El discurso psicologizante y sus conceptos 

Logos del alma

La psicología como un discurso científico y social es la narrativa que el modelo cultural hegemónico enarbola a la manera de un relato con el fin antropotécnico de exaltar al sujeto en su papel de figura dominante del proceso psíquico; este último había sido concebido, en épocas anteriores, como un hecho autónomo y objetivo que tenía su fin en sí mismo y que acaecía como una carga y una tarea para el hombre y no, tal como sucede en la actualidad, como una herramienta para el desarrollo de la persona.

Sin embargo, en el doble propósito de obliterar la dimensión anímica de la experiencia y de masificar al sujeto despojándolo de los elementos que sostienen su subjetividad, es decir la interacción con su medio y el trato cotidiano con los símbolos de la psique, el mito posmoderno propone objetivos confortables que se acoplen a la búsqueda de la salud como una meta loable y de la felicidad como un estado permanente del ser.

Esta empresa psicológica intenta desprender la negatividad de la vida del individuo y con ello omitir su naturaleza dialéctica, que es necesaria para el camino de la individuación, es decir para la diferenciación e integración de lo colectivo, la cual solo puede ser vivida como un sufrimiento intermitente. Aprender a morar en el fuego de la patología es una faceta cada vez más despreciada en la sociedad posmoderna, por ello la unilateralidad de las propuestas psicoterapéuticas es evidente.

La visión tecnologizante del alma ofrece medios pragmáticos para liberar al hombre de su sombra y lo hace con la terapia, con los medicamentos, con rituales ancestrales, con el uso de psicotrópicos y con el adoctrinamiento de la autoayuda. En dicho esquema conceptual se ofrece la esperanza de que el alma pueda ser controlada y regulada como si se tratara de un objeto material que tuviera su base física en el cerebro. No hay gran diferencia entre la evasión explicita de las redes sociales y la del que se apresta a un ritual de Peyote, ambos ostentan una visión tecnológica de la realidad.

Es debido notar que todo lenguaje guarda una dimensión inconsciente de su discurso, una teoría inadvertida que es evidente cuando se analizan los conceptos que la conforman. En este caso palabras tales como: inteligencia emocional, resiliencia, autosuperación, crecimiento personal, entre otros, constituyen el lenguaje común de la psicología tal como se ha concebido en el imaginario popular, de tal forma que los mismos psicólogos han adoptado dichas nociones para justificar su labor. No obstante, poco se ha pensado en las consecuencias y en el contexto de tales ideas. Entre otras cosas se pueden esbozar algunas conclusiones:

1. Son conceptos que exaltan el individualismo, pues aunque aluden al entorno social, no toman en cuenta los factores socio-históricos del fenómeno psicológico en cuestión. Hablan de relaciones pero inhiben el pensamiento del sujeto hacia sus congéneres. Atomizan al ego y lo despojan de la consciencia de su interacción con la sociedad y con la dimensión intrapsíquica, que está repleta de imagos objetivas. Dicha inflación psíquica, sin embargo, vacía a la persona de aquello lo hace humano: su contacto con la objetividad de los procesos psíquicos, en pos del deseo absurdo de ser mejor, es decir, diferente a quien ya se es.

2. Se sobrepatologizan procesos cotidianos y experiencias comunes por medio de una división entre situaciones sanas y enfermas, con un énfasis inconsciente en los valores vigentes, sin atender a la falta de pertinencia de un punto de vista moral para juzgar los fenómenos psicológicos. Al sobrepatologizar se literaliza el mecanismo patologizador del psiquísmo que construye símbolos para integrar experiencias dialécticas en su propia configuración, el sentido del sufrimiento se diluye y se le relega a la parte indeseable de la realidad, prolongando innecesariamente el sentimiento de falta de sentido.

3. Se culpabiliza al sujeto, responsabilizandolo de un ideal de sí mismo imposible de alcanzar e recriminandole no se capaz de llegar ahí. Su estado es el de un continuo intento, frustrante, de alcanzar metas imposibles como la felicidad o la integración. La culpa es el resultado de la inflación egoica, donde fenómenos autónomos y objetivos son atribuidos al yo y entonces éste requiere ensancharse lo suficiente para sostener las expectativas grandilocuentes que sin embargo lo despojan de toda capacidad de acción a causa de la sobrecarga de pseudo-símbolos con los cuales debe lidiar.

4. Homogeneizan a los individuos y a los procesos anímicos, proyectándolos en reglas estandarizadas de comportamiento. Así, el deseo particular se vuelve el deseo de lo general, de la masa uniforme que tiene un pensamiento único y que se repite constantemente en las consignas de la psicología positiva. Se impone un dogma que encasilla a los individuos en categorías nosológicas que encubren preferencias morales de autogobierno y antropotécnica. Ofrecen la seguridad de lo colectivo en detrimento de la angustia del hecho de estar desamparados de figuras metafísicas que sostengan la existencia.

5. Fomentan la expresión exacerbada como forma de relación, donde todo se vuelve transparente en detrimento de la intimidad y el silencio. La demasiada comunicación abarrota las vías de comprensión, se habla y se escribe para no decir nada. El contenido deja de ser relevante para dar paso al reinado de la forma, de la imagen saturante. Por ello se pone tanto énfasis en la emoción como figura primaria de la vivencia psíquica, pues tal expresión constituye una imagen atrapada en su representación prelógica, y se le contrapone al discurso racional que es desprovisto de toda dignidad para favorecer lo corporal, lo dinámico y lo emocional.

6. Debilita la conciencia de clase, ya que el sujeto se identifica con un ideal que surge en contextos en donde los factores socioeconómicos permiten la búsqueda de bienestar emocional como una forma de entretenimiento y se confunde el conjunto de privilegios con dicha ambición. Es debido notar que el trabajo de individuación, como lo estipula C. G. Jung, no es una actividad solitaria, sino que ocurre en el conjunto de relaciones que la persona cultiva a lo largo de su vida. Se mal entiende el carácter introspectivo de la introversión como un escape de lo social, cuando en realidad se trata de un involucramiento en la multiplicidad de la psique, cuya asunción es posible en la apertura a la otredad del prójimo.

7. Constriñen la inmensa variedad de las experiencias psicológicas y proponen un límite coercitivo para la expresión de las mismas, reduciendo el amplio campo de emociones y sensaciones a unas pocas palabras y a un único eje deseable de comportamiento. Son un medio de control, no solo de lo emocional, sino del sujeto que una vez subsumido al discurso del cuidado personal, se vuelve su propio explotador, convirtiéndose en un ente eficiente y productivo, en un objeto de intercambio comercial que debe mejorarse a sí mismo para no depreciarse en el mercado del capital humano.

Por lo tanto, estas ideas acerca de la salud mental, que se presentan como la narrativa psicológica contemporánea, no tienen como función el bienestar del hombre ni la atención a lo psicológico, son, en cambio, un medio para restringir, normalizar y limitar el papel político del individuo. Son vías para inhibir la complejidad de la realidad del alma. Su propósito es contrario a lo que el discurso dicta y con ello se dan pistas fehacientes sobre los verdaderos objetivos de la disciplina psicológica.

El espíritu de la época, que confluye con los valores del máximo beneficio y de la multiplicación infinita del capital, se promueve a sí mismo y se reproduce en el esfuerzo de un discurso normalizador del hombre, que necesita de la obliteración de la profundidad de su contexto anímico para someterlo al flujo materialista de la técnica. Privado del contacto consciente con la fuente simbólica de la psique objetiva, el hombre se encuentra listo para ocupar su lugar como un objeto muerto en la historia del tránsito del alma al pensamiento de sí.

Quizás sea la psicología y su discurso ego-edificante el requiem que acompaña al ser humano a su morada final como un símbolo inutilizable para la consciencia, y tal vez la psicologización de la sociedad y de sus relatos no sea otra cosa más que el recurso mitologizante contra la irreversible irrelevantificación del papel del hombre en el curso de la historia del alma. Pues si la psicología se apresta a encumbrar al ego y sobredotarlo de simbolismos, pareciera que la persona es un recipiente de la lógica de la consciencia y nada más; su importancia, por ende, radica en ser el vaso de la incubación del alma, que habrá de resquebrajarlo para por fin, estar frente a sí misma.

Llenarse y vaciarse, la dialéctica del aprendizaje de la psicología

Logos del alma

En la vía del aprendizaje de la psicología una de las cuestiones que suelen ser más complejas es el papel del trabajo teórico y su implicación en la práctica profesional. El sentido común alude a la diferencia tácita entre ambas facetas del trabajo, y en la mayoría de las ocasiones es la dimensión pragmática quien se vuelve dominante en la urgencia de quien se dedica a estudiar el logos de la psique. Sin embargo, esta distinción es meramente aparente, en realidad la teoría y la práctica convergen de forma ineludible, y un aprendizaje teórico escueto empobrece la capacidad del sujeto de aprender la realidad compleja de su objeto de estudio.

No obstante, C. G. Jung creyó importante que la teoría psicológica no fuera un obstáculo en el tratamiento psicoterapéutico, advirtió que el psicólogo debía de conocer todo lo que pudiera sobre el simbolismo para después olvidarlo todo frente al análisis del sueño. Se puede ampliar esa afirmación y decir que el psicólogo aspira abarcar lo que su campo pueda ofrecerle, además de explorar otras dimensiones del saber, para constituirse como un profesional en su materia y aprovechar lo que la cultura le proporciona para forjar su entendimiento y brindarle complejidad a su mente, pero luego, frente al fenómeno, necesita perderlo todo.

En el campo de la psicología y la psicoterapia contemporáneas, sin embargo, la situación es distinta, en el ejercicio de la profesionalización hay una legión de psicólogos que han aprendido lo mínimo necesario para poder certificar su grado y otros tantos que se han especializado en un área de conocimiento y no tienen interés alguno por otro campo distinto del saber. También pululan incontables individuos haciendo psicoterapia sin haber pasado por un entrenamiento adecuado. Y, por último, hay psicólogos talentosos y eximios apegados en demasía a la teoría que han asumido, sin poder traicionar su saber cuando es debido. Por lo anterior, es necesario cuestionar: ¿qué significa la petición de Jung en la época actual para las profesiones de la salud mental?

En primer lugar, se asume que el psicólogo se interesa en ser un personaje culto, que posee una mente refinada, compleja, fraguada en el yunque de la confrontación con los problemas teóricos de su área y los de otras áreas distintas a la suya. Jung, por ejemplo, médico de formación, se interesaba por el simbolismo, la mitología, el estudio de la religión, la física de su época y, por supuesto, estaba al tanto de los pormenores de la psicología. Desde ese panorama se entiende que una actitud tal y un esfuerzo como el de este autor constituyen una aspiración del propio opus. Es claro que un profesional que sostiene su saber en lo sencillo y asequible no podrá acceder a esa dimensión del conocimiento mencionada y experimentada por Jung.

En segundo lugar, el psicólogo debe estar dispuesto a probar de su propia medicina y confrontarse consigo mismo en lo abierto y con los vericuetos de su propia vida interior. Es debido recordar que Jung fue el promotor más entusiasta del análisis didáctico. Por lo tanto, el profesional de la psicología, y de la psicoterapia, ha de ser sometido a su propia teoría. En un sentido chamánico, sus huesos, sus ojos, su piel han de ser arrancados para dotarlo con nuevos huesos, nuevos ojos y nueva piel. Por lo cual sucede un desprendimiento de la antigua personalidad y el advenimiento de un nuevo hombre, que resulta de la negación de su propia humanidad. La teoría aquí juega un papel importante pues constituye la nueva forma de ver la realidad y el umbral que tiene que ser traspasado para acceder al ámbito psicológico. Por todo ello, el conocimiento teórico no es nada despreciable ya que si el sujeto permite que éste haga su labor, su experiencia será la de un desmembramiento continuo de sus antiguas preconcepciones.

En tercer lugar, aún se debe dar otro paso más, el cual implica internalizar el umbral ya traspasado y pasar nuevamente por él. Hasta aquí el camino ha sido duro pero el joven psicólogo ha obtenido algo que antes no tenia y se siente orgulloso de su saber, sin embargo aún no ha hecho más que comenzar, porque el último punto requiere que lo olvide todo para estar frente al fenómeno. La teoría si bien es una herramienta para observar, por si sola y fijada en un dogma se convierte en un lecho de Procusto por el que la realidad es mutilada, o en una tela invisible, como la de Maya, que se interpone entre el sujeto y el fenómeno. El psicólogo que es el estudioso del alma no puede darse el lujo de obliterar la realidad de lo que se le presenta, ha de abandonar su teoría, pero ¿cómo abandonarla, si la ha internalizado y ya es parte de su propia piel, de sus propios huesos, si es los ojos con los que ve? Necesita sacrificar, por lo tanto, lo que tortuosamente ha acumulado y dejarlo atrás. Para ello ha de pasar él mismo junto a su teoría de nuevo por la puerta de entrada, en la confrontación de la teoría consigo misma, manteniéndose atento a sus contradicciones y siguiéndolas hasta la disolución del saber.

Sólo en este camino dialéctico, el fenómeno puede surgir como la verdadera teoría, únicamente así la voz del fenómeno se alza y se revela como el objeto de la psicología con alma y es entonces cuando la desnudez de la verdad es capaz de descarnar al psicólogo. Todo ello ocurre, una y otra vez, en cada ocasión en que el psicólogo, y el psicoterapeuta, se enfrenta al fenómeno frente a él. Así, un llenarse y un vaciarse continuos es lo que requiere la psicología de aquel que pretende acercarse a ella, estudiarlo todo y luego, frente al fenómeno, dejar que sea éste quien se piense a sí mismo.

Se asume que la dialéctica intrínseca en este caminar psicológico exige un quehacer inhumano por parte del adepto que se apresta a ser parte del opus del alma. En él la pulsión creativa se realiza sin tomar en cuenta las necesidades del individuo, el impulso ciego se dirige hacia la toma de consciencia no del hombre sino del fenómeno. Es el pensamiento de lo otro lo que debe ser pensado en la psicoterapia. La teoría, por ende, es el fuego que dota de dinámica al proceso psicológico de la psique objetiva, en ella, y a través del esfuerzo de quien se atiene al cuidado de esta tarea, se destila un pensamiento que, liberado de la ilusión material, puede asumirse como una noción que se piensa a sí misma.

El largo caminar del psicólogo termina ahí donde comienza el andar propio del alma, su compromiso lo devora de tal manera que el conocimiento obtenido lo deja atrás, olvidando al sujeto humano que arduamente le proporcionó un espacio de recreación y construyendo sobre el cadáver del hombre la comprensión psicológica real, así se lleva a cabo la kenosis y entonces solo persiste la inteligencia del objeto que se presenta, será éste quien haga la psicología y no la persona. Quizá también por ello James Hillman decía que la psicología era una preparación para la muerte. Tal es la naturaleza del vaciamiento de la teoría, que cabe resaltar se lleva a cabo una y otra vez ante cada nuevo paciente, donde el teorizar abre la puerta que, empero, nadie estará dispuesto a traspasar.

La dificultad es el camino del alma

Logos del alma

Es una consigna de algunos centros de enseñanza de psicología que las cátedras sean lo más sencillas y simples posibles y que a los alumnos se les hable en un lenguaje limpio de complejidades, de tal forma que tengan la ilusión de que saben lo suficiente sobre su área de conocimiento, sin haberse enfrentado a la dificultad de atender la oscuridad teórica del opus psicológico.

En algunas formaciones profesionales el enfoque de los profesores es, en su mayor parte, práctico y cuando se cuestionan los fundamentos de su esquema teórico ellos desechan tales imprecaciones como minucias o resistencias por parte de los alumnos al entendimiento de un saber, él cual, una vez que no se puede cuestionar, se ha convertido ya en una doctrina dogmática.

La naturaleza del dogma es la de un pensamiento que ha sido desviado de la consciencia de sí mismo y de sus contradicciones. Mientras una idea debiera someterse a la tortura de la dimensión negativa que le es inmanente, el dogma ha escapado ilusoriamente de la confrontación consigo mismo y ha escindido su estructura lógica para entonces oponerse a su propia oposición. Tal situación marca la desaparición del Otro del horizonte de la reflexión.

Desde la perspectiva técnica, el alumno o el colega crítico peca de racionalismo, de no entender que lo que se siente y el efecto emocional de una dinámica son suficientes y más que suficientes para el trabajo psicológico. Indagar en el conocimiento es un signo incómodo, y si el resultado de tales meditaciones es la evidencia de contradicciones, entonces el psicólogo se volverá indeseable ya que habrá incurrido en el pecado de pensar por sí mismo.

Es común encontrar admoniciones que ridiculizan el trabajo de la revisión teórica crítica, ya que, por un lado, se concibe como si ésta fuera antitética a la dimensión pragmática y, además, porque la duda hace tambalear al edificio teórico que está sostenido solamente en sus certezas no reflexionadas. Por lo tanto, es el misterio lo que está vetado de la exploración teórica y con ello la consciencia de las contradicciones inherentes que mantienen todo saber en movimiento. Lo que se teme, en consecuencia, es la incertidumbre resultante del cambio inmarcesible al que los mismos conceptos se someten de forma continua.

Los psicólogos, ciegos ante el movimiento lógico de los conceptos, no se acostumbran a pensar, realmente se alejan de la tarea, se vuelven técnicos en psicología. Hay en ellos poco agrado por esforzarse lo suficiente para indagar en lo que su objeto de estudio les insta. Buscan una comprensión fácil, que no les requiera esfuerzo ni dolor y mucho menos sacrificio. Les asusta la complejidad. Acuden, por consiguiente, a manuales, resúmenes y, en el caso de los psicoterapeutas, a los autores de autoayuda, aquellos que usan una prosa sencilla y hacen parecer que la labor psicológica es un juego de niños.

En el ambiente junguiano, por ejemplo, son populares los autores que resuelven de un plumazo los más diversos problemas en psicología, sin advertir los vericuetos teóricos que están implicados. Construyen etiquetas y recetas para afrontar toda dificultad y les basta sólo con saber el tipo de apego, la tipología psicológica, el dios que se encarna, el signo astral que rige o cualquiera de las múltiples etiquetas gnoseológicas que se puedan inventar para reducir las complejidades de la existencia y así intentar calmar la angustia natural de vivir.

Se abren talleres de sueños, de mujeres que corren con lobos, donde se busca rescatar al niño interior herido, a los dioses de cada hombre y de cada mujer, la sabiduría interna de los antepasados y el orden arquetípico de la experiencia cotidiana. En todo ello hay consignas morales que no son cuestionadas y huecos teóricos que deben ser ocluidos para sostener la práctica vacía y el comercio inherente a los propósitos de tales ejercicios.

En cambio, la psicología no debería ser fácil o transparente, ni mucho menos indolora. Porque el método que propone consiste, finalmente, en destruir a su sujeto al enfrentarlo a la gran desilusión de sus anhelos y a la tensión constante de no poder satisfacer sus deseos y tener que sostenerse de pie a la angustia de estar desnudos frente a la realidad. Porque es solo al someter al individuo a la experiencia del desmembramiento en la negación de su meta práctica, que la disciplina del alma puede interiorizarse en sí misma y aspirar, por tanto, a ser psicológica.

Sin embargo, la psicología, hoy, se hace desde la comodidad de la ignorancia, a partir de los consejos simples y las taxonomías fáciles. Se somete al alma, que es pura negatividad lógica, a la transparentización de sus dinámicas y se pretende dominar la realidad, al inconsciente o simplemente descartar su concepto como una fantasía, una imprecisión o un arcaísmo. El oscuro terreno de la psyche es, en busca del reduccionismo, contenido en los órganos que ella ha imaginado y en las funciones que ha construido para sí misma. Atada a las cadenas de lo positivo el alma se apresta a ocultarse en las fantasías literalizadas.

Pero entonces, en su promiscuidad, el secreto del alma queda a salvo, en espera de quien pueda soportar el dolor de asumirla como el verdadero Otro o como el objeto real de la psicología. Ahí en la oscuridad de sus complejidades, el concepto de alma aguarda a quien tenga el valor de pensarla, y de permitir que el fenómeno se piense a sí mismo, para que por fin, después del arduo trabajo de aprender todo y de olvidarlo todo, pueda llegar al hogar de la consciencia y morar frente al reflejo de sí.

El psicólogo debe afrontar la dificultad inherente a su materia y permitirse ser forjado en la fragua y el calor del trabajo duro. Más allá de la necesidad de prestigio se encuentra la materia prima que lo impele a dedicar su esfuerzo a una tarea interminable, de la cual nunca podrá gozar realmente y en esa limitación yace el terreno donde el dogma no fructifica, porque la consecución de tal obra pide que el sujeto sea despojado de su dignidad para que el alma objetiva perviva en la destrucción del individuo. El psicólogo es quien se empeña en ser un sirviente del logos de la psique y nada más.

La inconsciencia teórica de la psicología

Logos del alma

La psicología académica sufre de superficialidad en su abordaje teórico, pues está abocada a un objetivo puramente tecnológico y se ha determinado como una serie de estrategias y técnicas ortodoxas al cuidado de la salud mental y del desarrollo humano, confluyendo de forma acrítica con el espíritu de la época que se encuentra delimitado por el valor del máximo beneficio y la construcción del yo en detrimento del sentimiento de comunidad.

Esta perspectiva interesada por la eficacia y la aplicación pragmática como maneras de manipular a los fenómenos y dirigirlos hacia lo que el hombre espera de ellos, anula el carácter de ser otro de aquello que se debería de atender en su propia naturaleza lógica. La visión práctica es un esfuerzo de la posición egoica por sobreponer su parecer subjetivo sobre el pensamiento implícito en el fenómeno, por omitir el carácter autónomo y objetivo de la realidad, reduciéndola y mecanizándola para controlarla mejor.

Tal es el destino del alma en una psicología que se ha desprendido de su raíz en el fenómeno para constituirse como una doctrina antropotécnica que se sostiene en una narrativa de crecimiento y de curación del individuo, pero que secretamente se adhiere a las formas más salvajes de devastación de la consciencia de la alteridad. Después de todo el alter ego es aquella dimensión de la experiencia que se muestra desnuda y que permite que el Otro despiadado la destroce con su negatividad y la preñe de su verdad más íntima.

Pero la psicología, nacida de los ideales de la modernidad, se ha vuelto compulsiva en su actuar y ha separado la profundidad teórica de su carácter practico, proponiéndolos como espacios distintos y decantándose por una formación técnica donde el arquetipo se escinde y se encarna en ciertos individuos que alojarán en sus cuerpos y mentes los conceptos patologizantes que justifican la intervención psicoterapéutica. El paradigma psicológico construye a sus pacientes para legitimarse.

La imaginación de una psicología materialista ha cesado su movimiento y se ha detenido en sus clasificaciones, y sus fantasías se han petrificado en una gnoseología hegemónica, que no deja lugar a las especulaciones fenomenológicas o hermenéuticas sobre los fenómenos en su carácter lógico. Estos últimos no son objetos, ni cosas cuantificables, son conceptos en espera de ser asumidos como pensamientos que se piensan a sí mismos. Es labor de la educación psicológica atenderlos en su naturaleza esencial.

En los planes de estudio, de la carrera de psicología, donde debiera estar siempre presente el pensamiento filosófico, este ha desaparecido paulatinamente en pos de materias de aplicación sistemática, con manuales que ofrecen una óptica homogénea de las diversas manifestaciones del ser. En ellas el alma ha sido reducida a una sola posibilidad y literalizada en su forma materialista bajo el yugo de la religión científica. La perla de gran valor ha sido olvidada, por lo cual es sencillo ocluir las intenciones del espíritu de los tiempos.

Lo cierto es que no se puede hacer psicología, es decir, abrir oídos al logos de la psique, sin tener un pensamiento nutrido por la meditación crítica de sus estructuras teóricas. En consecuencia, despojada de sus consideraciones teoréticas, la psicología, en tanto ciencia, no puede pensar y los psicólogos son educados para evitar cualquier dificultad especulativa que los impela a la dura labor de meditar racionalmente, de comprometerse con el fenómeno psicológico en su carácter de concepto.

El psicólogo emerge de las facultades teniendo un objetivo técnico, loable pero contrario al objeto de su verdadero quehacer epistemológico: pensar el alma. Así, queda lejos del profesional el hábito de razonar, de criticar y de reflexionar. Como el viejo chiste de quien busca debajo del farol porque en otro lado no hay luz, el psicólogo se acostumbra a regodearse en la miseria que llama teoría y que no es otra cosa sino la repetición constante de una serie de ideas básicas que reafirman, en la misma medida que se reiteran, el discurso de una disciplina inconsciente de sí misma.

La larga vía de la psicología

Logos del alma

Un tema literario recurrente es el relato de un hombre que sueña qué hay un tesoro en una casa de un país extranjero. Siguiendo su intuición logra encontrar tal lugar, no obstante, al querer entrar es detenido por un guardián, quien al interrogarlo y enterarse de la historia le reprocha su ingenuidad y le dice que él también ha soñado innumerables veces con cierta casa, en cierto país; tal lugar descrito resulta ser el hogar del hombre que siguió su sueño.

Surgen entonces cuestionamientos como: ¿por qué simplemente el soñador no buscó en su propio hogar desde el principio? ¿Acaso el sueño fue una broma de un daimon cruel? El sentido común lleva hacia la línea recta, al camino más directo. Sin embargo, la senda recorrida es necesaria para descubrir el tesoro que ya existe, este subyace a la larga jornada del buscador, pero es en la vía dialéctica de su aventura en tierras indómitas, y únicamente ahí en lo salvaje, donde el viajero puede ser dotado de la visión necesaria para el descubrimiento.

En la transformación del chamán, su entrada al mundo de los espíritus supone la sublación de la dimensión egoica en una posición que ya no corresponde al mundo diurno, su tránsito no es una elección, más bien constituye un destino por el que debe pagar el precio de su positividad. Su piel es arrancada y le es dada nueva piel, sus huesos son trocados por unos distintos y sus ojos, extraídos de sus órbitas, son reemplazados por otros que ya no le pertenecen. El individuo que una vez fue, ha sido devorado por la negatividad.

Pero el pensamiento psicológico, aún sostenido en el sentido común, supone que el hombre debe permanecer en su misma dimensión. En esa óptica psicológica domina la vía pragmática que tiene como objetivos: soluciones fáciles, prácticas y comprensibles para todos, cualquiera tendría que entender el movimiento psicológico como teoría. Un ejemplo de ello es el hecho de que en los programas de espectáculos siempre hay un psicólogo que habla de los temas más triviales sosteniendo su explicación con base a su título profesional y nada más. Su consejo, en el imaginario popular, queda al lado del que otorga un influencer, un comentarista de noticias o el astrólogo en turno.

El paradigma hegemónico de la psicología propone únicamente la línea recta como paso de transformación. El individuo debe cambiar su vida, pero esto significa adherirse a los preceptos de una cultura que pide la individualización de sus ciudadanos de forma explícita y la masificación de los mismos de manera implícita, porque el interés real de la psicología hegemónica no está puesto en la salud del sujeto sino en la construcción, incesante, del capital como forma autónoma de la consciencia.

Parece ser que el relato posmoderno no es el del hombre que busca un tesoro escondido, sino el del tesoro abierto que parte en pos de sí mismo en el contexto del reino del ser humano, ello a costa del hombre que sueña que es libre y bajo la condición de un sujeto engañado con la ilusión de la voluntad soberana. Son sus deseos y valores los vehículos de ese impulso objetivo que tiene su propio telos y que impone sus necesidades de forma inadvertida por medio de un discurso psico-pedagógico del ego como una paideia contemporánea del bien y la salud humana.

Bajo esta premisa es el sueño de una gran cantidad de psicólogos ser populares y que su mensaje llegue a las masas de seres afligidos. Son realmente predicadores de un evangelio disfrazado de ciencia crítica, pero no psicólogos. Su trabajo es el del prestigio y la difusión de un paradigma que, como una gnosis oculta, enseña a la cultura como adecuarse y difundirse mejor.

Entonces, son el prestigio, la fama y la conformidad consigo mismo, el guardián que induce al psicólogo a considerar impracticable otra senda que no sea la curación de las personas o el centramiento de sus metas profesionales en las prácticas del yo adaptadas el espíritu de los tiempos. Tal guardián induce a que el pensamiento psicológico permanezca ocluido, al servicio de un deus absconditus.

La psicología en cambio es el largo camino que emprende el alma cuando sueña consigo misma y el psicólogo sigue esa senda sinuosa y es forjado por tal destino. Ahí se enfrenta a los límites y va donde hay dragones, empero no lo hace a la manera del héroe, como Heracles destrozando todo a su paso, más bien camina en un silencioso vagar, como un desconocido que nunca obtendrá gloria y que desaparecerá al final de su travesía, pues es realmente el Simurg quien emerge de tal viaje, es decir que es el alma quien recorre la distancia de su trayecto hacia la consciencia de sí misma.

Por eso la psicología no puede ser sencilla, ni desplegarse bajo el manto del sentido común, porque esta disciplina es el lento proceso del alma por develarse en el trabajo psico-alquímico ineludible de la consciencia de sí, que le requerirá torturase, destilarse y mutilar sus formas anteriores para poder ser. Solo el psicólogo estará dispuesto a dedicar su vida a vigilar este vaso alquímica, la transformación de esa materia, sabiendo que quizá nunca verá el resultado, porque él mismo es parte de la massa confusa que deberá ser transformada, superada y dejada atrás.

El papel social del discurso psicológico

Logos del alma

«Nosotros hemos inventado la felicidad» -dicen los últimos hombres, y parpadean.”
F. Nietzsche

Es característico de la época actual el deseo constante de actuar, de producir y de mostrar eficiencia, el imperativo práctico es un valor moral central sobre el cual se reflexiona poco, no obstante, la ideología del trabajo es inherente a una sociedad capitalista que, en su espíritu cristiano, concibe a lo productivo como lo bueno y a lo ocioso, la parte maldita, como un pecado. En la sociedad posmoderna esto significa el paso de una cultura que subyuga al sujeto de forma disciplinaria a la rueda de la economía, a otra que logra el mismo efecto desde el propio discurso del valor individual.

El sujeto neoliberal se ha transformado en explotador de sí mismo y el deseo por generar riqueza exacerbada se ha interiorizado en la búsqueda angustiante por la salud mental. El hombre ya no solo trabaja para producir capital sino que él mismo se fabrica como un objeto mercantil. El homo productivo ya no necesita capataces para funcionar, trabajará hasta la muerte en nombre de una idea, de un deseo, de la necesidad de prestigio y valoración, aunque la mayor parte de su labor no tenga la menor utilidad.

El ser humano, como constructor de sí mismo, acude a un discurso particular que da estructura y dirección a su ego-consciencia, esto por medio de indicaciones morales que determinan el desarrollo de su personalidad a través de herramientas antropotécnicas, es decir, de narrativas culturales que lo conminan a asumir ciertos dogmas que son hegemónicos de una sociedad particular y que permiten al individuo concebirse como parte de un proyecto global, humanizador.

Una buena parte de el discurso antropotécnico está mediado por la doctrina psicológica, ello desde su faceta más científica hasta sus derivados pseudopsicológicos, como lo son la autoayuda y la pseudoespiritualidad; todos giran en torno a ciertos preceptos que se difunden, inusitados, a través de sus prácticas. Dichas premisas se pueden identificar como: la primacía del yo frente a la comunidad, el individuo como objeto y el trabajo continuo en la edificación de la personalidad.

El psicólogo, por lo tanto, está adherido a esta dinámica y busca constantemente una actividad que lo justifique, por eso se inmiscuye en todas las posibilidades técnicas: en la empresa, en la escuela, en la familia, en el deporte, etcétera. Quiere ser útil y utilizable. Abre talleres para contactar con las emociones, para aprender a ser resiliente, para sanar al niño interior y descubrir los dioses de cada hombre y de cada mujer; se ofrece en las situaciones de desastre para dar contención y hacer pasar por su filtro sesgado, por su empobrecida teoría, todo fenómeno social, económico o natural. Tiene en la frente una gran señal que dice: “Yo también soy necesario”.

Pero si el psicólogo es necesario no lo es para lo que le gustaría, su trabajo es mantener el discurso auto-subyugante del sujeto posmoderno, convencerlo con palabras vacías como “autodesarrollo”, “introspección”, “cuidado de sí mismo”, “integración”, de que su deber es producirse a sí mismo y ejercer la libertad ilusoria de sobreponer su voluntad sobre los factores psíquicos que realmente determinan su existencia. Sin embargo, estos son incontrolables, pues como dioses poseen su propio telos.

Estas palabras psicológicas son aire caliente para inflar el ego y dotarlo de importancia personal, mientras evitan que llegue a la consciencia la verdad de los tiempos presentes, el huésped indeseado que llama a la puerta, el nihilismo. Así, el hombre carga el peso de la salud mental en sus frágiles hombros, y es responsable de su carácter y de los defectos de sí mismo, incluso debe elegir su propio género, es decir que ha sido encadenado a otro campo más en el que ser productivo, creativo, resiliente o los términos que surjan del discurso psicológico, son un mandato imperante. La libertad contemporánea no es sino una cadena elaborada desde el interior de la propia persona.

El psicólogo que no ha reflexionado sobre su papel en la sociedad reproducirá los cánones de la cultura de forma inadvertida y no importan sus buenas intenciones, éstas siempre estarán sometidas por los objetivos del espíritu de los tiempos presentes. Inconsciente de la historia, el homo psicologicus personifica al «último de los hombres» y dice que ha inventado la felicidad y parpadea, por ello no tendrá hacia quién dirigir su mano después de la gran caída.

Se puede observar esta gran narrativa psicologizante en el lenguaje de los mass media, en los programas de variedades, en la redes sociales que con gran ahínco emiten cápsulas pedagógicas en forma de consejos, frases motivacionales, recetas de vida, que junto a la opinión informada de profesionales de la salud mental constituyen un lenguaje dominante que educa a las mayorías silenciosas en el arduo camino del evangelio de la construcción del individuo.

Factores lógicos del dinero

Logos del alma

“El dinero es otro tipo de sangre, y cuando circula por nuestras manos viene quizás con más de lo que queremos saber.”
Russell Lockhart

El dinero ciertamente es un problema psicológico, no solo por las dificultades psíquicas que se asocian con su manejo, ni por la incertidumbre que ocasiona el tener poco o por la ansiedad que supone quererlo demasiado. Como símbolo su valor es más profundo del que pudiera parecer a primera vista, sin embargo, por su cotidianidad no siempre se advierte, pero la lógica del dinero está impresa en cada rincón de la vida moderna, ésta depende tanto de su acción que los fenómenos económicos son el flujo que convulsiona la historia.

La lógica del máximo rendimiento expande su influencia en los sectores como la psicoterapia, la educación o la autoayuda, cuyo fin común es el de sustentar una estructura ideológica con la ayuda de técnicas pedagógicas de conversión de los sujetos en empresarios de sí mismos; quienes deben trabajar incansablemente por convertirse en objetos de cambios para una cultura que requiere de su convencimiento en la leyes de mercado, que se encarnarán en sus objetivos profesionales y personales y donde, incluso, su tiempo libre y de sueño será parte de sus horas de trabajo.

También la sombra del mundo está ligada al dinero: la trata de blancas, el tráfico de órganos, el robo de infantes, la proliferación del narcotráfico, la esclavitud y la guerra, tienen como propósito poner en circulación la economía. En los momentos de tránsito político, cuando la gente ingenuamente defiende a un partido o a otro, es siempre el dinero quien decide quien administra al sistema político en turno, para sostener y proliferar sus fenómenos sombríos. Como el antiguo dios Okeanos lo monetario marca los límites de la existencia y sus epifanías son propias del inframundo.

El capitalismo es el sistema económico donde se exalta el concepto mismo del capital, su proliferación a través del libre mercado es un ritual continuo al dios pecuniario que se multiplica sin cesar, a pesar del desgaste del mundo y por medio del sufrimiento del hombre. En su altar se exhibe descaradamente que la vida nunca es propiedad de los sujetos, sino que es el propio movimiento del capital aquello que funciona de manera autónoma y objetiva, como el Inconsciente Colectivo o como un gran Otro que impone su voluntad sobre los hombres. Es el capital a quien se suplica: “que se haga tu voluntad, no la mía”.

La fantasía del comunismo, desde otro ángulo, gira en torno al mismo ídolo, pero pretende, ilusamente, someterlo. No obstante, los regímenes socialistas terminan siempre como capitalismos de estado, con una clase sacerdotal que rinde plegarias y genera dogmas para los creyentes del paraíso, que también es nombrado como: la sociedad comunista; una utopía, donde el dinero está al servicio de la gente y donde el sujeto ha logrado someter al gran Otro a sus necesidades. Es así que la imagen del socialismo es necesaria para servir mejor al dios tremendum del capital, a través del engrandecimiento de la voluntad del hombre como grupo.

Se puede decir, por lo tanto, que el dinero es ineludible, pues, como la vida, crece incesantemente y a pesar de los obstáculos (inflación, recesión, caídas, devaluación), es la parte maldita que se alimenta de la materia para volverla lógica. Quizás el hombre no sea sino un altar vivo de ese gran proceso devorador que es la lógica monetaria. Habría que recordar que la diosa Juno, la avisadora (Moneta), era una representación de la fuerza vital y la fertilidad, y por lo tanto, como Russell Lockhart intuye, es también una faceta del Sí-Mismo, aquello Otro que constituye la verdadera voluntad del ser más intimo que niega las certidumbres individualistas y los esquemas humanistas.

Tal vez por ello el dinero es una carga, una forma ritual inconsciente que obliga al individuo a producirlo sin descanso y a nunca estar satisfecho con lo que se tiene, porque el alma sigue un trayecto en el que el hombre queda siempre detrás, como un cadáver del cual se han vendido ya sus órganos principales y que ha comerciado por unos breves instantes con su propio pedazo de existencia, y que al final lo ha perdido todo en el mercado de cambio, porque su vida no era sino un préstamo efímero que debía pagar con intereses variables y obligatorios.

El dinero y el hombre quedan así inextricablemente atados. Si bien Okeanos ha dejado de circundar el cosmos y se ha vuelto hacia el interior de las personas, como la noción que palpita en sus corazones lógicos, la economía ha tomado el lugar de los antiguos dioses muertos y sobre sus recuerdos ha recreado el cosmos a su imagen y semejanza. Es la psique el verdadero hogar del capital, desde ahí gobierna al mundo y el hombre dedica su tiempo completo a la adoración de este deus absconditus, que sin embargo se esconde en la ubicuidad del libre mercado.

El desprecio de la dificultad teórica en psicología

Logos del alma

«El mundo de los espíritus no está cerrado;/ es tu mente la que está cerrada, tu corazón muerto./ ¡Arriba, discípulo, sumerge sin fatiga/ el pecho terrenal en la luz de la mañana!»

Fausto, J. W. Goethe

Es un lugar común pensar que todo conocimiento tiene que ser sencillo y transmitirse de forma simple para exaltar su validez, ante tal opinión la oscuridad y la dificultad son factores de menosprecio, porque cualquiera debería ser capaz de adentrarse sin temor en una materia especializada e incluso los mismos profesionales no habrían de tener obstáculo alguno en la consecución de las dimensiones más complejas del saber en cuestión.

En la psicología y en la psicoterapia ha permeado este punto de vista que infravalora el rigor intelectual propio de la disciplina, tachándolo de “abstracto”, “racionalista” o “unilateral”, en favor de prácticas antropotécnicas edificantes de la ego personalidad. Esto es evidente en la corriente de psicología analítica donde se acude, para despreciar el esfuerzo teórico, a concepciones pragmáticas como vías para disminuir la complejidad de la labor de sumergirse en la obra de un autor o en lo intrincado del objeto de estudio particular.

Los analistas construyen prácticas histericamente reconfortantes que les hacen creer, a ellos y a sus pacientes, que han entrado en contacto con factores numinosos que dan muestra de su compromiso con lo trascendente. Además, crean nichos teóricos cimentados en unas pocas ideas que ofrecen la sensación de ser sólidos dogmas para poder sostener cualquier práctica psicoterapéutica que resultará, en consecuencia, más cercana a la autoayuda que a una psicoterapia rigurosa.

Este sacrificium intellectus es un malentendido que propone que la teoría puede separarse de la práctica y que ambas dimensiones no se corresponden. Pero, realmente, la pobreza teórica conlleva una práctica limitada, ya que las teorías son vías narrativas que enseñan al ojo a ver a través de sí mismas, son los caminos que le permiten al pensamiento atender su propia herramienta de observación. Este derrotero pide el trabajo arduo del profesional, quién enfrentado al material complejo termina por volver compleja su propia mente, lo que lo capacita para hospedar la profundidad real del fenómeno que se presenta.

Por supuesto, el rigor intelectual no debería tener la forma de la evasión del propio ser a través del diálogo vacío de la intelectualidad superficial, que pasa de un autor a otro sin ser tocado por sus obras; ni tampoco convertir al ejercicio intelectual en un escape del momento presente, o en una herramienta de la importancia personal. La verdadera profundización teórica apunta hacia el camino del sujeto por dilucidar el propio pensamiento subyacente en el fenómeno, que resulta en el desgarramiento del pensador mismo.

Esta dificultad constela el dolor de enfrentarse, con rigor, a la propia ignorancia e incapacidad, como desafíos constantes e ineludibles en el tratamiento de cada caso y de cada fenómeno en cuestión, pero el fruto de esa lucha es la paulatina interiorización de lo ya sabido y su ahondamiento en las ideas complejas que desentrañan la naturaleza del objeto abordado, esto es el ejercicio racional de asumir al otro como un pensamiento que se piensa a sí mismo.

El conocimiento no debería ser sencillo, al contrario es un proceso que inicia a la mente del pensador en temas exigentes y términos complicados, que exigen de él someterse a la negación de su concepción cotidiana y al sacrificio de los objetivos de reconocimiento, prestigio y seguridad.

El psicólogo no debe temer, ni alejarse de lo intelectualmente difícil, sino permanecer en ello y permitir que lo leído haga su trabajo destructivo ante la actitud defensiva que promete seguridad, pero que comúnmente es tierra fértil para el dogma, que es una idea detenida en su camino hacia sí misma en pos de la certidumbre del individuo, en cambio el campo de la psicología es la tierra temible y salvaje de la incertidumbre.

Hades raptado o la interpretación psicológica del mito

Logos del alma

El problema esencial del análisis psicológico de los mitos es que el lector siempre se confabula con el personaje principal desde una preferencia moral inadvertida. Hay una posición preponderante que como un atractor obnubila al sujeto de la integridad del relato. Giegerich muestra que la narración es el despliegue de una noción única que se observa a sí misma de manera pictórica porque aún no ha llegado a casa, a la consciencia de sí misma. Entonces el abordaje de un mitologema requiere entender que todos los elementos ocurren a la vez e incluso preguntarse por la experiencia de aquello que no concuerda con el punto de vista establecido por la lectura cultural de un motivo.

Por ejemplo, en el mito del rapto de Perséfone se observa a la virginal Core con la nariz hundida entre los narcisos, luego viene el apartamiento del mundo de la madre, la integración del animus sombrío, etc. Pero nadie habla del dolor de Hades quien primero fue raptado, ultrajado aún antes por la inmaculada figura de Core. Él también fue apartado de sus dominios hacia un campo florido que poco recordaba la oscuridad del inframundo (¿serán los Campos Elíseos una rememoración del trauma del dios del submundo?). Perséfone fue también la oquedad por la que el desdichado dios resbaló hacia la manía erótica. En las imágenes míticas y psicológicas es arduo pronunciar donde comienza el agravio, por lo que se desdibuja la certeza de la víctima.

Por otra parte, ¿qué hay de la madre que sufre? Demeter ha gestado y cuidado de este tierno retoño durante años, ha construido un campo perenne a su alrededor del cual la pequeña Core es, sin saberlo, una prisionera. No obstante, la otra prisionera de esta florida cárcel es la madre misma, quien tomada por el rapto materno ha sido fascinada por el encanto de la apropiación del otro. En su hija, la madre, puede moldearse a sí misma y a sus deseos de tal manera que estos cobren forma y se sometan a las imágenes que le develan a esa otra madre antiquísima que rodea el destino de los dioses y de los mortales. Pero aquel que conquista un tesoro irremediablemente se vuelve presa del atributo alcanzado, por ello debe ser la ruptura del mundo quien libere las almas que han sucumbido al infierno de lo realizado.

El otro personaje implicado es el propio Zeus, padre de la niña, quien otorga su permiso para que su hermano sombrío despose y ultraje a su hija. ¿Pero es Zeus un dios diferente a Hades? El rey de los dioses es una representación del protogono, de aquel rayo de luz que emergió del gran huevo cósmico. Él es el rompimiento en sí mismo, el desmembramiento de la madre oscura, o del dragon primigenio, con cuyos huesos se construye el cosmos. Porque la centella que ilumina el cielo realmente lo divide para el observador lejano y, por ende, le otorga la estructura dialéctica y es el inicio de la división de los opuestos. Pero mientras en los linajes de las deidades antiguas la confrontación equivale a la destrucción abierta de una faceta, Zeus, en cambio, convive con su propio otro quien gobierna el reino oscuro del Hades.

Se puede imaginar al dios soberano del inframundo irrumpiendo en el mundo diurno como un incesante rayo oscuro, un deus negativo que irrumpe en el campo florido así como en el cuerpo inerme de la joven doncella que ahí permanece. Mientras que Zeus niega la dimensión titánica de la consciencia, Hades es la negación de la negación que lleva a la espléndida Core al plano de la negatividad absoluta. Perséfone, por lo tanto, es aquella que trae la muerte dentro de sí misma y en ella la vida diurna ha interiorizado el destello sombrio de la muerte y lo ha transformado en la noción central de su dinámica. La señora del submundo subvierte las estructuras cósmicas en sus nociones íntimas y se lleva consigo la realidad entera, con ella se marcha la vida vegetal, animal y aun las relaciones afectivas, al final solo el toque frío del alma (psycho) queda como rastro de la que era su antigua casa.

El rapto de Perséfone es un relato donde ciertos elementos se repiten de forma circular: el contenimiento y la liberación, la virginidad y el ultraje, el deseo de la madre de persistir inmutable y la inevitable destrucción del cosmos, este mito pertenece a una época donde el alma se sacrificaba a sí misma, se daba muerte como a un otro para liberarse de sus ataduras en el pleroma de la vida biológica. Su interpretación exige desligarla del deseo egóico de atribuirla a la experiencia de los sujetos y dejarla domorarse en su propio campo, pues es ahí, en su singular contención semántica, donde la noción que la rodea ha de liberarse desde su umbría interioridad.

La noción que penetra la comprensión impoluta del motivo del mito es el camino del pensamiento que se abre paso a través de las eras para emanciparse de su estadio previo e impulsar el discernimiento de sí mismo como un fenómeno presente. Deja atrás de sí, incluso, a la dimensión mítica que desea subsistir en sus encarnaciones lógicas que, sin embargo, ya la han superado y obligado a morar como el centro de una nueva realidad cuya sutileza y complejidad son totalmente nuevas y adecuadas a dicha objetividad. De este artificio surgirán otras contradicciones y otros raptos que obligarán a la joven Core a sufrir el mancillamiento de la lógica que criba en su adentridad, donde un Barba Azul o un Hades asaltarán las buenas consciencias de un alma bella que requiere de la muerte para ser la portadora de la vida lógica del alma.

La neurosis de la psicología

Logos del alma

Para Freud la neurosis estriba en un desacuerdo entre los deseos del id y las necesidades del ego, es decir, surge como un sistema sintomático que responde a una relación paradojal entre la dimensión consciente y la inconsciente del proceso psíquico. En Jung, en cambio, la neurosis supone un desajuste en la homeostasis del sistema mental que conlleva un esfuerzo, autónomo, por compensar aquello que se ha tornado desequilibrado. En ambas posturas se observa que el compromiso dialéctico entre las dimensiones de la consciencia ha sido obliterado por alguna circunstancia específica. En la neurosis una faceta de la experiencia se apresta, de manera secreta, contra otra.

A partir de lo dicho considérese una hipótesis: la psicología, como ciencia de la salud mental, es inherentemente neurótica, pues sostiene una unilateralidad en lo individual que exacerba al sujeto y deja sin tocar el tema que debería ser su centro: la lógica de la conciencia o el alma. La psicoterapia, que es su práctica [de la psicología], no cura realmente en ninguna modalidad, ni desde ninguna perspectiva, su función real es iniciar al sujeto en el medio de la neurosis. Desde esta especulación surge, por ende, la duda sobre el lugar de la ganancia secundaria.

Por una parte, el proyecto psicológico se apresta al estudio del comportamiento humano, a pesar de que su raíz etimológica apunte hacia el logos de la psique, desde esa contradicción, por otro lado, se escabulle un propósito oculto que alimenta al espíritu de la época; porque el discurso normal de la psicología nutre al complejo egóico de tal forma que lo eleva a la condición de un nuevo dios hacia el cual todas las manifestaciones anímicas son dirigidas para ser devoradas por esa noción hegemónica cuya característica esencial es ocultarse a sí misma del hecho de ser una idea.

El mercado de la autoayuda y la psicología académica no son muy distintas en cuanto a la empresa de inflación psíquica del individuo, en ellas el esfuerzo del alma por sostener una nueva forma de sí misma se lleva a cabo a través de la exaltación de la importancia individual y de las narrativas que divinizan la ecuación personal. Para este objetivo, el alma utiliza factores obsoletos que dejó atrás, hace tiempo, como restos muertos de su propia historia, y con ellos entroniza un solo elemento de su fenomenología. El ego es una forma anímica que obtiene su sustento de los cadáveres de la consciencia.

Por lo tanto, se cometería un error si se pensara que la neurosis pertenece al individuo, pues al parecer es un movimiento lógico donde la psique se deshace de la importancia del sujeto al encumbrarlo en cimas demasiado elevadas, como si el telos inherente en tal despliegue fuera hacer sucumbir a este Icaro o Belerofonte en el mar de los objetos anímicos superados; es el proceso de aufheben del ser humano, que en su último momento brilla con tal esplendor como el de una estrella que colapsa.

La neurosis de la psicología es la formación de compromiso de un alma que advierte la muerte de un símbolo fugaz como lo es el hombre y la búsqueda de la liberación en la absoluta negatividad de ser lo que siempre ha sido, un pensamiento que se piensa a sí mismo. La narrativa de la salud mental, por lo tanto, cumple la función sintomática de convertir en un objeto de culto aquello que deberá ser sacrificado, como en los antiguos rituales precolombinos donde se otorgaban tributos y placeres divinos al sujeto dispuesto a ser consumido por los dioses.

Lo que se hace en el consultorio es brindar un relato con el cual la persona pueda poner su neurosis en manos de la cultura y normalizarla; a su vez la psicología se neurótiza aun más y construye un discurso cultural que legitima esta escisión. Es decir, la psicología crea sus propias patologías al apropiarse del movimiento patologizador de los fenómenos, labra así su propio campo y convierte a sus pacientes en el dogma encarnado de una teoría psicológica, la cual, independientemente de su estructura, tiene como trasfondo el esfuerzo de la consciencia de volver irrelevante al individuo por medio de su exaltación.

Así, de la sala de consulta emerge un paciente satisfecho de forma momentánea, bajo el manto de la persuasión, pero hay muchos más como él esperando una cita. Dado este sistema complejo de relatos implicados, el terapeuta es tan inconsciente de este tránsito agónico como lo es el paciente, y juntos abdican, sin saberlo, sus objetivos mundanos a la gran maquinaria del espectáculo de la salud mental; su vida individual es, por lo tanto, una vía pathos-lógica al servicio de la gran vida lógica que los reclama.