La vía vital del dinero

Logos del alma

Es habitual ver al dinero como una herramienta vulgar y despreciable, que corrompe a los hombres y extrae de ellos lo más vil de su naturaleza. Se piensa en las treinta monedas del mito cristiano, en la devastación del colonialismo, en la conjura marxista contra el capital, en el avaro prestamista, en el ambicioso consorcio global y en el negocio de la guerra. Ciertamente una gran sombra pesa en la imagen de lo monetario, pero es un prejuicio que se funda en la ilusión de que el dinero sirve a las personas, cuando lo cierto es que es un dios que exige constante pleitesía.

El capital es omnipresente, es el motor de la civilización y de la vida moderna, parece ser una representación refinada de la vida biológica en su eterno camino hacia la reproducción de sí misma. Freud planteaba que la pulsión de vida se enlazaba con el deseo de cada organismo por volver a la paz de la materialidad, de tal hierosgamos la vida se continuaba de manera infinita oscilando entre el llamado de su negación y su pulsión reproductiva.

Algo de muerte aguarda siempre en el centro de la vida porque lo vivo se funda en la superación e interiorización de lo meramente material, es decir, del reino de la muerte. Por lo tanto, la dinámica económica exalta el factor reproductivo de la vida, ese escape continuo de la prisión de la materia, cuyo carácter de huida, puede ser encontrado en el esfuerzo del alquimista por liberar a la masa confusa de su materialidad o en la imaginería gnóstica que soñaba con rescatar a la pistis sophia de su encierro en el mundo.

El carácter vital del dinero, se puede comprender también en la admonición de la acumulación del mismo, el verdadero pecado no es la producción de riquezas sino la acumulación de las mismas, es decir la ambición de querer ser el amo del dinero y conservarlo para el beneficio propio. “Beneficio” es una de la posibles traducciones de la palabra fenicia “Mommon” de la que deriva el nombre del demonio Mammon, al que se hace referencia en los evangelios cuando se alude a la imposibilidad de servir a dos amos. Sin embargo, Mammon también se identifica con Plutón, el dios de la muerte, pletórico de tesoros.

En la literatura gótica la figura del vampiro se relaciona con la aciaga conducta de querer detener el flujo de la vida y reinar sobre ella, un ideal imposible, pero que determina las fechorías y la tragedia del monstruo en cuestión. Curiosamente el vampiro muchas veces es retratado como un aristócrata rico y perverso, un Gilles de Rais o una Erzsébet Báthory, que pretende la inmortalidad, es decir, la evasión de la esencia de la vida misma a través de su dominio sobre la corriente anímica y la riqueza de los otros.

George Bataille suponía que, a diferencia de lo que el sentido común nos dice sobre la economía, no es la acumulación de capital lo que determina el ritmo de trabajo y de acción humanos, sino, al contrario, es el gasto superfluo, sin ningún sentido, el derroche puro en sí mismo, el núcleo de las relaciones económicas. Este gasto improductivo era nombrado por él como: “la parte maldita”. Es así que la destrucción es el motor que impulsa la vida, no es el crecimiento ni la construcción lo que ésta genera, ni la base sobre la que se sostiene, en su lugar es la continua laceración de la materia que es fragmentada y vuelta a reunir de manera cíclica para tener puentes sobre los que transitar hacia sí misma y luego derrumbarlos nuevamente.

Las antiguas civilizaciones realizaban este acto sacrificial a través de grandes empresas inútiles, la construcción de monumentos magníficos, las guerras sacras y las celebraciones religiosas. En la actualidad, sin embargo el gasto se ha vuelto más sutil e inadvertido, ha tomado la forma de un modelo económico dedicado a la producción continua y la generación de un capital que cada vez se vuelve más volátil, efímero, donde la materia es torturada hasta sublimarse en meros datos e información, y ante los cuales el hombre gasta toda su existencia en el culto secreto de su irrelevantificación.

Es, al fin, la vida la que se transforma y emprende su periplo de metamorfosis en esa danza terrible con su otredad intrínseca, siempre presente. En su tránsito, no es el hombre su objetivo, es ella misma la que busca perpetuarse, al igual que el capital que trabaja constantemente por reproducirse y trasmutar la materia en la noción implícita que se despliega en las distintas formas de la producción. Es, en su lógica interna, una religión cuyo oficio se ocupa de un dios celoso de su ritual cotidiano.

La elección del hombre no radica fuera de la dinámica espiritual del dinero, ya que éste fluye por su sangre y alimenta el sentido de su existencia. Ya sea para adorarlo o para desdeñarlo, el sufrimiento y el culto constante que dedica en su vida diaria al dios dinero lo convoca a la liturgia inconsciente de una vida dedicada al trabajo y a la producción incesantes. Se fabrica, de esta manera, una obra inmensa, un opus magnum, que no responde a los intereses del ser humano, ya que se hace en favor de un telos objetivo que posiblemente no repare en la importancia o inanidad del sujeto, es una noción que solo piensa en sí misma y que lo hace en las distintas imágenes como la del hombre o como la del dinero, ambos símbolos gemelos de un arquetipo que los trasciende.

También decía Borges que en las generaciones de las plantas o de los tigres había un lenguaje secreto que se replicaba para ser leído por un dios al final de los tiempos, y considerando que siempre se está en debacle de la existencia es muy probable que el papel del individuo, en la era de la religión del capital, estribe en tratar de estar a la altura de las exigencias de un espíritu vital que se perpetúa de manera irremediable o en ser arrastrado por ese rito inmarcesible que lo convierte, paulatinamente, en formas sutiles que apenas recuerdan a sus antiguos recipientes. Pero al final el camino sagrado del dinero cobrará su precio y entonces quizás sea el hombre-objeto la nueva moneda de cambio.

La amoralidad de los fenómenos psicológicos

Logos del alma

Hay una confusión evidente entre la naturaleza anímica de las manifestaciones psíquicas y el punto de vista de la persona empirica que las experimenta, éste último suele asumir estos fenómenos desde un punto de vista meramente subjetivo, plagado de prejuicios morales e indiferenciado del espíritu de la época que los alimenta, con sus categorías culturales, preferencias y animadversiones, que pronto son traducidas como verdades ineludibles.

Los psicólogos suelen aplicar categorías morales a los fenómenos psíquicos y los juzgan en relación a su conveniencia, arraigados en una posición egoíca que supone que las imágenes y los síntomas emergentes son epifenómenos derivados del individuo en cuestión y que estos complejos le pertenecen como fragmentos escindidos de su ser particular; por lo que se cree que la vida simbólica del fenómeno debería integrarse en la persona como su fin último. Esta óptica es una convención que nace de la estructura moderna de un ego que es capaz de vivirse separado de su contexto psicológico y que cuando lo observa lo asume como su creación.

En el mito hindú, el mundo cíclico es testigo de la muerte y el renacimiento de los dioses, el primero en nacer es Brahmá, luego llegan los otros dioses conjurados por su nombre y creen que Brahmá los ha creado, él mismo así lo concibe, pero realmente la muerte y el nacimiento de todos están prefijados y son anteriores a su realización, suceden de forma arbitraria. El sujeto moderno experimenta el mundo psíquico de tal manera porque ha nacido logicamente y es consciente de su nacimiento, ha olvidado su identidad orgánica y necesita haberla olvidado para poder ser convertirse en la manera en que la consciencia se observa diferenciada de sí misma.

El haber nacido del hombre moderno lo compromete con la necesidad tortuosa de asumirse como sin referentes que puedan cargar la responsabilidad de las propias decisiones, él sujeto está frente al vacío y no hay dioses que lo sostengan, este es el sentimiento del absurdo conjeturado por los existencialistas. Es entonces que la moralidad, como sustituto de lo ya perdido, se impone como un bastón en el cual recargar las angustias humanas, pues ante la falta de padres celestiales que dicten la dirección de las acciones, se requiere recurrir a las viejas categorías y a la construcción de nuevos panteones que permitan soportar la desnudez moral del sujeto.

Por ello es importante, para el discurso psicológico hegemónico, construir un relato que exalte los valores antropotécnicos del individuo, y ofrece, con tal fin, una serie de ideales que fungen como cimientos de una cultura fincada en el individualismo y el progreso, con objetivos ego-edificantes como la felicidad o la salud. Se entiende, por ende, que todo aquello que se aleje de esas grandes metas recaerá en un juicio de valor negativo, en forma de taxonomías morales que servirán como barreras que impidan que la persona piense en la pertinencia del sufrimiento, del dolor y de la destrucción o en la integración de la sombra.

Sin embargo, el fenómeno carece de moralidad intrínseca, porque lo guía un objetivo que está fincado en su propia estructura, él es en sí mismo su singular fuente de referentes. El fenómeno es la unidad de su apariencia y su esencia, de su expresión y de su contexto, constituyendo una totalidad absuelta de asideros externos. Como un vasus hermeticum, la naturaleza lógica de lo que se presenta está cerrada sobre sí misma y se incuba proteicamente para desplegar su estructura primaria en el transcurso de su aparición. No es otra cosa más que su carácter de absoluto.

Es así que la distinción entre “el bien” y “el mal”, en la lógica del fenómeno, es un un asunto de pura necesidad ideológica, que cuando se observa cuidadosamente no tiene mayor profundidad que la diferencia entre “arriba” y “abajo” o entre “izquierda” y “derecha”, es una cuestión de opinión y de posición, empero, elevada a la categoría de fenómeno psicológico de forma injustificada, o solo justificada por el miedo a la propia postura existencial del individuo.

James Hillman mencionaba que el trabajo psicológico requiere la aceptación indiscriminada de la imagen como siendo ya una representación completa del alma, no importa la figura sórdida en que se manifiesta, ni el sufrimiento, ni lo patológico de su contexto, ya que es en lo sintomático donde prima el opus de la verdadera psicología, es en su depravación donde el alma puede desplegarse mejor.

En cambio, los ideales moralistas, encierran el desenvolvimiento del síntoma en una prisión de nosologías fijas que brindan certidumbre y calma al profesional de la salud mental, librándose con ello de la urgencia de involucrarse en aquel pensamiento que se piensa a sí mismo. Puede, en consecuencia, observarlo mecanicamente y subsumirlo a la técnica adecuada. También el paciente es capaz así de abandonar su vida anímica y entregarse inocentemente a la tarea cotidiana del espíritu de los tiempos. Ambos, paciente y terapeuta, fingen, por tanto, que su humanidad no ha nacido aun, que siguen siendo hijos de un dios que, sin embargo, hace tiempo ha muerto.

El psicólogo ha de saber que su mirada debe esforzarse por permitir que sea el síntoma quien se mire a sí mismo, despojado de la obligación hacia el ego, es su labor construir las herramientas de pensamiento que le posibiliten disminuir su punto de vista moral y subsumirlo ante el pensamiento inconsciente de aquello que se le presenta. Así, él mismo resulta tan arbitrario como cualquier otro evento, no obstante, en esa contingencia es capaz de atender a lo que de verdad es importante, que nunca es él mismo sino el mundo en el que ha nacido, es decir que puede por fin estar frente al movimiento noético que supone la lógica de lo pensado en el fenómeno, tal es el objeto propio y absoluto de la psicología.

El matrimonio ha muerto – ¡Larga vida al matrimonio!, Caps. XVIII, XIX y XX

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulos XVIII, XIX y XX del libro ‘Marriage is Dead, Long Live Marriage!, pp. 108-125

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

CAPÍTULO XVIII

El matrimonio ha muerto – ¡Viva el matrimonio!

Al comienzo de este libro me referí a la imagen del turbulento matrimonio de Zeus y Hera. Estos dos no disfrutaron del llamado matrimonio feliz. En cambio, lucharon entre sí de las maneras más crueles. Quizás esta pareja pueda ayudarnos a entender el matrimonio desde una nueva perspectiva.

No faltan los esfuerzos para iluminar y comprender el matrimonio de hoy y para ayudar a las parejas casadas a superar sus problemas. Lo que falta, en mi opinión, es una investigación que revele bajo qué estrella, bajo qué imágenes, se desarrolla realmente nuestro trabajo teórico y práctico sobre el matrimonio. Si queremos comprender psicológicamente a otras personas y nuestro propio trabajo, es esencial en primer lugar tener claro a qué dioses estamos sirviendo, a qué imágenes arquetípicas estamos obligados. Incluso puede suceder que estemos sirviendo a dos señores, que nos dejen llevar por imágenes contradictorias, y por lo tanto provoquemos una gran confusión.

Muchos de los dolores y esfuerzos que se toman para lidiar con el matrimonio actual están dominados por consideraciones de bienestar, felicidad y biología. Esto corresponde a la actitud de la psicología contemporánea, que se caracteriza por un profundo escepticismo e incluso rechazo hacia todo lo trascendente.

Muchos expertos que se preocupan por el matrimonio, ya sean psicólogos o consejeros matrimoniales, tienen como objetivo el llamado matrimonio normal y feliz, la relación no neurótica entre dos parejas más o menos sanas. Se ha hecho mucho para alcanzar este objetivo. Se desarrollan técnicas que supuestamente ayudan a las personas casadas a entenderse mejor, física y psicológicamente. Se hacen intentos para explicar los mecanismos neuróticos de relacionarse con la pareja, para exponer, cambiar o eliminar tales mecanismos. El matrimonio se entiende como una relación entre dos personas que, a través de esfuerzos psicológicos por parte de la pareja casada y quizás con la ayuda de expertos, puede plasmarse en algo satisfactorio y feliz.

Sin embargo, nada de esto cambia el hecho de que los divorcios continúan ocurriendo y que los matrimonios existentes a menudo parecen estar terriblemente enfermos. Así, la disolución o modificación radical de esta institución se exige a menudo por honesta desesperación. La mayoría de las personas esperan poder llevar una vida matrimonial feliz, pero pocas parejas son capaces de hacerlo. Por lo tanto, surge la pregunta legítima de si no sería mejor abolir el matrimonio por completo. El caso de este punto de vista radical se vuelve más fuerte ahora que muchos de los factores que apoyaron el matrimonio, al menos en apariencia, están dejando de existir lentamente. Pocas parejas casadas manejan una granja o un negocio juntas y, en consecuencia, pocas entienden y dan forma a su matrimonio como una sociedad comercial. Más del noventa por ciento de la población activa son empleados. Mientras que el cuidado de los hijos une a las parejas casadas durante unos veinte años, muchos matrimonios duran cincuenta o sesenta años. A esto debemos agregar que muchos psicólogos opinan que los padres no son fundamentalmente aptos para criar hijos, especialmente si, como la mayoría de las personas, viven en un matrimonio arduo y problemático. Y solo unas pocas personas hoy en día todavía están en condiciones de obtener poder político a través del matrimonio. Cada vez menos factores económicos, sociales y políticos parecen venir en ayuda del matrimonio.

Por esta razón, el último factor de apoyo restante, la sexualidad, se aferra aún más frenéticamente. Hay innumerables libros que quieren enseñar a las parejas casadas cómo llevar una vida sexual feliz y plena. Afrodita debe suministrar el yeso y la argamasa para ayudar a mantener unida la casa del matrimonio que se derrumba. El matrimonio es de hecho un lugar donde la sexualidad a menudo se puede vivir intensamente. En los últimos tiempos, sin embargo, el matrimonio ha perdido su monopolio en este sentido. Los jóvenes se han vuelto más liberados sexualmente. Cada vez más, viven su sexualidad sin vincularse maritalmente entre sí. Todos los meticulosos intentos de frenar las actividades sexuales extramatrimoniales, por ejemplo, mediante la prohibición de la prostitución, han fracasado miserablemente. Hoy es posible que miembros de todas las clases sociales lleven una vida sexual satisfactoria sin tener que casarse.

Más aún, se está volviendo cada vez más evidente que el matrimonio en realidad puede tener un efecto inhibidor sobre la sexualidad. Para muchas personas, el matrimonio no significa gratificación sexual, sino frustración sexual. Por lo tanto, parece que incluso la última razón para el matrimonio, además de tener hijos, está en declive. El matrimonio concebido bajo la bandera del bienestar se ha convertido, para innumerables personas, en la mayor decepción.

El llamado matrimonio feliz claramente se ha acabado. El matrimonio como institución de bienestar ya no tiene justificación alguna. Los psicólogos que se sientan comprometidos con el objetivo del bienestar harían mejor en recomendar y sugerir formas alternativas de convivencia en lugar de desperdiciar su energía tratando de remendar una institución fundamentalmente imposible. Desde la perspectiva del bienestar, el matrimonio no es solo un paciente, es un paciente terminal, al que se debe dejar morir.

Aquí y allá se hacen intentos de definir el matrimonio de una manera nueva utilizando la relación interpersonal como punto de partida. La relación interpersonal es hoy algo así como un dios. Y hay teólogos que sostienen que Dios se muestra en las relaciones interpersonales o consiste en ellas. Pero las relaciones interpersonales pueden construirse y cuidarse fuera del matrimonio. Para una relación interpersonal feliz, el matrimonio es un escenario bastante pobre. Uno vive demasiado cerca uno del otro y se frota uno contra el otro con demasiada fuerza.

En mi práctica he hecho la siguiente observación curiosa: el nivel de dificultad en un matrimonio, la suma de sufrimiento, irritación, ira y frustración, también los elementos neuróticos y perversos que se encuentran en un matrimonio, todo esto no necesariamente paralela a una tendencia hacia la disolución del matrimonio. Es decir, los matrimonios aparentemente malos a menudo son viables y, de hecho, continúan hasta la muerte de uno de los cónyuges. Por otra parte, los matrimonios menos patológicos suelen mostrar una tendencia a la disolución; parecen disolverse más fácilmente que los matrimonios más difíciles. Al observador que navega bajo la bandera del bienestar le cuesta entender esto. La tendencia es dar mal pronóstico a aquellos matrimonios en los que las neurosis, las perversiones sexuales, las relaciones torcidas y fenómenos similares se presentan.

La tenacidad del matrimonio como institución, el hecho de que siga siendo popular a pesar de su estructura dolorosa, se comprende mejor si dirigimos nuestra atención a imágenes que no tienen nada que ver con el bienestar.

El tema central en el matrimonio no es el bienestar o la felicidad. Es, como este libro ha tratado de demostrar, salvación. El matrimonio involucra no solo a un hombre y una mujer que se aman felizmente y crían hijos juntos, sino a dos personas que están tratando de individualizarse, para encontrar la «salvación de sus almas». Tal vez esto suene piadoso y anticuado. Debido a la genuina ansiedad de que los elementos religiosos puedan ofuscar o falsificar nuestro conocimiento científico, hemos cerrado el acceso a la comprensión del alma; tenemos ante nuestros ojos una imagen de la humanidad que es sólo una entre muchas. Somos criaturas que estamos orientadas no sólo hacia el bienestar. Somos criaturas cuyo comportamiento no puede explicarse simplemente por una lucha por la supervivencia y la felicidad, por la catarsis y la satisfacción. No somos meros feacios. El resultado de esto es que los seres humanos y, lo que aquí nos interesa especialmente, una de las instituciones más importantes de la humanidad, el matrimonio, nos da la impresión de estar mayormente enfermos. El matrimonio es juzgado por las imágenes de bienestar y sale mal.

El matrimonio como tal se define no sólo por las imágenes de bienestar, sino también por las de salvación. La concepción “hasta que la muerte nos separe” no tiene nada que ver con el bienestar. Visto desde la perspectiva del bienestar, la noción “hasta la muerte” no tiene sentido. Considerado desde la perspectiva del bienestar, el matrimonio es una enfermedad incurable. Por esta razón, los esfuerzos para exponer y eliminar los llamados neuroticismos de los cónyuges y del matrimonio en sí tienen un valor limitado. Mucho de lo que los apóstoles del bienestar consideran enfermo no lo es en absoluto (es decir, el sacrificio antes mencionado de una parte importante y creativa de la propia personalidad).

Para las personas que adoran en el altar del bienestar, el matrimonio da la impresión de estar enfermo. Pero los caminos a la salvación son muchos. Hay tantos caminos de individuación como personas. El matrimonio es un camino soteriológico entre muchos, aunque contiene diferentes posibilidades.

Por esta razón aludí al comienzo de este libro a las muchas imágenes diferentes del matrimonio. Zeus y Hera ofrecen una imagen; la Sagrada Familia, otra. Hay muchos otros, y cada pareja casada crea su propia versión de la imagen del matrimonio. La pareja casada que sigue el modelo de la imagen de la Sagrada Familia experimenta a los devotos de Zeus y Hera como anormales; a Hera y Zeus, la Sagrada Familia les parecería un asunto lamentable. Los caminos soteriológicos siempre han sido particulares. Pienso en los estilitas o santos pilares que se sientan durante años en lo alto de un poste para encontrar su salvación, o en las monjas medievales que besaban las heridas de los leprosos. Así también encontramos una gran riqueza de varios caminos de individuación en el matrimonio. Por ejemplo, el matrimonio príncipe-consorte en el que la esposa gobierna y el esposo sirve discretamente tras bambalinas, o el matrimonio de la mafia en el que el esposo es un criminal en el mundo exterior, pero vive el matrimonio de la Sagrada Familia con su esposa e hijos – y muchos más.

Para comprender a las personas y sus estructuras sociales se requiere una visión de las imágenes arquetípicas que están en funcionamiento en el fondo. El fenómeno del matrimonio no puede ser captado sin considerar las imágenes que le dan forma al matrimonio. Toda manifestación psicológica debe ser confrontada con sus propias imágenes y no con imágenes que le son ajenas. Las catedrales góticas, si se las confronta con imágenes idealizadas de la antigua Grecia, parecen ininteligibles o degradadas. En las páginas anteriores he tratado de mostrar cómo aferrarse a una imagen inadecuada, es decir, la reproducción, oscurece las verdaderas proporciones de la sexualidad. Sin embargo, la sexualidad es poderosa e instintiva; su camino de individuación y su simbolismo son capaces de mantenerse, ya sea que se reconozcan como tales o no.

Como personas que son miembros de comunidades culturales, religiosas y nacionales, y como cónyuges, hemos creado y continuamos creando las posibilidades de individuación, de la búsqueda de la salvación, a través del matrimonio. Las imágenes que se encuentran detrás del matrimonio tal como lo entendemos hoy son diversas imágenes de individuación y salvación. Tan pronto como confrontamos los matrimonios concretos con otras imágenes extrañas, como el bienestar, la felicidad, un hogar para los niños, el matrimonio parece sin sentido, seco, moribundo y mantenido vivo en gran parte por un gran aparato de psicólogos y consejeros matrimoniales.

El matrimonio ha muerto – ¡Viva el matrimonio!

CAPÍTULO XIX

No tienes que casarte para tener hijos

La reacción a la primera edición de este libro me hizo darme cuenta de que en algunos casos planteaba más preguntas que respuestas. En este capítulo, que servirá como epílogo, me gustaría profundizar en las consecuencias sociológicas y políticas de la noción de matrimonio que he propuesto. La individuación es siempre, como he subrayado anteriormente, también política. En este sentido, el matrimonio es también un problema político. No estoy hablando de la sociedad; esto sería un concepto demasiado general. Se trata del Estado Civil, que es la expresión concreta, tanto en el bien como en el mal sentido, de una comunidad, y que determina la estructura formal y jurídica del matrimonio, la educación, etc. Entiendo el Estado no sólo como un mal necesario, sino como expresión de que no sólo tenemos un alma individual, sino también un “alma” colectiva o inconsciente. Un Estado debe entenderse no sólo como un contrato entre lobos que han acordado no alimentarse unos a otros, sino también, en cuanto a su objeto y diseño, como expresión y creación del alma colectiva. En este sentido, quizás incluso se pueda hablar de Estados sanos, neuróticos, psicopáticos o incluso psicopatológicos, por lo que, sin embargo, el concepto de psicopatología no debería transferirse a los Estados de manera demasiado ingenua.

Experimento el Estado Suizo, del que soy sujeto, como sano rayano en lo neurótico, con algunos rasgos psicopatológicos; su desarrollo está cerca de mi corazón.

En los llamados círculos perpetuadores del Estado, a menudo prevalece la opinión de que el matrimonio y la familia en su estructura actual son la base del Estado. Quienes rechazan al Estado lo entienden negativamente: la familia es una institución de esclavitud en manos del maligno Estado.

Estoy asumiendo que el matrimonio es un caso especial del camino a la individuación – confrontación con la pareja hasta que la muerte los separa – que, como muchos caminos de individuación, no debería ser transitado por todas las personas, tal vez ni siquiera por la mitad de ellas. Por lo tanto, encuentro preferible que el matrimonio en su forma actual no tenga el monopolio del diseño de la relación entre hombre, mujer e hijos. Esto implica ciertos cambios sociales y políticos, que ya se pueden observar en la actualidad. La prostitución, por ejemplo, es más ampliamente reconocida y respetada. Sin embargo, en muchos lugares el matrimonio sigue siendo la única unión legalmente reconocida entre dos cónyuges. Parece inevitable que el Estado reconozca y legalice otras formas de convivencia. Otro cambio necesario es la actitud social y política hacia los niños nacidos fuera del matrimonio. El deseo de procrear está, en mi opinión, más extendido que el de individuar a través del matrimonio. Una y otra vez escucho a una mujer joven decir: “Solo me caso para tener hijos; De lo contrario, no me importa el matrimonio”. Quienes desean tener hijos se sienten obligados hoy a casarse sin reunir ninguno de los requisitos para este camino especial de individuación. La sociedad debería dejar de considerar el tener hijos fuera del matrimonio como una vergüenza y debería facilitar la educación y el cuidado de los hijos fuera del matrimonio. Aquí parezco sacudir los cimientos liberales de nuestro Estado. La familia tradicional constituye una fuerte barrera contra la desindividualización. Es la familia la que hasta ahora ha estado principalmente educando y asesorando a los niños. Si se crean más instalaciones estatales para niños fuera del matrimonio, la influencia del Estado se vuelve demasiado grande. En el ámbito íntimo de la familia, un alma individual puede encontrar su camino más fácilmente que bajo el peso constante de un Estado poderoso.

Personalmente, estoy convencido de que es posible que las madres (o padres) solteros establezcan las mismas condiciones para el desarrollo individual de sus hijos que las parejas casadas; no hay necesidad de que el Estado interfiera. Debería ser posible, por ejemplo, mediante incentivos fiscales especiales, proporcionar a las madres o padres solteros tiempo suficiente para educar a sus hijos. Es cierto que esto sería a expensas de aquellos que no tienen hijos. En última instancia, es de interés del Estado proporcionar tantos caminos hacia la individuación como sea posible, no solo los tradicionales de la familia y el matrimonio. Aún más importante que la medida económica sería revalorizar la situación de los niños en general, y en especial de los nacidos fuera del matrimonio. Una madre soltera que tiene que criar a sus hijos sola merece ser tan apreciada como una madre casada. Hay muchos caminos hacia la individuación; cada uno necesita ser respetado. Tener más hijos nacidos fuera del matrimonio no sacudirá los cimientos de nuestro Estado libre y democrático; por el contrario, si el Estado hace todo lo posible para apoyar a estos niños y sus padres solteros, sin sucumbir a la tentación de interferir demasiado en su educación, entonces demostrará ser una institución que puede ser amada y defendida.

Los hijos, ya sean nacidos dentro o fuera del matrimonio, tienen una importancia decisiva para la individuación de muchas personas. Significan para una madre o un padre una confrontación psicológica que termina en muchos casos solo cuando muere uno de los cónyuges. Los niños tal vez puedan distanciarse un poco de sus padres, pero rara vez los padres pueden hacer lo mismo con respecto a sus hijos. Tener hijos significa estar en una confrontación de por vida con alguien que, aunque es pariente, pertenece a otra generación. Esto a menudo es infinitamente difícil y puede avanzar decisivamente en el desarrollo psicológico. La individuación en la relación padres-hijos es mucho más complicada que la confrontación entre cónyuges. Sin embargo, la relación con los hijos también puede usarse contra la individuación. Los niños pueden ser considerados como propiedad de uno, como glorificación o continuación de uno mismo, como un relleno para el vacío y el sinsentido de la vida. Cualquier actividad basada en la biología puede ayudarnos a esquivar sentimientos depresivos de insensatez. El aparente vacío del ser puede evitarse comiendo, bebiendo, durmiendo y teniendo hijos. La individuación también puede ser impedida distanciándonos de nuestros hijos al criarlos de manera ruda y lista y tan pronto como puedan estar solos, sin prestarles atención. Se aconseja a las madres que busquen trabajo de nuevo tan pronto como su hijo asista a la escuela. De esta forma se evita cualquier confrontación intensa con el niño. A través de nuestros hijos experimentamos el misterio de nuestra propia vida y muerte. Los hijos están emparentados con sus padres, descienden de ellos y, sin embargo, son completamente independientes. A menudo uno experimenta que ya no pertenece, que ya no entiende las cosas, que uno se convierte lentamente en una figura histórica. Uno comienza a sentirse fuera de tiempo. Y así uno experimenta la muerte, el propio límite psíquico, acercándose. Y todo esto ocurre entre padres e hijos, sin importar si los padres están casados o solteros. Por lo tanto, el camino hacia la individuación de los padres solteros merece mayor atención.

Es muy posible que una familia monoparental ofrezca a la madre o al padre muchas posibilidades de desarrollo psicológico; pero para los niños, se puede objetar aquí, todo esto es seguramente una gran desventaja. Los niños de familias monoparentales tienen más probabilidades de ser descuidados, neuróticos y tener dificultades en la vida, según muestran muchos estudios. A esto me gustaría decir lo siguiente: es inmensamente difícil vivir fuera o incluso en contra del canon social dominante. El estilo de vida elegido, el camino hacia la individuación y el tipo de desarrollo psicológico deben ser aceptados y apoyados por el entorno al menos hasta cierto punto. Solo los genios psíquicos tienen el poder de individualizar completamente fuera del colectivo. La familia monoparental –en menor medida si es consecuencia del divorcio o de la muerte de uno de los padres– sigue estando hoy fuera de la norma colectiva y, por tanto, cargada de un estigma social. Esto hace que la situación sea más difícil para las familias monoparentales y sus hijos. Si las familias monoparentales fueran más aceptadas, sus hijos se desarrollarían más sanos psicológicamente.

Además, si las mujeres o los hombres se casan por la única razón de criar hijos, y no porque el matrimonio sea su camino elegido hacia la individuación, entonces la disposición de este matrimonio supuestamente infeliz dañará al niño mucho más que una familia monoparental.

La humanidad continúa descubriendo nuevas posibilidades de individuación. Cuanto más sofisticada es una cultura, más caminos de individuación se ofrecen y más interesantes y creativos se vuelven.

CAPÍTULO XX

La pareja mayor – La pareja de sirvientes

Para repetir: La promesa de permanecer juntos hasta la muerte ya no tiene el mismo significado que en el pasado. Hace doscientos años, las parejas casadas vivían juntas como máximo entre diez y veinte años. Hoy en día es fácilmente posible que una pareja casada esté junta durante cuarenta a sesenta años, y cada miembro de la pareja suele vivir hasta los ochenta.

En el pasado, muchos matrimonios terminaban por la muerte de uno de los cónyuges dentro de diez a veinte años. Incluso hoy en día, muchos matrimonios terminan durante el mismo período de tiempo, aunque sea por divorcio. Por otro lado, más parejas siguen casadas después de veinte años que hace doscientos años. Tal vez sea menos sorprendente que tantos matrimonios terminen en divorcio que que no lo hagan.

Además, los matrimonios en los que uno o ambos cónyuges tienen más de sesenta y cinco años son cada vez más frecuentes, independientemente de que se trate de un primer, segundo o tercer matrimonio. El porcentaje de parejas mayores es cada vez mayor. Casi todo lo que se ha escrito sobre el tema del matrimonio trata de parejas casadas hasta los sesenta o sesenta y cinco años. El grupo de edad entre sesenta y cinco y ochenta y cinco años está siendo más o menos ignorado. Este grupo de edad es un fenómeno relativamente nuevo y plantea la pregunta: ¿En qué se diferencian sus matrimonios de los de las parejas más jóvenes?

La individuación tiene lugar de manera diferente después de los sesenta años. Esto conduce a fenómenos interesantes. Se ha puesto de moda divorciarse a la edad de sesenta años, especialmente en California, para casarse con una mujer (u hombre) más joven. Involucrarse con una pareja más joven se ve como un símbolo de un nuevo comienzo. Es un nuevo tipo de individuación y, por lo tanto, debe tomarse en serio. Uno trata de escapar de la muerte entrando en una sociedad con alguien más joven en edad. Así se cree volver a ser joven y alejarse de la muerte. Lo que los socios mucho más jóvenes esperan obtener de estas relaciones es otra cuestión: tal vez la cercanía a la muerte, de la que uno trata de escapar cuando se acerca, pero que puede desear mientras aún está lejos. Los jóvenes suelen estar fascinados por la muerte, al igual que los mayores pueden volverse adictos a la vida.

Pero este capítulo no se trata de estrategias de escape, sino de la salud mental de las parejas casadas mayores. En gran parte de Europa occidental y América del Norte, las parejas casadas mayores viven en condiciones económicamente tolerables. Muchos tienen pensiones; algunos de ahorros adicionales, lo que les permite un estilo de vida cómodo. Sin embargo, otros aún sufren penurias y viven cerca o en la línea de pobreza. Y lo que es igual de importante: la mayoría de las parejas mayores están jubiladas no solo en un sentido monetario, sino que también han llegado a su fin en su vida profesional. Todas las batallas profesionales y sociales se han librado, las obligaciones profesionales se han dejado de lado. Incluso las obligaciones familiares con sus desafíos y alegrías han disminuido considerablemente en comparación con sus años de juventud. Sus hijos son adultos, independientes, trabajadores, con pocos o ningún derecho sobre sus padres. También podemos ver que los asuntos exteriores de estas parejas son muy diferentes de los de las parejas más jóvenes. Las parejas más jóvenes tienen metas, sueños y obligaciones profesionales y familiares. Quieren avanzar en sus carreras, ganar dinero y alcanzar un estatus material y social que les satisfaga. Tienen que decidir cuántos hijos tener, cuánto sacrificar por ellos, etc. La educación y el cuidado de los hijos, su integración social, su desarrollo académico y profesional exigen un gran esfuerzo por parte de los padres. La pareja mayor ya no está agobiada por este tipo de exigencias.

La sexualidad también adquiere un carácter diferente en las parejas mayores. Si bien a menudo todavía juega un papel importante y puede ser fuente de gran satisfacción o igualmente de gran frustración, ha perdido su carácter tormentoso y rebelde. Expresa relación, disfrute de la vida y placer. Su significado simbólico, sin embargo, se ha separado un poco de la actuación concreta; ha cobrado vida propia. Las personas mayores todavía tienen muchas fantasías sexuales, pero el impulso o la fuerza necesaria para llevarlas a cabo se ha debilitado; a menudo se vuelve innecesario.

En los capítulos anteriores he tratado de demostrar que el matrimonio sólo puede entenderse realmente como un camino hacia la individuación, mientras que es difícil comprenderlo desde el punto de vista del bienestar. La lucha de por vida con un compañero debe entenderse como un proceso intensivo de individuación.

Como se mencionó antes, el carácter de la individuación es diferente para las personas mayores y, por lo tanto, para las parejas mayores. La lucha con el alma de la pareja, que conduce al proceso de individuación, es mucho menos intensa. Se proyecta mucho menos sobre la pareja de uno, o es más probable que la pareja de uno sea aceptada por lo que es, excepto por alguna forma leve de punción recíproca ritualizada. Una esposa puede dejar de criticar el desorden de su esposo, y él ya no puede sermonear a su esposa sobre cómo conducir. Si esta aceptación mutua no es posible, entonces el divorcio puede ser la única solución. Como siempre, hay excepciones: parejas que se torturan hasta la muerte sin ningún amor; que se rechazan sin tener fuerzas para separarse; que solo continúan viviendo juntos porque tienen miedo de perder su cómoda infraestructura social a la que están acostumbrados.

El matrimonio sirve al bienestar y a la salvación. Repito: para mí, un matrimonio basado puramente en el bienestar es sospechoso y, sin embargo, quizás el significado del matrimonio en la vejez pueda residir en el bienestar más que en la salvación. ¿Es esto quizás lo que realmente motiva el matrimonio en el último tercio de la vida? ¿Se está convirtiendo el matrimonio en la vejez de un lugar para la individuación en una institución predominantemente al servicio del bienestar?

Para servir al bienestar, el matrimonio en la vejez ofrece posibilidades insospechadas. Exteriormente, las cosas suelen ser cómodas: las luchas profesionales han terminado; las circunstancias financieras son estables; las obligaciones familiares son mínimas; la turbulencia sexual se ha asentado. Uno puede dedicarse a las comodidades de la vida. Es impresionante lo cómoda y acogedoramente que muchas parejas mayores logran vivir. Los días se organizan exactamente de acuerdo con los deseos de cada uno. Uno puede levantarse a las 6 am o a las 9 am, dependiendo del estado de ánimo del día. Uno dedica tiempo a sus pasatiempos o cuida su jardín. La pareja mayor puede estar completamente absorta en el egoísmo; uno es incluso libre de vivir donde quiera. En Suiza, muchas parejas mayores se mudan a Ticino o a las Islas Baleares donde el clima es más favorable.

El proceso de individuación pasa a un segundo plano. Se cuidan, nutren y se complacen. El lado demoníaco del matrimonio parece desvanecerse. Los anuncios de seguros de vida a menudo muestran felices parejas mayores deambulando por un hermoso paisaje, el abuelo fuerte y saludable cargando a su nieto, prometiendo una vejez sin preocupaciones. Aviones, trenes y cruceros están llenos de parejas mayores que buscan la felicidad. Viajan por el mundo. A los menos afortunados económicamente se les ofrecen tardes para personas mayores, excursiones de un día, gimnasia, etc.

Nuevamente, nos enfrentamos a la pregunta: ¿Qué pasó con el matrimonio de individuación en la vejez? ¿Qué hay de la salvación? Debido a que el bienestar ha pasado a primer plano a tal grado, el matrimonio mayor aparece casi como un modelo de anti-individuación. No hay verdaderas batallas profesionales o interpersonales. A menudo, las parejas mayores no tienen nada por lo que cabildear. Hay excepciones: aquellos que continúan teniendo problemas con sus hijos o nietos y necesitan ayudar o echar una mano. A menudo se siente pena por estas parejas y se les desea una vida menos problemática.

Pero en algún lugar debe existir otra imagen de la vieja pareja casada, una que todavía está conectada con la idea de individuación. Difícilmente es posible que una institución como el matrimonio, tan íntimamente ligada a la individuación, se transforme repentinamente en un mundano establecimiento de bienestar, perdiendo por completo su carácter y posibilidades de individuación. En otras palabras, es difícil imaginar que dentro de las parejas casadas mayores la única individuación que se produce es la del individuo, mientras que la pareja como tal ya no tiene ninguna función ni se le ofrecen posibilidades al respecto.

Curiosamente, hay ciertas características desagradables de las parejas mayores que pueden apuntar a la posibilidad de individuación en el último tercio de la vida. Muchas parejas mayores son conspicuamente manipuladoras, mueven los hilos en el fondo, enfrentan a los niños y los suegros entre sí, o reinan por un debilitamiento lamentable. Este tipo de “dominación desde una posición inferior” puede entenderse como un aspecto de sombra negativa del servicio . ¿No es la imagen de la pareja de ancianos sirvientes el modelo para la individuación de las parejas mayores? El lado negativo de la sombra de esta imagen es bien conocido; lo encontramos con tanta frecuencia que tendemos a pasar por alto que cada arquetipo tiene varios aspectos. El arquetipo de la madre puede aparecer como una madre voraz y devoradora o como una madre que nutre y cuida. El arquetipo de la pareja de viejos sirvientes se manifiesta tanto manipulando y travieso como sirviendo y ayudando.

El símbolo del arquetipo de la pareja de ancianos no es la imagen del feacio feliz, sino la del criado. La pareja mayor, liberada en parte de preocupaciones económicas, profesionales o familiares, es capaz de poner sus talentos al servicio de los demás. La individuación no se fomenta planificando unas vacaciones de otoño en España, sino ayudando y prestando apoyo a sus hijos o nietos necesitados. En la Rusia bolchevique, el Estado y la sociedad solo podían funcionar porque los abuelos cuidaban a los niños en lugar de los padres que trabajaban.

La individuación de una pareja mayor se lleva a cabo en parte sirviendo a los demás. ¿Qué significa esto en términos prácticos? En las reuniones familiares, ya no se trata de ser popular o presumir durante las conversaciones, sino de escuchar y, de vez en cuando, agregar algo a una conversación. Las parejas de ancianos tienen tiempo para organizar reuniones, pero no para lograr un objetivo en particular, sino para atender a los invitados: familiares, amigos y conocidos. La mayoría de las personas tienen un gran deseo de hablar sobre sí mismas, sobre sus sufrimientos y sus placeres. Aquí también puede servir una pareja de ancianos; tienen tiempo. Llorar sobre los hombros de una pareja de ancianos o compartir la alegría con ellos produce grandes recompensas: uno puede beneficiarse de una reacción diferenciada al obtener respuestas tanto desde la perspectiva masculina como desde la femenina.

Muchas parejas de ancianos, sin embargo, asumen que los jóvenes deben servirles. Las parejas más jóvenes tienen sus propios problemas y, a menudo, les resulta difícil incluso reconocer las necesidades de las parejas mayores. “Después de todo lo que hemos hecho, deberían hacer algo por nosotros para variar”, dice la pareja mayor. Ellos no invitan; esperan que los inviten y, dado que es agotador para ellos conducir, también esperan que los recojan.

Servir es el primer deber de una pareja de ancianos. Pero servir ha sido desacreditado. La autorrealización y la autorrealización juegan un papel decisivo hoy en día, por lo que tal vez la idea de servir pueda estar implícita en esos lemas. Se habla de la realización del Sí-mismo, no de la realización del Yo. Según C. G. Jung, el Sí-mismo se opone al Yo. El Sí-mismo es la chispa divina en nosotros. La autorrealización significa entonces mantener viva la chispa divina. Pero cuando uno habla de Dios, inmediatamente se enfrenta con la pregunta: ¿Cómo puedo servir a Dios?

La joven pareja se individualiza dejando que sus almas luchen entre sí y, por lo tanto, se conozcan más profundamente. Pero tanto las parejas más jóvenes como las de mediana edad luchan no solo entre sí, sino también con sus hijos, sus tareas profesionales y sus obligaciones sociales. La pareja mayor, por otro lado, se individualiza menos luchando entre sí y con el mundo, y más sirviendo.

Aunque llegué a la imagen de la pareja mayor sirviendo a través del lado sombrío del arquetipo del sirviente, ahora podían colarse malentendidos sentimentales. Una y otra vez traté de enfatizar en este libro cuán importante es la confrontación con lo siniestro, la demoníaco, lo horrible dentro y fuera de nosotros está en la lucha por la salvación. La individuación no se trata de superar lo horrible, sino de experimentar lo espantoso y aniquilador.

¿Dónde está todo esto en la imagen de la pareja de ancianos sirvientes? Esta encantadora pareja de viejos sirvientes parece muy alejada de lo demoníaco y destructivo, la sombra del ser. En todo caso, se muestra solo en su vecindad, en las sutiles manipulaciones antes mencionadas. ¿O tal vez no? Es bastante comprensible que “ser un sirviente” ya no sea popular. Pocos querrían convertirse en sirvientas o sirvientes, a menos que las dificultades económicas los impulsen a hacerlo. Ese tipo de profesiones ahora han sido heredadas por trabajadores inmigrantes. Servir denota humillación, desprecio y destrucción. Como no poseen poder, los sirvientes a menudo son tratados injustamente, no valorados, explotados o privados de su remuneración. La pareja de viejos sirvientes también está expuesta a esta destrucción, una verdadera confrontación con el horror de ser. “Múltiple es lo siniestro, pero nada es más siniestro que el ser humano”, canta el Coro de los Ancianos Tebanos en la Antígona de Sófocles .

Algunos podrían objetar: incluso la pareja de ancianos que sirven no puede evitar por completo el espectro de volverse «innecesarios», la total inutilidad de la existencia de uno, de volverse redundante. Esta objeción tiene algo de verdad. Al final, para muchas parejas se trata de aceptar su redundancia social. Si esta pareja de ancianos, quizás inválidos, inútiles, ha tenido un camino de individuación detrás de ellos, todavía emanaría un aire de importancia.

Aquí siento la necesidad de añadir algunas reservas para evitar malentendidos. El bienestar en sí mismo es magnífico, uno no querría perdérselo. Toda pareja que vive bien debe estar agradecida. El bienestar sólo se convierte en un peligro para nuestro desarrollo psicológico cuando es el único contenido y fin de la vida. De hecho, es mucho más fácil para una pareja cuyo bienestar está asegurado dedicarse a la salvación, vivir como una pareja servidora, por ejemplo. También es importante para la individuación de las parejas mayores disfrutar de la vida de una manera alegre y juguetona. Ahora es posible disfrutar del privilegio de los tontos hasta cierto punto porque las obligaciones sociales son menores. El privilegio de la vejez no es la sabiduría, sino la tonta alegría.1

Además, tan diferentes como son las personas como individuos, también lo son como parejas. El peligro del bienestar no es el mismo en todas las parejas mayores. Si uno o ambos continúan ejerciendo su profesión hasta la vejez, como artista o escritor, por ejemplo, hace una gran diferencia. Luego luchan hasta el final, y la pareja de sirvientes juega solo un pequeño papel. Pero incluso esas parejas experimentan un cambio en la relación entre ellos. Las batallas internas se vuelven menos importantes y menos decisivas para la individuación.

Muchas parejas mayores no tienen el coraje de rediseñar sus relaciones internas. Por ejemplo, una pareja mayor no necesita estar junta todo el tiempo. No hay nada más aburrido que las parejas mayores que piensan que tienen que hacer todo juntas. Dado que la lucha mutua es menos importante, las parejas mayores pueden vivir vidas más independientes: ella va a un museo, él juega al golf con sus amigos, etc. Cada uno puede perseguir sus propios intereses y placeres, no solo como pareja, sino también como pareja, también como individuos. Pero en la medida en que funcionan como pareja, su modelo de individuación y salvación es la vieja pareja de sirvientes.

Por supuesto, incluso si es económicamente próspera, el bienestar de una pareja puede verse amenazado por la enfermedad y la discapacidad, llevándolos al límite de su desarrollo psicológico. Tarde o temprano, uno u otro compañero se verá afectado por enfermedades y sufrimientos, a menudo de carácter crónico. El matrimonio se convierte entonces en una especie de institución de bienestar invertida. El compañero enfermo y sufriente empuja al otro hacia su miseria, o si ambos están enfermos, se lamentan constantemente de las dolencias del otro. Es un lamento por su falta de bienestar; y el bienestar se convierte, como un bien que falta, en el centro de sus vidas.

Nuevamente: el matrimonio sólo es digno de conservación, en mi opinión, si no sirve al bienestar, sino a la salvación y la individuación. Cómo sucede esto, cambia a lo largo de la vida: la pareja más joven lucha consigo misma, con el mundo y con la sexualidad; la pareja de ancianos se convierte en pareja sierva si todavía se busca la salvación.

Lo que he escrito sobre la pareja de ancianos ya está esbozado en la mitología griega. Volviendo a la historia de Filemón y Baucis: Zeus y Hermes deambularon por la tierra disfrazados, y en innumerables casas se les negó la hospitalidad. Finalmente llegaron a la antigua cabaña de Filemón y Baucis. La pareja de ancianos los acogió y los entretuvo de manera amistosa. Son la pareja de viejos sirvientes. Al servir, sin saberlo, honraban a sus dioses. Pero la historia continúa. Los dioses revelaron sus verdaderas identidades. Condujeron a Filemón y Baucis a una colina; todo el paisaje de abajo se había inundado y su vieja cabaña se había transformado en un templo. Zeus prometió cumplir todos sus deseos. Pero solo deseaban pasar el resto de sus vidas juntos como custodios del templo y morir juntos. Su deseo fue concedido y pasaron sus últimos años como guardianes de la salvación.


1.Véase también A. Guggenbühl-Craig, The Old Fool and the Corruption of Myth (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2006).

El matrimonio ha muerto – ¡Larga vida al matrimonio!, Caps. XV, XVI y XVII

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulos XV, XVI y XVII del libro ‘Marriage is Dead, Long Live Marriage!, pp. 95-105

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

CAPÍTULO XV

El sacrificio

Un matrimonio virginal es un matrimonio en el que ambos cónyuges, como María y José en el Nuevo Testamento, renuncian a la sexualidad; es un matrimonio sin sexo. Hoy este tipo de matrimonio es descartado como una peculiar “institución católica”. Los psiquiatras y los psicólogos describirían tal matrimonio, a menos que sea causado por una disfunción física, como el arreglo neurótico de dos personas que están gravemente perturbadas en su desarrollo psicológico. Hoy en día se exige a todos, desde la juventud hasta la vejez, una vida sexual sana y vigorosa. Se supone que ninguna persona casada o soltera saludable debe llevar una vida asexual. La sexualidad sana y vigorosa es de rigor.

Esta es una demanda conformista, igualadora. Confunde a las personas con los animales. Requiere que una persona viva “naturalmente”, y la sexualidad se cuenta como parte de este naturalismo.

Hay muchas personas que no tienen un interés particular en la sexualidad sin ser «gravemente neuróticas». Ocasionalmente, uno encuentra una pareja casada para quienes la sexualidad es solo medianamente interesante. Tal matrimonio no es absolutamente absurdo. Dentro del matrimonio es posible, como prácticamente en ninguna otra situación, que la sexualidad como símbolo de individuación se viva plenamente. Pero el fin del matrimonio no es la experiencia sexual, sino la salvación y la individuación: buscar y encontrar a Dios, al alma ya uno mismo. Y esto también se puede lograr sin sexualidad.

Esto nos lleva a un problema central del matrimonio como salvación e individuación. Los psicólogos jungianos a menudo hablan de convertirse en un todo, de realizarse uno mismo por completo, en lugar de hablar de individuación. La persona completa es la meta del largo camino hacia la individuación. El mandala, símbolo de la meta o centro de la individuación, tiene forma de círculo y contiene simbólicamente todos los opuestos: nada falta.

Pero tal proceso de llegar a ser completo no está necesariamente implícito en la palabra “salvación”, y la frase “llegar a ser completo” es confusa. La individuación, como búsqueda de la salvación, tiene que ver no solo con volverse completo; también exige sacrificio. Algo debe ser sacrificado. Paradójicamente, el proceso de alcanzar la totalidad requiere sacrificio, renuncia, es decir, la renuncia de partes de nuestra personalidad, de lo que puede ser más valioso para nosotros.

Mitológica y ritualmente, el sacrificio siempre ha jugado un papel importante. Por un lado, se ensalza; por el otro, sigue siendo piedra de tropiezo y motivo de aflicción. Aquí viene a la mente la notable historia de Abraham e Isaac. Dios le exige a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. Sin embargo, en el último momento, Dios interviene e impide el sacrificio. No debemos dejarnos engañar por la conclusión de esta historia. Incluso las historias mitológicas tienden a consolar (aunque en menor grado que los cuentos de hadas), para no asustar al oyente. Si Dios realmente recibió o no el sacrificio de Abraham es intrascendente. Lo exigió, y eso significa que podría haberlo aceptado. Requiere que Abraham esté preparado para ofrecer el sacrificio de su hijo. Esta no es tanto la historia de una prueba, de un intento por parte de Dios de saber si Abraham estaría dispuesto a sacrificar a su hijo; el tema central de la historia es que Dios requiere este sacrificio.

Me viene a la mente otro ejemplo, la historia de Agamenón e Ifigenia. Los griegos solo pueden navegar hacia Asia Menor y conquistar la ciudad de Troya después de que Agamenón sacrifique a su hija. Este cuento mitológico también se vuelve agradable al desterrar a Ifigenia a un país lejano en lugar de que muera. El motivo del sacrificio se encuentra también en el ritual de la circuncisión. Al menos simbólicamente, algo perteneciente al recién nacido debe ser sacrificado a Dios.

Como cualquier imagen arquetípica importante, la imagen del sacrificio conduce a la caricatura y al exceso, como las miles de víctimas humanas de sacrificio que se creían exigidas por los dioses de los aztecas. Para tomar un ejemplo más cercano a casa: los millones de jóvenes que murieron en las batallas durante la Primera Guerra Mundial pueden entenderse como una horrible caricatura de la imagen del sacrificio. Que los generales y los políticos estuvieran dispuestos a dejar morir a cientos de miles de jóvenes por el bien de ganar unas pocas millas cuadradas de territorio, y que cientos de miles de jóvenes se dejaran matar, es difícilmente inteligible desde un punto de vista racional. Debe tener que ver con una posesión demoníaca a través de la imagen arquetípica del sacrificio. A lo largo de la historia, miles, decenas de miles, millones fueron llevados al sacrificio por torturadores. Cada posibilidad arquetípica se convierte, cuando se sobreactualiza, en un demonio espantoso.

Cuando el concepto y la imagen del sacrificio se vive como una caricatura, la gente siempre reacciona violentamente contra él. En nuestros días, tal reacción está en pleno apogeo. La disposición al sacrificio, la alegría del sacrificio, la tendencia al sacrificio han adquirido, en ciertos círculos, una connotación obscena. Esto no cambia el hecho de que el sacrificio de algo querido para nosotros parece ser indispensable para la individuación y la salvación del alma.

Esto me recuerda lo que ha sido durante dos mil años el modelo acordado para el camino a la individuación en el mundo occidental, a saber, la vida de Cristo. Para llegar a ser uno con Dios, Cristo tuvo que sacrificar todo: su honor, su dignidad y su vida.

Este libro está intentando, entre otras cosas, demostrar el carácter de individuación y salvación del matrimonio. En el contexto de nuestra presente discusión, no hace falta decir que se requieren grandes sacrificios en el matrimonio. La mayoría de las parejas casadas deben, hasta cierto punto, sacrificar ciertas partes de su personalidad en el altar del matrimonio. El matrimonio es una confrontación continua e inevitable que sólo puede resolverse con la muerte. Sin embargo, tal confrontación a largo plazo solo es posible si uno o ambos socios renuncian a algo importante para ellos. Al principio, uno lucha contra todo, pero pronto se hace evidente para la pareja que esta inevitable confrontación a largo plazo sólo puede mantenerse si se renuncia conscientemente a algo esencial del alma de cada uno.

Por ejemplo, una esposa tiene dotes musicales, y por amor a su marido renuncia a la música, ya que sin su apoyo no puede avanzar profesionalmente y caería en depresiones. O un marido renuncia a una carrera social excepcional; debe colocar su luz debajo de un celemín para que la de su esposa brille más.

He aquí un sueño que trata de este tema. La soñadora es una mujer de cuarenta años que ha sacrificado sus habilidades artísticas por su marido y su familia. No desarrolló sus propios talentos artísticos, sino que ayudó a su esposo, quien tenía una posición de extraordinaria responsabilidad. Ella lo apoyó emocionalmente, escuchándolo durante horas en las noches hablando con ella sobre sus dificultades, decepciones y éxitos profesionales. Este es el sueño: Su hijo, que tiene cierto parecido con W. (un artista al que conoce), se está ahogando o está a punto de ahogarse. La mujer está en estado de pánico y trata de salvar al niño. Desesperada, corre de un lado a otro. El niño, sin embargo, se hunde más y más en el agua. La mujer corre hacia unas estructuras parecidas a presas; a ambos lados de ellos hay agua, pero en el medio hay estanques de agua. El niño está siempre en un estanque diferente, y cada vez más profundo en el agua. La mujer no puede salvar a su hijo. Finalmente, lo ve en el fondo de la piscina y ya no se mueve. Hacia el final del sueño, la mujer tiene la impresión de ser una observadora externa de toda la escena. Ella se siente flotando sobre él. Más tarde se le ocurrió que todo el asunto representaba claramente un mandala. Las presas eran las líneas dibujadas; las piscinas, los espacios vacíos en el medio.

Este sueño tiene el carácter de una pesadilla. La soñadora no pudo salvar a su hijo de ahogarse. Por otro lado, la vista desde arriba la llenó de profunda satisfacción. Podríamos preguntarnos si este sueño no es un indicio de que la analizante tiene que sacrificar su propia creatividad en el Sí mismo, o por el Sí mismo. Por lo general, los mandalas simbolizan la estructura significativa y la dinámica del alma, la meta o el poder motivador de la individuación. Este mandala contiene el sacrificio.

Muchos matrimonios fracasan porque se rechaza el sacrificio y, en este sentido, el análisis o la psicoterapia pueden tener un efecto francamente destructivo en el matrimonio. En nombre del desarrollo de la personalidad, de la totalidad, se sacrifica el matrimonio de individuación. Por razones inexplicables para mí, el desarrollo narcisista de la personalidad y la enemistad hacia cualquier tipo de sacrificio de la personalidad son verdaderos dogmas de la mayoría de los grupos psicoterapéuticos modernos. Por eso muchos matrimonios se destruyen en psicoterapia. Si no se dirige adecuadamente, se convierte en una herramienta no intencional e inconsciente de las corrientes colectivas de los tiempos. Sin embargo, aquí reside también un potencial terapéutico único, a saber, volverse consciente de esta constelación de modelos morales colectivos inconscientes.

Una y otra vez, las personas casadas de mediana edad acuden al psicólogo, al consejero matrimonial o al psiquiatra con una queja: no puedo crecer; soy incapaz de desarrollar mi personalidad; tengo que dejar muchas de mis habilidades en barbecho; Me gustaría salir y finalmente descubrirme a mí mismo, finalmente poder crecer. El tema de la mujer, o el hombre, que rompe los estrechos límites del matrimonio es uno de los favoritos en muchas novelas, cuentos y películas.

A menudo, en el momento de la verdad, todo se reduce a tomar conciencia de la necesidad de sacrificar una parte de la propia personalidad. Uno trata de evadir este aspecto de la individuación. Los psicólogos que no saben nada sobre el carácter individualizador del matrimonio, y que además no quieren saber nada sobre la necesidad del sacrificio, pueden hacer mucho daño aquí. Se adhieren al culto moderno de la personalidad; están al servicio del bienestar más que de la salvación. El sacrificio es rechazado de plano; por razones dogmáticas no se le permite existir.

Evidentemente, no estamos hablando aquí de un sacrificio moralista, reprochable y con espíritu de martirio. Se trata más bien del sacrificio libremente querido, sin reproche a nadie, la renuncia necesaria y útil para la individuación.

En este sentido, incluso la sexualidad debe ser sacrificada en ciertos matrimonios. Toco aquí los problemas de frigidez e impotencia. Aquellos que han sido alcanzados por la flecha de plomo de Eros a menudo pueden curarse mediante psicoterapia. Desafortunadamente, a las parejas de aquellos que no pueden ser ayudados se les aconseja con frecuencia que vivan sus deseos sexuales en otra parte. La solución al problema ciertamente no es tan simple. O uno de los cónyuges debe renunciar a la sexualidad, o el otro debe renunciar a la fidelidad. El sacrificio de la sexualidad es tan significativo como su consumación. O la pareja frígida debe sacrificar su aversión a la sexualidad. De esta manera, la mayor de todas las anomalías sexuales, la frigidez y la impotencia en el matrimonio, puede ser abrazada bajo el aspecto de la salvación. He descrito la sexualidad como individuación libidinal y el matrimonio de confrontación como individuación intencional. Ambos tipos de individuación están estrechamente relacionados y, a menudo, se experimentan juntos. Pueden fortalecerse y enriquecerse mutuamente. Pero su estrecho acoplamiento también puede conducir a muchas tragedias y malentendidos. Un camino hacia la individuación no garantiza el otro. Y el uno no debe confundirse con el otro. Ambos caminos deben distinguirse claramente, y cada uno debe experimentarse y reconocerse por separado.

Muchos jóvenes deciden casarse por pasión sexual. Una intoxicación erótica es algo tan apasionante que afecta seriamente la capacidad de hacer tales distinciones. Sin embargo, muchos tienen el seguro instinto de reconocer si su “estar enamorado” es ante todo una embriaguez sexual, o si su “amor” incluye también el entusiasmo de recorrer juntos el camino de la individuación en el matrimonio. Sin embargo, a menudo se cree que uno puede reclamar un camino de individuación a través de otro. Muchos cónyuges creen, por ejemplo, que tienen derecho a exigir la realización sexual en virtud del camino de individuación del matrimonio. Lo contrario también ocurre con frecuencia: las parejas que se encuentran en el camino sexual y libidinal hacia la individuación quieren injustificadamente tomar el camino de individuación consciente e intencional del matrimonio.

CAPÍTULO XVI

Divorcio sin consideración por los hijos

Antes de continuar, me gustaría retomar el tema del divorcio: la posible disolución del matrimonio.

El matrimonio dura hasta la muerte; uno entra en él con esta intención. Su significado más profundo es la confrontación ineludible y de por vida. El camino de la individuación del matrimonio consiste en no tener la posibilidad de evitar el conflicto incluso cuando las cosas se vuelven difíciles y desagradables.

Sin embargo, esto de ninguna manera implica que el divorcio nunca sea una opción o que el divorcio viole alguna de las exigencias de la individuación. En primer lugar, como ya he indicado, quizás sería mejor que se casaran menos personas. El estado de soltería debe ser revaluado. Es de esperar que nuestro mundo contemporáneo aumente nuevamente las posibilidades socialmente sancionadas de ser soltero y respetado. Es de esperar además que ser soltero no requiera vivir asexualmente. Han surgido nuevas formas de convivencia, comunas, por ejemplo, u otras comunidades que no poseen el carácter exclusivo del matrimonio. También sería deseable que más mujeres pudieran ser madres felices sin tener que casarse. Es perjudicial para el camino de individuación del matrimonio que las personas, en particular las mujeres, se sometan a esta institución de salvación para tener hijos y ser madres. Para las personas cuyo único interés es la procreación, el matrimonio es una institución completamente inadecuada.

Errare humanum est. Tarde o temprano, puede resultar claro para las personas casadas que no son adecuadas para su pareja de individuación, incluso si no existen malentendidos graves entre ellos. Tal vez uno no haya encontrado la pareja adecuada para el camino de la salvación del matrimonio, o uno descubra que uno no es apto para este camino en particular todos juntos. La decisión de divorciarse o no divorciarse no debe basarse en el grado de dificultad o patología del matrimonio, sino en si el matrimonio representa o no para ambos cónyuges un camino hacia la salvación.

Sin embargo, antes de que dos socios noten su error, por lo general ya se han convertido en padres. Entonces surge la pregunta: ¿deben permanecer juntos por el bien de los niños? Mi opinión es que no se debe dar consideración alguna a los niños. Sostengo esta opinión por las siguientes razones: en primer lugar, es extraordinariamente difícil saber exactamente qué daña psicológicamente a los niños y qué les ayuda. ¿Sería más dañino para los niños si crecieran en una familia “intacta” en la que los padres fingen ser felices? ¿Les ayudaría observar cómo sus padres se sacrifican por el bienestar de los hijos al renunciar a sus propios caminos hacia la individuación? ¿O no sería mejor para su desarrollo crecer en una situación honesta, que muchas veces les aclara un divorcio? Aquí solo podemos presentar la conjetura, a menudo confirmada por la observación, de que es una gran carga para los niños ver a sus padres renunciar a su propia salvación e individuación. Crea en los niños una mala conciencia crónica hacia sus padres y puede suscitar agresiones malsanas.

Además, la opinión de que uno debe permanecer casado a toda costa a causa de los hijos, incluso cuando se reconoce que el matrimonio no es un camino de individuación, está demasiado centrado en la noción de bienestar. El matrimonio no es una institución de bienestar, y esto vale tanto para los hijos como para los padres. Lo importante para los padres es ejemplificar las posibilidades de individuación; para demostrar la importancia de la salvación, no del bienestar. Por lo tanto, es muy cuestionable si tiene sentido que los padres se dediquen, manteniéndose hipócritamente juntos, al bienestar en lugar de a la salvación. Queremos llevar a nuestros hijos a la salvación y no al bienestar. La distinción entre salvación y bienestar es de la mayor importancia, especialmente cuando consideramos a los niños.

En cuanto a aquellos que encuentran la individuación en su matrimonio y aquellos para quienes se encuentra en otro lugar: Las personas buscan la salvación a través de varios caminos. Sin embargo, es difícil para cualquiera no hacer proselitismo, consciente o inconscientemente, por su propio camino. Esto a menudo conduce a desarrollos desafortunados, especialmente cuando una persona ejerce influencia sobre otra, ya sea como analista, consejero psicológico o amigo. Nunca somos objetivos, incluso cuando creemos que lo somos, ni siquiera como terapeutas. Está el camino soteriológico del matrimonio, y luego está el camino soteriológico de la soltería. Los seguidores de cada camino que intentan convertirse unos a otros, a menudo causan un gran daño. Si una mujer divorciada, que después de muchas amargas experiencias finalmente se ha dado cuenta de que el matrimonio no es el camino correcto para ella, se ofrece como consejera amistosa a personas que están teniendo problemas matrimoniales, puede tender a convertir a quienes buscan su consejo a su camino de la individuación no marital. Y de repente la pareja que ha estado buscando ayuda puede terminar divorciándose. Los terapeutas y consejeros matrimoniales también actúan como misioneros, lo quieran o no. Sería bueno que los terapeutas fueran conscientes de sus propios caminos de individuación fallidos o exitosos y admitieran cualquier sesgo existente ante sus pacientes; esto permitiría a quienes buscan consejo protegerse contra las tendencias misioneras conscientes o inconscientes de sus consejeros. Me gustaría imaginar a un analista para quien el matrimonio representa un camino fallido hacia la individuación decirle a sus pacientes: “El matrimonio no es mi camino, así que cuídense de que los convierta a una vida sin matrimonio”.

CAPÍTULO XVII

¿La salvación, el bienestar y la individuación son solo para los educados?

HE hablado extensamente en este libro sobre el bienestar, la salvación y la individuación. Uno podría preguntarse si es posible que la persona promedio comprenda conceptos tan complicados o los cumpla. Cabría preguntarse si realmente son muchos los matrimonios que reflexionan sobre si han encontrado o no en el matrimonio un camino de salvación e individuación, o si no es cierto que son muchos más los que entienden el matrimonio como una institución asistencial.

Como psicólogo no me corresponde imponer nada a nadie ni enseñar conceptos absolutos. Por el contrario: un psicólogo busca comprender qué está pasando, qué impulsa y motiva a las personas, y encontrar nombres para los fenómenos psicológicos. La mayoría de las personas experimentan un fenómeno psicológico de manera imaginativa, no lo describen intelectualmente. Hasta hace poco tiempo, eran sobre todo la religión y las iglesias las que proporcionaban a las personas imágenes a través de las cuales se les permitía reflexionar sobre sus preocupaciones espirituales fundamentales.

La salvación y el bienestar son motivaciones psicológicas fundamentales para toda persona, incluso si la persona no llega a ser consciente de ellas de manera conceptual. Así, los cónyuges, instruidos o analfabetos psicológicamente, alfabetizados o analfabetos, pueden preguntarse si el matrimonio sirve principalmente a su bienestar o a su salvación; si deben permanecer juntos por el bien de los niños o buscar la salvación. Que este es, de hecho, el caso que vemos una y otra vez en los sueños y fantasías de las personas, independientemente de su clase o educación.

Para dar un ejemplo: una trabajadora no calificada de veintidós años me dijo: “Mi padre nos dejó cuando yo tenía diez años. Le enviaba dinero a mi madre regularmente. Sin embargo, solo nos visitaba a los niños cada uno o dos años. Quería mucho a mi madre. Interiormente le reproché severamente a mi padre cuando nos dejó. Tuvimos que vivir muy pobremente, y ninguno de los niños podía permanecer en la escuela después de los doce años. Pero a pesar de todos los reproches, también quiero mucho a mi padre, no sé por qué, después de todo, me dejó. Cuando lo veía de vez en cuando, rara vez, no se interesaba mucho por mí. Siempre nos hablaba de su trabajo; sólo eso le interesaba. Él es un chiflado. Mi abuela también dice que está un poco loco. Pero a ella también le gusta él. No me gustaría tener otro padre”.

Me parece que a partir de la historia de esta mujer, al menos podemos tener una idea de los hechos psicológicos. La realización del padre, su salvación e individuación, no reside claramente en el matrimonio. Parece estar ligado a su vida laboral. La hija lo acepta, lo capta mentalmente y no rechaza a su padre. Ella incluso lo admira de alguna manera. Ella tiene la impresión de que él era fiel a algo, aunque no lo entienda del todo.

¿Puedes soportarlo?

Traducciones

Murray Stein, EE. UU.

Can You Bear It? En Psychodelic and Individuation compilado por Leslie Stein y Lionel Corbett, Chiron Publications, 2023.

Traducción de Alejandro Chavarria

“Sólo eres consciente de un malestar;
¡Oh, nunca aprendas a conocer al otro!
Dos almas, ay, habitan en mi pecho.

(Goethe, Fausto , Parte 1: 1110-14)

¿Pueden los psicodélicos promover la individuación? ¿Si es así, cómo? ¿Y pueden usarse junto con el análisis? En estas preguntas, hay muchas cuestiones a considerar. Dos importantes son:

1. La historia del paciente y el funcionamiento actual del ego. ¿Apoyan el juicio de que la fuerza del ego es suficiente para soportar el influjo de poderoso material inconsciente que potencialmente puede ser liberado por sustancias psicodélicas? Normalmente, en el análisis, el inconsciente aparece en forma de sueños, visiones o fantasías en vigilia y en contenidos proyectados que pueden procesarse y hacerse conscientes. Este trabajo se realiza de forma gradual y se lleva a cabo durante largos períodos de tiempo. Hay tiempo para procesar el material inconsciente tal como emerge natural y espontáneamente en estas formas. Por supuesto, existen excepciones como brotes psicóticos, ataques de pánico y otros episodios límite. Al trabajar con estos materiales inconscientes, se respetan las defensas de la psique porque existen por una buena razón: proteger una frágil estructura del ego. El proceso de hacer consciente el material inconsciente es gradual. y en sintonía con el flujo natural del material a medida que esté disponible. El analista tiene la oportunidad de observar las capacidades del paciente para integrar material inconsciente gradualmente durante un período prolongado de tiempo. En algún momento, el analista puede formarse una opinión sobre las capacidades del ego del paciente para recibir material arquetípico y poder utilizarlo con fines constructivos e integradores. Entonces se podría tomar la decisión de avanzar en el proceso de individuación mediante el uso de sustancias psicodélicas de un tipo u otro si pareciera haber una buena razón para ello. Se pueden discutir cuáles podrían ser estas razones y habrá opiniones diferentes basadas en consideraciones clínicas.

2. La segunda gran cuestión a considerar es qué está latente en el inconsciente del paciente. Este contenido puede ser positivo o negativo, benigno o maligno, relativamente leve o extremadamente poderoso. Responder a esta pregunta es más difícil que responder a la primera. ¿Cómo puede saber el analista “qué bestia ruda se arrastra hacia Belén para nacer”? Recordamos la historia de Jung de un médico que acudió a él para realizar un análisis porque quería formarse y convertirse él mismo en psicoanalista. El sueño inicial advirtió a Jung que no debía seguir este camino y, en consecuencia, le aconsejó que se abstuviera de profundizar más en el inconsciente. Jung detectó una psicosis latente en su personalidad. El ego de este hombre no estaría en condiciones de soportar el ataque del inconsciente, aunque su funcionamiento consciente pareciera bastante normal en la superficie. “Lo había atrapado justo a tiempo”, escribe Jung, “porque la psicosis latente estaba a un pelo de estallar y manifestarse. Esto había que evitarlo” ( Jung, 1961 , p. 136 ). Éste fue el juicio clínico de Jung. Este hombre no habría sido un candidato adecuado para una experiencia psicodélica.

A continuación utilizaré algunos mitos y referencias literarias para discutir los posibles resultados de abrir la mente consciente a las profundidades del inconsciente mediante el uso de psicodélicos, suponiendo que esto es lo que hacen los psicodélicos. Mis comentarios giran en torno a las dos preguntas planteadas anteriormente: ¿Cuánto puede soportar el paciente? ¿Y qué tendría que soportar el paciente como resultado de un “irrupción” del contenido arquetípico en el mundo de la conciencia del ego debido a los psicodélicos? Al considerar estas preguntas, me guío por la descripción que hace Jung de Mercurius como el “espíritu del inconsciente”.

La primera historia es a la vez cautelosa y prometedora, y ciertamente resulta familiar para los estudiosos de Jung (CW 13, §§ 239-249). Es el famoso cuento de hadas de los hermanos Grimm, «El espíritu en la botella de vidrio». Un joven leñador escucha una voz que grita en lo profundo del bosque, suplicando ser liberado del cautiverio. Mirando a su alrededor, descubre que la voz proviene de una botella sellada en las raíces de un roble, tras lo cual la excava y le quita el tapón. Inmediatamente, un espíritu surge, se convierte en un monstruo gigante y amenaza con romperle el cuello. En este momento de crisis y pérdida de control de la situación, el joven es capaz de mantener su ingenio y enfrentarse al espíritu amenazador. El espíritu se anuncia como Mercurius y se produce un diálogo. Si el joven hubiera entrado en pánico, se habría perdido. Tenía un ego lo suficientemente fuerte como para enfrentar racionalmente la amenaza de la aniquilación, y en lugar de asustarse, pudo engañar al espíritu para que regresara a la botella. No sabemos por qué tenía esta capacidad del ego excepto que recibió cierta educación gracias al sacrificio de su pobre padre. Esto debe haberle dado la confianza para enfrentarse a Mercurius con tanta eficacia. (La historia me recuerda a Jung discutiendo y debatiendo con las figuras que evoca en su imaginación activa, tal como se registra en El Libro Rojo ). Es improbable que Mercurius se muestre en esta historia bastante estúpido y fácil de engañar. Después de ser encarcelado por segunda vez, Mercurius ofrece sus poderes mágicos al leñador y promete no herirlo si lo libera nuevamente. Sorprendentemente, el joven confía en él y nuevamente lo suelta. ¿Es este un ejemplo de “segunda ingenuidad”? Con el don de Mercurius, el leñador puede completar sus estudios universitarios, y al cabo de un tiempo se convierte en “el médico más famoso del mundo” ( Zipes , p. 367 ).

El desenlace brillantemente exitoso de esta historia depende de dos factores: la fuerza del ego del protagonista y la cooperación del espíritu del inconsciente (Mercurius). En el contexto de nuestra discusión, este sería el caso de un individuo con un ego suficientemente desarrollado que es capaz de extraer el máximo beneficio de una experiencia psicodélica incluso si la experiencia fue aterradora y amenazante al principio. Ser capaz de volver a poner a Mercurius en la botella y luego llevar a cabo más negociaciones con él es un paso esencial que podemos tomar para poder lograr este éxito. Hay una liberación, una pérdida de control, una recuperación y un diálogo posterior a partir de los cuales se establece la función trascendente, es decir, una relación continua. He conocido casos de este tipo y el testimonio que ofrecen es bastante convincente. La droga psicodélica abrió un espíritu inconsciente reprimido que les dio una nueva dirección en la vida, lo que a la larga fue una bendición para ellos y para los demás. Se convirtieron en médicos del alma y, de hecho, algunos llegaron a ser bastante famosos y exitosos dentro de sus contextos profesionales. Sin embargo, los casos de resultados exitosos que conozco personalmente no tomaron la droga psicodélica como parte de un análisis, sino más bien como parte de una escena social en la que se encontraban en ese momento. Posteriormente trabajaron la experiencia dentro del contexto del análisis y profundizaron la relación entre el ego y el inconsciente mediante el uso del trabajo de los sueños y la imaginación activa.

Un ejemplo más complejo es el caso del personaje poético de Goethe, Fausto. Si bien esta historia también termina bien para el protagonista, los caminos que toma son mucho más intrincados y ambiguos. El espíritu del inconsciente aquí es, como Mercurio, una fuerza potencialmente destructiva llamada Mefistófeles, que aporta una dirección completamente nueva a la estancada vida del erudito Fausto, pero a un alto precio. Esto quiere decir que la experiencia psicodélica puede tener un efecto que cambia la vida de una persona, pero incluso en el mejor y más productivo resultado puede resultar ambiguo moral y psicológicamente. Conduce a un brusco alejamiento de la vida convencional, pero ¿hasta qué punto esto instiga una mayor individuación en el sentido de integración de los opuestos y logro de la totalidad psicológica?

El poema comienza con Fausto en su estudio, completamente aburrido de los libros y el aprendizaje académico. Está agotado. Ha alcanzado el límite del conocimiento que ofrece su extensa biblioteca y anhela el conocimiento y la experiencia directos de los misterios. Sobre tales cuestiones, Jung estaría de acuerdo con Fausto: “los intelectuales no saben nada… porque los intelectuales no se conocen a sí mismos ni a las personas tal como son en realidad” ( Jung, 1979 , p. vi). Entonces Fausto, como Jung, mira las tradiciones esotéricas y abre un libro de Nostradamus, donde encuentra algunos símbolos místicos. Estos le ofrecerán una experiencia psicodélica al abrirle las ventanas a los espíritus del inconsciente.

Primero, conjura el espíritu del aire, un elevado agente espiritual, pero esta figura está fuera de su alcance. No puede hacer nada con eso. Este es a veces el caso de la experiencia psicodélica: está demasiado lejos de la conciencia para dialogar o interactuar conscientemente. A continuación, conjura el espíritu de la tierra, que se le aparece vívidamente y le muestra las maravillas del mundo invisible. A este espíritu Fausto responde con entusiasmo y, en una especie de actitud febril, intenta reclamar identidad con este espíritu. Quiere vivir en el mundo de esta visión, uno con el espíritu, pero el espíritu lo rechaza bruscamente diciéndole que está proyectando: “Du gleichst dem Geist, den du begreifst,/ Nicht mir!” (“¡Te pareces al espíritu que entiendes, no a mí!”) (Goethe, 512-513, mi traducción). Entonces el espíritu sale y deja a Fausto abandonado y devastado: “¡No soy como los dioses! Aquel fue un golpe doloroso;/ Soy como el gusano que se esconde en el polvo” (Goethe, 652-653). Fausto se siente amargado y humillado, y en este estado de ánimo se ve tentado a suicidarse. “¿Por qué esa botella es como un imán para mis ojos?” (Goethe, 687), grita mientras se siente atraído por el líquido venenoso. Este es el resultado de su encuentro con el espíritu del inconsciente, Mercurius. El regreso a la realidad del ego es demasiado doloroso para que Fausto lo soporte.

Esto es similar a la condición de un joven que vino a mí para un análisis después de haber tenido una experiencia devastadora tras tomar una dosis de LSD. Su historia fue que bajo la influencia de la droga había escuchado la voz de Dios juzgándolo como pecador e indigno. Este juicio duro y definitivo se repitió varias veces. No pudo defenderse ni hablar. Lo dejaron en el infierno. Esta fue una depresión similar a la de Fausto, y también contempló el suicidio. Aunque ya no tenía tendencias suicidas cuando lo vi, no había recuperado su antigua agencia ni siquiera después de varios años. Vivía en casa con su madre, aislado, abatido e incapaz de afrontar el mundo. A diferencia del inteligente leñador, él no había podido beneficiarse de su encuentro con el espíritu del inconsciente. Con Fausto, podía gritar: “Soy como un gusano que excava en el polvo,/ Que, mientras hace del polvo su escasa comida,/ Es aplastado y enterrado por el talón de un vagabundo” (Goethe, 653-655) . Quedó desamparado, abandonado a orillas de un mundo inhóspito y sin sentido. El ego no fue capaz de soportar la acusación de una poderosa figura arquetípica desatada por la droga. Sin duda, este Dios crítico residente en su inconsciente Estaba presente y listo para atacarlo debido a su historia personal anterior. Si hubiera estado en análisis, tal vez se habrían tomado precauciones y se habría trabajado en la forma analítica habitual para traer este complejo a la conciencia de una manera más gradual que habría permitido al frágil ego lidiar con él de una manera menos traumatizante.

Siguiendo la historia de Fausto, lo encontramos algo recuperado de su depresión suicida después de escuchar el repique de las campanas de la iglesia durante las celebraciones de Pascua. La atmósfera del ritual religioso tradicional lo ha rescatado del abismo de la desesperación, al menos temporalmente, y una vez más puede tolerar la vida en el mundo temporal. Esto representa un tipo de intervención terapéutica. Hace tolerable la vida en el mundo temporal. Pero la brecha anterior en la frágil membrana entre este mundo y el inconsciente arquetípico ha dejado una abertura, y ahora el espíritu del inconsciente en la forma de un caniche juguetón entra y lo sigue a casa. Este es Mefistófeles disfrazado. Esta vez el espíritu permanece presente y, de hecho, le ofrece a Fausto una experiencia que no había conocido antes:

Justo en esta hora obtendrás
Más para tus sentidos de lo que ganas
En la monotonía de todo un año
¿Qué tiernos espíritus cantarán ahora?
Las preciosas fotos que traen.
No son mera magia para la vista:
Deleitarán tu olfato,
Sean agradables también a vuestro gusto,
Excita tu tacto y te da alegría. (Goethe, 1436-1444)

¡Esto suena como la droga Éxtasis! Pero nuevamente, esta experiencia deja a Fausto deprimido cuando termina y Mefistófeles se marcha:

¿Traicionado de nuevo? ¿Engañado por un plan?
¿Debería la riqueza de los espíritus decaer tan repentinamente?
Que contemplo al diablo en un sueño,
¿Y que salta un caniche? (Goethe, 1526-1529)

Mefistófeles se parece a lo que Jung describe como Mercurius, el “arquetipo del inconsciente” (Jung, CW 13, § 299). El es la sombra personalidad de la conciencia dominada por el cristianismo del Dr. Fausto, y como tal “nos tienta hacia el mundo de los sentidos: él es la benedicta viriditas y las múltiples flores de principios de la primavera, un dios de la ilusión y el engaño de quien tiene razón”. Dijo: ‘Invenitur in vena / Sanguine plena‘ (Se encuentra en la vena hinchada de sangre)” (Jung, CW 13, § 299). Mefistófeles eventualmente sacará a Fausto de su biblioteca de erudito hacia una nueva vida llena de todo tipo de actividad y placer a cambio de su alma tras su muerte. Fausto acepta la oferta porque no cree en el más allá y por eso no tiene nada que perder, piensa. A partir de este punto de la historia, Mefistófeles toma la iniciativa en el trepidante viaje de individuación de Fausto.

¿Tiene la exposición psicodélica el efecto de desencadenar la individuación en una personalidad estancada y moribunda atrapada en complejos personales y culturales? La individuación tal como la entendemos requiere tomar contacto con el espíritu del inconsciente y cooperar con él en una empresa conjunta. Hablamos de forjar una función trascendente, un vínculo entre las funciones superiores de la psique (pensamiento racional, reflexión, ética, ideales) y la personalidad irracional en la sombra con sus profundidades emocionales, intuiciones y complejidades psicológicas.

Esta relación que mantiene Fausto con Mefistófeles es una especie de función trascendente. El vínculo que se establece no se rompe durante la vida de Fausto. El espíritu inconsciente, en la forma de Mefistófeles, lo lleva a experiencias de la vida que antes desconocía. Se le abre un mundo completamente nuevo a medida que lo llevan de una aventura a otra. Mefistófeles es a la vez su guía y protector. Está claro que la experiencia de vida de Fausto se amplía y enriquece enormemente gracias a la guía de este compañero diabólico. Mefistófeles incita a Eros y libera su sexualidad; le introduce en otros placeres físicos y le abre el camino a la búsqueda del poder y la fama; incluso hace posible el encuentro numinoso con la figura arquetípica del ánima, Helena, la mujer más bella de la historia, y una coniunctio mística con ella produce un encantador niño divino. Sin embargo, la tragedia y la culpa siguen a sus conquistas: el hijo que le da a Gretchen, su primera conquista, es asesinado, ella es encarcelada y se suicida; su hijo con Helena, el atrevido Euphorion, vuela demasiado alto, se estrella y muere a sus pies, tras lo cual Helena lo deja y regresa a su hogar en el inframundo.

La vida de Fausto finalmente termina a la edad de 100 años en un estallido de creatividad, un proyecto idealista de recuperación de tierras que pretende establecer un nuevo jardín del Edén para la gente. Pero esto le cuesta la vida a la pareja inocente, Filemón y Baucis. Fausto se ha convertido en un visionario engañado, todo ello habilitado por el espíritu Mefistófeles, que está esperando el momento oportuno para llevarse el alma de Fausto al infierno. ¿Es este el objetivo de vivir bajo la guía del espíritu del inconsciente? ¿El camino psicodélico conduce a este resultado?

Sabemos por el Prólogo en el cielo al comienzo del poema de Goethe, al que llamó la obra de su vida, que el Señor Dios está presente en todo momento, invisible pero en control final del destino de Fausto. El Yo ha empoderado a la personalidad arquetípica de la sombra manifestada en Mefistófeles para que tenga acceso al ego (Fausto), para darle al ego lo que inconscientemente desea: placer, poder, reconocimiento. Mefistófeles abre la puerta a la experiencia. Fausto había quedado atrapado en palabras y textos y no tenía acceso a los espíritus que estudió y sobre los que escribió. Al final y con la ayuda de Mefistófeles, la vida de Fausto no fue una vida especialmente feliz, pero sí rica y llena de experiencias de todo tipo. Podríamos decir que su apertura inicial al inconsciente cuando consultó el libro de símbolos grabados por Nostradamus y conjuró el espíritu del inconsciente –su primera experiencia psicodélica– le llevó finalmente a una conexión con el espíritu del inconsciente (Mercurius), lo que le hizo posible un proceso de individuación rico y multifacético que no habría sido posible si hubiera permanecido fiel a su vocación erudita unilateral. Al final, el pacto con Mefistófeles para tener el alma de Fausto a su muerte fue anulado por el Señor Dios que envió a sus ángeles para escoltar su alma al Cielo. A pesar de estar agobiado por el pecado, la culpa y la tragedia, Fausto fue elevado a los reinos de la Divinidad y alcanzó la plenitud, tal vez porque sintió remordimiento por el dolor que había causado a otros en su furiosa búsqueda de vida y acción continua.

La pregunta que me hago es: ¿puedes soportarlo? Los dos casos a los que he hecho referencia (el leñador en el cuento de hadas de Grimm y Fausto en el poema de Goethe) han podido hacerlo, ya sea debido a una estructura del ego suficientemente buena (el leñador) o a la ayuda del Yo (Fausto). Los ataques de los espíritus inconscientes (Mercurio, Mefistófeles) eran fuertes pero no demasiado para ellos, y al final se beneficiaron de la conexión con el espíritu.

Otro ejemplo de figura mítica que podría soportarlo es la Virgen María. Experimenta la visita de un ángel que le anuncia su futuro. Esta es una visita del espíritu, esta vez no de Mercurio sino del espíritu del Señor, otra dimensión pero no menos peligrosa para los que no están preparados. Dará a luz un hijo que determinará totalmente su destino. Ella puede soportarlo. Ella es una figura que puede dar a luz al espíritu y soportar las consecuencias de esta visita hasta el final, cuando es, como Fausto, transportada a los Cielos por una compañía angelical. Este sería un ejemplo de un avance desde el inconsciente que cambia el curso de la vida, instala un proceso de individuación y resulta tanto en sufrimiento como en exaltación. A veces, una experiencia psicodélica puede abrir el camino a tal desarrollo. Depende de la naturaleza del contenido que irrumpe (en el caso de María, el Logos divino, un ánimus arquetípico) y de la estabilidad del ego que recibe la anunciación. María también contó con la útil ayuda de un buen esposo, José, quien apoyó su proceso de individuación a pesar de su apariencia desfavorable para los chismes colectivos.

Un contraejemplo de la Virgen María es la historia de Coronis que atrae a Apolo y queda embarazada de él. Esta es una experiencia revolucionaria numinosa y psicodélica para la joven, pero ella no es fiel a su amante divino y se acuesta con una pareja humana. En otras palabras, no se toma lo suficientemente en serio su encuentro con Apolo y se distrae con otros intereses. Cuando Apolo descubre esto, le pide a su hermana, Artemisa, que mate a Coronis, lo que la fiel hermana hace a su debido tiempo. Luego, Apolo interviene y rescata al feto, quien más tarde se convierte en el gran sanador, Asclepio, quien aprende las artes del sanador de su padre, Apolo, y del centauro, Quirón. El ego no pudo soportar el hijo de su amante olímpico y fue destruido a causa de su infidelidad. Sin embargo, el niño nacido de esta unión de espíritu arquetípico consciente e inconsciente sobrevivió gracias a su padre celestial. Y algo nuevo y humanamente útil surgió de este encuentro entre el consciente y el inconsciente. Se piensa en grandes autores y artistas como Nietzsche, que crearon obras maestras pero murieron a una edad temprana porque no pudieron soportar el peso de sus grandiosas visiones.

La individuación requiere vincular el ego con la personalidad inconsciente, un daimon interior. Jung habla a menudo de sus dos personalidades, la número uno y la número dos. La relación entre ellos surgió a lo largo de la experiencia del Libro Rojo y continuó de alguna manera durante el resto de la vida de Jung. Hubo un momento sorprendente en la conferencia espontánea que Jung dio en Eranos en 1939 sobre el tema del Renacimiento. De repente hizo una pausa y, haciendo referencia a Cástor y Pólux, declaró: “Somos ese par de Dioscuros, uno de los cuales es mortal y el otro inmortal, y que, aunque siempre juntos, nunca podrán llegar a ser completamente uno” (Jung, CW 9i, artículo 235). Todos tenemos un otro divino interior, y “nos sentimos reconfortados con ese amigo o enemigo interior, y si es nuestro amigo o nuestro enemigo depende de nosotros” (Jung, CW 9i, § 235).

Cástor y Pólux (el primer mortal, el segundo inmortal) nacieron de Leda como gemelos pero tuvieron padres diferentes (Tyndareus y Zeus), un caso de superfecundación heteropaternal. Estos hermanos se llevan muy bien, trabajan y juegan juntos, y al final Castor también queda inmortalizado y se convierten en Géminis en los cielos astrológicos. Creo que la relación de Jung con Filemón fue de este orden, en gran medida cooperativa y lúdica. Esta relación con su otro inmortal interior le dio a Jung la presencia de un gran individuo, lo cual fue atestiguado por muchos de los que lo conocieron. Sin embargo, Jung también hablaba a menudo de su personalidad número dos como un daimon, alguien que le legó una fuerte obligación de llevar a cabo proyectos que parecían más allá de sus capacidades. Sufrió por la relación con su Otro trascendente, pero también creó sus mejores obras debido a esta relación. En el caso de Jung, esta relación se produjo a través de la práctica de la imaginación activa, no de drogas psicodélicas. Sobre esto último, Jung fue cauteloso y advirtió a la gente que los avances provocados por estas sustancias traerían pesadas obligaciones para ellos. Llevar estas obligaciones y cumplir sus requisitos sería la tarea de un viaje de toda la vida, de individuación.

Entonces la pregunta es: ¿puedes soportarlo?


Referencias

 Goethe, J.W. von. (1963). Faust. Translated and with an introduction by Walter Kaufman. Anchor Books.

 Jung, C.G. (1961). Memories, dreams, reflections. Aniela Jaffé (Ed.). R. & C. Winston (Trans.). Vintage Books.

Jung, C.G. (1979). ‘Foreword’, in J. Jaffé, Apparitions. (pp. v-vii). Spring Publications.

 Zipes, J. (Trans.) (1987). The complete fairy tales of the Brothers Grimm. Bantam Books.

El matrimonio ha muerto – ¡Larga vida al matrimonio!, Caps. XII, XIII y XIV

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulos XII, XIII y XIV del libro ‘Marriage is Dead, Long Live Marriage!, pp. 83-94

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

CAPÍTULO XII

El lado demoníaco de la sexualidad

He descrito anteriormente que durante mucho tiempo los teólogos cristianos podían reconocer la sexualidad sólo en relación con la reproducción. Experimentaron lo erótico como algo demoníaco y extraño contra lo que había que luchar o neutralizar. Estos teólogos medievales eran ciertamente hombres inteligentes, sofisticados, buscadores de la verdad y del conocimiento. Que experimentaran la sexualidad como demoníaca, por lo tanto, no debe descartarse a la ligera. Seguramente debe haber algo de verdad en ello.

La sexualidad todavía se demoniza hoy. Todos los intentos de restarle importancia y presentarlo como algo “completamente natural” han fracasado. Ciertas formas de sexualidad continúan siendo vistas como malvadas y pecaminosamente inquietantes.

Como un ejemplo de demonización me gustaría citar las teorías sobre el efecto de la “escena primaria”. Los discípulos de Freud, y gran parte de la opinión oficial culta bajo su influencia, sostienen que se deben esperar graves consecuencias psicológicas en un niño que ha presenciado accidentalmente contacto sexual entre sus padres. Muchos desarrollos neuróticos se atribuyen a tales experiencias infantiles.

Algo en esta teoría parece peculiar. El noventa por ciento de la humanidad vive en condiciones de vivienda que hacen imposible que los niños no sean testigos accidentales de las actividades sexuales de sus padres. La observación del contacto sexual entre los padres u otros adultos ciertamente impresiona profundamente a los niños. Sin embargo, aún no se ha probado si tal experiencia realmente mueve a alguien hacia la neurosis, ya que esto implicaría que las experiencias que pertenecen inevitablemente a la infancia de la mayoría de las personas crean un daño grave. ¡Esto es extremadamente improbable, a menos que uno entienda la sexualidad como mágica y de otro mundo!

Para evitar malentendidos: los psicólogos modernos que llevan la eliminación de tabúes hasta el punto de recomendar a los padres que no excluyan a los niños de su vida sexual, están tirando al bebé con el agua del baño. Los autores de libros infantiles modernos que creen que la vida sexual de los padres debe ser descrita en sus libros son, en mi opinión, ingenuos. Pasan por alto el complejo del incesto, que se expresa en el tabú del incesto ampliamente difundido. Una exhibición sin restricciones de las actividades sexuales de los padres sobreestimulará los deseos incestuosos y los celos relacionados de los niños. A través de esto, la situación edípica se vuelve incómodamente exacerbada. Por otra parte, es afortunadamente imposible para la mayoría de los padres actuar sin inhibiciones sexuales frente a sus hijos. Esto también está relacionado con el tabú del incesto. Los padres se resisten instintivamente a la sobreestimulación de sus fantasías y tendencias incestuosas. La represión de un tabú probablemente crea más daño psicológico que el reconocimiento respetuoso del mismo. Algunos de los mayores tabúes, como el tabú del incesto, nos protegen más de lo que nos restringen.

Este no es el lugar para emprender una discusión exhaustiva sobre el tabú del incesto. Sin embargo, podemos tomar nota del hecho de que el tabú del incesto probablemente no puede entenderse como motivado biológicamente. El incesto habría llevado a un aumento de los factores hereditarios desfavorables. Sin embargo, los niños con factores hereditarios tan desfavorables, en su mayor parte, no habrían sobrevivido hasta la madurez sexual y, por lo tanto, la humanidad quizás habría tenido muchos menos factores hereditarios desfavorables en su acervo genético. Por lo tanto, el tabú del incesto no puede explicarse como eugenesia instintiva. El tabú del incesto ciertamente también está relacionado con el impulso humano de desarrollarse y estar siempre en condiciones de confrontar nuevas almas. Los lazos heterosexuales estrechos deben forjarse fuera de la familia inmediata para que el desarrollo humano no se estanque.

Otro ejemplo de la todavía extendida opinión de que la sexualidad es algo mágicamente nocivo se expresa en las leyes y en la actitud judicial frente al exhibicionismo. Los encuentros con exhibicionistas son, sin duda, aterradores para niños y adultos por igual. Pero es cuestionable si es necesario disuadir el exhibicionismo mediante la imposición de largas penas de prisión o incluso la castración forzosa. Sabemos que los exhibicionistas son por regla general inofensivos, y que se exponen precisamente porque tienen miedo de tener relaciones sexuales. El peligro de ser violado por un supuesto hombre normal es mucho mayor que el de ser abusado sexualmente por un exhibicionista.

Es cierto, por supuesto, que muchos adultos que padecen problemas sexuales afirman que éstos tienen su origen en cierta experiencia desagradable de la infancia, como un encuentro con un exhibicionista. El deseo de la gente de encontrar explicaciones causales es fuerte. Cuando una persona sufre de malestar estomacal, culpará a la cerveza fría que tomó el día anterior. Muchos homosexuales, cuando sufren socialmente por su homosexualidad o son procesados por ello, intentarán atribuir su homosexualidad a haber sido abusados en su infancia por un homosexual. Del mismo modo, muchas mujeres atribuyen ciertos problemas sexuales a los encuentros con exhibicionistas.

Otro ejemplo contemporáneo de cómo la sexualidad todavía se experimenta como siniestra se encuentra en la reglamentación y exclusión de la sexualidad de la mayoría de nuestros hospitales. Cuando un paciente pasa poco tiempo en el hospital, esto no es un gran problema. Pero cuando cualquier forma de actividad sexual está estrictamente prohibida para los pacientes que tienen que pasar un período prolongado de tiempo en un hospital o en una institución mental, solo puede explicarse por la demonización de la sexualidad. Se supone que la actividad sexual dañaría de alguna manera misteriosa a estos pacientes. Pero ¿por qué realmente? ¿Por qué razón no se les permite a los pacientes en una institución mental, por ejemplo, tener contacto sexual entre ellos dentro de la institución?

El siguiente es otro ejemplo más de cómo se da por sentado que la sexualidad debe ser algo siniestro y siniestro. Las relaciones sexuales con una persona con discapacidad mental se consideran un acto delictivo en muchos países. La intención de esta ley es proteger a la persona mentalmente discapacitada de ser abusada sexualmente. Pero el efecto real de esta ley es hacer imposible que los discapacitados mentales tengan una vida sexual. Que una ley tan inhumana no haya encontrado resistencia popular demuestra una vez más que se atribuye a la sexualidad un poder casi mágico.

Un último ejemplo: los atletas, los participantes en los Juegos Olímpicos, por ejemplo, a menudo tienen estrictamente prohibido por sus entrenadores participar en cualquier actividad sexual durante las competencias. Ha sucedido que los atletas en los Juegos Olímpicos han sido enviados a casa por involucrarse en relaciones sexuales subrepticias. Sin embargo, al mismo tiempo, se sabe que es beneficioso para ciertos atletas ser sexualmente activos antes de realizar grandes esfuerzos deportivos. Prejuicios antiguos están en juego aquí: entre ciertas culturas primitivas, los hombres no se atreven a tener contacto sexual con mujeres antes de ir a la batalla.

El lado demoníaco de la sexualidad también está atestiguado quizás por el hecho de que es difícil experimentar y aceptar las actividades sexuales simplemente como disfrute o placer. Pocas personas pueden disfrutar de la sexualidad como lo harían con una buena comida. La teoría del «vaso de agua», que compara la experiencia sexual con el alivio de la sed, se defiende con frecuencia, pero las personas rara vez la experimentan durante un largo período de tiempo. ¿Qué significa para la psicología que la sexualidad siga teniendo, hasta el día de hoy, algo siniestro y misterioso? Cada vez que nos encontramos con algo extraño, incomprensible o numinoso, experimentamos miedo. El proceso de individuación, que tiene un carácter fuertemente religioso, se experimenta como numinoso en muchos aspectos. Todo lo que tiene que ver con la salvación tiene, entre otras cosas, un carácter misterioso y desconocido; siempre incluye un elemento de otro mundo. La satanización de la sexualidad es comprensible dado su carácter de individuación. No es simplemente una actividad biológica inofensiva, sino más bien un símbolo de algo que se relaciona con el significado de nuestras vidas, con nuestra búsqueda y anhelo de lo divino.

La sexualidad nos ofrece símbolos para todos los aspectos de la individuación. El encuentro con las figuras paternas se vive en el drama del incesto. La confrontación con la sombra conduce a componentes destructivos y sadomasoquistas de lo erótico. El encuentro con el alma, con el ánima y el ánimus, con lo femenino y lo masculino, puede configurarse sexualmente. Estar enamorado de uno mismo y amar a otra persona se experimenta físicamente en la sexualidad, ya sea a través de fantasías o actividades. En ninguna parte se expresa de manera más impresionante la unión de los opuestos, la unio mystica, el mysterium coniunctionis, que en el lenguaje del erotismo.

CAPÍTULO XIII

La sexualidad que todo lo abarca del matrimonio

Ya he hecho hincapié en que la individuación puede tener lugar de diversas formas y medios. Se puede luchar por la salvación de mil maneras diferentes. Hay varios tipos distintos de individuación abiertos a cada persona.

Quisiera llamar a la individuación por la sexualidad, es decir, por los símbolos sexuales, individuación libidinal. Se nos impone, se nos da, sin que tengamos que tomar grandes decisiones. Por eso es tan importante el simbolismo de la individuación sexual; en él se originan la mayor parte de los colores, imágenes e historias para todo tipo de individuación.

Un tipo de individuación fundamentalmente diferente es lo que describí anteriormente como el matrimonio de confrontación. Uno decide casarse; uno tiene una opción en esto. A este tipo lo llamo individuación intencional. Uno decide contraer matrimonio de la misma manera que decide entrar en análisis o tomar una determinada profesión.

El matrimonio y la sexualidad estuvieron en todo momento, y hasta cierto punto todavía lo están, estrechamente interconectados. En muchas culturas, a las mujeres se les prohibía, y aún se les prohíbe, experimentar la sexualidad fuera del matrimonio. Las mujeres jóvenes tenían que ser vírgenes en el momento de su boda. Las leyes hoy en día siguen siendo firmes sobre las relaciones sexuales fuera del matrimonio, que se consideran adulterio. En un matrimonio que se entiende sobre todo como camino de salvación, la sexualidad es naturalmente el terreno ideal para la búsqueda de la salvación por la individuación. En tales matrimonios, la sexualidad no sirve principalmente al propósito de la reproducción o simplemente a las relaciones humanas y al amor mutuo, sino también a la pasión por la individuación.

En este sentido, no existe tal cosa como una sexualidad normal o desviada entre las personas casadas. Todo vale, ya que todo ello es expresión de fantasías de individuación. Y, sin embargo, siempre hay parejas casadas cuya sexualidad está restringida por cierta presión social por la normalidad. Todos creen que no pueden revelarse al otro sin cierta coacción, reteniendo esa parte que creen inaceptable. Además, los esposos y las esposas rara vez se complementan sexualmente por completo. En lugar de animarse mutuamente a expresar y relatar sus fantasías sexuales más secretas y peculiares, prevalece el miedo a la anormalidad, incluso una tendencia a la condena moralista de todo lo que no necesariamente conviene a sus parejas. El resultado de esto es que el material de individuación se excluye del matrimonio o se vive en otro lugar o, casi igualmente grave, uno de los cónyuges pasivamente, aunque con reproche, lo acepta.

El matrimonio se trata de vivir los intereses sexuales compartidos y, si es posible, aceptar los que no lo son, pero en ningún caso rechazarlos. De esta manera uno aprende a descubrirse a sí mismo y al otro, lo bajo y lo elevado. Así, uno atraviesa activamente el bosque primigenio del alma y, como en el cuento galés de Culhwch y Olwen, no todas las acciones tienen que ser realizadas por uno mismo.

Sin embargo, en ciertos matrimonios esto puede ser difícil. ¿Y si el hombre, por ejemplo, es bisexual? ¿Cómo debería reaccionar su esposa ante esto? ¿Debe alentarlo a que le cuente sus fantasías homosexuales en las que ella no tiene ningún papel o incluso alentarlo a vivir su homosexualidad? No hay reglas generales para esto; sólo se puede considerar la actitud con la que abordar tales problemas. Es deseable que todos, en caso de duda, sean más tolerantes de lo que uno normalmente se inclinaría. Una regla podría ser que por el bien de permanecer juntos hasta la muerte, uno trate de no evadir al otro sexualmente, así como uno no evadiría al otro emocionalmente. El enfrentamiento nunca termina. Cómo se experimenta esto es asunto de cada pareja casada individual y de cada socio. Cada pareja busca dentro del matrimonio su propia salvación y camino hacia la individuación. En este sentido, las parejas casadas son completamente soberanas y no están sujetas a ningún concepto de normalidad. Cada matrimonio es un mundo en sí mismo: «Todo vale en el amor y la guerra».

La independencia de cualquier estándar de normalidad se relaciona no solo con el comportamiento sexual, sino con la naturaleza de cada cónyuge individual como un todo. Debo agregar que rara vez existe un ser humano llamado normal, completamente no neurótico. Cada uno de nosotros intenta, a su manera peculiar, con más o menos éxito, luchar con los problemas y contradicciones fundamentales e insolubles de la vida: el anhelo de ser atendido; disfrutando de la dependencia infantil por un lado y de una existencia independiente por el otro; estar libre de los padres y, sin embargo, seguir siendo un niño para siempre; el deseo por los demás y el miedo a su agresión ya la propia; la ansiedad por el dolor y el deterioro físico; el miedo a la muerte y la aspiración a vivir para siempre a través de hijos y nietos; la voluntad de poder y el deseo de subordinación; amor y odio; piedad y orgullo excesivo. En este sentido, todo el mundo es más o menos neurótico. Nuestras habilidades psicológicas para llegar a un acuerdo con las fuerzas del alma son variadas y diversas.

Por lo tanto, casi nunca sucede que dos personas completamente “sanas” se unan en matrimonio. Ambos tienen sus peculiaridades y sesgos neuróticos. Pero el matrimonio no se trata de que uno de los cónyuges cure al otro o incluso que lo cambie significativamente; eso no es posible. Al contraer matrimonio se resuelve enfrentarse hasta la muerte. El matrimonio tiene que funcionar de alguna manera, es decir, los síntomas neuróticos también tendrán que armonizarse entre sí. Estas peculiaridades deben ser toleradas, aceptadas e integradas en la interacción entre los cónyuges. Es impresionante cuánto comportamiento extremadamente patológico es capaz de soportar un matrimonio de individuación. En casi todos los buenos matrimonios, un psicólogo experto puede encontrar un número suficiente de neuroticismos para considerar el matrimonio imposible y listo para el divorcio. En un matrimonio de individuación, ambos cónyuges se confrontan con todo, con las características esenciales sanas y enfermas, normales y anormales.

Sin embargo, muchos matrimonios se secan y pierden el camino de la individuación porque tratan de aliviar sus situaciones excluyendo y reprimiendo sus características más esenciales, ya sean deseos sexuales peculiares o rasgos neuróticos. Cuanto más conflictivo es un matrimonio, más interesante y fructífero se vuelve el camino hacia la individuación.

CAPÍTULO XIV

El matrimonio no es un asunto privado

Actualmente, una de las formas más frecuentes de encasillar en el matrimonio parte de la psiquis es aislándose del resto de la familia. La intervención de los suegros siempre conduce a considerables dificultades. En innumerables chistes populares y caricaturas se representa a la suegra apareciendo en la puerta principal ante la temible sorpresa del yerno. La influencia destructiva de los parientes ha llevado a muchos matrimonios al borde del divorcio. Ciertos parientes son siempre un problema: la madre interfiere demasiado; el padre no entiende al yerno; la mujer admira más a su padre que a su marido; uno se avergüenza de sus padres porque provienen de un medio social diferente, son demasiado frugales o poco sofisticados; cierto sobrino cuenta demasiados chistes verdes, etc.

Muchos consejeros y analistas matrimoniales recomiendan en tales casos limitar el contacto con los miembros de la familia o incluso interrumpirlo, si es necesario. Quizás en algunos casos esto sea absolutamente correcto, pero desde la perspectiva del matrimonio como un camino hacia la individuación, por lo general es cuestionable. Si tomamos en serio la idea del inconsciente colectivo tal como lo entendió C.G. Jung, no sólo estamos vagamente ligados a la psique de todas las personas, sino especialmente a las almas de los parientes más cercanos y más remotos. Para expresarlo un poco más concretamente, las almas de nuestros parientes más cercanos y más lejanos se encuentran en nuestro inconsciente. En otras palabras, ellos son parte de nosotros y nosotros somos parte de ellos. Romper el contacto con nuestros familiares inmediatos o extensos significa nada menos que reprimir parte de lo que somos. Permanecen en nuestra alma, aunque ya no se sienten a nuestra mesa.

La confrontación en el matrimonio sirve a la individuación más notablemente cuando es tan comprensivamente inclusiva como sea posible, cuando abarca tantas partes del alma como sea posible. Por lo tanto, la confrontación y los enfrentamientos con los suegros pertenecen a un proceso psicológico particular, a un tipo especial de salvación.

Un matrimonio de individuación rara vez es un asunto privado. Esto se expresa en el hecho de que a la mayoría de las ceremonias de matrimonio asisten tanto miembros de la familia inmediata como extensos. La costumbre contemporánea de realizar un matrimonio en el círculo más pequeño posible no transmite la realidad del matrimonio con un ritual adecuado. Tales ceremonias son signos de un individualismo psicológicamente irreal. Cada persona es vista como un individuo aislado sin relación con el inconsciente colectivo, que lo une a todas las demás personas, sobre todo a la propia familia.

He aprendido por experiencia que los matrimonios que se distanciaron de sus familias a menudo funcionan relativamente bien, pero se vuelven marcadamente obsoletos y aburridos. Aquí hay un ejemplo: la esposa provenía de una familia llamada «sin educación». Su padre era un comerciante exitoso que le parecía a uno psicológicamente poco sofisticado y grosero. Su madre parecía estar contenta con las tareas del hogar y no tenía intereses culturales o intelectuales. Las conversaciones con los padres o los hermanos giraban en torno a los programas de televisión y las últimas noticias de los tabloides. El esposo provenía de una familia de clase media, algo aburrida, cuyos miembros tendían a la depresión. Su madre se quitó la vida cuando él tenía poco más de veinte años. Un hermano tenía una visión sombría del mundo y mataría toda alegría con su pesimismo. Tras la boda, que celebraron con tan solo un pequeño círculo de amigos, los novios rompieron prácticamente todas las relaciones con sus familias. Él se había cansado de sus parientes deprimidos y ella se avergonzaba de su familia.

El matrimonio transcurrió en general de manera bastante pacífica, pero resultó bastante aburrido. A los pocos amigos de la joven familia les pareció notablemente estéril y aburrido. Entonces la esposa tuvo el siguiente sueño: Ella está discutiendo de una manera grosera con su padre. A medida que algunas personas se acercan, comienza a sentirse avergonzada y teme que se molesten por su lenguaje vulgar. Ella empuja a su padre y él cae al agua. No está claro si ella lo empujó intencionalmente al agua, pero en cualquier caso, se hunde sin hacer ruido. Entonces alguien de la multitud le dice al soñador: “Él (es decir, el padre) sabe cómo invertir dinero con alto interés…”

Llevaría demasiado lejos tomar todas las asociaciones del soñador. Este es solo uno de ellos: ella asoció el “interés” con el pasaje de Mateo 25: 14–30 sobre los talentos enterrados que no se usan. El analizando resultó estar muy interesado en los asuntos financieros e incluso entendía algo al respecto. En el contexto de sus asociaciones, el sueño parecía decir algo como esto: Porque ella empujó al padre y lo tiró al agua, fuera de la vista, ya no había nadie alrededor que supiera cómo invertir dinero con intereses. La mujer se había vuelto estéril y ya no podía dar un buen rendimiento a sus talentos.

El discurso psicologizante y sus conceptos 

Logos del alma

La psicología como un discurso científico y social es la narrativa que el modelo cultural hegemónico enarbola a la manera de un relato con el fin antropotécnico de exaltar al sujeto en su papel de figura dominante del proceso psíquico; este último había sido concebido, en épocas anteriores, como un hecho autónomo y objetivo que tenía su fin en sí mismo y que acaecía como una carga y una tarea para el hombre y no, tal como sucede en la actualidad, como una herramienta para el desarrollo de la persona.

Sin embargo, en el doble propósito de obliterar la dimensión anímica de la experiencia y de masificar al sujeto despojándolo de los elementos que sostienen su subjetividad, es decir la interacción con su medio y el trato cotidiano con los símbolos de la psique, el mito posmoderno propone objetivos confortables que se acoplen a la búsqueda de la salud como una meta loable y de la felicidad como un estado permanente del ser.

Esta empresa psicológica intenta desprender la negatividad de la vida del individuo y con ello omitir su naturaleza dialéctica, que es necesaria para el camino de la individuación, es decir para la diferenciación e integración de lo colectivo, la cual solo puede ser vivida como un sufrimiento intermitente. Aprender a morar en el fuego de la patología es una faceta cada vez más despreciada en la sociedad posmoderna, por ello la unilateralidad de las propuestas psicoterapéuticas es evidente.

La visión tecnologizante del alma ofrece medios pragmáticos para liberar al hombre de su sombra y lo hace con la terapia, con los medicamentos, con rituales ancestrales, con el uso de psicotrópicos y con el adoctrinamiento de la autoayuda. En dicho esquema conceptual se ofrece la esperanza de que el alma pueda ser controlada y regulada como si se tratara de un objeto material que tuviera su base física en el cerebro. No hay gran diferencia entre la evasión explicita de las redes sociales y la del que se apresta a un ritual de Peyote, ambos ostentan una visión tecnológica de la realidad.

Es debido notar que todo lenguaje guarda una dimensión inconsciente de su discurso, una teoría inadvertida que es evidente cuando se analizan los conceptos que la conforman. En este caso palabras tales como: inteligencia emocional, resiliencia, autosuperación, crecimiento personal, entre otros, constituyen el lenguaje común de la psicología tal como se ha concebido en el imaginario popular, de tal forma que los mismos psicólogos han adoptado dichas nociones para justificar su labor. No obstante, poco se ha pensado en las consecuencias y en el contexto de tales ideas. Entre otras cosas se pueden esbozar algunas conclusiones:

1. Son conceptos que exaltan el individualismo, pues aunque aluden al entorno social, no toman en cuenta los factores socio-históricos del fenómeno psicológico en cuestión. Hablan de relaciones pero inhiben el pensamiento del sujeto hacia sus congéneres. Atomizan al ego y lo despojan de la consciencia de su interacción con la sociedad y con la dimensión intrapsíquica, que está repleta de imagos objetivas. Dicha inflación psíquica, sin embargo, vacía a la persona de aquello lo hace humano: su contacto con la objetividad de los procesos psíquicos, en pos del deseo absurdo de ser mejor, es decir, diferente a quien ya se es.

2. Se sobrepatologizan procesos cotidianos y experiencias comunes por medio de una división entre situaciones sanas y enfermas, con un énfasis inconsciente en los valores vigentes, sin atender a la falta de pertinencia de un punto de vista moral para juzgar los fenómenos psicológicos. Al sobrepatologizar se literaliza el mecanismo patologizador del psiquísmo que construye símbolos para integrar experiencias dialécticas en su propia configuración, el sentido del sufrimiento se diluye y se le relega a la parte indeseable de la realidad, prolongando innecesariamente el sentimiento de falta de sentido.

3. Se culpabiliza al sujeto, responsabilizandolo de un ideal de sí mismo imposible de alcanzar e recriminandole no se capaz de llegar ahí. Su estado es el de un continuo intento, frustrante, de alcanzar metas imposibles como la felicidad o la integración. La culpa es el resultado de la inflación egoica, donde fenómenos autónomos y objetivos son atribuidos al yo y entonces éste requiere ensancharse lo suficiente para sostener las expectativas grandilocuentes que sin embargo lo despojan de toda capacidad de acción a causa de la sobrecarga de pseudo-símbolos con los cuales debe lidiar.

4. Homogeneizan a los individuos y a los procesos anímicos, proyectándolos en reglas estandarizadas de comportamiento. Así, el deseo particular se vuelve el deseo de lo general, de la masa uniforme que tiene un pensamiento único y que se repite constantemente en las consignas de la psicología positiva. Se impone un dogma que encasilla a los individuos en categorías nosológicas que encubren preferencias morales de autogobierno y antropotécnica. Ofrecen la seguridad de lo colectivo en detrimento de la angustia del hecho de estar desamparados de figuras metafísicas que sostengan la existencia.

5. Fomentan la expresión exacerbada como forma de relación, donde todo se vuelve transparente en detrimento de la intimidad y el silencio. La demasiada comunicación abarrota las vías de comprensión, se habla y se escribe para no decir nada. El contenido deja de ser relevante para dar paso al reinado de la forma, de la imagen saturante. Por ello se pone tanto énfasis en la emoción como figura primaria de la vivencia psíquica, pues tal expresión constituye una imagen atrapada en su representación prelógica, y se le contrapone al discurso racional que es desprovisto de toda dignidad para favorecer lo corporal, lo dinámico y lo emocional.

6. Debilita la conciencia de clase, ya que el sujeto se identifica con un ideal que surge en contextos en donde los factores socioeconómicos permiten la búsqueda de bienestar emocional como una forma de entretenimiento y se confunde el conjunto de privilegios con dicha ambición. Es debido notar que el trabajo de individuación, como lo estipula C. G. Jung, no es una actividad solitaria, sino que ocurre en el conjunto de relaciones que la persona cultiva a lo largo de su vida. Se mal entiende el carácter introspectivo de la introversión como un escape de lo social, cuando en realidad se trata de un involucramiento en la multiplicidad de la psique, cuya asunción es posible en la apertura a la otredad del prójimo.

7. Constriñen la inmensa variedad de las experiencias psicológicas y proponen un límite coercitivo para la expresión de las mismas, reduciendo el amplio campo de emociones y sensaciones a unas pocas palabras y a un único eje deseable de comportamiento. Son un medio de control, no solo de lo emocional, sino del sujeto que una vez subsumido al discurso del cuidado personal, se vuelve su propio explotador, convirtiéndose en un ente eficiente y productivo, en un objeto de intercambio comercial que debe mejorarse a sí mismo para no depreciarse en el mercado del capital humano.

Por lo tanto, estas ideas acerca de la salud mental, que se presentan como la narrativa psicológica contemporánea, no tienen como función el bienestar del hombre ni la atención a lo psicológico, son, en cambio, un medio para restringir, normalizar y limitar el papel político del individuo. Son vías para inhibir la complejidad de la realidad del alma. Su propósito es contrario a lo que el discurso dicta y con ello se dan pistas fehacientes sobre los verdaderos objetivos de la disciplina psicológica.

El espíritu de la época, que confluye con los valores del máximo beneficio y de la multiplicación infinita del capital, se promueve a sí mismo y se reproduce en el esfuerzo de un discurso normalizador del hombre, que necesita de la obliteración de la profundidad de su contexto anímico para someterlo al flujo materialista de la técnica. Privado del contacto consciente con la fuente simbólica de la psique objetiva, el hombre se encuentra listo para ocupar su lugar como un objeto muerto en la historia del tránsito del alma al pensamiento de sí.

Quizás sea la psicología y su discurso ego-edificante el requiem que acompaña al ser humano a su morada final como un símbolo inutilizable para la consciencia, y tal vez la psicologización de la sociedad y de sus relatos no sea otra cosa más que el recurso mitologizante contra la irreversible irrelevantificación del papel del hombre en el curso de la historia del alma. Pues si la psicología se apresta a encumbrar al ego y sobredotarlo de simbolismos, pareciera que la persona es un recipiente de la lógica de la consciencia y nada más; su importancia, por ende, radica en ser el vaso de la incubación del alma, que habrá de resquebrajarlo para por fin, estar frente a sí misma.

El matrimonio ha muerto – ¡Larga vida al matrimonio!, Caps. IX, X y XI

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulos IX, X y XI del libro ‘Marriage is Dead, Long Live Marriage!, pp. 61-82

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

CAPÍTULO IX

Sexualidad y Reproducción

Ahora que hemos entrado en el tema del matrimonio y hemos echado un vistazo a la relación entre masculino y femenino, pasaremos a la sexualidad. En el matrimonio, y en la relación entre hombre y mujer en general, la sexualidad juega un papel decisivo. La palabra sexualidad está hoy en día sobreutilizada hasta la saciedad. Se habla tanto de ella que uno llega a creer saber de lo que habla. ¿Qué tipo de fenómeno psicológico estamos describiendo con la palabra sexualidad o incluso “sexo”?

Los griegos de la época clásica se expresaron de forma más poética y diferenciada que nosotros. Hablaban de Afrodita, nacida de la espuma del mar, formada a partir de los genitales cercenados de Urano, el dios del cielo, hijo del Caos. Era encantadora y seductora. París le dio la manzana de oro no a Atenea o Hera, sino a Afrodita. Estaba casada con el herrero lisiado Hefesto, pero estaba enamorada del dios de la guerra Ares, que esparció el miedo entre la humanidad.

Otra figura mitológica griega es Príapo, dios de la fertilidad. Se le describe como un hombre feo con genitales gigantescos que se pavonea audazmente por todo el mundo.

El más conocido es Eros. Según la Teogonía de Hesíodo, este dios existe desde el principio de los tiempos. Surgió del Caos y estuvo presente en el “nacimiento” de Afrodita. Al principio se le asoció con el homoerotismo. En períodos posteriores (es decir, en la época de Ovidio) fue descrito como un niño frívolo. Viajó por el mundo con arco y flecha; algunas de sus flechas tienen puntas doradas. Si los dioses o los hombres eran golpeados por estos, caían en la locura del amor. Otras de sus flechas tenían puntas de plomo, y cualquiera que fuera golpeado por ellas se volvía insensible al amor. Aún más tarde en la historia, se menciona un grupo de figuras de Eros, a saber, los Erotes. Estos eran diminutos seres alados que se parecían sospechosamente a las criaturas que escaparon de la caja de Pandora.

Quizá sea psicológicamente más correcto y realista hablar de los muchos dioses y diosas, todos ellos enmarcados por historias, que hablar de una sola entidad llamada sexualidad. Esta es una palabra primitiva y vulgar que no puede comenzar a hacer justicia a este fenómeno multifacético.

No sólo los griegos, sino también muchos otros pueblos, han representado la sexualidad en imágenes mitológicas. Aquí hay un ejemplo de una cultura completamente diferente, la nación nativa americana Ho-Chunk. En relación con Wakdjunkaga, una figura embaucadora en su mitología, la sexualidad se describe como algo completamente independiente de su portador. Wakdjunkaga es una figura inmoral que hace bromas y le hacen bromas. Lleva su pene gigantesco con él en un cofre, como si tuviera poco que ver con él personalmente. Este pene nada de forma independiente a través del agua hacia las chicas que se bañan. Esta imagen de una sexualidad independiente y desapegada es psicológicamente muy adecuada. Sin embargo, también está relacionado con la idea de hombre que prevalece en la cultura de los Ho-Chunks, que exhibe significativamente menos características centralizadas que la nuestra. Se entiende que el hombre consta de diferentes partes del alma. Incluso nosotros, los occidentales contemporáneos, a menudo nos expresamos en coloquialismos similares: decimos, por ejemplo, que nos “duele el corazón”, cuando en realidad queremos decir que nos sentimos heridos, no solo nuestros corazones.

Los etnólogos han descrito pueblos arcaicos que no ven conexión entre la sexualidad y la reproducción. Experimentan ambos como fenómenos completamente separados. Hoy prácticamente todo niño sabe que la sexualidad está asociada a la concepción de la progenie. Pero, ¿eran estos pueblos arcaicos quizás más correctos desde un punto de vista psicológico? ¿Cuál es la conexión, en realidad, entre la sexualidad y la reproducción?

Llama la atención cómo, en los cursos de la historia teológica judía y cristiana, la sexualidad y la reproducción se vincularon francamente obligatoriamente entre sí. Hasta tiempos recientes, la sexualidad sólo era aceptable en relación con la reproducción. Pablo, por ejemplo, rechazó la sexualidad como tal, permitiéndola sólo si es santificada por el sacramento del matrimonio. Consideró que era mejor ser sexualmente activo dentro del matrimonio que participar en pecaminosidad sexual lujuriosa, no marital. Según Agustín, la sexualidad era legítima dentro del matrimonio porque servía al propósito de la reproducción; sin embargo, rechazó fundamentalmente el placer sexual. Tomás, así como muchos otros Padres de la Iglesia, sostuvieron la opinión de que el placer sexual es pecaminoso en todos los casos, pero podría excusarse cuando se pone al servicio de la reproducción marital. Albertus Magnus y Duns Scotus defendieron la posición de que el placer sexual no necesita perdón cuando ocurre dentro del contexto del matrimonio y tiene el propósito de la reproducción.

La justificación de la sexualidad con la reproducción continuó en los tiempos modernos, pero en forma secularizada. Muchos médicos y psiquiatras del siglo XIX intentaron comprender biológicamente la sexualidad desde el punto de vista de la reproducción. Por esta razón, la masturbación, las fantasías sexuales y similares se consideraban como algo malsano, dañino para el sistema nervioso. Hasta hace poco era común decirles a los niños que la masturbación podía provocar parálisis y enfermedades graves.

Las conceptualizaciones de los psiquiatras del siglo XIX fueron moldeadas (aunque quizás no conscientemente) por las opiniones cristianas. Emil Kräpelin, por ejemplo, opinaba que el origen de los trastornos sexuales era casi siempre la masturbación. El miedo a la masturbación puede parecer algo peculiar hoy en día, pero es completamente comprensible dentro de su contexto histórico. La finalidad principal de la sexualidad se entendía como la reproducción, por lo que la masturbación se consideraba patológica o pecaminosa, ya que nunca podía conducir a la concepción. Kräpelin supuso además que los trastornos sexuales se originaron en las imaginaciones y fantasías que acompañan a la masturbación. Las fantasías sexuales eran para él patológicas, y esto también es comprensible dado el trasfondo histórico. Kräpelin creía que cuanto más se aleja la sexualidad de la reproducción, más patológica se vuelve. Oficialmente, la psiquiatría del siglo XIX era cualquier cosa menos cristiana. Sin embargo, es interesante ver cómo las ideas teológicas medievales dieron forma incluso a la comprensión de la psicopatología humana. El biologismo ingenuo del siglo XIX, que vio la sexualidad sólo en relación con la reproducción, evidentemente no pudo hacer frente a una comprensión de la vida sexual. Al menos marcó el comienzo de un intenso compromiso con la sexualidad.

De hecho, hay un tipo de sexualidad que se dirige sólo hacia la reproducción. Se encuentra entre ciertas mujeres histéricas. El concepto de histeria ya no es común y es controvertido. En mi opinión, sigue siendo clínica y psicológicamente útil. Una de las peculiaridades de la llamada histeria, descrita por muchos autores, es la presencia de patrones de comportamiento arcaicos y primitivos. Por ejemplo, a menudo encontramos entre los histéricos, sean hombres o mujeres, una especie de reflejo primitivo de fuga. Bajo ciertas condiciones, estas personas huyen gritando de pánico. Una forma similar de reacción primitiva, que se apodera de las personas con rasgos histéricos, es la parálisis repentina y completa en situaciones temibles. ¿Es esto una reliquia del reflejo de fingir la muerte? Cuando el animal o la persona atacada ya no se mueve ni muestra ningún movimiento, el atacante ya no está excitado y se aleja de la víctima.

Otro modo arcaico de reacción es la sensibilidad de la persona histérica a todo tipo de comunicación no verbal. Los histéricos a menudo sienten lo que está pasando en los demás antes de que lo sientan ellos mismos. Con los histéricos, la habilidad de comunicarse directamente con las almas de los demás, sin el uso del habla o cualquier otra forma obvia de expresión, todavía parece estar fuertemente desarrollada. Dicho de otra manera: esta habilidad arcaica no ha sido perturbada por un fuerte desarrollo del ego.

La sexualidad de las mujeres histéricas muestra algunas características interesantes a este respecto. Muchas mujeres con carácter histérico son completamente frígidas cuando se trata del acto sexual real y son incapaces de alcanzar el orgasmo. Por otro lado, estas mujeres suelen ser coquetas y activas en la seducción y los juegos previos. Tienen talento para atraer y sexualizar a los hombres. Sin embargo, durante las relaciones sexuales, sienten poco. Este tipo de “sexualidad histérica” puede entenderse como una sexualidad arcaica. Lo importante para la concepción de los niños es sólo que el hombre se excite a la actividad sexual. Una vez que las cosas han progresado hasta este punto, sería, a los efectos de la reproducción, solo una pérdida de energía para la mujer experimentar algo especial. El orgasmo no es biológicamente necesario; la fecundación puede tener lugar sin ella.

También se encuentra esta forma arcaica de sexualidad entre los hombres. Hay hombres indiferenciados para los que lo único importante es llegar a la eyaculación, no importa cómo ni dónde. Cualquier tipo de juego previo o posterior es poco interesante o incomprensible para ellos. Este tipo de sexualidad arcaica, que funciona principalmente al servicio de la reproducción, se encuentra a menudo entre hombres y mujeres que, por una u otra razón, fueron culturalmente privados y no se les permitió experimentar ningún tipo de estimulación psíquica durante la infancia.

Es notable que fue precisamente esta sexualidad primitiva y animal la que los teólogos cristianos entendieron durante tanto tiempo como la única sin pecado, siempre que fuera santificada por el matrimonio y sirviera a la reproducción. El cristianismo, sin embargo, es sólo el heredero de concepciones que fueron importantes en el Antiguo Testamento. La pérdida sin propósito del semen del varón se contaba en el Antiguo Testamento como un grave crimen contra Dios.

Cuán repulsiva y animalista es esta enseñanza – que la sexualidad debe ser justificada por la reproducción – se demuestra cuando uno la toma en serio. Significaría, en la práctica, que solo una cópula completamente insensible y biológicamente orientada podría considerarse buena. Sería equivalente a decir que comer sólo entonces no es pecaminoso si uno devora la comida más simple con las manos lo más rápido posible y sin ningún cultivo, simplemente con el propósito de saciarse.

Uno ciertamente tiene derecho a cuestionar si la base de la sexualidad es la reproducción. Muy poco del tiempo y la energía que la gente dedica a la sexualidad tiene algo que ver con la procreación. La vida sexual comienza en la primera infancia y termina solo en la tumba. Por vida sexual entiendo las fantasías sexuales, la masturbación y el juego sexual, así como el acto sexual propiamente dicho. Sólo una pequeña porción de la vida sexual se expresa en actos. La mayor parte consiste en fantasías y sueños. Que estos tienen poco que ver con la reproducción es obvio. Sin embargo, de lo que no nos damos cuenta lo suficiente es que incluso la mayoría de los actos sexuales tienen poco o nada que ver con la reproducción. Esto no es solo porque tenemos mejores anticonceptivos. La mayoría de las actividades sexuales siempre han sido sin utilidad biológica. Aunque la sexualidad siempre ha estado ligada a la reproducción, esto por sí solo no la hace comprensible.

La conexión de la sexualidad con la reproducción ha entorpecido la sexualidad. Conscientemente o no, la sexualidad normal todavía se entiende más o menos como una sexualidad que deriva sus normas del objetivo de la reproducción. Incluso hoy en día, muchos psicólogos consideran anormal cualquier forma de actividad sexual que no tenga una conexión clara con la fertilización.

La enseñanza de la Iglesia Católica -entendida unilateralmente por cierto- ha hecho mucho daño a este respecto. En el siglo XIX, el pensamiento católico se vinculó estrechamente al biologismo. Esto resultó en la opinión católica popular de que la sexualidad debe experimentarse solo dentro del matrimonio, que debe experimentarse solo con miras a la reproducción y que el propósito del matrimonio debe ser, sobre todo, la procreación y la crianza de los hijos. Por otra parte, Agustín ha dicho: “In nostrarum quippe nuntiis plus valet sanctitas sacramenti quam fecunditas uteri” (El sacramento es más importante que la fecundidad del útero).

CAPÍTULO X

El sinsentido de la sexualidad “normal”

Freud hizo un avance decisivo en la comprensión de la vida sexual. Hoy es impensable la comprensión de la sexualidad sin un conocimiento preciso de sus teorías sobre la sexualidad. Según Freud, la sexualidad se compone de muchas pulsiones diferentes que, si todo va bien, se integran en cierta medida en lo que puede entenderse como sexualidad normal, o, si las cosas no van bien, se afirman como las llamadas perversiones.

Queremos referirnos a las teorías de Freud sólo brevemente aquí. Freud describe de manera precisa las diversas etapas que caracterizan el desarrollo sexual humano. Para el recién nacido, la sexualidad es todavía desorganizada y difusa. Por naturaleza, el niño es polimorfamente perverso. El niño contiene, por así decirlo, todas las tendencias sexuales que, si no se integran, luego se experimentan como perversiones.

El primer centrado de la sexualidad ocurre en el área de la boca. Esta primera etapa es la llamada fase oral durante la cual todo lo que tiene que ver con la boca – chupar, tragar, comer – se experimenta sexualmente. En la fase siguiente, estas sensaciones placenteras se concentran cada vez más en los órganos excretores y en la eliminación de orina y heces. (Explicar con precisión por qué aparecen las tendencias sadomasoquistas durante esta fase iría demasiado lejos para nuestros propósitos). comienza la fase, con el deseo incestuoso de contacto sexual con el padre o la madre. Estos deseos edípicos no se cumplen y deben ser reprimidos, y el resultado es la etapa de latencia, que dura hasta alrededor de los doce años. Durante esta fase, los impulsos sexuales se reprimen y la energía sexual se sublima en parte. Durante la pubertad, la llamada sexualidad normal finalmente se manifiesta.

Este largo y complicado proceso de desarrollo sexual contiene muchos peligros a través de los cuales pueden surgir anomalías sexuales. En cualquier fase puede ocurrir una fijación, y ciertos componentes sexuales singulares, como el sadomasoquismo anal o el exhibicionismo, pueden prevalecer; o, por miedo al poder de las pulsiones sexuales, pueden entrar en juego mecanismos de desplazamiento a través de los cuales toda la sexualidad se concentra en un objeto de evitación, como en el caso del fetichismo, donde un objeto sustituye a la cosa deseada.

Según Freud, la causa de esta aberración puede estar en una debilidad constitucional o en una sífilis congénita, en una constitución nerviosa débil o en ciertas experiencias que llevaron a una fijación. La estimulación sexual desafortunada durante una fase particular, como presenciar un contacto sexual entre los padres que se malinterpreta como un intento de asesinato, o seducciones por parte de parientes o sirvientes, puede hacer que una parte del impulso sexual se vuelva demasiado importante y tome la iniciativa.

En este sentido, cosas como la desviación sexual se entendían como el dominio de los instintos sexuales infantiles abrumadores. Cualquier forma de sexualidad que no condujera de alguna manera a las relaciones sexuales clásicas debía entenderse en este contexto como perversión sexual. Este esquema de desarrollo de Freud ha sido ampliamente atacado en los últimos tiempos. Se ha demostrado, por ejemplo, que el llamado período de latencia es un concepto cuestionable y que la vida sexual de los niños entre seis y doce años no se ve disminuida en modo alguno.

Desafortunadamente, la brillantez del pensamiento de Freud a menudo no es bien comprendida por los partidarios de la psicología junguiana. Ciertamente, Freud no describe «hechos». Su obra se puede apreciar mejor si entendemos sus teorías sexuales como una mitología moderna que, a través de sus representaciones simbólicas, nos da una mejor entrada en el mundo de la sexualidad que los hechos estadísticos. ¿No es acaso el niño perverso polimorfo, ante todo, una representación simbólica del holismo que existe en todos y cada uno de los niños?

Freud intentó demostrar que varias de las llamadas perversiones están presentes desde el principio en todas las personas y que la sexualidad normal no es más que una creación delicada e ingeniosa cuyos diversos componentes básicos son las perversiones. El mérito de la teoría de Freud es que incluyó las desviaciones sexuales en la comprensión de la sexualidad y amplió la estrecha comprensión de la sexualidad más allá de la reproducción. Sin embargo, las audaces intuiciones de Freud no pudieron liberar a la sexualidad de su confinamiento para siempre. Según el psiquiatra alemán Viktor Emil von Gebsattel, por ejemplo, la masturbación sigue siendo un pecado contra el principio “yo y tú”, un pecado contra Eros, o según el famoso psicólogo y filósofo suizo Paul Häberlin, un pecado contra el otro.

Los psicólogos existencialistas intentaron en parte comprender más profundamente la riqueza de la sexualidad. Medard Boss sostiene que no solo la sexualidad normal, sino toda variedad de sexualidad es un intento desesperado, aunque a veces limitado, de expresar amor. Otros existencialistas entienden las pulsiones sexuales como una pulsión de estar en el mundo, y consideran que cuando se produce una escisión entre el mundo y la pulsión, esta escisión debe ser rellenada con fantasías sexuales y perversiones sexuales de carácter destructivo, como el sadismo y el masoquismo. Sin embargo, para nuestra investigación posterior, debemos recordar la declaración de Freud de que “quizás en ningún otro lugar el amor todopoderoso se muestra con más fuerza que en sus aberraciones”.

Cualquier intento de comprender la sexualidad que en última instancia se centre en la reproducción, o al menos en el acto sexual formal, y considere sospechosas todas las demás actividades sexuales, debe ser cuestionado con los siguientes fenómenos: La práctica psicoterapéutica confirma una y otra vez que cuanto más diferenciado, y no cuanto más débil es una persona, más encontramos las llamadas aberraciones sexuales. Las excepciones confirman la regla. Las personas sencillas, con un mínimo desarrollo afectivo y estimulación cultural, poseen una sexualidad normal con mucha más frecuencia que aquellas que son sofisticadas en lo afectivo y cultural.

Además, casi nadie que haya hecho el intento de comprender la sexualidad ha considerado el hecho de que la mayor parte de la vida sexual humana consiste en fantasías. En parte, estos son de la variedad normal y en parte también son extraños, significativamente más extraños que la vida sexual realmente vivida.

Necesitamos encontrar una clave de la vida sexual y sus aberraciones que nos permita comprender todo el fenómeno sexual en toda su multiplicidad sin moralizarlo ni biologizarlo, sin dogmatizar sobre lo que debe o no debe ser.

CAPÍTULO XI

Sexualidad e individuación

Me gustaría tratar de ampliar la comprensión del lector sobre la sexualidad. Sin ella, el papel de la sexualidad y de sus variaciones en el matrimonio no puede comprenderse plenamente. Desafortunadamente, muchos de los métodos más modernos y actualizados para estudiar la sexualidad no nos llevan muy lejos. El intento, por ejemplo, de afirmar que la sexualidad no es más que una experiencia placentera no me parece que comprenda todos los fenómenos. El atractivo de la sexualidad, el hecho de que la mayoría de la gente dedique gran parte de su fantasía a los temas sexuales, el enorme problema que ha caracterizado la sexualidad a cualquier edad, todo esto no es casual y sería completamente ininteligible si fuera cierto que tenía que hacer sólo con la experiencia de un simple placer. La sexualidad siempre ha tenido algo de numinoso, algo misterioso y fascinante. El hecho, por ejemplo, de que existiera la prostitución en los templos en tiempos históricos en Oriente no significa que estos pueblos percibieran la sexualidad como algo “natural”, como algo que se podía experimentar de manera frívola y placentera. Indica todo lo contrario: estos pueblos vivieron la sexualidad como algo tan numinoso que incluso podría tener lugar en un templo.

La sexualidad entendida como forma de relación interpersonal entre el hombre y la mujer tampoco abarca plenamente el fenómeno de la sexualidad. La mayoría de las fantasías sexuales se desarrollan con total independencia de las relaciones humanas. Se trata de personas con las que difícilmente se tendría alguna relación o con las que una relación sería incluso imposible. Considerar la sexualidad como un instrumento para las relaciones interpersonales o la lujuria al mismo nivel que comer y beber no hace avanzar nuestra comprensión de este fenómeno humano. Ni la procreación, ni la lujuria, ni las relaciones interpersonales explican la enorme variedad de la vida sexual y de las fantasías sexuales.

Freud buscó a su manera impresionante comprender todas las llamadas actividades superiores de la humanidad (como el arte, la religión, etc.) como sexualidad sublimada. Podemos intentar proceder al revés preguntándonos si la totalidad de la sexualidad debe comprenderse desde la perspectiva de la individuación: la búsqueda religiosa. ¿Son las canciones de amor profundamente coloreadas sexualmente de las monjas medievales realmente expresiones de erotismo frustrado? ¿Las canciones pop, que hablan sentimentalmente de amores y despedidas, tienen que ver sólo con la sexualidad no vivida de los adolescentes? ¿O son formas simbólicas de expresión para los procesos de individuación y para la búsqueda religiosa?

Vale la pena intentar poner en relación la sexualidad con la individuación. Una de las tareas de la individuación, como ya se mencionó, es familiarizarse con las sombras personales, colectivas y arquetípicas, es decir, no solo avanzar hacia las capas aparentemente destructivas del alma en virtud de circunstancias personales o colectivas, sino tomar contacto con el “mal” mismo, con el asesino y el suicida dentro de nosotros. Otra tarea no menos importante del proceso de individuación es que los hombres se enfrenten a su lado femenino y que las mujeres se enfrenten a su lado masculino, tener una confrontación con el ánima y el ánimus. La lucha con el lado heterosexual y la conciencia del vínculo misterioso que uno tiene con él brindan la oportunidad de experimentar y comprender las polaridades del alma y del mundo, del hombre y la mujer, el ser humano y Dios, el bien y el mal, consciente e inconsciente, racional e irracional. La llamada coniunctio oppositorum, la unión o convergencia de los opuestos, es uno de los muchos modelos y símbolos del objetivo de la individuación.

Jung enfatizó repetidamente la importancia de los sueños, las fantasías, la imaginación activa, la mitología religiosa y la creación artística en el proceso de individuación. En estos podemos experimentar los símbolos a través de los cuales nos individualizamos. Aquí vemos los símbolos vivos que nos transforman. Los símbolos tienden a ser propiedad de una pequeña élite educada. Esto les sucedió, por ejemplo, a los dioses griegos a lo largo de la historia. Lo mismo podría pasar con los símbolos cristianos. Los dioses de la antigua Grecia son tal vez símbolos de poderes espirituales, de arquetipos, pero los mismos griegos los experimentaban como realidades concretas. A medida que los pueblos de la antigüedad comenzaron a entender conscientemente a sus dioses como símbolos, los dioses perdieron gran parte de su influencia en la vida espiritual de la mayoría de las personas. También nosotros, los psicólogos, a pesar de nuestra comprensión más o menos profunda de los símbolos, tenemos un deseo de concreción. Los analistas ceden con frecuencia a la tentación de interpretar los sueños no como símbolos, sino como oráculos concretos. Así, la aparición de la madre en un sueño se toma demasiado a menudo como la madre física más que como un símbolo de lo maternal.

Los griegos honraban a sus dioses y les hacían sacrificios. Podían experimentar en ellos más intensamente su propia alma, particularmente sus componentes arquetípicos, a través de la proyección, como decimos hoy. El proceso de individuación en general se experimenta a menudo a través de la proyección. Los alquimistas medievales proyectaron su desarrollo espiritual en procesos químicos reales o imaginarios. Pero la experiencia concreta de los griegos con los dioses olímpicos, o la de los alquimistas con la materia, fue un proceso de individuación limitado. Jung enfatizó muchas veces la importancia de recuperar las proyecciones. Cuando se retiran las proyecciones, los sueños, las fantasías y la imaginación activa se convierten en el medio real del proceso de individuación, lo que hace posible encontrar símbolos que están vivos y, por lo tanto, nos afectan.

La individuación necesita símbolos vivos. Pero, ¿dónde encontramos hoy símbolos vivos y conmovedores; ¿símbolos tan vivos y conmovedores como los dioses de los antiguos griegos o como el proceso alquímico? Aquí se nos revela una nueva comprensión de la sexualidad. La sexualidad no es idéntica a la reproducción, y su significado no se agota en las relaciones humanas ni en la experiencia del placer. La sexualidad, con todas sus variantes, puede entenderse como una fantasía de individuación, una fantasía cuyos símbolos son tan vivos y conmovedores que incluso influyen en nuestra fisiología. Y aparte, estos símbolos no son propiedad exclusiva de una élite académica, sino de todas las personas.

¿Cuáles son las posibilidades, por ejemplo, de que un hombre llegue a un acuerdo con lo femenino? Una posibilidad es tener una relación con una mujer, incluido el matrimonio. Otra consiste en fantasías sexuales, sin el fin de la reproducción, la relación humana o el placer, sino para confrontar el ánima, lo femenino dentro de nosotros.

Las fantasías sexuales de la mayoría de los hombres y mujeres son más salvajes y extrañas que su vida sexual real. Desafortunadamente, los analistas y psicólogos a menudo reaccionan ante tales fantasías con condescendencia y las patologizan. Un comentario sobre una fantasía sexual particularmente animada e inusual de un paciente podría ser: “Esta joven aún no es capaz de tener una relación. Todavía es completamente víctima de su impulso sexual animal”. O un analista le dice a un colega durante la discusión de un caso: “Él abusa de su novia para vivir sus fantasías sexuales. Todavía le falta ternura y sensibilidad”. Otro comenta: “Este viejo sufre de calentura senil”. La expresión “Se escapa a la fantasía” también se escucha con frecuencia. Este tipo de visión condescendiente y patologizadora es destructiva para el alma. La individuación tiene lugar no sólo en la proyección y relación humana. El proceso debe tener lugar desde adentro, a través de símbolos vivos; no simplemente a través de la reflexión y el pensamiento, sino a través de símbolos que capturan el alma y el cuerpo, y así absorben a la persona en su totalidad.

Quiero enfatizar una vez más que la vida sexual, especialmente cuando se manifiesta en la fantasía, es un intenso proceso de individuación en símbolos. Este tipo de proceso debe ser respetado y reconocido. Sería antipsicológico entender este fenómeno como algo primitivo, que puede tener cierto significado simbólico, pero que sólo debe ser experimentado en forma sublimada, en un plano superior. Es dañino para el alma cuando la vida sexual se sublima demasiado. Aquí debo evitar cualquier malentendido: no se trata necesariamente de la actuación salvaje de la sexualidad como defiende Wilhelm Reich, por ejemplo. La vida sexual, y especialmente sus fantasías con todas sus muchas peculiaridades y hermosos rasgos, representan sólo una de las muchas formas en que tiene lugar la individuación; sin embargo, no es el más progresista.

Me gustaría demostrar con los siguientes ejemplos que incluso las fantasías y prácticas sexuales más notables tienen una conexión con la individuación y, por lo tanto, con la salvación. Una vez traté a un estudiante que era fetichista y se había metido en problemas con la ley por robar ropa interior femenina. Yo mismo estaba todavía en formación psiquiátrica en ese momento, y traté de ayudar a este estudiante descubriendo ciertas conexiones psicodinámicas. Un día pasó y con voz triunfal me leyó el pasaje de la segunda parte del Fausto de Goethe donde Fausto se encuentra con Helena (Helena de Troya), cómo Fausto, después de una larga búsqueda, finalmente se encontraba frente a la más hermosa criatura femenina, la bella Helena, y cómo ella se desvaneció, dejando a Fausto allí de pie sosteniendo su túnica y velo.

“Las mujeres son solo un símbolo de todos modos”, me explicó. “Tal vez la experiencia de encontrarse con la feminidad es más profunda si uno tiene solo una pieza de su ropa, un objeto que simboliza a la mujer, en lugar de tener a la mujer misma. Así al menos uno nunca olvida que la fantasía es casi tan importante como la realidad”. En algunos aspectos, este paciente tenía razón. No equiparó la sexualidad con la reproducción, con el puro placer, o con las relaciones humanas. Lo entendió como algo simbólico.

A través de él me quedó claro que la sexualidad tenía que ser entendida de manera diferente a como la había entendido hasta entonces. Comencé a preguntarme si los desviados sexuales a menudo pueden acercarse más al fenómeno de la sexualidad que las personas normales. Debo repetir aquí: las nociones “normal” y “anormal” han perdido algo de su significado con respecto a la vida sexual. Es la individuación la que nos proporciona la clave de la sexualidad, no la normalidad o la anormalidad.

Como ya mencioné, una de las tareas del proceso de individuación es experimentar el lado oscuro y destructivo. Esto puede ocurrir a través de la sexualidad, entre otras posibilidades. Sin embargo, esto no significa que uno deba obsesionarse con las fantasías de un Marqués de Sade o Leopold Sacher-Masoch, o que uno deba representar tales fantasías. Significa más bien que las fantasías de ese tipo pueden entenderse como la expresión simbólica de un proceso de individuación que se desarrolla en el reino de los dioses sexuales.

Una vez traté a una mujer masoquista, flagelante, a la que traté de ayudar a normalizarse. Incluso tuve cierto éxito: sus actividades masoquistas cesaron y ella suprimió sus fantasías masoquistas. Sin embargo, comenzó a sufrir dolores de cabeza inexplicables que interferían en su vida profesional. En una especie de experiencia visionaria -ella era una mujer negra, y en su entorno no eran raras las visiones-, Moisés se le apareció y le indicó que continuara con sus flagelaciones; de lo contrario, los egipcios la matarían. Sobre la base de esta visión, desarrolló una teoría complicada, basada en parte en los rituales de flagelación de los cristianos mexicanos. Decía que solo a través del masoquismo podría ella confrontar y aceptar el sufrimiento del mundo. Se dejó vencer una vez más por las fantasías masoquistas. Sus dolores de cabeza desaparecieron y su desarrollo psicológico prosiguió muy bien. Este ejemplo pretende servir como una ilustración, no como una recomendación.

El fenómeno del sadomasoquismo ha desconcertado a los psicólogos durante mucho tiempo. ¿Cómo pueden coincidir el placer y el dolor? Para muchos psicólogos y psicoanalistas, el masoquismo es tan absurdo que algunos de ellos van tan lejos como para afirmar que los masoquistas pueden tratar de vez en cuando de representar sus fantasías con gran detalle y con mucha teatralidad, pero cuando se produce el sufrimiento real, dejan inmediatamente ese comportamiento . Sin embargo, esto no es del todo correcto y, además, se relaciona en parte con ciertas desviaciones sexuales. La vida sexual real rara vez está de acuerdo con las fantasías sexuales. Sabemos que existen numerosos masoquistas que no sólo buscan formas degradantes del dolor, sino que también las experimentan con placer.

El masoquismo desempeñó un papel importante en la Edad Media cuando los flagelantes inundaron las ciudades y pueblos. Muchos santos dedicaron gran parte de su tiempo y energía a azotarse a sí mismos. Los monjes y las monjas consideraban una práctica religiosa rutinaria infligirse dolor y humillación a sí mismos. El intento de la psiquiatría moderna por comprender este fenómeno colectivo como expresión de una sexualidad perversa y neurótica no me parece satisfactorio. Nos acercamos al fenómeno con el concepto de individuación. ¿No es el sufrimiento de nuestra vida, y de la vida en general, una de las cosas más difíciles de aceptar? El mundo está tan lleno de sufrimiento, y todos nosotros sufrimos tanto en cuerpo y espíritu, que incluso los santos tienen dificultad para comprender esto. Una de las tareas más difíciles del proceso de individuación es aceptar la tristeza y la alegría, el dolor y el placer, la ira de Dios y la gracia de Dios. Los opuestos, sufrimiento y alegría, dolor y placer, están unidos simbólicamente en el masoquismo. Así, la vida puede ser realmente aceptada, e incluso el dolor puede experimentarse con alegría. El masoquista, de una manera extraña y fantástica, se reconcilia con los mayores opuestos de nuestra existencia.

La violación juega un papel importante en los sueños y fantasías de las mujeres. A menudo es el centro de los miedos compulsivos. Ya sea repugnante, espantosa o seductora, la fantasía de la violación es, en cada caso, importante para la psique femenina. La violación es uno de los grandes temas de la mitología griega, así como del arte. Quizá el tema de la violación tenga algo que ver con el alma repentina y brutalmente abrumada por el espíritu: el ánimus se apodera del alma femenina que quiere y no quiere. En mi práctica psicoterapéutica he visto a menudo cómo la fantasía de la violación, entendida como un valor psicológico, como un símbolo vivo, como algo que no necesita ni puede ser reducido o superado, ha mantenido a los pacientes en movimiento y los ha ayudado en el camino hacia la individuación y salvación.

Quizás poco a poco se va comprendiendo por qué queremos liberarnos de los “modelos de normalidad dominantes”. Es este aferrarse con fuerza a la llamada sexualidad normal lo que hace imposible la comprensión de la sexualidad. Gran parte de las fantasías sexuales, vistas desde la perspectiva de las concepciones de normalidad, son muy peculiares. No podemos entender un fenómeno psicológico si explicamos una parte considerable de él simplemente como anormal o patológico.

Quisiera demostrar aquí que las llamadas perversiones son indispensables para una verdadera comprensión de la sexualidad. Para no eludir las dificultades que esto presenta, me he vuelto hacia una de las variantes más abstrusas de la vida sexual, el masoquismo. Queremos ahora seguir este camino hasta su conclusión. El masoquismo casi siempre se combina con el sadismo. Se habla de sadomasoquismo. Para el psicólogo comprometido con la visión biológica, que toda vida psicológica puede explicarse a partir de mecanismos de supervivencia, el masoquismo es un escollo. Por extraño que parezca, el sadismo parece plantear menos dificultades intelectuales; el acceso a este fenómeno se ha visto obstaculizado a lo sumo por ciertos prejuicios morales.

Primero, entonces, algunas aclaraciones conceptuales. En el sentido clásico, el sadismo se entiende como el placer sexual que se consigue provocando u observando dolor físico o psíquico en la pareja sexual. Por sadismo en el sentido más amplio entendemos simplemente la crueldad, es decir, el disfrute derivado de herir a otra persona física o psicológicamente sin obtener necesariamente placer sexual. Por sadismo moral se entiende la tendencia a encontrar alegría en hacer sufrir psicológicamente a otras personas. La agresión, por el contrario, tiene poco que ver con el fenómeno que acabamos de mencionar, pero a menudo se mezcla con él. La agresión es la capacidad y la alegría de afirmarse, de conquistar a un oponente, de dominar una situación, de ser el primero en una competencia con otros. La agresión en este sentido es un importante instinto de supervivencia. El dolor o sufrimiento aflictivo no es esencial para la agresión. Debido a que el sadismo a menudo se confunde erróneamente con la agresión biológica, parece presentar menos dificultades intelectuales que el masoquismo.

La alegría de ver sufrir física o psicológicamente a otras personas es mucho más frecuente que el puro sadismo sexual. No obstante, un tono sexual apagado a menudo acompaña al tipo de crueldad que en sí misma no tiene un matiz particularmente sexual. La crueldad, la alegría de torturar a los demás, ha sido descrita desde los inicios del comportamiento humano registrado. Ocupa nuestras fantasías y llena nuestras salas de cine. Los romanos, cuya civilización y cultura se erige como pilar fundamental del mundo occidental, conocían pocas inhibiciones en este sentido. Para su diversión arrojaban esclavos y criminales a los animales salvajes. Cuando iba a tener lugar una crucifixión en una obra de teatro, en realidad crucificaron a un criminal en el escenario. Se supone que Pedro el Grande de Rusia presentó decapitaciones para diversión de sus invitados. María, reina de Escocia, en su juventud como Delfina de Francia, vio cómo los hugonotes eran torturados hasta la muerte mientras comía su postre. Las ejecuciones públicas fueron en todas las épocas grandes espectáculos populares. En tales ocasiones, las abuelas cargaban a sus pequeños nietos sobre sus hombros para asegurarse de que lo vieran todo. Y las crueldades de la Segunda Guerra Mundial nos son familiares a todos.

La crueldad en aras del placer sexual también ha sido descrita desde el comienzo del tiempo histórico. El marqués de Sade, un noble francés del siglo XVIII, es hoy el autor más conocido que ha prestado atención literaria a este fenómeno. Sin embargo, la mayor parte de la sexualidad sádica ocurre en las fantasías y los sueños de las personas. En el sadismo se manifiestan componentes psicológicos que son de la mayor importancia para el desarrollo de una persona.

El sadismo es en parte una expresión del lado destructivo de la humanidad: de sus entrañas, de su sombra, del asesino que llevamos dentro. Es un rasgo específicamente humano encontrar alegría en la destrucción. No es este el lugar para considerar si este gozo pertenece a la naturaleza humana o es producto de un desarrollo defectuoso, aunque creo que lo primero es cierto. En cualquier caso, la destructividad es un fenómeno psicológico con el que todo ser humano vivo debe aceptar. El gozo de destruir, aniquilar o torturar también se vive dentro de la sexualidad.

La alegría de destruir a otros está relacionada con la autodestrucción. En este sentido no es de extrañar que sadismo y masoquismo aparezcan siempre juntos: el asesino autodestructivo es el centro de la sombra arquetípica, el centro de la destructividad irreductible en el ser humano. Otro componente del sadismo es la intoxicación por el poder. Proporciona placer sexual dominar a la pareja por completo, jugar con él o ella como un gato con un ratón. Otro aspecto más del sadismo es degradar a una pareja al estado de un objeto puro. En las fantasías sádicas, el bondage y el voyeurismo desinteresado juegan un papel importante. El compañero se convierte puramente en una cosa con cuyas reacciones se juega.

Esta cosificación sádica juega un papel importante en muchas relaciones sexuales; a menudo se rechaza sobre la base de que cualquier relación humana, sexual o de otro tipo, siempre debe ser un encuentro de dos socios que tienen los mismos derechos.

Creo, sin embargo, que aquí nos rigen demasiado los prejuicios. Toda relación contiene objetivación. Es necesario ser capaz de observar a un compañero de manera imparcial y objetiva. Por un lado, experimentamos en el amor una completa identificación con el otro; por otro lado, no debe evitarse una objetividad distante. Sin objetividad una relación sigue siendo caótica y peligrosa. Con qué frecuencia escuchamos durante las acciones de divorcio: “Yo lo amaba tanto, y ahora esto ha sucedido. Simplemente ya no lo conozco. Ha cambiado tanto. Es una persona diferente”. Esta decepción, esta sorpresa, ocurre principalmente en relaciones en las que se descuidó la objetividad.

Entonces, en el sadismo, la destrucción, el poder y la cosificación se expresan dentro de la sexualidad. Sólo estoy señalando aquí el carácter de individuación de la sexualidad; o estoy glorificando las perversiones. En este contexto, me parece correcto señalar que la amplia gama de la actividad sexual humana, particularmente cuando se manifiesta en fantasías sexuales, no debe entenderse solo como patología.

El aspecto de individuación de la sexualidad se revela de manera más convincente en el encuentro amoroso e intenso entre el hombre y la mujer, en la unión momentánea y extática del acto sexual. Esta experiencia humana, la más profundamente conmovedora, no debe entenderse simplemente como una cópula biológica. Este poderoso evento en el que el hombre y la mujer se vuelven uno, física y psicológicamente, debe entenderse como un símbolo vivo del mysterium coniunctionis, el destino final del camino hacia la individuación. Los alquimistas consideraban que la unión sexual del Rey y la Reina era la culminación de su trabajo. La unión sexual expresa el puente de todos los opuestos e incompatibilidades que prevalecen dentro de nosotros. Hasta cierto punto, hombres y mujeres se complementan; hasta cierto punto, son antitéticos entre sí; y hasta cierto punto, no armonizan en absoluto. En el acto sexual se supera toda polaridad y fragmentación del ser. Ahí radica su fascinación, no en la posible consecuencia de la reproducción. Además, el acto sexual es mucho más que una mera expresión de la relación personal entre un determinado hombre y una determinada mujer. Es un símbolo de algo que va más allá de la relación personal. Esto explica la frecuente aparición de imágenes eróticas en la descripción de experiencias religiosas. La unión mística con Dios está simbolizada por los actos sexuales. En este sentido, la mayoría de las historias de amor, poemas y canciones sobre la unión del hombre y la mujer no deben entenderse simplemente como la expresión de la vida erótica, sino como símbolos religiosos.

Freud demostró de manera impresionante cómo todos los impulsos sexuales parciales encuentran su camino juntos en el acto sexual para formar una gran experiencia. La notable y fascinante variedad de impulsos sexuales se fusionan en el acto sexual en un gran evento.

La vida sexual y las fantasías eróticas son tan ricas y variadas que toda variedad posible de vida psicológica puede experimentarse a través de este simbolismo viviente. Así como Jung entendió las peculiares actividades y fantasías de los alquimistas como imágenes del desarrollo psicológico y la individuación, podemos reconocer y seguir el proceso de individuación en la vida sexual con todas sus “anomalías”. En este contexto comprendemos también la grandeza de Freud. Aunque creía que la sexualidad podía describirse únicamente dentro del modelo biológico, lo hacía con una diferenciación inusitada y pensaba que había descubierto en él los fundamentos del comportamiento humano. Sólo un psicólogo de la escuela junguiana puede comprender la psicología freudiana. Freud se encontró con la sexualidad y quedó abrumado por sus fascinantes manifestaciones. En contra de sus propias intenciones, por así decirlo, creó una mitología sexual viva y moderna. Como ejemplo de esto, considere la imagen del niño perverso polimorfo. Existe en cada uno de nosotros a lo largo de nuestra vida. Algunos aspectos de ella están reprimidos y solo llevan una existencia sombría en sueños y fantasías secretas. ¿Qué es este niño perverso polimorfo sino el Sí-mismo de la psicología junguiana, el símbolo de la totalidad de la psique, el núcleo divino dentro de nosotros que contiene todo, todas las posibilidades y los opuestos de nuestra psique?

Me gustaría mencionar aquí una característica más de la vida sexual con todas sus anomalías, que también solo puede entenderse realmente desde la perspectiva de la individuación: la timidez y el secreto. La mayoría de la gente mantiene oculta la vida sexual, ya sea vivida o fantaseada. Incluso en la situación analítica pueden pasar años antes de que se entreguen las fantasías sexuales. La mayoría de las imágenes sexuales que aparecen en los sueños de los pacientes son minimizadas y atenuadas. Este deseo de secreto es difícilmente comprensible desde la perspectiva de la reproducción, el placer o las relaciones humanas. Sin embargo, el secreto y la intimidad son características del alma y del proceso de individuación. Durante un tiempo, este proceso debe realizarse en una habitación cerrada; nada ni nadie se atreve a perturbarlo.

El matrimonio ha muerto – ¡Larga vida al matrimonio!, Caps. VII y VIII

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulos IV, V y VI del libro ‘Marriage is Dead, Long Live Marriage!, pp. 43-60

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

CAPÍTULO VII

Masculino y Femenino no Armonizan

Para comprender mejor el matrimonio moderno, debemos reflexionar sobre lo masculino y lo femenino y la relación entre el hombre y la mujer. ¿Qué somos, en realidad, como hombres, mujeres? ¿Qué determina nuestro comportamiento cotidiano? Trataré de limitarme a solo algunos aspectos que son relevantes para nuestro tema.

Las actividades de los animales están determinadas en parte por patrones innatos de comportamiento. Los estímulos externos provocan o liberan ciertos patrones innatos de comportamiento. Por regla general, estos son adecuados y útiles en la situación que se caracteriza por estímulos particulares. La vida de la especie y del individuo se mantiene mediante la ejecución de este patrón de conducta. En primavera, ciertos estímulos hacen que algunas especies de pájaros construyan nidos según un diseño específico. Tan pronto como los huevos eclosionan y los padres ven las bocas abiertas de las crías, se activa el patrón de comportamiento de alimentación. Los dispositivos artificiales se pueden sustituir por estímulos naturales y se logra el mismo efecto. Un pájaro macho realizará un ritual de cortejo particular si aparece una hembra. Pero la hembra es reconocida por él solo como una cosa que se caracteriza por una forma y color particular o tal vez solo por un cierto sonido; este sonido solo puede ser suficiente para liberar el patrón de comportamiento del apareamiento. Esto es cierto no solo para las aves, como lo ilustra la siguiente historia. En Canadá se observó que durante la temporada de celo los alces machos se arrojaban de cabeza contra los trenes en movimiento. Luego se descubrió que el silbido de la locomotora se asemejaba al rugido de un alce macho en celo, y esto llevó a un “duelo” entre el alce y la locomotora. Tal comportamiento ciertamente no fue el resultado de ningún tipo de reflexión. El animal reacciona instintivamente, no en el sentido de un impulso vago e indefinido, sino en el sentido de completar patrones regulados de comportamiento que normalmente tienen sentido en relación con la situación dada.

Los humanos somos diferentes, aunque no del todo. Nosotros también llevamos dentro de nosotros patrones innatos de comportamiento; se llaman arquetipos. La diferencia entre los patrones arquetípicos humanos y los patrones innatos de reacción y comportamiento en los animales es la siguiente.

En primer lugar, los patrones de conducta entre los humanos suelen ser más complicados y menos precisos en los detalles que los de los animales. Los patrones humanos de comportamiento se tratan más de pautas generales que funcionan en el contexto del comportamiento real. En segundo lugar, si bien los patrones de comportamiento humanos parecen ser más numerosos, no todos se utilizan a lo largo de la vida; muchos de ellos simplemente están en barbecho. Cada persona tiene una gran cantidad de patrones potenciales de comportamiento dentro de sí que casi no juegan ningún papel en su vida. En tercer lugar, y esto de la más decisiva importancia, los humanos somos capaces de observar y reflexionar sobre estos patrones de comportamiento; de vez en cuando logran tomar conciencia de estos arquetipos. Pero esto no suele ocurrir a través del pensamiento lógico y la reflexión, sino a través de imágenes, símbolos, mitos e historias. Los humanos son animales que generan símbolos.

Todo esto debe ser más o menos familiar para el lector. Sin embargo, hay cierta confusión y ofuscación con respecto a la cuestión de lo masculino y lo femenino. Debe quedar claro que no hay solo un arquetipo masculino y un arquetipo femenino. Hay docenas, si no cientos, de arquetipos femeninos y masculinos. Ciertamente, hay muchos más de los que solemos imaginar. Pero no todos los arquetipos son dominantes en un período particular de la vida de un individuo. Además, cada época histórica tiene sus arquetipos masculinos y femeninos dominantes. Las mujeres y los hombres están determinados en sus identidades y comportamientos sexuales por solo un número selecto de arquetipos. El comportamiento está determinado únicamente por aquellos patrones que son momentáneamente dominantes en la psique colectiva. Esto conduce a un error grotesco pero comprensible: los arquetipos que dominan el comportamiento masculino y femenino en un momento determinado pasan a ser entendidos como los arquetipos masculino y femenino. Y de este número limitado de arquetipos se deduce qué son la “masculinidad” y la “feminidad”. Este malentendido ha llevado, por ejemplo, a la suposición en la psicología junguiana de que la masculinidad es idéntica al Logos y la feminidad al Eros, y que la esencia de la feminidad es más personal, más relacionada con el prójimo, más pasiva, más masoquista; mientras que la esencia de la masculinidad es abstracta, más intelectual, más agresiva, sádica, activa, etc. Esta ingenua afirmación sólo pudo hacerse porque los arquetipos masculino y femenino que imperaban en ese momento y en esa cultura se entendían como los únicos válidos.

Me gustaría mencionar aquí sólo algunos de los numerosos arquetipos femeninos. Primero está el arquetipo materno. En su forma terrenal es a la vez nutritivo y devorador; en su forma espiritual es inspiradora y también conduce a la locura y la muerte.

Un arquetipo algo más misterioso está simbolizado en la mater dolorosa, representada en miles de pinturas y esculturas. Es la mujer que perdió a su hijo, cuyo hijo murió en un accidente en su juventud o murió en la guerra, la madre del piloto derribado. Esas madres a menudo se identifican tan fuertemente con el arquetipo de la mater dolorosa que se sienten superiores a otras mujeres.

El arquetipo de Hera, esposa del padre celestial Zeus, nos es familiar como el símbolo de la esposa cruel que está celosa de todo lo que desvía la atención de su esposo.

Otro arquetipo es la hetaira, la compañera desinhibida de los hombres en el placer sexual, el ingenio y la erudición. Hoy podemos ver este arquetipo, por ejemplo, proyectado en la actriz Shirley MacLaine: intelectual, independiente, pero no hostil a los hombres.

Otro arquetipo femenino más está simbolizado por Afrodita, la diosa del puro placer sexual, el arquetipo del amante. Este arquetipo, como se ve, por ejemplo, en la infantilmente independiente Raquel Welch.

Atenea representa un arquetipo femenino muy interesante: la mujer sabia y enérgica, autosuficiente, no sexual, pero útil para los hombres. Se ve comúnmente en las esposas de los presidentes estadounidenses.

Ciertas viudas y mujeres divorciadas a menudo parecen tener algo arquetípico en ellas. Son independientes, el hombre está ausente y uno tiene la impresión: «¡Gracias a Dios!» La relación con el marido perdido es la de conquistador a conquistado.

Estos arquetipos están todos más o menos relacionados con el hombre, ya sea como esposo o amante, con los hijos o con la familia. Si estos fueran los únicos arquetipos femeninos, uno podría concluir con razón que la naturaleza femenina se caracteriza por Eros, por la relación.

Los arquetipos femeninos que no tienen nada que ver con los hombres -al menos con el hombre como esposo o amante- o con los niños son igual de importantes, aunque menos cercanos a la conciencia colectiva.

Está, por ejemplo, el arquetipo de la amazona, la mujer guerrera. Ella necesita a los hombres sólo para la procreación. Según algunos informes, las amazonas capturaban hombres y se acostaban con ellos para quedar embarazadas. Una vez que los hombres habían cumplido su función, eran asesinados. Según otra versión, las amazonas usaban a los hombres no solo para engendrar hijos, sino también para hacer las tareas del hogar, cocinar y criar a los hijos. Las amazonas aman las conquistas y se sienten bien en compañía de otras mujeres. Este es el arquetipo de la mujer de carrera independiente que renuncia a los hombres. También conocemos un arquetipo de la amazona solitaria, una mujer mayor o más joven a la que le encanta viajar sola, visitar gente, pero no quiere apegarse a nadie, que ve a los hombres con desconfianza, pero se siente cómoda con las mujeres sin ser una lesbiana

Otro arquetipo femenino es el de Artemisa. Su disposición hacia los hombres también es hostil. Ella no quiere ser vista o conocida por ellos. Los hombres que la acechan deben morir. Si Artemisa tiene una relación con alguien, es con su hermano Apolo. Muchas mujeres están de la misma manera efectivamente emparentadas sólo con sus hermanos; de lo contrario, no quieren tener nada que ver con los hombres o con los niños. Esto no solo puede entenderse como el resultado de un desarrollo neurótico, sino también como la promulgación de una posibilidad arquetípica de lo femenino.

Otro arquetipo que no está relacionado con hombres o niños es el de la virgen vestal, la monja o la sacerdotisa. Estas mujeres dan su vida a Dios o la sacrifican a otra cosa, pero no a un hombre o a los niños.

Podemos suponer que existen tantos arquetipos femeninos que no se relacionan con el esposo, amante o hijos como los que sirven al Eros de la sexualidad y la vida familiar. Un estudio más exacto de las posibilidades arquetípicas del ser humano podría contribuir mucho a la comprensión de las llamadas neurosis. Una visión demasiado estrecha de lo que debe ser una persona nos impide comprender las innumerables variaciones arquetípicas posibles del comportamiento humano. Muchas de las llamadas actitudes neuróticamente falsas no son el resultado de un desarrollo psicológico desfavorable, como las entendemos habitualmente, sino la imagen de un arquetipo particular que no se puede vivir con la conciencia tranquila porque es rechazado por el colectivo. Casi todos los patrones arquetípicos de comportamiento femenino que no se relacionan con los hombres se consideran “no deberían ser”, neuróticos y enfermos. No necesariamente tiene que ser neurótico si un esposo o un hijo no están en el centro del interés de una mujer. La amazona, Artemisa y la virgen vestal son posibles patrones femeninos de comportamiento, basados en arquetipos y no necesariamente pertenecientes a la psicopatología.

Los arquetipos necesitan ciertas circunstancias y movimientos espirituales en un período histórico particular para ser activados y vividos. Así ha habido épocas y situaciones en las que el arquetipo del artista no ha sido muy valorado; o en tiempos de paz el arquetipo del guerrero no ha jugado un papel importante, etc.

Un arquetipo femenino más dominante ha sido el de la madre. En casi todos los períodos históricos esto se ha vivido con fuerza y ha dominado el comportamiento de la mayoría de las mujeres. Los niños necesitan madres; sin ellos, la humanidad se convertiría en instinto.

¿Cuál es la situación arquetípica de las mujeres de hoy? ¿Qué arquetipos son los dominantes? ¿Cuáles han perdido parte de su significado? Notable es el declive del dominio del arquetipo materno en Europa occidental durante los últimos diez a quince años. Supongo, sin embargo, que en muchas «altas» culturas históricas este arquetipo perdió gran parte de su significado para ciertas clases sociales, por ejemplo, para las clases sociales más altas del Imperio Romano o la nobleza francesa del siglo XVIII.

En este sentido, tenemos hoy en Europa occidental y en varias otras áreas industriales del mundo una situación interesante. Cuando los niños vienen al mundo, tienen muchas posibilidades de vivir setenta años. En épocas anteriores, solo unos pocos niños alcanzaban la edad adulta, por lo que era necesario para la supervivencia de la humanidad que las mujeres tuvieran tantos hijos como fuera posible. Incluso aquellos que llegaron a la edad adulta a menudo morían antes de tiempo. Esto significaba que la mayoría de las mujeres morían antes de llegar a una edad en la que el arquetipo de la madre ya no era una necesidad. Hoy, sin embargo, la mujer promedio en Europa occidental tiene quizás dos o tres hijos, quienes, después de haber alcanzado la edad de cuarenta y cinco años, ya no demandan toda su energía.

En el pasado, solo era posible para los ricos, que tenían el beneficio de sirvientas y sirvientes, no perder demasiada energía en el cuidado de los niños. Hoy en día, los sirvientes y sirvientas son raros incluso entre los ricos, pero a cambio de esto (al menos en Europa occidental) las mujeres de todas las clases tienen menos tareas domésticas gracias a la mejora de la tecnología doméstica. También el cuidado de los niños pequeños hoy en día requiere menos problemas y esfuerzos. Dado que el arquetipo de la madre y el arquetipo de Hera son menos dominantes, queda más espacio para otros arquetipos. Muchos otros arquetipos contienen energía psíquica; las mujeres contemporáneas tienen la oportunidad de vivir diversos arquetipos.

Curiosamente, la situación de los hombres no es precisamente la misma. Para ellos no ha cambiado mucho. Durante milenios, los hombres han tenido más posibilidades arquetípicas que las mujeres. El arquetipo de Ares, el guerrero y soldado simple y brutal, siempre ha estado disponible para ellos; y también la de Ulises, el astuto guerrero y esposo; y el arquetipo del sacerdote, el hombre de Dios. El arquetipo del curandero, el médico; la de Hefesto, el hábil técnico; la de Hermes, el hábil mercader y ladrón; y muchas otras nunca estuvieron cerradas a los hombres. El hecho de que la mujer de hoy tenga más posibilidades arquetípicas abiertas para ella no significa automáticamente que el hombre de hoy también tenga más posibilidades a su disposición que en el pasado. El hombre de hoy sigue ligado a su papel de proveedor, y esto limita sus posibilidades. Las posibilidades arquetípicas de los hombres no son mucho más numerosas que las de las mujeres, pero para las mujeres esta gran oportunidad es algo novedosa. Por eso me detengo más en los arquetipos femeninos que en los masculinos.

Las mujeres, cuyo comportamiento hasta ahora solo estaba afectado por unos pocos arquetipos, están cada vez más motivadas por nuevas posibilidades. Desafortunadamente, ahora ha salido a la luz una complicación muy desafortunada, que debe mencionarse. El paso de un arquetipo a otro, o el despertar de nuevos arquetipos hasta ahora olvidados, está siempre plagado de dificultades. Sabemos de tales pasajes en cada vida. Durante la pubertad, el arquetipo del niño retrocede a un segundo plano y emerge el arquetipo del adulto. Alrededor de los cincuenta años, este último comienza lentamente a ser suprimido por el arquetipo senex. Cuando un arquetipo se separa de otro, encontramos en la vida del individuo las llamadas depresiones de transición; estas son las conocidas depresiones que ocurren durante la pubertad y durante el período comprendido entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco años. Este tipo de depresión en la vida de un individuo se puede superar, ya que sabemos con precisión qué arquetipo está tomando el lugar del último anterior.

Sin embargo, la difícil situación colectiva de las mujeres de hoy no puede verse simplemente como un paralelo a la depresión de transición de un individuo. Para aclarar esto aún más, permítanme ofrecer algunas breves reflexiones psicológicas. Todo lo que somos, lo somos trabajando, experimentando, refinando y humanizando arquetipos. No podemos saltar sobre el arquetipo. Los patrones arquetípicos precisos determinan nuestro comportamiento. Podemos cultivar este comportamiento, captarlo en imágenes, tomar conciencia de él y darle forma. Pero rara vez podemos funcionar únicamente por nuestra voluntad en asuntos importantes. Para decirlo de otra manera, experimentamos nuestra actividad como significativa solo cuando está relacionada con una base arquetípica. Una madre nunca puede funcionar con satisfacción como madre si su maternidad se hace solo desde la reflexión consciente o solo desde el sentimiento. No puede tener una relación meramente personal con el niño. En principio, su relación con el niño es impersonalmente arquetípica. Tiene que ver con el arquetipo de “madre e hijo”, y sólo sobre este terreno arquetípico se puede construir una relación personal de “madre-hijo”.

Además, no podemos elegir un arquetipo mediante un acto de decisión consciente. El arquetipo nos lo da una situación exterior y el inconsciente colectivo. Esos arquetipos que gobiernan en el colectivo gobiernan también en nosotros. Los arquetipos colectivos que gobiernan se manifiestan en las imágenes, mitos y figuras dominantes del cine, la publicidad, las historias populares, etc. He aquí algunos ejemplos: Isabel II, símbolo del arquetipo de la reina y esposa; Jacqueline Kennedy, la que alcanza la fama y la riqueza a través de los hombres; la ex-emperatriz Soraya, la mujer del amor libre; Elizabeth Taylor, la belleza devoradora de hombres; James Bond, el aventurero, maestro de la tecnología y mujeriego; las orgiásticas cantantes de rock, como Dionisio, casi despedazadas por sus frenéticas fanáticas femeninas; el embaucador Mickey Mouse; el héroe homérico Muhammed Ali; Einstein, el moderno Prometeo.

La situación de las mujeres hoy en día es especialmente peligrosa porque se están desprendiendo de un pequeño grupo de arquetipos y acercándose a un grupo más grande de ellos, pero el nuevo grupo aún no es claramente visible. En este sentido, su situación es diferente a la de la depresión de transición de un individuo. La situación actual es que las mujeres están algo perdidas en el mar: el viejo continente desaparece, el nuevo aún no es completamente visible. Tal transición trae consigo un vacío arquetípico. Y esta transición arquetípica es también una de las razones por las que tantas mujeres quieren encontrarse a sí mismas y tienen el deseo de ser ellas mismas, de vivir solo sus propias vidas. Una y otra vez las mujeres acuden a psicólogos, consejeros o psiquiatras, declarando que son infelices o tristes y que les gustaría por una vez vivir sólo sus propias vidas, ser ellas mismas o encontrarse a sí mismas. El llamado autodescubrimiento de las mujeres mayores de cuarenta es hoy un tema favorito de las revistas femeninas y de las conferencias psicológicas populares.

Este ser uno mismo, por supuesto, no existe. Todo lo que se habla al respecto es la expresión de un abandono colectivo, desesperación y depresión. Decir “Quiero ser solo yo mismo” tiene tanto sentido como decir “Quiero hablar mi propio idioma”. Uno tiene que expresarse en el idioma con el que creció desde la infancia o ha aprendido desde entonces. Uno no puede hablar su “propio” idioma y, además, aunque lo hiciera, nadie más podría entenderlo. Del mismo modo, no podemos encontrarnos a nosotros mismos; solo podemos expresarnos a través del juego de roles arquetípico, y de esta manera también podemos, quizás, encontrarnos a nosotros mismos.

Ciertamente, surgirá una nueva libertad para la mujer moderna. Hoy en día, una mujer ya se encuentra parcialmente en una situación en la que puede dejarse estimular por roles más arquetípicos que antes. Puede ser madre, amante, compañera, amazona, Atenea, etc.

No me aventuraría en este momento a abstraer “lo femenino” de todos los arquetipos femeninos conocidos, o “lo masculino” de todos los arquetipos masculinos. Esto requeriría, por un lado, psicólogas que no solo estudiaran el tema a través de lentes masculinos como buenos alumnos del maestro. Sin embargo, una cosa es cierta: debemos poner fin a las ecuaciones “femenino = Eros, relación” y “masculino = Logos, intelecto, actividad”. (Atenea, por ejemplo, presenta una forma femenina de intelectualidad que no puede entenderse como “ánimus”). También se debe poner fin a la visión biológica de que una mujer se realiza a sí misma solo en la crianza de los hijos.

Las muchas nuevas posibilidades arquetípicas en el horizonte tienen otra consecuencia interesante: el miedo a la multiplicidad de posibilidades arquetípicas. Las mujeres están acostumbradas a ser condicionadas y dirigidas por unos pocos arquetipos. La nueva multiplicidad que está surgiendo hace que muchas mujeres se sientan inseguras; se sienten impulsados a aferrarse a la menor cantidad posible de arquetipos. Durante siglos, el arquetipo de Hera ha dominado a las mujeres. Hoy el arquetipo de la mujer profesional comienza su dominación unilateral. Las mujeres sufren la compulsión colectiva de ir a trabajar tan pronto como el arquetipo de la madre ha terminado. En lugar de entregarse libremente a la multiplicidad de posibilidades arquetípicas, a menudo se rinden a la imagen de la mujer profesional y creen encontrar “realización” incluso en los trabajos más aburridos, a los que muchas veces se han entregado sin la menor necesidad económica. Muchas mujeres casadas en la cincuentena que por fin se han liberado de la carga de los niños pequeños han sacrificado compulsivamente su libertad por un trabajo profesional tedioso y servil. El arquetipo de la mujer profesional está íntimamente ligado a los “dioses” técnicos, racionales y utilitarios de nuestro tiempo. A menudo se escucha: “Me gustaría hacer algo útil”.

Sin embargo, si finalmente se manifiesta el espectro completo de nuevos arquetipos, la relación entre hombres y mujeres se reformará de múltiples maneras. Se representarán muchas relaciones nuevas y extremadamente diversas entre el hombre y la mujer: Hera-Zeus, esposa adicta al poder y marido brutal; Filemón-Baucis, la pareja afectuosa y fiel; Ares-Afrodita, una relación entre la mujer sensual que se maravilla ante la brutalidad y el rufián que adora la belleza; Zeus y las ninfas, el hombre desprendido enamorado de la embriaguez sexual, relacionándose con numerosas amigas; Afrodita y sus innumerables amantes. Zeus y Hera deben entenderse como el Presidente y Primera Dama del Olimpo. Pero su prominencia disminuirá, y esto brindará oportunidades para que aparezcan y se desarrollen incontables nuevos dioses y diosas. A pesar de esto, Zeus y Hera seguirán siendo una pareja muy apreciada.

Arquetipos hasta ahora exiliados al inframundo de la patología podrán ser vividos con mayor intensidad. La relación de Ulises con Atenea ya no será patologizada en un complejo materno; los hombres podrán relacionarse con las mujeres de manera asexual; el arquetipo de los hermanos podrá volver a vivirse: la relación Artemisa-Apolo, el amor íntimo, persistente, omnímodo entre hermano y hermana, ya no será condenado como incesto o vínculo enfermizo. (Curiosamente, esta relación entre hermanos estaba menos patologizada o entendida como incesto en la época de la reina Victoria que en la actualidad). Sin embargo, también aparecerán arquetipos femeninos militantes que odian a los hombres, y las amazonas ganarán reconocimiento. Habrá mujeres que expresarán abiertamente su deseo de ser solo madres, no esposas. Se promulgarán arquetipos femeninos que no tienen nada que ver con los demás seres humanos, sino que están orientados solo a una profesión: mujeres científicas, artistas, etc.

Todo esto es música del futuro. En la actualidad, las mujeres y las relaciones entre mujeres y hombres se encuentran en una fase de transición. La incertidumbre inherente a esta situación puede asustarnos, no sólo porque no sabemos qué arquetipos van a surgir, sino también porque en esos momentos de transición estamos mucho más abiertos tanto al esplendor de los arquetipos como a sus siniestros y aspectos demoníacos destructivos. Reflexionar sobre ellos, y tenerlos ante nuestros ojos, es extraordinariamente difícil y nos asusta hasta lo más profundo. La humanidad siempre ha buscado formas de hacer que los arquetipos sean inofensivos tan pronto como lleguen a la conciencia a través de la reflexión. Aquí radica el error de quienes creen que es posible obtener una imagen fidedigna de los arquetipos a partir de una mitología tradicional, como la de los griegos. Las mitologías y los cuentos de hadas a menudo están llenos de símbolos arquetípicos nítidamente delineados, pero a menudo también se componen de una mezcla de imágenes trivializadas, estetizadas y moralizadas.

En tiempos recientes, la psicología ha comenzado a reconocer el aspecto demoníaco destructivo de los arquetipos materno y paterno. Kronos, que devora a sus hijos, y la diosa madre, que exige sacrificios humanos, aparecen una vez más sabiendo que la destructividad de los padres ocasiona mucho sufrimiento neurótico. “Mamá y papá” ya no se consideran tan inofensivos; ¡de repente tienen la culpa de todo!

Todavía no ha ocurrido nada comparable en psicología con respecto a la relación entre el hombre y la mujer. Hemos identificado lo agresivo con lo masculino, pero con demasiada frecuencia hemos visto lo femenino junto con Eros no agresivo. Todavía, incluso en el siglo XX, no queremos mirar de frente al arquetipo de lo femenino que arruina la vida de un hombre y lo mata.

Hablamos de la femme fatale y de La Belle Dame sans Merci. Marlene Dietrich cantó «Los hombres se arremolinan a mi alrededor como polillas a la luz, y se queman». Sin embargo, psicológicamente, estas figuras no se toman en serio en el sentido arquetípico. Dentro del ámbito de las posibilidades arquetípicas, las relaciones entre el hombre y la mujer no se limitan ni a las relaciones vitales ni a la independencia mutua. También son batallas mutuas entre sí, rechazo mutuo, odio amazónico por los hombres, la ira de la liberación fanática de las mujeres, la brutalidad de Zeus y la cruel destructividad de Hera. El lado destructivo y agresivo de la relación del hombre con la mujer ha sido reconocido hasta cierto punto durante algún tiempo, pero la sed de sangre de la mujer contra el hombre no ha sido reconocida o patologizada debido a una comprensión simplista de lo femenino.

Las imágenes arquetípicas de la agresividad femenina que mata a los hombres en las figuras mitológicas de Pentesilea, Camilla, Juturna, Marfisa, Bradamante, Clorinda, Britomart, Belphebe y Radigund se malinterpretan como poco femeninas, imitadoras de la masculinidad o androgénicas. La mujer militante, asesina de hombres que, vestida con una armadura pesada, derriba a un hombre tras otro de la silla de montar no es en lo más mínimo antifemenina. Más bien, representa un arquetipo femenino que durante siglos, incluso durante milenios, ha sido excluido y “pasado de moda”.

El reconocimiento de la agresividad asesina femenina primaria traerá un enriquecimiento colosal de posibilidades experienciales conscientes a la humanidad por un lado, pero también innumerables complicaciones por el otro. Strindberg reconoció estas posibilidades de lo femenino, pero no las complementó con el arquetipo masculino que aniquila a la mujer. ¿Fue por eso que fue “patologizado” como misógino?

Para comprender el matrimonio, también es importante darse cuenta no solo de que lo masculino y lo femenino pueden comportarse de manera hostil entre sí, sino que ni siquiera tienen que complementarse entre sí. Hay muchas formas arquetípicamente femeninas de relacionarse en las que un hombre no juega ningún papel y muchas formas arquetípicamente masculinas que no tienen conexión con lo femenino. El hombre y la mujer, por lo tanto, se complementan sólo parcialmente. El matrimonio puede entenderse realmente solo cuando nos liberamos del “complejo de armonía”.

Cuando los hombres y las mujeres se empujan entre sí, por motivos arquetípicos, debe resultar en conflicto y malentendidos. Y cuando los hombres y las mujeres se sienten atraídos el uno por el otro, no siempre es por amor, sino que puede estar motivado por el rechazo y la destructividad. Es posible que no se sientan atraídos el uno por el otro, ni siquiera por rechazo o agresividad. La soledad existencial y la incomprensión no se pueden asumir fuera del matrimonio. Toda esta desarmonía no siempre tiene que ver con un desarrollo neurótico o una relación neurótica.

El matrimonio no es cómodo y armonioso. Es más bien un lugar de individuación donde la persona se frota contra sí misma y contra el otro, choca contra el otro en el amor y en el rechazo, y así aprende a conocerse a sí mismo, al mundo, al bien y al mal, al terreno alto y al bajo.

CAPÍTULO VIII

Un ejemplo de un matrimonio de individuación

Y, sin embargo, de alguna manera muchos matrimonios duran hasta la muerte, pero no sin sacrificio. La individuación suele tomar caminos extraños, y sólo la individuación hace inteligible el matrimonio. A continuación, se da la presentación de un caso como ilustración y como estímulo para una mayor investigación. Soy consciente del problema inherente a la presentación de un caso, a saber, que por regla general se elige para demostrar lo que se quiere probar.

He recibido la aprobación de las personas involucradas para publicar su historia como un estudio de caso. He cambiado algunos de los detalles de su identidad. La pareja me ha asegurado que no creen que serán reconocidos y además me han asegurado que si lo fueran no les molestaría.

El caso: Es un hombre de negocios bajo, poco atractivo, inteligente y sin educación académica. Es una mujer bonita de inteligencia promedio con formación académica en humanidades. Tienen aproximadamente la misma edad. Se conocieron cuando tenían veinticinco años. Rápidamente se enamoraron y ella quedó embarazada. Siguió el matrimonio, no bajo la presión del embarazo, sino porque ambos se amaban apasionadamente.

La esposa admiraba al esposo por su perspicacia comercial, su independencia y su determinación para triunfar. Él apreciaba su belleza física, su aprendizaje académico y su cultura.

Después de casarse, el esposo inició un negocio y al principio tuvo que ocuparse mucho de su crecimiento. Tenía que trabajar duro, a menudo hasta altas horas de la noche. Ella lo introdujo un poco en los reinos de lo que uno llama «cultura» y continuó admirando sus habilidades como hombre de negocios.

Después de que nació su segundo hijo, ella se interesó cada vez más solo en sus hijos y comenzó a aislarse de su esposo. En las conversaciones privadas entre ellos, ella hizo uso de su aprendizaje académico. Se volvió servil y trató de hacerle la vida lo más cómoda posible a su esposa, ayudándola en las tareas del hogar, etc. Sin embargo, en su interior comenzó a sentir un profundo resentimiento contra su esposa. Cuando llegó a casa una noche un poco intoxicado y su esposa le pidió que la ayudara con algunas tareas domésticas, explotó y, después de discutir, le dio una bofetada en la cara. Ambos estaban terriblemente asustados por esto y recurrieron a un consejero matrimonial en busca de ayuda.

El consejero matrimonial habló con ellos por separado. Le dijo a la esposa que por razones neuróticas ella estaba tratando de controlar demasiado a su esposo. Le aconsejó que fuera más amable con él y que lo respetara más. También intentó que la esposa reviviera su admiración recientemente disminuida por las cualidades comerciales de su esposo. Al esposo le explicó que, también por razones neuróticas, no era lo suficientemente fuerte e independiente en el trato con su esposa. Le advirtió sobre su consumo de alcohol y le aconsejó en términos muy claros que no volviera a golpear a su esposa. Vio que el esposo estaba lleno de agresividad reprimida y lo instó a entrar en análisis.

Entre otras cosas, el análisis mostró que el esposo básicamente entendía más sobre “cultura” que su esposa. Le gustaba mucho la literatura y el arte. Se volvió más seguro de sí mismo, pero su esposa no podía tolerar su nueva seguridad en sí mismo. Estaba acostumbrada a que él se rindiera ante ella. Luego de un vigoroso enfrentamiento entre ellos, ella se fue con los dos niños y se refugió con su madre. Luego buscó el consejo de otro consejero que no conocía a su esposo. La consejera aceptó el retrato del esposo que ella pintó para él, a saber, que era un hombre trabajador, sin educación, emocionalmente rígido, insensible y estirado hecho a sí mismo. Los dos llegaron a la conclusión de que sería difícil cambiar de marido y, en caso de que el matrimonio pudiera salvarse, tendría que ser a costa de que ella hiciera el papel de ama de casa obediente.

Después de varias semanas, el esposo apareció en la casa de la suegra y se llevó a su esposa e hijos con él. Ambos cónyuges acordaron que, considerando todo, valía la pena continuar el matrimonio. Se volvió más blando y abandonó la esperanza de poder establecer realmente su propia posición frente a su esposa. El elogiaba con frecuencia sus cualidades académicas y, en presencia de amigos, citaba a menudo las opiniones de su esposa sobre cuestiones culturales para complacerla. En la casa la ayudaba en todo lo que podía, incluso cuando estaba sobrecargado de trabajo en su negocio. Por su parte, ella apenas se dio cuenta de sus problemas comerciales. A menudo sucedía que cuando llegaba a casa del trabajo, muerto de cansancio y deseando nada más que instalarse frente a la chimenea y ver la televisión un rato, tenía que ir al teatro con ella. Ella lo dominaba por completo.

Mientras tanto, se había vuelto algo frígida sexualmente. Sólo podía alcanzar el orgasmo cuando el marido fingía pagarle colocando un billete de cien dólares sobre la mesa de noche. En sus sueños le encantaba verse a sí misma como una prostituta en un burdel. En materia sexual el marido tenía algunas tendencias masoquistas. Él sólo podía correrse si durante el coito ella le tiraba del pelo. Se contaron sus fantasías sexuales. Las comunicaciones entre ellos nunca se rompieron por completo. Siempre habría días en los que podrían hablar bien juntos.

El esposo en un momento tuvo el siguiente sueño. Vio la imagen familiar de Aristóteles arrodillado en el suelo mientras una mujer cabalgaba sobre él. Pero en este caso él mismo era Aristóteles, y su propia esposa lo montaba. En el sueño también notó que su esposa tenía las piernas mutiladas y por lo tanto no podía caminar.

El sueño se puede interpretar desde muchos ángulos. Para nosotros muestra lo siguiente: el hombre está siendo dominado por su esposa; ella, sin embargo, no puede valerse por sí misma. Por esta razón, ella no tiene más remedio que «montarlo». Por supuesto, tiene que ver aquí con un matrimonio neurótico: él es algo masoquista, mientras que ella compensa su lado básicamente materialista y bruto a través de un supuesto interés por la cultura. Además, la esposa obviamente es en el fondo completamente dependiente; ella puede funcionar, por lo tanto, sólo si puede encontrar a alguien que disfrute siendo dominado, y es sólo a través de esto que se le ayuda a ganar algún grado de independencia. No entraré aquí en el sentido subjetivo del sueño, en el que la mujer representa el ánima del soñante.

Cada vez que tenía un encuentro fuerte con su esposa, el esposo tenía el siguiente sueño recurrente: En una pequeña habitación oscura vio a un hombre tocando el piano. A menudo él mismo era este hombre. La figura onírica siempre tenía que tocar algún tipo de melodía; no tenía otra opción que sentarse en esta habitación y tratar de tocar una melodía en particular. Una vez soñó que veía las notas que él (o el hombre) debía tocar. La melodía elegida se llamó Le Mariage.

Asoció la pequeña habitación oscura con una pequeña habitación en la casa de sus padres en la que, de niño, le gustaba pasar tiempo en pensamiento y reflexión. Además, fue allí donde descubrió por primera vez que podía pensar, que era capaz de reflexionar sobre sí mismo y sobre los demás. El hombre era completamente poco musical, pero recordaba que cuando era niño le gustaba escuchar música de órgano y disfrutaba cantar en la iglesia. Incluso ahora, la música de la iglesia tenía algo cautivador para él. La música se asoció de alguna manera con lo que no se puede entender: lo divino.

Este sueño es un sueño de individuación compulsiva. Le Mariage, la melodía que tenía que tocar, fue lo que lo acercó a lo divino, lo que lo ayudó por lo tanto a individualizarse.

Este sueño fue ciertamente peculiar; pero lo obligó desde adentro a tocar la melodía Le Mariage, la melodía del matrimonio. El esposo tenía una interesante asociación adicional con el sueño. Lo asoció con un malabarista sobre el que había leído una vez en una novela y recordó lo siguiente: Un pueblo medieval construyó una vez una gran catedral dedicada a la gloria de Dios y de la Santísima Virgen. Para demostrar su reverencia, todos los habitantes contribuyeron con una parte al edificio: el arquitecto donó los planos, el carpintero construyó las vigas, el albañil construyó las paredes, el pintor decoró el interior, el orfebre fabricó magníficos candelabros, etc. se completó la construcción de la catedral, se celebró una gran fiesta y todos sintieron que Dios estaba cerca. A altas horas de la noche un sacerdote paseaba por la catedral para ver que todo estuviera en orden, y en el altar se fijó en un malabarista que ejercía vigorosamente su arte con pelotas y bates. Lleno de justa indignación, el sacerdote se lanzó sobre el artista, a lo que el animador respondió: “Todos en este pueblo tienen un oficio, el cual cada uno ha usado para la gloria de Dios en la construcción de esta iglesia. No tengo habilidades aparte de poder hacer malabarismos con pelotas y bates en el aire, y eso es lo que estoy haciendo aquí, para la gloria de Dios”. El soñador asoció su interpretación del piano a los malabares del artista del festival.

Ciertamente cabría preguntarse hasta dónde puede llegar un cónyuge (en este caso el marido) cediendo, una y otra vez, a su cónyuge antes de que perjudique no sólo a su propia individuación, sino también a la de su pareja. En este caso la esposa podría seguir exigiendo más y más. En respuesta a esto, solo podemos aludir aquí al cuento de hadas de «El pescador y su esposa». Presionado por su esposa, el pobre pescador debe seguir pidiendo más y más al pez milagroso:

Mandje! Mandje! Timpe Te!
¡platija, platija, en el mar!
Mi esposa, mi esposa Ilsebill,
no quiere, no quiere, lo que haré

Finalmente, ante las insistencias de su mujer, pide demasiado y ambos acaban tan pobres como al principio.

Llenarse y vaciarse, la dialéctica del aprendizaje de la psicología

Logos del alma

En la vía del aprendizaje de la psicología una de las cuestiones que suelen ser más complejas es el papel del trabajo teórico y su implicación en la práctica profesional. El sentido común alude a la diferencia tácita entre ambas facetas del trabajo, y en la mayoría de las ocasiones es la dimensión pragmática quien se vuelve dominante en la urgencia de quien se dedica a estudiar el logos de la psique. Sin embargo, esta distinción es meramente aparente, en realidad la teoría y la práctica convergen de forma ineludible, y un aprendizaje teórico escueto empobrece la capacidad del sujeto de aprender la realidad compleja de su objeto de estudio.

No obstante, C. G. Jung creyó importante que la teoría psicológica no fuera un obstáculo en el tratamiento psicoterapéutico, advirtió que el psicólogo debía de conocer todo lo que pudiera sobre el simbolismo para después olvidarlo todo frente al análisis del sueño. Se puede ampliar esa afirmación y decir que el psicólogo aspira abarcar lo que su campo pueda ofrecerle, además de explorar otras dimensiones del saber, para constituirse como un profesional en su materia y aprovechar lo que la cultura le proporciona para forjar su entendimiento y brindarle complejidad a su mente, pero luego, frente al fenómeno, necesita perderlo todo.

En el campo de la psicología y la psicoterapia contemporáneas, sin embargo, la situación es distinta, en el ejercicio de la profesionalización hay una legión de psicólogos que han aprendido lo mínimo necesario para poder certificar su grado y otros tantos que se han especializado en un área de conocimiento y no tienen interés alguno por otro campo distinto del saber. También pululan incontables individuos haciendo psicoterapia sin haber pasado por un entrenamiento adecuado. Y, por último, hay psicólogos talentosos y eximios apegados en demasía a la teoría que han asumido, sin poder traicionar su saber cuando es debido. Por lo anterior, es necesario cuestionar: ¿qué significa la petición de Jung en la época actual para las profesiones de la salud mental?

En primer lugar, se asume que el psicólogo se interesa en ser un personaje culto, que posee una mente refinada, compleja, fraguada en el yunque de la confrontación con los problemas teóricos de su área y los de otras áreas distintas a la suya. Jung, por ejemplo, médico de formación, se interesaba por el simbolismo, la mitología, el estudio de la religión, la física de su época y, por supuesto, estaba al tanto de los pormenores de la psicología. Desde ese panorama se entiende que una actitud tal y un esfuerzo como el de este autor constituyen una aspiración del propio opus. Es claro que un profesional que sostiene su saber en lo sencillo y asequible no podrá acceder a esa dimensión del conocimiento mencionada y experimentada por Jung.

En segundo lugar, el psicólogo debe estar dispuesto a probar de su propia medicina y confrontarse consigo mismo en lo abierto y con los vericuetos de su propia vida interior. Es debido recordar que Jung fue el promotor más entusiasta del análisis didáctico. Por lo tanto, el profesional de la psicología, y de la psicoterapia, ha de ser sometido a su propia teoría. En un sentido chamánico, sus huesos, sus ojos, su piel han de ser arrancados para dotarlo con nuevos huesos, nuevos ojos y nueva piel. Por lo cual sucede un desprendimiento de la antigua personalidad y el advenimiento de un nuevo hombre, que resulta de la negación de su propia humanidad. La teoría aquí juega un papel importante pues constituye la nueva forma de ver la realidad y el umbral que tiene que ser traspasado para acceder al ámbito psicológico. Por todo ello, el conocimiento teórico no es nada despreciable ya que si el sujeto permite que éste haga su labor, su experiencia será la de un desmembramiento continuo de sus antiguas preconcepciones.

En tercer lugar, aún se debe dar otro paso más, el cual implica internalizar el umbral ya traspasado y pasar nuevamente por él. Hasta aquí el camino ha sido duro pero el joven psicólogo ha obtenido algo que antes no tenia y se siente orgulloso de su saber, sin embargo aún no ha hecho más que comenzar, porque el último punto requiere que lo olvide todo para estar frente al fenómeno. La teoría si bien es una herramienta para observar, por si sola y fijada en un dogma se convierte en un lecho de Procusto por el que la realidad es mutilada, o en una tela invisible, como la de Maya, que se interpone entre el sujeto y el fenómeno. El psicólogo que es el estudioso del alma no puede darse el lujo de obliterar la realidad de lo que se le presenta, ha de abandonar su teoría, pero ¿cómo abandonarla, si la ha internalizado y ya es parte de su propia piel, de sus propios huesos, si es los ojos con los que ve? Necesita sacrificar, por lo tanto, lo que tortuosamente ha acumulado y dejarlo atrás. Para ello ha de pasar él mismo junto a su teoría de nuevo por la puerta de entrada, en la confrontación de la teoría consigo misma, manteniéndose atento a sus contradicciones y siguiéndolas hasta la disolución del saber.

Sólo en este camino dialéctico, el fenómeno puede surgir como la verdadera teoría, únicamente así la voz del fenómeno se alza y se revela como el objeto de la psicología con alma y es entonces cuando la desnudez de la verdad es capaz de descarnar al psicólogo. Todo ello ocurre, una y otra vez, en cada ocasión en que el psicólogo, y el psicoterapeuta, se enfrenta al fenómeno frente a él. Así, un llenarse y un vaciarse continuos es lo que requiere la psicología de aquel que pretende acercarse a ella, estudiarlo todo y luego, frente al fenómeno, dejar que sea éste quien se piense a sí mismo.

Se asume que la dialéctica intrínseca en este caminar psicológico exige un quehacer inhumano por parte del adepto que se apresta a ser parte del opus del alma. En él la pulsión creativa se realiza sin tomar en cuenta las necesidades del individuo, el impulso ciego se dirige hacia la toma de consciencia no del hombre sino del fenómeno. Es el pensamiento de lo otro lo que debe ser pensado en la psicoterapia. La teoría, por ende, es el fuego que dota de dinámica al proceso psicológico de la psique objetiva, en ella, y a través del esfuerzo de quien se atiene al cuidado de esta tarea, se destila un pensamiento que, liberado de la ilusión material, puede asumirse como una noción que se piensa a sí misma.

El largo caminar del psicólogo termina ahí donde comienza el andar propio del alma, su compromiso lo devora de tal manera que el conocimiento obtenido lo deja atrás, olvidando al sujeto humano que arduamente le proporcionó un espacio de recreación y construyendo sobre el cadáver del hombre la comprensión psicológica real, así se lleva a cabo la kenosis y entonces solo persiste la inteligencia del objeto que se presenta, será éste quien haga la psicología y no la persona. Quizá también por ello James Hillman decía que la psicología era una preparación para la muerte. Tal es la naturaleza del vaciamiento de la teoría, que cabe resaltar se lleva a cabo una y otra vez ante cada nuevo paciente, donde el teorizar abre la puerta que, empero, nadie estará dispuesto a traspasar.