¿Una psicología femenina?

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Cuando se propone una “psicología femenina” desde la posición junguiana, no se asume el despropósito que significa hablar de lo femenino como una cualidad asociada únicamente con la mujer, sin embargo a la luz de la ideología hoy es una posición imposible de zanjar por el mero diálogo racional. Confundir arquetipo y género es lo que resulta de la falta de reflexión sobre el concepto de lo femenino. Lo femenino es un atributo, una posición o una categoría, pero de ninguna manera es una posesión exclusiva de algún género; en cambio, es parte del contexto cultural que ha bebido, en un primer orden, de las metáforas biológicas, pero que con el paso de la historia las ha dejado atrás a la vez que las conserva como categorías de pensamiento.

“La mujer no existe” decía Lacan y al hacerlo no hablaba de una mujer particular sino de aquello implícito en lo femenino: el Otro o Dios mismo, como el objeto del goce que nunca se puede alcanzar. En este sentido, lo femenino es un mito y pertenece a la lógica dual del mito y, por tanto, no existe pero siempre está presente. Es quizá una debilidad del feminismo y de la búsqueda de la reivindicación de la mujer confundir las dimensiones categoriales del arquetipo y del género, al hacerlo se infla a las mujeres con un único atributo, el concepto entonces se subyuga a las necesidades del individuo, es alienado de su propia lógica y se vuelve un objeto de intercambio, un producto. El feminismo, así visto, no es otra cosa que capitalismo.

En cambio, lo femenino siempre está presente de forma negativa y en conjunción con lo masculino, no hay ánima sin ánimus y uno y otro son facetas propias del movimiento del fenómeno en camino a casa de sí mismo. Una visión realmente feminista en psicología implicaría ser capaces de permitir que lo Otro hable a través del síntoma, es decir de la unión y simultaneidad de lo diferente, independientemente de si se trata de hombres o de mujeres, pero entonces ya no sería necesario hablar de ismos sino solo de psicología como sustantivo señero.

“Zapatero a tus zapatos” o del compromiso del psicólogo con la verdad

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La gente cree que tener la capacidad de emitir una opinión asegura su calidad de verdad frente al fenómeno del que se opina. Hoy se es un analista geopolítico, mañana un economista y después un experto en temas de género; se tiene la seguridad impávida de quién está del lado del bien y quién del lado del mal. En esta convicción descansa la importancia personal del ego, que desea moldear la realidad de acuerdo a sus juicios, bajo la ilusión de que lo que se opina es igual a lo que en el fenómeno es pensado. Sin embargo, pensar y opinar son dos cosas distintas e inversamente proporcionales. No obstante, la manía por demostrar que la opinión propia es relevante da cuenta de una concepción común de verdad que implica la necesidad de adecuación del mundo a los criterios personales.

Antonio Machado decia: «Tu verdad no, la Verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela». Una declaración como, esa en los tiempos de las pos-verdad, es políticamente incorrecta, pues un concepto como éste supone un agravio contra la libertad de pensamiento y, se opina que, es propio de una mente dogmática e intransigente, “¿quién eres tu pensador para declarar que crees en algo?”, se pregunta el sujeto posmoderno con un dejo de desaprobación. De cierta manera la verdad se encuentra es un momento crítico, donde es lo más despreciado y, sin embargo, lo más requerido y tergiversado.

Si bien es cierto que la adecuación del mundo a los criterios personales significa una reducción de la verdad, hay otras formas de concebirla que pueden ser más adecuadas. Jung, por ejemplo, insistía continuamente en que los fenómenos que estudiaba no eran reales sino como imágenes de la psique, lo cual pudiera parecer un detrimento de su cualidad de objetos, empero esto significaba que su realidad era de un orden trascendente a las sustancias positivas, es decir, estas imágenes estudiadas por Jung contenían su propia verdad en sí mismas.

Una verdad contenida en sí misma es completamente distinta al acto de querer sumergir al fenómeno en el molde de la opinión propia, pues entonces es el sujeto quien tiene que someterse a la propia adecuación del fenómeno a sí mismo. Es en ese sentido que Jung podía entender la individuación como el proceso de ser lo que ya se es, o en otras palabra adecuarse a la propia verdad realmente vivida, que es distinta de las opiniones vagas sobre uno mismo, las cuales conforman la condición neurotica. Así, la psicoterapia puede definirse como una labor de compromiso con la verdad del fenomeno presente, ante la cual se subsumen tanto el paciente como el psicoterapeuta, porque es algo terrible ser presa de una enfermedad pero no así servirle a un dios.

Hay algo del prejuicio comun sobre el concepto de verdad en los análisis “psicológicos” que ante la más mínima noticia surgen con un sesudo discurso explicando las circunstancias bajo el manto de la teoría a la que se adhieren, reduciendo la complejidad del fenómeno a las pobres categorías psicológicas en turno. En lo cotidiano es posible hablar, sin sonrojarse, de aquello que no se sabe y pretender que una opinión pasajera puede ahorrar el trabajo y el sacrificio, tremendos, de adentrarse en un tema, lo que no deja de ser una actitud compulsiva y narcisista; pero el psicólogo quizá tendría que apegarse a la máxima que dicta: «zapatero a tus zapatos» y conformarse con la verdad, que no es la suya ni la del paciente o el evento, sino la del pensamiento del propio fenomeno, un pensamiento que se piensa a sí mismo y que exige del acto terapéutico de intentar estar a la altura de dicho proceso lógico.

Pensar y atender el mito como la unidad del mito y su contexto

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El mito es la unidad del mito y su contexto, pertenece a una época primordial en la que el mito era no únicamente un discurso, sino también las reglas que lo configuraban. Conforme la consciencia se fue destilando dejó de requerir el modo de pensar mítico-imaginal para, entonces, interiorizarlo en sí misma, en una nueva forma de concebirse; es decir que conservó la narrativa mítica como un discurso que, sin embargo, funcionaba ya con un conjunto de reglas distintas.

Por ejemplo, Julian Jaynes teoriza que en algún momento de la historia, lo que para el hombre actual es el modo consciente de estar en el mundo se fincaba en una estructura distinta, pues aquello que hoy se experimenta como una voz “interior” fue antes una voz “exterior” que por un proceso adaptativo se internalizó para constituirse como la auto-consciencia. Tal voz no desapareció, sino que se hizo interior y ahora funciona como en una caja de resonancia del pensamiento, y por lo tanto es la forma primaria del pensamiento humano. Lo mismo sucede con las reglas morales y las costumbres de la infancia, en un momento provienen de los padres y son dictadas por ellos, pero llega el tiempo en que dichas limitaciones dejan de venir de afuera para constituirse como la capacidad propia de regulación de la conducta.

En cuanto a la ultima imagen, resulta en una forma de infantilidad el tener que asumir que las reglas vengan de los demás nuevamente y no querer emprender la marcha desde el plano en el que el adulto ya se encuentra, es decir, hacer responsables a los otros de las propias acciones y retrotraerse a un momento del desarrollo que ya ha sido superado. Aferrarse a la voz externa y no hacerse participe de la propia voz implica una escisión en la existencia, pero no una escisión real, la cual ya sucedió en la mudanza de la niñez a la adultez, sino una obliteración del nivel lógico alcanzado como adulto y que no permite el retorno a una existencia infantil sino como una forma de divertimento, en un “como si”, una impostación o, si es demasiado persistente, como una neurosis. Pero realmente no hay vuelta atrás, no se puede recuperar el terrón de azúcar una vez disuelto.

Así como la infancia no está abolida del todo, sino integrada en la adultez y se puede recurrir a ella, por ejemplo al jugar con los niños o se hace notar en el acto de maravillarse frente a las cosas baladí, la propia consciencia mítica no ha desaparecido ya que se ha integrado en la forma más compleja de la consciencia psicológica. Por lo tanto, se puede recurrir al mito, a la alquimia o a los cuentos para entender lo que en el mito y en la alquimia se desarrollaba, pero no para atender la realidad por medio de lo que el mundo (como concepto) ya ha integrado en sí mismo; el análisis mítico sirve como una base para la comprensión venidera, como una herramienta que puede impulsar a una aprensión de la consciencia en sus propios términos, pero que solo es un puente y nada más.

Acudir al mito como explicación del mundo implica recurrir a un pensamiento pictórico, espacial, que ya no entiende la complejidad del cosmos nuevo que ha nacido. Es semejante a intentar estudiar el universo con las categorías propias de la física newtoniana cuando ya se sabe de la nueva macro y microfisica, de los campos cuánticos, de las supercuerdas, del bosón de Higgs y de los agujeros negros, todo ello es muestra de un salto en la consciencia, y si bien la teoría de Newton sirve perfectamente para situaciones de la vida cotidiana no sirve para procesos más complejos y que requieren mayor precisión. El colapso de onda puede ser mejor entendido con una ecuación que con una imagen, a pesar de que la imagen, para los que somos legos en la materia, nos basta para darnos una idea superficial.

Por tanto, el mito, bajo la premisa de que es el discurso mítico y su contexto, no es capaz por sí mismo de abarcar una complejidad inédita, que surgió del resquebrajamiento de su propia dimensión; hubo un tiempo en el que el mito era la verdad de un estadio determinado de la consciencia, en ese entonces el hombre estaba encerrado en el cascarón mítico y no se podía preguntar sobre la pertinencia de las imágenes, éstas se presentaban como la totalidad de la existencia; pero ahora que la imagen es capaz de expresar su noción, como no sucedía en los tiempos míticos, ello es el vivo ejemplo de lo alejado que se está de los modos prístinos de la consciencia. Por eso, ahora se puede pensar el mito, y es debido pensarlo, pues en tanto pensamos lo que en él se piensa somos psico-lógos y, por tanto, lo atendemos, es decir, hacemos psico-terapia.

¿Qué es más desdeñoso: mirar al mito como una expresión del alma humana y encerrarlo en la limitante perspectiva del sujeto o entenderlo como la expresión de sí mismo y como un dinámica propia que se prefiguraba a veces en lo humano? El mito no es la proyección del hombre ni de su psique, el hombre en cambio es hijo del mito y se alimenta de los restos de ésta verdad profunda que alguna vez fue el cosmos.

“Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana” o de la falacia prospectiva

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El discurso ego-psicológico está presente de muchas maneras, sobre todo en aquellas frases e ideas que parecen no contenerlo, que simulan la aceptación del síntoma como una realidad ineludible pero que finalmente niegan su validez proyectando a este fenómeno hacia el futuro. La forma básica de tales enunciados es: “Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana” y aparece de inumerables formas como una especie de promesa para soportar mejor el infortunio presente.

“Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana”, tiene en su estructura la idea básica de que es importante no eludir una situación desafortunada, lo cual refiere el hecho de una gran cantidad de problemas humanos tienen que ver la actitud de no afrontar la realidad tal como aparece, lo cual es cierto en cuanto a los problemas abordados en el consultorio. Desde Freud es evidente que la formaciones sintomáticas se desarrollan alrededor de vías alternas de descarga libidinal, es decir, que surgen como expresiones de un afrontamiento inconsciente con la realidad, desde la formaciónes transaccionales hasta la compulsión a la repetición el nodo sutil está sostenido por la falta de contacto de la consciencia sobre su circunstancia.

Se ha dicho innumerables veces que parte del trabajo psicoterapéutico es permitir que la consciencia sea consciente de lo que en el síntoma aguarda, lo cual implica que la consciencia del síntoma pueda llegar a sí misma y liberarse de su aprisionamiento material, que emerja como la noción que está resguardada en la inconsciencia de sí. Pero eso es todo. En cambio la segunda parte de la estructura del enunciado tiene un propósito distinto, pues después de habernos convencido de la importancia del síntoma y su aceptación se hace el salto al futuro donde el síntoma desaparece y se obtiene la curación, nos encontramos así ante la transfiguración del dogma cristiano que promete la redención y la salvación del que se arrepiente de sus pecados.

Em ese esquema el síntoma es aceptado, pero siempre y cuando nos podamos liberar de él, es decir, se entra en un sistema paradójico que camina hacia atrás la senda por la que ya se había avanzado, se hace patente entonces la promesa medica de la restitución. Hillman hablo extensamente sobre la falacia médicalista presente en la terapia, que desviaba la importancia de las imágenes hacia objetivos egoicos que tenían que ver con la necesidad del sujeto y no con la necesidad del síntoma, así la falacia prospectiva parece restituir la dignidad del sufrimiento pero solo al precio de sus desaparición, no hay entonces una verdadera aceptación sino solo una apertura fingida.

Por ello, es importante estar atentos a las promesas psicoterapéuticas, pues un tratamiento centrado en la evasión del síntoma no hará más que reforzar la misma circunstancia que ya se vive, la misma inconsciencia del sufrimiento que lo mantiene atrapado en la fantasía. En la falacia prospectiva el psicólogo parece dar un paso importante en este esfuerzo por resituar el fenómeno, pero de forma implícita lo vuelve a relegar a la sombra, lo cual evoca que su perspectiva es todo menos verdaderamente psicológica y que el psicoterapeuta va, como Giegerich refiere, montando en la misma neurosis que el paciente, hacia el objetivo velado de mantener al fenómeno lejano de su propia verdad. Tal psicoterapia tiene el propósito real de mantener la neurosis y lo hace con la promesa, y el esfuerzo, de curarla.

Quizá una mejor forma de abordar el síntoma sea la que dictan los evangelios como: “toma tu lecho, y anda”, pero eso será motivo de otro análisis.

Las psicoterapias silvestres

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«La preparación para la actividad analítica no es nada fácil ni simple, el trabajo es duro y grande la responsabilidad.«

Sigmund Freud

En 1910 Freud publicó un ensayo de nombre: “El psicoanálisis silvestre”, donde argumentaba lo peligroso de llevar a cabo un proceso de psicoanálisis sin la debida preparación previa por parte del analista, quien acompañado de unos cuantos conceptos entendidos a medias se aventuraba a hacer interpretaciones variopintas al paciente, lo cual corría el riesgo de convertirse en una herramienta más de la neurosis y en perjudicar la reputación de la terapia.

Hoy nos enfrentamos todavía al mismo problema en el ámbito de la salud mental y tal dificultad además se ha complejizado desde los tiempos de Freud pues los problemas esenciales del tratamiento psicológico se han multiplicado en las innumerables escuelas psicoterapéuticas que sostenidas en una sola idea, unos pocos tratados y mucha inflación, pretenden abrirse campo en el ámbito de la psicoterapia ofreciendo un discurso sencillo y celeroso que utiliza estrategias para entablar una relación ideológizante con los pacientes.

A la consulta llegan personas de varios países que se presentan con malas experiencias con sus anteriores terapeutas, si bien es cierto que estas imágenes están matizadas por la propia vivencia del consultante y deben ser atendidas como parte de su proceso, también hay ciertas pautas que son comunes en sus relatos, por ejemplo el uso de técnicas descontextualizadas, interpretaciones sin fundamento, intentos repetidos de manipulación, imposición de prejuicios del analista o la simple falta de actividad analítica en el diálogo. Todo esto es resultado de una mala praxis terapéutica donde quien la ejerce no es capaz de atender al discurso proveniente del paciente como un dialogo constante de éste con su propia existencia, ello a causa de la falta de sensibilidad del practicante y de una necesidad imperiosa por imponer su teoría sobre el proceso como parte de una estrategia de la que también es inconsciente.

Muchas escuelas terapéuticas actuales construyen discursos estereotipados en los cuales los clientes encuentran cierta falsa seguridad, ahí el profesional sabe de antemano el lugar del consultante con base en una taxonomía diagnóstica que puede llamarse: DSM V, eneagrama, tipos psicológicos, signos astrológicos o cualquier organización de la personalidad. Ante estas clasificaciones prefijadas el analista únicamente debe apegarse a los criterios de acción de acuerdo a la etiqueta previa y el paciente solo ha de ajustar su comportamiento a la misma para poder sostener su neurosis en la propia neurosis del tratamiento. Esto quiere decir que el problema escencial que ha causado la sintomatología queda descartado, pues el propósito común dé estas estrategias es librar al sujeto de aquello que lo aqueja sin preguntarse por la necesidad de su sintomatología, ofrecen, así, cumplir los deseos de la persona, pero tales deseos son imposibles pues en sí mismos son las vías a través de las cuales la psique lleva a cabo su movimiento, justo a causa de tal imposibilidad.

La preparación del terapeuta es una causa de la proliferación de estas propuestas, y es que el esfuerzo de la construcción del analista debe fincarse en pilares tales como la profunda exploración de su teoría, la auto aplicación de ésta a sí misma, el sometimiento del terapeuta al proceso analítico durante gran parte de su vida y la supervisión por parte de sus pares, éstas son actividades que le exigirán el tributo necesario para poder llevar a cabo su labor, dicha senda por supuesto no podrá recorrerla en 3 o 4 meses de un diplomado, ni en 2 años de una especialidad o posgrado y ni siquiera en 4 años de una carrera, ello no es garantía del compromiso hondo con su ocupación. Por esa razón es que son atractivas las formaciones que solo exigen que el terapeuta asuma un dogma y que su trabajo sea imponerlo a todo sujeto que lo consulte, ya que es más rápido y no exige otra cosa que el sacrificio del propio intelecto, mientras la voluntad está comodante sostenida en el maestro o en el gurú en turno que con respuestas sencillas y manuales prácticos es capaz de desentrañar cualquier misterio. Sin embargo, un abordaje psicoterapéutico serio no se deshace del misterio sino que lo acoge como parte insalvable del trabajo del análisis.

Por ello, una parte de la labor terapéutica se ha vuelto el poder integrar y separar a los sujetos de los dogmas previos adquiridos en procesos analíticos anteriores, que se han enquistado de tal manera que generan una nueva capa de neurosis la cual oculta, detrás de un lenguaje artificioso, el verdadero discurso psicológico del paciente, que es aquel que el terapeuta aprende constantemente y que constituye su herramienta más básica, la masa confusa que se someterá al fuego alquímico del opus analítico. Por supuesto está disposición no es natural y es debido refinarla una y otra vez y para siempre, lo que implica una posición poco atractiva para el psicólogo que busca resultados rápidos y descomprometidos, que se contenta con temas sencillos e indoloros y que, por lo tanto, tiene como fin, inconfesado, el mantenimiento del discurso neurótico aliviado por otro aún más neurotizante, para ellos está abierta la muy solicitada puerta de las psicoterapias silvestres.

El valiente nuevo mundo del ego

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Continuamente se emiten opiniones sobre asuntos políticos asentadas en una visión limitada del mundo y expresadas de forma visceral, no hay un pensamiento plenamente logrado dentro de ellas, sino enojo, miedo o admiración.

En el ámbito de la educación es cada vez más evidente el énfasis en la vida emocional del individuo, la educación socioemocional imbuye los planes de estudio como una necesidad del sujeto moderno que ha descubierto una parcela de su vida que antes no notaba.

La música que figura en las listas de éxitos no tiene un contenido importante, ni siquiera es musicalmente compleja, constituye una serie de repeticiones simples que alimentan la emocionalidad del oyente, lo posicionan en un estado de animo exaltado pero iterante.

La pandemia, como síntoma social, ha mostrado, como lo hace todo síntoma, la dinámica de la ideología del mercado que rige las relaciones personales y las divide en externas e internas; la reclusión se presentó como una imagen de la atomización del individuo y el miedo a la muerte como el verdadero proyecto de la sociedad occidental contemporánea.

¿Qué tienen que ver las opiniones políticas viscerales, la educación sociomocional, los estribillos anodinos de la música de masas y la cultura de la pandemia? Todas son formas en que la hegemonía del ego se manifiesta, una tiranía implícita pero terrible que traslada el dominio del mercado a la dimensión psicológica de las relaciones sociales. No es un capitalismo salvaje, sino un neoliberalismo emocional, donde el sujeto se expresa para silenciarse y se ocupa de sí mismo para convertirse en su propio explotador. El mercado se ha encarnado y ahí donde algunos habían descubierto el nuevo mundo de la mente ya se han construido centros comerciales, parques de diversiones y pequeños apartamentos a pagar en largas y cómodas mensualidades.

Del concepto de “sublación” en la obra de Wolfgang Giegerich 

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En la obra de Wolfgang Giegerich se utiliza constantemente el término “sublación” para entender como un momento de un fenómeno es sucedido por otro momento del mismo, usualmente se le critica al confundirsele con la simple superación, en la suposición imaginaria de que sublar implica el deseo de dominio de la razón sobre el fenómeno, lo cual es una interpretación equivocada. Sublar no es el acto simple de reemplazar, ni lo que coloquialmente entenderíamos como superación, al contrario, es un neologismo utilizado en para hablar de lo que en alemán se dice: “Aufheben”, que se puede traducir de varias maneras: como conservar, como trascender y como eliminar. Esta triple significación, en la filosofía de Hegel, le ocurre a la vez y en todo momento al fenómeno cuyas contradicciones internas le obligan a seguir un movimiento dialéctico en el que su lógica interna se despliega de forma constante. El fenómeno, entonces, se trasciende a sí mismo en el momento en que es obligado a abandonar su colocación anterior para desplegar su sintaxis prístina, llega, así, a casa a sí mismo. De nuevo, esto ocurre siempre y cada vez en la vida lógica del fenómeno.

De ahí que cuando Giegerich alude a la sublación del pensamiento en Jung, no quiere decir que se deba borrar lo que en Jung se expresó [notese que Jung en este enunciado no es un sujeto sino un tema, una idea que se desarrolla], sino que lo que en Jung fue un movimiento debe seguir su cauce más allá de la preferencias de los jungianos, y permitir que sus contradicciones internas eleven a la consciencia de sí mismas lo que permanece en Jung como pensamiento inadvertido. Así, se abandona a Jung a la vez que se le conserva, en un contexto trascendente que expresa lo más sutil y lo más vivo en su teoría. Se le deja atrás para poder llegar a él.

Los críticos del pensamiento de Giegerich, regularmente aluden al matiz del abandono de la teoría jungiana para intentar descalificar el trabajo de la psicología como disciplina de la interioridad, pero son ellos mismos los que destruyen la teoría jungiana al querer conservarla de forma estática, anquilosandola en modos de aplicación que dan la ilusión de movimiento pero que mantienen al fenómeno, que ha significado la teoría analítica, detenido.

Digamoslo de una manera sucinta: la sublación es la constante lucha del fenómeno por llegar a sí mismo en la consciencia.

Del pensamiento contenido en el objeto al pensamiento contenido en sí mismo

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Pensar, como movimiento lógico, desligado de una entidad que sostenga tal acto, es difícil de imaginar sino imposible, la imaginación requiere un sujeto al que atar el movimiento, y un espacio que enmarque tal acción. Esto tiene una razón, la cual implica que en un tiempo histórico pensar, imaginar y actuar estaban con-fundidos, encerrados en sí mismos. Antes de que el logos pudiera ser consciente de su separación del mundo, y ser a la vez alma objetiva y reflexión subjetiva, el pensamiento estaba atrapado en el acto ritual.

El acto ritual implica una idea actuada sin reflexión, dicho hacer no necesita la visión externa de sí para tener significado, es auto suficiente y si bien el hombre es necesario lo es como mero ejecutor del acto. No es el sujeto quien mata al animal sacrificial, son realmente los dioses, es la mano del dios que actúa a través del ser humano y que impone su voluntad en su actuación para poder desarrollar su dinámica. El pensamiento aquí no es consciente de sí mismo, puesto que se despliega sin necesidad de la reflexión, es decir, no hay que volver sobre los pasos del ritual para entenderlo, sino que el cuchillo hundiendose en la carne del animal sacrificial es su propio entendimiento, y no tiene necesidad de separarse de sí mismo.

Hay entonces una contención del pensamiento en el acto ritual que persiste en su relato, es decir en el mito. Cuando Homero comienza la Iliada no habla sino en nombre de las musas, es la musa quien cuenta la historia, son sus palabras las que son escuchadas, así como en la Biblia es la voz de Dios quien realmente se expresa y por ello es posible decir que la Biblia está dictada por el espíritu, es el espíritu que aun no ha llegado a su estado de paráclito, aun no hay separación en el logos, pues la encarnación solo puede ser posible una vez que el espíritu se ha separado de sí mismo y ha reflexionado sobre su propio pensar.

El mito es más cercano a la realidad presente en el acto ritual que a la consciencia moderna, separada de sí misma. Sin embargo, acudir al mito es recurrente pues al hacerlo se evita la angustia de la separación. Así como es difícil separarse de los padres, pero necesario para ser uno mismo, es complicado asumir que la realidad del mito ha quedado rebasada por formaciones que expresan la verdad de la época de forma más compleja que lo que las imágenes míticas pueden ofrecer. Es mas sencillo pensar en fenómenos metafísicos que den sentido a la existencia desde afuera, que encontrar el propio sentido en cada cosa que existe. Ejemplos de tales entes son conceptos como: el inconsciente, los arquetipos, la libido, el daimón, sobre todo cuando son vistos como procesos teleológicos a la medida de las personas.

Los procesos psicológicos actuales ya no están en las personas, sino fuera de ellas, pero de una forma distinta al de la época ritualista, en la dinámica que envuelve a los sujetos y que los construye como tales. El pensamiento tiene entonces una doble existencia, como el contexto lógico de ideas que en que la humanidad se desarrolla y en la reflexión que se hace en las personas sobre este contexto. La unidad de la igualdad y la diferencia entre ambas facetas constituye el pensamiento del alma, que es pensamiento tautológico. Es debido aclarar que el hombre poco tiene que decir sobre ello, y que lo conciencia egoica insiste en centrarse en sí misma con el fin de sostener una importancia que no tiene. Esto último hace que pueda concebirse una revolución copernicana final, que exprese la verdad de los tiempos actuales: el pensamiento se piensa a sí mismo, siempre.

¿Qué significa “pensar” en la obra de Wolfgang Giegerich?

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Cuando se habla de pensar en la obra de Giegerich no estamos ante algo dado o sobreentendido, es una idea que hay que aprender en su transcurso. Si quisiéramos calcificarla en una definición o insinuar que ya se sabe de lo que estamos tratando tendríamos una idea falsa, un fenómeno a medias entre su verdad y el ocultamiento de la misma. Por ello es que pensar, primero que nada, tiene que ser entendido como un proceso que se despliega, no como una categoría que encierra y clasifica para posteriormente ofrecer digerido aquello que se quiere entender. Pensar, en cambio, es actividad, solo productividad en sí misma, pero ¿de quién?.

Dice Giegerich: “El sujeto o el agente del propio pensamiento, del verdadero pensamiento, por contraste, no es el ego, no es la gente, sino, hablando mitológicamente, es «el alma». Pensar es una actividad del no-ego.” Esto no quiere decir que quien piensa sea el alma en lugar de ego, como si cambiáramos simplemente de sujeto. El que el alma sea quien piense supone que el alma misma es pensamiento, pensamiento en el proceso de pensarse a sí mismo. Es decir, que todo ello no ocurre como una posibilidad en algún ente, corpóreo o incorpóreo, pues es un proceso lógico que se desarrolla de manera negativa, por ello Giegerich lo refiere al “no-ego”, que es el ego que no es ego, o la negación del ego en sí mismo, que no es otro ego positivo sino la negatividad de la posición lógica del ego, cuya noción ha sido liberada de su “literalidad” e interiorizada en el acto de pensar. Toda esta jerga, que en Giegerich es muy clara si uno se adentra en sus escritos, quiere decir que el alma es su propio proceso de desenvolvimiento en lo real, no es otra cosa que movimiento, pero no físico sino noético.

Si bien la jerga de Giegerich es compleja, se debe entender que él mismo no trata un tema simple, sino que habla sobre una dimensión que no es abordada en la psicología académica, misma que se ha esforzado por ser solo una practica tecnológica. Pero la psicología no tendría que ser una técnica en busca de eficiencia sino una disciplina que se ocupe del alma y su desarrollo, por ello se hecha mano de una base filosófica que entiende mejor los fenómenos noéticos, y sin embargo tampoco la psicología se reduce a la filosofía, mas bien la supera precisamente al rechazar la sistematización de una teoría y centrarse en la propia teoría que el alma proponga, el psicólogo es un naturalista negativo, pues no observa para aprender, sino que en su investigación él mismo es aprendido, diría Giegerich que el cazador es devorado por sus propios perros.

Tales consideraciones impiden que el proceso de pensar se reifique en dos posiciones clásicas, una es la del pensamiento como proceso cognitivo o como función psíquica de orientación, siendo esta una explicación mecanizada que trata de explicar particularidades del fenómeno psíquico orientado a la ubicación del ego en la realidad. Esta posición provee de una herramienta muy sencilla para los psicólogos-técnicos que buscan clasificar y reducir el fenómeno psíquico a su mínima expresión para poder entenderlo, pero esto no es sino técnica en el sentido en que Heidegger alude cuando dice que la ciencia no piensa. La otra posición que no tiene que ver con el pensamiento es la lógica formal que busca pensar de manera adecuada y que dice Giegerich, abstrae doblemente el fenómeno, pues lo descontextualiza y luego lo reduce a signos.

Entonces pensar no es ni una función del ego, ni una manera de aprender la realidad. Es el alma, como movimiento lógico, en el acto tautológico de pensarse a sí misma. Por lo tanto, al hablar de este termino no se alude a la cognición o las funciones psíquicas individuales, y cuando se dice que el alma siempre piensa es un descuido confundirlo con racionalismo, pues esta confusión indica que aun no se ha podido acceder a la importancia del tema que aquí se trata ya que se viene vestido de calle a la gran fiesta a la que se nos ha invitado, misma a la que para entrar hay que quedarse fuera, es decir, que para entender primero hay que asumir que quien entiende no será el ego sino el alma, un proceso de sacrificio que no todos están dispuestos a hacer, y que no trae recompensas, sino solo disolución, pues el verdadero psicólogo no es el sujeto sino la vida lógica.

La familia devorada por el mercado

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La voracidad del capitalismo supone la engullición de todo concepto en la lógica comercial de sus interacciones, un ejemplo de sucede en el caso de la familia contemporánea. Donde en otro momento los hijos servían a un propósito social, continuaban la casta, daban sostén al proyecto político o servían a un fin sagrado, en la mutación de la modernidad tardía acontece la transformación de la parentalidad en su faceta más comercial, los hijos entonces responden a un proyecto de vida individualizador, propio de un sistema atomizado y de la misma forma que sucede con la construcción de la pareja, el ser padres se transforma en una vía de la industria del crecimiento personal, en un herramienta para la satisfacción de los ideales del culto a la personalidad donde los profesionales de la salud mental tienen un papel determinante.

Son los psicólogos aquellos que dictan que es ser un buen padre y lo hacen con una narrativa sostenida en un discurso pseudo científico que se apropia posteriormente de las categorías de la vida cotidiana. Así, la familia se somete a estándares construidos por una casta de profesionales que reproducen inconscientemente el discurso de la prioridad del capital.

Los padres acuden a los libros, al consultorio de especialistas, a los programas de televisión y a los consejos de los “expertos” para poder llevar a cabo su tarea, la paternidad se vuelve en un asunto de profesionales y los padres son convertidos en niños que necesitan ser educados. ¿Será que la emergencia de consejeros parentales sea la causa de la pérdida de autoridad y eficacia de las familias actuales y no su solución como se ha creído comúnmente? En este caso la labor por crear una educación de lo familiar podría ser más el síntoma que la cura.

En el tiempo de la erosión de las instituciones sociales, donde el genero y los roles se precipitan en productos comerciales, la familia se vuelve un bastión de reproducción de los valores emergentes. Los hijos son objetos para el comercio de servicios, son educados como trabajadores eficientes que se torturaran a sí mismos buscando metas como la salud mental y el crecimiento personal, dos palabras que caracterizan al sujeto de rendimiento. Los padres, a su vez, son clientes de un mercado de formación ideológica que vende la descomposición de su autonomía justamente con frases que significan lo contrario de lo que pretenden decir, pues empoderamiento o resiliencia, por ejemplo, deben leerse como metas opuestas a sus concepciones cotidianas, es decir como componentes de un aparato ideológico destinado a alienación del sujeto de sus lazos sociales.

La familia reproduce, así, la apuesta del proceso de inmersión del sujeto en la narrativa salvaje del capitalismo y se configura como un fabrica de reproducción que somete a sus integrantes al contexto neurótico del que toda la vida tratarán de escapar y donde incluso este intento de evasión se torna en un medio de sujeción a una lógica indestructible que los doblegará a las reglas invisibles del mercado.