La (in)evitable búsqueda espiritual

Logos del alma

Una característica de la posmodernidad es, según Lyotard, el desvanecimiento de los grandes relatos, aquellos que dotaban de dignidad a la cultura y que indicaban al hombre la dirección de su esfuerzo en la dimensión universal de su existencia. Sin ellos, el sujeto queda a la deriva de su propia soberanía, desnudo, como Giegerich indica, de los asideros metafísicos que le daban sentido a su quehacer humano. Es entonces que la angustia y el vacío se hacen presentes como características propias del hombre nacido, aquel que se ha desprendido de los antiguos padres celestiales.

Por ende, la búsqueda espiritual se inscribe en la carencia de un objetivo prefijado en la memoria del alma, ante esa falta el individuo que ha nacido no encuentra los lindes de su acción y en su desesperación acude a las doctrinas que le prometen un oriente común. Ya sea en la religión o en un grupo de apoyo, las personas desesperadas acuden en pos de una dirección existencial que les haga sentir el sostén de un ancla firme para no naufragar en su miedo a la desnudez metafísica.

Pero el hombre nacido, ya no tiene escapatoria, está condenado a ser solamente él mismo. Su dimensión es aquella de la muerte de dios. Para él el mito ha dejado de ser dominante, éste se ha contraído en los múltiples relatos que pueden ser elegidos, como variadas rutas por donde el sentido artificiosamente trabajado puede transitar. El acaecer mítico se convierte así en una herramienta ideológica que promete el re-encantamiento de una realidad que no ha escogido el destino de sus símbolos.

Por ello, la idea de la espiritualidad es irrelevante, o más bien son irrelevantes los lugares en los que se le busca. El discurso cultural dominante defiende la veracidad de la vida espiritual en la reinvención de las viejas religiones, de las antiguas creencias, de los mitos y otras cosmovisiones provectas. Supone que el presente no es suficiente, que algo en él es erróneo y que debe ser re-animado, es decir, reparado por aquello que se ha perdido y que resulta ser el pharmakon para el vacío contemporáneo. La antigua conexión con el anima mundi debe resarcirse y las esferas celestiales necesitan ser restauradas a su cauce.

Es imprescindible un monto de inflación psíquica en el ser humano para creer que sobre sus hombros pesan las decisiones de un movimiento anímico objetivo, que las intenciones individuales se traducirán en dinámicas sociales y que el fiel de la balanza es la persona y su responsabilidad. Lo cierto es que el hombre vive en un mundo que ya ha sucedido, su propio cuerpo ha sido elegido sin preguntarle, su lenguaje y su idiosincrasia pertenecen al espíritu de los tiempos donde nace de forma contingente. Todo en su experiencia tiene el carácter de la fatalidad y excepto por algunas pequeñas decisiones sin importancia su destino lo ha elegido como un pretérito perfecto.

Curiosamente, la espiritualidad es, antes que cualquier otra cosa, el sentimiento de pertenencia a un esquema cosmológico predeterminado. En tal sentido la religiosidad sigue siendo vigente, pero ya no en las formas simbólicas desusadas, más bien persiste en todo aquello que domina el paisaje cultural imperante y que no puede ser elegido, pues se impone como aquel contexto en el que el alma juega con sus propias imágenes e ideas. Esta danza inconsciente del espíritu de las profundidades no pregunta a las personas qué es lo mejor para ellas, tiene su propio telos que se configura como una decisión ya tomada desde el inicio.

En el cuento “La lotería de Babilonia” Borges decía: “También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro que desde el techo de una torre se suelte un pájaro, otro que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena […]. Las consecuencias son, a veces, terribles”. Aquí Borges prefigura a la Teoría del Caos y la visión de los sistemas complejos, donde el contraste de lo tremendamente pequeño y sus consecuencias azarosas hasta el desastre pueden no ser entendidas de manera clara, pero precisamente esa es la idea central en la ficción borgiana, el universo tiene una dimensión indeterminada que el hombre no puede abarcar.

Bajo el ala de una realidad compleja e incomprensible ¿Se puede acaso elegir lo que está bien y lo que está mal? ¿Se puede juzgar el paso de la historia y tratar de remediarlo como si se le conociera en su totalidad? ¿están los caminos de la posibilidad abiertos a la voluntad humana? ¿No es esta pretensión de omnisciencia un producto de la hybris moderna? Verdaderamente el ser humano camina a ciegas en el campo de la existencia y las consecuencias de sus pasos están siempre desdibujados por la diosa fortuna, que subyuga bajo el azar las pretensiones más grandilocuentes.

Solo los bienaventurados rehuyen del hado, los que saben diferenciar entre el bien y el mal, y siempre están seguros de sus límites; quienes no claudican ante el motivo presente y para los cuales el mundo es blanco y negro. Ahí encuentran, impeturbables, lo correcto y allá lo que no lo es, y pueden juzgar todo fenómeno de acuerdo a su criterio personal. Para ellos hace falta más psicoterapia o más retiros espirituales, contactar con el niño interno, integrar el arquetipo femenino, sumergirse en el mundo de los sueños, pactar con el animal totémico; ellos tienen la clave, la última llave, porque han inventado la felicidad y saben como contagiar al mundo de la seguridad que los posee.

Son los últimos de los hombres, sin embargo, quienes no intuyen que su fantasía y su necesidad están fundadas en aquello que no aceptan, en la ruptura y la vacuidad, pues solo con el rompimiento del sujeto con el mundo de los dioses puede surgir la imagen de la unión y la enmienda y únicamente quien ha dejado atrás la casa de los padres puede soñar con volver a ella. Realmente se puede elegir solo lo que ya no es importante. Por lo tanto, la búsqueda espiritual en las antiguas creencias se entiende como el anhelo de lo que ha sido dejado atrás por la propia alma del mundo.

La creencia del sentido común es que el hombre concibe las ideas religiosas y que puede elegir entre ellas para sentirse mejor, que es capaz de desprenderse de la fatalidad si así lo desea, pero los dioses son el núcleo eidético de un momento determinado en la consciencia, no se les puede escoger, al contrario, todo sujeto está tomado por la divinidad desde su concepción, pues también él ha sido prefigurado como una idea, aun sin saberlo. La gente no inventa a los dioses, es incubada por ellos. Así, el ritual no se puede inventar, ni la religión se puede adoptar, éstos son el contexto inalienable de la vida lógica que preexiste a sus manifestaciones.

La búsqueda espiritual es obsoleta, en principio porque no habría que buscarla, se la vive diariamente y la propia existencia es una ofrenda constante a esa nueva religión que convoca, el individuo es un adepto sin advertirlo, y para no saberlo mejor la humanidad se embarca en vías soteriológicas que prometen lo imposible: la recuperación de lo irrecuperable, el regreso al paraíso perdido. Pero el mundo es como es y estar frente a él es el verdadero desafío del hombre daimónico, aquel que se apresta, con su propia existencia, a la misa del Deus absconditus quien domina en los paisajes psíquicos devastados.

En realidad no nos importa

Logos del alma

Años atrás, la esposa de un conocido político dio de que hablar al portar una prenda con el lema: «Realmente no me importa», a la vista de todos en medio de un evento caritativo. Independientemente de la explicación, significó un lapsus que puso en evidencia la débil delimitación entre el orden de los valores vigentes y los ejes de la cultura del espectáculo y del máximo beneficio, donde lo importante no es el acto semántico (la caridad) sino la sintaxis que muestra de forma expresa el verdadero sentido del quehacer político: sostener la farsa neurótica de un conjunto de valores ya obsoletos para la colectividad.

El dilema implícito tiene como condición el rol de la responsabilidad del individuo en un discurso social que constantemente lo culpabiliza y lo impulsa a resolver los dramas sociales: la contaminación, los conflictos armados, la delincuencia, la pobreza, entre tantos otros que se supone se resolverían si la voluntad de los sujetos se lo propusiera verdaderamente. Como Campbell Jones lo argumentó en su ensayo “El supuesto sujeto del reciclaje”, dicho traslado de la culpa del sujeto agente a la persona, predispone las condiciones que perpetúan el sistema social vigente y las mantiene en su lógica determinada.

Por eso es complejo entender cuando una buena acción objeta en el nivel de la semántica a un problema moral específico, mientras en el plano de la sintaxis su intención es la de conservar las reglas del juego al que se opone. Como indicaba Krishnamurti se buscan cambios llamativos para evitar el desmoronamiento de una sociedad doliente y es posible que incluso el impulso humanitario que permea en las almas buenas no sea otra cosa que un mecanismo de homeostasis que tiende al horror como su opuesto dialéctico, de tal forma que en el cultivo de las buenas intenciones se requiere que alguien se haga cargo y encarne el lado terrible de la realidad.

En el cuento “Los que se marchan de Omelas” de Ursula K. Le Guin, se narra la historia de un pequeño reino llamado Omelas cuyos habitantes viven de forma paradisiaca, sexo libre, comida abundante, drogas sin adicción, completa libertad, felicidad constante; el placer llena la existencia de los habitantes de Omelas, excepto por uno de ellos, quien sostiene toda la felicidad del lugar. Aquel es un niño que ha sido encerrado en una torre solitaria, en un cuarto estrecho y miserable; maltratado con el desprecio, arrastrado al retraso mental por la falta de contacto y olvidado por la mayoría de las personas. No obstante, el sufrimiento interminable de este niño permite la felicidad inmarcesible del pueblo. Casi nadie piensa en él, pero todos saben la verdad y solo algunos cuantos, al reflexionar detenidamente en el asunto, son los que se marchan de Omelas.

El cuento de Le Guin es una alegoría moral que se inscribe en la crítica de la sociedad capitalista, caracterizada por el consumo desmedido y la explotación constante de todo tipo de vida y de los recursos necesarios para que ésta subsista. Supone que el máximo beneficio, que es el valor supremo de la cultura, hace pagar un precio muchas veces invisible para la ingenua mirada cotidiana del ciudadano común y corriente; ese intercambio está representado por el chivo expiatorio en la forma del niño maltratado y por la conversión de los recursos materiales en divisas abstractas. En esta sociedad las personas conviven bajo una dinámica económica en la cual no reparan más que en lo presentado por los medios de comunicación. Su aprobación e indignación están mediadas por los intereses y la influencia de los mass media.

Pero la pobreza, resultado del desequilibrio económico, no atañe únicamente al oficinista, ni al obrero o al maestro como contraste de la fortuna de los grandes dueños del capital; la miseria se extiende hasta los ámbitos más recónditos de la explotación, por ejemplo: en las minas de coltán en África, en la esclavitud infantil en la India, en la trata de blancas en Europa, en la pornografía infantil en México y otros tantos hechos devastadores como las guerras ininterrumpidas, la migración forzada y el hambre. Tales situaciones parecen poder remediarse si tan solo el individuo las atendiera y alguien, de preferencia un político o un gran potentado, ofreciera los recursos necesarios para solventar su disminución. ¿Pero acaso es posible la reparación de estos males?

En términos psicológicos el resarcimiento promete volver al punto inicial del trauma y remediar el agravio, como si éste jamás hubiera ocurrido. Es la idea latente en las relaciones neuróticas donde los miembros se ven a atrapados por la fantasía de la restauración de los daños y luchan incansablemente por esa esperanza vana. No obstante la flecha del tiempo tiene una sola dirección y el sujeto ha de asumir que lo ocurrido no puede recomponerse en absoluto. La herida no es un accesorio tortuoso, es realmente el núcleo de la personalidad y como la historia de Filoctetes lo muestra es incluso imprescindible para definir al individuo.

En el contrato social es el propio estilo de vida al que las personas se abocan religiosamente lo que sostiene el horror interminable de los desdichados y su ceguera sobre su participación en el gran holocausto es el motor que impulsa lo más repudiado en el mundo. La gente aborrece el sufrimiento del prójimo más cercano, pero pocas veces siente curiosidad por la miseria de quienes se esconden en la recóndita torre de la explotación extrema, cuyas vidas han dejado de tener valor; y cuando por persuasión de la publicidad se les dedica un momento de atención a los invisibles, quizá un nudo se forme en la garganta de las almas buenas y el pedazo de pan no lo tragaran de inmediato, pero la vida moderna termina por llamarlos a su encuentro y a olvidar el exterminio de los otros.

Los buenos hombres besan en la frente a sus hijos por la noche y hacen el amor con sus esposas y al otro día se preparan para el trabajo cotidiano y olvidan el lacerante dolor ajeno. En eso consiste la vida moderna, en la recursividad amnésica de la desdicha de los otros. Para la psique el traslado del contenido consciente al inconsciente es una condición de la economía mental que permite que lo demasiado abrumador no perturbe la normalidad de la experiencia. De tal manera que lo rechazado se convierte en territorio de la sombra, que por principio no puede reconocerse a menos que se haga un esfuerzo demasiado grande o que ocurra un trauma inconcebible que desmorone las estructuras ya conocidas de la personalidad. Mientras tanto el otro permanece lejano y amenazante.

Hay personas que no pueden vivir con estos hechos y crean fundaciones, centros de ayuda, organizaciones sociales, algunos donan inclusive grandes fortunas para intentar remediar estos males y quizá liberan a muchos desdichados del trato inhumano al que estaban condenados, pero la atrocidad no termina, se multiplica como un cáncer en otras regiones y el trozo de maleza cortado es sustituido de inmediato por uno nuevo. Pero aún ellos, los caritativos, pueden vivir de forma decente, tener acceso a la cultura y disfrutar de los bienes materiales que las víctimas no. Realmente los compasivos no se han marchado de Omelas, solo procuran un poco de bienestar para el niño que sufre, pero Omelas permanece para ellos como la lógica intrínseca del alma.

La pregunta que surge entonces es la siguiente: ¿es posible, para el ciudadano moderno, marcharse de Omelas?, para responder es debido puntualizar que no importa el discurso semántico bajo el cual se viva, éste se sostiene en la dialéctica que comprende la construcción y la destrucción, el cosmos y el caos, Eros y Tanatos. El hombre necesita, para que su estilo de vida permanezca, intentar remediar la injusticia y fracasar, es debido este camino del desaliento para que la ruina ocurra fuera del sistema, o por lo menos que suceda lejos de la parcela de los hombres piadosos, que identificados con la bondad precisan experimentar su opuesto dialéctico en la miseria de los menesterosos y en el terror de los masacrados.

Las buenas intenciones no buscan la solución, en cambio procuran la proyección de la matanza lógica encarnándola en víctimas reales, por ello la vida de cada persona al identificarse con el elemento constructivo de la realidad incrementa las atrocidades. Debe propagarlas como medida apotropaica. La sociedad occidental contemporánea expresa un discurso que a nivel superficial promueve el fin de la barbarie, pero que para sustentarse ha de alimentar el holocausto, de manera inconsciente, con el sacrificio de millones de personas. Por eso los propósitos benévolos no son suficientes, porque en ellos la lógica que sostiene las relaciones económicas y sociales no es tocada verdaderamente, permanece intacta e inadvertidamente los individuos la permiten, son sus humildes y fervorosos adeptos.

Aunque cause indignación la destrucción sistemática de las selvas, la polución, el sufrimiento constante de los niños, las mujeres y los hombres que son combustible del sistema, no hay nadie que no esté involucrado en la empresa neoliberal que se multiplica incesantemente. El dueño del capital que dona la mitad de su fortuna para remediar el mal en el mundo no se da cuenta de que la lógica del capital es lo que ha llevado al mundo a la destrucción, su desprendimiento ingenuo también multiplica el salvajismo. Este asunto ha dejado la elección detrás de sí hace mucho tiempo y hay un destino religioso que subyace a ese gran laberinto de voluntades inútiles.

Omelas es la separación del sumo placer y el sufrimiento y lo que sus habitantes omiten es la asunción del intercambio necesario entre uno y el otro, la unidad de la unidad y la diferencia. En contraste con el cuento de Le Guin las personas no se marchan ni pueden hacerlo, su vida está dedicada a la expansión del horror, donde los pequeños placeres descansan en la ignominia, en la muerte y la miseria de muchas otras personas; y aunque se desprendieran de sus ropas y desnudos abdicaran de las comodidades, no pueden desprenderse del manto lógico que los envuelve. Omelas no es un lugar donde se pueda ir y venir, es simplemente el mundo en el que se vive y mientras así continúe, por más preocupados que estén los buenos hombres por la desgracia de los otros, por más indignación y lagrimas, en realidad no nos importa.

El hijo pródigo o el viaje del fenómeno hacía sí mismo

Logos del alma

Te la regalo, como te regalo mi corazón y mis días. Te la regalo para que la tires.
Jaime Sabines

En el fatigoso tránsito hacia sí mismo, el fenómeno psicológico enfrenta sus propias contradicciones dialécticas, todas necesarias para revelar (Alétheia) lo que en él subyace en potencia y hacerlo plenamente real. Mientras tanto, su aliento moribundo permanece en el recuerdo titubeante del síntoma que lo representa y de las imágenes que reflejan su movimiento lógico. Quiere ser pensado por su propio pensamiento.

El fenómeno parte hacia el encuentro consigo y recorre una senda particular que puede ser imaginada de muchas formas, tantas como mitos y cuentos han existido. Por ejemplo, la parábola del hijo pródigo muestra varios aspectos del proceso de la revelación del alma ante sí misma que en la representación pictórica son comprendidas sucesivamente, pero donde realmente todas acaecen de una sola vez, en su carácter de absoluto.

La historia comienza con un padre y sus dos hijos, André Gide sin embargo imagina que son tres. Ellos saben que su padre les heredará su hacienda, pero que en ese legado se ha de imprimir un compromiso. El hogar del padre ha sido forjado con los sueños y las esperanzas de éste, prefigura un proyecto hecho a medida del destino de un hombre que responde ante su propio linaje y a su dios. Hay entre él y sus hijos un caudal de responsabilidades que no siempre coinciden con las inquietudes de su progenie.

El hijo mayor, aquel cuyo pacto es socialmente más apremiante, encuentra su realización en la continuidad del contrato, se asume como un hombre fiel al padre, lo cual implica adecuar sus propios deseos al gran deseo de lo paterno, su adaptación ocurre en el medio de la tradición y la continuidad, él es un vaso receptor de la herencia ancestral de una casta cuyo orgullo reside en las tradiciones, en el terruño y en la gloria de la religión.

No obstante el otro hijo, aquel que ha llegado después en el orden del nacimiento, tarde para recibir la primogenitura, sospecha del amor paterno, sabe que tiene un precio y no está seguro de si la hacienda pude contener el deseo que lo impulsa. No puede subsumir su necesidad al impulso paterno, es presa de un daimon singular que lo expulsa constantemente de la bienaventuranza y que le propone un camino de ostracismo que no puede rehusar.

Es así que el hijo pródigo parte, sin rumbo fijo, de la casa de su padre, quizás como ese otro muchacho que acostumbraba a dejarse guiar por la dirección de una lanza incierta o semejante a aquel que llevado por sus perros de caza encontró la verdad desnuda en su destino. En sus haberes queda todo lo que la memoria le puede unir a esa vida que, sin embargo, no es su vida y a ese amor que tampoco le corresponde, es por eso que ha de despilfarrar los sueños y las esperanzas de lo paterno, pues para ser quien ya es tiene que vaciarse de lo que se le ha pedido que sea, su verdadero concepto debe encarnarse.

Al salir del hogar, transita (transire), va hacia otro lado, hacia una posición que niega el lugar de origen, a la vez que traiciona (tradire), es decir que se entrega al Otro, a lo que constituye el núcleo de su posición inicial. El hijo pródigo es la parábola de la identidad y de la diferencia entre la fidelidad y la traición, donde no puede concebirse una sin la otra porque siempre están entrelazadas y son el núcleo del viaje hacia sí mismo.

Hillman suponía que la traición es un motivo arquetipal y, por ende, necesario para el alma. En ese mitema está inscrita la expulsión del paraíso, donde Adán y Eva fallaron en su juramento y comieron del fruto prohibido, desde entonces la traición significa el rompimiento de la confianza primigenia y de la inocencia de un mundo que aún no se ha confrontado consigo mismo en lo abierto. Deben ser las treinta monedas, la delación, lo que provoque el exilio de lo ya conocido hacia los paramos yermos de la incertidumbre de la que no es posible regresar.

Las puertas del paraíso han sido selladas por espadas de fuego. Una vez que la traición ha ocurrido el mundo ha sido superado por su nueva posición lógica, es por eso que el hijo pródigo parte de manera irremediable llevado por un espíritu de contradicción que cuestiona todos los valores ya lejanos en su consciencia y se apresta a experimentar nuevas formas de existencia. Pero toda novedad se caracteriza por su brutalidad y por la errancia de su proceder, la dimensión en ciernes aún no ha llegado a casa a sí misma.

El hijo pródigo, por consiguiente, se deja llevar por el pecado, aquello que lo aleja del Padre, lo que significa que sólo en este alejamiento es posible encontrar lo perdido (felix culpa). No es aquel que sigue las palabras del Padre quien lo hallará, sino quien las comprende y, por lo tanto, le olvida y le deja atrás, no porque no sea importante sino porque la experiencia de la muerte del mismo es necesaria para interiorizarlo, pues así el Padre puede ser la nueva posición del hijo. El hijo es el padre y el abandono del padre, tiene que ser ambas realidades al mismo tiempo.

El despilfarro es un proceso de vaciamiento, de kenosis, donde el joven se despoja de toda vestidura mítica que ha caído sobre él, se desnuda de la narrativa familiar que lo impele a seguir los linderos generacionales y se prepara para sufrir la sórdida existencia en su oscura realidad. Tal como el príncipe Siddartha, se enfrenta al placer, al dolor y al hambre, el exiliado se baña en las aguas de la penuria para lavarse el cuerpo de los lazos que lo atan a su antiguo ser.

¿Qué queda después de limpiar su cuerpo y alma de los vestigios del hogar paterno? Solo la indigencia y la podredumbre de su ser corrompido por la contradicción, pero ya se dijo que “bienaventurados los pobres de espíritu…”, es decir que únicamente de la oquedad nacida en el núcleo de ese espíritu es posible que emerja la noción viva del joven que ha debido desperdiciar su herencia para ser él mismo.

Entre la miseria y dando alimento a los animales, el hijo pródigo ha sido preñado por su propia vaciedad y ahora por fin puede ser padre de sí mismo. Ser padre es haber pecado, ser hijo es estar listo para traicionar. Freud llamaba a este proceso: “el complejo de Edipo”, pues sólo en el fracaso del deseo de lo materno (de lo deseado) y en el asesinato venidero de lo paterno, de lo (que impide el deseo), el hombre puede salir hacia sí mismo y dejar que sea el deseo quien desee.

El hijo regresa a casa pero ya no ocupa la posición del hijo. El padre lo recibe con grandes recompensas, porque es acaso este periplo lo que le permite llevar a cabo su objetivo paterno. La casa, es decir la posición lógica, ahora puede ser habitada por su verdadero dueño, sigue siendo el hogar del que partió pero a la vez todo es novedoso porque el paso dialéctico se ha cumplido, la negación de la negación ha sucedido y el concepto paterno ha llegado a la consciencia, donde de hecho ya moraba.

El fenómeno, por consiguiente, ha de ser confrontado continuamente para que su verdad se haga patente. Escondida en la superficialidad de su apariencia el síntoma guarda la noción que lo estructura y lo dota de sentido interno. En la parábola tratada esta senda debe de tocar los temas de la traición, el vaciamiento, el fracaso y el regreso, todo ello para mostrar la perla de gran valor que siempre estuvo inmersa en la herencia del padre. El hijo es el padre desde el inicio, pero en potencia, y una vez que lo ha reconocido sabe que su reino ya no es de este mundo.

Los hijos del espíritu

Logos del alma

Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.
S. Mateo‬ ‭1:18‬ ‭

Levántate hasta el punto en que todo quede detrás de ti…, empezando por ti mismo.
E. M. Cioran

La convención religiosa dicta que Jesús fue un hijo del espíritu, pero ¿acaso no todas las personas son hijos del espíritu? Los hijos, dice Khalil Gibran, son realmente hijos de la vida, ¿qué significa esto? ¿acaso los hijos no pertenecen a los padres? ¿no son su obra? ¿Se debería dudar de la paternidad? Es el agobio de los padres poder brindar una herencia a sus hijos, dinero, preparación académica, valores o recuerdos gratificantes, se esfuerzan por estar totalmente preparados para criarlos, sin embargo su objetivo verdadero es perpetuar su ego a través de su simiente y negar así la verdadera paternidad.

Ser padres exige saberse insuficientes para la tarea. En la consulta los padres, llenos de culpa, arrojan sus dudas y preocupaciones; es evidente que en su cotidianidad reprimen su rabia, su dolor, el cansancio y el descontento por sus hijos. Estos últimos toman todo de ellos y no retribuyen más que con reproches e insatisfechos refuerzan la inseguridad de sus progenitores y el sentimiento de insuficiencia que éstos aprendieron de sus propios padres. No obstante, estos padres han aprendido a ocultar a los demás la oscuridad de su tarea para ajustarse al modelo social que ofrece una satisfacción inalcanzable.

La culpa es un signo de inflación psíquica, Hillman decía que el ego se siente culpable cuando ha tomado una tarea soberbia sobre sus hombros y, por lo tanto, necesita descargar el cansancio del peso enorme a través del perdón. El ego quiere ser perdonado porque su culpa responde a un acto de hybris. Prometeo desea ser liberado por Heracles del asedio del águila en el Cáucaso, lo mismo quiere Atlas ante su propia condena que consiste en sostener el cielo. De igual forma el rol de los padres es tan excesivo en la cultura actual porque persiste en la apropiación de una realidad arquetipal, que ningún hombre empírico puede soportar.

Creer que los hijos se derivan de las personas que los engendraron y que los actos de éstos son causalmente determinantes requiere sobreestimar tales figuras y negar la autonomía del hijo y el hecho de que éste es el camino de un desarrollo noético que busca desplegarse desde un concepto seminal. Realmente los hijos son hijos de la vida, del concepto vivo y no de sus padres como formas anquilosadas por la costumbre y las convenciones. Son hijos de las imágenes, del psiquismo, del alma en la cual son contenidos al nacer.

José concibe un hijo con María, pero es el espíritu quien realmente lo produjo. El hijo es primero una imagen y en el fondo de ella yace dormida una idea que pre-existe en la consciencia inconsciente de la pareja que va a concebir. El hijo es creado como un concepto, es puro pensamiento que se encarna en un sujeto cuya piel es azarosa y finita, pero lo que realmente informa este cuerpo es lo infinito que trasluce detrás del velo de la memoria. El hijo, antes de nacer es espíritu, es idea, es pura productividad en busca de un vaso que la contenga.

El ángel les dice a los padres que no teman conocerse, que su hijo es un dios, es decir, que sólo se pertenece a sí mismo, pero este Sí-mismo no es el sujeto nacido, sino el espíritu que permanece detrás de lo fenoménico, como la noción que guía la estructura del hombre que nace y que ha nacido incluso antes de ser dado a luz; él se precede, es su propio padre, su propia senda en el bosque oscuro. A su vez, María es virgen y José no conoce a María, ambos son inmaculados hasta que un hijo los preña con su existencia, porque no son los padres quienes conciben al hijo, es el hijo quien da nacimiento a los padres y los arropa en la calidez de la posibilidad de ser conscientes de su consciencia. Por eso los hijos no son de nadie, más que de ellos mismos, han nacido de su existencia, se fecundan cada día y su caricia unge y procrea a los padres en cada momento.

Ser hijo del espíritu significa saberse en continua recreación y responder a una necesidad que subsiste fuera de las expectativas humanas, asumir que un otro en la persona genera su destino y dicta las peripecias por las cuales éste habrá de transitar a lo largo de su vida. Es acaso un ángel o un daimon, es decir un mensajero, quien lleva a cabo la anunciación cotidiana por medio de la imagen, del síntoma y de la palabra, del logos que se actualiza en cada nuevo momento y para el cual todo hijo es un puente hacía sí mismo, solo movimiento lógico.

La palabra habla únicamente de sí, es un ouroboros que se devora y se rehace recursivamente, que come sus propias alas para domeñarse y que al calor del atanor engendra sendas intrincadas y semánticas oblicuas que retardan su paso hacía el desenvolvimiento de lo que potencialmente ya es. En el desierto, debe huir de sí misma para darse muerte y volver al peligro de ser fiel a la vida en la resurrección de sus anhelos primordiales. Pero solo un deseo puede realizarse en la vida de los sujetos: aquel de la vida lógica que niega fugazmente su positividad.

El hijo matará a los padres y los padres intentarán no morir y perdurar en un impulso que no les corresponde. Este drama existencial es el arco firme del que la flecha despega. Ser padre es convertirse en un adversario lo suficientemente resistente para sostener una batalla y tan débil para no prolongarla demasiado tiempo. Tras su muerte, los padres han de soportar la mirada del hijo y se sabrán ellos mismos, entonces, hijos e hijas de la vida. La matanza del padre, aquel mito psicoanalítico, por lo tanto, no termina con la muerte de los padres y la maduración del hijo, continúa en la comprensión general de que todos son, verdaderamente, hijos del espíritu.

Más tarde el Cristo dirá a sus discípulos, justo después de su muerte, que ahí donde haya dos él será el tercero. Eso significa la salvación, eso implica el conocimiento del otro, ser capaces de recibir al tercero de los dos, dejar morar en la carne viva a aquel espíritu que envuelve a los padres, a los discípulos, al hijo mismo y que se encarna para concebirse, para preñarse de la consciencia de sí, pues el espíritu es únicamente el puro acto de producirse, y los cuerpos son los restos tendidos al sol que son consumidos a su paso. Ningún individuo olvida, en sus adentros, que es hijo del espíritu, solo un hijo y nada más.

Quizás los padres podrían descansar de su labor titánica al saberse hijos de un espíritu que se transforma en cada nueva encarnación, y entonces podrían quizás disfrutar el tortuoso juego de la paternidad, como el destino de una pulsión que los hará pervivir como otros en la decadencia de sus deseos y que les pedirá, en cierto momento, su disolución y el abandono de su estatus, para que otros puedan ser después de ellos. Como diría Gibran, la casa del futuro está cerrada para los padres y gracias a ello la lógica de la vida puede seguir su largo viaje hacía sí misma.

Orfeo o el impulso de realizar lo femenino

Logos del alma

Las imágenes psíquicas son completas en sí mismas, representan su propia finalidad y la encuentran en la narrativa que construyen. El relato de las mismas es la trayectoria de una noción que se despliega en un plano pictórico y que constituye, a la vez, su propia vasija, la materia dentro de la misma y el calor que le da movimiento lógico. Esto es así para los mitos, los sueños y aquella trama onírica que se denomina como la realidad. Por ello, la labor psicoterapéutica consiste en asistir al desarrollo del guión implícito en la experiencia, sin desear que sea distinto.

Por ejemplo, se puede pensar en el mito de Orfeo quien bajó al inframundo en busca de su amada y la perdió al ser engañado. Platón decía que en aquel episodio mítico la imagen de Eurídice no era la verdadera sino un simulacro que sustituyó a la que permanecía en los dominios de Hades. Orfeo emprende así un viaje únicamente por una imagen, porque acaso lo más amado es la imaginación, aquella poíesis divina que otorga profundidad a la realidad, por ello este hombre fue capaz de enfrentarse al Cancerbero y yacer frente al trono de Plutón y Perséfone, únicamente para ofrecer su propio deseo vacío en prenda.

Orfeo no debía mirar hacia atrás, sus ojos tenían que permanecer al frente, pero languidecieron, el miedo a perder a su mujer y el regocijo por sentirse cerca de la meta, lo obligaron a voltear la mirada y entonces Eurídice, la gran justicia, se desvaneció. ¿Acaso no estaba previsto que los muertos no tienen más lugar en el hogar de los vivos? Los muertos lo son porque su imagen ha abandonado la literalidad de la carne, se han marchado de su forma positiva para ser, por fin, la metáfora raíz que yace irremediablemente en el reino de la psique.

Morir es permitir que la imagen viva se alimente del cadáver que ha sido y se muestre en su naturaleza prístina. Es la constitución de un fantasma que se interpone entre el sujeto y el objeto de su deseo. Éste último nunca debe cumplirse ya que no pertenece al mundo de los vivos, es un objeto oscuro que guarda en sí mismo, en la masa infinitamente condensada de sí, la totalidad del inframundo. Por ello, Orfeo no puede recuperar la union naturalis de la mujer y su imagen; ellas se han separado para permanecer finalmente juntas. Orfeo no recobra, jamás, la imagen perdida, ésta se ha disuelto en la consciencia de la consciencia.

Es justo decir, que una imagen no pude permanecer demasiado tiempo en el mundo diurno, su reino no es de este mundo, las contradicciones inherentes instan a que la negatividad dialéctica pronto haga su tarea y que de la imagen surja la noción estructural que guía a la forma pictórica a su hogar lógico, mismo que ha de descomponerse en la representación para liberar el concepto implícito. Este tránsito es el destino de los ídolos, tal como se observa en las teorizaciones de la psicología profunda, es el paso del objeto imaginado a su interiorización como una imago o como un complejo construido alrededor de un modelo arquetipal.

Hijo de Apolo y Calíope, Orfeo tenía el don de calmar a las bestias con su musica, pero también traía tranquilidad al alma de los hombres, lo cual indica el parentesco entre el anima y lo animal, ambas expresiones de la vida que aun yace sumida en el adormecimiento de lo material y que requiere ser cultivada, es decir negada, para ser liberada de su aprisionamiento en la fisicalidad. Pero el éxtasis de la musica es una vía que no necesariamente se vuelve reflexiva, es común que la musica avive o adormezca la vida emocional de la psique, pero no provoca una diferenciación de la misma, la emoción permanece en el mudo estertor de la expresión concreta.

No basta con exaltar la emoción, pues como decía Jung “ser emocional ya va camino de una condición patológica”. La emoción guarda, también, en su corazón, un concepto que le brinda sentido y que, por lo tanto, espera agazapado a que su explosiva actuación despeje la vía de la comprensión por la cual su forma lógica transitará hacía sí misma como lo pensado en el propio pensamiento del fenómeno. Pero permanecer y adorar la expresión emocional es una forma de literalizarla, propia de las teorías psicológicas que desprecian la postura teórica y exaltan la búsqueda del insight y del shock emocional.

En una cultura que tiene por objetivo asimilar la otredad al ideal del individuo atómico, la promoción de la emocionalidad sirve para sus fines comerciales. La publicidad procura impresionar a los consumidores, despertar en ellos la ansiedad y la angustia propias de la modernidad y ofrecerles un sustituto que los conmueva profundamente pero que anule su capacidad crítica. Y la psicología junguiana comulga con este propósito al confundir la experiencia numinosa del tremendum con la presencia de un dios vivo que confirma su tratamiento. La emocionalidad como sinónimo de curación y bienestar.

En otro momento Orfeo rechazó el amor de las sirenas, mitad mujeres, mitad aves de rapiña, una imagen iterativa, un pleonasmo, pues qué es la mujer sino lo misterioso que desgarra, aquello que ata con el hilo del destino; no es extraño que su esposa Eurídice haya preferido morar en el submundo, el hogar del alma, y que el pobre Orfeo haya terminado sus días despedazado por las bacantes. Hay en esta historia un impulso por reificar a la mujer perdida, aún cuando ésta has sido metaforizada y llevada a su forma más sutil.

Quizás Orfeo fue quien instigó a Jung a vanagloriar la asunción de Maria, un asunto demasiado humano, como un suceso del alma. No se dio cuenta de que la mujer hace mucho tiempo que se había liberado de lo femenino, que ya los patrones arquetipales la habían condenado a vagar desnuda por el mundo, con la marca imborrable de tener que ser ella misma. Mientras tanto lo femenino, que un día fue una diosa de la naturaleza, luego un cráter y por fin un sustrato lógico, ha emergido como la noción puramente negativa que siempre fue, la Pistis Sophia.

El mito de Orfeo es el mito del alma que no debe salir del inframundo, que ha de encerrarse en sí misma, interiorizarse; y del asesinato necesario del ego, en la manía, ante el fracaso de intentar guiarla, sin saber acaso que amar al alma es sumergirse en sus aguas, pues ella es el camino hacia la verdad y la verdad en sí misma, y también que entregarse al otro es, esencialmente, ser despedazado. Un caso distinto al de Orfeo es Butes, quien al escuchar el canto seductor de la sirenas se lanzó al mar listo para el amor y para la muerte, por supuesto fue bendecido por Afrodita y su estirpe se multiplicó como la espuma del mar.

No obstante, más allá de la comparación entre un mito y otro, el psicólogo requiere asumir que el relato que escucha tiene su propia finalidad en sí mismo, que está herméticamente cerrado sobre sí. Orfeo debe perder a su amada y desear, ilusamente, rescatarla, necesita querer realizar lo femenino en la mujer para encontrar el fracaso ineludible, debe vagar solo por el bosque, tiene que despreciar el horror de la sirenas y precisa ser despedazado por las bacantes, su destino es ser consumido por el afán de su deseo, y está bien que así sea, eh ahí la esencia de la psicoterapia.

No-curar, permanecer en el síntoma

Logos del alma

“Quién habitará tu veraz incendio”
Gilberto Owen

Uno de los malos entendidos acerca de la propuesta terapéutica centrada en el síntoma ocurre ante el tema del rechazo de la curación como objetivo primordial de la terapia, frente a ello se arremolinan fantasías que responden al apego exacerbado hacia el modelo médico y a la falta de reflexión sobre las implicaciones ideológicas del mismo. Mientras el modelo alópata afronta las patologías biológicas desde la premisa de reparar lo que está dañado conteniéndolas en un ideal de buen funcionamiento, esto supone un idealismo no reconocido y una concepción del mundo comprometida con premisas políticas inadvertidas.

Trasladar el esquema medicalista a la estructura de las psicopatologías supone la transposición de sus presupuestos, es decir, que hay un estado de salud ideal al cual el sujeto debe aspirar y que la dinámica psicológica funciona bajo las reglas de los sistemas biológicos, en el contexto de su materialidad. Esta idea, para los modelos materialistas, es evidente, no obstante, basta con atender las contradicciones de su lógica para entender la dificultad de intentar concebir lo mental desde una base puramente material.

La emergencia de un estado de consciencia como un sustrato material implica un azar que recae más del lado de la fe que de la razón, por ello para muchos psicólogos la consciencia es una entelequia innecesaria, puesto que no es comprobable y resulta contraintuitiva en el plano experimental. Sin embargo, esto supone negar la experiencia cotidiana y la percepción del mundo como tal. Pero el materialismo es una hipótesis tan arraigada que aún las propuestas alternativas se sostienen de la creencia en una idea particular, aquella idea que niega su naturaleza ideal.

Aún los planteamientos más críticos, como la medicina homeopática o las asociadas al revivalismo espiritualista, requieren, para imaginarse a sí mismas, una base cuasi-material con la cual explicar sus intervenciones. Ya sean sustancias intangibles, energías místicas o entidades abstractas, todas las posibilidades son concebidas en la lógica del materialismo. Y no solo eso, además convergen en la función determinante del espíritu de los tiempos que obliga a estas variantes a someterse a las leyes del mercado y de los valores predominantes.

Por eso es complejo pensar lejos del sistema ideológico preponderante, a menos que se reflexione desde sus propias contradicciones. Justamente esa es la exigencia inherente en el ámbito psicológico, ya que los fenómenos propios del campo no pueden ser reducidos a la imaginación material. En la psicología la mente se observa a sí misma en su fenomenología tautológica, lo síntomas y patologías no son epifenómenos de un órgano, son expresiones de una consciencia que sueña con una fantasía material.

A partir de lo dicho, una psicoterapia centrada en el síntoma considera que éste es un núcleo fenomenológico al cual solo se puede acceder por vía del abordaje dialéctico de la narrativa presente en su expresión, ello no descarta el correlato biológico sino que lo traduce al medio de la lógica subyacente. Por eso se puede decir que el síntoma es un pensamiento atrapado en la positividad de su presencia; él mismo es un símbolo donde convergen una idea y su propia contradicción, sin embargo dicho diálogo ha sido silenciado con el fin de evitar que llegue a la consciencia de sí misma la verdad de su estructura lógica. Así, la sombra reprimida es la correspondiente negatividad del proceso.

El tratamiento, por lo tanto, consiste en pensar lo pensado en el síntoma y fomentar que la propia contradicción pueda liberarse a sí misma de la fisicalidad de la materia, tal como era la propuesta de los antiguos alquimistas y del gnosticismo. La liberación de la Sophia, no obstante, ya ha ocurrido de manera real, pero queda aún la tarea de hacerla efectiva en el medio de la consciencia. El alma necesita llegar a casa a sí misma, donde de hecho ya se encuentra. El obstáculo de la individualidad es que va por detrás de la verdad que los significados compartidos ya han logrado en su confrontación consigo mismos.

Por ello, el proceso psicoterapéutico no tiene que ver con alcanzar una meta ideal, su labor es desplegar lo que ya está individuado en sí mismo, como diría Kierkegaard: “Las naturalezas más profundas no cambian, se vuelven más y más ellas mismas”. De igual manera el fenómeno permanece comprometido con su naturaleza particular y el síntoma no busca curarlo, ni la curación para sí mismo, es una formación transaccional con un presente que debe ser asumido. Cuando se encuentran subterfugios es entonces que el sufrimiento se exacerba.

Ante esta perspectiva, se considera que el concepto de curación impone sobre el presente un objetivo fuera de sí mismo, es decir, que el terapeuta al prometer la curación enuncia descuidadamente que el fenómeno en su actualidad no es absoluto y que debe aspirar a ser algo distinto, esto se opone a la máxima junguiana de “ser lo que ya sé es”, que engloba el proceso de individuación, lo que no significa otra cosa más que la clarificación e integración de lo que ya preexiste desde un principio en la forma de un hysteron-proteron.

En esta modalidad del opus el Oro del alquimista es la misma masa confusa que se pone a arder en el vaso. El trabajo del adepto no es cambiar la sustancia sino atenderla hasta que su pensamiento pueda, a través de los pasos de la obra, observar el Lapis en lo que antes solo era visto como plomo, es decir, que de la materia emerja la noción inadvertida, el deus absconditus. Parte de la paciencia exigida en el proceso es la aceptación incondicional del otro, de la sombra que se cierne imperturbable sobre las esperanzas ingenuas de que ese otro se acople a los deseos egoícos.

Tal situación yace muy lejos del modelo de crecimiento personal o de las visiones desarrollistas que responden, de forma maniaca, a la ideología cultural en turno que dicta que el progreso es la única vía de posibilidad para el movimiento, en este caso, de la psique, pues así como el capitalismo y su vorágine destrozan el ambiente, también la depredación de las ideologías del progreso psicológico, y la curación, devastan el tránsito anímico que se funda en la recurrencia y en lo ciclos autorregulantes.

Empero, mientras los organismos integran en su marcha temporal la dimensión espacial que los provee de estructura, el avance destructivo de la hipermodernidad consume toda noción en la singularidad ideológica del individuo, despojándolo, además, de su matiz comunal. Es debido recordar que la individuación es un camino de diferenciación a la vez que de integración en lo colectivo, no una masificación ni una atomización, sino la unidad de la unidad y la diferencia de ambas direcciones.

Por otra parte, permanecer en el síntoma no implica ceder por completo a la pulsión de muerte, como las buenas consciencias podrían temer, ni ser arrebatados por las fauces abiertas de un complejo. En realidad su propósito se funda en la intuición junguiana de que la neurosis es un falso sufrimiento, que surge para esconder otro legítimo, por lo cual es requerido que el psicoterapeuta y el paciente se hundan en la dinámica del síntoma para que éste despliegue su propia lógica, una dinámica inmanente en la estructura del fenómeno que es, a la vez, el verdadero paciente y el psicoterapeuta legitimo.

No son los pacientes y sus deseos el fin de la terapia (¿pero cuándo lo ha sido?), es el Otro que se presenta como la enfermedad, como el síntoma, quien expresa la verdad de la experiencia vivida y el momento presente al cual se debe honrar permitiéndole que su voz hable en un discurso liberado de la positividad materialista de la literalización. Inclusive se puede agregar que en realidad no hay un sufrimiento real y uno ilegítimo como dos entidades separadas, sino que la neurosis se conforma de la contradicción de ambas experiencias en la existencia humana y la obligación autoimpuesta por no asumirlas, cercenando al dolor de la verdad que podría liberarlo.

Por lo tanto, esto no significa simplemente que no se busque la curación, en su lugar el objetivo es la no-curación, es decir el esfuerzo por escuchar la dialéctica del síntoma y permanecer ante él de forma amorosa como la apertura que da paso que el fenómeno llegue a su destino, dicha meta es siempre desconocida, pues el psicoterapeuta es conducido, en la selva oscura, por el psicopompo que es el padecimiento y la teoría que de ello deviene. En otras palabras, se propone una terapia que no conciba a la salud y a la enfermedad como opuestos y que los aprecie, en su quehacer práctico, como una unidad indisoluble, a la vez que se es capaz de apreciar el momento presente del fenómeno patologizante y permanecer con él hasta su cumplimiento.

La psicología analítica propuso la sacralidad de lo sintomático en su esquema homeostático de la psique, pero aún así continuó aprestándose a los valores de la época y a la necesidad de la edificación de la parcela egoíca del alma, ahí donde todo debe girar en torno a la idea que el sujeto tiene de sí mismo. Por eso una psicoterapia que se centre en lo sintomático, que enuncie la no-curación, nunca será digna de confianza, porque su objetivo no es alimentar la importancia personal, quiere, en cambio, disminuir su relevancia para atender debidamente a la otredad que es el espíritu de la contradicción.

Una psicoterapia de la no-curación no tiene otra meta más que pensar lo que en el síntoma es pensado, y que se despliega como una mitologización que utiliza los sucesos personales como base para imaginarse a sí misma. Es una psicología capaz de aprestarse al encuentro con su auténtico objeto de estudio, el alma en sí misma. Por ende, significa una psicoterapia que se adentra en el desmembramiento del ego y de su vivencia, para liberarlas de su materialidad, del carácter positivo de su representación y, por consiguiente, promueve que sea la negatividad lo que en verdad haga terapia. Una terapia del alma para el alma, donde el hombre solo es un puente.

El sermón de la psicoterapia como antropotécnica

Logos del alma

Ante la pandemia, ante el desastre o ante la crisis, alza su voz el psicólogo y dice: “vengan a mi los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos” y prédica el evangelio de la conciencia que dicta: “serás consciente de ti mismo y aprovecharas toda tragedia para engrandecerte, pues no podrás entrar en el reino de los cielos si no te has empequeñecido, si no te has vuelto como un niño y deseas, por lo tanto, crecer”.

Se abre entonces el templo de la consulta, al que acuden los necesitados, quienes llegan con pequeñas palomas que ofrecen entre llantos y abluciones y, mientras rasgan sus vestiduras, dicen al psicólogo: “eh aquí que te ofrezco este gran carnero para el bien de tu servicio”, y ambos se despiden satisfechos, seguros de haber sido bendecidos por su buena obra y de que el holocausto ha sido más que suficiente para saciar a las buenas consciencias.

En su montaña, en su pequeña montaña, el psicólogo reparte el pan a sus discípulos, que también llama pacientes o clientes y a los oyentes de su sermón, y se regocijan todos en la emotividad y numinosidad del momento; ahí está dios entre ellos, el pequeño dios trasluciendo a través de los astros, del tarot, de los enteógenos, de los grupos de mujeres, de la ceremonia ancestral, de la imaginación activa, de la abreacción, de la confesión, de las nuevas, siempre nuevas, formas de sentir mejor, de ser más ricos en emotividad, en las diez mil formas para desarrollarse y sanar.

En la gran boda del espíritu de los tiempos, el psicólogo transforma el agua en vino y al enfermo lo sana con su método milagroso, su diagnóstico es infalible, al que aun es niño le receta la adultez, al que es demasiado adulto lo guía hacia la infantilidad, al neurótico le permite sostenerse en historias más neuróticas aún e incluso da vida a lo que debería estay muerto y promete la felicidad al que tiene temor a la vida; bienaventurados los que sufren, pues ellos lo alimentan con su dolor.

Camina el psicólogo delante de sus discípulos y los reprende por no ser más ellos mismos, lo que significa que no son como él los ha ideado, ¡perdónalos psicólogo, porque no saben lo que hacen!, no se han dado cuenta de que tu conoces del camino, una vía perenne, lejos de la muerte, de la crucifixión, de la lógica de los tiempos presentes; no han entendido que sufrir es para mejorar, que lo poco es para lo mucho, que caer es para levantarse y que tu buscas el bien detrás de su mal; no han entendido que ellos caminan sobre dioses.

El psicólogo sabrá perdonar a sus ovejas descarriadas, pues son niños, niños pequeños, que pagan grandes sumas para sentirse mejor y no pensar y no asumir y no morir y no ser. Alza las manos psicólogo y regocíjate en la dicha de los desdichados y, como el buen pastor, acarrea tu rebaño hacía la redención de sus pecados, sobre todo a los más dolientes, y resguardalos en el redil de tus buenas intenciones.

Cuando, crucificado por tu propia angustia, se abra una herida en tu costado, recuerda oh psicólogo que yaces al lado de dos ladrones y que posiblemente tu también lo seas, pero siempre tendrás el consuelo de no saber lo que haces o quizás tener demasiada seguridad en ello, de haber sido abandonado por el padre, entonces pide un poco de vinagre y abre los ojos al cielo, sin coronas de espinas ni atavíos, no te queda más que ese reino de esperanzas y de sueños.

Hay que experimentar, pero también razonar

Logos del alma

En el nicho del pensamiento junguiano, frecuentemente se escucha el argumento que dice que los conceptos de la psicología analítica deben ser atendidos no por la razón, sino exclusivamente por las dimensiones emocional, intuitivas y espirituales de la existencia, es decir exclusivamente por la experiencia de la subjetividad irracional. Estas “razones” se erigen, sobre todo, cuando hay cuestionamientos sobre los principios lógicos que sostienen el edificio teórico de la disciplina, surgen como un mecanismos de defensa contra cualquier duda o crítica que se pudiera dirigir hacia lo que es sabido como un dogma.

Hay un marcado desprecio por el ejercicio reflexivo y por la revisión profunda del aparato teorético en la psicología analítica que ha degenerado en un ambiente académico empobrecido, plagado de formaciones superficiales que prometen una apropiación indolora de los conocimientos necesarios para adentrarse en el trabajo junguiano, sostenidas en abordajes confusos y en la connivencia con las corrientes populares de la narrativa psicológica de la autoayuda, generando así posturas antipsicológicas que impiden la integración debida del opus analítico.

Esto indica que para algunos la psicología junguiana se ha convertido en una ideología que es indispensable defender semejante al relato de Jung acerca de la exigencia de Freud: “Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual. Es lo más importante de todo. Vea usted, debemos hacer de ello un dogma, un bastión inexpugnable”, inmediatamente Jung comentaba que esto lo perturbo pues un “dogma, un credo indiscutible, se postula sólo allí donde se quiere reprimir una duda de una vez para siempre. Pero esto ya no tiene nada que ver con una opinión científica, sino sólo con un afán de poder personal”.

De esta manera se puede entender que la irracionalidad como respuesta ante la crítica conceptual guarda un factor personal que es proyectado posteriormente en la teoría. Se desprecia lo teórico por causa del miedo a que las ideas que han edificado la comprensión del mundo se derrumben al salir de la caverna platónica. Esto es un reflejo básicamente del miedo del ego a su propia muerte, a la entrada de la dimensión personal en la nigredo del proceso de hacer alma, de la cual el ego no podría salir indemne.

En cambio, la entrada a la psicología exige del profesional, un acercamiento completo de todas sus facultades, racionales y e irracionales, con el propósito de no subsistir, de ser superado en el curso del trabajo con las imágenes psíquicas, es la lógica en ellas mismas, la noción que las configura quien debe prevalecer en el quehacer psicológico, no el hombre, ni sus esperanzas de autoedificación y bienestar. Ser junguiano impele a que sea el alma quien se piense a sí misma.

En su vejez, Jung recordaba que de niño, al ser consumido por la necesidad de explicarse el misterio de la trinidad, buscaba respuestas en su propia familia de sacerdotes y no podía encontrarlas de forma satisfactoria. Más tarde, a sus dieciocho años, las discusiones teológicas con su padre terminaban con las recriminaciones de éste, quien le solía decir: «tú quieres pensar siempre. No hay que pensar, sino creer». Jung se daba cuenta que su padre estaba atormentado por el dolor de la encarnación de Cristo y que para protegerse de esta experiencia había cometido un atentado contra su razón, había llevado a cabo un sacrificium intellectus para no ser tocado por el dios vivo. Así, vio con decepción al hombre devorado por el dogma, tanto en la figura de su padre como en la de su gran amigo Freud.

“No hay que pensar sino creer [o sentir]”, es el nuevo lema del pensamiento psicoterapéutico, donde se desestima cualquier intento por explorar los vericuetos de lo teórico con el estigma de estar haciendo “filosofía” en lugar de psicología, como si ésta última no tuviera una raíz filosófica que la determinara. Tal actitud empobrece de forma notoria el abordaje teórico y la misma práctica que indefectiblemente es una teoría puesta en escena, y que cuando no hay comprensión de los principios racionales de aquello que se hace, entrega al sujeto a la acción irrefrenable que se ha denominado como “manía”.

Para los griegos la manía era la entrada de un dios que se apoderaba de la razón del sujeto y que actuaba por medio de él, un sentimiento irrazonable que tomaba posesión del individuo y lo impulsaba al frenesí del deseo, a la emoción sin límites, lo que explica el porqué del auge del culto a la emoción en los círculos terapéuticos actuales, que además sirve a propósitos políticos puntuales, pues la persona centrada exclusivamente en su vivencia primitiva no alcanzará las cotas de criterio para atender los problemas de su sociedad, su posición estará cimentada por la opinión propia de la pos-verdad.

Paradójicamente el sacrificio intelectual de la psicoterapia junguiana es también una teoría y un ejercicio del pensar, pero de un pensamiento que se refugia en la vivencia para no atender su matiz racional. Se convierte así en un acercamiento neurótico a la realidad del alma, porque no puede tomar una posición rigurosa ante las necesidades psíquicas que se estructuran como complejos autónomos cuyo despliegue arrastra al sujeto a una vivencia superficial y sin compromiso.

Después de expresar la recriminación paterna por querer pensar, Jung recuerda: “Yo pensaba: No, hay que experimentar y saber”, tiempo después frente a la irrupción de las fantasías que acaecieron durante el periodo posterior al rompimiento de su amistad con Freud, en una ocasión en que se preguntaba: “¿Qué hago realmente?”, una voz femenina perteneciente a una paciente le acometió con la sentencia: “Es arte”, pero Jung entendió que esta figura, que más tarde denominaría “anima”, veía el mundo en blanco y negro, y entonces pudo responder: «No, no lo es. Por el contrario, es naturaleza». Es decir, Jung tomó un lugar de la experiencia sintomática y se diferenció del complejo.

La labor con el Libro Rojo, y los Libros Negros, son vistos ahora como una parte esencial de la obra junguiana, incluso como su máxima expresión, porque muestran el matiz experiencial de su aventura psíquica en un sentido más crudo que en sus trabajos teóricos, pero exagerar la importancia de este trabajo olvida el hecho de que Jung no buscaba su publicación, porque para él no eran sino borradores que más tarde volvería a elaborar en su amplia obra escrita. Es decir que su experiencia subjetiva tendría que ser refinada y puesta al servicio de su trabajo profundamente intelectual.

No hay que experimentar solamente, también es requerido formar una estructura teórica lo suficientemente rica para poder sostener la comprensión intuitiva que pudiera venir de la experiencia con estos contenidos. Es el requisito de todo aquel que se acerca seriamente a la obra junguiana refinar su pensamiento hasta ser capaz de estar a la altura de las imágenes psíquicas que le corresponden, al mismo tiempo que se diferencia de ellas y asume la imposibilidad de su empresa.

Los defensores de la creencia cruda, de la pura experiencia, olvidan la enorme cultura e inteligencia que Jung ejercitó de forma constante en su labor científica y, por lo tanto, no asumen el trabajo duro que requiere pensar incesantemente en los conceptos que le dan forma a la vivencia. Es verdad que racionalizar puede convertirse en una forma de evitar la comprensión del fenómeno abstrayéndolo de su contexto, pero atenerse solo al conocimiento empírico condena al olvido de la totalidad del mismo, porque un fenómeno psicológico no es el éxtasis o la emoción de su epifanía, más bien se dispone como la noción que se presenta encerrada en su fisicalidad y ante la cual hay que asumir la fatigosa tarea de pensarla para permitir que brote hacia la consciencia de sí misma.

En esta obra terapéutica una razón refinada será el requisito previo para poder sostener la vivencia y contribuir a que el pensamiento presente en el fenómeno pueda ser pensado, pues el síntoma no es sino la conjunción, inadvertida, de una teoría y una práctica que son ciegas la una de la otra y cuyo hierosgamos no ha sido razonado adecuadamente. En este sentido el acto de pensar es la cópula de la experiencia y de la razón y el altar dedicado al dios que ha sido convocado, de tal forma que el propio pensamiento pueda olvidar su asiento en el individuo y erigirse como la teoría del fenómeno en sí mismo.

Finalmente, se puede añadir un paso más a la fórmula de Jung: Hay que experimentar y saber, y después permitir que el propio saber del fenómeno se pueda pensar en la labor psicológica, esto exige del psicólogo un arduo esfuerzo a la vez experiencial y racional, además del ofrecimiento del holocausto de su ego-personalidad en el templo de la sacralidad del alma. Así, es inevitable recordar que el proceso teórico fue originalmente la observación atenta de un ritual sagrado para el cual el teórico se preparaba en un periplo lleno de oblaciones, para que el dios convocado se presentara y entonces no fuera la observación del hombre la que persistiera y más bien fuera la expresión del dios quien se observara a sí misma a través de los insignificantes ojos humanos.

La vía vital del dinero

Logos del alma

Es habitual ver al dinero como una herramienta vulgar y despreciable, que corrompe a los hombres y extrae de ellos lo más vil de su naturaleza. Se piensa en las treinta monedas del mito cristiano, en la devastación del colonialismo, en la conjura marxista contra el capital, en el avaro prestamista, en el ambicioso consorcio global y en el negocio de la guerra. Ciertamente una gran sombra pesa en la imagen de lo monetario, pero es un prejuicio que se funda en la ilusión de que el dinero sirve a las personas, cuando lo cierto es que es un dios que exige constante pleitesía.

El capital es omnipresente, es el motor de la civilización y de la vida moderna, parece ser una representación refinada de la vida biológica en su eterno camino hacia la reproducción de sí misma. Freud planteaba que la pulsión de vida se enlazaba con el deseo de cada organismo por volver a la paz de la materialidad, de tal hierosgamos la vida se continuaba de manera infinita oscilando entre el llamado de su negación y su pulsión reproductiva.

Algo de muerte aguarda siempre en el centro de la vida porque lo vivo se funda en la superación e interiorización de lo meramente material, es decir, del reino de la muerte. Por lo tanto, la dinámica económica exalta el factor reproductivo de la vida, ese escape continuo de la prisión de la materia, cuyo carácter de huida, puede ser encontrado en el esfuerzo del alquimista por liberar a la masa confusa de su materialidad o en la imaginería gnóstica que soñaba con rescatar a la pistis sophia de su encierro en el mundo.

El carácter vital del dinero, se puede comprender también en la admonición de la acumulación del mismo, el verdadero pecado no es la producción de riquezas sino la acumulación de las mismas, es decir la ambición de querer ser el amo del dinero y conservarlo para el beneficio propio. “Beneficio” es una de la posibles traducciones de la palabra fenicia “Mommon” de la que deriva el nombre del demonio Mammon, al que se hace referencia en los evangelios cuando se alude a la imposibilidad de servir a dos amos. Sin embargo, Mammon también se identifica con Plutón, el dios de la muerte, pletórico de tesoros.

En la literatura gótica la figura del vampiro se relaciona con la aciaga conducta de querer detener el flujo de la vida y reinar sobre ella, un ideal imposible, pero que determina las fechorías y la tragedia del monstruo en cuestión. Curiosamente el vampiro muchas veces es retratado como un aristócrata rico y perverso, un Gilles de Rais o una Erzsébet Báthory, que pretende la inmortalidad, es decir, la evasión de la esencia de la vida misma a través de su dominio sobre la corriente anímica y la riqueza de los otros.

George Bataille suponía que, a diferencia de lo que el sentido común nos dice sobre la economía, no es la acumulación de capital lo que determina el ritmo de trabajo y de acción humanos, sino, al contrario, es el gasto superfluo, sin ningún sentido, el derroche puro en sí mismo, el núcleo de las relaciones económicas. Este gasto improductivo era nombrado por él como: “la parte maldita”. Es así que la destrucción es el motor que impulsa la vida, no es el crecimiento ni la construcción lo que ésta genera, ni la base sobre la que se sostiene, en su lugar es la continua laceración de la materia que es fragmentada y vuelta a reunir de manera cíclica para tener puentes sobre los que transitar hacia sí misma y luego derrumbarlos nuevamente.

Las antiguas civilizaciones realizaban este acto sacrificial a través de grandes empresas inútiles, la construcción de monumentos magníficos, las guerras sacras y las celebraciones religiosas. En la actualidad, sin embargo el gasto se ha vuelto más sutil e inadvertido, ha tomado la forma de un modelo económico dedicado a la producción continua y la generación de un capital que cada vez se vuelve más volátil, efímero, donde la materia es torturada hasta sublimarse en meros datos e información, y ante los cuales el hombre gasta toda su existencia en el culto secreto de su irrelevantificación.

Es, al fin, la vida la que se transforma y emprende su periplo de metamorfosis en esa danza terrible con su otredad intrínseca, siempre presente. En su tránsito, no es el hombre su objetivo, es ella misma la que busca perpetuarse, al igual que el capital que trabaja constantemente por reproducirse y trasmutar la materia en la noción implícita que se despliega en las distintas formas de la producción. Es, en su lógica interna, una religión cuyo oficio se ocupa de un dios celoso de su ritual cotidiano.

La elección del hombre no radica fuera de la dinámica espiritual del dinero, ya que éste fluye por su sangre y alimenta el sentido de su existencia. Ya sea para adorarlo o para desdeñarlo, el sufrimiento y el culto constante que dedica en su vida diaria al dios dinero lo convoca a la liturgia inconsciente de una vida dedicada al trabajo y a la producción incesantes. Se fabrica, de esta manera, una obra inmensa, un opus magnum, que no responde a los intereses del ser humano, ya que se hace en favor de un telos objetivo que posiblemente no repare en la importancia o inanidad del sujeto, es una noción que solo piensa en sí misma y que lo hace en las distintas imágenes como la del hombre o como la del dinero, ambos símbolos gemelos de un arquetipo que los trasciende.

También decía Borges que en las generaciones de las plantas o de los tigres había un lenguaje secreto que se replicaba para ser leído por un dios al final de los tiempos, y considerando que siempre se está en debacle de la existencia es muy probable que el papel del individuo, en la era de la religión del capital, estribe en tratar de estar a la altura de las exigencias de un espíritu vital que se perpetúa de manera irremediable o en ser arrastrado por ese rito inmarcesible que lo convierte, paulatinamente, en formas sutiles que apenas recuerdan a sus antiguos recipientes. Pero al final el camino sagrado del dinero cobrará su precio y entonces quizás sea el hombre-objeto la nueva moneda de cambio.

La amoralidad de los fenómenos psicológicos

Logos del alma

Hay una confusión evidente entre la naturaleza anímica de las manifestaciones psíquicas y el punto de vista de la persona empirica que las experimenta, éste último suele asumir estos fenómenos desde un punto de vista meramente subjetivo, plagado de prejuicios morales e indiferenciado del espíritu de la época que los alimenta, con sus categorías culturales, preferencias y animadversiones, que pronto son traducidas como verdades ineludibles.

Los psicólogos suelen aplicar categorías morales a los fenómenos psíquicos y los juzgan en relación a su conveniencia, arraigados en una posición egoíca que supone que las imágenes y los síntomas emergentes son epifenómenos derivados del individuo en cuestión y que estos complejos le pertenecen como fragmentos escindidos de su ser particular; por lo que se cree que la vida simbólica del fenómeno debería integrarse en la persona como su fin último. Esta óptica es una convención que nace de la estructura moderna de un ego que es capaz de vivirse separado de su contexto psicológico y que cuando lo observa lo asume como su creación.

En el mito hindú, el mundo cíclico es testigo de la muerte y el renacimiento de los dioses, el primero en nacer es Brahmá, luego llegan los otros dioses conjurados por su nombre y creen que Brahmá los ha creado, él mismo así lo concibe, pero realmente la muerte y el nacimiento de todos están prefijados y son anteriores a su realización, suceden de forma arbitraria. El sujeto moderno experimenta el mundo psíquico de tal manera porque ha nacido logicamente y es consciente de su nacimiento, ha olvidado su identidad orgánica y necesita haberla olvidado para poder ser convertirse en la manera en que la consciencia se observa diferenciada de sí misma.

El haber nacido del hombre moderno lo compromete con la necesidad tortuosa de asumirse como sin referentes que puedan cargar la responsabilidad de las propias decisiones, él sujeto está frente al vacío y no hay dioses que lo sostengan, este es el sentimiento del absurdo conjeturado por los existencialistas. Es entonces que la moralidad, como sustituto de lo ya perdido, se impone como un bastón en el cual recargar las angustias humanas, pues ante la falta de padres celestiales que dicten la dirección de las acciones, se requiere recurrir a las viejas categorías y a la construcción de nuevos panteones que permitan soportar la desnudez moral del sujeto.

Por ello es importante, para el discurso psicológico hegemónico, construir un relato que exalte los valores antropotécnicos del individuo, y ofrece, con tal fin, una serie de ideales que fungen como cimientos de una cultura fincada en el individualismo y el progreso, con objetivos ego-edificantes como la felicidad o la salud. Se entiende, por ende, que todo aquello que se aleje de esas grandes metas recaerá en un juicio de valor negativo, en forma de taxonomías morales que servirán como barreras que impidan que la persona piense en la pertinencia del sufrimiento, del dolor y de la destrucción o en la integración de la sombra.

Sin embargo, el fenómeno carece de moralidad intrínseca, porque lo guía un objetivo que está fincado en su propia estructura, él es en sí mismo su singular fuente de referentes. El fenómeno es la unidad de su apariencia y su esencia, de su expresión y de su contexto, constituyendo una totalidad absuelta de asideros externos. Como un vasus hermeticum, la naturaleza lógica de lo que se presenta está cerrada sobre sí misma y se incuba proteicamente para desplegar su estructura primaria en el transcurso de su aparición. No es otra cosa más que su carácter de absoluto.

Es así que la distinción entre “el bien” y “el mal”, en la lógica del fenómeno, es un un asunto de pura necesidad ideológica, que cuando se observa cuidadosamente no tiene mayor profundidad que la diferencia entre “arriba” y “abajo” o entre “izquierda” y “derecha”, es una cuestión de opinión y de posición, empero, elevada a la categoría de fenómeno psicológico de forma injustificada, o solo justificada por el miedo a la propia postura existencial del individuo.

James Hillman mencionaba que el trabajo psicológico requiere la aceptación indiscriminada de la imagen como siendo ya una representación completa del alma, no importa la figura sórdida en que se manifiesta, ni el sufrimiento, ni lo patológico de su contexto, ya que es en lo sintomático donde prima el opus de la verdadera psicología, es en su depravación donde el alma puede desplegarse mejor.

En cambio, los ideales moralistas, encierran el desenvolvimiento del síntoma en una prisión de nosologías fijas que brindan certidumbre y calma al profesional de la salud mental, librándose con ello de la urgencia de involucrarse en aquel pensamiento que se piensa a sí mismo. Puede, en consecuencia, observarlo mecanicamente y subsumirlo a la técnica adecuada. También el paciente es capaz así de abandonar su vida anímica y entregarse inocentemente a la tarea cotidiana del espíritu de los tiempos. Ambos, paciente y terapeuta, fingen, por tanto, que su humanidad no ha nacido aun, que siguen siendo hijos de un dios que, sin embargo, hace tiempo ha muerto.

El psicólogo ha de saber que su mirada debe esforzarse por permitir que sea el síntoma quien se mire a sí mismo, despojado de la obligación hacia el ego, es su labor construir las herramientas de pensamiento que le posibiliten disminuir su punto de vista moral y subsumirlo ante el pensamiento inconsciente de aquello que se le presenta. Así, él mismo resulta tan arbitrario como cualquier otro evento, no obstante, en esa contingencia es capaz de atender a lo que de verdad es importante, que nunca es él mismo sino el mundo en el que ha nacido, es decir que puede por fin estar frente al movimiento noético que supone la lógica de lo pensado en el fenómeno, tal es el objeto propio y absoluto de la psicología.