguirán siendo una pareja muy apreciada.

Arquetipos hasta ahora exiliados al inframundo de la patología podrán ser vividos con mayor intensidad. La relación de Ulises con Atenea ya no será patologizada en un complejo materno; los hombres podrán relacionarse con las mujeres de manera asexual; el arquetipo de los hermanos podrá volver a vivirse: la relación Artemisa-Apolo, el amor íntimo, persistente, omnímodo entre hermano y hermana, ya no será condenado como incesto o vínculo enfermizo. (Curiosamente, esta relación entre hermanos estaba menos patologizada o entendida como incesto en la época de la reina Victoria que en la actualidad). Sin embargo, también aparecerán arquetipos femeninos militantes que odian a los hombres, y las amazonas ganarán reconocimiento. Habrá mujeres que expresarán abiertamente su deseo de ser solo madres, no esposas. Se promulgarán arquetipos femeninos que no tienen nada que ver con los demás seres humanos, sino que están orientados solo a una profesión: mujeres científicas, artistas, etc.

Todo esto es música del futuro. En la actualidad, las mujeres y las relaciones entre mujeres y hombres se encuentran en una fase de transición. La incertidumbre inherente a esta situación puede asustarnos, no sólo porque no sabemos qué arquetipos van a surgir, sino también porque en esos momentos de transición estamos mucho más abiertos tanto al esplendor de los arquetipos como a sus siniestros y aspectos demoníacos destructivos. Reflexionar sobre ellos, y tenerlos ante nuestros ojos, es extraordinariamente difícil y nos asusta hasta lo más profundo. La humanidad siempre ha buscado formas de hacer que los arquetipos sean inofensivos tan pronto como lleguen a la conciencia a través de la reflexión. Aquí radica el error de quienes creen que es posible obtener una imagen fidedigna de los arquetipos a partir de una mitología tradicional, como la de los griegos. Las mitologías y los cuentos de hadas a menudo están llenos de símbolos arquetípicos nítidamente delineados, pero a menudo también se componen de una mezcla de imágenes trivializadas, estetizadas y moralizadas.

En tiempos recientes, la psicología ha comenzado a reconocer el aspecto demoníaco destructivo de los arquetipos materno y paterno. Kronos, que devora a sus hijos, y la diosa madre, que exige sacrificios humanos, aparecen una vez más sabiendo que la destructividad de los padres ocasiona mucho sufrimiento neurótico. “Mamá y papá” ya no se consideran tan inofensivos; ¡de repente tienen la culpa de todo!

Todavía no ha ocurrido nada comparable en psicología con respecto a la relación entre el hombre y la mujer. Hemos identificado lo agresivo con lo masculino, pero con demasiada frecuencia hemos visto lo femenino junto con Eros no agresivo. Todavía, incluso en el siglo XX, no queremos mirar de frente al arquetipo de lo femenino que arruina la vida de un hombre y lo mata.

Hablamos de la femme fatale y de La Belle Dame sans Merci. Marlene Dietrich cantó «Los hombres se arremolinan a mi alrededor como polillas a la luz, y se queman». Sin embargo, psicológicamente, estas figuras no se toman en serio en el sentido arquetípico. Dentro del ámbito de las posibilidades arquetípicas, las relaciones entre el hombre y la mujer no se limitan ni a las relaciones vitales ni a la independencia mutua. También son batallas mutuas entre sí, rechazo mutuo, odio amazónico por los hombres, la ira de la liberación fanática de las mujeres, la brutalidad de Zeus y la cruel destructividad de Hera. El lado destructivo y agresivo de la relación del hombre con la mujer ha sido reconocido hasta cierto punto durante algún tiempo, pero la sed de sangre de la mujer contra el hombre no ha sido reconocida o patologizada debido a una comprensión simplista de lo femenino.

Las imágenes arquetípicas de la agresividad femenina que mata a los hombres en las figuras mitológicas de Pentesilea, Camilla, Juturna, Marfisa, Bradamante, Clorinda, Britomart, Belphebe y Radigund se malinterpretan como poco femeninas, imitadoras de la masculinidad o androgénicas. La mujer militante, asesina de hombres que, vestida con una armadura pesada, derriba a un hombre tras otro de la silla de montar no es en lo más mínimo antifemenina. Más bien, representa un arquetipo femenino que durante siglos, incluso durante milenios, ha sido excluido y “pasado de moda”.

El reconocimiento de la agresividad asesina femenina primaria traerá un enriquecimiento colosal de posibilidades experienciales conscientes a la humanidad por un lado, pero también innumerables complicaciones por el otro. Strindberg reconoció estas posibilidades de lo femenino, pero no las complementó con el arquetipo masculino que aniquila a la mujer. ¿Fue por eso que fue “patologizado” como misógino?

Para comprender el matrimonio, también es importante darse cuenta no solo de que lo masculino y lo femenino pueden comportarse de manera hostil entre sí, sino que ni siquiera tienen que complementarse entre sí. Hay muchas formas arquetípicamente femeninas de relacionarse en las que un hombre no juega ningún papel y muchas formas arquetípicamente masculinas que no tienen conexión con lo femenino. El hombre y la mujer, por lo tanto, se complementan sólo parcialmente. El matrimonio puede entenderse realmente solo cuando nos liberamos del “complejo de armonía”.

Cuando los hombres y las mujeres se empujan entre sí, por motivos arquetípicos, debe resultar en conflicto y malentendidos. Y cuando los hombres y las mujeres se sienten atraídos el uno por el otro, no siempre es por amor, sino que puede estar motivado por el rechazo y la destructividad. Es posible que no se sientan atraídos el uno por el otro, ni siquiera por rechazo o agresividad. La soledad existencial y la incomprensión no se pueden asumir fuera del matrimonio. Toda esta desarmonía no siempre tiene que ver con un desarrollo neurótico o una relación neurótica.

El matrimonio no es cómodo y armonioso. Es más bien un lugar de individuación donde la persona se frota contra sí misma y contra el otro, choca contra el otro en el amor y en el rechazo, y así aprende a conocerse a sí mismo, al mundo, al bien y al mal, al terreno alto y al bajo.

CAPÍTULO VIII

Un ejemplo de un matrimonio de individuación

Y, sin embargo, de alguna manera muchos matrimonios duran hasta la muerte, pero no sin sacrificio. La individuación suele tomar caminos extraños, y sólo la individuación hace inteligible el matrimonio. A continuación, se da la presentación de un caso como ilustración y como estímulo para una mayor investigación. Soy consciente del problema inherente a la presentación de un caso, a saber, que por regla general se elige para demostrar lo que se quiere probar.

He recibido la aprobación de las personas involucradas para publicar su historia como un estudio de caso. He cambiado algunos de los detalles de su identidad. La pareja me ha asegurado que no creen que serán reconocidos y además me han asegurado que si lo fueran no les molestaría.

El caso: Es un hombre de negocios bajo, poco atractivo, inteligente y sin educación académica. Es una mujer bonita de inteligencia promedio con formación académica en humanidades. Tienen aproximadamente la misma edad. Se conocieron cuando tenían veinticinco años. Rápidamente se enamoraron y ella quedó embarazada. Siguió el matrimonio, no bajo la presión del embarazo, sino porque ambos se amaban apasionadamente.

La esposa admiraba al esposo por su perspicacia comercial, su independencia y su determinación para triunfar. Él apreciaba su belleza física, su aprendizaje académico y su cultura.

Después de casarse, el esposo inició un negocio y al principio tuvo que ocuparse mucho de su crecimiento. Tenía que trabajar duro, a menudo hasta altas horas de la noche. Ella lo introdujo un poco en los reinos de lo que uno llama «cultura» y continuó admirando sus habilidades como hombre de negocios.

Después de que nació su segundo hijo, ella se interesó cada vez más solo en sus hijos y comenzó a aislarse de su esposo. En las conversaciones privadas entre ellos, ella hizo uso de su aprendizaje académico. Se volvió servil y trató de hacerle la vida lo más cómoda posible a su esposa, ayudándola en las tareas del hogar, etc. Sin embargo, en su interior comenzó a sentir un profundo resentimiento contra su esposa. Cuando llegó a casa una noche un poco intoxicado y su esposa le pidió que la ayudara con algunas tareas domésticas, explotó y, después de discutir, le dio una bofetada en la cara. Ambos estaban terriblemente asustados por esto y recurrieron a un consejero matrimonial en busca de ayuda.

El consejero matrimonial habló con ellos por separado. Le dijo a la esposa que por razones neuróticas ella estaba tratando de controlar demasiado a su esposo. Le aconsejó que fuera más amable con él y que lo respetara más. También intentó que la esposa reviviera su admiración recientemente disminuida por las cualidades comerciales de su esposo. Al esposo le explicó que, también por razones neuróticas, no era lo suficientemente fuerte e independiente en el trato con su esposa. Le advirtió sobre su consumo de alcohol y le aconsejó en términos muy claros que no volviera a golpear a su esposa. Vio que el esposo estaba lleno de agresividad reprimida y lo instó a entrar en análisis.

Entre otras cosas, el análisis mostró que el esposo básicamente entendía más sobre “cultura” que su esposa. Le gustaba mucho la literatura y el arte. Se volvió más seguro de sí mismo, pero su esposa no podía tolerar su nueva seguridad en sí mismo. Estaba acostumbrada a que él se rindiera ante ella. Luego de un vigoroso enfrentamiento entre ellos, ella se fue con los dos niños y se refugió con su madre. Luego buscó el consejo de otro consejero que no conocía a su esposo. La consejera aceptó el retrato del esposo que ella pintó para él, a saber, que era un hombre trabajador, sin educación, emocionalmente rígido, insensible y estirado hecho a sí mismo. Los dos llegaron a la conclusión de que sería difícil cambiar de marido y, en caso de que el matrimonio pudiera salvarse, tendría que ser a costa de que ella hiciera el papel de ama de casa obediente.

Después de varias semanas, el esposo apareció en la casa de la suegra y se llevó a su esposa e hijos con él. Ambos cónyuges acordaron que, considerando todo, valía la pena continuar el matrimonio. Se volvió más blando y abandonó la esperanza de poder establecer realmente su propia posición frente a su esposa. El elogiaba con frecuencia sus cualidades académicas y, en presencia de amigos, citaba a menudo las opiniones de su esposa sobre cuestiones culturales para complacerla. En la casa la ayudaba en todo lo que podía, incluso cuando estaba sobrecargado de trabajo en su negocio. Por su parte, ella apenas se dio cuenta de sus problemas comerciales. A menudo sucedía que cuando llegaba a casa del trabajo, muerto de cansancio y deseando nada más que instalarse frente a la chimenea y ver la televisión un rato, tenía que ir al teatro con ella. Ella lo dominaba por completo.

Mientras tanto, se había vuelto algo frígida sexualmente. Sólo podía alcanzar el orgasmo cuando el marido fingía pagarle colocando un billete de cien dólares sobre la mesa de noche. En sus sueños le encantaba verse a sí misma como una prostituta en un burdel. En materia sexual el marido tenía algunas tendencias masoquistas. Él sólo podía correrse si durante el coito ella le tiraba del pelo. Se contaron sus fantasías sexuales. Las comunicaciones entre ellos nunca se rompieron por completo. Siempre habría días en los que podrían hablar bien juntos.

El esposo en un momento tuvo el siguiente sueño. Vio la imagen familiar de Aristóteles arrodillado en el suelo mientras una mujer cabalgaba sobre él. Pero en este caso él mismo era Aristóteles, y su propia esposa lo montaba. En el sueño también notó que su esposa tenía las piernas mutiladas y por lo tanto no podía caminar.

El sueño se puede interpretar desde muchos ángulos. Para nosotros muestra lo siguiente: el hombre está siendo dominado por su esposa; ella, sin embargo, no puede valerse por sí misma. Por esta razón, ella no tiene más remedio que «montarlo». Por supuesto, tiene que ver aquí con un matrimonio neurótico: él es algo masoquista, mientras que ella compensa su lado básicamente materialista y bruto a través de un supuesto interés por la cultura. Además, la esposa obviamente es en el fondo completamente dependiente; ella puede funcionar, por lo tanto, sólo si puede encontrar a alguien que disfrute siendo dominado, y es sólo a través de esto que se le ayuda a ganar algún grado de independencia. No entraré aquí en el sentido subjetivo del sueño, en el que la mujer representa el ánima del soñante.

Cada vez que tenía un encuentro fuerte con su esposa, el esposo tenía el siguiente sueño recurrente: En una pequeña habitación oscura vio a un hombre tocando el piano. A menudo él mismo era este hombre. La figura onírica siempre tenía que tocar algún tipo de melodía; no tenía otra opción que sentarse en esta habitación y tratar de tocar una melodía en particular. Una vez soñó que veía las notas que él (o el hombre) debía tocar. La melodía elegida se llamó Le Mariage.

Asoció la pequeña habitación oscura con una pequeña habitación en la casa de sus padres en la que, de niño, le gustaba pasar tiempo en pensamiento y reflexión. Además, fue allí donde descubrió por primera vez que podía pensar, que era capaz de reflexionar sobre sí mismo y sobre los demás. El hombre era completamente poco musical, pero recordaba que cuando era niño le gustaba escuchar música de órgano y disfrutaba cantar en la iglesia. Incluso ahora, la música de la iglesia tenía algo cautivador para él. La música se asoció de alguna manera con lo que no se puede entender: lo divino.

Este sueño es un sueño de individuación compulsiva. Le Mariage, la melodía que tenía que tocar, fue lo que lo acercó a lo divino, lo que lo ayudó por lo tanto a individualizarse.

Este sueño fue ciertamente peculiar; pero lo obligó desde adentro a tocar la melodía Le Mariage, la melodía del matrimonio. El esposo tenía una interesante asociación adicional con el sueño. Lo asoció con un malabarista sobre el que había leído una vez en una novela y recordó lo siguiente: Un pueblo medieval construyó una vez una gran catedral dedicada a la gloria de Dios y de la Santísima Virgen. Para demostrar su reverencia, todos los habitantes contribuyeron con una parte al edificio: el arquitecto donó los planos, el carpintero construyó las vigas, el albañil construyó las paredes, el pintor decoró el interior, el orfebre fabricó magníficos candelabros, etc. se completó la construcción de la catedral, se celebró una gran fiesta y todos sintieron que Dios estaba cerca. A altas horas de la noche un sacerdote paseaba por la catedral para ver que todo estuviera en orden, y en el altar se fijó en un malabarista que ejercía vigorosamente su arte con pelotas y bates. Lleno de justa indignación, el sacerdote se lanzó sobre el artista, a lo que el animador respondió: “Todos en este pueblo tienen un oficio, el cual cada uno ha usado para la gloria de Dios en la construcción de esta iglesia. No tengo habilidades aparte de poder hacer malabarismos con pelotas y bates en el aire, y eso es lo que estoy haciendo aquí, para la gloria de Dios”. El soñador asoció su interpretación del piano a los malabares del artista del festival.

Ciertamente cabría preguntarse hasta dónde puede llegar un cónyuge (en este caso el marido) cediendo, una y otra vez, a su cónyuge antes de que perjudique no sólo a su propia individuación, sino también a la de su pareja. En este caso la esposa podría seguir exigiendo más y más. En respuesta a esto, solo podemos aludir aquí al cuento de hadas de «El pescador y su esposa». Presionado por su esposa, el pobre pescador debe seguir pidiendo más y más al pez milagroso:

Mandje! Mandje! Timpe Te!
¡platija, platija, en el mar!
Mi esposa, mi esposa Ilsebill,
no quiere, no quiere, lo que haré

Finalmente, ante las insistencias de su mujer, pide demasiado y ambos acaban tan pobres como al principio.

El matrimonio ha muerto – ¡Larga vida al matrimonio!, Cap. IV, V y VI

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulos IV, V y VI del libro ‘Marriage is Dead, Long Live Marriage!, pp. 22-42

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

CAPÍTULO IV

Bienestar y Salvación

La distinción entre bienestar y salvación es artificial. En la vida humana real, los dos no siempre pueden distinguirse claramente. Sin embargo, al tratar de comprender a la humanidad, es importante hacer esta distinción al menos teóricamente.

El bienestar tiene que ver con la evitación de tensiones desagradables, con la búsqueda de una sensación física de comodidad, de estar relajado y agradable. El bienestar requiere suficiente nutrición, protección contra los elementos, ausencia de ansiedad, un alivio ocasional de la tensión sexual y una cantidad agradable, pero no demasiado agotadora, de actividad física. Además, requiere la posibilidad de satisfacer algunas de las llamadas necesidades materiales sin un esfuerzo excesivo. También es necesario un mínimo de espacio para vivir. No debe, sin embargo, entenderse puramente fisiológicamente. También es necesario un sentido de pertenencia a un grupo y disfrutar de una cierta medida de rango dentro del grupo colectivo de uno. Un sentimiento de comodidad y seguridad, ser parte del rebaño, una buena relación dentro de la familia y entre vecinos y parientes son indispensables. Además, para muchos adultos la sensación de bienestar depende de la presencia de uno o más niños. Es evidente que no pertenecen al estado de bienestar las tensiones, las insatisfacciones, las emociones dolorosas, la ansiedad, el odio, los conflictos internos y externos difíciles e insolubles, la búsqueda obsesiva de una verdad inescrutable y el intento desesperado de reconciliarse con Dios, el mal y la muerte.

También el Estado Civil se encarga de velar por el bienestar de sus ciudadanos; así hablamos de un “estado de bienestar”.

La enfermedad ciertamente no pertenece al bienestar. Es mucho más fácil para las personas sanas física y psicológicamente disfrutar de una sensación de bienestar que para las personas enfermas. “El pan nuestro de cada día dánoslo” en realidad implica, “Danos cada día nuestra sensación de bienestar”. Un correlato del bienestar es la felicidad: una persona que posee una sensación de bienestar está feliz y satisfecha.

El concepto de salvación nos es familiar por su contexto religioso. La religión cristiana, por ejemplo, buscaba traer la salvación a la humanidad. Esto no tiene que ver simplemente con una existencia terrenal feliz y relajada. En el contexto del lenguaje religioso, salvación significa buscar y encontrar contacto con Dios. En filosofía se habla de búsqueda de sentido, de una experiencia del sentido de la vida. En la concepción cristiana, la salvación no se puede obtener completamente en esta vida. El pecado y la muerte nos agobian continuamente, al igual que el eclipse de Dios o nuestra apostasía de él. La salvación implica la cuestión del significado de la vida, una que, en última instancia, nunca podrá ser respondida.

Así como hay innumerables filosofías y religiones, también hay innumerables caminos hacia la salvación. En última instancia, cada individuo debe buscar y encontrar la salvación de una manera única. Todos los caminos hacia la salvación tienen, sin embargo, ciertas características en común. No conozco ningún camino a la salvación que no requiera una confrontación con el sufrimiento y la muerte.

Para los cristianos, el gran mitologema del camino de la salvación es la vida de Jesucristo. Sus obras, su sufrimiento y su muerte pertenecen inalterablemente al camino por el que encontró el camino de regreso a su padre. Incluso después de su muerte, no pudo ascender inmediatamente al cielo, sino que primero tuvo que pasar tres días en el inframundo.

Para los budistas, Nirvana significa salvación; pero antes de que una persona pueda perseguir el Nirvana, primero debe ser sacudida por la enfermedad, la vejez y la muerte.

Difícilmente podemos decir con precisión, o incluso imaginar, qué es realmente la salvación. Sólo conocemos los diversos caminos soteriológicos. El estado de salvación como tal quizás sólo pueda adivinarse en una vida humana durante breves experiencias de trascendencia religiosa o filosófica; durante esos pocos segundos, mientras contempla una puesta de sol, de pie en la ducha, en la iglesia en un bautizo, o en una fiesta anual, uno de repente –y sólo por un instante fugaz– cree haber descubierto el sentido de la vida; uno hace contacto con una chispa de divinidad.

La salvación y el bienestar se contradicen. El camino a la felicidad no incluye necesariamente el sufrimiento. Por el bien de nuestro bienestar, se nos insta a ser felices ya no luchar con preguntas que no tienen respuesta. Una persona feliz se sienta a la mesa familiar entre sus seres queridos y disfruta de una abundante comida. Una persona que busca la salvación lucha con Dios, el diablo y el mundo, y se enfrenta a la muerte, aunque todo esto no sea absolutamente necesario en ese preciso momento.

El Estado Civil está obligado a velar por el bienestar de sus ciudadanos, pero no está en condiciones de ofrecer la salvación. Sólo puede proporcionar a cada ciudadano la libertad de buscar la salvación. Son las iglesias y las comunidades religiosas las que se preocupan por la salvación.

En la psicología y la psicoterapia jungianas se establece una distinción bastante precisa entre bienestar y salvación. Promover el bienestar implica ayudar al paciente a adaptarse al medio ya aprender a afirmarse razonablemente bien en el mundo. Se trata pues de liberar al paciente tanto como sea posible de los mecanismos neuróticos. Además, en la psicología junguiana hablamos de “individuación”. Esto no necesariamente tiene que ver con la salud mental, los sentimientos de bienestar o la sensación de felicidad. La individuación implica la búsqueda de una persona para encontrar su propio camino hacia la salvación. Como sanador, el psicoterapeuta busca que sus pacientes se sientan razonablemente cómodos en este mundo y encuentren la felicidad. También trata de apoyar a sus pacientes en su búsqueda de salvación e individuación. Por tanto, el proceso de individuación tiene mucho que ver con la salvación y poco con el bienestar.

Para la exposición que sigue es fundamental entender exactamente qué entendemos por imagen o concepto de individuación, la descripción psicológica del camino a la salvación. Para evitar cualquier malentendido, tengo que desviarme más.

Desde el comienzo de la historia, los humanos han estado tratando de descubrir quiénes son y qué los impulsa. La psicología como ciencia aún es joven, pero lo más probable es que la humanidad siempre se haya sentido conmovida por el cuestionamiento del alma. Este tipo de pregunta está relacionada con lo que describimos como religión. Se puede considerar que la psicología y la religión comienzan con la realización de la muerte, acompañadas de imágenes y fantasías a partir de las cuales evolucionaron los rituales del entierro. El conocimiento de la muerte estableció la religión y la psicología.

En nuestro mundo occidental, conocemos esta «psicología religiosa», esta búsqueda y escrutinio de la naturaleza del alma dentro de un marco religioso, más claramente en su forma cristiana y, en cierta medida, también de la mitología griega y romana. Jesucristo estaba seguro de que Dios estaba a punto de entrar en la historia y llevar a la humanidad a Su Reino. El alma tenía que ser entendida desde este punto de vista escatológico. La salvación de las almas fue, por lo tanto, la principal preocupación del cristianismo medieval. El objetivo de saber sobre el alma era permitir que una persona condujera el alma al cielo y evitar que cayera en la condenación eterna.

Durante el Renacimiento y después, el dominio del Dios cristiano comenzó a tambalearse. Un nuevo mito llamado ciencia levantó la cabeza. La humanidad ahora buscaba observar objetivamente lo que una vez se había descrito como la creación de Dios, para descubrir “cómo son las cosas en sí mismas”, sin más metas. Este llamado método objetivo de observación influyó en los buscadores del alma.

El alma, de la que antes se buscaba el conocimiento para salvarla, ahora se ponía, por así decirlo, bajo el microscopio. La observación experimental objetiva se convirtió con el tiempo en el método psicológico. Desgraciadamente, todo lo que estaba vagamente asociado con la vieja psicología religiosa o con la salvación del alma fue descartado en esta contrarreacción. Ningún objetivo religioso indeterminado de la psique, la vida interior del alma, nublaría la claridad de la observación. El único poder motivador que se atribuía a la psique era el instinto de supervivencia del individuo y de la especie. Se hizo un esfuerzo por entender la vida psicológica como un conjunto de mecanismos de supervivencia más o menos exitosos. La investigación psicológica tuvo lugar dentro de un modelo biológico.

Sigmund Freud, el “Cristóbal Colón de la psicología”, creía en este modelo biológico. Comenzó a describir un alma que sólo podía ser presionada en el viejo modelo biológico por una fe fanática en la ciencia. ¡Y Freud siguió siendo un verdadero creyente! El hambre, la sed, la agresión y la sexualidad debían seguir siendo los dioses gobernantes. Sin embargo, Freud seguramente se sintió a menudo incómodo con su dogmatismo biológico. Observó poderes en acción en el mundo del alma que no permitirían que se les exprimiera en el modelo de supervivencia. Así, Freud polarizó, finalmente, los instintos humanos básicos. A todas las pulsiones que parecían sustentar la vida las llamó Eros, y junto a ellas postuló una pulsión opuesta, la llamada pulsión de muerte, Tánatos.

C. G. Jung, quien primero fue amistoso y luego hostil hacia Freud, liberó a la psicología de la estrechez del pensamiento biológico clásico. Aunque trabajó hasta cierto punto con los métodos de las ciencias naturales, observó la vida de la psique en sí mismo y en los demás con cuidado y objetividad. Trató de seguir siendo un científico objetivo. En un sentido aún más amplio, Jung fue objetivo: se liberó de la timidez de sus predecesores que, por temor a caer en una especie de bruma religiosa, querían reducir dogmáticamente toda vida psicológica a los instintos biológicos de conservación. Jung estaba libre de la compulsión de hacer, sobre bases dogmáticas, cada fenómeno psicológico subordinado a la biología. Utilizando este enfoque desprejuiciado, descubrió que el funcionamiento de la psique, sus alegrías y tristezas, sus imágenes y deseos no pueden reducirse a los llamados instintos básicos de hambre, sed, agresión y sexualidad. Además, había otro poder, otro impulso, que debía tenerse en cuenta. Jung llamó a este poder el impulso a la individuación.

Desde Jung, otros psicólogos notables han reconocido el impulso de individuación. Se inventaron conceptos como “búsqueda de sentido”, “búsqueda de identidad individual”, “proyección del ser ( Seinsentwurf )”, “creatividad”, “segunda dimensión”, todos ellos algo vagos e indefinidos.

CAPÍTULO V

Individuación: no elitista, pero siempre política

Lo que hace que el concepto junguiano de individuación sea útil para la vida psicológica es, sobre todo, su descripción detallada .

La individuación es un proceso, pero también puede entenderse como una pulsión. La individuación es tan esencial como el hambre, la sed, la agresión, la sexualidad y la búsqueda de la liberación de tensiones y de la felicidad. Jung subrayó repetidamente varios aspectos de la individuación. Destacó la importancia del desarrollo del alma individual, que tiene sus raíces en el alma colectiva, pero que sin embargo debe diferenciarse y desarrollarse individualmente. A menudo escribió sobre la importancia de volverse consciente; una y otra vez insistió en que el inconsciente debería integrarse en la conciencia. En ocasiones, Jung asoció fuertemente la individuación con un proceso que a menudo observamos en el análisis; sin embargo, nunca supuso que la individuación pudiera encontrarse sólo en el análisis.

La pulsión de individuación nos impulsa a entrar en contacto con nuestra chispa interior de divinidad, que Jung describió como el Sí-mismo. El proceso y la meta de la individuación solo pueden describirse mediante símbolos. La vida de Jesucristo, por ejemplo, en la medida en que puede entenderse simbólicamente, puede concebirse como un proceso de individuación. En lenguaje religioso se podría decir que el objetivo de la individuación es acercarse a Dios (o a los dioses), entrar en contacto con el centro del mundo, que es también el centro del propio ser.

Otro símbolo de individuación es la imagen del “viaje a la ciudad dorada”, Jerusalén. En Pilgrim’s Progress de John Bunyan, esta peregrinación ardua y aventurera se describe con gran detalle. En la vida real siempre estamos al principio o en medio de un viaje a la ciudad dorada de Jerusalén, nunca en la meta.

Los cuentos de hadas a menudo contienen simbolismo de individuación. El héroe debe emprender muchas aventuras para poder casarse con la princesa. Este matrimonio es un símbolo de la unión con el alma. Un hombre proyecta su imagen del alma sobre lo femenino. En este sentido, el matrimonio en los cuentos de hadas simboliza la meta del desarrollo psicológico. A menudo, un “Progreso del Peregrino” se convierte en un “Progreso del Príncipe”; es decir, el príncipe se permite distraerse en su viaje con tanta frecuencia que la princesa está muerta cuando llega al castillo.

Lamentablemente, la individuación, tal como se presenta en los cuentos de hadas, suele ser demasiado simple e indiferenciada. Los mitos antiguos nos dan una mejor imagen. Mencionaría aquí como ejemplo la antigua leyenda galesa de Culhwch y Olwen. El nombre Culhwch probablemente significa «trinchera de cerdos». Culhwch nació entre cerdos. Después de su nacimiento, su madre enloquece y muere. Lo cría una buena madrastra, y de ella oye hablar de una doncella llamada Olwen, hija de un gigante. Sin embargo, el gigante le dará a su hija solo con la condición de que realice cuarenta actos posibles e imposibles, muchos de los cuales son aterradores, como el asesinato a traición, etc. Muchos actos los realiza solo Culhwch, otros se logran con la ayuda de sus camaradas, otros más son hechos por sus camaradas o por su famoso primo, el Rey Arturo. Culhwch deambula por todo el mundo conocido de los celtas. La historia alcanza su clímax en una violenta cacería de jabalíes y el drenaje de sangre de una bruja.

La individuación como un desarrollo psicológico también se presenta en el arte, aunque a menudo en una forma demasiado clara y simplista. Es conocida la imagen del noble caballero San Jorge. Nos lo muestran pintores, escultores y orfebres en iglesias, palacios y casas particulares. El noble caballero se sienta en lo alto de su caballo, ataviado con una elegante armadura, su lanza atraviesa a un dragón que se retuerce en el suelo debajo de él.

Simbólicamente, esta imagen muestra la conquista victoriosa de San Jorge sobre su oscuro inconsciente. El mito de Culhwch, sin embargo, ofrece un retrato mucho más adecuado desde el punto de vista psicológico del conflicto con los poderes psíquicos inconscientes. Tras la victoria sobre el poderoso jabalí, la bruja negra es descubierta en su gruta. El rey Arturo, como ayudante de Culhwch, envía sirvientes a la cueva. La arrastran por el pelo. Ella a su vez los agarra por los mechones y los tira al suelo. Gritando, huyen de la cueva. Al final, Arturo tiene que intervenir personalmente; parte a la bruja en dos con su espada. Su sangre es drenada, muy probablemente con la intención de beberla y así ganar fuerza para el encuentro decisivo con el gigante, el padre de Olwen. El desafortunado futuro suegro del héroe termina con la cabeza cortada y empalada. El héroe finalmente puede unirse con Olwen. Ahora está unido a su alma, que se ha proyectado en la feminidad.

El coraje, la cobardía, la lucha caótica, la inmundicia y la espantosa embriaguez de la sangre de las brujas caracterizan esta historia. En contraste, las imágenes de San Jorge y el dragón muestran un elegante desapego. La individuación está mejor representada y simbolizada en la sangrienta y caótica historia de Culhwch que en la imagen del elegante caballero.

La individuación implica una elaboración activa, difícil e incómoda de la propia psique compleja hacia la unión de sus opuestos, simbolizada por la unión del hombre y la mujer. Es un viaje largo e interesante. Se debe recorrer un largo camino hasta que un hombre, por ejemplo, haya hecho frente a los múltiples aspectos de lo materno. Primero, tiene que llegar a un acuerdo con la madre animal natural y nutricia, que le parece conservadora y antiespiritual. Mitológicamente, está representada por la extrovertida portadora de la fertilidad, Deméter. Lo seductor de la madre natural es que, como la bruja de pan de jengibre de Hänsel y Gretel, nutre. Lo siniestro es que a ella también le gustaría devorar al hombre. Un vínculo demasiado fuerte con la madre inhibe el desarrollo de un hombre.

Otro lado de lo materno, al que el hombre tiene que enfrentarse, está representado mitológicamente por Perséfone, la diosa del inframundo. Esta es la madre mágica, espiritual y ambiciosa; ella puede inspirar a un hombre, pero también llevarlo a la muerte y la locura. Las ambiciosas fantasías de una madre pueden alentar grandes logros espirituales en un hombre, o pueden hacerlo perecer de ambición. Se requiere un gran esfuerzo psicológico para que un hombre llegue al punto de comprender que estos poderes arquetípicos de la psique son inherentes a él mismo, y que de nada sirvió verlos solo en su madre natural o proyectarlos sobre otras mujeres o incluso instituciones; llegar al punto de ver que nada se logra reprendiendo a su madre o lanzando repetidas acusaciones contra la sociedad. Y esta es solo una de las tareas abrumadoras que deben abordarse en la individuación.

De importancia decisiva durante el proceso de individuación es la reconciliación del hombre con la mujer o con la feminidad en general; y viceversa, la reconciliación de una mujer con un hombre o con lo masculino. Uno de los temas más grandes de la individuación es el hecho maravilloso de que la existencia humana, así como la existencia animal, ocurre fructíferamente solo en la polaridad masculina-femenina. El amor y el odio, la separación y la unión con el aspecto heterosexual fuera y dentro de nosotros pertenecen al desarrollo psicológico que se encuentra bajo la bandera de la salvación.

Hacer las paces con el sufrimiento y la muerte, con el lado oscuro de Dios y Su creación, con lo que nos hace sufrir y con lo que usamos para atormentarnos a nosotros mismos ya los demás, todo esto no puede ser evadido en el proceso de individuación. No puede haber individuación sin confrontación con el lado destructivo de Dios, el mundo y nuestra propia alma.

Mantenerse firme en este enfrentamiento es difícil tanto a nivel individual como colectivo; cada período histórico encuentra sus propios métodos para eludir esta tarea. En nuestro tiempo se ha puesto de moda culpar a la sociedad de todo sufrimiento y destrucción. En este sentido se ofrecen soluciones simples para los problemas del sufrimiento y la destrucción: si la sociedad se reorganizara, el sufrimiento desaparecería de la noche a la mañana. Todo lo que llamaríamos “mal” es el resultado de una educación inadecuada, y esta a su vez se basa en las manipulaciones de una sociedad enferma que es gobernada por unos pocos villanos para su propio beneficio.

Otra forma principal de evasión del sufrimiento se expresa en una creencia ingenua en el progreso. Aunque las cosas todavía pueden estar mal hoy, están mejorando cada día que pasa, y es solo una cuestión de tiempo, y organización, hasta que el paraíso se establezca en la tierra.

La individuación y la salvación son conceptos íntimamente relacionados. La meta de la individuación, se podría decir, es la salvación del alma. Desafortunadamente, ambos conceptos están constantemente en peligro de ser entendidos demasiado estrechamente. Se supone que Federico el Grande, el rey prusiano a quien considero no muy comprensivo, dijo: “Todos deben ser bendecidos a su manera”, es decir, todos deben encontrar la salvación a su manera.

La humanidad ha estado peleando repetidamente guerras sangrientas por el bien de la salvación. Un grupo creía que había un deber de hacer que otros se sometieran a su percepción particular de salvación. Una y otra vez, los elementos sombríos más oscuros y destructivos se mezclaron con los motivos de los guerreros soteriológicos. La política de poder y el ansia de destrucción se enmascaran con una pretensión de salvar almas.

La salvación, sin embargo, es para todos; está abierto a todos, una posibilidad para cada alma. Expresado en lenguaje cristiano: Cristo murió por todas las personas. La salvación en sí misma sólo puede captarse simbólicamente y representarse sólo en imágenes. Las imágenes expresan lo inefable de manera muy diferente. La salvación se refleja de múltiples maneras en el entendimiento humano. Si bien la salvación es posible y común a todas las almas, puede alcanzarse por los medios más diversos. La fórmula sine ecclesia nulta salus es un trágico malentendido, si ecclesia se limita a una comunidad específica de buscadores soteriológicos.

Una restricción elitista amenaza con destruir el valor del concepto o imagen de la individuación. Por ejemplo, se supone que la individuación está abierta solo a aquellos que se sometieron a análisis. Sólo aquellos que pueden hablar sobre su propio desarrollo psicológico, que entienden psicológicamente sus sueños y saben cómo interpretarlos, son capaces y dignos de salvación. Tal concepción exige comparación con ciertas sectas cristianas que afirman que solo un total de cuarenta mil almas serán redimidas por Cristo, con los miembros de esa secta en particular naturalmente incluidos. Otra restricción igualmente presuntuosa radica en la afirmación de que solo las personas de cierta inteligencia y nivel educativo son capaces de individuación. Se sugiere que las personas con un coeficiente intelectual inferior a 90 no están a la altura.

Hay innumerables caminos hacia la individuación, no sólo el psicológico o el intelectual. Está abierto a personas que se individualizan a través del arte o la cocina, en el contexto del amor, o a través de la tecnología, en los negocios o la política. La diversidad de estos caminos de individuación se ilustra con los siguientes dos ejemplos.

Una vez asistí a un concierto de jazz en Nueva Orleans. Todos los artistas tenían al menos sesenta y cinco años. Muchos ya no podían dominar completamente sus instrumentos ya que habían perdido gran parte de la flexibilidad en sus articulaciones. Tocaron un tipo de jazz antiguo. Al escucharlos y observar a los intérpretes individuales, tuve la impresión de que estos músicos habían captado algo y decían algo que tenía que ver con la individuación. Estaban en un camino soteriológico.

Otra experiencia que me impresionó profundamente ocurrió cuando visité un servicio para niños con problemas mentales de una orden religiosa reformada. La comunión se distribuyó a la congregación, a los padres de los niños ya los niños mismos. Durante meses antes de este servicio de comunión, los niños, algunos de los cuales no podían comunicarse por medio del habla, habían sido preparados y sensibilizados sobre el significado de la comunión mediante el uso de imágenes. Lo que sucedió dentro de estos niños cuando comulgaron, nunca lo sabremos exactamente. Pero mirando sus rostros y tratando de ponerse en su lugar, no se podía evitar la impresión de que algo sucedía en el alma de estos niños desfavorecidos que se acercaba a la individuación. Antes de la distribución de los elementos de la comunión, en lugar de un sermón, a los niños se les mostraron imágenes del sufrimiento, la muerte y la resurrección de Cristo. ¿Entendieron? Podríamos hacernos la misma pregunta a los que tenemos una inteligencia normal: ¿hemos captado el sufrimiento y la resurrección de Cristo? En realidad, nadie puede captar conceptualmente la individuación. Sólo las imágenes pueden expresarlo. Era evidente para todos los que participaban en este servicio que en el momento de la Sagrada Comunión estos niños intuían la salvación.

Ya hemos discutido la individuación y cómo se representa simbólicamente en los cuentos de hadas y las sagas, así como en los símbolos vivos.

Sin embargo, algo en nuestra presentación de la individuación y de la salvación podría estar abierto a malentendidos. Parece que falta un aspecto. La individuación y la salvación parecen poseer ciertas cualidades autistas y egocéntricas. Parece sucederle a la mayoría de los individuos en el QT, trabajando en sus almas, solos o en pareja, como por ejemplo, en el matrimonio. Se presenta aquí una pregunta banal: ¿de qué sirve todo esto para la sociedad, un colectivo, una comunidad, el Estado, en fin, para los semejantes? La individuación no es individualismo. Participar en lo que hoy se llama abstracta y erróneamente sociedad, es decir, participar en los barrios, en las comunidades locales, en las organizaciones, en la salvación de los semejantes, todo eso pertenece a la individuación. Cada alma individual tiene una parte en el alma colectiva. Nuestros estratos más profundos están ligados con el inconsciente colectivo, el alma colectiva, a través del cual todas las personas y grupos están unidos. Por lo tanto, es difícil imaginar una individuación egoísta de una sola persona como disfrute privado.

Cabe señalar que en muchos mitos y cuentos de hadas sobre la individuación, el héroe y sus ayudantes o amigos son reyes, príncipes o princesas; o en los mitos arcaicos, dioses útiles, todos ellos personas de influencia sobre los demás. Los reyes, príncipes, etc., son hombres con funciones políticas, con poderes políticos hereditarios. El colectivo, la sociedad, es inherente a estas figuras míticas y de cuento de hadas. En consecuencia, la individuación de los reyes debe beneficiar a la sociedad. Estos mitos y cuentos de hadas nos dicen que una individuación sin entrelazamiento social es impensable. Sin embargo, debemos enmendar esta dimensión social de la individuación observando las imágenes medievales. Miremos no solo las figuras de reyes y caballeros, sino también las de ermitaños y reclusos. Reyes y caballeros tomaron parte activa en la sociedad. El recluso, en cambio, se retiraba a una vida solitaria, no sólo para orar por la salvación de su alma, sino para luchar por la salvación de toda la humanidad.

En este sentido, la participación en la sociedad pertenece siempre a la individuación, ya sea en forma extravertida, como los caballeros medievales, o en forma introvertida, como el monje orante, o en una combinación de ambas. La persona que individualiza se preocupa por sus semejantes, ya sea mediante la participación activa o luchando interiormente con cuestiones colectivas.

CAPÍTULO VI

Matrimonio – Un Camino a la Salvación

Bienestar y salvación deben distinguirse conceptualmente para la comprensión de la psicología humana. La individuación, como la describe C. G. Jung, es esa parte de la motivación humana que presiona hacia la salvación.

La individuación, tanto el proceso como la meta soteriológica que es empíricamente inalcanzable, solo puede experimentarse y representarse a través de símbolos. Hay que agregar que desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha buscado expresar su comprensión de la psicología a través de imágenes o mitos, en razón de que el comportamiento de los humanos está determinado por las imágenes, las cuales los dominan instantáneamente. No nos comportamos sobre la base de una comprensión intelectual precisa o de reflejos exactos, sino sobre la base de imágenes que se ciernen ante nosotros. Tomar conciencia significa ver más claramente las imágenes que nos guían, y en este empeño continuamente reflexionamos y fantaseamos en torno a las imágenes que nos gobiernan.

El estado de bienestar también se presenta en varias imágenes. La tierra de los feacios, tal como la describen los griegos, es una imagen del estado de bienestar. En esa tierra las cosas están en paz, y toda la gente parece estar feliz. Sin embargo, lo que falta es tensión, estimulación y lucha. ¡Odiseo no perseveró mucho tiempo en la tierra de los feacios!

En las historias de navegación uno se encuentra con frecuencia con descripciones de esas míticas “tierras de abundancia”. A menudo se cuenta cómo un marino desembarca en algún lugar de una isla donde siempre hay mucho para comer, donde las mujeres están a su libre disposición y donde se pasa todo el día tirado en una hamaca. Tales “islas de bienestar” a menudo se proyectan en los Mares del Sur. Las historias sobre estos marinos son representaciones de imágenes internas más que descripciones precisas de experiencias reales.

Una característica que tienen en común todas estas historias de felices islas de los Mares del Sur y otras tierras de abundancia es que, tarde o temprano, el narrador debe abandonar esa tierra. Rara vez en estas “islas de bienestar” uno es capaz realmente de encontrarse a sí mismo y llegar a su propia alma.

Relacionada con el estado de bienestar está la imagen del llamado naturalismo. Uno concibe la posibilidad de un patrón natural de comportamiento, de personas completamente naturales. Pero los humanos en sí mismos somos antinaturales, es decir, nada nos sucede de manera simple. Siempre tenemos que fantasear, ponderar, reflexionar, reconciliarnos con nuestra interioridad y cuestionar la existencia. Solo el hombre antes de la Caída era “natural”. El paraíso tal como lo imaginamos, como era antes de que Adán y Eva mordieran la manzana prohibida, es un lugar de “bienestar natural”.

Las imágenes que subyacen al turismo de masas moderno, por ejemplo, están íntimamente ligadas al bienestar y al llamado naturalismo. La publicidad turística trata de hacernos creer que las organizaciones de viajes pueden llevarnos a un lugar donde podemos deshacernos de todas las tensiones, deseos y luchas. La organización del viaje se encargará de todos los detalles desagradables. Se proporcionará buen comer y beber. Sol, calor y una espléndida playa se promete solo para nosotros. En los anuncios de estos viajes en grupo, a menudo también se sugiere que los viajeros obtendrán su merecido sexualmente y no necesitarán experimentar frustraciones a este respecto.

Sin embargo, la búsqueda de la salvación y la búsqueda del bienestar nunca están completamente separadas. Es posible que las personas que compran el paraíso del bienestar prometido por las grandes organizaciones turísticas estén buscando no solo la tierra de los feacios o la tierra de Cockaigne, sino un lugar donde encontrarán sus almas. El componente soteriológico en el turismo moderno, sin embargo, es mínimo. Quizás esta sea la razón por la que las zonas que atraen a un gran número de turistas a menudo acaban siendo una catástrofe cultural. La población indígena de los grandes lugares turísticos parece perder el alma: todos los esfuerzos e ideales culturales, religiosos y políticos se ven paralizados al usar la cultura solo para atraer a más turistas. No es el contacto con una población extranjera lo que corrompe a los habitantes de los grandes balnearios extranjeros. Es el contacto con grandes masas de personas que buscan por el momento sólo el bienestar y no la salvación lo que inquieta y envilece a la población indígena.

Para nosotros la pregunta es: ¿El matrimonio tiene que ver con el bienestar o con la salvación? ¿Es una institución soteriológica o una institución asistencial? ¿Es el matrimonio, este opus contra natura, un camino hacia la individuación o un camino hacia el bienestar?

Lo siguiente puede darnos una pista: todas las ceremonias de matrimonio contienen ciertas connotaciones o matices religiosos. Un matrimonio puramente “civil”, por así decirlo, es prácticamente inexistente. Los habitantes “paganos” de Tahití y las islas Fiji, que son famosos por su llamado naturalismo, permiten que se envíe una especie de oración a los dioses durante una ceremonia de boda. En los casos de Yakut y Kalmuck, un chamán debe estar presente en la boda. Con los antiguos egipcios, los rituales matrimoniales iban acompañados de ciertas ceremonias religiosas. Esquilo dice en la Orestíada que en el matrimonio el marido y la mujer están unidos por los dioses. Platón afirma que una ceremonia religiosa es necesaria para una boda. Con los hindúes, las oraciones y las invocaciones a los dioses juegan un papel muy importante en el servicio de bodas. Incluso los países comunistas intentan dar un cierto esplendor y solemnidad a las bodas mediante el uso de ceremonias pseudorreligiosas. Allí, los funcionarios civiles intentan evitar la impresión de que una ceremonia nupcial es la conclusión clínica de un contrato.

Uno puede objetar que en la mayoría de las culturas muchas empresas humanas van acompañadas de algún tipo de ceremonia religiosa: ya sea comer, cazar o embarcarse en un barco. De todos modos, es notable que no mucho en el curso de la vida está tan rodeado de ceremonias religiosas como lo está el matrimonio; sólo el nacimiento y la muerte se toman como serios desde el punto de vista religioso-ceremonial. Es cierto que ha habido mucha resistencia al tono religioso de las ceremonias de boda. Dado que se supone que uno debe encontrar la bienaventuranza a su manera, una conexión compulsiva de acciones humanas y ceremonias soteriológicas específicas tiene que encontrar rechazo.

Ciertos budistas, por ejemplo, consideran las ceremonias religiosas del matrimonio como nada más que una concesión a la debilidad humana. Consideran el matrimonio como un acuerdo civil. A finales del Imperio Romano, el matrimonio fue despojado progresivamente de cualquier significado religioso y pasó a convertirse en un acuerdo puramente contractual. Las ceremonias religiosas llegaron a ser vistas como prácticas para asegurar la preservación del color local. En el Talmud hay pasajes que afirman que el matrimonio no es un pacto religioso. Lutero declaró que el matrimonio era asunto de los juristas, no de la Iglesia.

Sin embargo, contrariamente a estos pronunciamientos, los budistas acompañan las bodas con muchos rituales religiosos; los judíos, en el curso de su larga historia, han ligado las ceremonias religiosas a sus bodas; y Lutero declaró: “Dios ha puesto una cruz por encima del matrimonio”. La reforma de Zuinglio en Zúrich también intentó que los votos matrimoniales fueran lo más seculares posible, pero la presión del pueblo obligó a las ceremonias nupciales a volver a convertirse en un ritual religioso.

Al carácter del matrimonio en la Escocia puritana se le dio un tono extremadamente secular. Hasta 1856, todo lo que era necesario para un matrimonio en Escocia era la declaración de intenciones por parte de ambos cónyuges; se evitaba cualquier tipo de ceremonia.

La Iglesia Católica no enunció que el matrimonio es válido únicamente con la bendición de la Iglesia hasta el Concilio de Trento en 1653. Hoy la Iglesia Católica considera el matrimonio como un sacramento, como un símbolo de la unión de Cristo con la Iglesia, y así una pareja puede sólo podrán unirse en matrimonio con la asistencia de un sacerdote.

En 1791, Francia introdujo el matrimonio puramente secular: “La ley considera el matrimonio un contrato civil”. El servicio de matrimonio civil, sin embargo, fue diseñado para incluir una gran solemnidad, como lo es hoy en día en Alemania Oriental. El oficial civil lleva una faja de seda alrededor del estómago e imita los gestos de un ministro. Un servicio de matrimonio civil en Francia suele ser más solemne que una boda por la iglesia en Suiza.

¿Es la presencia de referencias a la trascendencia en la mayoría de las ceremonias matrimoniales, incluso frente a una gran resistencia, quizás una indicación de que el matrimonio tiene mucho más que ver con la salvación que con el bienestar? ¿Es por eso que el matrimonio es una “institución no natural” tan complicada?

La lucha de toda una vida por reconciliarse en el vínculo entre el hombre y la mujer puede entenderse como un camino especial para encontrar el alma, como una forma especial de individuación. Una de las características esenciales de este camino soteriológico es la inevitabilidad. Así como los santos del desierto no pueden evitarse a sí mismos, la persona casada no puede evitar a su pareja. En esta inevitabilidad parcialmente edificante y parcialmente angustiosa reside el carácter específico de este camino.

En la concepción cristiana de la salvación, el amor juega un papel importante. Uno puede preguntarse por qué hasta ahora solo he aludido al amor en relación con el matrimonio. La palabra “amor” incluye una gran diversidad de fenómenos, que tal vez tengan el mismo origen, pero que, sin embargo, deben distinguirse unos de otros. El matrimonio es uno de los caminos soteriológicos del amor, pero de un amor que no es necesariamente idéntico al que trama el joven lascivo Cupido. Cupido es impredecible, malhumorado, libre de fantasías. La peculiaridad del amor que marca el camino soteriológico del matrimonio es su estabilidad “antinatural”: “Para bien o para mal, en la riqueza o en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, hasta que la muerte nos separe”. Con frecuencia se ven matrimonios ancianos en los que uno de los cónyuges es espiritual y físicamente fuerte, mientras que el otro está físicamente enfermo y espiritualmente reducido. Y, sin embargo, se aman, y no por compasión o protección. Tales casos demuestran la antinaturalidad y la magnitud del tipo de amor que exige el camino soteriológico del matrimonio. El amor en el que se basa el matrimonio trasciende la “relación personal”, es más que una simple relación.

Cada uno tiene que buscar su propio camino soteriológico. Un pintor la encuentra en la pintura; un monje, en un convento; un ingeniero, en la construcción. A menudo, las personas emprenden un camino que luego resulta no ser el indicado para ellos. Muchos se creyeron artistas y luego descubrieron que su vocación está en otra parte.

¿Es entonces el matrimonio un camino de salvación para todos? ¿No hay personas cuyo desarrollo psicológico no se ve favorecido por el matrimonio? Por ejemplo, no exigimos que todos encuentren la salvación en la música. ¿No es entonces igualmente cuestionable que muchos piensen que deben encontrar su salvación en el matrimonio? A nadie se le ocurriría exigir que la mayoría de la población se convierta en artista, pero se espera que una persona normal se case después de cierta edad. No casarse, suponen muchos, es anormal. A las personas mayores solteras se les diagnostica retraso en el desarrollo infantil; los solteros son sospechosos de homosexualidad, y se cree que las mujeres que no se han casado están en esta posición debido a la falta de atractivo («La pobre simplemente no pudo encontrar un marido»). Existe un terror virtual en el sentido de: Todo el mundo debe casarse. Aquí radica, quizás, uno de los mayores problemas del matrimonio moderno.

El carácter soteriológico del matrimonio es cada vez más importante en nuestro tiempo; el matrimonio se convierte cada vez más en un camino de salvación y cada vez menos en una institución de bienestar; cada vez más se convierte en una vocación. No todos creen que tienen que encontrar su salvación tocando el violín, entonces, ¿por qué tantos creen que están llamados al matrimonio? Tal dominio de un camino soteriológico es destructivo. Innumerables personas están casadas hoy que no deberían estarlo.

A pesar de muchos movimientos modernos en sentido contrario, el matrimonio sigue siendo socialmente más apreciado que la soltería. Este no fue siempre el caso. En la Edad Media, por ejemplo, la soltería era muy apreciada. La vocación de monja o sacerdote se consideraba con aprobación como una posibilidad soteriológica. Por desgracia, ser soltera como mujer significaba ser asexual, mientras que la sociedad era mucho más tolerante con los hombres solteros; rara vez se resentían sus escapadas sexuales.

Es hora de promover las posibilidades de la vida soltera para las personas que buscan su salvación en otro lugar que no sea el matrimonio; esto también haría que el matrimonio volviera a ser más valioso. Debe mejorarse la posición social y la seguridad material de las personas solteras; debería ser posible y aceptable que las personas tengan hijos fuera del matrimonio. El objetivo sería reservar el matrimonio sólo para aquellos que están especialmente dotados para encontrar su salvación en una relación profunda y duradera . Hay muchas mujeres que básicamente quieren hijos únicos, pero no marido. Para éstas es una tragedia tener que molestarse con un marido de por vida cuando no les interesa lo más mínimo.

El matrimonio moderno es posible sólo cuando este camino soteriológico especial es posible y deseado. Sin embargo, el colectivo continúa empujando a las personas a contraer matrimonio por el bien del bienestar. Muchas chicas se casan para evadir la presión de una carrera y encontrar a alguien que las cuide. Sólo unos pocos matrimonios pueden durar “hasta la muerte” si se entiende el matrimonio como una institución de bienestar.

Como mencioné, hoy en día hay muchos contramovimientos en acción. La liberación de la mujer, por ejemplo, quiere liberar a las mujeres de la presión de casarse. “Las mujeres no necesitan a los hombres” es uno de sus lemas. Desafortunadamente, sin embargo, la liberación de la mujer es, o era, a menudo hostil para los hombres.

Según estadísticas recientes, el matrimonio en muchos países occidentales se lleva a cabo con menos frecuencia o se lleva a cabo más tarde en la vida. Quizás se esté dando un nuevo paso para que el matrimonio se convierta en una vocación para algunos y no en una obligación para todos. Muchos jóvenes viven juntos sin casarse, y quizás esto refleja un reconocimiento de que el matrimonio no es el camino de salvación para todos. Aún no se puede determinar con certeza si esto es o no realmente indicativo de un concepto de matrimonio. También podría ser la expresión de un pesimismo colectivo, una pérdida de fe en cualquier tipo de camino soteriológico.

Aquí debemos entrar en otras dificultades del matrimonio moderno. Como subrayé antes, el matrimonio moderno es ante todo un camino soteriológico y no una institución asistencial. Pero los psiquiatras, psicólogos y consejeros matrimoniales enseñan continuamente a las personas que solo los matrimonios felices son buenos matrimonios, o que los matrimonios deben ser felices. La verdad es que todo camino a la salvación pasa por el Infierno. El tipo de felicidad de la que se habla hoy en día a las parejas casadas pertenece al bienestar, no a la salvación. El matrimonio es ante todo una institución soteriológica, y por eso está tan lleno de altibajos; consiste en sacrificios, alegrías y sufrimiento. Por ejemplo, una persona casada puede toparse con el lado psicópata de su pareja, es decir, esa parte del carácter que no se puede cambiar, pero que tiene consecuencias atormentadoras para ambos. Si el matrimonio no se rompe en este punto, uno de los miembros de la pareja (generalmente el menos psicópata) tendrá que ceder. Si uno de ellos es emocionalmente frío, no hay otra alternativa excepto que el otro continúe mostrando sentimientos amorosos, incluso si la pareja reacciona débil e inadecuadamente. Todos los consejos bien intencionados para hombres y mujeres en el sentido de «Eso simplemente no funcionará», «No debes tolerar eso» o «Uno no debe permitir que eso suceda» son, por lo tanto, falsos y dañinos.

Un matrimonio solo funciona si uno soporta exactamente lo que nunca soportaría de otra manera. Solo a través del desgaste y la abnegación uno es capaz de aprender acerca de sí mismo, de Dios y del mundo. Como todo camino soteriológico, el del matrimonio es arduo y oneroso. Un escritor que crea obras significativas no busca la felicidad; él quiere ser creativo. Del mismo modo, las personas casadas rara vez pueden disfrutar del tipo de matrimonio feliz y armonioso impuesto y engatusado por los psicólogos. La imagen del “matrimonio feliz” causa un gran daño.

Para aquellos que son expertos en el camino soteriológico del matrimonio, como todo camino hacia la salvación, naturalmente ofrece no solo esfuerzo, trabajo y sufrimiento, sino una profunda satisfacción existencial. Dante no llegó al Cielo sin atravesar el Infierno. Y así también rara vez existen matrimonios en su mayoría felices.