Old

Reseñas y recomendaciones

El tiempo es una fila de rocas infranqueable y no podemos escaparnos de su terrible abrazo, se cierne sobre nosotros como una mandíbula prehistorica, pues es también un animal violento. Pero a la vez es un germen que mora en nuestro cuerpo, un reloj incesante que nos recuerda que el final fluye desde dentro. En nuestro interior los latidos del corazón estan ya medidos desde hace tiempo.

Intentamos escapar de su encierro, luchamos, nos hacemos daño, enloquecemos y nos distraemos, todo ello nos arrebata del paso del momento, pero solo es una ilusión pues al volver los ojos a lo que estamos viviendo, nos damos cuenta de seguimos encerrados sin remedio. Los problemas cotidianos nos absorben, nos ayudan a escondernos, las cosas grandes las empequeñecemos y las pequeñas las convertimos en grandes monumentos, pero el inmarcesible paso de los años nos obliga a entender que lo creíamos importante era solo atrapar vientos.

Quién nos diera la facultad de vivir un caminar lento, las suaves olas golpeando nuestro leve pecho, el lapso que se cierne sobre nosotros y que nos arroba con su cruel lamento, ¿oyes acaso el suave palpitar del tiempo, observas las luces vagas que nos guardan en sus recuerdos? Hoy añoramos, lastimosamente, tantos otros tiempos, pero nos deslizamos en la arena y buscamos el calor de otro cuerpo, la palabra amorosa de aquellos que nos brindaron su propio aliento, así importa un poco menos perdernos en cada movimiento, en el estremecimiento de una vida que nos ha condenado a ser consumidos bajo un oscuro firmamento.

(Quería hacer una reseña de la película “Old” de Knight Shyamalan estrenada en 2021, basada en la novela gráfica de Pierre Oscar Levy “Castillo de Arena”, que no me parece la mejor ejecución del director, pero es fascinante el tema de la familia encerrada en el tiempo, y la perspectiva acelerada porque permite pensar la vida de forma compacta, ademas es curiosa la fantasía de salir del cautiverio del tiempo acelerado para al final solo estar atrapado en otro tiempo más lento quizás. Bueno, al final esto es lo que llego, uno quiere cosas pero el destino propone otras.)

Lo que dice Hillman sobre la fantasia de curación en el tratamiento psicoterapéutico

Logos del alma

“El tratamiento intenta alejar la patologización, separándola del alma.”

James Hillman

En Re-imaginar la Psicología* James Hillman es claro sobre su postura terapéutica, él, un terapeuta con décadas de práctica a sus espaldas y una de las figuras más brillantes en la psicología analítica, comprende que la busqueda de curación es la enfermedad misma de la psicoterapia pues condena al movimiento patologizador del alma a la oscuridad de la esperanza del tratamiento, encerrando así el proceso de hacer alma en la simple edificación del ego, lo cual es un abordaje incompleto y perjudicial, tanto para el sujeto como para la vida psíquica en su contexto, pues para que el ego se fortalezca primero debe subordinarse al alma de manera libre, es decir intentar estar a la altura del lugar que le corresponde en el aparato anímico.

Hillman dice: “La psicología no existe sin patologización” donde la palabra patologización debe entenderse como la capacidad de la psique de crear morbilidad y sufrimiento como parte de su constante construcción de sí misma, tal proceso es importante pues nos brinda singularidad y “nos proporciona materiales con que construir nuestras vidas normales”. No hay una existencia libre de pathos, pero en la huida constante de este hecho la psicología medicaliza y patologiza la vida cotidiana.

El autor sigue diciendo: “hemos confundido estos tres descubrimientos interrelacionados: lo inconsciente, la patologización y el alma. Creemos equivocadamente que todo el mundo necesita una terapia profesional, como si en ella fuésemos a reencontrar el alma. Pero no es así” y no lo es porque en principio la morbilidad animica es una parte normal de la vida, es aquello que le da movimeinto y contradicción, ademas no se debe olvidar que fueron “Los síntomas, no los terapeutas, [quienes] condujeron este siglo al alma”, fue en el análisis donde la patología se manifesto pero que ese trabajo fue un recipiente no porque lo patológico tuviera que ser tratado sino porque necesitaba manifestarse. Cuando el terapeuta se confunde con un sanador se inmiscuye en un ejercicio dogmático propio de la religión, entonces “Uno acude a la terapia para crecer, no porque esté afligido: como si crecimiento y aflicción se excluyesen mutuamente. Se ha abierto una sima entre el alma y el síntoma”.

Así, dice Hillman “Al atender a mi yo enfermo, me he metido de lleno en la fantasía médica” y entonces surge, como producto, la fantasía de tratamiento, “El tratamiento intenta alejar la patologización, separándola del alma”, no obstante no se debe olvidar que “cuando somos psicológicos con respecto a la patologización, no la estamos tratando; cuando tratamos la patologización, no estamos siendo psicológicos con respecto a ella”, ya que cuando dejamos de lado esta premisa requerimos de recipientes que carguen con la fantasia medica, es decir para sostener la necesidad de tratamiento es una exigencia tener recipientes para la patología, en consecuencia “Al interpretar la fantasía mórbida del alma como patología clínica, el enfoque clínico crea lo que luego debe tratar. Crea pacientes clínicos.”

La terapia de Hillman, en cambio parte de una premisa básica: “Servir al alma significa dejarla mandar; ella nos guía, nosotros la seguimos” e “Intentamos seguir al alma adonde quiera que vaya, intentamos aprender qué hace la imaginación en su locura”, así conservamos la dignidad del síntoma y su autonomía al asumir que:

“Antes de cualquier intento de tratar, o incluso de comprender, los fenómenos patologizados, vamos a su encuentro en un acto de fe, considerándolos auténticos, reales y valiosos tal como son. No disminuimos su valor considerándolos signos de enfermedad médica ni lo acrecentamos considerándolos signos de sufrimiento espiritual. Son caminos de la psique y caminos que nos conducen al alma.”

Por lo tanto, entendemos que la patologia psiquica no es propiedad del sujeto que llega a terapia, sino que es el terreno en el que su existencia se asienta, pero en principio es el alma quien sufre, la psique crea sufrimiento para poder hacerse a sí misma, en consecuencia cuando se desea curar realmente se está intentando deshacerse de aquello que no se entiende, o lo que se teme, de la vida psicologíca, primero despojando de su autonomía, de su otredad, a un fenómeno singular y encerrándolo en la causalidad del individuo para luego fantasear evasivamente con un tratamiento externo que elimine al complejo sintomático. El tratamiento, en realidad no busca remediar la enfermedad sino hacer desaparecer de la consciencia la vida simbólica subyacente. Con ello el sujeto pierde la perla de gran valor a cambio de la tranquilidad de permanecer intocado por su propia existencia.

*Todas las citas corresponden al libro Re-imaginar la Psicología, ed. Siruela, pp. 171-178

El aborto de la posibilidad

Logos del alma

El debate sobre el aborto parece haberse decantado en los valores modernos de la libre elección y de la propiedad del cuerpo, en la legalidad de llevar a cabo una alternativa que sitúa a la mujer como dueña de sus posibilidades y de su acción. Durante siglos ella estuvo encadenada al regimen patriarcal, pero hoy la mujer por fin puede desembarazarse de su cadenas y elegir libremente, tal como lo hacían sus antiguos verdugos.

Este relato, sin embargo, no responde ante las circunstancias inconscientes del acto de abortar. Es notorio que después del aborto, al menos en los casos que atiendo en el consultorio, hay componentes activos de un duelo y se observan en como el estado de animo se trastorna de tal manera que suele acarrear cambios de humor drásticos y sentimientos de tristeza, desesperanza y enojo persistentes; no obstante a causa de la prevalencia de cierto discurso ideológico estas pacientes se sienten, a su vez, culpables por los sentimientos posteriores a la muerte del feto, consideran que no debería ser un asunto importante, que no tendrían porque sufrirlo, pero aun así lo sufren y el dolor se multiplica por la culpa de no ser adecuadas para su paradigma ideológico. Su cuerpo y su psique las traicionan.

El problema es que la narrativa que dicta que el sujeto es dueño de su cuerpo, es más un deseo que una realidad, verdaderamente el ser humano nunca ha sido dueño de sí mismo, desde el principio estuvo sometido a un mundo cruel que lo mataba constantemente, a dioses que dictaban su destino y a un destino que le estaba prefijado y era anterior a él. La existencia siempre había sido irremediable y por ello el hombre era uno con su compromiso. Solo recientemente las imágenes metafísicas expulsaron al ser humano de su contenimiento para adentrarse en su carne y convertirse en sus limites lógicos, dando pie a compromisos ideológicos que dictan sus opiniones y sus disyuntivas, esta metamorfosis fue sentida por el alma como: “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”.

El cuerpo no es propiedad de las personas, pues su verdadera sustancia no es material sino que está constituido como un entramado imaginal que gira en torno a la idea de corporalidad, por ello uno de los esfuerzos maniacos de nuestra cultura consiste en alterarlo, tratar de malearlo para convertirlo en un objeto idéntico a nuestros deseos, pero el cuerpo se presenta como un objeto proteico, inaprensible; justo cuando se cree tenerlo bajo control, éste enferma e incluso muere. El cuerpo siempre ha sido ajeno, un otro que sentimos habitar y la muerte es el Otro absoluto que demuestra nuestra subordinación inalienable.

Por ello, elegir no es asunto de libertad, al contrario representa una obligación con la posibilidad; se toma un camino y se paga el costo por transitarlo, se salda con la moneda de la angustia por todo aquello que se ha decidido abandonar. De modo que la perdida es una constante del hecho de vivir, siendo la libertad no otra cosa sino la capacidad de advertir conscientemente el sufrimiento de la elección. En este sentido es que el aborto entra en el comercio cotidiano con el destino, lo que se mata no es solamente a un futuro, sino las multiples contingencias que se gestaban en el vientre del misterio. Muere un hijo, pero también lo hace la madre y el lazo de posibilidades entre ambos, es esta circunstancia lo que suscita el duelo.

Visto de esta manera abortar es una elección tremenda que debe ser asumida en su propia gravedad, más allá de la legalidad del asunto, no hay un aparato social que sostenga esta acción, la madre tiene que perder a un hijo, perder una parte de sí misma y no puede sufrir por tal evento, es obligada a olvidar, a matar también su propia experiencia anímica. Si bien, no podemos interferir en el derecho propio a elegir sobre el cuerpo, debemos tener cuenta que tal acto recae en procesos inconscientes que no son tomados en consideración en el debate sobre el derecho de abortar.

Para sostener tal acción, para asumir el aborto como acto, requeríamos admitir de forma consciente que se está ante un rito que tiene como consecuencia el asesinato no solo de una potencia vital sino de un universo experiencial y entonces permitir que su ferocidad sea asumida por el grupo y éste le posibilite a la mujer particular atender las consecuencias psicológicas de las que irremediablemente será presa, pues ella ha de estar ante una situación terrible que le exige tolerar la gestación de su experiencia y no desembarazarse de su propia vida realmente vivida.

El autor imperfecto y el espíritu de la obra 

Logos del alma

Cuando la vida intima de un autor se revela y se observan las sombras de su imperfección, sus crímenes y perversiones, inmediatamente surgen detractores de su obra que creen encontrar en su criminalidad cotidiana, un factor que despoja a su trabajo de toda credibilidad e importancia. Otros muchos suponen que por medio de conocer la vida del autor se pueden saber los motivos y entresijos de su teoría y reducir aquella a las pequeñas experiencias del día a día, semejantes a quienes en la presencia de las imágenes de un sueño las atribuyen a la indigestión de la tarde.

Hay muchos ejemplos de esto, entre ellos pienso en Alice Miller que explicaba la obra de autores como Nietzsche con base en un pobre análisis psicológico, algo así le sucedió a Jung en sus seminarios sobre el Zaratustra donde proyectaba más de lo que comprendía. Sin embargo, todos estos análisis fallan por el simple hecho de que pasan de largo que el autor no es realmente la fuente de su obra, sino un mero instrumento de la misma. Goethe a menudo contaba que él sentía como el Fausto lo había creado y no al revés, de esta manera se entiende que la experiencia de la creación no es un asunto personal o individual, no hay algo así como un genio solitario, el autor siempre es acompañado por un Otro que es la poiesis misma.

El autor no es dueño de su obra, sino que sirve a un impulso trascendente a su persona que se identifica con la voz de la cultura o con el alma, Homero y Hesiodo propiciaban a las musas, por ello no habrían pensado que los libros que escribían eran sus libros, sino que había una tarea que hacer, un relato que contar y trataban de hacerlo lo mejor posible. El papel del artista no es crear sino permitir la creación, al someterse a ella, y sustentarla con las herramientas de la habilidad rigurosa.

Pero el influjo de un Otro en la vida del autor no es gratuito, le requiere de un pago continuo en forma de sacrificios cotidianos, es un demonio que ha arruinado la vida intima de no pocos artistas. Solo quien nunca ha sido tocado por el misterio de la creación, por el daimón que exige un tributo, puede creer que el autor y su obra son la misma cosa, pero quien ha sufrido el llamado angustiante de tal demonio, sabe bien que el hombre es la carne de la que se alimenta el espíritu de la creación y el creador no se mantendrá indemne ante su don. Ningún autor, afortunadamente, está a la altura de su obra.

“Ve a terapia” o el dictado de la hegemonía emocional

Logos del alma

Las redes sociales son un excelente laboratorio de los discursos culturales imperantes, en ellas se puede observar, hablando de forma mitologizante, “el inconsciente” de una sociedad que emite ideas de las que, realmente, no se hace cargo. Por ejemplo, una de estas ideas es el papel de la psicología como medio de coherción de la vida emocional y sentimental de lo sujetos, y de lso ideales que éstos deben desear.

Byung-Chul Han insiste en que los imperativos foucaultianos del panoptico y de la represión han sido sustituidos, en la posmodernidad, por otros medios más sutiles pero también más lacerantes, porque ya no responden a una coerción externa que someta a través del miedo y del castigo sino que se han mudado al interior del discurso del individuo y se han convertido en una cadena inconsciente que lo ata a ideales que dictan aquello a lo que cada persona “deberia” aspirar a ser, es decir que el objeto de la individuación, el ser más intimo, ya no lo debe encontrar en sí mismo, porque éste le ha sido prefrabricado y yace a la venta en los estilos de vida que observa de forma pasiva en los nuevos mass media.

Empero, con la palabra pasividad no se debe acudir a la imagen al antiguo homo videns, aterido frente a la pantalla recibiendo mensajes de forma continua y adhiriendo su opinión a los mismos, sino que el nuevo usuario de las redes sociales reproduce un conjunto de mensajes que le dan la ilusión de ser pensados y de obtener, por lo tanto, su acuerdo de forma libre, pero que en realidad son narrativas que se le imponen inadvertidamente. Asi, el meme es el medio de re-producción por excelencia que viraliza los discursos que imponen aquello sobre lo que se debe y no se debe decir y lo que se permite ser pensado y lo que no, en nuestra sociedad.

La cultura del meme sirve como una maquina reproductiva que utiliza a sus usuarios para poder sostener los imperativos que ya no se imponen desde fuera, sino que convierten a los entes en partes de la misma maquina, por medio de su participación en la miríada de opiniones que surgen de forma constante en los muros virtuales. En así que el hombre se enfrenta con un continuo de mensajes que le dicen como vivir, que pensar y que sentir y, en consecuencia, al recibir estas misivas, publica un meme. La publicación de un meme tiene al menos dos componentes basicos, el enunciado y la imagen que se observa y los mensajes que lo alimentan y le dan vida, pues es un organismo ideológico que se sostiene en su asunción por parte de los individuos bajo la misma lógica del complejo psicologico, es decir, como una imagen con una carga emocional exacerbada.

Las personas, entonces, reciben y reproducen dictados que les implelen a sentir de determinadas maneras y si no se adhieren a ellas, en tal caso, deben acudir a terapia, siendo la psicoterapia el nuevo brazo represor que alinea a aquellos que por sí mismos no pueden subsumirse a los dictados de la cultura. Los disidentes ya no son enviados a Siberia, o olvidados en un psiquiatrico, sino que son conducidos a un consultorio donde se les alecciona sobre los conceptos clave para ser buenos ciudadanos, ellos son enecrrados en palabras cotidianas como “crecimiento personal”, “resiliencia”, “busqueda del sentido”, “pensamiento positivo” y “felicidad”, que no son otra cosa sino campos políticos que concentran lo deseable de la existencia y que dejan fuera aquello que más se teme.

Lo que más se teme es lo que contradice los discursos imperantes, y en el caso de la emocionalidad es la experiencia de lo terrible, de tal modo que los sentimientos comunes como la tristeza, el odio, los celos, el rencor o la envidia son relegados a sistemas psicopatologizantes que los equiparan con enfermedades que deben ser curadas. Un sujeto no puede permitirse sentir algo distinto a los modelos preferidos por la cultura, pues de otra manera se vuelve peligroso y es entonces que el discurso de la redes sociales se evidencia como hegemonico, pues se sanciona, con el ridículo, con la reprobación o la cancelación, cualquier emocionalidad que se contraponga a la positividad y a la busqueda de la felicidad, esos estados ideales que encadenan a las personas.

Hoy ya no es posible sentirse triste, o proponer, por ejemplo, el odio como el lugar de la creación, versos como los de Eduardo Lizalde que dicen: “El odio es la sola prueba indudable/ de la existencia” o como los de Jaime Sabines que apremian: “No lo salves de la tristeza, soledad,/ no lo cures de la ternura que lo enferma” ya no pueden ser escuchados sin un gesto de desaprobación porque se debe ser feliz y se deben preferir, y permanecer, en las emociones constructivas. No obstante, la destrucción es parte vital del ser-en-el-mundo y en una realidad donde se sanciona lo negativo con el trabajo psicológico, esta dimensión necesaria ha de hallar formas de encarnarse fuera de la narrativa medicalizadora y mercantilizadora de la vida cotidiana.

“Convierte los errores en oportunidades” o la evasión de la falta

Logos del alma

Uno de los esloganes más comunes de la psicología pop, como parte del dispositivo reproductor de las narrativas posmodernas, es aquel que dicta: “convierte tus errores en oportunidades”, de esa manera se pretende que el sujeto pueda pararse sobre sus equivocaciones y transformarlas en productos que le permitan continuar el objetivo implícito en la lógica del mercado, es decir, seguir produciendo y siendo productivos. Así, en ese discurso esperanzador se pueden leer ciertas intenciones subyacentes que no pertenecen a la persona sino al espíritu presente en la vorágine de la época.

Se exige, con tal consigna, que el hombre no asuma una parte imprescindible de su propia existencia, marcando una ruta hacia el progreso, propio de las ideologías modernas que consideran lo viejo, lo caduco, los obsoleto, pero también la pasividad y el detenimiento como algo indeseable en la vía perpendicular del crecimiento, cuya traducción personalista se haya en el concepto egoico del desarrollo personal. Desde ahí, se puede entender porque la psicoterapia se aferra al modelo medicalista que supone que las patologías son algo que hay que curar, palabra que es un eufemismo de la neutralización y devoración del otro, como un otro por sí mismo, para integrarlo, de forma falsa, en la concepción narcisista de la normalidad.

Se relega, entonces, a la oscuridad de lo reprimido todo aquello que no cumple con la tarea de acoger el discurso de evasión de lo terrible. Porque de lo que se huye es precisamente de la falta implicita en la existencia, de la angustia que causa la consciencia de la desnudez metafísica y la herida persistente que da testimonio del nacimiento del hombre. Es el surguimiento del nihilismo como bien lo observaba Nietzsche el signo de la liberación del sujeto, pero ello conlleva el precio de un vacío que nunca se puede llenar y el dolor continuo por existir como liberado, es decir por permanecer fatídicamente atado a la necesidad de producirse.

En el filme “The Devil’s Advocate”, un joven abogado es incapaz de sufrir una derrota en los juzgados, esa habilidad lo lleva por un camino de éxito, pero también de perdición, en el que pierde todo aquello que le era importante, hasta que por fin es capaz de perder la propia vida, de sacrificar su mismidad, de esta manera tiene la posibilidad de ser consciente de su error y de actuar en consecuencia aceptando su condición de derrotado; pero es entonces que el Diablo lo tienta, a través de la esperanza, para que de su fracaso pueda construir un nuevo éxito y así se anule su permanencia en la falta existencial.

Al obligar al individuo a favorecer solo el lado prometedor de su estancia en el mundo, no se le permite asumir el error como parte inherente de la vida, el joven de la pelicula tiene que vivir un periplo para poder hacerse consciente de que su humanidad implica el pecado, pero al final la integración de la equivocación en su estructura psiquica se ve interrumpida por la busqueda de la oportunidad y por la esperanza de no sucumbir a la caida. Sucede de esta forma porque la presencia del nihilismo pide del sujeto que éste pague conscientemente su precio, que se permita ser “sin esperanza”, un caso perdido, pero al no hacerlo se tiene que permanecer solo como “el ultimo de los hombres”, es decir en un estado infantilizado de inconsciencia en donde el proceso de individuación (tal como lo entiende Jung) queda detenido, o al menos lo hace la asunción sensata de dicho proceso, que después de todo no se trata de un desarrollo sino de una interiorización.

Atender la falta, morar en su presencia es la tarea del hombre actual, no minimizarla ni proyectarla hacia el futuro, ni remediarla, más bien dejar que ella misma haga su obra necesaria, éste es el sino al cual nadie está dispuesto, pues significa abrirse ante el Otro y en un acto amoroso dejarse desgajar por su luz oscura; esto es lo que significa amar en una época en donde solo se ama la infinitud de lo mismo, la autocomplacencia y la esperanza neurótica de que hay un paraiso despues de la caída. Por último, me pregunto si la imposibilidad de permanecer en la falta no tiene como consecuencia su producción masificada, ¿será que el terror del mundo, es el toquido en la puerta de aquel huésped mal recibido pero necesario que tiene que regresar, por vías pervertidas, para tomar su lugar correspondiente como el dolor permanente que es la existencia?

Psicología – El estudio de la vida lógica del alma

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Soul Always Think’, volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 12, pp. 325-350

Traducción de Alejandro Chavarria

En 1956 Jung se lamentaba de que «mi obra posterior y más importante (según me parece) sigue sin ser tocada en su oscuridad primordial».1 Probablemente esto sigue siendo cierto hoy en día en gran medida. Lo que Jung sugiere en esta declaración es que hay una diferencia considerable entre su obra anterior y su obra posterior. Su obra posterior no es sólo una elaboración más detallada y una expansión de sus inicios, ni tampoco una mera modificación parcial. Es algo en sí mismo y, según él, más importante.

De la evaluación de Jung podríamos concluir que ahora, más de cuatro décadas después de su muerte, es nuestra tarea hacer finalmente justicia a su obra tardía. Pero creo que esto no sería suficiente. O bien, hacer justicia a su obra tardía tendría que significar algo más que simplemente intentar comprenderla y basar nuestro propio trabajo en ella. Más bien, tenemos que ir con Jung más allá de Jung.

No basta con escuchar y ser fiel a la letra de las enseñanzas explícitas de Jung. Como señaló Nietzsche en una ocasión, sería una mala manera de pagar a nuestro maestro el seguir siendo su discípulo para siempre. Tenemos que desarrollar aún más los impulsos que yacen en su obra, impulsos que el propio Jung no desarrolló plenamente y en los que basó su obra. Nuestra lealtad tiene que ser al espíritu vivo que se agita desde dentro de la obra de Jung, a los problemas no resueltos que han surgido a través de su obra, a sus necesidades internas. La ortodoxia no es la mejor manera de ser fiel a Jung. Esta actitud, por cierto, se corresponde con la actitud del propio Jung hacia Freud. En la misma carta en la que citaba la opinión de Nietzsche que acabamos de mencionar, Jung escribió: «El problema más cercano al corazón de Freud era, sin duda, la psicología del inconsciente, pero ninguno de sus seguidores inmediatos ha hecho nada al respecto. Resulta que soy el único de sus herederos que ha llevado a cabo alguna investigación más en la línea que él intuyó»2 Lo que Jung implica aquí es que él fue el único verdadero heredero del proyecto de Freud precisamente por haber desertado de la escuela freudiana literal y, en cambio, haber asumido como responsabilidad personal la preocupación más profunda que fue el motor de la investigación de Freud.3

Para dar una idea de la dirección que debe tomar este desarrollo posterior, compararé y contrastaré primero dos títulos de obras de Jung. Trazando una línea imaginaria entre el punto de vista implícito en la redacción del primer título en un extremo y el punto de vista expresado implícitamente en el segundo título en el otro extremo, obtenemos una especie de vector que tendremos que seguir en nuestros propios intentos. Inherente al desarrollo del pensamiento psicológico de Jung hay una cierta teleología oculta, y nuestro pensamiento tiene que comprometerse con el telos o finis (finalidad) más que con el origen histórico que subyace, en consonancia con la opinión del propio Jung (que expresó con respecto a la psicología de la neurosis) de que «cualquier desviación histórica es un desvío, si no realmente un giro equivocado» (OC 10 § 363, trad. modif.).

Una primera obra que data del año 1916 apareció en una versión revisada 1928 bajo el título:

Las relaciones entre el yo y el inconsciente.

La principal obra de Jung de su último periodo es

Mysterium Coniunctionis

Una investigación sobre la separación y síntesis de los opuestos píquicos en la alquimia

En el título anterior tenemos la idea de dos entidades que estarán en una relación cambiante entre sí. Es similar a dos personas, digamos un hombre y una mujer, que pueden enamorarse el uno del otro, casarse, tener peleas terribles, empezar a odiarse y, finalmente, pueden divorciarse o también reconciliarse de nuevo. Lógicamente, primero existen estas dos personas y, en segundo lugar, entran, además de su existencia individual, en una relación con todas sus posibles vicisitudes. El punto esencial para nuestra presente discusión es que hay una separación e independencia, si no es que una escisión, entre la existencia de las personas, por un lado, y cómo se comportan o lo que les sucede, por otro; filosóficamente es la diferencia entre sustancia y propiedad accidental. Las mismas dos personas también podrían no enamorarse la una de la otra y, sin embargo, seguir existiendo. Lo mismo puede decirse del Ego y del Inconsciente. En primer lugar existen, según la fantasía del título de esta obra, tanto un ego como un Inconsciente en la psique, y en segundo lugar esas entidades psíquicas existentes se relacionan entre sí de diversas maneras; su relación puede ser constructiva-creativa o, por el contrario, tener la forma de una disociación. Pero, independientemente de cómo se relacionen específicamente entre sí, son sólo las vicisitudes de la vida las que someten a las dos entidades psíquicas existentes. Aquí actúa un pensamiento sustantivador o reificador. También podríamos llamarlo «ontológico» en la medida en que parte de la idea de entidades subsistentes.

El pensamiento que subyace y se expresa en la redacción del segundo título es totalmente diferente, a pesar de que ambos parecen hablar del mismo tema. A primera vista podríamos pensar que los opuestos psíquicos podrían compararse precisamente con un matrimonio, y la síntesis o coniunctio por un lado y la separación por otro podrían corresponder al matrimonio y al divorcio de la pareja, es decir, a la relación armoniosa y productiva frente a la disociación entre el yo y el inconsciente. Pero la cuestión es que en este nuevo pensamiento ya no hay entidades subsistentes. Jung no habla del ego y el inconsciente, ni del hombre y la mujer, ni de lo masculino y lo femenino, ni de la mente y el cuerpo, el espíritu y la materia, el cielo y la tierra, o lo que sea. Ya no se ocupa de ninguna sustancia, de ninguna entidad. En lugar de referirse en términos de un pensamiento ontológico o sustantivo a los opuestos psíquicos como entidades subsistentes, simplemente expresa la noción abstracta de la estructura o forma opositiva de lo psíquico. Es la naturaleza interna de la psique que es oposicional, también podríamos decir autocontradictoria. Eso es todo. Lo que son los opuestos no se dice aquí, y no puede, no debe decirse en el contexto de esta obra tardía, porque esto sería una recaída en el estilo de pensamiento sustantivo que este título ha dejado atrás hace tiempo.

En lugar de tener dos entidades subsistentes de las que se dice que están en oposición, tenemos aquí la noción de una estructura oposicional en sí misma como el hecho primario (irreductible, inhinterrumpido), de modo que todos los opuestos específicos que puedan aparecer en el nivel fenomenológico son meramente ilustraciones o ejemplificaciones o disfraces secundarios de la estructura oposicional fundamental (y realmente irrepresentable). Y los términos separación y síntesis (o unión) indican la naturaleza de esta estructura oposicional, a saber, que no es realmente una «estructura» en absoluto (lo que, después de todo, implicaría algo óntico, subsistente y estático o rígido), sino más bien un movimiento, una tensión viva, la interacción fluida de separación y síntesis, de diferencia e identidad. La psique se concibe aquí como una vida pulsante. Estamos con este pensamiento en el nivel de esta vida misma (la vida, el movimiento como tal) y no ya en el nivel de los seres, los objetos o las entidades que viven o se mueven o se relacionan. En otras palabras, la separación de las entidades psíquicas de lo que secundariamente sucede con o para ellas ya no existe aquí. La forma de «ente» se ha disuelto «alquímicamente» en lo que antes se veía como su relación entre sí, de modo que sólo queda esta relación en su fluidez.

Jung también desarrolló, a su manera mitologizante, la opinión de que hay dos fuerzas en la psique, a las que llamó ánima y ánimus, y que forman una pareja o syzygy. Tanto anima como animus significan alma o mente, en latín, a menudo como sinónimos sin distinción.4 Es Jung quien hace uso de la diferencia de género de las dos palabras para dar a su similitud, expresada en su raíz verbal común (anim-), definiciones consistentemente diferentes. Si tomamos en serio este punto de vista, se deduce que puede haber tres concepciones fundamentalmente diferentes de la psicología. La psicología puede ser interpretada desde el punto de vista del alma como ánima, pero también puede ser interpretada desde el punto de vista del alma como ánimus, y finalmente también desde el punto de vista del alma como la propia sizigia. Dado que Jung utiliza la imaginería mitológica, la idea de la sizigia del ánima y el ánimus puede verse como la percepción de la relación ánima-ánimus desde el primer punto de vista, el del ánima. El ánima imagina esta relación sicigótica en la imagen naturalista de un matrimonio, del mismo modo que se imagina a sí misma, así como a su otro, el ánimus y todo lo demás, en imágenes naturalistas (por ejemplo, a sí misma como una ninfa, una mujer misteriosa antigua pero siempre joven, como una niebla sobre un pantano, etc.). Lo mismo podría verse en términos de la posición del animus, donde todo ya no aparecería bajo la forma de figuras personificadas e imágenes naturales, sino como conceptos, por ejemplo, de fuerzas, tendencias, partes de la personalidad. En ambos casos, la sizigia se vería desde un punto de vista desde abajo, desde el punto de vista de las figuras o conceptos separados que son llevados a una unión por la sizigia por encima de ellos, como un techo o un paraguas.

Pero la psicología también puede elevarse al nivel de la propia sicigia. Sin embargo, si lo hace, si adopta el punto de vista de la «sombrilla» misma, la sizigia dejará de ser esa sombrilla que está por encima y abarca el ánima y el ánimus, y estos dos últimos habrán desaparecido ipso facto como algo propio y se habrán reducido a momentos internos sublimados de la sizigia. Entonces ya no habrá yugo (syzygy lit. = yugo) que conecte dos entidades separadas. Sólo quedará la propia sizigia como movimiento dialéctico en sí misma, como unidad de la unidad y diferencia de sí misma. A partir de aquí podríamos decir que el segundo de los dos títulos de nuestros libros junguianos habla desde el punto de vista de la propia sizigia. En efecto, la psicología ha captado e integrado aquí una idea que antes sólo había contemplado como un contenido vagamente intuido de la conciencia, de modo que ahora, finalmente, ella misma está informada por esta idea en su propio estilo de pensamiento. La idea ya no es un contenido que entretiene y enseña; ha llegado a la psicología y la ha revolucionado. Y lo que había imaginado como un paraguas o un techo al que mirar, se ha convertido en el suelo sobre el que se asienta la psicología, la perspectiva que la informa.

Así, con respecto al título anterior, podemos observar un cambio de paradigma fundamental. Un cambio de un nivel «semántico» a uno «sintáctico» de la psicología, de un pensamiento «ontológico» a uno «lógico», de una «sustancia imaginable» a una «forma o constitución abstracta». El primer título implicaba una psicología psicologista, personalista, porque presuponía a la persona humana como fundamento o contenedor o sustrato subsistente de la vida del alma. La vida pulsante de la que trata el título posterior ya no está ligada a la persona humana como sustrato. Es autosuficiente, de modo que aquí la psicología ha vuelto por fin a casa y ya no está alienada de sí misma. Esta vida pulsante es la vida lógica, no el proceso empírico; es el movimiento dialéctico y autocontradictorio de la unión y la desunión. La separación y la síntesis representan evidentemente relaciones u operaciones lógicas, sin embargo, como operaciones lógicas, no operaciones realizadas por nosotros, por la mente subjetiva, sino por «el alma» misma, o más bien ni siquiera realizadas por el alma, sino operaciones como las que «el alma» existe.

Puede que estos breves comentarios ya nos hayan dado una idea más clara de por qué Jung tenía razón al decir que su «obra posterior y más importante […] sigue intacta en su oscuridad primordial». El pensamiento psicológico suele seguir estancado en los modos personalistas.

Ahora bien, también es cierto que el texto que sigue a este magnífico título del último libro de Jung no siempre está a la altura del alto nivel de pensamiento psicológico alcanzado en la redacción del título. Es por ello que hoy tenemos la tarea de ir con Jung más allá de Jung, la tarea de proceder al punto de vista de la fluidez de la vida lógica como lo que es el alma.

Las siguientes exposiciones sirven para tratar de acercarnos un poco a ese punto o nivel en el que podemos comprender lo que significa la concepción de la vida lógica del alma, que es la vida dialéctica.

Pero antes tendré que abordar la posible incredulidad que la noción de «vida lógica del alma» puede suscitar en algunos lectores. ¿Acaso la psicología profunda del siglo pasado no nos ha enseñado que el alma es instinto, deseo, emoción, afecto, sentimiento, «inconsciente», irracionalidad, patologización, imagen numinosa (y fundamentalmente incomprensible), etc.? En respuesta a esta objeción tengo que señalar dos cosas.

El primero se refiere a un problema meramente semántico que provoca un error de concepto. «Lógico» en la frase incriminada no equivale a la afirmación de que la vida psicológica se comporta siempre de acuerdo con las reglas de la lógica formal, que es un «pensamiento correcto», racionalista, calculado, plausiblemente argumentado. «Lógica» puede entenderse en dos sentidos diferentes. El primero es el de una disciplina especial en el departamento de filosofía; la lógica se concibe aquí esencialmente como un instrumento para el pensamiento correcto, para llegar a ser más fácilmente capaz de distinguir las formas de razonamiento falsas de las verdaderas. Esto es lo que podríamos llamar, con términos kantianos, el Schulbegriff (el concepto escolar o académico) de la lógica, en contraste con su Wleltbegriff (concepto de mundo, cf. Crítica de la razón pura, B 866). En términos de este último, el conceptus cosmicus, la lógica significa algo totalmente diferente. El filósofo que introdujo la noción de logos en el pensamiento occidental, Heráclito, hablaba del logos eôn, el logos subsistente. También se habla, por ejemplo, de la lógica de las revoluciones o de la lógica del capitalismo. Karl R. Popper escribió un libro titulado La lógica del descubrimiento científico. Pascal habló de la lógica del corazón. Más cerca tenemos la siguiente frase de Jung: «Por [x, y, z] entiendo las tendencias o determinantes que producen la cultura en el hombre con la misma lógica que en el pájaro producen el nido artísticamente tejido, y la cornamenta en el ciervo» (OC 4 § 665).

Jung no quería sugerir, por supuesto, que los ciervos o los pájaros hicieran cursos de Lógica Formal y que cuando quieren que les crezca la cornamenta o construyan sus nidos, los razonen aplicando las leyes de la lógica formal. Lo que se quiere decir en todas estas afirmaciones es el hecho de que inherente a los diversos fenómenos de los que se habla hay un cierto logos eôn, un patrón e impulso consistente, también podríamos decir que en su desarrollo siguen ciertas reglas internas, una necesidad interior. Una etapa da lugar a otra determinada, que a su vez es seguida consecuentemente por una tercera, etc., donde la secuencia no se produce por un mecanismo externo de causa-efecto, sino por una relación interna de posición, de respuesta a la posición (por lo que pertenece a la esfera del logos). Las etapas desarrollan una dinámica propia, independiente o incluso absolutamente contraria a las intenciones de los agentes humanos a través de los cuales se producen los fenómenos (esta última posibilidad es especialmente evidente en «la lógica de las revoluciones»). Del mismo modo, la noción de vida lógica del alma sugiere -en un primer aspecto- nada más que la vida del alma, tanto su vida en conjunto como la de sus momentos (o verdades) individuales,5 es el autodespliegue de su propia lógica interna.

El segundo punto que hay que señalar en respuesta a la objeción mencionada se refiere a las ideas convencionales (modernas) del alma como instinto, deseo, emoción, afecto, sentimiento, imaginación, etc. La obra del último Jung nos presentó la alquimia como modelo teórico para la psicología. La alquimia concibe su opus como un opus contra naturam, y uno de los principales primeros objetivos de la Obra es la disolución de la unio naturalis. Si se concibe que el alma es esencial y primordialmente afecto, emoción, instinto, deseo, etc., es evidente que el punto de vista de tal visión es precisamente el de la unio naturalis no disuelta. Es una postura naturalista que se aferra a tales nociones por medio de su definición de psique o, al menos, por medio de lo que para ella es el núcleo más íntimo y la base de las cosas psicológicas. Y el psicólogo que sostiene tales puntos de vista está excesivamente impresionado por los aspectos físicos de la experiencia. Los deseos, los afectos y las emociones son siempre en parte físicos, arraigados en el cuerpo.

Pero ¿puede la psicología permitirse el lujo de exigir que en un proceso analítico se disuelva la unión natural mientras ella misma se aferra a esa misma unión? Lo que la psicología quiere lograr en el nivel vivencial del trabajo de los sueños y del proceso terapéutico debe haberlo logrado ella misma como algo natural en su autoconstitución. La psicología no debe diferir constantemente hacia el futuro, cargar sobre los hombros de sus analizados como su tarea, y llevar ante sí como su mensaje predicado lo que es ante todo su propia tarea. Su trabajo sólo puede ser verdaderamente contra naturam, si el corte radical que lo separa de la «naturaleza» queda atrás y se mantiene firmemente en el terreno de la irrevocablemente disuelta unio naturalis. De lo contrario, estará inevitablemente condenada a quedarse en la psicología del ego, en la psicología personalista. Incluso el pensamiento mitológico apoya esta tesis, ya que psychê tenía originalmente su lugar en el inframundo y era el nombre de las sombras incruentas que allí sólo podían susurrar. La propia palabra hace referencia a la frialdad del soplo del viento que se siente como procedente de los fantasmas, de los muertos.

«Lógico» en la frase «la vida lógica del alma» tiene, por tanto, también el segundo significado de frío, abstracto, formal, irrepresentable -si se quiere expresar en términos mitológicos también se podría decir fantasmal. El término «lógico» viene a ser un insulto narcisista para el ego, el ego que naturalmente se aferra a lo natural y quiere desplazar la carga de la separatio (si es que llega a ser consciente de ella) fuera de sí mismo al nivel experiencial y al nivel de sus contenidos de conciencia (sus enseñanzas) para que la estructura lógica de la conciencia pueda permanecer en su inocencia virginal como conciencia «natural». Pero la conciencia psicológica tiene que tomar su propia medicina, es más, sólo es conciencia psicológica en primer lugar si su haber tomado su propia medicina está detrás de sí misma.

Debido a la descrita disolución despiadada de la unio naturalis la vida lógica del alma es abstracta. Sin embargo, como el logos an es el alma en lo Real y por ello es siempre concreta en el sentido de que es la vida lógica en los fenómenos reales, la lógica existente. Por el contrario, la lógica formal o las matemáticas son abstractas en el sentido de que tienen lo Real a lo que pueden aplicarse lógicamente fuera de sí mismas. En la medida en que la lógica formal se concibe como un instrumento mental para el pensamiento correcto sobre lo Real, es evidente que está divorciada de lo Real. La forma habitual en que se comprende y utiliza el término «conceptos», son conceptos abstractos en el sentido de herramientas para comprender algo. Todas las ideas, las teorías sobre la realidad, todas las explicaciones de la realidad son abstractas en este sentido. Pero también existe el Concepto concreto, el Concepto existentente del que nos ocupamos en psicología. Así que vemos que tenemos dos sentidos muy diferentes de «abstracto» o «Abstracción». Es crucial mantenerlos claramente separados. La lógica del alma es fría, abstracta, submundana en comparación con cualquier pensamiento y sentimiento naturalista, pero sin embargo muy concreta en comparación con los conceptos abstractos en el sentido de la lógica formal.

Aunque en mi lista original de las nociones que parecen contradecir la concepción del alma como vida lógica había incluido también la imagen numinosa, en mi discusión hasta ahora he omitido toda la cuestión de la imagen y lo imaginal. Pero ahora tenemos que echarle un vistazo. En última instancia, la presencia del estilo imaginal de pensamiento es una prueba de la unio naturalis no disuelta, también. Una mirada superficial a la alquimia es suficiente para mostrarnos que está más allá del estilo imaginal, que no sólo predica la disolución, sino que la practica activamente. Cuando, por ejemplo, utiliza fórmulas como lithos ou lithos, la piedra que no es una piedra, y cuando da a la piedra alquímica otros mil nombres, a menudo contradictorios, hace que la conciencia no pueda quedarse con la imagen de «piedra». La imaginación, que siempre es naturalista, se ve alterada. El propio carácter de imagen, la apercepción pictórica de la idea de piedra se destruye. Lo mismo ocurre con las operaciones realizadas por la alquimia. La putrefacción, la corrupción por fermentación, la pulverización, la destilación, etc., tienen por objeto descomponer violentamente la forma imaginal de la materia trabajada. La alquimia no es tierna con respecto a la «imagen».

El obispo Berkeley, de acuerdo con toda la tradición, afirmó explícitamente que «el alma siempre piensa». No hay que entender esta frase de forma abstracta y exclusiva, como si el alma nunca deseara, imaginara, sintiera, se emocionara, etc. No, lo que se quiere decir es que incluso cuando el alma no está pensando en el sentido más estricto y riguroso de la palabra, sino cuando está imaginando cosas o sintiendo emociones apasionadas, no obstante, piensa, sólo que de forma oscura, enturbiada, implícita y, por supuesto, sin saberlo. De Jung escuchamos que «el hecho de que la conciencia no realice actos de pensamiento no demuestra, sin embargo, que no existan. Simplemente ocurren inconscientemente y se hacen sentir indirectamente en sueños, visiones, revelaciones y cambios «instintivos» de la conciencia, de cuya naturaleza se puede ver que … son el resultado de actos inconscientes de juicio o conclusiones inconscientes» (OC 11 § 638, trad. modificada). Incluso los síntomas y afectos corporales psicógenos son en el fondo pensamientos, pero, por así decirlo, pensamientos «materializados», pensamientos sumergidos, hundidos en el medio natural, físico, del cuerpo o de la emoción. La imagen es el pensamiento sumergido en el turbio elemento naturalista) del espacio y el tiempo y la forma material. A la inversa, el pensamiento es imaginación sublimada (representación pictórica sublimada). Y una psicología informada por la alquimia tendría la tarea de liberar «el espíritu Mercurius», es decir, el pensamiento que está preso en «la materia» (en la imagen, la emoción, el síntoma corporal), preso en lo Real. En general, podríamos establecer la siguiente serie: el síntoma corporal es la emoción sumergida, la emoción es la imagen sumergida, la imagen es el pensamiento sumergido, y a la inversa, el pensamiento es la imagen sublimada, la imagen es la emoción sublimada, la emoción es la reacción o el comportamiento corporal sublimado.

A la vista de estas ideas, James Hillman me enfrentó en una ocasión a la cuestión crítica de si podía existir realmente un pensamiento sin imagen y señaló la sentencia de Aristóteles (De anima 431 a 16): «El alma nunca piensa sin imagen». Tengo dos respuestas a esta pregunta.

En primer lugar, hay que leer la citada afirmación de Aristóteles junto con su discusión en De memoria 449 b 31 y ss: La imagen (phantasma) de algo cuantitativo conduce al conocimiento (el pensamiento) de algo no cuantitativo. En la medida en que el alma piensa, no piensa la imagen del modo en que es imaginada El pensamiento va en contra de la particularidad de las imágenes. «Contradice la imaginación» (De insomn. 460 b 16-20). En lo que se concentra el pensamiento es precisamente otra cosa que lo imaginado, algo que la imaginación nunca puede representar. El alma pensante de la que habla Aristóteles es la facultad humana de pensar (que aparentemente se apoya inicialmente en la imaginación, pero sólo para trascenderla y llegar al territorio natal del alma, el pensamiento). Sin embargo, el «motor principal» de Aristóteles es la noêsis noêseôs, el pensamiento puro y sin imaginación, el pensamiento que se piensa a sí mismo y no a otro. E incluso el nous humano es el órgano de los principios (archai), que como tales no pueden ser imaginados. (Más o menos lo mismo es cierto para Plotino).

En segundo lugar, no tenemos que aceptar en primer lugar la afirmación inicial de que el alma nunca piensa sin imagen. Ciertamente, como acabamos de oír de Hillman (pero también relativizado), según la larga tradición aristotélica pensamos en imágenes. En cierto modo, esta tradición estaba todavía en la raíz del representacionalismo de la primera época. E incluso más tarde, Kant descubrió el «arte oculto en las profundidades del alma humana», el arte de la imaginación productiva e inconsciente a priori (Einbildungskraft), y tanto Fichte como Schelling, basándose en el descubrimiento de Kant, incorporaron sus propias versiones diferentes de éste en sus propios y diferentes esquemas.6 Sin embargo: Hegel, después de sus comienzos, en su filosofía madura, destronó la imaginación productiva como fundamento último de la conciencia de objeto. El movimiento interno de su «Psicología» teórica va más allá de la imaginación y muestra que no es ella, sino la memoria reproductiva la que hace el tránsito al pensamiento. Hegel insistió en que pensamos en nombres,7 en las palabras del lenguaje (lo que curiosamente nos recuerda los mil nombres que la alquimia dio al lapis o a la materia prima, etc.). En el nombre, la memoria reproductora tiene y reconoce la cosa, y con la cosa tiene el nombre, aparte de la intuición y la imagen». «Dado el nombre de león, no necesitamos ni la visión real del animal, ni siquiera su imagen: el nombre solo, si lo entendemos, es la representación simple sin imagen. Pensamos en nombres».8 Puedo hablar de mi padre (y saber perfectamente de qué hablo) sin tener que producir la imagen de mi padre. Entiendo la palabra monstruo en una frase aunque no surja en mi mente ninguna imagen concreta de uno. Probablemente no podríamos comunicarnos con éxito sobre asuntos más complejos si tuviéramos que producir la imagen correspondiente para todas y cada una de las palabras utilizadas en nuestras frases.

Mientras que la imagen conserva el vínculo con el aspecto natural de lo que es su contenido, el nombre de las cosas («mesa», «casa», etc.) se refiere indirecta y arbitrariamente a él, el significante (la secuencia de fonemas en el lenguaje oral, de letras en el escrito) no tiene aquí ninguna relación con el aspecto sensible del contenido. Por eso, un mismo objeto tiene nombres totalmente diferentes y sin relación entre sí en distintas lenguas («table», «Tisch», «mesa», «zhuôzi»). En el lenguaje, el espíritu ha asignado arbitrariamente ciertos sonidos de su propia producción al contenido respectivo y así, aunque posiblemente se refiera a cosas, se queda con lo que es de su propiedad, en lugar de mantener, con una ternura narcisista hacia sí mismo, el continuo interior con lo dado (la mística de la participación en el sentido de Jung). Este es precisamente el problema con lo imaginal e incluso con los símbolos: reafirman el continuum con la semejanza natural a pesar de todo el esfuerzo subjetivo por no leerlos literalmente. Se evita el corte real, objetivo (lógico). Los nombres (de las cosas) o las palabras son signos, no símbolos. «Cuando la Inteligencia ha designado algo, ha acabado con el contenido de la Intuición y ha dado al sustrato sensorial [es decir, a la palabra-signo, al grupo de sonidos, W.G.] como su alma un significado ajeno a ella».9

Para Hegel, las imágenes pertenecen a un espíritu todavía soñador; el espíritu (mindedness) despierta sólo en el ámbito de los nombres, que, para decirlo en nuestra terminología alquímica, son la evidencia existente de que la ruptura con la unio naturalis ya ha ocurrido y acompaña al lenguaje como una ruptura siempre ya realizada. Ahora bien, yo iría un paso más allá y diría que el pensamiento pictórico en imágenes, aunque empírica y vivencialmente quizá sea lo primero, es lógicamente secundario porque presupone el lenguaje, el pensamiento en palabras (nombres). Sin lenguaje no hay metáforas y tampoco imágenes.

También sabemos que, de hecho, los niños pequeños son capaces de tener un pensamiento sin imágenes, concretamente cuando aprenden a decir «yo». «Yo» es pensamiento puro. No es una imagen, no es una representación (Vorstellung). «Yo» no tiene cualidades ni características específicas, porque todos los seres humanos (a pesar de sus grandes diferencias de aspecto, tamaño, color de piel, sexo, edad, rasgos de carácter, dones y debilidades) pueden decir «yo». Sin embargo, el «yo» es un pensamiento como concepto existente, como real. Si fuera una representación, precisamente no sería «yo» (sino un «algo» concreto) y no podría realizar lo que el concepto yo realiza de hecho.

El último punto mencionado sobre el yo puede servir de acceso a otro aspecto esencial de la idea de la vida lógica del alma. Está claro que el yo no es pensado (inventado) por el niño, como la cornamenta no es pensada por el ciervo. Paradójicamente, el pensamiento del yo no está hecho por nosotros, no es un pensamiento del ego. El pensamiento aquí no se refiere a la función de orientación junguiana, a un acto explícito de pensar. No es un logro subjetivo. Es un pensamiento que sucede a y en la persona. La persona es sólo el lugar donde ocurre este pensamiento objetivo, al igual que la construcción del nido y el crecimiento de la cornamenta ocurren como pensamientos objetivamente en curso, pensamientos no «subjetivamente» pensados por el pájaro o el ciervo, respectivamente. La idea de la vida lógica del alma opera así con la idea de la psique objetiva, con los procesos no yoicos. Adaptando un adagio alquímico podríamos decir Psychologia nostra non est pychologia vulgi. La psicología es el estudio de la lógica autopensante, autodesarrollante y autorrealizadora de la vida real (o de los fenómenos individuales de la vida real); es el estudio, por ejemplo, de lo que «piensa» la misa católica romana, lo que piensa el árbol filosofal, lo que piensa la Trinidad, lo que «piensan» los platillos volantes (por aludir a algunos temas tratados por Jung). No es el estudio de lo que la gente piensa, imagina, siente, por ejemplo, sobre la Misa o la Trinidad, no lo que pretende, desea, todo lo cual pertenecería a una psicología personalista o del ego o naturalista. «Nuestra psicología» ha dejado atrás la falacia antropológica.

Sólo así es posible distinguir, en lo que respecta a los grandes procesos de transformación de nuestro tiempo (palabras clave: globalización, capitalismo avanzado, informatización, internet, televisión, publicidad, sociedad de la información, etc.), las preferencias subjetivas y el comportamiento personalmente culpable de los agentes que operan en esas esferas de aquellos cambios en los que no son más que los imperativos de acción de la lógica objetiva de la economía, de la tecnología, etc. los responsables de los desarrollos, aunque también sean empíricamente, por supuesto, provocados por agentes humanos. Y sólo así podemos reconocer y apreciar esta lógica objetiva como el opus del alma o, hablando alquímicamente (y por tanto imaginariamente), como el del espíritu Mercurius y no debemos, en términos de ego-psicología (que sólo conoce las opiniones y motivaciones y el comportamiento de las personas), menospreciarla como la obra malvada y siniestra de aquellos agentes humanos que en realidad resultan ser los instrumentos (a veces, pero por supuesto no siempre, incluso involuntarios) de su realización.

Junto con esta ruptura con la psicología personalista también hemos roto con la idea romántica del alma que quiere que sea algo bonito e inofensivo, un apoyo a nuestros deseos del ego de «significado», autoimportancia (llamada «individuación») y un «retorno a la naturaleza». La psicología es un negocio serio y no está al servicio de nuestros deseos. También hemos dejado atrás la consulta, por supuesto no totalmente, pero sí como lugar principal del opus. La consulta es sólo el lugar donde nos centramos sistemáticamente en el opus parvum, la «pequeña obra» de importancia sólo privada. El lugar principal del alma, sin embargo, el verdadero laboratorio o réplica del opus magnum es la historia, el verdadero proceso histórico. La psicología no tiene, pues, como ya dijo Jung, un campo delimitado (OC 9i § 112); no es una especialidad al lado de todas las demás ciencias y humanidades. Más bien, como psicología profunda estudia la lógica objetiva interna -el espíritu mercurial, «el alma»- en todos los procesos y fenómenos de la vida real en la medida en que ya han sido objeto de la atención, la reflexión y la interpretación de la mente. Esta lógica interna no puede conocerse a priori. Hay que descubrirla a posteriori y, de nuevo, es siempre una cuestión de interpretación.

Al decir «El alma siempre piensa» no debemos, por supuesto (véase nuestra crítica inicial más arriba sobre cualquier pensamiento sustantivo), imaginar que hay un alma (como sustancia o entidad, un autor o agente) que también, además de estar ahí, pasa su tiempo con la actividad de pensar. El uso de «el alma» en esta afirmación es sólo un modo de hablar mitológico, no una hipóstasis. No hay dos cosas: el alma más su pensamiento. Sólo hay una cosa, la propia vida lógica o pensante que ocurre realmente, sin nada (ningún alma literal, sustanciada) detrás de ella; pero este pensamiento objetivo en curso es en sí mismo lo que recibe, en nuestro modo de expresión retóricamente todavía mitologizante, el nombre tradicional de «alma».

Para poner de manifiesto otra importante ventaja de la perspectiva lógica frente a la imaginal, voy a echar un breve vistazo, a modo de ejemplo, a la interpretación de la sexualidad en psicología.

En los primeros tiempos del psicoanálisis freudiano, la vida del alma se consideraba predominantemente en el ámbito de la sexualidad. Las necesidades sexuales, los deseos, los comportamientos, las perversiones, los secretos de una persona se interpretaban como lo que el alma es básicamente y en última instancia. El alma = la libido sexual. Jung no estaba de acuerdo. También para él la sexualidad era de la mayor importancia psicológica, pero no lo sexual como tal, sino como lo que expresan los fenómenos sexuales. Jung tomó las ideas y comportamientos sexuales como símbolos.

¿Qué significa esto? Jung vio la diferencia psicológica en el trabajo de la fenomenología sexual. Un determinado síntoma, comportamiento o fantasía sexual era para él en sí mismo diferente, en sí mismo dividido; era la unidad de dos «realidades»: (a) el aspecto fenoménico, el contenido sexual obvio y manifiesto, el comportamiento empírico o el síntoma clínico, y (b) lo que el aspecto fenoménico representaba y expresaba simbólicamente y lo que precisamente no era manifiesto, no fenoménico. Era fundamentalmente oculto, invisible, incluso francamente unanschaulich (irrepresentable), completamente abstracto, no objetual (ungegenständlich). Sólo podía representarse indirectamente, es decir, simbólicamente. Pero el símbolo ocultaba tanto como revelaba el alma. Ocultaba lo que representaba porque la expresión simbólica era un ropaje o vestimenta en la que se manifestaba el alma irrepresentable.

Esto tiene varias consecuencias o implicaciones. 1. El fenómeno sexual no podía tomarse al pie de la letra, no literalmente. En la medida en que era una prenda para otra cosa, su verdadero significado no era idéntico al de esta prenda. La sexualidad, vista psicológicamente, no tenía que ver con la sexualidad, sino con el alma como algo propio. Aunque el vestido simbólico concreto que el alma elige para revestirse no es en absoluto totalmente indiferente y arbitrario, sino que tiene su propio significado, sin embargo, en principio se podrían haber utilizado otros vestidos, otros símbolos. Hay muchas formas en las que el alma puede expresar sus ideas. 2. Al ser un símbolo, el fenómeno sexual (o cualquier fenómeno psicológico) niega en sí mismo su propio aspecto fenoménico, manifiesto, empírico, y apunta a lo que no es, al significado anímico que expresa. Hay una actividad lógica en el símbolo. Casi podríamos hablar de un drama lógico:

1er acto: el «alma» o la lógica invisible se expresa con un ropaje simbólico, se manifiesta fenomenalmente, por ejemplo, en un fenómeno sexual, es decir, se hace visible. Lo irrepresentable se representa a sí mismo en este símbolo.

2do acto: el aspecto fenoménico u obvio del símbolo se niega a sí mismo, como diciendo: «Yo (mi aspecto) no soy lo que soy. No me tomes al pie de la letra. En realidad, no tengo nada que ver con la sexualidad».

3er acto: El aspecto fenoménico del símbolo se aparta de sí mismo y apunta a algún otro, algo oculto, invisible en cuanto a aquello de lo que se trata realmente. Dice: «Estoy sobre este otro no fenomenal», a saber, podríamos añadir, sobre «el alma», su vida lógica.

4to acto: El símbolo dice: «Pero sólo a través de mí (este mi ropaje) se puede acceder a este otro. Este último no es totalmente otro, no es nada fuera de mí, del modo en que un hablante existe fuera e independientemente de sus frases. Ese otro al que apunto, como aquello de lo que realmente se trata, existe exclusivamente dentro de mí mismo; no hay nada detrás de mí. Yo soy su representación válida y verdadera, su mejor representación posible. Y más aún: ese otro representado por mí sólo existe a través de mí, es producido por mí, planteado por y dentro de mí, precisamente a través de mi negación de mí mismo». En otras palabras, lo que se describió como el acto 1ero , a saber, esa lógica invisible que crea el símbolo, puede ahora realizarse para ser creado por y dentro del propio símbolo.

5to acto: El símbolo dice: «Porque mi significado es absolutamente negativo, realmente no quiero decir nada, pero por supuesto no simplemente nada, nada en el sentido de vacío total, sino nada en el sentido de que quiero decir exactamente lo que fenomenalmente muestro y represento.»

El símbolo es este drama interno, los cinco actos o movimientos de este drama simultáneamente, no sucesivamente. Lo que desde fuera aparece como un símbolo, un fenómeno unitario, es, visto desde dentro, este movimiento dramático. Es un drama lógico, es decir, no se desarrolla en el tiempo y en la realidad empírica, sino detrás de la «cara» del símbolo, y la lógica del símbolo es una lógica circular, urobórica. El resultado final de este drama lógico vuelve al punto en el que nos encontrábamos al principio Pero esto no implica que podamos simplemente eliminar y olvidar los actos intermedios de este drama. No, el final contiene en sí mismo todas las etapas por las que pasó el movimiento, de modo que el final no es en absoluto idéntico al principio. Está inmensamente enriquecido.

El ejemplo anterior, aunque en sí mismo no es muy significativo, se ha elegido aquí porque, al ser relativamente sencillo, me permite dar una breve ilustración de cómo el enfoque «lógico» es capaz de ver el funcionamiento interno de un fenómeno desde dentro. Ni el enfoque empírico, ni siquiera el imaginal, son capaces (o están dispuestos) a hacerlo. Tienden a describir los fenómenos tal y como se ven, desde fuera. Si bien es evidente que el enfoque empírico observa y teoriza desde el punto de vista del sujeto opuesto a los fenómenos como objeto, su visión sigue siendo externa, no es tan evidente que el enfoque imaginal también mira desde fuera y desde una posición vis-à-vis. En la medida en que para él la imagen es imagen poética, no hay duda de que hay una cierta interioridad en la imagen. Y sin embargo, el enfoque imaginal persiste en contemplar, visualizar, percibir la imagen, es decir, en mantenerla siempre lógicamente ante la conciencia, aunque empíricamente la imagen pueda mantenerse en el fondo de la mente con el fin de ver los fenómenos de la vida a través o por medio de ella. La interiorización en el fenómeno percibido como imagen sigue siendo incompleta, lo que por supuesto es concomitante con el hecho de que este enfoque se aleja de la ruptura con la unio naturalis. Está enamorado de la imagen y quiere mantenerla intacta en su conjunto; pretende enfrentarse a los dioses y a los fenómenos. Niega cualquier literalidad de la imagen, pero se cuida de no herir la imagen misma (en contraste, por ejemplo, con la contundente «la piedra que no es piedra» de la alquimia y su destrucción de la gestalt de la materia). Ver a través de los fenómenos al dios es, sin duda, una profundización de la mirada. Pero, sin embargo, no hace más que continuar la dirección de la mirada desde el exterior. Además, el dios descubierto lo es a través de un método externo, el del establecimiento de las semejanzas (un fenómeno dado y una divinidad mítica dada por la tradición como una especie de ready-made). Ver a través no es precisamente la autorrevelación del fenómeno, su propio hablar, su mostrar lo que es su esencia interior oculta, su alma.

Ver los fenómenos desde dentro es lo que llamamos pensar. La psicología tiene que pensar los fenómenos, en contraste con el mero hecho de «verlos» desde fuera y conectarlos con los mitos apropiados. El enfoque «lógico» destruye esta integridad de la imagen, rompe el vínculo con la semejanza natural, al entrar, penetrar en el fenómeno para comprenderlo a partir del funcionamiento de su lógica interna. La diferencia entre el enfoque imaginal y el lógico es quizás comparable (y aquí, por supuesto, hago uso de una comparación naturalista y como tal externa) a la que existe entre la apreciación estética de un animal como una forma (un «rostro», una apariencia natural) y el trabajo de disección y reconstrucción de la anatomía sobre él, o mejor aún: la fisiología.10

Lo que quiero decir aquí lo puedo ilustrar volviendo al tema de la imagen frente a las palabras del lenguaje ya discutido y a una objeción a mi punto de vista planteada por Hillman desde su punto de vista de la imagen

En su respuesta a Marlan (en el ensayo que generosamente aportó al libro [p. 204] que Marlan editó en mi honor), Giegerich escribe que pensamos en palabras del lenguaje y no en imágenes. Yo diría justo lo contrario. Las palabras son en sí mismas imágenes. La historia del lenguaje, tal como la suponen Barfield y Vico, sugiere que las metáforas polisémicas y las analogías poéticas dan lugar a los conceptos denotativos y a la unicidad de significado. El lenguaje nunca puede liberarnos de su madre primordial, lo sensorial, lo natural, lo físico, la implicación de un anima mundi-un alma en y de un mundo natural, aunque ese mundo natural sea siempre «antinatural». …11

Antes de llegar al punto que quiero plantear, tengo que hacer algunos comentarios sobre la tesis de Hillman. Sin duda, hay contextos en los que «las palabras son en sí mismas imágenes». Pero el hecho de que las palabras sean en sí mismas imágenes sólo es cierto para las palabras en un metanivel de habla, palabras utilizadas en momentos especiales o contextos de habla eminente, como en la poesía, los dogmas religiosos, los mitos. No es cierto en el habla de la vida ordinaria, en el lenguaje científico, en el discurso intelectual. Como he señalado anteriormente, incluso en el habla ordinaria, cuando se habla de un león o del propio padre, la gente no produce necesariamente imágenes, sino que entiende lo que se quiere decir. La cuestión es que es el uso particular que se hace de las palabras o la lectura que se les da lo que las convierte en imágenes, mientras que en sí mismas no son en absoluto imágenes. Sólo en estos casos puede ser cierto que, lejos de «liberarnos» de las imágenes naturales, el lenguaje nos envuelve precisamente en imágenes y metáforas.

Pero incluso en la poesía y el lenguaje religioso esto no debe ser siempre cierto. ¿La palabra «rosa», incluso en un poema, es necesariamente una imagen verdadera o no es más bien un nombre que entendemos sin imagen? ¿Es la palabra «Dios» una imagen o no un concepto sin imagen que a veces sólo se imagina de forma secundaria y concreta?

Sobre todo, ¿el uso metafórico de las palabras se basa en la palabra como imagen o no precisamente en ella como mero nombre? ¿No se basan las metáforas fundamentalmente en una comprensión conceptual? «Era un león en la batalla»: ¿significa esta metáfora que debemos imaginar que el luchador tiene melena, garras y cola y que utiliza sus dientes para luchar valientemente? ¿No se olvida precisamente de la imagen concreta, de «lo sensorial, lo natural y lo físico» de «león», y se concentra únicamente en el concepto de «fortaleza feroz»? Incluso tenemos que decir categóricamente que, a menos que se deje atrás «lo sensorial y lo físico», no puede tener lugar una metáfora, una transferencia de una esfera a otra. Si la imagen visual se mantuviera intacta, la palabra a utilizar metafóricamente seguiría aferrada al significado literal. El nombre sin imagen es la condición sine qua non de cualquier metáfora. La metáfora y la imagen imaginal son cosas muy diferentes. El hecho de que el uso metafórico de las palabras parece ser inherente al lenguaje humano desde el principio sólo subraya, en lugar de refutar, mi tesis de que pensamos en palabras (como nombres) y que la condición de posibilidad del lenguaje es, como Hegel argumentó convincentemente, el haber dejado radicalmente atrás la imagen como tal y toda base sensorial y natural para darse a sí mismo «desde cero» su propio y fresco comienzo.

Por supuesto, Hillman contrasta «las metáforas polisémicas y las analogías poéticas» con «los conceptos denotativos y la unicidad de significado». Esto reduce el problema que nos ocupa a la oposición abstracta de polisemia frente a unicidad de significado. Este es un tema totalmente diferente al de la palabra como nombre sin imagen, sin base sensorial, natural, frente a la palabra como imagen «natural». Si se utiliza como lo que distingue a una de otra, la polisemia frente a la monosemia son categorías falsas. La unicidad de significado sólo se aplica a los conceptos abstractos. Pero no todos los conceptos son abstractos. También hay conceptos concretos, que son tan polisémicos e infinitos como las metáforas de Hillman (por ejemplo, «yo» o «Dios»); a la inversa, muchas metáforas se caracterizan por la misma unicidad de significado que los conceptos abstractos (por ejemplo, nuestro ejemplo de «león» como luchador feroz). Pero la verdadera cuestión aquí es la muy diferente a la de la polisemia/monosemia, a saber, si hay, por decirlo en términos de Hillman, una determinada naturaleza «madre primordial» detrás del lenguaje o si el lenguaje es la libre producción de la vida lógica del alma.

Después de estas correcciones, puedo llegar al punto que quería plantear sobre la diferencia entre el enfoque imaginal y el lógico o el que existe entre la apreciación estética de un animal como apariencia natural y el trabajo de disección y reconstrucción de la anatomía sobre él, o mejor aún: la fisiología. Cuando nos ocupamos de los sueños, de los mitos, de los poemas, de lo imaginal, estamos a priori inmersos en un mundo de imágenes como ya existentes, como ready-mades, por así decirlo, como imágenes ya producidas. Cuando hablamos y cuando imaginamos, a menudo nos limitamos a hacer uso de los significados que nos proporciona nuestro respectivo lenguaje y «actuamos» su potencial de metáforas polisémicas y analogías poéticas, sin desperdiciar un pensamiento sobre cómo surgen estos significados, cómo se producen, sobre el propio proceso de producción invisible e inconsciente.

Pero navegar sobre las olas del lenguaje, dar por sentado sus significados, «actuar» su potencial no es suficiente en psicología. También tenemos que «recordar», recordar cómo el alma o la mente crea, genera esos significados, a saber, utilizando y basándose en signos acústicos absolutamente sin sentido y arbitrarios (sonidos lingüísticos o grupos de sonidos) libremente articulados (expresados) por la mente o el alma misma. En primer lugar, estos sonidos no son en absoluto sonidos de origen puramente natural como los sonidos de los animales, sino, como fonemas, partes de un sistema de distinciones, elementos en distribución complementaria, y como tales productos y propiedades a priori de la mente Y en segundo lugar, al hablar estos signos sonoros o fonemas no se aferran en absoluto. Más bien, el alma se desprende de esos signos, que, como sonidos, son fundamentalmente temporales y mueren inmediatamente. Deben morir para que se produzcan los significados de las palabras y oraciones. Los sonidos de las palabras por sí mismos no tienen ningún significado. Su significado no es inherente a ellos, no es su posesión permanente. Sólo en la extinción de los sonidos surgen los significados. No, no hay ninguna «madre primordial» detrás del lenguaje, nada que exista como sustancia; por el contrario, la noción y el sentimiento de un anima mundi, de lo natural, o de una madre primordial, existen sólo porque se producen secundariamente mediante un determinado uso del lenguaje. Suponer algo sustancial como una madre primordial, como lo sensorial y lo natural detrás o fuera del lenguaje, equivale a una hipóstasis metafísica ilícita (aunque sólo se quiera decir metafóricamente), una «proyección» o «extrayección» mitologizante.

En la medida en que los sonidos del lenguaje son signos acústicos, podríamos llamarlos, por supuesto, algo sensorial y físico, el único sustrato sensorial y físico del que depende el lenguaje. Pero la cuestión es que al utilizar esos sonidos para crear palabras que luego pueden ser imágenes, la mente precisamente los despoja de su naturalidad, sacándolos de su contexto natural y apropiándoselos para su propia esfera mental. Les quita su aparente carácter de sustrato, dejando que los sonidos mueran y empujando desde los sonidos al significado. Esta sensorialidad no es más que un catalizador, una ayuda fugaz, que se deja completamente atrás y, por tanto, no entra en el producto final.

Sin duda, Hillman matiza su afirmación añadiendo: «incluso si ese mundo natural es siempre antinatural», lo que es (o sería) el punto mismo, pero añade esto sólo como una idea posterior intrascendente porque no toma la medicina contenida en esta idea. Si la tomara, vería que, en lo que respecta a cualquier cosa «primordial», sólo existe la negatividad absoluta del propio trabajo de la mente, su propio proceso de producción libre, y que su (de Hillman) «lo sensorial, lo natural, lo físico» son en sí mismos sólo conceptos ya creados por y dentro de la mente a través de su nombramiento y su aprovechamiento de signos sonoros sin sentido y, además, negados. Son, si me permiten decirlo, hechos en casa, propiedad de la mente. Son resultados producidos, no dados, encontrados, percibidos. A la inversa, lo que en un contexto humano llamamos percepción sólo es posible gracias a la producción de significados e imágenes por parte de la mente. De lo que no tenemos un concepto, o al menos una vaga idea, no podemos ni siquiera percibirlo. Percibimos en imágenes y conceptos que son posibles gracias a las palabras sin imágenes del lenguaje.

Como psicólogos, no debemos «caer» en las imágenes creadas secundariamente en el lenguaje. No debemos tomarlas literalmente. Tenemos que ver a través de ellas, ver a través del «anima mundi», a través de «lo sensorial, lo natural, lo físico», a través de «lo imaginal», y no ver a través de «los dioses» que son a su vez imágenes producidas para ser vistas. No, tenemos que ver a través del «alma», de la creación del alma que se produce en las palabras y las imágenes por medio de signos acústicos arbitrarios y sin sentido. De lo contrario, hacemos una ideología del anima mundi y de lo imaginal.

Además del contraste entre el animal como entidad existente y forma visible y el estudio anatómico y fisiológico de los animales, quiero mencionar ahora otras dos analogías (aunque remotas) con el punto que he estado planteando aquí. La primera es la distinción que se hace en filosofía entre natura naturata (la naturaleza tal como se nos presenta, la naturaleza que se da por supuesta como un hecho dado) y natura naturans (la naturaleza tal como se produce a sí misma). La primera noción está formalmente en el mismo nivel que «Las palabras son en sí mismas imágenes» (que se aplica sólo a las palabras como resultados del lenguaje), mientras que la segunda delata un interés en el proceso de producción que genera lo que conocemos como naturaleza en el sentido de natura naturata y, por tanto, equivale formalmente a un interés en cómo la mente produce sus palabras e imágenes.

Mi segunda analogía proviene de la psicoterapia. Jung advirtió a los psicólogos, cuando intentan comprender las neurosis, que no deben tomar las conjeturas neuróticas (fantasías, toda la impresión creada por una neurosis) literalmente al pie de la letra y caer en las complicaciones neuróticas, montando así el mismo caballo de batalla que los pacientes neuróticos. Jung se dio cuenta de que el objetivo de la neurosis es producir determinados efectos, darse tal o cual apariencia, crear una determinada impresión, seducir a la conciencia (tanto a la conciencia del propio neurótico como a la de las personas que le rodean, incluidos los terapeutas) para que crean en la impresión creada. Jung quería que comprendiéramos que las neurosis son producciones, arreglos (Alfred Adler), dramas escenificados y cómo y por qué fueron escenificados. Quería que «recordáramos» (en lugar de contribuir a la «representación», en el plano teórico, de la neurosis). Y «recordar» aquí significa reconstruir su génesis lógica interna, su génesis anímica.12 Así pues, en este ámbito, Jung desplazó su atención del producto a la producción que dio lugar al producto.

Del mismo modo, cuando Jung afirma que «La psique crea la realidad todos los días» (OC 6 § 78) o concibe la conciencia como «el segundo creador del mundo»13 no es suficiente para la psicología contentarse con el resultado de esta creación, con las imágenes fantasiosas y el mundo imaginado tomados al pie de la letra y explicarlos en términos de mitos, arquetipos o dioses como algo dado. Si queremos ser serios con respecto a la naturaleza creativa de la psique, entonces (a) no debemos hipostasiar el alma como una sustancia o agente detrás de la escena que produce imágenes a través de una facultad particular que ha llamado fantasía o imaginación, y (b) tenemos que aprender a reconstruir las imágenes y los fenómenos psíquicos desde dentro de ellos mismos, a partir de su vida lógica interna como su alma. Esto significa que tenemos que renunciar por completo a la idea de algo primordial, ya sea lo sensorial, lo natural, lo físico o los arquetipos como orígenes irreductibles dados a priori. Todo lo que tenemos son resultados producidos, cuyo proceso de producción está oculto.

Reconstrucción significa que el enfoque lógico no «ve» realmente (mira, observa) el funcionamiento interno de los fenómenos psíquicos desde dentro, como ya he dicho antes, sino que recorre él mismo, y realiza activamente como actos propios, los pasos individuales del automovimiento interno como el que es una imagen o un fenómeno psíquico dado. De este modo, no se limita a contemplar la imagen como el resultado final de este drama lógico frente a sí mismo. En el caso de tal mirada, este drama mismo desaparece detrás del rostro que muestra el resultado acabado (o mejor dicho: siempre ha desaparecido, ha sido borrado). Porque tal reconstrucción realiza los pasos de la vida lógica interna que constituye el fenómeno psíquico, la oposición de sujeto y objeto ya no existe. El fenómeno ha llegado a la conciencia y la conciencia se ha interiorizado en el fenómeno. Esta unidad o interiorización sólo es posible en el pensamiento del fenómeno.

Mientras que los mitos antiguos, los símbolos, las leyendas locales y los cultos pueden seducirnos fácilmente para que utilicemos un enfoque imaginal y esto significa simplemente verlos «en términos de los dioses», ya que ellos mismos presentan inocentemente sus verdades con un ropaje imaginal, sería, en el caso de los fenómenos fundamentalmente modernos, un grave error tratar de enfrentarlos para «ver a través de la imagen divina». Sencillamente, nos perderíamos si tratáramos de ver fenómenos modernos como la neurosis (en el ámbito del opus parvum) y los enormes cambios en los ámbitos de la economía, la tecnología, la organización social, etc. (como parte del opus magnum del alma) en términos de los dioses o de las imágenes arquetípicas. Los fenómenos verdaderamente modernos son en sí mismos demasiado «astutos» como para que uno pueda esperar hacerles justicia por debajo del nivel de su lógica. En épocas anteriores, «el alma» se contentaba con producir y mostrar su verdad interior en forma imaginaria, es decir, en el resultado de su autoexposición. La esencia de los acontecimientos de la vida y de los aspectos conocidos de la realidad podía captarse adecuadamente y condensarse en las imágenes de determinados dioses. Esto ya no es así en la modernidad. Nuestra vida es mucho más compleja, incluso complicada. En nuestra época «el alma» ha avanzado hasta tomar conciencia de su propio proceso de producción y lo saca a la luz. Por eso los fenómenos modernos tienen en sí mismos el carácter de procesos, de relaciones lógicas complejas, de transacciones, más que de apariencias. Pensemos en el dinero. Hoy en día no se trata de monedas de oro, sino de lo que ocurre en los mercados monetarios mundiales, la banca de inversión, etc.

Después de haber dado una idea de lo que significa «lógico» en la frase «la vida lógica del alma» y de por qué el enfoque lógico es indispensable para la psicología, quiero, en conclusión, dar algunas pistas sobre la «vida» que tengo aquí en mente desde una perspectiva histórica más amplia. Antes me ocupaba más de la vida lógica interna que constituye los fenómenos individuales.

Históricamente, hay que distinguir sobre todo dos objetivos distintos de los movimientos. En primer lugar, está el objetivo de formar una tradición anímica y renovarla constantemente. Aquí el alma está interesada en mostrar sus verdades interiores, es decir, en producir «productos» (fenómenos psíquicos) como resultados. Este objetivo se realiza en la interacción dialéctica de los dos movimientos de lo que en la psicología profunda convencional se ha llamado «proyección» e «integración en la conciencia». La proyección debe entenderse aquí en el sentido más amplio: la necesidad del «alma» de dar a su propia vida lógica interior, totalmente irrepresentable, una representación o expresión objetiva hundiéndose en el medio de lo natural, en forma de cultos, costumbres, imágenes, mitos, obras de arte, cultura en general (véase más arriba lo dicho sobre el «1er acto» en el drama interior de un símbolo). Un movimiento opuesto, que sin embargo pertenece a la misma esfera, proviene de la necesidad del alma de la «iniciación» de la conciencia individual en el espíritu interior de esas representaciones objetivas, para que lo que al principio estaba exteriorizado pueda volver a casa a la conciencia y a través de esta vuelta a casa se llene de sangre vital fresca.

El segundo objetivo de la vida lógica del alma es superarse a sí misma, emanciparse de sí misma. Esta es la obra «alquímica» de la historia, que es una historia del desarrollo de la conciencia. El desarrollo significa aquí que la conciencia se desprende de su estadio inicial, negando y sublimando este último y alcanzando ipso facto un nuevo estadio, a partir del cual puede volver a comenzar el mismo proceso. En Jung este tema de la progresión a través de las subliaciones se da especialmente en sus ideas sobre la muerte de los símbolos y la «metamorfosis de los dioses»14 (un solo ejemplo: una «… visión del mundo que había surgido de la decadencia del Olimpo y la transformación de los dioses en ideas filosóficas y teológicas»,15 ). En cada uno de los nuevos estadios alcanzados el alma realiza y cumple un potencial de sí misma y saca a la luz un aspecto más de su propia naturaleza.

Toda la vida del alma está comprendida en el único axioma de Pseudo-Demócrito con sus tres etapas, «La naturaleza se deleita en la naturaleza [esto corresponde al primer objetivo: el cultivo de la cultura tradicional a través de la proyección (o representación objetiva) y la iniciación-integración], la naturaleza somete a la naturaleza [esto corresponde a la emancipación de la conciencia paso a paso, la alquimia de la historia como opus contra naturam], la naturaleza disfruta de su dominio sobre la naturaleza [que no debemos imaginar como la utopía de una etapa final, sino como el disfrute del alma de la realización específica alcanzada en cualquier etapa].»


1 Cartas 2, pág. 309, a Benjamin Nelson, 17 de junio de 1956.

2 Ibídem.

3 Cf mi ‘Psicología junguiana: una empresa sin base. Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos”, en: Wolfgang Giegerich, The Neurosis of Pychology (Collected English Papers, vol. 1), Nueva Orleans, LA (Spring Journal Books) 2005, págs. 153–170.

4 Cicerón traduce tanto el griego pychê como nous por animus. En Agustín, tanto anima como animus pueden aplicarse sin distinción al alma humana. Para Lucrecio animus es alma (como ubicada en el pecho de uno), mientras que anima significa vida (como una cualidad de todo el cuerpo). Ficino a veces usa ambos términos indistintamente en un mismo párrafo.

5 Con Jung podríamos hablar aquí de momentos o verdades “arquetípicas”, como los momentos de amor, de lucha, de nacimiento, del puer, de la virginidad, de la iluminación, etc.

6 Véase el excelente estudio de Reinhard Loock, Schwebende Einbildungskraft. Konzeptionen theoretischer Freiheit in der Philosophie Kants, Fichtes und Schellings, Würzburg (Königshausen & Neumann) 2007.

7 GWF Hegel, Jenaer Systementwürfe III, en: Gesammelte Werke, Hamburg 1968 ff., vol. 8, edición. RP Horstmann y JH Trede, págs. 185 y sigs. Ídem, Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften III, §§ 458–64. Ver también Alfredo Ferrarin, Hegel and Aristotle, Cambridge (Cambridge Univ. Pr.) 2001, pp. 287–308, e ídem, “Logic, Thinking and Language”, en: Rüdiger Bubner and Gunnar Hindrichs, Toon der Logik zur Sprache. Stuttgarter Hegel-Kongress 2005, Stuttgart (Klett) 2007. Jens Rometsch, Hegels Theorie des erkennenenden Subjekts, Würzburg (Königshausen & Neumann) 2007, págs. 204–217.

8 GWF Hegel, Finzyklopädie § 462 y nota.

9 Ibídem. § 457, Zusatz.

10 Jung, por supuesto, aborrecía la fisiología. Explica su aversión con la crueldad de la vivisección, con la que podemos simpatizar fácilmente. Pero además puede ser indicativo de una razón inconsciente más profunda, su ternura con respecto a la integridad de la imagen. En lugar de pensar las imágenes en el sentido de una reconstrucción intrusiva de ellas desde dentro de su propia vida lógica interna, prefirió simplemente reflejarlas contra el telón de fondo de algún otro dado externo (o imaginado como dado), a saber, mitos y arquetipos.

11 James Hillman, “Divergencias. Apropos of a Brazilian Seminar on Giegerich/Hillman – Organised by Marcus Quintaes”, carta abierta de 2008. Mi respuesta a Marian a la que se refiere Hillman se reproduce en el presente volumen como Capítulo 17.

12 Esto debe distinguirse claramente de la profundidad convencional. intento psicológico de concebir la neurosis en términos de una génesis biográfica en la infancia o niñez y en términos de causalidad (condiciones externas, traumatizaciones, etc.).

13 Por ejemplo Cartas 2, p. 487, a Tanner, 12 de febrero de 1959.

14 Sobre la metamorfosis de los dioses, véase el capítulo 20 infra.

15 Cartas 2, pág. 337, a Père Bruno de Jésus-Marie, 20 de noviembre de 1956

Midnight pretenders

Cotidianidad

Sé muy bien que pertenece a la dimensión del cliché manejar por la noche escuchando City Pop, con ese ambiente nostálgico y onírico que nos remite a un tiempo que nunca existio y que sin embargo persiste, como si la vida no fuera sino un leve sueño que pronto sucumbirá a la abrupta vigilia. Todos conocen, de forma secreta, aunque no se lo confiesen, que el final de la noche trae consigo una singular melodía y es a ella hacia donde, sin lugar a dudas, nos dirigimos; dentro de ella, como llamados por una voz inaudible que vive tras esa musica atrapante, que nos arrebata. En mi caso era Midnight Pretenders de Tomoko Aran, ese viejo pop que ofrecía una salida frágil a un terror insoslayable.

Quizás porque aquel día mi vida no era mi vida, yo manejaba rápido hacia un sonido que no estaba ni dentro ni fuera sino en sí mismo rodeado de sí y yo absorbido totalmente por ese Aleph sonoro del que no podía, y quizás aun no puedo, escapar. Todavía, despierto a veces, con pánico, en la noche y sé que sigo en esa carrera frenética y que esto es solo el sueño breve entre el pisar el acelerador y una vía rapida en la que nunca podré detenerme, yendo hacia un sonido, hacia una musica, que se aferra a mi como un destino interminable.

Hermandad de Sangre, Venganza de Sangre y Devotio

Traducciones

Miradas a la psique arcaica

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Soul-Violence’, volumen III de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 6, pp. 267-316

Traducción de Alejandro Chavarria

En psicología, solemos partir del supuesto de que -a pesar de todos los marcados cambios culturales que se han producido a lo largo de la historia de la humanidad (desde la recolección de alimentos y la caza, pasando por las sociedades agrícolas, hasta las industriales y tecnológicas; desde el politeísmo hasta el monoteísmo y, posteriormente, hasta los tiempos seculares; desde el ritualismo mitológico hasta la metafísica y, posteriormente, hasta las formas de civilización científicas y basadas en la información)- la constitución básica de la psique humana ha permanecido igual. Mucho ha cambiado en las formas de expresión de la mente humana, pero su estructura subyacente, creemos, no ha estado ni está sujeta a cambios. Si bien esto es probablemente cierto, y es una misma estructura de la mente humana la que opera en el hombre en todas las etapas del desarrollo cultural, en todos los tiempos y en todas las regiones del mundo, no podemos suponer que los presupuestos básicos sobre la constitución fundamental del modo humano de ser-en-el-mundo que actualmente poseemos y que simplemente damos por sentado sean válidos en todo momento. Es un gran error -aunque extremadamente tentador- retrotraer a épocas anteriores ciertas formas de percibir la vida y el mundo, ciertos modos fundamentales de ser-en-el-mundo y ciertas formas de autocomprensión del hombre que para nosotros hoy parecen simplemente naturales y una cuestión incuestionable, pero que pueden no haber sido los modos de otras épocas históricas. Jung dijo muy acertadamente respecto a la psicología personal:

Cada uno piensa que la psicología es lo que él mismo conoce mejor: la psicología es siempre su psicología, y sólo él la conoce, y al mismo tiempo su psicología es la psicología pura y dura. Instintivamente supone que su propia constitución psíquica es la general, y que todo el mundo es esencialmente como todo el mundo, es decir, como él mismo. Los maridos presuponen esta semejanza de sus esposas, las esposas la presuponen de sus maridos, los padres de sus hijos, los hijos de sus padres. Es como si cada uno tuviera el acceso más directo a lo que sucede en su interior, lo conociera íntimamente y fuera competente para opinar sobre ello, como si su propia alma fuera al mismo tiempo un alma universal que también está en todas las demás personas, de modo que sin dudar se postulan los hechos de la propia naturaleza como universalmente válidos. (CW 10 § 277, traducción modificada)

Lo que es cierto para el ámbito de la psicología personal en el contexto de la vida moderna es aún más importante con respecto a épocas anteriores y civilizaciones extranjeras. Es muy natural (Jung dijo «instintivo») pensar que la forma en que sentimos y pensamos hoy en día con respecto a ciertas cuestiones esenciales debe, por supuesto, haber sido también la forma en que todas las épocas anteriores a la nuestra, y los pueblos indígenas de otras partes del mundo también, sintieron y pensaron.

Los atentados suicidas de los terroristas islamistas nos han enseñado en los últimos años lo cautelosos que debemos ser con respecto a estas suposiciones generales. En general, habíamos dado por sentado que la motivación más profunda de los individuos era el afán de autoconservación. A la vista del gran número de asesinos suicidas, creo que tenemos que decir que obviamente no es así, y una mirada a otras épocas, en las que la gente a menudo sentía la necesidad de poner su vida en juego por sus creencias religiosas, por su honor, por su rey o por su país, apoya este destronamiento del impulso de supervivencia como la motivación más poderosa.

Para Jung, el prejuicio tácito de la uniformidad psíquica es un vestigio -pero muy potente- de un marco mental ingenuo y primitivo basado esencialmente en una conciencia insuficientemente diferenciada (CW 10 § 280). Es «una reliquia marcada de aquella noche primordial de la conciencia en la que no había ninguna diferencia perceptible entre el yo y el tú, y en la que todos pensaban, sentían y actuaban de la misma manera. Pero si ocurría algo que demostrara que alguien no era de la misma opinión, se producía una perturbación inmediata» (CW 10 § 282, traducción modificada). Cuanto más inconscientes somos y más poder tiene este prejuicio sobre nosotros, mayor es la decepción, incluso la ofensa, cuando descubrimos que otros sienten o piensan de forma diferente en determinadas situaciones. «La diferencia dolorosamente evidente parece una contravención del orden natural», es «difícil de soportar, o incluso insoportable, una falta, y reprobable» (CW 10 § 277, traducción modificada). Es un pequeño, o quizás no tan pequeño, insulto narcisista a nuestro yo, si no una franca lèse-majesté.

Una tarea importante de la diferenciación psicológica y de la educación y el cultivo de la conciencia es, por tanto, tomar conciencia de la subjetividad y relatividad fundamentales de la propia psicología personal y abrirse a la alteridad de la psicología de los demás: la discriminación. En el ámbito de la vida moderna, la distinción entre «mi» psicología y «la tuya», aunque no siempre es fácil (¡cuántos matrimonios se rompen por este problema!), es sin embargo sólo una dificultad «psíquica». En la medida en que la alteridad psíquica de otras personas consiste en su diferente constitución personal, podemos aprender a aceptar esta alteridad. Se trata simplemente de variedades individuales de la misma constitución psíquica básica, por ejemplo, variaciones en la tipología psicológica descrita por Jung (extraversión frente a introversión, tipos de sentimiento, pensamiento, sensación, intuición). En tal caso, sabemos que las dos orientaciones y las cuatro funciones pertenecen a todo psiquismo humano; las diferencias se producen sólo a través de diferentes énfasis en aspectos particulares de lo que todos tenemos en común. Pero enfrentarse a la psique arcaica y a su alteridad es mucho más amenazante en la medida en que pone en tela de juicio los presupuestos ontológicos básicos, todo nuestro sentido metafísico de la identidad y la unidad personal, nuestra noción de personalidad e individualidad. Se trata, por tanto, de un desafío de un orden totalmente diferente.

Hay tres razones por las que esta confrontación es psicológicamente importante.

En primer lugar, a nivel personal, contribuye a un cultivo de la conciencia en el sentido descrito anteriormente. Tomar conciencia significa adquirir una distancia con respecto a uno mismo, aprender a verse a sí mismo como desde el exterior, desidentificarse de sí mismo. Tengo que aprender a verme como el hecho contingente y, por tanto, fundamentalmente relativo que soy, y esto no sólo con respecto a mis contemporáneos.

En segundo lugar, mientras permanezcamos encerrados en nuestro propio sentido moderno de identidad personal, sólo veremos una parte de la realidad psíquica. Es deseable, y de hecho una exigencia del campo de la psicología, que tengamos una visión de la mayor parte posible de la gama y extensión de la realidad psíquica. Al observar el alma tal y como se manifiesta en los tiempos modernos, y quizás también durante el eón cristiano y hasta cierto punto en la antigüedad griega, nos movemos, por así decirlo, en un jardín bien cuidado y ordenado. Sin embargo, cuando nos enfrentamos al alma arcaica, la puerta del jardín se abre y nos encontramos con un paisaje muy diferente, mucho más salvaje, con acantilados y desfiladeros y verdaderos espacios naturales, incluso arenas movedizas. Se supera la inocuidad lógica de nuestra concepción de la realidad psicológica. Digo inofensividad «lógica», porque semánticamente sabemos que el alma puede ser cualquier cosa menos inofensiva. En ella encontramos asesinatos, castraciones, desmembramientos, desolladuras, crucifixiones, etc. Estamos acostumbrados a tales imágenes, y es en este sentido que nuestra concepción de la realidad psíquica es cualquier cosa menos inofensiva. Pero todos estos actos crueles no amenazan nuestros presupuestos ontológicos básicos. Ofenden nuestros sentimientos y destruyen figuras o entidades individuales dentro del marco ontológico que presuponemos y apreciamos, pero dejan el marco intacto. La comprensión del alma arcaica hace estallar este marco.

Y en tercer lugar, necesitamos este sentido de alteridad fundamental para que la psicología pueda volver a sí misma en un grado mucho mayor que antes. Hoy en día, la psicología sigue obstaculizada por la concepción naturalista que tenemos de ella. Es como si fuera «natural» para nosotros pensar en el alma de forma naturalista como una especie de constante antropológica, en alguna analogía vaga y normalmente no explícita con el cerebro o con otros órganos del cuerpo. O bien se hipotetiza tácitamente o, al menos, se piensa que está unida al ser humano como su sustrato. En ambos casos, se concibe como algo que tiene una existencia natural. Pero si nos vemos obligados a reconocer que la constitución del «alma» en la época arcaica era fundamentalmente diferente en aspectos esenciales, la concepción naturalista del alma no puede sostenerse. Entonces tenemos que darnos cuenta de que «el alma» no es en absoluto un «hecho» naturalmente dado; es desde el principio histórica, un producto «poiético» de la mente, una obra de la cultura, y como tal existe en su propio espacio «artificial» «por encima» del mundo físico. Es «inventado». En otras palabras, ya no podemos considerarla como el factor o agente antropológico que está detrás de la cultura humana, como esa realidad óntica que es responsable de la producción de todos los fenómenos culturales, las ideas, los valores, las instituciones, las obras que en conjunto constituyen lo que llamamos cultura. No, «el alma» es ella misma lo que produce en su despliegue histórico y nada más; es este su despliegue histórico. La segura distinción entre el productor (o sustrato) naturalmente existente y los productos culturales producidos por él (o ella) se disuelve.

La cuestión particular que puede ayudarnos a ver especialmente bien la diferencia fundamental en la constitución esencial del ser-en-el-mundo del hombre entre nuestro mundo (no sólo la modernidad, sino toda la tradición occidental de pensamiento) y los tiempos arcaicos es la cuestión de la unidad natural de la existencia humana. Es una cuestión ontológica. Para nosotros la respuesta a esta pregunta es clara. El ser humano individual es la unidad última. La sociedad, incluso la humanidad en general, está formada por individuos. Los individuos pueden comunicarse, hacerse amigos, amantes; pueden casarse y vivir juntos en familias, clanes, tribus, estados; pueden asociarse en clubes y organizaciones similares. Pueden estar objetivamente unidos en una verdadera conciencia de grupo por la misma lengua, tradición cultural y experiencia histórica. Pero en todos estos casos, el individuo es, sin embargo, ontológicamente la verdadera realidad primaria. Una conciencia de grupo puede envolver a los individuos que pertenecen al grupo y eliminar prácticamente las diferencias individuales y la verdadera independencia intelectual y emocional de los individuos. Pero esto se refiere a la condición psíquica de las personas, a su conciencia, a su mentalidad y a sus sentimientos. No tiene ninguna relevancia ontológica.

Lo que quiero mostrar a continuación, examinando dos fenómenos de la época arcaica, es que puede haber un sentido de la persona o del ser humano que de hecho trasciende la ontología del individuo. Por lo tanto, no me interesa únicamente el fenómeno de la mística de la participación, que solemos relacionar con la psicología del hombre arcaico y también, en general, con la infancia y los estados inconscientes. Aceptamos que psicológicamente el individuo siempre tiene que desarrollarse a partir de un estado primario de unidad inconsciente con los demás o incluso con el mundo físico. La noción de Jung del proceso de individuación aborda esta necesidad, pero también ve que esta necesidad se extiende mucho más allá de esta disolución de una unidad primaria e incluye la tarea de llegar mucho más lejos en un terreno culturalmente aún no conquistado. Todo esto se refiere únicamente a la posibilidad de diferenciación psicológica a partir de un estado psíquico inicial indiferenciado.

Los dos fenómenos que utilizaré como ilustración para mi argumento son, en primer lugar, la institución arcaica de la hermandad de sangre y, en segundo lugar, el primitivo ritual romano de la devotio. Cuando se trata de la psique arcaica, está claro que hay que trabajar con interpretaciones y reconstrucciones. En realidad, esto es cierto para todo el trabajo psicológico, incluso el trabajo práctico con pacientes modernos en una consulta. No hay acceso directo a la psique. Es más, nadie tiene acceso inmediato ni siquiera a su propia alma. Todo lo que notamos, pensamos, sentimos, sabemos de nosotros mismos es ya una interpretación (una autointerpretación) y no una observación de hechos desnudos. Sin embargo, la situación relativa a los tiempos arcaicos es mucho más difícil, sencillamente porque disponemos de muy pocos «documentos del alma» u otras pruebas de esos tiempos, y porque nos separa de ellos una enorme distancia histórica, lo que hace que la psicología de los pueblos arcaicos nos resulte extraña.

Al hablar de estos dos fenómenos, no presentaré investigaciones propias. Me baso más o menos en las reconstrucciones presentadas por Heino Gehrts, un erudito no sólo de asombrosa erudición y un verdadero espíritu de cazador al rastrear y reunir piezas individuales difíciles de encontrar, sino también dotado de una visión empática probablemente singular del alma arcaica.1 La erudición por sí sola no es suficiente. Hay muchos estudiosos que dan interpretaciones más bien racionalistas y simplistas a lo que encuentran, o peor aún, se acercan a los datos con una especie de mentalidad de archivo. Muy a menudo operan dentro de un horizonte positivista y totalmente cotidiano, utilitario, y no se atreven a aventurarse más allá de la descripción de los hechos positivos. Esto no es suficiente. También hay que ser capaz de sintonizar con el espíritu vivo que anima (o animó en su día) los datos individuales desde su interior, y esto requiere a su vez que uno sea capaz de dejar atrás hasta cierto punto nuestras formas modernas de pensar y ponerse en la mente de épocas anteriores. Sin penetrar en el centro de significado pulsante que produjo los fenómenos individuales de una cultura, no se trata más que de fragmentos.

Para evitar que tal esfuerzo se convierta en el mero producto de las propias proyecciones, hay que hacer uso del círculo hermenéutico, basando lo que uno cree que es el espíritu animador del aspecto de la época anterior que se va a discutir en pruebas convincentes y viendo cada prueba ya en términos de este espíritu o significado reconstruido como su fuente productiva. Pero también aquí no basta con trabajar correctamente dentro del círculo hermenéutico. Cuánto se puede captar del espíritu de una época, cuánto se profundiza en este trabajo hermenéutico, depende enteramente de la grandeza y el espíritu de la mente, de la amplitud del horizonte y de la profundidad del corazón de la persona que realiza este trabajo.

HERMANDAD DE SANGRE

Cuando hoy en día hablamos de hermanos de sangre, solemos pensar en una amistad especialmente profunda, firme e íntima, sellada mediante la mezcla de gotas de sangre de los dos hombres en cuestión. Esta hermandad de sangre es un vínculo en el plano de sus sentimientos subjetivos, y la mezcla de su sangre no es más que un acto simbólico para dar expresión visual y subrayar sensiblemente sus intenciones subjetivas. La arcaica hermandad de sangre -o hermandad jurada, como también se le llama- es, sin embargo, un fenómeno de un orden o dimensión totalmente diferente. Tiene preocupaciones mucho más serias, mucho más profundas y es una realidad muy diferente. No se basa ni se limita a los sentimientos subjetivos. Es una realidad sustancial objetiva. Habrá que demostrar lo que esto significa.

Comienzo con los principales testimonios sobre el ritual del vínculo fraternal de la literatura nórdica antigua. No todos los pasajes de los textos individuales que se refieren a él son completos en sí mismos. Tenemos que unir las distintas pruebas para obtener una imagen completa. Hay una saga en nórdico antiguo cuyo propio nombre está tomado del motivo de los «hermanos jurados», la Fóstbrœðrasaga. Trata de dos jóvenes islandeses llamados Thorgeir y Thormod, ambos llenos de espíritu de lucha.

Se hicieron amigos muy pronto, porque eran similares en muchos aspectos. Su intuición les dijo desde el principio, como de hecho se hizo realidad más tarde, que morirían a espada; porque estaban decididos a no ceder nunca, sino a salir victoriosos, sin importar con quién tuvieran que enfrentarse. Por esta razón se dieron mutuamente la firme promesa de que el que viviera más tiempo se vengaría del otro. Aunque en aquella época el pueblo se llamaba cristiano, el cristianismo en aquellos días era todavía joven y muy imperfecto, por lo que aún quedaban muchas chispas de los tiempos paganos. Así se había conservado la costumbre de los hombres de renombre, de aquellos hombres que habían establecido las leyes entre sí de que el que viviera más tiempo debía vengar al otro. Debían pasar por debajo de tres tiras de tierra, y ese era su juramento. El procedimiento era el siguiente: había que cortar tres tiras de césped de la tierra de manera que sus extremos quedaran firmemente adheridos a la tierra y levantarlas por el medio para poder pasar por debajo de ellas. Esta costumbre la llevaron a cabo Thormod y Thorgeir cuando se prometieron.

En otra saga (inventada), la Egilssaga einhenda, leemos que los dos, Aran y Asmund,

realizaron todos los ejercicios que los jóvenes acostumbraban a hacer en aquellos días, y eran tan parecidos que nadie podría haber notado una diferencia. Luego entraron en un combate de lucha, y hubo firmes agarres en su pelea, y nadie pudo determinar quién era más fuerte, y terminaron su combate sobre la base de que ambos estaban cansados. Entonces Aran le dijo a Asmud: «No pondremos a prueba nuestra habilidad con las armas, porque sería un desperdicio para ambos. Quiero que nos entreguemos al fóstbrœðralag [la orden de los hermanos juramentados], que cada uno vengue al otro y que tengamos todas las posesiones en común, tanto los bienes adquiridos como los no adquiridos.» Su juramento contenía también la disposición de que el que viviera más tiempo haría levantar la colina de la tumba para el otro y depositaría en ella tantos bienes como le pareciera oportuno.

En la Gíslisaga, tenemos el caso excepcional de cuatro hombres que deciden contraer la obligación de ser hermanos jurados. Ellos

cortaron una franja de césped del suelo de modo que ambos extremos quedaran pegados a la tierra y bajo ella, en el centro, colocaron una lanza rúnica cuyos clavos del asta un hombre podía alcanzar con las manos. Los cuatro, Thorkel, Gisli, Thorgrim y Vestein, tuvieron que pasar por debajo de ella. Entonces se cortaron y dejaron que su sangre goteara sobre la tierra que había quedado al descubierto bajo la franja de césped y que mezclaba sangre y tierra. Entonces todos cayeron de rodillas y juraron que cada uno debía vengar a los demás como a su hermano, e invocaron a los dioses como testigos.

En la mayoría de los textos se hace referencia a una fórmula mucho más breve para la promulgación de una hermandad jurada. El Ormstháttr Stórólfssonar se limita a afirmar sobre dos jóvenes, Orm y Asbjörn, que «competían en todo tipo de habilidades y eran iguales en todas aquellas en las que no era la fuerza lo que inclinaba la balanza. En estas últimas, sin embargo, Orm era siempre el más fuerte. Así sucedió que, según la antigua costumbre, entraron en una hermandad de sangre. El que sobreviviera debería vengar al otro en caso de que cayera».

Resumiendo las principales características del ritual, podemos decir que el ritual de la hermandad de sangre se representa en una fosa excavada bajo una franja de césped que ha sido levantada con lanzas; por regla general, sólo dos hombres pasan por debajo de ella; ambos dejan que la sangre se derrame en la tierra y la mezclan allí; y mientras se dan la mano e invocan a los dioses se hacen un juramento mutuo. Este juramento se refiere sobre todo (y a veces exclusivamente) a la obligación del uno de vengar al otro en caso de su muerte en batalla; además, tendrá la responsabilidad de ocuparse de la sepultura del otro. Pero con frecuencia también se afirma explícitamente que poseen en común todos sus bienes (tanto lo que aportan a la relación de hermandad como lo que adquirirán después).

Después de habernos familiarizado con estos pasajes del texto, ahora sabemos algo sobre el procedimiento, la finalidad y los objetivos de este ritual. Pero quedan dos cuestiones esenciales.

– En primer lugar, ¿cuál es el significado de la unión fáctica y física de los dos hombres en la sangre mezclada con tierra?

– Y en segundo lugar, ¿cuál es el significado más profundo del objetivo de este vínculo, a saber, la venganza? ¿Por qué es tan deseable la venganza de sangre que se considera necesario tomar disposiciones para ello con mucha antelación mediante la promulgación de un ritual especial? Debe haber una idea de que es muy importante asegurarse de que uno será vengado.

Estas preguntas no pueden responderse a partir de las antiguas referencias a la institución de la hermandad de sangre en las sagas citadas anteriormente y en otros textos, en parte porque estos textos fueron escritos en una época en la que no había necesidad de ninguna explicación de las razones, en la medida en que estas razones eran un conocimiento general, no tanto un conocimiento explícito y reflejado, sino un «sentimiento» evidente dado con el modo de ser del hombre arcaico en el mundo e inherente a él. En parte, puede ser que hayan llegado hasta nosotros muy pocos textos, y que cuanto más arcaico sea su contenido, más probable es que se pierda, porque la gente de épocas posteriores ya no podía darles sentido. También puede ser que los textos o las historias sobre hermanos de sangre se modificaran, se ajustaran para que tuvieran sentido en función de las nociones y los sentimientos predominantes en épocas posteriores. Algunos relatos de la época premedieval lograron llegar a la Edad Media, pero ahora estaban inmersos en una situación mundial caracterizada por una relación con el mundo y una percepción/experiencia del mundo muy diferentes por parte del hombre. Esto tuvo como consecuencia que ciertos motivos que habían tenido mucho sentido en épocas anteriores porque formaban parte integral de cómo se vivía la vida, estaban completamente fuera de lugar en la nueva era y debían ser reinterpretados o dotados de una nueva motivación narrativa de acuerdo con los conceptos pertenecientes a la nueva visión del mundo y al modo de ser-en-el-mundo.

De hecho, tenemos un buen ejemplo de este último proceso. En el Nibelungenlied, un texto que data de la Alta Edad Media, Sigfrido llega a la corte del rey Gunther en Worms desafiando a éste a un duelo por todas las posesiones de Gunther, sus tierras y sus castillos. El hecho de que Sigfrido y Gunther hayan sido representados en otro tiempo como hermanos jurados se ha perdido, obviamente,. Parece que cuando se compuso el Nibelungenlied, el sentido del significado, el propósito y el efecto de la institución de la hermandad de sangre había desaparecido. La motivación arcaica y ritualista del desafío al combate ha sido sustituida aquí por una motivación «psicológica» más «moderna», el deseo demasiado humano de honor y posesiones. En contraste con el Nibelungenlied del alto alemán medio, la Völsungasaga del nórdico antiguo (que tiene en parte el mismo argumento que el Nibelungenlied), sigue conservando la motivación ritualista. Dice claramente sobre los dos guerreros, Þeir saverjaz nú í bræðralag sem þeir se sambornir bræðr, «Ahora se juraron a sí mismos en el orden [o estatus] de hermanos como si fueran hermanos ‘nacidos juntos'». Sambornir, que significa literalmente «nacidos juntos», suele traducirse como hermanos «por la misma madre, los mismos padres». En nuestro contexto, quizá sea mejor decir «hermanos de una misma sangre».

A pesar de la considerable pérdida de conocimientos tradicionales, existe al menos un relato de hermandad jurada que nos llega de la poesía épica heroica del alto alemán medio, y que merece ser mencionado aquí brevemente porque nos ayuda a comprender mejor el significado ritualista de este rasgo del procedimiento del ritual de hermandad, el desafío inicial al combate, que ya hemos encontrado en algunos de los relatos citados anteriormente, pero que aún no ha sido debidamente destacado. En la doble epopeya de Ortnit y Wolfdietrich, éste se dispone a luchar con Ortnit por su herencia. Pero esto no significa ciertamente que quiera robarle a Ortnit su reino. En el contexto ritual arcaico, significa algo muy diferente: que quiere demostrar que es un combatiente vengador superior y un digno sucesor en caso de que Ortnit caiga en la batalla. Por eso Wolfdietrich dice: «Cuando lo derrote, quiero ser su Geselle [camarada, hermano de armas]». Aquí, este término más general se utiliza como sustituto de la palabra específica que significa «hermano jurado». Más adelante, después de que Wolfdietrich salga de hecho victorioso en su combate con Ortnit, tal y como había deseado, oímos que «se juraron mutuamente, los dignos señores; nadie, salvo la muerte, debería poder separar a los dos valientes guerreros».

De este pasaje de la epopeya de los Wolfdietrich aprendemos por qué el ritual de los hermanos de sangre iba precedido tan a menudo de combates entre los aspirantes a hermanos, y qué significaba este combate. También podemos entender el significado original del desafío de Sigfrido a Gunther en los Nibelungos: más que expresar un deseo impertinente por parte de Sigfrido de arrebatarle el reino a Gunther, el desafío al combate es una petición y una invitación al desafiado a entrar en una hermandad jurada con el retador. Parece ser un requisito previo para la hermandad de sangre que los dos hombres pongan a prueba su fuerza y sus habilidades el uno contra el otro y, a través de este íntimo contacto de lucha, adquieran un verdadero sentido de la valía del otro para el vínculo que están contemplando establecer, un vínculo cuyo propósito más profundo es la venganza de sangre.

LA IMPORTANCIA DE LOS CUENTOS DE HADAS

Después de todo lo dicho hasta ahora, debe quedar claro que no podemos esperar mucha ayuda de la literatura épica y de las sagas medievales en relación con las dos cuestiones sobre la unión real de dos individuos mediante la mezcla de su sangre en la tierra y sobre la necesidad y el significado de la venganza de sangre. Sin embargo, tenemos la suerte de contar con otras fuentes que pueden contribuir a una comprensión más profunda de la institución arcaica de la hermandad de sangre, a saber, los cuentos de hadas, y en particular el cuento europeo de los dos hermanos, cuento tipo AT 303 («Los gemelos o hermanos de sangre»).2 Pero primero hay que explicar por qué los cuentos de hadas pueden ser efectivamente de ayuda, ya que esto parece, a primera vista, una perspectiva muy improbable.

La razón principal por la que parece poco probable (aparte de la naturaleza ficticia del género de los cuentos de hadas) es que la mayoría de los cuentos de hadas se registraron recientemente, durante los siglos 19 y 20, basándose en las narraciones de personas que vivían en tiempos modernos. ¿Cómo podrían entonces los cuentos de hadas ser una fuente fiable de información sobre las condiciones de vida arcaicas? De hecho, vemos que en los cuentos de hadas aparecen a veces motivos que pertenecen claramente a las concepciones y situaciones sociales de la época postarcaica. Por ejemplo, en algunos cuentos de hadas aparece el diablo, una figura imaginaria que tiene su origen en el pensamiento cristiano medieval. Asimismo, aparecen reyes y reinos, ciudades y castillos, carruajes, etc., cosas que no se corresponden con la forma en que estaba constituido el mundo en la época arcaica.

Pero, curiosamente, estos rasgos superficiales no son tan significativos. La estructura básica y el argumento, así como la mayoría de los motivos esenciales de los cuentos, son sorprendentemente conservadores. Podemos ver inmediatamente que a la figura llamada diablo, por ejemplo, se le ha dado simplemente este nombre más nuevo, pero que bajo este nombre conserva todas las características de una figura que pertenece a un cuento arcaico. El llamado diablo de los auténticos cuentos de hadas no es diabólico, satánico, en absoluto. Aparte del nombre, no tiene nada en común con el diablo cristiano medieval. Lo mismo ocurre con la mayoría de los otros motivos que suenan más modernos. A través de todos los cambios de religión, civilización y mentalidad a lo largo de los milenios, el núcleo básico de los cuentos de hadas se ha conservado más o menos intacto. Obviamente, la sustancia interna de los cuentos de hadas no participó en los enormes cambios que se produjeron en la mentalidad de la gente, la organización social de la vida vivida y la cultura material en el transcurso de los milenios.

Al utilizar la palabra «milenios», doy a entender que los cuentos de hadas son efectivamente así de antiguos. Por supuesto, es difícil demostrar esta tesis, y no todos los cuentos de hadas auténticos pueden tener la misma antigüedad. Sin embargo, en unos pocos casos se puede documentar la enorme antigüedad de los cuentos de hadas. El cuento de hadas del tipo Los muertos agradecidos (AT 507) aparece ya en el libro de Tobit en los apócrifos del Antiguo Testamento. Dos cuentos, El monte volador de madera, también conocido bajo el título Las alas del príncipe (AT 575), y El hombre que perdonó la vida a su esposa infiel (AT 612A), aparecen en el Pañcatantra indio. El tipo de cuento de hadas de La búsqueda de la esposa del marido perdido, AT 425, está representado por la historia de «Amor y Psique» en El asno de oro de Apuleyo. Esto significa que, al menos para estos tipos de cuentos, podemos suponer una antigüedad de 2.000 años, aunque lo más probable es que, cuando se incluyeron los cuentos en estas obras escritas, éstos ya contaban con una larga historia previa de tradición oral.

Nuestro tipo de cuento, Los dos hermanos, AT 303, resulta estar atestiguado en una forma variante en el Antiguo Egipto,3 por lo que, al menos para este tipo de cuento, está documentada una antigüedad de más de 3000-4000 años.

Por lo tanto, la antigüedad de estos pocos tipos de cuentos está definitivamente corroborada por la historia. Para todos los demás tipos de cuentos, faltan tales pruebas histórico-factuales sobre su antigüedad. Sin embargo, se puede demostrar que los motivos y argumentos esenciales de los cuentos de hadas y el significado cultural que expresan deben atribuirse a una etapa anterior, prehistórica, del desarrollo cultural. Varios estudiosos han presentado argumentos convincentes a favor de esta tesis.

El primer estudioso que hay que mencionar es Hans Siuts. En su obra Jenseitsmotive im deutschen Volksmärchen (Leipzig, 1911) demostró que muchos motivos de los cuentos de hadas son componentes de viajes al más allá, pero que este tipo concreto de más allá, así como la naturaleza de las figuras que aparecen en él, son incompatibles con los motivos de otro mundo de las leyendas cristianas. Esto nos obliga a pensar que el origen de estos cuentos mágicos hay que buscarlo en culturas o épocas precristianas o no cristianas.

En segundo lugar, Pierre Saintyves defiende que los cuentos son «comentarios más o menos alegóricos de los rituales» y que tienen su origen en las costumbres y los actos de los pueblos prehistóricos. Afirma que los antepasados de los pueblos de Europa llevaron sin duda sus rituales iniciáticos y, asimismo, los cuentos que eran los comentarios de esos rituales.4

El tercer autor que hay que mencionar es Vladimir Propp, que en 1946 publicó en Leningrado una monografía titulada Istoricheskie korni volshebnoi skazki (Las raíces históricas del cuento maravilloso).5 A grandes rasgos, Propp elabora con detalle el contenido iniciático y ritualista de los cuentos de hadas. El cuento de hadas se revela para él como una fuente valiosa, un tesoro de fenómenos culturales que han desaparecido hace tiempo de la conciencia. Esto no significa en absoluto que, por tanto, sea el cuento de hadas el que necesite una explicación. Es al revés: ha conservado el pasado de forma tan completa, tan fiel, tan bien, que los rituales u otros fenómenos del pasado sólo reciben su verdadera iluminación a través del cuento.

Otro estudioso, Otto Huth, ha demostrado que un tipo de cuento concreto, La princesa de la montaña de cristal (AT 530), debe remontarse a los tiempos de la cultura megalítica.

Basándose en su propia investigación y en el estudio exhaustivo de un número increíble de versiones y variantes de diversos tipos de cuentos de hadas de todo el mundo, Heino Gehrts pudo reconstruir el significado interno y la lógica de muchos de estos tipos distintos e interpretarlos como representaciones en forma imaginal de experiencias chamánicas extáticas e iniciáticas. Originalmente, estos relatos contaban la primera ejecución ejemplar de determinados rituales («había una vez») y, como tales, servían de modelo y de ayuda imaginativa para prepararse para la ejecución adecuada de los rituales y para llevarlos a cabo de forma significativa y con verdadera comprensión. Pero más tarde, los rituales correspondientes cayeron en desuso porque la conciencia había pasado a una nueva etapa de su desarrollo y debido a la realización social y cultural de esta nueva etapa, los cuentos de hadas perdieron su conexión intrínseca con la promulgación de rituales. Sin embargo, los cuentos en sí no se perdieron por completo. Al contrario, se conservaron, pero ahora como narraciones independientes por derecho propio, como «literatura oral», como se denomina ahora, como meras historias interesantes y entretenidas. Gracias a la supervivencia de estos cuentos, el pensamiento y la experiencia de los tiempos pasados, que entretanto se habían vuelto en gran medida incomprensibles, se conservaron a lo largo de los años, protegidos en y por su sedimentación en las formas simbólicas de las tramas y los motivos de los cuentos.

El valor del número relativamente pequeño de cuentos auténticos es inestimable, porque en ellos, como historias completas, tenemos los únicos testimonios verbales (es decir, hablados) continuos de aquellas épocas prehistóricas anteriores a la escritura. Nos permiten ver los contextos de significado más amplios en los que los diversos símbolos individuales o motivos rituales tienen su lugar, mientras que la mayoría de nuestros otros hallazgos arqueológicos o informes sobre las culturas primitivas son fragmentos aislados arrancados de sus contextos mentales y culturales.6 Por eso también es que sólo mediante los cuentos apropiados podemos esperar obtener alguna visión de las dos preguntas sobre el ritual de la hermandad de sangre que aún nos quedan por responder, preguntas que todos los demás testimonios textuales o arqueológicos dejan sin respuesta.

Para concluir esta sección sobre el significado de los cuentos de hadas, puede ser útil un breve comentario sobre una diferencia esencial entre los cuentos de hadas (Märchen) y las leyendas locales (Sagen). Mientras que en los cuentos de hadas el héroe suele alcanzar siempre su objetivo, en las leyendas el intento de salvación fracasa sistemáticamente, aunque los motivos y las tareas básicas pueden ser bastante similares en ambos casos. La pregunta es por qué. Los cuentos de hadas pertenecen a una época anterior del desarrollo cultural, a lo que yo llamo el mundo arcaico. En estas épocas, la experiencia del mundo y el modo de ser-en-el-mundo todavía estaban constituidos e impregnados por la realidad cultual, y en consecuencia tanto el héroe de cuento como su contraparte real, el iniciado, se apoyaban en la lógica de ser-en-el-mundo de toda la comunidad y su conocimiento colectivo (es decir, ¡precisamente no por un inconsciente colectivo!). Cuando el héroe de cuento o su homólogo real, el iniciado, se encontraba en una situación concreta, podía saber «instintivamente» lo que tenía que hacer para redimir al ser de otro mundo que se le aparecía en su viaje visionario, un ser cuya redención de alguna enfermedad o angustia era parte esencial de la tarea encomendada a los iniciados. Por el contrario, las leyendas locales pertenecen a una época con una lógica de ser-en-el-mundo muy diferente, a saber, la lógica de las culturas religiosas, en las que el conocimiento cultual ya había sido sustituido en gran medida por el aprendizaje religioso de un determinado conjunto de verdades doctrinales y una actitud piadosa subjetiva en contraste con el contacto e implicación iniciática personal y directa con las figuras del otro mundo. Está claro que cuando una persona que vivía bajo estas condiciones posteriores se enfrentaba espontáneamente a una tarea o experiencia iniciática que sólo podía tener sentido en términos del modo de ser-en-el-mundo de los cuentos (es decir, chamánico o ritualista), entonces se encontraba solo para afrontar esta tarea. No estaba, como los iniciados en tiempos ritualistas, preparado y apoyado, llevado, por un conocimiento colectivo y un modo de vida colectivo, que le hubiera proporcionado el comportamiento correcto necesario para la situación. Esta carencia se refleja en las leyendas locales. Aquellas experiencias reales o sucesos visionarios que se convirtieron en el contenido de las leyendas locales se presentan en estas leyendas como algo ajeno -absolutamente asombroso, milagroso- al mundo en el que se viven. Lo mismo, pero en un grado mucho mayor, se aplica a los sueños de las personas modernas que viven en un mundo constituido por la lógica de la ciencia y la tecnología. Ya ni siquiera estamos informados por una postura religiosa hacia el mundo.

LA HISTORIA DE LOS HERMANOS GEMELOS

Después de estas observaciones preliminares sobre la legitimidad y la necesidad de que recurramos a los cuentos de hadas en busca de pistas y conocimientos sobre la psique arcaica, podemos dedicarnos al cuento de «Los gemelos o hermanos de sangre». Este tipo de cuento existe en numerosas versiones de diferentes países. En lugar de entrar en las diferencias entre las distintas versiones y tratar de reconstruir a partir de ellas la forma original más probable de su desarrollo, baso la siguiente discusión, en aras de la simplicidad, en una sola versión que contiene los motivos esenciales. Esta versión está tomada de la primera edición del libro de cuentos de los hermanos Grimm (1812) y se titula allí «De Juan-Muelle y Caspar-Muelle».7 El cuento dice lo siguiente:

Un rey insistió en que su hija no se casara. Mandó construir una casa para ella en la más profunda soledad del bosque. Allí debía vivir con sus doncellas y no podía ver a ninguna otra persona. Pero cerca de la casa, en el bosque, había un manantial con propiedades milagrosas. La princesa bebió de él, y la consecuencia fue que dio a luz a dos príncipes que por esta razón se llamaron Juan-Manantial y Caspar-Manantial y de los cuales uno se parecía completamente al otro. Su abuelo, el viejo rey, les hizo aprender el oficio de cazador. Crecieron y se hicieron altos y hermosos. Entonces llegó el momento en que tuvieron que abandonar su hogar y recorrer el mundo; cada uno de ellos obtuvo una estrella de plata, un caballo y un perro para llevar en su viaje. Primero llegaron a un bosque y vieron enseguida dos liebres y quisieron dispararles. Pero las liebres pidieron clemencia y dijeron que debían aceptarlas a su servicio; podrían serles útiles y ayudarles en cualquier peligro. Los dos hermanos se dejaron convencer y las aceptaron como sirvientes. Poco después llegaron dos osos, y cuando les apuntaron con sus armas también pidieron clemencia y prometieron servirles fielmente. Así se amplió su séquito.

Entonces llegaron a una encrucijada. Allí dijeron: «Debemos separarnos, y el uno debe seguir hacia la derecha, el otro hacia la izquierda». Pero cada uno clavó un cuchillo en un árbol de la encrucijada, de cuya herrumbre querían detectar cómo le iban las cosas al otro, y si seguía vivo. Luego se despidieron, se besaron y siguieron cabalgando. Juan-Manantial llegó a una ciudad. Allí todo era silencio y tristeza porque la princesa debía ser sacrificada a un dragón que asolaba todo el país y que no podía ser aplacado de ninguna otra manera. Se anunció que quien quisiera arriesgar su vida y matar al dragón tendría como recompensa la princesa como esposa, pero nadie se había presentado. También se había querido engañar al monstruo y se había enviado a la camarera de la princesa en su lugar, pero ésta se había dado cuenta enseguida y no había estado dispuesta a ir. Juan-Manantial pensó: hay que probar suerte, tal vez tenga éxito. Y se dirigió con su séquito hacia la guarida del dragón. La lucha fue enorme: el dragón vomitaba fuego y llamas y hacía arder la hierba por todas partes, de modo que Juan-Manantial se habría asfixiado con toda seguridad si la liebre, el perro y el caballo no hubieran salido a pisar fuerte y sofocar el fuego; pero finalmente el dragón tuvo que sucumbir, y Juan-Manantial le cortó las siete cabezas, luego le cortó las lenguas y se las guardó en el bolsillo. Pero ahora estaba tan cansado que al instante se acostó y se quedó dormido.

Mientras dormía, pasó el cochero de la princesa y, al ver al hombre tendido y las siete cabezas de dragón junto a él, pensó: hay que aprovechar esto. Apuñaló hasta la muerte a Juan-Manatial y se llevó las siete cabezas de dragón. Con ellas fue a ver al rey diciendo que había matado al monstruo y que presentaba las siete cabezas como prueba. La convirtió en su novia.

Mientras tanto, los animales de John-Manantial, que después del combate se habían tumbado cerca y también habían dormido, volvieron y encontraron a su amo muerto. Vieron cómo las hormigas, cuya colina había sido aplastada durante el combate, untaron a sus muertos con el jugo de un roble cercano, lo que los devolvió inmediatamente a la vida. El oso fue a buscar un poco de este jugo y se lo untó a Juan-Muelle. Éste se recuperó y al poco tiempo estaba bastante fresco y sano. Ahora pensó en la princesa que había ganado con su lucha y se apresuró a ir a la ciudad. Allí se celebraba la boda con el cochero y la gente decía que había matado al dragón de siete cabezas. El perro y el oso corrieron al castillo, donde la princesa les ató al cuello asado y vino y dijo a sus sirvientes que siguieran a los animales e invitaran a la boda al hombre al que pertenecían. Así fue como Juan-Manantial llegó a la boda, y justo en ese momento se estaba sirviendo el cuenco con las siete cabezas de dragón que el cochero había llevado consigo. Juan-Manantial sacó las siete lenguas y las puso junto a las cabezas. Así se vio que era el verdadero asesino de dragones, el cochero fue ahuyentado y él se convirtió en el marido de la princesa.

Poco después salió de caza y persiguió a un ciervo con cuernos plateados. Lo persiguió durante mucho tiempo, pero no pudo alcanzarlo, y finalmente llegó hasta una anciana, y ella lo transmutó junto con su perro, su caballo y su oso en piedra. Mientras tanto, Caspar-Manantial se acercó al árbol en el que estaban los dos cuchillos y vio que el de su hermano estaba oxidado. Enseguida decidió buscarlo, cabalgó y llegó a la ciudad donde vivía la mujer de su hermano. Pero como se parecía tanto a él, ella lo tomó por su verdadero marido, se alegró de su vuelta a casa e insistió en que se quedara con ella. Sin embargo, Caspar-Manantial siguió adelante, encontró a su hermano con su séquito convertido en piedra y obligó a la mujer a deshacer el encanto mágico. A continuación, los dos hermanos volvieron a casa. En el camino, acordaron que uno de ellos debía ser el marido de la princesa, el que sería el primero alrededor de cuyo cuello la princesa arrojaría sus brazos. Y esto le ocurrió a Juan-Manantial.

En este cuento, tenemos el retrato narrativo y pictórico de la lógica interna de la muy extraña y difícilmente accesible institución de la hermandad jurada o de sangre, en la que queremos empaparnos a continuación.

Como es sabido, el tema de muchos tipos de cuentos de hadas es cómo llegar a ser rey. Pero en los cuentos de hadas uno no puede convertirse en «rey» simplemente por nacimiento (es decir, como hijo del rey anterior) o mediante una lucha de poder. Y tampoco basta con demostrar que se tiene una gran visión política, habilidades diplomáticas y cualidades de liderazgo. En este reino, sólo puede convertirse en «rey» aquel que pueda demostrar que ha viajado al más allá y ha adquirido allí ciertos tesoros que en los cuentos de hadas se denominan, por ejemplo, el agua de la vida, el oro del otro mundo o la princesa también del otro mundo, todas ellas encarnaciones simbólicas de la luz sustancial como fuente más íntima de la vida. La principal tarea de un «rey» era, por tanto, hacer que las fuentes espirituales del otro mundo estuvieran disponibles aquí en este mundo en beneficio de su pueblo. En otras palabras, lo que los cuentos de hadas llaman «rey» es un nombre de una época posterior para lo que en realidad es algo parecido a un chamán. También nuestro cuento de hadas trata de convertirse en «rey».

Sin embargo, lo que tiene de especial es que, desde el principio, dos jóvenes de la misma clase se lanzan a conseguir el puesto de rey. En otros cuentos de hadas sobre la realeza se trata de una sola persona o de varias personas de distinta clase que compiten entre sí. Aquí los dos son hermanos de nacimiento milagroso, y se parecen completamente y están igualmente equipados. Juntos parten, abandonando su reino natal de forma parecida a como los hermanos fóstoles abandonan el pozo de césped. Pero luego cada uno sigue su camino por separado. Es lógico que el hermano mayor tome el camino de la derecha, es decir, el de las acciones corporales. El hermano gemelo menor toma, o permanece, el camino de la izquierda, el de la actividad interior. A pesar de su separación, los hermanos se mantienen en contacto, en el cuento de hadas simbólicamente a través del cuchillo en el árbol de la encrucijada, en realidad a través de la conexión interior viva establecida a través del ritual del hermano de sangre. Pero sólo uno de los dos consigue la novia y se convierte en rey a través de ella. Es esencial que desde el principio hasta el final sólo haya una mujer, una princesa para los dos hermanos.

En algunas versiones, al final de la historia se saca de la chistera a otra hermana de la heredera al trono para que el segundo hermano también se case. Pero esta última frase en esas versiones («y el hermano se casó con su hermana») es contraria a la lógica objetiva interna de este cuento. Es una invención subjetiva del narrador para satisfacer su necesidad de una simetría que, sin embargo, está totalmente fuera de lugar aquí. Una razón, o prueba, de que es un error es el significado del motivo de ser convertido en piedra: significa la muerte. El hermano mayor, sin duda, gana la novia real y se convierte en rey gracias a su lucha heroica y su victoria sobre el dragón. Pero sólo por poco tiempo. Porque ya en la noche de bodas se le aparece una señal de muerte -un resplandor de luz, un ciervo, un gallo demoníaco- y en el reino del demonio de la muerte femenino cae presa de la muerte. Otro indicio es que, según varias versiones, la función de la señal de socorro, el cuchillo oxidado, es señalar expresamente la muerte del único hermano.

En una versión rusa, los dos hermanos se llaman, de forma bastante similar a la versión de los Grimm, Ivan-Waterson y Michael-Waterson y son procreados de forma similar. Allí la bruja mata a Iván-Waterson a mordiscos, lo descuartiza, sala los trozos, los echa en un cesto y lo entierra en el bosque. La bruja del cuento de los Grimm «Dos hermanos» no es en absoluto una mujer humana con poderes mágicos. Es una diosa de la muerte, en contextos germánicos la diosa Hel. Por lo tanto, el hermano mayor, que es el primero de los dos en aventurarse en el destino, en luchar con el dragón en aras de la realeza, el primero, en otras palabras, en exponerse, sufre la muerte. Como todo lo adquirido por cada uno de los hermanos pertenece a ambos, el mayor, el orientado hacia el derecho, conquistó la corona, el reino e incluso la esposa para los dos, es decir, también para su hermano menor. Y sufre la muerte como sacrificio para completar el destino a través del hermano menor, a través de aquel que tomó el camino de la izquierda y se quedó atrás al principio. Pero luego se vuelve activo y, según el relato, trae a su hermano de vuelta a casa, a su matrimonio y a la realeza, que están disponibles sólo en singular.

¿Cómo puede el hermano menor traer al mayor de vuelta a casa desde la muerte? Es bien conocido en el mundo germánico cómo los muertos vuelven a la vida. A menudo, el nieto recibía el nombre de su antepasado y se creía que era su reencarnación. En este sentido, podría pensarse que el hermano menor devuelve a la vida al mayor: al engendrar un hijo con la mujer que el muerto le había ganado en un principio, procura una vida renovada a su hermano. Para nosotros estas ideas no son muy convincentes, pero en la época arcaica eran algo natural.

Sin embargo, no es así como se explica el suceso del cuento. Lo que ocurrió aquí es mucho más misterioso. No se trata simplemente de que el hermano menor engendrara al hermano mayor renacido. El cuento de hadas afirma expresamente que el propio hermano mayor regresó y fue el marido principal. Y el hijo que nace es realmente suyo, del hermano mayor. Para entender esto tenemos que profundizar un poco más en el pensamiento del mundo arcaico.

Algunas frases de la obra de Vilhelm Grønbech (1843-1948) Vor folkeæt i oldtiden pueden ser útiles aquí. Afirma que (entre los teutones) los parientes se reforzaban mutuamente; no eran como dos o más individuos que unen sus fuerzas, sino que actuaban con igual tacto porque en el fondo de todos ellos había un misterio que sabía por ellos y pensaba por ellos. Incluso más que eso, estaban conectados hasta tal punto que el individuo era capaz de sacar fuerzas de sus compañeros y meterse en sí mismo. Esta característica de las personas también es bien conocida por los osos, según el folclore del norte de Suecia. Un proverbio atribuido a ese inteligente animal dice: «Prefiero luchar con doce hombres que con dos hermanos». De los doce hombres, el oso puede eliminar uno tras otro; pero a los dos hermanos no puede matarlos individualmente. Y aunque uno caiga, su fuerza pasa al otro.

UNIDAD SUSTANCIAL

Con nuestra mente moderna, es probable que leamos afirmaciones como las de Grønbech de forma demasiado psicológica. La fuerza del hermano muerto pasa al otro hermano: por supuesto, así pensamos, la muerte de uno es la ocasión para que el otro se recomponga y ejerza su máxima fuerza de voluntad. Pero no es así. No es así como pensaba la mente arcaica. En la época arcaica, lo principal era la realidad sustancial del proceso: había una verdadera in-fluencia, un influjo del muerto en el vivo.

Pero incluso en nuestra época, todavía se puede experimentar algo así. En la colección de Aniela Jaffé de informes contemporáneos sobre experiencias «parapsicológicas» o sincrónicas, un antiguo ingeniero cuenta:

El 8 de abril de 1950 murió mi hermano. Había cumplido sesenta años. El 11 de abril de 1950 fue enterrado. Unos días más tarde … me fui como de costumbre a la cama alrededor de las 8 de la tarde. Mis pensamientos no estaban con mi hermano. Tal vez durante diez o quince minutos estuve tumbado de esta manera, cuando de repente apareció aproximadamente un metro y medio por encima de mí, de entre la oscuridad que me rodeaba y como si saliera de una densa niebla. De tamaño natural, con sus ropas cotidianas vino flotando lentamente hacia mí y luego se detuvo, cruzado sobre mí, sin embargo sólo la mitad superior de su cuerpo. Ahora sucedió algo peculiar. De repente algo como una niebla muy fina salió de su cuerpo (para mí visible) y al mismo tiempo también de mi cuerpo. Estas dos formas de niebla extremadamente tenues se movieron en el medio exacto entre él y yo, mientras fluían completamente la una en la otra. Y como tal, unida, esta forma volvió a mi cuerpo.

Todo el proceso duró tal vez un minuto y sin ningún ruido y sin causar ninguna sensación. En el momento en que esta «niebla» o «espíritu» o como se llame tal aparición había desaparecido completamente en mi cuerpo, también mi hermano desapareció de nuevo, silenciosamente, como había venido.

A menudo he pensado en esta experiencia y me he preguntado cómo hay que entender todo esto, pero no puedo dar una respuesta definitiva. También pregunté a nuestro ministro, pero también sin éxito ….8

Podemos comparar esta experiencia moderna con un pasaje del poema épico del alto alemán medio llamado Eckenlied. En las dos estrofas de este pasaje tenemos la rara ocasión de que se haya conservado una sustancia muy antigua en una obra literaria medieval, y es bastante revelador que en una versión más corta de esta obra se hayan omitido estas dos estrofas.

Esta epopeya es un tratamiento de la leyenda de Dietrich. Cuenta cómo un joven guerrero llamado Ecke, que lucha al servicio de una joven, obliga a Dietrich von Bern (el personaje legendario, que en la historia era en realidad Teodorico el Grande) a luchar con él y cómo Dietrich tiene que matarlo en contra de sus propias intenciones. Entonces se encuentra con Vasold, el hermano de Ecke, que le reta a luchar como vengador de su hermano. En esta situación intercambian las siguientes palabras:

Dietrich: «Que Dios me proteja de ti: ¡eres un guerrero rojo [ein roter Degen]! El corazón de Ecke se ha metido en ti, aunque yacía en el bosque como un cadáver cuando me alejé de él. No me conviene que me ataques como dos. Déjalo, deja a tu Geselle [camarada, hermano de armas] fuera de esto. Si te enfrentaras a mí solo, esto sería verdaderamente audaz».

Vasold: «¿Por qué me acusas de tener dos corazones? En ti también está el corazón de Diether, el corazón de tu maravilloso y valiente hermano con el que juntos habéis salido del mismo vientre de mujer. En el momento en que el valiente Wittich lo mató en el campo verde de las afueras de Rávena, ¡su fuerza entró en tu cuerpo!»

Estas dos estrofas son un precioso fragmento de concepciones muy antiguas. La fuerza de los muertos, de Diether y Ecke, está presente en sus hermanos vivos, en Dietrich y Vasold, respectivamente. Se ha introducido en sus cuerpos y, de este modo, actúa en ellos en conjunción con su propia fuerza. Y esta fuerza no es nada abstracto, «fuerza» o «energía» en nuestro sentido moderno. No, es el corazón mismo de los muertos.

Esto debe entenderse en un sentido verdaderamente sustancial. El «Reginsmál» de la Edda puede ayudarnos a acercarnos a una comprensión sustancial de lo ocurrido. En este poema, Sigurd ha matado a Fafnir, el dragón instigado por Regin, aparentemente para vengar al padre de Regin, al que Fafnir había matado por el tesoro, pero en realidad porque Regin ansía el tesoro para sí mismo. Es un clan de asesinos demoníacos. Regin sólo necesitaba matar a Sigurd para tener el oro para sí mismo. Al mismo tiempo, su asesinato de Sigurd sería la venganza fraternal para Fafnir, que había sido asesinado por Sigurd. Por esta razón, Regin quiere comer el corazón de su hermano Fafnir, y Sigurd tiene que asarlo para él. Pero este corazón no es un simple trozo de carne de dragón. Es mucho más. El texto se refiere a él como fjörsegi fránn, que es difícil de traducir porque hemos perdido la palabra fjör, que aún existía en el alto alemán medio como verch, «vida, o carne como sede de la vida», y en el inglés antiguo como feorh, que suele traducirse como «vida, espíritu, alma». Fjörsegi por sí solo es literalmente la tira o trozo de «vida», positivamente algo así como el «músculo de la vida», y como tal se refiere al corazón; fránn significa «brillante». Pero, en conjunto, el verdadero significado interno de la frase quizás podría traducirse mejor como «el trozo brillante de fuerza vital, de la sustancia vital«. Esta unidad de fuerza vital sustancial encarnada no es, sin embargo, un mero componente del cuerpo de un individuo, como la anatomía o la cirugía modernas conciben el corazón. El fjör, feorh o verch es a la vez una parte del cuerpo individual y del cuerpo cósmico, hecho que se hace evidente cuando consideramos que fjör y verch están estrechamente relacionados con el gótico faírhvus, que significa «mundo» y es utilizado por Ulfilas para traducir la palabra griega kósmos. La vida y el mundo están conectados. El feorh o verch tiene una dimensión cósmica; el «corazón» como fuerza vital resplandeciente es la encarnación en un individuo de una fuerza cósmica. Si así se entendía el corazón en la época arcaica, entonces queda claro por qué Regin quería comerse el corazón de Fafnir, y también por qué en principio se consideraba posible tener una segunda vista, o comunicarse telepáticamente, u obtener conocimiento del futuro, en otras palabras, por qué podían darse esos fenómenos que Jung habría llamado «sincrónicos». A través del feorh o verch, el cuerpo individual estaba, según esta postura en el mundo, en contacto directo con el cosmos. La unidad era ontológica. Al menos esto es lo que debe concluirse de una reconstrucción de cómo se experimentaban y entendían estas cosas en tiempos arcaicos.

En cualquier caso, Regin planea acoger e integrar el fjör de su hermano Fafnir, que tiene forma de dragón, y así obtener el poder de vencer y matar a Sigurd, es decir, vengar a su hermano, de forma parecida a lo que pretende hacer Vasold, que tiene el corazón de Ecke en su interior. Pero como sabemos, Sigurd, mientras asa el corazón, lo toca con la punta del dedo para ver si está hecho. Su dedo se quema en el proceso, así que se lo lleva a la boca, y de esta manera un poco de la sangre de Fafnir llega a su lengua. Para su asombro, de repente puede entender la voz de un pájaro sobre su cabeza y de esta manera se da cuenta de las intenciones asesinas de Regin. A través del corazón de los muertos, se había abierto a la voz del mundo, a la dirección del destino.

VENGANZA DE SANGRE: REDEMPTIO EX INFERIS

Si Regin hubiera matado a Sigurd, habría entrado en posesión del tesoro del dragón. Pero lo que es más importante para nosotros es que sólo así habría obtenido realmente la «pieza brillante de fuerza vital». Al condenar a muerte al asesino de su hermano, habría sustituido al hermano muerto por una víctima de sacrificio, Sigurd, devolviendo así la vida a su hermano.

Este es el epítome de cómo «funciona» la venganza de sangre: el vengador envía al asesino asesinado a la deidad de la muerte y a cambio recibe de vuelta a su hermano muerto. El más joven se venga del mayor matando al asesino de este último y le arrebata así el alma de su hermano, o se la reclama a la deidad de la muerte consagrando el alma del asesino a la deidad. Esto nos revela el verdadero propósito de la hermandad de sangre. En virtud de la venganza de sangre, su objetivo último es hacer que el alma del hermano muerto siga viviendo en el cuerpo del hermano vengador. En este sentido es, pues, como lo cuenta el cuento de hadas: los hermanos vuelven juntos a la única novia. De ello se deduce que el matrimonio del hermano mayor no queda anulado por su muerte, sino que continúa su matrimonio en la persona de su hermano menor, y en y a través de su hermano gobierna como rey, y engendra un hijo o una Erbtocher (hija como heredera al trono),9 si hay descendencia de este matrimonio. Por el contrario, el hermano menor tiene la ventaja de que, como rey, no sólo es él mismo, sino que también está animado por un alma del reino de los muertos y, en este sentido, podría decirse que gobierna ambos mundos.

Lo que se ha descrito aquí es la redemptio ex inferis, la recompra o el rescate del inframundo. Ahora bien, cabe destacar que también en el cristianismo la salvación de los muertos se designa con una palabra del lenguaje comercial y el Cristo se llama Redemptor (redentor), una palabra que originalmente se refería a un contratista, un proveedor, un agricultor de ingresos, y que sólo en el latín cristiano tomó el significado de Salvador.

A estas alturas hemos llegado a comprender en qué sentido sustancial -incluso ontológico- el muerto vuelve a casa a través de la venganza de sangre, y también podemos entender de qué manera el hermano mayor del cuento se libera de su aprisionamiento en la piedra, cómo él mismo vuelve con su novia y es capaz de regenerarse engendrando un hijo. Pero esto también nos aclara que un «seguro de vida» en forma de promesa mutua de venganza tenía un peso extraordinario para los hombres de la época arcaica, que tenían que enfrentarse a las incertidumbres de los duelos y la guerra. El vínculo de la venganza, sin embargo, aporta la mayor ganancia a quien, como superviviente, ejecuta la venganza. Porque entonces encierra en su pecho un segundo corazón además del suyo. Adquiere un compañero de armas permanente bajo la apariencia de su hermano jurado muerto. El vivo está «poseído» por el hermano muerto. Pero esto no es en absoluto algo malo, no es una posesión kakodemónica, maliciosa. Es agatodemónica, benévola. Esto no era nada inusual para aquellos tiempos; era algo generalmente conocido, típico y esperado, como se puede ver en las palabras de Dietrich en el Eckenlied citado anteriormente: «¡Eres un guerrero rojo!» Evidentemente, se trataba de un término técnico para designar a una persona poseída por el alma de su hermano de sangre, lo que concuerda con el hecho de que el color de la muerte y de los muertos era rojo desde el Paleolítico en adelante y en amplias zonas de Eurasia. El valor y la fuerza de este guerrero victorioso se debían también, en parte, a que el verdadero guerrero era el muerto, y el vivo no era más que su medio. Sabemos por otros contextos en Germania de guerreros consagrados, wigands, y de guerreros que luchaban en enthousiasmós, los llamados berserkers. Sin embargo, ya no se puede determinar si éstos estaban poseídos por las almas de los muertos.

LA IMAGEN MÍTICA

La pareja de guerreros con el particular destino de vida y muerte y con una sola esposa parece remontarse a los tiempos indoeuropeos y reflejarse en el mito de los dioses gemelos. Los más conocidos para nosotros son los Dioscuros griegos, Kastor y Polydeukes, cuyo mito está relacionado en muchos aspectos con el de su hermana Helena. Aunque esta hermana no sea su esposa, es notable que los Dioscuros sean representados en numerosas imágenes de culto simétricamente a ambos lados de una mujer que aparentemente no es su hermana, y de hecho en algunas tradiciones no lo es explícitamente. También es significativo que cada uno de los dos tenga una relación diferente con la muerte. Kastor es mortal y al morir desciende al inframundo; Polideukes sube al Olimpo. Sin embargo, por amor fraternal, alternan entre residir un día en las alturas y otro en las profundidades.

Una relación similar con la «novia» se encuentra también en la pareja de los Hijos del Sol de Letonia, que vienen montados en sus caballos para cortejar a la Hija del Sol. O bien son ellos mismos los pretendientes, o bien son los amigos que entregan la novia a la Luna. Asimismo, el motivo de una pareja de hermanos con una sola novia aparece con los dioses gemelos hindúes, los Asvins. La carreta con la que van a buscar a la Hija del Sol se llama por esta razón de tres plazas en el Rigveda. En la segunda gran epopeya de los hindúes, el Ramayana, los hermanos Rama y Lakshmana también están unidos a una sola mujer de talla mítica, Sita, que desciende de un surco. También aquí la relación de los hermanos con la muerte es fundamentalmente diferente. Hasta ahora no se ha ofrecido ninguna explicación satisfactoria para esta extraña y notable unión de las dos deidades gemelas indoeuropeas con una sola figura nupcial. La solución más probable al rompecabezas es el mito de la pareja de hermanos de sangre, cuyos destinos de muerte y vida están entrelazados, y de los cuales uno debe morir para hacer posible que el otro, a través de su victoria vengadora, obtenga la novia de la vida.

También parece remontarse a la época indoeuropea un dicho que se refiere a una pareja de guerreros y que coincide con la sabiduría de los osos citada por Grønbech (mencionada anteriormente). La máxima se encuentra en el alto alemán medio: «Zwêne sind eines her», y aparece en una forma bastante similar en la Edda Poética como «Tveir ro eins herjar«. El significado de este dicho es, obviamente, que dos guerreros amenazan a uno solo como un ejército entero o, en la Edda, incluso como ejércitos.

Dada esta interpretación, el nombre de los guerreros de Odín, tan difícil de interpretar, se hace comprensible de forma notable: einherjar (singular: einheri). Eran guerreros que cada uno, como individuo, ya equivalía a un ejército. En la Crónica Suaba de Martin Crusius, se menciona a un gigante llamado Einheer o Einotheer, nombre que tiene el mismo significado, a saber, «aquel que por sí solo cuenta tanto como todo un ejército».

En la tradición griega, la sabiduría del oso toma la forma: «Contra dos ni siquiera Heracles puede hacerlo». Se trata de una alusión a una derrota particular sufrida por Heracles que entra en el ámbito de nuestro tema, a saber, su derrota frente a las Moliónidas, un par de gemelas guerreras de carros que nacieron de un huevo plateado y se unieron por la cadera.

UNA SANGRE, UNA MENTE

Hasta ahora ha quedado claro cuáles eran las consecuencias del vínculo entre hermanos de sangre, hasta e incluso más allá de la muerte. Ahora tenemos que volver una vez más al requisito previo de este vínculo, el ritual de la sangre. Habiéndonos familiarizado con las secuelas de este ritual, estamos en mejores condiciones de comprender sus fundamentos. Los historiadores del derecho ven en la hermandad jurada el establecimiento de una relación familiar creada artificialmente. Pero en la vida ritual no hay artefactos. Sólo hay una profundización o intensificación de lo real. También es significativo que la hermandad jurada no se extienda más allá de los dos hermanos en las familias de cada uno.

Hay un ejemplo trágico de este hecho en la Thorsteinssaga Vikingssonar. En ella, Njörfi, rey de Uppland, y el vikingo Vifilsson establecen un vínculo fraternal. Más tarde, estalla una sangrienta disputa entre sus respectivos hijos, y el último hijo de Njörfi también decide ponerse en contra de Viking. El hijo le dice a su padre: «No podría soportar que la matanza de mis hermanos se me pegara, y esto lo digo sin dudarlo: Vikingo no tendrá paz conmigo, ni con sus hijos, y mientras no estén en el inframundo, no me rendiré» -Así que su padre le responde: «Entonces es mi responsabilidad demostrar quién de los dos tiene amigos. Pues con todos los que me sigan me pondré a proteger al pueblo vikingo. Porque considero importante que no te conviertas en el asesino de Vikingo. Porque de lo contrario tendría que hacer una de estas dos cosas: o hacer que te maten, y eso me daría mala reputación, o romper mis juramentos de vengar a Vikingo en caso de sobrevivirle».

¡Un terrible enredo! Un dilema semejante ocurre también en la leyenda de Sigurd. Gunnar y Sigurd son hermanos de sangre, pero la esposa de Gunnar, Brynhildr, le convence de que se vengue de Sigurd por haberla traicionado. Así, Gunnar se convierte en el iniciador del asesinato de su hermano, si no en el verdadero culpable. La consecuencia predestinada es, inevitablemente, un terrible baño de sangre.

Otro ejemplo de aberración entre hermanos jurados es el Hjaðningenwíg, la lucha de Hedin y Högni, dos hombres que entran en el vínculo de los hermanos, pero que luego se enemistan hasta llegar a una batalla mortal. Cada noche, Hild, que es la hija de Högni y la esposa de Hedin, despierta a los dos hombres muertos, que se han convertido en piedra, y deben luchar de nuevo, repitiendo este ciclo para siempre hasta el Ragnarök.

Pero, ¿qué significa la hermandad de sangre, si no es la creación de una relación familiar artificial o la aceptación en otro clan? Pues significa precisamente lo que se consigue en última instancia con la muerte de uno y la venganza de sangre del otro: la unión. Los dos individuos renuncian a su existencia personal, individual; los dos, al mezclar su sangre en la tierra, unen el fjör o verch de cada uno en la tierra del cosmos. No es sólo que tengan en común todas sus posesiones, tanto las adquiridas como las no adquiridas. Ahora también tienen juntos una sola vida y un solo destino, una vida que es más grande de lo que sería cada una de sus vidas individuales. El golpe de la muerte golpea a ambos, pero en la venganza victoriosa del uno, los dos vuelven a la vida. El cuento de los «Dos Hermanos» presenta esto de forma imaginaria como la conversión en piedra y la liberación de esta petrificación. La petrificación significa que el hermano desaparece de la existencia corporal; la liberación del hechizo significa que sigue viviendo en la existencia corporal del otro hermano.

Pero la posibilidad de renunciar a la propia existencia individual en favor de una existencia común en la hermandad de sangre, una existencia común en un sentido sustancial, debió ser que uno no se definiera definitivamente como y no tuviera desde el principio la constitución de una personalidad individual autocontenida. Esto es lo que tiene de único la condición psíquica arcaica. El hecho de que un individuo, como cuerpo visible y semejante a una cosa, fuera una entidad separada no tenía una importancia definitiva. No tenía su sustancia (en el sentido filosófico, metafísico) en su condición de organismo biológico. El hombre arcaico no se dejaba impresionar demasiado por esas realidades aparentes y ónticas («realidad» del latín res, que significa «cosa»). Ontológicamente, su identidad no estaba fijada de una vez por todas y confinada en su marco corporal individual. El hombre tenía su verdadera sustancia, su propio ser, su ser último no en sí mismo, sino en algo más grande, en la realidad cultual que lo abarcaba y en la que tenía su lugar. Por eso era posible, mediante actos cultuales especiales, que dos individuos se fusionaran en uno solo, a pesar de que al principio seguían estando visiblemente en dos cuerpos separados. Y también es la razón por la que, por la misma razón, la frontera entre la vida y la muerte no era nada definitiva. La nueva identidad de los dos, es decir, una identidad que los comprendía a ambos como individuos sublimados, no se disolvió con la muerte del uno; al contrario, se completó y se realizó plenamente con esa muerte, porque mediante la muerte del uno y la venganza de sangre realizada en su nombre, la única identidad común (dual) se convirtió finalmente también en una realidad corporal visible: el guerrero rojo. Un cuerpo, un yo, pero compuesto por dos.

La individuación, el llegar a ser uno mismo, el autodesarrollo no podía ser una meta en estas circunstancias. Estos objetivos sólo podían surgir en las condiciones modernas, cuando las cosas se habían psicologizado, subjetivizado y positivizado hacía tiempo.

A los modernos nos resulta muy difícil sintonizar con ese pensamiento. Estamos demasiado influenciados por las impresiones de la realidad. Nuestro pensamiento es fundamentalmente positivista; nos aferramos a lo positivo-factual. Vemos cuerpos separados y esto proporciona la base última e ineludible de nuestra ontología. El hecho de que existamos como organismos individuales biológicamente distintos establece un límite que, para nosotros, no puede ser superado, al igual que la línea entre la vida y la muerte es, para nosotros, absoluta, insuperable. Nuestra existencia biológica determina nuestro sentido de la «sustancia», del yo y de la identidad. Por eso nunca podríamos concebir una hermandad de sangre en el sentido antiguo, o una venganza de sangre. Sería imposible para nosotros. Incluso si tratáramos de imitar lo más fiel y exactamente posible el ritual arcaico del hermano, no funcionaría, porque ya no tenemos nuestro locus en esa ontología arcaica que sería el prerrequisito para que tales rituales llegaran a ser verdaderos y reales. Tendrían que ser imitaciones falsas. Tenemos nuestro locus real e ineludible en nuestros cuerpos físicos y no en una realidad cultual abarcadora como nuestra realidad primaria. Y por eso tenemos que pensar, no podemos evitar pensar, en términos de individualidad personal, y por eso tenemos que enfatizar -si no queremos volvernos excesivamente individualistas- la comunicación, la socialización, las relaciones, la intersubjetividad, el trabajo en equipo, el amor. Todo esto se basa en la ontología del individuo.

Es cierto que podemos pensar, como hizo Jung, en un inconsciente colectivo. Pero esta noción sigue siendo una idea en el campo teórico delimitado de la psicología, que tiene vida real alrededor y fuera de sí misma. No toca ni expresa nuestra ontología vivida, nuestro verdadero sentido de la sustancia o de la realidad. La fusión real y verdadera de dos cuerpos en uno solo no es factible para nosotros. Por eso, incluso el inventor de la idea del inconsciente colectivo tuvo que centrarse en el individuo y en la individuación como verdadero objetivo y, por tanto, mantenerse fiel al cuerpo físico (positivo-factual) como norma y medida última.

En lenguaje lógico podríamos decir que para el hombre arcaico conceptos como «vida», «identidad», «yo», no eran universales abstractos, sino como universales -como realidades sustanciales no positivas-factuales, sino lógicamente negativas-concretas. El hombre arcaico no era meramente (como los filósofos de la controversia medieval sobre los universales en la tradición neoplatónica) un realista en su pensamiento teórico (no «teorizaba» en primer lugar), sino que realmente vivía la vida en un sentido muy práctico en el nivel del Concepto como real, envuelto en la realidad de los universales. Vivió el Realismo (de los universales). Era para él la constitución autoevidente e incuestionable del mundo. También podríamos decir, desde nuestro punto de vista moderno, que aún no había nacido de él, que aún no se había liberado de la negatividad absoluta en un modo «positivista» de ser-en-el-mundo y en la (¡lógica!10 ) soledad y separatividad absolutas de la individualidad. Todavía no había sido confinado en su cuerpo ni definido ineludiblemente por él. Por eso podía realizar rituales en el verdadero sentido, mientras que lo que hoy podemos llamar rituales son en realidad meras ceremonias, representaciones, espectáculos. Son meramente «simbólicos», ya no ontológicos,11 y «estéticos», ya no son reales. La razón es que ahora son promulgaciones inevitablemente «positivistas» que como tales ya no tienen el poder en y por sí mismas de superar sus propios opuestos: como actos en la vida, la esfera de la muerte; como comportamiento positivo, la negatividad psíquica; como eventos individuales, lo Universal. Pueden afectar y conmover emocionalmente al psiquismo subjetivo, pero no inciden ni alcanzan el alma objetiva, el alma o la lógica de la realidad.

He subrayado el hecho de que el hombre moderno está, en su concepción, por principio encerrado en su cuerpo biológico. Este es el análogo físico del hecho de que lo psíquico en sí mismo es, correspondientemente, definido fundamentalmente como imagen, idea, concepción, sentimiento, emoción, deseo -en otras palabras, como si en principio tuviera la realidad, lo «físico», fuera de sí mismo. Jung, por supuesto, no sólo introdujo la idea del inconsciente colectivo, sino que también nos enseñó a pensar en la psique objetiva. Pero si la imagen se considera subjetiva y personal u objetiva y arquetípica, aunque esta distinción sea ciertamente esencial y de gran alcance, no supone una gran diferencia en nuestro contexto, porque en última instancia no se extiende ni abarca los alcances ontológicos del alma, y mucho menos lo real mismo, que a priori constituía la realidad ritual y cultual en la que vivía el hombre arcaico. Podemos soñar en nuestra mente con un «anima mundi», pero esto (el sueño de nuestra mente sobre un alma mundial o unus mundus) no es como un fjör o verch, que es, de hecho y a priori, cósmico.12 El hombre arcaico no sólo vivía «la diferencia psicológica», la diferencia entre el organismo humano y el alma, sino que era, lo que es mucho más, esta diferencia en su propia definición y a priori, mientras que para nosotros la diferencia psicológica no es inevitablemente más que una posición metodológica que podemos adoptar a veces, y cuya adopción requiere, como muestra la experiencia, cierto esfuerzo y plantea bastantes dificultades. Como punto de vista metodológico, la diferencia psicológica está para nosotros siempre superada por nuestro a priori de ser definidos como hecho positivo, como organismo biológico, un organismo que simplemente tiene una psique, una mente, y quizás también «alma» y «espíritu». El alma -esta es nuestra situación actual- está dentro de nosotros, y lo que está fuera, el mundo, el cosmos, es un vis-à-vis para nosotros.

Por eso, cuando oímos un informe como el mencionado anteriormente de la colección de Jaffé sobre el antiguo ingeniero que experimentó la fusión en una de las «nieblas» o «espíritus» procedentes de una aparición de su hermano muerto y de él mismo y la entrada de ese producto de unificación en él mismo, podemos aceptarlo como un hecho, un relato verdadero de una experiencia real, pero seguirá siendo, sin embargo, absolutamente extraño para nosotros, un acontecimiento extraviado, al igual que para el propio ingeniero (no podía entenderlo). No podemos dudar de esta experiencia, pero tampoco podemos creerla realmente, como creemos en los acontecimientos ordinarios, al menos si somos sinceros con nosotros mismos. Es absolutamente ajeno a nuestro pensamiento y no puede integrarse en la ontología que vivimos o como la que existimos. Es cierto que la teoría de la sincronicidad de Jung puede ofrecernos una explicación racional. Pero esta explicación, incluso si la «compramos», sigue siendo para nosotros una teoría tan elevada y meramente intelectual como el propio acontecimiento sigue siendo una experiencia meramente subjetiva. No se apoya en lo que somos. Y por eso, aunque sea perfectamente correcta, no es verdadera. Por la misma razón, todas las personas que hoy en día hacen un uso oracular del I Ching, por ejemplo, cometen inevitablemente un sacrificium intellectus, violan su propia verdad: la verdad que son.13 Es probable que los modernos podamos reconstruir intelectual y empáticamente en cierta medida la psique arcaica. Pero seguimos separados de ella por un abismo.

SINCRONICIDAD

Los hermanos jurados, al unir mutuamente su feorh en la tierra del cosmos, renuncian a su individualidad separada y se convierten en uno solo (aunque visiblemente sigan siendo dos). De ello habría que concluir lógicamente que un golpe del destino que le ocurriera a uno de los hermanos se haría sentir inmediatamente también al otro. No son realmente dos. Son uno y tienen una sola vida en común. Esto significaría, expresado en nuestro lenguaje moderno, que tendría que haber una conexión clarividente o telepática entre ellos. Esto es, de hecho, lo que se documenta en el material arcaico.

En los cuentos de hadas, la misteriosa conexión se concreta en el signo de angustia o muerte que los hermanos acuerdan, en el cuchillo que clavan en un árbol, en la planta que plantan en la tierra con el único fin de ser un signo. Y el único hermano está siempre presente de inmediato cuando la señal habla de la angustia del otro. Esto parece milagroso. En los cuentos de hadas no se explica y, por tanto, parece una mera coincidencia. Pero también podríamos comprenderlo como un acontecimiento sincrónico en el sentido de Jung, como una coincidencia temporal que surge de una conexión en el sentido del mundo.

En la variante de Lillekort del cuento de los hermanos gemelos, basta con que un hermano llame para que el otro se ponga en marcha de inmediato. Algo análogo ocurre en un cuento de hermanos gemelos de Yakut. Uno de los hermanos está en peligro de ser vencido en una pelea con un demonio; llama a su hermano menor, y en seguida éste está presente, agarra al demonio por el pelo y lo mata. Este motivo se desarrolló con especial cuidado en una transformación medieval del cuento de los hermanos gemelos en una historia que se asemeja a una leyenda cristiana, el cuento de Amicus y Amelius. En la versión francesa, Amiles ha caído en una situación de peligro mortal. Sólo su amigo, Amis, puede rescatarlo de sus dificultades. Este último tiene un sueño angustioso en el que ve al otro, Amiles, amenazado por un cortesano traidor. Inmediatamente salta, desnudo como está, de su cama a su espada. Al mismo tiempo, Amiles parte a caballo para pedirle a su amigo que se bata en un duelo que no puede librar él mismo. En su camino, llega al prado donde los dos hermanos intercambiaron una vez su promesa de lealtad. Aquí toma la extraña decisión: «Como este lugar es tan bello y tan floreciente y por amor a mi amigo, dormiré aquí un poco para que Dios me envíe a mi camarada Amis y pueda oír noticias sobre él por las que pueda saber si está vivo o muerto». Pero mientras tanto, el propio Amis había salido a caballo a causa de su sueño de ansiedad y llega exactamente en ese momento al prado y, despertando a Amiles, se presenta ante su amigo en persona como ayudante en la necesidad. El intercambio de papeles tiene lugar de inmediato en ese prado, es decir, en el terreno del juramento del vínculo fraternal.

Lo que falta hasta ahora es alguna información textual según la cual la concordancia sincrónica de los hermanos separados físicamente se atribuya al propio ritual de sangre. Aquí tenemos que conformarnos con un informe de tiempos relativamente tardíos, del siglo 17 y los inicios del estudio de las antigüedades nórdicas en Copenhague. El médico Thomas Bartholin, a quien debemos este informe, enseñaba en la Universidad de Copenhague al mismo tiempo que Ole Worm, el conocido coleccionista de manuscritos nórdicos e impulsor de la investigación de la vida y la cultura de la antigua Escandinavia. Por ello, lo que nos cuenta Bartholin puede basarse, al menos parcialmente, en conocimientos tradicionales mucho más antiguos. Nos informa de una práctica que seguía vigente en su época, aunque el propósito y el procedimiento parecen estar ya muy racionalizados. En un ejemplar impreso hace unos dos siglos, su informe dice lo siguiente

Una persona se corta el brazo izquierdo con la punta de un cuchillo hasta que sangra y se lava cuidadosamente la sangre con una esponja; la otra persona también se hace un corte en el dedo de oro o anular y deja caer una gota de sangre de este corte en la herida de la primera persona, con lo cual la primera persona se venda el brazo y la otra el dedo, y permanecen así hasta que las heridas de ambas están completamente curadas. A continuación, la segunda persona se hiere el brazo y la primera el dedo, y después de que una gota de sangre del corte del dedo haya goteado en la herida del brazo, tanto el brazo como el dedo se mantienen vendados de nuevo hasta que estén completamente curados. Si una de estas personas, por muy alejada que esté de la otra, pincha ahora con una aguja la cicatriz de la herida cerrada, la otra persona siente simultáneamente el mismo pinchazo. Si, además, se ponen de acuerdo de antemano en lo que significa el primer, segundo, tercer, etc. pinchazo, entonces una persona puede, en cualquier momento, hacer saber a la otra su estado u otras circunstancias.

El propio Bartholin afirma,

He conocido a amigos íntimos que se transmitían mutuamente las noticias por medio de la sangre de su camarada, y esto aún persistía, por medio de ciertos signos conmemorativos, cuando estaban lejos el uno del otro, y cada uno por su cuenta. También se dice que este fue el caso entre Corfitz Ulfeldt y su esposa Ulrica Eleonora.

Ulrica Eleonora era hija del rey danés Cristianos IV; Ulfeldt, yerno de éste, alcanzó una posición destacada en Dinamarca y también fue nombrado conde imperial alemán por el emperador Fernando en 1641. Sin embargo, se hizo impopular en su país de origen, se vio obligado a huir a Suecia (entonces enemiga de Dinamarca) en 1653, y llevó una vida inquieta y peligrosa durante los 11 años siguientes hasta su muerte en Alemania en 1664. El informe de Bartholin se imprimió en 1673, es decir, nueve años después de la muerte de Ulfeldt. Es lógico que a este último le resultara muy conveniente tener una conexión telepática con su esposa para transmitirle noticias durante todas sus andanzas políticas.

Para nosotros vale la pena señalar que en la descripción de Bartholin del ritual falta una característica antigua, a saber, la mezcla de la sangre en la tierra. La conexión se establece en un contexto personal intencionado, ya no en un marco de referencia cósmico. La base ontológica y el trasfondo se han perdido. Y el hecho de que sirva únicamente como medio utilitario de transmisión de noticias disminuye aún más su correspondencia con el vínculo de destino establecido para el caso de una emergencia y muerte definitivas. Sea como fuere, el informe de Thomas Bartholin equivale a una confirmación tardía y algo unilateral de la preocupación sincrónica inherente al antiguo rito de sangre de la hermandad jurada.

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Hemos examinado el ritual del hermano de sangre casi exclusivamente en un contexto europeo, incluso específicamente germánico. Para concluir esta discusión sobre la hermandad jurada en sí misma, y como una especie de epílogo a la misma, menciono un informe de un ritual de hermano jurado de una parte muy diferente del mundo, China. Se trata de la famosa historia del juramento en el jardín de flores de melocotón del drama épico histórico Tres Reinos.

propuso Chang Fei: «Detrás de la granja hay un jardín de melocotones. Las flores están en su máximo esplendor. Mañana debemos hacer allí ofrendas al Cielo y a la Tierra, declarando que los tres nos unimos como hermanos, combinando fuerza y propósito.» A esto accedieron Liu Pei y Kuan Yü. Al día siguiente prepararon sus ofrendas, que incluían un toro negro, un caballo blanco, vino y otras ofrendas de sacrificio. En medio del incienso ardiente, los tres hombres hicieron una reverencia y pronunciaron su juramento: «Nosotros tres, Liu Pei, Kuan Yü y Chang Fei, aunque de ascendencia distinta, nos unimos ahora en hermandad, combinando nuestra fuerza y propósito para aliviar la crisis actual. Nos comprometemos a cumplir nuestro deber con el Emperador y a defender a la gente común del país. No nos atrevemos a esperar estar siempre juntos, ¡pero el mismo día nos proponemos morir! Resplandeciente Cielo imperial, fecunda Reina Tierra, sed testigos de nuestra determinación, y que dios y el hombre azoten conjuntamente a quien de nosotros falte a su deber u olvide su obligación». Hecho el juramento, Liu Pei se convirtió en el hermano mayor, Kuan Yü en el segundo y Chang Fei en el menor. Una vez concluida la ceremonia del sacrificio, descuartizaron el toro negro como sacrificio al Cielo y el caballo blanco como sacrificio a la Tierra.14

El motivo de la venganza está ausente, pero estaba anclado en la costumbre general; sin embargo, se destaca la unidad en la muerte. En el curso posterior de los acontecimientos, el motivo de la venganza aparece, después de todo, cuando Liu Pei busca vengar a Kuan Yü (que ha sido ejecutado) porque es su hermano jurado, aunque él mismo muere en el intento.

LA DEVOTIO DEL CÓNSUL P. DECIUS MUS

Entre los romanos de la antigüedad, existía una costumbre muy antigua que no pertenece exactamente al tema de la hermandad jurada, pero que, sin embargo, está relacionada en algunos puntos esenciales, especialmente en lo que se refiere al papel de la muerte.15 Merece la pena discutirla aquí porque arroja una luz sobre la realidad arcaica, sobre la constitución arcaica del alma. Lo que pone de relieve es ese aspecto particular que es el más importante para mí en este trabajo, la ontología arcaica, que da primacía a la realidad cultual que todo lo abarca frente a la existencia positiva-factual de los humanos en cuerpos separados o como organismos separados, junto con la interacción de la vida y la muerte. La antigua costumbre romana a la que me refiero es la devotio.

Hoy conocemos la devoción en el sentido de reverencia, adoración, etc. También hablamos de objetos de devoción. Debemos olvidar este pálido significado. Primordialmente, y por tanto también en relación con el ritual que se va a tratar aquí, devotio significaba algo muy distinto, algo mucho más serio y sombrío: la consagración de uno mismo o de otra persona a los dioses inferiores, a los muertos, es decir, un sacrificio.

Al tratarse de un sacrificio, no podemos esperar encontrar el motivo que era tan esencial para el ritual de la hermandad de sangre: el motivo de la venganza de sangre. La devoción no es una venganza por el asesinato de otra persona. No es el establecimiento de un vínculo a largo plazo en preparación de una eventualidad que podría surgir muchos años después. Se trata más bien de un ritual empleado «in situ», por así decirlo, en una situación concreta y con un propósito muy específico aquí y ahora. Y, por lo tanto, tiene su significado y encuentra su realización en sí mismo. ¿Cuál es el propósito de la devotio? Es la victoria sobre el enemigo. Para obtener esta victoria, un general romano se consagró al inframundo.

Tenemos conocimiento de la costumbre de la devotio sólo por tres casos en los que se dice que realmente se ha llevado a cabo o se ha intentado, y por unas pocas observaciones generales que Livio añade a sus descripciones. El primero de estos casos ocurrió en la batalla de Veseris, un pequeño río o pueblo en las cercanías del Vesubio, en el año 340 a.C.; el segundo en la batalla de Sentinum, en el año 295 a.C., durante la Tercera Guerra Samnita; y el tercero en Asculum, en el año 279 a.C., durante la Guerra Pírrica. En el tercer caso, sin embargo, la intención no se llevó a cabo.

Las tres «víctimas» del sacrificio procedían de la familia de los Decii; eran padre, hijo y nieto. Probablemente esto no se debió a una antigua tradición de sacrificio hereditario en esta familia, como la que encontramos en algunos lugares, donde en caso de emergencia estatal los clanes individuales están obligados a sacrificar. Es más probable que los dos casos posteriores fueran el resultado de un deseo por parte de los descendientes de emular el sacrificio ejemplar de su antepasado, Publio Decio Mus. El sacrificio del hijo en Sentinum, en cualquier caso, parece haber surgido de una disposición nerviosa y romántica, y se acerca más a la tradicional muerte en batalla de ciertas familias de oficiales prusianos que a cualquier obligación sacrificial antigua y heredada, completamente independiente de la elección, la voluntad, la actitud heroica o la indiferencia personal ante la muerte. El sacrificio de su padre, por el contrario, parece estar arraigado y apoyado en una tradición mucho más antigua. En el caso del padre, el significado cultual fue el factor decisivo. Su sacrificio no surgió de la valentía o el heroísmo personal, sino que fue una necesidad cultual objetiva. Sería incluso un error de interpretación si dijéramos que él vio tal necesidad y decidió aceptarla, asumirla. Más bien, seguía estando informado por un modo culto de ser-en-el-mundo y, dada una determinada situación real, esta realidad culta le reclamó y le hizo sacrificarse. Era el verdadero objeto de su acción. Una decisión por su parte, ya sea a favor o en contra, no entraba en el cuadro en absoluto. No fue una cuestión de elección. Su hijo, sin embargo, parece haber sido motivado por la voluntad personal y la búsqueda del honor. Teniendo en cuenta esta diferencia, vemos que se produjo un cambio histórico importante y trascendental entre una generación y la siguiente, un cambio de lo arcaico y verdaderamente culto a algo mucho más «moderno»

Los informes de la antigüedad sobre la devotio del padre en la batalla de Veseris, como los de Livio, Casio Dio y Plutarco, fueron escritos en épocas muy posteriores, épocas que ya no entendían correctamente el significado cultual y las necesidades del autosacrificio del padre. Pero mencionan lo suficiente los hechos extraños del caso para que Gehrts pueda reconstruir el significado antiguo. Aquí presento el procedimiento del ritual y su significado original tal y como lo reconstruyó Gehrts. Es decir, presento un resumen de sus resultados sin proporcionar los detalles que acompañan a su argumento y las pruebas que lo apoyan.

El acto inmediato de la devotio en sentido estricto se desarrolló como sigue. El general y cónsul Decio Mus -vestido por orden del pontifex maximus con la toga praetexta, la vestimenta sacerdotal oficial, la cabeza cubierta con un velo, la mano bajo la toga a la altura de la barbilla- se sube a una lanza que está tirada en el suelo y repite tras el sacerdote la fórmula de la devotio mediante la cual implora a los dioses fuerza y victoria para los suyos, y terror y muerte para sus enemigos. «Como he declarado con palabras solemnes, consagro (devoveo) -para … el pueblo y el ejército de los romanos- las legiones … del enemigo … junto conmigo a los manes y la Tierra». Decio Mus envía entonces lictores a su colega, que está al mando del otro flanco, para anunciarle el «devoveo». El propio Decio Mus, armado y vestido ritualmente, monta ahora su caballo y se lanza en medio del enemigo. No sólo se alejan de él, el guerrero vivo, aterrorizados, como si se tratara de un piaculum (ofrenda por el pecado, sacrificio propiciatorio) enviado por el cielo y cargado con la ira de los dioses, sino que también mantienen la distancia incluso después de que se haya derrumbado y haya muerto bajo sus lanzas: el contacto con el devoto, ya sea vivo o muerto, es peligroso.

Aquí también es importante ver el carácter sustancial de este proceso. El pensamiento culto es un pensamiento sustancial. A través del ritual de la devoción, la persona devota cargaba todo el peso de la ira de los dioses, todo el potencial de daño, la maldición total, como una sustancia sobre sí misma y la llevaba en sí misma y con sí misma lejos de su propio ejército y hacia el ejército del enemigo. Si queremos utilizar una analogía moderna, fue como si Decio Mus se hubiera convertido en un arma de guerra biológica, cargado con un terrible microbio causante de epidemias como el (para nosotros igualmente invisible) virus del Ébola, con la única diferencia de que en este caso la epidemia no era biológica, sino «metafísica». Pero «metafísica» de nuevo no como una mera verdad mental, una idea, creencia, convicción, sino como una sustancia absolutamente real, casi tangible, una «causa efectiva».

Lo que en Livio se describe como un efecto de la cabalgata del cónsul devoto, el joven Decio lo incluye como un apéndice de su fórmula de devoción: que todos los que estén frente a él sean golpeados por la huida y el miedo, por la ira de los dioses superiores e inferiores, y que una parálisis cadavérica caiga sobre las líneas y las armas enemigas. Lo que antes era el efecto objetivo necesario de los rituales correctamente aplicados se ha convertido, después de apenas 45 años, en un deseo y una oración (al menos tal y como lo retrata la adaptación artística de Livio). Aquí vemos el cambio revolucionario del modo ritualista de estar en el mundo al religioso. Pero el joven Decio también se lanza contra la parte más densa de las líneas enemigas y cae víctima de sus lanzas.

El efecto aterrador del guerrero devoto que se precipita dependía obviamente de la nacionalidad de los adversarios. Parece haber sido mayor en Veseris, donde los romanos se enfrentaron a los latinos, estrechamente emparentados, que estaban iniciados en el mismo culto. Los latinos retrocedieron aterrorizados ante el piaculum. En cambio, la emotiva acción del joven Decio, al estar dirigida contra los aliados galos de los samnitas, no parece haber tenido el mismo efecto sobre las tropas enemigas.

En el caso del intento de devotio del nieto, Pirro y sus soldados no vieron en el devoto viviente una amenaza en absoluto, y desde luego no un piaculum, un maldito (alguien cargado de maldiciones), cuyo contacto les contaminaría a ellos también con la maldición. Vieron en él simplemente una ofrenda de sacrificio con el fin de lograr la victoria, una ofrenda de sacrificio que se completaría y cumpliría sólo a través de la muerte del guerrero. Sólo debía evitarse esta muerte, no la del propio guerrero, tal vez como hoy en día, en la lucha contra los resistentes clandestinos, se intenta evitar matar a su líder para no convertirlo en un mártir. En consecuencia, Pirro ordenó expresamente que un guerrero devoto, si lo hubiera, fuera hecho prisionero en lugar de ser asesinado. Esto habría sido absolutamente imposible entre los latinos dos generaciones antes. Además, Pirro se aseguró de que Decio fuera informado de su orden. Este conocimiento tuvo el efecto de disuadir al nieto de su devotio, ya que su auto-sacrificio sería incompleto y sin sentido si no resultaba en su muerte. Y en el hecho de que esto fuera así, es decir, que en base a tales reflexiones desistiera de llevar a cabo la devotio, vemos una vez más el enorme cambio que se produjo en la propia relación del mundo romano en el corto espacio de tiempo que siguió al acto del primer Decio. En el caso de éste, lo que estaba en juego eran las necesidades cultuales, no las virtudes heroicas personales ni las consideraciones puramente pragmáticas.

A diferencia de un civis devoto, un general devoto, si sobrevivía, no podía volver a ser culto. Esto significaba que no podía volver a la vida normal, que no podía realizar ninguna ceremonia religiosa y que no podía ocupar ningún cargo público. Podría decirse que estaba aniquilado: devoto, consagrado al inframundo.

Acerca de la lanza sobre la que tenía lugar la devotio, se nos dice que no debe permitirse que caiga en manos del enemigo (fas non est...), y en caso de que eso ocurriera, debían ofrecerse sacrificios de purificación a Marte, en concreto la Suovetaurila (el sacrificio apotropaico de tres animales machos sacrificados de diferentes tipos: toro, carnero y jabalí).

En el contexto primordial, la lanza y la espada sólo tienen su verdadero significado cuando están en posición vertical, erguida, con la punta apuntando hacia arriba, como puede verse en muchas estatuas, como la de «Roldán» en Bremen (1404) o en Calbe (1381 [?], sustituida en 1656). Esto se debe a la asociación de estas dos armas con la Luz (el fuego). En su origen, las armas no eran meros instrumentos con una finalidad práctica. Tenían un significado adicional «metafísico», sustancial. La espada y la lanza son dones de luz. Esto se muestra claramente en el banderín que a menudo se coloca, incluso hoy en día, en la punta de la lanza. El banderín simboliza una llama parpadeante, un simbolismo que se manifiesta de forma más evidente en el «oriflamme» (del latín auri flamma, llama de oro), el estandarte sagrado de los reyes de la Francia medieval, un estandarte de seda roja que tenía varias colas en el extremo de vuelo. La conexión de la espada con la luz puede verse en las representaciones simbólicas de espadas de cuya punta salen hojas. Sin embargo, la lanza utilizada en el ritual de la devoción es, de forma absolutamente atípica, una lanza horizontal tirada en el suelo. ¿Por qué? ¿Qué significa esto? La lanza sobre la que se realizó la devoción no era, obviamente, una lanza radiante de victoria, una lanza con bandera, sino una lanza de sacrificio cargada exclusivamente de perdición y pavor. Por eso también se permitió que nadie, salvo el devoto, entrara en contacto con ella.

Al permanecer sobre la lanza tumbada durante la representación de la devoción, el general devoto se identifica con ella. La absorbe en sí mismo. A la inversa, su sacrificio consagra el arma de madera, transformándola en una lanza de sacrificio. Por lo tanto, su posición sobre la lanza puede significar que su fuerza vital fluye sobre ella de la misma manera que la sangre del sacrificio fluye sobre los iniciados o devotos en ciertas ceremonias rituales. En el asalto de los dos Decii, cuya intención al lanzarse contra el enemigo no era matar, sino golpear, los propios devotos se convirtieron en la lanza de empuje.

En la medida en que esta lanza era idéntica a la lanza baneada, queda claro por qué el ejército enemigo se llenó de total terror y tuvo que temer el mero contacto con ella. Este es un segundo motivo, además del de la identificación. Ya sabemos que la lanza habría sido un regalo de luz sólo si hubiera sido el hasta que apunta hacia arriba. Pero aquí, en cambio, está llena de la noche de la muerte. Tanto la lanza como el general, en su identidad, están consagrados a los dioses del inframundo; ambos están poseídos por el poder de los muertos, llenos de una maldición.

Para liberar el lado positivo, es decir, el resplandor de la victoria, es necesario un sacrificio de purificación de la lanza. Y este sacrificio de purificación es este mismo ser sacrificado al que el juramento de devoción del hombre devoto le compromete a él y al enemigo. Esta sangre de sacrificio está destinada a absorber el poder de la muerte o la maldición en sí misma y devolverla de nuevo a los dioses del inframundo.

La matanza sacrificial prevista entre el enemigo en la batalla se anticipaba en la promulgación de la devoción: el general era simbólicamente asesinado y como ya muerto se lanzaba contra el enemigo. El «poder» del inframundo no residía en la persona, sino en el telum consagrado. En la devotio romana tenemos una reliquia de aquellos ritos mediante los cuales se «fabricaban» tales armas demoníacas también entre los celtas y los teutones. Un ejemplo es el Gungnir de Odín, que desconcertaba y embelesaba al enemigo.

Sin embargo, el significado y la finalidad de la devotio no se limitaban a matar al enemigo. El acto también estaba dirigido a conseguir una victoria que hiciera de un imperator un triunfador. Pero, por supuesto, el resplandor y el poder victoriosos generados en este ritual de batalla no podían encarnarse en el general devoto, ni siquiera si estaba inspirado por la más noble determinación sacrificial, y tampoco si permanecía biológicamente vivo, es decir, no caía en la batalla. Para nuestra forma de pensar moderna, él es el verdadero «héroe» de la batalla, pero en realidad, el triunfo no era suyo para reclamar. Su sacrificio fue también su renuncia a la victoria.

En los rituales, las personas, los seres humanos, no contaban, aunque los historiadores hablen de personas y de sus actos. Lo único que contaba eran las sustancias, las realidades de lo que se hacía y de las cosas que se utilizaban, y todo ello en el contexto del significado y propósito cultual objetivo del ritual. La irrelevancia de las personas (qua persona) involucradas se demuestra en el hecho de que un hombre devoto que sobrevivía era, en términos cúlticos, totalmente vaciado de su personalidad, privado de su núcleo. Se convirtió en una cáscara vacía. Sólo con esta visión llegamos al punto en el que la espantosa dimensión de la devotio emerge, para nosotros, de la oscuridad de los tiempos. Esta virtus Romana, que se convirtió en objeto de alabanza en tiempos posteriores, no consistía en absoluto en el sacrificio heroico de la propia vida, sino en la renuncia sobrehumana a la propia sustancia vital, a la luz o al resplandor que es la naturaleza interna de la vida, sobrehumana porque se extendía más allá de la vida del individuo. La devotio equivalía no sólo a la aniquilación empírica de la persona en cuestión mediante la muerte literal, sino también a su aniquilación «metafísica». (Esto sería quizás comparable -sin embargo, sólo con respecto a su fantasma, no en otros aspectos- a la renuncia absoluta de un cristiano medieval a su salvación eterna).

Hasta ahora sólo nos hemos ocupado de la devoción del hombre devoto. Pero esto es sólo una mitad de la imagen completa de la devoción. La realidad cultual total y coherente de la devotio incluye otra, la segunda mitad, y aquí es donde entra una cierta similitud con la hermandad jurada. Todo el acto cultual de la devotio implica, desde el principio, y juega entre dos personas, una pareja. En nuestro ejemplo, esta pareja son los dos cónsules romanos, los dos generales, Publio Decio Mus y su colega, el cónsul Tito Manlio Torcuato. Mientras que normalmente existe una relación neutra y de igualdad entre dos cónsules, el ritual de la devoción establecía un contraste entre estos dos. La salvación y la perdición del sacrificio, la perdición y la bendición del sacrificio están radicalmente disociadas. Al igual que el destino o estatus de los Dioscuros está dividido, siendo Kastor mortal y descendiendo a su muerte al inframundo, siendo Polideukes inmortal y ascendiendo al Olimpo, aquí el ritual distribuye complementariamente los papeles fatídicos de los dos colegas. Uno es el sacrificador, el otro el receptor.

Todo comenzó con un sueño, una indicación de que la devotio no se realiza por motivaciones egoístas. Antes de la batalla contra los latinos, ambos generales romanos, los cónsules Tito Manlio Torcuato y Publio Decio Mus, tuvieron la misma visión onírica en la misma noche, cuya sustancia fue confirmada posteriormente por la haruspicy (la lectura de las entrañas). El mensaje en cada caso era el mismo: de los dos ejércitos enfrentados, uno caería preso in toto de las deidades infernales y de la Madre Tierra (Deis Manibus Matrique Terrae); del otro ejército, sin embargo, sólo lo haría uno de los generales. Así, aquel general que se entregara voluntariamente a esos poderes determinaría la perdición del enemigo.

Tras el augurio, ambos cónsules se enfrentan a la misma opción. Cada uno podría elegir sacrificarse. Sin embargo, no toman la decisión ellos mismos, sino que la dejan en manos del destino. Acuerdan que aquel cuyo flanco sea el primero en retroceder se consagre a la muerte. Lo cierto es que este curso externo de los acontecimientos no fue lo que determinó la decisión. Más bien, fue un arúspice final en el propio campo de batalla el que zanjó la cuestión, porque resultó un presagio muy favorable para Tito Manlio, y para Publio Decio una señal generalmente positiva, sin duda, aunque le auguró la muerte personalmente.

Hay una correspondencia exacta con este dualismo de personas y presagios en la doble cara de la fórmula de la devotio, que sitúa al general devorador y a todo el ejército enemigo del lado de la perdición sacrificial, de los dioses infernales y de la Tierra, pero al ejército romano (junto con el general superviviente) del lado de la bendición sacrificial y de los dioses celestiales. Por lo tanto, la devotio prepara ritualmente no sólo la perdición del enemigo, sino también la victoria de los romanos (que es más o menos una conclusión previsible). De ello se deduce que debió de haber una parte adicional de este ritual de batalla que se ha perdido en los informes que nos han llegado sobre él, de hecho una parte indispensable: la recaptura de la lanza que el general devoto había arrojado al ejército enemigo y que había sido ritualmente purificada en la sangre del enemigo y representaba así la victoria. El telum pasó de la mano de un general a la del otro, aunque no directamente, sino a través, o más bien atravesando, el destino de la batalla. El impulso ritual del devoto desencadenó una tormenta táctica igualmente poderosa en su propio ejército.

El telum, purificado en la sangre del enemigo, era la victoria. Tenía que ser recuperado. Sobre Gungnir, la lanza que Odín llevaba y lanzaba, se dice que siempre volvía a la mano de quien la había lanzado. Esto no debe entenderse en absoluto (y mal) en términos meramente técnicos y positivistas, como que Gungnir es una especie de bumerán. El motivo del regreso a la mano del lanzador tiene, por supuesto, un significado simbólico, cultual. Significa que la lanza se recupera inevitablemente en la victoria que trae indefectiblemente.

Aquí, en este contexto ritual, la victoria no es simplemente un concepto abstracto, como lo es para nosotros, es decir, no es simplemente el hecho externo y positivo de que se haya ganado la batalla. En primer lugar es también sustancial: es la lanza recuperada después de que la maldición haya sido lavada con sangre y después de que esta maldición, junto con la sangre, se haya hundido en la tierra y en el inframundo, un proceso por el que la lanza se ha convertido de nuevo en la sustancia luminosa realmente existente, la sustancia de la victoria.

El general superviviente, Tito Manlio Torcuato, celebró un triunfo tras su victoria, a pesar de las fuertes críticas y objeciones por el hecho de que su camarada había muerto en la contienda. Precisamente en vista de estas objeciones, y en contraste con 2.000 años de historiografía, podemos reconocer en él y en su devoto colega a los dos últimos romanos motivados no por la virtud personal o la ambición personal, sino exclusivamente por los vínculos cultuales, por su religio. Frente a la condena contemporánea y posterior de los historiadores al triunfo de Tito, debemos concluir que el cónsul superviviente estaba francamente obligado a un triunfo, obligado por razones cúlticas. Ninguna circunstancia personal pudo disuadirle, y menos la muerte de su colega. Al contrario, la muerte de Decio fue la ocasión de esta obligación: el triunfo de uno era en sí mismo el regreso del otro.

En las culturas rituales, caracterizadas y motivadas por los cultos, el hombre aún no se constituía como un yo, como una persona, como un individuo, como un sujeto, para el que, en términos «metafísicos», todo gira en última instancia en torno a la salvación de su propia alma o a su autodesarrollo. El sujeto real, el agente real es la realidad cultual coherente en la que el individuo tenía su lugar y que le asignaba un papel. El hombre pertenecía y estaba contenido en la realidad cúltica más amplia. Estaba, como su propiedad, envuelto y envuelta en ella y tenía, bajo las circunstancias dadas, que vivir su parte asignada en el culto, ya sea como un hombre devoto o uno triunfante, por mencionar sólo este ejemplo. Las verdades y necesidades del culto eran lo realmente sustancial y real, mientras que las personas reales eran, por así decirlo, meros accidentes de esta sustancia, y sólo en las necesidades del culto y en su cumplimiento el hombre obtenía también su propia realización. No había «eclosionado» de su contención en «lo metafísico» como lo real psíquico (aquí «lo metafísico» en su forma arcaica de realidad cultual, sacramental), y mucho menos se había emancipado de ello en el sentido moderno de la Ilustración. Para nosotros hoy (o, para ser precisos, ayer) la dignidad humana del individuo es (era) la verdadera sustancia.16 Pero el hombre arcaico no tenía su verdad y su valor en sí mismo; incluso en aquellos casos en los que adquiría, a través de la iniciación, la luz sustancial y se convertía en rey en el sentido del cuento, esta sustancia vital irradiante brillaba a través de él, pero no era suya.

En el Fausto de Goethe, hay un momento en el que Fausto empieza a traducir Juan 1:1 del griego y, tras probar otras posibilidades, finalmente se decide por «En el principio fue el hecho» como la mejor redacción. Las razones y motivaciones de Fausto no nos conciernen aquí. Menciono su afirmación sólo porque puede utilizarse, fuera de su propio contexto histórico, para describir los inicios de la cultura humana, la vida psicológica humana, la experiencia humana del sentido. En el principio estaba el hecho, tà drômena, «lo que se hace», lo que se representa, se realiza, se vive en la carne (en contraste con lo que se pretende, se quiere decir, se cree, se siente; en contraste también con las actitudes, las ideas, las imágenes interiores, las doctrinas y los ideales). Esta es una tesis muy diferente a la de Hillman «En el principio está la imagen».17 La verdad y el alma y el significado no eran realidades internas, no eran mentalidades, convicciones personales de las personas. Es más, el significado y la verdad de los acontecimientos ni siquiera eran el corazón interno o la esencia invisible de lo que se hacía, su significado «simbólico» más profundo en contraste con su facticidad. No, la verdad, el alma y el significado eran los drômena, los hechos reales, en su facticidad, junto con las cosas reales que desempeñaban un papel en estas representaciones (como, por ejemplo, la espada y la lanza) y también las palabras pronunciadas en relación con ellas, palabras, sin embargo, como sustancias en sí mismas. Tà legómena (lo que se dice), es decir, los mitos o cuentos contados en torno a la drômena, por el contrario, eran al principio sólo acompañamientos secundarios, elementos de apoyo preparatorios.

En cuanto a la verdad culta, el hombre aún no había salido de esa verdad y no se situaba todavía frente a ella como «Hombre por sí mismo» (el título del libro de Erich Fromm). La individuación no era, no podía ser, una meta. En lugar de la autorrealización, el objetivo principal de la vida era la realización de la verdad cúltica, aunque esto significara la propia muerte. Aquí, por así decirlo, el hombre fue hecho para el sábado, y no el sábado para el hombre (cf. Marcos 2:27) -sin embargo, no por presión social u otras limitaciones externas, sino a causa de la propia verdad psíquica de las personas.

En el nivel religioso del desarrollo cultural, la distinción parcial entre el hombre y la verdad y la separación de ambos ya había comenzado en cierta medida. Los mitos se fueron desligando de la vida cultual y se convirtieron en doctrinas sobre la verdad sagrada, que a su vez se convirtió en una verdad imaginada, una verdad en la mente, en la representación. La salvación dejó de ser sustancial (es decir, una sustancia que se adquiere con los propios actos); ahora dependía de la actitud subjetiva de cada uno, de su piedad. Puede seguir habiendo actos, pero éstos forman parte de la conducta piadosa, en virtud de la cual el creyente puede participar de la salvación; pero no son la producción real o la consecución, aquí y ahora, de la propia sustancia salvadora. A la inversa, en la misma medida en que en la religión los dioses y la verdad religiosa se distanciaban de la vida real del hombre mortal, el hombre se convertía en un individuo por derecho propio, en una persona para sí misma con su propia alma, su propio ser, con su valor y dignidad residiendo en sí mismo. Ya estaba en parte en camino de convertirse en un sujeto. Y a la inversa, en la misma medida en que se había convertido en un individuo por derecho propio, se encontró con una mayor necesidad de salvación. Y esta salvación sólo podía venir ahora del más allá, de los dioses, a diferencia de lo que ocurría en épocas anteriores, en las que el ser humano se encargaba incluso de salvar, con sus propias acciones, a ciertos poderes de otro mundo (como suele ocurrir en los cuentos de hadas).

Por tanto, hay que distinguir radicalmente la religión de la religio, la obligación cultual, los vínculos cultuales.

En el mundo arcaico, además de la religio, existía otro poder que determinaba la vida: el destino. Al igual que el hombre era propiedad de la verdad cúltica y estaba completamente contenido en ella, también estaba a merced del destino, sin voluntad ni poder propios. Todavía no se había convertido en un súbdito. El destino y la obligación cúltica eran, por así decirlo, las dos potencias vitales polares en cuya interacción transcurría la vida esencial del hombre.

La suerte, o el destino, se consideraba en sí misma bajo una luz cultual: un acontecimiento fatídico concreto era un reto y una invitación a una representación cultual, como cuando, como hemos visto, el destino de la guerra exigía a Publio Decio Mus un autosacrificio a la manera de la devotio. El destino connotaba, pues, algo radicalmente distinto de la idea posterior de las vicisitudes representadas en la Rueda de la Fortuna, o de nuestra idea actual de la buena y la mala suerte.

Se puede ver cómo con los primeros griegos (Homero, en particular) la existencia humana ya había empezado a desprenderse un poco (¡pero no del todo!) de este pensamiento arcaico en términos de destino y de las obligaciones «religiosas» que podría imponer a alguien. Para Homero sigue habiendo un destino, Moira, que está incluso por encima de los dioses, pero la existencia de los propios dioses es en realidad fundamentalmente dichosa y sin dolor, es decir, en efecto, sin destino.

Mi anterior afirmación de que el hombre arcaico se sentía a merced del destino, sin voluntad ni poder propios, no debe interpretarse como que el hombre arcaico era una marioneta mansa y débil. Por el contrario, debemos considerar a un hombre como Publio Decio Mus, o a los guerreros que por su propia voluntad entraron en una hermandad de sangre, como seres humanos impresionantemente fuertes, de gran voluntad, poderosos e ingeniosos, personas que vivían su vida con gran determinación y seriedad. Probablemente eran lo que llamaríamos verdaderos «personajes». Su exposición sin voluntad al destino no es más que el estado lógico de la existencia humana en general en su época, algo en lo que participaron como todos sus otros contemporáneos; su fuerza de carácter personal sustancial es su característica empírica. Es muy posible que su incrustación lógica en los dos complejos coherentes del destino y la realidad cultual fuera lo que les permitió tener, empíricamente, tal firmeza de carácter.

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1 Heino Gehrts (1913-1989) es autor de numerosos libros y artículos. El más relevante en el contexto del presente trabajo es su extenso estudio, Das Märchen und das Opfer: Untersuchungen zum europäischen Brüdermärchen (Bonn: Bouvier, 1967), pero aquí sigo de cerca su artículo de resumen más breve, «Vom Sinn der Blutsbrüderschaft», Märchenspiegel 4 (1993): 2-7.

2 «AT» se refiere a la clasificación internacional de cuentos de hadas, The Types of the Folktale: A Classification and Bibliography, basada en el Verzeichnis der Märchentypen de Antti Aarne (FF Communications No. 3, 1910), traducida y enl. por Stith Thompson, 2nd rev. (Helsinki: Academia Scientiarum Fennica, 1981).

3 «Das Bata-Märchen», en Altägyptische Märchen, trans. Emma Brunner-Traut (Düsseldorf: Eugen Diederichs Verlag, 1963), nº 5 y pp. 275 y ss.

4 Pierre Saintyves, Les Contes de Perrault et les récit parallels: Leurs origines, coutumes primitives et liturgies populaires (París, 1923).

5 Este libro no parece estar disponible en español. Se tradujo por primera vez del ruso al italiano (Le radici storiche dei racconti di fate [Turín, 1981]). En 1987 apareció una traducción al alemán (Die historischen Wurzeln des Zaubermärchens) (Múnich, Viena: Hanser Verlag).

6 Podríamos inclinarnos por hacer que el cuento de hadas compartiera este singular significado con ese otro tipo de narración antigua, el mito. Este movimiento tiene cierta justificación. Sin embargo, los mitos están un poco más alejados de la experiencia ritualista primordial porque en ellos esta experiencia o promulgación ha sido sometida a un procesamiento o filtro adicional en forma de historización, eternización y personificación. En los mitos, los poderes que se encuentran en las primeras experiencias iniciáticas concretas y reales se han convertido en personas divinas, que se consideran eternas, siempre presentes, no sujetas al curso del tiempo. Los acontecimientos provocados por ellos ya no tienen lugar en el momento actual y durante la duración de los propios actos rituales que se repiten anualmente, sino que se consideran acontecimientos únicos realizados en el pasado (Eliade: in illo tempore). Los mitos pertenecen, pues, a una etapa de transición. Siguen estando relacionados con la cosmovisión ritualista, pero también anticipan el modo de ser-en-el-mundo post-ritualista, es decir, religioso, que se caracteriza por una separación mucho más marcada de la esfera de este mundo de los mortales y la esfera de otro mundo de los dioses inmortales. Véase Heino Gehrts, Von der Wirklichkeit der Märchenwelten (Ratisbona: Erich Röth, sin fecha [1992]), aquí págs. 33 y ss. La definición de Jung de los arquetipos como «intemporales y siempre presentes» (Cartas 2, 15 de octubre de 1957, a Trinick, pág. 394) indica que los concibió desde la postura mítica (si no desde una postura filosófica posterior, platonista).

7 «Von Johannes-Wassersprung und Caspar-Wassersprung», nº I. 74.

8 Aniela Jaffé, Geistererscheinungen und Vorzeichen: Eine psychologische Deutung, (Zürich y Stuttgart: Rascher, 1958), p. 62 (traducción mía). La incapacidad total de dar sentido a esta experiencia puede entenderse en términos de lo que se ha explicado anteriormente sobre la situación cultural bajo la cual surgieron las leyendas locales, en contraste con los cuentos de hadas. El presente ejemplo sería un ejemplo de ello: las experiencias visionarias aisladas irrumpen en una conciencia impotente porque esta conciencia ha perdido por completo el contexto en el que esas experiencias tienen su lugar y en el que sólo pueden tener sentido.

9 En los cuentos, suele reflejarse una tradición jurídica histórica según la cual el reino no lo heredaba el hijo del rey, sino que iba a parar al marido de la hija del rey.

10 No hablo de un sentimiento de soledad, de una noción existencialista de aislamiento.

11 En lugar de «ontológico» también podría decir «sacramental».

12 Este era también el dilema de la alquimia. Pretendía trabajar sobre la base del principio de la unidad de la mística y la física o, en términos modernos, de lo psíquico y lo químico, o el principio de la correspondencia de lo que está arriba y lo que está abajo, lo que implicaría que su trabajo era inmediatamente ontológico de la misma manera que lo era la realidad cultual abarcadora del hombre arcaico. Jung pensaba que «el proceso de fisión que separó la physiká de la mystiká se inició a finales del siglo XVI» (OC 12 § 332). Es cierto que en esa época se inició una bifurcación, que finalmente condujo a la emancipación de la química moderna como ciencia positivista de la antigua alquimia, aún completamente impregnada de lo imaginal. Pero ya en la época de los alquimistas medievales la afirmada unidad de la physiká y la mystiká, es decir, su afirmación de la dimensión ontológica de su trabajo, era en sí misma sólo una idea en la mente (el propio Jung dijo que era «una proyección»; podríamos decir, una ideología inconsciente, una creencia) y ya no abarcaba en sí misma lo físico. Ya no era verdadera. Era sólo una afirmación. La verdadera escisión se había producido hacía siglos. La mente alquímica aún conservaba algunos de los patrones de pensamiento auténticos de la psique arcaica en una época en la que el hombre, como hombre medieval, hacía tiempo que había abandonado la postura (si se me permite decirlo) «ontológica» de la psique arcaica. Ya la conciencia de los alquimistas iba a la zaga de la verdad como existía. Contrajeron facturas intelectuales que no pudieron pagar.

13 En contraste con lo que creen o desean ser, o cómo se estilan (consciente o inconscientemente).

14 Nota del editor: Este relato es un compuesto de varias versiones del cuento. Para una traducción reciente al inglés, véase Luo Guanzhong, Three Kingdoms: A Historical Novel, edición abreviada, traducida del chino con epílogo de Moss Roberts (Berkeley, CA: University of California Press, 1999), pp. 8-9.

15 Para lo que sigue, me baso en Heino Gehrts, Das Märchen und das Opfer, pp. 9 y ss.

16 La era del individuo y de la dignidad humana como valor supremo ya ha terminado. En el mundo occidental, el único que ha desarrollado la noción de individualidad y dignidad humana, estas ideas ya se han reducido en gran medida a un fetiche verbal y a un puntal ideológico al que los políticos y los grupos de derechos humanos prestan atención de boquilla, pero que ya no tiene verdad ni poder real de convicción y motivación a nivel cultural.

17 James Hillman, Re-Visioning Psychology (Nueva York: Harper & Row, 1975), p. 23.