El ocaso de la figura docente

Educación posmoderna

La figura del profesor ha caído en un amplio descrédito, fruto de la mala publicidad por un lado y de las políticas educativas erróneamente adecuadas al contexto social, por el otro. Es una queja constante en el medio docente la falta de respeto y autoridad que experimenta el gremio y como los maestros sufren el ambiente hostil y carente de oportunidades. A este fenómeno podríamos llamarlo la desacralización de la labor docente. ¿Qué pasaría si, tomando este hecho como un fenómeno autónomo, nos preguntamos: por qué está bien que la labor docente sea disminuida en su valor? ¿A qué necesidad, de los tiempos actuales, responde está caída?

Como guías didácticas para avanzar en ese camino habrá que recordar tres fenómenos aunados:

1. La caída, míticamente, siempre es un proceso doloroso e injusto desde el punto de vista del individuo o del grupo que la sufre, pero en un nivel más complejo, la caída cumple con una necesidad lógica mayor. Un estadio necesita del derrumbe de antiguo estatus para erigirse sobre sí mismo y estar a la altura de procesos que no siempre comprende.

2. La pérdida de autoridad no solo ocurre en el caso del maestro, también sucede ante toda figura pública y específicamente sucede ante la figura privada del padre como representante de las normas y los valores sociales. Esto tiene dos vertientes, primero la destrucción continua de la figura del padre autoritario ante la emergencia de nuevas formas de parentalidad y luego la percepción generacional del cambio y la diferencia entre dos condiciones históricas distintas.

3. Los factores económicos que exigen nuevas formas y contenidos educativos para satisfacer la dinámica capitalista que expresa la verdad de nuestros tiempos: que el individuo es también un objeto de comercio y como tal hay que formarlo como producto de intercambio.

4. Las nuevas necesidades educativas que han dejado atrás el monopolio del saber centrado en la escuela como institución y que, por lo tanto, suponen del profesor un residuo caduco de una época donde la educación bancaria era la norma.

Estos puntos asumen que quizás el desprestigio del docente como figura central del proceso educativo no sea tan simple como suele pensarse y que, realmente, sirve a una agenda más allá de lo político, aparejada al espíritu de la época donde los recintos escolares son, cada vez más, las ruinas de una concepción obsoleta acerca del saber.

Apokatástasis

Logos del alma

En un cuento, “El eterno Adán”, Julio Verne narra la experiencia de un científico perteneciente a una cultura distante en el tiempo y que ya ha olvidado a la civilización de la que nos desprendemos. La raza humana ha crecido y nada sabe del pasado anterior a su historia. El protagonista encuentra, entonces, una caja con algunos papeles en su interior, escritos en una lengua desaparecida. Pasa años tratando de descifrarlos y cuando al fin lo hace descubre una verdad asombrosa, su propia civilización proviene de una civilización anterior, más avanzada, y aquel pueblo anterior a su época a su vez parece provenir de otra tierra llamada Atlántida.

En la historia de Verne el protagonista intuye que la raza humana ha vivido de manera cíclica durante eones, que su pueblo no es el primero en existir y posiblemente no será el último. Esa hipótesis recuerda, por supuesto, a la teoría del tiempo cíclico que tantas facetas ha tenido a través de la historia.

En la filosofía platónica se observa que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad y que en algún lugar ambos confluyen, el tiempo siempre está regresando a su imagen arquetípica. En el Timeo, Platón dice que los siete planetas fueron creados para limitar al tiempo y que, como él, cíclicamente degeneran y renacen. El Eclesiastés, Heráclito y más recientemente Nietzsche dan noticias de hipótesis parecidas.

La idea de progreso había obliterado toda referencia al tema de la doctrina de los ciclos, ahora que ciertos valores modernos han sucumbido de su calidad de absolutos, la imaginación puede divagar en estos temas antiguos y que sin embargo se insinúan perennes, como el desgajarse del tiempo.

La civilización occidental contemporánea ha cruzado un periplo y acaso no lo ha terminado aun, aun así el movimiento parece cerrarse en ciclos alrededor de las etapas promulgadas por la historiografía humana, es decir, que cada etapa de la historia es semejante a la historia en general y, así mismo, la vida individual es reflejo de la vida social, pues contrario a lo que se cree la totalidad no es mayor que la suma de sus partes, porque cada parte contiene a su vez a la totalidad, analogía que corresponde al universo de la matemática fractal y de la teoría holográfica.

Por lo tanto, lo historiado narra una visión de un lapso entre tantos otros. La crítica histórica se encarga de momentos que se repiten incesantemente, no obstante, al llegar al análisis regularmente la conclusión decae en el terreno de la admonición pues las personas, de alguna manera, afirman que los elementos sociales que imperan contribuyen incesantemente al clima de infelicidad del hombre contemporáneo. Es posible que así sea y que el vació responda a la plétora de conductas que la posmodernidad ha heredado de otras épocas y a otras tantas en las que ha parecido innovar. Es más, es debido afirmar que la realidad del mundo corresponde a la proyección que el hombre imprime en los objetos al actuar de una u otra manera.

Sin embargo, mientras la critica social se plantea la consigna de que la estructura cultural falla en llevar al hombre a una meta que ni siquiera se ha planteado seriamente lo que aquí se quiere recalcar es que las acciones del hombre están sujetas a ordenaciones que existen fuera de su entendimiento racional.

Omar al Khayyam dice: “Todo lo que existe estaba ya marcado en la tabla de la Creación. Infaliblemente y sin cuidado la pluma escribe sobre el bien y el mal; desde el primer día, la pluma escribió lo que sucedería. Ni un dolor ni nuestras angustias podrán aumentar una letra ni borrar una palabra.”

Es una ofuscación humana el creer que se puede transgredir la predestinación, que se puede pecar o hacer el bien, lo cierto es que el sí mismo, tratando el concepto junguiano, se dirige siempre hacia un destino y el hombre es mera herramienta de ese proceso de individuación. Las ideas que se conciben sobre lo bueno y lo malo son simples categorizaciones, sin resquicio de inmanencia en el ser.

Lo que queda por cuestionar, ante esta cosmovisión, es cuál es el camino que ha recorrido el ser y cuál será la senda que seguirá transitando. Dice Omar al Khayyam que como piezas de ajedrez lo hombres son conducidos al estuche de la nada y probablemente ese sea el sino de la cultura posmoderna.

Vattimo dice: “El nihilista consumado o cabal es aquel que comprende que el nihilismo es su (única) chance. Lo que ocurre hoy respecto del nihilismo es lo siguiente: que hoy comenzamos a ser, a poder ser, nihilistas cabales.” Vattimo alude a que el nihilismo es una oportunidad que la historia aprovecha para su transformación y se apoya en Nietzsche para definir el nihilismo como: “…la situación en la cual el hombre abandona el centro para dirigirse a la X.”

Así, la nada no es más que la fuente de la que todo surge, y como lo sugieren las diversas mitologías e incluso las nuevas concepciones científicas, el universo y su orden emergen de un mar caótico de partículas indiferenciadas.

Como hombres no nos queda más finalidad que la Apokatástasis, el retorno de todo lo existente al seno de Dios. El próximo paso en el estudio del fenómeno humano habría de estar fundando en los conceptos dolientes como lo son el mal, el destino, la injusticia, el caos, el absurdo… Sólo ahí en donde la lógica no impera una especie de entendimiento podrá surgir, una comprensión devoradora que abatirá toda partícula y destruirá toda memoria. Y cuando todo termine y el fin nos arrebate será el momento de volver a comenzar, pues el tiempo no existe, el espacio no existe, estas letras se diluyen en su propia ilusión y el que escribe poco a poco se ha de ir borrando; todo retorna al vacío, todo proviene del vacío y la realidad es un mito que se renueva en su propia inexistencia.

La pantalla falaz

Ensayo

La televisión se estableció a través de las décadas como la máxima actividad de entretenimiento de las personas y, de alguna manera, ha transformado la forma de percibir la realidad en la mayoría de los hogares en que se instala. Giovanni Sartori bien lo dice, el sujeto transita a paso rápido hacia un estadio de homo videns, es decir, un sujeto atado a una lógica técnica determinada de la cual no es consciente y ante la que no puede sobreponerse por propia voluntad, pues ésta misma tecnología dirige sus deseos y limita su campo de acción.

Por lo dicho, entre las varias imprecaciones que se le pueden imputar al medio televisivo, una de ellas es la menos socorrida por los analistas del fenómeno mediático, se trata de la supremacía de la imagen sobre el símbolo en la observación de la realidad. Este hecho no es nada deleznable pues el hombre ha surcado toda una travesía marcada por su capacidad de utilizar los símbolos como modo de interacción interpersonal. El individuo es ante todo un ser simbólico, luego es, quizá, racional.

La diferencia más significativa entre este homínido de especie sapiens y otros animales radica en su capacidad simbólica, que lo obliga a relacionarse de maneras singulares con el mundo exterior. El ser humano percibe estímulos mas allá de los que le son estrictamente necesarios y se ve en la necesidad de clasificarlos y reducirlos a través signos y símbolos que le permiten una estructuración más o menos coherente del universo en que habita, de otro modo su atención se dispersaría y pondría en peligro su propia existencia.

Por ello la imagen tiene una importancia primordial en la construcción de la realidad, pues ella funciona como un mediador entre los objetos y las personas, permitiéndoles asir el mundo no como algo inmediatamente dado sino a través de una red lógica que refina la realidad y permite su manipulación a niveles inéditos en el mundo animal, al precio inadvertido de ser engullido por ese mismo aparato traductor.

La historia de la relación del hombre con su medio ha sido relatada de varias y diversas maneras, una que atiende al matiz que aquí se intenta resaltar podría ser la siguiente:

Al principio el hombre primitivo, en su estado animal, únicamente estaba en contacto con el objeto, de él se desprendía un halo misterioso e indescifrable, el mundo y las cosas llegaban a los aparatos perceptivos humanos de formas distorsionadas y difusas, además, el contenido de la apropiación sensorial era predominantemente subjetivo. El viejo homo sapiens descubrió por fin, ante la incertidumbre, un método para poder asir esos significados que se escapaban a su mera percepción. Encontró la manera de dotar a los objetos de un remanente simbólico, los capturó en figuras y así nació la imagen, herramienta primigenia del lenguaje.

La imagen permite que el universo sea asequible para la cognición humana, le confiere una representación universal y la capacidad de ser transmisible en el contacto interpersonal. Sin embargo, la imagen interfiere entre el hombre y los objetos, sustituye al mundo y se convierte en un simulacro. Con el paso del tiempo esta imagen se antepuso a la realidad y la desechó, arrastrando al sujeto al infierno de la idolatría.

Cuando el hombre se rindió ante la imagen, hubo intentos fortuitos por romper con tal ilusión, algunos comenzaron a fragmentar la pantalla falaz y la acomodaron en patrones discernibles, convirtieron los símbolos en signos y así creyeron controlar el poder mágico de los ídolos. Tal es el proceso de génesis de la escritura. Con el texto nació a su vez la capacidad de crear conceptos y categorías, el acomodamiento de la realidad fue entonces más claro y organizado, no obstante este hecho no acercó al hombre a los objetos, sino que lo alejo aun más.

Desde entonces existió un proceso dialéctico entre la imagen y el texto, pues mientras el texto transfigura e interpreta las imágenes, éstas funcionan como el material a través del cual lo escrito es viable de imaginarse.

Paulatinamente se suscitó de nuevo un riesgo, pues si la escritura concibe un mundo inteligible, obstruye el paso entre las imágenes y el hombre y las banaliza. Pronto, el individuo creyó interactuar con el mundo por medio de los textos y estos se impusieron como la efigie primera de la realidad. En cuanto el hombre dejó de lado las imágenes y se abdicó a los textos, los mismos desistieron de ser imaginables y surgió así la textolatría.

Para saldar esa carencia de imagen, la perdida de la imaginación, se construyó entonces una referencia técnica al texto, una forma de representación de lo escrito que lo reificara. Aparece entonces la imagen técnica, aquella que tiene por origen un aparato, es decir, la aplicación de un texto científico al mundo inteligible.

Nos encontramos ahora en el dominio de las imágenes técnicas, desde la fotografía hasta el video de alta definición, pero las imágenes de tal tipo no atrapan tampoco a la realidad, al contrario se apartan, nuevamente, de ella pues su universo implícito es el de los conceptos, ellas significan textos y no objetos primarios.

A partir de lo tratado se puede corroborar que las nuevas imágenes aunque parecen ser nítidas y ciertas no son más que abstracciones de grado superior a las imágenes primitivas y a los textos. Alejan al hombre del contacto con el mundo, lo engañan y le presentan un nuevo cosmos transfigurado y simple.

Existe una gran diferencia entre las imágenes primitivas y las imágenes técnicas, mientras que las primeras reordenaban el exterior y lo sustentaban con una cosmovisión mágica, las imágenes técnicas transforman los conceptos en sí y les otorgan sustancia, alteran la percepción del hombre sobre la realidad y le elevan a su máxima potencia, a su grado hiperreal. Ya no es el mundo el que es transformado sino el modo en que se concibe tal sistema de objetos. Las máquinas antiguas y los aparatos modernos comparten la misma diferencia en su propósito.

La televisión, en este ámbito, recibe la suerte de los aparatos modernos, presenta al público una imagen artificial y la hace pasar por verdadera. Sartori nota que la imagen técnica, a diferencia del símbolo, no es un objeto de desciframiento, pues elude la necesidad inmanente del individuo por traducir e indagar en los contextos trascendentes de su estructura. Es decir, la imagen televisada no se interpreta, se cree.

La televisión, como las demás herramientas actuales de comunicación audiovisual, vende la promesa de que lo que a través de ella sucede es el remanente más puro y claro de lo que constituye lo real. Sólo en sus pantallas pretende la realidad ser asequible e incluso inmejorable. Y al parecer la gente juzga, sin discusión, que tal hecho es totalmente tácito.

Las personas no cuestionan lo que en las pantallas ocurre, la imagen entra a sus sentidos y la reflexión no alcanza mayores grados de complejidad, no hay critica ni discernimiento, el estimulo es demasiado veloz, demasiado ligero para que su cognición logre defenderse del mismo, la verdad de la imagen aturde al telespectador y lo obliga a la ignominia de la pasividad, del zapping.

Por lo tanto, la libertad de expresión en nuestra sociedad resulta ser muy ambigua, porque cuando una empresa o cualquier particular es dueño de una señal televisiva no únicamente ejerce su derecho a la libre expresión, con el ejercicio de ese poder arrastra un sin número de efectos sobre los telespectadores que presencian el espectáculo en su pantalla. La emisión de una señal de tal tipo, conlleva un grado de influencia en la interacción del sujeto con los cuerpos que limitan su existencia.

El dueño de ese medio no sólo vende un producto, vende también una forma de la verdad, vende un cosmos en el que la masa de homo videns tratará de encajar; el hombre de negocios utiliza las imágenes técnicas para comerciar pero en ese intento termina alterando la realidad de miríadas de atentos telespectadores. Y quien es capaz de afectar el fenómeno de lo real, tiene en su poder la capacidad de controlar la opinión y el actuar de quienes están bajo esa manifestación audiovisual.

La volición humana es más débil de lo que se pretende, un pequeño desfase en su concepción del mundo y toda ella se reestructura y cambia.

El ámbito de los medios de comunicación va más allá de los términos comunes de las críticas cotidianas a su influencia, sobrepasa términos confusos como lo son la libertad y la moral. Su dominio altera algo más que la estructura social de la moda y de las preferencias estéticas, tergiversa con su mácula aquel fenómeno que los hombres han dado por sentado, la realidad.

Sin embargo, no se debe entender este proceso como algo instigado por sujeto particulares, aun los dueños de los medios sucumben al poder la lógica del espíritu de época, ellos son, igual que el ciudadano de a pie, fieles creyentes en las nuevas divinidades que se han instaurado en el lugar de los antiguos dioses y quienes exigen una misa continua frente al poder de la imágenes técnicas omnipresentes.

Las diatribas, en cuanto al poder de las imágenes, giran en torno a fenómenos secundarios, la gente descree del poder tremendo de la imagen técnica, pero la televisión posee, como una suerte de basilisco, una mirada terrible y habrá que indagar largamente cuales son los alcances de los medios de comunicación en nuestra cultura, ya que el problema no radica en la falta o el exceso de libertad de expresión ni en la escasa normatividad sobre la calidad y el contenido de lo expuesto, sino en la propia forma del aparato, en su capacidad técnica como medio de convencimiento y, sobre todo, en la carencia de reflexión del individuo que recibe toda esa plétora de mensajes.

La soberbia

Logos del alma

La ϋβρις es, en efecto, la desmesura por exceso que nosotros designamos con el nombre que le dieron los romanos de superbia. Es el ser-más que se dispara hacia el ser demasiado. Aplicable primaria y eminentemente al hombre, el adjetivo latino superbus está calcado del griego ύπέρβιος, que cualifica a quien posee fuerza o poder en grado excepcional. La soberbia no es la posesión, sino la exhibición y el abuso del poder.

La soberbia representa el alarde del poder, su exposición de manera exagerada o de forma ruin. El hombre soberbio ha transgredido límites que los dioses consideran importantes, ha sobrepasado barreras en cuya irrupción se incurre en el pecado. Pero el soberbio no es un hombre hiperbólico, aunque finge serlo, es más bien un ser que se ha consumido en la carencia, en la mendicidad, su miseria consiste en ser menos que los demás, en tener menor poder sobre sí mismo.

Hay varios ejemplos en la mitología que muestran las consecuencias de la ubris (hybris). En la tradición hebrea encontramos el mito de la Caída, éste relata como cierto dios prohíbe a sus hijos primigenios, llamados Adán y Eva, comer del fruto de un árbol ubicado en el centro del paraíso construido para ellos. Sin embargo, una serpiente, cuya identidad es ambigua, insta a Eva a probar la fruta aciaga. Ella lo hace, luego convida a Adán. 

Aquel dios es omnipresente, y al saber que sus hijos le han desobedecido los destierra del paraíso y los arroja a la mortalidad. Dos seres con llameantes espadas guardan, mientras tanto, la entrada a la tierra del origen. Tal desfallecimiento del espíritu es una emulación de una anterior revuelta instada por el ángel Lucifer, con ello notamos que los mitos judíos son cíclicos en sus temas.

Otro mitologema semejante es el de Prometeo, en la cultura griega. Prometeo era hijo de Yapeto y de Climena, hija de Océano. Entre sus hermanos se encontraban el gran Atlas, Meniteo y Epimeteo. Hesiodo caracterizó a Prometeo como “sagaz y astuto”, luego cuenta: “…cuando los dioses y los hombres mortales disputaban en Melona, Prometeo mostró un gran buey que adrede había repartido, queriendo engañar al espíritu de Zeus”.

Prometeo había recubierto los huesos con la grasa del animal para que así fueran, los restos, más apetecibles para Zeus y por consiguiente la carne pudieran apropiársela los hombres, no obstante Zeus era muy sabio y descubrió la treta, aun así siguió el juego de Prometeo sólo para poder dar un justo castigo a la humanidad.

“Y desde aquel tiempo, acordándose siempre de ese fraude, rehusó la fuerza del fuego inextinguible que brota del roce de los maderos de encina a los míseros hombres mortales que habitan sobre la tierra.”

“Pero todavía le engañó el hijo excelente de Yapeto, robándole una porción espléndida del fuego inextinguible, que oculto en una caña hueca”

La nueva ofensa no hizo sino enfurecer más al gran Zeus que le deparó un cruel castigo al insubordinado hijo de Yapeto:

“Y sujetó Zeus con cadenas sólidas al sagaz Prometeo, y le ató con duras ligaduras alrededor de una columna. Y le envió un águila de majestuosas alas que le comía su hígado inmortal. Y durante la noche renacía la parte que le había comido durante todo el día el ave de alas desplegadas.” Tal es la descripción que nos brinda Hesiodo.

Este castigo ejemplar fue acompañado con la liberación de las calamidades que Pandora, accidentalmente, desato sobre los hombres. Por ahora no importa si Prometo fue liberado por Heracles y recibió gloria posteriormente, lo que interesa es que Prometeo desafió a los dioses y fue castigado. Icaro, Sísifo, Aracne y Medusa son otras figuras que acompañan a los griegos en la imaginería concerniente a la soberbia.

La soberbia acaece ante la indigencia del ser, el sujeto se eleva hasta cimas inalcanzables en un acto de equilibrio, como una forma de compensación ante su falta de poder sobre su propio campo de acción. Tal condición resume muchas vidas desgraciadas.

La fotografía y la realidad

Logos del alma

Cuando los dioses crearon al hombre, según una leyenda del Quiche, y le dieron forma a su carne, y labraron su corazón fuerte y sabio, el hombre se levantó y rindió tributo a sus creadores, les agradeció por tan magnifico estado, por la lucidez y la clarividencia, les prometió, al fin, lealtad eterna. Sin embargo, los dioses no vieron con buenos ojos las capacidades de los mortales, pues su creación estaba dotada del saber de lo grande y lo pequeño, y de sus causas, nada había que fuera desconocido para estas nuevas criaturas; pronto, con el paso de las generaciones, serían iguales a los dioses. Las viejas deidades nublaron, entonces, los ojos de sus hijos terrenos, protegiéndoles así de la maldición de la soberbia.

Desde entonces el ser humano ha vivido observando todo pero sin conocerlo, a través de su vista transcurre el mundo, rápido y doloroso, pero él nada sabe de lo que está a su alrededor. Un manto oscuro es el universo y los ojos de quien lo observa no son menos sombríos.

Ver el mundo es inventarlo, tratar con fantasmagorías que se imponen al paisaje inmóvil y perenne en un marco prescrito pero irreal. Cuando asir lo real se convierte en el pretexto de una vida, se puede saber que esa vida es ya ficticia, pues no existe lo real sino como una hipótesis, poco lucida por cierto, que esconde tras su estructura una esencia poblada por el miedo profundo y arquetípico hacia el vació. 

Si el universo existe, no lo sabemos, lo único posible es observarle con ojos que no son totalmente nuestros y actuar en el contexto aparente que forma la vida de cada persona.

La fotografía, esa herramienta, constituye una forma más de observar e interpretar la realidad inasible, y hay quien confunde sus resultados con el mundo detrás de las apariencias. No nos equivoquemos, la fotografía no registra, comenta, no observa, fábula, es un arte y como todo arte retoma la forma del paisaje y lo transforma de acuerdo a su estructura como máquina, y a los deseos de quien toma en su manos la cámara fotográfica.

El acto de fotografiar confabula al sujeto con la máquina para dar vida a sueños que sólo existen en la mente del artista, los límites aparentes, el programa y los contextos, se convierten en caminos provechosos para que el fotógrafo plasme su mirada en el marco de la cámara y a su vez este aparato extraiga un trozo del mundo, para regocijo de quien lo utiliza.

En cada fotografía es visible una parte de aquel oscuro secreto, de eso indecible que supone el interior del pensamiento, que parece entregársenos a ratos y cuando nos damos cuenta tenemos las manos vacías.

Por otro lado, en estos tiempos, tomar la fotografía como una imagen nítida del mundo es el cliché que se ha extendido a través del desarrollo de tal arte, y las cámaras comerciales instan al individuo a fotografiar todo lo que vea, pues el hombre tiene miedo, también, de perder su memoria, su identidad, de sucumbir al caos, que es otro nombre del vació. Pocos se atreven a ir más allá del círculo redundante de la fotografía normal, a esos viajeros les interesan no las formas cotidianas y monótonas, sino las cosas que nunca existieron hasta que la lente se poso sobre ellas, se dan cuenta de que el paisaje cotidiano esconde en sí mismo una originalidad no vislumbrada que espera únicamente el que algo se las arranque, y si esto no es suficiente siempre hay elementos que combinados muestran las insondables maravillas.

Se puede decir, aunque tal vez sea un error, que la historia de la cultura tiene como base el eterno deseo de conocer el mundo, como si una ínfima parte del hombre aun recordara y añorara el lejano tiempo cuando esté tenía en su poder el saber ahora proscrito. La nostalgia de lo ya perdido propulsa el paso de cada ser humano que ha poblado y poblará esta triste tierra.

En un mundo que quisiéramos estuviera poblado por signos, permanentes y seguros, nos encontramos con que lo único existente son símbolos cambiantes y divergentes, que se nos escapan a la menor provocación, al más ínfimo signo de intención interpretativa. Como si el afuera tuviera conciencia y jugara con el hombre frente a él. 

Al ver a Dios la criatura queda ciego. Los dioses son egoístas y tienen miedo. Crearon una visión incompleta y fugaz, y dotaron al hombre de la capacidad de convivir con ella. Desde entonces eso es el mundo. La fotografía nos recuerda, que hay algo de irreal en el tejido cósmico, sus imágenes nos impelen a creer que son ciertas, pero cada vez que nos acercamos a ellas presenciamos la triste verdad, cada nueva foto nos aleja, cada vez más, de la certeza.

Asterión ante la redención: Tres lecturas del cuento “La casa de Asterión” de J. L. Borges

Ensayos

“La casa de Asterión” de Jorge Luís Borges es uno de los relatos más representativos del autor, en ese cuento se encuentran implícitos los temas que a Borges le urgieron durante toda su vida y en él la hermosa y límpida escritura se entrelaza en cuestiones que son extrañamente maravillosas. En este caso habré de ocuparme de uno sólo de esos temas (tal vez en algún punto se entretejan otros tantos): la redención.

La RAE define “redimir” como: “Rescatar o sacar de la esclavitud al cautivo mediante un precio […]. Librar de una obligación o extinguirla […]. Poner término a algún vejamen, dolor, penuria u otra adversidad o molestia”. A esto habré de volver a la brevedad, pero antes conviene contextualizar el cuento en el mito que lo inspira.

El cuento de Borges relata la estadía de Asterión en el laberinto de Creta. Asterión es el hijo de Pasifae, esposa del rey Minos. Cuenta el mito que cuando Minos se disputaba el trono de Creta con sus hermanos, él invocó la aprobación de los dioses para poder ser coronado, los dioses le respondieron y Poseidón mandó un magnífico toro blanco que simbolizaba la aprobación y el pacto. Sin embargo, la condición era que el ahora rey Minos sacrificara aquel toro impresionante y devolviera así lo que se le había otorgado. El rey no obedeció y sacrificó, en el altar a Poseidón, un toro blanco, pero no el mismo que había sido un don. Tiempo después Minos entró en batalla y pasó un largo período fuera de su hogar; como castigo por la desobediencia el dios del mar instigo el que la reina Pasifae se enamorara del toro sagrado. Ésta, no encontrando otro modo de saciar su deseo, pidió a Dédalo que le construyera un artificio en forma de vaca con el cual podría realizar la ansiada cópula; de esta unión nació Asterión y luego, él, fue encerrado en el laberinto.

El mito original cuenta que Minos no pudo castigar a la reina pues sabía, con certeza, que lo sucedió había sido únicamente su culpa. La hybris es el pecado de soberbia que tanto importaba a los griegos, el acto no devolver el don proporcionado introdujo al rey en el mundo de la insolencia, por lo cual debía ser castigado. De alguna manera lo que está a nuestro alcance siempre es una dádiva que necesita seguir el camino de su propia mutación, retener lo que obtenemos es paralizar el movimiento continuo de todo lo existente, es no dejar fluir el objeto y por eso mismo convertirlo en una cosa muerta. Eh ahí el pecado de la literalización.

El castigo no es sólo la presencia del ser monstruoso, fruto del flujo inmovilizado, sino que la condena es la transformación del rey Minos también en un monstruo. La desfiguración de buen rey en la actual faceta del tirano obedece a la misma ley que la perversión de la forma, sucede como la consecuencia por la trasgresión de un límite que está impuesto al reino humano, es el avance hacia la conciencia de un hecho inconsciente. Una vez cruzada tal demarcación, el hombre se convierte en otro, en su sombra, con todos los atributos negativos que explicitan el pecado cometido. Otrora un buen soberano Minos se transfigura en un déspota que es odiado por su pueblo y por los hombres de otros pueblos que le rinden forzada pleitesía.

El minotauro no es el castigo, es la representación simbólica del movimiento lógico seguido por el tirano, es la proyección de la misma en el objeto nacido de su propia mujer que encarna, a su vez, la dimensión anímica olvidada por Minos y la cual, al no ser atendida reclama un balance que expresa la hybris y la correspondiente admonición.

El mito continúa con la intervención de un joven héroe griego: Teseo, el cual ayudado por la hija de Minos, Ariadna, logra llegar al centro del laberinto, justo para asesinar al monstruo. Teseo es el héroe que representa la nueva conciencia que ha de hacer frente a la decimonónica figura del tirano, él es el cambio, el espíritu de la negación. El héroe se apresura a iniciarse en el camino del laberinto con la ayuda de Ariadna, que le recuerda la senda de regreso y así llega hasta el minotauro al cual derrota y da muerte. Posteriormente sale avante de aquel dédalo no menos monstruoso y se lleva con él a la muchacha, prometiendo lo que no cumplirá, pues no debe ser cumplido para provocar la entrada del dios (en este caso Dionisos). Un hilo invisible se teje entre Minos y Pasifae y luego entre Teseo, Ariadna y Dionisos.

Teseo es el redentor que encarna en su figura al pueblo griego, joven aún, que se enfrenta contra una potencia decadente, mata al minotauro y personifica con su hazaña el cambio tan común en la historia humana, así como la innovación necesaria en la estructura psíquica. Es redentor porque libra de la adversidad a un pueblo y le proporciona la esperanza para luchar contra sus opresores. Pero también es redentor porque, con la muerte, libera al minotauro (el síntoma) de la cruel carga de ser un pecado corporeizado y provoca con esto el principio de la destrucción del imperio de Minos, quien más tarde se transformará en un ser más justo, o mejor dicho en un juez, el principal juez de los muertos.

Todo esto, el héroe, lo logra tomando el camino que Minos no eligió, pues acepta la dimensión anímica, personificada por Ariadna, como su guía en el laberinto horrífico (y todo laberinto es terrible, Borges vivía tal verdad constantemente), ella es la corona de luz que también le permite abrirse paso en el terreno de lo inasible. Así, Teseo-Ariadna no es otra cosa sino Minos-Pasifae trascendido y la derrota de lo pervertido se vuelve en la tierra fértil de una nueva potencia, del nuevo estadio o del nuevo rostro de una idea latente que había sido detenida por el rey anterior, de esta manera también hay una identidad entre el héroe griego y el minotauro, pues ambos son un solo proceso en la vía de la noción latente hacia su reconocimiento.

De esta forma se puede dar una lectura psico-mítica al cuento de Borges, la redención cobra en sí un papel purificador, trascendental, para los implicados en el mito, siendo Minos el nombre un proceso que se despliega en varias figuras y que ni siquiera empieza con él mismo, hay que recordar que la reina Europa, madre de Minos, fue preñada por Zeus en forma de toro lo que implica ya una identidad compartida también entre los personajes: Zeus, Minos y el minotauro.

Otra lectura se puede esbozar sobre el motivo del autor como un sujeto tomado por el trabajo de la creación, de ello derivan los temas que inquietaron a Borges y que lo convirtieron en un erudito, algunos se encuentran inscritos en el cuento. La liberación aquí puede vislumbrar una necesidad velada en la experiencia del propio autor ante su obra.

Hay que observar un hecho curioso: el minotauro es un ser híbrido, humano y animal al mismo tiempo, sin embargo estas dos naturalezas yacen confundidas en un mismo cuerpo, como dos ideas contrapuestas que no acaban de sobreponerse, es un núcleo sintomático que permanece sin ser resuelto. Lo humano en Borges podría ser esa intrincada red de pensamientos que lo caracteriza, la erudición y la parsimonia que le dan forma a su discurso; en cambio lo animal, aquello enviado por el dios, es el impulso que le da vida a su obra, los temas que eligen al autor y que lo obligan a acudir de forma recurrente a ciertas formas de expresión, a lugares comunes o a calles que aparecen una y otra vez en sueños. Ambas dimensiones colisionan y de ese encuentro surge la obra, por ello el arte tiene algo de sintomático, de simbólico.

En su conferencia sobre “La pesadilla” el autor menciona que sus principales pesadillas tienen que ver con dos temas: los laberintos y los espejos. Más adelante, él observa: “No son distintas [las pesadillas] ya que bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto”. El temor al laberinto data de haber observado un grabado del dédalo de Creta y de la imaginación delirante de concebir dentro al minotauro. Durante toda su obra Borges construirá un gran número de intrincados meandros en sus cuentos, poesías y ensayos. Hablará del laberinto del tiempo, del espacio, de las ideas, todo en Borges es un laberinto. No obstante, un laberinto es lo inextricable, aquello que invita a entrar pero que promete el extravío. La pesadilla por otra parte es la presentación de un mundo debajo del mundo, el inframundo cuya forma laberíntica es acaso lo más perturbador de su presencia, decía Borges que el verdadero castigo del infierno era la eternidad, ese otro dédalo.

En el cuento en cuestión Asterión afirma: “La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo” y al hacerlo habla no sólo del mundo exterior sino también del contexto lógico del personaje que es un laberinto infinito pues en él “todas las partes de la casa están muchas veces, todas están catorce veces”, número que en el relato es una alegoría de lo interminable. Asterión es un personaje intrincado, tierno y terrible a la vez, él mismo dice: “Se que me acusan de soberbia, de misantropía, y tal vez de locura”, y en otro párrafo al hablar sobre su trato con las personas dicta: “No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo.” Luego el protagonista menciona: “El hecho es que soy único. […] pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande”. Este aspecto de la personalidad de Asterión, su falta de identificación con el mundo humano, es interesante porque incita a la sospecha de que el personaje no es otro que un álter ego del mismo Borges. En las anteriores citas se entrevé a un ser que no está capacitado para el trato diario con los otros, es muy diferente a ellos tanto en su apariencia como en su esencia y no comparte intereses comunes con los demás. La misantropía viene de la discordancia con la vulgaridad, de la visión oscura y solipsista de una mente inquisitiva y espantosa.

Dice Asterión: “Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo”, este es el presentimiento de un hombre que se sabe solo y la afirmación implica los postulados idealistas más radicales, nos recuerda a Berkeley o a los mitos de la India que ven en el mundo la más grande de las ilusiones. El que nada sea transmisible por la escritura ha de constituir una maldición para el escritor que no tiene otra forma de pronunciarse, pero esta subjetividad radical que se observa en el cuento habla precisamente sobre dicha imposibilidad, porque el trecho entre lo escrito y lo leído ha de ser inmenso, el lector nunca comprende al escritor ya que el lector también está inevitablemente solo.

La soledad es también un indicio que confirma la identidad de Borges con Asterión pues la incomunicación no es otra cosa sino la expresión de la presencia de un ángel, es decir de un otro que trae consigo algo incomunicable, la otredad inasible, otro laberinto inexpugnable. Todo espacio es infinito, todo tiempo no lo es menos y el mundo borgiano se encuentra urdido con la inmensidad de este tema. El universo del autor es un mundo complejo, pero hay cierta aversión cuando a la mente entran estos temas imposibles, el mundo nunca es el mismo cuando se profundiza en lo eterno, parte de la identidad del hombre se pierde cuando se intenta concebir el infinito. En ese esfuerzo por comunicar es en donde surge el delirio, pues como se ha mencionado antes lo dicho nunca alcanza a lo que se quiere decir, hay un foso insalvable, primero entre lo que el autor traduce de la intuición y después en lo que el lector toma de la intención del escritor, como si la obra surgiera en aquella babel donde todos están destinados a la incomprensión.

Así, la incertidumbre de lo eterno es semejante a la incertidumbre del otro. Laberinto y espejos son temas que se conjugan en un único sustantivo: la alteridad, la capacidad de interactuar con el otro, de pensarlo, de estar frente al otro sin envolverlo. De esta manera, Asterión se ve en la penosa circunstancia de no poder ser otro y ahí radica la nostalgia que se transmite en cada página, de la mendicidad de estar aislado. Pero quien escribe no ha de ser menos infeliz puesto que su incapacidad de ser otro viene de su sensibilidad singular que lo capacita para temas que no tienen que ver con el mundo vulgar y, por lo tanto, su propia naturaleza es el límite de su alteridad, puede pensar en los otros, pero no ser los otros. El matiz con el que el escritor, en este caso Borges, observa al mundo lo hace ser un perenne extranjero. El minotauro y al autor están atrapados en sí mismos, ellos son, también, el laberinto.

“…uno de ellos [de los jóvenes sacrificados a Asterión] profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor”. El redentor del protagonista es el otro, Teseo como el alter-ego de Asterión, llegará a donde el personaje y lo librará de la injusticia de la vida, del dolor de ser existente y lo llevará a un lugar con menos galerías, porque ser un individuo es existir como un ser doliente, ya por la incertidumbre, ya por la soledad, nada es menos penoso que vivir. Sin embargo, la imagen de la muerte de Asterion remite a la resolución de un conflicto, al desenlace de un momento en donde el minotauro es capaz de recibir al otro solo en el breve momento de su desvanecimiento, de esta manera Teseo se prefigura como el momento de la creación, ese instante fugaz en donde la comunión es posible.

Borges es Asterión y su sufrimiento viene de la imposibilidad de lo otro, del espejo que se superpone hasta el infinito, pues el laberinto de las letras semeja al dédalo de la existencia y aunque hablar de uno mismo es lo que hacen las personas cuando crean, aun en lo más mínimo, con cada obra se expone lo propio y hasta por las formas de escapar se es conocido, también es cierto que este rastro de subjetividad se diluye en la búsqueda por alcanzar aquella voz que habla a través de lo creado, esa voz le pertenece siempre al otro; por eso no es no es precisamente de nosotros de quien habla la obra, sino que aquello que crea en uno, la musa, el daimon es quien se revela en lo creado, la identidad realmente es el juego constante entre el yo y el otro, el diálogo, imposible, del hombre con los dioses. Borges no podía no proyectar su experiencia creadora en el cuento de su invención, nadie puede no representar, de ahí que esta segunda lectura sea de tipo personal, pero no porque implique solamente al autor sino porque refleja a las múltiples personas que escriben el largo de una obra. ¿Quién es el otro en la obra de Borges? ¿El lector que revive lo escrito con cada lectura, pero que también está solo? ¿O lo será acaso el otro Borges, el daimon que crea a través del autor y que es recreado no cuando alguien lo lee sino cuando el mismo se lee a través de la mirada de una persona en la búsqueda de una redención, casi, inasible?

El último matiz del que me ocuparé es de la semejanza entre el dilema de Asterión y el del conocimiento humano del mundo. Afirmare, para que no haya duda, que el mundo en sí es incognoscible o que lo es al menos la realidad objetiva, nadie puede saber como es el mundo porque lo que se percibe es tergiversado en ese mismo acto de aprehensión, luego, lo que el hombre ve no es otra cosa sino un reflejo ilusorio, el velo de Maya. La realidad es una construcción imaginaria.

“Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo” dice Asterión, pues el entorno del hombre está mediado por su lenguaje, lo que existe es lo nombrado, efectivamente el sujeto crea aquello que lo rodea, lo crea al encerrarlo en una categoría y con el tiempo esta categorización se hace más refinada y el cosmos se vuelve profundo. Sin embargo, se sabe de antemano que el laberinto donde yace el minotauro no fue construido por éste, sino que le precede, él es un invitado en esa construcción intrincada, pero, como los dioses, supone, por defecto, que ha creado la realidad. Realmente el hombre no crea el mundo, sino que nace en el lenguaje que es la actividad constante de creación, el órgano de la consciencia por medio del cual se construye a sí misma de forma inmarcesible, solo en la apropiación inadecuada de este movimiento el sujeto puede concebirse como un hacedor.

El laberinto es el conocimiento de la realidad, Asterión podría ser el hombre moderno en su búsqueda constante del mundo, en el esfuerzo por intentar asirlo con métodos cada vez más sofisticados, técnicos, científicos, como quien intenta aprehender lo intangible con signos abstractos, ignotum per ignotius. Pero esta búsqueda insensata implica el descubrimiento del hombre, en tanto ego, del contexto infinito que lo contiene y del cual no puede escapar, el individuo nacido de la modernidad ha surgido a nueva matriz contenedora. El laberinto es aquello que, en el hombre, conoce, es su capacidad de cognición, el acto intrínseco que lo vuelve capaz de desenvolverse en un mundo que solamente es suyo por sujeción, por reconocimiento, el cual se inventa a sí mismo y así el individuo se ajusta a tal ficción. El sujeto atrapado en su contexto lógico no puede, aunque quiera, librarse de las ideas a través de las cuales observa el universo, pues ellas constituyen el cosmos. La filosofía, la ciencia, las ideologías nacen de sí mismas, pero el sujeto cree que las ha creado, que han brotado de su voluntad, sin embargo, realmente son complejidades que atraviesan los hilos del universo, que es acaso infinito.

Aunado a lo anterior, es notable que el toro de Minos vive en un lugar cuyo número de cuartos no tiene final, así como todas las cosas que en él existen, podría ser que él mismo fuera también infinito. Esto remite a la hipótesis que tanto gustaba a Borges, ya sea al afirmarla o al refutarla, el eterno retorno. Todas las cosas, se plantea de manera general, están formadas de los mismos elementos constituyentes, estos son incalculables pero no son infinitos, las combinaciones de los mismos forman el universo y algún día las posibles combinaciones se saldarán, entonces todo volverá a ser como alguna vez fue.

La vida de Asterión parece devenir del conflicto de una repetición de lo finito en un tiempo infinito. Cada día es el mismo día, el laberinto del tiempo parece no tener salida, pero San Agustín planteó que la cruz salvaba al hombre de la eterna repetición de sus actos, en este caso Teseo parece intentar salvar al protagonista del eterno retorno de lo mismo. Él, Teseo, simbolizando la consciencia de lo otro, se presenta como la alteridad que asalta al sujeto como único aliciente para que las cosas no se repitan, para que sean liberadas de la iteración de sí mismas y puedan ser otras. Como sucede en la compulsión a la repetición el ciclo único constituye la subjetividad radical y el rompimiento de esa repetición sólo lo puede llevar a cabo el otro, el síntoma, la conciencia en búsqueda de liberarse de su aprisionamiento en lo literal, para así abrirse a lo desconocido que está fuera de las categorías homogéneas del mundo, aquello que el hombre se niega a mirar pues significa la sombra que atraviesa, como una flecha, todo esfuerzo por conocer. El síntoma, en este contexto, puede ser visto como una rebelión contra lo eterno en un esfuerzo por someterlo a lo temporal, atraparlo en una vasija que permita su concepción, pero de este arrobamiento emerge raudo el encuentro con el otro que rompe el encierro de lo anímico en los viejos odres que no podrán contenerlo. El síntoma es, así, la negación de lo abierto y a su vez la afirmación del infinito.

El laberinto del conocimiento y el laberinto del tiempo son ineludibles, su tela es inquebrantable, ellos son la esencia del otro redentor que se presenta y en cuya forma el individuo es capaz de perderse pero también de conocerse como algo más que él mismo, es decir, de saberse un otro por sí mismo, esta es tal vez la forma explícita de la alteridad radical, sintomática, que es la toma de distancia necesaria para la reflexión del alma.

Por tanto, se puede decir que el mundo es caótico, impredecible, de ahí que el afán técnico que busca orden sea una empresa reaccionaria, pues el caos es el primer estado del universo según el mito y es una potencia latente en cualquier especie de estructura ordenada, ante ello la incertidumbre es el sentimiento de estar frente a su presencia inevitable. La redención del hombre, su salvación de la repetición, es posible que transite por el trabajo interno por asumir que la verdad de cada fenómeno no subyace en su exterioridad sino en lo intrínseco al mismo, a su carácter inmanente como idéntico a sí mismo y así intentar comprender al mundo tal cual es, en su propia estructura lógica inextricable, permitir que lo que es sea. Aquí surge el eco de las doctrinas orientales donde el hacer sin hacer (wu-wei) es la manera más alta de comunión espiritual y donde el caminante inicia un periplo que lo lleva hacia él mismo, pero en ese andar descubre que su identidad rompe los límites de la comprensión cotidiana. Se puede vislumbrar entonces que el conocimiento es un laberinto que supone un carácter de alteridad, de caos, al igual que la realidad, ambos espejos de sí mismos; por ello, la inmensa red de imbricaciones fabularías sujetan al hombre al tiempo sucesivo, lo obligan a ser periódico, cíclico, su propia subjetividad lo hace incapaz de concebir lo eterno, de entablar un diálogo con lo divino pero al saberse otro se abre una puerta para la llegada de la redención. Solo al desaparecer en el otro puede el hombre ser él mismo.

Para poder vislumbrar al viajero inesperado el sujeto tendría que sumergirse en la máscara del ego, romper sus complicidades con las explicaciones prejuiciosas, con el sentido común y prepararse para ser consumido en el fuego de la vacuidad, de aquello que niega todo lo positivo, para ser asesinado por Teseo como el espíritu de la contradicción. Lo cierto, es que nadie puede ver el rostro de Dios, porque aquel que lo vea dejará de ser alguien. El sacerdote de la pirámide de Qaholom, Tzinacán, en el cuento de Borges: “La Escritura del Dios”, ha visto de frente a la eternidad y tiene el poder de crear universos enteros, pero dice: “Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre […]. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Que le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora es nada”.

La redención ante la realidad, la libertad ante lo sucesivo, viene con la presencia del desgarramiento, con el vértigo de la oquedad que se inserta en los cuerpos para volverlos sutiles. Dos panoramas se abren ante este destino, uno es el que dicta: «No entres dócilmente en esa noche quieta. Rabia, rabia contra la agonía de la luz» y otro es el de Asterión recibiendo con resignación a Teseo: «¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió». Ésta última es una manera poco explorada, al menos en los tiempos que corren, de atender la llegada del alter-ego caótico, con la humildad y con resignificación de saber que el hombre es irrelevante y que ese es el principal atributo, entrando así en la oscura noche del mundo como quien llega a casa a sí mismo. Esto supone la preparación constante para la muerte, que es la máxima resignacion, el gran Otro que se cierne.

El conocimiento del mundo es oscuro, como oscuras son las vaguedades del espíritu, Asterión es el mundo y el esfuerzo del mundo por conocerse de conocerse a sí mismo, la redención supone la comprensión humana de que ese camino no es el suyo, sino que él, el sujeto, es un puente y que su propia muerte aguardando en lo profundo, esta resignación, esta aceptación de sí mismo presupone el advenimiento del alma, del aquel gran Otro por sí mismo. El protagonista se pregunta ¿cómo será su redentor? y la respuesta se la da el mismo: «¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?»

Septiembre del 2006, actualizado en agosto del 2002.

Dices que te asusta la enfermedad

Cotidianidad

Dices que te asusta la enfermedad, pero la malaria mata a tres millones de personas cada año, muere la gente por cáncer, por inmunodeficiencias, por diabetes, por paros cardiacos. La hepatitis arrebató la vida a un amigo y para mi eso fue más grave que una pandemia. Se muere también por impactos, por caídas, por accidentes, el lugar preciso para la tragedia es este en el que te encuentras.

Las personas no hacemos otra cosa más que morirnos, vivir y morir, inexorablemente. Dices que te asusta la enfermedad, el contagio, pero nacimos con la enfermedad a cuestas, morimos de tiempo en tiempo. Somos enfermos de vida, la existencia nos condenó desde el principio. Vida mía, la enfermedad no se contagia, la enfermedad viene de adentro. 

(Dice Sabines que la muerte no existe, es cierto, aquello que te formo ya existía y seguirá haciéndolo después de abandonar tu forma; existes unos instantes y partes a un nuevo viaje, germen de la tierra es tu cuerpo y el polvo del universo te ha formado con su silencio. Tú no has sido y no serás, sin embargo siempre eres y este momento es eterno.)

El asalariado

Cotidianidad

Antes era alguien, tenia un rotulo, podía salir a la calle y aunque nadie veía tal marca, un aura de resplandor callado cubría mi cuerpo, era un asalariado, el estado me proveía de un pago, a cambio únicamente de mi creatividad cercenada, de rendirle mi existencia hasta poder ajustarme a su normalidad de por vida, ¡que precio más pequeño por la tranquilidad!, mi familia y amigos podían ver mi notorio cansancio, pero estaban de acuerdo en la fortuna de tener un pago seguro, yo mismo me convencía de la suerte de esa cadena que me mantenía protegido de las inclemencias de la existencia. Tenía un padre y una madre sustitutos que me sostenían y en quienes confiaba.

Sin embargo, y como en todo periplo, aquello que me acogía un día me expulsó sordidamente, con garras innombrables me deslizo hacia la incertidumbre y el miedo y su violencia me apartó sin remedio del hogar, del trabajo monótono, de la labor vacía pero sencilla. Ahora, bajo la intemperie, añoro el falso calor de lo determinado; mis huesos tiemblan en medio de la noche y la tormenta, y camino con temor bajo el cielo abierto de los días, descubro entonces que soy un hombre, que he dejado nuevamente la niñez a un lado y siento el tremendo peso de haber nacido una vez más y nuevamente.

«Re-imaginar la psicología» de James Hillman

Logos del alma

El universo es un lugar terriblemente caótico, los remansos de orden y lógica, son acaso breves milagros que no tendrían porque existir; así como la materia conocida no es más que un descuido de la oscura materia que envuelve todo lo existente, también la conciencia no es otras cosa que un destello incierto del profundo inconsciente. Somos el olvido de Dios.

Leo, o sueño leer, un libro difícil de describir, llevo tres semanas indagando en sus páginas y no deja de sorprenderme. Dice cosas que yo creía olvidadas, defiende lo que yo pensaba era indefendible, me obliga a rememorar viejas ideas que ya había calificado como abyectas. Esto demuestra que en ocasiones es necesario regresar a los antiguos vicios, para comprenderlos y utilizarlos de forma distinta. En cuanto a la psique cualquier juicio es apresurado.

El libro es «Re-imaginar la psicología», de James Hillman, que inaugura, con dicho texto, el estudio complejo de una rama de la psicología analítica: la psicología arquetípica. Politeísta, psicologizador, deshumanizante, es un esfuerzo por devolver la potestad de la psique a las antiguas formas que implícitamente la sostienen y la guían. Un retorno al caos, a la multiplicidad y la magia prehumanas que persisten en las sombras de nuestros sistemas de pensamiento. Reivindica el logos, la idea, la teoría, la fantasía, la depresión, la patología y el pecado, vuelve a ellas con nuevos ojos (los de la aflicción) y recrea así todo un mundo.

Las psicologías no entenderían este punto de vista, demasiado imaginativo y enrevesado dirían los sistemas mecánicos (cognitivos, sistémicos), demasiado enfocado en el pathos temerán las terapias humanistas (gestalt, transpersonal y demás derivados de la tercera fuerza), demasiado caótico y aventurado se quejaría la psicología profunda. Pero en la plétora es en dónde radica la fuerza, en la desproporción de las ideas, pues como sabía Blake el exceso conduce a la sabiduría.

Esta visión de los fenómenos psicológicos devuelve su papel mediador a la antigua psyche, aportando un tercer elemento a la formación physis-pneuma. Se acerca, así, a un modelo inexplorado de la psicología donde reinan la ambigüedad mítica, el sacrificio ritual y la sombra destructora y benévola. Una psicología que desiste de categorías, de certezas y de lógica.

No sucede tal como los filósofos medievales pensaban, no el descuido de Dios borra las cosas con un fuego invisible, al contrario su negligencia crea mundos, cualidades, significados. El alma sueña con volver al paraíso, pero el paraíso es infernal.»