El amor al dios vivo

Cotidianidad

«El arco de la ira de Dios está tenso, y la flecha preparada en su cuerda. Y la justicia apunta la flecha hacia tu corazón y tira de la cuerda; y eso no es más que un puro placer de Dios, de un dios enfurecido, sin ninguna promesa u obligación, y hace esperar a la flecha un momento antes de que se embriague de tu sangre…»

Así comenzaba Jonathan Edwards, en el siglo XVIII, su sermón en Nueva Inglaterra. Es sencillo amar e invocar la bondad de Dios, del Dios bueno, del pequeño dios despojado de su sombra, separado de su faz diabólica. Pero el verdadero creyente es quien sabe que el Dios vivo es cruel y terrible, que no le importamos ni deberíamos de importarle pues su horror anega las más simples esperanzas de las criaturas simples que somos. Tal vez, como dice León Felipe, seamos la obra de un Dios monstruoso e inmisericorde, el alimento de un Dios oscuro y, al final, el excremento de un Dios indiferente ¡y todo se repite!

Amar a este Dios al que no le importamos y que no nos necesita  ¿no es acaso la verdadera fe, el verdadero fervor religioso? Y no la hipocresía de los mojigatos que solo aman lo que les es conveniente.

Ostrov

Reseñas y recomendaciones

Director: Pavel Lungin, estrenada en el año 2006

Ostrov, traducida como la Isla, cuenta dos episodios en la existencia de Anatoly, en uno de ellos él es un marinero ruso, asignado a un carguero, durante la segunda guerra mundial. El avistamiento de un buque alemán hace que Anatoly y su capitán, Tikhon, se escondan en uno de los montículos de carbón que el barco transportaba. Sin embargo, Anatoly es descubierto y delata a su capitán, y si no hay pecado más grande que la delación verdaderamente éste siempre va acompañado de la cobardía; Anatoly mata a su capitán por ordenes de los nazis, para conservar su vida, pues teme a la muerte.

El segundo episodio narra la vida del padre Anatoly, un monje de la iglesia ortodoxa rusa, que es considerado casi un santo por las personas que han acudido en busca de su ayuda. La opinión sobre la condición de su santidad no es, a pesar de los hechos, compartida por toda la congregación de sacerdotes, algunos lo miran con recelo, como el padre Job, otros con desconcierto, como a un ser al que se le sabe extraordinario pero del que se teme su sabiduría.

El padre Anatoly carga un pecado y lo lleva siempre frente a él. Símbolos de su dolor son el mar que nunca lo abandona, que lo oprime hasta el desconcierto, y el carbón, signo de su cobardía. El protagonista duerme en una cama de carbón, se encarga de las calderas, trabaja sobre este material, todo lo que hace le recuerda su falta. Acaso no hay otra forma de saldar algún pecado que hundiéndonos en el, conociendo el mal que hemos cometido, aun sin darnos cuenta de ello. Saciándose del pecado es como se alcanza la santidad.

Su rezo es caótico, no hay orden en su liturgia, pues no reza al dios que todos sus congeneres adoran, reza a la fuerza superior que no tiene templo ni una forma especifica de comunicarse, pues su terreno pertenece a lo onírico, a lo realmente sagrado.

Pero en esencia, el padre Anatoly es un conocedor del mundo, y en eso consisten sus milagros, que al profano le parecerán simples, sin prodigio, pero es que en la sencillez es donde se encuentra la maravilla. Actos simples, pero de gran valor simbólico son los milagros que este santo realiza.

Por ejemplo, una madre llega con un hijo al que le es imposible caminar. Anatoly sabe que el drama del niño es una parálisis más  profunda que la que su cuerpo muestra, y que este no se ha de curar hasta que en la raíz del conflicto no sea arreglada. El niño no camina porque la movilidad de sus piernas ha sido obstaculizada por la protección excesiva de la madre, que necesita a este niño para cuidarlo y para expresar su agresión, disfrazando su odio de amor. El niño se encuentra preso de la necesidad de su madre, no toca el suelo firmemente, tiene que ser cargado, el ámbito del padre también está pervertido. Así, el protagonista separa al niño de su propia madre y lo hace tomar comunión en la casa del padre divino, acto que nos remite a ancestrales ritos de iniciación.

Todo en Anatoly es un rito. Casi al final de la película, una joven enferma llega a la isla, y ante el diagnostico de locura el padre Anatoly alega: “Esta joven no está loca, está poseída por un demonio que atormenta su corazón”, y alejándola de su padre, la lleva a una isla en donde realiza un acto tremendamente significativo. Para curarla, este santo, une el cielo y la tierra, lo masculino y lo femenino; comienza orando, invocando al Logos y termina besando el suelo, a la tierra, invocando a la Sapientia. Solo a través de este símil de hierogamia, a través de la conjunción, la chica se ve libre de su oscuro demonio.

Por ello la conducta del protagonista es constantemente puesta en duda, y es que su experiencia no pertenece al mundo consciente al que la mayoría de nosotros estamos habituados. Esa es la gran disputa del padre Job, quien envidia los favores que Dios le permite a Anatoly.

¿Por qué Caín mato a Abel?, le pregunta Anatoly al padre Job. Muchas respuestas hay para ello, recuerdo la contestación de Hesse y me parece inadecuada, así que ensayaré una posible solución, acorde al contexto. Caín y Abel ofrendan al dios el resultado de su labor, pero Dios únicamente favorece a Abel, que entrega una ofrenda de sangre, a diferencia de Caín. Dice Girard que el hecho de que Caín no ofrezca un sacrificio de sangre es lo mismo que decir que él mata a su hermano, pues no desvía la violencia primaria, que es la función del rito sacrificial. De cualquier forma Caín envidia a Abel, envidia su forma natural de ofrendar, distinta a la suya que busca el aprecio de Dios. Mientras que Caín tienen un objetivo, y se esfuerza por lograrlo, Abel no lo tiene, pues su acto es ya en sí un sacrifico; sin objetivo, sin meta, Abel se convierte a sí mismo en la meta de su acción. Por ello Caín lo asesina, por envidia, pero también porque una fuerza superior a él, lo impele a confundir a Abel con el sacrificio que él nunca ha podido otorgar.

Abel se torna el sacrifico inconsciente de Caín, pero por ser inconsciente Caín tiene que pagar la consecuencia de su ignorancia, es decir, la petrificación del flujo de vida. Antes, en su rito miserable, el detenía la fuerza de Dios, después él mismo habrá de sufrir en carne viva el simbolismo de su acto, por ello no puede morir, ha perdido esa bendición, y el cambio y la constante dinámica hacen caso omiso de su pobre existencia.

La diferencia entre el padre Anatoly y los otros monjes es exactamente la misma. Los monjes creen en Dios porque son pobres internamente, temen a la muerte, y no tienen fe, su creencia es una comodidad. Anatoly tiene fe en Dios porque permite que la fuerza de éste ilumine cada momento de su vida y el dios lo irradia con esa luz oscura que únicamente la divinidad puede irradiar. La santidad del monje consiste en ser un vehículo atento del Elan vital.

Al final, Anatoly alcanza la redención y por fin su naturaleza cambiante hace de él, como lo hizo con Abel,  parte de la dinámica a la que su vida se entrego. Ostrov trata de esto y algunas cosas más que quizá estén incluidas en lo ya dicho, con sencillez, sin parafernalia, Ostrov transmite un mensaje importante para el mundo actual: de las cenizas, de lo más oscuro, surgen la verdad y la redención, del mal emerge el bien, y viceversa.

La otra respuesta a Job

Logos del alma

Job es un hombre justo, pero todo le es arrebatado, a su vez sobre Dios se cierne la duda acerca de su propia naturaleza y esa duda es el hombre, cuya calidad moral habita ya en sí mismo y no, como antes, en Dios. La misma divinidad se lo confiesa así a través del diálogo con su propia sombra, pues ¿habría para razón de aparecer de forma tan terrible, para usar tal despliegue de fuerza sino estuviera frente a un semejante, un deus absconditus?

La divinidad sabe de su carencia, de que su forma prístina ha dejado de ser evidente, pues ha llegado el tiempo del hombre. En el drama de Job el alma se confronta con la superioridad moral de su nueva forma y a manera de protesta arremete, lastimosamente, contra ella misma, pero es inútil, al final Job sabe quien es Dios, lo ha conocido y por ello ha preparado el terreno de su decadencia, una muerte que durará un suspiro para la consciencia, pero que para el hombre serán dos milenios de su breve historia.

Job concluye: “La noticia de ti había llegado a mis oídos, pero ahora que mis ojos te han visto, me estremezco de pena por la arcilla mortal” o como dirá Nietzsche, siglos más tarde: “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”.

El fantasma del comunismo

Logos del alma

Desde hace décadas se sobrepone una estrategia de control esgrimida por las políticas neoliberales, la cual consiste en prometer un futuro totalitario a quienes cuestionen el sistema capitalista, lo nombran comunismo pero poco tiene que ver con el comunismo teorizado por Marx como la fase negativa del capitalismo, el cual sólo puede surgir en sociedades altamente industrializadas. Este comunismo de derecha (o capitalismo de estado), se impone en sociedades precarias que no pueden desarrollar los elementos necesarios para el reparto de bienes y servicios, y aunado a ello se construyen muros económicos alrededor de tales experimentos sociales con el fin de hacerlos morir de inanición y demostrar así el destino de los disidentes.

En las sociedades democráticas se atribuyen al comunismo la falta de derechos, el despojo de bienes, la limitación de la libertad y el terror como forma de control político. Por un lado, se amenaza al hombre moderno con la supresión de sus comodidades, las cuales están fincadas en la depredación voraz de los recursos naturales y en la mercantilización de los mismos sujetos humanos. Por otro lado, se le augura que si opta este camino equivocado perderá la ilusoria vivencia de los ideales sobre los que fundamenta su «cómoda» forma de vida.

La idea del comunismo tiene la función de pedirle al hombre no pensar en aquello que vive, conformarse con esta única realidad siendo inconsciente de sus contradicciones. Así, el terror al comunismo es una forma de control de los regímenes capitalistas, el sujeto se encuentra aterrado por la posibilidad de la pérdida de su normalidad y por las amenazas venideras (terrorismos, pandemia, dictaduras, pobreza), pero a su vez evade la verdad de sus propias formas de control y la búsqueda, neoliberal, de maneras cada vez más flexibles de sometimiento.

El sujeto capitalista limita sus derechos ante el desastre, real o ficticio, es un sujeto hipervigilante e hipervigilado a través de todas sus numerosas comodidades, la domótica y las redes sociales lo cercan en guetos virtuales que son imperceptibles, entrega su vida a ideales fútiles que lo esclavizan de manera cada vez más ingeniosa; él mismo se vuelve su propio explotador cuando se encadena a la búsqueda de la salud, del bienestar, del auto cuidado, todo ello mediado por un mercado totalitario en el que el hombre es un objeto de cambio y cuyos únicos derechos están limitados al movimiento del capital. De forma paulatina el sujeto es presa de su mera subjetividad, el otro se desvanece, se convierte en virtual, en mercancía, en inteligencia artificial y, entonces, la misma identidad claudica en el espantoso encierro de la soledad posmoderna. No hace falta la dictadura comunista para vivir un régimen totalitario, el hombre actual lo experimenta de forma blanda, pero lacerante, en una sociedad que vende la ilusión de la libertad como una forma de aprisionamiento. Incluso el aplanamiento intelectual de los regímenes totalitarios no es nada comparado con la imposibilidad de pensar del hombre moderno.

Así, el miedo al comunismo no es otra cosa sino la realidad del capitalismo proyectada hacia una visión fantasmal. El fantasma del comunismo recorre el mundo democrático y no es otra cosa sino el espíritu del mismo capitalismo en su forma sombría.

La escuela y la posibilidad de aprender

Educación posmoderna

La escuela no tiene cómo función real el aprendizaje, es cierto que lo propone y lo estipula como su objeto de acción, pero nunca ha sido el caso. La función de la escuela es culturizar, es decir, imbuir a los alumnos de los saberes sociales que les permitan convertirse en miembros productivos de su comunidad. Normaliza el saber y transmite reglas de comportamiento adecuadas. Pero aprender es algo distinto, ello exige complejidad, desorden, destrucción y desafío, siembra en quién lo hace una insana desconfianza en lo establecido.

Aprender, tal como amar, es un acto contracultural, envuelve al sujeto en una continua búsqueda, incesante, que lo hace distinto, que le otorga identidad, lo obliga a abandonar la metas sociales predichas; tal persona nunca será grata ni bien recibida por la cultura, al contrario se le relegará y se le observará como una lejana curiosidad a la que no hay que acercarse y si acaso despertara mucha curiosidad se tomaran de él pedazos y se los presentaran como un saber homogéneo, acorde al espíritu de la época.

El acto de aprender es una necesidad, pero solo de aquellos que sienten ese impulso y realmente son llevados por él, no lo buscan, es una pasión y como tal también es un padecimiento, un sufrimiento continuo, una sed que nunca cesa. El saber está en lo salvaje, en lo agreste. Mientras que la escuela brinda frutos ya cortados, el buscador es un cazador presto a la matanza y él mismo está abierto hacia su propia muerte. La cultura y la escuela, en cambio, son formas de evitar la muerte, por eso no pueden educar, sino solo masificar al individuo y convertirlo en un trabajador eficiente, en un buen ciudadano, pero nunca en un pensador.

La escuela normaliza, no educa, por ello si la necesidad de individuo es aprender lo hará fuera de las normas establecidas, abrirá muchos libros y buscará incesantemente algo que jamás encontrará del todo, pero el ansia por saber siempre estará presente y el sujeto vivirá para servirle. Aprenderá porque lo necesita, no porque sea lo correcto o lo deseable y nunca esperará que el aprendizaje venga de algún lado, porque no será un don que le sea otorgado sino una carga de la que jamás podrán librarse.

Se entiende, por lo tanto, que quien aprende, realmente no es el individuo sino el daimón que subyace en esa hambre inmarcesible, ante la cual las personas no son sino altares desplegados para el beneficio de ese dios o demonio insaciable. Quizá, si la escuela atendiera, a este proceso, podría por fin educar.

Las cosas

Cotidianidad

ah si las cosas
nos dejaran mirarlas.

Tomas Castro

Tengo un teléfono inteligente, en él están los números de mis contactos, las plataformas de comunicación y redes sociales y mis cuentas de banco, ademas registra mi vida por medio de fotos y algunos videos; el teléfono me es necesario para poder trabajar, entretenerme y organizar mis finanzas, pero tengo que cambiarlo cada ciertos años pues se ponen en venta modelos más modernos y potentes. También tengo una tablet, fue muy costosa, pero vale la pena, en ella escribo, tengo libros digitales y comics, reviso referencias para mis actividades académicas, tengo la musica que me compaña todo el día y ahí leo las noticias recientes; es mi fuente de información y sin su práctica presentación no podría acceder al cumulo de información que requiero cada día, las aplicaciones son caras pero necesarias, sin embargo la pila se desgasta y en unos años será inservible. Además, tengo una computadora donde llevo a cabo trabajos que requieren mayor espacio de pantalla o más horas de concentración, desde ahí doy clases, cursos y actualmente solo doy terapia a través de sus herramientas digitales, la reemplazare en cuanto su trabajo no sea fluido o haya una novedad en el mercado. Por último, tengo un automóvil, es un modelo antiguo, me ayuda a desplazarme de manera celerosa y cómoda, pero hay que comprarle refacciones, un seguro, pagar impuestos e invertir en gasolina, espero impaciente el momento de comprar un modelo nuevo.

Todo es imprescindible me digo a mí mismo, pero tengo la sensación de que hace algunos años no tenia nada de ello, ¿cómo podía prescindir de sus favores y trabajar, vivir y aprender?, me convenzo, entonces, de qué tal sensación es una tontería, pues mis actividades dependen claramente de las cosas y debo trabajar para poder reemplazarlas, pero ya no tengo muy claro si las cosas son mías o yo soy de las cosas, ya no es importante la diferencia.

El día de muertos

Logos del alma

Cuando alguien cercano muere se inicia el proceso de asimilación de la perdida. Morir es faltar a un compromiso, traicionar un lazo, una urdimbre que une un afecto con una imagen; el que muere se oculta en el inframundo, en el Mictlán, en la tierra de los muertos. Ítalo Calvino imaginaba el otro mundo justo igual que el nuestro pero donde todo sucedía como si ocurriera en un espejo, esto significa que el mundo de los muertos ocurre de manera negativa, o mejor dicho que su lugar es el de la negatividad. El que muere se despoja de su ropaje positivo, abandona el sitio común y se refugia en el lugar de Mnemosyne, se vuelve, o más bien se revela como un recuerdo, como una idea.

La relación con los otros, y sobre todo con quien se ama, es un lazo afectivo que alimenta la subjetividad de la persona con la imagen y la idea del otro, la individualidad es acaso una experiencia nueva y mínima, lo que constituye al sujeto es realmente la conexión con el tejido social, el cual lo sostiene y le brinda identidad. Al morir, el otro, corta repentinamente esa unión y nos condena a vivir sin el sostén afectivo que es la presencia del ser amado, quien durante mucho tiempo fue un receptáculo y ahora ha decidido vaciarse y no volver a ser continente de la propia idea del yo. Por ello, la pérdida de los otros acarrea pena, pero sobre todo enojó, pues se ha sufrido una deslealtad.

Así, comienza una etapa de asimilación, de recogimiento de la carga afectiva depositada en el otro. En México, los rituales funerarios duran varios días, en donde de manera mecánica se llora y se lamenta la soledad sentida por la partida del otro y cada año se construye un altar con el alimento favorito de quienes se han marchado, el alma de los muertos come de esta ofrenda y se nutre del aroma del copal, del humo del anafre y del olor de la fruta, del pan y de la flor de cempasúchil. Estos rituales, en realidad, no están hechos para quien se ha ido, sino para los que requieren integrar el vínculo perdido en la propia experiencia del vivir, tal sufrimiento nunca desaparece pues es una parte insalvable de la existencia, es la negación constante que da movimiento al acto de existir, pues la persona camina de forma tenaz en la línea que divide la vida de la muerte, y morir es dar el paso definitivo.

Además, los rituales funerarios sitúan a la experiencia de la perdida en la dimensión social a la que pertenece, en ellos se lamenta la muerte más inmediata pero ésta acarrea el recuerdo de quienes han muerto antes. La muerte del padre, del esposo, del hijo, son la imagen simbólica de las muertes antes ocurridas, que en muchas ocasiones marcan la dinámica completa de grupos sociales, de familias, durante generaciones, nada nos une más que el recuerdo de nuestros muertos, y al mismo tiempo la presencia continua de nuestra propia caducidad.

El duelo por los muertos es interminable, pero con el tiempo se atenúa, el lazo afectivo se recoge y el otro mora entonces, definitivamente, en el inframundo, que decía James Hillman es el hogar del alma; así la persona fallecida se ha vuelto completamente negativa, un espíritu, la pura idea de lo que alguna vez fue positividad. De vez en cuando el nombre de aquel acudirá a la memoria y un suspiro o una breve lagrima lo hará patente, y entonces se volverá a la labor cotidiana mientras la imagen se diluye, y si hay suerte el recuerdo de los muertos se afirmará de vez en cuando en un altar que no será un anhelo por la muerte sino una afirmación de la vida y su fugacidad, y del sentido perdón hacia quienes nos han abandonado, pues justo por que se han ido es que permanecen presentes.

Nota antropológica desde un futuro distante

Cotidianidad

Enterraban a sus muertos, lo cual denota una civilización en ciernes, por lo demás, se hacinaban en construcciones de roca y metal para protegerse de las inclemencias del tiempo y de la presencia de los otros, pues se mataban constantemente para obtener bienes y riquezas. Rezaban a dioses que personificaban con su incipiente tecnología y gastaban todo su tiempo en alimentar tal culto. Destruyeron su hábitat, pues nunca llegaron a comprender que ellos mismos eran parte del mundo en que vivían, su religión era demasiado costosa.

De la costumbre compulsiva de citar

Cotidianidad

Que extraña costumbre la de citar. Leo ensayos en donde un párrafo tiene una sencilla línea y dos o tres citas, algunas de autores renombrados; en ocasiones solo figuran los nombres de los autores, entre paréntesis, como si estos fueran imágenes que con su numinosidad pudieran sostener lo argumentado. Otras veces la frase citada ni siquiera es más que un abstracción del espíritu de una obra, una sentencia mercenaria usada a mansalva. Hay páginas de Facebook que giran en torno a la compulsión de trasladar párrafos completos o solo algunas líneas y acompañarlos de una imagen que es, muchas veces, más interesante que lo citado.

Se cita para no tener que pensar, para evitar el duro agobio de permitir que lo leído haga su trabajo destructivo en uno mismo. Se cita cuando no se está seguro de lo que se dice o cuando existe la seguridad, no confesada, de que lo que se dice no tiene peso.

Poner el nombre de un autor sostiene un argumento muerto, pero es que en principio todo argumento es un cadáver al que la fuerza del pensamiento hacer vivir solo mientras se lo piensa, pero la cita compulsiva mantiene en su estado cadavérico a dicho argumento, no permite que el pensamiento llegue hasta él; es un actuar disociado, por un lado se le pretende dar importancia a lo dicho y por el otro se le destina a la inercia de la imposibilidad de un discurso que desde el inicio no tuvo la más mínima importancia.

No siempre es así, hay ocasiones en que alguien cita y en esa frase uno puede leer la profunda comprensión de quien trasladó el enunciado, uno puede sentir la vida del pensamiento vibrando en esa hoja caída del árbol del conocimiento.