Lo que dice Hillman sobre la fantasia de curación en el tratamiento psicoterapéutico

Logos del alma

“El tratamiento intenta alejar la patologización, separándola del alma.”

James Hillman

En Re-imaginar la Psicología* James Hillman es claro sobre su postura terapéutica, él, un terapeuta con décadas de práctica a sus espaldas y una de las figuras más brillantes en la psicología analítica, comprende que la busqueda de curación es la enfermedad misma de la psicoterapia pues condena al movimiento patologizador del alma a la oscuridad de la esperanza del tratamiento, encerrando así el proceso de hacer alma en la simple edificación del ego, lo cual es un abordaje incompleto y perjudicial, tanto para el sujeto como para la vida psíquica en su contexto, pues para que el ego se fortalezca primero debe subordinarse al alma de manera libre, es decir intentar estar a la altura del lugar que le corresponde en el aparato anímico.

Hillman dice: “La psicología no existe sin patologización” donde la palabra patologización debe entenderse como la capacidad de la psique de crear morbilidad y sufrimiento como parte de su constante construcción de sí misma, tal proceso es importante pues nos brinda singularidad y “nos proporciona materiales con que construir nuestras vidas normales”. No hay una existencia libre de pathos, pero en la huida constante de este hecho la psicología medicaliza y patologiza la vida cotidiana.

El autor sigue diciendo: “hemos confundido estos tres descubrimientos interrelacionados: lo inconsciente, la patologización y el alma. Creemos equivocadamente que todo el mundo necesita una terapia profesional, como si en ella fuésemos a reencontrar el alma. Pero no es así” y no lo es porque en principio la morbilidad animica es una parte normal de la vida, es aquello que le da movimeinto y contradicción, ademas no se debe olvidar que fueron “Los síntomas, no los terapeutas, [quienes] condujeron este siglo al alma”, fue en el análisis donde la patología se manifesto pero que ese trabajo fue un recipiente no porque lo patológico tuviera que ser tratado sino porque necesitaba manifestarse. Cuando el terapeuta se confunde con un sanador se inmiscuye en un ejercicio dogmático propio de la religión, entonces “Uno acude a la terapia para crecer, no porque esté afligido: como si crecimiento y aflicción se excluyesen mutuamente. Se ha abierto una sima entre el alma y el síntoma”.

Así, dice Hillman “Al atender a mi yo enfermo, me he metido de lleno en la fantasía médica” y entonces surge, como producto, la fantasía de tratamiento, “El tratamiento intenta alejar la patologización, separándola del alma”, no obstante no se debe olvidar que “cuando somos psicológicos con respecto a la patologización, no la estamos tratando; cuando tratamos la patologización, no estamos siendo psicológicos con respecto a ella”, ya que cuando dejamos de lado esta premisa requerimos de recipientes que carguen con la fantasia medica, es decir para sostener la necesidad de tratamiento es una exigencia tener recipientes para la patología, en consecuencia “Al interpretar la fantasía mórbida del alma como patología clínica, el enfoque clínico crea lo que luego debe tratar. Crea pacientes clínicos.”

La terapia de Hillman, en cambio parte de una premisa básica: “Servir al alma significa dejarla mandar; ella nos guía, nosotros la seguimos” e “Intentamos seguir al alma adonde quiera que vaya, intentamos aprender qué hace la imaginación en su locura”, así conservamos la dignidad del síntoma y su autonomía al asumir que:

“Antes de cualquier intento de tratar, o incluso de comprender, los fenómenos patologizados, vamos a su encuentro en un acto de fe, considerándolos auténticos, reales y valiosos tal como son. No disminuimos su valor considerándolos signos de enfermedad médica ni lo acrecentamos considerándolos signos de sufrimiento espiritual. Son caminos de la psique y caminos que nos conducen al alma.”

Por lo tanto, entendemos que la patologia psiquica no es propiedad del sujeto que llega a terapia, sino que es el terreno en el que su existencia se asienta, pero en principio es el alma quien sufre, la psique crea sufrimiento para poder hacerse a sí misma, en consecuencia cuando se desea curar realmente se está intentando deshacerse de aquello que no se entiende, o lo que se teme, de la vida psicologíca, primero despojando de su autonomía, de su otredad, a un fenómeno singular y encerrándolo en la causalidad del individuo para luego fantasear evasivamente con un tratamiento externo que elimine al complejo sintomático. El tratamiento, en realidad no busca remediar la enfermedad sino hacer desaparecer de la consciencia la vida simbólica subyacente. Con ello el sujeto pierde la perla de gran valor a cambio de la tranquilidad de permanecer intocado por su propia existencia.

*Todas las citas corresponden al libro Re-imaginar la Psicología, ed. Siruela, pp. 171-178

El aborto de la posibilidad

Logos del alma

El debate sobre el aborto parece haberse decantado en los valores modernos de la libre elección y de la propiedad del cuerpo, en la legalidad de llevar a cabo una alternativa que sitúa a la mujer como dueña de sus posibilidades y de su acción. Durante siglos ella estuvo encadenada al regimen patriarcal, pero hoy la mujer por fin puede desembarazarse de su cadenas y elegir libremente, tal como lo hacían sus antiguos verdugos.

Este relato, sin embargo, no responde ante las circunstancias inconscientes del acto de abortar. Es notorio que después del aborto, al menos en los casos que atiendo en el consultorio, hay componentes activos de un duelo y se observan en como el estado de animo se trastorna de tal manera que suele acarrear cambios de humor drásticos y sentimientos de tristeza, desesperanza y enojo persistentes; no obstante a causa de la prevalencia de cierto discurso ideológico estas pacientes se sienten, a su vez, culpables por los sentimientos posteriores a la muerte del feto, consideran que no debería ser un asunto importante, que no tendrían porque sufrirlo, pero aun así lo sufren y el dolor se multiplica por la culpa de no ser adecuadas para su paradigma ideológico. Su cuerpo y su psique las traicionan.

El problema es que la narrativa que dicta que el sujeto es dueño de su cuerpo, es más un deseo que una realidad, verdaderamente el ser humano nunca ha sido dueño de sí mismo, desde el principio estuvo sometido a un mundo cruel que lo mataba constantemente, a dioses que dictaban su destino y a un destino que le estaba prefijado y era anterior a él. La existencia siempre había sido irremediable y por ello el hombre era uno con su compromiso. Solo recientemente las imágenes metafísicas expulsaron al ser humano de su contenimiento para adentrarse en su carne y convertirse en sus limites lógicos, dando pie a compromisos ideológicos que dictan sus opiniones y sus disyuntivas, esta metamorfosis fue sentida por el alma como: “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”.

El cuerpo no es propiedad de las personas, pues su verdadera sustancia no es material sino que está constituido como un entramado imaginal que gira en torno a la idea de corporalidad, por ello uno de los esfuerzos maniacos de nuestra cultura consiste en alterarlo, tratar de malearlo para convertirlo en un objeto idéntico a nuestros deseos, pero el cuerpo se presenta como un objeto proteico, inaprensible; justo cuando se cree tenerlo bajo control, éste enferma e incluso muere. El cuerpo siempre ha sido ajeno, un otro que sentimos habitar y la muerte es el Otro absoluto que demuestra nuestra subordinación inalienable.

Por ello, elegir no es asunto de libertad, al contrario representa una obligación con la posibilidad; se toma un camino y se paga el costo por transitarlo, se salda con la moneda de la angustia por todo aquello que se ha decidido abandonar. De modo que la perdida es una constante del hecho de vivir, siendo la libertad no otra cosa sino la capacidad de advertir conscientemente el sufrimiento de la elección. En este sentido es que el aborto entra en el comercio cotidiano con el destino, lo que se mata no es solamente a un futuro, sino las multiples contingencias que se gestaban en el vientre del misterio. Muere un hijo, pero también lo hace la madre y el lazo de posibilidades entre ambos, es esta circunstancia lo que suscita el duelo.

Visto de esta manera abortar es una elección tremenda que debe ser asumida en su propia gravedad, más allá de la legalidad del asunto, no hay un aparato social que sostenga esta acción, la madre tiene que perder a un hijo, perder una parte de sí misma y no puede sufrir por tal evento, es obligada a olvidar, a matar también su propia experiencia anímica. Si bien, no podemos interferir en el derecho propio a elegir sobre el cuerpo, debemos tener cuenta que tal acto recae en procesos inconscientes que no son tomados en consideración en el debate sobre el derecho de abortar.

Para sostener tal acción, para asumir el aborto como acto, requeríamos admitir de forma consciente que se está ante un rito que tiene como consecuencia el asesinato no solo de una potencia vital sino de un universo experiencial y entonces permitir que su ferocidad sea asumida por el grupo y éste le posibilite a la mujer particular atender las consecuencias psicológicas de las que irremediablemente será presa, pues ella ha de estar ante una situación terrible que le exige tolerar la gestación de su experiencia y no desembarazarse de su propia vida realmente vivida.

El autor imperfecto y el espíritu de la obra 

Logos del alma

Cuando la vida intima de un autor se revela y se observan las sombras de su imperfección, sus crímenes y perversiones, inmediatamente surgen detractores de su obra que creen encontrar en su criminalidad cotidiana, un factor que despoja a su trabajo de toda credibilidad e importancia. Otros muchos suponen que por medio de conocer la vida del autor se pueden saber los motivos y entresijos de su teoría y reducir aquella a las pequeñas experiencias del día a día, semejantes a quienes en la presencia de las imágenes de un sueño las atribuyen a la indigestión de la tarde.

Hay muchos ejemplos de esto, entre ellos pienso en Alice Miller que explicaba la obra de autores como Nietzsche con base en un pobre análisis psicológico, algo así le sucedió a Jung en sus seminarios sobre el Zaratustra donde proyectaba más de lo que comprendía. Sin embargo, todos estos análisis fallan por el simple hecho de que pasan de largo que el autor no es realmente la fuente de su obra, sino un mero instrumento de la misma. Goethe a menudo contaba que él sentía como el Fausto lo había creado y no al revés, de esta manera se entiende que la experiencia de la creación no es un asunto personal o individual, no hay algo así como un genio solitario, el autor siempre es acompañado por un Otro que es la poiesis misma.

El autor no es dueño de su obra, sino que sirve a un impulso trascendente a su persona que se identifica con la voz de la cultura o con el alma, Homero y Hesiodo propiciaban a las musas, por ello no habrían pensado que los libros que escribían eran sus libros, sino que había una tarea que hacer, un relato que contar y trataban de hacerlo lo mejor posible. El papel del artista no es crear sino permitir la creación, al someterse a ella, y sustentarla con las herramientas de la habilidad rigurosa.

Pero el influjo de un Otro en la vida del autor no es gratuito, le requiere de un pago continuo en forma de sacrificios cotidianos, es un demonio que ha arruinado la vida intima de no pocos artistas. Solo quien nunca ha sido tocado por el misterio de la creación, por el daimón que exige un tributo, puede creer que el autor y su obra son la misma cosa, pero quien ha sufrido el llamado angustiante de tal demonio, sabe bien que el hombre es la carne de la que se alimenta el espíritu de la creación y el creador no se mantendrá indemne ante su don. Ningún autor, afortunadamente, está a la altura de su obra.

“Ve a terapia” o el dictado de la hegemonía emocional

Logos del alma

Las redes sociales son un excelente laboratorio de los discursos culturales imperantes, en ellas se puede observar, hablando de forma mitologizante, “el inconsciente” de una sociedad que emite ideas de las que, realmente, no se hace cargo. Por ejemplo, una de estas ideas es el papel de la psicología como medio de coherción de la vida emocional y sentimental de lo sujetos, y de lso ideales que éstos deben desear.

Byung-Chul Han insiste en que los imperativos foucaultianos del panoptico y de la represión han sido sustituidos, en la posmodernidad, por otros medios más sutiles pero también más lacerantes, porque ya no responden a una coerción externa que someta a través del miedo y del castigo sino que se han mudado al interior del discurso del individuo y se han convertido en una cadena inconsciente que lo ata a ideales que dictan aquello a lo que cada persona “deberia” aspirar a ser, es decir que el objeto de la individuación, el ser más intimo, ya no lo debe encontrar en sí mismo, porque éste le ha sido prefrabricado y yace a la venta en los estilos de vida que observa de forma pasiva en los nuevos mass media.

Empero, con la palabra pasividad no se debe acudir a la imagen al antiguo homo videns, aterido frente a la pantalla recibiendo mensajes de forma continua y adhiriendo su opinión a los mismos, sino que el nuevo usuario de las redes sociales reproduce un conjunto de mensajes que le dan la ilusión de ser pensados y de obtener, por lo tanto, su acuerdo de forma libre, pero que en realidad son narrativas que se le imponen inadvertidamente. Asi, el meme es el medio de re-producción por excelencia que viraliza los discursos que imponen aquello sobre lo que se debe y no se debe decir y lo que se permite ser pensado y lo que no, en nuestra sociedad.

La cultura del meme sirve como una maquina reproductiva que utiliza a sus usuarios para poder sostener los imperativos que ya no se imponen desde fuera, sino que convierten a los entes en partes de la misma maquina, por medio de su participación en la miríada de opiniones que surgen de forma constante en los muros virtuales. En así que el hombre se enfrenta con un continuo de mensajes que le dicen como vivir, que pensar y que sentir y, en consecuencia, al recibir estas misivas, publica un meme. La publicación de un meme tiene al menos dos componentes basicos, el enunciado y la imagen que se observa y los mensajes que lo alimentan y le dan vida, pues es un organismo ideológico que se sostiene en su asunción por parte de los individuos bajo la misma lógica del complejo psicologico, es decir, como una imagen con una carga emocional exacerbada.

Las personas, entonces, reciben y reproducen dictados que les implelen a sentir de determinadas maneras y si no se adhieren a ellas, en tal caso, deben acudir a terapia, siendo la psicoterapia el nuevo brazo represor que alinea a aquellos que por sí mismos no pueden subsumirse a los dictados de la cultura. Los disidentes ya no son enviados a Siberia, o olvidados en un psiquiatrico, sino que son conducidos a un consultorio donde se les alecciona sobre los conceptos clave para ser buenos ciudadanos, ellos son enecrrados en palabras cotidianas como “crecimiento personal”, “resiliencia”, “busqueda del sentido”, “pensamiento positivo” y “felicidad”, que no son otra cosa sino campos políticos que concentran lo deseable de la existencia y que dejan fuera aquello que más se teme.

Lo que más se teme es lo que contradice los discursos imperantes, y en el caso de la emocionalidad es la experiencia de lo terrible, de tal modo que los sentimientos comunes como la tristeza, el odio, los celos, el rencor o la envidia son relegados a sistemas psicopatologizantes que los equiparan con enfermedades que deben ser curadas. Un sujeto no puede permitirse sentir algo distinto a los modelos preferidos por la cultura, pues de otra manera se vuelve peligroso y es entonces que el discurso de la redes sociales se evidencia como hegemonico, pues se sanciona, con el ridículo, con la reprobación o la cancelación, cualquier emocionalidad que se contraponga a la positividad y a la busqueda de la felicidad, esos estados ideales que encadenan a las personas.

Hoy ya no es posible sentirse triste, o proponer, por ejemplo, el odio como el lugar de la creación, versos como los de Eduardo Lizalde que dicen: “El odio es la sola prueba indudable/ de la existencia” o como los de Jaime Sabines que apremian: “No lo salves de la tristeza, soledad,/ no lo cures de la ternura que lo enferma” ya no pueden ser escuchados sin un gesto de desaprobación porque se debe ser feliz y se deben preferir, y permanecer, en las emociones constructivas. No obstante, la destrucción es parte vital del ser-en-el-mundo y en una realidad donde se sanciona lo negativo con el trabajo psicológico, esta dimensión necesaria ha de hallar formas de encarnarse fuera de la narrativa medicalizadora y mercantilizadora de la vida cotidiana.

“Convierte los errores en oportunidades” o la evasión de la falta

Logos del alma

Uno de los esloganes más comunes de la psicología pop, como parte del dispositivo reproductor de las narrativas posmodernas, es aquel que dicta: “convierte tus errores en oportunidades”, de esa manera se pretende que el sujeto pueda pararse sobre sus equivocaciones y transformarlas en productos que le permitan continuar el objetivo implícito en la lógica del mercado, es decir, seguir produciendo y siendo productivos. Así, en ese discurso esperanzador se pueden leer ciertas intenciones subyacentes que no pertenecen a la persona sino al espíritu presente en la vorágine de la época.

Se exige, con tal consigna, que el hombre no asuma una parte imprescindible de su propia existencia, marcando una ruta hacia el progreso, propio de las ideologías modernas que consideran lo viejo, lo caduco, los obsoleto, pero también la pasividad y el detenimiento como algo indeseable en la vía perpendicular del crecimiento, cuya traducción personalista se haya en el concepto egoico del desarrollo personal. Desde ahí, se puede entender porque la psicoterapia se aferra al modelo medicalista que supone que las patologías son algo que hay que curar, palabra que es un eufemismo de la neutralización y devoración del otro, como un otro por sí mismo, para integrarlo, de forma falsa, en la concepción narcisista de la normalidad.

Se relega, entonces, a la oscuridad de lo reprimido todo aquello que no cumple con la tarea de acoger el discurso de evasión de lo terrible. Porque de lo que se huye es precisamente de la falta implicita en la existencia, de la angustia que causa la consciencia de la desnudez metafísica y la herida persistente que da testimonio del nacimiento del hombre. Es el surguimiento del nihilismo como bien lo observaba Nietzsche el signo de la liberación del sujeto, pero ello conlleva el precio de un vacío que nunca se puede llenar y el dolor continuo por existir como liberado, es decir por permanecer fatídicamente atado a la necesidad de producirse.

En el filme “The Devil’s Advocate”, un joven abogado es incapaz de sufrir una derrota en los juzgados, esa habilidad lo lleva por un camino de éxito, pero también de perdición, en el que pierde todo aquello que le era importante, hasta que por fin es capaz de perder la propia vida, de sacrificar su mismidad, de esta manera tiene la posibilidad de ser consciente de su error y de actuar en consecuencia aceptando su condición de derrotado; pero es entonces que el Diablo lo tienta, a través de la esperanza, para que de su fracaso pueda construir un nuevo éxito y así se anule su permanencia en la falta existencial.

Al obligar al individuo a favorecer solo el lado prometedor de su estancia en el mundo, no se le permite asumir el error como parte inherente de la vida, el joven de la pelicula tiene que vivir un periplo para poder hacerse consciente de que su humanidad implica el pecado, pero al final la integración de la equivocación en su estructura psiquica se ve interrumpida por la busqueda de la oportunidad y por la esperanza de no sucumbir a la caida. Sucede de esta forma porque la presencia del nihilismo pide del sujeto que éste pague conscientemente su precio, que se permita ser “sin esperanza”, un caso perdido, pero al no hacerlo se tiene que permanecer solo como “el ultimo de los hombres”, es decir en un estado infantilizado de inconsciencia en donde el proceso de individuación (tal como lo entiende Jung) queda detenido, o al menos lo hace la asunción sensata de dicho proceso, que después de todo no se trata de un desarrollo sino de una interiorización.

Atender la falta, morar en su presencia es la tarea del hombre actual, no minimizarla ni proyectarla hacia el futuro, ni remediarla, más bien dejar que ella misma haga su obra necesaria, éste es el sino al cual nadie está dispuesto, pues significa abrirse ante el Otro y en un acto amoroso dejarse desgajar por su luz oscura; esto es lo que significa amar en una época en donde solo se ama la infinitud de lo mismo, la autocomplacencia y la esperanza neurótica de que hay un paraiso despues de la caída. Por último, me pregunto si la imposibilidad de permanecer en la falta no tiene como consecuencia su producción masificada, ¿será que el terror del mundo, es el toquido en la puerta de aquel huésped mal recibido pero necesario que tiene que regresar, por vías pervertidas, para tomar su lugar correspondiente como el dolor permanente que es la existencia?

El lazo matrimonial y el compromiso amoroso

Logos del alma

En la actualidad, donde las aspiraciones apuntan a la libertad de elección y al culto al individualismo, parece cada vez menos probable que las personas opten por el compromiso matrimonial, los indices de casamientos son cada vez más bajos y la búsqueda de sustitutos filiales es una costumbre común; el sentimiento de que la pareja o los hijos son una carga o un obstáculo para el desarrollo de la persona aumenta progresivamente. Pareciera que el costo de la relación se percibe como algo demasiado oneroso. Aunado a ello, al consultorio acuden continuamente parejas que sufren por el peso que implica el que su compañero sea de una manera determinada, en la mayoría de los casos la relación se ha vuelto un campo de batalla donde las banderas que se erigen son aquello que cada uno fantasea sobre cómo realmente debería ser el otro, lo cual al no cumplirse se experimenta como una traición.

Las situaciones descritas muestran un problema especifico con el significado del otro en la vida cotidiana, donde no solo el emparejamiento es un problema sino también la contraposición de las necesidades individuales y las sociales. Esto no siempre ha sido así, en otras épocas la exigencia social era omnipresente y el sujeto no era diferente de su rol social, los oficios por ejemplo, no eran tareas que la gente pudiera elegir, sino que se vivían como una herencia que vinculaba de forma tacita a los miembros de una familia o de una comunidad y no había oportunidad de cuestionar tales reglas, porque la ley no era un conjunto de normas a las que uno debiera apegarse de forma voluntaria sino que constituían el cosmos sobre el que la realidad se asentaba. En esos momentos el individuo no existía realmente, al menos no como lo conocemos, sino que su “alma” estaba encerrada en la inevitabilidad de su destino, que no era simplemente de él, sino un fin comunal.

El matrimonio remite a aquellas épocas donde el circulo del compromiso se ceñía sobre la misma consciencia. En las ceremonias actuales aún se guardan algunos de los símbolos que recuerdan esa naturaleza prístina, los anillos y el lazo no son muy distintos al collar del remero fenicio que expresaba su existencia con un lamento tal como: “Duermo, luego vuelvo a remar”, no obstante su afirmación no incluía una queja contra su destino, al contrario sabía de su inevitabilidad, para él el mundo eran el barco, los remos y el tambor que marcaba el ritmo de su trabajo. En ese contexto el casamiento implicaba la asunción del destino como el encuentro prefijado de dos personas que antes de poder emerger a la individualidad se sometían al acuerdo comunal. Los esponsales eran una atadura indisoluble, no con el marido o hacia la esposa sino que significan la reafirmación de su lugar en el mundo, la pauta de su existencia y la obligación con ésta.

Hoy, por supuesto, una vez que la consciencia individual se ha hecho patente, los lazos matrimoniales son un símbolo abstracto que remite a una época arcaica donde estos no eran una metáfora sino figuras tangibles como las cadenas del esclavo o la coronar del rey. El hombre ha nacido divorciado de sus antiguas costumbres y rituales y por ello el casamiento ya presupone la separación, los esposos no están atados como almas gemelas, sino que pueden elegirse de entre una variedad limitada solo por su contexto socioeconómico. No es extraño, por tanto, que mientras la cultura exalta la necesidad de individualizarse, el lecho conyugal se convierte en un obstáculo contra esos ideales y, por supuesto, también todo lo relacionado con el hogar y la familia se vuelve algo indeseable pues suponen la retracción del individuo a las antiguas ataduras metafísicas que lo sujetaban.

Sin embargo, en los dos ejemplos iniciales parece que la búsqueda del otro es aun un común denominador de las relaciones, porque a pesar de las restricciones el nudo del destino brindaba un sentido firme a las personas, éstas no tenían que cuestionarse ni elegir, eran guiadas por los ancestros, que no eran otra cosa sino la representación de las reglas de la comunidad misma. Mientras en los tiempos de los sueños la obligatoriedad era un asunto que venia de fuera del hombre, a partir de la emergencia del ego el individuo tiene el deber de forjar sus propias normas y ceñirse a ellas de forma libre, o como lo dice Pessoa: “Sólo esta libertad nos conceden/ los dioses: someternos/ a su dominio por nuestra voluntad.” Es decir que la libertad entraña la paradoja de contener un compromiso implícito. Ser libre no quiere decir poder hacer lo que se desee sino ser capaz de asumir la interiorización del lazo de la necesidad en la vida individual.

El nacimiento del hombre no implica la desaparición de Ananke (la inevitabilidad), sino su integración en la lógica del ser-en-el-mundo del sujeto moderno y ello exige del acto interminable de elegir, estas elecciones se traducen, por supuesto, en sufrimiento. Los lazos matrimoniales muestran así la vivencia contemporánea de la libertad como el rompimiento de los límites del mundo y su integración a la vida individual, que no es otra cosa sino una comunidad interior que se rige por pactos y reglas que ahora no solo han de ser experimentados sino también elegidos.

El matrimonio solo es capaz de identificar el compromiso profundo del individuo si la pareja está dispuesta a sacrificar parte de sus ideales por un proyecto común compartido, es dicho pacto quien vive a través de los esposos y es renovado continuamente en la asunción de la realidad cambiante del otro. Pero el pacto conyugal, entonces, no solo es una fuente de placer sino sobre todo de sufrimiento, tiene que serlo porque representa la permanencia de un residuo ancestral para el que la mente moderna guarda un monto de resistencia. Sin embargo, todo ejercicio que intente asumir al otro produce dolor, fruto éste de una herida narcisista que implica la asunción de la otredad en la forma de un sujeto ajeno y de la elección misma, porque vivir ante el otro requiere la disminución de la importancia personal, siendo el amor la apertura al prójimo de manera incondicional y, por eso, significa una vivencia contraria al narcisismo contemporáneo que solo ama lo sencillo, lo conocido y lo homogéneo.

La libertad conlleva el dolor de elegir y la tarea de ser conscientes de los múltiples compromisos que acarrea la existencia, ésta condición no se resuelve tampoco en las variadas vías de elección de la pareja, pues en cada relación se tiene la labor básico de liberarse de los límites que impone el narcisismo, las personas pueden emparejarse en formas monógamas, polígamas o no hacerlo y cada manera particular puede responder al deseo de escapar de la elección misma. Así, el matrimonio es ineludible, pues el hombre se encuentra separado y no tiene otra opción que unirse libremente a un compromiso que lo sujeta a su propia existencia. El desafío de las parejas modernas estriba, según lo dicho, en el trabajo continuo e interminable de acoger al huésped indeseado y de estar frente al otro tal como es, y no solo como nos gustaría que fuera, y asumir el acto constante de optar por nuestro compañero, ese Proteo, siempre y cada día como la misteriosa fatalidad que también somos.

De los amores imposibles

Logos del alma

“La culpa es de uno cuando no enamora/ y no de los pretextos/ ni del tiempo.”

Mario Benedetti

En terapia, pero también en la vida cotidiana, se escucha la queja constante por los amores imposibles, que dejan una honda huella de insatisfacción en las almas de los consultantes, ellos son fuente de anhelo, de tristeza, pero sobre todo de rencor, porque guardan la semilla petrificada de la promesa de una felicidad que aquel otro sujeto se negó a cultivar, lo que al sufriente le parece una insensatez, pues ¿cómo ese otro pudo cortar una veta tan rica de placer? ¿cómo pudo cerrar las puertas del paraíso con las espadas llameantes de la distancia y de la indiferencia?

En las antiguas novelas caballerescas se observa el motivo común del caballero que en la búsqueda constante de gestas heroicas guarda un compromiso amoroso con una damisela virgen, la cual debe permanecer inmaculada para poder permitir que el héroe lleve a cabo sus encomiendas. Un tema semejante lo podemos encontrar en los autores del renacimiento que enamorados de una hermosa joven dedicaban sus obras a la figura de ésta musa que nunca podrían tener de manera carnal para ellos mismos. Así, Dante podía escribir sobre su amor por Beatriz o Petrarca hacer lo propio ante la figura de Laura, tan solo habiéndolas conocido de forma breve, prendados de la imagen evocada por ellas.

Es interesante constatar la importancia de la figura psiquica de lo femenino en la psicología de Jung ya que ésta tiene como propósito la representación de la vida animica del individuo, dicha imago no pertenece a un genero especifico sino que es la vivencia humana de la interioridad de los procesos psíquicos, por ello es identificada con el concepto mitico de alma. Esta mujer primordial es la fuente y el fin de los deseos particulares, es la gran dadora de vida y el árbol que otorga el fruto interminable, es el paraíso y la madre nutricia. Sin embargo, como Jung constataba, todo arquetipo tiene una parte oscura que les es inherente, por ello esta figura magnifica también debía ser la oscura caverna, la harpía devoradora, la Lilith asesina de infantes y, sobre todo, la negadora del placer y de la vida. En la imagen de lo femenino, por lo tanto, convive la promesa eterna de felicidad y su denegación ineludible.

El caballero novelesco requería, por tanto, escindir el arquetipo de lo femenino en dos lugares antagónicos, por un lado la bellísima doncella virginal y por el otro el dragón que la custodiaba, e incluso en casos específicos, como en el de Sir Gawain existir como la dualidad entre la esposa nocturna y la terrible bruja diurna. Dicha separación tenia el proposito de permitir que el ego pudiera forjar su estructura más allá de la conjunción incestuosa de lecho materno, por ello la imagen de la mujer debía ser inalcanzable y permanecer en el horizonte, ella tenia que ser la experiencia del deseo pero a la vez la negación de sí misma, para poder ser despedazada una y otra vez y de sus restos crear el cosmos.

Los rumores de este hito en la historia de la consciencia aun resuenan en las búsquedas amorosas de los hombres modernos, que nacidos de esta división inconfesable entre la mujer anhelada y su carácter de inasible, pueden correr tras su deseo sin el peligro de ser devorados nuevamente, pero el precio de constituirse como seres humanos es la eterna insatisfacción y un vacío que no puede ser nunca realmente llenado, y que no debe ser satisfecho ya que es la marca de su existencia, la piedra que como sisifos han de cargar absurdamente de manera ciclica.

En la vida cotidiana esto implica que es posible deshacerse de esta experiencia y encarnarla en un chivo expiatorio que cargue con la culpa de tal desazón, es así que el otro se convierte en la imagen viva de la imposibilidad del amor, entonces el amado se vuelve el responsable de la parte más desdeñosa de la existencia, es el culpable del dolor y del sufrimiento, así como lo ha sido en otro momento del signo de la felicidad; ante los ojos anhelantes se ha transfigurado en un ser hueco que personifica la falta, pero que ademas es el causante de la misma. Es de esta forma que amar se vuelve un crimen perfecto, pues la propia herida se traslada al prójimo y se le pide que se haga cargo de ella.

El amor es fruto de una promesa incumplida, pero el sujeto ha de tomar la decisión sensata de poder abrir su mirada al otro y permitir que éste sea tal como es, porque amar conlleva la resolución de aceptar la falta como algo inherente y poder apreciar aquello con lo que si se cuenta, a sabiendas de que esto es un don particular, pasajero e inmerecido. No obstante, la protesta del individuo moderno porque su semejante tome en sus hombros el peso de la existencia que no le correponde, muestra la rabieta infantil de quien, en un empeño narcisista, se obstina por no abrir su mirada al otro, deseando ser sostenido por los padres, por una pareja o por los amigos, debido a ello los idolatra y los culpa al mismo tiempo por hacer del amor un imposible, que no es otra cosa sino la proyección de su propia imposibilidad de amar.

La psicoterapia es, antes que nada, un negocio

Logos del alma

Solo por medio del autoengaño los psicoterapeutas podemos adornar la labor terapéutica como la búsqueda del verdadero ser, de la individuación o del bienestar del paciente y observar el espacio terapéutico como un antiguo y sagrado temenos. Lo cierto es que la psicoterapia es, antes que nada, un negocio que vende un producto especifico: la narrativa posmoderna del sujeto como objeto de mercado o la búsqueda del significado, que no es sino un escape, entre tantos, de la consciencia de la inanidad del hombre que vaga desnudo por su propia existencia.

Tampoco es, esencialmente, una labor de ayuda, pues en cuanto la psicoterapia trata de ser una actividad de indulgencia se topa indefectiblemente con las relaciones transferenciales que limitan la acción del terapeuta y que convierten al paciente en el objeto del gozo del psicólogo. Así mismo, la psicología nada tiene que ver con el mejoramiento del mundo ya que su narrativa está al servicio de un dogma particular que es la acumulación y la proliferación del capital, que se dirigen a la logizización del mundo y su conversión en mera información, a la encarnación del Logos, paradójicamente, al precio de la destrucción de todo sustrato positivo.

Pero el hecho del trasfondo pecuniario de este trabajo no funge en detrimento de su dignidad, pues el terapeuta es un sujeto atado a su entorno social, que requiere un medio para vivir y las herramientas necesarias para su profesionalización. Hay un mercado que requiere su acción y su preparación. La inflación de su labor, al contrario, con términos míticos o alusiones a contextos sagrados, o con objetivos humanitarios, no permite ver la importancia justa de su actividad y la ensalza de forma neurótica, condenando el trabajo en terapia a la búsqueda de subterfugios ante la banalidad de su propósito.

La psicoterapia es una forma de ganarse la vida, por medio de una vía determinada por el espíritu de la época y depende del terapeuta hacerlo eficazmente y, si es posible, con un tanto de honestidad.

La demanda de honestidad y transparencia en la pareja

Logos del alma

En las relaciones de pareja aparece de forma constante la demanda por la honestidad, uno o ambos miembros acusan al otro de no ser abierto, de ocultar cosas, de ser emocionalmente infieles, pretenden así que su pareja sea totalmente transparente a su vista, que no haya secretos en su trato cotidiano. Sin embargo, se puede entender que esta solicitud no solo ocurre como una petición de los individuos, sino que, de igual modo, es una búsqueda cultural condenada, por supuesto, al fracaso. Byung-Chul Han dice: “Las cosas se hacen transparentes cuando abandonan cualquier negatividad […]. Las acciones se tornan transparentes cuando se hacen operacionales […]”, por lo tanto, se puede asumir que la solicitud de la honestidad radical en realidad tiene que ver con un deseo implícito de dominio completo del otro, que no solo es el prójimo sino la misma alteridad como concepto, aquello Otro que a su vez es el propio alter-ego.

El psicoterapeuta sabe que el grado de honestidad que se idealiza es irrealizable, nadie puede acceder a tal magnitud de apertura ante sí mismo, pues existen un conjunto de mentes autónomas que se contraponen a la visión de la realidad unificada del paciente. El síntoma, por ejemplo, está estructurado como un lenguaje (en este sentido es un mito), él mismo habla y piensa de forma narrativa sobre un deseo particular, tiene un telos propio y dicha finalidad no siempre es igual a la que la persona desearía ya que la expresión patológica prefiere sendas ajenas a la normalidad. La soberanía del síntoma es un residuo de aquella antigua experiencia maniaca donde un dios se imponía sobre el albedrío de las personas y actuaba a través de ellas; en la actualidad el carácter inescrutable de lo divino aun mora como la interioridad lógica de todo proceso experimentado.

Por lo tanto, hay múltiples discursos en el individuo, quien es nombrado así solo a modo de un eufemismo, que lo protege de la multiplicidad que verdaderamente es, pues su nombre real es Legión. Por eso la continuidad en la terapia es una ilusión, el terapeuta debe preguntarse en cada sesión: “¿quién acude hoy a este encuentro?” y entonces construir lentamente un altar para recibir a ese huésped casi siempre indeseado. A su vez, el miedo, en el contexto del consultorio, por que el paciente pueda mentir tiene que ver con aquel ya mencionado en el caso de la pareja, ahí se trasluce la petición inconsciente de ejercer poder sobre el cliente e imponer la voluntad propia (que nunca es realmente propia), en forma del diagnostico o de la interpretación sobre el Otro.

No obstante, la mentira tiene muchas funciones, una de ellas es la emancipación del sujeto, su consolidación como alguien separado de un medio determinado. El niño que miente a sus padres, lo hace para crear un lugar donde resguardarse de la omnisciencia de ellos, es así como se crea el secreto, por medio de una distancia infranqueable, pues el infante no es otra cosa sino una traición constante, que en pos de ser él mismo tiene que llevar a cabo de manera intermitente el cruel acto de la felonia. Esa separación, que ocurre como una herida narcisista, es el proceso necesario para poder ser uno mismo, que Jung llamó La individuación.

Por todo esto, se comprende que la honestidad y la mentira siempre van juntas y que no es posible saber donde empieza una y comienza otra, pero la empresa moderna por querer ser totalmente transparentes desvía la negatividad del fenómeno hacia las personas circundantes y es entonces que los otros tienen que encarnar el secreto, las oscuras vías de la voluntad del Otro, de aquello que los psicoanalistas denominarón como lo inconsciente.

Los miembros de la pareja se esfuerzan por someter aquello que no comprenden, quieren operatividad completa, un domino inmarcesible que los acerque al objeto del gozo que nadie jamas alcanzará; así surge, debido al énfasis unilateral en la transparencia, la fantasía del rompimiento, de la separación. Se alza entonces la búsqueda por la autodeterminación, o la lucha contra el dragón, pues el control absoluto de la Gran Madre precede siempre al acto heroico de la muerte del gran Satán o el rompimiento del huevo cósmico, y ya que el secreto es inalcanzable, porque tiene una inteligencia propia, éste se escapa constantemente de nuestra necesidad de retenerlo, es así que busca lugares para refugiarse, en la infidelidad, en una familia secreta, en la adicción o en la perversión, en un síntoma que se estructure como una mentira, como un mito, que permita la vivencia de la separación y la autonomía ante la exigencia de una vida emocional imposiblemente diáfana.

El dominio del paradigma médico

Logos del alma

En la década de los años 20, del siglo pasado, el psicoanálisis vivió una batalla corta pero contundente para asegurar el estatus del gremio de psicoanalistas, mientras que Freud y Ferenczi creían firmemente que el psicoanálisis podía ser ejercido por los legos, es decir por gente ajena a la carrera medica; Brill y Jones pensaban que era un asunto de desprestigio permitir que un psicoanalista lo fuera sin haberse graduado como médico primero.

Para Freud el paradigma médico suponia un conjunto de prejuicios sobre el proceso psicopatológico en lo cuales el analista no podía darse el lujo de caer, su procedimiento no era una terapia al uso sino una vía de exploración de la psique por la cual el sujeto acrecentaba su relación con los factores inconscientes y secundariamente sus síntomas podian remitir.

Ernest Jones, sin embargo, representaba el ala americana de la IPA y, por lo tanto, la ideología económica dominante en esa época, y de la nuestra. Realmente se dirimía una disputa entre cosmovisiones distintas, por un lado la idea americana del máximo beneficio y de la elitización de los saberes y por el otro la búsqueda por el saber mismo a través del investigación desinteresada. Basta decir que Jones fue director de la IPA durante 15 años y Freud tuvo que retroceder en su esfuerzo por extender el psicoanálisis de legos, y si bien tal estatuto se modifico de acuerdo al país en que se formara el psicoanalista el espíritu de la medicina contamino todo el quehacer investigativo del aspirante.

Hoy no podemos desatender el hecho de que la ciencia y la medicina no son saberes desinteresados, sino un discurso aledaño a la ideología económica y politica imperante y, como sucedió con el psicoanálisis, la propia psicología y sus aplicaciones se subsumieron a la lógica de la generación del capital, siendo el paradigma medico el principal representante de una industria multimillonaria que cobra grandes dividendos y que sostiene su importancia en los discursos patologizantes de la vida cotidiana. Es en este contexto en el que la propia psicología se consolidó como técnica.

El psicoterapeuta, por lo tanto, para ser tomado en serio, debe tener como objetivo la cura, es decir la eliminación del sistema sintomatológico por medio del cual la psique se expresa, tomando así posición contra la emergencia del fenomeno y dirigiendo su desarrollo al esquema lógico de un estatus quo imperceptible que es mantenido de tal manera incluso por el propio discurso terapéutico, que debe invisibilizar el sistema ideológico presente, condenando al sujeto a sostener una mirada neurótica ante su relación con el mundo, alienandolo, como consecuencia, de su consciencia de clase y de su rol social y político, es decir de las características que lo vuelven humano.

La formación de los psicoterapeutas, también, está plagada de objetivos medicalizados y el estudiante se convierte así en parte del dispositivo que reproduce un conjunto de reglas generales acerca de como la realidad debe ser entendida; a su vez, él mismo instruirá a su pacientes en este saber hegemónico, con la promesa vana de la gran salud, que es una especie de paraíso para los creyentes (y todos los somos irremediablemente) de la religión en turno.