Sobre la violencia del amor

Logos del alma

«Cada encuentro de dos seres en el mundo es un desgarrarse»

Italo Calvino, El Vizconde Demediado

Hay un encuentro que postergamos hasta el hastío, que detenemos por miedo a ser devastados en lo más hondo de nuestra integridad. Cerramos la puerta de nuestra morada y tiritando detrás de ella, tapamos nuestros ojos ante el huésped que se cierne, oscuro, inevitable y violento.

Jung decía que el opus del aprendiz era la sombra, porque la sombra es aquello que confronta al fenómeno consigo mismo, su propio otro que llega hasta él y lo obliga, vehemente, a tomar consciencia de sí. Pero acaso, el miedo de lo venidero no es otra cosa sino un velo delgado que se yergue contra lo que ya está presente y que opera de manera secreta e inexorable en la vida interna del momento actual.

No hay remedio contra lo que ya es, pues el otro, una vez que es concebido como un otro, se desenvuelve de manera autónoma y obra sin otorgar la posibilidad de escogerlo. Se impone porque su carácter es el de un destino cuya única consideración es la de poder elegirlo de manera consciente o siendo inconscientes de él, de cualquier forma su impronta traspasa hasta lo más recóndito de la piel de aquellos condenados a la existencia.

No obstante, ese huésped que toca a la puerta es ya la puerta misma, así como es también la casa y la fina defensa con la que el hombre busca salvarse de su presencia atroz. Todo lo presagia y la vida habla solo de su brutal advenimiento. Esta violencia que nos depara el desafío del prójimo es el núcleo de aquello que llamamos, descuidadamente, el amor.

De manera común, se concibe al amor como una promesa de salvación, como un regreso a la participación mística donde la consciencia aún estaba envuelta por el manto seguro de lo natural. Se le imagina, infantilmente, como el paraíso perdido. Amamos, entonces, con la esperanza puesta en el pasado, en la espera de que lo que una vez fue in ilus tempore sea de nuevo y traiga consigo la felicidad de la inconsciencia.

Durante un tiempo así parece suceder y los amantes se deleitan en el placer del roce de los cuerpos, de los labios siempre abiertos y de la complacencia cotidiana. Ello dura un breve momento, porque el paraíso no puede recuperarse, se ha perdido junto con la inocencia y ya no estamos más arropados por un cosmos que se cierne sobre nuestro espíritu, al contrario, hemos sido expulsados a la desnudez del mundo. Pero solo es ahí, en el valle de lagrimas, donde es posible producir el amor.

Mientras el sujeto esta encerrado en sí mismo el amor no ocurre, se necesita el encuentro con el otro, aquello que lo obligue a salir de su contención narcisista, y es la necesidad de amar la que obliga al individuo a emerger de un sistema endogámico hacia la apertura de lo diferente. Tal claro abierto es ya el amor mismo.

Pero no basta con nacer a la experiencia del otro, hay que hacer que suceda siempre de nuevo, producirlo, y es entonces que el hombre puede decir, como Borges lo hacia: “Es el amor, tendré que ocultarme o que huir/ crecen los muros de su cárcel como en un sueño atroz.”

Es necesario amar, aprender el cruel oficio de ser amantes, de recibir al otro y permitir que su presencia nos fulmine, porque solo podemos amar al precio del desgarro, del desmembramiento. Que el amar sea complaciente y nos gratifique es la fantasía de individuo narcisista, que busca edificarse, crecer él a costa de eliminar al otro, de absorberlo en su deseo.

El amor es un dios terrible, debe ser terrible para ser amor. Si no rompe los huesos, si no desgarra la carne, si los ojos no son cegados y el amante no vaga descarnado ¿para qué amar? Sería mejor quedarse en lo seguros prados de la madre, en la reconfortante casa del padre. Quien ama se lanza a un abismo del que no saldrá vivo… y que bueno que así sea.

Es probable que una de las pautas desencadenantes de la violencia de pareja sea precisamente que los amantes no están dispuestos a vivir la violencia propia del amor; entonces se destrozan entre ellos, de forma literal, para mantenerse indemnes, a salvo de la grave tarea de amar.

2 comentarios en “Sobre la violencia del amor

  1. Avatar de Talín

    Muy profundo y cuestionante . Invita a la reflexión en un doble sentido. Si pensamos que parte del dolor viene del ego del niño que no consigue lo que quiere , de ese Niño con muy altas espectativas que no alcanza a realizar su sueño de amor y también de aquel que al tenerlo todo lo hecha a perder simplemente porque no se lo cree y se ciega ante la fuerza más grande del universo que es el amor . Sin embargo, si reflexionamos aún un poco más, existe una tercera visión más romántica y difícil de visualizar y es la de entender que el amor no tiene explicación . Es libre, se construye y vive solo en el interior; en el espacio más puro del alma ; en donde ni el ego perverso ni la ignorancia lo pueden destruir . Ahí no existe el dolor , es el equilibro perfecto y la plenitud . Quizá el camino más complicado peo al mismo tiempo sublime . Puedo decir que he vivido y entiendo lo que aquí se describe y sin embargo, estoy en camino del último y de momento solo digo . Con ese me quedo yo .

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