De la función apotropaica de la psicología

Logos del alma

“Reconocer la sombra es lo que yo llamo la obra del aprendiz…”

C. G. Jung

Cuando el hombre nació ante sí mismo, desnudo de los viejos dioses y de las antiguas creencias religiosas, sintió miedo y vergüenza y busco regresar al antiguo refugio de las terribles deidades, pero era demasiado tarde, así que volviendo sobre sus pasos, sobre el camino imposible del retorno, y ante el cuerpo muerto del mundo natural, vio emerger un concepto salvífico cuya función principal fue que el ser humano no se hiciera consciente de su desnudez, que su vergüenza se enmascara en nuevos dioses y en nuevos padres celestiales, a este refugio inédito se le dio el nombre de “El Inconsciente” y fue el hogar de las deidades crepusculares.

Profunda o científica, la psicología, puesto que se centra en el sujeto, es el solaz del hombre que una vez nacido no quiere darse cuenta de la muerte de los dioses, manteniendo así la importancia personal como el eje de su labor y sosteniendo la convicción de que el sujeto es aún relevante. Tal asunción, sin embargo, es un poco de veneno con el cual tener sueños tranquilos y alejar el mal de nuestra senda.

Jung una vez dijo que la iglesia era un lugar para ocultarse del dios vivo, de la misma manera, se puede decir que la psicología moderna es un espacio para refugiarse de la muerte, de la finitud y de la verdad del tiempo presente. Por eso es tan cercano el predicador al couch o al psicólogo o al psicoterapeuta, todos fundan su doctrina en el deseo infantil por un dios que desde hace tiempo ha desaparecido y que ya no habla con sus hijos. Ese vacío de la voz divina es insoportable pero acaso es la señal indudable de que el hombre ha nacido. Es tal vez la hora de que la psicología se constituya como un camino hacia el mundo y deje atrás su labor apotropaica, pues el mal es también una sombra y en el viaje del alma hacia sí misma reconocerla como un otro es, siempre, el primer paso.

La psicología no es medicina

Logos del alma

La psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica, pero el psicólogo debe desligarse de tal concepción para poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan en el contexto de la terapia. Ocurre que cuando un psicólogo busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico, buscando llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para la ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.

El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que este siga la dialéctica inherente al mismo, para así poder aprender de tal acontecimiento, no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.

Apokatástasis

Logos del alma

En un cuento, “El eterno Adán”, Julio Verne narra la experiencia de un científico perteneciente a una cultura distante en el tiempo y que ya ha olvidado a la civilización de la que nos desprendemos. La raza humana ha crecido y nada sabe del pasado anterior a su historia. El protagonista encuentra, entonces, una caja con algunos papeles en su interior, escritos en una lengua desaparecida. Pasa años tratando de descifrarlos y cuando al fin lo hace descubre una verdad asombrosa, su propia civilización proviene de una civilización anterior, más avanzada, y aquel pueblo anterior a su época a su vez parece provenir de otra tierra llamada Atlántida.

En la historia de Verne el protagonista intuye que la raza humana ha vivido de manera cíclica durante eones, que su pueblo no es el primero en existir y posiblemente no será el último. Esa hipótesis recuerda, por supuesto, a la teoría del tiempo cíclico que tantas facetas ha tenido a través de la historia.

En la filosofía platónica se observa que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad y que en algún lugar ambos confluyen, el tiempo siempre está regresando a su imagen arquetípica. En el Timeo, Platón dice que los siete planetas fueron creados para limitar al tiempo y que, como él, cíclicamente degeneran y renacen. El Eclesiastés, Heráclito y más recientemente Nietzsche dan noticias de hipótesis parecidas.

La idea de progreso había obliterado toda referencia al tema de la doctrina de los ciclos, ahora que ciertos valores modernos han sucumbido de su calidad de absolutos, la imaginación puede divagar en estos temas antiguos y que sin embargo se insinúan perennes, como el desgajarse del tiempo.

La civilización occidental contemporánea ha cruzado un periplo y acaso no lo ha terminado aun, aun así el movimiento parece cerrarse en ciclos alrededor de las etapas promulgadas por la historiografía humana, es decir, que cada etapa de la historia es semejante a la historia en general y, así mismo, la vida individual es reflejo de la vida social, pues contrario a lo que se cree la totalidad no es mayor que la suma de sus partes, porque cada parte contiene a su vez a la totalidad, analogía que corresponde al universo de la matemática fractal y de la teoría holográfica.

Por lo tanto, lo historiado narra una visión de un lapso entre tantos otros. La crítica histórica se encarga de momentos que se repiten incesantemente, no obstante, al llegar al análisis regularmente la conclusión decae en el terreno de la admonición pues las personas, de alguna manera, afirman que los elementos sociales que imperan contribuyen incesantemente al clima de infelicidad del hombre contemporáneo. Es posible que así sea y que el vació responda a la plétora de conductas que la posmodernidad ha heredado de otras épocas y a otras tantas en las que ha parecido innovar. Es más, es debido afirmar que la realidad del mundo corresponde a la proyección que el hombre imprime en los objetos al actuar de una u otra manera.

Sin embargo, mientras la critica social se plantea la consigna de que la estructura cultural falla en llevar al hombre a una meta que ni siquiera se ha planteado seriamente lo que aquí se quiere recalcar es que las acciones del hombre están sujetas a ordenaciones que existen fuera de su entendimiento racional.

Omar al Khayyam dice: “Todo lo que existe estaba ya marcado en la tabla de la Creación. Infaliblemente y sin cuidado la pluma escribe sobre el bien y el mal; desde el primer día, la pluma escribió lo que sucedería. Ni un dolor ni nuestras angustias podrán aumentar una letra ni borrar una palabra.”

Es una ofuscación humana el creer que se puede transgredir la predestinación, que se puede pecar o hacer el bien, lo cierto es que el sí mismo, tratando el concepto junguiano, se dirige siempre hacia un destino y el hombre es mera herramienta de ese proceso de individuación. Las ideas que se conciben sobre lo bueno y lo malo son simples categorizaciones, sin resquicio de inmanencia en el ser.

Lo que queda por cuestionar, ante esta cosmovisión, es cuál es el camino que ha recorrido el ser y cuál será la senda que seguirá transitando. Dice Omar al Khayyam que como piezas de ajedrez lo hombres son conducidos al estuche de la nada y probablemente ese sea el sino de la cultura posmoderna.

Vattimo dice: “El nihilista consumado o cabal es aquel que comprende que el nihilismo es su (única) chance. Lo que ocurre hoy respecto del nihilismo es lo siguiente: que hoy comenzamos a ser, a poder ser, nihilistas cabales.” Vattimo alude a que el nihilismo es una oportunidad que la historia aprovecha para su transformación y se apoya en Nietzsche para definir el nihilismo como: “…la situación en la cual el hombre abandona el centro para dirigirse a la X.”

Así, la nada no es más que la fuente de la que todo surge, y como lo sugieren las diversas mitologías e incluso las nuevas concepciones científicas, el universo y su orden emergen de un mar caótico de partículas indiferenciadas.

Como hombres no nos queda más finalidad que la Apokatástasis, el retorno de todo lo existente al seno de Dios. El próximo paso en el estudio del fenómeno humano habría de estar fundando en los conceptos dolientes como lo son el mal, el destino, la injusticia, el caos, el absurdo… Sólo ahí en donde la lógica no impera una especie de entendimiento podrá surgir, una comprensión devoradora que abatirá toda partícula y destruirá toda memoria. Y cuando todo termine y el fin nos arrebate será el momento de volver a comenzar, pues el tiempo no existe, el espacio no existe, estas letras se diluyen en su propia ilusión y el que escribe poco a poco se ha de ir borrando; todo retorna al vacío, todo proviene del vacío y la realidad es un mito que se renueva en su propia inexistencia.

La soberbia

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La ϋβρις es, en efecto, la desmesura por exceso que nosotros designamos con el nombre que le dieron los romanos de superbia. Es el ser-más que se dispara hacia el ser demasiado. Aplicable primaria y eminentemente al hombre, el adjetivo latino superbus está calcado del griego ύπέρβιος, que cualifica a quien posee fuerza o poder en grado excepcional. La soberbia no es la posesión, sino la exhibición y el abuso del poder.

La soberbia representa el alarde del poder, su exposición de manera exagerada o de forma ruin. El hombre soberbio ha transgredido límites que los dioses consideran importantes, ha sobrepasado barreras en cuya irrupción se incurre en el pecado. Pero el soberbio no es un hombre hiperbólico, aunque finge serlo, es más bien un ser que se ha consumido en la carencia, en la mendicidad, su miseria consiste en ser menos que los demás, en tener menor poder sobre sí mismo.

Hay varios ejemplos en la mitología que muestran las consecuencias de la ubris (hybris). En la tradición hebrea encontramos el mito de la Caída, éste relata como cierto dios prohíbe a sus hijos primigenios, llamados Adán y Eva, comer del fruto de un árbol ubicado en el centro del paraíso construido para ellos. Sin embargo, una serpiente, cuya identidad es ambigua, insta a Eva a probar la fruta aciaga. Ella lo hace, luego convida a Adán. 

Aquel dios es omnipresente, y al saber que sus hijos le han desobedecido los destierra del paraíso y los arroja a la mortalidad. Dos seres con llameantes espadas guardan, mientras tanto, la entrada a la tierra del origen. Tal desfallecimiento del espíritu es una emulación de una anterior revuelta instada por el ángel Lucifer, con ello notamos que los mitos judíos son cíclicos en sus temas.

Otro mitologema semejante es el de Prometeo, en la cultura griega. Prometeo era hijo de Yapeto y de Climena, hija de Océano. Entre sus hermanos se encontraban el gran Atlas, Meniteo y Epimeteo. Hesiodo caracterizó a Prometeo como “sagaz y astuto”, luego cuenta: “…cuando los dioses y los hombres mortales disputaban en Melona, Prometeo mostró un gran buey que adrede había repartido, queriendo engañar al espíritu de Zeus”.

Prometeo había recubierto los huesos con la grasa del animal para que así fueran, los restos, más apetecibles para Zeus y por consiguiente la carne pudieran apropiársela los hombres, no obstante Zeus era muy sabio y descubrió la treta, aun así siguió el juego de Prometeo sólo para poder dar un justo castigo a la humanidad.

“Y desde aquel tiempo, acordándose siempre de ese fraude, rehusó la fuerza del fuego inextinguible que brota del roce de los maderos de encina a los míseros hombres mortales que habitan sobre la tierra.”

“Pero todavía le engañó el hijo excelente de Yapeto, robándole una porción espléndida del fuego inextinguible, que oculto en una caña hueca”

La nueva ofensa no hizo sino enfurecer más al gran Zeus que le deparó un cruel castigo al insubordinado hijo de Yapeto:

“Y sujetó Zeus con cadenas sólidas al sagaz Prometeo, y le ató con duras ligaduras alrededor de una columna. Y le envió un águila de majestuosas alas que le comía su hígado inmortal. Y durante la noche renacía la parte que le había comido durante todo el día el ave de alas desplegadas.” Tal es la descripción que nos brinda Hesiodo.

Este castigo ejemplar fue acompañado con la liberación de las calamidades que Pandora, accidentalmente, desato sobre los hombres. Por ahora no importa si Prometo fue liberado por Heracles y recibió gloria posteriormente, lo que interesa es que Prometeo desafió a los dioses y fue castigado. Icaro, Sísifo, Aracne y Medusa son otras figuras que acompañan a los griegos en la imaginería concerniente a la soberbia.

La soberbia acaece ante la indigencia del ser, el sujeto se eleva hasta cimas inalcanzables en un acto de equilibrio, como una forma de compensación ante su falta de poder sobre su propio campo de acción. Tal condición resume muchas vidas desgraciadas.

La fotografía y la realidad

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Cuando los dioses crearon al hombre, según una leyenda del Quiche, y le dieron forma a su carne, y labraron su corazón fuerte y sabio, el hombre se levantó y rindió tributo a sus creadores, les agradeció por tan magnifico estado, por la lucidez y la clarividencia, les prometió, al fin, lealtad eterna. Sin embargo, los dioses no vieron con buenos ojos las capacidades de los mortales, pues su creación estaba dotada del saber de lo grande y lo pequeño, y de sus causas, nada había que fuera desconocido para estas nuevas criaturas; pronto, con el paso de las generaciones, serían iguales a los dioses. Las viejas deidades nublaron, entonces, los ojos de sus hijos terrenos, protegiéndoles así de la maldición de la soberbia.

Desde entonces el ser humano ha vivido observando todo pero sin conocerlo, a través de su vista transcurre el mundo, rápido y doloroso, pero él nada sabe de lo que está a su alrededor. Un manto oscuro es el universo y los ojos de quien lo observa no son menos sombríos.

Ver el mundo es inventarlo, tratar con fantasmagorías que se imponen al paisaje inmóvil y perenne en un marco prescrito pero irreal. Cuando asir lo real se convierte en el pretexto de una vida, se puede saber que esa vida es ya ficticia, pues no existe lo real sino como una hipótesis, poco lucida por cierto, que esconde tras su estructura una esencia poblada por el miedo profundo y arquetípico hacia el vació. 

Si el universo existe, no lo sabemos, lo único posible es observarle con ojos que no son totalmente nuestros y actuar en el contexto aparente que forma la vida de cada persona.

La fotografía, esa herramienta, constituye una forma más de observar e interpretar la realidad inasible, y hay quien confunde sus resultados con el mundo detrás de las apariencias. No nos equivoquemos, la fotografía no registra, comenta, no observa, fábula, es un arte y como todo arte retoma la forma del paisaje y lo transforma de acuerdo a su estructura como máquina, y a los deseos de quien toma en su manos la cámara fotográfica.

El acto de fotografiar confabula al sujeto con la máquina para dar vida a sueños que sólo existen en la mente del artista, los límites aparentes, el programa y los contextos, se convierten en caminos provechosos para que el fotógrafo plasme su mirada en el marco de la cámara y a su vez este aparato extraiga un trozo del mundo, para regocijo de quien lo utiliza.

En cada fotografía es visible una parte de aquel oscuro secreto, de eso indecible que supone el interior del pensamiento, que parece entregársenos a ratos y cuando nos damos cuenta tenemos las manos vacías.

Por otro lado, en estos tiempos, tomar la fotografía como una imagen nítida del mundo es el cliché que se ha extendido a través del desarrollo de tal arte, y las cámaras comerciales instan al individuo a fotografiar todo lo que vea, pues el hombre tiene miedo, también, de perder su memoria, su identidad, de sucumbir al caos, que es otro nombre del vació. Pocos se atreven a ir más allá del círculo redundante de la fotografía normal, a esos viajeros les interesan no las formas cotidianas y monótonas, sino las cosas que nunca existieron hasta que la lente se poso sobre ellas, se dan cuenta de que el paisaje cotidiano esconde en sí mismo una originalidad no vislumbrada que espera únicamente el que algo se las arranque, y si esto no es suficiente siempre hay elementos que combinados muestran las insondables maravillas.

Se puede decir, aunque tal vez sea un error, que la historia de la cultura tiene como base el eterno deseo de conocer el mundo, como si una ínfima parte del hombre aun recordara y añorara el lejano tiempo cuando esté tenía en su poder el saber ahora proscrito. La nostalgia de lo ya perdido propulsa el paso de cada ser humano que ha poblado y poblará esta triste tierra.

En un mundo que quisiéramos estuviera poblado por signos, permanentes y seguros, nos encontramos con que lo único existente son símbolos cambiantes y divergentes, que se nos escapan a la menor provocación, al más ínfimo signo de intención interpretativa. Como si el afuera tuviera conciencia y jugara con el hombre frente a él. 

Al ver a Dios la criatura queda ciego. Los dioses son egoístas y tienen miedo. Crearon una visión incompleta y fugaz, y dotaron al hombre de la capacidad de convivir con ella. Desde entonces eso es el mundo. La fotografía nos recuerda, que hay algo de irreal en el tejido cósmico, sus imágenes nos impelen a creer que son ciertas, pero cada vez que nos acercamos a ellas presenciamos la triste verdad, cada nueva foto nos aleja, cada vez más, de la certeza.

«Re-imaginar la psicología» de James Hillman

Logos del alma

El universo es un lugar terriblemente caótico, los remansos de orden y lógica, son acaso breves milagros que no tendrían porque existir; así como la materia conocida no es más que un descuido de la oscura materia que envuelve todo lo existente, también la conciencia no es otras cosa que un destello incierto del profundo inconsciente. Somos el olvido de Dios.

Leo, o sueño leer, un libro difícil de describir, llevo tres semanas indagando en sus páginas y no deja de sorprenderme. Dice cosas que yo creía olvidadas, defiende lo que yo pensaba era indefendible, me obliga a rememorar viejas ideas que ya había calificado como abyectas. Esto demuestra que en ocasiones es necesario regresar a los antiguos vicios, para comprenderlos y utilizarlos de forma distinta. En cuanto a la psique cualquier juicio es apresurado.

El libro es «Re-imaginar la psicología», de James Hillman, que inaugura, con dicho texto, el estudio complejo de una rama de la psicología analítica: la psicología arquetípica. Politeísta, psicologizador, deshumanizante, es un esfuerzo por devolver la potestad de la psique a las antiguas formas que implícitamente la sostienen y la guían. Un retorno al caos, a la multiplicidad y la magia prehumanas que persisten en las sombras de nuestros sistemas de pensamiento. Reivindica el logos, la idea, la teoría, la fantasía, la depresión, la patología y el pecado, vuelve a ellas con nuevos ojos (los de la aflicción) y recrea así todo un mundo.

Las psicologías no entenderían este punto de vista, demasiado imaginativo y enrevesado dirían los sistemas mecánicos (cognitivos, sistémicos), demasiado enfocado en el pathos temerán las terapias humanistas (gestalt, transpersonal y demás derivados de la tercera fuerza), demasiado caótico y aventurado se quejaría la psicología profunda. Pero en la plétora es en dónde radica la fuerza, en la desproporción de las ideas, pues como sabía Blake el exceso conduce a la sabiduría.

Esta visión de los fenómenos psicológicos devuelve su papel mediador a la antigua psyche, aportando un tercer elemento a la formación physis-pneuma. Se acerca, así, a un modelo inexplorado de la psicología donde reinan la ambigüedad mítica, el sacrificio ritual y la sombra destructora y benévola. Una psicología que desiste de categorías, de certezas y de lógica.

No sucede tal como los filósofos medievales pensaban, no el descuido de Dios borra las cosas con un fuego invisible, al contrario su negligencia crea mundos, cualidades, significados. El alma sueña con volver al paraíso, pero el paraíso es infernal.»

El término “feminicidio” como ejemplo de un concepto paranoico

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I

Un problema específico con el término «feminicidio» es que engloba muchas variantes del asesinato sin atenderles debidamente y se convierte en un concepto hegemónico, consumido por la polivalencia de las variedades del comportamiento violento. Con tal término se pretende entender un fenómeno mucho más complejo, es decir, se intenta reducir al hecho de la violencia a una sola expresión y se diluyen en él otros tantos elementos aunados, pero no iguales entre sí. Al final no se logra entender ni el feminicidio ni la violencia, pues se intenta comprender, prevenir y resolver el problema de la hegemonía de la violencia con base en una noción también absolutista.

II

¿Por qué matamos? Por codicia, por miedo, por maldad, por pasión, por odio, por amor, por negocios, al ejercer poder, por accidente. El fenómeno del asesinato es distinto en cada caso y el asesino, como narrativa, tiene siempre un trasfondo particular. Todo individuo es un asesino en potencia si las circunstancias son favorables para desatar tal violencia. La imagen literalizada de la muerte subyace en cada persona. Entonces, al conjuntar una serie de situaciones en un término hegemónico ¿qué pasa con todas esas variantes? Ellas se pierden y es así que el concepto de la violencia es evadido ya que se le ha despojado de su complejidad para así poder libremente proyectarlo en cualquier objeto reflectante (un individuo, un grupo social, racial o de género). Por lo tanto, no se resuelve la violencia simplemente se otorga su responsabilidad a alguien más, primero al asesino, luego a un grupo social (los hombres, los pobres, los negros, etc.), pero los fenómenos sociales no pertenecen a individuos sino a la colectividad.

III

Cuando se sabe de un crimen, en la mayoría de los casos, se juzga de manera inmediata y de forma desfavorable, al victimario o a la víctima, se sacan conclusiones apresuradas; el propósito de este actuar es desembarazarse lo más pronto posible de aquello que se asemeja a nosotros en el otro al borrar todo rastro de semejanza. El otro se convierte en un objeto para poder descargar lo más oscuro de cada persona. El asesino o el culpable siempre es el otro y “nada de lo que hace tiene que ver conmigo o con mi grupo” dice la persona cotidiana. Tal razonamiento surge de una visión polarizada de la realidad, en ella la sombra no se integra en la propia concepción del mundo, el mal permanece, debe permanecer, afuera. Este tipo de pensamiento, polarizado, es germen de las ideologías pues es sencillo y falto de compromiso, es el lecho de los hombres buenos.

No es fácil asumir que el asesino y la víctima son responsabilidad de todos, que se bebe constantemente de la misma fuente y que somos abrazados por la misma oscuridad que aqueja al prójimo, porque aquello que incitó la acción más terrible en el otro vive dormido en cada persona.

IV

El pensamiento paranoico esencialmente divide al mundo en culpables y víctimas, siendo por supuesto, el grupo que lo ejerce el dueño de la razón y la justicia. De esa forma uno puede dejar de hacerse responsable de su participación en la dinámica social que permite e incluso necesita que ciertos crímenes atroces sucedan. No tenemos que preguntarnos si nuestro estilo de vida se sostiene en la necesidad de esclavos, trata de mujeres, tráfico de órganos, guerras sistemáticas, pornografía infantil, asesinos seriales, etc. Todo ello está clasificado en el concepto social del mal y es mejor no pensar mucho en ello, no sería bueno para la digestión y el buen dormir. Pero en cuanto es inevitable voltear hacia el horror es mejor que sea lejano y que sea culpa de otro, sobre todo de un monstruo, un ser sin cara o de cara terrible, sin emociones, loco, muy diferente a cualquiera de las “buenas personas”.

Freud llamaba a este mecanismo de defensa “proyección” y para él era el resultado de enfrentar aquello propio demasiado difícil de tratar como si viniera de afuera. Pero no viene de afuera, le pertenece a cada persona. El gran problema de este mecanismo de defensa es que la identidad del sujeto queda escindida, pues es necesario asumir lo terrible como propio para poder ser uno mismo.

Sin embargo, el pensamiento paranoico tiene otra función importante, una función política que se fomenta cuando se quiere convencer a la población de ciertas ideas, en entonces que surgen los enemigos de los buenos, de los justos, de la democracia, de la libertad, de la mujer, del hombre o de lo que mejor convenga a los intereses en turno.

V

La función política de la palabra feminicidio es evidente cuando es utilizada por el movimiento, partido o ideología en turno como una bandera de alarma. Las víctimas se vuelven entonces productos a los que se puede explotar de manera libre, sin restricciones y son usadas como proyectiles para atacar al grupo enemigo. La palabra feminicidio es así una categoría mercenaria, hecha a la medida para asesinar a las ideologías rivales.

Esto se ha visto una y otra vez a lo largo de la historia, los líderes políticos usan este tipo de palabras para afianzar su credibilidad, nada convence tanto como un enemigo común y un grupo propio lleno de virtudes, es muy tentador ser salvos de pecados y pertenecer a los “buenos”, aún a costa de responsabilizar a los demás de tales vicios.

Las personas ven a través de las ideas y si una idea se promulga como superlativa entonces la gente comenzará a vislumbrar el mundo a través de la nueva categoría emergente. Lo que antes no sobresalía, lo hace repentinamente gracias al incremento de la atención sobre el fenómeno social, lo que aumenta es la atención no el fenómeno, en psicología se conoce a este proceso como “atención selectiva”.

Esta atención selectiva es aprovechada y magnificada, moldeada y vendida, se le envuelve con eslóganes (“ni una más”, “las queremos vivas”, etc.) y se le lanza al mercado. Este nuevo producto, este espectáculo nuevo, no es importante por sí mismo, lo es en la medida que funciona como caballo de Troya para la ideología a la que se adhiere.

Por lo tanto, la pregunta (una pregunta terapéutica) que hay que hacer, antes incluso de querer resolver el problema al que apunta la palabra feminicidio es ¿a quién le conviene que exista tal término? ¿quién se beneficia por los fenómenos que desencadena?

VI

Se puede concluir que la palabra “feminicidio” tiene una función política, surge de la necesidad ideológica al servicio de un grupo, promueve el miedo y la intolerancia y se adhiere a la necesidad humana de excluir lo extraño y asegurarse en lo conocido.

Como categoría social, estigmatiza y reduce un fenómeno complejo a una expresión mínima que no lo representa, exalta una de sus variantes, pero deja en la oscuridad a la miríada de formas que tiene la violencia humana. El tema, entonces, qué es la violencia, queda indemne y fuera del pensamiento y en su lecho inconsciente crece al acecho. Con la palabra en cuestión no se resuelve el clima de peligro, sino que se agrava, ya que el problema nunca ha sido la agresión contra un grupo sino el papel de la agresión en el ámbito humano. Lo que queda en la sombra prolifera.

Como forma de identificación individual segmenta la profundidad de la psique y se deslinda de sus formas negativas, no deseadas, creando fragmentación en el mismo sujeto. Este vacío que queda en él, esta necesidad de sí mismo que surge de una escisión autoinflingida, prepara el terreno para crear individuos frágiles y manipulables, es decir buenos ciudadanos, que saben a quien odiar y a quien mostrar lealtad, conociendo de antemano qué es el mal pues han proyectado en sus formas el miedo a sí mismos. La muerte, la violación, la tortura es la condición de esta psique separada de su lado oscuro, con el peligro constante de que la fantasía inconsciente se manifieste y reclame su preciada seguridad.

VII

Entonces ¿cuál es el fenómeno que hay que pensar?, es una pregunta abierta y que queda para el futuro. Hay algunas pistas que pueden servir de utilidad:

  1. La violencia no es un problema en sí mismo, pues constituye una faceta de la existencia y como herramienta sirve a una necesidad cualquiera. Centrarse en la violencia es perder de vista que el ser humano es esencialmente un homo necans, un asesino por definición. En la violencia el hombre tiene su hogar.
  2. Es curioso como muchas modalidades del asesinato y la tortura tienen como eje el comercio sexual con mujeres y niños, la sexualidad entonces es un elemento a tomar en cuenta y desde ahí la emoción, la sensación y en conjunto la relación del hombre con la carne. ¿Qué es el niño y qué es la mujer en la lógica de nuestro tiempo?
  3. El cristianismo tiene como premisa la separación del alma y el cuerpo, quedando la dimensión corporal cargada de una sombra insoportable. Freud intuyó de la necesidad de abrir la prisión del cuerpo y exponer las fantasías ocultas en su represión. Pero no ha sido suficiente, el hombre está aún descarnado, ¿será que el asesino o el violador esencialmente cometen el crimen de intentar sentir, tal como otros lo hacen a través de los tantos pasatiempos?, no debemos olvidar que todos somos, sepamos o no, cristianos y vivimos bajo la moral del resentimiento.
  4. El hombre que mata o que ultraja lo hace cosificando al otro, el otro se convierte en moneda de cambio para obtener lo que anhela. Hay una lógica económica en su haber criminal. Todos vivimos bajo tales premisas, pero él criminal toma rumbos que nadie se atreve a admitir más que en el sueño y en la fantasía. El criminal expone el lado oculto de la forma de vida normal, expresa la fantasía inexpresable.
  5. Detrás del sexo está la emoción, detrás la emoción la carne, detrás de la carne la fantasía y detrás de la fantasía yace la noción. ¿Qué no hemos atendido que nos devora con su manía destructiva?, ¿no es acaso el crimen que témenos la experiencia de un crimen primordial que hemos olvidado, no es su grito lo que nos aterra en la noche oscura que se cierne?.
  6. ¿Y si no hubiera nada que resolver? ¿Y si todo es como tiene que ser? ¿Qué pensamiento nos pide estar a su altura para poder pensarlo?

La destrucción del niño

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Se intenta destruir al niño cuando se niega la voluntad de la vida realmente vivida y se le oculta en subterfugios, es entonces cuando ocurre el síntoma, cuando el niño es golpeado, ultrajado, esclavizado, asesinado, es cuando no se puede asumir su potencial destructivo y la ocurrencia de él mismo como una herida que tiene suceder, y cuando se quiere evitar que el niño sufra o mejor dicho que el adulto sufra las consecuencias del cambio, es entonces que la parte más vulnerable, así como la más valiosa, es víctima de la destrucción literal; el niño entonces es maltratado por adultos que no han podido dejar de ser ellos mismos infantiles que no pudieron acceder al potencial destructivo de su existencia. Son entonces poseídos por la violencia.

El niño como transgresor

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En la cosmogonía órfica, Ananke y Cronos, unidos en el abrazo primigenio, en la unidad antes de la unidad y su diferencia, rompen el huevo del que nacerá el cosmos, pero a su vez la rotura es causada por el protogono. En la teogonía, Hesiodo sitúa en el papel de quebrantador a Eros, la luz que emerge del caos y que representa al impulso creativo por el cual el universo será formado. De tal manera que el niño, como también alude Jung, es una representación de un nuevo estadio que se gesta en la negación de la antigua forma. Es en la contradicción de lo ya establecido que nace aquello que destroza lo antiguo; no es un agente externo, es la realidad naciente de un nuevo momento en el fenómeno y que se representa numerosas veces como el nacimiento de un niño. También por eso el final del mismo proceso tiene al niño como símbolo, pues el fin es principio y el principio fin (hysteron-proteron); de esta rotura consigo mismo surge la imagen del puer, pero el puer es la rotura en sí.

El psicólogo escucha

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El psicólogo se decanta por temas y metodologías poco ortodoxas, desconfía de las corrientes dominantes y trata de revelarse ante la hegemonía del pensamiento único, no se ajusta a la norma pues su propósito es atender y aprender del fenómeno, no imponer un programa externo. Como terapeuta no siempre sigue las reglas y protocolos establecidos, da prioridad a lo que habla a través del paciente, es decir a la voz del síntoma, no quiere otra cosa más que prestar oídos al pathos que se trasluce. En su formación se interesa por los temas mismos y su despliegue, intuye que ellos son también síntomas a los cuales seguir y por eso se mantiene como un continuo aprendiz del fenómeno, quiere enterarse de lo que el tema tiene que decir. Oír y reflejar, son su labor cotidiana y quizás promover que el otro (el Otro) se sienta percibido.

Ser psicólogo, por lo tanto, es aprender y escuchar y liberarse de la tentación de querer ser algo más.